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Source: Bahá'í Library Online (bahai-library.com), curated by Jonah Winters. Used by permission of the curator. Original citation: Universal House of Justice, Siglo de la Luz, bahai-library.com.
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Siglo de la Luz

Universal House of Justice

2001

PRÓLOGO

La conclusión del siglo XX proporciona a los bahá’ís una perspectiva
privilegiada. Durante los pasados cien años nuestro mundo se ha visto sometido
a cambios de una hondura jamás conocida en la historia, cambios que, en su
mayor parte, apenas son conocidos por las presentes generaciones. Estos mismos
cien años han dado fe de cómo la Causa bahá’í surgía de la oscuridad para
demostrar, a escala global, el poder integrador de que le dotaba su origen
divino. Al cerrarse el siglo, la confluencia de estos dos acontecimientos
históricos resulta aún más patente.

El Siglo de la Luz, preparado bajo nuestra supervisión, pasa
revista a estos dos procesos y a la relación que los une en el contexto de las
Enseñanzas bahá’ís. Lo encomendamos al estudio meditado de los amigos, en la
confianza de que las perspectivas que abre se demostrarán espiritualmente
fecundas y una ayuda práctica a la hora de compartir con los demás las
impresionantes implicaciones de la Revelación que aporta Bahá’u’lláh.

La Casa Universal
de Justicia

Naw-Rúz, 158 e.b

EL SIGLO DE LA LUZ

El siglo XX, el
más turbulento de la historia humana, ha llegado a su fin. Aturdidos por el
agravamiento del caos moral y social que ha identificado su curso, el conjunto
de los pueblos del mundo ansían relegar al recuerdo los sufrimientos de todas
estas décadas pasadas. No importa cuán frágiles sean los cimientos que
sustentan la esperanza en un futuro, ni cuán enormes los peligros que acechan,
la humanidad parece creer desesperadamente que, mediante alguna conjunción
fortuita de circunstancias, podrá no obstante embridar sus designios para
conformarlos a sus propios deseos dominantes.

A la luz de las enseñanzas de Bahá’u’lláh tales esperanzas no sólo son
ilusorias, sino que pierden de vista por completo la naturaleza y significado
del gran punto de inflexión por el que ha atravesado el mundo en estos cien
años decisivos. Únicamente en la medida en que la humanidad llegue a comprender
los alcances de lo ocurrido durante este período histórico será capaz de hacer
frente a los desafíos que se extienden ante ella. El valor de la aportación que
como bahá’ís podemos realizar al proceso exige que nosotros mismos comprendamos
el significado de la transformación histórica forjada durante el siglo XX.

Lo que posibilita esta percepción, en nuestro caso, es la luz derramada por
el Sol naciente de la Revelación de Bahá’u’lláh y la influencia que ésta ha
llegado a ejercer en los asuntos humanos. Las siguientes páginas responden a
esta oportunidad.

I

Reconozcamos
desde un principio la magnitud de la catástrofe que la raza humana ha llegado a
infligirse durante el período histórico que examinamos. Incalculables son las
pérdidas en vidas humanas. La desintegración de las instituciones fundamentales
del orden social; la violación -más aún, el abandono- de las normas de
decencia; la traición de las conciencias, subyugadas por ideologías tan
raquíticas como huecas; la invención y el despliegue de armas monstruosas de
aniquilación masiva; la quiebra de naciones enteras y el sometimiento de
grandes muchedumbres a una pobreza desesperanzada; la destrucción temeraria del
medio ambiente; tales constituyen tan sólo algunas de las muestras más
evidentes del catálogo de horrores desconocidos incluso en las edades más
aciagas del pasado. El mero hecho de mencionarlas trae al recuerdo los avisos
divinos expresados hace un siglo por boca de Bahá’u’lláh: “¡Oh desatentos!
Aunque los portentos de Mi Misericordia abarcan todas las cosas creadas, tanto
visibles como invisibles, y aunque las revelaciones de Mi gracia y munificencia
han calado en cada átomo del universo, no obstante la vara con la que puedo
escarmentar al malvado es aflictiva, y la fiereza de Mi furia contra ellos,
terrible”.[1]

A fin de evitar que ningún observador de la Causa se viera tentado de
desnaturalizar tales avisos tomándolos por simple metáfora, Shoghi Effendi, al
extraer algunas de las implicaciones históricas, escribía en 1941:

Una tempestad de violencia sin precedentes, de
rumbo imprevisible, y de efectos catastróficos inmediatos, de resultados
finales inimaginablemente gloriosos, barre en la actualidad la faz de la
tierra. La fuerza que la impulsa aumenta inexorablemente en extensión e ímpetu.
Su poder de purificación, aunque inadvertido, crece día a día. La humanidad,
atrapada en las garras de su fuerza arrolladora, se siente desconcertada ante
las pruebas de su irresistible furia. No puede percibir su origen, ni su
significación, ni discernir su resultado. Perpleja, angustiada e impotente, ve
cómo este grande y poderoso vendaval de Dios invade las más lejanas y más
hermosas regiones de la tierra, sacude sus cimientos, trastorna su equilibrio,
divide sus naciones, destruye los hogares de sus pueblos, arrasa sus ciudades,
envía al exilio a sus reyes, derriba sus baluartes, desarraiga sus
instituciones, oscurece su luz y atormenta las almas de sus habitantes.[2]

*

Desde el punto de vista de la riqueza e influencias, “el mundo” de 1900 lo
constituía Europa y, bien que a regañadientes, Estados Unidos. En todo el
planeta, el imperialismo occidental iba en pos de lo que consideraba su “misión
civilizadora” entre las poblaciones de otros países. En palabras de un
historiador, el primer decenio del siglo presentaba visos de ser en esencia una
continuación del “dilatado siglo XIX” [3], una era cuya desbordante
autocomplacencia iba a hallar su epítome en los actos con que en 1897 se
celebraron las bodas de diamante de la Reina Victoria, efeméride que vio cómo
las calles de Londres acogían durante horas el mayor desfile y despliegue de
panoplia y poderío militares jamás presenciados por civilización alguna.

Al iniciarse el siglo, pocos eran, fuera cual fuere su sensibilidad social
o moral, los que podían presentir las catástrofes que se avecinaban, y pocos,
si es que los hubo, quienes podían concebir su magnitud. Las jefaturas
militares de los estados mayores de una mayoría de las naciones europeas daban
por sentado que habría algún estallido bélico de uno u otro tipo, pero
contemplaban esta perspectiva con ánimo sereno debido
a dos firmes convicciones: la contienda sería corta y... la ganarían ellos. En
un grado que podía parecer poco menos que milagroso, el movimiento
internacional por la paz había conseguido el apoyo de hombres de estado,
industriales, eruditos, medios de difusión, y aun de personalidades influyentes
y tan insólitas como el propio Zar de Rusia. Aunque el incremento desmesurado
de armamentos parecía ominoso, la red laboriosamente entretejida y a menudo
imbricada de alianzas parecía garantizar que podría evitarse una conflagración
general y que se resolverían las contiendas regionales, tal como había venido
sucediendo a lo largo del siglo anterior. Esta ilusión quedaba reforzada por el
hecho de que las testas coronadas de Europa, la mayoría de ellas miembros de
una misma amplia familia, y muchas de ellas en ejercicio de un poder político
en apariencia decisivo, se trataban mutuamente por sus apodos, se cruzaban
correspondencia íntima, se daban sus hijas y hermanas en matrimonio, compartían
vacaciones durante largos períodos del año en que disfrutaban de los castillos,
regatas y cotos de caza de unos y de otros. Más aún, las penosas disparidades
en la distribución de la riqueza de las sociedades occidentales habían sido
objeto de esmerada atención -si bien no muy sistemática- mediante legislacion
destinadas a atajar lo peor de los despidos corporativos, característicos de
los decenios anteriores, y a atender las demandas más urgentes de las
crecientes poblaciones urbanas.

Por ese mismo entonces, la inmensa mayoría de la familia humana, situada
fuera de la órbita del mundo occidental, compartía pocas de las bendiciones y
apenas algo del optimismo que rezumaban sus hermanos europeos y americanos.
China, pese a su antigua civilización y a esa sensación de ser el “reino de en
medio”, era ya por entonces infeliz víctima del saqueo perpetrado por las
naciones occidentales y por su vecino modernizado, Japón. Las multitudes de la
India, cuya economía y vida política habían caído tan completamente bajo el
dominio de un único poder imperial que incluso el habitual regateo les era
imposible, esquivó varios de los peores abusos que afligieron a otras tierras,
pero padeció indefensa la sangría de sus recursos más vitales. El calvario que
se avecinaba sobre América Latina quedaba muy claramente prefigurado en el
sufrimiento de México, país del que amplios sectores fueron anexionados por su
gran vecino del Norte, y cuyos recursos naturales habían atraído la atención de
firmas extranjeras. Particularmente embarazoso desde el punto de vista
occidental -por lindar con capitales europeas tan rutilantes como Berlín y
Viena- era el régimen de opresión medieval bajo el cual los cien millones de
siervos rusos, nominalmente manumitidos, llevaban una existencia sombría y
desesperanzada. Más trágica, si cabe, era la suerte de los habitantes del
continente africano, divididos entre sí por fronteras artificiales creadas de
resultas del cínico regateo operado por los poderes europeos. Se calcula que
durante el primer decenio del siglo XX más de un millón de personas perecieron
en el Congo -muertos de hambre, apaleados, literalmente agotados por el exceso
de trabajo realizado a beneficio de sus amos distantes, como preludio del
destino que había de arrastrar a más de cien millones de sus congéneres de
Europa y Asia antes de que culminase el siglo.[4]

Las grandes muchedumbres de la humanidad, expoliadas y burladas, pero
representativas de la mayoría de la población mundial, no eran vistas como
protagonistas sino esencialmente como objetos del tan pregonado proceso
civilizador del nuevo siglo. A pesar de los beneficios que le reportaban a una
minoría de entre éstas, los pueblos coloniales existían fundamentalmente para
que se actuase en ellos -como objeto de uso, formación, explotación, cristianización,
civilización, movilización- al socaire de las mudables prioridades dictadas por
las potencias occidentales. Dichas prioridades quizá fueran severas o leves en
cuanto a su plasmación, ilustradas o egoístas, evangélicas o explotadoras; pero
venían modeladas por fuerzas materialistas que determinaban tanto su sentido
como la mayor parte de sus fines. En gran medida, las devociones religiosas y
políticas de diversa suerte lo que hacían no era sino enmascarar tanto los
fines como los medios a los ojos del público de tierras occidentales, que de
esta forma extraía cierta satisfacción moral de las bendiciones que sus
naciones supuestamente conferían a pueblos menos dignos, en tanto que ellos
mismos disfrutaban de los frutos materiales de esta benevolencia.

Señalar los tropiezos de una gran civilización no implica negar sus logros.
Al abrirse el siglo XX, los pueblos de Occidente podían enorgullecerse con
razón de los avances tecnológicos, científicos y filosóficos atribuibles a sus
respectivas sociedades. Decenios de experimentación habían colocado en sus
manos unos medios materiales de alcances insospechados para el resto de la
humanidad. Tanto en Europa como en América se habían alzado grandes emporios
industriales dedicados a la metalurgia, a la manufactura de productos químicos
de toda suerte, tejidos, construcción y producción de instrumentos que
realzaban cualquier faceta de la vida. Todo un proceso de descubrimientos,
diseño y mejora facilitaba un poder de magnitud inimaginable (aunque con
consecuencias ecológicas igualmente insospechadas por entonces), un proceso
posibilitado especialmente por el uso de una electricidad y combustible
baratos. La “era de los ferrocarriles” se encontraba ya muy avanzada y los
vapores surcaban las rutas marítimas del mundo. Con la proliferación del
telégrafo y el teléfono, la sociedad occidental se adelantaba al momento en que
iba a verse libre de los efectos limitativos que las distancias geográficas
habían impuesto a la humanidad desde la aurora misma de la historia.

Los cambios que iban teniendo lugar en un nivel más profundo del
pensamiento científico revestían alcances incluso muy superiores. El siglo XIX
se había mantenido todavía bajo el influjo de la perspectiva newtoniana, la
cual concebía el mundo como un inmenso sistema de relojería. Ahora bien, a
fines de aquel siglo ya se habían producido los
avances que habrían de transformar semejante cuadro. Surgían por entonces
nuevas ideas que conducirían a la formulación de la mecánica cuántica; y no
hubo de transcurrir demasiado tiempo sin que los efectos revulsivos de la
teoría de la relatividad pusieran en solfa las creencias sobre el mundo, ideas
que hasta entonces se habían aceptado durante siglos como si fueran de sentido
común. Tamaños avances se vieron animados, y su influjo grandemente
amplificado, por el hecho de que la ciencia se había transformado al pasar de
ser una actividad propia de pensadores aislados a ser una ocupación acometida
de forma sistemática por parte de una comunidad internacional amplia e influyente,
la cual se movía en entornos universitarios, laboratorios y simposios
destinados al intercambio de descubrimientos experimentales.

Tampoco se limitaba la potencia de las sociedades occidentales a los
avances científicos y técnicos. Conforme amanecía el siglo XX, la civilización
occidental pudo cosechar los frutos de una cultura filosófica que daba rienda
suelta a las energías de sus poblaciones, y cuyo influjo produciría un impacto
revolucionario en el mundo entero. Fue ésta una cultura que conducía al
gobierno constitucional, que hacía alarde del imperio de la ley y del respeto
hacia los derechos de todos los miembros de la sociedad, una cultura que
trazaba como horizonte para todos las perspectivas de una próxima edad de
justicia social. Si bien las proclamas de libertad e igualdad que inflaban la
retórica patriótica de los países occidentales no se comparaban en absoluto con
las condiciones imperantes, los occidentales podían, con razón, celebrar los
avances obtenidos a lo largo del siglo XIX en dirección hacia esos ideales.

Desde una perspectiva espiritual, la época estaba hechizada por una
dualidad extraña y paradójica. En casi todos los ámbitos el horizonte
intelectual estaba ensombrecido por esas nubes de la superstición surgidas de
la imitación irreflexiva de otras épocas. Para la mayoría de la población
mundial, las consecuencias oscilaban entre una ignorancia profunda sobre las
potencialidades humanas o sobre el universo físico y el apego ingenuo a
teologías que ya no guardaban apenas relación con la experiencia. Allá donde
los vientos del cambio lograron despejar las brumas entre las clases educadas
de los países occidentales, las ortodoxias heredadas se vieron harto a menudo
reemplazadas por la plaga de un secularismo agresivo que cuestionaba tanto la
naturaleza espiritual de la humanidad como la autoridad de los propios valores
morales. En todas partes, la secularización de los niveles superiores de la
sociedad iba emparejada a un oscurantismo religioso, predominante entre el
grueso de la población. En el plano más profundo, y debido a que la influencia
de la religión suele calar hondo en la psique humana reclamando para sí una
clase singular de autoridad, durante generaciones sucesivas todos los países
han visto cómo los prejuicios religiosos mantenían vivos los rescoldos de los
odios viscerales que habrían de alimentar los horrores de los siguientes
decenios.[5]

II

Sobre el telón de fondo que dibujaba esta mezcla de falsa confianza y
profunda desesperación, de iluminación científica y penumbra espiritual, surgió
con el siglo XX la figura luminosa de ‘Abdu’l-Bahá. El camino que Le había
traído a esta coyuntura apoteósica en la historia de la humanidad había
recorrido más de cincuenta años de exilio, encarcelamiento y privaciones, de
los cuales ni un solo mes podría calificarse de sosiego o tranquilidad. Había
llegado a esta hora resuelto a proclamar tanto a los receptivos como a los
desatentos el establecimiento en la tierra de ese reino prometido de paz y
justicia universales que a lo largo de los siglos había dado alas a la
esperanza. Sus cimientos, declaró, los constituirían la unificación, en este
“siglo de la luz”, de las gentes del mundo:

En este día (...) los medios de
comunicación se han multiplicado, y los cinco continentes de la tierra se han
fundido virtualmente en uno solo (...) Del mismo modo, todos los miembros de la
familia humana, ya se trate de pueblos o de gobiernos, de ciudades o de aldeas,
se han vuelto cada vez más interdependientes (...) De ahí que la unidad de la humanidad
pueda lograrse en este día. En verdad, ésta no es sino una de las maravillas de
esta prodigiosa edad, de este siglo glorioso.[6]

Durante los prolongados años de encarcelamiento y destierro que siguieron a
la negativa de Bahá’u’lláh de servir a los intereses políticos de las
autoridades otomanas, a ‘Abdu’l-Bahá Le fue confiada la dirección de los
asuntos de la Fe junto con la responsabilidad de actuar como portavoz de Su
Padre. Un aspecto significativo de esta labor lo constituían las relaciones con
los funcionarios locales y provinciales que venían a recabar Su consejo con
relación a sus propios problemas. No muy diferentes eran las necesidades que
acuciaban en el país natal del Maestro. Ya en 1875, y en respuesta a las
instrucciones de Bahá’u’lláh, ‘Abdu’l-Bahá dirigió a los gobernantes y pueblos
de Persia el tratado titulado El secreto
de la civilización divina, en el que sentaba los principios espirituales
que habrán de guiar la configuración de esta civilización en la era de la
madurez humana. Los párrafos de apertura hacían un llamamiento al pueblo de
Irán instándolo a que reflexionase sobre las lecciones que la historia nos
depara en torno a las claves del progreso social:

Considera atentamente: todos estos fenómenos
variados, estos conceptos, este conocimiento, estos métodos técnicos y sistemas
filosóficos, estas ciencias, artes, industrias e inventos; todos son
emanaciones de la mente humana. Cuanto más se han adentrado las gentes en este
océano sin fondo, tanto más se han superado. La dicha y el orgullo de una
nación consisten en esto, a saber, en que han de brillar como el sol en el alto
cielo del conocimiento. “¿Podrán los que poseen conocimiento y quienes no lo
poseen recibir idéntico trato?”.[7]

El secreto de la
civilización divina presagiaba
la orientación que habría de fluir de la pluma de ‘Abdu’l-Bahá en los decenios
ulteriores. Tras la devastadora pérdida que siguió a la ascensión de
Bahá’u’lláh, los creyentes persas vieron revivir sus corazones con una marea de
Tablas procedentes del Maestro, Tablas que suministraban no sólo el necesario
sostén espiritual, sino también las directrices que
les permitirían orientarse en medio de la agitación que sacudía el orden
establecido de su país. Dichas comunicaciones, que alcanzaron incluso a las
aldeas más diminutas repartidas por el país, daban respuesta a requisitorias y
preguntas formuladas por un sinfin de creyentes, a quienes, por ese medio, se
les impartía ánimos, orientaciones y seguridad. Así, por ejemplo, en una Tabla
dirigida a los creyentes de la aldea de Kishih, se menciona por su
nombre a casi 160 habitantes; hablando de la época que alboreaba, dice el
Maestro: “Éste es el siglo de la luz”, y a continuación explica que el
significado de esta imagen es la aceptación del principio de la unidad y sus
implicaciones:

Con ello quiero expresar que los amados del Señor
deben considerar a todos los malintencionados como deseosos del bien (...) esto
es, deben relacionarse con un enemigo como corresponde a un amigo, y tratar al
opresor como si fuera un compañero amable. No deberían fijarse en las faltas o
las transgresiones de sus enemigos, ni prestar atención a su enemistad,
iniquidad u opresión.[8]

Cosa extraordinaria en este caso, esta pequeña compañía de creyentes
perseguidos, afincada en un rincón remoto de un país que todavía permanecía por
lo demás intacto y ajeno a la vida social e intelectual exteriores, queda
emplazada en virtud de esta Tabla a remontar la mirada por encima de las
preocupaciones locales y observar, desde el plano global, las implicaciones de
la unidad:

Antes bien, deberían ver a los pueblos a la luz
del llamamiento de la Bendita Belleza en el sentido de que todos los miembros
de la raza humana son siervos del Señor de poder y gloria, ya que Él ha puesto
a la creación entera bajo el alcance de Su expresión munífica, y ha dispuesto
que les mostremos a todos amor y afecto, sabiduría y compasión, fidelidad y
unidad, sin discriminación alguna.[9]

En este caso, el
llamamiento del Maestro no sólo invita a alcanzar un nuevo nivel de
comprensión, sino que también entraña la necesidad de comprometerse con hechos.
En la urgencia y confianza que destila este lenguaje puede apreciarse el poder
que habría de dar origen a los grandes logros protagonizados por los creyentes
persas en los decenios posteriores, tanto en la promoción mundial de la Causa
como en la adquisición de las capacidades que han de impulsar la civilización:

¡Oh vosotros amados del Señor! Con máxima gloria y
alegría, servid al mundo de la humanidad y amad a la raza humana. Desviad
vuestros ojos de las limitaciones y desembarazaos de las restricciones, pues
(...) librarse de ellas redunda en bendiciones y favores divinos.

Por lo cual, no descanséis, ni siquiera un
instante; y no busquéis un minuto de tregua ni un momento de reposo. Alzaos,
como las olas de un enorme mar, y bramad como el leviatán del océano de la
eternidad.

Por tanto, mientras haya un latido de vida en las
venas, hay que esforzarse y laborar, y afanarse por establecer unos cimientos
que el paso de los siglos y ciclos no pueda socavar, y por levantar un edificio
que el transcurso de las edades y eones no pueda derribar- un edificio que
resulte eterno y duradero, de modo que la soberanía del corazón y del alma
pueda asentarse y afianzarse en ambos mundos.[10]

Desde una perspectiva mucho más desapasionada y global que la actualmente
posible, los historiadores sociales del futuro, beneficiarios de un acceso sin
obstáculos a toda la documentación primaria, estudiarán minuciosamente la
transformación lograda por el Maestro en aquellos albores. Día tras día, mes
tras mes, desde un exilio distante donde sufría el acoso continuo de una hueste
inclemente de enemigos, ‘Abdu’l-Bahá logró estimular la expansión de la
comunidad bahá’í persa, y más aún moldear su conciencia y vida colectivas. El
resultado fue el surgimiento de una cultura, no importa cuán localizada, que
carecía de paralelo alguno en la historia de la humanidad. Nuestro siglo, con
todas sus revueltas y pretensiones grandilocuentes de crear un nuevo orden,
carece de un ejemplo comparable de aplicación sistemática de los poderes de una
sola Mente a la construcción de una comunidad diferenciada y triunfante que cifraba su esfera última de actuación en el propio planeta.

Pese a sufrir atrocidades intermitentes a manos del clero musulmán y sus
valedores, y sin contar con la protección de la sucesión de indolentes monarcas
Qájáres, la comunidad bahá’í persa halló un nuevo soplo de vida. El número de
creyentes se multiplicó en todas las regiones del país, se adhirieron personas
destacadas de la vida social, incluyendo miembros influyentes del clero, y los
precursores de las instituciones administrativas empezaron a asomar en forma de
rudimentarios cuerpos consultivos. Apenas cabe exagerar la importancia de este
último acontecimiento. Así fue cómo en un país y en medio de una población
acostumbrada desde siglos a un sistema patriarcal donde toda la autoridad
ejecutiva y decisoria se concentraba en manos de un monarca absoluto o de
mujtahides shí‘íes, surgía una comunidad, representativa de todos los
sectores de esa misma sociedad, que había roto con el pasado, asumiendo por sí
misma la responsabilidad de decidir sus asuntos mediante actuaciones
consultivas.

En la sociedad y cultura que el Maestro iba desarrollando, las energías
espirituales se expresaban en los asuntos prácticos más cotidianos. El énfasis
en las enseñanzas sobre educación proporcionó el impulso que llevó al
establecimiento de escuelas bahá’ís en la capital y en otros centros
provinciales, incluyendo la escuela Tarbíyat de niñas [11], la cual habría de
alcanzar renombre en todo el país. Gracias al auxilio prestado por los colegas
bahá’ís norteamericanos y europeos, a estas iniciativas pronto habrían de
sumarse clínicas y otras instituciones médicas. Una red de correo de ámbito
nacional facilitaba a la esforzada comunidad bahá’í los rudimentos de un
servicio postal del que el resto del país carecía ostensiblemente. Los cambios
operados afectaban incluso a las circunstancias más caseras del día a día. Así
por ejemplo y atendiendo a las leyes del Kitáb-i-Aqdas, los bahá’ís persas
abandonaron el uso de los inmundos baños públicos, focos contagiosos de
enfermedades e infecciones, para dar paso al empleo de duchas de agua
corriente.

Todos estos avances, ya fueran sociales, organizativos o prácticos,
derivaban su empuje de la transformación moral que de forma continua iba
distinguiendo a los bahá’ís -incluso a los ojos de quienes se mostraban
hostiles a la Fe- como candidatos para puestos de confianza. El que cambios de
tan grandes alcances se produjeran tan rápidamente en un segmento de la
población persa, destacándola de la mayoría circundante, casi toda ella hostil,
era una demostración de los poderes liberados gracias a la Alianza establecida
por Bahá’u’lláh con Sus seguidores y a la asunción de ‘Abdu’l-Bahá de la
jefatura de que esta misma Alianza Le había investido singularmente.

Durante aquellos años la vida política persa no conoció prácticamente sino
el desconcierto. En tanto que el sucesor inmediato de Ná?iri’d-Dín Sháh, Mu?affari’d-Dín Sháh, se vio inducido
a aprobar una constitución en 1906, el sucesor de éste, Mu?ammad-‘Alí Sháh, disolvió de forma
temeraria los dos primeros parlamentos, en cierta ocasión llegando incluso a
atacar con cañones el edificio en donde se reunía el legislativo. El así
llamado “Movimiento Constitucional” que le derrocó y que obligó a A?mad Sháh, el último rey Qájár, a
convocar un tercer parlamento, se vio escindido por facciones rivales
manipuladas desvergonzadamente por el clero shí‘í. Los esfuerzos
realizados por los bahá’ís a fin de desempeñar un papel constructivo en este
proceso modernizador se vieron frustrados una y otra vez por las facciones
monárquica y popular, ambas inspiradas por el prejuicio religioso dominante que
veía en la comunidad un mero chivo expiatorio de conveniencia. Una vez más,
sólo una edad políticamente más madura que la nuestra podrá apreciar el modo en
que el Maestro -sentando un ejemplo de lo que serían los desafíos que
inevitablemente habría de afrontar la comunidad bahá’í en el futuro- guió a la
atribulada comunidad para que hiciera todo lo necesario para animar la reforma
política, y luego mostrarse dispuesta a hacerse a un lado cuando dichos
esfuerzos se vieran rechazados con cinismo.

No fue sólo gracias a Sus Tablas como logró ‘Abdu’l-Bahá esta influencia en
la comunidad bahá’í, la cual había de experimentar tan rápido desarrollo en la
cuna de la Fe. A diferencia de sus correligionarios occidentales, los bahá’ís
persas carecían de atuendo o apariencia que los distinguiese de los demás
pueblos del Cercano Oriente, por lo que los viajeros venidos desde Persia no
despertaban las sospechas de las autoridades otomanas. En consecuencia, la
afluencia constante de peregrinos persas fue para ‘Abdu’l-Bahá otro medio
potente de inspirar a los amigos, de guiar sus actividades y de acercarlos
incluso más hondamente a la comprensión del propósito de Bahá’u’lláh. Algunos
de los nombres más eximios de la historia persa bahá’í figuran entre aquellos
que viajaron a ‘Akká y regresaron a sus hogares dispuestos a entregar la vida
si fuera necesario para hacer realidad la visión del Maestro. El inmortal Varqá
y su hijo Rú?u’lláh forman parte de este privilegiado contingente, al igual que ?ájí
Mírzá ?aydar ‘Alí, Mírzá Abu’l Fa?l, Mírzá Mu?ammad-Taqí
Afnán y otras cuatro
distinguidas Manos de la Causa, Ibn-i-Abhar, ?ájí Mullá Alí Akbar, Adíbu’l-Ulamá e
Ibn-i-A?daq. El
espíritu que hoy día sostiene a los pioneros persas en cualquier parte del
mundo y que desempeña un papel tan creativo en la construcción de la vida
comunitaria bahá’í discurre como una línea recta que atraviesa una familia tras
otra hasta remontarse a aquellos días heroicos. Retrospectivamente, se hace
evidente que el fenómeno que hoy día conocemos como los dos procesos hermanos
de expansión y consolidación también tienen su origen en aquellos años
portentosos.

Inspirados por las palabras del Maestro de que daban cuenta a su regreso
los peregrinos, los creyentes persas se alzaron a emprender actividades de enseñanza
viajera por el Lejano Oriente. Ya durante los últimos años del Ministerio de
Bahá’u’lláh se habían establecido comunidades en la India y Birmania, y la Fe
había llegado incluso hasta la lejana China. Esa misma labor se veía ahora
reforzada. Prueba ostensible de los nuevos poderes de esta Causa fue la
erección en la provincia rusa de Turquestán, donde se había desarrollado una
vida comunitaria bahá’í vigorosa, de la primera Casa de Adoración bahá’í del
mundo [12], cuyo proyecto fue inspirado por el Maestro y guiado desde su
nacimiento por Sus consejos.

Fue este amplio repertorio de actividades, llevadas a cabo por un conjunto
cada vez más seguro de sí mismos e integrado por creyentes establecidos en
tierras que se extendían desde el Mediterráneo hasta los mares de China, lo que
constituyó la base que permitió a ‘Abdu’l-Bahá proseguir las oportunidades
prometedoras que ofrecía el nuevo siglo y que ya habían comenzado a desplegarse
en Occidente. Un rasgo nada insignificante de este cimiento fue la ampliación
de su extensión con representantes de la gran diversidad de orígenes raciales,
religiosos y nacionales de Oriente. Dicho logro proporcionó a ‘Abdu’l-Bahá los
ejemplos, a los que recurriría repetidamente en Su proclamación ante audiencias
occidentales, de las fuerzas integradoras que habían sido liberadas con el
advenimiento de Bahá’u’lláh.

La mayor victoria cosechada por el Maestro durante Sus primeros años de
ministerio fue la que supuso la erección en el Monte Carmelo, sobre el
emplazamiento designado a tal fin por Bahá’u’lláh y no sin inmensos desvelos,
del mausoleo destinado a acoger los restos del Báb, traídos a Tierra Santa tras
pasar por enormes riesgos y penalidades. Shoghi Effendi ha explicado que, en
tanto que en épocas pasadas la sangre de los mártires nutrió la simiente de la
fe de las personas, en este día se ha convertido en la simiente de las
instituciones administrativas de la Causa[13]. Tal observación confiere un
significado especial al modo en que el Centro Administrativo del Orden Mundial
de Bahá’u’lláh había de cobrar cuerpo a la sombra del Santuario del Profeta
Mártir de la Fe. Shoghi Effendi aquilata el logro del Maestro situándolo en su
perspectiva global e histórica:

Pues, así como en el reino del espíritu la
realidad del Báb ha sido aclamada por el Autor de la Revelación Bahá’í como “el
Punto en torno al cual gira la realidad de los Profetas y Mensajeros”, del
mismo modo, en este plano visible, Sus sagrados restos constituyen el corazón y
centro de lo que debe considerarse como nueve círculos concéntricos [14], de
modo que con ello se establece un paralelo y se hace más hincapié en el puesto
central conferido por el Fundador de nuestra Fe a Aquel “de Quien Dios ha hecho
que emane el conocimiento de todo lo que ha sido y será”, “el Punto Primordial
a partir del cual se han generado todas las cosas creadas”.[15]

El significado a los ojos del propio ‘Abdu’l-Bahá de la misión que había
cumplido a tan alto precio queda conmovedoramente descrito en palabras de
Shoghi Effendi:

Cuando todo concluyó y los restos terrenales del
Profeta Mártir de Shiraz estaban, por fin, depositados a salvo para su eterno
descanso en el seno de la montaña sagrada de Dios, ‘Abdu’l-Bahá, Quien Se había
quitado el turbante, descalzo y sin capa, Se inclinó sobre el sarcófago todavía
abierto, al tiempo que Su cabello plateado ondeaba en torno a Su cabeza y a Su
rostro, transfigurado y reluciente, apoyó la frente en el borde del ataúd de
madera y, sollozando en alto, lloró con tal intensidad que todos los presentes
lloraron con Él. Esa noche no pudo dormir, tan abrumado estaba por la emoción”
[16]

Entrado 1908, la denominada “Revolución de los Jóvenes Turcos” había
liberado no sólo a la mayoría de los prisioneros políticos del Imperio Otomano,
sino también a ‘Abdu’l-Bahá. De improviso, habían desaparecido las
restricciones que Le habían recluido en la ciudad prisión de ‘Akká y sus
aledaños permitiéndole ahora al Maestro acometer una empresa que Shoghi Effendi
más adelante describiría como uno de los tres logros principales de Su
ministerio: Su proclamación pública de la Causa de Dios en las grandes urbes
del mundo occidental.

*

Debido al giro dramático de los acontecimientos ocurridos en Norteamérica y
Europa, los relatos sobre las históricas travesías del Maestro tienden a veces
a pasar por alto el importante año inicial transcurrido en Egipto. ‘Abdu’l-Bahá
llegó a sus costas en septiembre de 1910 con intención de trasladarse
directamente a Europa; no obstante, Se vio forzado por enfermedad a convalecer
hasta agosto del año siguiente en Ramlih, un barrio de Alejandría. Como
resultado, los meses que siguieron constituyeron un período de gran
productividad cuyos plenos efectos sobre los destinos de la Causa,
especialmente en el continente africano, han de sentirse en muchos años por
venir. En alguna medida el camino había sido abonado por la cálida admiración
que por el Maestro sentía Shaykh Mu?ammad ‘Abduh, quien se había encontrado con Él en varias
ocasiones en Beirut y quien posteriormente llegó a ser Muftí de Egipto y figura
destacada de la Universidad de Al-Azhar.

Una faceta de la estancia egipcia que merece especial atención lo constituye
la oportunidad que ésta propició para la primera proclamación pública del
mensaje de la Fe. El clima relativamente cosmopolita y liberal que se vivía en
El Cairo y Alejandría por la época dieron pie a discusiones francas e
inquisitivas entre el Maestro y figuras destacadas del mundo intelectual sunní.
Entre éstas figuraban clérigos, parlamentarios, administradores y aristócratas.
Además, los redactores y periodistas de los diarios más influyentes de lengua
árabe, cuya información sobre la Causa procedente de Persia y Constantinopla
había estado coloreada por los prejuicios,
disponían ahora de la oportunidad de conocer por sí mismos datos de primera
mano. Las publicaciones que en el pasado se habían mostrado abiertamente
hostiles cambiaron de tono, como fue el caso de los redactores de un periódico
que entonces abrían un artículo sobre la llegada del Maestro haciendo
referencia a “Su Eminencia Mírzá ‘Abbás Effendi, ilustre y erudita Cabeza de
los bahá’ís de ‘Akká y Centro de autoridad para los bahá’ís de todo el mundo”
al tiempo que expresaba su aprecio por Su visita a Alejandría [17]. Éste y
otros artículos hacían un elogio especial de la comprensión que ‘Abdu’l-Bahá
demostraba tener sobre el Islam y los principios de unidad y tolerancia
religiosa que subyacían a Sus enseñanzas.

A pesar del quebranto de salud que padecía el Maestro, el interludio
egipcio se demostró una gran bendición. Los diplomáticos y funcionarios
occidentales pudieron observar de primera mano el extraordinario éxito de
relaciones obtenido por ‘Abdu’l-Bahá en Su trato con figuras destacadas de una
región del Oriente Próximo que tanto interés concitaba en los círculos
europeos. Así pues, para las fechas en que el Maestro embarcaba hacia Marsella
el 11 de agosto de 1911, Su fama ya Le había precedido.

III

Una Tabla dirigida por ‘Abdu’l-Bahá a un creyente norteamericano en 1905
contiene una declaración tan ilustrativa como conmovedora. Al referirse a Su
situación tras la ascensión de Bahá’u’lláh, ‘Abdu’l-Bahá menciona la carta
recibida de América en “una época en que resurgía el océano de las pruebas y
tribulaciones (...)”:

Tal era nuestro estado cuando llegó una carta
procedente de los amigos norteamericanos. Habían pactado, así lo escribían,
permanecer unidos en todas las cosas, y (...) se habían comprometido a realizar
sacrificios en el sendero del amor de Dios, para de ese modo alcanzar la vida
eterna. En el mismo momento en que se leía esta carta, junto con las firmas que
llevaba al pie, ‘Abdu’l-Bahá experimentó una alegría tan intensa que no hay
pluma que la describa (...) [18]

Por muchas razones reviste vital importancia para los bahá’ís
contemporáneos comprender las circunstancias en que tuvo lugar la expansión de
la Causa en Occidente. Nos ayudará a abstraernos de la cultura de comunicación
burda y entrometida que, de puro consabida, en nuestra sociedad pasa casi
inadvertida. Esta apreciación permitirá que caigamos en la cuenta de la ternura
con que el Maestro procuró presentar ante Sus audiencias occidentales los
conceptos sobre la naturaleza humana y la sociedad revelados por Bahá’u’lláh,
conceptos de repercusioness revolucionarias y enteramente ajenos a la
experiencia de Sus oyentes. Pone de manifiesto la delicadeza con que el Maestro
utilizaba las metáforas o Se valía de ejemplos históricos; explica el enfoque
frecuentemente indirecto que usaba, subraya la intimidad que podía conseguir a
voluntad, y la paciencia aparentemente ilimitada con que respondía a las
preguntas, muchos de cuyos presupuestos sobre la realidad han perdido desde
entonces cualquier validez que pudieran alguna vez haber poseído.

Otra percepción que revela el examen desprendido de la situación histórica
abordada por el Maestro en Occidente ayudará a que nuestra generación aprecie
la grandeza espiritual de quienes respondieron ante Él. Aquellas almas dieron
respuesta a Su emplazamiento a pesar, no al revés, del mundo liberal y
económicamente avanzado que conocían, un mundo que sin duda apreciaban y
valoraban y en el que necesariamente habrían de desenvolverse. Su respuesta se
suscitó en un nivel de conciencia en el que reconocieron, aunque a veces sólo
fuese de forma tenue, la necesidad desesperada de la raza humana de hallar
iluminación espiritual. Permanecer firmes en su compromiso con esta perspectiva
requería que aquellos primeros creyentes -sobre cuyo autosacrificio descansa el
cimiento de gran parte de la comunidad bahá’í actual, tanto en Occidente como
en muchos otros países- resistieran no sólo las presiones familiares y
sociales, sino también las racionalizaciones simplistas propias de la
perspectiva en la que se habían educado y a la que todo a su alrededor les
exponía insistentemente. Había un heroísmo en la firmeza de estos primeros
bahá’ís occidentales que, a su modo y manera, resulta tan conmovedor como la de
sus correligionarios persas, quienes por aquellos mismos años sufrían
persecuciones y matanzas excusadas en la Fe que habían abrazado.

En la vanguardia de los occidentales que respondieron al emplazamiento del
Maestro figuran los pequeños grupos de intrépidos creyentes a los que Shoghi
Effendi aclamó como “peregrinos ebrios de Dios”, quienes tuvieron el privilegio
de visitar a ‘Abdu’l-Bahá en la ciudad prisión de ‘Akká y de presenciar por sí
mismos la irradiación de Su Persona y de escuchar de Sus propios labios la
palabra que poseía el poder de transformar la vida humana. El efecto producido
sobre estos creyentes lo expresa así May Maxwell:

“De aquel primer encuentro”, (...) “no puedo
rememorar ni alegrías ni penas, nada que pueda nombrarse. Repentinamente me
había visto trasladada a una altura demasiado elevada, mi alma había entrado en
contacto con el Espíritu divino, y esta fuerza, tan pura, tan santa, tan
poderosa, me había abrumado (...)” [19]

Su regreso al
hogar se convirtió, como explica Shoghi Effendi, en “la señal de un estallido
de actividad sistemática y constante, la cual (...) se ramificó por Europa
occidental y los estados y provincias del continente norteamericano”[20]. Dando
empuje a sus empeños y a los de sus correligionarios, y atrayendo a la Causa a
un número creciente de seguidores, afluía toda una riada de Tablas que el
Maestro hacía llegar a destinatarios de ambas orillas del Atlántico, mensajes
que despertaron la imaginación a los conceptos, principios e ideales de la
nueva Revelación de Dios. El poder de esta fuerza creadora puede sentirse en
las palabras con que el primer creyente norteamericano Thornton Chase pretendía
describir lo que vio:

Sus propios escritos [del Maestro], que se
difunden como blancas palomas desde el Centro de Su Presencia hasta los
confines de la tierra, son tantos (surgen cientos a diario) que es imposible
que Él haya podido detenerse a meditarlos o dedicarles los procesos mentales
del erudito: fluyen como torrentes procedentes de una fuente desbordada (...)
[21]

Dichos sentimientos añaden su propia perspectiva a la determinación con que
el Maestro Se dispuso a emprender una aventura tan ambiciosa que causó
consternación en su entorno más próximo. Haciendo caso omiso de las
preocupaciones expresadas acerca de Su avanzada edad, Su salud quebrantada, y
las secuelas físicas originadas por decenios de encarcelamiento, ‘Abdu’l-Bahá
iba a emprender una serie de travesías que habrían de durar unos tres años, y
que Le llevarían finalmente hasta la costa del Pacífico del continente
norteamericano. Las penalidades y riesgos de los viajes internacionales de
aquellos primeros años del siglo constituían el menor de los obstáculos que
pudieran entorpecer la realización de los objetivos que Se había fijado. En
palabras de Shoghi Effendi:

Él, Quien, en Sus propias palabras, había ingresado en prisión siendo un
joven y la había abandonado ya anciano, Quien nunca antes había hablado ante un
auditorio público, ni había asistido a escuela alguna, no Se había movido en los
círculos occidentales, y no estaba familiarizado con sus costumbres e idiomas,
Se había alzado no sólo a proclamar desde el púlpito y el estrado, en algunas
de las principales capitales de Europa y en las ciudades principales del
continente norteamericano, las verdades distintivas atesoradas en la Fe de Su
Padre, sino también a demostrar de igual manera el origen divino de los
profetas anteriores a Él, y a exponer la naturaleza de los vínculos que los
unían a dicha Fe.[22]

*

Apenas se podía desear un escenario para el acto de apertura de este gran
drama mejor que Londres, capital del Imperio más amplio y cosmopolita jamás
conocido. A los ojos de los pequeños grupos de creyentes que habían realizado
las gestiones y que añoraban contemplar Su rostro, el viaje fue un triunfo que
superaba con creces sus más acariciadas esperanzas. Funcionarios, eruditos,
escritores, redactores, industriales, dirigentes de movimientos reformistas,
miembros de la aristocracia británica y clérigos influyentes de numerosas denominaciones
recabaron ávidamente Su presencia, Le invitaron a sus tribunas, aulas, hogares
y púlpitos, mostrando aprecio por los puntos de vista que expresaba. El domingo
10 de septiembre de 1911, por primera vez ante una audiencia pública, el
Maestro dirigía la palabra desde el púlpito del City Temple. Sus palabras
sugerían ante los oyentes la visión de una nueva época en la evolución de la
civilización:

Éste es un nuevo ciclo del poder humano. Todos los
horizontes del mundo son luminosos. En verdad, el mundo ha de convertirse en un
jardín paradisíaco (...) Vosotros ya estáis desprendidos de las viejas
supersticiones que han mantenido a los hombres en la ignorancia y que han
destruido los cimientos mismos de la verdadera humanidad.

El don de Dios para esta época esclarecida es el
conocimiento de la unicidad de la humanidad y de la unicidad fundamental de la
religión. Cesarán las guerras entre las naciones, y por voluntad de Dios vendrá
la Más Grande Paz; el mundo será visto como un nuevo mundo, y todos los hombres
vivirán como hermanos.[23]

Tras una estancia suplementaria de dos meses en París y tras Su regreso a
Alejandría, donde habría de pasar el invierno y recobrar la salud, ‘Abdu’l-Bahá
zarpaba el 25 de marzo de 1912 rumbo a Nueva York, ciudad a la que llegaría el
11 de abril de ese mismo año.

Incluso en el plano físico más elemental, un programa repleto de centenares
de alocuciones públicas, conferencias y charlas en privado pronunciadas en más
de 40 ciudades de toda Norteamérica y en otras diecinueve de Europa, algunas de
ellas visitadas en más de una ocasión, fue una gesta que bien puede carecer de
paralelo en la historia moderna. En ambos continentes, pero sobre todo en
Norteamérica, ‘Abdu’l-Bahá recibió la bienvenida altamente apreciativa que le tendieron
unas audiencias distinguidas, entregadas al avance de intereses por la paz, los
derechos de la mujer, la igualdad racial, la reforma social y el desarrollo
moral. Casi a diario, Sus charlas y entrevistas fueron objeto de amplia
atención por parte de los periódicos de gran tirada. Él mismo había de escribir
más tarde que había “observado que todas las puertas estaban abiertas (...) y
que el poder ideal del Reino de Dios eliminaba toda traba u obstáculo”.[24]

La actitud abierta con la que fue recibido permitió a ‘Abdu’l-Bahá
proclamar sin ambigüedades los principios sociales de la nueva Revelación.
Shoghi Effendi resume así las verdades que presentó:

La búsqueda independiente de la verdad, desembarazada de supersticiones o
tradiciones; la unicidad de toda la raza humana, principio axial y doctrina
fundamental de la Fe; la unidad básica de todas las religiones; la condena de
toda forma de prejuicio, sea religioso, racial, de clase o nación; la armonía
que debe existir entre la religión y la ciencia; la igualdad del hombre y la
mujer, las dos alas con las que el pájaro del género humano puede levantar el
vuelo; la introducción de la educación obligatoria; la adopción de un idioma
universal auxiliar; la abolición de la riqueza y pobreza extremas; la institución
de un tribunal mundial para la resolución de litigios entre las naciones; la
exaltación del trabajo, cuando éste se realiza con espíritu de servicio, al
rango de adoración; la glorificación de la justicia como principio rector de la
sociedad humana, y de la religión como baluarte para la protección de todos los
pueblos y naciones; y el establecimiento de una paz permanente y universal como
meta suprema de toda la humanidad; éstos descuellan como los elementos
esenciales de la política divina que proclamó ante los grandes figuras
del pensamiento así como ante las masas en general en el curso de sus travesías
misioneras.[25]

El núcleo del mensaje del Maestro consistía en el anuncio de que había
llegado el Día prometido para la unificación de la humanidad y el
establecimiento del Reino de Dios en la tierra. Ese Reino, tal como traslucían
las cartas y alocuciones de ‘Abdu’l-Bahá, nada debía a ninguno de los
presupuestos transmundanos tan corrientes en las enseñanzas de la religión
tradicional. Antes bien, el Maestro proclamó la llegada de la humanidad a su
madurez y el surgimiento de una civilización global en la que el desarrollo del
arco completo de potencialidades humanas será fruto de la interacción entre los
valores espirituales universales, por un lado, y por otro, los avances
materiales con los que apenas cabía soñar siquiera por entonces.

El medio para alcanzar esta meta, declaraba ‘Abdu’l-Bahá, ya existía. Lo
que se necesitaba era la voluntad de actuar y la fe para persistir:

Todos sabemos que la paz internacional es buena, que ella es la causa de la
vida; pero se necesita voluntad y acción. Por cuanto este siglo es el siglo de
la luz, la capacidad de alcanzar la paz está garantizada. Es cosa cierta que
estas ideas se difundirán entre los hombres a tal punto que darán pie a la
acción.[26]

Aunque expresados con cortesía y consideración indefectibles, los
principios de la nueva Revelación quedaron sentados sin componendas tanto en
los encuentros privados como en los públicos. De forma invariable, los actos
del Maestro solían ser tan elocuentes como las palabras que empleaba. Así, por
ejemplo, en Estados Unidos, nada podía trasmitir más claramente la creencia
bahá’í en la unicidad de la religión que la prontitud con que ‘Abdu’l-Bahá
incluía referencias al Profeta Mu?ammad en Sus charlas dirigidas a audiencias cristianas, o Su taxativa
reivindicación del origen divino tanto del Cristianismo como del Islam ante la
congregación reunida en el Templo Emanu-El de San Francisco. Su capacidad para
inspirar en las mujeres de todas las edades la confianza de que poseían
capacidades espirituales e intelectuales plenamente equiparables a las de los
hombres, Su demostración sin provocaciones, pero clara, del significado de las
enseñanzas de Bahá’u’lláh sobre la unidad racial al dar la bienvenida a
invitados negros y blancos en Su propia mesa y a la mesa de Su destacadas
anfitrionas, y Su insistencia en la importancia trascendente de la unidad en
todos los aspectos del empeño bahá’í; tales demostraciones sobre el modo en que
deben compenetrarse los aspectos espirituales y prácticos de la vida abrieron
ante los creyentes amplios horizontes de renovadas posibilidades. El tono de
amor incondicional con el que estos desafíos solían expresarse conseguía que
las audiencias a las que Se dirigía el Maestro superasen sus miedos e
incertidumbres.

Mayor aún que el esfuerzo dedicado a Sus exposiciones públicas de la Causa
fue el tiempo y energía que el Maestro dedicó a ampliar la comprensión de los
creyentes sobre las verdades espirituales de la Revelación de Bahá’u’lláh. En
una ciudad tras otra, desde la mañana temprano hasta bien entrada la noche, las
horas no ocupadas por las exigencias públicas de Su misión se dedicaban a
responder a las preguntas planteadas por los amigos, a atender a sus
necesidades y a infundirles un espíritu de confianza en las aportaciones que
cada uno podría realizar a la promoción de la Causa que habían abrazado. Su
visita a Chicago Le proporcionó a ‘Abdu’l-Bahá la oportunidad de colocar, con
Sus propias manos, la piedra angular de la primera Casa de Adoración Bahá’í de
Occidente, proyecto que se inspiraba en el que por entonces se acometía en ‘Ishqábád,
igualmente animado desde sus comienzos por ‘Abdu’l-Bahá.

El Mashriqu’l-Adhkár es una de las
instituciones más esenciales del mundo, y tiene muchas ramas subsidiarias.
Aunque es una Casa de Adoración, también está vinculado a un hospital, un
dispensario de medicamentos, un hospicio para viajeros, una escuela de
huérfanos y una universidad de estudios avanzados (...) Es mi esperanza que el
Mashriqu’l-Adhkár se establezca ahora en América, y que luego
sigan a éste el hospital, la escuela, la universidad, el dispensario y el
hospicio, todo ello con arreglo a un funcionamiento eficiente y ordenado en
grado sumo.[27]

Tal como ocurría con el proceso simultáneamente desplegado en Persia, sólo
los futuros historiadores podrán apreciar adecuadamente el poder creativo de
esta faceta de los viajes occidentales. Numerosos recuerdos y cartas dan
testimonio del modo en que incluso unos breves encuentros con el Maestro
bastaron para dar sostén a un sinfín de bahá’ís occidentales en sus esfuerzos
sacrificados de años posteriores dedicados a expandir y consolidar la Fe. Sin
la intervención del propio Centro de la Alianza, resulta imposible imaginarse
cómo aquellos grupúsculos de creyentes occidentales hubieran podido percatarse
con tal rapidez de lo que la Causa exigía de ellos y de emprender las
descomunales tareas que la empresa comportaba, máxime teniendo en cuenta que
carecían por completo del legado espiritual de que disfrutaban sus
correligionarios persas gracias a la dilatada participación de padres y abuelos
en las gestas heroicas de la primera historia bábí y bahá’í.

Sus oyentes fueron emplazados a convertirse en protagonistas amorosos y
confiados de un gran proceso civilizador, cuyo eje lo constituía el
reconocimiento de la unicidad de la raza humana. ‘Abdu’l-Bahá había prometido
que, al alzarse a emprender su misión, encontrarían abiertas en sí mismos y en los
demás capacidades enteramente nuevas con las que Dios había dotado en este Día
a la raza humana:

Debéis convertiros en el alma misma del mundo, el espíritu viviente del
cuerpo de los hijos de los hombres. En esta época maravillosa, y en este tiempo
en el que la Antigua Belleza, el Más Grande Nombre, portadora de innumerables
dones, se ha remontado sobre el horizonte del mundo, la Palabra de Dios ha
infundido en la esencia más íntima de la humanidad tal poder sobrecogedor que
ha dejado sin efecto las cualidades humanas de la persona, y, con Su potencia
conquistadora, ha unificado a los pueblos en un vasto océano de unicidad.[28]

La unidad establecida entre los creyentes no impidió que expresaran
vívidamente en sus vidas personales las verdades de la Fe en diáfana respuesta
a este llamamiento. La relación entre la persona y la comunidad ha constituido
desde siempre uno de los componentes más difíciles del desarrollo de la
sociedad. Basta leer, incluso de pasada, relatos de la vida de los primeros
bahá’ís de Occidente para percatarse del elevado grado de individualidad que
caracterizaba a muchos de ellos, sobre todo a los más activos y creativos. De
forma no infrecuente, habían encontrado la Fe sólo tras haber indagado
intensamente en varios de los movimientos espirituales y sociales en boga, y
esta amplia comprensión de las preocupaciones e intereses de sus contemporáneos
sin duda les ayudó a convertirse en maestros efectivos de la Fe. Es igualmente
claro, sin embargo, que la amplitud de expresión y comprensión que les
caracterizaba no les impidió, ni a ellos ni a sus correligionarios, hacer
aportaciones efectivas a la construcción de una unidad colectiva, la cual
constituía el principal atractivo de la Causa. Tal como ponen de relieve las
memorias y relatos históricos de la época, el secreto de este equilibrio entre
comunidad y persona lo constituía el vínculo espiritual que relacionaba a todos
los creyentes con las palabras y ejemplo del Maestro. En un sentido importante
‘Abdu’l-Bahá era, para todos ellos, la Causa bahá’í.

Quedaría inconclusa toda revisión objetiva de la misión de ‘Abdu’l-Bahá en
Occidente si se descuidara el hecho constatable de que sólo un puñado de los
que habían aceptado la Fe -y éstos a su vez una fracción infinitamente menor
del público que se hacinaba para escuchar Sus palabras- extrajo de estas
oportunidades inapreciables poco más que una tenue comprensión de las
implicaciones de Su mensaje. Sabedor de estas limitaciones de Sus oyentes,
‘Abdu’l-Bahá no dudó al relacionarse con los creyentes occidentales en promover
hechos que les inducían a lograr un nivel de conciencia muy por encima de la
mera tolerancia y liberalismo social. Ejemplo representativo del amplio
muestrario de intervenciones en este sentido fue Su tierna pero poderosa acción
al animar a que Louis Gregory y Louise Mathews -él negro y ella blanca-
contrajeran matrimonio. La iniciativa marcó la pauta de la comunidad bahá’í
americana en cuanto al significado real de la integración racial, por tímida y
lentamente que sus miembros respondiesen a las implicaciones centrales de este
reto.

Aun a falta de una comprensión profunda de las metas del Maestro, quienes
abrazaron Su mensaje se dispusieron, a menudo a un elevado coste personal, a
expresar en la práctica los principios que Él enseñó. El compromiso con la
causa de la paz internacional; la abolición de los extremos de riqueza y
pobreza que socavaban la unidad de la sociedad; la superación de prejuicios
nacionales, raciales o de cualquier otro tipo; el fomento de la igualdad en la
educación de niños y niñas; la necesidad de sacudir los grilletes de dogmas
antiguos que estorbaban la investigación de la realidad; dichos principios
beneficiosos para el avance de la civilización habían causado honda impresión.
Pocos o ninguno de los oyentes del Maestro podían comprender el cambio
revolucionario que había de operarse en la propia estructura de la sociedad y
la consecuente sumisión voluntaria de la persona a la Ley divina, único factor
éste que, en última instancia, puede producir los cambios necesarios de actitud
y conducta.

*

La clave de esta visión sobre la futura transformación de la persona y de
la vida social de la humanidad fue el anuncio que ‘Abdu’l-Bahá realizó poco
después de Su llegada a Norteamérica, al proclamar la Alianza de Bahá’u’lláh y
el papel central que Él mismo había sido llamado a desempeñar en ella. En
palabras del propio Maestro:

He aquí la característica más importante de la
revelación de Bahá’u’lláh, una enseñanza particular que no fue dada por ninguno
de los Profetas del pasado, a saber: el nombramiento del Centro de la Alianza.
En virtud de esta designación y disposición Él ha salvaguardado y protegido la
religión de Dios frente a las diferencias y cismas, imposibilitando con ello
que nadie origine una nueva secta o facción confesional.[29]

Al escoger la ciudad de Nueva York para sus fines -designándola “La Ciudad
de la Alianza”- ‘Abdu’l-Bahá puso de manifiesto ante los creyentes occidentales
la transmisión de autoridad que operó el Fundador de su Fe con vistas a la
interpretación definitiva de Su Revelación. Lua Getsinger, una creyente
altamente respetada, fue llamada por el Maestro para preparar al grupo de
bahá’ís, reunido en la casa donde residía temporalmente, para este anuncio
histórico, tras lo cual Él mismo bajó las escaleras y habló en términos
generales sobre algunas de las repercusiones de la Alianza. Juliet Thompsom,
quien, junto con uno de los traductores persas, se encontraba en la sala
inferior en el momento en que esta misión le era confiada a su amiga, nos ha
dejado un relato de aquellas circunstancias. La autora pone en boca de
‘Abdu’l-Bahá las siguientes palabras:

(...) Yo soy la Alianza, designada por Bahá’u’lláh, y nadie puede refutar
Su Palabra. Éste es el Testamento de Bahá’u’lláh. Lo encontraréis en el Libro
Sagrado del Aqdas. Salid a proclamar: “Ésta es la Alianza de Dios entre
vosotros”.[30]

Concebida por Bahá’u’lláh como el Instrumento que, en palabras de Shoghi
Effendi, había de “perpetuar la influencia de [la] Fe, asegurar su integridad,
salvaguardarla del cisma y estimular su expansión mundial” [31], la Alianza
había sido violada por miembros de la propia familia de Bahá’u’lláh casi
inmediatamente después de Su ascensión. Reconociendo que la autoridad de que
había sido investido el Maestro en el Kitáb-i-‘Ahd, en la Tabla de la Rama y en
otros documentos relacionados frustraba sus esperanzas personales de explotar
la Causa en beneficio propio, estas mismas personas desataron una insidiosa
campaña destinada a socavar Su posición, primero en Tierra Santa y luego en
Persia, donde se concentraba el grueso de la comunidad bahá’í. Cuando todos
estos ardides fracasaron, procuraron entonces manipular los temores del
Gobierno otomano y la avaricia de sus representantes en Palestina. A su vez
todas estas esperanzas se vinieron abajo cuando la “Revolución de los Jóvenes
Turcos” derrocó el régimen de Constantinopla, hecho que se saldaría con el
ahorcamiento de unos 31 oficiales de primera fila, entre ellos varios de los
que habían estado implicados en los planes de los violadores de la Alianza.

En Occidente, durante los primeros años del ministerio del Maestro, los
representantes que enviara habían conseguido neutralizar las maquinaciones de
Ibráhím Khayru’lláh -irónicamente la misma persona que había presentado
la Causa a gran número de creyentes americanos-, quien aspiraba a alzarse a la
jefatura mediante su asociación con los violadores de la Alianza de entre los
miembros de la Sagrada Familia. Tales experiencias sin duda prepararon a los creyentes
occidentales para la proclamación formal que había de hacer el Maestro al
anunciar Su posición e instar firmemente a los creyentes a que evitasen
cualquier trato con semejantes elementos facciosos. Sin embargo, sólo fue
gradualmente, conforme las nuevas comunidades pugnaban por superar las
diferencias de opinión y resistir la perenne tentación humana del
faccionalismo, como emergieron las implicaciones de esta gran ley organizativa
de la nueva Dispensación.

Al tiempo que ‘Abdu’l-Bahá establecía tanto en Sus discursos públicos como
en conversaciones privadas la visión del mundo de unidad y paz que habría de
generar la Revelación de Dios para nuestro día, el Maestro avisaba
enfáticamente de los peligros que ennegrecían el horizonte inmediato de la Fe y
del mundo. A ambos, decía ‘Abdu’l-Bahá, en palabras de Shoghi Effendi,
aguardaba “un “invierno de severidad sin parangón”.

Para la Causa de Dios, aquel invierno se reflejaría en desgarradoras
traiciones a la Alianza. En Norteamérica, por ejemplo, la inconstancia de un
pequeño número de personas, frustradas en sus aspiraciones personales de mando,
acarreó dificultades sin fin para la comunidad; hizo tambalear la fe de
algunos, en tanto que otros simplemente se fueron apartando de la Causa. En
Persia, asimismo, la fe de los amigos fue puesta a prueba reiteradamente por
las maquinaciones de algunas personas ambiciosas que, de improviso, habían
concebido posibilidades de engrandecimiento personal que creían adivinar en los
éxitos obtenidos por el Maestro en Occidente. En ambos casos, las consecuencias
de tales defecciones condujeron, a la postre, al aumento de la devoción de los
creyentes firmes.

En cuanto a la humanidad en general, ‘Abdu’l-Bahá avisó en términos
ominosos de la catástrofe que veía aproximarse. Al tiempo que recalcaba la
urgencia de los esfuerzos de reconciliación que podrían aliviar en alguna
medida el sufrimiento de la población mundial, no dejó en Sus oyentes lugar a
dudas acerca de la magnitud del peligro. En uno de los principales periódicos
de Montreal, donde la atención prestada al viaje fue extraordinariamente
exhaustiva, se informaba:

“Toda Europa es un campo de batalla. Los
preparativos bélicos terminarán necesariamente en una gran guerra. Los propios
armamentos engendran guerra. Tamaño arsenal debe volar por los aires. Nada hay
de profecía en este punto de vista”, manifestó ‘Abdu’l-Bahá; “se apoya tan sólo
en el razonamiento”.[32]

El 5 de diciembre de 1912, la Figura que por toda Norteamérica había sido
aclamada como el “Apóstol de la Paz” zarpaba desde Nueva York a Liverpool. Tras
estancias relativamente breves en Londres y algunos centros británicos visitó
varias ciudades del continente, dedicando de nuevo varias semanas a París,
donde dispuso de los servicios de Hipoplyte Dreyfus, cuyo árabe y persa
escritos cumplían los requisitos del Maestro. Como capital cultural reconocida
de la Europa continental, París era el centro focal de visitantes de numerosas
partes del mundo, incluyendo Oriente. En tanto que las charlas pronunciadas durante
Sus dos prolongadas visitas a la ciudad hacen referencia frecuente a los
grandes temas sociales del momento, éstas se distinguen en particular por una
espiritualidad íntima que debe de haber calado profundamente en los corazones
de quienes tuvieron el privilegio de verle en persona:

¡Alzad vuestros corazones por encima del presente
y mirad con ojos de fe hacia el futuro! Hoy día la simiente está sembrada, el
grano cae en la tierra; mas contemplad el día en que hará crecer un árbol
glorioso cuyas ramas estarán cargadas de frutos. Regocijaos y alegraos pues
este día ha amanecido, tratad de comprender su poder, ¡pues en verdad es
maravilloso! [33]

La mañana del 13 de junio de 1913, ‘Abdu’l-Bahá embarcaba en Marsella a
bordo del vapor S. S. Himalaya, que habría de trasladarle hasta Port Said,
Egipto, cuatro días más tarde. Con el regreso a Haifa un 5 de diciembre de 1913
concluía lo que Shoghi Effendi había denominando “Sus viajes históricos”.

*

Casi exactamente dos años después de lo declarado por ‘Abdu’l-Bahá al
redactor del Montreal Star, se venía estrepitosamente abajo ese mismo mundo que
había disfrutado de una sensación embriagadora de autoconfianza y cuyos
cimientos habían parecían inexpugnables. La catástrofe se relaciona
popularmente con el asesinato en Sarajevo del heredero del trono del Imperio
Austro-Húngaro, y, en efecto, la cadena de desatinos, amenazas temerarias y
llamamientos insensatos al “honor” que desembocaron en la Primera Guerra
Mundial prendieron por causa de este acontecimiento relativamente menor. Sin
embargo, a decir verdad, tal como el Maestro había indicado, los “barruntos”
habidos durante toda la primera década del siglo deberían haber alertado a los
dirigentes europeos sobre la fragilidad del orden existente.

En los años 1904-1905, los imperios japonés y ruso habían entrado en guerra
con una violencia que acarreó la destrucción de prácticamente todas las fuerzas
navales de esta última potencia y la entrega de territorios que consideraba de
interés vital, una humillación que arrastraba grandes repercusiones en el
ámbito doméstico e internacional. Durante estos años iniciales del siglo hubo
dos ocasiones en que, gracias a la intervención interesada de otras potencias,
pudo evitarse por escasísimo margen una guerra entre Francia y Alemania
motivada por sus designios imperialistas para el Norte de África. De modo
parecido, en 1911 las ambiciones italianas provocaron una amenaza peligrosa
para la paz internacional al arrebatar al Imperio Otomano lo que hoy se conoce
como Libia. La inestabilidad internacional se agravó aun más, tal como
vaticinara el Maestro, cuando Alemania, sintiéndose constreñida por la malla
creciente de alianzas hostiles, se embarcó en un programa masivo de
construcción naval encaminado a trastocar la primacía británica hasta entonces
reconocida.

Venían a exacerbar estos conflictos las tensiones surgidas entre los
pueblos sometidos a los imperios de los Romanov, Habsburgos y Otomanos.
Aguardando tan sólo a que un giro de los acontecimientos rompiese las costuras de
los maltrechos sistemas que los sometían, polacos, checos, eslovacos, bálticos,
rumanos, kurdos, árabes, armenios, griegos, macedonios, eslavos y albaneses
aguardaban ansiosamente al día de su liberación. Por otra parte, explotando
incansablemente esta red de fisuras en el orden existente se encontraba toda
una hueste de conspiraciones, grupos de resistencia y organizaciones
separatistas. Inspiradas por ideologías que oscilaban, en un extremo, desde un
anarquismo casi incoherente hasta obsesiones racistas y nacionalistas
exacerbadas, en otro extremo, estas fuerzas soterradas compartían una
convicción ingenua: si se daba un vuelco a la parte específica del orden
prevaleciente que se había convertido en su diana, la nobleza inherente al
sector que apoyaba sus metas, o la supuesta nobleza de la humanidad en general,
vendría a asegurar una nueva era de libertad y justicia.

En medio de estos pretendidos agentes de cambio violento había un
movimiento de amplias bases que avanzaba de modo sistemático y con despiadada
claridad de propósito hacia la meta de la revolución mundial. El Partido
Comunista, cuyos bríos intelectuales y fe en su triunfo final se nutrían de los
escritos del ideólogo decimonónico Karl Marx, había logrado establecer grupos
activos de apoyo a lo largo de Europa y en varios otros países. Convencidos de
que el genio de su maestro había demostrado más allá de toda duda la naturaleza
esencialmente material de las fuerzas que habían dado origen tanto a la
conciencia humana como a la organización social, el movimiento comunista
descartaba la validez tanto de la religión como de las pautas morales
“burguesas”. Desde su punto de vista, la fe en Dios era una debilidad neurótica
en la que había caído la raza humana, una debilidad que meramente había permitido
a las clases gobernantes manipular la superstición trocándola en instrumento
esclavizador de las masas.

Para los dirigentes europeos, cada vez más ciegamente próximos a la
conflagración mundial, producto del orgullo y la insensatez, los pasos de gigante
dados por la ciencia y la tecnología representaban en lo fundamental medios con
los que aventajar militarmente a sus rivales. Mas, el enemigo ya no lo
constituían las poblaciones coloniales sumidas en la pobreza, y en su mayoría
carentes de educación, a las que habían conseguido someter. La falsa confianza
que la cacharrería militar había infundido en las potencias europeas terminó
por abocarlas hacia una carrera imparable en pos de ejércitos mejor
pertrechados y de flotas dotadas del armamento moderno más avanzado, y todo
ello a una escala gigantesca. Ametralladoras, cañones de largo alcance,
acorazados, submarinos, minas terrestres, gases venenosos y la posibilidad de
equipar los aeroplanos con vistas a bombardeos dibujaban el perfil de lo que un
comentarista de la época había tachado de “tecnología de la muerte”.[34] Todo
este instrumental de aniquilación, tal como advirtió ‘Abdu’l-Bahá, iba a ser
desplegado y refinado en el curso de la contienda que se avecinaba.

La ciencia y la tecnología ejercían asimismo otras presiones, si acaso más
sutiles, sobre el orden existente. La producción industrial a gran escala,
impulsada por la carrera armamentística, había acelerado el movimiento de
población hacia los centros urbanos. A finales del siglo anterior, dicho
proceso se encontraba ya minando lealtades y criterios heredados, exponiendo a
una porción creciente de la población a nuevas ideas sobre el cambio social, y
excitando el apetito de las masas en pos de beneficios materiales que con
anterioridad solamente estaban al alcance de una elite de la sociedad. Incluso
bajo sistemas relativamente autocráticos, el público comenzaba a percibir el
grado en que las autoridades civiles dependían de la eficacia con que lograran
granjearse el respaldo popular. Estos acontecimientos sociales iban a tener
consecuencias imprevistas y de gran alcance. A medida que la guerra se
prolongaba sin fin y se ponía en cuestión la fe irreflexiva en sus
simplicidades, millones de hombres de los ejércitos en armas de ambas partes comenzaron
a ver sus sufrimientos como un sinsentido por sí mismo y estériles en lo que al
bienestar de sus propias familias tocaba.

Al margen de las repercusiones de estos cambios tecnológicos y económicos,
los avances científicos parecían abonar las presunciones más simplistas acerca
de la naturaleza humana, y fomentar esa película casi inapreciable que
Bahá’u’lláh denomina “el polvo oscurecedor de todo conocimiento adquirido”[35].
Estos puntos de vista no cuestionados se transmitían a audiencias cada vez mayores.
El sensacionalismo de la prensa popular, los enconados debates entre
científicos o eruditos, por un lado, y de teólogos o clérigos influyentes, por
otro, junto con la rápida difusión de la educación pública, continuaron
socavando la autoridad de las doctrinas religiosas aceptadas, así como de los
criterios morales prevalecientes.

Las fuerzas sísmicas del nuevo siglo se aliaron para convertir la situación
que afrontaba el mundo occidental en 1914 en algo intensamente volátil. Por
tanto, al estallar la gran conflagración, la pesadilla superó con creces los
peores temores de las mentes más cuerdas. Carece de sentido analizar en detalle
aquí el cataclismo que supuso la Primera Guerra Mundial. Las solas estadísticas
desbordan cualquier capacidad humana de representación: se calcula que sesenta
millones de personas fueron arrojadas a ese infierno de horror cuyo igual jamás
presenciara la historia, ocho millones de los cuales perecieron en el curso de
la guerra, en tanto que otros diez quedaron permanentemente lesionados por
heridas incapacitantes, pulmones quemados y horribles desfiguraciones [36]. Los
historiadores apuntan que el coste económico
total quizá ascendió a 30 mil millones de dólares, con el resultado de que una
porción sustancial del capital total que constituía la riqueza europea quedó
barrido.

Tamañas pérdidas apenas dan idea del panorama de destrucción ocurrido. Una
de las consideraciones que durante mucho tiempo retuvo al Presidente Woodrow
Wilson impidiéndole proponer al Congreso de Estados Unidos que aprobase la
declaración de guerra, que para entonces resultaba casi inevitable, era su
certeza sobre los daños morales que acarrearía. Entre
las distinciones que caracterizaron a este hombre extraordinario -un
hombre de estado cuya visión ensalzaron tanto ‘Abdu’l-Bahá como Shoghi Effendi-
figura su convicción de que el embrutecimiento del ser humano sería el peor
legado de esta tragedia que por entonces asolaba Europa, un legado cuya
corrección trascendía toda capacidad humana.[37]

La reflexión sobre la magnitud de los sufrimientos experimentados por la
humanidad en los cuatro años de guerra, -y los reveses propinados al largo y
doloroso proceso de civilización del ser humano- confieren trágica fuerza a las
palabras que el Maestro había dirigido tan sólo dos o tres años antes a los
auditorios de diferentes ciudades europeas (Londres, París, Viena, Budapest y
Stuttgart) y norteamericanas. Hablando cierta noche en el hogar de los Maxwell
en Montreal, había dicho:

Hoy día, el mundo de la humanidad camina en la
oscuridad debido a que ha perdido contacto con el mundo de Dios. Por ello no
percibimos los signos de Dios en los corazones de los hombres. El poder del
Espíritu Santo ya no ejerce influencia. Cuando la iluminación espiritual divina
se hace manifiesta en el mundo de la humanidad, cuando la instrucción y la guía
divinas hacen acto de presencia, es entonces cuando tiene lugar la iluminación,
cuando cobra forma dentro de él un nuevo espíritu, desciende un nuevo poder y
es dada una nueva vida. Es como nacer del reino animal al reino del hombre
(...) Rezaré, como vosotros asimismo debéis rezar, pidiendo que tal favor
celestial se vea cumplido; para que sean desterradas las luchas y la enemistad,
para que desaparezca la guerra y el derramamiento de sangre; para que los
corazones consigan comunicación ideal y para que todas las gentes beban de la
misma fuente.[38 ABC, pp. 31-32]

El vengativo tratado de paz que las potencias aliadas impusieron a los
vencidos sólo consiguió, tal como ‘Abdu’l-Bahá y Shoghi Effendi han señalado,
sembrar la semilla de otro conflicto aún más terrible. Las ruinosas
reparaciones de guerra exigidas a los derrotados -y la injusticia que les
obligaba a aceptar toda la culpa por una guerra de la que cada una de las
partes era, en una medida u otra, responsable- figuran entre los factores que
prepararían a los desmoralizados pueblos de Europa a abrazar unas promesas
totalitarias de alivio que, de lo contrario, quizá no habrían contemplado.

Irónicamente, por más severas que fuesen las reparaciones exigidas a los
vencidos, los supuestos vencedores cayeron penosamente en la cuenta de que su
triunfo -y las exigencias anejas de rendición incondicional- aparejaban un
precio igualmente devastador. Las impresionantes deudas de guerra pusieron fin
para siempre a la hegemonía económica que las naciones europeas habían logrado
sobre el resto del planeta a lo largo de tres siglos de explotación
imperialista. La muerte de millones de jóvenes, cuyas vidas hubieran sido
urgentemente necesarias para afrontar los desafíos de las décadas ulteriores
supuso una pérdida irrecuperable por siempre jamás. En efecto, la propia Europa
-que apenas unos pocos años antes había representado la cumbre visible de la
civilización y poderío mundiales- perdió a un tiempo su preeminencia y comenzó
el deslizamiento imparable de los decenios siguientes hacia su estatus como
elemento auxiliar del nuevo centro ascendente de poder: Estados Unidos.

Inicialmente, parecía que la visión de futuro concebida por Woodrow Wilson
llegaría a cumplirse ahora. En parte sí se cumplió, en la medida en que los
pueblos sometidos de toda Europa conseguían la libertad para dirigir sus
propios destinos al resurgir como una serie de estados nacionales de entre las
ruinas de antiguos imperios. Más aún, los “Catorce Puntos” del Presidente
infundieron a sus declaraciones públicas una autoridad moral tan grande en la
mente de millones de europeos que ni siquiera el más recalcitrante de sus
colegas de las potencias aliadas hubiera podido desatender por completo sus
deseos. A pesar de meses de porfía en torno a las colonias, fronteras y
cláusulas insertas en el texto del tratado de paz, los acuerdos de Versalles
acomodaron una versión atenuada de la propuesta Sociedad de Naciones, una
institución que, se confiaba, podría solventar futuras disputas entre naciones
poniendo orden y concierto en los asuntos internacionales.

El comentario de Shoghi Effendi sobre el significado de esta histórica
iniciativa exige reflexión por parte de todo bahá’í que desee comprender los
acontecimientos de este siglo turbulento. Al describir dos acontecimientos
estrechamente relacionados que suelen vincularse al surgimiento de la paz
mundial, recalca el hecho de que están “destinados a culminar, en la plenitud
del tiempo, en una sola gloriosa consumación” [39]. El primero lo relaciona el
Guardián con la misión de la comunidad bahá’í del continente norteamericano; el
segundo, con el destino de Estados Unidos en tanto nación. Hablando de este
último fenómeno, que se remontaba al estallido de la primera guerra mundial,
Shoghi Effendi escribe:

Recibió su impulso inicial mediante la formulación
de los Catorce Puntos del Presidente Wilson, relacionando estrechamente por
primera vez a esa república con los destinos del Viejo Mundo. Sufrió su primer
revés al desvincularse dicha república de la recién nacida Sociedad de Naciones
que aquel Presidente se había afanado por crear (...) Y sin embargo, por muy
larga y tortuosa que sea la senda, debe conducir, mediante una serie de victorias
y reveses, a la unificación política de los Hemisferios oriental y occidental,
al surgimiento de un gobierno mundial y al establecimiento de la Paz Menor, tal
como lo predice Bahá’u’lláh y vaticinó el profeta Isaías. Finalmente ha de
culminar en el despliegue del estandarte de la Más Grande Paz, en la Edad de
Oro de la Dispensación de Bahá’u’lláh.[40]

Cuán trágico, pues, fue el destino de la concepción que había inspirado los
esfuerzos del presidente norteamericano. No tardó en descubrirse que la Sociedad
de Naciones había nacido muerta. Aunque incluía rasgos tales como un poder
legislativo, judicial y ejecutivo, así como su propia burocracia, se le había
negado la autoridad esencial para realizar los cometidos para los que de forma
ostensible había sido ideada. Atrapada en la concepción decimonónica de una
soberanía nacional ilimitada, sólo podía tomar decisiones con el consentimiento
unánime de los Estados miembros, un requisito que en su mayor parte descartaba
cualquier actuación efectiva.[41] La vacuidad del sistema quedó puesta en
evidencia, igualmente, al no incluir a algunos de los países más poderosos del
mundo: Alemania había sido rechazada como nación derrotada y responsable de la
guerra; Rusia vio denegado su acceso debido a su régimen bolchevique, y Estados
Unidos mismo rechazó, como consecuencia de la cerrazón partidista en el
Congreso, sumarse a la Sociedad o ratificar el tratado. Irónicamente, incluso
los tibios esfuerzos realizados para proteger a las minorías étnicas que vivían
en los estados nacionales recién creados se demostraron poco más que armas
arrojadizas para los continuos conflictos fratricidas en Europa.

En suma, precisamente en un momento de la historia humana en que un
estallido de violencia sin precedentes carcomía los venerables bastiones que
marcaban la pauta de la vida civilizada, los dirigentes políticos del mundo
occidental castraban el único sistema alternativo de orden internacional
surgido de la experiencia de la gran catástrofe, el único sistema que podía
haber aliviado el sufrimiento aún mayor que acechaba. Sirvan de contrapunto las
proféticas palabras de ‘Abdu’l-Bahá: “Paz, paz (...) proclaman sin cesar los
labios de los potentados y pueblos, en tanto que el fuego de odios sin apagar
todavía rescolda en sus corazones”. “Los males que padece el mundo hoy día”,
añadió en 1920, “se multiplicarán; la lobreguez que lo envuelve se espesará
(...) las potencias derrotadas continuarán agitándose. Recurrirán a todas las
medidas con tal de reavivar la llama de la guerra”.[42]

*

Mientras el infierno de la guerra se apoderaba del mundo, ‘Abdu’l-Bahá
dirigió Su atención a la única tarea de Su ministerio aún pendiente: asegurar
la proclamación por los rincones más recónditos de la Tierra de ese mismo
mensaje igualmente desoído o rechazado por las sociedades islámicas y
occidentales. El instrumento que concibió para este fin fue el Plan Divino,
dispuesto en catorce grandes Tablas, cuatro de las cuales iban dirigidas a la
comunidad bahá’í de Norteamérica y 10 de forma subsidiaria a cinco segmentos
específicos de dicha comunidad. Junto con la Tabla del Carmelo de Bahá’u’lláh y
el Testamento del Maestro, las Tablas del Plan Divino fueron descritas por
Shoghi Effendi como las tres “Cartas Fundacionales” de la Causa. El Plan
Divino, revelado durante los años aciagos de la guerra, entre 1916 y 1917,
emplazaba al pequeño conjunto de creyentes norteamericanos y canadienses a
asumir el papel rector en el establecimiento de la Causa de Dios por todo el
planeta. La repercusiones de esta encomienda eran asombrosas. En palabras del
Maestro:

La esperanza que acaricia ‘Abdu’l-Bahá para vosotros es que el mismo
triunfo que fue cosechado por vuestros esfuerzos en América corone vuestros
afanes en otras partes del mundo, que a través de vosotros se extienda la fama
de la Causa de Dios por todo el Oriente y Occidente, y que el advenimiento del
Reino del Señor de las Huestes se proclame en los cinco continentes del globo.
En el momento en que este Mensaje divino sea trasladado por los creyentes norteamericanos
desde las orillas de América y se propague por los continentes de Europa, Asia,
África y Australia, y hasta las distantes islas del Pacífico, esta comunidad se
encontrará firmemente establecida en el trono de dominio sempiterno. Entonces
todos los pueblos del mundo presenciarán que esta comunidad está iluminada
espiritualmente y divinamente guiada. Entonces la tierra entera resonará con
las alabanzas de su majestad y grandeza (...) [43]

Shoghi Effendi nos recuerda que esta misión histórica, descrita por él como
“el derecho de nacimiento de la Comunidad bahá’í norteamericana” [44], se funda
en las palabras de las dos Manifestaciones de Dios dirigidas a la edad de la
madurez de la humanidad. Se dio a conocer por vez primera en palabras del Báb, Quien
emplazó a los “pueblos de Occidente” a “salir de vuestras ciudades”, para
“ayudar a Dios hasta el Día en que el Señor de Misericordia descenderá sobre
vosotros a la sombra de las nubes (...)”, y para llegar a ser “verdaderos
hermanos en la única e indivisible religión de Dios, libres de distinción,
(...) de modo que os veáis reflejados en ellos, y ellos en vosotros” [45]. En
el emplazamiento que dirigió a los “gobernantes de América y los Presidentes de
sus Repúblicas”, el propio Bahá’u’lláh trasmitió un mandato que carece de
paralelo entre todos Sus pronunciamientos destinados a los dirigentes
mundiales: “ Al quebrantado, vendadlo con las manos de la justicia, y al
opresor floreciente, aplastadlo con la vara de los mandamientos de vuestro
Señor, el Ordenador, el Omnisciente”.[46] Fue también Bahá’u’lláh Quien enunció
una de las verdades más profundas sobre el proceso que informa el
desenvolvimiento de la civilización: “La Luz de su Revelación ha despuntado en
el Oriente; los signos de su dominio han aparecido en el Occidente. Examinad
esto en vuestros corazones, oh pueblo (...)”.[47]

Aunque el Plan Divino iba a quedar “en suspenso” , tal como el Guardián
habría de manifestar más tarde, hasta que se diera cuerpo al necesario sistema
que habría de ejecutarlo, ‘Abdu’l-Bahá había seleccionado, facultado y
transmitido un mandato a una compañía de creyentes que encabezaría el
lanzamiento de la empresa. La propia vida del Maestro se acercaba rápidamente a
su fin; empero, los tres últimos años tras la conclusión de la guerra mundial,
vistos retrospectivamente, parecen dar una idea de las victorias que la propia
Causa habría de cosechar a lo largo del siglo. Las condiciones cambiantes de
Tierra Santa permitieron que el Maestro prosiguiera Sus labores sin estorbos,
pudiendo crear las condiciones en que el brillo de Su mente y espíritu habrían
de extender su influencia sobre los oficiales de Gobierno, los dignatarios de
toda condición que solían visitarle, y las diversas comunidades que constituían
la población de Tierra Santa. La propia Potencia Mandataria procuró expresar su
aprecio por el efecto integrador de Su ejemplo y labores filantrópicas
confiriéndole el rango de Caballero [48]. Más importante aún, un renovado flujo
del peregrinos y de Tablas dirigidas a las comunidades bahá’ís tanto de Oriente
como de Occidente estimularon una expansión de las labores de enseñanza y una
mayor comprensión por parte de los amigos acerca de las implicaciones del
mensaje bahá’í.

Quizá nada ilustra con mayor viveza el triunfo espiritual alcanzado por el
Maestro en el Centro Mundial de la Fe como los acontecimientos vividos en Haifa
tras Su ascensión, ocurrida en la madrugada del 28 de noviembre 1921. Al día
siguiente una enorme multitud de miles de personas, representativas de las
diversas razas y sectas de la región, seguía los pasos del cortejo fúnebre
hasta las faldas del Monte Carmelo en un sentido duelo tal como la ciudad jamás
había presenciado. Encabezaban el paso representantes del Gobierno británico,
miembros de la comunidad diplomática y las máximas dignidades de todas las
confesiones religiosas de la zona, varias de las cuales participaron en los
oficios celebrados en el Santuario del Báb. El duelo de los concurrentes -real,
incontenido y solidario- reflejaba el súbito reconocimiento de que se había
producido la pérdida de una Figura cuyo ejemplo había sido foco de unidad en un
territorio airado y dividido. Para los dotados de visión, todo ello era en sí
mismo una reivindicación de la unidad de la humanidad que incansablemente
proclamara el Maestro.

IV

Con el
fallecimiento de ‘Abdu’l-Bahá, tocaba a su fin la Edad Apostólica de la Causa.
La intervención divina que había comenzado setenta años antes, la noche en que
el Báb declaró Su misión a Mullá ?usayn -y el propio ‘Abdu’l-Bahá había nacido-, concluía su trabajo. En
palabras de Shoghi Effendi, había sido “un período con cuyos esplendores no
podría compararse ninguna victoria, por más que brillante, de esta época o del
futuro (...)” [49]. Adelante quedaban los mil o miles de años en los que las
potencialidades que esta fuerza creativa ha implantado en la conciencia humana
habrán de desplegarse gradualmente.

La contemplación de tan magna coyuntura en la historia de la civilización
subraya en marcado contraste la Figura cuya naturaleza y papel han sido únicos
en estos seis mil años de proceso histórico. Bahá’u’lláh denominó a
‘Abdu’l-Bahá “el Misterio de Dios”. Shoghi Effendi Lo describió como “el Centro
y Pivote” de la Alianza de Bahá’u’lláh, el “Ejemplo perfecto” de las enseñanzas
de la Revelación de Dios para la edad de la madurez humana, y el “Venero de la
Unidad de la Humanidad”. Ningún fenómeno que pueda compararse en modo alguno
con Su aparición ha caracterizado a ninguna de las Revelaciones divinas que
alumbraran a los demás grandes sistemas religiosos de la historia; y todos
éstos han sido esencialmente etapas que preparaban a la humanidad para su
madurez. ‘Abdu’l-Bahá fue la Creación suprema de Bahá’u’lláh, el Ser que hizo
posible todo lo demás. Comprender esta verdad es lo que impulsó a escribir lo
que sigue a un perspicaz creyente bahá’í norteamericano:

Correspondía ahora hacer entrega del mensaje de
Dios, y no había humanidad que escuchase este mensaje. Por tanto, Dios concedió
al mundo a ‘Abdu’l-Bahá. ‘Abdu’l-Bahá recibió el mensaje de Bahá’u’lláh en
nombre de la raza humana. Él escuchó la voz de Dios; quedó inspirado por el
espíritu; alcanzó una conciencia y comprensión completas del significado de
este mensaje, y comprometió a la raza humana a que respondiese a la voz de Dios
(...) para mí ésa es la Alianza: el
que hubiera en esta tierra alguien que pudiera actuar como representante de una
raza todavía sin crear. Había sólo tribus, familias, credos, clases, etcétera,
pero no había hombre alguno excepto ‘Abdu’l-Bahá, y ‘Abdu’l-Bahá, en tanto
hombre, hizo Suyo el mensaje de Bahá’u’lláh prometiendo a Dios que atraería al
pueblo a la unidad de la humanidad, y que crearía una humanidad que pudiera ser
cauce de las leyes de Dios [50].

Al comenzar Su misión sin auxilio alguno, en calidad de prisionero de un
ignorante régimen brutal y asediado implacablemente por hermanos infieles que,
en última instancia, deseaban Su muerte, el Maestro hizo de la comunidad persa
bahá’í una espléndida demostración del desarrollo social que la Causa podía
originar, inspiró la expansión de la Fe por todo Oriente, alzó comunidades de
creyentes devotos a lo largo de Occidente, diseñó un plan para la expansión
mundial de la Causa, Se granjeó el respeto y la admiración de las autoridades
del pensamiento allá donde alcanzó Su influencia, y proporcionó a los
seguidores de Bahá’u’lláh de todo el mundo un conjunto inmenso de orientaciones
autoritativas relacionadas con el propósito de las leyes y enseñanzas de la Fe.
Con enorme dolor y dificultades, erigió sobre las laderas del Monte Carmelo el
Santuario que aloja los restos mortales del martirizado Báb, punto focal de los
procesos mediante los cuales habrá de organizarse gradualmente la vida de
nuestro planeta. Mediante todo ello, y en cada una de las menores ocasiones de
una vida repleta de cuitas y exigencias de toda clase -una vida expuesta en
todo tiempo al examen de amigos y enemigos por igual- aseguró Él que la
posteridad recibiese el tesoro con el que poetas, filósofos y místicos han
soñado en toda época: un dechado de inmaculada perfección humana.

Y por último, fue ‘Abdu’l-Bahá Quien garantizó que el Orden Divino
concebido por Bahá’u’lláh para la unificación de la raza humana y la
institución de la justicia en la vida colectiva de la humanidad quedase
provisto de los medios requeridos para realizar el propósito de su Fundador.
Para que exista la unidad entre los seres humanos, incluso en el plano más
sencillo, han de darse dos condiciones. Quienes participen deben en primer
lugar estar de acuerdo sobre la naturaleza de la realidad, puesto que ello
afecta a sus relaciones mutuas y su trato con el mundo fenoménico. En segundo
lugar deben dar asentimiento a algún medio reconocido y autorizado que permita
la adopción de las decisiones que han de afectar a su relación recíproca y
determinar sus metas colectivas.

La unidad no es meramente una condición que surja de ciertos sentimientos
de buena voluntad mutua o de propósito común, por más profundos y sinceros que
sean esos sentimientos, del mismo modo que un organismo no es mero producto de
la asociación fortuita y amorfa de varios elementos. La unidad es un fenómeno
de poder creativo, cuya existencia se hace aparente a través de los efectos que
produce la acción colectiva y cuya ausencia queda en evidencia por la
impotencia de tales esfuerzos. Por muy limitada que haya estado frecuentemente
debido a la ignorancia y la perversidad, dicha fuerza ha sido la influencia
primaria que ha impulsado el avance de la civilización, ha alumbrado códigos de
leyes, instituciones sociales y políticas, obras artísticas, innumerables
logros tecnológicos, grandes avances morales, la prosperidad material, y
dilatados períodos de paz pública cuyo resplandor ha pervivido en el recuerdo
de las generaciones ulteriores como soñadas “épocas de oro”.

Mediante la Revelación transmitida por Dios a una humanidad llegada a su
madurez, las plenas potencialidades de esta fuerza creativa han sido liberados,
al fin, dando lugar a los medios necesarios para la realización del propósito
divino. En Su Testamento, descrito por Shoghi Effendi como la “Carta
Fundacional” del Orden Administrativo, ‘Abdu’l-Bahá pormenorizó la naturaleza y
papel de las dos instituciones que son Sus sucesoras designadas y cuyas funciones
complementarias garantizan la unidad de la Causa bahá’í y el logro de su misión
mientras dure la Dispensación: la Guardianía y la Casa Universal de Justicia.
Puso un énfasis especialmente intenso en la autoridad que así se transmitía:

Cualquier cosa que ellos decidan es de Dios. Quienquiera que no le obedezca
a él o a ellos, no ha obedecido a Dios; quienquiera que se rebele contra él o
contra ellos, se ha rebelado contra Dios; quienquiera que se le oponga a él se
ha opuesto a Dios; quienquiera que dispute con ellos, ha disputado con Dios
(...) [51]

Shoghi Effendi ha
explicado el significado de este Texto extraordinario:

El Orden Administrativo que este Documento
histórico ha establecido, conviene señalar, es, en virtud de su origen y
carácter, único en los anales de los sistemas religiosos del mundo. Ningún
Profeta anterior a Bahá’u’lláh -puede afirmarse con seguridad-, (...) ha
establecido, de forma autorizada y por escrito, nada comparable al Orden
Administrativo que ha instituido el Intérprete autorizado de las enseñanzas de
Bahá’u’lláh, Orden que (...) habrá de resguardar del cisma, de una manera sin
parangón en ninguna religión previa, a la Fe de la cual ha brotado.[52]

Antes de la lectura y promulgación del Testamento, la gran mayoría de los
miembros de la Fe daban por descontado que la siguiente etapa en la evolución
de la Causa sería la elección de la Casa Universal de Justicia, la institución
fundada por el propio Bahá’u’lláh en el Kitáb-i-Aqdas como órgano rector del
mundo bahá’í. Un hecho cuya comprensión reviste importancia para los bahá’ís
actuales es que antes de entonces el concepto de Guardianía era desconocido en
la comunidad bahá’í. Grande fue la alegría al tenerse noticia de la distinción
singular que el Maestro había conferido a Shoghi Effendi y de la continuidad
que este papel daba al vínculo establecido con los Fundadores de la Fe. Hasta
entonces, sin embargo, se desconocía que la intención de Bahá’u’lláh fuera la
de dar lugar a tal institución y la función de interpretación que le correspondería
cumplir, una función cuya importancia vital desde entonces se ha hecho evidente
y que el conocimiento posterior muestra claramente que estaba implícita en
determinados Escritos Suyos.

Lo que desbordaba la imaginación de cualquier persona de aquel entonces,
fieles o no, fue la transformación que el Testamento del Maestro iba a producir
en la vida de la Causa. “Si supieras lo que ha de venir después de Mí”, había
declarado ‘Abdu’l-Bahá, “sin duda desearías que mi fin se apresure”.[53]

V

Para reconocer el
puesto de la Guardianía en la historia bahá’í debemos empezar por una
consideración objetiva sobre las circunstancias en las que hubo de llevarse a
efecto la misión de Shoghi Effendi. Especialmente importante es el hecho de que
la primera mitad de este ministerio se desarrollase durante el período de
entreguerras, un período caracterizado por una incertidumbre y ansiedad
acentuadas en todas las facetas de la vida humana. Por un lado, se habían
realizado avances significativos para superar las barreras entre naciones y
clases; por otro lado, la impotencia política y la parálisis económica
resultante limitaron en gran medida los esfuerzos realizados para aprovechar
estos avances. Cundía por doquier la sensación de que hacía falta urgentemente
una redefinición profunda de la sociedad y el papel que habían de desempeñar en
ellas las instituciones; en definitiva, claro es, hacía falta una redefinición
del propósito de la vida humana misma.

Al término de la primera guerra mundial la humanidad se veía, en algunos
respectos importantes, capaz de explorar posibilidades jamás imaginadas con
anterioridad. Por toda Europa y Cercano Oriente habían quedado barridos los
sistemas absolutistas que habían figurado entre las barreras más poderosas
contra la unidad. Asimismo, en gran medida y por doquier eran puestos en
entredicho los fosilizados dogmas religiosos que habían prestado apoyo moral a
las fuerzas del conflicto y la alienación. Los pueblos antes sometidos
disponían ahora de libertad para trazar los planes que regirían sus destinos
futuros, asumiendo así responsabilidad sobre sus relaciones mutuas por la vía
de los nuevos estados nacionales que creara el tratado de Versalles. El mismo
ingenio que se había dedicado a producir armas de destrucción empezaba a
dedicarse a las tareas desafiantes, pero gratificadoras, de la expansión
económica. De los días más sombríos de la guerra habían aflorado historias
conmovedoras, tales como la que impulsó a los soldados británicos y alemanes a
abandonar brevemente los mataderos de las trincheras para conmemorar juntos el
nacimiento de Cristo, hecho en el que se adivinaba una vislumbre de la unidad
de la raza humana que el Maestro había proclamado incansablemente en Sus viajes
por ese mismo continente [54]. Más importante aún, un esfuerzo extraordinario
de imaginación había llevado a que la humanidad diera un paso adelante en su
unificación. Los dirigentes mundiales, bien que a su pesar, habían creado un
sistema consultivo internacional que, aun estando desgarrado por intereses
creados, confería al ideal de un orden internacional su primer amago de forma y
estructura.

El propio despertar de la postguerra se expresó en todos los rincones del
mundo. Bajo la dirección de Sun Yat-sen, el pueblo chino arrojaba por la borda
el decadente régimen imperial que había malogrado el bienestar del país, y se
aprestaba a sentar las bases para el renacer de su antigua grandeza. A través
de Latinoamérica, pese a terribles y reiterados reveses, los movimientos
populares pugnaban igualmente por recobrar el control de los destinos de sus
países y hacer uso de los inmensos recursos naturales del continente. En la
India, una de las figuras más señeras del siglo, Mohandas Gandhi, se embarcaba
en una empresa que no sólo habría de revolucionar la trayectoria de su país,
sino que además permitió demostrar de forma concluyente ante el mundo lo que la
fuerza espiritual puede lograr. África todavía aguardaba a su hora predestinada
al igual que los habitantes de otras tierras coloniales; aun así, para cualquiera
con ojos para ver, era claro que estaba en marcha un proceso de cambio que, en
última instancia, no podría atajarse puesto que representaba los anhelos
universales de la humanidad.

Dichos avances, por más que esperanzadores, no podían ocultar la tragedia
histórica ocurrida. Durante la segunda mitad del siglo XIX, la proclamación del
Día de Dios que Bahá’u’lláh hizo llegar a los gobernantes de la época, en cuyas
manos reposaban los destinos de la humanidad, o bien había sido rechazada o
bien había sido desoída por sus destinatarios tanto de Oriente como de
Occidente. Recapacitar sobre tamaña quiebra de fe arroja una perspectiva
aleccionadora sobre la respuesta subsiguiente que recibió la misión de
‘Abdu’l-Bahá en Occidente. Si bien cabe alegrarse de las alabanzas volcadas
desde todos los ámbitos sobre el Maestro, los resultados inmediatos de Sus
esfuerzos traslucían el inmenso fracaso moral de una porción considerable de la
humanidad y de sus rectores. El mismo mensaje que fuera acallado en Oriente sufría
en lo esencial idéntico desaire por parte del mundo occidental, presto a
deslizarse por el sendero de la ruina que desde tiempo atrás se había ido
labrando con su engreída complacencia, hasta desembocar, finalmente, en la
traición del ideal que encarnaba la Sociedad de Naciones.

En consecuencia, los dos decenios que siguieron a la asunción de
responsabilidades por parte de Shoghi Effendi de reivindicar la Causa de Dios
fueron un período de penumbra creciente en todo el mundo occidental, hecho que
parecía reflejar un colosal revés en el proceso de integración y
esclarecimiento tan confiadamente proclamado por el Maestro. Era como si la
vida política, social y económica hubieran desembocado en una especie de limbo.
Surgieron graves dudas sobre si la tradición liberal democrática sería capaz de
afrontar los problemas de la época; y, en efecto, en varios países europeos,
los gobiernos inspirados por tales principios se vieron reemplazados por
regímenes autoritarios. Muy pronto, el desplome económico de 1929 abocó a la
reducción general del bienestar material, con todas las inseguridades morales y
psicológicas que se derivaron de ello.

Apreciar estas circunstancias nos ayuda a comprender la magnitud del
desafío que hubo de afrontar Shoghi Effendi al comienzo de su ministerio. Por
lo que respecta a la condición objetiva de la humanidad, tal como la conoció,
nada había que inspirase confianza en que la visión del nuevo mundo que le
fuera legada al Guardián por los Fundadores de la Causa bahá’í pudiera abrirse
paso significativamente fuera cual fuese el plazo que le hubiera sido concedido
vivir.

El instrumento de que disponía tampoco parecía haber alcanzado el fuste, la
elasticidad o la complejidad requeridas por la empresa. En 1923, cuando Shoghi
Effendi pudo asumir finalmente la plena dirección de la Causa, el grueso de los
seguidores de Bahá’u’lláh consistía en el conjunto de los creyentes de Irán, de
cuyo número apenas cabía entonces realizar cálculos fiables. Carente de una
mayoría de los medios necesarios para la promoción de la Causa, y gravemente
limitada en sus recursos materiales, la comunidad iraní sufría los embates de
un continuo acoso. En Norteamérica, tras serles encomendadas las
responsabilidades descomunales del Plan Divino, las pequeñas comunidades de
creyentes se debatían con las dificultades inmediatas de ganarse el sustento
para sí y sus familias a medida que se agudizaba la crisis económica. En
Europa, Australasia y el Lejano Oriente, la antorcha de la fe se mantenía
encendida gracias a grupos bahá’ís incluso más pequeños, al igual que lo hacían
los grupos, familias y creyentes aislados esparcidos por el resto del globo. La
bibliografía, incluso en inglés, resultaba inadecuada, y la tarea de traducir
los Escritos a otros idiomas principales o de allegar los fondos para su
publicación representaba una carga casi imposible.

Aunque la visión transmitida por el Maestro ardía más brillante que nunca,
los medios a su disposición debieron de representárseles a los bahá’ís
penosamente inadecuados frente a las condiciones imperantes. Los toscos y
negros cimientos del futuro Templo Madre de Occidente, que dominaba el lago al
norte de Chicago, parecían una burla frente a la brillante concepción que había
deslumbrado al mundo arquitectónico tan sólo años antes. En Bagdad, la “Casa
Más Sagrada”, designada por Bahá’u’lláh como el centro focal de peregrinación
bahá’í, había sido capturada por oponentes de la Fe. En la propia Tierra Santa,
la Mansión de Bahá’u’lláh caía en ruinas como consecuencia de la incuria de los
violadores de la Alianza que la ocupaban, y el Santuario que albergaba los
preciosos restos del Báb y de ‘Abdu’l-Bahá apenas había pasado de ser la simple
estructura de piedra alzada por el Maestro.

Una serie de consultas exploratorias celebradas con bahá’ís destacados dejó
patente ante el Guardián que incluso una discusión formal con creyentes
cualificados sobre la creación de una secretaría internacional no sólo sería
inútil, sino probablemente contraproducente. Por tanto, fue en soledad como
Shoghi Effendi acometió la tarea de dar impulso a la inmensa empresa que le
fuera confiada en sus manos. Cuán completamente solo se halló es algo casi
imposible de comprender para la presente generación de bahá’ís; mas en la
medida en que se advierte, el resultado se revela agudamente doloroso.

Al comienzo, el Guardián dio por descontado que los miembros de la familia
extensa del Maestro, Cuyo distinguido ascendiente les había procurado inmenso
respeto por parte de los bahá’ís de todo el mundo, acogerían la oportunidad de
ayudarle en la realización del propósito que el Maestro había establecido con
un lenguaje tan imperativo y conmovedor. En consecuencia invitó a sus hermanos,
primos y a una de sus hermanas, cuya educación los capacitaba para semejantes cometidos,
a proporcionar el apoyo administrativo que exigía la labor de la Guardianía.
Trágicamente, con el paso del tiempo, todas y cada una de estas personas se
demostraron insatisfechas e indiferentes al papel de apoyo que se les había
encomendado. Cosa mucho más seria, Shoghi Effendi hubo de afrontar una
situación en la que la autoridad que le había sido conferida, aunque expresada
en términos tajantes en el Testamento, se miraba entre sus familiares como
revestidas de un carácter relativamente nominal. Estas personas prefirieron
considerar que la jefatura de la Fe era esencialmente un asunto familiar en el
que habría de concederse gran peso a los puntos de vista de las figuras de más
edad, supuestamente mejor cualificadas para ejercer tal prerrogativa. Comenzando
por demostraciones de hosca resistencia, la situación experimentó un continuo
deterioro hasta el extremo de que en determinado momento los hijos y nietos de
‘Abdu’l-Bahá se arrogaron la libertad de mostrar su desacuerdo con el sucesor
designado y de desobedecer sus instrucciones.

Rú?íyyih Khánum,
testigo de las últimas etapas de este proceso degenerativo, padeció enormemente
al presenciar sus efectos en las labores de la Causa y en la persona del
Guardián. Hablando de esta situación escribe:

(...) hay que comprender la vieja historia de Caín y Abel, la historia de
los celos familiares que, cual sombría madeja en el tejer de la historia
entrecruza todas sus épocas, puede rastrearse en todos sus acontecimientos
(...). La debilidad del corazón humano, que tan a menudo se apega a un objeto
indigno, la debilidad de la mente humana, predispuesta al orgullo y
engreimiento en sus opiniones, sumergen a los seres humanos en un remolino de
emociones que ciegan su juicio y los desencaminan (...). Aunque este fenómeno
de la violación de la Alianza parece ser un aspecto inherente de la religión,
no quiere ello decir que carezca de efectos dañinos sobre la Causa (...). Sobre
todo, no significa que no se traduzca en un efecto devastador en el Centro de
la Alianza misma. La vida entera de Shoghi Effendi se vio ensombrecida por los
sañudos ataques personales vertidos contra su persona.[55]

Tan sombrío panorama arroja si acaso una luz más intensa sobre los méritos
de la Hoja Más Sagrada, hermana de ‘Abdu’l-Bahá y última superviviente de la
Edad Heroica de la Fe. Bahíyyih Khánum desempeñó un papel vital en la
salvaguarda de los intereses de la Causa a la muerte del Maestro, tiempo
durante el cual se convirtió en el único apoyo efectivo de Shoghi Effendi. Su
fidelidad despertó en su pluma los pasajes más hondamente conmovedores que
escribiera el Guardián. El apóstrofe que le dedicó a su muerte en 1932 queda
reflejado en una carta dirigida a los bahá’ís de “todo Occidente”, la cual reza
en parte:

Sólo las generaciones del futuro y plumas más
hábiles que la mía podrán rendir y rendirán digno tributo a la sobresaliente
grandeza de su vida espiritual, al papel señero que desempeñó durante las
etapas tumultuosas de la historia bahá’í, a las expresiones de incalificable
alabanza que brotaron de la pluma tanto de Bahá’u’lláh como de ‘Abdu’l-Bahá, el
Centro de Su Alianza, al influjo que ella ejerció en el curso de algunos de los
magnos acontecimientos en los anales de la Fe, aunque no haya quedado
registrado y en lo fundamental no tenga siquiera sospecha de ello la masa de
sus apasionados admiradores de Oriente y Occidente, igual que los sufrimientos
que padeció, los sacrificios que hizo, los raros dones de constante compasión
que ella demostraba tan sorprendentemente: éstos y otros muchos rasgos aparecen
tan inseparablemente entrelazados con el tejido de la propia Causa que ningún
historiador del futuro podrá permitirse desatenderlos o rebajarlos (...) ¿Cuál
de las bendiciones habré de referir, bendiciones que en su solicitud
incondicional derramó sobre mí en las horas más críticas y agitadas de mi vida?
Para mí, tan completamente necesitado de la gracia vivificante de Dios, ella
fue el símbolo viviente de muchos de los atributos que había aprendido a
admirar en ‘Abdu’l-Bahá.[56]

Durante largos años, el Guardián sintió que la protección de la Causa le
exigía mantener silencio sobre el deterioro de la situación de la Sagrada
Familia. Sólo cuando la oposición dio paso a un estallido de actos de abierto
desafío, que al final condujo a los familiares a la vergonzosa colaboración e
incluso matrimonio con miembros de la misma camarilla de violadores de la
Alianza (contra cuya traición había advertido el Testamento del Maestro en
términos vehementes) así como con una familia vecina profundamente hostil a la
Causa, sólo entonces se sintió forzado Shoghi Effendi a poner en evidencia ante
el mundo bahá’í la naturaleza de las fechorías con las que había tenido que
enfrentarse.[57]

Tan lamentable historia importa para una comprensión de la Causa en el
siglo XX no sólo, en términos del Guardián, por “los estragos” que ocasionó en
la Sagrada Familia, sino también por la luz que arroja sobre los desafíos
crecientes que la comunidad bahá’í habrá de arrostrar en los años futuros,
desafíos predichos en lenguaje explícito tanto por el Maestro como por el
Guardián. Aparte de la insinceridad que caracterizara a un crecido número de
ellos, los parientes de Shoghi Effendi demostraron tener poca o ninguna
conciencia de la naturaleza espiritual del papel que le había sido conferido en
el Testamento. El hecho de que la Revelación de Dios para la edad de la madurez
de la humanidad llevase aparejada, como rasgo central de su misión, la
autoridad esencial para la reestructuración del orden social representaba un
reto espiritual que apenas parecían capaces de comprender (si es que lo
intentaron alguna vez). El abandono en que dejaron al Guardián constituye una
lección que quedará para la posteridad a lo largo de los siglos de la
Dispensación bahá’í. El destino de esta compañía sumamente privilegiada, aunque
indigna, de seres humanos subraya ante los lectores de su historia tanto el
significado que reviste la Alianza de Bahá’u’lláh para la unificación de la
humanidad como las exigencias irrenunciables que impone a quienes se acogen a
su amparo.

*

Al considerar los acontecimientos del ministerio de Shoghi Effendi, los
bahá’ís deben hacer un esfuerzo imaginativo por contemplar, a través de sus
ojos, la naturaleza de la misión que le fuera otorgada. Nuestra guía la
constituye el conjunto de escritos que nos dejó. ‘Abdu’l-Bahá había proclamado
en incontables Tablas y alocuciones el principio axial del mensaje de
Bahá’u’lláh: “En esta maravillosa Revelación, este glorioso siglo, el cimiento
de la Fe de Dios, el rasgo distintivo de Su Ley lo constituye la conciencia de
la Unidad de la Humanidad” [58]. ‘Abdu’l-Bahá había sido igualmente enfático al
afirmar –como ya indicábamos– que los cambios revolucionarios que estaban
teniendo lugar en todos los ámbitos del quehacer humano convertían la
unificación de la humanidad en un objetivo realista. Fue esta visión la que,
durante 36 años de Guardianía, nutrió la fuerza organizadora presente en las
labores de Shoghi Effendi. Sus repercusiones fueron el tema de algunos de los
mensajes más importantes surgidos de su pluma. Al dirigirse Shoghi Effendi en
1931 a los amigos de Occidente, éste era el brillante panorama que exponía ante
su mirada:

El principio de la Unidad de la Humanidad -eje en torno al cual giran todas
las enseñanzas de Bahá’u’lláh- no es un mero brote de sentimentalismo ignorante
o una expresión de esperanzas vagas y piadosas. Su llamamiento no ha de
identificarse meramente con el renacer del espíritu de hermandad y buena
voluntad entre los hombres, ni tampoco aspira tan sólo a fomentar la colaboración
armoniosa entre los pueblos y naciones. Sus implicaciones son más profundas,
sus cimientos mayores que cualquiera de los que se Les permitiera presentar a
los Profetas de antaño. Su mensaje se aplica no sólo a la persona, sino que se
ocupa primordialmente de la naturaleza de las relaciones esenciales que deben
vincular a todos los Estados y naciones como miembros de una sola familia
humana (...) implica un cambio orgánico en la estructura de la sociedad actual,
un cambio tal como el mundo jamás ha experimentado (...) Requiere nada menos
que la reconstrucción y la desmilitarización del conjunto del mundo civilizado,
un mundo orgánicamente unificado en todos los aspectos esenciales de su
existencia, maquinaria política, aspiraciones espirituales, comercio y finanzas,
escritura e idioma, y no obstante infinito en cuanto a la diversidad de las
características nacionales de sus unidades federadas.[59]

Un concepto que se manifestaba con fuerza en los escritos del Guardián era
la metáfora orgánica con la que Bahá’u’lláh, y posteriormente ‘Abdu’l-Bahá,
había figurado el proceso milenario que iba a conducir a la humanidad hasta la
culminación de su historia colectiva. Dicha imagen metafórica consistía en la
analogía que puede trazarse entre, por un lado, las etapas en que la sociedad
humana se había organizado e integrado gradualmente, y, por otro lado, el
proceso mediante el cual cada ser humano se desarrolla lentamente pasando de
las limitaciones de la existencia infantil a los poderes de la madurez. La
metáfora aparece destacada en varios de los escritos en que Shoghi Effendi
alude a las transformaciones de nuestra época:

Las dilatadas etapas de infancia y niñez que tuvo
que recorrer la raza humana han sido relegadas a un segundo plano. La humanidad
experimenta ahora las conmociones invariablemente ligadas a la etapa más
turbulenta de su evolución, la etapa de adolescencia, en que la impetuosidad y
vehemencia juveniles llegan a su apogeo, y deben gradualmente verse
reemplazadas por la calma, la sabiduría y la sazón que caracterizan la etapa de
madurez.[60]

Meditar sobre esta gran concepción llevó a Shoghi Effendi a proporcionar al
mundo bahá’í una descripción coherente del futuro, la cual, desde entonces, ha
permitido que tres generaciones de creyentes puedan articular ante los
gobiernos, medios de difusión y público en general de todo el mundo la
perspectiva desde la cual la Fe bahá’í acomete sus labores:

La unidad de la raza humana, tal como la previera
Bahá’u’lláh, implica el establecimiento de una mancomunidad mundial en la que
todas las naciones, razas, credos y clases estén estrecha y permanentemente
unidos, y en la que la autonomía de sus Estados miembros y la libertad personal
e iniciativa de los individuos que la componen estén definitiva y completamente
salvaguardadas. Esa mancomunidad, en la medida en que podemos figurárnosla,
debe consistir en un poder legislativo mundial, cuyos miembros, en tanto
fiduciarios de la humanidad entera, controlarán en última instancia los
recursos enteros de todas las naciones constitutivas, y promulgarán las leyes
que se requieran para regular la vida, satisfacer las necesidades y ajustar las
relaciones de todas las razas y pueblos. Un ejecutivo mundial, respaldado por
una Fuerza internacional, pondrá en marcha las decisiones adoptadas, aplicará
las leyes promulgadas por ese poder legislativo mundial y salvaguardará la
unidad orgánica del conjunto de la mancomunidad. Un tribunal mundial fallará y
emitirá veredictos definitivos y obligatorios en todas y cada una de las desavenencias
que surjan entre los diversos elementos integrantes de ese sistema universal
(...) Se organizarán los recursos económicos del mundo, se aprovecharán y
utilizarán plenamente sus fuentes de materias primas, se coordinarán y
desarrollarán sus mercados, y se regulará equitativamente la distribución de
sus productos.[61]

Al presentar en “La Dispensación de Bahá’u’lláh” una interpretación
definitiva del Orden Administrativo, Shoghi Effendi formulaba una referencia
especial al papel que la institución que él mismo encarnaba iba a desempeñar al
permitir que la Causa adoptase “una amplia e ininterrumpida perspectiva sobre
una sucesión de generaciones (...)”. Tan singular legado se expresaba con
particular claridad al describir la naturaleza dual de los procesos históricos
que él veía desplegarse en el siglo XX. El panorama que configuraba el
escenario internacional –señaló–, iba a verse moldeada de modo creciente por
las dos fuerzas de “integración” y “desintegración”, las cuales, a la postre,
escapan al control humano. A la luz de lo que alcanza hoy día nuestra vista,
sus previsiones en torno a la operación de este proceso dual resultan
sobrecogedoras: la creación de “un mecanismo de intercomunicación mundial (...)
que habrá de funcionar con maravillosa celeridad y perfecta regularidad”[62];
la erosión del Estado nacional como árbitro principal de los destinos humanos;
los efectos pavorosos que la quiebra moral generalizada por todo el mundo
habría de tener en la cohesión social; la amplia desilusión pública provocada
por la corrupción política; e –inimaginable para otros contemporáneos– el auge
de los organismos mundiales dedicados a promover el bienestar humano, a
coordinar la actividad económica, definir los patrones internacionales y
fomentar un sentido de solidaridad entre las diversas razas y culturas. Estos y
otros acontecimientos –explicaba el Guardián– alterarían de modo fundamental
las condiciones en que la Causa bahá’í iba a proseguir su misión en los
decenios ulteriores.

Uno de los cambios sorprendentes de este género, y que Shoghi Effendi
apreció en las Escrituras que se vio llamado a interpretar, hacían referencia
al papel futuro de Estados Unidos como nación, y, en menor medida, de sus
naciones hermanas del hemisferio occidental. Su capacidad de visión resulta
tanto más notable por cuanto cabe recordar que escribía durante un período de
la historia en el que Estados Unidos se mostraba decididamente aislacionista
tanto en su política exterior como en las convicciones de una mayoría de sus
ciudadanos. Sin embargo, Shoghi Effendi previó que el país iba a ejercer un
“papel activo y decisivo (...) en la organización y resolución pacífica de los
asuntos de la humanidad”. Recordó a los bahá’ís el vaticinio de ‘Abdu’l-Bahá en
el sentido de que, debido a la naturaleza singular de su composición social y
desarrollo político –y no por alguna “excelencia inherente o mérito especial de
sus gentes”– Estados Unidos había desarrollado capacidades que la facultarían
para ser “la primera nación en sentar los cimientos del acuerdo internacional”.
En efecto, previó que los gobiernos y pueblos de todo el hemisferio acabarían
por orientarse en esta misma dirección.[63]

El papel que la comunidad bahá’í debe desempeñar para coadyuvar a esta
consumación del proceso histórico había quedado prefigurado en los
emplazamientos que, en el mismo momento en que nacía la Causa, dirigió el Báb a
Sus seguidores:

¡Oh Mis amados amigos! Sois los portadores del
nombre de Dios en este Día (...) Sois los humildes de quienes así ha hablado
Dios en Su Libro: “Y deseamos mostrar favor a quienes fueron humillados en la
tierra, y convertirlos en adalides espirituales entre los hombres y trocarlos
en herederos Nuestros”. Habéis sido llamados a esta posición; la alcanzaréis
sólo si os alzáis hollando bajo vuestros pies todo deseo terrenal y si os
afanáis por convertiros en “siervos honrados Suyos que no hablan hasta que Él
haya hablado, y que cumplen Su voluntad” (...) No reparéis en vuestra debilidad
o flaqueza; fijad vuestra mirada en el poder invencible del Señor, vuestro
Dios, el Todopoderoso (...) Alzaos en Su nombre, poned vuestra confianza
enteramente en Él y estad seguros de la victoria final” [64]

Ya en 1923, Shoghi Effendi se sintió movido a desahogar su corazón sobre
este tema ante los amigos de Norteamérica:

Recemos a Dios porque, en estos días de penumbra
universal, en que las fuerzas oscuras de la naturaleza, de odio, rebelión,
anarquía y reacción amenazan la estabilidad misma de la sociedad, en que los
frutos más preciosos de la civilización sufren pruebas severas y sin parangón,
podamos todos comprender, más profundamente que nunca, que aunque seamos un
mero puñado entre las agitadas masas del mundo, somos en este día los
instrumentos escogidos de la gracia de Dios, que nuestra misión es urgentísima
y esencial para el destino de la humanidad, y, así fortificados por estos
sentimientos, nos dispongamos a lograr la santa voluntad de Dios para con la
humanidad.[65]

*

Plenamente consciente de la condición en que se encontraba la sociedad, de
las consecuencias de la traición sufrida a manos de familiares en cuyo apoyo
debía haber podido confiar, y de la relativa debilidad de los recursos de la
propia comunidad bahá’í, Shoghi Effendi se dispuso a forjar los medios
necesarios para realizar la misión que le había sido encomendada en herencia.

Sin duda, la mayoría de los bahá’ís comprendía en alguna medida que las
asambleas que se les instaba a formar poseían un significado muy por encima de
la mera gestión de los asuntos prácticos que les había sido confiada.
‘Abdu’l-Bahá, Quien había guiado este proceso, Se había referido a ellas como:

(...) lámparas brillantes y jardines celestiales, desde los cuales se
difunden por todas las regiones las fragancias de santidad, y desde donde las luces
del conocimiento se derraman sobre todas las cosas creadas. De ellas brota en
todas direcciones el espíritu de la vida. Realmente, son fuentes potentes para
el progreso del hombre, en todo tiempo y en cualquier condición.[66]

No obstante, fue
Shoghi Effendi quien hubo de ayudar a que la comunidad comprendiese el lugar y
papel de estos cuerpos consultivos nacionales y locales en el marco del Orden
Administrativo creado por Bahá’u’lláh y elaborado en las disposiciones del
Testamento del Maestro. Un obstáculo que estorbaba a un número significativo de
creyentes en este sentido era la suposición gratuita según la cual muchos
entendían que la Causa era esencialmente una asociación “espiritual” en la que
la organización, aunque no necesariamente antitética, no constituía un rasgo
inherente del propósito divino. Al subrayar que el Kitáb-i-Aqdas y el
Testamento de ‘Abdu’l-Bahá “no sólo son complementarios, sino que (...) se
confirman mutuamente y constituyen partes inseparables de una unidad completa”
[67], el Guardián invitaba a los creyentes a reflexionar en profundidad en
torno a una de las verdades centrales de la Causa que habían abrazado:

Pocos dejarán de reconocer que el Espíritu insuflado por Bahá’u’lláh en el
mundo, y que se manifiesta en grados variables de intensidad mediante los
esfuerzos conscientemente desplegados por Sus valedores declarados e
indirectamente mediante ciertas organizaciones humanitarias, nunca podrá calar
y ejercer una influencia permanente en la humanidad hasta que no se encarne en
un Orden visible que porte Su nombre, se identifique plenamente con Sus
principios y funcione de conformidad con Sus leyes.[68]

Prosiguió encareciendo a los seguidores de la Fe a que comprendiesen la
diferencia esencial entre la Causa de Bahá’u’lláh, cuyos Textos revelados
contenían disposiciones detalladas para tal Orden autorizado, y las
Revelaciones preparatorias cuyas Escrituras en su mayor parte nada decían sobre
la administración de los asuntos y sobre la interpretación de la intención de
sus Fundadores. En palabras de Bahá’u’lláh: “En verdad, el Ciclo profético ha
terminado. Ha llegado ahora la Verdad eterna. Él ha izado la Enseña del Poder
(...)” [69]. A diferencia de las Dispensaciones del pasado, la Revelación de
Dios para esta época –aseguraba Shoghi Effendi– había alumbrado “un organismo
vivo”, cuyas leyes e instituciones constituían “los elementos esenciales de una
Economía Divina”, “un modelo para la sociedad del futuro”, y “el único
organismo para la unificación del mundo, y para la proclamación del reino de
rectitud y justicia sobre la tierra”.[70]

Por tanto, los amigos debían afanarse por apreciar –así instaba el
Guardián– que las Asambleas Espirituales que, a duras penas, se esforzaban por
establecer por todo el mundo, eran las precursoras de las “Casas de Justicia”
locales y nacionales previstas por Bahá’u’lláh. Como tales, eran parte
integrante de un Orden Administrativo que, a su debido tiempo, “hará valer su
derecho y demostrará su capacidad de ser considerado no sólo como el núcleo
sino como el modelo mismo del Nuevo Orden Mundial destinado a abrazar, en la
plenitud del tiempo, a la humanidad entera”.[71]

Para unas pocas personas de entre las jóvenes comunidades de Occidente, tal
desviación respecto de las concepciones tradicionales sobre la naturaleza y
papel de la religión se demostraron una prueba demasiado grande, por lo que las
comunidades bahá’ís sufrieron el dolor de ver cómo valiosos compañeros de
trabajo se desligaban en pos de empeños espirituales más próximos a sus inclinaciones.
Sin embargo para la gran mayoría de los creyentes, los grandes mensajes
surgidos de la pluma del Guardián, como por ejemplo “La meta de un Nuevo Orden
Mundial” y “La Dispensación de Bahá’u’lláh”, arrojaban una luz deslumbrante
precisamente sobre el tema que más les preocupaba -la relación entre la verdad
espiritual y el desarrollo social- inspirándoles la firme determinación de
desempeñar su parte en la cimentación del futuro de la humanidad.

El Guardián proporcionó, asimismo, la imagen organizativa que habría de
adoptar esta inmensa labor. La “Edad Heroica” de la Dispensación de
Bahá’u’lláh, declaró, había terminado con el fallecimiento de ‘Abdu’l-Bahá. La
comunidad bahá’í se embarcaba ahora en la “Edad de Hierro”, la “Edad
Formativa”, en la que el Orden Administrativo sería erigido en todo el planeta,
sus instituciones se establecerían y los poderes “constructivos de la sociedad”
inherentes a ella se revelarían por completo. Muy distante se encontraba lo que
Shoghi Effendi denominaba la “Edad de Oro” de la Dispensación, que habría de
llevar al surgimiento de la Mancomunidad Mundial bahá’í que constituirá el
establecimiento del Reino de Dios en la tierra y la creación de una
civilización mundial.[72] El impulso que se había comunicado inicialmente a las
conciencias mediante la revelación de la Palabra Creativa misma, cuyas
implicaciones sociales revolucionarias habían sido proclamadas por el Maestro,
estaba siendo ahora traducido por su intérprete designado al vocabulario de la
transformación política y económica en el que por doquier iba fraguándose el
discurso público del siglo. Concediendo al proceso una fuerza irresistible,
iluminando siempre nuevas dimensiones de la experiencia bahá’í, y sirviendo
como el venero de la unificación de la humanidad que proclamaba, se encontraba
la Alianza que Bahá’u’lláh había establecido entre Él mismo y los que se habían
vuelto hacia Él.

Aunque al principio no llegaron a designarse con el nombre de “Asambleas
Espirituales”, los consejos que las comunidades bahá’ís locales de Persia se
habían visto animadas por ‘Abdu’l-Bahá a crear habían asumido la
responsabilidad de la administración de sus asuntos. A la luz de lo que habría
de seguir, nadie con cierta perspectiva histórica dejará de asombrarse por el
hecho de que la primera Asamblea Espiritual de la Fe, la de Teherán, se fundase
en 1897, el año mismo que vio nacer a Shoghi Effendi. Bajo la guía del Maestro,
las reuniones intermitentes celebradas por las cuatro Manos de la Causa en
Persia llegaron a convertirse gradualmente en esta institución que sirvió
simultáneamente como “Asamblea Espiritual Central” de Persia y como el cuerpo
rector de la comunidad local establecida en la capital. Ya al fallecer
‘Abdu’l-Bahá, las Asambleas Espirituales Locales establecidas en Persia
superaban la treintena. En 1922 Shoghi Effendi hizo un llamamiento para el
establecimiento formal de la Asamblea Espiritual Nacional de Persia, un logro
aplazado hasta 1934 debido a la exigencia de adoptar un censo fiable de la
comunidad como base para la elección de los delegados.

Fuera de Persia, los creyentes de ‘Ishqábád, en el Turquestán ruso,
eligieron su primera Asamblea Espiritual Local, entidad que asumió un papel
importante en el proyecto para la construcción del primer Mashriqu’l-Adhkár
bahá’í, emplazado en ‘Ishqábád. En Norteamérica, una gama de entidades
consultivas -”Juntas de Consejo”, “Juntas Consejeras”, “Juntas de Consulta” y
“Comités de Trabajo”- desarrollaron funciones análogas, hasta evolucionar
gradualmente y convertirse en cuerpos electos, precursores de las Asambleas
Espirituales. Al fallecer el Maestro, quizá funcionaban en Norteamérica
cuarenta consejos de este género. Todos estos pasos allanaron el camino para el
nacimiento posterior de la primera Asamblea Espiritual Nacional de los Bahá’ís
de Estados Unidos y Canadá, la cual surgió de la “Junta de Unidad del Templo”,
organismo creado en 1909 para coordinar la construcción de la futura Casa de
Adoración. Se formó en 1923, aunque los requisitos administrativos sentados por
el Guardián para este paso sólo se cumplieron en 1925, fecha en la que se
habían establecido Asambleas Nacionales en las Islas Británicas, Alemania,
Austria, Egipto y Sudán.[73]

A medida que iban formándose las Asambleas Espirituales Nacionales y
Locales, el Guardián comenzó a recalcar la importancia de lograr que fueran
reconocidas como “personas jurídicas” acogidas a la ley civil. Al asegurar tal
personalidad jurídica, según la modalidad que fuera factible, las instituciones
administrativas bahá’ís quedaban habilitadas para gestionar propiedades,
celebrar contratos y asumir gradualmente una gama de derechos legales vitales
para los intereses de la Causa. La importancia que Shoghi Effendi atribuía a
esta nueva etapa de la evolución administrativa se pone de manifiesto en las
fotocopias de estos documentos civiles, las cuales comenzaron a convertirse en
un rasgo principal del despliegue fotográfico de la expansión de la Fe en los
volúmenes sucesivos de The Bahá’í World.
Más aún, una vez que la Mansión de Bahjí quedó plenamente recuperada y
restaurada a su condición original, y adecuadamente amueblada, Shoghi Effendi
reunió una colección de esta preciadísima documentación para exponerla allí
como aliciente y educación de la creciente afluencia de peregrinos que acudía
al Centro Mundial.

El proceso de reconocimiento legal comenzó con la adopción en 1927 de la
Declaración Fiduciaria y Estatutos de la Asamblea Espiritual Nacional de
Estados Unidos y Canadá, la cual alcanzó reconocimiento civil como asociación voluntaria
dos años después. El 17 de febrero de 1932 la primera Asamblea local bahá’í, la
de Chicago, adoptó una documentación de legalización que, junto con la
presentada por la de Nueva York el 31 de marzo de ese mismo año, habrían de
sentar la pauta para tales instrumentos en todo el mundo. Ya en 1949, la
Asamblea Espiritual Nacional de los Bahá’ís de Canadá- formada a raíz de la
separación en dos comunidades bahá’ís norteamericanas, ocurrida el año
anterior- pudo conseguir el reconocimiento formal de su condición jurídica ante
la ley civil gracias a una Ley especial aprobada por el Parlamento, victoria
que Shoghi Effendi aclamó como “un acto carente por completo de parangón en los
anales de la Fe de cualquier país, ya sea de Oriente u Occidente”.[74]

Estas apremiantes exigencias administrativas no distrajeron a Shoghi
Effendi de otras tareas que eran vitales para configurar la vida espiritual de
la comunidad global. La más importante de ellas fue la ardua tarea que sólo él
podía realizar, a saber, proporcionar a un conjunto creciente de creyentes que
carecían de antecedentes persas un acceso directo y fiable a los Escritos de
los Fundadores de la Fe. Las Palabras Ocultas, el Kitáb-i-Íqán, el inapreciable
tesoro recopilado con tanto amor y percepción bajo títulos como Pasajes de los Escritos de Bahá’u’lláh,
Oraciones y Meditaciones de Bahá’u’lláh y la Epístola al Hijo del Lobo
surtieron el alimento espiritual que las labores de la Causa requerían
urgentemente, como asimismo lo hiciera la traducción y edición que Shoghi
Effendi realizó de la “Narración” de Nabíl bajo el título Los Rompedores del Alba.

Los peregrinos bahá’ís obtuvieron enriquecimiento espiritual de otro género
en los Sagrados Lugares y en los emplazamientos históricos que el Guardián iba
adquiriendo -a menudo a expensas de negociaciones prolongadas y agotadoras- y
restaurando con tanto esmero. Fue Shoghi Effendi igualmente sensible a las
inesperadas oportunidades que se presentaron ante su perspectiva histórica. En
1925 un tribunal religioso sunní de Egipto denegaba el reconocimiento civil a
los matrimonios contraídos entre mujeres musulmanas y hombres bahá’ís,
insistiendo que en que “la Fe bahá’í es una religión nueva, enteramente
independiente” y que “por tanto, ningún bahá’í puede considerarse musulmán” (y
en consecuencia capacitado para contraer matrimonio con quien sí lo fuese).[75]
Aprovechando las implicaciones de mayor alcance de esta aparente derrota, el
Guardián hizo amplio uso del juicio definitivo del tribunal para reforzar en los
círculos internacionales las alegaciones que avalaban a la Fe como religión
independiente, separada y distinta de sus raíces islámicas.

*

Conforme la comunidad bahá’í iba estableciendo los cimientos
administrativos que le permitirían desempeñar un papel efectivo en los asuntos
humanos, el proceso acelerado de desintegración que Shoghi Effendi había
reconocido iba minando el tejido del orden social. Sus orígenes, por muy
imprecisamente conocidos que fuesen para una mayoría de teóricos sociales y
políticos, comienzan pasados varios decenios a reconocerse en las conferencias
internacionales dedicadas a la paz y el desarrollo. En nuestra época ya no es
inusual encontrarse en estos círculos con francas referencias al papel esencial
que las fuerzas “espirituales” y “morales” deben desempeñar en el logro de
soluciones a los problemas urgentes. Para el lector bahá’í, tal reconocimiento
tardío despierta ecos de los avisos dirigidos por Bahá’u’lláh, hace más de un
siglo, a los rectores de los asuntos humanos: “La vitalidad de la fe de los
hombres en Dios se esta extinguiendo en todos los países (...) la corrosión de
la impiedad está carcomiendo las entrañas de la sociedad (...)” [76]

La responsabilidad de ésta la peor tragedia –recalcaba el Guardián– recaía
principalmente sobre los hombros de los dirigentes religiosos del mundo. La
condena más severa de Bahá’u’lláh quedaba reservada para quienes, presumiendo
de hablar en nombre de Dios, han impuesto sobre las crédulas masas todo un
fárrago de dogmas y prejuicios convertido en la mayor traba visible contra la
que se ha visto forzada a combatir la civilización. Al tiempo que reconocía los
servicios humanitarios prestados a título personal por incontables clérigos,
señalaba las consecuencias que arrastraba la forma en que estas autodesignadas
elites religiosas se han interpuesto a lo largo de la historia entre la
humanidad y todas las voces del progreso, sin excluir a las de los Mensajeros
de Dios mismo. “¿Qué ‘opresión’ es más dolorosa , preguntaba Bahá’u’lláh, “que el hecho
de que un alma busque la verdad y desee alcanzar el conocimiento de Dios, y no
sepa adónde dirigirse (...) ?”.[77] En una época de avances científicos y amplia educación popular, los
efectos acumulados de la desilusión resultante hicieron que la fe religiosa
pareciese insignificante. Impotentes ellos mismos ante la crisis espiritual,
una mayoría de estos clérigos, procedentes de diversas confesiones, que habían
cobrado conciencia del mensaje de Bahá’u’lláh pasaron por alto la influencia
moral que estaba demostrando dicho mensaje o bien se opusieron a él
activamente.[78]

El reconocimiento de este rasgo de la historia no mengua el daño ocasionado
por quienes procuraron aprovechar el vacío espiritual producido. El anhelo de
creer es inextinguible; es parte inherente al ser humano. Cuando este anhelo se
ve frenado o traicionado, el alma racional se ve arrastrada a buscar algún
punto de referencia, por inadecuado o indigno que sea, en torno al cual pueda
organizar la experiencia y atreverse a asumir los riesgos que son parte
inevitable de la vida. Fue desde esta perspectiva como Shoghi Effendi previno a
los miembros de la Fe, en términos inusualmente tajantes, que debían esforzarse
por comprender la calamidad espiritual que anegaba a gran parte de la humanidad
durante los decenios transcurridos entre las dos guerras:

Dios mismo ha sido realmente destronado del corazón de los hombres, en
tanto que el mundo idólatra ha aclamado y adorado con apasionamiento y
estruendo a los falsos dioses fatuamente creados por sus propias vanas
fantasías y exaltados impíamente por sus manos desencaminadas (...) Sus sumos
sacerdotes son los políticos y los doctos mundanos, los así llamados sabios de
la época; su sacrificio, la carne y sangre de las multitudes masacradas; sus encantamientos,
dogmas desgastados y fórmulas insidiosas e irreverentes; su incienso, el humo
de la angustia que asciende de los corazones lacerados de los dolientes, los
mutilados y los desamparados sin hogar.[79]

Cual infecciones oportunistas, las ideologías agresivas aprovecharon la
situación creada por el declive de la vitalidad religiosa. Aunque
indistinguibles entre sí en cuanto a la corrupción de fe que encarnaban, los
tres sistemas de creencia que desempeñaron un papel dominante en los asuntos humanos
durante el siglo XX diferían agudamente en sus características secundarias y
más conspicuas sobre las que el Guardián llamó la atención. Al denunciar “las
oscuras, las falsas, y torcidas doctrinas” que iban a acarrear la destrucción a
cualquier hombre o pueblo que creyese en ellas”, Shoghi Effendi puso especial
acento en “los tres dioses del Nacionalismo, Racismo y Comunismo”.[80]

Del régimen fundador del fascismo, creado en 1922 por la así llamada
“marcha a Roma”, poco hace falta decir. Mucho antes de que éste y su guía
cayeran en el olvido en los meses finales de la segunda guerra mundial, el
fascismo se había convertido en objeto de ridículo entre la mayoría de la
gente, incluidos aquellos que lo habían apoyado en sus comienzos. Su
significado descansa, antes bien, en la hueste de imitadores que proliferaría a
lo largo de las décadas ulteriores por todo el mundo cual cascada maligna de
mutaciones. Propulsada por un nacionalismo maníaco, esta aberración del
espíritu humano deificaba el Estado, descubría en todas partes amenazas
imaginarias a la supervivencia nacional de cualquier pueblo desgraciado al que
aprisionara, y predicaba a todos los que la escuchasen la idea de que la guerra
tenía una influencia “ennoblecedora” sobre el alma humana. Los desfiles de
opereta a base de uniformes, botas relucientes, banderas y trompetas con los
que por lo común se la relacionan no deberían ocultar al observador
contemporáneo el legado virulento que ha dejado en nuestra propia época,
ocultando bajo vocabulario político angustiosos términos tales como
“desaparecidos”.

Pese a compartir la idolatría fascista hacia el Estado, su ideología
hermana, el nazismo, se convirtió en la voz de una perversión más antigua e
insidiosa. En su malvado corazón latía la obsesión por esa entelequia que sus
procuradores denominaban “pureza de raza”. La determinación maniática con que
acometió sus fines asesinos no se vio en modo alguno menguada por los
postulados demostradamente falsos en los que estaba basada. El sistema nazi fue
único por la absoluta bestialidad que caracteriza al acto con que de forma más
frecuente se relaciona su nombre: el programa de genocidio llevado a cabo
sistemáticamente contra las poblaciones consideradas carentes de valor o
nocivas para el futuro de la humanidad, un programa que comportaba un intento
deliberado de exterminar literalmente a todo el pueblo judío. En última
instancia, el empeño nazi en que una fantasiosa “raza superior” debía regir el
planeta entero fue el principal causante de que se cumpliese el aviso profético
de ‘Abdu’l-Bahá, pronunciado veinte años antes, de que otra guerra, mucho más
terrible que la primera, habría de estragar al mundo. Al igual que el fascismo,
el nazismo también ha dejado un detritus en nuestra propia época. En este caso adopta
la forma de un lenguaje y símbolos mediante los cuales algunos elementos
marginales de la sociedad actual, desmoralizados por el declive económico y
social que les rodea y desesperados por la ausencia de soluciones, airean su
rabia impotente contra las minorías a las que culpan de sus frustraciones.

El falso dios que el Maestro Se había sentido movido a señalar
explícitamente, el mismo que denunció Shoghi Effendi por su nombre, había
demostrado su carácter desde un principio al destruir brutalmente, a finales de
la Primera Guerra Mundial, al primer gobierno democrático jamás establecido en
Rusia. Durante largos años, el sistema soviético creado por Vladimir Lenin
consiguió presentarse ante muchos como benefactor de la humanidad y defensor de
la justicia social. A la vista de los acontecimientos históricos tales
pretensiones resultan grotescas. La documentación de que hoy se dispone
proporciona evidencia irrefutable de crímenes tan enormes y de disparates tan
abismales que carecen de paralelo en los 6000 años de historia escrita. En un
grado jamás acometido, o siquiera imaginado, la conspiración leninista contra
la raza humana también se proponía sistemáticamente extinguir la fe en Dios.
Sea cual sea el punto de vista que sobre la situación sostengan actualmente los
teóricos, nadie puede sorprenderse de que tal violencia deliberada desatada
contra las raíces mismas de la motivación humana desembocase inexorablemente en
la ruina económica y política de las sociedades a las que cupo el infortunio de
caer bajo la férula soviética. Trágicamente, su efecto espiritual a largo plazo
iba a ser el de pervertir, al servicio de sus propios y amorales propósitos,
los anhelos legítimos de libertad y justicia que albergaban los pueblos
sometidos de todo el mundo.

Desde un punto de vista bahá’í, el culto de la humanidad a ídolos de su
propia invención reviste gravedad no sólo por los acontecimientos históricos
que se vinculan a estas fuerzas, horrorosos como son, sino por las lecciones
que nos enseñan. Al remontarnos al mundo de penumbras en el que aquellas
fuerzas diabólicas asomaron sobre el horizonte de la humanidad, cabe
preguntarse qué clase de debilidad abonaba en la naturaleza de los hombres el
que se volviesen vulnerables a este género de influencias. Reconocer en alguien
como Benito Mussolini la figura de un “Hombre del Destino”, sentirse obligado a
concebir las teorías raciales de Adolfo Hitler como nada que no fueran
productos evidentes de mentes enfermas, haber acometido seriamente la
interpretación de la experiencia humana a la luz de los dogmas que alumbraron a
la Unión Soviética de Josef Stalin, tan gratuito abandono de la razón por parte
de un segmento considerable de la intelectualidad exige una rendición de
cuentas para la posteridad. Si se emprende de forma desapasionada, tal
evaluación debe, tarde o temprano, centrar la atención sobre una verdad que
recorre como hilo central las Escrituras de todas las religiones de la
humanidad. En palabras de Bahá’u’lláh:

Sobre la realidad del hombre (...) ha dirigido la irradiación de todos Sus
nombres y atributos, convirtiéndola en un espejo de Su propio Ser (...) Sin
embargo, estas energías (...) permanecen latentes dentro de él, tal como la
llama se oculta en la candela o los rayos de luz se encuentran potencialmente
presentes en la lámpara (...) Ni la candela ni la lámpara pueden encenderse
mediante sus propios esfuerzos sin ayuda, como tampoco es posible que el espejo
se desprenda de su propia escoria.[81]

La consecuencia de ese engreimiento de la humanidad bajo el efecto de
ideologías concebidas por su propia mente fue la de producir una aceleración
terrorífica de los procesos de desintegración que ya estaban disolviendo el
tejido social y cultivando los más bajos impulsos de la persona. El
embrutecimiento que la primera guerra mundial había engendrado se ha convertido
ahora, en gran parte del planeta, en un rasgo omnipresente de la vida social.
“Hemos reunido, pues, a los obradores de la iniquidad”, así rezaba el aviso que
dio Bahá’u’lláh hacía más de un siglo. “Los vemos corriendo hacia su ídolo
(...) se apresuran hacia el Fuego Infernal, y lo confunden con la luz”.[82]

VI

Mientras cobraba forma la estructura
administrativa de la Causa, Shoghi Effendi dirigió su atención a la tarea que
durante tanto tiempo se había visto obligado a posponer: la ejecución del Plan
Divino del Maestro. En Persia, este avance se encontraba muy desarrollado.
Dirigido primero por Bahá’u’lláh y posteriormente por ‘Abdu’l-Bahá, un cuerpo
de maestros especialmente designados –muballighín–
estimuló las labores locales emprendidas por todo el país, en tanto que la
existencia de una vibrante vida comunitaria ayudaba a la integración,
relativamente rápida, de los nuevos conversos. Los fondos del
?uqúqu’lláh, complementado con la práctica de la designación, que ya por
entonces era un rasgo establecido en la conciencia bahá’í persa, proporcionaron
apoyo material para esta actividad de enseñanza.

En Occidente, la fuente de
inspiración en favor de la promoción de la Fe la aportó la respuesta dada a los
llamamientos del Maestro por personas tan destacadas como Lua Getsinger, May
Maxwell y Martha Root. La mera mención de estos nombres resalta un rasgo del
surgimiento de la Causa en Occidente al que el Maestro prestó particular
atención:

En América las mujeres han
sobrepasado a los hombres en este aspecto y han tomado la
delantera en este campo. Se esfuerzan con más tesón por guiar a los pueblos del
mundo, y su empeño es mayor. Están confirmadas por las bendiciones
y los favores celestiales.[83]

En Oriente, las condiciones sociales de la
época casi obligaban a que la iniciativa en la promoción de la Causa fuera
tomada sobre todo por los hombres. Pocas restricciones de este género imperaban
en Norteamérica y Europa, donde una pléyade de mujeres inolvidables se
convirtieron en las principales expositoras del mensaje bahá’í a ambas orillas
del Atlántico. Piénsese en Sarah Farmer, cuya escuela de Green Acre proporcionó
a la naciente comunidad bahá’í un foro para la introducción de la Fe a pensadores
influyentes; o en Sara Lady Blomfield, cuya posición social imprimió nuevos
bríos al ardor con que abanderó las enseñanzas; o en Marion Jack, inmortalizada
por Shoghi Effendi como modelo de pioneros bahá’ís; o en Laura Dreyfus-Barney,
quien entregó a la Fe la inapreciable colección de charlas de sobremesa del
Maestro: Contestación a unas preguntas;
o en Agnes Parsons, fundadora junto con Louis Gregory de las reuniones “Race
Amity”, que inspirase el propio ‘Abdu’l-Bahá; o en Corinne True, Keith Ransom-Keheler,
Helen Goodall, Juliet Thompson, Grace Ober, Ethel Rosenberg, Clara Dunn, Alma
Knobloch y toda una distinguida compañía de muchas más, la mayoría de las
cuales abrieron algún nuevo campo del servicio bahá’í.

A esta lista debe agregarse
el nombre de la Reina María de Rumanía, a quien las edades aclamarán como la
primera cabeza coronada en reconocer la Revelación de Dios para este día. La
valentía evidenciada por esta mujer solitaria al declarar públicamente su fe,
mediante cartas que intrépidamente dirigió a los editores de varios periódicos
tanto de Europa como de Norteamérica, con toda probabilidad le permitió
presentar el nombre de la Causa ante una audiencia que se contaba por millones
de lectores.

Pese a la impresionante
respuesta que obtuvieron los primeros esfuerzos de este género, la falta de
medios organizativos con que capitalizar los resultados limitaron en un
principio los beneficios obtenidos por las comunidades bahá’ís de los países
occidentales. El auge del Orden Administrativo modificó radicalmente esta
situación. Según iban surgiendo Asambleas Espirituales Locales, se establecían
metas, se disponían recursos para respaldar las iniciativas personales de
enseñanza, y los nuevos creyentes pasaban a participar en las numerosas
actividades de una vida comunitaria bahá’í cada vez más animada. Fue posible
entonces traducir sistemáticamente y publicar bibliografía bahá’í, compartirse
noticias de interés general y reforzar los lazos que unían a los creyentes con
el Centro Mundial de la Fe.

Los dos instrumentos
principales mediante los cuales Shoghi Effendi se propuso cultivar una
dedicación realzada a la enseñanza, tanto en Oriente como Occidente, fueron los
mismos que había utilizado el Maestro. Una corriente fluida de comunicación
epistolar con las comunidades así como con los creyentes abrió el camino para
que sus destinatarios descubriesen nuevas dimensiones en las creencias que
habían abrazado. Sin embargo, las comunicaciones más importantes de este género
pasaron a ser las dirigidas a las Asambleas Espirituales Nacionales y Locales.
Su efecto se vio intensificado por el flujo de peregrinos que regresaban a sus
hogares para compartir las impresiones obtenidas en el contacto directo con el
Centro de la Causa. Gracias a estos lazos, cada creyente se vio animado a verse
como un instrumento del poder que fluye a través de la Alianza. La imponderable
compilación que habría de aparecer bajo el título de Mensajes dirigidos a América 1932-1946 ofrece una panorámica de los
pasos en virtud de los cuales Shoghi Effendi fue haciendo cada vez más patente
ante los creyentes norteamericanos las implicaciones del Plan Divino del
Maestro para “la conquista espiritual del planeta”:

Por la sublimidad y
serenidad de su fe, por la constancia y claridad de su visión, la
incorruptibilidad de su carácter, el rigor de su disciplina, la santidad de su
moralidad y el ejemplo singular de su vida comunitaria, pueden y en efecto
deben demostrar en un mundo contaminado por sus incurables corrupciones,
paralizado por los temores que le acechaban, desgarrado por odios devastadores,
y languideciente bajo el peso de pavorosas desgracias, la validez de su derecho
a ser considerados como el único repositorio de esa gracia de cuya operación
depende la liberación completa, la reorganización fundamental y la felicidad
suprema de toda la humanidad.[84]

El Guardián dibujó ante la
mirada de la comunidad bahá’í norteamericana una visión de su destino
espiritual. Sus miembros eran, venía a decir, “los descendientes espirituales
de los héroes de la Causa de Dios”, sus instituciones incipientes eran “los
símbolos visibles de la soberanía indudable de su [Fe]”, los maestros pioneros
que enviaba al exterior eran los “portadores de la antorcha de una civilización
todavía por nacer”, su desafío colectivo era el de asumir “una parte
preponderante” en el asentamiento de las bases del Orden Mundial “que el Báb
había anunciado, que la mente de Bahá’u’lláh había contemplado, y cuyos rasgos
‘Abdu’l-Bahá, su Arquitecto, había delineado (...)”[85]

El lenguaje de los mensajes
es soberbio y cautivador. Al reconocer la oscuridad que el descreimiento, la
violencia y la inmoralidad galopantes estaban engendrando, Shoghi Effendi
describió el papel que los bahá’ís, dondequiera que estén, deben desempeñar como
instrumentos al servicio del poder transformador de la nueva Revelación:

Suya es la tarea de
sostener, bien alto y despejada, la antorcha de la guía divina mientras
descienden las tinieblas de la noche hasta envolver a la raza humana entera.
Suya es la función, en medio de sus tumultos, peligros y agonías, de dar fe de
la visión y proclamar la cercanía de esa sociedad recreada, de ese Reino
prometido por Cristo, de ese Orden Mundial cuyo impulso generador es el
espíritu de nada menos que el propio Bahá’u’lláh, cuyo dominio es el planeta
entero, cuya contraseña es la unidad, cuyo poder animador es la fuerza de la
Justicia, cuyo propósito rector es el reinado de la rectitud y la verdad, y
cuya suprema gloria es la felicidad completa, tranquila y sempiterna de todo el
género humano.[86]

En 1936 el Guardián juzgó
que la estructura administrativa de la Causa era ya lo suficientemente amplia y
estaba lo bastante consolidada en Norteamérica como para iniciar la primera
etapa en la ejecución del Plan Divino. Mientras el mundo se deslizaba hacia
otra conflagración global y las posibilidades de los creyentes persas se veían
severamente limitadas, el centro de atención necesariamente iba a girar en
torno a la expansión y consolidación de la comunidad bahá’í en el hemisferio
occidental, en preparación de empresas mucho más amplias que vendrían después.
En su llamamiento a los “ejecutores” designados del Plan (los creyentes de
Norteamérica) el Guardián les tendía un Plan de Siete Años, que habría de
abarcar desde 1937 a 1944. Sus objetivos se cifraban en establecer al menos una
Asamblea Espiritual Local en todos los estados de Estados Unidos y en cada
provincia de Canadá, así como abrir a la Causa catorce repúblicas de
Latinoamérica. A estos objetivos se añadía la tarea, inmensamente exigente para
una comunidad todavía muy poco numerosa y severamente acuciada por la escasez
de recursos económicos, de completar la ornamentación exterior del “Templo
Madre de Occidente”.

Ru?íyyih Khánum
ha señalado un paralelo sorprendente entre dos acontecimientos que tenían lugar
durante este mismo período histórico. Por un lado, unas cuantas naciones
poderosas lanzaban sus ejércitos de invasión con las miras puestas en
apoderarse de los recursos naturales de las naciones vecinas, o simplemente por
su afán de conquista. Durante ese mismo período, Shoghi Effendi movilizaba al
pequeño, dolorosamente pequeño, conjunto de pioneros de que disponía,
enviándolos a cumplir las metas de enseñanza del Plan que había creado. En unos
escasos años, los inmensos batallones de la agresión sufrieron un descalabro
irremisible, sus nombres y conquistas quedaron borrados de la historia. La
minúscula compañía de creyentes que habían salido con nada más que su vida en
la mano para cumplir la misión que les fuera encomendada por el Guardián,
habían conseguido o superado todos sus objetivos, que pronto se convirtieron en
los cimientos de comunidades florecientes.[87]

A fin de apreciar esta
empresa será conveniente que los bahá’ís comprendan no sólo el papel que la
planificación desempeña en la vida de la Causa, sino también la naturaleza
singular de este instrumento en su modalidad bahá’í. La identificación
sistemática de los objetivos que han de lograrse y las decisiones en cuanto a
la forma de lograrlos no significa que la comunidad bahá’í haya asumido la
responsabilidad de “diseñar” el futuro por y para sí misma, tal como se suele
sobreentender en el concepto de planificación. Antes bien, lo que las instituciones
bahá’ís realizan es un esfuerzo por ajustar las labores de la Causa con el
proceso divinamente impulsado que ven desplegarse de continuo en el mundo,
proceso que en última instancia colmará su propósito con independencia de las
circunstancias y acontecimientos históricos. El reto del Orden Administrativo
consiste en asegurar que, en la medida en que lo permita la Providencia, los
esfuerzos bahá’ís estén en armonía con el Plan Mayor de Dios, pues es al
lograrlo como fructifican las potencialidades que Bahá’u’lláh implantó en la
Causa. Que las disposiciones del Kitáb-i-Aqdas y del Testamento de ‘Abdu’l-Bahá
garantizan el buen fin de los esfuerzos bahá’ís queda dramáticamente demostrado
en la ininterrumpida carrera de triunfos que sellaron los planes creados por
Shoghi Effendi.

Hacia agosto de 1944, Shoghi
Effendi pudo celebrar la culminación del primer Plan de Siete Años. El Guardián
subrayó el momento con un regalo destinado a los bahá’ís del mundo y que
representa uno de los mayores logros de su vida. La publicación, en 1944, de Dios pasa, su exhaustiva y meditada
historia de los primeros cien años de la Causa, en donde exponía a la mirada de
los creyentes toda una panorámica del proceso espiritual con que se van
cumpliendo los deseos de Bahá’u’lláh para toda la humanidad.

La historia es un
instrumento poderoso. Desde su cara amable, pone en perspectiva el pasado y
arroja luz sobre el futuro. Puebla la conciencia humana de héroes, santos y
mártires, cuyo ejemplo despierta en todos los tocados por ella capacidades que
ni siquiera habían imaginado poseer. Ayuda a darle sentido al mundo y a la
experiencia humana. Inspira, consuela e ilustra. Enriquece la vida. En el gran
conjunto de la literatura y leyendas legadas a la humanidad, la mano de la
historia puede observarse configurando gran parte del curso de la civilización.
Así se aprecia en las leyendas que desde el amanecer de la historia han
inspirado los ideales de todos los pueblos desde el alba de la escritura, e
igualmente en los relatos épicos del Ramayana,
en las celebradas hazañas de la Odisea
y la Eneida, en las sagas nórdicas,
en el Shahnameh y en no poco de la
Biblia y del Corán.

Dios pasa elevó esta gran empresa a
una cota en pos de la cual en vano se había afanado la mente humana en el
pasado. Quienes se asoman a esta visión descubren en ella un cauce que les
permite comprender el Propósito de Dios, un cauce que confluye en la magnífica
ensenada formada por las incomparables
traducciones que el Guardián diera de los Textos Revelados. La aparición de
esta obra en el centenario del nacimiento de la Causa –precisamente cuando el
mundo bahá’í celebraba el triunfo del primer esfuerzo colectivo que había
emprendido– invitaba a todos los creyentes del mundo a contemplar la plena
majestad y significado de cien años de esfuerzos sacrificados e incesantes.

*

En una hora relativamente
temprana de la segunda guerra mundial, el Guardián situó la contienda en una
perspectiva muy diferente de la que prevalecía por entonces. La guerra debía
considerarse –decía– “como una continuación directa” de la conflagración
prendida en 1914. Llegaría a verse como “el requisito esencial para la
unificación del mundo”. La entrada en guerra de Estados Unidos, cuyo Presidente
había promovido el proyecto de un sistema de orden internacional, el mismo país
que había rechazado aquella iniciativa visionaria, iba a conducir a la nación,
predecía Shoghi Effendi “a asumir, en virtud de la adversidad, su parte
preponderante de la responsabilidad en sentar, de una vez por todas, los cimientos
mundiales e inatacables de aquel Sistema desacreditado y, pese a todo,
inmortal”.[88]

Estas declaraciones se
demostraron proféticas. Con el fin de las hostilidades, se hizo gradualmente
claro que la conciencia pública mundial había experimentado un gran giro.
Habían hecho quiebra los supuestos, instituciones y prioridades recibidos en
herencia, progresivamente asediados por las fuerzas que habían actuado durante
la primera mitad del siglo. Aunque el cambio no podía describirse como una fe
reforzada en la unidad de la humanidad, a ningún observador objetivo se le
oculta el hecho de que las barreras que ponían freno a esa convicción, barreras
que habían sobrevivido todos los asaltos lanzados contra ellas a comienzos del
siglo, iban por fin remitiendo. Traen estos hechos al recuerdo las palabras
proféticas del Corán: “Veis las montañas y pensáis que son sólidas, pero
pasarán, como pasan las nubes” (78:20). Su efecto fue el de inspirar en las
mentes progresivas una sensación de confianza en que sería posible la
construcción de una nueva clase de sociedad, la cual, amén de garantizar una
paz mundial duradera, enriquecería la vida de todos sus ciudadanos.

En
sustancia, este renacer de la esperanza había surgido, tal como Shoghi Effendi
había previsto, de la “calamitosa tribulación”, la cual había logrado por fin
“implantar ese sentido de responsabilidad” del que los dirigentes de comienzos
de siglo prefirieron hacer dejación.[81] A esta nueva conciencia se añadían los
efectos de los miedos inducidos por la invención y uso de las armas atómicas,
reacción que recuerda a los bahá’ís la presciencia del Maestro cuando, en sus
declaraciones en tierras de Norteamérica, avisó que la paz, en última
instancia, llegaría porque las naciones se verían forzadas a aceptarla. El
Montreal Daily Star citaba a ‘Abdu’l-Bahá con estas palabras: “[La paz] será
universal en el siglo XX. Todas las naciones se verán forzadas a ella”.[90] Los
años inmediatamente posteriores a 1945 presenciaron avances en la formulación
de un nuevo orden social que superaba con creces las esperanzas más optimistas
de anteriores decenios.

Lo más importante era la
voluntad demostrada por los gobiernos nacionales de formar un nuevo sistema de
orden internacional, y dotarlo de la autoridad pacificadora que tan
trágicamente le había sido negada a la difunta Liga de Naciones. El encuentro
celebrado en San Francisco en abril de 1945, en el mismo Estado en que
‘Abdu’l-Bahá había declarado proféticamente: “Que la primera bandera de la paz
internacional sea enarbolada en este Estado”- los delegados de 50 naciones
adoptaron la Carta de la Organización de Naciones Unidas, nombre que propuso el
Presidente Franklin D. Roosevelt.[91] En octubre se produjo la ratificación por
parte del número requerido de naciones miembro, y la primera Asamblea General
de la nueva organización se reunió el 10 de enero de 1946, en Londres. En
octubre de 1949 se colocaba la primera piedra de la sede permanente de Naciones
Unidas en la ciudad de Nueva York, a la que 37 años antes había aclamado
‘Abdu’l-Bahá titulándola “Ciudad de la Alianza”. Durante Su visita había
predicho: “No hay duda de que (...) la bandera del acuerdo internacional se
desplegará aquí para extenderse más y más entre todas las naciones de la
tierra”.[92]

De modo significativo, fue
también por iniciativa de un dirigente político de una de las naciones del
hemisferio occidental a las que Se había dirigido Bahá’u’lláh, como Su
llamamiento en pro de la seguridad colectiva pudo alcanzar finalmente una
materialización práctica, cuyo primer reflejo iban a constituirlo las sanciones
nominales acordadas por la Liga de Naciones contra la agresión fascista en
Etiopía. En noviembre de 1956 Lester Bowles Pearson, a la sazón Ministro de
Asuntos Exteriores y más tarde Primer Ministro de Canadá, consiguió la creación
por parte de Naciones Unidas de la primera fuerza internacional de paz, logro
que le valió a su autor el Premio Nobel de la Paz.[93] Durante la segunda mitad
del siglo el significado pleno de la autoridad que contenía tal mandato iba a
aflorar como un rasgo fundamental de las relaciones internacionales. Empezando
por el seguimiento de los acuerdos alcanzados entre Estados hostiles, el
principio de actuación colectiva en defensa de la paz adoptó gradualmente la
forma de intervenciones militares como ocurrió en la Guerra del Golfo, en la
que el cumplimiento de las resoluciones del Consejo de Seguridad fue impuesto
por la fuerza a los Estados o facciones agresoras.

Junto con el establecimiento
del nuevo sistema de Naciones Unidas y los pasos destinados a ejecutar sus
sanciones, tuvo lugar un segundo avance histórico. Antes incluso de que
acabasen las hostilidades, el mundo quedaba conmocionado al ver filmada la
liberación de los campos nazis de concentración, poniendo así en evidencia las
horrendas consecuencias del racismo. La conciencia mundial se vio zarandeada
por un sentido que bien puede calificarse de profunda vergüenza ante las simas
de malignidad en las que la humanidad se había demostrado capaz de caer. Fue
aprovechando ese breve lapso felizmente entreabierto a la esperanza cuando un
grupo de hombres y mujeres preclaros, que actuaban bajo la dirección inspirada
de figuras como Eleanor Roosevelt, pudieron lograr la adopción por parte de
Naciones Unidas de la Declaración Universal de Derechos Humanos. El compromiso
moral que representaba quedó institucionalizado con el ulterior establecimiento
de la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas. A su debido tiempo, la
propia comunidad bahá’í iba a poder apreciar, con buen fundamento y de primera
mano, la importancia de este sistema como escudo protector de las minorías
frente a los abusos del pasado.

Subrayando el significado de
ambos avances figuraba la decisión de las naciones triunfadoras en la última
gran conflagración de someter a juicio a las figuras principales del régimen
nazi. Por primera vez en la historia, los dirigentes de una nación soberana
-hombres que procuraron avalar la constitucionalidad de los puestos políticos
que habían ocupado- hubieron de comparecer ante un tribunal público que pasó
revista y documentó sin paliativos sus crímenes, hallándolos formalmente
culpables, de modo que los que no lograron eludir sus sentencias con el
suicidio sufrieron la horca o bien fueron sentenciados a cumplir penas de
prisión prolongadas. Ninguna protesta seria fue levantada contra este
procedimiento jurídico que, en teoría, constituía un cambio fundamental frente
a las normas existentes de derecho internacional. Aunque la integridad de los
procesos se vio gravemente mermada por la participación de jueces designados
por la dictadura soviética, cuyos propios crímenes eran comparables, si es que
no superaban, a los de régimen acusado, el hecho sentó un precedente histórico:
Por primera vez se demostraba que el fetiche de la “soberanía nacional” contaba
con límites reconocibles y susceptibles de imponerse.

Por esos mismos años, un
ideal largo tiempo aplazado se materializaba con la disolución de los grandes
imperios que, amén de sobrevivir a la barrera de 1918, habían conseguido
incluso reforzar su poderío mediante nuevos “mandatos”, “protectorados” y
colonias arrebatadas a los poderes derrotados. En esta hora los anticuados
sistemas de opresión política iban a quedar inmersos en una gigantesca marea de
movimientos de liberación nacional que desbordaban su debilitada capacidad de
resistencia. Con asombrosa celeridad, todos ellos abandonaron de buena gana sus
pretensiones, o bien lo hicieron forzados por la rebelión colonial, sellando
así su suerte con el mismo destino que les fuera deparado a comienzos de siglo
a las dinastías otomana y habsburguesa.

Inesperadamente, los pueblos
del mundo se encontraron en un foro donde podían comparecer con dignidad,
expresar sus preocupaciones más acuciantes y presenciar los tímidos comienzos
del papel que les estaba reservado en la forja de su propio futuro y del de la
humanidad en general. Llegar a este punto de inflexión requirió seis o más
milenios de historia. A pesar de la persistencia de todas las desventajas
educativas, las desigualdades económicas y los obstáculos creados por los
cabildeos políticos y diplomáticos -descontadas todas estas limitaciones
prácticas, pero históricamente transitorias-, lo cierto es que había surgido
una nueva autoridad que entendía de los asuntos comunes a toda la humanidad y a
la que todos podían razonablemente confiar en apelar. Los representantes de
pueblos antes sometidos, cuyos guerreros exóticamente revestidos habían
marchado a la cola del gran alarde que, tan sólo 50 años antes, presenciara Londres
con motivo del desfile de las Bodas de Diamante, se presentaban ahora como
delegados ante el Consejo de Seguridad, prestos a ocupar sus escaños en
Naciones Unidas y en las organizaciones no gubernamentales de toda suerte. El
mejor símbolo de la magnitud de los cambios realizados lo ofrece el hecho de
que el Secretario General de Naciones Unidas sea hoy día un ganés, y que sus
dos predecesores inmediatos hayan sido respectivamente un egipcio y un
peruano.[94]

Tampoco revestía este cambio
un valor meramente formal o administrativo. Con el paso del tiempo, un número
creciente de figuras destacadísimas de todos los estamentos sociales iban a
desbordar los límites consabidos que habían definido hasta entonces la
identidad racial, cultural o religiosa. En todos los continentes del globo,
nombres como Anne Frank, Martín Lutero King, Paulo Freire, Ravi Shankar,
Gabriel García Márquez, Kiri Te Kanawa, Andrei Sajarov, la Madre Teresa y Zhang
Yimou se convertían en fuentes de inspiración y esperanza para gran número de
sus conciudadanos.[95] En todas las esferas de la vida, el heroísmo, la
excelencia profesional o la distinción moral iban valiendo cada vez más por sí
mismos, al ser crecientemente reconocidos por la generalidad de la humanidad.
La grandísima efusión mundial de afecto y alegría que saludó la excarcelación
de Nelson Mandela y su elección posterior como presidente del país reflejaba
cierto sentimiento entre los pueblos de toda raza y nación de que estos
acontecimientos históricos representaban victorias de la propia familia humana.

Se hizo evidente, asimismo,
que las concepciones prebélicas relativas al uso y distribución de la riqueza
requerían ser reexaminadas. Aparte de los principios de justicia social, que
sin duda motivaron a gran número de los comprometidos con este empeño, los
descalabros económicos producidos por los acontecimientos de los tres decenios
anteriores pusieron de manifiesto la ineficacia y desfase de los dispositivos
existentes. Los experimentos destinados a afrontar en el plano nacional tales
problemas ya se habían emprendido en varios países en respuesta a la Depresión
de los años 30. A diferencia de entonces, ahora se ponía en marcha de forma
sucesiva un sistema entrelazado de instituciones orientadas hacia el
reconocimiento de que las economías nacionales constituyen elementos de un
conjunto global. El Fondo Monetario Internacional, el Acuerdo General sobre
Tarifas y Comercio, el Banco Mundial y varios organismos subsidiarios
comenzaron de forma tardía a afrontar las repercusiones de la integración del
mundo y los temas relacionados con la distribución de riqueza inherente a estos
acontecimientos. Los pensadores de los países en desarrollo no tardaron en
indicar que tales iniciativas servían sobre todo a las necesidades del mundo occidental.
No obstante, la promoción de éstas supuso un cambio fundamental de timón que
favorecería la creciente participación por parte de una amplia gama de Estados
e instituciones.

Una iniciativa humanitaria
de un género nunca antes concebido inauguraba una nueva etapa de la integración
global. Comenzando con el “Plan Marshall” concebido por el gobierno de Estados
Unidos para rehabilitar a las desgarradas naciones europeas, las naciones
beneficiarias pudieron reflexionar seriamente sobre los programas susceptibles
de promover el desarrollo social y económico de las naciones emergentes. La
amplia publicidad acompañante despertó la solidaridad con el resto de ese mundo
en aquellos pueblos que disfrutaban de niveles razonables de educación, sanidad
y nivel tecnológico. A su debido tiempo, tan ambiciosa iniciativa fue objeto de
ataques contra algunas motivaciones dudosas que se le atribuían. Tampoco puede
nadie negar que los resultados a largo plazo de los proyectos de desarrollo han
fracasado desalentadoramente pues no han logrado cerrar la brecha galopante que
sigue creciendo entre ricos y pobres. Con todo, ni una ni otra circunstancias
pueden empañar el sentido de humanidad compartida que se trasluce en sus
objetivos y que quizá hablaron con mayor elocuencia a través de la respuesta
que todo ello evocó en un ejército de jóvenes idealistas de numerosos países.

Paradójicamente, sobre todo
en el Lejano Oriente, incluso la guerra llegó a tener ciertos efectos
liberadores sobre la conciencia. Ya en 1904, el conflicto ruso-japonés había
sido visto en algunas partes de Oriente como una evidencia esperanzadora de que
los pueblos no occidentales podían contrarrestar la hegemonía supuestamente
invencible de Occidente. El efecto quedó realzado por los acontecimientos de la
primera guerra mundial y en gran medida potenciados por los éxitos del ejército
japonés en su resistencia al prolongado y masivo esfuerzo occidental centrado
en derrotarlos durante el período 1941-1945. La segunda mitad del siglo vio
cómo esta pericia tecnológica daba lugar a economías modernas en una media
docena de naciones de la región, cuyos productos innovadores y potencial
industrial, particularmente en los campos del transporte y de la tecnología de
la información, rivalizaban con lo mejor que el resto del mundo podía ofrecer.

*

Hacia 1946, el fin de las
hostilidades dejó expedito el camino para el lanzamiento por parte de Shoghi
Effendi de un segundo Plan de Siete Años. Esta vez contaba con el suelo abonado
de la nueva receptividad hacia el mensaje de la Fe, producto de un vuelco de
conciencia que por entonces era ya ostensible. Una vez más, la comunidad
norteamericana bahá’í fue emplazada a asumir una responsabilidad exigente, que
en lo esencial se trataba de construir y ampliar sobre los logros del Plan
anterior y desarrollarlos. No obstante, la gran diferencia era que otras
comunidades bahá’ís se encontraban ahora en condiciones de participar. Ya en
1938, los bahá’ís de la India, Pakistán y Birmania se habían fijado su propio
plan. Conforme las hostilidades internacionales fueron cesando gradualmente,
las Asambleas Espirituales Nacionales de Persia, de las Islas Británicas, de
Australia y Nueva Zelanda, de Alemania y Austria, de Egipto y Sudán, así como
de Irak -una vez liberadas de las limitaciones impuestas por la guerra- se
embarcaban en proyectos de diversa duración cuyos fines se cifraban en ampliar
la base del Orden Administrativo, establecer pioneros en metas domésticas y
externas, y multiplicar la gama de obras y publicaciones bahá’ís disponibles.

Llegados a la meta de 1953,
todas estas empresas se habían visto completadas. Se habían establecido tres
nuevas Asambleas Espirituales Nacionales, las cuales a su vez habían emprendido
planes suplementarios de enseñanza, se había formado en Europa un conjunto de
nuevas Asambleas Espirituales Locales, varias iniciativas por parte de cinco
comunidades nacionales diferentes que actuaban coordinadas por la Asamblea
Espiritual Nacional de las Islas Británicas habían logrado el asentamiento de pioneros
en África oriental y occidental, y al fin concluía el gran proyecto puesto en
marcha por el Maestro al colocar la primera piedra del Templo Madre de
Occidente.[96]

Antes de que los creyentes
pudiesen celebrar estos logros, Shoghi Effendi desplegó ante la vista de todos
un nuevo desafío de proporciones descomunales. Impulsado por fuerzas históricas
que sólo él estaba en condiciones de apreciar, el Guardián anunció el
lanzamiento para el siguiente Ri?ván de un Plan de diez años de duración
cuyo alcance mundial lo convertía en “Cruzada Espiritual”. Apoyándose en las
energías que acumulaban las doce Asambleas Espirituales Nacionales existentes,
-la duodécima era la integrada por la comunidad italosuiza- el Plan requería el
establecimiento de la Fe en otros 131 países y territorios, la formación de 44
nuevas Asambleas Espirituales Nacionales, 33 de las cuales habrían de
legalizarse, un vasto aumento de obras y publicaciones bahá’ís, la erección de
Casas de Adoración en Irán y Alemania (la primera fue reemplazada por la
construcción de templos tanto en África como en Australia, cuando el proyecto
de Teherán quedó bloqueado), y la expansión del número de Asambleas
Espirituales Locales por todo el mundo hasta integrar un total de 5000, de las
cuales 350 debían legalizarse. Nada en su experiencia colectiva había preparado
a los bahá’ís del mundo para tan colosal empresa. La magnitud del desafío se
ponía de manifiesto en un telegrama de Shoghi Effendi fechado el 8 de octubre
de 1952:

Siento
hora propicia para proclamar ante el mundo entero bahá’í el lanzamiento
previsto (...) Cruzada Espiritual, cargada destino, provocadora entusiasmo,
decenio duración, alcance mundial (...), participación concertada de todas
Asambleas Espirituales Nacionales del mundo bahá’í encaminada a la extensión
inmediata del dominio espiritual de Bahá’u’lláh (...) a todos Estados Soberanos
restantes, dependencias principales integradas por principados, sultanatos, emiratos,
bajalatos, protectorados, territorios en fideicomiso
y colonias reales esparcidas por la superficie del planeta entero. Todo el
conjunto de los valedores declarados de la conquistadora Fe de Bahá’u’lláh son
ahora emplazados a lograr en un solo decenio gestas que eclipsen en su
totalidad los logros que en el curso de los once decenios precedentes
iluminaron los anales del pioneraje bahá’í.[97]

La victoria en tan ambiciosa empresa
significaba que la Fe abarcaría el globo entero, que los cimientos
institucionales de su Orden Administrativo iban al menos a quintuplicarse, y
que su vida comunitaria se enriquecería mediante la participación de creyentes
procedentes de un gran conjunto inexplorado de culturas, naciones y tribus.

En efecto, el Plan requería
que la Causa diera un paso de gigante que sortease lo que, en caso contrario,
hubiese requerido varias etapas de su propia evolución. Lo que Shoghi Effendi
vio claramente -como sólo los poderes de previsión inherentes en la Guardianía
podían permitírselo- era que toda una conjunción histórica de circunstancias
ofrecía a la comunidad bahá’í una oportunidad irrepetible y de la que
dependería por completo el éxito de futuras etapas en la prosecución del Plan
divino. Lo que no dudó en llamar el “emplazamiento del Señor de las Huestes”
quedó encarnado en un mensaje que cautivó la imaginación de los bahá’ís de todo
el mundo:

Por más
largo que sea el período que los separa de la victoria última; por muy ardua
que sea la tarea; por más formidables que sean los esfuerzos que se exijan de
ellos; por muy sombríos que sean los días que una humanidad perpleja y
gravemente probada ha de atravesar en sus horas de parto; por más severas que
sean las cargas que habrán de afrontar los que hayan de redimir su suerte (...)
les adjuro por la preciosa sangre que fluyó con tan gran profusión, por la vida
de los innumerables santos y héroes que fueron inmolados, por el sacrificio
supremo y glorioso del Profeta Heraldo de nuestra Fe, por las tribulaciones que
su propio Fundador Se prestó voluntariamente a padecer para que sobreviviese Su
Causa, para que Su orden redimiese a un mundo destrozado y su gloria se
difundiese por el planeta entero; les adjuro, según se avecina esta hora
solemne, a que se dispongan a no inmutarse jamás, a no dudar jamás, a no cejar
jamás hasta tanto todos y cada uno de los objetivos de los Planes que han de
promulgarse en fecha ulterior se vean plenamente consumados.[98]

La respuesta fue inmediata.
En el curso de escasos meses comenzaron a brotar mensajes en los que el Centro
Mundial compartía las nuevas sobre una sucesión de victorias cosechadas en un
país tras otro. A los pioneros que por vez primera lograban establecer la Fe en
un país o territorio se les designaba “Caballeros de Bahá’u’lláh”; y sus
nombres pasaron a inscribirse en la orla que con el tiempo habría de
depositarse, tal como instaba el Guardián, bajo el umbral de la entrada del
Santuario de Bahá’u’lláh. Nada atestigua de forma más espectacular las
previsiones plasmadas en los sucesivos planes de Shoghi Effendi como el hecho
de que, dentro de cada uno de los nuevos estados nacionales surgidos después de
la segunda guerra mundial, las comunidades bahá’ís y Asambleas Espirituales
fuesen ya una parte de la vida y tejido nacionales.

A los éxitos iniciales
siguió toda una serie de logros muy destacados. Ya en octubre de 1957, año en
el que la Fe se encontraba establecida
en más de 250 países y territorios, Shoghi Effendi pudo anunciar la compra de
los solares correspondientes a diez nuevos emplazamientos de templos bahá’ís,
así como el comienzo de la construcción de las Casas de Adoración de Kampala,
Sydney y Frankfurt; la adquisición de propiedades destinadas a la meta de
cuarenta y seis ?a?iratu’l-Quds nacionales; un gran aumento de la
producción de obras y publicaciones bahá’ís; el reconocimiento legal de nuevas
Asambleas, que elevaban el número total a 195; el reconocimiento creciente del
matrimonio y de los Días Sagrados
bahá’ís; las labores avanzadas de construcción de los Archivos Internacionales
Bahá’ís, el primer edificio en construirse dentro del amplio arco que el
Guardián trazó sobre las faldas del Monte Carmelo. Nadie que repase los
acontecimientos de aquellos días dejará de quedar hondamente afectado por el
paternal cuidado con que Shoghi Effendi aseguró el logro de estos magníficos
resultados, tal como lo reflejaba la trabajosa mención que hiciera por su
nombre, en el último mensaje general que escribió sobre la Cruzada, fechado en
abril de 1957, de cada una de las 63 conferencias regionales de enseñanza e
institutos celebrados aquel año a lo ancho del mundo bahá’í.

Tal repaso quedaría incompleto
si desatendiésemos los avances paralelos que durante aquellos años acometió el
Guardián en el Orden Administrativo en el ámbito internacional. Éstos se
demostraron fundamentales no sólo para ganar la Cruzada, sino también para
consolidar y proteger el futuro de la Causa. Junto con la potestad decisoria
que recae en las instituciones electas de la Fe, otra función paralela del
Orden Administrativo consiste en ejercer una influencia espiritual, moral e
intelectual tanto en dichas instituciones como en la vida de los miembros de la
comunidad. Concebida por el propio Bahá’u’lláh, esta responsabilidad de
“difundir las fragancias divinas, edificar las almas de los hombres, promover
el saber, mejorar el carácter de todos los hombres (...)” quedó en virtud del
Testamento del Maestro investida de modo especial en las Manos de la Causa de
Dios.[99]

Durante los ministerios
tanto de Bahá’u’lláh como de ‘Abdu’l-Bahá los creyentes a los que se concedió
tan alta distinción habían desempeñado en Oriente un papel capital para el
avance de las labores de enseñanza. Conforme el concepto de la Cruzada de Diez
Años iba cobrando forma en su mente, Shoghi Effendi pasó a movilizar el apoyo
espiritual que esta institución podía aportar para el logro de las tareas del
Plan. En un telegrama del 24 de diciembre de 1951, anunció el nombramiento del
primer contingente de doce Manos de la Causa de Dios, destinadas por igual a
trabajar en Tierra Santa, Asia, las Américas y Europa. A estos siervos
distinguidos de la Causa se les encomendó centrarse directamente en el desafío
que representaba movilizar las energías de los amigos y proporcionar e impartir
ánimos y consejo a los cuerpos elegidos. Al poco tiempo se elevó su número de
doce a diecinueve.

Los recursos disponibles
para el cumplimiento de esta responsabilidad se vieron grandemente
incrementados con la decisión que el Guardián adoptó en octubre de 1952 al
instar a las Manos de la Causa a crear cinco cuerpos auxiliares, uno por cada
continente: los de las Américas, Europa y África constaban de nueve miembros
cada uno, en tanto que los de Asia y Australia estaban integrados por siete y
dos respectivamente. Con posterioridad, se crearon separadamente cuerpos
auxiliares para ayudar a la otra de las dos funciones principales asignadas a
las Manos de la Causa: la protección de la Fe.

Un mensaje fechado el 3 de
junio de 1957 celebraba la actuación del gobierno israelí al ejecutar la
decisión definitiva del Tribunal de Apelación de dicho país, en virtud de la
cual la banda superviviente de violadores de la Alianza fue desalojada del ?aram-i-Aqdas que rodea el Centro focal del mundo bahá’í, en Bahjí.[100]
Apenas transcurrido un día, un segundo telegrama avisaba ominosamente de la
urgente necesidad de que las instituciones supremas de la Fe actuasen en
concierto para escudarla frente a los nuevos peligros que el Guardián veía
espesarse en el horizonte. A esto siguió en octubre el mensaje por el que se
anunciaba que el número de Manos de la Causa de Dios se había elevado de 19 a
27, se les designaba “ Comisarios Principales de la Embrionaria Mancomunidad
Mundial de Bahá’u’lláh”, y se les encomendaba la responsabilidad de consultar
con las Asambleas Espirituales Nacionales sobre las medidas urgentemente
necesarias para proteger la Fe.

Ni siquiera había
transcurrido un mes cuando el mundo bahá’í quedó desolado por la noticia de la
muerte de Shoghi Effendi, ocurrida el 4 de noviembre de 1957 por causa de las
complicaciones ocurridas a raíz de un ataque de gripe asiática contraída en el
curso de una visita a Londres. El Centro de la Causa que, durante 36 años,
había guiado día a día su evolución, cuya visión abarcaba tanto el flujo de
acontecimientos como los actos que la comunidad bahá’í debía acometer, y cuyos
mensajes de aliento habían constituido el andarivel espiritual de infinidad de
bahá’ís de todo el planeta, se había ido de repente, dejando la gran Cruzada a
medio terminar y el futuro del Orden Administrativo en crisis.

*

El duelo y abrumador
sentimiento de desolación que produjo la pérdida del Guardián confiere mayor
significado al triunfo del Plan que había concebido e inspirado. El 21 de abril
de 1963, las papeletas de los delegados de cincuenta y seis Asambleas
Espirituales Nacionales, incluyendo los cuarenta y cuatro nuevos cuerpos
propuestos y felizmente formados durante la Cruzada de Diez Años, alumbraban la
Casa Universal de Justicia, el cuerpo rector de la Causa que concibiera
Bahá’u’lláh y al que garantizó inequívocamente la guía Divina en el ejercicio
de sus funciones:

Corresponde
a los Fiduciarios de la Casa de Justicia reunirse en consejo para tratar de
aquellas cosas que no han sido reveladas explícitamente en el Libro, y hacer cumplir lo que a ellos les resulte
aceptable. Dios, ciertamente, les inspirará con todo lo que Él desee, y Él, en
verdad, es el Proveedor, el Omnisciente..[101]

Parecía especialmente oportuno que la
elección -efectuada por los delegados reunidos y los que votaban por correo-
tuviera lugar en la Casa del Maestro, Cuyo Testamento había trazado, casi
sesenta años antes, el sentido y ámbito de la autoridad conferida por las
palabras de Bahá’u’lláh:

Cada uno
debe remitirse al Libro Más Sagrado y todo lo que no esté expresamente
mencionado en él debe remitirse a la Casa Universal de Justicia. Lo que este
cuerpo, ya sea por unanimidad o por mayoría, lleve a efecto, eso es en verdad
la Verdad y el Propósito de Dios mismo. Quienquiera que se desvíe de ello es,
en verdad, de los que aman la discordia, ha mostrado malevolencia y se ha
separado del Señor de la Alianza.[102]

Un importante paso
preliminar para la elección había sido dado por Shoghi Effendi en 1951 al
designar a los miembros del Consejo Internacional, formado por personas que
habrían de ayudarle en sus labores. En 1961, tal como había explicado que
sucedería, se adoptaba el segundo paso en el proceso cuando esta institución
evolucionó hasta convertirse en un Consejo de nueve miembros, elegido por los
miembros de las Asambleas Espirituales Nacionales. En consecuencia, cuando la
Cruzada de Diez Años llegó a su victorioso final en 1963, el mundo bahá’í
disponía ya de una importante experiencia previa al trascendental acto que
había sido llamado a realizar.

Los historiadores sin duda
reconocerán que el mérito por movilizar los esfuerzos que posibilitaron este
momento corresponde a las Manos de la Causa, quienes facilitaron la
coordinación de la que el mundo bahá’í se había visto privado tras la pérdida
de la jefatura del Guardián. Recorriendo la tierra incansablemente para la
promoción del Plan de Shoghi Effendi, reuniéndose en cónclaves anuales para
repartir aliento e información, inspirando los esfuerzos de sus recién
nombrados lugartenientes, y desbaratando los esfuerzos de una nueva camarilla
de violadores de la Alianza que pretendían minar la unidad de la Fe, esta
pequeña compañía de hombres y mujeres dolientes lograron asegurar que los
ambiciosos objetivos de la Cruzada se cumpliesen en la hora indicada y que los
cimientos necesarios estuvieran asentados en su lugar en el momento en que
habría de alzarse la corona del Orden Administrativo. Al solicitar que sus
propios miembros quedasen al margen de la elección de la Casa Universal de
Justicia, de modo que se les permitiese realizar los servicios que el Guardián
les había asignado, las Manos dieron al mundo bahá’í, como segundo gran legado,
una distinción espiritual que carece de precedentes en la historia humana.
Nunca antes las personas en cuyas manos se había depositado el poder supremo de
una gran religión, y que disfrutaban de un nivel de consideración sin parangón
en su comunidad, habían solicitado que no se les considerara elegibles para el
ejercicio de la autoridad suprema, colocándose así enteramente al servicio del
Cuerpo escogido por la comunidad de sus correligionarios a tal fin.[103]

VII

Por más que la distancia sea grande entre la
Guardianía y la singular dignidad del Centro de la Alianza, el papel
desempeñado por Shoghi Effendi a la muerte del Maestro ocupa un puesto único en
la historia de la Causa cuya centralidad en la vida de la Fe perdurará durante
los siglos venideros. En algunos respectos importantes puede afirmarse que
Shoghi Effendi amplió con otros treinta y seis años trascendentales la
influencia que había ejercido la mano guiadora del Maestro en la construcción
del Orden Administrativo y en la expansión y consolidación de la Fe de
Bahá’u’lláh. Para comprenderlo mejor osemos imaginar lo que hubiera sido del
destino de la infante Causa de Dios de no haber estado firmemente establecida
durante el período de su máxima vulnerabilidad, bajo las riendas de quien,
habiendo sido preparado por ‘Abdu’l-Bahá para este menester, había aceptado
servir -en el pleno sentido de la palabra- en calidad de Guardián.

Aun subrayando ante el
conjunto de sus correligionarios que los dos Sucesores del Maestro eran
“inseparables” y “complementarios” por lo que respecta a las funciones que
habían de desempeñar individualmente, es claro que Shoghi Effendi había
reconocido las implicaciones del hecho de que la Casa Universal de Justicia no
podía surgir hasta que, pasado un dilatado proceso de desarrollo
administrativo, se hubiera creado la requerida estructura de apoyo integrada
por las Asambleas Nacionales y Locales. Fue totalmente franco con la comunidad
bahá’í al mencionar las implicaciones del hecho de que él había sido llamado a
ejercer por sí solo esta responsabilidad suprema. En sus propias palabras:

Separada
de la institución no menos esencial de la Casa Universal de Justicia, este
mismo Sistema del Testamento de ‘Abdu’l-Bahá se vería paralizado en su
actuación, incapaz de colmar las lagunas que el Autor del Kitáb-i-Aqdas ha
dejado deliberadamente en el conjunto de Sus disposiciones legislativas y
administrativas.[104]

Consciente de esta verdad,
Shoghi Effendi actuó con escrupulosa consideración hacia las restricciones que
por mor de las circunstancias le venían impuestas, y esta fidelidad será motivo
de orgullo para los seguidores de Bahá’u’lláh a lo largo de las edades por
venir. Sus 36 años de servicios a la Fe describen una trayectoria que, abierta
como la de su Abuelo a la revisión y valoración de la posteridad, carece, tal
como aseguró a la comunidad bahá’í, de actuación alguna por su parte que, en la
más mínima medida, “infrinja la sagrada y prescrita esfera” de la Casa
Universal de Justicia. No se trata tan sólo de que Shoghi Effendi se abstuviera
entonces de promulgar legislación; sino de que pudiese cumplir su mandato
introduciendo nada más que disposiciones provisionales, dejando la decisión
última en tales asuntos enteramente en manos de la Casa Universal de Justicia.

En ningún apartado resulta
más llamativo esta autocontención que en el tema capital de la sucesión de la
Guardianía. Shoghi Effendi carecía de herederos propios; por otro lado, las
demás ramas de la Sagrada Familia habían violado la Alianza. Aunque los
Escritos bahá’ís no aportaban orientaciones sobre tales supuestos, el
Testamento del Maestro es explícito en cuanto a cómo han de resolverse todos
los asuntos que no están claros:

Incumbe a
estos miembros (de la Casa Universal de Justicia) reunirse en cierto lugar y deliberar
sobre todos los problemas que han causado diferencias, cuestiones que sean
oscuras y asuntos que no estén expresamente consignados en el Libro. Cuanto sea
que ellos decidan posee el mismo efecto que el propio Texto.[105]

De conformidad con esta orientación surgida
de la pluma del Centro de la Alianza, Shoghi Effendi se abstuvo de
pronunciarse, dejando la cuestión sobre un posible sucesor o sucesores en manos
del único Cuerpo autorizado para decidir sobre el particular. Cinco meses
después de sus comienzos, la Casa Universal de Justicia clarificó el asunto en
un mensaje de fecha 6 de octubre de 1963 dirigido a todas las Asambleas
Espirituales Nacionales:

En estado
de oración y tras el atento estudio de los Textos Sagrados (...) y tras
prolongadas consideraciones (...) la Casa Universal de Justicia concluye que no
hay modo de designar o legislar para hacer posible el nombramiento de un
segundo Guardián que sucediera a Shoghi Effendi.[106]

Al embarcarse en una misión
para la que la historia no le ofrecía precedentes, Shoghi Effendi no disponía,
a fin de recabar la guía que su labor precisaba, de otras fuentes que no fuesen
los Escritos de los Fundadores de la Fe y el ejemplo del Maestro. Ningún cuerpo
asesor podía ayudarle a determinar el significado de los Textos que había sido
llamado a interpretar a beneficio de una comunidad bahá’í que, por su parte,
tenía depositada en él toda su confianza. Sus amplias lecturas de los trabajos
publicados por historiadores, economistas y pensadores políticos apenas podía
reportarle a su indagación poco más que materia prima que su inspirada visión
de la Causa debía a continuación organizar. La confianza y valor requeridos
para conseguir que una comunidad heterogénea de creyentes acometiese tareas
que, medidas por cualquier rasero objetivo, excedían las capacidades de éstos,
sólo podían hallarse en los fondos espirituales de su propio corazón. Ningún
observador desapasionado del siglo XX, por muy escéptico que se muestre en
torno a los fundamentos de la religión, dejará de reconocer que la integridad
con que un joven en sus veinte y pocos años de edad aceptó tan sobrecogedora
responsabilidad, -y la magnitud de la victoria que labró- es evidencia del
inmenso poder espiritual inherente a la Causa que acaudilló.

Admitir todo ello es
reconocer que las capacidades con que la Alianza había dotado a la Guardianía
no eran una suerte de magia. Ejercitarlas cumplidamente suponía, tal como
Ru?íyyih Khánum ha descrito de forma conmovedora, un proceso
inacabable consistente en probar, evaluar y refinar. Aturde la precisión con
que Shoghi Effendi analizaba los procesos sociales y políticos en sus fases
iniciales, y el dominio con que su mente abarcaba un caleidoscopio de
acontecimientos, tanto actuales como históricos, relacionando sus implicaciones
con el despliegue de la Voluntad de la Providencia. Que esta labor del
intelecto fue llevada más allá del nivel con que la conciencia humana
acostumbra a operar no significa que el esfuerzo fuera menos real o exigente.
Antes bien, dada la percepción que Shoghi Effendi tenía de la naturaleza y de
la motivación humanas, rasgos inseparables de la institución que representaba,
cabe afirmar justamente lo contrario.[107]

Con la perspectiva que
ofrecen los más de cuarenta años transcurridos desde el fallecimiento de Shoghi
Effendi, empieza a apreciarse con meridiana claridad el significado que sus
labores han revestido en la evolución a largo plazo del Orden Administrativo.
Si las circunstancias hubieran sido diferentes, el Testamento del Maestro había
contemplado la posibilidad de que uno o más sucesores continuasen la
institución que Shoghi Effendi encarnaba. Obviamente no podemos penetrar en la
mente de Dios. Lo que es claro e innegable, sin embargo, es que, mediante su
autoridad interpretativa, la estructura del
Orden Administrativo así como la trayectoria que su futuro desarrollo ha de
adoptar han quedado fijados permanentemente en virtud del cumplimiento que
diera Shoghi Effendi -hasta el más mínimo detalle y al máximo nivel imaginable-
al mandato que le confió el Maestro. Igualmente claro e innegable es el hecho
de que tanto la estructura como la trayectoria
representan la Voluntad de Dios.

VIII

Tal como Shoghi Effendi había avisado
proféticamente, las fuerzas que corroían las convicciones y sistemas heredados
de todo género proseguían su avance al par que lo hacían los procesos
integradores presentes en el mundo. Por tanto, no es de sorprender que tanto en
Europa como en Oriente se demostrara brevísima la euforia inducida por la
restauración de la paz. Apenas habían cesado las hostilidades cuando estallaron
las divisiones ideológicas entre el marxismo y la democracia liberal dando paso
a diversos intentos por asegurar el dominio entre los bloques respectivos de
naciones acogidas a su inspiración. El fenómeno de la “Guerra Fría”, en que la
pugna por llevar la delantera rayó casi en abierto conflicto militar, acabó
aflorando como el paradigma político dominante de los siguientes decenios.

La amenaza planteada por la
nueva crisis del orden internacional se vio agudizada por los grandes avances
en tecnología nuclear y el éxito de ambos bloques en pertrecharse con una
colección cada vez mayor de armas de destrucción masiva. Las horrendas imágenes
de Hiroshima y Nagasaki despertaron en la humanidad la pavorosa posibilidad de
que una serie de contratiempos relativamente menores, tan imprevisibles como el
proceso iniciado en 1914 con el incidente de Sarajevo, pudiera abocar con el
tiempo a la aniquilación de una porción considerable de la población mundial,
dejando inhabitables amplias zonas del globo. Para los bahá’ís, la perspectiva
así abierta sólo podía traer a la memoria vivos recuerdos del tétrico aviso
pronunciado decenios antes por Bahá’u’lláh: “Extrañas y portentosas cosas
existen en la tierra, pero están ocultas a la mente y al entendimiento de los
hombres. Estas cosas son capaces de alterar la atmósfera entera de la tierra y
su contaminación puede resultar letal”.[108]

Con diferencia, la mayor
tragedia achacable a esta disputa en pos del dominio fue el hecho de que
frustrase las esperanzas con que los pueblos antes sometidos habían saludado la
oportunidad que parecía ofrecérseles de diseñar y emprender, por cuenta propia,
una nueva vida. El obstinado empeño de algunas potencias coloniales
supervivientes en sofocar tales esperanzas, aunque condenado al fracaso a los
ojos de cualquier observador objetivo, dejó las ansias de liberación de
numerosos países sin otro recurso que el de adoptar el carácter de una lucha
revolucionaria. Hacia 1960, estos movimientos, que por cierto ya habían sido un
rasgo del paisaje político de los anteriores decenios del siglo, comenzaron a
representar la principal forma de actividad política indígena en una mayoría de
las naciones sometidas.

Puesto que la fuerza
propulsora del propio colonialismo era la explotación económica, resultaba
quizás inevitable que una mayoría de los movimientos de liberación presentaran
un sello ideológico más bien socialista. En el espacio de unos pocos años,
dichas circunstancias crearon un terreno fértil para la explotación de las
superpotencias mundiales. Para la Unión Soviética, la situación parecía
brindarle la oportunidad de inducir un giro en la alineación de las naciones,
siempre que ganase una influencia preponderante en lo que empezaba a conocerse
como el “Tercer Mundo”. La respuesta de Occidente -allá donde la ayuda al
desarrollo no consiguió retener las lealtades de las poblaciones receptoras-
consistió en alentar y armar a una amplia variedad de regímenes autoritarios.

Conforme las fuerzas externas manipulaban
a los nuevos gobiernos, la atención iba alejándose crecientemente de la
consideración objetiva de las necesidades del desarrollo para concentrarse en
luchas ideológicas y políticas que apenas guardaban relación alguna con la
realidad social o económica. Los resultados fueron uniformemente devastadores.
La bancarrota económica, las graves violaciones de los derechos humanos, la
quiebra de la administración civil y el surgimiento de elites oportunistas que
en el sufrimiento de sus países sólo veían vías de enriquecimiento personal;
tal fue el destino demoledor que asoló, una tras otra, a aquellas nuevas
naciones que, sólo pocos años antes, habían comenzado su andadura de forma tan
prometedora.

Venía a inspirar estas crisis
políticas, sociales y económicas el auge y consolidación inexorables de una
enfermedad del alma humana infinitamente más destructiva que ninguna de sus
manifestaciones específicas. Su triunfo marcó una nueva y ominosa etapa en el
proceso de degeneración social y espiritual que Shoghi Effendi había
identificado. Apadrinado por el pensamiento europeo decimonónico, inmensamente
recrecida en su influencia mediante los logros de la cultura capitalista
norteamericana, y dotada de la credibilidad engañosa propia de dicho sistema
gracias al marxismo, el materialismo emergió con toda su fuerza en la segunda
mitad del siglo XX, convertido en una suerte de religión universal que
reclamaba autoridad absoluta sobre la vida personal y social de la humanidad.
Su credo era el colmo de la ingenuidad: La realidad, incluyendo la realidad
humana y el proceso por el que se desenvuelve, sería de naturaleza
esencialmente material. La meta de la vida humana es, o debiera ser, la
satisfacción de necesidades y carencias materiales. La sociedad existiría para
facilitar este empeño, y la preocupación colectiva de la humanidad habría de
dirigirse al refinamiento continuo del sistema, con vistas a hacerlo cada vez
más eficiente en el desempeño de esta tarea que le ha sido encomendada.

Con el colapso de la Unión
Soviética, desaparecieron los impulsos dirigidos a concebir y promover
cualquier sistema formal de creencias materialistas. Tampoco es que mediante
semejantes esfuerzos se hubiera colmado ningún propósito útil, no en vano el materialismo
pronto iba a quedarse sin retos significativos en la mayor parte del mundo. La
religión, allá donde no se hubiera replegado en forma de fanatismo y rechazo
irreflexivo del progreso, se vio paulatinamente reducida a una suerte de
preferencia personal, una predilección o una búsqueda destinada a satisfacer
las necesidades espirituales y emocionales de la persona. El sentido de misión
histórica que había definido a los principales credos religiosos aprendió a
contentarse con endosar con su firma religiosa las campañas de cambio social
llevadas a cabo por los movimientos seculares. El mundo académico, antes
escenario de grandes hazañas de la mente y el espíritu, se acomodó al papel de
cierta docta industria preocupada con atender a su maquinaria de disertaciones,
simposios, créditos de sus publicaciones y subvenciones.

Ya sea en tanto visión del
mundo o en tanto simple apetito, el efecto del materialismo es el de despojar
del seno de la motivación humana -e incluso del interés- los impulsos espirituales
que distinguen al alma racional. “Pues el amor a uno mismo”, había dicho
‘Abdu’l-Bahá, “está entreverado con la misma arcilla del hombre, y no es
posible que, sin ninguna esperanza de recompensa sustancial, descuide su propio
bienestar material presente”.[109] En ausencia de convicciones en torno a la
naturaleza espiritual de la realidad y a la realización personal que sólo ella
ofrece, no es de sorprender que encontremos en el corazón mismo de la crisis
actual de la civilización un culto al individualismo, que cada vez admite menos
restricciones y que eleva la adquisición y avance personal al estatus de
valores culturales fundamentales. La atomización resultante de la sociedad ha
marcado una nueva etapa en el proceso de desintegración al que tan urgente
referencia hacen los escritos de Shoghi Effendi.

Aceptar voluntariamente la
ruptura de una fibra tras otra del tejido moral que guía y disciplina la vida
de la persona y de cualquier sistema social es una forma autodestructiva de
afrontar la realidad. Si las cabezas pensantes fueran francas en su valoración
de las evidencias disponibles, es aquí donde hallarían la causa radical de
problemas aparentemente no relacionados como la contaminación del medio
ambiente, el descalabro económico, la violencia étnica, la generalización de la
apatía pública, el aumento masivo de la delincuencia, y las epidemias que
arrasan poblaciones enteras. Por muy importante que sea la aplicación del
conocimiento experto legal, sociológico o técnico en tales temas, carece de realismo
imaginar que los esfuerzos de este género vayan a producir cualquier
recuperación significativa si quedan huérfanos de un cambio fundamental de
conciencia y conducta morales.

*

Lo que el mundo bahá’í ha
conseguido durante estos mismos años redobla su brillo al contrastarse con este
horizonte de sombras. Es imposible exagerar el significado de los logros que
condujeron al nacimiento de la Casa Universal de Justicia. Durante unos seis
mil años la humanidad ha experimentado con una variedad casi ilimitada de
métodos colectivos de toma de decisiones. Desde el mirador privilegiado que
ofrece el siglo XX, la historia política del mundo presenta un panorama de
constantes mudanzas en el que el ingenio humano apenas ha desaprovechado la
menor oportunidad. Los sistemas basados en principios tan diferentes como la
teocracia, la monarquía, la aristocracia, la oligarquía, la república, la
democracia y la cuasi-anarquía han proliferado ad libitum, acompañadas de una ilimitada oferta de innovaciones que
han probado a combinar diferentes rasgos deseables de todo este surtido. Aunque
la mayoría de las opciones se han prestado a abusos de
un género u otro, las más de ellas sin duda han contribuido en mayor
o menor grado a satisfacer las esperanzas de aquellos a cuyos intereses
supuestamente servían.

Durante este largo proceso
evolutivo, tanto más dilatado cuanto más numerosas y diversas eran las
poblaciones que caían bajo la esfera de control de uno u otro sistemas de
gobierno, la tentación del imperio universal hizo presa en la imaginación de
los césares y napoleones que animaban esta suerte de expansión. La resultante
retahíla de calamitosos fracasos, la misma que confiere a la historia gran
parte de su capacidad de fascinación y revulsión, parece abonar la persuasiva evidencia
de que realizar tamaña ambición desborda cualquier cauce humano, no importa
cuán grandes sean los recursos de que se disponga o cuánta sea la confianza
depositada en el genio de su cultura particular.

No obstante, la unificación
de la humanidad bajo un sistema de gobierno que pueda liberar las plenas
potencialidades latentes en la naturaleza humana, y que permita su expresión en
programas para beneficio de todos, constituye claramente la próxima etapa en la
evolución de la civilización. La unificación física del planeta en nuestro
tiempo y el despertar de las aspiraciones de las masas de sus habitantes han
producido, por fin, las condiciones que permiten la consecución de este ideal,
aunque de una manera muy diferente a la imaginada en las ensoñaciones
imperialistas del pasado. A este esfuerzo han contribuido los gobiernos del
mundo al fundar la Organización de Naciones Unidas, con todas sus grandes
bendiciones y todas sus lamentables carencias.

Más allá, en algún punto se
extienden los grandes cambios que habrán de impulsar, a su debida hora, la
aceptación del concepto del gobierno mundial mismo. Naciones Unidas carece de
este mandato, y nada hay en el discurso de los dirigentes políticos
contemporáneos que contemple seriamente tan radical reestructuración de la
administración de los asuntos del planeta. Que tal cosa llegará a suceder en su
sazón es algo que Bahá’u’lláh ha puesto inconfundiblemente de manifiesto. Que
han de ser necesarios aun mayores sufrimientos y desilusiones para impulsar a la
humanidad a que dé este gran paso adelante parece, por desgracia, igualmente
claro. Su establecimiento ha de requerir que los gobiernos nacionales y otros
centros de poder sometan a la decisión internacional, de modo incondicional e
irreversible, la plena medida de una autoridad superior e implícita en la
palabra “gobierno”.

Éste es el contexto en el
que los bahá’ís deben procurar apreciar la victoria única que la Causa ganó en
1963 y que desde entonces no ha hecho sino consolidarse. Comprender plenamente
su significado está fuera del alcance de las generaciones actuales de creyentes
y quizá siga estándolo para varias generaciones más. En la medida en que los
bahá’ís lo comprendan, no vacilarán en su determinación de servir al despliegue
de su propósito.

El proceso que condujo a la
elección de la Casa Universal de Justicia -posibilitado por la feliz conclusión
de las tres primeras etapas del Plan Divino del Maestro bajo la dirección de
Shoghi Effendi- constituyó muy probablemente la primera elección global y
democrática de la historia. Cada una de las elecciones sucesivas celebradas
desde entonces ha contado con un electorado más amplio y más diverso formado
por los delegados escogidos de la comunidad, hecho que en la actualidad la
sitúa en un punto en el que incontestablemente ostenta la voluntad de un sector
representativo de cada una de las partes de la raza humana entera. En efecto,
no hay nada previsto o realizado por ninguna agrupación de personas que pueda
parangonarse en modo alguno con este logro.

Si, además, se reflexiona
sobre la atmósfera espiritual que domina las elecciones bahá’ís y la conducta
conforme a principio que se exige incluso en sus detalles más simples, no cabe
sino sentirse más humilde ante un reconocimiento aún superior. Al erigir la
institución suprema de gobierno de nuestra Fe, se presencia el máximo esfuerzo
de que es capaz la persona por ganarse el beneplácito de Dios, una decisión
colectiva y fervorosa de que nada, ya sea en las condiciones culturales o en
los impulsos del deseo individual, debe consentirse que empañe la pureza de
este acto colectivo supremo. Se roza en este punto el límite de la capacidad
humana. Mediante este acto, la humanidad hace literalmente todo lo que puede, y
Dios acepta este esfuerzo consagrado por parte de quienes han abrazado Su Causa
y faculta a las instituciones así constituidas con los poderes prometidos en el
Kitáb-i-Aqdas y en el Testamento de ‘Abdu’l-Bahá. No es de sorprender que
‘Abdu’l-Bahá viera en este proceso, llamado a consumarse en la histórica fecha
de 1963, centenario de la declaración de la misión de Bahá’u’lláh, el
cumplimiento de la visión del profeta Daniel: “Bendito sea el que aguarde y
llegue a 1335 días”. En palabras del Maestro:

Pues de acuerdo con este
cálculo habrá de transcurrir un siglo desde el alba del Sol de la Verdad, y
será entonces cuando las enseñanzas de Dios quedarán firmemente establecidas en
la tierra, y la luz divina inundará el mundo desde Oriente hasta Occidente. En
se día, los fieles se regocijarán.[110]

Con el establecimiento de la
Casa Universal de Justicia, surgía la segunda de las dos instituciones
sucesorias nombradas por ‘Abdu’l-Bahá como garantes de la integridad de la
Causa. El vasto conjunto de los escritos del Guardián y la pauta de vida
administrativa que había creado y que estaba impresa indeleblemente en la
conciencia bahá’í habían surtido al mundo bahá’í de los medios con que asegurar
conformidad universal en torno a las intenciones de la Revelación de Dios. Con
la Casa Universal de Justicia, poseía también ahora la autoridad última
concebida por Bahá’u’lláh para el ejercicio de las funciones decisorias del
Orden Administrativo. Tal como el Testamento explica, las dos instituciones
comparten conjuntamente la promesa divina de guía indefectible:

La rama
sagrada y juvenil, el Guardián de la Causa de Dios, así como la Casa Universal
de Justicia, que ha de elegirse y establecerse universalmente, están ambas bajo
el cuidado y protección de la Belleza de Abhá, al abrigo y guía infalible de Su
Santidad, el Exaltado (que mi vida sea ofrecida por ambos). Cuanto sea que
ellos decidan es de Dios.[111]

La relación entre estos dos
centros de autoridad, había explicado además Shoghi Effendi, es de carácter
complementario, una relación en la que algunas funciones son compartidas en
común y otras son propias de una u otra institución. No obstante, puso gran
cuidado en recalcar:

Debe
(...) comprenderse claramente por parte de todo creyente que la institución de
la Guardianía en ninguna circunstancia abroga, ni tampoco merma siquiera en la
menor medida, los poderes concedidos por Bahá’u’lláh en el Kitáb-i-Aqdas a la
Casa Universal de Justicia, repetida y solemnemente confirmados por
‘Abdu’l-Bahá en Su Testamento. No constituye en modo alguno contradicción del Testamento
y Escritos de Bahá’u’lláh, ni anula ninguna de Sus instrucciones
reveladas.[112]

Comprender la singularidad
de lo creado por Bahá’u’lláh fecunda la imaginación abriéndola a las
aportaciones que la Causa puede brindar a la unificación de la humanidad y a la
construcción de una sociedad global. La responsabilidad inmediata de establecer
el gobierno mundial descansa sobre los hombros de los estados nacionales. Lo
que la comunidad bahá’í ha sido llamada a realizar, en esta etapa de la
evolución social y política de la humanidad, es contribuir por todos los medios
posibles a la creación de las condiciones que alienten y faciliten esta empresa
enormemente exigente. Tal como Bahá’u’lláh aseguró a los monarcas de Su época
que “no es Nuestro deseo apropiarnos de vuestros reinos”, [113”], del mismo
modo puede afirmarse que la comunidad bahá’í carece de agenda política, es
ajena a cualquier implicación en actividades partidistas y acepta sin reservas
la autoridad del gobierno civil en los asuntos públicos. Cualquier preocupación
que los bahá’ís lleguen a albergar en torno a las condiciones actuales o sobre
las necesidades de sus propios miembros se expresa a través de cauces
constitucionales.

El poder de la Causa para
influir en el curso de la historia descansa no sólo en la potencia espiritual
de su mensaje, sino en el ejemplo que ofrece. “Tan potente es la luz de la
unidad”, asegura Bahá’u’lláh, “que puede iluminar la tierra entera”.[114] La
unidad de la humanidad encarnada en la Fe, tal como subraya Shoghi Effendi, no
representa “un mero brote de sentimentalismo ignorante o una expresión de esperanzas vagas y
piadosas”. La unidad orgánica del conjunto de los creyentes –y el Orden
Administrativo que la posibilita– dan testimonio de lo que Shoghi Effendi denominó
“el poder que posee su Fe para construir la sociedad”.[115] Conforme la Causa
se expanda y cuanto más aparentes se vuelvan las capacidades latentes en su
Orden Administrativo, tanto más atraerá la atención de las figuras del
pensamiento e inspirará en las mentes progresivas la seguridad de que sus
ideales son, en última instancia, realizables. En palabras de Shoghi Effendi:

Los
dirigentes religiosos, los exponentes de las teorías políticas, los gobernantes
de las instituciones humanas, esos mismos que en la actualidad presencian con
perplejidad y consternación la bancarrota de sus ideas y la desintegración de
su obra, harían bien en volver su mirada hacia la Revelación de Bahá’u’lláh y
en meditar sobre el Orden Mundial que, atesorado en Sus enseñanzas, se yergue
lenta e imperceptiblemente entre la vorágine y caos de la civilización
actual.[116]

Tal examen centrará la
atención sobre el poder que ha hecho posible el logro de la unidad bahá’í, y
que ésta pueda mantenerse y consolidarse. “La luz de los hombres”, asegura
Bahá’u’lláh, “es la Justicia”, cuyo propósito, añade, “es la aparición de la
unidad entre los hombres. El océano de la sabiduría divina surge dentro de esta
exaltada palabra”.[117] La designación de “Casas de Justicia”, conferida a las instituciones
que gobernarán el Orden Mundial que Él concibió, en los planos local, nacional
e internacional, refleja la centralidad de este principio dentro de las
enseñanzas de la Revelación y de la vida de la Causa. A medida que la comunidad
bahá’í se convierta en un participante cada vez más presente en la escena
pública, su experiencia dará pruebas tanto más alentadoras de esta ley, tan
crucial para la curación de la infinidad de enfermedades que, en última
instancia, son consecuencia de la desunión que aflige a la familia humana.
“Sabe en verdad”, explica Bahá’u’lláh, “que estas grandes opresiones que se han
abatido sobre el mundo lo preparan para el advenimiento de la Más Grande
Justicia” [118]. Huelga decir que esa etapa culminante en la evolución de la
sociedad tendrá lugar en un mundo muy diferente del que ahora conocemos.

IX

El efecto inmediato de haber ganado la
Cruzada de Diez Años y del establecimiento de la Casa Universal de Justicia fue
el de añadir un poderoso empuje al avance de la Causa. Esta vez el progreso
–que había afectado prácticamente a todos los aspectos de la vida bahá’í–
adoptó la forma de una serie de cambios profundos cuyo perfil se aprecia mejor
al contraluz que ofrece todo el período transcurrido desde 1963 hasta el final
del siglo. Durante esos treinta y siete años las labores avanzaron rápidamente
siguiendo dos cursos paralelos: la expansión y consolidación de la propia
comunidad bahá’í y, al mismo tiempo, el aumento espectacular en el influjo que
la Fe llegaba a ejercer en la vida social. Mientras se diversificaba la gama de
actividades bahá’ís, la mayor parte de tales esfuerzos tendían a potenciar
directamente una u otra de las dos principales vías de progreso.

Una decisión adoptada en
fecha temprana por la Casa de Justicia resultó ser decisiva para todos los
aspectos del desarrollo de la enseñanza y de la administración. Comprender que
no había sucesor de Shoghi Effendi supuso reconocer que tampoco sería posible
el nombramiento de nuevas Manos de la Causa. Cuán esenciales eran las funciones
de esta institución para el progreso de la Fe se demostró con fuerza
inolvidable durante los trepidantes seis años transcurridos entre 1957 y 1963.
En consecuencia, de conformidad con el mandato que la autorizaba a crear nuevas
instituciones bahá’ís [119], según las necesidades de la Causa lo requerían, la
Casa de Justicia creó en junio de 1968 los Cuerpos Continentales de Consejeros.
Dotada de facultades para extender hacia el futuro las funciones de protección
y propagación de la Fe ejercidas por las Manos de la Causa, la nueva
institución asumió la responsabilidad de guiar las labores de los Cuerpos
Auxiliares ya existentes y sumó fuerzas con las Asambleas Nacionales
compartiendo responsabilidades en el avance de la Fe. Las grandes victorias
celebradas en 1973 al término del Plan de Nueve Años, aunque espléndidas en sí
mismas, reflejaron la extraordinaria facilidad con que la nueva agencia
administrativa había asumido sus deberes y la avidez con que había sido
bienvenida por creyentes y Asambleas por igual. El momento quedó marcado por
otro acontecimiento trascendental en el desarrollo del Orden Administrativo: la
creación del Centro Internacional de Enseñanza, cuerpo que proyectaría hacia el
futuro las responsabilidades incumbentes al grupo de “Manos de la Causa
residentes en Tierra Santa”, y que en adelante iba a coordinar las labores de
los Cuerpos de Consejeros de todo el mundo.

Previendo el curso que el
crecimiento de la Causa iba a seguir, Shoghi Effendi se había referido por escrito
al “lanzamiento de empresas mundiales destinadas a ser acometidas, en épocas
futuras de esa misma Edad [Formativa], por parte de la Casa Universal de
Justicia, empresas que simbolizarán la unidad y coordinarán y unificarán las
actividades de (...) las Asambleas Nacionales”.[120] En 1964 el Plan de Nueve
Años iniciaba estos proyectos globales, y a éste seguirían el Plan de Cinco
Años (1974), el Plan de Siete Años (1979), el Plan de Seis Años (1986), el Plan
de Tres Años (1993), el Plan de Cuatro Años (1996) y el Plan de Doce Meses, con
el que concluyó el siglo. La variación del énfasis con que se orientaba
sucesivamente una empresa tras otra constituye un indicador valioso del
crecimiento que la Causa experimentaba por aquellos decenios, así como de las nuevas
oportunidades y desafíos que le reportaba este crecimiento. Más importante aún
que las diferencias, sin duda, es el hecho de que las actividades requeridas en
cada Plan fuesen extensiones de iniciativas que habían sido puestas en marcha
por Shoghi Effendi, quien, a su vez, había recogido y reelaborado la trama
tejida por los Fundadores de la Fe: la formación de Asambleas Espirituales; la
traducción, producción y distribución de obras y publicaciones; el aliento
infundido a la participación universal de los amigos; la atención al
enriquecimiento de la vida bahá’í; los esfuerzos encaminados a la participación
de la comunidad bahá’í en la vida de la sociedad; el afianzamiento de la vida
familiar bahá’í; y la educación de los niños y jóvenes. Aunque estos diversos
procesos continúen diversificándose indefinidamente desplegando nuevas
posibilidades, el hecho de que cada uno de ellos se originase en el impulso
creador de la Revelación misma confiere a cuanto realiza la comunidad bahá’í
una fuerza integradora que constituye el secreto y la garantía de su éxito
final.

Los primeros veinte años del
proceso fueron uno de los períodos más enriquecedores que la comunidad bahá’í
haya experimentado jamás. Durante un período notablemente breve, el número de
Asambleas Espirituales Locales se multiplicó y la diversidad cultural de los
miembros se convirtió en un rasgo cada vez más distintivo de la vida bahá’í.
Aunque la quiebra social generaba problemas para las instituciones
administrativas bahá’ís, uno de sus efectos fue el de generar un crecido
interés por el mensaje de la Causa. Al principio, la comunidad fue invitada a
afrontar el reto de la “enseñanza de las masas”. Ya en 1967, se hacía un
llamamiento a “lanzar, a una escala global y ante todos los estratos de la sociedad
humana, una proclamación duradera e intensa del mensaje curativo que anuncie la venida del
Prometido (...)” [121]

A medida que los creyentes
de los centros urbanos emprendían campañas continuas para alcanzar a las masas
de los pueblos del mundo, establecidas en aldeas y zonas rurales, pudieron
comprobar que la receptividad ante el mensaje de Bahá’u’lláh excedía cualquier
medida que antes se hubiera concebido posible. Si bien la respuesta adoptó
usualmente formas muy diferentes de aquellas con las que los maestros estaban
familiarizados, los nuevos seguidores recibieron una cálida bienvenida. Decenas
de millares de nuevos bahá’ís entraron en la Causa a lo largo de África, Asia y
Latinoamérica, a menudo en contingentes que representaban la mayor parte de
aldeas rurales completas. Los años 60 y 70 fueron tiempos apasionantes para una
comunidad bahá’í cuyo crecimiento fuera de Irán había sido hasta entonces lento
y tasado. Iba a recaer en los amigos del Pacífico la gran distinción de atraer
a la Causa al primer Jefe de Estado, Su Alteza Malietoa Tanumafili II,
distinción que sólo los acontecimientos futuros situarán en su marco adecuado.

En la base misma de esta
evolución, al igual que sucediera desde los albores de la Causa, se hallaba el
compromiso personal del creyente. Ya durante el ministerio de Shoghi Effendi se
habían realizado intentos, por parte de personas especialmente lúcidas, de
introducir la Causa en poblaciones indígenas de países como Uganda, Bolivia e
Indonesia. Durante el Plan de Nueve Años, un número muy superior de maestros se
vieron atraídos hacia este trabajo, particularmente en la India, en varios
países de África y en la mayor parte de las regiones de Latinoamérica, así como
en las islas del Pacífico, en Alaska, entre los pueblos nativos de Canadá y en
la población rural negra de las regiones sureñas de Estados Unidos. El
pioneraje aportó un apoyo fundamental a las labores y sirvió de acicate para el
surgimiento de nuevos grupos de maestros de entre los propios creyentes
indígenas.

Aun así, pronto se hizo
patente que la sola iniciativa personal, no importa cuán inspirada y robusta,
no estaba en condiciones de responder adecuadamente a las oportunidades. En
consecuencia, se alentó a las comunidades bahá’ís a acometer una amplia gama de
proyectos colectivos de enseñanza y proclamación que por sus alcances
recordaban los días heroicos, los días de los primeros creyentes en causar el
despertar, los clarines del alba. Equipos de maestros entusiastas descubrieron
que ya era posible presentar el mensaje de la Fe no sólo de uno en uno a una
mera sucesión de buscadores, sino también a grupos enteros, e incluso a
comunidades completas. Las decenas de millares se convirtieron en cientos de
millares. El crecimiento de la Fe supuso que los miembros de las Asambleas
Espirituales, cuya experiencia se había visto limitada a potenciar la
comprensión de la Fe de los solicitantes educados en las culturas de la duda o
del fanatismo religioso, debían ahora ajustarse a las expresiones de fe de
grupos enteros de población para los cuales la conciencia y respuesta
religiosas constituían rasgos normales de la vida cotidiana.

Ningún sector de la
comunidad realizó una aportación más briosa ni tan significativa como la
prestada por los jóvenes bahá’ís. En las gestas que realizaron en el curso de
estos decenios -al igual que a lo largo de la historia de los anteriores 150
años- cabe recordar una y otra vez que la gran mayoría del conjunto de héroes
que dieron rumbo a la Causa a mediados del siglo XIX estaba formada por
jóvenes. El propio Báb declaró Su misión cuando tenía veinticinco años, y Anís,
que alcanzó la gloria imperecedera de morir junto a su Señor, era todavía
adolescente. Quddús respondió a la Revelación a la edad de veintidós años.
Zaynab, de cuya edad nunca se tuvo noticia, era jovencísima. Shaykh
‘Alí, tan querido por Quddús y Mullá ?usayn, fue martirizado a la edad de
veintidós años, en tanto que Mu?ammad-Báqir-Naqsh entregó la vida
tan sólo a los catorce años. Por su parte, ?áhirih ni siquiera había
cumplido la treintena cuando abrazó la Causa del Báb.

Siguiendo el sendero labrado
por estas figuras extraordinarias, miles de jóvenes bahá’ís se alzaron en los
años ulteriores a proclamar el mensaje de la Fe por los cinco continentes y a
lo largo de las islas esparcidas por el planeta. Al mismo tiempo que la
sociedad veía surgir una cultura juvenil internacional a finales de los años 60
y comienzos de los 70, los creyentes con talento musical, teatral y artístico
demostraron en parte lo que Shoghi Effendi había querido significar al señalar:
“Llegará el día en que la Causa se difunda como un reguero de pólvora, cuando
su espíritu y enseñanzas sean presentadas sobre los escenarios, o a través de
las artes o de la literatura (...)” [122] El celo y entusiasmo característicos
de la juventud han servido de acicate continuo para que el conjunto de la
comunidad explore, cada vez con mayor audacia, las revolucionarias
implicaciones sociales de las enseñanzas de Bahá’u’lláh.

Sin embargo, el auge de
nuevas afiliaciones planteó problemas igualmente mayúsculos. En un plano
inmediato, los recursos de las comunidades bahá’ís dedicadas a la tarea se
vieron abrumados por la tarea de proporcionar la confirmación continua que
precisaban las masas de nuevos creyentes y la consolidación de las comunidades
y Asambleas Espirituales resultantes. Por otro lado, los desafíos culturales
similares a los afrontados por los primeros creyentes persas que habían
procurado presentar la Fe en tierras occidentales encontraban sus réplicas multiplicadas
a lo largo del mundo. Los principios teológicos y administrativos que podían
resultar del mayor interés para los pioneros y maestros rara vez coincidían con
los que embargaban a los nuevos conversos, procedentes de orígenes sociales y
culturales muy diferentes. A menudo, discrepancias en torno incluso a asuntos
tan elementales como el uso del tiempo o simples convenciones sociales creaban
fosos de incomprensión que dificultaban en extremo la comunicación.

En un principio, tales
problemas se demostraron estimulantes en la medida en que tanto las
instituciones bahá’ís como los creyentes se debatían por encontrar nuevas
formas de plantear las situaciones, nuevas formas, sin duda, de comprender
incluso pasajes importantes de los propios Escritos bahá’ís. Hubo decididos
esfuerzos en respuesta a la guía del Centro Mundial, en el sentido de que la
expansión y la consolidación son dos procesos que han de avanzar parejos. Sin
embargo, allá donde los resultados esperados no se materializaron prontamente,
vino a instalarse con frecuencia cierto desánimo. El surgimiento inicialmente
rápido de las tasas de afiliación abrió paso a un descenso brusco en numerosos
países, lo que tentó a algunas comunidades e instituciones bahá’ís a volver su
atención de nuevo hacia actividades más usuales y a públicos más accesibles.

No obstante, el principal
efecto de estos reveses fue el de hacer ver a las comunidades que las elevadas
expectativas de los primeros años en cierto modo eran muy poco realistas.
Aunque los fáciles éxitos de las actividades iniciales de enseñanza eran
alentadores, por sí mismos no construían una vida comunitaria bahá’í
regenerable que colmase las necesidades de sus nuevos miembros. Antes bien, los
pioneros y los nuevos creyentes por igual se enfrentaban a preguntas para las
cuales la experiencia bahá’í en tierras occidentales -o incluso en Irán-
ofrecían escasas respuestas. ¿Cómo habían de establecerse Asambleas
Espirituales Locales -y una vez establecidas, cómo debían funcionar- en zonas
donde la Causa se incrementaba, en cuestión de días, con gran número de nuevos
creyentes, sólo sobre la base del reconocimiento espiritual de la verdad?
¿Cómo, en unas sociedades dominadas por los hombres desde el alba de la
historia, hacer que disfrutaran de idéntica voz las mujeres? ¿Cómo había de
afrontarse la educación sistemática de una gran población de niños, en
situaciones culturales donde prevalecían la pobreza y el analfabetismo? ¿Qué
prioridades debían guiar la educación moral bahá’í, y cómo estos objetivos
podían relacionarse de la mejor manera con las convenciones locales dominantes?
¿Cómo cultivar una vida comunitaria capaz de estimular el crecimiento
espiritual de sus miembros? ¿Qué prioridades, igualmente, debían establecerse
con relación a la producción de libros bahá’ís, particularmente teniendo en
cuenta la repentina explosión que había tenido lugar en el elenco de idiomas
representados en la comunidad? ¿Cómo mantener la integridad de la institución
bahá’í de la Fiesta de Diecinueve Días, al tiempo que se abría esta actividad
vital a la influencia enriquecedora de las diversas culturas? Y, en todas los
ámbitos de interés, ¿cómo habrían de allegarse, financiarse y coordinarse los
recursos necesarios?

La presión de estos retos
urgentes y entreverados hizo embarcar al mundo bahá’í en un proceso de
aprendizaje que se demostró tan capital como la propia expansión. Vale decir
que durante estos años no hubo virtualmente ningún tipo de actividad de
enseñanza, ninguna combinación de expansión, consolidación y proclamación,
ninguna opción administrativa, ningún esfuerzo de adaptación cultural que no
fuera acometido con ímpetu en alguna parte del mundo bahá’í. El resultado de la
experiencia se tradujo en la educación intensiva de gran parte de la comunidad
bahá’í en las implicaciones de las labores de enseñanza masiva, una educación
que por otras vías no habría podido plasmarse. Por su propia naturaleza, este
proceso tuvo un alcance fundamentalmente local y regional, fue más cualitativo
que cuantitativo en sus logros, y en cuanto al progreso logrado, de carácter
acumulativo más que de escala masiva. Pese a todo, de no haber sido por el
laborioso, siempre difícil y a menudo frustrante trabajo de consolidación
acometido durante estos años, la estrategia posterior de sistematización de la
promoción de la entrada en tropas habría tenido muy poco donde emplearse.

El hecho de que el mensaje
bahá’í penetrase entonces en la vida no sólo de pequeños grupos de personas
sino de comunidades enteras tuvo el efecto de reanimar un rasgo vital presente
en una etapa anterior del progreso de la Causa. Por primera vez en muchos
lustros, la Fe se encontró una vez más en una situación en la que la enseñanza
y consolidación entroncaban inseparablemente con el desarrollo social y económico.
En los primeros años del siglo, bajo la guía del Maestro y del Guardián, los
creyentes iraníes -estando privados de la oportunidad de participar igualmente
en los magros beneficios que ofrecía la sociedad de entonces- se habían alzado
a construir laboriosamente una vida comunitaria amplia y de un género que
trascendía la necesidad o el alcance de los grupos aislados bahá’ís de
Norteamérica y Europa occidental. En Irán, el avance espiritual y moral, las
actividades de enseñanza, la creación de escuelas y clínicas, la construcción
de instituciones administrativas, y el aliento dado a las iniciativas
destinadas a la autosuficiencia y prosperidad económicas, todos ellos habían
sido desde un temprano comienzo rasgos inseparables de un proceso orgánicamente
unificado de desarrollo. Ahora -en África, en Latinoamérica, y en partes de
Asia- estas mismas oportunidades y desafíos volvían a aflorar.

Si bien estaban en marcha
desde largo tiempo actividades sociales y económicas de desarrollo,
particularmente en Latinoamérica y Asia, se trataban de proyectos aislados,
desempeñados por grupos de creyentes bajo la guía de las Asambleas Nacionales
concretas, que no guardaban relación con ningún plan. No obstante, en octubre
de 1983, las comunidades bahá’ís de todo el mundo fueron invitadas a incorporar
tales esfuerzos a sus programas regulares de trabajo. Se creó una Oficina de
Desarrollo Social y Económico en el Centro Mundial con el fin de coordinar el
aprendizaje y recabar apoyos económicos.

El decenio siguiente presenció
una amplia experimentación en una esfera de trabajo para la cual la mayoría de
las instituciones disponían de escasa preparación. Al tiempo que procuraban
aprovechar los modelos acometidos por las numerosas agencias de desarrollo de
todo el mundo, las comunidades bahá’ís hacían frente al desafío de relacionar
sus hallazgos en varios ámbitos de interés -educación, sanidad, alfabetización,
agricultura y tecnología de las comunicaciones- con su comprensión de los
principios bahá’ís. Dada la magnitud de los recursos invertidos por los
gobiernos y las fundaciones, y la confianza con que este esfuerzo fue iniciado,
había una gran tentación de limitarse a tomar prestados los métodos corrientes
por entonces o de adaptar los esfuerzos bahá’ís a las teorías prevalecientes.
Sin embargo, según las labores fueron evolucionando, las instituciones bahá’ís
comenzaron a centrarse en la meta de concebir paradigmas de desarrollo que
integrasen lo ya observado en el conjunto de la sociedad para ajustarlo a la
singular concepción que, en todo cuanto atañe a las potencialidades humanas,
ofrece la Fe.

En ningún capítulo pudo
apreciarse la estrategia de los Planes sucesivos de modo tan impresionante como
en el caso de la India. La comunidad de dicho país se ha convertido hoy día en
un gigante de la Causa que cuenta con más de un millón de almas. Sus labores se
extienden por la geografía de un vasto subcontinente, hogar de una inmensa
diversidad de culturas, idiomas, grupos étnicos y tradiciones religiosas. En
muchos sentidos, la experiencia de este conjunto tan privilegiado de creyentes
resume los empeños del mundo bahá’í, y los experimentos, los reveses y
victorias cosechados por éste durante tres decisivos decenios. El espectacular
aumento de nuevos creyentes trajo todo el repertorio de problemas a que se
hacía frente en otros lugares del mundo, sólo que a una escala masiva. El largo
camino que ha acabado por encaramar a la comunidad bahá’í india a su puesto de
preeminencia ha estado erizado de dificultades dolorosas, algunas de las cuales
a veces pesaron como una amenaza sobre sus recursos administrativos. Las
victorias ganadas, pese a todo, constituyen un preludio de las confirmaciones
que con el tiempo bendecirán los esfuerzos de las comunidades bahá’ís de otros
continentes que afrontan idénticos desafíos. Ya en 1985, el crecimiento de la
Fe en India había alcanzado el punto en que las necesidades y oportunidades de
tan diversas regiones requerían una atención más centrada que la que podía
proporcionar la Asamblea Espiritual por su cuenta. De este modo, surgía la
nueva institución del Consejo Regional Bahá’í, iniciadora del proceso de
descentralización administrativa que desde entonces se ha demostrado tan
efectivo en muchos países.

En 1986, la expansión y
consolidación presenciadas en la India se vieron oportunamente coronadas con la
inauguración del bello “Templo del Loto”. Aunque el proyecto había suscitado
expectativas optimistas en cuanto al impacto que su conclusión tendría en el
reconocimiento público de la Fe, la realidad ha sobrepasado infinitamente la
esperanzas más optimistas. Hoy día, la Casa de Adoración de la India se ha
convertido en la atracción principal del subcontinente, con una media de 10.000
visitantes diarios, al punto de figurar destacadamente en las publicaciones,
documentales y producciones de televisión. El interés suscitado por una Fe
capaz de inspirar y cobrar cuerpo en tan magnífica creación ha concedido un
nuevo significado a la descripción que diera ‘Abdu’l-Bahá de los Templos
bahá’ís al calificarlos de “maestros silenciosos” de la Fe.

El progreso de la comunidad
bahá’í india, tanto en su desarrollo interno como en su relación con el
conjunto de la sociedad, se hizo patente en una iniciativa pionera adoptada en
noviembre de 2000 en el campo del desarrollo social y económico. Aprovechando
la reputación que se había ganado merecidamente entre los círculos progresivos
de dicho país, la Asamblea Espiritual Nacional apadrinó, en colaboración con el
Instituto de Estudios sobre la Prosperidad Global [123] recientemente creado
por la Comunidad Internacional Bahá’í, un simposio sobre el tema “Religión,
Ciencia y Desarrollo”. El proyecto concitó la participación de más de cien
organizaciones de desarrollo muy influyentes en el país y atrajo la atención de
los medios nacionales de difusión. Puesto que se trataba de una distinguida
aportación bahá’í a la promoción del avance social, el acontecimiento preparó
el terreno de simposios análogos a celebrarse en África, Latinoamérica y otras
regiones, donde las comunidades bahá’ís creativas pueden contribuir a conformar
lo que bien puede convertirse en uno de los mayores éxitos de la Fe.

Asimismo, durante estos
mismos años, el continente asiático vio el repentino surgir de la comunidad
bahá’í de Malasia como locomotora de las labores de expansión, capaz de ganar
sus propias metas con celeridad asombrosa y de despachar pioneros y maestros
viajeros a países vecinos. Un éxito que posibilitó este avance espectacular
fueron los vínculos de asociación espiritual que establecieron los creyentes de
origen chino e indio. Las personas que visitaban Malasia describían, en
términos rayanos en el asombro, cómo esta comunidad, pese a bregar atenazada
por trabas y restricciones, parecía la encarnación misma de las metáforas militares
con que los escritos de Shoghi Effendi sugieren el espíritu que anima los
esfuerzos de enseñanza bahá’í.

Sin embargo, ni el
crecimiento mundial de la comunidad bahá’í ni el proceso de aprendizaje que
ésta experimentaba nos cuentan la historia completa de estos decenios
tumultuosos y creativos. Cuando finalmente se escriba su historia, uno de los
capítulos más brillantes será el que refiera las victorias espirituales
ganadas, particularmente en África, por comunidades bahá’ís que hubieron de
sobrevivir al terror, a la guerra, a la opresión política y a las privaciones
extremas, saliendo airosas del trance, con su fe intacta y decididas a reanudar
sus labores en pos de una vida colectiva bahá’í viable. La comunidad de
Etiopía, cuna de una de las culturas tradicionales más ricas y de mayor
abolengo del mundo, logró mantener la moral de sus miembros así como la
coherencia de sus estructuras administrativas pese a la despiadada presión de
una dictadura brutal. De los amigos de otros países del continente, cabe decir,
en efecto, que su sendero de fidelidad a la Causa transitó por un infierno de
sufrimientos rara vez igualado en la historia moderna. Los anales de la Fe
poseen pocos testimonios más conmovedores del puro poder del espíritu que los
que ofrecen las historias de valor y pureza de corazón reflejadas en el
calvario que atrapó a los amigosen lo que por entonces era el Zaire. Son
historias que han de inspirar a las generaciones venideras y que representan
aportaciones incalculables a la creación de una cultura global bahá’í. Países
como Uganda y Ruanda añadieron sus propios logros inolvidables a esta
trayectoria de luchas heroicas.

Igualmente inspiradora fue
la demostración de capacidad de renovación que es inherente a la Causa y que se
hizo patente en los campos de refugiados camboyanos situados en la frontera
tailandesa. Mediante los esfuerzos heroicos de un puñado de maestros, se
establecieron Asambleas Espirituales Locales entre los supervivientes de una
campaña de genocidio que anonada la capacidad humana de imaginación, una
población que perdió a infinidad de seres amados así como todo lo que poseían
para su seguridad material, pero en la que todavía ardía ese anhelo del alma
humana por la verdad espiritual. Un logro extraordinario de índole semejante
fue el de la comunidad bahá’í de Liberia. Desahuciados de sus hogares y
llevados al exilio en países vecinos, muchos de estos intrépidos creyentes
portaron consigo su vida comunitaria completa: erigieron Asambleas Espirituales
Locales, continuaron sus labores de enseñanza, prosiguieron la educación de sus
hijos, aprovecharon su tiempo para aprender nuevas destrezas, y encontraron en
la música, la danza y el teatro poderes del espíritu que les ayudaban a
mantener viva la esperanza del regreso al país de origen.

A medida que cobraba forma
el proceso de educación en los métodos de enseñanza de masas, la composición de
la comunidad mundial bahá’í acusaba una transformación paralela. En 1992, el
mundo bahá’í celebró su segundo Año Santo, en este caso para conmemorar el
centenario de la ascensión de Bahá’u’lláh y la promulgación de Su Alianza. Más
elocuentemente de lo que hubieran sido las palabras, la diversidad étnica,
cultural y nacional de los 27.000 creyentes que se reunieron en el Javits
Convention Center de Nueva York, junto con los miles presentes en nueve
conferencias auxiliares celebradas en Bucarest, Buenos Aires, Moscú, Nairobi,
Nueva Delhi, Panamá, Singapur, Sidney y Samoa Occidental, testimoniaban
palmariamente los frutos cosechados por todo el mundo gracias a las labores de
enseñanza bahá’í. En este sentido, se produjo un momento especialmente emotivo
cuando durante la conexión vía satélite entre las conferencias con la que se
celebraba en Nueva York le tocó el turno a la de Moscú, momento en que los
bahá’ís de todo el mundo acogieron con estremecimiento los saludos dirigidos en
ruso, el idioma común de 280 millones de personas de al menos quince países,
saludos que proclamaban una nueva fase en la respuesta de la humanidad a
Bahá’u’lláh.

En las conferencias de Moscú
y Bucarest podía percibirse el renacimiento de las comunidades bahá’ís que casi
se habían extinguido bajo la opresión del régimen soviético y de sus
colaboradores. Una de las tres Manos de la Causa supervivientes, ‘Alí-Akbar
Furútán, quien había vivido en Rusia, tuvo la gran alegría de regresar a Moscú,
a la edad de 86 años, para asistir a la elección inaugural de la Asamblea
Espiritual Nacional de aquel país. Surgieron Asambleas Espirituales Locales en
casi todas los países de reciente apertura y se eligieron seis nuevas Asambleas
Espirituales Nacionales. En un breve período, las actividades de pioneraje y
enseñanza emprendidas en los países que conforman el cinturón meridional del
antiguo imperio soviético -donde la Fe había estado igualmente proscrita-
pronto dio lugar a la existencia de nuevas Asambleas Locales y de ocho
Asambleas Espirituales Nacionales. Las publicaciones bahá’ís se tradujeron a
una gama de nuevos idiomas, se dieron pasos decididos para asegurar el
reconocimiento civil de las instituciones bahá’ís, y los representantes de la
Europa del Este y de los países del bloque soviético ahora desaparecido
comenzaron a participar junto con sus correligionarios en los asuntos externos
de la Fe en el terreno internacional.

Asimismo, de forma gradual,
el mensaje de la Fe comenzó a ser acogido en numerosas partes de China y entre
las poblaciones chinas en el extranjero. Se tradujeron obras bahá’ís al
mandarín, numerosas universidades de buen número de ciudades chinas extendieron
invitaciones a estudiosos bahá’ís, se estableció un Centro de Estudios Bahá’ís
en el prestigioso Instituto de las Religiones Mundiales en Pekín, [124]
integrado a su vez en la Academia de Ciencias Sociales, y son numerosos los
dignatarios chinos que han expresado generosamente su aprecio por los
principios que descubren en los Escritos. A la luz de las alabanzas del Maestro
hacia la civilización china y su papel en la humanidad del futuro, cabe
concebir cuán significativa ha de ser la aportación creativa que los creyentes
de este origen han de realizar a la vida intelectual y moral de la Causa en los
años venideros.[125]

El significado de estos tres
decenios de lucha, aprendizaje y sacrificio se hizo patente cuando llegó el
momento de idear un Plan global para capitalizar las percepciones obtenidas y
los recursos ya desarrollados. La comunidad bahá’í que emprendió el Plan de
Cuatro Años en 1996 era muy diferente del entusiasta, pero nuevo y todavía
inexperto conjunto de creyentes que, en 1964, se había aventurado a lanzar la
primera de las empresas en que la mano guiadora de Shoghi Effendi estaba
ausente. Ya en 1996, era posible observar todas las diferentes facetas de la
empresa como partes integrales de un conjunto coherente.

Con esta educación también había
llegado una necesaria puesta en perspectiva de lo logrado. La expansión de la
Causa a lo largo de los treinta años anteriores reflejaba la respuesta de
varios millones de seres humanos, a tal punto afectados por su encuentro con el
mensaje de Bahá’u’lláh que se habían visto movidos a identificarse en varios
grados con la Causa de Dios. Eran conscientes de que había aparecido un nuevo
Mensaje de la Divinidad, habían captado algo del espíritu de fe y se habían
visto hondamente afectados por la enseñanza bahá’í de la unidad de la
humanidad. Una pequeña minoría de entre éstos llegaron incluso más allá. En su
mayor parte, sin embargo, estos amigos fueron esencialmente receptores de
programas de enseñanza dirigidos por los maestros y pioneros de otros países.
Uno de los grandes potenciales que encierran las masas de la humanidad de donde
proceden los creyentes recientemente alistados reside en su apertura de
corazón, algo capaz de generar una transformación social duradera. La mayor
traba de que adolecen estas mismas poblaciones ha sido la de la pasividad
aprendida a lo largo de generaciones de exposición a influencias externas que,
por grande que sea su acompañamiento de ventajas materiales, se han guiado por
fines que muy a menudo sólo guardaban relación tangencial -si es que tenía
relación alguna- con las realidades de las necesidades y vida diarias de los
pueblos indígenas.

El Plan de Cuatro Años, todo
un avance frente a los precedentes, estaba destinado a aprovechar estas
oportunidades y percepciones disponibles. La meta de avanzar en el proceso de
entrada en tropas se convirtió en el objetivo central de la empresa. Las
lecciones previamente aprendidas de otros Planes hacían hincapié ahora en el
desarrollo de las capacidades de los creyentes -estén donde estén- de modo que
pudieran alzarse confiadamente como protagonistas de la Misión de la Fe. El
instrumento para el logro de este objetivo había sido sometido a refinamiento
continuo durante los Planes anteriores y había demostrado su eficacia.

Al igual que con la mayoría
de los demás métodos y actividades mediante los cuales avanzaba la Fe, este
instrumento había sido concebido decenios antes por el Maestro, Quien en las
Tablas del Plan Divino hacía un llamamiento a los creyentes consolidados a
“reunir a los jóvenes del amor de Dios en las escuelas de instrucción y
enseñarles todas las pruebas divinas y argumentos irrefutables, explicar y
elucidar la historia de la Causa, e interpretar asimismo las profecías y
pruebas que se consignan y constan en los libros divinos y epístolas relativas
a la manifestación del Prometido (...)” [126] Las labores de pioneraje y
formación de este tenor las había emprendido ya en Irán, durante los primeros
años del siglo, el muy amado ?adru’?-?udúr.[127] Con el paso
de los años, las escuelas de invierno y verano se multiplicaron, y los Planes
sucesivos animaron a experimentar en el desarrollo de los institutos bahá’ís.

Con diferencia, el avance
más significativo en este sentido se produjo a lo largo de un dilatado período
de más de veinte años cuyos comienzos tuvieron lugar en Colombia, país en donde
se acometió un programa sistemático y regular de educación en los Escritos,
adoptado en seguida por los países vecinos. Paralelamente, la comunidad
colombiana emprendió varios proyectos en el campo del desarrollo social y
económico. Los avances registrados fueron tanto más impresionantes por cuanto
se consiguieron con el telón de fondo de la descomposición social producida por
la violencia y desorden públicos.

El logro colombiano constituyó
un modelo y una fuente de gran inspiración para las comunidades bahá’ís del
planeta entero. Al término del Plan de Cuatro Años, más de 100.000 creyentes
estaban participando en los programas de más de 300 institutos de formación
permanente de todo el mundo. Para cumplir esta meta, la mayoría de los
institutos regionales habían llevado el proceso una etapa por delante con la
creación de redes de “círculos de estudio” que aprovechan las aptitudes de los
creyentes para replicar los trabajos del instituto en el ámbito local. Es ya
evidente que el éxito logrado en las labores de instituto ha reforzado
significativamente el proceso de largo plazo que permitirá que el sistema
universal bahá’í de educación cobre cuerpo y forma.[128]

Aunque los empeños de estos
decenios fueron relativamente modestos -al menos si se comparan con el patrón
legado por la Edad Heroica-, han de proporcionar a la presente generación de
bahá’ís la perspectiva en donde aquilatar la descripción que Shoghi Effendi nos
ofrece de la naturaleza cíclica de la historia de la Fe: “Una serie de crisis
internas y externas, de severidad variable, devastadoras en sus efectos
inmediatos, si bien cada una presta a liberar misteriosamente una medida
conmensurable del poder divino, las cuales imprime de este modo un impulso
renovado a su despliegue”.[129] Estas palabras ponen en perspectiva la sucesión
de esfuerzos, experimentos, desgarros y victorias que caracterizaron el
comienzo de las labores de enseñanza a escala masiva, y que prepararon a la comunidad
bahá’í para los desafíos aún mayores que la aguardan.

A lo largo de la historia,
la humanidad en su conjunto, ha sido, en el mejor de los casos, espectadora del
avance de la civilización. Su papel ha sido el de servir a los designios de
cualquier elite que de modo temporal haya asumido las riendas de los procesos.
Incluso las sucesivas Revelaciones de la Divinidad, pese a que su meta se
cifraba en la liberación del espíritu humano, con el tiempo quedaron cautivas
del “yo insistente”, congeladas en dogmas de fabricación humana, rituales,
privilegios clericales y rencillas sectarias, que terminaron por truncar su
propósito último.

Bahá’u’lláh ha venido para
liberar a la humanidad de esta larga esclavitud, y los últimos decenios del
siglo XX los ha dedicado la comunidad de Sus seguidores a experimentar
creativamente con los medios que han de permitir la realización de Sus
objetivos. La prosecución del Plan Divino entraña nada menos que la
participación de todo el conjunto de la humanidad en su propio desarrollo
espiritual, social e intelectual. Las pruebas afrontadas por la comunidad
bahá’í en los decenios transcurridos desde 1963 han sido las necesarias para
refinar el esfuerzo y purificar la motivación de modo que sus participantes se
hagan dignos de tan gran encomienda. Tales ensayos son prueba fehaciente del
proceso de maduración que con tanta confianza describió ‘Abdu’l-Bahá :

Algunos movimientos
aparecen, se manifiestan durante un breve período de actividad, luego dejan de
ser. Otros hacen gala de una mayor medida de crecimiento y fortaleza, pero
antes de madurar su desarrollo, se debilitan, desintegran y quedan relegados al
olvido (...) hay otra clase de movimiento o causa que desde inicios
modestísimos e inadvertidos hacen avances seguros y graduales, se ensanchan y
amplían hasta que adoptan proporciones universales. El Movimiento bahá’í es de
esta naturaleza.[130]

X

La misión de Bahá’u’lláh no se limita a la
construcción de la comunidad bahá’í. La Revelación de Dios llega para la
humanidad entera, y acabará por granjearse el apoyo de las instituciones de la
sociedad al punto de que éstas encuentren en su ejemplo el aliento y la
inspiración necesarias para sentar los cimientos de una sociedad justa. Para
apreciar la importancia de esta preocupación paralela, no hace falta más que
recordar el tiempo y cuidado que Bahá’u’lláh dedicó en persona al cultivo de
las relaciones con los funcionarios del Gobierno, figuras del pensamiento,
personalidades destacadas de varios grupos minoritarios y representantes
diplomáticos de los gobiernos extranjeros acreditados ante el Imperio Otomano.
El efecto espiritual de estos esfuerzos queda de manifiesto en los homenajes
tributados a Su carácter y principios incluso por enemigos destacados tales
como ‘Álí Páshá o el Embajador persa en Constantinopla, Mírzá
?usayn Khán. El primero, pese a ser quien condenó a su Prisionero
al destierro en la colonia penal de ‘Akká, no obstante se sintió impulsado a
describirle como “un hombre de gran distinción, conducta ejemplar, gran
moderación y figura sumamente digna”, cuyas enseñanzas eran, en opinión del
ministro, “dignas de alta estima”.[131] El segundo (la misma persona cuyas
maquinaciones fueron las principales inductoras de haber envenenado la mente de
‘Álí Páshá y sus colegas) admitió, años después, el gran contraste entre
la talla moral e intelectual de su Enemigo y el daño causado a las relaciones
perso-turcas por la reputación de avaricia y falta de honradez que caracterizó
a la mayoría de los demás de sus compatriotas residentes en Constantinopla.

Desde un comienzo,
‘Abdu’l-Bahá mostró gran interés en generar un nuevo orden internacional. Por
ejemplo, es significativo que en Sus primeras referencias públicas en cuanto al
propósito de Su visita al país hiciera particular hincapié en la invitación que
el comité organizador de la Conferencia de Paz del Lago Mohonk Le había
extendido para que Se dirigiese a esta audiencia internacional. Asimismo, fue
generoso en los ánimos que infundió a la Organización Central para una Paz
Durable de La Haya. Sin embargo, fue totalmente franco en cuanto a los consejos
que impartió. Las cartas que la organización del Comité Ejecutivo de La Haya Le
había dirigido durante la guerra dieron pie para llamar la atención de los
organizadores a las verdades espirituales enunciadas por Bahá’u’lláh, cuyo
contenido constituía el único cimiento que tornaría realizables sus propósitos.

¡Oh
vosotros, estimados pioneros entre los deseosos del bien de la humanidad! (...)
En la actualidad la Paz Universal es un asunto de gran importancia, pero es
precisa la unidad de conciencia, de modo que el cimiento de este asunto se
vuelva seguro, su establecimiento firme y su edificación sólida (...) Hoy día,
nada salvo el poder de la Palabra de Dios que abarca las realidades de las
cosas puede atraer los pensamientos, las conciencias, los corazones y los
espíritus a la sombra de un solo Árbol. Él es potente en todas las cosas, Él es
el vivificador de las almas, el preservador y el controlador del mundo de la
humanidad.[132]

Aparte de lo dicho, la lista
de personas influyentes con las que el Maestro departió durante largas horas
tanto en Norteamérica como en Europa -sobre todo, personas que procuraban
promover la meta de la paz mundial y el humanitarismo- refleja Su conciencia de
la responsabilidad que la Causa tiene con el conjunto de la humanidad. La
extraordinaria reacción que suscitó Su fallecimiento acredita que esta misma
pauta fue la que Le caracterizó hasta el fin de Su vida.

Shoghi Effendi asumió este
legado prácticamente nada más iniciarse su ministerio. Ya en 1925, alentó el
interés de una creyente norteamericana a que estableciese un “International
Bahá’í Bureau” (Oficina Internacional Bahá’í) encaminándola a Ginebra, sede de
la Liga de Naciones. Aunque el Bureau carecía de autoridad administrativa, en
palabras del Guardián, debía actuar “como intermediario entre Haifa y otros
centros bahá’ís”, sirviendo de “centro de distribución” de información en pleno
corazón de Europa. Su papel obtuvo reconocimiento formal cuando la editorial de
la Liga solicitó y publicó una relación de las actividades del Bureau.[133]

Tal como ha sucedido muchas
veces en la historia de la Causa, una crisis inesperada sirvió para adelantar
considerablemente la presencia bahá’í en el conjunto de la sociedad en el plano
internacional. En 1928, Shoghi Effendi animó a la Asamblea Espiritual de Bagdad
a que apelase a la Comisión Permanente de Mandatos de la Sociedad de Naciones
contra la ocupación de la Casa de Bahá’u’lláh en aquella ciudad por opositores shí‘íes. En marzo de 1929, reconociendo el daño causado, el
Consejo de la Sociedad de Naciones instaba unánimemente a la autoridad
mandataria británica a que presionase al gobierno iraquí “con vistas a la
corrección inmediata de la injusticia sufrida por los peticionarios”. Las
reiteradas evasivas del gobierno iraquí, incluyendo la violación del compromiso
solemne dado por el Monarca mismo, dio lugar a que el asunto se prolongase
durante las sesiones sucesivas habidas durante la Comisión de Mandatos, motivo
por el que al final la Casa quedó en manos de sus usurpadores, situación que
continúa hasta hoy día sin corregirse.[134] Impertérrito ante este fracaso,
Shoghi Effendi, centrando la atención de la comunidad bahá’í en los beneficios
históricos que la campaña había arrojado para la Causa (exactamente tal como
había sucedido anteriormente al producirse el rechazo del Tribunal musulmán
sunní contra la apelación cursada por una comunidad bahá’í egipcia con relación
al matrimonio), señalaba:

Baste
decir que, pese a estos interminables retrasos, protestas y evasivas (...) la
publicidad lograda por la Fe gracias a este memorable litigio, y a la defensa
de su causa -la causa de la verdad y la justicia- por parte del más alto
tribunal del mundo, han sido tales que ha dejado maravillados a sus amigos y
llenado de consternación a sus enemigos.[135]

El nacimiento de Naciones
Unidas puso a disposición de la Fe un foro mucho más amplio y efectivo donde
desplegar su influencia espiritual en la vida de la sociedad. Ya en la temprana
fecha de 1947, un “Comité de Palestina”, especialmente designado por Naciones
Unidas, recabó los puntos de vista del Guardián sobre el futuro del territorio
mandatario: la respuesta a la indagación le valió la oportunidad de presentar
una exposición autoritativa de la historia y enseñanzas de la propia Causa. Ese
mismo año, en respuesta al aliento de Shoghi Effendi, la Asamblea Espiritual
Nacional de Estados Unidos y Canadá presentó ante la organización internacional
el documento titulado “Declaración Bahá’í sobre Obligaciones y Derechos
Humanos”, que habría de inspirar la labor de los escritores y portavoces
bahá’ís en las décadas siguientes.[136] Un año después las ocho Asambleas
Espirituales Nacionales que existían entonces consiguieron que el órgano
correspondiente de Naciones Unidas extendiera su acreditación a la “Comunidad
Internacional Bahá’í” en calidad de organización internacional no
gubernamental.

No fue sólo la relación
lentamente entablada entre la Fe y el nuevo orden internacional lo que contó
con el apoyo del Guardián. Las páginas de Dios
Pasa y las memorias de Amatu’l-Bahá sobre el Guardián están repletas de
referencias a las respuestas dadas por personas y organizaciones influyentes
ante las iniciativas que adoptó Shoghi Effendi y ante los eventos mundiales en
los que los representantes bahá’ís fueron invitados a participar. En la
perspectiva de la historia, no cabe sino sorprenderse de la gran disparidad
entre muchas de estas ocasiones relativamente menores y la atención que les
prestó el Guardián, una figura que no sólo realizó trabajos que habían de
revestir enorme importancia para el futuro de la humanidad, sino que además
entendía plenamente el significado relativo de los acontecimientos que ocurrían
a su alrededor. Gracias a esta trayectoria la comunidad bahá’í cuenta hoy día
con un norte que le orienta sobre la forma de aprovechar las crecientes
oportunidades surgidas a partir de unos comienzos modestos.

Desde el momento de su
acreditación, la Comunidad Internacional Bahá’í comenzó a desempeñar un intenso
papel en los asuntos de Naciones Unidas. Una de las actividades que le valió
gran aprecio fue el programa llevado a cabo, a través de la red creciente de
Asambleas bahá’ís, consistente en facilitar al público información sobre
Naciones Unidas misma, programa que prestó generoso apoyo a las incipientes
asociaciones de Naciones Unidas de todo el mundo. En 1970, la Comunidad logró
el estatus consultivo ante el Consejo Económico y Social de Naciones Unidas (ECOSOC).
Siguió a ello, en 1974, la concesión de la asociación formal con el Programa de
Naciones Unidas para el Medio Ambiente (UNEP) y en 1976 la concesión del
estatus consultivo ante el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF).
La influencia y conocimiento experto desarrollados durante estos años se puso
en evidencia cuando en 1955 y 1962, la Comunidad consiguió la intervención de
Naciones Unidas en nombre de los creyentes que sufrían persecución en Irán y
Marruecos respectivamente.

*

En 1980, las pacientes
gestiones realizadas en el ámbito de los asuntos externos por las Asambleas
Espirituales Nacionales y la Oficina de Naciones Unidas de la Comunidad se
vieron catapultadas de improviso a una nueva etapa de su desarrollo. El
detonante: las tentativas realizadas por el clero shí‘í de Irán a fin de
erradicar la Causa de la tierra de su nacimiento. Las consecuencias resultaron
igualmente tan imprevisibles para sus perseguidores como lo fueran para sus
defensores.

Durante generaciones los
creyentes residentes en la cuna de la Fe habían sufrido persecuciones
religiosas intermitentes, instigadas y dirigidas por los mullás, quienes
actuaban de consuno con la sucesión de monarcas del país. Estos últimos,
manifiestamente absolutos en su autoridad, se vieron de hecho constreñidos por
intrigas políticas que los hacían vulnerables a las presiones exteriores,
particularmente las ejercidas por los gobiernos occidentales. Así fue como la
indignación de las misiones diplomáticas rusa, británica y de otros países
forzaron a que Ná?irid’-Dín Sháh, bien que contra su voluntad,
pusiera fin a la orgía de violencia que había cobrado la vida de tantos
creyentes en los primeros años de la década de 1850 y que incluso amenazaba la
vida del propio Bahá’u’lláh. Durante el siglo XX, los sucesivos soberanos
Qájáres se vieron igualmente impelidos a apaciguar la opinión de los gobiernos
extranjeros. La pauta se repitió en 1955 cuando el segundo de los
sháhs Pahlevíes, quien se había visto inducido por los
mullás a consentir una oleada de violencia antibahá’í, hubo de interrumpir
abruptamente la campaña ante las protestas de Naciones Unidas y las objeciones
expresadas por el gobierno norteamericano, ambas intervenciones precursoras de
las que luego habrían de seguir.

Con la revolución islámica
de 1979 daba la impresión de que ya no habría freno alguno que sujetase la mano
del clero. De improviso, los propios mullás se encontraban instalados en el
poder; nombraron a sus propios designados para los puestos más destacados de la
nueva República, y, luego, incluso ocuparon esos puestos de forma directa. Se
establecieron “Tribunales Revolucionarios”, supeditados tan sólo a las más
altas jerarquías eclesiásticas. Un ejército de “guardas revolucionarios”, mucho
más efectivo que la policía secreta de los sháhs, y tan brutal como
aquélla, se adueñó de todos los ámbitos de la vida pública.

Mientras la atención de la
nueva casta gobernante se centraba sobre todo en las supuestas amenazas
procedentes de gobiernos extranjeros, algunos elementos influyentes de su seno
vieron entonces la oportunidad de destruir al fin a la comunidad bahá’í
iraní.[137] No es necesario describir en estas páginas los desgarradores
detalles de la campaña que se desató. Su trascendencia radica, no obstante, en
la respuesta que a esos ataques dieron los miles de creyentes bahá’ís -hombres,
mujeres y niños- de todo el país. Su negativa a transigir en cuestiones de fe,
incluso si en ello les iba la vida, inspiró en sus correligionarios de todo el
mundo una dedicación mayor hacia la Causa en aras de la cual se realizaban
tamaños sacrificios. Con todo, no sólo fueron los miembros de la Fe quienes
quedaron consternados por aquellos acontecimientos. Noventa años antes, en
1889, un distinguido comentarista occidental, explayándose a propósito del
heroísmo de los heraldos de la Fe, había escrito proféticamente acerca de los
sufrimientos de los primeros creyentes:

Son la vida y muerte de
éstos, su esperanza a prueba de desesperación, su amor que no conoce mengua, su
constancia que no admite vacilación, lo que imprime a este maravilloso
movimiento un sello exclusivamente propio (...) No es cosa menuda ni baladí el
soportar la suerte que les ha sido deparada, y a buen seguro eso mismo por lo
que creyeron que valía la pena sacrificar la vida es digno de entender. Nada
digo de la poderosa influencia que, según creo, la fe bábí [sic] habrá de
ejercer en el futuro, ni de la nueva vida que quizás insufle en un pueblo
moribundo; pues, ya sea que triunfe o fracase, el espléndido heroísmo de los
mártires bábíes constituye algo eterno e indestructible (...) Lo que no puedo
confiar en haberles trasmitido es la tremenda entrega de estos hombres y la
influencia indescriptible que esa entrega, junto con otras cualidades, ejerce
en cualquiera que haya entrado en contacto con ellos.[138]

Estas palabras prefiguran los sentimientos
expresados por los observadores no bahá’ís durante los años de actividad
revolucionaria islámica; y ésta iba a ser una de las fuerzas más poderosas que
impulsara el surgimiento de la Causa desde la oscuridad. Las palabras de
entonces resumían y remitían al carácter esencialmente espiritual de lo que
siempre ha estado en juego en la cuna de la Fe. Más allá de la repulsa ante la
brutalidad sin sentido de la persecución, una porción cada vez mayor de la
opinión extranjera se ha visto profundamente conmovida por la respuesta de los
bahá’ís iraníes.

El siglo XX, por desgracia,
se ha visto abrumado por el sufrimiento de incontables víctimas de la opresión.
Lo que ha singularizado la situación bahá’í ha sido la actitud adoptada por
quienes han tenido que padecer ese sufrimiento. Los creyentes iraníes
rechazaron aceptar el tan conocido papel de víctimas. Al igual que antes
sucediera con los Fundadores de la Fe, hubieron de marcar moralmente los
términos en que se plantearía el dilema entre ellos y sus adversarios. Y fueron
ellos, no los tribunales o los guardas revolucionarios, quienes sentaron las
condiciones del encuentro. Tan extraordinario logro no sólo ha tocado el
corazón sino también la conciencia de los observadores externos. La comunidad
perseguida no atacó a sus opresores, ni pretendió obtener réditos políticos de
la crisis. Del mismo modo, tampoco sus defensores bahá’ís de otros países
hicieron llamamientos para acabar con la constitución iraní, ni mucho menos
pedían venganza. Todo lo que exigían era únicamente justicia: el reconocimiento
de los derechos garantizados por la Declaración Universal de Derechos Humanos,
respaldados por la comunidad de naciones, ratificados por el gobierno iraní, y
muchos de ellos incorporados incluso en apartados de la constitución islámica.

La crisis impulsó al mundo
bahá’í a gestas extraordinarias. Asambleas Espirituales Nacionales con poca o
ninguna experiencia en el trato con los funcionarios de los gobiernos de sus
respectivos países se vieron instadas a solicitar el apoyo de sus gobiernos
para la adopción de resoluciones en los diferentes niveles del sistema
internacional de derechos humanos. Y lo hicieron con resultados destacadísimos.
Un año tras otro, durante veinte años ininterrumpidos, la situación de los
bahá’ís iraníes siguió su curso a través del sistema internacional de derechos
humanos, concitando el apoyo, expresado en resoluciones sucesivas, gracias al
cual ha podido asegurarse que las misiones de los relatores nombrados por la
Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas presten atención a las
protestas bahá’ís. Además, todas estas victorias han podido consolidarse
mediante las decisiones del Tercer Comité de la Asamblea General de Naciones
Unidas. Todo intento por parte del régimen iraní de eludir la condena
internacional motivada por el trato dispensado a los ciudadanos bahá’ís
fracasaba en su intento de mermar el apoyo que la cuestión bahá’í conseguía
atraer entre una mayoría persistente de naciones simpatizantes representadas en
la Comisión. El logro ha sido tanto más señalado por cuanto la composición de
la Comisión está sujeta a cambios constantes y a un orden del día exigente, el
cual incluye abusos de derechos humanos en otros países que afectan a millones
de víctimas.

Al mismo tiempo que se
ejercían presiones directas sobre el gobierno iraní, la persecución lograba
atraer un volumen de publicidad sin precedentes en los medios de difusión de
todo el mundo, periódicos, revistas, radio y televisión. Periódicos como The New York Times, Le Monde y el Frankfurter
Allgemeine Zeitung, cada uno de los cuales cuentan con amplia distribución
internacional, dieron amplia cobertura a los hechos, en tanto que las redes de
televisión de Australia, Canadá, Estados Unidos y algunos países europeos
elaboraron reportajes en profundidad sobre la persecución. Los abusos fueron
objeto de denuncias, a menudo vertidas en contundentes comentarios editoriales.
Aparte del apoyo extendido por esta vía a los esfuerzos destinados a asegurar
una intervención efectiva en la Comisión de Derechos Humanos, tal publicidad ha
tenido el efecto de presentar, generalmente por primera vez ante audiencias de
decenas de millones de personas, una información precisa y favorable sobre las
enseñanzas y creencias bahá’ís. Tanto la publicidad como la campaña desplegada
a través del sistema de Naciones Unidas ha proporcionado a los influyentes
funcionarios de todo el mundo una oportunidad continuada de juzgar por ellos
mismos las enseñanzas de la Causa y el talante de la comunidad bahá’í.

Un problema derivado de la
persecución es el que se refiere a la situación de los miles de bahá’ís iraníes
que se encontraron repentinamente sin pasaportes válidos en los países en que
servían como pioneros, o bien se vieron forzados a huir de Irán al convertirse
ellos y sus familias en blanco del progromo. En 1983 se establecía una Oficina
Internacional de Refugiados Bahá’ís [139], con sede en Canadá, país cuyo
Gobierno se había demostrado particularmente comprensivo ante las
representaciones elevadas por la Asamblea Espiritual Nacional de Canadá. En
unos pocos años, con la ayuda del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los
Refugiados, otros países abrieron igualmente sus puertas a más de 10.000
bahá’ís iraníes, muchos de los cuales cumplieron metas de pioneraje en sus
nuevos lugares de residencia.

*

No sólo la comunidad bahá’í,
sino también el sistema de derechos humanos de Naciones Unidas se benefició de
esta prolongado empeño. Inicialmente, tras la revolución islámica, la comunidad
de creyentes de Irán había hecho frente a lo que constituía una amenaza para su
propia supervivencia. Con el tiempo, la Comisión de Derechos Humanos de
Naciones Unidas, por más lenta y relativamente tardía en sus operaciones que
pueda parecer a algunos observadores externos, logró forzar al régimen iraní a
que moderase las facetas peores de la persecución. De este modo, la “cuestión
de los bahá’ís de Irán” supuso una victoria igualmente significativa para la
Comisión y para la Fe bahá’í. Sirvió de prueba rotunda del poder de que es
capaz la comunidad de naciones, al valerse de los mecanismos creados al efecto,
para atajar pautas de opresión que han empañado las páginas de siglos y
milenios de historia.

Esta circunstancia pone de
relieve la trascendencia de las actividades de la Fe para la vida misma de la
sociedad en la que dichos esfuerzos vienen a consumarse. Junto con la paz
mundial, la necesidad de que la comunidad internacional adopte pasos efectivos
para plasmar los ideales de la Declaración Universal de Derechos Humanos y sus
convenios relacionados constituyen, en la presente hora de su historia, un
desafío urgente para toda la humanidad. Son pocos los lugares del mundo en
donde las poblaciones minoritarias, por causa de prejuicios religiosos, étnicos
o nacionales, no vean cómo se les deniega la satisfacción de algunas de las
necesidades humanas más perentorias. Ningún segmento de población del planeta
comprende mejor esto que la propia comunidad bahá’í. Ha soportado -y continúa
soportando en algunas tierras- ultrajes para los que no existe ningún tipo de
justificación concebible, sea legal o moral; ha ofrendado sus mártires y
derramado sus lágrimas, al tiempo que permanece fiel a su convicción de que el
odio y la revancha son corrosivos para el alma; y ha aprendido, como pocas
comunidades lo han podido hacer, a valerse del sistema de derechos humanos de
Naciones Unidas según lo previeron los creadores del sistema, sin entrar en
política partidista de ningún tipo, y mucho menos servirse de la violencia.
Basándose en esta experiencia, hoy día se ha embarcado en un programa destinado
a alentar a los gobiernos de una veintena de países a instituir programas de
educación pública sobre el tema de los derechos humanos, proporcionando para
ello toda la ayuda práctica a su alcance.[140] Participa por todo el mundo en
la promoción activa de los derechos de la mujer, de los niños y de las niñas. Y
lo que es más importante, proporciona un ejemplo vivo de hermandad, un ejemplo
que inspira valor y esperanza en incontables personas ajenas a sus filas.

*

Conforme iba
desencadenándose la crisis iraní, una iniciativa adoptada por la Casa Universal
de Justicia supuso un repentino revulsivo para las labores de asuntos externos
de la comunidad bahá’í, las cuales habrían de alcanzar cotas inéditas. En 1985,
se distribuía a través de las Asambleas Espirituales Nacionales la declaración La promesa de la paz mundial, cuyo
destinatario era el conjunto de la humanidad. Sin alardes ni remilgos, la Casa
Universal de Justicia expresaba la confianza bahá’í en el advenimiento de la
paz internacional como siguiente etapa de la evolución de la sociedad.
Asimismo, sentaba varios de los elementos que han de dar forma a este hecho tan
esperado, muchos de ellos expresados en términos que superan el marco político
en que suele debatirse la cuestión. La declaración concluía:

La
experiencia de la comunidad bahá’í admite verse como un ejemplo de esta unidad
creciente [de la humanidad] y (...) si la experiencia bahá’í puede contribuir
en cualquier medida a fortalecer la esperanza en la unidad de humanidad, nos
sentimos felices de ofrecerla como modelo para su estudio.

Si bien el propósito inmediato del documento
era proporcionar a las instituciones y creyentes bahá’ís una línea coherente de
argumentación en su trato con las autoridades, organizaciones de la sociedad
civil, medios de comunicación y personalidades influyentes, un efecto colateral
fue el de poner en marcha una educación intensiva y continuada de la comunidad
bahá’í misma en varias enseñanzas bahá’ís de importancia. La influencia de las
ideas y perspectivas del documento se hizo pronto sentir en las convenciones,
publicaciones, escuelas de verano e invierno, y en el discurso general de los
creyentes bahá’ís de todo el mundo.

En numerosos sentidos, la Promesa de la paz mundial puede decirse
que marcó el temario y la pauta de lo que a partir de 1985 iba a ser la
relación bahá’í con Naciones Unidas y sus organizaciones complementarias. En
muy pocos años, sobre la base de la reputación lograda, la Comunidad
Internacional Bahá’í se convirtió en una de las organizaciones no
gubernamentales más influyentes. Como organización enteramente no partidista
que es -y como así se la reconoce-, ha logrado cada vez más acreditarse como
voz mediadora en las complejas y a menudo agobiantes discusiones en círculos
internacionales donde se abordan temas fundamentales que afectan al progreso
social. Dicha reputación se ha robustecido al comprobarse que la Comunidad se
abstiene, por principio, de derivar esa confianza a favor de sus propios fines.
Ya en 1968, un representante bahá’í fue elegido miembro del Comité Ejecutivo de
Organizaciones no Gubernamentales, y luego pasó a ocupar el puesto de presidente
y vicepresidente. Desde entonces, los representantes de la Comunidad recibieron
cada vez más peticiones de actuar como convocantes o presidentes de un amplio
número de organismos: comités, comités especiales, grupos de trabajo y juntas
asesoras. Durante los pasados cuatro años, el Representante Principal de la
Comunidad ha servido como secretario ejecutivo de la Conferencia de
Organizaciones No Gubernamentales, el órgano central que coordina a los grupos
no gubernamentales afiliados a Naciones Unidas.

La estructura de la
Comunidad Internacional Bahá’í refleja los principios rectores de su trabajo.
Ha conseguido que no se la etiquete como a un grupo más de presión con
intereses especiales. Al tiempo que ha hecho pleno uso del conocimiento experto
y de los recursos ejecutivos de su Oficina de Naciones Unidas y de su Oficina
de Información Pública, la Comunidad ha logrado que las demás organizaciones no
gubernamentales la reconozcan como una “asociación” de “consejos” nacionales
democráticamente elegidos, reflejo representativo en sí mismo de toda la
humanidad. Por lo general, las delegaciones bahá’ís presentes en
acontecimientos internacionales suelen incluir miembros designados de varias
Asambleas Espirituales Nacionales con experiencia en los temas abordados que
puedan aportar perspectivas regionales.

La participación de la Fe en
la vida de la sociedad -en la que el principio motivador y el método de
operaciones representan dos dimensiones de un enfoque integrado- demostró su
potencial en la serie de cumbres mundiales y conferencias relacionadas
organizadas por Naciones Unidas que se celebraron entre 1990 y 1996. En ese
período de casi seis años, los dirigentes políticos del mundo se reunieron
repetidamente a invitación del Secretario General de Naciones Unidas para
deliberar sobre los principales desafíos que afrontaba la humanidad al cierre
del siglo. Ningún bahá’í que repase los temas de estas citas históricas dejará
de constatar con asombro hasta qué punto el temario es un reflejo de las
principales enseñanzas de Bahá’u’lláh. Visto desde la perspectiva bahá’í,
parece más que una mera coincidencia el que el centenario de Su ascensión
ocurriese a mitad de este camino, dotando
así a las reuniones de un significado espiritual muy superior a las
metas declaradas.

Destacan entre estas
reuniones la Conferencia Mundial de Tailandia sobre Educación para Todos
(1990), la Cumbre Mundial de Nueva York sobre la Infancia (1990), la
Conferencia de Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente celebrada en Río de
Janeiro (1992), la angustiosa y caótica Conferencia Mundial de Derechos Humanos
celebrada en Viena (1993), la Conferencia Internacional sobre Población
celebrada en El Cairo (1994), la Cumbre Mundial de Copenhague sobre Desarrollo
Social (1995), y la particularmente vibrante Cuarta Conferencia Mundial de
Mujeres celebrada en Pekín (1995) [141], cuyos hitos han jalonado el discurso
global que ha ido articulándose en torno a los problemas que afligen a los
pueblos del mundo. En las conferencias paralelas que celebraban las
organizaciones no gubernamentales, las delegaciones bahá’ís, compuestas de
miembros de un amplio conjunto de países, tuvieron oportunidad de plantear
diversos temas desde una perspectiva espiritual además de social. La prueba de
la confianza de que disfruta la Comunidad entre los cientos de organizaciones
no gubernamentales compañeras la proporciona el hecho de que las delegaciones
bahá’ís fueron repetidamente seleccionadas por sus homólogas para quedar
incluidas entre el puñado de grupos miembro al que se concede la apreciada
oportunidad de dirigirse a las conferencias desde la tribuna (en vez de quedar
limitadas a distribuir ejemplares impresos de sus intervenciones).

*

En las postrimerías del
siglo, fueron numerosas las Asambleas Espirituales Nacionales que cosecharon en
el campo de los asuntos externos impresionantes victorias con sello propio. Dos
señeros botones de muestra dan idea de su carácter y trascendencia. Primero, la
victoria alcanzada por la Asamblea Espiritual Nacional de Alemania, en donde la
naturaleza de las instituciones electas bahá’ís había sido puesta en tela de
juicio por las autoridades locales, quienes aducían la incompatibilidad técnica
de éstas con las exigencias del derecho civil alemán. Al fallar a favor de la
apelación de la Asamblea Espiritual Local de los bahá’ís de Tubinga contra
dicha normativa, el Tribunal Constitucional de Alemania concluía que el Orden
Administrativo Bahá’í constituye un rasgo integral de la Fe y que en cuanto tal
es inseparable de las creencias bahá’ís. El Tribunal Constitucional justificaba
su competencia en el caso atendiendo a que la Fe bahá’í misma es una religión,
aspecto éste de gran trascendencia en el contexto de una sociedad en la que sus
oponentes eclesiásticos han tratado de tergiversar la Causa tachándola de
“culto” o “secta”. El lenguaje concluyente de la sentencia merece cita aparte:

(...) el carácter de la Fe
bahá’í en tanto religión y el de la Comunidad bahá’í en tanto comunidad
religiosa se evidencian en la vida diaria, en la tradición cultural y en el
entender del público en general, así como en el de la ciencia de las religiones
comparadas.[142]

Correspondió a la comunidad
bahá’í de Brasil el logro de una victoria en el campo de asuntos externos que
hasta la fecha carece de paralelo en la historia bahá’í. El 28 de mayo de 1992,
la Cámara de Diputados, cuerpo legislativo supremo del país, celebraba una
sesión especial para rendir homenaje a Bahá’u’lláh con motivo del centenario de
Su ascensión. El ponente leyó un mensaje de la Casa Universal de Justicia, en
tanto que los representantes de todos los partidos se levantaron, uno tras
otro, para dar testimonio de su reconocimiento de la aportación que la Fe y su
Fundador han realizado para la mejora de la humanidad. La conmovedora alocución
por parte de uno de los destacados diputados describía las enseñanzas bahá’ís
como “la obra religiosa más colosal jamás escrita por la pluma de un solo
Hombre”.[143]

Tales apreciaciones sobre la naturaleza
de la Causa y las labores que la animan, puesto que proceden de las máximas
expresiones del poder judicial y legislativo, respectivamente, de dos de las
principales naciones del mundo, constituyen victorias del espíritu tan
importantes a su modo y manera como las logradas en las lides de la enseñanza.
Ayudan a abrir las puertas mediante las cuales la influencia salutífera de
Bahá’u’lláh comienza a calar en la vida de la propia sociedad.

XI

La imagen empleada por ‘Abdu’l-Bahá para
sugerir a Sus oyentes la transformación futura de la sociedad fue la de la luz.
La unidad, declaraba, es el poder que ilumina e impulsa todas las facetas del
quehacer humano. La nueva edad que se estaba abriendo sería vista en el futuro
como “el siglo de la luz”, pues en ella se daría reconocimiento universal a la unicidad
de la humanidad. Sobre la base de este cimiento comenzará el proceso de
construcción de una sociedad global en la que cobren cuerpo los principios de
la justicia.

La visión fue enunciada por
el Maestro en varias Tablas y alocuciones. Su expresión más plena se
materializó en la Tabla dirigida por ‘Abdu’l-Bahá a Jane Elizabeth Whyte,
esposa del anterior Moderador del la Iglesia Libre de Escocia. La Sra. Whyte
era una simpatizante fervorosa de las enseñanzas bahá’ís, había visitado al
Maestro en ‘Akká y más tarde se encargaría de los preparativos para la acogida
especialmente calurosa que Le fue dispensado en Edimburgo. Valiéndose de la
metáfora familiar de las “candelas”, ‘Abdu’l-Bahá escribía a la Sra. Whyte lo
que sigue:

¡Honorable
Señora! (...) Mira cómo su luz [la de la unidad] alborea sobre el horizonte
oscurecido del mundo. La primera candela es la de la unidad en el reino
político, cuyos destellos tempranos pueden apreciarse ahora. La segunda candela
es la de la unidad de pensamiento en las empresas mundiales, la consumación de
la cual habrá de presenciarse antes de mucho. La tercera candela es la de la
unidad en la libertad, la cual sin duda habrá de llegar. La cuarta candela es
la de la unidad de religión, que constituye la piedra angular del cimiento
mismo, y que, mediante el poder de Dios, se revelará en todo su esplendor. La
quinta candela es la de la unidad de las naciones: una unidad que sin duda
habrá de establecerse en este siglo firmemente, haciendo que todos los pueblos
del mundo se consideren ciudadanos de una patria común. La sexta candela es la
de la unidad de las razas, que habrá de convertir a todos cuantos habitan la
tierra en pueblos y linajes de una sola raza. La séptima candela es la unidad
de idioma, esto es, la elección de una lengua universal en que conversarán y
serán instruidos todos los pueblos. Todas y cada una de estas cosas habrán de
ocurrir inevitablemente, por cuanto el poder del Reino de Dios ayudará y
concurrirá a su cumplimiento.[144]

Aunque tendrán que pasar decenios,
o quizá bastante más, antes de que la visión contenida en este notabilísimo
documento llegue a cumplirse plenamente, los rasgos esenciales de lo que
prometía son hechos actualmente establecidos por todo el mundo. En varios de
los grandes cambios previstos -unidad de la raza y unidad de la religión- la
intención de las palabras del Maestro es clara y los procesos implicados están
bastante avanzados, pese a que sea grande la resistencia que se les opone desde
algunos sectores. En gran medida, también cabe decir lo mismo de la unidad de
idioma. La necesidad de ésta se reconoce en todas partes, tal como reflejan las
circunstancias que han forzado a Naciones Unidas y a gran parte de la comunidad
no gubernamental a adoptar varios “idiomas oficiales”. A falta de una decisión
por acuerdo internacional, el efecto de avances como Internet, las regulaciones
de tráfico aéreo, el desarrollo de vocabularios tecnológicos de toda suerte, y
la propia educación universal, ha hecho posible, hasta cierto punto, que el inglés
colme este vacío.

“La unidad de pensamiento en
empresas mundiales”, concepto para el que las aspiraciones más idealistas de
comienzos de siglo carecían incluso de puntos de referencia, es asimismo en
gran medida una realidad constatable por doquier y visible en los amplios
programas de desarrollo social y económico, ayuda humanitaria y preocupación
por la protección del medio ambiente del planeta y de sus océanos. En cuanto a
“la unidad en el reino político” Shoghi Effendi ha explicado que hace referencia
a una unidad que los Estados soberanos habrán de lograr entre sí, y a un
proceso de desarrollo que en la presente etapa viene constituido por el
establecimiento de Naciones Unidas. La promesa del Maestro de que habrá una
“unidad de las naciones”, por otra parte, era un toque esperanzado hacia el
reconocimiento hoy día extendido entre los pueblos del mundo del hecho de que,
por grandes que sean las diferencias que los separen, son habitantes de una
sola patria global.

Por supuesto, “la unidad en
la libertad” se ha convertido hoy en una aspiración universal de los habitantes
de la Tierra. Entre los principales hechos que habían de sustanciarla el
Maestro bien pudo haber tenido en mente la espectacular extinción del
colonialismo y el surgimiento posterior de la autodeterminación como rasgo
dominante de la identidad nacional de fines del siglo xix.

Cualesquiera que sean las amenazas
que todavía penden sobre el futuro de la humanidad, el mundo se ha visto
transformado por los acontecimientos del siglo XX. Que los rasgos de este
proceso también hayan sido descritos por la Voz que los predijo con tanta
confianza debería dar no poco que pensar a las mentes serias de todo el mundo.

*

Los cambios operados en la
vida social y moral de la humanidad recibieron un poderoso respaldo en una
serie de reuniones internacionales convocadas bajo el patrocinio de Naciones
Unidas para significar el final de un “milenio” y el comienzo de otro nuevo.
Durante los días 22-26 de mayo de 2000, atendiendo a la invitación del Secretario
General de Naciones Unidas, Kofi Annan, se reunieron en Nueva York los
representantes de más de un millar de organizaciones no gubernamentales. En la
declaración resultante de este encuentro, los portavoces de la sociedad civil
expresaban el compromiso de sus organizaciones con el siguiente ideal: “(...)
somos una sola familia humana, con toda nuestra diversidad, que vive en una
patria común y que comparte un mundo justo, sostenible y pacífico, guiados por
los principios universales de la democracia(...)” [145]

Poco después, durante los
días 28-31 de agosto de 2000 tuvo lugar una segunda reunión que presenció los
debates de dirigentes de las comunidades religiosas del mundo, igualmente en la
sede de Naciones Unidas. La Comunidad Internacional Bahá’í estuvo representada
por su Secretario General, quien tomó la palabra en una de las sesiones del
plenario. Ningún observador dejará de aturdirse ante el llamamiento formalmente
pronunciado por los dirigentes religiosos mundiales a que sus comunidades “respeten
el derecho a la libertad de religión, procuren la reconciliación y se
comprometan a lograr el perdón y curación mutuas (...)” [146]

Estos dos acontecimientos
preliminares allanaron el camino para lo que se designó como la Cumbre del
Milenio propiamente dicha, celebrada en la Sede de Naciones Unidas del 6 al 8
de septiembre de 2000. Con la presencia de 149 jefes de Estado y gobierno, las
consultas procuraron transmitir esperanza y seguridad a las poblaciones de las
naciones representadas. La Cumbre adoptó el paso, bien recibido por los demás,
de invitar a un portavoz del Foro de las organizaciones no gubernamentales para
que transmitiera las preocupaciones identificadas en aquella reunión
preparatoria. Para los bahá’ís resultó tan significativo como gratificante el
que la persona a la que se concedió este honor fuese el Representante Principal
de la Comunidad Internacional Bahá’í, en su condición de Co-Presidente del
Foro. Nada ilustra tan espectacularmente la diferencia entre el mundo de 1900 y
el de 2000 como el texto mismo de la Resolución de la Cumbre, firmado por todos
los participantes, y remitido por éstos a la Asamblea General de Naciones
Unidas:

Nos
reafirmamos solemnemente, en esta ocasión histórica, en que Naciones Unidas es
la casa común indispensable de la familia humana entera, mediante la cual
procuraremos realizar nuestras aspiraciones universales en pro de la paz, la
cooperación y el desarrollo. Por tanto, nos comprometemos a prestar nuestro
apoyo incansable a estos objetivos comunes, y a redoblar nuestra voluntad por
lograrlos.[147]

Al concluir esta secuencia
de reuniones históricas, el señor Annan se dirigió a los líderes mundiales
reunidos hablándoles en términos sorprendentemente francos, términos que, para
muchos bahá’ís, despiertan ecos de la severa admonición de Bahá’u’lláh a los ya
desaparecidos reyes y emperadores que precedieron a estos mismos dirigentes:
“Son ustedes quienes tienen la capacidad, y de ahí que sea responsabilidad suya alcanzar las metas que
han definido. Ustedes son los únicos que pueden decidir si Naciones Unidas
acepta el desafío”.[148]

*

Pese a la importancia
histórica de los encuentros mencionados y no obstante que gran parte de los
dirigentes políticos, civiles y religiosos de la humanidad participaron en
ellos, la Cumbre del Milenio tuvo escaso eco en la conciencia pública de una
mayoría de países. Los medios de difusión prestaron generosa atención a algunos
de los acontecimientos; pero para pocos lectores u oyentes pasó inadvertida la
expresión de escepticismo que caracterizó el tratamiento editorial del tema o
el aire de duda -incluso de cinismo- que rezumaban muchas de las noticias. Esta
aguda disparidad entre un acontecimiento que legítimamente podía considerarse
que marca un punto de inflexión en la historia humana, por un lado, y la falta
de entusiasmo e incluso de interés con que la recibió la población mundial, que
supuestamente era su beneficiaria, por otro lado, constituía quizá el rasgo más
sorprendente de estos acontecimientos del milenio. Con ello se ponía en
evidencia la crisis que experimenta el mundo al final del siglo, una crisis en
la que los procesos tanto de integración como de desintegración que habían
cobrado impulso durante los siglos pasados parecen acelerarse a diario.

Las personas ávidas por
creer en las visionarias declaraciones de los dirigentes mundiales se ven
atenazadas al mismo tiempo por dos fenómenos que socavan esa misma confianza.
El primero ya ha sido abordado con detenimiento en estas páginas. El colapso de
los cimientos morales de la sociedad ha dejado tambaleante a gran parte de la
humanidad y sin puntos de referencia en un mundo cuyas amenazas aumentan
impredeciblemente cada día. Sugerir que el proceso casi ha tocado fondo sería
tanto como alimentar falsas esperanzas. Cabe constatar que se están haciendo
intensos esfuerzos políticos, y que continúan dándose impresionantes avances
científicos, o bien que las condiciones económicas mejoran por lo que atañe a
una porción de la humanidad; pero todo ello no impide que en tales
acontecimientos no se reconozca nada que abone la esperanza de una vida segura
para uno mismo, o más importante, para los propios hijos. Ya es generalizada la
sensación de desilusión que, tal como había avisado Shoghi Effendi, se
contagiaría entre las masas de la humanidad como consecuencia de la corrupción
política. Los brotes de desgobierno se han vuelto una pandemia tanto en las
zonas urbanas como en las rurales de muchos países. El fracaso de los controles
sociales, el esfuerzo por justificar las formas más extremas de conducta
aberrante como cuestiones de derechos civiles fundamentales, y la celebración
casi universal en las artes y medios de difusión de la degeneración y
violencia, éstas y parecidas expresiones de una situación que raya en la anarquía
amoral apuntan a un futuro que paraliza toda imaginación. Frente al desolador
paisaje que se perfila contra este telón de fondo, la moda intelectual de la
época, en su afán por hacer virtud de la hosca necesidad, ha adoptado para sí
misma la apelación y misión del “deconstruccionismo”.

El segundo fenómeno que mina la fe en el
futuro centró algunos de los debates más angustiosos de la Cumbre del Milenio.
La revolución de la información puesta en marcha al cierre del último decenio
del siglo con la invención de la red mundial de Internet transformó
irreversiblemente gran parte de la actividad humana. El proceso de
“globalización” que había evolucionado durante un período de varios siglos
siguiendo una curva ascendente, se vio catapultado por nuevos poderes que
anonadan la imaginación humana. Determinadas fuerzas económicas, desembarazadas
de las trabas tradicionales, dieron pie durante los últimos dos lustros del
siglo a un nuevo orden global que afecta al diseño, generación y distribución
de la riqueza. El propio conocimiento se ha convertido en un artículo
significativamente más valioso incluso que el capital financiero o los recursos
materiales. En un brevísimo plazo, las fronteras nacionales, todavía bajo
asalto, se han vuelto permeables, con el resultado de que grandes sumas de
dinero traspasan sus límites instantáneamente, al ritmo de una orden
informática. Se han reconfigurado complejas operaciones de producción de tal
modo que integran y aprovechan al máximo las economías disponibles procedentes de
las aportaciones de una gama de participantes especializados, todo ello al
margen de sus emplazamientos nacionales. Si hubiéramos de rebajar el horizonte
a consideraciones puramente materiales, podría afirmarse que la tierra ya ha
adoptado en cierta medida el aspecto de “un solo país” y que los habitantes de
los diversos países asumen ya la condición de sus “ciudadanos” consumidores.

Pero tampoco se trata de una
transformación meramente económica. De forma creciente, la globalización
adquiere dimensiones políticas, sociales y culturales. Se hace evidente que los
poderes de esa institución que llamamos estado nacional, antes árbitro y
protector de los destinos de la humanidad, se han visto drásticamente
erosionados. Si bien los gobiernos nacionales continúan desempeñando un papel
capital, deben ahora hacerle sitio a otros centros emergentes de poder tales
como las corporaciones multinacionales, los organismos de Naciones Unidas, las
organizaciones no gubernamentales de todo género, y los gigantescos conglomerados
de medios de difusión, cuya colaboración resulta vital para el éxito de la
mayoría de los programas dirigidos a lograr fines económicos o sociales de
envergadura. Así como la migración del dinero o de las corporaciones topan con
escasos obstáculos en las fronteras nacionales, tampoco estos últimos pueden ya
ejercer un control efectivo sobre la diseminación del conocimiento. La
comunicación por Internet, medio que posee la capacidad de transmitir en
segundos el contenido entero de bibliotecas cuya acumulación han requerido
siglos de estudio, enriquece enormemente la vida intelectual de quienquiera que
lo utilice, al tiempo que proporciona una formación notabilísima en un amplio
abanico de campos profesionales. El sistema, tan proféticamente previsto hace
sesenta años por Shoghi Effendi, ayuda a crear entre sus usuarios un
sentimiento de comunidad compartida que se muestra impaciente con las
distancias geográficas o culturales.

Los beneficios que ello
conlleva para millones de personas son obvios e impresionantes. El ahorro de
costes que se deriva de la coordinación de operaciones anteriormente en
competencia tiende a poner los bienes y servicios al alcance de poblaciones que
con anterioridad no hubieran podido siquiera concebir su disfrute. Los enormes
aumentos de fondos puestos al servicio de la investigación y el desarrollo
expanden la variedad y la calidad de tales beneficios. Algo del consiguiente
efecto nivelador en la distribución de las oportunidades de empleo puede
observarse en la facilidad con que las operaciones comerciales pueden desplazar
su base de una parte del mundo a otra. El abandono de las trabas al comercio
transnacional reduce aún más el coste de los bienes para los consumidores. No
es difícil apreciar, desde una perspectiva bahá’í, la capacidad de tales
transformaciones por lo que respecta a la cimentación de la sociedad global
prevista en los Escritos de Bahá’u’lláh.

Lejos de inspirar optimismo
en el futuro, la globalización, no obstante, es considerada por un amplio y
creciente número de personas de todo el mundo como la principal amenaza a su
futuro. La virulencia de los disturbios provocados durante los dos últimos años
con motivo de las reuniones de la organización Mundial del Comercio, el Banco
Mundial y el Fondo Monetario Internacional da fe de la profundidad del temor y
del resentimiento provocados por el auge de la globalización. La atención que
los medios de difusión prestan a estos brotes inesperados ha centrado la
atención pública en las protestas expresadas contra las graves disparidades en
la distribución de beneficios y oportunidades que la globalización
supuestamente sólo acrecienta, y en las advertencias de que, si no se imponen
rápidamente controles efectivos, las consecuencias podrían ser catastróficas en
el plano social y político, así como en el aspecto económico y medioambiental.

Tales preocupaciones parecen
estar bien fundadas. Las estadísticas económicas por sí solas revelan un cuadro
del estado del mundo que resulta profundamente perturbador. La brecha cada vez
mayor entre la quinta parte de la población mundial que vive en los países de
ingresos superiores y la otra quinta parte, que vive en los países de menores
ingresos, nos habla de una historia aciaga. De acuerdo con el Informe de
Desarrollo Humano de 1999 publicado por el Programa de Desarrollo de Naciones
Unidas, esta brecha representaba en 1990 una proporción de 60 a uno. Es decir,
un segmento de la humanidad disfrutaba de acceso a un 60% de la riqueza del
mundo, en tanto que el otro, igualmente amplio, estaba constituido por una
población que se debatía meramente por sobrevivir con un 1% de dicha riqueza.
Ya en 1997, cuando la globalización hacía rápidos avances, la brecha se había
ampliado en unos escasos siete años hasta alcanzar una proporción de setenta y
cuatro a uno. Incluso este hecho perturbador no tiene en cuenta el
empobrecimiento continuo de la mayoría de los restantes miles de millones de
seres humanos, atrapados en el implacablemente decreciente istmo que media
entre estos dos extremos. Lejos de estar bajo control, la crisis claramente se
acelera. Las repercusiones por lo que respecta al futuro de la humanidad, en
términos de la privación y desesperación que afecta a más de dos tercios de la
población mundial, permite comprender la apatía que saludó la celebración de
una Cumbre del Milenio, la cual, medida por cualquier rasero con que se la
mida, fue ciertamente histórica.

La propia globalización es
un rasgo intrínseco de la evolución de la sociedad. Ha originado una cultura
socioeconómica que en su nivel práctico, constituye el mundo en el que han de
desenvolverse las aspiraciones del nuevo siglo. Cualquier observador objetivo
aceptará que las dos reacciones contrarias están, en gran medida, bien
justificadas. La unificación de la sociedad humana, forjada por los fuegos del
siglo XX, es una realidad que con cada día que pasa abre nuevas y asombrosas
posibilidades. Otra realidad que se impone con fuerza en las mentes serias de
todas partes es la reivindicación de que la justicia se convierta en el
vehículo capaz de encauzar esas grandes potencialidades para el avance de la
civilización. Ya no se requiere el don de la profecía para comprender que el
destino de la humanidad en el siglo que ahora entra ha de determinarse en
función de la relación que se establezca entre estas dos fuerzas fundamentales
del proceso histórico: los dos principios inseparables de la unidad y la
justicia.

*

En la perspectiva de las
enseñanzas de Bahá’u’lláh, el mayor peligro de las crisis morales y de las
desigualdades relacionadas con la actual fisionomía de la globalización es la
arraigada actitud filosófica que pretende justificar y excusar estos fracasos.
El derrocamiento de los sistemas totalitarios del siglo XX no ha significado el
final de las concepciones ideológicas. Por el contrario. No ha habido sociedad
alguna en la historia del mundo, no importa cuán pragmática, experimentalista y
multiforme, que no haya derivado su impulso de alguna interpretación
fundacional de la realidad. Tal sistema de pensamiento reina hoy día
virtualmente indiscutido por todo el planeta, bajo la designación nominal de
“civilización occidental”. Filosófica y políticamente, se presenta como una
forma de relativismo liberal; económica y socialmente, como capitalismo -dos
sistemas de valores que se han ajustado de tal modo entre sí como para
reforzarse mutuamente y constituir una sola gran cosmovisión.

Apreciar los beneficios en
términos de libertad personal, prosperidad social y progreso científico de que
disfruta una significativa minoría de la población mundial no impide que una
persona sensata reconozca que el sistema está moral e intelectualmente en
bancarrota. Ha contribuido cuanto pudo al avance de la civilización, como lo
hicieron sus predecesores, y al igual que ellos se ve impotente para abordar
las necesidades de un mundo nunca imaginado por aquellos profetas del siglo
XVIII que concibieron la mayor parte de sus elementos constitutivos. Shoghi
Effendi no limitó su atención a las monarquías de derecho divino, a las
iglesias establecidas o a las ideologías totalitarias cuando planteó la
siguiente pregunta escrutadora: “¿Por qué éstas, en un mundo sujeto a la
inmutable ley del cambio y la decadencia, han de quedar exentas del deterioro
que necesariamente se apodera de toda institución humana?” [149]

Bahá’u’lláh insta a quienes
creen en Él a ver “con tus propios ojos y no a través de los de tu vecino” y a
saber “ por tu propio conocimiento y no por el conocimiento de tu prójimo”.
Trágicamente, lo que los bahá’ís constatan en la sociedad actual es una
explotación desbocada de las masas de la humanidad por mor de una avaricia que
se justifica como fruto del funcionamiento de las “fuerzas impersonales del
mercado”. Lo que sus ojos contemplan por todas partes es la destrucción de
cimientos morales vitales para el futuro de la humanidad al amparo de una
grotesca autoindulgencia que se disfraza de “libertad de expresión”. A diario
han de pugnar por contrarrestar las presiones de un materialismo dogmático, que
proclama ser la voz de la “ciencia” y que pretende excluir sistemáticamente de
la vida intelectual los impulsos que surgen de la esfera espiritual de la
conciencia humana.

Y es bien cierto para el
bahá’í que las cuestiones últimas son precisamente espirituales. La Causa no es
un partido político ni una ideología, y mucho menos una máquina de agitación
política contra males sociales de uno u otro signo. El proceso de
transformación que ha puesto en marcha avanza induciendo un cambio fundamental
de conciencia, y el desafío que plantea a todos los que le rinden servicio es
liberarse del apego a presupuestos y preferencias heredados que son
irreconciliables con la Voluntad de Dios para la madurez de la humanidad.
Paradójicamente, incluso la aflicción causada por las condiciones prevalecientes
que violan la conciencia personal es algo que ayuda a este proceso de
liberación espiritual. En última instancia, tal desilusión empuja al bahá’í a
enfrentarse con una verdad subrayada una y otra vez en los Escritos de la Fe:

De todo
el conjunto del mundo ha escogido Él los corazones de Sus siervos, y a cada uno
lo ha convertido en la sede de la revelación de Su gloria. Por tanto,
santificadlos de toda impureza, para que las cosas para las que fueron creadas
puedan grabarse en ellos.[150]

XII

Durante dos mil años los lectores han sentido
fascinación ante la conocida frase con que se abre el Evangelio atribuido a
Juan, el discípulo de Jesús: “En el principio era la Palabra”. El pasaje
continúa afirmando con simplicidad y llaneza asombrosas una verdad espiritual
que ha sido medular en todas las religiones reveladas y que ha sido
reivindicada, una y otra vez, a lo largo de la sucesión de civilizaciones
históricamente conocidas: “Estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por Él”. La
prometida Manifestación de Dios aparece; la comunidad de los creyentes se forma
en torno a este centro focal de vida y autoridad espirituales; un nuevo sistema
de valores empieza a reordenar tanto la conciencia como la conducta; las artes
y las ciencias responden; y se estructuran las leyes que han de regir la
administración de los asuntos sociales. Lenta, pero irresistiblemente, surge
una nueva civilización, la cual cumple los ideales y emplea las capacidades de
millones de seres humanos de un modo que, en efecto, constituye un nuevo mundo,
un mundo que para los que “viven, se mueven y tienen su ser” en él es mucho más
real que los cimientos terrenales sobre los que se asienta.[151] En los siglos
posteriores, la cohesión y autoconfianza de la sociedad continúa dependiendo
primordialmente del impulso espiritual que le dio nacimiento.

Con la aparición de
Bahá’u’lláh, este fenómeno ha vuelto a suceder, sólo que esta vez a una escala
que abarca la totalidad de los habitantes de la tierra. En los acontecimientos
del siglo XX pueden observarse las primeras etapas de la gran transformación
universal generada por la Revelación, a propósito de la cual escribió
Bahá’u’lláh:

Atestiguo
que tan pronto como surgió de Su boca la Primera Palabra, mediante la potencia
de Tu voluntad y propósito, (...) la creación entera se vio revolucionada, y
todo lo que hay en los cielos y en la tierra se agitó en lo más profundo. A
través de esa Palabra se vieron sacudidas las realidades de todas las cosas
creadas, se dividieron, se separaron, se dispersaron, se combinaron y se
reunieron, desplegando, tanto en el mundo contingente como en el reino
celestial, entes de nueva creación, y revelando, en los reinos invisibles, las
señales y muestras de Tu unidad y unicidad.[152]

Shoghi Effendi describe este
proceso de unificación mundial como el “Plan Mayor” de Dios, cuya operación
continuará cobrando energía e impulso hasta que la raza humana se unifique en
una sociedad global que haya desterrado la guerra y se haya hecho cargo de su
destino colectivo. Lo que las luchas del siglo XX han logrado ha sido el cambio
fundamental de dirección que el propósito divino había requerido. Ese cambio es
irreversible. No hay vuelta a un estado anterior de cosas, por muy tentados de
reclamarlo que de tiempo en tiempo se sientan algunos elementos de la sociedad.

La importancia de tan
histórico y radical cambio no se ve en modo alguno minimizada por el
reconocimiento de que el proceso no ha hecho apenas más que comenzar. A su
debido tiempo ha de conducir, tal como Shoghi Effendi aclaró, a la
espiritualización de la conciencia humana y al surgimiento de una civilización
global que encarne la Voluntad de Dios. El mero hecho de afirmar la meta
conlleva reconocer el gran trecho que todavía le queda por recorrer a la raza
humana. Ha sido contra la más encarnizada resistencia presentada en todos los
niveles sociales, entre gobernados y gobernadores por igual, como han podido
lograrse los cambios políticos, sociales y conceptuales de los últimos cien
años. En última instancia, se han logrado sólo a expensas de espantosos
sufrimientos. Sería poco realista imaginar que los desafíos que quedan por
delante no hayan de cobrar un peaje aún mayor, máxime cuando la humanidad pugna
por todos los medios a su alcance por evitar enfrentarse a las implicaciones
espirituales que se derivan de las experiencias sufridas. Las palabras de
Shoghi Effendi sobre las consecuencias de esta terquedad de corazón y de
conciencia constituyen una lectura aleccionadora:

Adversidades
inimaginablemente pavorosas, revueltas y crisis nunca antes soñadas, guerras,
hambrunas y pestilencias, bien pueden combinarse para grabar en el alma de una
generación desatenta las verdades y principios que ha desdeñado reconocer y
seguir.[153]

*

Apenas había transcurrido un
tercio del siglo XX cuando el Guardián emplazó a los seguidores de Bahá’u’lláh
a desarrollar una comprensión mucho más honda de la propia Causa que la hasta
entonces lograda. La Fe había alcanzado el punto, decía, en que “había de dejar
de darse a conocer como un movimiento, una hermandad o por el estilo”,
designaciones que aunque quizás apropiadas en la época en que el mensaje se
introducía por vez primera en Occidente, ya por entonces “hacían grave
injusticia a su sistema en constante despliegue”. Rechazando por inadecuado
incluso el término de “religión” en su sentido más familiar, señalaba que la Fe
estaba:

(...) consiguiendo
visiblemente demostrar su pretensión y títulos a ser considerada como una
Religión Mundial, destinada a alcanzar, en la plenitud del tiempo, la condición
de una Mancomunidad mundial, que habría de ser a un mismo tiempo el instrumento
y la guardiana de la Más Grande Paz anunciada por su Autor.[154]

Conforme avanzaba el siglo, la Fuerza
creativa que impulsaba el reconocimiento de la unicidad de la humanidad, esa
misma Fuerza iba liberando progresivamente los poderes inherentes a la Causa,
preparándola así para el nuevo papel que habría de desempeñar en los asuntos
humanos. Durante los primeros dos decenios del siglo, merced al cuidado amoroso
del Maestro, se establecieron los cimientos
espirituales y administrativos necesarios para el propósito de Bahá’u’lláh.
Sobre la base así dispuesta, durante los treinta y seis años de su propio
ministerio, y los seis años ulteriores durante los cuales su Cruzada de Diez
Años guió los esfuerzos de la comunidad, Shoghi Effendi se dedicó a refinar los
instrumentos administrativos precisos para llevar adelante el Plan Divino. Con
el feliz establecimiento en 1963 de la Casa Universal de Justicia, los bahá’ís
del mundo emprendieron la primera etapa de una misión de larga duración: la
capacitación espiritual del conjunto entero de la humanidad como protagonistas
de su propio avance. Al concluir el siglo, este inmenso esfuerzo ya había
generado una comunidad representativa de la diversidad de toda la raza humana,
unida en su fidelidad y creencias, y comprometida a construir una sociedad
global que refleje en la tierra la misión espiritual y moral de su Fundador.

Dicho proceso se vio
inmensamente reforzado en 1992 mediante la publicación, largo tiempo esperada,
de la versión inglesa, completamente anotada, del Kitáb-i-Aqdas, repositorio de
la guía divina para la época de la madurez colectiva de la humanidad. Un
círculo creciente de traducciones no tardó en ofrecer a los seguidores de la Fe
de todo el mundo acceso a un Libro cuyo Autor ha descrito como “la Aurora del
Conocimiento divino, si sois de aquellos que entienden, y el Punto de Amanecer
de los mandamientos de Dios, si sois que los que comprenden”.[155] Aparte del
reconocimiento que el alma hace de la Manifestación de Dios, nada despierta tan
gran sentido de confianza y vitalidad en la conciencia humana, tanto individual
como colectiva, como la fuerza de la certidumbre moral. En el Kitáb-i-Aqdas,
las leyes fundamentales tanto para la vida personal como de la comunidad se han
reformulado teniendo presente una sociedad que ha de abarcar el abanico entero
de la diversidad humana. Nuevas leyes y conceptos surgen en respuesta a las
necesidades renovadas de una raza humana que se adentra en su etapa colectiva
de madurez. “¡Pueblos de la tierra!”, así reza el llamamiento de Bahá’u’lláh, “ Desechad
cuanto poseéis y, con las alas del desprendimiento, remontaos por encima de
todas las cosas creadas. Así os lo ordena el Señor de
la creación, el movimiento de Cuya Pluma ha revolucionado el alma de la
humanidad”.[156]

Un rasgo de los últimos cien
años de desarrollo bahá’í que debería merecer la atención de cualquier
observador es el éxito demostrado por la Fe al superar los ataques de que ha
sido objeto. Tal como sucediera durante los ministerios del Báb y Bahá’u’lláh,
algunos elementos de la sociedad, opuestos al surgimiento de una nueva religión
o bien temerosos de los principios que inculcaba, procuraron sofocarla por todos
los medios a su alcance. Apenas hubo un solo decenio del siglo pasado que no
presenciara intentos de este género, desde las persecuciones sangrientas
incitadas por el clero shí‘í, o las falsedades desvergonzadas urdidas y
difundidas por sus homólogos cristianos, pasando por los esfuerzos sistemáticos
de supresión llevados a cabo por varios regímenes totalitarios, y finalmente
las violaciones de su compromiso para con Bahá’u’lláh protagonizadas por los
insinceros, los ambiciosos o los malévolos de entre sus creyentes declarados.
Medida por cualquier rasero humano, la Causa debería haber sucumbido ante
semejantes andanadas de oposición, por lo demás sin paralelo en la historia
reciente. Empero, lejos de sucumbir, floreció. Su reputación se ha robustecido,
sus miembros han aumentado en gran proporción, su influencia se ha difundido
muy por encima de lo que soñaron las anteriores generaciones de seguidores. La
persecución sirvió para electrizar los esfuerzos de sus valedores. La calumnia
impulsó a los creyentes a procurarse una comprensión más madura de su historia
y enseñanzas. Y, tal como prometieron el Maestro y el Guardián, la violación de
la Alianza libró sus filas de aquellas personas cuya conducta y actitudes
habían empañado la fe de otros e inhibido su progreso. Si la Causa no hubiera
de aportar otro testimonio de los poderes que la sostienen, esta sucesión de
triunfos por sí sola bastaría.

*

Tres años antes de su
fallecimiento, Shoghi Effendi, aprovechando la adquisición del último solar de
tierra necesario para la erección del Edificio de los Archivos Internacionales,
difundió ampliamente ante el mundo bahá’í la naturaleza y trascendencia del
programa de construcciones que habría de albergarse en las laderas del Monte
Carmelo, cuyo inicios había emprendido el Maestro y que él mismo proseguía:

Estos Edificios, dispuestos
en forma de un amplio arco y cortados por un estilo arquitectónico armonioso,
rodean los lugares donde reposan los restos de la Hoja Más Sagrada (...) de su
Hermano (...) y de su Madre (...) El coronamiento último de esta portentosa
empresa supondrá la culminación del desarrollo de un Orden Administrativo
mundial y divinamente designado cuyos comienzos pueden remontarse hasta los
años finales de la Edad Heroica de la Fe.[157]

La actual etapa de esta
ambiciosa empresa ha sido llevada a feliz término en el último año del siglo.
Una profusión de recursos facilitados por creyentes de todo el mundo había
respondido a la visión de Bahá’u’lláh para este sagrado lugar, tal como se
anunciaba en Su Tabla del Carmelo: “Regocíjate, porque Dios, en este Día, ha
establecido Su trono sobre ti, te ha convertido en el amanecer de Sus signos y
la aurora de las evidencias de Su Revelación”. En el complejo de regios
edificios que se extienden a lo largo del arco y de las terrazas ajardinadas
que se alzan desde el pie de la montaña hasta su cumbre, aquella Causa cuya
influencia se había expandido de forma continua por todo el planeta durante el
siglo de la luz surgía finalmente en forma de una presencia visible y potente.
Al observar las muchedumbres de visitantes de todos los países que todos los
días se agolpan en sus escaleras y senderos, amén de la afluencia de
distinguidos visitantes que son bienvenidos en las salas de recepción del
Centro Mundial, las mentes perceptivas pueden sentir el cumplimiento de la
visión expresada hace ya dos mil trescientos años por el profeta Isaías: “Y
acontecerá que en los últimos días, la montaña de la casa del Señor será
establecida en la cumbre de las montañas, y descollará sobre los montes; y
hacia ella confluirán todas las naciones”.[158]

La Causa bahá’í se distingue
especialmente por ser un todo orgánico que no admite componendas. Al encarnar
el principio de la unidad, pilar de la Revelación de Bahá’u’lláh, dicha naturaleza
es el signo de la presencia del Espíritu que mora y anima la Fe. Única entre
las religiones de la historia -pese a los repetidos esfuerzos por quebrar su
unidad- la Causa ha logrado resistir la plaga perenne del cisma y de los
faccionalismos. El éxito obtenido por la comunidad en las labores de enseñanza
viene asegurado por el hecho de que los instrumentos que utiliza fueron creados
por la propia Revelación, y por el hecho de que fueran los propios Fundadores
de la Fe quienes concibieron los métodos para la prosecución de su Plan Divino,
y que fueron Ellos quienes guiaron, en todo detalle significativo, el
lanzamiento de la empresa. Durante el siglo XX, gracias a los esfuerzos de
‘Abdu’l-Bahá y el Guardián, el propio Monte Carmelo se ha convertido en una
expresión de esta unidad de la naturaleza de la Fe. En contraste con las
circunstancias que afectan a otras religiones mundiales, el centro espiritual y
el administrativo de la Causa están inseparablemente unidos en este mismo lugar
de la tierra y sus instituciones rectoras giran en torno al Santuario de su
Profeta mártir. Para muchos visitantes, incluso la armonía que ha podido
lograrse con la variedad de flores, árboles y arbustos que rodean los jardines
parece proclamar el ideal de unidad en la diversidad, que tan atractivo
encuentran en las enseñanzas de la Fe.

Nada señala tan
conmovedoramente la conclusión de estos cien años de logros como el
acontecimiento que asimismo sumió a los creyentes de todo el mundo en un estado
de profunda tristeza. El 19 de enero de 2000, un mensaje de la Casa Universal
de Justicia anunciaba:

A primeras horas de
esta mañana, el alma de Amatu’l-Bahá Rú?íyyih Khánum, la amada
consorte de Shoghi Effendi y el último vínculo que ligaba al mundo bahá’í con
la familia de ‘Abdu’l-Bahá, fue liberada de las limitaciones de esta existencia
terrestre (...) Sus veinte años de trato íntimo con Shoghi Effendi dieron pie a
que la pluma del Guardián le dedicara tales muestras de reconocimiento como “mi
compañera auxiliadora”, “mi escudo”, “mi colaboradora incansable en las arduas
faenas con las que cargo” (...)

Según iban remitiendo los
efectos del golpe inicial, gradualmente fue reconociéndose otro de los favores
inagotables de Bahá’u’lláh. He aquí a una figura cuya vida había abarcado la
mayor parte del siglo –y cuyo espíritu indomable había protagonizado las luchas
y sacrificios bahá’ís durante su última mitad– le había sido dado vivir y
celebrar las magníficas victorias a las que había contribuido tan
espléndidamente.

*

Al instar a los que Le han
reconocido a compartir el mensaje del Día de Dios con los demás, Bahá’u’lláh
recurre una vez más al lenguaje de la propia creación: “Todo el mundo clama en
alto por un alma. Las almas celestiales deben infundir, mediante el aliento de
la Palabra de Dios, en los cuerpos muertos un espíritu nuevo”.[159] El
principio es asimismo válido por lo que respecta a la vida colectiva de la
humanidad -así lo indica ‘Abdu’l-Bahá- tanto como lo es para las vidas de sus
componentes: “La civilización material es como el cuerpo. A pesar de que sea
infinitamente grácil, elegante y bello, está muerto. La civilización divina es
como el espíritu, y el cuerpo deriva su vida del espíritu (...) [160]

En esta poderosa analogía se
resume la relación entre los dos acontecimientos históricos que la Voluntad de
Dios propulsó por dos sendas convergentes a lo largo del siglo de la luz. Sólo
una persona ciega a las capacidades intelectuales y sociales latentes en la
raza humana, e insensible a las desesperadas necesidades de la humanidad,
podría dejar de sentir honda satisfacción ante los avances que la sociedad ha
registrado durante los pasados cien años, y en particular ante los procesos que
fusionan los pueblos y naciones de la tierra. Cuánto más han de valorar los
bahá’ís estos logros en los que reconocen el Propósito de Dios mismo. Pero el
Cuerpo de esta civilización material de la humanidad clama a voces y anhela
cada día con mayor desesperación pidiendo un Alma. Al igual que sucediera con
toda gran civilización de la historia, hasta tanto no se vea animada así y no
despierten sus facultades espirituales, no encontrará ni paz, ni justicia, ni
una unidad que supere el listón de las negociaciones y componendas.
Dirigiéndose a los “representantes elegidos de los pueblos en todos los
países”, escribía Bahá’u’lláh:

Lo que el
Señor ha ordenado como el supremo remedio y el más poderoso instrumento para la
curación de todo el mundo es la unión de todos sus pueblos en una Causa
universal, una Fe común.[161]

Por tanto, no es en el hecho
de prestar apoyo, ni ánimos, ni siquiera en el ejemplo en lo que se cifra
principalmente el trabajo de la Causa. La comunidad bahá’í continuará
contribuyendo por todos los medios posibles a los esfuerzos encaminados a la
unificación global y a la mejora social, pero tales aportaciones revisten un
significado secundario. Su verdadero propósito es el de ayudar a la población
mundial a abrir su mente y corazón al único Poder capaz de colmar su anhelo
último. Nadie excepto quienes han despertado a la Revelación de Dios puede
prestar esta ayuda. No hay nadie que pueda ofrecer un testimonio creíble de la
futura llegada de un mundo de paz y justicia salvo quienes comprenden, no
importa cuán vagamente, las palabras con que la Voz de Dios emplazó a Bahá’u’lláh
a que emprendiese Su misión:

¿Puedes
acaso, oh Pluma, descubrir en este día a otro salvo a Mí? ¿Qué ha sido de la
creación y de sus manifestaciones? ¿Y qué de los nombres y de su reino? ¿Adónde
han ido todas las cosas creadas, ya sean visibles o invisibles? ¿Qué hay de los
secretos ocultos del universo y de sus revelaciones? ¡Ve cómo la creación
entera ha dejado de existir! Nada queda sino Mi Rostro, el Sempiterno, el
Resplandeciente, el Todoglorioso.

Este es
el Día en que nada se ve excepto los esplendores de la Luz que brilla en el
rostro de Tu Señor, el Munífico, el Más Generoso. Verdaderamente, hemos hecho
expirar a cada alma en virtud de Nuestra irresistible soberanía que todo lo
somete. Luego, hemos hecho surgir una nueva creación,
como muestra de Nuestra gracia a los hombres. Yo soy, en verdad, el
Todogeneroso, el Anciano de Días.[162]

NOTAS

1. Shoghi
Effendi, Advent of Divine Justice (Wilmette:
Bahá’í Publishing Trust, 1990), p. 8.

2. Shoghi
Effendi, The Promised Day is Come (Wilmette:
Bahá’í Publishing Trust, 1996), p. 1.

3. Eric
Hobsbawm, Age of Extremes: The Short
Twentieth Century, 1914-1991 (Londres: Abacus, 1995), p. 584.

4. Leopoldo II, Rey de los belgas, gobernó la colonia durante
lustros como si de un coto particular se tratase (1877-1908). Las atrocidades
perpetradas bajo su tiranía suscitaron una oleada de protestas internacionales.
En 1908 se vio obligado a entregar el territorio a la administración del
gobierno belga.

5. Los procesos que indujeron estos cambios son objeto de detallada
revisión en A. N. Wilson, et al., God’s
Funeral (Londres: John Murray, 1999). En 1872, Winwood Reade publicaba la
obra The Martyrdom of Man (Londres:
Pernberton Publishing, 1968), que llegó a convertirse en una especie de
“Biblia” de los primeros decenios del siglo XX; expresaba la confianza de que
“por fin, los hombres dominarán las fuerzas de la naturaleza. Llegarán a ser
arquitectos de sistemas, artesanos de mundos. El hombre será perfecto y se
convertirá en creador, hasta llegar a ser eso que el vulgo adora como a un
dios”. Citado por Anne Glyn-Jones, Holding up a Mirror. How Civilizations Decline (Londres: Century,
1996), pp. 371-372.

6. Selections from the Writings of ‘Abdu’l-Bahá
(Wilmette: Bahá’í Publishing Trust, 1997), p. 35 (sección 15.6).

7. ‘Abdu’l-Bahá,
The Secret of Divine Civilization (Wilmette:
Bahá’í Publishing Trust, 1990), p. 2.

8. Makátib-i-‘Abdu’l-Bahá (Tablets of ‘Abdu’l-Bahá), vol. 4
(Teherán: Editora Nacional de Irán, 1965), pp. 132-134, traducción provisional.

9. Ibídem.

10. Ibíd.

11. La escuela se clausuró en 1934 por orden de Reza Sháh, por
haber incluido los días sagrados bahá’ís como festivos religiosos. Poco después
se procedía al cierre de las demás escuelas baháís de Irán.

12. La historia aparece recogida en The Bahá’í World, vol. XIV (Haifa:
Bahá’í World Centre, 1975), pp. 479-481.

13. Shoghi
Effendi, The World Order of Bahá’u’lláh (Wilmette:
Bahá’í Publishing Trust, 1991), p. 156.

14. “El círculo
más externo de este magno sistema, la réplica visible de la posición central
conferida al Heraldo de nuestra Fe, no es sino el planeta entero. En el corazón
de este planeta descansa la “Tierra Más Sagrada”, aclamada por ‘Abdu'l-Bahá
como “el Nido de los Profetas” y al que ha de considerarse el centro del mundo
y la Alquibla de las naciones. Dentro de esta Tierra Más Sagrada se alza la
Montaña de Dios, de santidad inmemorial, la Viña del Señor, el Retiro de Elías,
Cuyo retorno simboliza el propio Báb. Descansando en el regazo de esta santa
montaña se extienden las amplias propiedades dedicadas permanentemente al santo
Sepulcro del Báb, del que son sus recintos sagrados. En medio de estas
propiedades, reconocidas como las dotaciones internacionales de la Fe, se halla
situado el atrio más sagrado, un recinto compuesto de jardines y terrazas que a
un tiempo embellecen y confieren encanto propio a estos predios sagrados.
Engastado en estos aledaños preciosos y verdeantes se alza, en toda su
exquisita belleza, el mausoleo del Báb, la madreperla designada para conservar
y adornar la estructura original levantada por ‘Abdu’l-Bahá para acoger la
tumba del Heraldo-Mártir de nuestra Fe. Dentro de esta madreperla se atesora la
Perla de Gran Precio, el sanctasanctórum, las cámaras que constituyen la tumba
misma y que fueran construidas por ‘Abdu’l-Bahá. En el corazón mismo del
sanctasanctórum se encuentra el tabernáculo, la bóveda en donde reposa el
féretro más sagrado. Dentro de esta bóveda hállase el sarcófago de alabastro en
el que está depositada esa inestimable joya: el sagrado polvo del Báb”. Shoghi
Effendi, Citadel of Faith (Wilmette:
Bahá’í Publishing Trust, 1995), pp. 95-96.

15. Ibídem, p. 95.

16. Shoghi
Effendi, God Passes By (Wilmette:
Bahá’í Publishing Trust, 1995), p. 276.

17. H. M.
Balyuzi, Abdu'l-Bahá: The Centre of the
Covenant of Bahá’u’lláh, 2ª ed. (Oxford: George Ronald, 1992), p. 136.

18. Selections from the Writings of
‘Abdu’l-Bahá, op. cit., pp. 254-255,
(sección 200.3).

19. Shoghi
Effendi, God Passes By, op. cit., p. 258.

20. Ibídem., p. 259.

21. The Bahá’’í Centenary,
1844-1944, compilado por la Asamblea Espiritual Nacional de los Bahá’ís de
Estados Unidos y Canadá (Wilmette: Bahá’í Publishing Committee, 1944), pp.
140-141.

22. Shoghi
Effendi, God Passes By, op. cit., p. 280.

23. ‘Abdu’l-Bahá in London: Addresses and Notes
of Conversations (Londres: Bahá’í Publishing Trust, 1982), pp. 19-20.

24. ‘Abdu’l-Bahá,
Tablets of the Divine Plan (Wilmette:
Bahá’í Publishing Trust, 1993), p. 94.

25. Shoghi
Effendi, God Passes By, op. cit., pp. 281-282.

26. ‘Abdu’l-Bahá,
The Promulgation of Universal Peace (Wilmette:
Bahá’í Publishing Trust, 1995), p. 121, traducción provisional.

27. Selections from the Writings of
‘Abdu’l-Bahá, op. cit., p. 106,
(sección 64. 1).

28. Ibídem, p. 23, (sección 7.2).

29. ‘Abdu’l-Bahá,
The Promulgation of Universal Peace, op.
cit., pp. 455-456.

30. Juliet
Thompson, The Diary of Juliet Thompson (Los
Angeles: Kalimát Press, 1983), p. 313.

31. Shoghi
Effendi, God Passes By, op. cit., pp. 244-245.

32. ‘Abdu’l-Bahá in Canada (Forest: National
Spiritual Assembly of Canada, 1962), p. 51.

33. ‘Abdu’l-Bahá,
Paris Talks, 12ª ed., (Londres:
Bahá’í Publishing Trust, 1995), p. 64.

34. Eric
Hobsbawm, Age of Extremes: The Short
Twentieth Century, 1914-1991, op. cit., p. 23.

35. Gleanings from the Writings of Bahá’u’lláh (Wilmette:
Bahá’í Publishing Trust, 1983), p. 264, (sección CXXV).

36. Edward
R. Kantowicz, The Rage of Nations (Cambridge:
William B. Eerdmans Publishing Company, 1999), p. 138. Kantowicz añade que la guerra le supuso a Europa la
pérdida de 48 millones de vidas, incluyendo 15 millones “extinguidas” porque su
maltrecha salud les hizo vulnerables a la epidemia de gripe postbélica, y
también por la drástica reducción de la tasa de natalidad ocurrida tras estas
calamidades. Hobsbawm calcula que Francia perdió casi un veinte por ciento de
sus hombres en edad militar, Gran Bretaña perdió una cuarta parte de los
graduados de Oxford y Cambridge que sirvieron en el ejército durante la guerra,
en tanto que las pérdidas alemanas ascendieron a 1.8 millones, esto es, un
trece por ciento de su población en edad militar. (Véase
Eric Hobsbawm, Age of Extremes: The Short
Twentieth Century, 1914-1991, op. cit., p. 26).

37. La figura del Presidente Wilson cuenta con numerosas biografías
escritas desde su fallecimiento. Tres de las más
recientes son las de Louis Auchincloss, Woodrow
Wilson (Nueva York: Viking Penguin, 2000); A. Clements Kendrick, Woodrow Wilson: World Statesman (Lawrence:
University Press of Kansas, 1987); Thomas J. Knock, To End All Wars: Woodrow Wilson and the Quest for a New World Order (Oxford:
Oxford University Press, 1992).

38. ‘Abdu'l-Bahá,
The Promulgation of Universal Peace, op. cit., p. 305.

39. Shoghi
Effendi, Citadel of Faith, op. cit., p. 32.

40. Ibídem., pp.
32-33.

41. En
su redacción definitiva, el artículo X del Convenio de la Liga no requería la
intervención militar colectiva en los supuestos de agresión, tan sólo se
limitaba a declarar: “(...) el Consejo recomendará los medios mediante los
cuales se deba dar cumplimiento a esta obligación”.

42. Shoghi
Effendi, The World Order of Bahá’u’lláh,
op. cit., pp. 29-30.

43. Shoghi
Effendi, Citadel of Faith, op. cit., pp. 28-29.

44. Ibídem, p. 7.

45. Selections from the Writings of the Báb (Haifa:
Bahá’í World Centre, 1978), p. 56.

46. Bahá’u’lláh,
The Kitáb-i-Aqdas, The Most Holy Book (Wilmette:
Bahá’í Publishing Trust, 1993), párrafo 88.

47. Tablets of Bahá’u’lláh Revealed after the
Kitáb-i-Aqdas (Wilmette: Bahá’í Publishing Trust, 1988), p. 13.

48. La cita hace referencia al valor del “consejo” dirigido por el Maestro
a las autoridades militares británicas, que aceptaron restaurar la vida civil
en la zona tras el derrocamiento del régimen turco, añadiendo que “todo su
influjo ha sido para bien”. Véase
Moojan Momen, ed., The Bábi and Bahá’í Religions, 1844-1944.. Some Contemporary Western
Accounts (Oxford.. George Ronald, 1981), p. 344.

49. The Bahá’í World, vol. XX (Haifa: Bahá’í
World Centre, 1976), p. 132.

50. Horace
Holley, Religion for Mankind (Londres:
George Ronald, 1956), pp. 243-244.

51. Will and Testament of ‘Abdu’l-Bahá (Wilmette:
Bahá’í Publishing Trust, 1991), p. 11.

52. Shoghi
Effendi, God Passes By, op. cit., p. 326.

53. Shoghi
Effendi, Bahá’í Administration (Wilmette:
Bahá’í Publishing Trust, 1998), p. 15.

54. Aunque la “tregua de Navidad” afectó principalmente a los soldados
británicos y alemanes, también participaron las tropas francesas y belgas: BBC
News, Online Network Summary of Brown, Malcolm and Shirley Seaton, “Christmas
Truce”.

55. Rú?íyyih
Rabbání, The Priceless Pearl (Londres:
Bahá’í Publishing Trust, 1969), pp. 121, 123.

56. Shoghi
Effendi, Bahá’í Administration, op. cit.,
pp. 187-188, 194.

57. En
un caso tras otro, la flagrante conducta de los hermanos, hermanas y primos de
Shoghi Effendi le dejó sin más alternativa que la de advertir a los bahá’ís del
mundo que habían violado la Alianza.

58. Shoghi
Effendi, The World Order of Bahá’u’lláh,
op. cit., p. 36.

59. Ibídem, pp. 42-43.

60. Ibídem, p.
202.

61. Ibídem, pp. 203-204.

62. Shoghi
Effendi, The World Order of Bahá’u’lláh, op. cit., p. 203.

63. Shoghi
Effendi, The Advent of Divine Justice,
op. cit., pp. 90, 19, 85.

64. Nabíl-i-A‘?am,
The Dawn-Breakers: Nabíl’s Narrative of
the Early Days of the Bahá’í Revelation (Wilmette: Bahá’í Publishing Trust,
1999), pp. 92-94.

65. Shoghi
Effendi, Bahá’í Administration, op. cit.,
p. 52.

66. Selections from the Writings of
‘Abdu’l-Bahá, op. cit., pp. 85-86,
(sección 38.5).

67. Shoghi
Effendi, The World Order of Bahá’u’lláh,
op. cit., p. 4.

68. Ibídem, p. 19.

69. Gleanings from the Writings of Bahá’u’lláh,
op. cit., p. 60, (sección XXV).

70. Shoghi
Effendi, The World Order of Bahá’u’lláh,
op. cit., p. 19.

71. Ibídem, p. 144.

72. Shoghi
Effendi, God Passes By, op. cit., p.
26.

73. The Bahá’í World, vol. X (Wilmette: Bahá’í Publishing Committee, 1949), pp.
142-149, ofrece un repaso detallado de la expansión de la Causa hasta la
conclusión del primer Plan de Siete Años.

74. Shoghi
Effendi, Messages to Canada, 2ª ed.
(Thornhill: Bahá’í Canada Publications, 1999), p. 114.

75. Shoghi
Effendi, God Passes By, op. cit., p.
365.

76. Gleanings from the Writings of Babá’u’lláh,
op. cit., p. 200, (sección XCIX).

77. Bahá’u’lláh,
The Kitáb-i-Íqán (Wilmette: Bahá’í
Publishing Trust, 1983), p. 31.

78. “En Europa, a comienzos del siglo XX, la mayoría de la población
aceptaba la autoridad de la moral (...) [Más tarde] los europeos más reflexivos
llegaron a creer en el progreso moral, creyendo que el vicio y barbarie humanos
estaban de retirada. Al final del siglo, resulta difícil mostrarse confiado
tanto en que haya una ley moral como en la existencia de un progreso moral”:
Jonathon Glover, Humanity: A Moral History
of the Twentieth Century (Londres: Jonathan Cape, 1999), p. 1. El estudio
de Glover se centra particularmente en el auge e influencia de las ideologías
del siglo XX.

79. Shoghi
Effendi, The Promised Day is Come, op.
cit., pp. 185-186.

80. Ibídem.

81. Gleanings from the Writings of Bahá’u’lláh,
op. cit., pp. 65-66, (sección XXVII).

82. Ibídem, pp. 41-42,
(sección XVII).

83. Women: Extracts from the
Writings of Bahá’u’lláh, ‘Abdu’l-Bahá, Shoghi Effendi and the Universal House
of Justice, compilado por el Departamento de Estudios de la Casa Universal
de Justicia (Thornhill: Bahá’í Canada Publications, 1986), p. 50.

84. Shoghi
Effendi, Messages to America (Wilmette:
Bahá’í Publishing Committee, 1947), p. 28.

85. Ibídem, pp. 9, 10, 14,
22.

86. Ibíd, p.
28.

87. Rú?íyyih
Rabbání, The Priceless Pearl, op. cit.,
p. 382.

88. Shoghi
Effendi, Messages to America, op. cit., p. 53.

89. Shoghi
Effendi, The World Order of Bahá’u’lláh,
op. cit., p. 46.

90. ‘Abdu’l-Bahá in Canada, op.
cit., p. 51.

91. ‘Abdu’l-Bahá,
Promulgation of Universal Peace, op. cit., p. 377.

92. ‘Abdu’l-Bahá,
Foundations of World Unity (Wilmette:
Bahá’í Publishing Trust, 1979), p. 21.

93. Lester Bowles Pearson (1897-1972) recibió el Premio Nobel de la
Paz en 1957 por sus propuestas de política internacional en el período
posterior a la segunda guerra mundial, particularmente por el plan que llevó al
establecimiento de las primeras fuerzas de emergencia de Naciones Unidas que
iban a actuar en el Canal de Suez en 1956, en respuesta a la crisis creada por
la invasión de Egipto por parte de los ejércitos británico y francés, que
actuaban de común acuerdo con las tropas de Israel tras la captura del Canal de
Suez por Egipto. El primer voto formal de sanciones internacionales contra una
agresión fue el adoptado en 1936 por la Sociedad de Naciones, cuando la Italia
fascista invadió Etiopía, y fue aclamado por Shoghi Effendi como: “un evento
sin paralelo en la historia humana” (Véase Shoghi Effendi, The World Order of Bahá’u’lláh, op. cit., p. 191)

94. Los tres Secretarios Generales de Naciones Unidas mencionados son,
por orden cronológico, Javier Pérez de Cuellar (1982-1991), Perú; Boutros
Boutros-Ghali (1992-1996), Egipto; Kofi Annan, (1997-actualidad), Ghana.

95. Anne Frank (1929-1945), joven judía, víctima del genocidio nazi,
capturada en la alcoba que le servía de refugio en Holanda, en agosto de 1944.
Fue enviada al campo de concentración de Belsen, donde murió una año más tarde.
Su diario se publicó en 1952 con el título The
Diary of a Young Girl (Diario de Ana Frank), que después sería llevado a los teatros y a las pantallas de cine.
Martin Luther King Jr. (1929-1968), clérigo norteamericano galardonado con el
Premio Nobel de la Paz, uno de los dirigentes principales de los derechos
civiles norteamericanos, asesinado el 4 de abril de 1968 en Memphis, Tennessee.
Su recuerdo se conmemora en Estados Unidos como fiesta nacional el tercer lunes
de enero. Paulo Freire (1921-1997), pedagogo innovador brasileño, cuya obra
pionera en la educación de adultos le valió renombre internacional, pero que le
deparó dos períodos de encarcelamiento en su propio país. Kiri Te Kanawa (1944-
), nacida en Nueva Zelanda, de orígen maorí, y hoy día una de las principales divas del mundo de la ópera. Fue investida en 1982 con el título
correspondiente a la Orden de Dame Commander del Imperio Británico por S.A.R.
la Reina Isabel II. Gabriel García Márquez (1928- ), escritor colombiano y
novelista, ganador en 1982 del Premio Nobel de Literatura; se vio obligado a
pasar los años 60 y 70 en exilio voluntario en México y España para escapar a
la persecución en su país de origen. Ravi Shankar (1920- ), compositor indio y
citarista, cuyo impresionante talento y giras por Europa y Norteamérica han
contribuido a despertar en todo Occidente el interés por la música india.
Andrei Dmitriyevich Sakharov (1921-1989), físico nuclear ruso, abandonó la
investigación científica para convertirse en portavoz de las libertades civiles
en la Unión Soviética, lo que le hizo acreedor del Premio Nobel de la Paz de
1975, mientras sufría un exilio interno en su propia patria. La “Madre Teresa”
(Agnes Gonxha Borjaxhiu, 1910-1997), nacida en Albania, monja católica de las
Misioneras de la Caridad, cuyo trabajo sacrificado a favor de los pobres, los
desahuciados y los moribundos de Calcuta le valieron el Premio Nobel de la Paz
de 1979. Zhang Yimou (1951- ), uno de los principales directores de la “Quinta
Generación” de cineastas chinos, ganador de numerosos premios profesionales en
reconocimiento a la sensibilidad visual de su impresionante labor.

96. Las tres nuevas Asambleas Espirituales Nacionales fueron las de
Canadá, que se constituyó en Asamblea Nacional aparte de la de Estados Unidos
en 1948, y las Asambleas Regionales de América Central y de las Antillas (1953),
y la de Suramérica (1953).

97. Shoghi
Effendi, Messages to the Bahá’í World,
1950-1957 (Wilmette: Bahá’í Publishing Trust, 1995), p. 41.

98. Ibídem, pp. 38-39.

99. Will and Testament of 'Abdul-Bahá, op. cit.,
p. 13

100. Bajo el liderazgo de los dos medio hermanos de ‘Abdu’l-Bahá, a
saber, Mu?ammad-‘Alí y Badí’u’lláh, junto con un primo, Majdi’d-Dín, el
grupo de violadores de la Alianza que habían ocupado desde tiempo atrás la
Mansión de Bahjí a la muerte de Bahá’u’lláh prosiguieron una campaña ininterrumpida
de ataques y maquinaciones contra el Maestro y el Guardián. Durante el Mandato
británico, se vieron forzados a evacuar la Mansión debido al estado de abandono
en que la habían dejado caer, lo que le permitió al Guardián restaurar el
edifico y establecer su carácter de lugar sagrado ante las autoridades civiles.
Posteriormente, Shoghi Effendi obtuvo del gobierno del recién establecido
Estado de Israel el reconocimiento de que todas las propiedades tenían este
mismo carácter privilegiado, a raíz de lo cual se emitió un mandamiento oficial
por el que se instaba a los restantes violadores de la Alianza a evacuar el
edificio en vergonzoso estado que todavía ocupaban junto a la Mansión. Al no
prosperar su apelación contra este juicio, se ejecutó la orden de desahucio y
el edificio fue derribado por orden del Guardián, con lo que felizmente
desaparecía la última tara que estorbaba el embellecimiento de la propiedad.

101. Tablets of Bahá’u’lláh revealed after the
Kitáb-i-Aqdas, op. cit., p. 68.

102. Will and Testament of ‘Abdu’l-Bahá, op. cit., pp. 19-20.

103. Consta una amplia descripción del papel desempeñado por las Manos de
la Causa durante estos años críticos en Amatu’l-Bahá Rú?íyyih Khánum,
Ministry of the Custodians (Haifa:
Bahá’í World Centre, 1997).

104. Shoghi
Effendi, The World Order of Bahá’u’lláh,
op. cit., p. 148.

105. Will and Testament of ‘Abdu’l-Bahá, op. cit., p. 20.

106. Universal
House of Justice, Messages from the
Universal House of Justice, 1963- 1986. The Third Epoch of the Formative Age
(Wilmette: Bahá’í Publishing Trust, 1996), p. 14.

107. El tema aparece mencionado en numerosos pasajes de The Priceless Pearl, op. cit. Véase en particular las páginas 79, 85, 90, 128 y 159.

108. Tablets of Bahá’u’lláh revealed after the
Kitáb-i-Aqdas, op. cit., p. 69.

109. ‘Abdu’l-Bahá,
The Secret of Divine Civilization, op. cit., pp. 96-97.

110. J. E.
Esslemont, Bahá’u’lláh and the New Era:
An Introduction to the Bahá’í Faith, 5ª ed. rev. (Wilmette: Bahá’í
Publishing Trust, 1998), p. 250.

111. Will and Testament of ‘Abdu’l-Bahá, op. cit., p. 11.

112. Shoghi
Effendi, The World Order of Bahá’u’lláh,
op. cit., p. 8.

113. Bahá’u’lláh,
The Kitáb-i-Aqdas, op. cit., párrafo
83.

114. Bahá’u’lláh,
Epistle to the Son of the Wolf
(Wilmette: Bahá’í Publishing Trust, 1988), p. 14.

115. Shoghi
Effendi, The World Order of Bahá’u’lláh,
op. cit., pp. 43, 195.

116. Ibídem,
p. 24.

117. Tablets of Bahá’u’lláh revealed after the
Kitáb-i-Aqdas, op. cit., pp.
66-67.

118. Shoghi
Effendi, The Advent of Divine Justice,
op. cit., p. 27.

119. The Establishment of the
Universal House of Justice, compilado por el Departamento de Estudios de la
Casa Universal de Justicia (Oakham: Bahá’í Publishing Trust, 1984), p. 17.

120. Universal
House of Justice, Messages from the
Universal House of Justice, 1963-1986. The Third Epoch of the Formative Age,
op. cit., p. 52.

121. Ibídem, p. 104.

122. Bahá’í
News, nº. 73, mayo 1933 (Wilmette: National Spiritual Assembly of the Bahá’ís
of the United States), p. 7.

123. El Instituto fue creado por la Casa Universal de Justicia en 1998
como organismo de la Comunidad Internacional Bahá’í, que da cuenta ante la Casa
de Justicia a través de la Oficina de Información Pública. Sus funciones lo
describen como organismo “dedicado a investigar tanto los elementos materiales
como espirituales que sustentan el conocimiento humano y los procesos de avance
social”.

124. El Centro tiene como objetivo “investigar la Fe bahá’í de modo
sistemático, incluyendo su cultura religiosa, su espíritu humanitario y su
ética religiosa”.

125. Citado
en Star of the West, vol. 13, nº. 7
(octubre 1922), pp. 184-186.

126. ‘Abdu’l-Bahá,
Tablets of the Divine Plan, op. cit., p. 54.

127. Comenzó hacia 1904, cuando el creyente y erudito iraní
?adru’?-?udúr estableció, contando con el aliento de
‘Abdu’l-Bahá, la primera escuela de formación de maestros de clases infantiles
para jóvenes bahá’ís de Teherán. Las clases eran diarias y los graduados, que
habían recibido también formación en otras religiones así como en diversos
aspectos de la Fe bahá’í, contribuyeron en gran medida a la expansión y
consolidación de la Causa en su tierra natal.

128. El modelo en cuestión es el “Instituto Ruhi”, cuyos materiales y
métodos han sido adoptados por numerosas comunidades bahá’ís de todo el mundo.
En lo principal su filosofía se basa en la compaginación de actividades de
servicio junto con el estudio de las propias Escrituras bahá’ís. El sistema, organizado
en torno a una serie de niveles de estudio (cuyo conjunto forma un eje
“troncal” de conocimientos que versan sobre las enseñanzas fundamentales de
Bahá’u’lláh) permite infinitas aplicaciones a la medida de las necesidades de
las comunidades que lo emplean.

129. Shoghi
Effendi, God Passes By, op. cit., p. xiii.

130. ‘Abdu’l-Bahá,
The Promulgation of Universal Peace, op. cit., pp. 43-44.

131. Moojan
Momen, The Bábí and Bahá’í Religions,
1844-1944. Some Contemporary Western Accounts, op. cit., pp. 186-187.

132. The Bahá’í World, vol. XV, op. cit., pp. 29, 36.

133. The Bahá’í World, vol. IV (Nueva York:
Bahá’í Publishing Committee, 1933), pp. 257-261. Incluye un breve relato histórico sobre la fundación del
Bureau y su funcionamiento.

134. The Bahá’í World, vol. III (Nueva York:
Bahá’í Publishing Committee, 1930), pp. 198-206. Contiene el texto de una Petición formal dirigida a la
Comisión Permanente de Mandatos de la Sociedad de Naciones por parte de los
bahá’ís de Irak, que resume la historia del caso.

135. Shoghi
Effendi, God Passes By, op. cit., p. 360.

136. El texto completo de la Declaración puede encontrarse en World Order Magazine, abril 1947, vol.
XIII, nº. 1.

137. The Bahá’í Question, Iran’s
Secret Blueprint for the Destruction of a Religious Community, An Examination
of the Persecution of the Bahá’ís of Iran (Nueva York: Bahá’í International
Community, 1999), preparado por la Oficina de Naciones Unidas de la Comunidad
Internacional Bahá’í para su distribución entre los miembros de la Comisión de
Derechos Humanos de Naciones Unidas.

138. Pasaje
de una alocución de Edward Granville Browne, publicada en Religious Systems of the World.. A Contribution to the Study of
Comparative Religion, 3ª ed. (Nueva
York: Macmillan, 1892), pp. 352-353.

139. Durante los nueve años de su existencia, la oficina se encargó de
ayudar al asentamiento de unos 10,000 refugiados bahá’ís iraníes en veintisiete
países.

140. Hasta la fecha noventa y nueve Asambleas Espirituales Nacionales han
recibido formación intensiva en el programa.

141. La Conferencia de Pekín sobre la Mujer permitía que cincuenta de
entre las dos mil organizaciones no gubernamentales participantes presentasen
sus declaraciones oralmente. Dado que la Comunidad Internacional Bahá’í ya
había disfrutado de este mismo privilegio en varias conferencias anteriores,
sobre todo en la de Río de Janeiro en torno al medio ambiente y en la de
Copenhague sobre el desarrollo económico y social, los representantes de la
Comunidad cedieron el turno que se les había adjudicado en favor del Centro de
Estudios sobre el Género de Moscú.

142. Un relato pormenorizado, incluyendo el texto de la decisión del
Tribunal Federal de Alemania, se encuentra en The Bahá’í 'World, vol. XX (Haifa:
Bahá’í World Centre, 1998), pp. 571-606.

143. Sessão Solene da Câmara
Federal, Brasilia, 28 de mayo, 1992, (reimpreso con traducción al inglés a
cargo de la Asamblea Espiritual Nacional de los Bahá’ís de Brasil, 1992).

144. Selections from the Writings of ‘Abdu’l-Bahá,
op. cit., pp. 34-36, (sección 15).

145. Sesión cincuenta y cuatro de
la Asamblea General de Naciones Unidas, Asunto 49 (b) del orden del día Medidas
y Propuestas de Reforma de Naciones Unidas: la Asamblea del Milenio de Naciones
Unidas, 8 de agosto de 2000, (Documento nº. A/54/959), p. 2.

146. Véase Commitment to Global
Peace, declaración de la Cumbre de Paz del Milenio de Dirigentes Religiosos
y Espirituales, elevada al Secretario General de Naciones Unidas Kofi Annan el
29 de agosto de 2000 durante una sesión de la cumbre celebrada en la Asamblea
General de Naciones Unidas.

147. Asamblea General de Naciones Unidas, Sesión cincuenta y cuatro, Asunto 61 (b) del Orden del Día La Asamblea
de Naciones Unidas del Milenio, 8 de septiembre de 2000, (Documento nº. A/
55/L.2), sección 32.

148. Los
objetivos respectivos de las tres grandes citas del Milenio, así como la
participación de la Comunidad Bahá’í en estas reuniones, se resumen en una
carta de la Casa Universal de Justicia dirigida a todas las Asambleas
Espirituales Nacionales de fecha 24 de septiembre de 2000.

149. Shoghi
Effendi, The World Order of Bahá’u’lláh,
op. cit., p. 42.

150. Gleanings from the Writings of Bahá’u’lláh,
op. cit., p. 297, (sección CXXXVI).

151. Bahá’u’lláh,
The Kitáb-i-Íqán, op. cit., p. 34.

152. Bahá’u’lláh,
Prayers and Meditations (Wilmette:
Bahá’í Publishing Trust, 1998), p. 295, (sección CLXXVIII).

153 Shoghi Effendi, The World Order of Bahá’u’lláh, op.
cit., p. 193.

154. Ibídem, p. 196.

155. Bahá’u’lláh,
The Kitáb-i-Aqdas, op. cit., párrafo 186.

156. Ibídem, párrafo 54.

157. Shoghi
Effendi, Messages to the Bahá’í World,
1950-1957, op. cit., p. 74.

158. Isaías
2:2.

159. Shoghi
Effendi, The Advent of Divine Justice,
op. cit., pp. 82-83.

160. Selections from the Writings of ‘Abdu’l-Bahá,
op. cit., p. 317, (sección 227.22).

161. The Proclamation of Bahá’u’lláh to the Kings
and Leaders of the World (Haifa: Bahá’í World Centre, 1967), p. 67.

162 Gleanings
from the Writings of Bahá’u’lláh, op.
cit., pp. 29-30, (sección XIV).

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Das Jahrhundert des Lichts á Das Universale Haus der Gerechtigkeit á Bahá'í Verlag GmbH, Auflage 1.03 (O-2002-04-25)

Das Jahrhundert des Lichts
Das Universale Haus der Gerechtigkeit

Vorwort

Das Ende des zwanzigsten Jahrhunderts bietet den Bahá’í eine einzigartige Perspektive. Während der vergangenen hundert Jahre erlebte unsere Welt weit tiefer gehende Veränderungen als in ihrer ganzen bisherigen Geschichte – Veränderungen, die von der heutigen Generation zum größten Teil nur wenig begriffen werden. Dieselben hundert Jahre sahen auch, wie die Bahá’í-Sache nach und nach ins Licht der Öffentlichkeit trat und dabei im globalen Maßstab die einigende Macht zeigte, mit der sie aufgrund ihres göttlichen Ursprungs ausgestattet ist. Während sich das Jahrhundert dem Ende näherte, wurde zunehmend sichtbar, wie beide historische Entwicklungen immer mehr aufeinander zustreben.
Das Jahrhundert des Lichts, das unter unserer Leitung ausgearbeitet wurde, gibt im Lichte der Bahá’í-Lehren einen Überblick über diese beiden Prozesse und ihre Beziehung zueinander. Wir empfehlen den Freunden, es aufmerksam zu studieren im Vertrauen darauf, dass die Perspektiven, die es eröffnet, sich als geistige Bereicherung und als praktische Hilfe herausstellen, wenn wir unsere Mitmenschen an der herausfordernden Bedeutung der Offenbarung Bahá’u’lláhs teilhaben lassen.
Das Universale Haus der Gerechtigkeit
Naw-Rúz, 158 B. E.

Einführung

Das zwanzigste Jahrhundert, das bisher turbulenteste in der Geschichte der Menschheit, ist zu Ende. Das zunehmende moralische und soziale Chaos dieser Zeit versetzte die meisten Völker der Welt in Schrecken, so dass sie sich nichts dringender wünschen, als die Erinnerungen an die Leiden dieser Jahrzehnte hinter sich zu lassen. Ganz gleich, wie schwach die Grundfesten des Vertrauens in die Zukunft sein mögen und wie groß die Gefahren sind, die am Horizont drohen: die Menschheit scheint verzweifelt daran zu glauben, dass sich die Lebensumstände dennoch irgendwie mit den Wünschen der meisten Menschen in Einklang bringen lassen müssten.
Im Lichte der Lehren Bahá’u’lláhs sind solche Hoffnungen nicht nur illusorisch, sondern übersehen auch vollkommen das Wesen und die Bedeutung jener außergewöhnlichen Wendezeit, durch die unsere Welt in diesen entscheidenden Jahren gegangen ist. Nur wenn es der Menschheit gelingt, die Auswirkungen der Ereignisse dieser Geschichtsperiode zu verstehen, wird sie den vor ihr liegenden Herausforderungen gewachsen sein. Der wertvolle Beitrag, den wir als Bahá’í zu diesem Prozess leisten können, erfordert, dass wir selbst die Bedeutung dieser historischen Wandlung begreifen, die das zwanzigste Jahrhundert mit sich brachte.
Was uns dieses Verständnis ermöglicht, ist das Licht, das von der aufgehenden Sonne der Offenbarung Bahá’u’lláhs ausstrahlt und dessen Einfluss jetzt nach und nach in allen Bereichen menschlicher Existenz deutlich wird. Die folgenden Seiten handeln von dieser besonderen Chance.

1

Vergegenwärtigen wir uns zunächst das Ausmaß des Verderbens, das die Menschheit während der Periode, von der die Rede ist, über sich gebracht hat. Allein der Verlust an Menschenleben liegt jenseits jeder begreifbaren Zahl. Der Zerfall grundlegender sozialer Einrichtungen, die Verletzung – ja die Preisgabe – von Anstandsregeln, der Verrat am geistigen Leben durch seine Auslieferung an hohle, phrasenhafte Ideologien, die Erfindung und der Einsatz fürchterlicher Massenvernichtungswaffen, der Bankrott ganzer Nationen und der Abstieg unzähliger Menschen in hoffnungslose Armut, die rücksichtslose Zerstörung der Umwelt – all das sind nur die offensichtlichsten Schrecken in einem Horrorkatalog, der selbst den dunkelsten Zeitaltern der Vergangenheit unbekannt war. Ihre bloße Erwähnung ruft die göttlichen Warnungen in Erinnerung, die Bahá’u’lláh ein Jahrhundert zuvor ausgesprochen hatte: »O ihr Achtlosen! Auch wenn die Wunder Meines Erbarmens alles Erschaffene – ob sichtbar oder unsichtbar – umschließen und die Offenbarungen Meiner Gunst und Gnade jedes Atom des Weltalls durchdringen, ist doch die Rute, mit der Ich die Gottlosen züchtigen kann, schmerzhaft, und furchtbar ist die Gewalt Meines Zornes.«Q1
Damit kein Beobachter der Sache Gottes dazu verleitet werde, solche Warnungen als lediglich metaphorisch misszuverstehen, verdeutlichte Shoghi Effendi 1941, was dies für diese Zeit bedeutet:
»Ein Sturm von beispielloser Gewalt, unberechenbar in seiner Bahn, von verheerendem Ausmaß, langfristig aber mit unvorstellbar herrlichen Folgen fegt heute über das Antlitz der Erde. Unbarmherzig wächst er an Umfang und Gewalt. Zumeist unbemerkt wächst seine reinigende Kraft mit jedem Tag. Die Menschheit – ein Spielball seiner verheerenden Macht – wird zu Boden geschmettert von seinem unwiderstehlichen Wüten. Weder kann sie seine Herkunft erkennen, noch seine Bedeutung erfassen oder seine Folgen abschätzen. Verstört, hilflos und in Todespein muss sie zusehen, wie dieser gewaltige Sturm Gottes über die fernsten und schönsten Länder der Erde hereinbricht, die Grundfesten erschüttert, die Ordnung zerstört, Völker zerstreut, Heime vernichtet, Städte verwüstet, Könige vertreibt, Bollwerke niederreißt, Institutionen entwurzelt, das Licht verdüstert und die Seelen der Bewohner martert.« Q2
*
Was Wohlstand und Einfluss betraf, bestand ›die Welt‹ um 1900 aus Europa und – damals ungern zugestanden – den Vereinigten Staaten von Amerika. Überall auf dem Planeten betrieb der westliche Imperialismus unter der Bevölkerung anderer Länder das, was er als seine ›Mission der Zivilisierung‹ betrachtete. Mit den Worten eines Historikers schien das erste Jahrzehnt des zwanzigsten Jahrhunderts im wesentlichen eine Fortführung des »langen neunzehnten Jahrhunderts«A1 zu sein, einer Ära, deren grenzenlose Selbstzufriedenheit sich vielleicht am deutlichsten in der Feier des diamantenen Thronjubiläums von Königin Viktoria im Jahre 1897 manifestiert. Dabei rollte über viele Stunden eine Parade durch die Straßen Londons, die in ihrer imperialen Aufmachung und Zurschaustellung militärischer Macht weit über alles hinausging, was vergangene Zivilisationen jemals auch nur angestrebt hatten.
Als das zwanzigste Jahrhundert begann, erkannte kaum jemand – gleich wie sensibel er in sozialen und moralischen Fragen auch war – die bevorstehenden Katastrophen, und nur wenige – wenn überhaupt – konnten sich deren Ausmaß vorstellen. Die militärischen Führer der meisten europäischen Länder nahmen an, dass ein Krieg ausbrechen würde, begegneten dieser Aussicht aber mit Gleichmut, weil sie der festen Überzeugung waren, dass er kurz sein würde und nur ihre Seite ihn gewinnen könne. In ganz erstaunlichem Umfang hatte die internationale Friedensbewegung die Unterstützung von Staatsmännern, Industriellen, Gelehrten, Medien und einflussreichen Persönlichkeiten gewinnen können – sogar solcher, die man in diesen Reihen nicht erwartet hätte, wie etwa die des Zaren von Russland. Wenn auch die sich rasch beschleunigende Aufrüstung bedenklich war, so schien doch ein Netzwerk sorgfältig gesponnener und häufig sich überlappender Allianzen zu garantieren, dass der Ausbruch eines Flächenbrandes vermieden werden könnte und regionale Konflikte, wie so oft im vergangenen Jahrhundert, zu lösen seien. Diese Annahme wurde durch die Tatsache bestärkt, dass die gekrönten Häupter Europas – die meisten von ihnen Mitglieder einer ausgedehnten Familie und viele von ihnen scheinbar mit politischer Entscheidungsmacht ausgestattet – einander vertraut mit Spitznamen anredeten, private Korrespondenz pflegten, die Schwestern und Töchter der anderen heirateten und zusammen auf ihren Schlössern, Privatjachten und Jagdhütten eine lange Spanne des Jahres hindurch Ferien machten. Sogar die schmerzlichen Unterschiede in der Verteilung des Reichtums wurden in den westlichen Gesellschaften energisch – wenn auch nicht sehr systematisch – durch eine Gesetzgebung angegangen, die darauf abzielte, der schlimmsten Ausbeutung früherer Jahrzehnte Einhalt zu gebieten und den dringendsten Bedürfnissen der wachsenden städtischen Bevölkerung nachzukommen.
Die große Mehrheit der Menschheitsfamilie, die in Ländern außerhalb der westlichen Welt lebte, hatte nur wenig Anteil an deren Segnungen und teilte auch nicht den Optimismus ihrer europäischen und amerikanischen Brüder. China war trotz seiner alten Zivilisation und seines Selbstverständnisses als ›Reich der Mitte‹ das unglückliche Opfer der Ausplünderung durch westliche Nationen und seines sich modernisierenden Nachbarn Japan geworden. Die großen Massen in Indien – dessen wirtschaftliches und politisches Leben so vollkommen unter die Herrschaft einer einzigen imperialen Macht geraten war, dass dies die üblichen Manöver um kleine Vorteile ausschloss – entgingen zwar einigen der schlimmsten Übergriffe, von denen andere Länder heimgesucht wurden, mussten aber ohnmächtig zusehen, wie ihre verzweifelt benötigten Ressourcen allmählich geplündert wurden. Das bevorstehende Leid Lateinamerikas wurde nur allzu klar im Schicksal Mexikos vorgezeichnet, von dem weite Teile durch seinen großen nördlichen Nachbarn annektiert worden waren und dessen natürliche Ressourcen bereits die Aufmerksamkeit habgieriger ausländischer Großkonzerne erregt hatten. Die mittelalterliche Unterdrückung, unter der hundert Millionen dem Namen nach befreiter Leibeigener in Russland ein Leben in düsterem, hoffnungslosem Elend lebten, war vom westlichem Standpunkt her gesehen wegen der Nähe zu solch strahlenden europäischen Hauptstädten wie Berlin und Wien besonders beschämend. Am tragischsten aber war das schlimme Los der Einwohner Afrikas. Sie wurden durch künstlich gezogene Grenzen voneinander getrennt, die menschenverachtende Abmachungen unter den europäischen Mächten geschaffen hatten. Man schätzt, dass während des ersten Jahrzehnts des zwanzigsten Jahrhunderts im Kongo über eine Million Menschen verschwanden – verhungert, geschlagen, buchstäblich für den Profit ihrer fernen Herren zu Tode geschunden; ein Ausblick auf das Schicksal, das mehr als hundert Millionen Menschen in Europa und Asien ereilen sollte, bevor das Jahrhundert zu Ende ging.A2
Obwohl diese ausgeplünderten und gering geschätzten Massen die überwiegende Anzahl der Erdbewohner repräsentierten, wurden sie nicht als Menschen angesehen, sondern im wesentlichen als Objekte des viel gepriesenen Zivilisationsprozesses des neuen Jahrhunderts. Auch wenn eine Minderheit dabei profitierte: die Kolonialvölker existierten in erster Linie nur dazu, benutzt zu werden – verwendet, angeleitet, ausgebeutet, christianisiert, zivilisiert und mobilisiert – so, wie es die wechselnden Pläne der westlichen Mächte diktierten. Die Umsetzung dieser Pläne mochte hart oder eher moderat sein, aufgeklärt oder selbstsüchtig, das Evangelium verbreitend oder ausbeuterisch – dahinter standen in der Regel materielle Interessen, die sowohl die Mittel als auch die meisten Ziele bestimmten. Religiöse und politische Pietäten verschiedenster Art verbargen diese Mittel und Ziele weitgehend vor der Öffentlichkeit der westlichen Länder, denen es auf diese Weise möglich wurde, moralische Befriedigung aus den Segnungen zu ziehen, die ihre Nationen angeblich den weniger wertvollen Völkern erwiesen, während sie selbst die materiellen Früchte dieser Wohltaten genossen.
Die Fehler einer großen Zivilisation aufzuzeigen heißt nicht, ihre Errungenschaften zu leugnen. Als das zwanzigste Jahrhundert begann, konnten die Völker des Westens zu Recht auf die technischen, wissenschaftlichen und philosophischen Entwicklungen stolz sein, die sie hervorgebracht hatten. Jahrzehnte des Experimentierens hatten ihnen materielle Möglichkeiten eröffnet, die weit jenseits des Verständnisses der restlichen Menschheit lagen. Überall in Europa und Amerika waren ausgedehnte Industrien entstanden, die sich der Metallurgie, der Herstellung von chemischen Produkten aller Art, der Textilfertigung und der Konstruktion von Geräten widmeten, die in allen Lebensbereichen Erleichterung brachten. Ein ständiger Prozess von Entdeckungen, Entwürfen und Verbesserungen machte durch die Nutzung von billigem Treibstoff und Strom Kräfte unvorstellbaren Ausmaßes leicht verfügbar – leider mit zu jener Zeit ebenso unvorstellbaren ökologischen Folgen. Die ›Ära der Eisenbahn‹ war weit fortgeschritten, und Dampfschiffe nahmen ihren Kurs über die Seewege der Welt. Mit der Ausbreitung von telegrafischer und telefonischer Kommunikation näherte sich die westliche Gesellschaft dem Zeitpunkt ihrer Befreiung von den Grenzen, die geographische Entfernungen der Menschheit seit Anbeginn der Geschichte auferlegt hatten.
Noch weiterreichend waren Veränderungen, die auf einer höheren Ebene des wissenschaftlichen Denkens stattfanden. Das neunzehnte Jahrhundert war noch fest im Griff der newtonschen Auffassung von der Welt als einem mechanischen Uhrwerk, aber am Ende des Jahrhunderts hatten sich bereits die intellektuellen Fortschritte vollzogen, die dieses Paradigma anfochten. Neue Ideen tauchten auf, die später zur Formulierung der Quantenmechanik führten, und bald sollte die revolutionäre Wirkung der Relativitätstheorie die Auffassung der sinnlich wahrnehmbaren Welt in Frage stellen, die Jahrhunderte lang als gesunder Menschenverstand akzeptiert worden war. Solche Durchbrüche wurden dadurch ausgelöst und beträchtlich verstärkt, dass die Wissenschaft sich bereits von der Tätigkeit einzelner Denker zum systematisch verfolgten Anliegen einer großen und einflussreichen internationalen Forschergemeinde gewandelt hatte, welche Universitäten, Laboratorien und Symposien zum Austausch experimenteller Entdeckungen nutzen konnte.
Die Stärke der westlichen Gesellschaften war nicht auf den wissenschaftlichen und technischen Fortschritt begrenzt. Zu Beginn des zwanzigsten Jahrhunderts erntete die westliche Zivilisation die Früchte einer sozialphilosophischen Kultur, die immer schneller die Energien ihrer Bevölkerung freisetzte und deren Einfluss bald revolutionäre Auswirkungen auf die ganze Welt haben sollte. Es war eine Kultur, die den Verfassungsstaat stärkte, die der Rolle des Gesetzes und der Achtung der Rechte aller Mitglieder der Gesellschaft große Bedeutung beimaß, und die all denen, die sie erreichte, die Vision eines kommenden Zeitalters sozialer Gerechtigkeit vor Augen führte. Obschon der Stolz auf Freiheit und Gleichheit, der oft die patriotische Rhetorik in den westlichen Ländern aufblähte, weit entfernt war von den tatsächlich herrschenden Verhältnissen, konnten die Abendländer zu Recht die Fortschritte in Richtung dieser Ideale feiern, die im neunzehnten Jahrhundert erreicht worden waren.
In geistiger Hinsicht wurde das Zeitalter von einer eigenartigen, paradoxen Dualität beherrscht. Einerseits verdunkelten Wolken des Aberglaubens, hervorgebracht durch gedankenlose Nachahmung früherer Zeitalter, von fast allen Seiten den intellektuellen Horizont. Beim überwiegenden Teil der Weltbevölkerung reichten die Folgen von tiefster Unkenntnis über die menschlichen Möglichkeiten und das physische Universum bis hin zu naivem Anhängen an Theologien, die wenig oder gar keinen Bezug zur Erfahrung hatten. Andererseits wurde dort, wo in den gebildeten Klassen des Westens die Winde des Wandels diese Nebelschleier vertrieben, ererbtes orthodoxes Denken nur allzu oft durch den schädlichen Einfluss eines aggressiven Säkularismus ersetzt, der gleichermaßen die geistige Natur des Menschen wie die Autorität moralischer Werte an sich in Zweifel zog. Überall schien die Säkularisierung der gesellschaftlichen Oberschicht Hand in Hand zu gehen mit einem immer weiter um sich greifenden religiösen Obskurantismus unter den Massen. Weil der religiöse Einfluss tief in die menschliche Psyche reicht und für sich selbst eine einzigartige Autorität einfordert, hatten in allen Ländern religiöse Vorurteile über Generationen hinweg schwelende Feuer bitterer Feindseligkeit tief im Innern am Leben erhalten. Sie sollten der Zündstoff für die Schrecken der kommenden Jahrzehnte werden.A3

2

In dieser geistigen Landschaft voll falscher Zuversicht und tiefer Hoffnungslosigkeit, wissenschaftlicher Aufklärung und geistigen Dunkels erschien zu Beginn des zwanzigsten Jahrhunderts die leuchtende Gestalt ‘Abdu’l-Bahás. Der Weg, der Ihn an diesen entscheidenden Moment der Menschheitsgeschichte brachte, hatte Ihn durch mehr als fünfzig Jahre Exil, Gefangenschaft und Entbehrung geführt, in denen kaum ein Monat auch nur annähernd in Ruhe und Sorgenfreiheit verstrichen war. Er war entschlossen, den Aufgeschlossenen wie den Gedankenlosen jenes verheißene Reich des universalen Friedens und der Gerechtigkeit auf Erden zu verkünden, auf das die Menschen seit Jahrhunderten gehofft hatten. Er erklärte, dass das Fundament dieses Reiches, die Vereinigung der Völker der Welt, in diesem »Jahrhundert des Lichts«Q3 errichtet werden würde:
»Heute … haben sich die Kommunikationsmittel vervielfacht, und die fünf Kontinente der Erde sind im Grunde zu einem Ganzen verschmolzen … Ebenso sind alle Glieder der menschlichen Familie, ob Völker oder Regierungen, Städte oder Dörfer, in steigendem Maße voneinander abhängig geworden … Folglich ist die Einheit der ganzen Menschheit heutzutage erreichbar geworden. Wahrlich, dies ist nur eines der Wunder dieses wunderbaren Zeitalters, dieses ruhmreichen Jahrhunderts.« Q4
Während der langen Jahre der Gefangenschaft und Verbannung, die der Weigerung Bahá’u’lláhs folgten, den politischen Zielen der osmanischen Obrigkeit zu dienen, war ‘Abdu’l-Bahá mit der Leitung der Glaubensangelegenheiten und der Verantwortung betraut, als Vertreter Seines Vaters aufzutreten. Ein wichtiger Teil dieser Arbeit war die Zusammenarbeit mit Offiziellen auf lokaler Ebene und in den Provinzen, die Seinen Rat zu Problemen suchten, mit denen sie konfrontiert waren. Schon 1875 richtete ‘Abdu’l-Bahá auf Anweisung Bahá’u’lláhs eine Abhandlung an die Regierenden und das Volk Persiens mit dem Titel Das Geheimnis göttlicher Kultur. Darin legte Er ausführlich die geistigen Prinzipien dar, welche die Gestaltung ihrer Gesellschaft im Zeitalter der Reife der Menschheit leiten müssen. Im ersten Abschnitt ruft Er das iranische Volk auf, darüber nachzudenken, was – nach den Lehren der Geschichte – der Schlüssel zu gesellschaftlichem Fortschritt ist:
»Bedenket wohl: All die weitverzweigten Erscheinungen, die Begriffe und Erkenntnisse, die Verfahren der Technik und die Systeme der Philosophie, die Wissenschaften, Künste, Gewerbe und Erfindungen – alle sind Ausstrahlungen des menschlichen Verstandes. Jedes Volk, das sich weiter in dieses uferlose Meer hineinwagte, hat am Ende die anderen Völker überragt. Glück und Stolz einer Nation bestehen darin, dass sie wie die Sonne am Himmel des Wissens erstrahlt. ›Sollen die, welche erkennen, gleich behandelt werden wie die, welche in Unwissenheit leben?‹A4 « Q5
Dieses Werk ließ bereits die Orientierung und Führung erahnen, die in den folgenden Jahrzehnten aus der Feder ‘Abdu’l-Bahás fließen sollten. Nach dem niederschmetternden Verlust, den das Hinscheiden Bahá’u’lláhs für sie bedeutete, wurden die persischen Gläubigen durch eine Flut von Sendschreiben des Meisters wieder aufgerichtet und ermutigt. Diese Sendschreiben gaben ihnen nicht nur den geistigen Beistand, den sie brauchten, sondern auch die Führung, ihren Weg durch den Aufruhr zu finden, der die etablierte Ordnung in ihrem Land aushöhlte. Diese Botschaften, die selbst in das kleinste Dorf gelangten, antworteten auf Bitten und Fragen unzähliger einzelner Gläubiger und brachten Führung, Ermutigung und Zuversicht. So lesen wir etwa in einem Brief, der sich an die Gläubigen im Dorf Kishih richtet und fast einhundertsechzig von ihnen namentlich erwähnt, über das gerade erwachende Zeitalter: »Dies ist das Jahrhundert des Lichts.« Dabei erklärte der Meister, dass die Bedeutung dieser Metapher die Annahme des Prinzips der Einheit und seiner Folgen sei:
»Damit will ich sagen, dass die Geliebten des Herrn jeden, der ihnen Übel will, so betrachten sollten, als wolle er ihnen Gutes … Das heißt, den Feind sollten sie so behandeln, wie es sich für einen Freund geziemt, und den Unterdrücker so, wie es sich für einen liebevollen Gefährten schickt. Sie sollen ihren Blick nicht auf die Fehler und Vergehen ihrer Widersacher richten, noch ihrer Feindseligkeit, Ungerechtigkeit oder Unterdrückung achten.« Q6
Es ist bemerkenswert, dass die kleine Gruppe verfolgter Gläubiger in diesem Brief aufgerufen wird, ihren Blick über lokale Fragen zu erheben und die Auswirkungen der Einheit in globalem Kontext zu sehen – lebten sie doch in dieser entlegenen Ecke eines Landes, das noch weitgehend unberührt war von den Entwicklungen, die sich anderswo im sozialen und intellektuellen Leben vollzogen.
»Vielmehr sollten sie die Menschen im Lichte des Gebots der Gesegneten Schönheit sehen, dass alle Diener des Herrn der Macht und Herrlichkeit sind, so wie Er die ganze Schöpfung Seinem gnadenvollen Wort unterworfen und uns auferlegt hat, Liebe und Zuneigung, Klugheit und Mitgefühl, Aufrichtigkeit und Eintracht ohne Ausnahme gegenüber allen zu bezeigen.« Q7
In diesem Aufruf des Meisters geht es nicht nur um eine neue Ebene des Verständnisses, sondern auch um die Notwendigkeit von Engagement und Tat. Seine Sprache zeigt Dringlichkeit und Vertrauen und lässt die Kraft spüren, aus der die großen Leistungen der persischen Gläubigen in den folgenden Jahrzehnten hervorgehen sollten – sowohl bei der weltweiten Verbreitung der Sache Gottes als auch beim Erwerb solcher Fähigkeiten, die die Zivilisation voranbringen:
»O ihr Geliebten des Herrn! Dient der Menschenwelt mit größter Glückseligkeit und Freude, und liebt die Menschheit. Überseht alle Begrenzungen und befreit euch von Beschränkungen, denn … von ihnen frei zu sein bringt göttliche Segnungen und Gaben.
Rastet daher nicht, und sei es auch nur für einen kurzen Augenblick, haltet nicht eine Minute um Atem inne, noch sucht einen Moment Ruhe. Wogt wie die Wellen der mächtigen See und toset gleich dem Leviathan des Ozeans der Ewigkeit.
Deshalb muss jeder, solange auch nur eine Spur von Leben in seinen Adern pulst, streben und sich mühen, um ein Fundament zu legen, das die vorübergleitenden Jahrhunderte und Zyklen nicht zersetzen können, und ein Gebäude zu erbauen, das dahinfließende Zeitalter und Äonen nicht niederreißen können – ein Gebäude, das sich als ewig und dauerhaft erweist, so dass die Herrschaft von Herz und Seele in beiden Welten errichtet und gesichert werde.« Q8
Künftige Sozialhistoriker – mit dem Vorzug einer weit sachlicheren und universelleren Sicht als gegenwärtig möglich und mit dem Vorteil eines ungehinderten Zugangs zu allen wichtigen Unterlagen – werden sehr sorgfältig den Wandel studieren, den der Meister in diesen frühen Jahren bewirkte. Tag für Tag, Monat für Monat, aus einem fernen Exil, in dem Er ständig von einer Unzahl Ihn umringender Feinde gequält wurde, gelang es ‘Abdu’l-Bahá, nicht nur die Ausweitung der persischen Bahá’í-Gemeinde in Gang zu bringen, sondern auch ihr Bewusstsein und ihr Leben zu formen. Das Ergebnis gipfelte im Entstehen einer, wenn auch räumlich begrenzten Kultur, die anders war als alles, was die Menschheit bis jetzt gesehen hatte. Unser Jahrhundert, mit all seinen Umwälzungen und hochtrabenden Versprechungen, eine neue Ordnung zu schaffen, lieferte kein vergleichbares Beispiel, in dem ein einziger herausragender Geist systematisch seine Fähigkeiten darauf konzentrierte, eine unverwechselbare und erfolgreiche Gemeinschaft aufzubauen, die letztlich den gesamten Globus als ihren Wirkungsbereich begreift.
Obwohl die persische Bahá’í-Gemeinde immer und immer wieder unter den Gräueltaten der muslimischen Geistlichkeit und deren Helfer zu leiden hatte – ohne jeden Schutz seitens der aufeinanderfolgenden Monarchen aus der Dynastie der Qájáren – fand sie doch zu einem neuen Leben. Die Zahl der Gläubigen vervielfachte sich in allen Regionen des Landes, bekannte Persönlichkeiten des gesellschaftlichen Lebens, darunter einige einflussreiche Angehörige der Geistlichkeit, schlossen sich dem Glauben an, und die Vorläufer der späteren Gemeindeinstitutionen entstanden in Form erster beratender Gremien. Allein die Wichtigkeit dieser letztgenannten Entwicklung kann nicht hoch genug bewertet werden. In einem Land, einem Volk, das über Jahrhunderte ein patriarchalisches System gewohnt war, in dem jegliche Entscheidungsgewalt in den Händen eines absoluten Monarchen oder shí‘itischer MujtahidsA5 lag, brach eine Gemeinde, die einen Querschnitt der Gesellschaft repräsentierte, mit der Vergangenheit, indem sie die Verantwortung für die Entscheidung ihrer Angelegenheiten durch einen neuartigen Prozess der gemeinsamen Beratung in die eigenen Hände nahm.
In der Gesellschaft und Kultur, die sich unter den Händen des Meisters entwickelte, fanden die geistigen Energien in den praktischen Dingen des alltäglichen Lebens ihren Ausdruck. Die große Bedeutung, die die Bahá’í-Lehren der Erziehung beimessen, gab den Impuls zur Einrichtung von Bahá’í-Schulen in der Hauptstadt und in Provinzzentren – einschließlich der Tarbíyat-Schule für Mädchen, die bald im ganzen Land einen hervorragenden Ruf genoss.A6 Mit der Unterstützung amerikanischer und europäischer Bahá’í folgten Kliniken und andere medizinische Einrichtungen. Bereits 1925 hatten Gemeinden in einer Anzahl von Städten Esperantoklassen eingerichtet und setzten so die Forderung der Bahá’í-Lehren um, dass eine internationale Hilfssprache gewählt werden müsse. Ein landesweites Netzwerk an Kurieren versah die aufstrebende Bahá’í-Gemeinde mit einem elementaren Postwesen, das im übrigen Land völlig fehlte. Die Veränderungen, die im Gange waren, berührten die einfachsten Dinge des täglichen Lebens. Zum Beispiel gaben die persischen Bahá’í im Gehorsam gegenüber den Gesetzen des Kitáb-i-Aqdas den Besuch der unsauberen öffentlichen Bäder auf, durch die Infektionen und Seuchen verbreitet wurden, und begannen, Duschen mit frischem Wasser zu benutzen.
Die Quelle all dieser Fortschritte, ob im sozialen, organisatorischen oder praktischen Bereich, war die moralische Wandlung der Gläubigen, ein Wandel, der die Bahá’í – sogar in den Augen derer, die dem Glauben feindlich gegenüberstanden – immer wieder als Kandidaten für Vertrauenspositionen empfahl. Dass solch weitreichende Veränderungen einen Teil der persischen Bevölkerung so schnell von der großen – zumeist feindseligen – Mehrheit unterschieden, war ein lebendiger Beweis für die Kräfte, die durch den Bund Bahá’u’lláhs mit Seinen Anhängern freigesetzt wurden und durch die Führungsrolle ‘Abdu’l-Bahás, die in diesem Bund Ihm allein übertragen war.
All diese Jahre hindurch war das politische Leben Persiens fast ständig in Aufruhr. Während Náṣiri’d-Dín Sháhs unmittelbarer Nachfolger Muẓaffari’d-Dín Shah 1906 einer Verfassung zustimmen musste, löste sein Nachfolger Muḥammad-‘Alí Sháh die ersten beiden Parlamente rücksichtslos auf. In einem Fall ließ er mit Kanonen auf das Gebäude feuern, in dem sich die Legislative traf. Die sogenannte ›Konstitutionelle Bewegung‹, die ihn stürzte und den letzten Qájárenkönig, Aḥmad Sháh, zwang, ein drittes Parlament einzuberufen, war schon bald in konkurrierende Parteien zerrissen und wurde schamlos von der schiitischen Geistlichkeit manipuliert. Die Bemühungen der Bahá’í, in diesem Modernisierungsprozess eine konstruktive Rolle zu spielen, wurden wiederholt von den Royalisten und von den Volksparteien vereitelt, die beide durch die vorherrschenden religiösen Vorurteile beeinflusst waren und in der Bahá’í-Gemeinde einen willkommenen Sündenbock sahen. Hier wird wieder nur ein politisch reiferes Zeitalter als unseres wirklich ermessen können, wie der Meister die heimgesuchte Gemeinde führte, die alles in ihren Kräften Stehende tat, um politische Reformen zu fördern, dann aber auch bereit war, beiseite zu treten, wenn diese Anstrengungen zynisch zurückgewiesen wurden. Er gab damit ein Beispiel für künftige Herausforderungen, auf welche die Bahá’í-Gemeinde unvermeidlich stoßen wird.
Nicht nur durch Seine Sendschreiben übte ‘Abdu’l-Bahá Einfluss auf die sich rasant entwickelnde Bahá’í-Gemeinde in der Wiege des Glaubens aus. Anders als westliche Besucher waren die persischen Gläubigen nicht von anderen Orientalen durch Kleidung und Aussehen zu unterscheiden, und deshalb erregten Reisende aus Persien bei der osmanischen Obrigkeit keinen Verdacht. Ein ständiger Strom von Pilgern gab ‘Abdu’l-Bahá ein weiteres wirkungsvolles Mittel an die Hand, die Freunde zu inspirieren, ihre Aktivitäten zu leiten und sie immer tiefer in das Verständnis der Absicht Bahá’u’lláhs einzuführen. Unter denen, die nach ‘Akká reisten und – bereit, ihr Leben zu geben, um die Vision des Meisters zu verwirklichen – in ihre Heimat zurückkehrten, finden sich einige der bekanntesten Namen aus der persischen Bahá’í-Geschichte. Der unsterbliche Varqá und sein Sohn Rúḥu’lláh gehörten zu denen, die dieses Vorrecht hatten, ebenso Ḥájí Mírzá Ḥaydar-‘Alí, Mírzá Abu’l-Faḍl, Mírzá Muḥammad-Taqí Afnán und vier Hände der Sache, Ibn-i-Abhar, Ḥájí Mullá ‘Alí Akbar, Adíbu’l-‘Ulamá und Ibn-i-Aṣdaq. Der Geist, der heute die persischen Pioniere in jedem Teil der Welt stärkt und eine so schöpferische Rolle im Aufbau des Bahá’í-Gemeindelebens spielt, geht in gerader Linie von Familie zu Familie zurück auf diese heroischen Tage. Rückblickend ist klar erkennbar, dass das Phänomen, das wir heute als den Zwillingsprozess der Ausbreitung und Festigung kennen, seinen Ursprung in diesen wundervollen Jahren hat.
Inspiriert durch die Worte des Meisters und die Berichte, die aus dem Heiligen Land mit nach Hause gebracht wurden, erhoben sich die persischen Gläubigen, um Lehrreisen in den Fernen Osten zu unternehmen. Während der letzten Jahre der Amtszeit Bahá’u’lláhs wurden Gemeinden in Indien und Birma aufgebaut und der Glaube bis ins ferne China getragen, und diese Tätigkeit wurde nun verstärkt. Ein Beweis für die neuen Kräfte, die in der Sache freigesetzt wurden, war die Errichtung des ersten Bahá’í-Hauses der Andacht der Welt in der russischen Provinz TurkestanA7, wo sich auch ein vitales Bahá’í-Gemeindeleben entwickelt hatte. Dieses Projekt war vom Meister angeregt worden, und Er hatte es von Anfang an mit Seinem Rat unterstützt.
Diese vielfältigen und weitreichenden Aktivitäten, die von einer zunehmend zuversichtlichen Gemeinde getragen wurden und sich vom Mittelmeer bis zum Chinesischen Meer erstreckten, bildeten das Fundament, von dem aus ‘Abdu’l-Bahá die vielversprechenden Möglichkeiten verfolgen konnte, die sich zu Beginn des neuen Jahrhunderts im Westen zu entfalten begannen. Dass diejenigen, die an diesem Fundament mitgebaut hatten, die große ethnische, religiöse und nationale Vielfalt des Orients widerspiegelten, war dabei von nicht geringer Bedeutung. Diese Besonderheit lieferte ‘Abdu’l-Bahá ein Beispiel für die integrierenden Kräfte, die durch das Kommen Bahá’u’lláhs freigesetzt worden waren, und bei Seiner Verkündung des Glaubens vor westlichem Publikum sollte Er dieses Beispiel immer wieder heranziehen.
Den größten Sieg in diesen frühen Jahren errang der Meister auf dem Berg Karmel, wo Er an dem von Bahá’u’lláh bestimmten Platz mit größter Anstrengung ein Mausoleum für die sterblichen Überreste des Báb errichtete. Unter großen Risiken und Schwierigkeiten waren diese ins Heilige Land gebracht worden. Shoghi Effendi erklärt, dass in vergangenen Zeitaltern das Blut der Märtyrer der Same für den Glauben der Einzelnen war, dass es heute aber die Saat für die Gemeindeinstitutionen darstellt.A8 Die Tatsache, dass das Weltzentrums des Glaubens Bahá’u’lláhs im Schatten des Schreins seines Märtyrerpropheten entstand und sich entfaltete, gewinnt vor diesem Hintergrund besondere Bedeutung. Shoghi Effendi rückt das vom Meister Erreichte in eine globale historische Perspektive:
»Denn so wie im Reich des Geistes die Wirklichkeit des Báb vom Urheber der Bahá’í-Offenbarung als ›Punkt, den die Wirklichkeiten der Propheten und Boten umkreisen‹Q9 gepriesen worden war, so bilden in dieser sichtbaren Welt Seine heiligen Überreste das Herz und den Mittelpunkt dessen, was man als neun konzentrische Kreise verstehen kann.A9 Dies symbolisiert und unterstreicht die zentrale Stellung, die vom Stifter unseres Glaubens Dem zugemessen wird, ›von dem Gott die Erkenntnis ausgehen ließ von allem, was war und was sein wird‹Q10, dem Ersten Punkt, ›aus dem alles Erschaffene erzeugt ward‹Q11.« Q12
Die Bedeutung, die ‘Abdu’l-Bahá selbst in der Aufgabe sah, die Er unter solchen Opfern erfüllt hatte, wird von Shoghi Effendi sehr bewegend beschrieben:
»Als dies geschehen und die irdischen Überreste des Märtyrerpropheten aus Shíráz endlich im Schoß des heiligen Berges Gottes zur ewigen Ruhe gebettet waren, legte ‘Abdu’l-Bahá Turban, Schuhe und Mantel ab und neigte sich tief über den noch offenen Sarkophag, legte die Stirn auf den Rand des hölzernen Sarges und schluchzte laut auf. Sein silbernes Haar wehte Ihm um das Haupt, und sein leuchtendes Antlitz war völlig verwandelt. Er weinte so bitterlich, daß alle Anwesenden mit Ihm weinten. In jener Nacht war Er so aufgewühlt, daß Er nicht schlief.« Q13
1908 hatte die sogenannte Jungtürkische Revolution nicht nur die meisten politischen Gefangenen des Osmanischen Reiches, sondern auch ‘Abdu’l-Bahá befreit. So waren plötzlich die Beschränkungen weggefallen, die Seinen Bewegungsradius auf die Gefängnisstadt ‘Akká und deren unmittelbare Umgebung begrenzt hatten, und der Meister konnte Seine Tätigkeiten mit einer Unternehmung fortsetzen, die Shoghi Effendi später als eine der drei großen Hauptleistungen Seiner Amtszeit beschrieb: die öffentliche Bekanntmachung der Sache Gottes in den großen Bevölkerungszentren der westlichen Welt.
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Wegen der dramatischen Ereignisse in Nordamerika und Europa übersehen die Berichte über die historischen Reisen des Meisters oft das bedeutende Anfangsjahr in Ägypten. ‘Abdu’l-Bahá kam dort im September 1910 an und beabsichtigte eigentlich, direkt nach Europa weiterzureisen, wurde jedoch durch eine Krankheit gezwungen, bis August des nächsten Jahres in Ramlah, einem Vorort von Alexandria, zu bleiben. Wie sich herausstellen sollte, waren die folgenden Monate eine Zeit großer Produktivität, deren Auswirkungen auf das Geschick der Sache – insbesondere auf dem afrikanischen Kontinent – noch viele Jahre zu spüren sein werden. Bis zu einem gewissen Grad wurde der Weg für den Meister sicherlich durch die Bewunderung Shaykh Muḥammad ‘Abduhs geebnet, der Ihn bereits bei einigen Gelegenheiten in Beirut getroffen hatte und der später Mufti von Ägypten und eine führende Persönlichkeit an der Al-Azhar-Universität geworden war.
Ein Aspekt des Aufenthalts in Ägypten, der besondere Aufmerksamkeit verdient, war die Gelegenheit zur ersten öffentlichen Bekanntmachung der Botschaft des Glaubens. Die relativ kosmopolitische und liberale Atmosphäre in Kairo und Alexandria zu dieser Zeit eröffnete einen Weg zu freimütigen und sachorientierten Diskussionen zwischen dem Meister und bekannten Persönlichkeiten aus der intellektuellen Welt des sunnitischen Islams. Dazu gehörten Geistliche, Parlamentarier, führende Beamte und Aristokraten. Darüber hinaus hatten nun Herausgeber und Journalisten einflussreicher arabischer Zeitungen, deren Informationen über die Sache bisher durch vorurteilsvolle Berichte aus Persien und Konstantinopel gefärbt waren, die Gelegenheit, Informationen aus erster Hand zu erhalten. Bislang ausgesprochen feindselige Publikationsorgane änderten ihren Ton. Die Herausgeber einer solchen Zeitung begannen ihren Artikel über die Ankunft des Meisters mit den Worten »Seine Eminenz Mírzá ‘Abbás Effendi, das erfahrene und gelehrte Oberhaupt der Bahá’í in ‘Akká und die höchste Autorität für die Bahá’í der ganzen Welt« und begrüßten ausdrücklich den Besuch ‘Abdu’l-Bahás in Alexandria.A10 Diese und andere Artikel zollten besonders ‘Abdu’l-Bahás Verständnis des Islam und den Prinzipien der Einheit und religiösen Toleranz, die im Zentrum Seiner Lehren standen, Hochachtung.
Trotz der angegriffenen Gesundheit des Meisters, die den Zwischenaufenthalt in Ägypten notwendig gemacht hatte, erwies sich dieser als großer Segen. Westliche Diplomaten und Offizielle konnten dadurch selbst den außergewöhnlichen Erfolg ‘Abdu’l-Bahás im souveränen Umgang mit führenden Persönlichkeiten in einer Region des Nahen Ostens beobachten, die für europäische Kreise von höchstem Interesse war. Als sich der Meister am 11. August 1911 nach Marseille einschiffte, war Ihm Sein Ruf bereits vorausgeeilt.

3

In einem Brief, den ‘Abdu’l-Bahá 1905 an einen amerikanischen Gläubigen richtete, findet sich eine Aussage, die ebenso aufschlussreich wie anrührend ist. ‘Abdu’l-Bahá spricht darin über Seine Situation nach dem Hinscheiden Bahá’u’lláhs, und erwähnt einen Brief, der Ihn aus Amerika erreichte, zu »einer Zeit, da hoch ein Meer von Prüfungen und Leiden brandete … «Q14
»In dieser Lage befanden wir uns, als uns ein Brief der amerikanischen Freunde erreichte. Sie hatten sich geschworen, so schrieben sie, in allen Dingen einig zu bleiben. Die Unterzeichnenden hatten allesamt gelobt, auf dem Pfade der Liebe Gottes Opfer zu bringen, um ewiges Leben zu gewinnen. In dem Augenblick, als dieser Brief mit all den Unterschriften am Ende verlesen wurde, überkam ‘Abdu’l-Bahá so große Freude, dass keine Feder sie zu beschreiben vermag.« Q15
Aus einer Reihe von Gründen müssen heute lebende Bahá’í unbedingt die Umstände verstehen lernen, unter denen sich die Ausbreitung des Glaubens im Westen vollzog. Dies hilft, uns von der Kultur einer derben, aufdringlichen Kommunikationsweise zu lösen, die in der heutigen Gesellschaft etwas so Alltägliches geworden ist, dass sie kaum noch auffällt. Es lenkt unsere Aufmerksamkeit auf die liebevolle, behutsame Art, mit der der Meister Seinen westlichen Zuhörern die Konzepte der Natur des Menschen und der menschlichen Gesellschaft, wie Bahá’u’lláh sie offenbart hatte, nahebrachte – Konzepte, die in ihren Auswirkungen revolutionär waren und jenseits des Erfahrungshorizontes der Hörerschaft lagen. Es erklärt die Feinfühligkeit, mit der Er Metaphern gebrauchte oder historische Beispiele heranzog, Seine häufig indirekte Herangehensweise, die Vertrautheit, die Er nach Belieben schaffen konnte, und die offenbar grenzenlose Geduld, mit der Er auf Fragen antwortete, auch wenn die ihnen zugrunde liegenden Vorstellungen oftmals schon seit langem jede Gültigkeit, die sie vielleicht einmal besessen haben mochten, verloren hatten.
Eine weitere Erkenntnis, zu der eine leidenschaftslose Betrachtung der geschichtlichen Situation, in der sich der Meister an den Westen wandte, unserer Generation verhelfen kann, liegt in der Wertschätzung der geistigen Größe jener, die auf Ihn hörten. Diese Seelen antworteten Seinem Ruf trotz, nicht wegen der liberalen und wirtschaftlich hoch entwickelten Welt, die sie kannten, einer Welt, die ihnen zweifellos lieb und teuer war und in der sie notgedrungen ihrem täglichen Leben nachgehen mussten. Ihre Antwort rührte von einem, wenn auch manchmal nur vagen, Bewusstsein her, dass die Menschheit geistiger Erleuchtung bitter bedurfte. Standhaftigkeit in ihrer Hingabe an diese Einsicht verlangte von diesen frühen Gläubigen – auf deren selbstlosem Opfer die Grundlagen der heutigen Bahá’í-Gemeinden im Westen und in vielen anderen Ländern größtenteils errichtet wurden –, dass sie nicht nur dem Druck ihrer Familien und der Gesellschaft standhielten, sondern auch den leichtfertigen Argumenten und moralischen Verbrämungen einer Weltanschauung, mit der sie aufgewachsen und der sie überall stets und ständig ausgesetzt waren. In der Standhaftigkeit dieser frühen westlichen Gläubigen lag ein Heldenmut, der auf seine Art ebenso bewegend ist wie der ihrer persischen Glaubensgeschwister, die in denselben Jahren für ihren Glauben Verfolgung und Tod erlitten.
An der Spitze jener, die im Westen auf den Ruf des Meisters antworteten, waren die kleinen Gruppen unerschrockener Gläubiger, die Shoghi Effendi als »gott-trunkene Pilger«Q16 gepriesen hatte, und die das Vorrecht hatten, ‘Abdu’l-Bahá in der Gefängnisstadt ‘Akká zu besuchen, mit eigenen Augen das Leuchten Seiner Person zu sehen und aus Seinem Mund Worte zu hören, die das Leben der Menschen von Grund auf zu verwandeln vermochten. Den Eindruck auf diese Gläubigen schildert May Maxwell:
»Ich erinnere mich weder an Freude, noch an Schmerz, noch an irgend etwas anderes in Worte zu Fassendes bei diesem ersten Beisammensein. Ich war plötzlich zu hoch emporgehoben, meine Seele war mit dem göttlichen Geist in Berührung gekommen und diese so reine, heilige und mächtige Kraft hatte mich überwältigt … « Q17
Mit ihrer Heimkehr, so erklärt Shoghi Effendi, »begann eine ununterbrochene, systematische Tätigkeit, die … ihre Stützpunkte bis nach Westeuropa und in die Staaten und Provinzen Nordamerikas vorschob … «Q18 Eine Flut von Briefen, die der Meister an Empfänger auf beiden Seiten des Atlantiks richtete, trieben die Bemühungen dieser frühen Pilger und ihrer Mitgläubigen an. In der Folge schlossen sich immer mehr Menschen dem Glauben an. Diese Botschaften öffneten die Vorstellungskraft für die Konzepte, Prinzipien und Ideale der neuen Offenbarung Gottes. Die Kraft dieser schöpferischen Macht lässt sich in folgenden Worten nachempfinden, mit denen der erste amerikanische Gläubige, Thornton Chase, zu beschreiben versuchte, was er sah:
»Seine [des Meisters] eigenen Schriften, die sich wie weißgeflügelte Tauben aus der Mitte Seiner Gegenwart bis ans Ende der Welt ausbreiten, sind so zahlreich (Hunderte entströmen Seiner Feder täglich), dass Er unmöglich Zeit darauf verwandt haben kann, über sie nachzusinnen oder die Denkprozesse eines Gelehrten darauf anzuwenden. Sie ergießen sich wie Ströme aus einer sprudelnden Quelle … «A11
Diese Worte vermitteln einen Eindruck von der Entschlossenheit, mit der der Meister ein derart kühnes Unterfangen anging, dass viele in Seiner unmittelbaren Umgebung darüber erschraken. Ungeachtet der oft geäußerten Besorgnis wegen Seines hohen Alters, Seiner angegriffenen Gesundheit und den körperlichen Leiden, die von den Jahrzehnten der Gefangenschaft herrührten, begab Er sich auf eine Reihe von Reisen, die nahezu drei Jahre dauern und Ihn bis an die Pazifikküste des nordamerikanischen Kontinentes führen sollten. Die Belastungen und Gefahren, die die Reisen nach Übersee in den frühen Jahren des Jahrhunderts mit sich brachten, waren noch die geringsten Hindernisse auf dem Wege zur Verwirklichung der Ziele, die Er sich gesetzt hatte. Mit den Worten Shoghi Effendis:
»Er, der, wie Er selbst sagte, als Jüngling ins Gefängnis und erst als alter Mann wieder herausgekommen war, der niemals im Leben vor einem Auditorium gestanden, nie die Schule besucht, nie in Kreisen westlicher Menschen verkehrt hatte, deren Sprachen und Sitten Ihm fremd waren, machte sich auf, um von Kanzel und Katheder in Europas Hauptstädten und in führenden Städten Nordamerikas nicht nur die der Religion Seines Vaters eigenen Wahrheiten zu verkünden, sondern auch den göttlichen Ursprung der Propheten vor Bahá’u’lláh darzulegen und die Art ihrer Verbundenheit mit dem neuen Glauben aufzudecken.« Q19
*
Keine glanzvollere Bühne hätte man sich für den ersten Akt dieses großartigen Schauspiels wünschen können als London, die Hauptstadt des größten und kosmopolitischsten Weltreiches, das die Welt je gesehen hat. In den Augen der kleinen Gruppen von Gläubigen, die die praktischen Vorbereitungen getroffen hatten und sich nach dem Anblick Seines Antlitzes sehnten, war die Reise ein Triumph, der ihre kühnsten Hoffnungen weit übertraf. Inhaber öffentlicher Ämter, Gelehrte, Schriftsteller, Publizisten, Industrielle, Führer von Reformbewegungen, Mitglieder des britischen Adels und einflussreiche Geistliche zahlreicher Konfessionen suchten Ihn eifrig auf, luden Ihn ein, auf ihren Bühnen, von ihren Kanzeln, in ihren Hörsälen und Häusern zu sprechen, und zollten den Ansichten, die Er darlegte, die größte Wertschätzung. Am Sonntag, dem 10. September 1911, sprach der Meister von der Kanzel der städtischen Synagoge zum ersten Mal überhaupt zu einem öffentlichen Publikum. Seine Worte ließen für Seine Zuhörer die Vision eines neuen Zeitalters in der kulturellen Entwicklung lebendig werden:
»Dies ist ein neuer Zyklus menschlicher Fähigkeiten. Alle Horizonte der Welt sind strahlend hell, und die Welt wird wie ein Garten und ein Paradies werden … Ihr seid befreit von altem Aberglauben, der die Menschen in Unwissenheit gehalten und die Grundlagen wahren Menschseins zerstört hat.
Die Gabe Gottes an dieses erleuchtete Zeitalter ist die Erkenntnis der Einheit der Menschheit und der grundlegenden Einheit der Religionen. Der Krieg zwischen den Nationen wird aufhören, und mit Gottes Willen wird der Größte Friede kommen; die Welt wird als eine angesehen werden, und alle Menschen werden wie Brüder leben.« Q20
Nach einem weiteren zweimonatigen Aufenthalt in Paris und einer vorübergehenden Rückkehr nach Alexandria, um dort den Winter zu verbringen und Seine Gesundheit wieder herzustellen, fuhr ‘Abdu’l-Bahá am 25. März 1912 mit einem Schiff nach New York ab und kam dort am 11. April dieses Jahres an. Allein was die körperliche Belastung angeht, war ein derart volles Programm, mit Hunderten öffentlichen Ansprachen, Konferenzen und persönlichen Gesprächen in mehr als vierzig Städten überall in Nordamerika und neunzehn weiteren in Europa, von denen einige mehrmals besucht wurden, eine Leistung, die in der modernen Geschichte wohl ihresgleichen sucht. Auf beiden Kontinenten, besonders aber in Nordamerika, wurde ‘Abdu’l-Bahá von hochrangigen Hörern, die sich etwa dem Frieden, den Rechten der Frau, der Gleichberechtigung der Rassen, sozialen Reformen und der moralischen Entwicklung verschrieben hatten, mit großer Wertschätzung begrüßt. Fast täglich wurde über Seine Vorträge und Gespräche in zahlreichen auflagenstarken Zeitungen berichtet. Er selbst sollte später schreiben, dass Er »alle Türen offen [fand] … und sah, wie die geistige Macht des Reiches Gottes jedes Hemmnis und Hindernis beseitigte«A12.
Die Offenheit, mit der man Ihm begegnete, ermöglichte es ‘Abdu’l-Bahá, die sozialen Prinzipien der neuen Offenbarung unzweideutig darzulegen. Shoghi Effendi fasst die Wahrheiten, die so verkündet wurden, zusammen:
»Die unabhängige, von Aberglauben und Tradition befreite Wahrheitssuche; die Einheit des ganzen Menschengeschlechts – Hauptlehre und Leitprinzip des Glaubens –; die grundlegende Einheit aller Religionen; strikte Ablehnung jeglichen Vorurteils, ob religiöser, rassischer, gesellschaftlicher oder ethnischer Art; der unabdingbare Einklang von Religion und Wissenschaft; Gleichheit für Mann und Frau, die beiden Flügel, mit denen der Vogel Menschheit sich aufschwingen kann; die Einführung der Schulpflicht; die Adoption einer universellen Hilfssprache; die Beseitigung der Extreme von Reichtum und Armut; die Einrichtung eines Welttribunals zur Schlichtung von Streit unter Völkern; die Würdigung jeglicher im Geist des Dienstes geleisteten Arbeit als Gottesdienst; die Verherrlichung der Gerechtigkeit als herrschendes Prinzip in der menschlichen Gesellschaft und der Religion als Bollwerk für den Schutz aller Menschen und Völker; die Stiftung eines dauernden universalen Friedens als das erhabenste Ziel für die ganze Menschheit – dies sind die Grundelemente dieser göttlichen Verfassung, die Er im Verlauf Seiner Lehrreisen den Meinungsführern wie dem großen Publikum verkündete.« Q21
Der Kern der Botschaft des Meisters war die Verkündigung, dass der seit langem verheißene Tag der Vereinigung der Menschheit und der Errichtung von Gottes Königreich auf Erden gekommen ist. Dieses Reich, wie ‘Abdu’l-Bahá es in Seinen Briefen und Ansprachen enthüllte, hatte nicht das geringste gemein mit den weltfernen Auffassungen, die aus den Lehren traditioneller Religionen bekannt waren. Vielmehr verkündete der Meister den Eintritt der Menschheit in ihr Reifealter und die Herausbildung einer Weltkultur, in der das Zusammenspiel universeller geistiger Werte und eines bislang unvorstellbaren materiellen Fortschritts in die Entwicklung der gesamten Bandbreite menschlicher Möglichkeiten münden wird.
Die Mittel, dieses Ziel zu erreichen, so sagte ‘Abdu’l-Bahá, seien schon vorhanden. Jetzt bedürfe es des Willens zum Handeln, der festen Überzeugung und Durchhaltekraft:
»Wir alle wissen, dass Weltfriede gut ist, dass er die Grundlage des Lebens ist, aber Wille und Tat sind vonnöten. Weil dies das Jahrhundert des Lichts ist, wurde dem Menschen die Fähigkeit verliehen, den Frieden zu erreichen. Es steht fest, dass diese Gedanken so weit unter den Menschen verbreitet werden, dass sie zu Taten führen.« Q22
Zwar stets voller Höflichkeit und Rücksicht, jedoch klar und unmissverständlich wurden die Prinzipien der neuen Offenbarung bei privaten wie bei öffentlichen Anlässen dargelegt. Zu jeder Zeit waren die Handlungen des Meisters ebenso überzeugend wie Seine Worte. Beispielsweise hätte in den Vereinigten Staaten nichts den Glauben der Bahá’í an die Einheit der Religionen deutlicher vermitteln können als die Bereitschaft ‘Abdu’l-Bahás, sich in Ansprachen an eine christliche Hörerschaft auch auf den Propheten Muḥammad zu beziehen, und Sein entschiedenes Eintreten für den göttlichen Ursprung von Christentum wie Islam vor der Versammlung in der Emanu-El-Synagoge in San Francisco. Seine Fähigkeit, in Frauen aller Altersgruppen das Vertrauen darauf zu wecken, dass sie geistige und intellektuelle Fähigkeiten besaßen, die denen der Männer in nichts nachstanden; Seine unprovokante aber dennoch unmissverständliche Demonstration der Bedeutung der Lehren Bahá’u’lláhs über die Einheit der Rassen, indem er schwarze wie weiße Gäste an Seinem eigenen Tisch und an dem Seiner prominenten Gastgeberinnen willkommen hieß; Sein Bestehen auf der absoluten Vorrangigkeit der Einheit bei allen Aspekten von Bahá’í-Unternehmungen – mit anschaulichen Beispielen, wie die geistigen und praktischen Aspekte des Lebens zusammenwirken müssen, öffnete Er den Gläubigen Pforten in eine Welt neuer Möglichkeiten. Durch den Geist der Liebe, in dem all diese herausfordernden Erklärungen vorgebracht wurden, gelang es, die Ängste und Zweifel derer zu überwinden, an die der Meister sich wandte.
Noch größer als die Anstrengungen, mit der Er den Glauben in der Öffentlichkeit vorstellte, war jedoch Sein Einsatz an Zeit und Energie, um die Gläubigen in ihrem Verständnis der geistigen Wahrheiten der Offenbarung Bahá’u’lláhs zu vertiefen. In einer Stadt nach der anderen, vom frühen Morgen bis spät in die Nacht, verbrachte Er die Stunden, die nicht von den öffentlichen Verpflichtungen Seiner Mission beansprucht wurden, damit, auf die Fragen der Freunde zu antworten, ihren Bedürfnissen nachzukommen und ihnen einen Geist des Vertrauens darauf einzuflößen, dass jeder von ihnen zur Verbreitung des Glaubens, den sie angenommen hatten, beitragen konnte. Sein Besuch in Chicago gab ‘Abdu’l-Bahá die Möglichkeit, eigenhändig den Grundstein des ersten Bahá’í-Hauses der Andacht im Westen zu legen, ein Projekt, das vom bereits begonnenen Bau des Hauses der Andacht in ‘Ishqábád inspiriert war und ebenso vom ersten Moment der Planung an von ‘Abdu’l-Bahá gefördert wurde.
»Der Mashriqu’l-Adhkár ist eine der wichtigsten Institutionen auf der Welt. Er hat viele ergänzende Einrichtungen. Zwar ist er ein Haus der Andacht, ihm sind aber ein Krankenhaus, eine Apotheke, ein Hospiz für Reisende, eine Schule für Waisen und eine Universität für fortgeschrittene Studien angeschlossen … Es ist meine Hoffnung, dass in Amerika jetzt der Mashriqu’l-Adhkár errichtet werde und dass dann allmählich das Krankenhaus, die Schule, die Universität, die Apotheke und das Hospiz folgen werden, alle nach dem wirksamsten, zweckmäßigsten Verfahren arbeitend.« Q23
Ebenso wie bei der Entwicklung, die sich zeitgleich in Persien vollzog, werden wohl auch erst zukünftige Historiker imstande sein, die schöpferische Kraft dieser Dimension der Reise in den Westen angemessen zu würdigen. Memoiren und Briefe zeugen davon, wie selbst kurze Begegnungen mit dem Meister zahllosen westlichen Bahá’í Kraft gaben für die folgenden Jahre der Anstrengungen und Opfer, in denen sie sich um die Ausbreitung und Festigung des Glaubens mühten. Ohne ein solches Eingreifen des Mittelpunktes des Bundes selbst wäre es unvorstellbar gewesen, dass kleine Gruppen westlicher Gläubiger – denen das geistige Erbe vollständig fehlte, das ihre persischen Glaubensgeschwister von Eltern und Großeltern und deren langjähriger Verbindung mit den heroischen Ereignissen der Bábí- und der frühen Bahá’í-Geschichte übernommen hatten – so schnell hätten erfassen können, was der Glaube von ihnen verlangte, und die erforderlichen immensen Aufgaben hätten vollbringen können.
Seine Zuhörer waren aufgerufen, liebevolle und zuversichtliche Träger eines großen Zivilisationsprozesses zu werden, dessen Dreh- und Angelpunkt die Erkenntnis der Einheit des Menschengeschlechtes ist. Wenn sie sich erhöben, ihre Mission zu erfüllen, so versprach Er ihnen, dann würden sie in sich selbst und anderen gänzlich neue Fähigkeiten freigesetzt finden, mit denen Gott die Menschheit an diesem Tage ausgestattet hat:
»Ihr müsst die wahre Seele der Welt werden, der Lebenshauch im Leib der Menschenkinder. In diesem wundervollen Zeitalter, da die Urewige Schönheit, der Größte Name mit zahllosen Gaben am Horizont der Welt erschienen ist, flößt Gott durch Sein Wort dem innersten Wesenskern der Menschheit solche erstaunlichen Kräfte ein, dass Er menschlichen Eigenschaften alle Wirkung nimmt und die Völker mit Seiner allbezwingenden Macht in einem weiten Meer der Einheit zusammenführt.« Q24
Die Antwort, die die Gläubigen diesem Aufruf entgegenbrachten, wird wohl am deutlichsten durch die Tatsache, dass die unter ihnen errichtete Einheit sie nicht daran hinderte, die Wahrheiten des Glaubens auf sehr unterschiedliche persönliche Art und Weise auszudrücken. Das Verhältnis zwischen dem Einzelnen und der Gemeinschaft war schon immer eine der herausforderndsten Fragen gesellschaftlicher Entwicklung. Schon das flüchtige Lesen der Lebensgeschichten der frühen westlichen Gläubigen zeigt, dass die meisten ein hohes Maß an Individualität auszeichnete, besonders die aktivsten und kreativsten. Nicht selten hatten sie erst nach der intensiven Beschäftigung mit verschiedenen geistigen und sozialen Bewegungen jener Zeit zum Glauben gefunden. Dieses tiefe Verständnis der Sorgen und Bedürfnisse ihrer Zeitgenossen machte sie zweifellos zu derart wirksamen Lehrern des Glaubens. Ebenso klar ist jedoch, dass die vielen verschiedenen Ausdrucks- und Sichtweisen sie nicht davon abhielten, zur Entwicklung einer gemeinsamen Einheit beizutragen, die die Hauptanziehungskraft des Glaubens war. Wie die Memoiren und historischen Aufzeichnungen jener Zeit deutlich machen, war das Geheimnis dieser Balance zwischen dem Einzelnen und der Gemeinschaft das geistige Band, das alle Gläubigen mit den Worten und dem Vorbild des Meisters verband. Für sie alle war ‘Abdu’l-Bahá der Bahá’í-Glauben.
Keine objektive Rückschau auf ‘Abdu’l-Bahás Mission im Westen darf die ernüchternde Tatsache ignorieren, dass nur eine geringe Zahl derer, die den Glauben angenommen hatten – und noch viel weniger unter der öffentlichen Zuhörerschaft, die in Scharen herbeigeströmt war, um Seine Worte zu hören –, bei diesen unschätzbaren Gelegenheiten mehr als ein verhältnismäßig vages Verständnis der Bedeutung Seiner Botschaft erlangte. Obwohl ‘Abdu’l-Bahá die begrenzte Einsicht seitens Seiner Zuhörer bewusst war, zögerte Er nicht, im Umgang mit westlichen Gläubigen ein Verhalten an den Tag zu legen, das sie zu einer Geisteshaltung rief, die über bloßen gesellschaftlichen Liberalismus oder pure Toleranz weit hinaus ging. Ein Beispiel, das hier für viele solcher Eingriffe stehen soll, war Seine behutsame und doch zukunftsweisende Ermutigung der Hochzeit von Louis Gregory und Louise Mathew – der eine schwarz, die andere weiß. Die Initiative setzte für die amerikanische Bahá’í-Gemeinde den Maßstab für die wahre Bedeutung der Zusammenführung der Rassen, wie zögerlich und langsam ihre Mitglieder auch der tieferen Bedeutung dieses herausfordernden Prinzips entsprechen mochten.
Auch ohne ein wirklich tiefgehendes Verständnis der Ziele des Meisters machten sich die, die Seiner Botschaft folgten, oft unter hohen eigenen Kosten auf, den Prinzipien, die Er lehrte, praktischen Ausdruck zu verleihen. Hingabe an die Sache des Weltfriedens; die Abschaffung der Extreme von Reichtum und Armut, die die Einheit der Gesellschaft untergruben; das Überwinden nationaler, rassischer und anderer Vorurteile; die Förderung gleicher Erziehung für Jungen und Mädchen; die Notwendigkeit, die Fesseln alter Dogmen abzuschütteln, die die Erforschung der Wirklichkeit behinderten – diese Prinzipien für den Fortschritt der Zivilisation hatten einen tiefen Eindruck hinterlassen. Was, wenn überhaupt, nur wenige der Zuhörer des Meisters erfassten – vielleicht erfassen konnten –, war die revolutionäre Umwandlung der grundlegenden Struktur der Gesellschaft und die willentliche Unterwerfung der menschlichen Natur unter das göttliche Gesetz, die letzten Endes allein die notwendigen Veränderungen in Einstellung und Verhalten bewirken können.
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Der Schlüssel zu dieser Vision der bevorstehenden Umwandlungen im persönlichen und gesellschaftlichen Leben der Menschheit war ‘Abdu’l-Bahás Verkündigung des Bundes Bahá’u’lláhs, die kurz nach Seiner Ankunft in Nordamerika erfolgte, und der zentralen Rolle, die Er selbst darin einzunehmen aufgerufen worden war. Mit den Worten des Meisters:
»Das herausragendste Merkmal der Offenbarung Bahá’u’lláhs, eine Besonderheit, die bei keinem der früheren Propheten zu finden ist, ist das Amt und die Designation des ›Mittelpunktes des Bundes‹. Durch diese Einrichtung und die gleichzeitige Designation sichert und schützt Bahá’u’lláh die Religion Gottes gegen Meinungsstreit und Schisma, so dass niemand mehr eine Sekte oder Fraktion bilden kann.« Q25
Als Ort dieser Verkündigung wählte Er New York, nannte es »die Stadt des Bundes« und erklärte den westlichen Gläubigen hier, wie der Stifter ihres Glaubens die Autorität, Seine Offenbarung bindend auszulegen, übertragen hatte. Eine hochgeachtete Gläubige, Lua Getsinger, war vom Meister aufgefordert worden, die Gruppe von Bahá’í, die in dem Haus, in dem Er vorübergehend wohnte, versammelt war, auf diesen historischen Moment vorzubereiten. Im Anschluss daran begab Er sich selbst ins Erdgeschoss und sprach über einige der Bedeutungen des Bundes im allgemeinen. Juliet Thompson, die zusammen mit einem der persischen Übersetzer im Raum im Obergeschoss gewesen war, als ihre Freundin diesen Auftrag erhielt, hinterlässt einen Bericht über die näheren Umstände. Sie zitiert ‘Abdu’l-Bahá:
»Ich bin der Bund, ernannt durch Bahá’u’lláh. Und niemand kann Sein Wort widerlegen. Dies ist das Testament Bahá’u’lláhs. Ihr werdet es im heiligen Buch Aqdas finden. Geht hin und verkündet: ›Dies ist der Bund Gottes in eurer Mitte.‹« Q26
Von Bahá’u’lláh als das Instrument vorgesehen, das, mit den Worten Shoghi Effendis, die »Unverletzbarkeit [des Glaubens] gewährleisten, ihn vor Spaltung bewahren und seine weltweite Ausdehnung fördern sollte«Q27, war der Bund beinahe sofort nach Seinem Hinscheiden von Mitgliedern Seiner eigenen Familie verletzt worden. Als diese erkannten, dass die Autorität, die dem Meister im Kitáb-i-‘Ahd, in der Tafel vom Zweig und in damit zusammenhängenden Dokumenten übertragen worden war, ihre eigenen Hoffnungen, den Glauben zu ihrem persönlichen Vorteil ausnutzen zu können, zunichte machte, begannen sie – zuerst im Heiligen Land und dann in Persien, wo der Großteil der Bahá’í-Gemeinde ansässig war – eine hartnäckige Kampagne mit dem Ziel, ‘Abdu’l-Bahás Position zu schwächen. Als diese Vorhaben scheiterten, versuchten sie die Angst der osmanischen Regierung und die Habsucht ihrer Vertreter in Palästina für sich zu nutzen. Auch diese Hoffnungen wurden zerstört, als die Jungtürkische Revolution das Regime in Konstantinopel entmachtete und einunddreißig ihrer führenden Amtsträger gehenkt wurden, darunter mehrere, die in die Pläne der Bundesbrecher verwickelt waren.
Im Westen hatten bereits in den ersten Jahren der Amtszeit des Meisters einige von Ihm beauftragte Gläubige erfolgreich den Machenschaften Ibráhím Khayru’lláhs entgegengewirkt – ausgerechnet desjenigen, der viele amerikanische Gläubige mit der Sache Gottes bekannt gemacht, der jedoch schließlich durch die Verbindung mit den Bundesbrechern innerhalb der heiligen Familie versucht hatte, selbst eine Machtposition einzunehmen. Solche Erfahrungen hatten die westlichen Gläubigen zweifellos auf die offizielle Erklärung der Stufe des Meisters vorbereitet, und auf die Bestimmtheit, mit der Er sie mahnte, jegliche Verbindung zu solchen Zwietrachtstiftern zu meiden. »Einige schwache, launenhafte, übelmeinende und unwissende Seelen … bemühen sich, den Bund Gottes und Sein Testament auszutilgen. Sie wollen das klare Wasser verschmutzen, um dann im Trüben zu fischen.«Q28 Die Bedeutung dieses großen Gesetzes, das die neue Offenbarung ordnete, sollte jedoch erst allmählich klar werden, während die neuen Gemeinden sich darum mühten, Meinungsverschiedenheiten zu überwinden und der ständigen Versuchung zu widerstehen, über unterschiedliche Ansichten in Splittergruppen zu zerfallen.
Während der Meister in öffentlichen Ansprachen und privaten Gesprächen die Vision einer Welt in Einheit und Frieden verkündete, die die Offenbarung Gottes für diesen Tag hervorbringen wird, warnte Er ebenso nachdrücklich vor den Gefahren, die unmittelbar bevorstanden – für den Glauben und für die Welt. Für beide sah ‘Abdu’l-Bahá – mit den Worten Shoghi Effendis – »ein[en] Winter, streng wie nie zuvor«Q29 voraus.
Die Sache Gottes würde in diesem Winter erschütternden Verrat am Bund erleben. In Nordamerika blieb der Wankelmut einiger weniger, die in ihrem Streben nach persönlicher Macht enttäuscht worden waren, eine nie versiegende Quelle von Schwierigkeiten für die Gemeinde, untergrub den Glauben einiger und veranlasste andere, sich aus dem aktiven Gemeindeleben zurückzuziehen. Auch in Persien wurde der Glauben der Freunde wiederholt durch die Intrigen ehrgeiziger Individuen geprüft, die in den Erfolgen der Arbeit des Meisters im Westen die Chance sahen, sich selbst in den Vordergrund drängen zu können. In beiden Fällen wurden die standhaften Gläubigen durch diese Vorkommnisse letztendlich nur in ihrer Ergebenheit gestärkt.
Auch was das Schicksal der gesamten Menschheit anging, warnte ‘Abdu’l-Bahá in aller Deutlichkeit vor der Katastrophe, die Er herannahen sah. Während Er betonte, wie dringend notwendig Bemühungen um Versöhnung waren, die das Leid der Weltbevölkerung bis zu einem gewissen Grad würden lindern können, ließ Er doch Seine Hörer nicht im Zweifel über das Ausmaß der Gefahr. Eine der führenden Zeitungen von Montreal, wo besonders ausführlich über Seine Reise berichtet wurde, zitierte Ihn folgendermaßen:
»Ganz Europa gleicht einem Waffenlager. Diese kriegerischen Vorbereitungen werden notgedrungen in einem großen Krieg enden. Allein schon die Aufrüstung muss zum Krieg führen. Dieses große Arsenal muss in Flammen aufgehen. Zu dieser Ansicht gehört keine prophetische Gabe«, sagte ‘Abdu’l-Bahá, »sie basiert auf rein logischem Denken.«Q30
Am 5. Dezember 1912 fuhr Er, der in ganz Nordamerika als ›Apostel des Friedens‹ bejubelt worden war, von New York nach Liverpool. Nach relativ kurzen Aufenthalten in London und anderen britischen Städten, besuchte Er verschiedene Städte auf dem Kontinent und verbrachte abermals mehrere Wochen in Paris, wo Ihm die Dienste von Hippolyte Dreyfus zur Verfügung standen, dessen Fähigkeit, Arabisch und Persisch zu schreiben, den Anforderungen des Meisters entsprach. Als anerkannte Kulturhauptstadt Europas war Paris ein wichtiges Zentrum für Besucher aus vielen Teilen der Welt, einschließlich des Orients. Die während der zwei ausgedehnten Besuche gehaltenen Vorträge bezogen sich zwar oft auf die großen sozialen Fragen, die auch andernorts diskutiert wurden, zeichneten sich jedoch besonders durch eine tiefe Geistigkeit aus, die die Herzen derer, die das Vorrecht hatten, sie zu hören, zutiefst berührt haben muss:
»Hebt Eure Herzen über die Gegenwart hinaus und blickt mit gläubigen Augen in die Zukunft. Jetzt ist die Zeit der Saat, der Same fällt zu Boden, aber siehe, der Tag wird kommen, da aus ihm ein herrlicher Baum ersteht, und seine Zweige werden reiche Früchte tragen. Jubelt und seid froh, dass dieser Tag angebrochen ist. Trachtet, seine Macht zu erkennen, denn er ist wahrhaft wunderbar.« Q31
Am Morgen des 13. Juni 1913 schiffte ‘Abdu’l-Bahá sich in Marseilles auf der S. S. Himalaja ein und erreichte vier Tage später Port Said in Ägypten. Seine, wie Shoghi Effendi sagte, »historischen Reisen« endeten mit Seiner Rückkehr nach Haifa am 5. Dezember 1913.
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Fast auf den Tag genau zwei Jahre nach ‘Abdu’l-Bahás Gespräch mit dem Herausgeber des Montreal Daily Star brach diese Welt – samt ihrem wahnhaften Selbstvertrauen und ihren scheinbar unerschütterlichen Grundfesten – plötzlich in sich zusammen. Als Anlass der Katastrophe wird gemeinhin die Ermordung des habsburgischen Thronfolgers in Sarajevo gesehen, und sicherlich wurde die Kette von groben politischen Fehlern, leichtsinnigen Drohungen und sinnleeren Appellen an die ›Ehre‹, die direkt zum Ersten Weltkrieg führte, durch dieses relativ unbedeutende Ereignis in Gang gesetzt. In Wahrheit jedoch hätten die europäischen Führer durch das vorausgehende ›Donnergrollen‹ während der gesamten ersten Dekade des Jahrhunderts, auf das der Meister aufmerksam gemacht hatte, vor der Zerbrechlichkeit der bestehenden Ordnung gewarnt sein müssen.
In den Jahren 1904 und 1905 bekriegten sich das Japanische und das Russische Reich mit einer Gewalt, die zur Zerstörung fast der gesamten russischen Marine und dem Verlust von Territorien führte, die Russland als unverzichtbar betrachtete; eine Demütigung, die nicht ohne lang anhaltende nationale und internationale Folgen blieb. Während dieser frühen Jahre des Jahrhunderts wurde zweimal ein Krieg zwischen Frankreich und Deutschland um imperiale Vorhaben in Nordafrika nur dadurch knapp verhindert, dass andere Mächte aus reinem Eigeninteresse intervenierten. 1911 provozierten ähnliche Ambitionen Italiens erneut eine gefährliche Bedrohung des internationalen Friedens durch die Besetzung des heutigen Libyen, das damals zum Osmanischen Reich gehörte. Die internationale Instabilität – auch davor hatte der Meister gewarnt – wurde dadurch noch verstärkt, dass Deutschland sich durch das wachsende Netz feindlicher Allianzen gezwungen fühlte, ein massives Marineprogramm zu beginnen, welches darauf abzielte, der vormals akzeptierten Überlegenheit der britischen Seemacht ein Ende zu setzen.
Verschärft wurden diese Konflikte durch Spannungen zwischen den verschiedenen Volksgruppen in Russland, Österreich-Ungarn und im Osmanischen Reich. Polen, Tschechen, Slowaken, Balten, Rumänen, Kurden, Araber, Armenier, Griechen, Mazedonier, Slawen und Albaner konnten den Tag kaum erwarten, da der Lauf der Dinge sie aus der Umklammerung der altersschwachen Systeme, von denen sie unterdrückt wurden, befreien würde. Diese Risse, die die bestehende Ordnung durchzogen, wurden von zahlreichen Verschwörungen, Widerstandsgruppen und separatistischen Organisationen unermüdlich ausgenutzt. Inspiriert durch Ideologien, die von wirrem Anarchismus bis zu aggressiver rassistischer und nationalistischer Besessenheit reichten, teilten diese im Untergrund wirkenden Kräfte eine naive Überzeugung: Wenn nur der jeweilige Teil der bestehenden Ordnung, den sie zum Ziel ihrer Angriffe gemacht hatten, gestürzt werden könnte, so würden schon allein die edlen Ziele ihrer Vordenker und die edle Natur der Menschheit überhaupt ein neues Zeitalter der Freiheit und Gerechtigkeit garantieren.
Von diesen selbsternannten Kämpfern für gewaltsame Veränderung arbeitete eine weit verbreitete Bewegung systematisch und mit rücksichtsloser Entschlossenheit auf das Ziel der Weltrevolution hin. Der Kommunistischen Partei, die ihre intellektuelle Stoßkraft und das unerschütterliche Vertrauen auf ihren letztlichen Triumph aus der Ideologie von Karl Marx bezog, war es gelungen, in ganz Europa und verschiedenen anderen Ländern Parteikader zu bilden. In der Überzeugung, dass der Genius ihres Meisters zweifelsfrei demonstriert habe, dass menschliches Bewusstsein und gesellschaftliche Ordnung im wesentlichen durch materielle Kräfte hervorgebracht würden, sprach die kommunistische Bewegung der Religion wie den ›bourgeoisen‹ moralischen Maßstäben den Geltungsanspruch ab. Aus ihrer Sicht war der Glaube an Gott eine neurotische Schwäche, der die Menschheit verfallen war, eine bloße Sucht, die es den jeweils herrschenden Klassen erlaubte, den Aberglauben als Instrument zur Versklavung der Massen zu benutzen.
Den Führern der Welt, die sich blind auf die weltumfassende Feuersbrunst hinbewegten, welche Stolz und Torheit vorbereitet hatten, dienten die großen Fortschritte in Wissenschaft und Technik hauptsächlich dazu, militärischen Vorteil gegenüber ihren Rivalen zu erlangen. Doch jetzt waren die Gegner andere europäische Nationen und nicht die verarmten und größtenteils ungebildeten kolonialen Völker, die sie zu unterwerfen vermocht hatten. Die falsche Sicherheit, die solche Waffenstärke vermittelte, führte unausweichlich zu einem Wettrüsten der Land- und Seestreitkräfte mit den fortschrittlichsten modernen Waffensystemen. Die immer weiter entwickelten Maschinengewehre, weitreichende Geschütze, Zerstörer, Unterseebote, Landminen, Giftgase und die Möglichkeit, Flugzeuge für Bombenangriffe auszurüsten, wurden von einem Historiker als »Technologie des Todes«A13 bezeichnet. Alle diese Vernichtungsinstrumente sollten, wie ‘Abdu’l-Bahá gewarnt hatte, im Verlauf des kommenden Konfliktes eingesetzt und noch perfektioniert werden.
Auch anderen, mehr unterschwelligen Druck übten Wissenschaft und Technik auf die bestehende Ordnung aus. Die industrielle Großproduktion, die durch das Wettrüsten noch angekurbelt wurde, beschleunigte die Bevölkerungsabwanderung in die städtischen Ballungsräume. Schon am Ende des vorangegangenen Jahrhunderts hatte dieser Prozess ererbte Maßstäbe und Treuepflichten untergraben, hatte wachsende Menschenmengen mit neuen Ideen darüber, wie soziale Veränderungen zu erwirken wären, bekannt gemacht und den Wunsch der Massen nach einem Lebensstandard geweckt, der vormals nur den führenden Schichten der Gesellschaft zur Verfügung stand. Sogar in vergleichsweise autokratischen Systemen begann die Bevölkerung wahrzunehmen, wie sehr politische Machthaber in ihrer Funktion davon abhängig waren, die breite Unterstützung des Volkes zu gewinnen. Diese gesellschaftlichen Entwicklungen sollten unvorhersehbare und weitreichende Folgen haben. Während der Krieg sich endlos hinzog und der bedenkenlose Glaube daran, dass er leicht zu gewinnen sein werde, ins Wanken geriet, erkannten Millionen wehrpflichtiger Männer in den Armeen beider Seiten, dass ihr Leiden sinnlos war und weder ihnen selbst noch ihren Familien nützen werde.
Über diese Auswirkungen technologischer und wirtschaftlicher Veränderungen hinaus schien der wissenschaftliche Fortschritt zu leichtfertigen Annahmen über die Natur des Menschen zu ermutigen – es bildete sich ein fast unbemerkter Überzug aus dem »trübenden Staub allen erworbenen Wissens«Q32, wie Bahá’u’lláh es genannt hatte. Dieses Halbwissen teilte sich einem immer größeren Publikum mit. Sensationslust der Presse, hitzige Debatten zwischen Wissenschaftlern oder Gelehrten auf der einen Seite und Theologen oder einflussreichen Kirchenmännern auf der anderen, dazu die rasche Zunahme staatlicher Bildungseinrichtungen, trugen weiter dazu bei, die Autorität bislang akzeptierter religiöser Lehrmeinungen und gängiger moralischer Maßstäbe zu untergraben.
Diese eruptiven Kräfte des neuen Jahrhunderts machten die Situation, in der sich die westliche Welt 1914 befand, höchst brisant. Als die große Feuersbrunst schließlich ausbrach, übertraf daher der Albtraum die schlimmsten Befürchtungen vorausschauender Denker bei weitem. Es wäre zwecklos, an dieser Stelle die oft dargestellten Verheerungen durch den Ersten Weltkrieg aufzuzählen. Die bloße Statistik übersteigt schon fast jegliche Vorstellung: sechzig Millionen Männer, so schätzt man, wurden in das schrecklichste Inferno, das die Geschichte bisher erlebt hatte, gestürzt. Acht Millionen von ihnen kamen während des Krieges um und zehn Millionen oder mehr waren für den Rest ihres Lebens gezeichnet durch Verkrüppelung, ausgebrannte Lungen und entsetzliche Entstellungen.A14 Historiker schätzen, dass der finanzielle Schaden um die dreißig Milliarden Dollar betrug, wodurch ein erheblicher Teil des europäischen Gesamtkapitals vernichtet wurde.
Nicht einmal diese schlimmen Verluste lassen das volle Ausmaß des Verderbens erahnen. Einer der Gründe, die Präsident Woodrow Wilson lange davon abgehalten haben, dem Kongress der Vereinigten Staaten nahezulegen, die Kriegserklärung auszusprechen – was zu diesem Zeitpunkt fast unumgänglich schien –, war der moralische Schaden, den er daraus folgen sah. Er erkannte, dass die Verrohung der menschlichen Natur das schlimmste Erbe der Tragödie, in der Europa damals versank, sein würde, ein Erbe, das menschliche Macht nicht mehr würde umkehren können. Diese Einsicht war nur eine der besonderen Fähigkeiten, die jenen außergewöhnlichen Staatsmann, dessen Weitblick ‘Abdu’l-Bahá wie Shoghi Effendi rühmten, kennzeichneten.A15
Wenn man über das Ausmaß des Leides nachdenkt, das die Menschheit während der vier Kriegsjahre erlitt, und sich vor Augen führt, welchen Rückschlag dies für den langen, schmerzvollen Prozess der Zivilisierung der menschlichen Natur bedeutet, so verleiht dies den Worten des Meisters, die Er erst zwei oder drei Jahre zuvor an Seine Zuhörer in europäischen Städten wie London, Paris, Wien, Budapest und Stuttgart, und auch in Nordamerika gerichtet hatte, tragischen Weitblick. Als Er eines Abends im Hause von Mr. und Mrs. Sutherland Maxwell in Montreal sprach, sagte Er:
»Die Menschenwelt wandelt heute im Dunkeln, denn sie hat den Kontakt zur Welt Gottes verloren. Aus diesem Grunde sehen wir die Zeichen Gottes in den Herzen der Menschen nicht. Die Kraft des Heiligen Geistes hat keinen Einfluss. Wenn eine Erleuchtung durch den göttlichen Geist in der Menschenwelt offenbar wird, wenn göttliche Weisung und Führung erscheinen, dann folgt Erleuchtung, ein neuer Geist verwirklicht sich im Innern, eine neue Kraft kommt herab und neues Leben wird geschenkt. Es ist wie die Geburt aus dem Tierreich ins Menschenreich hinein … Ich werde dafür beten, und ihr müsst auch dafür beten, dass solch himmlische Freigebigkeit gewährt wird, dass Zwietracht und Feindschaft gebannt werden, Krieg und Blutvergießen enden, dass die Verbindung der Herzen vollkommen werde und dass alle Menschen aus derselben Quelle trinken.« Q33
Der Friedensvertrag von Versailles, durch den die Alliierten sich im Grunde an den besiegten Feinden rächten, säte nur den Samen eines anderen, noch schrecklicheren Konfliktes, darauf wiesen sowohl ‘Abdu’l-Bahá als auch Shoghi Effendi hin. Die ruinösen Reparationszahlungen, die von den Besiegten verlangt wurden, und die Ungerechtigkeit, die sie dazu verpflichtete, die volle Schuld für einen Krieg zu tragen, den mehr oder weniger alle Parteien zu verantworten hatten, trugen dazu bei, die demoralisierten Völker Europas empfänglich zu machen für totalitäre Bewegungen, die ihnen eine bessere Zukunft versprachen. Andernfalls hätten sie ihnen vielleicht nie Gehör geschenkt.
Wie hoch auch die Reparationen waren, die von den Besiegten verlangt wurden, so dämmerte doch den vermeintlichen Siegern langsam die schreckliche Erkenntnis, dass ihr Triumph – und die bedingungslose Kapitulation, die sie verlangten –, nur zu einem lähmenden Preis zu haben war. Horrende Kriegsschulden beendeten für immer die wirtschaftliche Vormachtstellung, die die europäischen Länder in den letzten drei Jahrhunderten durch die imperialistische Ausbeutung des restlichen Planeten erlangt hatten. Der Tod von Millionen junger Männer, die dringend dafür benötigt worden wären, die Herausforderungen der bevorstehenden Jahrzehnte anzugehen, war ein Verlust, der nie wieder gut gemacht werden konnte. Ja, Europa – das noch vor vier Jahren den anerkannten Höhepunkt der Zivilisation und des Einflusses in der Welt verkörperte – verlor auf einen Schlag die Vorherrschaft und begann während der folgenden Jahrzehnte den unerbittlichen Abstieg zur Hilfstruppe eines aufstrebenden neuen Machtzentrums in Nordamerika.
Anfänglich schien es so, als würde die Zukunftsvision Woodrow Wilsons jetzt verwirklicht. Teilweise traf dies auch zu: In ganz Europa erlangten zuvor unterdrückte Völker die Freiheit, ihr Schicksal selbst zu bestimmen in einer Reihe neuer Nationalstaaten, die aus den Ruinen der alten Reiche hervorgingen. Außerdem verliehen in den Augen von Millionen Europäern die ›Vierzehn Punkte‹ des Präsidenten seinen öffentlichen Reden solch immense moralische Autorität, dass nicht einmal die widerwilligsten unter den übrigen Führern der Alliierten seine Wünsche vollkommen missachten konnten. Trotz monatelangen Feilschens um Kolonien, Grenzen und Klauseln in den Friedensbedingungen, sah der Versailler Vertrag schließlich eine abgeschwächte Form des von Präsident Wilson angeregten Völkerbundes vor, einer Institution, von der man hoffte, dass sie zukünftige Auseinandersetzungen unter den Nationen beilegen und die internationalen Beziehungen harmonisieren könnte.
Shoghi Effendis Kommentar zur Bedeutung dieser historischen Initiative sollte von jedem Bahá’í, der die Ereignisse dieses turbulenten Jahrhunderts zu verstehen sucht, sorgfältig gelesen werden. Er beschreibt zwei in enger Beziehung stehende Entwicklungen, die mit dem Anbruch des Weltfriedens zusammenhängen, und betont, dass sie »dazu bestimmt sind, gemeinsam ihren Höhepunkt und ihre herrliche Erfüllung zu finden, wenn die Zeit gekommen ist«Q34. Die erste, so erklärt der Hüter, betrifft die Mission der Bahá’í-Gemeinde des nordamerikanischen Kontinents, die zweite das Schicksal der Vereinigten Staaten als Nation. Über dieses zweite Phänomen, das auf den Ausbruch des ersten Weltkrieges zurückgeht, schreibt Shoghi Effendi:
»Seinen anfänglichen Auftrieb erhielt es durch die Formulierung von Präsident Wilsons Vierzehn Punkten, die erstmalig diese Republik mit den Geschicken der Alten Welt in Verbindung brachte. Es erfuhr seinen ersten Rückschlag durch den Rückzug dieser Republik vom neugeschaffenen Völkerbund, auf dessen Gründung der Präsident hingearbeitet hatte … Wie lang und schmerzvoll der Weg auch sein mag, so muss es doch durch eine Reihe von Siegen und Niederlagen zur politischen Einheit der östlichen und westlichen Hemisphäre führen, zur Entstehung eines Weltparlaments und zur Errichtung des Geringeren Friedens, wie von Bahá’u’lláh verkündet und vom Propheten Jesaja vorausgesagt. Am Ende muss es in der Entfaltung des Banners des Größten Friedens gipfeln, im Goldenen Zeitalter der Offenbarung Bahá’u’lláhs.« Q35
Wie tragisch war deshalb das Schicksal des Planes, der die Bemühungen des amerikanischen Präsidenten beflügelt hatte. Wie bald deutlich wurde, war der Völkerbund eine Totgeburt. Obwohl er Formen einer Legislative, einer Judikative, einer Exekutive und einer unterstützenden Verwaltungsstruktur enthielt, so wurde ihm doch die Autorität verweigert, welche für die Funktion, die er angeblich erfüllen sollte, unerlässlich war. Gefesselt durch die aus dem neunzehnten Jahrhundert übernommene Idee uneingeschränkter nationaler Souveränität, konnte er Entscheidungen nur mit der geschlossenen Zustimmung aller Mitgliedsstaaten treffen, eine Auflage, die wirksames Handeln weitgehend unmöglich machte.A16 Die Hohlheit dieses Systems zeigte sich auch darin, dass einige der mächtigsten Staaten der Welt nicht aufgenommen wurden: Deutschland wies man als besiegte Nation, die für den Krieg verantwortlich gemacht wurde, zurück; Russland wurde anfänglich aufgrund seines bolschewistischen Regimes der Eintritt verwehrt, und die Vereinigten Staaten selbst verweigerten – in der Folge engstirniger Parteipolitik im Kongress – sowohl den Beitritt zum Völkerbund als auch die Ratifizierung des Vertrages. Selbst die halbherzigen Anstrengungen zum Schutz der ethnischen Minderheiten, die in den neu geschaffenen Nationalstaaten lebten, erwiesen sich schließlich nur als Waffen, die in den anhaltenden brudermörderischen Konflikten Europas eingesetzt werden konnten.
Kurz, in genau dem Augenblick der Menschheitsgeschichte, da ein beispielloser Ausbruch an Gewalt die überlieferten Bollwerke zivilisierten Gebarens ausgehöhlt hatte, entmachtete die politische Führung der westlichen Welt das einzige alternative System internationaler Ordnung, das die eben durchlebte Katastrophe geboren hatte, und das allein die noch größeren bevorstehenden Leiden hätte mildern können. Mit den prophetischen Worten ‘Abdu’l-Bahás: »Friede, Friede! … unaufhörlich verkünden die Lippen der Machthaber und der Völker ›Frieden, Frieden‹, während das Feuer ungestillten Hasses noch in ihren Herzen schwelt.« »Die Krankheiten, an denen die Welt jetzt leidet«, fügte Er 1920 hinzu, »werden sich vervielfachen; die Dunkelheit, die sie umschließt, wird sich vertiefen … Die besiegten Mächte werden weiterwühlen. Sie werden zu jeder Maßnahme greifen, die die Flamme des Krieges wieder entzündet.«Q36
*
Während das Inferno des Krieges die Welt in eisernem Griff hielt, widmete ‘Abdu’l-Bahá Seine Aufmerksamkeit der einen großen Aufgabe, die Ihm in Seiner Amtszeit verblieb, nämlich der, für die Verbreitung der Botschaft, die in islamischen und in westlichen Gesellschaften missachtet oder gar angefeindet wurde, bis in die abgelegensten Gegenden der Erde Sorge zu tragen. Das Instrument, das Er zu diesem Zweck einsetzte, war der Göttliche Plan, der in vierzehn wunderbaren Sendschreiben dargelegt wurde, von denen vier an die nordamerikanische Bahá’í-Gemeinde und zehn weitere an fünf Teilgruppen dieser Gemeinde gerichtet waren. Zusammen mit Bahá’u’lláhs Tafel vom Karmel und dem Testament des Meisters, wurden die Sendschreiben zum göttlichen Plan von Shoghi Effendi als eine von drei »Chartas« des Glaubens bezeichnet. Der Göttliche Plan, offenbart in den dunkelsten Tagen des Krieges 1916 und 1917, rief die kleine Zahl der amerikanischen und kanadischen Gläubigen dazu auf, die Führungsrolle in der Begründung der Sache Gottes auf dem ganzen Planeten zu übernehmen. Die Tragweite dieses Auftrags war ehrfurchtgebietend. Mit den Worten des Meisters:
»‘Abdu’l-Bahás Hoffnung für euch ist, dass derselbe Erfolg, der eure Bemühungen in Amerika begleitet, auch eure Anstrengungen in anderen Teilen der Welt kröne; dass durch euch der Ruhm der Sache Gottes über den Osten und den Westen verbreitet werde; dass in allen fünf Kontinenten des Erdballs das Kommen des Herrn der Heerscharen und Seines Reiches verkündet werde. Sobald die amerikanischen Gläubigen diese göttliche Botschaft über die Küsten Amerikas hinaustragen und sie quer durch die Kontinente Europa, Asien, Afrika und Australasien, bis weit auf die pazifischen Inseln verkünden, wird sich diese Gemeinde unverrückbar auf den Thron ewiger Herrschaft gesetzt sehen. Dann werden alle Völker der Welt bezeugen, dass diese Gemeinde geistig erleuchtet und göttlich geführt ist. Dann wird die ganze Erde widerhallen vom Lobpreis ihrer Majestät und Größe.« Q37
Shoghi Effendi erinnert uns daran, dass diese historische, von ihm als »das Geburtsrecht der nordamerikanischen Bahá’í-Gemeinde«Q38 beschriebene Mission ihre Wurzeln in den Worten der Zwillingsoffenbarer über das Reifealter der Menschheit hat. Sie tauchte zuerst in den Worten des Báb auf, der die »Völker des Westens« aufrief: »Kommt hervor aus euren Städten … und steht Gott bei noch vor dem Tag, da der Herr des Erbarmens zu euch herabkommen wird im Schatten der Wolken … Werdet wie wahre Brüder in der einen, unteilbaren Religion Gottes, ohne Unterschied … so dass ihr euch in ihnen und sie sich in euch gespiegelt finden.«Q39 In Seinem Aufruf an die »Herrscher Amerikas und die Präsidenten seiner Republiken« gab Bahá’u’lláh jenen einen Auftrag, der in Seinen anderen Sendscheiben an die Führer der Welt seinesgleichen sucht: »Verbindet den Verletzten mit den Händen der Gerechtigkeit und zermalmet den Unterdrücker auf der Höhe seiner Macht mit der Rute der Gebote eures Herrn, des Gesetzgebers, des Allweisen.«Q40 Bahá’u’lláh formulierte auch eine der tiefsten Wahrheiten über den Prozess der Entwicklung der Kultur wie folgt: »Im Osten ist das Licht Seiner Offenbarung angebrochen, im Westen erscheinen die Zeichen Seiner Herrschaft. Sinnt darüber nach in euren Herzen, o Menschen … «Q41
Obwohl der Göttliche Plan, wie der Hüter später sagen sollte, noch zurückgehalten wurde, bis das für seine Durchführung notwendige System geschaffen war, so hatte doch ‘Abdu’l-Bahá eine Schar von Gläubigen ausgewählt, bestärkt und beauftragt, zu Beginn des Unternehmens die Führung zu übernehmen. Zwar kam nun das Ende Seines eigenen Lebens immer näher, rückblickend jedoch gaben die drei Ihm verbleibenden Jahre nach Kriegsende einen Vorgeschmack auf die Siege, die die Sache Gottes im Laufe des Jahrhunderts erleben sollte. Die veränderten Bedingungen im Heiligen Land gaben dem Meister die Freiheit, Seine Arbeit ungehindert zu verfolgen, und schafften die Voraussetzungen, unter denen Sein brillanter Verstand und Sein erleuchteter Geist ihren Einfluss auf Regierungsvertreter, Würdenträger aller Art, die Ihn aufsuchten, und die verschiedenen Bevölkerungsgruppen im Heiligen Land ausüben konnte. Die britische Mandatsmacht selbst suchte ihrer Anerkennung der einigenden Wirkung Seines Vorbildes und Seiner philanthropischen Werke dadurch Ausdruck zu verleihen, dass sie Ihm die Ritterwürde verlieh.A17 Noch bedeutender war jedoch, dass wieder ein Strom von Pilgern und zahllose Briefe an Bahá’í-Gemeinden im Osten wie im Westen eine Ausweitung der Lehrtätigkeit und die Vertiefung der Freunde in ihrem Verständnis der Tragweite der Botschaft des Glaubens bewirkte.
Nichts zeigt vielleicht deutlicher den geistigen Triumph, den der Meister im Weltzentrum des Glaubens errungen hatte, als die Ereignisse in Haifa nach Seinem Hinscheiden in den frühen Morgenstunden des 28. November 1921. Am nächsten Tag folgte eine riesige Schar Tausender Menschen, die die bunte Vielfalt der in der Region vertretenen Volksgruppen und Religionen widerspiegelten, dem Begräbniszug den Hang des Karmel hinauf in einem Zustand aufrichtiger Trauer, wie sie die Stadt noch nie zuvor gesehen hatte. Der Zug wurde angeführt von Vertretern der Britischen Regierung, Mitgliedern des Diplomatischen Korps und den Führern aller religiösen Gemeinden der Region, von denen mehrere an der Andacht am Schrein des Báb teilnahmen. Dieser rückhaltlose vereinte Ausbruch der Trauer spiegelte die plötzliche Erkenntnis wider, dass man mit dem Meister eine Gestalt verloren hatte, deren Vorbild ein Brennpunkt der Einheit in einem hasserfüllten, geteilten Land gewesen war. Für alle, die Augen hatten zu sehen, war diese Versammlung selbst ein lebendiger Beweis der Wahrheit der Einheit der Menschheit, die der Meister so unermüdlich verkündet hatte.

4

Mit dem Hinscheiden ‘Abdu’l-Bahás war das Apostolische Zeitalter der Sache zu Ende gegangen. Das unmittelbare Wirken der göttlichen Vorsehung, die vor siebenundsiebzig Jahren – in der Nacht, in der der Báb Seine Sendung Mullá Ḥusayn erklärte und in der ‘Abdu’l-Bahá geboren wurde – in die Geschicke der Menschheit eingegriffen hatte, war nun abgeschlossen. Es war – mit den Worten Shoghi Effendis – »ein Zeitraum … so strahlend, dass weder die heute, noch in irgendeinem zukünftigen Zeitalter errungenen Siege, so großartig sie auch sein mögen, ihm gleichkommen können … «Q42 Vor uns liegen tausend oder Tausende von Jahren, in denen die Entwicklungsmöglichkeiten, die diese schöpferische Kraft im menschlichen Bewusstsein angelegt hat, sich allmählich entfalten werden.
Betrachtet man diese höchst bedeutende Zeit in der Kulturgeschichte, so rückt unvermeidlich die Persönlichkeit ins Zentrum, deren Wesen und Rolle in diesem sechstausendjährigen Prozess einzigartig ist. Bahá’u’lláh nannte ‘Abdu’l-Bahá »das Geheimnis Gottes«Q43. Shoghi Effendi beschrieb Ihn als den »Mittelpunkt und die Achse« des Bundes Bahá’u’lláhs, als das »vollkommene Beispiel« der Lehren der göttlichen Offenbarung für das Zeitalter der menschlichen Reife, und »die Triebkraft der Vereinigung der Menschheit«Q44. Ein mit Seinem Auftreten auch nur annähernd vergleichbares Phänomen hatte keine der göttlichen Offenbarungen, aus denen die anderen der Geschichtsschreibung bekannten großen Religionen hervorgingen, begleitet; sie alle waren im wesentlichen Vorstufen, die die Menschheit auf ihr Reifealter vorbereiteten. ‘Abdu’l-Bahá war Bahá’u’lláhs höchste Schöpfung, der Eine, der alles andere möglich machte. Die Erkenntnis dieser Wahrheit ließ einen verständigen amerikanischen Bahá’í folgendes niederschreiben:
»Nun war eine Botschaft von Gott zu überbringen, und die Menschheit wollte die Botschaft nicht hören. Darum schenkte Gott der Welt ‘Abdu’l-Bahá. ‘Abdu’l-Bahá empfing die Botschaft Bahá’u’lláhs im Namen der Menschheit. Er vernahm die Stimme Gottes; Er war vom Geist durchdrungen; Er erlangte vollkommenes Verständnis und Wissen über die Bedeutung dieser Botschaft, und Er gelobte, dass die Menschheit auf die Stimme Gottes hören würde … das ist für mich der Bund, dass es in der Welt jemanden gab, der für ein bis heute unerschaffenes Geschlecht stand. Es gab nur Stämme, Familien, Konfessionen, Klassen, und so weiter, aber es gab keinen Menschen außer ‘Abdu’l-Bahá. Und der Mensch ‘Abdu’l-Bahá verinnerlichte die Botschaft Bahá’u’lláhs und versprach Gott, dass Er die Menschen zur Einheit der Menschheit führen und ein Menschengeschlecht schaffen werde, das Träger des göttlichen Gesetzes sein kann.«A18
Seine Sendung begann der Meister als Gefangener eines grausamen, ignoranten Regimes, Er wurde unbarmherzig von treulosen Brüdern angegriffen, die Ihn schließlich töten wollten, und doch formte Er – allein auf sich gestellt – die persische Bahá’í-Gemeinde zu einem leuchtenden Beispiel – einem Beispiel für die gesellschaftliche Entwicklung, die die Sache Gottes hervorbringen kann. Er förderte die Ausbreitung des Glaubens im ganzen Orient, rief überall im Westen Gemeinden von ergebenen Gläubigen ins Leben, entwarf einen Plan für die weltweite Verbreitung der Sache, gewann, soweit Sein Einfluss reichte, die Achtung und Bewunderung namhafter Denker und hinterließ den Anhängern Bahá’u’lláhs in der ganzen Welt einen Fundus autoritativer Erklärungen zu den Gesetzen und Lehren des Glaubens. Am Hang des Karmel errichtete Er unter gewaltigen Mühen und Schwierigkeiten den Schrein, der die sterblichen Überreste des Báb birgt – der Brennpunkt jenes Prozesses, durch den das Leben auf dem ganzen Planeten nach und nach geordnet wird. Gleichzeitig sorgte Er Sein Leben lang dafür – ein Leben voller Sorgen und Anforderungen aller Art, das Freund und Feind gleichermaßen zu jeder Zeit einsehen konnten –, dass die Nachwelt jenen Schatz besitzen konnte, von dem die Dichter, Philosophen und Mystiker aller Zeitalter träumten: ein ungetrübtes Beispiel menschlicher Vollkommenheit.
Und schließlich stellte ‘Abdu’l-Bahá sicher, dass die göttliche Ordnung, die Bahá’u’lláh offenbart hatte, um die Menschheit zu einen und Gerechtigkeit im Zusammenleben der Menschheit zu begründen, mit den Werkzeugen ausgestattet wurde, die zur Verwirklichung der Absicht ihres Stifters erforderlich sind. Damit Einheit unter den Menschen bestehen kann – selbst auf der einfachsten Ebene – müssen zwei Grundvoraussetzungen erfüllt sein. Als erstes bedarf es einer grundlegenden Übereinstimmung über das Wesen der Wirklichkeit, da dies die Beziehungen zwischen den Menschen und zur Welt bestimmt. Zweitens braucht es allgemein anerkannte, verbindliche Instrumente und Entscheidungsregeln, die das Verhältnis zwischen den Menschen regulieren und ihre gemeinsamen Ziele bestimmen.
Das bedeutet, dass Einheit nicht bloß durch ein Gefühl gegenseitigen guten Willens und gemeinsamer Absicht entsteht, so tiefgehend und aufrichtig solche Empfindungen auch sein mögen, ebenso wenig wie ein Organismus das Produkt einer zufälligen und formlosen Verbindung verschiedener Elemente ist. Einheit ist eine Erscheinungsform schöpferischer Kraft, deren Existenz in den Wirkungen gemeinschaftlichen Handelns sichtbar wird, und deren Abwesenheit sich in der Fruchtlosigkeit solcher Bemühungen zeigt. So oft Unwissenheit und Eigensinn sie auch behinderten, war diese Kraft doch der wichtigste Antrieb im Fortschritt der Zivilisation und brachte Gesetzesbücher, gesellschaftliche und politische Institutionen, künstlerische Werke, zahllose technologische Errungenschaften, sittliche Durchbrüche, materiellen Wohlstand und lange Friedenszeiten hervor, an deren Abglanz sich spätere Generationen als ›Goldenes Zeitalter‹ erinnerten.
Die Offenbarung Gottes, welche das Zeitalter der Mündigkeit der Menschheit einleiten soll, setzt die Möglichkeiten dieser schöpferischen Kraft endlich ganz frei und begründet die zur Verwirklichung der göttlichen Absicht notwendigen Instrumente. ‘Abdu’l-Bahá legt in Seinem Testament, das Shoghi Effendi als »Charta« der Gemeindeordnung bezeichnet hat, ausführlich Wesen und Funktion der Zwillingsinstitutionen dar, die Er zu Seinen Nachfolgern ernannt hat: das Hütertum und das Universale Haus der Gerechtigkeit. Ihre sich ergänzenden Funktionen sichern die Einheit der Bahá’í-Sache und die Erfüllung ihres Auftrags während der gesamten Dauer der Sendung Bahá’u’lláhs. Er betont besonders ausdrücklich die damit übertragene Autorität:
»Was immer sie entscheiden, ist von Gott. Wer ihm nicht gehorcht oder ihnen nicht gehorcht, hat Gott nicht gehorcht. Wer sich gegen ihn oder gegen sie auflehnt, hat sich gegen Gott aufgelehnt. Wer sich ihm entgegenstellt, hat sich Gott entgegengestellt. Wer sie bekämpft, hat Gott bekämpft.« Q45
Shoghi Effendi erklärt die Bedeutung dieses einzigartigen Textes:
»Es sei gesagt, dass die mit diesem historischen Dokument geschaffene Verwaltungsordnung kraft ihres Ursprungs und ihrer Eigenart in der Geschichte der religiösen Systeme der Welt einzig dasteht. Man kann bestimmt sagen, dass vor Bahá’u’lláh von keinem Propheten … irgend etwas maßgebend und schriftlich festgesetzt wurde, das mit der Verwaltungsordnung zu vergleichen wäre, die der befugte Ausleger der Lehren Bahá’u’lláhs schuf, einer Ordnung, die … den Glauben, dem sie entstammt, vor Spaltungen bewahren muss und wird, in einer Weise, wie es bei keiner früheren Religion der Fall war.« Q46
Bevor das Testament verlesen und verbreitet wurde, hatte die große Mehrheit der Gläubigen angenommen, dass die nächste Stufe in der Entwicklung der Sache die Wahl des Universalen Hauses der Gerechtigkeit sein würde, der Institution, die Bahá’u’lláh selbst im Kitáb-i-Aqdas als leitende Körperschaft der Bahá’í-Welt eingesetzt hatte. Für die heutigen Bahá’í ist es wichtig zu verstehen, dass der Bahá’í-Gemeinde vor diesem Zeitpunkt das Konzept des Hütertums völlig unbekannt war. Die Freude über die einzigartige Auszeichnung, die der Meister Shoghi Effendi verliehen hatte, und darüber, dass in des Hüters Rolle nun ein Bindeglied zu den Stiftern des Glaubens fortbestehen würde, war groß. Bis zu diesem Zeitpunkt wusste man jedoch nicht, dass Bahá’u’lláh eine solche Institution vorgesehen hatte noch erahnte man, dass dieser Institution die Aufgabe der Auslegung übertragen war – eine Funktion, die – wie rückblickend erkennbar – bereits in manchen Seiner Schriften vorweggenommen war und deren zentrale Bedeutung offensichtlich ist.
Völlig jenseits der Vorstellungskraft eines jeden, der damals lebte, gleich ob gläubig oder übelgesinnt, war die Transformation im Leben der Sache, die das Testament des Meisters in Gang setzte. »Wenn ihr wüsstet, was nach mir geschehen wird«, hatte ‘Abdu’l-Bahá erklärt, »dann würdet ihr sicherlich beten, dass sich mein Ende beschleunige.«Q47

5

Wenn man die Stellung des Hütertums in der Bahá’í-Geschichte richtig würdigen will, dann muss man sich zuerst ganz objektiv die Umstände vergegenwärtigen, unter denen Shoghi Effendi seinen Auftrag zu erfüllen hatte. Besonders wichtig ist dabei die Tatsache, dass die erste Hälfte seiner Amtszeit einen Zeitraum zwischen zwei Kriegen umfasste, der von wachsender Unsicherheit und Angst in allen Lebensbereichen geprägt war. Zwar hatte man hinsichtlich der Überwindung von Schranken zwischen den Nationen und Klassen beachtliche Fortschritte gemacht, aber andererseits behinderten politische Unfähigkeit und eine daraus resultierende wirtschaftliche Lähmung alle Bemühungen, Vorteile aus diesen sich eröffnenden Möglichkeiten zu ziehen. Überall hatte man das Gefühl, dass das Wesen der Gesellschaft und die Rolle ihrer Institutionen von Grund auf neu definiert werden müsse – ja, dass man den Sinn des Menschenlebens selbst neu definieren müsse.
In wichtigen Bereichen boten sich der Menschheit am Ende des ersten Weltkrieges nie gekannte Möglichkeiten. In ganz Europa und im Nahen Osten waren absolutistische Systeme, die zu den mächtigsten Hindernissen auf dem Weg zur Einheit gehört hatten, hinweggefegt worden. Vielerorts wurden auch erstarrte religiöse Dogmen, die zuvor Konflikte und Entfremdung moralisch gestützt hatten, in Frage gestellt. Durch die im Versailler Vertrag neu geschaffenen Nationalstaaten stand es ehemals unterdrückten Völkern jetzt frei, die eigene Zukunft zu planen und selbst Verantwortung für ihre außenpolitischen Beziehungen zu übernehmen. Der gleiche Erfindungsgeist, der bisher Waffen der Zerstörung geschaffen hatte, wandte sich nun den herausfordernden aber lohnenden Aufgaben der wirtschaftlichen Expansion zu. Selbst aus den schwärzesten Zeiten des Krieges werden ergreifende Geschichten berichtet, zum Beispiel wie britische und deutsche Soldaten spontan ihre Schützengräben verlassen hatten, um gemeinsam Christi Geburt zu feiern – ein Aufflackern der Einheit der Menschheit, die der Meister während Seiner Reisen durch jenen Kontinent so unermüdlich verkündet hatte. Am wichtigsten aber war, dass durch eine außergewöhnlich kraftvolle Vision die Einigung der Menschheit einen immensen Schritt vorangebracht wurde. Die Führer der Welt hatten, wenn auch zögerlich, im Völkerbund ein internationales Beratungssystem geschaffen, das, obwohl durch einzelstaatliche Interessen deutlich geschwächt, doch dem Ideal einer internationalen Ordnung erstmals vage Form und Struktur verlieh.
Der neue Aufbruch nach dem Krieg war weltweit spürbar. Mit Sun Yat-sen als Führer hatte das chinesische Volk sich der dekadenten kaiserlichen Herrschaft, die das Wohlergehen des Landes gefährdet hatte, entledigt und versuchte, die Grundlagen für eine Wiedergeburt der Größe Chinas zu legen. In ganz Südamerika kämpften Volksbewegungen trotz wiederholter schlimmer Rückschläge um die Kontrolle über das Schicksal ihrer Länder und die Nutzung der ungeheueren Naturschätze ihres Kontinentes. In Indien war eine der bemerkenswertesten Persönlichkeiten des Jahrhunderts, Mahatma Gandhi, ein Wagnis eingegangen, das nicht nur die Geschicke seines Landes verändern sollte, sondern der Welt deutlich zeigte, was geistige Kraft zu erreichen vermag. Afrika wartete noch auf seine Stunde, ebenso die Bewohner anderer Kolonialstaaten, aber jeder scharfsichtige Mensch erkannte, dass ein Wandlungsprozess in Gang gekommen war und nicht mehr unterdrückt werden konnte, weil er den Sehnsüchten der Menschheit entsprach.
Diese ermutigenden Fortschritte konnten die historische Tragödie, die sich abgespielt hatte, nicht verbergen. In der zweiten Hälfte des 19. Jahrhunderts hatte Bahá’u’lláh den Herrschern Seiner Zeit, in deren Händen die Geschicke der Menschheit lagen, den Tag Gottes verkündet – und diese Verkündigung war von den Adressaten in Ost und West zurückgewiesen oder ignoriert worden. Ein derartiger Glaubensbruch rückt auch die späteren Reaktionen auf die Mission ‘Abdu’l-Bahás im Westen in eine ernüchternde Perspektive. Man mag sich noch so sehr über die Anerkennung freuen, mit der der Meister von allen Seiten überschüttet wurde – die unmittelbaren Ergebnisse Seiner Bemühungen zeigten nur das erneute moralische Versagen eines beträchtlichen Teils der Menschheit und ihrer Führer. Die im Osten unterdrückte Botschaft wurde von der westlichen Welt weitgehend ignoriert. In anmaßender Selbstzufriedenheit hatte sie schon lange den eigenen Ruin vorbereitet und schließlich die Ideale des Völkerbundes verraten.
Die beiden Jahrzehnte, die der Amtsübernahme Shoghi Effendis folgten, waren in der ganzen westlichen Welt eine zunehmend düstere Zeit, scheinbar ein deutlicher Rückschlag im Prozess der Integration und Aufklärung, den der Meister doch so zuversichtlich verkündet hatte. Das politische, soziale und wirtschaftliche Leben erstarrte. Tiefe Zweifel kamen auf an der Fähigkeit der liberalen demokratischen Tradition, der Probleme der Zeit Herr zu werden. So verdrängten in einer Reihe europäischer Staaten autoritäre Regime die Regierungen, die in diesen Prinzipien wurzelten. Der wirtschaftliche Zusammenbruch im Jahre 1929 führte schon bald zu einem weltweiten Rückgang des Wohlstands mit all den daraus resultierenden moralischen und psychologischen Unsicherheiten.
Wenn wir diese Umstände berücksichtigen, können wir eher verstehen, vor welch ungeheurer Herausforderung Shoghi Effendi zu Beginn seiner Amtszeit stand. Die Stifter des Bahá’í-Glaubens hatten ihm die Vision einer Neuen Welt hinterlassen. Aber angesichts der konkreten Bedingungen, die er vorfand, sprach absolut nichts dafür, dass er dieses Erbe nennenswert voranbringen könnte, ganz gleich wie viel Zeit ihm dafür bleiben würde.
Auch schien der ihm zur Verfügung stehende Apparat weder kraftvoll, noch belastbar, noch entwickelt genug zu sein, um diese Aufgabe zu erfüllen. Als Shoghi Effendi 1923 endlich in der Lage war, in vollem Maße die Leitung der Sache Gottes zu übernehmen, lebte der Großteil der Anhänger Bahá’u’lláhs im Írán. Damals hätte man nicht einmal ihre Zahl zuverlässig schätzen können. Auch wurde die íránische Gemeinde, der die meisten Wege zur Förderung der Sache versperrt und deren verfügbare materielle Mittel äußerst begrenzt waren, durch ständige Schikanen behindert. In Nordamerika, wo die Freunde mit der schwerwiegenden Verantwortung für den Göttlichen Plan betraut waren, mussten die kleinen Gemeinden der Gläubigen, als sich die Wirtschaftskrise immer mehr vertiefte, um den bloßen Lebensunterhalt für sich und ihre Familien kämpfen. In Europa, Australasien und im Fernen Osten waren es noch kleinere Bahá’í-Gruppen, welche die Flamme des Glaubens am Brennen hielten, ebenso isolierte Gruppen, Familien und Einzelne in den übrigen Teilen der Welt. Selbst in englischer Sprache gab es nur sehr wenig Bahá’í-Literatur, und die Aufgabe, die Schriften in andere wichtige Sprachen zu übersetzen und Geldmittel für deren Veröffentlichung zu finden, stellte eine fast nicht zu bewältigende Bürde dar.
Die vom Meister übermittelte Vision strahlte zwar so hell wie je, die dafür verfügbaren Mittel aber müssen den Bahá’í angesichts der überall herrschenden Umstände jammervoll unzureichend erschienen sein. Der ungestalte nackte Unterbau des zukünftigen Muttertempels des Westens am Seeufer nördlich von Chicago schien des glänzenden Entwurfs zu spotten, der noch vor wenigen Jahren die Bewunderung der Architekten erregt hatte. In Bagdad war das Heiligste Haus, das Bahá’u’lláh zum Mittelpunkt der Bahá’í-Pilgerreise bestimmt hatte, in die Hände von Gegnern des Glaubens gefallen. Im Heiligen Land selbst verfiel das Landhaus Bahá’u’lláhs, weil die Bundesbrecher, die es in Besitz genommen hatten, es nicht in Stand hielten, und der Schrein, der die kostbaren sterblichen Überreste des Báb und ‘Abdu’l-Bahás barg, bestand noch immer nur aus dem schlichten, vom Meister errichteten Steingebäude.
In einer Reihe von Sondierungsberatungen mit führenden Bahá’í wurde dem Hüter klar, dass schon ein formelles Gespräch mit erfahrenen, fähigen Gläubigen über die Bildung eines internationalen Sekretariats nicht nur nutzlos, sondern wahrscheinlich kontraproduktiv sein würde. Daher machte sich Shoghi Effendi ganz allein an die Aufgabe, das seinen Händen anvertraute ungeheure Unternehmen voranzutreiben. Wie völlig allein er war, kann die heutige Bahá’í-Generation kaum erfassen, doch allein schon unser vages Verständnis ist äußerst schmerzvoll.
Ursprünglich hatte der Hüter angenommen, dass die Mitglieder der weitverzweigten Familie des Meisters, deren edle Abstammung ihnen die Hochachtung aller Bahá’í eintrug, ihm gern helfen würden, die Absicht, die in des Meisters Testament in so gebieterischer und eindringlicher Sprache dargelegt war, zu verwirklichen. So hatte er seine Brüder, Vettern und eine seiner Schwestern, deren Ausbildung sie alle für diesen Zweck qualifizierte, eingeladen, bei der vom Hüteramt zu bewältigenden anspruchsvollen Arbeit zu helfen. Unglücklicherweise erwies sich im Laufe der Zeit einer nach dem anderen als unzufrieden mit der ihm übertragenen, nur unterstützenden Rolle, und kam den übernommenen Aufgaben nicht sorgfältig nach. Schlimmer noch, Shoghi Effendi sah sich der Situation gegenüber, dass seine Verwandten die ihm verliehene Autorität, obgleich unzweideutig im Testament niedergelegt, lediglich als nominell betrachteten. Für sie war die Führung des Glaubens im wesentlichen eine Familienangelegenheit, wobei großes Gewicht auf die Ansicht der Älteren unter ihnen zu legen sei, die man für ein solches Vorrecht als qualifiziert erachtete. Zunächst kam es nur zu eigensinnigem Widerstand, allmählich aber verschlimmerte sich die Situation so sehr, dass die Kinder und Enkel ‘Abdu’l-Bahás glaubten, Seinem ernannten Nachfolger widersprechen und seinen Anweisungen den Gehorsam verweigern zu können.
Rúḥíyyih Khánum, die diesen Zersetzungsprozess in einer späteren Phase verfolgte und sehr unter den Auswirkungen auf die Arbeit für den Glauben und auf den Hüter selbst litt, schrieb dazu:
[Hierfür] … »muss [man] die alte Erzählung von Kain und Abel verstehen, die Erzählung von Familieneifersucht, die wie ein dunkler Faden im Gewebe der Geschichte durch alle ihre Epochen läuft und in allen ihren Ereignissen aufgespürt werden kann … Die Schwäche des Menschenherzens, das sich so oft an einen unwürdigen Gegenstand klammert, die Schwäche des menschlichen Geistes mit seinem Hang zu Eitelkeit und Selbstzufriedenheit in persönlichen Ansichten, erzeugen in den Menschen einen solchen Wirrwarr der Gefühle, dass ihre Urteilskraft eingeschränkt wird und sie weit in die Irre geführt werden … Obgleich dieser Vorgang des Bundesbruchs ein der Religion innewohnender Aspekt zu sein scheint, bedeutet es nicht, dass er keine schädigende Auswirkung auf die Sache hat … Vor allem bedeutet es auch nicht, dass es auf den Mittelpunkt des Bundes selbst keine verheerende Wirkung gehabt hätte. Shoghi Effendis ganzes Leben war durch die auf ihn gerichteten bösartigen persönlichen Angriffe getrübt.«A19
Vor diesem dunklen Hintergrund erstrahlen die Leistungen des Größten Heiligen Blattes, der Schwester ‘Abdu’l-Bahás und letzten Vertreterin des Heroischen Zeitalters des Glaubens, in umso hellerem Licht. Bahíyyih Khánum spielte eine entscheidende Rolle, als sie nach des Meisters Tod über die Interessen des Glaubens wachte und zur einzigen echten Stütze für Shoghi Effendi wurde. Ihre Treue ließ seiner Feder Worte entströmen, die vielleicht tiefer bewegen als alles, was er je schreiben sollte. Der feierliche Nachruf, den er nach ihrem Hinscheiden 1932 an sie richtete, findet sich in einem Brief an die Bahá’í »im Westen« und lautet auszugsweise:
»Nur zukünftige Generationen und Federn, fähiger als die meine, können und werden der überragenden Größe ihres geistigen Lebens würdigen Tribut zollen, wie auch der einzigartigen Rolle, die sie während so bewegter Abschnitte der Bahá’í-Geschichte spielte, und dem uneingeschränkten Lobpreis, der den Federn Bahá’u’lláhs und ‘Abdu’l-Bahás, dem Mittelpunkt des Bundes, entströmte. Obgleich nicht schriftlich belegt und im wesentlichen von den meisten ihrer glühenden Verehrer in Ost und West nicht für möglich gehalten, ist der Einfluss, den sie auf den Verlauf einiger der bedeutendsten Ereignisse in der Geschichte des Glaubens hatte, die Leiden, die sie ertrug, die Opfer, die sie erbrachte, die seltene Gabe unerschöpflicher Zuneigung, die sie so bemerkenswert zeigte – all das und vieles darüber hinaus so unauflöslich mit dem Glaubensgefüge verwoben, dass kein zukünftiger Historiker der Religion Bahá’u’lláhs es ignorieren oder schmälern könnte … Welche der Segnungen soll ich erwähnen, mit denen sie mich in ihrer nie versagenden Fürsorge in den kritischsten und aufwühlendsten Stunden meines Lebens überschüttete? Für mich, der ich so dringend der belebenden Gnade Gottes bedurfte, war sie das lebendige Symbol vieler Eigenschaften, die ich bei ‘Abdu’l-Bahá zu bewundern gelernt hatte.« Q48
Viele Jahre lang war der Hüter der Ansicht, dass der Schutz der Sache Gottes von ihm verlange, über die sich verschlimmernde Situation innerhalb der heiligen Familie Stillschweigen zu bewahren. Erst als sich die Opposition in offenem Widerstand äußerte, sah Shoghi Effendi sich veranlasst, der Bahá’í-Welt die Art der Vergehen bekannt zu geben, mit denen er sich auseinandersetzen musste. Zu diesem Zeitpunkt arbeitete die Familie schließlich schändlich mit Mitgliedern eben der Gruppe von Bundesbrechern zusammen, vor deren Niedertracht das Testament des Meisters so eindringlich gewarnt hatte. Es kam sogar zu Eheschließungen mit ihnen und auch mit einer ortsansässigen Familie, die der Sache Gottes gegenüber äußerst feindlich gesinnt war.A20
Diese traurige Geschichte ist von Bedeutung für das Verständnis der Sache im zwanzigsten Jahrhundert, nicht nur wegen der »Verheerungen«, die, wie der Hüter sagte, in der heiligen Familie angerichtet wurden, sondern weil sie Licht auf die Herausforderungen wirft, mit denen die Bahá’í-Gemeinde künftig konfrontiert sein wird, und die eindeutig vom Meister und vom Hüter vorhergesagt wurden. Abgesehen von ihrer Unaufrichtigkeit, bewiesen die allermeisten Verwandten Shoghi Effendis wenig oder gar kein Verständnis für die geistige Bedeutung der Aufgabe, die ihm das Testament zugewiesen hatte. Wesentlich zur Offenbarung Gottes für das Zeitalter der Mündigkeit der Menschheit gehört die Einsetzung einer Autorität, die unverzichtbar für die Wiederherstellung der gesellschaftlichen Ordnung ist. Für die Verwandten Shoghi Effendis bedeutete dies eine geistige Herausforderung, die sie nicht zu begreifen schienen oder vielleicht gar nicht zu begreifen versuchten. Ihre Abkehr vom Hüter ist eine Lehre, welche die Nachwelt in der Bahá’í-Sendung Jahrhunderte lang begleiten wird. Das Schicksal dieser hoch privilegierten aber unwürdigen Gruppe von Menschen unterstreicht für alle, die ihre Geschichte lesen, was der Bund Bahá’u’lláhs für die Einigung der Menschheit bedeutet, und was er von jenen rückhaltlos zu geben fordert, die seinen Schutz suchen.
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Wenn die Bahá’í überdenken, was sich während der Amtszeit Shoghi Effendis ereignete, müssen sie sich in das Wesen des ihm übertragenen Auftrags hineinversetzen und versuchen, diesen Auftrag mit seinen Augen zu sehen. Der Schlüssel dazu ist die Vielzahl der Schriften, die er hinterlassen hat. ‘Abdu’l-Bahá hatte in zahllosen Briefen und Reden das der Botschaft Bahá’u’lláhs zugrunde liegende Prinzip verkündet: »In dieser wundersamen Offenbarung, diesem herrlichen Jahrhundert, ist die Grundlage des Glaubens Gottes und das hervorstechende Merkmal Seines Gesetzes das Bewusstsein der Einheit der Menschheit.«Q49 Wie schon gesagt, hatte ‘Abdu’l-Bahá ebenso nachdrücklich betont, dass der revolutionäre Wandel, der sich auf allen erdenklichen Feldern menschlichen Strebens vollzog, die Einigung der Menschheit zu einem realistischen Ziel machte. Diese Vision war in den sechsunddreißig Jahren des Hütertums die ordnende Kraft, die Shoghi Effendis Arbeit beflügelte. Die Folgerungen daraus waren Thema einiger seiner wichtigsten Botschaften. In einem Brief an die Freunde des Westens aus dem Jahre 1931 eröffnete er ihnen eine großartige Sicht:
»Der Grundsatz der Einheit der Menschheit – der Angelpunkt, um den alle Lehren Bahá’u’lláhs kreisen – ist kein bloßer Ausdruck unkundiger Gefühlsseligkeit oder unklarer frommer Hoffnung. Sein Ruf ist nicht gleichbedeutend mit einer bloßen Wiedererweckung des Geistes der Brüderlichkeit und des guten Willens unter den Menschen, noch geht es nur um die Förderung harmonischer Zusammenarbeit zwischen einzelnen Völkern und Ländern. Die Folgerungen gehen tiefer, der Anspruch ist höher als alles, was den früheren Propheten zu äußern erlaubt war. Die Botschaft gilt nicht nur dem Einzelnen, sondern befasst sich in erster Linie mit der Natur jener notwendigen Beziehungen, die alle Staaten und Nationen als Glieder einer menschlichen Familie verbinden müssen. Der Grundsatz der Einheit … verlangt eine organische, strukturelle Veränderung der heutigen Gesellschaft, eine Veränderung, wie sie die Welt noch nicht erlebt hat … Er fordert nichts Geringeres als die Neuordnung und Entmilitarisierung der ganzen zivilisierten Welt, einer Welt, die in allen Grundfragen des Lebens, in ihren politischen Strukturen, ihren geistigen Bestrebungen, in Handel und Finanzwesen, Schrift und Sprache organisch zusammengewachsen und doch in den nationalen Eigentümlichkeiten ihrer Bundesstaaten von unendlicher Mannigfaltigkeit ist.« Q50
Ein Konzept, das immer wieder in den Schriften des Hüters auftaucht, ist das Bild eines lebenden Organismus. Mit dieser Metapher hatten bereits Bahá’u’lláh und nach Ihm ‘Abdu’l-Bahá den Jahrtausende langen Prozess veranschaulicht, der die Menschheit zu diesem Höhepunkt ihrer kollektiven Geschichte geführt hat. Der Vergleich bezieht sich auf die Analogie zwischen den Entwicklungsstufen, in denen sich die Gesellschaft schrittweise organisiert und zusammenschließt, und dem Prozess, in dem jeder einzelne langsam aus seiner beschränkten kindlichen Existenz zur vollen Reife heranwächst. Dieses Bild findet sich an herausragenden Stellen in mehreren Schriften Shoghi Effendis über den Wandel, der sich gegenwärtig vollzieht:
»Die langen Zeiten der Kindheit und der Minderjährigkeit, welche die Menschheit zu durchschreiten hatte, sind in den Hintergrund getreten. Die Menschheit erlebt jetzt den Aufruhr, der unabänderlich mit der stürmischsten Stufe ihrer Entwicklung, dem Jünglingsalter, verbunden ist. In dieser Zeit erreichen jugendliche Unbändigkeit und Heftigkeit den Höhepunkt; sie müssen Schritt für Schritt von der Ruhe, der Weisheit und der Vollendung abgelöst werden, welche die Stufe des Mannesalters kennzeichnen.« Q51
Die Folgerungen aus diesem weitreichenden Konzept ermöglichten Shoghi Effendi einen klaren Blick auf die Zukunft, der es seitdem schon drei Generationen von Bahá’í ermöglicht hat, gegenüber Regierungen, Medien und der Öffentlichkeit in aller Welt die Perspektive zu verdeutlichen, die das Wirken des Glaubens bestimmt:
»Die Einheit des Menschengeschlechts, wie sie Bahá’u’lláh vorausschaut, umschließt die Begründung eines Weltgemeinwesens, in welchem alle Nationen, Rassen, Glaubensbekenntnisse und Klassen eng und dauerhaft vereint, die Autonomie seiner nationalstaatlichen Glieder sowie die persönliche Freiheit und Selbständigkeit der einzelnen Menschen, aus denen es gebildet ist, ausdrücklich und völlig gesichert sind. Dieses Gemeinwesen muss, soweit wir es uns vorstellen können, aus einer Weltlegislative bestehen, deren Mitglieder als Treuhänder der ganzen Menschheit die gesamten Hilfsquellen aller Mitgliedstaaten überwachen. Sie muss die erforderlichen Gesetze geben, um das Leben aller Rassen und Völker zu steuern, ihre Bedürfnisse zu befriedigen und ihre wechselseitigen Beziehungen anzupassen. Eine Weltexekutive, gestützt auf eine internationale Streitmacht, wird die Beschlüsse jener Weltlegislative ausführen, deren Gesetze anwenden und die organische Einheit des ganzen Gemeinwesens sichern. Ein Weltgerichtshof wird seine bindende, endgültige Entscheidung in sämtlichen Streitfragen, die zwischen den vielen Gliedern dieses allumfassenden Systems auftreten können, fällen und zustellen … Die wirtschaftlichen Hilfsmittel der Welt werden organisiert, ihre Rohstoffquellen erschlossen und restlos nutzbar gemacht, ihre Märkte aufeinander abgestimmt und entwickelt, die Verteilung ihrer Erzeugnisse unparteiisch geregelt werden.« Q52
Als er in Die Sendung Bahá’u’lláhs die Gemeindeordnung ausführlich darstellte, ging Shoghi Effendi besonders auf die Rolle ein, welche die Institution, die er selbst repräsentierte, dabei spielen würde, nämlich dem Glauben »die Mittel für einen weiten ununterbrochenen Ausblick auf eine Reihe von Generationen«Q53 zu geben. Diese einzigartige Gabe drückte sich besonders klar in seiner Beschreibung des zweifachen historischen Prozesses aus, den er sich im zwanzigsten Jahrhundert entfalten sah. Die internationale Politik würde zunehmend von den Zwillingskräften des »Aufbaus« und des »Zerfalls« geprägt, beide letztlich menschlicher Kontrolle entzogen. Angesichts dessen, was wir heute beobachten, ist seine Vorhersage über den Verlauf dieses zweifachen Prozesses atemberaubend: »Ein Netzwerk weltweiter Kommunikation wird ersonnen werden; es wird … mit wunderbarer Schnelligkeit und vollkommener Pünktlichkeit ablaufen«Q54; der Niedergang des Nationalstaats als oberstem Herr über das Schicksal der Menschen; der zerstörerische Einfluss, den der zunehmende moralische Verfall weltweit auf den sozialen Zusammenhalt haben würde; die weitverbreitete Desillusionierung der Bevölkerung aufgrund politischer Korruption und – unvorstellbar für alle anderen in seiner Generation – der Aufbau weltumspannender Einrichtungen mit dem Ziel, die Wohlfahrt zu fördern, die Wirtschaft zu koordinieren, internationale Maßstäbe festzulegen, und das Zusammengehörigkeitsgefühl der Menschen verschiedener Rassen und Kulturen zu stärken. Diese und andere Entwicklungen, erklärte der Hüter, würden die Bedingungen, unter denen die Bahá’í-Sache in den folgenden Jahrzehnten ihren Auftrag verfolgen würde, von Grund auf ändern.
Eine der bemerkenswerten Entwicklungen dieser Art, die Shoghi Effendi in den heiligen Schriften, welche er zu interpretieren berufen war, erkannte, betraf die zukünftige Rolle der Vereinigten Staaten als Nation und in geringerem Maße ihrer Schwesternationen in der westlichen Hemisphäre. Seine prophetische Sicht ist umso beachtenswerter, wenn man sich vergegenwärtigt, dass er zu einer Zeit schrieb, in der die Außenpolitik wie auch die Überzeugung der meisten Bürger der Vereinigten Staaten entschieden isolationistisch waren. Shoghi Effendi sah jedoch eine »aktive und entscheidende Rolle, die [diese Nation] bei der Organisation und friedlichen Regelung der Angelegenheiten der Menschheit zu spielen haben wird«Q55, voraus. Er erinnerte die Bahá’í an ‘Abdu’l-Bahás Erwartung, dass die Vereinigten Staaten wegen der Einzigartigkeit ihrer sozialen Zusammensetzung und politischen Entwicklung – nicht etwa auf Grund »einer angeborenen Vortrefflichkeit oder eines besonderen Verdienstes«Q56 ihrer Bürger – Fähigkeiten entwickelt hätten, die es ihnen ermöglichen könnten, »die erste Nation [zu] sein, welche die Grundlage für internationale Verständigung errichtet«Q57. Er sah sogar voraus, dass sich die Regierungen und Völker der ganzen Hemisphäre zunehmend in diese Richtung orientieren würden.
Die Rolle, welche die Bahá’í-Gemeinde spielen muss, um diesen historischen Prozess vollenden zu helfen, war schon bei der Geburt des Glaubens im Aufruf des Báb an Seine Anhänger vorgegeben:
»O Meine geliebten Freunde! Ihr seid die Träger des Namens Gottes an diesem Tage … Ihr seid die Geringen, von denen Gott so in Seinem Buch gesprochen hat: ›Und Wir wollen Unsere Gunst denen erweisen, welche die Geringen im Lande sind, und wollen sie zu geistigen Führern unter den Menschen machen und zu Unseren Erben.‹ Zu dieser Stufe seid ihr berufen worden; ihr werdet sie aber nur dann erreichen, wenn ihr euch aufmacht, jedes irdische Begehren unter eure Füße zu treten, und euch bemüht, zu jenen ›Seinen geehrten Dienern zu werden, die nicht sprechen, bevor Er nicht gesprochen hat, und die Seinen Willen tun‹ … Achtet nicht eurer Schwachheit oder Furcht; richtet euren Blick auf die unüberwindliche Macht des Herrn, eures Gottes, des Allmächtigen … Erhebt euch denn in Seinem Namen, setzt euer Vertrauen ganz auf Ihn und seid sicher, dass ihr letztlich siegen werdet.« Q58
Schon 1923 eröffnete Shoghi Effendi den Freunden in Nordamerika, was ihn zu diesem Thema bewegte:
»Dies sind Tage weltumspannender Finsternis, da die dunklen Mächte der Natur – Hass, Aufruhr, Anarchie und Reaktion – den Bestand der Gesellschaft bedrohen. Die kostbarsten Früchte der Kultur sind schweren, nie gekannten Prüfungen ausgesetzt. Lasst uns zu Gott beten, dass wir alle klar erkennen, besser als je zuvor, dass wir an diesem Tag die auserwählten Werkzeuge göttlicher Gnade sind. Auch wenn wir angesichts der brodelnden Massen der Welt nur eine kleine Handvoll sind, ist unsere Aufgabe für das Schicksal der Menschheit doch äußerst dringlich und lebenswichtig. Gestärkt durch dieses Bewusstsein müssen wir uns erheben, um Gottes heilige Absicht für die Menschheit zu verwirklichen.« Q59
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Im vollen Bewusstsein des desolaten gesellschaftlichen Zustands, der Folgen des Verrates, den die Mitglieder seiner Familie verübt hatten, auf deren Unterstützung er doch hätte vertrauen können müssen, und der vergleichsweise bescheidenen Ressourcen, die ihm in der Bahá’í-Gemeinde selbst zur Verfügung standen, machte Shoghi Effendi sich daran, die Werkzeuge zu schmieden, die er zur Erfüllung der ihm überantworteten Mission benötigte.
Die meisten Bahá’í waren sich wohl der Tatsache mehr oder weniger bewusst, dass die Bedeutung der Räte, die sie bilden sollten, über die bloße Verwaltung praktischer Belange hinausging. ‘Abdu’l-Bahá, der diese Entwicklung angeleitet hatte, nannte die Räte:
»… strahlende Leuchten und himmlische Gärten, aus denen die Düfte der Heiligkeit über alle Regionen wehen und die Leuchten der Erkenntnis über alles Erschaffene strahlen. Von ihnen strömt der Geist des Lebens nach allen Richtungen. Sie sind wahrlich zu allen Zeiten und unter allen Umständen die mächtigen Quellen des Fortschritts für alle Menschen.« Q60
Shoghi Effendi jedoch fiel es zu, in der Gemeinde das Verständnis für den Platz und die Rolle zu entwickeln, die diese nationalen und örtlichen Beratungsgremien im Rahmenwerk der von Bahá’u’lláh geschaffenen und in des Meisters Testament genauer beschriebenen Gemeindeordnung einnahmen. Eine beträchtliche Anzahl von Gläubigen hatte dabei das Problem, dass sie die Sache Gottes einfach für einen im Wesentlichen ›spirituellen‹ Zusammenschluss hielten, indem Organisation zwar der göttlichen Absicht nicht unbedingt zuwider lief, jedoch kein Wesensmerkmal derselben war. Der Hüter betonte nun jedoch, dass der Kitáb-i-Aqdas und das Testament ‘Abdu’l-Bahás »einander nicht nur ergänzen, sondern gegenseitig bestätigen und untrennbare Teile eines vollendeten Ganzen sind«Q61, und regte damit die Gläubigen an, über eine zentrale Wahrheit ihres neuen Glaubens tiefer nachzusinnen:
»Fast jeder wird anerkennen, dass der Geisteshauch Bahá’u’lláhs auf diese Welt, wie er sich mit unterschiedlicher Stärke durch die bewussten Anstrengungen Seiner erklärten Anhänger, mittelbar durch gewisse menschendienliche Organisationen offenbart, die Menschheit nur durchdringen und einen dauernden Einfluss auf sie nur ausüben kann, sofern und sobald er sich in einer sichtbaren Ordnung verkörpert, die Seinen Namen trägt, sich völlig mit Seinen Grundsätzen verbindet und in Übereinstimmung mit Seinen Gesetzen arbeitet.« Q62
Weiter drängte er die Anhänger des Glaubens, den wesentlichen Unterschied zu erkennen zwischen der Sendung Bahá’u’lláhs, deren heilige Texte genaue Vorkehrungen hinsichtlich einer solchen maßgebenden Ordnung enthalten, und den früheren Offenbarungen, deren Schriften über die Verwaltung der Gemeinde oder die Interpretation der Absicht ihres jeweiligen Stifters weitgehend geschwiegen hatten. Mit den Worten Bahá’u’lláhs: »Der prophetische Zyklus ist wahrlich beendet. Nun ist Er, die Ewige Wahrheit, gekommen. Er hat das Banner der Macht aufgerichtet … «Q63 Im Gegensatz zu den Sendungen der Vergangenheit, so sagt Shoghi Effendi, hat die Offenbarung Gottes für unsere Zeit einen »lebendige[n] Organismus« geschaffen, dessen Gesetze und Institutionen »das Wesentliche für eine göttliche Ökonomie« darstellen, ein »Modell für die zukünftige Gesellschaft«, »die Wirkkraft für die Einigung der Welt [und] die Verkündigung des Reiches der Tugend und Gerechtigkeit auf Erden«Q64.
Daher, so mahnte der Hüter, müssten die Freunde sich bemühen, die Geistigen Räte, die sie unter großen Anstrengungen in aller Welt errichteten, als Vorläufer der von Bahá’u’lláh vorgesehenen örtlichen und nationalen ›Häuser der Gerechtigkeit‹ zu verstehen. Als solche sind sie untrennbarer Bestandteil einer Gemeindeordnung, die mit der Zeit »ihren Anspruch geltend machen und ihre Eignung dartun [wird], nicht nur als der erste Anfang, sondern geradezu als das Modell der neuen Weltordnung angesehen zu werden, die dazu bestimmt ist, zur festgesetzten Zeit die ganze Menschheit zu umfassen«Q65.
Für einige Mitglieder der jungen Gemeinden im Westen bedeutete diese Abkehr vom traditionellen Verständnis des Wesens und der Rolle der Religion eine zu große Prüfung, und so mussten manche Bahá’í-Gemeinden schmerzvoll mit ansehen, wie geschätzte Mitarbeiter sich abwandten und nach geistigen Strömungen suchten, die eher ihren eigenen Neigungen entsprachen. Für die allermeisten Gläubigen warfen jedoch die großen Botschaften aus des Hüters Feder wie etwa Das Ziel: Die neue Weltordnung oder Die Sendung Bahá’u’lláhs ein strahlend helles Licht auf genau die Thematik, die sie am brennendsten interessierte – die Frage nach der Beziehung zwischen geistiger Wahrheit und gesellschaftlicher Entwicklung –, und weckten ihre feste Entschlossenheit, zum Errichten des Fundamentes für die Zukunft der Menschheit ihren Beitrag zu leisten.
Der Hüter entwarf auch den Rahmenplan, um dieses mächtige Werk zu ordnen. Er erklärte, dass das »Heroische Zeitalter«Q66 der Offenbarung Bahá’u’lláhs mit dem Hinscheiden ‘Abdu’l-Bahás beendet war. Die Bahá’í-Gemeinde trat nun in das »Eherne Zeitalter«Q67 ein, das »Gestaltende Zeitalter«Q68, während dessen die Gemeindeordnung auf dem gesamten Planeten errichtet und die ihr innewohnenden »gesellschaftsbildende[n]«Q69 Kräfte vollständig enthüllt werden. In ferner Zukunft liegt, was Shoghi Effendi als »Goldenes Zeitalter« der Offenbarung bezeichnete, das schließlich zur Herausbildung des Bahá’í-Weltgemeinwesens führen wird, welches die Errichtung des Reiches Gottes auf Erden und die Schaffung einer Weltkultur bedeutet.A21 Der neue Impuls, der dem menschlichen Bewusstsein zuerst durch die Offenbarung des schöpferischen Wortes selbst eingegeben worden war, dessen revolutionäre gesellschaftliche Bedeutung der Meister verkündet hatte, wurde nun durch ihren ernannten Ausleger in die Sprache politischer und ökonomischer Neuordnung übersetzt, in der die öffentliche Diskussion in diesem Jahrhundert geführt wurde. Der Bund Bahá’u’lláhs, den Er mit jenen, die sich Ihm zuwandten, errichtet hatte, verlieh diesem Prozess unwiderstehliche Kraft, eröffnete den Bahá’í immer neue Erfahrungsdimensionen und ist die Triebfeder für die von Ihm verkündete Vereinigung der Menschheit.
Die Räte, die der Meister die persischen Gemeinden zu bilden ermutigt hatte, hießen zwar ursprünglich nicht ›Geistige Räte‹, hatten aber die Verantwortung für die Verwaltung der Gemeinde übernommen. Angesichts der Entwicklungen, die folgen sollten, muss jedem, der ein Gespür für geschichtliche Zusammenhänge hat, die bemerkenswerte Tatsache auffallen, dass der erste Geistige Rat des Glaubens, der Rat von Teheran, im Jahre 1897 gebildet wurde, dem Geburtsjahr Shoghi Effendis. Unter der Führung des Meisters hatten sich regelmäßige Treffen der vier in Persien ansässigen Hände der Sache nach und nach zu dieser Institution entwickelt, die gleichzeitig als ›Zentraler Geistiger Rat Persiens‹ und als leitendes Gremium der Gemeinde in der Hauptstadt diente. Zur Zeit des Hinscheidens ‘Abdu’l-Bahás gab es in Persien über dreißig örtliche Geistige Räte. 1922 wies Shoghi Effendi die offizielle Bildung des ersten Nationalen Geistigen Rates von Persien an, was sich aber bis 1934 verzögerte, da als Grundlage für die Wahl der Abgeordneten zunächst alle Gläubigen zuverlässig erfasst werden mussten.
Außerhalb Persiens wählten die Gläubigen in ‘Ishqábád im russischen Turkestan ihren ersten Geistigen Rat – ein Gremium, das später eine wichtige Rolle beim Bau des ersten Mashriqu’l-Adhkár in ‘Ishqábád spielte. In Nordamerika erfüllte eine Reihe beratender Gremien – ›Ratsversammlungen‹, ›Ratskomitees‹, ›Beratungsausschüsse‹, und ›Arbeitskomitees‹ – eine entsprechende Funktion und entwickelte sich nach und nach zu gewählten Gremien, den Vorläufern der Geistigen Räte. Zur Zeit des Hinscheidens des Meisters arbeiteten in Nordamerika etwa vierzig solcher Räte. Diese Entwicklungen bereiteten den Weg für die spätere Bildung des Nationalen Geistigen Rates der Bahá’í in den Vereinigten Staaten und Kanada, der aus dem ›Temple Unity Board‹ hervorging, einem 1909 eingerichteten Gremium, das den Bau des Hauses der Andacht koordinierte. Der Nationale Rat wurde zwar 1923 gebildet, doch erst 1925 waren alle vom Hüter hierfür aufgestellten administrativen Erfordernisse erfüllt. 1923 und 1924 wurden bereits die Nationalen Geistigen Räte der Britischen Inseln, von Deutschland und Österreich, von Indien und Birma, von Ägypten und dem Sudan gebildet.A22
Während die Bahá’í nun nationale und örtliche Geistige Räte bildeten, drängte der Hüter darauf, diesen den Rechtsstatus anerkannter Körperschaften zu sichern. Wo dies erfolgte – unabhängig davon, wie das im Einzelfall praktisch vonstatten ging –, waren Bahá’í-Institutionen in der Lage, Eigentum zu besitzen und Verträge abzuschließen, und nach und nach kamen zahlreiche weitere Rechte hinzu, die für die Interessen des Glaubens von grundlegender Bedeutung waren. Welche Wichtigkeit Shoghi Effendi dieser neuen Stufe in der Entwicklung der Gemeindeordnung beimaß, zeigt ein Blick in die Bände von The Bahá’í World, wo zahlreiche Reproduktionen entsprechender Urkunden bald ihren festen Platz unter den Fotografien zu den Berichten über die Verbreitung der Sache Gottes fanden. Als das Landhaus von Bahjí schließlich, von den Bundesbrechern zurückgewonnen, in seinem ursprünglichen Zustand wiederhergestellt und passend möbliert war, stellte Shoghi Effendi sogar eigens eine Auswahl dieser von ihm so hochgeschätzten Dokumente dort aus, um so den wachsenden Strom der Pilger zu ermutigen und anzuleiten.
Der Prozess rechtlicher Anerkennung begann 1927, mit einer Declaration of Trust and By-Laws [Treuhandschaftserklärung und Satzung] für den Nationalen Geistigen Rat der Vereinigten Staaten von Amerika und Kanada, der zwei Jahre später die rechtliche Anerkennung als ›voluntary trust‹ erlangte. Am 17. Februar 1932 nahm der Geistige Rat von Chicago als erster eine Satzung an, die, zusammen mit der des Geistigen Rats von New York vom 31. März desselben Jahres, weltweit als Vorlage für ein solches Prozedere dienen sollte. 1949 konnte der Nationale Geistige Rat der Bahá’í in Kanada, der sich zwei Jahre zuvor bei der Trennung der beiden nordamerikanischen Gemeinden gebildet hatte, seine offizielle rechtliche Anerkennung durch einen Parlamentsbeschluss erwirken – ein Sieg, den Shoghi Effendi als »in den Annalen des Glaubens in jedem Land, Ost wie West, völlig beispiellosen Beschluss«Q70 rühmte.
Diese dringenden administrativen Erfordernisse hielten den Hüter jedoch nicht von anderen Aufgaben ab, die für die Ausformung des geistigen Lebens einer Weltgemeinde ebenso unerlässlich waren. Die wichtigste dieser Aufgaben war jene mühsame Arbeit, die nur er allein vollbringen konnte: der wachsenden Zahl der Gläubigen, die nicht persischer Abstammung waren, den direkten und verlässlichen Zugang zu den Schriften des Stifters ihres Glaubens zu verschaffen. Die Verborgenen Worte, der Kitáb-i-Íqán, der unermessliche Schatz aus mehreren Schriften Bahá’u’lláhs, den er so kenntnisreich und liebevoll unter dem Titel Ährenlese zusammengetragen hatte, die Gebete und Meditationen und der Brief an den Sohn des Wolfes waren für die Arbeit im Dienste der Sache Gottes die so dringend nötige geistige Nahrung, ebenso die von Shoghi Effendi besorgte Übersetzung und Veröffentlichung von Nabíls Bericht, im Englischen unter dem Titel The Dawn-Breakers.
Bahá’í-Pilger erlebten einen geistigen Gewinn anderer Art an den Heiligen Stätten und historischen Orten, die der Hüter – oftmals in scheinbar endlos sich hinziehenden Verhandlungen – erwarb und restaurierte. Ebenso sensibel war Shoghi Effendi für ungeahnt sich bietende Möglichkeiten, die er mit seinem historisch geschulten Blick sofort erkannte. 1925 verweigerte ein sunnitisch-muslimisches Gericht Ehen zwischen Frauen muslimischen Glaubens und Bahá’í-Männern die rechtliche Anerkennung, weil es darauf bestand, dass der »Bahá’í-Glaube eine neue, völlig unabhängige Religion« sei, und dass daher »kein Bahá’í … als Muslim gelten« kann (und so die Ehe mit einer Muslima eingehen könne).A23 Shoghi Effendi ergriff sofort die Gelegenheit und nutzte die weitreichende Bedeutung dieses Urteils, das nur auf den ersten Blick wie eine Niederlage aussah, um international den Anspruch des Glaubens zu untermauern, eine unabhängige Religion zu sein, die unbedingt losgelöst von ihren islamischen Wurzeln gesehen werden muss.
Während die Bahá’í-Gemeinde dabei war, die Grundlagen der Gemeindeordnung zu errichten, die sie in die Lage versetzen sollte, eine gesellschaftlich wirkungsvolle Rolle zu übernehmen, unterhöhlte der von Shoghi Effendi beschriebene Prozess des Zerfalls die Ordnung der Gesellschaft. Die Ursachen dieses Prozesses, die zunächst von vielen Sozial- und Politikwissenschaftlern hartnäckig ignoriert wurden, werden inzwischen – nachdem Jahrzehnte verstrichen sind – bei internationalen Konferenzen für Frieden und Entwicklung immer deutlicher erkannt. Inzwischen ist es nicht mehr ungewöhnlich, wenn in solchen Kreisen offen über die essentielle Rolle ›geistiger‹ und ›moralischer‹ Kräfte bei der Lösung drängender Probleme gesprochen wird. Einem Bahá’í-Leser klingen angesichts solch verspäteter Eingeständnisse die Warnungen im Ohr wider, die Bahá’u’lláh vor über einem Jahrhundert an die Führer der Menschheit richtete: »Die Lebenskraft des Glaubens stirbt aus in allen Landen … Der Schwamm der Gottlosigkeit frisst sich in das Mark der menschlichen Gesellschaft.«Q71
Die Verantwortung für diese größte Tragödie tragen hauptsächlich die religiösen Führer der Welt, wie der Hüter immer wieder betonte. Das schärfste Urteil Bahá’u’lláhs trifft jene, die vorgeben, in Gottes Namen zu sprechen, und dabei nur leichtgläubigen Massen eine Flut von Dogmen und Vorurteilen auferlegen – das größte Hindernis, gegen das der kulturelle Fortschritt anzukämpfen hat. Er anerkennt die menschenfreundlichen Dienste zahlloser Geistlicher, zeigt jedoch auch die Folgen dessen auf, dass sich zu allen Zeiten selbst ernannte religiöse Eliten zwischen die Menschheit und alle Stimmen des Fortschritts gestellt haben – einschließlich der Gottesboten selbst. »Welche ›Trübsal‹ ist schmerzlicher«, fragt Er, »als die, dass eine nach Wahrheit suchende, sich nach Gotteserkenntnis sehnende Seele nicht weiß, wohin sie sich wenden und wo sie suchen soll?«Q72 Die Folge war eine allgemeine Desillusionierung: In einem Zeitalter wissenschaftlichen Fortschritts und weit verbreiteter staatlicher Schulbildung schien religiöser Glaube schließlich bedeutungslos zu werden. Die meisten Geistlichen der verschiedenen Religionen waren selbst völlig unfähig, dieser geistigen Krise Herr zu werden, und wenn sie von Bahá’u’lláhs Botschaft erfuhren, ignorierten sie entweder die darin so deutlich werdende sittliche Kraft, oder bekämpften sie offen.A24
Diese historische Tatsache macht allerdings den Schaden nicht geringer, den jene angerichtet haben, die Vorteil aus dem so entstandenen geistigen Vakuum zu schlagen suchten. Die Sehnsucht nach Glauben lässt sich nicht auslöschen, sie ist uns angeboren und macht uns erst zum Menschen. Wird sie blockiert oder verraten, muss sich die vernunftbegabte Seele einen anderen Orientierungspunkt suchen – gleichgültig wie unangemessen oder unwürdig –, um den herum sie Erfahrungen ordnen kann. Nur so ist sie in der Lage Risiken einzugehen, die ja unausweichlich ein Aspekt unseres Lebens sind. Dies im Blick warnte Shoghi Effendi die Gläubigen in ungewöhnlich deutlichen Worten und hielt sie an, sich um ein Verständnis der geistigen Katastrophe zu bemühen, die während der Jahrzehnte zwischen den beiden Weltkriegen einen großen Teil der Menschheit heimsuchte:
»Tatsächlich ist Gott selbst in den Herzen der Menschen entthront worden. Eine götzendienerische Welt grüßt und verehrt leidenschaftlich lärmend diese von ihrem eigenen Wahn erschaffenen falschen Götter, die ihre missgeleiteten Hände so gotteslästerlich aufgestellt haben … Ihre Hohepriester sind die Politiker und die Weltklugen, die sogenannten Weisen dieses Zeitalters. Ihr Opfer sind das Fleisch und Blut der niedergemetzelten Massen, ihre Beschwörungsformeln sind abgegriffene Losungen, trügerische und heillose Bekenntnisformeln, ihr Weihrauch ist der Gestank der Seelenpein, der aus den zerrissenen Herzen der Verwaisten, Verstümmelten und Heimatlosen aufsteigt.« Q73
Wie opportunistische Seuchen schlugen aggressive Ideologien Kapital aus der Leere, die das Absterben der Religion verursacht hatte. Obwohl sie sich hinsichtlich ihrer Korrumpierung des Glaubens kaum voneinander unterschieden, waren die drei Weltanschauungen, die im zwanzigsten Jahrhundert im Leben der Menschen eine vorrangige Rolle spielten, doch in ihren sekundären, aber augenfälligen Merkmalen, sehr gegensätzlich. Shoghi Effendi prangerte »die finsteren, falschen und verschrobenen Doktrinen« an, die Zerstörung über »jede[n] Mensch[en] oder jedes Volk, das an sie glaubt oder nach ihnen handelt«, bringen würden, und warnte besonders vor den »drei Götter[n] des Nationalismus, des Rassismus und des Kommunismus«.A25
Man muss nicht viel sagen über das Regime, das 1922 mit dem ›Marsch auf Rom‹ entstand und das den Faschismus begründete. Schon lange bevor er mit seinem Führer während der letzten Monate des zweiten Weltkriegs in der Versenkung verschwand, war der Faschismus selbst unter den meisten seiner früheren Anhänger verpönt und verlacht. Seine gefährliche Wirksamkeit liegt vielmehr in den Scharen von Nachahmern, die er hervorbrachte und die sich in den folgenden Jahrzehnten wie wuchernde Krebsgeschwüre auf der ganzen Welt ausbreiteten. Angetrieben von geradezu manischem Nationalismus vergötterte diese Verirrung menschlichen Geistes den jeweiligen Staat, erfand Legenden von Bedrohungen und dem Überlebenskampf des jeweiligen unglücklichen Volkes, in dem er sich eingenistet hatte, und predigte allen, die es hören wollten, dass der Krieg einen ›veredelnden‹ Einfluss auf die menschliche Seele habe. Die lächerlich operettenhafte Parade der Uniformen, Militärstiefel, Fahnen und Trompeten, die wir für gewöhnlich damit assoziieren, dürfen den heutigen Beobachter nicht über das noch immer lebendige Erbe hinwegtäuschen, das dem politischen Vokabular so schmerzliche Begriffe wie ›los desaparecidos‹ (›die Verschwundenen‹) hinterlassen hat.
Die Schwesterideologie des Faschismus, der Nationalsozialismus, teilte mit dem ersten zwar die Vergötterung des Staates, machte sich darüber hinaus aber zum Sprachrohr einer viel älteren und heimtückischeren Perversion der menschlichen Natur. Sein schwarzer Kern war die Besessenheit von einer Idee, die seine Befürworter ›Rassenreinheit‹ nannten. Diese so offensichtlich falsche Grundidee schwächte keineswegs die unbeirrbare Entschlossenheit, mit der er sein mörderisches Ziel verfolgte. Das Nazisystem ist einzig in der schieren Bestialität dessen, was man allgemein mit ihm verbindet: der zum Programm erhobene Genozid, die systematische Verfolgung solcher Bevölkerungsgruppen, die entweder als wertlos oder als schädlich für die Zukunft der Menschheit galten, ein Programm, das darauf abzielte, das gesamte jüdische Volk auszulöschen. Letztlich war das nationalsozialistische Ziel, dass eine selbsternannte ›Herrenrasse‹ den gesamten Planeten beherrschen müsse, hauptverantwortlich dafür, dass ‘Abdu’l-Bahás zwanzig Jahre zuvor ausgesprochene prophetische Warnung sich bewahrheiten sollte: Ein weiterer Krieg, weitaus schrecklicher noch als der erste, würde die Welt verheeren. Wie der Faschismus hat auch der Nationalsozialismus unserer Zeit seine Überreste hinterlassen, in diesem Fall in Form von Symbolen und einer Sprache, mit denen heute gesellschaftliche Randgruppen – verzweifelt vom wirtschaftlichen und sozialen Niedergang um sie herum und ohne Hoffnung auf eine Lösung – ihre ohnmächtige Wut an Minderheiten auslassen, die sie für ihre Enttäuschung verantwortlich machen.
Der dritte falsche Götze, den schon der Meister ausdrücklich benannte und den Shoghi Effendi namentlich anprangerte, zeigte sein wahres Gesicht gleich zu Beginn, als er während der letzten Jahre des Ersten Weltkriegs die erste demokratische Regierung, die jemals in Russland geschaffen worden war, brutal stürzte. Lange Jahre gelang es dem sowjetischen System des Wladimir Lenin, sich vielen als Wohltäter der Menschheit und Verfechter sozialer Gerechtigkeit darzustellen. Im Lichte der historischen Ereignisse allerdings sind solche Anmaßungen geradezu grotesk. Der heutige Forschungsstand beweist unwiderlegbar so ungeheure Verbrechen und so abgründige Verirrungen, dass sie in sechstausendjähriger Geschichtsschreibung ihresgleichen nicht finden. In einem Ausmaß, das sich früher niemand auch nur vorstellen konnte, versuchte die leninistische Verschwörung gegen die menschliche Natur auch, den Glauben an Gott systematisch auszulöschen. Ganz gleich, wie Politikwissenschaftler die Situation gegenwärtig betrachten mögen, niemand kann überrascht sein, dass eine derart vorsätzliche Verletzung der Wurzeln menschlicher Motivation unausweichlich zum wirtschaftlichen und politischen Ruin jener Gesellschaften führen musste, die das Unglück hatten, unter sowjetische Herrschaft zu fallen. Dass der Kommunismus die begründete Sehnsucht unterdrückter Völker auf der ganzen Welt nach Freiheit und Gerechtigkeit im Sinne des eigenen verderbten Programms irreleitete, gehört tragischerweise zu seinen langfristigen geistigen Auswirkungen.
Dass die Menschheit immer wieder Götzenbilder eigener Erfindung anbetet, ist aus Bahá’í-Sicht nicht allein wegen der mit diesen Kräften assoziierten historischen Ereignisse wichtig, wie entsetzlich sie auch waren, sondern wegen der Lehren, die man daraus ziehen sollte. Schaut man zurück auf jene Welt des Zwielichts, in der solch teuflische Mächte die Zukunft der Menschheit verfinsterten, dann drängt sich die Frage auf, welche Wesensschwäche den Menschen gegenüber derartigen Einflüssen so empfänglich und verwundbar macht. In jemandem wie Benito Mussolini einen ›vom Schicksal Auserwählten‹ zu sehen; die Rassentheorien Adolf Hitlers als etwas anderes denn als Produkt eines so offensichtlich kranken Geistes zu verstehen; menschliche Erfahrung ernsthaft im Lichte jener Dogmen zu interpretieren, welche die Sowjetunion eines Josef Stalin hervorbrachten – für eine derart bewusste Preisgabe der Vernunft durch einen beträchtlichen Teil der intellektuellen Elite muss vor der Nachwelt Rechenschaft abgelegt werden. Wo eine solche Bewertung leidenschaftslos erfolgt, stößt sie früher oder später auf eine Wahrheit, die sich wie ein roter Faden durch die Schriften aller Religionen der Welt zieht. Mit den Worten Bahá’u’lláhs:
»Die Wirklichkeit des Menschen … jedoch hat Er zum Brennpunkt für das Strahlen aller Seiner Namen und Attribute und zum Spiegel Seines eigenen Selbstes erkoren … Diese Kräfte … sind jedoch latent in ihm, gleich wie die Flamme in der Kerze verborgen und das Licht potentiell in der Lampe ist … Weder die Kerze noch die Lampe können durch eigenes Streben und ohne Hilfe entzündet werden, noch ist es dem Spiegel jemals möglich, sich selbst von seinem Schmutze zu befreien.« Q74
Die Verblendung der Menschheit durch selbsterdachte Ideologien hatte zur Folge, dass sich der Zerfallsprozess, der die sozialen Lebensstrukturen auflöste und die niedersten Triebe der menschlichen Natur kultivierte, erschreckend beschleunigte. Die durch den Ersten Weltkrieg bewirkte Verrohung prägte nun das gesellschaftliche Zusammenleben in weiten Teilen des Planeten. »So haben Wir die Missetäter versammelt«, warnte Bahá’u’lláh über ein Jahrhundert zuvor. »Wir sehen, wie sie zu ihrem Götzen stürmen … Sie eilen dem Feuer der Hölle zu und halten es für Licht.«Q75

6

Jetzt, da die Gemeindeordnung des Glaubens Gestalt annahm, richtete Shoghi Effendi seine Aufmerksamkeit auf die Aufgabe, die er so lange hatte aufschieben müssen – den Göttlichen Plan des Meisters in die Tat umzusetzen. In Persien ging es damit bereits gut voran. Eine Reihe eigens berufener Lehrer, die ›Muballighín‹, die erst von Bahá’u’lláh und später von ‘Abdu’l-Bahá angeleitet worden waren, inspirierte im ganzen Land die Arbeit auf der örtlichen Ebene, und da ein lebendiges Gemeindeleben bestand, konnten neuerklärte Gläubige relativ schnell in die Gemeinde integriert werden. Ḥuqúqu’lláh-Fonds und das übliche Vorgehen, Reiselehrer zu unterstützen, falls es einem selbst nicht möglich war, sich aufzumachen – eine im Bewusstsein der persischen Bahá’í bereits fest verankerte Praxis –, stellten die materiellen Mittel für diese Lehraktivitäten bereit.
Im Westen war der Glauben vor allem gefördert worden durch so herausragende Gläubige wie Lua Getsinger, May Maxwell und Martha Root, die den Aufrufen des Meisters gefolgt waren. Allein schon diese Namen heben ein Merkmal der Ausbreitung der Sache Gottes im Westen hervor, auf das der Meister besonders hingewiesen hatte:
»In Amerika haben die Frauen die Männer darin übertroffen und die Führung übernommen. Sie mühen sich härter, die Völker der Welt zu führen, und ihre Anstrengungen sind größer. Sie werden durch himmlische Gnadengaben und Segnungen bestätigt.« Q76
Im Osten hatten die gesellschaftlichen Umstände es geradezu erzwungen, dass vor allem Männer die Initiative zur Förderung des Glaubens ergriffen. In Nordamerika und Europa jedoch war man weitgehend frei von solchen Einschränkungen, und auf beiden Seiten des Atlantik wurde eine herausragende Schar unvergesslicher Frauen zu den wichtigsten Trägern der Botschaft Gottes. Man denke etwa an Sarah Farmer, deren Schule in Green Acre der jungen Bahá’í-Gemeinde ein Forum dafür bot, den Glauben einflussreichen Denkern bekannt zu machen; an Sara Lady Blomfield, deren gesellschaftliche Stellung ihrem leidenschaftlichen Eintreten für die Lehren besondere Wirkkraft verlieh; an Marion Jack, die Shoghi Effendi als Vorbild für Bahá’í-Pioniere unsterblich machte; an Laura Dreyfus-Barney, die dem Glauben jene unschätzbare Sammlung von Tischgesprächen des Meisters, die Beantworteten Fragen, hinterließ; an Agnes Parsons, welche gemeinsam mit Louis Gregory die vom Meister angeregte Initiative ›Race Amity‹ begründete; an Corinne True, Keith Ransom-Kehler, Helen Goodall, Juliet Thompson, Grace Ober, Ethel Rosenberg, Clara Dunn, Alma Knobloch und eine Reihe anderer herausragender Frauen, von denen die meisten Pionierarbeit auf einem neuen Feld des Dienstes leisteten.
Ein Name darf in dieser Aufzählung nicht fehlen: Königin Marie von Rumänien, die man allezeit als erstes gekröntes Haupt, das die Offenbarung Gottes an diesem Tage erkannte, preisen wird. Durch den Mut dieser einsamen Frau, die Briefe an die Herausgeber etlicher Zeitungen richtete und darin ihren Glauben furchtlos öffentlich erklärte, erfuhren höchstwahrscheinlich Millionen von Lesern den Namen der Sache Gottes.
Trotz der beindruckenden Reaktionen, die diese frühen Bemühungen hervorriefen, fehlten doch die organisatorischen Mittel, ihre Ergebnisse nutzbar zu machen, so dass der sich daraus ergebende Vorteil für die Gemeinden im Westen begrenzt blieb. Das änderte sich deutlich mit der Entwicklung der Gemeindeordnung. Wo sich Geistige Räte bildeten, wurden Ziele gesetzt und Finanzmittel zur Unterstützung der Lehrbemühungen der Einzelnen bereitgestellt, und wer sich zum Glauben erklärte, konnte sich an vielen Aktivitäten eines umfangreichen Bahá’í-Gemeindelebens beteiligen. Jetzt war die systematische Übersetzung und Veröffentlichung von Literatur möglich, Nachrichten von allgemeinem Interesse wurden regelmäßig ausgetauscht und die Verbindung der Gläubigen zum Weltzentrum festigte sich zunehmend.
Die beiden Mittel, mit denen Shoghi Effendi begann, bei den Freunden im Osten wie im Westen eine stetig wachsende Hingabe an das Lehren zu entwickeln, waren dieselben, die schon ‘Abdu’l-Bahá verwendet hatte. Ein ständiger Strom von Briefen an die Gemeinden wie auch an Einzelne eröffnete den Empfängern neue Dimensionen des von ihnen angenommenen Glaubens. Die wichtigsten Mitteilungen waren allerdings nun an die Nationalen und örtlichen Geistigen Räte gerichtet. Ihre Wirkung wurde durch den Strom zurückkehrender Pilger verstärkt, die Einsichten weitergaben, welche sie durch den unmittelbaren Kontakt mit dem Mittelpunkt des Glaubens gewonnen hatten. Durch diese Verbindungen wurde jeder einzelne Gläubige ermutigt, sich als Instrument der durch den Bund strömenden Kraft zu empfinden. Die unschätzbare Zusammenstellung, die unter dem Titel Messages to America, 1932 - 1946 veröffentlicht wurde, gibt einen Überblick über die Schritte, durch die Shoghi Effendi die nordamerikanischen Gläubigen immer tiefer in die eigentliche Bedeutung des Göttlichen Plans des Meisters zur »geistigen Eroberung des Planeten« einführte:
»In einer von unheilbarer Korruption verderbten, von quälenden Ängsten gelähmten, von zerstörerischem Hass zerrissenen und unter dem Gewicht schrecklichen Elends dahinsiechenden Welt, können, ja, müssen sie durch ihren erhabenen, unerschütterlichen Glauben, durch ihre stete, klare Vision, ihren unbestechlichen Charakter, ihre strenge Disziplin, ihre reine Moral und das einzigartige Beispiel ihres Gemeindelebens ihren begründeten Anspruch darlegen, als einziger Hort jener Gnade zu gelten, von deren Wirken die vollkommene Erlösung, die grundlegende Neuordnung und die höchste Glückseligkeit der gesamten Menschheit abhängt.« Q77
Der nordamerikanischen Bahá’í-Gemeinde hielt der Hüter die Vision ihrer geistigen Bestimmung vor Augen. Ihre Mitglieder, so sagte er, waren »die geistigen Nachkommen der Helden der Sache Gottes«, ihre sich entwickelnden Institutionen »die sichtbaren Symbole seiner [des Glaubens] unbestreitbaren Herrschaft«, ihre ausgesandten Lehrer und Pioniere die »Fackelträger einer noch ungeborenen Kultur«, ihre gemeinsame Herausforderung, den »Hauptanteil« beim Legen des Fundaments der Weltordnung zu übernehmen, »die der Báb angekündigt, der Geist Bahá’u’lláhs erschaut und deren Grundriss ‘Abdu’l-Bahá, ihr Architekt, entworfen hat … «Q78
Die Sprache dieser Botschaften ist großartig und fesselnd. Angesichts der Dunkelheit, welche Gottlosigkeit, Gewalt und schleichende Unmoral zunehmend verbreiteten, beschreibt Shoghi Effendi die Rolle, die Bahá’í in der ganzen Welt als Werkzeuge der verwandelnden Kraft der neuen Offenbarung spielen müssen:
»Gerade sie haben die Pflicht, die Fackel göttlicher Führung hell strahlend emporzuhalten, da jetzt die Schatten der Nacht sich senken, bis sie schließlich die ganze Menschheit umgeben werden. Gerade sie haben die Aufgabe, inmitten der Unruhen, Gefahren und Schrecken Zeugnis für die Vision jener neu erschaffenen Gesellschaft abzulegen und ihr Nahen zu verkünden – jenes von Christus verheißenen Königreichs, jener Weltordnung, die durch nichts Geringeres als den Geist Bahá’u’lláhs selbst ins Leben gerufen wurde, deren Herrschaftsgebiet der ganze Planet, deren Losung Einheit, deren Lebenskraft Gerechtigkeit, deren Leitziel die Herrschaft von Rechtschaffenheit und Wahrheit ist, und deren höchster Ruhm die vollkommene, ungestörte und ewige Glückseligkeit der ganzen Menschheit.« Q79
1936 entschied der Hüter, dass die Gemeindestruktur in Nordamerika so ausreichend verbreitet und gefestigt sei, dass er beginnen konnte, die erste Phase des Göttlichen Plans in die Tat umzusetzen. Zu einer Zeit, da die Welt auf eine neue Feuersbrunst zutrieb und der Spielraum für die Anstrengungen der persischen Gläubigen eng begrenzt war, musste die Konzentration notwendigerweise auf die Ausbreitung und Festigung der Bahá’í-Gemeinden in der westlichen Hemisphäre gerichtet sein, um sie auf künftige, weit größere Aufgaben vorzubereiten. Der Hüter wandte sich an die vom Meister mit der Ausführung des Plans Betrauten, die Gläubigen in Nordamerika, und entwarf einen Siebenjahresplan, der von 1937 bis 1944 dauern sollte. Sein Ziel war, wenigstens einen örtlichen Geistigen Rat in jedem Staat der Vereinigten Staaten und in jeder Provinz Kanadas zu errichten und vierzehn Republiken in Lateinamerika dem Glauben zu erschließen. Dazu kam als weitere Aufgabe, die kunstvoll gestaltete Fassade am ›Muttertempel des Westens‹ fertigzustellen, was für jene Gemeinde mit noch immer wenigen Mitgliedern und äußerst beschränkten finanziellen Mitteln eine ungeheure Herausforderung war.
Rúḥíyyih Khánum hat auf die verblüffende Parallele zwischen zwei Entwicklungen in dieser Zeit hingewiesen. Auf der einen Seite schickten mächtige Staaten Invasionsarmeen aus, um sich der Bodenschätze benachbarter Staaten zu bemächtigen – oder einfach, um ihre Eroberungslust zu befriedigen. Zur gleichen Zeit mobilisierte Shoghi Effendi die so kleine Schar von Pionieren, die ihm zur Verfügung stand, und sandte sie aus, die Lehrziele des von ihm entworfenen Plans zu erfüllen. Innerhalb weniger Jahre waren die mächtigen Armeen am Boden zerschlagen und ihre Namen und Eroberungen aus den Seiten der Geschichte getilgt. Die kleine Schar von Gläubigen aber hatte ihr Leben in die Hand genommen und war ausgezogen, um die ihr vom Hüter übertragene Aufgabe zu erfüllen. Sie hatte alle ihre Ziele erreicht oder sogar übertroffen und damit die Grundlage für bald blühende Gemeinden gelegt.A26
Um dieses Unternehmen würdigen zu können, ist es für die Bahá’í hilfreich, wenn sie nicht nur die Rolle verstehen, die Planung im Leben der Sache Gottes spielt, sondern auch die einzigartige Wirkkraft dieses Mittels, wenn es im Bahá’í-Sinne angewandt wird. Systematisch ausgesuchte Ziele und ebenso systematisch getroffene Entscheidungen über die Wege dahin, bedeuten nicht, dass die Bahá’í-Gemeinde meint, sich in eigener Verantwortung eine Zukunft ›entwerfen‹ zu müssen, was man ja gemeinhin unter dem Begriff Planung versteht. Vielmehr bemühen sich die Bahá’í-Institutionen, die Arbeit für den Glauben in Einklang mit dem Wirken Gottes zu bringen, das sie sich in der Welt stetig entfalten sehen – ein Prozess, der schließlich sein Ziel unabhängig von den historischen Umständen und Ereignissen erreichen wird. Die Herausforderung an die Gemeindeordnung besteht nun darin, dafür zu sorgen, dass – so es die Vorsehung erlaubt – die Bemühungen der Bahá’í mit dem größeren Plan Gottes harmonieren, denn wenn sie das tun, tragen die von Bahá’u’lláh in der Sache Gottes angelegten Möglichkeiten Früchte. Dass die Vorkehrungen des Kitáb-i-Aqdas und des Testaments ‘Abdu’l-Bahás den Erfolg der Bemühungen der Bahá’í sichern, wird eindrucksvoll durch die lückenlose Kette von Siegen bewiesen, mit denen die von Shoghi Effendi entworfenen Pläne beendet wurden.
Im August 1944 konnte Shoghi Effendi den erfolgreichen Abschluss des ersten Siebenjahresplanes bekannt geben. Zur gleichen Zeit machte der Hüter der Bahá’í-Welt ein Geschenk, das eine seiner größten Lebensleistungen darstellt. Die Veröffentlichung von Gott geht vorüber, dem umfassenden Geschichtswerk, das die ersten hundert Jahre in der Entwicklung der Sache Gottes reflektiert, eröffnete den Gläubigen einen Ausblick auf den geistigen Prozess, durch den sich Bahá’u’lláhs Absicht für die Menschheit verwirklicht.
Die Geschichte ist ein machtvolles Werkzeug. Im besten Fall eröffnet sie ein Verständnis der Vergangenheit und einen Ausblick in die Zukunft. Sie bevölkert das menschliche Bewusstsein mit Helden, Heiligen und Märtyrern, deren Beispiel in jedem, der durch sie berührt wird, völlig ungeahnte Kräfte weckt. Sie verhilft dazu, die Welt zu verstehen – und die Menschen. Sie inspiriert, tröstet und erhellt. Sie bereichert das Leben. In dem großen Literatur- und Sagenschatz, den die Menschheit ihr verdankt, kann man die Hand der Geschichte am Werk sehen, wie sie den Lauf der Kultur maßgeblich lenkt – in den Sagen, die seit Anbeginn der Überlieferung in allen Völkern Ideale geweckt haben, in den Epen des Ramajana, den berühmten Heldentaten der Odyssee und der Äneis Homers, den nordischen Sagas, Firdawsis Sháhnámeh und vielerorts in der Bibel und im Qur’án.
Gott geht vorüber hebt diese gewaltige Geistesarbeit auf eine leidenschaftlich erstrebte, doch zu keiner Zeit erreichte Stufe. Wer für seine Vision offen ist, entdeckt darin einen breiten Weg zum Verständnis der Absicht Gottes, einen Weg, der der unermesslichen Weite, die Shoghi Effendis einzigartige Übersetzungen der offenbarten Texte eröffnen, zustrebt. Die Veröffentlichung des Werkes zur Jahrhundertfeier der Geburt der Sache Gottes – gerade als die Bahá’í-Welt den Erfolg des ersten Unternehmens feierte, das sie gemeinsam hatten bewältigen können – bündelte für die Gläubigen in der ganzen Welt die erhabene Majestät und die Bedeutung von hundert Jahren ständiger Opfer.
*
Bald nach Beginn des zweiten Weltkriegs eröffnete der Hüter den Bahá’í eine Deutung dieses Konflikts, die sich stark von der gängigen Auffassung unterschied. Er sagte, dass man den Krieg als »direkte Fortsetzung« des 1914 entzündeten Weltbrandes sehen müsse. Man würde ihn später als »wesentliche Voraussetzung für die Einigung der Welt« erkennen. Der Kriegseintritt der Vereinigten Staaten – die selbst die visionäre Initiative des von ihrem Präsidenten Woodrow Wilson initiierten internationalen Ordnungssystems verworfen hatten – würde die Nation dazu führen, »aus Not einen wesentlichen Anteil der Verantwortung dafür zu übernehmen, dass dieses verkannte aber unsterbliche System ein für alle Mal umfassend, weltweit und unerschütterlich begründet wird«Q80.
Diese Aussage erwies sich als prophetisch. Nach dem Ende der Feindseligkeiten wurde zunehmend deutlich, dass auf der ganzen Welt ein grundlegender Bewusstseinswandel im Gange war und dass überkommene Postulate, Institutionen und Prioritäten, die schon während der ersten Hälfte des Jahrhunderts immer mehr ins Wanken geraten waren, jetzt zusammenbrachen. Wenn auch diese Veränderungen noch kein Zeichen für eine erwachte Überzeugung von der Einheit der Menschheit waren, so konnte doch kein objektiver Beobachter verkennen, dass die Barrieren, die eine solche Erkenntnis verhindert und dem Ansturm früherer Jahrhunderte widerstanden hatten, jetzt schließlich fielen. Es kommen einem die prophetischen Worte des Qur’án 27:88 in den Sinn: »Und du siehst die Berge, von denen du meinst, dass sie unbeweglich seien, sich von der Stelle bewegen, wie Wolken das tun.« All dies erweckte bei fortschrittlichen Denkern ein Gefühl der Zuversicht, dass es möglich werden könne, eine neue Gesellschaft aufzubauen, die nicht nur den Weltfrieden langfristig bewahren, sondern auch das Leben aller Bewohner bereichern werde.
In erster Linie folgte diese neu aufkeimende Hoffnung aus der vorangegangenen ›Feuerprobe‹, die, wie Shoghi Effendi es vorhergesehen hatte, jenes »Gefühl für … Verantwortung einbrennen« konnte, das die Führungspersönlichkeiten in den Anfangsjahren des Jahrhunderts nicht hatten aufkommen lassen wollen.A27 Zu diesem neuen Bewusstsein kam noch die Angst hinzu, die die Erfindung und der Einsatz von Atomwaffen auslöste, was die Bahá’í an die früheren Aussagen des Meisters in Nordamerika erinnert, dass der Friede schließlich kommen werde, weil die Nationen förmlich dazu getrieben würden. Im Montreal Daily Star wird ‘Abdu’l-Bahá zitiert: »Er [der Friede] wird im zwanzigsten Jahrhundert die Welt umfassen. Alle Nationen werden dazu gezwungen werden.«Q81 Die Jahre unmittelbar nach 1945 erlebten einen Fortschritt beim Aufbau einer neuen Gesellschaftsordnung, der die glühendsten Hoffnungen früherer Jahrzehnte noch bei Weitem übertraf.
Am wichtigsten war dabei die Bereitschaft nationaler Regierungen, ein neues System internationaler Ordnung zu schaffen und es mit der friedenssichernden Autorität zu versehen, die dem inzwischen untergegangenen Völkerbund leider verweigert worden war. Im April 1945 trafen sich Delegierte aus fünfzig Staaten in San Francisco – in Kalifornien, wo ‘Abdu’l-Bahá prophetisch verkündet hatte: »Möge die erste Flagge des internationalen Friedens in diesem Staate gehisst werden.«Q82 – und nahmen die Charta der Vereinten Nationen (UNO)A28 an, deren Namen Präsident Franklin D. Roosevelt vorgeschlagen hatte. Die Ratifizierung durch die erforderliche Anzahl von Mitgliedsstaaten erfolgte im Oktober desselben Jahres, und die erste Generalversammlung der neuen Organisation trat am 10. Januar 1946 in London zusammen. In New York, der Stadt, die ‘Abdu’l-Bahá siebenunddreißig Jahre zuvor als »Stadt des Bundes« gerühmt hatte, wurde im Oktober 1949 der Grundstein zum Sitz der Vereinten Nationen gelegt. Bei Seinem Besuch hatte der Meister vorausgesagt: »Zweifellos … wird hier das Banner internationaler Verständigung entfaltet werden und sich immer weiter über alle Nationen der Welt ausbreiten.«Q83
Praktische Folgen hatte Bahá’u’lláhs Aufruf zu Maßnahmen kollektiver Sicherheit bezeichnenderweise endlich auf Initiative eines Politikers aus einer der westlichen Nationen, an die Er Seine Botschaft gerichtet hatte: erstmals in den nominellen Sanktionen des Völkerbundes gegen die faschistische Aggression in Äthiopien. Im November 1956 erreichte Lester Bowles Pearson, damals Außenminister, später Premierminister von Kanada, dass die Vereinten Nationen die erste friedenerhaltende Streitmacht aufstellten. Diese Leistung trug ihm den Friedensnobelpreis ein.A29 Die in einem solchen Auftrag enthaltenen weitreichenden Befugnisse stellten sich während der zweiten Hälfte des Jahrhunderts immer deutlicher als wichtiger Bestandteil internationaler Beziehungen heraus. Wurden anfangs nur Vereinbarungen zwischen feindlichen Staaten überwacht, so nahm der Grundsatz kollektiven Vorgehens zum Erhalt des Friedens nun schrittweise die Gestalt militärischer Interventionen an, wie zum Beispiel im Golfkrieg, als gegenüber den Aggressoren die Einhaltung der Resolutionen des Sicherheitsrates mit Gewalt durchgesetzt wurde.
Neben der Errichtung der Vereinten Nationen und der Schritte, mit denen ihren Sanktionen jetzt Nachdruck verliehen werden konnte, gab es noch einen zweiten wichtigen Durchbruch. Noch vor dem Ende der Kampfhandlungen wurden die Filmaufnahmen von der Befreiung der nationalsozialistischen Todeslager veröffentlicht, und auf der ganzen Welt waren die Menschen fassungslos über die hier offen gezeigten grauenvollen Auswirkungen des Rassismus. Die tiefempfundene Scham angesichts des Entsetzlichen, dessen der Mensch sich fähig gezeigt hatte, erschütterte das Bewusstsein der gesamten Menschheit. Die Chance, die sich hier kurzfristig bot, wurde von einer Gruppe weitsichtiger, entschlossener Männer und Frauen ergriffen, die unter der begeisternden Führung solcher Persönlichkeiten wie Eleanor Roosevelt dafür sorgten, dass die Vereinten Nationen die Allgemeine Erklärung der Menschenrechte annahmen. Die moralische Verantwortung, die damit übernommen wurde, institutionalisierte sich später in der Gründung der Menschenrechtskommission der Vereinten NationenA30. Zu gegebener Zeit sollte die Bahá’í-Gemeinde selbst von der Bedeutung dieser Institution als Schutz von Minderheiten vor den in der Vergangenheit üblichen Übergriffen profitieren.
Die Bedeutung dieser beiden Errungenschaften tritt besonders hervor durch die Entscheidung der Siegermächte des Zweiten Weltkriegs, führenden Nationalsozialisten den Prozess zu machen. Zum ersten Mal in der Geschichte wurden die Führer eines unabhängigen Staates – Männer, die sich mit der Verfassungsmäßigkeit der von ihnen bekleideten politischen Ämter zu rechtfertigen suchten – vor ein öffentliches Gericht gestellt, ihre Verbrechen schonungslos aufgedeckt und dokumentiert und sie selbst, sofern sie dem nicht durch Selbstmord entgingen, rechtmäßig verurteilt, entweder zum Tod durch den Strang oder zu langen Haftstrafen. Dieses Vorgehen rief keinen ernsthaften Protest hervor, obwohl es eigentlich eine grundlegende Abkehr von bestehenden Normen des Völkerrechts bedeutete. Obwohl die Glaubwürdigkeit des Verfahrens darunter litt, dass auch Richter eingesetzt wurden, die von der Sowjetdiktatur – deren eigene Verbrechen denen der Angeklagten gleichkamen oder sie sogar noch übertrafen – ernannt worden waren, so hat der Prozess doch einen historischen Präzedenzfall geschaffen. Zum ersten Mal wurde hier demonstriert, dass der Fetisch der ›nationalen Souveränität‹ erkennbare und durchsetzbare Grenzen hat.
In diesen Jahren begann auch die schon lange überfällige Verwirklichung eines anderen Ideals: die großen Reiche, die 1918 nicht nur überlebt hatten, sondern ihren Einflussbereich durch den Erwerb von ›Mandatsgebieten‹, ›Protektoraten‹ und den besiegten Mächten abgenommenen Kolonien sogar noch hatten erweitern können, lösten sich allmählich auf. Diese veralteten Systeme politischer Unterdrückung brachen zusammen unter der Flut nationaler Befreiungsbewegungen, der sie mit ihren geschwächten Kräften nicht mehr standhalten konnten. Erstaunlich schnell gaben sie ihre Ansprüche entweder freiwillig auf oder wurden durch Kolonialaufstände gezwungen, sich in das gleiche Schicksal zu fügen, das früher im Jahrhundert schon das Reich der Habsburger und das Osmanische Reich ereilt hatte.
Plötzlich war den Völkern der Welt ihre Würde wiedergegeben. In den Vereinten Nationen hatten sie jetzt ein Forum, wo sie ihre tiefsten Besorgnisse äußern konnten, und allmählich begannen sie, eine Rolle bei Entscheidungen über ihre eigene Zukunft und die der ganzen Menschheit zu spielen. Eine Wende war eingetreten, die sechs oder mehr Jahrtausende Menschheitsgeschichte hinter sich ließ. Zwar blieben Nachteile im Bereich der Bildung, es gibt weiterhin wirtschaftliche Ungerechtigkeit und politisch und diplomatisch geschaffene Hindernisse – doch trotz all dieser praktischen aber historisch gesehen vorübergehenden Begrenzungen setzte sich jetzt eine neue Autorität für die Belange der Menschen ein, an die sich alle hoffnungsvoll wenden konnten. Vertreter einst unterdrückter Völker, deren exotisch gekleidete Krieger nur fünf Jahrzehnte zuvor bei dem diamantenen Thronjubiläum von Königin Victoria in London den Festzug beschlossen hatten, traten jetzt als Delegierte im Sicherheitsrat auf, bekleideten hohe Posten bei den Vereinten Nationen und in allen möglichen Nichtstaatlichen Organisationen. Vielleicht wird das Ausmaß dieses Wandels am besten dadurch symbolisiert, dass der gegenwärtige Generalsekretär der Vereinten Nationen aus Ghana stammt und seine beiden unmittelbaren Amtsvorgänger aus Ägypten und Peru.A31
Auch war dies keineswegs nur ein formaler oder administrativer Wandel. Mit der Zeit befreiten sich immer mehr herausragende Persönlichkeiten verschiedenster sozialer Herkunft aus den Fesseln ethnischer, kultureller oder religiöser Zugehörigkeit. In jedem Kontinent der Erde wurden Namen wie Anne Frank, Martin Luther King Jr., Paolo Freire, Ravi Shankar, Gabriel García Márquez, Kiri Te Kanawa, Andrej Sacharow, Mutter Theresa und Zhang Yimou Quellen der Inspiration und des Mutes für unzählige ihrer Mitbürger.A32 In allen Lebensbereichen sprachen Heldenhaftigkeit, herausragendes berufliches Können oder eine hohe Moral zunehmend für sich selbst und wurden von den Menschen anerkannt und hoch geschätzt. Die weltweite Welle der Verbundenheit und Freude, die die Haftentlassung Nelson Mandelas und seine folgende Wahl zum Präsidenten Südafrikas auslöste, spiegelte ein Bewusstsein bei den Völkern aller Rassen und Nationen dafür wider, dass diese historischen Ereignisse Siege der ganzen Menschheitsfamilie sind.
Außerdem wurde klar, dass die vor dem Krieg bestehenden Vorstellungen über die Verteilung und Verwendung des Reichtums gründlich überholt werden mussten. Neben den Prinzipien sozialer Gerechtigkeit, die zweifellos eine beträchtliche Zahl der an dieser Aufgabe Beteiligten beflügelten, hatten vor allem auch die durch die Ereignisse der vergangenen drei Jahrzehnte hervorgerufenen wirtschaftlichen Erschütterungen deutlich gemacht, dass die bestehenden Handelsvereinbarungen veraltet und ineffizient waren. In mehreren Ländern waren als Reaktion auf die Weltwirtschaftskrise der dreißiger Jahre bereits Versuche unternommen worden, solche Probleme auf nationaler Ebene zu lösen. Jetzt wurde nach und nach ein System ineinandergreifender Institutionen entwickelt und eingesetzt, das sich an der Erkenntnis orientierte, dass die Wirtschaft eines Landes Teil eines globalen Ganzen ist. Der Weltwährungsfonds, das Allgemeine Zoll- und Handelsabkommen (GATT)A33, die Weltbank und verschiedene Hilfsorganisationen begannen, wenn auch spät, sich mit den Folgen einer zusammenwachsenden Welt auseinander zu setzen, einschließlich der damit einhergehenden Frage nach der Verteilung des Reichtums. Sehr bald schon wiesen führende Denker aus den Entwicklungsländern darauf hin, dass solche Schritte hauptsächlich den Interessen des Westens dienten. Alles in allem kennzeichnete die Bildung dieser Einrichtungen jedoch einen grundlegenden Richtungswandel, der nach und nach die Einbeziehung zahlreicher Staaten und Institutionen ermöglichen würde.
Eine humanitäre Initiative neuer, bisher unbekannter Art erschloss der laufenden globalen Integration noch eine andere Dimension. Es begann mit dem von der Regierung der Vereinigten Staaten entworfenen ›Marshallplan‹ zum Wiederaufbau der durch den Krieg zerstörten europäischen Länder. Später erwogen dann Staaten, die wirtschaftlich dazu in der Lage waren, Programme, mit denen aufstrebenden Nationen bei der sozialen und wirtschaftlichen Entwicklung geholfen werden könnte. Diese Überlegungen wurden öffentlich geführt und weckten bei Völkern, die ein ausgereiftes Bildungssystem und Gesundheitsfürsorge hatten und technisch entwickelt waren, ein Gefühl der Solidarität mit der übrigen Welt. Schon bald wurden dieser ambitionierten Initiative zweifelhafte Motive vorgeworfen. Auch ist nicht zu leugnen, dass auf längere Sicht die Ergebnisse der Entwicklungsprojekte äußerst enttäuschend waren, denn es ist ihnen nicht gelungen, die gähnende Kluft zwischen Arm und Reich zu schließen. Trotz allem ist jedoch festzuhalten, dass sich hier eine Sicht von der einen Menschheit mit einem gemeinsamen Ziel auftat. Am deutlichsten war das wohl an der Reaktion unzähliger idealistischer junger Menschen aus vielen Ländern abzulesen.
Im Fernen Osten hatte der Krieg paradoxerweise sogar eine gewisse befreiende Wirkung auf das Bewusstsein. Schon 1904 betrachtete man im Osten vielerorts den russisch-japanischen Konflikt als ermutigenden Beweis dafür, dass nichtwestliche Völker der scheinbar unbesiegbaren Übermacht des Westens widerstehen konnten. Dieser Eindruck vertiefte sich aufgrund der Ereignisse des Ersten Weltkriegs und wurde dadurch verstärkt, dass die japanische Armee zwischen 1941 und 1945 den massiven Bemühungen der Alliierten, sie zu besiegen, lange standhalten konnte. Während der zweiten Hälfte des Jahrhunderts brachte dieses technologische Wissen denn auch in einem halben Dutzend asiatischer Länder moderne Volkswirtschaften hervor, deren innovative Produkte und industrielle Energie, vor allem im Transportwesen und in der Informationstechnologie, sich ohne weiteres mit den Spitzenerzeugnissen der übrigen Industrieländer messen können.
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Nach dem Ende der Kampfhandlungen war 1946 der Weg für den zweiten Siebenjahresplan des Hüters geebnet, der von der neuen Aufnahmebereitschaft für die Botschaft des Glaubens profitierte, die der zu jener Zeit schon deutlich erkennbare Bewusstseinswandel hervorrief. Wieder war die nordamerikanische Bahá’í-Gemeinde aufgerufen, große Verantwortung zu übernehmen, im Wesentlichen auf den Errungenschaften des früheren Plans aufzubauen und diese weiter zu entwickeln. Der große Unterschied bestand allerdings darin, dass jetzt auch zahlreiche andere Bahá’í-Gemeinden in der Lage waren, sich an der Ausführung des Planes zu beteiligen. Die Bahá’í von Indien, Birma und Pakistan hatten bereits 1938 einen eigenen Plan begonnen. Mit dem Ende der Kampfhandlungen unternahmen nach und nach auch die Nationalen Geistigen Räte von Persien, der Britischen Inseln, von Australien und Neuseeland, Deutschland und Österreich, Ägypten und dem Sudan und des Irak – die jetzt von den Einschränkungen befreit waren, die der Krieg ihnen auferlegt hatte – Projekte unterschiedlicher Dauer mit dem Ziel, das Fundament der Gemeindeordnung auszuweiten, Pioniere in Zielgebiete im eigenen Land und im Ausland anzusiedeln und Bahá’í-Literatur vermehrt verfügbar zu machen.
Bis 1953 waren alle diese Unternehmungen erfolgreich abgeschlossen. Drei neue Nationale Geistige Räte waren gebildet worden und hatten ergänzende Lehrpläne in Angriff genommenA34; in Europa war eine ganze Reihe örtlicher Räte gebildet worden; durch die Zusammenarbeit von fünf nationalen Gemeinden, koordiniert von dem Nationalen Geistigen Rat der Britischen Inseln, konnten Pioniere in Ost- und Westafrika angesiedelt werden; und das große Projekt, das mit der Grundsteinlegung des Muttertempels des Westens durch den Meister begonnen hatte, war endlich abgeschlossen.
Noch bevor die Bahá’í-Gemeinde diese Erfolge feiern konnte, kündigte Shoghi Effendi ihnen eine neue Herausforderung von atemberaubenden Ausmaßen an. Angetrieben von geschichtlichen Kräften, die nur er erkennen konnte, gab der Hüter bekannt, dass mit dem nächsten Riḍván-Fest ein zehn Jahre andauernder weltumspannender Plan beginnen werde, den er als ›geistigen Kreuzzug‹ bezeichnete. Dieser Plan bündelte die Energie aller damals bestehenden Nationalen Geistigen Räte – den zwölften bildeten die Gemeinden Italiens und der Schweiz – und rief dazu auf, einhundertdreiunddreißig neue Länder und Territorien für den Glauben zu eröffnen und zugleich vierundvierzig Nationale Geistige Räte zu bilden, von denen dreiunddreißig Rechtsfähigkeit erlangen sollten; eine enorme Zunahme an Bahá’í-Literatur; die Errichtung von Häusern der Andacht im Írán und in Deutschland, (nachdem das Bauprojekt in Teheran blockiert wurde, wurden stattdessen Tempel in Afrika und Australien errichtet); und die Erhöhung der Zahl der Geistigen Räte auf fünftausend weltweit, von denen dreihundertfünfzig Rechtsfähigkeit erlangen sollten. Durch nichts, was die Bahá’í in der ganzen Welt bisher erlebt hatten, waren sie auf ein derart gigantisches Unternehmen vorbereitet. Das immense Ausmaß der Herausforderung legte Shoghi Effendi in einem Telegramm vom 8. Oktober 1952 dar:
»Sehe Stunde gekommen, der ganzen Bahá’í-Welt den geplanten Beginn … des schicksalsschweren, seelenergreifenden, ein Jahrzehnt währenden, weltumfassenden geistigen Kreuzzuges bekannt zu machen, der … die gemeinsame Teilnahme aller Nationalen Geistigen Räte der Bahá’í-Welt einschließt, um die geistige Herrschaft Bahá’u’lláhs unverzüglich auszudehnen auf sämtliche verbleibenden, über den Planeten verstreute souveräne Staaten, Hoheitsgebiete – einschließlich der Fürstentümer, Sultanate, Emirate, Scheichtümer, Protektorate, Mandatsgebiete – und Kronkolonien. Die gesamte Gemeinde der Träger des alles besiegenden Glaubens Bahá’u’lláhs ist jetzt aufgerufen, in einem einzigen Jahrzehnt Taten zu vollbringen, die in ihrer Gesamtheit das, was im Laufe der elf vorangegangenen Jahrzehnte vollbracht wurde und die Annalen der Bahá’í-Pionierarbeit erstrahlen ließ, in den Schatten stellt.« Q84
Der Sieg in diesem ambitionierten Unternehmen würde bedeuten, dass der Glaube schließlich den ganzen Erdball umspannen, dass die Zahl der seiner Gemeindeordnung zugrundeliegenden Institutionen sich verfünffachen und dass sein Gemeindeleben bereichert würde durch die Einbeziehung von Gläubigen aus sehr vielen bisher vom Glauben noch nicht berührten Kulturen, Nationen und Stämmen.
Der Plan verlangte praktisch, dass der Glaube einen riesigen Schritt nach vorn machte und so mehrere Stufen seiner Entwicklung in einem Sprung nahm. Shoghi Effendi erkannte klar und deutlich – und das war nur durch die dem Hütertum innewohnende Kraft der Voraussicht möglich –, dass ein historisches Zusammentreffen verschiedener Umstände der Bahá’í-Gemeinde eine Möglichkeit eröffnete, die nicht wiederkehren würde und von der der Erfolg künftiger Phasen in der Durchführung des Göttlichen Planes gänzlich abhängen würde. Was er ohne Zögern den »Ruf des Herrn der Heerscharen« nannte, ist in einer Botschaft enthalten, welche die Vorstellungskraft der Bahá’í in allen Teilen der Welt beflügelte:
»Ganz gleich wie viel Zeit sie [die Gläubigen] auch vom endgültigen Sieg trennt; wie mühsam die Aufgabe; wie groß die von ihnen geforderte Anstrengung; wie dunkel die Tage, die die Menschheit, verwirrt und schwer geprüft, zur Stunde ihrer Pein durchleiden muss; wie schwer die Prüfungen, welche jene, die ihr Glück wieder herstellen sollen, zu bestehen haben … Ich beschwöre sie bei dem kostbaren Blut, das so reichlich floss; bei den zahllosen Heiligen und Helden, die ihr Leben opferten; bei dem höchst ruhmreichen Opfertod des Herolds unseres Glaubens; bei den Leiden, die sein Stifter selbst bereitwillig auf sich nahm, damit Seine Sache lebe, Seine Ordnung eine zerrüttete Welt erlöse und ihre Herrlichkeit den ganzen Planeten durchströme – ich beschwöre sie, da diese ernste Stunde naht, fest entschlossen zu sein, niemals zurückzuweichen, niemals zu zögern, niemals nachzulassen, bis jedes einzelne Ziel des noch zu verkündenden Planes vollständig erreicht ist.« Q85
Die Reaktion ließ nicht lange auf sich warten. Innerhalb weniger Monate berichteten Botschaften aus dem Weltzentrum von immer neuen Siegen in einem Land nach dem anderen. Die Pioniere, die in einem Land oder Territorium den ersten Stützpunkt des Glaubens errichten konnten, wurden zu ›Rittern Bahá’u’lláhs‹ ernannt, und ihre Namen wurden in eine Ehrenrolle eingetragen, die, so bestimmte es der Hüter, später unter der Türschwelle zum Schrein Bahá’u’lláhs niedergelegt werden sollte. Nichts bezeugt so eindrucksvoll die visionäre Kraft Shoghi Effendis in seinen aufeinanderfolgenden Plänen wie die Tatsache, dass Bahá’í-Gemeinden und Geistige Räte in jedem der nach dem Zweiten Weltkrieg neu entstandenen Nationalstaaten bereits in das öffentliche Leben eingebunden waren.
Weitere großartige Siege folgten diesen ersten. Im Oktober 1957, als der Glaube in über zweihundertfünfzig Ländern und Gebieten begründet war, konnte Shoghi Effendi bekannt geben, dass zehn neue Grundstücke für künftige Häuser der Andacht gekauft werden konnten und die Arbeit an den Häusern der Andacht in Kampala, Sydney und Frankfurt begonnen hatte; dass Grundstücke für die sechsundvierzig benötigten nationalen Ḥaẓíratu’l-Quds gekauft worden waren; dass die Veröffentlichung von Bahá’í-Literatur beträchtlich zugenommen hatte; dass weitere Räte Rechtsfähigkeit erlangt hatten und ihre Zahl damit auf einhundertfünfundneunzig gestiegen war; Bahá’í-Eheschließungen und -Feiertage zunehmend anerkannt wurden und die Arbeit am Internationalen Bahá’í-Archiv voranging, dem ersten Gebäude, das an dem von Shoghi Effendi entworfenen weiten Bogen am Hang des Berges Karmel errichtet wurde. Wer auf die damaligen Ereignisse zurückblickt, muss von der väterlichen Fürsorge, mit der Shoghi Effendi das Erreichen dieser großartigen Ergebnisse sicherte, tief berührt sein. Sie zeigt sich auch darin, wie er in der letzten Botschaft zum Zehnjahreskreuzzug, die er im April 1957 an die Bahá’í richtete, sorgfältig jede der dreiundsechzig Lehrkonferenzen und Seminare, die in jenem Jahr in der ganzen Bahá’í-Welt abgehalten wurden, namentlich aufführte.
Solch eine Übersicht wäre unvollständig, wenn sie nicht auch die parallele Entwicklung der Gemeindeordnung auf internationaler Ebene berücksichtigte, der sich der Hüter in diesen Jahren widmete. Diese Schritte erwiesen sich als äußerst wichtig, nicht nur für den erfolgreichen Abschluss des Zehnjahresplanes, sondern auch für die Festigung und den Schutz des Glaubens in der Zukunft. Zusätzlich zu der den gewählten Institutionen übertragenen Entscheidungskompetenz hat die Gemeindeordnung auch einen geistigen, moralischen und intellektuellen Erziehungsauftrag, der sich gleichermaßen auf diese Institutionen wie auf jedes Mitglied der Gemeinde bezieht. Die von Bahá’u’lláh selbst vorgesehene Verantwortung »die göttlichen Düfte zu verbreiten, die Menschenseelen zu erbauen, die Bildung zu fördern, alle Menschen zu bessern … «Q86, wird im Testament des Meisters hauptsächlich den Händen der Sache Gottes übertragen.
Während der Amtszeit Bahá’u’lláhs und ‘Abdu’l-Bahás hatten die Gläubigen, denen dieser hohe Rang verliehen worden war, eine entscheidende Rolle bei der Förderung der Lehrarbeit im Orient gespielt. Als die Idee des Zehnjahreskreuzzuges im Geiste Shoghi Effendis Gestalt annahm, suchte er die geistige Unterstützung zu aktivieren, die diese Institution beitragen konnte, um die Ziele des Plans zu erreichen. In einem Telegramm vom 24. Dezember 1951 verkündete er die Ernennung des ersten Kontingents von zwölf Händen der Sache Gottes, die gleichermaßen der Arbeit im Heiligen Land, in Asien, Nord- und Südamerika und Europa zugeordnet waren. Diese herausragenden Diener der Sache Gottes sollten sich völlig darauf konzentrieren, die Energien der Freunde anzufachen und die gewählten Körperschaften zu ermutigen und zu beraten. Bald darauf wurde die Zahl der Hände der Sache von zwölf auf neunzehn erhöht.
Ihrer Verantwortung konnten die Hände der Sache deutlich leichter nachkommen, nachdem der Hüter im Oktober 1952 entschieden hatte, dass sie fünf Hilfsämter einrichten sollten, in jedem Kontinent eins: in Amerika, in Europa und Afrika bestanden sie aus je neun Mitgliedern, in Asien und Australasien aus sieben beziehungsweise zwei. Später wurden gesonderte Hilfsämter für den Schutz des Glaubens geschaffen, neben der Verbreitung des Glaubens die zweite der beiden wichtigsten Aufgaben der Hände der Sache Gottes.
Eine Botschaft des Hüters vom 3. Juni 1957 begrüßte die Maßnahme der israelischen Regierung, mit der sie die endgültige Entscheidung des Appellationsgerichts jenes Landes umsetzte und die noch überlebenden Bundesbrecher zwang, sich völlig aus dem Ḥaram-i-Aqdas zurückzuziehen, der den heiligsten Ort der Bahá’í-Welt in Bahjí umgibt.A35 Nur einen Tag später jedoch warnte ein zweites Telegramm die führenden Institutionen des Glaubens eindringlich, dass es dringend notwendig sei, den Glauben durch gemeinsames Handeln vor neuen Gefahren, die der Hüter am Horizont drohen sah, zu schützen. Dem folgte im Oktober eine Botschaft mit der Bekanntmachung, dass die Zahl der Hände der Sache Gottes von neunzehn auf siebenundzwanzig erhöht worden sei. Er bezeichnete diese ranghöchsten Persönlichkeiten als »›Hauptsachwalter‹ der keimenden Weltordnung Bahá’u’lláhs«Q87 und betraute sie mit der Aufgabe, mit den Nationalen Geistigen Räten über dringend notwendige Maßnahmen zum Schutz des Glaubens zu beraten.
Kaum einen Monat später wurde die Bahá’í-Welt von der Nachricht erschüttert, dass Shoghi Effendi am 4. November 1957 an den Folgen einer asiatischen Grippe gestorben war, die er sich bei einem Besuch in London zugezogen hatte. Der Mittelpunkt der Sache Gottes, der sechsunddreißig Jahre lang ihre Entwicklung Tag für Tag geleitet hatte, dessen visionäre Schau sowohl den Lauf der Ereignisse erfasste als auch die von der Bahá’í-Gemeinde zu leistende Arbeit und dessen ermutigende Botschaften die geistige Lebensader zahlloser Bahá’í auf dem ganzen Planeten gewesen waren, war plötzlich gegangen und musste den großen Kreuzzug unvollendet und die Zukunft der Gemeindeordnung im Ungewissen hinterlassen.
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Die große Trauer und das übermächtige Gefühl der Verlassenheit nach dem Verlust des Hüters verleihen dem Triumph des Planes, den er entworfen und beflügelt hatte, eine noch größere Bedeutung. Am 21. April 1963 wählten die Delegierten der sechsundfünfzig Nationalen Geistigen Räte – darunter auch die vierundvierzig neuen, die im Zehnjahresplan, wie vorgesehen, gebildet worden waren – in geheimer Wahl das erste Universale Haus der Gerechtigkeit, die von Bahá’u’lláh eingesetzte leitende Körperschaft der Sache Gottes, der Er unmissverständlich göttliche Führung bei der Ausübung ihrer Aufgaben zusichert:
»Die Vertrauensleute des Hauses der Gerechtigkeit haben über jene Dinge zu beraten, die nicht ausdrücklich im Buche offenbart sind, und zu vollziehen, was sie für gut halten. Gott wird ihnen wahrlich eingeben, was Er will, und Er ist, wahrlich, der Versorger, der Allwissende.« Q88
Es schien besonders angemessen, dass die Wahl – durch anwesende Delegierte und Briefwähler – im Hause des Meisters stattfinden sollte, dessen Testament vor nahezu sechzig Jahren die wahre Bedeutung und das Ausmaß der von Bahá’u’lláh verliehenen Autorität beschrieben hatte:
»Dem Heiligsten Buche muss sich jeder zuwenden, und was darin nicht ausdrücklich verwahrt ist, ist dem Universalen Haus der Gerechtigkeit vorzulegen. Was diese Körperschaft einstimmig oder mit Stimmenmehrheit beschließt, ist die Wahrheit und Gottes eigener Wille. Wer davon abweicht, gehört fürwahr zu denen, die Zwietracht lieben, böse Absichten bekunden und sich vom Herrn des Bundes abwenden.« Q89
Einen wichtigen, die Wahl vorbereitenden Schritt hatte Shoghi Effendi schon 1951 unternommen, als er die Mitglieder des Internationalen Rats ernannte, die ihn bei seiner Arbeit unterstützen sollten. In einem zweiten Schritt, der ebenfalls vom Hüter vorgesehen war, wurde dieser Rat 1961 zu einem neunköpfigen Gremium, das von den Mitgliedern der Nationalen Geistigen Räte gewählt wurde. Daher hatte die Bahá’í-Welt, als der Zehnjahreskreuzzug 1963 siegreich abgeschlossen wurde, bereits wertvolle Erfahrungen gesammelt für die Herausforderung, die die nun anstehende Wahl bedeutete.
Geschichtswissenschaftler werden den Händen der Sache Gottes ohne Zögern das Verdienst zuschreiben, die Anstrengungen, die diesen historischen Augenblick ermöglichten, unterstützt zu haben, denn sie hatten der Bahá’í-Welt die koordinierende Führung gegeben, derer sie nach dem Verlust des Hüters beraubt war. Diese kleine Gruppe leidgeprüfter Männer und Frauen war unermüdlich um die Welt gereist, um Shoghi Effendis Plan voranzubringen, hatte sich jährlich zu Konklaven getroffen, um Ermutigung und Information geben zu können, hatte die Bemühungen der Mitglieder der gerade geschaffenen Hilfsämter inspiriert und die Angriffe einer neuen Schar von Bundesbrechern auf die Einheit des Glaubens abgewehrt. So hatten sie erfolgreich dafür gesorgt, dass die hochgesteckten Ziele des Planes in der vorgesehenen Zeit erfüllt wurden und das nötige Fundament für die Errichtung jener Körperschaft gelegt war, die die Gemeindeordnung krönte. Und noch ein zweites Erbe hinterließen die Hände der Sache der Bahá’í-Welt, eine geistige Auszeichnung, die in der Geschichte ohnegleichen ist. Sie baten darum, davon abzusehen, sie selbst in das Universale Haus der Gerechtigkeit zu wählen, damit sie die ihnen von Shoghi Effendi übertragenen Dienste weiter erbringen könnten. Nie zuvor hatten Menschen, in deren Hände die höchste Macht einer großen Religion gefallen war und die eine Wertschätzung genossen, die niemandem sonst in ihrer Gemeinde zuteil wurde, darum gebeten, nicht an der Ausübung oberster Autorität teilzuhaben, und sich damit vollständig in den Dienst jener Institution gestellt, welche ihre Mitgläubigen für diese Aufgabe wählten.A36

7

Der Unterschied zwischen der Stufe des Hüters und der ‘Abdu’l-Bahás, des Mittelpunktes des Bundes, ist immens – gleichwohl hatte Shoghi Effendi nach dem Hinscheiden des Meisters eine einzigartige Aufgabe in der Geschichte der Sache Gottes, und sie wird diesen zentralen Platz im Leben des Glaubens während der kommenden Jahrhunderte behalten. In manch wichtiger Hinsicht kann man sagen, dass Shoghi Effendi die Führung durch die Hand des Meisters beim Aufbau der Gemeindeordnung und bei der Ausbreitung und Festigung des Glaubens Bahá’u’lláhs noch einmal um sechsunddreißig entscheidende Jahre verlängert hat. Es ist eine bedrückende Vorstellung, was mit der gerade erst geborenen Sache Gottes geworden wäre, hätte sie zur Zeit ihrer größten Verwundbarkeit nicht fest in der Hand dessen geruht, der von ‘Abdu’l-Bahá auf diese Aufgabe vorbereitet wurde und bereit war, im wahrsten Sinne des Wortes als ihr Hüter zu dienen.
Zwar wies Shoghi Effendi die Gläubigen immer wieder darauf hin, dass die beiden Institutionen in der Nachfolge des Meisters »untrennbar« sind und sich in ihren jeweiligen Funktionen »ergänzen«, doch akzeptierte er schon früh die Tatsache, dass das Universale Haus der Gerechtigkeit nicht gebildet werden könnte, ehe im Verlauf der Entwicklung der Gemeindeordnung die als seine Stütze notwendige Struktur an örtlichen und Nationalen Geistigen Räten geschaffen wäre. Er kam deshalb nicht umhin, seine herausragende Verantwortung gänzlich allein auszuüben und legte dies der Bahá’í-Gemeinde mit allen praktischen Konsequenzen auch ganz offen dar. Mit seinen eigenen Worten:
»Getrennt von der nicht minder wesentlichen Institution des Universalen Hauses der Gerechtigkeit wäre diese nämliche Ordnung des Willens ‘Abdu’l-Bahás in ihrer Wirksamkeit gehemmt und außerstande, die Lücken auszufüllen, die der Schöpfer des Kitáb-i-Aqdas mit Bedacht im Gefüge Seiner Gesetzes- und Verwaltungsanordnungen gelassen hat.« Q90
Diese Wahrheit vor Augen beachtete Shoghi Effendi genauestens die Beschränkungen, welche die Umstände ihm auferlegten. Dies bezeugt eine Treue gegenüber dem Testament des Meisters, die in den kommenden Jahrhunderten der Stolz der Anhänger Bahá’u’lláhs sein wird. Die Geschichte seines sechsunddreißig Jahre währenden Dienstes als Hüter des Glaubens – eine Geschichte, die wie die seines Großvaters von der Nachwelt studiert und angemessen bewertet werden muss – enthält, wie er auch selbst der Bahá’í-Gemeinde versichert hatte, nichts, das in irgendeiner Weise »in das geweihte und festgelegte Gebiet der anderen [Institution, das heißt des Universalen Hauses der Gerechtigkeit] übergreifen«Q91 würde. Shoghi Effendi sah nicht nur davon ab, Gesetze zu erlassen, er konnte vielmehr seine Aufgabe erfüllen, indem er lediglich provisorische Anordnungen traf und endgültige Entscheidungen in den fraglichen Angelegenheiten jeweils dem Universalen Haus der Gerechtigkeit überließ.
Nirgends wird diese Zurückhaltung deutlicher als bei der so wichtigen Frage nach dem Nachfolger im Amt des Hüters. Shoghi Effendi selbst hatte keine Nachkommen, und die anderen Zweige der heiligen Familie hatten den Bund gebrochen. Die Bahá’í-Schriften geben für einen derartigen Fall keine eindeutige Führung, aber das Testament des Meisters erklärt ausdrücklich, wie all jene Fragen, in denen keine Klarheit herrscht, zu regeln sind:
»Es obliegt diesen Mitgliedern [des Universalen Hauses der Gerechtigkeit], an einem bestimmten Ort zusammenzukommen und alle Fragen zu beraten, die kontrovers, unklar oder nicht ausdrücklich im Buche behandelt sind. Was sie entscheiden, hat dieselbe Geltung wie der heilige Text.« Q92
Dieser Führung aus der Feder des Mittelpunktes des Bundes folgend schwieg Shoghi Effendi und legte die Frage seines Nachfolgers oder seiner Nachfolger in die Hände jener Institution, die allein zur Entscheidung der Angelegenheit befugt war. Fünf Monate nach seiner Entstehung erklärte das Universale Haus der Gerechtigkeit in der Botschaft vom 6. Oktober 1963 an alle Nationalen Geistigen Räte folgendes zu diesem Thema:
»Nach sorgfältigem Studium der heiligen Texte … und nach ausgedehnter Beratung … sieht das Universale Haus der Gerechtigkeit keinen Weg, einen zweiten Hüter zur Nachfolge von Shoghi Effendi zu ernennen oder ein Gesetz zu erlassen, das eine solche Ernennung ermöglicht.« Q93
Als Shoghi Effendi seine Aufgabe antrat, für die er in der Geschichte kein Vorbild fand, konnte er nirgends die für seine Arbeit notwendige Führung suchen als nur in den Schriften der Stifter des Glaubens und im Beispiel des Meisters. Kein Ratgeberstab konnte ihm dabei helfen, die Bedeutung der Texte zu ermitteln, die auszulegen er berufen war – für eine Bahá’í-Gemeinde, die all ihr Vertrauen in ihn setzte. Obwohl er die Werke von Historikern, Wirtschafts- und Politikwissenschaftlern studierte, konnte solches Forschen ihm doch nur Rohmaterial bieten, das seine inspirierte Vision der Sache Gottes dann ordnen und zusammenfügen musste. Die Zuversicht und der Mut, die notwendig waren, um eine so heterogene Gemeinde von Gläubigen dazu zu motivieren, Aufgaben anzugehen, die rein sachlich betrachtet weit jenseits ihrer Möglichkeiten lagen, konnte er allein aus der geistigen Kraft seines Herzens schöpfen. Jeder objektive Beobachter des zwanzigsten Jahrhunderts – so skeptisch er auch gegenüber religiösen Ansprüchen sein mag – muss doch anerkennen, dass die Integrität, mit der ein junger Mann Anfang zwanzig eine so ehrfurchtgebietende Verantwortung übernahm und einen so überwältigenden Sieg errang, beweisen, welch immense geistige Kraft der Sache innewohnt, an deren Fortschritt er arbeitete.
Wer all dies anerkennt, muss gleichzeitig verstehen, dass die Fähigkeiten, mit denen der Bund das Hütertum ausstattete, keine magischen Kräfte sind. Sie erfolgreich einzusetzen erforderte, wie Rúḥíyyih Khánum in bewegender Weise schildert, einen nie endenden Prozess des Ausprobierens, Evaluierens und Verbesserns. Die Genauigkeit, mit der Shoghi Effendi politische und soziale Vorgänge schon in ihren frühen Entwicklungsstadien analysierte, und die Souveränität, mit der sein Verstand ein Kaleidoskop unterschiedlichster Ereignisse – vergangener wie gegenwärtiger – erfasste, um sie zu deuten und zum sich entfaltenden göttlichen Willen in Beziehung zu setzen, flößen größten Respekt ein. Dass dieses große Werk des Intellekts sich auf einer Ebene vollzog, die weit über der liegt, auf der menschlicher Verstand normalerweise funktioniert, verringerte keineswegs die damit verbundene Anstrengung. Im Gegenteil: Es gehört zu den Kennzeichen der von Shoghi Effendi verkörperten Institution, dass weder das Wesen, noch die Motivation, noch die Kraftreserven ihres Trägers übermenschlich sind.A37
Jetzt, in der Rückschau über mehr als vierzig Jahre seit seinem Hinscheiden, beginnt sich strahlend klar herauszukristallisieren, dass das Werk Shoghi Effendis für die Entwicklung der Gemeindeordnung eine unvergängliche Bedeutung hat und sich noch lange auf sie auswirken wird. Das Testament des Meisters hätte – wären die Umstände anders gewesen – durchaus die Möglichkeit für einen oder mehrere Nachfolger in dem von Shoghi Effendi verkörperten Amt eröffnet. Die Wege Gottes sind uns unergründlich. Klar und unbestreitbar ist jedoch, dass die Struktur der Gemeindeordnung sowie auch die Richtung ihrer künftigen Entwicklung von Shoghi Effendi durch seine Auslegungsbefugnis festgelegt wurden, indem er die ihm vom Meister übertragene Aufgabe in jeder Hinsicht und im größt denkbaren Maße erfüllte. Ebenso klar und unbestreitbar ist, dass Struktur und Entwicklungsrichtung der Gemeindeordnung dem Willen Gottes entsprechen.

8

Wie Shoghi Effendi warnend vorhergesagt hatte, griffen parallel zum Prozess des Aufbaus, der weltweit in Gang war, weiterhin auch solche Kräfte um sich, die ererbte Überzeugungen und Systeme untergruben. Daher kann es nicht überraschen, dass die Friedenseuphorie in Europa und im Orient sich als äußerst kurzlebig erwies. Kaum hatten die Kriegshandlungen ein Ende gefunden, als auch schon der ideologische Konflikt zwischen Marxismus und liberaler Demokratie neu aufbrach und beide Staatenblöcke immer wieder versuchten, sich die Vormachtstellung zu sichern. Das Phänomen des ›Kalten Krieges‹, in dem der Kampf um die Vorherrschaft nur knapp vor der militärischen Auseinandersetzung Halt machte, bildete die vorherrschende weltpolitische Konstante der kommenden Jahrzehnte.
Die Bedrohung, die diese neue Krise in der internationalen Ordnung darstellte, wurde noch verstärkt durch die Fortschritte in der Nukleartechnik. Beiden Blöcken gelang es, sich mit einem immer größeren Arsenal an Massenvernichtungswaffen zu rüsten. Die grauenvollen Bilder Hiroshimas und Nagasakis hatten die Menschheit aufgerüttelt und ihr die furchterregende Möglichkeit vor Augen gehalten, dass ein paar vergleichsweise unbedeutende Zwischenfälle – so unvorhersehbar wie die Ereignisse, die 1914 durch den Vorfall in Sarajevo ins Rollen gebracht wurden – diesmal dazu führen könnten, dass ein Großteil der Weltbevölkerung ausgelöscht und weite Teile der Erde unbewohnbar würden. Den Bahá’í brachte diese Vorstellung jene düsteren Warnungen lebhaft in Erinnerung, die Bahá’u’lláh Jahrzehnte zuvor ausgesprochen hatte: »Seltsame, verblüffende Dinge gibt es in der Erde; aber sie sind dem Geist und Verständnis der Menschen verborgen. Diese Dinge sind imstande, die ganze Erdatmosphäre zu verwandeln, und eine Verseuchung mit ihnen wäre tödlich.«Q94
Die bei weitem schlimmste Tragödie, die dieser jüngste Kampf um die Vorherrschaft in der Welt mit sich brachte, war die Vereitelung aller Hoffnungen der bisher unterworfenen Völker, ihr Leben nun selbst in die Hand nehmen und gestalten zu können. Die Bestrebungen mancher der überlebenden Kolonialmächte, diese Hoffnungen zu unterdrücken, waren für jeden objektiven Beobachter zwar zum Scheitern verurteilt, aber angesichts ihres Starrsinns konnte der Freiheitsdrang vieler Länder nur Zuflucht zu gewaltsamer Revolution nehmen. Derartige Bewegungen prägten zunehmend die politische Landschaft. Um 1960 waren sie dann in den meisten abhängigen Gebieten die bei der einheimischen Bevölkerung verbreiteste Form politischen Engagements.
Die Triebkraft des Kolonialismus war wirtschaftliche Ausbeutung. Die meisten Befreiungsbewegungen nahmen deshalb, vielleicht zwangsläufig, eine im weiteren Sinne sozialistische Prägung an. In nur wenigen Jahren war so ein Nährboden geschaffen für die Ausbeutung durch die Supermächte. Der Sowjetunion bot sich die Möglichkeit, über die politische Umorientierung etlicher Länder einen dominanten Einfluss auf jene Gruppe von Ländern zu gewinnen, die man jetzt begann, die ›Dritten Welt‹ zu nennen. Der Westen reagierte darauf, indem er – wo es nicht gelang, durch Entwicklungshilfe die Loyalität der Empfängernationen zu sichern – eine Vielzahl autoritärer Regime förderte und bewaffnete.
Diese neuen Regierungen, durch auswärtige Kräfte manipuliert, konzentrierten sich immer weniger auf die realen Entwicklungsbedürfnisse, sondern verwickelten sich zunehmend in ideologische und politische Kämpfe, die mit der sozialen und wirtschaftlichen Realität wenig oder nichts zu tun hatten. Die Folgen waren durchweg verheerend. Wirtschaftlicher Bankrott, grobe Verletzungen der Menschenrechte, der Zusammenbruch der öffentlichen Ordnung und die Herausbildung opportunistischer Eliten, die im Elend ihrer Länder nur die Möglichkeit sahen, sich selbst zu bereichern – all das gehörte zum erschütternden Schicksal, das nach und nach die neuen Nationen befiel, deren Bildung erst vor wenigen Jahren so viel zu verheißen schien.
Diese politischen, sozialen und wirtschaftlichen Probleme wurden verursacht durch eine Krankheit der menschlichen Seele, die unaufhaltsam immer weiter um sich griff und sich einnistete, und deren zerstörerische Kraft ungleich größer ist als jede ihrer konkreten Formen. Ihr Triumph kennzeichnete ein neues, unheilvolles Stadium in der Entfaltung des Prozesses wirtschaftlichen und gesellschaftlichen Zerfalls, den Shoghi Effendi beschrieben hatte. Diese Krankheit – der Materialismus – wurzelt in der europäischen Philosophie des neunzehnten Jahrhunderts, sie gewann enormen Einfluss durch die Errungenschaften der kapitalistischen Zivilisation in den Vereinigten Staaten; der Marxismus verlieh ihr seinen systemtypischen Anschein von Wahrheit: Der Materialismus entwickelte sich in der zweiten Hälfte des zwanzigsten Jahrhunderts regelrecht zu einer Art Universalreligion mit totalitärem Anspruch auf das individuelle und gesellschaftliche Leben. Sein Kredo ist extrem simpel: Die Wirklichkeit – einschließlich der Wirklichkeit des Menschen und des Prozesses, durch den sie sich entwickelt – ist ihrem Wesen nach materiell. Der Sinn des Lebens ist die Befriedigung materieller Bedürfnisse – oder er sollte es zumindest sein. Der Zweck der Gesellschaft ist, dieses Ziel zu unterstützen und zu erleichtern, und das kollektive Bestreben der Menschheit sollte sein, dieses System ständig zu optimieren, damit es seine Aufgabe immer effizienter erfüllen kann.
Mit dem Zusammenbruch der Sowjetunion verschwand auch jeglicher Antrieb, ein formelles materialistisches Wertesystem zu entwickeln und zu propagieren. Dies war auch gar nicht mehr nötig, denn in den meisten Teilen der Welt sah sich der Materialismus sowieso schon bald keiner nennenswerten Gegenströmung mehr ausgesetzt. Die Religion wurde da, wo sie nicht schlichtweg zu Fanatismus und gedankenlosem Widerstand gegen den Fortschritt verkam, zu einer Privatsache reduziert, zu einem Faible, einer Freizeitbeschäftigung, allein auf die Befriedigung individueller spiritueller und emotionaler Bedürfnisse ausgerichtet. Das Bewusstsein, eine historische Mission zu erfüllen, das die großen Religionen kennzeichnete, ging verloren. Man lernte sich damit zu begnügen, rein säkulare Programme gesellschaftlichen Wandels religiös abzusegnen. Die Welt der Wissenschaft, einst Schauplatz großer Heldentaten von Verstand und Geist, richtete sich ein in der Rolle einer Art Wissenschafts-Industrie, die sich ganz auf die Pflege ihres Apparates aus Dissertationen, Symposien, Publikationen und Förderungsmitteln konzentriert.
Der Materialismus, ganz gleich ob als Weltanschauung oder als bloße Gewinnlust, raubt dem Menschen den Antrieb für geistige Impulse die die vernunftbegabte Seele auszeichnen, ja, er nimmt ihm jegliches Interesse am Geistigen. »Denn Eigenliebe«, sagt ‘Abdu’l-Bahá, »ist in jenen Klumpen Lehm, aus dem der Mensch gemacht ist, hineingeknetet, und ohne die Aussicht auf eine ansehnliche Belohnung wird keiner seinen handgreiflichen materiellen Nutzen hintanstellen.«Q95 Ohne die Überzeugung, dass die Wirklichkeit im Wesentlichen geistig ist, und ohne die Erfüllung, die allein diese Überzeugung bietet, ist es nicht verwunderlich, dass sich im Kern der gegenwärtigen zivilisatorischen Krise ein Kult des Individualismus findet, der immer weniger Beschränkungen erträgt, Besitzstreben und persönliches Vorankommen zu allgemein gültigem kulturellen Wert erhebt. Die daraus resultierende Atomisierung der Gesellschaft ist eine neue Stufe im Prozess gesellschaftlicher Desintegration, von dem die Schriften Shoghi Effendis so eindringlich sprechen.
Jedes Gesellschaftssystem braucht ein moralisch-ethisches Geflecht, das den einzelnen stützt und ihm Grenzen setzt. Wer in Kauf nimmt, dass ein Strang nach dem anderen davon zerreißt, hat von der Wirklichkeit nicht viel verstanden. Wären die maßgeblichen Denker in ihrer Beurteilung der offenkundigen Fakten nur ehrlicher, dann könnte man hier die Ursache finden für scheinbar unzusammenhängende Probleme wie der Umweltverschmutzung, für wirtschaftliches Chaos, rassistische Gewalt, die in der Gesellschaft um sich greifende Teilnahmslosigkeit, die enorm ansteigende Kriminalität und für Epidemien, die ganze Völker dahinraffen. So wichtig es zweifellos ist, solche Probleme mit Hilfe von rechtlichem, soziologischem oder technischem Sachverstand anzugehen – es wäre doch falsch zu glauben, dass solche Bemühungen eine nennenswerte Besserung bewirken können, wenn sie nicht mit einem grundlegenden Wandel im Moralverständnis und im sittlichen Verhalten einhergehen.
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Vor diesem dunklen Horizont erstrahlt das, was die Bahá’í-Welt während eben jener Jahre erreichte, in noch hellerem Licht. Die Bedeutung der Leistung, die das Universale Haus der Gerechtigkeit entstehen ließ, kann nicht genug betont werden. Sechstausend Jahre lang hatte die Menschheit mit den unterschiedlichsten Methoden kollektiver Entscheidungsfindung experimentiert. Aus der Perspektive des zwanzigsten Jahrhunderts stellt sich die politische Weltgeschichte als ständig wechselndes Bild dar, in dem der menschliche Einfallsreichtum jede sich bietende Möglichkeit ausprobierte. So unterschiedliche Systeme wie die Theokratie, die Monarchie, die Aristokratie, die Oligarchie, die Republik, die Demokratie und solche, die der Anarchie nahe kamen, breiteten sich ungehindert aus, daneben auch zahlreiche Konstrukte, die verschiedene einzelne Merkmale der jeweiligen Gesellschaftsformen zu kombinieren versuchten. Obwohl die meisten dieser Systeme sich für verschiedene Zwecke missbrauchen ließen, trug die Mehrheit von ihnen doch in unterschiedlichem Maß dazu bei, die Hoffnungen derer zu erfüllen, deren Interessen sie zu dienen behaupteten.
Während dieses langen Entwicklungsprozesses, in dessen Verlauf immer mehr und gleichzeitig sehr unterschiedliche Völker unter die Herrschaft des einen oder anderen Regierungssystems fielen, ergriff die Idee eines Weltreiches immer wieder die Vorstellungskraft eines Cäsar oder Napoleon, der sie zur Grundlage seiner expansiven Politik machte. Die katastrophalen Fehlschläge, mit denen uns die Geschichte gleichzeitig so fasziniert und erschreckt, sollten eigentlich hinreichend beweisen, dass die Verwirklichung dieses Ziels weit über das menschliche Vermögen hinausgeht, ganz gleich welche Hilfsmittel zur Verfügung stehen oder wie groß das Vertrauen in den Genius der jeweiligen Kultur ist.
Und doch ist die Vereinigung der Menschheit unter einem Regierungssystem, das die dem Wesen des Menschen innewohnenden Potentiale sich voll entfalten lässt und Programme ermöglicht, die dem Wohle aller dienen, eindeutig der nächste Schritt in der zivilisatorischen Entwicklung. Die reale Vereinigung der Welt, die wir heute erleben, und die erwachenden Hoffnungen und Ziele der Masse der Erdbevölkerung haben nun endlich die Bedingungen dafür geschaffen, dass dieses Ideal erreicht werden kann – wenn es sich auch ganz anders gestaltet, als in den imperialistischen Träumen der Vergangenheit. Zu dieser gemeinsamen Anstrengung haben die Regierungen der Welt die Gründung der Vereinten Nationen beigetragen, mit all dem Guten, das sie bringen, und auch mit all ihren beklagenswerten Mängeln.
In der Zukunft erwarten uns weitere große Veränderungen, die letztlich zur Anerkennung des Prinzips einer ›Weltregierung‹ führen werden. Dies ist nicht der Auftrag der Vereinten Nationen, noch finden sich in der gegenwärtigen Diskussion unter politischen Führern ernsthafte Ansätze einer derart radikalen Umgestaltung der globalen politischen Strukturen. Dass dies jedoch zu gegebener Zeit so kommen wird, sagt Bahá’u’lláh klar und unmissverständlich voraus. Ebenso klar scheint leider aber auch, dass erst noch größeres Leid und noch tiefere Desillusionierung kommen müssen, um die Menschheit zu diesem großen Sprung vorwärts zu bewegen. Die Einrichtung einer solchen Weltregierung verlangt von den Regierungen der Staaten und anderen Machtzentren, jegliche finale Autorität, die dem Begriff ›Regierung‹ innewohnt, bedingungslos und unwiderruflich internationaler Entscheidungsgewalt unterzuordnen.
Die Bahá’í müssen lernen, den einzigartigen Sieg, den die Sache Gottes im Jahre 1963 errang und der sich seitdem weiter festigte, in diesem Zusammenhang zu sehen. Seine tiefste innere Bedeutung zu erfassen, übersteigt das Begriffsvermögen der heutigen und vielleicht auch noch der nächsten Generationen von Gläubigen. In dem Ausmaß aber, in dem ein Bahá’í sie doch versteht, wird er der sich in diesem Prozess entfaltenden Absicht rückhaltlos und fest entschlossen dienen.
Das bei der Bildung des Universalen Hauses der Gerechtigkeit angewandte Wahlverfahren – was ja erst möglich wurde durch den erfolgreichen Abschluss der ersten drei Stufen des Göttlichen Planes ‘Abdu’l-Bahás unter der Führung Shoghi Effendis – war wohl die erste weltweite demokratische Wahl, die es je gab. Jede der folgenden Wahlen des Universalen Hauses der Gerechtigkeit wurde nun von immer mehr Delegierten der Gemeinde von immer unterschiedlicherer Herkunft durchgeführt. Diese Entwicklung ist inzwischen so weit fortgeschritten, dass die Wahl des Hauses unbestreitbar den Willen eines Querschnitts der gesamten Menschheit darstellt. Nichts auf der Welt – ja, nichts, was irgendeine Gruppe derzeit anstrebt – kommt dieser Errungenschaft auch nur annähernd gleich.
Wenn man außerdem die geistige Atmosphäre bedenkt, in der Bahá’í-Wahlen durchgeführt werden, und die Grundsätze und Prinzipien, an die jeder Wähler sich beim Wahlvorgang hält, wird einem noch etwas weitaus Wichtigeres bewusst. Bei der Bildung der höchsten Körperschaft unseres Glaubens wird man Zeuge eines Bemühens um das Wohlgefallen Gottes – so gut Menschen dies vermögen – einer geeinten, glühenden Entschlossenheit, die nichts, weder eigener kultureller Prägung, noch irgendwelchen persönlichen Neigungen, erlaubt, die Reinheit dieses höchsten gemeinsamen Handelns zu beeinträchtigen. Mehr können Menschen nicht leisten. Mit diesem Akt tut die Menschheit buchstäblich ihr Möglichstes, und Gott, der die hingebungsvollen, aufrichtigen Bemühungen jener annimmt, die zu Seinem Glauben gefunden haben, begabt die so geschaffene Institution mit eben jenen Kräften, die ihr im Kitáb-i-Aqdas und im Testament des Meisters versprochen sind. So ist es kein Wunder, dass ‘Abdu’l-Bahá den Prozess, welcher in jenem historischen Augenblick des Jahres 1963 gipfelte, der auch der hundertste Jahrestag der Erklärung der Sendung Bahá’u’lláhs war, als Erfüllung der Vision des Propheten Daniel voraussah: »Wohl dem, der da wartet und erreicht tausenddreihundertfünfunddreißig Tage!«Q96 Mit den Worten des Meisters:
»Wenn nach dieser Berechnung ein Jahrhundert vergangen ist nach dem Tagesanbruch der Sonne der Wahrheit, dann werden die Lehren Gottes fest errichtet sein auf der Erde, und das göttliche Licht wird die Welt überfluten vom Osten bis zum Westen. Dann werden die Gläubigen an diesem Tage voll Freude sein.« Q97
Mit der Errichtung des Universalen Hauses der Gerechtigkeit war die zweite der beiden Nachfolge-Institutionen ins Leben getreten, die ‘Abdu’l-Bahá als Garanten der Einheit der Sache Gottes bezeichnet hatte. Die umfangreichen Schriften des Hüters und die Struktur der Gemeindeordnung, die er entworfen hatte und die den Gläubigen unauslöschlich ins Bewusstsein eingeprägt war, hatten der Bahá’í-Welt das Werkzeug dafür an die Hand gegeben, ein gemeinsames Verständnis über Absicht und Zweck der Offenbarung Gottes zu erlangen. Mit dem Universalen Haus der Gerechtigkeit besaß sie jetzt auch jene von Bahá’u’lláh vorgesehene höchste Autorität, welcher die entscheidungsfindende Funktion der Gemeindeordnung übertragen ist. Wie im Testament ‘Abdu’l-Bahás erklärt wird, haben beide Institutionen gleichermaßen Teil am göttlichen Versprechen unfehlbarer Führung:
»Der heilige, jugendliche Ast, der Hüter der Sache Gottes, wie auch das Universale Haus der Gerechtigkeit, das allgemein zu wählen und einzusetzen ist, stehen beide unter der Fürsorge und dem Schutz der Schönheit Abhá, unter dem Schirm der unfehlbaren Führung Seiner Heiligkeit des Erhabenen [des Báb] – möge mein Leben ein Opfer für sie beide sein. Was immer sie entscheiden, ist von Gott.« Q98
Diese beiden Institutionen, so erklärte Shoghi Effendi weiter, ergänzen einander und haben einige Aufgaben gemeinsam, andere obliegen jeweils der einen oder der anderen Institution. Gleichwohl war er stets darum bemüht festzustellen:
»Jeder Gläubige muss … voll begreifen, dass die Institution des Hütertums die Gewalten, die Bahá’u’lláh dem Universalen Haus der Gerechtigkeit im Kitáb-i-Aqdas verliehen und die ‘Abdu’l-Bahá wiederholt und feierlich in Seinem Testament bestätigt hat, unter keinen Umständen aufhebt oder sie im geringsten schmälert. Das Hütertum stellt auf keinen Fall einen Widerspruch zu dem Testament und den Schriften Bahá’u’lláhs dar, noch hebt es irgendeine Seiner offenbarten Weisungen auf.« Q99
Dieses Verständnis der Einzigartigkeit dessen, was Bahá’u’lláh geschaffen hat, öffnet den Blick dafür, was die Sache Gottes zur Vereinigung der Menschheit und zur Errichtung einer Weltgesellschaft leisten kann. Die unmittelbare Verantwortung für die Errichtung einer Weltregierung liegt bei den Nationalstaaten. Die Aufgabe der Bahá’í-Gemeinde zum jetzigen Zeitpunkt in der sozialen und politischen Evolution der Menschheit ist, mit allen ihr zu Gebote stehenden Kräften dazu beizutragen, solche Bedingungen zu schaffen, die dieses höchst anspruchsvolle Unterfangen fördern und begünstigen. So wie Bahá’u’lláh den Herrschern Seiner Zeit versicherte: »Wir haben nicht den Wunsch, Hand an eure Reiche zu legen«Q100, so verfolgt auch die Bahá’í-Gemeinde keine eigenen politischen Interessen, vermeidet alle Handlungen parteiischen Charakters und anerkennt vorbehaltlos die legitimen Machtbefugnisse der Regierung. Was immer die Bahá’í über die gegenwärtigen Zustände oder die Bedürfnisse der Mitglieder ihrer Gemeinde zu sagen haben, vollzieht sich auf dem Boden der jeweiligen Verfassung und des gesetzten Rechts.
Die Macht der Sache Gottes, den Lauf der Geschichte zu beeinflussen, liegt demnach nicht nur in der geistigen Kraft ihrer Botschaft, sondern auch in dem Beispiel, das sie bietet. »So machtvoll ist das Licht der Einheit«, erklärt Bahá’u’lláh, »dass es die ganze Erde erleuchten kann.«Q101 Die Einheit der Menschheit, die der Glaube verkörpert, so betont Shoghi Effendi, »ist kein bloßer Ausdruck unkundiger Gefühlsseligkeit oder unklarer frommer Hoffnung«Q102. Die organische Einheit aller Gläubigen – und die Gemeindeordnung, die diese ermöglicht – sind Beweise für die vom Hüter so bezeichnete »gesellschaftsbildende Macht ihres Glaubens«Q103. Während die Sache Gottes sich ausbreitet und die in ihrer Gemeindeordnung verborgenen Kräfte immer klarer erkennbar werden, wird sie zunehmend die Aufmerksamkeit führender Denker erregen und den fortschrittlichen unter ihnen das Vertrauen einflößen, dass ihre Ideale letztlich doch erreichbar sind. Mit den Worten Shoghi Effendis:
»Religionsführer, Vertreter politischer Theorien, Verwalter menschlicher Institutionen, die heutzutage verwirrt und bestürzt den Bankrott ihrer Ideen, den Zusammenbruch ihrer Lebensarbeit feststellen – sie alle täten gut daran, ihren Blick auf die Offenbarung Bahá’u’lláhs zu richten und über die Weltordnung nachzudenken, die in Seinen Lehren beschlossen ist und sich langsam, kaum merklich aus dem Wirrwarr und Chaos der gegenwärtigen Zivilisation erhebt.« Q104
Im Zentrum derartiger Überlegungen wird die Kraft stehen, die es den Bahá’í ermöglichte, ihre Einheit zu erlangen, zu festigen und zu erhalten. »Der Menschen Licht«, erklärt Bahá’u’lláh, »ist die Gerechtigkeit.« Ihr Zweck, fährt Er fort, »ist das Zustandekommen von Einheit unter den Menschen. Das Meer göttlicher Weisheit wogt in diesem erhabenen Wort … «Q105 Die Bezeichnung ›Häuser der Gerechtigkeit‹ für die Institutionen, welche die von Ihm entworfene Weltordnung auf örtlicher, nationaler und internationaler Ebene leiten, spiegelt den zentralen Stellenwert des Gerechtigkeitsprinzips in der Offenbarung und im Leben des Glaubens wieder. In dem Maße, wie die Bahá’í-Gemeinde zunehmend am Leben der Gesellschaft teilhat, wird ihre Erfahrung immer ermutigendere Belege für die Gültigkeit dieses Gesetzes bei der Heilung der zahllosen Leiden liefern, welche die Menschheit quälen. Sie alle sind in letzter Konsequenz eine Folge der Uneinigkeit. »Wisse wahrlich«, erklärt Bahá’u’lláh, »diese großen Heimsuchungen, die über die Welt gekommen sind, bereiten sie vor auf das Kommen der größten Gerechtigkeit.«Q106 Offensichtlich wird aber diese höchste Stufe in der gesellschaftlichen Evolution erst in einer Welt erreicht, die sich von der uns heute bekannten deutlich unterscheidet.

9

Durch die Erfüllung der Ziele des Zehnjahresplanes und die Errichtung des Universalen Hauses der Gerechtigkeit erfuhr der Glaube einen mächtigen Schub voran. Diesmal zeigte sich der Fortschritt – der praktisch alle Bereiche des Bahá’í-Lebens ergriff – in Form längerfristiger Entwicklungen, die man am besten versteht, wenn man den Zeitraum seit 1963 als Ganzes betrachtet. In diesen entscheidenden siebenunddreißig Jahren entwickelte sich die Arbeit des Glaubens zügig in zwei parallelen Bereichen: zum einen wurden große Fortschritte in der Ausbreitung und Festigung der Bahá’í-Gemeinde erzielt, zum anderen gewann der Glaube deutlich an Einfluss im Leben der Gesellschaft. Mit der Zeit betätigten sich die Bahá’í auf immer mehr und immer unterschiedlicheren Feldern, und viele dieser Bemühungen förderten unmittelbar die eine oder die andere der beiden wesentlichen Entwicklungslinien.
Eine Entscheidung, die das Haus der Gerechtigkeit schon früh in diesem Zeitraum traf, erwies sich als besonders wichtig für alle Aspekte des Lehrens und für die Entwicklung der Gemeindeordnung. Die Erkenntnis, dass es keinen Nachfolger Shoghi Effendis geben konnte, brachte es mit sich, dass auch keine neuen Hände der Sache mehr ernannt werden konnten. Wie wichtig aber die Aufgaben dieser Institution für den Fortschritt des Glaubens waren, hatte sich in den sechs kritischen Jahren zwischen 1957 und 1963 gezeigt. Daher richtete das Haus der Gerechtigkeit – in dessen Kompetenz es ausdrücklich liegt, neue Bahá’í-Institutionen ins Leben zu rufen, wenn die Belange der Sache Gottes es erfordernA38 – im Juni 1968 die Kontinentalen Beraterämter ein. Dieser neuen Institution wurde die Aufgabe übertragen, in Zukunft die beiden Hauptaufgaben der Hände der Sache, nämlich den Schutz und die Verbreitung des Glaubens, weiter auszuüben, sie leitete von nun an die Arbeit der bereits bestehenden Hilfsämter an und half den Nationalen Räten die Verantwortung für den Fortschritt des Glaubens zu schultern. Die großen Erfolge, die 1973 am Ende des Neunjahresplanes gefeiert werden konnten, zeigen, wie reibungslos das neue Organ der Gemeindeordnung seine Pflichten übernommen hatte, und wie bereitwillig und freudig die Gläubigen wie die Räte sich ihm zuwandten. In diese Zeit fiel noch ein weiterer wichtiger Schritt in der Entwicklung der Gemeindeordnung: das Internationale Lehrzentrum wurde geschaffen, das Gremium, das in der Zukunft etliche Aufgaben weiterführen sollte, welche die »im Heiligen Land lebenden Hände der Sache« wahrgenommen hatten, und das vom Augenblick seiner Entstehung an die Arbeit der Beraterämter weltweit koordinierte.
Shoghi Effendi hatte die Richtung, in die das Wachstum des Glaubens sich entwickelte, bereits vorausgesehen und geschrieben, dass das Universale Haus der Gerechtigkeit »später in diesem [dem Gestaltenden] Zeitalter weltweite Unternehmungen angehen wird, welche die Einheit der Nationalen Räte symbolisieren, ihre Arbeit koordinieren und harmonisieren werden«Q107. Diese weltweiten Unternehmungen begannen 1964 mit dem Neunjahresplan, gefolgt von einem Fünfjahresplan (1974), einem Siebenjahresplan (1979), einem Sechsjahresplan (1986), einem Dreijahresplan (1993), einem Vierjahresplan (1996) und einem Zwölfmonatsplan, der das Jahrhundert abschloss. An den Schwerpunkten, durch die diese Pläne sich unterschieden, lässt sich das Wachstum der Sache Gottes während dieser Jahrzehnte ablesen, wie auch die dadurch entstandenen neuen Möglichkeiten und Herausforderungen. Wichtiger als die unterschiedlichen Schwerpunkte ist allerdings, dass die Aktivitäten, zu denen die einzelnen Pläne aufrufen, Fortsetzungen der unter Shoghi Effendi begonnen Initiativen sind, der seinerseits die von den Stiftern des Glaubens gesponnenen Fäden aufgegriffen und weiterentwickelt hatte: die Schulung Geistiger Räte; die Übersetzung, Veröffentlichung und Verbreitung von Bahá’í-Literatur; die Ermutigung der Freunde zu universeller Beteiligung; die geistige Bereicherung des Bahá’í-Lebens; die Bemühung um die Einbindung der Bahá’í-Gemeinde in das Leben der Gesellschaft; die Stärkung des Bahá’í-Familienlebens sowie die Erziehung von Kindern und Jugendlichen. Diese verschiedenen Prozesse werden bis in alle Zukunft immer neue Möglichkeiten eröffnen; dabei verleiht die Tatsache, dass jeder seinen Ausgangspunkt im schöpferischen Impuls der Offenbarung selbst hat, allem, was die Bahá’í-Gemeinde tut, eine vereinigende Kraft und ist gleichzeitig das Geheimnis und die Garantie ihres letztlichen Erfolges.
Die ersten beiden Jahrzehnte dieses Prozesses gehören zu den fruchtbarsten Perioden, die die Bahá’í-Gemeinde je erlebt hat. In kürzester Zeit vervielfachte sich die Anzahl der Geistigen Räte, und das Bahá’í-Leben war zunehmend durch die ethnische und kulturelle Vielfalt der Gemeindemitglieder gekennzeichnet. Zwar bereitete der Zerfall der Gesellschaft den Bahá’í-Institutionen Probleme, gleichzeitig erhöhte sich dadurch aber auch das Interesse an der Botschaft der Sache Gottes. Zu Beginn dieser Zeit wurde die Gemeinde vor die Herausforderung gestellt, »die Massen zu lehren«. 1967 war sie dann aufgerufen, »einen nachhaltigen Prozess in Gang zu setzen und die heilende Botschaft, dass der Verheißene erschienen ist, allen sozialen Schichten zu verkünden«Q108.
Als die Bahá’í aus den städtischen Ballungsräumen sich aufmachten und Projekte begannen, mit denen die Massen der Weltbevölkerung in den Dörfern und ländlichen Gegenden erreicht werden sollten, erlebten sie eine viel größere Aufnahmebereitschaft für die Botschaft Bahá’u’lláhs, als sie sich je vorgestellt hatten. Zwar unterschied sich die Reaktion der Menschen hier grundlegend von dem, was die Lehrer bisher gekannt hatten, aber die Neuerklärten wurden freudig willkommen geheißen. In Afrika, Asien und Lateinamerika nahmen Zehntausende den Glauben an, dabei handelte es sich oft um den Großteil der Bewohner eines ganzen Dorfes. Die sechziger und siebziger Jahre waren für die Bahá’í-Gemeinde, deren Wachstum außerhalb des Íráns ja bisher langsam und gleichmäßig gewesen war, begeisternde Zeiten. Den Freunden im Pazifikraum wurde die große Auszeichnung zuteil, das erste Staatsoberhaupt, Seine Hoheit Malietoa Tanumafili II. von Samoa, zum Glauben zu führen – eine Auszeichnung, die erst zukünftige Ereignisse in einen angemessenen Rahmen setzen können.
Kernstück dieser Entwicklung war, wie zu allen Zeiten in der Geschichte des Glaubens, das Engagement des einzelnen Gläubigen. Schon während der Amtszeit Shoghi Effendis hatten weitsichtige Freunde die Initiative ergriffen und sich aufgemacht, um einheimische Völker in Ländern wie Uganda, Bolivien und Indonesien zu erreichen. Während des Neunjahresplans wurden nun immer mehr Lehrer in diese Arbeit eingebunden, besonders in Indien, mehreren afrikanischen Ländern und den meisten Gegenden in Lateinamerika, ebenso auf den pazifischen Inseln, in Alaska und beim Lehren der einheimischen Stämme in Kanada sowie der farbigen Landbevölkerung im Süden der Vereinigten Staaten. Die Unterstützung dieser Arbeit durch Pioniere erwies sich als lebenswichtig; auf diese Weise wurden die einheimischen Gläubigen ermutigt und dabei unterstützt, sich selbst als Lehrer der Sache zu erheben.
Dennoch wurde sehr bald deutlich, dass durch persönliche Initiative allein, von wie viel Geist und Tatkraft sie auch durchdrungen war, nicht angemessen auf die sich eröffnenden Möglichkeiten reagiert werden konnte. Also machten sich Bahá’í-Gemeinden an vielfältige gemeinsame Lehr- und Proklamationsprojekte, die die heldenhaften Tage der Dawnbreakers ins Gedächtnis rufen. Teams begeisterter Bahá’í-Lehrer stellten fest, dass es jetzt möglich war, nicht nur eine Reihe von Interessenten mit der Botschaft des Glaubens bekannt zu machen, sondern gleich Gruppen oder sogar ganze Dorfbevölkerungen. Aus den Zehntausenden wurden Hunderttausende. Mitglieder von Geistigen Räten hatten bisher nur Erfahrung damit, Einzelne – aufgewachsen in Kulturen voller Skepsis oder geprägt von religiösem Fanatismus – in ihrem Verständnis des Bahá’í-Glaubens zu vertiefen. Das Wachstum des Glaubens bedeutete nun, dass man lernen musste, mit Glaubensäußerungen großer Gruppen umzugehen, für die Religion selbstverständlich zum Alltag gehörte.
Kein Teil der Gemeinde trug mehr zu diesem dramatischen Wachstumsprozess bei als die Bahá’í-Jugend. Ihre Leistungen während dieser entscheidenden Jahrzehnte – ja während der gesamten hundertfünfzigjährigen Geschichte des Glaubens – erinnern immer wieder daran, dass die überwiegende Mehrzahl der Heldinnen und Helden, die Mitte des neunzehnten Jahrhunderts die Entwicklung des Glaubens in Gang brachten, sehr jung waren. Der Báb selbst war fünfundzwanzig Jahre alt, als Er Seine Sendung erklärte, und Anís, der den unsterblichen Ruhm erlangte, gemeinsam mit seinem Herrn zu sterben, war noch jugendlich. Quddús erkannte die Wahrheit der Offenbarung mit zweiundzwanzig. Zaynab, deren genaues Alter wir nicht kennen, war eine sehr junge Frau. Shaykh ‘Alí, den Quddús und Mullá Ḥusayn so liebten und schätzten, starb mit zwanzig den Märtyrertod; Muḥammad-i-Báqir-Naqsh war erst vierzehn, als er sein Leben hingab; und als Ṭáhirih den Glauben des Báb annahm, war sie Mitte zwanzig.
Tausende Bahá’í-Jugendliche, die dem Pfad folgten, den jene herausragenden Gestalten eröffnet hatten, erhoben sich in den folgenden Jahren, um die Botschaft des Glaubens in allen fünf Kontinenten und auf den verstreuten Inseln des Erdballs zu verkünden. Mit der Herausbildung einer internationalen Jugendkultur in den späten sechziger und den siebziger Jahren, konnten Gläubige, die in den Bereichen Musik, Theater und Kunst begabt waren, zeigen, was Shoghi Effendi gemeint hatte als er sagte: »An jenem Tag wird die Sache Gottes sich wie ein Lauffeuer verbreiten, wenn ihr Geist und ihre Lehren auf der Bühne oder in der Kunst und Literatur dargestellt werden.«Q109 Auch forderte die für die Jugend so typische Begeisterung und Hingabe den Großteil der Gemeinde ständig dazu heraus, immer kühner die für das soziale Leben revolutionäre Bedeutung der Lehren Bahá’u’lláhs in der Praxis zu erproben.
Der enorme Anstieg der Zahl der Erklärungen brachte allerdings auch große Probleme mit sich. Zunächst überstieg die Aufgabe, für die anhaltende Vertiefung, derer die neuen Gläubigen bedurften, und für die Festigung der neuen Gemeinden und Geistigen Räte zu sorgen, bald die begrenzten Möglichkeiten der an dieser Arbeit beteiligten Bahá’í-Gemeinden. Darüber hinaus wiederholten sich jetzt auf der ganzen Welt die kulturellen Herausforderungen, denen sich vormals jene persischen Gläubigen gegenübersahen, die als erste den Glauben im Westen zu etablieren versucht hatten. Theologische und administrative Prinzipien, die für die Pioniere und Reiselehrer vielleicht von höchster Wichtigkeit waren, standen selten im Zentrum des Interesses der Neuerklärten, deren soziale und kulturelle Wurzeln so ganz andere waren. Oftmals brachten unterschiedliche Ansichten über so simple Dinge wie die Anfangszeit von Veranstaltungen oder elementare soziale Umgangsformen Verständnisprobleme, die die Kommunikation extrem erschwerten.
Anfangs erwiesen sich solche Probleme als sehr anregend, denn Institutionen wie Gläubige bemühten sich darum, eine neue Sichtweise zu entwickeln – ja, wichtige Passagen der Schrift neu zu verstehen. Viele Gemeinden taten ihr Möglichstes, um der Führung aus dem Weltzentrum zu folgen, dass Ausbreitung und Festigung Zwillingsprozesse sind, die Hand in Hand gehen müssen. Dort jedoch, wo die erhofften Ergebnisse sich nicht so bald einstellten, machte sich oft eine gewisse Entmutigung breit. In vielen Ländern ging die Zahl der Neuerklärungen rapide zurück, was einige Bahá’í-Institutionen und -Gemeinden dazu verleitete, sich wieder altbekannten Aktivitäten und leichter erreichbaren Zielgruppen zuzuwenden.
Vor allem jedoch machten die Rückschläge den Gemeinden klar, dass die hohen Erwartungen der frühen Jahre der Massenlehrarbeit in mancher Hinsicht unrealistisch waren. Obwohl die schnellen Erfolge der ersten Lehraktivitäten sehr ermutigend waren, schufen sie allein noch kein Gemeindeleben, das den Bedürfnissen der neuen Mitglieder gerecht werden und sich aus eigener Kraft weiter entwickeln konnte. Vielmehr sahen sich Pioniere und neue Gläubige gleichermaßen Fragen gegenüber, auf welche die Erfahrung der Bahá’í im Westen – und selbst im Írán – kaum Antwort geben konnte. Wie sollten Geistige Räte gebildet werden – und, einmal gebildet, auch funktionieren – in Gegenden, in denen über Nacht große Zahlen Neuerklärter den Glauben angenommen hatten, allein aufgrund ihrer geistigen Fähigkeit, seine Wahrheit zu erkennen? Wie konnte man in Gesellschaften, die seit Menschengedenken von Männern dominiert wurden, Frauen zu einer gleichwertigen Stimme verhelfen? Wie sollte man die Erziehung und Ausbildung einer großen Zahl von Kindern angehen, wenn im kulturellen Umfeld Armut und Analphabetentum vorherrschten? Welche Schwerpunkte sollten in der moralischen Erziehung verfolgt werden, und wie konnte man diese Ziele zu den jeweiligen Lebensbedingungen eingeborener Völker in Beziehung setzen? Wie war ein dynamisches Gemeindeleben zu entwickeln, das das geistige Wachstum der Mitglieder anregte? Worauf sollte man sich bei der Herausgabe von Bahá’í-Literatur konzentrieren, besonders im Hinblick darauf, dass plötzlich so enorm viele verschiedene Sprachen in der Gemeinde vertreten waren? Wie konnten Würde und Funktion der so wichtigen Institution des Neunzehntagefestes gewahrt bleiben, während es sich gleichzeitig dem bereichernden Einfluss verschiedener Kulturen öffnete? Und schließlich – die Frage betraf alle Bereiche – woher sollte die erforderliche personelle und finanzielle Unterstützung kommen und wie konnte ihr Einsatz koordiniert werden?
Unter dem Druck dieser dringenden, ineinandergreifenden Herausforderungen trat die Bahá’í-Welt in einen Lernprozess ein, der sich als ebenso wichtig wie die Ausbreitung selbst erwies. Man kann getrost sagen, dass es während dieser Jahre buchstäblich keine Art von Lehraktivität gab, keine Kombination von Ausbreitung, Festigung und Proklamation, keine administrative Variante, keine Bemühung um kulturelle Anpassung, die nicht in irgendeinem Teil der Bahá’í-Welt energisch versucht wurde. Unter dem Strich lehrte diese Erfahrung einen Großteil der Bahá’í-Gemeinde, was es praktisch bedeutet, die Massen zu lehren – eine Erkenntnis, die anders nicht hätte gewonnen werden können. Seinem Wesen gemäß war der Prozess in seiner Schwerpunktsetzung vor allem lokal und regional, die Ergebnisse waren eher qualitative als quantitative, und der erreichte Fortschritt zeigte sich eher in kleinen Entwicklungsschritten als im Großen. Ohne die sorgfältige, immer schwierige und oft frustrierende Festigungsarbeit dieser Jahre hätte allerdings die später folgende Strategie, die Förderung des Beitritts in Scharen zu systematisieren, kaum eine Basis gehabt.
Aufgrund der Tatsache, dass die Botschaft Bahá’u’lláhs nicht mehr nur das Leben kleiner Gruppen von Gläubigen durchdrang, sondern das ganzer Gemeinden, wurde jetzt auch ein Merkmal früherer Entwicklungsphasen des Glaubens wieder belebt. Zum ersten Mal seit Jahrzehnten erlebte die Sache Gottes wieder, dass Lehren und Vertiefung untrennbar mit sozialer und wirtschaftlicher Entwicklung verbunden waren. Die iranischen Gläubigen – denen ja verwehrt wurde, an den begrenzten Möglichkeiten, die ihre Gesellschaft bot, gleichberechtigt teilzuhaben – hatten sich in den frühen Jahren des Jahrhunderts unter der Führung des Meisters und des Hüters mit großem Einsatz daran gemacht, ein umfassendes Gemeindeleben aufzubauen. Die relativ vereinzelten Bahá’í-Gruppen in Nordamerika und Westeuropa bedurften eines solchen Gemeindelebens noch nicht, auch lag es nicht im Bereich ihrer Möglichkeiten. Geistige und moralische Erziehung, Lehraktivitäten, die Errichtung von Schulen und Krankenhäusern, der Aufbau von Verwaltungen und die Unterstützung von Initiativen zur Förderung von wirtschaftlicher Unabhängigkeit und Wohlstand – all diese waren im Írán schon früh nicht wegzudenkende Aspekte eines organischen, geeinten Entwicklungsprozesses. Jetzt boten sich in Afrika, Lateinamerika und Teilen Asiens dieselben Herausforderungen und Möglichkeiten erneut.
Zwar hatte es vor allem in Lateinamerika und in Asien schon lange Projekte im Bereich sozialer und wirtschaftlicher Entwicklung gegeben, doch das waren isolierte Unternehmungen durch Gruppen von Gläubigen unter der Führung einzelner Nationaler Räte. Im Oktober 1983 wurden nun die Bahá’í-Gemeinden in aller Welt aufgerufen, solche Aktivitäten zu einem festen Bestandteil ihrer Tätigkeit zu machen. Im Weltzentrum wurde ein Büro für soziale und wirtschaftliche Entwicklung eingerichtet, welches das Gelernte allgemein nutzbar machte und bei der Suche nach finanzieller Unterstützung half.
Im folgenden Jahrzehnt wurde viel experimentiert in diesem Bereich, auf den die meisten Bahá’í-Gemeinden kaum vorbereitet waren. Man versuchte, von den Modellen zu lernen, die die vielen auf der ganzen Welt arbeitenden Entwicklungsorganisationen erprobten. Gleichzeitig mussten die Bahá’í-Gemeinden auch die Bedingungen, die sie in den verschiedenen Entwicklungsbereichen vorfanden – Erziehung, Gesundheitswesen, Alphabetisierung, Landwirtschaft und Kommunikationstechnologie –, zu ihrem Verständnis der Bahá’í-Prinzipien in Beziehung setzen. Angesichts der enormen Mittel, die Regierungen und Stiftungen investieren konnten, und dem Selbstvertrauen, mit der solche Bemühungen verfolgt wurden, war die Versuchung groß, einfach gängige Methoden zu übernehmen oder die Bemühungen der Bahá’í an aktuelle Theorien anzupassen. Als die Arbeit sich weiterentwickelte, begannen die Bahá’í-Institutionen sich jedoch auf das Ziel zu konzentrieren, Entwicklungsgrundsätze auszuarbeiten, die geeignet waren, die gesellschaftlichen Gegebenheiten mit dem einzigartigen Menschenbild des Glaubens zu verbinden.
Nirgends zeigte sich der Erfolg der Strategie der ineinandergreifenden Pläne so eindrucksvoll wie in Indien. Die dortige Gemeinde ist heute ein Gigant des Glaubens und zählt weit über eine Million Mitglieder. Ihre Arbeit erstreckt sich über einen riesigen Subkontinent und bezieht eine enorme Vielfalt an Kulturen, Sprachen, ethnischen Gruppen und religiösen Traditionen ein. In vieler Hinsicht fassen die Erfahrungen dieser gesegneten Gemeinde die Mühen, Experimente, Rückschläge und Siege zusammen, die die Bahá’í-Welt in diesen drei entscheidenden Jahrzehnten erlebte. Der drastische Anstieg der Erklärungen brachte dieselben Probleme mit sich, denen man auch anderswo auf der Welt begegnete, aber in ganz anderem Ausmaß. Der lange Weg zur heute so herausragenden Stellung der indischen Gemeinde war voll größter Schwierigkeiten, von denen einige zeitweise die verfügbaren administrativen Ressourcen zu übersteigen drohten. Die Siege lassen jedoch die Bestätigungen erahnen, die in Zukunft die Bemühungen der Bahá’í-Gemeinden auf anderen Kontinenten segnen werden, die es mit denselben Herausforderungen zu tun haben. 1985 hatte das Wachstum des Glaubens in Indien einen Punkt erreicht, an dem die Bedürfnisse und Möglichkeiten so vieler verschiedener Regionen mehr Aufmerksamkeit verlangten, als der Nationale Geistige Rat allein sie zu geben vermochte. So wurde die neue Institution der Regionalen Bahá’í-Räte geboren, womit ein Prozess der Dezentralisierung der Verwaltung begann, die sich inzwischen auch in vielen anderen Ländern als sehr effektiv erwiesen hat.
1986 wurde die Ausbreitung und Festigung der Sache Gottes in Indien mit der Einweihung des wunderschönen ›Lotustempels‹ gebührend gekrönt. Zwar hatte man mit diesem Gebäude schon recht optimistische Erwartungen hinsichtlich der öffentlichen Anerkennung des Glaubens verbunden, die Wirklichkeit übertraf jedoch die kühnsten Hoffnungen bei weitem. Das indische Haus der Andacht zieht heute mehr Besucher an als irgendein anderer Ort auf dem Subkontinent, jeden Tag besichtigen es über zehntausend Menschen, und es erfährt große Aufmerksamkeit in Büchern und Artikeln, Filmen und Fernsehproduktionen. Das Interesse, das ein Glaube erregt, dessen Geist sich in so einem großartigen Bauwerk verkörpert, verleiht ‘Abdu’l-Bahás Bezeichnung der Häuser der Andacht als ›stille Lehrer‹ des Glaubens eine ganz neue Bedeutung.
Der Fortschritt der indischen Bahá’í-Gemeinde, gleichermaßen in ihrer inneren Entwicklung wie in ihrer Beziehung zur Gesellschaft, zeigte sich im November 2000 in einer bahnbrechenden Initiative im Bereich sozialer und wirtschaftlicher Entwicklung. Der Nationale Geistige Rat machte sich den guten Ruf, den er verdientermaßen in fortschrittlichen Kreisen genießt, zunutze, und lud, in Zusammenarbeit mit dem gerade neu gegründeten Institut für Studien zum sozialen WohlstandA39 der Internationalen Bahá’í-Gemeinde zu einem Symposion zum Thema ›Religion, Wissenschaft und Fortschritt‹ ein. Über hundert der einflussreichsten Entwicklungsorganisationen Indiens nahmen an dem Projekt teil, und die Medien berichteten landesweit darüber. Die Initiative stellte einen Beitrag zur Förderung des gesellschaftlichen Fortschritts dar, den nur die Bahá’í leisten können, und bereitete den Boden für ähnliche Symposien in Afrika, Lateinamerika und anderen Regionen. Dort können kreative Bahá’í-Gemeinden einem Prozess Gestalt verleihen, der vielleicht der größte Erfolg des Glaubens werden kann.
Während dieser Jahre trat plötzlich auch die Bahá’í-Gemeinde Malaysias als Motor der Ausbreitung des Glaubens hervor; sie erfüllte ihre Ziele in überwältigend kurzer Zeit und sandte Pioniere und Reiselehrer in die Nachbarländer aus. Dieser bedeutende Fortschritt wurde vor allem möglich durch die Bande geistiger Partnerschaft, die zwischen Gläubigen chinesischer und indischer Abstammung geknüpft wurden. Wer von Besuchen in Malaysia zurückkehrte, sprach beinahe ehrfürchtig darüber, wie die dortige Gemeinde, obwohl sie unter vielen Einschränkungen und Behinderungen zu arbeiten hatte, die Metaphern aus dem Militärwesen, mit denen die Schriften Shoghi Effendis versuchten, den Geist der Lehrbemühungen der Bahá’í auszudrücken, geradezu verkörperten.
Weder das weltweite Wachstum der Bahá’í-Gemeinde noch der Lernprozess, den sie durchlief, erzählen jedoch die ganze Geschichte dieser stürmischen, schöpferischen Jahrzehnte. Wenn die Geschichte dieser Zeit einmal niedergeschrieben wird, dann wird eins ihrer glanzvollsten Kapitel von den geistigen Siegen jener Bahá’í-Gemeinden berichten, die, vor allem in Afrika, Krieg, Terror, politische Unterdrückung und extreme Armut überlebten und aus diesen Prüfungen ungebrochen in ihrem Glauben hervorgingen, fest entschlossen, gemeinsam die unterbrochene Arbeit am Aufbau einer lebensfähigen Bahá’í-Gemeinde wieder aufzunehmen. Der Gemeinde in Äthiopien – Heimat eines kulturellen Erbes, das zu den ältesten und reichsten der Welt zählt – war es gelungen, trotz der gnadenlosen Unterdrückung durch eine brutale Diktatur sowohl den Geist der Zuversicht bei ihren Mitgliedern als auch eine intakte Gemeindeordnung zu bewahren. Auch über die Freunde in anderen afrikanischen Ländern kann man sagen, dass ihre Treue zur Sache Gottes sie wahrhaft durch eine Hölle von Leiden führte – die moderne Geschichte berichtet nur wenig Vergleichbares. In den Annalen des Glaubens kann kaum etwas die pure Kraft des Geistes eindrucksvoller bezeugen als jene Geschichten über Mut und Herzensreinheit, die aus dem Inferno, das die Freunde im damaligen Zaire umgab, nach außen drangen – Geschichten, die künftige Generationen inspirieren werden und ein unschätzbarer Beitrag zur Schaffung einer globalen Bahá’í-Kultur sind. Länder wie Uganda und Ruanda fügen dieser Liste heldenhaften Ringens ihre eigenen unvergesslichen Siege hinzu.
Sehr eindrucksvoll zeigte sich die dem Glauben innewohnende erneuernde Kraft auch in kambodschanischen Flüchtlingslagern an der thailändischen Grenze. Durch die heldenhaften Anstrengungen einer Handvoll Lehrer konnten dort Menschen Geistige Räte bilden, die gerade einem Völkermord entgangen waren, dessen Grausamkeit beinahe die Fassungskraft übersteigt. Sie hatten so viele geliebte Menschen und alles, was sie an materieller Sicherheit besaßen, verloren, aber in ihnen brannte immer noch das Verlangen der Seele nach geistiger Wahrheit. Eine ähnlich herausragende Leistung vollbrachte die liberianische Bahá’í-Gemeinde. Viele dieser unerschrockenen Gläubigen nahmen, als sie aus ihrer Heimat in die Nachbarländer vertrieben wurden, ihr gesamtes Gemeindeleben mit ins Exil: sie errichteten Geistige Räte, trieben die Lehrarbeit voran, setzten die Erziehung und Ausbildung ihrer Kinder fort, nutzen ihre Zeit, um neue Fähigkeiten zu erwerben und fanden in Musik, Theater und Tanz geistige Kräfte, die ihnen halfen, die Hoffnung nicht zu verlieren, bis sie in ihr Heimatland würden zurückkehren können.
Während der Lernprozess hinsichtlich der Methoden der Massenlehrarbeit voranging, änderte sich das Bild der Bahá’í-Weltgemeinde. 1992 beging die Gemeinde ihr zweites Heiliges Jahr, das diesmal den hundertsten Jahrestag des Hinscheidens Bahá’u’lláhs und der Verkündigung Seines Bundes bezeichnete. Die ethnische, kulturelle und nationale Vielfalt der siebenundzwanzigtausend Teilnehmer des Zweiten Bahá’í-Weltkongresses, die im Javits Convention Center in New York zusammenkamen, bezeugte den Erfolg der weltweiten Lehrbemühungen eindrucksvoller, als Worte dies je gekonnt hätten. Gleichzeitig versammelten sich weltweit Tausende Gläubige bei neun parallelen Konferenzen in Bukarest, Buenos Aires, Moskau, Nairobi, Neu Delhi, Panama City, Singapur, Sydney und West-Samoa. Die Liveschaltung zwischen der Konferenz in Moskau und der in New York bei der Satelliten-Übertragung, die alle Konferenzen miteinander verband, war besonders bewegend, und die weltweit versammelten Bahá’í jubelten begeistert, als sie die Grüße auf Russisch vernahmen – der gemeinsamen Sprache von zweihundertachtzig Millionen Menschen aus mindestens fünfzehn Ländern –, die für eine neue Phase in der Antwort der Menschheit auf den Ruf Bahá’u’lláhs standen.
In den Konferenzen in Moskau und Bukarest spiegelte sich die Wiedergeburt von Bahá’í-Gemeinden, die durch das Sowjetregime und seiner Satellitenregime unterdrückt und beinahe ausgelöscht worden waren. ‘Alí-Akbar Furútan, eine der drei letzten lebenden Hände der Sache, der in Russland geboren wurde, erlebte die große Freude, im Alter von sechsundachtzig Jahren anlässlich der Wahl des ersten Nationalen Geistigen Rates seines Heimatlandes nach Moskau zurückzukehren. In jedem der neu erschlossenen Länder schossen Geistige Räte aus dem Boden, und sechs neue Nationale Geistige Räte wurden gewählt. Sehr bald schon entstanden mit Hilfe von Pionieren und Lehraktivitäten noch mehr örtliche und acht neue Nationale Geistige Räte in den Ländern am südlichen Rand des früheren Sowjetreiches, wo der Glaube ebenfalls vormals verboten war. Bahá’í-Literatur wurde in eine Vielzahl von neuen Sprachen übersetzt, man setzte sich energisch für die zivilrechtliche Anerkennung der Bahá’í-Institutionen ein, und Vertreter aus Osteuropa und den Ländern der früheren Sowjetunion widmeten sich schon bald gemeinsam mit ihren Mitgläubigen der Öffentlichkeitsarbeit der Bahá’í-Gemeinde auf internationaler Ebene.
Nach und nach wandten sich auch die Menschen in vielen Teilen Chinas und im Ausland lebende Chinesen der Botschaft des Glaubens zu. Bahá’í-Literatur wurde ins Mandarin übersetzt; viele chinesische Universitäten luden Bahá’í-Wissenschaftler zu Gastvorlesungen ein; am angesehenen Pekinger Institut für Weltreligionen, das im Rahmen der Akademie für Sozialwissenschaften tätig ist, wurde eine Abteilung für Bahá’í-Studien eingerichtet,A40 und viele chinesische Würdenträger drückten ihre Wertschätzung für die Prinzipien, die sie in den Schriften finden, aus. Wenn man sich vergegenwärtigt, wie lobend der Meister die chinesische Kultur und ihre Rolle für die Zukunft der Menschheit hervorhob, gewinnt man eine Vorstellung des schöpferischen Beitrags, den Gläubige mit diesen kulturellen Wurzeln in Zukunft zum intellektuellen und moralischen Leben des Glaubens leisten werden.A41
Die große Bedeutung dieser drei Jahrzehnte der Mühen, des Lernens und der Opfer trat klar zutage, als der Moment gekommen war, einen globalen Plan zu entwerfen, der die gewonnenen Einsichten und das entwickelte Potential jetzt nutzen würde. Die Bahá’í-Gemeinde, die sich 1996 an die Erfüllung des Vierjahresplanes machte, war nicht mehr dieselbe wie die zwar eifrige, aber junge und noch unerfahrene Gemeinde, die 1964 das erste Unternehmen dieser Art anging, das nicht mehr durch die führende Hand Shoghi Effendis angeleitet wurde. 1996 war es möglich geworden, die einzelnen Stränge des Unternehmens als Teile eines zusammenhängenden Ganzen zu sehen.
Diese Erfahrung brachte auch den dringend erforderlichen Rückblick auf das Erreichte mit sich. Die Ausbreitung der Sache Gottes während der letzten drei Jahrzehnte zeigte, dass die Begegnung mit der Botschaft Bahá’u’lláhs mehrere Millionen Menschen so beeindruckt hatte, dass sie sich – in unterschiedlichem Maße – mit der Sache Gottes identifizierten. Ihnen war bewusst, dass ein neuer Gottesbote erschienen war, sie waren vom Geist des Glaubens berührt und wurden durch die Lehre von der Einheit der Menschheit angezogen. Einige wenige von ihnen waren in der Lage, noch weiter zu gehen. Die meisten dieser Freunde blieben jedoch Adressaten von Lehr- und Vertiefungsprogrammen, welche Reiselehrer und Pioniere von außerhalb durchführten. Eine der größten Stärken der Massen der Menschheit, aus denen diese neuerklärten Gläubigen kamen, liegt in der Offenheit der Herzen, durch die ein nachhaltiger gesellschaftlicher Wandel vollzogen werden kann. Die größte Schwäche dieser Massen war bisher eine gewisse Passivität, die – unter dem ständigen Einfluss fremder Mächte – über Generationen hinweg eingeübt worden war. Unabhängig davon, welche materiellen Vorteile dieser Einfluss auch gebracht haben mag, die Ziele, welche diese Mächte verfolgten, hatten meist nur sehr indirekt, wenn überhaupt, mit dem alltäglichen Leben und den tatsächlichen Bedürfnissen der eingeborenen Völker zu tun.
Der Vierjahresplan, ein deutlicher Schritt über die bisherigen Pläne hinaus, war darauf angelegt, aus den neuen Möglichkeiten und den gewonnenen Einsichten vollen Nutzen zu ziehen. Ein klares Ziel durchdrang das gesamte Unternehmen: die Förderung des Prozesses des Beitritts in Scharen. Aufgrund der Erfahrungen während der früheren Pläne wurde jetzt der Schwerpunkt weltweit auf die Entwicklung der Fähigkeiten der Gläubigen gelegt, so dass alle sich voller Vertrauen würden erheben können, um die Mission des Glaubens voranzutragen. Das Instrumentarium, mit dem dieses Ziel erreicht werden konnte, war während der letzten Pläne ständig überarbeitet und verbessert worden und hatte seine Wirksamkeit inzwischen bewiesen.
So wie die meisten anderen Methoden und Aktivitäten, mit deren Hilfe der Glaube voranschritt, war auch dieses Instrument schon Jahrzehnte zuvor in ‘Abdu’l-Bahás Sendschreiben zum göttlichen Plan vorgesehen: Vertiefte Gläubige, so erklärt der Meister, sollten »die Jugend der Liebe Gottes in Schulen der Unterweisung um sich scharen und sie all die göttlichen Beweise und unwiderleglichen Argumente lehren, ihnen die Geschichte der Sache erläutern und erklären, auch die Verheißungen und Beweise auslegen, die in den göttlichen Büchern und Episteln enthalten sind über die Manifestation des Verheißenen … «Q110 Der so geliebte Ṣadru’ṣ-ṢudúrA42 hatte während der frühen Jahre des Jahrhunderts auf diesem Feld Pionierarbeit geleistet und im Írán systematisch Unterricht dieser Art abgehalten. Mit der Zeit fanden immer mehr Winter- und Sommerferienkurse statt, und ein Plan nach dem anderen ermutigte die Gemeinden, sich an der Entwicklung von Trainingsinstituten zu versuchen.
Der mit Abstand bedeutendste Fortschritt auf diesem Gebiet wurde in Kolumbien erreicht: Über einen Zeitraum von gut zwanzig Jahren, beginnend in den Siebzigern, entwickelten die Freunde dort ein systematisches, längerfristig angelegtes Programm zum Unterricht in den Schriften des Glaubens, das bald auch in den Nachbarländern aufgegriffen wurde. Diese Leistung, die stark von den Bemühungen der kolumbianischen Gemeinde im Bereich sozialer und wirtschaftlicher Entwicklung beeinflusst war, beeindruckt vor allem deshalb so sehr, weil sie in einer Umgebung gelang, in der Gewalt und Gesetzlosigkeit das Leben der Gesellschaft zunehmend zersetzten.
Das Beispiel der kolumbianischen Freunde begeisterte und ermutigte auch anderswo auf der Welt Bahá’í-Gemeinden. Am Ende des Vierjahresplanes hatten weltweit über hunderttausend Gläubige an den Programmen der über dreihundert fest eingerichteten Trainingsinstitute teilgenommen. Um dieses Ziel zu erreichen, waren die meisten Institute noch einen Schritt weiter gegangen, indem sie ein Netzwerk von Studienkreisen schufen, in denen die Fähigkeiten der Gläubigen dafür eingesetzt wurden, die Arbeit der Institute auch auf örtlicher Ebene weiterzuführen. Schon jetzt wird deutlich, dass der Erfolg der Tätigkeit der Institute den Prozess wesentlich beschleunigt hat, der langfristig zur Herausbildung eines universellen Bahá’í-Erziehungssystems führen wird.A43
Obwohl die Anstrengungen dieser Jahrzehnte noch relativ moderat waren – zumindest im Vergleich zum Heroischen Zeitalter –, gewähren sie doch der heutigen Generation von Bahá’í einen Eindruck dessen, was Shoghi Effendi als die Zyklen bezeichnet, in denen sich der Glaube entwickelt. Seine Geschichte, so schreibt er, gliedert sich »in eine Folge von mehr oder weniger schweren inneren und äußeren Krisen, die sich zunächst verheerend auswirkten, dann aber auf geheimnisvolle Weise ein entsprechendes Maß göttlicher Kraft auslösten und dadurch dem Glauben einen frischen Impuls zum Fortschritt vermittelten«Q111. Diese Worte rücken all die Anstrengungen ins rechte Licht, die Experimente, die entmutigenden Rückschläge und die Siege, die den Beginn der großangelegten Lehrtätigkeit kennzeichneten und die Bahá’í-Gemeinde auf die noch größeren vor ihr liegenden Herausforderungen vorbereiteten.
Durch die gesamte Geschichte hindurch wohnte der Großteil der Menschheit dem Fortschritt der Zivilisation immer nur als Zuschauer bei. Ihre Rolle bestand darin, den Plänen der jeweiligen Elite zu dienen, die den Zivilisationsprozess gerade anführte. Sogar die aufeinanderfolgenden göttlichen Offenbarungen, deren Zweck ja die Befreiung des menschlichen Geistes war, gerieten mit der Zeit in die Gefangenschaft des »beharrenden Selbstes«Q112; sie erstarrten zu menschengemachten Dogmen, Ritualen, Führungsprivilegien und interkonfessionellen Streitereien, und schließlich ging ihre Zeit zu Ende, ohne dass sie ihr Ziel erreicht hätten.
Bahá’u’lláh ist gekommen, um die Menschheit aus dieser langen Knechtschaft zu befreien, und die Gemeinde Seiner Anhänger verwendete die letzten Jahrzehnte des zwanzigsten Jahrhunderts darauf, verschiedene Mittel zu ersinnen und auszuprobieren, mit denen Seine Absicht verwirklicht werden kann. Die Verfolgung des Göttlichen Planes verlangt nichts Geringeres, als die ganze Menschheit in die Arbeit an ihrer eigenen geistigen, sozialen und intellektuellen Entwicklung einzubinden. Die Schwierigkeiten, denen die Bahá’í-Gemeinde in der Zeit seit 1963 begegnete, waren notwendig, um die Anstrengungen noch zielgerichteter einzusetzen und die Beweggründe zu läutern, damit jene, die mit dieser Arbeit betraut sind, einer solchen Verantwortung würdig werden. Solche Prüfungen sind ganz eindeutige Kennzeichen des Reifungsprozesses, den ‘Abdu’l-Bahá so zuversichtlich beschreibt:
»Manche Bewegungen tauchen auf, erleben eine kurze Wirkungszeit und verlaufen dann im Sande. Andere wachsen weiter und entwickeln mehr Kraft; bevor sie sich jedoch zur Reife entfalten, werden sie schwächer, zerfallen und verschwinden schließlich in der Versenkung … Es gibt noch eine dritte Art von Bewegung oder Sache, die klein und unauffällig beginnt, dann sicher und stetig voranschreitet, mit der Zeit immer größer und breiter wird, bis sie schließlich eine weltumfassende Dimension erreicht. Eine solche Bewegung ist die Bahá’í-Sache.« Q113

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Die Mission Bahá’u’lláhs beschränkt sich nicht auf den Aufbau der Bahá’í-Gemeinde. Die Offenbarung Gottes richtet sich an die gesamte Menschheit, und sie wird in einem solchen Maße die Unterstützung der gesellschaftlichen Institutionen gewinnen wie diese in ihrem Beispiel Ermutigung und Inspiration für eigene Bemühungen finden, das Fundament für eine gerechte Gesellschaft zu legen. Um die Bedeutung dieses zweiten Aspektes zu erfassen, braucht man sich nur zu vergegenwärtigen, wie viel Zeit und Sorgfalt Bahá’u’lláh selbst darauf verwendete, die Beziehungen zu Regierungsvertretern, führenden Denkern und einflussreichen Persönlichkeiten aus verschiedenen Minderheiten zu pflegen wie auch zu den ins Osmanische Reich entsandten Diplomaten und Gesandten. Die geistige Auswirkung dieser Bemühung zeigt sich in der Hochachtung, die sogar so erbitterte Feinde wie ‘Alí Páshá und der persische Botschafter in Konstantinopel, Mírzá Ḥusayn Khán, Seiner Charakterstärke und Seinen Prinzipien zollten. Der Erstere, der Ihn, seinen Gefangenen, in die Strafkolonie ‘Akká verbannte, beschrieb Ihn dennoch als einen »Mann von großer Vornehmheit und vorbildlichem Verhalten, mit stets gemäßigten Ansichten, eine höchst würdevolle Persönlichkeit«, deren Lehren nach Ansicht des Ministers »hohe Wertschätzung verdienten«A44. Der Letztere, dessen Machenschaften vor allem ‘Alí Páshá und seine Mitarbeiter gegen die Bahá’í einnahmen, gab in späteren Jahren offen zu, dass ein großer Gegensatz bestände zwischen dem moralischen und intellektuellen Format seines Feindes und dem Ruf der meisten seiner in Konstantinopel lebenden Landsleute, gierig und unehrenhaft zu sein, was in den persisch-türkischen Beziehungen Schaden angerichtet hatte.
Von Anfang an zeigte ‘Abdu’l-Bahá reges Interesse für die verschiedenen Bemühungen, eine neue internationale Ordnung zu schaffen. So ist es etwa sehr bezeichnend, dass Er in Seinen ersten öffentlichen Ansprachen in Nordamerika über den Zweck Seines Besuches besonders darauf einging, dass Er vom Organisationskomitee der Lake Mohonk Friedenskonferenz eingeladen worden war, um zu dieser internationalen Versammlung zu sprechen. Auch die Zentralorganisation für einen dauernden Frieden im Haag hatte Er in hohem Maße bestärkt, äußerte aber Seinen Rat trotzdem frei und offen. In Seinem Antwortschreiben auf Briefe, die der Exekutivausschuss der Organisation im Haag während des Krieges an Ihn gerichtet hatte, lenkte Er die Aufmerksamkeit der Organisatoren auf die von Bahá’u’lláh verkündeten geistigen Wahrheiten, die allein die Grundlage für die Verwirklichung ihrer Ziele sein könnten:
»O ihr Hochgeehrten, die ihr Pioniere seid unter den Wohltätern der Menschenwelt! … Heute ist der Weltfriede von großer Bedeutung, aber die Einheit des Gewissens ist dabei wesentlich, damit des Friedens Grundlage gesichert, sein Gefüge fest und sein Bau stark sei … Heute kann allein die Macht des Wortes Gottes, das die Wirklichkeit aller Dinge umschließt, die Gedanken, Gemüter, Herzen und Geister im Schatten des einen Baumes versammeln. Er ist der Mächtige in allen Dingen, der Beleber der Seelen, der Erhalter und Beherrscher der Menschenwelt.« Q114
Darüber hinaus zeigt sich auch in der Reihe einflussreicher Persönlichkeiten, mit denen der Meister in Nordamerika und Europa geduldig Stunde um Stunde verbrachte – vor allem Menschen, die sich um die Förderung des Weltfriedens und humanitärer Belange bemühten –, dass Er sich der Verantwortung, die der Glaube gegenüber der ganzen Menschheit hat, stets bewusst war. Wie die außergewöhnlichen Reaktionen auf Sein Hinscheiden belegen, verfolgte Er diesen Kurs bis an Sein Lebensende.
Shoghi Effendi griff dieses Erbe fast unmittelbar nach Beginn seiner Amtszeit auf. Schon 1925 förderte er die Absicht einer amerikanischen Gläubigen, Jean Stannard, ein ›Internationales Bahá’í-Büro‹ einzurichten, und wies sie an, nach Genf zu gehen, dem Sitz des Völkerbundes. Zwar hatte das Büro keine offizielle Autorität, fungierte aber, in den Worten des Hüters, »als Mittler zwischen Haifa und anderen Bahá’í-Zentren« und diente als zentrale Informationsstelle im Herzen Europas. Offizielle Anerkennung wurde dem Büro zuteil, als der Verlag des Völkerbundes einen Bericht über seine Aktivitäten erbat und diesen veröffentlichte.A45
Wie so oft in der Geschichte des Glaubens diente eine unerwartete Krise dazu, die Beziehung der Bahá’í auf internationaler Ebene zur Gesellschaft im Ganzen ein gutes Stück voranzubringen. 1928 ermutigte Shoghi Effendi den Geistigen Rat von Bagdad, sich an die Ständige Mandatskommission des Völkerbundes zu wenden und Einspruch gegen die Besetzung des Hauses Bahá’u’lláhs in ihrer Stadt durch schiitische Gegner zu erheben. Der Rat des Völkerbundes erkannte das Unrecht an und forderte im März 1929 die britische Mandatsmacht einstimmig auf, Druck auf die irakische Regierung auszuüben »mit dem Ziel, das den Antragstellern zugefügte Unrecht sofort wieder gutzumachen«. Aufgrund immer neuer Ausflüchte der irakischen Regierung, einschließlich des Bruches eines feierlichen Versprechens seitens des Monarchen selbst, zog sich der Fall jahrelang über verschiedene Sitzungen der Mandatskommission hin, und bis zum heutigen Tag ist das Haus in den Händen der Besetzer.A46 Unbeeindruckt von diesem Fehlschlag lenkte Shoghi Effendi die Aufmerksamkeit der Bahá’í-Gemeinde auf den historischen Nutzen, den das Verfahren für die Sache Gottes brachte. Wie schon zuvor als ein sunnitisch-muslimisches Gericht den Einspruch der ägyptischen Bahá’í-Gemeinde gegen ein Urteil verworfen hatte, das Bahá’í-Eheschließungen nicht anerkannte, erklärte der Hüter auch hier:
»Es genüge die Feststellung, dass trotz endloser Verzögerungen, Proteste und Ausflüchte … dieser denkwürdige Rechtsstreit und die Verteidigung der Sache des Glaubens, der Sache der Wahrheit und Gerechtigkeit durch den höchsten Gerichtshof der Welt die Freunde des Glaubens staunen machte und seine Feinde in Bestürzung versetzte.« Q115
Die Gründung der Vereinten Nationen eröffnete dem Glauben ein noch größeres und wirkungsvolleres Forum für seine Bemühungen, geistigen Einfluss auf das Leben der Gesellschaft zu nehmen. Schon 1947 erbat ein eigens berufener ›Palästinaausschuss‹ der Vereinten Nationen die Ansichten des Hüters über die Zukunft dieses Mandatsgebietes. In seiner Antwort auf diese Anfrage hatte er die Möglichkeit, eine autoritative Darstellung der Geschichte und der Lehren des Glaubens zu geben. Im selben Jahr legte der Nationale Geistige Rat der Vereinigten Staaten und Kanadas, ermutigt von Shoghi Effendi, der internationalen Organisation ein Dokument mit dem Titel Eine Bahá’í-Erklärung zu Menschenrechten und Menschenpflichten vor, das in den folgenden Jahrzehnten die Arbeit von Bahá’í-Autoren und -Sprechern inspirieren sollte.A47 Ein Jahr später erwirkten die acht zu jener Zeit bestehenden Nationalen Geistigen Räte vom zuständigen Gremium der Vereinten Nationen die Akkreditierung der ›Internationalen Bahá’í-Gemeinde‹ als einer internationalen Nichtstaatlichen Organisation.
Nicht nur die sich langsam herausbildende Beziehung des Glaubens zur neuen internationalen Ordnung unterstützte der Hüter in dieser Weise. In Gott geht vorüber und in den Erinnerungen Amatu’l-Bahás an den Hüter finden sich seitenlange Berichte über Reaktionen einflussreicher Persönlichkeiten und Organisationen auf Initiativen Shoghi Effendis wie auch auf Ereignisse überall in der Welt, zu denen auch Vertreter der Bahá’í eingeladen waren. Es ist aus geschichtlicher Sicht beeindruckend, wie vielen vergleichsweise unbedeutenden Gelegenheiten Aufmerksamkeit durch einen Mann zuteil wurde, dessen Wirken nicht nur außerordentlich wichtig für die Zukunft der Menschheit ist, sondern der auch die Ereignisse um sich herum in ihrer relativen Bedeutung sicher erfasste. Der Bahá’í-Gemeinde ist mit diesen sorgfältigen Berichten ein Leitfaden an die Hand gegeben, wie sie zunehmend Gelegenheiten aufgreifen muss, die aus bescheidenen Anfängen erwachsen.
Vom Zeitpunkt ihrer Akkreditierung an engagierte sich die Internationale Bahá’í-Gemeinde nachdrücklich bei den Vereinten Nationen. Viel Anerkennung wurde ihr zuteil für ein Programm, das mit Hilfe des sich ausbreitenden Netzwerkes an Bahá’í-Räten öffentlich über die Vereinten Nationen selbst informierte, und damit die mühevolle Arbeit vieler Unterorganisationen der Vereinten Nationen weltweit tatkräftig unterstützte. 1970 erlangte die Internationale Bahá’í-Gemeinde beratenden Status beim Wirtschafts- und Sozialrat der Vereinten Nationen (ECOSOC). Seit 1974 ist sie offiziell mit dem Umweltprogramm der Vereinten Nationen (UNEP) assoziiert, und erhielt 1976 beratenden Status beim Weltkinderhilfswerk der Vereinten Nationen (UNICEF). Der Einfluss und die Sachkenntnis, die sich in dieser Zeit entwickelten, zeigten sich 1955 und 1962, als die Internationale Bahá’í-Gemeinde die Intervention der Vereinten Nationen zugunsten der Gläubigen erwirkte, die im Írán beziehungsweise in Marokko verfolgt wurden.
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1980 erreichte die geduldige Öffentlichkeitsarbeit der Nationalen Geistigen Räte und des Büros der Bahá’í-Weltgemeinde bei den Vereinten Nationen plötzlich gezwungenermaßen eine neue Stufe in ihrer Entwicklung. Auslöser war der Versuch der schiitischen Geistlichkeit im Írán, den Glauben in seinem Geburtsland auszulöschen. Die Folgen sahen weder die Verfolger des Glaubens noch seine Verteidiger voraus.
Während all der Jahrzehnte, da die Bahá’í in der Wiege des Glaubens immer wieder wegen ihrer Glaubensüberzeugung verfolgt worden waren, handelten die Mullás, die diese Angriffe anzettelten und anführten, mit der Zustimmung des jeweiligen Monarchen des Landes. Die Monarchen, die scheinbar absolute Macht hatten, waren in Wirklichkeit durch politisches Kalkül gebunden, das sie für Druck von außen – vor allem seitens westlicher Regierungen – empfänglich machte. So hatte die Empörung russischer, britischer und anderer Diplomaten Náṣiri’d-Dín Sháh gezwungen, gegen seinen Willen der Gewaltorgie ein Ende zu setzen, durch die zu Beginn der 1850er Jahre so viele Gläubige zu Tode kamen und sogar Bahá’u’lláhs Leben bedroht war. Im zwanzigsten Jahrhundert waren die ihm nachfolgenden Qájáren ähnlich besorgt um die Meinung fremder Regierungen. Das Muster wiederholte sich 1955, als der zweite Schah aus der Pahlaví-Dynastie, den die Mullás überredet hatten, eine gegen die Bahá’í gerichtete Welle der Gewalt zu billigen, durch den Protest der Vereinten Nationen und die Einwände der amerikanischen Regierung gezwungen wurde, die Angriffe sofort zu stoppen – beide Interventionen scheinen Vorboten dessen gewesen zu sein, was folgen sollte.
Die Islamische Revolution von 1979 schien derartige Kontrollmechanismen und Bremsen für das Verhalten der Geistlichkeit hinwegzufegen. Plötzlich waren die Mullás selbst an der Macht; sie besetzten die höchsten Posten in der neuen Republik mit ihren eigenen Kandidaten, und übernahmen diese Ämter schließlich selbst. ›Revolutionsgerichte‹ wurden eingesetzt, verantwortlich nur der hohen Geistlichkeit. Eine Unzahl von sogenannten ›Revolutionswächtern‹, weit effizienter als die Geheimpolizei des Schahs und ebenso brutal, übernahm die Kontrolle über alle Bereiche des öffentlichen Lebens.
Zwar konzentrierte sich die Aufmerksamkeit der neuen Führungsschicht besonders auf vermutete Bedrohungen von außen, doch sahen einige einflussreiche Mitglieder jetzt auch eine Gelegenheit, endlich die iranische Bahá’í-Gemeinde zu vernichten.A48 Auf die grauenvollen Einzelheiten der Verfolgungen muss an dieser Stelle nicht näher eingegangen werden. Von Bedeutung ist vielmehr die Reaktion Tausender Bahá’í überall im Land – Männer, Frauen und Kinder – auf die Angriffe. Ihre Weigerung, ihren Glauben aufzugeben, selbst wenn es ihr Leben kostete, veranlasste ihre Mitgläubigen auf der ganzen Welt, sich mehr als zuvor in den Dienst der Sache zu stellen, für die diese Opfer gebracht wurden. Aber nicht nur die Anhänger des Glaubens wurden von diesen Ereignissen tief berührt. Jahrzehnte zuvor, 1889, hatte ein angesehener westlicher Beobachter angesichts des Heldenmutes der frühen Gläubigen über deren Leiden prophetisch geschrieben:
»Ihr Leben und ihr Tod, ihre Hoffnungen, die nie verzweifeln, ihre Liebe, die nie erkaltet, ihre Standhaftigkeit, die niemals wankt, verleihen dieser wunderbaren Bewegung einen ganz eigenen Charakter … Was sie erdulden, ist nicht einfach oder leicht zu tragen, und wofür sie bereit sind, ihr Leben zu geben, ist wert, dass man es zu verstehen sucht. Von dem gewaltigen Einfluss, den der Bábí-Glaube [sic], wie ich meine, in Zukunft ausüben wird, oder dem neuen Leben, das er vielleicht einem toten Volk einhauchen mag, spreche ich nicht; denn gleich, ob der Glaube sich durchsetzt oder nicht, der strahlende Heldenmut der Bábí-Märtyrer ist ewig und unzerstörbar … Was ich jedoch nicht hoffen kann Ihnen zu vermitteln, ist die außerordentliche Ernsthaftigkeit dieser Menschen, und der unbeschreibliche Einfluss, den diese Ernsthaftigkeit in Verbindung mit anderen Eigenschaften auf jeden ausübt, der mit ihnen in Berührung kommt.«A49
Diese Worte deuten schon auf ähnliche Reaktionen seitens Nicht-Bahá’í-Beobachtern während der Jahre der islamischen Revolution hin. Derartige Gefühle sollten dann auch eine der wichtigsten Kräfte werden, die den Glauben aus der Verborgenheit hervortreten ließen. Auch ist schon in diesen Worten die im Wesentlichen geistige Natur all dessen eingefangen, was in der Wiege des Glaubens schon immer auf dem Spiel stand. Immer mehr ausländische Meinungsträger empörten sich nicht nur über die besinnungslose Brutalität der Verfolgung, sondern waren auch von der Reaktion der iranischen Bahá’í tief bewegt.
Das Leid zahlloser Opfer von Unterdrückung prägt die Geschichte des zwanzigsten Jahrhunderts. Was die Lage der Bahá’í einzigartig macht, war die Haltung derer, die das Leid ertrugen. Die iranischen Gläubigen fanden sich nicht mit der allbekannten Opferrolle ab. Wie zuvor die Stifter des Glaubens übernahmen sie die moralische Führung in der Auseinandersetzung mit den Gegnern. Schon bald bestimmten sie – und nicht die Revolutionsgerichte oder die Revolutionswächter – den Ton bei den Konfrontationen, und diese beispiellose Haltung berührte nicht nur die Herzen der Unbeteiligten von außerhalb des Glaubens, sondern machte sie auch nachdenklich. Die verfolgte Gemeinde griff ihre Unterdrücker nicht an, noch versuchte sie, aus der Notlage politischen Vorteil zu ziehen. Ebenso wenig riefen die Bahá’í in anderen Ländern bei der Verteidigung ihrer verfolgten Mitgläubigen zum Bruch der iranischen Verfassung auf, geschweige denn zu Rache. Sie alle forderten nur Gerechtigkeit – die Anerkennung jener Rechte, die die Allgemeine Erklärung der Menschenrechte garantiert, welche die Staatengemeinschaft angenommen und auch die iranische Regierung ratifiziert hatte – Rechte, die größtenteils sogar in den Bestimmungen der islamischen Verfassung enthalten waren.
Die Krise trieb die Bahá’í-Welt zu außergewöhnlichen Höchstleistungen an. Nationale Räte, die nur wenig oder gar keine Erfahrung darin hatten, Arbeitskontakte zu den Regierungsvertretern ihres Landes aufzubauen, waren jetzt aufgerufen, bei ihrer Regierung die Unterstützung von Resolutionen auf den verschiedenen Ebenen des internationalen Menschenrechtssystems zu erbitten – und ihre Bemühungen waren sehr erfolgreich. Jahr für Jahr, zwei Jahrzehnte lang, beschäftigte der Fall der Bahá’í im Írán die internationalen Menschenrechtsinstitutionen und erfuhr Unterstützung in immer neuen Resolutionen. Die von der Menschenrechtskommission der Vereinten Nationen beauftragten Berichterstatter registrierten aufmerksam die Leiden der Bahá’í, und diese Erfolge wurden durch Entscheidungen des Dritten Ausschusses der Generalversammlung der Vereinten Nationen untermauert. Kein Versuch des iranischen Regimes, der internationalen Verurteilung wegen seines Umgangs mit den im Lande lebenden Bahá’í zu entgehen, vermochte die Unterstützung zu erschüttern, die dem Fall der Bahá’í von einer stabilen Mehrheit wohlgesinnter Staaten in der Menschenrechtskommission zuteil wurde. Dass dies erreicht werden konnte, ist umso bemerkenswerter, als die Mitglieder der Kommission ständig wechselten und auf ihrer umfangreichen Tagesordnung auch Menschenrechtsverletzungen in anderen Ländern standen, die Millionen von Opfern betrafen.
Diese vielfältigen Aktionen übten direkten Druck auf die iranische Regierung aus – und gleichzeitig erregte der Fall in der ganzen Welt auch breite öffentliche Aufmerksamkeit durch Presseorgane sowie Rundfunk- und Fernsehanstalten. Zeitungen wie The New York Times, Le Monde und die Frankfurter Allgemeine Zeitung mit internationaler Leserschaft berichteten ausführlich über die Verfolgung, und Fernsehanstalten in Australien, Kanada, den Vereinigten Staaten und einer Reihe europäischer Länder strahlten gut recherchierte Dokumentationen aus. In Leitartikeln wurden die Gewalttaten oft scharf verurteilt. Dieses Medieninteresse verlieh nicht nur den Bemühungen um ein wirkungsvolles Eingreifen der Menschenrechtskommission Nachdruck, sondern informierte auch ein millionenfaches Publikum – oftmals zum ersten Mal – wahrheitsgetreu und achtungsvoll über Lehren und Inhalte des Bahá’í-Glaubens. Sowohl die Berichterstattung als auch die Bemühungen durch die Kanäle der Vereinten Nationen ermöglichten einflussreichen Regierungsvertretern auf der ganzen Welt, zu einem eigenen Urteil über die Lehren des Glaubens und das Wesen der Bahá’í-Gemeinde zu finden.
Durch die Verfolgung ergab sich das Problem, dass mehrere tausend iranische Bahá’í in Ländern, in denen sie als Pioniere dienten, ohne gültigen Pass festsaßen, oder gezwungen waren, aus dem Írán zu fliehen, weil sie oder ihre Familien Zielscheibe des Pogroms wurden. 1983 wurde in Kanada, wo die Regierung besonders kooperativ auf die Vorstellungen des dortigen Nationalen Geistigen Rates reagiert hatte, ein internationales Bahá’í-Flüchtlingsbüro eingerichtet.A50 Während der nächsten Jahre öffneten mit Hilfe des Hochkommissars für Flüchtlinge der Vereinten Nationen eine Reihe anderer Länder ihre Tore für mehr als zehntausend iranische Bahá’í, die dort dann oftmals Pionierziele erfüllten.
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Nicht nur für die Bahá’í-Gemeinde, sondern auch für das Menschenrechtssystem der Vereinten Nationen selbst war dieser lange Kampf von Nutzen. Unmittelbar nach der islamischen Revolution war das Überleben der iranischen Bahá’í-Gemeinde bedroht. Mit der Zeit gelang es der Menschenrechtskommission der Vereinten Nationen – wie langwierig und vergleichsweise schwerfällig ihre Arbeitsweise dem Außenstehenden auch scheinen mag –, das iranische Regime zu zwingen, den schlimmsten Verfolgungen Einhalt zu gebieten. In diesem Sinne bezeichnet ›der Fall der Bahá’í im Írán‹ sowohl für die Kommission als auch für den Glauben einen bedeutenden Sieg. Eindrucksvoll demonstriert er die Macht der Staatengemeinschaft, Formen der Unterdrückung, wie sie leider in jedem Zeitalter zu beklagen waren, mittels des zu diesem Zweck geschaffenen Apparats unter Kontrolle zu bringen.
Dieser Sachverhalt unterstreicht die Bedeutung der Aktivitäten des Glaubens für die Gesellschaft, innerhalb derer sie stattfinden. Zu diesem Zeitpunkt ihrer Geschichte steht die Menschheit – neben der Errichtung des Weltfriedens – vor einer weiteren dringenden Herausforderung: Die internationale Gemeinschaft muss wirkungsvolle Schritte unternehmen, um die Ideale der Allgemeinen Erklärung der Menschenrechte und darauf bezogener Abkommen zu verwirklichen. Kaum einen Ort gibt es auf der Erde, an dem nicht die einfachsten menschlichen Bedürfnisse von Minderheiten noch immer auf die eine oder andere Weise missachtet werden aufgrund religiöser, ethnischer oder nationaler Vorurteile. Keine Volksgruppe auf dem ganzen Planeten könnte dieses Problem besser verstehen als die Bahá’í-Gemeinde. Sie erlitt – und erleidet in einigen Ländern noch immer – Misshandlungen ohne erkennbare legale oder moralische Rechtfertigung, sie opferte ihre Märtyrer und vergoss ihre Tränen, und blieb doch ihrer Überzeugung treu, dass Hass und Vergeltung die Seele zerstören, und sie lernte wie kaum eine andere Gemeinschaft, die Menschenrechtsordnung der Vereinten Nationen so zu nutzen, wie ihre Urheber es vorgesehen hatten, ohne Zuflucht zu irgendwelchen parteipolitischen Aktivitäten zu nehmen, geschweige denn zu Gewalt. Auf der Grundlage dieser Erfahrung unterstützt die Bahá’í-Gemeinde heute zahlreiche Länder dabei, staatliche Programme zur Menschenrechtserziehung einzuführen, und bietet dazu jede ihr mögliche praktische Hilfe an.A51 Weltweit engagiert sie sich besonders für die Rechte von Frauen und Kindern. Vor allem jedoch bietet sie ein lebendiges Beispiel für gemeinschaftliches Miteinander, aus dem zahllose Menschen außerhalb ihres Kreises Mut und Hoffnung schöpfen.
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Während sich die Krise im Írán zuspitzte, hob eine Initiative des Universalen Hauses der Gerechtigkeit die Öffentlichkeitsarbeit der Bahá’í-Gemeinde auf eine völlig neue Ebene. 1985 wurde die Erklärung Die Verheißung des Weltfriedens, die sich an alle Menschen weltweit richtete, durch die Nationalen Geistigen Räte verbreitet. Darin schreibt das Universale Haus der Gerechtigkeit unprovokativ, aber klar und unmissverständlich, dass die Bahá’í fest darauf vertrauen, dass der internationale Frieden als nächste Stufe in der Evolution der Gesellschaft kommen wird. Wege und Schritte zu dieser so lang erwarteten Entwicklung werden dargelegt, und vieles geht dabei über das hinaus, was gemeinhin in der politischen Diskussion erwogen wird. Am Ende der Erklärung heißt es:
»In den Erfahrungen der Bahá’í-Gemeinschaft kann man ein Beispiel für diese wachsende Einheit [der Menschheit] sehen … Wenn die Erfahrungen der Bahá’í, in welchem Ausmaß auch immer, etwas dazu beitragen können, die Hoffnung auf Einheit des Menschengeschlechts zu stärken, schätzen wir uns glücklich, sie als Studienmodell anzubieten.« Q116
Während der unmittelbare Zweck der Veröffentlichung darin bestand, Bahá’í-Institutionen und einzelnen Gläubigen eine schlüssige Diskussionsgrundlage für ihren Umgang mit Regierungsvertretern, gesellschaftlichen Organisationen, den Medien und einflussreichen Persönlichkeiten an die Hand zu geben, setzte sie dadurch auch einen Prozess in Gang, in dessen Verlauf die Bahá’í-Gemeinde selbst in verschiedenen wichtigen Bahá’í-Lehren intensiv und nachhaltig unterrichtet wurde. Der Einfluss der in diesem Dokument enthaltenen Ideen und Sichtweisen war schon bald weithin spürbar – bei Tagungen, Sommer- und Winterferienkursen, in Veröffentlichungen und allenthalben in den Gesprächen der Gläubigen.
In vieler Hinsicht kann man sagen, dass Die Verheißung des Weltfriedens in den Jahren seit 1985 programmatisch wurde für die Zusammenarbeit der Bahá’í mit den Vereinten Nationen und den ihnen angeschlossenen Organisationen. Aufbauend auf dem guten Ruf, den die Internationale Bahá’í-Gemeinde schon zuvor hatte, wurde sie nun innerhalb weniger Jahre eine der einflussreichsten Nichtstaatlichen Organisationen. Weil sie völlig unparteiisch ist und auch so gesehen wird, vertraut man ihr zunehmend als vermittelnder Kraft bei schwierigen und oft zähen Diskussionen in internationalen Kreisen über wichtige Fragen zum Fortschritt der Gesellschaft. Dieser gute Ruf wird noch dadurch gefestigt, dass die Gemeinde grundsätzlich solches Vertrauen niemals dazu missbraucht, eigene Interessen durchzusetzen. 1968 wurde ein Vertreter der Bahá’í in das Exekutivkomitee der Nichtstaatlichen Organisationen gewählt, und fungierte dann dort als Vorsitzender beziehungsweise stellvertretender Vorsitzender. Von da an wurden immer häufiger Vertreter der Gemeinde gebeten, Ausschüsse, Einsatz- und Arbeitsgruppen oder Beiräte einzuberufen oder in ihnen den Vorsitz zu übernehmen. Während der letzten vier Jahre fungierte der Repräsentant der Internationalen Bahá’í-Gemeinde als geschäftsführender Sekretär der Konferenz der Nichtstaatlichen Organisationen, des zentralen koordinierenden Gremiums nicht-regierungsgebundener Gruppen, bei den Vereinten Nationen.
In der Struktur der Internationalen Bahá’í-Gemeinde spiegeln sich die Prinzipien wider, die auch ihre Arbeit prägen. Es ist ihr gelungen, nicht einfach als eine weitere Lobby oder Interessengruppe abgestempelt zu werden. Während sie die Fachkompetenz und Organisationsmöglichkeiten ihres UN-Büros und des Büros für Öffentlichkeitsarbeit (OPI) voll ausschöpft, wird sie von anderen Nichtstaatlichen Organisationen inzwischen als ›Verbund‹ demokratisch gewählter nationaler ›Räte‹ angesehen, die einen Querschnitt der Menschheit repräsentieren. Zu den Bahá’í-Delegationen bei internationalen Zusammenkünften gehören in der Regel von verschiedenen Nationalen Geistigen Räten ernannte Mitglieder, die Erfahrungen auf dem jeweils zur Diskussion stehenden Gebiet haben und regionale Sichtweisen beitragen können.
Wie einflussreich der Glauben im Leben der Gesellschaft wirkt – wobei Beweggrund und Arbeitsweise zwei Dimensionen sind, die sich vereint Problemen nähern – zeigte sich bei den verschiedenen Weltgipfeln und damit verbundenen Konferenzen, die die Vereinten Nationen zwischen 1990 und 1996 veranstalteten. Während dieser fast sechs Jahre trafen sich die politischen Führer der Welt immer wieder unter der Schirmherrschaft des Generalsekretärs der Vereinten Nationen, um über die großen Herausforderungen zu sprechen, denen sich die Menschheit gegen Ende des zwanzigsten Jahrhunderts gegenüber sah. Die Liste der Themen dieser historischen Zusammenkünfte muss jeden Bahá’í tief beeindrucken, spiegeln sie doch erstaunlich getreu zentrale Lehren Bahá’u’lláhs wider. Es scheint nur stimmig, dass der hundertste Jahrestag Seines Hinscheidens mitten in diese Zeit fiel; wodurch diese Zusammenkünfte in den Augen der Bahá’í eine geistige Bedeutung erlangten, die weit über ihre erklärten Ziele hinausging.
Unter diesen Veranstaltungen sind einige Höhepunkte im Prozess des weltweiten Diskurses über Probleme, unter denen die Völker leiden: die Weltkonferenz für Erziehung 1990 in Thailand, der Weltkindergipfel 1990 in New York, der Umweltgipfel der Vereinten Nationen 1992 in Rio de Janeiro, die leidvolle, chaotische Weltkonferenz für Menschenrechte 1993 in Wien, der Weltbevölkerungsgipfel 1994 in Kairo, die Weltkonferenz für soziale Entwicklung 1995 in Kopenhagen und die besonders lebhafte vierte Weltfrauenkonferenz 1995 in PekingA52. Bei den gleichzeitigen Konferenzen der Nichtregierungsorganisationen hatten die Bahá’í-Delegationen, deren Mitglieder aus den verschiedensten Ländern kamen, Gelegenheit, strittige Fragen sowohl unter geistigen als auch unter sozialen Gesichtspunkten darzustellen. Das Vertrauen, das die Internationale Bahá’í-Gemeinde bei den vielen hundert Nichtstaatlichen Organisationen genießt, zeigt sich darin, dass Bahá’í-Delegationen von den anderen Teilnehmern immer wieder zu der ehrenvollen Aufgabe ausgewählt wurden, als eine von ganz wenigen Gruppen direkt vom Podium aus zur Konferenz zu sprechen, anstatt Stellungnahmen nur schriftlich verteilen zu können.
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Während der letzten Jahre des Jahrhunderts errangen viele Nationale Geistige Räte bei ihren eigenen Außenbeziehungen eindrucksvolle Erfolge. Zwei herausragende Beispiele sollen deren Wesen und Bedeutung verdeutlichen. Das erste Beispiel stammt aus Deutschland, wo Gerichtsentscheidungen ergangen waren, denen zufolge die Satzungen der gewählten Bahá’í-Körperschaften unvereinbar mit dem deutschen Zivilrecht seien. Das Bundesverfassungsgericht hat der dagegen eingelegten Verfassungsbeschwerde des Geistigen Rates der Bahá’í von Tübingen stattgegeben und entschieden, dass die Bahá’í-Gemeindeordnung integraler Bestandteil des Glaubens und daher von den Glaubensinhalten untrennbar sei. Das Verfassungsgericht hat seine Entscheidung unter anderem damit begründet, dass der Bahá’í-Glaube eine Religion sei – ein Urteil von weitreichender Bedeutung in einer Gesellschaft, in der kirchliche Funktionsträger den Glauben lange als Kult oder Sekte abtaten. Die unzweideutige Sprache des Urteils verdient hier zitiert zu werden:
»… der Charakter des Bahá’í-Glaubens als Religion und der Bahá’í-Gemeinschaft als Religionsgemeinschaft [ist] nach aktueller Lebenswirklichkeit, Kulturtradition und allgemeinem wie auch religionswissenschaftlichem Verständnis offenkundig … «A53
Der brasilianischen Bahá’í-Gemeinde blieb ein Sieg im Bereich der Außenbeziehungen vorbehalten, der in der Bahá’í-Geschichte bis heute einzigartig dasteht. Am 28. Mai 1992 kam das höchste gesetzgebende Gremium des Landes, das Abgeordnetenhaus, zu einer Feierstunde anlässlich des hundertsten Jahrestages des Hinscheidens Bahá’u’lláhs zusammen. Der Sprecher verlas eine Botschaft des Universalen Hauses der Gerechtigkeit und die Abgeordneten aller Parteien erhoben sich einer nach dem anderen, um den Beitrag des Glaubens und seines Stifters zum Wohlergehen der Menschen zu würdigen. In einer bewegenden Ansprache bezeichnete ein bekannter Abgeordneter die Bahá’í-Lehren als »gewaltigstes religiöses Werk, das je die Feder eines einzelnen Mannes niederschrieb«A54.
Solche Wertschätzung der Wesensart des Glaubens und der Arbeit, die die Gemeinde sich zu leisten bemüht – wie sie hier von Seiten der höchsten rechtsprechenden beziehungsweise gesetzgebenden Ebene zweier der bedeutendsten Länder der Welt kamen –, sind geistige Siege, die auf ihre Weise genauso wichtig sind wie die Siege auf dem Feld des Lehrens. Sie helfen die Türen zu öffnen, durch die Bahá’u’lláhs heilsamer Einfluss das Leben der Gesellschaft selbst zu berühren beginnt.

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Um Seinen Zuhörern die bevorstehende gesellschaftliche Wandlung verständlich zu machen, verwendete ‘Abdu’l-Bahá die Metapher des Lichts. Einheit, so erklärte Er, ist die Kraft, die jedwedes menschliche Bemühen erleuchtet und voranbringt. Die mit dem zwanzigsten Jahrhundert anbrechende Zeit werde man in Zukunft als »Jahrhundert des Lichts« ansehen, da in ihr die Einheit der Menschheit allgemein anerkannt werde. Und auf dieser Grundlage werde dann eine Weltgesellschaft errichtet werden, die den Prinzipien der Gerechtigkeit folgt.
Diese Vision beschrieb der Meister in zahlreichen Sendschreiben und Ansprachen. Ihren deutlichsten Ausdruck findet sie in einem Schreiben an Jane Elizabeth Whyte, der Frau eines früheren Synodalpräsidenten der Free Church of Scotland. Frau Whyte war eine begeisterte Freundin der Bahá’í-Lehren, hatte den Meister in ‘Akká besucht und traf später die Vorbereitungen für den besonders herzlichen Empfang, der Ihm in Edinburgh bereitet wurde. In Seinem Sendbrief an sie bediente sich ‘Abdu’l-Bahá der bekannten Metapher des Lichts:
»O verehrte Dame! … Sieh, wie dieses Licht [der Einheit] nun am dunklen Horizont der Welt zu dämmern beginnt! Der erste Lichtstrahl ist die Einheit im politischen Bereich, der allererste Schimmer davon lässt sich nunmehr erkennen. Der zweite Lichtstrahl ist die Einheit des Denkens in weltweiten Unternehmungen, die bald vollzogen werden wird. Der dritte Lichtstrahl ist die Einheit in der Freiheit, die sicherlich eintreten wird. Der vierte Lichtstrahl ist die Einheit in der Religion, der Eckstein, auf dem die Grundlage ruht; auch sie wird durch die Macht Gottes in ihrer ganzen Strahlenfülle offenbar werden. Der fünfte Lichtstrahl ist die Einheit der Nationen – eine Einheit, die in diesem Jahrhundert sicher begründet werden wird, so dass sich alle Völker der Welt als Bürger eines gemeinsamen Vaterlandes betrachten. Der sechste Lichtstrahl ist die Einheit der Rassen, die alle Erdenbewohner zu Völkern und Geschlechtern einer Rasse macht. Der siebte Lichtstrahl ist die Einheit der Sprache, das heißt die Wahl einer universalen Sprache, in der alle Menschen unterrichtet werden und miteinander verkehren. All dies wird unausweichlich eintreten, weil die Macht des Reiches Gottes seine Verwirklichung fördern und unterstützen wird.« Q117
Zwar wird es sicherlich noch Jahrzehnte – und vielleicht auch noch sehr viel länger – dauern, bis die in diesem bemerkenswerten Dokument dargelegte Vision ganz verwirklicht ist, doch sind die Wesensmerkmale dessen, was hier verheißen ist, schon heute weltweit erkennbar. Bei einigen der großen Veränderungen, die hier vorhergesehen werden – der Einheit der Rassen und der Einheit der Religionen – ist klar, worauf die Worte des Meisters hindeuten, und die damit einhergehenden Prozesse sind recht weit fortgeschritten, wie groß auch der Widerstand aus einigen Lagern sein mag. Weitgehend trifft dies auch auf die Einheit der Sprache zu. Dass eine gemeinsame Sprache notwendig ist, wird heutzutage allerorts anerkannt, wie sich auch daran zeigt, dass die Vereinten Nationen und ein großer Teil der Nichtstaatlichen Organisationen gezwungen waren, mehrere ›Amtssprachen‹ zuzulassen. Bis im internationalen Einvernehmen eine Entscheidung getroffen ist, kann das Englische diese Lücke bis zu einem gewissen Grad ausfüllen, was durch Entwicklungen wie das Internet, die Steuerung des Flugverkehrs, die Herausbildung allgemein anerkannter Fachtermini und des allgemeinen Schulwesens ermöglicht wurde.
Auch »die Einheit des Denkens in weltweiten Unternehmungen« – eine Vorstellung, für die es zu Beginn des zwanzigsten Jahrhunderts selbst den idealistischsten Bestrebungen an Anhaltspunkten fehlte – ist jetzt deutlich erkennbar in großangelegten Programmen zur sozialen und wirtschaftlichen Entwicklung, zu humanitärer Hilfe und zum Einsatz für den weltweiten Umweltschutz und dem Schutz der Ozeane. Bei der »Einheit im politischen Bereich«, so erklärt Shoghi Effendi, geht es um die zwischen den unabhängigen Staaten erlangte Einheit, ein Entwicklungsprozess, dessen jetzige Stufe die Vereinten Nationen sind. Andererseits verweist die vom Meister verheißene »Einheit der Nationen« auf die heute weitverbreitete Einsicht der Völker der Welt, dass sie alle Bewohner desselben globalen Heimatlandes sind, wie groß auch die Unterschiede zwischen ihnen sein mögen.
Die »Einheit in der Freiheit« ist heute natürlich zu einem gemeinsamen Ziel aller Erdenbewohner geworden. Unter den Entwicklungen, die dieses Ziel vor allem vorantreiben, könnte der Meister hauptsächlich an das rasche Ende des Kolonialismus gedacht haben und die daraus folgende Selbstbestimmung, die gegen Ende des Jahrhunderts ein wesentliches Kennzeichen nationaler Identität geworden war.
Was auch immer die Zukunft der Menschheit noch bedrohen mag: die Welt hat sich durch die Ereignisse des zwanzigsten Jahrhunderts verändert. Dass die Kennzeichen dieses Wandlungsprozesses von der Stimme Dessen beschrieben wurden, der ihn so zuversichtlich vorhersagte, sollte aufmerksame Menschen überall veranlassen, gründlich darüber nachzudenken.
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Die im sozialen und ethischen Leben der Menschheit errungenen Veränderungen wurden nachdrücklich durch eine Reihe internationaler Zusammenkünfte bekräftigt, die die Vereinten Nationen zum Ende des alten und zu Beginn des neuen Jahrtausends einberiefen. Auf Einladung des Generalsekretärs der Vereinten Nationen, Kofi Annan, versammelten sich vom 22. bis zum 26. Mai 2000 Vertreter von über tausend Nichtstaatlichen Organisationen in New York. In einer aus diesem Treffen hervorgegangenen Verlautbarung verpflichteten Sprecher der Zivilgesellschaft ihre Organisationen auf das Ideal, dass »… wir in all unserer Vielfalt nur eine Menschheitsfamilie sind, die in einem gemeinsamen Heimatland lebt und sich in eine gerechte, erhaltbare und friedliche Welt teilt, die von den universellen Prinzipien der Demokratie geleitet wird … «A55.
Kurz darauf kamen bei einem zweiten Treffen vom 28. bis zum 31. August zweitausend Führer der meisten Religionsgemeinschaften zusammen, ebenfalls im Sitz der Vereinten Nationen in New York. Die Internationale Bahá’í-Gemeinde war durch ihren Generalsekretär vertreten, der auch zu einer der Plenarveranstaltungen sprach. Der feierliche Aufruf der religiösen Führer der Welt an ihre Gemeinden, »das Recht auf Religionsfreiheit zu respektieren, Versöhnung zu suchen und sich für gegenseitige Vergebung und Heilung alter Wunden einzusetzen … «A56 musste jeden Beobachter tief beeindrucken.
Diese beiden Veranstaltungen bereiteten den Weg für den eigentlichen Millenniumsgipfel vom 6. bis 8. September am Sitz der Vereinten Nationen in New York. Die bei den Beratungen versammelten einhundertneunundvierzig Staats- und Regierungschefs waren bemüht, der Bevölkerung der vertretenen Nationen Hoffnung und Zuversicht zu geben. Besonders willkommen war die Einladung an einen Sprecher des Forums der Nichtregierungsorganisationen, beim Gipfeltreffen selbst die Gedanken und Bedenken des im Mai vorangegangenen Treffens vorzustellen. Für die Bahá’í war es ebenso bedeutsam wie erfreulich, dass diese hohe Ehre dem Ständigen Vertreter der Internationalen Bahá’í-Gemeinde bei den Vereinten Nationen in seiner Eigenschaft als Co-Vorsitzendem des Forums zuteil wurde. Nichts könnte den Unterschied zwischen der Welt um 1900 und der um 2000 deutlicher machen als der Text der beim Gipfel verabschiedeten Resolution, die von allen Teilnehmern unterschrieben und der Generalversammlung der Vereinten Nationen vorgelegt wurde:
»Zu diesem historischen Anlass bestätigen wir feierlich, dass die Vereinten Nationen das unverzichtbare gemeinsame Haus der gesamten Menschheitsfamilie sind, mit deren Hilfe wir unser gemeinsames Streben nach Frieden, Zusammenarbeit und Entwicklung verwirklichen wollen. Wir geloben daher, diese Ziele vorbehaltlos zu unterstützen und sind fest entschlossen, sie zu erreichen.«A57
Zum Abschluss dieser Reihe historischer Zusammenkünfte wandte Kofi Annan sich selbst mit überraschend deutlichen Worten an die versammelten Führer der Welt – mit Worten, in denen für viele Bahá’í die ernsten Mahnungen Bahá’u’lláhs an die inzwischen untergegangenen Könige und Kaiser die den heutigen Führern vorangingen, widerhallten: »Es liegt in Ihrer Macht und ist daher Ihre Verantwortung, die Ziele zu erreichen, die Sie sich gesetzt haben. Nur Sie können bestimmen, ob die Vereinten Nationen sich der Herausforderung gewachsen zeigen.«A58
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Trotz der historischen Bedeutung der Treffen und der Tatsache, dass die meisten politischen, gesellschaftlichen und religiösen Führer der Welt daran teilnahmen, erregte der Millenniumsgipfel doch in den wenigsten Ländern öffentliches Interesse. Zwar wurde über einige Veranstaltungen ausführlich in den Medien berichtet, doch spürten die meisten Leser oder Hörer die Skepsis, mit der die Journalisten das Thema behandelten, oder den zweifelnden, teils gar zynischen Unterton in vielen solcher Berichte. Dieser krasse Unterschied zwischen einer Veranstaltung, die mit Fug und Recht beanspruchen kann, einen wichtigen Wendepunkt in der Geschichte der Menschheit zu bezeichnen, einerseits, und dem Mangel an Begeisterung oder auch nur Interesse seitens der Bevölkerungen, die eigentlich ihre Nutznießer sein sollten, andererseits, war das vielleicht auffälligste Merkmal der Ereignisse zum Millennium. Dieser Unterschied zeigt deutlich die Tiefe der Krise, die die Welt am Ende des Jahrhunderts durchlebte und noch durchlebt, da die Prozesse des Aufbaus und des Zerfalls, die während der vergangenen hundert Jahre an Schubkraft gewannen, sich jetzt mit jedem neuen Tag zu beschleunigen scheinen.
Wer den visionären Erklärungen der Führer der Welt Glauben schenken will, kämpft gleichzeitig gegen zwei Phänomene an, die solche Zuversicht untergraben. Vom ersten ist hier schon ausführlich gesprochen worden. Die moralischen Grundlagen der Gesellschaft sind zusammengebrochen, und der Großteil der Menschheit irrt ohne Orientierungspunkte in einer Welt umher, die mit jedem Tag bedrohlicher und unberechenbarer wird. Zu behaupten, dass dieser Prozess jetzt bald zu Ende sei, würde nur falsche Hoffnungen wecken. Man kann zwar anerkennen, dass es ernsthafte politische Bemühungen gibt, dass weiterhin beeindruckende wissenschaftliche Fortschritte erzielt werden oder dass sich die wirtschaftlichen Bedingungen für einen Teil der Menschheit tatsächlich bessern – all das jedoch, ohne daraus auch nur die leiseste Hoffnung auf ein sicheres Leben für sich selbst oder, noch viel wichtiger, für das unserer Kinder schöpfen zu können. Enttäuschung, die, wie Shoghi Effendi warnte, die zunehmende Korrumpierung der Politik bei der Masse der Menschheit auslösen würde, ist heute weitverbreitet. Ausbrüche von Gesetzlosigkeit ziehen sich in vielen Staaten wie Seuchen durch Stadt und Land. Das Versagen gesellschaftlicher Kontrolle, der Versuch, selbst die extremsten Formen abnormen Verhaltens als gerechtfertigt zu entschuldigen, und die fast überall verbreitete Verherrlichung von Gewalt in der Kunst und den Medien – diese und ähnliche Symptome eines Zustands, der moralischer Anarchie gleichkommt, zeichnen ein äußerst düsteres Bild unserer Zukunft. Vor diesem desolaten Hintergrund versucht die intellektuelle Mode unserer Zeit aus bitterer Not eine Tugend zu machen und bezeichnet sich selbst und ihre Aufgabe als ›Dekonstruktivismus‹.
Die zweite der beiden Entwicklungen, die den Glauben an die Zukunft untergraben, war Gegenstand einiger der hitzigsten Debatten des Gipfels. Die informationstechnologische Revolution, die die Erfindung des World Wide Web im letzten Jahrzehnt des zwanzigsten Jahrhunderts mit sich brachte, hat viele Lebensbereiche unumkehrbar verändert. Der Prozess der ›Globalisierung‹, der über mehrere Jahrhunderte einer langsam ansteigenden Kurve gefolgt war, wurde nun durch neue Kräfte in einer Weise beschleunigt, die die meisten Menschen sich nicht vorzustellen vermochten. Wirtschaftliche Kräfte, die sich jetzt von den Begrenzungen der Vergangenheit frei machten, brachten im letzten Jahrzehnt ein globales System hervor, in dem Reichtum neu umrissen, geschaffen und verteilt wurde. Wissen selbst wurde schnell wertvoller als sogar Kapital und Rohstoffe. In erstaunlich kurzer Zeit wurden Ländergrenzen, die sowieso schon brüchig geworden waren, durchlässig, so dass heute auf ein Computersignal hin sofort große Geldbeträge hindurchfließen können. Komplexe Produktionsverfahren wurden so restrukturiert, dass die geeignetsten Anbieter weltweit integriert werden können, gleich in welchem Land sie sich befinden. Rein materiell gesehen ist die Erde in gewisser Weise schon jetzt ›ein Land‹, und als Konsumenten sind die Bewohner der verschiedenen Staaten die ›Bürger‹ dieses Landes.
Doch geht der Wandel weit über solch wirtschaftliche Aspekte hinaus. Die Globalisierung nimmt zunehmend politische, soziale und kulturelle Dimensionen an. Die Macht des Nationalstaates, einst Herr und Beschützer der Geschicke der Menschen, ist offensichtlich stark angeschlagen. Zwar spielen die Regierungen der einzelnen Staaten noch immer eine maßgebliche Rolle, doch müssen sie jetzt neu aufstrebenden Machtzentren wie multinationalen Gesellschaften, Einrichtungen der Vereinten Nationen, Nichtstaatlichen Organisationen aller Art und gigantischen Medienkonzentrationen Platz einräumen, deren Zusammenarbeit entscheidend für den Erfolg der meisten Programme mit bedeutenden wirtschaftlichen oder sozialen Zielen ist. So wie der Kapitalfluss oder die Verlagerung von Produktionsstätten kaum noch durch Ländergrenzen behindert wird, können sie auch die Verbreitung von Wissen und Kenntnissen nicht mehr nennenswert kontrollieren. Das Internet – das in Sekunden den Inhalt ganzer Bibliotheken übertragen kann, die zusammenzustellen es Jahrhunderte gebraucht hatte – bereichert das intellektuelle Leben eines jeden, der es zu benutzen weiß, ganz beträchtlich, und bietet außerdem die Möglichkeit gut fundierter Ausbildung in einer breiten Palette von Berufen. Dieses System, das Shoghi Effendi sechzig Jahre zuvor so prophetisch vorausgesehen hatte, schafft unter seinen Nutzern ein Gefühl von Gemeinschaft, das keinen Raum mehr lässt für geographische Entfernungen oder kulturellen Abstand.
Die Vorteile für viele Millionen Menschen sind augenfällig und eindrucksvoll. Kosteneffizienz durch Koordinierung ehemals wettstreitender Geschäftsinteressen macht jetzt Güter und Dienstleistungen Bevölkerungsgruppen zugänglich, die zuvor nicht hoffen konnten, in ihren Genuss zu kommen. Eine gewaltige Zunahme an Mitteln, die für Forschung und Entwicklung zur Verfügung stehen, vervielfältigt ihren Nutzen und steigert ihre Qualität. Dass Geschäftsunternehmen ihre Standorte leicht von einem Teil der Welt in einen anderen verlegen können, bewirkt einen gewissen Ausgleich in der Verteilung von Arbeitsplätzen. Das Niederbrechen der Schranken im transnationalen Handel macht die Güter für den Verbraucher noch erschwinglicher. Aus Bahá’í-Sicht ist leicht vorstellbar, welches Potential diese Veränderungen haben, um den Boden für die in den Schriften Bahá’u’lláhs vorausgesehene Weltgesellschaft zu bereiten.
Allerdings stimmt die Globalisierung nicht überall optimistisch, vielmehr sehen immer mehr Menschen auf der ganzen Welt in ihr die größte Bedrohung für unsere Zukunft. Die Ausschreitungen während der Konferenzen der Welthandelsorganisation, der Weltbank und des Internationalen Währungsfonds in den letzten Jahren zeigen, wie tief Angst und Vorbehalte angesichts der fortschreitenden Globalisierung sitzen. Medienberichte über diese unerwarteten Ausbrüche machten die Öffentlichkeit auf Proteste gegen die grobe Ungerechtigkeit bei der Verteilung von Privilegien und Möglichkeiten aufmerksam, die man durch die Globalisierung nur wachsen sieht, und auf Warnungen, dass die Folgen, wenn man nicht schnellstens wirksame Kontrollen einführt, katastrophal sein werden, sowohl in sozialer und politischer, als auch in ökonomischer und ökologischer Hinsicht.
Solche Bedenken scheinen begründet zu sein. Allein schon wirtschaftliche Statistiken zeigen ein Bild der auf der Welt herrschenden Bedingungen, das zutiefst beunruhigt. Die immer breiter werdende Kluft zwischen dem Fünftel der Weltbevölkerung, das in den Ländern mit dem höchsten Einkommen lebt, und dem Fünftel, das in den Ländern mit dem niedrigsten Einkommen lebt, illustriert das schonungslos. Laut des vom Entwicklungsprogramm der Vereinten Nationen 1999 veröffentlichten Entwicklungsberichtes klaffte die Kluft 1990 im Verhältnis sechzig zu eins auseinander. Das heißt, ein Fünftel der Weltbevölkerung verfügte über sechzig Prozent des Reichtums in der Welt, während ein anderes Fünftel mit nur einem Prozent dieses Reichtums kaum überleben konnte. Bis 1997 hatte sich das Verhältnis im Zuge der schnell voranschreitenden Globalisierung in nur sieben Jahren auf vierundsiebzig zu eins verschärft. Und diese erschreckenden Zahlen berücksichtigen noch nicht die unaufhaltsame Verarmung der meisten der übrigen Milliarden Menschen, die sich auf dem erbarmungslos schmaler werdenden Grat zwischen den beiden Extremen drängen. Das Problem ist noch lange nicht unter Kontrolle, sondern spitzt sich eindeutig zu. Was das für die Zukunft der Menschheit bedeutet – Not und Verzweiflung, die über zwei Drittel der Erdbevölkerung erfassen –, lässt das Desinteresse am Millenniumsgipfel und der dort gefeierten Errungenschaften verstehen, obwohl sie eigentlich unter jedem vernünftigen Gesichtspunkt als historisch anzusehen sind.
Globalisierung an sich ist ein Wesensmerkmal der Evolution der menschlichen Gesellschaft. Sie hat eine sozioökonomische Kultur hervorgebracht, die auf der praktischen Ebene die Welt ist, in der die Menschheit im jetzt beginnenden Jahrhundert ihre Ziele verfolgen wird. Jeder objektive Beobachter mit Urteilsvermögen wird anerkennen, dass beide gegensätzlichen Reaktionen auf diese Tatsache in gewisser Weise gerechtfertigt sind. Die Vereinigung der Menschheit, die im Feuer der Ereignisse des zwanzigsten Jahrhunderts geschmiedet wurde, ist eine Wirklichkeit, die mit jedem neuen Tag atemberaubende Möglichkeiten eröffnet. Und noch einer weiteren Wirklichkeit kann der ernsthafte Denker sich nicht verschließen: Die Gerechtigkeit ist das einzige Werkzeug, das diese großartigen Möglichkeiten für den Fortschritt der Zivilisation nutzbar machen kann. Man muss kein Prophet sein um zu erkennen, dass das Schicksal der Menschheit im jetzt beginnenden Jahrhundert bestimmt wird durch das Verhältnis, das zwischen diesen beiden dem historischen Prozess zugrundeliegenden Kräften begründet wird: Einheit und Gerechtigkeit als untrennbare Prinzipien.
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Aus der Sicht der Lehren Bahá’u’lláhs ist die größte Gefahr, die die Wertekrise einerseits und die mit der Globalisierung in ihrer heutigen Form einhergehende Ungerechtigkeit andererseits mit sich bringt, dass sich eine philosophische Haltung festsetzt, die diese Missstände zu rechtfertigen und zu entschuldigen sucht. Der Sturz der totalitären Systeme des zwanzigsten Jahrhunderts bedeutet nicht das Ende jeglicher Ideologie. Im Gegenteil. Nie gab es in der Welt eine Gesellschaft – wie pragmatisch, experimentierfreudig und vielgestaltig auch immer –, die ihren Antrieb nicht aus einer ihr zugrunde liegenden Interpretation der Wirklichkeit gewonnen hätte. Ein solches Denksystem regiert heute praktisch unangefochten auf dem ganzen Planeten unter der Bezeichnung ›westliche Zivilisation‹. Philosophisch und politisch präsentiert es sich als eine Art liberaler Relativismus, wirtschaftlich und sozial als Kapitalismus – zwei Wertesysteme, die sich inzwischen so aufeinander abgestimmt haben und sich gegenseitig so verstärken, dass sie im Grunde zu einer einzigen umfassenden Weltanschauung geworden sind.
Mag man auch Vorteile der westlichen Zivilisation – die persönliche Freiheit, den gesellschaftlichen Wohlstand und den wissenschaftlichen Fortschritt, die eine beachtliche Minderheit der Weltbevölkerung genießt – anerkennen, so muss doch ein denkender Mensch einsehen, dass das System moralisch und intellektuell am Ende ist. Was es konnte, hat es zum Fortschritt der Zivilisation beigetragen, wie auch seine Vorläufer, und wie diese ist es nun ebenfalls machtlos, den Bedürfnissen einer Welt gerecht zu werden, welche die Visionäre des achtzehnten Jahrhunderts sich niemals hätten ausmalen können, wenn sie sich auch von den meisten ihrer einzelnen Merkmale eine Vorstellung machten. Shoghi Effendi hatte nicht nur Monarchien von Gottes Gnaden, etablierte Kirchen oder totalitäre Systeme im Sinn, als er bohrend fragte: »Warum sollten sie in einer Welt, die dem unabänderlichen Gesetz des Wandels und des Verfalls unterliegt, von der Entartung verschont bleiben, die alle menschlichen Einrichtungen zwangsläufig ereilt?«Q118
Bahá’u’lláh hält die, die an Ihn glauben, an, »mit eigenen Augen [zu] sehen, nicht mit denen anderer, und durch die eigene Erkenntnis Wissen [zu] erlangen, nicht durch die deines Nächsten«Q119. Was sich den Bahá’í unseligerweise in der heutigen Gesellschaft zeigt, ist die zügellose Ausbeutung der Massen der Menschheit aus einer Gier heraus, die sich mit dem Wirken ›anonymer Kräfte des Marktes‹ entschuldigt. Überall sehen sie, dass die für die Zukunft der Menschheit so lebenswichtigen moralischen Grundlagen zerstört sind durch maßlose Hemmungslosigkeit unter dem Deckmantel der ›Redefreiheit‹. Täglich müssen sie gegen den Druck eines dogmatischen Materialismus ankämpfen, der beansprucht, die Stimme der ›Wissenschaft‹ zu sein, und aus dem intellektuellen Leben systematisch alle Impulse auszuschließen sucht, die von der geistigen Ebene des menschlichen Bewusstseins kommen.
Für einen Bahá’í aber sind die wirklich wichtigen Fragen des Lebens die geistigen. Die Sache Gottes ist keine politische Partei oder Ideologie, und noch viel weniger ein Werkzeug politischer Agitation gegen das eine oder andere gesellschaftliche Übel. Der Wandlungsprozess, den die Sache Gottes in Gang gesetzt hat, kommt durch einen grundlegenden Bewusstseinswandel voran, und die Herausforderung, vor die sie jeden ihrer Diener stellt, ist, sich loszulösen von der Bindung an überkommene Ansichten und Wunschvorstellungen, die mit dem Willen Gottes für das Reifealter der Menschheit unvereinbar sind. Gerade die Verzweiflung angesichts von Zuständen, die das Gewissen verletzen, kann im Prozess der geistigen Befreiung hilfreich sein. Letztlich wird diese Desillusionierung einen Bahá’í zur Erkenntnis jener Wahrheit bringen, die in den Schriften des Glaubens immer wieder hervorgehoben wird:
»Er hat auf der ganzen Welt die Herzen Seiner Diener auserwählt und jedes zu einem Thron für die Offenbarung Seiner Herrlichkeit gemacht. So heiligt sie denn von jeder Befleckung, damit ihnen das eingeprägt werde, wofür sie erschaffen wurden.« Q120

12

Der erste Satz des Johannesevangeliums: »Im Anfang war das Wort … « – fasziniert seit zweitausend Jahren seine Leser. Weiter spricht die Passage bestechend klar und einfach eine geistige Wahrheit aus, die in allen Offenbarungsreligionen von zentraler Bedeutung ist und sich bei allen in der Geschichte aufeinander folgenden Kulturen immer wieder bestätigt hat: »Er war in der Welt, und die Welt ist durch ihn gemacht … «Q121 Die verheißene Manifestation Gottes erscheint; um dieses Zentrum des geistigen Lebens und der Autorität entwickelt sich eine Gemeinde von Gläubigen; ein neues Wertesystem richtet Bewusstsein und Verhalten neu aus; Künste und Wissenschaften zeigen sich empfänglich; Gesetze und die gesellschaftliche Ordnung werden neu strukturiert. Langsam aber unaufhaltsam blüht eine neue Kultur auf, die so sehr die Ideale von Millionen von Menschen verkörpert und ihre Fähigkeiten einbindet, dass sie wirklich eine neue Welt darstellt – eine Welt, die für jene, die in ihr »leben … bewegt [werden] und … ihr Sein [haben]«Q122 weit wirklicher ist als die irdischen Grundlagen, auf denen sie ruht. Während der folgenden Jahrhunderte hängen Zusammenhalt und Selbstvertrauen der Gesellschaft weiter von jenem geistigen Impuls ab, der ihr Leben gab.
Mit dem Erscheinen Bahá’u’lláhs vollzieht sich dieses Phänomen von neuem – dieses Mal in einer Dimension, die alle Erdenbewohner umfasst. Die Ereignisse des zwanzigsten Jahrhunderts können als erste Stufen jener umfassenden Transformation der Gesellschaft angesehen werden, die durch eine Offenbarung in Gang gesetzt wurde, von der Bahá’u’lláh schreibt:
»Ich bezeuge: Kaum war das Erste Wort kraft Deines Willens und Deines Ratschlusses von Seinem Munde ausgegangen … da war die ganze Schöpfung umgewälzt; alle in den Himmeln und alle auf Erden wurden bis tief ins Herz aufgewühlt. Jenes Wort erschütterte die Wirklichkeit alles Erschaffenen; es schied, trennte, verstreute, verknüpfte und vereinte sie wieder, um in der Welt des Zufalls wie im himmlischen Reich Wesen einer neuen Schöpfung ans Licht zu bringen und in den Reichen des Unsichtbaren die Zeichen Deiner Einheit und Einzigkeit zu offenbaren.« Q123
Shoghi Effendi beschreibt diesen Prozess der Einigung der Welt als den »Größeren Plan« Gottes, der sich weiter entfalten und an Stärke und Schubkraft zunehmen wird, bis die Menschheit in einer globalen Gesellschaft vereint ist, die den Krieg geächtet und die Verantwortung für ihr gemeinsames Schicksal übernommen hat. Die Kämpfe des zwanzigsten Jahrhunderts haben den für die göttliche Absicht notwendigen grundlegenden Richtungswandel bewirkt. Dieser Richtungswandel ist unumkehrbar. Es gibt keinen Weg zurück zum früheren Stand der Dinge, so sehr einige von Zeit zu Zeit auch versucht sein mögen, einen solchen zu suchen.
Die Bedeutung dieses historischen Durchbruchs wird keineswegs dadurch geschmälert, dass der Prozess gerade erst begonnen hat. Zu gegebener Zeit, so erklärte Shoghi Effendi, muss er zur Vergeistigung des menschlichen Bewusstseins führen und zur Entstehung einer Weltkultur, die den Willen Gottes verkörpert. Allein schon, indem man das Ziel nennt, räumt man ein, dass der Weg, den die Menschheit bis dorthin noch zurücklegen muss, weit ist. Der Wandel im Denken sowie die politischen und sozialen Veränderungen der letzten hundert Jahre wurden gegen den erbitterten Widerstand aller Gesellschaftsgruppen, Herrscher und Beherrschte gleichermaßen, erreicht. Im Grunde waren unermessliche Leiden der dafür zu zahlende Preis. Man muss davon ausgehen, dass die kommenden Herausforderungen einen noch höheren Preis von einer Menschheit fordern, die sich mit aller Macht gegen den geistigen Gehalt der Erfahrung, die sie durchlebt, verschließt. Shoghi Effendis Worte über die Folgen solcher Verstocktheit von Herz und Verstand lesen sich ernüchternd:
»Unvorstellbar schreckliche Not, ungeahnte Krisen und Aufstände, Krieg, Hunger und Pestilenz mögen sich wohl vereinen, um in die Seele eines achtlosen Geschlechts jene Wahrheiten und Grundsätze einzugraben, die anzuerkennen und zu befolgen es verschmäht hat.« Q124
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Kaum ein Drittel des zwanzigsten Jahrhunderts war verstrichen, als der Hüter die Anhänger Bahá’u’lláhs zu einem Verständnis der Sache Gottes aufrief, das über alles hinausging, was sie sich bisher vorgestellt hatten. Der Glaube hatte einen Punkt erreicht, so sagte er, an dem er »aufgehört [hat], sich als eine Bewegung zu verstehen, als eine Bruderschaft oder dergleichen«, Bezeichnungen, die vielleicht angemessen waren, als die Botschaft erstmals im Westen verkündet wurde, die nun aber »seinem stetig sich entfaltenden System grobes Unrecht getan haben«Q125. Sogar den Begriff ›Religion‹ im üblichen Sinn wies der Hüter als unzutreffend zurück, und erklärte:
»Vielmehr beweist der Glaube Bahá’u’lláhs nunmehr mit sichtbarem Erfolg seinen Anspruch und sein Anrecht auf Anerkennung als eine Weltreligion, dazu bestimmt, in der Fülle der Zeit die Stellung eines weltumfassenden Gemeinwesens einzunehmen, das gleichzeitig Werkzeug und Hüter des von seinem Begründer angekündigten Größten Friedens ist.« Q126
Im Laufe des Jahrhunderts setzte dieselbe schöpferische Macht, welche einem Großteil der Menschheit ihre Einheit bewusst machte, allmählich auch die der Sache Gottes innewohnenden Kräfte frei und eröffnete ihr eine neue Rolle im Leben der Menschen. Während der ersten beiden Jahrzehnte des Jahrhunderts wurden unter der liebevollen Obhut des Meisters die geistigen und administrativen Grundlagen gelegt, die notwendig waren, um Bahá’u’lláhs Absicht zu verwirklichen. Auf diesem Fundament aufbauend vervollkommnete Shoghi Effendi während der sechsunddreißig Jahre seiner eigenen Amtszeit – und den anschießenden sechs Jahren, in denen sein Zehnjahresplan die Bemühungen der Gemeinde lenkte – den administrativen Apparat, der erforderlich war, um den Göttlichen Plan voranzubringen. Als das Universale Haus der Gerechtigkeit im Jahre 1963 errichtet worden war, brachen die Bahá’í in der ganzen Welt zur ersten Etappe einer langwierigen Mission auf: die geistige Stärkung aller Menschen auf Erden als Protagonisten ihres eigenen Fortschritts. Am Ende des Jahrhunderts hatte diese gewaltige Anstrengung eine Gemeinde hervorgebracht, die die Vielfalt der Menschheit repräsentiert, die geeint ist in Glauben und Treue, und die dem Aufbau einer Weltgesellschaft verpflichtet ist, welche die geistige und sittliche Vision ihres Stifters auf Erden widerspiegeln wird.
Dieser Prozess wurde unermesslich gestärkt, als 1992 die langersehnte, ausführlich kommentierte erste englischsprachige Ausgabe des Kitáb-i-Aqdas erschien, eine Quelle göttlicher Führung für das Reifealter der Menschheit. Die zügig vorgenommenen Übersetzungen ermöglichten den Anhängern des Glaubens auf der ganzen Welt schon bald den Zugang zu einem Buch, das von seinem Autor beschrieben wird als »der Morgen göttlichen Wissens, so ihr zu denen gehört, die verstehen, und der Dämmerort der Befehle Gottes, so ihr zu denen gehört, die begreifen«Q127. Außer der Erkenntnis der Manifestation Gottes durch die Seele flößt nichts dem menschlichen Bewusstsein – des Einzelnen wie der Gemeinschaft – solche Zuversicht und Lebenskraft ein wie die Macht moralischer Gewissheit. Im Kitáb-i-Aqdas werden Gesetze, die wesentlich für das persönliche wie für das gemeinschaftliche Leben sind, neu formuliert im Kontext einer Gesellschaft, welche die Menschheit in ihrer ganzen Vielfalt umfasst. Neue Gesetze und Begriffe wenden sich an die neuen Bedürfnisse einer Menschheit, die dabei ist, in ihr gemeinsames Reifealter einzutreten. »O Völker der Erde!«, so der Aufruf Bahá’u’lláhs, »Gebt auf, was ihr besitzet, und erhebt euch auf den Schwingen der Loslösung über alles Erschaffene. So gebietet euch der Herr der Schöpfung, der durch die Bewegung Seiner Feder der Menschheit Seele verwandelt.«Q128
Dass der Glaube all den Angriffen, denen er ausgesetzt war, erfolgreich standhielt, ist ein Aspekt, der jedem, der die Entwicklung des Glaubens während der letzten hundert Jahre beobachtet, besonders auffallen muss. Wie schon zur Wirkungszeit des Báb und Bahá’u’lláhs gab es immer wieder Gesellschaftsgruppen, denen entweder der Aufstieg der neuen Religion missfiel oder denen die Prinzipien, die sie lehrt, Angst machten, und die alles in ihrer Macht Stehende versuchten, um sie zu vernichten. Kaum ein Jahrzehnt im zwanzigsten Jahrhundert, das nicht derartige Versuche erlebt hätte – von den blutigen Verfolgungen durch die schiitische Geistlichkeit und den schamlosen Lügen, die ihr christliches Pendant ausbrütete und verbreitete, über systematische Unterdrückung durch verschiedene totalitäre Regierungen, bis hin zu den Unaufrichtigen, Ehrgeizigen oder Böswilligen unter den erklärten Anhängern des Glaubens, die ihre Treuepflicht gegenüber Bahá’u’lláh brachen. Nach menschlichem Ermessen hätte die Sache Gottes so mächtigem Widerstand, der in der jüngeren Geschichte ohnegleichen ist, erliegen müssen. Sie erlag ihm aber keineswegs, sondern blühte auf. Ihr Ansehen wuchs, die Zahl ihrer Anhänger vervielfachte sich, ihr Einfluss überstieg die kühnsten Träume früherer Bahá’í-Generationen. Verfolgungen trieben die Gläubigen nur weiter an in ihren Bemühungen. Verleumdungen bewirkten, dass sie ein reiferes Verständnis der Geschichte des Glaubens und seiner Lehren zu erlangen suchten. Und Bundesbruch entfernte – wie der Meister und der Hüter es verheißen hatten – aus den Reihen der Gläubigen nur solche, deren Verhalten und Ansichten den Glauben anderer geschwächt und den Fortschritt behindert hatten. Könnte die Sache Gottes auch keinen anderen Beweis für die sie erhaltenden Kräfte erbringen, wäre allein diese Kette von Siegen Beweis genug.
*
Drei Jahre vor seinem Hinscheiden nahm Shoghi Effendi den Erwerb des letzten Grundstücks, das zur Errichtung des Internationalen Archivgebäudes benötigt wurde, zum Anlass, der Bahá’í-Welt Wesen und Bedeutung des Bauprojektes am Hang des Karmel zu erklären, welches der Meister begonnen hatte und er selbst nun weiterführte:
»Diese Bauwerke werden in einem weithin geschwungenen Bogen und in einem harmonischen architektonischen Stil die Ruheplätze des Größten Heiligen Blattes … ihres Bruders … und beider Mütter … umgeben. Die schließliche Vollendung dieses gewaltigen Unternehmens wird den Gipfel der Entwicklung einer weltweiten göttlich eingesetzten Gemeindeordnung kennzeichnen, deren Beginn sich bis in die letzten Jahre des Heroischen Zeitalters des Glaubens zurückverfolgen lässt.« Q129
Im letzten Jahr des zwanzigsten Jahrhunderts wurde der gegenwärtige Abschnitt dieses ambitionierten Unternehmens erfolgreich abgeschlossen. Gläubige in der ganzen Welt trugen freigebig mit ihren Spenden dazu bei, die Vision Bahá’u’lláhs für diesen heiligen Ort zu verwirklichen, die Er in Seiner Tafel vom Karmel verkündet: »Frohlocke, denn Gott hat an diesem Tage Seinen Thron auf dir errichtet, hat dich zum Aufgangsort Seiner Zeichen und zum Tagesanbruch der Beweise Seiner Offenbarung gemacht.«Q130 In dem Komplex majestätischer Gebäude, die sich entlang des Bogens erheben, und den Terrassengärten, die sich vom Fuße des Berges bis zu seinem Gipfel hinaufziehen, tritt die Sache Gottes, deren weltweiter Einfluss sich während des Jahrhunderts des Lichts immer weiter verbreitete, sichtbar, unleugbar in Erscheinung. Für aufgeschlossene Beobachter beginnt sich mit den Besucherscharen aus aller Herren Länder, die tagtäglich die Treppen und Wege entlangströmen, wie auch mit den zahlreichen Ehrengästen, die in den Empfangsräumen des Weltzentrums begrüßt werden, die zweitausenddreihundert Jahre alte Vision des Propheten Jesaja zu erfüllen: »Es wird zur letzten Zeit der Berg, da des Herrn Haus ist, fest stehen, höher als alle Berge und über alle Hügel erhaben, und alle Heiden werden herzulaufen, und viele Völker werden hingehen … «Q131.
Der Bahá’í-Glaube zeichnet sich vor allem dadurch aus, dass er eindeutig ein organisches Ganzes ist. Dieses Wesensmerkmal verkörpert das Prinzip der Einheit, das Kernstück der Offenbarung Bahá’u’lláhs, und kennzeichnet den Geist, der den Glauben erfüllt und ihn belebt. Als einziger Religion in der Geschichte ist es diesem Glauben gelungen, dem ständigen Pesthauch von Schisma und Spaltung standzuhalten, trotz wiederholter Angriffe auf diese Einheit. Der Erfolg der Gemeinde beim Lehren wird dadurch gewährleistet, dass das dabei eingesetzte Rüstzeug durch die Offenbarung selbst geschaffen wurde, dass die Stifter des Glaubens die Methoden für die Umsetzung des Göttlichen Planes selbst benannt haben, und dieses Unternehmen anfangs bis ins Detail selbst leiteten. Durch die Bemühungen ‘Abdu’l-Bahás und des Hüters wurde der Berg Karmel im zwanzigsten Jahrhundert selbst Ausdruck dieser Wesenseinheit des Glaubens. Im Gegensatz zu anderen Weltreligionen sind das geistige und das administrative Zentrum der Sache Gottes an diesem Punkt der Erde untrennbar miteinander verbunden, seine leitenden Institutionen sind um den Schrein des Märtyrerpropheten angeordnet. Für viele Besucher zeugt selbst die Harmonie der verschiedenartigen Blumen, Bäume und Büsche in den Gärten, die den Schrein umgeben, von dem Ideal der Einheit in der Vielfalt, das sie in den Lehren des Glaubens so anziehend finden.
Nichts könnte das Ende dieses Jahrhunderts voller Errungenschaften deutlicher kennzeichnen als ein Ereignis, das die Gläubigen in der ganzen Welt in tiefe Trauer stürzte. In einer Botschaft vom 19. Januar 2000 gab das Universale Haus der Gerechtigkeit bekannt:
»In den frühen Morgenstunden des heutigen Tages wurde die Seele von Amatu’l-Bahá Rúḥíyyih Khánum – Shoghi Effendis geliebter Gefährtin und letztes Bindeglied der Bahá’í-Welt zur Familie ‘Abdu’l-Bahás – aus der Enge dieses irdischen Daseins befreit … Zwanzig Jahre inniger Verbindung mit Shoghi Effendi ließen seine Feder sie mit Worten ehren wie ›meine Gefährtin‹, ›mein Schutz und Schirm‹, ›meine unermüdliche Mitarbeiterin bei den schwierigen Aufgaben, die auf mir lasten‹.«
Als der erste Schock und die tiefe Trauer langsam nachließen, wurden die Freunde empfänglich für eine weitere der unerschöpflichen Gnadengaben Bahá’u’lláhs. Einer Persönlichkeit, deren langes Leben fast das ganze Jahrhundert währte, und deren unbezwingbarer Geist den Bahá’í während der zweiten Hälfte des Jahrhunderts die Kraft zu Opfern und Anstrengungen gab, war es gegeben gewesen, die großartigen Siege zu erleben und mitzufeiern, zu denen sie so großartig beigetragen hatte.
*
Als Bahá’u’lláh diejenigen, die Ihn erkannt haben, aufruft, die Botschaft vom Tage Gottes mit anderen zu teilen, bedient Er sich wiederum der Sprache der Schöpfung selbst: »Durch den Atem des Wortes Gottes müssen himmlische Seelen die toten Körper mit frischem Geist beleben.«Q132 Dieses Prinzip gilt, so erklärt ‘Abdu’l-Bahá, sowohl für das kollektive Leben der Menschheit insgesamt als auch für das Leben des Einzelnen: »Die materielle Zivilisation ist wie der Leib. Sei er auch noch so anmutig, elegant und schön, so ist er dennoch tot. Die göttliche Kultur ist wie der Geist; der Leib erhält sein Leben durch den Geist … «Q133
Diese bestechende Analogie bringt die Beziehung zwischen den beiden historischen Entwicklungen, die der Wille Gottes im Jahrhundert des Lichts auf zwei demselben Ziel zustrebenden Bahnen vorantrieb, klar zum Ausdruck. Wer nicht blind gegenüber der in der Menschheit angelegten intellektuellen und sozialen Kraft ist, und wer ihre schlimmen Nöte erkennt, der muss mit großer Genugtuung die Fortschritte zur Kenntnis nehmen, die die Gesellschaft in den letzten hundert Jahren gemacht hat, und ganz besonders jene Entwicklungen, die die Völker und Nationen der Welt miteinander verknüpft haben. Wie viel mehr noch wissen die Bahá’í diese Leistungen zu schätzen, erkennen sie doch in ihnen die Absicht Gottes. Dieser Körper jedoch – die materielle Zivilisation der Menschheit – sehnt sich, schreit mit jedem Tag verzweifelter nach seiner Seele. Wie jede ältere große Zivilisation kann auch sie weder Frieden noch Gerechtigkeit finden, noch eine Einheit, die nicht nur auf Verhandlungen und Kompromissen beruht, ehe sie beseelt ist und ihre geistigen Kräfte geweckt sind. An die »gewählten Vertreter des Volkes in allen Ländern« schrieb Bahá’u’lláh:
»Die wirksamste Arznei, das mächtigste Mittel, das der Herr für die Heilung der Welt verfügt hat, ist die Vereinigung aller Völker in einer allumfassenden Sache, in einem gemeinsamen Glauben.« Q134
Die Sache Gottes hat daher im Wesentlichen nicht die Aufgabe, zu unterstützen, zu ermutigen, ja nicht einmal Beispiel zu sein. Natürlich wird die Bahá’í-Gemeinde weiterhin auf jede mögliche Weise Bemühungen unterstützen, die der Einigung der Welt und der Verbesserung der gesellschaftlichen Zustände dienen, doch derartige Beiträge sind für ihr Ziel nur zweitrangig. Ihr Ziel ist es, den Menschen der ganzen Welt dabei zu helfen, Herz und Verstand jener einen Kraft zu öffnen, die ihre tiefsten Sehnsüchte stillen kann. Niemand außer jenen, die selbst die Offenbarung Gottes erkannt haben, kann diese Hilfe leisten. Niemand kann glaubhaft bezeugen, dass tatsächlich eine Welt des Friedens und der Gerechtigkeit kommen wird, außer jenen, die, wenn auch unzulänglich, die Worte verstehen, mit denen die Stimme Gottes Bahá’u’lláh aufruft, sich zu erheben und Seine Mission zu erfüllen:
»Kannst du, o Feder, an diesem Tage einen anderen außer Mir entdecken? Was ist aus der Schöpfung und ihren Offenbarungen geworden? Was aus den Namen und ihrem Reich? Wohin ist alles Erschaffene – Sichtbares oder Unsichtbares – entschwunden? Was ist mit den verborgenen Geheimnissen des Alls und seinen Offenbarungen geschehen? Siehe, die ganze Schöpfung ist vergangen! Nichts ist geblieben außer Meinem Antlitz, dem Ewigbleibenden, dem Strahlenden, dem Allherrlichen.
Dies ist der Tag, an dem nichts außer dem Glanz des Lichtes wahrgenommen werden kann, das vom Angesicht Deines Herrn ausstrahlt, des Gnädigen, des Gütigen. Wahrlich, Wir haben kraft Unserer unwiderstehlichen, allunterwerfenden Herrschaft jede Seele verhauchen lassen. Dann haben Wir eine neue Schöpfung ins Leben gerufen als Zeichen Unserer Gnade für die Menschen. Ich bin wahrlich der Allgütige, der Altehrwürdige der Tage.« Q135

Literatur

Primärquellen

Bahá’u’lláh
Ährenlese, Eine Auswahl aus den Schriften Bahá’u’lláhs, zusammengestellt und ins Englische übertragen von Shoghi Effendi, Hofheim 1999
Botschaften aus ‘Akká, Hofheim 1982
Gebete und Meditationen, Hofheim1992
Der Kitáb-i-Aqdas, Das Heiligste Buch, Hofheim 2000
Der Kitáb-i-Íqán, Das Buch der Gewissheit, Hofheim 2000
Verborgene Worte – Worte der Weisheit, Hofheim 2001
Der Báb
Eine Auswahl aus Seinen Schriften, Hofheim 1991
‘Abdu’l-Bahá
‘Abdu’l-Bahá in Canada, o. O. 1962
‘Abdu’l-Bahá in London, London 1982
Ansprachen in Paris, Hofheim 2000
Briefe und Botschaften, Hofheim 1998
Foundations of World Unity, Wilmette 1979
Das Geheimnis göttlicher Kultur, Oberkalbach 1973
Makátíb-i-‘Abdu’l-Bahá (Briefe ‘Abdu’l-Bahás), Bd. 4, Teheran 1965
The Promulgation of Universal Peace, Talks Delivered by ‘Abdu’l-Bahá during His Visit to the United States and Canada in 1912, Wilmette 1982
Sendschreiben zum göttlichen Plan, Hofheim 1989
Der Weltfriedensvertrag. Ein Brief an die Zentralorganisation für einen dauernden Frieden, Hofheim 1988
Shoghi Effendi
Bahá’í Administration, Wilmette 1998
Citadel of Faith, Wilmette 1995
Gott geht vorüber, Hofheim 2001
Hüterbotschaften an die Bahá’í-Welt, (1952–1957), Frankfurt 1962
Das Kommen göttlicher Gerechtigkeit, Frankfurt 1969
Messages to America, Wilmette 1947
Messages to Canada, Thornhill 1999
Messages to the Bahá’í-World, 1950–1957, Wilmette 1995
Der verheißene Tag ist gekommen, Frankfurt 1967
Die Weltordnung Bahá’u’lláhs, Hofheim 1977
Das Universale Haus der Gerechtigkeit
Botschaften des Universalen Hauses der Gerechtigkeit, 1963–1968, Bd. 1, Hofheim 1981
Botschaften 1963–1996, in: Bahá’í-Literatur, CDROM-Publikation, Hofheim 1998
Die Verheißung des Weltfriedens. Eine Botschaft des Universalen Hauses der Gerechtigkeit an die Völker der Welt, Hofheim 1985

Kompilationen

Dokumente des Bündnisses. Bahá’u’lláh: Kitáb-i-‘Ahd, Das Buch des Bundes – ‘Abdu’l-Bahá: Das Testament, Hofheim 1989
The Establishment of the Universal House of Justice, compiled by the Research Department of the Universal House of Justice, Oakham 1984
Frauen, Aus den Bahá’í-Schriften zusammengestellt von der Forschungsabteilung des Universalen Hauses der Gerechtigkeit, Hofheim 1986
Frieden, Eine Textzusammenstellung der Forschungsabteilung des Universalen Hauses der Gerechtigkeit, Hofheim 1986
Der Gottesbund, Hofheim 1997
Bahá’í World Faith, Wilmette 1976

Sonstige Literatur

H. M. Balyuzi, ‘Abdu’l-Bahá – Der Mittelpunkt des Bündnisses Bahá’u’lláhs, 2 Bde., Hofheim 1983/84
The Bahá’í Centenary, 1844 - 1944, compiled by the National Spiritual Assembly of the Bahá’ís of the United States and Canada, Wilmette 1944
The Diary of Juliet Thompson, Los Angeles 1983
Esslemont, John E., Bahá’u’lláh und das neue Zeitalter, Hofheim 1976
Hobsbawm, Eric, Age of Extremes: The Short Twentieth Century, 1914–1991, London 1995
Holley, Horace, Religion for Mankind, London 1956
Momen, Moojan (Hg.), The Bábí and Bahá’í Religions, 1844 - 1944: Some Contemporary Western Accounts, Oxford 1981
Nabíl-i-A‘ẓam, Nabíls Bericht. Aus den frühen Tagen der Bahá’í-Offenbarung, 3 Bde., Hofheim 1975, 1982, 1991
Rabbání, Rúḥíyyih, Ministry of the Custodians, Haifa 1997
–, Die unschätzbare Perle, Hofheim 1982
The Bahá’í World, Bd. 3, New York 1930; Bd. 4, New York 1933; Bd. 10, Wilmette 1949; Bd. 14, Haifa 1975; Bd. 15, Haifa 1976; Bd. 20, Haifa 1998

Quellenangaben

Q1 In: Shoghi Effendi, Das Kommen göttlicher Gerechtigkeit, S. 127f.
Q2 Der verheißene Tag ist gekommen, S. 21
Q3 Briefe und Botschaften 15:6; The Promulgation of Universal Peace, S. 65, 74, 322, 334
Q4 Briefe und Botschaften 15:6
Q5 Das Geheimnis göttlicher Kultur, S. 13f.
Q6 Makátíb-i-‘Abdu’l-Bahá, Bd. 4, S. 132ff. (vorläufige Übersetzung)
Q7 a. a. O.
Q8 Makátíb-i-‘Abdu’l-Bahá, Bd. 4, S. 132ff.
Q9 Vgl. Shoghi Effendi, Gott geht vorüber 4:17
Q10 Vgl. Shoghi Effendi, Gott geht vorüber 4:17
Q11 Vgl. Shoghi Effendi, Gott geht vorüber 4:17
Q12 Shoghi Effendi, Citadel of Faith, S. 95
Q13 Gott geht vorüber 18:10
Q14 Briefe und Botschaften 200:1
Q15 a. a. O., 200:3
Q16 Gott geht vorüber 16:16
Q17 Gott geht vorüber 16:13
Q18 Gott geht vorüber 16:16
Q19 Gott geht vorüber 19:5
Q20 ‘Abdu’l-Bahá in London, S. 19f.
Q21 Gott geht vorüber 19:7
Q22 ‘Abdu’l-Bahá, The Promulgation of Universal Peace, S. 121 (aus dem Persischen übersetzt)
Q23 ‘Abdu’l-Bahá, Briefe und Botschaften 64:1
Q24 ‘Abdu’l-Bahá, Briefe und Botschaften 7:2
Q25 In: Der Gottesbund 17
Q26 In: Juliet Thompson, The Diary of Juliet Thompson, S. 313
Q27 Gott geht vorüber 15:3
Q28 Bahá’í World Faith, S. 429
Q29 Die Weltordnung Bahá’u’lláhs, S. 131
Q30 ‘Abdu’l-Bahá in Canada, S. 51
Q31 Ansprachen in Paris 21:6 (S. 51)
Q32 Ährenlese 125:1
Q33 The Promulgation of Universal Peace, S. 305
Q34 Citadel of Faith, S. 32
Q35 a. a. O., S. 32f.
Q36 In: Shoghi Effendi, Die Weltordnung Bahá’u’lláhs, S. 50f.
Q37 ‘Abdu’l-Bahá, Sendschreiben zum göttlichen Plan 7:4-5
Q38 Citadel of Faith, S. 7
Q39 Eine Auswahl aus Seinen Schriften 2:24:1-2
Q40 Kitáb-i-Aqdas 88
Q41 Botschaften aus ‘Akká 2:15
Q42 The Bahá’í World, Bd. 15, S. 132
Q43 Vgl. Shoghi Effendi, Die Weltordnung Bahá’u’lláhs, S. 195
Q44 a. a. O.
Q45 Das Testament. In: Dokumente des Bündnisses I:17
Q46 Gott geht vorüber 22:7
Q47 In: Shoghi Effendi, Bahá’í Administration, S. 15
Q48 Bahá’í Administration, S. 187f., 194
Q49 In: Shoghi Effendi, Die Weltordnung Bahá’u’lláhs, S. 60
Q50 Die Weltordnung Bahá’u’lláhs, S. 70
Q51 Die Weltordnung Bahá’u’lláhs, S. 295
Q52 Die Weltordnung Bahá’u’lláhs, S. 297f.
Q53 a. a. O., S. 213
Q54 a. a. O., S. 297
Q55 Das Kommen göttlicher Gerechtigkeit, S. 141
Q56 Das Kommen göttlicher Gerechtigkeit, S. 33
Q57 a. a. O., S. 134
Q58 In: Nabíls Bericht, Bd. 1, S. 125ff.
Q59 Bahá’í Administration, S. 52
Q60 Briefe und Botschaften 38:5
Q61 Shoghi Effendi, Die Weltordnung Bahá’u’lláhs, S. 16
Q62 a. a. O., S. 37
Q63 Ährenlese 25
Q64 Die Weltordnung Bahá’u’lláhs, S. 38, 44
Q65 a. a. O., S. 206f.
Q66 Shoghi Effendi, Gott geht vorüber 1:1, 21:1
Q67 a. a. O., V:7, 22:3
Q68 a. a. O., V:9; Die Weltordnung Bahá’u’lláhs, S. 225
Q69 Die Weltordnung Bahá’u’lláhs, S. 283
Q70 Messages to Canada, S. 114
Q71 Ährenlese 99
Q72 Kitáb-i-Íqán 29
Q73 Der verheißene Tag ist gekommen, S. 172
Q74 Ährenlese 27:2, 3
Q75 a. a. O. 17:3, 4
Q76 ‘Abdu’l-Bahá, in: Frauen 100 (S. 78)
Q77 Messages to America, S. 28
Q78 Messages to America, S. 9f., 14, 22
Q79 a. a. O., S. 28
Q80 Shoghi Effendi, Messages to America, S. 53
Q81 In: Frieden, S. 36
Q82 The Promulgation of Universal Peace, S. 377
Q83 ‘Abdu’l-Bahá, Foundations of World Unity, S. 21
Q84 Messages to the Bahá’í World, S. 41; vgl. Hüterbotschaften an die Bahá’í-Welt, S. 1f.
Q85 Messages to the Bahá’í-World, S. 38f.
Q86 Dokumente des Bündnisses - Testament II:21
Q87 In: Bahá’u’lláh, Kitáb-i-Aqdas, E 183
Q88 Botschaften aus ‘Akká 6:29
Q89 ‘Abdu’l-Bahá, in: Dokumente des Bündnisses - Testament II:8
Q90 Die Weltordnung Bahá’u’lláhs, S. 213
Q91 a. a. O., S. 215
Q92 ‘Abdu’l-Bahá, Das Testament. In: Dokumente des Bündnisses II:9
Q93 Botschaften des Universalen Hauses der Gerechtigkeit, Bd. 1, S. 12
Q94 Botschaften aus ‘Akká 6:32
Q95 Das Geheimnis göttlicher Kultur, S. 87f.
Q96 Daniel 12, 12
Q97 ‘Abdu’l-Bahá, zitiert in: Esslemont, Bahá’u’lláh und das neue Zeitalter, S. 281
Q98 Das Testament. In: Dokumente des Bündnisses I:17
Q99 Die Weltordnung Bahá’u’lláhs, S. 22
Q100 Kitáb-i-Aqdas 83
Q101 Ährenlese 132:3
Q102 Die Weltordnung Bahá’u’lláhs, S. 69
Q103 a. a. O., S. 283
Q104 a. a. O., S. 44
Q105 Botschaften aus ‘Akká 6:26
Q106 In: Das Kommen göttlicher Gerechtigkeit, S. 46
Q107 In: Botschaften des Universalen Hauses der Gerechtigkeit, Bd. 1, S. 30
Q108 Botschaften des Universalen Hauses der Gerechtigkeit, S. 67
Q109 Bahá’í News, Nr. 73, Wilmette, Mai 1933, S. 7
Q110 ‘Abdu’l-Bahá, Sendschreiben zum göttlichen Plan 8:15
Q111 Gott geht vorüber V:6
Q112 ‘Abdu’l-Bahá, Briefe und Botschaften 206:15
Q113 The Promulgation of Universal Peace, S. 43f.
Q114 ‘Abdu’l-Bahá, Der Weltfriedensvertrag, S. 22
Q115 Gott geht vorüber 23:14
Q116 Das Universale Haus der Gerechtigkeit, Die Verheißung des Weltfriedens, S. 36
Q117 Briefe und Botschaften 15:6-7
Q118 Die Weltordnung Bahá’u’lláhs, S. 69
Q119 Die Verborgenen Worte, arab. 2
Q120 Bahá’u’lláh, Ährenlese 136:5
Q121 Johannes 1:1,10
Q122 Bahá’u’lláh, Kitáb-i-Íqán 31
Q123 Gebete und Meditationen 178:3
Q124 Die Weltordnung Bahá’u’lláhs, S. 281
Q125 Die Weltordnung Bahá’u’lláhs, S. 285
Q126 a. a. O., S. 286
Q127 Bahá’u’lláh, Der Kitáb-i-Aqdas 186
Q128 a. a. O. 54
Q129 Hüterbotschaften, S. 51f.
Q130 Botschaften aus ‘Akká 1:3
Q131 Jesaja 2, 2
Q132 In: Shoghi Effendi, Das Kommen göttlicher Gerechtigkeit, S. 129
Q133 Briefe und Botschaften 227:22
Q134 Ährenlese 120:1, 3
Q135 Ährenlese 14:4, 5

Anmerkungen

A1 Eric Hobsbawm, Age of Extremes, London 1995, S. 584
A2 Leopold II., König der Belgier, führte über drei Jahrzehnte (1877–1908) die Kolonie als Privatbesitz. Die Gräueltaten, die unter seinem Regime begangen wurden, führten zu internationalen Protesten. Er wurde 1908 gezwungen, das Territorium der belgischen Regierung zur Verwaltung zu übergeben.
A3 Die Prozesse, die diese Veränderungen hervorbrachten, werden ausführlich von A. N. Wilson et al. in God’s Funeral (London 1999) besprochen. 1872 veröffentlichte Winwood Reade ein Buch unter dem Titel The Martyrdom of Man (London 1968), das in den frühen Jahrzehnten des zwanzigsten Jahrhunderts eine Art weltliche ›Bibel‹ wurde. Darin wurde die Erwartung ausgedrückt, dass »die Menschen schließlich die Kräfte der Natur meistern werden. Sie selbst werden Architekten von Systemen, Erbauer von Welten werden. Der Mensch wird dann vollkommen sein, ein Schöpfer; deswegen wird er das sein, was einfache Gemüter als einen Gott anbeten.« Zitiert in: Anne Glyn-Jones, Holding up a Mirror: How Civilizations Decline, London 1996, S. 371f.
A4 Qur’án 39:12
A5 mujtahid (jemand, der sich anstrengt, abmüht), Partizip Aktiv des arabischen Verbes ijtahada (sich anstrengen, sich mühen); hier: Titel aus der juristischen Terminologie. Bezeichnet jemanden, der aufgrund seiner Kenntnis der Prinzipien der Rechtsgelehrsamkeit dazu befähigt und berechtigt ist, durch eigene Denkanstrengung verbindliche Entscheidungen in juristischen und kultischen Fragen zu treffen. (Anm. des Übersetzers)
A6 Die Schule wurde 1934 auf Anordnung Reza Schahs geschlossen, da sie die Bahá’í-Feiertage als arbeitsfreie religiöse Festtage eingehalten hatte. Die Schließung sämtlicher weiterer Bahá’í-Schulen im Írán folgte.
A7 Siehe: The Bahá’í World, Bd. 14, S. 479–481
A8 Die Weltordnung Bahá’u’lláhs, S. 225
A9 »Der äußerste Kreis in diesem ausgedehnten System, das sichtbare Gegenstück der Zentralstellung, die dem Herold unseres Glaubens verliehen wurde, ist nichts anderes als der ganze Planet. Mitten im Herzen dieses Planeten liegt das ›Heiligste Land‹, von ‘Abdu’l-Bahá als die ›Heimstatt der Propheten‹ gerühmt, die als der Mittelpunkt der Welt und die Qiblih der Völker zu betrachten ist. Mitten in diesem Heiligsten Land erhebt sich der Berg Gottes in undenklicher Heiligkeit, der Weinberg des Herrn, der Zufluchtsort Elias’, dessen Wiederkehr der Báb symbolisiert. Ruhend am Herzen dieses heiligen Berges liegen die ausgedehnten Grundstücke – auf ewig die geweihten Bezirke der heiligen Grabstätte des Báb. In der Mitte dieser Grundstücke – anerkannt als internationale Stiftungen des Glaubens – liegt der heiligste Hof, ein eingefasster Bereich, der Gärten und Terrassen umschließt, die diese geweihten Bezirke schmücken und ihnen zugleich einen besonderen Zauber verleihen. Umrahmt von dieser lieblichen grünen Umgebung steht in all seiner erlesenen Schönheit das Mausoleum des Báb, dessen äußere Verkleidung entworfen wurde, um den ursprünglichen Bau, den ‘Abdu’l-Bahá als das Grab des Märtyrerherolds unseres Glaubens errichtet hatte, zu schützen und zu zieren. In dieser äußeren Hülle liegt jene kostbare Perle, das Allerheiligste, jene Kammern, die das Grab bilden und die von ‘Abdu’l-Bahá erbaut wurden. Im Herzen des Allerheiligsten befindet sich das Tabernakel, das Gewölbe, in dem der heiligste Sarg ruht. In diesem Gewölbe steht der Sarkophag aus Alabaster, in dem jenes unschätzbare Juwel, der heilige Staub des Báb, zur letzten Ruhe gebettet wurde.« Shoghi Effendi, Citadel of Faith, S. 95f.
A10 Hasan M. Balyuzi, ‘Abdu’l-Bahá, S. 200
A11 In: The Bahá’í Centenary, 1844 – 1944, S. 140f.
A12 Sendschreiben zum göttlichen Plan 13:4
A13 Eric Hobsbawm, Age of Extremes, S. 23
A14 Vgl. Edward R. Kantowicz, The Rage of Nations, Cambridge 1999, S. 138. Kantowicz errechnet für Europa einen Gesamtverlust von achtundvierzig Millionen Menschen, einschließlich fünfzehn Millionen ›Hinweggeraffter‹, die wegen ihres geschwächten Gesundheitszustands Opfer der Grippeepidemie der Nachkriegszeit wurden, und einschließlich der erheblichen Geburtenausfälle in der Folge dieser Katastrophen. Hobsbawm schätzt, dass Frankreich fast zwanzig Prozent seiner wehrtauglichen Männer verlor, Großbritannien ein Viertel seiner Oxford- und Cambridge-Absolventen, die während des Krieges in der Armee dienten, und Deutschland 1,8 Millionen oder dreizehn Prozent seiner wehrpflichtigen Bevölkerung. Vgl. Eric Hobsbawm, Age of Extremes, S. 26.
A15 Präsident Wilson wurden in den Jahren seit seinem Tode zahlreiche Biographien gewidmet. An dieser Stelle sei auf drei jüngere Werke verwiesen: Louis Auchincloss, Woodrow Wilson, New York 2000; A. Clements Kendrick, Woodrow Wilson: World Statesman, Lawrence 1987; Thomas J. Knock, To End All Wars: Woodrow Wilson and the Quest for a New World Order, Oxford 1992.
A16 In der schließlich verabschiedeten Fassung verlangte Artikel X des Völkerbundes im Angriffsfall nicht die kollektive militärische Intervention, sondern legte lediglich fest, dass »der Rat die Mittel festlegen soll, durch die diese Pflicht erfüllt wird«.
A17 In der Laudatio wird Bezug genommen auf den ›Rat‹, den der Meister den britischen Militärbehörden gab, die darum bemüht waren, nach dem Sturz des türkischen Regimes das öffentliche Leben in der Region wieder aufzubauen. Weiter heißt es dort, dass »all sein Einfluss nur zum Guten war«. Vgl. Moojan Momen, Hg., The Bábí and Bahá’í Religions, S. 344.
A18 Horace Holley, Religion for Mankind, S. 243f.
A19 Rúḥíyyih Rabbání, Die unschätzbare Perle, S. 201, 204
A20 In einem Fall nach dem anderen ließ das offensichtliche Fehlverhalten seiner Brüder, Schwestern und Vettern Shoghi Effendi keine andere Möglichkeit, als die Bahá’í-Welt davon zu unterrichten, dass diese Personen den Bund verletzt hatten.
A21 Gott geht vorüber 2:15
A22 Ein detaillierter Überblick zur Ausbreitung des Glaubens bis zum Ende des ersten Siebenjahresplans findet sich in The Bahá’í World, Bd. 10, S. 142ff.
A23 Shoghi Effendi, Gott geht vorüber 24:5
A24 »Im Europa des beginnenden zwanzigsten Jahrhunderts akzeptierten die meisten Menschen die Autorität der Moral … den Rückgang menschlicher Brutalität und Barbarei vor Augen, konnte der gebildete Europäer an einen sittlichen Fortschritt glauben. Zum Ende des Jahrhunderts ist es schwer, überhaupt noch auf ein moralisches Gesetz oder auf einen sittlichen Fortschritt zu vertrauen.« Jonathon Glover, Humanity: A Moral History of the Twentieth Century, London 1999, S. 1. Glovers Studie hat vor allem den Aufstieg und den Einfluss der Ideologien des zwanzigsten Jahrhunderts zum Thema.
A25 Der verheißene Tag ist gekommen, S. 172
A26 Rúḥíyyih Rabbání, Die unschätzbare Perle, S. 554
A27 Shoghi Effendi, Die Weltordnung Bahá’u’lláhs, S. 75
A28 United Nations Organization
A29 Lester Bowels Pearson (1897–1972) wurde 1957 der Friedensnobelpreis verliehen für sein Wirken in der internationalen Politik in der Zeit nach dem Zweiten Weltkrieg und besonders für seinen Plan, der 1956 zum ersten Einsatz von UN-Truppen zur Friedenssicherung am Suez-Kanal führte. Mit diesem Einsatz reagierte man auf den Einmarsch britischer und französischer Truppen in Ägypten (mit israelischem Einverständnis) nach der Besetzung des Suez-Kanals durch Ägypten. Der erste offizielle Beschluss internationaler Sanktionen gegen einen Aggressor, den der Völkerbund 1936 fasste, nachdem Truppen aus dem faschistischen Italien in Äthiopien einmarschiert waren, rühmte Shoghi Effendi als »Ereignis ohnegleichen in der Geschichte« (vgl. Shoghi Effendi, Die Weltordnung Bahá’u’lláhs, S. 277f.).
A30 United Nations Commission on Human Rights
A31 Die drei erwähnten Generalsekretäre der Vereinten Nationen sind, in chronologischer Reihenfolge, Javier Pérez de Cuellar (1982-1991) aus Peru; Boutros Boutros-Ghali (1992-96) aus Ägypten; Kofi Annan (seit 1997) aus Ghana.
A32 Anne Frank (1929–1945) – eine jüdische Jugendliche, die dem Völkermord der Nationalsozialisten zum Opfer fiel. Im August 1944 wurde sie in dem Familienversteck in den Niederlanden gefangengenommen und in das Konzentrationslager Bergen-Belsen gebracht, wo sie ein Jahr später starb. Ihr Tagebuch wurde 1952 als Tagebuch der Anne Frank veröffentlicht und diente Film und Theater als Vorlage. Martin Luther King Jr. (1929–1968) – amerikanischer Geistlicher und Nobelpreisträger, einer der herausragenden Vertreter der amerikanischen Bürgerrechtsbewegung, wurde am 4. April 1968 in Memphis, Tennessee, ermordet. Seinem Gedenken ist in den Vereinigten Staaten ein nationaler Feiertag, der dritte Montag im Januar, gewidmet. Paulo Freire (1921–1997) – innovativer brasilianischer Pädagoge, dem für seine Pionierarbeit in der Erwachsenenbildung internationale Anerkennung zuteil wurde, der jedoch in seinem eigenen Land zweimal zu Gefängnisstrafen verurteilt wurde. Kiri Te Kanawa (geb. 1944) – in Neuseeland als Nachkomme von Maoris geboren, ist heute eine der führenden Operndiven der Welt. Sie wurde 1982 von Königin Elisabeth II. mit dem Verdienstorden ›Dame Commander of the British Empire‹ ausgezeichnet. Gabriel García Márquez (geb. 1928) – kolumbianischer Schriftsteller und Romancier, Literaturnobelpreisträger 1982, war gezwungen, die sechziger und siebziger Jahre im freiwilligen Exil in Mexiko und Spanien zu verbringen, um der Verfolgung in seinem Heimatland zu entgehen. Ravi Shankar (geb. 1920) – indischer Komponist und Sitar-Spieler, dessen beeindruckende Begabung sowie seine Konzertreisen in Europa und Nordamerika dazu beitrugen, im Westen Interesse für indische Musik zu wecken. Andrej Dimitrijewitsch Sacharow (1921–1989) – russischer Atomphysiker, der seine wissenschaftliche Forschung aufgab, um Vorkämpfer für die Bürgerrechte in der Sowjetunion zu werden, wofür er 1975 den Friedensnobelpreis erhielt, während er im eigenen Land verbannt war. ›Mutter Theresa‹, Agnes Gonxha Borjaxhiu (1910–1997) – römisch-katholische Nonne, in Albanien geboren, gründete in Indien den Orden der Wohltätigkeit. Ihre selbstaufopfernde Arbeit für die Armen, Heimatlosen und Sterbenden in Kalkutta trug ihr 1979 den Friedensnobelpreis ein. Zhang Yimou (geb. 1951) – ein führender Produzent unter Chinas Filmemachern der ›Fünften Generation‹. Er erhielt mehrere Fachpreise für seine einfühlsame und visuell beeindruckende Arbeit.
A33 General Agreement on Tariffs and Trades
A34 Diese drei Nationalen Geistigen Räte waren der Nationale Geistige Rat von Kanada – die kanadische Gemeinde trennte sich 1948 von der in den Vereinigten Staaten –, der Regionale Geistige Rat der Antillen (1953) und der Regionale Geistige Rat von Südamerika (ebenfalls 1953).
A35 Unter der Führung zweier Brüder ‘Abdu’l-Bahás, Muḥammad-‘Alí und Badí‘u’lláh sowie deren Vetter Majdi’d-Dín, hatte die Gruppe von Bundesbrechern, die nach dem Tode Bahá’u’lláhs lange Zeit das Landhaus in Bahjí besetzt hatten, einen gnadenlosen Verleumdungs- und Intrigenfeldzug gegen den Meister und Shoghi Effendi geführt. Unter der britischen Mandatsverwaltung waren sie gezwungen worden, das Landhaus zu räumen, weil sie es hatten verfallen lassen, wodurch der Hüter die Möglichkeit erhielt, das Gebäude zu renovieren und ihm in den Augen der Behörden den Status einer heiligen Stätte zu geben. Später erreichte Shoghi Effendi, dass die neue israelische Regierung dem ganzen Besitz diesen besonderen Status zugestand, und es wurde offiziell angeordnet, dass die verbleibenden Bundesbrecher das unansehnliche Gebäude, das sie noch immer in der Nähe des Landhauses bewohnten, räumen mussten. Als deren Berufung gegen diese Anordnung vom obersten Gericht abgewiesen worden war, erhielten sie einen Räumungsbefehl. Das Gebäude wurde auf Anweisung des Hüters abgerissen, und damit war das letzte Hindernis für die Verschönerung des Besitzes beseitigt.
A36 Einen ausführlichen Bericht über die Rolle der Hände der Sache Gottes während dieser kritischen Jahre gibt Amatu’l-Bahá Rúḥíyyih Khánum in Ministry of the Custodians.
A37 Das Thema wird mehrfach in Rabbání, Rúḥíyyih, Die unschätzbare Perle behandelt. Siehe besonders S. 142f., 150, 159, 210f., 254f.
A38 Vgl. The Establishment of the Universal House of Justice, S. 17
A39 Das Institut wurde 1998 vom Universalen Haus der Gerechtigkeit als Organ der Internationalen Bahá’í-Gemeinde eingerichtet; es untersteht dem Haus indirekt über das Office of Public Information. Laut Aufgabenbeschreibung dient das Institut »der Erforschung sowohl der geistigen und materiellen Grundlagen menschlichen Wissens als auch der Prozesse des gesellschaftlichen Fortschritts«.
A40 Ihre Aufgabe ist die »systematische Erforschung des Bahá’ítums, einschließlich seiner religiösen Kultur, seines humanitären Geistes und seiner religiösen Ethik«.
A41 Zitiert in Star of the West, Bd. 13, Nr. 7, Oktober 1922, S. 184ff.
A42 Etwa 1904 begann der gelehrte iranische Gläubige, den wir unter dem Namen Ṣadru’ṣ-Ṣudúr kennen, mit Ermutigung ‘Abdu’l-Bahás, eine erste Bahá’í-Lehrer-Schulung mit Jugendlichen in Teheran durchzuführen. Die Studiengruppe traf sich täglich, und die Absolventen, die in den Glaubensinhalten anderer Religionen unterrichtet wurden und verschiedene Aspekte des Bahá’í-Glaubens studierten, trugen wesentlich zur Ausbreitung und Festigung der Sache Gottes in ihrem Heimatland bei.
A43 Bei dem Modell handelt es sich um das ›Ruhi-Institut‹, dessen Methoden und Materialien von vielen Bahá’í-Gemeinden in der ganzen Welt übernommen wurden. Sein Grundgedanke ist die Verbindung von aktiven Dienstleistungen mit intensivem Studium der Bahá’í-Schriften. Das System besteht aus mehreren Studienniveaus, die einen zentralen Stamm des Grundverständnisses der wesentlichen Lehren Bahá’u’lláhs bilden, von dem dann eine fast unbegrenzte Zahl von Untergruppen abzweigen, die von den verschiedenen nationalen Gemeinden nach ihren eigenen Bedürfnissen entwickelt werden können.
A44 Moojan Momen, The Bábí and Bahá’í Religions, S. 186f.
A45 Einen kurzen Bericht über die Gründung des Büros und seine Tätigkeit bietet The Bahá’í World, Bd. 4, S. 257ff.
A46 The Bahá’í World, Bd. 3, S. 198–206 enthält den Text der offiziellen Petition der Bahá’í des Irak an die Ständige Mandatskommission des Völkerbundes und fasst die Geschichte des Falls zusammen.
A47 Der volle Text der Erklärung findet sich in World Order Magazine, April 1947, Bd. 13, Nr. 1
A48 The Bahá’í Question, Írán’s Secret Blueprint for the Destruction of a Religious Community, An Examination of the Persecutions of the Bahá’ís of Írán, Bahá’í International Community, New York 1999 (erarbeitet vom Büro der Internationalen Bahá’í-Gemeinde bei den Vereinten Nationen, bestimmt für Mitglieder der Menschenrechtskommission der Vereinten Nationen); vgl. auch Die Bahá’í im Írán. Dokumentation der Verfolgung einer religiösen Minderheit, Hofheim 1985
A49 Auszug aus einer Ansprache von Edward Granville Browne, in: Religious Systems of the World: A Contribution to the Study of Comparative Religion, New York 1892, S. 352f.
A50 Während seiner neunjährigen Tätigkeit sorgte das Büro dafür, dass sich schätzungsweise zehntausend iranische Bahá’í-Flüchtlinge in siebenundzwanzig Ländern niederlassen konnten.
A51 Bis heute haben neunundneunzig Nationale Geistige Räte an einem Intensivtraining zu diesem Programm teilgenommen.
A52 Die Weltkonferenz für Frauen in Beijing (Peking) gab fünfzig der zweitausend Nichtstaatlichen Organisationen die Möglichkeit, ihre Statements mündlich vorzutragen. Da der Internationalen Bahá’í-Gemeinde dieses Vorrecht bei früheren Konferenzen gewährt worden war, insbesondere in Rio de Janeiro bei der Umweltkonferenz und in Kopenhagen bei der Konferenz über soziale und wirtschaftliche Entwicklung, verzichtete der Bahá’í-Vertreter auf den ihm schon zugewiesenen Platz zu Gunsten des Moskauer Zentrums für Geschlechterstudien.
A53 Bundesverfassungsgericht, Beschluss des Zweiten Senats vom 5. Februar 1991. Ein ausführlicher Bericht sowie der Text der Urteilsbegründung finden sich in The Bahá’í World, Bd. 20, S. 571–606; Zitat: S. 580, CI
A54 Sessão Solene da Câmara Federal, Brasiliá, 28 de Maio, 1992 (Nachdruck mit englischer Übersetzung durch den Nationalen Geistigen Rat der Bahá’í von Brasilien, 1992)
A55 Generalversammlung der Vereinten Nationen, 54. Sitzung, TOP 49 (b), United Nations Reform Measures and Proposals: the Millennium Assembly of the United Nations, 8. August 2000 (Dokument Nr. A/54/959), S. 2
A56 Commitment to Global Peace, Erklärung des Millennium-Weltfriedensgipfels der religiösen und geistigen Führer, dem Generalsekretär der Vereinten Nationen Kofi Annan am 29. August 2000 während einer Sitzung der Vollversammlung der Vereinten Nationen zum Millenniumsgipfel vorgelegt.
A57 Generalversammlung der Vereinten Nationen, 54. Sitzung, TOP 61 (b), The Millennium Assembly of the United Nations, 8. September 2000 (Dokument Nr. A/55/L.2), Abschnitt 32
A58 Die Ziele und Ergebnisse der drei Veranstaltungen zum Millennium, und die Beteiligung der Bahá’í-Gemeinde daran, wurden in einem Brief des Universalen Hauses der Gerechtigkeit vom 24. September 2000 an alle Nationalen Geistigen Räte zusammengefasst.