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T R A D U C C I O N
(de cortesia)
Abril de 2002
A LAS AUTORIDADES RELIGIOSAS DEL MUNDO
El legado perdurable del siglo XX ha consistido en que forzo a los
pueblos del mundo a verse como miembros de una sola raza humana, y al mundo
como la patria comun de esa misma raza. Pese a la violencia y conflictos que
aun ensombrecen el horizonte, aquellos prejuicios, que parecian consustanciales
a la naturaleza de la especie humana, hacen quiebra por todas partes. Con su
precipitacion van cayendo las barreras que por largo tiempo dividieron a la
familia del hombre convirtiendola en una Babel de identidades incoherentes de
origen cultural, etnico o nacional. El que un cambio tan fundamental haya
ocurrido en tan breve periodo--casi de la noche a la manana en la perspectiva
del tiempo historico--sugiere la magnitud de las posibilidades futuras.
Resulta tragico que la religion organizada, cuya razon misma de ser
implica el servicio a la causa de la hermandad y de la paz, se comporte con
harta frecuencia como uno de los obstaculos mas formidables interpuestos en su
camino; como tragico es, por citar un hecho particularmente penoso, el que a
menudo haya prestado credibilidad al fanatismo. En nuestra calidad de consejo
de gobierno de una de las religiones mundiales sentimos la responsabilidad de
instar a que ponderen con la debida gravedad el desafio que todo ello plantea a
las autoridades religiosas. Tanto el tema como las circunstancias que suscita
requieren que hablemos con franqueza. Confiamos en que el hecho de servir
todos a la Divinidad garantice que lo que digamos sea recibido con el mismo
espiritu de buena voluntad con que se ofrece.
El tema adquiere un perfil mas acentuado al compararlo con lo ya
conseguido en otros ambitos. En el pasado, con algunas excepciones aisladas, a
la mujer se le ha tenido por una raza inferior sobre cuya naturaleza real solo
corrian supersticiones, se le ha negado la oportunidad de expresar las
potencialidades del espiritu humano y se le ha relegado al papel de servir a
las necesidades del varon. Bien es verdad que son numerosas las sociedades
donde tales condiciones persisten y donde se porfia fanaticamente en
sostenerlas. Sin embargo, en el plano del discurso global, el concepto de
igualdad de genero ha adquirido a todos los efectos practicos la fuerza de un
principio universalmente aceptado y, como tal, disfruta de una similar
autoridad en la mayor parte de la comunidad academica y de los medios de
informacion. Tan fundamental ha sido la revision que los exponentes de la
supremacia masculina se ven obligados a buscar sus apoyos fuera de los limites
de la opinion responsable.
Los atribulados batallones del nacionalismo se enfrentan a un destino
similar. Con cada crisis que sacude a los asuntos mundiales, se hace mas facil
para la ciudadania distinguir entre el amor al propio pais--enriquecedor de la
persona--, y la claudicacion ante la retorica incendiaria cuyo fin es suscitar
odios y miedos hacia el projimo. Incluso cuando resulta indicado participar en
los ya familiares ritos nacionalistas, la respuesta del publico oscila entre
dos sentimientos enfrentados: unas veces de incomodidad y otras de
reafirmacion y predisposicion al entusiasmo tan tipicas de los viejos tiempos.
El efecto se ha visto reforzado por la reestructuracion continua del orden
internacional. Sean cuales sean las deficiencias del sistema de las Naciones
Unidas en su actual forma, y por mucho que su capacidad tropiece con
dificultades para emprender actuaciones militares colectivas contra la
agresion, nadie puede dudar el hecho de que el fetiche de la soberania nacional
absoluta se encuentra en vias de extincion.
Los prejuicios raciales y etnicos se han visto sometidos igualmente a un
tratamiento sumario en virtud de procesos historicos que poco o nada quieren
saber de estas pretensiones. En este terreno, el rechazo del pasado ha sido
especialmente decisivo. El racismo carga hoy dia con el lastre anadido de sus
vinculos con los horrores del siglo XX al punto de que ha empezado a verse en
terminos de lacra espiritual. Si bien, en tanto actitud social, sobrevive en
numerosas partes del mundo--y como plaga en la vida de un sector importante de
la humanidad--, el prejuicio racial ha llegado a ser objeto de una condena tan
universal en principio que ningun grupo se permite identificarse con el
impunemente.
No es que se le haya dado la espalda a un turbio pasado y que un mundo
risueno ocupe subitamente su lugar. Grandes sectores de la poblacion continuan
soportando los efectos de arraigados prejuicios de etnia, genero, nacion, casta
y clase. Todas las evidencias senalan que semejantes injusticias perduraran
durante el largo periodo de lenta progresion en el que las instituciones y
criterios que la humanidad esta gestando han de ir cobrando el cuerpo y la
fuerza necesarios para construir un nuevo orden de relaciones y aportar alivio
a los oprimidos. La cuestion es que hemos cruzado un umbral al que ya no cabe
ninguna posibilidad creible de retorno. Se ha identificado, articulado y
difundido ampliamente toda una serie de principios fundamentales que de modo
progresivo estan cobrando cuerpo en instituciones capaces de imponerlos en la
conducta ciudadana. No hay duda de que el efecto, por muy prolongado y
doloroso que sea el esfuerzo, sera el de revolucionar las relaciones entre
todos los pueblos en las bases mismas de la sociedad.
*
Al abrirse el siglo XX, era el prejuicio religioso el que se perfilaba
con mas probabilidades de sucumbir ante el empuje de los cambios. En el
Occidente, los avances cientificos habian asestado un rudo golpe a algunos de
los pilares centrales del exclusivismo sectario. En el contexto de la
transformacion de la imagen que la raza humana tenia de si misma, el movimiento
interreligioso constituia quiza el avance religioso mas prometedor. En 1893,
la Exposicion Mundial Colombina sorprendio incluso a sus ambiciosos
organizadores al alumbrar el afamado <<Parlamento de las
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Religiones>>, exponente de un consenso espiritual y moral tal que subyugo la
imaginacion popular de todos los continentes y aun llego a eclipsar las
maravillas cientificas, tecnologicas y comerciales que celebraba la Exposicion.
En fin, parecia como si se hubiesen desmoronado antiguas murallas. Para
los pensadores influyentes en el campo de la religion, aquella reunion destaco
como un hecho <<sin precedentes en la historia del mundo>>. El Parlamento,
segun afirmo su principal y distinguido organizador, <<habia emancipado al
mundo del fanatismo>>. Un liderazgo imaginativo--tal era la confiada
prediccion--aprovecharia la ocasion para despertar en las comunidades
religiosas de la tierra, por tanto tiempo divididas, un espiritu de hermandad
que sentaria las bases morales requeridas para el nuevo mundo de prosperidad y
progreso. Con estos animos, empezaron a arraigar y florecer los movimientos
interreligiosos de toda suerte. Una gran bibliografia, disponible en numerosos
idiomas, presento ante un publico cada vez mas amplio, compuesto tanto por
creyentes como no creyentes, las ensenanzas de todas las religiones
principales, iniciativa a la que a su debido tiempo se incorporaron la radio,
la television, el cine y finalmente el Internet. Las instituciones de estudios
superiores organizaron programas de licenciatura sobre religiones comparadas.
Al concluir el siglo, los oficios ecumenicos, impensables tan solo unas pocas
decadas atras, se convertian en fenomenos comunes.
Por desgracia, es claro que a estas iniciativas les falta coherencia
intelectual y compromiso espiritual. La idea de que todas las grandes
religiones del mundo son igualmente validas en su naturaleza y origen se ve
frenada por pautas inveteradas de pensamiento sectario, en contraste con los
procesos de unificacion que estan transformando el resto de las relaciones
sociales de la humanidad. El progreso de la integracion racial es un fenomeno
que no se reduce a una mera expresion de sentimentalismo o de calculo
estrategico, sino que brota del reconocimiento de que los pueblos de la tierra
constituyen una sola especie cuyas diversas variaciones no confieren por si
mismas ventaja alguna, ni imponen ninguna traba, a los miembros particulares de
esa raza. De modo analogo, la emancipacion de la mujer ha conseguido que tanto
las instituciones sociales como la opinion publica reconozcan que no hay base
valida--biologica, social o moral--que justifique el que a la mujer se le
deniegue la igualdad plena con el hombre, y a las ninas identicas oportunidades
educativas a las disfrutadas por los ninos. De igual forma, reconocer las
aportaciones que algunas naciones realizan a la construccion imparable de una
civilizacion global no avala la ilusion heredada de que otras naciones poco o
nada tengan que aportar al esfuerzo.
En contraste, las autoridades religiosas parecen, en su mayor parte,
incapaces de acometer tan fundamental reorientacion. Otros elementos de la
sociedad han hecho suyas las implicaciones de la unidad de la humanidad, no
solo como el proximo e inevitable paso en el avance de la civilizacion, sino
como cumplimiento de las identidades menores de toda suerte que nuestra raza
aporta en esta coyuntura critica de nuestra historia colectiva. No obstante,
la mayor parte de la religion establecida se encuentra paralizada ante el
umbral del futuro, oprimida por los mismos dogmas y pretensiones de acceso
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privilegiado a la verdad responsables de haber creado algunos de los conflictos
mas amargos que dividen a los habitantes de la tierra.
Las consecuencias, por lo que atane al bienestar de la humanidad, han
sido ruinosas. Huelga citar en detalle los horrores que asedian hoy dia a
poblaciones indefensas como consecuencia de unos brotes de fanatismo que
mancillan el nombre de la religion. Tampoco se trata de un fenomeno reciente.
Por mencionar solo uno de los numerosos ejemplos, las guerras europeas de
religion del siglo XVI segaron la vida aproximadamente de un treinta por ciento
de su poblacion. Aturde pensar siquiera en cuales deben de haber sido los
frutos producidos por las semillas que implantaron en la conciencia popular las
tenebrosas fuerzas del dogmatismo sectario que inspiro tales conflictos.
A este balance de la historia hay que agregar la traicion de la vida
intelectual que, mas que ningun otro factor, le ha hurtado a la religion la
capacidad que posee inherentemente de desempenar un papel decisivo en la
configuracion de los asuntos mundiales. Abstraidas por prioridades que
dispersan y vician las energias humanas, muy a menudo las instituciones
religiosas han sido los principales responsables de desanimar la exploracion de
la realidad y el ejercicio de las facultades intelectuales que distinguen al
genero humano. Las denuncias del materialismo o del terrorismo no son de ayuda
real para afrontar la crisis moral contemporanea a menos que comiencen por
indagar con franqueza la falta de responsabilidad que ha dejado a las masas
creyentes expuestas y vulnerables a estas influencias.
Estas reflexiones, por mas que dolorosas, no son tanto una acusacion
contra la religion organizada como un recordatorio del poder singular que
representa. La religion, como todos somos conscientes, conecta con las raices
de la motivacion de la persona. Cuando la religion ha sido fiel al espiritu y
al ejemplo de las Figuras trascendentales que dieron al mundo los grandes
sistemas de creencias, ha despertado en pueblos enteros las capacidades de
amar, de perdonar y de crear al tiempo que los ha impulsado a mostrar arrojo, a
superar los prejuicios, a sacrificarse por el bien comun y a disciplinar los
impulsos del instinto animal. Es incuestionable que la fuerza seminal en la
civilizacion del ser humano la ha aportado la sucesion de estas Manifestaciones
de lo Divino y que esta fuerza se remonta al alba de la historia.
Esta misma fuerza, que con tal efecto operaba en las epocas del pasado,
sigue siendo un rasgo inextinguible de la conciencia humana. Contra todo
pronostico, y con escasos incentivos reales, sigue dando sosten a la lucha por
la supervivencia de millones y millones de personas, y haciendo que en todos
los paises surjan heroes y santos cuyas vidas son la vindicacion mas persuasiva
de los principios contenidos en las escrituras de sus respectivos credos. Tal
como demuestra el curso de la civilizacion, la religion es capaz tambien de
influir profundamente en la estructura de las relaciones sociales. En efecto,
seria dificil pensar en ningun avance fundamental de la civilizacion que no
haya derivado su empuje moral de esta fuente perenne. Por tanto, ?es acaso
concebible que el paso a la etapa culminante del largo proceso milenario en la
organizacion del planeta
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pueda efectuarse en medio de un vacio espiritual? Si algo demostraron
concluyentemente las perversas ideologias desatadas en nuestro mundo durante el
siglo que acaba de terminar, es que esa necesidad no puede satisfacerse
mediante alternativas fruto de la invencion humana.
*
Las implicaciones de todo ello para nuestro presente quedan resumidas por
Baha'u'llah en palabras escritas hace mas de un siglo y ampliamente diseminadas
en los decenios ulteriores:
Es indudable que los pueblos del mundo, de cualesquiera raza o
religion, derivan su inspiracion de una sola Fuente celestial y
son los subditos de un solo Dios. La diferencia entre las
ordenanzas bajo las que viven debe ser atribuida a los requisitos
y exigencias variables de la epoca en que fueron reveladas. Todas
ellas, excepto algunas que son producto de la perversidad humana,
fueron ordenadas por Dios y son el reflejo de Su Voluntad y
Proposito. Levantaos y, armados con el poder de la fe, despedazad
los dioses de vuestras vanas imaginaciones, los sembradores de
disension entre vosotros. Aferraos a aquello que os acerque y os
una.
Tal llamamiento no exige el abandono de la fe por lo que respecta a las
verdades fundamentales de ninguno de los grandes sistemas de creencias
mundiales. Muy al contrario. La fe posee su propio imperativo y es su propia
justificacion. Lo que otros crean--o no crean--no puede arrogarse autoridad
sobre ninguna conciencia que valga. Aquello a lo que las palabras arriba
mencionadas urgen inequivocamente es a la renuncia de todos los titulos de
exclusividad o de caracter final, los cuales, precisamente por estar anclados
en la vida del espiritu, se han erigido en los maximos inductores de odios y
violencias y en los sofocadores de esos impulsos que claman por la unidad.
Es a este desafio historico al que han de responder, segun creemos, las
autoridades religiosas si es que la propia autoridad religiosa ha de desempenar
un papel significativo en la sociedad global que surge de las experiencias
transformadoras del siglo XX. Es obvio que un numero creciente de personas
empieza a comprender que la verdad que subyace a todas las religiones es en
esencia una sola. Este reconocimiento surge no mediante la resolucion de
disputas teologicas, sino como una conciencia intuitiva que brota del trato
cada vez mas intenso con los demas y de atisbos de la aceptacion de la unicidad
de la propia familia humana. En medio de la voragine de doctrinas religiosas,
ritos y codigos religiosos, herencia de mundos periclitados, crece ese concepto
de que la vida espiritual, al igual que la unidad manifiesta en la diversidad
de razas, nacionalidades y culturas, constituye una sola realidad sin limites e
igualmente accesible a todos. A fin de que esta percepcion, difusa y aun
provisional, pueda afianzarse y contribuir de modo eficaz a crear un mundo
pacifico, debe obtener el completo asentimiento de todos aquellos a quienes,
incluso en esta hora ya tardia, se remiten las masas de esta tierra en su
busqueda de orientacion.
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Ciertamente son amplias las diferencias que separan a las principales
tradiciones religiosas del mundo en cuanto a disposiciones sociales y formas de
culto. Dados los miles de anos transcurridos, durante los cuales las
revelaciones sucesivas de la Divinidad han respondido a las necesidades
cambiantes de una civilizacion en continua evolucion, dificilmente podria haber
sido otro el resultado. En efecto, un rasgo inherente de las escrituras de la
mayoria de los credos principales vendria a ser la expresion, de una u otra
forma, del caracter evolutivo de la religion. Lo que no puede justificarse
moralmente es la manipulacion de patrimonios culturales, patrimonios que aunque
estaban destinados a enriquecer la experiencia religiosa, se convierten asi en
fuente de prejuicios y alienacion. La tarea primordial del alma humana sera
siempre la de investigar la realidad, vivir de acuerdo con las verdades de las
que llegue a estar convencida y respetar al maximo los esfuerzos ajenos por
hacer otro tanto.
Quiza se objete que, si todas las grandes religiones han de reconocerse
como surgidas de una misma fuente Divina, el efecto seria el de animar, o al
menos facilitar, la conversion de las gentes desde una religion a otra. Que
sea o no asi tiene importancia puramente tangencial si se compara con la
oportunidad que la historia abre por fin a las personas, conscientes de un
mundo que trasciende a este mundo terrestre, y si se contrasta con la
responsabilidad que esta conciencia impone. Cada uno de los grandes credos
puede aducir testimonios creibles e impresionantes de su eficacia como
reforzadores del caracter moral. De modo similar, nadie podria argumentar de
modo convincente que las doctrinas vinculadas a un sistema particular de
creencias hayan sido mas o menos prolificas en generar fanatismo y supersticion
que las vinculadas a cualquier otra. En un mundo en vias de integracion, es
natural que las pautas de respuesta y relacion se sometan a un proceso continuo
de cambios y que el papel de las instituciones, sea cual sea su indole, es a
buen seguro el considerar como estos acontecimientos pueden conducirse de un
modo que promueva la unidad. La garantia de que el resultado sera en ultima
instancia sano--espiritual, moral y socialmente--reside en la inquebrantable fe
de esas masas habitantes de la tierra, a las que nadie consulta, una fe segun
la cual el universo no se gobierna por el capricho humano, sino mediante una
Providencia amorosa e indefectible.
Al mismo tiempo que va produciendose el derrumbe de las barreras que
separan a los pueblos, nuestra epoca atestigua la quiebra del muro otrora
insuperable que la tradicion daba por sentado que separaria para siempre la
vida del Cielo y la vida de la Tierra. Las escrituras de todas las religiones
le han ensenado siempre al creyente a considerar el servicio al projimo no solo
como un deber moral, sino como una via para el acercamiento de su alma hacia
Dios. Hoy dia, la reestructuracion progresiva de la sociedad aporta a esta
ensenanza ya conocida un significado con nuevas dimensiones. Conforme la
antigua promesa de un mundo animado por principios de justicia cobra lentamente
visos de meta realista, satisfacer las necesidades del alma y las de la
sociedad se vera cada vez mas como facetas reciprocas propias de una vida
espiritual madura.
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Para que las autoridades religiosas esten a la altura del reto que esta
ultima nocion representa, la respuesta debe comenzar por admitir que la
religion y la ciencia son dos sistemas indispensables de conocimiento mediante
los cuales se desarrollan las capacidades de la conciencia. Lejos de estar en
conflicto mutuo, estas modalidades fundamentales con que la mente explora la
realidad son interdependientes y se han demostrado mas fertiles en aquellos
contados pero felices periodos de la historia en que su naturaleza
complementaria fue reconocida y pudieron colaborar. Para garantizar una
aplicacion idonea, las percepciones y destrezas generadas por los avances
cientificos deberan siempre remitirse a las orientaciones surgidas del
compromiso espiritual y moral; las convicciones religiosas, no importa cuan
veneradas sean, deben someterse, de buen grado y con agradecimiento, a las
pruebas imparciales de los metodos cientificos.
Llegamos por ultimo a un tema que abordamos no sin cierta inquietud
puesto que toca mas directamente a la conciencia. Entre las numerosas
tentaciones que ofrece el mundo, no es de sorprender que figure una que ha
preocupado de forma singular a los dirigentes religiosos: el ejercicio del
poder en asuntos de creencia. Nadie que haya dedicado tiempo a meditar y
estudiar seriamente las escrituras de una u otra de las grandes religiones
necesita recordatorios del axioma consabido de que el poder corrompe, tanto mas
cuanto mayor sea. Las incomparables victorias internas que en este sentido han
ganado innumerables clerigos a lo largo de todas las epocas constituyen,
innegablemente, una de las fuentes principales que alientan el vigor creativo
de la religion organizada, y que ha de anotarse como una de sus maximas
distinciones. En el mismo grado, el hecho de que otros dirigentes religiosos
se sometiesen al senuelo del poder y provecho mundanos se ha demostrado un
fertil caldo de cultivo del cinismo, la corrupcion y la desesperacion de
cuantos lo observan. Reconocido esto, sobra explicar que grado de
responsabilidad social tienen las autoridades religiosas en este momento de la
historia.
*
Puesto que su preocupacion atane al ennoblecimiento del caracter y la
armonizacion de las relaciones, la religion ha ejercido a lo largo de la
historia la funcion de servir como autoridad ultima en dotar de sentido a la
vida. En toda epoca, ha cultivado el bien, ha reprobado el mal, proyectando,
ante la mirada de quienquiera que deseara verlo, un horizonte de
potencialidades todavia sin cumplir. Del fondo de sus consejos, el alma
racional ha extraido los brios necesarios para realizarse y para superar los
limites que le imponia el mundo. Tal como su nombre implica, la religion ha
sido simultaneamente la principal fuerza unificadora de diversos pueblos a los
que integraba en sociedades cada vez mas amplias y complejas, y en las que las
capacidades personales podian llegar a florecer y expresarse. La gran ventaja
de la epoca actual radica en la perspectiva que permite que todo el genero
humano vea este proceso civilizador como un fenomeno unico e integral: los
encuentros recurrentes de nuestro mundo con el mundo de Dios.
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Inspirada por esta perspectiva, la comunidad baha'i ha sido una promotora
vigorosa de las actividades interreligiosas desde sus comienzos. Aparte de los
entranables vinculos que estas actividades crean, los baha'is ven en el
esfuerzo de acercamiento entre las diversas religiones una respuesta a la
Voluntad Divina para con un genero humano que entra ahora en su madurez
colectiva. Los miembros de nuestra comunidad continuaran ofreciendo su
colaboracion por todas las vias a su alcance. Sin embargo, es deber para con
nuestros colaboradores en este esfuerzo comun afirmar claramente la conviccion
que abrigamos de que el discurso interreligioso, si queremos que contribuya
significativamente a sanar las heridas que afligen a una humanidad desesperada,
debe con sinceridad y sin mas evasivas abordar las implicaciones de la verdad
fundamentalisima que suscito todo este movimiento interreligioso: que Dios es
uno solo y que, mas alla de la diversidad de la expresion cultural y de la
interpretacion humana, la religion es asimismo una sola.
No pasa un solo dia sin que aumente el peligro de que las hogueras del
prejuicio religioso prendan una conflagracion mundial de consecuencias
inimaginables. Las autoridades civiles no pueden, por si solas, conjurar
semejante riesgo. Tampoco deberiamos enganarnos creyendo que los llamamientos
a la tolerancia mutua puedan extinguir por si solos animosidades que se arrogan
el refrendo Divino. La crisis exige de los dirigentes religiosos una ruptura
con el pasado tan resuelta como las que permitieron que la sociedad se zafase
de los prejuicios igualmente corrosivos de raza, genero y nacion. Toda
justificacion para ejercer influencia en asuntos de conciencia yace en el
servicio al bien de la humanidad. En este momento, el mas decisivo en la
historia de la civilizacion, las exigencias de tal servicio no pueden ser mas
claras. <<El bienestar de la humanidad, su paz y seguridad, seran
inalcanzables--asi reza el encarecimiento de Baha'u'llah--hasta que su unidad
este firmemente establecida>>.
LA CASA UNIVERSAL DE JUSTICIA
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An die religiösen Führer der Welt á Das Universale Haus der Gerechtigkeit á Bahá'í Verlag GmbH, Auflage 1.03 (O-2021-06-12)
An die religiösen Führer der Welt
Das Universale Haus der Gerechtigkeit
An die Führer der Religionsgemeinschaften weltweit
Das bleibende Vermächtnis des zwanzigsten Jahrhunderts besteht darin, dass es die Völker der Welt dazu zwang, sich als die Glieder einer einzigen Menschheit zu sehen, und die Erde als gemeinsame Heimat dieser einen Menschheit. Trotz andauernder Gewalt und Konflikte, die den Horizont verdunkeln, lassen Vorurteile, die einst dem Wesen der Gattung Mensch angeboren schienen, allerorts nach. Mit ihnen fallen auch Barrieren, die die Menschheitsfamilie lange Zeit in ein Babel isolierter Identitäten kulturellen, ethnischen oder nationalen Ursprungs spalteten. Dass eine so tiefgreifende Wandlung sich in so kurzer Zeit – aus historischer Sicht praktisch über Nacht – vollziehen konnte, lässt das Ausmaß zukünftiger Möglichkeiten erahnen.
Tragischerweise ist die institutionalisierte Religion, deren Seinsgrund den Dienst an der Sache der Brüderlichkeit und des Friedens fordert, allzu oft eines der gewaltigsten Hindernisse auf diesem Pfad; um eine besonders schmerzliche Tatsache anzuführen: schon lange hat sie ihre Glaubwürdigkeit dem Fanatismus hergegeben. Als oberstes Gremium einer der Weltreligionen fühlen wir uns verpflichtet darauf zu drängen, ernsthaft über die Herausforderung nachzudenken, vor die dies religiöse Führer stellt. Sowohl das Problem als auch die sich daraus ergebenden Umstände zwingen uns, offen zu sprechen. Wir vertrauen darauf, dass der gemeinsame Dienst am Göttlichen sicherstellt, dass das Gesagte im selben Geiste des guten Willens aufgefasst wird, in dem es geäußert wurde.
Besonders deutlich wird das Problem, wenn man überlegt, was auf anderen Gebieten erreicht wurde. In der Vergangenheit wurden Frauen, abgesehen von vereinzelten Ausnahmen, als minderwertig angesehen; Aberglaube schränkte sie in ihrem Wesen ein; ihnen wurde jede Chance versagt, die Möglichkeiten des menschlichen Geistes auszudrücken; sie wurden dazu degradiert, den Bedürfnissen der Männer zu dienen. Natürlich gibt es Gesellschaften, in denen immer noch solche Zustände herrschen und sogar fanatisch verteidigt werden. Auf der Ebene der globalen Diskussion jedoch hat die Idee der Gleichberechtigung der Geschlechter inzwischen praktisch die Macht eines allgemein anerkannten Prinzips erlangt. Ähnlich verbindlich ist es für den größten Teil der Wissenschaftswelt und der Medien. So grundlegend wurde hier umgedacht, dass Befürworter einer männlichen Vormachtstellung kaum noch bei verantwortungsvollen Meinungsbildnern Unterstützung finden.
Die belagerten Bataillone des Nationalismus sehen sich einem ähnlichen Schicksal gegenüber. Mit jeder überstandenen Krise in den Angelegenheiten der Welt wird es für den Bürger leichter, zwischen einer Vaterlandsliebe, die das Leben bereichert, und der Aufwiegelung durch Hetzreden, die Hass auf andere und Angst vor ihnen provozieren wollen, zu unterscheiden. Selbst dort wo die Teilnahme an den gewohnten nationalistischen Riten geboten ist, zeigen sich in der öffentlichen Reaktion neben den altbekannten Bekundungen fester Überzeugung und bereitwilliger Begeisterung ebenso oft Gefühle der Betretenheit. Dieser Effekt wurde durch die Umstrukturierung verstärkt, die sich innerhalb der internationalen Ordnung unaufhörlich vollzieht. Bei allen Mängeln im System der Vereinten Nationen, wie es gegenwärtig besteht, und wie begrenzt auch ihre Fähigkeit ist, gemeinsam militärisch gegen Aggression vorzugehen – es kann niemand die Tatsache verkennen, dass der Fetisch uneingeschränkter nationaler Souveränität dahinschwindet.
Rassische und ethnische Vorurteile wurden von historischen Prozessen, die keine Geduld mehr für derartige Anmaßungen aufbringen, ebenso abgetan. Hier grenzte man sich besonders entschlossen von der Vergangenheit ab. Durch seine Verknüpfung mit den Schrecken des zwanzigsten Jahrhunderts ist Rassismus heute derart negativ belegt, dass er gewissermaßen den Charakter einer geistigen Krankheit angenommen hat. Obwohl rassische Vorurteile als gesellschaftliche Einstellung noch in vielen Teilen der Welt überleben – und einem erheblichen Teil der Menschheit das Leben vergällen – werden sie heute im Prinzip so universell verurteilt, dass keine Gruppe sich mehr unbesorgt erlauben kann, damit identifiziert zu werden.
Nicht dass eine dunkle Vergangenheit ausgelöscht und eine neue Welt des Lichts plötzlich geboren wäre. Unzählige Menschen müssen noch immer die Auswirkungen tief verwurzelter Vorurteile hinsichtlich der Volkszugehörigkeit, des Geschlechts, der Nation, Kaste oder Klasse ertragen. Alles deutet darauf hin, dass solches Unrecht noch lange weiter bestehen wird, da die Institutionen und Maßstäbe, die die Menschheit gerade entwickelt, nur langsam die Kraft gewinnen, eine neue Ordnung der Beziehungen aufzubauen und das Leid der Unterdrückten zu lindern. Aber es wurde eine Schwelle überschritten, von der umzukehren es keine glaubwürdige Möglichkeit mehr gibt. Fundamentale Prinzipien sind erkannt und artikuliert, ihnen ist viel öffentliche Aufmerksamkeit zuteil geworden und sie verankern sich immer fester in Institutionen, die in der Lage sind, sie durchzusetzen. So langwierig und schmerzvoll der Kampf auch ist, es gibt keinen Zweifel daran, dass in seiner Folge die Beziehungen zwischen allen Völkern an der Basis revolutioniert werden.
*
Zu Beginn des zwanzigsten Jahrhunderts sah es so aus, als seien es vor allem religiöse Vorurteile, die den Kräften des Wandels erliegen würden. Im Westen waren wissenschaftliche Erkenntnisse bereits hart mit den zentralen Säulen religiöser Ausschließlichkeitsansprüche ins Gericht gegangen. Die vielversprechendste neue religiöse Entwicklung im Zusammenhang mit der veränderten Selbstwahrnehmung der Menschheit war die interreligiöse Bewegung. Selbst die ambitionierten Organisatoren der Weltausstellung 1893 in Chicago waren überrascht, als hier das berühmte ›Parlament der Religionen‹ ins Leben trat, eine Vision geistiger und moralischer Einigkeit, die die Fantasie der Menschen auf allen Kontinenten beschäftigte, und der es sogar gelang, die wissenschaftlichen, technologischen und wirtschaftlichen Wunder, die auf der Ausstellung gefeiert wurden, in den Schatten zu stellen.
Kurz, es schien, als seien alte Mauern gefallen. Nach Einschätzung einflussreicher Denker auf dem Gebiet der Religion war diese Versammlung einzigartig, »ohnegleichen in der Weltgeschichte«. Das Parlament, so sagte sein hervorragender Hauptorganisator, hatte »die Welt von der Bigotterie befreit«. Eine fantasievolle Führung, so wurde voll Zuversicht vorausgesagt, würde die Gelegenheit ergreifen und in den schon lange entzweiten religiösen Gemeinden der Welt einen Geist der Brüderlichkeit erwecken, der die für die neue Welt des Wohlstands und Fortschritts notwendigen moralischen Stützmauern bieten könnte. Dadurch ermutigt wuchsen und gediehen die unterschiedlichsten interreligiösen Bewegungen. Umfangreiche Literatur, die in vielen Sprachen zugänglich war, machte eine immer breitere Öffentlichkeit, Gläubige und Nicht- Gläubige gleichermaßen, mit den Lehren aller großen Religionen vertraut und schuf ein Interesse, das später auch durch das Radio, das Fernsehen und schließlich das Internet aufgegriffen wurde. Hochschulen führten Studiengänge in Vergleichender Religionswissenschaft ein. Gegen Ende des Jahrhunderts wurden interreligiöse Andachten, noch ein paar Jahrzehnte zuvor undenkbar, zu etwas Alltäglichem.
Leider fehlt es diesen Initiativen eindeutig sowohl an intellektueller Kohärenz als auch an geistiger Verbindlichkeit. Im Gegensatz zu den Einigungsprozessen, die die übrigen sozialen Beziehungen der Menschheit transformieren, wird der Idee, dass alle großen Religionen der Welt ihrem Wesen und Ursprung nach gleichermaßen gültig sind, von fest verankerten Mustern religiösen Denkens hartnäckig Widerstand geleistet. Der Prozess der Rassenintegration ist keine bloß sentimentale oder taktische Entwicklung, sondern erwächst aus der Erkenntnis, dass die Völker der Welt eine einzige Gattung bilden, deren zahlreiche unterschiedliche Ausprägungen an sich weder einen Vorteil für die Mitglieder der einen, noch einen Nachteil für die einer anderen mit sich bringen. Genauso erforderte die Emanzipation der Frau die Bereitschaft sowohl gesellschaftlicher Institutionen als auch der öffentlichen Meinung anzuerkennen, dass es keine akzeptablen Gründe – biologische, soziale oder moralische – geben kann, die rechtfertigen, dass Frauen die volle Gleichberechtigung mit Männern oder Mädchen dieselben Bildungsmöglichkeiten wie Jungen verwehrt werden. Und ebenso wenig kann die Wertschätzung der Beiträge, die manche Nationen zur Formung einer sich herausbildenden Weltkultur leisten, die überlieferte Illusion stützen, dass andere Nationen nur wenig oder gar nichts zu diesen Bemühungen beizutragen haben.
Eine so grundsätzliche Neuorientierung scheinen die meisten religiösen Führungsinstanzen nicht vornehmen zu können. Andere Teile der Gesellschaft nehmen die Implikationen der Einheit der Menschheit mit offenen Armen auf, nicht nur als unausweichlichen nächsten Schritt im Voranschreiten der Zivilisation, sondern als Erfüllung jeglicher partikularer Identitäten, die das Menschengeschlecht zu diesem entscheidenden Moment in unserer gemeinsamen Geschichte mitbringt. Die religiösen Institutionen stehen größtenteils jedoch wie gelähmt an der Schwelle der Zukunft, gefangen in eben den Dogmen und Ausschließlichkeitsansprüchen, die Ursache für einige der bittersten Kämpfe waren, welche die Bewohner der Erde entzweiten.
Für das Wohlergehen der Menschheit hatten diese Kämpfe verheerende Folgen. Zweifellos ist es nicht nötig, hier detailliert auf die Schrecken einzugehen, die heute unglückliche Völker heimsuchen als Folge fanatischer Ausbrüche, die dem Namen der Religion Schande machen. Auch ist dies kein neues Phänomen. Die Religionskriege im Europa des sechzehnten Jahrhunderts, um nur eines vieler Beispiele anzuführen, kosteten diesen Kontinent etwa dreißig Prozent seiner gesamten Bevölkerung. Man muss sich fragen, welche Ernte der Samen des blinden religiösen Dogmatismus langfristig im Bewusstsein der Menschen hervorbrachte.
Zu dieser Aufzählung gehört noch ein Verrat am menschlichen Geist, der mehr als alles andere die Religion der ihr innewohnenden Fähigkeit beraubt hat, eine entscheidende Rolle bei der Gestaltung der Welt zu spielen. Gefangen in der ständigen Beschäftigung mit Angelegenheiten, die menschliche Energien zerstreuen und verpuffen lassen, haben religiöse Institutionen allzu oft die Menschen davon abgehalten, die Wirklichkeit zu erforschen und von all den intellektuellen Fähigkeiten Gebrauch zu machen, durch die die Menschheit sich auszeichnet. Die Verurteilung von Materialismus und Terrorismus ist bei der Bewältigung der gegenwärtigen moralischen Krise keine echte Hilfe, wenn sie nicht zuallererst darauf eingeht, dass die religiösen Institutionen ihrer Verantwortung nicht nachgekommen sind und die gläubigen Massen diesen Einflüssen schutzlos ausgeliefert haben.
So schmerzlich solche Überlegungen auch sein mögen, sie sind weniger ein Armutszeugnis für religiöse Institutionen als eine Erinnerung an die einzigartige Kraft, für die Religion steht. Religion reicht, wie wir uns alle bewusst sind, bis an die Wurzeln der Motivation. Wo sie dem Geist und dem Beispiel der transzendenten Gestalten, die der Welt ihre großen Glaubenssysteme brachten, treu war, hat sie in ganzen Völkern die Fähigkeit geweckt zu lieben, zu vergeben, Neues zu schaffen, Großartiges zu wagen, Vorurteile zu überwinden, für das Gemeinwohl Opfer zu bringen und die Impulse niederer Instinkte zu zügeln. Ohne Frage ist die prägende Kraft bei der Zivilisierung der menschlichen Natur seit je her der Einfluss der aufeinanderfolgenden Manifestationen des Göttlichen, der bis zu den Anfängen der Geschichtsschreibung zurückreicht.
Eben diese Kraft, die in vergangenen Zeitaltern eine solche Wirkung hatte, bleibt ein unauslöschliches Merkmal menschlichen Bewusstseins. Entgegen allen Erwartungen und unter wenig günstigen Voraussetzungen gibt sie noch immer ungezählten Millionen Kraft in ihrem Überlebenskampf und lässt weiter Helden und Heilige sich in allen Ländern erheben, deren Leben überzeugend Rechenschaft für die Prinzipien ablegt, die in den Schriften ihres jeweiligen Glaubens niedergelegt sind. Wie die Kulturgeschichte zeigt, ist die Religion außerdem imstande, die Struktur sozialer Beziehungen wesentlich zu beeinflussen. Tatsächlich würde einem wohl kaum ein bedeutender zivilisatorischer Fortschritt in den Sinn kommen, der seine moralische Triebkraft nicht aus dieser ewigen Quelle gewonnen hätte. Ist es also denkbar, dass das Erreichen des Gipfels im Jahrtausende währenden Prozess der Organisation des Planeten in einem geistigen Vakuum gelingen kann? Wenn die abnormen Ideologien, die im gerade zu Ende gegangenen Jahrhundert unsere Welt heimsuchten, auch sonst nichts Gutes bewirkten, so haben sie doch eindeutig gezeigt, dass die Not nicht durch Mittel zu lindern ist, die zu erdenken der Mensch fähig wäre.
*
Was das heute bedeutet, fasst Bahá’u’lláh in folgenden Worten zusammen, die vor über einem Jahrhundert geschrieben und inzwischen weit verbreitet wurden:
»Ohne Zweifel verdanken die Völker der Welt, welcher Rasse oder Religion sie auch angehören, ihre Erleuchtung derselben himmlischen Quelle. Sie sind einem einzigen Gott untertan. Unterschiede der Regeln und Riten, denen sie folgen, müssen den wechselnden Erfordernissen und Bedürfnissen der Zeitalter zugeschrieben werden, in denen sie offenbart wurden. Alle bis auf wenige, die aus menschlichen Launen entstanden, wurden von Gott verfügt und sind eine Widerspiegelung Seines Willens und Zieles. Erhebt euch und schlagt, bewaffnet mit der Kraft des Glaubens, die Götzen eures leeren Wahns in Stücke, die Zwietracht unter euch säen. Haltet euch an das, was euch zusammenführt und eint.«
Ein solcher Appell fordert nicht dazu auf, den Glauben an die grundlegenden Wahrheiten irgendeines der großen Glaubenssysteme der Welt aufzugeben. Ganz im Gegenteil. Glaube befiehlt sich selbst und rechtfertigt sich selbst. Was andere glauben – oder nicht glauben – kann keine Autorität haben für irgendein persönliches Gewissen, das diesen Namen verdient. Wozu die hier wiedergegebenen Worte unmissverständlich drängen ist, all jene Ansprüche auf Ausschließlichkeit oder Endgültigkeit aufzugeben, die mehr als alles andere Einigungsimpulse zunichte machen und Hass und Gewalt schüren, indem sie das Leben des Geistes ersticken.
Auf genau diese historische Herausforderung, so glauben wir, müssen die Führer der Religionen antworten, wenn religiöse Führung in der globalen Gesellschaft, die aus den umwälzenden Erfahrungen des zwanzigsten Jahrhunderts hervorgeht, Bedeutung haben soll. Ganz offensichtlich erkennt eine wachsende Zahl von Menschen mittlerweile, dass die allen Religionen zugrunde liegende Wahrheit dem Wesen nach dieselbe ist. Diese Erkenntnis entsteht nicht als Ergebnis theologischer Dispute, sondern als intuitives Bewusstsein, das den immer umfangreicheren Erfahrungen mit den anderen und der dämmernden Anerkennung der Einheit der Menschheitsfamilie erwächst. Aus der Unzahl religiöser Doktrinen, Rituale und Gesetzbücher, die aus vergangenen Welten ererbt wurden, bildet sich ein Gefühl dafür heraus, dass das geistige Leben – wie die Einheit, die sich in verschiedenen Nationalitäten, Rassen und Kulturen manifestiert – eine grenzenlose, jedermann gleichermaßen zugängliche Wirklichkeit ist. Damit diese diffuse und noch zögerliche Einsicht sich vertiefen und wirksam zum Aufbau einer friedlichen Welt beitragen kann, müssen jene, bei denen die Massen der Welt selbst zu so später Stunde noch Führung suchen, sie aus vollem Herzen bestätigen.
Hinsichtlich sozialer Gesetze und Formen der Andacht gibt es sicherlich große Unterschiede zwischen den großen religiösen Traditionen der Welt. Bedenkt man die Tausende von Jahren, während derer aufeinanderfolgende göttliche Offenbarungen den wechselnden Erfordernissen einer sich ständig weiter entwickelnden Zivilisation entsprachen, könnte es kaum anders sein. Tatsächlich scheint das Prinzip des evolutionären Wesens von Religion ein den Schriften der meisten großen Religionen innewohnendes Merkmal zu sein. Was moralisch nicht gerechtfertigt werden kann, ist der Missbrauch kulturellen Erbes, das ursprünglich das geistige Sein bereichern sollte, als Mittel, Vorurteile und Entfremdung zu erregen. Die Hauptaufgabe der Seele wird immer sein, die Wirklichkeit zu erforschen, in Übereinstimmung mit den Wahrheiten zu leben, von denen sie überzeugt ist, und den Bemühungen anderer, dasselbe zu tun, vollen Respekt entgegenzubringen.
Man könnte einwenden dass, wenn alle großen Religionen als ihrem Ursprung nach gleichermaßen göttlich anzuerkennen sind, dies das Konvertieren zahlreicher Menschen von einem Glauben zu einem anderen ermutige oder doch zumindest erleichtere. Ob das nun stimmt oder nicht, mit Sicherheit ist dies nur von peripherer Bedeutung angesichts der Möglichkeit, die die Geschichte schließlich denen eröffnet, die sich einer Welt, die über diese irdische hinausgeht, bewusst sind – und angesichts der Verantwortung, die dieses Bewusstsein auferlegt. Jede der großen Religionen kann eindrucksvoll und glaubhaft Zeugnis ablegen für ihre Wirksamkeit beim Fördern eines moralischen Charakters. Ebenso kann niemand überzeugend behaupten, dass die einem bestimmten Glaubenssystem zugehörenden Doktrinen mehr Bigotterie und Aberglauben hervorgebracht haben als die eines anderen. In einer zusammenwachsenden Welt ist es natürlich, dass Verhaltensmuster einem Prozess ständigen Wandels unterworfen sind, und die Aufgabe von Institutionen ist sicherlich zu prüfen, wie mit diesen Entwicklungen umzugehen ist, damit sie zur Einheit beitragen. Die Garantie dafür, dass sie schließlich zu einem gesunden Ergebnis führen werden – geistig, moralisch und sozial – , liegt im unerschütterlichen Glauben der ungehörten Massen der Erdenbewohner, dass das Universum nicht von menschlichen Launen regiert wird, sondern von einer liebenden, unfehlbaren Vorsehung.
Mit dem Einsturz der trennenden Barrieren zwischen den Völkern erlebt unser Zeitalter auch den Fall der einst unüberwindlichen Mauer, die, wie die Vergangenheit annahm, für immer das Leben des Himmels von dem der Erde scheiden würde. Die Schriften aller Religionen lehren den Gläubigen seit jeher, den Dienst an anderen nicht nur als eine moralische Pflicht zu betrachten, sondern als einen Pfad, auf dem die Seele Gott näherkommen kann. Heute verleiht die fortschreitende Neustrukturierung der Gesellschaft dieser altbekannten Lehre eine erweiterte Bedeutung. So wie das uralte Versprechen einer von den Prinzipien der Gerechtigkeit beseelten Welt langsam den Charakter eines realistischen Zieles annimmt, wird es zunehmend als sich ergänzende Aspekte eines reifen geistigen Lebens angesehen werden, sich sowohl den Bedürfnissen der Seele als auch den Belangen der Gesellschaft zu widmen.
Wenn religiöse Führung sich der Herausforderung, die diese Einsicht bedeutet, stellen will, so muss sie damit beginnen, Religion und Wissenschaft als zwei unentbehrliche Wissenssysteme anzuerkennen, durch die sich die Möglichkeiten des Bewusstseins entfalten. Sie widersprechen sich nicht, im Gegenteil: diese fundamentalen Mittel, mit denen der Geist die Wirklichkeit erforscht, hängen voneinander ab und waren höchst produktiv in den seltenen aber glücklichen Epochen der Geschichte, in denen ihr komplementäres Wesen erkannt wurde und sie zusammenarbeiten konnten. Die Einsichten und Fähigkeiten, die wissenschaftlicher Fortschritt hervorbringt, werden stets Führung durch geistige und moralische Verantwortung suchen müssen; religiöse Überzeugungen, wie sehr auch das Herz an ihnen hängen mag, müssen sich bereitwillig und dankbar unvoreingenommener Überprüfung durch wissenschaftliche Methoden unterziehen.
Wir kommen nun schließlich zu einem Punkt, den wir nur zögernd ansprechen, da er unmittelbar das Gewissen betrifft. Unter den vielen Prüfungen, die die Welt bereithält, begegnen religiöse Führer, und das überrascht nicht, besonders oft der Versuchung, in Glaubensfragen Macht auszuüben. Niemand, der lange Jahre ernsthaftem Nachdenken und dem Studium der Schriften einer der großen Religionen gewidmet hat, muss erst an die häufige Beobachtung erinnert werden, dass Macht korrumpieren kann, und dies umso mehr, je weiter sie wächst. Die ungerühmten inneren Siege, die durch alle Zeitalter hindurch von zahllosen Geistlichen auf diesem Felde gewonnen wurden, sind zweifellos eine der wichtigsten Quellen für die schöpferische Kraft der Religion und müssen zu ihren höchsten Auszeichnungen gezählt werden. Im selben Ausmaß erliegen andere religiöse Führer den Verlockungen weltlicher Macht und ihrer Vorteile, was einen fruchtbaren Nährboden bereitet für Zynismus, Korruption und Verzweiflung bei allen, die solches sehen. Was dies für die Fähigkeit religiöser Führer bedeutet, ihrer gesellschaftlichen Verantwortung zu diesem Zeitpunkt der Geschichte nachzukommen, bedarf keiner näheren Ausführung.
*
Weil sie sich mit der Veredelung des Charakters und der Harmonisierung von Beziehungen befasst, diente die Religion schon immer als höchste Autorität, wenn es darum ging, dem Leben Sinn zu geben. In jedem Zeitalter hat sie das Gute gefördert, das Schlechte getadelt und dem Blick aller, die zu sehen gewillt waren, eine Vision bis dahin unausgeschöpfter Möglichkeiten aufgetan. Durch ihren Rat wurde die vernunftbegabte Seele ermutigt, von der Welt gesetzte Grenzen zu überwinden und sich selbst zu erfüllen. Gleichzeitig war die Religion, wie der Name schon sagt, die mächtigste Kraft, die unterschiedliche Völker in immer größeren und komplexeren Gesellschaften miteinander verband, durch welche die so freigesetzten verschiedenen Fähigkeiten Ausdruck finden konnten. Der große Vorteil des gegenwärtigen Zeitalters ist der Blickwinkel, der es der gesamten Menschheit ermöglicht, diesen Zivilisationsprozess als ein einziges Phänomen zu sehen: die immer wiederkehrende Begegnung unserer Welt mit der Welt Gottes.
Von dieser Sichtweise inspiriert hat die Bahá’í-Gemeinde sich von Anfang an entschieden für interreligiöse Aktivitäten eingesetzt. Neben der wertvollen Zusammenarbeit, die solche Aktivitäten entstehen lassen, sehen die Bahá’í im Bemühen verschiedener Religionen, einander näher zu kommen, eine Antwort auf den göttlichen Willen für eine Menschheit, die in ihr kollektives Reifealter eintritt. Die Mitglieder unserer Gemeinde werden weiterhin in jeder uns möglichen Weise helfen. Unseren Partnern bei diesen gemeinsamen Bemühungen sind wir es jedoch schuldig, klar unsere Überzeugung darzulegen, dass der interreligiöse Dialog, wenn er einen echten Beitrag zur Heilung der Leiden, die eine verzweifelte Menschheit quälen, leisten will, sich nun ehrlich und ohne weiter auszuweichen der praktischen Bedeutung jener umfassenden Wahrheit zuwenden muss, die diese Bewegung erst entstehen ließ: dass es nur einen Gott gibt, und dass, jenseits aller Unterschiede in kultureller Ausprägung und menschlicher Interpretation, auch die Religion nur eine ist.
Mit jedem neuen Tag wächst die Gefahr, dass die auflodernden Feuer religiöser Vorurteile einen Weltbrand entfachen, dessen Folgen sich niemand ausmalen kann. Eine solche Gefahr können die Regierungen nicht ohne Hilfe überwinden. Auch sollten wir uns nicht vormachen, dass bloße Aufrufe zu gegenseitiger Toleranz Feindseligkeiten auslöschen können, die für sich beanspruchen, Gottes Segen zu besitzen. Die Krise erfordert von den Führern der Religionen einen Bruch mit der Vergangenheit, so entschieden wie jene, die der Gesellschaft den Weg eröffnet haben, ebenso zerstörerische Vorurteile der Rasse, des Geschlechts oder der Nation zu überwinden. Wenn Beeinflussung in Gewissensangelegenheiten überhaupt gerechtfertigt werden kann, dann nur wenn sie dem Wohlergehen der Menschheit dient. An diesem größten Wendepunkt in der Geschichte der Zivilisation könnte nicht klarer sein, was solcher Dienst verlangt. »Die Wohlfahrt der Menschheit,« drängt Bahá’u’lláh, »ihr Friede und ihre Sicherheit sind unerreichbar, ehe nicht ihre Einheit fest begründet ist.«
[gezeichnet: Das Universale Haus der Gerechtigkeit]]
Quellenangaben
Anmerkungen
An die religiösen Führer der Welt
Das Universale Haus der Gerechtigkeit
An die Führer der Religionsgemeinschaften weltweit
Das bleibende Vermächtnis des zwanzigsten Jahrhunderts besteht darin, dass es die Völker der Welt dazu zwang, sich als die Glieder einer einzigen Menschheit zu sehen, und die Erde als gemeinsame Heimat dieser einen Menschheit. Trotz andauernder Gewalt und Konflikte, die den Horizont verdunkeln, lassen Vorurteile, die einst dem Wesen der Gattung Mensch angeboren schienen, allerorts nach. Mit ihnen fallen auch Barrieren, die die Menschheitsfamilie lange Zeit in ein Babel isolierter Identitäten kulturellen, ethnischen oder nationalen Ursprungs spalteten. Dass eine so tiefgreifende Wandlung sich in so kurzer Zeit – aus historischer Sicht praktisch über Nacht – vollziehen konnte, lässt das Ausmaß zukünftiger Möglichkeiten erahnen.
Tragischerweise ist die institutionalisierte Religion, deren Seinsgrund den Dienst an der Sache der Brüderlichkeit und des Friedens fordert, allzu oft eines der gewaltigsten Hindernisse auf diesem Pfad; um eine besonders schmerzliche Tatsache anzuführen: schon lange hat sie ihre Glaubwürdigkeit dem Fanatismus hergegeben. Als oberstes Gremium einer der Weltreligionen fühlen wir uns verpflichtet darauf zu drängen, ernsthaft über die Herausforderung nachzudenken, vor die dies religiöse Führer stellt. Sowohl das Problem als auch die sich daraus ergebenden Umstände zwingen uns, offen zu sprechen. Wir vertrauen darauf, dass der gemeinsame Dienst am Göttlichen sicherstellt, dass das Gesagte im selben Geiste des guten Willens aufgefasst wird, in dem es geäußert wurde.
Besonders deutlich wird das Problem, wenn man überlegt, was auf anderen Gebieten erreicht wurde. In der Vergangenheit wurden Frauen, abgesehen von vereinzelten Ausnahmen, als minderwertig angesehen; Aberglaube schränkte sie in ihrem Wesen ein; ihnen wurde jede Chance versagt, die Möglichkeiten des menschlichen Geistes auszudrücken; sie wurden dazu degradiert, den Bedürfnissen der Männer zu dienen. Natürlich gibt es Gesellschaften, in denen immer noch solche Zustände herrschen und sogar fanatisch verteidigt werden. Auf der Ebene der globalen Diskussion jedoch hat die Idee der Gleichberechtigung der Geschlechter inzwischen praktisch die Macht eines allgemein anerkannten Prinzips erlangt. Ähnlich verbindlich ist es für den größten Teil der Wissenschaftswelt und der Medien. So grundlegend wurde hier umgedacht, dass Befürworter einer männlichen Vormachtstellung kaum noch bei verantwortungsvollen Meinungsbildnern Unterstützung finden.
Die belagerten Bataillone des Nationalismus sehen sich einem ähnlichen Schicksal gegenüber. Mit jeder überstandenen Krise in den Angelegenheiten der Welt wird es für den Bürger leichter, zwischen einer Vaterlandsliebe, die das Leben bereichert, und der Aufwiegelung durch Hetzreden, die Hass auf andere und Angst vor ihnen provozieren wollen, zu unterscheiden. Selbst dort wo die Teilnahme an den gewohnten nationalistischen Riten geboten ist, zeigen sich in der öffentlichen Reaktion neben den altbekannten Bekundungen fester Überzeugung und bereitwilliger Begeisterung ebenso oft Gefühle der Betretenheit. Dieser Effekt wurde durch die Umstrukturierung verstärkt, die sich innerhalb der internationalen Ordnung unaufhörlich vollzieht. Bei allen Mängeln im System der Vereinten Nationen, wie es gegenwärtig besteht, und wie begrenzt auch ihre Fähigkeit ist, gemeinsam militärisch gegen Aggression vorzugehen – es kann niemand die Tatsache verkennen, dass der Fetisch uneingeschränkter nationaler Souveränität dahinschwindet.
Rassische und ethnische Vorurteile wurden von historischen Prozessen, die keine Geduld mehr für derartige Anmaßungen aufbringen, ebenso abgetan. Hier grenzte man sich besonders entschlossen von der Vergangenheit ab. Durch seine Verknüpfung mit den Schrecken des zwanzigsten Jahrhunderts ist Rassismus heute derart negativ belegt, dass er gewissermaßen den Charakter einer geistigen Krankheit angenommen hat. Obwohl rassische Vorurteile als gesellschaftliche Einstellung noch in vielen Teilen der Welt überleben – und einem erheblichen Teil der Menschheit das Leben vergällen – werden sie heute im Prinzip so universell verurteilt, dass keine Gruppe sich mehr unbesorgt erlauben kann, damit identifiziert zu werden.
Nicht dass eine dunkle Vergangenheit ausgelöscht und eine neue Welt des Lichts plötzlich geboren wäre. Unzählige Menschen müssen noch immer die Auswirkungen tief verwurzelter Vorurteile hinsichtlich der Volkszugehörigkeit, des Geschlechts, der Nation, Kaste oder Klasse ertragen. Alles deutet darauf hin, dass solches Unrecht noch lange weiter bestehen wird, da die Institutionen und Maßstäbe, die die Menschheit gerade entwickelt, nur langsam die Kraft gewinnen, eine neue Ordnung der Beziehungen aufzubauen und das Leid der Unterdrückten zu lindern. Aber es wurde eine Schwelle überschritten, von der umzukehren es keine glaubwürdige Möglichkeit mehr gibt. Fundamentale Prinzipien sind erkannt und artikuliert, ihnen ist viel öffentliche Aufmerksamkeit zuteil geworden und sie verankern sich immer fester in Institutionen, die in der Lage sind, sie durchzusetzen. So langwierig und schmerzvoll der Kampf auch ist, es gibt keinen Zweifel daran, dass in seiner Folge die Beziehungen zwischen allen Völkern an der Basis revolutioniert werden.
*
Zu Beginn des zwanzigsten Jahrhunderts sah es so aus, als seien es vor allem religiöse Vorurteile, die den Kräften des Wandels erliegen würden. Im Westen waren wissenschaftliche Erkenntnisse bereits hart mit den zentralen Säulen religiöser Ausschließlichkeitsansprüche ins Gericht gegangen. Die vielversprechendste neue religiöse Entwicklung im Zusammenhang mit der veränderten Selbstwahrnehmung der Menschheit war die interreligiöse Bewegung. Selbst die ambitionierten Organisatoren der Weltausstellung 1893 in Chicago waren überrascht, als hier das berühmte ›Parlament der Religionen‹ ins Leben trat, eine Vision geistiger und moralischer Einigkeit, die die Fantasie der Menschen auf allen Kontinenten beschäftigte, und der es sogar gelang, die wissenschaftlichen, technologischen und wirtschaftlichen Wunder, die auf der Ausstellung gefeiert wurden, in den Schatten zu stellen.
Kurz, es schien, als seien alte Mauern gefallen. Nach Einschätzung einflussreicher Denker auf dem Gebiet der Religion war diese Versammlung einzigartig, »ohnegleichen in der Weltgeschichte«. Das Parlament, so sagte sein hervorragender Hauptorganisator, hatte »die Welt von der Bigotterie befreit«. Eine fantasievolle Führung, so wurde voll Zuversicht vorausgesagt, würde die Gelegenheit ergreifen und in den schon lange entzweiten religiösen Gemeinden der Welt einen Geist der Brüderlichkeit erwecken, der die für die neue Welt des Wohlstands und Fortschritts notwendigen moralischen Stützmauern bieten könnte. Dadurch ermutigt wuchsen und gediehen die unterschiedlichsten interreligiösen Bewegungen. Umfangreiche Literatur, die in vielen Sprachen zugänglich war, machte eine immer breitere Öffentlichkeit, Gläubige und Nicht- Gläubige gleichermaßen, mit den Lehren aller großen Religionen vertraut und schuf ein Interesse, das später auch durch das Radio, das Fernsehen und schließlich das Internet aufgegriffen wurde. Hochschulen führten Studiengänge in Vergleichender Religionswissenschaft ein. Gegen Ende des Jahrhunderts wurden interreligiöse Andachten, noch ein paar Jahrzehnte zuvor undenkbar, zu etwas Alltäglichem.
Leider fehlt es diesen Initiativen eindeutig sowohl an intellektueller Kohärenz als auch an geistiger Verbindlichkeit. Im Gegensatz zu den Einigungsprozessen, die die übrigen sozialen Beziehungen der Menschheit transformieren, wird der Idee, dass alle großen Religionen der Welt ihrem Wesen und Ursprung nach gleichermaßen gültig sind, von fest verankerten Mustern religiösen Denkens hartnäckig Widerstand geleistet. Der Prozess der Rassenintegration ist keine bloß sentimentale oder taktische Entwicklung, sondern erwächst aus der Erkenntnis, dass die Völker der Welt eine einzige Gattung bilden, deren zahlreiche unterschiedliche Ausprägungen an sich weder einen Vorteil für die Mitglieder der einen, noch einen Nachteil für die einer anderen mit sich bringen. Genauso erforderte die Emanzipation der Frau die Bereitschaft sowohl gesellschaftlicher Institutionen als auch der öffentlichen Meinung anzuerkennen, dass es keine akzeptablen Gründe – biologische, soziale oder moralische – geben kann, die rechtfertigen, dass Frauen die volle Gleichberechtigung mit Männern oder Mädchen dieselben Bildungsmöglichkeiten wie Jungen verwehrt werden. Und ebenso wenig kann die Wertschätzung der Beiträge, die manche Nationen zur Formung einer sich herausbildenden Weltkultur leisten, die überlieferte Illusion stützen, dass andere Nationen nur wenig oder gar nichts zu diesen Bemühungen beizutragen haben.
Eine so grundsätzliche Neuorientierung scheinen die meisten religiösen Führungsinstanzen nicht vornehmen zu können. Andere Teile der Gesellschaft nehmen die Implikationen der Einheit der Menschheit mit offenen Armen auf, nicht nur als unausweichlichen nächsten Schritt im Voranschreiten der Zivilisation, sondern als Erfüllung jeglicher partikularer Identitäten, die das Menschengeschlecht zu diesem entscheidenden Moment in unserer gemeinsamen Geschichte mitbringt. Die religiösen Institutionen stehen größtenteils jedoch wie gelähmt an der Schwelle der Zukunft, gefangen in eben den Dogmen und Ausschließlichkeitsansprüchen, die Ursache für einige der bittersten Kämpfe waren, welche die Bewohner der Erde entzweiten.
Für das Wohlergehen der Menschheit hatten diese Kämpfe verheerende Folgen. Zweifellos ist es nicht nötig, hier detailliert auf die Schrecken einzugehen, die heute unglückliche Völker heimsuchen als Folge fanatischer Ausbrüche, die dem Namen der Religion Schande machen. Auch ist dies kein neues Phänomen. Die Religionskriege im Europa des sechzehnten Jahrhunderts, um nur eines vieler Beispiele anzuführen, kosteten diesen Kontinent etwa dreißig Prozent seiner gesamten Bevölkerung. Man muss sich fragen, welche Ernte der Samen des blinden religiösen Dogmatismus langfristig im Bewusstsein der Menschen hervorbrachte.
Zu dieser Aufzählung gehört noch ein Verrat am menschlichen Geist, der mehr als alles andere die Religion der ihr innewohnenden Fähigkeit beraubt hat, eine entscheidende Rolle bei der Gestaltung der Welt zu spielen. Gefangen in der ständigen Beschäftigung mit Angelegenheiten, die menschliche Energien zerstreuen und verpuffen lassen, haben religiöse Institutionen allzu oft die Menschen davon abgehalten, die Wirklichkeit zu erforschen und von all den intellektuellen Fähigkeiten Gebrauch zu machen, durch die die Menschheit sich auszeichnet. Die Verurteilung von Materialismus und Terrorismus ist bei der Bewältigung der gegenwärtigen moralischen Krise keine echte Hilfe, wenn sie nicht zuallererst darauf eingeht, dass die religiösen Institutionen ihrer Verantwortung nicht nachgekommen sind und die gläubigen Massen diesen Einflüssen schutzlos ausgeliefert haben.
So schmerzlich solche Überlegungen auch sein mögen, sie sind weniger ein Armutszeugnis für religiöse Institutionen als eine Erinnerung an die einzigartige Kraft, für die Religion steht. Religion reicht, wie wir uns alle bewusst sind, bis an die Wurzeln der Motivation. Wo sie dem Geist und dem Beispiel der transzendenten Gestalten, die der Welt ihre großen Glaubenssysteme brachten, treu war, hat sie in ganzen Völkern die Fähigkeit geweckt zu lieben, zu vergeben, Neues zu schaffen, Großartiges zu wagen, Vorurteile zu überwinden, für das Gemeinwohl Opfer zu bringen und die Impulse niederer Instinkte zu zügeln. Ohne Frage ist die prägende Kraft bei der Zivilisierung der menschlichen Natur seit je her der Einfluss der aufeinanderfolgenden Manifestationen des Göttlichen, der bis zu den Anfängen der Geschichtsschreibung zurückreicht.
Eben diese Kraft, die in vergangenen Zeitaltern eine solche Wirkung hatte, bleibt ein unauslöschliches Merkmal menschlichen Bewusstseins. Entgegen allen Erwartungen und unter wenig günstigen Voraussetzungen gibt sie noch immer ungezählten Millionen Kraft in ihrem Überlebenskampf und lässt weiter Helden und Heilige sich in allen Ländern erheben, deren Leben überzeugend Rechenschaft für die Prinzipien ablegt, die in den Schriften ihres jeweiligen Glaubens niedergelegt sind. Wie die Kulturgeschichte zeigt, ist die Religion außerdem imstande, die Struktur sozialer Beziehungen wesentlich zu beeinflussen. Tatsächlich würde einem wohl kaum ein bedeutender zivilisatorischer Fortschritt in den Sinn kommen, der seine moralische Triebkraft nicht aus dieser ewigen Quelle gewonnen hätte. Ist es also denkbar, dass das Erreichen des Gipfels im Jahrtausende währenden Prozess der Organisation des Planeten in einem geistigen Vakuum gelingen kann? Wenn die abnormen Ideologien, die im gerade zu Ende gegangenen Jahrhundert unsere Welt heimsuchten, auch sonst nichts Gutes bewirkten, so haben sie doch eindeutig gezeigt, dass die Not nicht durch Mittel zu lindern ist, die zu erdenken der Mensch fähig wäre.
*
Was das heute bedeutet, fasst Bahá’u’lláh in folgenden Worten zusammen, die vor über einem Jahrhundert geschrieben und inzwischen weit verbreitet wurden:
»Ohne Zweifel verdanken die Völker der Welt, welcher Rasse oder Religion sie auch angehören, ihre Erleuchtung derselben himmlischen Quelle. Sie sind einem einzigen Gott untertan. Unterschiede der Regeln und Riten, denen sie folgen, müssen den wechselnden Erfordernissen und Bedürfnissen der Zeitalter zugeschrieben werden, in denen sie offenbart wurden. Alle bis auf wenige, die aus menschlichen Launen entstanden, wurden von Gott verfügt und sind eine Widerspiegelung Seines Willens und Zieles. Erhebt euch und schlagt, bewaffnet mit der Kraft des Glaubens, die Götzen eures leeren Wahns in Stücke, die Zwietracht unter euch säen. Haltet euch an das, was euch zusammenführt und eint.«
Ein solcher Appell fordert nicht dazu auf, den Glauben an die grundlegenden Wahrheiten irgendeines der großen Glaubenssysteme der Welt aufzugeben. Ganz im Gegenteil. Glaube befiehlt sich selbst und rechtfertigt sich selbst. Was andere glauben – oder nicht glauben – kann keine Autorität haben für irgendein persönliches Gewissen, das diesen Namen verdient. Wozu die hier wiedergegebenen Worte unmissverständlich drängen ist, all jene Ansprüche auf Ausschließlichkeit oder Endgültigkeit aufzugeben, die mehr als alles andere Einigungsimpulse zunichte machen und Hass und Gewalt schüren, indem sie das Leben des Geistes ersticken.
Auf genau diese historische Herausforderung, so glauben wir, müssen die Führer der Religionen antworten, wenn religiöse Führung in der globalen Gesellschaft, die aus den umwälzenden Erfahrungen des zwanzigsten Jahrhunderts hervorgeht, Bedeutung haben soll. Ganz offensichtlich erkennt eine wachsende Zahl von Menschen mittlerweile, dass die allen Religionen zugrunde liegende Wahrheit dem Wesen nach dieselbe ist. Diese Erkenntnis entsteht nicht als Ergebnis theologischer Dispute, sondern als intuitives Bewusstsein, das den immer umfangreicheren Erfahrungen mit den anderen und der dämmernden Anerkennung der Einheit der Menschheitsfamilie erwächst. Aus der Unzahl religiöser Doktrinen, Rituale und Gesetzbücher, die aus vergangenen Welten ererbt wurden, bildet sich ein Gefühl dafür heraus, dass das geistige Leben – wie die Einheit, die sich in verschiedenen Nationalitäten, Rassen und Kulturen manifestiert – eine grenzenlose, jedermann gleichermaßen zugängliche Wirklichkeit ist. Damit diese diffuse und noch zögerliche Einsicht sich vertiefen und wirksam zum Aufbau einer friedlichen Welt beitragen kann, müssen jene, bei denen die Massen der Welt selbst zu so später Stunde noch Führung suchen, sie aus vollem Herzen bestätigen.
Hinsichtlich sozialer Gesetze und Formen der Andacht gibt es sicherlich große Unterschiede zwischen den großen religiösen Traditionen der Welt. Bedenkt man die Tausende von Jahren, während derer aufeinanderfolgende göttliche Offenbarungen den wechselnden Erfordernissen einer sich ständig weiter entwickelnden Zivilisation entsprachen, könnte es kaum anders sein. Tatsächlich scheint das Prinzip des evolutionären Wesens von Religion ein den Schriften der meisten großen Religionen innewohnendes Merkmal zu sein. Was moralisch nicht gerechtfertigt werden kann, ist der Missbrauch kulturellen Erbes, das ursprünglich das geistige Sein bereichern sollte, als Mittel, Vorurteile und Entfremdung zu erregen. Die Hauptaufgabe der Seele wird immer sein, die Wirklichkeit zu erforschen, in Übereinstimmung mit den Wahrheiten zu leben, von denen sie überzeugt ist, und den Bemühungen anderer, dasselbe zu tun, vollen Respekt entgegenzubringen.
Man könnte einwenden dass, wenn alle großen Religionen als ihrem Ursprung nach gleichermaßen göttlich anzuerkennen sind, dies das Konvertieren zahlreicher Menschen von einem Glauben zu einem anderen ermutige oder doch zumindest erleichtere. Ob das nun stimmt oder nicht, mit Sicherheit ist dies nur von peripherer Bedeutung angesichts der Möglichkeit, die die Geschichte schließlich denen eröffnet, die sich einer Welt, die über diese irdische hinausgeht, bewusst sind – und angesichts der Verantwortung, die dieses Bewusstsein auferlegt. Jede der großen Religionen kann eindrucksvoll und glaubhaft Zeugnis ablegen für ihre Wirksamkeit beim Fördern eines moralischen Charakters. Ebenso kann niemand überzeugend behaupten, dass die einem bestimmten Glaubenssystem zugehörenden Doktrinen mehr Bigotterie und Aberglauben hervorgebracht haben als die eines anderen. In einer zusammenwachsenden Welt ist es natürlich, dass Verhaltensmuster einem Prozess ständigen Wandels unterworfen sind, und die Aufgabe von Institutionen ist sicherlich zu prüfen, wie mit diesen Entwicklungen umzugehen ist, damit sie zur Einheit beitragen. Die Garantie dafür, dass sie schließlich zu einem gesunden Ergebnis führen werden – geistig, moralisch und sozial – , liegt im unerschütterlichen Glauben der ungehörten Massen der Erdenbewohner, dass das Universum nicht von menschlichen Launen regiert wird, sondern von einer liebenden, unfehlbaren Vorsehung.
Mit dem Einsturz der trennenden Barrieren zwischen den Völkern erlebt unser Zeitalter auch den Fall der einst unüberwindlichen Mauer, die, wie die Vergangenheit annahm, für immer das Leben des Himmels von dem der Erde scheiden würde. Die Schriften aller Religionen lehren den Gläubigen seit jeher, den Dienst an anderen nicht nur als eine moralische Pflicht zu betrachten, sondern als einen Pfad, auf dem die Seele Gott näherkommen kann. Heute verleiht die fortschreitende Neustrukturierung der Gesellschaft dieser altbekannten Lehre eine erweiterte Bedeutung. So wie das uralte Versprechen einer von den Prinzipien der Gerechtigkeit beseelten Welt langsam den Charakter eines realistischen Zieles annimmt, wird es zunehmend als sich ergänzende Aspekte eines reifen geistigen Lebens angesehen werden, sich sowohl den Bedürfnissen der Seele als auch den Belangen der Gesellschaft zu widmen.
Wenn religiöse Führung sich der Herausforderung, die diese Einsicht bedeutet, stellen will, so muss sie damit beginnen, Religion und Wissenschaft als zwei unentbehrliche Wissenssysteme anzuerkennen, durch die sich die Möglichkeiten des Bewusstseins entfalten. Sie widersprechen sich nicht, im Gegenteil: diese fundamentalen Mittel, mit denen der Geist die Wirklichkeit erforscht, hängen voneinander ab und waren höchst produktiv in den seltenen aber glücklichen Epochen der Geschichte, in denen ihr komplementäres Wesen erkannt wurde und sie zusammenarbeiten konnten. Die Einsichten und Fähigkeiten, die wissenschaftlicher Fortschritt hervorbringt, werden stets Führung durch geistige und moralische Verantwortung suchen müssen; religiöse Überzeugungen, wie sehr auch das Herz an ihnen hängen mag, müssen sich bereitwillig und dankbar unvoreingenommener Überprüfung durch wissenschaftliche Methoden unterziehen.
Wir kommen nun schließlich zu einem Punkt, den wir nur zögernd ansprechen, da er unmittelbar das Gewissen betrifft. Unter den vielen Prüfungen, die die Welt bereithält, begegnen religiöse Führer, und das überrascht nicht, besonders oft der Versuchung, in Glaubensfragen Macht auszuüben. Niemand, der lange Jahre ernsthaftem Nachdenken und dem Studium der Schriften einer der großen Religionen gewidmet hat, muss erst an die häufige Beobachtung erinnert werden, dass Macht korrumpieren kann, und dies umso mehr, je weiter sie wächst. Die ungerühmten inneren Siege, die durch alle Zeitalter hindurch von zahllosen Geistlichen auf diesem Felde gewonnen wurden, sind zweifellos eine der wichtigsten Quellen für die schöpferische Kraft der Religion und müssen zu ihren höchsten Auszeichnungen gezählt werden. Im selben Ausmaß erliegen andere religiöse Führer den Verlockungen weltlicher Macht und ihrer Vorteile, was einen fruchtbaren Nährboden bereitet für Zynismus, Korruption und Verzweiflung bei allen, die solches sehen. Was dies für die Fähigkeit religiöser Führer bedeutet, ihrer gesellschaftlichen Verantwortung zu diesem Zeitpunkt der Geschichte nachzukommen, bedarf keiner näheren Ausführung.
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Weil sie sich mit der Veredelung des Charakters und der Harmonisierung von Beziehungen befasst, diente die Religion schon immer als höchste Autorität, wenn es darum ging, dem Leben Sinn zu geben. In jedem Zeitalter hat sie das Gute gefördert, das Schlechte getadelt und dem Blick aller, die zu sehen gewillt waren, eine Vision bis dahin unausgeschöpfter Möglichkeiten aufgetan. Durch ihren Rat wurde die vernunftbegabte Seele ermutigt, von der Welt gesetzte Grenzen zu überwinden und sich selbst zu erfüllen. Gleichzeitig war die Religion, wie der Name schon sagt, die mächtigste Kraft, die unterschiedliche Völker in immer größeren und komplexeren Gesellschaften miteinander verband, durch welche die so freigesetzten verschiedenen Fähigkeiten Ausdruck finden konnten. Der große Vorteil des gegenwärtigen Zeitalters ist der Blickwinkel, der es der gesamten Menschheit ermöglicht, diesen Zivilisationsprozess als ein einziges Phänomen zu sehen: die immer wiederkehrende Begegnung unserer Welt mit der Welt Gottes.
Von dieser Sichtweise inspiriert hat die Bahá’í-Gemeinde sich von Anfang an entschieden für interreligiöse Aktivitäten eingesetzt. Neben der wertvollen Zusammenarbeit, die solche Aktivitäten entstehen lassen, sehen die Bahá’í im Bemühen verschiedener Religionen, einander näher zu kommen, eine Antwort auf den göttlichen Willen für eine Menschheit, die in ihr kollektives Reifealter eintritt. Die Mitglieder unserer Gemeinde werden weiterhin in jeder uns möglichen Weise helfen. Unseren Partnern bei diesen gemeinsamen Bemühungen sind wir es jedoch schuldig, klar unsere Überzeugung darzulegen, dass der interreligiöse Dialog, wenn er einen echten Beitrag zur Heilung der Leiden, die eine verzweifelte Menschheit quälen, leisten will, sich nun ehrlich und ohne weiter auszuweichen der praktischen Bedeutung jener umfassenden Wahrheit zuwenden muss, die diese Bewegung erst entstehen ließ: dass es nur einen Gott gibt, und dass, jenseits aller Unterschiede in kultureller Ausprägung und menschlicher Interpretation, auch die Religion nur eine ist.
Mit jedem neuen Tag wächst die Gefahr, dass die auflodernden Feuer religiöser Vorurteile einen Weltbrand entfachen, dessen Folgen sich niemand ausmalen kann. Eine solche Gefahr können die Regierungen nicht ohne Hilfe überwinden. Auch sollten wir uns nicht vormachen, dass bloße Aufrufe zu gegenseitiger Toleranz Feindseligkeiten auslöschen können, die für sich beanspruchen, Gottes Segen zu besitzen. Die Krise erfordert von den Führern der Religionen einen Bruch mit der Vergangenheit, so entschieden wie jene, die der Gesellschaft den Weg eröffnet haben, ebenso zerstörerische Vorurteile der Rasse, des Geschlechts oder der Nation zu überwinden. Wenn Beeinflussung in Gewissensangelegenheiten überhaupt gerechtfertigt werden kann, dann nur wenn sie dem Wohlergehen der Menschheit dient. An diesem größten Wendepunkt in der Geschichte der Zivilisation könnte nicht klarer sein, was solcher Dienst verlangt. »Die Wohlfahrt der Menschheit,« drängt Bahá’u’lláh, »ihr Friede und ihre Sicherheit sind unerreichbar, ehe nicht ihre Einheit fest begründet ist.«
[gezeichnet: Das Universale Haus der Gerechtigkeit]]
Quellenangaben
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