# Western Liberal Democracy as a New World Order?

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> Source: Bahá'í Library Online (bahai-library.com), curated by Jonah Winters. Used by permission of the curator. Original citation: Michael Karlberg, Western Liberal Democracy as a New World Order?, Haifa, Israel: Bahá'í World Centre, 2007, bahai-library.com.
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> 
> ¿La Democracia Liberal Occidental como Nuevo Orden Mundial?*
> 
> En una edad de creciente interdependencia global, el Dr. Michael Karlberg cuestiona
> si el modelo occidental de democracia es la vía natural e inevitable de organizar las
> sociedades libres e iluminadas.
> 
> El triunfo del orden social occidental fue ampliamente vitoreado en las décadas
> finales del s. XX. Se proclamó “el final de la ideología” y se anticipaba una edad de
> prosperidad global impulsada por las fuerzas conjuntas del capitalismo global de libre
> mercado y la democracia liberal.1 En los años siguientes, el vacío dejado por el
> colapso de la Unión Soviética, junto con nuevas tensiones creadas por lo que se
> percibe como un “choque de civilizaciones”2 ha llevado a los defensores del
> capitalismo de libre mercado y de la democracia liberal occidental a aumentar sus
> esfuerzos por exportar o por imponer esos modelos en los estados ex-comunistas, en
> las naciones musulmanas y por el resto del mundo.
> Hasta el momento, el aspecto del capitalismo del mercado libre global ha sido tema de
> considerable crítica en prensa popular y académica.3 También ha conducido al
> nacimiento de multitud de activistas y organizaciones de justicia global que se han
> vuelto más visibles y sonados a través de diferentes estrategias como manifestaciones
> populares y protestas organizadas a través de internet. Se han expresado
> preocupaciones sobre las crecientes disparidades globales entre riqueza y pobreza, la
> ausencia de criterios ambientales y laborales y mecanismos de presión en el mercado
> global, los impactos devastadores de la especulación de monedas y la fuga de
> capitales de los países, el poder en aumento de las corporaciones multinacionales por
> lo general no sometido a regulación alguna, la naturaleza no democrática de
> instituciones financieras y de organizaciones de trabajo globales, además de un largo
> conjunto de otros temas.
> Es significativo que estas críticas del proyecto capitalista de libre mercado global han
> provenido frecuentemente de autores y activistas que están en el mundo occidental
> mismo. No puede decirse lo mismo, sin embargo, del proyecto de exportar la
> democracia liberal. Por todo el Occidente, se sigue dando por hecho que el modelo
> democrático es la forma natural e inevitable de organizarse en las sociedades libres e
> iluminadas.
> Pero sí existe una perspectiva alternativa. ¿Podría decirse que la democracia liberal
> occidental –o lo que podría denominarse con más precisión la democracia
> competitiva– se ha vuelto anacrónica, injusta e insostenible en una edad de
> interdependencia global?4 “Los signos de convulsiones y caos inminentes”, escribió
> Bahá’u’lláh, “pueden discernirse ahora, por cuanto el orden prevaleciente resulta ser
> deplorablemente defectuoso”.5
> 
> *
> Michael Karlberg, “Western Liberal Democracy as New World Order?” The Bahá'í World 2005-
> 2006: An International Record, ed. Robert Weinberg, trad. Nobel-Augusto Perdu Honeyman (Haifa,
> Israel: World Centre Publications, 2007), pp. 133-156.
> 
> La democracia competitiva
> La democracia liberal occidental, en su esencia, está basada en la premisa de que el
> gobierno democrático exige que las personas y los grupos compitan por el poder
> político. La forma más reconocible que adopta es el sistema de partidos. La
> competencia política también se produce sin partidos políticos formales en muchas
> elecciones locales así como cuando concurren candidatos independientes en
> elecciones locales, regionales, estatales o nacionales. En todos estos casos, sin
> embargo, la estructura competitiva subyacente es la misma, y esta estructura
> subyacente es la que se ha vuelto anacrónica, injusta e insostenible.
> Estamos de acuerdo en que la democracia competitiva representa un valioso y
> significativo logro histórico. Ha resultado ser una forma de gobierno más justa que la
> forma de gobierno aristocrática o la sacerdotal a las que ha sustituido. Representa
> también una adaptación razonable a las condiciones sociales y ecológicas que
> prevalecían cuando emergió. Pero la teoría y la práctica de la competencia política
> emergieron en los primeros días de la revolución industrial, cuando las poblaciones
> estaban todavía relativamente aisladas entre sí y tenían un tamaño relativamente
> pequeño. Es anterior a la invención de la electricidad, al motor de combustión interno,
> al viaje por avión, a la radio y televisión, a los ordenadores, al Internet, a las armas de
> destrucción masiva, a los apetitos de consumo en masa, y al capitalismo global de
> libre mercado. En los tres últimos siglos, nuestro éxito como especia ha transformado
> las condiciones de existencia en estos órdenes y muchos más.
> Las democracias competitivas, por motivos que se expondrán aquí, parecen ser
> incapaces de tratar con estas nuevas realidades. No obstante, las poblaciones
> occidentales, hoy por hoy, viven en un estado de negación con respecto a la naturaleza
> anacrónica de los sistemas políticos competitivos. Cuando se cuestiona la condición
> de estos sistemas, tienden a centrarse esos cuestionamientos en expresiones
> superficiales en vez de en las causas estructurales subyacentes. Por ejemplo, en
> muchos países occidentales se ha vuelto normal lamentarse del aumento de la
> negatividad de la retórica política partidista. El discurso político, sugieren algunos
> comentaristas, sufre de un deterioro de civismo y es cada vez más indigno. Como
> resultado, los políticos están bloqueados y no pueden afrontar los complejos
> problemas que tienen delante.6 Incluso muchos políticos electos han expresado estas
> preocupaciones. En una colección de ensayos de ex-senadores publicada al cierre del
> siglo XX, uno de ellos se inclinaba a “lamentar el creciente nivel de vituperación y
> partidismo que ha impregnado el ambiente y el debate en el Senado”.7 Otro de ellos
> observaba que “el bipartidismo ... ha sido sustituido por los arreglos rápidos, los
> aforismos y, lo que es más dañino, la demonización de aquellos con los que no
> estamos de acuerdo”.8 Otro sostenía que “hay mucho más partidismo que cuando yo
> llegué a Washington hace dos décadas, y mucho de ello sirve poco a la nación”.9 Otro
> más escribía que “nuestro proceso político necesita volver a civilizarse”, debido a la
> “creciente polarización del electorado, la mentalidad nosotros-contra-ellos” que “ha
> dado al traste con la antigua preponderancia del debate razonable”.10
> Declaraciones como éstas presentan preocupaciones legítimas sobre el estado del
> discurso partidista. Según estas opiniones, la competición política y la política de
> partidos son la forma natural, normal e inevitable de organizar el gobierno
> democrático; el problema sólo surge cuando la retórica partidista se vuelve demasiado
> indigna y de enfrentamiento. Tal como menciona el sociolingüista Deborah Tannen,
> “Se ha impuesto cierto tipo de inflación agónica en la que la oposición se ha vuelto
> 
> más extrema y de forma rutinaria se abusa de la naturaleza del sistema de
> confrontación de adversarios”.11
> Tannen atribuye este “ambiente más general de lucha”, o este “nueva actitud” de los
> partidistas políticos a una más amplia cultura combativa que está corrompiendo el
> sistema partidista para pasar a ser modelos más conflictivos de interacción,
> conduciendo a un bloqueo, al crecimiento de la corrupción y a la desaparición de
> aquellas reglas no escritas de civismo, cooperación y compromiso.12
> 
> Las semillas de la democracia competitiva
> La crisis de civismo, la implantación de la mezquindad, el problema del bloqueo y la
> expansión de la corrupción política –suponiendo que estas cosas efectivamente se han
> ido deteriorando con el tiempo– no son abusos ni corrupciones del sistema de
> partidos. Esos resultados son la culminación –el “perfeccionamiento”– de un sistema
> que la politóloga Jane Mansbridge denomina “democracia adversaria”.13 Son el fruto
> amargo inherente a las semillas de la democracia competitiva. “No hay dos personas
> de quienes pueda decirse que están unidos tanto interior como exteriormente”,
> escribió Bahá’u’lláh.14
> Para mayor precisión, esas semillas son los supuestos más profundos sobre la
> naturaleza humana y el orden social que subyacen a la competencia política. El
> primero de estos supuestos es que la naturaleza humana es esencialmente egoísta y
> competitiva. El segundo supuesto es que los diferentes grupos de personas
> desarrollarán de forma natural diferentes intereses, necesidades, valores y deseos, y
> que esos intereses estarán siempre en conflicto. El tercer supuesto es que, dada una
> naturaleza humana egoísta y el problema de conflicto de intereses, la forma más justa
> y eficiente de gobernar una sociedad es resolviendo esta dinámica mediante un
> proceso abierto de competencia de grupos de interés.
> Basado en estos supuestos, no debe ser ninguna sorpresa que los frutos de la
> democracia competitiva incluyan los resultados mencionados de la crisis de civismo,
> la implantación de la mezquindad, el problema del bloqueo y la expansión de la
> corrupción política. Son resultados esperados si aceptamos y oficializamos tales
> supuestos. De hecho, éste es el motivo por el que algunas democracias competitivas
> han establecido una serie de contrapesas y límites en un esfuerzo por limitar la
> acumulación excesiva de poder en manos de un grupo de interés concreto. También es
> el motivo por el que algunas democracias competitivas han intentado cultivar, dentro
> de sus propios sistemas políticos, códigos de civismo y de ética destinados a controlar
> las expresiones más viles de la competencia política. Y es también la razón por la que
> la mayoría de las democracias competitivas luchan, hasta hoy, por sobrevivir
> inmersos en los peores excesos de competencia política experimentando con límites
> temporales de mandato, reformas de financiación de campañas y otros recursos tapa-
> agujeros. Sin embargo ninguna de estas medidas cambia de forma fundamental la
> naturaleza del fruto del sistema, porque el fruto es inherente a los supuestos internos
> del sistema: sus semillas.
> Para entender mejor esta relación inherente, considere la metáfora del mercado que se
> suele invocar como modelo para la competencia política. La democracia competitiva
> se concibe generalmente como un mercado político en el que los profesionales de la
> política y los partidos que incorporan intentan promover sus intereses mediante
> 
> competencia abierta.15 La “mano invisible” del mercado supuestamente trabaja para
> dirigir esta competencia hacia el máximo beneficio público. En palabras de Lyon:
> Los defensores del gobierno de partidos argumentan que desde una perspectiva
> más amplia del “mercado político” donde diversos partidos, los medios de
> comunicación, los grupos de intereses y las personas interactúan unos con
> otros, se hace un servicio a las necesidades democráticas de una manera
> misteriosa ... [como si] estuviera operando otra “mano invisible”.16
> Dentro de este modelo de mercado, los partidos políticos se alían alrededor de
> conjuntos de intereses con objeto de aunar su capital político. Entonces, a través de la
> competencia, se determina el liderato y el control dentro de los partidos y entre uno y
> otro, mientras los políticos y los partidos se organizan para luchar por y ganar las
> elecciones. No obstante, la lógica de la competencia electoral hace que la meta de
> ganar triunfe sobre todos los demás valores.
> Los partidos pueden proponerse realizar un programa de principios políticos
> “ideales”, pero, a menos que sus actividades estén basadas en estrategias
> sistemáticas para lograr el éxito electoral, estarán condenados al fracaso. En
> consecuencia, los partidos se transforman, por encima de todo, en medios de
> combatir y ganar elecciones.17
> Una vez que el liderato y el control se determinan mediante competiciones
> electorales, los procesos utilizados para la toma de decisiones públicas se organizan
> en forma de proceso de debate entre contrarios. En teoría, el debate político funciona
> como un “mercado de ideas” abierto en el cual prevalecen las mejores ideas, otra vez
> mediante la intervención de una hipotética mano invisible. En la práctica, la lógica del
> sistema competitivo transforma el debate en una lucha sobre el capital político. La
> victoria comporta una ganancia de capital político, la derrota implica una pérdida. El
> debate se convierte, pues, en una extensión de proceso electoral mismo, lo cual ofrece
> un escenario de “campañas permanentes” o de competiciones interminables sobre el
> capital político, en anticipación de la siguiente ronda de elecciones.18
> Buena parte de la toma de decisiones políticas tiene lugar fuera de los debates
> públicos formales. De hecho, estos debates a menudo sirven de poco más que de
> teatro de apariencias para los procesos de negociación y regateo políticos que tienen
> lugar tras los escenarios. Pero estos procesos tras los escenarios tienden a
> caracterizarse por una dinámica competitiva similar.19 Estos procesos implican no
> solo a los oficiales electos sino también a los miembros de los lobbies, semilleros de
> ideas, estrategas de medios de difusión y numerosos tipos de grupos de acción
> política, todos ellos en lucha entre sí para presionar a políticos, condicionar la
> difusión de noticias e influir en la opinión pública en formas que promuevan sus
> propios programas políticos e intereses.
> 
> El fruto de la democracia competitiva
> La competencia de grupos de interés no tiene necesariamente relación con las metas
> de justicia social y sostenibilidad ambiental. Al contrario, la estela de la democracia
> competitiva es clara. Es una estela de crecientes disparidades entre ricos y pobres.20
> También es una estela de aceleración de destrucción ecológica.21 Por ello, los
> problemas de la democracia competitiva, algunos de los cuales se mencionan aquí,
> van mucho más allá del deterioro del civismo y la mezquindad.
> 
> La influencia corruptora del dinero
> En teoría, cuando hay excesos y deficiencias en la operación de la economía de
> mercado, un gobierno democrático debería poder regularlos y remediarlos. Sin
> embargo, la práctica de la competición política casi lo imposibilita. Los motivos no
> son difíciles de entender. La competencia política es una actividad cara, cada
> generación más cara. Las campañas ganadoras son costeadas por aquellos que cuentan
> con el apoyo económico (directo e indirecto) y los actores de mercado más poderosos
> (es decir, los que se han beneficiado más de los excesos y las deficiencias del
> mercado).
> El problema del dinero en la política está muy reconocido y en buena medida es la
> causa del cinismo y la apatía reflejados en la baja participación electoral. No obstante,
> rara vez se explica la causa subyacente de este problema ni se afronta con seriedad.
> Oímos llamamientos ocasionales de reforma del sistema de financiación de campañas
> y otras medidas regulatorias similares. Pero la raíz del problema es la competencia
> política misma. Desde el momento en que estructuramos las elecciones como
> competiciones, que inevitablemente requieren dinero para ganar, invertimos la
> relación adecuada entre el gobierno y el mercado. En vez de que exista nuestro
> mercado dentro de los límites de la regulación gubernamental, nuestro gobierno se
> encuentra cautivo dentro de los límites de la regulación del mercado.
> Mientras el sistema de gobierno siga organizándose de manera competitiva, esta
> relación no puede corregirse del todo. Cualquier plan encaminado a retocar las reglas
> por aquí o por allá sólo conducirá a que el dinero fluya por nuevas vías. Así ocurre,
> por ejemplo, con los intentos de reformar la financiación de campañas. Las nuevas
> formas de contribución sólo eclipsan las antiguas. Incluso si las sociedades pudieran
> eliminar por completo las financiaciones de campañas, el dinero sencillamente fluiría
> a través de otros puntos de influencia política como por ejemplo las camaleónicas
> especies de grupos de acción política que ejercen influencia sobre la difusión pública
> de los grandes temas, formación de opinión pública, resultados electorales y muchos
> otros procesos. En un sistema de competencia política en que los candidatos luchan
> por ganar difusión, opinión pública y votos favorables, el dinero siempre fluye hacia
> los puntos más eficaces de influencia política igual que el agua siempre fluye hacia el
> punto de menor elevación. Podemos alterar la vía de ese flujo, pero no podemos
> detenerlo.
> Este problema es una de las principales causas de las crecientes disparidades entre
> riqueza y pobreza que se ven ahora por el mundo occidental. Los mayores
> desequilibrios de ingresos no son solo resultado de la economía de mercado misma.
> Son resultado de la economía política competitiva que lleva emparejada. A través de
> esta economía política, los actores de mercado más ricos definen el marco de mercado
> en el que acumulan riqueza. Este marco comprende los sistemas de leyes de
> propiedad, derecho laboral, derecho tributario y todas las demás formas de
> legislación, de infraestructura pública y de subsidios públicos que rigen los resultados
> de mercado. En las democracias competitivas, con el paso del tiempo este modelo va
> siendo definido por los actores de mercado más ricos, debido a la influencia del
> dinero en la competición política. El resultado cierra el círculo entre economía y
> política que retroalimenta los intereses de los segmentos más ricos de la sociedad.
> 
> La subordinación del gobierno a las fuerzas del mercado tiene también implicaciones
> para el medio ambiente. En los mercados no regulados, las decisiones sobre
> producción y consumo se basan solamente en los costes internos de fabricación, que
> incluyen la mano de obra, los materiales, el equipo de fabricación y la energía. Estos
> costes internos determinan los precios de venta al público que pagan los consumidores
> por los productos, lo cual influye en la cantidad que consume la gente. Pero estos
> costes no siempre reflejan los verdaderos costes sociales o ecológicos de un producto.
> Muchas industrias generan costes externos que nunca se facturan en el precio de un
> producto porque no se consideran costes de producción en sí.22 Por ejemplo, las
> industrias que contaminan el ambiente crean cuantiosos costes públicos de tratamiento
> de enfermedades o de impacto ambiental que rara vez se facturan en los costes reales
> de producción. En lugar de ello, estos costes son pagados por la sociedad entera, por
> las generaciones futuras e incluso por otras especies. Debido a que un mercado no
> regulado no rinde cuentas por estos costes externos, los precios de los productos que
> tienen elevados costes externos se mantienen artificialmente bajos. Estos precios
> artificialmente bajos potencian el consumo de los productos que causan más daño
> social y ecológico. Por estas razones, las economías de mercado son ecológicamente
> insostenibles a menos que estén meticulosamente regulados por gobiernos que
> repercutan esos costes sobre los precios de los productos mediante “impuestos verdes”
> y otros medios.23 Sin embargo, tal como se ha argumentado, en un sistema político
> competitivo los mercados no se regulan de manera responsable porque el sistema
> subordina la toma de decisiones políticas a las influencias de mercado. Los mercados
> regulan las democracias competitivas en vez de al revés.
> Finalmente, los costes sociales y ambientales de la competencia política convergen en
> el caso del “racismo ambiental” y de otras injusticias relacionadas.24 Las minorías
> étnicas, los pobres y las mujeres tienden a padecer más los efectos del deterioro
> ambiental porque hay mayor probabilidad de que vivan o trabajen en áreas de mayor
> degradación y con mayores riesgos de salud ambientales. Estos segmentos de
> población tienen menor capacidad de influencia en la toma de decisiones políticas
> debido su mayor índice de privación de privilegios civiles o electorales. Como
> resultado, las prácticas ambientales que rara vez se tolerarían en las áreas de grupos
> más acaudalados se desplazan hacia las de los grupos política o económicamente
> marginados. Éstos son los que pagan la mayor parte de los costes de dichos gastos
> ambientales externos.
> 
> Exclusión de perspectiva y sobre-simplificación de problemas
> Además del problema del dinero, la competición política no ofrece un medio eficaz de
> entender y resolver problemas complejos porque reduce la diversidad de perspectivas
> y de opiniones en los procesos de toma de decisiones. Esto se debe a varios motivos.
> En primer lugar, la competencia política conduce a un modo de debate de
> enfrentamiento que generalmente se reduce a la premisa de que si una perspectiva es
> correcta entonces la otra perspectiva debe ser errónea. En teoría, prevalece la
> perspectiva más iluminada o informada. Esto presupone que los problemas complejos
> pueden entenderse adecuadamente desde una sola perspectiva. Sin embargo, captar
> adecuadamente la mayoría de los problemas complejos requiere que sean
> considerados desde perspectivas múltiples, a menudo complementarias. Los
> problemas complejos tienden a tener múltiples facetas –como objetos de muchos
> lados que deben verse desde diferentes ángulos para captarlos íntegramente y
> 
> entenderlos. Las perspectivas diferentes revelan, pues, diferentes facetas de problemas
> complejos. El máximo entendimiento emerge mediante la consideración cuidadosa
> del mayor número posible de facetas.
> La competición política milita contra este proceso porque presupone el carácter de
> enfrentamiento en vez del de complementariedad para las opiniones diferentes. Uno
> no puede ganar capital político a expensas del oponente a menos que haya un ganador
> y un perdedor. Como resultado, la competición política reduce los problemas
> complejos a oposiciones binarias en las que sólo puede prevalecer una de las dos
> opciones. Esto es lo que Blondel denomina “la maldición de la super-
> simplificación”.25
> Este problema se agudiza con los sectores de medios de comunicación hiper-
> comercializados que están emergiendo en la mayoría de las sociedades occidentales,
> productos de la economía política antes mencionada. Éstas son propulsadas por la
> lógica de fabricar audiencias de masas para poder venderse como publicistas. La
> forma más barata, y por ende más rentable, de fabricar audiencias de masas es
> mediante el montaje de un espectáculo, incluido el espectáculo político partidista. Así
> la difusión política queda reducida a una fórmula de política de eslóganes en que unos
> eslóganes con carga emocional se convierten en el acceso a la esfera pública. Como
> resultado, unos mantras políticos simplistas resuenan por toda la esfera política,
> distorsionando la naturaleza compleja de las materias en cuestión, forzando la
> percepción pública y agravando las divisiones partidistas. En semejante ambiente, es
> prácticamente imposible resolver problemas ambientales y sociales complejos y
> multidimensionales.
> Una consecuencia parecida de este modelo competitivo es la exclusión e inhibición de
> voces diversas que evitan la arena del servicio público o se retraen de él debido al
> ambiente simplista y hostil. Semejante ambiente no es atractivo para las personas que,
> por naturaleza o formación o una combinación de ambas, no se sienten inclinadas al
> debate de enfrentamiento simplista ni cómodas con ella, a pesar de que puedan tener
> importantes contribuciones que ofrecer. Aparte de las injurias partidistas, el debate de
> enfrentamiento no conduce al mejor razonamiento siquiera entre las personas más
> seguras. Esas condiciones pueden silenciar por completo a las personas que se sienten
> menos confiados y menos agresivos, o sencillamente las que sean más consideradas.
> Por extensión, las confrontaciones entre contrarios también tienden a privilegiar a los
> varones que, una vez más por naturaleza o por formación o por combinación de
> ambas, tienden a ser más agresivos que las mujeres y así tienen ventaja en el terreno
> de la confrontación.26 La desventaja resultante experimentada por muchas mujeres
> también pueden experimentarlo algunos grupos minoritarios que, para poder
> sobrevivir, han aprendido a adoptar posiciones de precaución y resguardo con relación
> a los grupos dominantes. Además, las mujeres y las minorías pueden estar en posición
> aún más desventajosa porque a pesar de que las expresiones masculinas de agresión o
> del grupo dominante a menudo se consideran naturales o apropiadas, los mismos tipos
> de expresiones, cuando son empleadas por mujeres o grupos subordinados, a menudo
> se ven como no naturales e inadecuados. Así, no reciben las mismas recompensas las
> mujeres “y las minorías para los mismos comportamientos de confrontación”.27 Al
> inhibir y excluir a diversos grupos sociales de esta manera, la competencia política y
> el debate entre adversarios tienden a empobrecer el discurso público y a minar la
> resolución de problemas complejos.
> 
> El problema de tiempo-espacio
> La política partidista también es inherentemente incapaz de afrontar problemas a lo
> largo del tiempo y el espacio. Los asuntos ambientales y sociales complejos
> generalmente requieren planificación y compromiso de largo plazo. Sin embargo, los
> sistemas políticos competitivos, están inherentemente limitados por horizontes de
> planificación de corto plazo. Con objeto de ganar y mantener el poder, los
> profesionales de la política tienen que atender los intereses inmediatos de su
> electorado para que se puedan obtener resultados visibles dentro de ciclos electorales
> relativamente frecuentes. A pesar de que los compromisos políticos de largo plazo son
> delineados en principio por un candidato o un partido, a menudo la continuidad se ve
> afectada por los siguientes candidatos o partidos que desmantelan o no aplican los
> programas de sus predecesores para distanciarse de las políticas que anteriormente
> estuvieron obligados a atacar en la campaña electoral o por encontrarse en la
> oposición. Por ello, como las campañas y los partidos políticos se centran en un
> electorado del presente, esto mina el compromiso con los intereses de generaciones
> futuras. Un lugar destacado entre los intereses de las generaciones futuras es la
> sostenibilidad ambiental. Al degradar nuestro ambiente hoy, empobrecemos las
> generaciones futuras.
> Muchos problemas sociales, desde la pobreza al crimen, pasando por la dependencia
> de las drogas y el abuso doméstico, también requieren estrategias y compromisos de
> largo plazo. Hacen falta inversiones de largo plazo en educación, en el fortalecimiento
> de las familias, en la creación de oportunidades económicas, en el cultivo de códigos
> éticos y valores morales, y en otros enfoques que tienen resultados que trascienden a
> la generación actual. Pero la presión competitiva para demostrar acciones visibles
> dentro de plazos electorales frecuentes tiende más bien a dirigirse a inversiones en
> cosas como nuevas cárceles y centros de detención donde esconder la creciente sub-
> clase social en muchos países, nuevas mega-escuelas donde almacenar a niños y
> jóvenes cada vez más alienados, y nuevos grandes almacenes gigantescos para
> distraer a los ciudadanos con atractivos materiales de corto plazo.
> Además, igual que los sistemas políticos competitivos responden ante electorados del
> presente excluyendo a las generaciones futuras, también responden a los intereses de
> electorados dentro de límites electorales excluyendo a otros. Este es el problema del
> espacio –o territorialidad– que es especialmente el caso del nivel del estado o nación
> debido a la ausencia de un sistema eficiente de gobierno global. Una vez más, esto
> tiene significativas implicaciones sociales y ecológicas. La naturaleza supranacional
> de los asuntos ambientales modernos –tales como la destrucción de la capa de ozono,
> el calentamiento global, la lluvia ácida, la contaminación del agua, y la gestión de
> especies migratorias– delata la necesidad de niveles de cooperación y coordinación
> global sin precedentes.28 Sin embargo, los conceptos competitivos de soberanía
> nacional hacen que el actual sistema internacional sea incapaz de responder a estos
> imperativos ecológicos. Hoy día, la coordinación transfronteriza se sacrifica por
> perseguir intereses nacionales porque los profesionales de la política no tienen otra
> alternativa que atender los intereses de sus propios votantes. La consecuencia es un
> sistema anárquico de estados compitiendo entre sí por convertir el capital ecológico
> de largo plazo en capital político de corto plazo.
> La cuestión de la territorialidad es igualmente significativa cuando se trata de temas
> sociales. Los problemas como la pobreza, crimen, explotación de mujeres y niños,
> tráfico de personas, terrorismo, conflictos étnicos, inmigración ilegal y movimiento de
> 
> refugiados no respetan las fronteras nacionales más de lo que lo hacen la mayoría de
> los problemas ecológicos. Estos problemas no pueden resolverse solo con gobiernos
> nacionales. Sin embargo las rivalidades políticas que existen dentro de las naciones
> minan el compromiso efectivo y la coordinación entre ellas. Los competidores
> políticos atienden a los intereses del electorado de circunscripciones concretas
> excluyendo a los no votantes que no correspondan a ese electorado. Esto crea un
> incentivo irresistible para que los competidores políticos de naciones acaudaladas
> externalicen las peores manifestaciones de esos problemas sociales a naciones más
> pobres. En consecuencia, a la larga, todos esos problemas tienden a enconarse y
> extenderse hasta que de nuevo amenacen los intereses de las naciones acaudaladas.
> Por ello, el problema del espacio es inseparable del problema del tiempo en las
> democracias competitivas.
> 
> El problema espiritual
> Otros problemas relacionados con la política competitiva son menos tangibles pero no
> menos importantes. El partidismo y la política competitiva tienen su coste espiritual.
> Una vez más, estos problemas radican directamente de la presunción que subyace al
> modelo: que la naturaleza humana es esencialmente egoísta y competitiva; que las
> diferentes personas tienden a desarrollar intereses en conflicto; y que la mejor manera
> de organizar el gobierno democrático es, pues, a través de un proceso de competición
> de grupos de intereses. Al organizar los asuntos humanos conforme a estos supuestos,
> estamos cultivando institucionalmente nuestros instintos más básicos. La Casa
> Universal de Justicia ha observado que “en la glorificación de los fines materiales, a
> la vez origen y característica común de todas esas ideologías, es donde se encuentran
> las raíces con las que se nutre el sofisma de que los seres humanos son
> incorregiblemente egoístas y agresivos. Es aquí, precisamente, donde debe limpiarse
> el terreno para construir un nuevo mundo digno de nuestros descendientes”.29
> Sin embargo estas expectaciones formadas culturalmente no están fundamentadas
> sólidamente en las ciencias sociales y del comportamiento. En estos campos, el
> consenso emergente es que los seres humanos tienen el potencial de desarrollo de
> tanto el egoísmo como el altruismo, la competencia como la cooperación, y que en
> función de nuestro entorno cultural vamos a realizarnos más plenamente en uno de
> estos dos potenciales.30 Esta opinión suena también familiar en muchas de las
> tradiciones filosóficas y religiosas del mundo. Las metáforas que aluden a la
> naturaleza “inferior” y “superior”, o a la naturaleza “material” y “espiritual”
> transmiten esta visión, igual que lo hace el concepto oriental de “iluminación”. Sin
> embargo, al contrario de la teoría y la práctica de la política competitiva, el impulso
> que subyace a estas tradiciones filosóficas y religiosas ha sido la de cultivar estas
> dimensiones más cooperativas y altruistas de la naturaleza humana.
> La naturaleza incívica de buena parte del discurso partidista, aludido al principio de
> este artículo, es un subproducto de esta inversión de prioridades materiales y
> espirituales. Cuando la búsqueda del interés personal llega a entenderse como virtud,
> y se desprecia el altruismo como idealismo inocente, no es de sorprender que la
> política se convierta en un terreno poco cívico. A este respecto, la realidad de la
> política partidista se describe mejor con metáforas de guerra que con las metáforas de
> mercado mencionadas antes. Al fin y al cabo, una campaña es un término militar, no
> un término de mercado. Igual que las campañas militares, las campañas políticas son
> caras. Los candidatos amasan “financiación para la campaña” al prepararse a
> 
> “luchar” las “batallas” electorales. En una edad de espectáculos de medios de masa y
> política de eslóganes, esto se traduce en un ciclo creciente de publicidad negativa,
> insultos e injurias, a medida que las campañas políticas y los debates se convierten en
> una “guerra de palabras” conducida desde “posiciones atrincheradas”.
> En el terreno abstracto, el debate trata sobre ideas en vez de personas. Sin embargo en
> la práctica la estructura competitiva del sistema borra la línea que pudiera existir entre
> las ideas y la gente, porque si no prevalecen tus ideas tampoco sobrevive tu carrera
> política. Por ello, el debate político se desliza fácilmente hacia el cenegal del egoísmo
> y el incivismo. Mientras tanto, en los laterales del terreno, el público se va volviendo
> cada vez más cínico y desencantado, lo cual es otro coste espiritual más de este
> sistema.
> Finalmente, las democracias competitivas requieren gastos elevados ya que dividen en
> vez de unir segmentos susceptibles del público. Cualquier proceso que rutinariamente
> produce ganadores y perdedores en una población es divisorio. Cuando el gobierno se
> estructura como un proceso de competencia de grupos de interés, la búsqueda de
> intereses materiales se vuelve más importante que el cultivo de relaciones sociales
> mutuas. Además, la formación de los partidos políticos, que requiere la agregación
> arbitraria de intereses distintos y muy variados, conduce a la construcción artificial de
> bandos de identidad de confrontación que se vuelven cada vez más atrincherados y
> rígidos con el paso del tiempo. Consideren, por ejemplo, el sistema bipartidista
> americano con sus bandos de “izquierda versus derecha” o “liberal versus
> conservador”. En realidad, la vida colectiva americana se caracteriza por
> innumerables problemas complejos, cada uno de los cuales puede verse desde
> múltiples perspectivas. Sin embargo, para montar una batalla política manejable, los
> dos partidos políticos dominantes reducen todos los grandes problemas a simples
> conflictos binarios y luego agregan posiciones en conflicto sobre cada uno de los
> diferentes problemas en dos super-terrenos opuestos. Con el tiempo, esta agregación
> artificial ha empezado a parecerle natural a mucha gente. Además, algunos segmentos
> de la población que inicialmente se identificaban fuertemente con uno o dos
> posiciones concretas en un terreno dado han empezado a asumir otras posiciones
> agregadas por simple asociación. El resultado es que personas diversas, que no se
> dividen en terrenos opuestos sencillos de manera natural, acaban con el tiempo
> separándose en dichos campos – un proceso que puede verse acelerado por políticos
> astutos que convierten ciertos “problemas candentes” con carga emocional en los
> centros de sus campañas en un esfuerzo por crear e imponer lealtades partidistas. Las
> divisiones sociales resultantes son otros costes espirituales de la democracia
> competitiva.
> 
> Una alternativa a la política competitiva
> Winston Churchill dijo una vez que “la democracia es la peor forma de gobierno – a
> excepción de todas las demás formas que ya se han probado”.31 Más concretamente,
> esta afirmación describe la democracia competitiva porque es la única forma de
> democracia que se ha probado hasta la fecha, como modelo de gobierno de estado. En
> línea con la idea de Churchill, los apologistas defienden el sistema prevaleciente con
> el argumento de que es la alternativa más racional para la tiranía o la anarquía. Los
> problemas inherentes al sistema de competencia política sencillamente se aceptan
> como “males necesarios”. Todos los sistemas de gobierno son imperfectos, dice el
> argumento, y la democracia competitiva es lo mejor que podemos hacer.
> 
> Sin embargo, este argumento viene precedido de la presunción errónea de que los
> procesos de innovación social han llegado a su fin. Según esta tesis del “fin de la
> historia”, los experimentos sociales que han caracterizado a buena parte de la historia
> humana finalmente se han agotado y han emergido los modelos liberales occidentales
> como los únicos modelos viables de organización social”.32 Sin embargo se trata de
> una tesis enteramente insostenible. De hecho sería más plausible afirmar que la
> historia de la humanidad como especial singular e interdependiente, habitando una
> patria común, está sólo comenzando ahora. Bajo condiciones de creciente
> interdependencia, provocadas por nuestro éxito reproductor y tecnológico como
> especie, apenas hemos empezado a experimentar con modelos sostenibles y justos de
> organización social.
> Los procesos de innovación social claramente no han llegado a ningún final. Basta el
> ejemplo de la comunidad internacional bahá’í para ilustrar este punto. La comunidad
> bahá’í es un enorme laboratorio social en el que está emergiendo un nuevo modelo de
> organización social. La comunidad es un microcosmos de toda la raza humana, con
> más de cinco millones de miembros, procedentes de más de 2000 orígenes étnicos y
> residentes en prácticamente todas las naciones del planeta. Esta comunidad diversa ha
> construido un sistema original de asambleas elegidas democráticamente que
> gobiernan los asuntos bahá’ís internacionalmente, nacionalmente y localmente por
> todo el planeta.33 Significativamente, en muchas partes del mundo, los primeros
> ejercicios de actividad democrática han tenido lugar dentro de estas comunidades
> bahá’ís.
> El sistema electoral bahá’í es completamente no partidista y no competitivo.
> Resumidamente, todos los miembros adultos de una comunidad son elegibles y todo
> miembro tiene el deber recíproco de servir si sale elegido. Al mismo tiempo, las
> nominaciones, campañas y toda forma de pedir votos están prohibidas. Los votantes
> sólo se guían por su propia conciencia al ejercer auténtica libertad de elección al votar
> a aquellos que crean que mejor encarnan las cualidades de capacidad reconocida,
> experiencia madura y servicio abnegado a los demás. Mediante un recuento por
> pluralidad de votos, las nueve personas que reciban más votos son llamadas a servir
> como miembros de la asamblea gobernante.34
> Como nadie busca ser elegido, las elecciones no son un camino al poder ni al
> privilegio. Al contrario, las elecciones son un llamamiento al servicio y los elegidos
> sacrifican su tiempo y energía, y a menudo sus aspiraciones profesionales, a petición
> de la comunidad. Por principio, y también porque no hay incentivo, nadie procura
> ganarse la atención de los demás ni pide los votos de ninguna forma. De hecho, los
> bahá’ís interpretan la petición de votos como un indicador de egoísmo y de una falta
> de adecuación para servir.
> Todas las tomas de decisiones dentro de estas asambleas se conducen, a su vez, bajo
> la guía de principios consultivos que permiten que la toma de decisiones sea un
> proceso unificador en vez generador de división. Estos principios incluyen esforzarse
> por entrar en el proceso sin posturas ni plataformas preconcebidas; considerar la
> diversidad como un patrimonio valioso, y pedir a los demás que compartan sus
> opiniones, preocupaciones y experiencia; esforzarse por trascender las limitaciones
> del ego y su propia visión personal; procurar expresarse con cuidado y moderación;
> intentar elevar el contexto de la toma de decisiones al ámbito de los principios
> generales; y buscar el consenso pero resolver con el voto de la mayoría cuando sea
> necesario.35
> 
> A diferencia de los sistemas competitivos en los que las personas encargadas de
> adoptar decisiones tienen que navegar continuamente entre las exigencias del
> electorado, los que financian las campañas, los grupos de presión y los activistas, el
> sistema bahá’í está protegido de los grupos de presión externa y otras presiones que
> pretendan influir en las decisiones. Esto se consigue de dos formas. Primero, como se
> ha mencionado antes, los que han sido elegidos a las asambleas no buscan ser
> elegidos y no tienen interés en la reelección. Los miembros elegidos no son
> empresarios políticos que buscan acumular o retener capital político, y no existen
> oportunidades de financiación de campañas porque no hay campañas. En segundo
> lugar, los miembros elegidos deciden los asuntos mediante la aplicación de principios,
> conforme al impulso de su propia conciencia (una de las principales cualidades por las
> que fueron elegidos), y no según los dictados o presiones de grupos de interés en
> competición. A este respecto, se espera que los miembros elegidos sopesen todas sus
> decisiones conforme a principios, incluso si esto implica dejar a un lado los beneficios
> locales inmediatos o de corto plazo por el bienestar de pueblos distantes o
> generaciones futuras.36
> Así, el sistema electoral bahá’í no encarna ni una competición ni la búsqueda del
> poder. Como nadie procura ser elegido, no existe el concepto de “ganar”. Al mismo
> tiempo, el proceso electoral continúa siendo eminentemente democrático. Este
> modelo ha estado en uso durante más de tres cuartos de siglo dentro de la comunidad
> bahá’í, la cual, a medida que crece en capacidad y prominencia, atrae cada vez más la
> atención de los observadores externos.37
> 
> Más allá de la hegemonía de la competición política
> Como ilustra el ejemplo de la comunidad bahá’í, los procesos de innovación social
> claramente no han llegado a su fin. Dados los problemas inherentes a los sistemas
> partidistas, además de su creciente coste social y ecológico, ¿por qué las poblaciones
> democráticas no están activamente buscando alternativas a la competición política?
> Para responder a esta pregunta viene bien un poco de contexto histórico. Las formas
> actuales de democracia competitiva surgieron del pensamiento de las clases políticas
> emergentes al principio de la revolución industrial. Estas clases políticas emergentes
> buscaban eliminar el poder absoluto de la aristocracia. La democracia competitiva
> convenía a los interesas de estas clases porque terminaba con el poder absoluto
> mientras, al mismo tiempo, seguía favoreciendo a los que tenían riqueza y poder. Esto
> abría las puertas del gobierno a los mercaderes y latifundistas y a otras personas con
> medios, mientras limitaba la influencia de los de las clases más bajas.
> Aunque la transición a la democracia competitiva se caracterizó por la revolución
> violenta y amenazas de revolución en muchos países, la fuerza de las ideas
> desempeñó un potente papel en fomentar estas transiciones, y una vez que se
> establecieron los sistemas de competición política tuvo un papel incluso más potente
> en promoverlos y sustentarlos. Esto fue posible porque las mismas clases políticas que
> se beneficiaban más del modelo de competición ocupaban cada vez más las
> posiciones de hegemonía cultural, como estadistas, escritores, filósofos, educadores,
> etc., mediante las cuales, ya sea de forma consciente o inconsciente, pudieron cultivar
> y sostener las presunciones sobre la naturaleza humana y la organización social que
> subyacen al modelo de competición.
> 
> El teórico italiano Antonio Gransci describió esta forma de influencia cultural con
> notable perspicacia en la primera mitad del siglo XX.38 Su concepción de hegemonía
> ha entrado en el léxico de los teóricos culturales por todo el mundo y proporciona un
> marco útil para la comprensión de la aparición y perpetuación de estos modelos de
> competencia. En pocas palabras, Gransci tomó prestado el término hegemonía, que
> tradicionalmente se refería al dominio geopolítico de algunos estados sobre otros, y lo
> refundió para referirse al dominio cultural de unas clases sociales sobre otras.
> Gramsci señaló que la hegemonía geopolítica, que generalmente se alcanza y se
> mantiene mediante la fuerza, es un objetivo obvio de resistencia por parte de las
> poblaciones oprimidas, por lo que es relativamente difícil de mantener durante largo
> tiempo. La hegemonía cultural, por otra parte, se alcanza y se mantiene mediante el
> cultivo de sistemas de creencia de “sentido común” que son menos visibles y que en
> consecuencia generan menos resistencia. En otras palabras, si unos grupos sociales
> privilegiados pueden naturalizar el orden social existente en la mente de los grupos
> subordinados, éstos inconscientemente consentirán su propia subordinación.
> Un ejemplo de esto puede verse en la tradicional exclusión de las mujeres de muchos
> terrenos de la vida pública. Esta exclusión se vio reforzadas por el cultivo de nociones
> de “sentido común” sobre el papel “apropiado” de las mujeres en la sociedad. Claro,
> no todas las mujeres aceptaban estas nociones y muchas lucharon contra ellas. Sin
> embargo, sorprendentemente, muchas mujeres sí aceptaron estas nociones, tal como
> lo demuestran las mujeres que se organizaron para oponerse a los movimientos
> sufragistas con la convicción de “sentido común” (entre otras) de que la pureza moral
> de las mujeres se vería comprometida con su entrada en la vida pública y que toda la
> estructura social resultaría así debilitada.39
> La teoría de hegemonía cultural también sirve para explicar el amplio consentimiento
> dado a los sistemas prevalecientes de democracia competitiva. Consideren de nuevo
> las presunciones sobre las que se sostiene este sistema: que la naturaleza humana es
> esencialmente egoísta y competitiva; que las diferentes personas desarrollan intereses
> en conflicto; y que le mejor forma de organizar el gobierno democrático es a través de
> un proceso de competición entre grupos de interés. Estas presunciones de “sentido
> común” se han convertido en parte de la opinión mundial –aunque no sirven a los
> intereses de la mayoría de la gente. Estas presunciones se cultivan en clases cívicas y
> cursos de ciencia política dentro de nuestros sistemas educativos; se cultivan en
> nuestros sistemas de medios de masas; y se cultivan a través de formas
> institucionalizadas de comportamiento competitivo que estructuran la actividad de
> nuestros sistemas políticos, legales y económicos. Pero todos estos sistemas son
> invenciones culturales que encarnan los valores intereses y creencias de las clases
> políticas privilegiadas que las construyeron.
> No se pretende sugerir con esto una conspiración consciente por parte de los que se
> benefician del orden social existente. Este orden a menudo parece natural e inevitable
> para los que se benefician de él porque la gente tiende a tener una afinidad
> inconsciente por las ideas que promueven sus propios intereses.40 Cuando estas
> personas también provienen de grupos sociales educados y adinerados que controlan
> los medios de producción cultural (es decir, la educación, los medios de comunicación
> y otras instituciones), es muy natural que acaben cultivando, en la población general,
> creencias por las que ellas mismas tienen una afinidad natural e inconsciente. De
> hecho, los miembros de estos grupos sociales influyentes pueden estar actuando con
> la motivación más sincera al contribuir a este proceso de cultivo, porque pueden haber
> llegado a creer que el orden social existente beneficia a todos de la misma manera que
> 
> les beneficia a ellos. El resultado, sea intencionado o no, es una forma poderosa de
> hegemonía cultural.
> ¿Cómo puede entonces una población trascender los límites de su consciencia
> estructurada socialmente? Además, ¿cómo puede ocurrir esto de forma que no resulte
> en más conflicto –el cual sólo reforzaría las presunciones sobre la naturaleza humana
> y el orden social, las cuales subyacen al sistema prevaleciente de competición política
> y lo promueven? La metáfora de un juego puede servir para responder a estas
> preguntas. Las instituciones culturales –al igual que nuestro sistema de democracia
> competitiva- puede entenderse como “juegos” que operan según una serie concreta de
> “reglas”.41 Las reglas de la democracia competitiva aseguran no solo que habrá
> ganadores y perdedores, sino que los jugadores más poderosos tengan más
> probabilidad de ganar. Cuando jugadores menos poderosos acceden a unirse a este
> juego, están consintiendo jugar con reglas que tienden a promover su propia derrota.
> Las estrategias de enfrentamiento del cambio social concuerdan con estas reglas de
> competición. Legitiman el viejo juego al mismo tiempo que aseguran que los
> jugadores más poderosos sigan prevaleciendo dentro de él.42
> Sin embargo existe otra estrategia. Consiste en restar tiempo y energía del viejo juego
> para construir uno nuevo. Lo único que perpetúa el viejo juego es el hecho de que la
> mayoría de la gente consiente las reglas. Si otro juego resulta más atractivo (es decir,
> demuestra mayor justicia social y sostenibilidad ambiental), entonces empezará a
> atraer a un número creciente de personas (es decir, la mayoría de la gente cuyos
> intereses y valores no se ven atendidos por el viejo juego). Si bastantes personas dejan
> de jugar con las viejas reglas y empiezan a jugar con las nuevas, el viejo juego dejará
> de existir no mediante la protesta y el conflicto, sino por desgaste.
> Se trata de una estrategia de construcción, atracción y desgaste. Es completamente
> contraria al enfrentamiento y reconcilia el medio de cambio social con los fines de un
> orden social pacífico, justo y sostenible. El cambio social no requiere vencer a los
> opresores ni atacar a los que más se aprovechan de las reglas antiguas. En lugar de
> ello, requiere que reconozcamos la naturaleza hegemónica del viejo juego, que
> evitemos gastar en él nuestro tiempo y energías, y que invirtamos ese tiempo y
> energías en la construcción de uno nuevo.
> Un número creciente de personas está empezando a reconocer esto de manera
> intuitiva. Modelos electorales no partidistas y de toma de decisión están empezando a
> emerger en muchos sectores, mediante experimentos de cambio social constructivos.
> La mayoría de esos experimentos están todavía por debajo de los radares de los
> numerosos observadores políticos porque las organizaciones no gubernamentales, en
> vez de los estados, han tomado la delantera en esto. Sin embargo esos modelos
> emergentes constituyen importantes experimentos sociopolíticos.
> Una vez más, el ejemplo de la comunidad internacional bahá’í es orientativo. Los
> bahá’ís creen que los modelos partidistas de gobierno se han vuelto anacrónicos y
> problemáticos en una era de creciente interdependencia global. Sin embargo los
> bahá’ís no contradicen ni atacan los sistemas partidistas existentes. Al contrario, los
> bahá’ís expresan lealtad y obediencia a cualquier sistema de gobierno en el que vivan
> y ejercen sus responsabilidades cívicas para votar dentro de las sociedades que lo
> permitan. Al mismo tiempo, los bahá’ís evitan la participación activa en la política de
> partidos para, en lugar de ello, centrar sus energías en la construcción de un sistema
> alternativo de gobierno que ofrecen como modelo de estudio para otros. Experiencias
> como éstas ofrecen experimentos que están teniendo lugar de forma natural, que
> 
> haríamos bien en hacerles un seguimiento y conocerlos mejor –o incluso participar en
> ellos.
> 
> Conclusión
> El sistema prevaleciente de democracia competitiva se está mostrando como injusto e
> insostenible en una era de creciente interdependencia global. Pero este sistema no es
> reparable porque sus problemas se encuentran en sus más profundas presunciones
> internas. La influencia corruptora del dinero, la exclusión de perspectivas de
> diversidad, la incapacidad de resolver problemas complejos, los horizontes de
> planificación de corto plazo, la falta de coordinación transfronteriza, el surgimiento de
> la mezquindad y la falta de civismo, el agravamiento de las divisiones sociales, el
> cultivo del cinismo público y el desencanto, y el efecto general de corrosión del
> espíritu humano – éstas son la culminación de este sistema, el amargo fruto inherente
> a sus semillas.
> “¿Hasta cuándo persistirá la humanidad en su descarrío?” pregunta Bahá’u’lláh.
> “¿Hasta cuándo continuará la injusticia? ¿Hasta cuándo reinarán el caos y la
> confusión entre los hombres? ¿Hasta cuándo agitará la discordia la faz de la
> sociedad? Los vientos de la desesperación, lamentablemente, soplan desde todas
> direcciones, y la contienda que divide y aflige a la raza humana crece día a día.”43
> La democracia competitiva ha llegado a ser un anacronismo costoso. ¿Hasta cuándo
> las poblaciones que soportan estos costes van a seguir viviendo en un estado de
> negación? Es hora de pasar página. La historia no ha hecho más que empezar.
> 
> NOTAS
> 
> Daniel Bell, The End of Ideology (Cambridge, ma: Harvard University Press, 1988).
> Samuel Huntington, The Clash of Civilizations and the Remaking of World Order (New York:
> Simon & Schuster, 1996).
> Véase, por ejemplo, Joseph Stiglitz, Globalization and its Discontents (New York: WW Norton,
> 2002); Jeffry Frieden, Global Capitalism (New York: W.W. Norton, 2006); John Cavanagh,
> Alternatives to Economic Globalization (San Francisco: Berrett-Koehler, 2002); Naomi Klein, No
> Logo (New York: Picador, 2002); David Korten, When Corporations Rule the World (West
> Hartford, CT: Kumarian Press, 1995).
> Este artículo se deriva en parte del libro ya publicado del autor, titulado, Beyond the Culture of
> Contest: From Adversarialism to Mutualism in an Age of Interdependence (Oxford: George
> Ronald, 2004). La editorial ha autorizado que se cite y extraiga cierto número de secciones de
> dicho libro para este artículo.
> Bahá'u'lláh, Gleanings from the Writings of Bahá'u'lláh (Wilmette, IL: Bahá'í Publishing Trust,
> 2005), section CX.
> Véase, por ejemplo, Deborah Tannen, The Argument Culture (New York: Random House, 1998).
> Norman Orstein, “Introduction,” en Lessons and Legacies: Farewell Addresses from the Senate
> (Reading, ma: Addison-Wesley, 1997), p. xi.
> Howell Heflin, “Farewell Address,” en Lessons and Legacies, p. 79.
> Paul Simon, “Farewell Address,” en Lessons and Legacies, p. 172.
> James Exon, “Farewell Address,” en Lessons and Legacies, p. 57.
> Tannen, p. 96.
> Ibid., pp. 96-100.
> 
> Jane Mansbridge, Beyond Adversary Democracy (Chicago: The University of Chicago Press,
> 1980).
> Bahá'u'lláh, Gleanings, section cxii.
> Véanse discusiones sobre este tema en Joseph Schumpeter, Capitalism, Socialism and Democracy
> (New York: Harper, 1976) and Anthony Downs, An Economic Theory of Democracy (New York:
> Harper and Row, 1965).
> Vaughan Lyon, “Green Politics: Parties, Elections, and Environmental Policy,” Canadian
> Environmental Policy: Ecosystems, Politics, and Process, ed. Robert Boardman (Toronto: Oxford
> University Press, 1992), p. 129.
> David Held, Models of Democracy, 2nd ed. (Stanford: Stanford University Press, 1996), p. 170.
> Sydney Blumenthal, The Permanent Campaign (Boston: Beacon, 1980).
> Véase, por ejemplo, Eleanor Clift and Tom Brazaitis, War without Bloodshed The Art of Politics
> (New York: Touchstone, 1997).
> Frank Ackerman, The Political Economy of Inequality (Washington, DC: Island Press, 2000);
> Isaac Shapiro and Robert Greenstein, The Widening Income Gulf (Washington, DC: Center on
> Budget and Policy Priorities, 1999); Albert Fishlow and Karen Parker, Growing Apart: The
> Causes and Consequences of Global Wage Inequality (New York: Council on Foreign Relations
> Press, 1999); Stephen Haseler, The Super Rich: The Unjust New World of Global Capitalism (New
> York: St. Martin's Press, 1999).
> Lester Brown, Christopher Flavin and Hilary French, eds., State of the World 2000: A Worldwatch
> Institute Report on Progress toward a Sustainable Society (New York: W.W. Norton & Company,
> 2000); David Suzuki and Holly Jewell Dressel, From Naked Ape to Superspecies: Humanity and
> the Global Eco-Crisis (Vancouver: Greystone Books, 2004); Lester Brown, Michael Renner,
> Linda Starke and Brain Halweil, eds., Vital Signs 2000: The Environmental Trends That Are
> Shaping Our Future (New York: Norton, 2000).
> Para una visión general del problema de las externalidades, véase James A. Caporaso and David P.
> Levine, Theories of Political Economy (Cambridge: Cambridge University Press, 1992), pp. 89-92.
> Véanse, por ejemplo, propuestas en Henk Fotmer, ed., Frontiers of Environmental Economics
> (Cheltenham, UK: Edward Elgar, 2001); Thomas Aronsson and Karl-Gustaf Lofgren, Green
> Accounting and Green Taxes in the Global Economy (Umea: University of Umea, 1997); y Robert
> Repetto, Green Fees: How a Tax Shift Can Work for the Environment and the Economy
> (Washington, DC: World Resources Institute, 1992).
> Véanse, por ejemplo, Michael Heiman, Race, Waste and Class (Oxford: Blackwell, 1996); Joan
> Nordquist, Environmental Racism and the Environmental Justice Movement: A Bibliography
> (Santa Cruz, CA: Reference and Research Services, 1995); Jonathan Petrikin, Environmental
> Justice (San Diego, CA: Gteenhaven Press, 1995); Robert Bullard, ed., Confronting Environmental
> Racism: Voices from the Grassroots (Boston, ma: South End Press, 1993).
> Jean Blondel, Political Parties: A Genuine Case for Discontent? (London: Wildwood House,
> 1978), pp. 19-21.
> Janice Moulton, “A Paradigm of Philosophy: The Adversary Method,” in Discovering Reality:
> Feminist Perspectives on Epistemology, Metaphysics, Methodology, and Philosophy of Science,
> Sandra Harding and Merrill Hintikka, eds., (Boston, MA: Kluwer Boston, 1983); Robin Lakoff,
> Language and Woman's Place (New York: Harper &L Row, 1975).
> Moulton, “Adversary Method”; Lakoff, Language and Woman's Place.
> World Commission on Environment and Development, Our Common Future (Oxford: Oxford
> University Press, 1987).
> The Universal House of Justice, The Promise of World Peace (Haifa: Bahá'í World Centre, 1985),
> p. 7.
> Para una declaración conjunta de este consenso por una asamblea internacional de científicos
> socials y del comportamiento, véase Seville “Statement on Violence, May 16, 1986,” en Medicine
> and War 3 (1987). Véase también discusiones en Signe Howell and Roy Willis, “Introduction,” en
> Societies at Peace: Anthropological Perspectives, Signe Howell and Roy Willis, eds., (London:
> Routledge, 1989); Richard Leakey and Roger Lewin, Origins: What New Discoveries Reveal
> About the Emergence of Our Species (London: MacDonald & Jane's, 1977); Gary Becker,
> “Altruism, Egoism, and Genetic Fitness: Economics and Sociobiology,” Journal of Economic
> 
> Literature 14.3 (1976); Howard Margolis, Selfishness, Altruism, and Rationality (Cambridge:
> Cambridge University Press, 1982); Stefano Zamagni, ed., The Economics of Altruism (Aldershot,
> England: Edward Elgar Publishing, 1995); Teresa Lunati, “On Altruism and Cooperation,” en
> Methodus 4, (December 1992); Robert Axelrod, The Evolution of Cooperation (New York: Basic
> Books, 1984); Theodore Bergstrom and Oded Stark, “How Altruism Can Prevail in an
> Evolutionary Environment,” en American Economic Review, Papers, and Proceedings 83.2
> (1993); Steven Rose, RC. Lewontin, and Leon Kamin, Not in Our Genes: Biology, Ideology, and
> Human Nature (New York: Penguin, 1987); John Casti, “Cooperation: The Ghost in the
> Machinery of Evolution,” en Cooperation and Conflict in General Evolutionary Processes, John
> Casti and Anders Karlqvist, eds., (New York: John Wiley and Sons, 1994); Alfie Kohn, The
> Brighter Side of Human Nature: Altruism and Empathy in Everyday Life (New York: Basic Books,
> 1990).
> Winston Churchill, House of Commons, November 1947.
> Francis Fukuyama, The End of History and the Last Man (New York: Avon Books, 1993).
> Bahá'í World Centre, The Bahá'í World 1996-97 (Haifa: World Centre Publications, 1998).
> Para más detalles sobre las prácticas y los principios electorales bahá’ís, véase Bahá'í Elections: A
> Compilation (London: Bahá'í Publishing Trust, 1990).
> Para más detalles sobre prácticas y principios consultivos bahá’ís, véase Consultation: A
> Compilation (Wilmette, IL: Bahá'í Publishing Trust, 1980).
> Véase, por ejemplo, discusiones sobre estos temas en Bahá'í International Community United
> Nations Office, Prosperity—an Oral Statement Presented to the Plenary of the United Nations
> World Summit for Social Development (Copenhagen, Denmark: 1995); see also the BIC UNO,
> Statement on Nature (New York: 1988).
> United Nations Institute for Namibia, Comparative Electoral Systems & Political Consequences:
> Options for Namibia, Namibia Studies Series no. 14, N.K. Duggal, ed., (Lusaka, Zambia: United
> Nations, 1989), pp. 6-7.
> Antonio Gramsci, Selections from the Prison Notebooks of Antonio Gramsci, Quinron Hoare and
> Geoffrey N. Smith, eds., (New York: International Publishers, 1971).
> Robert Cholmeley, The Women's Anti-Suffrage Movement (London: National Union of Women's
> Suffrage Societies, 1970); Jane Adams, “Better Citizens without the Ballot: American Anti-
> Suffrage Women and Their Rationale During the Progressive Era,” en One Woman, One Vote:
> Rediscovering the Woman Suffrage Movement, Marjorie Wheeler, ed., (Troutledge, OR: New-Sage
> Press, 1995).
> Véase, por ejemplo, el concepto de afinidad elective articulado en Max Weber, From Max Weber:
> Essays in Sociology, H.H. Girth and C. Wright Mills, trans., (Oxford: Oxford University Press,
> 1946), pp. 62-63 and 284-85. See also W. Clement, The Canadian Corporate Elite: An Analysis of
> Economic Power (Ottawa: McClelland and Stewart, 1975), pp. 92 and 283-84.
> Véase, por ejemplo Ludwick Wittgenstein, Philosophical Investigations, G. Anscombe, trans.,
> (Oxford: Basil Blackwell, 1974); Raymond Cohen, International Politics: The Rules of the Game
> (London: Longman, 1981); J.S. Ganz, Rules: A. Systematic Study (Pans: Mouton, 1971).
> Para una discussion más profunda de este problema, véase Michael Karlberg, “The Paradox of
> Protest in a Culture of Contest,” en Peace & Change, 28 (2003), pp. 329-51.
> Bahá'u'lláh, Gleanings, sección CX.
>
> — *Western Liberal Democracy as a New World Order? (Used by permission of the curator)*

