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¿ QUIÉN ESTÁ ESCRIBIENDO EL FUTURO ?
REFLEXIONES SOBRE EL SIGLO XX
COMUNIDAD INTERNACIONAL BAHÁ'Í
Oficina de Información Pública, Nueva York
febrero de 1999
Traducción del original en inglés
¿ QUIÉN ESTÁ ESCRIBIENDO EL FUTURO ?
REFLEXIONES SOBRE EL SIGLO XX
E
l 28 de mayo de 1992, la Cámara de Diputados de Brasil se reunió en una sesión especial para conmemorar el centenario del fallecimiento de Bahá'u'lláh, cuya influencia se está convirtiendo en un rasgo cada vez más familiar en el panorama social e intelectual del mundo. Su mensaje de unidad obviamente había hecho vibrar una fibra profunda en los legisladores brasileños. Durante el curso del evento, oradores representando todos los partidos de la Cámara rindieron tributo a un conjunto de escrituras que un diputado describió como "la obra religiosa más colosal jamás escrita por la pluma de un solo Hombre", y a una concepción del futuro de nuestro planeta que, "traspasando fronteras materiales", en palabras de otro, "se proyectó hacia la humanidad como un todo, sin mezquinas diferencias de nacionalidad, raza, límites o credos".1
El homenaje resultó tanto más llamativo por cuanto, en su tierra natal, la obra de Bahá'u'lláh sigue siendo mordazmente condenada por el clero musulmán que gobierna a Irán. Sus antecesores habían sido responsables de su destierro y encarcelamiento a mediados del siglo diecinueve, así como de la matanza de miles de aquellos que compartieron sus ideales por la transformación de la vida humana y la sociedad. Aún durante el transcurso del evento en Brasilia, el rechazo a renegar creencias que han conquistado eminentes alabanzas a lo largo y ancho del resto del mundo les traía a los 300.000 bahá'ís que viven en Irán persecuciones, privaciones y, en demasiados casos, el encarcelamiento y la muerte.
Semejante oposición caracterizó las actitudes de varios regímenes totalitarios durante el siglo pasado.
¿Cuál es la naturaleza del conjunto de pensamientos que ha suscitado reacciones tan marcadamente divergentes?
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l motivo director del mensaje de Bahá'u'lláh es una exposición de la naturaleza fundamentalmente espiritual de la realidad y de las leyes que gobiernan la operación de esa realidad. No sólo ve al individuo como ser espiritual, un "alma racional", sino que también insiste en que la empresa global que denominamos civilización es en sí misma un proceso espiritual, uno en el cual la mente y el corazón del hombre han progresivamente creado medios más complejos y eficientes para expresar sus inherentes capacidades morales e intelectuales.
Refutando los dogmas reinantes del materialismo, Bahá'u'lláh sostiene una interpretación opuesta del proceso histórico. La humanidad, punta de lanza de la evolución de la conciencia, pasa por etapas análogas a los períodos de infancia, niñez y adolescencia de la vida de sus miembros individuales. Esta jornada nos ha traído al umbral de nuestra largamente esperada mayoría de edad como una raza humana unificada. Las guerras, la explotación y los prejuicios que han caracterizado etapas inmaduras del proceso no deberían ser causa de desesperación sino un estímulo para asumir las responsabilidades de la madurez colectiva.
Escribiendo a los líderes políticos y religiosos de su propia época, Bahá'u'lláh afirmó que nuevas capacidades de incalculable poder, más allá de la imaginación de aquel entonces, estaban despertándose en los pueblos de la tierra, capacidades que pronto transformarían la vida material del planeta. Era esencial, decía, convertir tales inminentes adelantos materiales en conductos para el desarrollo moral y social. Si los conflictos nacionalistas y sectarios impedían que esto aconteciera, entonces el progreso material produciría, además de beneficios, también males inimaginables. Algunas de las advertencias de Bahá'u'lláh despiertan ecos sombríos en nuestra actualidad: "Cosas extrañas y asombrosas existen en la tierra", prevenía. "Estas cosas son capaces de cambiar la totalidad de la atmósfera de la tierra y su contaminación podría resultar letal".2
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l principal cometido espiritual que enfrenta a todos los pueblos, dice Bahá'u'lláh, sea cual sea su nación, religión u origen étnico, consiste en sentar los cimientos de una sociedad global que pueda reflejar la unicidad de la naturaleza humana. La unificación de los habitantes de la tierra no es ni una remota visión utópica ni, por último, una cuestión de opción. Constituye la próxima e ineludible etapa en el proceso de la evolución social, una etapa hacia la cual nos impulsa toda la experiencia del pasado y del presente. Ninguno de los males que afligen a nuestro planeta encontrará solución hasta que esta cuestión sea reconocida y afrontada, ya que todos los desafíos esenciales de la época en la que hemos entrado son globales y universales, no particulares o regionales.
Los numerosos pasajes de los escritos de Bahá'u'lláh que tratan sobre la llegada de la humanidad a su madurez están impregnados del uso de la luz como metáfora para reflejar el poder transformador de la unidad: "Tan potente es la luz de la unidad", reafirma, "que puede iluminar la tierra entera".3 Tal aseveración expone la historia contemporánea en una perspectiva netamente distinta de la que prevalece en este final del siglo veinte. Nos insta a descubrir - dentro del sufrimiento y descalabro de nuestros tiempos - la operación de fuerzas que están liberando la conciencia humana en preparación de una nueva etapa de su evolución. Nos emplaza a reexaminar cuanto ha sucedido en los últimos cien años y el efecto que estos acontecimientos han producido sobre la masa heterogénea de pueblos, razas, naciones y comunidades que han tenido esa vivencia.
Si, como asevera Bahá'u'lláh, "el bienestar de la humanidad, su paz y seguridad, son inalcanzables a menos y hasta que su unidad esté firmemente establecida",4 es comprensible por qué los bahá'ís tienen al siglo veinte, a pesar de todos sus desastres, como "el siglo de la luz".5 Pues estos cien años atestiguaron una transformación tanto del modo en que los habitantes de la tierra hemos comenzado a idear nuestro futuro colectivo, como en la manera en que pasamos a relacionarnos unos con otros. El cuño de ambos ha sido un proceso de unificación. Convulsiones más allá del control de las instituciones existentes forzaron a los líderes del mundo a implementar nuevos sistemas de organización global que hubieran sido impensables a comienzos de siglo. A medida que estaba sucediendo esto, sobrevenía una rápida erosión de costumbres y actitudes que habían dividido pueblos y naciones a lo largo de incontables siglos de conflictos y que tenían visos de perdurar para siempre.
A mediados de siglo, estos dos acontecimientos dieron lugar a un adelanto cuyo significado histórico solamente generaciones futuras podrán apreciar debidamente. En el aturdimiento de las secuelas de la Segunda Guerra Mundial, los dirigentes con visión de futuro hallaron por fin posible, mediante la organización de las Naciones Unidas, iniciar la consolidación de los cimientos del orden mundial. El nuevo sistema de convenciones internacionales y organismos afines, tal como había sido largamente soñado por pensadores progresistas, disponía ahora de poderes esenciales que le habían sido trágicamente negados a la frustrada Liga de Naciones. Conforme avanzaba el siglo, se fortificó paulatinamente la musculatura primitiva del sistema de mantenimiento de la paz internacional hasta demostrar de forma persuasiva lo que se puede lograr. Con esto se fue dando la expansión continua de las instituciones democráticas de gobierno por todo el mundo. Aunque los efectos prácticos resulten todavía decepcionantes, ello en modo alguno debilita el histórico e irreversible cambio de dirección que se ha verificado en la organización de los asuntos humanos.
Y tal como sucede con el orden mundial, lo mismo va ocurriendo con los derechos de los pueblos del mundo. La divulgación de los aterradores tormentos infligidos a las víctimas de la perversidad humana en el transcurso de la guerra generó una sensación de choque y lo que solamente puede calificarse como un hondo sentimiento de vergüenza. De este trauma surgió un nuevo tipo de compromiso moral, institucionalizado formalmente en las labores de la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas y sus agencias asociadas, hecho que hubiera sido inconcebible para los gobernantes del siglo diecinueve a quienes Bahá'u'lláh se había dirigido sobre este mismo tema. Reforzado con esta legitimidad, un conjunto creciente de organizaciones no gubernamentales se ha propuesto asegurar que la Declaración Universal de los Derechos Humanos sea establecida como la base de criterios normativos internacionales y que sea implantada de modo acorde.
Un proceso paralelo se llevó a cabo en la vida económica. Durante la primera mitad del siglo, como consecuencia del caos provocado por la gran depresión, muchos gobiernos adoptaron medidas legislativas para la creación de programas de asistencia social y sistemas de control financiero, fondos de reserva y regulaciones de comercio destinados a proteger a la sociedad de la recurrencia de tal devastación. El período posterior a la Segunda Guerra Mundial trajo consigo el establecimiento de instituciones cuyo campo de operación es global: el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, el Acuerdo General sobre Comercio y Tarifas (GATT), y una red de organismos de desarrollo dedicada a racionalizar y promover la prosperidad material del planeta. Al terminar el siglo - sean cuales sean las intenciones y por imperfecta que sea la actual generación de herramientas - las masas de la humanidad han podido comprobar que el uso de la riqueza del planeta puede ser fundamentalmente reorganizado en respuesta a conceptos de necesidad totalmente nuevos.
El efecto de estos adelantos se vio enormemente amplificado por la extensión acelerada de la educación a las masas. Más allá de la disposición de gobiernos nacionales y locales de asignar recursos cada vez mayores a este campo y de la capacidad de la sociedad para movilizar y entrenar ejércitos de maestros profesionalmente cualificados, dos avances de alcance internacional del siglo veinte fueron particularmente influyentes. El primero fue la serie de planes de desarrollo centrados en las necesidades educacionales que contó con la financiación masiva de entidades como el Banco Mundial, organismos gubernamentales, grandes fundaciones y varias ramas del sistema de las Naciones Unidas. El segundo fue la explosión de la tecnología de la información, que ha convertido a todos los habitantes de la tierra en beneficiarios potenciales del saber de la totalidad del género humano.
Este proceso de reorganización estructural a escala planetaria fue animado y reforzado por un profundo cambio de conciencia. Repentinamente, poblaciones enteras se vieron compelidas a afrontar los costos de arraigadas costumbres mentales que generaban conflictos y eso ante los focos de una reprobación mundial de lo que, en otros tiempos, se consideraba como prácticas y actitudes admisibles. La consecuencia fue la de estimular un cambio revolucionario en la manera en que las personas se consideraban unas a otras.
Por ejemplo, a lo largo de la historia la experiencia parecía demostrar - y la enseñanza religiosa confirmar - que las mujeres eran esencialmente inferiores a los hombres por naturaleza. De la noche a la mañana, desde una perspectiva histórica de las cosas, esta percepción prevaleciente estaba batiendo en retirada de golpe y en todas partes. Por largo y penoso que sea el proceso de conferir pleno sentido a la afirmación de Bahá'u'lláh que el hombre y la mujer son en todos los sentidos iguales, lo cierto es que el apoyo intelectual y moral de cualquier opinión contraria se desmorona continuamente.
Otra noción de la humanidad sobre sí misma, anclada a lo largo de los milenios fue la consagración de las diferencias étnicas, las cuales, en los últimos siglos, se cristalizaron en varias fantasías racistas. Con una celeridad pasmosa, si se atiende a la perspectiva histórica, el siglo veinte vio a la unidad de la raza humana afincarse como principio rector del orden internacional. Hoy día, los conflictos étnicos que siguen asolando numerosas partes del mundo ya no se perciben como características naturales de las relaciones entre pueblos distintos, sino como aberraciones tenaces que deben ser sometidas a un efectivo control internacional.
Durante la prolongada infancia de la humanidad, también se daba por sentado, de nuevo con la plena anuencia de la religión organizada, que la pobreza constituía un rasgo permanente e inevitable del orden social. Ahora sin embargo, tal mentalidad cuya aceptación había perfilado las prioridades de todos los sistemas económicos que el mundo conoció, ha sido rechazada universalmente. Al menos en teoría, el gobierno ha llegado a ser, en todas partes, considerado esencialmente como un custodio responsable de asegurar el bienestar de todos los miembros de la sociedad.
Especialmente significativo - por su íntima relación con las raíces de la motivación humana - fue el debilitamiento de la dominación del prejuicio religioso. Prefigurado ya en el "Parlamento de las Religiones" que tanto interés suscitó a finales del siglo diecinueve, el proceso de diálogo y colaboración interreligiosos reforzó los efectos del secularismo al socavar las otrora inconquistables murallas de la autoridad del clero. Ante la transformación en los conceptos religiosos presenciada en los últimos cien años, incluso el actual brote de reacciones fundamentalistas puede ser visto, retrospectivamente, como poco más que desesperadas acciones de retaguardia frente a la inevitable disolución del control sectario. En palabras de Bahá'u'lláh, "No puede haber la menor duda que los pueblos del mundo, de cualquier raza o religión, derivan su inspiración de una sola Fuente celestial, y son los súbditos de un solo Dios".6
Durante estas críticas décadas el discernimiento humano también ha experimentado cambios fundamentales en su modo de comprender el universo físico. La primera mitad del siglo vio como las nuevas teorías de la relatividad y de la mecánica cuántica -ambas íntimamente relacionadas con la naturaleza y operación de la luz -revolucionaban el campo de la física y alteraban por completo el curso del desarrollo científico. Se hizo evidente que la física clásica sólo podía explicar los fenómenos dentro de un marco limitado. De pronto, se abría una nueva puerta al estudio tanto de las partículas elementales del universo como de sus grandes sistemas cosmológicos, un cambio cuyos efectos sobrepasaron ampliamente la física, sacudiendo las bases mismas de la percepción del mundo que había dominado el pensamiento científico durante siglos. Se descartaron para siempre las imágenes de un universo mecánico accionado como un reloj y la supuesta separación entre el observador y lo observado, entre mente y materia. Los estudios de gran alcance que así se volvieron posibles sirven ahora de tela de fondo a la ciencia teórica que comienza a explorar la posibilidad que el propósito y la inteligencia sean de hecho elementos inherentes a la naturaleza y operación del universo.
A raíz de estos cambios conceptuales, la humanidad ingresó en una era en que la interacción entre las ciencias físicas - física, química y biología, acompañadas de la incipiente ecología - abrió posibilidades asombrosas para el realce de la vida. Los beneficios cosechados en áreas de tan vital interés como la agricultura y la medicina se destacaron singularmente tal como los que derivan del éxito en la explotación de nuevas fuentes de energía. A un tiempo, el campo nuevo de la ciencia de los materiales comenzó a proporcionar una profusión de recursos especializados desconocidos a principios de siglo: plásticos, fibras ópticas, fibras de carbono.
Tales avances de la ciencia y tecnología tuvieron efectos recíprocos. Los granos de arena - la sustancia más humilde y notoriamente despreciable - transmutados en placas de silicio y en lentes ópticamente puros, han posibilitado la creación de redes mundiales de comunicación. Junto con el despliegue de sistemas de satélites cada vez más sofisticados, éstas comenzaron a facilitar el acceso de la gente en todo el mundo, sin distinción, al conocimiento acumulado por la raza humana entera. Es obvio que las décadas del futuro inmediato atestiguarán la integración de las tecnologías de la telefonía, televisión y computación en un solo sistema unificado de comunicación e información, cuyos dispositivos asequibles estarán disponibles a escala masiva. Resultaría difícil exagerar el impacto psicológico y social que tendrá la prefigurada substitución de la maraña de sistemas monetarios existentes - para muchos el último bastión del orgullo nacionalista - por una divisa mundial única, circulando mayormente mediante impulsos electrónicos.
A la verdad, en ninguna otra parte resulta tan notorio el efecto unificador de la revolución del siglo veinte como en las repercusiones de los cambios que se verificaron en la vida científica y tecnológica. En el nivel más evidente, la raza humana está ahora dotada de los medios requeridos para realizar los objetivos visionarios invocados por una conciencia en constante maduración. Visto con mayor profundidad, esta potenciación está virtualmente al alcance de todos los habitantes de la tierra, sin distinción de raza, cultura o nación. "Una nueva vida se agita", observó proféticamente Bahá'u'lláh, "en esta época, dentro de todos los pueblos de la tierra; y, no obstante, nadie ha descubierto su causa o percibido su motivo".7 Hoy, más de un siglo después de que estas palabras fueran escritas, las repercusiones de lo que ha acontecido desde entonces empiezan a ser evidentes por doquier para las mentes precavidas.
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preciar la transformación consumada durante el período de la historia que ahora culmina no implica negar la oscuridad acompañante que pone los logros en marcado contraste: el exterminio deliberado de millones de seres humanos desamparados, la invención y uso de nuevas armas de destrucción capaces de aniquilar poblaciones enteras, el surgimiento de ideologías que sofocaron la vida espiritual e intelectual de naciones enteras, el daño causado al medio ambiente del planeta a una escala tan masiva que posiblemente requiera siglos para subsanar, y el daño incalculablemente mayor infligido a generaciones de niños instruidos a creer que la violencia, la indecencia y el egoísmo son triunfos de la libertad personal. Éstos son tan sólo los más obvios de un catálogo de males, sin parangón en la historia, cuyas lecciones legará nuestra era para ilustración de las escarmentadas generaciones que nos sucedan.
La oscuridad sin embargo, no es un fenómeno dotado de existencia propia, y mucho menos de autonomía. No extingue la luz ni la debilita, sino que señala esas zonas que la luz no ha alcanzado o iluminado adecuadamente. Así será reseñada sin duda la civilización del siglo veinte por los historiadores de una época más madura y desapasionada. Las ferocidades de naturaleza animal que campearon desbocadas durante estos años críticos y que, a veces, parecieron amenazar la supervivencia misma de la sociedad, de hecho no consiguieron impedir el continuo despliegue de las potencialidades creativas que posee la conciencia humana. Al contrario. Conforme el siglo avanzaba, más y más personas cobraban conciencia de cuán huecas eran las lealtades y cuán infundados los temores que las sojuzgaban pocos años atrás.
"Inigualable es este Día", insiste Bahá'u'lláh, "pues es como el ojo para épocas y siglos pasados, y como una luz para la oscuridad de los tiempos".8 Desde esta perspectiva, la controversia no es la oscuridad que retardó y empañó el progreso logrado en los cien prodigiosos años que ahora terminan. Más bien, es la de cuánto sufrimiento y ruina habrá todavía de soportar nuestra raza hasta que aceptemos de corazón la naturaleza espiritual que nos hace un solo pueblo, y cobremos el valor para planear nuestro futuro a la luz de lo asimilado con tanto dolor.
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l concepto del futuro de la civilización que se perfila en los escritos de Bahá'u'lláh desafía buena parte de lo que hoy se impone en nuestro mundo como normativo e inalterable. Los despliegues alcanzados durante el siglo de la luz han abierto la puerta a una nueva clase de mundo. Si la evolución social e intelectual en verdad responde a una inteligencia moral inherente a la existencia, gran parte de la teoría que determina los enfoques contemporáneos en la toma de decisiones se encuentra fatalmente viciada. Si la conciencia humana posee una naturaleza esencialmente espiritual - según la intuición de siempre de la gran mayoría de las personas comunes -, sus necesidades de desarrollo no pueden entenderse ni atenderse mediante una interpretación de la realidad que dogmáticamente insiste en lo contrario.
Ningún aspecto de la civilización contemporánea resulta más frontalmente desafiado por la concepción del futuro que expresa Bahá'u'lláh que el reinante culto del individualismo, que se ha extendido a la mayor parte del mundo. Sustentada por fuerzas culturales tales como ideologías políticas, elitismo académico y una economía de consumo, la "búsqueda de la felicidad" ha suscitado un sentido agresivo y casi sin límites del derecho personal. Las consecuencias morales han sido corrosivas por igual para el individuo y la sociedad; y devastadoras en términos de enfermedades, drogadicción y otras plagas demasiado comunes del final de siglo. La tarea de liberar a la humanidad de un error tan fundamental e insidioso requerirá que se ponga en tela de juicio algunos de los supuestos más arraigados del siglo veinte sobre el bien y el mal.
¿Cuáles son algunos de estos supuestos sin cuestionar? El más obvio es la convicción que la unidad es un ideal distante, casi inalcanzable, a ser abordado sólo después de que se hayan resuelto, de alguna forma, una multitud de conflictos políticos, satisfechas, de algún modo, las necesidades materiales y enmendadas, de alguna manera, las injusticias. El inverso, declaró Bahá'u'lláh, es el caso. La dolencia primaria que aqueja a la sociedad y genera los males que la invalidan, afirma, es la desunión de una raza humana que se distingue por su capacidad de colaboración y cuyo progreso, hasta la fecha, ha dependido de la medida en que, en diferentes etapas y diversas sociedades, se ha alcanzado una acción unificada. Aferrarse a la noción de que el conflicto constituye un rasgo intrínseco de la naturaleza humana, antes que de un compuesto de hábitos y actitudes adquiridos, equivale a imponer al nuevo siglo un error que, más que cualquier otro factor aislado, ha estorbado trágicamente el pasado de la humanidad. "Considerad al mundo", amonestaba Bahá'u'lláh a los dirigentes electos, "como el cuerpo humano que, aunque al ser creado es sano y perfecto, por diversas causas ha sufrido graves trastornos y enfermedades".9
Íntimamente relacionado con la cuestión de la unidad está un segundo reto moral que el siglo, que ahora se agota, ha planteado con una urgencia cada vez mayor. A los ojos de Dios, reitera Bahá'u'lláh, la justicia es la "más amada de todas las cosas".10 Ella faculta a la persona para que vea la realidad con sus propios ojos, y no a través de los de otros, y dota la toma colectiva de decisiones de la única clase de autoridad que puede asegurar la unidad de pensamiento y acción. Por muy satisfactorio que sea el sistema de orden internacional que surgió de las experiencias horrendas del siglo veinte, la perennidad de su influencia estará sujeta a que se acepte el principio moral implícito en ella. Si el conjunto de la humanidad es en verdad uno e indivisible, entonces la autoridad que ejercen las instituciones de gobierno es en esencia la de un fideicomisario. Cada individuo llega al mundo como un fideicomiso del conjunto, y es este rasgo de la existencia humana lo que constituye el cimiento real de los derechos sociales, económicos y culturales articulados en la Carta de las Naciones Unidas y los documentos afines. La justicia y la unidad ejercen un efecto recíproco. "El propósito de la justicia", escribió Bahá'u'lláh, "es el surgimiento de la unidad entre los hombres. El océano de la sabiduría divina brota dentro de esta exaltada palabra, mientras los libros del mundo no pueden contener su íntimo significado".11
A medida que la sociedad se compromete - aunque de forma vacilante y temerosa - con éstos y otros principios morales relacionados, el papel más significativo que se ofrece al individuo es el del servicio. Una de las paradojas de la vida humana consiste en que el desarrollo de la personalidad tiene lugar primariamente a través del compromiso en empresas más amplias en las que el yo - aunque sea temporalmente - se olvida. En una época que ofrece a la gente de todas las condiciones la oportunidad de participar efectivamente en dar cuerpo al propio orden social, el ideal del servicio a los demás asume un significado enteramente nuevo. Exaltar metas tales como la ávida acumulación y la reivindicación de derechos como el propósito de la vida es promover principalmente el lado animal de la naturaleza humana. Tampoco pueden los mensajes simplistas de salvación personal responder a los anhelos de generaciones que han podido comprobar, con honda certidumbre, que la verdadera realización pertenece tanto a este mundo como al venidero. "Preocupaos fervientemente por las necesidades de la época en que vivís", aconsejaba Bahá'u'lláh, "y centrad vuestras deliberaciones en sus exigencias y requerimientos".12
Tales perspectivas conllevan profundas implicaciones para la conducción de los asuntos humanos. Es obvio, por ejemplo, que, cualesquiera que hayan sido sus aportaciones en el pasado, cuanto más perdure el estado-nación como la influencia dominante en la determinación del destino de la humanidad, tanto más se relegará el logro de la paz mundial, y tanto mayor será el sufrimiento infligido a la población de la tierra. En la vida económica de la humanidad, no importa cuán grande sea la prosperidad producida por la globalización, es evidente que este proceso también ha generado concentraciones de poder autocrático sin igual que habrán de someterse al control democrático internacional, si no se quiere que produzcan pobreza y desesperación para innumerables millones. De igual modo, el progreso histórico en la tecnología de la información y comunicación, que representa un recurso tan potente para promover el desarrollo social y profundizar el sentido de humanidad común en la gente, puede, con igual fuerza, descarriar y embrutecer impulsos que serían vitales para el desempeño de este mismo proceso.
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o que Bahá'u'lláh plantea es una nueva relación entre Dios y la humanidad, en armonía con la madurez incipiente de la raza. La Realidad última que ha creado y sostiene el universo permanecerá para siempre más allá del alcance de la mente humana. La relación consciente de la humanidad con ella, en la medida en que se ha establecido, ha sido resultado de la influencia de los Fundadores de las grandes religiones: Moisés, Zoroastro, Buda, Jesús, Muhammad y figuras anteriores cuyos nombres, en su mayor parte, han caído en olvido. Al responder a estos impulsos de lo Divino, los pueblos de la tierra han desarrollado progresivamente las capacidades espirituales, intelectuales y morales que combinaron en civilizar el carácter humano. Este proceso acumulativo y milenario ha llegado ahora a una de esas etapas características en todas las encrucijadas decisivas del proceso evolutivo, en las que surgen de repente posibilidades nunca antes alcanzadas: "Éste es el Día", asevera Bahá'u'lláh, "en que los más excelentes favores de Dios han sido derramados sobre los hombres, Día en que Su poderosísima gracia ha sido infundida en todas las cosas creadas".13
Observada a través de los ojos de Bahá'u'lláh, la historia de tribus, pueblos y naciones ha llegado efectivamente a su conclusión. Lo que presenciamos ahora es el comienzo de la historia de la humanidad, la historia de una raza humana consciente de su propia unicidad. Para esta hora decisiva en el curso de la civilización, sus escritos aportan una nueva definición de la naturaleza y de los procesos de la civilización, así como un nuevo orden de prioridades. Su objetivo es el de hacernos retornar a una conciencia y responsabilidad espirituales.
No hay nada en los escritos de Bahá'u'lláh que fomente la ilusión que los cambios contemplados se alcancen fácilmente. Muy al contrario. Tal como ya lo demostraron los sucesos del siglo veinte, los padrones de hábitos y actitudes que se han arraigado durante milenios no se abandonan espontáneamente, ni simplemente en respuesta a la educación o la actuación legislativa. Ya sea en la vida del individuo o la de la sociedad, el cambio profundo no pocas veces ocurre en respuesta al sufrimiento intenso y a dificultades inaguantables que no pueden ser superadas de ninguna otra manera. Tan fuerte prueba, ni más ni menos, advirtió Bahá'u'lláh, es necesaria para fundir a los diversos pueblos de la tierra en un solo pueblo.
Las concepciones espirituales y materialistas de la naturaleza de la realidad son irreconciliables entre sí y desembocan en direcciones opuestas. Al iniciarse el nuevo siglo, el curso marcado por la segunda de estas dos visiones opuestas ya ha llevado a una humanidad desamparada a rebasar el punto límite en el que todavía se podía sustentar una ilusión de racionalidad, cuanto más de bienestar humano. Con cada día que pasa, se multiplican las evidencias de que por doquier grandes masas de personas están llegando a esta misma conclusión.
A pesar de la opinión contraria muy predominante, la raza humana no es una tabla en blanco en la cual los árbitros privilegiados de los asuntos humanos puedan inscribir libremente sus propios deseos. Las fuentes del espíritu manan donde es su voluntad, según su voluntad. No seguirán indefinidamente sofocadas por los escombros de la sociedad contemporánea. Ya no se necesita visión profética para apreciar que los años iniciales del nuevo siglo presenciarán la liberación de energías y aspiraciones infinitamente más potentes que las acumuladas rutinas, falsedades y adicciones que durante tanto tiempo han bloqueado su expresión.
Por muy grande que sea el alboroto, el período hacia el cual se dirige la humanidad ofrecerá a todo individuo, a toda institución y a toda comunidad de la tierra oportunidades sin precedentes de participar en escribir el futuro del planeta. "Pronto", es la promesa categórica de Bahá'u'lláh, "el orden actual será enrollado y uno nuevo será desplegado en su lugar".14
Notas
1. Comentarios hechos por el diputado Luis Gushiken y la diputada Rita Camata. "Sessâo Solene da Câmara Federal em Homenagem ao Centenário da Ascensâo de Bahá'u'lláh", Brasilia, 28 de mayo de 1992.
2. Bahá'u'lláh, Tabas de Bahá'u'lláh (EBILA, 1982), p. 78.
3. Bahá'u'lláh, Epístola al Hijo del Lobo (EBILA, 1985), p. 13.
4. Bahá'u'lláh, Pasajes de los Escritos de Bahá'u'lláh, sección CXXXI.
5. 'Abdu'l-Bahá, La Promulgación de la Paz Universal (EBILA, 1991), p. 84.
6. Bahá'u'lláh, Pasajes de los Escritos de Bahá'u'lláh, sección CXI.
7. Bahá'u'lláh, Pasajes de los Escritos de Bahá'u'lláh, sección XCVI.
8. Bahá'u'lláh, citado en Shoghi Effendi, El Advenimiento de la Justicia Divina (EBILA, 1974), p. 116.
9. Bahá'u'lláh, Pasajes de los Escritos de Bahá'u'lláh, sección CXX.
10. Bahá'u'lláh, Las Palabras Ocultas, número 2 del árabe.
11. Bahá'u'lláh, Tabas de Bahá'u'lláh (EBILA, 1982), p. 75.
12. Bahá'u'lláh, Pasajes de los Escritos de Bahá'u'lláh, sección CVI.
13. Bahá'u'lláh, Pasajes de los Escritos de Bahá'u'lláh, sección IV.
14. Bahá'u'lláh, Pasajes de los Escritos de Bahá'u'lláh, sección IV.
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¿Quién está escribiendo el futuro? Página 2
Wer schreibt die Zukunft?
Nationaler Geistiger Rat der Bahá’í in Deutschland e.V. – April 1999
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Wer schreibt die
Zukunft?
m 28. Mai 1992 trafen sich die Volksvertreter Brasiliens zu einer Sondersitzung, um
dem 100. Jahrestag des Hinscheidens Bahá’u’lláhs, mit dessen Einfluß man in der
gesellschaftlichen und intellektuellen Landschaft der Welt immer vertrauter wird, zu
gedenken. Seine Botschaft der Einheit hat offensichtlich die brasilianischen Gesetzgeber in ihrem
Innersten tief berührt. Während jener Sondersitzung zollten Sprecher aller in der Kammer
vertretenen Parteien ihren Respekt jenen Schriften, die einer der Abgeordneten als „das
umfassendste religiöse Werk aus der Feder eines einzelnen Menschen“ bezeichnete. Der Respekt
der Abgeordneten galt auch einer Zukunftsvision für unseren Planeten, die „materielle Grenzen
überschreitet“ und - wie ein anderer Abgeordneter sagte - „sich an die ganze Menschheit wandte,
ohne kleinliche Unterschiede zwischen Nationen, Rassen, anderen Abgrenzungen oder Glaubensrichtungen
zu machen“.1
Dieser Tribut war um so beeindruckender aufgrund der Tatsache, dass im Geburtsland
Bahá’u’lláhs sein Vermächtnis weiterhin von der muslimischen Geistlichkeit, die den Iran regiert,
auf das Bitterste verdammt wird. Deren Vorgänger waren für seine Verbannung und
Gefangenschaft Mitte des 19. Jahrhunderts verantwortlich gewesen sowie für die Massaker an
Tausenden jener Menschen, die Bahá’u’lláhs Ideale der Veränderung der menschlichen
Lebensweise und der Gesellschaft teilten. Zur gleichen Zeit, als in Brasilia die Feierlichkeiten
vonstatten gingen, brachte den im Iran lebenden 300.000 Bahá’í die Weigerung,
Glaubensgrundsätze zu verneinen, die vom größten Teil der Welt hoch gelobt wurden,
Verfolgungen, Entbehrungen und, in zu vielen Fällen, auch Verhaftungen und Tod.
Von ähnlicher Gegnerschaft waren auch die Einstellungen verschiedener totalitärer Regime
im Verlaufe des vergangenen Jahrhunderts gekennzeichnet.
Aber welches Gedankengut beinhalten diese Lehren, die solch stark auseinanderklaffende
Reaktionen erregt haben?
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Wer schreibt die Zukunft?
Nationaler Geistiger Rat der Bahá’í in Deutschland e.V. – April 1999
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Die Hauptabsicht der Botschaft Bahá’u’lláhs ist die Erklärung der Wirklichkeit als etwas, was
primär geistiger Natur ist, und die Darstellung der Gesetze, die das Funktionieren dieser
Wirklichkeit beherrschen. Diese Darstellung betrachtet nicht nur den einzelnen Menschen als
geistiges Wesen, als eine „mit Vernunft begabte Seele“, sondern betont nachdrücklich, dass das
gesamte von uns als Zivilisation bezeichnete Unterfangen auch einen geistigen Prozess darstellt,
einen Prozess, in dessen Verlauf der menschliche Verstand und die menschliche Seele
zunehmend komplexere und effizientere Mittel entwickelt haben, um der ihnen innewohnenden
moralischen und intellektuellen Fähigkeiten Ausdruck zu verleihen.
Während Bahá’u’lláh die herrschenden Dogmen des Materialismus ablehnt, stellt er diesen
eine ganz entgegengesetzte Interpretation historischer Abläufe gegenüber. Die Menschheit -
Pfeilspitze der Evolution des Bewußtseins - durchläuft Stadien, die mit den Entwicklungsphasen
eines Säuglings, Kindes und Jugendlichen im Leben eines einzelnen Menschen vergleichbar sind.
Die Reise hat uns an die Schwelle unserer lange ersehnten Reife als vereinte Menschheit
gebracht. Die Kriege, Ausbeutung und Vorurteile, die für die Phasen der Unreife typisch waren,
sollten uns nicht verzweifeln lassen, sondern ein Anreiz dazu sein, die mit dem kollektiven
Reifealter verbundene Verantwortung anzunehmen.
In seinen Sendschreiben an die politischen und religiösen Führer seiner Zeit schrieb
Bahá’u’lláh, dass in den Völkern der Erde neue Fähigkeiten von unermesslicher Macht
erwachten, die das Vorstellungsvermögen der damals lebenden Generation überstiegen und die
bald danach das materielle Leben auf dem Planeten verändern würden. Er sagte, es sei unbedingt
erforderlich, diese künftigen materiellen Fortschritte zur moralischen und gesellschaftlichen
Entwicklung zu nutzen. Wenn nationalistische und sektiererische Konflikte dies verhindern
sollten, dann werde materieller Fortschritt nicht nur Vorteile, sondern bisher nie vorgestellte
negative Konsequenzen haben. Einige der von Bahá’u’lláh formulierten Warnungen erinnern uns
an finstere Ereignisse in unserem eigenen Zeitalter. „Seltsame, verblüffende Dinge gibt es in der
Erde”, warnte er. „Diese Dinge sind imstande, die ganze Erdatmosphäre zu verwandeln, und eine
Verseuchung mit ihnen wäre tödlich.”2
Wer schreibt die Zukunft?
Nationaler Geistiger Rat der Bahá’í in Deutschland e.V. – April 1999
3
II
Die zentrale Frage, mit der sich alle Völker - egal, welcher Nation, Religion oder ethnischer
Herkunft - auseinandersetzen müssen, sagt Bahá’u’lláh, ist die Schaffung der Grundlagen für eine
globale Gesellschaft, die die Einheit der menschlichen Natur widerzuspiegeln vermag. Die
Vereinigung der Bewohner der Erde ist weder eine weit entfernte utopische Vision, noch eine
Angelegenheit, bei der wir überhaupt die Wahl haben. Diese Vereinigung stellt die nächste
unausweichliche Phase im gesellschaftlichen Entwicklungsprozeß dar, eine Phase, zu der alle
Erfahrungen der Vergangenheit und Gegenwart uns hindrängen. Erst wenn die Existenz diese
Tatsache erkannt und in Angriff genommen wird, können die unseren Planeten quälenden
Probleme gelöst werden, denn alle wesentlichen Herausforderungen des Zeitalters, in das wir
eingetreten sind, sind global und universell und nicht auf Einzelaspekte oder Regionen
beschränkt.
Die vielen Textstellen in den Schriften Bahá’u’lláhs, in denen es um das Erreichen des
Reifealters der Menschheit geht, sind durchdrungen von der von ihm verwandten
Lichtmetaphorik, die die verwandelnde Kraft der Einheit ausdrückt: „So mächtig ist das Licht der
Einheit, dass es die ganze Erde erleuchten kann.”3 Diese Aussage rückt die gegenwärtige
Geschichte in eine Perspektive, die sich stark von der am Ende des zwanzigsten Jahrhunderts
vorherrschenden Sichtweise unterscheidet. Diese Feststellung drängt uns dazu, in all dem Leid
und dem Zerfall unserer Zeit das Wirken von Kräften zu erkennen, die das menschliche
Bewußtsein für eine neue Phase seiner Evolution befreien. Sie ruft uns dazu auf, die Ereignisse
der vergangenen hundert Jahre zu überdenken sowie die Wirkung, die diese Entwicklungen auf
die sie erlebenden unterschiedlichen Völker, Rassen, Nationen und Gemeinschaften hatten.
Wenn, wie Bahá’u’lláh betont, „die Wohlfahrt der Menschheit, ihr Friede und ihre
Sicherheit ... unerreichbar (sind), wenn und ehe nicht ihre Einheit fest begründet ist”4, dann ist
verständlich, warum die Bahá’í das zwanzigste Jahrhundert - mit all seinen Katastrophen - als
„das Jahrhundert des Lichts“5 betrachten. Denn diese hundert Jahre waren Zeuge eines Wandels
sowohl der Art und Weise, wie die Erdbewohner unsere gemeinsame Zukunft zu planen
begannen, als auch der Art und Weise, wie wir beginnen, uns gegenseitig zu betrachten. Das
Kennzeichen beider Prozesse ist eine Entwicklung zur Vereinigung hin gewesen. Umwälzungen,
die jenseits der Kontrolle existierender Institutionen lagen, haben die Führungskräfte der Welt
dazu gezwungen, neue Systeme globaler Organisation zu initiieren, die zu Beginn des
Jahrhunderts noch undenkbar gewesen wären. Während dies geschah, wurden Gewohnheiten und
Einstellungen untergraben, die Menschen und Nationen während ungezählter konfliktbeladener
Jahrhunderte getrennt hatten und deren Fortbestand man für selbstverständlich gehalten hatte.
Wer schreibt die Zukunft?
Nationaler Geistiger Rat der Bahá’í in Deutschland e.V. – April 1999
4
Mitte des Jahrhunderts führten diese zwei Entwicklungen zu einem Durchbruch, dessen
historische Bedeutung erst zukünftige Generationen voll und ganz verstehen und schätzen
werden. Während der lähmenden Nachwehen des Zweiten Weltkriegs konnten weitschauende
Persönlichkeiten endlich beginnen, durch die Organisation der Vereinten Nationen die
Grundlagen einer Weltordnung zu schaffen und zu festigen. Das lange von fortschrittlichen
Denkern ersehnte System internationaler Abkommen und damit verbundener Institutionen war
nun mit entscheidenden Befugnissen ausgestattet, die dem gescheiterten Völkerbund
tragischerweise verwehrt geblieben waren. Im Laufe des Jahrhunderts gewann das System im
Bereich der Friedenssicherung immer größere Wirksamkeit auf eine Art und Weise, die
überzeugend zeigte, was erreicht werden kann. Gleichzeitig entstanden in der ganzen Welt immer
mehr demokratische Regierungsformen. Die praktischen Auswirkungen mögen noch enttäuschen,
aber dies vermindert nicht die Tragweite des historischen und unumkehrbaren
Richtungswechsels, der in der Organisation menschlicher Angelegenheiten stattgefunden hat.
Wie im Falle der Weltordnung steht es auch mit den Rechten der Völker der Welt. Die
Enthüllung der schrecklichen Leiden, die die Opfer menschlicher Perversion im Laufe des
Krieges heimsuchten, löste eine weltweite Schockreaktion aus - und etwas, das man nur als
tiefste Schamgefühle bezeichnen kann. Aus diesem Trauma heraus entstand eine neue Art des
moralischen Verantwortungsbewußtseins, das offiziell in der Arbeit der
Menschenrechtskommission der Vereinten Nationen und ihrer Unterorganisationen
institutionalisiert wurde - eine Entwicklung, die den von Bahá’u’lláh im neunzehnten Jahrhundert
diesbezüglich angeschriebenen Herrschern unvorstellbar erschienen wäre. So mit Macht
ausgestattet, haben sich eine wachsende Anzahl nicht-staatlicher Organisationen das Ziel gesetzt,
dafür Sorge zu tragen, daß die Allgemeine Erklärung der Menschenrechte als die Grundlage
normativer internationaler Standards gilt und dementsprechend durchgesetzt wird.
Eine parallel dazu verlaufende Entwicklung fand im Wirtschaftsleben statt. In der ersten
Hälfte des Jahrhunderts verabschiedeten viele Regierungen als Folge des durch die
wirtschaftliche Krise verursachten Chaos Gesetze zur Schaffung von Sozialhilfeprogrammen und
Systemen zur Finanzkontrolle, sowie Reservefonds und Handelsabkommen mit dem Ziel, ihre
Gesellschaft vor der Wiederholung solcher Verwüstung zu bewahren. Die Zeit nach dem
Zweiten Weltkrieg führte zu der Einrichtung von Institutionen, die weltweit arbeiten: des
Internationalen Währungsfonds, der Weltbank, des Allgemeinen Zoll- und Handelsabkommens
und eines Netzwerks von Entwicklungsorganisationen, die sich der Förderung und der
Weiterentwicklung des materiellen Wohlstands auf dem Planeten widmen. Am Ende des
Jahrhunderts hat die Menschheit gezeigt bekommen, dass, egal wie die Absichten und wie
primitiv die Methoden sind, die Nutzung des Reichtums der Erde grundlegend umorganisiert
werden kann, um einer ganz neuen Vorstellung von Bedürfnissen gerecht zu werden.
Die Auswirkungen dieser Entwicklungen wurden enorm verstärkt durch den zunehmend
schnelleren Ausbau von Bildungsmöglichkeiten für die Massen. Neben der Bereitschaft
nationaler Regierungen und örtlicher Gemeindeverwaltungen, diesem Bereich sehr viel mehr
Wer schreibt die Zukunft?
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Mittel zuzuteilen, und der Fähigkeit der Gesellschaft, Armeen an professionellen Lehrern
auszubilden, waren zwei weitere Fortschritte im 20. Jahrhundert auf der internationalen Ebene
besonders einflußreich. Der erste war eine Serie von Entwicklungsplänen, die sich auf
Bildungsbedürfnisse konzentrierten und massiv von Einrichtungen wie der Weltbank, von
Regierungsbehörden, großen Stiftungen und verschiedenen Zweigen des UN-Systems finanziert
wurden. Der zweite war die explosionsartige Entwicklung der Informationstechnologie, die aus
allen Erdenbürgern potentielle Nutznießer des gesamten Wissens der Menschheit gemacht hat.
Diese strukturelle Neuorganisierung auf globaler Ebene wurde von einem tiefgreifenden
Bewußtseinswandel belebt und verstärkt. Ganze Bevölkerungen sahen sich plötzlich mit dem
Preis eingefahrener Denkgewohnheiten, die zu Konflikten führen, konfrontiert, und zwar im
grellen Licht der weltweiten Verurteilung einst akzeptierter Praktiken und Einstellungen. Dies
regte revolutionäre Veränderungen in der Art und Weise, wie Menschen einander sehen, an.
Zum Beispiel schien im Laufe der Menschheitsgeschichte die Erfahrung zu zeigen - und
religiöse Lehren schienen dies zu bestätigen - dass Frauen vom Wesen her Männern unterlegen
wären. Wenn man die gesamte Geschichte als Zeitrahmen nimmt, begann geradezu über Nacht
der plötzliche und allgegenwärtige Rückzug dieser vorherrschenden Sichtweise. Wie lange und
leidvoll der Prozess auch sein mag, bis Bahá’u’lláhs Erklärung, dass Frauen und Männer in
jeglicher Hinsicht gleichwertig sind, voll verwirklicht wird - die intellektuelle und emotionelle
Unterstützung für dieser Erklärung entgegengesetzte Auffassungen verringert sich ständig.
Ein weiterer Fixpunkt im Selbstverständnis der Menschheit während dieses Jahrtausends
war die Verherrlichung ethnischer Unterschiede, die sich in den letzten Jahrhunderten zu
verschiedenen Formen rassistischer Wahnvorstellungen verhärtete. Mit einer Geschwindigkeit,
die im Gesamtzusammenhang der Menschheitsgeschichte verblüfft, erlebte das zwanzigste
Jahrhundert, wie sich die Einheit der Menschheit zu einem führenden Prinzip in internationalen
Beziehungen etablierte. Heute werden die ethnischen Streitigkeiten, die auch weiterhin in vielen
Teilen der Welt verheerende Folgen haben, nicht als natürliche Erscheinungen in den
Beziehungen zwischen unterschiedlichen Völkern betrachtet, sondern als willkürlich
herbeigeführte Verirrungen, die unter wirkungsvolle internationale Kontrolle gebracht werden
müssen.
Während der gesamten langen Kindheit der Menschheit nahm man auch an - erneut mit der
vollen Unterstützung religiöser Institutionen - dass Armut ein ewig andauerndes und
unausweichliches Merkmal der Gesellschaftsordnung sei. Heute wird jedoch diese Einstellung,
die die Prioritäten aller in der Welt je bekannten Wirtschaftssysteme geprägt hatte, allgemein
abgelehnt. Zumindest in der Theorie wird allerorts eine Regierung im Wesentlichen als ein
Treuhänder verstanden, dessen Verantwortung es ist, das Wohlergehen aller Mitglieder der
Gesellschaft zu sichern.
Besonders bedeutend war, aufgrund seiner engen Verbindung zu den Wurzeln
menschlicher Beweggründe, die Lockerung des festen Griffs religiöser Vorurteile. Bereits Ende
des neunzehnten Jahrhunderts erweckte das „Parlament der Religionen“ großes Interesse. Und
Wer schreibt die Zukunft?
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diese Entwicklung des interreligiösen Dialogs und der Zusammenarbeit verstärkte die
Auswirkungen des Sekularismus, indem sie die einst uneinnehmbaren Mauern der Autorität
Geistlicher untergrub. In Anbetracht der Wandlung religiöser Vorstellungen während der
vergangenen hundert Jahre wird man vielleicht im nachhinein sogar die derzeitigen Ausbrüche
fundamenta-listischer Reaktionen als lediglich verzweifelte Aktionen einer Nachhut verstehen,
die sich gegen die unvermeidliche Auflösung der durch sektiererische Gruppen ausgeübten
Kontrolle aufbäumt. Wie Bahá’u’lláh schreibt: „Ohne Zweifel verdanken die Völker der Welt,
welcher Rasse oder Religion sie auch angehören, ihre Erleuchtung derselben himmlischen Quelle
und sind einem einzigen Gott untertan.”6
Während dieser entscheidenden Jahrzehnte erlebte der menschliche Geist auch
grundlegende Veränderungen in seinem Verständnis des materiellen Universums. In der ersten
Hälfte des Jahrhunderts entstanden neue Theorien über Relativität und Quantenmechanik, die
beide eng mit der Natur und Funktionsweise des Lichtes verbunden sind. Diese Theorien
revolutionierten die Physik und veränderten die gesamte Wissenschaftsentwicklung. Es wurde
offensichtlich, dass die klassische Physik nur einen begrenzten Bereich von Naturphänomenen
erklären konnte. Plötzlich hatte sich eine neue Tür in der Untersuchung sowohl der kleinsten
Bestandteile des Universums als auch der großen Systeme des Kosmos geöffnet, eine
Veränderung, die weit über die Physik hinaus Wirkungen zeigte und die Grundlagen eines
jahrhundertelang gültigen Denkens der Wissenschaften erschütterte. Für immer verloren waren
die Idee eines mechanischen Universums, das einem Uhrwerk ähnelt, sowie die damals
angenommene Trennung von Beobachter und Beobachtetem, von Geist und Materie. Vor dem
Hintergrund der dadurch ermöglichten weitreichenden Forschungsarbeiten beginnt die
theoretische Naturwissenschaft heute damit, die Möglichkeit zu erwägen, dass tatsächlich der
Natur und der Funktionsweise des Universums Zweck und Verstand innewohnen.
Im Sog dieser konzeptionellen Veränderungen trat die Menschheit dann in ein Zeitalter ein,
in dem die Zusammenarbeit der Naturwissenschaften - der Physik, Chemie, Biologie sowie der
noch jungen Ökologie - atemberaubende Möglichkeiten zur Verbesserung der
Lebensbedingungen eröffnete. Die positiven Auswirkungen wurden auf dramatische Weise
deutlich in so lebenswichtigen Problembereichen wie Landwirtschaft und Medizin sowie in
Bereichen, die aus den Erfolgen in der Nutzung neuer Energiequellen entstanden. Gleichzeitig
begann das neue Forschungsgebiet der Werkstoffkunde eine Vielzahl spezialisierter Materialien
wie Kunststoffe, Glasfasern und Kohlenstofffasern zur Verfügung zu stellen, die man zu Beginn
des Jahrhunderts noch nicht gekannt hatte.
Solche Fortschritte in Wissenschaft und Technologie befruchteten sich gegenseitig.
Sandkörner, das niedrigste und anscheinend wertloseste aller Materialien, verwandelten sich in
Silikonplättchen und optisch reines Glas und ermöglichten so die Schaffung weltweiter
Kommunikationsnetze. Diese Tatsache sowie der Einsatz von immer komplizierteren
Satellitensystemen beginnen für Menschen allerorts und ohne Unterschied Zugang zum gesamten
Wissen der ganzen Menschheit zu eröffnen. Es ist offensichtlich, dass die vor uns liegenden
Wer schreibt die Zukunft?
Nationaler Geistiger Rat der Bahá’í in Deutschland e.V. – April 1999
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Jahrzehnte die Verbindung von Telefon-, Fernseh- und Computertechnologie zu einem einzigen,
vereinheitlichten System erleben werden, dessen preisgünstige Geräte in großen Mengen
erhältlich sein werden. Es wäre schwierig, die psychologischen und gesellschaftlichen
Auswirkungen zu übertreiben, die entstehen, wenn das Durcheinander an Währungssystemen -
die für manche die letzte Bastion nationalistischen Stolzes darstellen - durch eine einzige
Weltwährung, die größtenteils elektronisch funktioniert, ersetzt werden wird.
In der Tat sind die Einheit schaffenden Auswirkungen der Umwälzungen des zwanzigsten
Jahrhunderts nirgends so einfach ersichtlich wie in den Folgen der Veränderungen in der
Naturwissenschaft und in der Technologie. Am offensichtlichsten ist, dass die Menschheit nun
mit den Mitteln ausgestattet ist, die zur Verwirklichung der visionären Ziele nötig sind, welche
ein ständig reifer werdendes Bewußtsein sich gesetzt hat. Bei tieferer Betrachtung zeigt sich, dass
diese vielfältigen Möglichkeiten potentiell allen Erdenbewohnern ungeachtet der Rasse, der
Kultur oder der Nation zur Verfügung stehen. Bahá’u’lláh sah voraus: „Neues Leben durchpulst
in dieser Zeit alle Völker der Erde, und doch hat keiner seine Ursache entdeckt und seinen Grund
erkannt.”7 Heute, mehr als hundert Jahre nach der Niederschrift dieser Worte, wird
nachdenkenden Gemütern die Tragweite des seitdem Geschehenen langsam deutlich.
Wer schreibt die Zukunft?
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8
III
Die Wandlungen, die durch die jetzt endende Zeitperiode bewirkt wurden, zu würdigen bedeutet
nicht, die sie begleitenden Schatten zu verleugnen, die den Errungenschaften scharfe Konturen
verleihen: die zielgerichtete Vernichtung von Millionen hilfloser Menschen; die Erfindung und
der Gebrauch neuer Zerstörungswaffen, die ganze Bevölkerungen auszulöschen vermögen; die
Entstehung von Ideologien, die das geistige und intellektuelle Leben ganzer Nationen erstickten;
Umweltzerstörung auf globaler Ebene in einem so großen Ausmaß, dass es Jahrhunderte dauern
kann, diese rückgängig zu machen; und der unermeßlich größere Schaden, der Generationen von
Kindern angetan wurde, indem man sie lehrte, dass Gewalt, Unanständigkeit und Selbstsucht
Triumphe persönlicher Freiheit seien. Dies sind nur die offensichtlichsten Beispiele aus einem
Katalog von Übeln, die in der Geschichte ihresgleichen suchen und deren Lektionen unser
Zeitalter zur Erziehung der gepeinigten zukünftigen Generationen als Erbe hinterlassen wird.
Die Dunkelheit ist jedoch kein Phänomen, dem irgendeine Form der Existenz, geschweige
denn der Autonomie innewohnt. Sie löscht das Licht nicht aus, noch verringert sie das Licht, aber
sie markiert diejenigen Regionen, die das Licht noch nicht erreicht oder angemessen erleuchtet
hat. So werden zweifelsohne die Historiker eines reiferen und objektiveren Zeitalters die
Zivilisation des zwanzigsten Jahrhunderts beurteilen. Die Grausamkeit der tierischen Natur, die
unkontrolliert in jenen kritischen Jahren wütete und manchmal das nackte Überleben der
Gesellschaft zu bedrohen schien, konnte tatsächlich nicht die fortlaufende Entfaltung der
schöpferischen Potentiale, mit denen das menschliche Bewußtsein ausgestattet ist, verhindern. Im
Gegenteil - je mehr das Jahrhundert voranschritt, desto mehr Menschen erkannten, wie leer die
Treueschwüre und wie gegenstandslos die Ängste waren, von denen sie nur wenige Jahre zuvor
gefangengehalten worden waren.
„Unvergleichlich ist dieser Tag,“ betont Bahá’u’lláh, „denn er ist wie das Auge für
vergangene Zeitalter und Jahrhunderte und wie ein Licht in der Finsternis der Zeiten.“8 Aus
dieser Perspektive ist nicht die Dunkelheit, die die Fortschritte der nun endenden
außergewöhnlichen hundert Jahre verlangsamt und überschattet hat, das Problem. Die Frage ist
vielmehr, wieviel Leid und Zerstörung die Menschheit noch ertragen muss, bis sie von ganzem
Herzen die geistige Natur annimmt, die sie zu einem einzigen Volk macht, und bis sie genug Mut
hat, ihre Zukunft im Lichte des so schmerzlich Erlernten zu planen.
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9
IV
Die in den Schriften Bahá’u’lláhs dargelegte Vorstellung von der künftigen Entwicklung der
menschlichen Kultur stellt vieles, was sich in unserer heutigen Welt als normativ und
unveränderlich darstellt, in Frage. Die während des Jahrhunderts des Lichts erzielten
Durchbrüche haben einer neuen Art von Welt Tür und Tor geöffnet. Wenn die gesellschaftliche
und intellektuelle Entwicklung tatsächlich eine Reaktion auf eine allem Existierenden
innewohnende moralische Intelligenz ist, dann beinhalten viele der Theorien, die zeitgenössische
Entscheidungsmethoden bestimmen, schwerwiegende Fehler. Wenn das menschliche
Bewusstsein von seinem Wesen her geistig ist - eine Tatsache, der sich die große Mehrheit der
Menschen intuitiv immer bewußt gewesen ist -, dann kann ein Wirklichkeitsverständnis, das
dogmatisch auf dem Gegenteil beharrt, die Entwicklungsbedürfnisse dieses Bewußtseins weder
begreifen noch ihnen dienlich sein.
Kein Teilbereich der heutigen Zivilisation wird von Bahá’u’lláhs Zukunftsvorstellung auf
direktere Weise in Frage gestellt als der vorherrschende Kult des Individualismus, der sich in
beinahe der ganzen Welt verbreitet hat. Von kulturellen Einflüssen wie politischer Ideologie,
akademischem Elitedenken und einer konsumorientierten Wirtschaft genährt, hat das „Streben
nach individuellem Glück“ ein aggressives und beinahe grenzenloses Bewußtsein für die
Ansprüche des Einzelnen gefördert. Die moralischen Folgen sind zersetzend für das Individuum
wie die Gesellschaft und verheerend, was die Verbreitung ansteckender Krankheiten, den
Drogenmissbrauch und andere allzu vertraute Übel unseres ausgehenden Jahrhunderts angeht.
Die Aufgabe, die Menschheit von einem so grundlegenden und alles durchdringenden
Missverständnis zu befreien, wird einige der eingefahrensten Vorstellungen des zwanzigsten
Jahrhunderts von Recht und Unrecht in Frage stellen.
Welche Denkweisen fallen in diese Kategorie der ungeprüften Ideen? Das offensichtlichste
Beispiel ist die Überzeugung, dass Einheit ein entferntes, beinahe unerreichbares Ideal ist, das
erst dann in Angriff genommen werden kann, wenn eine große Anzahl politischer Konflikte
irgendwie gelöst, materielle Bedürfnisse irgendwie befriedigt und Ungerechtigkeiten irgendwie
ausgemerzt worden sind. Bahá’u’lláh betont, dass das Gegenteil der Fall ist. Die Hauptkrankheit,
die die Gesellschaft peinigt und die Leiden hervorbringt, die die Gesellschaft lähmen, sagt er, ist
die Zwietracht innerhalb der Menschheit, die sich durch ihre Fähigkeit zur Zusammenarbeit
auszeichnet und deren Fortschritt bis heute von dem Ausmaß an gemeinsamem Handeln abhing,
das zu verschiedenen Zeiten und in verschiedenen Gesellschaften erreicht wurde. Sich an die
Vorstellung zu klammern, dass Konfliktbereitschaft eine Grundeigenschaft der menschlichen
Natur sei statt eine Mischung aus erlernten Gewohnheiten und Einstellungen, bedeutet, einem
Wer schreibt die Zukunft?
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neuen Jahrhundert einen Irrtum aufzuladen, der mehr als jeder andere Faktor auf tragische Weise
die Vergangenheit der Menschheit beeinträchtigt hat. „Betrachtet die Welt“, riet Bahá’u’lláh
gewählten Regierenden, „wie einen menschlichen Körper: Obwohl er bei seiner Erschaffung
gesund und vollkommen war, ist er aus verschiedenen Ursachen von schweren Störungen und
Krankheiten befallen worden.”9
Eng verknüpft mit der Problematik der Einheit ist die zweite moralische Herausforderung,
die das vergangene Jahrhundert mit zunehmend größerer Dringlichkeit gestellt hat. In Gottes
Augen ist, wie Bahá’u’lláh betont, die Gerechtigkeit „von allem das Meistgeliebte“.10 Sie befähigt
den Einzelnen, die Realität mit seinen eigenen Augen und nicht durch die Augen anderer
wahrzunehmen, und stattet kollektive Entscheidungsfindung mit einer Autorität aus, die allein die
Einheit in Denken und Handeln sicherstellen kann. Egal wie zufriedenstellend das aus den
schrecklichen Erfahrungen des zwanzigsten Jahrhunderts entstandene System internationaler
Ordnung sein mag - sein anhaltender Einfluß wird von der allgemeinen Annahme der ihm
innewohnenden moralischen Prinzipien abhängen. Wenn die gesamte Menschheit wahrhaftig eins
und unteilbar ist, dann entspricht die von ihren Führungseinrichtungen ausgeübte Amtsgewalt im
Wesentlichen der einer Treuhänderschaft. Jede einzelne Person kommt als der Gemeinschaft
anvertrautes Gut zur Welt; und dieses Merkmal menschlichen Daseins ist die wahre Grundlage
gesellschaftlicher, wirtschaftlicher und kultureller Rechte, wie sie in der Charta der Vereinten
Nationen und den damit verbundenen Dokumenten Ausdruck finden. Gerechtigkeit und Einheit
stehen in einer Wechselbeziehung. „Der Zweck der Gerechtigkeit,“ schrieb Bahá’u’lláh, „ist das
Zustandekommen von Einheit unter den Menschen. Das Meer göttlicher Weisheit wogt in diesem
erhabenen Wort, und alle Bücher der Welt können seine innere Bedeutung nicht fassen.“11
Während sich die Gesellschaft, egal wie zögerlich und ängstlich, diesen und ähnlichen
moralischen Prinzipien verpflichtet, wird sie dem Einzelnen als bedeutungsvollste Rolle die des
Dienstes bieten. Eines der Paradoxa menschlichen Lebens ist, dass sich das Selbst hauptsächlich
durch die Hingabe an größere Ziele entwickelt, wobei sich das Selbst - wenn auch nur zeitweilig -
vergißt. In einem Zeitalter, das den Menschen in allen Lebenslagen die Möglichkeit eröffnet, auf
wirksame Art und Weise an der Gestaltung der Gesellschaftsordnung teilzuhaben, erhält das Ideal
des Dienstes an Anderen eine ganz neue Bedeutung. Wenn man Ziele wie persönliche
Bereicherung und Selbstbestätigung zum Lebensziel erklärt, dann fördert man nur die tierische
Seite der menschlichen Natur. Genauso wenig können simple Botschaften individueller Erlösung
die Sehnsüchte derjenigen Generationen erfüllen, die mit tiefer Gewißheit gelernt haben, dass
wahre Erfüllung eine Angelegenheit sowohl dieser als auch der nächsten Welt ist.
„Befasst euch gründlich mit den Nöten der Zeit, in der ihr lebt,“ rät Bahá’u’lláh, „und legt
den Schwerpunkt eurer Überlegungen auf ihre Bedürfnisse und Forderungen.“12
Solche Gesichtspunkte haben tiefgreifende Auswirkungen auf den Umgang mit den
Angelegenheiten der Menschheit. Zum Beispiel ist es offensichtlich, dass je länger der
Nationalstaat die wichtigste Rolle in der Entwicklung des Schicksals der Menschheit spielt - trotz
seiner in der Vergangenheit erbrachten Leistungen - die Erreichung des Weltfriedens verzögert
Wer schreibt die Zukunft?
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und die Leiden der Erdbevölkerung vergrößert werden. Im Wirtschaftsleben der Menschheit ist
augenscheinlich, dass die Globalisierung trotz ihrer Segnungen auch noch nie dagewesene
Konzentrationen autokratischer Macht geschaffen hat, die unter internationale demokratische
Kontrolle gebracht werden muss, damit sie nicht für ungezählte Millionen von Menschen Armut
und Verzweiflung erzeugt. Ähnlich ist es mit dem historischen Durchbruch in der Informationsund
Kommunikationstechnologie, die ein so machtvolles Mittel zur Förderung sozialer
Entwicklung und zur Vertiefung des Gefühls des gemeinsamen Menschseins ist; diese
Technologie ist jedoch mit derselben Stoßkraft dazu in der Lage, die dem Vereinigungsprozess
förderlichen und für ihn nötigen, lebenswichtigen Impulse umzulenken und zu entstellen.
Wer schreibt die Zukunft?
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12
V
Bahá’u’lláh spricht von einer neuen Beziehung zwischen Gott und der Menschheit, einer
Beziehung, die mit der heranbrechenden Reife der Menschheit in Einklang steht. Die höchste
Wirklichkeit, die das Universum geschaffen hat und es am Leben hält, wird immer außerhalb der
Reichweite des menschlichen Geistes und Verstandes bleiben. Die bewusste Beziehung, die die
Menschheit mit dieser göttlichen Realität geknüpft hat, ist das Ergebnis des Einflusses der großen
Religionsstifter gewesen: Moses, Zarathustra, Buddha, Jesus, Muhammad und früherer Stifter,
deren Namen größtenteils der Vergessenheit anheim gefallen sind. Indem sie auf diese göttlichen
Impulse reagierten, haben die Völker der Erde zunehmend die geistigen, intellektuellen und
moralischen Fähigkeiten entwickelt, die gemeinsam den menschlichen Charakter zivilisiert
haben. Diese aufeinander aufbauende, jahrtausendelange Entwicklung hat nun eine Phase
erreicht, die typisch ist für alle entscheidenden Wendepunkte einer Evolution, eine Phase, in der
vorher unerkannte Möglichkeiten sich plötzlich auftun: „Dies ist der Tag,“ bekräftigt Bahá’u’lláh,
„da Gottes erhabenste Segnungen den Menschen zugeströmt sind, der Tag, da alles Erschaffene
mit Seiner mächtigsten Gnade erfüllt wurde.“13
Aus Bahá’u’lláhs Perspektive gesehen hat die Geschichte der Stämme, Völker und
Nationen tatsächlich ihren Abschluss gefunden. Was wir heute miterleben, ist der Anfang der
menschenwürdigen Geschichte der Menschheit, der Geschichte einer Menschheit, die sich ihrer
eigenen Einheit bewusst ist. An diesem Wendepunkt in der Entwicklung menschlicher Kultur
bieten Bahá’u’lláhs Schriften eine Neubestimmung des Wesens und der Entwicklungsprozesse
der Zivilisation und eine Neuordnung ihrer Prioritäten. Ihr Ziel ist es, uns zu geistiger
Bewusstheit und Verantwortung zurückzurufen.
Man wird in den Schriften Bahá’u’lláhs nichts finden, das zu der Illusion ermutigt, dass die
prophezeiten Veränderungen auf einfache Art und Weise realisiert werden. Ganz im Gegenteil.
Wie die Ereignisse im zwanzigsten Jahrhundert schon zeigten, werden Gewohnheits- und
Einstellungsmuster, die seit Tausenden von Jahren fest verwurzelt sind, weder spontan noch als
einfache Reaktion auf Bildung oder Gesetzgebungen abgelegt. Sowohl im Leben des Einzelnen
als auch der Gesellschaft passieren tiefgreifende Veränderungen meistens als Antwort auf
intensives Leiden und unerträgliche Schwierigkeiten, die anderweitig nicht zu überwinden wären.
Genau eine solche große Prüfung, warnte Bahá’u’lláh, ist notwendig, um die verschiedenen
Völker der Erde zu einem einzigen Volk zusammenzuschmieden.
Wer schreibt die Zukunft?
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13
Geistige und materialistische Vorstellungen vom Wesen der Realität sind miteinander
unvereinbar und führen in entgegengesetzte Richtungen. Während das neue Jahrhundert seinen
Anfang nimmt, hat die von der materialistischen Vorstellung gesetzte Zielrichtung eine
unglückliche Menschheit bereits weit über den Punkt hinausgebracht, an dem die Illusion der
Rationalität und erst recht die des menschlichen Wohlergehens aufrechterhalten werden konnte.
Mit jedem Tag, der verstreicht, mehren sich die Zeichen dafür, dass sich viele Menschen allerorts
dieser Erkenntnis bewußt werden.
Trotz der weithin vorherrschenden Gegenmeinung ist die Menschheit keine leere
Schrifttafel, auf der privilegierte Schiedsrichter menschlicher Angelegenheiten freizügig ihre
eigenen Wünsche eintragen können. Die Quellen des Geistes sprudeln wie und wo sie wollen. Sie
werden nicht auf unbestimmte Zeit durch das Geröll der zeitgenössischen Gesellschaft
unterdrückt werden. Es bedarf keiner prophetischen Fähigkeiten mehr um zu erkennen, dass die
Anfangsjahre des neuen Jahrhunderts Zeuge eines Freiwerdens von Energien und Zielsetzungen
sein werden, die unermesslich stärker sein werden als die gesammelten Gewohnheiten,
trügerischen Irrtümer und Abhängigkeiten, die so lange die Umsetzung jener Energien
verhinderten.
Wie groß der Aufruhr auch sein wird - die Zeitperiode, auf die sich die Menschheit derzeit
zubewegt, wird jedem Individuum, jeder Institution und jeder Gemeinschaft dieser Erde bisher
nicht dagewesene Möglichkeiten eröffnen, die Zukunft des Planeten mitzugestalten. „Bald“, so
verspricht Bahá’u’lláh voller Zuversicht, „wird die heutige Ordnung aufgerollt und eine neue an
ihrer Statt entfaltet werden.“14
Quellenangaben
1 Äußerungen der Abgeordneten Luis Gushiken und Rita Camata, Brasilia, 28. Mai 1992
2 Bahá’u’lláh, Botschaften aus ´Akká, Bahá’í-Verlag 1982, 6:32
3 Bahá’u’lláh, Brief an den Sohn des Wolfes, Bahá’í-Verlag 1988, S. 29
4 Bahá’u’lláh, Ährenlese, Bahá’í-Verlag 1980, 131:2
5 ´Abdu’l-Bahá, The Promulgation of Universal Peace, Wilmette: Bahá’í Publishing Trust, 1982, S. 74 und 126
6 Bahá’u’lláh, Ährenlese, Bahá’í-Verlag 1980, 111:1
7 Bahá’u’lláh, Ährenlese, Bahá’í-Verlag 1980, 96:2
8 Bahá’u’lláh, zitiert in: Shoghi Effendi, Das Kommen Göttlicher Gerechtigkeit, Bahá’í-Verlag 1969, S. 124
9 Bahá’u’lláh, Ährenlese, Bahá’í-Verlag 1980, 120:1
10 Bahá’u’lláh, Verborgene Worte, arab. 2, Bahá’í-Verlag 1997
11 Bahá’u’lláh, Botschaften aus ´Akká, Bahá’í-Verlag 1982, 6:26
12 Bahá’u’lláh, Ährenlese, Bahá’í-Verlag 1980, 106:1
13 Bahá’u’lláh, Ährenlese, Bahá’í-Verlag 1980, 4:1
14 Bahá’u’lláh, Ährenlese, Bahá’í-Verlag 1980, 4:2
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Wer schreibt die
Zukunft?
m 28. Mai 1992 trafen sich die Volksvertreter Brasiliens zu einer Sondersitzung, um
dem 100. Jahrestag des Hinscheidens Bahá’u’lláhs, mit dessen Einfluß man in der
gesellschaftlichen und intellektuellen Landschaft der Welt immer vertrauter wird, zu
gedenken. Seine Botschaft der Einheit hat offensichtlich die brasilianischen Gesetzgeber in ihrem
Innersten tief berührt. Während jener Sondersitzung zollten Sprecher aller in der Kammer
vertretenen Parteien ihren Respekt jenen Schriften, die einer der Abgeordneten als „das
umfassendste religiöse Werk aus der Feder eines einzelnen Menschen“ bezeichnete. Der Respekt
der Abgeordneten galt auch einer Zukunftsvision für unseren Planeten, die „materielle Grenzen
überschreitet“ und - wie ein anderer Abgeordneter sagte - „sich an die ganze Menschheit wandte,
ohne kleinliche Unterschiede zwischen Nationen, Rassen, anderen Abgrenzungen oder Glaubensrichtungen
zu machen“.1
Dieser Tribut war um so beeindruckender aufgrund der Tatsache, dass im Geburtsland
Bahá’u’lláhs sein Vermächtnis weiterhin von der muslimischen Geistlichkeit, die den Iran regiert,
auf das Bitterste verdammt wird. Deren Vorgänger waren für seine Verbannung und
Gefangenschaft Mitte des 19. Jahrhunderts verantwortlich gewesen sowie für die Massaker an
Tausenden jener Menschen, die Bahá’u’lláhs Ideale der Veränderung der menschlichen
Lebensweise und der Gesellschaft teilten. Zur gleichen Zeit, als in Brasilia die Feierlichkeiten
vonstatten gingen, brachte den im Iran lebenden 300.000 Bahá’í die Weigerung,
Glaubensgrundsätze zu verneinen, die vom größten Teil der Welt hoch gelobt wurden,
Verfolgungen, Entbehrungen und, in zu vielen Fällen, auch Verhaftungen und Tod.
Von ähnlicher Gegnerschaft waren auch die Einstellungen verschiedener totalitärer Regime
im Verlaufe des vergangenen Jahrhunderts gekennzeichnet.
Aber welches Gedankengut beinhalten diese Lehren, die solch stark auseinanderklaffende
Reaktionen erregt haben?
A
Wer schreibt die Zukunft?
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2
I
Die Hauptabsicht der Botschaft Bahá’u’lláhs ist die Erklärung der Wirklichkeit als etwas, was
primär geistiger Natur ist, und die Darstellung der Gesetze, die das Funktionieren dieser
Wirklichkeit beherrschen. Diese Darstellung betrachtet nicht nur den einzelnen Menschen als
geistiges Wesen, als eine „mit Vernunft begabte Seele“, sondern betont nachdrücklich, dass das
gesamte von uns als Zivilisation bezeichnete Unterfangen auch einen geistigen Prozess darstellt,
einen Prozess, in dessen Verlauf der menschliche Verstand und die menschliche Seele
zunehmend komplexere und effizientere Mittel entwickelt haben, um der ihnen innewohnenden
moralischen und intellektuellen Fähigkeiten Ausdruck zu verleihen.
Während Bahá’u’lláh die herrschenden Dogmen des Materialismus ablehnt, stellt er diesen
eine ganz entgegengesetzte Interpretation historischer Abläufe gegenüber. Die Menschheit -
Pfeilspitze der Evolution des Bewußtseins - durchläuft Stadien, die mit den Entwicklungsphasen
eines Säuglings, Kindes und Jugendlichen im Leben eines einzelnen Menschen vergleichbar sind.
Die Reise hat uns an die Schwelle unserer lange ersehnten Reife als vereinte Menschheit
gebracht. Die Kriege, Ausbeutung und Vorurteile, die für die Phasen der Unreife typisch waren,
sollten uns nicht verzweifeln lassen, sondern ein Anreiz dazu sein, die mit dem kollektiven
Reifealter verbundene Verantwortung anzunehmen.
In seinen Sendschreiben an die politischen und religiösen Führer seiner Zeit schrieb
Bahá’u’lláh, dass in den Völkern der Erde neue Fähigkeiten von unermesslicher Macht
erwachten, die das Vorstellungsvermögen der damals lebenden Generation überstiegen und die
bald danach das materielle Leben auf dem Planeten verändern würden. Er sagte, es sei unbedingt
erforderlich, diese künftigen materiellen Fortschritte zur moralischen und gesellschaftlichen
Entwicklung zu nutzen. Wenn nationalistische und sektiererische Konflikte dies verhindern
sollten, dann werde materieller Fortschritt nicht nur Vorteile, sondern bisher nie vorgestellte
negative Konsequenzen haben. Einige der von Bahá’u’lláh formulierten Warnungen erinnern uns
an finstere Ereignisse in unserem eigenen Zeitalter. „Seltsame, verblüffende Dinge gibt es in der
Erde”, warnte er. „Diese Dinge sind imstande, die ganze Erdatmosphäre zu verwandeln, und eine
Verseuchung mit ihnen wäre tödlich.”2
Wer schreibt die Zukunft?
Nationaler Geistiger Rat der Bahá’í in Deutschland e.V. – April 1999
3
II
Die zentrale Frage, mit der sich alle Völker - egal, welcher Nation, Religion oder ethnischer
Herkunft - auseinandersetzen müssen, sagt Bahá’u’lláh, ist die Schaffung der Grundlagen für eine
globale Gesellschaft, die die Einheit der menschlichen Natur widerzuspiegeln vermag. Die
Vereinigung der Bewohner der Erde ist weder eine weit entfernte utopische Vision, noch eine
Angelegenheit, bei der wir überhaupt die Wahl haben. Diese Vereinigung stellt die nächste
unausweichliche Phase im gesellschaftlichen Entwicklungsprozeß dar, eine Phase, zu der alle
Erfahrungen der Vergangenheit und Gegenwart uns hindrängen. Erst wenn die Existenz diese
Tatsache erkannt und in Angriff genommen wird, können die unseren Planeten quälenden
Probleme gelöst werden, denn alle wesentlichen Herausforderungen des Zeitalters, in das wir
eingetreten sind, sind global und universell und nicht auf Einzelaspekte oder Regionen
beschränkt.
Die vielen Textstellen in den Schriften Bahá’u’lláhs, in denen es um das Erreichen des
Reifealters der Menschheit geht, sind durchdrungen von der von ihm verwandten
Lichtmetaphorik, die die verwandelnde Kraft der Einheit ausdrückt: „So mächtig ist das Licht der
Einheit, dass es die ganze Erde erleuchten kann.”3 Diese Aussage rückt die gegenwärtige
Geschichte in eine Perspektive, die sich stark von der am Ende des zwanzigsten Jahrhunderts
vorherrschenden Sichtweise unterscheidet. Diese Feststellung drängt uns dazu, in all dem Leid
und dem Zerfall unserer Zeit das Wirken von Kräften zu erkennen, die das menschliche
Bewußtsein für eine neue Phase seiner Evolution befreien. Sie ruft uns dazu auf, die Ereignisse
der vergangenen hundert Jahre zu überdenken sowie die Wirkung, die diese Entwicklungen auf
die sie erlebenden unterschiedlichen Völker, Rassen, Nationen und Gemeinschaften hatten.
Wenn, wie Bahá’u’lláh betont, „die Wohlfahrt der Menschheit, ihr Friede und ihre
Sicherheit ... unerreichbar (sind), wenn und ehe nicht ihre Einheit fest begründet ist”4, dann ist
verständlich, warum die Bahá’í das zwanzigste Jahrhundert - mit all seinen Katastrophen - als
„das Jahrhundert des Lichts“5 betrachten. Denn diese hundert Jahre waren Zeuge eines Wandels
sowohl der Art und Weise, wie die Erdbewohner unsere gemeinsame Zukunft zu planen
begannen, als auch der Art und Weise, wie wir beginnen, uns gegenseitig zu betrachten. Das
Kennzeichen beider Prozesse ist eine Entwicklung zur Vereinigung hin gewesen. Umwälzungen,
die jenseits der Kontrolle existierender Institutionen lagen, haben die Führungskräfte der Welt
dazu gezwungen, neue Systeme globaler Organisation zu initiieren, die zu Beginn des
Jahrhunderts noch undenkbar gewesen wären. Während dies geschah, wurden Gewohnheiten und
Einstellungen untergraben, die Menschen und Nationen während ungezählter konfliktbeladener
Jahrhunderte getrennt hatten und deren Fortbestand man für selbstverständlich gehalten hatte.
Wer schreibt die Zukunft?
Nationaler Geistiger Rat der Bahá’í in Deutschland e.V. – April 1999
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Mitte des Jahrhunderts führten diese zwei Entwicklungen zu einem Durchbruch, dessen
historische Bedeutung erst zukünftige Generationen voll und ganz verstehen und schätzen
werden. Während der lähmenden Nachwehen des Zweiten Weltkriegs konnten weitschauende
Persönlichkeiten endlich beginnen, durch die Organisation der Vereinten Nationen die
Grundlagen einer Weltordnung zu schaffen und zu festigen. Das lange von fortschrittlichen
Denkern ersehnte System internationaler Abkommen und damit verbundener Institutionen war
nun mit entscheidenden Befugnissen ausgestattet, die dem gescheiterten Völkerbund
tragischerweise verwehrt geblieben waren. Im Laufe des Jahrhunderts gewann das System im
Bereich der Friedenssicherung immer größere Wirksamkeit auf eine Art und Weise, die
überzeugend zeigte, was erreicht werden kann. Gleichzeitig entstanden in der ganzen Welt immer
mehr demokratische Regierungsformen. Die praktischen Auswirkungen mögen noch enttäuschen,
aber dies vermindert nicht die Tragweite des historischen und unumkehrbaren
Richtungswechsels, der in der Organisation menschlicher Angelegenheiten stattgefunden hat.
Wie im Falle der Weltordnung steht es auch mit den Rechten der Völker der Welt. Die
Enthüllung der schrecklichen Leiden, die die Opfer menschlicher Perversion im Laufe des
Krieges heimsuchten, löste eine weltweite Schockreaktion aus - und etwas, das man nur als
tiefste Schamgefühle bezeichnen kann. Aus diesem Trauma heraus entstand eine neue Art des
moralischen Verantwortungsbewußtseins, das offiziell in der Arbeit der
Menschenrechtskommission der Vereinten Nationen und ihrer Unterorganisationen
institutionalisiert wurde - eine Entwicklung, die den von Bahá’u’lláh im neunzehnten Jahrhundert
diesbezüglich angeschriebenen Herrschern unvorstellbar erschienen wäre. So mit Macht
ausgestattet, haben sich eine wachsende Anzahl nicht-staatlicher Organisationen das Ziel gesetzt,
dafür Sorge zu tragen, daß die Allgemeine Erklärung der Menschenrechte als die Grundlage
normativer internationaler Standards gilt und dementsprechend durchgesetzt wird.
Eine parallel dazu verlaufende Entwicklung fand im Wirtschaftsleben statt. In der ersten
Hälfte des Jahrhunderts verabschiedeten viele Regierungen als Folge des durch die
wirtschaftliche Krise verursachten Chaos Gesetze zur Schaffung von Sozialhilfeprogrammen und
Systemen zur Finanzkontrolle, sowie Reservefonds und Handelsabkommen mit dem Ziel, ihre
Gesellschaft vor der Wiederholung solcher Verwüstung zu bewahren. Die Zeit nach dem
Zweiten Weltkrieg führte zu der Einrichtung von Institutionen, die weltweit arbeiten: des
Internationalen Währungsfonds, der Weltbank, des Allgemeinen Zoll- und Handelsabkommens
und eines Netzwerks von Entwicklungsorganisationen, die sich der Förderung und der
Weiterentwicklung des materiellen Wohlstands auf dem Planeten widmen. Am Ende des
Jahrhunderts hat die Menschheit gezeigt bekommen, dass, egal wie die Absichten und wie
primitiv die Methoden sind, die Nutzung des Reichtums der Erde grundlegend umorganisiert
werden kann, um einer ganz neuen Vorstellung von Bedürfnissen gerecht zu werden.
Die Auswirkungen dieser Entwicklungen wurden enorm verstärkt durch den zunehmend
schnelleren Ausbau von Bildungsmöglichkeiten für die Massen. Neben der Bereitschaft
nationaler Regierungen und örtlicher Gemeindeverwaltungen, diesem Bereich sehr viel mehr
Wer schreibt die Zukunft?
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Mittel zuzuteilen, und der Fähigkeit der Gesellschaft, Armeen an professionellen Lehrern
auszubilden, waren zwei weitere Fortschritte im 20. Jahrhundert auf der internationalen Ebene
besonders einflußreich. Der erste war eine Serie von Entwicklungsplänen, die sich auf
Bildungsbedürfnisse konzentrierten und massiv von Einrichtungen wie der Weltbank, von
Regierungsbehörden, großen Stiftungen und verschiedenen Zweigen des UN-Systems finanziert
wurden. Der zweite war die explosionsartige Entwicklung der Informationstechnologie, die aus
allen Erdenbürgern potentielle Nutznießer des gesamten Wissens der Menschheit gemacht hat.
Diese strukturelle Neuorganisierung auf globaler Ebene wurde von einem tiefgreifenden
Bewußtseinswandel belebt und verstärkt. Ganze Bevölkerungen sahen sich plötzlich mit dem
Preis eingefahrener Denkgewohnheiten, die zu Konflikten führen, konfrontiert, und zwar im
grellen Licht der weltweiten Verurteilung einst akzeptierter Praktiken und Einstellungen. Dies
regte revolutionäre Veränderungen in der Art und Weise, wie Menschen einander sehen, an.
Zum Beispiel schien im Laufe der Menschheitsgeschichte die Erfahrung zu zeigen - und
religiöse Lehren schienen dies zu bestätigen - dass Frauen vom Wesen her Männern unterlegen
wären. Wenn man die gesamte Geschichte als Zeitrahmen nimmt, begann geradezu über Nacht
der plötzliche und allgegenwärtige Rückzug dieser vorherrschenden Sichtweise. Wie lange und
leidvoll der Prozess auch sein mag, bis Bahá’u’lláhs Erklärung, dass Frauen und Männer in
jeglicher Hinsicht gleichwertig sind, voll verwirklicht wird - die intellektuelle und emotionelle
Unterstützung für dieser Erklärung entgegengesetzte Auffassungen verringert sich ständig.
Ein weiterer Fixpunkt im Selbstverständnis der Menschheit während dieses Jahrtausends
war die Verherrlichung ethnischer Unterschiede, die sich in den letzten Jahrhunderten zu
verschiedenen Formen rassistischer Wahnvorstellungen verhärtete. Mit einer Geschwindigkeit,
die im Gesamtzusammenhang der Menschheitsgeschichte verblüfft, erlebte das zwanzigste
Jahrhundert, wie sich die Einheit der Menschheit zu einem führenden Prinzip in internationalen
Beziehungen etablierte. Heute werden die ethnischen Streitigkeiten, die auch weiterhin in vielen
Teilen der Welt verheerende Folgen haben, nicht als natürliche Erscheinungen in den
Beziehungen zwischen unterschiedlichen Völkern betrachtet, sondern als willkürlich
herbeigeführte Verirrungen, die unter wirkungsvolle internationale Kontrolle gebracht werden
müssen.
Während der gesamten langen Kindheit der Menschheit nahm man auch an - erneut mit der
vollen Unterstützung religiöser Institutionen - dass Armut ein ewig andauerndes und
unausweichliches Merkmal der Gesellschaftsordnung sei. Heute wird jedoch diese Einstellung,
die die Prioritäten aller in der Welt je bekannten Wirtschaftssysteme geprägt hatte, allgemein
abgelehnt. Zumindest in der Theorie wird allerorts eine Regierung im Wesentlichen als ein
Treuhänder verstanden, dessen Verantwortung es ist, das Wohlergehen aller Mitglieder der
Gesellschaft zu sichern.
Besonders bedeutend war, aufgrund seiner engen Verbindung zu den Wurzeln
menschlicher Beweggründe, die Lockerung des festen Griffs religiöser Vorurteile. Bereits Ende
des neunzehnten Jahrhunderts erweckte das „Parlament der Religionen“ großes Interesse. Und
Wer schreibt die Zukunft?
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diese Entwicklung des interreligiösen Dialogs und der Zusammenarbeit verstärkte die
Auswirkungen des Sekularismus, indem sie die einst uneinnehmbaren Mauern der Autorität
Geistlicher untergrub. In Anbetracht der Wandlung religiöser Vorstellungen während der
vergangenen hundert Jahre wird man vielleicht im nachhinein sogar die derzeitigen Ausbrüche
fundamenta-listischer Reaktionen als lediglich verzweifelte Aktionen einer Nachhut verstehen,
die sich gegen die unvermeidliche Auflösung der durch sektiererische Gruppen ausgeübten
Kontrolle aufbäumt. Wie Bahá’u’lláh schreibt: „Ohne Zweifel verdanken die Völker der Welt,
welcher Rasse oder Religion sie auch angehören, ihre Erleuchtung derselben himmlischen Quelle
und sind einem einzigen Gott untertan.”6
Während dieser entscheidenden Jahrzehnte erlebte der menschliche Geist auch
grundlegende Veränderungen in seinem Verständnis des materiellen Universums. In der ersten
Hälfte des Jahrhunderts entstanden neue Theorien über Relativität und Quantenmechanik, die
beide eng mit der Natur und Funktionsweise des Lichtes verbunden sind. Diese Theorien
revolutionierten die Physik und veränderten die gesamte Wissenschaftsentwicklung. Es wurde
offensichtlich, dass die klassische Physik nur einen begrenzten Bereich von Naturphänomenen
erklären konnte. Plötzlich hatte sich eine neue Tür in der Untersuchung sowohl der kleinsten
Bestandteile des Universums als auch der großen Systeme des Kosmos geöffnet, eine
Veränderung, die weit über die Physik hinaus Wirkungen zeigte und die Grundlagen eines
jahrhundertelang gültigen Denkens der Wissenschaften erschütterte. Für immer verloren waren
die Idee eines mechanischen Universums, das einem Uhrwerk ähnelt, sowie die damals
angenommene Trennung von Beobachter und Beobachtetem, von Geist und Materie. Vor dem
Hintergrund der dadurch ermöglichten weitreichenden Forschungsarbeiten beginnt die
theoretische Naturwissenschaft heute damit, die Möglichkeit zu erwägen, dass tatsächlich der
Natur und der Funktionsweise des Universums Zweck und Verstand innewohnen.
Im Sog dieser konzeptionellen Veränderungen trat die Menschheit dann in ein Zeitalter ein,
in dem die Zusammenarbeit der Naturwissenschaften - der Physik, Chemie, Biologie sowie der
noch jungen Ökologie - atemberaubende Möglichkeiten zur Verbesserung der
Lebensbedingungen eröffnete. Die positiven Auswirkungen wurden auf dramatische Weise
deutlich in so lebenswichtigen Problembereichen wie Landwirtschaft und Medizin sowie in
Bereichen, die aus den Erfolgen in der Nutzung neuer Energiequellen entstanden. Gleichzeitig
begann das neue Forschungsgebiet der Werkstoffkunde eine Vielzahl spezialisierter Materialien
wie Kunststoffe, Glasfasern und Kohlenstofffasern zur Verfügung zu stellen, die man zu Beginn
des Jahrhunderts noch nicht gekannt hatte.
Solche Fortschritte in Wissenschaft und Technologie befruchteten sich gegenseitig.
Sandkörner, das niedrigste und anscheinend wertloseste aller Materialien, verwandelten sich in
Silikonplättchen und optisch reines Glas und ermöglichten so die Schaffung weltweiter
Kommunikationsnetze. Diese Tatsache sowie der Einsatz von immer komplizierteren
Satellitensystemen beginnen für Menschen allerorts und ohne Unterschied Zugang zum gesamten
Wissen der ganzen Menschheit zu eröffnen. Es ist offensichtlich, dass die vor uns liegenden
Wer schreibt die Zukunft?
Nationaler Geistiger Rat der Bahá’í in Deutschland e.V. – April 1999
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Jahrzehnte die Verbindung von Telefon-, Fernseh- und Computertechnologie zu einem einzigen,
vereinheitlichten System erleben werden, dessen preisgünstige Geräte in großen Mengen
erhältlich sein werden. Es wäre schwierig, die psychologischen und gesellschaftlichen
Auswirkungen zu übertreiben, die entstehen, wenn das Durcheinander an Währungssystemen -
die für manche die letzte Bastion nationalistischen Stolzes darstellen - durch eine einzige
Weltwährung, die größtenteils elektronisch funktioniert, ersetzt werden wird.
In der Tat sind die Einheit schaffenden Auswirkungen der Umwälzungen des zwanzigsten
Jahrhunderts nirgends so einfach ersichtlich wie in den Folgen der Veränderungen in der
Naturwissenschaft und in der Technologie. Am offensichtlichsten ist, dass die Menschheit nun
mit den Mitteln ausgestattet ist, die zur Verwirklichung der visionären Ziele nötig sind, welche
ein ständig reifer werdendes Bewußtsein sich gesetzt hat. Bei tieferer Betrachtung zeigt sich, dass
diese vielfältigen Möglichkeiten potentiell allen Erdenbewohnern ungeachtet der Rasse, der
Kultur oder der Nation zur Verfügung stehen. Bahá’u’lláh sah voraus: „Neues Leben durchpulst
in dieser Zeit alle Völker der Erde, und doch hat keiner seine Ursache entdeckt und seinen Grund
erkannt.”7 Heute, mehr als hundert Jahre nach der Niederschrift dieser Worte, wird
nachdenkenden Gemütern die Tragweite des seitdem Geschehenen langsam deutlich.
Wer schreibt die Zukunft?
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8
III
Die Wandlungen, die durch die jetzt endende Zeitperiode bewirkt wurden, zu würdigen bedeutet
nicht, die sie begleitenden Schatten zu verleugnen, die den Errungenschaften scharfe Konturen
verleihen: die zielgerichtete Vernichtung von Millionen hilfloser Menschen; die Erfindung und
der Gebrauch neuer Zerstörungswaffen, die ganze Bevölkerungen auszulöschen vermögen; die
Entstehung von Ideologien, die das geistige und intellektuelle Leben ganzer Nationen erstickten;
Umweltzerstörung auf globaler Ebene in einem so großen Ausmaß, dass es Jahrhunderte dauern
kann, diese rückgängig zu machen; und der unermeßlich größere Schaden, der Generationen von
Kindern angetan wurde, indem man sie lehrte, dass Gewalt, Unanständigkeit und Selbstsucht
Triumphe persönlicher Freiheit seien. Dies sind nur die offensichtlichsten Beispiele aus einem
Katalog von Übeln, die in der Geschichte ihresgleichen suchen und deren Lektionen unser
Zeitalter zur Erziehung der gepeinigten zukünftigen Generationen als Erbe hinterlassen wird.
Die Dunkelheit ist jedoch kein Phänomen, dem irgendeine Form der Existenz, geschweige
denn der Autonomie innewohnt. Sie löscht das Licht nicht aus, noch verringert sie das Licht, aber
sie markiert diejenigen Regionen, die das Licht noch nicht erreicht oder angemessen erleuchtet
hat. So werden zweifelsohne die Historiker eines reiferen und objektiveren Zeitalters die
Zivilisation des zwanzigsten Jahrhunderts beurteilen. Die Grausamkeit der tierischen Natur, die
unkontrolliert in jenen kritischen Jahren wütete und manchmal das nackte Überleben der
Gesellschaft zu bedrohen schien, konnte tatsächlich nicht die fortlaufende Entfaltung der
schöpferischen Potentiale, mit denen das menschliche Bewußtsein ausgestattet ist, verhindern. Im
Gegenteil - je mehr das Jahrhundert voranschritt, desto mehr Menschen erkannten, wie leer die
Treueschwüre und wie gegenstandslos die Ängste waren, von denen sie nur wenige Jahre zuvor
gefangengehalten worden waren.
„Unvergleichlich ist dieser Tag,“ betont Bahá’u’lláh, „denn er ist wie das Auge für
vergangene Zeitalter und Jahrhunderte und wie ein Licht in der Finsternis der Zeiten.“8 Aus
dieser Perspektive ist nicht die Dunkelheit, die die Fortschritte der nun endenden
außergewöhnlichen hundert Jahre verlangsamt und überschattet hat, das Problem. Die Frage ist
vielmehr, wieviel Leid und Zerstörung die Menschheit noch ertragen muss, bis sie von ganzem
Herzen die geistige Natur annimmt, die sie zu einem einzigen Volk macht, und bis sie genug Mut
hat, ihre Zukunft im Lichte des so schmerzlich Erlernten zu planen.
Wer schreibt die Zukunft?
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9
IV
Die in den Schriften Bahá’u’lláhs dargelegte Vorstellung von der künftigen Entwicklung der
menschlichen Kultur stellt vieles, was sich in unserer heutigen Welt als normativ und
unveränderlich darstellt, in Frage. Die während des Jahrhunderts des Lichts erzielten
Durchbrüche haben einer neuen Art von Welt Tür und Tor geöffnet. Wenn die gesellschaftliche
und intellektuelle Entwicklung tatsächlich eine Reaktion auf eine allem Existierenden
innewohnende moralische Intelligenz ist, dann beinhalten viele der Theorien, die zeitgenössische
Entscheidungsmethoden bestimmen, schwerwiegende Fehler. Wenn das menschliche
Bewusstsein von seinem Wesen her geistig ist - eine Tatsache, der sich die große Mehrheit der
Menschen intuitiv immer bewußt gewesen ist -, dann kann ein Wirklichkeitsverständnis, das
dogmatisch auf dem Gegenteil beharrt, die Entwicklungsbedürfnisse dieses Bewußtseins weder
begreifen noch ihnen dienlich sein.
Kein Teilbereich der heutigen Zivilisation wird von Bahá’u’lláhs Zukunftsvorstellung auf
direktere Weise in Frage gestellt als der vorherrschende Kult des Individualismus, der sich in
beinahe der ganzen Welt verbreitet hat. Von kulturellen Einflüssen wie politischer Ideologie,
akademischem Elitedenken und einer konsumorientierten Wirtschaft genährt, hat das „Streben
nach individuellem Glück“ ein aggressives und beinahe grenzenloses Bewußtsein für die
Ansprüche des Einzelnen gefördert. Die moralischen Folgen sind zersetzend für das Individuum
wie die Gesellschaft und verheerend, was die Verbreitung ansteckender Krankheiten, den
Drogenmissbrauch und andere allzu vertraute Übel unseres ausgehenden Jahrhunderts angeht.
Die Aufgabe, die Menschheit von einem so grundlegenden und alles durchdringenden
Missverständnis zu befreien, wird einige der eingefahrensten Vorstellungen des zwanzigsten
Jahrhunderts von Recht und Unrecht in Frage stellen.
Welche Denkweisen fallen in diese Kategorie der ungeprüften Ideen? Das offensichtlichste
Beispiel ist die Überzeugung, dass Einheit ein entferntes, beinahe unerreichbares Ideal ist, das
erst dann in Angriff genommen werden kann, wenn eine große Anzahl politischer Konflikte
irgendwie gelöst, materielle Bedürfnisse irgendwie befriedigt und Ungerechtigkeiten irgendwie
ausgemerzt worden sind. Bahá’u’lláh betont, dass das Gegenteil der Fall ist. Die Hauptkrankheit,
die die Gesellschaft peinigt und die Leiden hervorbringt, die die Gesellschaft lähmen, sagt er, ist
die Zwietracht innerhalb der Menschheit, die sich durch ihre Fähigkeit zur Zusammenarbeit
auszeichnet und deren Fortschritt bis heute von dem Ausmaß an gemeinsamem Handeln abhing,
das zu verschiedenen Zeiten und in verschiedenen Gesellschaften erreicht wurde. Sich an die
Vorstellung zu klammern, dass Konfliktbereitschaft eine Grundeigenschaft der menschlichen
Natur sei statt eine Mischung aus erlernten Gewohnheiten und Einstellungen, bedeutet, einem
Wer schreibt die Zukunft?
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neuen Jahrhundert einen Irrtum aufzuladen, der mehr als jeder andere Faktor auf tragische Weise
die Vergangenheit der Menschheit beeinträchtigt hat. „Betrachtet die Welt“, riet Bahá’u’lláh
gewählten Regierenden, „wie einen menschlichen Körper: Obwohl er bei seiner Erschaffung
gesund und vollkommen war, ist er aus verschiedenen Ursachen von schweren Störungen und
Krankheiten befallen worden.”9
Eng verknüpft mit der Problematik der Einheit ist die zweite moralische Herausforderung,
die das vergangene Jahrhundert mit zunehmend größerer Dringlichkeit gestellt hat. In Gottes
Augen ist, wie Bahá’u’lláh betont, die Gerechtigkeit „von allem das Meistgeliebte“.10 Sie befähigt
den Einzelnen, die Realität mit seinen eigenen Augen und nicht durch die Augen anderer
wahrzunehmen, und stattet kollektive Entscheidungsfindung mit einer Autorität aus, die allein die
Einheit in Denken und Handeln sicherstellen kann. Egal wie zufriedenstellend das aus den
schrecklichen Erfahrungen des zwanzigsten Jahrhunderts entstandene System internationaler
Ordnung sein mag - sein anhaltender Einfluß wird von der allgemeinen Annahme der ihm
innewohnenden moralischen Prinzipien abhängen. Wenn die gesamte Menschheit wahrhaftig eins
und unteilbar ist, dann entspricht die von ihren Führungseinrichtungen ausgeübte Amtsgewalt im
Wesentlichen der einer Treuhänderschaft. Jede einzelne Person kommt als der Gemeinschaft
anvertrautes Gut zur Welt; und dieses Merkmal menschlichen Daseins ist die wahre Grundlage
gesellschaftlicher, wirtschaftlicher und kultureller Rechte, wie sie in der Charta der Vereinten
Nationen und den damit verbundenen Dokumenten Ausdruck finden. Gerechtigkeit und Einheit
stehen in einer Wechselbeziehung. „Der Zweck der Gerechtigkeit,“ schrieb Bahá’u’lláh, „ist das
Zustandekommen von Einheit unter den Menschen. Das Meer göttlicher Weisheit wogt in diesem
erhabenen Wort, und alle Bücher der Welt können seine innere Bedeutung nicht fassen.“11
Während sich die Gesellschaft, egal wie zögerlich und ängstlich, diesen und ähnlichen
moralischen Prinzipien verpflichtet, wird sie dem Einzelnen als bedeutungsvollste Rolle die des
Dienstes bieten. Eines der Paradoxa menschlichen Lebens ist, dass sich das Selbst hauptsächlich
durch die Hingabe an größere Ziele entwickelt, wobei sich das Selbst - wenn auch nur zeitweilig -
vergißt. In einem Zeitalter, das den Menschen in allen Lebenslagen die Möglichkeit eröffnet, auf
wirksame Art und Weise an der Gestaltung der Gesellschaftsordnung teilzuhaben, erhält das Ideal
des Dienstes an Anderen eine ganz neue Bedeutung. Wenn man Ziele wie persönliche
Bereicherung und Selbstbestätigung zum Lebensziel erklärt, dann fördert man nur die tierische
Seite der menschlichen Natur. Genauso wenig können simple Botschaften individueller Erlösung
die Sehnsüchte derjenigen Generationen erfüllen, die mit tiefer Gewißheit gelernt haben, dass
wahre Erfüllung eine Angelegenheit sowohl dieser als auch der nächsten Welt ist.
„Befasst euch gründlich mit den Nöten der Zeit, in der ihr lebt,“ rät Bahá’u’lláh, „und legt
den Schwerpunkt eurer Überlegungen auf ihre Bedürfnisse und Forderungen.“12
Solche Gesichtspunkte haben tiefgreifende Auswirkungen auf den Umgang mit den
Angelegenheiten der Menschheit. Zum Beispiel ist es offensichtlich, dass je länger der
Nationalstaat die wichtigste Rolle in der Entwicklung des Schicksals der Menschheit spielt - trotz
seiner in der Vergangenheit erbrachten Leistungen - die Erreichung des Weltfriedens verzögert
Wer schreibt die Zukunft?
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und die Leiden der Erdbevölkerung vergrößert werden. Im Wirtschaftsleben der Menschheit ist
augenscheinlich, dass die Globalisierung trotz ihrer Segnungen auch noch nie dagewesene
Konzentrationen autokratischer Macht geschaffen hat, die unter internationale demokratische
Kontrolle gebracht werden muss, damit sie nicht für ungezählte Millionen von Menschen Armut
und Verzweiflung erzeugt. Ähnlich ist es mit dem historischen Durchbruch in der Informationsund
Kommunikationstechnologie, die ein so machtvolles Mittel zur Förderung sozialer
Entwicklung und zur Vertiefung des Gefühls des gemeinsamen Menschseins ist; diese
Technologie ist jedoch mit derselben Stoßkraft dazu in der Lage, die dem Vereinigungsprozess
förderlichen und für ihn nötigen, lebenswichtigen Impulse umzulenken und zu entstellen.
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12
V
Bahá’u’lláh spricht von einer neuen Beziehung zwischen Gott und der Menschheit, einer
Beziehung, die mit der heranbrechenden Reife der Menschheit in Einklang steht. Die höchste
Wirklichkeit, die das Universum geschaffen hat und es am Leben hält, wird immer außerhalb der
Reichweite des menschlichen Geistes und Verstandes bleiben. Die bewusste Beziehung, die die
Menschheit mit dieser göttlichen Realität geknüpft hat, ist das Ergebnis des Einflusses der großen
Religionsstifter gewesen: Moses, Zarathustra, Buddha, Jesus, Muhammad und früherer Stifter,
deren Namen größtenteils der Vergessenheit anheim gefallen sind. Indem sie auf diese göttlichen
Impulse reagierten, haben die Völker der Erde zunehmend die geistigen, intellektuellen und
moralischen Fähigkeiten entwickelt, die gemeinsam den menschlichen Charakter zivilisiert
haben. Diese aufeinander aufbauende, jahrtausendelange Entwicklung hat nun eine Phase
erreicht, die typisch ist für alle entscheidenden Wendepunkte einer Evolution, eine Phase, in der
vorher unerkannte Möglichkeiten sich plötzlich auftun: „Dies ist der Tag,“ bekräftigt Bahá’u’lláh,
„da Gottes erhabenste Segnungen den Menschen zugeströmt sind, der Tag, da alles Erschaffene
mit Seiner mächtigsten Gnade erfüllt wurde.“13
Aus Bahá’u’lláhs Perspektive gesehen hat die Geschichte der Stämme, Völker und
Nationen tatsächlich ihren Abschluss gefunden. Was wir heute miterleben, ist der Anfang der
menschenwürdigen Geschichte der Menschheit, der Geschichte einer Menschheit, die sich ihrer
eigenen Einheit bewusst ist. An diesem Wendepunkt in der Entwicklung menschlicher Kultur
bieten Bahá’u’lláhs Schriften eine Neubestimmung des Wesens und der Entwicklungsprozesse
der Zivilisation und eine Neuordnung ihrer Prioritäten. Ihr Ziel ist es, uns zu geistiger
Bewusstheit und Verantwortung zurückzurufen.
Man wird in den Schriften Bahá’u’lláhs nichts finden, das zu der Illusion ermutigt, dass die
prophezeiten Veränderungen auf einfache Art und Weise realisiert werden. Ganz im Gegenteil.
Wie die Ereignisse im zwanzigsten Jahrhundert schon zeigten, werden Gewohnheits- und
Einstellungsmuster, die seit Tausenden von Jahren fest verwurzelt sind, weder spontan noch als
einfache Reaktion auf Bildung oder Gesetzgebungen abgelegt. Sowohl im Leben des Einzelnen
als auch der Gesellschaft passieren tiefgreifende Veränderungen meistens als Antwort auf
intensives Leiden und unerträgliche Schwierigkeiten, die anderweitig nicht zu überwinden wären.
Genau eine solche große Prüfung, warnte Bahá’u’lláh, ist notwendig, um die verschiedenen
Völker der Erde zu einem einzigen Volk zusammenzuschmieden.
Wer schreibt die Zukunft?
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13
Geistige und materialistische Vorstellungen vom Wesen der Realität sind miteinander
unvereinbar und führen in entgegengesetzte Richtungen. Während das neue Jahrhundert seinen
Anfang nimmt, hat die von der materialistischen Vorstellung gesetzte Zielrichtung eine
unglückliche Menschheit bereits weit über den Punkt hinausgebracht, an dem die Illusion der
Rationalität und erst recht die des menschlichen Wohlergehens aufrechterhalten werden konnte.
Mit jedem Tag, der verstreicht, mehren sich die Zeichen dafür, dass sich viele Menschen allerorts
dieser Erkenntnis bewußt werden.
Trotz der weithin vorherrschenden Gegenmeinung ist die Menschheit keine leere
Schrifttafel, auf der privilegierte Schiedsrichter menschlicher Angelegenheiten freizügig ihre
eigenen Wünsche eintragen können. Die Quellen des Geistes sprudeln wie und wo sie wollen. Sie
werden nicht auf unbestimmte Zeit durch das Geröll der zeitgenössischen Gesellschaft
unterdrückt werden. Es bedarf keiner prophetischen Fähigkeiten mehr um zu erkennen, dass die
Anfangsjahre des neuen Jahrhunderts Zeuge eines Freiwerdens von Energien und Zielsetzungen
sein werden, die unermesslich stärker sein werden als die gesammelten Gewohnheiten,
trügerischen Irrtümer und Abhängigkeiten, die so lange die Umsetzung jener Energien
verhinderten.
Wie groß der Aufruhr auch sein wird - die Zeitperiode, auf die sich die Menschheit derzeit
zubewegt, wird jedem Individuum, jeder Institution und jeder Gemeinschaft dieser Erde bisher
nicht dagewesene Möglichkeiten eröffnen, die Zukunft des Planeten mitzugestalten. „Bald“, so
verspricht Bahá’u’lláh voller Zuversicht, „wird die heutige Ordnung aufgerollt und eine neue an
ihrer Statt entfaltet werden.“14
Quellenangaben
1 Äußerungen der Abgeordneten Luis Gushiken und Rita Camata, Brasilia, 28. Mai 1992
2 Bahá’u’lláh, Botschaften aus ´Akká, Bahá’í-Verlag 1982, 6:32
3 Bahá’u’lláh, Brief an den Sohn des Wolfes, Bahá’í-Verlag 1988, S. 29
4 Bahá’u’lláh, Ährenlese, Bahá’í-Verlag 1980, 131:2
5 ´Abdu’l-Bahá, The Promulgation of Universal Peace, Wilmette: Bahá’í Publishing Trust, 1982, S. 74 und 126
6 Bahá’u’lláh, Ährenlese, Bahá’í-Verlag 1980, 111:1
7 Bahá’u’lláh, Ährenlese, Bahá’í-Verlag 1980, 96:2
8 Bahá’u’lláh, zitiert in: Shoghi Effendi, Das Kommen Göttlicher Gerechtigkeit, Bahá’í-Verlag 1969, S. 124
9 Bahá’u’lláh, Ährenlese, Bahá’í-Verlag 1980, 120:1
10 Bahá’u’lláh, Verborgene Worte, arab. 2, Bahá’í-Verlag 1997
11 Bahá’u’lláh, Botschaften aus ´Akká, Bahá’í-Verlag 1982, 6:26
12 Bahá’u’lláh, Ährenlese, Bahá’í-Verlag 1980, 106:1
13 Bahá’u’lláh, Ährenlese, Bahá’í-Verlag 1980, 4:1
14 Bahá’u’lláh, Ährenlese, Bahá’í-Verlag 1980, 4:2
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