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Del 23 al 25 de Mayo de 1994
La violencia doméstica es un pernicioso problema mundial. Para hacer frente al desafío que representa este grave asunto, en mayo de 1994 se llevó a cabo un Simposio de dos días al que asistieron trabajadores comunitarios de la salud, académicos, profesionales de la salud mental y representantes de más de 30 organizaciones no gubernamentales (ONG) y de dos organismos de las Naciones Unidas. El Simposio se debió a la iniciativa de la Oficina para el Avance de la Mujer de la Comunidad Internacional Baha'i, en colaboración con el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) y el Fondo de Desarrollo de las Naciones Unidas para la Mujer (UNIFEM), con motivo del Año Internacional de la Familia (1994).
Los participantes, que procedían desde China hasta el Caribe, y quienes aportaron una rica variedad de culturas, profesiones, experiencias y puntos de vista, colaboraron en un clima de confianza y respeto mutuos. En un compromiso colectivo destinado a redoblar los esfuerzos para crear familias liberadas de la violencia, los participantes intercambiaron opiniones y descubrieron puntos en común.
También estuvieron de acuerdo en que la violencia doméstica se manifiesta de formas diversas, y afecta todos los aspectos de las sociedades y del desarrollo humano. Es imposible ignorar los vínculos que existen entre la violencia en el seno de las familias y la violencia social, estructural y política. Los participantes del Simposio analizaron estrategias y trataron temas relacionados con las acciones contra la violencia doméstica y la prevención de ese fenómeno. ¿Cuál es la mejor manera de concienciar al público sobre el alcance y la gravedad de la violencia doméstica? ¿Cómo se interrumpe la espiral intergeneracional y se impide que los niños que han sido víctimas de abusos se conviertan en adultos que sufren abusos o someten a otras personas a abusos? Quienes asistieron al Símposio estudiaron también posibles estrategias para ayudar a que las esposas e hijas que sufren malos tratos adquieran suficiente confianza en sí mismas y sentido de su valía para dejar al desnudo la falsedad del poderoso mito histórico según el cual las mujeres carecen de la misma importancia que el hombre debido a su sexo, y para tomar medidas en su propio provecho. Tras dos días de cursillos prácticos y debates, todos los participantes acordaron que no sólo es necesario sino también posible elaborar una política multidisciplinaria e integral que haga posible la difícil tarea de crear familias liberadas de la violencia.
Para que los esfuerzos en ese sentido sean eficaces, es necesaria la coparticipación de hombres y mujeres y la intervención activa de todos los estamentos sociales. Las estrategias orientadas a remediar las situaciones en las que se produce cualquier tipo de violencia deben tener en cuenta a todos los miembros de las familias, ya que la dinámica de la violencia doméstica los afecta a todos directamente. Según el orador principal, el Dr. Hossain Danesh, Director del Instituto de Educación y Desarrollo Internacional de Weinacht, Suiza, ese esfuerzo debe comenzar con una nueva definíción del concepto "familia". El Dr. Danesh afirmó que cualquiera que sea el tamaño y composición de la familia, su existencia no se debe basar "en el poder sino en la unidad, la igualdad y el respeto mutuo".
Esa visión requiere una amplia gama de acciones, desde la revaluación de los valores y actitudes hasta la definición y penalización de las conductas violentas. La toma de conciencia sobre esos delitos y las medidas para combatirlos y prevenirlos deben ser procesos simultáneos. "La eliminación de la violencia doméstica no es una cuestión de gusto personal, de caballerosidad, de gracia o de buen talante’: afirmó en su discurso de clausura Marjorie Thorpe, Subdirectora de UNIFEM. "Se trata. en cambio, de una obligación y responsabilidad que nos impone nuestra condición humana y nuestra interdependencia".
Durante el Simposio se llegó por consenso a las siguientes conclusiones:
Es necesario reconocer públicamente el problema de la violencia doméstica. Uno de los principales obstáculos para la eliminación de la violencia doméstica es la negación. La necesidad de las víctimas de ser amadas y aceptadas impide con frecuencia que denuncien los abusos, y a veces las llevan a negar incluso que los están sufriendo. Hay que ayudar a las víctimas a reconocer la existencia de esa violencia, ya se trate de violencia contra ellas mismas, contra SUS hermanas, sus hermanos, su tía o su abuela. Y hay que brindarles también todos los servicios de apoyo jurídico y emocional que requieran. Asimismo, hay que ayudar a que las mujeres y niños no entren en connivencia con los hombres ni perpetúen la violencia al mantener el silencio, excusar esos actos, culparse a sí mismos y aceptar las justificaciones culturales.
La violencia doméstica tiene un incalculable costo social y económico. Según Alda Facio, Directora del Programa Mujer, Justicia y Desarrollo del Instituto Latinoamericano de las Naciones para la Prevención del Delito y Tratamiento del Delincuente, de Costa Rica, entre esos costos figuran los de la hospitalización de los lactantes, los niños y las mujeres que han sufrido abusos físicos y sexuales, los del tratamiento médico de los abortos peligrosos y las enfermedades venéreas, los costos judiciales y los fondos destinados a refugios para mujeres agredidas y a hogares adoptivos para los niños.
Pero Facio comenta que la violencia no sólo es costosa desde el punto de vista monetario, sino que hay que tener en cuenta el costo enorme de la productividad pérdida debido a que las víctimas no pueden funcionar parcial o plenamente, y de la pérdida de la identidad psíquica y aún de las vidas de las víctimas. "Pensemos en los millones de mujeres que viven bajo la violencia y temerosas de ésta. Esas mujeres pierden su sentido de la identidad hasta el punto de que aceptan la validez de la distorsionada versión de la realidad que les dictan las mismas personas que las someten a abusos. Pensemos en las mujeres que pagan con sus vidas, ya sea porque se las quitan con sus propias manos o la pierden a manos de otros".
La violencia doméstica es un tema relacionado con el desarrollo humano. Esta forma de violencia perjudica a las esposas, madres e hijas que son golpeadas, violadas, y privadas de su dignidad humana y de los medios para satisfacer sus necesidades básicas. La violencia también traumatiza a los niños que viven en los hogares afectados por ella, donde son testigos o víctimas frecuentes de golpizas, abusos sexuales y verbales, y abandono. Al comprobar y perpetuar el histórico desequilibrio de poder que existe entre ambos sexos, la violencia doméstica impone enormes obstáculos al desarrollo y progreso pleno de los hombres y las mujeres. Y debido a que pasa de una generación a la siguiente, la violencia doméstica impone trabas al desarrollo de sociedades íntegras. Para poder poner en práctica estrategias eficaces para el desarrollo, los organismos y organizaciones que trabajan con mujeres y niños deber ser más sensibles al tema de la violencia y convertirlo en un elemento central de sus tareas.
La violencia doméstica es un tema relacionado con los derechos humanos. Esta forma de violencia está profundamente enraizada en los prejuicios culturales y religiosos contra las mujeres, y no sólo la respaldan muchas sociedades patriarcales, sino que está institucionalizada en ellas. La violencia doméstica se genera en los sistemas sociales y jurídicos que "confían" el cuidado de las mujeres y los niños a los hombres, a quienes otorga licencia ilimitada para dominarlos, oprimirlos y hasta "poseerlos". En las sociedades donde se coartan abiertamente los derechos de las mujeres, la violencia doméstica puede ser un elemento culturalmente connatural de la crianza de los niños, y, a fuerza de haber sido inculcado en la conciencia de los miembros de la familia, resultar algo "aceptable" y "normal" Contrariamente a la creencia generalizada, la elevación de la situación de las mujeres no suele conllevar una disminución sino un aumento de los casos de violencia, ya que los hombres se sienten amenazados por la pérdida de poder.
"El primer paso para poner fin a la violencia doméstica" afirmó la Dra. Nahid Toubia, del Consejo de Población (Population Council), "es el reconocimiento de que determinadas prácticas, como la mutilación genital y la incineración de las viudas a la muerte de sus maridos, pueden ser motivos de orgullo cultural e instrumentos para mantener el orden social existente" Agregó que en otros casos, la gente cree que las golpizas a las esposas, los castigos excesivos contra los niños y el infanticidio de niñas son "realidades desagradables pero inevitables."
En muchos países, la violencia doméstica se ignora o tolera en nombre de la religión, la cultura y un "culto a la familia", en el que la santidad de esa unidad social adquiere más importancia que la seguridad o sanidad de sus integrantes. En los círculos de poder político, a menudo se considera que la violencia doméstica es una cuestión privada, y en muchos países ni siquiera es un delito penado por la ley En algunos países, las leyes prohiben que un miembro de la familia denuncie a otros, aun en los casos en que se hayan cometido actos graves y violentos. Y en los sitios en que existen normas jurídicas que prohiben la violencia doméstica, a menudo se hacen pocos esfuerzos por ponerlas en práctica. Con frecuencia, la ley es el último recurso al que apelan las víctimas de esos abusos.
El empleo eficaz de un marco de derechos humanos para crear familias libres de violencia requerirá que se pongan en vigor los convenios internacionales como la Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra las mujeres y la Convención sobre los Derechos del Niño. También será necesario que los estados tomen medidas para proteger a las mujeres y los niños de los abusos y para prevenir que esas violaciones ocurran. Se deben adoptar medidas para que los dirigentes religiosos y políticos, los educadores y las autoridades policiales sean más sensibles a este problema y se movilicen en apoyo de los nuevos valores culturales de respeto entre los sexos, que reemplazarían los antiguos conceptos de dominio de un sexo sobre el otro.
Las sociedades violentas producen familias violentas. De la misma forma en que la violencia doméstica afecta a segmentos más amplios de la sociedad, las sociedades violentas refuerzan o crean un clima propicio para la violencia en el seno de las familias. La violencia institucionalizada, la opresión y las injusticias económicas y sociales rígidamente mantenidas pueden no sólo convertir en sus víctimas a los hombres, sino también llevarlos a ejercer la violencia contra quienes, en una sociedad basada en la autoridad masculina y la discriminación sexual, están aun más desvalidos que ellos, como sus mujeres e hijos. Hlengiwe Mkhize, Directora del Children in Violence Project (Proyecto sobre los Niños Víctimas de la Violencia) de la Universidad de Witwatersrand, de Johannesburgo, presentó pruebas de que en su país existe una clara relación entre la opresión provocada por el Estado y la violencia doméstica. Agregó que la unidad familiar se convierte en un centro de tensión y terreno fértil para diversas formas de violencia doméstica, desde la tortura y el asesinato hasta los ataques físicos contra las esposas, las agresiones sexuales, y los abusos psíquicos y físicos que sufren los niños que crecen en familias alcohólicas y violentas.
La comunidad mundial debe hacer frente a la violencia doméstica. Estos actos de violencia no son una cuestión privada, sino que han adquirido proporciones de pandemia mundial. La comunidad internacional no puede ignorar ni permitir que se protejan como si fueran asuntos familiares privados. Se trata de un mal que azota a todas las regiones del mundo, a sectores de la población mundial de los más diversos niveles económicos y educacionales, y a familias de todo tipo. La familia es el ámbito principal de intercambio social y desarrollo humano. Si se impide o tergiversa ese proceso de desarrollo, las consecuencias negativas podrían resultar irreversibles. Las conductas que se aprenden en el hogar se repiten luego en los círculos sociales más amplios. "En el sistema de las Naciones Unidas", afirmó en su declaración inaugural Karin Sham Poo, Subdirectora Ejecutiva de Operaciones del UNICEF "hemos reconocido por fin que la violencia en el seno de la familia representa un obstáculo formidable para el desarrollo socioeconómico, y un obstáculo aun mayor para la paz y la justicia universales".
Es necesario movilizar a las comunidades y los gobiernos. Estos deben crear redes y líneas de comunicaciones de emergencia que disminuyan el aislamiento y brinden protección a las víctimas que deseen denunciar la violencia. Una forma eficaz para concienciar a las comunidades sobre el tema de la violencia es mediante investigaciones en las que participen los integrantes de las mismas. Lo que hace posible que éstos elaboren sus propias definiciones y soluciones. También hay que establecer una definición practica de la violencia doméstica y una lista (de síntomas que sirva de material de consulta a maestros, enfermeras, padres, terapeutas y médicos. Los gobiernos deben sancionar y poner en vigencia leyes referidas a la violencia, fijar políticas, elaborar programas adecuados, y tornar medidas para la protección de las víctimas, además de asignar fondos de los presupuestos y llevar a cabo vastas campañas de creación de conciencia pública orientadas a eliminar la violencia doméstica.
Las ONG pueden desempeñar un importante papel, y ya lo están haciendo. Los participantes en el Simposio reconocieron que la naturaleza intimidante de la violencia doméstica es un problema mundial que exige una solución mundial. También se sintieron inspirados y motivados por el alto grado de interés general y el gran número de estrategias concretas de origen Popular que va se están poniendo en práctica desde Kenya hasta el Canadá, y que abarcan desde proyectos de familias modelos hasta líneas telefónicas de emergencia para adolescentes, Cuando se las pone en práctica a nivel mundial, las innovadoras labores de las ONG en materia de capacitación, rehabilitación o defensa de las víctimas pueden resultar de gran aporte en pro de la reducción de la violencia doméstica. Para poder crear familias libres de la violencia, la amplia comunidad del desarrollo debe crear estrategias eficaces que tengan carácter multidisciplinario y cooperativo y que consideren las condiciones culturales y sociales específicas en que se desarrolla la violencia.
Los medios de comunicación deben eliminar las imágenes estereotipadas de las niñas y mujeres, que deben ser presentadas en condiciones de igualdad con los hombres. La explosión de las comunicaciones durante este siglo ha dado lugar a una industria multimillonaria que glorifica la violencia por medio del cine, la televisión, las revistas y la música. Esos medios perpetúan el concepto erróneo de que las víctimas provocan, y hasta desean, la violencia doméstica. Es necesario que los medios dejen de transmitir mensajes que exaltan la guerra y la violencia social, a las que presentan como manifestaciones naturales de la potencia masculina, mientras refuerzan la impresión de que las mujeres son los objetos impotentes y asequibles de los deseos sexuales masculinos.
El sistema educacional debe elaborar nuevos programas de estudios y deportes, nuevas actividades y nuevos textos que promuevan la igualdad entre los sexos. Cuando una escuela secundaria de una comunidad caribeña ofreció un curso optativo sobre desarrollo infantil y aptitudes de crianza, más de la mitad de quienes se inscribieron en el mismo fueron varones. Las organizaciones juveniles también deben dedicarse a educar a los niños para que adquieran conductas y actitudes no violentas. Esto puede lograrse mediante el asesoramiento por parte de otros jóvenes de edades similares, nuevos métodos de resolución de conflictos, y con nuevos símbolos y modelos de masculinidad.
Sobre la base de los debates del cursillo práctico, los participantes del Simposio propusieron las siguientes recomendaciones escogidas:
Investigación
Recoger y analizar los datos ya existentes y nuevos sobre los tipos y el alcance de los abusos que brinden las víctimas, los hospitales, los informes policiales y las organizaciones comunitarias, que serán empleados en las tareas de difusión y de toma de decisiones políticas.
Consolidar y difundir la información sobre modelos de acciones prácticas contra la violencia doméstica y programas exitosos de prevención de la misma.
Realizar investigaciones cualitativas en las que tengan participación las comunidades para evaluar la naturaleza, la frecuencia y las consecuencias de la violencia doméstica, y para ayudar a elaborar estrategias para combatir y prevenir ese problema.
Educación, Capacitación y Difusión
Brindar apoyo y capacitación a los agentes de salud infantil de primera línea, como las familias, los trabajadores sociales y las comadronas tradicionales, sobre el diagnóstico, el tratamiento y la prevención de la violencia doméstica.
Aumentar la sensibilidad de la policía, el sistema judicial, y los dirigentes políticos y religiosos con respecto a las consecuencias psicológicas, económicas y sociales de la violencia doméstica, y capacitarlos para poner en práctica estrategias de prevención.
Elaborar materiales, textos y juguetes que tengan en cuenta las disparidades entre los sexos y que sean distribuidos en los consultorios médicos, los centros comunitarios, las guarderías infantiles y otros sitios a los que acuden las familias.
Brindar capacitación especial a los docentes sobre métodos de mediación y resolución de conflictos entre los propios estudiantes, para que los educadores puedan enseñar cooperación en las aulas.
Concienciar al público mediante el empleo de todos los medios y redes comunitarias disponibles, para presentar la violencia doméstica como un problema grave con consecuencias graves.
Organizar clases mixtas para desarrollar una política igualitaria con respecto a la crianza de los niños y otras actividades familiares. Esa política se pone en práctica, por ejemplo, con la división justa de las tareas y los recursos domésticos, y dando oportunidades a las niñas fuera del hogar, incluso en materia de educación y capacitación profesional.
Instruir a las mujeres y los niños acerca de sus derechos y facilitar la creación de estrategias para que puedan protegerse a sí mismos.
Servicios
Ofrecer a las víctimas de la violencia doméstica apoyo y programas que deberían incluir asesoramiento, albergue, centros de emergencia y apoyo jurídico.
Ofrecer a las familias programas de enriquecimiento orientados a potenciar a sus integrantes más vulnerables y a reforzar los recursos y las cualidades de las familias.
Exigir que se brinde asesoramiento a quienes cometen abusos, para ayudarlos a reflexionar sobre sus experiencias y sobre las razones profundas de sus actos, y para que aprendan a adquirir más respeto por sí mismos y a controlar su ira.
Leyes Nacionales o Internacionales
Difundir los convenios internacionales y las partes pertinentes de la Convención sobre los Derechos del Niño y la Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra las mujeres, con notas simples sobre cómo emplear esos documentos. Aprobar y difundir las normas jurídicas nacionales que penalicen todas las formas de violencia doméstica y contemplen mecanismos de vigilancia y ejecución.
Exigir un mayor grado de responsabilidad a los funcionarios policiales, al sistema judicial, los establecimientos médicos y psiquiátricos y los servicios sociales respecto a cómo se tratan los casos de violencia doméstica.
La violencia doméstica es un pernicioso problema mundial. Para hacer frente al desafío que representa este grave asunto, en mayo de 1994 se llevó a cabo un Simposio de dos días al que asistieron trabajadores comunitarios de la salud, académicos, profesionales de la salud mental y representantes de más de 30 organizaciones no gubernamentales (ONG) y de dos organismos de las Naciones Unidas. El Simposio se debió a la iniciativa de la Oficina para el Avance de la Mujer de la Comunidad Internacional Baha'i, en colaboración con el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) y el Fondo de Desarrollo de las Naciones Unidas para la Mujer (UNIFEM), con motivo del Año Internacional de la Familia (1994).
Los participantes, que procedían desde China hasta el Caribe, y quienes aportaron una rica variedad de culturas, profesiones, experiencias y puntos de vista, colaboraron en un clima de confianza y respeto mutuos. En un compromiso colectivo destinado a redoblar los esfuerzos para crear familias liberadas de la violencia, los participantes intercambiaron opiniones y descubrieron puntos en común.
También estuvieron de acuerdo en que la violencia doméstica se manifiesta de formas diversas, y afecta todos los aspectos de las sociedades y del desarrollo humano. Es imposible ignorar los vínculos que existen entre la violencia en el seno de las familias y la violencia social, estructural y política. Los participantes del Simposio analizaron estrategias y trataron temas relacionados con las acciones contra la violencia doméstica y la prevención de ese fenómeno. ¿Cuál es la mejor manera de concienciar al público sobre el alcance y la gravedad de la violencia doméstica? ¿Cómo se interrumpe la espiral intergeneracional y se impide que los niños que han sido víctimas de abusos se conviertan en adultos que sufren abusos o someten a otras personas a abusos? Quienes asistieron al Símposio estudiaron también posibles estrategias para ayudar a que las esposas e hijas que sufren malos tratos adquieran suficiente confianza en sí mismas y sentido de su valía para dejar al desnudo la falsedad del poderoso mito histórico según el cual las mujeres carecen de la misma importancia que el hombre debido a su sexo, y para tomar medidas en su propio provecho. Tras dos días de cursillos prácticos y debates, todos los participantes acordaron que no sólo es necesario sino también posible elaborar una política multidisciplinaria e integral que haga posible la difícil tarea de crear familias liberadas de la violencia.
Para que los esfuerzos en ese sentido sean eficaces, es necesaria la coparticipación de hombres y mujeres y la intervención activa de todos los estamentos sociales. Las estrategias orientadas a remediar las situaciones en las que se produce cualquier tipo de violencia deben tener en cuenta a todos los miembros de las familias, ya que la dinámica de la violencia doméstica los afecta a todos directamente. Según el orador principal, el Dr. Hossain Danesh, Director del Instituto de Educación y Desarrollo Internacional de Weinacht, Suiza, ese esfuerzo debe comenzar con una nueva definíción del concepto "familia". El Dr. Danesh afirmó que cualquiera que sea el tamaño y composición de la familia, su existencia no se debe basar "en el poder sino en la unidad, la igualdad y el respeto mutuo".
Esa visión requiere una amplia gama de acciones, desde la revaluación de los valores y actitudes hasta la definición y penalización de las conductas violentas. La toma de conciencia sobre esos delitos y las medidas para combatirlos y prevenirlos deben ser procesos simultáneos. "La eliminación de la violencia doméstica no es una cuestión de gusto personal, de caballerosidad, de gracia o de buen talante’: afirmó en su discurso de clausura Marjorie Thorpe, Subdirectora de UNIFEM. "Se trata. en cambio, de una obligación y responsabilidad que nos impone nuestra condición humana y nuestra interdependencia".
Durante el Simposio se llegó por consenso a las siguientes conclusiones:
Es necesario reconocer públicamente el problema de la violencia doméstica. Uno de los principales obstáculos para la eliminación de la violencia doméstica es la negación. La necesidad de las víctimas de ser amadas y aceptadas impide con frecuencia que denuncien los abusos, y a veces las llevan a negar incluso que los están sufriendo. Hay que ayudar a las víctimas a reconocer la existencia de esa violencia, ya se trate de violencia contra ellas mismas, contra SUS hermanas, sus hermanos, su tía o su abuela. Y hay que brindarles también todos los servicios de apoyo jurídico y emocional que requieran. Asimismo, hay que ayudar a que las mujeres y niños no entren en connivencia con los hombres ni perpetúen la violencia al mantener el silencio, excusar esos actos, culparse a sí mismos y aceptar las justificaciones culturales.
La violencia doméstica tiene un incalculable costo social y económico. Según Alda Facio, Directora del Programa Mujer, Justicia y Desarrollo del Instituto Latinoamericano de las Naciones para la Prevención del Delito y Tratamiento del Delincuente, de Costa Rica, entre esos costos figuran los de la hospitalización de los lactantes, los niños y las mujeres que han sufrido abusos físicos y sexuales, los del tratamiento médico de los abortos peligrosos y las enfermedades venéreas, los costos judiciales y los fondos destinados a refugios para mujeres agredidas y a hogares adoptivos para los niños.
Pero Facio comenta que la violencia no sólo es costosa desde el punto de vista monetario, sino que hay que tener en cuenta el costo enorme de la productividad pérdida debido a que las víctimas no pueden funcionar parcial o plenamente, y de la pérdida de la identidad psíquica y aún de las vidas de las víctimas. "Pensemos en los millones de mujeres que viven bajo la violencia y temerosas de ésta. Esas mujeres pierden su sentido de la identidad hasta el punto de que aceptan la validez de la distorsionada versión de la realidad que les dictan las mismas personas que las someten a abusos. Pensemos en las mujeres que pagan con sus vidas, ya sea porque se las quitan con sus propias manos o la pierden a manos de otros".
La violencia doméstica es un tema relacionado con el desarrollo humano. Esta forma de violencia perjudica a las esposas, madres e hijas que son golpeadas, violadas, y privadas de su dignidad humana y de los medios para satisfacer sus necesidades básicas. La violencia también traumatiza a los niños que viven en los hogares afectados por ella, donde son testigos o víctimas frecuentes de golpizas, abusos sexuales y verbales, y abandono. Al comprobar y perpetuar el histórico desequilibrio de poder que existe entre ambos sexos, la violencia doméstica impone enormes obstáculos al desarrollo y progreso pleno de los hombres y las mujeres. Y debido a que pasa de una generación a la siguiente, la violencia doméstica impone trabas al desarrollo de sociedades íntegras. Para poder poner en práctica estrategias eficaces para el desarrollo, los organismos y organizaciones que trabajan con mujeres y niños deber ser más sensibles al tema de la violencia y convertirlo en un elemento central de sus tareas.
La violencia doméstica es un tema relacionado con los derechos humanos. Esta forma de violencia está profundamente enraizada en los prejuicios culturales y religiosos contra las mujeres, y no sólo la respaldan muchas sociedades patriarcales, sino que está institucionalizada en ellas. La violencia doméstica se genera en los sistemas sociales y jurídicos que "confían" el cuidado de las mujeres y los niños a los hombres, a quienes otorga licencia ilimitada para dominarlos, oprimirlos y hasta "poseerlos". En las sociedades donde se coartan abiertamente los derechos de las mujeres, la violencia doméstica puede ser un elemento culturalmente connatural de la crianza de los niños, y, a fuerza de haber sido inculcado en la conciencia de los miembros de la familia, resultar algo "aceptable" y "normal" Contrariamente a la creencia generalizada, la elevación de la situación de las mujeres no suele conllevar una disminución sino un aumento de los casos de violencia, ya que los hombres se sienten amenazados por la pérdida de poder.
"El primer paso para poner fin a la violencia doméstica" afirmó la Dra. Nahid Toubia, del Consejo de Población (Population Council), "es el reconocimiento de que determinadas prácticas, como la mutilación genital y la incineración de las viudas a la muerte de sus maridos, pueden ser motivos de orgullo cultural e instrumentos para mantener el orden social existente" Agregó que en otros casos, la gente cree que las golpizas a las esposas, los castigos excesivos contra los niños y el infanticidio de niñas son "realidades desagradables pero inevitables."
En muchos países, la violencia doméstica se ignora o tolera en nombre de la religión, la cultura y un "culto a la familia", en el que la santidad de esa unidad social adquiere más importancia que la seguridad o sanidad de sus integrantes. En los círculos de poder político, a menudo se considera que la violencia doméstica es una cuestión privada, y en muchos países ni siquiera es un delito penado por la ley En algunos países, las leyes prohiben que un miembro de la familia denuncie a otros, aun en los casos en que se hayan cometido actos graves y violentos. Y en los sitios en que existen normas jurídicas que prohiben la violencia doméstica, a menudo se hacen pocos esfuerzos por ponerlas en práctica. Con frecuencia, la ley es el último recurso al que apelan las víctimas de esos abusos.
El empleo eficaz de un marco de derechos humanos para crear familias libres de violencia requerirá que se pongan en vigor los convenios internacionales como la Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra las mujeres y la Convención sobre los Derechos del Niño. También será necesario que los estados tomen medidas para proteger a las mujeres y los niños de los abusos y para prevenir que esas violaciones ocurran. Se deben adoptar medidas para que los dirigentes religiosos y políticos, los educadores y las autoridades policiales sean más sensibles a este problema y se movilicen en apoyo de los nuevos valores culturales de respeto entre los sexos, que reemplazarían los antiguos conceptos de dominio de un sexo sobre el otro.
Las sociedades violentas producen familias violentas. De la misma forma en que la violencia doméstica afecta a segmentos más amplios de la sociedad, las sociedades violentas refuerzan o crean un clima propicio para la violencia en el seno de las familias. La violencia institucionalizada, la opresión y las injusticias económicas y sociales rígidamente mantenidas pueden no sólo convertir en sus víctimas a los hombres, sino también llevarlos a ejercer la violencia contra quienes, en una sociedad basada en la autoridad masculina y la discriminación sexual, están aun más desvalidos que ellos, como sus mujeres e hijos. Hlengiwe Mkhize, Directora del Children in Violence Project (Proyecto sobre los Niños Víctimas de la Violencia) de la Universidad de Witwatersrand, de Johannesburgo, presentó pruebas de que en su país existe una clara relación entre la opresión provocada por el Estado y la violencia doméstica. Agregó que la unidad familiar se convierte en un centro de tensión y terreno fértil para diversas formas de violencia doméstica, desde la tortura y el asesinato hasta los ataques físicos contra las esposas, las agresiones sexuales, y los abusos psíquicos y físicos que sufren los niños que crecen en familias alcohólicas y violentas.
La comunidad mundial debe hacer frente a la violencia doméstica. Estos actos de violencia no son una cuestión privada, sino que han adquirido proporciones de pandemia mundial. La comunidad internacional no puede ignorar ni permitir que se protejan como si fueran asuntos familiares privados. Se trata de un mal que azota a todas las regiones del mundo, a sectores de la población mundial de los más diversos niveles económicos y educacionales, y a familias de todo tipo. La familia es el ámbito principal de intercambio social y desarrollo humano. Si se impide o tergiversa ese proceso de desarrollo, las consecuencias negativas podrían resultar irreversibles. Las conductas que se aprenden en el hogar se repiten luego en los círculos sociales más amplios. "En el sistema de las Naciones Unidas", afirmó en su declaración inaugural Karin Sham Poo, Subdirectora Ejecutiva de Operaciones del UNICEF "hemos reconocido por fin que la violencia en el seno de la familia representa un obstáculo formidable para el desarrollo socioeconómico, y un obstáculo aun mayor para la paz y la justicia universales".
Es necesario movilizar a las comunidades y los gobiernos. Estos deben crear redes y líneas de comunicaciones de emergencia que disminuyan el aislamiento y brinden protección a las víctimas que deseen denunciar la violencia. Una forma eficaz para concienciar a las comunidades sobre el tema de la violencia es mediante investigaciones en las que participen los integrantes de las mismas. Lo que hace posible que éstos elaboren sus propias definiciones y soluciones. También hay que establecer una definición practica de la violencia doméstica y una lista (de síntomas que sirva de material de consulta a maestros, enfermeras, padres, terapeutas y médicos. Los gobiernos deben sancionar y poner en vigencia leyes referidas a la violencia, fijar políticas, elaborar programas adecuados, y tornar medidas para la protección de las víctimas, además de asignar fondos de los presupuestos y llevar a cabo vastas campañas de creación de conciencia pública orientadas a eliminar la violencia doméstica.
Las ONG pueden desempeñar un importante papel, y ya lo están haciendo. Los participantes en el Simposio reconocieron que la naturaleza intimidante de la violencia doméstica es un problema mundial que exige una solución mundial. También se sintieron inspirados y motivados por el alto grado de interés general y el gran número de estrategias concretas de origen Popular que va se están poniendo en práctica desde Kenya hasta el Canadá, y que abarcan desde proyectos de familias modelos hasta líneas telefónicas de emergencia para adolescentes, Cuando se las pone en práctica a nivel mundial, las innovadoras labores de las ONG en materia de capacitación, rehabilitación o defensa de las víctimas pueden resultar de gran aporte en pro de la reducción de la violencia doméstica. Para poder crear familias libres de la violencia, la amplia comunidad del desarrollo debe crear estrategias eficaces que tengan carácter multidisciplinario y cooperativo y que consideren las condiciones culturales y sociales específicas en que se desarrolla la violencia.
Los medios de comunicación deben eliminar las imágenes estereotipadas de las niñas y mujeres, que deben ser presentadas en condiciones de igualdad con los hombres. La explosión de las comunicaciones durante este siglo ha dado lugar a una industria multimillonaria que glorifica la violencia por medio del cine, la televisión, las revistas y la música. Esos medios perpetúan el concepto erróneo de que las víctimas provocan, y hasta desean, la violencia doméstica. Es necesario que los medios dejen de transmitir mensajes que exaltan la guerra y la violencia social, a las que presentan como manifestaciones naturales de la potencia masculina, mientras refuerzan la impresión de que las mujeres son los objetos impotentes y asequibles de los deseos sexuales masculinos.
El sistema educacional debe elaborar nuevos programas de estudios y deportes, nuevas actividades y nuevos textos que promuevan la igualdad entre los sexos. Cuando una escuela secundaria de una comunidad caribeña ofreció un curso optativo sobre desarrollo infantil y aptitudes de crianza, más de la mitad de quienes se inscribieron en el mismo fueron varones. Las organizaciones juveniles también deben dedicarse a educar a los niños para que adquieran conductas y actitudes no violentas. Esto puede lograrse mediante el asesoramiento por parte de otros jóvenes de edades similares, nuevos métodos de resolución de conflictos, y con nuevos símbolos y modelos de masculinidad.
Sobre la base de los debates del cursillo práctico, los participantes del Simposio propusieron las siguientes recomendaciones escogidas:
Investigación
Recoger y analizar los datos ya existentes y nuevos sobre los tipos y el alcance de los abusos que brinden las víctimas, los hospitales, los informes policiales y las organizaciones comunitarias, que serán empleados en las tareas de difusión y de toma de decisiones políticas.
Consolidar y difundir la información sobre modelos de acciones prácticas contra la violencia doméstica y programas exitosos de prevención de la misma.
Realizar investigaciones cualitativas en las que tengan participación las comunidades para evaluar la naturaleza, la frecuencia y las consecuencias de la violencia doméstica, y para ayudar a elaborar estrategias para combatir y prevenir ese problema.
Educación, Capacitación y Difusión
Brindar apoyo y capacitación a los agentes de salud infantil de primera línea, como las familias, los trabajadores sociales y las comadronas tradicionales, sobre el diagnóstico, el tratamiento y la prevención de la violencia doméstica.
Aumentar la sensibilidad de la policía, el sistema judicial, y los dirigentes políticos y religiosos con respecto a las consecuencias psicológicas, económicas y sociales de la violencia doméstica, y capacitarlos para poner en práctica estrategias de prevención.
Elaborar materiales, textos y juguetes que tengan en cuenta las disparidades entre los sexos y que sean distribuidos en los consultorios médicos, los centros comunitarios, las guarderías infantiles y otros sitios a los que acuden las familias.
Brindar capacitación especial a los docentes sobre métodos de mediación y resolución de conflictos entre los propios estudiantes, para que los educadores puedan enseñar cooperación en las aulas.
Concienciar al público mediante el empleo de todos los medios y redes comunitarias disponibles, para presentar la violencia doméstica como un problema grave con consecuencias graves.
Organizar clases mixtas para desarrollar una política igualitaria con respecto a la crianza de los niños y otras actividades familiares. Esa política se pone en práctica, por ejemplo, con la división justa de las tareas y los recursos domésticos, y dando oportunidades a las niñas fuera del hogar, incluso en materia de educación y capacitación profesional.
Instruir a las mujeres y los niños acerca de sus derechos y facilitar la creación de estrategias para que puedan protegerse a sí mismos.
Servicios
Ofrecer a las víctimas de la violencia doméstica apoyo y programas que deberían incluir asesoramiento, albergue, centros de emergencia y apoyo jurídico.
Ofrecer a las familias programas de enriquecimiento orientados a potenciar a sus integrantes más vulnerables y a reforzar los recursos y las cualidades de las familias.
Exigir que se brinde asesoramiento a quienes cometen abusos, para ayudarlos a reflexionar sobre sus experiencias y sobre las razones profundas de sus actos, y para que aprendan a adquirir más respeto por sí mismos y a controlar su ira.
Leyes Nacionales o Internacionales
Difundir los convenios internacionales y las partes pertinentes de la Convención sobre los Derechos del Niño y la Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra las mujeres, con notas simples sobre cómo emplear esos documentos. Aprobar y difundir las normas jurídicas nacionales que penalicen todas las formas de violencia doméstica y contemplen mecanismos de vigilancia y ejecución.
Exigir un mayor grado de responsabilidad a los funcionarios policiales, al sistema judicial, los establecimientos médicos y psiquiátricos y los servicios sociales respecto a cómo se tratan los casos de violencia doméstica.
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<meta name="Author" content="Baha'i International Community">
<meta name="Title" content="1994 May 26, Creating Violence-Free Families">
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<meta name="SearchURL" content="http://amazon.com/">
<meta name="SearchTerm" content="1994 May 26, Creating Violence-Free Families">
<meta name="ISBN" content="">
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<body>
*** CREATING VIOLENCE-FREE FAMILIES
-------------------------------------
A Symposium Summary Report.
New York, New York
23-25 May 1994
* * * * *
Family violence is a global and pernicious problem. To meet the challenge of this critical issue, grassroots practitioners, academics, mental health professionals and representatives from more than 30 non-governmental organizations (NGOs) and two UN agencies held a two-day Symposium in May 1994. The Symposium was initiated by the Baha'i International Community's Office for the Advancement of Women in collaboration with the United Nations Children's Fund (UNICEF) and the United Nations Development Fund for Women
(UNIFEM) on the occasion of the International Year of the Family, (1994).
Building on a diversity of cultures, professions, experiences and perspectives, participants from China to the Caribbean worked together in an environment of trust and respect. They exchanged points of view and found common ground in a collective commitment to expand their efforts to create violence-free families.
Domestic violence, participants agreed, takes many forms, affects all spheres of society and all aspects of human development. The links between violence in the family and social, structural and political violence are inescapable. Participants explored strategies and raised questions that focused on prevention as well as intervention. What is the best way to raise public awareness about the scope and seriousness of family violence? How does one break the intergenerational spiral and prevent abused children from becoming abused or abusive adults? They explored strategies to help battered wives and daughters develop self-esteem and self-worth, enabling them to expose the historic and powerful myth of their own gender-based worthlessness and to take action on their own behalf. After two days of workshops and discussions, participants reached a consensus that developing a holistic and multi-disciplinary approach to the challenging task of creating violence-free families was not only a necessity, but an achievable reality.
Effective efforts to create violence-free families require a partnership between men and women and the active participation of all social sectors. Strategies for redress and remedies must be designed to include the whole family, because the dynamics of family violence directly affect all its members. That effort must begin, said keynote speaker Dr. Hossain Danesh, Director of the Institute for International Education and Development, in Weinacht, Switzerland, with a new vision of the "family." Whatever its size or composition, he said, that family must be raised questions that focused on prevention as well as based on "unity, equality and mutual respect rather intervention. What is the best way to raise public than power."
This vision requires a range of actions, from the re-examination of values and attitudes to the definition and criminalization of violent behavior. Awareness-raising, intervention and prevention must be simultaneous processes. "Eradicating violence in the family is not a matter of choice or chivalry or grace or good nature," said Marjorie Thorpe, Deputy Director of UNIFEM, in her closing comments. "It is an obligation and a responsibility imposed on us by our humanity and our interdependence."
The following conclusions emerged in consensus from the Symposium:
Family violence must be publicly acknowledged as a problem. Denial, on every level, is one of the greatest obstacles to eradicating family violence. The human need for love and acceptance often prevents victims from speaking out or even admitting that the abuse is taking place. They must be helped to recognize violence when it occurs — to them, or to a sister, brother, aunt, or grandmother — and be provided with the necessary legal and emotional support services. Women and children must be helped to avoid collusion with men in perpetuating violence by remaining silent, excusing violence, blaming themselves, and accepting cultural rationales.
The social and economic costs of family violence are incalculable. According to Alda Facio, Director of the Women, Gender and Justice Programme at the Latin American Crime Prevention Institute in Costa Rica, these costs range from hospitalization for sexually and physically abused infants, children and women. medical treatment for unsafe abortions and sexually transmitted diseases, to legal fees and support for battered-women's shelters, and foster homes for children.
But the price of violence is not only monetary, said Facio. The inestimable cost of lost productivity by damaged individuals unable to function fully, if at all. of lost psychic identities, and even loss of lives must also be considered. "Think of the millions of women who live with violence and the fear of violence. They lose their sense of identity which has been eroded to the point where they accept the contaminated version of reality dictated by their abusers. Think of the women who pay with their lives, either by their own hands or the hands of others."
Family violence is a human development issue. It damages wives, mothers and daughters who are battered. raped. deprived of human dignity and the means to meet their basic needs. It also traumatizes the children living in these homes, where they witness or are subjected routinely to beatings, sexual and verbal abuse, and neglect. Demonstrating and perpetuating the historically unequal power relations between genders, family violence severely impedes the full development and advancement of both men and women; replicating itself in generation after generation, it stunts the growth and development of whole societies. To pursue effective development strategies, agencies and organizations that work with women and children must increase their sensitivity to the issue of violence and make it central to their work.
Family violence is a human rights issue. Deeply rooted in cultural and religious gender bias, it is supported, even institutionalized, by many patriarchal societies. Family violence arises from social and legal systems that "entrust" the care of women and children to men, in fact, granting them unlimited license to dominate, oppress, even "own" them. In societies where women's rights are overtly thwarted, family violence can be a culturally inbred part of upbringing, embedded in the consciousness of all family members as "acceptable" and "normal" Moreover, contrary to conventional wisdom, a gain in status for women often brings an increase, not a decrease, in reported cases of violence as men feel threatened by a loss of power.
"The first step in ending family violence," said Dr. Nahid Toubia, of the Population Council, "is recognizing that certain practices, such as genital mutilation and widow burning, can be sources of cultural pride and serve to maintain the existing social order." In other cases, she said, people consider wife battering, excessive punishment of children and infanticide of baby girls as "an unpleasant but unavoidable reality."
In many countries, family violence is ignored or condoned in the name of religion, of culture, and of "familism" in which the sanctity of the family unit takes rigid precedence over the safety or sanity of its individual members. At policy-making levels, family violence is often considered a private matter and in many countries, it is not a punishable offense. In some countries, one family member is prohibited by law from denouncing another, even for the most serious and violent acts. And where laws prohibiting family violence do exist, there is often little effort to implement them; in fact, the law is often the last resort for victims of abuse.
Effective use of a human rights framework to create violence-free families will require enforcement of international conventions such as the Convention on the Elimination of All Forms of Discrimination against Women and the Convention on thc Rights of the Child. It will also require state interventions that protect women and children from abuse and prevent such violations from occurring. Religious and political leaders, educators and law enforcement officials must be sensitized and mobilized to support new cultural values of mutual respect rather than domination of one gender over the other.
A violent society produces violent families. Just as family violence affects the wider society, a violent society reinforces and even creates a ripe climate for family violence. Institutionalized violence, oppression, and rigidly maintained economic and social inequalities can simultaneously victimize men and turn them into perpetrators of violence against those even more helpless — their wives and children — in a society already built upon male authority and gender bias. In South Africa, for example, Hlengiwe Mkhize, Director of the Children in Violence Project at the University of Witwatersrand in Johannesburg, cited evidence from her country that reveals a clear link between state-initiated oppression and domestic violence. The family unit, she said, becomes the focus of accumulated stress and a fertile ground for multiple acts of domestic violence from family torture and murder, to wife battering, sexual molestation, and the daily mental and physical abuse suffered by children growing up in alcoholic and violent families.
Family violence must be addressed by the world community. It is not a private matter, but has become a global pandemic that the international community can neither ignore nor allow to be protected within the privacy of the family. It is an affliction that ravages all regions of the world, all economic and educational strata and all types of families. The family is the primary locus of human socialization and development. If that development process is denied or distorted, the adverse consequences can be irreversible. Behaviours learned in the home are replicated in the wider society. "We in the United Nations system," said Karin Sham Poo, UNICEF Deputy Executive Director for Operations, in her opening statement "have at last recognized violence in the family as a formidable obstacle to socio-economic development. to say nothing of universal peace and justice."
Communities and governments must be mobilized for action. They must establish networks and hotlines to reduce isolation and provide safety for victims to spear; out. Participatory research is an effective way to sensitize communities to the existence of violence, enabling them to develop their own definitions and their own solutions. A working definition of family violence and a simple checklist of symptoms for use by teachers, nurses, parents, therapists and doctors needs to be developed. Governments must enact and implement laws; develop policies, adequate programmes, and assertive protective measures for victims; provide budget allocations; and mount major public awareness campaigns for the purpose of eradicating family violence.
NGOs have a major role to play — and they are already playing it. Symposium participants acknowledged the daunting nature of family violence as a global affliction that requires a global solution. They were also inspired and motivated by the degree of common concern and the number of concrete grassroots strategies already in place — from Kenya to Canada, from model family projects to teen hotlines. Multiplied worldwide, innovative NGO work in training, rehabilitation, or advocacy can have a powerful impact on reducing family violence. To create violence-free families, the broader development community must develop effective strategies that are multidisciplinary, collaborative and sensitive to the specific cultural and social conditions in which violence occurs.
The media must eliminate stereotyped images of girls and women and portray them in egalitarian relationships with men. The explosion of communications in this century has unleashed a multi-billion dollar violence industry of films, television programmes, magazines and music, which glorify violence. They perpetuate the misperception that domestic violence is provoked, even desired by its victims. Media messages that glorify war or social violence as natural expressions of male potency and reinforce the image of women as helpless and available objects of male sexual drives need to be stopped.
Educational systems need to redesign curricula, texts, sports programmes and other activities to promote gender equality. In one Caribbean community, when a secondary school offered an elective course on child development and parenting, the class was composed of more than 50% boys. Youth-oriented organizations, as well, need to focus on educating boys to develop non-violent attitudes through peer counselling, new forms of conflict-resolution, new symbols and role models of masculinity.
Drawing from the workshop discussions, Symposium participants proposed the following selected set of recommendations:
Research
- Gather and analyze new and existing data on types and scope of abuse from victims, hospitals, police reports, and community agencies for use in advocacy and policy-making.
- Consolidate and disseminate information on successful intervention models and preventive programmes.
- Conduct qualitative participatory research at the community level to assess the nature, frequency and consequences of family violence and help design intervention and prevention strategies.
Education, Training, Advocacy
- Provide support and training for front-line childcare givers — families, social workers, and traditional birth attendants (TBAs) — in the diagnosis, treatment and prevention of family violence.
-
Sensitize police, judiciary, policy makers, and religious leaders regarding the mental health, economic and social consequences of family violence and train them in preventive strategies.
-
Develop gender-sensitive materials, texts, toys, etc. for dissemination in doctors' offices, community and daycare centers, and wherever families are present.
-
Provide special training for teachers in peer mediation and conflict resolution so that they can teach cooperation in the classroom.
-
Create public awareness through all forms of media and existing community networks, presenting family violence as a serious problem with serious consequences.
-
Organize classes for boys and girls to develop an egalitarian approach to parenting and other roles — i.e. sharing of chores and resources; providing opportunities for girls outside the home, including education and job training.
-
Educate women and children about their rights and facilitate the development of strategies to protect themselves.
Services
-
Provide intervention and support for victims of family violence, including counselling, shelters, crisis centres, and financial and legal support.
-
Offer enrichment programmes for families aimed at empowering the most vulnerable members and reinforcing existing family strengths and resources.
-
Require counselling for abusers, to help them reflect on their own experience and the root causes of their acts, and to learn new ways to build self-esteem and handle rage.
International and National legislation
-
Disseminate international conventions and specific relevant sections of the Convention on the Rights of the Child and the Convention on the Elimination of All Forms of Discrimination against Women, with simple notations on the use of these documents.
-
Enact and promote national legislation that criminalizes all forms of domestic violence and provides monitoring and enforcement mechanisms.
-
Require greater accountability of law enforcement officials, judicial systems, medical and psychiatric facilities, and social services regarding their handling of domestic violence cases.
* * * * *
<meta name="Author" content="Baha'i International Community">
<meta name="Title" content="1994 May 26, Creating Violence-Free Families">
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<meta name="SearchTerm" content="1994 May 26, Creating Violence-Free Families">
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*** CREATING VIOLENCE-FREE FAMILIES
-------------------------------------
A Symposium Summary Report.
New York, New York
23-25 May 1994
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Family violence is a global and pernicious problem. To meet the challenge of this critical issue, grassroots practitioners, academics, mental health professionals and representatives from more than 30 non-governmental organizations (NGOs) and two UN agencies held a two-day Symposium in May 1994. The Symposium was initiated by the Baha'i International Community's Office for the Advancement of Women in collaboration with the United Nations Children's Fund (UNICEF) and the United Nations Development Fund for Women
(UNIFEM) on the occasion of the International Year of the Family, (1994).
Building on a diversity of cultures, professions, experiences and perspectives, participants from China to the Caribbean worked together in an environment of trust and respect. They exchanged points of view and found common ground in a collective commitment to expand their efforts to create violence-free families.
Domestic violence, participants agreed, takes many forms, affects all spheres of society and all aspects of human development. The links between violence in the family and social, structural and political violence are inescapable. Participants explored strategies and raised questions that focused on prevention as well as intervention. What is the best way to raise public awareness about the scope and seriousness of family violence? How does one break the intergenerational spiral and prevent abused children from becoming abused or abusive adults? They explored strategies to help battered wives and daughters develop self-esteem and self-worth, enabling them to expose the historic and powerful myth of their own gender-based worthlessness and to take action on their own behalf. After two days of workshops and discussions, participants reached a consensus that developing a holistic and multi-disciplinary approach to the challenging task of creating violence-free families was not only a necessity, but an achievable reality.
Effective efforts to create violence-free families require a partnership between men and women and the active participation of all social sectors. Strategies for redress and remedies must be designed to include the whole family, because the dynamics of family violence directly affect all its members. That effort must begin, said keynote speaker Dr. Hossain Danesh, Director of the Institute for International Education and Development, in Weinacht, Switzerland, with a new vision of the "family." Whatever its size or composition, he said, that family must be raised questions that focused on prevention as well as based on "unity, equality and mutual respect rather intervention. What is the best way to raise public than power."
This vision requires a range of actions, from the re-examination of values and attitudes to the definition and criminalization of violent behavior. Awareness-raising, intervention and prevention must be simultaneous processes. "Eradicating violence in the family is not a matter of choice or chivalry or grace or good nature," said Marjorie Thorpe, Deputy Director of UNIFEM, in her closing comments. "It is an obligation and a responsibility imposed on us by our humanity and our interdependence."
The following conclusions emerged in consensus from the Symposium:
Family violence must be publicly acknowledged as a problem. Denial, on every level, is one of the greatest obstacles to eradicating family violence. The human need for love and acceptance often prevents victims from speaking out or even admitting that the abuse is taking place. They must be helped to recognize violence when it occurs — to them, or to a sister, brother, aunt, or grandmother — and be provided with the necessary legal and emotional support services. Women and children must be helped to avoid collusion with men in perpetuating violence by remaining silent, excusing violence, blaming themselves, and accepting cultural rationales.
The social and economic costs of family violence are incalculable. According to Alda Facio, Director of the Women, Gender and Justice Programme at the Latin American Crime Prevention Institute in Costa Rica, these costs range from hospitalization for sexually and physically abused infants, children and women. medical treatment for unsafe abortions and sexually transmitted diseases, to legal fees and support for battered-women's shelters, and foster homes for children.
But the price of violence is not only monetary, said Facio. The inestimable cost of lost productivity by damaged individuals unable to function fully, if at all. of lost psychic identities, and even loss of lives must also be considered. "Think of the millions of women who live with violence and the fear of violence. They lose their sense of identity which has been eroded to the point where they accept the contaminated version of reality dictated by their abusers. Think of the women who pay with their lives, either by their own hands or the hands of others."
Family violence is a human development issue. It damages wives, mothers and daughters who are battered. raped. deprived of human dignity and the means to meet their basic needs. It also traumatizes the children living in these homes, where they witness or are subjected routinely to beatings, sexual and verbal abuse, and neglect. Demonstrating and perpetuating the historically unequal power relations between genders, family violence severely impedes the full development and advancement of both men and women; replicating itself in generation after generation, it stunts the growth and development of whole societies. To pursue effective development strategies, agencies and organizations that work with women and children must increase their sensitivity to the issue of violence and make it central to their work.
Family violence is a human rights issue. Deeply rooted in cultural and religious gender bias, it is supported, even institutionalized, by many patriarchal societies. Family violence arises from social and legal systems that "entrust" the care of women and children to men, in fact, granting them unlimited license to dominate, oppress, even "own" them. In societies where women's rights are overtly thwarted, family violence can be a culturally inbred part of upbringing, embedded in the consciousness of all family members as "acceptable" and "normal" Moreover, contrary to conventional wisdom, a gain in status for women often brings an increase, not a decrease, in reported cases of violence as men feel threatened by a loss of power.
"The first step in ending family violence," said Dr. Nahid Toubia, of the Population Council, "is recognizing that certain practices, such as genital mutilation and widow burning, can be sources of cultural pride and serve to maintain the existing social order." In other cases, she said, people consider wife battering, excessive punishment of children and infanticide of baby girls as "an unpleasant but unavoidable reality."
In many countries, family violence is ignored or condoned in the name of religion, of culture, and of "familism" in which the sanctity of the family unit takes rigid precedence over the safety or sanity of its individual members. At policy-making levels, family violence is often considered a private matter and in many countries, it is not a punishable offense. In some countries, one family member is prohibited by law from denouncing another, even for the most serious and violent acts. And where laws prohibiting family violence do exist, there is often little effort to implement them; in fact, the law is often the last resort for victims of abuse.
Effective use of a human rights framework to create violence-free families will require enforcement of international conventions such as the Convention on the Elimination of All Forms of Discrimination against Women and the Convention on thc Rights of the Child. It will also require state interventions that protect women and children from abuse and prevent such violations from occurring. Religious and political leaders, educators and law enforcement officials must be sensitized and mobilized to support new cultural values of mutual respect rather than domination of one gender over the other.
A violent society produces violent families. Just as family violence affects the wider society, a violent society reinforces and even creates a ripe climate for family violence. Institutionalized violence, oppression, and rigidly maintained economic and social inequalities can simultaneously victimize men and turn them into perpetrators of violence against those even more helpless — their wives and children — in a society already built upon male authority and gender bias. In South Africa, for example, Hlengiwe Mkhize, Director of the Children in Violence Project at the University of Witwatersrand in Johannesburg, cited evidence from her country that reveals a clear link between state-initiated oppression and domestic violence. The family unit, she said, becomes the focus of accumulated stress and a fertile ground for multiple acts of domestic violence from family torture and murder, to wife battering, sexual molestation, and the daily mental and physical abuse suffered by children growing up in alcoholic and violent families.
Family violence must be addressed by the world community. It is not a private matter, but has become a global pandemic that the international community can neither ignore nor allow to be protected within the privacy of the family. It is an affliction that ravages all regions of the world, all economic and educational strata and all types of families. The family is the primary locus of human socialization and development. If that development process is denied or distorted, the adverse consequences can be irreversible. Behaviours learned in the home are replicated in the wider society. "We in the United Nations system," said Karin Sham Poo, UNICEF Deputy Executive Director for Operations, in her opening statement "have at last recognized violence in the family as a formidable obstacle to socio-economic development. to say nothing of universal peace and justice."
Communities and governments must be mobilized for action. They must establish networks and hotlines to reduce isolation and provide safety for victims to spear; out. Participatory research is an effective way to sensitize communities to the existence of violence, enabling them to develop their own definitions and their own solutions. A working definition of family violence and a simple checklist of symptoms for use by teachers, nurses, parents, therapists and doctors needs to be developed. Governments must enact and implement laws; develop policies, adequate programmes, and assertive protective measures for victims; provide budget allocations; and mount major public awareness campaigns for the purpose of eradicating family violence.
NGOs have a major role to play — and they are already playing it. Symposium participants acknowledged the daunting nature of family violence as a global affliction that requires a global solution. They were also inspired and motivated by the degree of common concern and the number of concrete grassroots strategies already in place — from Kenya to Canada, from model family projects to teen hotlines. Multiplied worldwide, innovative NGO work in training, rehabilitation, or advocacy can have a powerful impact on reducing family violence. To create violence-free families, the broader development community must develop effective strategies that are multidisciplinary, collaborative and sensitive to the specific cultural and social conditions in which violence occurs.
The media must eliminate stereotyped images of girls and women and portray them in egalitarian relationships with men. The explosion of communications in this century has unleashed a multi-billion dollar violence industry of films, television programmes, magazines and music, which glorify violence. They perpetuate the misperception that domestic violence is provoked, even desired by its victims. Media messages that glorify war or social violence as natural expressions of male potency and reinforce the image of women as helpless and available objects of male sexual drives need to be stopped.
Educational systems need to redesign curricula, texts, sports programmes and other activities to promote gender equality. In one Caribbean community, when a secondary school offered an elective course on child development and parenting, the class was composed of more than 50% boys. Youth-oriented organizations, as well, need to focus on educating boys to develop non-violent attitudes through peer counselling, new forms of conflict-resolution, new symbols and role models of masculinity.
Drawing from the workshop discussions, Symposium participants proposed the following selected set of recommendations:
Research
- Gather and analyze new and existing data on types and scope of abuse from victims, hospitals, police reports, and community agencies for use in advocacy and policy-making.
- Consolidate and disseminate information on successful intervention models and preventive programmes.
- Conduct qualitative participatory research at the community level to assess the nature, frequency and consequences of family violence and help design intervention and prevention strategies.
Education, Training, Advocacy
- Provide support and training for front-line childcare givers — families, social workers, and traditional birth attendants (TBAs) — in the diagnosis, treatment and prevention of family violence.
-
Sensitize police, judiciary, policy makers, and religious leaders regarding the mental health, economic and social consequences of family violence and train them in preventive strategies.
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Develop gender-sensitive materials, texts, toys, etc. for dissemination in doctors' offices, community and daycare centers, and wherever families are present.
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Provide special training for teachers in peer mediation and conflict resolution so that they can teach cooperation in the classroom.
-
Create public awareness through all forms of media and existing community networks, presenting family violence as a serious problem with serious consequences.
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Organize classes for boys and girls to develop an egalitarian approach to parenting and other roles — i.e. sharing of chores and resources; providing opportunities for girls outside the home, including education and job training.
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Educate women and children about their rights and facilitate the development of strategies to protect themselves.
Services
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Provide intervention and support for victims of family violence, including counselling, shelters, crisis centres, and financial and legal support.
-
Offer enrichment programmes for families aimed at empowering the most vulnerable members and reinforcing existing family strengths and resources.
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Require counselling for abusers, to help them reflect on their own experience and the root causes of their acts, and to learn new ways to build self-esteem and handle rage.
International and National legislation
-
Disseminate international conventions and specific relevant sections of the Convention on the Rights of the Child and the Convention on the Elimination of All Forms of Discrimination against Women, with simple notations on the use of these documents.
-
Enact and promote national legislation that criminalizes all forms of domestic violence and provides monitoring and enforcement mechanisms.
-
Require greater accountability of law enforcement officials, judicial systems, medical and psychiatric facilities, and social services regarding their handling of domestic violence cases.
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