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French — El empoderamiento como mecanismo para la transformación social.txt
El concepto “empoderamiento” se ha convertido en un elemento integral del pensamiento sobre el desarrollo. Si bien a menudo se le asocia principalmente con la igualdad de género, los avances en el desarrollo global plantean la necesidad de una revisión de este concepto, así como de su aplicación a múltiples aspectos de la vida humana. Las siguientes reflexiones acerca de las metas, los protagonistas y los requisitos previos para el empoderamiento buscan ayudar a la Comisión para el Desarrollo Social en sus consideraciones sobre este importante tema.

El concepto de empoderamiento

El término empoderamiento significa muchas cosas para muchas personas. Sin embargo, nociones como elección, libertad, voluntad, capacidad, participación, autonomía e incremento de recursos aparecen en casi todas las definiciones. De esta manera, es posible alcanzar consenso sobre la idea del empoderamiento como un medio de mejorar la calidad de vida y expandir la base para el bienestar humano. En pocas palabras, el empoderamiento puede servir como un mecanismo para efectuar una transformación social profunda y con una base amplia.

El proceso de transformación social puede ser explorado tanto a nivel personal como estructural. En un extremo del espectro, el cambio social es percibido como resultado del desarrollo de individuos mediante recursos como la educación, la capacitación y el acceso de medios materiales. De acuerdo a esta perspectiva, los cambios estructurales son un producto automático de los cambios personales. Desafortunadamente esto rara vez ocurre en la realidad, pues incluso aquellos que se benefician de tales recursos se pueden ver de pronto participando en estructuras sociales opresivas. Al otro extremo del espectro, se percibe a los seres humanos enteramente como un producto de la sociedad, y el cambio se considera imposible a menos que las estructuras sociales, en especial aquellas relacionadas con el poder político, sean transformadas primero. Sin embargo, demasiado a menudo este enfoque ha justificado la idea de que el fin justifica los medios, dando como resultado condiciones de injusticia y opresión.

El incremento de la capacidad de individuos y comunidades para construir estructuras sociales más justas y equitativas requiere una noción de desarrollo social que evite estos extremos. La transformación individual y la estructural están íntimamente relacionadas: la vida interior de un individuo moldea su entorno social, y ese entorno a su vez ejerce una profunda influencia en el propio bienestar espiritual y sicológico.

La metáfora del cuerpo político, que compara a toda la humanidad con un único organismo social, provee un marco útil para explorar el empoderamiento como un medio de impulsar la transformación tanto del individuo como de la sociedad. Hay algunas características que se encuentran implícitas en una concepción así, tales como la interdependencia de las partes y del todo, la indispensabilidad de la colaboración, la reciprocidad y el apoyo mutuo, la necesidad de diferenciar pero al mismo tiempo armonizar los diversos roles, la necesidad de contar con arreglos institucionales que den pie a que los procesos fluyan y no que opriman, y la existencia de un propósito colectivo superior al de cualquiera de sus elementos constituyentes. Mirado de esta manera, el empoderamiento depende de un sistema al que además contribuye, en el cual diversos actores tienen acceso a los recursos necesarios para que cada uno realice una contribución distintiva al conjunto.

De las ideas anteriores se desprende que el empoderamiento individual y colectivo puede concebirse como la expansión de la visión, capacidad y  fuerza de voluntad necesaria para que las personas puedan actuar como instrumentos efectivos de bienestar y prosperidad humana.

Los protagonistas de la transformación social

¿Quiénes son los actores protagonistas en el proceso de transformación social? La experiencia sugiere que hay tres cuya importancia es crítica: el individuo, las instituciones de la sociedad, y la comunidad. Bajo este enfoque, se puede afirmar que el empoderamiento implica ayudar a los individuos a manifestar capacidades constructivas de maneras creativas y disciplinadas; ayudar a las instituciones a ejercer autoridad de una manera que conduzca al progreso y avance de todos; y ayudar a las comunidades a proveer un ambiente en el cual la cultura sea enriquecida, y en el que las voluntades y capacidades individuales se combinen en iniciativas colectivas.

El incremento de la capacidad de estos protagonistas requerirá una profunda revisión de los supuestos sobre la naturaleza humana. La noción de un “nosotros” y un “ellos” merece atención particular. Por ejemplo, a menudo el discurso de los círculos en los que se discute sobre el desarrollo reitera la idea de que los miembros de la sociedad “empoderados” han de ayudar a los “desamparados” o “marginados”. El impulso de rectificar las inequidades sociales es indudablemente noble, pero la dicotomía nosotros/ellos sólo sirve para perpetuar y reforzar divisiones ya existentes. Es necesario reflexionar en profundidad sobre las maneras en que el empoderamiento puede ser abordado como una empresa común universal, y no como algo que “los que tienen” ofrecen a “los que no tienen”.

Un asunto que se relaciona con lo anterior es quién ha de empoderarse y quién no. Los procesos históricos han creado inequidades que deben ser abordadas; pero el marco para el desarrollo debería dar espacio para que cada individuo y cada grupo pueda avanzar. Bajo esa mirada, los marginados no son personas sin capacidades, y los más privilegiados no son todopoderosos. Todos tienen capacidades que han de desarrollarse, y todos tienen la responsabilidad de velar por el bienestar del conjunto.

Finalmente, si bien el empoderamiento da a entender que algo o alguien es investido con poder, las dinámicas sociales de poder parecen haber sido en gran medida ignoradas en las discusiones sobre el desarrollo en las Naciones Unidas. El hecho de que un examen sobre las dinámicas del poder haya sido difícil de integrar a estas discusiones sugiere la necesidad de enfoques nuevos y alternativos. ¿Cómo puede el poder ser conceptualizado como algo distinto a una mercancía de suma cero? ¿Cómo se puede reemplazar su relación con las ideas de control y dominación por las de capacidad y habilidad? ¿Cómo puede abordarse como parte integral de toda relación social y de toda institución, en lugar de un recurso que puede obtenerse o perderse? Creemos que una exploración de esta índole puede nutrir muchas reflexiones sobre los medios y los fines del empoderamiento.

Requisitos previos para la transformación social

Son muchos los que no han podido acceder a la mesa donde se toman las decisiones que afectan a sus propias vidas, por lo que la participación en los sistemas y estructuras de la sociedad es un requisito previo esencial para la transformación social. Sin embargo, para que sea algo más que una simple fachada, la participación debe ser sustantiva y creativa. No es suficiente que las personas sean meras beneficiarias de proyectos, aun cuando tengan voz en ciertas decisiones. Deben estar mucho más involucradas en los procesos de toma de decisiones: la identificación de problemas, la búsqueda de soluciones y enfoques, el disfrute de los beneficios, y la determinación de criterios para la evaluación.

Sin embargo, la participación no puede equipararse al empoderamiento; participar en sistemas defectuosos sólo sirve para perpetuar patrones de injusticia ya existentes. Para poder aportar al bien común, los individuos deben poseer no sólo la capacidad de evaluar las fortalezas y las debilidades de las estructuras sociales existentes, sino además deben tener la libertad de elegir entre participar en tales estructuras, trabajar por reformarlas, o esforzarse por construir otras nuevas.

Construir la capacidad de los pueblos del mundo y de las instituciones sociales para crear una sociedad justa y próspera requerirá un avance significativo en el acceso al conocimiento. Esto implica analizar enfoques que faciliten la generación, la aplicación y la difusión del conocimiento a nivel local. En lugar de adoptar “soluciones” desarrolladas en otras partes sin cuestionarlas, el fortalecimiento de la capacidad local para generar, aplicar y difundir el conocimiento puede ayudar a sentar las bases de un proceso continuo de acción y reflexión, el cual fomenta un respeto por el conocimiento ya existente en las bases de la comunidad, eleva la confianza de la comunidad en su propia capacidad de concebir, implementar y evaluar soluciones, y permite sistematizar y expandir el conocimiento local. El resultado es un proceso de aprendizaje sistemático y coherente, el cual puede abarcar gradualmente una gama más amplia de los esfuerzos comunitarios.

Finalmente, la capacidad de identificar los factores que originan las injusticias será crucial para el empoderamiento de poblaciones que han de ser instrumentos para la transformación social. Independientemente de las ventajas que una población pudiera disfrutar, si no es capaz de discernir los factores que generan injusticia e inequidad social, será incapaz de rectificarlos. Si el empoderamiento ha de conducir a la transformación social, debe incluir la capacidad de reconocer las fuerzas que modelan la propia realidad social, identificar las posibilidades y desafíos presentados por tal realidad, e idear iniciativas para el mejoramiento de la sociedad.

Consideraciones adicionales

Muchas preguntas quedan aún por contestar. ¿Cómo podemos medir el empoderamiento? ¿Cómo concebimos el empoderamiento a nivel del individuo, la comunidad y las instituciones sociales? ¿Cómo podemos asegurar que los esfuerzos por ayudar a personas y comunidades a transformarse en protagonistas de su propio desarrollo no refuercen las nociones de “nosotros” y “ellos”, de “desarrollados” y “en desarrollo”? ¿Cómo asegurar que tales esfuerzos ayuden a fortalecer la visión, las capacidades y la fuerza de voluntad, en lugar de crear dependencia? ¿Cómo puede abordarse la transformación social como una empresa compartida de manera universal, en lugar de algo que “los que tienen” impulsan para beneficio de “los que no tienen”? ¿Cómo podemos expresar el poder que viene del amor, el conocimiento, la solidaridad, la veracidad y la sabiduría? ¿Cómo podemos esforzarnos por empoderarnos mutuamente en las relaciones humanas en todos los niveles de la sociedad?
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The concept of ‘empowerment’ has become integral to development thought. Though it has often been associated primarily with gender equality, advances in global development will require a re-examination of the concept and its application to many aspects of human life. The following reflections on the goals, protagonists, and prerequisites for empowerment seek to assist the Commission for Social Development in its consideration of this important issue.

A Conception of Empowerment

The term empowerment means many things to many people. Concepts of choice, freedom, agency, capacity, participation, autonomy, and increased resources, however, are common to virtually all definitions. Consensus can therefore be found around the idea of empowerment as a means of improving quality of life and expanding the basis of human well-being. In short, empowerment can serve as a mechanism for effecting deep and broad-based social transformation.

The process of social transformation can be explored at both the personal and structural levels. At one end of the spectrum, social change is seen as an outcome of the development of individuals, achieved through education, training, access to material resources, and the like. According to this view, structural change is assumed to be an automatic result of personal change. Unfortunately, this rarely bears out in practice, as even those who benefit from such resources find themselves participating in oppressive social structures. At the other end of the spectrum, the human being is viewed entirely as a product of society, and change is considered impossible unless social structures—mainly those related to political power—are changed first. Yet, too often, this approach has supported the idea that ends justify the means and has resulted in conditions of injustice and oppression. 

Increasing the capacity of individuals and communities to build more just and equitable social structures requires a conception of social development that avoids these extremes. Individual and structural transformation are intimately related: the individual’s inner life shapes his or her social environment, and that environment, in turn, exerts a profound influence on one’s spiritual and psychological well-being.   

The metaphor of the body politic, likening all of humanity to a single social organism, provides a useful framework for exploring empowerment as means to pursue the transformation of individuals and society. Implicit in such a conception are characteristics such as the interdependence of the parts and the whole, the indispensability of collaboration, reciprocity and mutual aid, the need to differentiate but also harmonize roles, the need for institutional arrangements that enable rather than oppress, and the existence of a collective purpose above that of any constituent element. Viewed in this way, empowerment both depends on and contributes to a system in which diverse actors are provided the resources needed for each to make a unique contribution to the whole.

Drawing on the above ideas, individual and collective empowerment can be conceived as the expansion of vision, capacity, and volition necessary for people to act as effective agents of human well-being and prosperity.

The Protagonists of Social Transformation

Who are the primary actors in the processes of social transformation? Experience suggests that three are critically important: the individual, the institutions of society, and the community. In this light, empowerment can be said to involve assisting individuals to manifest constructive capacities in creative and disciplined ways, institutions to exercise authority in a manner that leads to the progress and upliftment of all, and communities to provide an environment in which culture is enriched and individual wills and capacities combine in collective action.

Raising capacity among these protagonists will require a thorough reexamination of assumptions about human nature. Notions of “us” and “them” deserve particular attention. Discourse in development circles, for example, is often rooted in notions of the “empowered” members of society assisting the “disadvantaged” or “marginalized.” The impulse to rectify social inequalities is unquestionably noble, but us/them dichotomies only perpetuate and reinforce existing divisions. Careful thought needs to be given to ways in which empowerment can be approached as a universal and shared enterprise and not something the “haves” bestow on the “have nots.”

Closely related is the question of who is empowered and who is not. Historical processes have created inequalities that must be addressed. But the development framework should be one in which every individual and group is presumed to have room for advancement. In this light, the marginalized are not without capacity, and the privileged are not all-powerful. All have capacity to develop and all have a responsibility to advance the welfare of the whole.

Finally, though empowerment denotes someone or something being invested with power, the social dynamics of power seem to have been largely ignored in discussions on development at the United Nations. That an examination of the dynamics of power has proven difficult to integrate into these discussions suggests the need for new and alternative approaches. How can power be conceptualized as something other than a zero-sum commodity? How can its associations with control and domination be replaced by ones of capacity and ability? How can it be approached as an integral part of all social relationships and institutions, rather than a resource to be acquired or lost? Exploration along these lines, we believe, will provide much insight into the means and ends of empowerment.  

Prerequisites for Social Transformation

Because those without a seat at the table have little voice in decisions affecting their lives, participation in the systems and structures of society is an essential prerequisite for social transformation. To be anything more than window-dressing though, participation must be substantive and creative. It is not enough for people to be mere beneficiaries of projects, even if they have a voice in certain decisions. They must be far more involved in decision-making processes: identifying problems, devising solutions and approaches, enjoying benefits, and determining criteria for evaluation.

Participation, however, cannot be equated with empowerment—taking part in flawed systems merely perpetuates existing patterns of injustice. In order to advance the common good, individuals must possess both the capacity to assess the strengths and weaknesses of existing social structures and the freedom to choose between participating in those structures, working to reform them, or endeavoring to build new ones.

Building the capacity of the world’s peoples and social institutions to create a prosperous and just society will require a vast increase in access to knowledge. This will entail approaches that facilitate the generation, application, and diffusion of knowledge at the local level. Rather than unquestioningly adopting “solutions” developed elsewhere, an emphasis on strengthening local capacity to generate, apply, and diffuse knowledge can help to put into place an ongoing process of action and reflection, one which encourages respect of the existing knowledge base of a community, raises the community’s confidence in its ability to devise, implement and assess solutions, and helps to systematize and expand local knowledge. The result is a systematic and coherent process of learning that can gradually encompass a wider range of community endeavors.

Finally, the ability to identify the root causes of injustice will be crucial to the empowerment of populations to become agents of social transformation. Regardless of the advantages a population might enjoy, if it is unable to discern the drivers of social injustice and inequity, it will remain unable to rectify them. If empowerment is to lead to social transformation, it must involve the ability to recognize the forces shaping one’s social reality, to identify the possibilities and challenges presented by that reality, and to devise initiatives for the betterment of society.

Further Considerations

Many questions remain to be answered. How can we measure empowerment? How do we conceive of empowerment at the level of the individual, the community, and social institutions? How can we ensure that efforts to assist people and communities to become protagonists of their own development do not reinforce the notions of “us” and “them” or the “developed” and the “developing”? How can such efforts serve to strengthen vision, capabilities, and volition rather than creating dependencies? How can social transformation be approached as a universal and shared enterprise and not something driven by the “haves” for the benefit of the “have nots”? How can we give expression to the power that comes from love, knowledge, solidarity, truthfulness, and wisdom? How can we strive for mutual empowerment in human relations at all levels of society?