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Bangkok, Tailandia
20 al 24 de Mayo de 1985
Es inconcebible que pueda lograrse paz duradera alguna en este planeta sin resolver los complejos problemas del desarrollo social y económico que afligen a las sociedades contemporáneas. La interconexión de las vidas humanas en los planos físico y psicológico consecuencia de una compleja red mundial de comunicaciones y transporte es tal que sería inconcebible considerar la paz como una condición caracterizada simplemente por la ausencia a escala mundial de conflictos, cuando millones de personas mueren anualmente de hambre, enfermedad y pobreza.
Mucho se ha dicho y escrito acerca del desarrollo, de la manera adecuada de lograrlo, si desde abajo hacia arriba, comenzando desde las raíces, haciendo que todos participen en el proceso de construcción de una calidad satisfactoria de vida. Generalmente se concuerda hoy en día en que el desarrollo debe contar con la participación de quienes sufren de inadecuada alimentación, agua, saneamiento, vivienda, etc., en la decisión y la acción, y si no se sacrificará tanto la validez como el grado de éxito de cualquier programa de desarrollo.
La Comunidad Internacional Baha'i dio a conocer a la Comisión de Derechos Humanos en el cuadragésimo periodo de sesiones, en 1984, su opinión acerca del papel del desarrollo en el logro de una sociedad mundial en una declaración que formuló acerca del «Derecho al Desarrollo»:
«La visión baha'i es la creación última de una civilización mundial, una mancomunidad mundial que unirá a todas las naciones como miembros autónomos y que salvaguardará la libertad y la iniciativa personal de los individuos que la compongan, dentro de un orden justo y equitativo. Se concibe el desarrollo como un proceso dual, individual y social, que se refuerzan mutuamente, en el que la sociedad, moldeada por sus ciudadanos, actúa a su vez sobre el carácter del individuo de tal manera que se facilita la realización de su potencial».
Sin embargo, la calidad de vida del individuo requiere en nuestra opinión mucho más que la satisfacción de las necesidades materiales. Debe tomarse en cuenta todo el propósito de la vida de un individuo para liberarlo tanto de las necesidades internas como de las externas. Sólo entonces puede considerarse que la gente viva en condiciones de paz. Si mañana tuviéramos condiciones de falta de guerra (no una verdadera paz, sino la ausencia de guerra), con desarme general y completo, liberando miles de millones de dólares para su uso en el desarrollo económico y social, persistiría aún la cuestión de qué cambios económicos y sociales servirían mejor las aspiraciones de los seres humanos de crear condiciones de paz personal y social que puedan evolucionar hasta constituir una civilización planetaria rica en oportunidades para el continuo desarrollo creativo de la personalidad humana y de las estructuras sociales, económicas y políticos.
Ya que, en nuestra opinión, como se cita en los Escritos Baha'is, «la religión es verdaderamente el principal instrumento para el establecimiento del orden en el mundo y de la tranquilidad entre sus pueblos», hay desde luego en la búsqueda de la paz y de la comprensión de su interrelación con el desarrollo, la necesidad de reconsiderar, sin los prejuicios que inspire una sociedad secular, la naturaleza de la religión y de los valores religiosos. La Comunidad Internacional Baha'i señaló en una declaración formulada ante la Comisión de Desarrollo Social hace varios años (E/CN.5/NGO/117, del 3 de enero de 1975):
Estimemos que el desarrollo efectivo dependerá de los valores morales y espirituales que comienzan con el individuo y se extienden a la sociedad. Incluso una somera observación permite apreciar que el egoísmo, la codicia, la deshonestidad, el odio y la injusticia, en los planos individual y social, son el reverso de lo que se necesita para producir la unidad y la comprensión, sin las cuales no puede lograrse progreso alguno. Podrá parecer un clisé el afirmar que el amor, la justicia, la integridad, la honestidad y otros valores tradicionales morales y espirituales son indispensables en nuestro mundo preponderantemente profano para producir con éxito los cambios necesarios para la integración personal y social en la compleja vida de este planeta. Pero hemos vista que cuando se orientan hacia una vida de comunidad guiada por un orden administrativo que fomenta el reflejo de esas cualidades en las relaciones sociales, como sucede en las comunidades baha'is, el resultado es sumamente saludable.
Además, en la experiencia y comprensión de la Comunidad Mundial Baha'i, el desarrollo exitoso, como requisito previo del establecimiento de la paz mundial y el crecimiento de una sociedad mundial que propicie y proteja el bienestar de toda la humanidad, debe centrarse en la comprensión de que cada persona es inseparable del cuerpo total de la humanidad. Esta interrelación humana debe expresarse en consecuencia en una vida de acción dedicada a la construcción de una sociedad mundial en la que se satisfarán no sólo las necesidades económicas y sociales de la raza humana, sino, además, sus aspiraciones espirituales, morales y culturales.
Indudablemente la paz y el desarrollo son la responsabilidad de toda la humanidad. Como lo expresan los Escritos Baha'is:
«Grande es la estación del hombre. Grandes deben ser también sus empresas para la rehabilitación del mundo y el bienestar de las naciones. Si el hombre reconociera la grandeza de su estación y lo elevado de su destino no manifestaría otra cosa que buen carácter, acciones puras y una conducta decorosa y digna de alabanza».
Y, además,
«... el honor y la distinción del individuo consisten en lo siguiente, que el de todas las multitudes del mundo llegue a ser fuente de bien social. ¿Es concebible mayor honor que éste, que un individuo, mirando dentro de sí mismo, halle que al confirmar la gracia de Dios ha llegado a ser la causa de la paz y el bienestar, de la felicidad y de ventaja para sus congéneres? Cuán excelente, cuán honorable es el hombre si se levanta para asumir sus responsabilidades Suprema felicidad es la del hombre espolea el corcel de las empresas elevadas en la arena de la civilización y la justicia».
A medida que se reconsidera la religión en nuestra época, se verá que en los Escritos Sagrados puede hallarse la clave de la educación y el desarrollo humano fundamentales, los conocimientos y los valores que a lo largo de la historia han aclarado el objetivo central del ser humano reconocer y adorar a Dios y llevar adelante una civilización en constante progreso y revelado la verdadera identidad de la persona como agente que expresa, a través de su relación con el Creador, una actitud de amor y servicio a la humanidad en su conjunto. De esta manera la religión, en armonía con la ciencia, puede brindar a cada ser humano la oportunidad de desempeñar su parte en propiciar el desarrollo y la paz en el planeta. Libre del dogma, la superstición y otros obstáculos inventados por el hombre, puede verse a la religión en armonía con la ciencia, no incompatible con ella. La Comunidad Internacional Baha'i expresó este argumento en la declaración que formuló ante la Comisión de Desarrollo Social anteriormente mencionada:
«Dado que el desarrollo económico y social depende de la plena aplicación de los recursos de la ciencia y la tecnología a la solución de los urgentes problemas de la alimentación, la población, el medio ambiente, etc., parece indispensable, para conseguir la participación de las masas, que armonicemos la ciencia y la religión, mediante la comprensión de su naturaleza básica como aspectos de una realidad: la primera interesada en la existencia física de la humanidad y la segunda en los valores que tradicionalmente han dado a la vida el significado que tiene. En nuestra experiencia, a menos que se comprenda y se establezca claramente en la conciencia individual y social la unidad básica de la ciencia y la religión, no es fácil desarraigar costumbres y tradiciones anticuadas que impiden la aceptación sin reservas de valiosos adelantos de la ciencia y la tecnología».
Como conclusión, recomendamos que la Secretaría del AIP estimule durante el Año Internacional de la Paz una reevaluación del verdadero carácter de la religión como reserva de orientación para la conducta humana y dirección hacia la unidad en la vida contemporánea. Es nuestra convicción que la religión aporta el elemento esencial de humanidad para fundamentar las contribuciones que la ciencia y la tecnología puedan hacer al desarrollo económico y social y, a su vez, a la paz. En un mundo en que el conflicto ha resultado ser inútil como solución de los problemas humanos, en que ha cesado la viabilidad de la guerra, la única respuesta consiste en volver a descubrir un proceso en el que la felicidad de toda la raza humana en contraposición a aquella de un determinado segmento de la humanidad, sin importar sobre qué base ésta se seleccione puede procurarse y alcanzarse. En esta empresa la religión y la ciencia deben trabajar unidas.
20 al 24 de Mayo de 1985
Es inconcebible que pueda lograrse paz duradera alguna en este planeta sin resolver los complejos problemas del desarrollo social y económico que afligen a las sociedades contemporáneas. La interconexión de las vidas humanas en los planos físico y psicológico consecuencia de una compleja red mundial de comunicaciones y transporte es tal que sería inconcebible considerar la paz como una condición caracterizada simplemente por la ausencia a escala mundial de conflictos, cuando millones de personas mueren anualmente de hambre, enfermedad y pobreza.
Mucho se ha dicho y escrito acerca del desarrollo, de la manera adecuada de lograrlo, si desde abajo hacia arriba, comenzando desde las raíces, haciendo que todos participen en el proceso de construcción de una calidad satisfactoria de vida. Generalmente se concuerda hoy en día en que el desarrollo debe contar con la participación de quienes sufren de inadecuada alimentación, agua, saneamiento, vivienda, etc., en la decisión y la acción, y si no se sacrificará tanto la validez como el grado de éxito de cualquier programa de desarrollo.
La Comunidad Internacional Baha'i dio a conocer a la Comisión de Derechos Humanos en el cuadragésimo periodo de sesiones, en 1984, su opinión acerca del papel del desarrollo en el logro de una sociedad mundial en una declaración que formuló acerca del «Derecho al Desarrollo»:
«La visión baha'i es la creación última de una civilización mundial, una mancomunidad mundial que unirá a todas las naciones como miembros autónomos y que salvaguardará la libertad y la iniciativa personal de los individuos que la compongan, dentro de un orden justo y equitativo. Se concibe el desarrollo como un proceso dual, individual y social, que se refuerzan mutuamente, en el que la sociedad, moldeada por sus ciudadanos, actúa a su vez sobre el carácter del individuo de tal manera que se facilita la realización de su potencial».
Sin embargo, la calidad de vida del individuo requiere en nuestra opinión mucho más que la satisfacción de las necesidades materiales. Debe tomarse en cuenta todo el propósito de la vida de un individuo para liberarlo tanto de las necesidades internas como de las externas. Sólo entonces puede considerarse que la gente viva en condiciones de paz. Si mañana tuviéramos condiciones de falta de guerra (no una verdadera paz, sino la ausencia de guerra), con desarme general y completo, liberando miles de millones de dólares para su uso en el desarrollo económico y social, persistiría aún la cuestión de qué cambios económicos y sociales servirían mejor las aspiraciones de los seres humanos de crear condiciones de paz personal y social que puedan evolucionar hasta constituir una civilización planetaria rica en oportunidades para el continuo desarrollo creativo de la personalidad humana y de las estructuras sociales, económicas y políticos.
Ya que, en nuestra opinión, como se cita en los Escritos Baha'is, «la religión es verdaderamente el principal instrumento para el establecimiento del orden en el mundo y de la tranquilidad entre sus pueblos», hay desde luego en la búsqueda de la paz y de la comprensión de su interrelación con el desarrollo, la necesidad de reconsiderar, sin los prejuicios que inspire una sociedad secular, la naturaleza de la religión y de los valores religiosos. La Comunidad Internacional Baha'i señaló en una declaración formulada ante la Comisión de Desarrollo Social hace varios años (E/CN.5/NGO/117, del 3 de enero de 1975):
Estimemos que el desarrollo efectivo dependerá de los valores morales y espirituales que comienzan con el individuo y se extienden a la sociedad. Incluso una somera observación permite apreciar que el egoísmo, la codicia, la deshonestidad, el odio y la injusticia, en los planos individual y social, son el reverso de lo que se necesita para producir la unidad y la comprensión, sin las cuales no puede lograrse progreso alguno. Podrá parecer un clisé el afirmar que el amor, la justicia, la integridad, la honestidad y otros valores tradicionales morales y espirituales son indispensables en nuestro mundo preponderantemente profano para producir con éxito los cambios necesarios para la integración personal y social en la compleja vida de este planeta. Pero hemos vista que cuando se orientan hacia una vida de comunidad guiada por un orden administrativo que fomenta el reflejo de esas cualidades en las relaciones sociales, como sucede en las comunidades baha'is, el resultado es sumamente saludable.
Además, en la experiencia y comprensión de la Comunidad Mundial Baha'i, el desarrollo exitoso, como requisito previo del establecimiento de la paz mundial y el crecimiento de una sociedad mundial que propicie y proteja el bienestar de toda la humanidad, debe centrarse en la comprensión de que cada persona es inseparable del cuerpo total de la humanidad. Esta interrelación humana debe expresarse en consecuencia en una vida de acción dedicada a la construcción de una sociedad mundial en la que se satisfarán no sólo las necesidades económicas y sociales de la raza humana, sino, además, sus aspiraciones espirituales, morales y culturales.
Indudablemente la paz y el desarrollo son la responsabilidad de toda la humanidad. Como lo expresan los Escritos Baha'is:
«Grande es la estación del hombre. Grandes deben ser también sus empresas para la rehabilitación del mundo y el bienestar de las naciones. Si el hombre reconociera la grandeza de su estación y lo elevado de su destino no manifestaría otra cosa que buen carácter, acciones puras y una conducta decorosa y digna de alabanza».
Y, además,
«... el honor y la distinción del individuo consisten en lo siguiente, que el de todas las multitudes del mundo llegue a ser fuente de bien social. ¿Es concebible mayor honor que éste, que un individuo, mirando dentro de sí mismo, halle que al confirmar la gracia de Dios ha llegado a ser la causa de la paz y el bienestar, de la felicidad y de ventaja para sus congéneres? Cuán excelente, cuán honorable es el hombre si se levanta para asumir sus responsabilidades Suprema felicidad es la del hombre espolea el corcel de las empresas elevadas en la arena de la civilización y la justicia».
A medida que se reconsidera la religión en nuestra época, se verá que en los Escritos Sagrados puede hallarse la clave de la educación y el desarrollo humano fundamentales, los conocimientos y los valores que a lo largo de la historia han aclarado el objetivo central del ser humano reconocer y adorar a Dios y llevar adelante una civilización en constante progreso y revelado la verdadera identidad de la persona como agente que expresa, a través de su relación con el Creador, una actitud de amor y servicio a la humanidad en su conjunto. De esta manera la religión, en armonía con la ciencia, puede brindar a cada ser humano la oportunidad de desempeñar su parte en propiciar el desarrollo y la paz en el planeta. Libre del dogma, la superstición y otros obstáculos inventados por el hombre, puede verse a la religión en armonía con la ciencia, no incompatible con ella. La Comunidad Internacional Baha'i expresó este argumento en la declaración que formuló ante la Comisión de Desarrollo Social anteriormente mencionada:
«Dado que el desarrollo económico y social depende de la plena aplicación de los recursos de la ciencia y la tecnología a la solución de los urgentes problemas de la alimentación, la población, el medio ambiente, etc., parece indispensable, para conseguir la participación de las masas, que armonicemos la ciencia y la religión, mediante la comprensión de su naturaleza básica como aspectos de una realidad: la primera interesada en la existencia física de la humanidad y la segunda en los valores que tradicionalmente han dado a la vida el significado que tiene. En nuestra experiencia, a menos que se comprenda y se establezca claramente en la conciencia individual y social la unidad básica de la ciencia y la religión, no es fácil desarraigar costumbres y tradiciones anticuadas que impiden la aceptación sin reservas de valiosos adelantos de la ciencia y la tecnología».
Como conclusión, recomendamos que la Secretaría del AIP estimule durante el Año Internacional de la Paz una reevaluación del verdadero carácter de la religión como reserva de orientación para la conducta humana y dirección hacia la unidad en la vida contemporánea. Es nuestra convicción que la religión aporta el elemento esencial de humanidad para fundamentar las contribuciones que la ciencia y la tecnología puedan hacer al desarrollo económico y social y, a su vez, a la paz. En un mundo en que el conflicto ha resultado ser inútil como solución de los problemas humanos, en que ha cesado la viabilidad de la guerra, la única respuesta consiste en volver a descubrir un proceso en el que la felicidad de toda la raza humana en contraposición a aquella de un determinado segmento de la humanidad, sin importar sobre qué base ésta se seleccione puede procurarse y alcanzarse. En esta empresa la religión y la ciencia deben trabajar unidas.
It is inconceivable that any lasting peace on this planet can be achieved without resolving the complex problems of social and economic development that afflict contemporary societies. The interconnectedness of human lives at physical and psychological levels -- brought about by a global intricate network of communication and transportation -- is such that it would be unthinkable to consider peace a condition characterized simply by worldwide absence of conflict, when millions of people die yearly from starvation, disease and poverty.
Much has been said and written about development, the proper way to achieve it -- from the bottom up, beginning at the grass roots, involving everyone in the process of building a satisfactory quality of life. It is generally agreed today that development must involve those suffering because of inadequate food, water, sanitation, housing, etc., in decision and action, otherwise both the validity and the degree of success of any development programs will be sacrificed.
The view of the Baha'i International Community on the role of development in the achievement of a global society in a world at peace was shared with the Commission on Human Rights at its 40th session in 1984 in a statement on the right to development:
"The Baha'i vision is the ultimate creation of a global civilization, a world commonwealth uniting all nations as its autonomous members and safeguarding the personal freedom and initiative of the individuals that compose them, in a just and equitable order. Development is perceived as a dual and mutually reinforcing individual and societal process, in which society, molded by its citizens, in turn reacts on the character of the individual in such a way that the realization of his potential is facilitated."
The quality of life of the individual, however, demands in our view far more than the satisfaction of material needs. The whole purpose of an individual's life must be taken into account, to provide freedom from both internal and external want. Only then can it be considered that people live in a condition of peace. If tomorrow we should have a condition of non-war (not truly peace, but the absence of war), with general and complete disarmament, freeing billions of dollars for use in social and economic development, still the question would persist about what kind of social and economic changes will best serve the aspirations of human beings for conditions of personal and social peace that can evolve into a planetary civilization rich in opportunities for continuous creative development of the human personality and of the social, economic and political structures.
Since, in our view -- as cited in the Baha'i Writings -- "religion is verily the chief instrument for the establishment of order in the world and of tranquillity amongst its peoples," there is certainly, in the search for peace and for an understanding of its interrelationship to development, a need to reconsider, without the prejudice instilled by a secular society, the nature of religion and of religious values. The Baha'i International Community noted in a statement to the Commission for Social Development several years ago (E/CN.5/NGO/117; 3 January 1975), that effective development will, we feel, depend on moral and spiritual values beginning with the individual and extending to society. From even cursory observation, it would appear that individual and social selfishness, greed, dishonesty, hatred and injustice are the reverse of what is needed to bring about the unity and understanding, without which no progress can be made. It may seem a cliche to say that love, justice, trustworthiness, honesty and other traditional moral-spiritual values are essential in our predominantly secular world to successfully bring about the changes necessary for personal and social integration in the complex life of this planet. But we have found that when they are channeled into a community life that is guided by an administrative order fostering the reflection of these qualities in social relations, as is the case in Baha'i communities, then the result is noticeably healthy.
Further, in the experience and understanding of the Baha'i world community, successful development, as a prerequisite for the establishment of world peace and the growth of a world society fostering and protecting the well-being of the whole of humanity must center on the realization that each person is inseparable from the total body of mankind. This human inter-relationship must be expressed, accordingly, in a lifetime of action devoted to building a global society, where not only the social and economic needs of the human race, but also its spiritual, moral and cultural aspirations, are fully provided for.
Unquestionably peace and development are the responsibility of all of humanity. As expressed in the Baha'i Writings:
"Great is the station of man. Great also must be his endeavours for the rehabilitation of the world and the well-being of nations....Were man to appreciate the greatness of his station and the loftiness of his destiny he would manifest naught save goodly character, pure deeds, and a seemly and praiseworthy conduct."
And further,
"...the honor and distinction of the individual consist in this, that he among all the world's multitudes should become a source of social good. Is any larger bounty conceivable than this, that an individual, looking within himself, should find that by the confirming grace of God he has become the cause of peace and well-being, of happiness and advantage to his fellow men?...How excellent, how honorable is man, if he arises to fulfill his responsibilities....Supreme happiness is man's,...if he urges on the steed of high endeavor in the arena of civilization and justice."
As religion is reconsidered in our times, it will be seen that in the Holy Writings can be found the key to fundamental human education and development, the knowledge and values that have throughout history clarified the central aim of the human being -- to recognize and to worship God, and to carry forward an ever advancing civilization -- and revealed the real identity of the person as an agent expressing, through his relationship to the Creator, an attitude of love and service to humanity as a whole. Thus religion, in harmony with science, can afford each human being the opportunity to play his part in fostering development and peace on the planet. Freed of dogma, superstition, and other man-invented encumbrances, religion can be seen as being congenial to science, not incompatible. The Baha'i International Community expressed this point in the statement to the Commission for Social Development referred to earlier:
"Since economic and social development are dependent on full application of the resources of science and technology to the solution of the urgent problems of food, population, environment, etc., it would seem essential, to ensure mass participation, that we bring science and religion into harmony, through an understanding of their basic nature as aspects of one reality: the first concerned with the physical existence of humanity and the second with the values that have traditionally given life its meaning. In our experience unless the basic unity of science and religion is clearly understood and established in individual and social consciousness, it is not easy to uproot outmoded customs and traditions that prevent the ready acceptance of valuable advances in science and technology."
In conclusion we would recommend that the IYP Secretariat encourage during the International Year of Peace a reassessment of the true nature of religion as a reservoir of guidance for human behavior and direction towards unity in contemporary life. It is our conviction that religion provides the essential element of humanity to underlie the contributions that science and technology make to economic and social development, and conversely, to peace. In a world where conflict has proved a dead-end as a resolution to human problems, where the viability of war has ceased, the only answer is to rediscover a process whereby the happiness of the whole human race -- as opposed to that of any one part of humanity, selected on whatever basis -- can be worked for and achieved. In this endeavor religion and science must work hand-in-hand.
Much has been said and written about development, the proper way to achieve it -- from the bottom up, beginning at the grass roots, involving everyone in the process of building a satisfactory quality of life. It is generally agreed today that development must involve those suffering because of inadequate food, water, sanitation, housing, etc., in decision and action, otherwise both the validity and the degree of success of any development programs will be sacrificed.
The view of the Baha'i International Community on the role of development in the achievement of a global society in a world at peace was shared with the Commission on Human Rights at its 40th session in 1984 in a statement on the right to development:
"The Baha'i vision is the ultimate creation of a global civilization, a world commonwealth uniting all nations as its autonomous members and safeguarding the personal freedom and initiative of the individuals that compose them, in a just and equitable order. Development is perceived as a dual and mutually reinforcing individual and societal process, in which society, molded by its citizens, in turn reacts on the character of the individual in such a way that the realization of his potential is facilitated."
The quality of life of the individual, however, demands in our view far more than the satisfaction of material needs. The whole purpose of an individual's life must be taken into account, to provide freedom from both internal and external want. Only then can it be considered that people live in a condition of peace. If tomorrow we should have a condition of non-war (not truly peace, but the absence of war), with general and complete disarmament, freeing billions of dollars for use in social and economic development, still the question would persist about what kind of social and economic changes will best serve the aspirations of human beings for conditions of personal and social peace that can evolve into a planetary civilization rich in opportunities for continuous creative development of the human personality and of the social, economic and political structures.
Since, in our view -- as cited in the Baha'i Writings -- "religion is verily the chief instrument for the establishment of order in the world and of tranquillity amongst its peoples," there is certainly, in the search for peace and for an understanding of its interrelationship to development, a need to reconsider, without the prejudice instilled by a secular society, the nature of religion and of religious values. The Baha'i International Community noted in a statement to the Commission for Social Development several years ago (E/CN.5/NGO/117; 3 January 1975), that effective development will, we feel, depend on moral and spiritual values beginning with the individual and extending to society. From even cursory observation, it would appear that individual and social selfishness, greed, dishonesty, hatred and injustice are the reverse of what is needed to bring about the unity and understanding, without which no progress can be made. It may seem a cliche to say that love, justice, trustworthiness, honesty and other traditional moral-spiritual values are essential in our predominantly secular world to successfully bring about the changes necessary for personal and social integration in the complex life of this planet. But we have found that when they are channeled into a community life that is guided by an administrative order fostering the reflection of these qualities in social relations, as is the case in Baha'i communities, then the result is noticeably healthy.
Further, in the experience and understanding of the Baha'i world community, successful development, as a prerequisite for the establishment of world peace and the growth of a world society fostering and protecting the well-being of the whole of humanity must center on the realization that each person is inseparable from the total body of mankind. This human inter-relationship must be expressed, accordingly, in a lifetime of action devoted to building a global society, where not only the social and economic needs of the human race, but also its spiritual, moral and cultural aspirations, are fully provided for.
Unquestionably peace and development are the responsibility of all of humanity. As expressed in the Baha'i Writings:
"Great is the station of man. Great also must be his endeavours for the rehabilitation of the world and the well-being of nations....Were man to appreciate the greatness of his station and the loftiness of his destiny he would manifest naught save goodly character, pure deeds, and a seemly and praiseworthy conduct."
And further,
"...the honor and distinction of the individual consist in this, that he among all the world's multitudes should become a source of social good. Is any larger bounty conceivable than this, that an individual, looking within himself, should find that by the confirming grace of God he has become the cause of peace and well-being, of happiness and advantage to his fellow men?...How excellent, how honorable is man, if he arises to fulfill his responsibilities....Supreme happiness is man's,...if he urges on the steed of high endeavor in the arena of civilization and justice."
As religion is reconsidered in our times, it will be seen that in the Holy Writings can be found the key to fundamental human education and development, the knowledge and values that have throughout history clarified the central aim of the human being -- to recognize and to worship God, and to carry forward an ever advancing civilization -- and revealed the real identity of the person as an agent expressing, through his relationship to the Creator, an attitude of love and service to humanity as a whole. Thus religion, in harmony with science, can afford each human being the opportunity to play his part in fostering development and peace on the planet. Freed of dogma, superstition, and other man-invented encumbrances, religion can be seen as being congenial to science, not incompatible. The Baha'i International Community expressed this point in the statement to the Commission for Social Development referred to earlier:
"Since economic and social development are dependent on full application of the resources of science and technology to the solution of the urgent problems of food, population, environment, etc., it would seem essential, to ensure mass participation, that we bring science and religion into harmony, through an understanding of their basic nature as aspects of one reality: the first concerned with the physical existence of humanity and the second with the values that have traditionally given life its meaning. In our experience unless the basic unity of science and religion is clearly understood and established in individual and social consciousness, it is not easy to uproot outmoded customs and traditions that prevent the ready acceptance of valuable advances in science and technology."
In conclusion we would recommend that the IYP Secretariat encourage during the International Year of Peace a reassessment of the true nature of religion as a reservoir of guidance for human behavior and direction towards unity in contemporary life. It is our conviction that religion provides the essential element of humanity to underlie the contributions that science and technology make to economic and social development, and conversely, to peace. In a world where conflict has proved a dead-end as a resolution to human problems, where the viability of war has ceased, the only answer is to rediscover a process whereby the happiness of the whole human race -- as opposed to that of any one part of humanity, selected on whatever basis -- can be worked for and achieved. In this endeavor religion and science must work hand-in-hand.
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