Source: Bahá'í Library Online (bahai-library.com), curated by Jonah Winters. Used by permission of the curator. Original citation: Michael Karlberg, Western Liberal Democracy as a New World Order?, Haifa, Israel: Bahá'í World Centre, 2007, bahai-library.com.
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¿La Democracia Liberal Occidental como Nuevo Orden Mundial?*
En una edad de creciente interdependencia global, el Dr. Michael Karlberg cuestiona
si el modelo occidental de democracia es la vía natural e inevitable de organizar las
sociedades libres e iluminadas.
El triunfo del orden social occidental fue ampliamente vitoreado en las décadas
finales del s. XX. Se proclamó “el final de la ideología” y se anticipaba una edad de
prosperidad global impulsada por las fuerzas conjuntas del capitalismo global de libre
mercado y la democracia liberal.1 En los años siguientes, el vacío dejado por el
colapso de la Unión Soviética, junto con nuevas tensiones creadas por lo que se
percibe como un “choque de civilizaciones”2 ha llevado a los defensores del
capitalismo de libre mercado y de la democracia liberal occidental a aumentar sus
esfuerzos por exportar o por imponer esos modelos en los estados ex-comunistas, en
las naciones musulmanas y por el resto del mundo.
Hasta el momento, el aspecto del capitalismo del mercado libre global ha sido tema de
considerable crítica en prensa popular y académica.3 También ha conducido al
nacimiento de multitud de activistas y organizaciones de justicia global que se han
vuelto más visibles y sonados a través de diferentes estrategias como manifestaciones
populares y protestas organizadas a través de internet. Se han expresado
preocupaciones sobre las crecientes disparidades globales entre riqueza y pobreza, la
ausencia de criterios ambientales y laborales y mecanismos de presión en el mercado
global, los impactos devastadores de la especulación de monedas y la fuga de
capitales de los países, el poder en aumento de las corporaciones multinacionales por
lo general no sometido a regulación alguna, la naturaleza no democrática de
instituciones financieras y de organizaciones de trabajo globales, además de un largo
conjunto de otros temas.
Es significativo que estas críticas del proyecto capitalista de libre mercado global han
provenido frecuentemente de autores y activistas que están en el mundo occidental
mismo. No puede decirse lo mismo, sin embargo, del proyecto de exportar la
democracia liberal. Por todo el Occidente, se sigue dando por hecho que el modelo
democrático es la forma natural e inevitable de organizarse en las sociedades libres e
iluminadas.
Pero sí existe una perspectiva alternativa. ¿Podría decirse que la democracia liberal
occidental –o lo que podría denominarse con más precisión la democracia
competitiva– se ha vuelto anacrónica, injusta e insostenible en una edad de
interdependencia global?4 “Los signos de convulsiones y caos inminentes”, escribió
Bahá’u’lláh, “pueden discernirse ahora, por cuanto el orden prevaleciente resulta ser
deplorablemente defectuoso”.5
*
Michael Karlberg, “Western Liberal Democracy as New World Order?” The Bahá'í World 2005-
2006: An International Record, ed. Robert Weinberg, trad. Nobel-Augusto Perdu Honeyman (Haifa,
Israel: World Centre Publications, 2007), pp. 133-156.
La democracia competitiva
La democracia liberal occidental, en su esencia, está basada en la premisa de que el
gobierno democrático exige que las personas y los grupos compitan por el poder
político. La forma más reconocible que adopta es el sistema de partidos. La
competencia política también se produce sin partidos políticos formales en muchas
elecciones locales así como cuando concurren candidatos independientes en
elecciones locales, regionales, estatales o nacionales. En todos estos casos, sin
embargo, la estructura competitiva subyacente es la misma, y esta estructura
subyacente es la que se ha vuelto anacrónica, injusta e insostenible.
Estamos de acuerdo en que la democracia competitiva representa un valioso y
significativo logro histórico. Ha resultado ser una forma de gobierno más justa que la
forma de gobierno aristocrática o la sacerdotal a las que ha sustituido. Representa
también una adaptación razonable a las condiciones sociales y ecológicas que
prevalecían cuando emergió. Pero la teoría y la práctica de la competencia política
emergieron en los primeros días de la revolución industrial, cuando las poblaciones
estaban todavía relativamente aisladas entre sí y tenían un tamaño relativamente
pequeño. Es anterior a la invención de la electricidad, al motor de combustión interno,
al viaje por avión, a la radio y televisión, a los ordenadores, al Internet, a las armas de
destrucción masiva, a los apetitos de consumo en masa, y al capitalismo global de
libre mercado. En los tres últimos siglos, nuestro éxito como especia ha transformado
las condiciones de existencia en estos órdenes y muchos más.
Las democracias competitivas, por motivos que se expondrán aquí, parecen ser
incapaces de tratar con estas nuevas realidades. No obstante, las poblaciones
occidentales, hoy por hoy, viven en un estado de negación con respecto a la naturaleza
anacrónica de los sistemas políticos competitivos. Cuando se cuestiona la condición
de estos sistemas, tienden a centrarse esos cuestionamientos en expresiones
superficiales en vez de en las causas estructurales subyacentes. Por ejemplo, en
muchos países occidentales se ha vuelto normal lamentarse del aumento de la
negatividad de la retórica política partidista. El discurso político, sugieren algunos
comentaristas, sufre de un deterioro de civismo y es cada vez más indigno. Como
resultado, los políticos están bloqueados y no pueden afrontar los complejos
problemas que tienen delante.6 Incluso muchos políticos electos han expresado estas
preocupaciones. En una colección de ensayos de ex-senadores publicada al cierre del
siglo XX, uno de ellos se inclinaba a “lamentar el creciente nivel de vituperación y
partidismo que ha impregnado el ambiente y el debate en el Senado”.7 Otro de ellos
observaba que “el bipartidismo ... ha sido sustituido por los arreglos rápidos, los
aforismos y, lo que es más dañino, la demonización de aquellos con los que no
estamos de acuerdo”.8 Otro sostenía que “hay mucho más partidismo que cuando yo
llegué a Washington hace dos décadas, y mucho de ello sirve poco a la nación”.9 Otro
más escribía que “nuestro proceso político necesita volver a civilizarse”, debido a la
“creciente polarización del electorado, la mentalidad nosotros-contra-ellos” que “ha
dado al traste con la antigua preponderancia del debate razonable”.10
Declaraciones como éstas presentan preocupaciones legítimas sobre el estado del
discurso partidista. Según estas opiniones, la competición política y la política de
partidos son la forma natural, normal e inevitable de organizar el gobierno
democrático; el problema sólo surge cuando la retórica partidista se vuelve demasiado
indigna y de enfrentamiento. Tal como menciona el sociolingüista Deborah Tannen,
“Se ha impuesto cierto tipo de inflación agónica en la que la oposición se ha vuelto
más extrema y de forma rutinaria se abusa de la naturaleza del sistema de
confrontación de adversarios”.11
Tannen atribuye este “ambiente más general de lucha”, o este “nueva actitud” de los
partidistas políticos a una más amplia cultura combativa que está corrompiendo el
sistema partidista para pasar a ser modelos más conflictivos de interacción,
conduciendo a un bloqueo, al crecimiento de la corrupción y a la desaparición de
aquellas reglas no escritas de civismo, cooperación y compromiso.12
Las semillas de la democracia competitiva
La crisis de civismo, la implantación de la mezquindad, el problema del bloqueo y la
expansión de la corrupción política –suponiendo que estas cosas efectivamente se han
ido deteriorando con el tiempo– no son abusos ni corrupciones del sistema de
partidos. Esos resultados son la culminación –el “perfeccionamiento”– de un sistema
que la politóloga Jane Mansbridge denomina “democracia adversaria”.13 Son el fruto
amargo inherente a las semillas de la democracia competitiva. “No hay dos personas
de quienes pueda decirse que están unidos tanto interior como exteriormente”,
escribió Bahá’u’lláh.14
Para mayor precisión, esas semillas son los supuestos más profundos sobre la
naturaleza humana y el orden social que subyacen a la competencia política. El
primero de estos supuestos es que la naturaleza humana es esencialmente egoísta y
competitiva. El segundo supuesto es que los diferentes grupos de personas
desarrollarán de forma natural diferentes intereses, necesidades, valores y deseos, y
que esos intereses estarán siempre en conflicto. El tercer supuesto es que, dada una
naturaleza humana egoísta y el problema de conflicto de intereses, la forma más justa
y eficiente de gobernar una sociedad es resolviendo esta dinámica mediante un
proceso abierto de competencia de grupos de interés.
Basado en estos supuestos, no debe ser ninguna sorpresa que los frutos de la
democracia competitiva incluyan los resultados mencionados de la crisis de civismo,
la implantación de la mezquindad, el problema del bloqueo y la expansión de la
corrupción política. Son resultados esperados si aceptamos y oficializamos tales
supuestos. De hecho, éste es el motivo por el que algunas democracias competitivas
han establecido una serie de contrapesas y límites en un esfuerzo por limitar la
acumulación excesiva de poder en manos de un grupo de interés concreto. También es
el motivo por el que algunas democracias competitivas han intentado cultivar, dentro
de sus propios sistemas políticos, códigos de civismo y de ética destinados a controlar
las expresiones más viles de la competencia política. Y es también la razón por la que
la mayoría de las democracias competitivas luchan, hasta hoy, por sobrevivir
inmersos en los peores excesos de competencia política experimentando con límites
temporales de mandato, reformas de financiación de campañas y otros recursos tapa-
agujeros. Sin embargo ninguna de estas medidas cambia de forma fundamental la
naturaleza del fruto del sistema, porque el fruto es inherente a los supuestos internos
del sistema: sus semillas.
Para entender mejor esta relación inherente, considere la metáfora del mercado que se
suele invocar como modelo para la competencia política. La democracia competitiva
se concibe generalmente como un mercado político en el que los profesionales de la
política y los partidos que incorporan intentan promover sus intereses mediante
competencia abierta.15 La “mano invisible” del mercado supuestamente trabaja para
dirigir esta competencia hacia el máximo beneficio público. En palabras de Lyon:
Los defensores del gobierno de partidos argumentan que desde una perspectiva
más amplia del “mercado político” donde diversos partidos, los medios de
comunicación, los grupos de intereses y las personas interactúan unos con
otros, se hace un servicio a las necesidades democráticas de una manera
misteriosa ... [como si] estuviera operando otra “mano invisible”.16
Dentro de este modelo de mercado, los partidos políticos se alían alrededor de
conjuntos de intereses con objeto de aunar su capital político. Entonces, a través de la
competencia, se determina el liderato y el control dentro de los partidos y entre uno y
otro, mientras los políticos y los partidos se organizan para luchar por y ganar las
elecciones. No obstante, la lógica de la competencia electoral hace que la meta de
ganar triunfe sobre todos los demás valores.
Los partidos pueden proponerse realizar un programa de principios políticos
“ideales”, pero, a menos que sus actividades estén basadas en estrategias
sistemáticas para lograr el éxito electoral, estarán condenados al fracaso. En
consecuencia, los partidos se transforman, por encima de todo, en medios de
combatir y ganar elecciones.17
Una vez que el liderato y el control se determinan mediante competiciones
electorales, los procesos utilizados para la toma de decisiones públicas se organizan
en forma de proceso de debate entre contrarios. En teoría, el debate político funciona
como un “mercado de ideas” abierto en el cual prevalecen las mejores ideas, otra vez
mediante la intervención de una hipotética mano invisible. En la práctica, la lógica del
sistema competitivo transforma el debate en una lucha sobre el capital político. La
victoria comporta una ganancia de capital político, la derrota implica una pérdida. El
debate se convierte, pues, en una extensión de proceso electoral mismo, lo cual ofrece
un escenario de “campañas permanentes” o de competiciones interminables sobre el
capital político, en anticipación de la siguiente ronda de elecciones.18
Buena parte de la toma de decisiones políticas tiene lugar fuera de los debates
públicos formales. De hecho, estos debates a menudo sirven de poco más que de
teatro de apariencias para los procesos de negociación y regateo políticos que tienen
lugar tras los escenarios. Pero estos procesos tras los escenarios tienden a
caracterizarse por una dinámica competitiva similar.19 Estos procesos implican no
solo a los oficiales electos sino también a los miembros de los lobbies, semilleros de
ideas, estrategas de medios de difusión y numerosos tipos de grupos de acción
política, todos ellos en lucha entre sí para presionar a políticos, condicionar la
difusión de noticias e influir en la opinión pública en formas que promuevan sus
propios programas políticos e intereses.
El fruto de la democracia competitiva
La competencia de grupos de interés no tiene necesariamente relación con las metas
de justicia social y sostenibilidad ambiental. Al contrario, la estela de la democracia
competitiva es clara. Es una estela de crecientes disparidades entre ricos y pobres.20
También es una estela de aceleración de destrucción ecológica.21 Por ello, los
problemas de la democracia competitiva, algunos de los cuales se mencionan aquí,
van mucho más allá del deterioro del civismo y la mezquindad.
La influencia corruptora del dinero
En teoría, cuando hay excesos y deficiencias en la operación de la economía de
mercado, un gobierno democrático debería poder regularlos y remediarlos. Sin
embargo, la práctica de la competición política casi lo imposibilita. Los motivos no
son difíciles de entender. La competencia política es una actividad cara, cada
generación más cara. Las campañas ganadoras son costeadas por aquellos que cuentan
con el apoyo económico (directo e indirecto) y los actores de mercado más poderosos
(es decir, los que se han beneficiado más de los excesos y las deficiencias del
mercado).
El problema del dinero en la política está muy reconocido y en buena medida es la
causa del cinismo y la apatía reflejados en la baja participación electoral. No obstante,
rara vez se explica la causa subyacente de este problema ni se afronta con seriedad.
Oímos llamamientos ocasionales de reforma del sistema de financiación de campañas
y otras medidas regulatorias similares. Pero la raíz del problema es la competencia
política misma. Desde el momento en que estructuramos las elecciones como
competiciones, que inevitablemente requieren dinero para ganar, invertimos la
relación adecuada entre el gobierno y el mercado. En vez de que exista nuestro
mercado dentro de los límites de la regulación gubernamental, nuestro gobierno se
encuentra cautivo dentro de los límites de la regulación del mercado.
Mientras el sistema de gobierno siga organizándose de manera competitiva, esta
relación no puede corregirse del todo. Cualquier plan encaminado a retocar las reglas
por aquí o por allá sólo conducirá a que el dinero fluya por nuevas vías. Así ocurre,
por ejemplo, con los intentos de reformar la financiación de campañas. Las nuevas
formas de contribución sólo eclipsan las antiguas. Incluso si las sociedades pudieran
eliminar por completo las financiaciones de campañas, el dinero sencillamente fluiría
a través de otros puntos de influencia política como por ejemplo las camaleónicas
especies de grupos de acción política que ejercen influencia sobre la difusión pública
de los grandes temas, formación de opinión pública, resultados electorales y muchos
otros procesos. En un sistema de competencia política en que los candidatos luchan
por ganar difusión, opinión pública y votos favorables, el dinero siempre fluye hacia
los puntos más eficaces de influencia política igual que el agua siempre fluye hacia el
punto de menor elevación. Podemos alterar la vía de ese flujo, pero no podemos
detenerlo.
Este problema es una de las principales causas de las crecientes disparidades entre
riqueza y pobreza que se ven ahora por el mundo occidental. Los mayores
desequilibrios de ingresos no son solo resultado de la economía de mercado misma.
Son resultado de la economía política competitiva que lleva emparejada. A través de
esta economía política, los actores de mercado más ricos definen el marco de mercado
en el que acumulan riqueza. Este marco comprende los sistemas de leyes de
propiedad, derecho laboral, derecho tributario y todas las demás formas de
legislación, de infraestructura pública y de subsidios públicos que rigen los resultados
de mercado. En las democracias competitivas, con el paso del tiempo este modelo va
siendo definido por los actores de mercado más ricos, debido a la influencia del
dinero en la competición política. El resultado cierra el círculo entre economía y
política que retroalimenta los intereses de los segmentos más ricos de la sociedad.
La subordinación del gobierno a las fuerzas del mercado tiene también implicaciones
para el medio ambiente. En los mercados no regulados, las decisiones sobre
producción y consumo se basan solamente en los costes internos de fabricación, que
incluyen la mano de obra, los materiales, el equipo de fabricación y la energía. Estos
costes internos determinan los precios de venta al público que pagan los consumidores
por los productos, lo cual influye en la cantidad que consume la gente. Pero estos
costes no siempre reflejan los verdaderos costes sociales o ecológicos de un producto.
Muchas industrias generan costes externos que nunca se facturan en el precio de un
producto porque no se consideran costes de producción en sí.22 Por ejemplo, las
industrias que contaminan el ambiente crean cuantiosos costes públicos de tratamiento
de enfermedades o de impacto ambiental que rara vez se facturan en los costes reales
de producción. En lugar de ello, estos costes son pagados por la sociedad entera, por
las generaciones futuras e incluso por otras especies. Debido a que un mercado no
regulado no rinde cuentas por estos costes externos, los precios de los productos que
tienen elevados costes externos se mantienen artificialmente bajos. Estos precios
artificialmente bajos potencian el consumo de los productos que causan más daño
social y ecológico. Por estas razones, las economías de mercado son ecológicamente
insostenibles a menos que estén meticulosamente regulados por gobiernos que
repercutan esos costes sobre los precios de los productos mediante “impuestos verdes”
y otros medios.23 Sin embargo, tal como se ha argumentado, en un sistema político
competitivo los mercados no se regulan de manera responsable porque el sistema
subordina la toma de decisiones políticas a las influencias de mercado. Los mercados
regulan las democracias competitivas en vez de al revés.
Finalmente, los costes sociales y ambientales de la competencia política convergen en
el caso del “racismo ambiental” y de otras injusticias relacionadas.24 Las minorías
étnicas, los pobres y las mujeres tienden a padecer más los efectos del deterioro
ambiental porque hay mayor probabilidad de que vivan o trabajen en áreas de mayor
degradación y con mayores riesgos de salud ambientales. Estos segmentos de
población tienen menor capacidad de influencia en la toma de decisiones políticas
debido su mayor índice de privación de privilegios civiles o electorales. Como
resultado, las prácticas ambientales que rara vez se tolerarían en las áreas de grupos
más acaudalados se desplazan hacia las de los grupos política o económicamente
marginados. Éstos son los que pagan la mayor parte de los costes de dichos gastos
ambientales externos.
Exclusión de perspectiva y sobre-simplificación de problemas
Además del problema del dinero, la competición política no ofrece un medio eficaz de
entender y resolver problemas complejos porque reduce la diversidad de perspectivas
y de opiniones en los procesos de toma de decisiones. Esto se debe a varios motivos.
En primer lugar, la competencia política conduce a un modo de debate de
enfrentamiento que generalmente se reduce a la premisa de que si una perspectiva es
correcta entonces la otra perspectiva debe ser errónea. En teoría, prevalece la
perspectiva más iluminada o informada. Esto presupone que los problemas complejos
pueden entenderse adecuadamente desde una sola perspectiva. Sin embargo, captar
adecuadamente la mayoría de los problemas complejos requiere que sean
considerados desde perspectivas múltiples, a menudo complementarias. Los
problemas complejos tienden a tener múltiples facetas –como objetos de muchos
lados que deben verse desde diferentes ángulos para captarlos íntegramente y
entenderlos. Las perspectivas diferentes revelan, pues, diferentes facetas de problemas
complejos. El máximo entendimiento emerge mediante la consideración cuidadosa
del mayor número posible de facetas.
La competición política milita contra este proceso porque presupone el carácter de
enfrentamiento en vez del de complementariedad para las opiniones diferentes. Uno
no puede ganar capital político a expensas del oponente a menos que haya un ganador
y un perdedor. Como resultado, la competición política reduce los problemas
complejos a oposiciones binarias en las que sólo puede prevalecer una de las dos
opciones. Esto es lo que Blondel denomina “la maldición de la super-
simplificación”.25
Este problema se agudiza con los sectores de medios de comunicación hiper-
comercializados que están emergiendo en la mayoría de las sociedades occidentales,
productos de la economía política antes mencionada. Éstas son propulsadas por la
lógica de fabricar audiencias de masas para poder venderse como publicistas. La
forma más barata, y por ende más rentable, de fabricar audiencias de masas es
mediante el montaje de un espectáculo, incluido el espectáculo político partidista. Así
la difusión política queda reducida a una fórmula de política de eslóganes en que unos
eslóganes con carga emocional se convierten en el acceso a la esfera pública. Como
resultado, unos mantras políticos simplistas resuenan por toda la esfera política,
distorsionando la naturaleza compleja de las materias en cuestión, forzando la
percepción pública y agravando las divisiones partidistas. En semejante ambiente, es
prácticamente imposible resolver problemas ambientales y sociales complejos y
multidimensionales.
Una consecuencia parecida de este modelo competitivo es la exclusión e inhibición de
voces diversas que evitan la arena del servicio público o se retraen de él debido al
ambiente simplista y hostil. Semejante ambiente no es atractivo para las personas que,
por naturaleza o formación o una combinación de ambas, no se sienten inclinadas al
debate de enfrentamiento simplista ni cómodas con ella, a pesar de que puedan tener
importantes contribuciones que ofrecer. Aparte de las injurias partidistas, el debate de
enfrentamiento no conduce al mejor razonamiento siquiera entre las personas más
seguras. Esas condiciones pueden silenciar por completo a las personas que se sienten
menos confiados y menos agresivos, o sencillamente las que sean más consideradas.
Por extensión, las confrontaciones entre contrarios también tienden a privilegiar a los
varones que, una vez más por naturaleza o por formación o por combinación de
ambas, tienden a ser más agresivos que las mujeres y así tienen ventaja en el terreno
de la confrontación.26 La desventaja resultante experimentada por muchas mujeres
también pueden experimentarlo algunos grupos minoritarios que, para poder
sobrevivir, han aprendido a adoptar posiciones de precaución y resguardo con relación
a los grupos dominantes. Además, las mujeres y las minorías pueden estar en posición
aún más desventajosa porque a pesar de que las expresiones masculinas de agresión o
del grupo dominante a menudo se consideran naturales o apropiadas, los mismos tipos
de expresiones, cuando son empleadas por mujeres o grupos subordinados, a menudo
se ven como no naturales e inadecuados. Así, no reciben las mismas recompensas las
mujeres “y las minorías para los mismos comportamientos de confrontación”.27 Al
inhibir y excluir a diversos grupos sociales de esta manera, la competencia política y
el debate entre adversarios tienden a empobrecer el discurso público y a minar la
resolución de problemas complejos.
El problema de tiempo-espacio
La política partidista también es inherentemente incapaz de afrontar problemas a lo
largo del tiempo y el espacio. Los asuntos ambientales y sociales complejos
generalmente requieren planificación y compromiso de largo plazo. Sin embargo, los
sistemas políticos competitivos, están inherentemente limitados por horizontes de
planificación de corto plazo. Con objeto de ganar y mantener el poder, los
profesionales de la política tienen que atender los intereses inmediatos de su
electorado para que se puedan obtener resultados visibles dentro de ciclos electorales
relativamente frecuentes. A pesar de que los compromisos políticos de largo plazo son
delineados en principio por un candidato o un partido, a menudo la continuidad se ve
afectada por los siguientes candidatos o partidos que desmantelan o no aplican los
programas de sus predecesores para distanciarse de las políticas que anteriormente
estuvieron obligados a atacar en la campaña electoral o por encontrarse en la
oposición. Por ello, como las campañas y los partidos políticos se centran en un
electorado del presente, esto mina el compromiso con los intereses de generaciones
futuras. Un lugar destacado entre los intereses de las generaciones futuras es la
sostenibilidad ambiental. Al degradar nuestro ambiente hoy, empobrecemos las
generaciones futuras.
Muchos problemas sociales, desde la pobreza al crimen, pasando por la dependencia
de las drogas y el abuso doméstico, también requieren estrategias y compromisos de
largo plazo. Hacen falta inversiones de largo plazo en educación, en el fortalecimiento
de las familias, en la creación de oportunidades económicas, en el cultivo de códigos
éticos y valores morales, y en otros enfoques que tienen resultados que trascienden a
la generación actual. Pero la presión competitiva para demostrar acciones visibles
dentro de plazos electorales frecuentes tiende más bien a dirigirse a inversiones en
cosas como nuevas cárceles y centros de detención donde esconder la creciente sub-
clase social en muchos países, nuevas mega-escuelas donde almacenar a niños y
jóvenes cada vez más alienados, y nuevos grandes almacenes gigantescos para
distraer a los ciudadanos con atractivos materiales de corto plazo.
Además, igual que los sistemas políticos competitivos responden ante electorados del
presente excluyendo a las generaciones futuras, también responden a los intereses de
electorados dentro de límites electorales excluyendo a otros. Este es el problema del
espacio –o territorialidad– que es especialmente el caso del nivel del estado o nación
debido a la ausencia de un sistema eficiente de gobierno global. Una vez más, esto
tiene significativas implicaciones sociales y ecológicas. La naturaleza supranacional
de los asuntos ambientales modernos –tales como la destrucción de la capa de ozono,
el calentamiento global, la lluvia ácida, la contaminación del agua, y la gestión de
especies migratorias– delata la necesidad de niveles de cooperación y coordinación
global sin precedentes.28 Sin embargo, los conceptos competitivos de soberanía
nacional hacen que el actual sistema internacional sea incapaz de responder a estos
imperativos ecológicos. Hoy día, la coordinación transfronteriza se sacrifica por
perseguir intereses nacionales porque los profesionales de la política no tienen otra
alternativa que atender los intereses de sus propios votantes. La consecuencia es un
sistema anárquico de estados compitiendo entre sí por convertir el capital ecológico
de largo plazo en capital político de corto plazo.
La cuestión de la territorialidad es igualmente significativa cuando se trata de temas
sociales. Los problemas como la pobreza, crimen, explotación de mujeres y niños,
tráfico de personas, terrorismo, conflictos étnicos, inmigración ilegal y movimiento de
refugiados no respetan las fronteras nacionales más de lo que lo hacen la mayoría de
los problemas ecológicos. Estos problemas no pueden resolverse solo con gobiernos
nacionales. Sin embargo las rivalidades políticas que existen dentro de las naciones
minan el compromiso efectivo y la coordinación entre ellas. Los competidores
políticos atienden a los intereses del electorado de circunscripciones concretas
excluyendo a los no votantes que no correspondan a ese electorado. Esto crea un
incentivo irresistible para que los competidores políticos de naciones acaudaladas
externalicen las peores manifestaciones de esos problemas sociales a naciones más
pobres. En consecuencia, a la larga, todos esos problemas tienden a enconarse y
extenderse hasta que de nuevo amenacen los intereses de las naciones acaudaladas.
Por ello, el problema del espacio es inseparable del problema del tiempo en las
democracias competitivas.
El problema espiritual
Otros problemas relacionados con la política competitiva son menos tangibles pero no
menos importantes. El partidismo y la política competitiva tienen su coste espiritual.
Una vez más, estos problemas radican directamente de la presunción que subyace al
modelo: que la naturaleza humana es esencialmente egoísta y competitiva; que las
diferentes personas tienden a desarrollar intereses en conflicto; y que la mejor manera
de organizar el gobierno democrático es, pues, a través de un proceso de competición
de grupos de intereses. Al organizar los asuntos humanos conforme a estos supuestos,
estamos cultivando institucionalmente nuestros instintos más básicos. La Casa
Universal de Justicia ha observado que “en la glorificación de los fines materiales, a
la vez origen y característica común de todas esas ideologías, es donde se encuentran
las raíces con las que se nutre el sofisma de que los seres humanos son
incorregiblemente egoístas y agresivos. Es aquí, precisamente, donde debe limpiarse
el terreno para construir un nuevo mundo digno de nuestros descendientes”.29
Sin embargo estas expectaciones formadas culturalmente no están fundamentadas
sólidamente en las ciencias sociales y del comportamiento. En estos campos, el
consenso emergente es que los seres humanos tienen el potencial de desarrollo de
tanto el egoísmo como el altruismo, la competencia como la cooperación, y que en
función de nuestro entorno cultural vamos a realizarnos más plenamente en uno de
estos dos potenciales.30 Esta opinión suena también familiar en muchas de las
tradiciones filosóficas y religiosas del mundo. Las metáforas que aluden a la
naturaleza “inferior” y “superior”, o a la naturaleza “material” y “espiritual”
transmiten esta visión, igual que lo hace el concepto oriental de “iluminación”. Sin
embargo, al contrario de la teoría y la práctica de la política competitiva, el impulso
que subyace a estas tradiciones filosóficas y religiosas ha sido la de cultivar estas
dimensiones más cooperativas y altruistas de la naturaleza humana.
La naturaleza incívica de buena parte del discurso partidista, aludido al principio de
este artículo, es un subproducto de esta inversión de prioridades materiales y
espirituales. Cuando la búsqueda del interés personal llega a entenderse como virtud,
y se desprecia el altruismo como idealismo inocente, no es de sorprender que la
política se convierta en un terreno poco cívico. A este respecto, la realidad de la
política partidista se describe mejor con metáforas de guerra que con las metáforas de
mercado mencionadas antes. Al fin y al cabo, una campaña es un término militar, no
un término de mercado. Igual que las campañas militares, las campañas políticas son
caras. Los candidatos amasan “financiación para la campaña” al prepararse a
“luchar” las “batallas” electorales. En una edad de espectáculos de medios de masa y
política de eslóganes, esto se traduce en un ciclo creciente de publicidad negativa,
insultos e injurias, a medida que las campañas políticas y los debates se convierten en
una “guerra de palabras” conducida desde “posiciones atrincheradas”.
En el terreno abstracto, el debate trata sobre ideas en vez de personas. Sin embargo en
la práctica la estructura competitiva del sistema borra la línea que pudiera existir entre
las ideas y la gente, porque si no prevalecen tus ideas tampoco sobrevive tu carrera
política. Por ello, el debate político se desliza fácilmente hacia el cenegal del egoísmo
y el incivismo. Mientras tanto, en los laterales del terreno, el público se va volviendo
cada vez más cínico y desencantado, lo cual es otro coste espiritual más de este
sistema.
Finalmente, las democracias competitivas requieren gastos elevados ya que dividen en
vez de unir segmentos susceptibles del público. Cualquier proceso que rutinariamente
produce ganadores y perdedores en una población es divisorio. Cuando el gobierno se
estructura como un proceso de competencia de grupos de interés, la búsqueda de
intereses materiales se vuelve más importante que el cultivo de relaciones sociales
mutuas. Además, la formación de los partidos políticos, que requiere la agregación
arbitraria de intereses distintos y muy variados, conduce a la construcción artificial de
bandos de identidad de confrontación que se vuelven cada vez más atrincherados y
rígidos con el paso del tiempo. Consideren, por ejemplo, el sistema bipartidista
americano con sus bandos de “izquierda versus derecha” o “liberal versus
conservador”. En realidad, la vida colectiva americana se caracteriza por
innumerables problemas complejos, cada uno de los cuales puede verse desde
múltiples perspectivas. Sin embargo, para montar una batalla política manejable, los
dos partidos políticos dominantes reducen todos los grandes problemas a simples
conflictos binarios y luego agregan posiciones en conflicto sobre cada uno de los
diferentes problemas en dos super-terrenos opuestos. Con el tiempo, esta agregación
artificial ha empezado a parecerle natural a mucha gente. Además, algunos segmentos
de la población que inicialmente se identificaban fuertemente con uno o dos
posiciones concretas en un terreno dado han empezado a asumir otras posiciones
agregadas por simple asociación. El resultado es que personas diversas, que no se
dividen en terrenos opuestos sencillos de manera natural, acaban con el tiempo
separándose en dichos campos – un proceso que puede verse acelerado por políticos
astutos que convierten ciertos “problemas candentes” con carga emocional en los
centros de sus campañas en un esfuerzo por crear e imponer lealtades partidistas. Las
divisiones sociales resultantes son otros costes espirituales de la democracia
competitiva.
Una alternativa a la política competitiva
Winston Churchill dijo una vez que “la democracia es la peor forma de gobierno – a
excepción de todas las demás formas que ya se han probado”.31 Más concretamente,
esta afirmación describe la democracia competitiva porque es la única forma de
democracia que se ha probado hasta la fecha, como modelo de gobierno de estado. En
línea con la idea de Churchill, los apologistas defienden el sistema prevaleciente con
el argumento de que es la alternativa más racional para la tiranía o la anarquía. Los
problemas inherentes al sistema de competencia política sencillamente se aceptan
como “males necesarios”. Todos los sistemas de gobierno son imperfectos, dice el
argumento, y la democracia competitiva es lo mejor que podemos hacer.
Sin embargo, este argumento viene precedido de la presunción errónea de que los
procesos de innovación social han llegado a su fin. Según esta tesis del “fin de la
historia”, los experimentos sociales que han caracterizado a buena parte de la historia
humana finalmente se han agotado y han emergido los modelos liberales occidentales
como los únicos modelos viables de organización social”.32 Sin embargo se trata de
una tesis enteramente insostenible. De hecho sería más plausible afirmar que la
historia de la humanidad como especial singular e interdependiente, habitando una
patria común, está sólo comenzando ahora. Bajo condiciones de creciente
interdependencia, provocadas por nuestro éxito reproductor y tecnológico como
especie, apenas hemos empezado a experimentar con modelos sostenibles y justos de
organización social.
Los procesos de innovación social claramente no han llegado a ningún final. Basta el
ejemplo de la comunidad internacional bahá’í para ilustrar este punto. La comunidad
bahá’í es un enorme laboratorio social en el que está emergiendo un nuevo modelo de
organización social. La comunidad es un microcosmos de toda la raza humana, con
más de cinco millones de miembros, procedentes de más de 2000 orígenes étnicos y
residentes en prácticamente todas las naciones del planeta. Esta comunidad diversa ha
construido un sistema original de asambleas elegidas democráticamente que
gobiernan los asuntos bahá’ís internacionalmente, nacionalmente y localmente por
todo el planeta.33 Significativamente, en muchas partes del mundo, los primeros
ejercicios de actividad democrática han tenido lugar dentro de estas comunidades
bahá’ís.
El sistema electoral bahá’í es completamente no partidista y no competitivo.
Resumidamente, todos los miembros adultos de una comunidad son elegibles y todo
miembro tiene el deber recíproco de servir si sale elegido. Al mismo tiempo, las
nominaciones, campañas y toda forma de pedir votos están prohibidas. Los votantes
sólo se guían por su propia conciencia al ejercer auténtica libertad de elección al votar
a aquellos que crean que mejor encarnan las cualidades de capacidad reconocida,
experiencia madura y servicio abnegado a los demás. Mediante un recuento por
pluralidad de votos, las nueve personas que reciban más votos son llamadas a servir
como miembros de la asamblea gobernante.34
Como nadie busca ser elegido, las elecciones no son un camino al poder ni al
privilegio. Al contrario, las elecciones son un llamamiento al servicio y los elegidos
sacrifican su tiempo y energía, y a menudo sus aspiraciones profesionales, a petición
de la comunidad. Por principio, y también porque no hay incentivo, nadie procura
ganarse la atención de los demás ni pide los votos de ninguna forma. De hecho, los
bahá’ís interpretan la petición de votos como un indicador de egoísmo y de una falta
de adecuación para servir.
Todas las tomas de decisiones dentro de estas asambleas se conducen, a su vez, bajo
la guía de principios consultivos que permiten que la toma de decisiones sea un
proceso unificador en vez generador de división. Estos principios incluyen esforzarse
por entrar en el proceso sin posturas ni plataformas preconcebidas; considerar la
diversidad como un patrimonio valioso, y pedir a los demás que compartan sus
opiniones, preocupaciones y experiencia; esforzarse por trascender las limitaciones
del ego y su propia visión personal; procurar expresarse con cuidado y moderación;
intentar elevar el contexto de la toma de decisiones al ámbito de los principios
generales; y buscar el consenso pero resolver con el voto de la mayoría cuando sea
necesario.35
A diferencia de los sistemas competitivos en los que las personas encargadas de
adoptar decisiones tienen que navegar continuamente entre las exigencias del
electorado, los que financian las campañas, los grupos de presión y los activistas, el
sistema bahá’í está protegido de los grupos de presión externa y otras presiones que
pretendan influir en las decisiones. Esto se consigue de dos formas. Primero, como se
ha mencionado antes, los que han sido elegidos a las asambleas no buscan ser
elegidos y no tienen interés en la reelección. Los miembros elegidos no son
empresarios políticos que buscan acumular o retener capital político, y no existen
oportunidades de financiación de campañas porque no hay campañas. En segundo
lugar, los miembros elegidos deciden los asuntos mediante la aplicación de principios,
conforme al impulso de su propia conciencia (una de las principales cualidades por las
que fueron elegidos), y no según los dictados o presiones de grupos de interés en
competición. A este respecto, se espera que los miembros elegidos sopesen todas sus
decisiones conforme a principios, incluso si esto implica dejar a un lado los beneficios
locales inmediatos o de corto plazo por el bienestar de pueblos distantes o
generaciones futuras.36
Así, el sistema electoral bahá’í no encarna ni una competición ni la búsqueda del
poder. Como nadie procura ser elegido, no existe el concepto de “ganar”. Al mismo
tiempo, el proceso electoral continúa siendo eminentemente democrático. Este
modelo ha estado en uso durante más de tres cuartos de siglo dentro de la comunidad
bahá’í, la cual, a medida que crece en capacidad y prominencia, atrae cada vez más la
atención de los observadores externos.37
Más allá de la hegemonía de la competición política
Como ilustra el ejemplo de la comunidad bahá’í, los procesos de innovación social
claramente no han llegado a su fin. Dados los problemas inherentes a los sistemas
partidistas, además de su creciente coste social y ecológico, ¿por qué las poblaciones
democráticas no están activamente buscando alternativas a la competición política?
Para responder a esta pregunta viene bien un poco de contexto histórico. Las formas
actuales de democracia competitiva surgieron del pensamiento de las clases políticas
emergentes al principio de la revolución industrial. Estas clases políticas emergentes
buscaban eliminar el poder absoluto de la aristocracia. La democracia competitiva
convenía a los interesas de estas clases porque terminaba con el poder absoluto
mientras, al mismo tiempo, seguía favoreciendo a los que tenían riqueza y poder. Esto
abría las puertas del gobierno a los mercaderes y latifundistas y a otras personas con
medios, mientras limitaba la influencia de los de las clases más bajas.
Aunque la transición a la democracia competitiva se caracterizó por la revolución
violenta y amenazas de revolución en muchos países, la fuerza de las ideas
desempeñó un potente papel en fomentar estas transiciones, y una vez que se
establecieron los sistemas de competición política tuvo un papel incluso más potente
en promoverlos y sustentarlos. Esto fue posible porque las mismas clases políticas que
se beneficiaban más del modelo de competición ocupaban cada vez más las
posiciones de hegemonía cultural, como estadistas, escritores, filósofos, educadores,
etc., mediante las cuales, ya sea de forma consciente o inconsciente, pudieron cultivar
y sostener las presunciones sobre la naturaleza humana y la organización social que
subyacen al modelo de competición.
El teórico italiano Antonio Gransci describió esta forma de influencia cultural con
notable perspicacia en la primera mitad del siglo XX.38 Su concepción de hegemonía
ha entrado en el léxico de los teóricos culturales por todo el mundo y proporciona un
marco útil para la comprensión de la aparición y perpetuación de estos modelos de
competencia. En pocas palabras, Gransci tomó prestado el término hegemonía, que
tradicionalmente se refería al dominio geopolítico de algunos estados sobre otros, y lo
refundió para referirse al dominio cultural de unas clases sociales sobre otras.
Gramsci señaló que la hegemonía geopolítica, que generalmente se alcanza y se
mantiene mediante la fuerza, es un objetivo obvio de resistencia por parte de las
poblaciones oprimidas, por lo que es relativamente difícil de mantener durante largo
tiempo. La hegemonía cultural, por otra parte, se alcanza y se mantiene mediante el
cultivo de sistemas de creencia de “sentido común” que son menos visibles y que en
consecuencia generan menos resistencia. En otras palabras, si unos grupos sociales
privilegiados pueden naturalizar el orden social existente en la mente de los grupos
subordinados, éstos inconscientemente consentirán su propia subordinación.
Un ejemplo de esto puede verse en la tradicional exclusión de las mujeres de muchos
terrenos de la vida pública. Esta exclusión se vio reforzadas por el cultivo de nociones
de “sentido común” sobre el papel “apropiado” de las mujeres en la sociedad. Claro,
no todas las mujeres aceptaban estas nociones y muchas lucharon contra ellas. Sin
embargo, sorprendentemente, muchas mujeres sí aceptaron estas nociones, tal como
lo demuestran las mujeres que se organizaron para oponerse a los movimientos
sufragistas con la convicción de “sentido común” (entre otras) de que la pureza moral
de las mujeres se vería comprometida con su entrada en la vida pública y que toda la
estructura social resultaría así debilitada.39
La teoría de hegemonía cultural también sirve para explicar el amplio consentimiento
dado a los sistemas prevalecientes de democracia competitiva. Consideren de nuevo
las presunciones sobre las que se sostiene este sistema: que la naturaleza humana es
esencialmente egoísta y competitiva; que las diferentes personas desarrollan intereses
en conflicto; y que le mejor forma de organizar el gobierno democrático es a través de
un proceso de competición entre grupos de interés. Estas presunciones de “sentido
común” se han convertido en parte de la opinión mundial –aunque no sirven a los
intereses de la mayoría de la gente. Estas presunciones se cultivan en clases cívicas y
cursos de ciencia política dentro de nuestros sistemas educativos; se cultivan en
nuestros sistemas de medios de masas; y se cultivan a través de formas
institucionalizadas de comportamiento competitivo que estructuran la actividad de
nuestros sistemas políticos, legales y económicos. Pero todos estos sistemas son
invenciones culturales que encarnan los valores intereses y creencias de las clases
políticas privilegiadas que las construyeron.
No se pretende sugerir con esto una conspiración consciente por parte de los que se
benefician del orden social existente. Este orden a menudo parece natural e inevitable
para los que se benefician de él porque la gente tiende a tener una afinidad
inconsciente por las ideas que promueven sus propios intereses.40 Cuando estas
personas también provienen de grupos sociales educados y adinerados que controlan
los medios de producción cultural (es decir, la educación, los medios de comunicación
y otras instituciones), es muy natural que acaben cultivando, en la población general,
creencias por las que ellas mismas tienen una afinidad natural e inconsciente. De
hecho, los miembros de estos grupos sociales influyentes pueden estar actuando con
la motivación más sincera al contribuir a este proceso de cultivo, porque pueden haber
llegado a creer que el orden social existente beneficia a todos de la misma manera que
les beneficia a ellos. El resultado, sea intencionado o no, es una forma poderosa de
hegemonía cultural.
¿Cómo puede entonces una población trascender los límites de su consciencia
estructurada socialmente? Además, ¿cómo puede ocurrir esto de forma que no resulte
en más conflicto –el cual sólo reforzaría las presunciones sobre la naturaleza humana
y el orden social, las cuales subyacen al sistema prevaleciente de competición política
y lo promueven? La metáfora de un juego puede servir para responder a estas
preguntas. Las instituciones culturales –al igual que nuestro sistema de democracia
competitiva- puede entenderse como “juegos” que operan según una serie concreta de
“reglas”.41 Las reglas de la democracia competitiva aseguran no solo que habrá
ganadores y perdedores, sino que los jugadores más poderosos tengan más
probabilidad de ganar. Cuando jugadores menos poderosos acceden a unirse a este
juego, están consintiendo jugar con reglas que tienden a promover su propia derrota.
Las estrategias de enfrentamiento del cambio social concuerdan con estas reglas de
competición. Legitiman el viejo juego al mismo tiempo que aseguran que los
jugadores más poderosos sigan prevaleciendo dentro de él.42
Sin embargo existe otra estrategia. Consiste en restar tiempo y energía del viejo juego
para construir uno nuevo. Lo único que perpetúa el viejo juego es el hecho de que la
mayoría de la gente consiente las reglas. Si otro juego resulta más atractivo (es decir,
demuestra mayor justicia social y sostenibilidad ambiental), entonces empezará a
atraer a un número creciente de personas (es decir, la mayoría de la gente cuyos
intereses y valores no se ven atendidos por el viejo juego). Si bastantes personas dejan
de jugar con las viejas reglas y empiezan a jugar con las nuevas, el viejo juego dejará
de existir no mediante la protesta y el conflicto, sino por desgaste.
Se trata de una estrategia de construcción, atracción y desgaste. Es completamente
contraria al enfrentamiento y reconcilia el medio de cambio social con los fines de un
orden social pacífico, justo y sostenible. El cambio social no requiere vencer a los
opresores ni atacar a los que más se aprovechan de las reglas antiguas. En lugar de
ello, requiere que reconozcamos la naturaleza hegemónica del viejo juego, que
evitemos gastar en él nuestro tiempo y energías, y que invirtamos ese tiempo y
energías en la construcción de uno nuevo.
Un número creciente de personas está empezando a reconocer esto de manera
intuitiva. Modelos electorales no partidistas y de toma de decisión están empezando a
emerger en muchos sectores, mediante experimentos de cambio social constructivos.
La mayoría de esos experimentos están todavía por debajo de los radares de los
numerosos observadores políticos porque las organizaciones no gubernamentales, en
vez de los estados, han tomado la delantera en esto. Sin embargo esos modelos
emergentes constituyen importantes experimentos sociopolíticos.
Una vez más, el ejemplo de la comunidad internacional bahá’í es orientativo. Los
bahá’ís creen que los modelos partidistas de gobierno se han vuelto anacrónicos y
problemáticos en una era de creciente interdependencia global. Sin embargo los
bahá’ís no contradicen ni atacan los sistemas partidistas existentes. Al contrario, los
bahá’ís expresan lealtad y obediencia a cualquier sistema de gobierno en el que vivan
y ejercen sus responsabilidades cívicas para votar dentro de las sociedades que lo
permitan. Al mismo tiempo, los bahá’ís evitan la participación activa en la política de
partidos para, en lugar de ello, centrar sus energías en la construcción de un sistema
alternativo de gobierno que ofrecen como modelo de estudio para otros. Experiencias
como éstas ofrecen experimentos que están teniendo lugar de forma natural, que
haríamos bien en hacerles un seguimiento y conocerlos mejor –o incluso participar en
ellos.
Conclusión
El sistema prevaleciente de democracia competitiva se está mostrando como injusto e
insostenible en una era de creciente interdependencia global. Pero este sistema no es
reparable porque sus problemas se encuentran en sus más profundas presunciones
internas. La influencia corruptora del dinero, la exclusión de perspectivas de
diversidad, la incapacidad de resolver problemas complejos, los horizontes de
planificación de corto plazo, la falta de coordinación transfronteriza, el surgimiento de
la mezquindad y la falta de civismo, el agravamiento de las divisiones sociales, el
cultivo del cinismo público y el desencanto, y el efecto general de corrosión del
espíritu humano – éstas son la culminación de este sistema, el amargo fruto inherente
a sus semillas.
“¿Hasta cuándo persistirá la humanidad en su descarrío?” pregunta Bahá’u’lláh.
“¿Hasta cuándo continuará la injusticia? ¿Hasta cuándo reinarán el caos y la
confusión entre los hombres? ¿Hasta cuándo agitará la discordia la faz de la
sociedad? Los vientos de la desesperación, lamentablemente, soplan desde todas
direcciones, y la contienda que divide y aflige a la raza humana crece día a día.”43
La democracia competitiva ha llegado a ser un anacronismo costoso. ¿Hasta cuándo
las poblaciones que soportan estos costes van a seguir viviendo en un estado de
negación? Es hora de pasar página. La historia no ha hecho más que empezar.
NOTAS
Daniel Bell, The End of Ideology (Cambridge, ma: Harvard University Press, 1988).
Samuel Huntington, The Clash of Civilizations and the Remaking of World Order (New York:
Simon & Schuster, 1996).
Véase, por ejemplo, Joseph Stiglitz, Globalization and its Discontents (New York: WW Norton,
2002); Jeffry Frieden, Global Capitalism (New York: W.W. Norton, 2006); John Cavanagh,
Alternatives to Economic Globalization (San Francisco: Berrett-Koehler, 2002); Naomi Klein, No
Logo (New York: Picador, 2002); David Korten, When Corporations Rule the World (West
Hartford, CT: Kumarian Press, 1995).
Este artículo se deriva en parte del libro ya publicado del autor, titulado, Beyond the Culture of
Contest: From Adversarialism to Mutualism in an Age of Interdependence (Oxford: George
Ronald, 2004). La editorial ha autorizado que se cite y extraiga cierto número de secciones de
dicho libro para este artículo.
Bahá'u'lláh, Gleanings from the Writings of Bahá'u'lláh (Wilmette, IL: Bahá'í Publishing Trust,
2005), section CX.
Véase, por ejemplo, Deborah Tannen, The Argument Culture (New York: Random House, 1998).
Norman Orstein, “Introduction,” en Lessons and Legacies: Farewell Addresses from the Senate
(Reading, ma: Addison-Wesley, 1997), p. xi.
Howell Heflin, “Farewell Address,” en Lessons and Legacies, p. 79.
Paul Simon, “Farewell Address,” en Lessons and Legacies, p. 172.
James Exon, “Farewell Address,” en Lessons and Legacies, p. 57.
Tannen, p. 96.
Ibid., pp. 96-100.
Jane Mansbridge, Beyond Adversary Democracy (Chicago: The University of Chicago Press,
1980).
Bahá'u'lláh, Gleanings, section cxii.
Véanse discusiones sobre este tema en Joseph Schumpeter, Capitalism, Socialism and Democracy
(New York: Harper, 1976) and Anthony Downs, An Economic Theory of Democracy (New York:
Harper and Row, 1965).
Vaughan Lyon, “Green Politics: Parties, Elections, and Environmental Policy,” Canadian
Environmental Policy: Ecosystems, Politics, and Process, ed. Robert Boardman (Toronto: Oxford
University Press, 1992), p. 129.
David Held, Models of Democracy, 2nd ed. (Stanford: Stanford University Press, 1996), p. 170.
Sydney Blumenthal, The Permanent Campaign (Boston: Beacon, 1980).
Véase, por ejemplo, Eleanor Clift and Tom Brazaitis, War without Bloodshed The Art of Politics
(New York: Touchstone, 1997).
Frank Ackerman, The Political Economy of Inequality (Washington, DC: Island Press, 2000);
Isaac Shapiro and Robert Greenstein, The Widening Income Gulf (Washington, DC: Center on
Budget and Policy Priorities, 1999); Albert Fishlow and Karen Parker, Growing Apart: The
Causes and Consequences of Global Wage Inequality (New York: Council on Foreign Relations
Press, 1999); Stephen Haseler, The Super Rich: The Unjust New World of Global Capitalism (New
York: St. Martin's Press, 1999).
Lester Brown, Christopher Flavin and Hilary French, eds., State of the World 2000: A Worldwatch
Institute Report on Progress toward a Sustainable Society (New York: W.W. Norton & Company,
2000); David Suzuki and Holly Jewell Dressel, From Naked Ape to Superspecies: Humanity and
the Global Eco-Crisis (Vancouver: Greystone Books, 2004); Lester Brown, Michael Renner,
Linda Starke and Brain Halweil, eds., Vital Signs 2000: The Environmental Trends That Are
Shaping Our Future (New York: Norton, 2000).
Para una visión general del problema de las externalidades, véase James A. Caporaso and David P.
Levine, Theories of Political Economy (Cambridge: Cambridge University Press, 1992), pp. 89-92.
Véanse, por ejemplo, propuestas en Henk Fotmer, ed., Frontiers of Environmental Economics
(Cheltenham, UK: Edward Elgar, 2001); Thomas Aronsson and Karl-Gustaf Lofgren, Green
Accounting and Green Taxes in the Global Economy (Umea: University of Umea, 1997); y Robert
Repetto, Green Fees: How a Tax Shift Can Work for the Environment and the Economy
(Washington, DC: World Resources Institute, 1992).
Véanse, por ejemplo, Michael Heiman, Race, Waste and Class (Oxford: Blackwell, 1996); Joan
Nordquist, Environmental Racism and the Environmental Justice Movement: A Bibliography
(Santa Cruz, CA: Reference and Research Services, 1995); Jonathan Petrikin, Environmental
Justice (San Diego, CA: Gteenhaven Press, 1995); Robert Bullard, ed., Confronting Environmental
Racism: Voices from the Grassroots (Boston, ma: South End Press, 1993).
Jean Blondel, Political Parties: A Genuine Case for Discontent? (London: Wildwood House,
1978), pp. 19-21.
Janice Moulton, “A Paradigm of Philosophy: The Adversary Method,” in Discovering Reality:
Feminist Perspectives on Epistemology, Metaphysics, Methodology, and Philosophy of Science,
Sandra Harding and Merrill Hintikka, eds., (Boston, MA: Kluwer Boston, 1983); Robin Lakoff,
Language and Woman's Place (New York: Harper &L Row, 1975).
Moulton, “Adversary Method”; Lakoff, Language and Woman's Place.
World Commission on Environment and Development, Our Common Future (Oxford: Oxford
University Press, 1987).
The Universal House of Justice, The Promise of World Peace (Haifa: Bahá'í World Centre, 1985),
p. 7.
Para una declaración conjunta de este consenso por una asamblea internacional de científicos
socials y del comportamiento, véase Seville “Statement on Violence, May 16, 1986,” en Medicine
and War 3 (1987). Véase también discusiones en Signe Howell and Roy Willis, “Introduction,” en
Societies at Peace: Anthropological Perspectives, Signe Howell and Roy Willis, eds., (London:
Routledge, 1989); Richard Leakey and Roger Lewin, Origins: What New Discoveries Reveal
About the Emergence of Our Species (London: MacDonald & Jane's, 1977); Gary Becker,
“Altruism, Egoism, and Genetic Fitness: Economics and Sociobiology,” Journal of Economic
Literature 14.3 (1976); Howard Margolis, Selfishness, Altruism, and Rationality (Cambridge:
Cambridge University Press, 1982); Stefano Zamagni, ed., The Economics of Altruism (Aldershot,
England: Edward Elgar Publishing, 1995); Teresa Lunati, “On Altruism and Cooperation,” en
Methodus 4, (December 1992); Robert Axelrod, The Evolution of Cooperation (New York: Basic
Books, 1984); Theodore Bergstrom and Oded Stark, “How Altruism Can Prevail in an
Evolutionary Environment,” en American Economic Review, Papers, and Proceedings 83.2
(1993); Steven Rose, RC. Lewontin, and Leon Kamin, Not in Our Genes: Biology, Ideology, and
Human Nature (New York: Penguin, 1987); John Casti, “Cooperation: The Ghost in the
Machinery of Evolution,” en Cooperation and Conflict in General Evolutionary Processes, John
Casti and Anders Karlqvist, eds., (New York: John Wiley and Sons, 1994); Alfie Kohn, The
Brighter Side of Human Nature: Altruism and Empathy in Everyday Life (New York: Basic Books,
1990).
Winston Churchill, House of Commons, November 1947.
Francis Fukuyama, The End of History and the Last Man (New York: Avon Books, 1993).
Bahá'í World Centre, The Bahá'í World 1996-97 (Haifa: World Centre Publications, 1998).
Para más detalles sobre las prácticas y los principios electorales bahá’ís, véase Bahá'í Elections: A
Compilation (London: Bahá'í Publishing Trust, 1990).
Para más detalles sobre prácticas y principios consultivos bahá’ís, véase Consultation: A
Compilation (Wilmette, IL: Bahá'í Publishing Trust, 1980).
Véase, por ejemplo, discusiones sobre estos temas en Bahá'í International Community United
Nations Office, Prosperity—an Oral Statement Presented to the Plenary of the United Nations
World Summit for Social Development (Copenhagen, Denmark: 1995); see also the BIC UNO,
Statement on Nature (New York: 1988).
United Nations Institute for Namibia, Comparative Electoral Systems & Political Consequences:
Options for Namibia, Namibia Studies Series no. 14, N.K. Duggal, ed., (Lusaka, Zambia: United
Nations, 1989), pp. 6-7.
Antonio Gramsci, Selections from the Prison Notebooks of Antonio Gramsci, Quinron Hoare and
Geoffrey N. Smith, eds., (New York: International Publishers, 1971).
Robert Cholmeley, The Women's Anti-Suffrage Movement (London: National Union of Women's
Suffrage Societies, 1970); Jane Adams, “Better Citizens without the Ballot: American Anti-
Suffrage Women and Their Rationale During the Progressive Era,” en One Woman, One Vote:
Rediscovering the Woman Suffrage Movement, Marjorie Wheeler, ed., (Troutledge, OR: New-Sage
Press, 1995).
Véase, por ejemplo, el concepto de afinidad elective articulado en Max Weber, From Max Weber:
Essays in Sociology, H.H. Girth and C. Wright Mills, trans., (Oxford: Oxford University Press,
1946), pp. 62-63 and 284-85. See also W. Clement, The Canadian Corporate Elite: An Analysis of
Economic Power (Ottawa: McClelland and Stewart, 1975), pp. 92 and 283-84.
Véase, por ejemplo Ludwick Wittgenstein, Philosophical Investigations, G. Anscombe, trans.,
(Oxford: Basil Blackwell, 1974); Raymond Cohen, International Politics: The Rules of the Game
(London: Longman, 1981); J.S. Ganz, Rules: A. Systematic Study (Pans: Mouton, 1971).
Para una discussion más profunda de este problema, véase Michael Karlberg, “The Paradox of
Protest in a Culture of Contest,” en Peace & Change, 28 (2003), pp. 329-51.
Bahá'u'lláh, Gleanings, sección CX.
──────────────────────────────────────────────────────────────────────
¿La Democracia Liberal Occidental como Nuevo Orden Mundial?*
En una edad de creciente interdependencia global, el Dr. Michael Karlberg cuestiona
si el modelo occidental de democracia es la vía natural e inevitable de organizar las
sociedades libres e iluminadas.
El triunfo del orden social occidental fue ampliamente vitoreado en las décadas
finales del s. XX. Se proclamó “el final de la ideología” y se anticipaba una edad de
prosperidad global impulsada por las fuerzas conjuntas del capitalismo global de libre
mercado y la democracia liberal.1 En los años siguientes, el vacío dejado por el
colapso de la Unión Soviética, junto con nuevas tensiones creadas por lo que se
percibe como un “choque de civilizaciones”2 ha llevado a los defensores del
capitalismo de libre mercado y de la democracia liberal occidental a aumentar sus
esfuerzos por exportar o por imponer esos modelos en los estados ex-comunistas, en
las naciones musulmanas y por el resto del mundo.
Hasta el momento, el aspecto del capitalismo del mercado libre global ha sido tema de
considerable crítica en prensa popular y académica.3 También ha conducido al
nacimiento de multitud de activistas y organizaciones de justicia global que se han
vuelto más visibles y sonados a través de diferentes estrategias como manifestaciones
populares y protestas organizadas a través de internet. Se han expresado
preocupaciones sobre las crecientes disparidades globales entre riqueza y pobreza, la
ausencia de criterios ambientales y laborales y mecanismos de presión en el mercado
global, los impactos devastadores de la especulación de monedas y la fuga de
capitales de los países, el poder en aumento de las corporaciones multinacionales por
lo general no sometido a regulación alguna, la naturaleza no democrática de
instituciones financieras y de organizaciones de trabajo globales, además de un largo
conjunto de otros temas.
Es significativo que estas críticas del proyecto capitalista de libre mercado global han
provenido frecuentemente de autores y activistas que están en el mundo occidental
mismo. No puede decirse lo mismo, sin embargo, del proyecto de exportar la
democracia liberal. Por todo el Occidente, se sigue dando por hecho que el modelo
democrático es la forma natural e inevitable de organizarse en las sociedades libres e
iluminadas.
Pero sí existe una perspectiva alternativa. ¿Podría decirse que la democracia liberal
occidental –o lo que podría denominarse con más precisión la democracia
competitiva– se ha vuelto anacrónica, injusta e insostenible en una edad de
interdependencia global?4 “Los signos de convulsiones y caos inminentes”, escribió
Bahá’u’lláh, “pueden discernirse ahora, por cuanto el orden prevaleciente resulta ser
deplorablemente defectuoso”.5
*
Michael Karlberg, “Western Liberal Democracy as New World Order?” The Bahá'í World 2005-
2006: An International Record, ed. Robert Weinberg, trad. Nobel-Augusto Perdu Honeyman (Haifa,
Israel: World Centre Publications, 2007), pp. 133-156.
La democracia competitiva
La democracia liberal occidental, en su esencia, está basada en la premisa de que el
gobierno democrático exige que las personas y los grupos compitan por el poder
político. La forma más reconocible que adopta es el sistema de partidos. La
competencia política también se produce sin partidos políticos formales en muchas
elecciones locales así como cuando concurren candidatos independientes en
elecciones locales, regionales, estatales o nacionales. En todos estos casos, sin
embargo, la estructura competitiva subyacente es la misma, y esta estructura
subyacente es la que se ha vuelto anacrónica, injusta e insostenible.
Estamos de acuerdo en que la democracia competitiva representa un valioso y
significativo logro histórico. Ha resultado ser una forma de gobierno más justa que la
forma de gobierno aristocrática o la sacerdotal a las que ha sustituido. Representa
también una adaptación razonable a las condiciones sociales y ecológicas que
prevalecían cuando emergió. Pero la teoría y la práctica de la competencia política
emergieron en los primeros días de la revolución industrial, cuando las poblaciones
estaban todavía relativamente aisladas entre sí y tenían un tamaño relativamente
pequeño. Es anterior a la invención de la electricidad, al motor de combustión interno,
al viaje por avión, a la radio y televisión, a los ordenadores, al Internet, a las armas de
destrucción masiva, a los apetitos de consumo en masa, y al capitalismo global de
libre mercado. En los tres últimos siglos, nuestro éxito como especia ha transformado
las condiciones de existencia en estos órdenes y muchos más.
Las democracias competitivas, por motivos que se expondrán aquí, parecen ser
incapaces de tratar con estas nuevas realidades. No obstante, las poblaciones
occidentales, hoy por hoy, viven en un estado de negación con respecto a la naturaleza
anacrónica de los sistemas políticos competitivos. Cuando se cuestiona la condición
de estos sistemas, tienden a centrarse esos cuestionamientos en expresiones
superficiales en vez de en las causas estructurales subyacentes. Por ejemplo, en
muchos países occidentales se ha vuelto normal lamentarse del aumento de la
negatividad de la retórica política partidista. El discurso político, sugieren algunos
comentaristas, sufre de un deterioro de civismo y es cada vez más indigno. Como
resultado, los políticos están bloqueados y no pueden afrontar los complejos
problemas que tienen delante.6 Incluso muchos políticos electos han expresado estas
preocupaciones. En una colección de ensayos de ex-senadores publicada al cierre del
siglo XX, uno de ellos se inclinaba a “lamentar el creciente nivel de vituperación y
partidismo que ha impregnado el ambiente y el debate en el Senado”.7 Otro de ellos
observaba que “el bipartidismo ... ha sido sustituido por los arreglos rápidos, los
aforismos y, lo que es más dañino, la demonización de aquellos con los que no
estamos de acuerdo”.8 Otro sostenía que “hay mucho más partidismo que cuando yo
llegué a Washington hace dos décadas, y mucho de ello sirve poco a la nación”.9 Otro
más escribía que “nuestro proceso político necesita volver a civilizarse”, debido a la
“creciente polarización del electorado, la mentalidad nosotros-contra-ellos” que “ha
dado al traste con la antigua preponderancia del debate razonable”.10
Declaraciones como éstas presentan preocupaciones legítimas sobre el estado del
discurso partidista. Según estas opiniones, la competición política y la política de
partidos son la forma natural, normal e inevitable de organizar el gobierno
democrático; el problema sólo surge cuando la retórica partidista se vuelve demasiado
indigna y de enfrentamiento. Tal como menciona el sociolingüista Deborah Tannen,
“Se ha impuesto cierto tipo de inflación agónica en la que la oposición se ha vuelto
más extrema y de forma rutinaria se abusa de la naturaleza del sistema de
confrontación de adversarios”.11
Tannen atribuye este “ambiente más general de lucha”, o este “nueva actitud” de los
partidistas políticos a una más amplia cultura combativa que está corrompiendo el
sistema partidista para pasar a ser modelos más conflictivos de interacción,
conduciendo a un bloqueo, al crecimiento de la corrupción y a la desaparición de
aquellas reglas no escritas de civismo, cooperación y compromiso.12
Las semillas de la democracia competitiva
La crisis de civismo, la implantación de la mezquindad, el problema del bloqueo y la
expansión de la corrupción política –suponiendo que estas cosas efectivamente se han
ido deteriorando con el tiempo– no son abusos ni corrupciones del sistema de
partidos. Esos resultados son la culminación –el “perfeccionamiento”– de un sistema
que la politóloga Jane Mansbridge denomina “democracia adversaria”.13 Son el fruto
amargo inherente a las semillas de la democracia competitiva. “No hay dos personas
de quienes pueda decirse que están unidos tanto interior como exteriormente”,
escribió Bahá’u’lláh.14
Para mayor precisión, esas semillas son los supuestos más profundos sobre la
naturaleza humana y el orden social que subyacen a la competencia política. El
primero de estos supuestos es que la naturaleza humana es esencialmente egoísta y
competitiva. El segundo supuesto es que los diferentes grupos de personas
desarrollarán de forma natural diferentes intereses, necesidades, valores y deseos, y
que esos intereses estarán siempre en conflicto. El tercer supuesto es que, dada una
naturaleza humana egoísta y el problema de conflicto de intereses, la forma más justa
y eficiente de gobernar una sociedad es resolviendo esta dinámica mediante un
proceso abierto de competencia de grupos de interés.
Basado en estos supuestos, no debe ser ninguna sorpresa que los frutos de la
democracia competitiva incluyan los resultados mencionados de la crisis de civismo,
la implantación de la mezquindad, el problema del bloqueo y la expansión de la
corrupción política. Son resultados esperados si aceptamos y oficializamos tales
supuestos. De hecho, éste es el motivo por el que algunas democracias competitivas
han establecido una serie de contrapesas y límites en un esfuerzo por limitar la
acumulación excesiva de poder en manos de un grupo de interés concreto. También es
el motivo por el que algunas democracias competitivas han intentado cultivar, dentro
de sus propios sistemas políticos, códigos de civismo y de ética destinados a controlar
las expresiones más viles de la competencia política. Y es también la razón por la que
la mayoría de las democracias competitivas luchan, hasta hoy, por sobrevivir
inmersos en los peores excesos de competencia política experimentando con límites
temporales de mandato, reformas de financiación de campañas y otros recursos tapa-
agujeros. Sin embargo ninguna de estas medidas cambia de forma fundamental la
naturaleza del fruto del sistema, porque el fruto es inherente a los supuestos internos
del sistema: sus semillas.
Para entender mejor esta relación inherente, considere la metáfora del mercado que se
suele invocar como modelo para la competencia política. La democracia competitiva
se concibe generalmente como un mercado político en el que los profesionales de la
política y los partidos que incorporan intentan promover sus intereses mediante
competencia abierta.15 La “mano invisible” del mercado supuestamente trabaja para
dirigir esta competencia hacia el máximo beneficio público. En palabras de Lyon:
Los defensores del gobierno de partidos argumentan que desde una perspectiva
más amplia del “mercado político” donde diversos partidos, los medios de
comunicación, los grupos de intereses y las personas interactúan unos con
otros, se hace un servicio a las necesidades democráticas de una manera
misteriosa ... [como si] estuviera operando otra “mano invisible”.16
Dentro de este modelo de mercado, los partidos políticos se alían alrededor de
conjuntos de intereses con objeto de aunar su capital político. Entonces, a través de la
competencia, se determina el liderato y el control dentro de los partidos y entre uno y
otro, mientras los políticos y los partidos se organizan para luchar por y ganar las
elecciones. No obstante, la lógica de la competencia electoral hace que la meta de
ganar triunfe sobre todos los demás valores.
Los partidos pueden proponerse realizar un programa de principios políticos
“ideales”, pero, a menos que sus actividades estén basadas en estrategias
sistemáticas para lograr el éxito electoral, estarán condenados al fracaso. En
consecuencia, los partidos se transforman, por encima de todo, en medios de
combatir y ganar elecciones.17
Una vez que el liderato y el control se determinan mediante competiciones
electorales, los procesos utilizados para la toma de decisiones públicas se organizan
en forma de proceso de debate entre contrarios. En teoría, el debate político funciona
como un “mercado de ideas” abierto en el cual prevalecen las mejores ideas, otra vez
mediante la intervención de una hipotética mano invisible. En la práctica, la lógica del
sistema competitivo transforma el debate en una lucha sobre el capital político. La
victoria comporta una ganancia de capital político, la derrota implica una pérdida. El
debate se convierte, pues, en una extensión de proceso electoral mismo, lo cual ofrece
un escenario de “campañas permanentes” o de competiciones interminables sobre el
capital político, en anticipación de la siguiente ronda de elecciones.18
Buena parte de la toma de decisiones políticas tiene lugar fuera de los debates
públicos formales. De hecho, estos debates a menudo sirven de poco más que de
teatro de apariencias para los procesos de negociación y regateo políticos que tienen
lugar tras los escenarios. Pero estos procesos tras los escenarios tienden a
caracterizarse por una dinámica competitiva similar.19 Estos procesos implican no
solo a los oficiales electos sino también a los miembros de los lobbies, semilleros de
ideas, estrategas de medios de difusión y numerosos tipos de grupos de acción
política, todos ellos en lucha entre sí para presionar a políticos, condicionar la
difusión de noticias e influir en la opinión pública en formas que promuevan sus
propios programas políticos e intereses.
El fruto de la democracia competitiva
La competencia de grupos de interés no tiene necesariamente relación con las metas
de justicia social y sostenibilidad ambiental. Al contrario, la estela de la democracia
competitiva es clara. Es una estela de crecientes disparidades entre ricos y pobres.20
También es una estela de aceleración de destrucción ecológica.21 Por ello, los
problemas de la democracia competitiva, algunos de los cuales se mencionan aquí,
van mucho más allá del deterioro del civismo y la mezquindad.
La influencia corruptora del dinero
En teoría, cuando hay excesos y deficiencias en la operación de la economía de
mercado, un gobierno democrático debería poder regularlos y remediarlos. Sin
embargo, la práctica de la competición política casi lo imposibilita. Los motivos no
son difíciles de entender. La competencia política es una actividad cara, cada
generación más cara. Las campañas ganadoras son costeadas por aquellos que cuentan
con el apoyo económico (directo e indirecto) y los actores de mercado más poderosos
(es decir, los que se han beneficiado más de los excesos y las deficiencias del
mercado).
El problema del dinero en la política está muy reconocido y en buena medida es la
causa del cinismo y la apatía reflejados en la baja participación electoral. No obstante,
rara vez se explica la causa subyacente de este problema ni se afronta con seriedad.
Oímos llamamientos ocasionales de reforma del sistema de financiación de campañas
y otras medidas regulatorias similares. Pero la raíz del problema es la competencia
política misma. Desde el momento en que estructuramos las elecciones como
competiciones, que inevitablemente requieren dinero para ganar, invertimos la
relación adecuada entre el gobierno y el mercado. En vez de que exista nuestro
mercado dentro de los límites de la regulación gubernamental, nuestro gobierno se
encuentra cautivo dentro de los límites de la regulación del mercado.
Mientras el sistema de gobierno siga organizándose de manera competitiva, esta
relación no puede corregirse del todo. Cualquier plan encaminado a retocar las reglas
por aquí o por allá sólo conducirá a que el dinero fluya por nuevas vías. Así ocurre,
por ejemplo, con los intentos de reformar la financiación de campañas. Las nuevas
formas de contribución sólo eclipsan las antiguas. Incluso si las sociedades pudieran
eliminar por completo las financiaciones de campañas, el dinero sencillamente fluiría
a través de otros puntos de influencia política como por ejemplo las camaleónicas
especies de grupos de acción política que ejercen influencia sobre la difusión pública
de los grandes temas, formación de opinión pública, resultados electorales y muchos
otros procesos. En un sistema de competencia política en que los candidatos luchan
por ganar difusión, opinión pública y votos favorables, el dinero siempre fluye hacia
los puntos más eficaces de influencia política igual que el agua siempre fluye hacia el
punto de menor elevación. Podemos alterar la vía de ese flujo, pero no podemos
detenerlo.
Este problema es una de las principales causas de las crecientes disparidades entre
riqueza y pobreza que se ven ahora por el mundo occidental. Los mayores
desequilibrios de ingresos no son solo resultado de la economía de mercado misma.
Son resultado de la economía política competitiva que lleva emparejada. A través de
esta economía política, los actores de mercado más ricos definen el marco de mercado
en el que acumulan riqueza. Este marco comprende los sistemas de leyes de
propiedad, derecho laboral, derecho tributario y todas las demás formas de
legislación, de infraestructura pública y de subsidios públicos que rigen los resultados
de mercado. En las democracias competitivas, con el paso del tiempo este modelo va
siendo definido por los actores de mercado más ricos, debido a la influencia del
dinero en la competición política. El resultado cierra el círculo entre economía y
política que retroalimenta los intereses de los segmentos más ricos de la sociedad.
La subordinación del gobierno a las fuerzas del mercado tiene también implicaciones
para el medio ambiente. En los mercados no regulados, las decisiones sobre
producción y consumo se basan solamente en los costes internos de fabricación, que
incluyen la mano de obra, los materiales, el equipo de fabricación y la energía. Estos
costes internos determinan los precios de venta al público que pagan los consumidores
por los productos, lo cual influye en la cantidad que consume la gente. Pero estos
costes no siempre reflejan los verdaderos costes sociales o ecológicos de un producto.
Muchas industrias generan costes externos que nunca se facturan en el precio de un
producto porque no se consideran costes de producción en sí.22 Por ejemplo, las
industrias que contaminan el ambiente crean cuantiosos costes públicos de tratamiento
de enfermedades o de impacto ambiental que rara vez se facturan en los costes reales
de producción. En lugar de ello, estos costes son pagados por la sociedad entera, por
las generaciones futuras e incluso por otras especies. Debido a que un mercado no
regulado no rinde cuentas por estos costes externos, los precios de los productos que
tienen elevados costes externos se mantienen artificialmente bajos. Estos precios
artificialmente bajos potencian el consumo de los productos que causan más daño
social y ecológico. Por estas razones, las economías de mercado son ecológicamente
insostenibles a menos que estén meticulosamente regulados por gobiernos que
repercutan esos costes sobre los precios de los productos mediante “impuestos verdes”
y otros medios.23 Sin embargo, tal como se ha argumentado, en un sistema político
competitivo los mercados no se regulan de manera responsable porque el sistema
subordina la toma de decisiones políticas a las influencias de mercado. Los mercados
regulan las democracias competitivas en vez de al revés.
Finalmente, los costes sociales y ambientales de la competencia política convergen en
el caso del “racismo ambiental” y de otras injusticias relacionadas.24 Las minorías
étnicas, los pobres y las mujeres tienden a padecer más los efectos del deterioro
ambiental porque hay mayor probabilidad de que vivan o trabajen en áreas de mayor
degradación y con mayores riesgos de salud ambientales. Estos segmentos de
población tienen menor capacidad de influencia en la toma de decisiones políticas
debido su mayor índice de privación de privilegios civiles o electorales. Como
resultado, las prácticas ambientales que rara vez se tolerarían en las áreas de grupos
más acaudalados se desplazan hacia las de los grupos política o económicamente
marginados. Éstos son los que pagan la mayor parte de los costes de dichos gastos
ambientales externos.
Exclusión de perspectiva y sobre-simplificación de problemas
Además del problema del dinero, la competición política no ofrece un medio eficaz de
entender y resolver problemas complejos porque reduce la diversidad de perspectivas
y de opiniones en los procesos de toma de decisiones. Esto se debe a varios motivos.
En primer lugar, la competencia política conduce a un modo de debate de
enfrentamiento que generalmente se reduce a la premisa de que si una perspectiva es
correcta entonces la otra perspectiva debe ser errónea. En teoría, prevalece la
perspectiva más iluminada o informada. Esto presupone que los problemas complejos
pueden entenderse adecuadamente desde una sola perspectiva. Sin embargo, captar
adecuadamente la mayoría de los problemas complejos requiere que sean
considerados desde perspectivas múltiples, a menudo complementarias. Los
problemas complejos tienden a tener múltiples facetas –como objetos de muchos
lados que deben verse desde diferentes ángulos para captarlos íntegramente y
entenderlos. Las perspectivas diferentes revelan, pues, diferentes facetas de problemas
complejos. El máximo entendimiento emerge mediante la consideración cuidadosa
del mayor número posible de facetas.
La competición política milita contra este proceso porque presupone el carácter de
enfrentamiento en vez del de complementariedad para las opiniones diferentes. Uno
no puede ganar capital político a expensas del oponente a menos que haya un ganador
y un perdedor. Como resultado, la competición política reduce los problemas
complejos a oposiciones binarias en las que sólo puede prevalecer una de las dos
opciones. Esto es lo que Blondel denomina “la maldición de la super-
simplificación”.25
Este problema se agudiza con los sectores de medios de comunicación hiper-
comercializados que están emergiendo en la mayoría de las sociedades occidentales,
productos de la economía política antes mencionada. Éstas son propulsadas por la
lógica de fabricar audiencias de masas para poder venderse como publicistas. La
forma más barata, y por ende más rentable, de fabricar audiencias de masas es
mediante el montaje de un espectáculo, incluido el espectáculo político partidista. Así
la difusión política queda reducida a una fórmula de política de eslóganes en que unos
eslóganes con carga emocional se convierten en el acceso a la esfera pública. Como
resultado, unos mantras políticos simplistas resuenan por toda la esfera política,
distorsionando la naturaleza compleja de las materias en cuestión, forzando la
percepción pública y agravando las divisiones partidistas. En semejante ambiente, es
prácticamente imposible resolver problemas ambientales y sociales complejos y
multidimensionales.
Una consecuencia parecida de este modelo competitivo es la exclusión e inhibición de
voces diversas que evitan la arena del servicio público o se retraen de él debido al
ambiente simplista y hostil. Semejante ambiente no es atractivo para las personas que,
por naturaleza o formación o una combinación de ambas, no se sienten inclinadas al
debate de enfrentamiento simplista ni cómodas con ella, a pesar de que puedan tener
importantes contribuciones que ofrecer. Aparte de las injurias partidistas, el debate de
enfrentamiento no conduce al mejor razonamiento siquiera entre las personas más
seguras. Esas condiciones pueden silenciar por completo a las personas que se sienten
menos confiados y menos agresivos, o sencillamente las que sean más consideradas.
Por extensión, las confrontaciones entre contrarios también tienden a privilegiar a los
varones que, una vez más por naturaleza o por formación o por combinación de
ambas, tienden a ser más agresivos que las mujeres y así tienen ventaja en el terreno
de la confrontación.26 La desventaja resultante experimentada por muchas mujeres
también pueden experimentarlo algunos grupos minoritarios que, para poder
sobrevivir, han aprendido a adoptar posiciones de precaución y resguardo con relación
a los grupos dominantes. Además, las mujeres y las minorías pueden estar en posición
aún más desventajosa porque a pesar de que las expresiones masculinas de agresión o
del grupo dominante a menudo se consideran naturales o apropiadas, los mismos tipos
de expresiones, cuando son empleadas por mujeres o grupos subordinados, a menudo
se ven como no naturales e inadecuados. Así, no reciben las mismas recompensas las
mujeres “y las minorías para los mismos comportamientos de confrontación”.27 Al
inhibir y excluir a diversos grupos sociales de esta manera, la competencia política y
el debate entre adversarios tienden a empobrecer el discurso público y a minar la
resolución de problemas complejos.
El problema de tiempo-espacio
La política partidista también es inherentemente incapaz de afrontar problemas a lo
largo del tiempo y el espacio. Los asuntos ambientales y sociales complejos
generalmente requieren planificación y compromiso de largo plazo. Sin embargo, los
sistemas políticos competitivos, están inherentemente limitados por horizontes de
planificación de corto plazo. Con objeto de ganar y mantener el poder, los
profesionales de la política tienen que atender los intereses inmediatos de su
electorado para que se puedan obtener resultados visibles dentro de ciclos electorales
relativamente frecuentes. A pesar de que los compromisos políticos de largo plazo son
delineados en principio por un candidato o un partido, a menudo la continuidad se ve
afectada por los siguientes candidatos o partidos que desmantelan o no aplican los
programas de sus predecesores para distanciarse de las políticas que anteriormente
estuvieron obligados a atacar en la campaña electoral o por encontrarse en la
oposición. Por ello, como las campañas y los partidos políticos se centran en un
electorado del presente, esto mina el compromiso con los intereses de generaciones
futuras. Un lugar destacado entre los intereses de las generaciones futuras es la
sostenibilidad ambiental. Al degradar nuestro ambiente hoy, empobrecemos las
generaciones futuras.
Muchos problemas sociales, desde la pobreza al crimen, pasando por la dependencia
de las drogas y el abuso doméstico, también requieren estrategias y compromisos de
largo plazo. Hacen falta inversiones de largo plazo en educación, en el fortalecimiento
de las familias, en la creación de oportunidades económicas, en el cultivo de códigos
éticos y valores morales, y en otros enfoques que tienen resultados que trascienden a
la generación actual. Pero la presión competitiva para demostrar acciones visibles
dentro de plazos electorales frecuentes tiende más bien a dirigirse a inversiones en
cosas como nuevas cárceles y centros de detención donde esconder la creciente sub-
clase social en muchos países, nuevas mega-escuelas donde almacenar a niños y
jóvenes cada vez más alienados, y nuevos grandes almacenes gigantescos para
distraer a los ciudadanos con atractivos materiales de corto plazo.
Además, igual que los sistemas políticos competitivos responden ante electorados del
presente excluyendo a las generaciones futuras, también responden a los intereses de
electorados dentro de límites electorales excluyendo a otros. Este es el problema del
espacio –o territorialidad– que es especialmente el caso del nivel del estado o nación
debido a la ausencia de un sistema eficiente de gobierno global. Una vez más, esto
tiene significativas implicaciones sociales y ecológicas. La naturaleza supranacional
de los asuntos ambientales modernos –tales como la destrucción de la capa de ozono,
el calentamiento global, la lluvia ácida, la contaminación del agua, y la gestión de
especies migratorias– delata la necesidad de niveles de cooperación y coordinación
global sin precedentes.28 Sin embargo, los conceptos competitivos de soberanía
nacional hacen que el actual sistema internacional sea incapaz de responder a estos
imperativos ecológicos. Hoy día, la coordinación transfronteriza se sacrifica por
perseguir intereses nacionales porque los profesionales de la política no tienen otra
alternativa que atender los intereses de sus propios votantes. La consecuencia es un
sistema anárquico de estados compitiendo entre sí por convertir el capital ecológico
de largo plazo en capital político de corto plazo.
La cuestión de la territorialidad es igualmente significativa cuando se trata de temas
sociales. Los problemas como la pobreza, crimen, explotación de mujeres y niños,
tráfico de personas, terrorismo, conflictos étnicos, inmigración ilegal y movimiento de
refugiados no respetan las fronteras nacionales más de lo que lo hacen la mayoría de
los problemas ecológicos. Estos problemas no pueden resolverse solo con gobiernos
nacionales. Sin embargo las rivalidades políticas que existen dentro de las naciones
minan el compromiso efectivo y la coordinación entre ellas. Los competidores
políticos atienden a los intereses del electorado de circunscripciones concretas
excluyendo a los no votantes que no correspondan a ese electorado. Esto crea un
incentivo irresistible para que los competidores políticos de naciones acaudaladas
externalicen las peores manifestaciones de esos problemas sociales a naciones más
pobres. En consecuencia, a la larga, todos esos problemas tienden a enconarse y
extenderse hasta que de nuevo amenacen los intereses de las naciones acaudaladas.
Por ello, el problema del espacio es inseparable del problema del tiempo en las
democracias competitivas.
El problema espiritual
Otros problemas relacionados con la política competitiva son menos tangibles pero no
menos importantes. El partidismo y la política competitiva tienen su coste espiritual.
Una vez más, estos problemas radican directamente de la presunción que subyace al
modelo: que la naturaleza humana es esencialmente egoísta y competitiva; que las
diferentes personas tienden a desarrollar intereses en conflicto; y que la mejor manera
de organizar el gobierno democrático es, pues, a través de un proceso de competición
de grupos de intereses. Al organizar los asuntos humanos conforme a estos supuestos,
estamos cultivando institucionalmente nuestros instintos más básicos. La Casa
Universal de Justicia ha observado que “en la glorificación de los fines materiales, a
la vez origen y característica común de todas esas ideologías, es donde se encuentran
las raíces con las que se nutre el sofisma de que los seres humanos son
incorregiblemente egoístas y agresivos. Es aquí, precisamente, donde debe limpiarse
el terreno para construir un nuevo mundo digno de nuestros descendientes”.29
Sin embargo estas expectaciones formadas culturalmente no están fundamentadas
sólidamente en las ciencias sociales y del comportamiento. En estos campos, el
consenso emergente es que los seres humanos tienen el potencial de desarrollo de
tanto el egoísmo como el altruismo, la competencia como la cooperación, y que en
función de nuestro entorno cultural vamos a realizarnos más plenamente en uno de
estos dos potenciales.30 Esta opinión suena también familiar en muchas de las
tradiciones filosóficas y religiosas del mundo. Las metáforas que aluden a la
naturaleza “inferior” y “superior”, o a la naturaleza “material” y “espiritual”
transmiten esta visión, igual que lo hace el concepto oriental de “iluminación”. Sin
embargo, al contrario de la teoría y la práctica de la política competitiva, el impulso
que subyace a estas tradiciones filosóficas y religiosas ha sido la de cultivar estas
dimensiones más cooperativas y altruistas de la naturaleza humana.
La naturaleza incívica de buena parte del discurso partidista, aludido al principio de
este artículo, es un subproducto de esta inversión de prioridades materiales y
espirituales. Cuando la búsqueda del interés personal llega a entenderse como virtud,
y se desprecia el altruismo como idealismo inocente, no es de sorprender que la
política se convierta en un terreno poco cívico. A este respecto, la realidad de la
política partidista se describe mejor con metáforas de guerra que con las metáforas de
mercado mencionadas antes. Al fin y al cabo, una campaña es un término militar, no
un término de mercado. Igual que las campañas militares, las campañas políticas son
caras. Los candidatos amasan “financiación para la campaña” al prepararse a
“luchar” las “batallas” electorales. En una edad de espectáculos de medios de masa y
política de eslóganes, esto se traduce en un ciclo creciente de publicidad negativa,
insultos e injurias, a medida que las campañas políticas y los debates se convierten en
una “guerra de palabras” conducida desde “posiciones atrincheradas”.
En el terreno abstracto, el debate trata sobre ideas en vez de personas. Sin embargo en
la práctica la estructura competitiva del sistema borra la línea que pudiera existir entre
las ideas y la gente, porque si no prevalecen tus ideas tampoco sobrevive tu carrera
política. Por ello, el debate político se desliza fácilmente hacia el cenegal del egoísmo
y el incivismo. Mientras tanto, en los laterales del terreno, el público se va volviendo
cada vez más cínico y desencantado, lo cual es otro coste espiritual más de este
sistema.
Finalmente, las democracias competitivas requieren gastos elevados ya que dividen en
vez de unir segmentos susceptibles del público. Cualquier proceso que rutinariamente
produce ganadores y perdedores en una población es divisorio. Cuando el gobierno se
estructura como un proceso de competencia de grupos de interés, la búsqueda de
intereses materiales se vuelve más importante que el cultivo de relaciones sociales
mutuas. Además, la formación de los partidos políticos, que requiere la agregación
arbitraria de intereses distintos y muy variados, conduce a la construcción artificial de
bandos de identidad de confrontación que se vuelven cada vez más atrincherados y
rígidos con el paso del tiempo. Consideren, por ejemplo, el sistema bipartidista
americano con sus bandos de “izquierda versus derecha” o “liberal versus
conservador”. En realidad, la vida colectiva americana se caracteriza por
innumerables problemas complejos, cada uno de los cuales puede verse desde
múltiples perspectivas. Sin embargo, para montar una batalla política manejable, los
dos partidos políticos dominantes reducen todos los grandes problemas a simples
conflictos binarios y luego agregan posiciones en conflicto sobre cada uno de los
diferentes problemas en dos super-terrenos opuestos. Con el tiempo, esta agregación
artificial ha empezado a parecerle natural a mucha gente. Además, algunos segmentos
de la población que inicialmente se identificaban fuertemente con uno o dos
posiciones concretas en un terreno dado han empezado a asumir otras posiciones
agregadas por simple asociación. El resultado es que personas diversas, que no se
dividen en terrenos opuestos sencillos de manera natural, acaban con el tiempo
separándose en dichos campos – un proceso que puede verse acelerado por políticos
astutos que convierten ciertos “problemas candentes” con carga emocional en los
centros de sus campañas en un esfuerzo por crear e imponer lealtades partidistas. Las
divisiones sociales resultantes son otros costes espirituales de la democracia
competitiva.
Una alternativa a la política competitiva
Winston Churchill dijo una vez que “la democracia es la peor forma de gobierno – a
excepción de todas las demás formas que ya se han probado”.31 Más concretamente,
esta afirmación describe la democracia competitiva porque es la única forma de
democracia que se ha probado hasta la fecha, como modelo de gobierno de estado. En
línea con la idea de Churchill, los apologistas defienden el sistema prevaleciente con
el argumento de que es la alternativa más racional para la tiranía o la anarquía. Los
problemas inherentes al sistema de competencia política sencillamente se aceptan
como “males necesarios”. Todos los sistemas de gobierno son imperfectos, dice el
argumento, y la democracia competitiva es lo mejor que podemos hacer.
Sin embargo, este argumento viene precedido de la presunción errónea de que los
procesos de innovación social han llegado a su fin. Según esta tesis del “fin de la
historia”, los experimentos sociales que han caracterizado a buena parte de la historia
humana finalmente se han agotado y han emergido los modelos liberales occidentales
como los únicos modelos viables de organización social”.32 Sin embargo se trata de
una tesis enteramente insostenible. De hecho sería más plausible afirmar que la
historia de la humanidad como especial singular e interdependiente, habitando una
patria común, está sólo comenzando ahora. Bajo condiciones de creciente
interdependencia, provocadas por nuestro éxito reproductor y tecnológico como
especie, apenas hemos empezado a experimentar con modelos sostenibles y justos de
organización social.
Los procesos de innovación social claramente no han llegado a ningún final. Basta el
ejemplo de la comunidad internacional bahá’í para ilustrar este punto. La comunidad
bahá’í es un enorme laboratorio social en el que está emergiendo un nuevo modelo de
organización social. La comunidad es un microcosmos de toda la raza humana, con
más de cinco millones de miembros, procedentes de más de 2000 orígenes étnicos y
residentes en prácticamente todas las naciones del planeta. Esta comunidad diversa ha
construido un sistema original de asambleas elegidas democráticamente que
gobiernan los asuntos bahá’ís internacionalmente, nacionalmente y localmente por
todo el planeta.33 Significativamente, en muchas partes del mundo, los primeros
ejercicios de actividad democrática han tenido lugar dentro de estas comunidades
bahá’ís.
El sistema electoral bahá’í es completamente no partidista y no competitivo.
Resumidamente, todos los miembros adultos de una comunidad son elegibles y todo
miembro tiene el deber recíproco de servir si sale elegido. Al mismo tiempo, las
nominaciones, campañas y toda forma de pedir votos están prohibidas. Los votantes
sólo se guían por su propia conciencia al ejercer auténtica libertad de elección al votar
a aquellos que crean que mejor encarnan las cualidades de capacidad reconocida,
experiencia madura y servicio abnegado a los demás. Mediante un recuento por
pluralidad de votos, las nueve personas que reciban más votos son llamadas a servir
como miembros de la asamblea gobernante.34
Como nadie busca ser elegido, las elecciones no son un camino al poder ni al
privilegio. Al contrario, las elecciones son un llamamiento al servicio y los elegidos
sacrifican su tiempo y energía, y a menudo sus aspiraciones profesionales, a petición
de la comunidad. Por principio, y también porque no hay incentivo, nadie procura
ganarse la atención de los demás ni pide los votos de ninguna forma. De hecho, los
bahá’ís interpretan la petición de votos como un indicador de egoísmo y de una falta
de adecuación para servir.
Todas las tomas de decisiones dentro de estas asambleas se conducen, a su vez, bajo
la guía de principios consultivos que permiten que la toma de decisiones sea un
proceso unificador en vez generador de división. Estos principios incluyen esforzarse
por entrar en el proceso sin posturas ni plataformas preconcebidas; considerar la
diversidad como un patrimonio valioso, y pedir a los demás que compartan sus
opiniones, preocupaciones y experiencia; esforzarse por trascender las limitaciones
del ego y su propia visión personal; procurar expresarse con cuidado y moderación;
intentar elevar el contexto de la toma de decisiones al ámbito de los principios
generales; y buscar el consenso pero resolver con el voto de la mayoría cuando sea
necesario.35
A diferencia de los sistemas competitivos en los que las personas encargadas de
adoptar decisiones tienen que navegar continuamente entre las exigencias del
electorado, los que financian las campañas, los grupos de presión y los activistas, el
sistema bahá’í está protegido de los grupos de presión externa y otras presiones que
pretendan influir en las decisiones. Esto se consigue de dos formas. Primero, como se
ha mencionado antes, los que han sido elegidos a las asambleas no buscan ser
elegidos y no tienen interés en la reelección. Los miembros elegidos no son
empresarios políticos que buscan acumular o retener capital político, y no existen
oportunidades de financiación de campañas porque no hay campañas. En segundo
lugar, los miembros elegidos deciden los asuntos mediante la aplicación de principios,
conforme al impulso de su propia conciencia (una de las principales cualidades por las
que fueron elegidos), y no según los dictados o presiones de grupos de interés en
competición. A este respecto, se espera que los miembros elegidos sopesen todas sus
decisiones conforme a principios, incluso si esto implica dejar a un lado los beneficios
locales inmediatos o de corto plazo por el bienestar de pueblos distantes o
generaciones futuras.36
Así, el sistema electoral bahá’í no encarna ni una competición ni la búsqueda del
poder. Como nadie procura ser elegido, no existe el concepto de “ganar”. Al mismo
tiempo, el proceso electoral continúa siendo eminentemente democrático. Este
modelo ha estado en uso durante más de tres cuartos de siglo dentro de la comunidad
bahá’í, la cual, a medida que crece en capacidad y prominencia, atrae cada vez más la
atención de los observadores externos.37
Más allá de la hegemonía de la competición política
Como ilustra el ejemplo de la comunidad bahá’í, los procesos de innovación social
claramente no han llegado a su fin. Dados los problemas inherentes a los sistemas
partidistas, además de su creciente coste social y ecológico, ¿por qué las poblaciones
democráticas no están activamente buscando alternativas a la competición política?
Para responder a esta pregunta viene bien un poco de contexto histórico. Las formas
actuales de democracia competitiva surgieron del pensamiento de las clases políticas
emergentes al principio de la revolución industrial. Estas clases políticas emergentes
buscaban eliminar el poder absoluto de la aristocracia. La democracia competitiva
convenía a los interesas de estas clases porque terminaba con el poder absoluto
mientras, al mismo tiempo, seguía favoreciendo a los que tenían riqueza y poder. Esto
abría las puertas del gobierno a los mercaderes y latifundistas y a otras personas con
medios, mientras limitaba la influencia de los de las clases más bajas.
Aunque la transición a la democracia competitiva se caracterizó por la revolución
violenta y amenazas de revolución en muchos países, la fuerza de las ideas
desempeñó un potente papel en fomentar estas transiciones, y una vez que se
establecieron los sistemas de competición política tuvo un papel incluso más potente
en promoverlos y sustentarlos. Esto fue posible porque las mismas clases políticas que
se beneficiaban más del modelo de competición ocupaban cada vez más las
posiciones de hegemonía cultural, como estadistas, escritores, filósofos, educadores,
etc., mediante las cuales, ya sea de forma consciente o inconsciente, pudieron cultivar
y sostener las presunciones sobre la naturaleza humana y la organización social que
subyacen al modelo de competición.
El teórico italiano Antonio Gransci describió esta forma de influencia cultural con
notable perspicacia en la primera mitad del siglo XX.38 Su concepción de hegemonía
ha entrado en el léxico de los teóricos culturales por todo el mundo y proporciona un
marco útil para la comprensión de la aparición y perpetuación de estos modelos de
competencia. En pocas palabras, Gransci tomó prestado el término hegemonía, que
tradicionalmente se refería al dominio geopolítico de algunos estados sobre otros, y lo
refundió para referirse al dominio cultural de unas clases sociales sobre otras.
Gramsci señaló que la hegemonía geopolítica, que generalmente se alcanza y se
mantiene mediante la fuerza, es un objetivo obvio de resistencia por parte de las
poblaciones oprimidas, por lo que es relativamente difícil de mantener durante largo
tiempo. La hegemonía cultural, por otra parte, se alcanza y se mantiene mediante el
cultivo de sistemas de creencia de “sentido común” que son menos visibles y que en
consecuencia generan menos resistencia. En otras palabras, si unos grupos sociales
privilegiados pueden naturalizar el orden social existente en la mente de los grupos
subordinados, éstos inconscientemente consentirán su propia subordinación.
Un ejemplo de esto puede verse en la tradicional exclusión de las mujeres de muchos
terrenos de la vida pública. Esta exclusión se vio reforzadas por el cultivo de nociones
de “sentido común” sobre el papel “apropiado” de las mujeres en la sociedad. Claro,
no todas las mujeres aceptaban estas nociones y muchas lucharon contra ellas. Sin
embargo, sorprendentemente, muchas mujeres sí aceptaron estas nociones, tal como
lo demuestran las mujeres que se organizaron para oponerse a los movimientos
sufragistas con la convicción de “sentido común” (entre otras) de que la pureza moral
de las mujeres se vería comprometida con su entrada en la vida pública y que toda la
estructura social resultaría así debilitada.39
La teoría de hegemonía cultural también sirve para explicar el amplio consentimiento
dado a los sistemas prevalecientes de democracia competitiva. Consideren de nuevo
las presunciones sobre las que se sostiene este sistema: que la naturaleza humana es
esencialmente egoísta y competitiva; que las diferentes personas desarrollan intereses
en conflicto; y que le mejor forma de organizar el gobierno democrático es a través de
un proceso de competición entre grupos de interés. Estas presunciones de “sentido
común” se han convertido en parte de la opinión mundial –aunque no sirven a los
intereses de la mayoría de la gente. Estas presunciones se cultivan en clases cívicas y
cursos de ciencia política dentro de nuestros sistemas educativos; se cultivan en
nuestros sistemas de medios de masas; y se cultivan a través de formas
institucionalizadas de comportamiento competitivo que estructuran la actividad de
nuestros sistemas políticos, legales y económicos. Pero todos estos sistemas son
invenciones culturales que encarnan los valores intereses y creencias de las clases
políticas privilegiadas que las construyeron.
No se pretende sugerir con esto una conspiración consciente por parte de los que se
benefician del orden social existente. Este orden a menudo parece natural e inevitable
para los que se benefician de él porque la gente tiende a tener una afinidad
inconsciente por las ideas que promueven sus propios intereses.40 Cuando estas
personas también provienen de grupos sociales educados y adinerados que controlan
los medios de producción cultural (es decir, la educación, los medios de comunicación
y otras instituciones), es muy natural que acaben cultivando, en la población general,
creencias por las que ellas mismas tienen una afinidad natural e inconsciente. De
hecho, los miembros de estos grupos sociales influyentes pueden estar actuando con
la motivación más sincera al contribuir a este proceso de cultivo, porque pueden haber
llegado a creer que el orden social existente beneficia a todos de la misma manera que
les beneficia a ellos. El resultado, sea intencionado o no, es una forma poderosa de
hegemonía cultural.
¿Cómo puede entonces una población trascender los límites de su consciencia
estructurada socialmente? Además, ¿cómo puede ocurrir esto de forma que no resulte
en más conflicto –el cual sólo reforzaría las presunciones sobre la naturaleza humana
y el orden social, las cuales subyacen al sistema prevaleciente de competición política
y lo promueven? La metáfora de un juego puede servir para responder a estas
preguntas. Las instituciones culturales –al igual que nuestro sistema de democracia
competitiva- puede entenderse como “juegos” que operan según una serie concreta de
“reglas”.41 Las reglas de la democracia competitiva aseguran no solo que habrá
ganadores y perdedores, sino que los jugadores más poderosos tengan más
probabilidad de ganar. Cuando jugadores menos poderosos acceden a unirse a este
juego, están consintiendo jugar con reglas que tienden a promover su propia derrota.
Las estrategias de enfrentamiento del cambio social concuerdan con estas reglas de
competición. Legitiman el viejo juego al mismo tiempo que aseguran que los
jugadores más poderosos sigan prevaleciendo dentro de él.42
Sin embargo existe otra estrategia. Consiste en restar tiempo y energía del viejo juego
para construir uno nuevo. Lo único que perpetúa el viejo juego es el hecho de que la
mayoría de la gente consiente las reglas. Si otro juego resulta más atractivo (es decir,
demuestra mayor justicia social y sostenibilidad ambiental), entonces empezará a
atraer a un número creciente de personas (es decir, la mayoría de la gente cuyos
intereses y valores no se ven atendidos por el viejo juego). Si bastantes personas dejan
de jugar con las viejas reglas y empiezan a jugar con las nuevas, el viejo juego dejará
de existir no mediante la protesta y el conflicto, sino por desgaste.
Se trata de una estrategia de construcción, atracción y desgaste. Es completamente
contraria al enfrentamiento y reconcilia el medio de cambio social con los fines de un
orden social pacífico, justo y sostenible. El cambio social no requiere vencer a los
opresores ni atacar a los que más se aprovechan de las reglas antiguas. En lugar de
ello, requiere que reconozcamos la naturaleza hegemónica del viejo juego, que
evitemos gastar en él nuestro tiempo y energías, y que invirtamos ese tiempo y
energías en la construcción de uno nuevo.
Un número creciente de personas está empezando a reconocer esto de manera
intuitiva. Modelos electorales no partidistas y de toma de decisión están empezando a
emerger en muchos sectores, mediante experimentos de cambio social constructivos.
La mayoría de esos experimentos están todavía por debajo de los radares de los
numerosos observadores políticos porque las organizaciones no gubernamentales, en
vez de los estados, han tomado la delantera en esto. Sin embargo esos modelos
emergentes constituyen importantes experimentos sociopolíticos.
Una vez más, el ejemplo de la comunidad internacional bahá’í es orientativo. Los
bahá’ís creen que los modelos partidistas de gobierno se han vuelto anacrónicos y
problemáticos en una era de creciente interdependencia global. Sin embargo los
bahá’ís no contradicen ni atacan los sistemas partidistas existentes. Al contrario, los
bahá’ís expresan lealtad y obediencia a cualquier sistema de gobierno en el que vivan
y ejercen sus responsabilidades cívicas para votar dentro de las sociedades que lo
permitan. Al mismo tiempo, los bahá’ís evitan la participación activa en la política de
partidos para, en lugar de ello, centrar sus energías en la construcción de un sistema
alternativo de gobierno que ofrecen como modelo de estudio para otros. Experiencias
como éstas ofrecen experimentos que están teniendo lugar de forma natural, que
haríamos bien en hacerles un seguimiento y conocerlos mejor –o incluso participar en
ellos.
Conclusión
El sistema prevaleciente de democracia competitiva se está mostrando como injusto e
insostenible en una era de creciente interdependencia global. Pero este sistema no es
reparable porque sus problemas se encuentran en sus más profundas presunciones
internas. La influencia corruptora del dinero, la exclusión de perspectivas de
diversidad, la incapacidad de resolver problemas complejos, los horizontes de
planificación de corto plazo, la falta de coordinación transfronteriza, el surgimiento de
la mezquindad y la falta de civismo, el agravamiento de las divisiones sociales, el
cultivo del cinismo público y el desencanto, y el efecto general de corrosión del
espíritu humano – éstas son la culminación de este sistema, el amargo fruto inherente
a sus semillas.
“¿Hasta cuándo persistirá la humanidad en su descarrío?” pregunta Bahá’u’lláh.
“¿Hasta cuándo continuará la injusticia? ¿Hasta cuándo reinarán el caos y la
confusión entre los hombres? ¿Hasta cuándo agitará la discordia la faz de la
sociedad? Los vientos de la desesperación, lamentablemente, soplan desde todas
direcciones, y la contienda que divide y aflige a la raza humana crece día a día.”43
La democracia competitiva ha llegado a ser un anacronismo costoso. ¿Hasta cuándo
las poblaciones que soportan estos costes van a seguir viviendo en un estado de
negación? Es hora de pasar página. La historia no ha hecho más que empezar.
NOTAS
Daniel Bell, The End of Ideology (Cambridge, ma: Harvard University Press, 1988).
Samuel Huntington, The Clash of Civilizations and the Remaking of World Order (New York:
Simon & Schuster, 1996).
Véase, por ejemplo, Joseph Stiglitz, Globalization and its Discontents (New York: WW Norton,
2002); Jeffry Frieden, Global Capitalism (New York: W.W. Norton, 2006); John Cavanagh,
Alternatives to Economic Globalization (San Francisco: Berrett-Koehler, 2002); Naomi Klein, No
Logo (New York: Picador, 2002); David Korten, When Corporations Rule the World (West
Hartford, CT: Kumarian Press, 1995).
Este artículo se deriva en parte del libro ya publicado del autor, titulado, Beyond the Culture of
Contest: From Adversarialism to Mutualism in an Age of Interdependence (Oxford: George
Ronald, 2004). La editorial ha autorizado que se cite y extraiga cierto número de secciones de
dicho libro para este artículo.
Bahá'u'lláh, Gleanings from the Writings of Bahá'u'lláh (Wilmette, IL: Bahá'í Publishing Trust,
2005), section CX.
Véase, por ejemplo, Deborah Tannen, The Argument Culture (New York: Random House, 1998).
Norman Orstein, “Introduction,” en Lessons and Legacies: Farewell Addresses from the Senate
(Reading, ma: Addison-Wesley, 1997), p. xi.
Howell Heflin, “Farewell Address,” en Lessons and Legacies, p. 79.
Paul Simon, “Farewell Address,” en Lessons and Legacies, p. 172.
James Exon, “Farewell Address,” en Lessons and Legacies, p. 57.
Tannen, p. 96.
Ibid., pp. 96-100.
Jane Mansbridge, Beyond Adversary Democracy (Chicago: The University of Chicago Press,
1980).
Bahá'u'lláh, Gleanings, section cxii.
Véanse discusiones sobre este tema en Joseph Schumpeter, Capitalism, Socialism and Democracy
(New York: Harper, 1976) and Anthony Downs, An Economic Theory of Democracy (New York:
Harper and Row, 1965).
Vaughan Lyon, “Green Politics: Parties, Elections, and Environmental Policy,” Canadian
Environmental Policy: Ecosystems, Politics, and Process, ed. Robert Boardman (Toronto: Oxford
University Press, 1992), p. 129.
David Held, Models of Democracy, 2nd ed. (Stanford: Stanford University Press, 1996), p. 170.
Sydney Blumenthal, The Permanent Campaign (Boston: Beacon, 1980).
Véase, por ejemplo, Eleanor Clift and Tom Brazaitis, War without Bloodshed The Art of Politics
(New York: Touchstone, 1997).
Frank Ackerman, The Political Economy of Inequality (Washington, DC: Island Press, 2000);
Isaac Shapiro and Robert Greenstein, The Widening Income Gulf (Washington, DC: Center on
Budget and Policy Priorities, 1999); Albert Fishlow and Karen Parker, Growing Apart: The
Causes and Consequences of Global Wage Inequality (New York: Council on Foreign Relations
Press, 1999); Stephen Haseler, The Super Rich: The Unjust New World of Global Capitalism (New
York: St. Martin's Press, 1999).
Lester Brown, Christopher Flavin and Hilary French, eds., State of the World 2000: A Worldwatch
Institute Report on Progress toward a Sustainable Society (New York: W.W. Norton & Company,
2000); David Suzuki and Holly Jewell Dressel, From Naked Ape to Superspecies: Humanity and
the Global Eco-Crisis (Vancouver: Greystone Books, 2004); Lester Brown, Michael Renner,
Linda Starke and Brain Halweil, eds., Vital Signs 2000: The Environmental Trends That Are
Shaping Our Future (New York: Norton, 2000).
Para una visión general del problema de las externalidades, véase James A. Caporaso and David P.
Levine, Theories of Political Economy (Cambridge: Cambridge University Press, 1992), pp. 89-92.
Véanse, por ejemplo, propuestas en Henk Fotmer, ed., Frontiers of Environmental Economics
(Cheltenham, UK: Edward Elgar, 2001); Thomas Aronsson and Karl-Gustaf Lofgren, Green
Accounting and Green Taxes in the Global Economy (Umea: University of Umea, 1997); y Robert
Repetto, Green Fees: How a Tax Shift Can Work for the Environment and the Economy
(Washington, DC: World Resources Institute, 1992).
Véanse, por ejemplo, Michael Heiman, Race, Waste and Class (Oxford: Blackwell, 1996); Joan
Nordquist, Environmental Racism and the Environmental Justice Movement: A Bibliography
(Santa Cruz, CA: Reference and Research Services, 1995); Jonathan Petrikin, Environmental
Justice (San Diego, CA: Gteenhaven Press, 1995); Robert Bullard, ed., Confronting Environmental
Racism: Voices from the Grassroots (Boston, ma: South End Press, 1993).
Jean Blondel, Political Parties: A Genuine Case for Discontent? (London: Wildwood House,
1978), pp. 19-21.
Janice Moulton, “A Paradigm of Philosophy: The Adversary Method,” in Discovering Reality:
Feminist Perspectives on Epistemology, Metaphysics, Methodology, and Philosophy of Science,
Sandra Harding and Merrill Hintikka, eds., (Boston, MA: Kluwer Boston, 1983); Robin Lakoff,
Language and Woman's Place (New York: Harper &L Row, 1975).
Moulton, “Adversary Method”; Lakoff, Language and Woman's Place.
World Commission on Environment and Development, Our Common Future (Oxford: Oxford
University Press, 1987).
The Universal House of Justice, The Promise of World Peace (Haifa: Bahá'í World Centre, 1985),
p. 7.
Para una declaración conjunta de este consenso por una asamblea internacional de científicos
socials y del comportamiento, véase Seville “Statement on Violence, May 16, 1986,” en Medicine
and War 3 (1987). Véase también discusiones en Signe Howell and Roy Willis, “Introduction,” en
Societies at Peace: Anthropological Perspectives, Signe Howell and Roy Willis, eds., (London:
Routledge, 1989); Richard Leakey and Roger Lewin, Origins: What New Discoveries Reveal
About the Emergence of Our Species (London: MacDonald & Jane's, 1977); Gary Becker,
“Altruism, Egoism, and Genetic Fitness: Economics and Sociobiology,” Journal of Economic
Literature 14.3 (1976); Howard Margolis, Selfishness, Altruism, and Rationality (Cambridge:
Cambridge University Press, 1982); Stefano Zamagni, ed., The Economics of Altruism (Aldershot,
England: Edward Elgar Publishing, 1995); Teresa Lunati, “On Altruism and Cooperation,” en
Methodus 4, (December 1992); Robert Axelrod, The Evolution of Cooperation (New York: Basic
Books, 1984); Theodore Bergstrom and Oded Stark, “How Altruism Can Prevail in an
Evolutionary Environment,” en American Economic Review, Papers, and Proceedings 83.2
(1993); Steven Rose, RC. Lewontin, and Leon Kamin, Not in Our Genes: Biology, Ideology, and
Human Nature (New York: Penguin, 1987); John Casti, “Cooperation: The Ghost in the
Machinery of Evolution,” en Cooperation and Conflict in General Evolutionary Processes, John
Casti and Anders Karlqvist, eds., (New York: John Wiley and Sons, 1994); Alfie Kohn, The
Brighter Side of Human Nature: Altruism and Empathy in Everyday Life (New York: Basic Books,
1990).
Winston Churchill, House of Commons, November 1947.
Francis Fukuyama, The End of History and the Last Man (New York: Avon Books, 1993).
Bahá'í World Centre, The Bahá'í World 1996-97 (Haifa: World Centre Publications, 1998).
Para más detalles sobre las prácticas y los principios electorales bahá’ís, véase Bahá'í Elections: A
Compilation (London: Bahá'í Publishing Trust, 1990).
Para más detalles sobre prácticas y principios consultivos bahá’ís, véase Consultation: A
Compilation (Wilmette, IL: Bahá'í Publishing Trust, 1980).
Véase, por ejemplo, discusiones sobre estos temas en Bahá'í International Community United
Nations Office, Prosperity—an Oral Statement Presented to the Plenary of the United Nations
World Summit for Social Development (Copenhagen, Denmark: 1995); see also the BIC UNO,
Statement on Nature (New York: 1988).
United Nations Institute for Namibia, Comparative Electoral Systems & Political Consequences:
Options for Namibia, Namibia Studies Series no. 14, N.K. Duggal, ed., (Lusaka, Zambia: United
Nations, 1989), pp. 6-7.
Antonio Gramsci, Selections from the Prison Notebooks of Antonio Gramsci, Quinron Hoare and
Geoffrey N. Smith, eds., (New York: International Publishers, 1971).
Robert Cholmeley, The Women's Anti-Suffrage Movement (London: National Union of Women's
Suffrage Societies, 1970); Jane Adams, “Better Citizens without the Ballot: American Anti-
Suffrage Women and Their Rationale During the Progressive Era,” en One Woman, One Vote:
Rediscovering the Woman Suffrage Movement, Marjorie Wheeler, ed., (Troutledge, OR: New-Sage
Press, 1995).
Véase, por ejemplo, el concepto de afinidad elective articulado en Max Weber, From Max Weber:
Essays in Sociology, H.H. Girth and C. Wright Mills, trans., (Oxford: Oxford University Press,
1946), pp. 62-63 and 284-85. See also W. Clement, The Canadian Corporate Elite: An Analysis of
Economic Power (Ottawa: McClelland and Stewart, 1975), pp. 92 and 283-84.
Véase, por ejemplo Ludwick Wittgenstein, Philosophical Investigations, G. Anscombe, trans.,
(Oxford: Basil Blackwell, 1974); Raymond Cohen, International Politics: The Rules of the Game
(London: Longman, 1981); J.S. Ganz, Rules: A. Systematic Study (Pans: Mouton, 1971).
Para una discussion más profunda de este problema, véase Michael Karlberg, “The Paradox of
Protest in a Culture of Contest,” en Peace & Change, 28 (2003), pp. 329-51.
Bahá'u'lláh, Gleanings, sección CX.
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