# El Fuego en la Cima de la Montaña

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> Source: Bahá'í Library Online (bahai-library.com), curated by Jonah Winters. Used by permission of the curator. Original citation: Gloria A. Faizi, El Fuego en la Cima de la Montaña, bahai-library.com.
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> 
> El Fuego en la Cima de la Montaña
> 
> Traducción al español de "Fire on the Mountain-Top” (1973)
> 
> por Gloria Faizi
> 
> The Bahá’í Publishing Trust
> 
> 27 Rutland Gate London W7 1PD
> 
> @@@Gloria Faizi
> 
> Approved for publication by the National Spiritual Assembly
> 
> of the Bahá´ís of the United Kingdom
> 
> SBN 900123 10 9
> 
> B 101
> 
> Printed and bound in Great Britain
> 
> by Richard Clay (the Chaucer Press), Ltd.,
> 
> Bungay, Suffolk
> 
> Published by the Bahá’í Publishing Trust, London
> A los Pioneros de Arabia
> “Son como el fuego
> 
> el cual en la oscuridad de la noche
> 
> ha sido encendido en la cima de la montaña,”
> Estas historias están basadas en los relatos reunidos en Persia por Sr. Sulaymání. No
> 
> aparecen aquí en orden cronológico.
> El FUEGO EN LA CIMA DE LA MONTAÑA
> 
> LOS POETAS DE ISFAHAN 1
> 
> Los huertos alrededor de Isfahán son bellos en la temprana primavera. Cientos
> 
> de árboles de almendro están cubiertas de flores blancas, mientras entre ellos, aquí y
> 
> allá, están salpicadas de color rosa de las flores de los durazneros. Bajo este pabellón
> 
> delicado de floración, la nueva cosecha está creciendo y el verde es como una rica
> 
> alfombra de color terciopelo tendida por donde vea el ojo. La solana está cálida, el
> 
> aire perfumado y los pájaros cantan canciones de amor todo el día.
> 
> En una huerta tal como ésta, un grupo de jóvenes talentosos estaban sentados
> 
> juntos, hace muchos años. Na'im, el poeta hábil, acaba de terminar de leer su poema
> 
> mas reciente, y sus amigos estaban llenos de admiración. "¿Cómo lo haces?" exclamó
> 
> Siná. "Hay muy pocos poetas quienes pueden escribir acerca de religión en forma tan
> 
> bella y fluida." "La cosa más admirable," dijo Nayyir, "es que no hay nada serio ni
> 
> solemne en ello. Na'im puede escribir acerca de un santo anciano con la misma dulce
> 
> frescura como él puede describir un capullo de rosa en la primavera." "No, no," dijo el
> 
> modesto poeta, "Uds. dos hermanos escriben poesía hermosa Uds. mismos. ¿Y qué
> 
> de los demás?" dijo él, dirigiéndose a los otros. "Oigamos lo que todos han estado
> 
> escribiendo desde que nos conocimos."
> 
> Allí se sentaron entre los colores y la música de la naturaleza, recitando poesía,
> 
> discutiendo temas de todo tipo y tratando de desentrañar los misterios de la vida.
> Pronto habían regresado al tema de religión, y cada uno tenía algo que decir:
> 
> "Es imposible encontrar una persona religiosa quien no tiene prejuicios contra
> 
> todas las otras religiones menos la suya."
> 
> Esto es porque cada uno está perfectamente seguro que la suya es la correcta, y
> 
> todas las demás son falsas."
> 
> "Su actitud es ilógico, mas ¿como puede una persona imparcial, buscando una
> 
> religión, estar seguro de encontrarla?"
> 
> "Debe primero hacer un estudio de cada religión y entonces decidir entre ellas."
> 
> "¡Cada religión! !Tomaría cientos de vidas! Aún si fuera posible para un hombre
> 
> hacerlo, cómo puede estar seguro él que puede escoger correctamente al final? Diez
> 
> diferentes personas, usando su propia inteligencia, probablemente llegarían a diez
> 
> diferentes conclusiones."
> 
> "¿Importa?"
> 
> "Por supuesto. Todas las religiones enseñan que Dios ha indicado el camino
> 
> que debemos tomar en cada época.          Si esto es verdad, personas yendo en diez
> 
> direcciones diferentes no podrían todos haber encontrado el camino correcto.
> 
> Además, no puede haber cooperación y unidad de propósito entre esos hombres, el
> 
> cual es el problema entre personas profesando diferentes religiones hoy en día."
> 
> "¿Qué entonces es la respuesta? Deberíamos creer que Dios ha proveído el
> 
> camino y después lo ha hecho imposible para nosotros encontrarlo?"
> 
> "Esto no puede ser. Lo que es cierto, sin embargo, es que el Hombre no puede
> 
> esperar encontrar el camino verdadero sin la ayuda de Dios. Una vez que nos damos
> cuenta de nuestras limitaciones, estaremos preparados para pedir aquella ayuda.
> 
> Nosotros mismos debemos, por supuesto, hacer el esfuerzo de encontrar la Verdad,
> 
> renunciando nuestros prejuicios y utilizando nuestra inteligencia, pero más
> 
> importante que todo es que debemos purificar nuestros corazones y orar por la guía
> 
> Divina."
> 
> De lo que sabemos de estos hombres jóvenes, sus discusiones de la religión
> 
> debían haber sido algo como esto.      No importan sus palabras y argumentos que
> 
> usaron, llegaron a la conclusión que ellos mismos deben, poniendo su confianza en
> 
> Dios, mezclarse con cada grupo, escuchar a cada argumento y nunca perder la
> 
> esperanza hasta estar enteramente convencidos que habían sido guiados al objecto de
> 
> su búsqueda.
> 
> Tal discusión sobre la religión, con la decisión final con que concluyó, quizá no
> 
> nos parezca extraño a nosotros porque vivimos en un tiempo cuando muchos jóvenes
> 
> preguntan y dudan de los estándares viejos. Pocos de aquellos quienes vivían en el
> 
> siglo pasado, sin embargo, se sentían y hablaban como hacemos nosotros acerca de la
> 
> religión. Ellos nacieron y fueron criados entre una cierta secta, y cualquier digresión
> 
> de sus creencias era considerado peligroso.
> 
> Aquellos quienes dudaban de los ideas aceptadas que les rodeaba no
> 
> infrecuentemente les faltaba el coraje de admitirlo.
> 
> Raramente, en verdad, comenzaron a investigar a otras religiones con la
> 
> intención de buscar a la Verdad por dondequiera que el camino les condujera.
> 
> ###################################
> Los viajeros estaban sentados en uno de los cuartos de la posada en Tabriz.
> 
> Dos de ellos habían sentado con otros amigos en una huerta afuera de Isfahán
> 
> discutiendo sobre la religión un día, pero había pasado mucho tiempo desde entonces
> 
> y no estaban más cerca a la Verdad que habían esperado encontrar. ¿Contestaba en
> 
> verdad Dios a las oraciones de aquellos quienes pedían guía?
> 
> Un jinete acaba de llegar.   Él cabalgó al cuarto que los viajeros de Isfahán
> 
> ocupaban y desmontó de su caballo. Los hombres nunca le habían visto antes, mas le
> 
> dieron una bienvenida al extraño mientras entró. El nuevo, mirando a su alrededor
> 
> vio a dos hombres quienes trabajaban en la posada. El pidió a uno cuidar a su caballo
> 
> y mandó el otro preparar la pipa de agua. Después de que habían salido del cuarto, él
> 
> se sentó y empezó a hablar con los viajeros jóvenes. "¿Han oído las buenas nuevas?"
> 
> preguntó él. El habló del advenimiento de un nuevo Mensajero de Dios, de cuyo
> 
> advenimiento había sido prometido por todas las religiones del pasado. Él les dijo
> 
> acerca del joven Heraldo quien había venido para preparar el camino por el Gran
> 
> Mensajero, y Quien había sacrificado Su vida por Su Causa.           Los viajeros le
> 
> escucharon con emociones mixtas. Este tipo de conversación era atribuible a los babís
> 
> (1), cuyo nombre era desagradable a todos los musulmanes.
> 
> El extraño siguió para decirles de los signos y pruebas con los cuales estos
> 
> Mensajeros gemelos habían aparecido.      Tan grande era su fe, tan elocuente su
> 
> argumento que los viajeros escucharon con interés aumentando. Después de algún
> 
> tiempo, él dijo: "Ahora tienen que escuchar algunos de aquellos versos como gemas
> 
> que han emanado de la pluma del Prometido." Tomando un papel doblado de su
> bolsillo, procedió a cantar versos de tanto belleza y grandeza que los viajeros
> 
> quedaron sentados y hechizados mientras escuchaban.        Ellos nunca habían jamás
> 
> escuchado algo semejante antes.
> 
> (1)Los bahá'ís todavía eran llamados babís por la mayoría de la gente.
> 
> La majestad de aquellas palabras celestiales, cantadas en una manera lo más
> 
> impresionante, conmovió las profundidades de sus almas.
> 
> Cuando había terminado, el extraño dobló el papel y, tocando con ello a sus
> 
> labios y frente como signo de reverencia, se les presentó a sus anfitriones. Él había
> 
> sembrado las semillas de fe en sus corazones y ahora, ya terminado su misión, llamó
> 
> por su caballo y se puso de pie para ir.
> 
> ¿Quién era?       ¿De dónde venía y a que destinación iba?       Su nombre no es
> 
> importante.   El era un instrumento complaciente que había sido utilizado por la
> 
> Mano de Dios.
> 
> *       *     *        *     *       *    *     *     *      *       *
> 
> Miles de gente se había reunido de los pueblos vecinos para ver a los bahá'ís
> 
> ser desfilados en las calles. Habían cinco de ellos, sus hombros amarrados de tal
> 
> forma que tenían que tomar cada paso juntos o caer en la nieve.
> 
> Sus cuerpos desnudos estaban moretonados e hinchados con la golpiza que
> 
> habían recibido toda la noche.         Aún ahora, mientras se movían lentamente, la
> 
> muchedumbre les pateaban y les apedreaban mientras las guardias les pegaban a sus
> espaldas con sus varas con tal severidad que algunos de entre la multitud no
> 
> aguantaban presenciarlo. Un papá viejo imploraba a las guardias por piedad mientras
> 
> veía a su hijo único torturado ante sus ojos; una hermana, en pura desesperación,
> 
> arrancó de sus orejas sangrientas sus aretes y se los dio a uno de las guardias,
> 
> rogándole desistir de azotar a su hermano – mas ninguno mostró misericordia.
> 
> Las victimas mismas sorprendieron a los espectadores por su calma y fortaleza,
> 
> uno de ellos susurrando a si mismo:
> 
> "La Verdad es la Verdad,
> 
> aún si todos la desafían;
> 
> El Día es el día,
> 
> aún si los ciegos lo niegan."
> 
> El, y tres de los otros, una vez habían estado sentados con sus amigos en un
> 
> hermoso huerto y habían jurado emprender una búsqueda por la Verdad. Aquí es a
> 
> donde el camino les había conducido.
> 
> *      *      *      *      *    *     *      *     *       *    *
> 
> Cuatro hombres cansados estaban arrastrándose en el camino polvoroso. Ellos
> 
> habían podido escapar con sus vidas de Isfahán, mas no habían tenido nada de comer
> 
> o beber ese día y estaban demasiado débiles para continuar más.
> 
> Alguien por casualidad, pasaba por ahí.      Los hombres les preguntaron si
> 
> podían encontrar agua cerca, y él se les enseñó un lugar. Na'im, a quien le quedaban
> más fuerzas que los otros, salió con un jarro vació, mas estaba tan exhausto de regreso
> 
> que no podía acercarse a sus compañeros.         Los otros tres hombres estaban más
> 
> cansados que él, por lo tanto todos tenían que esperar hasta que Na'im podía hacer el
> 
> esfuerzo por acercarse a ellos con el agua preciosa.
> 
> No tenían dinero para comprar comida. Antes de salir de la ciudad, Na'im,
> 
> quien era un hombre rico, había mandado un mensajero a su esposa pidiéndole
> 
> mandar una suma pequeña de dinero para ayudarle a llegar a Tehran, mas su esposa
> 
> le había despedido al mensajero diciendo que no ayudaría a un babí.         Ella había
> 
> tomado posesión de todas las pertenencias de Na’im y ya estaba casada con otro
> 
> hombre.
> 
> muchas veces se desvelaron por toda la noche alternándose para cantar los
> 
> versos.
> 
> En la mañana, mientras se levantaban para irse, los amigos nunca podían
> 
> predecir que aflicción nueva quizá serían llamados a soportar antes de reunirse otra
> 
> vez, mas ellos siempre, bajo todas las circunstancias, estaban preparados a decir con
> 
> Na'im:
> 
> "Yo no sé, O Señor, lo que es mejor para mi;
> 
> Yo sólo pido por aquello que viene de Ti.
> LA HISTORIA DE NA'IM Y SUS AMIGOS 2
> 
> Na'im, el famoso poeta bahá'í, era un gran amigo de Nayyir y Siná. Él los
> 
> había conocido a los hermanos desde su niñez cuando vivieron entre algunos de los
> 
> mas supersticiosos y fanáticos musulmanes en un pueblo cerca a Isfahán.         En su
> 
> juventud estos hombres fueron unidos por una amistad muy cercano por sus gustos
> 
> similares, y gradualmente formaron un círculo de amigos quienes leían y criticaban la
> 
> poesía uno del otro y discutieron temas de toda naturaleza. Estaban particularmente
> 
> interesados en la religión, y sus estudios y discusiones sobre esta tema les condujeron
> 
> a decidir que ellos deberían, cada uno por si mismo, investigar la verdad por si
> 
> mismo; mas si alguno de ellos llegara a la meta de esta jornada difícil y sentía
> 
> convencido que él, en verdad, había encontrado el objeto de su búsqueda, él entonces
> 
> debería tomar sobre sus hombros la obligación de informar a sus amigos.
> 
> Nayyir y Siná fueron los primeros en abrazar a la Fe Bahá'í. Ellos estaban lejos
> 
> de su casa en aquel entonces mas, fieles a su juramento, se apresuraron a regresar a
> 
> traer las felices nuevas a sus amigos. Na'im les escuchó con gran interés mientras le
> 
> daban El Mensaje, y pronto llegó a ser un seguidor firme de la nueva Causa. Uno o
> 
> dos de entre sus amigos también fueron atraídos a la Fe, mas los demás se sentían
> 
> renuentes a asociarse con alguien quien hablaba a favor de los bahá'ís, mucho menos
> 
> estaban preparados a escuchar a ideas aceptadas por gente quienes ya estaban
> 
> marcados como enemigos de Dios y la religión.
> 
> De ese tiempo los rumores fueron difundidos en el pueblo que Nayyir y Siná,
> 
> tanto como Na'im y unos cuantos otros, habían salido de la Fe de Islam para juntarse
> con los bahá'ís, y ahora estaban involucrados en extraviar a otros. La mayoría de la
> 
> gente, sin embargo, quienes amaban y respetaban a esos hombres no creyeron los
> 
> rumores, mientras sus pocos enemigos no tenían ninguna manera de probar algo en
> 
> su contra.
> 
> Entre los enemigos de la Causa en aquel pueblo habían dos sacerdotes quienes
> 
> actuaban como diputados de aquellos influyentes Mujtahids* de Isfahán, conocidos
> 
> por los bahá'ís como "El Lobo" y "El Hijo del Lobo". Confiados en que cualquier
> 
> confabulación en contra de los seguidores de la nueva Fe encontraría la aprobación de
> 
> estos mujtahids, los dos sacerdotes decidieron en llevar a cabo un plan por medio del
> 
> cual podrían abiertamente denunciar los bahá'ís de su pueblo. Ellos se acercaron al
> 
> hermano de un hombre que se le había sospechado por largo tiempo de ser bahá'í, y
> 
> le persuadieron pretender adherencia a la nueva Fe. De esta manera él podría obtener
> 
> un libro acerca de la Causa y entregarlo como prueba a manos de los sacerdotes. Se
> 
> llevó a cabo este plan y el libro del Iqán cayó en manos de los enemigos de la Fe.
> 
> La mañana siguiente uno de los sacerdotes, armado con el libro como prueba,
> 
> subió al minarete de la mezquita del pueblo. "La religión de Dios ha perecido!" él les
> 
> gritó a la gente."¡La verdadera Fe de Dios está muerta!" Los habitantes del lugar se
> 
> apresuraron a la mezquita para escuchar lo que él tenia que decir. "¡Oh pueblo," gritó
> 
> el sacerdote histérico, "Yo les digo, ¡la religión de nuestros antepasados está muerto y
> 
> olvidado!    ¡Miren," dijo él, produciendo el Iqán, "este libro les pertenece a los
> 
> seguidores del Báb y ha sido encontrado en la casa de los hermanos infieles, Nayyir y
> 
> Siná! ¡Yo mismo," él les aseguró, "he leído la primera y segunda páginas de este libro
> y yo juro por Dios que, si hubiera atrevido a seguir hasta la tercera página, yo habría
> 
> sido convertido!    ¡Cuidado de lo que estos infieles malditos pueden hacer y
> 
> desháganse de ellos antes de que hayan desarraigado la religión de Dios en este
> 
> pueblo!"
> 
> El daño se había hecho. La amistad y los lazos familiares fueron olvidados
> 
> mientras el odio por los bahá'ís aumentó en los corazones de la gente, cegándola a
> 
> toda decencia y justicia. Nada podría apaciguarla ahora exceptuando la muerte de
> 
> todos quienes se habían atrevido a juntarse a la nueva Fe.
> 
> Los dos mujtahids de Isfahán firmaron las sentencia de muerte de los cinco
> 
> bahá'ís en aquel pueblo, tres de ellos siendo Nayyir, Siná, y Na'im. Todos iban a ser
> 
> llevados a la prisión en Isfahán y entregado al gobernador quien iba a llevar a cabo la
> 
> sentencia de muerte. Los del pueblo, sin embargo, no iban a ser privados de tener
> 
> una parte en el castigo de los bahá'ís por ellos mismos. La noche que llegaron las
> 
> sentencias de muerte, los cinco bahá'ís fueron encuerados y golpeados hasta el
> 
> amanecer. Na'im ha relatado el incidente de cómo, después de ser golpeados toda la
> 
> noche, sus caras y cuerpos desnudos fueron pintados con colores charradas y
> 
> sombreros altos de papel fueron colocados sobre sus cabezas para hacerles parecer tan
> 
> ridículos como posible.    Sus hombros fueron atados uno al otro y ellos fueron
> 
> desfilados a través de las calles del pueblo acompañados por una banda quienes
> 
> tocaron flautas, tambores y tamborines. Na'im también recordaba que, a pesar de la
> 
> tortura física que habían soportado, su sentido de humor no les había abandonado
> 
> por completo y de vez en cuando se echaron a reír mientras se veían uno al otro en su
> nuevos vestimentos. Afortunadamente, los pocos amigos que les quedaban afuera
> 
> lograron conseguir su liberación de la prisión del gobernador en Isfahán. Nayyir y
> 
> Sina fueron los últimos en salir de la prisión, y al principio había poca esperanza para
> 
> ellos. Sus esposas, en un intento de mover el corazón del "El Lobo", fueron con él con
> 
> sus niños pequeños, rogándole tener piedad de los pequeñitos y liberar a sus papas,
> 
> mas aquel mujtahid cruel mandó echarles de su casa. El gobernador teniente, sin
> 
> embargo, quien ya los conocía a Nayyir y a Sina y era muy devoto a los dos
> 
> hermanos, obtuvo su liberación por medio de intervenir por parte de ellos y
> 
> persuadirle al gobernador de Isfahán, quien estaba en la capital en aquel entonces, de
> 
> anular la sentencia de muerte emitido por los mujtahids. Esto fue una rara ocurrencia
> 
> y uno que no podía ser olvidado por los dignatarios religiosos enfurecidos. Ellos
> 
> juraron que no descansarían hasta que hubieran tomado su venganza de las víctimas
> 
> quienes habían escapado temporalmente su castigo.
> 
> *Doctores Musulmanes de la Ley Religiosa
> LA VENGANZA DE LOS MUJTAHIDS 3
> 
> Los gritos y maldiciones de la chusma se podía escuchar por millas alrededor.
> 
> Ellos habían rodeado a la casa y amenazaron a apedrear a la muerte a los dos
> 
> hermanos.
> 
> Nayyir y Sina, los poetas nobles quienes habían gozado de tanta popularidad
> 
> antes, habían llegado ahora a ser proscritos entre sus paisanos.    Ellos se habían
> 
> atrevido a enlistarse en las filas de los bahá'ís y ninguna muerte era demasiada
> 
> terrible para ellos.
> 
> Las paredes que rodeaban la casa estaban demasiada altas para subir y la
> 
> puerta pesada aguantó el ataque de las piedras, mas la chusma salvaje no se alejara.
> 
> "¡Traigan parafina," gritaron algunos, "y quemaremos la puerta!"
> 
> Dentro de la casa, las mujeres y los niños temblaron con miedo. La primera
> 
> advertencia de lo que iba a suceder las había llegado cuando el hijo mayor de Sina'
> 
> había sido atacado cuando estaba atravesando unos pocos días antes. Él y su papá
> 
> habían dejado el pueblo esa misma noche, mientras Nayyir les iba a seguir más tarde
> 
> con el resto de la familia. Ahora les era una consolación el que uno de los hombres
> 
> buscados por la chusma fanática no estaría allí si lograron forzar una entrada a la
> 
> casa, mas parecía que Nayyir estaba destinado a morir.
> 
> Una sola persona no había perdido la esperanza.      La esposa de Nayyir no
> 
> estaba perdiendo el tiempo precioso en lamentar. Mientras la atención de los vecinos
> estaba distraído por la muchedumbre ruidoso en la calle, ella daba tajos en la pared
> 
> que conectaba su casa con la casa de uno de sus vecinos.         "Esto debe abrir a su
> 
> bodega," pensaba ella. "Quiera Dios que no oigan ellos el ruido que hago."
> 
> Tan pronto como estaba el agujero lo bastante grande como para que pasara un
> 
> hombre, la valiente mujer persuadió a su esposo tomar refugio en la casa de su vecino,
> 
> mientras que ella rápidamente reparaba el agujero. Entonces, desde el techo de la
> 
> casa, ella les llamó a los de abajo. "Escúchenme", dijo ella, "yo juro que los hombres a
> 
> quienes están buscando no están aquí en esta casa. Ambos han salido y Uds. están
> 
> perdiendo el tiempo tratando de tirar la puerta." Nadie le creyó, mas logró distraer su
> 
> atención por un rato, esperando que la chusma se dispersara cuando anocheciera.
> 
> "Nayyir y Sina han salido de esta casa, les digo," ella gritó de nuevo. "¡Quemen la
> 
> puerta!" gritó la muchedumbre enojada.
> 
> Fue traída ahora la parafina, mas el montón de piedras que habían sido tiradas
> 
> a la puerta proveía una protección y el aceite fue desperdiciado antes de que se
> 
> prendiera la madera.    Ya para entonces se había puesto el sol y algunos de los
> 
> hombres estaban impacientes para llegar a sus hogares.         Después de discusiones
> 
> confusas y argumentos acalorados, fue decidido vigilar la casa por la noche y ellos
> 
> regresarían a quitar las piedras y terminar con el trabajo en la mañana.
> 
> Mientras la muchedumbre frustrada empezaba a dispersar por la noche, la
> 
> familia de Nayyir especulaba qué destino le esperaba en la casa de su vecino .
> 
> Nayyir, también, se preguntaba cómo se le tratarían sus vecinos si lo encontraran allí.
> 
> ¿Debería quedarse escondido en la bodega hasta que todos estaban dormidos y
> entonces tratar de escapar por medio de los techos de las casas, ó debería enterar a sus
> 
> vecinos que estaba en su casa? Si él les revelara su presencia allí, ¿no serían tentados
> 
> a entregarlo a sus enemigos?
> 
> Él escuchaba a los gritos sangrientos de la muchedumbre afuera.            Parecía
> 
> imposible que estos podían ser la misma gente que le había respetaba antes y había
> 
> sido conmovido por su poesía. Quizá, aún ahora, pensaba él, les habría dejado vivir
> 
> en paz a él y a sus compañeros creyentes en el pueblo si no hubiera sido por las
> 
> instigaciones de aquellos enemigos jurados de la Fe, los mujtahids en Isfahán.
> 
> Parecía ser muchas horas antes que los ruidos de la calle empezaban a
> 
> disminuir y desaparecer. Ahora se podía escuchar a los vecinos entrar en la casa.
> 
> "¡Gente tonta!" decía alguien.   "¿Qué les hace pensar que esos dos hermanos son
> 
> babís?" "Jamás podrían ser babís," decía otra vez, "nosotros hemos sido sus vecinos por
> 
> todos estos años y nunca les hemos visto ser culpables de cualquier de los crímenes
> 
> que se les culpa a los babís. Ambos hermanos son buenos musulmanes."
> 
> Nayyir decidió salir de su escondite y tirarse ante la misericordia de sus
> 
> vecinos. El entró en una de las habitaciones silenciosamente y esperaba. Una viejita
> 
> entró y, viendo la forma de una persona en la casi-oscuridad, echó un brinco para
> 
> atrás por el miedo. Entonces ella le reconoció a su vecino. "¡Es Ud., el Sr. Nayyir!"
> 
> exclamó ella. "¿Cómo llegaste aquí sin ser visto?" Nayyir le contó la situación. "No
> 
> tenga Ud. miedo," dijo la señora, "nosotros no le entregaremos." Ella salió y trajo su
> 
> hijo. "Nosotros haremos todo lo posible por Ud." le aseguraba el hijo a su huésped.
> 
> Se cerró con perno y llave la puerta mientras ellos esperaban el anochecer. El
> anfitrión entonces mandó a traer un amigo de confianza y juntos se armaban y
> 
> silenciosamente escoltaron a Nayyir a un lugar afuera de los límites de su pueblo.
> 
> Allí ellos le rogaron tomar el dinero que llevaban y tristemente le dejaron continuar
> 
> solo, mientras se apresuraron a regresar al pueblo antes que fuera descubierto su
> 
> ausencia.
> 
> Nayyir caminaba por muchas millas cansadas, tropezando y cayéndose en la
> 
> oscuridad, hasta que encontró el camino a un pueblo en donde él conocía a algunos
> 
> bahá'ís. Allí se quedó secretamente por algún tiempo, y se juntaron con él Na'im y
> 
> otro compañero creyente de su propio pueblo quien también había escapado de ser
> 
> matado por la muchedumbre.
> 
> La chusma, mientras, habiendo regresado a quemar la puerta de la casa de
> 
> Nayyir y Siná la mañana siguiente, encontró una copia del Coran envuelto en un
> 
> pedazo de tela que la esposa de Nayyir había colgado de la puerta. "Debemos honrar
> 
> el Libro Sagrado y abstenernos de quemar la puerta," dijeron algunos. "Quizá no
> 
> crean en Él, mas nosotros si," dijo un hombre. "Podemos poner a un lado el Libro,"
> 
> dijo otro "y prender fuego a la puerta." A fin de cuentas fue decidido no quemar la
> 
> puerta, sino tirarla. Ellos quitaron las piedras de enfrente y se pusieron a trabajar.
> 
> La familia de Nayyir y Sina, viendo que la chusma estaba resuelta a entrar a la
> 
> casa por la fuerza, decidió abrir la puerta. Las dos jóvenes esposas, sin embargo, se
> 
> tiraron por una barda baja que daba al patio de un vecino y escaparon por un callejón
> 
> estrecho antes que la muchedumbre les podía alcanzar.           Esto lo hicieron porque
> 
> sabían ellas el destino que les esperaba si fueran atrapadas. Ya habían visto cómo los
> parientes de la esposa de Na'im le habían encontrado un nuevo esposo para ella,
> 
> diciendo que su matrimonio con Na'im había sido anulado cuando él se hizo babí.
> 
> También pasó que la esposa de Siná estaba esperando un niño en aquel entonces, y su
> 
> propio hermano había jurado abrir su vientre para no dejarla dar a luz a un niño de
> 
> un babí.
> 
> Cuando la multitud histérica forzó la puerta y entró en la casa, ellos agarraron
> 
> al hijo mayor de Nayyir, un niño de ocho o nueve años, y empezaron a pegarle para
> 
> que les dijera en donde se escondían su papá y tío, mas viendo que el niño no les
> 
> podía dar ninguna información, ellos le dejaron y comenzaron a saquear la casa. Ellos
> 
> se llevaron todo lo que encontraron – alfombras caras y textiles, metales elaborados, y
> 
> cristal cortado – todo fue confiscado. No dejaron ni siquiera un tapete ni una migaja
> 
> de pan para los seis pequeños niños quienes ahora estaban abandonados en la casa
> 
> vacía.
> 
> Nadie se atrevía a acercarse a los niños, y ellos hubieran muerto de hambre si
> 
> no fuera por un vecino amable quien les llevaba secretamente un sartén pequeño de
> 
> sopa en la madrugaba mientras no estaba nadie.         Dos noches después cuando las
> 
> pobres mamas, enfrentándose a todo peligro, fueron a ver lo que había pasado con sus
> 
> niños, ellas encontraron al más pequeño, de solo dos años, acostado en un pesebre en
> 
> un establo con el estómago hinchado y sin poder decir palabra alguna.
> 
> Fue imposible para las mujeres llevar consigo a sus niños, entonces les dejaron
> 
> los niños en aquella casa entristecida y les venían a ver de vez en cuando en la
> 
> oscuridad. ¡Pasaba su vida así por tres meses!
> Por fin la suegra de Sina', temerosa por lo que pasara a su hija si se llegara a
> 
> encontrar, persuadió a un hombre quien tenía algunos mulas, a llevar a toda la
> 
> familia por medio de un camino secreto a través de las montañas a la ciudad de Qum.
> 
> De ahí eventualmente podían llegar a Teheran y localizar a Nayyir y Sina', quienes se
> 
> habían refugiado en la capital.
> 
> Los     dos hermanos, habiendo perdido todas sus posesiones terrenales,
> 
> dedicaron el resto de sus vidas al servicio de su bienamada Fe. Ellos viajaban a pie de
> 
> pueblo en pueblo y de aldea en aldea para difundir las nuevas del Nuevo Día. A
> 
> veces fueron tratados con tolerancia, en otras tenían que sufrir penas innumerables,
> 
> mas su lealtad y devoción a la tarea que se habían puesto nunca vacilaba. Poniendo
> 
> su confianza en Dios, ellos se levantaron a proclamar y enseñar Su Causa y,
> 
> recordando a las palabras dirigidas por el Báb a Sus primeros discípulos, ellos
> 
> mostraron extremo desprendimiento por dondequiera que fueran. Ellos no aceptaban
> 
> ninguna recompensa de la gente de ninguna ciudad y salían de cada lugar tan puros
> 
> e impolutos como entraban, sacudiendo el polvo de sus pies.
> 
> Ellos murieron en la pobreza, mas las semillas de fe que habían sembrados en
> 
> los corazones de los hombres por dondequiera que viajaban produjeron una cosecha
> 
> tan rica que miles de gente hoy en día se acuerdan de sus nombres con gratitud, y
> 
> dan homenaje a estos dos hombres desprendidos quienes renunciaron a todo confort
> 
> en el servicio de los demás.
> UN VIAJE DE ENSEÑANZA 4
> 
> Estaba nevando y había un frio espantoso, mas Siná estaba impaciente para
> 
> salir. El había recibido un mensaje de `Abdu'l-Bahá pidiéndole visitar la provincia de
> 
> Mazindarán, y él quería emprender el viaje sin pérdida de tiempo. Pero sus amigos y
> 
> parientes estaban preocupados por Siná quien ya era un hombre viejo.          "¿No es
> 
> posible para ti esperar hasta que el tiempo sea mejor?" dijeron ellos. "No se puede
> 
> confiar en la vida de un hombre," replicó Siná. "Si yo me quedo aquí, quizá me muera
> 
> mañana sin haber obedecido los órdenes de mi Maestro, mas sin embargo si me
> 
> muero mientras esté en camino, yo me habría muerto mientras cumplía con Su
> 
> mandato." Entonces se mando traer a las mulas, y Siná salió para Mazindarán. Con
> 
> el iba su joven hijo Habibu'lláh. Esto fue la primera vez que Habibu'lláh iba con su
> 
> padre en un viaje de enseñanza y él no se daba cuenta exactamente de lo que él
> 
> debería esperar. Aquel día ellos viajaron de la mañana hasta algunos horas después
> 
> del puesto del sol antes de que llegaban a un lugar en donde podían encontrar
> 
> descanso y tener algo de comer.       Mas la gente del pueblo no resultaron ser
> 
> hospitalaria, y los viajeros cansados tenían que quedarse la noche en un establo en
> 
> donde goteaba el techo. Ellos tenían gran dificultad en mantenerse secos hasta el
> 
> amanecer cuando podían seguir su camino. Esta introducción a su jornada le cayo
> 
> un poco inesperadamente al joven, mas dentro de poco fue puesto a una prueba que
> 
> fue mucho más duro. Habiendo llegado a otro pueblo en su camino, ellos se juntaron
> 
> con los hombres quienes se habían reunido para las oraciones en la mezquita.
> Cuando terminó la oración, los del pueblo reconocieron a Siná como un descendiente
> 
> del Profeta por su turbante verde, y vinieron a rendirle homenaje. Ellos notaron que
> 
> su hijo llevaba puesto un sombrero y que su cabeza no estaba rasurado.           Esto,
> 
> pensaron ellos, era verdaderamente indigno de un hijo de una persona tan respetable,
> 
> y como ellos no podían encontrar un peluquero para atenderle a Habibu'lláh, ellos
> 
> muy bondadosamente le cortaron el pelo con unas tijeras, tan cerca a su cabeza como
> 
> posible.    Habiéndole hecho este favor, también le proveyeron al joven con una
> 
> turbante muy grande bajo el cual el pobre Habibu'lláh casi no podía mantener erecto
> 
> la cabeza. Otro lugar en el cual ellos tenían que quedarse era una posada muy sucia
> 
> en donde fueron atacados por cientos de piojos. Cuando eventualmente llegaron a la
> 
> casa de unos amigos y lograron cambiar la ropa y tomar algo de descanso,
> 
> Habibu'lláh, musitando sobre los últimos días, observó: "¡Con razón mi hermano
> 
> mayor no está muy entusiasmado acerca de estos viajes de enseñanza!" Siná se rio en
> 
> voz alto. "Si," dijo él, "pueden ser un poco incómodos a veces." Habibu'lláh compartió
> 
> un número bastante de otras aventuras con su papa en su primer viaje de enseñanza.
> 
> Una vez, cuando iban a visitar a los bahá'ís quienes vivían en pueblos dispersados en
> 
> el corazón de los bosques de Mazindarán, les agarró uno de los diluvios que les son
> 
> comunes a esos partes y que son seguidos rápidamente por desbordamientos.
> 
> Aunque estaban completamente empapados, ellos decidieron no entrar al primer
> 
> pueblo a que llegaron porque no conocían a nadie allí, sino seguir al siguiente pueblo
> 
> en donde tenían amigos bahá'ís.
> 
> Desafortunadamente, su guía perdió el camino en el bosque mientras
> anochecía, y los desbordamientos se les hacía imposible seguir más. Ellos no podían
> 
> pensar en quedarse en el bosque hasta la mañana por los animales salvajes; además,
> 
> su ropa estaba mojada y la noche tenía un frio mordaz. Como de añadidura a sus
> 
> penas, Siná, quien estaba lejos de estar bien después de los rigores del viaje, tuvo un
> 
> ataque repentino de parálisis que afectó a su lengua y ya no podía hablar más.
> 
> Habibu'lláh y el guía decidieron que no había nada que hacer mas que tratar de
> 
> regresar al pueblo que habían pasado en la tarde.       Para llegar a ese pueblo, sin
> 
> embargo, fueron obligados a subir a un cerro muy empinado que se había puesto tan
> 
> resbaloso por la lluvia que los caballos que montaban no lo podían subir. Habibu'lláh
> 
> entonces recordaba algo que el había leído acerca de uno de los reyes de Persia quien
> 
> tuvo que enfrentarse con una dificultad similar. El rey había ordenado que los cascos
> 
> de los caballos fueron envueltos en tela para que no se resbalaran. Entonces ahora
> 
> Habibu'lláh tiró sus mapas y otra ropa debajo los cascos de los caballos, tornándoselos
> 
> hasta que alcanzaban la cima del cerro. Cubiertos con lodo y temblando con el frio,
> 
> los tres hombres lograron encontrar el camino al pueblo al cual eran renuentes a
> 
> entrar más temprano. Para su sorpresa, ellos fueron recibidos muy amablemente y
> 
> llevados a una casa en donde un hombre y unas mujeres inmediatamente prendieron
> 
> un fuego grande y empezaron a secar su ropa.            Las mujeres mostraron gran
> 
> preocupación por Siná quien yacía inconsciente por todo ese tiempo y una viejita, en
> 
> particular, no podía secar sus lágrimas mientras se sentaba junto al paciente
> 
> impotente. Parecía como un milagro cuando, a la mitad de la noche, Siná empezaba a
> 
> recuperarse de su enfermedad y encontraba que podía usar su lengua otra vez. Las
> primeras palabras que pronunciaba eran de alabanza y gratitud a Dios que él había
> 
> sido permitido una vez más sufrir privaciones en el sendero del servicio a Su Causa.
> 
> Entonces él se volvió a la viejita quien había mantenido una vigilancia tan fiel al lado
> 
> de su cama y quien ahora parecía estar tan anhelante a hablar con él, mas no podía
> 
> entender lo que ella decía porque ella hablaba en un dialecto. En la mañana, la mujer
> 
> trajo un traductor quien explicaba a Siná que ella había soñado con él y su hijo hace
> 
> tres noches. Ella le había visto yaciendo allí inconsciente en su sueño, como ahora le
> 
> veía en realidad. "¿Quién es Ud.?" inquirió ella de Siná, "y qué hace Ud. en este
> 
> bosque?" El le dijo que el había venido a ver a un amigo en el pueblo siguiente. ¡Su
> 
> amigo y compañero creyente resultó ser el nieto de la viejita y, después de un poco
> 
> mas de conversación, Siná encontró que la mujer misma era una bahá'í, como todos
> 
> los habitantes del pueblo en el cual estaban quedando!         Todos los hombres del
> 
> pueblo, con la excepción de uno, estaban arando las tierras en los cerros a una
> 
> distancia mientras las mujeres se quedaron para hacer el trabajo en la casa.       Tan
> 
> pronto como podía ponerse de pie otra vez, Siná y su hijo siguieron para visitar a los
> 
> bahá'ís en los otros pueblos. En una ocasión, mientras se preparaban para salir de un
> 
> pueblo, Habibu'lláh torció su tobillo de mala manera y fueron obligados a quedarse
> 
> allá por otros tres días hasta que podía caminar otra vez. Este pequeño incidente fue
> 
> muy significativo, porque cuando ellos llegaron a su próxima destino, ellos
> 
> encontraron que los dos hermanos en cuya casa esperaban quedarse habían sido
> 
> agarrados y llevados a prisión hace tres días porque eran bahá'ís. Si hubieran estado
> 
> Siná y su hijo allí es ese entonces, ellos también habrían sido llevados a prisión.
> Viajar con su papá era cualquier cosa menos no-novedoso, decidió Habibu'lláh, y
> 
> algunos de los eventos que tomaron lugar fueron en verdad increíbles.           Un día,
> 
> habiendo llegado justamente a un pueblo de regreso a Mazindarán, ellos iban a la
> 
> casa de uno de los bahá'ís cuando se encontraron con un noble del lugar quien estaba
> 
> parado en frente de su casa. El caballero les invitó a pasar y, al enterarse que les
> 
> esperaban en otro lugar, empezaba a seguirles él mismo. Algunos de los amigos de
> 
> Siná quienes habían salido para darle la bienvenida le preguntaron al hombre porque
> 
> le estaba siguiendo a Siná. "Yo mismo no lo sé," dijo él. Todo lo que si sé es que
> 
> quiero estar con este Siyyid*, quienquiera que sea." "Pero este Siyyid es un bahá'í," le
> 
> dijeron mientras se acercaban a su destinación. "En este caso," contestó el hombre, "yo
> 
> quiero ser un bahá'í también." ¡El entonces entró a la casa con Siná para escuchar
> 
> acerca de su nueva Fe!     Extraño como parecía el incidente, la fe del hombre era
> 
> genuina y el quedó como un creyente firme por el resto de su vida. Esta persona fue
> 
> uno de entre muchos que fueron atraídos por la personalidad radiante de Siná
> 
> durante sus viajes a través de Persia. Había el jefe de un pueblo en la provincia de
> 
> Khurasán, por ejemplo, quien había conocido a Siná hace años en su viaje a
> 
> Mazindarán. En aquella ocasión, Siná estaba enseñando la Fe en uno de los pueblos
> 
> de Khurasán cuando causaron un gran disturbio algunos musulmanes fanáticos y
> 
> estaba en peligro de muerte. El gobernador del lugar, quien conocía algo de la Fe, se
> 
> apresuró en mandar Siná con algunos soldados a otro pueblo cercano. Estos soldados
> 
> le trataron a Siná como un criminal y le dijeron al jefe del pueblo que se cuidara de él
> 
> porque era bahá'í. Tan pronto que fueron los soldados, sin embargo, el hombre se tiró
> a los pies de Siná y dijo: "Yo puedo ver que Ud. no es un criminal.         Dígame, le
> 
> suplico, que es un babí."    Siná, quien estaba demasiado débil para hablar con él
> 
> después de todas las sufrimientos que había tenido que soportar ese día, sacó un libro
> 
> de su bolsillo y se lo entregó a su anfitrión. El hombre se quedó despierto aquella
> 
> noche para terminar de leer el libro y llegó a ser un bahá'í convencido antes de que
> 
> saliera Siná de su pueblo.     Siná frecuentemente solía recordar a los viajes       de
> 
> enseñanza que hacia cuando era joven. Las cosas eran mucho mas difíciles para un
> 
> maestro bahá'í en aquellos días, decía él a su hijo. Había el miedo de la persecución en
> 
> cada pueblo y aldea, y el ir de lugar en lugar en si era lejos de ser fácil. Un día,
> 
> mientras Siná y Habibu'lláh viajaba de mula en Mazindarán, Siná le señaló a un
> 
> lugar a su hijo y dijo: "En los días de mi juventud, cuando viajábamos de pie todo el
> 
> tiempo, un compañero con quien yo viajaba por este camino se sentó aquí de puro
> 
> agotamiento y no podía ir más lejos." Habibu'lláh se dio cuenta que, tan difícil que
> 
> todavía eran los viajes, todavía no llegaban a ser como los de antes.
> CHARLAS HOGAREÑAS 5
> 
> Más de cuarenta hombres, bahá'ís y otros quienes habían venido para
> 
> investigar la Fe, estaban reunidos en la casa de Nayyir y Siná cuando una multitud
> 
> de doscientos rufianes, empeñados en homicidio y destrucción, se oyó acercando a la
> 
> casa.
> 
> Los dos hermanos vivían en uno de las secciones más pobres de Tehrán donde
> 
> los rudos de la población se podían encontrar y donde los bahá'ís estaban en
> 
> constante peligro de ser atacados por sus enemigos. Pero ningún temor de peligro a si
> 
> mismos jamás les frenó a Nayyir y a Siná de enseñar la Causa.           Cuando eran
> 
> demasiados ancianos y enfermos para viajar de lugar en lugar para difundir el nuevo
> 
> Mensaje, organizaron reuniones regulares en su humilde casa dos veces a la semana.
> 
> Estas "charlas hogareñas", como se les llaman hoy en día, nunca serán olvidados por
> 
> aquellos quienes las asistían. Más de cuarenta o cincuenta gente se reunía cada vez
> 
> para escuchar a Nayyir y Siná exponer las enseñanzas de Bahá'u'lláh, y un gran
> 
> número de gente debían su fe a sus esfuerzos y quienes no abrazaban la Causa salían
> 
> de estas reuniones como amigos de los bahá'ís y admiradores de los anfitriones.
> 
> Pero los habitantes del distrito en el cual los dos hermanos vivían no iban a
> 
> tolerar sus reuniones para siempre y, cuando fueron alentados por el clero, ellos
> 
> decidieron deshacerse de sus vecinos bahá'ís de una vez para siempre. Una noche
> 
> cuando ellos sabían que había una reunión, doscientos de ellos se juntaron y, gritando
> 
> y maldiciendo lo más fuerte que podían, vinieron a matar a cualquiera que
> encontraran en la reunión.
> 
> Cuando se escuchó el ruido de la multitud en la calle, los dos hermanos
> 
> rogaron a sus huéspedes que trataran de salvar a sus vidas de la multitud afuera.
> 
> Entre los huéspedes en la reunión esa noche, habían como doce soldados quienes
> 
> pertenecían a la artillería. Ellos habían estado viniendo para investigar la Fe por las
> 
> últimas semanas y ya sabían algo acerca de los bahá'ís y de sus creencias. Cuando
> 
> vieron el peligro que amenazaba la gente en la casa, estos soldados abrieron la puerta
> 
> y salieron a la calle. La visión de un grupo de soldados tan fuertes, saliendo de la casa
> 
> que iban a atacar funcionó como magia sobre la ruda multitud.              Todo lo que
> 
> esperaban encontrar en la reunión era algunos hombres indefensos y sin armas
> 
> quienes serían víctimas      fáciles.   No habían soñado en confrontar a soldados
> 
> preparados para defenderse. El efecto de lo que ahora veían era tan grande que se
> 
> retiraron lentamente.
> 
> Los soldados, muy complacidos con la impresión que habían causado,
> 
> aceptaron una invitación de quedarse en el distrito cada noche por algún tiempo.
> 
> Ellos durmieron, de dos en dos, en las casas de los bahá'ís quienes vivían cerca a
> 
> Nayyir y Siná, y las "charlas hogareñas" se proseguían normalmente.
> 
> Los rufianes trataron otro ataque esperando, sin duda, que ya no habrían mas
> 
> soldados. ¡Esta vez, sin embargo, nuestros amigos, los soldados, decidieron dar la
> 
> multitud una demostración de un ataque militar en forma!            Desenvainando sus
> 
> espadas, juntos se apresuraron justamente cuando la multitud entró en la calle. El
> 
> resultado fue una gran conmoción entre sus enemigos cobardes quienes se dieron la
> vuelta y huyeron del lugar -- ¡todos menos a uno quien, siendo más lento que los
> 
> demás, fue capturado por los soldados! Este pobre hombre, viendo a Siná parado
> 
> junto a la puerta de su casa, agarró de su faja y rogó por misericordia. Siná le aseguró
> 
> que no había la intención de hacerle daño, mas el hombre no le soltó la faja hasta que
> 
> Siná le había jurado que estaría bajo su protección personal.
> 
> Tales eran las condiciones bajo las cuales los creyentes tempranos tenían sus
> 
> "charlas hogareñas".
> RESUCITADO DE LA MUERTE 6
> 
> Aullá `Abdu'l-Qani* estaba siendo torturado en las calles de Ardikan. Él era
> 
> uno de los bahá'ís más famosos del pueblo, y la gente fanática por largo tiempo había
> 
> estado sedientos por su sangre. Ahora le atacaron con armas crudas: cuchillos, palos,
> 
> cadenas, y piedras. Hasta las mujeres y los niños estaban ansiosos de tomar parte en
> 
> la matanza de un bahá'í porque esto era considerado como la manera más segura de
> 
> lograr la admisión al paraíso.
> 
> Ellos le pegaron y arrancaron su piel, hasta que él ya no podía ponerse de pie.
> 
> Entonces le amarraron una cuerda a sus pies y lo arrastraron a la casa del mujtahid.
> 
> "Esta no es la manera que yo les pedí que me lo trajeran aquí," replicó el dignatario
> 
> religioso, "mas ahora que ya lo han matado, tiren su cuerpo al foso."
> 
> Mas la gente todavía no había acabado con `Abdu'l-Qani. Ellos lo arrastraron a
> 
> las calles una vez más y, mientras algunos fueron a recoger leña y parafina para
> 
> quemar su cuerpo, otros lo patearon y le tiraron piedras y le escupieron. Alguien
> 
> incluso trajo una cierra y empezó a cortarle una pierna.
> 
> De repente, un nuevo hombre llegó a la escena agitando un sobre en la mano y
> 
> maldiciendo fuertemente.     "Gente desvergonzada." él gritó.   "Están matando a un
> 
> hombre cuyo decreto de muerte todavía no ha sido firmado por nuestros líderes
> 
> religiosos. Yo tengo aquí en la mano un telegrama mandándome a investigar este
> 
> asunto." Diciendo esto, él sacó una cadena de su bolsillo y alejó la muchedumbre de
> 
> su víctima. Él entonces llamó a alguien a que recogiera el cuerpo de `Abdu'l-Qani y lo
> llevara a su casa, mas ninguno de aquellos que le escucharon salió.
> 
> La muchedumbre despiadada estaba lista para saltar sobre su presa una vez
> 
> más cuando un hombre, quien por casualidad estaba pasando por ahí, le reconoció a
> 
> `Abdu'l-Qani e inmediatamente se ofreció llevarlo sobre sus hombros. Este hombre
> 
> era un ladrón quien una vez había entrado violentamente a la casa de `Abdu'l-Qani y,
> 
> habiendo sido capturado, iba a ser torturado por órdenes del gobernador cuando
> 
> `Abdu'l-Qani intervino y le salvó de su castigo.
> 
> El cuerpo de `Abdu'l-Qani era una masa de carne cruda y sangre cuando fue
> 
> puesto enfrente de su familia. Una de sus piernas había sido cortada por la mitad y
> 
> uno de sus ojos pendía en frente de su rostro. Mas todavía respiraba y su esposa se
> 
> apresuró a encontrar a un médico. Ninguno de los médicos a los cuales ella acudía,
> 
> sin embargo, tenía el coraje de ir a ver a `Abdu'l-Qani, ni siquiera se atrevía a escribir
> 
> una prescripción para él. Además, ellos estaban seguros que él era hombre muerto y
> 
> que nada que harían posiblemente podría salvarle la vida. Entonces la esposa de
> 
> `Abdu'l-Qani y su hijo mayor se encargaron de ministrar a sus heridos y a usar
> 
> cualquier tratamiento que consideraran mejor. Sus esfuerzos incansables fueron
> 
> recompensados y `Abdu'l-Qani vivió, aunque fue mucho tiempo hasta que pudieran
> 
> siquiera cambiar la ropa ensangrentada y despedazada que él tenía puesta.
> 
> Cuando la gente llegó a saber que `Abdu'l-Qani aún vivía, ellos lo vieron como
> 
> un verdadero milagro. Ellos dijeron que Dios lo había resucitado después de que lo
> 
> habían visto morir, y esa misma gente, quienes casi lo habían matado, ahora venían a
> 
> rogar por un pedazo de su ropa ensangrentada para que lo pudieran guardar como
> una reliquia sagrada.
> EL LOBO Y LA OVEJA           7
> 
> Mulla `Abdu'l-Qani de Ardikan, quien era un bien conocido y muy respetado
> 
> sacerdote antes de ser bahá'í, todavía estaba vestido en los vestimentos del clero
> 
> musulmán cuando Ardishir, un joven zoroastriano, fue llevado a su casa para oír de
> 
> la nueva Fe.
> 
> Los zoroastrianos de Persia, habiendo sufrido todas formas de insultos e
> 
> indignaciones a las manos de los musulmanes, especialmente temían el encuentro con
> 
> cualquier del clero de Islam porque este grupo nunca faltó en envenenar la vida de
> 
> un zoroastriano cuandoquiera que pusieran ojos encima de unos de ellos. Mas estaba
> 
> por descubrir que este hombre era totalmente diferente que cualquier sacerdote
> 
> musulmán que él jamás había visto u oído.
> 
> Tan pronto como el joven invitado llegó al umbral de su cuarto, `Abdu'l-Qani
> 
> se puso de pie en respeto y cortésmente le ofreció un asiento al lado de él mismo. Él
> 
> entonces procedió a servir un vaso de te para él con sus propios manos. El joven
> 
> estaba muy asombrado.        Él no podía imaginar que siquiera sería posible para un
> 
> sacerdote musulmán sufrir semejante transformación aún cuando se hubiera hecho
> 
> bahá'í.
> 
> No sólo los musulmanes trataban a los zoroastrianos con gran desprecio, sino
> 
> también les era imposible para ellos permitir a un zoroastriano beber de un vaso que
> 
> se hubiera usado en sus hogares. Todos los zoroastrianos fueron considerados como
> 
> impuros y ningún musulmán soñaría en usar un receptáculo usado por ellos.
> La sorpresa más grande vino para Ardishir cuando, después de que había
> 
> terminado de tomar su te, su anfitrión deliberadamente llenó el mismo vaso otra vez,
> 
> sin vaciar lo que había quedado adentro, y empezó a beber de él. Entonces, volviendo
> 
> hacia el joven zoroastriano, el replicó: "Tu deberías haber oído cómo, en los días del
> 
> advenimiento del Señor Prometido, la oveja y el lobo beberán del mismo rio y
> 
> pastearán en la misma pradera. ¿Todavía dudas que estamos viviendo en aquel Día?"
> 
> El siguiente cuento ha sido relatado por otro zoroastriano quien conoció a
> 
> `Abdu'l-Qani:
> 
> "Cuando yo era un joven yo era un zoroastriano muy firme. Yo fielmente creía
> 
> en todas las ideas que nos habían sido legadas a nosotros por nuestros antepasados y
> 
> nunca cuestioné la veracidad de nuestras creencias. Yo sentí muy en lo cierto que
> 
> todas las otras religiones eran falsas, pero a mi no me gustaba en particular el islam
> 
> por la manera por la cual nos trataban sus seguidores.
> 
> Continuamente nos insultaban y nos confrontaban con toda forma de malicia.
> 
> Si un pobre zoroastriano quien había traído fruta para vender en el mercado fue visto
> 
> montado en su asno en la calle, hasta un pequeño niño musulmán le fue permitido
> 
> pegarle con piedras y palos porque era considerado como un insulto al Islam si un
> 
> zoroastriano ó judío iba montado en vez de ir caminando humildemente cuando
> 
> pasaba un musulmán.      Y si uno de nosotros estaba sentado en un umbral, era
> 
> obligado ponerse de pie en respeto cuando pasaba un clérigo musulmán. Una vez,
> 
> cuando un zoroastriano inválido iba montado en su asno para ir al médico, se
> 
> encontró por casualidad con el sacerdote del distrito. Aunque no podía desmontar, él
> le saludó al clérigo con gran reverencia, mas en vez de contestar a su saludo, el
> 
> sacerdote le jaló de su animal y, usando las riendas del asno, le dio al hombre enfermo
> 
> una paliza severa.
> 
> Nos podían identificar por la ropa que teníamos que poner, y nos veían como
> 
> paganos impuros quienes no debían ser permitidos a asociar con la población
> 
> musulmana. Hasta se nos prohibió construir casas que fueran mejores o más altas
> 
> que aquellas de nuestros vecinos musulmanes.
> 
> A pesar del tratamiento que se nos daba, la vida era mucho mejor para los
> 
> zoroastrianos y los judíos que para aquellos quienes eran conocidos como babís. Yo
> 
> estaba muy seguro que esta gente no creía en el Profeta Muhammad por la manera
> 
> en que ellos eran perseguidos por los musulmanes, y yo por lo tanto tenía gran
> 
> simpatía para ellos. Un día vi un zapatero quien pertenecía a esta nueva fe siendo
> 
> matado en la calle.   El fue atacado con piedras, ladrillos, cuchillos de carnicero y
> 
> cualquier otra arma que la gente podía agarrar mientras se apresuraban a la escena.
> 
> Se le cortaron la carne del hombre en jirones ante mis ojos, y le quemaron su cuerpo.
> 
> Más tarde llegué a conocer a algunos bahá'ís y para mi asombro total y gran
> 
> desilusión, ¡encontré que ellos creían que Muhammad era un Mensajero de Dios!
> 
> `¿Cómo puedes creer en un profeta cuyos seguidores te tratan así?' le pregunté a uno
> 
> de ellos con asombro. `No puedes siempre juzgar a un profeta por lo que hacen sus
> 
> seguidores,' me dijo el bahá’í.   `Pero, ¿cómo puedes decir que un hombre es un
> 
> verdadero profeta?,' objeté yo, `si aquellos quienes profesan su religión pueden
> 
> comportarse en esta manera?' `Lo que los musulmanes están haciendo hoy en día,' me
> dijeron, `solamente prueba que ellos se han olvidado completamente las enseñanzas
> 
> del Fundador de su Fe, por que si la verdad de un Mensajero de Dios dependiera del
> 
> comportamiento de aquellos quienes se nombran de él, entonces deberíamos descreer
> 
> en todas los profetas del pasado por igual.' Me dí cuenta que había verdad en lo que
> 
> él dijo, mas nada me podía reconciliar con el Islam y su Fundador.
> 
> Algún tiempo antes de eso, yo había leído un libro, el cual yo admiraba mucho
> 
> por que fue escrito en contra a Muhammad y Su religión. No me había atrevido a
> 
> decirle a nadie acerca del libro antes, mas ahora yo me sentí que yo podía discutirlo
> 
> con mis amigos bahá'ís. Ellos fueron muy pacientes conmigo, mas siempre lograron
> 
> refutar los argumentos dados en el libro y probarlos ser totalmente falsos. Aunque
> 
> yo no fuera atraído al Islam, yo encontré que yo era atraído a los bahá'ís mismos. `No
> 
> importa Muhammad y Sus enseñanzas,' yo por fin dije, `díganme algo de las
> 
> enseñanzas de Bahá'u'lláh.' Me dieron Las Palabras Ocultas para leer. Este pequeño
> 
> libro cautivó inmediatamente mi corazón y yo empecé a leer otros Escrituras de
> 
> Bahá'u'lláh. En tiempo, yo llegue a creer que el Autor de estas Escrituras debía ser
> 
> verdaderamente inspirado por Dios.         Pero mientras yo leía las Escrituras de
> 
> Bahá'u'lláh, un día encontré un tributo que Él había hecho a Muhammad como un
> 
> Mensajero Divino y esto era algo que yo no podía tolerar. `Yo no tengo ninguna
> 
> dificultad en aceptar a Bahá'u'lláh como un Mensajero de Dios,' yo les dije a los bahá'ís
> 
> un día, `pero yo nunca podré ser convencido que Muhammad era un Profeta también.
> 
> Mi prejuicio en contra a los musulmanes era tan intenso que al final decidí ir
> 
> tan lejos de abandonar a Bahá'u'lláh y Su Causa, antes que aceptar al Profeta de Islam.
> Era entonces que llegué a conocer a Mullá `Abdu'l-Qani. `¿Por qué lo encuentres tan
> 
> difícil reconocer a Muhammad como un verdadero Profeta?' me preguntó, y entonces
> 
> siguió una larga discusión. Él me dijo que las enseñanzas traídas por el Mensajero de
> 
> Dios podrían ser comparados a las aguas puras de un lago que dan vida.          Pero,
> 
> conforme que pasan los días, el agua clara del lago es contaminada por aquellos que
> 
> hacen uso de ella. Algunos le meten sus cubetas, otros sus manos, y aún otros su
> 
> ropa sucia. Con el tiempo, el agua cambia su color y olor y pierde su poder de dar
> 
> vida. En verdad, de beber de esa agua llega a ser la causa de enfermedades. `Eso es
> 
> porque,' continuó `Abdu'l-Qani, `Dios manda un Mensajero para purificar Su religión
> 
> de tiempo en tiempo y hacerla una fuente de vida espiritual para el mundo una vez
> 
> más, después de que la gente la hayan mal usado y la hayan corrompido para
> 
> conformarla a sus propios deseos.' `¿Pero cómo puedo yo estar seguro?,' le pregunté
> 
> `que las enseñanzas de Muhammad eran buenas y provechosas cuando El las trajo?'
> 
> `Tu debes olvidar tu prejuicio, poner a un lado todas las ideas que encuentres
> 
> prevalecientes entre los musulmanes hoy en día, y leer las enseñanzas de
> 
> Muhammad como fueron dadas en el Corán.' `Yo no puedo leer árabe,' le dije, `y el
> 
> Corán no ha sido traducido al persa.' `Si eres sincero en tu búsqueda de la verdad, y
> 
> quieres saber lo que está escrito en el Corán,' me dijo `Abdu'l-Qani, `yo estoy
> 
> preparado a leerlo contigo.' Yo empecé a estudiar el Corán con Mulla Abdu'l-Qani
> 
> cada día. Me tomó dos años para terminarlo, mas por ese tiempo mi corazón estaba
> 
> completamente ganado por el Profeta de Islam. Entonces yo no tuve mas dificultad
> 
> en ser bahá'í, para la gran desilusión de mis vecinos musulmanes.
> LAS PERSECUCIONES DE YAZD               8
> 
> En el calor feroz del sol de mediodía, miles de personas se habían reunido en el
> 
> zócalo de Yazd, mientras otras estaban ocupados en la matanza de los bahá'ís y el
> 
> pillaje de sus hogares en cada distrito del pueblo. Los bahá'ís habían sido tomados
> 
> desprevenidos y no tenían a donde huir. Sus esposas y niños estaban tratando de
> 
> esconderse en sótanos, posos, zanjas y fosos casi muertos de miedo mientras
> 
> escuchaban a las imprecaciones horribles y gritos horripilantes a su derredor.
> 
> De repente se paró la matanza y todos se apresuraron al fuerte del gobernador.
> 
> Se había llegado el rumor al dignatario religioso del pueblo que el gobernador había
> 
> dado refugio a Mulla `Abdu'l-Qani en su propio fuerte y, furioso por las noticias, el
> 
> clérigo había llamado a todos los musulmanes devotos a rodear el lugar y a estar
> 
> preparados a atacarlo si el gobernador no se les entregaba `Abdu'l-Qani a ellos.
> 
> Miles de hombres se apresuraron a la escena y rodearon al fuerte por todos
> 
> lados mientras las mujeres se amontonaban en los techos alrededor, mezclando sus
> 
> gritos y chillidos con los alaridos de los hombres abajo. El gobernador, temeroso de la
> 
> influencia del clero y el poder de las masas, se apresuró a asegurarles que `Abdu'l-
> 
> Qani no había entrado al fuerte. Aunque rogó por horas, la muchedumbre no le
> 
> creyera y él era obligado a pedir la ayuda de los mismos clérigos.
> 
> Este incidente, que mantuvo la atención de los habitantes de Yazd desde
> 
> mediodía hasta el atardecer, trajo alivio a muchos bahá'ís, quienes de otro modo
> 
> hubieran sido matados ese día.
> `Abdu'l-Qani y algunos de los miembros de su familia estaban, de hecho, en la
> 
> casa de algunos amigos ingleses cuando la noticia les fue entregado de lo que estaba
> 
> ocurriendo afuera. Los anfitriones inmediatamente le pidieron a `Abdu'l-Qani salir de
> 
> su casa porque ellos temían lo que les pasaría si la gente llegara a saber que la presa
> 
> humana que buscaban podía encontrarse en su casa.
> 
> `Abdu'l-Qani, un hombre de setenta años en ese entonces, les aseguró a sus
> 
> anfitriones que no permitiría que les pasara daño.      El pidió que fuera permitido
> 
> quedarse allí hasta que hubiera razón de creer que la gente sospechaba donde estaba.
> 
> El prometió, entonces, que saldría voluntariamente de su casa para ser matado en la
> 
> calle para que no llegara daño a sus anfitriones. Los anfitriones estaban renuentes a
> 
> escuchar sus ruegos. "¿Porqué escoges una religión," dijo la señora de la casa, "por la
> 
> cual tu tienes que sufrir insultos y persecuciones por donde vayas?" "¿Te habrás
> 
> olvidado de los días de Pedro y Pablo?" replicó `Abdu'l-Qani. "No era así como los
> 
> discípulos tempranos de Cristo fueron tratados por la gente de su día?"
> 
> `Abdu'l-Qani se sentó detrás de la puerta de la entrada, dispuesto a salir de la
> 
> casa tan pronto como oyera acercarse una muchedumbre. Al puesto del sol se oyeron
> 
> los gritos fuertes de una pandilla que se venía por ahí. `Abdu'l-Qani se despidió de
> 
> sus niños, les dio las gracias a sus anfitriones por dejarles quedar allí, y se preparó
> 
> para salir. El ruido en la calle, sin embargo, se disminuyó mientras la muchedumbre
> 
> se pasó por el callejón, sin entrarlo.
> 
> Una vez más `Abdu'l-Qani se sentó para esperar. La tristeza de su familia y la
> 
> ansiedad de sus anfitriones no encontraban límites. Pronto se oyó el rugido de una
> gran multitud de gente acercándose. Esta vez los números eran tantos, y el ruido y
> 
> conmoción que hacían eran tan grandes, que la tierra misma temblaba cuando
> 
> entraron al callejón y se acercaron a la casa. `Abdu'l-Qani apresuradamente abrió la
> 
> puerta y salió. Para su sorpresa, la muchedumbre se fue a otra puerta cercana y la tiró
> 
> con unas cuantas patadas. Esta casa pertenecía a otro Bahá'í, y no encontrándolo en
> 
> casa, la pilló la muchedumbre y salió.
> 
> Los amigos de `Abdu'l-Qani se rehusaron a tener más trato con él. El viejo,
> 
> acompañado por su yerno quien insistió en ir con él, se partió con la esperanza de
> 
> escapar del pueblo antes de que se terminara la noche. Afortunadamente nadie los
> 
> reconoció en la oscuridad y ellos pudieron salir de Yazd.
> 
> Siendo anciano y débil, `Abdu'l-Qani no podía caminar muy rápidamente y las
> 
> noches de verano eran cortas. ¿Podrían encontrar el camino a un refugio antes del
> 
> amanecer? Mientras que los primeros centellas del amanecer aparecieron sobre el
> 
> horizonte, ellos reconocieron los contornos de uno de las aldeas cercanas. El joven se
> 
> adelantó apresuradamente para ver si podía persuadir a un zoroastriano que conocía
> 
> en aquel lugar a refugiarlos en su casa. Este hombre, aunque dispuesto a ayudar,
> 
> temía dejarlos entrar en su propia casa.     Les llevó a un jardín bardeado a corta
> 
> distancia de su lugar, donde no había ninguna protección del sol caliente, pero en
> 
> donde él esperaba que pudieran quedarse sin ser vistos aquel día.
> 
> `Abdu'l-Qani y su yerno fueron dejados en aquel jardín, sin comida ó agua,
> 
> para vivir a través de catorce horas de sol abrazador. Al anochecer, casi muertos por
> 
> falta de agua y comida, ellos recibieron un poco de sustento de dos hombres quienes
> fueron enviados por el dueño del jardín con un mensaje, pidiéndoles salir del aldea
> 
> mientras todavía estaba oscuro.     Esto ellos encontraron imposible hacer.   No sólo
> 
> estaba `Abdu'l-Qani demasiado débil para empezar otro jornada a pie, sino no podían
> 
> pensar en donde ir. Al fin persuadieron a su amigo dejarlos quedar.
> 
> `Abdu'l-Qani sobrevivió el tormento del sol caliente durante aquellos largos
> 
> días de verano y la agonía de dormir en la tierra arada en la noche. ¡El vivió en aquel
> 
> jardín treinta y nueve días! Ni hambre ni sed, ni las persecuciones y tormentos que él
> 
> sufrió a las manos de sus enemigos podían enfriar su entusiasmo por la Fe que amaba
> 
> tanto. El vivió a través de todos estas ordalías y sufrió una muerte natural años
> 
> después, sirviendo a la Causa hasta el final de su vida.
> UN HIJO NOBLE 9
> 
> Mullá `Abdu'l-Qani tenía un hijo de quince años, `Abdu'l-Khaliq, quien estaba
> 
> con él en la casa de sus amigos ingleses en aquel día trascendente en Yazd. Aún sus
> 
> anfitriones quienes estaban tan preocupados por su propia seguridad, no dejaban
> 
> salir a `Abdu'l-Khaliq con su padre esa noche. La mañana siguiente un doctor ingles
> 
> quien estaba preocupado por la seguridad del hijo, lo llevó a su propia casa en donde
> 
> él esperaba mantenerlo hasta que los problemas en Yazd habían terminado.
> 
> Más tarde en el día, sin embargo, el doctor recibió un mensaje del gobernador
> 
> que le hizo cambiar de opinión. El mensaje fue traído por un ministro inglés de Yazd,
> 
> y les advertía a los extranjeros del pueblo de no permitir ningún bahá'í entrar a sus
> 
> casas, porque él, el gobernador, no podía ser responsable por las consecuencias
> 
> funestas si los musulmanes les encontraran escondiendo a bahá'ís en sus casas. "Aún
> 
> si sospechas que tu propio sirviente pertenece a esta Fe," había dicho el gobernador,
> 
> "deberían echarlo a la calle."
> 
> El médico estaba muy preocupado, y el clérigo quien había traído el mensaje le
> 
> preguntó a `Abdu'l-Khaliq si estaría preparado a denunciar a los Fundadores de Su Fe
> 
> para salvar su propia vida. "¡Nunca!" fue la respuesta inmediata de `Abdu'l-Khaliq, "y,
> 
> mas preferiría ser muerto." "En este caso," dijo su anfitrión de mala gana, "temo que
> 
> no te puedo mantener aquí ya más, porque mi propia seguridad ya está en peligro."
> 
> Se le dio a `Abdu'l-Khaliq algo de dinero para tener consigo en caso de
> 
> necesidad, y lo mandó de la casa aquella noche.
> No sabiendo de un lugar a donde podría ir, el joven empezó a alejarse del
> 
> pueblo a pie. El temblaba con miedo mientras pensaba de la luz del amanecer que se
> 
> acercaba cuando quizá alguien en el camino le reconociera. Pero aún en el caso de
> 
> que no fuera así, pensaba él, ¿A donde podría ir? ¿Quién estaría preparado a darle
> 
> refugio en su casa en los pueblos circunvecinos a Yazd, o siquiera comida y agua,
> 
> cuando cada extraño era sospechado de ser un bahá'í quien se huía del pueblo?
> 
> De repente se enredó su pie en un alambre y se cayo.           Fue descubierto
> 
> inmediatamente por unos trabajadores quienes estaban durmiendo cerca.           "¿Quién
> 
> eres, y que haces aquí a esta hora de la noche?" le preguntaron. `Abdu'l-Khaliq dijo
> 
> que estaba en camino para hacer un mandado por el doctor inglés. "¡Tú mientes!" le
> 
> dijeron.   "Tu eres uno de los bahá'ís quienes están tratando de escapar." `Abdu'l-
> 
> Khaliq no lo negaría y se preparó para morir. Los trabajadores, sin embargo, no lo
> 
> mataron. Ellos le dejaron quedar por la noche e irse en la mañana. Pero le quitaron
> 
> el anillo que su padre se había quitado de su propio dedo y puesto al mano de
> 
> `Abdu'l-Khaliq cuando se despedía de su hijo.
> 
> En la mañana el hijo generoso dio a los trabajadores algo de su dinero también,
> 
> antes de que saliera al desierto.
> 
> Cuando había viajado alguna distancia del lugar, uno de los trabajadores le
> 
> alcanzó y dijo: "Yo puedo arreglar para que quedes en la casa de mi patrón. ¿Cuánto
> 
> me puedes dar para llevarte con él?" `Abdu'l-Khaliq le dio el mayor parte de la suma
> 
> que tenía en su bolsillo. "Esto es todo lo que me alcanza," dijo. El hombre le dijo que
> 
> se sentara y esperara su regreso.
> `Abdu'l-Khaliq se sentó entre algunas rocas y esperó por largo tiempo. El sol se
> 
> ponía más y más caliente cada minuto y el joven se preguntaba cuánto tiempo podía
> 
> soportarlo. Después de algunas horas agonizantes, se dio cuenta que el trabajador no
> 
> tenía ninguna intención de regresar, entonces se puso de pie para continuar su
> 
> jornada agotador.
> 
> De pronto se encontró con un zoroastriano quien, viendo el estado del pobre
> 
> joven en aquel calor, inquirió a donde iba. `Abdu'l-Khaliq, esperando que el hombre
> 
> quizá le ayudara, dijo: "Yo estoy tratando de escapar del pueblo, pero no tengo a
> 
> donde ir. ¿Ud. sabe de un lugar?" Pero el zoroastriano no ofreció ninguna ayuda y le
> 
> dejó continuar su camino.
> 
> Ahora `Abdu'l-Khaliq se sentía que moriría de sed si no pudiera encontrar algo
> 
> de agua para tomar. Un generoso viejo que le encontró en ese tiempo le salvó la vida
> 
> por medio de darle unos pocos gherkins. Entonces, después de preguntar al joven, y
> 
> enterándose de su infortunio, él lo llevó a su casa en un pueblo cercano.
> 
> El viejo tenía que ir al pueblo ese mismo día y, apenas había entrado el lugar
> 
> cuando escuchó las advertencias del pregonero del pueblo de Yazd y sus alrededores.
> 
> "Los dignatarios reverendos de Yazd han decretado," gritaba el hombre, "que
> 
> quienquiera se atreve a dar refugio a un babí, ó en este pueblo ó en las aldeas a su
> 
> alrededor, ¡se le confiscará a sus propiedades y su casa será arrasada!"
> 
> El pobre hombre se apresuró a regresar a su pueblo, temblando con miedo y le
> 
> rogó a `Abdu'l-Khaliq que saliera de su casa. "Déjeme quedar por esta única noche," le
> 
> rogó el joven, "y yo iré en la mañana." El viejo le despertó al amanecer y le dijo que se
> escondiera en algunas ruinas cercanas. `Abdu'l-Khaliq le dio el resto del dinero que
> 
> tenía y tomó refugio entre las ruinas.
> 
> Una vez más el joven se encontró en el calor abrazador sin agua ó comida.
> 
> Mientras pasaban las horas y se aumentaba su sed, se sentía seguro que ya no podía
> 
> soportarlo más. Cualquier muerte, pensaba, sería mejor que ser rostizado bajo el sol
> 
> despiadado del desierto. Aunque fuera muerto por una muchedumbre salvaje, por lo
> 
> menos sería más rápido que morir así. El decidió regresar a Yazd y a estar preparado
> 
> a encontrar su destino.
> 
> En Yazd, la mamá afligida de `Abdu'l-Khaliq no tenía ni un momento de paz.
> 
> Ella había visto a su esposo anciano y su yerno salir a las calles llenas de hombres con
> 
> la intención de derramar su sangre. Ninguna noticia de ellos le había llegado, y ella
> 
> se preguntaba si todavía estaban vivos ó les habían cortado en pedazos sus enemigos
> 
> despiadados. Ella había esperado que su hijo joven, `Abdu'l-Khaliq, estaría seguro en
> 
> la casa del doctor inglés, mas ahora ella sabía que le habían echado a la calle a él,
> 
> también. "¿Cómo podía Ud. tener el corazón," ella de dijo al doctor, "de sacar a un
> 
> joven inocente quien se había puesto su confianza en Ud. y quien había tomado
> 
> refugio bajo su techo? ¿Porqué, pues, no podía Ud. haberle permitido ser muerto aquí
> 
> para que pudiera yo, por lo menos, enterrar su cuerpo y llorar sobre su sepultura?
> 
> Ahora tengo que morir cien veces cada día, no sabiendo que torturas él ha sufrido y
> 
> en donde descansa su cuerpo."
> 
> El doctor fue muy conmovido por su terrible angustia y quisiera que pudiera
> 
> darle alguna noticia de su hijo, mas nadie sabía a donde había ido `Abdu'l-Khaliq ni lo
> que le había pasado. Entonces, después de dos días de ansiedad, el doctor lo vio a
> 
> `Abdu'l-Khaliq entrar a su hospital más muerto que vivo. Estaba tan feliz de ver al
> 
> joven que se sobrepuso al miedo que la gente lo hubiera visto entrar al hospital. Se
> 
> aseguró que le fuera dado al joven la atención que necesitaba, entonces se apresuró a
> 
> dar las buenas noticias a la mama de `Abdu'l-Khaliq.
> 
> Cuando se recuperó `Abdu'l-Khaliq de los efectos de las penas que había
> 
> soportado, su amigo el doctor pensó en llevarlo a uno de los dignatarios religiosos de
> 
> Yazd y obtener una declaración del clérigo que dijera que `Abdu'l-Khaliq no era un
> 
> bahá'í y que no debiera ser molestado, pero el joven intrépido no lo aceptó. El había
> 
> tenido un saboreo de cómo podía ser la vida de un bahá'í, mas él escogió permanecer
> 
> leal a su Fe.
> LAS PROFECÍAS CUMPLIDAS 10
> 
> De sus estudios de las Escrituras zoroastrianos, Mullá Bahram* había llegado a
> 
> la creencia que el tiempo para la aparición del gran Mensajero predicho en los Libros
> 
> Sagrados estaba a la mano. Él preguntó a todo cuanto llegaba a su pueblo acerca de
> 
> noticias del mundo exterior, esperando que algo llegara a sus oídos que le ayudaría
> 
> reconocer los signos del advenimiento del Prometido. Pero pasó mucho tiempo y él
> 
> no oyó nada de importancia.
> 
> Un día un vecino suyo quien apenas había regresado del pueblo le dijo que se
> 
> había muerto un babí en Yazd ese día. "¿Qué es un babí?" preguntó Mullá Bahram.
> 
> Su vecino no estaba seguro, pero contó lo que él mismo había oído acerca de ellos.
> 
> "Ellos son gente," dijo él, "cuyos rostros se vuelven amarillos a través de adquirir
> 
> demasiado conocimiento." Esto le tenía poco sentido para Mulla Bahram, y pronto
> 
> otros asuntos le ocuparon a su mente y no dio mucha importancia a lo que había
> 
> escuchado.
> 
> Algún tiempo después, cuando Mulla Bahram estaba trabajando en Tehrán, un
> 
> día estaba discutiendo sobre el tema de religión con un amigo que él esperaba
> 
> interesar en la Fe Zoroastriana. Entre las pruebas que él mencionaba concernientes la
> 
> Revelación de Zoroastro eran los milagros que Él había hecho y la persecución Él y
> 
> Sus discípulos soportaron por amor a Su Causa. "El sufrimiento de persecuciones no
> 
> es una prueba," dijo su amigo. "Hace sólo unos años ochenta babís fueron matados
> 
> por su Fe en un sólo día aquí en uno de las plazas de Tehrán, mientras todos saben
> que no hay verdad en lo que ellos creen."
> 
> *El no era un sacerdote Musulmán, aunque era conocido como "Mullá
> 
> Bahram".
> 
> Esto fue la segunda vez que Mulla Bahram escuchó de los bahá'ís y como
> 
> estaban siendo perseguidos. La tercera vez era en Kashan donde estaba trabajando
> 
> con un hombre a quien el había llegado a amar y a admirar. Este amigo un día
> 
> recibió una carta, la cual él abrió en la presencia de Mulla Bahram. El contenido de
> 
> aquella carta trajo tanta tristeza a su corazón que no podía esconder sus sentimientos,
> 
> y Mulla Bahram rogó saber la razón por su gran tristeza. Su amigo era renuente de
> 
> hablar acera de ello al principio, pero dándose cuenta que podía confiar a Mulla
> 
> Bahram con un secreto, decidió decírselo. Dos de los nobles de Isfahán, dijo, quienes
> 
> eran conocidos por su gentileza y la vida santa que tenían, habían sido, sin embargo,
> 
> cruelmente martirizados porque eran bahá'ís. Mulla Bahram fue muy conmovido por
> 
> lo que escuchó. Él también se dio cuenta ahora que su propio amigo, quien él había
> 
> creído ser un zoroastriano, era un miembro de esta nueva Fe.
> 
> Mulla Bahram ya no podía ignorar la Causa que había sido traído a su atención
> 
> de tiempo en tiempo a través del martirio de sus seguidores. Su investigación, que
> 
> empezó ese mismo día, despertó su gran interés en la nueva Fe, pero tuvo que salir
> 
> para su pueblo nativo cerca a Yazd antes de que estuviera totalmente convencido de
> 
> la verdad de la Causa.
> 
> En Yazd, Mulla Bahram conocía a una familia que le compraba betabél
> 
> cuandoquiera que llevaba un burro cargado de ellos para vender en el pueblo. En
> una de estas ocasiones fue invitado a pasar a conocer a la familia. Este amigo era
> 
> Malmiri, un famoso maestro bahá'í cuya sentencia de muerte había sido firmado por
> 
> uno de los dignatarios religiosos de Yazd, y quien ahora estaba viviendo en secreto en
> 
> el sótano de la casa de uno de sus compañeros creyentes.
> 
> Los enemigos de Malmiri le estaban buscando en el pueblo y sus alrededores,
> 
> pero aún en tiempos así él no dejaba de enseñar la Fe si se presentara la oportunidad.
> 
> Su anfitrión le había dicho del joven zoroastriano quien traía betabél a la puerta y
> 
> quien parecía ser una persona inteligente y sincero, y se arregló que fuera invitado a
> 
> conocerle a Malmiri un día.
> 
> Mulla Bahram vino día tras día para escuchar de la Causa. Escuchaba con
> 
> lágrimas corriendo por su rostro mientras Malmiri le explicaba cómo todas las
> 
> profecías de los Libros Sagrados habían sido cumplidas y el Prometido de las Edades
> 
> había sido revelado. "Este no es tiempo para lágrimas," le dijo Malmiri. "Yo le estoy
> 
> dando las buenas nuevas de una Revelación que traerá bendiciones no dichas a la
> 
> humanidad y establecerá el Reino de Dios sobre la tierra." Pero Mulla Bahram fue
> 
> conmovido por emociones fuera de su control mientras reconocía la grandeza del Día
> 
> en el cual vivía.
> 
> Estas fueron las circunstancias bajo las cuales Mulla Bahram, uno de los
> 
> primeros zoroastrianos, abrazó la Causa en Yazd, y llegó a ser confirmado en su
> 
> nueva Fe.
> LA JORNADA A YAZD 11
> 
> Mulla Bahram estaba en camino a Yazd. Estaba viajando solo; el camino era
> 
> largo y aburrido, y por millas no se podía ver nada sino desierto estéril. Mas Mulla
> 
> Bahram estaba feliz de tener una mula para montar, porque el viaje a pie hubiera sido
> 
> mucho más difícil. De por sí, estaría de camino por muchos días.
> 
> Mulla Bahram se preguntaba como sería recibido la noticia de su regreso por la
> 
> gente de su pueblo. Hace menos de un año había sido forzado salir del lugar para
> 
> salvar su vida porque dos de los dignatarios religiosos de Yazd, quienes se habían
> 
> opuesto por mucho tiempo a la Fe Bahá'í y perseguido a los creyentes, habían muerto
> 
> de repente, y se difundía el rumor que Mulla Bahram había causado sus muertes por
> 
> medio de brujería.
> 
> Como uno de los primeros zoroastrianos en abrazar la Fe en Yazd, Mulla
> 
> Bahram ya había hecho un número de enemigos entre los zoroastrianos tanto como
> 
> los musulmanes por la manera audaz por la cual exponía de Causa y por ser
> 
> responsable de atraer a muchos a la nueva Fe. Se decidió, por lo tanto, que él y
> 
> algunos otros bahá'ís bien conocidos, cuyas vidas estaban comprometidas por las
> 
> muertes repentinas de los dignatarios religiosos, no deberían permanecer en Yazd y
> 
> confrontar la ira de la muchedumbre fanática.
> 
> Mulla Bahram había viajado a la India en donde había logrado éxito en la
> 
> enseñanza de la Causa a algunos de los zoroastrianos antes de que recibiera un
> 
> mensaje de Bahá'u'lláh de regresar a Persia. Entonces, aquí estaba en su camino a
> Yazd, con todo su capital y posesiones empacados en la silla sobre la espalda de su
> 
> burro.
> 
> Mientras contemplaba Mulla Bahram los eventos del pasado, y se preguntaba
> 
> de aquellos del futuro, poca cuenta se dio del tipo de aventura en la cual estaba por
> 
> participar.    Esta aventura compartió con dos ladrones, quienes lo atacaron y,
> 
> habiéndole pedido desmontar de su burro, tomaron posesión de todo cuanto tenía.
> 
> Ellos hasta tomaron la ropa que llevaba puesto, dejándolo con apenas lo suficiente
> 
> para cubrirse.
> 
> Aunque no preparado para esta nueva experiencia, Mulla Bahram se resignó a
> 
> la Voluntad de Dios y prosiguió su jornada a pie. Había ido una buena distancia
> 
> cuando el sonido de voces enojadas le alcanzó desde atrás. Viendo hacia atrás, él vio a
> 
> los dos ladrones involucrados en una riña feroz. El inmediatamente volvió sobre sus
> 
> pasos para inquirir acerca de la causa del problema y encontró que los dos no podían
> 
> ponerse de acuerdo sobre como repartir sus posesiones entre ellos. "Caballeros," dijo
> 
> Mulla Bahram, "yo les ruego dejar de disputar porque por casualidad yo sé el precio
> 
> exacto de cada uno de estos artículos y, con su permiso los dividirá entre Uds. de tal
> 
> manera que cada uno recibirá una parte equitativa."
> 
> La idea les atrajo a los ladrones y Mulla Bahram dividió sus posesiones entre
> 
> los dos para la satisfacción de ambos. Los últimos dos objetos que quedaron para
> 
> dividir eran el burro y la silla de montar vacía. "Caballeros," dijo Mulla Bahram, "yo
> 
> lo encuentro absolutamente imposible ser justo en el reparto de estas dos cosas.
> 
> Cualquier de Uds. que reciba la silla será evidentemente el perdedor, entonces yo
> sugiero que para solucionar el problema, Uds. me dejen tener estos a cambio de mis
> 
> servicios."
> 
> Los ladrones pensaron que la sugerencia era muy sabia, y generosamente
> 
> permitieron a Mulla Bahram ensillar el burro e ir montado el resto de la jornada a
> 
> Yazd.
> “EL COMPAÑERO” DE BAHRAM 12
> 
> Una noche Mulla Bahram soñó que dos caballeros nobles lo habían venido a
> 
> ver.   De sus turbantes verdes el podía ver que eran descendientes del Profeta
> 
> Muhammad y, mientras cruzaban el umbral, ellos le hablaron y dijeron: "Somos
> 
> Nayyir y Siná."
> 
> Mulla Bahram estaba fuera, trabajando en su rancho la siguiente mañana
> 
> cuando Nayyir y Siná llegaron al pueblo.       Ellos habían escapado los peligros de
> 
> Isfahán y, habiendo fallado en encontrar un lugar seguro para quedarse en Yazd,
> 
> habían venido para refugiarse con Mulla Bahram por un rato hasta que pudieran
> 
> marcharse otra vez.
> 
> En respuesta a su golpe en la puerta, la esposa de Mulla Bahram abrió la
> 
> puerta. Ella era una zoroastriana muy fanática quien no podía tolerar a gente de
> 
> otras fes a quienes su esposa tenía el hábito de brindar su amistad desde que él mismo
> 
> se había hecho bahá'í. De hecho, ella tenía poca simpatía o tolerancia hacia su propio
> 
> esposo ahora que había escogido cambiar sus creencias religiosas anteriores, y ella no
> 
> fallaba en ninguna oportunidad de demostrar su resentimiento por hacerle la vida tan
> 
> difícil como posiblemente pudiera para él. Ella echó una mirada rápida a los dos
> 
> visitantes y azotó la puerta en sus caras. No tenía nada que hacer con gente quienes
> 
> portaban turbantes--¡especialmente turbantes verdes! "Esta no es la casa de Bahram,"
> 
> les gritó, adivinando a quien habían venido a ver.
> 
> Nayyir y Siná se volvieron con corazones tristes, preguntándose a donde
> podrían irse. Mientras atravesaban el pueblo de pie regresó Mulla Bahram, quien iba
> 
> a casa, por casualidad pasaba y los reconoció como los dos hombres a quienes había
> 
> visto en su sueño. Acercándose a ellos, les preguntó: "¿Son Nayyir y Siná?" "Si los
> 
> somos," dijeron los hermanos atónitos. "¿Es Ud. Mulla Bahram?" Mulla Bahram los
> 
> abrazó tiernamente, les dio la bienvenido a su pueblo y les llevó a su casa. Los dos
> 
> hermanos, sin embargo, sabiendo que no serían bienvenidos por la señora de la casa,
> 
> se preguntaban si deberían aceptar su hospitalidad.       Mulla Bahram, mientras, no
> 
> tardó mucho en saber como su esposa había tratado a sus huéspedes distinguidos. Él
> 
> ahora ya había llegado al límite de su paciencia con su comportamiento rudo y
> 
> perdiendo por completo el control, la tomó por la mano y se le mostró la puerta,
> 
> diciéndole que regresara a la casa de su papá.
> 
> Más tarde los amigos de Mulla Bahram trataron de hacer una reconciliación
> 
> entre el esposo y la esposa, pero Mulla Bahram no sería inducido a aguantarla más.
> 
> Después de un tiempo, sin embargo, se recibió una carta de `Abdu'l-Bahá, la cual
> 
> empezaba: "Oh Bahram* los astrónomos dicen que Marte es una estrella reñidora y de
> 
> mal genio...", se ablandeció el corazón de Mulla Bahram y él permitió que su esposa
> 
> regresara a su casa. Ella, sin embargo, no estaba preparada para cambiar sus modales
> 
> y su actitud permaneció hostil hacia todos los bahá'ís hasta el último día de su vida.
> 
> En una de sus hermosas oraciones, `Abdu'l-Bahá hace mención de ella, pidiendo
> 
> las bendiciones y el perdón de Dios por "ésta querida sierva Tuya, la compañera de
> 
> Bahram..."
> 
> *Bahram quiere decir Marte. En varias de Sus cartas a individuos, `Abdu'l-
> Bahá hace este tipo de comentario íntimo.
> EL CUENTO DE `ABBAS-`ABAD                13
> 
> La persecución de los bahá'ís en Yazd había alcanzado su apogeo. Ochenta y
> 
> cuatro personas fueron arrastradas por las calles y torturadas hasta la muerte.
> 
> Docenas de casas fueron saqueadas y las mujeres fueron dejadas a lamentar sus
> 
> esposos, hijos y hermanos entre las ruinas que habían sido sus hogares. Los niños, no
> 
> pudiendo comprender el significado total de los horribles eventos que tomaban lugar
> 
> a su alrededor, se adhirieron desesperadamente a sus madres impotentes, sabiendo
> 
> que nunca jamás verían a sus papás otra vez.
> 
> Los asesinos salvajes, emborrachados con la sangre que habían derramada en
> 
> las calles de Yazd, ahora estaban cazando otros víctimas.          Los caminos de los
> 
> alrededores del pueblo estaban bien vigilados para que nadie, quien era conocido
> 
> como bahá'í pudiera tener la esperanza de escapar de Yazd. Pero en el pueblo mismo,
> 
> habían algunas almas valientes quienes estaban preparados         a sacrificar su propia
> 
> seguridad por esconder a aquellos de sus compañeros creyentes cuyas vidas estaban
> 
> especialmente en peligro.
> 
> Las noticias del masacre en el pueblo se difundió rápidamente a los pueblos
> 
> circunvecinos, y los bahá'ís que vivían allí no sabían si se les permitiría vivir. Pronto
> 
> cientos de salvajes fanáticos, agrupados juntos, estaban yendo hacia aquellos pueblos
> 
> donde habían bahá'ís. Otros se juntaron con ellos mientras iban de pueblo en pueblo,
> 
> trayendo sufrimiento incontable a muchos, muchos hogares.
> 
> En el pueblo pequeño de donde muchos de los habitantes eran bahá'ís, había
> 
> un extraño temor de expectación mientras se preocupaban con sus quehaceres
> rutinarios. Entonces, de repente: "¡Ya vienen!" resonó como un grito de la muerte a
> 
> través de la calle del pueblo e hizo eco de casa en casa.
> 
> Este pueblo tiene un cuento especial para contar – uno que siempre persistirá
> 
> como testigo a las maquinaciones desvergonzadas del Principe Jalalu'd-Dawlih, el
> 
> gobernador de Yazd. El príncipe, quien había sido previamente responsable por el
> 
> martirio de un número de bahá'ís, después había pretendido estar arrepentido por lo
> 
> que había hecho y había empezado a mostrar bondad hacia los creyentes.            Entre
> 
> aquellos hacia los cuales el profesaba amistad en ese entonces era Mulla Bahram, a
> 
> quien iba a visitar frecuentemente en su granja.            Mulla Bahram tenía un
> 
> conocimiento profundo de la agricultura y muy buen gusto en la planeación de
> 
> jardines y campos. El príncipe, entonces, decidió echarse mano de él. El compró una
> 
> gran extensión de desierto a un precio muy bajo y pidió a Mulla Bahram convertirlo a
> 
> terreno fértil para él.   Mulla Bahram estaba muy renuente a sacrificar su propia
> 
> granja próspera y tomar un trabajo tan difícil, pero el príncipe no le daba ningún
> 
> respiro hasta que él lo hubiera prometido.
> 
> Jalalu'd-Dawlih llamó su nueva hacienda `Abbas-`Abad. A los musulmanes el
> 
> les dijo que era en honor del mártir Imam `Abbas; a los bahá'ís les dijo que él lo había
> 
> escogido el nombre de `Abdu'l-Bahá* para que trajera bendiciones a su tierra.
> 
> Mulla Bahram vendió su propia propiedad y se fue a vivir con su familia a ese
> 
> pedazo de tierra baldío. Con él se fueron algunas otras familias, gente a quien él
> 
> había escogido de entre sus amigos bahá'ís y zoroastrianos para ayudarlo con su
> 
> trabajo en la hacienda del príncipe.     Juntos laboraron sin cesar hasta que habían
> construido casas, arado los campos, preparado los acueductos y sembrado la semilla.
> 
> Mulla Bahram gastó hasta el último centavo que tenía en `Abbas-`Abad, y de vuelta
> 
> le fue dada algunos documentos firmados, declarando que el príncipe le pagaría a él y
> 
> a sus hombres lo que se les debía tan pronto como se vendiera la nueva cosecha.
> 
> La cosecha estaba lista cuando las noticias llegaron a `Abbas-`Abad que nueva
> 
> persecución había empezado en Yazd.        Mulla Bahram y sus amigos sabían que
> 
> estaban atrapados en el pueblo del príncipe y que no tenían manera de escapar.
> 
> Primer uno de sus jóvenes quien había ido a comprar borregos de una granja vecina
> 
> fue muerto, después se recibió un mensaje de Jalalu'd-Dawlih mandando a Mulla
> 
> Bahram regresar todos los documentos firmados en su posesión.           Mulla Bahram
> 
> rehusó hacer esto porque estos papeles eran todo lo que él y sus hombres habían
> 
> recibido de vuelto por el capital y todo el trabajo duro que habían puesto en la
> 
> construcción de la hacienda.     Se les ordenó, sin embargo, a los mensajeros del
> 
> príncipe, no regresar sin los documentos. Ellos le dieron a Mulla Bahram una severa
> 
> golpiza, la cual perjudicó a su visión hasta el final de su vida, y se le rebatieron los
> 
> papeles por la fuerza.
> 
> Habiendo perdido todos los ahorros de su vida de esta manera, Mulla Bahram
> 
> ahora se preguntaba a donde él y sus amigos podían llevar a sus familias para poder
> 
> escapar de ser masacrado por la muchedumbre sangrienta que ya estaba en camino a
> 
> `Abbas-`Abad. No había a donde ir.
> 
> "¡Ellos vienen!" gritó alguien por el pueblo, y los habitantes indefensos
> 
> acerrojaron a sus puertas delanteras, esperanzados en mantener a distancia a los
> homicidios por unos cuantos minutos más. ¡Qué escenas de tristeza debieran haber
> 
> tomado lugar tras esas puertas cerradas mientras los papas se sujetaban a si mismos
> 
> sus niños aterrorizados, rezando que se salvaran los pequeñitos!        El ruido de la
> 
> muchedumbre mientras se acercaba al pueblo era suficiente para pasmar al corazón
> 
> más valiente.   Entonces alguien llegó con un mensaje: "¡Los sacerdotes eminentes
> 
> quienes han venido a este pueblo han ordenado que todos los habitantes deberían
> 
> salir a la calle! ¡Todos tienen que obedecer a este orden – hombres, mujeres y niños!"
> 
> Ellos no iban a preocuparse con tirar las puertas.
> 
> Mulla Bahram salió solo, diciendo a todos los demás que se quedaran en sus
> 
> casas. Cuando empezaba a caminar hacia la multitud salvaje, unos cuantos de sus
> 
> amigos no soportaban verlo ir sólo y ellos, también, siguieron a una distancia.
> 
> Miles de gente se habían reunido para atacar a los del pueblo, la mayoría de
> 
> ellos llevando espadas y otros implementos granjeros, aunque había también un
> 
> grupo de cuarenta pistoleros entre ellos. Caminando a la cabeza de ese muchedumbre
> 
> eran tres sacerdotes musulmanes, uno de los cuales le reconoció a Mulla Bahram
> 
> mientras se acercaba. Este sacerdote había tenido varios tratos con Mulla Bahram en
> 
> el pasado y había llegado a ser uno de sus admiradores. Ahora, viéndole caminar
> 
> hacia aquellos quienes serían sus verdugos, se conmovió el corazón del sacerdote y
> 
> volviendo hacia la multitud, el dijo: "Estos zoroastrianos quienes viven en `Abbas-
> 
> `Abad son, de acuerdo a las leyes explicitas de nuestra religión, bajo la protección del
> 
> islám y nadie está permitido molestarlos. Díganme, ¿hay alguien aquí que puede
> 
> presentar una queja en contra a Mulla Bahram y sus amigos?" El sacerdote no era el
> único en ser conmovido por la visión de Mulla Bahram. Otro hombre se presentó y
> 
> dijo: "Yo he oído de la bondad y generosidad de este hombre quien se presenta ante
> 
> nosotros. Cuando habían cuatrocientos pobres musulmanes labradores trabajando en
> 
> este pueblo, él se les mostró toda bondad. El supervisó que ninguno de ellos tuviera
> 
> hambre, y si escuchara que estaban en necesidad de comida, él les llevaba lo que
> 
> tuviera en su propia casa. Cuando no tuviera pan para dar, regalaría fruta seca o
> 
> legumbres. Ni una sola vez rehusaba ayudar a nuestros hermanos creyentes." El
> 
> sacerdote lo utilizó hasta el último: "Ahora que no hay nadie aquí que puede quejarse
> 
> en contra a Mulla Bahram," dijo "retirémonos y dejémosele a él a sus amigos en paz."
> 
> Estas palabras, sin embargo, tuvieron poco efecto sobre la muchedumbre salvaje.
> 
> Ellos habían venido una gran distancia, poniéndose más y más emocionados mientras
> 
> se acercaba al pueblo, y ellos no estaban preparados para ver a sus victimas
> 
> indefensos de repente arrebatados de ellos ahora. El sacerdote lo había encontrado
> 
> mucho más fácil alentarlos a matar y pillar en el primer lugar. Se recibieron a sus
> 
> palabras en un silencio tenso, y ni un solo hombre hizo un movimiento para
> 
> obedecerle.
> 
> Afortunadamente, el jefe del grupo de pistoleros, quienes se habían juntado a
> 
> la muchedumbre en su camino al pueblo estaba preparado de ponerse del lado del
> 
> sacerdote. "¿No escucharon lo que dijo nuestro dignatario religioso?" les gritó a la
> 
> multitud.     "¿A qué están esperando?    ¡Vámonos!"     Nadie se movió.     "Vamos
> 
> muchachos," el llamó a sus hombres. "A ver si no pueden mover esta gente." Tan
> 
> pronto como los hombres levantaron sus armas, el gentío se empezaba a alejarse.
> Este incidente era tan extraordinario que por días los habitantes de `Abbas-
> 
> `Abad casi no podían creer que lo había ocurrido. Pero sus dificultades estaban lejos
> 
> de estar resueltos. El Príncipe Jalalu'd-Dawlih, ahora dio órdenes que ellos deberían
> 
> dejar su hacienda en seguida.    "¿A dónde iremos?" preguntaron ellos.      "Estamos
> 
> rodeados por nuestros enemigos quienes nos matarán en los caminos, y aun si los
> 
> escapamos, nadie nos dará refugio ni en Yazd ni en los pueblos circunvecinos."
> 
> Mulla Bahram escribió tres cartas al príncipe pidiendo su ayuda, pero él no
> 
> replicaba. Sintiendo responsable por la seguridad de sus amigos y sus familias, Mulla
> 
> Bahram escribió por cuarta vez, implorando al príncipe y conjurándolo por la vida de
> 
> sus propios niños a tener piedad de esta gente quien lo había servido tan fielmente y
> 
> dar una orden que no se les debiera herir cuando dejara la seguridad de sus hogares.
> 
> Esta vez, Jalalu'd-Dawlih firmó una declaración diciendo que a los habitantes de
> 
> `Abbas-`Abad no se les molestara cuando saliera de su hacienda.
> 
> Tal era la historia del pueblo, el cual Mulla Bahram y sus amigos construyeron
> 
> para el gobernador de Yazd.
> 
> *`Abdu'l-Bahá, que quiere decir "Siervo de la Gloria", es un título que usaba el
> 
> Maestro. Su nombre era `Abbás.
> LA HUIDA A KASHAN 14
> 
> Hubo un toque en la puerta. Mulla Bahram se preguntaba quien podría ser a
> 
> una hora tan desusual de la noche. ¿Había algún nuevo peligro amenazando su vida?
> 
> ¿Habían llegado a saber sus enemigos que él se estaba quedando allí?
> 
> Mulla Bahram, quien apenas había escapado con su vida de `Abbas-Abad,
> 
> había llegado a este pueblo hace tres días y sólo unos cuantos amigos cercanos sabían
> 
> de su paradero. Este toque de medianoche en la puerta le recordaba de los muchos
> 
> peligros que rodeaban a su vida mientras permanecía en el área alrededor de Yazd.
> 
> Por el otro lado, era casi imposible salir. Todos los caminos estaban bien vigilados
> 
> por millas a su derredor, y nadie tan famoso como bahá'í como Mulla Bahram podía
> 
> tener la esperanza de escapar.
> 
> Se repitió el toque – un toque suave que era, no ruidoso y agresivo. "Quizá sea
> 
> un amigo," pensó Mulla Bahram mientras se levantaba para abrir la puerta. Pero
> 
> jamás pudiera haber divinado quien era que le había venido a ver a tal hora. Era su
> 
> viejo amigo con quien había trabajado en Kashan hace muchos años, y quien había
> 
> sido la primera persona en decirle de la Fe Bahá'í. Este amigo, estando convencido
> 
> que Mulla Bahram, tarde o temprano, caería en las manos de sus enemigos si se
> 
> quedaba en Yazd, había emprendido un viaje a pie, para encontrarlo y ayudarlo a
> 
> escapar a Kashan. El le contó a Mulla Bahram las circunstancias del último martirio
> 
> cruel que había tomado lugar solo hace algunas horas, y le rogó alejarse de Yazd.
> 
> Unos cuantos musulmanes, se le dijo a Mulla Bahram, habían reconocido a un bahá'í
> en las colinas afuera del pueblo y, habiendo cortado su cabeza, ellos la habían puesto
> 
> en una caja, la cubrieron con hojas frescas, y la habían mandado a su esposa como un
> 
> regalo de fruta.
> 
> Se hizo los arreglos para que Mulla Bahram saliera esa misma noche. Ellos
> 
> encontraron a un amigo quien conocía los campos muy bien y estaba preparado a
> 
> llevarlo nada más hasta otro pueblo sin acercarse a ninguno de los caminos o
> 
> senderos en la oscuridad. Aún otro amigo lo llevó a través del desierto a un lugar
> 
> afuera de los límites de Yazd y de donde Mulla Bahram podía hacer su camino a
> 
> Kashan y a una seguridad relativa.
> LA TRISTEZA DE UN PADRE 15
> 
> Entre las muchas tribulaciones que tenían que ser soportados por los primeros
> 
> bahá'ís eran las dificultades que encontraron en sepultar a sus muertos. Pocas veces
> 
> les fue permitido usar los cementerios de otras religiones, ni era fácil para ellos
> 
> comprar terreno para ser usado como un cementerio bahá'í.           Muchas veces los
> 
> cuerpos   enterrados   de los bahá'ís fueron desenterrados por     una muchedumbre
> 
> fanática y quemados o desgraciados en público, tanto así que cuando un bahá'í perdía
> 
> a un amigo querido ó a un pariente cercano, él no solo lamentaba por su pérdida, sino
> 
> también porque no podía estar seguro que el cuerpo de su amado escaparía a los
> 
> asaltos de un gentío salvaje.
> 
> Mulla Bahram, quien recibió su reparto pleno de los sufrimiento que se
> 
> repartía en aquellos días a todos quienes profesaban la nueva Fe, perdió a una hija de
> 
> catorce años después de que él se hiciera bahá'í. Como añadidura a su gran tristeza, ni
> 
> los sacerdotes zoroastrianos permitieron que el cuerpo fuera llevado a su torre de
> 
> silencio, ni el clero musulmán dejaba que se lo enterrara en su cementerio. Mulla
> 
> Bahram se preguntaba que sería de su preciosa niña. Después de dos días de gran
> 
> ansiedad, un zoroastriano amigo influyente, quien tenía algunos conocimientos de las
> 
> creencias religiosas de Mulla Bahram, persuadió a los sacerdotes zoroastrianos
> 
> permitir que el cuerpo fuera llevado a su torre de silencio.
> 
> Como era la costumbre, Mulla Bahram les pagó a los sacerdotes, en la presencia
> 
> de cientos de gente quien se habían congregado para ver llevado a cabo los últimos
> ritos antes de que se llevara el cuerpo. Su amigo zoroastriano, viendo que Mulla
> 
> Bahram estaba dando a los sacerdotes más dinero que lo que se les debía, lo regañó,
> 
> diciendo:   "Solamente les hará más codiciosos, y no estarán contentos con lo que
> 
> puede pagar los pobres."    El papá, sobrecogido de tristeza, replicó en una voz lo
> 
> bastante alto que los sacerdotes pudieran escuchar: "Sólo una parte de lo que estoy
> 
> dando les corresponde. El resto es un regalo de mi porque me dejaron preservar
> 
> conmigo mi preciosa niña dos días más." Sus palabras no eran sin efecto sobre sus
> 
> oyentes. Uno de los sacerdotes fue muy conmovido. El, más tarde, investigó la Fe y
> 
> se convirtió en un bahá'í devoto.
> EL HUÉSPED HONRADO 16
> 
> Un día, cuando Mulla Bahram estaba viviendo en Tehrán, recibió noticias de
> 
> que se le habían llevado a la prisión su primo porque él había enterrado a su infante
> 
> de acuerdo con las leyes bahá'ís. Los sacerdotes zoroastrianos se habían quejado con
> 
> las autoridades, diciendo que este hombre había rehusado a las obligaciones religiosas
> 
> sagradas de su propia gente, y había enterrado a su hijo de acuerdo a ritos herejes.
> 
> Ellos insistieron en que debía ser castigado, y el gobernador lo había mandado
> 
> encadenar y llevar a prisión.
> 
> Al recibir las noticias tristes, Mulla Bahram salió a ver un alto funcionario en
> 
> el gobierno quien podía ayudar a remediar esta gran injusticia. La persona a la cual
> 
> fue a visitar estaba rodeada por un número de huéspedes distinguidos cuando llegó.
> 
> Uno de estos huéspedes, viendo a un hombre pasar las puertas vestido con la ropa de
> 
> un zoroastriano, le ordenó a la guardia echar a "este perro infiel". El anfitrión, sin
> 
> embargo, vio a Mulla Bahrám y se apresuró a recibirlo en persona. Él lo acompañó al
> 
> cuarto y le pidió que ocupara su propio asiento. Cuando su huésped negó hacerlo, él
> 
> insistió y no estuviera contento hasta que Mulla Bahrám se hubiera sentado en el
> 
> asiento de honor. Como el alto funcionario misma todavía estaba de pie, todos los
> 
> otros huéspedes se permanecieron de pie también.       Todos estaban atónitos por el
> 
> respeto y honor que se le fue mostrado a este visitante desconocido. "El respeto que le
> 
> doy, `," dijo su anfitrión, "le es debido, porque no es frecuente que uno se encuentra
> 
> con una persona quien no acepta dinero cuando se le ofrece." Mulla Bahrám ahora se
> puso de pie y le rogó a su anfitrión tomara asiento, y prosiguió a decirle porque había
> 
> venido. El alto funcionario inmediatamente llamó por su secretario y le dictó un
> 
> telegrama para ser enviado al gobernador de Yazd, ordenándole soltar al primo de
> 
> Mulla Bahrám sin más demora. La manera en que estaba redactada el mensaje fue
> 
> tan dura e insultante que Mulla Bahram pidió cortésmente que se le pusiera en un
> 
> lenguaje más suave. "Escríbalo Ud. mismo," le dijo el anfitrión a Mulla Bahram, "y yo
> 
> lo firmaré y lo mandaré."
> 
> Cumplido su mandado, se levantó para irse y el anfitrión cortésmente le
> 
> acompañó a la puerta. La razón por la cual este gran honor le fue mostrado a Mulla
> 
> Bahram por un funcionario tan alto, quien normalmente ni soñaría en recibir a un
> 
> hombre común de antecedentes zoroastrianos a su casa, permanecía un misterio a
> 
> muchos de aquellos quienes estaban presentes en aquella reunión, mas a unos pocos
> 
> amigos del anfitrión quizá les fuera contado los hechos de la historia:
> 
> Este alto funcionario había estado endeudado una vez y no podía pagar en
> 
> efectivo. La persona a quien le debía el dinero no era un hombre a quien se le podía
> 
> postergar, entonces fue decidido que a él se le daría una mansión con extensos
> 
> terrenos para cubrir la deuda. Ambos, sin embargo, no podían llegar a un acuerdo
> 
> acerca del valor de este propiedad; ni se podían confiar mutuamente para traer un
> 
> experto para valuarlo. Quienquiera que uno sugiera, el otro lo rehusaba rápidamente,
> 
> sabiendo que se le ofrecería una mordida para valorar la propiedad en favor de la
> 
> persona a quien le había escogido.
> 
> Por fin los dos hombres decidieron que preguntarían al famoso mercader
> zoroastriano por quien trabajaba Mulla Bahram en ese entonces que mandara su
> 
> propio hombre a valorar la propiedad. El mercader mandó a Mulla Bahram, quien
> 
> tenía un conocimiento experto sobre tales asuntos, y a quien se le encargaba todas las
> 
> compras y ventas de propiedades del mercader.
> 
> El primer día que Mulla Bahram se fue a ver la mansión, él fue encontrado por
> 
> el alto funcionario quien era el dueño. El caballero estaba esperando en su carroza a
> 
> la entrada de los terrenos y le pidió a Mulla Bahram a dar un paseo con él. En el
> 
> camino le dio a Mulla Bahram un cheque por una suma ¡que excedía la cantidad total
> 
> que recibiría por seis años de salarios! "¿Qué es esto?" inquirió Mulla Bahram. "Esta
> 
> mansión," dijo el caballero, "debería pagar una deuda que tengo. Yo quiero que Ud.
> 
> la valorice de una manera que me capacite para hacer esto."          Dijo: "Por favor
> 
> guárdeme Ud. este cheque por ahora, y veremos el asunto más tarde."
> 
> El valor actual de la propiedad casualmente resultó más que lo que esperaba el
> 
> dueño y, después de que el asunto fuera arreglado y la deuda pagada, el alto
> 
> funcionario se encontró otra vez con Mulla Bahram y le ofreció un cheque por una
> 
> suma más grande que aquel que se estaba preparado a darle antes. Mulla Bahram le
> 
> agradeció y dijo: "Yo no puedo recibir dinero de Ud. porque estoy empleado por otro
> 
> hombre de quien yo recibo un salario. Fue él quien me había pedido valorar su
> 
> mansión, y yo lo hice como parte de mi trabajo cotidiano."
> 
> En ese entonces, cuando el dar y recibir mordidas fue considerado como un
> 
> proceder normal y se esperaba de todos, desde el Primer Ministro hasta el trabajador
> 
> más pobre, el tomar ó dar mordidas, la honestidad e integridad de carácter de Mulla
> Bahram fue tan inesperado que justamente ameritaba el respeto y admiración del alto
> 
> funcionario.
> DÁNDOLE EN EL BLANCO             17
> 
> El     mercader famoso por el cual trabajaba Mulla Bahram desempeñaba su
> 
> trabajo en Tehrán y estaba muy preocupado por una deuda muy grande que los jefes
> 
> del tribu Turkmeno le habían debido por mucho tiempo. Ellos no respondían a las
> 
> cartas y mensajes que se les enviaban a su hogar del desierto, y no era fácil
> 
> comunicarse con ellos de otra manera. Esta gente no sólo era difícil llegarles, sino
> 
> también frecuentemente peligroso encontrar, especialmente cuando se les encontraba
> 
> en su propio medio del desierto. Ahí reinaban supremos, despreocupados de las leyes
> 
> que un príncipe ó gobernador podía hacer cumplir en alguna ciudad lejana.         De
> 
> hecho, la palabra de un hombre quien podía montar bien y darle en el blanco llevaba
> 
> mucho más peso con estos hombres del tribu que cualquier orden promulgado por un
> 
> noble delicado con unos títulos grandiosos.
> 
> El mercader, después de darle el asunto mucha reflexión, escogió de entre todos
> 
> sus empleados y servidumbre a Mulla Bahram para ir al desierto de Turkmeno y
> 
> cobrar sus deudas. Afortunadamente para Mulla Bahram, él era un jinete consumado
> 
> y un experto en el manejo de una arma.
> 
> Mulla Bahram decidió llevar solo una otra persona consigo en su misión
> 
> peligrosa.   Esta era otro bahá'í, un amigo cercano quien también trabajaba por el
> 
> mercader célebre. Juntos ellos escogieron dos de los mejores caballos de los establos
> 
> de su amo, llevaron suficiente comida para durar unos días y se armaron en
> 
> preparación por cualesquiera peligros que pudieran encontrar.
> No ocurrió nada de importancia hasta que estaban dentro de un día de marcha
> 
> del desierto. En un hospicio andrajoso por el camino se encontraron con una banda
> 
> de asalta-caminos quienes usaban el hospicio como su lugar de reuniones y espiaban
> 
> de cerca a todos los pasajeros quienes por ahí venían. Si se le sospechaba a alguno de
> 
> llevar dinero ó cosas valiosas, se les seguían después de dejar el hospicio. Habían
> 
> pocos, ó ninguno, de entre los pasajeros quienes se podían jactarse de haber escapado
> 
> de la notoria banda de ladrones.
> 
> Cuando Mulla Bahram y su amigo llegaron, los ladrones estaban practicando
> 
> el tiro al aire libre. Ellos estaban tratando de darle en el blanco a unas marcas en un
> 
> pedazo de cartón que habían puesto a una distancia, y no tenían mucho éxito. Mulla
> 
> Bahram, cansado después de una larga jornada de todo el día, se sentó para ver la
> 
> pandilla, pero su amigo tenía otros planes para él.    "Este caballero," les dijo a los
> 
> hombres reunidos, "es muy bueno con su pistola, y a él no le importaría unirse a Uds.
> 
> en su diversión si Uds. no tienen objeciones." "No tenemos ninguna," le aseguraron, y
> 
> Mulla Bahram fue invitado a tomar su turno. Mulla Bahram no tenía deseos de
> 
> hacerlo, mas como eran insistentes, él les preguntó: "¿Cual de las marcas quisieran
> 
> que le diera?" Los hombres se sonrieron mientras dijo su líder: "Pruebe Ud. la de la
> 
> esquina inferior del lado izquierdo." Pronto le dio en la marca. "¡Seguramente esto
> 
> fue una coincidencia!" exclamaron. "Veamos si le das a la de la esquina superior del
> 
> lado derecha." Mulla Bahram apuntó y le dio en la marca sin dificultad. Hubo gran
> 
> conmoción, mas algunos de los hombres todavía dudaban si tendría tanta suerte con
> 
> las marcas restantes del cartón. Para asegurarles, ¡Mulla Bahram le atinó a todos!
> Este tipo de atino no era, de ninguna manera, común aún entre los hombres
> 
> del tribu, y la fama de Mulla Bahram le siguió por dondequiera que fuera.       El
> 
> incidente pequeño en el hospicio le salvó a él y a su amigo de muchos encuentros
> 
> desagradables mientras viajaban por el desierto. Se le veía con reverencia y temor
> 
> mientras se movía entre los hombres del tribu, y no tuvo dificultad en cobrar las
> 
> deudas de su amo. Los jefes mandaron cargar varios caballos con la mercancía que se
> 
> les esperaba mandar al mercader, y agregaron también muchos regalos.
> CAMBIO DE SUERTE          18
> 
> El Jalalu'd-Dawlih, el gobernador de Yazd, durante el reinado de quien los
> 
> bahá'ís fueron sometidos a persecuciones terribles, era odiado por los mismos
> 
> musulmanes. Era notorio por su codicia insaciable y su crueldad extrema, los cuales
> 
> le indujeron a matar a algunos de sus víctimas con sus propios manos. Nadie podía
> 
> estar a salvo de las maquinaciones de este hombre socarrón mientras estaba en poder.
> 
> Vino el día, sin embargo, cuando la gente oprimido de Yazd ya no podía tolerar la
> 
> vida bajo el tirano. Ellos mandaron quejas repetidas acerca de él al capital; a fin de
> 
> cuentas él perdió su posición y fue llamado a Tehrán en desgracia.
> 
> El nuevo Shah no estaba en buenos términos con Jalaral-Dawlih, y esto alentó
> 
> a la gente en Yazd y también en Tehrán a aparecer con muchos cargos en su contra,
> 
> insistiendo que debería aparecer en la corte. Uno de sus mas poderosos acreedores era
> 
> el zoroastriano mercader rico e influyente por quien Mulla Bahram estaba trabajando
> 
> en Tehrán. Este hombre ahora recibió un mensaje de las altas autoridades del país
> 
> aconsejándole demandar todo lo que le era debido de Jalalu'd-Dawlih y no aceptar
> 
> ninguna excusa, cualquiera que fuera.
> 
> El mercader decidió ir con el príncipe en persona, mas sabiendo que Jalalu'd-
> 
> Dawlih era capaz de todos los crímenes, él pidió a Mulla Bahram y un sirviente a
> 
> armarse y escoltarlo a la mansión del príncipe afuera de la ciudad. Jalalu'd-Dawlih
> 
> salió a saludar a su huésped en persona y empezó a hablar en su lenguaje halagador
> 
> usual, mas el mercader lo conocía demasiado bien y estaba determinado a no escuchar
> a su lenguaje halagador. El le dijo a su sirviente armado que él había traído, que se
> 
> quedara afuera de la puerta, mientras él y Mulla Bahram le siguieron al príncipe
> 
> adentro.
> 
> Jalalu'd-Dawlih, viendo a Mulla Bahram entrar con su patrón, mencionó que le
> 
> gustaría hablar con el mercader a solas, mas el último no se quedó a solas con el
> 
> príncipe. El dijo que él no tenía secretos que ocultar de Mulla Bahram y que quisiera
> 
> que estuviera presente durante sus pláticas. Jalalu'd-Dawlih fue obligado a soportar
> 
> la gran humillación de tener a Mulla Bahram, a quien le había robado de todo su
> 
> capital y tratado con tanta crueldad salvaje, presente en un tiempo tal para ser testigo
> 
> a su desgracia.
> 
> El príncipe finalmente fue llevado al corte y forzado a enfrentarse a los muchos
> 
> cargos que le fueron confrontados. El perdió toda su propiedad; muchas de sus vastas
> 
> tierras y bienes le fueron transferidas al mercader zoroastriano. Entre estos era el
> 
> pueblo de `Abbas-Abad, el cual había sido construido por el esfuerzo y capital de
> 
> Mulla Bahram.
> 
> Es extraño que, cuando el día para el juicio de Jalalu'd-Dawlih había sido fijado,
> 
> la persona a la que él temía mas era Mulla Bahram. Él mandó un mensaje a algunos
> 
> de los bahá'ís en Tehrán rogándoles persuadir a Mulla Bahram de no presentarse en
> 
> la corte, y prometiendo pagar todo lo que le debía. Mulla Bahram, temiendo que el
> 
> príncipe regresara al poder otra vez y empezara persiguiendo a sus compañeros
> 
> creyentes una vez más, no se quejó en su contra. Mas la promesa no fue cumplida y
> 
> únicamente una pequeña parte del capital de Mulla Bahram eventualmente le fue
> regresado.
> DANDO HASTA EL FINAL              19
> 
> La vida de Mulla Bahram era una inspiración para muchos quienes le
> 
> conocieron. Tan grande era la devoción y respeto que inspiraba en el corazón de su
> 
> patrón durante los muchos años que trabajó para él ¡que el mercader zoroastriano
> 
> famoso llegó a mencionar el nombre de Mulla Bahram entre los santos que él
> 
> nombraba durante sus oraciones diarias!
> 
> Cuando Mulla Bahram era un anciano, él regresaba a casa de una reunión
> 
> bahá'í una noche. El había venido una larga distancia a pie; estaba nevando y el
> 
> tiempo era penosamente frio.     Su hijo, quien había salido a su encuentro, estaba
> 
> ayudándolo cuando se encontraban con un limosnero temblando y gimiendo del frio.
> 
> El hombre no tenía nada de ropa excepto un par de pantalones viejos y una bolsa que
> 
> había puesto sobre su cabeza y hombros. Mulla Bahram paró al limosnero y le dijo a
> 
> su hijo que se quedara con él hasta que regresara. Entonces se puso detrás de una
> 
> pared, se quitó su bata caliente y sus pantalones y los trajo para el hombre.
> 
> Mientras se envolvía en su `aba*, Mulla Bahram le dijo a su hijo: "Cuando yo
> 
> llegué aquí de Yazd, yo, también, estaba vestido como este limosnero."
> 
> *Capa o manto.
> EL DOCTOR JUDÍO            20
> 
> Hakim `Aqa Jan* se apresuraba por los estrechos callejones de Hamadán a la
> 
> casa de Muhammad Baquir quien, llevando una linterna para alumbrar su camino,
> 
> corría enfrente. La esposa de Muhammad Baquir estaba muy enferma, temblando
> 
> con convulsiones y gritando del dolor.
> 
> Ella había estado sufriendo con fiebre cuando el doctor judío, Hakim `Aqa Jan,
> 
> fue llamado para verla más temprano en la noche, y él le había dado unas pastillas
> 
> para tomar, diciendo que pronto se sentiría mejor. Apenas había tomado las pastillas,
> 
> sin embargo, se empeoró su condición y fue cogido con severos dolores y
> 
> convulsiones.
> 
> Ahora, apresurándose a su lado, Hakim `Aqa Jan le echó un solo vistazo a su
> 
> paciente y se puso pálido. Inmediatamente se dio cuenta de lo que había pasado: en
> 
> vez de las pastillas de quinina, él se le había dado estricnina. No solo estaba ahora el
> 
> paciente en peligro de perder su vida, sino él también. En verdad, sabiendo del odio
> 
> que los musulmanes guardaban hacia su gente, Hakim `Aqa Jan se preguntaba si las
> 
> consecuencias de tal error de parte suyo quizá afectaría a su familia y a toda la
> 
> población judía de Hamadán.      El temblaba ante tal pensamiento y apenas oía la
> 
> pregunta que se la hacia Muhammad Baquir.
> 
> El último, sintiendo el estado de mente del doctor, preguntó por la razón por
> 
> su agitación extrema. "Yo he hecho un error en dar las pastillas," confesó Hakim `Aqa
> 
> Jan. "Cualquier puede hacer un error," dijo Muhammad Baquir. "Ud. no lo hizo a
> propósito, y aún si muera la paciente, nadie le culpará por ello."
> 
> Hakim `Aqa Jan no podía creer sus oídos. ¿Era en verdad un musulmán quien
> 
> le hablaba así, a un judío Pero, no había tiempo para explayarse sobre tales misterios
> 
> cuando su paciente necesitaba toda su atención. El se precipitó de la casa a la farmacia
> 
> más cercano y, habiendo comprado algo de medicina con que esperaba poder salvarle
> 
> la vida, se apresuraba a sentar con su paciente por toda la noche. Después de horas de
> 
> suspenso agonizante durante las cuales hizo todo lo que podía dentro de su poder
> 
> para salvarla, él por fin sintió alivio de ver que el peligro había pasado y que ella
> 
> viviría.
> 
> Durante todo este tiempo, la grata cortesía y la bondad con que se la había
> 
> recibido en el hogar de Muhammad Baquir le había afectado grandemente y le había
> 
> confundido al doctor.    Él había tenido mucho trato con los musulmanes antes y
> 
> estaba familiarizado con la manera en que trataban a los judíos, especialmente bajo
> 
> tales condiciones desfavorables. Entre más pensaba en ello, más se preguntaba acerca
> 
> del comportamiento desusual de esta casa.
> 
> Más tarde, cobró suficiente coraje para preguntar a Muhammad Baquir acerca
> 
> de sus creencias religiosas.   "Yo pertenezco a una nueva Fe." fue la respuesta de
> 
> Muhammad Baquir, "Yo soy bahá'í." Hakim `Aqa Jan inmediatamente estaba
> 
> interesado en saber de esta nueva Fe y, después de un periodo de investigación, llegó a
> 
> ser un seguidor ardiente él mismo.
> 
> Era el primer judío en abrazar la Causa en Hamadán y aunque no vivió más
> 
> que unos cuantos años después de declararse bahá'í, pudo traer un gran número de
> otros judíos a la Fe antes de morir.
> 
> *Hakim quiere decir doctor.
> ENSEÑANDO EN HAMADÁN                    21
> 
> Uno de los primeros individuos a quien fue dado el nuevo Mensaje por Hakim
> 
> `Aqa Jan, y quien respondió al llamado de Bahá'u'lláh, fue un personaje no menos que
> 
> su propio padre – un rabino famoso de la comunidad judía de Hamadán. Después de
> 
> que abrazara la Causa su padre, Hakim `Aqa Jan decidió dirigirse a toda la
> 
> congregación judía que se había reunido un día en la sinagoga, con la esperanza que
> 
> ellos también serían receptivos al Mensaje.
> 
> Todos los judíos en Hamadán conocían a Hakim `Aqa Jan.              Ellos habían
> 
> llegado a amar y respetarlo como el símbolo de las virtudes judíos en su comunidad.
> 
> Pero cuando les habló del púlpito, diciéndoles de su creencia en la Causa de
> 
> Bahá'u'lláh y llamándoles a investigar la nueva Fe, ellos le echaron de la sinagoga y le
> 
> llamaron blasfemador.
> 
> Hakim `Aqa Jan, no fue descorazonado por su actitud, y pronto muchos de
> 
> aquellos quienes habían escuchado su apelación sincera en la sinagoga le buscaron en
> 
> privado y le preguntaron acerca de sus creencias. En el transcurso de ese año, a pesar
> 
> de estar rodeados por la oposición por todos lados, cuarenta judíos abrazaron la Fe en
> 
> Hamadán. Entre ellos estaba el erudito Haji Mihdi* quien llegó a ser un maestro
> 
> ardiente de la Causa y dedicó el resto de su vida al servicio de la Fe. Su conocimiento
> 
> de la Biblia y el Corán anonadaba a todos, y un gran número de judíos, cristianos y
> 
> musulmanes quienes le escucharon citar a estos sagrados libros y referirse a las
> 
> profesías en ellos concernientes el advenimiento del Báb y Bahá'u'lláh y fueron
> convencidos de la verdad de Su Causa.
> 
> Una vez Haji Mihdi estaba enseñando a un número de judíos y cristianos
> 
> quienes estaban asistiendo a los discursos de un bien conocido misionero en
> 
> Hamadán – el Sr. Holmes. Uno de estos hombres desafió al Sr. Holmes a conocer a
> 
> Haji Mihdi y discutir con él la Sagrada Biblia. El misionario aceptó el desafío, y se
> 
> arreglaron reuniones en donde un número de gente – judíos, cristianos, musulmanes
> 
> y bahá'ís – se reunían dos veces por semana a escuchar al Sr. Holmes y a Haji Mihdi
> 
> discutir varias pasajes de la Biblia. Se acordó desde el principio que debería guardar
> 
> un récord cada vez de las discusiones. Ambos, el Sr. Holmes y Haji Mihdi firmarían
> 
> los papeles al final de la reunión.
> 
> Estas discusiones, que siguieron por dos años, gradualmente tomaron la forma
> 
> de una exposición de profesías de la Biblia referente a la Fe Bahá'í. Aquellos que
> 
> estaban presentes se maravillaron a la extensión del conocimiento e intuición de Haji
> 
> Mihdi mientras citaba versículo tras versículo del Viejo y Nuevo Testamentos y
> 
> exponía sus significados.     Aún el misionario cristiano se escuchó frecuentemente
> 
> exclamar con admiración: "¡Haji Mihdi conoce la Biblia tan bien que pensarías que lo
> 
> había escrito él mismo!" Los récords que se guardaron de estas reuniones se juntaron
> 
> después en forma de un libro y fueron publicados para el beneficio de otros.
> 
> Las actividades de enseñanza de Haji Mihdi pronto atrajeron la enemistad de
> 
> gente fanática de entre los miembros de todas las religiones, y muchos fueron los
> 
> sufrimientos que sobre él cayeron a las manos de esta gente. Pero de vez en cuando el
> 
> resultado de las intrigas que fueron cuidadosamente planeados en su contra y en
> contra de los creyentes amigos no resultaban para la satisfacción completa de sus
> 
> enemigos. Lo siguiente es un ejemplo de un incidente:
> 
> Los rabinos de los judíos en Hamadán se quejaron al gobernador, diciendo que
> 
> algunos de los miembros de su comunidad habían dejado la congregación y habían
> 
> llegado a ser una desgracia ante la gente porque eran culpables de conducta
> 
> imperdonable. Ellos le dieron una lista de aquellos quienes se habían declarado como
> 
> bahá'ís, primero entre ellos era Haji Mihdi, y le pidieron castigarles. El gobernador,
> 
> sin embargo, escogió un día cuando los judíos, quienes se habían quejado, y aquellos
> 
> cuyos nombres ellos habían dado, se reunirían en su presencia para que pudiera
> 
> escuchar a ambos lados.    Los judíos decidieron que un rabino anciano, quien era
> 
> considerado el más experimentado de entre ellos, debería ser el único en dirigirse al
> 
> gobernador porque los demás quizá fueran indiscretos en su hablar.
> 
> Tan pronto hubieran llegado los judíos y bahá'ís y tomado sus asientos, el
> 
> gobernador, volviéndose hacia los judíos, inquirió acerca de su queja.          Todos
> 
> guardaron silencio mientras el sabio rabino habló: "Su señoría," dijo "esta gente no se
> 
> adhieren a las leyes del Tora. Ellos rompen el sábado porque tocan fuego y hacen
> 
> negocios, pero peor que eso, ellos comen lo impoluto e impuro." "¿Que inmundicia
> 
> han comido?" inquirió el gobernador curioso.      "La carne y queso que venden los
> 
> musulmanes..." empezó el rabino, pero no avanzó más con la lista que tenía en mente.
> 
> "¡Qué!" exclamó el gobernador furioso, "¿Han venido aquí a decirme que aunque Uds.
> 
> viven en un país musulmán, consideran a nuestra comida como inmundicia?"
> 
> Entonces, volviéndose a sus sirvientes, gritó "¡Golpeen a esta gente y échenles de mi
> vista – y que jamás les ponga ojos encima otra vez!"
> 
> *Haji: Uno que ha hecho el peregrinaje a la Meca.
> LA TRAVESÍA DIFÍCIL 22
> 
> Taqi Khan tenía un querido amigo con quien anhelaba hablar de su Fe, pero su
> 
> amigo, Ishraq, era un musulmán muy estricto quien no toleraba ninguna mención de
> 
> los bahá'ís ó su religión, la cual consideraba ser pura herejía. Tan prejuiciado era en
> 
> contra a la nueva Fe que, si supiera que su amigo Taqi Khan fuera bahá'í, habría roto
> 
> su amistad con él y rehusado verlo jamás. Aún cuando Taqi Khan, de vez en cuando
> 
> hacia, con extrema cautela, alguna referencia a la Causa, Ishraq estaría tan perturbado
> 
> que dejaría de hablarle a su amigo. Taqi Khan, sin embargo, atraído por su devoción
> 
> a Ishraq, haría todo cuanto estuviera en su poder para lograr una vez más su buena
> 
> voluntad y todo estaría bien entre ellos otra vez hasta que, no pudiendo contenerse,
> 
> Taqi Khan se referiría al tema de nuevo.
> 
> Esto continuaba por algún tiempo, pero la amistad entre los dos hombres
> 
> crecía a pesar de las separaciones repetidas que tomaban lugar. Taqi Khan, cuyo
> 
> taller estaba lejos de donde trabajaba Ishraq, se mudo a un nuevo lugar para poder
> 
> estar cerca a su amigo y ellos pasaron mucho de su tiempo juntos. Habiendo ya
> 
> perdido toda esperanza de poder hablar con Ishraq de la Fe Bahá'í él mismo, Taqi
> 
> Khan decidió presentarle a un amigo creyente quien quizá probara ser mas
> 
> afortunado en acercarse al tema con él. El que escogió para que Ishraq lo conociera
> 
> era Adib, un bahá'í erudito y distinguido quien había sido un musulmán clérigo
> 
> notable antes, y cuyo turbante y manto--signos de conocimiento y autoridad en
> 
> cuanto a asuntos religiosos--hicieron una buena impresión sobre Ishraq cuando le fue
> a ver la primera vez con Taqi Khan. Fue el comportamiento personal y bondad
> 
> genuinas, sin embargo, lo que ganaron la gran admiración de Ishraq y le conmovió a
> 
> preguntar, antes de levantarse para ir, si se le permitiría repetir la visita. Adib le
> 
> aseguró que siempre estaría bienvenido en su casa y que no sería necesario para el
> 
> hacer una cita especial de antemano.
> 
> Alentado por la invitación de Adib, Ishraq decidió visitarle un día en
> 
> Ramadán* cuando estaba en la vecindad. El encontró que la puerta de la casa estaba
> 
> abierta y, al tocar, escuchó la voz de Adib invitándole a pasar. Al entrar al cuarto, sin
> 
> embargo, estaba horrorizado a ver el personaje reverenciado que había venido a
> 
> visitar sentado con tres hombres jóvenes quienes parecían ser sus huéspedes,
> 
> ¡tomando te en el sagrado mes del ayuno! Ishraq estaba tan desconcertado por esto
> 
> que no podía esconder sus sentimientos y le reprochó a Adib, diciendo:             "Uno
> 
> pensaría que alguien como Ud. pudiera poner un ejemplo mejor que esto para los
> 
> jóvenes. Si Ud., con su posición y conocimiento, rehúsa guardar el ayuno, ¿qué se les
> 
> puede esperar de la generación más joven? ¿Ud. se da cuenta cuánto daño le esta
> 
> haciendo a nuestra religión? "Si tomara Ud. asiento," replicó Adib con gran dignidad,
> 
> "quizá yo le pueda dar una buena razón porque mis huéspedes y yo no estamos
> 
> ayunando." Mas Ishraq estaba demasiado perturbado para escuchar a cualesquiera
> 
> razones. "Aunque Ud., Ud. mismo, tenga una razón legítima de no poder observar el
> 
> ayuno," le dijo a Adib, "no puede tener ninguna excusa por alentar a otros a desacatar
> 
> el mes de Ramadán." Pero, quizá yo ni siquiera sea musulmán," protestó Adib "y
> 
> quizá no crea en observar el ayuno en este mes particular." Ishraq se enfureció tanto
> por este comentario que salió inmediatamente de la casa de Adib y no se quedó a
> 
> escuchar ninguna palabra más. Ni se acercara ya a su amigo Taqi Khan, quien se le
> 
> había presentado a alguien a quien consideraba ser un sacerdote musulmán desleal.
> 
> Pero Taqi Khan no abandonaría a su amigo, sabiendo que el amor sincero de
> 
> Ishraq por su religión era su virtud más grande aun si llegara a ser indiscreto e
> 
> intolerante a veces.    El también se dio cuenta que el apego de Ishraq al islam se
> 
> convertiría, en si mismo, en el medio de su reconocimiento del Prometido de las
> 
> Escrituras Sagradas de aquella fe – ¡si sólo se le pudiera persuadir de olvidar su
> 
> prejuicio en contra de los bahá'ís por bastante tiempo como para ver lo que tenían que
> 
> decir!
> 
> La paciencia de Taqi Khan fue recompensado cuando él, después de mucho
> 
> tiempo, logró hacerle entender a Ishraq que el Corán condenaba la intolerancia ciega
> 
> y enseñaba que el verdadero musulmán debería investigar a cada pretensión antes de
> 
> denunciarla como falsa. Tan pronto como Ishraq estaba preparado a inquirir acerca
> 
> de las nuevas enseñanzas de la Fe Bahá'í, Taqi Khan sabía que se había pasado la
> 
> etapa más difícil, y que su amigo lograría ver la verdad de la nueva Causa.
> 
> Adib, la persona hacia la cual Ishraq había sido instintivamente atraído, le
> 
> ayudó mucho cuando empezaba a investigar la fe; mas no fue asunto fácil para una
> 
> persona tan prejuiciosa como Ishraq ser bahá'í.      Afortunadamente, su devoción al
> 
> islam fue más grande que todas sus prejuicios, y fue esta lealtad a su propia religión
> 
> lo que le condujo a aceptar el cumplimiento de sus profesías.
> 
> Está escrito en las Tradiciones del islam que, cuando aparece el Prometido, los
> hombres serían llamados a cruzar un puente que esta más estrecho que un pelo y
> 
> más afilado que una espada. Ishraq y muchos otros como él, debían haber pensado en
> 
> esta tradición famosa mientras oraban a Dios que les ayudara a no fallar en el Camino
> 
> peligroso que conduce al conocimiento de la nueva Revelación.
> 
> *Ramadán: Mes del Ayuno musulmán
> PADRE E HIJO        23
> 
> Cuando Ishraq se hizo bahá'í, su padre quien era un musulmán muy estricto,
> 
> se prohibió que jamás entrara la casa, rehusó llamarle su hijo y no hizo ninguna
> 
> provisión para él en su testamento. Además, cambió su residencia de Tehrán a Qum
> 
> para que jamás viera al hijo de nuevo.
> 
> Ishraq no recibió ninguna noticia de sus padres por todo un año, después del
> 
> cual por casualidad escuchó de un conocido, quien había llegado de Qum, que su
> 
> mamá estaba muy enferma. Anhelando verla una vez más, le escribió una carta a su
> 
> mamá rogándole pedir a su papá su permiso para hacerla una visita. Ella replicó
> 
> unos días después diciendo que ella había tenido éxito en obtener el permiso de su
> 
> papá sólo después de horas de rogar y llorar, pero con una condición – que él
> 
> denunciara toda forma de falsas creencias y aceptara los verdaderos preceptos del
> 
> islam antes de entrar en la casa de su papá.
> 
> Ishraq inmediatamente salió a Qum y, habiendo llegado a la casa de sus papas,
> 
> fue encontrado por su papá quien le dijo que no podía ver a su mamá hasta que
> 
> hubiera renunciado toda creencia falsa y prácticas profanas. Ishraq estaba preparado
> 
> para eso.   "Qué la ira del Todopoderoso, Sus profetas, Sus santos, Sus ángeles y
> 
> escogidos," dijo "caiga sobre aquellos quienes vienen con pretensiones falsas y todos
> 
> aquellos quienes siguen el camino de los impíos." El papá de Ishraq estaba feliz.
> 
> Habiendo abrazado a su hijo y besado su rostro, él le condujo a su madre.
> 
> Aquella noche el papá de Ishraq le llevó a escuchar la platica de Mullá
> Mahmud, uno de los sacerdotes bien conocidos de Qum quien era famoso por su
> 
> erudición y por quien todos tenían gran respeto.         Mullá Mahmud dio una
> 
> conferencia en la mezquita sobre asuntos religiosos aquella noche. Más tarde se sentó
> 
> con algunos de sus amigos cercanos en un lugar agradable a fumar la pipa de agua,
> 
> tomar el té y a discutir diferentes temas.
> 
> El papá de Ishraq decidió que su hijo le debería asistir a la conferencia de
> 
> Mullá Mahmud cada noche, y también reunirse con el círculo de los seguidores de
> 
> Mullá Mahmud en escuchar a sus pláticas de la conferencias. Ishraq asistió a las
> 
> conferencias y escuchó a las discusiones, asimilando mucho más de lo que se daba
> 
> cuenta su papá.
> 
> Era un hábito de Mullá Mahmud que siempre terminaba sus conferencias con
> 
> la mención de algún evento triste perteneciente a los mártires de Karbila y llorando
> 
> por la tragedia, mientras le seguía su ejemplo la audiencia y también lloraba. Una
> 
> noche, él terminó su disertación por relatar cómo la primera persona quien había
> 
> hecho el peregrinaje al Santuario del Mártir Imam Husayn le saludó al Sagrado
> 
> Imam tres veces en sucesión, mas no recibió ninguna respuesta. "¡Porqué, cómo podía
> 
> replicar el Mártir Husayn," lamentó Mullá Mahmud, "cuando su bendita cabeza
> 
> estaba separado de su cuerpo." Aquí lloró el Mullá, la audiencia golpeó sus pechos y
> 
> lloró y se terminó la conferencia.
> 
> Otra noche, el Mullá terminó su conferencia por decir que la bendita cabeza
> 
> del Imam Husayn, aunque separado de su cuerpo, recitaba versículos del Corán en
> 
> tres ocasiones separados. El papá de Ishraq estaba muy contento con la mención de
> este milagro y dijo: "Es extraño que estos babís errantes se atreven a decir que no
> 
> aceptan milagros cuando la cabeza de nuestro Sagrado Imam ha mostrado tan
> 
> maravillosos signos." En camino a la casa esa noche él encomendó especialmente al
> 
> Mullá y le pidió a Ishraq prestar gran atención a todo cuanto dijera para poder
> 
> beneficiarse de su vasto conocimiento.
> 
> Unas noches más tarde cuando el Mullá se sentó con su círculo de discípulos
> 
> escogidos después de la conferencia para tomar té y fumar el pipa, Ishraq se inquirió
> 
> cortésmente si pudiera hacer una pregunta. Habiendo recibido el permiso del Mullá,
> 
> él dijo: "¿Es verdad que incumbe a todo musulmán verdadero saludar a quienquiera
> 
> se encuentre, mas es solamente una acción de mérito el responder al saludo?" El
> 
> Mullá dijo: "No, mi hijo, es exactamente el opuesto. El saludar a una persona es una
> 
> acción meritoria, mas el responder a un saludo incumbe a cada musulmán verdadero."
> 
> Ishraq le propuso una segunda pregunta al Mullá después de algunos días.
> 
> "Es leer el Corán un acto obligatorio," preguntó, "ó es un acto de mérito?" El Mullá
> 
> replicó que no era obligatorio mas sí era una cosa meritoria que hacer. Estuvo muy
> 
> decepcionado de su hijo el padre de Ishraq. "¿Por qué haces preguntas que hasta un
> 
> musulmán iletrado sabe?" dijo.      "Deberías estar pidiendo por la explicación de
> 
> problemas importantes y difíciles." "Yo no estoy tan seguro," replicó Ishraq, "que las
> 
> preguntas que hago no me ayudarán a desentrañar un problema importante, porque
> 
> no puede ver cómo la cabeza de Imam Husayn, a quien conocemos como un
> 
> musulmán perfecto, debería recitar el Corán tres veces consecutivas y aun fallar en
> 
> responder a los saludos de un peregrino que repitió sus saludos tres veces, cuando
> todos los musulmanes saben que el recitar el Corán es sólo un acto de merito,
> 
> mientras el responder al saludo de una persona incumbe a cada creyente."
> 
> Se cayo un silencio sobre la reunión y todos se preguntaban qué respuesta
> 
> daría el Mullá. Mullá Mahmud, temblando con furia, sacó su pipa de su boca y
> 
> gritó: "¡Tonto sin vergüenza! ¡Qué derecho tiene Ud. en interferir en tales asuntos!"
> 
> Entonces, volteando hacia el padre de Ishraq él dijo: "Tu hijo no sólo es impudente y
> 
> malcriado, pero también puedo ver que es un babí, porque los babís siempre tratan de
> 
> menospreciar a los sacerdotes y dignatarios religiosos ante los ojos de los demás. Yo
> 
> no dudo que Ud. mismo sea un musulmán, pero puede estar seguro que su hijo ha
> 
> renunciado a la verdadera Fe de Dios." El papá de Ishraq dijo: "Es verdad que mi hijo
> 
> se asociaba con este grupo por un rato, mas él renunció a todos aquellos quienes han
> 
> venido con pretensiones falsas y maldicho a aquellos quienes han desviado del
> 
> camino de Dios antes de que le dejara entrar en mi casa." Mullá Mahmud sonrió
> 
> burlonamente. "Yo no sabía que Ud. podría ser tan simple," le dijo. "Su hijo ha
> 
> denunciado a aquellos quienes han hecho pretensiones falsas porque está convencido
> 
> de que el Báb es un Profeta verdadero, y cuando maldice a aquellos quienes dejan el
> 
> sendero de Dios, es a Ud. y a mi a quienes maldice. Yo le advierto ahora," agregó,
> 
> "que si no le manda lejos de Qum inmediatamente, yo tendré que llevar a cabo lo que
> 
> considero mi deber."     Habiendo dicho ésto, salió de la reunión Mullá Mahmud,
> 
> mientras los otros le aseguraron al padre de Ishraq que el Mullá firmaría el orden de
> 
> muerte de su hijo si le viera otra vez.
> 
> Ni una sola palabra pasó entre el hijo y el padre en camino a casa esa noche,
> pero durante la mañana siguiente, mientras se preparaba para salir Ishraq, su padre
> 
> dijo: "Hijo, guarda tu lengua.    No menciones todo lo que tienes que decir en la
> 
> presencia de todos."
> 
> La visita de Ishraq a Qum y la discusión corta con Mullá Mahmud le dio una
> 
> excusa para comunicar con su padre.        A través de sus cartas podía despertar la
> 
> curiosidad de su padre en la nueva fe que había abrazado, tanto así que un día recibió
> 
> una invitación de regresar a Qum por algunos días para poder discutir sus creencias
> 
> augusto. Mas esto iba a ser una visita secreta; nadie iba a saber de su llegada en
> 
> Qum, y no debía de salir de la casa ninguna vez.
> 
> Durante la segunda visita de Ishraq a Qum se interesó mucho su padre en la
> 
> Causa y expresó su deseo de que le fueran presentados los otros bahá'ís. Ocurrió que
> 
> un maestro bahá'í muy conocido de Tehrán estaba por hacer un viaje a Qum. Ishraq
> 
> se fue a ver a ese maestro en Tehrán y le pidió conocer a su padre. Algunos días más
> 
> tarde Ishraq recibió una carta tierna de su padre, agradeciéndole por haberle guiado a
> 
> la Causa y diciendo que Ishraq era ahora el padre y que él era el hijo.
> 
> Ishraq también tenía una hermana en Tehrán a quien le habían prohibido por
> 
> su padre y esposo tener nada que ver con él. Ahora que su padre había aceptado la
> 
> Causa, él le escribió que fuera con su hermano para averiguar como estaba y si
> 
> necesitaba algo, para darle una excusa para visitar a Ishraq. Ishraq, por el otro lado,
> 
> recibió una carta de su padre rogándole ver que su hermana no fuera privada del
> 
> Mensaje del Nuevo Día. De esta manera fueron unidos otra vez el hermano y la
> 
> hermana, aunque todavía tenían que esconder su encuentro del conocimiento de su
> esposo fanático.
> 
> La hermana de Ishraq, sin saber que su padre ya había aceptado la Causa, llegó
> 
> a interesarse en las creencias de su hermano y con el tiempo expresó su deseo de ser
> 
> bahá'í con la condición de que su padre no supiera. Ishraq entonces le mostró la carta
> 
> que su padre le había mandado desde antes pidiéndole dar el Mensaje de la nueva Fe
> 
> a su hermana. Su júbilo por la noticia no tuvo límites, también lo fue el de su padre
> 
> cuando también se le informó que ella también, había abrazado la Causa.
> 
> No llegó a ser creyente la madre de Ishraq, mas no mostró una oposición a la
> 
> Fe. El único a quien no se le podía reconciliar a la Causa fue el concuño de Ishraq.
> 
> Tan pronto que se dio cuenta que su esposa había aceptado la nueva Fe que
> 
> desapareció por completo y sólo fue años después que la familia llegó a enterarse de su
> 
> paradero.
> UN PLAN QUE FUNCIONÓ              24
> 
> Aqa Kamal vivía con su hermano mayor en Kirmanshah. Su padre, quien se
> 
> había muerto recientemente, les había dejado una herencia, pero el hermano de Aqa
> 
> Kamal, siendo un musulmán estricto y fanático, amenazó con confiscar todo porque
> 
> Aqa Kamal se había hecho bahá'í. El clero, también, le habían advertido a Aqa Kamal
> 
> que si fuera visto asociándose con bahá'ís ellos sabrían que él era un seguidor de
> 
> Bahá'u'lláh, y por lo tanto no podría reclamar una parte de la riqueza de su padre.
> 
> Esto lo hizo extremadamente difícil para Aqa Kamal a reunirse con los creyentes
> 
> compañeros, especialmente como él y su hermano vivían en la misma casa.
> 
> Ishraq, quien acaba de llegar de Tehrán, y todavía no era conocido por la gente
> 
> de Kirmanshah, pensó en un plan por medio del cual quizá podría ayudarle a Aqa
> 
> Kamal. Él le pidió a Aqa Kamal invitarle a él y a otro bahá'í, quien era de otro parte
> 
> del país, ir a su casa un día para cenar para que pudieran conocer al hermano de Aqa
> 
> Kamal. Se le advirtió que el hermano rehusaría escucharle si sospechaba que el fuera
> 
> un bahá'í, e Ishraq prometió ser muy cuidadoso.
> 
> Había un número de otros huéspedes en la casa de Aqa Kamal ese día, entre
> 
> ellos un joven con lentes a quien el hermano de Aqa Kamal le trataba con una
> 
> reverencia marcada.    Ishraq podía adivinar del tono de su conversación y como
> 
> escogía a sus palabras que él era un clérigo, aunque los órdenes recientes del Shah
> 
> prohibían el uso del `aba y turbante tradicionales de los sacerdotes.
> 
> Ellos habían estado en la casa por algún rato, y habían tocado los temas
> normales del día, cuando el amigo que había venido con Ishraq se volvió hacia él y
> 
> dijo: "Dinos, Sr. Ishraq, ¿Uds. en Tehrán también se topan con los bahá'ís?" "¡Si, en
> 
> verdad, así nos pasa!" replicó Ishraq. "Son muy activos en enseñar su Fe. Es más, una
> 
> vez que empieces a escuchar lo que tienen que decir, te preguntas que decirles como
> 
> respuesta. Yo mismo soy uno de sus muchos víctimas y todavía no he podido refutar
> 
> sus argumentos."    El entonces les explicó que decían los bahá'ís y algunas de las
> 
> pruebas que daban en apoyo a sus creencias.          "Ahora ven lo que quiero decir,"
> 
> concluyó. "Si sólo pudiéramos encontrar una manera de probarles incorrectos, no
> 
> podrían influir tanto en la gente. Quisiera que pudiera conocerle a alguien quien nos
> 
> podría armar con los argumentos adecuados con que silenciar a estos bahá'ís."
> 
> Uno de los huéspedes se volvió hacia el caballero con lentes que estaba presente
> 
> y dijo: "Estoy seguro que el Sr. Sadr podrá ayudarle." El Sr. Sadr mismo no estaba
> 
> muy seguro mientras escuchaba ahora a Ishraq explicar con algunos detalles las
> 
> creencias de los bahá'ís y las respuestas que habían dado a las objeciones levantadas
> 
> en contra de su Fe. Él no podía pensar en nada que decir. Por el otro lado, se había
> 
> despertado un interés y todos le estaban esperando que hablara. "Para poder darle
> 
> una respuesta satisfactoria," dijo por fin, "debo de referirme a ciertos libros y hacer un
> 
> estudio del tema, pero yo conozco a un dignatario notable de la Iglesia que tiene una
> 
> respuesta para cada problema y quien puede refutar los argumentos falsos de estos
> 
> infieles con unas cuantas frases.     "¿Sería posible para mi tener el honor de ser
> 
> presentado con este religioso distinguido?" inquirió Ishraq. "En verdad que sí," replicó
> 
> el Sr. Sadr. "Él esta en casa normalmente en las noches." "Puesto que pronto saldré
> para Tehrán," dijo Ishraq, "y este asunto es de gran importancia para mi, ¿piensa Ud.
> 
> que me podría llevar con él ahora?" Los otros hombres dijeron que ellos también
> 
> estarían interesados en escucharle al dignatario religioso sobre este tema y pidieron al
> 
> Sr. Sadr llevarles a todos con él para verle. Sólo Aqa Kamal pensó que no sería sabio
> 
> ir y encontró una excusa para quedarse.
> 
> Los hombres esperaban fuera de la casa mientras Sr. Sadr entró para informarle
> 
> al dignatario religioso de su llegada.    Después de que hubieran esperado mucho
> 
> tiempo, apareció un sirviente y les pidió que entraran. Fueron conducidos a un cuarto
> 
> grande en donde ocupaba el asiento de honor una persona anciano. Estaba sentado
> 
> en un cojín grueso con una pila de libros a su lado. Después de intercambiar los
> 
> saludos acostumbrados, Ishraq presentó su problema. El personaje digno repitió los
> 
> argumentos corrientes que siempre se usaban en contra de la Fe Bahá'í, e Ishraq le
> 
> informó cortésmente de las respuestas que se daban a tales afirmaciones.             El
> 
> dignatario religioso aparentemente nunca antes había oído el otro lado del argumento
> 
> y esto le mantenía en silencio por algún tiempo; entonces dijo con autoridad grave:
> 
> "Es un pecado hablar con estos infieles. Ningún musulmán verdadero jamás debería
> 
> acercárselos. "¿Entonces no dirían los bahá'ís," sugerir calmadamente Ishraq, "que el
> 
> clero prohibía a la gente hablar con ellos porque no podía refutar sus argumentos? Le
> 
> ruego, Sr., darme por lo menos una sola prueba sólida que se puede producir como
> 
> una evidencia irrefutable contra las aseveraciones de esta gente." "Yo le he dicho lo
> 
> que debe hacer," dijo el religioso eminente. "¡Deje de hablar con ellos!"
> 
> El   hermano de Aqa Kamal, quien había estado escuchando atentamente a
> todas las discusiones, perdió la paciencia ahora. "Yo he llegado a la conclusión," le dijo
> 
> audazmente al dignatario religioso, "que Ud. no tiene una respuesta para darles a los
> 
> bahá'ís, y que mi hermano no es tan tonto después de todo." Tomándole a Ishraq por
> 
> la mano, dijo: "Ven, vamos, porque por fin he entendido la verdad del asunto."
> 
> Mientras, Aqa Kamal esperaba en casa y se preguntaba que sería el resultado
> 
> de esta reunión con el dignatario religioso.      No podía exceder la alegría que le
> 
> esperaba sus esperanzas más altas. Su hermano, llegando de esa reunión fructífera, le
> 
> abrazó tiernamente y le rogó su perdón. "Yo le obrado mal de toda manera," dijo,
> 
> "pero nuestro huésped de Tehrán me ha abierto los ojos y yo puedo ver que tienes
> 
> razón en tus creencias. ¡Yo, ahora también, estoy preparado para unirme a ti!
> 
> *Había una nueva dinastía en poder después de la Primera Guerra Mundial.
> HERMANOS POR FIN 25
> 
> Quizá sea difícil para algunos darse cuenta hoy día que barreras de odio y
> 
> prejuicio existían entre la gente de diferentes religiones en el tiempo cuando los
> 
> bahá'ís tempranos se estaban esforzando por traer amor y unidad entre ellos. Los
> 
> musulmanes rehuían los miembros de cada otra religión, viéndoles como infieles y
> 
> referiéndoseles como "perros sucios". Grupos minoritarios estaban forzados a vestirse
> 
> ropa que les identificaban como "no creyentes" para que los musulmanes devotos no
> 
> fueran manchados por tomar comida o bebida de sus manos. Los judíos, cristianos y
> 
> zoroastrianos, por su parte, odiaban totalmente a todos los musulmanes; ni tenían
> 
> nada que ver los unos con los otros. Todos estaban convencidos que cualquier que no
> 
> creía en su propia religión era un enemigo de Dios y que había tomado partido con el
> 
> diablo.
> 
> Era interesante en ese entonces ver el milagro que estaba tomando lugar
> 
> dentro de la comunidad bahá'í, cuyos miembros venían de todas estas antecedentes
> 
> diferentes.
> 
> Ishraq cuenta un incidente conmovedora que tomó lugar en Rasht cuando él
> 
> estaba allí en un viaje de enseñanza.   Había estado hablando con un musulmán
> 
> fanático quien gradualmente se interesó en la nueva Fe y la empezó a investigar muy
> 
> seriamente. El hombre tenía muchas preguntas que hacer y estaba satisfecho con las
> 
> respuestas que le daban Ishraq. Entonces, una noche, mientras estaba sentado en una
> 
> reunión bahá'í y escuchaba las Palabras de Bahá'u'lláh, parecía que de repente se
> levantó de sus ojos un velo y podía ver la hermosa Verdad que yacía en el corazón del
> 
> nuevo Mensaje. Fue sobrecogido con emoción y, no pudiendo refrenarse, se acercó a
> 
> un hombre quien había sido un muy conocido zoroastriano antes de que se hiciera
> 
> bahá'í y le abrazó como a un hermano por mucho tiempo perdido.                Mientras se
> 
> llenaban sus ojos con lágrimas, él relató la historia de su relación con este hombre.
> 
> "Ambos trabajábamos en el mismo bazar," dijo, "y nuestras oficinas no estaban muy
> 
> lejos la una de la otra. Yo odiaba estar tan cerca a un ‘infiel' quien yo sabía que había
> 
> sido un zoroastriano antes, y que ahora era un bahá'í. Un día vi al hombre quien nos
> 
> traía el te llevar una charola a la oficina de este caballero. Yo estaba tan furioso que le
> 
> agarré al hombre y le golpeé hasta que dolían mis propios brazos. Le advertí que si
> 
> jamás le viera sirviendo té otra vez al ‘infiel', que le mataría; entonces, entrando a la
> 
> tienda de té y viendo que no se había apartado el vaso del cual el ‘infiel' había tomado
> 
> su té, rompí todos los vasos en la tienda y pagué para que se comprara nuevos para
> 
> que los clientes musulmanes podían tomar su te de vasos limpios, no ensuciados por
> 
> el toque de no creyentes. Y ahora, "agregó con gran sentimiento mientras terminó de
> 
> contar el incidente, "quisiera rogar a nuestro anfitrión traer un sólo vaso de te para
> 
> que este hermano mío pueda tomar la mitad, y permitirme tener el honor de tomar el
> 
> resto."
> LA JORNADA DEL MÍSTICO 26
> 
> Vujdani era un místico de corazón. Él anhelaba alcanzar aquel etapa de paz y
> 
> tranquilidad interior tan extraño a la mayoría de la gente involucrado con los asuntos
> 
> de este mundo.      Su madre descendía de la aristocracia, y la vida le ofrecía
> 
> oportunidades que los otros hombres habrían agarrado prestamente, pero Vujdani no
> 
> estaba interesado en los puestos que sus parientes influyentes le podían dar. Era un
> 
> buscador de la Verdad y anhelaba lograr un estado de satisfacción espiritual. Un día,
> 
> mientras entraba una mezquita para ofrecer sus oraciones, vio a un clérigo dando una
> 
> lectura en el patio de la mezquita. Se unió a la pequeña audiencia y escuchaba a un
> 
> fascinante discurso sobre el desprendimiento. El orador causó tal impresión sobre
> 
> Vujdani que le siguió a su casa después de la conferencia y le rogó al clérigo aceptarle
> 
> como discípulo. Para su sorpresa el clérigo le dijo que ningún individuo debía de
> 
> seguir a otro, y que los sacerdotes quienes se posaban como guías para otros de seguir
> 
> no eran más que hipócritas. Cada hombre, le dijo, debía de investigar la verdad por sí
> 
> mismo. Esto era un dicho extraño para un clérigo, pero Vujdani lo tomó como un
> 
> señal de la humildad del hombre.
> 
> Siguió asistiendo a las lecturas del clérigo en el patio de la mezquita todos los
> 
> días y llegó a estar más y más atraído al hombre y sus ideas. Los puntos de vista
> 
> presentadas en estas lecturas diarias estaban muy diferentes de las ideas comunes del
> 
> clero, y Vujdani encontró mucho para ocupar sus pensamientos cuando salió cada día
> 
> de la mezquita.
> Pero las lecturas en la mezquita llegaron a un fin abrupto y cuando Vujdani
> 
> inquirió la razón, le dijeron que se le había prohibido al clérigo entrar jamás a la
> 
> mezquita, ¡porque encontraron que era un babí! Vujdani estaba muy triste. Él había
> 
> oído la gente hablar de los babís temibles desde que era niño y él les odiaba. "¡Oh
> 
> Dios!," oraba. "¿Qué he hecho para merecer esto? ¡Por qué yo, después de tanto anhelo
> 
> de lograr Su beneplácito, he estado atraído a un infiel maldito!"
> 
> Después de eso, Vujdani decidió estudiar teología, esperando que esto le
> 
> conduciría a alguna verdad aceptable que satisfacería su mente buscadora y traerle
> 
> paz a su corazón anhelante. Se rasuró la cabeza, se puso un turbante y se retiró a la
> 
> vida de reclusión de un madrisih.*        Pero no se quedó allí por mucho tiempo.
> 
> Encontró sofocante el ambiente, y sus asociados de poco criterio y prejuiciosos. Dejó
> 
> sus estudios de teología, completamente desilusionado, pero el espíritu de la búsqueda
> 
> le forzaba a seguir.
> 
> Ahora pasaba mucho tiempo en oración y meditación. Ayunaba y vivía la vida
> 
> de un fakír, renunciando a todos los placeres de la carne. Un día, mientras pasaba por
> 
> el mercado en camino a la mezquita, vio a un derviche viejo quien estaba sentado en
> 
> frente de una pequeña tienda. Vujdani había visto a muchos derviches en sus días,
> 
> pero ninguno le había atraído como este hombre. El estaba limpio, sin mancha; su
> 
> `abá flojo que llegaba a sus pies, su barba y pelo largo y bien peinado que caía sobre
> 
> sus hombros estaban muy bien arreglados.          Pero había algo más acerca de este
> 
> derviche – algún tipo de fuerza espiritual que no se podía definir. Vujdani sentía esto
> 
> tan fuerte que se quedó de pie en frente de la tienda, y no podía alejarse aunque no
> sabía cómo empezar una conversación con el derviche. El tendero inquirió qué era lo
> 
> que quería, entonces compró unas cuantas cajas de cerillos y se siguió. Después de las
> 
> oraciones en la mezquita se apresuró para regresar, pero el derviche ya se había ido.
> 
> Vujdani regresó a su cuarto y pasó la noche en oración. La mañana siguiente,
> 
> no pudiendo alejarse de sí el pensamiento del hombre espiritual que había visto, se
> 
> fue a buscarle. Estaba seguro que su encuentro con este derviche era una respuesta
> 
> directa a sus oraciones a Dios pidiendo ayuda en su búsqueda de la Verdad.              Se
> 
> fortaleció esta convicción cuando encontró al derviche y cayó bajo el encanto de sus
> 
> palabras.   Entonces rogó ser enseñado un versículo que podía repetir en sus
> 
> meditaciones para que pudiera lograr la Verdad. "Mi hijo," dijo el derviche, "no creas
> 
> lo que dicen acerca del poder de los derviches.         Ellos han llegado a ser tan
> 
> materialistas y corrompidos como lo de más de la gente." Vujdani, sin embargo, sentía
> 
> un extraño respeto por este hombre y no le dejaba. Llegó a vivir cerca del derviche y
> 
> sentía que su vida sufría un cambio radical mientras pasaban los días. El derviche,
> 
> para su sorpresa, le alentó a alejarse de la vida de retiro, de poner ropa normal otra
> 
> vez y empezar a ganarse la vida y seguir una vida normal.
> 
> Los parientes de Vujdani estaban felices de ver el cambio en él. Se le ofreció un
> 
> puesto su sobrino, el gobernador de Malayir, y se fue a vivir lejos del derviche. Pero
> 
> todavía le veía como su guía y maestro espiritual, y se consideraba como derviche de
> 
> corazón aunque no usaba el vestimento de esa secta.
> 
> Vujdani continuó con las oraciones y meditaciones diarias como le alentaba su
> 
> maestro, pero la vida materialista a su derredor empezó a pesar sobre su espíritu y
> una vez más anhelaba la compañía de almas afines. Era como en este tiempo de su
> 
> vida que le fue presentado Ustad `Ali – un hombre de cualidades espirituales raras – y
> 
> llegó a ser un amigo íntimo de él. Los dos pasaban mucho tiempo juntos, orando,
> 
> estudiando y platicando acerca de los trabajos místicos y escrituras religiosas. Una
> 
> vez, cuando estaban hablando acerca de la vida de los Mensajeros de Dios en la tierra,
> 
> Vujdani dijo con gran sentimiento: "Cuán desafortunados somos porque no vivimos
> 
> en el día de ninguno de los Mensajeros y Profetas de Dios. Estamos privados de la
> 
> gracia directa que fluía a través de ellos y curaba los males espirituales del alma."
> 
> Ustad `Ali ya no podía retener el secreto que tenía de su amigo. "Estamos viviendo
> 
> en el amanecer de una gran Época," dijo. Este es el tiempo predicho por todos los
> 
> Mensajeros de antaño. Éste es el Día que todos ellos anhelaban atestiguar, ¡porque el
> 
> Prometido ha aparecido durante nuestras vidas!" La reacción de Vujdani a esta noticia
> 
> fue extraordinaria.   Se postró sobre el suelo de pura gratitud y alabanza al
> 
> Todopoderoso, y aceptó el advenimiento del Prometido sin la menor vacilación. Esto,
> 
> sentía él, era lo que buscaba su alma ansiosa por todos estos años. Estaba lleno de tal
> 
> éxtasis que no podía controlar sus emociones. Rogaba a su amigo decirle en donde
> 
> podía lograr la presencia del Prometido porque quería salir a visitarle sin demora.
> 
> Ustad `Ali trató de calmarle, y le explicó que no sería sabio empezar a hablar con la
> 
> gente acerca del tema.      Vujdani no podía entender.        "¿Por qué retener este
> 
> conocimiento de la gente quienes ya están esperando y orando por el advenimiento
> 
> del Prometido?" preguntaba. Ustad `Ali le aseguró que llegaría a saber con el tiempo.
> 
> Vujdani estaba tan regocijado por las noticias maravillosas que había oído que
> todos notaban el cambió que le había sobrevenido. Cantaba las alabanzas de Dios por
> 
> doquiera que anduviera y no prestaba atención a aquellos de sus conocidos que le
> 
> acusaban de haber alcanzado a este estado feliz a través del licor prohibido durante
> 
> Ramadán.
> 
> La próxima vez que encontró a su amigo, Ustad `Ali le contó la historia del
> 
> Heraldo quien había venido como Precursor del Prometido. Habló de Su vida santa,
> 
> del conocimiento interior con la cual estaba dotado y el cual no había sido adquirido
> 
> de las escuelas de los hombres, de Su mansedumbre y martirio cruel.          Vujdani
> 
> escuchaba con atención extasiada.      Él lamentaba que se había quedado sin
> 
> conocimiento de estos hechos y que había sido privado del privilegio de contemplar el
> 
> rostro del Profeta de Dios. Ustad `Ali le consolaba diciendo que el Prometido Mismo
> 
> todavía estaba en la tierra.
> 
> Habiendo aceptado el advenimiento del Mensajero Prometido de Dios, la fe de
> 
> Vujdani fue puesto ahora a una severa prueba – una prueba que le sacudió hasta el
> 
> centro mismo de su ser. Habían pasado varios días desde la conversación con su
> 
> amigo cuando se dio cuenta de repente que ¡Ustad `Ali era, de hecho, un babí! Tan
> 
> grande fue esta prueba que Vujdani no la pudo soportar. "¡Oh Dios, mi Dios!" gritó
> 
> en su angustia, "Yo le he buscado día y noche. Yo he orado que Tu me guiaras mis
> 
> pasos y me condujeras al sendero correcto, y aún me encuentro arrojado a la
> 
> compañía de los babís una vez más. ¿Por qué me tienes que castigar de esta manera?"
> 
> Vujdani estaba caminando en el campo un día con un grupo de amigos cuando
> 
> decidió renunciar al mundo una vez más y salir a buscar las huellas del verdadero
> Bienamado, a dondequiera que le condujeran sus pasos. Tres de sus amigos dijeron
> 
> que irían con él pero los rigores de la jornada probaron ser demasiado severos para
> 
> ellos y, uno por uno le dejaron para vagar solo. Vujdani les dio su ropa y, vestido de
> 
> bata larga de un derviche, viajaba de pueblo en pueblo y de ciudad en ciudad. Pero ni
> 
> los mullás con sus turbantes ni los derviches desgreñados que conocían en su camino
> 
> le podían ayudar con su búsqueda. Se entrenó a sí mismo para subyugar el ego y
> 
> soportar cada forma de humillación. Llevando un plato hondo de mendigo mientras
> 
> viajaba, el cantaba oraciones y recitaba versos de Hafiz**, llorando por su separación
> 
> del verdadero Bienamado:
> 
> "¡Oh venid! y tocad mis ojos con su dulce misericordia,
> 
> Porque estoy ciego a todo menos para Su Rostro."
> 
> Su sinceridad tocaba los corazones de la gente mientras se movía entre ellos. Muchos
> 
> le veían como un hombre santo y pedían sus bendiciones.            Pero él no estaba
> 
> interesado en fama u honor y no se quedaba mucho en un sólo lugar. Con el tiempo
> 
> regaló hasta su bata de derviche a uno quien la necesitaba y se quedó con una prenda
> 
> de vestir interior y un pedazo de piel que colgaba de los hombros cuando viajaba y
> 
> usaba como una colchoneta cuando se acostaba para dormir.
> 
> Después de muchos días se encontró cerca de la ciudad en donde su antiguo
> 
> amigo y maestro, el viejo derviche, vivía. Se llenó con un gran anhelo de ver a su
> 
> maestro una vez más y se dirigió sus pasos hacia la ciudad. Esperaba llegar después
> 
> del anochecer para que sus muchos amigos y parientes allí no le reconocieran pero las
> 
> puertas de la ciudad estaban cerradas para la noche cuando llegó a ellas y tuvo que
> esperar hasta la mañana. No tenía que preocuparse por ser reconocido en la ciudad
> 
> porque estaba tan cambiado desde cuando fue del lugar que un amigo suyo le vio
> 
> directamente en la cara el día siguiente y le pasó sin la menor huella de
> 
> reconocimiento.
> 
> Solo le reconoció su viejo maestro. Los ojos de Vujdani se llenaron de lágrimas
> 
> mientras miraba el rostro querido del derviche una vez más.        Recordaba cuán a
> 
> menudo solía decir su maestro: "Un cuerpo cansado y un corazón roto son todo lo
> 
> que tenemos para ofrecer en el umbral del Bienamado." Un cuerpo cansado y un
> 
> corazón roto – estos eran todo lo que Vujdani tenía para ofrecer. ¿Encontraría paz por
> 
> fin?
> 
> "Dime mi hijo," dijo el derviche, mirándole con sus ojos calmados y serenos,
> 
> "¿has encontrado, en tus viajes errantes, a alguien quien te podía guiar a la Verdad
> 
> que buscabas?" "En ninguna parte, querido maestro," contestó Vujdani "encontré lo
> 
> que empecé a buscar, ¡excepto entre un grupo de gente quienes son conocidos como
> 
> babís!" Hubo una pequeña pausa, entonces habló su maestro: "Has alcanzado el fin
> 
> de tu jornada," dijo, "porque yo tomo por testigo a Dios que el Prometido
> 
> verdaderamente ha aparecido. Todos los Mensajeros de Dios y Sus Profetas, todos los
> 
> santos y sabios de edades de antaño han cantado las alabanzas de este Día. ¡Benditos
> 
> somos nosotros quienes hemos vivido para verlo!"
> 
> Esta reunión con el derviche disipó todas las dudas que Vujdani tenía acerca de
> 
> los babís y su religión. Mientras estaba sentado escuchando al discurso de su viejo
> 
> maestro, el aprendió mucho acerca de la nueva Fe. Fue levantado el velo de sus ojos y
> empezó a ver y entender.      "Cuán extraño," pensó, "cuán muy extraño son los
> 
> costumbres de Dios.     Yo he estado huyendo de la Verdad, pero Dios, en Su
> 
> misericordia, ¡me la ha ofrecido una y otra vez!" Su corazón ahora estaba lleno con la
> 
> paz que había anhelado lograr; sus muchas pruebas y sufrimientos, olvidados.
> 
> *Colegio Religioso
> 
> **El gran poeta místico persa
> VUJDANI Y EL MULLÁ 27
> 
> Vujdani se asomó adentro de la tienda y rápidamente se alejo. "Este no es un
> 
> lugar para mi," decidió, "aún si no encuentro ningún otro refugio para la noche." La
> 
> tienda estaba llena de mullás y clérigos de toda descripción. Sus turbantes blancos,
> 
> verdes y azules de varios tamaños denotaban sus antecedentes y posiciones. A la
> 
> cabeza de la reunión estaba sentado el más distinguido de todos, con su turbante
> 
> enorme sentado a un lado suyo en el piso.
> 
> Vujdani había visto desde lejos la tienda y pensó que quizá se habían reunido
> 
> un grupo de derviches para sus cantos, pero no estaba preparado de ninguna manera
> 
> para confrontar a un grupo de clérigos – los enemigos jurados de su Fe.             Era
> 
> demasiado riesgoso.
> 
> Pero el dueño de la tienda--el mismísimo mullá imponente que ocupaba el
> 
> asiento de honor – ya le había visto y le llamó para entrar. "Por favor, reúnase con
> 
> nosotros," le dijo. "Yo puedo ver que Ud. es un extraño en estos partes y seríamos
> 
> honrados si nos congraciara a nuestra reunión con su presencia."        Fue demasiado
> 
> cortes la invitación para ser rehusada y Vujdani entró renuentemente a la tienda.
> 
> Mientras avanzaba la noche, se encontraba muy afectado por la bondad de su
> 
> anfitrión.    Uno ó dos de los sacerdotes mostraron claramente que resentían su
> 
> presencia en medio de ellos, pero el anfitrión hizo todo en su poder para hacerle sentir
> 
> bienvenido.
> 
> Más tarde Vujdani supo que su amigo, el mullá, tenía un hijo quien le estaba
> causando gran preocupación. "El se está portando de una manera muy peculiar,"
> 
> explicó el mullá, "y nadie sabe qué es lo que le pasa. Al principio solía desaparecer al
> 
> desierto por unos cuantos días al mes; ahora se sienta en casa todo el tiempo pero no
> 
> hablará con nadie.     Ni siquiera contesta cuando su pequeño le habla.             Estoy
> 
> empezando a preguntarme," agregó el mullá, "si ha alcanzado un estado de
> 
> iluminación espiritual que le hace despreciar a las cosas de este mundo." Vujdani fue
> 
> tocado por la preocupación del padre pero sabía de las síntomas que le fueron
> 
> descritos que el joven estaba lejos de cualquier iluminación espiritual. "El amor de
> 
> Dios, que es la fuente de nuestra vida espiritual," le dijo al mullá, "nos trae alegría al
> 
> corazón y crea amor hacia nuestros semejantes. No nos hace despreciar a Su creación."
> 
> El mullá llevó Vujdani a su casa para ver a su hijo. El joven, quien estaba en
> 
> cama cuando entraron su cuarto, inmediatamente se les volteó la espalda y subió la
> 
> ropa de cama por encima de su cabeza.         Su papá le rogó que les hablara.      "Este
> 
> caballero que ha venido a verte," dijo el Mullá a su hijo, "es un hombre sabio que ha
> 
> viajado mucho y logrado mucha experiencia. Oíle tu problema, te lo ruego, porque
> 
> quizá él pueda ofrecerte ayuda." Pero el joven se hundió más en el cobertor y no
> 
> quiso tener nada que ver con ellos. Vujdani movió la cabeza de un lado al otro. "Si su
> 
> hijo fuera un buscador de asuntos espirituales, y un amante en busca del verdadero
> 
> Bienamado," dijo al mullá, "él no estaría huyendo de todos, porque el buscador
> 
> `permanece en cada tierra y habita en cada región. En cada rostro busca la belleza del
> 
> Amigo; en cada país busca al Bienamado. El se une con cada compañía, y busca
> 
> amistad con cada alma, que quizá pueda descubrir el secreto del Amigo, ó en algún
> rostro contemplar la belleza del Amado’"
> 
> Las palabras que citaba Vujdani eran de `Los Siete Valles' de Bahá'u'lláh.
> 
> Hicieron tal impresión en el mullá que se olvidó de su hijo y volviéndose a Vujdani, le
> 
> suplicó, diciendo: "¿No me guiará a las alturas espirituales que Ud. mismo ha
> 
> alcanzado? Yo puedo ver que tengo mucho que aprender de Ud." Vujdani no tenía
> 
> nada de ganas de decirle acerca de la Fe Bahá'í.      "No hay nada que yo le pueda
> 
> enseñar," dijo, "porque yo también soy solo un humilde buscador." El mullá rogó una
> 
> vez mas, pero Vujdani estaba determinado de no ser involucrado en una conversación
> 
> sobre el tema. Ya había tenido bastantes experiencias con el clero musulmán antes.
> 
> Se sentaron para sorber el té que se había traído y el mullá, triste de corazón,
> 
> alzó un libro y recitó una de las oraciones bellas del Imam `Alí. Vujdani, también
> 
> afectado por el estado de ánimo de su anfitrión, cerró los ojos y cantó de las oraciones
> 
> de Bahá'u'lláh:
> 
> "¡Oh Tu por cuya separación los corazones y las almas se han consumido, y por
> 
> el fuego de cuyo amor todo el mundo se ha encendido! ¡Te imploro por tu Nombre,
> 
> por medio del cual Tu has subyugado a la creación entera, que no me prives de lo que
> 
> hay junto a Ti, oh Tu que reinas sobre todos los hombres! Tu ves, oh mi Señor, a este
> 
> extraño apresurándose hacia su más exaltado hogar, bajo el dosel de tu majestad y
> 
> dentro de los recintos de tu merced; a este transgresor anhelando el océano de tu
> 
> perdón; a este humilde ser ansiando la corte de tu gloria; y esta pobre criatura
> 
> buscando el oriente de tu riqueza. Tuya es la autoridad para ordenar todo lo que sea
> 
> tu voluntad. Atestiguo que Tu debes ser alabado por tus hechos, obedecido en tus
> mandatos, y permanecer libre en tus órdenes."
> 
> Cuando se había parado, el Mullá le rogó que siguiera y escuchó con lágrimas
> 
> en los ojos mientras Vujdani cantó lo siguiente:
> 
> "¡Oh Tu, deseo del mundo y amado de las naciones! Tu me ves volviéndome
> 
> hacia Ti, libre de todo apego a otro que no seas Tu, y aferrándome a tu cordón por
> 
> cuyo movimiento ha sido conmovida toda la creación. Soy tu siervo, oh mi Señor y el
> 
> hijo de tu siervo. Héme aquí decidido a hacer tu voluntad y tu deseo, y anhelando
> 
> solo tu complacencia. Te imploro, por el océano de tu misericordia y el sol de tu
> 
> gracia, que procedas con tu siervo de acuerdo con tu voluntad y deseo. ¡Por tu poder,
> 
> que está por sobre toda mención y alabanza! Todo lo que sea revelado por Ti es el
> 
> deseo de mi corazón y lo amado por mi alma."
> 
> El Mullá repitió lentamente la última frase a si mismo; entonces dijo: "Estas
> 
> oraciones no son las palabras de nuestros Imames Sagrados, mas están habilitadas con
> 
> tal potencia que yo sé que no son las palabras de un hombre ordinario. ¿Quién es el
> 
> Autor?" Vujdani pretendía no saber. "Fui enseñado estas oraciones," dijo, "por mi
> 
> maestro, un derviche viejo, quien me dijo que las repitiera frecuentemente como un
> 
> medio de purificación del alma."
> 
> Se puso de pie el mullá y dijo: "Regresémonos a la tienda."        En camino,
> 
> mientras daban la vuelta por una doblez en el camino, podían ver el domo dorado de
> 
> una de los santuarios más sagrados de Islam. Aquí el mullá se paró y, tomando por
> 
> la mano a Vujdani, dijo: "Juro por este santuario sagrado que por más de un mes he
> 
> estado orando fervientemente por la guía divina. Día tras día le he implorado ayuda
> a Dios, y no tengo duda alguna que Él, en Su misericordia, te ha mandado a mi. Yo te
> 
> imploro no privarme de lo que posee."
> 
> Ya no podía más Vujdani negarle al mullá lo que tan sinceramente pedía – ni
> 
> podía haber encontrado un oído mas atento.
> EL CAMINO A HAMADÁN              28
> 
> Hamadán es una de las regiones más frías de Persia. Los caminos a la ciudad
> 
> frecuentemente estaban llenos de nieve durante meses en el invierno y la gente que
> 
> viajaban sólo corrían el riesgo adicional de encontrarse con lobos hambrientos en el
> 
> camino.   A pesar de todos estos peligros, Vujdani salió para llegar a Hamadán a
> 
> caballo un invierno.
> 
> Se estaba oscureciendo y Vujdani estaba apresurándose para alcanzar un
> 
> pueblo en donde podía pasar la noche cuando dos jinetes le alcanzaron y le robaron
> 
> de todo lo que poseía, dejándole para luchar, sólo y descalzo en la nieve. El alcanzó el
> 
> pueblo con gran dificultad y se le dio refugio para la noche; pero tuvo que salir el día
> 
> siguiente en el frio mordaz, sin zapatos o ropa adecuada.        Estaba medio muerto
> 
> cuando tropezó con una choza de adobe.        Vivía ahí una mujer con su hijo, pero
> 
> Vujdani estaba tan congelado con el frio que entró sin permiso y se metió debajo del
> 
> kursi.* La mujer veía con gran preocupación, nunca dudando que estaba loco, porque
> 
> nadie en sus cinco sentidos saldría casi desnudo en aquel frio. Tan pronto como
> 
> Vujdani podía hablar, le explicó lo que había pasado. "Yo conozco a los ladrones que
> 
> llevaron sus cosas," le dijo la mujer, pero ella no estaba ansiosa de dar sus nombres.
> 
> Después de mucha persuasión, sin embargo, ella le dio el nombre de uno de los
> 
> ladrones y le dio instrucciones de como llegar al pueblo donde vivía el hombre.
> 
> Vujdani estaba determinado de encontrarle al ladrón, entonces salió una vez
> 
> más en la nieve y no se paró hasta que hubiera alcanzado al pueblo. Ahí se fue
> directamente con el jefe del pueblo, explicó acerca del robo, y dio el nombre del
> 
> ladrón. El jefe mandó traer unos caballos del establo para que pudiera ver si Vujdani
> 
> reconociera al caballo del ladrón. Vujdani lo identificó sin dificultad, pero el ladrón
> 
> no admitía haber tomado nada del extraño, entonces el asunto se refirió al sacerdote
> 
> del pueblo.   Ahora bien, el sacerdote no iba a perjudicar a un vecino y mostrar
> 
> favoritismo a un extraño quien acaba de llegar medio desnudo de quien sabe donde,
> 
> entonces después de recibir una mordida del ladrón ante los ojos de Vujdani, pidió al
> 
> hombre tomar un juramento, diciendo que no era culpable del robo. Pero el ladrón
> 
> no estaba preparado para tomar tal juramento, lo cual hizo más complicado el asunto.
> 
> Por fin el sacerdote amigablemente sugirió una solución. El ladrón, dijo, ¡podría darle
> 
> a Vujdani un asno y un rifle viejo en vez de su caballo y ropa! Se dio cuenta Vujdani
> 
> que no había nada que podía hacer y sabiamente tomó lo que le fuera dado.
> 
> Resultó el asno ciego en un ojo y tan viejo y endeble que nadie lo podía
> 
> montar. Vujdani colgó el rifle de su hombro y caminó con fatiga detrás del asno
> 
> hasta el siguiente pueblo en donde puso a la venta la bestia. Estaba tan ansioso para
> 
> deshacerse de él que lo vendió al primer cliente que pasó. Se decepcionó al ver que a
> 
> los pocos minutos regresó el hombre y se le pidió su dinero. Salió otro hombre y le
> 
> ofreció menos de la mitad de lo que el primer cliente le había dado, pero Vujdani no
> 
> le rehusó. Tomó el dinero – un manojo grande de monedas de cobre – los amarró en
> 
> su ropaje con un pedazo de cordón, y salió del pueblo. Nunca había extrañado tanto
> 
> su bolsillo, porque el montón de monedas pegándolo en las piernas mientras
> 
> caminaba no le hacia fácil la jornada.
> Llegó a la próxima parada cansado y con frio hasta los huesos pero estaba
> 
> encantado de encontrarle a alguien quien le dejaba quedar la noche debajo de un
> 
> pequeño kursi por el precio de una sola moneda de cobre. Desafortunadamente su
> 
> felicidad duró poco porque pronto se dio cuenta que no era el único huésped que
> 
> estaba pagando por el lugar. Vinieron uno por uno los demás, pagaron su moneda y
> 
> se amontonaron alrededor del kursi hasta que no había espacio para moverse. Se
> 
> quedó Vujdani en aquel ambiente encerrado hasta que no lo pudo aguantar más.
> 
> Entonces se paró y se preparó para salir, pero una vez afuera, vio que sería imposible
> 
> empezar la jornada hasta que amaneciera. Se estaba preguntando que podía hacer y
> 
> en donde podía quedar el resto de la noche cuando le atrajo la atención una luz tenue
> 
> que filtraba por las rendijas de unos troncos de una puerta. Era un lugar junto al
> 
> camino y decidió tocar para ver si le dejarían entrar.
> 
> Resultó que el lugar era una pequeña posada. Dos hombres estaban sentados
> 
> en una esquina jugando a las apuestas, y un tercero estaba fumando opio a una corta
> 
> distancia. Estaba ansioso el posadero por complacerle. Hizo te fresco para Vujdani y
> 
> se le acercó el anafre con brazas de carbón calientes a fuego rojo para que calentara las
> 
> manos.
> 
> Después de que hubieron salido los tres otros clientes, el posadero sacó su libro
> 
> de Hafiz y trató de leer partes de él para Vujdani, pero Vujdani, quien amaba los
> 
> poemas de Hafiz, no pudo soportar escucharlos leídos tan crudamente. Por fin logro
> 
> hacer la lectura él mismo, y encantó al posadero con su recitación bella. El ayudante
> 
> del posadero ahora se les unió y él también estaba sentado, encantado, a los pies del
> visitante.
> 
> Vujdani, mientras tanto, había entrado en un mundo suyo.            Los poemas
> 
> místicos de Hafiz, aunados con sus propias pensamientos, le ayudaron a olvidarse
> 
> totalmente de los posaderos. Después de un rato, dejo los poemas y empezó a cantar
> 
> algunos de las oraciones de Bahá'u'lláh, completamente inconsciente de la impresión
> 
> que tenían sobre los dos hombres quienes las estaban escuchando por vez primera.
> 
> Cuando por fin volvió en sí, encontró Vujdani a los posaderos ansiosos de saber
> 
> acerca de sus creencias. El estuvo sentado, hablando con ellos por el resto de la noche,
> 
> explicándoles el mensaje de la nueva Causa. Para el amanecer, ¡los dos hombres eran
> 
> bahá'ís confirmados!
> 
> Se quedó Vujdani con sus nuevos amigos un día más, después del cual caminó
> 
> al siguiente pueblo, en donde había un número de bahá'ís. Sus compañeros creyentes
> 
> le dieron una calurosa bienvenida. Ellos le arroparon y le hicieron descansar por
> 
> unos cuantos días antes de que le dejaron seguir su viaje a Hamadán.
> 
> *Una mesa baja y cuadrada sobre la cual se pone un cobertor grande. Debajo
> 
> del kursi se pone un anafre con un fuego de carbón cubierto con cenizas. La gente se
> 
> sienta en petates alrededor del kursi y se recaen en colchones, sus piernas extendidas
> 
> por debajo del kursi y cubiertas con el cobertor.
> LA ESENCIA DE DÁTILES             29
> 
> Había una reunión grande de nobles, dignatarios religiosos, escolásticos y
> 
> hombres de letras en la presencia del Príncipe del Reino en Tabriz.         El príncipe
> 
> gustaba en reunirse con esta gente de vez en cuando y en escuchar sus discursos y
> 
> debates.   Se discutían una variedad de temas y algunos de los poetas recitaban
> 
> selecciones de poemas que habían compuesto. Varqá, cuya poesía era muy admirado
> 
> por el príncipe, siempre era un huésped bienvenido mientras vivía en Tabriz. El
> 
> príncipe frecuentemente le pedía recitar algunas de sus composiciones recientes, y
> 
> llovía sus alabanzas y favores sobre él. Pero Varqá siempre se mantenía en silencio
> 
> cuando estaban tomando lugar discusiones en estas reuniones, conociendo los peligros
> 
> en los cuales quizá le involucrarían.
> 
> Esta vez, sin embargo, los sacerdotes habían empezado a abusar verbalmente
> 
> de los bahá'ís de una manera tan niño e irrazonable que Varqá pensó que sería sabio
> 
> decir algunas palabras. "Los maestros bahá'ís," estaban diciendo ellos, "una vez solían
> 
> dar de comer cierto tipo de dátiles que les hacía convertirse en bahá'ís a sus huéspedes
> 
> confiados. Ahora que la gente se ha dado cuenta de este truco, los bahá'ís extraen la
> 
> esencia de los dátiles, la cual sus maestros entonces convierten en píldoras para ser
> 
> usados con aquellos a quienes quieren que se hagan bahá'ís. Ellos tienen una manera
> 
> muy astuto para hacer esto," seguían los sacerdotes. "Primero, el maestro se sienta en
> 
> tal posición como para estar frente a todos los que están en el cuarto, entonces les
> 
> encanta a los que le escuchan con un discurso muy fascinante hasta que la boca de
> todos está abierto con admiración. Cuando se ha alcanzado esta etapa, el maestro
> 
> bahá'í dispara hábilmente de sus dedos una píldora a la boca de cada uno de su
> 
> audiencia quien, habiéndolo tragado, no puede evitar aceptar ser bahá'í."
> 
> Era muy difícil saber qué efecto tenía este tipo de plática sobre los huéspedes
> 
> del príncipe. Muchos de ellos, sabemos, eran demasiado inteligentes como para creer
> 
> tal tontería, pero una cosa está muy claro: poca gente, no importa cual fuera sus
> 
> posición en Persia en aquel entonces, se hubiera atrevido a desagradar a los sacerdotes
> 
> quienes reinaban supremos, su autoridad indisputable. Ni siquiera el Príncipe del
> 
> Reino deseaba despertar su enojo.
> 
> Solo Varqá estaba determinado de señalar lo superficial de los enemigos de su
> 
> Fe. En el silencio que siguió a la información única que los sacerdotes eminentes
> 
> proveyeron, él pidió permiso del Príncipe del Reino de decir algunas palabras.
> 
> Habiendo recibido el permiso, les dijo a la reunión que él estaba sorprendido de oír a
> 
> alguien hablar acerca de la esencia de dátiles, porque les podía asegurar que, aunque
> 
> él mismo tenía conocimiento de la química y la medicina, jamás había oído de tal
> 
> cosa. "Aún si existiera tal esencia y estaba disponible en forma de píldora," dijo, "¿no
> 
> es extraño que estos maestros bahá'ís en contra de quienes hemos sido advertidos,
> 
> nunca eran en atinarle al blanco? ¿O debemos de asumir que ellos han tenido, cada
> 
> uno, años de entrenamiento en el tiro al blanco?      ¿Y que hemos de pensar de la
> 
> audiencia con sus bocas abiertas? ¿Cómo pueden ser tan incultos – no importa cuán
> 
> interesante sea la plática – como para estar sentados con las bocas abiertas de par en
> 
> par en todo el cuarto, y ni así ver algo extraño en ello?       ¡Y debemos creer que
> realmente tragan las píldoras que se les tira a sus bocas sin estar conscientes de ello!
> 
> Si tuvieran más que agregar al tema los sacerdotes, debían de sentir que no era
> 
> ni el tiempo ni el lugar correcto para hacerlo.
> EL PRISIONERO MUDO                30
> 
> "¡Se ha traído en cadenas un babí hoy de Yazd!" susurró un hombre a otro en
> 
> Isfahán, y pronto empezó a extenderse el rumor. Los bahá'ís quienes siempre estaban
> 
> ansiosos de noticias de sus compañeros creyentes estaban entre los primeros en oír el
> 
> rumor. Trataron inmediatamente de averiguar más acerca del rumor, pero nadie les
> 
> podía dar ninguna información acerca de la identidad de su compañero creyente.
> 
> Ellos no sabían quién era ni a qué parte de la prisión le habían llevado.
> 
> Por fin Siná, quien había sido puesto en libertad de la prisión de Isfahán él
> 
> mismo sólo hace dos días, ofreció ir a averiguar del carcelero, quien había llegado a ser
> 
> su amigo.
> 
> Escogió, lenta y cuidadosamente, su camino por las callejuelas estrechos a la
> 
> prisión tenebrosa. Era aquí que él y su hermano, Nayyir, se habían quedado durante
> 
> los largos días de suspenso sin fin que se convirtieron en semanas y meses, viviendo
> 
> bajo la sentencia de la muerte de los mujtahids temibles de Isfahán, no atreviendo a
> 
> esperar que jamás verían al mundo de afuera otra vez, ó escuchar la risa de sus
> 
> pequeños niños.
> 
> Aquellos quienes le pasaron a Siná en el camino debieron estar impresionados
> 
> por su cara radiante y bondadosa y el turbante verde bien arreglado y la faja que eran
> 
> signos de su linaje sagrado. Si alguien le hubiera reconocido como el bahá'í quien
> 
> acaba de ser puesto en libertad de la prisión, nunca habrían creído que estaba él en
> 
> camino de visitar a su carcelero ahora.
> Estaba listo el carcelero a ayudarle a Siná. "Yo le puedo llevar al babí que
> 
> quiere ver," dijo, "pero déjeme decirle que no tiene caso tratar de hablar con él. El
> 
> hombre es sordo-mudo." "¡Sordo-mudo!" pensó Siná mientras seguía al carcelero. "Me
> 
> pregunto quien podría ser." Entraron a la sección más sucia de la prisión que estaba
> 
> reservada para los peores tipos de criminales. Aquí, en una celda apretada de gente,
> 
> espió Siná a Varqá en cadenas y cepo.       Los dos poetas eran viejos amigos y, por
> 
> supuesto, tenían mucho que decirse el uno al otro.           ¡El carcelero atónito y los
> 
> prisioneros que estaban cerca no podían creer a sus ojos! Le miraron con asombro a
> 
> este Siyyid quien habían congraciado a su celda con su presencia y hecho un milagro
> 
> en frente de sus propios ojos. "¡El sordo habla!" se decían con emoción los unos a los
> 
> otros. "¡Le ha dado el Siyyid el poder de habla y de oír!"
> 
> Nadie, sin embargo, estaba tan perplejo como Siná quien se suponía era quien
> 
> había hecho el milagro. "Ves," le dijo Varqá como explicación, "me hablaron en un
> 
> lenguaje tan insultante en el camino de Yazd que yo pretendía no oírles. ¡Era muy
> 
> conveniente estar sordo-mudo antes que tu llegaste!"
> EL POEMA DE VARQÁ 31
> 
> Estaba en un viaje de enseñanza Varqá en Yazd cuando fue arrestado por
> 
> orden del gobernador, Jalalu'd-Dawlih; fue mantenido en prisión por un año y luego
> 
> enviado en cadenas y cepo a la prisión en Isfahán. Aquí se hizo buen amigo de un
> 
> noble quien admiraba la buena poesía y quien se mantenía en contacto con el círculo
> 
> literario que se reunía en la ciudad.
> 
> Un día el amigo de Varqá recibió la copia de algunas de las poemas compuestas
> 
> por varios poetas en una de sus reuniones. Le mostró esta a Varqá quien fue movido
> 
> a agregar algunas versos bellos suyos a aquellos de los otros poetas. El poema que
> 
> escribió Varqá en la prisión tuvo efectos de gran alcance. Fue tan afectado su amigo
> 
> por ello que preguntó acerca de las creencias religiosas de Varqá y eventualmente se
> 
> hizo bahá'í. También efectuó el milagro siguiente:
> 
> Vino a visitar la prisión en Isfahán el cruel Jalalu'd-Dawlih.   El conocía a
> 
> ambos, Varqá y su amigo noble, entonces, caminando, se les acercó con mira de
> 
> desprecio. Mirando los pies de Varqá en el cepo, observó: "¿Si Ud. es un Profeta,
> 
> porqué no haces un milagro y deje que caiga el cepo de sus pies?" "Yo ni reclamo ser
> 
> un Profeta," replicó Varqá, "ni me jacto de hacer milagros."
> 
> Acercándose Jalalu'd-Dawlih al noble, le tomó un papel de su mano. Era una
> 
> página de poesía bella, y él empezó a leerlo. Estaba muy impresionado, especialmente
> 
> con el verso que había escrito Varqá.       "Yo no me había dado cuento que aquí
> 
> teníamos un gran poeta.", observó.
> Antes de salir de la prisión, Jalalu'd-Dawlih ordenó que se removieran los pies
> 
> de Varqá del cepo.
> LOS PRISIONEROS DE ZANJAN                32
> 
> Era Ramadán, el mes del ayuno, y la gente se quedaba despierto hasta altas
> 
> horas de la noche. En las ciudades y pueblos más pequeños de Persia, en donde la
> 
> vida era monótona y no tomaba lugar nada de gran interés año tras año, no había
> 
> nada que ocuparan las noches largas de Ramadán excepto el hacer la ronda usual de
> 
> visitas y la lectura del Corán.
> 
> La ciudad de Zanjan, siendo tal lugar, fue agradablemente sorprendida al oír
> 
> un día que se habían agarrado a algunos bahá'ís, encadenados y puestos en una celda
> 
> tras las rejas para que la gente les pudiera ir a ver. Fue sobrecogedora la respuesta de
> 
> la población. Vinieron por docenas, preguntándose verdaderamente como se veían
> 
> los bahá'ís, y se retiraban en gran desilusión al ver que eran como seres humanos
> 
> normales.
> 
> Entre los visitantes a la prisión había un sacerdote musulmán cuyo hermano,
> 
> Mirza Husayn, había sido arrestado con otros bahá'ís de Zanjan. Muchas veces el
> 
> sacerdote le había dicho a su hermano que no llegaría a ningún fin bueno si no
> 
> renunciara su lealtad a la nueva Causa. Ahora él venía a ver si este encarcelamiento
> 
> le había hecho que su hermano recobrara sus sentidos y le había preparado a renegar
> 
> de su Fe. Mucho para su sorpresa el encontró a Mirza Husayn firme en sus creencias
> 
> y listo a defender la Causa Bahá'í, no importando las consecuencias.        Cuando no
> 
> produjeron ningún resultado ni sus exhortaciones ni sus muchas amenazas, salió de
> 
> la prisión en una rabia el sacerdote, usando el lenguaje más vil.
> Uno de los otros bahá'ís había tenido una visita de algunos de sus amigos
> 
> Musulmanes soldados. Estos, no como el sacerdote, habían venido a consolar a su
> 
> amigo en prisión. "A nosotros no nos importa cuál sea tu religión," le dijeron. "Tu
> 
> eres un amigo nuestro y nosotros hemos venido a decirte que si alguien decide
> 
> matarte, tendrá que tratar con nosotros primero."
> 
> Venían tarde por las noches la mayoría del clero y los miembros de la clase
> 
> superior cuando podían sentarse en el salón grande en la presencia del gobernador,
> 
> `Alá'd-Dawlih, y hablar con tres de los prisioneros quienes fueron traídos a las
> 
> reuniones en cadenas – Varqá, su hijo Ruhu'llah de doce años, y Mirza Husayn.
> 
> Vinieron en grandes números y cuando salían algunos siempre habían otros que
> 
> tomaban sus asientos. Noche tras noche se reunían, lanzando maldiciones, insultos y
> 
> acusaciones a los bahá'ís. A veces se le hacía una pregunta, dirigida a Varqá, quien
> 
> era conocido de entre ellos por su erudición, mas pocas veces se le permitía contestar
> 
> sin ser interrumpido por el clero porque estaban conscientes de la influencia que
> 
> podía ejercer sobre su audiencia. A veces se volteaba Varqá a su hijo, Ruhu'llah y le
> 
> pedía que contestara de parte suyo.       Encantaba Ruhu'llah a sus oyentes.       El
> 
> gobernador estaba tan asombrado e impresionado por la elocuencia extraordinaria del
> 
> niño que expresaba abiertamente su admiración. "Este poder extraño de argumento
> 
> del niño es en si un milagro," dijo él.
> 
> No importaba cuánto lo resentía el clero, los prisioneros, si se les daba la
> 
> oportunidad para hablar, avergonzaban a quienes trataban de menospreciar su Fe.
> 
> Una vez dijo un clérigo arrogante: "Si consideran a las cosas dicho por Bahá'u'lláh
> como prueba de ser Profeta, yo también puedo traer palabras tan bellas como las
> 
> suyas." "En el tiempo de Muhammad también," replicó Varqá, "habían quienes
> 
> hicieron las mismas pretensiones. Ni ellos pudieron, ni Ud. puede lograr tal tarea.
> 
> Pero aún si Ud. fuera capaz de producir los dichos tan bellos de que se jacta, ¿de quién
> 
> reclamaría Ud. que fueron?" "Yo diría que fueron mis propias palabras, por supuesto."
> 
> dijo el sacerdote. "Aquí estriba la diferencia," dijo Varqá; Bahá'u'lláh reclama que El
> 
> no tiene nada suyo que decir. Todas sus dichos Él asevera que son de Dios. No sólo
> 
> hace Él una reclamación tan estupenda sino miles de personas de diferentes
> 
> antecedentes religiosos del mundo han aceptado a Sus palabras como las palabras de
> 
> Dios y cientos de eruditos grandes, hombres de letras y dignatarios religiosos han
> 
> ofrecido la vida como prueba del poder de estas palabras. Ahora, dígame si Ud.,
> 
> después de producir sus obras bellas, ¿pretende que una sola persona iría tan lejos
> 
> como para decir que Ud. es el clérigo más grande que jamas haya vivido?"
> 
> En otra ocasión se volteó el gobernador hacia Mirza Husayn y dijo:          "Ud.
> 
> pretende que ha aceptado la Fe Bahá'í después de una larga investigación, pero dígame
> 
> Ud., ¿cómo es que fue con los bahá'ís para sus investigaciones? ¿No habían suficientes
> 
> musulmanes eruditos de quienes Ud. pudiera inquirir?"          "Si una persona desea
> 
> aprender acerca del Islam," dijo Mirza Husayn, "le aconsejaría Ud. que fuera con un
> 
> clérigo cristiano?"
> 
> Estaban furiosos los sacerdotes con la respuesta de Mirza Husayn. Se lanzaron
> 
> sobre él y le dieron una fuerte golpiza. Se sacó de su vaina su espada un noble que
> 
> estaba presente para matarle a Mirza Husayn, pero dijo el gobernador: "No se le debe
> matar de una vez a este hombre. Déjenmelo a mi. Yo mandaré cortarle un miembro
> 
> de su cuerpo cada día y al final de una semana lo mataré."
> 
> Mirza Husayn, quien venía el mismo de una familia de clérigos notables, tenía
> 
> puesto en ese entonces un turbante. Los sacerdotes, enojados, se lo quitaron, diciendo
> 
> que él había desgraciado el turbante por haberse convertido en bahá'í.         Ellos les
> 
> ordenaron a las guardias ponerle un sombrero viejo y sucio y jalarlo hasta que
> 
> cubriera sus cejas para que pudieron divertirse con él durante el resto de la noche.
> 
> Mientras seguían las reuniones en la presencia del gobernador de Zanjan
> 
> noche tras noche, empezaba a monopolizar las conversaciones el clero para que no
> 
> tuvieran oportunidad de hablar los bahá'ís. Si se hiciera una pregunta, se levantaban
> 
> tal conmoción algunos de ellos como para hacerle imposible que contestaran los
> 
> prisioneros. Muchas veces conducía una pregunta a un argumento acalorado entre el
> 
> clero mismo y a veces esto les llevaba casi a los golpes. Los bahá'ís no veían con
> 
> anticipación a esta etapa porque siempre había el peligro que una vez que se hubiera
> 
> convertido aquello en lucha, se juntaría el clero y atacaría a los bahá'ís, culpándolos
> 
> por todo.
> 
> Una noche `Alá'd-Dawlih estaba muy molesto con las discusiones continuas
> 
> que tenían los clérigos entre sí. "Han venido aquí Uds. para saber lo que tiene que
> 
> decir Varqá," él les recordaba. "Si tienen preguntas que hacerle, pueden hacérselas una
> 
> por una, para que él les pueda contestar." Mas el gobernador no se podía con el clero,
> 
> quienes estaban determinados a denunciar a Varqá como infiel, no importara qué
> 
> creía.
> La impresión, sin embargo, que Varqá y Ruhu'llah habían hecho sobre el
> 
> gobernador mismo, era tan grande que una noche él dijo con toda sinceridad y en la
> 
> presencia de un número de gente: "Varqá, yo juro por la corona de Su Majestad y el
> 
> alma de Amir Nizám que si deje de propagar esta Fe, yo obtendré por Ud. del Shah
> 
> un título adecuado, le pagaré un salario considerable y le haré mi médico de cabecera
> 
> para que nunca desee nada más en la vida." Aunque fuera grande el deseo de ayudar
> 
> a su prisionero, 'Ala'i'd-Dawlih no tenía, desgraciadamente, ningún entendimiento de
> 
> las alturas de desprendimiento que había escalado Varqá en su amor por su Amado.
> 
> "¿Verdaderamente piensa Ud.," le dijo Varqá, "que yo renunciaría al Mensajero de
> 
> Dios por los títulos y riquezas que este mundo pudiera ofrecer?" "Pero Ud. puede
> 
> dedicarse su vida a la Causa de Dios y servir al Islam," dijo `Ala'i'd-Dawlih. "Esto es lo
> 
> que estoy haciendo ahora," explicó Varqá. "La Fe eterna de Dios es una. Lo que yo
> 
> creo es lo que todos los Mensajeros de Dios han enseñado. Son ellos quienes nos han
> 
> dicho en los Libros Sagrados que veláramos por el advenimiento del Prometido. Si
> 
> yo, como creyente en Dios y Sus Libros Sagrados, he llegado a reconocer al Prometido
> 
> de que hemos estado esperando, ¿puedo yo abandonarle y darle a El la espalda por
> 
> razón de beneficios materiales?" "Denuncia a esta Fe en frente de los otros por lo
> 
> menos"* le rogaba el gobernador "aún si la crea en su corazón." "Sería imposible para
> 
> mi vivir la vida de tal hipócrita," replicó Varqá. "¡Ay!" suspiraba `Ala'i'd-Dawlih. "No
> 
> me deja ninguna alternativa. Tengo que mandarle a Ud. y a su hijo al capital para
> 
> que los otros allí se encarguen, pero será disparado de la boca de un cañón Mirza
> 
> Husayn aquí en Zanjan mañana."
> En el momento Varqá quedó en silencio, pero encontró una oportunidad de
> 
> tener unas palabras con el gobernador más tarde. "No manche Ud. sus manos con la
> 
> sangre de bahá'ís," le rogó a `Ala'i'd-Dawlih. "Mande Mirza Husayn con nosotros al
> 
> capital y deje que él también sea encargado por otros quienes ya están empapados en
> 
> sangre." Escuchó `Ala'i'd-Dawlih este pedido y ordenó que fueran enviados los tres
> 
> prisioneros encadenados a la capital el día siguiente.
> 
> *Varqá tenía muchos conocimientos de la medicina
> LOS NIÑOS 33
> 
> Tayyibih tenía cinco años cuando ella y su hermano menor, Jamál, fueron
> 
> llevados a ver a su padre, Mirza Husayn, en prisión un día. Era tan extraño para
> 
> ellos. ¿Por qué tenía cadenas alrededor de su cuello su padre? ¿Por qué lo mantenían
> 
> en un lugar tan sucio, y por que todos los que le rodeaban eran tan descortés?
> 
> Tayyibih había oído a la gente mayor decir que su padre sería enviado a
> 
> Tehrán, y esto le preocupaba mas que cualquier otra cosa.         "¿Es verdad que te
> 
> mandarán a Tehrán?" ella le preguntó. "Si," replicó felizmente Mirza Husayn. "¡Yo te
> 
> voy a traer un vestido bonito de Tehrán para poner en Naw Rúz!"* Mas Tayyibih
> 
> no sería consolada. Se llenaban sus ojos con lágrimas mientras lanzaban sus brazos
> 
> alrededor del cuello de su padre. "Por favor, no te vayas padre," rogaba ella. "Yo no
> 
> quiero un vestido bonito." Ella le miraba a sus ojos con una tristeza tan tierna que se
> 
> llenaba el corazón de su padre con angustia. Se daba cuenta que el separarse de sus
> 
> niños era la prueba más severa que tenía que encontrar y oraba que Dios quizá le
> 
> diera la fuerza de quedar fiel hasta el final.    "Tienen que irse ahora," les dijo a
> 
> Tayyibih y a Jamál. Tomando unas monedas de cobre de su bolsillo se las ofrecía a
> 
> su hija, diciendo:   "Toma estas y compra unos dulces en camino a casa." Pero
> 
> Tayyibih sacudía la cabeza pequeña. "Guarda el dinero, padre," dijo ella. "Quizá
> 
> necesites comprar algo para ti en camino a Tehrán." Eso fue la última vez que
> 
> Tayyibih y Jamál vieron a su padre antes que fuera llevado de Zanjan.
> 
> Mientras sufría Mirza Husayn innumerables penalidades en la prisión de
> Tehrán, sus niños también tenían su medida llena de sufrimiento que sobrellevar.
> 
> Un día un regimiento de soldados y artilleros rodearon su casa en Zanjan. Tayyibih
> 
> y Jamál se asían de su madre, preguntándose si ella también sería ahora llevada de
> 
> ellos.   Habían venido los soldados por órdenes del gobernador y los dignatarios
> 
> religiosos de la ciudad y ordenaron que salieran todos los que estaban en la casa. No
> 
> estaba allí la familia de Mirza Husayn.       Ellos les habían dado refugio a algunas
> 
> mujeres bahá'ís quienes ya no tenían casa y ahora todos salieron juntos, preparados
> 
> para lo peor. Pero parece que los soldados no tenían la intención de matar ese día.
> 
> Habían venido a llevarse todas las pertenencias valiosas de Mirza Husayn y luego
> 
> arrasar con la casa.
> 
> Las mujeres y niños miraban mientras los soldados llevaban todo lo que tenían
> 
> – no solo sus alfombras ricas, vajilla de plata, cristalería y otros objetos de valor, sino
> 
> hasta el artículo más insignificante, incluyendo la masa que se estaba amasando para
> 
> hacer el pan.
> 
> Después de que hubo terminado el pillaje, se pusieron los soldados a demoler la
> 
> casa grande.     Vinieron para abajo puertas, ventanas y paredes entre maldiciones
> 
> continuas y ruidosas. Se vieron forzadas las mujeres bahá'ís a ir en búsqueda, de casa
> 
> en casa de los vecinos, para picos y otras herramientas necesarias para la destrucción
> 
> de la casa. Para cuando terminaron los soldados con su tarea no había ni una sola
> 
> pared de pie en donde había estado la casa. Aún hasta las paredes del jardín y los
> 
> árboles frutales en el huerto habían sido arrastrados como un acto de mérito por
> 
> aquellos quienes esperaban las recompensas del paraíso después de haber castigado a
> los infieles en la tierra.
> 
> Ahora Tayyibih y Jamál estaban con las mujeres entre las ruinas de su casa
> 
> con ni comida ni los medios para mantenerse calientes durante la larga noche fría. Se
> 
> mantenían juntos a su madre consiguiendo un poco de calor de su cuerpo y
> 
> temblaban al oír cualquier paso. No se atrevieron a acercarles ni amigos ni parientes
> 
> y muchos quienes antes se declaraban amistad ahora se convirtieron en enemigos
> 
> confiesos.
> 
> Mientras la noche se hacia más frio, las mujeres se decidieron tomar abrigo en
> 
> un santuario sagrado no muy lejos pero les reconocieron los cuidadores y no les
> 
> dejaron entrar. En camino de regreso fueron dejados Tayyibih y Jamál con un bahá'í
> 
> en secreto mientras se fueron las mujeres mismas con una amiga musulmana y le
> 
> rogaron por refugio por la noche. Se consintió su amiga a admitirles si salieran de su
> 
> casa antes del amanecer.
> 
> Todo el día la gente de Zanjan se juntaba alrededor de las mujeres para
> 
> despreciar y burlarse de las mujeres bahá'ís que vivían entre las ruinas. Una de ellas
> 
> les dijo escarnecidamente "Si su vida en este mundo no esta mejor que esto, ¿como
> 
> será su suerte en el mundo venidero?" "No somos las primeras mujeres en la Causa
> 
> de Dios en sufrir," respondió una de las bahá'ís. "Han habido mujeres tratadas como
> 
> nosotras en cada Dispensación. Nuestro suerte en el mundo venidero probablemente
> 
> será como el de ellas."
> 
> Durante aquellos días de tribulaciones severas, cuando se les encarcelaban a
> 
> sus hombres y sus casas fueron saqueadas, cuando sus amigos les desheredaban y sus
> enemigos hacían todo lo que podían para agregar a su sufrimiento, estas mujeres
> 
> mostraban tal coraje y fidelidad como para anonadar a todos quienes las veían u oían
> 
> de ellas.
> 
> El tío de Tayyibih y Jamál quien era un clérigo musulmán llevó los niños a su
> 
> casa después de unos días y les compró ropa nueva pero se daba cuenta Tayyibih por
> 
> la manera en que él hablaba a la gente que le rodeaba que estaba avergonzado de su
> 
> papá. "El nos ha desgraciado," seguía repitiendo. "Yo ya no puedo levantar mi cara
> 
> en público. ¡Ay! ¡que fuera culpable de robo, adulterio ó aún el homicidio! Pero la
> 
> desgracia de tener un hermano bahá'í es más de lo que puedo soportar."
> 
> Él también hablaba de llamar traer un sacerdote para "poner el testamento en
> 
> la boca de los niños." Por eso quería decir que se les pedirían a Tayyibih y a Jamál
> 
> que repitieran, en frente de testigos: Tayyibih, Yo testifico que no hay otro Dios mas
> 
> que Dios. Yo testifico que Muhammad es el Mensajero de Dios," así asegurando a
> 
> todos que eran verdaderos musulmanes. Pero Tayyibih, cuyo conocimiento de
> 
> asuntos religiosos era limitada, pensaba que él estaba planeando alguna tortura
> 
> terrible para ella y Jamál.    La casa de su tío, con todas las comodidades que
> 
> proporcionaba, llegó a ser una prisión para la pequeña. Ella pensaba en su querido
> 
> padre con las cadenas alrededor de su cuello, llevado a la ciudad tan lejos; pensaba en
> 
> su madre, sentada entre las ruinas de su hermosa casa sin ninguno de sus amigos ó
> 
> parientes para venir a verla jamás.
> 
> Un día, oyó decir su tío otra vez: "Tenemos que arreglar poner el testamento
> 
> en la boca de estos niños tan pronto como sea posible. No se le puede postergar más.
> Yo tendré que informar a algunos de los clérigos para que lo testifiquen." Tayyibih
> 
> estaba terriblemente atemorizada.         Se le abrazó su hermano a si misma,
> 
> preguntándose cómo le podía salvar. No había nadie a quien podía recurrir para
> 
> simpatía. Todos en la casa parecían estar del lado de su tío. De repente tuvo una
> 
> idea. "Jamál," le dijo a su hermano, "si yo te digo algo, tu no se lo vas a decir a nadie,
> 
> ¿verdad?" "No, no lo haré," prometió el pequeñito. Ella miraba a su alrededor para
> 
> estar segura que nadie estaba escuchando, entonces le susurró en su oído: "¡Ellos van
> 
> a traer a alguien para poner el testamento en nuestras bocas!"               "¿Qué es el
> 
> testamento?" preguntó Jamál inocentemente. "Es algo tremendo… horrible… "dijo
> 
> ella, no sabiendo como explicar. "Es como un pedazo de fuego que te ponen en tu
> 
> boca. Te van a quemar la lengua con ello." Jamál le vio a los ojos de su hermana con
> 
> terror puro. Pero también estaba perplejo. "¿Por qué lo van a hacer?" preguntó. "¿Qué
> 
> hemos hecho?"     "Somos bahá'ís," explicó simplemente Tayyibih, "y no les caemos
> 
> bien." No importaba lo que eso le quería decir al niño, él había visto ya suficiente en
> 
> su vida corta para saber que nunca estaba muy lejos el peligro. Él se asía de Tayyibih
> 
> como su único refugio. "¿Qué haremos?" le preguntó. "¡Nos vamos a huir!" contestó
> 
> su hermana. "Pero no debes decirle a nadie. Promete que no se lo dirás a nadie, ó nos
> 
> encadenarán como nuestro padre." Jamál se lo prometió.
> 
> Huyendo de la casa de su tío era más fácil decir que hacer. Siempre había
> 
> gente allí – vecinos que venían a visitar a la señora de la casa, servidumbre que venía
> 
> y salía del patio. Vigilaba cuidadosamente Tayyibih, y cuando llegó el momento
> 
> correcto ella le agarró la mano de su hermano y se deslizaron hacia la puerta de la
> entrada. Ella la abrió lentamente y se asomó a la calle. No había nadie a quien ella
> 
> conociera en la calle. "¡Corre, Jamál!" susurró ella, y los dos corrieron tan rápidamente
> 
> como les podían llevar sus piernitas.
> 
> Mientras recorría el viento frío de la noche por las ruinas de su casa, Tayyibih
> 
> y Jamál se juntaban más a su mamá. Ella ya les había explicado qué quería decir
> 
> "poner el testamento en sus bocas" y ellos ya sabían que no serían torturados si
> 
> regresaran al confort de la casa de su tío, pero estaban felices que habían regresado
> 
> con su mamá, aunque ella no tenía nada que darles ahora – excepto su amor.
> EL NIÑO MÁRTIR            34
> 
> Ruhu'llah, el niño mártir de la Fe Bahá'í, era un prodigio. A los doce años le
> 
> ganaban admiradores su conocimiento de las Sagradas Escrituras, sus argumentos
> 
> poderosos en defensa de su amada Fe en presencia de los dignatarios religiosos
> 
> temibles de Persia, la poesía bella que escribía y su naturaleza dulce y santa por
> 
> dondequiera que fuera. Muchos de los enemigos notables de la nueva Fe fueron
> 
> encantados por su elocuencia, mientras otros llegaron a verle como un milagro
> 
> viviente.
> 
> Durante el tiempo en que Ruhu'llah, su padre y Mirza Husayn habían sido
> 
> arrestados por sus creencias y estaban siendo llevados encadenados a Tehrán, los
> 
> soldados encargados fueron tan atraídos por el encanto de este niño de doce años que
> 
> ellos quisieron quitar de su cuello las cadenas pesadas, pero él no lo quiso así. "Yo
> 
> estoy muy feliz con estas cadenas," él les aseguró, "ademas Uds. deben ser fieles a su
> 
> encargo. Se les dieron órdenes para llevarnos en cadenas a Tehrán, y es su deber
> 
> obedecer esos órdenes." Nunca se le oyó quejarse de las incomodidades de esa jornada
> 
> larga y ardua pero se parecía derivar gran felicidad de las muchas odas y oraciones
> 
> que él cantaba a si mismo mientras cabalgaban.
> 
> En uno de los pueblos en que se pararon en el camino, ordenaron los
> 
> sacerdotes y notables que los bahá'ís fueron presentados ante ellos, especialmente ya
> 
> que habían oído que el Varqá famoso estaba entre los prisioneros. Varqá, el padre de
> 
> Ruhu'llah, era muy conocido a través del país como un hombre de méritos literarios
> sobresalientes y un campeón sin miedo de la nueva Fe. El pasaba mucho tiempo en
> 
> oración y meditación, y anhelaba ofrecer su vida como un sacrificio para la Causa de
> 
> Dios.
> 
> Empezaron los sacerdotes a hacerles preguntas a los prisioneros, mas pronto
> 
> encontraron que no podían con ni Varqá ni con su hijo de doce años, Ruhu'llah, quien
> 
> les asombraba a todos con el coraje que mostraba en la presencia de los sacerdotes
> 
> religiosos. No pudiendo rebajar a los prisioneros bahá'ís con sus argumentos, trataron
> 
> los sacerdotes a crearles prejuicio para que les mataran. "¿Cuándo será purgada esta
> 
> tierra de estos infieles?" lamentaban ellos. "¿Cuándo estará libre la Fe de Islam de sus
> 
> enemigos?" Aunque había una fila de soldados armados parados como si estuvieran
> 
> listos para los órdenes de disparar, y ya se habían preparado los prisioneros para
> 
> morir, no pasó nada.       Se pusieron mas enfáticos los sacerdotes.        "¿Qué están
> 
> esperando?" gritaron.      "¿Van a tolerar a estos babís entre Uds.?"            Estaban
> 
> determinados los soldados y guardias sin embargo a llevar los prisioneros vivos a la
> 
> capital, entonces no prestó nadie mucha atención a los sacerdotes pueblerinos.
> 
> Mientras ocurría esto, vino a echarles un vistazo a los prisioneros el ahijado de
> 
> uno de los oficiales. Él estaba parado cerca a los bahá'ís cuando decidieron hacerle una
> 
> broma el oficial y sus      amigos.    Ellos les pidieron a dos de las guardias que
> 
> pretendieran que pensaban que ese hombre se había hecho babí también. Agarró una
> 
> cadena el guardia y se acercó al joven con un lenguaje rudo y abusivo: "Así que ahora
> 
> se ha convertido en babí también, ¿eh?, hijo de tal... ¡Bueno entonces te enseñaremos
> 
> que es lo que hacemos con los babís!" El pobre hombre estaba tan asustado que
> perdió el poder del habla.    Dejó salir un grito de terror y se desmayó.      Algunos
> 
> pensaron que se había muerto del susto mas abrió sus ojos después de recibir mucha
> 
> atención, aunque era mucho tiempo antes de que podía hablar. "¿Qué le pasó?" le
> 
> preguntaron. "¿Por qué tenías tanto miedo? Solo te estábamos haciendo una broma."
> 
> "¡Una broma!" exclamó. "Yo casi me muero del susto." "Mira a ese niño," dijo alguien,
> 
> señalándolo a Ruhu'llah. "Él no tiene miedo." "No," confesó el hombre, mirándole a
> 
> Ruhu'llah con nuevos ojos, "¡pero también él es un babí!"
> 
> Los sacerdotes, mientras, habiendo perdido la esperanza de que les mataran a
> 
> los prisioneros en su pueblo, sólo podían tomar venganza del niño prisionero. Ellos
> 
> se habían dado cuenta que no estaban sus pies en los cepos como lo estaban los otros
> 
> dos, entonces mandaron llamar al carpintero del pueblo y le ordenaron preparar un
> 
> par de cepos para Ruhu'llah, así agregando considerablemente a su sufrimiento
> 
> mientras cabalgaba en el frío y nieve intensos desde Zanjan a Tehrán.
> 
> No se quejaba Ruhu'llah. Ni podía este incidente aplacar su espíritu radiante ó
> 
> desalentarle de enseñar la Causa a los soldados quienes estaban con ellos. Cuando el
> 
> viaje difícil llegó a su fin, algunos de los soldados habían abrazado secretamente la Fe
> 
> de sus prisioneros.
> 
> En la prisión de Tehrán, los prisioneros fueron tratados con crueldad
> 
> extremada. Allí habían cuatro de ellos, todos encadenados juntos con "la perla negra"
> 
> que fue puesta alrededor de sus cuellos. Esta cadena estaba tan pesada que era difícil
> 
> para los hombres mantener en alto sus cabezas. Ruhu'llah se colapsó bajo su peso y
> 
> se tenía que poner un soporte debajo de la cadena de cada lado para poder mantenerle
> en una posición sentada.
> 
> Habían como sesenta otros prisioneros en aquel lugar – homicidios y ladrones
> 
> de cada descripción – mas a ninguno le fue tratado tan cruelmente como a los bahá'ís.
> 
> Después de cinco días, se trajeron a otros dos bahá'ís a la prisión, pero estos hombres
> 
> no estaban preparados para sufrir para su Fe. Ellos negaron jamás haber tenido algo
> 
> que ver con la nueva Causa, esperando que se les pondría en libertad. El carcelero,
> 
> sin embargo, no tenía prisa para sacarles. "Como Uds. no son bahá'ís," dijo, "pueden
> 
> sentarse con el grupo de ladrones y asesinos."
> 
> Se les permitían normalmente a los prisioneros comprar comida con su propio
> 
> dinero, pero los bahá'ís no tenían ni dinero consigo, ni los medios de conseguir ayuda
> 
> de afuera. Cuando las pertenencias de Varqá fueron confiscadas, entre ellas habían
> 
> muchos libros valiosos escritos a mano, él le dijo a un amigo: "Me hace feliz pensar
> 
> que todo lo que poseía en este mundo era de la mejor calidad y ameritaba ser dado en
> 
> el sendero de Dios." Ahora sus enemigos se refunfuñaban al darle hasta el pan seco
> 
> que era la ración normal de la prisión.
> 
> Uno de los prisioneros, un hombre rico quien podía comprar todo lo que quería
> 
> en la prisión, llegó a saber que los bahá'ís no tenían los medios de comprar comida y
> 
> muchas veces no se les daba ni la poca ración de pan que los otros prisioneros
> 
> recibían. Fue tocado su corazón y el pensó en un plan por medio del cual él les podía
> 
> dar una buena comida un día. Él dijo que él había hecho un voto de proveer una cena
> 
> para todos los prisioneros. Cuando llegó la comida, sin embargo, las guardias no
> 
> permitían que los bahá'ís la tocaran. "Uds. no cuentan entre los otros," dijeron. Mas
> insistió el anfitrión que su voto incluía a todos los presentes, y que sería inútil si se le
> 
> dejara a una sola persona. Más tarde él le dijo a un amigo: "Los tontos no se dieron
> 
> cuenta que era para el bien de aquellas pocas rosas que yo regaba a todos los espinos."
> 
> Unos cuantos días después él regaló tres monedas de plata a cada prisionero, para que
> 
> tuviera una excusa para dar algo de dinero a los bahá'ís.
> 
> Un día, Varqá, quien tenía muchos admiradores entre los círculos influyentes
> 
> de la capital, recibió un mensaje de un pariente, rogándole escribir un poema en
> 
> alabanza del Shah, para que pudiera ser entregada a Su Majestad y se pudiera hacer
> 
> una petición para la libertad del poeta. Varqá no quería nada con eso. "Mi pluma ha
> 
> escrito alabanzas de Dios y Su Mensajero Divino," dijo. "¿He de profanarla ahora con
> 
> adular a un tirano? ¡Nunca! Que haga lo que quiera conmigo, yo estoy preparado
> 
> para lo peor." Pero mandó un mensaje al Shah, pidiendo que fuera presentado, cara a
> 
> cara, con los dignatarios religiosos de la capital y permitido discutir sus creencias con
> 
> ellos en presencia de Su Majestad. Este mensaje fue transmitido a través del cortesano
> 
> poderoso y sangriento, Hajibu'd-Dawlih, quien había venido a ver a Varqá en la
> 
> prisión con la esperanza de que el prisionero le prometería una mordida grande si
> 
> arreglara su libertad. Mas Varqá no tenía semejantes intenciones y Hajibu'd-Dawlih,
> 
> habiendo perdido toda esperanza de conseguir algo de él, le pegó a Varqá en la cabeza
> 
> con su bastón y salió en una rabia. Este mismo hombre regresó una vez más, esta vez
> 
> haciendo un crimen tan aborrecible como para avergonzar a cualquier asesino
> 
> ordinario.   La historia del incidente fue escrita por Mirza Husayn, quien estaba
> 
> encadenado con Varqá y Ruhu'llah en la prisión. El resumen de parte de este crónica
> es como sigue:
> 
> "Una noche, cuando se había dormido Ruhu'llah bajo las cadenas, yo vi a su
> 
> padre acariciar su cara y susurrar: `¿O Dios, es posible que este sacrificio que yo Le
> 
> traigo será aceptable ante Tu vista?' Yo fui conmovido mas allá de las palabras. Me
> 
> senté y lloré por muchas horas, conmovido por emociones extrañas, aunque nadie
> 
> adivinó como pasé esa noche. En la mañana le relaté a Varqá algo que había oído de
> 
> un muy buen maestro bahá'í. Él había dicho que si supiera que hubiera algún peligro
> 
> que amenazara su vida, que él huiría tan rápido como pudiera, porque Dios nos ha
> 
> creado para un propósito y que tenemos un deber que hacer en este mundo.
> 
> Deberíamos primero vivir y servir a nuestros compañeros. Varqá replico: `Esto es
> 
> verdad, de acuerdo de los estándares de la razón. Mas en los reinos del espíritu, cada
> 
> uno de nosotros tenemos un camino diferente que caminar.'
> 
> "Hajibu'd Dawlih entró en la prisión con un número de verdugos arropados en
> 
> rojo y dio los órdenes que a todos los prisioneros se les debían de encadenar a sus
> 
> lugares. Nadie sabía lo que tenía en mente y un miedo terrible se apoderó de todos.
> 
> Entonces el carcelero nos vino a nosotros los bahá'ís y dijo:   `Vengan conmigo. No
> 
> les quieren en la corte.' Nos pusimos de pie para seguirlo, aunque no creíamos lo que
> 
> decía. `No es necesario poner sus ábas,' nos dijo, pero Ruhu'llah insistió en ponerse el
> 
> suyo. Cuando salimos al patio de la prisión, estuvimos sorprendidos al ver a soldados
> 
> armados por doquier y nos preguntábamos si se habían venido a fusilarnos. Los
> 
> verdugos también estaban parados todos en fila, y tenían una mirada salvaje. Mas no
> 
> había ni un sonido de nadie y el silencio era aterrador. Por fin Hajibu'd-Dawlih pidió
> al carcelero abrir nuestras cadenas y mandarnos de dos en dos. Se temblaban tanto
> 
> las manos del carcelero que no podía abrir los candados, entonces otro hombre se
> 
> ofreció y abrió nuestras cadenas.     Fueron los primeros en ser llevados Varqá y
> 
> Ruhu'llah. Pasaron por una puerta a un pasaje largo que conducía a otro edificio
> 
> mientras se nos ordenaron esperar. Podíamos oír ruidos al otro lado de la puerta pero
> 
> era imposible saber qué pasaba. Después de un rato salió alguien al patio de la prisión
> 
> para tomar el bastinado** Pensamos que iban a poner los pies de Varqá en ello y
> 
> pegarle. Yo dije: `Yo temo esta golpiza. Espero que me corten la garganta ó me
> 
> disparen y así lo terminen rápido. Se abrió la puerta otra vez y esta vez el verdugo
> 
> salió llevando un cuchillo ensangrentado que él llevó al estanque en el patio y lo lavó.
> 
> Uno de los verdugos ahora apareció con la ropa de Varqá en un bulto debajo de su
> 
> brazo. Ya para ese entonces estábamos en un estado interior de perturbación que casi
> 
> no podíamos creer que estábamos viendo estas cosas. Parecía que nuestras mentes
> 
> rehusarían lo que nuestros ojos podían ver. Una vez más se abrió la puerta y nos
> 
> fuimos llamados.     Cuando nos acercamos a la puerta oímos ruidos extraños y
> 
> conversación apresurada, mas nada ya nos tenía sentido. Estábamos por pasar por la
> 
> puerta cuando fue cerrada rápidamente una vez más. Oímos a Hajibu'd-Dawlih decir:
> 
> `Ellos pueden esperar hasta mañana.' Entonces él salió apresuradamente en un
> 
> estado de ansiedad terrible y confusión completa. Dejó su cuchillo en la mano del
> 
> carcelero y salió precipitadamente con el vaina vacío colgando de su cinto.
> 
> "Nos llevaron a mi amigo y a mi a nuestra celda en donde encontramos que
> 
> hasta habían llevado el tapete en que nos sentábamos en nuestra ausencia.          Nos
> sentamos en el piso húmedo de barro y nos preguntábamos qué había tomado lugar
> 
> detrás de esa puerta cerrada que conducía al otro edificio. Si Varqá había sido muerto
> 
> ¿entonces qué le había pasado a Ruhu'llah?         Estábamos tan sacudidos por la
> 
> experiencia y tan preocupados por Ruhu'llah que éramos incapaces de hablar. Nos
> 
> sentamos desde la tarde hasta la medianoche sin poder producir ni una sola palabra.
> 
> Gradualmente se juntaron alrededor de nosotros algunos de los guardias, riéndose y
> 
> burlándose y discutiendo entre si cómo iban a dividir nuestra ropa entre ellos el día
> 
> siguiente. Oí todas estas cosas mas me hicieron poca impresión. Más tarde vi a uno
> 
> de los carceleros quien nos había mostrado antes algo de bondad. Le agarré y le rogué
> 
> que me dijera lo que había pasado. Le hice jurar por los santos mártires de Islam que
> 
> me diría la verdad como la hubiera vista ocurrir. Esto es lo que contó: `Hajibu'd-
> 
> Dawlih le dijo a Varqá: "¿A quién mato primero, a Ud. ó a su hijo?" Varqá contestó:
> 
> "No me importa."    Entonces Hajibu'd-Dawlih sacó su cuchillo y lo enterró en él
> 
> corazón de Varqá, diciendo: "¿Como se siente ahora?" Las palabras de Varqá antes de
> 
> que se muriera eran: "Yo estoy sintiendo mucho mejor que Ud. ¡Alabado sea Dios!"
> 
> Hajibu'd-Dawlih ordenó a cuatro verdugos cortar el cuerpo de Varqá en pedazos. La
> 
> visión de tanta sangre era horrible de ver.     Todo este tiempo Ruhu'llah estaba
> 
> observando, sobrecogido con tristeza.   Él seguía repitiendo:   "¡Papá, papá, llévame
> 
> contigo!" Se le acercó Hajibu'd-Dawlih y le dijo: "No llores. Yo te llevaré conmigo y
> 
> te daré un salario propio.   ¡Yo le pediré al Shah que te de una posición!"      Pero
> 
> Ruhu'llah respondió: "¡Yo no quiero ni un salario de Ud. ni una posición del Shah!
> 
> Yo me voy a unirme a mi padre." Hajibu'd-Dawlih pidió un pedazo de cuerda, pero
> nadie podía encontrar algo de cuerda, entonces trajeron el bastinado y le pusieron en
> 
> ello el cuello de Ruhu'llah. Dos de los carceleros alzaron el bastinado, uno de cada
> 
> lado, y lo sostuvieron mientras Ruhu'llah respiraba convulsivamente. Tan pronto
> 
> como se aquietó su cuerpo le bajaron y Hajibu'd-Dawlih llamó a que trajeran a los
> 
> otros dos bahá'ís.   Pero justamente en ese momento el cuerpo del niño hizo un
> 
> movimiento repentino, levantándose del piso y se cayo a algunos pies de distancia.
> 
> Entonces estuvo quieto otra vez. Este incidente le perturbó tanto a Hajibu'd-Dawlih
> 
> que no tuvo el coraje de seguir con más homicidios.'
> 
> "Puedes imaginar cómo nos sentimos después de oír los detalles del martirio de
> 
> Varqá y Ruhu'llah. El cuadro cobró vida y yo no lo podía quitar de mi mente. No se
> 
> consolaba mi corazón y lloré por mis queridos amigos por toda la noche. Finalmente
> 
> me dormí y tuve un sueño.          Le vi a Ruhu'llah acercándose a mi, viéndose
> 
> extremadamente feliz. Dijo: "¿Viste cómo se cumplió la promesa de `Abdu'l-Bahá?'
> 
> Ruhu'llah me había contado frecuentemente con mucho orgullo que cuando él se
> 
> estaba despidiendo de `Abdu'l-Bahá después de visitarle en Tierra Santa, que el
> 
> Maestro le había dado unas palmadas en el hombro y dicho: `Si Dios así lo ordena, Él
> 
> proclamará Su Causa a través de Ruhu'llah.'"
> 
> El martirio de Ruhu'llah, tanto como su vida corta, pero fructífera, siempre será
> 
> un medio de proclamar la grandeza de la Causa de Dios.          Su poesía bella y su
> 
> caligrafía exquisita se quedan con nosotros, tanto como muchos incidentes de su vida
> 
> que han sido anotados por gente que le conocían personalmente.
> 
> El siguiente es una traducción libre de parte de una poema de Ruhu'llah en la
> cual el pide el martirio:
> 
> De la copa de bondad divina, dame de beber
> 
> Y líbrame de pecado y debilidad;
> 
> Porque aunque mis pecados sean verdaderamente grandes
> 
> Es aún más grande la misericordia de mi Señor.
> 
> ¡Bienvenido a ti, Saqí** del banquete divino!
> 
> Vente, refresca mi alma y hazme
> 
> Digno de ser sacrificado
> 
> En el sendero del Bienamado
> 
> *Este instrumento es un pedazo largo de madera, en medio de la cual están amarrados
> 
> dos pedazos de cuerda corta para formar un lazo. Se atan firmemente los pies de la
> 
> víctima en este lazo por medio de dar vueltas a la madera, la cual es sostenida luego
> 
> por un hombre de cada lado mientras otro pega con un palo las plantas de los pies.
> 
> **El que trae la copa.
> PONIÉNDOSE EN CONTACTO CON LOS PRISIONEROS                         35
> 
> Las noticias habían llegadas a los bahá'ís en Tehrán que cuatro de su
> 
> compañeros creyentes, entre ellos Varqá y Ruhu'llah, habían sido traídos
> 
> encadenados desde Zanjan y encarcelados en la capital. Esta era toda la información
> 
> que podían juntar y no había manera de averiguar lo que había pasado con estos
> 
> amigos y cómo les iba en la prisión.
> 
> Un día, un joven fue llevado a la prisión, acompañado por un papá muy
> 
> enojado quien les había pedido a las autoridades encargados arrestarlo. El padre se
> 
> quejó de que su hijo era insolente y desobediente e insistió que tenía que ser castigado
> 
> a través de ser mandado a la prisión.
> 
> Se le mantuvo al niño en la cárcel por tres días, durante ese tiempo él se sentó
> 
> cerca a los prisioneros bahá'ís y pudo llegar a conocerles.      "¿Qué has hecho," le
> 
> preguntaron "para hacerle tan enojado a tu padre?" "Quise ir con mi tío en Hamadán,"
> 
> replicó él, "y mi padre no me permitía hacerlo. Al final decidí escapar de la casa, pero
> 
> mi padre se enteró y me mandó encarcelar."
> 
> Era ya un tiempo después de que fuera libertado el niño que los bahá'ís
> 
> llegaron a saber que tanto él como su padre eran compañeros creyentes quienes
> 
> habían tramado este plan para que pudieran conseguir algo de información acerca de
> 
> sus amigos de Zanjan.
> 
> Desafortunadamente los oficiales de la prisión mantenían una vigilancia
> 
> estricta y no se pudo hacer ningún otro contacto con los bahá'ís en la prisión por
> muchos meses. Ya para ese entonces, dos de ellos, Varqá y Ruhu'llah, habían sido
> 
> cruelmente martirizados, mientras que los otros dos habían pasado por pruebas
> 
> increíbles. El día después de que fueran matados sus amigos, los carceleros les habían
> 
> pedido a los dos bahá'ís prisioneros restantes la ropa que llevaban puesto, diciendo:
> 
> "Es el turno de Uds. ser matados hoy. Si no nos dejan su ropa, sus verdugos la
> 
> tendrán aunque a nosotros nos pertenece por derecho, porque les hemos cuidado aquí
> 
> en la prisión."   Los prisioneros regalaron toda su ropa exterior, incluyendo sus
> 
> calcetines y zapatos.   Pero aunque se les sacaron en tres días consecutivos a ser
> 
> muertos, algo siempre pasaba cada vez y nunca se llevó a cabo su ejecución.
> 
> Era típico de estos hombres valientes que, cuando se estaban regalando todo lo
> 
> que tenían y preparándose para morir, la única cosa que se guardaban para si mismo
> 
> era algo de azúcar duro que comían, diciendo: "Esto nos dará un poco más de sangre
> 
> para que el verdugo que nos corta las gargantas no diga que ¡los bahá'ís no tienen
> 
> tanta sangre como las demás!"
> 
> No era sino hasta cuatro meses más tarde que unas cuantas mujeres bahá'ís de
> 
> Tehrán podían traerles un poco de comida y ropa desde afuera.
> UN INCIDENTE EXTRAÑO               36
> 
> Varqá estaba en agonía constante cuando fue llevado con cadenas y cepos
> 
> desde Zanjan a Tehrán.        Era una persona de físico grande y tenía dificultad en
> 
> montar al caballo que estaba cargado con bultos de los dos lados; pero más que esto,
> 
> los cepos en los pies eran tan pesados que le jalaban las piernas de las articulaciones y
> 
> cada movimiento del caballo era una tortura que soportar. Y esto duraba por muchas
> 
> horas largas, día tras día.
> 
> Algunos de los soldados habían llegados a ser amigos de los prisioneros bahá'ís
> 
> después de los primeros días y ya estaban susurrado entre ellos que el mismo oficial
> 
> encargado había llegado a ser bahá'í.     Todos estos hombres estaban dispuestos a
> 
> ayudar a Varqá por medio de remover los bultos del la espalda del caballo y por
> 
> medio de amarrarle las piernas a los lados del caballo para aliviar la estirada de los
> 
> cepos pesados, pero habían uno ó dos hombres quienes no permitían esto, diciendo
> 
> que los prisioneros debían sufrir tanto como posible.        Uno de las guardias era
> 
> excepcionalmente cruel. Él azotaba al caballo de Varqá para hacerle galopar y tomaba
> 
> placer en ver la agonía que sufría su prisionero. Una vez el oficial encargado le dijo:
> 
> "Ud. es peor que el tirano quien torturaba a los prisioneros en los días tempranos de
> 
> Islam." "Oh no," el replicó. "Estos babís son tan malos como los enemigos tempranos
> 
> de Islam, y es nuestro deber torturarles. Ellos piensan que son los santos y nosotros
> 
> los malos, mientras que es al revés." Varqá estaba muy triste por lo que este hombre
> 
> había dicho y, volviéndose a él, le comentó: "¡Qué el Señor juzgue entre nosotros!"
> El guardia no dijo más sino se fue galopando hacia un manantial que estaba a
> 
> alguna distancia. Los demás le vieron desmontar de su caballo, tomar algo de agua y
> 
> empezar a fumar. Pero de repente se dobló y empezó a gritar de dolor. Nadie sabía lo
> 
> que le había pasado. Se empeoró más y más el dolor en su estómago y fue con gran
> 
> dificultad que fue llevado al pueblo más cercano.       Varqá estaba extremadamente
> 
> perturbado. Siendo él mismo un doctor, inmediatamente escribió una prescripción
> 
> para el guardia, mas era demasiado tarde y se murió el hombre.
> 
> Varqá no podía perdonarse a sí mismo por lo que había dicho al guardia.
> 
> Estaba lleno de remordimiento por haber sido tan imprudente en pedirle a Dios que
> 
> le castigara el hombre. El recordaba con gran tristeza las palabras del Maestro: "Si
> 
> otros pueblos y naciones les son infieles, mostradles su fidelidad, si les son injustos,
> 
> mostradles su justicia, si se alejan de Uds., atraedles a Uds., si les muestran su
> 
> enemistad, sed amistosos hacia ellos, si les envenenan sus vidas, endulzadles sus
> 
> almas, si les infligen heridas, sed un bálsamo a sus dolores. ¡Tales son los atributos
> 
> de los sinceros! ¡Tales son los atributos de los veraces!" No se le podía consolar a
> 
> Varqá porque había desatendido el mandato.
> ODIO CIEGO          37
> 
> La suegra de Varqá era una mujer rica, talentosa y consumada y también era
> 
> una enemiga jurada de la Fe Bahá'í. Tan grande era el odio que tenía para con todos
> 
> sus seguidores que cuando oyó que Varqá y Ruhu'llah habían sido muertos por su Fe,
> 
> ello dio un gran banquete y llamó músicos para celebrar la ocasión.
> 
> Unos años antes ella misma había tratado de persuadir a un sirviente matar a
> 
> Varqá, prometiéndole     una   recompensa    muy considerable.    Mas el sirviente ya
> 
> había, sin que ella supiera, caído bajo el hechizo de su yerno y aceptado sus creencias.
> 
> El le advirtió a Varqá de las intenciones de su suegra y Varqá tomó las precauciones
> 
> necesarias para salvarse la vida.
> 
> Habiendo perdido la esperanza de lograr su muerte ella misma, la suegra de
> 
> Varqá se fue con un mujtahid influyente, quien era un pariente de ella, le informó
> 
> que Varqá era un bahá'í y le pidió su sentencia de muerte. El mujtahid le informó
> 
> que no le podía dar la sentencia de muerte hasta que él mismo estuviera convencido
> 
> de que su yerno era un infiel.        "Yo le puedo proporcionar pruebas más que
> 
> suficientes," le dijo la señora. "Yo le traeré a uno de mis propios hijos que ha sido
> 
> enseñado por Varqá mismo, y después de que Ud. le haya visto a este niño, no tendrá
> 
> más dudas."
> 
> Ruhu'llah, un niño de ocho ó nueve años en ese entonces, fue traído a la
> 
> presencia del mujtahid y le dijeron que repitiera una de las oraciones que su padre le
> 
> había enseñado. Se puso de pie Ruhu'llah y dijo una larga y bella oración revelada
> por Bahá'u'lláh. El mujtahid fue tocado más allá de palabras. Volviéndose hacia la
> 
> abuela del niño el dijo: "¿Cómo se atreve a esperar que yo firme la sentencia de
> 
> muerte de un hombre quien le ha enseñado a su hijo a orar a su Creador de esta
> 
> manera?"
> JAMAS SIN RESPUESTA              38
> 
> Un día Ruhu'llah y su hermano estaban caminando por las calles de Zanjan
> 
> cuando un mujtahid que portaba un gran turbante y que hasta daba miedo llegó en
> 
> su asno. El mujtahid podía adivinar por la ropa que llevaban puesto los muchachos
> 
> que no eran nativos de Zanjan. "¿De quien son Uds.?" les preguntó. Respondió
> 
> Ruhu'llah: "Somos los hijos de Varqá de Yazd."         "¿Cómo te llamas?" inquirió el
> 
> mujtahid del muchacho. "Mi nombre es Ruhu'llah," respondió el niño. "¡Híjole! ¡Qué
> 
> gran nombre!" dijo el mujtahid. "¡Este es el título de Su Santidad Cristo, quien revivía
> 
> los muertos!"   "Si Ud. camine más despacio, señor," era la pronta respuesta de
> 
> Ruhu'llah, "yo también le revivirá." "¡Uds. deben de ser babís!" gruñó el mujtahid
> 
> mientras se apresuraba a seguir su camino.
> UN ALMA VALIENTE 39
> 
> Esto es parte de una historia, la cual viene a nosotros de un compañero
> 
> prisionero de Mullá Rida de Yazd:
> 
> Había un número de nosotros en la prisión de Tehrán.         Mullá Rida y yo
> 
> comimos del mismo plato y estábamos encadenados juntos en la noche. Nunca he
> 
> conocido a nadie como Mullá Rida. Él era docto y sabio, era indulgente y humilde;
> 
> su fe era inquebrantable, su valentía no conocía límites y su resistencia bajo tortura
> 
> era casi sobrehumano.
> 
> Yo ya había oído relatos extraños acerca del coraje y firmeza que Mullá Rida
> 
> había mostrado cuando estaba siendo perseguido por los enemigos de la Causa. Una
> 
> vez, los dignatarios religiosos de Yazd le habían sentenciado a ser bastoneado siete
> 
> veces en un día en siete lugares diferentes de la ciudad para que las poblaciones
> 
> diferentes pudieran ver el castigo infligido en un babí. Llegando a cada lugar, Mullá
> 
> Rida tendía alegremente su pañuelo en el suelo y quitando su abá, turbante y
> 
> calcetines, él los ponía sobre el pañuelo; entonces se acostaba de espalda, jalaba su
> 
> túnica sobre su cabeza y elevando sus pies para recibir las varas, decía a sus
> 
> torturadores: "Ya pueden empezar caballeros." Su calma enfurecía a los hombres, y le
> 
> aplicaban las varas con toda su fuerza, esperando que él gritara con el dolor ó que
> 
> rogaría por piedad. Ni una sola vez le oían proferir ni un sonido. En una ocasión le
> 
> habían azotado tan severamente que los observadores pensaban que debía haber
> 
> muerto bajo la tortura. Para su sorpresa, cuando le quitaron la prenda de su cara, ¡le
> encontraron limpiando los dientes! Con razón la gente se preguntaban si era un ser
> 
> humano ordinario, con la misma carne y hueso que ellos mismos.
> 
> Años mas tarde, cuando Mullá Rida era un anciano y encarcelado como babí,
> 
> uno de los notables de Tehrán le vio recibir una azotada severa en su espalda
> 
> desnuda en el patio de la prisión. Fue tan impresionado por la manera serena por la
> 
> cual Mullá Rida recibía el tratamiento salvaje que inmediatamente quería saber de la
> 
> Causa por la cual este anciano digo estaba sufriendo. Su investigación le condujo a
> 
> aceptar la nueva Fe y les decía frecuentemente a sus amigos que el comportamiento
> 
> calmado de Mullá Rida bajo una tortura tan cruel hizo más para atraerlo a la Causa
> 
> que cualquier cantidad de argumentos jamas pudieran haber hecho. Después de esa
> 
> azotada, la espalda de Mullá Rida fue terriblemente herida, pero cuando uno de sus
> 
> compañeros creyentes trataba de expresar su simpatía, Mullá Rida le paro, diciendo:
> 
> "¿Qué crees?   Cuando el carcelero estaba aplicando el azote, yo me encontré en la
> 
> presencia de Bahá'u'lláh. ¡Yo estaba en la cima del mundo y no sentía nada!"
> 
> Durante el tiempo cuando Nasiri'd-Din Shah fue asesinado, los enemigos de la
> 
> Causa empezaron a echar la culpa a los bahá'ís. Era un tiempo muy peligroso para
> 
> los creyentes y nadie sabía qué sería el fin de esta acusación falsa. Mullá Rida, quien
> 
> se encontraba fuera de la cárcel en ese entonces, se encontraba por casualidad entre la
> 
> congregación de una mezquita cuando el sacerdote empezaba a abusar de los babís y
> 
> acusarles del asesinato del Shah. Con total desatención a su propia seguridad, Mullá
> 
> Rida interrumpió al sacerdote antes de que pudiera encender el enojo de la gente
> 
> hacia los seguidores de la nueva Fe. "¡Espérese un momento!" gritó. "Esto no tiene
> nada que ver con los babís. ¡Nunca jamas harían tal cosa!" La congregación le miraba
> 
> con sorpresa. "¿Por qué está Ud. defendiendo a los babís?" preguntó alguien. "¿Ud.
> 
> no es uno de ellos, verdad?"        "¡Por supuesto que lo soy!" declaró Mullá Rida
> 
> audazmente, después de lo cual fue hecho presa y mandado a Tehrán.
> 
> El alto oficial hacia cuya presencia fue conducido en Tehrán le miró a Mullá
> 
> Rida y dijo: "Este anciano no es un babí; déjale libre." Mas Mullá Rida no quería ser
> 
> conocido como ninguna otra cosa. "Ud. está equivocado su alteza," protestaba, "yo no
> 
> soy solo babí, sino un bahá'í también. De hecho, yo ya he estado preso varias veces
> 
> por mi Fe y hay muchas personas quienes pueden atestiguar de la verdad de lo que
> 
> digo." "¡Qué!" dijo el oficial atónito. "¿Quiere Ud. ser enviado a la prisión otra vez?"
> 
> "Si así sea decretado," respondió Mullá Rida calmadamente, "yo ciertamente lo
> 
> aceptaré." Así era como Mullá Rida llegó a juntarse con el resto de nosotros en la
> 
> prisión de Tehrán.
> 
> Nada le podía detener a Mullá Rida de decir a los otros acerca de la nueva Fe.
> 
> El enseñaba a la gente bajo las circunstancias más difíciles y el hecho de que su vida
> 
> peligraba parecía no importarle.       En la prisión hablaba de la Causa con los
> 
> compañeros prisioneros.     Muchos se mofaban y se abusaban de nuestra Fe, pero
> 
> cuandoquiera que perdía la paciencia, Mullá Rida decía: "¿Porqué te molestas? Esto
> 
> es como la gente siempre se ha reaccionada hacia la enseñanzas de los Mensajeros de
> 
> Dios."
> 
> Fuimos eventualmente librados de la prisión después de dieciséis meses, debido
> 
> a los esfuerzos de algunas de nuestras mujeres quienes habían apelado al nuevo rey
> pero estábamos tan débiles por falta de comida y aire fresca que casi no podíamos
> 
> caminar. En el día de nuestra libertad fuimos llevados a la casa de un oficial en
> 
> donde se nos quitaron nuestras cadenas y nos dijeron que podíamos ir a casa. Antes
> 
> de que podíamos salir de ese lugar llegó un clérigo por casualidad y expresó un deseo
> 
> de conocernos a todos. Sabíamos que quizá esto sería un encuentro peligroso y nos
> 
> disculpamos, diciendo que estábamos demasiado cansados para hablar con cualquier
> 
> persona. Solo se puso de pie para ir Mullá Rida. "No podemos rehusar hablar con
> 
> él," dijo. Le rogamos que no fuera, pero no escucharía a nuestros ruegos. El resultado
> 
> de esa discusión entre el clérigo y Mullá Rida era que Mullá Rida fue sentenciado a
> 
> regresar a la prisión. Cuando oí de eso mi tristeza no conocía límites y rogué ser
> 
> permitido ir a prisión en lugar de él porque él ya era muy anciano y débil en ese
> 
> entonces y yo sabía que no podía resistir las dificultades de aquel confinamiento por
> 
> mucho tiempo. Mullá Rida no oiría nada de aquello y le vi ir con mucha tristeza,
> 
> aunque él mismo no mostraba ningún señal de tristeza.          Hasta nos contó una
> 
> anécdota chistosa para hacernos reír antes de dejarnos.
> 
> Mullá Rida se murió en la prisión diez días después. Nos dijeron que le habían
> 
> matado de hambre pero nosotros sabíamos que nunca pudieran haber logrado
> 
> quebrantar su espíritu.
> LA VIDA DE PRISIÓN CON MULLA RIDA                    40
> 
> Era una noche extraña. Ahí, junto al estanque en el patio de la prisión, dos
> 
> hombres estaban ocupados en ayudar al único prisionero judío en ese lugar tomarse
> 
> un baño.    Un hombre le estaba echando agua mientras que el otro, una persona
> 
> anciana, le estaba tallando la espalda. Aquello quienes les vieron se preguntaban de
> 
> qué tipo eran esos hombres quienes mostraban tanta bondad a un judío. Ni siquiera
> 
> el judío mismo podía creerlo.     Desde que fuera traído a esta prisión había sido
> 
> despreciado y evitado por los compañeros prisioneros y no había recibido nada sino
> 
> maldiciones y golpes de los carceleros. ¿Porqué estos dos hombres, extraños totales
> 
> para él, estaban preocupados con sus necesidades?
> 
> La idea de ayudarle al judío tomarse un baño había venido de Mullá Rida
> 
> mismo. Él había notado cómo estaba siendo tratado el hombre por todos los demás y
> 
> le había dicho a su amigo: "¿Te das cuenta cuanto más difícil es la vida para este
> 
> pobre judío que para el resto de los prisioneros aquí? Nadie se asocia con él; nadie le
> 
> da nada. Todos lo ven como impuro y no le dejan poner pie en su baño. Si tu me
> 
> ayudas, por lo menos le podemos dar una buena limpiada junto al estanque en el
> 
> patio ahí afuera."
> 
> Entonces le ayudaron al judío tomarse un baño y le dieron su ropa extra para
> 
> ponerse.
> 
> Otra vez cuando Mullá Rida fue preso con un número de los compañeros
> 
> creyentes en Tehrán solo tenían una camisa extra entre todos. Se lavaba esa camisa y
> se tornaban para ponérsela.
> 
> Un día un hombre joven quien estaba culpable de robo fue traído a la prisión y
> 
> encadenado junto a Mullá Rida.        Mullá Rida notó que ese hombre no tenía ni
> 
> siquiera una camisa, entonces pidió por la extra que tenían para darle. Uno de sus
> 
> amigos le dijo a Mullá Rida: "Tu ponte la camisa limpia y deja que el joven tenga la
> 
> que tienes puesto."   "¿Cómo puedo hacer tal cosa?" dijo Mullá Rida.       "Lo que
> 
> regalamos a otro es como un regalo que hacemos a Bahá'u'lláh. ¿Esperas que yo Le dé
> 
> algo menos que lo mejor que tengo?"
> UNA CALUROSA BIENVENIDA                  41
> 
> Un anciano se paró para dar la bienvenida a los bahá'ís mientras entraban en la
> 
> prisión de Tehrán. "¡Saludos a Ud., Haji Imán!" dijo. Haji Imán le reconoció como el
> 
> ladrón con el cual había estado preso en este mismo lugar hace algunos años.
> 
> "¡Saludos a Ud., mi amigo," replicó. "Todavía está aquí!" "Si," le dijo el anciano, "ya
> 
> llevo diecisiete años aquí. ¡Pero nunca es lo mismo sin los bahá'ís en la prisión! Yo
> 
> estaba tan feliz de oír que venía Uds. de regreso."
> 
> Algunos de los otros prisioneros también se juntaban alrededor de los recién
> 
> llegados. "¿Cómo está Ibn-Abhar?" inquirieron, "¿y dónde está ahora? Él se quedó aquí
> 
> con nosotros por cuatro años y era como un padre para con todos nosotros. Hemos
> 
> estado como huérfanos desde que saliera." "Los bahá'ís son todos como `Ibn-Abhar,"
> 
> dijo el anciano quien había visto a muchos ir y venir durante sus largos años en la
> 
> prisión.   "Ellos traen bendiciones consigo cuandoquiera que vengan aquí.         Qué
> 
> siempre sigan congraciando a esta prisión con su presencia."
> 
> Era una bienvenida sencilla y conmovedora por uno quien no tenía a ningún
> 
> otro amigo en el mundo.
> RENACIMIENTO 42
> 
> Siyyid Muhammad estaba sentado en su cuarto, envuelto en profundo
> 
> pensamiento.    El había oído que la gente decía que su amigo, `Andalib, se había
> 
> convertido en babí. Aunque Siyyid Muhammad dudaba del rumor, él estaba, sin
> 
> embargo, muy perturbado en su mente. ¿Porqué debía la gente pensar que `Andalib,
> 
> una joven tan pío y docto, estaría engañado por los babís? ¿Qué posiblemente podría
> 
> atraerlo a estos enemigos de Dios y de la religión? Pero ahora que ya había empezado
> 
> este rumor, solo `Andalib mismo podría pararlo por denunciar la nueva Fe. Siyyid
> 
> Muhammad esperó hasta que se oscureciera, entonces, envolviéndose en su `abá, tomó
> 
> el camino que conducía a la casa de su amigo.
> 
> "Vé que no se admita nadie," le dijo a `Andalib al llegar. "Yo tengo un asunto
> 
> importante que consultar contigo." `Andalib habló con su madre, entonces, cerrando
> 
> la puerta tras de si, se sentó en una colchoneta enfrente de Siyyid Muhammad.
> 
> Los dos jóvenes tenían mucho en común.          Los dos eran eruditos en las
> 
> escrituras Islámicas y, no como la mayoría de los musulmanes ortodoxos de su día,
> 
> también estaban enterados de los trabajos de los grandes filósofos. Pero, mientras
> 
> `Andalib era un escritor y un poeta, Siyyid Muhammad estaba estudiando para ser
> 
> un mujtahid, un sucesor de su tío como uno de los dignatarios religiosos de Lahján.
> 
> Él venía de una familia antigua que siempre había entrenado a sus hijos en la Iglesia,
> 
> y Siyyid Muhammad había sido escogido desde la niñez y dado la educación
> 
> necesaria para prepararle para esta posición.
> "¿Sabes lo he oído hoy?" dijo Siyyid Muhammad a su amigo en una voz que le
> 
> delatara su agitación interior. `Andalib sabía qué esperar, mas inquirió calmadamente:
> 
> "¿Qué es lo que has oído?" Siyyid Muhammad lo encontró difícil hablar a su amigo
> 
> en conexión con una religión por la que tenía tanto desprecio, mas hizo el esfuerzo.
> 
> "¡Dicen que te has convertido en babí!"     Hubo una pausa larga, entonces habló
> 
> `Andalib: "Muy bien," dijo, "suponiendo que lo que dicen es verdad..." "¡Qué!" gritó
> 
> su amigo. "¿Has perdido la razón? ¡Estás preparado para renunciar a este mundo y el
> 
> próximo para unirte a un grupo de infieles quienes son maldichos tanto por Dios
> 
> como por los hombres!"
> 
> `Andalib se preguntaba si sería prudente hablar de su recién encontrado fe. Él
> 
> sabía muy bien del odio de Siyyid Muhammad hacia los babís, como todavía fueron
> 
> llamados los bahá'ís por sus paisanos. Se acordaba como Siyyid Muhammad nunca
> 
> tomaba nada de la mano de alguien a quien el sospechaba pertenecer a este grupo,
> 
> mucho menos entrar en la casa de un babí ó tratarle a uno de ellos como amigo. Mas
> 
> `Andalib no podía dudarse de la sinceridad de Siyyid Muhammad. El hecho de que
> 
> se había arriesgado su propia reputación con venir a advertirle a `Andalib del rumor
> 
> que había oído, probaba que era un verdadero amigo.
> 
> "Yo le voy a decir todo," le dijo a Siyyid Muhammad después de un rato,
> 
> "porque puedo ver que eres el único amigo que tengo en Lahján y no puedo ser
> 
> menos sincero en mi amistad hacia ti. Lo que has oído es verdad, pero antes de que
> 
> hagas cualquier juicio me tienes que hacer una promesa. Si yo me he extraviado del
> 
> camino correcto en mi búsqueda de la Verdad, me tienes que ayudar a volver, pero si
> yo te puedo convencer que he encontrado en verdad la Verdad, entonces tu también
> 
> la tienes que aceptar.    ¡Dame tu palabra!"     Siyyid Muhammad aceptó el reto,
> 
> totalmente convencido que podía salvar a su amigo del hechizo bajo el cual había
> 
> caído.
> 
> Esto acaeció en Ramadán – el mes sagrado del Ayuno. Durante los próximos
> 
> meses se reunían los amigos regularmente. Siyyid Muhammad se iba con `Andalib
> 
> después del anochecer cuando había poco peligro de ser reconocido en las calles, y
> 
> regresaba a su cuarto antes del amanecer. Al principio Siyyid Muhammad, muy
> 
> confianzudo de su propio conocimiento, se refería a pasajes del Qur'án y recitaba
> 
> tradiciones innumerables referentes al advenimiento del Prometido; mencionaba
> 
> todos los signos dados en las Escrituras Sagradas en cuanto a la Resurrección y al Día
> 
> del Juicio, y traía todos los argumentos en que podía pensar para refutar las
> 
> pretensiones del Báb y Bahá'u'lláh.
> 
> `Andalib escuchaba pacientemente, entonces explicaba calmadamente los
> 
> verdaderos significados de los términos simbólicos que se usaban en los Libros
> 
> Sagrados. Él se refería a fechas y pruebas dadas por las cuales la verdad de la misión
> 
> de ambos, el Báb y Bahá'u'lláh, podía ser establecido, y señalaba cómo los signos
> 
> mencionados por los Profetas del pasado ya habían aparecido.
> 
> Noche tras noche, semana tras semana, se reunían los dos amigos.       Siyyid
> 
> Muhammad no estaba convencido, pero tampoco ya estaba tan seguro de sus
> 
> antiguas ideas. Una noche, `Andalib, cansado de las discusiones, abrió su caja fuerte y
> 
> sacó algunas de las Escrituras del Báb y Bahá'u'lláh.      Se quedó despierto Siyyid
> Muhammad toda la noche para leerlas y con renuencia se levantó para salir en la
> 
> mañana.
> 
> Durante todo ese día, aunque asistía a sus clases normalmente, su mente estaba
> 
> en las Escrituras que había dejado en casa de `Andalib, y tan pronto se oscureciera, se
> 
> apresuraba otra vez a las manuscritos preciosos. Lo que había leído tuvo un efecto
> 
> profundo en él, mas tanto había sido su prejuicio en contra de los Autores de estas
> 
> Escrituras que aún ahora él tenía dudas y no podía convencerse a admitir la verdad de
> 
> su Causa. Lo que le era muy evidente, era que ya no creía en los estándares antiguas
> 
> que una vez había aceptado sin cuestionar. El sentía que estaba perdiendo la fe en
> 
> todo. "Con razón se les prohíbe a la gente asociar con los babís," pensaba. "Estos
> 
> babís pueden subvertir todos los puntos de vista atesorados de uno, y uno se queda
> 
> con nada a menos que acepte lo que ellos tienen que ofrecer." Decidió que no debía
> 
> verle ya a `Andalib.
> 
> Entonces dejó de ir a la casa de su amigo. Mas, por mucho que trataba, no
> 
> podía librarse de los pensamientos que ahora le atormentaban día y noche. Empezó a
> 
> preguntar a los sacerdotes y dignatarios religiosos acerca de los problemas que había
> 
> platicado con `Andalib, mas encontró que sus puntos de vista eran tan huecas y tan
> 
> prejuiciosos que pronto abandonó toda esperanza de recibir guía de este grupo. No
> 
> sabía a donde volver y le parecía que hasta Dios le había abandonado porque no
> 
> podía encontrar paz en la oración. Iba al desierto y a los bosques fuera de Lahján
> 
> para estar sólo con su Creador y ahí rezaba en voz alto, y gritaba y rogaba por guía
> 
> hasta que anocheciera y el pensamiento de los animales salvajes merodeando le
> enviaba otra vez a la ciudad.        La gente notaba el gran cambio que le había
> 
> sobrevenido y susurraba que estaba enamorado. Algunos decían que había estudiado
> 
> demasiado y había leído demasiados libros; mas ninguno sabía de la verdadera razón
> 
> por su estado de mente, ó de sus visitas secretas con `Andalib.
> 
> En un intento por olvidarse totalmente de sus charlas con `Andalib, Siyyid
> 
> Muhammad se juntó un grupo de sus amigos jóvenes y dio todo su tiempo a
> 
> entretenimientos y excursiones a la campiña.         Una noche, los jóvenes estaban
> 
> regresando a casa después de haber estado todo el día fuera de la ciudad y Siyyid
> 
> Muhammad estaba caminando sólo, un poco detrás de los demás, envuelto en
> 
> pensamientos que no podía ahuyentar a pesar de la vida alegre que parecía estar
> 
> llevando. De repente se avistó a `Andalib. Habían pasado dos meses desde el día en
> 
> que los amigos se habían reunido la última vez.
> 
> "¿Qué pasó con su promesa, Siyyid Muhammad?" preguntó `Andalib. "¿No se
> 
> había acordado entre nosotros que no dejaríamos las pláticas hasta que uno de
> 
> nosotros hubiera convencido al otro de la verdad de sus creencias? Si murieras esta
> 
> noche y, en la presencia del Más Alto, fueras pedido a dar una respuesta concerniente
> 
> a esta Causa, ¿qué es lo que dirías?      ¿Podrías decir que habías verdaderamente
> 
> investigado a la nueva Fe y la habías encontrado falsa? ¿O dirías que tenías miedo de
> 
> que quizá fuera verdad, y huiste?"
> 
> Siyyid Muhammad fue sacudido hasta el más hondo de su ser. Él sabía que ya
> 
> no podía decepcionarse a sí mismo, que ya no podía tener la paz hasta que hubiera
> 
> encontrado una solución a los problemas que anonadaban a su alma. Una vez más se
> encerraba en su cuarto para estudiar los signos del advenimiento del Prometido.
> 
> Peinaba las Escrituras Sagradas y los trabajos de los grandes escolásticos religiosos, y
> 
> anotaba sesenta y seis signos que quería discutir. Armado con estos, tocó otra vez la
> 
> puerta de la casa de `Andalib.
> 
> Se reanudaban las sesiones nocturnas entre los dos hombres jóvenes y seguían
> 
> por meses.   Durante este periodo, fue probada muy severamente la paciencia de
> 
> `Andalib, porque Siyyid Muhammad ni terminaba con sus argumentos ni admitía
> 
> que había verdad en lo que su amigo le decía.
> 
> Pasó un año completo desde el día en que Siyyid Muhammad, temeroso por su
> 
> vida, le había venido a advertir del rumor que había oído. Los dos amigos estaban
> 
> sentados en el mismo cuarto en donde se habían empezado sus pláticas, pero un gran
> 
> cambio les había sobrevenido. Hace un año, cada uno de los hombres jóvenes estaba
> 
> totalmente convencido que podía ganar su amigo a su propia Fe.           Ahora, Siyyid
> 
> Muhammad sabía que la fe de `Andalib nunca se podía sacudir, mientras que
> 
> `Andalib había llegado al final de su paciencia con su amigo. "Yo estoy cansado de ti
> 
> y tus argumentos," le dijo por fin a Siyyid Muhammad. "Toma tu camino y déjame
> 
> seguir el mío, porque he dejado de esperar que verás la Verdad."         Para su gran
> 
> sorpresa, respondió Siyyid Muhammad: "¿Debo de confesarte mi fe con palabras, ó es
> 
> suficiente que yo creo en mi corazón?"
> 
> Verdaderamente grande era la alegría que por fin vino a estos dos hombres
> 
> cuya amistad había aguantado pruebas tan severas y estableció un lazo entre ellos que
> 
> nunca podría ser roto.
> PRUEBAS      43
> 
> Siyyid Muhammad tenía diecinueve años cuando abrazó la nueva Causa, y no
> 
> tardó mucho antes de que se puso a prueba su Fe. Su fiel amigo, `Andalib, le había
> 
> advertido ser cuidadoso, y por algún tiempo se contentó con el estudio de cualquier
> 
> de las Escrituras del Báb y Bahá'u'lláh que le podía dar `Andalib, y con el conocer a
> 
> algún bahá'í visitante ocasional que pasaba por Lahján. Estos visitantes eran una
> 
> fuente grande de inspiración para los creyentes en las pequeñas ciudades y pueblos.
> 
> Ellos traían noticias de los bahá'ís de los otros partes de Persia ó, mejor aún, ellos
> 
> traían a veces una copia escrito a mano de una carta recientemente recibida de
> 
> Bahá'u'lláh en Tierra Santa.
> 
> Un día, cuando Siyyid Muhammad estaba en compañía de un grupo de sus
> 
> conocidos, `Andalib entró en el cuarto y silenciosamente puso un pedazo de papel en
> 
> su mano. Era una nota que decía que Samandar** acaba de llegar a Lahján. Siyyid
> 
> Muhammad destruyó inmediatamente la nota y se puso de pie para ir. Él se quedó
> 
> afuera en el patio esperando hasta que `Andalib pudo encontrar una excusa para
> 
> seguirlo, y, juntos se apresuraban a encontrar al recién llegado.
> 
> El huésped distinguido acaba de estar en presencia de Bahá'u'lláh y había
> 
> traído un regalo precioso para Siyyid Muhammad – una carta dirigida a él y escrito
> 
> con la propia letra de Bahá'u'lláh. Esta carta se incendió el fuego que ardía en el
> 
> corazón de Siyyid Muhammad y se quemó los velos que, hasta ahora, habían
> 
> escondido su amor que tenía por su Fe recientemente encontrada. Nada le podía
> mantener en silencio ya. Empezó a discutir la nueva Causa con aquellos quienes él
> 
> pensaba estarían preparados a escuchar y logró en guiar a algunas almas receptivas.
> 
> Pero el riesgo que tomaba era grande y dentro de poco peligraba su vida.
> 
> Muchos de sus amigos le advertían de refrenarse de propagar la nueva Fe
> 
> antes de que llegara a ser denunciado como babí, pero no fueron atendidas sus
> 
> advertencias y pronto Siyyid Muhammad se encontraba confrontado con la oposición
> 
> del cuerpo entero de los estudiantes del madrisih en donde él estaba estudiando
> 
> teología y la ley Islámica y en donde a él, como muchos de sus compañeros
> 
> estudiantes, le fuera dado uno de los cuartos alrededor del patio grande.
> 
> Un incidente, el cual tomó lugar, ayudó a avivar la llama de su enojo en contra
> 
> a Siyyid Muhammad. Algunos de aquellos a quienes él había dado el Mensaje nuevo
> 
> les había insultado repetidamente a las Escrituras del Báb y Bahá'u'lláh, diciendo que
> 
> ningún hombre sensato jamás pensarían que los Autores de estos trabajos podrían ser
> 
> inspirados. Siyyid Muhammad, queriendo probar la ignorancia total y prejuicio de
> 
> esta gente escribió algunos de los pasajes de diferentes partes del Qur'án y, dándoles
> 
> esto, dijo:   "Sean justos, ¿pueden verdaderamente decir que estas palabras no son
> 
> inspiradas y que es un pecado creer en el Autor de estos versos?" Tan ciegos eran en
> 
> su prejuicio que se mofaban de los dichos de su propio Profeta y persistieron en su
> 
> ignorancia, aún cuando Siyyid Muhammad les advertía repetidamente a abrir sus
> 
> ojos y ser justos en su juicio. Al fin, Siyyid Muhammad pidió una copia del Qur'án y
> 
> les señaló los versos, mas en vez de apenarlos hasta callarles, este incidente sirvió para
> 
> aumentar su enojo y hacerles enemigos jurados de Siyyid Muhammad.
> Gradualmente el ambiente en el madrisih llegó a ser tan tenso que Siyyid
> 
> Muhammad decidió llevar las Escrituras sagradas que tenía en su cuarto y confiarlas
> 
> a las manos de uno de los otros creyentes en Lahján. Este amigo le aconsejó salir del
> 
> pueblo antes de que le llegara algún daño, mas nada podía estar más lejos de las
> 
> intenciones de Siyyid Muhammad. "Si yo me voy en este momento," decía, "la gente
> 
> dirá que tenía miedo de apoyar a mi religión. Además, perderé la oportunidad de
> 
> enseñar la Causa a mis propias familiares. Yo debo quedarme en Lahján, no importa
> 
> lo que pase."
> 
> Habiendo entregado las Escrituras a manos confiables, se fue a quedar la noche
> 
> en casa.   Su tío, quien le había cuidado desde la niñez, y en cuya casa estaba
> 
> quedando, se tardaba mucho en llegar aquella noche. Se le dijo a Siyyid Muhammad
> 
> que el Imam Jum'ih, el jefe de los religiosos de la ciudad, le había mandado llamar a
> 
> su tío. Siyyid Muhammad sabía lo que quería decir eso, pero pensó que no era sabio
> 
> mencionar algo acerca del tema a los miembros de la familia. La mañana siguiente,
> 
> sin embargo, cuando se preparaba para salir para el madrisih, su tío le detuvo,
> 
> diciendo: "No te preocupes por asistir a más conferencias. El conocimiento que ya
> 
> has adquirido es suficiente para todos nosotros." Siyyid Muhammad pretendía no
> 
> entender lo que quería decir. "¿Por qué?" preguntaba. "¿Qué es lo que ha pasado?"
> 
> "¡Tu sabes perfectamente bien lo que ha pasado!" replicó su tío.    "¡Tu has puesto
> 
> tontamente en peligro tu propia vida y traído la desgracia sobre nuestro nombre!" "Es
> 
> fácil para ti salvar tu nombre de la desgracia por medio de romper la relación
> 
> conmigo," dijo Siyyid Muhammad, "mas no puedo comportarme como un cobarde."
> Al salir de la casa, Siyyid Muhammad dirigió sus pasos hacia la residencia del
> 
> Imam Jum'ih. Estaban allí dos de sus compañeros estudiantes cuando llegó, pero el
> 
> Imam Jum'ih fue el único quien le devolvió el saludo. Después de que se sentara, el
> 
> anfitrión ordenó a su sirviente preparar la pipa de agua y entonces, volviéndose hacia
> 
> Siyyid Muhammad, dijo: "Yo estoy por salir de la ciudad por un negocio urgente. Yo
> 
> le aconsejo no ir al madrisih hasta que regrese." "¿Puedo saber la razón?" preguntó
> 
> Siyyid Muhammad. "La razón," replico el Imam Jum'ih, "es que han habido ciertos
> 
> rumores acerca de Ud., y sus compañeros estudiantes rehúsan que pongas en
> 
> desgracia el nombre del madrisih en donde estudian. Cuando yo regrese otra vez, yo
> 
> tengo la intención de librar tu nombre de estas acusaciones falsas, pero por ahora
> 
> debes mantenerte lejos del madrisih, para que no pongas en peligro tu vida. Yo ya he
> 
> hablado con tu tío y le dije que no debieras ser permitido salir de la casa; no entiendo
> 
> porque eres tan desairado para con tu propia seguridad."
> 
> Se trajo ahora la pipa de agua, y el Imam Jum'ih procedió a fumar en silencio.
> 
> Entonces el pasó la pipa al hombre que estaba sentado junto, quien, en su turno, fumó
> 
> por unos minutos y la pasó a su amigo. Pero cuando esta persona quiso dar la pipa a
> 
> Siyyid Muhammad, se lo prohibió el Imam Jum'ih con una moción de su mano. Esto,
> 
> en términos claros, le tildó a Siyyid Muhammad como un babí a quien no debiera ser
> 
> permitido manchar lo que iba a ser usado por musulmanes devotos.
> 
> Cuando se puso de pie para salir el Imam Jum'ih, los tres estudiantes fueron a
> 
> asistir a una conferencia a la casa de otro mujtahid. Los otros dos estudiantes, sin
> 
> embargo, no tuvieron nada que ver con Siyyid Muhammad y se adelantaron como
> para no ser vistos con él.
> 
> Todavía no se había empezado la lección cuando llegó Siyyid Muhammad y el
> 
> mujtahid, su maestro, le recibió muy calurosamente, preguntando por su salud y
> 
> bienestar. El discurso del día tenía que ver con los signos de los tiempos a que se
> 
> hacía referencia en los Libros Sagrados, y los estudiantes encontraron muchas
> 
> oportunidades de dirigir sus comentarios sarcásticos a Siyyid Muhammad. Para su
> 
> sorpresa, Siyyid Muhammad también tenía mucho que decir acerca de sus puntos de
> 
> vista sobre el tema aquel día.
> 
> Cuando hubo terminado la lección, Siyyid Muhammad fue invitado a sentarse
> 
> al lado del maestro y, tan pronto que estuviera sentado el mujtahid introdujo la mano
> 
> en el bolsillo de Siyyid Muhammad para investigar su contenido.         No habiendo
> 
> encontrado nada de interés ahí, procedía a esculcar los dobleces de su turbante.
> 
> Después de asegurarse de que no había tampoco ninguno papel escondido allí, se
> 
> volvió a dos de sus estudiantes y preguntó: "¿En donde están las escrituras de que
> 
> hablaron?" "El las debió haber dejado en su cuarto," respondió uno de ellos. Siyyid
> 
> Muhammad, pretendiendo estar completamente inconsciente a lo que se estaban
> 
> refiriendo, preguntó al mujtahid lo que era que esperaba encontrar en su persona.
> 
> "Estos dos hombres," dijo el mujtahid, "vinieron conmigo y dijeron que tu habías
> 
> renunciado a la Fe de tu ilustre Antepasado, el Sagrado Profeta, y te habías juntado
> 
> con los seguidores del Báb y Bahá'u'lláh. Dijeron que tu tenías contigo Sus escrituras
> 
> para leer a otras personas para convertirles a la nueva Fe, y que ya habías logrado
> 
> engañar a un gran número y que si no se hacía nada para pararte, la mitad de la
> población de Lahján llegaría a ser babí en poco tiempo. Yo no podía creer lo que
> 
> decían y les dije que una persona tan inteligente y bien informado como tú nunca se
> 
> dejaría engañar por esta gente. Yo les pedí que dejaran de poner en desgracia tu
> 
> nombre en esta ciudad, y les advertí que sus conversaciones tontas quizá fueran la
> 
> causa del asesinato de un descendiente inocente del Profeta, mas no serían silenciados.
> 
> Ellos dijeron que era mi deber como mujtahid proteger los intereses del islam y
> 
> asegurar que tú no descarrilaras a la gente de Lahján. Eso es porque yo he esculcado
> 
> en tus bolsillos y turbante. Ahora estos hombres deberían avergonzarse de los cargos
> 
> falsos que han levantado en contra tuya. Dame la llave de tu cuarto para que puedan
> 
> revisar aquel lugar también y ver por ellos mismos que no estás escondiendo
> 
> ningunos papeles secretos." Siyyid Muhammad le dio la llave de su caja fuerte,
> 
> diciendo que su cuarto estaba abierto porque esperaba a dos jóvenes quienes venían a
> 
> estudiar con él.
> 
> Los dos niños a quienes Siyyid Muhammad enseñaba en su tiempo libre y
> 
> quienes ahora esperaban su regreso en el madrisih, eran niños bahá'ís quienes habían
> 
> visto a su maestro poner algunas Escrituras sagradas en su caja fuerte.       Ellos no
> 
> sabían que ya las había removido de aquel lugar y llevado a la casa de otro creyente,
> 
> entonces cuando vieron a los hombres entrar al cuarto de Siyyid Muhammad e irse
> 
> directamente a esa caja fuerte, ellos se tiraron sobre la caja y lucharon para mantener
> 
> alejados a los hombres. Tan pronto que se le quitaban a uno de los niños, el otro
> 
> lograría tirarse sobre la caja, y esto irritó más a los hombres quienes de por si ya
> 
> estaban inflamados con el odio hacia Siyyid Muhammad.           Eventualmente se les
> alejaron y se abrió la caja, mas para la sorpresa de todos, la caja estaba vacía. Bien se
> 
> puede imaginar la alegría de los dos niños, pero los hombres estaban tan furiosos que
> 
> saquearon el cuarto y se llevaron todo lo que poseía Siyyid Muhammad.
> 
> Mientras estaba tomando lugar esto en el madrisih, el mujtahid estaba
> 
> tratando de persuadirle a Siyyid Muhammad a hablar mal del Báb y Bahá'u'lláh en
> 
> presencia de los estudiantes reunidos.     "Tus compañeros estudiantes," observó el
> 
> mujtahid, "te acusan de haber dicho que el Prometido ha aparecido." "Hay un grupo
> 
> de personas," replicó Siyyid Muhammad, "quienes creen que el Prometido ha venido
> 
> y como estudiantes de la religión, es nuestro deber investigar el asunto antes de que
> 
> podamos aceptar ó negar la pretensión." "Para mi la falsedad de esta pretensión ya ha
> 
> sido probado," dijo el mujtahid, "y es el deber tuyo seguirme en estos asuntos." "Yo te
> 
> habría seguido alegremente," respondió Siyyid Muhammad, "si no hubiera sido el
> 
> deber esencial de cada musulmán investigar las pretensiones del Prometido por sí
> 
> mismo." Estaba perdiendo la paciencia el mujtahid. "Se te acusa de ser un babí," dijo,
> 
> "y yo te ordeno denunciar los nombres del Báb y Bahá'u'lláh y blasfemar su Fe en
> 
> presencia de todos los que aquí están." "¿Es a Ud. a quien debo de obedecer, ó a Dios?"
> 
> preguntó Siyyid Muhammad. "¿He hablado en contra de la palabra de Dios?" gritó el
> 
> mujtahid. "Dios nos ha prohibido blasfemar a nadie," le recordó Siyyid Muhammad,
> 
> y recitó el versículo dado en el Qur'án.      Ya no podía controlar más su enojo el
> 
> mujtahid. "¿Denunciarás tú ó no a esta gente, perro?" retumbaba. "Tengo miedo,"
> 
> dijo Siyyid Muhammad. Se calmó el mujtahid. "¿De quién tienes miedo?" preguntó.
> 
> "Es a alguien quien está presente en esta reunión?" "Es a Dios de quien tengo miedo,"
> era la respuesta. "Ahora estoy totalmente convencido," dijo el mujtahid furioso, "que
> 
> has renunciado la Fe de tu ilustre Antepasado." Entonces, llamando a su sirviente, le
> 
> pidió que se llevara el `abá y turbante de Siyyid Muhammad para que ya no estuviera
> 
> arropado en los vestimentos honorables de un musulmán religioso. Tan pronto como
> 
> empezó a moverse el sirviente Siyyid Muhammad advirtió: "¡Cuidado! Si tomes tan
> 
> siquiera un sólo paso hacia mi, llegarás a repentirte de ello."     Fue apoderado de
> 
> repente con miedo el mujtahid. "¡Quédate donde estas!" le dijo al sirviente. Entonces,
> 
> volviéndose hacia Siyyid Muhammad, le dijo calladamente:             "Ahora que has
> 
> renunciado la Fe de tu Sagrado Antepasado, deberías guardar la ropa que le
> 
> pertenecía a Su religión." "La Fe de mi Antepasado," respondió Siyyid Muhammad,
> 
> "no tiene nada que ver con mi turbante, el cual yo puedo quitarme yo mismo. ¡Yo
> 
> tenía la esperanza que pidieras quitarme mi cabeza!" Diciendo esto, él se quitó el `abá
> 
> y el turbante, mientras que su caballera larga y negra ahora caía sobre sus hombros.
> 
> Entonces, en el silencio que siguió, él cantaba los versos escritos por uno de los
> 
> Imanes cuando estaba sufriendo persecuciones a las manos de sus enemigos. El efecto
> 
> que estos versos bellos, y también los tonos profundos e impresionantes en los cuales
> 
> fueron entonados, era tal que algunos quienes le escucharon, fueron conmovidos
> 
> hasta las lágrimas.   Mientras salía Siyyid Muhammad de aquella reunión, tomó
> 
> posesión de su ser entero una gran alegría, haciéndole inconsciente al peligro que
> 
> amenazaba su vida.
> 
> Era la intención de Siyyid Muhammad mantenerse lejos de la casa de su tío, a
> 
> no ser que su presencia allí llegara a menospreciar la reputación de su tío entre los
> habitantes de Lahján, mas sus parientes insistieron en que él se quedara con ellos. Su
> 
> tío, mientras tanto, habiendo oído de lo que había pasado después de la conferencia, se
> 
> había apresurado a aquel lugar y reprendido al mujtahid por su comportamiento
> 
> hacia su sobrino. "Su persistencia deliberado," le dijo al mujtahid, "le ha irritado al
> 
> joven y le ha causado ponerse en contra suyo. Ud. no tiene razón de presumir que es
> 
> un babí cuando él, él mismo, no ha hecho tal confesión."
> 
> Aunque no lo quería admitir, sin embargo, el tío de Siyyid Muhammad estaba
> 
> muy consciente del hecho de que a menos que su sobrino denunciara abiertamente a
> 
> los babís y los Autores de su Fe, nada le podía salvar de las consecuencias maléficas
> 
> de los rumores que se extendían rápidamente a través de la ciudad y sus alrededores.
> 
> Al mismo tiempo, dándose cuenta que ni las amenazas ni los castigos podrían
> 
> persuadirle a Siyyid Muhammad de alterar el camino que había tomado, él decidió
> 
> acercarse a él con palabras bondadosas.
> 
> Llegando a su casa, el habló con su sobrino en presencia de unos pocos
> 
> parientes cercanos quienes todos estaban dedicados al joven. Él le recordó a Siyyid
> 
> Muhammad de las esperanzas que atesoraba para su futuro y de las penas que había
> 
> tomado en educarle desde su niñez para que ahora fuera una fuente de confort para
> 
> su tío que se envejecía y quien le heredaría su título y posición después de su muerte.
> 
> Siguió hablando de la envidia de los compañeros estudiantes de Siyyid Muhammad
> 
> en el madrisih, cómo habían esperado una oportunidad para degradarlo ante los ojos
> 
> de otros, y cómo ahora habían encontrado una excusa por medio de la cual podían
> 
> poner en deshonra su nombre y llegar a ser los medios para causar su muerte. "Todo
> lo que pido de ti," le dijo a Siyyid Muhammad, "es hacerle claro a aquellos quienes
> 
> están presentes en esta habitación que estos rumores son infundados, por medio de
> 
> denunciar al Báb."
> 
> Siyyid Muhammad sabía lo que quería decir esto.          Se le estaban pidiendo
> 
> hablar mal de los Fundadores de su Fe para que sus parientes pudieran actuar como
> 
> testigos y llevarle a renegar de su fe en presencia de un mujtahid diferente todos los
> 
> días. Él sacó a su pequeño cuchillo muy afilado y procedió a abrirlo. Uno de los
> 
> hombres se lo quitó de la mano rápidamente. "¿Qué estás haciendo?" le preguntaron
> 
> con asombro. "Estaba por sacarme la lengua," respondió Siyyid Muhammad, "porque
> 
> ni podía desobedecer a mi tío ni podía blasfemar a nadie."
> 
> Las mujeres de la casa, quienes escuchaban y veían lo que pasaba en la
> 
> habitación por detrás de una cortina, no podían soportar que Siyyid Muhammad
> 
> fuera tratado en esa manera. "Uds. harán que pierda completamente la razón si
> 
> siguen de esta manera," le dijeron a su tío. "¿No es suficiente que tiene que sufrir a
> 
> manos de sus enemigos afuera? ¿No puede tener paz en su propia casa? Quizá los
> 
> babís le han dado una droga poderosa que le ha afectado a la mente y ya no puede
> 
> pensar claramente."
> 
> El tío de Siyyid Muhammad agarró la idea de estas mujeres sabias.             "Mi
> 
> sobrino," les dijo a todos, "ha sido drogado por los babís y se ha vuelto loco. Nadie le
> 
> debiera de agraviar su mal con hablarle acerca de estos infieles y su maldita religión."
> 
> Estas palabras, viniendo de un dignatario religioso influyente impidió que Siyyid
> 
> Muhammad fuera matado en Lahján.
> Su vida, sin embargo, llegaba a ser más difícil día a día. Fue tratado como un
> 
> leproso a dondequiera que fuera y musulmanes devotos no se mancharían por tomar
> 
> algo de su mano. `Andalih, su fiel amigo, tuvo que salir de aquella ciudad, y Siyyid
> 
> Muhammad gradualmente se encontraba cortado de sus compañeros creyentes. Él
> 
> estaba sediento de noticias, y anhelaba reunirse con otros bahá'ís. Por fin, decidiendo
> 
> que no podía seguir viviendo en un ambiente que oprimía a su alma por cada lado,
> 
> dejó su ciudad natal, dejando su posición y todas sus posesiones terrenales para buscar
> 
> una nueva vida en Tehrán. **
> UN DOCTOR FAMOSO 44
> 
> La historia de las pruebas y aflicciones con las cuales se enfrentó Siyyid
> 
> Muhammad en Tehrán son demasiados para ser contadas aquí. Por mucho tiempo
> 
> fue visto con suspicacia tanto por los amigos como por los enemigos. Que la gente se
> 
> llegara a sospecharle que era un babí y evitar su compañía era esperado por Siyyid
> 
> Muhammad, pero el ser tratado con indiferencia por sus compañeros creyentes era
> 
> algo del cual no había anticipado y que le causó mucha tristeza. A los bahá'ís, por él
> 
> otro lado, no podían ser culpados totalmente por su conducta hacia él.         Siendo
> 
> perseguidos constantemente por el clero, eran renuentes a dar la bienvenida a alguien
> 
> en medio de ellos, un extraño, quien aparentemente pertenecía a esta clase y quien
> 
> podría delatar sus nombres y su número a sus enemigos.
> 
> La situación, con el tiempo, llegó a ser tan difícil para Siyyid Muhammad que,
> 
> si su fe hubiera sido menos fuerte, no habría podido perseverar por más tiempo. Mas
> 
> probó ser tan inamovible como la montaña ante las calamidades severas que le
> 
> acosaban en aquellos días. Su deseo de enseñar la Causa era tan grande que aún
> 
> cuando tenía que subsistir sin comida suficiente por varios meses, el poco dinero que
> 
> tenía se gastaba principalmente en la compra de te y azúcar y tabaco para la pipa de
> 
> agua, para que pudiera invitar gente a su cuarto en las noches y prepararles a recibir
> 
> el nuevo Mensaje.
> 
> Aunque nunca se vacilaba su corazón en aquellos días difíciles, se debilitaba su
> 
> cuerpo. Muchas veces, mientras yacía enfermo con fiebre y hambre en la esquina de
> su cuarto con su `abá como su único cobertor, pensaba en lo que su tío le había dicho
> 
> mientras se preparaba para dejar las comodidades de su vida en Lahján y buscar un
> 
> destino desconocido en una ciudad extraña en vez de renunciar a su Fe recién
> 
> encontrada. "Yo te puedo ver," le había dicho su tío, "muriendo de hambre y miseria
> 
> en la esquina de un cuarto abandonado, sin ningún amigo a tu lado."
> 
> Mas la vida de Siyyid Muhammad no estaba destinado a terminar de esta
> 
> manera. Viviría y llegaría a ser rico y famoso. Recibiría títulos del Shah y sería
> 
> respetado como uno de los médicos más conocidos de la capital.
> 
> Después de aguantar todo tipo de adversidad en Tehrán, la vida de Siyyid
> 
> Muhammad sufrió gradualmente un cambio.           Pudo ganarse la vida dando clases
> 
> privadas a estudiantes quienes venían con él en las noches, mientras sus días estaban
> 
> dedicados al estudio de la medicina. Entonces, un día, recibió la visita de un bahá'í a
> 
> quien había conocido en su ciudad natal. Este amigo, quien acaba de llegar a Tehrán,
> 
> presentó Siyyid Muhammad al resto de los bahá'ís allí, y les reprendió por haber
> 
> fallado en ver la diferencia entre un hacedor de maldad y una persona quien había
> 
> sacrificado todo lo que tenía por amor a su Fe.      Su asociación con los bahá'ís de
> 
> Tehrán era un punto decisivo en la vida de Siyyid Muhammad.
> 
> Desde ese entonces él tomaba una parte activa en todo lo que emprendían los
> 
> bahá'ís en la capital. Era un miembro de la primera Asamblea Espiritual Local en
> 
> Persia, y era a través de sus esfuerzos, como los de algunos otros, que fue establecida
> 
> la primera escuela bahá'í en Tehrán.
> 
> Mas Siyyid Muhammad nunca olvidó los días cuando yacía enfermo en un
> cuarto vacío, sin nadie para cuidarlo y sin medios para obtener alguna comida, y años
> 
> después, cuando era un doctor famoso, también llegó a ser conocido como un amigo
> 
> de los pobres. No solo daba tratamiento a los necesitados mas también les proveía
> 
> con medicina y comida. Llegó a ser amado y respetado por todos los que le conocían,
> 
> y aún hasta algunos de los que habían evitado previamente su compañía por su
> 
> religión estaban ahora orgullosos de llamarle su amigo.
> 
> Todavía hay personas que viven en Persia quienes se recuerdan a la figura
> 
> majestuoso de Siyyid Muhammad, con los maravillosos ojos bondadosos que atraían a
> 
> tantos hacia él, caminando por las calles en camino a visitar a un príncipe ó un
> 
> limosnero, a asistir a un banquete oficial ó alegrar sus compañeros creyentes en
> 
> prisión. Ellos le recuerdan parado por la tienda del panadero, día tras día durante la
> 
> hambruna, distribuyendo pan a los pobres. También recuerdan cómo, cuando hubo
> 
> una epidemia de tifoidea en Tehrán, la gente juraba que ningún paciente moría quien
> 
> había sido visitado por Siyyid Muhammad, tal fe tenían en sus poderes de curación.
> 
> Un día, mientras Siyyid Muhammad estaba caminando por el mercado, su
> 
> niño quien estaba con él notaba cómo aquellos a quienes encontraban en el camino,
> 
> fueran hombres ó mujeres, ancianos o niños, todos le saludaban a su papá mientras le
> 
> pasaban. "¿Conoces a todas esas personas?" le preguntó a su papa. "No, mi hijo,"
> 
> respondió Siyyid Muhammad. "¿Crees que todos saben quien eres?" inquirió el niño.
> 
> "No, creo que no," era la respuesta.    "Entonces, ¿cómo es," preguntó el niño en
> 
> sorpresa, "que todos a quienes encontramos en las calles te saludan?"          Siyyid
> 
> Muhammad sonrió y dijo: "La razón, mi hijo, es que amo a todos, y probablemente lo
> pueden sentir."
> 
> * El ofrecer la pipa de agua a los huéspedes era la etiqueta acostumbrada.
> 
> Nota:   Uno ó dos puntos mencionados en esta historia vinieron de una charla
> 
> publicada, dado por el hijo de Siyyid Muhammad, el General Nurid-Din `Ala'i, así
> 
> como de algunos incidentes relatados a mi por mi bisabuela, la esposa de Siyyid
> 
> Muhammad.-- G.F.
> MÉTODOS DE ENSEÑANZA 45
> 
> Una vez `Abdu'l-Bahá mandó Siyyid Asadu'llah a enseñar la Fe en Qarabagh,
> 
> una provincia de las Caucáseas, en donde no habían bahá'ís en ese entonces.        El
> 
> Maestro le dijo que no saliera de Qarabagh hasta que hubiera traído a la Fe por lo
> 
> menos a una persona.
> 
> Siyyid Asadu'llah viajó a través de lo largo y ancho de Qarabagh, yendo de
> 
> ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, mas en ninguna parte encontraba a alguien
> 
> con quien podía hablar de la nueva Causa. La gente de Qarabagh no sólo estaban
> 
> empapada en todo tipo de superstición, sino eran también ignorantes de los principios
> 
> más básicos del islam, la Fe que profesaban. Hasta el mismo nombre del Profeta era
> 
> desconocido para la mayoría de la gente. También notaba Siyyid Asadu'llah que la
> 
> mayoría de la gente en Qarabagh llevaban dagas ó cuchillos con los cuales
> 
> confrontarían a cualquiera quien se atrevía a desagradarles con su conversación.
> 
> Después de viajar de lugar en lugar y fallar en encontrar a algún alma a quien
> 
> podía transmitir el Mensaje de Bahá'u'lláh, perdió toda esperanza Siyyid Asadu'llah de
> 
> enseñar en Qarabagh y de mala gana decidió dejar el lugar. Habiendo tomado esta
> 
> decisión, se sentó debajo de un árbol al lado de un riachuelo con agua y pensó en
> 
> tomar su comida antes de partir. Puso su pan sobre un pañuelo abierto en cima del
> 
> suelo ante si, lavó un pedazo de queso y un manojo de uvas que había comprado, y se
> 
> preparó para comer. Mas no estaba en paz su mente y sus pensamientos se reparaban
> 
> en su triste decepción en haber fallado enseñar la Causa en Qarabagh. Sobre todo, se
> preguntaba cómo jamás podría reportar esto a `Abdu'l-Bahá, recordando las palabras
> 
> del Maestro que debía atraer a por lo menos una persona a la Fe antes de salir.
> 
> Descendió gradualmente sobre él un sentido de miseria absoluto y las lágrimas se
> 
> llovían por sus mejillas a su barba larga.
> 
> Era la hora de mediodía y ningún transeúnte interrumpía el silencio del
> 
> sendero, entonces Siyyid Asadu'llah lloraba libremente, no dándose cuenta que estaba
> 
> siendo vigilaba por un tendero del otro lado del sendero. El tendero, Mashadi `Abdil
> 
> por nombre, fue tocado por el estado en el cual veía a Siyyid Asadu'llah y,
> 
> acercándose, inquirió acerca de la causa de su tristeza. Esta pregunta, viniendo de un
> 
> total extraño, sólo ayudó a aumentar las lágrimas de Siyyid Asadu'llah, y no pudo dar
> 
> una respuesta.    Mashadi `Abdil fue grandemente conmovido; le rogó a Siyyid
> 
> Asadu'llah que confiara en él, jurando hacer todo en su poder para remover el fardo
> 
> que tanto abrumaba su corazón. A esto Siyyid Asadu'llah replico tristemente: "No es
> 
> fácil remover la causa de mi tristeza y yo no veo cómo nadie me puede ayudar a
> 
> resolver mi dificultad." Mashadi `Abdil dijo: "Yo soy un hombre de honor y juro por
> 
> mi palabra que haré cualquier cosa que puedo para ayudarte. ¿Estás en necesidad de
> 
> dinero? ¿Tienes que pagar alguna deuda? ¿O quizá tienes un enemigo? Confía en mi
> 
> y no tengas miedo." Al fin, Siyyid Asadu'llah, impresionado por la sinceridad del
> 
> hombre, dijo: "Lo que tengo que decir, no se puede decir aquí en la calle." Mashadi
> 
> `Abdil inmediatamente condujo Siyyid Asadu'llah a su vivienda y allí, en la
> 
> privacidad de su casa, se le dio muy gradualmente el Mensaje del Nuevo Día, y se le
> 
> dijo porque Siyyid Asadu'llah estaba tan triste al pensar ne dejar Qarabagh esa tarde.
> Mashadi `Abdil era puro de corazón y versado en el Qur'án y las Tradiciones
> 
> así que no tenía mucha dificultad en aceptar la Verdad. Pero tan pronto que había
> 
> creído en la nueva Fe que pensó en anunciar públicamente el advenimiento del
> 
> Prometido a toda la gente en Qarabagh. En vano le advertía Siyyid Asadu'llah acerca
> 
> de las consecuencias de tal acto.    En vano le rogaba que buscara por las almas
> 
> receptivas antes de entregar el Mensaje. "Yo conozco a mis paisanos," dijo Mashadi
> 
> `Abdil. "Todos son gente sencilla quienes no fallarán en ver la Verdad. No tengo
> 
> ninguna duda que aceptarán al Prometido cuando oyen de Su advenimiento."
> 
> Siyyid Asadu'llah, habiendo perdido toda esperanza de persuadir a Mashadi
> 
> `Abdil de tomar un curso más sabio de acción, le pidió refrenarse de hacer mención de
> 
> su recién encontrado Fe por lo menos dos días durante los cuales él podía ser
> 
> instruido en las enseñanzas y dado pruebas suficientes por las cuales podía satisfacer
> 
> a otros de la verdad de la nueva Causa.
> 
> Durante el transcurso de estos dos días Siyyid Asadu'llah le enseñó a Mashadi
> 
> `Abdil la historia y enseñanzas de la Fe, le señaló las pruebas lógicas por las cuales
> 
> podía establecer la verdad de la Causa, se refirió a ciertas pasajes que se podían
> 
> encontrar en el Qur'án y las Tradiciones concernientes a los Mensajeros Gemelos
> 
> Quienes habían aparecido. En el tercer día se despidió de Mashadi `Abdil y salió de
> 
> Qarabagh, después de advertirle a su amigo una vez más que la manera en que había
> 
> escogido traer el mensaje de la nueva Fe a la atención de la gente en su ciudad no era
> 
> sabio y no lograría el resultado deseado.
> 
> Mashadi `Abdil sin embargo, estaba lleno de confianza. El decidió anunciar el
> advenimiento de la nueva Era el siguiente día en el mercado cuando se reunía una
> 
> gran muchedumbre, tanto de los pueblos circunvecinos como de la ciudad misma, en
> 
> una plaza grande para vender su mercancía ó comprar sus requerimientos para la
> 
> semana.
> 
> Llegó el día señalado y Mashadi `Abdil se subió a una plataforma en medio de
> 
> la plaza en donde todos le podían ver. Le llamó en voz alta a la multitud a que se
> 
> acercara y, como era una persona muy conocida en la ciudad, se reunía
> 
> inmediatamente muchas personas para oír lo que tenía que decir. Mashadi `Abdil
> 
> llamó una y otra vez hasta que todos dejaran su trabajo y vinieron a oírle.     "Yo
> 
> testifico que no hay Dios sino Dios," comenzó Mashadi `Abdil.      "Yo testifico que
> 
> Muhammad es el Mensajero de Dios y que `Alí, el Comandante de los Fieles, es el
> 
> Guardián de la Causa de Dios." Entonces recitó una poema en alabanza del Profeta y
> 
> los Imanes, después de la cual él agregó:    "Les traigo las buenas nuevas que el
> 
> Prometido ha aparecido de Shiraz..." No pudo llegar más lejos porque el primer golpe
> 
> de la multitud le tumbó inconsciente.
> 
> Cuando abrió los ojos Mashadi `Abdil, encontró que yacía en un lugar extraño
> 
> y no podía mover ni un miembro. Su audiencia no le había perdonado de ninguna
> 
> manera, golpeándole hasta que pensaran que estaba muerto. Algunos parientes le
> 
> habían amarrado entonces a un caballo y le habían traído secretamente a un escondite
> 
> seguro afuera de la ciudad, dejando sólo un amigo cercano para quedarse con él hasta
> 
> que recobrara la consciencia.
> 
> Tan pronto como pudo reunir sus pensamientos se dio cuenta Mashadi `Abdil
> de lo que había pasado y se acordó de las advertencias repetidas de Siyyid Asadu'llah.
> 
> Entendió ahora la sabiduría de las palabras de su maestro y decidió aceptar el consejo
> 
> que había dado. Volviéndose hacia el amigo fiel quien ahora estaba sentado a su lado,
> 
> le preguntó qué era lo que le había pasado y porqué yacía en aquel lugar extraño. Su
> 
> amigo le recordó de su discurso en el mercado pero Mashadi `Abdil negó todo el
> 
> incidente, diciendo: "Es imposible que yo dijera tal cosa. ¿Como me puedes acusar de
> 
> conducta tan tonta?" Su amigo, pensando que ó bien había perdido la memoria ó bien
> 
> que una locura le había sobrevenido en la plaza del mercado, no hizo ninguna
> 
> referencia más al incidente.
> 
> Cuando Mashadi `Abdil eventualmente podía regresar a su trabajo, este amigo
> 
> se sentaba afuera de su tienda por algunos días y susurraba a todos quienes pasaban
> 
> que no hicieran mención de lo que había pasado en presencia de Mashadi `Abdil
> 
> porque no había tenido uso de sus facultades mentales cuando había hablado a la
> 
> multitud y que ahora ya se había olvidado todo acerca del incidente.
> 
> Mashadi `Abdil, mientras tanto habiendo llegado a ser más sabio a través de
> 
> su experiencia triste, trataba de   seguir las instrucciones de Siyyid Asadu'llah y
> 
> buscaba almas puras a quienes él podía entregar el Mensaje que la multitud había
> 
> rechazado. No pasó mucho tiempo antes de que podía confiar en un amigo, y luego
> 
> en unos pocos otros.     Gradualmente un grupo pequeño fue formado, quienes se
> 
> reunían muy secretamente para tener reuniones y discutir la Causa. No era posible
> 
> para ellos, sin embargo, esconder su Fe indefinidamente y se susurraba que Mashadi
> 
> `Abdil en verdad se había llegado a ser un babí y que estaba secretamente ocupado en
> convertir a otros a la nueva Fe.
> 
> Un día este rumor fue traído a la atención de Hasan Big, un hombre
> 
> renombrado por su intrepidez de manera y de quien se sabía que desenvainaría su
> 
> daga por el mas ligero pretexto. El, además, pertenecía a un tribu muy conocido e
> 
> influyente con quien nadie quería cruzarse el camino. Después de ser informado que
> 
> Mashadi `Abdil había se había convertido en babí, también se le dijo a Hasan Big que
> 
> aquellos quienes aceptaban esta nueva Fe negaban la existencia de Dios y
> 
> denunciaban al Profeta y los Imanes, mencionando con falta de respeto sus nombres.
> 
> Tan enojado estaba Hasan Big por lo que oyó que salió inmediatamente a localizar a
> 
> Mashadi `Abdil.
> 
> Mashadi `Abdil estaba sentado en su tienda como si nada cuando la figura de
> 
> Hasan Big, con daga desenvainada, apareció en el umbral.        "¿Es verdad, Mashadi
> 
> `Abdil," tronaba la voz de Hasan Big, "que Ud. es un babí y que no tiene ningún
> 
> respeto por el Profeta y nuestros Imanes?" Mashadi `Abdil no tenía ninguna duda de
> 
> que la hora de su muerte estaba cerca, mas de alguna manera persuadió a Hasan Big a
> 
> sentarse y escuchar lo que tenía que decir. Le dijo que los bahá'ís creían en Dios y el
> 
> Profeta Muhammad, y que tenían el más gran respeto por todos los Imanes. Le
> 
> siguió con decirle más acerca de la Fe y, para su sorpresa, escuchaba Hasan Big con
> 
> gran interés.
> 
> Pasó una hora, luego dos, y todavía Mashadi `Abdil hablaba y Hasan Big
> 
> escuchaba. Pasaron tres horas. Hasan Big, quien había venido con Mashadi `Abdil
> 
> con una daga en la mano esa mañana, se levantó para ir al mediodía, firmemente
> convencido de la verdad de la nueva Causa.
> 
> Habiendo aceptado la Fe, él ahora sacó su daga una vez más y entró en el
> 
> mercado. "¡Escúchame, oh gente!" llamó. "¡Escucha lo que tengo que decir! Mashadi
> 
> `Abdil es en verdad un babí, también lo son algunos otros..." Procedió a nombrarles
> 
> uno por uno.      "¡Es más, yo mismo he aceptado hoy la nueva Fe, y yo juro
> 
> solemnemente que quienquiera se atreva a insultarle a Mashadi `Abdil ó a cualquier
> 
> otro compañero creyente sentirá el punto de mi daga!"
> 
> Nadie se atrevió a provocar el desagrado de Hasan Big, y así, por fin, los bahá'ís
> 
> en Qarabagh podían confesar su Fe y traerla a la atención de otros.
> 
> Nota: Los dos hijos del amigo fiel de Mashadi `Abdil, quien se había quedado
> 
> con él y le había cuidado después de la golpiza que había recibido, también se
> 
> convirtieron en bahá'ís.
> EL CENTRO BAHÁ’Í          46
> 
> Cuando los bahá'ís de Qarabagh por fin pudieron reunirse sin miedo            de
> 
> persecución, y un número de otras personas estaban inquiriendo acerca de su Fe, ellos
> 
> decidieron que necesitaban un Centro adecuado para sus reuniones. Sin embargo los
> 
> pocos lugares que pudieron encontrar no eran adecuados para el propósito ó mucho
> 
> más caro de lo que podían pagar.
> 
> Había un lugar en particular que todos pensaban que sería un Centro Bahá'í
> 
> ideal. Era un edificio bello que se estaba construyendo en una buena ubicación – pero
> 
> por supuesto jamás podrían pagarlo. Dadash `Amu, un apostador renombrado estaba
> 
> construyendo ese lugar como una casa de apuestas y esperaba ganar una fortuna con
> 
> ella. Los bahá'ís no tenían ninguna esperanza de conseguir el edificio a menos que
> 
> ocurriera un verdadero milagro.
> 
> Muy extrañamente ocurrió el milagro. Dadash `Amu se hizo bahá'í antes de
> 
> que se terminara el edificio, y lo donó como el primer Centro Bahá'í en Qarabagh.
> "¡TIENES RAZÓN!"           47
> 
> Mashhadi `Abdil, quien era conocido como bahá'í a dondequiera que fuera en
> 
> Qarabagh, pasaba por casualidad por un pueblito un día cuando un hombre le paró,
> 
> diciendo: "Venga conmigo a la mezquita, si se atreve, para que el sacerdote puede
> 
> refutar sus argumentos en frente de todos los poblanos, y hacer que dejen de
> 
> escucharle la gente pobre y sencilla."
> 
> Mashadi `Abdil le siguió al hombre a la mezquita grande llena de gente. Tan
> 
> pronto que se hubieran traspasado la puerta, cuando el compañero de Mashhadi
> 
> `Abdil le llamó al sacerdote y dijo: "¡Le he traído a un babí!" Mashhadi `Abdil se
> 
> preguntaba qué tipo de respuesta evocaría tal revelación. Para su sorpresa, el Mullá,
> 
> quien estaba sentado encima del púlpito con un turbante enorme en su cabeza,
> 
> empezó a tocar su rosario y decir: "Alabado sea Dios, alabado sea Dios, alabado sea
> 
> Dios..." Esto seguía por tanto tiempo que Mashhadi `Abdil, perdiendo la paciencia,
> 
> decidió hacer a un lado las reglas de la etiqueta y ser el primero en hablar. "¿Puedo
> 
> yo tener el honor de saber su nombre, reverendo sacerdote?" dijo en Turco, el idioma
> 
> nativo de los poblanos. Hizo una pausa el Mullá, entonces tosió nerviosamente y
> 
> dijo: "Me llamo Mullá Usup." Mashhadi `Abdil sabía inmediatamente que de su
> 
> acento y la mal pronunciación del nombre Yusuf que el hombre era uno de los
> 
> charlatanes iletrados quienes a veces venían de Persia y pretendían ser clérigos en
> 
> estos lugares lejanos para poder conseguir casa y comida gratis y juntar dinero de los
> 
> poblanos sencillos. "Yo me siento muy aliviado al saber quien es Ud.," dijo Mashhadi
> `Abdil, y el charlatán, dándose cuenta que no iba a poder engañar al recién llegado,
> 
> dijo en su idioma natal: "Por el amor de Dios, no me delates en frente de esta gente."
> 
> "No te delataré," replicó Mashhadi `Abdil, también hablando en Farsi (Persa), para que
> 
> nadie pudiera entender, "pero te tienes que prometer estar de acuerdo con todo lo que
> 
> yo diga." "Yo te lo prometo." dijo el charlatán.
> 
> Mashhadi `Abdil, dirigiéndose al Mullá en Turco esta vez, para que la
> 
> congregación pudiera seguir su conversación, dijo: "Yo les he estado diciendo a esta
> 
> gente que los musulmanes están esperando el advenimiento de un gran Maestro;
> 
> ¿estoy correcto ó incorrecto?" "¡Tiene razón!" fue la respuesta inmediata. "Yo les digo
> 
> que cuando aparezca este gran Maestro, quizá los musulmanes sean los primeros en
> 
> denunciarle y empezar a perseguirle; ¿estoy bien?"       La cabeza con el turbante se
> 
> asintió varias veces su acuerdo. "También les he dicho," siguió Mashhadi `Abdil, "que,
> 
> de acuerdo con las profesías definitivas escritas en las Escrituras Sagradas del islam,
> 
> los peores enemigos del Prometido serán los clérigos musulmanes; ¿estoy bien ó mal?
> 
> "¡Tiene razón, tiene razón!" proclamó el sabio desde el púlpito.
> 
> Mashhadi `Abdil, volviéndose ahora hacia el hombre quien le había llevado a
> 
> la mezquita, dijo: "¿Ud. ve como su sacerdote honrado está de acuerdo con todo lo que
> 
> digo?" El hombre sólo podía mirarle atónito mientras se puso de pie Mashhadi `Abdil
> 
> para salir del lugar.
> UN MAESTRO ILETRADO Y SU ESTUDIANTE LETRADO 48
> 
> Un grupo de eruditos se paró en el taller de un hombre pobre e iletrado para
> 
> reparar la herradura de un asno que montaban. Estos dignatarios del islam estaban
> 
> en camino para visitar a un santuario sagrado que estaba más allá de las puertas de
> 
> Tehrán y que tenía el hábito de visitar cada viernes.
> 
> Pero este viernes iba a ser diferente que los otros días porque entre aquellos
> 
> quienes entraron al taller del herrero estaba Abu’l-Fadl, quien iba a llegar a ser uno
> 
> de los eruditos del mundo bahá’í y el hombre que trabajaba la herradura del asno era
> 
> aquel quien estaba destinado a rendir los velos de la tradición las cuales envolvía la
> 
> mente de Abu’l-Fadl tanto que le prevenían de investigar la nueva Causa.
> 
> “¿Es verdad, Oh erudito ministro,” le preguntó el herrero a Abu’l-Fadl mientras
> 
> trabajaba en la herradura del asno, “que está escrito en nuestras tradiciones que cada
> 
> gota de agua es traído a la tierra por un ángel del cielo?” “Sí,” replicó Abu’l-Fadl, “es
> 
> verdad.”
> 
> El herrero procedió con su trabajo. Agarró un clavo y lo clavo en su lugar.
> 
> Entonce dijo: “He oído que, de acuerdo con nuestras tradiciones, ningún ángel jamás
> 
> entra una casa en donde hay un perro. ¿Existe en verdad tal tradición?” “Si, la hay.”
> 
> contestó Abu’l-Fadl. El herrero clavó el último clavo y dijo: “Presumo que ninguna
> 
> gota de agua jamás cae en un lugar en donde hay un perro.”
> 
> Abu’l-Fadl se sintió caliente con vergüenza y pena cuando se dio cuenta de que
> 
> un hombre iletrado tenía que señalarle la conclusión obvia que se tenía que sacar de
> dos bien conocidas tradiciones.   Mientras dejaba el taller y se reunió con sus
> 
> compañeros uno de ellos dijo: “El hombre con que estabas hablando es un babí.”
> 
> Aquella misma noche Abu’l-Fadl empezó a investigar la nueva Fe.
> LA PRUEBA FINAL           49
> 
> Cuando Abu'l-Fadl empezó a investigar la Fe Bahá'í, tenía muchas preguntas
> 
> que hacer concernientes los problemas que le perplejaban, mas siendo justo, estaba
> 
> preparado a aceptar las respuestas lógicas que le fueran dadas, aun cuando los bahá'ís
> 
> con quienes tenían contacto al principio eran mucho menos educados que él.
> 
> Cuando todavía estaba involucrado en investigar la Fe, Abu'l-Fadl, un día, se
> 
> encontró discutiendo la Causa en la casa de un dignatario religioso famoso en donde
> 
> algunas otras personas también estaban presentes. El clérigo importante, orgulloso de
> 
> su posición, atacó la Fe y trató de menospreciarla ante los ojos de sus huéspedes,
> 
> mientras Abu'l-Fadl, produciendo los primeros frutos de su propia investigación, dio
> 
> respuestas convincentes que él mismo había recibido a argumentos similares.        El
> 
> expresó sus puntos de vista con tanta entusiasmo y sinceridad que su huésped pensó
> 
> que era bahá'í.
> 
> Incapaz de refutar los argumentos sabios de Abu'l-Fadl, el dignatario religioso
> 
> trató de silenciarle por medio de asustarle. "¡Escúchame Abu'l-Fadl!" dijo con una voz
> 
> autoritario. "Hay una manera de probar la falsedad de la verdad y esa es por medio
> 
> de producir un milagro. Si Ud. está convencido de la verdad de esta Causa, tráiganos
> 
> un milagro para probarlo, ¡ó de otro modo yo mismo haré un milagro para probarle
> 
> de su falsedad!" "Yo estoy muy endeudado para con Ud. por lo que dice," replicó
> 
> Abu'l-Fadl afanosamente, "porque Ud. se ha ofrecido resolver mi dificultad. "Yo, de
> 
> acuerdo con mi obligación como musulmán, he empezado a investigar esta Fe y ahora
> encuentro muy difícil denunciarla como falsa aunque no estoy completamente
> 
> convencido de su verdad y por lo tanto no estoy en posición de producir un milagro
> 
> para probar esto. Es mi deber religioso seguir mi búsqueda hasta que haya llegado a
> 
> alguna conclusión definitiva y me haya satisfecho de su verdad ó falsedad. ¡Ahora
> 
> Ud. se ofrece poner fin a mis esfuerzos arduos con producir un milagro que probará
> 
> inmediatamente la falsedad de esta Causa! Verdaderamente estaré endeudado con Ud.
> 
> por el resto de mi vida."
> 
> El pobre clérigo no había anticipado que tomaran este curso los eventos. Se
> 
> puso de pie inmediatamente y se preparó para salir de la reunión.      Abu'l-Fadl se
> 
> agarró de la orla de su vestimento y le rogó quedarse. "¿Por que nos deja Ud.?" dijo.
> 
> "¡Le ruego no salga hasta que nos hayas mostrado el milagro!" Pero el dignatario
> 
> religioso, susurrando algo al efecto de que había otro hombre en el pueblo quien
> 
> podía hacer milagros, se salió apresuradamente para tomar refugio en una sección del
> 
> pueblo reservado para las mujeres.
> `ABU'L-FADL EN CASA 50
> 
> Uno de los muchos amigos y admiradores de ‘Abu'l-Fadl nos ha relatado lo
> 
> siguiente:
> 
> "Yo estaba en Samarqand cuando ‘Abu'l-Fadl vino a ese pueblo y, estando
> 
> ansioso para servir a tal personaje noble, arreglé quedarme en la misma casa con él.
> 
> Consternado, encontré que él no me dejaba hacer nada para él, pero insistió que él, él
> 
> mismo, debía servirme a mi. Él dijo: `Me tienes que prometer dos cosas: primero,
> 
> que nunca trates de hacer ningún trabajo para mi, y segundo, ¡que nunca tocarás mi
> 
> cuchillo!'
> 
> "Cada mañana, después de decir sus oraciones, ‘Abu'l-Fadl prendía el fuego de
> 
> carbón, hervía el agua en el samovar y preparaba el te. Entonces traía todo al cuarto
> 
> y servía el desayuno, después del cual me iba a mi oficina y él se sentaba a escribir ó a
> 
> estudiar. Yo le dije: `¿Cómo puedo yo sentarme aquí ocioso mientras Ud. hace todo el
> 
> trabajo?' Él sonrió y dijo: `Yo soy él quien se beneficia de este arreglo porque yo tengo
> 
> una oportunidad de servirle a uno de los siervos de Bahá'u'lláh.'
> 
> "Un día, cuando ‘Abu'l-Fadl había salido del cuarto para calentar el samovar, yo
> 
> vi su cuchillo sobre la mesa. Lo vi y me preguntaba porqué me había dicho que no lo
> 
> tocara. Lo agarré y probé el filo que estaba tan afilado que me corte inmediatamente.
> 
> Lo regresé rápidamente, vendé el dedo sangriento con mi pañuelo y me senté en mi
> 
> lugar. "Cuando entró ‘Abu'l-Fadl, me echó un vistazo y se echó a reír.
> 
> `¿No te advertí de ese cuchillo?" dijo.
> Otro relato...
> 
> Muchos de los amigos de `Abu'l-Fadl, quienes estaban enterados de la vastedad
> 
> de su conocimiento, siempre estaban ansiosos de ir con él con preguntas sobre varias
> 
> temas. ‘Abu'l-Fadl recibió graciosamente a tales personas en las tardes pero estaban
> 
> dedicadas sus mañanas a la escritura y al estudio. Una vez, cuando estaba quedando
> 
> en Tierra Santa, un grupo de mujeres occidentales, con quienes no podía comunicarse
> 
> muy bien porque no hablaban su idioma, venían a su cuarto cada mañana y le
> 
> tomaban mucho de su tiempo. Un día, sin embargo, cuando tocaron su puerta las
> 
> mujeres, no recibieron respuesta.    Tocaron una segunda vez, y todavía no había
> 
> respuesta. Sabían que ahí estaba `Abu'l-Fadl, entonces tocaron una y otra vez. Por fin
> 
> oyeron su voz desde dentro: "¡`Abu'l-Fadl no está aquí!" les anunció dulcemente en
> 
> ingles. Se echaron a reír las mujeres, y él también se unió a su risa. No sabemos el fin
> 
> del cuento, pero esperamos que se le dejaran en paz al estudioso a atender a su trabajo
> 
> de las mañanas.
> EL "MULLA BAHÁ’Í"         51
> 
> Se difundió la fama de ‘Abu'l-Fadl en Hamadán en donde se había estado
> 
> quedando por algún tiempo. La gente ignorante hablaba de él como el mullá de los
> 
> bahá'ís, y el gobernador del pueblo, esperando que fuera tan rico como un mullá
> 
> musulmán, le arrestó en el nombre de un bahá'í.
> 
> La docena de hombres que fueron enviados a traerle ‘Abu'l-Fadl de su casa
> 
> estaban muy decepcionados al ver que no había nada que podían saquear del único
> 
> cuarto ocupado por este "mullá bahá'í".     Todas sus pertenencias, que eran unos
> 
> cuantos artículos de ropa y algunos libros y papeles, fueron juntados y fueron
> 
> llevados junto con él.
> 
> Fue encarcelado ‘Abu'l-Fadl en la casa del alguacil principal de Hamadán.
> 
> Durante las dos semanas que estaba allí enseñó la Fe Bahá'í a su guardia, quien llegó a
> 
> ser un creyente devoto, mientras el mismo alguacil principal, quien escuchaba
> 
> frecuentemente al discurso de ‘Abu'l-Fadl con su guardia desde un cuarto adjunto,
> 
> llegó a ser un gran amigo de la Causa y un admirador ardiente de su prisionero.
> 
> Después de una quincena, el alguacil principal reportó al gobernador,
> 
> asegurándolo que Abu'l-Fadl era una persona inofensivo y, lo que era más importante
> 
> para el gobernador, que no tenía ni un centavo a su nombre.          Por lo tanto, era
> 
> permitido salir de la prisión con la condición de que también debiera salir de
> 
> Hamadán.
> 
> El guardia que fuera enseñado por ‘Abu'l-Fadl durante su encarcelamiento llevó
> el nuevo Mensaje a la gente de su propio pueblo en donde se estableció una
> 
> comunidad bahá'í fuerte.
> UN SIERVO ÚNICO           52
> 
> ‘Abu'l-Fadl, quien había dedicado su tiempo y talentos al servicio de la Fe que
> 
> amaba tanto, llegó a estar extremadamente deprimido después de la ascensión de
> 
> Bahá'u'lláh, tanto que se quedaba mucho tiempo solo con su tristeza, preguntándose
> 
> qué pasaría a la Causa de Bahá'u'lláh ahora y quién guiaría a Sus seguidores.
> 
> Después de algún tiempo recibió una carta de `Abdu'l-Bahá, pidiéndole
> 
> levantarse una vez más y servir la Causa de su Bienamado y no estar descorazonado
> 
> porque Bahá'u'lláh había dejado a esta tierra, pero siempre cuidaría de Su Fe y la
> 
> protegería. `Abdu'l-Bahá explicó cómo la Causa de Dios, lejos de debilitarse, crecía en
> 
> fuerza y florecía después de la ascensión de Sus Mensajeros porque la gente del
> 
> mundo muchas veces no podía reconocer al Mensajero de Dios mientras estaba con
> 
> ellos en la tierra y era sólo después de que les hubiera dejado que llegaran a ver los
> 
> signos de Su grandeza.    Esta carta del Maestro llenó a ‘Abu'l-Fadl con celo fresco y
> 
> él salió de su retiro para nunca jamás dejar el campo de servicio. Pero después de que
> 
> hubiera ido a la Tierra Santa y visitado a `Abdu'l-Bahá, él estaba tan lleno de tal
> 
> devoción para con el Maestro que cantaba las alabanzas de `Abdu'l-Bahá a
> 
> dondequiera que fuera.     Hablaba del amor desbordante del Maestro tanto hacía
> 
> amigos como enemigos. Contaba cómo, en las secciones más pobres de Accá y en las
> 
> esquinas mas pobres de la prisión, hombres y mujeres quienes estaba privados de
> 
> todas las bondades de la vida esperaban sus pasos y derivaban bendiciones de la
> 
> resolana de Su presencia. Hablaba de la majestuosidad como la de un rey de `Abdu'l-
> Bahá y de Su gran humildad; de Su conocimiento, Su paciencia y generosidad; de Su
> 
> dulzura y Su humor maravilloso. Una señora americana, quien conoció a ‘Abu'l-Fadl
> 
> mientras él estaba en América y le había oído hablar de `Abdu'l-Bahá, ha dicho: "Un
> 
> día, después de que le había escuchado a ‘Abu'l-Fadl hablar del Maestro, yo fui con él
> 
> y dije: `Yo no puedo imaginar que nadie pueda ser más sabio, más puro y amoroso
> 
> que Ud., mas siempre nos está diciendo de `Abdu'l-Bahá. ¡Cómo debe de ser Él Quien
> 
> ha creado tal admiración en su corazón!' `Abu'l-Fadl me miró y dijo: `Nadie le puede
> 
> describir adecuadamente. Si alguna vez le conoces a `Abdu'l-Bahá, ¡verás que no soy
> 
> digno ni siquiera para ser su siervo!' Muchas veces pensé en estas palabras hasta la
> 
> hora cuando el Maestro vino a América y yo tuve el privilegio de conocerle a Él yo
> 
> misma. Sólo entonces me dí cuenta lo que quiso decir ‘Abu'l-Fadl.
> HOMICIDIO EN ISHQABAD 53
> 
> Haji Muhammad-Rida estaba pasando por el mercado en Ishqabad cuando fue
> 
> atacado por dos rufianes y matado allí mismo. Más que quinientas personas estaban
> 
> parados por ahí y le vieron ser apuñalado – ¡no una sola vez, sino treinta y dos!
> 
> La mayoría de aquellos quienes vieron a Muhammad-Rida ser martirizado
> 
> aquel día pertenecían a la población shía* de `Ishqabad quienes habían hecho
> 
> complots en contra de los bahá'ís por mucho tiempo, esperando que podían empezar
> 
> persecuciones aquí como en Persia. Ellos había escogido a Muhammad-Rida, quien
> 
> era muy amado y respetado entre los bahá'ís, como su primer víctima.     El   gobierno
> 
> del Zar era rápido en agarrar a los dos asesinos y llevarlos a la prisión en donde
> 
> debían esperar su juicio, mas tan feroz era el odio de los mercaderes en el mercado
> 
> que ninguno de los bahá'ís se atrevía a acercarse al cuerpo de su compañero creyente
> 
> y yacía sobre el camino por varias horas. Un hombre joven valiente eventualmente
> 
> salió y, entre las mofas, las burlas y maldiciones de la gente que le rodeaban, puso el
> 
> cuerpo sobre sus propios hombros y lo llevó a un lugar de seguridad de donde fue
> 
> llevado en secreto, en las altas horas de la noche, y enterrado fuera del pueblo.
> 
> Mientras tanto los shias amenazaban con matar a unos veinte y cuatro otros
> 
> bahá'ís.     Ellos enviaron mensajes a Persia, pidiendo al clero por su apoyo y
> 
> difundiendo rumores que el Gobierno Ruso no tenía jurisdicción sobre los
> 
> musulmanes en `Ishqabad porque eran ciudadanos persas. La mayoría de la gente
> 
> ignorante y fanática de entre ellos fue eventualmente incitada por unos cuantos
> enemigos maliciosos de la Causa quienes difundían los reportes falsos usuales acerca
> 
> de los bahá'ís y sus creencias, -- hicieron todo intento de mantener inflamado el fervor
> 
> religioso hasta que se hubieran desembarazado de los bahá'ís de `Ishqabad.           Los
> 
> bahá'ís mostraron una valentía extraordinaria mientras seguían con sus negocios en el
> 
> pueblo, pero ya para el segundo día después del martirio de Muhammad-Rida,
> 
> cuando un número de rufianes se habían armado y estaban preparando para atacar a
> 
> otros bahá'ís, se hizo evidente que debían de buscar la protección del gobierno. Unos
> 
> cuantos, cuyas vidas estaban en peligro inmediata, fueron a ver al gobernador. Él les
> 
> recibió con bondad y escuchó su apelación. Después de que le hubieron explicado la
> 
> situación, el gobernador dijo: "Me han dicho que Muhammad-Rida, siendo un bahá'í,
> 
> ha maldicho a los Imanes de los musulmanes, y los dos hombres, no pudiendo
> 
> soportar más el insulto, le habían apuñalado en su enojo. ¿Es verdad que los bahá'ís
> 
> no tienen ningún respeto por los líderes del islam?" "Nosotros hemos estado viviendo
> 
> entre Uds. por un número de años," respondieron los bahá'ís, "y tenemos muchos
> 
> amigos cristianos en este país.    Ud. les debe de preguntar si jamás nos han oído
> 
> proferir una palabra irrespetuosa acerca de los líderes religiosos del islam, porque si
> 
> fuéramos a hablar mal de los Imanes en frente de los musulmanes, ¿no hablaríamos
> 
> más libremente en la presencia de los cristianos quienes no creen en ellos?" Ellos
> 
> entonces explicaron que esto era un truco que se había usado en Persia por muchos
> 
> años porque era una de las maneras más fáciles para incitar a una muchedumbre en
> 
> contra de los bahá'ís. Ahora que la gente de Persia empezaba a conocer el respeto que
> 
> los bahá'ís tenían por los líderes de todas las religiones, los enemigos de la Fe estaban
> probando este truco en `Ishqabad.             El día siguiente trajo un cambio en el
> 
> ambiente de la ciudad.               Las autoridades gubernamentales empezaron una
> 
> investigación y muchos cristianos quienes estaban muy enterados de las crueldades
> 
> que se habían infligido en los bahá'ís por la población musulmana salieron para
> 
> derramar la luz sobre la verdadera situación. Un número de enemigos de la nueva
> 
> Fe, temerosos de las consecuencias, huyeron de la ciudad. Algunos de los principales
> 
> instigadores del complot en contra de los bahá'ís fueron encontrados y encarcelados,
> 
> mientras otros buscaban refugio en Persia, desde donde, respaldados por algunos del
> 
> clero, mandaban mensajes amenazadoras a los bahá'ís en `Ishqabad y difundían
> 
> rumores de cómo este ó aquel gran personaje iba a ser enviado desde Persia para
> 
> llevar los bahá'ís de `Ishqabad (la mayoría ciudadanos de Persia) en cadenas a su
> 
> propio país. Los musulmanes tomaron varias medidas para asustar a los bahá'ís y
> 
> forzarles a salir de `Ishqabad, pero los bahá'ís pusieron su confianza en Dios y se
> 
> quedaron, aunque no sabían qué les iba a pasar de un día para otro.
> 
> Por fin, habiéndose terminado las investigaciones preliminares en `Ishqabad, el
> 
> reporte del gobernador fue enviado al capital y en su debido tiempo se recibió
> 
> instrucciones. Iba a haber una corte militar lo que quería decir que el fallo de la corte
> 
> sería final y que no se podía hacer apelaciones.        Ni siquiera el Zar mismo podía
> 
> cambiar el fallo de una corte militar. Inmediatamente se difundió esta información
> 
> por toda la ciudad y se llenó cada corazón con temor porque nadie podía decir lo que
> 
> sería el resultado de este juicio.    Acerca de ciento cincuenta personas fueron llamados
> 
> a asistir a la corte, y el día del juicio vio una conmoción como casi jamás fuera visto en
> `Ishqabad. El juicio duró por tres días, mientras el ambiente de la corte se ponía más
> 
> y más tenso con cada hora que pasaba, hasta que un sentimiento de condena se
> 
> difundió por sobre la población entera de la ciudad. La decisión de los jueces todavía
> 
> no había sido anunciado cuando una persona irresponsable salió de la sala de la corte
> 
> y le dijo a un amigo que a los prisioneros musulmanes se les iba a libertar. Esta
> 
> información se difundió inmediatamente por el mercado y salieron de sus tiendas y
> 
> casas los musulmanes para celebrar la ocasión. Ellos se reunieron en grupos para dar
> 
> la bienvenida a los prisioneros e infligieron sufrimientos incontables a los bahá'ís a
> 
> quienes encontraban en su camino. Pero dentro de una hora, cuando el veredicto
> 
> verdadero de los jueces fuera anunciado se turnó su júbilo en tristeza. A los dos
> 
> homicidas de Haji Muhammad-Rida se les había sentenciado a la horca. El clérigo
> 
> quien había denunciado a los bahá'ís desde su púlpito y le había incitado a la
> 
> muchedumbre a levantarse en contra de ellos había recibido la sentencia de un exilio
> 
> de por vida a Siberia; tres de los hombres quienes habían hecho el complot en contra
> 
> de los bahá'ís fueron sentenciados a quince años de encarcelamiento en Siberia; y un
> 
> cuarto hombre fue sentenciado a un año y cuatro meses en prisión, después del cual
> 
> debiera de salir de Rusia. Al gobernador residente en `Ishqabad, sin embargo, le fue
> 
> dado el derecho de reducir la severidad de las sentencias, si así lo quería. Solo dos de
> 
> aquellos quienes había sido arrestados fueron encontrados inocentes y puestos en
> 
> libertad.    Tan pronto como se cerrara la corte, los prisioneros mandaron mensajes
> 
> a sus parientes, rogándoles pedir a los bahá'ís intervenir de parte de ellos y suplicarle
> 
> al gobernador para reducir sus sentencias. Una delegación de clérigos musulmanes
> vinieron a rogarles a los bahá'ís quienes respondieron generosamente y prometieron
> 
> hacer lo que pudieran. Abu'l-Fadl, quien estaba en `Ishqabad en aquel entonces, y
> 
> otro bahá'í bien conocido, quienes habían visto al gobernador después del martirio de
> 
> Haji Muhammad-Rida para pedir protección para los bahá'ís, salieron a verle una vez
> 
> más. El gobernador fue profundamente conmovido cuando oyó que los bahá'ís les
> 
> habían mandado para hacer una petición de parte de sus opresores. "¿Si un bahá'í le
> 
> hubiera matado a un musulmán en `Ishqabad," dijo "no habrían sido masacrados
> 
> todos los bahá'ís en Persia ya para ahora? Mas Uds. están preparados para perdonar a
> 
> estos asesinos ¡y me piden reducir su castigo!      Aunque admiró grandemente sus
> 
> sentimientos," el agregó, "yo no les puedo prometer nada por el momento."        El día
> 
> siguiente, sin embargo, se le hizo saber a la gente de la ciudad que el gobernador
> 
> había acortado las sentencias del los encarcelamientos en Siberia, aunque no había
> 
> mostrado nada de misericordia hacía los dos quienes habían matado a Muhammad-
> 
> Rida, y ya se había fijado el día para su ahorcamiento.      Mientras el día fijado se
> 
> acercaba, se les sacó a los asesinos para erigir su propio ahorca afuera de la prisión y
> 
> para escavar un hoyo profundo debajo de el con sus propios manos. Era una visión
> 
> lastimosa y se entristecían muchos corazones al pensar en la muerte terrible que les
> 
> esperaba a los hombres desafortunados. El día fatal vio a cientos de curiosos reunidos
> 
> afuera de la prisión para ver el evento terrible. Los ahorcas fueron rodeados por un
> 
> círculo de soldados y se tomaron precauciones para controlar a la muchedumbre, pero
> 
> habían muchos ojos que centellaban con enojo y labios que susurraban maldiciones
> 
> en contra de los bahá'ís, a quienes se les culpaban por lo que iba a acontecer a los dos
> Musulmanes.         Un clérigo hizo los últimos ritos y el verdugo había puesto la
> 
> cuerda alrededor de los cuellos de los víctimas cuando una voz se irrumpió en el
> 
> silencio como una tumba que había descendido sobre la muchedumbre. Un orden
> 
> había sido recibido del gobernador y se le estaba leyendo en voz alta. La gente de
> 
> `Ishqabad fueron informada así que cómo los bahá'ís mismos habían apelado al
> 
> gobernador y le habían rogado perdonar la vida de los dos hombres quienes habían
> 
> matado a su amigo y compañero creyente, el gobernador, habiendo decidido honrar a
> 
> este acto noble, había cambiado la sentencia de muerte a quince años de
> 
> encarcelamiento en Siberia. Por primera vez en la historia de la Fe Bahá'í, se les había
> 
> llevado a la corte a los perseguidores implacables de sus seguidores y habían recibido
> 
> castigo por sus crímenes.
> 
> *Una secta de Islam.
> REUNIONES EN TEHRAN              54
> 
> La llegada de un peregrino de Tierra Santa* siempre ha sido un gran evento
> 
> para los bahá'ís en Persia. Desde muy temprano en la mañana hasta altas horas de la
> 
> noche el peregrino está rodeado con amigos ansiosos quienes anhelan escuchar cada
> 
> fragmento de noticia y oír todas las experiencias maravillosas que su compañero
> 
> creyente ha tenido durante su peregrinaje.         Se celebran reuniones en donde
> 
> multitudes de bahá'ís se reúnen desde lejos y cerca para conocer al peregrino bendito
> 
> quien les trae buenas nuevas de la Tierra Santa.
> 
> Esto es verdad aun hasta hoy cuando docenas de peregrinos regresan a Persia
> 
> cada año. Uno puede imaginar como debía haber sido en los días de Bahá'u'lláh y
> 
> `Abdu'l-Bahá cuando solo unos cuantos afortunados podían tener el privilegio de
> 
> visitar a la Tierra Santa y llevar de regreso las noticias del Bienamado de cientos de
> 
> amantes esperanzados a través de Persia. Pero a los bahá'ís de allá nunca se les ha
> 
> sido permitido por las autoridades celebrar reuniones ó aun juntarse libremente en las
> 
> casas privadas para reunirse unos con otros. En los días de Bahá'u'lláh y el Maestro
> 
> las restricciones fueron mucho más severas, y el menor indiscreción de parte de los
> 
> bahá'ís traía toda forma de persecución.
> 
> Durante semejante tiempo un muy distinguido maestro de la Fe, Mirza
> 
> Mahmud-i-Furughi, llegó a Tehrán después de una larga estancia con `Abdu'l-Bahá.
> 
> Las noticias de su llegada se difundieron inmediatamente entre los creyentes, quienes
> 
> en su ansia por recibir las noticias acerca del Maestro, se olvidaron de toda cautela y
> se reunieron en números grandes para ver a Furughi. Era de interés para los amigos
> 
> cada cosa pequeña que había visto u oído durante su peregrinaje, pero más que esto, él
> 
> les había traído mensajes maravillosos e inspiradoras del Maestro Mismo. Estos eran
> 
> como el soplo de vida a aquellos quienes los oyeron; les llenó con entusiasmo y coraje
> 
> frescos para servir a la Causa y traer felicidad al corazón de su Maestro bienamado.
> 
> Crecían en tamaño las reuniones; ningún precio parecía demasiado para pagar por la
> 
> alegría de escuchar los mensajes de `Abdu'l-Bahá.
> 
> Los enemigos de la Causa, quienes siempre estaban en alerta, ahora estaban
> 
> llenos de enojo al ver la audacia con la cual se reunían los bahá'ís para ver a un
> 
> peregrino de Tierra Santa. Ellos no perdieron tiempo en llevar esto a la atención del
> 
> Príncipe Kamran Mirza*, el viceregente, llenándolo sin duda, con graves presagios
> 
> con respecto de las intenciones de los bahá'ís. Kamran Mirza inmediatamente pidió
> 
> a algunos de sus sirvientes buscar más información acerca de las reuniones. Estos
> 
> hombres lograron averiguar en donde se estaban reuniendo los bahá'ís un cierto día y
> 
> les siguieron a un jardín solitario para averiguar su número. No tuvieron dificultad
> 
> en hacer esto porque solo tenían que contar los pares de zapatos que se habían
> 
> quitado en la entrada del lugar de la reunión. ¡Habían casi novecientos pares!
> 
> Estas noticias fueron suficientes para causarle a Kamran Mirza la más grande
> 
> ansiedad. ¿Podrían los bahá'ís estar haciendo un complot en contra del gobierno?
> 
> ¿Estarían planeando derrocarlo sus enemigos?        Él decidió mandar por Furughi y
> 
> averiguar de él en persona. Furughi recibió el mensaje calmadamente pero el resto de
> 
> los bahá'ís estaban muy preocupados.      Muchos de ellos le rogaron no ir porque
> anticiparon gran peligro esperándole en la casa de Kamran Mirza.         Furughi, sin
> 
> embargo, no conocía el miedo y salió para visitar al viceregente. Uno de los bahá'ís,
> 
> con el nombre de Khammar, quien era conocido por su valentía y quien era además
> 
> famoso por la vida salvaje e imprudente que había llevado antes de su reciente
> 
> conversión a la Fe, acompañó a Furughi y caminó en frente, agarrando a la brida de
> 
> su caballo.
> 
> En la puerta de la mansión del viceregente, le dijeron a Furughi que estaba
> 
> muy ocupado Kamran Mirza y que no podía reunirse con él hasta el día siguiente.
> 
> Regresó el día siguiente y recibió el mismo mensaje: el príncipe estaba ocupado con
> 
> asuntos importantes y no le podía ver ese día. Furughi no sería aplazado y uno de
> 
> sus amigos comentó:
> 
> "Los cazadores siempre han perseguido su presa:
> 
> No hay nada extraño en eso;
> 
> Es chistoso ver por fin a la presa,
> 
> ¡Persiguiendo al cazador temible!"
> 
> Furughi regresó una tercera vez, acompañado por el fiel Khammar. Esta vez le
> 
> recibió el príncipe, exclamando: "¡Que hombre tan valiente!"
> 
> La apariencia exterior de Furughi, en sí mismo, era suficiente para persuadir a
> 
> cualquier de su total falta de miedo. Vestido en la ropa de un escolástico, tenía el
> 
> rostro bien parecido y una barba negra y cerrada.        Sus ojos penetrantes podían
> centellar con fuego a veces, y su voz, si se alzaba, podía despertar el miedo en
> 
> cualquier corazón.
> 
> Kamran Mirza le recibió con cortesía. Él pidió que se extendiera una alfombra
> 
> para ellos en el jardín y que se sirviera una charola de lechuga con miel agridulce, de
> 
> acuerdo con la costumbre persa. Entonces, volviéndose hacia Furughi, dijo: "Dígame,
> 
> ¿en verdad es Ud. un babí?" "Yo no soy babí," era la respuesta, "Soy bahá'í, y también
> 
> lo eran mi madre y padre." Esto era la introducción a una conversación larga sobre la
> 
> Fe.   Una vez, cuando Kamran Mirza se refirió a Bahá'u'lláh en una manera
> 
> desrespetuosa, centellaron los ojos de Furughi con enojo.        "Ud.    debería estar
> 
> avergonzado de sí mismo," le dijo al príncipe, "al mencionar el nombre del Mensajero
> 
> de Dios de esta manera desrespetuosa."      Entonces, extendiendo la mano hacia el
> 
> cuchillo que se había traído con la lechuga, grito: "Deme ese cuchillo para que pueda
> 
> cortarme la garganta y dejarle tomar la sangre de un bahá'í por la cual esta sediento
> 
> Ud." Tuvieron un profundo efecto sus palabras y se cuidó el príncipe de no herir sus
> 
> sentimientos ya más.
> 
> Eventualmente tocó el tema de la reunión grande de bahá'ís que había llegado
> 
> al conocimiento de Kamran Mirza y expresó su preocupación que los bahá'ís causaran
> 
> perturbaciones en el país. "Se celebran nuestras reuniones para prevenir la maldad,"
> 
> le contestó Furughi, "porque tenemos todo tipo de gente en esta Fe y a menos que se
> 
> les recuerde de las enseñanzas de Bahá'u'lláh y sus deberes como ciudadanos pacíficos
> 
> y leales del país en donde residen, no podemos estar seguros de que algún individuo
> 
> mal informado no llegara a ser la causa de desórdenes en el país. Esto si ocurrió una
> vez en los días tempranos de la Fe cuando un joven babí quien era ignorante con
> 
> respeto de las enseñanzas del Báb hizo un atentado contra la vida de Su Majestad el
> 
> Shah.    Mas tal comportamiento nunca ha sido repetido entre nosotros porque los
> 
> bahá'ís están recordados continuamente en nuestras reuniones que, de acuerdo con las
> 
> enseñanzas de Bahá'u'lláh, deberán ser obedientes al gobierno y respetar a las
> 
> autoridades de la tierra." Las palabras de Furughi produjeron el efecto deseado. "Yo
> 
> no sabía de sus intenciones," dijo Kamran Mirza. "Ahora que estoy seguro, pueden
> 
> tener tantas reuniones como desean."
> 
> Se puso de pie para salir Furughi para llevar las noticias maravillosas con los
> 
> creyentes. Mientras caminaba hacia la puerta del jardín, una figura salió en frente de
> 
> él por detrás de un árbol. Era Khammar. "¿Por qué motivo estabas escondido aquí?"
> 
> preguntó Furughi con sorpresa. "Yo no sabía lo que tenía en mente Kamran Mirza
> 
> para Ud.," dijo Khammar, "entonces le estaba apuntando con mi pistola para estar
> 
> preparado en caso de que quisiera dañarte. Entonces, como un pensamiento posterior,
> 
> inquirió: "¿Cree Ud. que Dios me hubiera perdonado si habría disparado contra
> 
> Kamran Mirza bajo tales circunstancias?" "Para decirte la verdad," replicó Furughi,
> 
> "yo no sé, pero le prometo conseguir la respuesta de `Abdu'l-Bahá."
> 
> La respuesta de `Abdu'l-Bahá fue dada de una manera muy interesante, pero
> 
> eso es, en si mismo, otro cuento. Terminaremos esto por decir que los bahá'ís, cuando
> 
> oyeron de la visita de Furughi con Kamran Mirza, no necesitaban más aliento para
> 
> sus reuniones.    Por una vez, por lo menos, podían reunirse para escuchar a un
> 
> peregrino de Tierra Santa con pleno permiso de las autoridades.
> *La palabra "Mirza" al final de un nombre es un título dado a los descendientes
> 
> de la dinastía Qajar.
> EL MILAGRO          55
> 
> Entre la gente a quien los bahá'ís de Badkubih había hablado de la Fe había un
> 
> hombre quien decía que solo tenía una sola dificultad en aceptar la Causa. Él estaba
> 
> de acuerdo con todo lo que sus amigos bahá'ís le habían dicho y no podía encontrar
> 
> una sola falla con lo que creían. Todo lo que necesitaba para hacer de él un bahá'í
> 
> confirmado, decía él, era ver hecho un milagro ante sus ojos.
> 
> Los bahá'ís, por supuesto, no sabían que hacer con él. Ninguna cantidad de
> 
> razonamiento parecía tener efecto. "Yo sé que todo lo que dicen es verdad," les decía,
> 
> "pero debo de ver un milagro con mis propios ojos antes de que pueda ser
> 
> verdaderamente satisfecho mi corazón."
> 
> Ocurrió que Furughi, el maestro bahá'í famoso, estaba visitando a los amigos de
> 
> Badkubih en ese entonces, y se le platicaron acerca de ese hombre. "Tráiganmelo para
> 
> conocerle algún día," dijo Furughi, "y veremos lo que se puede hacer." Esperaban los
> 
> bahá'ís que Furughi, cuya personalidad dinámica y poderosa voz nunca fallaban en
> 
> impresionar a aquellos con quienes se enfrentaba cara a cara, podría lograr que su
> 
> amigo entrara en razón, entonces arreglaron que alguien le condujera a la casa de
> 
> Furughi.
> 
> Cuando llegaron los dos visitantes, encontraron a Furughi absorto en sus
> 
> devociones diarias y, no queriendo molestarle, se sentaron silenciosamente mientras
> 
> su anfitrión, inconsciente de su presencia en el cuarto, continuaba con su oración. La
> 
> sinceridad con la cual oraba era muy conmovedora. Era la esencia de la humildad
> mientras se postraba en el suelo, mientras lágrimas corrían por su rostro mientras lo
> 
> elevaba en adoración. A veces cantaba los versos en su voz rica y fuerte, y a veces
> 
> casi no se podían oír las palabras cuando se las susurraba a si mismo.
> 
> Paso mucho tiempo antes de que terminara Furughi y se volvió a ver a los
> 
> visitantes. A uno de ellos que le conocía; fijando los ojos penetrantes en el otro, dijo:
> 
> "¿Es Ud. la persona quien quiere ver un milagro?"          "No...No Sr.," balbuceaba el
> 
> hombre en respuesta. "Yo...yo no quiero ver ningún milagro." "¿Entonces cual es su
> 
> dificultad en aceptar a la Causa de Bahá'u'lláh?" demandó Furughi. "Nada, Sr.," fue la
> 
> pronta respuesta. "Yo estoy muy convencido de la verdad de esta Fe, y me considero
> 
> como bahá'í desde hoy en adelante."
> 
> El amigo quien había traído este hombre para conocerle a Furughi no podía
> 
> creer sus oídos. ¿No era éste el mismo hombre que había expresado repetidamente
> 
> que nada sino un milagro hecho ante sus propios ojos le podía satisfacer? ¿No era el
> 
> mismo hombre a quien todos los bahá'ís en Badkubih habían fracasado en convencer
> 
> con cada argumento lógico en que podían pensar? Casi no podía esperar hasta que
> 
> hubieran salido de la casa de Furughi y estuvieran en la calle a solos. "¿Que le pasó?"
> 
> le preguntó entonces a su amigo.         "¿Porqué de repente perdió toda interés en
> 
> milagros?" "Para decirle la verdad," era la respuesta, "yo no tenía ninguna duda que el
> 
> personaje sagrado que yo vi podía hacer cualquier milagro que quisiera y yo no me
> 
> atreví a disgustarle por medio de pedirle una demostración... Además, estaba tan
> 
> impresionado con la manera en que oraba que no podría pedir más pruebas acerca de
> 
> la verdad de esta Causa.
> EL RETO DESDE EL PÚLPITO 56
> 
> La gente de Yazd, instigada por sus sacerdotes fanáticos, han mostrado gran
> 
> enemistad hacia los bahá'ís, y han sido responsables por el martirio de muchos
> 
> creyentes.
> 
> Un día un dignatario influyente de esta ciudad le dijo a la congregación que se
> 
> había reunido para escuchar a su sermón en la mezquita, que los bahá'ís habían
> 
> logrado descarriar hacia su Fe a solo los más sencillos e ignorantes; nunca se atrevían
> 
> a acercar a gente como él porque sabían muy bien que no podrían refutar a los
> 
> argumentos de los sabios y serían avergonzados.
> 
> Los bahá'ís de Yazd no sabían que hacer con este mujtahid, especialmente
> 
> porque continuaba retándoles públicamente desde su púlpito en la mezquita. Por fin
> 
> decidieron escribir a Tehrán y pedir la ayuda de sus compañeros creyentes en la
> 
> capital.   Cuando Furughi oyó de esto, anhelaba salir para Yazd y confrontarlo al
> 
> mujtahid en frente de sus propios apoyadores. Esto era una tarea cerca de su corazón,
> 
> pensaba él, pero `Abdu'l-Bahá ya le había pedido ir a Khurasán, y otra persona
> 
> tendría que ser mandado a Yazd.
> 
> Furughi estaba a punto de salir por Khurasán y ya había empacado la silla de
> 
> su mula cuando se le entregaron una telegrama. Era del Maestro ¡instruyéndole ir a
> 
> Khurasán vía Yazd!      Inmediatamente escribió una carta a los bahá'ís de Yazd,
> 
> diciéndoles que ya estaba en camino para conocerle al mujtahid.
> 
> Uno de los bahá'ís quien conocía al gobernador de la ciudad pensaba que era
> sabio informarle de la situación antes de la llegada de Furughi para que se enterara de
> 
> lo que pasaba. El gobernador estaba muy perturbado por las noticias y les rogó a los
> 
> bahá'ís escribirle a Furughi para pedirle que ignorara el reto del mujtahid y
> 
> mantenerse lejos de una entrevista tan peligrosa. Furughi, sin embargo, habiendo
> 
> recibido las bendiciones de `Abdu'l-Bahá para su visita a Yazd, no iba a ser desviado
> 
> por otra persona. Le escribió a su amigo bahá'í en Yazd una respuesta notable, partes
> 
> de la cual son como siguen:
> 
> "Es imposible para mi no cumplir con esta reunión con el mujtahid y yo estoy
> 
> muy preparado para las consecuencias. No afirmaré mi conocimiento de ningún otro
> 
> bahá'í en Yazd ni busco ayuda de su gobernador. Iré directamente a la puerta de la
> 
> mezquita y si alguien me preguntare quién soy y de dónde vengo, diré que he caído
> 
> del cielo y que tengo un mandado que hacer con el mujtahid. Si el mujtahid estuviera
> 
> dispuesto a escuchar a un argumento lógico e inteligente, razonaré con él, pero si
> 
> quiere que pruebe mi Fe por otros medios, pediré que suba hasta la cima del minarete
> 
> conmigo de donde ambos podemos caer para ver cuál de los dos podemos descender
> 
> sin daño; o mandaré hacer una fogata en medio de la plaza central de la ciudad y,
> 
> tomándole al mujtahid por la mano, le conduciré por la conflagración flameante para
> 
> ver cuál de los dos puede salir de las flamas sin ser quemado..."
> 
> Se le mostró esta carta al gobernador quien estaba atónito por la fe asombrosa
> 
> de Furughi y le admiraba grandemente su espíritu sin miedo. "Yo mandaré a dos de
> 
> mis sirvientes," dijo, "para encontrarle a este hombre fuera de Yazd y conducirle en
> 
> seguridad a mi propia casa; entonces veremos lo que se puede hacer acerca de esta
> reunión con el mujtahid."
> 
> Llegó Furughi a Yazd como el huésped del gobernador. Después de su llegada,
> 
> el gobernador mismo escribió al mujtahid, afirmando que, como había retado
> 
> públicamente a los bahá'ís a mandar por alguien para hablar con él acerca de su Fe,
> 
> un bahá'í erudito y sin miedo había sido enviado desde Tehrán para reunirse con él
> 
> con el permiso de las autoridades gubernamentales. También incluyó el gobernador
> 
> en su carta al mujtahid la comunicación interesante que se había recibido de Furughi,
> 
> escrito en camino de Yazd. El mujtahid inmediatamente respondió para decir que no
> 
> se sentía lo suficientemente bien como para reunirse con Furughi, y que estaría muy
> 
> agradecido si el gobernador mismo le diera una respuesta satisfactoria.
> 
> Furughi se quedó en Yazd por algunos días para ver si el mujtahid pudiera
> 
> juntar valentía suficiente como para reunirse con él, pero el dignatario religioso
> 
> pretendía estar enfermo, aún cuando le mando el gobernador un segundo mensaje
> 
> después de algunos días. Entonces Furughi pidió a sus compañeros creyentes arreglar
> 
> una reunión grande a la cual cada bahá'í en Yazd podría llevar a un amigo no-bahá'í.
> 
> Cuando se habían reunidos todos, Furughi les habló acerca de la Causa, y entonces les
> 
> dijo cómo el mujtahid, quien había retado repetidamente a los bahá'ís desde su
> 
> púlpito, ahora había rehusado verle. Les pidió a aquellos quienes estaban presentes
> 
> en esa reunión informarles a los otros de la verdad del asunto para que ya no
> 
> escucharan al mujtahid si jamás se atreviera a repetir su reto.
> EL TURNO DE FURUGHI              57
> 
> "¿Has sido golpeado por amor a la Causa?" le preguntó `Abdu'l-Bahá a Furughi
> 
> un día. "Todavía no, mi Maestro," respondió Furughi. "Tu sabes que a Su Santidad
> 
> el Báb y a Bahá'u'lláh ambos fueron golpeados," le dijo el Maestro, "y yo también he
> 
> tenido mi parte." Furughi sabía que pronto iba a ser su turno.
> 
> No era mucho después de eso que, regresando a Persia, se le pidió a Furughi
> 
> hacer un matrimonio bahá'í en Abadih, un lugar cerca a Shiraz.          Se quejaron
> 
> inmediatamente los mullás de Abadih con el gobernador. "Los bahá'ís, dijeron, "ahora
> 
> se han puesto tan audaces como para hacer su ceremonia matrimonial de acuerdo con
> 
> las nuevas costumbres, ¡las cuales están en contra de las leyes del islam! Tal
> 
> insolencia no puede ser tolerado. A menos que se asegura el gobernador que se les
> 
> castigue inmediatamente, nosotros mismos tendremos que encargarnos del asunto."
> 
> El gobernador, temiendo que se produjera una gran conmoción por los
> 
> fanáticos, mandó a dos de sus sirvientes a traerle a Furughi a su presencia.
> 
> Inmediatamente se reunió una muchedumbre en las calles y en las azoteas, armados
> 
> con palos y piedras, esperando una excusa para atacar a este bahá'í famoso. Pero,
> 
> como Furughi estaba acompañado por los sirvientes del gobernador, ninguno se
> 
> atrevió a levantarle la mano en contra suya hasta que pasó por un madrisih por
> 
> casualidad en donde enseñaban teología y ley islámica los dignatarios religiosos.
> 
> Aquí, uno de los dignatarios se aventó de repente y, agarrando la barba de Furughi
> 
> con una mano, le pegó en la cabeza y rostro con la otra. "¿Qué están esperando, Uds.
> cobardes?" les gritó a aquellos quienes estaban parados por allí. No necesitaba más
> 
> aliento la muchedumbre; ellos le atacaron a Furughi desde todos lados, aquellos
> 
> quienes estaban parados en las azoteas tirándolo polvo y cenizas en la cabeza. Pero
> 
> antes de que le pudieran hacer un daño serio, fue rescatado de la muchedumbre por
> 
> un grupo de soldados armados quienes le condujeron al gobernador.
> 
> Ahora, pasó que mientras Furughi estaba en Tehrán, había visitado al Primer
> 
> Ministro y, habiéndole encantado con su manera elocuente e impresionante de
> 
> hablar, le habían contado de los muchos enemigos con los cuales topaba cuandoquiera
> 
> viajaba en Persia. "La única cosa que me puede salvar de sus manos," le había dicho
> 
> al Primer Ministro, "es una carta firmada por su Alteza, instruyéndoles a los oficiales
> 
> gubernamentales protegerme de las maquinaciones de mis enemigos en las diferentes
> 
> partes del país." El Primer Ministro le había dado la carta que había pedido y ahora
> 
> Furughi se la mostró al gobernador de Abadih.
> 
> El gobernador, sin embargo, tenía poderes limitados cuando el clero se le
> 
> opusiera, entonces le aconsejó a Furughi salir de la ciudad inmediatamente y mandó
> 
> dos de sus jinetes a acompañarlo a un pueblo cercano.
> 
> Mientras pasaban por la puerta que conducía hacia afuera de la ciudad, una
> 
> mujer que había llegado a saber que se le iban a llevar a Furughi por ahí, le tiró un
> 
> montón de cenizas desde lo alto. Aunque no lo supo, esta mujer le salvo la vida por
> 
> lo que hizo, porque las cenizas les cegaron los ojos de los mullás fanáticos quienes
> 
> estaban esperando detrás de las puertas para dispararle contra Furughi mientras
> 
> pasaba por ahí. Estos dos hombres más tarde le visitaron a Furughi en el pueblo y
> después de largas discusiones, ambos fueron impresionados con los argumentos de
> 
> Furughi y gradualmente se convencieron de la verdad de la Causa.
> 
> La golpiza que Furughi había recibido a manos de la muchedumbre en Abadih
> 
> fue solo el comienzo de muchas otras penurias que sufriera por amor a la Causa. Pero
> 
> las soportaba a todas con gran valentía, y se deleitaba en el hecho de que a él también
> 
> le había sido llamado para sufrir calamidades en el sendero de su Bienamado. Una
> 
> vez, cuando fuera mal herido por dos hombres jóvenes que habían sido enviados para
> 
> dispararle en su cuarto, le encontraron sus amigos cubierto con sangre, pero
> 
> extremadamente feliz y cantando las palabras de Bahá'u'lláh: "Si tu meta sea atesorar
> 
> tu vida, no te acerques a Nuestra Corte; mas si el sacrificio sea el deseo de tu corazón,
> 
> ven y deja que vengan otros contigo. Porque tal es el sendero de Fe, si en tu corazón
> 
> tu buscas reunión con Bahá; si rehusaras hollar este sendero, ¿porqué nos molestas?
> 
> ¡Vete!
> EL MAGO 58
> 
> Parecía que Furughi tenía una vida encantada. A pesar de los muchos peligros
> 
> por las cuales había pasado, y los varios atentados que se habían hecho contra su vida,
> 
> todavía se iba enseñando la Fe después de cuarenta años.
> 
> A mucha gente se le había ofrecido mordidas para que mataran a este famoso
> 
> bahá'í en un tiempo u otro, pero de alguna forma lograba escaparles en cada ocasión.
> 
> Una vez, cuando se estaba quedando en su pueblo natal, un mujtahid sedicioso
> 
> sucedió en excitar toda su congregación contra Furughi. Se habían llegado las noticias
> 
> de cómo se le había matado a un bahá'í en otro lugar, y el mujtahid, subiendo al
> 
> púlpito y tirando su turbante como signo de indignación, gritó a los pueblerinos
> 
> reunidos: "¿No se podrá encontrar hombría en este lugar? ¿No han oído cómo los
> 
> defensores valientes de islam han despedazado a un maldito bahá'í?        ¿Por cuánto
> 
> tiempo más tolerarán a estos infieles en medio de Uds.? ¿Por cuanto tiempo estarán
> 
> sentados Uds. cobardes, viendo a ese perro de bahá'í descarriar a la gente de su propio
> 
> pueblo?" Seguía y seguía hasta que obtuviera el resultado deseado y su congregación
> 
> juró que despedazaría a Furughi, miembro por miembro.
> 
> Mientras la muchedumbre, gritando y sangrienta, se abalanzaban sobre la casa
> 
> de Furughi como una inundación enojada, soltada de repente, la gente juraba que ya
> 
> estaba destinado a morir esta vez. La Providencia, sin embargo, había decretado de
> 
> otra manera, y antes de que la muchedumbre pudiera alcanzar su destino, otro
> 
> mujtahid, tan influyente como el primero, apareció en el escenario. "¡Se dan cuenta de
> lo que están haciendo, gente tonta!" gritó. "Este hombre a quien han venido para
> 
> matar no es un babí ordinario. Él tiene muchos amigos entre los oficiales altos del
> 
> país, y hasta el Primer Ministro mismo está listo para apoyarle. Si algo le pasara,
> 
> ¡ninguno de Uds. podría escapar con su vida!" El peligro inmediato enfrentándoles en
> 
> este mundo les parecía más real a la muchedumbre decepcionado que los deleites del
> 
> paraíso prometido por el primer mujtahid si lograran matar al babí, entonces se
> 
> dispersaron sin ganas a sus hogares, y le dejaron a Furughi seguir sin ser molestado.
> 
> En otra ocasión, los enemigos desesperados de Furughi decidieron enlistar la
> 
> ayuda de un criminal notorio, con nombre de Siyyid Hasan, quien era el líder de un
> 
> grupo de criminales y era temido por todos en la vecindad. "Dios les perdonará a
> 
> todo pecado que hayan cometido en sus vidas," le aseguraron a Siyyid Hasan, "si se
> 
> comprometen a hacer el acto meritorio de matar a este maestro bahá'í." Siyyid Hasan,
> 
> determinado de ganar el beneplácito del próximo mundo tanto como este empezó a
> 
> planear cuidadosamente. Cuando todo estaba listo, mandó a uno de sus hombres para
> 
> traerle a Furughi de su casa después de la puesta del sol y llevarle a un lugar afuera
> 
> del pueblo.
> 
> Furughi mismo abrió la puerta. "¡Salga de ahí inmediatamente!" le ordenó el
> 
> hombre. "Siyyid Hasan ha mandado por Ud." Furighi sabía lo que esto quería decir,
> 
> pero sin levantar más objeción preguntó:     "¿Podría esperar un momento mientras
> 
> consigo mi capa y bastón?" "¡Por supuesto que no!" respondió rudamente el hombre.
> 
> "Venga inmediatamente como esté."       Apenas había terminado su pedido cuando
> 
> empezó una gran conmoción en la calle. Dos de los otros hombres de Siyyid Hasan,
> quienes acaban de llegar a caballo, estaban siendo desensillados por sus caballos que
> 
> parecían haberse vuelto locos. Los animales relinchaban nerviosamente, pateaban y
> 
> se alzaban de una manera temible, y sus jinetes tenían gran dificultad en caerse en la
> 
> tierra sin sufrir daño. Los hombres estaban completamente atónitos por lo que había
> 
> pasado porque los caballos habían estado muy mansos y no se veía nada en la calle
> 
> que posiblemente los pudiera haber puesto en tal estado.
> 
> Mientras tanto, Furighi, habiéndose calmadamente puesto su capa y tomado su
> 
> bastón, estaba parado en la puerta listo para salir. Viéndole, de repente se llenaron de
> 
> angustia los hombres.    "¡Ud. puede hacer magia!" gritaron.      "¿Qué les hizo a los
> 
> caballos como para volverlos locos? Nunca jamás hemos visto que se porten así."
> 
> Furighi, cuando se le daba la oportunidad, siempre podría encantarles a sus
> 
> oyentes y estos hombres quienes habían venido para llevarle a su destino no eran
> 
> excepciones.   Habiendo ya sometido a sus caballos, cabalgaban en frente para
> 
> advertirle a su líder acerca de los poderes desconocidos de Furighi, mientras la
> 
> víctima les seguía a una distancia. Para cuando hubo llegado al lugar de reunión, el
> 
> que le iba a asesinar estaba sintiendo los efectos de una historia mucho muy
> 
> exagerado del tipo de magia que estaba capaz de hacer el babí famoso. Siyyid Hasan
> 
> no tenía nada de prisa para hacerle daño y Furighi tenía bastante tiempo para hablar
> 
> con y ganarse al criminal temible.
> 
> Llamándole a uno de sus hombres, dijo Siyyid Hasan: "Quiero que escoltes a
> 
> este caballero respetable de regreso a su casa, donde quizá su familia esté ansioso de
> 
> su seguridad." "Muchas gracias," dijo Furighi, y agregó sabiamente: "pero de veras no
> es necesario que yo le moleste a nadie para llevarme a casa. Estoy muy seguro que
> 
> podré hallar el camino solito."
> DOS PRÍNCIPES       59
> 
> El Príncipe Husayn-Quli Mirza, el bisnieto de Fath-`Ali Shah de Persia, aceptó
> 
> la Causa Bahá'í en su juventud y llegó a ser uno de sus apoyadores firmes por el resto
> 
> de su vida. Era un hombre de carácter noble, extremadamente cortes y gentil de
> 
> manera, con una humildad que sentían tantos ricos como pobres. Era amado por
> 
> todos; la gente solía decir que no podía encontrar falla alguna en el príncipe excepto
> 
> que era un bahá'í. Habían muchos también quienes eran atraídos a la Fe por la vida
> 
> que tenía y por el amor y respeto que tenían por él.
> 
> Su casa estaba abierto a toda la gente, y cuandoquiera que tuviera reuniones
> 
> bahá'ís ahí', siempre asistía un gran número de no-bahá'ís. En una ocasión como esa,
> 
> cuando estaba ocupado todos los asientos y cuando ya no había lugar para sentarse en
> 
> la alfombra, un nuevo huésped llegó.      El príncipe, quien él mismo estaba de pie,
> 
> inmediatamente se quitó su capa valiosa y la tendió en el suelo para que el recién
> 
> llegado pudiera sentarse. Este gesto impresionó tanto al hombre que fue inducido a
> 
> investigar la Causa y llegó a ser un creyente.
> 
> Un día, uno de los bahá'ís que tenía un asunto urgente para atender, le pidió al
> 
> príncipe si pudiera ver que se llevara una carga de paja a su establo. El príncipe
> 
> mismo acompañó al hombre que iba a llevar la paja y habiendo llegado a la casa de su
> 
> amigo, encontró que se tenía que subir la carga por unos escalones muy inclinados
> 
> para luego ponérsela en un pajar. El hombre quien había traído la paja rehusó subirlo
> 
> por todos esos escalones. El príncipe calmadamente le pidió que pusiera la carga en
> su propia espalda y la subió él mismo. Pasó que la señora de la casa, quien nunca
> 
> había tenido nada de simpatía por la Causa ó los bahá'ís, estaba viendo el incidente
> 
> por detrás de una cortina. Fue tan sobrecogida por lo que hizo el príncipe que se
> 
> cambió toda su actitud y más tarde llegó a abrazar la Causa.
> 
> Uno de las muchas personas quienes llegaron a interesarse en la Fe a través de
> 
> las cualidades admirables del príncipe era un hombre quien había sido un ladrón
> 
> notable y que se ganaba la vida asaltándole a la gente en los caminos. Después de
> 
> abrazar a la Causa, este hombre un día reconoció por casualidad a uno de aquellos a
> 
> quienes había robado de todas sus pertenencias. Con lágrimas en los ojos se adelantó
> 
> para hincarse a los pies de aquel a quien había ofendido y le rogó que aceptara una
> 
> pequeña suma de dinero que era todo lo que poseía en ese momento. Su compañero
> 
> creyente le abrazó amorosamente y rehusó el dinero, asegurándolo que estaba
> 
> dispuesto a olvidar todo el incidente.
> 
> El hijo del príncipe Husayn-Quli Mirza, Mihdi-Quli Mirza, era también un
> 
> bahá'í maravilloso. Pasó por pruebas y dificultades severas durante su vida, pero su
> 
> espíritu nunca se quebró y nada podía hacer temblar su gran fe en la Causa.
> 
> Un día le fue traído las noticias terribles que su bella hija joven, quien apenas
> 
> hace unos meses había sido casada de repente se había muerto en la clínica de una
> 
> doctora judía. Mihdi-Quli Mirza, apresurándose al lugar, averiguó que la doctora
> 
> había sido descuidadosa en dar una inyección, y que su hija había muerto dentro de
> 
> unos pocos minutos.
> 
> Se difundieron las noticias rápidamente de esta tragedia por la ciudad, y una
> gran multitud de personas se juntaron alrededor de la clínica gritando por venganza
> 
> porque una judía había muerto a una mujer musulmana. Se subió apresuradamente a
> 
> la terraza Mihdi-Quli Mirza y les llamó en voz alta para que todos escucharan.
> 
> Tan pronto como la gente en la calle había dejado de gritar, les dijo que no
> 
> tenían que pensar en la venganza porque la jovencita que se había muerto era su hija
> 
> y él sabía de seguro que no era musulmana; que la difunta misma, su padre, su madre
> 
> y su esposo, todos eran bahá'ís. Ya no les quedaba más pretexto para la multitud a
> 
> molestar a la doctora, entonces gradualmente se dispersaron.
> 
> La doctora misma, ofreció pagarle al príncipe una gran suma de dinero, pero él
> 
> no asintió. "Quédate con el dinero," dijo, "yo he perdonado tu error."
> 
> Más tarde ciertos oficiales gubernamentales, amenazando castigar a la doctora
> 
> judía, encontraron amplias excusas para extorsionarle dinero. Cuando oyó de esto el
> 
> príncipe, él le dio una declaración firmada en la cual mencionó que, como un seguidor
> 
> de la Fe Bahá'í, no creía en la venganza; él había perdonado el error que ella había
> 
> cometido y no le tenía ningún rencor; no quería que se prosiguiera más el asunto.
> 
> Este documente fue firmado y sellado por el príncipe mismo, su esposa y su
> 
> yerno.     Nadie que lo leyera podía encontrar una excusa para perseguirle ya a la
> 
> doctora.
> `Abdul'l-Kháliq (hijo de Mullá `Abdu'l-Qaní) 60
> 
> Abu'l-Fadl-i-Gulpáyigání `Andalíb, Mirzá `Alí-Ashraf Furu'ghí, Mirzá Mahmúd Aqá
> 
> Kamál   Habíbu'lá'h   (hijo   de   Síná)    Hájí   Mihdíy-i-Arjumand-i-Hamadání   Hájí
> 
> Muhammad-Ridá-i-Isfáhání Hakím Aqá Ján-i-Hamadání Husayn-Qulí Mírzáy-i-
> 
> Mawzún Ishráq, Aqá `Abdu'l-Karím Málmírí, Hájí Muhammad-Táhir Mashhadí
> 
> `Abdil-i-Qarabághí Mihdí-Qulí Mírzáy-i-Mawzún Mírzá Husayn-i-Zanjání Mullá
> 
> `Abdu'l-Qaníy-i-Ardikáni      Mullá        Bahrám-i-Akhtar-Khávarí   Mullá   Ridáy-i-
> 
> Muhammad-Abádíy-i-Yazdí Na`ím, Aqá Muhammad Nayyir, Siyyid Mahmúd
> 
> Rúhúlláh-i-Varqá Siná, Hájí Siyyid Ismá`íl Siyyid Asadúlláh-i-Qumí Siyyid
> 
> Muhammad-i-`Alá'í, Názimu'l-Hukamá (padre de la Mano de la Causa de Dios,
> 
> General Sh. `Alá'í) Tayyibih y Jamál (hijos de Mírzá Husayn) Varqá, Mírzá `Alí-
> 
> Muhammad (padre de la Mano de la Causa de Dios, Sr. V. Varqá) Vujdání, Mírzá
> 
> Yúsuf-Khán-i-Thábit
> 
> Actualizado 27 de diciembre de 2020 por Linda y fred Frazelle.          Si quieren el
> 
> documento en LibreOffice, favor de escribir a frazelle09@gmail.com
>
> — *El Fuego en la Cima de la Montaña (Used by permission of the curator)*

