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Preparación para Vivir en Paz: La Contribución de la Mujer
Bahá'í International Community
Preparación para Vivir en Paz: La Contribución de la Mujer
Declaración preparada por la Comunidad Internacional Bahá’í para el
Seminario Regional Europeo para el Año Internacional de la Paz
Viena, Austria
6 al 10 de mayo de 1985
La consideración de los componentes que deben incluirse en el proceso de
preparación para vivir en paz se ocupa más frecuentemente de la estructura
de la sociedad que se requiere reordenar o recrear que de las faltas
perturbadoras de la conducta individual que hacen imposibles — o al menos
improbables — los actos de cooperación en que se debe basar una sociedad
mundial estable que disfrute de la seguridad y la paz internacional.
En consecuencia, la Comunidad Internacional Bahá’í desea referirse a
algunos de los elementos de la personalidad humana que se han de enfrentar
a fin de establecer una interacción armoniosa entre el individuo y la
sociedad.
La educación desde la infancia es una comprensión básica de la relación
entre los pueblos y las culturas, que insiste en la búsqueda del
denominador común de todas las personas, es en nuestra opinión el
requisito previo básico. Creemos que despojar al ser humano de sus
identidades accidentales de raza, nacionalidad, religión, clase o sexo y
hallar en cada persona las necesidades y las potencialidades
intelectuales, emocionales y físicos básicos es un proceso necesario que
lleva a la erradicación de todos los prejuicios que impiden que los seres
humanos trabajen juntos para construir una paz mundial.
Porque es convicción de la Comunidad Internacional Bahá’í, como se expresa
en los Escritos Bahá’ís, que:
«la gloria del hombre se basa en sus conocimientos, su recta conducta,
su carácter encomendable, su sabiduría, y no en su nacionalidad o su
rango».
Y, además, que:
«quienes estén dotados de sinceridad y fidelidad deben asociarse con
todos los pueblos y personas afines de la tierra con alegría y esplendor
en la medida en que relacionarse con personas ha promovido y seguirá
promoviendo la unidad y la armonía, que a su vez son conducentes al
mantenimiento del orden en el mundo y a la regeneración las naciones.»
En el proceso educacional anteriormente mencionado es importante
considerar la contribución que la mujer puede hacer al fortalecimiento de
la paz y la seguridad internacional y a lograr una sociedad mundial en que
se encarnen las características y las aspiraciones más nobles de la raza
humana, una sociedad que a su vez nutra el despliegue de toda la gama de
talentos individuales.
En nuestra opinión, sólo con la plena participación de la mujer en los
asuntos del planeta se podrá lograr la paz mundial. Y la clave para esta
participación esencial de la mujer en el establecimiento del orden mundial
será la educación que se imparta a todos los seres humanos,
independientemente de su sexo, raza, nacionalidad, clase o religión. La
necesidad de tal acción se expresa claramente en el siguiente pasaje de
las escrituras Bahá’ís:
«Cuando toda la humanidad reciba la misma oportunidad de educación y se
haga realidad la igualdad del hombre y la mujer, se habrán destruido
totalmente las bases de la guerra…La igualdad del hombre y la mujer es
conducente a la abolición de la guerra, par cuanto la mujer nunca estará
dispuesta a aprobarla.»
El principio de la igualdad de derechos, privilegios y oportunidades de
ambos sexos es uno de los principios fundamentales de la Fe Bahá’í. Este
principio esencial para la unidad de la humanidad y el establecimiento de
la paz universal ha sido promovido activamente por los Bahá’ís durante más
de cien años. A medida que las mujeres han participado más intensamente en
la solución de los muchos problemas mundiales que enfrentamos hoy en día,
es alentador señalar, como lo mencionó la Comunidad Internacional Bahá’í
en una declaración presentada al 30° período de sesiones de la Comisión de
la Condición de la Mujer (E/CN.6/1984/NGO.1) con respecto a la relación de
la mujer con la paz, que:
«las tendencias no agresivas de la mujer, que por su naturaleza procure
utilizar medios cooperativas en la solución de esos problemas, están
comenzando a recibir el reconocimiento de las sociedades que intentan
resolver conflictos por medios pacíficos».
En nuestra etapa de la civilización humana se considera que la cooperación
es un elemento fundamental que logra una unidad compleja pero interesante
mediante la diversidad, que recoge la riqueza de los antecedentes y
culturas humanas para integrarlos en un patrón planetario de derecho
internacional y orden mundial y el surgimiento eventual de una
civilización mundial. En el primer trimestre de este siglo ‘Abdu’l-Bahá,
hijo de Bahá’u’lláh, el Fundador de la Fe Bahá’í, ya había dada testimonio
claro de este patrón al observar:
«El mundo en el pasado ha sido dominado por la fuerza y el hombre ha
dominado a la mujer en razón de sus cualidades más enérgicas y agresivas
tanto de cuerpo como de mente. Pero la balanza ya comienza a cambiar, la
fuerza pierde su peso y la viveza mental, la intuición y las cualidades
espirituales de amor y servicio, en las que es fuerte la mujer,
comienzan a predominar. De ahí que la nueva edad será menos masculina y
más impregnada por los ideales femeninos o, para hablar de una manera
más precisa, será una edad en que los elementos masculinos y femeninos
de la civilización se equilibrarán de manera más apropiada».
Sin embargo, parecería bastante claro que no será posible que la
civilización presente y futura se beneficie de este equilibrio entre lo
masculino y lo femenino si no se hace un esfuerzo extraordinario para
brindar educación a la mujer en todo el planeta — incluso para favorecer
la educación de la mujer desde la infancia más temprana — de manera que se
pueda desarrollar plenamente el potencial de esta mitad de la raza humana
y hacerlo realidad en la solución de los problemas mundiales y en el
establecimiento de la paz mundial. En nuestra opinión, este podría ser uno
de los impulsos del Año Internacional de la Paz, explorar completamente
los métodos que alcancen este equilibrio justo de educación para los niños
y las niñas de la familia, de la comunidad y de la nación, así como las
medidas recomendadas. No se trata sólo de la participación de la mujer
como madre y tutor en el desarrollo de las cualidades apropiadas de los
niños a fin de que lleguen a ser agentes de la paz, sino de la influencia
de la mujer en los asuntos mundiales mediante su participación en toda
esfera de actividad en un pie de plena igualdad con el hombre, que es
también un elemento esencial para superar la guerra de una vez par todas.
Además, la mujer puede ayudar a revertir una filosofía predominante de la
vida que presume que los seres humanos son cautivos del mundo natural y
que la conducta humana debe parecerse en consecuencia a la de los
animales; ya que la lucha consiguiente por la riqueza material es muy
conocida por la mujer, que desde hace mucho tiempo ha sido víctima de un
sistema que valora la productividad material como señal del éxito, pero
que no lleva a la seguridad, la felicidad ni el bienestar de nadie.
La Comunidad Internacional Bahá’í opina que la lucha de un grupo, clase o
raza por el control o la ventaja sobre otros a fin de obtener un beneficio
económico sirve sólo para aumentar la división, profundizar los prejuicios
y fomentar el aspecto competitivo de la naturaleza humana. En lugar de
ello, una filosofía basada en la nobleza del ser humano y en el desarrollo
de su naturaleza espiritual superior puede dar una nueva visión y
educación esenciales a los pueblos y gobiernos de nuestro tiempo.
Si la mujer — y el hombre — pudieran propiciar una visión tal de la vida
por todos los medios disponibles, pronto resultaría posible una rápida
transformación de la sociedad. Esa acción, como expresamos en nuestra
declaración formulada ante la Comisión de la Condición de la Mujer,
mencionada anteriormente:
«aseguraría el desarrollo de los valores morales y espirituales, que son
tan esenciales si la educación ha de promover la paz; ayudaría a lograr
la igualdad de los sexos, cimentando la sociedad que debe existir entre
el hombre y la mujer; reduciría la rivalidad y la lucha por el poder
entre grupos hostiles que procuren ejercer el dominio unos sobre otros;
y, finalmente, haría posible la creación de un sistema eficaz de
seguridad colectiva para mantener la paz entre los estados, por tanto,
en un mundo unido ninguna nación agresora podría destruir a otra, ya que
todos los demás países actuarían al unísono, por conducta de un
organismo internacional, para prevenir esa agresión».
Hay gran necesidad en nuestro mundo actual de incluir en la educación
criterios cooperativas que impliquen el respeto por la realización
potencial de las cualidades supremas de todo ser humano. Hemos llegado a
la conclusión de que la actitud de cooperación y el respeto por los demás
en la familia estimula la aceptación de los derechos de todos: el respeto
por los niños y la mujer se realza en familias cuyos valores morales y
espirituales fundamentan la preocupación por el bienestar material.
Además, cuando esas actitudes se extienden desde la familia a la nación y
al mundo, contienen una gran promesa de reducir y, en definitiva, eliminar
los prejuicios divisionistas que han inhibido gravemente el crecimiento y
el desarrollo.
Aunque la Comunidad Internacional Bahá’í apoya programas especiales para
el desarrollo de la mujer, la experiencia de las comunidades Bahá’ís ha
revelado que, si esos programas no educan también al hombre en la igualdad
de los sexos, haciendo que acepten este justo principio, fracasarán, ya
que la condición saludable de la familia, como unidad básica de la
sociedad, requiere la contribución compartida tanto del hombre como de la
mujer. Cuando la estructura y la influencia de la familia son débiles, los
problemas se multiplican, especialmente para los niños — los adultos del
mundo del mañana.
Si el Año Internacional de la Paz puede alentar programas que subrayen una
conciencia en crecimiento de la interdependencia y la unicidad orgánica de
la humanidad, estimularán condiciones en que la paz sea posible. Porque
nos parece que necesitamos con urgencia cada vez más personas que aprendan
el respeto por los derechos de los demás, asuman la responsabilidad de
desarrollar un buen carácter y estén dispuestas a dedicarse, en el
espíritu de servicio, a los intereses de toda la humanidad.
Documento BIC #85-0560S
Traducido del original en inglés
Statements Home Page / Indice Principal
Sobre la Oficina de la Comunidad Internacional Bahá’í ante las Naciones
Unidas...
©1999 — Oficina de la Comunidad Internacional Bahá’í ante las Naciones
Unidas
Bahá'í International Community
Preparación para Vivir en Paz: La Contribución de la Mujer
Declaración preparada por la Comunidad Internacional Bahá’í para el
Seminario Regional Europeo para el Año Internacional de la Paz
Viena, Austria
6 al 10 de mayo de 1985
La consideración de los componentes que deben incluirse en el proceso de
preparación para vivir en paz se ocupa más frecuentemente de la estructura
de la sociedad que se requiere reordenar o recrear que de las faltas
perturbadoras de la conducta individual que hacen imposibles — o al menos
improbables — los actos de cooperación en que se debe basar una sociedad
mundial estable que disfrute de la seguridad y la paz internacional.
En consecuencia, la Comunidad Internacional Bahá’í desea referirse a
algunos de los elementos de la personalidad humana que se han de enfrentar
a fin de establecer una interacción armoniosa entre el individuo y la
sociedad.
La educación desde la infancia es una comprensión básica de la relación
entre los pueblos y las culturas, que insiste en la búsqueda del
denominador común de todas las personas, es en nuestra opinión el
requisito previo básico. Creemos que despojar al ser humano de sus
identidades accidentales de raza, nacionalidad, religión, clase o sexo y
hallar en cada persona las necesidades y las potencialidades
intelectuales, emocionales y físicos básicos es un proceso necesario que
lleva a la erradicación de todos los prejuicios que impiden que los seres
humanos trabajen juntos para construir una paz mundial.
Porque es convicción de la Comunidad Internacional Bahá’í, como se expresa
en los Escritos Bahá’ís, que:
«la gloria del hombre se basa en sus conocimientos, su recta conducta,
su carácter encomendable, su sabiduría, y no en su nacionalidad o su
rango».
Y, además, que:
«quienes estén dotados de sinceridad y fidelidad deben asociarse con
todos los pueblos y personas afines de la tierra con alegría y esplendor
en la medida en que relacionarse con personas ha promovido y seguirá
promoviendo la unidad y la armonía, que a su vez son conducentes al
mantenimiento del orden en el mundo y a la regeneración las naciones.»
En el proceso educacional anteriormente mencionado es importante
considerar la contribución que la mujer puede hacer al fortalecimiento de
la paz y la seguridad internacional y a lograr una sociedad mundial en que
se encarnen las características y las aspiraciones más nobles de la raza
humana, una sociedad que a su vez nutra el despliegue de toda la gama de
talentos individuales.
En nuestra opinión, sólo con la plena participación de la mujer en los
asuntos del planeta se podrá lograr la paz mundial. Y la clave para esta
participación esencial de la mujer en el establecimiento del orden mundial
será la educación que se imparta a todos los seres humanos,
independientemente de su sexo, raza, nacionalidad, clase o religión. La
necesidad de tal acción se expresa claramente en el siguiente pasaje de
las escrituras Bahá’ís:
«Cuando toda la humanidad reciba la misma oportunidad de educación y se
haga realidad la igualdad del hombre y la mujer, se habrán destruido
totalmente las bases de la guerra…La igualdad del hombre y la mujer es
conducente a la abolición de la guerra, par cuanto la mujer nunca estará
dispuesta a aprobarla.»
El principio de la igualdad de derechos, privilegios y oportunidades de
ambos sexos es uno de los principios fundamentales de la Fe Bahá’í. Este
principio esencial para la unidad de la humanidad y el establecimiento de
la paz universal ha sido promovido activamente por los Bahá’ís durante más
de cien años. A medida que las mujeres han participado más intensamente en
la solución de los muchos problemas mundiales que enfrentamos hoy en día,
es alentador señalar, como lo mencionó la Comunidad Internacional Bahá’í
en una declaración presentada al 30° período de sesiones de la Comisión de
la Condición de la Mujer (E/CN.6/1984/NGO.1) con respecto a la relación de
la mujer con la paz, que:
«las tendencias no agresivas de la mujer, que por su naturaleza procure
utilizar medios cooperativas en la solución de esos problemas, están
comenzando a recibir el reconocimiento de las sociedades que intentan
resolver conflictos por medios pacíficos».
En nuestra etapa de la civilización humana se considera que la cooperación
es un elemento fundamental que logra una unidad compleja pero interesante
mediante la diversidad, que recoge la riqueza de los antecedentes y
culturas humanas para integrarlos en un patrón planetario de derecho
internacional y orden mundial y el surgimiento eventual de una
civilización mundial. En el primer trimestre de este siglo ‘Abdu’l-Bahá,
hijo de Bahá’u’lláh, el Fundador de la Fe Bahá’í, ya había dada testimonio
claro de este patrón al observar:
«El mundo en el pasado ha sido dominado por la fuerza y el hombre ha
dominado a la mujer en razón de sus cualidades más enérgicas y agresivas
tanto de cuerpo como de mente. Pero la balanza ya comienza a cambiar, la
fuerza pierde su peso y la viveza mental, la intuición y las cualidades
espirituales de amor y servicio, en las que es fuerte la mujer,
comienzan a predominar. De ahí que la nueva edad será menos masculina y
más impregnada por los ideales femeninos o, para hablar de una manera
más precisa, será una edad en que los elementos masculinos y femeninos
de la civilización se equilibrarán de manera más apropiada».
Sin embargo, parecería bastante claro que no será posible que la
civilización presente y futura se beneficie de este equilibrio entre lo
masculino y lo femenino si no se hace un esfuerzo extraordinario para
brindar educación a la mujer en todo el planeta — incluso para favorecer
la educación de la mujer desde la infancia más temprana — de manera que se
pueda desarrollar plenamente el potencial de esta mitad de la raza humana
y hacerlo realidad en la solución de los problemas mundiales y en el
establecimiento de la paz mundial. En nuestra opinión, este podría ser uno
de los impulsos del Año Internacional de la Paz, explorar completamente
los métodos que alcancen este equilibrio justo de educación para los niños
y las niñas de la familia, de la comunidad y de la nación, así como las
medidas recomendadas. No se trata sólo de la participación de la mujer
como madre y tutor en el desarrollo de las cualidades apropiadas de los
niños a fin de que lleguen a ser agentes de la paz, sino de la influencia
de la mujer en los asuntos mundiales mediante su participación en toda
esfera de actividad en un pie de plena igualdad con el hombre, que es
también un elemento esencial para superar la guerra de una vez par todas.
Además, la mujer puede ayudar a revertir una filosofía predominante de la
vida que presume que los seres humanos son cautivos del mundo natural y
que la conducta humana debe parecerse en consecuencia a la de los
animales; ya que la lucha consiguiente por la riqueza material es muy
conocida por la mujer, que desde hace mucho tiempo ha sido víctima de un
sistema que valora la productividad material como señal del éxito, pero
que no lleva a la seguridad, la felicidad ni el bienestar de nadie.
La Comunidad Internacional Bahá’í opina que la lucha de un grupo, clase o
raza por el control o la ventaja sobre otros a fin de obtener un beneficio
económico sirve sólo para aumentar la división, profundizar los prejuicios
y fomentar el aspecto competitivo de la naturaleza humana. En lugar de
ello, una filosofía basada en la nobleza del ser humano y en el desarrollo
de su naturaleza espiritual superior puede dar una nueva visión y
educación esenciales a los pueblos y gobiernos de nuestro tiempo.
Si la mujer — y el hombre — pudieran propiciar una visión tal de la vida
por todos los medios disponibles, pronto resultaría posible una rápida
transformación de la sociedad. Esa acción, como expresamos en nuestra
declaración formulada ante la Comisión de la Condición de la Mujer,
mencionada anteriormente:
«aseguraría el desarrollo de los valores morales y espirituales, que son
tan esenciales si la educación ha de promover la paz; ayudaría a lograr
la igualdad de los sexos, cimentando la sociedad que debe existir entre
el hombre y la mujer; reduciría la rivalidad y la lucha por el poder
entre grupos hostiles que procuren ejercer el dominio unos sobre otros;
y, finalmente, haría posible la creación de un sistema eficaz de
seguridad colectiva para mantener la paz entre los estados, por tanto,
en un mundo unido ninguna nación agresora podría destruir a otra, ya que
todos los demás países actuarían al unísono, por conducta de un
organismo internacional, para prevenir esa agresión».
Hay gran necesidad en nuestro mundo actual de incluir en la educación
criterios cooperativas que impliquen el respeto por la realización
potencial de las cualidades supremas de todo ser humano. Hemos llegado a
la conclusión de que la actitud de cooperación y el respeto por los demás
en la familia estimula la aceptación de los derechos de todos: el respeto
por los niños y la mujer se realza en familias cuyos valores morales y
espirituales fundamentan la preocupación por el bienestar material.
Además, cuando esas actitudes se extienden desde la familia a la nación y
al mundo, contienen una gran promesa de reducir y, en definitiva, eliminar
los prejuicios divisionistas que han inhibido gravemente el crecimiento y
el desarrollo.
Aunque la Comunidad Internacional Bahá’í apoya programas especiales para
el desarrollo de la mujer, la experiencia de las comunidades Bahá’ís ha
revelado que, si esos programas no educan también al hombre en la igualdad
de los sexos, haciendo que acepten este justo principio, fracasarán, ya
que la condición saludable de la familia, como unidad básica de la
sociedad, requiere la contribución compartida tanto del hombre como de la
mujer. Cuando la estructura y la influencia de la familia son débiles, los
problemas se multiplican, especialmente para los niños — los adultos del
mundo del mañana.
Si el Año Internacional de la Paz puede alentar programas que subrayen una
conciencia en crecimiento de la interdependencia y la unicidad orgánica de
la humanidad, estimularán condiciones en que la paz sea posible. Porque
nos parece que necesitamos con urgencia cada vez más personas que aprendan
el respeto por los derechos de los demás, asuman la responsabilidad de
desarrollar un buen carácter y estén dispuestas a dedicarse, en el
espíritu de servicio, a los intereses de toda la humanidad.
Documento BIC #85-0560S
Traducido del original en inglés
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Sobre la Oficina de la Comunidad Internacional Bahá’í ante las Naciones
Unidas...
©1999 — Oficina de la Comunidad Internacional Bahá’í ante las Naciones
Unidas
A consideration of components that must be included in the process of preparing for life in peace deals more frequently with the structure of society that needs to be reordered or re-created, rather than with the disturbing flaws in individual behavior that make impossible - or at least improbable - acts of cooperation that must underlie a stable world society enjoying international security and peace.
The Baha'i International Community would like, therefore, to touch on some of the elements in the human personality that need to be addressed if a harmonious interaction between the individual and society can come into being.
Education from childhood in a basic understanding of the connection between peoples and cultures, insisting on a search for the common denominator in all persons, is, in our view, the basic prerequisite. To strip human beings of their accidental identities of race, nationality, religion, class, or sex, and to find within each person the basic intellectual, emotional, and physical needs and potentials is, we believe, a necessary process leading to the eradication of the whole range of prejudices preventing human beings from working together to build a peaceful world.
For it is the conviction of the Baha'i International Community, as expressed in the Baha'i Writings, that
man's glory lieth in his knowledge, his upright conduct, his praiseworthy character, his wisdom, and not in his nationality or rank.
And further, that
they that are endued with sincerity and faithfulness should associate with all the peoples and kindreds of the earth with joy and radiance, inasmuch as consorting with people hath promoted and will continue to promote unity and concord, which in turn are conducive to the maintenance of order in the world and to the regeneration of nations.
In the educational process earlier referred to it is important to consider the contribution that women can make in strengthening international peace and security, and in bringing about a world society that embodies the noblest characteristics and aspirations of the human race, a society that in turn nourishes the unfoldment of the full-range of individual talents.
It will be, in our view, only with the full participation of women in the affairs of the planet that we can bring about world peace. And the key to this essential involvement of women in the establishment of world order will be the provision of education for every human being, regardless of sex, race, nationality, class or religion. The need for such action is clearly expressed in the following passage from the Baha'i Writings:
When all mankind shall receive the same opportunity of education and the equality of men and women be realized, the foundations of war will be utterly destroyed. Equality between men and women is conducive to the abolition of warfare for the reason that women will never be willing to sanction it.
The principle of the equality of rights, privileges and opportunities for both sexes is one of the central principles of the Baha'i Faith. Essential to the unity of mankind and the establishment of universal peace, this principle has been actively promoted by Baha'is for over one hundred years. As women have become more involved in helping solve the many world problems that confront us today, it is encouraging to note, as the Baha'i International Community mentioned in a statement submitted to the 30th session of the Commission on the Status of Women (E/CN.6/1984/NGO.1) on the relationship of women to peace, that
the non-aggressive tendencies in women, who by nature seek cooperative means in solving such problems, are beginning to be appreciated by societies attempting to solve conflicts by peaceful means.
In our stage of human civilization, cooperation is seen as a vital element bringing about a complex but challenging unity through diversity, a garnering of the riches of human backgrounds and cultures to be integrated into a planetary pattern of international law and world order, and the emergence, eventually, of a world civilization. In the first quarter of this century, the pattern had already been witnessed with full clarity by `Abdu'l-Bahá, the son of Bahá'u'lláh, Founder of the Baha'i Faith, when he observed:
The world in the past has been ruled by force and man has dominated over woman by reason of his more forceful and aggressive qualities both of body and mind. But the scales are already shifting, force is losing its weight, and mental alertness, intuition and the spiritual qualities of love and service, in which woman is strong, are gaining ascendancy. Hence the new age will be an age less masculine and more permeated with the feminine ideals, or, to speak more exactly, will be an age in which the masculine and feminine elements of civilization will be more properly balanced.
It would seem quite clear, however, that it will not be possible for civilization present and future to benefit from this balance between masculine and feminine if an extraordinary effort is not made to provide education to women throughout the planet - even to favor the education of women from earliest childhood - so that the potentialities of this half of the human race can be developed fully and brought to bear in the resolution of world problems and the establishment of world peace. This could be, indeed, in our view, one of the thrusts of the International Year of Peace - to fully explore ways, and recommend action, that will bring about this fair balance of education for boys and girls in the family, in the community, and in the nation. For not only is the participation of women as mothers and parents crucial to develop the proper qualities in children to become agents for peace, but the influence of women in the affairs of the world, through their participation in all areas of activity on a full and equal footing with men is also an essential element to make war once and forever obsolete.
Further, women could help reverse a prevalent philosophy of life that assumes that human beings are captive of the natural world, and that human behavior must therefore resemble that of animals; since the resultant struggle for material wealth is one with which women are very familiar, having long been victims of a system that values material productivity as the mark of success, but does not lead to security, happiness, or well-being for anyone.
It is the view of the Baha'i International Community that the struggle of one group, class or race for control or advantage over others for economic benefit serves only to increase divisiveness, deepen prejudices and enhance the competitive side of human nature. Instead, a philosophy based on the nobility of human beings and on the development of their higher spiritual nature can give a new vision and education essential to peoples and governments in our time.
If women - and men - could by every means available to them promote such a view of life, a rapid transformation of society might soon be possible. This action would, as we expressed in our statement to the Commission on the Status of Women mentioned earlier,
ensure the development of moral and spiritual values, which are so essential if education is to promote peace; it would help to bring about the equality of the sexes, cementing the partnership which must exist between men and women; it would lessen the competitiveness and struggle for power between warring groups seeking to exercise dominance over others; and finally it would make possible the building of an effective system of collective security to maintain peace among states: for in a united world no aggressor nation could destroy any other, since all other countries would act in unison, through an international agency, to prevent that aggression.
There is a great need in our world today to include in education cooperative approaches involving respect for the potential realization of the highest qualities in every human being. We have found that cooperative attitudes and respect for others in the family will encourage the acceptance of rights for everyone: the respect for children and for women is enhanced in families where moral and spiritual values underlie the concern for material well-being. In addition, when these attitudes are extended from the family to the nation and the world, they hold great promise for lessening and eventually abolishing those divisive prejudices that have seriously inhibited growth and development.
Although the Baha'i International Community supports special programmes for the development of women, the experience of Baha'i communities has shown that if these programs do not also educate men in the equality of the sexes, leading to their acceptance of this just principle, they will fail, since the healthy condition of the family, as the basic unit of society, requires the shared contribution of both men and women. Wherever the family structure and influence are weak, problems will multiply - especially for children, those adults of the world of tomorrow.
If International Year of Peace can encourage programmes that stress an increasing awareness of the interdependence and organic unity of humanity, it will be fostering conditions in which peace is possible. For, it seems to us, we need urgently a spreading wave of people who learn respect for the rights of others, assume responsibility to build good character, and are willing to dedicate themselves, in the spirit of service, to the interests of the whole of humanity.
The Baha'i International Community would like, therefore, to touch on some of the elements in the human personality that need to be addressed if a harmonious interaction between the individual and society can come into being.
Education from childhood in a basic understanding of the connection between peoples and cultures, insisting on a search for the common denominator in all persons, is, in our view, the basic prerequisite. To strip human beings of their accidental identities of race, nationality, religion, class, or sex, and to find within each person the basic intellectual, emotional, and physical needs and potentials is, we believe, a necessary process leading to the eradication of the whole range of prejudices preventing human beings from working together to build a peaceful world.
For it is the conviction of the Baha'i International Community, as expressed in the Baha'i Writings, that
man's glory lieth in his knowledge, his upright conduct, his praiseworthy character, his wisdom, and not in his nationality or rank.
And further, that
they that are endued with sincerity and faithfulness should associate with all the peoples and kindreds of the earth with joy and radiance, inasmuch as consorting with people hath promoted and will continue to promote unity and concord, which in turn are conducive to the maintenance of order in the world and to the regeneration of nations.
In the educational process earlier referred to it is important to consider the contribution that women can make in strengthening international peace and security, and in bringing about a world society that embodies the noblest characteristics and aspirations of the human race, a society that in turn nourishes the unfoldment of the full-range of individual talents.
It will be, in our view, only with the full participation of women in the affairs of the planet that we can bring about world peace. And the key to this essential involvement of women in the establishment of world order will be the provision of education for every human being, regardless of sex, race, nationality, class or religion. The need for such action is clearly expressed in the following passage from the Baha'i Writings:
When all mankind shall receive the same opportunity of education and the equality of men and women be realized, the foundations of war will be utterly destroyed. Equality between men and women is conducive to the abolition of warfare for the reason that women will never be willing to sanction it.
The principle of the equality of rights, privileges and opportunities for both sexes is one of the central principles of the Baha'i Faith. Essential to the unity of mankind and the establishment of universal peace, this principle has been actively promoted by Baha'is for over one hundred years. As women have become more involved in helping solve the many world problems that confront us today, it is encouraging to note, as the Baha'i International Community mentioned in a statement submitted to the 30th session of the Commission on the Status of Women (E/CN.6/1984/NGO.1) on the relationship of women to peace, that
the non-aggressive tendencies in women, who by nature seek cooperative means in solving such problems, are beginning to be appreciated by societies attempting to solve conflicts by peaceful means.
In our stage of human civilization, cooperation is seen as a vital element bringing about a complex but challenging unity through diversity, a garnering of the riches of human backgrounds and cultures to be integrated into a planetary pattern of international law and world order, and the emergence, eventually, of a world civilization. In the first quarter of this century, the pattern had already been witnessed with full clarity by `Abdu'l-Bahá, the son of Bahá'u'lláh, Founder of the Baha'i Faith, when he observed:
The world in the past has been ruled by force and man has dominated over woman by reason of his more forceful and aggressive qualities both of body and mind. But the scales are already shifting, force is losing its weight, and mental alertness, intuition and the spiritual qualities of love and service, in which woman is strong, are gaining ascendancy. Hence the new age will be an age less masculine and more permeated with the feminine ideals, or, to speak more exactly, will be an age in which the masculine and feminine elements of civilization will be more properly balanced.
It would seem quite clear, however, that it will not be possible for civilization present and future to benefit from this balance between masculine and feminine if an extraordinary effort is not made to provide education to women throughout the planet - even to favor the education of women from earliest childhood - so that the potentialities of this half of the human race can be developed fully and brought to bear in the resolution of world problems and the establishment of world peace. This could be, indeed, in our view, one of the thrusts of the International Year of Peace - to fully explore ways, and recommend action, that will bring about this fair balance of education for boys and girls in the family, in the community, and in the nation. For not only is the participation of women as mothers and parents crucial to develop the proper qualities in children to become agents for peace, but the influence of women in the affairs of the world, through their participation in all areas of activity on a full and equal footing with men is also an essential element to make war once and forever obsolete.
Further, women could help reverse a prevalent philosophy of life that assumes that human beings are captive of the natural world, and that human behavior must therefore resemble that of animals; since the resultant struggle for material wealth is one with which women are very familiar, having long been victims of a system that values material productivity as the mark of success, but does not lead to security, happiness, or well-being for anyone.
It is the view of the Baha'i International Community that the struggle of one group, class or race for control or advantage over others for economic benefit serves only to increase divisiveness, deepen prejudices and enhance the competitive side of human nature. Instead, a philosophy based on the nobility of human beings and on the development of their higher spiritual nature can give a new vision and education essential to peoples and governments in our time.
If women - and men - could by every means available to them promote such a view of life, a rapid transformation of society might soon be possible. This action would, as we expressed in our statement to the Commission on the Status of Women mentioned earlier,
ensure the development of moral and spiritual values, which are so essential if education is to promote peace; it would help to bring about the equality of the sexes, cementing the partnership which must exist between men and women; it would lessen the competitiveness and struggle for power between warring groups seeking to exercise dominance over others; and finally it would make possible the building of an effective system of collective security to maintain peace among states: for in a united world no aggressor nation could destroy any other, since all other countries would act in unison, through an international agency, to prevent that aggression.
There is a great need in our world today to include in education cooperative approaches involving respect for the potential realization of the highest qualities in every human being. We have found that cooperative attitudes and respect for others in the family will encourage the acceptance of rights for everyone: the respect for children and for women is enhanced in families where moral and spiritual values underlie the concern for material well-being. In addition, when these attitudes are extended from the family to the nation and the world, they hold great promise for lessening and eventually abolishing those divisive prejudices that have seriously inhibited growth and development.
Although the Baha'i International Community supports special programmes for the development of women, the experience of Baha'i communities has shown that if these programs do not also educate men in the equality of the sexes, leading to their acceptance of this just principle, they will fail, since the healthy condition of the family, as the basic unit of society, requires the shared contribution of both men and women. Wherever the family structure and influence are weak, problems will multiply - especially for children, those adults of the world of tomorrow.
If International Year of Peace can encourage programmes that stress an increasing awareness of the interdependence and organic unity of humanity, it will be fostering conditions in which peace is possible. For, it seems to us, we need urgently a spreading wave of people who learn respect for the rights of others, assume responsibility to build good character, and are willing to dedicate themselves, in the spirit of service, to the interests of the whole of humanity.
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