El Fuego en la Cima de la Montaña
Traducción al español de "Fire on the Mountain-Top” (1973)
por Gloria Faizi
The Bahá’í Publishing Trust
27 Rutland Gate London W7 1PD
@@@Gloria Faizi
Approved for publication by the National Spiritual Assembly
of the Bahá´ís of the United Kingdom
SBN 900123 10 9
B 101
Printed and bound in Great Britain
by Richard Clay (the Chaucer Press), Ltd.,
Bungay, Suffolk
Published by the Bahá’í Publishing Trust, London A los Pioneros de Arabia “Son como el fuego
el cual en la oscuridad de la noche
ha sido encendido en la cima de la montaña,” Estas historias están basadas en los relatos reunidos en Persia por Sr. Sulaymání. No
aparecen aquí en orden cronológico. El FUEGO EN LA CIMA DE LA MONTAÑA
LOS POETAS DE ISFAHAN 1
Los huertos alrededor de Isfahán son bellos en la temprana primavera. Cientos
de árboles de almendro están cubiertas de flores blancas, mientras entre ellos, aquí y
allá, están salpicadas de color rosa de las flores de los durazneros. Bajo este pabellón
delicado de floración, la nueva cosecha está creciendo y el verde es como una rica
alfombra de color terciopelo tendida por donde vea el ojo. La solana está cálida, el
aire perfumado y los pájaros cantan canciones de amor todo el día.
En una huerta tal como ésta, un grupo de jóvenes talentosos estaban sentados
juntos, hace muchos años. Na'im, el poeta hábil, acaba de terminar de leer su poema
mas reciente, y sus amigos estaban llenos de admiración. "¿Cómo lo haces?" exclamó
Siná. "Hay muy pocos poetas quienes pueden escribir acerca de religión en forma tan
bella y fluida." "La cosa más admirable," dijo Nayyir, "es que no hay nada serio ni
solemne en ello. Na'im puede escribir acerca de un santo anciano con la misma dulce
frescura como él puede describir un capullo de rosa en la primavera." "No, no," dijo el
modesto poeta, "Uds. dos hermanos escriben poesía hermosa Uds. mismos. ¿Y qué
de los demás?" dijo él, dirigiéndose a los otros. "Oigamos lo que todos han estado
escribiendo desde que nos conocimos."
Allí se sentaron entre los colores y la música de la naturaleza, recitando poesía,
discutiendo temas de todo tipo y tratando de desentrañar los misterios de la vida. Pronto habían regresado al tema de religión, y cada uno tenía algo que decir:
"Es imposible encontrar una persona religiosa quien no tiene prejuicios contra
todas las otras religiones menos la suya."
Esto es porque cada uno está perfectamente seguro que la suya es la correcta, y
todas las demás son falsas."
"Su actitud es ilógico, mas ¿como puede una persona imparcial, buscando una
religión, estar seguro de encontrarla?"
"Debe primero hacer un estudio de cada religión y entonces decidir entre ellas."
"¡Cada religión! !Tomaría cientos de vidas! Aún si fuera posible para un hombre
hacerlo, cómo puede estar seguro él que puede escoger correctamente al final? Diez
diferentes personas, usando su propia inteligencia, probablemente llegarían a diez
diferentes conclusiones."
"¿Importa?"
"Por supuesto. Todas las religiones enseñan que Dios ha indicado el camino
que debemos tomar en cada época. Si esto es verdad, personas yendo en diez
direcciones diferentes no podrían todos haber encontrado el camino correcto.
Además, no puede haber cooperación y unidad de propósito entre esos hombres, el
cual es el problema entre personas profesando diferentes religiones hoy en día."
"¿Qué entonces es la respuesta? Deberíamos creer que Dios ha proveído el
camino y después lo ha hecho imposible para nosotros encontrarlo?"
"Esto no puede ser. Lo que es cierto, sin embargo, es que el Hombre no puede
esperar encontrar el camino verdadero sin la ayuda de Dios. Una vez que nos damos cuenta de nuestras limitaciones, estaremos preparados para pedir aquella ayuda.
Nosotros mismos debemos, por supuesto, hacer el esfuerzo de encontrar la Verdad,
renunciando nuestros prejuicios y utilizando nuestra inteligencia, pero más
importante que todo es que debemos purificar nuestros corazones y orar por la guía
Divina."
De lo que sabemos de estos hombres jóvenes, sus discusiones de la religión
debían haber sido algo como esto. No importan sus palabras y argumentos que
usaron, llegaron a la conclusión que ellos mismos deben, poniendo su confianza en
Dios, mezclarse con cada grupo, escuchar a cada argumento y nunca perder la
esperanza hasta estar enteramente convencidos que habían sido guiados al objecto de
su búsqueda.
Tal discusión sobre la religión, con la decisión final con que concluyó, quizá no
nos parezca extraño a nosotros porque vivimos en un tiempo cuando muchos jóvenes
preguntan y dudan de los estándares viejos. Pocos de aquellos quienes vivían en el
siglo pasado, sin embargo, se sentían y hablaban como hacemos nosotros acerca de la
religión. Ellos nacieron y fueron criados entre una cierta secta, y cualquier digresión
de sus creencias era considerado peligroso.
Aquellos quienes dudaban de los ideas aceptadas que les rodeaba no
infrecuentemente les faltaba el coraje de admitirlo.
Raramente, en verdad, comenzaron a investigar a otras religiones con la
intención de buscar a la Verdad por dondequiera que el camino les condujera.
################################### Los viajeros estaban sentados en uno de los cuartos de la posada en Tabriz.
Dos de ellos habían sentado con otros amigos en una huerta afuera de Isfahán
discutiendo sobre la religión un día, pero había pasado mucho tiempo desde entonces
y no estaban más cerca a la Verdad que habían esperado encontrar. ¿Contestaba en
verdad Dios a las oraciones de aquellos quienes pedían guía?
Un jinete acaba de llegar. Él cabalgó al cuarto que los viajeros de Isfahán
ocupaban y desmontó de su caballo. Los hombres nunca le habían visto antes, mas le
dieron una bienvenida al extraño mientras entró. El nuevo, mirando a su alrededor
vio a dos hombres quienes trabajaban en la posada. El pidió a uno cuidar a su caballo
y mandó el otro preparar la pipa de agua. Después de que habían salido del cuarto, él
se sentó y empezó a hablar con los viajeros jóvenes. "¿Han oído las buenas nuevas?"
preguntó él. El habló del advenimiento de un nuevo Mensajero de Dios, de cuyo
advenimiento había sido prometido por todas las religiones del pasado. Él les dijo
acerca del joven Heraldo quien había venido para preparar el camino por el Gran
Mensajero, y Quien había sacrificado Su vida por Su Causa. Los viajeros le
escucharon con emociones mixtas. Este tipo de conversación era atribuible a los babís
(1), cuyo nombre era desagradable a todos los musulmanes.
El extraño siguió para decirles de los signos y pruebas con los cuales estos
Mensajeros gemelos habían aparecido. Tan grande era su fe, tan elocuente su
argumento que los viajeros escucharon con interés aumentando. Después de algún
tiempo, él dijo: "Ahora tienen que escuchar algunos de aquellos versos como gemas
que han emanado de la pluma del Prometido." Tomando un papel doblado de su bolsillo, procedió a cantar versos de tanto belleza y grandeza que los viajeros
quedaron sentados y hechizados mientras escuchaban. Ellos nunca habían jamás
escuchado algo semejante antes.
(1)Los bahá'ís todavía eran llamados babís por la mayoría de la gente.
La majestad de aquellas palabras celestiales, cantadas en una manera lo más
impresionante, conmovió las profundidades de sus almas.
Cuando había terminado, el extraño dobló el papel y, tocando con ello a sus
labios y frente como signo de reverencia, se les presentó a sus anfitriones. Él había
sembrado las semillas de fe en sus corazones y ahora, ya terminado su misión, llamó
por su caballo y se puso de pie para ir.
¿Quién era? ¿De dónde venía y a que destinación iba? Su nombre no es
importante. El era un instrumento complaciente que había sido utilizado por la
Mano de Dios.
* * * * * * * * * * *
Miles de gente se había reunido de los pueblos vecinos para ver a los bahá'ís
ser desfilados en las calles. Habían cinco de ellos, sus hombros amarrados de tal
forma que tenían que tomar cada paso juntos o caer en la nieve.
Sus cuerpos desnudos estaban moretonados e hinchados con la golpiza que
habían recibido toda la noche. Aún ahora, mientras se movían lentamente, la
muchedumbre les pateaban y les apedreaban mientras las guardias les pegaban a sus espaldas con sus varas con tal severidad que algunos de entre la multitud no
aguantaban presenciarlo. Un papá viejo imploraba a las guardias por piedad mientras
veía a su hijo único torturado ante sus ojos; una hermana, en pura desesperación,
arrancó de sus orejas sangrientas sus aretes y se los dio a uno de las guardias,
rogándole desistir de azotar a su hermano – mas ninguno mostró misericordia.
Las victimas mismas sorprendieron a los espectadores por su calma y fortaleza,
uno de ellos susurrando a si mismo:
"La Verdad es la Verdad,
aún si todos la desafían;
El Día es el día,
aún si los ciegos lo niegan."
El, y tres de los otros, una vez habían estado sentados con sus amigos en un
hermoso huerto y habían jurado emprender una búsqueda por la Verdad. Aquí es a
donde el camino les había conducido.
* * * * * * * * * * *
Cuatro hombres cansados estaban arrastrándose en el camino polvoroso. Ellos
habían podido escapar con sus vidas de Isfahán, mas no habían tenido nada de comer
o beber ese día y estaban demasiado débiles para continuar más.
Alguien por casualidad, pasaba por ahí. Los hombres les preguntaron si
podían encontrar agua cerca, y él se les enseñó un lugar. Na'im, a quien le quedaban más fuerzas que los otros, salió con un jarro vació, mas estaba tan exhausto de regreso
que no podía acercarse a sus compañeros. Los otros tres hombres estaban más
cansados que él, por lo tanto todos tenían que esperar hasta que Na'im podía hacer el
esfuerzo por acercarse a ellos con el agua preciosa.
No tenían dinero para comprar comida. Antes de salir de la ciudad, Na'im,
quien era un hombre rico, había mandado un mensajero a su esposa pidiéndole
mandar una suma pequeña de dinero para ayudarle a llegar a Tehran, mas su esposa
le había despedido al mensajero diciendo que no ayudaría a un babí. Ella había
tomado posesión de todas las pertenencias de Na’im y ya estaba casada con otro
hombre.
muchas veces se desvelaron por toda la noche alternándose para cantar los
versos.
En la mañana, mientras se levantaban para irse, los amigos nunca podían
predecir que aflicción nueva quizá serían llamados a soportar antes de reunirse otra
vez, mas ellos siempre, bajo todas las circunstancias, estaban preparados a decir con
Na'im:
"Yo no sé, O Señor, lo que es mejor para mi;
Yo sólo pido por aquello que viene de Ti. LA HISTORIA DE NA'IM Y SUS AMIGOS 2
Na'im, el famoso poeta bahá'í, era un gran amigo de Nayyir y Siná. Él los
había conocido a los hermanos desde su niñez cuando vivieron entre algunos de los
mas supersticiosos y fanáticos musulmanes en un pueblo cerca a Isfahán. En su
juventud estos hombres fueron unidos por una amistad muy cercano por sus gustos
similares, y gradualmente formaron un círculo de amigos quienes leían y criticaban la
poesía uno del otro y discutieron temas de toda naturaleza. Estaban particularmente
interesados en la religión, y sus estudios y discusiones sobre esta tema les condujeron
a decidir que ellos deberían, cada uno por si mismo, investigar la verdad por si
mismo; mas si alguno de ellos llegara a la meta de esta jornada difícil y sentía
convencido que él, en verdad, había encontrado el objeto de su búsqueda, él entonces
debería tomar sobre sus hombros la obligación de informar a sus amigos.
Nayyir y Siná fueron los primeros en abrazar a la Fe Bahá'í. Ellos estaban lejos
de su casa en aquel entonces mas, fieles a su juramento, se apresuraron a regresar a
traer las felices nuevas a sus amigos. Na'im les escuchó con gran interés mientras le
daban El Mensaje, y pronto llegó a ser un seguidor firme de la nueva Causa. Uno o
dos de entre sus amigos también fueron atraídos a la Fe, mas los demás se sentían
renuentes a asociarse con alguien quien hablaba a favor de los bahá'ís, mucho menos
estaban preparados a escuchar a ideas aceptadas por gente quienes ya estaban
marcados como enemigos de Dios y la religión.
De ese tiempo los rumores fueron difundidos en el pueblo que Nayyir y Siná,
tanto como Na'im y unos cuantos otros, habían salido de la Fe de Islam para juntarse con los bahá'ís, y ahora estaban involucrados en extraviar a otros. La mayoría de la
gente, sin embargo, quienes amaban y respetaban a esos hombres no creyeron los
rumores, mientras sus pocos enemigos no tenían ninguna manera de probar algo en
su contra.
Entre los enemigos de la Causa en aquel pueblo habían dos sacerdotes quienes
actuaban como diputados de aquellos influyentes Mujtahids* de Isfahán, conocidos
por los bahá'ís como "El Lobo" y "El Hijo del Lobo". Confiados en que cualquier
confabulación en contra de los seguidores de la nueva Fe encontraría la aprobación de
estos mujtahids, los dos sacerdotes decidieron en llevar a cabo un plan por medio del
cual podrían abiertamente denunciar los bahá'ís de su pueblo. Ellos se acercaron al
hermano de un hombre que se le había sospechado por largo tiempo de ser bahá'í, y
le persuadieron pretender adherencia a la nueva Fe. De esta manera él podría obtener
un libro acerca de la Causa y entregarlo como prueba a manos de los sacerdotes. Se
llevó a cabo este plan y el libro del Iqán cayó en manos de los enemigos de la Fe.
La mañana siguiente uno de los sacerdotes, armado con el libro como prueba,
subió al minarete de la mezquita del pueblo. "La religión de Dios ha perecido!" él les
gritó a la gente."¡La verdadera Fe de Dios está muerta!" Los habitantes del lugar se
apresuraron a la mezquita para escuchar lo que él tenia que decir. "¡Oh pueblo," gritó
el sacerdote histérico, "Yo les digo, ¡la religión de nuestros antepasados está muerto y
olvidado! ¡Miren," dijo él, produciendo el Iqán, "este libro les pertenece a los
seguidores del Báb y ha sido encontrado en la casa de los hermanos infieles, Nayyir y
Siná! ¡Yo mismo," él les aseguró, "he leído la primera y segunda páginas de este libro y yo juro por Dios que, si hubiera atrevido a seguir hasta la tercera página, yo habría
sido convertido! ¡Cuidado de lo que estos infieles malditos pueden hacer y
desháganse de ellos antes de que hayan desarraigado la religión de Dios en este
pueblo!"
El daño se había hecho. La amistad y los lazos familiares fueron olvidados
mientras el odio por los bahá'ís aumentó en los corazones de la gente, cegándola a
toda decencia y justicia. Nada podría apaciguarla ahora exceptuando la muerte de
todos quienes se habían atrevido a juntarse a la nueva Fe.
Los dos mujtahids de Isfahán firmaron las sentencia de muerte de los cinco
bahá'ís en aquel pueblo, tres de ellos siendo Nayyir, Siná, y Na'im. Todos iban a ser
llevados a la prisión en Isfahán y entregado al gobernador quien iba a llevar a cabo la
sentencia de muerte. Los del pueblo, sin embargo, no iban a ser privados de tener
una parte en el castigo de los bahá'ís por ellos mismos. La noche que llegaron las
sentencias de muerte, los cinco bahá'ís fueron encuerados y golpeados hasta el
amanecer. Na'im ha relatado el incidente de cómo, después de ser golpeados toda la
noche, sus caras y cuerpos desnudos fueron pintados con colores charradas y
sombreros altos de papel fueron colocados sobre sus cabezas para hacerles parecer tan
ridículos como posible. Sus hombros fueron atados uno al otro y ellos fueron
desfilados a través de las calles del pueblo acompañados por una banda quienes
tocaron flautas, tambores y tamborines. Na'im también recordaba que, a pesar de la
tortura física que habían soportado, su sentido de humor no les había abandonado
por completo y de vez en cuando se echaron a reír mientras se veían uno al otro en su nuevos vestimentos. Afortunadamente, los pocos amigos que les quedaban afuera
lograron conseguir su liberación de la prisión del gobernador en Isfahán. Nayyir y
Sina fueron los últimos en salir de la prisión, y al principio había poca esperanza para
ellos. Sus esposas, en un intento de mover el corazón del "El Lobo", fueron con él con
sus niños pequeños, rogándole tener piedad de los pequeñitos y liberar a sus papas,
mas aquel mujtahid cruel mandó echarles de su casa. El gobernador teniente, sin
embargo, quien ya los conocía a Nayyir y a Sina y era muy devoto a los dos
hermanos, obtuvo su liberación por medio de intervenir por parte de ellos y
persuadirle al gobernador de Isfahán, quien estaba en la capital en aquel entonces, de
anular la sentencia de muerte emitido por los mujtahids. Esto fue una rara ocurrencia
y uno que no podía ser olvidado por los dignatarios religiosos enfurecidos. Ellos
juraron que no descansarían hasta que hubieran tomado su venganza de las víctimas
quienes habían escapado temporalmente su castigo.
*Doctores Musulmanes de la Ley Religiosa LA VENGANZA DE LOS MUJTAHIDS 3
Los gritos y maldiciones de la chusma se podía escuchar por millas alrededor.
Ellos habían rodeado a la casa y amenazaron a apedrear a la muerte a los dos
hermanos.
Nayyir y Sina, los poetas nobles quienes habían gozado de tanta popularidad
antes, habían llegado ahora a ser proscritos entre sus paisanos. Ellos se habían
atrevido a enlistarse en las filas de los bahá'ís y ninguna muerte era demasiada
terrible para ellos.
Las paredes que rodeaban la casa estaban demasiada altas para subir y la
puerta pesada aguantó el ataque de las piedras, mas la chusma salvaje no se alejara.
"¡Traigan parafina," gritaron algunos, "y quemaremos la puerta!"
Dentro de la casa, las mujeres y los niños temblaron con miedo. La primera
advertencia de lo que iba a suceder las había llegado cuando el hijo mayor de Sina'
había sido atacado cuando estaba atravesando unos pocos días antes. Él y su papá
habían dejado el pueblo esa misma noche, mientras Nayyir les iba a seguir más tarde
con el resto de la familia. Ahora les era una consolación el que uno de los hombres
buscados por la chusma fanática no estaría allí si lograron forzar una entrada a la
casa, mas parecía que Nayyir estaba destinado a morir.
Una sola persona no había perdido la esperanza. La esposa de Nayyir no
estaba perdiendo el tiempo precioso en lamentar. Mientras la atención de los vecinos estaba distraído por la muchedumbre ruidoso en la calle, ella daba tajos en la pared
que conectaba su casa con la casa de uno de sus vecinos. "Esto debe abrir a su
bodega," pensaba ella. "Quiera Dios que no oigan ellos el ruido que hago."
Tan pronto como estaba el agujero lo bastante grande como para que pasara un
hombre, la valiente mujer persuadió a su esposo tomar refugio en la casa de su vecino,
mientras que ella rápidamente reparaba el agujero. Entonces, desde el techo de la
casa, ella les llamó a los de abajo. "Escúchenme", dijo ella, "yo juro que los hombres a
quienes están buscando no están aquí en esta casa. Ambos han salido y Uds. están
perdiendo el tiempo tratando de tirar la puerta." Nadie le creyó, mas logró distraer su
atención por un rato, esperando que la chusma se dispersara cuando anocheciera.
"Nayyir y Sina han salido de esta casa, les digo," ella gritó de nuevo. "¡Quemen la
puerta!" gritó la muchedumbre enojada.
Fue traída ahora la parafina, mas el montón de piedras que habían sido tiradas
a la puerta proveía una protección y el aceite fue desperdiciado antes de que se
prendiera la madera. Ya para entonces se había puesto el sol y algunos de los
hombres estaban impacientes para llegar a sus hogares. Después de discusiones
confusas y argumentos acalorados, fue decidido vigilar la casa por la noche y ellos
regresarían a quitar las piedras y terminar con el trabajo en la mañana.
Mientras la muchedumbre frustrada empezaba a dispersar por la noche, la
familia de Nayyir especulaba qué destino le esperaba en la casa de su vecino .
Nayyir, también, se preguntaba cómo se le tratarían sus vecinos si lo encontraran allí.
¿Debería quedarse escondido en la bodega hasta que todos estaban dormidos y entonces tratar de escapar por medio de los techos de las casas, ó debería enterar a sus
vecinos que estaba en su casa? Si él les revelara su presencia allí, ¿no serían tentados
a entregarlo a sus enemigos?
Él escuchaba a los gritos sangrientos de la muchedumbre afuera. Parecía
imposible que estos podían ser la misma gente que le había respetaba antes y había
sido conmovido por su poesía. Quizá, aún ahora, pensaba él, les habría dejado vivir
en paz a él y a sus compañeros creyentes en el pueblo si no hubiera sido por las
instigaciones de aquellos enemigos jurados de la Fe, los mujtahids en Isfahán.
Parecía ser muchas horas antes que los ruidos de la calle empezaban a
disminuir y desaparecer. Ahora se podía escuchar a los vecinos entrar en la casa.
"¡Gente tonta!" decía alguien. "¿Qué les hace pensar que esos dos hermanos son
babís?" "Jamás podrían ser babís," decía otra vez, "nosotros hemos sido sus vecinos por
todos estos años y nunca les hemos visto ser culpables de cualquier de los crímenes
que se les culpa a los babís. Ambos hermanos son buenos musulmanes."
Nayyir decidió salir de su escondite y tirarse ante la misericordia de sus
vecinos. El entró en una de las habitaciones silenciosamente y esperaba. Una viejita
entró y, viendo la forma de una persona en la casi-oscuridad, echó un brinco para
atrás por el miedo. Entonces ella le reconoció a su vecino. "¡Es Ud., el Sr. Nayyir!"
exclamó ella. "¿Cómo llegaste aquí sin ser visto?" Nayyir le contó la situación. "No
tenga Ud. miedo," dijo la señora, "nosotros no le entregaremos." Ella salió y trajo su
hijo. "Nosotros haremos todo lo posible por Ud." le aseguraba el hijo a su huésped.
Se cerró con perno y llave la puerta mientras ellos esperaban el anochecer. El anfitrión entonces mandó a traer un amigo de confianza y juntos se armaban y
silenciosamente escoltaron a Nayyir a un lugar afuera de los límites de su pueblo.
Allí ellos le rogaron tomar el dinero que llevaban y tristemente le dejaron continuar
solo, mientras se apresuraron a regresar al pueblo antes que fuera descubierto su
ausencia.
Nayyir caminaba por muchas millas cansadas, tropezando y cayéndose en la
oscuridad, hasta que encontró el camino a un pueblo en donde él conocía a algunos
bahá'ís. Allí se quedó secretamente por algún tiempo, y se juntaron con él Na'im y
otro compañero creyente de su propio pueblo quien también había escapado de ser
matado por la muchedumbre.
La chusma, mientras, habiendo regresado a quemar la puerta de la casa de
Nayyir y Siná la mañana siguiente, encontró una copia del Coran envuelto en un
pedazo de tela que la esposa de Nayyir había colgado de la puerta. "Debemos honrar
el Libro Sagrado y abstenernos de quemar la puerta," dijeron algunos. "Quizá no
crean en Él, mas nosotros si," dijo un hombre. "Podemos poner a un lado el Libro,"
dijo otro "y prender fuego a la puerta." A fin de cuentas fue decidido no quemar la
puerta, sino tirarla. Ellos quitaron las piedras de enfrente y se pusieron a trabajar.
La familia de Nayyir y Sina, viendo que la chusma estaba resuelta a entrar a la
casa por la fuerza, decidió abrir la puerta. Las dos jóvenes esposas, sin embargo, se
tiraron por una barda baja que daba al patio de un vecino y escaparon por un callejón
estrecho antes que la muchedumbre les podía alcanzar. Esto lo hicieron porque
sabían ellas el destino que les esperaba si fueran atrapadas. Ya habían visto cómo los parientes de la esposa de Na'im le habían encontrado un nuevo esposo para ella,
diciendo que su matrimonio con Na'im había sido anulado cuando él se hizo babí.
También pasó que la esposa de Siná estaba esperando un niño en aquel entonces, y su
propio hermano había jurado abrir su vientre para no dejarla dar a luz a un niño de
un babí.
Cuando la multitud histérica forzó la puerta y entró en la casa, ellos agarraron
al hijo mayor de Nayyir, un niño de ocho o nueve años, y empezaron a pegarle para
que les dijera en donde se escondían su papá y tío, mas viendo que el niño no les
podía dar ninguna información, ellos le dejaron y comenzaron a saquear la casa. Ellos
se llevaron todo lo que encontraron – alfombras caras y textiles, metales elaborados, y
cristal cortado – todo fue confiscado. No dejaron ni siquiera un tapete ni una migaja
de pan para los seis pequeños niños quienes ahora estaban abandonados en la casa
vacía.
Nadie se atrevía a acercarse a los niños, y ellos hubieran muerto de hambre si
no fuera por un vecino amable quien les llevaba secretamente un sartén pequeño de
sopa en la madrugaba mientras no estaba nadie. Dos noches después cuando las
pobres mamas, enfrentándose a todo peligro, fueron a ver lo que había pasado con sus
niños, ellas encontraron al más pequeño, de solo dos años, acostado en un pesebre en
un establo con el estómago hinchado y sin poder decir palabra alguna.
Fue imposible para las mujeres llevar consigo a sus niños, entonces les dejaron
los niños en aquella casa entristecida y les venían a ver de vez en cuando en la
oscuridad. ¡Pasaba su vida así por tres meses! Por fin la suegra de Sina', temerosa por lo que pasara a su hija si se llegara a
encontrar, persuadió a un hombre quien tenía algunos mulas, a llevar a toda la
familia por medio de un camino secreto a través de las montañas a la ciudad de Qum.
De ahí eventualmente podían llegar a Teheran y localizar a Nayyir y Sina', quienes se
habían refugiado en la capital.
Los dos hermanos, habiendo perdido todas sus posesiones terrenales,
dedicaron el resto de sus vidas al servicio de su bienamada Fe. Ellos viajaban a pie de
pueblo en pueblo y de aldea en aldea para difundir las nuevas del Nuevo Día. A
veces fueron tratados con tolerancia, en otras tenían que sufrir penas innumerables,
mas su lealtad y devoción a la tarea que se habían puesto nunca vacilaba. Poniendo
su confianza en Dios, ellos se levantaron a proclamar y enseñar Su Causa y,
recordando a las palabras dirigidas por el Báb a Sus primeros discípulos, ellos
mostraron extremo desprendimiento por dondequiera que fueran. Ellos no aceptaban
ninguna recompensa de la gente de ninguna ciudad y salían de cada lugar tan puros
e impolutos como entraban, sacudiendo el polvo de sus pies.
Ellos murieron en la pobreza, mas las semillas de fe que habían sembrados en
los corazones de los hombres por dondequiera que viajaban produjeron una cosecha
tan rica que miles de gente hoy en día se acuerdan de sus nombres con gratitud, y
dan homenaje a estos dos hombres desprendidos quienes renunciaron a todo confort
en el servicio de los demás. UN VIAJE DE ENSEÑANZA 4
Estaba nevando y había un frio espantoso, mas Siná estaba impaciente para
salir. El había recibido un mensaje de `Abdu'l-Bahá pidiéndole visitar la provincia de
Mazindarán, y él quería emprender el viaje sin pérdida de tiempo. Pero sus amigos y
parientes estaban preocupados por Siná quien ya era un hombre viejo. "¿No es
posible para ti esperar hasta que el tiempo sea mejor?" dijeron ellos. "No se puede
confiar en la vida de un hombre," replicó Siná. "Si yo me quedo aquí, quizá me muera
mañana sin haber obedecido los órdenes de mi Maestro, mas sin embargo si me
muero mientras esté en camino, yo me habría muerto mientras cumplía con Su
mandato." Entonces se mando traer a las mulas, y Siná salió para Mazindarán. Con
el iba su joven hijo Habibu'lláh. Esto fue la primera vez que Habibu'lláh iba con su
padre en un viaje de enseñanza y él no se daba cuenta exactamente de lo que él
debería esperar. Aquel día ellos viajaron de la mañana hasta algunos horas después
del puesto del sol antes de que llegaban a un lugar en donde podían encontrar
descanso y tener algo de comer. Mas la gente del pueblo no resultaron ser
hospitalaria, y los viajeros cansados tenían que quedarse la noche en un establo en
donde goteaba el techo. Ellos tenían gran dificultad en mantenerse secos hasta el
amanecer cuando podían seguir su camino. Esta introducción a su jornada le cayo
un poco inesperadamente al joven, mas dentro de poco fue puesto a una prueba que
fue mucho más duro. Habiendo llegado a otro pueblo en su camino, ellos se juntaron
con los hombres quienes se habían reunido para las oraciones en la mezquita. Cuando terminó la oración, los del pueblo reconocieron a Siná como un descendiente
del Profeta por su turbante verde, y vinieron a rendirle homenaje. Ellos notaron que
su hijo llevaba puesto un sombrero y que su cabeza no estaba rasurado. Esto,
pensaron ellos, era verdaderamente indigno de un hijo de una persona tan respetable,
y como ellos no podían encontrar un peluquero para atenderle a Habibu'lláh, ellos
muy bondadosamente le cortaron el pelo con unas tijeras, tan cerca a su cabeza como
posible. Habiéndole hecho este favor, también le proveyeron al joven con una
turbante muy grande bajo el cual el pobre Habibu'lláh casi no podía mantener erecto
la cabeza. Otro lugar en el cual ellos tenían que quedarse era una posada muy sucia
en donde fueron atacados por cientos de piojos. Cuando eventualmente llegaron a la
casa de unos amigos y lograron cambiar la ropa y tomar algo de descanso,
Habibu'lláh, musitando sobre los últimos días, observó: "¡Con razón mi hermano
mayor no está muy entusiasmado acerca de estos viajes de enseñanza!" Siná se rio en
voz alto. "Si," dijo él, "pueden ser un poco incómodos a veces." Habibu'lláh compartió
un número bastante de otras aventuras con su papa en su primer viaje de enseñanza.
Una vez, cuando iban a visitar a los bahá'ís quienes vivían en pueblos dispersados en
el corazón de los bosques de Mazindarán, les agarró uno de los diluvios que les son
comunes a esos partes y que son seguidos rápidamente por desbordamientos.
Aunque estaban completamente empapados, ellos decidieron no entrar al primer
pueblo a que llegaron porque no conocían a nadie allí, sino seguir al siguiente pueblo
en donde tenían amigos bahá'ís.
Desafortunadamente, su guía perdió el camino en el bosque mientras anochecía, y los desbordamientos se les hacía imposible seguir más. Ellos no podían
pensar en quedarse en el bosque hasta la mañana por los animales salvajes; además,
su ropa estaba mojada y la noche tenía un frio mordaz. Como de añadidura a sus
penas, Siná, quien estaba lejos de estar bien después de los rigores del viaje, tuvo un
ataque repentino de parálisis que afectó a su lengua y ya no podía hablar más.
Habibu'lláh y el guía decidieron que no había nada que hacer mas que tratar de
regresar al pueblo que habían pasado en la tarde. Para llegar a ese pueblo, sin
embargo, fueron obligados a subir a un cerro muy empinado que se había puesto tan
resbaloso por la lluvia que los caballos que montaban no lo podían subir. Habibu'lláh
entonces recordaba algo que el había leído acerca de uno de los reyes de Persia quien
tuvo que enfrentarse con una dificultad similar. El rey había ordenado que los cascos
de los caballos fueron envueltos en tela para que no se resbalaran. Entonces ahora
Habibu'lláh tiró sus mapas y otra ropa debajo los cascos de los caballos, tornándoselos
hasta que alcanzaban la cima del cerro. Cubiertos con lodo y temblando con el frio,
los tres hombres lograron encontrar el camino al pueblo al cual eran renuentes a
entrar más temprano. Para su sorpresa, ellos fueron recibidos muy amablemente y
llevados a una casa en donde un hombre y unas mujeres inmediatamente prendieron
un fuego grande y empezaron a secar su ropa. Las mujeres mostraron gran
preocupación por Siná quien yacía inconsciente por todo ese tiempo y una viejita, en
particular, no podía secar sus lágrimas mientras se sentaba junto al paciente
impotente. Parecía como un milagro cuando, a la mitad de la noche, Siná empezaba a
recuperarse de su enfermedad y encontraba que podía usar su lengua otra vez. Las primeras palabras que pronunciaba eran de alabanza y gratitud a Dios que él había
sido permitido una vez más sufrir privaciones en el sendero del servicio a Su Causa.
Entonces él se volvió a la viejita quien había mantenido una vigilancia tan fiel al lado
de su cama y quien ahora parecía estar tan anhelante a hablar con él, mas no podía
entender lo que ella decía porque ella hablaba en un dialecto. En la mañana, la mujer
trajo un traductor quien explicaba a Siná que ella había soñado con él y su hijo hace
tres noches. Ella le había visto yaciendo allí inconsciente en su sueño, como ahora le
veía en realidad. "¿Quién es Ud.?" inquirió ella de Siná, "y qué hace Ud. en este
bosque?" El le dijo que el había venido a ver a un amigo en el pueblo siguiente. ¡Su
amigo y compañero creyente resultó ser el nieto de la viejita y, después de un poco
mas de conversación, Siná encontró que la mujer misma era una bahá'í, como todos
los habitantes del pueblo en el cual estaban quedando! Todos los hombres del
pueblo, con la excepción de uno, estaban arando las tierras en los cerros a una
distancia mientras las mujeres se quedaron para hacer el trabajo en la casa. Tan
pronto como podía ponerse de pie otra vez, Siná y su hijo siguieron para visitar a los
bahá'ís en los otros pueblos. En una ocasión, mientras se preparaban para salir de un
pueblo, Habibu'lláh torció su tobillo de mala manera y fueron obligados a quedarse
allá por otros tres días hasta que podía caminar otra vez. Este pequeño incidente fue
muy significativo, porque cuando ellos llegaron a su próxima destino, ellos
encontraron que los dos hermanos en cuya casa esperaban quedarse habían sido
agarrados y llevados a prisión hace tres días porque eran bahá'ís. Si hubieran estado
Siná y su hijo allí es ese entonces, ellos también habrían sido llevados a prisión. Viajar con su papá era cualquier cosa menos no-novedoso, decidió Habibu'lláh, y
algunos de los eventos que tomaron lugar fueron en verdad increíbles. Un día,
habiendo llegado justamente a un pueblo de regreso a Mazindarán, ellos iban a la
casa de uno de los bahá'ís cuando se encontraron con un noble del lugar quien estaba
parado en frente de su casa. El caballero les invitó a pasar y, al enterarse que les
esperaban en otro lugar, empezaba a seguirles él mismo. Algunos de los amigos de
Siná quienes habían salido para darle la bienvenida le preguntaron al hombre porque
le estaba siguiendo a Siná. "Yo mismo no lo sé," dijo él. Todo lo que si sé es que
quiero estar con este Siyyid*, quienquiera que sea." "Pero este Siyyid es un bahá'í," le
dijeron mientras se acercaban a su destinación. "En este caso," contestó el hombre, "yo
quiero ser un bahá'í también." ¡El entonces entró a la casa con Siná para escuchar
acerca de su nueva Fe! Extraño como parecía el incidente, la fe del hombre era
genuina y el quedó como un creyente firme por el resto de su vida. Esta persona fue
uno de entre muchos que fueron atraídos por la personalidad radiante de Siná
durante sus viajes a través de Persia. Había el jefe de un pueblo en la provincia de
Khurasán, por ejemplo, quien había conocido a Siná hace años en su viaje a
Mazindarán. En aquella ocasión, Siná estaba enseñando la Fe en uno de los pueblos
de Khurasán cuando causaron un gran disturbio algunos musulmanes fanáticos y
estaba en peligro de muerte. El gobernador del lugar, quien conocía algo de la Fe, se
apresuró en mandar Siná con algunos soldados a otro pueblo cercano. Estos soldados
le trataron a Siná como un criminal y le dijeron al jefe del pueblo que se cuidara de él
porque era bahá'í. Tan pronto que fueron los soldados, sin embargo, el hombre se tiró a los pies de Siná y dijo: "Yo puedo ver que Ud. no es un criminal. Dígame, le
suplico, que es un babí." Siná, quien estaba demasiado débil para hablar con él
después de todas las sufrimientos que había tenido que soportar ese día, sacó un libro
de su bolsillo y se lo entregó a su anfitrión. El hombre se quedó despierto aquella
noche para terminar de leer el libro y llegó a ser un bahá'í convencido antes de que
saliera Siná de su pueblo. Siná frecuentemente solía recordar a los viajes de
enseñanza que hacia cuando era joven. Las cosas eran mucho mas difíciles para un
maestro bahá'í en aquellos días, decía él a su hijo. Había el miedo de la persecución en
cada pueblo y aldea, y el ir de lugar en lugar en si era lejos de ser fácil. Un día,
mientras Siná y Habibu'lláh viajaba de mula en Mazindarán, Siná le señaló a un
lugar a su hijo y dijo: "En los días de mi juventud, cuando viajábamos de pie todo el
tiempo, un compañero con quien yo viajaba por este camino se sentó aquí de puro
agotamiento y no podía ir más lejos." Habibu'lláh se dio cuenta que, tan difícil que
todavía eran los viajes, todavía no llegaban a ser como los de antes. CHARLAS HOGAREÑAS 5
Más de cuarenta hombres, bahá'ís y otros quienes habían venido para
investigar la Fe, estaban reunidos en la casa de Nayyir y Siná cuando una multitud
de doscientos rufianes, empeñados en homicidio y destrucción, se oyó acercando a la
casa.
Los dos hermanos vivían en uno de las secciones más pobres de Tehrán donde
los rudos de la población se podían encontrar y donde los bahá'ís estaban en
constante peligro de ser atacados por sus enemigos. Pero ningún temor de peligro a si
mismos jamás les frenó a Nayyir y a Siná de enseñar la Causa. Cuando eran
demasiados ancianos y enfermos para viajar de lugar en lugar para difundir el nuevo
Mensaje, organizaron reuniones regulares en su humilde casa dos veces a la semana.
Estas "charlas hogareñas", como se les llaman hoy en día, nunca serán olvidados por
aquellos quienes las asistían. Más de cuarenta o cincuenta gente se reunía cada vez
para escuchar a Nayyir y Siná exponer las enseñanzas de Bahá'u'lláh, y un gran
número de gente debían su fe a sus esfuerzos y quienes no abrazaban la Causa salían
de estas reuniones como amigos de los bahá'ís y admiradores de los anfitriones.
Pero los habitantes del distrito en el cual los dos hermanos vivían no iban a
tolerar sus reuniones para siempre y, cuando fueron alentados por el clero, ellos
decidieron deshacerse de sus vecinos bahá'ís de una vez para siempre. Una noche
cuando ellos sabían que había una reunión, doscientos de ellos se juntaron y, gritando
y maldiciendo lo más fuerte que podían, vinieron a matar a cualquiera que encontraran en la reunión.
Cuando se escuchó el ruido de la multitud en la calle, los dos hermanos
rogaron a sus huéspedes que trataran de salvar a sus vidas de la multitud afuera.
Entre los huéspedes en la reunión esa noche, habían como doce soldados quienes
pertenecían a la artillería. Ellos habían estado viniendo para investigar la Fe por las
últimas semanas y ya sabían algo acerca de los bahá'ís y de sus creencias. Cuando
vieron el peligro que amenazaba la gente en la casa, estos soldados abrieron la puerta
y salieron a la calle. La visión de un grupo de soldados tan fuertes, saliendo de la casa
que iban a atacar funcionó como magia sobre la ruda multitud. Todo lo que
esperaban encontrar en la reunión era algunos hombres indefensos y sin armas
quienes serían víctimas fáciles. No habían soñado en confrontar a soldados
preparados para defenderse. El efecto de lo que ahora veían era tan grande que se
retiraron lentamente.
Los soldados, muy complacidos con la impresión que habían causado,
aceptaron una invitación de quedarse en el distrito cada noche por algún tiempo.
Ellos durmieron, de dos en dos, en las casas de los bahá'ís quienes vivían cerca a
Nayyir y Siná, y las "charlas hogareñas" se proseguían normalmente.
Los rufianes trataron otro ataque esperando, sin duda, que ya no habrían mas
soldados. ¡Esta vez, sin embargo, nuestros amigos, los soldados, decidieron dar la
multitud una demostración de un ataque militar en forma! Desenvainando sus
espadas, juntos se apresuraron justamente cuando la multitud entró en la calle. El
resultado fue una gran conmoción entre sus enemigos cobardes quienes se dieron la vuelta y huyeron del lugar -- ¡todos menos a uno quien, siendo más lento que los
demás, fue capturado por los soldados! Este pobre hombre, viendo a Siná parado
junto a la puerta de su casa, agarró de su faja y rogó por misericordia. Siná le aseguró
que no había la intención de hacerle daño, mas el hombre no le soltó la faja hasta que
Siná le había jurado que estaría bajo su protección personal.
Tales eran las condiciones bajo las cuales los creyentes tempranos tenían sus
"charlas hogareñas". RESUCITADO DE LA MUERTE 6
Aullá `Abdu'l-Qani* estaba siendo torturado en las calles de Ardikan. Él era
uno de los bahá'ís más famosos del pueblo, y la gente fanática por largo tiempo había
estado sedientos por su sangre. Ahora le atacaron con armas crudas: cuchillos, palos,
cadenas, y piedras. Hasta las mujeres y los niños estaban ansiosos de tomar parte en
la matanza de un bahá'í porque esto era considerado como la manera más segura de
lograr la admisión al paraíso.
Ellos le pegaron y arrancaron su piel, hasta que él ya no podía ponerse de pie.
Entonces le amarraron una cuerda a sus pies y lo arrastraron a la casa del mujtahid.
"Esta no es la manera que yo les pedí que me lo trajeran aquí," replicó el dignatario
religioso, "mas ahora que ya lo han matado, tiren su cuerpo al foso."
Mas la gente todavía no había acabado con `Abdu'l-Qani. Ellos lo arrastraron a
las calles una vez más y, mientras algunos fueron a recoger leña y parafina para
quemar su cuerpo, otros lo patearon y le tiraron piedras y le escupieron. Alguien
incluso trajo una cierra y empezó a cortarle una pierna.
De repente, un nuevo hombre llegó a la escena agitando un sobre en la mano y
maldiciendo fuertemente. "Gente desvergonzada." él gritó. "Están matando a un
hombre cuyo decreto de muerte todavía no ha sido firmado por nuestros líderes
religiosos. Yo tengo aquí en la mano un telegrama mandándome a investigar este
asunto." Diciendo esto, él sacó una cadena de su bolsillo y alejó la muchedumbre de
su víctima. Él entonces llamó a alguien a que recogiera el cuerpo de `Abdu'l-Qani y lo llevara a su casa, mas ninguno de aquellos que le escucharon salió.
La muchedumbre despiadada estaba lista para saltar sobre su presa una vez
más cuando un hombre, quien por casualidad estaba pasando por ahí, le reconoció a
`Abdu'l-Qani e inmediatamente se ofreció llevarlo sobre sus hombros. Este hombre
era un ladrón quien una vez había entrado violentamente a la casa de `Abdu'l-Qani y,
habiendo sido capturado, iba a ser torturado por órdenes del gobernador cuando
`Abdu'l-Qani intervino y le salvó de su castigo.
El cuerpo de `Abdu'l-Qani era una masa de carne cruda y sangre cuando fue
puesto enfrente de su familia. Una de sus piernas había sido cortada por la mitad y
uno de sus ojos pendía en frente de su rostro. Mas todavía respiraba y su esposa se
apresuró a encontrar a un médico. Ninguno de los médicos a los cuales ella acudía,
sin embargo, tenía el coraje de ir a ver a `Abdu'l-Qani, ni siquiera se atrevía a escribir
una prescripción para él. Además, ellos estaban seguros que él era hombre muerto y
que nada que harían posiblemente podría salvarle la vida. Entonces la esposa de
`Abdu'l-Qani y su hijo mayor se encargaron de ministrar a sus heridos y a usar
cualquier tratamiento que consideraran mejor. Sus esfuerzos incansables fueron
recompensados y `Abdu'l-Qani vivió, aunque fue mucho tiempo hasta que pudieran
siquiera cambiar la ropa ensangrentada y despedazada que él tenía puesta.
Cuando la gente llegó a saber que `Abdu'l-Qani aún vivía, ellos lo vieron como
un verdadero milagro. Ellos dijeron que Dios lo había resucitado después de que lo
habían visto morir, y esa misma gente, quienes casi lo habían matado, ahora venían a
rogar por un pedazo de su ropa ensangrentada para que lo pudieran guardar como una reliquia sagrada. EL LOBO Y LA OVEJA 7
Mulla `Abdu'l-Qani de Ardikan, quien era un bien conocido y muy respetado
sacerdote antes de ser bahá'í, todavía estaba vestido en los vestimentos del clero
musulmán cuando Ardishir, un joven zoroastriano, fue llevado a su casa para oír de
la nueva Fe.
Los zoroastrianos de Persia, habiendo sufrido todas formas de insultos e
indignaciones a las manos de los musulmanes, especialmente temían el encuentro con
cualquier del clero de Islam porque este grupo nunca faltó en envenenar la vida de
un zoroastriano cuandoquiera que pusieran ojos encima de unos de ellos. Mas estaba
por descubrir que este hombre era totalmente diferente que cualquier sacerdote
musulmán que él jamás había visto u oído.
Tan pronto como el joven invitado llegó al umbral de su cuarto, `Abdu'l-Qani
se puso de pie en respeto y cortésmente le ofreció un asiento al lado de él mismo. Él
entonces procedió a servir un vaso de te para él con sus propios manos. El joven
estaba muy asombrado. Él no podía imaginar que siquiera sería posible para un
sacerdote musulmán sufrir semejante transformación aún cuando se hubiera hecho
bahá'í.
No sólo los musulmanes trataban a los zoroastrianos con gran desprecio, sino
también les era imposible para ellos permitir a un zoroastriano beber de un vaso que
se hubiera usado en sus hogares. Todos los zoroastrianos fueron considerados como
impuros y ningún musulmán soñaría en usar un receptáculo usado por ellos. La sorpresa más grande vino para Ardishir cuando, después de que había
terminado de tomar su te, su anfitrión deliberadamente llenó el mismo vaso otra vez,
sin vaciar lo que había quedado adentro, y empezó a beber de él. Entonces, volviendo
hacia el joven zoroastriano, el replicó: "Tu deberías haber oído cómo, en los días del
advenimiento del Señor Prometido, la oveja y el lobo beberán del mismo rio y
pastearán en la misma pradera. ¿Todavía dudas que estamos viviendo en aquel Día?"
El siguiente cuento ha sido relatado por otro zoroastriano quien conoció a
`Abdu'l-Qani:
"Cuando yo era un joven yo era un zoroastriano muy firme. Yo fielmente creía
en todas las ideas que nos habían sido legadas a nosotros por nuestros antepasados y
nunca cuestioné la veracidad de nuestras creencias. Yo sentí muy en lo cierto que
todas las otras religiones eran falsas, pero a mi no me gustaba en particular el islam
por la manera por la cual nos trataban sus seguidores.
Continuamente nos insultaban y nos confrontaban con toda forma de malicia.
Si un pobre zoroastriano quien había traído fruta para vender en el mercado fue visto
montado en su asno en la calle, hasta un pequeño niño musulmán le fue permitido
pegarle con piedras y palos porque era considerado como un insulto al Islam si un
zoroastriano ó judío iba montado en vez de ir caminando humildemente cuando
pasaba un musulmán. Y si uno de nosotros estaba sentado en un umbral, era
obligado ponerse de pie en respeto cuando pasaba un clérigo musulmán. Una vez,
cuando un zoroastriano inválido iba montado en su asno para ir al médico, se
encontró por casualidad con el sacerdote del distrito. Aunque no podía desmontar, él le saludó al clérigo con gran reverencia, mas en vez de contestar a su saludo, el
sacerdote le jaló de su animal y, usando las riendas del asno, le dio al hombre enfermo
una paliza severa.
Nos podían identificar por la ropa que teníamos que poner, y nos veían como
paganos impuros quienes no debían ser permitidos a asociar con la población
musulmana. Hasta se nos prohibió construir casas que fueran mejores o más altas
que aquellas de nuestros vecinos musulmanes.
A pesar del tratamiento que se nos daba, la vida era mucho mejor para los
zoroastrianos y los judíos que para aquellos quienes eran conocidos como babís. Yo
estaba muy seguro que esta gente no creía en el Profeta Muhammad por la manera
en que ellos eran perseguidos por los musulmanes, y yo por lo tanto tenía gran
simpatía para ellos. Un día vi un zapatero quien pertenecía a esta nueva fe siendo
matado en la calle. El fue atacado con piedras, ladrillos, cuchillos de carnicero y
cualquier otra arma que la gente podía agarrar mientras se apresuraban a la escena.
Se le cortaron la carne del hombre en jirones ante mis ojos, y le quemaron su cuerpo.
Más tarde llegué a conocer a algunos bahá'ís y para mi asombro total y gran
desilusión, ¡encontré que ellos creían que Muhammad era un Mensajero de Dios!
`¿Cómo puedes creer en un profeta cuyos seguidores te tratan así?' le pregunté a uno
de ellos con asombro. `No puedes siempre juzgar a un profeta por lo que hacen sus
seguidores,' me dijo el bahá’í. `Pero, ¿cómo puedes decir que un hombre es un
verdadero profeta?,' objeté yo, `si aquellos quienes profesan su religión pueden
comportarse en esta manera?' `Lo que los musulmanes están haciendo hoy en día,' me dijeron, `solamente prueba que ellos se han olvidado completamente las enseñanzas
del Fundador de su Fe, por que si la verdad de un Mensajero de Dios dependiera del
comportamiento de aquellos quienes se nombran de él, entonces deberíamos descreer
en todas los profetas del pasado por igual.' Me dí cuenta que había verdad en lo que
él dijo, mas nada me podía reconciliar con el Islam y su Fundador.
Algún tiempo antes de eso, yo había leído un libro, el cual yo admiraba mucho
por que fue escrito en contra a Muhammad y Su religión. No me había atrevido a
decirle a nadie acerca del libro antes, mas ahora yo me sentí que yo podía discutirlo
con mis amigos bahá'ís. Ellos fueron muy pacientes conmigo, mas siempre lograron
refutar los argumentos dados en el libro y probarlos ser totalmente falsos. Aunque
yo no fuera atraído al Islam, yo encontré que yo era atraído a los bahá'ís mismos. `No
importa Muhammad y Sus enseñanzas,' yo por fin dije, `díganme algo de las
enseñanzas de Bahá'u'lláh.' Me dieron Las Palabras Ocultas para leer. Este pequeño
libro cautivó inmediatamente mi corazón y yo empecé a leer otros Escrituras de
Bahá'u'lláh. En tiempo, yo llegue a creer que el Autor de estas Escrituras debía ser
verdaderamente inspirado por Dios. Pero mientras yo leía las Escrituras de
Bahá'u'lláh, un día encontré un tributo que Él había hecho a Muhammad como un
Mensajero Divino y esto era algo que yo no podía tolerar. `Yo no tengo ninguna
dificultad en aceptar a Bahá'u'lláh como un Mensajero de Dios,' yo les dije a los bahá'ís
un día, `pero yo nunca podré ser convencido que Muhammad era un Profeta también.
Mi prejuicio en contra a los musulmanes era tan intenso que al final decidí ir
tan lejos de abandonar a Bahá'u'lláh y Su Causa, antes que aceptar al Profeta de Islam. Era entonces que llegué a conocer a Mullá `Abdu'l-Qani. `¿Por qué lo encuentres tan
difícil reconocer a Muhammad como un verdadero Profeta?' me preguntó, y entonces
siguió una larga discusión. Él me dijo que las enseñanzas traídas por el Mensajero de
Dios podrían ser comparados a las aguas puras de un lago que dan vida. Pero,
conforme que pasan los días, el agua clara del lago es contaminada por aquellos que
hacen uso de ella. Algunos le meten sus cubetas, otros sus manos, y aún otros su
ropa sucia. Con el tiempo, el agua cambia su color y olor y pierde su poder de dar
vida. En verdad, de beber de esa agua llega a ser la causa de enfermedades. `Eso es
porque,' continuó `Abdu'l-Qani, `Dios manda un Mensajero para purificar Su religión
de tiempo en tiempo y hacerla una fuente de vida espiritual para el mundo una vez
más, después de que la gente la hayan mal usado y la hayan corrompido para
conformarla a sus propios deseos.' `¿Pero cómo puedo yo estar seguro?,' le pregunté
`que las enseñanzas de Muhammad eran buenas y provechosas cuando El las trajo?'
`Tu debes olvidar tu prejuicio, poner a un lado todas las ideas que encuentres
prevalecientes entre los musulmanes hoy en día, y leer las enseñanzas de
Muhammad como fueron dadas en el Corán.' `Yo no puedo leer árabe,' le dije, `y el
Corán no ha sido traducido al persa.' `Si eres sincero en tu búsqueda de la verdad, y
quieres saber lo que está escrito en el Corán,' me dijo `Abdu'l-Qani, `yo estoy
preparado a leerlo contigo.' Yo empecé a estudiar el Corán con Mulla Abdu'l-Qani
cada día. Me tomó dos años para terminarlo, mas por ese tiempo mi corazón estaba
completamente ganado por el Profeta de Islam. Entonces yo no tuve mas dificultad
en ser bahá'í, para la gran desilusión de mis vecinos musulmanes. LAS PERSECUCIONES DE YAZD 8
En el calor feroz del sol de mediodía, miles de personas se habían reunido en el
zócalo de Yazd, mientras otras estaban ocupados en la matanza de los bahá'ís y el
pillaje de sus hogares en cada distrito del pueblo. Los bahá'ís habían sido tomados
desprevenidos y no tenían a donde huir. Sus esposas y niños estaban tratando de
esconderse en sótanos, posos, zanjas y fosos casi muertos de miedo mientras
escuchaban a las imprecaciones horribles y gritos horripilantes a su derredor.
De repente se paró la matanza y todos se apresuraron al fuerte del gobernador.
Se había llegado el rumor al dignatario religioso del pueblo que el gobernador había
dado refugio a Mulla `Abdu'l-Qani en su propio fuerte y, furioso por las noticias, el
clérigo había llamado a todos los musulmanes devotos a rodear el lugar y a estar
preparados a atacarlo si el gobernador no se les entregaba `Abdu'l-Qani a ellos.
Miles de hombres se apresuraron a la escena y rodearon al fuerte por todos
lados mientras las mujeres se amontonaban en los techos alrededor, mezclando sus
gritos y chillidos con los alaridos de los hombres abajo. El gobernador, temeroso de la
influencia del clero y el poder de las masas, se apresuró a asegurarles que `Abdu'l-
Qani no había entrado al fuerte. Aunque rogó por horas, la muchedumbre no le
creyera y él era obligado a pedir la ayuda de los mismos clérigos.
Este incidente, que mantuvo la atención de los habitantes de Yazd desde
mediodía hasta el atardecer, trajo alivio a muchos bahá'ís, quienes de otro modo
hubieran sido matados ese día. `Abdu'l-Qani y algunos de los miembros de su familia estaban, de hecho, en la
casa de algunos amigos ingleses cuando la noticia les fue entregado de lo que estaba
ocurriendo afuera. Los anfitriones inmediatamente le pidieron a `Abdu'l-Qani salir de
su casa porque ellos temían lo que les pasaría si la gente llegara a saber que la presa
humana que buscaban podía encontrarse en su casa.
`Abdu'l-Qani, un hombre de setenta años en ese entonces, les aseguró a sus
anfitriones que no permitiría que les pasara daño. El pidió que fuera permitido
quedarse allí hasta que hubiera razón de creer que la gente sospechaba donde estaba.
El prometió, entonces, que saldría voluntariamente de su casa para ser matado en la
calle para que no llegara daño a sus anfitriones. Los anfitriones estaban renuentes a
escuchar sus ruegos. "¿Porqué escoges una religión," dijo la señora de la casa, "por la
cual tu tienes que sufrir insultos y persecuciones por donde vayas?" "¿Te habrás
olvidado de los días de Pedro y Pablo?" replicó `Abdu'l-Qani. "No era así como los
discípulos tempranos de Cristo fueron tratados por la gente de su día?"
`Abdu'l-Qani se sentó detrás de la puerta de la entrada, dispuesto a salir de la
casa tan pronto como oyera acercarse una muchedumbre. Al puesto del sol se oyeron
los gritos fuertes de una pandilla que se venía por ahí. `Abdu'l-Qani se despidió de
sus niños, les dio las gracias a sus anfitriones por dejarles quedar allí, y se preparó
para salir. El ruido en la calle, sin embargo, se disminuyó mientras la muchedumbre
se pasó por el callejón, sin entrarlo.
Una vez más `Abdu'l-Qani se sentó para esperar. La tristeza de su familia y la
ansiedad de sus anfitriones no encontraban límites. Pronto se oyó el rugido de una gran multitud de gente acercándose. Esta vez los números eran tantos, y el ruido y
conmoción que hacían eran tan grandes, que la tierra misma temblaba cuando
entraron al callejón y se acercaron a la casa. `Abdu'l-Qani apresuradamente abrió la
puerta y salió. Para su sorpresa, la muchedumbre se fue a otra puerta cercana y la tiró
con unas cuantas patadas. Esta casa pertenecía a otro Bahá'í, y no encontrándolo en
casa, la pilló la muchedumbre y salió.
Los amigos de `Abdu'l-Qani se rehusaron a tener más trato con él. El viejo,
acompañado por su yerno quien insistió en ir con él, se partió con la esperanza de
escapar del pueblo antes de que se terminara la noche. Afortunadamente nadie los
reconoció en la oscuridad y ellos pudieron salir de Yazd.
Siendo anciano y débil, `Abdu'l-Qani no podía caminar muy rápidamente y las
noches de verano eran cortas. ¿Podrían encontrar el camino a un refugio antes del
amanecer? Mientras que los primeros centellas del amanecer aparecieron sobre el
horizonte, ellos reconocieron los contornos de uno de las aldeas cercanas. El joven se
adelantó apresuradamente para ver si podía persuadir a un zoroastriano que conocía
en aquel lugar a refugiarlos en su casa. Este hombre, aunque dispuesto a ayudar,
temía dejarlos entrar en su propia casa. Les llevó a un jardín bardeado a corta
distancia de su lugar, donde no había ninguna protección del sol caliente, pero en
donde él esperaba que pudieran quedarse sin ser vistos aquel día.
`Abdu'l-Qani y su yerno fueron dejados en aquel jardín, sin comida ó agua,
para vivir a través de catorce horas de sol abrazador. Al anochecer, casi muertos por
falta de agua y comida, ellos recibieron un poco de sustento de dos hombres quienes fueron enviados por el dueño del jardín con un mensaje, pidiéndoles salir del aldea
mientras todavía estaba oscuro. Esto ellos encontraron imposible hacer. No sólo
estaba `Abdu'l-Qani demasiado débil para empezar otro jornada a pie, sino no podían
pensar en donde ir. Al fin persuadieron a su amigo dejarlos quedar.
`Abdu'l-Qani sobrevivió el tormento del sol caliente durante aquellos largos
días de verano y la agonía de dormir en la tierra arada en la noche. ¡El vivió en aquel
jardín treinta y nueve días! Ni hambre ni sed, ni las persecuciones y tormentos que él
sufrió a las manos de sus enemigos podían enfriar su entusiasmo por la Fe que amaba
tanto. El vivió a través de todos estas ordalías y sufrió una muerte natural años
después, sirviendo a la Causa hasta el final de su vida. UN HIJO NOBLE 9
Mullá `Abdu'l-Qani tenía un hijo de quince años, `Abdu'l-Khaliq, quien estaba
con él en la casa de sus amigos ingleses en aquel día trascendente en Yazd. Aún sus
anfitriones quienes estaban tan preocupados por su propia seguridad, no dejaban
salir a `Abdu'l-Khaliq con su padre esa noche. La mañana siguiente un doctor ingles
quien estaba preocupado por la seguridad del hijo, lo llevó a su propia casa en donde
él esperaba mantenerlo hasta que los problemas en Yazd habían terminado.
Más tarde en el día, sin embargo, el doctor recibió un mensaje del gobernador
que le hizo cambiar de opinión. El mensaje fue traído por un ministro inglés de Yazd,
y les advertía a los extranjeros del pueblo de no permitir ningún bahá'í entrar a sus
casas, porque él, el gobernador, no podía ser responsable por las consecuencias
funestas si los musulmanes les encontraran escondiendo a bahá'ís en sus casas. "Aún
si sospechas que tu propio sirviente pertenece a esta Fe," había dicho el gobernador,
"deberían echarlo a la calle."
El médico estaba muy preocupado, y el clérigo quien había traído el mensaje le
preguntó a `Abdu'l-Khaliq si estaría preparado a denunciar a los Fundadores de Su Fe
para salvar su propia vida. "¡Nunca!" fue la respuesta inmediata de `Abdu'l-Khaliq, "y,
mas preferiría ser muerto." "En este caso," dijo su anfitrión de mala gana, "temo que
no te puedo mantener aquí ya más, porque mi propia seguridad ya está en peligro."
Se le dio a `Abdu'l-Khaliq algo de dinero para tener consigo en caso de
necesidad, y lo mandó de la casa aquella noche. No sabiendo de un lugar a donde podría ir, el joven empezó a alejarse del
pueblo a pie. El temblaba con miedo mientras pensaba de la luz del amanecer que se
acercaba cuando quizá alguien en el camino le reconociera. Pero aún en el caso de
que no fuera así, pensaba él, ¿A donde podría ir? ¿Quién estaría preparado a darle
refugio en su casa en los pueblos circunvecinos a Yazd, o siquiera comida y agua,
cuando cada extraño era sospechado de ser un bahá'í quien se huía del pueblo?
De repente se enredó su pie en un alambre y se cayo. Fue descubierto
inmediatamente por unos trabajadores quienes estaban durmiendo cerca. "¿Quién
eres, y que haces aquí a esta hora de la noche?" le preguntaron. `Abdu'l-Khaliq dijo
que estaba en camino para hacer un mandado por el doctor inglés. "¡Tú mientes!" le
dijeron. "Tu eres uno de los bahá'ís quienes están tratando de escapar." `Abdu'l-
Khaliq no lo negaría y se preparó para morir. Los trabajadores, sin embargo, no lo
mataron. Ellos le dejaron quedar por la noche e irse en la mañana. Pero le quitaron
el anillo que su padre se había quitado de su propio dedo y puesto al mano de
`Abdu'l-Khaliq cuando se despedía de su hijo.
En la mañana el hijo generoso dio a los trabajadores algo de su dinero también,
antes de que saliera al desierto.
Cuando había viajado alguna distancia del lugar, uno de los trabajadores le
alcanzó y dijo: "Yo puedo arreglar para que quedes en la casa de mi patrón. ¿Cuánto
me puedes dar para llevarte con él?" `Abdu'l-Khaliq le dio el mayor parte de la suma
que tenía en su bolsillo. "Esto es todo lo que me alcanza," dijo. El hombre le dijo que
se sentara y esperara su regreso. `Abdu'l-Khaliq se sentó entre algunas rocas y esperó por largo tiempo. El sol se
ponía más y más caliente cada minuto y el joven se preguntaba cuánto tiempo podía
soportarlo. Después de algunas horas agonizantes, se dio cuenta que el trabajador no
tenía ninguna intención de regresar, entonces se puso de pie para continuar su
jornada agotador.
De pronto se encontró con un zoroastriano quien, viendo el estado del pobre
joven en aquel calor, inquirió a donde iba. `Abdu'l-Khaliq, esperando que el hombre
quizá le ayudara, dijo: "Yo estoy tratando de escapar del pueblo, pero no tengo a
donde ir. ¿Ud. sabe de un lugar?" Pero el zoroastriano no ofreció ninguna ayuda y le
dejó continuar su camino.
Ahora `Abdu'l-Khaliq se sentía que moriría de sed si no pudiera encontrar algo
de agua para tomar. Un generoso viejo que le encontró en ese tiempo le salvó la vida
por medio de darle unos pocos gherkins. Entonces, después de preguntar al joven, y
enterándose de su infortunio, él lo llevó a su casa en un pueblo cercano.
El viejo tenía que ir al pueblo ese mismo día y, apenas había entrado el lugar
cuando escuchó las advertencias del pregonero del pueblo de Yazd y sus alrededores.
"Los dignatarios reverendos de Yazd han decretado," gritaba el hombre, "que
quienquiera se atreve a dar refugio a un babí, ó en este pueblo ó en las aldeas a su
alrededor, ¡se le confiscará a sus propiedades y su casa será arrasada!"
El pobre hombre se apresuró a regresar a su pueblo, temblando con miedo y le
rogó a `Abdu'l-Khaliq que saliera de su casa. "Déjeme quedar por esta única noche," le
rogó el joven, "y yo iré en la mañana." El viejo le despertó al amanecer y le dijo que se escondiera en algunas ruinas cercanas. `Abdu'l-Khaliq le dio el resto del dinero que
tenía y tomó refugio entre las ruinas.
Una vez más el joven se encontró en el calor abrazador sin agua ó comida.
Mientras pasaban las horas y se aumentaba su sed, se sentía seguro que ya no podía
soportarlo más. Cualquier muerte, pensaba, sería mejor que ser rostizado bajo el sol
despiadado del desierto. Aunque fuera muerto por una muchedumbre salvaje, por lo
menos sería más rápido que morir así. El decidió regresar a Yazd y a estar preparado
a encontrar su destino.
En Yazd, la mamá afligida de `Abdu'l-Khaliq no tenía ni un momento de paz.
Ella había visto a su esposo anciano y su yerno salir a las calles llenas de hombres con
la intención de derramar su sangre. Ninguna noticia de ellos le había llegado, y ella
se preguntaba si todavía estaban vivos ó les habían cortado en pedazos sus enemigos
despiadados. Ella había esperado que su hijo joven, `Abdu'l-Khaliq, estaría seguro en
la casa del doctor inglés, mas ahora ella sabía que le habían echado a la calle a él,
también. "¿Cómo podía Ud. tener el corazón," ella de dijo al doctor, "de sacar a un
joven inocente quien se había puesto su confianza en Ud. y quien había tomado
refugio bajo su techo? ¿Porqué, pues, no podía Ud. haberle permitido ser muerto aquí
para que pudiera yo, por lo menos, enterrar su cuerpo y llorar sobre su sepultura?
Ahora tengo que morir cien veces cada día, no sabiendo que torturas él ha sufrido y
en donde descansa su cuerpo."
El doctor fue muy conmovido por su terrible angustia y quisiera que pudiera
darle alguna noticia de su hijo, mas nadie sabía a donde había ido `Abdu'l-Khaliq ni lo que le había pasado. Entonces, después de dos días de ansiedad, el doctor lo vio a
`Abdu'l-Khaliq entrar a su hospital más muerto que vivo. Estaba tan feliz de ver al
joven que se sobrepuso al miedo que la gente lo hubiera visto entrar al hospital. Se
aseguró que le fuera dado al joven la atención que necesitaba, entonces se apresuró a
dar las buenas noticias a la mama de `Abdu'l-Khaliq.
Cuando se recuperó `Abdu'l-Khaliq de los efectos de las penas que había
soportado, su amigo el doctor pensó en llevarlo a uno de los dignatarios religiosos de
Yazd y obtener una declaración del clérigo que dijera que `Abdu'l-Khaliq no era un
bahá'í y que no debiera ser molestado, pero el joven intrépido no lo aceptó. El había
tenido un saboreo de cómo podía ser la vida de un bahá'í, mas él escogió permanecer
leal a su Fe. LAS PROFECÍAS CUMPLIDAS 10
De sus estudios de las Escrituras zoroastrianos, Mullá Bahram* había llegado a
la creencia que el tiempo para la aparición del gran Mensajero predicho en los Libros
Sagrados estaba a la mano. Él preguntó a todo cuanto llegaba a su pueblo acerca de
noticias del mundo exterior, esperando que algo llegara a sus oídos que le ayudaría
reconocer los signos del advenimiento del Prometido. Pero pasó mucho tiempo y él
no oyó nada de importancia.
Un día un vecino suyo quien apenas había regresado del pueblo le dijo que se
había muerto un babí en Yazd ese día. "¿Qué es un babí?" preguntó Mullá Bahram.
Su vecino no estaba seguro, pero contó lo que él mismo había oído acerca de ellos.
"Ellos son gente," dijo él, "cuyos rostros se vuelven amarillos a través de adquirir
demasiado conocimiento." Esto le tenía poco sentido para Mulla Bahram, y pronto
otros asuntos le ocuparon a su mente y no dio mucha importancia a lo que había
escuchado.
Algún tiempo después, cuando Mulla Bahram estaba trabajando en Tehrán, un
día estaba discutiendo sobre el tema de religión con un amigo que él esperaba
interesar en la Fe Zoroastriana. Entre las pruebas que él mencionaba concernientes la
Revelación de Zoroastro eran los milagros que Él había hecho y la persecución Él y
Sus discípulos soportaron por amor a Su Causa. "El sufrimiento de persecuciones no
es una prueba," dijo su amigo. "Hace sólo unos años ochenta babís fueron matados
por su Fe en un sólo día aquí en uno de las plazas de Tehrán, mientras todos saben que no hay verdad en lo que ellos creen."
*El no era un sacerdote Musulmán, aunque era conocido como "Mullá
Bahram".
Esto fue la segunda vez que Mulla Bahram escuchó de los bahá'ís y como
estaban siendo perseguidos. La tercera vez era en Kashan donde estaba trabajando
con un hombre a quien el había llegado a amar y a admirar. Este amigo un día
recibió una carta, la cual él abrió en la presencia de Mulla Bahram. El contenido de
aquella carta trajo tanta tristeza a su corazón que no podía esconder sus sentimientos,
y Mulla Bahram rogó saber la razón por su gran tristeza. Su amigo era renuente de
hablar acera de ello al principio, pero dándose cuenta que podía confiar a Mulla
Bahram con un secreto, decidió decírselo. Dos de los nobles de Isfahán, dijo, quienes
eran conocidos por su gentileza y la vida santa que tenían, habían sido, sin embargo,
cruelmente martirizados porque eran bahá'ís. Mulla Bahram fue muy conmovido por
lo que escuchó. Él también se dio cuenta ahora que su propio amigo, quien él había
creído ser un zoroastriano, era un miembro de esta nueva Fe.
Mulla Bahram ya no podía ignorar la Causa que había sido traído a su atención
de tiempo en tiempo a través del martirio de sus seguidores. Su investigación, que
empezó ese mismo día, despertó su gran interés en la nueva Fe, pero tuvo que salir
para su pueblo nativo cerca a Yazd antes de que estuviera totalmente convencido de
la verdad de la Causa.
En Yazd, Mulla Bahram conocía a una familia que le compraba betabél
cuandoquiera que llevaba un burro cargado de ellos para vender en el pueblo. En una de estas ocasiones fue invitado a pasar a conocer a la familia. Este amigo era
Malmiri, un famoso maestro bahá'í cuya sentencia de muerte había sido firmado por
uno de los dignatarios religiosos de Yazd, y quien ahora estaba viviendo en secreto en
el sótano de la casa de uno de sus compañeros creyentes.
Los enemigos de Malmiri le estaban buscando en el pueblo y sus alrededores,
pero aún en tiempos así él no dejaba de enseñar la Fe si se presentara la oportunidad.
Su anfitrión le había dicho del joven zoroastriano quien traía betabél a la puerta y
quien parecía ser una persona inteligente y sincero, y se arregló que fuera invitado a
conocerle a Malmiri un día.
Mulla Bahram vino día tras día para escuchar de la Causa. Escuchaba con
lágrimas corriendo por su rostro mientras Malmiri le explicaba cómo todas las
profecías de los Libros Sagrados habían sido cumplidas y el Prometido de las Edades
había sido revelado. "Este no es tiempo para lágrimas," le dijo Malmiri. "Yo le estoy
dando las buenas nuevas de una Revelación que traerá bendiciones no dichas a la
humanidad y establecerá el Reino de Dios sobre la tierra." Pero Mulla Bahram fue
conmovido por emociones fuera de su control mientras reconocía la grandeza del Día
en el cual vivía.
Estas fueron las circunstancias bajo las cuales Mulla Bahram, uno de los
primeros zoroastrianos, abrazó la Causa en Yazd, y llegó a ser confirmado en su
nueva Fe. LA JORNADA A YAZD 11
Mulla Bahram estaba en camino a Yazd. Estaba viajando solo; el camino era
largo y aburrido, y por millas no se podía ver nada sino desierto estéril. Mas Mulla
Bahram estaba feliz de tener una mula para montar, porque el viaje a pie hubiera sido
mucho más difícil. De por sí, estaría de camino por muchos días.
Mulla Bahram se preguntaba como sería recibido la noticia de su regreso por la
gente de su pueblo. Hace menos de un año había sido forzado salir del lugar para
salvar su vida porque dos de los dignatarios religiosos de Yazd, quienes se habían
opuesto por mucho tiempo a la Fe Bahá'í y perseguido a los creyentes, habían muerto
de repente, y se difundía el rumor que Mulla Bahram había causado sus muertes por
medio de brujería.
Como uno de los primeros zoroastrianos en abrazar la Fe en Yazd, Mulla
Bahram ya había hecho un número de enemigos entre los zoroastrianos tanto como
los musulmanes por la manera audaz por la cual exponía de Causa y por ser
responsable de atraer a muchos a la nueva Fe. Se decidió, por lo tanto, que él y
algunos otros bahá'ís bien conocidos, cuyas vidas estaban comprometidas por las
muertes repentinas de los dignatarios religiosos, no deberían permanecer en Yazd y
confrontar la ira de la muchedumbre fanática.
Mulla Bahram había viajado a la India en donde había logrado éxito en la
enseñanza de la Causa a algunos de los zoroastrianos antes de que recibiera un
mensaje de Bahá'u'lláh de regresar a Persia. Entonces, aquí estaba en su camino a Yazd, con todo su capital y posesiones empacados en la silla sobre la espalda de su
burro.
Mientras contemplaba Mulla Bahram los eventos del pasado, y se preguntaba
de aquellos del futuro, poca cuenta se dio del tipo de aventura en la cual estaba por
participar. Esta aventura compartió con dos ladrones, quienes lo atacaron y,
habiéndole pedido desmontar de su burro, tomaron posesión de todo cuanto tenía.
Ellos hasta tomaron la ropa que llevaba puesto, dejándolo con apenas lo suficiente
para cubrirse.
Aunque no preparado para esta nueva experiencia, Mulla Bahram se resignó a
la Voluntad de Dios y prosiguió su jornada a pie. Había ido una buena distancia
cuando el sonido de voces enojadas le alcanzó desde atrás. Viendo hacia atrás, él vio a
los dos ladrones involucrados en una riña feroz. El inmediatamente volvió sobre sus
pasos para inquirir acerca de la causa del problema y encontró que los dos no podían
ponerse de acuerdo sobre como repartir sus posesiones entre ellos. "Caballeros," dijo
Mulla Bahram, "yo les ruego dejar de disputar porque por casualidad yo sé el precio
exacto de cada uno de estos artículos y, con su permiso los dividirá entre Uds. de tal
manera que cada uno recibirá una parte equitativa."
La idea les atrajo a los ladrones y Mulla Bahram dividió sus posesiones entre
los dos para la satisfacción de ambos. Los últimos dos objetos que quedaron para
dividir eran el burro y la silla de montar vacía. "Caballeros," dijo Mulla Bahram, "yo
lo encuentro absolutamente imposible ser justo en el reparto de estas dos cosas.
Cualquier de Uds. que reciba la silla será evidentemente el perdedor, entonces yo sugiero que para solucionar el problema, Uds. me dejen tener estos a cambio de mis
servicios."
Los ladrones pensaron que la sugerencia era muy sabia, y generosamente
permitieron a Mulla Bahram ensillar el burro e ir montado el resto de la jornada a
Yazd. “EL COMPAÑERO” DE BAHRAM 12
Una noche Mulla Bahram soñó que dos caballeros nobles lo habían venido a
ver. De sus turbantes verdes el podía ver que eran descendientes del Profeta
Muhammad y, mientras cruzaban el umbral, ellos le hablaron y dijeron: "Somos
Nayyir y Siná."
Mulla Bahram estaba fuera, trabajando en su rancho la siguiente mañana
cuando Nayyir y Siná llegaron al pueblo. Ellos habían escapado los peligros de
Isfahán y, habiendo fallado en encontrar un lugar seguro para quedarse en Yazd,
habían venido para refugiarse con Mulla Bahram por un rato hasta que pudieran
marcharse otra vez.
En respuesta a su golpe en la puerta, la esposa de Mulla Bahram abrió la
puerta. Ella era una zoroastriana muy fanática quien no podía tolerar a gente de
otras fes a quienes su esposa tenía el hábito de brindar su amistad desde que él mismo
se había hecho bahá'í. De hecho, ella tenía poca simpatía o tolerancia hacia su propio
esposo ahora que había escogido cambiar sus creencias religiosas anteriores, y ella no
fallaba en ninguna oportunidad de demostrar su resentimiento por hacerle la vida tan
difícil como posiblemente pudiera para él. Ella echó una mirada rápida a los dos
visitantes y azotó la puerta en sus caras. No tenía nada que hacer con gente quienes
portaban turbantes--¡especialmente turbantes verdes! "Esta no es la casa de Bahram,"
les gritó, adivinando a quien habían venido a ver.
Nayyir y Siná se volvieron con corazones tristes, preguntándose a donde podrían irse. Mientras atravesaban el pueblo de pie regresó Mulla Bahram, quien iba
a casa, por casualidad pasaba y los reconoció como los dos hombres a quienes había
visto en su sueño. Acercándose a ellos, les preguntó: "¿Son Nayyir y Siná?" "Si los
somos," dijeron los hermanos atónitos. "¿Es Ud. Mulla Bahram?" Mulla Bahram los
abrazó tiernamente, les dio la bienvenido a su pueblo y les llevó a su casa. Los dos
hermanos, sin embargo, sabiendo que no serían bienvenidos por la señora de la casa,
se preguntaban si deberían aceptar su hospitalidad. Mulla Bahram, mientras, no
tardó mucho en saber como su esposa había tratado a sus huéspedes distinguidos. Él
ahora ya había llegado al límite de su paciencia con su comportamiento rudo y
perdiendo por completo el control, la tomó por la mano y se le mostró la puerta,
diciéndole que regresara a la casa de su papá.
Más tarde los amigos de Mulla Bahram trataron de hacer una reconciliación
entre el esposo y la esposa, pero Mulla Bahram no sería inducido a aguantarla más.
Después de un tiempo, sin embargo, se recibió una carta de `Abdu'l-Bahá, la cual
empezaba: "Oh Bahram* los astrónomos dicen que Marte es una estrella reñidora y de
mal genio...", se ablandeció el corazón de Mulla Bahram y él permitió que su esposa
regresara a su casa. Ella, sin embargo, no estaba preparada para cambiar sus modales
y su actitud permaneció hostil hacia todos los bahá'ís hasta el último día de su vida.
En una de sus hermosas oraciones, `Abdu'l-Bahá hace mención de ella, pidiendo
las bendiciones y el perdón de Dios por "ésta querida sierva Tuya, la compañera de
Bahram..."
*Bahram quiere decir Marte. En varias de Sus cartas a individuos, `Abdu'l- Bahá hace este tipo de comentario íntimo. EL CUENTO DE `ABBAS-`ABAD 13
La persecución de los bahá'ís en Yazd había alcanzado su apogeo. Ochenta y
cuatro personas fueron arrastradas por las calles y torturadas hasta la muerte.
Docenas de casas fueron saqueadas y las mujeres fueron dejadas a lamentar sus
esposos, hijos y hermanos entre las ruinas que habían sido sus hogares. Los niños, no
pudiendo comprender el significado total de los horribles eventos que tomaban lugar
a su alrededor, se adhirieron desesperadamente a sus madres impotentes, sabiendo
que nunca jamás verían a sus papás otra vez.
Los asesinos salvajes, emborrachados con la sangre que habían derramada en
las calles de Yazd, ahora estaban cazando otros víctimas. Los caminos de los
alrededores del pueblo estaban bien vigilados para que nadie, quien era conocido
como bahá'í pudiera tener la esperanza de escapar de Yazd. Pero en el pueblo mismo,
habían algunas almas valientes quienes estaban preparados a sacrificar su propia
seguridad por esconder a aquellos de sus compañeros creyentes cuyas vidas estaban
especialmente en peligro.
Las noticias del masacre en el pueblo se difundió rápidamente a los pueblos
circunvecinos, y los bahá'ís que vivían allí no sabían si se les permitiría vivir. Pronto
cientos de salvajes fanáticos, agrupados juntos, estaban yendo hacia aquellos pueblos
donde habían bahá'ís. Otros se juntaron con ellos mientras iban de pueblo en pueblo,
trayendo sufrimiento incontable a muchos, muchos hogares.
En el pueblo pequeño de donde muchos de los habitantes eran bahá'ís, había
un extraño temor de expectación mientras se preocupaban con sus quehaceres rutinarios. Entonces, de repente: "¡Ya vienen!" resonó como un grito de la muerte a
través de la calle del pueblo e hizo eco de casa en casa.
Este pueblo tiene un cuento especial para contar – uno que siempre persistirá
como testigo a las maquinaciones desvergonzadas del Principe Jalalu'd-Dawlih, el
gobernador de Yazd. El príncipe, quien había sido previamente responsable por el
martirio de un número de bahá'ís, después había pretendido estar arrepentido por lo
que había hecho y había empezado a mostrar bondad hacia los creyentes. Entre
aquellos hacia los cuales el profesaba amistad en ese entonces era Mulla Bahram, a
quien iba a visitar frecuentemente en su granja. Mulla Bahram tenía un
conocimiento profundo de la agricultura y muy buen gusto en la planeación de
jardines y campos. El príncipe, entonces, decidió echarse mano de él. El compró una
gran extensión de desierto a un precio muy bajo y pidió a Mulla Bahram convertirlo a
terreno fértil para él. Mulla Bahram estaba muy renuente a sacrificar su propia
granja próspera y tomar un trabajo tan difícil, pero el príncipe no le daba ningún
respiro hasta que él lo hubiera prometido.
Jalalu'd-Dawlih llamó su nueva hacienda `Abbas-`Abad. A los musulmanes el
les dijo que era en honor del mártir Imam `Abbas; a los bahá'ís les dijo que él lo había
escogido el nombre de `Abdu'l-Bahá* para que trajera bendiciones a su tierra.
Mulla Bahram vendió su propia propiedad y se fue a vivir con su familia a ese
pedazo de tierra baldío. Con él se fueron algunas otras familias, gente a quien él
había escogido de entre sus amigos bahá'ís y zoroastrianos para ayudarlo con su
trabajo en la hacienda del príncipe. Juntos laboraron sin cesar hasta que habían construido casas, arado los campos, preparado los acueductos y sembrado la semilla.
Mulla Bahram gastó hasta el último centavo que tenía en `Abbas-`Abad, y de vuelta
le fue dada algunos documentos firmados, declarando que el príncipe le pagaría a él y
a sus hombres lo que se les debía tan pronto como se vendiera la nueva cosecha.
La cosecha estaba lista cuando las noticias llegaron a `Abbas-`Abad que nueva
persecución había empezado en Yazd. Mulla Bahram y sus amigos sabían que
estaban atrapados en el pueblo del príncipe y que no tenían manera de escapar.
Primer uno de sus jóvenes quien había ido a comprar borregos de una granja vecina
fue muerto, después se recibió un mensaje de Jalalu'd-Dawlih mandando a Mulla
Bahram regresar todos los documentos firmados en su posesión. Mulla Bahram
rehusó hacer esto porque estos papeles eran todo lo que él y sus hombres habían
recibido de vuelto por el capital y todo el trabajo duro que habían puesto en la
construcción de la hacienda. Se les ordenó, sin embargo, a los mensajeros del
príncipe, no regresar sin los documentos. Ellos le dieron a Mulla Bahram una severa
golpiza, la cual perjudicó a su visión hasta el final de su vida, y se le rebatieron los
papeles por la fuerza.
Habiendo perdido todos los ahorros de su vida de esta manera, Mulla Bahram
ahora se preguntaba a donde él y sus amigos podían llevar a sus familias para poder
escapar de ser masacrado por la muchedumbre sangrienta que ya estaba en camino a
`Abbas-`Abad. No había a donde ir.
"¡Ellos vienen!" gritó alguien por el pueblo, y los habitantes indefensos
acerrojaron a sus puertas delanteras, esperanzados en mantener a distancia a los homicidios por unos cuantos minutos más. ¡Qué escenas de tristeza debieran haber
tomado lugar tras esas puertas cerradas mientras los papas se sujetaban a si mismos
sus niños aterrorizados, rezando que se salvaran los pequeñitos! El ruido de la
muchedumbre mientras se acercaba al pueblo era suficiente para pasmar al corazón
más valiente. Entonces alguien llegó con un mensaje: "¡Los sacerdotes eminentes
quienes han venido a este pueblo han ordenado que todos los habitantes deberían
salir a la calle! ¡Todos tienen que obedecer a este orden – hombres, mujeres y niños!"
Ellos no iban a preocuparse con tirar las puertas.
Mulla Bahram salió solo, diciendo a todos los demás que se quedaran en sus
casas. Cuando empezaba a caminar hacia la multitud salvaje, unos cuantos de sus
amigos no soportaban verlo ir sólo y ellos, también, siguieron a una distancia.
Miles de gente se habían reunido para atacar a los del pueblo, la mayoría de
ellos llevando espadas y otros implementos granjeros, aunque había también un
grupo de cuarenta pistoleros entre ellos. Caminando a la cabeza de ese muchedumbre
eran tres sacerdotes musulmanes, uno de los cuales le reconoció a Mulla Bahram
mientras se acercaba. Este sacerdote había tenido varios tratos con Mulla Bahram en
el pasado y había llegado a ser uno de sus admiradores. Ahora, viéndole caminar
hacia aquellos quienes serían sus verdugos, se conmovió el corazón del sacerdote y
volviendo hacia la multitud, el dijo: "Estos zoroastrianos quienes viven en `Abbas-
`Abad son, de acuerdo a las leyes explicitas de nuestra religión, bajo la protección del
islám y nadie está permitido molestarlos. Díganme, ¿hay alguien aquí que puede
presentar una queja en contra a Mulla Bahram y sus amigos?" El sacerdote no era el único en ser conmovido por la visión de Mulla Bahram. Otro hombre se presentó y
dijo: "Yo he oído de la bondad y generosidad de este hombre quien se presenta ante
nosotros. Cuando habían cuatrocientos pobres musulmanes labradores trabajando en
este pueblo, él se les mostró toda bondad. El supervisó que ninguno de ellos tuviera
hambre, y si escuchara que estaban en necesidad de comida, él les llevaba lo que
tuviera en su propia casa. Cuando no tuviera pan para dar, regalaría fruta seca o
legumbres. Ni una sola vez rehusaba ayudar a nuestros hermanos creyentes." El
sacerdote lo utilizó hasta el último: "Ahora que no hay nadie aquí que puede quejarse
en contra a Mulla Bahram," dijo "retirémonos y dejémosele a él a sus amigos en paz."
Estas palabras, sin embargo, tuvieron poco efecto sobre la muchedumbre salvaje.
Ellos habían venido una gran distancia, poniéndose más y más emocionados mientras
se acercaba al pueblo, y ellos no estaban preparados para ver a sus victimas
indefensos de repente arrebatados de ellos ahora. El sacerdote lo había encontrado
mucho más fácil alentarlos a matar y pillar en el primer lugar. Se recibieron a sus
palabras en un silencio tenso, y ni un solo hombre hizo un movimiento para
obedecerle.
Afortunadamente, el jefe del grupo de pistoleros, quienes se habían juntado a
la muchedumbre en su camino al pueblo estaba preparado de ponerse del lado del
sacerdote. "¿No escucharon lo que dijo nuestro dignatario religioso?" les gritó a la
multitud. "¿A qué están esperando? ¡Vámonos!" Nadie se movió. "Vamos
muchachos," el llamó a sus hombres. "A ver si no pueden mover esta gente." Tan
pronto como los hombres levantaron sus armas, el gentío se empezaba a alejarse. Este incidente era tan extraordinario que por días los habitantes de `Abbas-
`Abad casi no podían creer que lo había ocurrido. Pero sus dificultades estaban lejos
de estar resueltos. El Príncipe Jalalu'd-Dawlih, ahora dio órdenes que ellos deberían
dejar su hacienda en seguida. "¿A dónde iremos?" preguntaron ellos. "Estamos
rodeados por nuestros enemigos quienes nos matarán en los caminos, y aun si los
escapamos, nadie nos dará refugio ni en Yazd ni en los pueblos circunvecinos."
Mulla Bahram escribió tres cartas al príncipe pidiendo su ayuda, pero él no
replicaba. Sintiendo responsable por la seguridad de sus amigos y sus familias, Mulla
Bahram escribió por cuarta vez, implorando al príncipe y conjurándolo por la vida de
sus propios niños a tener piedad de esta gente quien lo había servido tan fielmente y
dar una orden que no se les debiera herir cuando dejara la seguridad de sus hogares.
Esta vez, Jalalu'd-Dawlih firmó una declaración diciendo que a los habitantes de
`Abbas-`Abad no se les molestara cuando saliera de su hacienda.
Tal era la historia del pueblo, el cual Mulla Bahram y sus amigos construyeron
para el gobernador de Yazd.
*`Abdu'l-Bahá, que quiere decir "Siervo de la Gloria", es un título que usaba el
Maestro. Su nombre era `Abbás. LA HUIDA A KASHAN 14
Hubo un toque en la puerta. Mulla Bahram se preguntaba quien podría ser a
una hora tan desusual de la noche. ¿Había algún nuevo peligro amenazando su vida?
¿Habían llegado a saber sus enemigos que él se estaba quedando allí?
Mulla Bahram, quien apenas había escapado con su vida de `Abbas-Abad,
había llegado a este pueblo hace tres días y sólo unos cuantos amigos cercanos sabían
de su paradero. Este toque de medianoche en la puerta le recordaba de los muchos
peligros que rodeaban a su vida mientras permanecía en el área alrededor de Yazd.
Por el otro lado, era casi imposible salir. Todos los caminos estaban bien vigilados
por millas a su derredor, y nadie tan famoso como bahá'í como Mulla Bahram podía
tener la esperanza de escapar.
Se repitió el toque – un toque suave que era, no ruidoso y agresivo. "Quizá sea
un amigo," pensó Mulla Bahram mientras se levantaba para abrir la puerta. Pero
jamás pudiera haber divinado quien era que le había venido a ver a tal hora. Era su
viejo amigo con quien había trabajado en Kashan hace muchos años, y quien había
sido la primera persona en decirle de la Fe Bahá'í. Este amigo, estando convencido
que Mulla Bahram, tarde o temprano, caería en las manos de sus enemigos si se
quedaba en Yazd, había emprendido un viaje a pie, para encontrarlo y ayudarlo a
escapar a Kashan. El le contó a Mulla Bahram las circunstancias del último martirio
cruel que había tomado lugar solo hace algunas horas, y le rogó alejarse de Yazd.
Unos cuantos musulmanes, se le dijo a Mulla Bahram, habían reconocido a un bahá'í en las colinas afuera del pueblo y, habiendo cortado su cabeza, ellos la habían puesto
en una caja, la cubrieron con hojas frescas, y la habían mandado a su esposa como un
regalo de fruta.
Se hizo los arreglos para que Mulla Bahram saliera esa misma noche. Ellos
encontraron a un amigo quien conocía los campos muy bien y estaba preparado a
llevarlo nada más hasta otro pueblo sin acercarse a ninguno de los caminos o
senderos en la oscuridad. Aún otro amigo lo llevó a través del desierto a un lugar
afuera de los límites de Yazd y de donde Mulla Bahram podía hacer su camino a
Kashan y a una seguridad relativa. LA TRISTEZA DE UN PADRE 15
Entre las muchas tribulaciones que tenían que ser soportados por los primeros
bahá'ís eran las dificultades que encontraron en sepultar a sus muertos. Pocas veces
les fue permitido usar los cementerios de otras religiones, ni era fácil para ellos
comprar terreno para ser usado como un cementerio bahá'í. Muchas veces los
cuerpos enterrados de los bahá'ís fueron desenterrados por una muchedumbre
fanática y quemados o desgraciados en público, tanto así que cuando un bahá'í perdía
a un amigo querido ó a un pariente cercano, él no solo lamentaba por su pérdida, sino
también porque no podía estar seguro que el cuerpo de su amado escaparía a los
asaltos de un gentío salvaje.
Mulla Bahram, quien recibió su reparto pleno de los sufrimiento que se
repartía en aquellos días a todos quienes profesaban la nueva Fe, perdió a una hija de
catorce años después de que él se hiciera bahá'í. Como añadidura a su gran tristeza, ni
los sacerdotes zoroastrianos permitieron que el cuerpo fuera llevado a su torre de
silencio, ni el clero musulmán dejaba que se lo enterrara en su cementerio. Mulla
Bahram se preguntaba que sería de su preciosa niña. Después de dos días de gran
ansiedad, un zoroastriano amigo influyente, quien tenía algunos conocimientos de las
creencias religiosas de Mulla Bahram, persuadió a los sacerdotes zoroastrianos
permitir que el cuerpo fuera llevado a su torre de silencio.
Como era la costumbre, Mulla Bahram les pagó a los sacerdotes, en la presencia
de cientos de gente quien se habían congregado para ver llevado a cabo los últimos ritos antes de que se llevara el cuerpo. Su amigo zoroastriano, viendo que Mulla
Bahram estaba dando a los sacerdotes más dinero que lo que se les debía, lo regañó,
diciendo: "Solamente les hará más codiciosos, y no estarán contentos con lo que
puede pagar los pobres." El papá, sobrecogido de tristeza, replicó en una voz lo
bastante alto que los sacerdotes pudieran escuchar: "Sólo una parte de lo que estoy
dando les corresponde. El resto es un regalo de mi porque me dejaron preservar
conmigo mi preciosa niña dos días más." Sus palabras no eran sin efecto sobre sus
oyentes. Uno de los sacerdotes fue muy conmovido. El, más tarde, investigó la Fe y
se convirtió en un bahá'í devoto. EL HUÉSPED HONRADO 16
Un día, cuando Mulla Bahram estaba viviendo en Tehrán, recibió noticias de
que se le habían llevado a la prisión su primo porque él había enterrado a su infante
de acuerdo con las leyes bahá'ís. Los sacerdotes zoroastrianos se habían quejado con
las autoridades, diciendo que este hombre había rehusado a las obligaciones religiosas
sagradas de su propia gente, y había enterrado a su hijo de acuerdo a ritos herejes.
Ellos insistieron en que debía ser castigado, y el gobernador lo había mandado
encadenar y llevar a prisión.
Al recibir las noticias tristes, Mulla Bahram salió a ver un alto funcionario en
el gobierno quien podía ayudar a remediar esta gran injusticia. La persona a la cual
fue a visitar estaba rodeada por un número de huéspedes distinguidos cuando llegó.
Uno de estos huéspedes, viendo a un hombre pasar las puertas vestido con la ropa de
un zoroastriano, le ordenó a la guardia echar a "este perro infiel". El anfitrión, sin
embargo, vio a Mulla Bahrám y se apresuró a recibirlo en persona. Él lo acompañó al
cuarto y le pidió que ocupara su propio asiento. Cuando su huésped negó hacerlo, él
insistió y no estuviera contento hasta que Mulla Bahrám se hubiera sentado en el
asiento de honor. Como el alto funcionario misma todavía estaba de pie, todos los
otros huéspedes se permanecieron de pie también. Todos estaban atónitos por el
respeto y honor que se le fue mostrado a este visitante desconocido. "El respeto que le
doy, `," dijo su anfitrión, "le es debido, porque no es frecuente que uno se encuentra
con una persona quien no acepta dinero cuando se le ofrece." Mulla Bahrám ahora se puso de pie y le rogó a su anfitrión tomara asiento, y prosiguió a decirle porque había
venido. El alto funcionario inmediatamente llamó por su secretario y le dictó un
telegrama para ser enviado al gobernador de Yazd, ordenándole soltar al primo de
Mulla Bahrám sin más demora. La manera en que estaba redactada el mensaje fue
tan dura e insultante que Mulla Bahram pidió cortésmente que se le pusiera en un
lenguaje más suave. "Escríbalo Ud. mismo," le dijo el anfitrión a Mulla Bahram, "y yo
lo firmaré y lo mandaré."
Cumplido su mandado, se levantó para irse y el anfitrión cortésmente le
acompañó a la puerta. La razón por la cual este gran honor le fue mostrado a Mulla
Bahram por un funcionario tan alto, quien normalmente ni soñaría en recibir a un
hombre común de antecedentes zoroastrianos a su casa, permanecía un misterio a
muchos de aquellos quienes estaban presentes en aquella reunión, mas a unos pocos
amigos del anfitrión quizá les fuera contado los hechos de la historia:
Este alto funcionario había estado endeudado una vez y no podía pagar en
efectivo. La persona a quien le debía el dinero no era un hombre a quien se le podía
postergar, entonces fue decidido que a él se le daría una mansión con extensos
terrenos para cubrir la deuda. Ambos, sin embargo, no podían llegar a un acuerdo
acerca del valor de este propiedad; ni se podían confiar mutuamente para traer un
experto para valuarlo. Quienquiera que uno sugiera, el otro lo rehusaba rápidamente,
sabiendo que se le ofrecería una mordida para valorar la propiedad en favor de la
persona a quien le había escogido.
Por fin los dos hombres decidieron que preguntarían al famoso mercader zoroastriano por quien trabajaba Mulla Bahram en ese entonces que mandara su
propio hombre a valorar la propiedad. El mercader mandó a Mulla Bahram, quien
tenía un conocimiento experto sobre tales asuntos, y a quien se le encargaba todas las
compras y ventas de propiedades del mercader.
El primer día que Mulla Bahram se fue a ver la mansión, él fue encontrado por
el alto funcionario quien era el dueño. El caballero estaba esperando en su carroza a
la entrada de los terrenos y le pidió a Mulla Bahram a dar un paseo con él. En el
camino le dio a Mulla Bahram un cheque por una suma ¡que excedía la cantidad total
que recibiría por seis años de salarios! "¿Qué es esto?" inquirió Mulla Bahram. "Esta
mansión," dijo el caballero, "debería pagar una deuda que tengo. Yo quiero que Ud.
la valorice de una manera que me capacite para hacer esto." Dijo: "Por favor
guárdeme Ud. este cheque por ahora, y veremos el asunto más tarde."
El valor actual de la propiedad casualmente resultó más que lo que esperaba el
dueño y, después de que el asunto fuera arreglado y la deuda pagada, el alto
funcionario se encontró otra vez con Mulla Bahram y le ofreció un cheque por una
suma más grande que aquel que se estaba preparado a darle antes. Mulla Bahram le
agradeció y dijo: "Yo no puedo recibir dinero de Ud. porque estoy empleado por otro
hombre de quien yo recibo un salario. Fue él quien me había pedido valorar su
mansión, y yo lo hice como parte de mi trabajo cotidiano."
En ese entonces, cuando el dar y recibir mordidas fue considerado como un
proceder normal y se esperaba de todos, desde el Primer Ministro hasta el trabajador
más pobre, el tomar ó dar mordidas, la honestidad e integridad de carácter de Mulla Bahram fue tan inesperado que justamente ameritaba el respeto y admiración del alto
funcionario. DÁNDOLE EN EL BLANCO 17
El mercader famoso por el cual trabajaba Mulla Bahram desempeñaba su
trabajo en Tehrán y estaba muy preocupado por una deuda muy grande que los jefes
del tribu Turkmeno le habían debido por mucho tiempo. Ellos no respondían a las
cartas y mensajes que se les enviaban a su hogar del desierto, y no era fácil
comunicarse con ellos de otra manera. Esta gente no sólo era difícil llegarles, sino
también frecuentemente peligroso encontrar, especialmente cuando se les encontraba
en su propio medio del desierto. Ahí reinaban supremos, despreocupados de las leyes
que un príncipe ó gobernador podía hacer cumplir en alguna ciudad lejana. De
hecho, la palabra de un hombre quien podía montar bien y darle en el blanco llevaba
mucho más peso con estos hombres del tribu que cualquier orden promulgado por un
noble delicado con unos títulos grandiosos.
El mercader, después de darle el asunto mucha reflexión, escogió de entre todos
sus empleados y servidumbre a Mulla Bahram para ir al desierto de Turkmeno y
cobrar sus deudas. Afortunadamente para Mulla Bahram, él era un jinete consumado
y un experto en el manejo de una arma.
Mulla Bahram decidió llevar solo una otra persona consigo en su misión
peligrosa. Esta era otro bahá'í, un amigo cercano quien también trabajaba por el
mercader célebre. Juntos ellos escogieron dos de los mejores caballos de los establos
de su amo, llevaron suficiente comida para durar unos días y se armaron en
preparación por cualesquiera peligros que pudieran encontrar. No ocurrió nada de importancia hasta que estaban dentro de un día de marcha
del desierto. En un hospicio andrajoso por el camino se encontraron con una banda
de asalta-caminos quienes usaban el hospicio como su lugar de reuniones y espiaban
de cerca a todos los pasajeros quienes por ahí venían. Si se le sospechaba a alguno de
llevar dinero ó cosas valiosas, se les seguían después de dejar el hospicio. Habían
pocos, ó ninguno, de entre los pasajeros quienes se podían jactarse de haber escapado
de la notoria banda de ladrones.
Cuando Mulla Bahram y su amigo llegaron, los ladrones estaban practicando
el tiro al aire libre. Ellos estaban tratando de darle en el blanco a unas marcas en un
pedazo de cartón que habían puesto a una distancia, y no tenían mucho éxito. Mulla
Bahram, cansado después de una larga jornada de todo el día, se sentó para ver la
pandilla, pero su amigo tenía otros planes para él. "Este caballero," les dijo a los
hombres reunidos, "es muy bueno con su pistola, y a él no le importaría unirse a Uds.
en su diversión si Uds. no tienen objeciones." "No tenemos ninguna," le aseguraron, y
Mulla Bahram fue invitado a tomar su turno. Mulla Bahram no tenía deseos de
hacerlo, mas como eran insistentes, él les preguntó: "¿Cual de las marcas quisieran
que le diera?" Los hombres se sonrieron mientras dijo su líder: "Pruebe Ud. la de la
esquina inferior del lado izquierdo." Pronto le dio en la marca. "¡Seguramente esto
fue una coincidencia!" exclamaron. "Veamos si le das a la de la esquina superior del
lado derecha." Mulla Bahram apuntó y le dio en la marca sin dificultad. Hubo gran
conmoción, mas algunos de los hombres todavía dudaban si tendría tanta suerte con
las marcas restantes del cartón. Para asegurarles, ¡Mulla Bahram le atinó a todos! Este tipo de atino no era, de ninguna manera, común aún entre los hombres
del tribu, y la fama de Mulla Bahram le siguió por dondequiera que fuera. El
incidente pequeño en el hospicio le salvó a él y a su amigo de muchos encuentros
desagradables mientras viajaban por el desierto. Se le veía con reverencia y temor
mientras se movía entre los hombres del tribu, y no tuvo dificultad en cobrar las
deudas de su amo. Los jefes mandaron cargar varios caballos con la mercancía que se
les esperaba mandar al mercader, y agregaron también muchos regalos. CAMBIO DE SUERTE 18
El Jalalu'd-Dawlih, el gobernador de Yazd, durante el reinado de quien los
bahá'ís fueron sometidos a persecuciones terribles, era odiado por los mismos
musulmanes. Era notorio por su codicia insaciable y su crueldad extrema, los cuales
le indujeron a matar a algunos de sus víctimas con sus propios manos. Nadie podía
estar a salvo de las maquinaciones de este hombre socarrón mientras estaba en poder.
Vino el día, sin embargo, cuando la gente oprimido de Yazd ya no podía tolerar la
vida bajo el tirano. Ellos mandaron quejas repetidas acerca de él al capital; a fin de
cuentas él perdió su posición y fue llamado a Tehrán en desgracia.
El nuevo Shah no estaba en buenos términos con Jalaral-Dawlih, y esto alentó
a la gente en Yazd y también en Tehrán a aparecer con muchos cargos en su contra,
insistiendo que debería aparecer en la corte. Uno de sus mas poderosos acreedores era
el zoroastriano mercader rico e influyente por quien Mulla Bahram estaba trabajando
en Tehrán. Este hombre ahora recibió un mensaje de las altas autoridades del país
aconsejándole demandar todo lo que le era debido de Jalalu'd-Dawlih y no aceptar
ninguna excusa, cualquiera que fuera.
El mercader decidió ir con el príncipe en persona, mas sabiendo que Jalalu'd-
Dawlih era capaz de todos los crímenes, él pidió a Mulla Bahram y un sirviente a
armarse y escoltarlo a la mansión del príncipe afuera de la ciudad. Jalalu'd-Dawlih
salió a saludar a su huésped en persona y empezó a hablar en su lenguaje halagador
usual, mas el mercader lo conocía demasiado bien y estaba determinado a no escuchar a su lenguaje halagador. El le dijo a su sirviente armado que él había traído, que se
quedara afuera de la puerta, mientras él y Mulla Bahram le siguieron al príncipe
adentro.
Jalalu'd-Dawlih, viendo a Mulla Bahram entrar con su patrón, mencionó que le
gustaría hablar con el mercader a solas, mas el último no se quedó a solas con el
príncipe. El dijo que él no tenía secretos que ocultar de Mulla Bahram y que quisiera
que estuviera presente durante sus pláticas. Jalalu'd-Dawlih fue obligado a soportar
la gran humillación de tener a Mulla Bahram, a quien le había robado de todo su
capital y tratado con tanta crueldad salvaje, presente en un tiempo tal para ser testigo
a su desgracia.
El príncipe finalmente fue llevado al corte y forzado a enfrentarse a los muchos
cargos que le fueron confrontados. El perdió toda su propiedad; muchas de sus vastas
tierras y bienes le fueron transferidas al mercader zoroastriano. Entre estos era el
pueblo de `Abbas-Abad, el cual había sido construido por el esfuerzo y capital de
Mulla Bahram.
Es extraño que, cuando el día para el juicio de Jalalu'd-Dawlih había sido fijado,
la persona a la que él temía mas era Mulla Bahram. Él mandó un mensaje a algunos
de los bahá'ís en Tehrán rogándoles persuadir a Mulla Bahram de no presentarse en
la corte, y prometiendo pagar todo lo que le debía. Mulla Bahram, temiendo que el
príncipe regresara al poder otra vez y empezara persiguiendo a sus compañeros
creyentes una vez más, no se quejó en su contra. Mas la promesa no fue cumplida y
únicamente una pequeña parte del capital de Mulla Bahram eventualmente le fue regresado. DANDO HASTA EL FINAL 19
La vida de Mulla Bahram era una inspiración para muchos quienes le
conocieron. Tan grande era la devoción y respeto que inspiraba en el corazón de su
patrón durante los muchos años que trabajó para él ¡que el mercader zoroastriano
famoso llegó a mencionar el nombre de Mulla Bahram entre los santos que él
nombraba durante sus oraciones diarias!
Cuando Mulla Bahram era un anciano, él regresaba a casa de una reunión
bahá'í una noche. El había venido una larga distancia a pie; estaba nevando y el
tiempo era penosamente frio. Su hijo, quien había salido a su encuentro, estaba
ayudándolo cuando se encontraban con un limosnero temblando y gimiendo del frio.
El hombre no tenía nada de ropa excepto un par de pantalones viejos y una bolsa que
había puesto sobre su cabeza y hombros. Mulla Bahram paró al limosnero y le dijo a
su hijo que se quedara con él hasta que regresara. Entonces se puso detrás de una
pared, se quitó su bata caliente y sus pantalones y los trajo para el hombre.
Mientras se envolvía en su `aba*, Mulla Bahram le dijo a su hijo: "Cuando yo
llegué aquí de Yazd, yo, también, estaba vestido como este limosnero."
*Capa o manto. EL DOCTOR JUDÍO 20
Hakim `Aqa Jan* se apresuraba por los estrechos callejones de Hamadán a la
casa de Muhammad Baquir quien, llevando una linterna para alumbrar su camino,
corría enfrente. La esposa de Muhammad Baquir estaba muy enferma, temblando
con convulsiones y gritando del dolor.
Ella había estado sufriendo con fiebre cuando el doctor judío, Hakim `Aqa Jan,
fue llamado para verla más temprano en la noche, y él le había dado unas pastillas
para tomar, diciendo que pronto se sentiría mejor. Apenas había tomado las pastillas,
sin embargo, se empeoró su condición y fue cogido con severos dolores y
convulsiones.
Ahora, apresurándose a su lado, Hakim `Aqa Jan le echó un solo vistazo a su
paciente y se puso pálido. Inmediatamente se dio cuenta de lo que había pasado: en
vez de las pastillas de quinina, él se le había dado estricnina. No solo estaba ahora el
paciente en peligro de perder su vida, sino él también. En verdad, sabiendo del odio
que los musulmanes guardaban hacia su gente, Hakim `Aqa Jan se preguntaba si las
consecuencias de tal error de parte suyo quizá afectaría a su familia y a toda la
población judía de Hamadán. El temblaba ante tal pensamiento y apenas oía la
pregunta que se la hacia Muhammad Baquir.
El último, sintiendo el estado de mente del doctor, preguntó por la razón por
su agitación extrema. "Yo he hecho un error en dar las pastillas," confesó Hakim `Aqa
Jan. "Cualquier puede hacer un error," dijo Muhammad Baquir. "Ud. no lo hizo a propósito, y aún si muera la paciente, nadie le culpará por ello."
Hakim `Aqa Jan no podía creer sus oídos. ¿Era en verdad un musulmán quien
le hablaba así, a un judío Pero, no había tiempo para explayarse sobre tales misterios
cuando su paciente necesitaba toda su atención. El se precipitó de la casa a la farmacia
más cercano y, habiendo comprado algo de medicina con que esperaba poder salvarle
la vida, se apresuraba a sentar con su paciente por toda la noche. Después de horas de
suspenso agonizante durante las cuales hizo todo lo que podía dentro de su poder
para salvarla, él por fin sintió alivio de ver que el peligro había pasado y que ella
viviría.
Durante todo este tiempo, la grata cortesía y la bondad con que se la había
recibido en el hogar de Muhammad Baquir le había afectado grandemente y le había
confundido al doctor. Él había tenido mucho trato con los musulmanes antes y
estaba familiarizado con la manera en que trataban a los judíos, especialmente bajo
tales condiciones desfavorables. Entre más pensaba en ello, más se preguntaba acerca
del comportamiento desusual de esta casa.
Más tarde, cobró suficiente coraje para preguntar a Muhammad Baquir acerca
de sus creencias religiosas. "Yo pertenezco a una nueva Fe." fue la respuesta de
Muhammad Baquir, "Yo soy bahá'í." Hakim `Aqa Jan inmediatamente estaba
interesado en saber de esta nueva Fe y, después de un periodo de investigación, llegó a
ser un seguidor ardiente él mismo.
Era el primer judío en abrazar la Causa en Hamadán y aunque no vivió más
que unos cuantos años después de declararse bahá'í, pudo traer un gran número de otros judíos a la Fe antes de morir.
*Hakim quiere decir doctor. ENSEÑANDO EN HAMADÁN 21
Uno de los primeros individuos a quien fue dado el nuevo Mensaje por Hakim
`Aqa Jan, y quien respondió al llamado de Bahá'u'lláh, fue un personaje no menos que
su propio padre – un rabino famoso de la comunidad judía de Hamadán. Después de
que abrazara la Causa su padre, Hakim `Aqa Jan decidió dirigirse a toda la
congregación judía que se había reunido un día en la sinagoga, con la esperanza que
ellos también serían receptivos al Mensaje.
Todos los judíos en Hamadán conocían a Hakim `Aqa Jan. Ellos habían
llegado a amar y respetarlo como el símbolo de las virtudes judíos en su comunidad.
Pero cuando les habló del púlpito, diciéndoles de su creencia en la Causa de
Bahá'u'lláh y llamándoles a investigar la nueva Fe, ellos le echaron de la sinagoga y le
llamaron blasfemador.
Hakim `Aqa Jan, no fue descorazonado por su actitud, y pronto muchos de
aquellos quienes habían escuchado su apelación sincera en la sinagoga le buscaron en
privado y le preguntaron acerca de sus creencias. En el transcurso de ese año, a pesar
de estar rodeados por la oposición por todos lados, cuarenta judíos abrazaron la Fe en
Hamadán. Entre ellos estaba el erudito Haji Mihdi* quien llegó a ser un maestro
ardiente de la Causa y dedicó el resto de su vida al servicio de la Fe. Su conocimiento
de la Biblia y el Corán anonadaba a todos, y un gran número de judíos, cristianos y
musulmanes quienes le escucharon citar a estos sagrados libros y referirse a las
profesías en ellos concernientes el advenimiento del Báb y Bahá'u'lláh y fueron convencidos de la verdad de Su Causa.
Una vez Haji Mihdi estaba enseñando a un número de judíos y cristianos
quienes estaban asistiendo a los discursos de un bien conocido misionero en
Hamadán – el Sr. Holmes. Uno de estos hombres desafió al Sr. Holmes a conocer a
Haji Mihdi y discutir con él la Sagrada Biblia. El misionario aceptó el desafío, y se
arreglaron reuniones en donde un número de gente – judíos, cristianos, musulmanes
y bahá'ís – se reunían dos veces por semana a escuchar al Sr. Holmes y a Haji Mihdi
discutir varias pasajes de la Biblia. Se acordó desde el principio que debería guardar
un récord cada vez de las discusiones. Ambos, el Sr. Holmes y Haji Mihdi firmarían
los papeles al final de la reunión.
Estas discusiones, que siguieron por dos años, gradualmente tomaron la forma
de una exposición de profesías de la Biblia referente a la Fe Bahá'í. Aquellos que
estaban presentes se maravillaron a la extensión del conocimiento e intuición de Haji
Mihdi mientras citaba versículo tras versículo del Viejo y Nuevo Testamentos y
exponía sus significados. Aún el misionario cristiano se escuchó frecuentemente
exclamar con admiración: "¡Haji Mihdi conoce la Biblia tan bien que pensarías que lo
había escrito él mismo!" Los récords que se guardaron de estas reuniones se juntaron
después en forma de un libro y fueron publicados para el beneficio de otros.
Las actividades de enseñanza de Haji Mihdi pronto atrajeron la enemistad de
gente fanática de entre los miembros de todas las religiones, y muchos fueron los
sufrimientos que sobre él cayeron a las manos de esta gente. Pero de vez en cuando el
resultado de las intrigas que fueron cuidadosamente planeados en su contra y en contra de los creyentes amigos no resultaban para la satisfacción completa de sus
enemigos. Lo siguiente es un ejemplo de un incidente:
Los rabinos de los judíos en Hamadán se quejaron al gobernador, diciendo que
algunos de los miembros de su comunidad habían dejado la congregación y habían
llegado a ser una desgracia ante la gente porque eran culpables de conducta
imperdonable. Ellos le dieron una lista de aquellos quienes se habían declarado como
bahá'ís, primero entre ellos era Haji Mihdi, y le pidieron castigarles. El gobernador,
sin embargo, escogió un día cuando los judíos, quienes se habían quejado, y aquellos
cuyos nombres ellos habían dado, se reunirían en su presencia para que pudiera
escuchar a ambos lados. Los judíos decidieron que un rabino anciano, quien era
considerado el más experimentado de entre ellos, debería ser el único en dirigirse al
gobernador porque los demás quizá fueran indiscretos en su hablar.
Tan pronto hubieran llegado los judíos y bahá'ís y tomado sus asientos, el
gobernador, volviéndose hacia los judíos, inquirió acerca de su queja. Todos
guardaron silencio mientras el sabio rabino habló: "Su señoría," dijo "esta gente no se
adhieren a las leyes del Tora. Ellos rompen el sábado porque tocan fuego y hacen
negocios, pero peor que eso, ellos comen lo impoluto e impuro." "¿Que inmundicia
han comido?" inquirió el gobernador curioso. "La carne y queso que venden los
musulmanes..." empezó el rabino, pero no avanzó más con la lista que tenía en mente.
"¡Qué!" exclamó el gobernador furioso, "¿Han venido aquí a decirme que aunque Uds.
viven en un país musulmán, consideran a nuestra comida como inmundicia?"
Entonces, volviéndose a sus sirvientes, gritó "¡Golpeen a esta gente y échenles de mi vista – y que jamás les ponga ojos encima otra vez!"
*Haji: Uno que ha hecho el peregrinaje a la Meca. LA TRAVESÍA DIFÍCIL 22
Taqi Khan tenía un querido amigo con quien anhelaba hablar de su Fe, pero su
amigo, Ishraq, era un musulmán muy estricto quien no toleraba ninguna mención de
los bahá'ís ó su religión, la cual consideraba ser pura herejía. Tan prejuiciado era en
contra a la nueva Fe que, si supiera que su amigo Taqi Khan fuera bahá'í, habría roto
su amistad con él y rehusado verlo jamás. Aún cuando Taqi Khan, de vez en cuando
hacia, con extrema cautela, alguna referencia a la Causa, Ishraq estaría tan perturbado
que dejaría de hablarle a su amigo. Taqi Khan, sin embargo, atraído por su devoción
a Ishraq, haría todo cuanto estuviera en su poder para lograr una vez más su buena
voluntad y todo estaría bien entre ellos otra vez hasta que, no pudiendo contenerse,
Taqi Khan se referiría al tema de nuevo.
Esto continuaba por algún tiempo, pero la amistad entre los dos hombres
crecía a pesar de las separaciones repetidas que tomaban lugar. Taqi Khan, cuyo
taller estaba lejos de donde trabajaba Ishraq, se mudo a un nuevo lugar para poder
estar cerca a su amigo y ellos pasaron mucho de su tiempo juntos. Habiendo ya
perdido toda esperanza de poder hablar con Ishraq de la Fe Bahá'í él mismo, Taqi
Khan decidió presentarle a un amigo creyente quien quizá probara ser mas
afortunado en acercarse al tema con él. El que escogió para que Ishraq lo conociera
era Adib, un bahá'í erudito y distinguido quien había sido un musulmán clérigo
notable antes, y cuyo turbante y manto--signos de conocimiento y autoridad en
cuanto a asuntos religiosos--hicieron una buena impresión sobre Ishraq cuando le fue a ver la primera vez con Taqi Khan. Fue el comportamiento personal y bondad
genuinas, sin embargo, lo que ganaron la gran admiración de Ishraq y le conmovió a
preguntar, antes de levantarse para ir, si se le permitiría repetir la visita. Adib le
aseguró que siempre estaría bienvenido en su casa y que no sería necesario para el
hacer una cita especial de antemano.
Alentado por la invitación de Adib, Ishraq decidió visitarle un día en
Ramadán* cuando estaba en la vecindad. El encontró que la puerta de la casa estaba
abierta y, al tocar, escuchó la voz de Adib invitándole a pasar. Al entrar al cuarto, sin
embargo, estaba horrorizado a ver el personaje reverenciado que había venido a
visitar sentado con tres hombres jóvenes quienes parecían ser sus huéspedes,
¡tomando te en el sagrado mes del ayuno! Ishraq estaba tan desconcertado por esto
que no podía esconder sus sentimientos y le reprochó a Adib, diciendo: "Uno
pensaría que alguien como Ud. pudiera poner un ejemplo mejor que esto para los
jóvenes. Si Ud., con su posición y conocimiento, rehúsa guardar el ayuno, ¿qué se les
puede esperar de la generación más joven? ¿Ud. se da cuenta cuánto daño le esta
haciendo a nuestra religión? "Si tomara Ud. asiento," replicó Adib con gran dignidad,
"quizá yo le pueda dar una buena razón porque mis huéspedes y yo no estamos
ayunando." Mas Ishraq estaba demasiado perturbado para escuchar a cualesquiera
razones. "Aunque Ud., Ud. mismo, tenga una razón legítima de no poder observar el
ayuno," le dijo a Adib, "no puede tener ninguna excusa por alentar a otros a desacatar
el mes de Ramadán." Pero, quizá yo ni siquiera sea musulmán," protestó Adib "y
quizá no crea en observar el ayuno en este mes particular." Ishraq se enfureció tanto por este comentario que salió inmediatamente de la casa de Adib y no se quedó a
escuchar ninguna palabra más. Ni se acercara ya a su amigo Taqi Khan, quien se le
había presentado a alguien a quien consideraba ser un sacerdote musulmán desleal.
Pero Taqi Khan no abandonaría a su amigo, sabiendo que el amor sincero de
Ishraq por su religión era su virtud más grande aun si llegara a ser indiscreto e
intolerante a veces. El también se dio cuenta que el apego de Ishraq al islam se
convertiría, en si mismo, en el medio de su reconocimiento del Prometido de las
Escrituras Sagradas de aquella fe – ¡si sólo se le pudiera persuadir de olvidar su
prejuicio en contra de los bahá'ís por bastante tiempo como para ver lo que tenían que
decir!
La paciencia de Taqi Khan fue recompensado cuando él, después de mucho
tiempo, logró hacerle entender a Ishraq que el Corán condenaba la intolerancia ciega
y enseñaba que el verdadero musulmán debería investigar a cada pretensión antes de
denunciarla como falsa. Tan pronto como Ishraq estaba preparado a inquirir acerca
de las nuevas enseñanzas de la Fe Bahá'í, Taqi Khan sabía que se había pasado la
etapa más difícil, y que su amigo lograría ver la verdad de la nueva Causa.
Adib, la persona hacia la cual Ishraq había sido instintivamente atraído, le
ayudó mucho cuando empezaba a investigar la fe; mas no fue asunto fácil para una
persona tan prejuiciosa como Ishraq ser bahá'í. Afortunadamente, su devoción al
islam fue más grande que todas sus prejuicios, y fue esta lealtad a su propia religión
lo que le condujo a aceptar el cumplimiento de sus profesías.
Está escrito en las Tradiciones del islam que, cuando aparece el Prometido, los hombres serían llamados a cruzar un puente que esta más estrecho que un pelo y
más afilado que una espada. Ishraq y muchos otros como él, debían haber pensado en
esta tradición famosa mientras oraban a Dios que les ayudara a no fallar en el Camino
peligroso que conduce al conocimiento de la nueva Revelación.
*Ramadán: Mes del Ayuno musulmán PADRE E HIJO 23
Cuando Ishraq se hizo bahá'í, su padre quien era un musulmán muy estricto,
se prohibió que jamás entrara la casa, rehusó llamarle su hijo y no hizo ninguna
provisión para él en su testamento. Además, cambió su residencia de Tehrán a Qum
para que jamás viera al hijo de nuevo.
Ishraq no recibió ninguna noticia de sus padres por todo un año, después del
cual por casualidad escuchó de un conocido, quien había llegado de Qum, que su
mamá estaba muy enferma. Anhelando verla una vez más, le escribió una carta a su
mamá rogándole pedir a su papá su permiso para hacerla una visita. Ella replicó
unos días después diciendo que ella había tenido éxito en obtener el permiso de su
papá sólo después de horas de rogar y llorar, pero con una condición – que él
denunciara toda forma de falsas creencias y aceptara los verdaderos preceptos del
islam antes de entrar en la casa de su papá.
Ishraq inmediatamente salió a Qum y, habiendo llegado a la casa de sus papas,
fue encontrado por su papá quien le dijo que no podía ver a su mamá hasta que
hubiera renunciado toda creencia falsa y prácticas profanas. Ishraq estaba preparado
para eso. "Qué la ira del Todopoderoso, Sus profetas, Sus santos, Sus ángeles y
escogidos," dijo "caiga sobre aquellos quienes vienen con pretensiones falsas y todos
aquellos quienes siguen el camino de los impíos." El papá de Ishraq estaba feliz.
Habiendo abrazado a su hijo y besado su rostro, él le condujo a su madre.
Aquella noche el papá de Ishraq le llevó a escuchar la platica de Mullá Mahmud, uno de los sacerdotes bien conocidos de Qum quien era famoso por su
erudición y por quien todos tenían gran respeto. Mullá Mahmud dio una
conferencia en la mezquita sobre asuntos religiosos aquella noche. Más tarde se sentó
con algunos de sus amigos cercanos en un lugar agradable a fumar la pipa de agua,
tomar el té y a discutir diferentes temas.
El papá de Ishraq decidió que su hijo le debería asistir a la conferencia de
Mullá Mahmud cada noche, y también reunirse con el círculo de los seguidores de
Mullá Mahmud en escuchar a sus pláticas de la conferencias. Ishraq asistió a las
conferencias y escuchó a las discusiones, asimilando mucho más de lo que se daba
cuenta su papá.
Era un hábito de Mullá Mahmud que siempre terminaba sus conferencias con
la mención de algún evento triste perteneciente a los mártires de Karbila y llorando
por la tragedia, mientras le seguía su ejemplo la audiencia y también lloraba. Una
noche, él terminó su disertación por relatar cómo la primera persona quien había
hecho el peregrinaje al Santuario del Mártir Imam Husayn le saludó al Sagrado
Imam tres veces en sucesión, mas no recibió ninguna respuesta. "¡Porqué, cómo podía
replicar el Mártir Husayn," lamentó Mullá Mahmud, "cuando su bendita cabeza
estaba separado de su cuerpo." Aquí lloró el Mullá, la audiencia golpeó sus pechos y
lloró y se terminó la conferencia.
Otra noche, el Mullá terminó su conferencia por decir que la bendita cabeza
del Imam Husayn, aunque separado de su cuerpo, recitaba versículos del Corán en
tres ocasiones separados. El papá de Ishraq estaba muy contento con la mención de este milagro y dijo: "Es extraño que estos babís errantes se atreven a decir que no
aceptan milagros cuando la cabeza de nuestro Sagrado Imam ha mostrado tan
maravillosos signos." En camino a la casa esa noche él encomendó especialmente al
Mullá y le pidió a Ishraq prestar gran atención a todo cuanto dijera para poder
beneficiarse de su vasto conocimiento.
Unas noches más tarde cuando el Mullá se sentó con su círculo de discípulos
escogidos después de la conferencia para tomar té y fumar el pipa, Ishraq se inquirió
cortésmente si pudiera hacer una pregunta. Habiendo recibido el permiso del Mullá,
él dijo: "¿Es verdad que incumbe a todo musulmán verdadero saludar a quienquiera
se encuentre, mas es solamente una acción de mérito el responder al saludo?" El
Mullá dijo: "No, mi hijo, es exactamente el opuesto. El saludar a una persona es una
acción meritoria, mas el responder a un saludo incumbe a cada musulmán verdadero."
Ishraq le propuso una segunda pregunta al Mullá después de algunos días.
"Es leer el Corán un acto obligatorio," preguntó, "ó es un acto de mérito?" El Mullá
replicó que no era obligatorio mas sí era una cosa meritoria que hacer. Estuvo muy
decepcionado de su hijo el padre de Ishraq. "¿Por qué haces preguntas que hasta un
musulmán iletrado sabe?" dijo. "Deberías estar pidiendo por la explicación de
problemas importantes y difíciles." "Yo no estoy tan seguro," replicó Ishraq, "que las
preguntas que hago no me ayudarán a desentrañar un problema importante, porque
no puede ver cómo la cabeza de Imam Husayn, a quien conocemos como un
musulmán perfecto, debería recitar el Corán tres veces consecutivas y aun fallar en
responder a los saludos de un peregrino que repitió sus saludos tres veces, cuando todos los musulmanes saben que el recitar el Corán es sólo un acto de merito,
mientras el responder al saludo de una persona incumbe a cada creyente."
Se cayo un silencio sobre la reunión y todos se preguntaban qué respuesta
daría el Mullá. Mullá Mahmud, temblando con furia, sacó su pipa de su boca y
gritó: "¡Tonto sin vergüenza! ¡Qué derecho tiene Ud. en interferir en tales asuntos!"
Entonces, volteando hacia el padre de Ishraq él dijo: "Tu hijo no sólo es impudente y
malcriado, pero también puedo ver que es un babí, porque los babís siempre tratan de
menospreciar a los sacerdotes y dignatarios religiosos ante los ojos de los demás. Yo
no dudo que Ud. mismo sea un musulmán, pero puede estar seguro que su hijo ha
renunciado a la verdadera Fe de Dios." El papá de Ishraq dijo: "Es verdad que mi hijo
se asociaba con este grupo por un rato, mas él renunció a todos aquellos quienes han
venido con pretensiones falsas y maldicho a aquellos quienes han desviado del
camino de Dios antes de que le dejara entrar en mi casa." Mullá Mahmud sonrió
burlonamente. "Yo no sabía que Ud. podría ser tan simple," le dijo. "Su hijo ha
denunciado a aquellos quienes han hecho pretensiones falsas porque está convencido
de que el Báb es un Profeta verdadero, y cuando maldice a aquellos quienes dejan el
sendero de Dios, es a Ud. y a mi a quienes maldice. Yo le advierto ahora," agregó,
"que si no le manda lejos de Qum inmediatamente, yo tendré que llevar a cabo lo que
considero mi deber." Habiendo dicho ésto, salió de la reunión Mullá Mahmud,
mientras los otros le aseguraron al padre de Ishraq que el Mullá firmaría el orden de
muerte de su hijo si le viera otra vez.
Ni una sola palabra pasó entre el hijo y el padre en camino a casa esa noche, pero durante la mañana siguiente, mientras se preparaba para salir Ishraq, su padre
dijo: "Hijo, guarda tu lengua. No menciones todo lo que tienes que decir en la
presencia de todos."
La visita de Ishraq a Qum y la discusión corta con Mullá Mahmud le dio una
excusa para comunicar con su padre. A través de sus cartas podía despertar la
curiosidad de su padre en la nueva fe que había abrazado, tanto así que un día recibió
una invitación de regresar a Qum por algunos días para poder discutir sus creencias
augusto. Mas esto iba a ser una visita secreta; nadie iba a saber de su llegada en
Qum, y no debía de salir de la casa ninguna vez.
Durante la segunda visita de Ishraq a Qum se interesó mucho su padre en la
Causa y expresó su deseo de que le fueran presentados los otros bahá'ís. Ocurrió que
un maestro bahá'í muy conocido de Tehrán estaba por hacer un viaje a Qum. Ishraq
se fue a ver a ese maestro en Tehrán y le pidió conocer a su padre. Algunos días más
tarde Ishraq recibió una carta tierna de su padre, agradeciéndole por haberle guiado a
la Causa y diciendo que Ishraq era ahora el padre y que él era el hijo.
Ishraq también tenía una hermana en Tehrán a quien le habían prohibido por
su padre y esposo tener nada que ver con él. Ahora que su padre había aceptado la
Causa, él le escribió que fuera con su hermano para averiguar como estaba y si
necesitaba algo, para darle una excusa para visitar a Ishraq. Ishraq, por el otro lado,
recibió una carta de su padre rogándole ver que su hermana no fuera privada del
Mensaje del Nuevo Día. De esta manera fueron unidos otra vez el hermano y la
hermana, aunque todavía tenían que esconder su encuentro del conocimiento de su esposo fanático.
La hermana de Ishraq, sin saber que su padre ya había aceptado la Causa, llegó
a interesarse en las creencias de su hermano y con el tiempo expresó su deseo de ser
bahá'í con la condición de que su padre no supiera. Ishraq entonces le mostró la carta
que su padre le había mandado desde antes pidiéndole dar el Mensaje de la nueva Fe
a su hermana. Su júbilo por la noticia no tuvo límites, también lo fue el de su padre
cuando también se le informó que ella también, había abrazado la Causa.
No llegó a ser creyente la madre de Ishraq, mas no mostró una oposición a la
Fe. El único a quien no se le podía reconciliar a la Causa fue el concuño de Ishraq.
Tan pronto que se dio cuenta que su esposa había aceptado la nueva Fe que
desapareció por completo y sólo fue años después que la familia llegó a enterarse de su
paradero. UN PLAN QUE FUNCIONÓ 24
Aqa Kamal vivía con su hermano mayor en Kirmanshah. Su padre, quien se
había muerto recientemente, les había dejado una herencia, pero el hermano de Aqa
Kamal, siendo un musulmán estricto y fanático, amenazó con confiscar todo porque
Aqa Kamal se había hecho bahá'í. El clero, también, le habían advertido a Aqa Kamal
que si fuera visto asociándose con bahá'ís ellos sabrían que él era un seguidor de
Bahá'u'lláh, y por lo tanto no podría reclamar una parte de la riqueza de su padre.
Esto lo hizo extremadamente difícil para Aqa Kamal a reunirse con los creyentes
compañeros, especialmente como él y su hermano vivían en la misma casa.
Ishraq, quien acaba de llegar de Tehrán, y todavía no era conocido por la gente
de Kirmanshah, pensó en un plan por medio del cual quizá podría ayudarle a Aqa
Kamal. Él le pidió a Aqa Kamal invitarle a él y a otro bahá'í, quien era de otro parte
del país, ir a su casa un día para cenar para que pudieran conocer al hermano de Aqa
Kamal. Se le advirtió que el hermano rehusaría escucharle si sospechaba que el fuera
un bahá'í, e Ishraq prometió ser muy cuidadoso.
Había un número de otros huéspedes en la casa de Aqa Kamal ese día, entre
ellos un joven con lentes a quien el hermano de Aqa Kamal le trataba con una
reverencia marcada. Ishraq podía adivinar del tono de su conversación y como
escogía a sus palabras que él era un clérigo, aunque los órdenes recientes del Shah
prohibían el uso del `aba y turbante tradicionales de los sacerdotes.
Ellos habían estado en la casa por algún rato, y habían tocado los temas normales del día, cuando el amigo que había venido con Ishraq se volvió hacia él y
dijo: "Dinos, Sr. Ishraq, ¿Uds. en Tehrán también se topan con los bahá'ís?" "¡Si, en
verdad, así nos pasa!" replicó Ishraq. "Son muy activos en enseñar su Fe. Es más, una
vez que empieces a escuchar lo que tienen que decir, te preguntas que decirles como
respuesta. Yo mismo soy uno de sus muchos víctimas y todavía no he podido refutar
sus argumentos." El entonces les explicó que decían los bahá'ís y algunas de las
pruebas que daban en apoyo a sus creencias. "Ahora ven lo que quiero decir,"
concluyó. "Si sólo pudiéramos encontrar una manera de probarles incorrectos, no
podrían influir tanto en la gente. Quisiera que pudiera conocerle a alguien quien nos
podría armar con los argumentos adecuados con que silenciar a estos bahá'ís."
Uno de los huéspedes se volvió hacia el caballero con lentes que estaba presente
y dijo: "Estoy seguro que el Sr. Sadr podrá ayudarle." El Sr. Sadr mismo no estaba
muy seguro mientras escuchaba ahora a Ishraq explicar con algunos detalles las
creencias de los bahá'ís y las respuestas que habían dado a las objeciones levantadas
en contra de su Fe. Él no podía pensar en nada que decir. Por el otro lado, se había
despertado un interés y todos le estaban esperando que hablara. "Para poder darle
una respuesta satisfactoria," dijo por fin, "debo de referirme a ciertos libros y hacer un
estudio del tema, pero yo conozco a un dignatario notable de la Iglesia que tiene una
respuesta para cada problema y quien puede refutar los argumentos falsos de estos
infieles con unas cuantas frases. "¿Sería posible para mi tener el honor de ser
presentado con este religioso distinguido?" inquirió Ishraq. "En verdad que sí," replicó
el Sr. Sadr. "Él esta en casa normalmente en las noches." "Puesto que pronto saldré para Tehrán," dijo Ishraq, "y este asunto es de gran importancia para mi, ¿piensa Ud.
que me podría llevar con él ahora?" Los otros hombres dijeron que ellos también
estarían interesados en escucharle al dignatario religioso sobre este tema y pidieron al
Sr. Sadr llevarles a todos con él para verle. Sólo Aqa Kamal pensó que no sería sabio
ir y encontró una excusa para quedarse.
Los hombres esperaban fuera de la casa mientras Sr. Sadr entró para informarle
al dignatario religioso de su llegada. Después de que hubieran esperado mucho
tiempo, apareció un sirviente y les pidió que entraran. Fueron conducidos a un cuarto
grande en donde ocupaba el asiento de honor una persona anciano. Estaba sentado
en un cojín grueso con una pila de libros a su lado. Después de intercambiar los
saludos acostumbrados, Ishraq presentó su problema. El personaje digno repitió los
argumentos corrientes que siempre se usaban en contra de la Fe Bahá'í, e Ishraq le
informó cortésmente de las respuestas que se daban a tales afirmaciones. El
dignatario religioso aparentemente nunca antes había oído el otro lado del argumento
y esto le mantenía en silencio por algún tiempo; entonces dijo con autoridad grave:
"Es un pecado hablar con estos infieles. Ningún musulmán verdadero jamás debería
acercárselos. "¿Entonces no dirían los bahá'ís," sugerir calmadamente Ishraq, "que el
clero prohibía a la gente hablar con ellos porque no podía refutar sus argumentos? Le
ruego, Sr., darme por lo menos una sola prueba sólida que se puede producir como
una evidencia irrefutable contra las aseveraciones de esta gente." "Yo le he dicho lo
que debe hacer," dijo el religioso eminente. "¡Deje de hablar con ellos!"
El hermano de Aqa Kamal, quien había estado escuchando atentamente a todas las discusiones, perdió la paciencia ahora. "Yo he llegado a la conclusión," le dijo
audazmente al dignatario religioso, "que Ud. no tiene una respuesta para darles a los
bahá'ís, y que mi hermano no es tan tonto después de todo." Tomándole a Ishraq por
la mano, dijo: "Ven, vamos, porque por fin he entendido la verdad del asunto."
Mientras, Aqa Kamal esperaba en casa y se preguntaba que sería el resultado
de esta reunión con el dignatario religioso. No podía exceder la alegría que le
esperaba sus esperanzas más altas. Su hermano, llegando de esa reunión fructífera, le
abrazó tiernamente y le rogó su perdón. "Yo le obrado mal de toda manera," dijo,
"pero nuestro huésped de Tehrán me ha abierto los ojos y yo puedo ver que tienes
razón en tus creencias. ¡Yo, ahora también, estoy preparado para unirme a ti!
*Había una nueva dinastía en poder después de la Primera Guerra Mundial. HERMANOS POR FIN 25
Quizá sea difícil para algunos darse cuenta hoy día que barreras de odio y
prejuicio existían entre la gente de diferentes religiones en el tiempo cuando los
bahá'ís tempranos se estaban esforzando por traer amor y unidad entre ellos. Los
musulmanes rehuían los miembros de cada otra religión, viéndoles como infieles y
referiéndoseles como "perros sucios". Grupos minoritarios estaban forzados a vestirse
ropa que les identificaban como "no creyentes" para que los musulmanes devotos no
fueran manchados por tomar comida o bebida de sus manos. Los judíos, cristianos y
zoroastrianos, por su parte, odiaban totalmente a todos los musulmanes; ni tenían
nada que ver los unos con los otros. Todos estaban convencidos que cualquier que no
creía en su propia religión era un enemigo de Dios y que había tomado partido con el
diablo.
Era interesante en ese entonces ver el milagro que estaba tomando lugar
dentro de la comunidad bahá'í, cuyos miembros venían de todas estas antecedentes
diferentes.
Ishraq cuenta un incidente conmovedora que tomó lugar en Rasht cuando él
estaba allí en un viaje de enseñanza. Había estado hablando con un musulmán
fanático quien gradualmente se interesó en la nueva Fe y la empezó a investigar muy
seriamente. El hombre tenía muchas preguntas que hacer y estaba satisfecho con las
respuestas que le daban Ishraq. Entonces, una noche, mientras estaba sentado en una
reunión bahá'í y escuchaba las Palabras de Bahá'u'lláh, parecía que de repente se levantó de sus ojos un velo y podía ver la hermosa Verdad que yacía en el corazón del
nuevo Mensaje. Fue sobrecogido con emoción y, no pudiendo refrenarse, se acercó a
un hombre quien había sido un muy conocido zoroastriano antes de que se hiciera
bahá'í y le abrazó como a un hermano por mucho tiempo perdido. Mientras se
llenaban sus ojos con lágrimas, él relató la historia de su relación con este hombre.
"Ambos trabajábamos en el mismo bazar," dijo, "y nuestras oficinas no estaban muy
lejos la una de la otra. Yo odiaba estar tan cerca a un ‘infiel' quien yo sabía que había
sido un zoroastriano antes, y que ahora era un bahá'í. Un día vi al hombre quien nos
traía el te llevar una charola a la oficina de este caballero. Yo estaba tan furioso que le
agarré al hombre y le golpeé hasta que dolían mis propios brazos. Le advertí que si
jamás le viera sirviendo té otra vez al ‘infiel', que le mataría; entonces, entrando a la
tienda de té y viendo que no se había apartado el vaso del cual el ‘infiel' había tomado
su té, rompí todos los vasos en la tienda y pagué para que se comprara nuevos para
que los clientes musulmanes podían tomar su te de vasos limpios, no ensuciados por
el toque de no creyentes. Y ahora, "agregó con gran sentimiento mientras terminó de
contar el incidente, "quisiera rogar a nuestro anfitrión traer un sólo vaso de te para
que este hermano mío pueda tomar la mitad, y permitirme tener el honor de tomar el
resto." LA JORNADA DEL MÍSTICO 26
Vujdani era un místico de corazón. Él anhelaba alcanzar aquel etapa de paz y
tranquilidad interior tan extraño a la mayoría de la gente involucrado con los asuntos
de este mundo. Su madre descendía de la aristocracia, y la vida le ofrecía
oportunidades que los otros hombres habrían agarrado prestamente, pero Vujdani no
estaba interesado en los puestos que sus parientes influyentes le podían dar. Era un
buscador de la Verdad y anhelaba lograr un estado de satisfacción espiritual. Un día,
mientras entraba una mezquita para ofrecer sus oraciones, vio a un clérigo dando una
lectura en el patio de la mezquita. Se unió a la pequeña audiencia y escuchaba a un
fascinante discurso sobre el desprendimiento. El orador causó tal impresión sobre
Vujdani que le siguió a su casa después de la conferencia y le rogó al clérigo aceptarle
como discípulo. Para su sorpresa el clérigo le dijo que ningún individuo debía de
seguir a otro, y que los sacerdotes quienes se posaban como guías para otros de seguir
no eran más que hipócritas. Cada hombre, le dijo, debía de investigar la verdad por sí
mismo. Esto era un dicho extraño para un clérigo, pero Vujdani lo tomó como un
señal de la humildad del hombre.
Siguió asistiendo a las lecturas del clérigo en el patio de la mezquita todos los
días y llegó a estar más y más atraído al hombre y sus ideas. Los puntos de vista
presentadas en estas lecturas diarias estaban muy diferentes de las ideas comunes del
clero, y Vujdani encontró mucho para ocupar sus pensamientos cuando salió cada día
de la mezquita. Pero las lecturas en la mezquita llegaron a un fin abrupto y cuando Vujdani
inquirió la razón, le dijeron que se le había prohibido al clérigo entrar jamás a la
mezquita, ¡porque encontraron que era un babí! Vujdani estaba muy triste. Él había
oído la gente hablar de los babís temibles desde que era niño y él les odiaba. "¡Oh
Dios!," oraba. "¿Qué he hecho para merecer esto? ¡Por qué yo, después de tanto anhelo
de lograr Su beneplácito, he estado atraído a un infiel maldito!"
Después de eso, Vujdani decidió estudiar teología, esperando que esto le
conduciría a alguna verdad aceptable que satisfacería su mente buscadora y traerle
paz a su corazón anhelante. Se rasuró la cabeza, se puso un turbante y se retiró a la
vida de reclusión de un madrisih.* Pero no se quedó allí por mucho tiempo.
Encontró sofocante el ambiente, y sus asociados de poco criterio y prejuiciosos. Dejó
sus estudios de teología, completamente desilusionado, pero el espíritu de la búsqueda
le forzaba a seguir.
Ahora pasaba mucho tiempo en oración y meditación. Ayunaba y vivía la vida
de un fakír, renunciando a todos los placeres de la carne. Un día, mientras pasaba por
el mercado en camino a la mezquita, vio a un derviche viejo quien estaba sentado en
frente de una pequeña tienda. Vujdani había visto a muchos derviches en sus días,
pero ninguno le había atraído como este hombre. El estaba limpio, sin mancha; su
`abá flojo que llegaba a sus pies, su barba y pelo largo y bien peinado que caía sobre
sus hombros estaban muy bien arreglados. Pero había algo más acerca de este
derviche – algún tipo de fuerza espiritual que no se podía definir. Vujdani sentía esto
tan fuerte que se quedó de pie en frente de la tienda, y no podía alejarse aunque no sabía cómo empezar una conversación con el derviche. El tendero inquirió qué era lo
que quería, entonces compró unas cuantas cajas de cerillos y se siguió. Después de las
oraciones en la mezquita se apresuró para regresar, pero el derviche ya se había ido.
Vujdani regresó a su cuarto y pasó la noche en oración. La mañana siguiente,
no pudiendo alejarse de sí el pensamiento del hombre espiritual que había visto, se
fue a buscarle. Estaba seguro que su encuentro con este derviche era una respuesta
directa a sus oraciones a Dios pidiendo ayuda en su búsqueda de la Verdad. Se
fortaleció esta convicción cuando encontró al derviche y cayó bajo el encanto de sus
palabras. Entonces rogó ser enseñado un versículo que podía repetir en sus
meditaciones para que pudiera lograr la Verdad. "Mi hijo," dijo el derviche, "no creas
lo que dicen acerca del poder de los derviches. Ellos han llegado a ser tan
materialistas y corrompidos como lo de más de la gente." Vujdani, sin embargo, sentía
un extraño respeto por este hombre y no le dejaba. Llegó a vivir cerca del derviche y
sentía que su vida sufría un cambio radical mientras pasaban los días. El derviche,
para su sorpresa, le alentó a alejarse de la vida de retiro, de poner ropa normal otra
vez y empezar a ganarse la vida y seguir una vida normal.
Los parientes de Vujdani estaban felices de ver el cambio en él. Se le ofreció un
puesto su sobrino, el gobernador de Malayir, y se fue a vivir lejos del derviche. Pero
todavía le veía como su guía y maestro espiritual, y se consideraba como derviche de
corazón aunque no usaba el vestimento de esa secta.
Vujdani continuó con las oraciones y meditaciones diarias como le alentaba su
maestro, pero la vida materialista a su derredor empezó a pesar sobre su espíritu y una vez más anhelaba la compañía de almas afines. Era como en este tiempo de su
vida que le fue presentado Ustad `Ali – un hombre de cualidades espirituales raras – y
llegó a ser un amigo íntimo de él. Los dos pasaban mucho tiempo juntos, orando,
estudiando y platicando acerca de los trabajos místicos y escrituras religiosas. Una
vez, cuando estaban hablando acerca de la vida de los Mensajeros de Dios en la tierra,
Vujdani dijo con gran sentimiento: "Cuán desafortunados somos porque no vivimos
en el día de ninguno de los Mensajeros y Profetas de Dios. Estamos privados de la
gracia directa que fluía a través de ellos y curaba los males espirituales del alma."
Ustad `Ali ya no podía retener el secreto que tenía de su amigo. "Estamos viviendo
en el amanecer de una gran Época," dijo. Este es el tiempo predicho por todos los
Mensajeros de antaño. Éste es el Día que todos ellos anhelaban atestiguar, ¡porque el
Prometido ha aparecido durante nuestras vidas!" La reacción de Vujdani a esta noticia
fue extraordinaria. Se postró sobre el suelo de pura gratitud y alabanza al
Todopoderoso, y aceptó el advenimiento del Prometido sin la menor vacilación. Esto,
sentía él, era lo que buscaba su alma ansiosa por todos estos años. Estaba lleno de tal
éxtasis que no podía controlar sus emociones. Rogaba a su amigo decirle en donde
podía lograr la presencia del Prometido porque quería salir a visitarle sin demora.
Ustad `Ali trató de calmarle, y le explicó que no sería sabio empezar a hablar con la
gente acerca del tema. Vujdani no podía entender. "¿Por qué retener este
conocimiento de la gente quienes ya están esperando y orando por el advenimiento
del Prometido?" preguntaba. Ustad `Ali le aseguró que llegaría a saber con el tiempo.
Vujdani estaba tan regocijado por las noticias maravillosas que había oído que todos notaban el cambió que le había sobrevenido. Cantaba las alabanzas de Dios por
doquiera que anduviera y no prestaba atención a aquellos de sus conocidos que le
acusaban de haber alcanzado a este estado feliz a través del licor prohibido durante
Ramadán.
La próxima vez que encontró a su amigo, Ustad `Ali le contó la historia del
Heraldo quien había venido como Precursor del Prometido. Habló de Su vida santa,
del conocimiento interior con la cual estaba dotado y el cual no había sido adquirido
de las escuelas de los hombres, de Su mansedumbre y martirio cruel. Vujdani
escuchaba con atención extasiada. Él lamentaba que se había quedado sin
conocimiento de estos hechos y que había sido privado del privilegio de contemplar el
rostro del Profeta de Dios. Ustad `Ali le consolaba diciendo que el Prometido Mismo
todavía estaba en la tierra.
Habiendo aceptado el advenimiento del Mensajero Prometido de Dios, la fe de
Vujdani fue puesto ahora a una severa prueba – una prueba que le sacudió hasta el
centro mismo de su ser. Habían pasado varios días desde la conversación con su
amigo cuando se dio cuenta de repente que ¡Ustad `Ali era, de hecho, un babí! Tan
grande fue esta prueba que Vujdani no la pudo soportar. "¡Oh Dios, mi Dios!" gritó
en su angustia, "Yo le he buscado día y noche. Yo he orado que Tu me guiaras mis
pasos y me condujeras al sendero correcto, y aún me encuentro arrojado a la
compañía de los babís una vez más. ¿Por qué me tienes que castigar de esta manera?"
Vujdani estaba caminando en el campo un día con un grupo de amigos cuando
decidió renunciar al mundo una vez más y salir a buscar las huellas del verdadero Bienamado, a dondequiera que le condujeran sus pasos. Tres de sus amigos dijeron
que irían con él pero los rigores de la jornada probaron ser demasiado severos para
ellos y, uno por uno le dejaron para vagar solo. Vujdani les dio su ropa y, vestido de
bata larga de un derviche, viajaba de pueblo en pueblo y de ciudad en ciudad. Pero ni
los mullás con sus turbantes ni los derviches desgreñados que conocían en su camino
le podían ayudar con su búsqueda. Se entrenó a sí mismo para subyugar el ego y
soportar cada forma de humillación. Llevando un plato hondo de mendigo mientras
viajaba, el cantaba oraciones y recitaba versos de Hafiz**, llorando por su separación
del verdadero Bienamado:
"¡Oh venid! y tocad mis ojos con su dulce misericordia,
Porque estoy ciego a todo menos para Su Rostro."
Su sinceridad tocaba los corazones de la gente mientras se movía entre ellos. Muchos
le veían como un hombre santo y pedían sus bendiciones. Pero él no estaba
interesado en fama u honor y no se quedaba mucho en un sólo lugar. Con el tiempo
regaló hasta su bata de derviche a uno quien la necesitaba y se quedó con una prenda
de vestir interior y un pedazo de piel que colgaba de los hombros cuando viajaba y
usaba como una colchoneta cuando se acostaba para dormir.
Después de muchos días se encontró cerca de la ciudad en donde su antiguo
amigo y maestro, el viejo derviche, vivía. Se llenó con un gran anhelo de ver a su
maestro una vez más y se dirigió sus pasos hacia la ciudad. Esperaba llegar después
del anochecer para que sus muchos amigos y parientes allí no le reconocieran pero las
puertas de la ciudad estaban cerradas para la noche cuando llegó a ellas y tuvo que esperar hasta la mañana. No tenía que preocuparse por ser reconocido en la ciudad
porque estaba tan cambiado desde cuando fue del lugar que un amigo suyo le vio
directamente en la cara el día siguiente y le pasó sin la menor huella de
reconocimiento.
Solo le reconoció su viejo maestro. Los ojos de Vujdani se llenaron de lágrimas
mientras miraba el rostro querido del derviche una vez más. Recordaba cuán a
menudo solía decir su maestro: "Un cuerpo cansado y un corazón roto son todo lo
que tenemos para ofrecer en el umbral del Bienamado." Un cuerpo cansado y un
corazón roto – estos eran todo lo que Vujdani tenía para ofrecer. ¿Encontraría paz por
fin?
"Dime mi hijo," dijo el derviche, mirándole con sus ojos calmados y serenos,
"¿has encontrado, en tus viajes errantes, a alguien quien te podía guiar a la Verdad
que buscabas?" "En ninguna parte, querido maestro," contestó Vujdani "encontré lo
que empecé a buscar, ¡excepto entre un grupo de gente quienes son conocidos como
babís!" Hubo una pequeña pausa, entonces habló su maestro: "Has alcanzado el fin
de tu jornada," dijo, "porque yo tomo por testigo a Dios que el Prometido
verdaderamente ha aparecido. Todos los Mensajeros de Dios y Sus Profetas, todos los
santos y sabios de edades de antaño han cantado las alabanzas de este Día. ¡Benditos
somos nosotros quienes hemos vivido para verlo!"
Esta reunión con el derviche disipó todas las dudas que Vujdani tenía acerca de
los babís y su religión. Mientras estaba sentado escuchando al discurso de su viejo
maestro, el aprendió mucho acerca de la nueva Fe. Fue levantado el velo de sus ojos y empezó a ver y entender. "Cuán extraño," pensó, "cuán muy extraño son los
costumbres de Dios. Yo he estado huyendo de la Verdad, pero Dios, en Su
misericordia, ¡me la ha ofrecido una y otra vez!" Su corazón ahora estaba lleno con la
paz que había anhelado lograr; sus muchas pruebas y sufrimientos, olvidados.
*Colegio Religioso
**El gran poeta místico persa VUJDANI Y EL MULLÁ 27
Vujdani se asomó adentro de la tienda y rápidamente se alejo. "Este no es un
lugar para mi," decidió, "aún si no encuentro ningún otro refugio para la noche." La
tienda estaba llena de mullás y clérigos de toda descripción. Sus turbantes blancos,
verdes y azules de varios tamaños denotaban sus antecedentes y posiciones. A la
cabeza de la reunión estaba sentado el más distinguido de todos, con su turbante
enorme sentado a un lado suyo en el piso.
Vujdani había visto desde lejos la tienda y pensó que quizá se habían reunido
un grupo de derviches para sus cantos, pero no estaba preparado de ninguna manera
para confrontar a un grupo de clérigos – los enemigos jurados de su Fe. Era
demasiado riesgoso.
Pero el dueño de la tienda--el mismísimo mullá imponente que ocupaba el
asiento de honor – ya le había visto y le llamó para entrar. "Por favor, reúnase con
nosotros," le dijo. "Yo puedo ver que Ud. es un extraño en estos partes y seríamos
honrados si nos congraciara a nuestra reunión con su presencia." Fue demasiado
cortes la invitación para ser rehusada y Vujdani entró renuentemente a la tienda.
Mientras avanzaba la noche, se encontraba muy afectado por la bondad de su
anfitrión. Uno ó dos de los sacerdotes mostraron claramente que resentían su
presencia en medio de ellos, pero el anfitrión hizo todo en su poder para hacerle sentir
bienvenido.
Más tarde Vujdani supo que su amigo, el mullá, tenía un hijo quien le estaba causando gran preocupación. "El se está portando de una manera muy peculiar,"
explicó el mullá, "y nadie sabe qué es lo que le pasa. Al principio solía desaparecer al
desierto por unos cuantos días al mes; ahora se sienta en casa todo el tiempo pero no
hablará con nadie. Ni siquiera contesta cuando su pequeño le habla. Estoy
empezando a preguntarme," agregó el mullá, "si ha alcanzado un estado de
iluminación espiritual que le hace despreciar a las cosas de este mundo." Vujdani fue
tocado por la preocupación del padre pero sabía de las síntomas que le fueron
descritos que el joven estaba lejos de cualquier iluminación espiritual. "El amor de
Dios, que es la fuente de nuestra vida espiritual," le dijo al mullá, "nos trae alegría al
corazón y crea amor hacia nuestros semejantes. No nos hace despreciar a Su creación."
El mullá llevó Vujdani a su casa para ver a su hijo. El joven, quien estaba en
cama cuando entraron su cuarto, inmediatamente se les volteó la espalda y subió la
ropa de cama por encima de su cabeza. Su papá le rogó que les hablara. "Este
caballero que ha venido a verte," dijo el Mullá a su hijo, "es un hombre sabio que ha
viajado mucho y logrado mucha experiencia. Oíle tu problema, te lo ruego, porque
quizá él pueda ofrecerte ayuda." Pero el joven se hundió más en el cobertor y no
quiso tener nada que ver con ellos. Vujdani movió la cabeza de un lado al otro. "Si su
hijo fuera un buscador de asuntos espirituales, y un amante en busca del verdadero
Bienamado," dijo al mullá, "él no estaría huyendo de todos, porque el buscador
`permanece en cada tierra y habita en cada región. En cada rostro busca la belleza del
Amigo; en cada país busca al Bienamado. El se une con cada compañía, y busca
amistad con cada alma, que quizá pueda descubrir el secreto del Amigo, ó en algún rostro contemplar la belleza del Amado’"
Las palabras que citaba Vujdani eran de `Los Siete Valles' de Bahá'u'lláh.
Hicieron tal impresión en el mullá que se olvidó de su hijo y volviéndose a Vujdani, le
suplicó, diciendo: "¿No me guiará a las alturas espirituales que Ud. mismo ha
alcanzado? Yo puedo ver que tengo mucho que aprender de Ud." Vujdani no tenía
nada de ganas de decirle acerca de la Fe Bahá'í. "No hay nada que yo le pueda
enseñar," dijo, "porque yo también soy solo un humilde buscador." El mullá rogó una
vez mas, pero Vujdani estaba determinado de no ser involucrado en una conversación
sobre el tema. Ya había tenido bastantes experiencias con el clero musulmán antes.
Se sentaron para sorber el té que se había traído y el mullá, triste de corazón,
alzó un libro y recitó una de las oraciones bellas del Imam `Alí. Vujdani, también
afectado por el estado de ánimo de su anfitrión, cerró los ojos y cantó de las oraciones
de Bahá'u'lláh:
"¡Oh Tu por cuya separación los corazones y las almas se han consumido, y por
el fuego de cuyo amor todo el mundo se ha encendido! ¡Te imploro por tu Nombre,
por medio del cual Tu has subyugado a la creación entera, que no me prives de lo que
hay junto a Ti, oh Tu que reinas sobre todos los hombres! Tu ves, oh mi Señor, a este
extraño apresurándose hacia su más exaltado hogar, bajo el dosel de tu majestad y
dentro de los recintos de tu merced; a este transgresor anhelando el océano de tu
perdón; a este humilde ser ansiando la corte de tu gloria; y esta pobre criatura
buscando el oriente de tu riqueza. Tuya es la autoridad para ordenar todo lo que sea
tu voluntad. Atestiguo que Tu debes ser alabado por tus hechos, obedecido en tus mandatos, y permanecer libre en tus órdenes."
Cuando se había parado, el Mullá le rogó que siguiera y escuchó con lágrimas
en los ojos mientras Vujdani cantó lo siguiente:
"¡Oh Tu, deseo del mundo y amado de las naciones! Tu me ves volviéndome
hacia Ti, libre de todo apego a otro que no seas Tu, y aferrándome a tu cordón por
cuyo movimiento ha sido conmovida toda la creación. Soy tu siervo, oh mi Señor y el
hijo de tu siervo. Héme aquí decidido a hacer tu voluntad y tu deseo, y anhelando
solo tu complacencia. Te imploro, por el océano de tu misericordia y el sol de tu
gracia, que procedas con tu siervo de acuerdo con tu voluntad y deseo. ¡Por tu poder,
que está por sobre toda mención y alabanza! Todo lo que sea revelado por Ti es el
deseo de mi corazón y lo amado por mi alma."
El Mullá repitió lentamente la última frase a si mismo; entonces dijo: "Estas
oraciones no son las palabras de nuestros Imames Sagrados, mas están habilitadas con
tal potencia que yo sé que no son las palabras de un hombre ordinario. ¿Quién es el
Autor?" Vujdani pretendía no saber. "Fui enseñado estas oraciones," dijo, "por mi
maestro, un derviche viejo, quien me dijo que las repitiera frecuentemente como un
medio de purificación del alma."
Se puso de pie el mullá y dijo: "Regresémonos a la tienda." En camino,
mientras daban la vuelta por una doblez en el camino, podían ver el domo dorado de
una de los santuarios más sagrados de Islam. Aquí el mullá se paró y, tomando por
la mano a Vujdani, dijo: "Juro por este santuario sagrado que por más de un mes he
estado orando fervientemente por la guía divina. Día tras día le he implorado ayuda a Dios, y no tengo duda alguna que Él, en Su misericordia, te ha mandado a mi. Yo te
imploro no privarme de lo que posee."
Ya no podía más Vujdani negarle al mullá lo que tan sinceramente pedía – ni
podía haber encontrado un oído mas atento. EL CAMINO A HAMADÁN 28
Hamadán es una de las regiones más frías de Persia. Los caminos a la ciudad
frecuentemente estaban llenos de nieve durante meses en el invierno y la gente que
viajaban sólo corrían el riesgo adicional de encontrarse con lobos hambrientos en el
camino. A pesar de todos estos peligros, Vujdani salió para llegar a Hamadán a
caballo un invierno.
Se estaba oscureciendo y Vujdani estaba apresurándose para alcanzar un
pueblo en donde podía pasar la noche cuando dos jinetes le alcanzaron y le robaron
de todo lo que poseía, dejándole para luchar, sólo y descalzo en la nieve. El alcanzó el
pueblo con gran dificultad y se le dio refugio para la noche; pero tuvo que salir el día
siguiente en el frio mordaz, sin zapatos o ropa adecuada. Estaba medio muerto
cuando tropezó con una choza de adobe. Vivía ahí una mujer con su hijo, pero
Vujdani estaba tan congelado con el frio que entró sin permiso y se metió debajo del
kursi.* La mujer veía con gran preocupación, nunca dudando que estaba loco, porque
nadie en sus cinco sentidos saldría casi desnudo en aquel frio. Tan pronto como
Vujdani podía hablar, le explicó lo que había pasado. "Yo conozco a los ladrones que
llevaron sus cosas," le dijo la mujer, pero ella no estaba ansiosa de dar sus nombres.
Después de mucha persuasión, sin embargo, ella le dio el nombre de uno de los
ladrones y le dio instrucciones de como llegar al pueblo donde vivía el hombre.
Vujdani estaba determinado de encontrarle al ladrón, entonces salió una vez
más en la nieve y no se paró hasta que hubiera alcanzado al pueblo. Ahí se fue directamente con el jefe del pueblo, explicó acerca del robo, y dio el nombre del
ladrón. El jefe mandó traer unos caballos del establo para que pudiera ver si Vujdani
reconociera al caballo del ladrón. Vujdani lo identificó sin dificultad, pero el ladrón
no admitía haber tomado nada del extraño, entonces el asunto se refirió al sacerdote
del pueblo. Ahora bien, el sacerdote no iba a perjudicar a un vecino y mostrar
favoritismo a un extraño quien acaba de llegar medio desnudo de quien sabe donde,
entonces después de recibir una mordida del ladrón ante los ojos de Vujdani, pidió al
hombre tomar un juramento, diciendo que no era culpable del robo. Pero el ladrón
no estaba preparado para tomar tal juramento, lo cual hizo más complicado el asunto.
Por fin el sacerdote amigablemente sugirió una solución. El ladrón, dijo, ¡podría darle
a Vujdani un asno y un rifle viejo en vez de su caballo y ropa! Se dio cuenta Vujdani
que no había nada que podía hacer y sabiamente tomó lo que le fuera dado.
Resultó el asno ciego en un ojo y tan viejo y endeble que nadie lo podía
montar. Vujdani colgó el rifle de su hombro y caminó con fatiga detrás del asno
hasta el siguiente pueblo en donde puso a la venta la bestia. Estaba tan ansioso para
deshacerse de él que lo vendió al primer cliente que pasó. Se decepcionó al ver que a
los pocos minutos regresó el hombre y se le pidió su dinero. Salió otro hombre y le
ofreció menos de la mitad de lo que el primer cliente le había dado, pero Vujdani no
le rehusó. Tomó el dinero – un manojo grande de monedas de cobre – los amarró en
su ropaje con un pedazo de cordón, y salió del pueblo. Nunca había extrañado tanto
su bolsillo, porque el montón de monedas pegándolo en las piernas mientras
caminaba no le hacia fácil la jornada. Llegó a la próxima parada cansado y con frio hasta los huesos pero estaba
encantado de encontrarle a alguien quien le dejaba quedar la noche debajo de un
pequeño kursi por el precio de una sola moneda de cobre. Desafortunadamente su
felicidad duró poco porque pronto se dio cuenta que no era el único huésped que
estaba pagando por el lugar. Vinieron uno por uno los demás, pagaron su moneda y
se amontonaron alrededor del kursi hasta que no había espacio para moverse. Se
quedó Vujdani en aquel ambiente encerrado hasta que no lo pudo aguantar más.
Entonces se paró y se preparó para salir, pero una vez afuera, vio que sería imposible
empezar la jornada hasta que amaneciera. Se estaba preguntando que podía hacer y
en donde podía quedar el resto de la noche cuando le atrajo la atención una luz tenue
que filtraba por las rendijas de unos troncos de una puerta. Era un lugar junto al
camino y decidió tocar para ver si le dejarían entrar.
Resultó que el lugar era una pequeña posada. Dos hombres estaban sentados
en una esquina jugando a las apuestas, y un tercero estaba fumando opio a una corta
distancia. Estaba ansioso el posadero por complacerle. Hizo te fresco para Vujdani y
se le acercó el anafre con brazas de carbón calientes a fuego rojo para que calentara las
manos.
Después de que hubieron salido los tres otros clientes, el posadero sacó su libro
de Hafiz y trató de leer partes de él para Vujdani, pero Vujdani, quien amaba los
poemas de Hafiz, no pudo soportar escucharlos leídos tan crudamente. Por fin logro
hacer la lectura él mismo, y encantó al posadero con su recitación bella. El ayudante
del posadero ahora se les unió y él también estaba sentado, encantado, a los pies del visitante.
Vujdani, mientras tanto, había entrado en un mundo suyo. Los poemas
místicos de Hafiz, aunados con sus propias pensamientos, le ayudaron a olvidarse
totalmente de los posaderos. Después de un rato, dejo los poemas y empezó a cantar
algunos de las oraciones de Bahá'u'lláh, completamente inconsciente de la impresión
que tenían sobre los dos hombres quienes las estaban escuchando por vez primera.
Cuando por fin volvió en sí, encontró Vujdani a los posaderos ansiosos de saber
acerca de sus creencias. El estuvo sentado, hablando con ellos por el resto de la noche,
explicándoles el mensaje de la nueva Causa. Para el amanecer, ¡los dos hombres eran
bahá'ís confirmados!
Se quedó Vujdani con sus nuevos amigos un día más, después del cual caminó
al siguiente pueblo, en donde había un número de bahá'ís. Sus compañeros creyentes
le dieron una calurosa bienvenida. Ellos le arroparon y le hicieron descansar por
unos cuantos días antes de que le dejaron seguir su viaje a Hamadán.
*Una mesa baja y cuadrada sobre la cual se pone un cobertor grande. Debajo
del kursi se pone un anafre con un fuego de carbón cubierto con cenizas. La gente se
sienta en petates alrededor del kursi y se recaen en colchones, sus piernas extendidas
por debajo del kursi y cubiertas con el cobertor. LA ESENCIA DE DÁTILES 29
Había una reunión grande de nobles, dignatarios religiosos, escolásticos y
hombres de letras en la presencia del Príncipe del Reino en Tabriz. El príncipe
gustaba en reunirse con esta gente de vez en cuando y en escuchar sus discursos y
debates. Se discutían una variedad de temas y algunos de los poetas recitaban
selecciones de poemas que habían compuesto. Varqá, cuya poesía era muy admirado
por el príncipe, siempre era un huésped bienvenido mientras vivía en Tabriz. El
príncipe frecuentemente le pedía recitar algunas de sus composiciones recientes, y
llovía sus alabanzas y favores sobre él. Pero Varqá siempre se mantenía en silencio
cuando estaban tomando lugar discusiones en estas reuniones, conociendo los peligros
en los cuales quizá le involucrarían.
Esta vez, sin embargo, los sacerdotes habían empezado a abusar verbalmente
de los bahá'ís de una manera tan niño e irrazonable que Varqá pensó que sería sabio
decir algunas palabras. "Los maestros bahá'ís," estaban diciendo ellos, "una vez solían
dar de comer cierto tipo de dátiles que les hacía convertirse en bahá'ís a sus huéspedes
confiados. Ahora que la gente se ha dado cuenta de este truco, los bahá'ís extraen la
esencia de los dátiles, la cual sus maestros entonces convierten en píldoras para ser
usados con aquellos a quienes quieren que se hagan bahá'ís. Ellos tienen una manera
muy astuto para hacer esto," seguían los sacerdotes. "Primero, el maestro se sienta en
tal posición como para estar frente a todos los que están en el cuarto, entonces les
encanta a los que le escuchan con un discurso muy fascinante hasta que la boca de todos está abierto con admiración. Cuando se ha alcanzado esta etapa, el maestro
bahá'í dispara hábilmente de sus dedos una píldora a la boca de cada uno de su
audiencia quien, habiéndolo tragado, no puede evitar aceptar ser bahá'í."
Era muy difícil saber qué efecto tenía este tipo de plática sobre los huéspedes
del príncipe. Muchos de ellos, sabemos, eran demasiado inteligentes como para creer
tal tontería, pero una cosa está muy claro: poca gente, no importa cual fuera sus
posición en Persia en aquel entonces, se hubiera atrevido a desagradar a los sacerdotes
quienes reinaban supremos, su autoridad indisputable. Ni siquiera el Príncipe del
Reino deseaba despertar su enojo.
Solo Varqá estaba determinado de señalar lo superficial de los enemigos de su
Fe. En el silencio que siguió a la información única que los sacerdotes eminentes
proveyeron, él pidió permiso del Príncipe del Reino de decir algunas palabras.
Habiendo recibido el permiso, les dijo a la reunión que él estaba sorprendido de oír a
alguien hablar acerca de la esencia de dátiles, porque les podía asegurar que, aunque
él mismo tenía conocimiento de la química y la medicina, jamás había oído de tal
cosa. "Aún si existiera tal esencia y estaba disponible en forma de píldora," dijo, "¿no
es extraño que estos maestros bahá'ís en contra de quienes hemos sido advertidos,
nunca eran en atinarle al blanco? ¿O debemos de asumir que ellos han tenido, cada
uno, años de entrenamiento en el tiro al blanco? ¿Y que hemos de pensar de la
audiencia con sus bocas abiertas? ¿Cómo pueden ser tan incultos – no importa cuán
interesante sea la plática – como para estar sentados con las bocas abiertas de par en
par en todo el cuarto, y ni así ver algo extraño en ello? ¡Y debemos creer que realmente tragan las píldoras que se les tira a sus bocas sin estar conscientes de ello!
Si tuvieran más que agregar al tema los sacerdotes, debían de sentir que no era
ni el tiempo ni el lugar correcto para hacerlo. EL PRISIONERO MUDO 30
"¡Se ha traído en cadenas un babí hoy de Yazd!" susurró un hombre a otro en
Isfahán, y pronto empezó a extenderse el rumor. Los bahá'ís quienes siempre estaban
ansiosos de noticias de sus compañeros creyentes estaban entre los primeros en oír el
rumor. Trataron inmediatamente de averiguar más acerca del rumor, pero nadie les
podía dar ninguna información acerca de la identidad de su compañero creyente.
Ellos no sabían quién era ni a qué parte de la prisión le habían llevado.
Por fin Siná, quien había sido puesto en libertad de la prisión de Isfahán él
mismo sólo hace dos días, ofreció ir a averiguar del carcelero, quien había llegado a ser
su amigo.
Escogió, lenta y cuidadosamente, su camino por las callejuelas estrechos a la
prisión tenebrosa. Era aquí que él y su hermano, Nayyir, se habían quedado durante
los largos días de suspenso sin fin que se convirtieron en semanas y meses, viviendo
bajo la sentencia de la muerte de los mujtahids temibles de Isfahán, no atreviendo a
esperar que jamás verían al mundo de afuera otra vez, ó escuchar la risa de sus
pequeños niños.
Aquellos quienes le pasaron a Siná en el camino debieron estar impresionados
por su cara radiante y bondadosa y el turbante verde bien arreglado y la faja que eran
signos de su linaje sagrado. Si alguien le hubiera reconocido como el bahá'í quien
acaba de ser puesto en libertad de la prisión, nunca habrían creído que estaba él en
camino de visitar a su carcelero ahora. Estaba listo el carcelero a ayudarle a Siná. "Yo le puedo llevar al babí que
quiere ver," dijo, "pero déjeme decirle que no tiene caso tratar de hablar con él. El
hombre es sordo-mudo." "¡Sordo-mudo!" pensó Siná mientras seguía al carcelero. "Me
pregunto quien podría ser." Entraron a la sección más sucia de la prisión que estaba
reservada para los peores tipos de criminales. Aquí, en una celda apretada de gente,
espió Siná a Varqá en cadenas y cepo. Los dos poetas eran viejos amigos y, por
supuesto, tenían mucho que decirse el uno al otro. ¡El carcelero atónito y los
prisioneros que estaban cerca no podían creer a sus ojos! Le miraron con asombro a
este Siyyid quien habían congraciado a su celda con su presencia y hecho un milagro
en frente de sus propios ojos. "¡El sordo habla!" se decían con emoción los unos a los
otros. "¡Le ha dado el Siyyid el poder de habla y de oír!"
Nadie, sin embargo, estaba tan perplejo como Siná quien se suponía era quien
había hecho el milagro. "Ves," le dijo Varqá como explicación, "me hablaron en un
lenguaje tan insultante en el camino de Yazd que yo pretendía no oírles. ¡Era muy
conveniente estar sordo-mudo antes que tu llegaste!" EL POEMA DE VARQÁ 31
Estaba en un viaje de enseñanza Varqá en Yazd cuando fue arrestado por
orden del gobernador, Jalalu'd-Dawlih; fue mantenido en prisión por un año y luego
enviado en cadenas y cepo a la prisión en Isfahán. Aquí se hizo buen amigo de un
noble quien admiraba la buena poesía y quien se mantenía en contacto con el círculo
literario que se reunía en la ciudad.
Un día el amigo de Varqá recibió la copia de algunas de las poemas compuestas
por varios poetas en una de sus reuniones. Le mostró esta a Varqá quien fue movido
a agregar algunas versos bellos suyos a aquellos de los otros poetas. El poema que
escribió Varqá en la prisión tuvo efectos de gran alcance. Fue tan afectado su amigo
por ello que preguntó acerca de las creencias religiosas de Varqá y eventualmente se
hizo bahá'í. También efectuó el milagro siguiente:
Vino a visitar la prisión en Isfahán el cruel Jalalu'd-Dawlih. El conocía a
ambos, Varqá y su amigo noble, entonces, caminando, se les acercó con mira de
desprecio. Mirando los pies de Varqá en el cepo, observó: "¿Si Ud. es un Profeta,
porqué no haces un milagro y deje que caiga el cepo de sus pies?" "Yo ni reclamo ser
un Profeta," replicó Varqá, "ni me jacto de hacer milagros."
Acercándose Jalalu'd-Dawlih al noble, le tomó un papel de su mano. Era una
página de poesía bella, y él empezó a leerlo. Estaba muy impresionado, especialmente
con el verso que había escrito Varqá. "Yo no me había dado cuento que aquí
teníamos un gran poeta.", observó. Antes de salir de la prisión, Jalalu'd-Dawlih ordenó que se removieran los pies
de Varqá del cepo. LOS PRISIONEROS DE ZANJAN 32
Era Ramadán, el mes del ayuno, y la gente se quedaba despierto hasta altas
horas de la noche. En las ciudades y pueblos más pequeños de Persia, en donde la
vida era monótona y no tomaba lugar nada de gran interés año tras año, no había
nada que ocuparan las noches largas de Ramadán excepto el hacer la ronda usual de
visitas y la lectura del Corán.
La ciudad de Zanjan, siendo tal lugar, fue agradablemente sorprendida al oír
un día que se habían agarrado a algunos bahá'ís, encadenados y puestos en una celda
tras las rejas para que la gente les pudiera ir a ver. Fue sobrecogedora la respuesta de
la población. Vinieron por docenas, preguntándose verdaderamente como se veían
los bahá'ís, y se retiraban en gran desilusión al ver que eran como seres humanos
normales.
Entre los visitantes a la prisión había un sacerdote musulmán cuyo hermano,
Mirza Husayn, había sido arrestado con otros bahá'ís de Zanjan. Muchas veces el
sacerdote le había dicho a su hermano que no llegaría a ningún fin bueno si no
renunciara su lealtad a la nueva Causa. Ahora él venía a ver si este encarcelamiento
le había hecho que su hermano recobrara sus sentidos y le había preparado a renegar
de su Fe. Mucho para su sorpresa el encontró a Mirza Husayn firme en sus creencias
y listo a defender la Causa Bahá'í, no importando las consecuencias. Cuando no
produjeron ningún resultado ni sus exhortaciones ni sus muchas amenazas, salió de
la prisión en una rabia el sacerdote, usando el lenguaje más vil. Uno de los otros bahá'ís había tenido una visita de algunos de sus amigos
Musulmanes soldados. Estos, no como el sacerdote, habían venido a consolar a su
amigo en prisión. "A nosotros no nos importa cuál sea tu religión," le dijeron. "Tu
eres un amigo nuestro y nosotros hemos venido a decirte que si alguien decide
matarte, tendrá que tratar con nosotros primero."
Venían tarde por las noches la mayoría del clero y los miembros de la clase
superior cuando podían sentarse en el salón grande en la presencia del gobernador,
`Alá'd-Dawlih, y hablar con tres de los prisioneros quienes fueron traídos a las
reuniones en cadenas – Varqá, su hijo Ruhu'llah de doce años, y Mirza Husayn.
Vinieron en grandes números y cuando salían algunos siempre habían otros que
tomaban sus asientos. Noche tras noche se reunían, lanzando maldiciones, insultos y
acusaciones a los bahá'ís. A veces se le hacía una pregunta, dirigida a Varqá, quien
era conocido de entre ellos por su erudición, mas pocas veces se le permitía contestar
sin ser interrumpido por el clero porque estaban conscientes de la influencia que
podía ejercer sobre su audiencia. A veces se volteaba Varqá a su hijo, Ruhu'llah y le
pedía que contestara de parte suyo. Encantaba Ruhu'llah a sus oyentes. El
gobernador estaba tan asombrado e impresionado por la elocuencia extraordinaria del
niño que expresaba abiertamente su admiración. "Este poder extraño de argumento
del niño es en si un milagro," dijo él.
No importaba cuánto lo resentía el clero, los prisioneros, si se les daba la
oportunidad para hablar, avergonzaban a quienes trataban de menospreciar su Fe.
Una vez dijo un clérigo arrogante: "Si consideran a las cosas dicho por Bahá'u'lláh como prueba de ser Profeta, yo también puedo traer palabras tan bellas como las
suyas." "En el tiempo de Muhammad también," replicó Varqá, "habían quienes
hicieron las mismas pretensiones. Ni ellos pudieron, ni Ud. puede lograr tal tarea.
Pero aún si Ud. fuera capaz de producir los dichos tan bellos de que se jacta, ¿de quién
reclamaría Ud. que fueron?" "Yo diría que fueron mis propias palabras, por supuesto."
dijo el sacerdote. "Aquí estriba la diferencia," dijo Varqá; Bahá'u'lláh reclama que El
no tiene nada suyo que decir. Todas sus dichos Él asevera que son de Dios. No sólo
hace Él una reclamación tan estupenda sino miles de personas de diferentes
antecedentes religiosos del mundo han aceptado a Sus palabras como las palabras de
Dios y cientos de eruditos grandes, hombres de letras y dignatarios religiosos han
ofrecido la vida como prueba del poder de estas palabras. Ahora, dígame si Ud.,
después de producir sus obras bellas, ¿pretende que una sola persona iría tan lejos
como para decir que Ud. es el clérigo más grande que jamas haya vivido?"
En otra ocasión se volteó el gobernador hacia Mirza Husayn y dijo: "Ud.
pretende que ha aceptado la Fe Bahá'í después de una larga investigación, pero dígame
Ud., ¿cómo es que fue con los bahá'ís para sus investigaciones? ¿No habían suficientes
musulmanes eruditos de quienes Ud. pudiera inquirir?" "Si una persona desea
aprender acerca del Islam," dijo Mirza Husayn, "le aconsejaría Ud. que fuera con un
clérigo cristiano?"
Estaban furiosos los sacerdotes con la respuesta de Mirza Husayn. Se lanzaron
sobre él y le dieron una fuerte golpiza. Se sacó de su vaina su espada un noble que
estaba presente para matarle a Mirza Husayn, pero dijo el gobernador: "No se le debe matar de una vez a este hombre. Déjenmelo a mi. Yo mandaré cortarle un miembro
de su cuerpo cada día y al final de una semana lo mataré."
Mirza Husayn, quien venía el mismo de una familia de clérigos notables, tenía
puesto en ese entonces un turbante. Los sacerdotes, enojados, se lo quitaron, diciendo
que él había desgraciado el turbante por haberse convertido en bahá'í. Ellos les
ordenaron a las guardias ponerle un sombrero viejo y sucio y jalarlo hasta que
cubriera sus cejas para que pudieron divertirse con él durante el resto de la noche.
Mientras seguían las reuniones en la presencia del gobernador de Zanjan
noche tras noche, empezaba a monopolizar las conversaciones el clero para que no
tuvieran oportunidad de hablar los bahá'ís. Si se hiciera una pregunta, se levantaban
tal conmoción algunos de ellos como para hacerle imposible que contestaran los
prisioneros. Muchas veces conducía una pregunta a un argumento acalorado entre el
clero mismo y a veces esto les llevaba casi a los golpes. Los bahá'ís no veían con
anticipación a esta etapa porque siempre había el peligro que una vez que se hubiera
convertido aquello en lucha, se juntaría el clero y atacaría a los bahá'ís, culpándolos
por todo.
Una noche `Alá'd-Dawlih estaba muy molesto con las discusiones continuas
que tenían los clérigos entre sí. "Han venido aquí Uds. para saber lo que tiene que
decir Varqá," él les recordaba. "Si tienen preguntas que hacerle, pueden hacérselas una
por una, para que él les pueda contestar." Mas el gobernador no se podía con el clero,
quienes estaban determinados a denunciar a Varqá como infiel, no importara qué
creía. La impresión, sin embargo, que Varqá y Ruhu'llah habían hecho sobre el
gobernador mismo, era tan grande que una noche él dijo con toda sinceridad y en la
presencia de un número de gente: "Varqá, yo juro por la corona de Su Majestad y el
alma de Amir Nizám que si deje de propagar esta Fe, yo obtendré por Ud. del Shah
un título adecuado, le pagaré un salario considerable y le haré mi médico de cabecera
para que nunca desee nada más en la vida." Aunque fuera grande el deseo de ayudar
a su prisionero, 'Ala'i'd-Dawlih no tenía, desgraciadamente, ningún entendimiento de
las alturas de desprendimiento que había escalado Varqá en su amor por su Amado.
"¿Verdaderamente piensa Ud.," le dijo Varqá, "que yo renunciaría al Mensajero de
Dios por los títulos y riquezas que este mundo pudiera ofrecer?" "Pero Ud. puede
dedicarse su vida a la Causa de Dios y servir al Islam," dijo `Ala'i'd-Dawlih. "Esto es lo
que estoy haciendo ahora," explicó Varqá. "La Fe eterna de Dios es una. Lo que yo
creo es lo que todos los Mensajeros de Dios han enseñado. Son ellos quienes nos han
dicho en los Libros Sagrados que veláramos por el advenimiento del Prometido. Si
yo, como creyente en Dios y Sus Libros Sagrados, he llegado a reconocer al Prometido
de que hemos estado esperando, ¿puedo yo abandonarle y darle a El la espalda por
razón de beneficios materiales?" "Denuncia a esta Fe en frente de los otros por lo
menos"* le rogaba el gobernador "aún si la crea en su corazón." "Sería imposible para
mi vivir la vida de tal hipócrita," replicó Varqá. "¡Ay!" suspiraba `Ala'i'd-Dawlih. "No
me deja ninguna alternativa. Tengo que mandarle a Ud. y a su hijo al capital para
que los otros allí se encarguen, pero será disparado de la boca de un cañón Mirza
Husayn aquí en Zanjan mañana." En el momento Varqá quedó en silencio, pero encontró una oportunidad de
tener unas palabras con el gobernador más tarde. "No manche Ud. sus manos con la
sangre de bahá'ís," le rogó a `Ala'i'd-Dawlih. "Mande Mirza Husayn con nosotros al
capital y deje que él también sea encargado por otros quienes ya están empapados en
sangre." Escuchó `Ala'i'd-Dawlih este pedido y ordenó que fueran enviados los tres
prisioneros encadenados a la capital el día siguiente.
*Varqá tenía muchos conocimientos de la medicina LOS NIÑOS 33
Tayyibih tenía cinco años cuando ella y su hermano menor, Jamál, fueron
llevados a ver a su padre, Mirza Husayn, en prisión un día. Era tan extraño para
ellos. ¿Por qué tenía cadenas alrededor de su cuello su padre? ¿Por qué lo mantenían
en un lugar tan sucio, y por que todos los que le rodeaban eran tan descortés?
Tayyibih había oído a la gente mayor decir que su padre sería enviado a
Tehrán, y esto le preocupaba mas que cualquier otra cosa. "¿Es verdad que te
mandarán a Tehrán?" ella le preguntó. "Si," replicó felizmente Mirza Husayn. "¡Yo te
voy a traer un vestido bonito de Tehrán para poner en Naw Rúz!"* Mas Tayyibih
no sería consolada. Se llenaban sus ojos con lágrimas mientras lanzaban sus brazos
alrededor del cuello de su padre. "Por favor, no te vayas padre," rogaba ella. "Yo no
quiero un vestido bonito." Ella le miraba a sus ojos con una tristeza tan tierna que se
llenaba el corazón de su padre con angustia. Se daba cuenta que el separarse de sus
niños era la prueba más severa que tenía que encontrar y oraba que Dios quizá le
diera la fuerza de quedar fiel hasta el final. "Tienen que irse ahora," les dijo a
Tayyibih y a Jamál. Tomando unas monedas de cobre de su bolsillo se las ofrecía a
su hija, diciendo: "Toma estas y compra unos dulces en camino a casa." Pero
Tayyibih sacudía la cabeza pequeña. "Guarda el dinero, padre," dijo ella. "Quizá
necesites comprar algo para ti en camino a Tehrán." Eso fue la última vez que
Tayyibih y Jamál vieron a su padre antes que fuera llevado de Zanjan.
Mientras sufría Mirza Husayn innumerables penalidades en la prisión de Tehrán, sus niños también tenían su medida llena de sufrimiento que sobrellevar.
Un día un regimiento de soldados y artilleros rodearon su casa en Zanjan. Tayyibih
y Jamál se asían de su madre, preguntándose si ella también sería ahora llevada de
ellos. Habían venido los soldados por órdenes del gobernador y los dignatarios
religiosos de la ciudad y ordenaron que salieran todos los que estaban en la casa. No
estaba allí la familia de Mirza Husayn. Ellos les habían dado refugio a algunas
mujeres bahá'ís quienes ya no tenían casa y ahora todos salieron juntos, preparados
para lo peor. Pero parece que los soldados no tenían la intención de matar ese día.
Habían venido a llevarse todas las pertenencias valiosas de Mirza Husayn y luego
arrasar con la casa.
Las mujeres y niños miraban mientras los soldados llevaban todo lo que tenían
– no solo sus alfombras ricas, vajilla de plata, cristalería y otros objetos de valor, sino
hasta el artículo más insignificante, incluyendo la masa que se estaba amasando para
hacer el pan.
Después de que hubo terminado el pillaje, se pusieron los soldados a demoler la
casa grande. Vinieron para abajo puertas, ventanas y paredes entre maldiciones
continuas y ruidosas. Se vieron forzadas las mujeres bahá'ís a ir en búsqueda, de casa
en casa de los vecinos, para picos y otras herramientas necesarias para la destrucción
de la casa. Para cuando terminaron los soldados con su tarea no había ni una sola
pared de pie en donde había estado la casa. Aún hasta las paredes del jardín y los
árboles frutales en el huerto habían sido arrastrados como un acto de mérito por
aquellos quienes esperaban las recompensas del paraíso después de haber castigado a los infieles en la tierra.
Ahora Tayyibih y Jamál estaban con las mujeres entre las ruinas de su casa
con ni comida ni los medios para mantenerse calientes durante la larga noche fría. Se
mantenían juntos a su madre consiguiendo un poco de calor de su cuerpo y
temblaban al oír cualquier paso. No se atrevieron a acercarles ni amigos ni parientes
y muchos quienes antes se declaraban amistad ahora se convirtieron en enemigos
confiesos.
Mientras la noche se hacia más frio, las mujeres se decidieron tomar abrigo en
un santuario sagrado no muy lejos pero les reconocieron los cuidadores y no les
dejaron entrar. En camino de regreso fueron dejados Tayyibih y Jamál con un bahá'í
en secreto mientras se fueron las mujeres mismas con una amiga musulmana y le
rogaron por refugio por la noche. Se consintió su amiga a admitirles si salieran de su
casa antes del amanecer.
Todo el día la gente de Zanjan se juntaba alrededor de las mujeres para
despreciar y burlarse de las mujeres bahá'ís que vivían entre las ruinas. Una de ellas
les dijo escarnecidamente "Si su vida en este mundo no esta mejor que esto, ¿como
será su suerte en el mundo venidero?" "No somos las primeras mujeres en la Causa
de Dios en sufrir," respondió una de las bahá'ís. "Han habido mujeres tratadas como
nosotras en cada Dispensación. Nuestro suerte en el mundo venidero probablemente
será como el de ellas."
Durante aquellos días de tribulaciones severas, cuando se les encarcelaban a
sus hombres y sus casas fueron saqueadas, cuando sus amigos les desheredaban y sus enemigos hacían todo lo que podían para agregar a su sufrimiento, estas mujeres
mostraban tal coraje y fidelidad como para anonadar a todos quienes las veían u oían
de ellas.
El tío de Tayyibih y Jamál quien era un clérigo musulmán llevó los niños a su
casa después de unos días y les compró ropa nueva pero se daba cuenta Tayyibih por
la manera en que él hablaba a la gente que le rodeaba que estaba avergonzado de su
papá. "El nos ha desgraciado," seguía repitiendo. "Yo ya no puedo levantar mi cara
en público. ¡Ay! ¡que fuera culpable de robo, adulterio ó aún el homicidio! Pero la
desgracia de tener un hermano bahá'í es más de lo que puedo soportar."
Él también hablaba de llamar traer un sacerdote para "poner el testamento en
la boca de los niños." Por eso quería decir que se les pedirían a Tayyibih y a Jamál
que repitieran, en frente de testigos: Tayyibih, Yo testifico que no hay otro Dios mas
que Dios. Yo testifico que Muhammad es el Mensajero de Dios," así asegurando a
todos que eran verdaderos musulmanes. Pero Tayyibih, cuyo conocimiento de
asuntos religiosos era limitada, pensaba que él estaba planeando alguna tortura
terrible para ella y Jamál. La casa de su tío, con todas las comodidades que
proporcionaba, llegó a ser una prisión para la pequeña. Ella pensaba en su querido
padre con las cadenas alrededor de su cuello, llevado a la ciudad tan lejos; pensaba en
su madre, sentada entre las ruinas de su hermosa casa sin ninguno de sus amigos ó
parientes para venir a verla jamás.
Un día, oyó decir su tío otra vez: "Tenemos que arreglar poner el testamento
en la boca de estos niños tan pronto como sea posible. No se le puede postergar más. Yo tendré que informar a algunos de los clérigos para que lo testifiquen." Tayyibih
estaba terriblemente atemorizada. Se le abrazó su hermano a si misma,
preguntándose cómo le podía salvar. No había nadie a quien podía recurrir para
simpatía. Todos en la casa parecían estar del lado de su tío. De repente tuvo una
idea. "Jamál," le dijo a su hermano, "si yo te digo algo, tu no se lo vas a decir a nadie,
¿verdad?" "No, no lo haré," prometió el pequeñito. Ella miraba a su alrededor para
estar segura que nadie estaba escuchando, entonces le susurró en su oído: "¡Ellos van
a traer a alguien para poner el testamento en nuestras bocas!" "¿Qué es el
testamento?" preguntó Jamál inocentemente. "Es algo tremendo… horrible… "dijo
ella, no sabiendo como explicar. "Es como un pedazo de fuego que te ponen en tu
boca. Te van a quemar la lengua con ello." Jamál le vio a los ojos de su hermana con
terror puro. Pero también estaba perplejo. "¿Por qué lo van a hacer?" preguntó. "¿Qué
hemos hecho?" "Somos bahá'ís," explicó simplemente Tayyibih, "y no les caemos
bien." No importaba lo que eso le quería decir al niño, él había visto ya suficiente en
su vida corta para saber que nunca estaba muy lejos el peligro. Él se asía de Tayyibih
como su único refugio. "¿Qué haremos?" le preguntó. "¡Nos vamos a huir!" contestó
su hermana. "Pero no debes decirle a nadie. Promete que no se lo dirás a nadie, ó nos
encadenarán como nuestro padre." Jamál se lo prometió.
Huyendo de la casa de su tío era más fácil decir que hacer. Siempre había
gente allí – vecinos que venían a visitar a la señora de la casa, servidumbre que venía
y salía del patio. Vigilaba cuidadosamente Tayyibih, y cuando llegó el momento
correcto ella le agarró la mano de su hermano y se deslizaron hacia la puerta de la entrada. Ella la abrió lentamente y se asomó a la calle. No había nadie a quien ella
conociera en la calle. "¡Corre, Jamál!" susurró ella, y los dos corrieron tan rápidamente
como les podían llevar sus piernitas.
Mientras recorría el viento frío de la noche por las ruinas de su casa, Tayyibih
y Jamál se juntaban más a su mamá. Ella ya les había explicado qué quería decir
"poner el testamento en sus bocas" y ellos ya sabían que no serían torturados si
regresaran al confort de la casa de su tío, pero estaban felices que habían regresado
con su mamá, aunque ella no tenía nada que darles ahora – excepto su amor. EL NIÑO MÁRTIR 34
Ruhu'llah, el niño mártir de la Fe Bahá'í, era un prodigio. A los doce años le
ganaban admiradores su conocimiento de las Sagradas Escrituras, sus argumentos
poderosos en defensa de su amada Fe en presencia de los dignatarios religiosos
temibles de Persia, la poesía bella que escribía y su naturaleza dulce y santa por
dondequiera que fuera. Muchos de los enemigos notables de la nueva Fe fueron
encantados por su elocuencia, mientras otros llegaron a verle como un milagro
viviente.
Durante el tiempo en que Ruhu'llah, su padre y Mirza Husayn habían sido
arrestados por sus creencias y estaban siendo llevados encadenados a Tehrán, los
soldados encargados fueron tan atraídos por el encanto de este niño de doce años que
ellos quisieron quitar de su cuello las cadenas pesadas, pero él no lo quiso así. "Yo
estoy muy feliz con estas cadenas," él les aseguró, "ademas Uds. deben ser fieles a su
encargo. Se les dieron órdenes para llevarnos en cadenas a Tehrán, y es su deber
obedecer esos órdenes." Nunca se le oyó quejarse de las incomodidades de esa jornada
larga y ardua pero se parecía derivar gran felicidad de las muchas odas y oraciones
que él cantaba a si mismo mientras cabalgaban.
En uno de los pueblos en que se pararon en el camino, ordenaron los
sacerdotes y notables que los bahá'ís fueron presentados ante ellos, especialmente ya
que habían oído que el Varqá famoso estaba entre los prisioneros. Varqá, el padre de
Ruhu'llah, era muy conocido a través del país como un hombre de méritos literarios sobresalientes y un campeón sin miedo de la nueva Fe. El pasaba mucho tiempo en
oración y meditación, y anhelaba ofrecer su vida como un sacrificio para la Causa de
Dios.
Empezaron los sacerdotes a hacerles preguntas a los prisioneros, mas pronto
encontraron que no podían con ni Varqá ni con su hijo de doce años, Ruhu'llah, quien
les asombraba a todos con el coraje que mostraba en la presencia de los sacerdotes
religiosos. No pudiendo rebajar a los prisioneros bahá'ís con sus argumentos, trataron
los sacerdotes a crearles prejuicio para que les mataran. "¿Cuándo será purgada esta
tierra de estos infieles?" lamentaban ellos. "¿Cuándo estará libre la Fe de Islam de sus
enemigos?" Aunque había una fila de soldados armados parados como si estuvieran
listos para los órdenes de disparar, y ya se habían preparado los prisioneros para
morir, no pasó nada. Se pusieron mas enfáticos los sacerdotes. "¿Qué están
esperando?" gritaron. "¿Van a tolerar a estos babís entre Uds.?" Estaban
determinados los soldados y guardias sin embargo a llevar los prisioneros vivos a la
capital, entonces no prestó nadie mucha atención a los sacerdotes pueblerinos.
Mientras ocurría esto, vino a echarles un vistazo a los prisioneros el ahijado de
uno de los oficiales. Él estaba parado cerca a los bahá'ís cuando decidieron hacerle una
broma el oficial y sus amigos. Ellos les pidieron a dos de las guardias que
pretendieran que pensaban que ese hombre se había hecho babí también. Agarró una
cadena el guardia y se acercó al joven con un lenguaje rudo y abusivo: "Así que ahora
se ha convertido en babí también, ¿eh?, hijo de tal... ¡Bueno entonces te enseñaremos
que es lo que hacemos con los babís!" El pobre hombre estaba tan asustado que perdió el poder del habla. Dejó salir un grito de terror y se desmayó. Algunos
pensaron que se había muerto del susto mas abrió sus ojos después de recibir mucha
atención, aunque era mucho tiempo antes de que podía hablar. "¿Qué le pasó?" le
preguntaron. "¿Por qué tenías tanto miedo? Solo te estábamos haciendo una broma."
"¡Una broma!" exclamó. "Yo casi me muero del susto." "Mira a ese niño," dijo alguien,
señalándolo a Ruhu'llah. "Él no tiene miedo." "No," confesó el hombre, mirándole a
Ruhu'llah con nuevos ojos, "¡pero también él es un babí!"
Los sacerdotes, mientras, habiendo perdido la esperanza de que les mataran a
los prisioneros en su pueblo, sólo podían tomar venganza del niño prisionero. Ellos
se habían dado cuenta que no estaban sus pies en los cepos como lo estaban los otros
dos, entonces mandaron llamar al carpintero del pueblo y le ordenaron preparar un
par de cepos para Ruhu'llah, así agregando considerablemente a su sufrimiento
mientras cabalgaba en el frío y nieve intensos desde Zanjan a Tehrán.
No se quejaba Ruhu'llah. Ni podía este incidente aplacar su espíritu radiante ó
desalentarle de enseñar la Causa a los soldados quienes estaban con ellos. Cuando el
viaje difícil llegó a su fin, algunos de los soldados habían abrazado secretamente la Fe
de sus prisioneros.
En la prisión de Tehrán, los prisioneros fueron tratados con crueldad
extremada. Allí habían cuatro de ellos, todos encadenados juntos con "la perla negra"
que fue puesta alrededor de sus cuellos. Esta cadena estaba tan pesada que era difícil
para los hombres mantener en alto sus cabezas. Ruhu'llah se colapsó bajo su peso y
se tenía que poner un soporte debajo de la cadena de cada lado para poder mantenerle en una posición sentada.
Habían como sesenta otros prisioneros en aquel lugar – homicidios y ladrones
de cada descripción – mas a ninguno le fue tratado tan cruelmente como a los bahá'ís.
Después de cinco días, se trajeron a otros dos bahá'ís a la prisión, pero estos hombres
no estaban preparados para sufrir para su Fe. Ellos negaron jamás haber tenido algo
que ver con la nueva Causa, esperando que se les pondría en libertad. El carcelero,
sin embargo, no tenía prisa para sacarles. "Como Uds. no son bahá'ís," dijo, "pueden
sentarse con el grupo de ladrones y asesinos."
Se les permitían normalmente a los prisioneros comprar comida con su propio
dinero, pero los bahá'ís no tenían ni dinero consigo, ni los medios de conseguir ayuda
de afuera. Cuando las pertenencias de Varqá fueron confiscadas, entre ellas habían
muchos libros valiosos escritos a mano, él le dijo a un amigo: "Me hace feliz pensar
que todo lo que poseía en este mundo era de la mejor calidad y ameritaba ser dado en
el sendero de Dios." Ahora sus enemigos se refunfuñaban al darle hasta el pan seco
que era la ración normal de la prisión.
Uno de los prisioneros, un hombre rico quien podía comprar todo lo que quería
en la prisión, llegó a saber que los bahá'ís no tenían los medios de comprar comida y
muchas veces no se les daba ni la poca ración de pan que los otros prisioneros
recibían. Fue tocado su corazón y el pensó en un plan por medio del cual él les podía
dar una buena comida un día. Él dijo que él había hecho un voto de proveer una cena
para todos los prisioneros. Cuando llegó la comida, sin embargo, las guardias no
permitían que los bahá'ís la tocaran. "Uds. no cuentan entre los otros," dijeron. Mas insistió el anfitrión que su voto incluía a todos los presentes, y que sería inútil si se le
dejara a una sola persona. Más tarde él le dijo a un amigo: "Los tontos no se dieron
cuenta que era para el bien de aquellas pocas rosas que yo regaba a todos los espinos."
Unos cuantos días después él regaló tres monedas de plata a cada prisionero, para que
tuviera una excusa para dar algo de dinero a los bahá'ís.
Un día, Varqá, quien tenía muchos admiradores entre los círculos influyentes
de la capital, recibió un mensaje de un pariente, rogándole escribir un poema en
alabanza del Shah, para que pudiera ser entregada a Su Majestad y se pudiera hacer
una petición para la libertad del poeta. Varqá no quería nada con eso. "Mi pluma ha
escrito alabanzas de Dios y Su Mensajero Divino," dijo. "¿He de profanarla ahora con
adular a un tirano? ¡Nunca! Que haga lo que quiera conmigo, yo estoy preparado
para lo peor." Pero mandó un mensaje al Shah, pidiendo que fuera presentado, cara a
cara, con los dignatarios religiosos de la capital y permitido discutir sus creencias con
ellos en presencia de Su Majestad. Este mensaje fue transmitido a través del cortesano
poderoso y sangriento, Hajibu'd-Dawlih, quien había venido a ver a Varqá en la
prisión con la esperanza de que el prisionero le prometería una mordida grande si
arreglara su libertad. Mas Varqá no tenía semejantes intenciones y Hajibu'd-Dawlih,
habiendo perdido toda esperanza de conseguir algo de él, le pegó a Varqá en la cabeza
con su bastón y salió en una rabia. Este mismo hombre regresó una vez más, esta vez
haciendo un crimen tan aborrecible como para avergonzar a cualquier asesino
ordinario. La historia del incidente fue escrita por Mirza Husayn, quien estaba
encadenado con Varqá y Ruhu'llah en la prisión. El resumen de parte de este crónica es como sigue:
"Una noche, cuando se había dormido Ruhu'llah bajo las cadenas, yo vi a su
padre acariciar su cara y susurrar: `¿O Dios, es posible que este sacrificio que yo Le
traigo será aceptable ante Tu vista?' Yo fui conmovido mas allá de las palabras. Me
senté y lloré por muchas horas, conmovido por emociones extrañas, aunque nadie
adivinó como pasé esa noche. En la mañana le relaté a Varqá algo que había oído de
un muy buen maestro bahá'í. Él había dicho que si supiera que hubiera algún peligro
que amenazara su vida, que él huiría tan rápido como pudiera, porque Dios nos ha
creado para un propósito y que tenemos un deber que hacer en este mundo.
Deberíamos primero vivir y servir a nuestros compañeros. Varqá replico: `Esto es
verdad, de acuerdo de los estándares de la razón. Mas en los reinos del espíritu, cada
uno de nosotros tenemos un camino diferente que caminar.'
"Hajibu'd Dawlih entró en la prisión con un número de verdugos arropados en
rojo y dio los órdenes que a todos los prisioneros se les debían de encadenar a sus
lugares. Nadie sabía lo que tenía en mente y un miedo terrible se apoderó de todos.
Entonces el carcelero nos vino a nosotros los bahá'ís y dijo: `Vengan conmigo. No
les quieren en la corte.' Nos pusimos de pie para seguirlo, aunque no creíamos lo que
decía. `No es necesario poner sus ábas,' nos dijo, pero Ruhu'llah insistió en ponerse el
suyo. Cuando salimos al patio de la prisión, estuvimos sorprendidos al ver a soldados
armados por doquier y nos preguntábamos si se habían venido a fusilarnos. Los
verdugos también estaban parados todos en fila, y tenían una mirada salvaje. Mas no
había ni un sonido de nadie y el silencio era aterrador. Por fin Hajibu'd-Dawlih pidió al carcelero abrir nuestras cadenas y mandarnos de dos en dos. Se temblaban tanto
las manos del carcelero que no podía abrir los candados, entonces otro hombre se
ofreció y abrió nuestras cadenas. Fueron los primeros en ser llevados Varqá y
Ruhu'llah. Pasaron por una puerta a un pasaje largo que conducía a otro edificio
mientras se nos ordenaron esperar. Podíamos oír ruidos al otro lado de la puerta pero
era imposible saber qué pasaba. Después de un rato salió alguien al patio de la prisión
para tomar el bastinado** Pensamos que iban a poner los pies de Varqá en ello y
pegarle. Yo dije: `Yo temo esta golpiza. Espero que me corten la garganta ó me
disparen y así lo terminen rápido. Se abrió la puerta otra vez y esta vez el verdugo
salió llevando un cuchillo ensangrentado que él llevó al estanque en el patio y lo lavó.
Uno de los verdugos ahora apareció con la ropa de Varqá en un bulto debajo de su
brazo. Ya para ese entonces estábamos en un estado interior de perturbación que casi
no podíamos creer que estábamos viendo estas cosas. Parecía que nuestras mentes
rehusarían lo que nuestros ojos podían ver. Una vez más se abrió la puerta y nos
fuimos llamados. Cuando nos acercamos a la puerta oímos ruidos extraños y
conversación apresurada, mas nada ya nos tenía sentido. Estábamos por pasar por la
puerta cuando fue cerrada rápidamente una vez más. Oímos a Hajibu'd-Dawlih decir:
`Ellos pueden esperar hasta mañana.' Entonces él salió apresuradamente en un
estado de ansiedad terrible y confusión completa. Dejó su cuchillo en la mano del
carcelero y salió precipitadamente con el vaina vacío colgando de su cinto.
"Nos llevaron a mi amigo y a mi a nuestra celda en donde encontramos que
hasta habían llevado el tapete en que nos sentábamos en nuestra ausencia. Nos sentamos en el piso húmedo de barro y nos preguntábamos qué había tomado lugar
detrás de esa puerta cerrada que conducía al otro edificio. Si Varqá había sido muerto
¿entonces qué le había pasado a Ruhu'llah? Estábamos tan sacudidos por la
experiencia y tan preocupados por Ruhu'llah que éramos incapaces de hablar. Nos
sentamos desde la tarde hasta la medianoche sin poder producir ni una sola palabra.
Gradualmente se juntaron alrededor de nosotros algunos de los guardias, riéndose y
burlándose y discutiendo entre si cómo iban a dividir nuestra ropa entre ellos el día
siguiente. Oí todas estas cosas mas me hicieron poca impresión. Más tarde vi a uno
de los carceleros quien nos había mostrado antes algo de bondad. Le agarré y le rogué
que me dijera lo que había pasado. Le hice jurar por los santos mártires de Islam que
me diría la verdad como la hubiera vista ocurrir. Esto es lo que contó: `Hajibu'd-
Dawlih le dijo a Varqá: "¿A quién mato primero, a Ud. ó a su hijo?" Varqá contestó:
"No me importa." Entonces Hajibu'd-Dawlih sacó su cuchillo y lo enterró en él
corazón de Varqá, diciendo: "¿Como se siente ahora?" Las palabras de Varqá antes de
que se muriera eran: "Yo estoy sintiendo mucho mejor que Ud. ¡Alabado sea Dios!"
Hajibu'd-Dawlih ordenó a cuatro verdugos cortar el cuerpo de Varqá en pedazos. La
visión de tanta sangre era horrible de ver. Todo este tiempo Ruhu'llah estaba
observando, sobrecogido con tristeza. Él seguía repitiendo: "¡Papá, papá, llévame
contigo!" Se le acercó Hajibu'd-Dawlih y le dijo: "No llores. Yo te llevaré conmigo y
te daré un salario propio. ¡Yo le pediré al Shah que te de una posición!" Pero
Ruhu'llah respondió: "¡Yo no quiero ni un salario de Ud. ni una posición del Shah!
Yo me voy a unirme a mi padre." Hajibu'd-Dawlih pidió un pedazo de cuerda, pero nadie podía encontrar algo de cuerda, entonces trajeron el bastinado y le pusieron en
ello el cuello de Ruhu'llah. Dos de los carceleros alzaron el bastinado, uno de cada
lado, y lo sostuvieron mientras Ruhu'llah respiraba convulsivamente. Tan pronto
como se aquietó su cuerpo le bajaron y Hajibu'd-Dawlih llamó a que trajeran a los
otros dos bahá'ís. Pero justamente en ese momento el cuerpo del niño hizo un
movimiento repentino, levantándose del piso y se cayo a algunos pies de distancia.
Entonces estuvo quieto otra vez. Este incidente le perturbó tanto a Hajibu'd-Dawlih
que no tuvo el coraje de seguir con más homicidios.'
"Puedes imaginar cómo nos sentimos después de oír los detalles del martirio de
Varqá y Ruhu'llah. El cuadro cobró vida y yo no lo podía quitar de mi mente. No se
consolaba mi corazón y lloré por mis queridos amigos por toda la noche. Finalmente
me dormí y tuve un sueño. Le vi a Ruhu'llah acercándose a mi, viéndose
extremadamente feliz. Dijo: "¿Viste cómo se cumplió la promesa de `Abdu'l-Bahá?'
Ruhu'llah me había contado frecuentemente con mucho orgullo que cuando él se
estaba despidiendo de `Abdu'l-Bahá después de visitarle en Tierra Santa, que el
Maestro le había dado unas palmadas en el hombro y dicho: `Si Dios así lo ordena, Él
proclamará Su Causa a través de Ruhu'llah.'"
El martirio de Ruhu'llah, tanto como su vida corta, pero fructífera, siempre será
un medio de proclamar la grandeza de la Causa de Dios. Su poesía bella y su
caligrafía exquisita se quedan con nosotros, tanto como muchos incidentes de su vida
que han sido anotados por gente que le conocían personalmente.
El siguiente es una traducción libre de parte de una poema de Ruhu'llah en la cual el pide el martirio:
De la copa de bondad divina, dame de beber
Y líbrame de pecado y debilidad;
Porque aunque mis pecados sean verdaderamente grandes
Es aún más grande la misericordia de mi Señor.
¡Bienvenido a ti, Saqí** del banquete divino!
Vente, refresca mi alma y hazme
Digno de ser sacrificado
En el sendero del Bienamado
*Este instrumento es un pedazo largo de madera, en medio de la cual están amarrados
dos pedazos de cuerda corta para formar un lazo. Se atan firmemente los pies de la
víctima en este lazo por medio de dar vueltas a la madera, la cual es sostenida luego
por un hombre de cada lado mientras otro pega con un palo las plantas de los pies.
**El que trae la copa. PONIÉNDOSE EN CONTACTO CON LOS PRISIONEROS 35
Las noticias habían llegadas a los bahá'ís en Tehrán que cuatro de su
compañeros creyentes, entre ellos Varqá y Ruhu'llah, habían sido traídos
encadenados desde Zanjan y encarcelados en la capital. Esta era toda la información
que podían juntar y no había manera de averiguar lo que había pasado con estos
amigos y cómo les iba en la prisión.
Un día, un joven fue llevado a la prisión, acompañado por un papá muy
enojado quien les había pedido a las autoridades encargados arrestarlo. El padre se
quejó de que su hijo era insolente y desobediente e insistió que tenía que ser castigado
a través de ser mandado a la prisión.
Se le mantuvo al niño en la cárcel por tres días, durante ese tiempo él se sentó
cerca a los prisioneros bahá'ís y pudo llegar a conocerles. "¿Qué has hecho," le
preguntaron "para hacerle tan enojado a tu padre?" "Quise ir con mi tío en Hamadán,"
replicó él, "y mi padre no me permitía hacerlo. Al final decidí escapar de la casa, pero
mi padre se enteró y me mandó encarcelar."
Era ya un tiempo después de que fuera libertado el niño que los bahá'ís
llegaron a saber que tanto él como su padre eran compañeros creyentes quienes
habían tramado este plan para que pudieran conseguir algo de información acerca de
sus amigos de Zanjan.
Desafortunadamente los oficiales de la prisión mantenían una vigilancia
estricta y no se pudo hacer ningún otro contacto con los bahá'ís en la prisión por muchos meses. Ya para ese entonces, dos de ellos, Varqá y Ruhu'llah, habían sido
cruelmente martirizados, mientras que los otros dos habían pasado por pruebas
increíbles. El día después de que fueran matados sus amigos, los carceleros les habían
pedido a los dos bahá'ís prisioneros restantes la ropa que llevaban puesto, diciendo:
"Es el turno de Uds. ser matados hoy. Si no nos dejan su ropa, sus verdugos la
tendrán aunque a nosotros nos pertenece por derecho, porque les hemos cuidado aquí
en la prisión." Los prisioneros regalaron toda su ropa exterior, incluyendo sus
calcetines y zapatos. Pero aunque se les sacaron en tres días consecutivos a ser
muertos, algo siempre pasaba cada vez y nunca se llevó a cabo su ejecución.
Era típico de estos hombres valientes que, cuando se estaban regalando todo lo
que tenían y preparándose para morir, la única cosa que se guardaban para si mismo
era algo de azúcar duro que comían, diciendo: "Esto nos dará un poco más de sangre
para que el verdugo que nos corta las gargantas no diga que ¡los bahá'ís no tienen
tanta sangre como las demás!"
No era sino hasta cuatro meses más tarde que unas cuantas mujeres bahá'ís de
Tehrán podían traerles un poco de comida y ropa desde afuera. UN INCIDENTE EXTRAÑO 36
Varqá estaba en agonía constante cuando fue llevado con cadenas y cepos
desde Zanjan a Tehrán. Era una persona de físico grande y tenía dificultad en
montar al caballo que estaba cargado con bultos de los dos lados; pero más que esto,
los cepos en los pies eran tan pesados que le jalaban las piernas de las articulaciones y
cada movimiento del caballo era una tortura que soportar. Y esto duraba por muchas
horas largas, día tras día.
Algunos de los soldados habían llegados a ser amigos de los prisioneros bahá'ís
después de los primeros días y ya estaban susurrado entre ellos que el mismo oficial
encargado había llegado a ser bahá'í. Todos estos hombres estaban dispuestos a
ayudar a Varqá por medio de remover los bultos del la espalda del caballo y por
medio de amarrarle las piernas a los lados del caballo para aliviar la estirada de los
cepos pesados, pero habían uno ó dos hombres quienes no permitían esto, diciendo
que los prisioneros debían sufrir tanto como posible. Uno de las guardias era
excepcionalmente cruel. Él azotaba al caballo de Varqá para hacerle galopar y tomaba
placer en ver la agonía que sufría su prisionero. Una vez el oficial encargado le dijo:
"Ud. es peor que el tirano quien torturaba a los prisioneros en los días tempranos de
Islam." "Oh no," el replicó. "Estos babís son tan malos como los enemigos tempranos
de Islam, y es nuestro deber torturarles. Ellos piensan que son los santos y nosotros
los malos, mientras que es al revés." Varqá estaba muy triste por lo que este hombre
había dicho y, volviéndose a él, le comentó: "¡Qué el Señor juzgue entre nosotros!" El guardia no dijo más sino se fue galopando hacia un manantial que estaba a
alguna distancia. Los demás le vieron desmontar de su caballo, tomar algo de agua y
empezar a fumar. Pero de repente se dobló y empezó a gritar de dolor. Nadie sabía lo
que le había pasado. Se empeoró más y más el dolor en su estómago y fue con gran
dificultad que fue llevado al pueblo más cercano. Varqá estaba extremadamente
perturbado. Siendo él mismo un doctor, inmediatamente escribió una prescripción
para el guardia, mas era demasiado tarde y se murió el hombre.
Varqá no podía perdonarse a sí mismo por lo que había dicho al guardia.
Estaba lleno de remordimiento por haber sido tan imprudente en pedirle a Dios que
le castigara el hombre. El recordaba con gran tristeza las palabras del Maestro: "Si
otros pueblos y naciones les son infieles, mostradles su fidelidad, si les son injustos,
mostradles su justicia, si se alejan de Uds., atraedles a Uds., si les muestran su
enemistad, sed amistosos hacia ellos, si les envenenan sus vidas, endulzadles sus
almas, si les infligen heridas, sed un bálsamo a sus dolores. ¡Tales son los atributos
de los sinceros! ¡Tales son los atributos de los veraces!" No se le podía consolar a
Varqá porque había desatendido el mandato. ODIO CIEGO 37
La suegra de Varqá era una mujer rica, talentosa y consumada y también era
una enemiga jurada de la Fe Bahá'í. Tan grande era el odio que tenía para con todos
sus seguidores que cuando oyó que Varqá y Ruhu'llah habían sido muertos por su Fe,
ello dio un gran banquete y llamó músicos para celebrar la ocasión.
Unos años antes ella misma había tratado de persuadir a un sirviente matar a
Varqá, prometiéndole una recompensa muy considerable. Mas el sirviente ya
había, sin que ella supiera, caído bajo el hechizo de su yerno y aceptado sus creencias.
El le advirtió a Varqá de las intenciones de su suegra y Varqá tomó las precauciones
necesarias para salvarse la vida.
Habiendo perdido la esperanza de lograr su muerte ella misma, la suegra de
Varqá se fue con un mujtahid influyente, quien era un pariente de ella, le informó
que Varqá era un bahá'í y le pidió su sentencia de muerte. El mujtahid le informó
que no le podía dar la sentencia de muerte hasta que él mismo estuviera convencido
de que su yerno era un infiel. "Yo le puedo proporcionar pruebas más que
suficientes," le dijo la señora. "Yo le traeré a uno de mis propios hijos que ha sido
enseñado por Varqá mismo, y después de que Ud. le haya visto a este niño, no tendrá
más dudas."
Ruhu'llah, un niño de ocho ó nueve años en ese entonces, fue traído a la
presencia del mujtahid y le dijeron que repitiera una de las oraciones que su padre le
había enseñado. Se puso de pie Ruhu'llah y dijo una larga y bella oración revelada por Bahá'u'lláh. El mujtahid fue tocado más allá de palabras. Volviéndose hacia la
abuela del niño el dijo: "¿Cómo se atreve a esperar que yo firme la sentencia de
muerte de un hombre quien le ha enseñado a su hijo a orar a su Creador de esta
manera?" JAMAS SIN RESPUESTA 38
Un día Ruhu'llah y su hermano estaban caminando por las calles de Zanjan
cuando un mujtahid que portaba un gran turbante y que hasta daba miedo llegó en
su asno. El mujtahid podía adivinar por la ropa que llevaban puesto los muchachos
que no eran nativos de Zanjan. "¿De quien son Uds.?" les preguntó. Respondió
Ruhu'llah: "Somos los hijos de Varqá de Yazd." "¿Cómo te llamas?" inquirió el
mujtahid del muchacho. "Mi nombre es Ruhu'llah," respondió el niño. "¡Híjole! ¡Qué
gran nombre!" dijo el mujtahid. "¡Este es el título de Su Santidad Cristo, quien revivía
los muertos!" "Si Ud. camine más despacio, señor," era la pronta respuesta de
Ruhu'llah, "yo también le revivirá." "¡Uds. deben de ser babís!" gruñó el mujtahid
mientras se apresuraba a seguir su camino. UN ALMA VALIENTE 39
Esto es parte de una historia, la cual viene a nosotros de un compañero
prisionero de Mullá Rida de Yazd:
Había un número de nosotros en la prisión de Tehrán. Mullá Rida y yo
comimos del mismo plato y estábamos encadenados juntos en la noche. Nunca he
conocido a nadie como Mullá Rida. Él era docto y sabio, era indulgente y humilde;
su fe era inquebrantable, su valentía no conocía límites y su resistencia bajo tortura
era casi sobrehumano.
Yo ya había oído relatos extraños acerca del coraje y firmeza que Mullá Rida
había mostrado cuando estaba siendo perseguido por los enemigos de la Causa. Una
vez, los dignatarios religiosos de Yazd le habían sentenciado a ser bastoneado siete
veces en un día en siete lugares diferentes de la ciudad para que las poblaciones
diferentes pudieran ver el castigo infligido en un babí. Llegando a cada lugar, Mullá
Rida tendía alegremente su pañuelo en el suelo y quitando su abá, turbante y
calcetines, él los ponía sobre el pañuelo; entonces se acostaba de espalda, jalaba su
túnica sobre su cabeza y elevando sus pies para recibir las varas, decía a sus
torturadores: "Ya pueden empezar caballeros." Su calma enfurecía a los hombres, y le
aplicaban las varas con toda su fuerza, esperando que él gritara con el dolor ó que
rogaría por piedad. Ni una sola vez le oían proferir ni un sonido. En una ocasión le
habían azotado tan severamente que los observadores pensaban que debía haber
muerto bajo la tortura. Para su sorpresa, cuando le quitaron la prenda de su cara, ¡le encontraron limpiando los dientes! Con razón la gente se preguntaban si era un ser
humano ordinario, con la misma carne y hueso que ellos mismos.
Años mas tarde, cuando Mullá Rida era un anciano y encarcelado como babí,
uno de los notables de Tehrán le vio recibir una azotada severa en su espalda
desnuda en el patio de la prisión. Fue tan impresionado por la manera serena por la
cual Mullá Rida recibía el tratamiento salvaje que inmediatamente quería saber de la
Causa por la cual este anciano digo estaba sufriendo. Su investigación le condujo a
aceptar la nueva Fe y les decía frecuentemente a sus amigos que el comportamiento
calmado de Mullá Rida bajo una tortura tan cruel hizo más para atraerlo a la Causa
que cualquier cantidad de argumentos jamas pudieran haber hecho. Después de esa
azotada, la espalda de Mullá Rida fue terriblemente herida, pero cuando uno de sus
compañeros creyentes trataba de expresar su simpatía, Mullá Rida le paro, diciendo:
"¿Qué crees? Cuando el carcelero estaba aplicando el azote, yo me encontré en la
presencia de Bahá'u'lláh. ¡Yo estaba en la cima del mundo y no sentía nada!"
Durante el tiempo cuando Nasiri'd-Din Shah fue asesinado, los enemigos de la
Causa empezaron a echar la culpa a los bahá'ís. Era un tiempo muy peligroso para
los creyentes y nadie sabía qué sería el fin de esta acusación falsa. Mullá Rida, quien
se encontraba fuera de la cárcel en ese entonces, se encontraba por casualidad entre la
congregación de una mezquita cuando el sacerdote empezaba a abusar de los babís y
acusarles del asesinato del Shah. Con total desatención a su propia seguridad, Mullá
Rida interrumpió al sacerdote antes de que pudiera encender el enojo de la gente
hacia los seguidores de la nueva Fe. "¡Espérese un momento!" gritó. "Esto no tiene nada que ver con los babís. ¡Nunca jamas harían tal cosa!" La congregación le miraba
con sorpresa. "¿Por qué está Ud. defendiendo a los babís?" preguntó alguien. "¿Ud.
no es uno de ellos, verdad?" "¡Por supuesto que lo soy!" declaró Mullá Rida
audazmente, después de lo cual fue hecho presa y mandado a Tehrán.
El alto oficial hacia cuya presencia fue conducido en Tehrán le miró a Mullá
Rida y dijo: "Este anciano no es un babí; déjale libre." Mas Mullá Rida no quería ser
conocido como ninguna otra cosa. "Ud. está equivocado su alteza," protestaba, "yo no
soy solo babí, sino un bahá'í también. De hecho, yo ya he estado preso varias veces
por mi Fe y hay muchas personas quienes pueden atestiguar de la verdad de lo que
digo." "¡Qué!" dijo el oficial atónito. "¿Quiere Ud. ser enviado a la prisión otra vez?"
"Si así sea decretado," respondió Mullá Rida calmadamente, "yo ciertamente lo
aceptaré." Así era como Mullá Rida llegó a juntarse con el resto de nosotros en la
prisión de Tehrán.
Nada le podía detener a Mullá Rida de decir a los otros acerca de la nueva Fe.
El enseñaba a la gente bajo las circunstancias más difíciles y el hecho de que su vida
peligraba parecía no importarle. En la prisión hablaba de la Causa con los
compañeros prisioneros. Muchos se mofaban y se abusaban de nuestra Fe, pero
cuandoquiera que perdía la paciencia, Mullá Rida decía: "¿Porqué te molestas? Esto
es como la gente siempre se ha reaccionada hacia la enseñanzas de los Mensajeros de
Dios."
Fuimos eventualmente librados de la prisión después de dieciséis meses, debido
a los esfuerzos de algunas de nuestras mujeres quienes habían apelado al nuevo rey pero estábamos tan débiles por falta de comida y aire fresca que casi no podíamos
caminar. En el día de nuestra libertad fuimos llevados a la casa de un oficial en
donde se nos quitaron nuestras cadenas y nos dijeron que podíamos ir a casa. Antes
de que podíamos salir de ese lugar llegó un clérigo por casualidad y expresó un deseo
de conocernos a todos. Sabíamos que quizá esto sería un encuentro peligroso y nos
disculpamos, diciendo que estábamos demasiado cansados para hablar con cualquier
persona. Solo se puso de pie para ir Mullá Rida. "No podemos rehusar hablar con
él," dijo. Le rogamos que no fuera, pero no escucharía a nuestros ruegos. El resultado
de esa discusión entre el clérigo y Mullá Rida era que Mullá Rida fue sentenciado a
regresar a la prisión. Cuando oí de eso mi tristeza no conocía límites y rogué ser
permitido ir a prisión en lugar de él porque él ya era muy anciano y débil en ese
entonces y yo sabía que no podía resistir las dificultades de aquel confinamiento por
mucho tiempo. Mullá Rida no oiría nada de aquello y le vi ir con mucha tristeza,
aunque él mismo no mostraba ningún señal de tristeza. Hasta nos contó una
anécdota chistosa para hacernos reír antes de dejarnos.
Mullá Rida se murió en la prisión diez días después. Nos dijeron que le habían
matado de hambre pero nosotros sabíamos que nunca pudieran haber logrado
quebrantar su espíritu. LA VIDA DE PRISIÓN CON MULLA RIDA 40
Era una noche extraña. Ahí, junto al estanque en el patio de la prisión, dos
hombres estaban ocupados en ayudar al único prisionero judío en ese lugar tomarse
un baño. Un hombre le estaba echando agua mientras que el otro, una persona
anciana, le estaba tallando la espalda. Aquello quienes les vieron se preguntaban de
qué tipo eran esos hombres quienes mostraban tanta bondad a un judío. Ni siquiera
el judío mismo podía creerlo. Desde que fuera traído a esta prisión había sido
despreciado y evitado por los compañeros prisioneros y no había recibido nada sino
maldiciones y golpes de los carceleros. ¿Porqué estos dos hombres, extraños totales
para él, estaban preocupados con sus necesidades?
La idea de ayudarle al judío tomarse un baño había venido de Mullá Rida
mismo. Él había notado cómo estaba siendo tratado el hombre por todos los demás y
le había dicho a su amigo: "¿Te das cuenta cuanto más difícil es la vida para este
pobre judío que para el resto de los prisioneros aquí? Nadie se asocia con él; nadie le
da nada. Todos lo ven como impuro y no le dejan poner pie en su baño. Si tu me
ayudas, por lo menos le podemos dar una buena limpiada junto al estanque en el
patio ahí afuera."
Entonces le ayudaron al judío tomarse un baño y le dieron su ropa extra para
ponerse.
Otra vez cuando Mullá Rida fue preso con un número de los compañeros
creyentes en Tehrán solo tenían una camisa extra entre todos. Se lavaba esa camisa y se tornaban para ponérsela.
Un día un hombre joven quien estaba culpable de robo fue traído a la prisión y
encadenado junto a Mullá Rida. Mullá Rida notó que ese hombre no tenía ni
siquiera una camisa, entonces pidió por la extra que tenían para darle. Uno de sus
amigos le dijo a Mullá Rida: "Tu ponte la camisa limpia y deja que el joven tenga la
que tienes puesto." "¿Cómo puedo hacer tal cosa?" dijo Mullá Rida. "Lo que
regalamos a otro es como un regalo que hacemos a Bahá'u'lláh. ¿Esperas que yo Le dé
algo menos que lo mejor que tengo?" UNA CALUROSA BIENVENIDA 41
Un anciano se paró para dar la bienvenida a los bahá'ís mientras entraban en la
prisión de Tehrán. "¡Saludos a Ud., Haji Imán!" dijo. Haji Imán le reconoció como el
ladrón con el cual había estado preso en este mismo lugar hace algunos años.
"¡Saludos a Ud., mi amigo," replicó. "Todavía está aquí!" "Si," le dijo el anciano, "ya
llevo diecisiete años aquí. ¡Pero nunca es lo mismo sin los bahá'ís en la prisión! Yo
estaba tan feliz de oír que venía Uds. de regreso."
Algunos de los otros prisioneros también se juntaban alrededor de los recién
llegados. "¿Cómo está Ibn-Abhar?" inquirieron, "¿y dónde está ahora? Él se quedó aquí
con nosotros por cuatro años y era como un padre para con todos nosotros. Hemos
estado como huérfanos desde que saliera." "Los bahá'ís son todos como `Ibn-Abhar,"
dijo el anciano quien había visto a muchos ir y venir durante sus largos años en la
prisión. "Ellos traen bendiciones consigo cuandoquiera que vengan aquí. Qué
siempre sigan congraciando a esta prisión con su presencia."
Era una bienvenida sencilla y conmovedora por uno quien no tenía a ningún
otro amigo en el mundo. RENACIMIENTO 42
Siyyid Muhammad estaba sentado en su cuarto, envuelto en profundo
pensamiento. El había oído que la gente decía que su amigo, `Andalib, se había
convertido en babí. Aunque Siyyid Muhammad dudaba del rumor, él estaba, sin
embargo, muy perturbado en su mente. ¿Porqué debía la gente pensar que `Andalib,
una joven tan pío y docto, estaría engañado por los babís? ¿Qué posiblemente podría
atraerlo a estos enemigos de Dios y de la religión? Pero ahora que ya había empezado
este rumor, solo `Andalib mismo podría pararlo por denunciar la nueva Fe. Siyyid
Muhammad esperó hasta que se oscureciera, entonces, envolviéndose en su `abá, tomó
el camino que conducía a la casa de su amigo.
"Vé que no se admita nadie," le dijo a `Andalib al llegar. "Yo tengo un asunto
importante que consultar contigo." `Andalib habló con su madre, entonces, cerrando
la puerta tras de si, se sentó en una colchoneta enfrente de Siyyid Muhammad.
Los dos jóvenes tenían mucho en común. Los dos eran eruditos en las
escrituras Islámicas y, no como la mayoría de los musulmanes ortodoxos de su día,
también estaban enterados de los trabajos de los grandes filósofos. Pero, mientras
`Andalib era un escritor y un poeta, Siyyid Muhammad estaba estudiando para ser
un mujtahid, un sucesor de su tío como uno de los dignatarios religiosos de Lahján.
Él venía de una familia antigua que siempre había entrenado a sus hijos en la Iglesia,
y Siyyid Muhammad había sido escogido desde la niñez y dado la educación
necesaria para prepararle para esta posición. "¿Sabes lo he oído hoy?" dijo Siyyid Muhammad a su amigo en una voz que le
delatara su agitación interior. `Andalib sabía qué esperar, mas inquirió calmadamente:
"¿Qué es lo que has oído?" Siyyid Muhammad lo encontró difícil hablar a su amigo
en conexión con una religión por la que tenía tanto desprecio, mas hizo el esfuerzo.
"¡Dicen que te has convertido en babí!" Hubo una pausa larga, entonces habló
`Andalib: "Muy bien," dijo, "suponiendo que lo que dicen es verdad..." "¡Qué!" gritó
su amigo. "¿Has perdido la razón? ¡Estás preparado para renunciar a este mundo y el
próximo para unirte a un grupo de infieles quienes son maldichos tanto por Dios
como por los hombres!"
`Andalib se preguntaba si sería prudente hablar de su recién encontrado fe. Él
sabía muy bien del odio de Siyyid Muhammad hacia los babís, como todavía fueron
llamados los bahá'ís por sus paisanos. Se acordaba como Siyyid Muhammad nunca
tomaba nada de la mano de alguien a quien el sospechaba pertenecer a este grupo,
mucho menos entrar en la casa de un babí ó tratarle a uno de ellos como amigo. Mas
`Andalib no podía dudarse de la sinceridad de Siyyid Muhammad. El hecho de que
se había arriesgado su propia reputación con venir a advertirle a `Andalib del rumor
que había oído, probaba que era un verdadero amigo.
"Yo le voy a decir todo," le dijo a Siyyid Muhammad después de un rato,
"porque puedo ver que eres el único amigo que tengo en Lahján y no puedo ser
menos sincero en mi amistad hacia ti. Lo que has oído es verdad, pero antes de que
hagas cualquier juicio me tienes que hacer una promesa. Si yo me he extraviado del
camino correcto en mi búsqueda de la Verdad, me tienes que ayudar a volver, pero si yo te puedo convencer que he encontrado en verdad la Verdad, entonces tu también
la tienes que aceptar. ¡Dame tu palabra!" Siyyid Muhammad aceptó el reto,
totalmente convencido que podía salvar a su amigo del hechizo bajo el cual había
caído.
Esto acaeció en Ramadán – el mes sagrado del Ayuno. Durante los próximos
meses se reunían los amigos regularmente. Siyyid Muhammad se iba con `Andalib
después del anochecer cuando había poco peligro de ser reconocido en las calles, y
regresaba a su cuarto antes del amanecer. Al principio Siyyid Muhammad, muy
confianzudo de su propio conocimiento, se refería a pasajes del Qur'án y recitaba
tradiciones innumerables referentes al advenimiento del Prometido; mencionaba
todos los signos dados en las Escrituras Sagradas en cuanto a la Resurrección y al Día
del Juicio, y traía todos los argumentos en que podía pensar para refutar las
pretensiones del Báb y Bahá'u'lláh.
`Andalib escuchaba pacientemente, entonces explicaba calmadamente los
verdaderos significados de los términos simbólicos que se usaban en los Libros
Sagrados. Él se refería a fechas y pruebas dadas por las cuales la verdad de la misión
de ambos, el Báb y Bahá'u'lláh, podía ser establecido, y señalaba cómo los signos
mencionados por los Profetas del pasado ya habían aparecido.
Noche tras noche, semana tras semana, se reunían los dos amigos. Siyyid
Muhammad no estaba convencido, pero tampoco ya estaba tan seguro de sus
antiguas ideas. Una noche, `Andalib, cansado de las discusiones, abrió su caja fuerte y
sacó algunas de las Escrituras del Báb y Bahá'u'lláh. Se quedó despierto Siyyid Muhammad toda la noche para leerlas y con renuencia se levantó para salir en la
mañana.
Durante todo ese día, aunque asistía a sus clases normalmente, su mente estaba
en las Escrituras que había dejado en casa de `Andalib, y tan pronto se oscureciera, se
apresuraba otra vez a las manuscritos preciosos. Lo que había leído tuvo un efecto
profundo en él, mas tanto había sido su prejuicio en contra de los Autores de estas
Escrituras que aún ahora él tenía dudas y no podía convencerse a admitir la verdad de
su Causa. Lo que le era muy evidente, era que ya no creía en los estándares antiguas
que una vez había aceptado sin cuestionar. El sentía que estaba perdiendo la fe en
todo. "Con razón se les prohíbe a la gente asociar con los babís," pensaba. "Estos
babís pueden subvertir todos los puntos de vista atesorados de uno, y uno se queda
con nada a menos que acepte lo que ellos tienen que ofrecer." Decidió que no debía
verle ya a `Andalib.
Entonces dejó de ir a la casa de su amigo. Mas, por mucho que trataba, no
podía librarse de los pensamientos que ahora le atormentaban día y noche. Empezó a
preguntar a los sacerdotes y dignatarios religiosos acerca de los problemas que había
platicado con `Andalib, mas encontró que sus puntos de vista eran tan huecas y tan
prejuiciosos que pronto abandonó toda esperanza de recibir guía de este grupo. No
sabía a donde volver y le parecía que hasta Dios le había abandonado porque no
podía encontrar paz en la oración. Iba al desierto y a los bosques fuera de Lahján
para estar sólo con su Creador y ahí rezaba en voz alto, y gritaba y rogaba por guía
hasta que anocheciera y el pensamiento de los animales salvajes merodeando le enviaba otra vez a la ciudad. La gente notaba el gran cambio que le había
sobrevenido y susurraba que estaba enamorado. Algunos decían que había estudiado
demasiado y había leído demasiados libros; mas ninguno sabía de la verdadera razón
por su estado de mente, ó de sus visitas secretas con `Andalib.
En un intento por olvidarse totalmente de sus charlas con `Andalib, Siyyid
Muhammad se juntó un grupo de sus amigos jóvenes y dio todo su tiempo a
entretenimientos y excursiones a la campiña. Una noche, los jóvenes estaban
regresando a casa después de haber estado todo el día fuera de la ciudad y Siyyid
Muhammad estaba caminando sólo, un poco detrás de los demás, envuelto en
pensamientos que no podía ahuyentar a pesar de la vida alegre que parecía estar
llevando. De repente se avistó a `Andalib. Habían pasado dos meses desde el día en
que los amigos se habían reunido la última vez.
"¿Qué pasó con su promesa, Siyyid Muhammad?" preguntó `Andalib. "¿No se
había acordado entre nosotros que no dejaríamos las pláticas hasta que uno de
nosotros hubiera convencido al otro de la verdad de sus creencias? Si murieras esta
noche y, en la presencia del Más Alto, fueras pedido a dar una respuesta concerniente
a esta Causa, ¿qué es lo que dirías? ¿Podrías decir que habías verdaderamente
investigado a la nueva Fe y la habías encontrado falsa? ¿O dirías que tenías miedo de
que quizá fuera verdad, y huiste?"
Siyyid Muhammad fue sacudido hasta el más hondo de su ser. Él sabía que ya
no podía decepcionarse a sí mismo, que ya no podía tener la paz hasta que hubiera
encontrado una solución a los problemas que anonadaban a su alma. Una vez más se encerraba en su cuarto para estudiar los signos del advenimiento del Prometido.
Peinaba las Escrituras Sagradas y los trabajos de los grandes escolásticos religiosos, y
anotaba sesenta y seis signos que quería discutir. Armado con estos, tocó otra vez la
puerta de la casa de `Andalib.
Se reanudaban las sesiones nocturnas entre los dos hombres jóvenes y seguían
por meses. Durante este periodo, fue probada muy severamente la paciencia de
`Andalib, porque Siyyid Muhammad ni terminaba con sus argumentos ni admitía
que había verdad en lo que su amigo le decía.
Pasó un año completo desde el día en que Siyyid Muhammad, temeroso por su
vida, le había venido a advertir del rumor que había oído. Los dos amigos estaban
sentados en el mismo cuarto en donde se habían empezado sus pláticas, pero un gran
cambio les había sobrevenido. Hace un año, cada uno de los hombres jóvenes estaba
totalmente convencido que podía ganar su amigo a su propia Fe. Ahora, Siyyid
Muhammad sabía que la fe de `Andalib nunca se podía sacudir, mientras que
`Andalib había llegado al final de su paciencia con su amigo. "Yo estoy cansado de ti
y tus argumentos," le dijo por fin a Siyyid Muhammad. "Toma tu camino y déjame
seguir el mío, porque he dejado de esperar que verás la Verdad." Para su gran
sorpresa, respondió Siyyid Muhammad: "¿Debo de confesarte mi fe con palabras, ó es
suficiente que yo creo en mi corazón?"
Verdaderamente grande era la alegría que por fin vino a estos dos hombres
cuya amistad había aguantado pruebas tan severas y estableció un lazo entre ellos que
nunca podría ser roto. PRUEBAS 43
Siyyid Muhammad tenía diecinueve años cuando abrazó la nueva Causa, y no
tardó mucho antes de que se puso a prueba su Fe. Su fiel amigo, `Andalib, le había
advertido ser cuidadoso, y por algún tiempo se contentó con el estudio de cualquier
de las Escrituras del Báb y Bahá'u'lláh que le podía dar `Andalib, y con el conocer a
algún bahá'í visitante ocasional que pasaba por Lahján. Estos visitantes eran una
fuente grande de inspiración para los creyentes en las pequeñas ciudades y pueblos.
Ellos traían noticias de los bahá'ís de los otros partes de Persia ó, mejor aún, ellos
traían a veces una copia escrito a mano de una carta recientemente recibida de
Bahá'u'lláh en Tierra Santa.
Un día, cuando Siyyid Muhammad estaba en compañía de un grupo de sus
conocidos, `Andalib entró en el cuarto y silenciosamente puso un pedazo de papel en
su mano. Era una nota que decía que Samandar** acaba de llegar a Lahján. Siyyid
Muhammad destruyó inmediatamente la nota y se puso de pie para ir. Él se quedó
afuera en el patio esperando hasta que `Andalib pudo encontrar una excusa para
seguirlo, y, juntos se apresuraban a encontrar al recién llegado.
El huésped distinguido acaba de estar en presencia de Bahá'u'lláh y había
traído un regalo precioso para Siyyid Muhammad – una carta dirigida a él y escrito
con la propia letra de Bahá'u'lláh. Esta carta se incendió el fuego que ardía en el
corazón de Siyyid Muhammad y se quemó los velos que, hasta ahora, habían
escondido su amor que tenía por su Fe recientemente encontrada. Nada le podía mantener en silencio ya. Empezó a discutir la nueva Causa con aquellos quienes él
pensaba estarían preparados a escuchar y logró en guiar a algunas almas receptivas.
Pero el riesgo que tomaba era grande y dentro de poco peligraba su vida.
Muchos de sus amigos le advertían de refrenarse de propagar la nueva Fe
antes de que llegara a ser denunciado como babí, pero no fueron atendidas sus
advertencias y pronto Siyyid Muhammad se encontraba confrontado con la oposición
del cuerpo entero de los estudiantes del madrisih en donde él estaba estudiando
teología y la ley Islámica y en donde a él, como muchos de sus compañeros
estudiantes, le fuera dado uno de los cuartos alrededor del patio grande.
Un incidente, el cual tomó lugar, ayudó a avivar la llama de su enojo en contra
a Siyyid Muhammad. Algunos de aquellos a quienes él había dado el Mensaje nuevo
les había insultado repetidamente a las Escrituras del Báb y Bahá'u'lláh, diciendo que
ningún hombre sensato jamás pensarían que los Autores de estos trabajos podrían ser
inspirados. Siyyid Muhammad, queriendo probar la ignorancia total y prejuicio de
esta gente escribió algunos de los pasajes de diferentes partes del Qur'án y, dándoles
esto, dijo: "Sean justos, ¿pueden verdaderamente decir que estas palabras no son
inspiradas y que es un pecado creer en el Autor de estos versos?" Tan ciegos eran en
su prejuicio que se mofaban de los dichos de su propio Profeta y persistieron en su
ignorancia, aún cuando Siyyid Muhammad les advertía repetidamente a abrir sus
ojos y ser justos en su juicio. Al fin, Siyyid Muhammad pidió una copia del Qur'án y
les señaló los versos, mas en vez de apenarlos hasta callarles, este incidente sirvió para
aumentar su enojo y hacerles enemigos jurados de Siyyid Muhammad. Gradualmente el ambiente en el madrisih llegó a ser tan tenso que Siyyid
Muhammad decidió llevar las Escrituras sagradas que tenía en su cuarto y confiarlas
a las manos de uno de los otros creyentes en Lahján. Este amigo le aconsejó salir del
pueblo antes de que le llegara algún daño, mas nada podía estar más lejos de las
intenciones de Siyyid Muhammad. "Si yo me voy en este momento," decía, "la gente
dirá que tenía miedo de apoyar a mi religión. Además, perderé la oportunidad de
enseñar la Causa a mis propias familiares. Yo debo quedarme en Lahján, no importa
lo que pase."
Habiendo entregado las Escrituras a manos confiables, se fue a quedar la noche
en casa. Su tío, quien le había cuidado desde la niñez, y en cuya casa estaba
quedando, se tardaba mucho en llegar aquella noche. Se le dijo a Siyyid Muhammad
que el Imam Jum'ih, el jefe de los religiosos de la ciudad, le había mandado llamar a
su tío. Siyyid Muhammad sabía lo que quería decir eso, pero pensó que no era sabio
mencionar algo acerca del tema a los miembros de la familia. La mañana siguiente,
sin embargo, cuando se preparaba para salir para el madrisih, su tío le detuvo,
diciendo: "No te preocupes por asistir a más conferencias. El conocimiento que ya
has adquirido es suficiente para todos nosotros." Siyyid Muhammad pretendía no
entender lo que quería decir. "¿Por qué?" preguntaba. "¿Qué es lo que ha pasado?"
"¡Tu sabes perfectamente bien lo que ha pasado!" replicó su tío. "¡Tu has puesto
tontamente en peligro tu propia vida y traído la desgracia sobre nuestro nombre!" "Es
fácil para ti salvar tu nombre de la desgracia por medio de romper la relación
conmigo," dijo Siyyid Muhammad, "mas no puedo comportarme como un cobarde." Al salir de la casa, Siyyid Muhammad dirigió sus pasos hacia la residencia del
Imam Jum'ih. Estaban allí dos de sus compañeros estudiantes cuando llegó, pero el
Imam Jum'ih fue el único quien le devolvió el saludo. Después de que se sentara, el
anfitrión ordenó a su sirviente preparar la pipa de agua y entonces, volviéndose hacia
Siyyid Muhammad, dijo: "Yo estoy por salir de la ciudad por un negocio urgente. Yo
le aconsejo no ir al madrisih hasta que regrese." "¿Puedo saber la razón?" preguntó
Siyyid Muhammad. "La razón," replico el Imam Jum'ih, "es que han habido ciertos
rumores acerca de Ud., y sus compañeros estudiantes rehúsan que pongas en
desgracia el nombre del madrisih en donde estudian. Cuando yo regrese otra vez, yo
tengo la intención de librar tu nombre de estas acusaciones falsas, pero por ahora
debes mantenerte lejos del madrisih, para que no pongas en peligro tu vida. Yo ya he
hablado con tu tío y le dije que no debieras ser permitido salir de la casa; no entiendo
porque eres tan desairado para con tu propia seguridad."
Se trajo ahora la pipa de agua, y el Imam Jum'ih procedió a fumar en silencio.
Entonces el pasó la pipa al hombre que estaba sentado junto, quien, en su turno, fumó
por unos minutos y la pasó a su amigo. Pero cuando esta persona quiso dar la pipa a
Siyyid Muhammad, se lo prohibió el Imam Jum'ih con una moción de su mano. Esto,
en términos claros, le tildó a Siyyid Muhammad como un babí a quien no debiera ser
permitido manchar lo que iba a ser usado por musulmanes devotos.
Cuando se puso de pie para salir el Imam Jum'ih, los tres estudiantes fueron a
asistir a una conferencia a la casa de otro mujtahid. Los otros dos estudiantes, sin
embargo, no tuvieron nada que ver con Siyyid Muhammad y se adelantaron como para no ser vistos con él.
Todavía no se había empezado la lección cuando llegó Siyyid Muhammad y el
mujtahid, su maestro, le recibió muy calurosamente, preguntando por su salud y
bienestar. El discurso del día tenía que ver con los signos de los tiempos a que se
hacía referencia en los Libros Sagrados, y los estudiantes encontraron muchas
oportunidades de dirigir sus comentarios sarcásticos a Siyyid Muhammad. Para su
sorpresa, Siyyid Muhammad también tenía mucho que decir acerca de sus puntos de
vista sobre el tema aquel día.
Cuando hubo terminado la lección, Siyyid Muhammad fue invitado a sentarse
al lado del maestro y, tan pronto que estuviera sentado el mujtahid introdujo la mano
en el bolsillo de Siyyid Muhammad para investigar su contenido. No habiendo
encontrado nada de interés ahí, procedía a esculcar los dobleces de su turbante.
Después de asegurarse de que no había tampoco ninguno papel escondido allí, se
volvió a dos de sus estudiantes y preguntó: "¿En donde están las escrituras de que
hablaron?" "El las debió haber dejado en su cuarto," respondió uno de ellos. Siyyid
Muhammad, pretendiendo estar completamente inconsciente a lo que se estaban
refiriendo, preguntó al mujtahid lo que era que esperaba encontrar en su persona.
"Estos dos hombres," dijo el mujtahid, "vinieron conmigo y dijeron que tu habías
renunciado a la Fe de tu ilustre Antepasado, el Sagrado Profeta, y te habías juntado
con los seguidores del Báb y Bahá'u'lláh. Dijeron que tu tenías contigo Sus escrituras
para leer a otras personas para convertirles a la nueva Fe, y que ya habías logrado
engañar a un gran número y que si no se hacía nada para pararte, la mitad de la población de Lahján llegaría a ser babí en poco tiempo. Yo no podía creer lo que
decían y les dije que una persona tan inteligente y bien informado como tú nunca se
dejaría engañar por esta gente. Yo les pedí que dejaran de poner en desgracia tu
nombre en esta ciudad, y les advertí que sus conversaciones tontas quizá fueran la
causa del asesinato de un descendiente inocente del Profeta, mas no serían silenciados.
Ellos dijeron que era mi deber como mujtahid proteger los intereses del islam y
asegurar que tú no descarrilaras a la gente de Lahján. Eso es porque yo he esculcado
en tus bolsillos y turbante. Ahora estos hombres deberían avergonzarse de los cargos
falsos que han levantado en contra tuya. Dame la llave de tu cuarto para que puedan
revisar aquel lugar también y ver por ellos mismos que no estás escondiendo
ningunos papeles secretos." Siyyid Muhammad le dio la llave de su caja fuerte,
diciendo que su cuarto estaba abierto porque esperaba a dos jóvenes quienes venían a
estudiar con él.
Los dos niños a quienes Siyyid Muhammad enseñaba en su tiempo libre y
quienes ahora esperaban su regreso en el madrisih, eran niños bahá'ís quienes habían
visto a su maestro poner algunas Escrituras sagradas en su caja fuerte. Ellos no
sabían que ya las había removido de aquel lugar y llevado a la casa de otro creyente,
entonces cuando vieron a los hombres entrar al cuarto de Siyyid Muhammad e irse
directamente a esa caja fuerte, ellos se tiraron sobre la caja y lucharon para mantener
alejados a los hombres. Tan pronto que se le quitaban a uno de los niños, el otro
lograría tirarse sobre la caja, y esto irritó más a los hombres quienes de por si ya
estaban inflamados con el odio hacia Siyyid Muhammad. Eventualmente se les alejaron y se abrió la caja, mas para la sorpresa de todos, la caja estaba vacía. Bien se
puede imaginar la alegría de los dos niños, pero los hombres estaban tan furiosos que
saquearon el cuarto y se llevaron todo lo que poseía Siyyid Muhammad.
Mientras estaba tomando lugar esto en el madrisih, el mujtahid estaba
tratando de persuadirle a Siyyid Muhammad a hablar mal del Báb y Bahá'u'lláh en
presencia de los estudiantes reunidos. "Tus compañeros estudiantes," observó el
mujtahid, "te acusan de haber dicho que el Prometido ha aparecido." "Hay un grupo
de personas," replicó Siyyid Muhammad, "quienes creen que el Prometido ha venido
y como estudiantes de la religión, es nuestro deber investigar el asunto antes de que
podamos aceptar ó negar la pretensión." "Para mi la falsedad de esta pretensión ya ha
sido probado," dijo el mujtahid, "y es el deber tuyo seguirme en estos asuntos." "Yo te
habría seguido alegremente," respondió Siyyid Muhammad, "si no hubiera sido el
deber esencial de cada musulmán investigar las pretensiones del Prometido por sí
mismo." Estaba perdiendo la paciencia el mujtahid. "Se te acusa de ser un babí," dijo,
"y yo te ordeno denunciar los nombres del Báb y Bahá'u'lláh y blasfemar su Fe en
presencia de todos los que aquí están." "¿Es a Ud. a quien debo de obedecer, ó a Dios?"
preguntó Siyyid Muhammad. "¿He hablado en contra de la palabra de Dios?" gritó el
mujtahid. "Dios nos ha prohibido blasfemar a nadie," le recordó Siyyid Muhammad,
y recitó el versículo dado en el Qur'án. Ya no podía controlar más su enojo el
mujtahid. "¿Denunciarás tú ó no a esta gente, perro?" retumbaba. "Tengo miedo,"
dijo Siyyid Muhammad. Se calmó el mujtahid. "¿De quién tienes miedo?" preguntó.
"Es a alguien quien está presente en esta reunión?" "Es a Dios de quien tengo miedo," era la respuesta. "Ahora estoy totalmente convencido," dijo el mujtahid furioso, "que
has renunciado la Fe de tu ilustre Antepasado." Entonces, llamando a su sirviente, le
pidió que se llevara el `abá y turbante de Siyyid Muhammad para que ya no estuviera
arropado en los vestimentos honorables de un musulmán religioso. Tan pronto como
empezó a moverse el sirviente Siyyid Muhammad advirtió: "¡Cuidado! Si tomes tan
siquiera un sólo paso hacia mi, llegarás a repentirte de ello." Fue apoderado de
repente con miedo el mujtahid. "¡Quédate donde estas!" le dijo al sirviente. Entonces,
volviéndose hacia Siyyid Muhammad, le dijo calladamente: "Ahora que has
renunciado la Fe de tu Sagrado Antepasado, deberías guardar la ropa que le
pertenecía a Su religión." "La Fe de mi Antepasado," respondió Siyyid Muhammad,
"no tiene nada que ver con mi turbante, el cual yo puedo quitarme yo mismo. ¡Yo
tenía la esperanza que pidieras quitarme mi cabeza!" Diciendo esto, él se quitó el `abá
y el turbante, mientras que su caballera larga y negra ahora caía sobre sus hombros.
Entonces, en el silencio que siguió, él cantaba los versos escritos por uno de los
Imanes cuando estaba sufriendo persecuciones a las manos de sus enemigos. El efecto
que estos versos bellos, y también los tonos profundos e impresionantes en los cuales
fueron entonados, era tal que algunos quienes le escucharon, fueron conmovidos
hasta las lágrimas. Mientras salía Siyyid Muhammad de aquella reunión, tomó
posesión de su ser entero una gran alegría, haciéndole inconsciente al peligro que
amenazaba su vida.
Era la intención de Siyyid Muhammad mantenerse lejos de la casa de su tío, a
no ser que su presencia allí llegara a menospreciar la reputación de su tío entre los habitantes de Lahján, mas sus parientes insistieron en que él se quedara con ellos. Su
tío, mientras tanto, habiendo oído de lo que había pasado después de la conferencia, se
había apresurado a aquel lugar y reprendido al mujtahid por su comportamiento
hacia su sobrino. "Su persistencia deliberado," le dijo al mujtahid, "le ha irritado al
joven y le ha causado ponerse en contra suyo. Ud. no tiene razón de presumir que es
un babí cuando él, él mismo, no ha hecho tal confesión."
Aunque no lo quería admitir, sin embargo, el tío de Siyyid Muhammad estaba
muy consciente del hecho de que a menos que su sobrino denunciara abiertamente a
los babís y los Autores de su Fe, nada le podía salvar de las consecuencias maléficas
de los rumores que se extendían rápidamente a través de la ciudad y sus alrededores.
Al mismo tiempo, dándose cuenta que ni las amenazas ni los castigos podrían
persuadirle a Siyyid Muhammad de alterar el camino que había tomado, él decidió
acercarse a él con palabras bondadosas.
Llegando a su casa, el habló con su sobrino en presencia de unos pocos
parientes cercanos quienes todos estaban dedicados al joven. Él le recordó a Siyyid
Muhammad de las esperanzas que atesoraba para su futuro y de las penas que había
tomado en educarle desde su niñez para que ahora fuera una fuente de confort para
su tío que se envejecía y quien le heredaría su título y posición después de su muerte.
Siguió hablando de la envidia de los compañeros estudiantes de Siyyid Muhammad
en el madrisih, cómo habían esperado una oportunidad para degradarlo ante los ojos
de otros, y cómo ahora habían encontrado una excusa por medio de la cual podían
poner en deshonra su nombre y llegar a ser los medios para causar su muerte. "Todo lo que pido de ti," le dijo a Siyyid Muhammad, "es hacerle claro a aquellos quienes
están presentes en esta habitación que estos rumores son infundados, por medio de
denunciar al Báb."
Siyyid Muhammad sabía lo que quería decir esto. Se le estaban pidiendo
hablar mal de los Fundadores de su Fe para que sus parientes pudieran actuar como
testigos y llevarle a renegar de su fe en presencia de un mujtahid diferente todos los
días. Él sacó a su pequeño cuchillo muy afilado y procedió a abrirlo. Uno de los
hombres se lo quitó de la mano rápidamente. "¿Qué estás haciendo?" le preguntaron
con asombro. "Estaba por sacarme la lengua," respondió Siyyid Muhammad, "porque
ni podía desobedecer a mi tío ni podía blasfemar a nadie."
Las mujeres de la casa, quienes escuchaban y veían lo que pasaba en la
habitación por detrás de una cortina, no podían soportar que Siyyid Muhammad
fuera tratado en esa manera. "Uds. harán que pierda completamente la razón si
siguen de esta manera," le dijeron a su tío. "¿No es suficiente que tiene que sufrir a
manos de sus enemigos afuera? ¿No puede tener paz en su propia casa? Quizá los
babís le han dado una droga poderosa que le ha afectado a la mente y ya no puede
pensar claramente."
El tío de Siyyid Muhammad agarró la idea de estas mujeres sabias. "Mi
sobrino," les dijo a todos, "ha sido drogado por los babís y se ha vuelto loco. Nadie le
debiera de agraviar su mal con hablarle acerca de estos infieles y su maldita religión."
Estas palabras, viniendo de un dignatario religioso influyente impidió que Siyyid
Muhammad fuera matado en Lahján. Su vida, sin embargo, llegaba a ser más difícil día a día. Fue tratado como un
leproso a dondequiera que fuera y musulmanes devotos no se mancharían por tomar
algo de su mano. `Andalih, su fiel amigo, tuvo que salir de aquella ciudad, y Siyyid
Muhammad gradualmente se encontraba cortado de sus compañeros creyentes. Él
estaba sediento de noticias, y anhelaba reunirse con otros bahá'ís. Por fin, decidiendo
que no podía seguir viviendo en un ambiente que oprimía a su alma por cada lado,
dejó su ciudad natal, dejando su posición y todas sus posesiones terrenales para buscar
una nueva vida en Tehrán. ** UN DOCTOR FAMOSO 44
La historia de las pruebas y aflicciones con las cuales se enfrentó Siyyid
Muhammad en Tehrán son demasiados para ser contadas aquí. Por mucho tiempo
fue visto con suspicacia tanto por los amigos como por los enemigos. Que la gente se
llegara a sospecharle que era un babí y evitar su compañía era esperado por Siyyid
Muhammad, pero el ser tratado con indiferencia por sus compañeros creyentes era
algo del cual no había anticipado y que le causó mucha tristeza. A los bahá'ís, por él
otro lado, no podían ser culpados totalmente por su conducta hacia él. Siendo
perseguidos constantemente por el clero, eran renuentes a dar la bienvenida a alguien
en medio de ellos, un extraño, quien aparentemente pertenecía a esta clase y quien
podría delatar sus nombres y su número a sus enemigos.
La situación, con el tiempo, llegó a ser tan difícil para Siyyid Muhammad que,
si su fe hubiera sido menos fuerte, no habría podido perseverar por más tiempo. Mas
probó ser tan inamovible como la montaña ante las calamidades severas que le
acosaban en aquellos días. Su deseo de enseñar la Causa era tan grande que aún
cuando tenía que subsistir sin comida suficiente por varios meses, el poco dinero que
tenía se gastaba principalmente en la compra de te y azúcar y tabaco para la pipa de
agua, para que pudiera invitar gente a su cuarto en las noches y prepararles a recibir
el nuevo Mensaje.
Aunque nunca se vacilaba su corazón en aquellos días difíciles, se debilitaba su
cuerpo. Muchas veces, mientras yacía enfermo con fiebre y hambre en la esquina de su cuarto con su `abá como su único cobertor, pensaba en lo que su tío le había dicho
mientras se preparaba para dejar las comodidades de su vida en Lahján y buscar un
destino desconocido en una ciudad extraña en vez de renunciar a su Fe recién
encontrada. "Yo te puedo ver," le había dicho su tío, "muriendo de hambre y miseria
en la esquina de un cuarto abandonado, sin ningún amigo a tu lado."
Mas la vida de Siyyid Muhammad no estaba destinado a terminar de esta
manera. Viviría y llegaría a ser rico y famoso. Recibiría títulos del Shah y sería
respetado como uno de los médicos más conocidos de la capital.
Después de aguantar todo tipo de adversidad en Tehrán, la vida de Siyyid
Muhammad sufrió gradualmente un cambio. Pudo ganarse la vida dando clases
privadas a estudiantes quienes venían con él en las noches, mientras sus días estaban
dedicados al estudio de la medicina. Entonces, un día, recibió la visita de un bahá'í a
quien había conocido en su ciudad natal. Este amigo, quien acaba de llegar a Tehrán,
presentó Siyyid Muhammad al resto de los bahá'ís allí, y les reprendió por haber
fallado en ver la diferencia entre un hacedor de maldad y una persona quien había
sacrificado todo lo que tenía por amor a su Fe. Su asociación con los bahá'ís de
Tehrán era un punto decisivo en la vida de Siyyid Muhammad.
Desde ese entonces él tomaba una parte activa en todo lo que emprendían los
bahá'ís en la capital. Era un miembro de la primera Asamblea Espiritual Local en
Persia, y era a través de sus esfuerzos, como los de algunos otros, que fue establecida
la primera escuela bahá'í en Tehrán.
Mas Siyyid Muhammad nunca olvidó los días cuando yacía enfermo en un cuarto vacío, sin nadie para cuidarlo y sin medios para obtener alguna comida, y años
después, cuando era un doctor famoso, también llegó a ser conocido como un amigo
de los pobres. No solo daba tratamiento a los necesitados mas también les proveía
con medicina y comida. Llegó a ser amado y respetado por todos los que le conocían,
y aún hasta algunos de los que habían evitado previamente su compañía por su
religión estaban ahora orgullosos de llamarle su amigo.
Todavía hay personas que viven en Persia quienes se recuerdan a la figura
majestuoso de Siyyid Muhammad, con los maravillosos ojos bondadosos que atraían a
tantos hacia él, caminando por las calles en camino a visitar a un príncipe ó un
limosnero, a asistir a un banquete oficial ó alegrar sus compañeros creyentes en
prisión. Ellos le recuerdan parado por la tienda del panadero, día tras día durante la
hambruna, distribuyendo pan a los pobres. También recuerdan cómo, cuando hubo
una epidemia de tifoidea en Tehrán, la gente juraba que ningún paciente moría quien
había sido visitado por Siyyid Muhammad, tal fe tenían en sus poderes de curación.
Un día, mientras Siyyid Muhammad estaba caminando por el mercado, su
niño quien estaba con él notaba cómo aquellos a quienes encontraban en el camino,
fueran hombres ó mujeres, ancianos o niños, todos le saludaban a su papá mientras le
pasaban. "¿Conoces a todas esas personas?" le preguntó a su papa. "No, mi hijo,"
respondió Siyyid Muhammad. "¿Crees que todos saben quien eres?" inquirió el niño.
"No, creo que no," era la respuesta. "Entonces, ¿cómo es," preguntó el niño en
sorpresa, "que todos a quienes encontramos en las calles te saludan?" Siyyid
Muhammad sonrió y dijo: "La razón, mi hijo, es que amo a todos, y probablemente lo pueden sentir."
* El ofrecer la pipa de agua a los huéspedes era la etiqueta acostumbrada.
Nota: Uno ó dos puntos mencionados en esta historia vinieron de una charla
publicada, dado por el hijo de Siyyid Muhammad, el General Nurid-Din `Ala'i, así
como de algunos incidentes relatados a mi por mi bisabuela, la esposa de Siyyid
Muhammad.-- G.F. MÉTODOS DE ENSEÑANZA 45
Una vez `Abdu'l-Bahá mandó Siyyid Asadu'llah a enseñar la Fe en Qarabagh,
una provincia de las Caucáseas, en donde no habían bahá'ís en ese entonces. El
Maestro le dijo que no saliera de Qarabagh hasta que hubiera traído a la Fe por lo
menos a una persona.
Siyyid Asadu'llah viajó a través de lo largo y ancho de Qarabagh, yendo de
ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, mas en ninguna parte encontraba a alguien
con quien podía hablar de la nueva Causa. La gente de Qarabagh no sólo estaban
empapada en todo tipo de superstición, sino eran también ignorantes de los principios
más básicos del islam, la Fe que profesaban. Hasta el mismo nombre del Profeta era
desconocido para la mayoría de la gente. También notaba Siyyid Asadu'llah que la
mayoría de la gente en Qarabagh llevaban dagas ó cuchillos con los cuales
confrontarían a cualquiera quien se atrevía a desagradarles con su conversación.
Después de viajar de lugar en lugar y fallar en encontrar a algún alma a quien
podía transmitir el Mensaje de Bahá'u'lláh, perdió toda esperanza Siyyid Asadu'llah de
enseñar en Qarabagh y de mala gana decidió dejar el lugar. Habiendo tomado esta
decisión, se sentó debajo de un árbol al lado de un riachuelo con agua y pensó en
tomar su comida antes de partir. Puso su pan sobre un pañuelo abierto en cima del
suelo ante si, lavó un pedazo de queso y un manojo de uvas que había comprado, y se
preparó para comer. Mas no estaba en paz su mente y sus pensamientos se reparaban
en su triste decepción en haber fallado enseñar la Causa en Qarabagh. Sobre todo, se preguntaba cómo jamás podría reportar esto a `Abdu'l-Bahá, recordando las palabras
del Maestro que debía atraer a por lo menos una persona a la Fe antes de salir.
Descendió gradualmente sobre él un sentido de miseria absoluto y las lágrimas se
llovían por sus mejillas a su barba larga.
Era la hora de mediodía y ningún transeúnte interrumpía el silencio del
sendero, entonces Siyyid Asadu'llah lloraba libremente, no dándose cuenta que estaba
siendo vigilaba por un tendero del otro lado del sendero. El tendero, Mashadi `Abdil
por nombre, fue tocado por el estado en el cual veía a Siyyid Asadu'llah y,
acercándose, inquirió acerca de la causa de su tristeza. Esta pregunta, viniendo de un
total extraño, sólo ayudó a aumentar las lágrimas de Siyyid Asadu'llah, y no pudo dar
una respuesta. Mashadi `Abdil fue grandemente conmovido; le rogó a Siyyid
Asadu'llah que confiara en él, jurando hacer todo en su poder para remover el fardo
que tanto abrumaba su corazón. A esto Siyyid Asadu'llah replico tristemente: "No es
fácil remover la causa de mi tristeza y yo no veo cómo nadie me puede ayudar a
resolver mi dificultad." Mashadi `Abdil dijo: "Yo soy un hombre de honor y juro por
mi palabra que haré cualquier cosa que puedo para ayudarte. ¿Estás en necesidad de
dinero? ¿Tienes que pagar alguna deuda? ¿O quizá tienes un enemigo? Confía en mi
y no tengas miedo." Al fin, Siyyid Asadu'llah, impresionado por la sinceridad del
hombre, dijo: "Lo que tengo que decir, no se puede decir aquí en la calle." Mashadi
`Abdil inmediatamente condujo Siyyid Asadu'llah a su vivienda y allí, en la
privacidad de su casa, se le dio muy gradualmente el Mensaje del Nuevo Día, y se le
dijo porque Siyyid Asadu'llah estaba tan triste al pensar ne dejar Qarabagh esa tarde. Mashadi `Abdil era puro de corazón y versado en el Qur'án y las Tradiciones
así que no tenía mucha dificultad en aceptar la Verdad. Pero tan pronto que había
creído en la nueva Fe que pensó en anunciar públicamente el advenimiento del
Prometido a toda la gente en Qarabagh. En vano le advertía Siyyid Asadu'llah acerca
de las consecuencias de tal acto. En vano le rogaba que buscara por las almas
receptivas antes de entregar el Mensaje. "Yo conozco a mis paisanos," dijo Mashadi
`Abdil. "Todos son gente sencilla quienes no fallarán en ver la Verdad. No tengo
ninguna duda que aceptarán al Prometido cuando oyen de Su advenimiento."
Siyyid Asadu'llah, habiendo perdido toda esperanza de persuadir a Mashadi
`Abdil de tomar un curso más sabio de acción, le pidió refrenarse de hacer mención de
su recién encontrado Fe por lo menos dos días durante los cuales él podía ser
instruido en las enseñanzas y dado pruebas suficientes por las cuales podía satisfacer
a otros de la verdad de la nueva Causa.
Durante el transcurso de estos dos días Siyyid Asadu'llah le enseñó a Mashadi
`Abdil la historia y enseñanzas de la Fe, le señaló las pruebas lógicas por las cuales
podía establecer la verdad de la Causa, se refirió a ciertas pasajes que se podían
encontrar en el Qur'án y las Tradiciones concernientes a los Mensajeros Gemelos
Quienes habían aparecido. En el tercer día se despidió de Mashadi `Abdil y salió de
Qarabagh, después de advertirle a su amigo una vez más que la manera en que había
escogido traer el mensaje de la nueva Fe a la atención de la gente en su ciudad no era
sabio y no lograría el resultado deseado.
Mashadi `Abdil sin embargo, estaba lleno de confianza. El decidió anunciar el advenimiento de la nueva Era el siguiente día en el mercado cuando se reunía una
gran muchedumbre, tanto de los pueblos circunvecinos como de la ciudad misma, en
una plaza grande para vender su mercancía ó comprar sus requerimientos para la
semana.
Llegó el día señalado y Mashadi `Abdil se subió a una plataforma en medio de
la plaza en donde todos le podían ver. Le llamó en voz alta a la multitud a que se
acercara y, como era una persona muy conocida en la ciudad, se reunía
inmediatamente muchas personas para oír lo que tenía que decir. Mashadi `Abdil
llamó una y otra vez hasta que todos dejaran su trabajo y vinieron a oírle. "Yo
testifico que no hay Dios sino Dios," comenzó Mashadi `Abdil. "Yo testifico que
Muhammad es el Mensajero de Dios y que `Alí, el Comandante de los Fieles, es el
Guardián de la Causa de Dios." Entonces recitó una poema en alabanza del Profeta y
los Imanes, después de la cual él agregó: "Les traigo las buenas nuevas que el
Prometido ha aparecido de Shiraz..." No pudo llegar más lejos porque el primer golpe
de la multitud le tumbó inconsciente.
Cuando abrió los ojos Mashadi `Abdil, encontró que yacía en un lugar extraño
y no podía mover ni un miembro. Su audiencia no le había perdonado de ninguna
manera, golpeándole hasta que pensaran que estaba muerto. Algunos parientes le
habían amarrado entonces a un caballo y le habían traído secretamente a un escondite
seguro afuera de la ciudad, dejando sólo un amigo cercano para quedarse con él hasta
que recobrara la consciencia.
Tan pronto como pudo reunir sus pensamientos se dio cuenta Mashadi `Abdil de lo que había pasado y se acordó de las advertencias repetidas de Siyyid Asadu'llah.
Entendió ahora la sabiduría de las palabras de su maestro y decidió aceptar el consejo
que había dado. Volviéndose hacia el amigo fiel quien ahora estaba sentado a su lado,
le preguntó qué era lo que le había pasado y porqué yacía en aquel lugar extraño. Su
amigo le recordó de su discurso en el mercado pero Mashadi `Abdil negó todo el
incidente, diciendo: "Es imposible que yo dijera tal cosa. ¿Como me puedes acusar de
conducta tan tonta?" Su amigo, pensando que ó bien había perdido la memoria ó bien
que una locura le había sobrevenido en la plaza del mercado, no hizo ninguna
referencia más al incidente.
Cuando Mashadi `Abdil eventualmente podía regresar a su trabajo, este amigo
se sentaba afuera de su tienda por algunos días y susurraba a todos quienes pasaban
que no hicieran mención de lo que había pasado en presencia de Mashadi `Abdil
porque no había tenido uso de sus facultades mentales cuando había hablado a la
multitud y que ahora ya se había olvidado todo acerca del incidente.
Mashadi `Abdil, mientras tanto habiendo llegado a ser más sabio a través de
su experiencia triste, trataba de seguir las instrucciones de Siyyid Asadu'llah y
buscaba almas puras a quienes él podía entregar el Mensaje que la multitud había
rechazado. No pasó mucho tiempo antes de que podía confiar en un amigo, y luego
en unos pocos otros. Gradualmente un grupo pequeño fue formado, quienes se
reunían muy secretamente para tener reuniones y discutir la Causa. No era posible
para ellos, sin embargo, esconder su Fe indefinidamente y se susurraba que Mashadi
`Abdil en verdad se había llegado a ser un babí y que estaba secretamente ocupado en convertir a otros a la nueva Fe.
Un día este rumor fue traído a la atención de Hasan Big, un hombre
renombrado por su intrepidez de manera y de quien se sabía que desenvainaría su
daga por el mas ligero pretexto. El, además, pertenecía a un tribu muy conocido e
influyente con quien nadie quería cruzarse el camino. Después de ser informado que
Mashadi `Abdil había se había convertido en babí, también se le dijo a Hasan Big que
aquellos quienes aceptaban esta nueva Fe negaban la existencia de Dios y
denunciaban al Profeta y los Imanes, mencionando con falta de respeto sus nombres.
Tan enojado estaba Hasan Big por lo que oyó que salió inmediatamente a localizar a
Mashadi `Abdil.
Mashadi `Abdil estaba sentado en su tienda como si nada cuando la figura de
Hasan Big, con daga desenvainada, apareció en el umbral. "¿Es verdad, Mashadi
`Abdil," tronaba la voz de Hasan Big, "que Ud. es un babí y que no tiene ningún
respeto por el Profeta y nuestros Imanes?" Mashadi `Abdil no tenía ninguna duda de
que la hora de su muerte estaba cerca, mas de alguna manera persuadió a Hasan Big a
sentarse y escuchar lo que tenía que decir. Le dijo que los bahá'ís creían en Dios y el
Profeta Muhammad, y que tenían el más gran respeto por todos los Imanes. Le
siguió con decirle más acerca de la Fe y, para su sorpresa, escuchaba Hasan Big con
gran interés.
Pasó una hora, luego dos, y todavía Mashadi `Abdil hablaba y Hasan Big
escuchaba. Pasaron tres horas. Hasan Big, quien había venido con Mashadi `Abdil
con una daga en la mano esa mañana, se levantó para ir al mediodía, firmemente convencido de la verdad de la nueva Causa.
Habiendo aceptado la Fe, él ahora sacó su daga una vez más y entró en el
mercado. "¡Escúchame, oh gente!" llamó. "¡Escucha lo que tengo que decir! Mashadi
`Abdil es en verdad un babí, también lo son algunos otros..." Procedió a nombrarles
uno por uno. "¡Es más, yo mismo he aceptado hoy la nueva Fe, y yo juro
solemnemente que quienquiera se atreva a insultarle a Mashadi `Abdil ó a cualquier
otro compañero creyente sentirá el punto de mi daga!"
Nadie se atrevió a provocar el desagrado de Hasan Big, y así, por fin, los bahá'ís
en Qarabagh podían confesar su Fe y traerla a la atención de otros.
Nota: Los dos hijos del amigo fiel de Mashadi `Abdil, quien se había quedado
con él y le había cuidado después de la golpiza que había recibido, también se
convirtieron en bahá'ís. EL CENTRO BAHÁ’Í 46
Cuando los bahá'ís de Qarabagh por fin pudieron reunirse sin miedo de
persecución, y un número de otras personas estaban inquiriendo acerca de su Fe, ellos
decidieron que necesitaban un Centro adecuado para sus reuniones. Sin embargo los
pocos lugares que pudieron encontrar no eran adecuados para el propósito ó mucho
más caro de lo que podían pagar.
Había un lugar en particular que todos pensaban que sería un Centro Bahá'í
ideal. Era un edificio bello que se estaba construyendo en una buena ubicación – pero
por supuesto jamás podrían pagarlo. Dadash `Amu, un apostador renombrado estaba
construyendo ese lugar como una casa de apuestas y esperaba ganar una fortuna con
ella. Los bahá'ís no tenían ninguna esperanza de conseguir el edificio a menos que
ocurriera un verdadero milagro.
Muy extrañamente ocurrió el milagro. Dadash `Amu se hizo bahá'í antes de
que se terminara el edificio, y lo donó como el primer Centro Bahá'í en Qarabagh. "¡TIENES RAZÓN!" 47
Mashhadi `Abdil, quien era conocido como bahá'í a dondequiera que fuera en
Qarabagh, pasaba por casualidad por un pueblito un día cuando un hombre le paró,
diciendo: "Venga conmigo a la mezquita, si se atreve, para que el sacerdote puede
refutar sus argumentos en frente de todos los poblanos, y hacer que dejen de
escucharle la gente pobre y sencilla."
Mashadi `Abdil le siguió al hombre a la mezquita grande llena de gente. Tan
pronto que se hubieran traspasado la puerta, cuando el compañero de Mashhadi
`Abdil le llamó al sacerdote y dijo: "¡Le he traído a un babí!" Mashhadi `Abdil se
preguntaba qué tipo de respuesta evocaría tal revelación. Para su sorpresa, el Mullá,
quien estaba sentado encima del púlpito con un turbante enorme en su cabeza,
empezó a tocar su rosario y decir: "Alabado sea Dios, alabado sea Dios, alabado sea
Dios..." Esto seguía por tanto tiempo que Mashhadi `Abdil, perdiendo la paciencia,
decidió hacer a un lado las reglas de la etiqueta y ser el primero en hablar. "¿Puedo
yo tener el honor de saber su nombre, reverendo sacerdote?" dijo en Turco, el idioma
nativo de los poblanos. Hizo una pausa el Mullá, entonces tosió nerviosamente y
dijo: "Me llamo Mullá Usup." Mashhadi `Abdil sabía inmediatamente que de su
acento y la mal pronunciación del nombre Yusuf que el hombre era uno de los
charlatanes iletrados quienes a veces venían de Persia y pretendían ser clérigos en
estos lugares lejanos para poder conseguir casa y comida gratis y juntar dinero de los
poblanos sencillos. "Yo me siento muy aliviado al saber quien es Ud.," dijo Mashhadi `Abdil, y el charlatán, dándose cuenta que no iba a poder engañar al recién llegado,
dijo en su idioma natal: "Por el amor de Dios, no me delates en frente de esta gente."
"No te delataré," replicó Mashhadi `Abdil, también hablando en Farsi (Persa), para que
nadie pudiera entender, "pero te tienes que prometer estar de acuerdo con todo lo que
yo diga." "Yo te lo prometo." dijo el charlatán.
Mashhadi `Abdil, dirigiéndose al Mullá en Turco esta vez, para que la
congregación pudiera seguir su conversación, dijo: "Yo les he estado diciendo a esta
gente que los musulmanes están esperando el advenimiento de un gran Maestro;
¿estoy correcto ó incorrecto?" "¡Tiene razón!" fue la respuesta inmediata. "Yo les digo
que cuando aparezca este gran Maestro, quizá los musulmanes sean los primeros en
denunciarle y empezar a perseguirle; ¿estoy bien?" La cabeza con el turbante se
asintió varias veces su acuerdo. "También les he dicho," siguió Mashhadi `Abdil, "que,
de acuerdo con las profesías definitivas escritas en las Escrituras Sagradas del islam,
los peores enemigos del Prometido serán los clérigos musulmanes; ¿estoy bien ó mal?
"¡Tiene razón, tiene razón!" proclamó el sabio desde el púlpito.
Mashhadi `Abdil, volviéndose ahora hacia el hombre quien le había llevado a
la mezquita, dijo: "¿Ud. ve como su sacerdote honrado está de acuerdo con todo lo que
digo?" El hombre sólo podía mirarle atónito mientras se puso de pie Mashhadi `Abdil
para salir del lugar. UN MAESTRO ILETRADO Y SU ESTUDIANTE LETRADO 48
Un grupo de eruditos se paró en el taller de un hombre pobre e iletrado para
reparar la herradura de un asno que montaban. Estos dignatarios del islam estaban
en camino para visitar a un santuario sagrado que estaba más allá de las puertas de
Tehrán y que tenía el hábito de visitar cada viernes.
Pero este viernes iba a ser diferente que los otros días porque entre aquellos
quienes entraron al taller del herrero estaba Abu’l-Fadl, quien iba a llegar a ser uno
de los eruditos del mundo bahá’í y el hombre que trabajaba la herradura del asno era
aquel quien estaba destinado a rendir los velos de la tradición las cuales envolvía la
mente de Abu’l-Fadl tanto que le prevenían de investigar la nueva Causa.
“¿Es verdad, Oh erudito ministro,” le preguntó el herrero a Abu’l-Fadl mientras
trabajaba en la herradura del asno, “que está escrito en nuestras tradiciones que cada
gota de agua es traído a la tierra por un ángel del cielo?” “Sí,” replicó Abu’l-Fadl, “es
verdad.”
El herrero procedió con su trabajo. Agarró un clavo y lo clavo en su lugar.
Entonce dijo: “He oído que, de acuerdo con nuestras tradiciones, ningún ángel jamás
entra una casa en donde hay un perro. ¿Existe en verdad tal tradición?” “Si, la hay.”
contestó Abu’l-Fadl. El herrero clavó el último clavo y dijo: “Presumo que ninguna
gota de agua jamás cae en un lugar en donde hay un perro.”
Abu’l-Fadl se sintió caliente con vergüenza y pena cuando se dio cuenta de que
un hombre iletrado tenía que señalarle la conclusión obvia que se tenía que sacar de dos bien conocidas tradiciones. Mientras dejaba el taller y se reunió con sus
compañeros uno de ellos dijo: “El hombre con que estabas hablando es un babí.”
Aquella misma noche Abu’l-Fadl empezó a investigar la nueva Fe. LA PRUEBA FINAL 49
Cuando Abu'l-Fadl empezó a investigar la Fe Bahá'í, tenía muchas preguntas
que hacer concernientes los problemas que le perplejaban, mas siendo justo, estaba
preparado a aceptar las respuestas lógicas que le fueran dadas, aun cuando los bahá'ís
con quienes tenían contacto al principio eran mucho menos educados que él.
Cuando todavía estaba involucrado en investigar la Fe, Abu'l-Fadl, un día, se
encontró discutiendo la Causa en la casa de un dignatario religioso famoso en donde
algunas otras personas también estaban presentes. El clérigo importante, orgulloso de
su posición, atacó la Fe y trató de menospreciarla ante los ojos de sus huéspedes,
mientras Abu'l-Fadl, produciendo los primeros frutos de su propia investigación, dio
respuestas convincentes que él mismo había recibido a argumentos similares. El
expresó sus puntos de vista con tanta entusiasmo y sinceridad que su huésped pensó
que era bahá'í.
Incapaz de refutar los argumentos sabios de Abu'l-Fadl, el dignatario religioso
trató de silenciarle por medio de asustarle. "¡Escúchame Abu'l-Fadl!" dijo con una voz
autoritario. "Hay una manera de probar la falsedad de la verdad y esa es por medio
de producir un milagro. Si Ud. está convencido de la verdad de esta Causa, tráiganos
un milagro para probarlo, ¡ó de otro modo yo mismo haré un milagro para probarle
de su falsedad!" "Yo estoy muy endeudado para con Ud. por lo que dice," replicó
Abu'l-Fadl afanosamente, "porque Ud. se ha ofrecido resolver mi dificultad. "Yo, de
acuerdo con mi obligación como musulmán, he empezado a investigar esta Fe y ahora encuentro muy difícil denunciarla como falsa aunque no estoy completamente
convencido de su verdad y por lo tanto no estoy en posición de producir un milagro
para probar esto. Es mi deber religioso seguir mi búsqueda hasta que haya llegado a
alguna conclusión definitiva y me haya satisfecho de su verdad ó falsedad. ¡Ahora
Ud. se ofrece poner fin a mis esfuerzos arduos con producir un milagro que probará
inmediatamente la falsedad de esta Causa! Verdaderamente estaré endeudado con Ud.
por el resto de mi vida."
El pobre clérigo no había anticipado que tomaran este curso los eventos. Se
puso de pie inmediatamente y se preparó para salir de la reunión. Abu'l-Fadl se
agarró de la orla de su vestimento y le rogó quedarse. "¿Por que nos deja Ud.?" dijo.
"¡Le ruego no salga hasta que nos hayas mostrado el milagro!" Pero el dignatario
religioso, susurrando algo al efecto de que había otro hombre en el pueblo quien
podía hacer milagros, se salió apresuradamente para tomar refugio en una sección del
pueblo reservado para las mujeres. `ABU'L-FADL EN CASA 50
Uno de los muchos amigos y admiradores de ‘Abu'l-Fadl nos ha relatado lo
siguiente:
"Yo estaba en Samarqand cuando ‘Abu'l-Fadl vino a ese pueblo y, estando
ansioso para servir a tal personaje noble, arreglé quedarme en la misma casa con él.
Consternado, encontré que él no me dejaba hacer nada para él, pero insistió que él, él
mismo, debía servirme a mi. Él dijo: `Me tienes que prometer dos cosas: primero,
que nunca trates de hacer ningún trabajo para mi, y segundo, ¡que nunca tocarás mi
cuchillo!'
"Cada mañana, después de decir sus oraciones, ‘Abu'l-Fadl prendía el fuego de
carbón, hervía el agua en el samovar y preparaba el te. Entonces traía todo al cuarto
y servía el desayuno, después del cual me iba a mi oficina y él se sentaba a escribir ó a
estudiar. Yo le dije: `¿Cómo puedo yo sentarme aquí ocioso mientras Ud. hace todo el
trabajo?' Él sonrió y dijo: `Yo soy él quien se beneficia de este arreglo porque yo tengo
una oportunidad de servirle a uno de los siervos de Bahá'u'lláh.'
"Un día, cuando ‘Abu'l-Fadl había salido del cuarto para calentar el samovar, yo
vi su cuchillo sobre la mesa. Lo vi y me preguntaba porqué me había dicho que no lo
tocara. Lo agarré y probé el filo que estaba tan afilado que me corte inmediatamente.
Lo regresé rápidamente, vendé el dedo sangriento con mi pañuelo y me senté en mi
lugar. "Cuando entró ‘Abu'l-Fadl, me echó un vistazo y se echó a reír.
`¿No te advertí de ese cuchillo?" dijo. Otro relato...
Muchos de los amigos de `Abu'l-Fadl, quienes estaban enterados de la vastedad
de su conocimiento, siempre estaban ansiosos de ir con él con preguntas sobre varias
temas. ‘Abu'l-Fadl recibió graciosamente a tales personas en las tardes pero estaban
dedicadas sus mañanas a la escritura y al estudio. Una vez, cuando estaba quedando
en Tierra Santa, un grupo de mujeres occidentales, con quienes no podía comunicarse
muy bien porque no hablaban su idioma, venían a su cuarto cada mañana y le
tomaban mucho de su tiempo. Un día, sin embargo, cuando tocaron su puerta las
mujeres, no recibieron respuesta. Tocaron una segunda vez, y todavía no había
respuesta. Sabían que ahí estaba `Abu'l-Fadl, entonces tocaron una y otra vez. Por fin
oyeron su voz desde dentro: "¡`Abu'l-Fadl no está aquí!" les anunció dulcemente en
ingles. Se echaron a reír las mujeres, y él también se unió a su risa. No sabemos el fin
del cuento, pero esperamos que se le dejaran en paz al estudioso a atender a su trabajo
de las mañanas. EL "MULLA BAHÁ’Í" 51
Se difundió la fama de ‘Abu'l-Fadl en Hamadán en donde se había estado
quedando por algún tiempo. La gente ignorante hablaba de él como el mullá de los
bahá'ís, y el gobernador del pueblo, esperando que fuera tan rico como un mullá
musulmán, le arrestó en el nombre de un bahá'í.
La docena de hombres que fueron enviados a traerle ‘Abu'l-Fadl de su casa
estaban muy decepcionados al ver que no había nada que podían saquear del único
cuarto ocupado por este "mullá bahá'í". Todas sus pertenencias, que eran unos
cuantos artículos de ropa y algunos libros y papeles, fueron juntados y fueron
llevados junto con él.
Fue encarcelado ‘Abu'l-Fadl en la casa del alguacil principal de Hamadán.
Durante las dos semanas que estaba allí enseñó la Fe Bahá'í a su guardia, quien llegó a
ser un creyente devoto, mientras el mismo alguacil principal, quien escuchaba
frecuentemente al discurso de ‘Abu'l-Fadl con su guardia desde un cuarto adjunto,
llegó a ser un gran amigo de la Causa y un admirador ardiente de su prisionero.
Después de una quincena, el alguacil principal reportó al gobernador,
asegurándolo que Abu'l-Fadl era una persona inofensivo y, lo que era más importante
para el gobernador, que no tenía ni un centavo a su nombre. Por lo tanto, era
permitido salir de la prisión con la condición de que también debiera salir de
Hamadán.
El guardia que fuera enseñado por ‘Abu'l-Fadl durante su encarcelamiento llevó el nuevo Mensaje a la gente de su propio pueblo en donde se estableció una
comunidad bahá'í fuerte. UN SIERVO ÚNICO 52
‘Abu'l-Fadl, quien había dedicado su tiempo y talentos al servicio de la Fe que
amaba tanto, llegó a estar extremadamente deprimido después de la ascensión de
Bahá'u'lláh, tanto que se quedaba mucho tiempo solo con su tristeza, preguntándose
qué pasaría a la Causa de Bahá'u'lláh ahora y quién guiaría a Sus seguidores.
Después de algún tiempo recibió una carta de `Abdu'l-Bahá, pidiéndole
levantarse una vez más y servir la Causa de su Bienamado y no estar descorazonado
porque Bahá'u'lláh había dejado a esta tierra, pero siempre cuidaría de Su Fe y la
protegería. `Abdu'l-Bahá explicó cómo la Causa de Dios, lejos de debilitarse, crecía en
fuerza y florecía después de la ascensión de Sus Mensajeros porque la gente del
mundo muchas veces no podía reconocer al Mensajero de Dios mientras estaba con
ellos en la tierra y era sólo después de que les hubiera dejado que llegaran a ver los
signos de Su grandeza. Esta carta del Maestro llenó a ‘Abu'l-Fadl con celo fresco y
él salió de su retiro para nunca jamás dejar el campo de servicio. Pero después de que
hubiera ido a la Tierra Santa y visitado a `Abdu'l-Bahá, él estaba tan lleno de tal
devoción para con el Maestro que cantaba las alabanzas de `Abdu'l-Bahá a
dondequiera que fuera. Hablaba del amor desbordante del Maestro tanto hacía
amigos como enemigos. Contaba cómo, en las secciones más pobres de Accá y en las
esquinas mas pobres de la prisión, hombres y mujeres quienes estaba privados de
todas las bondades de la vida esperaban sus pasos y derivaban bendiciones de la
resolana de Su presencia. Hablaba de la majestuosidad como la de un rey de `Abdu'l- Bahá y de Su gran humildad; de Su conocimiento, Su paciencia y generosidad; de Su
dulzura y Su humor maravilloso. Una señora americana, quien conoció a ‘Abu'l-Fadl
mientras él estaba en América y le había oído hablar de `Abdu'l-Bahá, ha dicho: "Un
día, después de que le había escuchado a ‘Abu'l-Fadl hablar del Maestro, yo fui con él
y dije: `Yo no puedo imaginar que nadie pueda ser más sabio, más puro y amoroso
que Ud., mas siempre nos está diciendo de `Abdu'l-Bahá. ¡Cómo debe de ser Él Quien
ha creado tal admiración en su corazón!' `Abu'l-Fadl me miró y dijo: `Nadie le puede
describir adecuadamente. Si alguna vez le conoces a `Abdu'l-Bahá, ¡verás que no soy
digno ni siquiera para ser su siervo!' Muchas veces pensé en estas palabras hasta la
hora cuando el Maestro vino a América y yo tuve el privilegio de conocerle a Él yo
misma. Sólo entonces me dí cuenta lo que quiso decir ‘Abu'l-Fadl. HOMICIDIO EN ISHQABAD 53
Haji Muhammad-Rida estaba pasando por el mercado en Ishqabad cuando fue
atacado por dos rufianes y matado allí mismo. Más que quinientas personas estaban
parados por ahí y le vieron ser apuñalado – ¡no una sola vez, sino treinta y dos!
La mayoría de aquellos quienes vieron a Muhammad-Rida ser martirizado
aquel día pertenecían a la población shía* de `Ishqabad quienes habían hecho
complots en contra de los bahá'ís por mucho tiempo, esperando que podían empezar
persecuciones aquí como en Persia. Ellos había escogido a Muhammad-Rida, quien
era muy amado y respetado entre los bahá'ís, como su primer víctima. El gobierno
del Zar era rápido en agarrar a los dos asesinos y llevarlos a la prisión en donde
debían esperar su juicio, mas tan feroz era el odio de los mercaderes en el mercado
que ninguno de los bahá'ís se atrevía a acercarse al cuerpo de su compañero creyente
y yacía sobre el camino por varias horas. Un hombre joven valiente eventualmente
salió y, entre las mofas, las burlas y maldiciones de la gente que le rodeaban, puso el
cuerpo sobre sus propios hombros y lo llevó a un lugar de seguridad de donde fue
llevado en secreto, en las altas horas de la noche, y enterrado fuera del pueblo.
Mientras tanto los shias amenazaban con matar a unos veinte y cuatro otros
bahá'ís. Ellos enviaron mensajes a Persia, pidiendo al clero por su apoyo y
difundiendo rumores que el Gobierno Ruso no tenía jurisdicción sobre los
musulmanes en `Ishqabad porque eran ciudadanos persas. La mayoría de la gente
ignorante y fanática de entre ellos fue eventualmente incitada por unos cuantos enemigos maliciosos de la Causa quienes difundían los reportes falsos usuales acerca
de los bahá'ís y sus creencias, -- hicieron todo intento de mantener inflamado el fervor
religioso hasta que se hubieran desembarazado de los bahá'ís de `Ishqabad. Los
bahá'ís mostraron una valentía extraordinaria mientras seguían con sus negocios en el
pueblo, pero ya para el segundo día después del martirio de Muhammad-Rida,
cuando un número de rufianes se habían armado y estaban preparando para atacar a
otros bahá'ís, se hizo evidente que debían de buscar la protección del gobierno. Unos
cuantos, cuyas vidas estaban en peligro inmediata, fueron a ver al gobernador. Él les
recibió con bondad y escuchó su apelación. Después de que le hubieron explicado la
situación, el gobernador dijo: "Me han dicho que Muhammad-Rida, siendo un bahá'í,
ha maldicho a los Imanes de los musulmanes, y los dos hombres, no pudiendo
soportar más el insulto, le habían apuñalado en su enojo. ¿Es verdad que los bahá'ís
no tienen ningún respeto por los líderes del islam?" "Nosotros hemos estado viviendo
entre Uds. por un número de años," respondieron los bahá'ís, "y tenemos muchos
amigos cristianos en este país. Ud. les debe de preguntar si jamás nos han oído
proferir una palabra irrespetuosa acerca de los líderes religiosos del islam, porque si
fuéramos a hablar mal de los Imanes en frente de los musulmanes, ¿no hablaríamos
más libremente en la presencia de los cristianos quienes no creen en ellos?" Ellos
entonces explicaron que esto era un truco que se había usado en Persia por muchos
años porque era una de las maneras más fáciles para incitar a una muchedumbre en
contra de los bahá'ís. Ahora que la gente de Persia empezaba a conocer el respeto que
los bahá'ís tenían por los líderes de todas las religiones, los enemigos de la Fe estaban probando este truco en `Ishqabad. El día siguiente trajo un cambio en el
ambiente de la ciudad. Las autoridades gubernamentales empezaron una
investigación y muchos cristianos quienes estaban muy enterados de las crueldades
que se habían infligido en los bahá'ís por la población musulmana salieron para
derramar la luz sobre la verdadera situación. Un número de enemigos de la nueva
Fe, temerosos de las consecuencias, huyeron de la ciudad. Algunos de los principales
instigadores del complot en contra de los bahá'ís fueron encontrados y encarcelados,
mientras otros buscaban refugio en Persia, desde donde, respaldados por algunos del
clero, mandaban mensajes amenazadoras a los bahá'ís en `Ishqabad y difundían
rumores de cómo este ó aquel gran personaje iba a ser enviado desde Persia para
llevar los bahá'ís de `Ishqabad (la mayoría ciudadanos de Persia) en cadenas a su
propio país. Los musulmanes tomaron varias medidas para asustar a los bahá'ís y
forzarles a salir de `Ishqabad, pero los bahá'ís pusieron su confianza en Dios y se
quedaron, aunque no sabían qué les iba a pasar de un día para otro.
Por fin, habiéndose terminado las investigaciones preliminares en `Ishqabad, el
reporte del gobernador fue enviado al capital y en su debido tiempo se recibió
instrucciones. Iba a haber una corte militar lo que quería decir que el fallo de la corte
sería final y que no se podía hacer apelaciones. Ni siquiera el Zar mismo podía
cambiar el fallo de una corte militar. Inmediatamente se difundió esta información
por toda la ciudad y se llenó cada corazón con temor porque nadie podía decir lo que
sería el resultado de este juicio. Acerca de ciento cincuenta personas fueron llamados
a asistir a la corte, y el día del juicio vio una conmoción como casi jamás fuera visto en `Ishqabad. El juicio duró por tres días, mientras el ambiente de la corte se ponía más
y más tenso con cada hora que pasaba, hasta que un sentimiento de condena se
difundió por sobre la población entera de la ciudad. La decisión de los jueces todavía
no había sido anunciado cuando una persona irresponsable salió de la sala de la corte
y le dijo a un amigo que a los prisioneros musulmanes se les iba a libertar. Esta
información se difundió inmediatamente por el mercado y salieron de sus tiendas y
casas los musulmanes para celebrar la ocasión. Ellos se reunieron en grupos para dar
la bienvenida a los prisioneros e infligieron sufrimientos incontables a los bahá'ís a
quienes encontraban en su camino. Pero dentro de una hora, cuando el veredicto
verdadero de los jueces fuera anunciado se turnó su júbilo en tristeza. A los dos
homicidas de Haji Muhammad-Rida se les había sentenciado a la horca. El clérigo
quien había denunciado a los bahá'ís desde su púlpito y le había incitado a la
muchedumbre a levantarse en contra de ellos había recibido la sentencia de un exilio
de por vida a Siberia; tres de los hombres quienes habían hecho el complot en contra
de los bahá'ís fueron sentenciados a quince años de encarcelamiento en Siberia; y un
cuarto hombre fue sentenciado a un año y cuatro meses en prisión, después del cual
debiera de salir de Rusia. Al gobernador residente en `Ishqabad, sin embargo, le fue
dado el derecho de reducir la severidad de las sentencias, si así lo quería. Solo dos de
aquellos quienes había sido arrestados fueron encontrados inocentes y puestos en
libertad. Tan pronto como se cerrara la corte, los prisioneros mandaron mensajes
a sus parientes, rogándoles pedir a los bahá'ís intervenir de parte de ellos y suplicarle
al gobernador para reducir sus sentencias. Una delegación de clérigos musulmanes vinieron a rogarles a los bahá'ís quienes respondieron generosamente y prometieron
hacer lo que pudieran. Abu'l-Fadl, quien estaba en `Ishqabad en aquel entonces, y
otro bahá'í bien conocido, quienes habían visto al gobernador después del martirio de
Haji Muhammad-Rida para pedir protección para los bahá'ís, salieron a verle una vez
más. El gobernador fue profundamente conmovido cuando oyó que los bahá'ís les
habían mandado para hacer una petición de parte de sus opresores. "¿Si un bahá'í le
hubiera matado a un musulmán en `Ishqabad," dijo "no habrían sido masacrados
todos los bahá'ís en Persia ya para ahora? Mas Uds. están preparados para perdonar a
estos asesinos ¡y me piden reducir su castigo! Aunque admiró grandemente sus
sentimientos," el agregó, "yo no les puedo prometer nada por el momento." El día
siguiente, sin embargo, se le hizo saber a la gente de la ciudad que el gobernador
había acortado las sentencias del los encarcelamientos en Siberia, aunque no había
mostrado nada de misericordia hacía los dos quienes habían matado a Muhammad-
Rida, y ya se había fijado el día para su ahorcamiento. Mientras el día fijado se
acercaba, se les sacó a los asesinos para erigir su propio ahorca afuera de la prisión y
para escavar un hoyo profundo debajo de el con sus propios manos. Era una visión
lastimosa y se entristecían muchos corazones al pensar en la muerte terrible que les
esperaba a los hombres desafortunados. El día fatal vio a cientos de curiosos reunidos
afuera de la prisión para ver el evento terrible. Los ahorcas fueron rodeados por un
círculo de soldados y se tomaron precauciones para controlar a la muchedumbre, pero
habían muchos ojos que centellaban con enojo y labios que susurraban maldiciones
en contra de los bahá'ís, a quienes se les culpaban por lo que iba a acontecer a los dos Musulmanes. Un clérigo hizo los últimos ritos y el verdugo había puesto la
cuerda alrededor de los cuellos de los víctimas cuando una voz se irrumpió en el
silencio como una tumba que había descendido sobre la muchedumbre. Un orden
había sido recibido del gobernador y se le estaba leyendo en voz alta. La gente de
`Ishqabad fueron informada así que cómo los bahá'ís mismos habían apelado al
gobernador y le habían rogado perdonar la vida de los dos hombres quienes habían
matado a su amigo y compañero creyente, el gobernador, habiendo decidido honrar a
este acto noble, había cambiado la sentencia de muerte a quince años de
encarcelamiento en Siberia. Por primera vez en la historia de la Fe Bahá'í, se les había
llevado a la corte a los perseguidores implacables de sus seguidores y habían recibido
castigo por sus crímenes.
*Una secta de Islam. REUNIONES EN TEHRAN 54
La llegada de un peregrino de Tierra Santa* siempre ha sido un gran evento
para los bahá'ís en Persia. Desde muy temprano en la mañana hasta altas horas de la
noche el peregrino está rodeado con amigos ansiosos quienes anhelan escuchar cada
fragmento de noticia y oír todas las experiencias maravillosas que su compañero
creyente ha tenido durante su peregrinaje. Se celebran reuniones en donde
multitudes de bahá'ís se reúnen desde lejos y cerca para conocer al peregrino bendito
quien les trae buenas nuevas de la Tierra Santa.
Esto es verdad aun hasta hoy cuando docenas de peregrinos regresan a Persia
cada año. Uno puede imaginar como debía haber sido en los días de Bahá'u'lláh y
`Abdu'l-Bahá cuando solo unos cuantos afortunados podían tener el privilegio de
visitar a la Tierra Santa y llevar de regreso las noticias del Bienamado de cientos de
amantes esperanzados a través de Persia. Pero a los bahá'ís de allá nunca se les ha
sido permitido por las autoridades celebrar reuniones ó aun juntarse libremente en las
casas privadas para reunirse unos con otros. En los días de Bahá'u'lláh y el Maestro
las restricciones fueron mucho más severas, y el menor indiscreción de parte de los
bahá'ís traía toda forma de persecución.
Durante semejante tiempo un muy distinguido maestro de la Fe, Mirza
Mahmud-i-Furughi, llegó a Tehrán después de una larga estancia con `Abdu'l-Bahá.
Las noticias de su llegada se difundieron inmediatamente entre los creyentes, quienes
en su ansia por recibir las noticias acerca del Maestro, se olvidaron de toda cautela y se reunieron en números grandes para ver a Furughi. Era de interés para los amigos
cada cosa pequeña que había visto u oído durante su peregrinaje, pero más que esto, él
les había traído mensajes maravillosos e inspiradoras del Maestro Mismo. Estos eran
como el soplo de vida a aquellos quienes los oyeron; les llenó con entusiasmo y coraje
frescos para servir a la Causa y traer felicidad al corazón de su Maestro bienamado.
Crecían en tamaño las reuniones; ningún precio parecía demasiado para pagar por la
alegría de escuchar los mensajes de `Abdu'l-Bahá.
Los enemigos de la Causa, quienes siempre estaban en alerta, ahora estaban
llenos de enojo al ver la audacia con la cual se reunían los bahá'ís para ver a un
peregrino de Tierra Santa. Ellos no perdieron tiempo en llevar esto a la atención del
Príncipe Kamran Mirza*, el viceregente, llenándolo sin duda, con graves presagios
con respecto de las intenciones de los bahá'ís. Kamran Mirza inmediatamente pidió
a algunos de sus sirvientes buscar más información acerca de las reuniones. Estos
hombres lograron averiguar en donde se estaban reuniendo los bahá'ís un cierto día y
les siguieron a un jardín solitario para averiguar su número. No tuvieron dificultad
en hacer esto porque solo tenían que contar los pares de zapatos que se habían
quitado en la entrada del lugar de la reunión. ¡Habían casi novecientos pares!
Estas noticias fueron suficientes para causarle a Kamran Mirza la más grande
ansiedad. ¿Podrían los bahá'ís estar haciendo un complot en contra del gobierno?
¿Estarían planeando derrocarlo sus enemigos? Él decidió mandar por Furughi y
averiguar de él en persona. Furughi recibió el mensaje calmadamente pero el resto de
los bahá'ís estaban muy preocupados. Muchos de ellos le rogaron no ir porque anticiparon gran peligro esperándole en la casa de Kamran Mirza. Furughi, sin
embargo, no conocía el miedo y salió para visitar al viceregente. Uno de los bahá'ís,
con el nombre de Khammar, quien era conocido por su valentía y quien era además
famoso por la vida salvaje e imprudente que había llevado antes de su reciente
conversión a la Fe, acompañó a Furughi y caminó en frente, agarrando a la brida de
su caballo.
En la puerta de la mansión del viceregente, le dijeron a Furughi que estaba
muy ocupado Kamran Mirza y que no podía reunirse con él hasta el día siguiente.
Regresó el día siguiente y recibió el mismo mensaje: el príncipe estaba ocupado con
asuntos importantes y no le podía ver ese día. Furughi no sería aplazado y uno de
sus amigos comentó:
"Los cazadores siempre han perseguido su presa:
No hay nada extraño en eso;
Es chistoso ver por fin a la presa,
¡Persiguiendo al cazador temible!"
Furughi regresó una tercera vez, acompañado por el fiel Khammar. Esta vez le
recibió el príncipe, exclamando: "¡Que hombre tan valiente!"
La apariencia exterior de Furughi, en sí mismo, era suficiente para persuadir a
cualquier de su total falta de miedo. Vestido en la ropa de un escolástico, tenía el
rostro bien parecido y una barba negra y cerrada. Sus ojos penetrantes podían centellar con fuego a veces, y su voz, si se alzaba, podía despertar el miedo en
cualquier corazón.
Kamran Mirza le recibió con cortesía. Él pidió que se extendiera una alfombra
para ellos en el jardín y que se sirviera una charola de lechuga con miel agridulce, de
acuerdo con la costumbre persa. Entonces, volviéndose hacia Furughi, dijo: "Dígame,
¿en verdad es Ud. un babí?" "Yo no soy babí," era la respuesta, "Soy bahá'í, y también
lo eran mi madre y padre." Esto era la introducción a una conversación larga sobre la
Fe. Una vez, cuando Kamran Mirza se refirió a Bahá'u'lláh en una manera
desrespetuosa, centellaron los ojos de Furughi con enojo. "Ud. debería estar
avergonzado de sí mismo," le dijo al príncipe, "al mencionar el nombre del Mensajero
de Dios de esta manera desrespetuosa." Entonces, extendiendo la mano hacia el
cuchillo que se había traído con la lechuga, grito: "Deme ese cuchillo para que pueda
cortarme la garganta y dejarle tomar la sangre de un bahá'í por la cual esta sediento
Ud." Tuvieron un profundo efecto sus palabras y se cuidó el príncipe de no herir sus
sentimientos ya más.
Eventualmente tocó el tema de la reunión grande de bahá'ís que había llegado
al conocimiento de Kamran Mirza y expresó su preocupación que los bahá'ís causaran
perturbaciones en el país. "Se celebran nuestras reuniones para prevenir la maldad,"
le contestó Furughi, "porque tenemos todo tipo de gente en esta Fe y a menos que se
les recuerde de las enseñanzas de Bahá'u'lláh y sus deberes como ciudadanos pacíficos
y leales del país en donde residen, no podemos estar seguros de que algún individuo
mal informado no llegara a ser la causa de desórdenes en el país. Esto si ocurrió una vez en los días tempranos de la Fe cuando un joven babí quien era ignorante con
respeto de las enseñanzas del Báb hizo un atentado contra la vida de Su Majestad el
Shah. Mas tal comportamiento nunca ha sido repetido entre nosotros porque los
bahá'ís están recordados continuamente en nuestras reuniones que, de acuerdo con las
enseñanzas de Bahá'u'lláh, deberán ser obedientes al gobierno y respetar a las
autoridades de la tierra." Las palabras de Furughi produjeron el efecto deseado. "Yo
no sabía de sus intenciones," dijo Kamran Mirza. "Ahora que estoy seguro, pueden
tener tantas reuniones como desean."
Se puso de pie para salir Furughi para llevar las noticias maravillosas con los
creyentes. Mientras caminaba hacia la puerta del jardín, una figura salió en frente de
él por detrás de un árbol. Era Khammar. "¿Por qué motivo estabas escondido aquí?"
preguntó Furughi con sorpresa. "Yo no sabía lo que tenía en mente Kamran Mirza
para Ud.," dijo Khammar, "entonces le estaba apuntando con mi pistola para estar
preparado en caso de que quisiera dañarte. Entonces, como un pensamiento posterior,
inquirió: "¿Cree Ud. que Dios me hubiera perdonado si habría disparado contra
Kamran Mirza bajo tales circunstancias?" "Para decirte la verdad," replicó Furughi,
"yo no sé, pero le prometo conseguir la respuesta de `Abdu'l-Bahá."
La respuesta de `Abdu'l-Bahá fue dada de una manera muy interesante, pero
eso es, en si mismo, otro cuento. Terminaremos esto por decir que los bahá'ís, cuando
oyeron de la visita de Furughi con Kamran Mirza, no necesitaban más aliento para
sus reuniones. Por una vez, por lo menos, podían reunirse para escuchar a un
peregrino de Tierra Santa con pleno permiso de las autoridades. *La palabra "Mirza" al final de un nombre es un título dado a los descendientes
de la dinastía Qajar. EL MILAGRO 55
Entre la gente a quien los bahá'ís de Badkubih había hablado de la Fe había un
hombre quien decía que solo tenía una sola dificultad en aceptar la Causa. Él estaba
de acuerdo con todo lo que sus amigos bahá'ís le habían dicho y no podía encontrar
una sola falla con lo que creían. Todo lo que necesitaba para hacer de él un bahá'í
confirmado, decía él, era ver hecho un milagro ante sus ojos.
Los bahá'ís, por supuesto, no sabían que hacer con él. Ninguna cantidad de
razonamiento parecía tener efecto. "Yo sé que todo lo que dicen es verdad," les decía,
"pero debo de ver un milagro con mis propios ojos antes de que pueda ser
verdaderamente satisfecho mi corazón."
Ocurrió que Furughi, el maestro bahá'í famoso, estaba visitando a los amigos de
Badkubih en ese entonces, y se le platicaron acerca de ese hombre. "Tráiganmelo para
conocerle algún día," dijo Furughi, "y veremos lo que se puede hacer." Esperaban los
bahá'ís que Furughi, cuya personalidad dinámica y poderosa voz nunca fallaban en
impresionar a aquellos con quienes se enfrentaba cara a cara, podría lograr que su
amigo entrara en razón, entonces arreglaron que alguien le condujera a la casa de
Furughi.
Cuando llegaron los dos visitantes, encontraron a Furughi absorto en sus
devociones diarias y, no queriendo molestarle, se sentaron silenciosamente mientras
su anfitrión, inconsciente de su presencia en el cuarto, continuaba con su oración. La
sinceridad con la cual oraba era muy conmovedora. Era la esencia de la humildad mientras se postraba en el suelo, mientras lágrimas corrían por su rostro mientras lo
elevaba en adoración. A veces cantaba los versos en su voz rica y fuerte, y a veces
casi no se podían oír las palabras cuando se las susurraba a si mismo.
Paso mucho tiempo antes de que terminara Furughi y se volvió a ver a los
visitantes. A uno de ellos que le conocía; fijando los ojos penetrantes en el otro, dijo:
"¿Es Ud. la persona quien quiere ver un milagro?" "No...No Sr.," balbuceaba el
hombre en respuesta. "Yo...yo no quiero ver ningún milagro." "¿Entonces cual es su
dificultad en aceptar a la Causa de Bahá'u'lláh?" demandó Furughi. "Nada, Sr.," fue la
pronta respuesta. "Yo estoy muy convencido de la verdad de esta Fe, y me considero
como bahá'í desde hoy en adelante."
El amigo quien había traído este hombre para conocerle a Furughi no podía
creer sus oídos. ¿No era éste el mismo hombre que había expresado repetidamente
que nada sino un milagro hecho ante sus propios ojos le podía satisfacer? ¿No era el
mismo hombre a quien todos los bahá'ís en Badkubih habían fracasado en convencer
con cada argumento lógico en que podían pensar? Casi no podía esperar hasta que
hubieran salido de la casa de Furughi y estuvieran en la calle a solos. "¿Que le pasó?"
le preguntó entonces a su amigo. "¿Porqué de repente perdió toda interés en
milagros?" "Para decirle la verdad," era la respuesta, "yo no tenía ninguna duda que el
personaje sagrado que yo vi podía hacer cualquier milagro que quisiera y yo no me
atreví a disgustarle por medio de pedirle una demostración... Además, estaba tan
impresionado con la manera en que oraba que no podría pedir más pruebas acerca de
la verdad de esta Causa. EL RETO DESDE EL PÚLPITO 56
La gente de Yazd, instigada por sus sacerdotes fanáticos, han mostrado gran
enemistad hacia los bahá'ís, y han sido responsables por el martirio de muchos
creyentes.
Un día un dignatario influyente de esta ciudad le dijo a la congregación que se
había reunido para escuchar a su sermón en la mezquita, que los bahá'ís habían
logrado descarriar hacia su Fe a solo los más sencillos e ignorantes; nunca se atrevían
a acercar a gente como él porque sabían muy bien que no podrían refutar a los
argumentos de los sabios y serían avergonzados.
Los bahá'ís de Yazd no sabían que hacer con este mujtahid, especialmente
porque continuaba retándoles públicamente desde su púlpito en la mezquita. Por fin
decidieron escribir a Tehrán y pedir la ayuda de sus compañeros creyentes en la
capital. Cuando Furughi oyó de esto, anhelaba salir para Yazd y confrontarlo al
mujtahid en frente de sus propios apoyadores. Esto era una tarea cerca de su corazón,
pensaba él, pero `Abdu'l-Bahá ya le había pedido ir a Khurasán, y otra persona
tendría que ser mandado a Yazd.
Furughi estaba a punto de salir por Khurasán y ya había empacado la silla de
su mula cuando se le entregaron una telegrama. Era del Maestro ¡instruyéndole ir a
Khurasán vía Yazd! Inmediatamente escribió una carta a los bahá'ís de Yazd,
diciéndoles que ya estaba en camino para conocerle al mujtahid.
Uno de los bahá'ís quien conocía al gobernador de la ciudad pensaba que era sabio informarle de la situación antes de la llegada de Furughi para que se enterara de
lo que pasaba. El gobernador estaba muy perturbado por las noticias y les rogó a los
bahá'ís escribirle a Furughi para pedirle que ignorara el reto del mujtahid y
mantenerse lejos de una entrevista tan peligrosa. Furughi, sin embargo, habiendo
recibido las bendiciones de `Abdu'l-Bahá para su visita a Yazd, no iba a ser desviado
por otra persona. Le escribió a su amigo bahá'í en Yazd una respuesta notable, partes
de la cual son como siguen:
"Es imposible para mi no cumplir con esta reunión con el mujtahid y yo estoy
muy preparado para las consecuencias. No afirmaré mi conocimiento de ningún otro
bahá'í en Yazd ni busco ayuda de su gobernador. Iré directamente a la puerta de la
mezquita y si alguien me preguntare quién soy y de dónde vengo, diré que he caído
del cielo y que tengo un mandado que hacer con el mujtahid. Si el mujtahid estuviera
dispuesto a escuchar a un argumento lógico e inteligente, razonaré con él, pero si
quiere que pruebe mi Fe por otros medios, pediré que suba hasta la cima del minarete
conmigo de donde ambos podemos caer para ver cuál de los dos podemos descender
sin daño; o mandaré hacer una fogata en medio de la plaza central de la ciudad y,
tomándole al mujtahid por la mano, le conduciré por la conflagración flameante para
ver cuál de los dos puede salir de las flamas sin ser quemado..."
Se le mostró esta carta al gobernador quien estaba atónito por la fe asombrosa
de Furughi y le admiraba grandemente su espíritu sin miedo. "Yo mandaré a dos de
mis sirvientes," dijo, "para encontrarle a este hombre fuera de Yazd y conducirle en
seguridad a mi propia casa; entonces veremos lo que se puede hacer acerca de esta reunión con el mujtahid."
Llegó Furughi a Yazd como el huésped del gobernador. Después de su llegada,
el gobernador mismo escribió al mujtahid, afirmando que, como había retado
públicamente a los bahá'ís a mandar por alguien para hablar con él acerca de su Fe,
un bahá'í erudito y sin miedo había sido enviado desde Tehrán para reunirse con él
con el permiso de las autoridades gubernamentales. También incluyó el gobernador
en su carta al mujtahid la comunicación interesante que se había recibido de Furughi,
escrito en camino de Yazd. El mujtahid inmediatamente respondió para decir que no
se sentía lo suficientemente bien como para reunirse con Furughi, y que estaría muy
agradecido si el gobernador mismo le diera una respuesta satisfactoria.
Furughi se quedó en Yazd por algunos días para ver si el mujtahid pudiera
juntar valentía suficiente como para reunirse con él, pero el dignatario religioso
pretendía estar enfermo, aún cuando le mando el gobernador un segundo mensaje
después de algunos días. Entonces Furughi pidió a sus compañeros creyentes arreglar
una reunión grande a la cual cada bahá'í en Yazd podría llevar a un amigo no-bahá'í.
Cuando se habían reunidos todos, Furughi les habló acerca de la Causa, y entonces les
dijo cómo el mujtahid, quien había retado repetidamente a los bahá'ís desde su
púlpito, ahora había rehusado verle. Les pidió a aquellos quienes estaban presentes
en esa reunión informarles a los otros de la verdad del asunto para que ya no
escucharan al mujtahid si jamás se atreviera a repetir su reto. EL TURNO DE FURUGHI 57
"¿Has sido golpeado por amor a la Causa?" le preguntó `Abdu'l-Bahá a Furughi
un día. "Todavía no, mi Maestro," respondió Furughi. "Tu sabes que a Su Santidad
el Báb y a Bahá'u'lláh ambos fueron golpeados," le dijo el Maestro, "y yo también he
tenido mi parte." Furughi sabía que pronto iba a ser su turno.
No era mucho después de eso que, regresando a Persia, se le pidió a Furughi
hacer un matrimonio bahá'í en Abadih, un lugar cerca a Shiraz. Se quejaron
inmediatamente los mullás de Abadih con el gobernador. "Los bahá'ís, dijeron, "ahora
se han puesto tan audaces como para hacer su ceremonia matrimonial de acuerdo con
las nuevas costumbres, ¡las cuales están en contra de las leyes del islam! Tal
insolencia no puede ser tolerado. A menos que se asegura el gobernador que se les
castigue inmediatamente, nosotros mismos tendremos que encargarnos del asunto."
El gobernador, temiendo que se produjera una gran conmoción por los
fanáticos, mandó a dos de sus sirvientes a traerle a Furughi a su presencia.
Inmediatamente se reunió una muchedumbre en las calles y en las azoteas, armados
con palos y piedras, esperando una excusa para atacar a este bahá'í famoso. Pero,
como Furughi estaba acompañado por los sirvientes del gobernador, ninguno se
atrevió a levantarle la mano en contra suya hasta que pasó por un madrisih por
casualidad en donde enseñaban teología y ley islámica los dignatarios religiosos.
Aquí, uno de los dignatarios se aventó de repente y, agarrando la barba de Furughi
con una mano, le pegó en la cabeza y rostro con la otra. "¿Qué están esperando, Uds. cobardes?" les gritó a aquellos quienes estaban parados por allí. No necesitaba más
aliento la muchedumbre; ellos le atacaron a Furughi desde todos lados, aquellos
quienes estaban parados en las azoteas tirándolo polvo y cenizas en la cabeza. Pero
antes de que le pudieran hacer un daño serio, fue rescatado de la muchedumbre por
un grupo de soldados armados quienes le condujeron al gobernador.
Ahora, pasó que mientras Furughi estaba en Tehrán, había visitado al Primer
Ministro y, habiéndole encantado con su manera elocuente e impresionante de
hablar, le habían contado de los muchos enemigos con los cuales topaba cuandoquiera
viajaba en Persia. "La única cosa que me puede salvar de sus manos," le había dicho
al Primer Ministro, "es una carta firmada por su Alteza, instruyéndoles a los oficiales
gubernamentales protegerme de las maquinaciones de mis enemigos en las diferentes
partes del país." El Primer Ministro le había dado la carta que había pedido y ahora
Furughi se la mostró al gobernador de Abadih.
El gobernador, sin embargo, tenía poderes limitados cuando el clero se le
opusiera, entonces le aconsejó a Furughi salir de la ciudad inmediatamente y mandó
dos de sus jinetes a acompañarlo a un pueblo cercano.
Mientras pasaban por la puerta que conducía hacia afuera de la ciudad, una
mujer que había llegado a saber que se le iban a llevar a Furughi por ahí, le tiró un
montón de cenizas desde lo alto. Aunque no lo supo, esta mujer le salvo la vida por
lo que hizo, porque las cenizas les cegaron los ojos de los mullás fanáticos quienes
estaban esperando detrás de las puertas para dispararle contra Furughi mientras
pasaba por ahí. Estos dos hombres más tarde le visitaron a Furughi en el pueblo y después de largas discusiones, ambos fueron impresionados con los argumentos de
Furughi y gradualmente se convencieron de la verdad de la Causa.
La golpiza que Furughi había recibido a manos de la muchedumbre en Abadih
fue solo el comienzo de muchas otras penurias que sufriera por amor a la Causa. Pero
las soportaba a todas con gran valentía, y se deleitaba en el hecho de que a él también
le había sido llamado para sufrir calamidades en el sendero de su Bienamado. Una
vez, cuando fuera mal herido por dos hombres jóvenes que habían sido enviados para
dispararle en su cuarto, le encontraron sus amigos cubierto con sangre, pero
extremadamente feliz y cantando las palabras de Bahá'u'lláh: "Si tu meta sea atesorar
tu vida, no te acerques a Nuestra Corte; mas si el sacrificio sea el deseo de tu corazón,
ven y deja que vengan otros contigo. Porque tal es el sendero de Fe, si en tu corazón
tu buscas reunión con Bahá; si rehusaras hollar este sendero, ¿porqué nos molestas?
¡Vete! EL MAGO 58
Parecía que Furughi tenía una vida encantada. A pesar de los muchos peligros
por las cuales había pasado, y los varios atentados que se habían hecho contra su vida,
todavía se iba enseñando la Fe después de cuarenta años.
A mucha gente se le había ofrecido mordidas para que mataran a este famoso
bahá'í en un tiempo u otro, pero de alguna forma lograba escaparles en cada ocasión.
Una vez, cuando se estaba quedando en su pueblo natal, un mujtahid sedicioso
sucedió en excitar toda su congregación contra Furughi. Se habían llegado las noticias
de cómo se le había matado a un bahá'í en otro lugar, y el mujtahid, subiendo al
púlpito y tirando su turbante como signo de indignación, gritó a los pueblerinos
reunidos: "¿No se podrá encontrar hombría en este lugar? ¿No han oído cómo los
defensores valientes de islam han despedazado a un maldito bahá'í? ¿Por cuánto
tiempo más tolerarán a estos infieles en medio de Uds.? ¿Por cuanto tiempo estarán
sentados Uds. cobardes, viendo a ese perro de bahá'í descarriar a la gente de su propio
pueblo?" Seguía y seguía hasta que obtuviera el resultado deseado y su congregación
juró que despedazaría a Furughi, miembro por miembro.
Mientras la muchedumbre, gritando y sangrienta, se abalanzaban sobre la casa
de Furughi como una inundación enojada, soltada de repente, la gente juraba que ya
estaba destinado a morir esta vez. La Providencia, sin embargo, había decretado de
otra manera, y antes de que la muchedumbre pudiera alcanzar su destino, otro
mujtahid, tan influyente como el primero, apareció en el escenario. "¡Se dan cuenta de lo que están haciendo, gente tonta!" gritó. "Este hombre a quien han venido para
matar no es un babí ordinario. Él tiene muchos amigos entre los oficiales altos del
país, y hasta el Primer Ministro mismo está listo para apoyarle. Si algo le pasara,
¡ninguno de Uds. podría escapar con su vida!" El peligro inmediato enfrentándoles en
este mundo les parecía más real a la muchedumbre decepcionado que los deleites del
paraíso prometido por el primer mujtahid si lograran matar al babí, entonces se
dispersaron sin ganas a sus hogares, y le dejaron a Furughi seguir sin ser molestado.
En otra ocasión, los enemigos desesperados de Furughi decidieron enlistar la
ayuda de un criminal notorio, con nombre de Siyyid Hasan, quien era el líder de un
grupo de criminales y era temido por todos en la vecindad. "Dios les perdonará a
todo pecado que hayan cometido en sus vidas," le aseguraron a Siyyid Hasan, "si se
comprometen a hacer el acto meritorio de matar a este maestro bahá'í." Siyyid Hasan,
determinado de ganar el beneplácito del próximo mundo tanto como este empezó a
planear cuidadosamente. Cuando todo estaba listo, mandó a uno de sus hombres para
traerle a Furughi de su casa después de la puesta del sol y llevarle a un lugar afuera
del pueblo.
Furughi mismo abrió la puerta. "¡Salga de ahí inmediatamente!" le ordenó el
hombre. "Siyyid Hasan ha mandado por Ud." Furighi sabía lo que esto quería decir,
pero sin levantar más objeción preguntó: "¿Podría esperar un momento mientras
consigo mi capa y bastón?" "¡Por supuesto que no!" respondió rudamente el hombre.
"Venga inmediatamente como esté." Apenas había terminado su pedido cuando
empezó una gran conmoción en la calle. Dos de los otros hombres de Siyyid Hasan, quienes acaban de llegar a caballo, estaban siendo desensillados por sus caballos que
parecían haberse vuelto locos. Los animales relinchaban nerviosamente, pateaban y
se alzaban de una manera temible, y sus jinetes tenían gran dificultad en caerse en la
tierra sin sufrir daño. Los hombres estaban completamente atónitos por lo que había
pasado porque los caballos habían estado muy mansos y no se veía nada en la calle
que posiblemente los pudiera haber puesto en tal estado.
Mientras tanto, Furighi, habiéndose calmadamente puesto su capa y tomado su
bastón, estaba parado en la puerta listo para salir. Viéndole, de repente se llenaron de
angustia los hombres. "¡Ud. puede hacer magia!" gritaron. "¿Qué les hizo a los
caballos como para volverlos locos? Nunca jamás hemos visto que se porten así."
Furighi, cuando se le daba la oportunidad, siempre podría encantarles a sus
oyentes y estos hombres quienes habían venido para llevarle a su destino no eran
excepciones. Habiendo ya sometido a sus caballos, cabalgaban en frente para
advertirle a su líder acerca de los poderes desconocidos de Furighi, mientras la
víctima les seguía a una distancia. Para cuando hubo llegado al lugar de reunión, el
que le iba a asesinar estaba sintiendo los efectos de una historia mucho muy
exagerado del tipo de magia que estaba capaz de hacer el babí famoso. Siyyid Hasan
no tenía nada de prisa para hacerle daño y Furighi tenía bastante tiempo para hablar
con y ganarse al criminal temible.
Llamándole a uno de sus hombres, dijo Siyyid Hasan: "Quiero que escoltes a
este caballero respetable de regreso a su casa, donde quizá su familia esté ansioso de
su seguridad." "Muchas gracias," dijo Furighi, y agregó sabiamente: "pero de veras no es necesario que yo le moleste a nadie para llevarme a casa. Estoy muy seguro que
podré hallar el camino solito." DOS PRÍNCIPES 59
El Príncipe Husayn-Quli Mirza, el bisnieto de Fath-`Ali Shah de Persia, aceptó
la Causa Bahá'í en su juventud y llegó a ser uno de sus apoyadores firmes por el resto
de su vida. Era un hombre de carácter noble, extremadamente cortes y gentil de
manera, con una humildad que sentían tantos ricos como pobres. Era amado por
todos; la gente solía decir que no podía encontrar falla alguna en el príncipe excepto
que era un bahá'í. Habían muchos también quienes eran atraídos a la Fe por la vida
que tenía y por el amor y respeto que tenían por él.
Su casa estaba abierto a toda la gente, y cuandoquiera que tuviera reuniones
bahá'ís ahí', siempre asistía un gran número de no-bahá'ís. En una ocasión como esa,
cuando estaba ocupado todos los asientos y cuando ya no había lugar para sentarse en
la alfombra, un nuevo huésped llegó. El príncipe, quien él mismo estaba de pie,
inmediatamente se quitó su capa valiosa y la tendió en el suelo para que el recién
llegado pudiera sentarse. Este gesto impresionó tanto al hombre que fue inducido a
investigar la Causa y llegó a ser un creyente.
Un día, uno de los bahá'ís que tenía un asunto urgente para atender, le pidió al
príncipe si pudiera ver que se llevara una carga de paja a su establo. El príncipe
mismo acompañó al hombre que iba a llevar la paja y habiendo llegado a la casa de su
amigo, encontró que se tenía que subir la carga por unos escalones muy inclinados
para luego ponérsela en un pajar. El hombre quien había traído la paja rehusó subirlo
por todos esos escalones. El príncipe calmadamente le pidió que pusiera la carga en su propia espalda y la subió él mismo. Pasó que la señora de la casa, quien nunca
había tenido nada de simpatía por la Causa ó los bahá'ís, estaba viendo el incidente
por detrás de una cortina. Fue tan sobrecogida por lo que hizo el príncipe que se
cambió toda su actitud y más tarde llegó a abrazar la Causa.
Uno de las muchas personas quienes llegaron a interesarse en la Fe a través de
las cualidades admirables del príncipe era un hombre quien había sido un ladrón
notable y que se ganaba la vida asaltándole a la gente en los caminos. Después de
abrazar a la Causa, este hombre un día reconoció por casualidad a uno de aquellos a
quienes había robado de todas sus pertenencias. Con lágrimas en los ojos se adelantó
para hincarse a los pies de aquel a quien había ofendido y le rogó que aceptara una
pequeña suma de dinero que era todo lo que poseía en ese momento. Su compañero
creyente le abrazó amorosamente y rehusó el dinero, asegurándolo que estaba
dispuesto a olvidar todo el incidente.
El hijo del príncipe Husayn-Quli Mirza, Mihdi-Quli Mirza, era también un
bahá'í maravilloso. Pasó por pruebas y dificultades severas durante su vida, pero su
espíritu nunca se quebró y nada podía hacer temblar su gran fe en la Causa.
Un día le fue traído las noticias terribles que su bella hija joven, quien apenas
hace unos meses había sido casada de repente se había muerto en la clínica de una
doctora judía. Mihdi-Quli Mirza, apresurándose al lugar, averiguó que la doctora
había sido descuidadosa en dar una inyección, y que su hija había muerto dentro de
unos pocos minutos.
Se difundieron las noticias rápidamente de esta tragedia por la ciudad, y una gran multitud de personas se juntaron alrededor de la clínica gritando por venganza
porque una judía había muerto a una mujer musulmana. Se subió apresuradamente a
la terraza Mihdi-Quli Mirza y les llamó en voz alta para que todos escucharan.
Tan pronto como la gente en la calle había dejado de gritar, les dijo que no
tenían que pensar en la venganza porque la jovencita que se había muerto era su hija
y él sabía de seguro que no era musulmana; que la difunta misma, su padre, su madre
y su esposo, todos eran bahá'ís. Ya no les quedaba más pretexto para la multitud a
molestar a la doctora, entonces gradualmente se dispersaron.
La doctora misma, ofreció pagarle al príncipe una gran suma de dinero, pero él
no asintió. "Quédate con el dinero," dijo, "yo he perdonado tu error."
Más tarde ciertos oficiales gubernamentales, amenazando castigar a la doctora
judía, encontraron amplias excusas para extorsionarle dinero. Cuando oyó de esto el
príncipe, él le dio una declaración firmada en la cual mencionó que, como un seguidor
de la Fe Bahá'í, no creía en la venganza; él había perdonado el error que ella había
cometido y no le tenía ningún rencor; no quería que se prosiguiera más el asunto.
Este documente fue firmado y sellado por el príncipe mismo, su esposa y su
yerno. Nadie que lo leyera podía encontrar una excusa para perseguirle ya a la
doctora. `Abdul'l-Kháliq (hijo de Mullá `Abdu'l-Qaní) 60
Abu'l-Fadl-i-Gulpáyigání `Andalíb, Mirzá `Alí-Ashraf Furu'ghí, Mirzá Mahmúd Aqá
Kamál Habíbu'lá'h (hijo de Síná) Hájí Mihdíy-i-Arjumand-i-Hamadání Hájí
Muhammad-Ridá-i-Isfáhání Hakím Aqá Ján-i-Hamadání Husayn-Qulí Mírzáy-i-
Mawzún Ishráq, Aqá `Abdu'l-Karím Málmírí, Hájí Muhammad-Táhir Mashhadí
`Abdil-i-Qarabághí Mihdí-Qulí Mírzáy-i-Mawzún Mírzá Husayn-i-Zanjání Mullá
`Abdu'l-Qaníy-i-Ardikáni Mullá Bahrám-i-Akhtar-Khávarí Mullá Ridáy-i-
Muhammad-Abádíy-i-Yazdí Na`ím, Aqá Muhammad Nayyir, Siyyid Mahmúd
Rúhúlláh-i-Varqá Siná, Hájí Siyyid Ismá`íl Siyyid Asadúlláh-i-Qumí Siyyid
Muhammad-i-`Alá'í, Názimu'l-Hukamá (padre de la Mano de la Causa de Dios,
General Sh. `Alá'í) Tayyibih y Jamál (hijos de Mírzá Husayn) Varqá, Mírzá `Alí-
Muhammad (padre de la Mano de la Causa de Dios, Sr. V. Varqá) Vujdání, Mírzá
Yúsuf-Khán-i-Thábit
Actualizado 27 de diciembre de 2020 por Linda y fred Frazelle. Si quieren el
documento en LibreOffice, favor de escribir a frazelle09@gmail.com