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spagnolo — Oraciones y Meditaciones.txt

ORACIONES
Y
MEDITACIONES


REVELADO POR
BAHÁ'U'LLÁH



Traducción del original persa y árabe
al inglés por SHOGHI EFFENDI


Título original en inglés: Prayers and Meditations by Bahá'u'lláh




I

¡Glorificado eres Tú, oh Señor mi Dios! Todo hombre de discernimiento confiesa tu soberanía y tu dominio, y todo ojo perspicaz advierte la grandeza de tu majestad y la fuerza compelente de tu poder. Los vientos de las pruebas son impotentes para impedir a quienes gozan de tu cercanía, que vuelvan sus rostros hacia el horizonte de tu gloria, y las tempestades de las tribulaciones no podrán alejar ni dificultar que se acerquen a tu corte quienes acatan completamente tu voluntad.
Pienso que la lámpara de tu amor arde en sus corazones, y la luz de tu ternura está encendida en sus pechos. Las adversidades son incapaces de alejarlos de tu Causa, y las vicisitudes de la suerte jamás podrán desviarlos de tu agrado.
Te imploro, oh mi Dios, por ellos y por los suspiros que exhalan los corazones en su separación de Ti, que los protejas del mal de tus adversarios y que alimentes sus almas con lo que Tú has ordenado para tus amados, a quienes no sobrevendrá temor ni dolor alguno.

II

¡La alabanza sea para Ti, oh Señor mi Dios! Te suplico, por tus signos que han abarcado la creación entera, y por la luz de tu semblante que ha iluminado a todos los que están en el cielo y en la tierra, y por tu misericordia que ha sobrepasado a todas las cosas creadas, y por tu gracia que ha cubierto todo el universo, que desgarres los velos que me separan de Ti, para que me dirija presuroso al Manantial de tu potente inspiración y al Amanecer de tu Revelación y tus generosos favores, y pueda ser sumergido en lo más profundo del océano de tu proximidad y tu complacencia.
No permitas, oh mi Señor, que sea privado del conocimiento de Ti en tus días, y no me despojes del manto de tu guía. Dame de beber del río que es en verdad la vida, cuyas aguas han surgido del Paraíso (Ri¤ván) en el cual fue establecido el trono de tu Nombre, el Todo Misericordioso, para que mis ojos sean abiertos, mi rostro sea iluminado, mi corazón confirmado y mi alma esclarecida, y se hagan firmes mis pasos.
Tú eres Aquel Quien desde siempre, mediante la fuerza de su poder, ha sido supremo sobre todo, y ha podido, por la acción de su voluntad, ordenar todas las cosas. Nada en absoluto, ni en tu cielo ni en tu tierra, puede frustrar tu propósito. Entonces, oh mi Señor, ten misericordia de mí, por tu bondadosa providencia y generosidad, e inclina mi oído hacia las dulces melodías de las aves que cantan su alabanza a Ti, en las ramas del árbol de tu unicidad.
Tú eres el Gran Dador, el Siempre Perdonador, el Más Compasivo.

III

¡Glorificado eres Tú, oh Señor mi Dios! Te imploro, por Aquel Quien es tu Más Grande Nombre, Quien ha sido penosamente afligido por aquellas de tus criaturas que han repudiado tu verdad, y Quien ha estado rodeado de tales infortunios que ninguna lengua puede describir, que me permitas recordarte y alabarte en estos días en los cuales todos han rechazado tu belleza, han disputado contigo, y se han alejado desdeñosamente de Aquel Quien es el Revelador de tu Causa. Nadie hay para ayudarte, oh mi Señor, excepto Tú mismo, y ningún poder para socorrerte, excepto tu propio poder.
Te suplico que me permitas asirme firmemente a tu amor y a tu recuerdo. Verdaderamente, esto está dentro de mi poder, y Tú eres Aquel que conoce todo cuanto hay dentro de mí. Tú, en verdad, conoces y estás informado de todo. No me prives, oh mi Señor, de los resplandores de la luz de tu rostro, cuyo brillo ha iluminado al mundo entero. No hay Dios sino Tú, el Más Poderoso, el Todoglorioso, el Siempre Perdonador.


IV

¡Magnificado sea tu nombre, oh Señor mi Dios! Tú eres Aquel a Quien todo adora, y no adora a nadie, Quien es el Señor de todo y no es vasallo de nadie, Quien todo lo conoce y no es conocido de nadie. Tú quisiste que los hombre Te conociera; por tanto, mediante una palabra de tu boca formaste la creación y modelaste el universo. No hay Dios sino Tú, el Modelador, el Creador, el Todopoderoso, el Omnipotente.
Te imploro, por esta misma palabra que ha brillado sobre el horizonte de tu voluntad, me permitas beber abundantemente de las aguas de vida con que Tú has vivificado los corazones de tus elegidos y hecho revivir las almas de aquellos que Te aman, para que pueda en todo momento y en toda condición, volver mi rostro completamente hacia Ti.
Tú eres el Dios de poder, de gloria y munificencia. No hay Dios sino Tú, el Gobernante Supremo, el Todoglorioso, el Omnisciente.


V

¡Loado sea tu nombre, oh mi Dios! Tú me ves en las garras de mis opresores. Cada vez que me vuelvo a mi diestra, oigo la voz de lamentación de quienes Te son queridos, a quienes los infieles han hecho cautivos por haber creídos en Ti y en tus signos, y por haber dirigido sus rostros hacia el horizonte de tu gracia y de tu amorosa bondad. Y cuando me vuelvo a mi siniestra, oigo el clamor de los obradores de iniquidad, quienes no han creído en Ti ni en tus signos, y quienes persistentemente han tratado de apagar la luz de tu lámpara, la cual vierte el resplandor de tu propio Ser sobre todos los que están en tu cielo y todos los que están en tu tierra.
Los corazones de tus elegidos, oh mi Señor, están consumidos debido a su separación de Ti, y las almas de tus amados están abrasadas por el fuego de su anhelo por Ti en tus días. Te imploro, oh Tú, Hacedor de los cielos y Señor de todos los nombres, por tu muy resplandeciente Ser y tu muy exaltado y gloriosísimo Recuerdo, que hagas descender sobre tus amados aquello que les acerque a Ti y les permita escuchar tus palabras.
Desgarra, oh mi Señor, con la mano de tu trascendente poder, el velo de las vanas imaginaciones, para que aquellos quienes están completamente consagrados a Ti, puedan verte sobre el trono de tu majestad, y los ojos de quienes adoran tu unidad puedan regocijarse ante el esplendor de la gloria de tu rostro. ¡Las puertas de la esperanza han sido cerradas ante los corazones que Te anhelan, oh mi Señor! Sus llaves están en tus manos; ábrelas con el poder de tu fuerza y soberanía. Potente eres Tú para hacer lo que Te place. Tú eres, verdaderamente, el Todopoderoso, el Benéfico.


VI

¡Alabado seas, oh Señor mi Dios! ¡Juro por tu poder! Sucesivas aflicciones han impedido a la pluma del Altísimo revelar lo que yace oculto a los ojos de tus criaturas, e incesantes pruebas han obstaculizado a la lengua del Divino Ordenador proclamar las maravillas de tu glorificación y alabanza. Por tanto, con lengua balbuciente Te llamo, oh mi Dios, y con ésta, mi afligida pluma, me consagro a la recordación de tu nombre.
¿Hay algún hombre de discernimiento, oh mi Dios, que pueda verte con tu propio ojo, y existe el sediento que pueda volver su rostro hacia las vivientes aguas de tu amor? Yo soy aquel, oh mi Dios, que ha borrado de su corazón el recuerdo de todo salvo Tú, y ha grabado dentro de sí los misterios de tu amor. ¡Tu propio poder me lo atestigua! Si no fuera por las tribulaciones, ¿cómo podrían distinguirse los que están seguros, de los que dudan entre tus siervos? Quienes se han embriagado con el vino de tu conocimiento, ellos, ciertamente, se dirigen presurosos al encuentro de toda suerte de adversidad, en su anhelo por entrar en tu presencia. Yo Te imploro, oh Amado de mi corazón y Objeto de adoración de mi alma, que protejas a aquellos quienes me aman, del menor vestigio de deseos perversos y corruptos. Provéelos, entonces, con el bien de este mundo y del venidero.
Tú eres, verdaderamente, Aquel cuya gracia los ha guiado rectamente, Aquel Quien ha declarado ser Él mismo el Todo Misericordioso. No existe otro Dios salvo Tú, el Todoglorioso, el Supremo Auxiliador.


VII

¡Alabado seas, oh Señor, mi Dios! Te imploro por esta Revelación (mediante la cual la oscuridad ha sido convertida en luz, se ha erigido el frecuentado Templo, se ha revelado la Tabla escrita y se ha descubierto el rollo desplegado) que hagas descender sobre mí y sobre quienes están en mi compañía aquello que nos permita remontarnos a los cielos de tu trascendente gloria y nos lave la mancha de las dudas que impidieron a los desconfiados entrar en el tabernáculo de tu unidad.
Soy aquel, oh mi Señor, que se ha aferrado firmemente al cordón de tu amorosa bondad y se ha asido del borde de tu misericordia y tus favores. Ordena para mí y para mis amados el bien de este mundo y del venidero. Provéeles, pues, con la dádiva oculta que Tú ordenaste para los elegidos entre tus criaturas.
Estos son, oh mi Señor, los días en que Tú ordenaste a tus siervos observar el ayuno. Bendito aquel que observa el ayuno enteramente por Ti y con absoluto desprendimiento de todas las cosas excepto de Ti. Ayúdame y ayúdales, oh mi Señor, a obedecerte y a guardar tus preceptos. Tú verdaderamente tienes poder para hacer lo que desees.
No hay Dios sino Tú, el Omnisciente, el Sapientísimo. Toda alabanza sea para Dios, Señor de todos los mundos.


VIII

¡Glorificado sea tu nombre, oh Señor mi Dios! Tú ves el lugar en que habito, y la prisión en que he sido arrojado, y las penas que soporto. ¡Por tu poder! No hay pluma que sea capaz de narrar, ni lengua alguna describir o enumerar. No sé, oh mi Dios, con qué propósito me has abandonado a tus adversarios. ¡Tu gloria me lo atestigua! No me aflijo por las vejaciones que sufro por amor a Ti, ni me siento perturbado por las calamidades que me han atrapado en tu sendero. Mi dolor se debe más bien a que demoras en cumplir lo que has señalado en las Tablas de tu Revelación y ordenado en los libros de tu decreto y sentencia.
Mi sangre, en todo momento, se dirige a mí diciendo: "¡Oh Tú quien eres la Imagen del Más Misericordioso! ¿Cuánto tiempo ha de pasar hasta que me excarceles del cautiverio de este mundo, y me liberes de la servidumbre de esta vida? ¿No me prometiste que teñirías conmigo la tierra y me rociarías sobre los rostros de los moradores de tu Paraíso?" A ello yo respondo: "Sé paciente y tranquilízate. Las cosas que deseas pueden subsistir solo una hora. Sin embargo, en cuanto a mí, bebo continuamente en el sendero de Dios la copa de tu decreto, y no deseo que cese de actuar la decisión de su voluntad, o que se terminen los pesares que sufro por amor a mi Señor, el Más Exaltado, el Todoglorioso. Busca mi deseo y abandona el tuyo. Tu servidumbre no es para protegerme, sino para permitirme soportar las sucesivas tribulaciones, y prepararme para las reiteradas pruebas que necesariamente habrán de asaltarme. ¡Perezca el amante que discierne entre lo placentero y lo venenoso en su amor por su amado! Conténtate con lo que Dios ha destinado para ti. Él, verdaderamente, rige sobre ti según su voluntad y agrado. No hay otro Dios sino Él, el Inaccesible, el Altísimo".


IX

¡Magnificado sea tu nombre, oh Señor mi Dios! No sé cual es el agua con la que Tú me has creado, ni cuál el fuego que has encendido dentro de mí, ni la arcilla con que me has formado. Se ha calmado la inquietud de todos los mares, mas no la inquietud de este Océano que se agita por mandato de los vientos de tu Voluntad. Se ha extinguido la llama de todos los fuegos, menos la Llama que han encendido las manos de tu omnipotencia, y cuyo resplandor has difundido, por el poder de tu nombre, ante todos los que están en tu cielo y todos los que están en tu tierra. Y a medida que se profundizan las tribulaciones, se aviva más y más.
Contempla entonces, oh mi Dios, cómo tu Luz ha sido cercada por los impetuosos vientos de tu decreto; cómo las tempestades que soplan, azotándola desde todos lados, han aumentado su brillo e intensificado su resplandor. Alabado sea Tú por todo ello.
Te imploro, por tu Más Grande Nombre, y tu muy antigua soberanía, que consideres a tus amados, cuyos corazones han sido dolorosamente estremecidos a causa de las aflicciones que Le han sobrevenido a Aquel Quien es la Manifestación de tu propio Ser. Potente eres Tú para hacer lo que Te place. Tú eres, verdaderamente, el Omnisciente, el Sapientísimo.


X

¡Oh Tú cuyo rostro es el objeto de adoración de todos los que Te anhelan, cuya presencia es la esperanza de quienes se hallan completamente consagrados a tu voluntad, cuya proximidad es el deseo de cuantos se han acercado a tu corte, cuyo semblante es el compañero de aquellos que han reconocido tu verdad, cuyo nombre es el impulsor de las almas que ansían contemplar tu rostro, cuya voz es la verdadera vida de tus amantes, las palabras de cuya boca son como aguas de vida para todos los que están en el cielo y en la tierra!
Te suplico, por el agravio que has sufrido y los males que han infligido sobre Ti las huestes de los perpetradores de maldad, que me envíes, desde las nubes de tu merced, aquello que me purifique de todo lo que no sea tuyo, para que sea digno de alabarte y esté capacitado para amarte.
No me niegues, oh mi Señor, las cosas que Tú ordenaste para aquellas de tus siervas que han circundado a tu derredor, y sobre las cuales se han vertido continuamente los esplendores del sol de tu belleza y los rayos de la brillantez de tu rostro. Tú eres Aquel Quien, desde la eternidad, has socorrido a quienquiera Te haya buscado, y has favorecido generosamente a quien Te haya invocado.
No hay Dios fuera de Ti, el Poderoso, el Siempre Perdurable, el Todomunífico, el Más Generoso.


XI

¡Alabado sea tu Nombre, oh Señor mi Dios! La oscuridad ha caído sobre todos los países y las fuerzas del mal han envuelto a todas las naciones. Sin embargo, por ellas percibo los resplandores de tu sabiduría y vislumbro el brillo de la luz de tu providencia.
Aquellos que se encuentran separados de Ti como por un velo imaginan que tienen el poder de apagar tu luz, extinguir tu fuego y aquietar los vientos de tu gracia. ¡No!, y de esto tu poder es mi testigo. Si cada tribulación no se hubiese convertido en portadora de tu sabiduría y cada prueba no se hubiese transformado en el vehículo de tu providencia, nadie se hubiera atrevido a oponérsenos, aunque los poderes de la tierra y del cielo se aliaran contra nosotros. Si desentrañara los maravillosos misterios de tu sabiduría que se hallan al descubierto ante mí, las riendas de tus enemigos serían destrozadas.
¡Glorificado seas pues, oh mi Dios! Te suplico por tu Nombre Más Grande, que reúnas a quienes te aman alrededor de la Ley que fluye del agrado de tu voluntad y hagas descender sobre ellos lo que afiance sus corazones.
Potente eres Tú para hacer lo que te place. Tú eres verdaderamente el que ayuda en el peligro, el que subsiste por Sí mismo.


XII

¡Alabado seas Tú, oh Señor mi Dios! Este es tu siervo que ha bebido de las manos de tu gracia el vino de tu tierna merced y ha probado el sabor de tu amor en tus días. Yo te imploro, por las encarnaciones de tus nombres, a quienes ninguna aflicción puede impedir que se regocijen en tu amor o que contemplen tu rostro, y a quienes todas las huestes de los negligentes son impotentes para apartarlos del sendero de tu agrado, que proporciones a tu siervo las cosas buenas que Tú posees y lo eleves a tales alturas que considere al mundo como una sombra que se desvanece más rápido que un abrir y cerrar de ojos.
Protégelo también, oh mi Dios, por el poder de tu inmensurable majestad, de todo lo que Tú detestas. Tú eres, verdaderamente, su Señor y el Señor de todos los mundos.


XIII

¡Loado sea tu nombre, oh mi Dios! Tú ves cómo los tempestuosos vientos de las pruebas han hecho estremecer a los constantes en fe, y cómo el aliento de las tribulaciones ha perturbado a aquellos cuyos corazones habían estado firmemente establecidos, a excepción de quienes han bebido del Vino que es en verdad la vida, de las manos de la Manifestación de tu nombre, el Más Misericordioso. Son estos a quienes ninguna palabra puede conmover, excepto tu muy exaltada palabra, y a quienes nada en absoluto puede extasiar, salvo la dulce fragancia del manto de tu recuerdo, ¡oh Tú Quien eres el Poseedor de todos los nombres y el Hacedor de la tierra y del cielo!
Te imploro, oh Tú Quien eres el amado Compañero de Bahá, por tu nombre, el Todoglorioso, que protejas a estos siervos tuyos bajo la sombra de las alas de tu misericordia que todo lo abarca, para impedir que sean alcanzados por los dardos de las malignas insinuaciones de los obradores de iniquidad entre tus criaturas, quienes no han creído en tus signos. Nadie en la tierra, oh mi Señor, puede resistir tu poder, y ninguno, en todo el reino de tus nombres, es capaz de frustrar tu propósito. Manifiesta entonces, el poder de tu soberanía y tu dominio, y enseña a tus amados lo que les es propio en tus días.
Tú eres, verdaderamente, el Todopoderoso, el Más Exaltado, el Todoglorioso, el Más Grande.


XIV

¡Toda alabanza sea para Ti, oh mi Dios! Tú ves mi desamparo y mi pobreza, y atestiguas mis infortunios y aflicciones. ¿Hasta cuándo me abandonarás entre tus siervos? Permíteme ascender a tu presencia. ¡La fuerza de tu poder me lo atestigua! Las tribulaciones que me rodean son tales, que me siento impotente de mencionarlas ante tu rostro. Tú solo, en verdad, a través de tu conocimiento, las has enumerado.
Te suplico, oh Tú Quien eres en mi humildad, mi Compañero, que derrames sobre tus amados, de las nubes de tu merced, aquello que los haga sentir satisfechos con tu arbitrio, y les permita volverse hacia Ti y desprenderse de todo excepto de Ti. Ordena entonces, para ellos, todo bien concebido por Ti y predestinado en tu Libro. Tú eres, en verdad, el Todopoderoso, Aquel a Quien nada en absoluto puede frustrar. Desde la eternidad Tú has estado investido de trascendente grandeza y poder, de inefable majestad y gloria. No hay Dios fuera de Ti, el Omnipotente, el Todoglorioso, el Siempre Perdonador.
Glorificado sea tu nombre, Tú en cuya mano están los reinos de la tierra y el cielo.


XV

¡Oh Tú Quien eres el Soberano de la tierra y el cielo y el Autor de todos los nombres! Tú oyes la voz de mi lamentación que, desde la ciudad fortificada de 'Akká, asciende hacia Ti, y ves cómo mis cautivos amigos han caído en las manos de los forjadores de iniquidad.
Te damos gracias, oh nuestro Señor, por todas las tribulaciones que nos han alcanzado en tu sendero. ¡Oh, que el lapso de mi existencia terrenal pudiera ser extendido hasta abarcar las vidas de la anterior y la última generación, o pudiera aún prolongarse tanto que ningún hombre sobre la faz de la tierra fuera capaz de medirlo, para ser afligido cada día y en cada momento con una nueva tribulación, por amor a Ti y en aras de tu complacencia!
No obstante, Tú bien sabes, oh mi Dios, que mi deseo está completamente diluido en tu deseo, y que Tú irrevocablemente has decretado que mi alma ascienda a las más sublimes mansiones de tu Reino, para llegar a la presencia de mi gloriosísimo Compañero.
Precipita mi fin por tu gracia y generosidad, oh mi Señor, y derrama sobre todos aquellos quienes Te son queridos lo que después de mí les proteja del temor y estremecimiento. Potente eres Tú para hacer todo lo que Te place. No hay Dios sino Tú, el Todoglorioso, el Sapientísimo.
Tú ves, oh mi Señor, cómo tus siervos han dejado sus hogares en su anhelo por encontrarte, y cómo los malvados les han impedido dirigir su mirada hacia tu rostro y ambular alrededor del santuario de tu magnificencia. Derrama sobre ellos tu constancia y desciéndeles tu calma, ¡oh mi Señor! Tú eres, en verdad, el Siempre Perdonador, el Más Compasivo.


XVI

¡Alabado seas, oh Señor mi Dios! Tú ves mis lágrimas y lamentaciones, y oyes mis suspiros, mi llanto y amargos sollozos. Yo soy aquel, oh mi Señor, quien se ha aferrado a la cuerda de tu misericordia, la cual ha sobrepasado a la creación entera. Yo soy aquel quien se ha asido al borde de tu amorosa bondad, ¡oh Tú en cuya mano está el imperio de todos los nombres!
Ten compasión de mí y de todos aquellos que me acompañan, por las maravillas de tu gracia y poder. Escúdanos, entonces, oh mi Dios, del agravio de tus enemigos, y asístenos en auxiliar a tu Fe, y proteger tu Causa, y celebrar tu gloria. Tú eres, verdaderamente, Aquel Quien desde la eternidad ha morado en las inaccesibles alturas de su unidad, y continuará siendo el mismo por siempre jamás. Nada en absoluto escapa a tu conocimiento, y no existe nada que pueda frustrarte. No hay otro Dios fuera de Ti, el Todopoderoso, el Siempre Fiel, el Más Exaltado, el Todoglorioso, el Bienamado.
¡Loado y glorificado eres Tú, en cuya mano está el imperio de todas las cosas!


XVII

¡Magnificado sea tu nombre, oh Dios, Señor de los cielos! Engalana mi cabeza con la corona del martirio, así como engalanaste mi cuerpo con el ornamento de la tribulación ante todos los que habitan en tu tierra. Permite, además, que aquellos cuyos corazones Te anhelan, se acerquen al horizonte de tu gracia, sobre el cual derrama su esplendor el Sol de tu belleza. Ordena también, para ellos, aquello que los enriquezca lo suficiente como para prescindir absolutamente de todo excepto de Ti, y los libre de toda vinculación con aquellos que han repudiado tus signos.
No hay otro Dios sino Tú, el Guardián, Quien Subsiste por Sí Mismo.


XVIII

¡Alabado seas, oh mi Dios! ¡Cómo puedo agradecerte por haberme separado y haberme escogido por encima de todos tus siervos para revelarte, en una época en que todos se han apartado de tu belleza! Atestiguo, oh mi Dios, que si Tú me dieras un millar de vidas, y las ofreciera a todos ellas en tu sendero, aún así no podría recompensar el más pequeño de los dones que, por tu gracia, Tú me has conferido.
Yo yacía durmiendo en el lecho del ego cuando, he aquí, Tú me despertaste con la divina entonación de tu voz y me develaste tu belleza, y me permitiste escuchar tus palabras, y reconocer tu Ser, y proclamar tu alabanza, y exaltar tus virtudes, y ser constante en tu amor. Finalmente, caí cautivo en manos de los descarriados de entre tus siervos.
Tú ves, por tanto, el exilio que sufro en tus días, y conoces mi vehemente anhelo por contemplar tu rostro, y mis incontenibles ansias por entrar en la corte de tu gloria, y la agitación de mi corazón bajo la influencia de los vientos de tu misericordia.
Te imploro, oh Tú Quien eres el Soberano de los reinos de la creación, y el Autor de todos los nombres, que inscribas el mío con los nombres de aquellos quienes, desde la eternidad, han circundado alrededor del Tabernáculo de tu majestad, y se han asido del borde de tu amorosa bondad, y aferrado a la cuerda de tu tierna merced.
Tú eres, en verdad, el que Ayuda en el Peligro, Quien Subsiste por Sí Mismo.


XIX

¡Alabado seas Tú, oh Señor mi Dios! Te imploro por tu Nombre Más Grande, por el cual conmoviste a tus siervos y construiste tus ciudades, y por tus muy excelentes títulos y por tus muy augustos atributos, que ayudes a tu pueblo a volverse hacia tus múltiples generosidades y a dirigir sus rostros hacia el Tabernáculo de tu sabiduría. Cura las enfermedades que han atacado a las almas por todas partes y les han impedido dirigir su mirada hacia el Paraíso que se encuentra al abrigo de tu Nombre protector, que Tú ordenaste que fuera el rey de todos los nombres para todos los que están en el cielo y todos los que están en la tierra. Potente eres Tú para hacer como te plazca. En tus manos está el imperio de todos los nombres. No hay más Dios que Tú, el Poderoso, el Sabio.
No soy más que una pobre criatura, oh mi Señor; me he asido al borde de tus riquezas. Estoy muy enfermo; me he aferrado al cordón de tu curación. Líbrame de los males que me han circundado; lávame enteramente con las aguas de tu gracia y tu misericordia, y atavíame con la vestidura de lo saludable, mediante tu perdón y tu munificencia. Fija, pues, mis ojos en Ti y líbrame de todo apego a cualquier otra cosa que no seas Tú. Ayúdame a hacer lo que Tú deseas y a realizar lo que es de tu agrado.
Tú eres verdaderamente el Señor de esta vida y de la venidera. Tú eres en verdad el que siempre perdona, el Más Misericordioso.

XX

¡Loado sea tu nombre, oh Tú Quien contemplas todas las cosas y estás oculto a todas las cosas! Desde todas las regiones Tú oyes las lamentaciones de aquellos que Te aman, y desde todas las direcciones escuchas el llanto de quienes han reconocido tu soberanía. Si se les preguntara a sus opresores: "¿Por qué los habéis oprimido, apresándolos en Baghdád y otros lugares? ¿Qué injusticia han cometido? ¿A quién han traicionado? ¿La sangre de quién han derramado, y la propiedad de quién han saqueado?", ellos no sabrían qué responder.
Tú sabes muy bien, oh mi Dios, que su único crimen es haberte amado. Por esta razón sus opresores los han apresado y los han dispersado en todas direcciones. Aunque estoy consciente, oh mi Dios, de que Tú harás descender sobre tus siervos solo lo que sea bueno para ellos, no obstante Te suplico, por tu nombre que cobija todas las cosas que, en su ayuda y como signo de tu gracia y prueba de tu poder, hagas surgir a quienes han de resguardarlos de todos sus adversarios.
Potente eres Tú para hacer lo que Te place. Tú eres, verdaderamente, el Supremo Gobernante, el Todopoderoso, el que Ayuda en el Peligro, Quien Subsiste por Sí Mismo.


XXI

¡Alabado seas Tú, oh Señor mi Dios! Soy tu siervo y el hijo de tu siervo. He vuelto mi rostro hacia tu Causa, creyendo en tu unicidad, tu soberanía y la fuerza de tu poder, y confesando la grandeza de tu majestad y gloria. Te pido por tu Nombre, por el cual fue hendido el cielo, la tierra fue partida y las montañas aplastadas, que no me prives de las brisas de tu misericordia que han soplado en tus días, ni permitas que esté lejos de las orillas de tu cercanía y munificencia.
Soy aquel que está sediento, oh mi Señor. Dame de beber de las aguas vivientes de tu gracia. Soy sólo una pobre criatura; revélame las evidencias de tus riquezas. ¿Es propio de Ti arrojar de la puerta de tu gracia y munificencia a quienes han puesto sus esperanzas en Ti y es digno de tu soberanía impedir que aquellos que te anhelan alcancen el adorado santuario de tu presencia y contemplen tu rostro? ¡Por tu gloria!, no es esta la creencia que tengo de Ti, porque estoy persuadido de que Tú eres el Dios de generosidad, cuya gracia lo ha circundado todo.
Te imploro, oh mi Señor, por tu misericordia que ha superado la creación entera y por tu generosidad que ha abarcado todo lo creado, que me hagas volver el rostro completamente hacia Ti, buscar tu amparo y ser firme en mi amor a Ti. Decreta, entonces, para mí lo que Tú ordenaste para aquellos que te aman. Potente eres Tú para hacer lo que te place. No hay Dios sino Tú el que siempre perdona, el Todo Generoso.
¡Alabado sea Dios, Señor de todos los mundos!


XXII

¡Exaltado eres, oh Señor mi Dios! Yo soy aquel quien ha abandonado todo lo suyo y vuelto el rostro hacia los esplendores de la gloria de tu semblante; quien ha cortado toda atadura, y se ha aferrado a la cuerda de tu amor y complacencia. Soy aquel, oh mi Señor, quien ha abrazado tu amor y aceptado todas las adversidades que el mundo puede infligir, quien se ha ofrecido a sí mismo en redención por tus amados, para que puedan ascender a los cielos de tu conocimiento y sean acercados a Ti, y puedan elevarse hacia la atmósfera de tu amor y complacencia.
Ordena, para mí y para ellos, oh mi Dios, lo que Tú decretaste para aquellos de tus elegidos que están absolutamente consagrados a Ti. Permite entonces, que sean contados entre aquellos cuyos ojos Tú has purificado, impidiéndoles volverse hacia nadie que no seas Tú, y cuyos ojos has protegido de mirar a ningún otro rostro que no sea el tuyo.
Tú eres, ciertamente, el Todopoderoso, el Más Exaltado, el Todoglorioso, el Rey Supremo, el que Ayuda en el Peligro, el Todo Indulgente, el Siempre Perdonador.


XXIII

¡Glorificado seas Tú, oh Señor mi Dios! Te imploro, por los impetuosos vientos de tu gracia y por Aquellos que son las auroras de tu propósito y los puntos de amanecer de tu inspiración, que me envíes a mí y a todos los que han buscado tu semblante aquello que haga honor a tu generosidad y tu munífica gracia y sea digno de tus dádivas y tus favores. Estoy pobre y desolado, oh mi Señor; sumérgeme en el océano de tu riqueza. Estoy sediento; permíteme beber de las aguas vivas de tu amorosa bondad.
Te suplico, por tu propio Ser y por Aquel a quien Tú has designado como la Manifestación de tu propia Esencia y tu Palabra discernidora para todos los que están en el cielo y en la tierra, que reúnas a tus siervos a la sombra del árbol de tu bondadosa providencia. Ayúdales, pues, a compartir sus frutos, a inclinar sus oídos hacia el murmullo de sus hojas y hacia la dulzura de la voz del Ave que canta en sus ramas. Tú eres verdaderamente el que ayuda en el peligro, el Inaccesible, el Todopoderoso, el Más Generoso.

XXIV

¡Alabado seas, oh mi Dios! Te imploro, por Aquellos que son los Tabernáculos de tu divina santidad, que son las Manifestaciones de tu trascendente unidad y los Manantiales de tu inspiración y de tu Revelación, nos concedas que tus siervos no se encuentren impedidos para obedecer esta Ley divina que, según tu voluntad y de acuerdo con tu agrado, ha brotado de tu océano más grande. Ordena, pues, para ellos aquello que hayas ordenado para tus elegidos y para las criaturas que son justas, cuya fidelidad a tu Causa ninguna tempestad o prueba puedan hacer vacilar y que los cúmulos de aflicciones no les impidan exaltar tu más elevada Palabra; Palabra por la que han sido rasgados los cielos de las fantasías humanas y las vanas imaginaciones. Tú eres en verdad el Todopoderoso, el Todoglorioso, el Omnisciente.
Permite, entonces, a tus siervos, oh mi Dios, reconocer el Sol que ha resplandecido sobre el horizonte de tu irrevocable decreto y propósito, y no dejes que sean privados del Paraíso que Tú, por tu nombre, el Todoglorioso, has llamado a existir en los cielos de tu exaltada omnipotencia. Hazles además, oh mi Dios, escuchar tu muy dulce voz, para que se apresuren a reconocer tu unidad y admitir tu unicidad, ¡oh Tú Quien eres el Amado de los corazones de todos los que Te anhelan, y el Objeto de adoración de aquellos que Te han conocido!
Te suplico, por aquellos que han derribado todos los ídolos en esta Revelación, por medio de la cual la Más Dolorosa Convulsión y el Gran Terror han aparecido, que en todo momento asistas a tus siervos con los signos de tu omnipotente fuerza y las pruebas de tu trascendente y todo compelente poder. Haz, entonces, que sus corazones se vuelvan tan resistentes como el bronce, para que no se dejen perturbar por la abrumadora fuerza de quienes han transgredido contra Aquel Quien es la Manifestación de tu Esencia y la Aurora de tu invisible Ser, y puedan todos levantarse para glorificarte y ayudarte, de modo que por medio de ellos puedan ser izados los emblemas de tu triunfo en tu reino, y sean desplegados los estandartes de tu Causa a través de todos tus dominios. Tú eres Aquel Quien, por la potencia de su voluntad, desde siempre ha sido todopoderoso, y continuará siendo el mismo por siempre jamás. Tú eres, en verdad, el Todoglorioso, el Altísimo. No hay Dios sino Tú, el Más Poderoso, el Exaltadísimo, el que Ayuda en el Peligro, el Más Grande, el Único Ser, el Incomparable, el Todoglorioso, el Irrestringido.


XXV

¡Glorificado eres Tú, oh Señor, mi Dios! Te suplico por tus Elegidos y por los Portadores de tu Fideicomiso y por Aquel a quien Tú Le has ordenado que sea el Sello de tus Profetas y de tus Mensajeros, que permitas que tu recuerdo sea mi compañero; tu amor, mi objetivo; tu semblante, mi meta; tu nombre, mi lámpara; tu deseo, mi deseo y tu placer, mi deleite.
Soy un pecador, oh mi Señor, y Tú eres el que siempre perdona. En cuanto Te reconocí, me apresuré a alcanzar la exaltada corte de tu cariñosa bondad. Perdona, oh mi Señor, los pecados que me han impedido caminar por los senderos de tu complacencia y alcanzar las playas del océano de tu unicidad.
¡Oh mi Señor! Nadie hay que me trate generosamente, hacia quien yo pueda volver mi rostro, ni nadie que tenga compasión de mí, a quien yo pueda suplicarle misericordia. Te imploro que no me arrojes de la presencia de tu gracia, ni apartes de mí las efusiones de tu generosidad y munificencia. Ordena para mí, oh mi Señor, lo que Tú has ordenado para los que te aman y decreta para mí lo que Tú has decretado para tus elegidos. En todo momento, mi mirada ha estado fija en el horizonte de tu bondadosa providencia y mis ojos se han vuelto hacia la corte de tus tiernas mercedes. Trátame como sea propio de Ti. No hay Dios sino Tú, el Dios de poder, el Dios de gloria, cuya ayuda todos los hombres imploran.


XXVI

Permíteme, oh mi Dios, acercarme a Ti y habitar dentro de los recintos de tu corte, porque el alejamiento de Ti casi me ha consumido. Haz que repose bajo la sombra de las alas de tu gracia, porque la llama de mi separación de Ti ha fundido mi corazón dentro de mí. Acércame al río que es en verdad la vida, porque mi alma se consume de sed en su incesante búsqueda de Ti. Mis suspiros, oh mi Dios, proclaman la amargura de mi angustia y las lágrimas que derramo atestiguan mi amor a Ti.
Te imploro, por la alabanza con que te alabas a Ti mismo y la gloria con que glorificas tu propia Esencia, que nos permitas ser contados entre aquellos que te han reconocido y han confesado tu soberanía en tus días. Ayúdanos entonces, oh mi Dios, a beber de los dedos de la misericordia las aguas vivas de tu amorosa bondad, para que podamos olvidarnos completamente de todo excepto de Ti y estar ocupados sólo contigo. Poderoso eres Tú para hacer lo que deseas. No hay Dios sino Tú, el Poderoso, el que ayuda en el peligro, el que subsiste por Sí mismo.
¡Glorificado sea tu Nombre, oh Tú que eres el Rey de todos los Reyes!

XXVII

Tú ves, oh mi Dios, al Sol de tu Palabra resplandeciendo sobre el horizonte de tu ciudad-prisión, por cuanto dentro de sus murallas ha elevado su voz y proclamado tu alabanza, Aquel Quien es la Manifestación de tu Ser y el Amanecer de la luz de tu unidad. Así se han esparcido por tus ciudades las fragancias de tu amor, abarcando a todos los habitantes de tu reino.
Ya que Tú has revelado tu gracia, oh mi Dios, no impidas a tus siervos dirigir sus ojos hacia ella. No consideres, oh mi Dios, su condición, ni sus asuntos, ni sus obras. Considera la grandeza de tu gloria, y la abundancia de tus dones, y la fuerza de ti poder, y la excelencia de tus favores. ¡Juro por tu gloria! Si Tú los considerases con el ojo de la justicia, todos merecerían tu cólera y la vara de tu ira. Sostén a tus criaturas, oh mi Dios, con las manos de tu gracia, y hazles conocer lo que es mejor para ellos de todo cuanto ha sido creado en el reino de tu invención.
Atestiguamos, oh mi Dios, que Tú eres Dios, y que no hay otro Dios fuera de Ti. Desde la eternidad, Tú has existido sin que nadie Te iguale o rivalice, y por siempre continuarás siendo el mismo. Yo Te suplico, por los ojos que Te ven establecido en el trono de la unidad y en la sede de la unicidad, que ayudes, por tu Más Grande Nombre, a todos quienes Te aman, y los eleves a tales alturas, que testifiquen con su propio ser y con su lengua, de que solo Tú eres Dios, el Incomparable, el Único, el Siempre Perdurable. En ningún momento Tú has tenido par ni compañero. Tú, en verdad, eres el Todoglorioso, el Todopoderoso, cuya ayuda es implorada por todos los hombres.

XXVIII

¡Alabado seas, oh Señor mi Dios! Atestiguo que desde la eternidad Tú has sido exaltado en tu trascendente majestad y fortaleza, y eternamente permanecerás en tu sobresaliente poder y gloria. Nadie en los reinos de la tierra y del cielo puede frustrar tu propósito; nadie en todos los dominios de la revelación y de la creación, puede prevalecer sobre Ti. Por tu mandato haces según tu voluntad, y por el poder de tu soberanía gobiernas como Te place.
Yo te imploro, oh Tú Quien eres la causa de la aparición del alba, por tu Lámpara, la cual Tú has encendido con el fuego de tu amor ante todos los que están en el cielo y en la tierra, y cuya llama alimentas con el aceite de tu sabiduría en el reino de tu creación, que me hagas ser de aquellos quienes han ascendido hacia tu atmósfera, y han sometido su voluntad a tu decreto.
Misérrimo soy, oh mi Señor, y Tú eres el Omnipotente, el Todopoderoso. Ten piedad de mí por tu gracia y generoso favor, y bondadosamente ayúdame a servirte y a servir a quienes Te son queridos. Potente eres Tú para hacer tu voluntad. No existe otra Dios sino Tú, el Dios de fuerza, de gloria y sabiduría.


XXIX

Muchos corazones yertos, oh mi Dios, se han encendido con el fuego de tu Causa y muchos que estaban dormidos han sido despertados por la dulzura de tu voz. ¡Cuántos son los extraños que han buscado abrigo a la sombra del árbol de tu unicidad y cuán numerosos son los sedientos que han anhelado en tus días la fuente de tus aguas vivas!
Bendito es aquel que se ha dirigido hacia Ti y se ha apresurado a alcanzar la aurora de las luces de tu semblante. Bendito es aquel que con todo su afecto se ha vuelto hacia el alba de tu Revelación y el manantial de tu inspiración. Bendito es aquel que ha gastado en tu sendero lo que Tú le conferiste por tu generosidad y favor. Bendito es aquel que en su gran anhelo por Ti ha desechado todo menos a Ti. Bendito es aquel que ha gozado de comunión íntima contigo y se ha desligado de todo apego a otro que no seas Tú.
Yo te imploro, oh mi Señor, por Aquel que es tu Nombre, que se ha elevado sobre el horizonte de su prisión mediante la fuerza de tu soberanía y tu poder, que ordenes para cada cual aquello que es digno de Ti y corresponde a tu exaltación.
En verdad tu poder es igual sobre todas las cosas.


XXX

¡Loado sea tu nombre, oh Señor mi Dios! Tú me ves en este día, recluido en mi prisión, entregado en las manos de tus adversarios; y contemplas a mi hijo4 tendido en el polvo ante tu rostro. Él es tu siervo, oh mi Señor, a quien Tú has hecho entroncar con Aquel Quien es la Manifestación de tu Ser y la Aurora de tu Causa.
Al nacer, él fue afligido por su separación de Ti, conforme a lo que había sido ordenado para él por tu irrevocable decreto. Y cuando había bebido el cáliz de la reunión contigo, fue arrojado en la prisión por haber creído en Ti y en tus signos. Él continuó sirviendo a tu Belleza hasta que ingresó en ésta, la Más Grande Prisión. Entonces, oh mi Señor, yo lo ofrecí como sacrifico en ti sendero. Tú bien conoces cuánto han sufrido aquellos que Te aman por esta prueba que ha hecho gemir a los deudos de la tierra, y más allá de ellos, lamentarse al Concurso de lo alto.
Te suplico, oh mi Señor, por él y por su exilio y encarcelamiento, que hagas descender sobre quienes le amaban lo que aquiete sus corazones y bendiga sus obras. Potente eres Tú para hacer tu voluntad. No existe otro Dios sino Tú, el Todopoderoso, el Omnipotente.


XXXI

¡Alabado seas, oh mi Dios! Te suplico por aquellos que han circundado el trono de tu voluntad, se han elevado en la atmósfera de tu complacencia, y se han vuelto con todo su afecto hacia el horizonte de tu Revelación, la Aurora de tu inspiración y el Punto de Amanecer de tus nombres, que ayudes a tus siervos a observar lo que Tú les has mandado en tus días, mandamientos a través de los cuales se ha de demostrar a tus siervos la santidad de tu Causa y habrán de ser corregidos los asuntos de tus criaturas y de tu reino.
Atestiguo, oh mi Dios, que éste es el Día en el que tu testimonio ha sido cumplido; y tus claras señales manifestadas; y tus expresiones reveladas; y han sido demostrados tus signos; y ha sido difundido el esplendor de tu semblante; y han sido perfeccionadas las pruebas; y establecida tu ascendencia; y desbordada tu misericordia, y en el que el Sol de tu gracia ha brillado un fulgor tal, que ha manifestado a Quien es el Revelador de Ti mismo, y el Tesoro de tu sabiduría, y el Punto de Amanecer de tu majestad y poder. Tú estableciste su convenio con todo aquel que ha sido creado en los reinos de la tierra y del cielo y en los dominios de la revelación y la creación. Tú Le has elevado a alturas tales, que los agravios infligidos por los opresores han sido incapaces de disuadirle de revelar tu soberanía, ni el ascendiente de los descarriados ha logrado impedirle demostrar tu poder y exaltar tu Causa.
A tal altura Le has exaltado, que Él abiertamente transmitió a los reyes tus mensajes y mandamientos, sin procurar ni por un momento su propia protección, sino tratando de proteger a tus siervos de todo lo que pudiese impedirles aproximarse al reino de tu cercanía y dirigir sus rostros hacia el horizonte de tu complacencia.
Tú ves, oh mi Dios, cómo, a pesar de las espadas que están desenvainadas contra Él, llama a las naciones ante Ti, y siendo Él mismo un prisionero, los exhorta a volverse hacia tus dádivas y favores. Con cada nueva tribulación, Él manifestó en mayor medida tu Causa, y elevó a mayor altura tu palabra.
Atestiguo que a través de Él la Pluma del Altísimo fue puesta en movimiento, y con su recordación fueron embellecidas las Escrituras en el reino de los nombres. A través de Él fueron esparcidas tus fragancias, y exhalando el dulce aroma de tu vestidura entre todos los habitantes de la tierra y los moradores del cielo. Tú ves y muy bien conoces, oh mi Dios, que se Le ha hecho habitar en la más desolada de las ciudades, para que pueda fortalecer los corazones de tus siervos, y ha estado dispuesto a sufrir la más penosa humillación, para que puedan ser exaltadas tus criaturas.
Yo te imploro, oh Tú Quien eres la causa de la aparición del alba, por tu Nombre mediante el cual has sometido a los vientos y enviado tus Tablas, que permitas que nos acerquemos a lo que Tú has destinado para nosotros por tu favor y munificencia, y nos haga apartar completamente de todo lo que Te sea detestable. Danos de beber entonces, de las manos de tu gracia, en cada día y en todo momento de nuestras vidas, de las aguas que son en verdad la vida, ¡oh Tú Quien eres el Más Misericordioso! Haz, entonces, que seamos de aquellos quienes Te ayudaron cuando habías caído en las manos de tus enemigos, quienes son contados con los rebeldes entre tus criaturas y los perversos entre tu pueblo., decreta, entonces, para nosotros, la recompensa ordenada para aquel que ha alcanzado tu presencia y ha contemplado tu belleza, y provéenos con todo lo bueno ordenado en tu Libro para aquellas de tus criaturas que gozan de cercano acceso a Ti.
Alegra nuestros corazones, oh mi Señor, con el esplendor de tu conocimiento, e ilumina nuestra vista con la luz de aquellos ojos que están fijos en el horizonte de tu gracia y en la Aurora de tu gloria. Resguárdanos, entonces, por tu Más Grande Nombre, el cual hiciste que ensombreciera a aquellas naciones que aspiran a lo que Tú has prohibido en tu Libro. Esto es, en verdad, lo que Tú nos anunciaste en tus Escrituras y en tus Tablas.
Haz, entonces, que seamos tan firmes en nuestro amor por Ti, que no nos volvamos a nadie que no seas Tú, y seamos contados entre quienes son conducidos cerca de Ti, y Te reconozcamos como Aquel Quien es exaltado por encima de toda comparación y santificado más allá de toda semejanza, y elevemos nuestra voz en medio de tus siervos y proclamemos que Él es el Dios único, el Incomparable, el Siempre Perdurable, el Todopoderoso, el Todoglorioso, el Omnisapiente.
Fortalece, oh mi Señor, los corazones de aquellos que te aman, para que no sean atemorizados por las huestes de los infieles que se han apartado de Ti, sino que Te sigan en todo cuanto ha sido revelado por Ti. Ayúdales además, a recordarte y alabarte, y a enseñar tu Causa con elocuencia y sabiduría. Tú eres Aquel Quien se ha llamado a Sí mismo el Más Misericordioso. Ordena, entonces, oh mi Dios, para mí y para quienquiera que Te haya buscado, lo que corresponda a la excelencia de tu gloria y a la grandeza de tu majestad. No hay Dios sino Tú, el Siempre Perdonador, el Más Compasivo.

XXXII

Tú ves a tu Amado, oh mi Dios, Quien yace a merced de tus enemigos, y oyes la voz de su lamentación en medio de aquellas de tus criaturas que han obrado perversamente ante tu vista. Es Él, oh mi Señor, mediante cuyo nombre adornaste tus Tablas, y para cuya mayor gloria Tú enviaste el Bayán, y ante cuya separación de Ti lamentaste constantemente. Observa, entonces, su soledad, oh mi Dios, y ve cómo ha caído en las manos de aquellos que no han creído en tus signos, Te han vuelto la espalda y han olvidado las maravillas de tu misericordia.
Él es, oh mi Dios, acerca de Quien Tú has dicho: "Si no fuera por Tí, las Escrituras no habrían sido reveladas, y los Profetas no habrían sido enviados". Y tan pronto hubo sido Él manifestado por tu mandato, y pronunciado tu alabanza, cuando fue rodeado por los forjadores de iniquidad entre tus criaturas, con las espadas del odio desenvainadas contra Él, ¡oh Tú Señor de todos los nombres! Tú bien conoces lo que Le aconteció en las manos de aquellos que han desgarrado el velo de tu grandeza y han desechado con desdén tu Convenio y tu Testamento, ¡oh Tú Quien eres el Hacedor de los cielos! Él es por Quien Tú2 has entregado tu vida, y has consentido ser atacado por los múltiples males del mundo, para que Él pudiera manifestarse a Sí mismo, convocando en su nombre a toda la humanidad. Sin embargo, tan pronto como descendió del cielo de majestad y poder, tus siervos alargaron hacia Él las manos de la crueldad y la sedición, haciéndole sufrir tales aflicciones, que los pergaminos del mundo son insuficientes para contener la narración completa de ellas.
Tú ves, por tanto, oh Bienamado del mundo, a Quien Te es querido, en las garras de aquellos que Te han negado, y contemplas al deseo de tu corazón bajo las espadas de los impíos. Paréceme que Él, desde su muy exaltada posición, me dice: "¡Ojalá mi alma, oh Prisionero, fuera una redención para tu cautiverio, y mi ser, oh Agraviado, fuera sacrificado por las adversidades que has sufrido! Tú eres Aquel por cuyo cautiverio fueron enarbolados los emblemas de tu omnipotente poder, y el sol de tu revelación resplandeció sobre el horizonte de la tribulación, de modo tal que todas las cosas creadas se inclinaron ante la grandeza de tu majestad.
"Cuanto más trataron de impedirte recordar a tu Dios y ensalzar sus virtudes, tanto más apasionadamente Le glorificaste y más fuertemente Le invocaste. Y cada vez que los velos de los perversos se interpusieron entre Tú y tus siervos, derramaste desde el cielo de tu gracia los esplendores de la luz de tu semblante. Tú eres, en verdad, Quien Subsiste por Sí Mismo, como lo atestigua la lengua de Dios, el Todoglorioso, el solo y único Amado; y Tú eres el Deseo del mundo, como lo testifica lo que ha descendido de la Pluma de Aquel Quien ha anunciado a tus siervos tu Nombre oculto, y adornado a la creación entera con el ornamento de tu amor, el Más Preciado, el Exaltadísimo.
"Los ojos del mundo se regocijaron ante la vista de tu luminoso semblante; y, sin embargo, los pueblos se han unido para extinguir tu luz, ¡oh Tú en cuyas manos están las riendas de los mundos! Todos los átomos de la tierra han celebrado tu alabanza, y todas las cosas creadas han sido encendidas con las gotas derramadas por el océano de tu amor; y, no obstante, la gente aún intenta apagar tu fuego. No -y esto tu propio Ser me lo atestigua- ellos son completamente débiles, y Tú, verdaderamente, eres el Omnipotente; ellos no son sino pobres, y Tú, en verdad, eres el Todo Poseedor; ellos son impotentes, y Tú eres, ciertamente, el Todopoderoso. Nada puede jamás frustrar tu propósito, ni pueden dañarte las disensiones del mundo. Mediante los hálitos de tu prolación ha sido adornado el cielo del entendimiento, y por las efusiones de tu pluma ha sido vivificado todo hueso que se reduce a polvo. No Te aflijas por lo que Te ha acontecido, ni Te apoderes de ellos por lo que han perpetrado en tus días. Sé indulgente hacia ellos. Tú eres el Siempre Perdonador, el Más Compasivo".


XXXIII

¡La alabanza sea para Ti, oh mi Dios! Tú eres Aquel que con una palabra de su boca ha revolucionado la creación entera y con un trazo de su pluma ha separado a tus siervos unos de otros. Atestiguo, oh mi Dios, que mediante una palabra pronunciada por Ti en esta Revelación fueron extinguidas todas las cosas creadas y, mediante otra palabra, todos aquellos que Tú deseaste fueron dotados de nueva vida por tu gracia y munificencia.
Te doy gracias, por tanto, y te ensalzo en el nombre de todos aquellos que te son queridos, por cuanto los has hecho nacer de nuevo a causa de las aguas de vida que han manado de la boca de tu voluntad. Ya que Tú los has vivificado por tu munificencia, oh mi Dios, haz por tu gracia que se inclinen firmemente hacia tu voluntad; y ya que Tú les permitiste entrar en el tabernáculo de tu Causa, concede por tu gracia que no sean apartados de Ti.
Abre, entonces, a sus corazones, oh mi Dios, las puertas de tu conocimiento, para que te reconozcan como Aquel que está mucho más allá del alcance de la comprensión de tus criaturas e inmensamente exaltado sobre los esfuerzos de tu pueblo para indicar tu naturaleza y para que no sigan a cada impostor vociferante que pretende hablar en tu nombre. Permíteles además, oh mi Señor, que se aferren tan tenazmente a tu Causa, que puedan permanecer inmutables ante las desconcertantes sugerencias de aquellos que, impulsados por sus propios deseos, pronuncian lo que les ha sido prohibido en tus Tablas y en tus Escrituras.
Tú bien sabes, oh mi Señor, que yo oigo los aullidos de los lobos que se presentan con la vestidura de tus siervos. Protege, por tanto, a tus amados de su malicia y haz que se aferren firmemente a todo lo que haya sido manifestado por Ti en esta Revelación, que no ha sido superada por ninguna otra Revelación dentro de tu conocimiento.
Destina para ellos, oh mi Señor, aquello que les beneficie. Ilumina entonces sus ojos con la luz de tu conocimiento, para que puedan verte claramente supremo sobre todas las cosas, resplandeciente entre tus criaturas y victorioso sobre todos los que están en tu tierra. Potente eres para hacer tu voluntad. No hay Dios sino Tú, el Todoglorioso, cuya ayuda todos los hombres imploran.
¡Alabado seas Tú, quien eres el Señor de toda la creación!


XXXIV

¡Alabado seas, oh Señor mi Dios! Yo te imploro, por tu Antigua Belleza y tu Más Grande Nombre, a Quien has sacrificado para que puedan nacer nuevamente todos los habitantes de tu tierra y de tu cielo, y a Quien has arrojado en prisión para que, como muestra de tu generosidad y de tu soberano poder, la humanidad sea liberada del cautiverio de las bajas pasiones y los deseos corruptos, que me cuentes entre aquellos que han aspirado tan profundamente la fragancia de tu misericordia, y se han dado tal prisa en acudir hacia las aguas vivientes de tu gracia, que ningún dardo ha podido impedirles volver hacia Ti, ni ninguna lanza ha logrado apartar sus rostros del oriente de tu Revelación.
Atestiguamos, oh mi Señor, que Tú eres Dios y que no hay otro Dios fuera de Ti. Desde siempre Tú estuviste entronizado en las inaccesibles alturas de tu poder, y continuarás ejerciendo eternamente tu trascendente e ilimitado dominio. Las huestes del mundo son incapaces de frustrar tu voluntad, ni pueden todos los habitantes de la tierra y todos los moradores del cielo, anular tu decreto. Tú eres, verdaderamente, el Todopoderoso, el Más Exaltado, el Más Grande.
Bendice, oh mi Dios, a aquellos de los seguidores del Bayán que han sido contados entre el pueblo de Bahá, quienes han entrado en el Arca Carmesí en tu Nombre, el Más Exaltado, el Altísimo. Tu poder, en verdad, es suficiente para todo.


XXXV

¡Te rindo alabanzas, oh Señor mi Dios! Te suplico por tu Nombre, por medio del cual hiciste que el alba surgiera, que los vientos soplaran y los mares se agitaran, que los árboles produjeran sus frutos y la tierra se engalanara con sus ríos, que ayudes a todos aquellos que Te son queridos, con tus huestes, tanto visibles como invisibles. Hazles además, victoriosos sobre todos los que tanto se rebelaron en tu tierra, deshonraron tu nombre, no creyeron en tus signos, quebrantaron tu Convenio, desecharon con desdén tus leyes, y hasta tal punto se levantaron contra Ti, que llevaron al cautiverio a tu familia, y arrojaron en la prisión a la Manifestación de tu Ser, y confinaron en la más desolada de las ciudades a Quien es la Aurora de tu Esencia.
Tú eres, oh mi Señor, Aquel cuyo poderío es inmenso, cuyo decreto es terrible. Apodérate de tus adversarios por la fuerza de tu soberanía, y reúne a tus amados a la sombra del árbol de tu unicidad, para que permanezcan ante tu trono, y perciban los acentos de tu voz, y contemplen tu belleza, y descubran la fortaleza de tu poder.
Tú eres, verdaderamente, el Omnipotente, el Todopoderoso.


XXXVI

¡Loado sea tu nombre, oh mi Dios! Estoy tan cautivado por las brisas que emanan de tu presencia, que me he olvidado de mí mismo y de todo cuanto poseo, este no es sino un signo de las maravillas de tu gracia y de los muníficos favores que me han sido concedidos. Te rindo alabanzas, oh mi Dios, por cuanto me has elegido entre todas tus criaturas, y me has hecho la Aurora de tu fortaleza, y la Manifestación de tu poder, y me has permitido revelar tales de tus signos y tales pruebas de tu majestad y poder, que nadie, ni en tu cielo ni en tu tierra, puede producir.
Yo te imploro, oh mi Señor, por tu muy refulgente Nombre, que hagas conocer a mi pueblo lo que Tú has destinado para ellos. Resguárdalos entonces, dentro de la fortaleza de tu amparo, y en el tabernáculo de tu infalible protección, para que no surja de ellos lo que pueda dividir a tus siervos. Reúnelos, oh mi Señor, a orillas de este Océano, cada gota del cual proclama que Tú eres Dios, fuer de Quien no hay otro Dios, el Todoglorioso, el Omnisapiente.
Descubre antes ellos, oh mi Señor, la majestad de tu Causa, para que no sean inducidos a dudar de tu soberanía y de la capacidad de tu fortaleza. ¡Juro por tu gloria, oh Tú Quien eres el Bienamado de los mundos! Si hubieran estado conscientes de tu poder, de seguro habrían rehusado proferir lo que Tú no ordenaste para ellos en el cielo de tu voluntad.
Inspíralos, oh mi Señor, con el sentimiento de su propia impotencia, ante Quien es la Manifestación de tu propio Ser, y enséñales a reconocer la miseria de su naturaleza, frente a las múltiples señales de tu independencia y riqueza, para que se reúnan en torno a tu Causa, se adhieran al borde de tu misericordia, y se aferren al cordel del beneplácito de tu voluntad.
Tú eres el Señor de los mundos, y de entre todos aquellos quienes muestran misericordia, Tú eres el Más Misericordioso.


XXXVII

¡Gloria sea a Ti, oh Rey de la eternidad, Hacedor de naciones y Modelador de cada corruptible hueso! Te ruego, por tu Nombre, por medio del cual llamaste a toda la humanidad hacia el horizonte de tu majestad y gloria, y guiaste a tus siervos a la corte de tu gracia y favores, que me cuentes entre aquellos que se han separado de todo excepto de Ti, se han vuelto hacia Ti, y no han sido impedidos de volverse hacia tus dádivas por tales infortunios como los que fueron decretados por Ti.
Me he aferrado, oh mi Señor, al asidero de tu bondad, y me he adherido firmemente al borde del manto de tu favor. Haz descender, pues, sobre mí, desde las nubes de tu generosidad, aquello que me purifique del recuerdo de cualquiera que no seas Tú, y me capacite para dirigirme hacia Aquel Quien es el Objeto de adoración de la humanidad, contra Quien se han formado los agitadores de sedición, quienes han violado tu convenio y no han creído en Ti ni en tus signos.
No me niegues, oh mi Señor, las fragancias de tu vestidura en tus días, ni me prives de los alientos de tu Revelación ante la aparición de los resplandores de la luz de tu rostro. Poderoso eres Tú para hacer lo que Te place. Nada puede resistir tu voluntad, ni frustrar lo que Tú has determinado por tu poder.
No hay Dios sino Tú, el Todopoderoso, el Sapientísimo.


XXXVIII

¡Loado sea tu nombre, oh Señor mi Dios! Testifico que Tú eras un Tesoro oculto envuelto en tu Ser inmemorial y un Misterio impenetrable guarecido en tu propia Esencia. Deseando revelarte a Ti mismo, llamaste a la existencia a los mundos Mayor y Menor, y escogiste al Hombre por encima de todas tus criaturas, y lo hiciste un signo de ambos de esos mundos, ¡oh Tú, quien eres nuestro Señor, el Más Compasivo!
Tú lo elevaste a Él para que ocupara tu trono ante todo el pueblo de tu creación. Tú lo capacitaste para desentrañar tus misterios, y para resplandecer con las luces de tu inspiración y de tu Revelación, y para manifestar tus nombres y atributos. Por medio de Él, Tú adornaste el preámbulo del libro de tu creación, ¡oh Tú, Quien eres el Soberano del universo que Tú mismo has modelado!
Atestiguo que en su persona han sido asociadas y combinadas la solidez y la fluidez. Por medio de su inconmovible constancia en tu Causa, y de su imperturbable adhesión a todo lo que Tú, en la plenitud de la luz de tu gloria, develaste ante sus ojos a través de todos los dominios de tu Revelación y de tu creación, las almas de tus siervos han sido conmovidas en su anhelo por tu Reino, y los moradores de tus comarcas se han precipitado para entrar en tu dominio celestial. Por la inquietud que Él expresó en tu sendero, los pies de todos aquellos que están consagrados a Ti fueron fortalecidos y confirmados para hacer manifiesta tu Causa en medio de tus criaturas, y para demostrar tu soberanía a través de todo tu dominio.
¡Cuán grande, oh mi Dios, es tu muy excelsa obra, y cuán consumada tu creación, que ha hecho que se maravillen cada corazón y cada mente comprensiva! Y cuando se hubo cumplido el tiempo fijado y aconteció lo que había sido preordinado, Tú desataste su lengua para que Te alabara y expusiera tus misterios ante toda tu creación, ¡oh Tú Quien eres el Poseedor de todos los nombres y el Hacedor de la tierra y del cielo! A través de Él, todas las cosas creadas fueron destinadas a glorificarte, y a celebrar tu alabanza, y cada alma fue dirigida hacia el reino de tu revelación y soberanía.
En un tiempo, oh mi Dios, Le hiciste levantarse, y Le ataviaste con el ornamento del nombre de Aquel Quien conversó contigo3, y por su intermedio descubriste todo aquello que había decretado tu voluntad y tu irrevocable propósito había ordenado. En otro tiempo, Tú Le adornaste con el nombre de Aquel Quien era tu Espíritu5, y Le hiciste descender del cielo de tu voluntad para la edificación de tu pueblo, infundiendo con ello el espíritu de vida en los corazones de los sinceros de entre tus siervos y de los fieles entre tus criaturas. Otra vez, Tú Le revelaste, engalanado con el nombre de Aquel Quien fuera tu Amigo2, y Le hiciste resplandecer con gran brillo por sobre el horizonte de Æijáz, como una muestra de tu poder y una prueba de tu fortaleza. Por Él llegaste hasta tus siervos capacitándolos para escalar las alturas de tu unidad y ansiar las maravillas de tu múltiple conocimiento y sabiduría.
Atestiguo, oh Tú Quien eres el Señor de la creación entera y el Deseo de quienquiera Te haya buscado que, en medio de tus criatura, Ellos Se asemejan al sol, el cual, no importa cuántas veces salga y se ponga, continúa siendo el mismo sol. Quien hiciere alguna distinción entre cualesquiera de Ellos, en verdad, no ha logrado el propósito último, ni alcanzado el más elevado objetivo, y ha sido privado de los misterios de la unidad y de las luces de la santidad y la unicidad. Atestiguo además, que Tú has decretado que nadie sobre la faz de la tierra pueda igualarse a Ellos, y que ninguna de tus criaturas sea capaz de compararse con ninguno de Ellos, a fin de que sea reconocida y establecida tu propia singularidad e incomparabilidad.
¡Glorificado, inmensamente glorificado sea tu nombre, oh mi Dios! ¿Cómo puedo mencionarte dignamente o alabarte lo suficiente, siendo que Tú Le has manifestado por la fuerza de tu poder, y Le has hecho resplandecer sobre el horizonte de tu voluntad y convertido en la Aurora de tus signos y en el Punto de Amanecer de la Revelación de tus nombres y atributos? ¡Cuán desconcertantemente misteriosa es, además, oh mi Dios, su naturaleza y todo cuanto Tú has infundido en Él, mediante tu potencia y por la fuerza de tu poder! En cierta época Él aparece como el agua que es en verdad la Vida, descendiendo del cielo de tu gracia, fluyendo copiosamente de las nubes de tu misericordia, para que tus criaturas sean dotadas de nueva vida y perduren tanto como perdure tu propio Reino. Cada gota de esa agua sería suficiente para resucitar a los muertos, y hacer volver sus rostros en dirección a tus dones y favores, y librarlos de cualquier afecto a nada que no seas Tú. En otra época, Él Se revela como el Fuego que Tú encendiste en el árbol de tu unidad, cuyo valor derritió los corazones de tus fervorosos amantes, cuando Aquel Quien es el Sol del mundo resplandeció sobre el horizonte de 'Iráq. Atestiguo, oh mi Dios, que a través de Él fueron consumidos los velos de la humana fantasía, y los corazones de los hombres fueron dirigidos hacia la escena de tu muy resplandeciente gloria.
Yo te imploro, oh Tú Quien eres el Supremo Ordenador, que no me permitas ser privado de las brisas que soplan en tus días, días en los cuales se ha esparcido la suave fragancia de la vestidura de tu misericordia. Tampoco me apartes de tu muy grande Océano, cada gota del cual clama diciendo: "¡Grande es la bendición que aguarda a quien se ha despertado de su sueño por el hálito de Dios, Quien, desde la fuente de su misericordia, ha soplado sobre todas aquellas de sus criaturas que se han vuelto hacia Él!"
Tú ves, oh mi Señor, cómo tus siervos están cautivos de su propio egoísmo y de sus deseos. Redímelos de su cautiverio, oh mi Dios, por la fuerza de tu soberanía y poder, para que se vuelvan hacia Ti cuando Él, Quien es el Revelador de tus nombres y atributos, Se haga manifiesto ante los hombres.
Dirige hacia esta pobre y desolada criatura, oh mi Señor, la mirada de tu riqueza, e inunda su corazón con los rayos de tu conocimiento, para que pueda aprehender las realidades del mundo invisible, y descubrir los misterios de tu dominio celestial, y percibir los signos y señales de tu reino, y contemplar las múltiples revelaciones de esta vida terrenal, todas ellas desplegadas ante la faz de Quien es el Revelador de tu propio Ser. Dirige pues, sus ojos, oh mi Dios, hacia el horizonte de tu amorosa bondad, y haz firme su corazón en su devoción a Ti, y suelta su lengua para alabarte, y capacítale para que se aferre a la cuerda de tu amor, y se adhiera al borde de tu munificencia, y proclame tu nombre entre tus criaturas, y describa tus virtudes a lo largo de todo tu dominio, de modo tal que ningún obstáculo le impida volverse hacia tu nombre, el Todo Generoso, y que ningún velo lo aparte de Ti, ¡Tú en cuya mano se encuentra el dominio de la prolación y el reino de todos los nombres y atributos!
Retén la mano de este buscador, quien ha dirigido su rostro hacia Ti, oh mi Señor, y arráncalo de las profundidades de sus vanas imaginaciones, para que la luz de la certeza brille resplandeciente en el horizonte de su corazón, en los días en que el sol del conocimiento de tus criaturas ha sido obnubilado por la brillantez del Sol de tu gloria; días en los cuales la luna de la mundana sabiduría ha sido eclipsada por la aparición de tu oculto conocimiento, y la manifestación de tu bien guardado secreto, y la revelación de tu atesorado misterio; días en los que las estrellas de las acciones de los hombres han caído con el surgimiento del astro de tu unidad y el derramamiento del esplendor de tu trascendente unicidad.
Te ruego, oh mi Dios, por tu muy exaltado Verbo el cual Tú has ordenado que sea el Elixir Divino de todos los que están en tu reino, Elixir a través de cuyo poder el tosco metal de la vida humana ha sido transmutado en oro purísimo, oh Tú en cuyas manos están los reinos, tanto visible como invisible, que ordenes que mi elección esté de acuerdo con tu elección y mi deseo con tu deseo, y que pueda sentirme enteramente de acuerdo con lo que Tú has deseado y totalmente satisfecho con lo que has destinado para mí, por tu munificencia y favor. Potente eres Tú para hacer tu voluntad. Tú, en verdad, eres el Todoglorioso, el Sapientísimo.
Feliz el hombre que Te haya reconocido, y haya descubierto la dulzura de tu fragancia, y se haya vuelto hacia tu reino, y haya gustado de las cosas que en él han sido perfeccionadas en virtud de tu gracia y favor. Grande es la bendición de aquel que ha confesado tu muy excelente majestad, y a quien los velos que han apartado de Ti a las naciones, no le han impedido dirigir su mirada hacia Ti, ¡oh Tú Quien eres el Rey de la eternidad y el Vivificador de todo hueso destinado a reducirse a polvo! Bienaventurado también, aquel que ha aspirado tus suaves aromas y ha sido arrobado por tus palabras en tus días. Bendito también, quien se haya vuelto hacia Ti, y ¡ay! de aquel que Te haya vuelto la espalda.
¡Alabado seas Tú, oh Señor de los mundos!


XXXIX

¡Oh Tú Quien actúas con justicia hacia todos los que están en el cielo y en la tierra, y riges sobre el reino de tu creación y tu Revelación! Atestiguo que todo hombre justo ha reconocido su falta de justicia frente a la revelación de los esplendores del Sol de tu Justicia, y la más hábil de las pluma ha confesado su impotencia ante el movimiento de tu muy exaltada Pluma.
¡Por tu vida, oh Tú el Poseedor de todos los hombres! Las mentes de los más profundos pensadores quedan lastimosamente perplejas cuando contemplan el océano de tu conocimiento, y el cielo de tu sabiduría, y el Luminar de tu gracia. ¿Cómo puede aquel quien no es más que una creación de tu Voluntad, afirmar conocer lo que existe junto a Ti, o concebir tu naturaleza?
¡Alabado, inmensamente alabado eres Tú! ¡Juro por tu gloria! Mi lengua interior y exterior, abierta y secretamente, testifica que Tú has sido exaltado por encima del alcance y la comprensión de tus criaturas, por encima de las palabras de tus siervos, de los testimonios de tus amados y tus elegidos, y la percepción de tus Profetas y tus Mensajeros.
Te suplico, oh mi Señor, por tu Nombre, el cual han dispuesto que sea la Aurora de tu Revelación y el Punto de Amanecer de tu inspiración, que ordenes para este Agraviado y para quienes Te son queridos, lo que corresponde a tu sublimidad. Tú, en verdad, eres el Todomunífico, el Omnipotente, el Omnisciente, el Sapientísimo.


XL

¡Alabado seas, oh Señor mi Dios! Te imploro por tu Nombre, que nadie ha reconocido dignamente y cuyo significado ningún alma ha podido sondear; te suplico por Aquel que es la Fuente de tu Revelación y la Aurora de tus signos, que hagas de mi corazón un receptáculo de tu amor y de tu recuerdo. Únelo, pues, a tu gran océano, para que de él emanen las aguas vivas de tu sabiduría y las corrientes cristalinas de tu glorificación y alabanza.
Los miembros de mi cuerpo atestiguan tu unidad y el cabello de mi cabeza declara la fuerza de tu soberanía y tu poder. He permanecido ante la puerta de tu gracia con absoluta humildad y completa abnegación, me he asido al borde de tu munificencia y he fijado mis ojos en el horizonte de tus dádivas.
Destina para mí, oh mi Dios, aquello que sea digno de la grandeza de tu majestad, y ayúdame con tu gracia fortalecedora a enseñar tu Causa de modo tal que los muertos salgan de sus sepulcros y se apresuren hacia Ti, confiando plenamente en Ti y fijando su mirada en el oriente de tu Causa y el punto del amanecer de tu Revelación.
Tú eres verdaderamente el Más Poderoso, el Altísimo, el Omnisciente, el Todo Sabio.


XLI

Tu unidad es inescrutable para todos, oh mi Dios, salvo para aquellos que han reconocido a Aquel Quien es la Manifestación de tu singularidad y la Aurora de tu unicidad. Quienquiera que Le asigne un rival, Te ha asignado un rival a Ti, y quien Le haya erigido par, Te ha erigido par a Ti mismo. ¡No, no! Nadie en toda la creación puede resistirte. Eternamente Tú has sido exaltado por sobre toda comparación o semejanza. Tu unicidad ha sido demostrada por la unicidad de Aquel Quien es el Punto de Amanecer de tu Revelación. Quienquiera Le niegue, ha negado tu unidad, y disputado contigo respecto a tu soberanía, y contendido contigo en tu reino, y repudiado tus mandamientos.
Ayuda a tus siervos, oh mi Señor, a reconocer tu unidad y declarar tu unicidad, para que todos puedan reunirse alrededor de lo que Tú deseaste en este Día, cuando el sol de tu esencia ha resplandecido sobre el horizonte de tu voluntad, y la luna de tu propio Ser se ha elevado desde la Aurora de tu mandato. Tú eres Aquel, oh mi Señor, a cuyo conocimiento nada escapa en absoluto, y a Quien nadie puede frustrar. Tú haces tu voluntad, por tu soberanía que ha eclipsado a los mundos.
Tú bien conoces, oh mi Dios, mi Bienamado, que nada puede apagar la sed que sufro por mi separación de Ti, como no sean las aguas de tu presencia, y el tumulto de mi corazón no podrá nunca aquietarse, salvo mediante la fuente de vida de la reunión contigo. Desciende sobre mí, entonces, oh mi Señor, del cuelo de tu munificencia, lo que me acerque al cáliz de tus dones, y me capacite para beber el escogido Vino sellado, cuyo sello ha sido librado en tu nombre, y desde el cual han sido difundidos los suaves aromas de tus días. Tú eres, en verdad, el Todomunífico, cuya gracia es infinita.
El universo entero atestigua tu generosidad. Ten compasión de mí, entonces, por tu gracia, y trátame bondadosamente mediante el poder de tu soberanía, y permíteme gozar de la cercanía a Ti, por tus múltiples favores. Tú eres, ciertamente, el Gran Dador, el Todopoderoso, el Siempre Perdonador, el Más Generoso.

XLII

¡Alabado sea tu Nombre, oh mi Dios y el Dios de todas las cosas, mi Gloria y la Gloria de todas las cosas, mi Deseo y el Deseo de todas las cosas, mi Fuerza y la Fuerza de todas las cosas, mi Rey y el Rey de todas las cosas, mi Poseedor y el Poseedor de todas las cosas, mi Objetivo y el Objetivo de todas las cosas, mi Motor y el Motor de todas las cosas! No permitas, te lo imploro, que esté apartado de tus tiernas mercedes y alejado de las orillas de tu proximidad.
Nada que no seas Tú, oh mi Señor, me es provechoso, ni me sirve de nada la proximidad de otro que no seas Tú. Te ruego, por la abundancia de tus riquezas, por medio de las cuales Tú prescindiste de todo excepto de Ti Mismo, que me cuentes entre aquellos que han vuelto su rostro hacia Ti y se han levantado para servirte.
Perdona entonces, oh mi Señor, a tus siervos y a tus siervas. Tú eres en verdad el que siempre perdona, el Más Compasivo.


XLIII

¡Oh Dios, que eres el Autor de todas las Manifestaciones, el Origen de todos los Orígenes, la Fuente de todas las Revelaciones y el Manantial de todas las Luces! Atestiguo que por tu Nombre el cielo de la comprensión ha sido adornado y el océano de la expresión se ha agitado y se han promulgado las dispensaciones de tu providencia a los seguidores de todas las religiones.
Yo te imploro que me enriquezcas de tal modo que pueda prescindir de todo salvo de Ti y ser independiente de cualquiera excepto de Ti. Haz descender, pues, sobre mí, de las nubes de tu munificencia, aquello que me beneficie en cada mundo de tus mundos. Ayúdame, entonces, mediante tu gracia fortalecedora, a servir de tal modo a tu Causa entre tus siervos, que pueda yo mostrar aquello que me haga ser recordado tanto como perdure tu propio reino y persista tu dominio.
Oh mi Señor, éste es tu siervo que se ha vuelto con todo su ser hacia el horizonte de tu munificencia, el océano de tu gracia y el cielo de tus dádivas. Procede conmigo como corresponde a tu Majestad, a tu Gloria, a tu Generosidad y a tu Gracia.
Tú eres en verdad el Dios de fuerza y poder, que estás capacitado para contestar a aquellos que Te imploran. No hay Dios sino Tú, el Omnisciente, el Todo Sabio.


XLIV

¡Loado sea tu nombre, oh Tú Quien eres mi Dios y palpitas dentro de mi corazón! Tú bien sabes y atestiguas que todo cuanto humille a quienes Te son queridos, debe también humillar a Aquel Quien es la Manifestación de Ti mismo y la Aurora de tu Revelación. Más aún, Él sufre mayor humillación que ellos, cuando son inducidos a confesar las cosas buenas que se les han escapado en tus días.
Estos son tus siervos, oh mi Señor, quienes por amor a Ti han abandonado sus hogares, y han soportado las tribulaciones ordenadas por Ti en tu sendero. ¡Juro por tu gloria! Cada vez que algunos de ellos testifica ante Ti sus perversas acciones, mi rostro se cubre de vergüenza, pues ellos son tus siervos, quienes han probado la copa del dolor en tu Causa, quienes han bebido del cáliz de la adversidad cuando fue alcanzada sobre ellos la luz de tu semblante, y fueron tan acosados por las aflicciones, que la paz les fue absolutamente negada en los recintos de tu corte.
¡La fuerza de tu poder me lo atestigua! Mi corazón se ha fundido por mi amor hacia aquellos que Te son queridos, y mi alma está abrumada de angustia por los dolores que los afligieron al revelarse tu Causa y aparecer los ondulantes océanos de tu gracia y favores. Los suspiros que exhalaron, oh mi Señor, han hecho que mis suspiros asciendan hacia Ti, y el ardor de sus corazones, ha consumido dentro de mí, a mi propio corazón.
Yo te suplico, oh Tú Quien eres el Señor de toda existencia y el Iluminador de todas las cosas visibles e invisibles, que concedas que cada uno de ellos se convierta en un emblema de tu guía entre tus siervos y en una revelación de los esplendores del Sol de tu amorosa bondad entre tus criaturas. Tú los has escogido, oh mi Dios, para que Te amen y permanezcan ante el trono de tu majestad. Ninguna posición ha superado la posición a la cual Tú los has llamado. ¡Cuántas las noches, oh mi Dios, en las que el sueño no pudo apoderarse de ellos, debido a la recordación de Ti, y cuán numerosos los días que ellos pasaron en lamentación por las cosas que Te han acontecido en las manos de tus enemigos! Te imploro, oh Tú Quien eres el Soberano de los soberanos, y Quien elevas a los oprimidos, que los asistas en ayudar a tu Causa y exaltar tu Palabra de tal modo, que a través de ellos la alabanza a Ti pueda ser esparcida entre tus criaturas, y referidas tus virtudes en toda la extensión de tu reino. Tú eres, verdaderamente, el Todopoderoso, el Más Exaltado, el Siempre Perdonador, el Más Generoso.
¡Alabado seas, oh Señor mi Dios! Este es tu siervo a quien en el reino de tus nombres has llamado por tu propio nombre, y a quien has criado bajo las alas de tu gracia y favores. Tú le ves, por tanto, dirigiéndose presuroso hacia tus dádivas, y precipitándose hacia Ti en busca de tus dones. Atavíale, oh mi Dios, con el manto de tu favor y la túnica de tu munificencia y tu generosidad, para que todas las cosas creadas puedan percibir en él, el suave aroma de la vestidura de tu amor. Orna, entonces, su cabeza con la corona de tu recordación, de modo tal que sea esparcida entre tus siervos su fama de ser uno que Te ama y se aferra tenazmente a su Causa. Asístele, además, en todo momento y en todas condiciones, para que Te ayude y Te recuerde, y enaltezca tus virtudes entre tus criaturas.
¡Juro por tu gloria, oh mi Dios! Cada vez que medito sobre tu gloria y tu soberanía, me encuentro el más culpable de entre aquellos quienes han transgredido contra Ti en tu dominio; y cada vez que contemplo las alturas en las que nadie salvo Tú puede morar, descubro que soy el más pecaminoso de entre todas las criaturas que habitan en tu tierra. De no haber sido por tu nombre, el Ocultador, y por tu nombre, el Siempre Perdonador, y por los dulces aromas de tu nombre, el Más Misericordioso, todos tus elegidos habrían sido contados entre los malvados y los perversos.
Te doy las gracia porque tu misericordia se ha apoderado de ellos, y de todos lados los han rodeado tu gracia y tus muníficos favores.
Y ahora, habiendo confesado las cosas que Tú hiciste emanar de mi Pluma, Te imploro, por tu nombre, al que has elevado sobre todos los demás nombres, y el cual ha eclipsado a todos los que están en el cielo en todos los que están en la tierra, que no abandones a aquel quien se ha vuelto hacia Ti, y no le niegues las maravillas de tu gracia y las evidencias ocultas de tu misericordia. Que las manos de tu omnipotencia enciendan en su corazón una lámpara que le permita resplandecer con gran fulgor en tus días y proclamar con tal vehemencia en ti nombre, que no exista timidez capaz de impedirle remontarse en la atmósfera de ti amor y ascender hacia el horizonte del arrobamiento y el anhelo por Ti, ni que las ocupaciones de tus criaturas les impidan magnificar tu palabra, para que le veas santificado como Tú deseas y como corresponde a tu majestad y gloria.
Por más exaltada que sea esta estación, oh mi Dios, y por excelente que pueda ser esta posición -pues quién sino Tú tiene el poder de mostrar lo que puede estimarse digno de tu exaltación y sea propio de tu grandeza-, con todo, Tú eres Aquel Quien es el Todomunífico, el Más Compasivo. Todos los átomos de la tierra atestiguan de que Tú eres el Siempre Perdonador, el Benévolo, el Gran Dador, el Todoglorioso, el Sapientísimo. Mírales, entonces, oh mi Dios, con los ojos de tu amorosa bondad, y vuelve hacia él la mirada de tu generosidad. Haz que se extasíe, además, con las dulces melodías de Aquel Quien es la Fuente de tu Revelación, de modo tal que somera su propia voluntad enteramente a tu complacencia, y deposite sus esperanzas sobre las cosas que Tú ordenaste en tus Tablas. Fortalece, entonces, su corazón por medio de tu nombre, el Todopoderoso, el Fiel, para que pueda extender la mano del poder, y con ella ayude a tu Causa cuando se manifieste la luz de tu belleza y surja el Sol de tu majestad.
Ya que Tú le has llamado por tu nombre, oh mi Señor, distínguelo entre tus siervos para tu servicio. Tú bien conoces, oh mi Señor, que al revelarme a mí mismo solo he aspirado a revelar tu Causa, y no me he vuelto hacia nadie sino por amor a tu Revelación y con la finalidad de manifestar tu amorosa bondad. Yo Te suplico, por tu preciado Nombre, Quien en este mismo momento está hablando, que hagas descender sobre él y sobre quienes Te aman, aquello que está atesorado en el cielo de tu favor y munificencia, para que sean henchidos de vehemente amor por Ti y se regocijen en tu Convenio, ¡oh Tú Quien eres el Señor de los Señores! Ordena, entonces, para él y para ellos, lo que corresponda a tu nombre, el Todomunífico.
Tú eres, en verdad, el Todopoderoso, el Exaltadísimo, el Omnipotente, el Todoglorioso, el Más Grande.


XLV

¡Mi Dios, mi fuego y mi luz! Han comenzado los días que Tú has designado en tu Libro como los Ayyám-i-Ha6, oh Tú, que eres el Rey de los nombres, y se aproxima el ayuno que tu exaltadísima Pluma ha ordenado observar a todos los que están en el reino de tu creación. Te suplico, oh mi Señor, por estos días y por todos aquellos que durante este período se han asido al cordón de tus mandamientos y se han aferrado al asidero de tus preceptos, que concedas que se le asigne a cada alma un sitio dentro de los recintos de tu corte y un asiento al revelarse los resplandores de la luz de tu semblante.
Estos son, oh mi Señor, tus siervos a quienes ninguna inclinación corrupta ha apartado de lo que Tú enviaste en tu Libro. Ellos se han inclinado ante tu Causa, han recibido tu Libro con esa resolución que nace de Ti, han observado lo que Tú les prescribiste y han optado por seguir lo que Tú les enviaste.
Tú ves, oh mi Señor, cómo han reconocido y admitido todo lo que Tú has revelado en tus Escrituras. Dales de beber, oh mi Señor, de las manos de tu gracia, las aguas de tu eternidad. Decreta, pues, para ellos, la recompensa ordenada para aquel que se ha sumergido en el océano de tu presencia y ha logrado el vino escogido de tu encuentro.
Te imploro, oh Tú, Rey de reyes y Compadecedor de los oprimidos, que ordenes para ellos el bien de este mundo y del mundo venidero. Decreta para ellos, asimismo, lo que ninguna de tus criaturas ha descubierto y cuéntales entre aquellos que han circulado a tu alrededor y se mueven en torno a tu trono en cada mundo de tus mundos.
Tú eres verdaderamente el Todopoderoso, el Omnisciente, el Informado de todo.


XLVI

Alabado seas Tú, oh mi Dios, por haber ordenado Naw-Rúz como festividad para aquellos que han observado el ayuno por amor a Ti y se han abstenido de todo lo que Te es detestable. Permite, oh mi Señor, que el fuego de tu amor y el calor producido por el ayuno ordenado por Ti les inflame en tu Causa y les haga ocuparse de tu alabanza y tu recuerdo.
Ya que Tú les has adornado, oh mi Señor, con el ornamento del ayuno prescrito por Ti, adórnales también con el ornamento de tu aceptación mediante tu gracia y tu generoso favor, pues los hechos de los hombres dependen todos de tu complacencia y están condicionados a tu mandato. Si Tú considerases a quien ha quebrantado el ayuno como si lo hubiese observado, tal hombre sería contado entre los que han observado el ayuno desde toda la eternidad. Y si Tú decretases que aquel que ha observado el ayuno lo ha quebrantado, aquella persona sería considerada entre los que han hecho que el manto de tu Revelación esté manchado de polvo y han sido alejados de las aguas cristalinas de esta fuente viva.
Tú eres Aquel por medio del cual se ha levantado el emblema "Loable eres Tú en tus obras" y se ha desplegado el estandarte "Obedecido eres Tú en tu mandato". Da a conocer esta posición tuya, oh mi Señor, a tus siervos, para que se den cuenta de que la excelencia de toda cosa depende de tu mandato y de tu Palabra y de que la virtud de todo acto está condicionada a tu permiso y a la complacencia de tu voluntad y reconozcan que las riendas de los hechos de los hombres están en manos de tu aceptación y tu mandamiento. Hazles saber esto para que nada en absoluto les aparte de tu belleza en estos días en que Cristo exclama: "Todo dominio es tuyo, oh Tú, Engendrador del Espíritu", y tu Amigo7 exclama: "¡Gloria sea a Ti, oh Tú, Bienamado!, porque has revelado tu belleza y has decretado para tus elegidos aquello que hará que alcancen la sede de la revelación de tu Nombre Más Grande, por medio del cual se han lamentado todos los pueblos, con excepción de aquellos que se han desprendido de todo menos de Ti y se han vuelto hacia Aquel que es el Revelador de Ti mismo y la Manifestación de tus atributos".
Aquel que es tu Rama y toda tu compañía, oh mi Señor, han finalizado su ayuno en este día, después de haberlo observado dentro de los recintos de tu corte y en su ansia por complacerte. Ordena para Él y para ellos y para todos los que han entrado en tu presencia en estos días todo el bien que Tú destinaste en tu Libro. Provéeles, pues, con lo que les beneficie tanto en esta vida como en la venidera.
Tú eres en verdad el Omnisciente, el Todo Sabio.


XLVII

¡Oh Tú, Señor de lo visible e invisible, e Iluminador de toda la creación! Te imploro por tu soberanía, que está oculta a los ojos de los hombres, que reveles en toda dirección los signos de tus múltiples bendiciones y las muestras de tu amorosa bondad, para que pueda levantarme con regocijo y arrobamiento y exaltar tus maravillosas virtudes, oh Tú el Más Misericordioso, remover mediante tu nombre todas las cosas creadas, y encender a tal punto el fuego de tu glorificación entre tus criaturas, que todo el mundo se llene con el resplandor de la luz de tu gloria y toda la existencia se inflame con el fuego de tu Causa.
No recojas, oh mi Señor, lo que ha sido extendido en ti nombre, ni extingas la lámpara que tu propio fuego ha encendido. No impidas, oh mi Señor, que fluya el agua que es la vida misma, agua en cuyo murmullo pueden escucharse las maravillosas melodías que Te ensalzan y glorifican. No niegues, además, a tus siervos, la dulce fragancia del hálito que ha sido exhalado por tu amor.
Oh Tú Quien eres mi Amado Todoglorioso; Tú ves las olas inquietas que se agitan en el océano de mi corazón, en mi amor y anhelo hacia Ti. Te imploro, por los signos de tu majestad y las evidencias de tu soberanía, que sometas a tus siervos por este Nombre que Tú has hecho el Rey de todos los nombres en el reino de tu creación. Potente eres Tú para gobernar como Te place. No hay Dios sino Tú, el Todoglorioso, el Todomunífico.
Ordena, además, para todo aquel que se ha vuelto hacia Ti, lo que le hará firme en tu Causa, de modo que ni las ociosas imaginaciones de los infieles entre tus criaturas, ni las vanas palabras de los perversos entre tus siervos, tengan el poder de apartarlos de Ti. Tú eres, verdaderamente, el que Ayuda en el Peligro, el Todopoderoso, el Omnipotente.


XLVIII

¡La alabanza sea para Ti, oh Señor mi Dios! Te suplico por tu Más Grande Nombre, Quien ha sido recluido en la ciudad prisión de 'Akká, y Quien -como Tú ves, oh mi Señor- ha caído en manos de sus enemigos, y Se encuentra amenazado por las espadas de los forjadores de iniquidad, que me hagas constante en su Causa, y dirijas mis ojos continuamente hacia su corte, de modo que absolutamente nada tenga el poder de apartarme de Él.
Atestiguo, oh mi Señor, que Él ha entregado su vida en tu sendero, y nada ha deseado para Sí mismo que no sea la tribulación en el amor que profesa por Ti. Él ha soportado toda clase de vejaciones para poder manifestar tu soberanía a tus siervos, y exaltar tu palabra entre tus criaturas. A medida que se profundizaban las adversidades, y las aflicciones enviadas por Ti Le rodeaban desde todas partes, tanto Le apasionó su pensamiento de Ti, que dejaron de atemorizarle las huestes de aquellos que no habían creído en Ti y habían repudiado tus signos.
Yo Te imploro, oh mi Señor, por Él y todo cuanto Le pertenece, que deposites tu afecto en Él, así como Él ha depositado su propio afecto en Ti. Atestiguo que su amor es tu amor; su ser, tu ser; su belleza, tu belleza y su Causa, tu Causa.
No me niegues, oh mi Señor, lo que se encuentra junto a Ti, y no me permitas olvidar lo que Tú deseaste en tus días. Tú eres, ciertamente, el Todopoderoso, el Exaltado, el Todoglorioso, el Sapientísimo.


XLIX

¡Alabado sea tu Nombre, oh Señor mi Dios! Yo te suplico por tu Nombre -mediante el cual la hora ha sonado, la resurrección se ha realizado, el espanto y temblor se han apoderado de todos los que existen en el cielo y en la tierra- que hagas llegar desde tu cielo de misericordia y desde las nubes de tu tierna compasión aquello que causará el regocijo de los corazones de tus siervos que se han vuelto hacia Ti y que han ayudado a promulgar tu Causa.
¡Oh mi Señor! Protege a tus siervos de los dardos de las fantasías inútiles y de las ociosas imaginaciones y dales de beber, con tu mano de gracia, de las dulces aguas de tu saber.
Verdaderamente Tú eres el Todopoderoso, el Más Exaltado, el que siempre perdona, el Más Generoso.


L

¡Gloria a Tí, oh mi Dios! Tú oyes lamentarse a tus apasionados amantes debido a su separación de Ti, y a quienes Te han reconocido, llorar por el alejamiento de tu presencia. Abre exteriormente ante ellos, oh mi Señor, las puertas de tu gracia, para que puedan entrar por ellas con tu anuencia y conforme a tu voluntad, y permanecer ante el trono de tu majestad, y percibir la entonación de tu voz, y ser iluminados con los esplendores de la luz de tu rostro.
Potente eres Tú para hacer lo que Te place. Nadie puede resistir la fuerza de tu soberano poder. Desde la eternidad has sido Tú solo, sin nadie que Te igualase, y por siempre permanecerás muy por encima de todo pensamiento o descripción. Ten compasión, entonces, de tus siervos, por tu gracia y munificencia, y no permitas que sean alejados de las orillas del océano de tu cercanía. ¿Si Tú los abandonas, quién haya que los ampare; y si los apartas lejos de Ti, quién podrá favorecerlos? Ellos no tienen otro Señor fuera de Ti, y nadie a quien adorar sino a Ti. Trátalos generosamente por tu munífica gracia.
Tú, en verdad, eres el Siempre Perdonador, el Más Compasivo.


LI

Tú eres testigo, oh mi Dios, de cómo Te recuerda Aquel Quien es tu esplendor, a pesar de las múltiples aflicciones que Le han sobrevenido, aflicciones que nadie sino Tú puede contar. Tú contemplas cómo, en su hogar-prisión, Él refiere maravillosas alabanzas a Ti según Tú Le inspiraste. Tal es su fervor, que sus enemigos son incapaces de impedirle que haga mención de Ti, ¡oh Tú Quien eres el Poseedor de todos los nombres!
Alabado seas Tú, Quien tanto Le has fortalecido con tu fuerza, y Le has dotado de tal potencia, por tu supremo poder que, en su propia estimación, todo cuanto no seas Tú no es sino un puñado de polvo. Las luces de inmarcesible esplendor Le han envuelto de tal manera, que todo fuera de Ti no es, a sus ojos, más que una mera sombra.
Y cuando tu irresistible llamado llegó hasta mí, levánteme fortalecido por tu poder, y exhorté a todos los que están en tu cielo y todos los que están en tu tierra, a volverse hacia tus favores y hacia el horizonte de tus mercedes. Algunos me pusieron reparos, y decidieron herirme y matarme. Otros bebieron plenamente del vino de tu gracia, y se encaminaron presurosos a la habitación de tu trono.
Te suplico, oh Tú Quien eres el Creador de la tierra y del cielo y el Origen de todas las cosas, que atraigas a tus siervos mediante la fragancia del Manto de tu Inspiración y tu Revelación, y les ayudes a alcanzar el Tabernáculo de tu mandato y tu fortaleza. Por tu trascendente poder, desde siempre Tú has sido supremo sobre todas las cosas, y eternamente serás exaltado en tu Deidad e incomparable soberanía.
Haz, entonces, que tu misericordia sea para con tus siervos y tus criaturas. Tú eres, en verdad, el Todopoderoso, el Inaccesible, el Todoglorioso, el Libre.


LII

¡Alabado sea tu Nombre, oh mi Dios! Te imploro por las fragancias de la vestidura de tu gracia, que por tu mandato y en conformidad con tu deseo fueron difundidas por toda la creación, y por el sol de tu voluntad, que ha resplandecido mediante la fuerza de tu poder y soberanía sobre el horizonte de tu misericordia, que borres de mi corazón toda ociosa fantasía y vana imaginación, para que con todo mi afecto me vuelva hacia Ti, oh Tú, Señor de toda la humanidad.
Soy tu siervo y el hijo de tu siervo, oh mi Dios. Me he aferrado al asidero de tu Gracia y me he asido al cordón de tu tierna misericordia. Ordena para mí las cosas buenas que son propias de Ti y aliméntame de la mesa que Tú enviaste desde las nubes de tu bondad y desde el cielo de tu favor.
Tú eres en verdad el Señor de los mundos y el Dios de todos los que están en el cielo y de todos los que están en la tierra.


LIII

No sé, oh mi Dios, qué fuego es el que Tú encendiste en tu dominio. La tierra no podrá nunca nublar su resplandor ni el agua apagar su llama. Todos los pueblos del mundo son impotentes para resistir su fuerza. Grande es la bendición de quien se ha acercado a él y ha oído su fragor.
A algunos, oh mi Dios, les permitiste que se aproximaran a él mediante tu gracia fortalecedora; en tanto que a otros los retuviste en razón de lo que sus manos han hecho en tus días. Quienquiera que se haya apresurado y llegado a él, ha entregado su vida en tu sendero en su afán por contemplar tu belleza y ha ascendido a Ti enteramente desprendido de todo excepto de Ti.
Te imploro, oh mi Señor, por este Fuego que ruge llameante en el mundo de la creación, que desgarres los velos que me han impedido presentarme ante el trono de tu Majestad y permanecer a la entrada de tu puerta. Ordena para mí, oh mi Señor, todo lo bueno que Tú has enviado en tu Libro y no me permitas estar lejos del amparo de tu Misericordia.
Potente eres para hacer lo que te place. Tú eres verdaderamente el Omnipotente, el Más Generoso.


LIV

¡Loado sea tu nombre, oh mi Dios! Ayuda a tus siervos y a tus siervas por tu gracia fortalecedora, a referir tus virtudes y a ser constantes en su amor a Ti. ¡Cuántas son las hojas que las tempestades de las tribulaciones han hecho caer, y cuántas son también aquellas que, aferrándose tenazmente al árbol de tu Causa, han permanecido inconmovibles ante las pruebas que las han atacado, oh Tú Quien eres nuestro Señor, el Más Misericordioso!
Rindo mis gracias a Ti por cuanto Tú me has hecho conocer a aquellos siervos quienes, por la fuerza de tu poder y de tu soberanía, han abolido completamente a los ídolos de sus deseos corruptos, y a quienes las cosas que poseen tus criaturas no les han impedido volverse en la dirección de tu gracia. Ellos han desgarrado los velos con tal vehemencia, que han hecho llorar a los habitantes de las ciudades del yo, y ha provocado el temor y el estremecimiento del pueblo de la envidia y la iniquidad, quienes adornando sus cabezas y sus cuerpos con los emblemas del conocimiento, Te han rechazado arrogantemente, y se han apartado de tu belleza.
Yo te imploro, oh mi Señor, por tu incomparable majestad y tu Antiguo Nombre, que capacites a tus amados a que Te ayuden. Dirige, entonces, continuamente sus rostros hacia tu rostro, y decreta para ellos lo que produzca la exultación de todos los corazones y la alegría de todos los ojos.
Tú eres, verdaderamente, el que Ayuda en el Peligro, Quien Subsiste por Sí Mismo.


LV

¡Oh Dios! ¡Las pruebas que Tú envías son el bálsamo de las llagas de todos aquellos que están consagrados a tu voluntad; la recordación de Ti es medicina para la curación de los corazones de quienes se han acercado a tu corte; la proximidad a Ti es la verdadera vida de aquellos que son tus amantes; tu presencia es el deseo ardiente de quienes anhelan contemplar tu rostro; el alejamiento de Ti es un tormento para aquellos que han admitido tu unicidad, y la separación de Ti es la muerte para quienes han reconocido tu verdad!
Te suplico, por los suspiros que han proferido en su alejamiento de tu corte, aquellos cuyas almas Te anhelan, y por el clamor de aquellos de tus amantes que lloran por su separación de Ti, que me nutras con el vino de tu conocimiento y las aguas vivientes de tu amor y complacencia. Contempla a tu sierva, oh mi Señor, quien se ha olvidado de todo salvo de Ti, y se ha deleitado con tu amor, y se ha lamentado por lo que Te ha acaecido en manos de los forjadores de iniquidad entre tus criaturas. Ordena para ella lo que Tú has ordenado para aquellas de tus siervas que circulan alrededor del trono de tu majestad y, al atardecer y al amanecer, contemplan tu belleza.
Tú eres, verdaderamente, el Señor del Día de Juicio.

LVI

¡Gloria sea a Ti, oh Señor mi Dios! Estos son los días en que Tú has ordenado a todos los hombres observar el ayuno, para que por él purifiquen sus almas, se libren de todo apego a otro que no seas Tú y ascienda de sus corazones lo que sea digno de la corte de tu majestad y propio de la sede de la revelación de tu unicidad. Concede, oh mi Señor, que este ayuno llegue a ser un río de aguas vivificadoras y otorgue la virtud con que Tú lo dotaste. Purifica con él los corazones de tus siervos, a quienes los males del mundo no han impedido volverse hacia tu Nombre todo glorioso y han permanecido inmutables ante el clamor y el tumulto de aquellos que han repudiado tus muy resplandecientes signos, que acompañaron el advenimiento de tu Manifestación, a la cual has investido con tu soberanía, tu poder, tu majestad y tu gloria. Estos son los siervos que, tan pronto oyeron tu llamada, se apresuraron hacia tu merced y no fueron apartados de Ti por los cambios y azares de este mundo, ni por ninguna limitación humana.
Soy aquel, oh mi Dios, que atestigua tu unidad, confiesa tu unicidad, se inclina humildemente ante las revelaciones de tu majestad y reconoce con semblante sumiso los resplandores de la luz de tu trascendente gloria. He creído en Ti después de que Tú me permitieras conocer tu Ser, que tu has revelado a los ojos de los hombres mediante la fuerza de tu soberanía y tu poder. Me he vuelto hacia Él completamente desprendido de todas las cosas y asiéndome firmemente del cordón de tus dádivas y favores. He abrazado su verdad y la verdad de todas las maravillosas leyes y preceptos que le fueron enviados. He ayunado por amor a Ti y en cumplimiento de tu mandato y he terminado mi ayuno con tu alabanza en mi lengua y en conformidad con tu voluntad. No permitas, oh mi Señor, que se me cuente entre quienes han ayunado durante el día y se han postrado de noche ante tu rostro, y han repudiado tu verdad, no han creído en tus signos, han negado tu testimonio y pervertido tus palabras.
Abre mis ojos, oh mi Señor, y los ojos de todos los que te han buscado, para que te reconozcamos con tus propios ojos. Este es el mandamiento que nos has dado en el Libro enviado por Ti a Aquel a quien has elegido por tu orden, le has distinguido con tu favor por encima de todas tus criaturas, le has querido investir con tu soberanía, le has favorecido especialmente y le has confiado tu Mensaje para tu pueblo. Alabado seas, por tanto, oh mi Dios, puesto que Tú bondadosamente nos has permitido reconocerle y aceptar todo lo que le ha sido enviado, y nos has conferido el honor de alcanzar la presencia de Aquel a quien Tú prometiste en tu Libro y en tus Tablas.
Tú me ves pues, oh mi Dios, con el rostro vuelto hacia Ti, aferrándome al cordón de tu bondadosa providencia y generosidad y asiéndome al borde de tus amables mercedes y generosos favores. Te imploro que no destruyas mis esperanzas de lograr lo que Tú ordenaste para tus siervos que se han vuelto hacia los recintos de tu corte y hacia el santuario de tu presencia y han observado el ayuno por amor a Ti. Confieso, oh mi Dios, que todo lo que procede de mí es completamente indigno de tu soberanía y no corresponde a tu majestad. No obstante, te suplico por tu Nombre (mediante el cual en esta Revelación has manifestado tu Ser en la gloria de tus muy excelentes títulos a todas las cosas creadas; una Revelación a través de la cual Tú has manifestado tu belleza por medio de tu muy resplandeciente Nombre) que me des a beber del vino de tu merced y de la bebida pura de tu favor, que ha fluido de la diestra de tu voluntad, para que fije en Ti mi mirada y me desprenda de todo salvo de Ti, a tal punto que el mundo y todo lo que ha sido creado en él me parezca como un día efímero que Tú no te has dignado crear.
Te imploro además, oh mi Dios, que hagas descender del cielo de tu voluntad y de las nubes de tu misericordia aquello que nos purifique del apestoso olor de nuestras transgresiones, oh Tú que te has llamado el Dios de misericordia. Tú eres verdaderamente el Más Poderoso, el Todoglorioso, el Benéfico.
No abandones, oh mi Señor, a aquel que se ha vuelto hacia Ti, ni permitas que aquel que se ha acercado a Ti sea alejado de tu corte. No frustres las esperanzas del suplicante que ha extendido anhelante sus manos solicitando tu gracia y favores, y no prives a tus siervos sinceros de las maravillas de tus tiernas mercedes y tu amorosa bondad. Tú eres Perdonador y Generosísimo, oh mi Señor. Tienes poder para hacer lo que te place. Todos los demás excepto Tú son impotentes ante las revelaciones de tu potencia, están como perdidos ante las pruebas de tu riqueza, son como nada cuando se les compara con las manifestaciones de tu trascendente soberanía y están desprovistos de toda fuerza cuando se les pone cara a cara con los signos y las muestras de tu poder. ¿Qué refugio hay aparte de Ti, oh mi Señor, al que pueda yo huir, y dónde hay un cobijo al que pueda apresurarme? ¡No, la fuerza de tu poder es mi testigo! No hay protector sino Tú, ni lugar donde huir excepto Tú, ni refugio que buscar salvo Tú. Hazme probar, oh mi Señor, la divina dulzura de tu recuerdo y alabanza. ¡Juro por tu poder! Quienquiera que pruebe su dulzura se librará de todo apego al mundo y a todo lo que hay en él y volverá su rostro hacia Ti, purificado del recuerdo de cualquiera que no seas Tú.
Inspira, pues, mi alma, oh mi Dios, con tu maravilloso recuerdo, para que glorifique tu Nombre. No me cuentes entre aquellos que leen tus palabras y no encuentran tu dádiva oculta que por tu decreto está contenida en ellas y que vivifica las almas de tus criaturas y los corazones de tus siervos. ¡Oh mi Señor!, haz que me cuente entre los que han sido tan conmovidos por las dulces fragancias esparcidas en tus días, que han dado sus vidas por Ti y se han apresurado al lugar de su muerte en su ansia por contemplar tu belleza y en su anhelo por alcanzar tu presencia. Y si en el camino alguien les preguntase: "¿A dónde vais?", dirían: "¡Hacia Dios, el que todo lo posee, el que ayuda en el peligro, el que subsiste por Sí mismo!"
Los pecados cometidos por los que se han alejado de Ti y se han mostrado arrogantes ante Ti no han podido impedirles que te amen, fijen su rostro en Ti y se vuelvan hacia tu misericordia. Estos son los bendecidos por el Concurso de lo Alto, los que son glorificados por los moradores de las ciudades eternas y, más allá de ellos, por aquellos en cuyas frentes tu muy exaltada pluma ha escrito: "¡Estos son el pueblo de Bahá! Mediante ellos se han derramado los resplandores de la luz de guía". Así ha sido ordenado por tu mandato y por tu voluntad en la tabla de tu irrevocable decreto.
Proclama por tanto, oh mi Dios, su grandeza y la grandeza de aquellos que en vida o después de la muerte han circulado alrededor de ellos. Provéelos con lo que Tú has ordenado para los justos entre tus criaturas. Potente eres Tú para hacer todas las cosas. No hay Dios sino Tú, el Todopoderoso, el que ayuda en el peligro, el Omnipotente, el Más Generoso.
No pongas fin a nuestros ayunos con este ayuno, oh mi Señor, ni los Convenios que Tú has hecho con este Convenio. Acepta todo lo que hemos realizado por amor a Ti y en aras de tu complacencia, y todo lo que hemos dejado de hacer por estar sometidos a nuestros deseos perversos y corruptos. Permítenos, pues, asirnos firmemente a tu amor y a tu voluntad, y presérvanos de la maldad de quienes te han negado y han repudiado tus muy resplandecientes signos. Tú eres en verdad el Señor de este mundo y del venidero. No hay Dios sino Tú, el Exaltado, el Altísimo.
Magnifica, oh Señor mi Dios, a Aquel que es el Punto Primordial, el Misterio Divino, la Esencia Invisible, la Aurora de Divinidad y la Manifestación de tu Señorío; mediante el cual fue esclarecido todo el conocimiento del pasado y todo el conocimiento del futuro; mediante el cual fueron descubiertas las perlas de tu sabiduría oculta y revelado el misterio de tu atesorado Nombre; a quien has designado como Anunciador de Aquel por cuyo nombre han sido unidas y enlazadas las letras S y É; mediante el cual se dieron a conocer tu majestad, tu soberanía y tu poder; mediante el cual fueron enviadas tus palabras, expuestas tus leyes con claridad, esparcidos tus signos y establecida tu Palabra; mediante el cual fueron puestos al descubierto los corazones de tus elegidos y reunidos todos los que estaban en el cielo y todos los que estaban en la tierra; a quien Tú has llamado 'Alí-Muhammad en el reino de tus nombres y Espíritu de Espíritus en las tablas de tu decreto irrevocable; a quien has investido con tu propio título; a cuyo nombre se ha hecho regresar a todos los demás nombres, por orden tuya y por la fuerza de tu poder; y en quien Tú has hecho que todos tus atributos y títulos alcancen su consumación final. A Él también pertenecen los nombres que estaban ocultos en tus inmaculados tabernáculos, en tu mundo invisible y en tus santificadas ciudades.
Magnifica además a quienes han creído en Él y en sus signos y se han vuelto hacia Él, entre aquellos que han reconocido tu unidad en su última Manifestación, una Manifestación de la que Él ha hecho mención en sus Libros y en sus Escrituras y en todos los maravillosos versos y preciosas palabras que han descendido sobre Él. Esta es la manifestación cuyo Convenio le ordenaste establecer antes de que Él hubiera establecido su propio Convenio. Él es Aquel cuya alabanza ha celebrado el Bayán. En Él ha sido glorificada su excelsitud, se ha establecido su verdad, se ha proclamado su soberanía y se ha perfeccionado su Causa. Bendito el hombre que se ha vuelto hacia Él y ha cumplido lo que Él ha ordenado, ¡oh, Tú, que eres el Señor de los mundos y el Deseo de todos los que te han conocido!
Alabado seas, oh mi Dios, ya que nos has ayudado a reconocerle y amarle. Por tanto, yo te suplico, por Él y por Aquellos que son las Auroras de tu Divinidad, las Manifestaciones de tu Señorío, los Tesoros de tu Revelación y los Depositarios de tu Inspiración, que nos permitas servirle y obedecerle, y nos capacites para convertirnos en auxiliadores de su Causa y dispersadores de sus adversarios. Potente eres para hacer todo lo que te place. ¡No hay más Dios que Tú, el Todopoderoso, el Todoglorioso, Aquel cuya ayuda buscan todos los hombres!


LVII

Dios atestigua la unidad de su divinidad y la singularidad de su propio Ser. Sobre el trono de la eternidad, desde las alturas inaccesibles de su posición, su lengua proclama que no hay otro Dios sino Él. Él mismo, independiente de todo, ha sido testigo siempre de su propia unicidad; revelador de su propia naturaleza; glorificador de su propia esencia. Él es en verdad el Todopoderoso, el Omnipotente, el Bellísimo.
Soberano sobre sus siervos, reina por encima de sus criaturas. En su mano está el origen de la autoridad y de la verdad. Él, con sus signos, da vida a los hombres; con su ira, les hace morir. Sobre sus hechos no ha de ser inquirido. Él es el Potente, el que todo lo subyuga. En su puño está el dominio de todo y en su mano derecha está el reino de su Revelación. Su poder en verdad abarca la creación entera. Suyas son la victoria y la soberanía; suyos toda fuerza y dominio; toda gloria y grandeza. Él es, en verdad, el Todoglorioso, el Poderosísimo, el Incondicionado.


LVIII

Alabado seas Tú, a Quien desde la eternidad, las lenguas de todas las cosas creadas han invocado sin alcanzar, no obstante, el cielo de tu eterna santidad y grandeza. Los ojos de todos los seres han sido abiertos para ver la belleza de tu luminoso semblante, y sin embargo, nadie ha logrado contemplar la brillantes de la luz de tu rostro. Las manos de aquellos quienes están cerca de Ti, desde la fundación de tu gloriosa soberanía y el establecimiento de tu santo dominio, se han elevado en súplica hacia Ti, aunque ninguno ha logrado alcanzar el borde del manto que cubre tu Divina y soberana Esencia. Y no obstante ello, nadie puede negar que Tú has sido siempre a través de las maravillas de tu generosidad y munificencia, supremo sobre todas las cosas, poderoso para hacer todas las cosas, y que Te encuentras más cerca de todas las cosas que ellas están de sí mismas.
Lejos está, entonces, de tu gloria, que alguien contemple tu maravillosa belleza con ojo alguno que no sea el tuyo, o escuche las melodías que proclaman tu soberanía todopoderosa con oído alguno que no sea tu propio oído. Extremadamente exaltado estás Tú como para que el ojo de criatura alguna pueda observar tu belleza, o la comprensión de corazón alguno pueda alcanzar las alturas de tu inmensurable conocimiento. Pues si alguna vez se permitiera a los pájaros de los corazones de quienes están cerca de Ti, remontarse mientras subsista tu propia e irresistible soberanía, o ascender tanto como perdure el imperio de tu Divina Santidad, no podrán de ningún modo trascender las limitaciones que un mundo contingente ha impuesto sobre ellos, ni cruzar más allá de sus confines. ¿Cómo puede, entonces, aquel cuya creación misma está restringida por tales limitaciones, llegar hasta Él, Quien es el Señor del Reino de todo lo creado, o ascender al cielo de Quien gobierna los dominios de la sublimidad y la grandeza?
¡Glorificado, inmensamente glorificado eres Tú, mi Bienamado! Por cuanto Tú has ordenado que el último límite al cual pueden ascender quienes alzan sus corazones hacia Ti, sea la confesión de su incapacidad para entrar en los reinos de tu santa y trascendente unidad, y la más alta posición que pueden alcanzar quienes aspiran conocerte, sea la aceptación de su propia impotencia que es amada por Ti, y la cual Tú has decretado, sea la meta de quienes han alcanzado y llegado a tu corte, y por los esplendores de tu semblante que han envuelto a todas las cosas, y por las energías de tu Voluntad por medio de las cuales la creación entera ha sido generada, que no prives a quienes han puesto sus esperanzas en Ti, de las maravillas de tu misericordia, ni niegues a quienes Te han buscado, los tesoros de tu gracia. Enciende, entonces, en sus corazones, la antorcha de tu amor, para que su llama pueda consumir todo, salvo el maravilloso recuerdo de Ti, y no quede trazo alguno en sus corazones, que no sean las preciosas evidencias de tu más santa soberanía, de modo que de la región en que moran no se escuche ninguna voz, excepto la voz que ensalza tu misericordia y poder, y en la tierra sobre la cual transitan no brille luz alguna, sino la luz de tu belleza, y dentro de cada alma nada pueda ser descubierto, que no sea la revelación de tu semblante y las señales de tu gloria, para que tal vez tus siervos puedan manifestar solo lo que a Ti place y se ajuste completamente a tu potentísima voluntad.
¡Gloria sea a Ti, oh mi Dios! ¡Que la fuerza de tu poder sea mi testigo! No tengo ninguna duda de que si el santo hálito de tu amorosa bondad y la brisa de tu munífico favor dejaran de soplar durante menos de un abrir y cerrar de ojos sobre todas las cosas creadas, la creación entera perecería, y todo lo que existe en el cielo y en la tierra quedaría reducido a la nada más completa. Por tanto, ¡magnificadas sean las maravillosas pruebas de tu trascendente poder! ¡Magnificada sea la potencia de tu exaltado Ser! ¡Magnificada sea la majestad de tu grandeza que todo lo abarca y la influencia dinamizadora de tu voluntad! Tal es tu grandeza, que si concentrases los ojos de todos los hombres en el ojo de uno de tus siervos, y comprimieses todos sus corazones en su corazón, y la capacitaras a él para contemplar dentro de sí mismo todas las cosas que Tú has creado por medio de tu fuerza y realizado a través de tu poder, y fuera él a ponderar, a lo largo de toda la eternidad, por sobre los dominios de la creación y la extensión de tu obra, descubriría indefectiblemente que no existe cosa creada que no se encuentre dominada por tu poder todo conquistador y vitalizada por tu soberanía que todo lo abarca.
Mírame, entonces, oh mi Dios, postrado sobre el polvo ante Ti, admitiendo mi impotencia y tu omnipotencia, mi pobreza y tu riqueza, mi evanescencia y tu eternidad, mi absoluta humillación y tu infinita gloria. Reconozco que no existe otro Dios salvo Tú; que no tienes par ni semejante, ni quien Te iguale o rivalice contigo. En tu inaccesible sublimidad has sido, desde siempre, exaltado por sobre la alabanza de nadie que no seas Tú, y así continuarás por siempre, en tu trascendente singularidad y gloria, santificado por sobre la glorificación de cualquiera salvo de tu propio Ser.
¡Juro por tu poder, oh mi Amado! Hacer mención de alguna cosa creada no corresponde a tu exaltadísimo Ser, y conferir alabanza a cualquiera de tus criaturas es absolutamente impropio de tu gran gloria. Es más, una mención tal no sería sino blasfemia proferida dentro de la corte de tu santidad, y semejante alabanza significaría nada menos que una transgresión ante las evidencias de tu Divina Soberanía. Pues la mera mención de cualquiera de tus criaturas implicaría una afirmación de su existencia ante la corte de tu singularidad y unidad. Tal afirmación no sería sino abierta blasfemia, un acto de impiedad, la esencia de la profanidad, y un crimen imperdonable.
Por tanto, atestiguo con mi alma, mi espíritu, mi entera existencia, que si Aquellos Quienes son las Auroras de tu santísima unidad y las Manifestaciones de tu trascendente unicidad, pudiesen elevarse tanto tiempo como subsista tu propia soberanía y perdure tu todo compelente autoridad, al fin no lograrían tan siquiera alcanzar los recintos de la corte en la que Tú revelas la efulgencia de tan solo uno de tus más poderosos Nombres. Glorificada, glorificada sea tu inalcanzable excelsitud. Glorificada, glorificada sea la preeminencia de tu reinado y la sublimidad de tu autoridad y poder.
Las más elevadas facultades con que han sido dotados los sabios, todas las verdades que éstos hayan descubierto en su búsqueda de la ciencia; las más brillantes realidades que ellos -en su empeño por llegar al fondo de los misterios de tu saber- hayan descubierto, todas han sido creadas por la fuerza del Espíritu, imbuido en la pluma que tus manos han forjado. ¿Cómo es posible, pues, que lo ideado por tu Pluma sea capaz de comprender aquellos tesoros de tu Fe con que, según tu decreto, tal Pluma ha sido investida? ¿Cómo la Pluma puede conocer los Dedos que la manejan y tus misericordiosos favores con los que están dotados? ¿Cómo puede percibir plenamente la existencia de tu Mano que controla los Dedos de tu Potencia, estando ella sin capacidad para lograr este objetivo? ¿Cómo puede ella lograr la comprensión de la naturaleza de tu Voluntad que anima el movimiento de tu Mano?
¡Glorificado seas, oh mi Dios! ¿Cómo puedo yo, entonces, ascender hasta el cielo de tu más sagrada Voluntad o conseguir entrar en el tabernáculo de tu divina Ciencia, sabiendo, como sé, que las mentes de los sabios y de los entendidos son impotentes en sus empeños por descubrir los secretos de tus obras; artesanía que en sí misma es una mera creación de tu Voluntad?
Alabanza hacia Ti, oh Señor mi Dios, mi Maestro, mi Poseedor, mi Rey. Ahora que he confesado ante Ti mi impotencia y la impotencia de todas las cosas creadas, y que he reconocido mi pobreza y la pobreza de la creación entera, Te llamo con mi lengua y las lenguas de todos los que están en el cielo y en la tierra, y Te imploro con mi corazón y los corazones de todos los que se han cobijado a la sombra de tus nombres y tus atributos, que no nos excluyas fuera de las puertas de tu amorosa bondad y tu gracia, ni permitas que cesen de soplar sobre nuestras almas las brisas de tu munífico cuidado y favor, ni dejes que nuestros corazones se dediquen a nadie que no seas Tú, ni que nuestras mentes sean ocupadas por recordación alguna que no sea la recordación de tu Ser.
¡Por la gloria de tu poder, oh mi Dios! Si Tú me designaras Rey sobre tus dominios, y me establecieras en el trono de tu soberanía, y entregaras en mis manos, por tu poder, las riendas de la creación entera, e hicieras que me ocupe, aunque fuera por menos de un instante de estas cosas, y olvidara los maravillosos recuerdos asociados con tu poderosísimo, perfectísimo y exaltadísimo Nombre, mi alma aún permanecería insatisfecha, y no se aquietarían los tormentos de mi corazón. Más aún, en ese preciso estado, reconocería ser el más pobre de los pobres, y el más desventurado de los desventurados.
¡Exaltado sea tu Nombre, oh mi Dios! Ya que Tú me has hecho conocer esta Verdad, yo te suplico por tu Nombre -que ningún escrito puede sostener, que ningún corazón puede imaginar, ni lengua alguna puede expresar, un nombre que permanecerá oculto y será glorificado tanto tiempo como tu propia Esencia esté oculta y será glorificado tanto tiempo como tu propio Ser sea alabado- que despliegues, antes de que el presente año llegue a su término, las insignias de tu evidente autoridad y triunfo, para que la creación entera sea beneficiada por tu riqueza y exaltada por medio de la influencia ennoblecedora de tu trascendente soberanía y para que todos se levanten y promuevan tu Causa.
Tú eres en verdad el Omnipotente, el Altísimo, el Todoglorioso, el que todo lo domina, el que todo lo posee.


LIX

Toda alabanza sea para Ti, oh mi Dios, que eres la fuente de toda gloria y majestad, de grandeza y honor, de soberanía y dominio, de sublimidad y gracia, de asombro y fuerza. A quien Tú quieres, le haces acercarse al Océano Más Grande y a quien Tú deseas le confieres el honor de reconocer tu Muy Antiguo Nombre. De todos los que están en el cielo y en la tierra, nadie puede resistirse a la acción de tu soberana voluntad. Desde toda la eternidad Tú registe la creación entera y por siempre continuarás ejerciendo tu dominio sobre todo lo creado. No hay otro Dios más que Tú, el Omnipotente, el Exaltadísimo, el Todopoderoso, el Sapientísimo.
Ilumina, oh Señor, los rostros de tus siervos para que puedan contemplarte, y limpia sus corazones para que puedan volverse hacia la corte de tus favores celestiales y reconocer a Aquel que es la Manifestación de tu Ser y la Aurora de tu Esencia. Verdaderamente Tú eres el Señor de todos los mundos. No hay Dios sino Tú, el que no se ve obligado por nada, el que todo lo domina.


LX

¡Glorificado seas, oh mi Dios! Observa mi cabeza, pronta a caer ante la espada de tu Voluntad; mi cerviz, preparada para llevar las cadenas de tu Deseo; mi corazón, anhelando convertirse en el blanco de los dardos de tu Decreto; mis ojos, esperando contemplar las muestras y signos de tu maravillosa Misericordia. Pues todo lo que pueda sobrevenirme de tu parte es el preciado deseo de aquellos que ansían encontrarte y la suprema aspiración de quienes se han acercado a tu corte.
¡Por la gloria de tu poder, oh Tú mi Bienamado! Haber sacrificado mi vida por la Manifestación de tu Ser, haber ofrendado mi alma en el sendero de los Reveladores de tu maravillosa Belleza, es haber sacrificado mi espíritu por tu Espíritu; mi ser, por tu Ser; mi gloria, por tu Gloria. Es como si hubiera ofrendado todo eso por amor a Ti, y por amor a tus amados.
Aunque mi cuerpo sea atormentado por las pruebas que me sobrevienen de Ti, aunque sea afligido por las revelaciones de tu Decreto, con todo, mi alma se regocija de haber participado de las aguas de tu Belleza y haber alcanzado las orillas del océano de tu eternidad. ¿Es digno de un amante huir de su amado, o abandonar el objeto del deseo de su corazón? No, todos creemos en Ti y ansiosamente esperamos entrar en tu presencia.


LXI

¡Loado sea tu nombre, oh Señor mi Dios! Tú atestiguas que tu voluntad ha prevalecido sobre todas las cosas creadas, y tu misericordia ha sobrepasado a todos los que están en el cielo y en la tierra. Y cuando Te propusiste mostrar tu soberanía, glorificar tu palabra, y revelar tu munificencia y misericordia, hiciste surgir a uno de tus siervos, y Le elegiste por sobre todas tus criaturas, y Le escogiste para tu propósito, y Le ataviaste con el manto de tu guía, y Le sumergiste en los mares de tu majestad y grandeza, y Le santificaste de todo cuanto no corresponde a la grandeza de tu gloria y la fuerza de tu poder, y Le ordenaste clamar ante todos los que están en el cielo y la tierra, y convocar a las multitudes hacia la Manifestación de tu Ser y el Revelador de tus signos.
Tan pronto como hubo proclamado tu Causa, levantándose para cumplir lo que Le había sido prescrito en las Tablas de tu Decreto, cuando el Gran Terror se apoderó de tus criaturas. Algunos se volvieron hacia Ti, y se desprendieron de todo excepto de Ti, y santificaron sus almas del mundo y todo lo que en él existe, y fueron extasiados por la dulzura de tu voz, que abandonaron todo lo que Tú habías creado en el reino de tu creación. Otros Te reconocieron y luego vacilaron; otros permitieron que el mundo se interpusiera entre ellos y Tú, y se privaron de reconocerte. Otros Te desdeñaron, y se apartaron de Ti, y desearon impedirte alcanzar tu propósito. Y, sin embargo, observa cómo todos ellos están clamando por Ti y esperando las cosas que les fueran aseveradas en tus Tablas. Y cuando el Prometido llegó a ellos, no Le reconocieron, y no creyeron en tus signos, y repudiaron tus claras señales y se apartaron tan lastimosamente de tu senda, que mataron a tus siervos, la brillantez de cuyos rostros ha iluminado los semblantes del Concurso de lo alto.
Te suplico, oh Tú Quien eres el Señor de todos los nombres, que guardes a tus amados del ataque de tus enemigos, y los fortalezcas en su amor por Ti y en la realización de tu voluntad. Protégelos para que sus pasos no yerren, que sus corazones no sean separados de Ti como por un velo, y que sus ojos se contengan de mirar algo que no sea tuyo. Haz que sean tan extasiados por la dulzura de tus divinas melodías, y se libren de todo apego a alguien que no seas Tú, y se vuelvan completamente hacia Ti, y que en todas las circunstancias Te exalten, diciendo: "¡Alabado seas, oh Señor nuestro Dios, por cuanto nos has capacitado para reconocer tu muy exaltado y gloriosísimo Ser. A Ti, por tu misericordia, nos aferramos, y nos desprendemos de quienquiera no seas Tú. Hemos comprendido que Tú eres el Amado de todos los mundos y el Creador de la tierra y el cielo!"
¡Glorificado sea Dios, el Señor de toda la creación!


LXII

¡Loado y glorificado eres, oh Señor mi Dios! Tú eres Aquel Quien desde siempre ha sido investido de majestad, de autoridad y de poder, y continuará por siempre ataviado de honor, de fortaleza y de gloria. Los doctos, todos y cada uno, se sienten estupefactos frente a los signos y pruebas de tu obra, en tanto que los sabios se hallan, sin excepción, impotentes para desentrañar el misterio de Aquellos Quienes son las Manifestaciones de tu poder y fortaleza. Todo hombre perspicaz ha confesado su incapacidad para escalar las alturas de tu conocimiento, y todo hombre de erudición ha reconocido su fracaso de desentrañar la naturaleza de tu Esencia.
Habiendo obstruido el camino que conduce hacia Ti, Tú, en virtud de tu autoridad y por la potencia de tu voluntad, has creado a Aquellos Quienes son las Manifestaciones de tu Ser y Les has confiado tu Mensaje para tu pueblo, y has hecho que lleguen a ser las Auroras de tu inspiración, los Exponentes de tu Revelación, los Tesoros de tu Conocimiento y los Depositarios de tu Fe, para que todos los hombres, a través de Ellos, dirijan sus rostros hacia Ti, y se acerquen al reino de tu Revelación y al cielo de tu gracia.
Te suplico, por tanto, por Ti y por Ellos, que hagas descender, de la diestra del trono de tu gracia, aquello que los purifique de la mancha de sus transgresiones contra Ti, y hagas que se consagren completamente a tu Ser, oh Tú en cuya mano está el origen de todos los dones, para que todos se levantes a servir tu Causa, y se desprendan enteramente de todo salvo de Ti. Tú eres el Todopoderoso, el Todoglorioso, el Libre.
¡Oh mi Dios, mi Maestro, mi Bienamado! Soy tu siervo y el hijo de tu siervo. Me he sostenido firmemente de la cuerda de tu gracia, y me he aferrado al borde de la vestidura de tu amorosa providencia. Te imploro, por tu Más Grande Nombre, a Quien has designado como la infalible Balanza entre las naciones, y tu indefectible Prueba para todos los hombres, que no me desampares, ni me abandones a mis corruptos deseos. Resguárdame a la sombra de tu Suprema Impecabilidad, y permíteme magnificar tu propio Ser en medio del concurso de tus criaturas. No me apartes de la Divina Fragancia de tus días, ni me prives de los dulces aromas que emanan de la Aurora de tu Revelación. Confiéreme el bien de este mundo y del mundo por venir, por el poder de tu gracia que ha abrazado a todas las cosas y tu merced que ha superado a la entera creación. Tú eres Aquel Quien sostiene en su puño el reino de todas las cosas. Mediante tu decreto, haces lo que es tu voluntad y, por la fuerza de tu poder, decides lo que es tu deseo. Nadie puede resistir tu voluntad; nada puede agotar la impelente fuerza de tu mandato. No hay Dios sino Tú, el Todopoderoso, el Todoglorioso, el Todomunífico.


LXIII

Tú ves, oh mi Dios, a tu siervo que mora en este hogar-prisión, completamente desprendido de todo salvo de Ti, con su mirada dirigida hacia la Aurora de tu misericordia, y su corazón anhelando las maravillosas manifestaciones de tu gracia. Tú, oh mi Señor, has sumado los males que le han afligido en tu sendero. Tú le ves rodeado por aquellas de tus criaturas que han transgredido y se han rebelado contra Ti, quienes se han interpuesto entre él y tus amados, quienes le han fijado residencia en esta tierra y Te han agraviado, y quienes han impedido a tus siervos volverse hacia Ti.
¡Por todo ello Te doy gracias, oh mi Señor! Te imploro que nos ayudes, a mí y a aquellos que Te aman, a magnificar tu Palabra, y que nos dotes de una fortaleza tal que los males de este mundo y sus tribulaciones sean incapaces de impedirnos recordarte y exaltar tus virtudes. Potente eres Tú para hacer todas las cosas; resplandeciente eres Tú por sobre todas las cosas.
Todo conquistador no es sino un siervo a quien tu mano ha sometido, y el más rico entre los ricos no es sino un indigente ante la inmensidad de tu riqueza. El más noble entre los nobles se siente humillado al enfrentarse a las manifestaciones de tu gloria, y el más poderoso de los potentados no es más que un ser abyecto cuando es confrontado con las compelente evidencia de tu autoridad.
Desgarra, oh mi Dios, el velo de vanas imaginaciones que han oscurecido la visión a tu pueblo, para que todos se apresuren en acudir hacia Ti, hollen el sendero de tu complacencia, y transiten en los caminos de tu Fe. Nosotros somos, oh mi Dios, tus siervos y tus vasallos. Tú nos bastas, de tal modo que podemos prescindir del mundo y todo lo que en él existe. Estamos completamente satisfechos con lo que nos ha acaecido en tu sendero y proclamamos: "Alabado sea, oh Tú, en cuya mano están los dominios de la revelación y la creación, y todos los reinos de la tierra y del cielo!"


LXIV

¡Alabanzas a Ti, oh Señor mi Dios, mi Maestro! Tú percibes los suspiros de aquellos quienes, aunque ansían contemplar tu rostro, están no obstante separados de Ti y alejados de tu corte. Tú atestiguas las lamentaciones que vierten aquellos quienes Te han reconocido, debido a su separación de Ti, y su anhelo por encontrarte. Te suplico, por esos corazones que nada contienen excepto los tesoros de tu recordación y alabanza, y que solo manifiestan los testimonios de tu grandeza y las evidencias de tu fortaleza, que otorgues poder a tus siervos que Te anhelan, para aproximarse a la sede de la revelación del esplendor de tu gloria, y asistas a aquellos cuyas esperanzas están cifradas en Ti, a entrar en el tabernáculo de tu trascendente favor y misericordia.
¡Desprotegido me encuentro, oh mi Dios! Atavíame con el manto de tu tierna misericordia. Estoy sediento, dame de beber de los océanos de tu munífico favor. Soy un forastero; acércame a la fuente de tus dones. Me siento enfermo; rocíame con las aguas curativas de tu gracia. Soy un cautivo; líbrame de mi esclavitud, para que en las alas del desprendimiento pueda elevarme hacia las más altas cumbres de tu creación. Tú, verdaderamente, haces lo que deseas. No hay otro Dios sino Tú, el que Ayuda en el Peligro, el Todoglorioso, el Libre.


LXV

¡Glorificado eres Tú, oh mi Dios! Tú sabes que mi único propósito al revelar tu Causa ha sido revelarte a Ti y no a mí mismo, y manifestar tu gloria antes que mi gloria. En tu sendero, y para alcanzar tu agrado, he desdeñado descanso, alegría y complacencia. En todo momento y en todas las circunstancias, mi mirada ha estado fija en tus preceptos, y mis ojos dirigidos a las cosas que Tú me has ordenado observar en tus Tablas. He despertado cada mañana a la luz de tu alabanza y de tu recordación, y he llegado a cada atardecer inhalando las fragancias de tu misericordia.
Y cuando la creación entera fue agitada, y toda la tierra fue convulsionada, y los suaves aromas de tu nombre, el Todo Alabado, hubieron casi cesado de soplar sobre tus reinos, y los vientos de tu misericordia se hubieron poco menos que aquietado en la extensión de todos tus dominios, Tú, por la fuerza de tu poder, me hiciste surgir en medio de tus siervos, y me ordenaste manifestar tu soberanía entre tu pueblo. Por lo tanto, me incorporé ante todas tus criaturas, fortalecido por tu ayuda y tu poder, y convoqué a las multitudes hacia Ti y anuncié a todos tus siervos, tus favores y tus dones, y los insté a volverse hacia este Océano, cada gota de cuyas aguas alza la voz, proclamando a todos quienes están en el cielo y en la tierra que Él es, en verdad, la Fuente de toda vida, y el Vivificador de la creación entera, y el Objeto de adoración de todos los mundos, y el Bienamado de todo corazón comprensivo, y el Deseo de todos aquellos que están cerca de Ti.
Aunque los furiosos vientos del odio de los forjadores de iniquidad, soplaban y azotaban esta Lámpara, en ningún momento Le fue impedido, en su amor por tu belleza, difundir la fragancia de su luz. A medida que se hacían más y más grandes las transgresiones cometidas contra Ti, aumentaban igualmente mis ansias por revelar tu Causa, y conforme las tribulaciones se intensificaban -y de ello tu gloria es testigo- una medida más plena de tu soberanía y de tu poder, era por mí conferida a tus criaturas.
Y, finalmente, fui arrojado por las transgresores a la ciudad-prisión de 'Akká, y mi familia fue hecha prisionera en Baghdád. ¡La fuerza de tu poder me lo atestigua, oh mi Dios! Cada aflicción que he padecido en tu sendero ha aumentado mi regocijo y ha acrecentado mi alegría. ¡Juro por Ti, oh Tú Quien eres el Rey de Reyes! Ninguno de los reyes de la tierra tiene poder para impedirme recordarte y exaltar tus virtudes. Si se aliasen -como lo han hecho- contra mí, y blandiesen sus más afiliadas espadas y sus más aflictivas lanzas, yo no vacilaría en magnificar tu nombre frente a todos aquellos que están en tu cielo y en tu tierra. Es más, clamaría diciendo: "Éste, oh mi Amado, es mi rostro que he ofrendado por tu rostro, y éste es mi espíritu que he sacrificado por tu espíritu, y ésta es mi sangre que bulle en mis venas, en su anhelo por ser derramada por amor a Ti y en tu sendero".
Si bien -como Tú me ves, oh mi Dios- habito en un lugar dentro de cuyas murallas no se escucha voz alguna salvo el sonido del eco; si bien se nos ha cerrado todas las puertas de la comodidad y la tranquilidad, no obstante, mi alma se ha inflamado a tal punto por amor a Ti, que nada en absoluto puede apagar el fuego de su amor o reducir la consumidora llama de su deseo. Alzando su voz, clama en medio de tus siervos, y en todo momento y en todas las condiciones, los convoca ante Ti.

Te suplico, por tu Más Grande Nombre, que abras los ojos de tus siervos, para que puedan contemplarte resplandeciendo sobre el horizonte de tu gloria y majestad, y para que el graznido del cuervo no les impida escuchar la voz de la Paloma de tu sublime unicidad, ni las aguas corruptas los priven de beber del cristalino vino de tu munificencia y de los eternos torrentes de tus dones.
Reúnelos entonces, alrededor de esta Ley Divina, cuyo convenio Tú has establecido con todos tus Profetas y tus Mensajeros, y cuyas ordenanzas has prescrito en tus Tablas y Escrituras. Elévalos además, a alturas tales que les permitan percibir tu Llamado.
Potente eres Tú para hacer lo que Te place. Tú eres, verdaderamente, el Inaccesible, el Todoglorioso.


LXVI

¡Glorificado eres, oh Señor mi Dios! Tú me ves habitando en esta prisión que está allende los mares y las montañas, y muy bien conoces lo que he soportado por amor a Ti y a tu Causa. Tú eres Aquel, oh mi Dios, Quien me ha hecho surgir por tu mandato, y ha dispuesto que ocupe tu sitio y convoque a todos los hombres a la corte de tu misericordia. Eres Tú Quien me ha ordenado anunciar lo que destinaste para ellos en la Tabla de tu decreto e inscribiste con la pluma de tu Revelación, y Quien me ha impuesto el deber de encender el fuego de tu amor en los corazones de tus siervos, y de acercar a todos los pueblos de la tierra a la habitación de tu trono.
Y cuando, de acuerdo a lo señalado por Ti, me levanté y llamé, con tu permiso, a tus criaturas, los descarriados entre tus siervos se opusieron a mí. Algunos se apartaron de mí, otros desconocieron mis derechos, unos cuantos vacilaron, y otros, en tanto, fueron penosamente confundidos, a pesar de que tu testimonio había sido promulgado ante los seguidores de todas las religiones, y tu prueba demostrada a todos los pueblos de la tierra, y los signos de tu poder, tan intensamente puestos de manifiesto, que abrazaron la creación entera.
Y además, se me opuso mi propia familia, aunque, como Tú sabes, me eran tan queridos y por quienes había yo deseado, lo que había deseado para mí mismo. Ellos son quienes, cuando se enteraron de que había sido enviado a prisión, perpetraron contra mí lo que ningún otro hombre en la tierra ha perpetrado.
Te ruego, por tanto, oh mi Dios, por tu nombre, por el cual has separado entre la verdad y la negación, que purifiques sus corazones de todas las insinuaciones perversas y les permitas acercarse a Aquel Quien es la Aurora de tus nombres y tus atributos.
Tú sabes, oh mi Dios, que he roto todo lazo que me unía a cualquiera de tus criaturas, salvo aquel exaltadísimo lazo que me une con todo lo que se adhiere a Ti, en éste, el día de la revelación de tu muy augusto Ser, el que ha aparecido en tu nombre, el Todoglorioso. Tú conoces que he disuelto todo vínculo que me atase a cualquiera de mis parientes, a excepción de aquellos que han gozado de cercano acceso a tu muy resplandeciente rostro.
No tengo voluntad salvo tu voluntad, oh mi Señor, y no abrigo deseo que no sea tu deseo. De mi pluma solo fluye el llamado que tu propia exaltada pluma ha prorrumpido, y mi lengua no profiere nada que no haya proclamado el Más Grande Espíritu mismo en el reino de tu eternidad. Nada me anima excepto los vientos de tu voluntad, y no emito palabra alguna salvo las palabras que, con tu licencia y por tu inspiración, me siento impelido a pronunciar.
Alabanzas sean para Ti, oh Tú Quien eres el Bienamado de todos los que Te han conocido, y el deseo de los corazones de aquellos que son devotos a Ti, por cuanto Tú me has hecho el blanco de las adversidades que sufro en mi amor por Ti, y el objetivo de los ataques lanzados contra mí en tu sendero. ¡Tu gloria me lo atestigua! No puedo, de manera alguna, sentirme impaciente por las adversidades que he sufrido en mi amor por Ti. Desde el primer día en que Te revelaste a mí, he aceptado para mí mismo toda clase de tribulaciones. En cada momento de mi vida, mi cabeza Te implora, clamando a gritos: "¡Ojalá, oh mi Señor, fuese yo colocada en la punta de una lanza, en tu sendero!", en tanto mi sangre Te suplica, diciendo: "¿Tiñe la tierra conmigo, oh mi Dios, en aras de tu amor y complacencia!" Tú sabes que en ningún momento he procurado proteger mi cuerpo de aflicción alguna, sino que continuamente he esperado más bien lo que Tú ordenaste para mí en la Tabla de tu decreto.
He aquí, entonces, oh mi Dios, mi soledad entre tus siervos y mi lejanía de tus amigos y elegidos. Te suplico, por las lluvias de las nubes de tu misericordia, por las cuales has hecho brotar los capullos de tu alabanza y prolación, y las flores de tu sabiduría y testimonio en los corazones de todos aquellos que han reconocido tu unicidad, que proveas a tus siervos y a mi familia de los frutos del árbol de tu unidad, en estos días en que Tú has sido establecido en el trono de tu misericordia. No les impidas, oh mi Señor, alcanzar las cosas que Tú posees, y decreta para ellos lo que les ayude a escalar las alturas de tu gracia y favor. Dales de beber además, de las aguas vivientes de tu conocimiento, y ordena para ellos todo el bien de este mundo y del mundo por venir.
Tú eres, verdaderamente, el Señor de Bahá, y el Bienamado de su corazón, y el Objeto de su deseo, y el Inspirador de su lengua, y la Fuente de su alma. No hay Dios sino Tú, el Inaccesible, el Altísimo. Tú eres, verdaderamente, el Todopoderoso, el Exaltadísimo, el Siempre Perdonador, el Más Misericordioso.


LXVII

¡Glorificado seas Tú, oh Señor mi Dios! Te doy gracias por haberme permitido reconocer Tu Manifestación; por haberme separado de tus enemigos y por haber expuesto ante mis ojos sus maldades y perversas acciones en tus días; por haberme librado de todo apego a ellos y por haberme hecho volver completamente hacia tu gracia y tus generosos favores. También te doy gracias por haberme enviado, desde las nubes de tu voluntad, aquello que me ha santificado de tal modo de las insinuaciones de los infieles y de las sugerencias de los incrédulos, que he fijado mi corazón firmemente en Ti y he huido de aquellos que han negado la luz de tu semblante. Te agradezco, además, que me hayas capacitado para ser firme en tu amor, para expresar tu alabanza y ensalzar tus virtudes. Y te agradezco que me hayas dado a beber del cáliz de tu misericordia, que sobrepasa lo visible y lo invisible.
Tú eres el Todopoderoso, el Más Exaltado, el Todoglorioso, el que todo lo ama.


LXVIII

¡Alabado seas, oh mi Dios! Tú me ves encerrado en esta Prisión, y bien sabes que he entrado en ella solo por Ti y por la glorificación de tu Causa. Te imploro a gritos, en este mismo momento, oh Tú Quien eres el Señor de todos los mundos, y Te suplico, por tu incuestionable Nombre, que atraigas los corazones de tus siervos hacia la Aurora de tus muy excelentes títulos y el Punto de Amanecer de tus muy resplandecientes signos.
De no ser por las aflicciones que me sobrevienen en tu sendero, oh mi Señor, ¿cómo podría mi corazón alegrarse en tus días? Y si no fuera por la sangre que es derramada por amor a Ti, ¿qué otra cosa podría teñir los rostros de tus elegidos ante los ojos de tus criaturas? ¡Juro por tu poder! El ornamento que engalana el semblante de tus amados es la sangre que, en su amor por Ti, corre desde sus frentes sobre sus rostros.
Tú ves, oh mi Dios, cómo cada hueso de mi cuerpo resuena cual una flauta con la música de tu inspiración, revelando los signos de tu unicidad y las claras pruebas de tu unidad. Yo te imploro, oh mi Dios, por tu Nombre, el cual ilumina todas las cosas, que hagas surgir a aquellos siervos que inclinan su oído hacia la voz de las melodías que han ascendido de la diestra del trono de tu gloria. Hazles beber entonces, de las manos de tu gracia, el vino de tu misericordia, para infundir confianza en sus corazones, y para que les haga adaptarse de la siniestra de las ociosas fantasías y vanas imaginaciones y acercarse a la diestra de la confianza y la certeza.
Ya que tú los has guiado hacia el portal de tu gracia, oh mi Señor, no los abandones, por tu munificencia; y puesto que los has convocado al horizonte de tu Causa, no los apartes de Ti, por tu gracia y favor. Poderoso eres Tú para hacer lo que Te place. No hay Dios sino Tú, el Omnisciente, el Todo Informado.

LXIX

¡Glorificado eres, oh Señor mi Dios! Mi lengua, tanto la lengua de mi cuerpo como la lengua de mi corazón, mis extremidades y miembros, cada vena que pulsa dentro de mí, cada cabello de mi cabeza, todos proclaman que Tú eres Dios y que no existe otro Dios fuera de Ti. Desde siempre has sido inmensamente exaltado por encima de toda similitud y comparación, y santificado de todo cuanto pertenece a la creación que Tú has creado y modelado. Desde la eternidad Tú has estado solo, sin nadie que comparta la majestad de tu singularidad, y has permanecido muy por encima de los cambios y azares a que están sometidas todas tus criaturas.
Y cuando Te propusiste demostrar la fuerza de tu soberano poder, y glorificar tu palabra, y guiar los pasos de tu pueblo, hiciste surgir de entre tus criaturas a Uno de tus siervos, a Quien dotaste con las claras señales de tu unicidad, para que cumpliese tu testimonio para todas las cosas creadas, y perfeccionase tu prueba ante todos los hombres.
Tan pronto como Él Se reveló, conforme a tu mandato, y llamó a tus siervos a volverse en la dirección de tus favores, y a dirigir sus rostros hacia el horizonte de tu conocimiento, aparecieron entre ellos los signos de la disensión. Algunos respondieron a tu llamado, y sin la menor vacilación, obedecieron a tu requerimiento. Otros Te volvieron la espalda y siguieron los deseos de una inclinación corrupta.
Te imploro, oh mi Dios, por tu Más Grande Nombres, que extasíes a todas las naciones por la potencia de tu Palabra, la cual Tú has ordenado que sea la reina de todas las palabras, Palabra por la cual fueron descubiertas las hermosas perlas de tu oculta sabiduría y descifrados los preciosos misterios que yacían encerrados dentro de Ti. No los prives, por tu gracia y munificencia, de las cosas que Tú deseaste para ellos, ni permitas que permanezcas alejados de las orillas del océano de tu presencia.
Toda existencia, ya sea visible o invisible, oh mi Señor, atestigua que tu misericordia ha superado todas las cosas creadas, y tu bondad ha abarcado la creación entera. Míralos, Te lo ruego, con ojos de misericordia. Tú eres el Siempre Perdonador, el Más Compasivo. Procede con ellos como corresponde a tu gloria, y a tu majestad, y a tu grandeza, y a tu munificencia y a tu gracia. No los trates de acuerdo con las limitaciones que les han sido impuestas, o las múltiples vicisitudes de su vida terrenal.
Tú sabes, oh mi Señor, que no soy sino uno de tus siervos. He gustado de la dulzura de tu voz, y he reconocido tu unidad y tu singularidad, he vuelto mi rostro hacia la Fuente de tus muy excelentes nombres y hacia el Sol de tus trascendentes nombres y hacia el Sol de tus trascendentes atributos, y he deseado queme permitas sumergirme en el océano de tu unicidad y ser absorbido por las poderosas aguas de tu unidad.
Asísteme con tu fortalecedora gracia, oh mi Señor, para hacer lo que Tú deseaste, y no me niegues las cosas que Tú posees. Embelésame tanto con las maravillas de tus palabras, que el ruido y la distracción del mundo sean incapaces de impedirme volver hacia Ti, ni debilitar mi constancia en tu Causa, ni apartar mi vista del horizonte de tu gracia. Asísteme, entonces, oh mi Dios, en hacer lo que Te place y en cumplir tu voluntad. Decreta para mí, además, el bien de este mundo y del mundo por venir, y ordena para mí una sede de verdad en tu presencia. Potente eres Tú para hacer lo que deseas, y para gobernar como Te place. No hay Dios sino Tú, el Inaccesible, el Todoglorioso, el Más Grande.
¡Toda alabanza sea para Ti, oh Señor de los mundos y el Objeto de adoración de la creación entera!


LXX

¡Marchito se encuentra ahora todo lo que en otro tiempo floreciera en el Paraíso de tu trascendente unicidad, oh mi Dios! ¿Dónde están las generosas nubes de tu misericordia? Despojadas se hallan las ramas del Árbol de tu unidad de la vestidura de tu majestad y sabiduría. ¿Dónde está la primavera de tus dádivas y dones? Inmóvil yace el Arca de tu Causa en el mar de tu creación. ¿Dónde están los vientos de tu gracia y favores? Por todos lados han rodeado tu Lámpara las tempestades de la discordia que soplan desde todos los países. ¿Dónde está el globo de tu gracia y protección?
Tú ves, oh mi Dios, cómo los ojos de esta pobres criaturas están dirigidos hacia el horizonte de tu riqueza; cómo los corazones de estos seres desamparados están vueltos en la dirección de tu poder. Yo Te suplico, oh Tú Quien eres el único Deseo de aquellos que Te han reconocido, y el Objeto de adoración de la creación entera, no les permitas, ya que los has atraído por tu exaltadísima Palabra, que sean alejados del Tabernáculo que has erigido por tu nombre, el Todoglorioso.
Ellos están acosados por las preocupaciones, oh mi Señor, y rodeados por los perversos. Envíales, por tanto, desde el cielo de tu mandato, tus huestes invisibles, para que enarbolando los emblemas de tu victoria, puedan ayudarlos en tu tierra y protegerlos de tus adversarios.
Te ruego, oh mi Dios, por tu nombre mediante el cual las nubes han dejado caer su lluvia, y fluido los torrentes, y encendido el fuego de tu amor por todo tu dominio, que asistas a tu siervo que se ha vuelto hacia Ti, y pronunciado tu alabanza, y se ha decidido a ayudarte. Fortalece, entonces, su corazón, oh mi Dios, en tu amor y en tu Fe. Ello es mejor para él que todo lo que ha sido creado en tu tierra, pues el mundo y todo cuanto en él existe debe perecer, y lo que Te pertenece debe perdurar mientras perduren tus muy excelentes nombres. ¡Por tu gloria! Aunque el mundo se extendiera en el tiempo tanto como tu propio reino, depositar el afecto en él sería, con todo, impropio de aquellos que han bebido, de manos de tu misericordia, el vino de tu presencia; cuánto más si reconocen su fugacidad y están persuadidos de su transitoriedad. Los cambios a que está expuesto, y los azares a que están sujetas las cosas que a él pertenecen, atestiguan su inestabilidad.
Quien Te haya reconocido no se volverá hacia nadie que no seas Tú, y no pretenderá nada de Ti que no seas Tú mismo. Tú eres el solo deseo del corazón de aquel cuyos pensamientos están fijos en Ti, y la más elevada Aspiración de quienquiera esté plenamente dedicado a Ti.
No hay Dios sino Tú, el Todopoderoso, el que Ayuda en el Peligro, el Todoglorioso, el Omnipotente.


LXXI

Magnificado sea tu nombre, oh mi Dios, por cuanto has manifestado el Día que es el rey de los días; Día que Tú anunciaste a tus elegidos y a tus profetas en tus más excelsas Tablas; Día en que Tú derramaste el esplendor de la gloria de todos tus Nombres sobre todas las cosas creadas. Grande es la bendición de cualquiera que se haya dirigido hacia Ti, haya alcanzado tu presencia y haya captado el acento de tu voz.
Te imploro, oh mi Señor, por el nombre de Aquel a quien circunda en adoración el Reino de tus nombres, que ayudes bondadosamente a los que te son queridos a glorificar tu palabra entre tus siervos y a esparcir tu alabanza entre tus criaturas, de modo que el éxtasis de tu Revelación colme el alma de todos los moradores de tu tierra.
Oh mi Señor, ya que Tú los has guiado hacia las aguas vivientes de tu gracia, concede con tu generosidad que no sean apartados de Ti y, puesto que los has convocado a la morada de tu trono, por tu amorosa bondad, no los apartes de tu presencia. Haz descender sobre ellos aquello que les haga desprenderse completamente de todo excepto de Ti y les capacite para remontarse en la atmósfera de tu cercanía, de modo que ni el predominio de los opresores ni las insinuaciones de quienes no han creído en tu muy augusto y poderosísimo Ser sean capaces de mantenerlos lejos de Ti.


LXXII

¡Loado sea tu nombre, oh Tú en cuyas manos está el reino de todos los nombres, y en el puño de cuyo poder está todo lo que existe en el cielo y todo lo que existe en la tierra! Te suplico, por Aquel Quien es tu Más Refulgente Nombre, a Quien has hecho un blanco de los dardos de tu decreto en tu sendero, oh Tú, Rey de la eternidad, que desgarres los velos que han excluido a tus criaturas del horizonte de tu gloria, para que quizá vuelvan su rostro en la dirección de tu misericordia, y se acerquen a la Aurora de tu amorosa bondad.
¡No abandones a tus siervos a sí mismos, oh mi Señor! Atráelos por el influjo de tus palabras hacia el Punto de Amanecer de tu inspiración, y la Fuente de tu Revelación, y el Tesoro de tu sabiduría. Tú eres Aquel cuya fuerza y poder todas las cosas han atestiguado, cuyo Propósito nada en absoluto, de todo cuanto ha sido creado en tu cielo y en tu tierra, han podido frustrar.
Haz, entonces, victoriosos, oh mi Dios, a tus siervos que han vuelto su rostro hacia Ti, y han dirigido sus pasos a la sede de tu gracia. Haz descender, entonces, sobre ellos, aquello que los guarde del peligro de volverse hacia otros que no seas Tú, y de fijar sus ojos en cosa alguna fuera de Ti.
Potente eres Tú para hacer tu voluntad, y para reinar como Te place. No hay Dios sino Tú, el Dios de gloria y sabiduría.


LXXIII

¡Glorificado seas, oh Señor mi Dios! Te suplico por tu Nombre, el Represor, que apartes de nosotros la perversidad de tus adversarios, quienes no han creído en tu testimonio, y han puesto reparos a tu belleza. Somete por tu Nombre, el Todo Subyugador, a aquellos que han agraviado a tu anterior Manifestación, Quien ha aparecido ahora investida con tu título, el Todoglorioso. Apodérate por tu Nombre, el Sancionador, de aquellos que han tratado a tu Causa con desdén, se han burlado de tus poderosas palabras, y a quienes les ha sido impedido alcanzar esta exaltadísima estación. Permite a tus amados, por tu Nombre, el Victorioso, triunfar sobre tus enemigos y los infieles entre tus criaturas. Desgarra por tu Nombre, el Lacerador, el velo que oculta los hechos de aquellos que han manchado tu honor y han socavado tu Fe entre tu pueblo. Enlaza por tu Nombre, el Restaurador, los quebrantados corazones de quienes Te aman, y bondadosamente, bendícelos en sus propósitos. Enséñales por tu Nombre, el Omnisciente, las maravillas de tu sabiduría, para que se aferren firmemente a tu Fe y transiten por los senderos de tu complacencia. Resguárdalo por tu Nombre, el Protector, de la tiranía del opresor, de la perversidad de los malhechores y de la malevolencia de quienes procuran hacer el daño. Ampáralos por tu Nombre, el Preservador, dentro de la fortaleza de tu fuerza y poder, para que tal vez sean protegidos de los dardos de la duda que son arrojados por aquellos que se han rebelado contra Ti. Santifica para tus siervos, por tu Nombres, el cual has bendecido por sobre todos los demás nombres, el cual has escogido para tu favor y por el cual Tú has revelado tu belleza, estos días, de los cuales ha escrito claramente la Pluma de tu decreto, y los cuales, conforme a tu voluntad y sabiduría, han sido preordinados en tu irrevocable Tabla. Somete a tu autoridad, por tu Nombre, el Conquistador, a la gente de tu reino, para que todos se vuelvan hacia tu rostro y abandonen todo cuanto perece, por amor a Ti y en aras de tu complacencia.
Humilla, oh mi Señor, a tus enemigos, y apodérate de ellos por tu fuerza y tu poder, y haz que sean azotados por las ráfagas de tu ira. Hazles probar, oh mi Dios, tu temible majestad y venganza, pues han repudiado la verdad de Aquel en Quien ellos habían creído, Quien vino a ellos con tus signos y tus claras señales, y las evidencias de tu fuerza, y las múltiples revelaciones de tu poder. Reúne, entonces, a tus amados a la sombra del Árbol de tu unicidad, y la Manifestación de la refulgente luz de tu unidad.
Tú eres, verdaderamente, Aquel cuyo poder es inmenso, cuya venganza es terrible. No existe otro Dios más que Tú, el Todopoderoso, el Omnipotente.


LXXIV

Magnificado sea tu nombre, oh Señor mi Dios, por cuanto has hecho inclinar mi oído hacia tu voz, y me has llamado hacia Ti, y has abierto mis ojos para que contemplen tu belleza, e iluminado mi corazón con tu conocimiento, y santificado mi pecho de las dudas de los infieles en tus días. Yo soy aquel, oh mi Señor, quien yacía profundamente dormido en su lecho, cuando, he aquí, descendieron sobre mí los mensajeros de tus innumerables dones, y soplaron sobre mí las suaves brisas de tu amorosa bondad, y me despertaron, haciendo volver mi rostro hacia el santuario de tu conocimiento, y fijar mis ojos en los esplendores de la luz de tu rostro.
¡Solo soy una pobre criatura, oh mi Señor! Contémplame aferrado al borde de tus riquezas. He huido de la oscuridad y del descarrío hacia la refulgencia de la luz de tu semblante. Aunque Te rindiese mi agradecimiento -y esto tu gloria me lo atestigua- por toda la perdurabilidad de tu reino y la subsistencia del cielo de tu omnipotencia, aun así no habría logrado recompensar tus innumerables dones.
Te imploro, oh mi Señor, por tu nombre, el Siempre Perdurable, y por tu nombre, el cual has ordenado que sea el más grande Instrumento que Te vincula a tus siervos, que hagas que pueda huir hacia tu puerta en busca de amparo, y proclamar tu alabanza. Decreta entonces, para mí, en cada uno de tus mundos, lo que me permita cobijarme a tu sombra y dentro de los aledaños de tu corte.
Tú eres, verdaderamente, el Todopoderoso, el Munificente, el Exaltadísimo, el Siempre Perdonador, el Más Generoso.


LXXV

¡Toda alabanza sea para Ti, oh Señor mi Dios! No sé cómo cantar mi alabanza a Ti, ni cómo describir tu gloria, ni cómo invocar tu Nombre, el Todo Poseedor, estoy compelido a reconocer que Aquel Quien sostiene en su mano los destinos inmediatos de todas las cosas creadas, no es sino un vasallo dependiente de Ti, y es la creación de solo una palabra procedente de tu boca. Y si Te proclamo por el nombre de Aquel Quien es el Todo Compelente, de inmediato descubro que Él no es sino un suplicante postrado en el polvo, atemorizado frente a tu enorme fortaleza, tu soberanía y poder. Y si intento describirte glorificando la unicidad de tu Ser, pronto comprendo que tal concepción es tan solo una simple idea que mi propia fantasía ha tejido, y que Tú siempre has estado inmensamente exaltado por sobre las vanas imaginaciones que los corazones de los hombres han forjado.
¡La gloria de tu poder me lo atestigua! Quienquiera pretenda haberte conocido, ha testimoniado, en virtud de tal pretensión, su propia ignorancia; y para quienquiera crea haber llegado hasta Ti, todos los átomos de la tierra atestiguarán su impotencia y proclamarán su fracaso. Sin embargo, Tú, en virtud de tu misericordia, la cual ha superado los reinos de la tierra y del cielo, Te has dignado aceptar de tus siervos la loas y el honor que le rinden a tu exaltadísimo Ser, y les has ordenado celebrar tu gloria, para que sean desplegados en tus ciudades los emblemas de tu guía y esparcidas entre tus naciones las señales de tu misericordia, y para que a todos y a casa uno les sea permitido alcanzar lo que Tú has destinado para ellos por medio de tu decreto, y ordenado para ellos a través de tu irrevocable voluntad y propósito.
Habiendo atestiguado, por tanto, mi propia impotencia y la impotencia de tus siervos, Te suplico, por el esplendor de la luz de tu belleza, que no niegues a tus criaturas la conquista de las orillas de tu más santo océano. Atráelos, entonces, oh mi Dios, mediante la Divina Dulzura de tus melodías, hacia el trono de tu gloria y la sede de tu eterna santidad. Tú eres, verdaderamente, el Omnipotente, el Gobernante supremo, el Gran Dador, el Exaltadísimo, el Siempre Deseado.
Concede, entonces, oh mi Dios, que a tu siervo, quien se ha vuelto hacia Tu, ha fijado su mirada en Ti y se ha asido a la cuerda de tu clemencia y favor, le sea permitido beber de las vivientes aguas de tu misericordia y gracia. Haz, entonces, que ascienda a las alturas a las cuales aspira, y no le prives de aquello que Tú posees. Tú eres, verdaderamente, el Siempre Perdonador, el Más Generoso.


LXXVI

¡Alabado sea, oh Señor mi Dios! Cada vez que intento hacer mención de Ti, me lo impide la sublimidad de tu posición y la irresistible grandeza de tu poder. Pues, si Te alabara a través de toda la extensión de tu dominio y la perdurabilidad de tu soberanía, descubriría que mi alabanza a Ti tan solo puede ser propia de los que son semejante a mí, quienes son, ellos mismos, tus criaturas, y que han sido generados por el poder de tu decreto y conformados por la potencia de tu voluntad. Y cuando quiera que mi pluma atribuye gloria a alguno de tus nombres, paréceme que puedo oír la voz de su lamentación en su lejanía de Ti, y reconocer su llanto debido a su separación de tu Ser. Atestiguo que todo fuera de Ti no es sino tu creación y está sostenido por la palma de tu mano. La aceptación de alguna acción o alabanza de tus criaturas, no es sino una prueba de las maravillas de tu gracia y tus muníficos favores, y una manifestación de tu generosidad y providencia.
Te suplico, oh mi Señor, por tu Más Grande Nombre, por el cual separaste la luz del fuego, y la verdad de la negación, que hagas descender sobre mí y sobre aquellos de mis amados que están en mi compañía, el bien de este mundo y del próximo. Provéenos, entonces, con tus maravillosos dones que se encuentran ocultos a los ojos de los hombres. Tú eres, verdaderamente, el Modelador de toda la creación. No hay otro Dios sino Tú, el Todopoderoso, el Todoglorioso, el Altísimo.


LXXVII

¡Oh Tú, ante cuya terrible majestad todas las cosas se han estremecido, en cuyo poder están los asuntos de todos los hombres, hacia cuya gracia y misericordia se vuelven los rostros de todas tus criaturas! Yo Te suplico, por tu Nombre, el cual has ordenado que sea el espíritu de todos los nombres que están en el reino de los nombres, que nos protejas de las murmuraciones de aquellos quienes se han apartado de Ti, y has repudiado la verdad de tu muy augusto y exaltadísimo Ser, en esta Revelación que ha hecho estremecer el reino de tus nombres.
Soy una de tus siervas, ¡oh mi Señor! He vuelto mi rostro hacia el santuario de tus bondadosos favores y el adorado tabernáculo de tu gloria. Purifícame de todo lo que no es de Ti, y fortaléceme para amarte y cumplir tu voluntad, para que me deleite en la contemplación de tu belleza y, libre de todo afecto a cualquiera de tus criaturas, pueda en todo momento proclamar: "¡Magnificado sea Dios, el Señor de los mundos!"
Que mi alimento, oh mi Señor, sea tu belleza, y mi bebida, la luz de tu presencia; y mi esperanza, tu complacencia; y mi obra, tu alabanza; y mi compañero, tu recordación; y mi ayuda, tu soberanía; y mi morada, tu habitación; y mi hogar, la sede que Tú has exaltado por sobre las limitaciones de aquellos que, como por la interposición de un velo, están separados de Ti.
Tú eres, en verdad, el Dios de poder, el fortaleza y de gloria.


LXXVIII

¡Alabado seas, oh Señor mi Dios! Cada vez que Te recuerdo y reflexiono sobre tus virtudes, se apodera de mí tal éxtasis y soy tan arrobado por Ti, que me hallo incapaz de hacer mención de tu nombre y de exaltarte. Soy transportado a tales alturas, que reconozco que mi propio ser es como la recordación de Ti en tu reino, y la esencia de la alabanza a Ti entre tus siervos. Mientras ese ser perdure, continuará siendo esparcida tu alabanza entre tus criaturas, y glorificada por tu pueblo será tu evocación.
Todo hombre dotado de discernimiento entre tus siervos está convencido de que mi ser vive eternamente y no podrá nunca perecer, por cuanto la evocación de Ti es eterna y perdurará tanto como perdure tu propio Ser, y la alabanza a Ti es sempiterna y sobrevivirá mientras sobreviva tu propia soberanía. Por su intermedio, Tú eres glorificado por aquellos de tus escogidos que Te invocan y por los sinceros de entre tus siervos. Es más, la alabanza de cualquiera que Te alabe, en toda la creación, procede de este exaltado ser y retorna a él, como el sol, el cual, mientras está brillando, imparte a su resplandor a todo cuanto se encuentra expuesto a sus rayos. En ese sol se genera, y a él debe volver, la luz que es difundida sobre todas las cosas.
¡Exaltado, inmensamente exaltado eres Tú por sobre toda tentativa de mensurar la grandeza de tu Causa, por sobre toda comparación que alguien intente realizar, por sobre los esfuerzos de la lengua humana por expresar su significación! Desde siempre Tú has existido solo, sin otro fuera de Ti, y por siempre continuarás siendo el mismo, en la sublimidad de tu esencia y en las inaccesibles alturas de tu gloria.
Y cuando Te propusiste darte a conocer a los hombres, revelaste sucesivamente a las Manifestaciones de tu Causa, y ordenaste que cada uno fuera un signo de tu Revelación en medio de tu pueblo, y la Aurora de tu invisible Ser entre tus criaturas, hasta el momento cuando, conforme a tu decreto, todas las anteriores Revelaciones culminaron en Aquel a Quien Tú has designado el Señor de todos los que están en el cielo de la revelación y en el reino de la creación, Aquel a Quien has establecido como el soberano Señor de todos los que están en los cielos y todos los que están en la tierra. Él es a Quien Tú has determinado que sea el Portavoz de tu Más Grande Revelación y el Anunciador de tu Muy Antiguo Esplendor. En ello no tuviste otro propósito que el de probar a aquellos que han manifestado tus muy excelentes títulos, a todos los que están en el cielo y en la tierra. Él fue a Quien ordenaste establecer su convenio con todas las cosas creadas.
Y cuando se confirmó tu promesa y el tiempo fijado se hubo cumplido, Aquel Quien es el Poseedor de todos los Nombres y Atributos fue puesto de manifiesto ante los hombres. Súbitamente, todos los que estaban en los cielos y todos los que estaban en la tierra fueron sobrecogidos de terror, salvo aquellos a quienes Tú guardaste bajo tu protección y preservaste al amparo de tu poder y bondadosa providencia. Entonces Le aconteció, a manos de aquellas de entre tus criaturas que han transgredido contra Ti, lo que la lengua de ninguno de tus siervos puede relatar.
Mírale, además, oh mi Dios, con el ojo de tu tierna misericordia, y haz descender sobre Él y sobre aquellos que Le aman, todo el bien que Tú ordenaste en el cielo de tu voluntad y en la Tabla de tu decreto. Asístelos, entonces, con tu socorro, pues Tú eres, verdaderamente, el Todopoderoso, el Exaltadísimo, el Todoglorioso, Quien Todo lo Compele.


LXXIX

¡Toda gloria sea para Ti, oh Señor mi Dios! Doy testimonio por Ti de lo que Tú mismo diste testimonio por tu propio Ser, antes del día en que hubiste modelado la creación o hecho mención de ella. Que Tú eres Dios, y que no existe otro Dios fuera de Ti. Desde la eternidad Tú has sido, en tu trascendente unicidad, inmensamente exaltado por sobre la concepción de tus siervos acerca de tu unidad, y permanecerás eternamente, en tu inaccesible singularidad, muy por encima de la alabanza de tus criaturas. Ninguna palabra que pronuncie alguien que no seas Tú, podrá jamás ser digna de Ti, ni podrá la descripción de ningún hombre, salvo tu propia descripción, ser digna de tu naturaleza. Todos los que adoran tu unidad se han sentido penosamente perplejos al tratar de desentrañar el misterio de tu unicidad, y todos han confesado su impotencia en alcanzar la comprensión de tu esencia y escalar el pináculo de tu conocimiento. Todos los poderosos han aceptado su debilidad, y los doctos han reconocido su ignorancia. Aquellos quienes poseen influencias no son nada comparados con las revelaciones de tu admirable soberanía, y aquellos quienes son exaltados, quedan sumidos en el olvido cuando son confrontados con las manifestaciones de tu gran gloria. El esplendor de las más brillantes luminarias es eclipsado por el refulgente esplendor de tu rostro, y las lenguas de los más elocuentes oradores vacilan ante las ilimitadas efusiones de tu santa prolación, y los cimientos de las más grandes estructuras se estremecen ante la impetuosa fuerza de tu compelente poder.
¿Existe alguien, oh mi Dios, que pueda considerarse digno de ser recordado cuanto Tú eres recordado, y habrá de encontrarse alguien que se estime capaz de hacer alusión a tu naturaleza, o ser digno de mención en la corte de tu trascendente unicidad? Desde siempre Tú has sido solo, sin ningún otro fuera de Ti, y por siempre continuarás siendo uno y el mismo. No existe otro Dios sino Tú, el Dios de poder, de gloria y sabiduría.
¡Glorificado sea tu nombre, oh Señor mi Dios! Te suplico por Aquel Quien es tu exaltada y suprema Evocación, a Quien has manifestado ante todas tus criaturas e investido con tu nombre, el Todoglorioso, cuya voluntad has ordenado que sea tu propia voluntad, cuyo ser has decretado que sea el revelador de tu propio Ser, y su esencia, la Aurora de tu sabiduría, y su corazón, el tesoro de tu inspiración, y su pecho, el punto de amanecer de tus muy excelentes atributos y exaltadísimos títulos, y su lengua, la fuente de las aguas de tu alabanza y el manantial de las suaves corrientes de tu sabiduría, que hagas descender sobre nosotros aquello que nos permita prescindir de todo excepto de Ti, y nos haga dirigir nuestros pasos hacia el santuario de tu complacencia y aspirar lo que Tú ordenaste para nosotros conforme a tu irrevocable decreto. Capacítanos, entonces, oh mi Dios, para renunciar a nosotros mismos y aferrarnos tenazmente a Aquel Quien es la Manifestación de tu Ser, el Más Exaltado, el Altísimo. Otórganos además, lo que sea mejor para nosotros, e inscríbenos entre aquellos de tus siervos que han repudiado al Ídolo8 y han creído firmemente en Ti, y han sido establecidos en el trono de la certeza, de modo tal que las sugerencias del Maligno no han sido capaces de impedirles volver el rostro hacia tu nombre, el Todo Misericordioso.
Potente eres Tú para hacer lo que Te place y para ordenar lo que deseas. No hay Dios sino Tú, el Todo Poseedor, el Altísimo, el Todopoderoso, el Munificente, el Omnisciente, el Sapientísimo.


LXXX

¡Oh Tú cuya recordación es el deleite de las almas de todos aquellos que Te anhelan, cuyo nombre es la exultación de los corazones de cuantos están enteramente consagrados a tu voluntad, cuya alabanza es acariciada por aquellos que se han aproximado a tu corte, cuyo rostro es el deseo ardiente de cuantos han reconocido tu verdad, cuya prueba es la curación de los males de quienes han abrazado tu Causa, cuya calamidad es la más elevada aspiración de aquellos que están libres de todo afecto a nadie fuera de Ti!
¡Glorificado, inmensamente glorificado eres Tú, en cuyas manos se halla el imperio de cuanto hay en los cielos y canto existe en la tierra, Tú, Quien mediante una sola palabra de tu boca, hiciste que todas las cosas expiraran y se disolvieran y, por medio de otra palabra, hiciste que todo cuanto había sido separado, se combinara y se reuniera! Magnificado sea tu nombre, oh Tú Quien tienes poder sobre todos los que están en los cielos y todos los que están en la tierra, cuyo dominio abarca cuanto existe en los cielos de tu Revelación y en el reino de tu creación. Nadie puede igualarse contigo en tus creados dominios; nadie puede compararse contigo en tus creados dominios; nadie puede compararse contigo en el universo que Tú has modelado. La mente de nadie Te ha comprendido, ni Te ha alcanzado la aspiración de ningún alma. ¡Juro por tu poder! Si alguien se elevara, en cualesquiera alas, mientras perdurase tu propio Ser, a través de toda la inmensidad de tu conocimiento, aún así sería incapaz de transponer los límites que el mundo contingente le ha fijado. ¿Cómo, entonces, puede tal hombre pretender volar hasta la atmósfera de tu exaltadísima presencia?
Ciertamente, está dotado de entendimiento quien reconoce su impotencia y confiesa sus perversidades, por cuanto si alguna cosa creada pretendiera existencia alguna, al ser confrontada con las infinitas maravillas de tu Revelación, tan blasfema pretensión sería más atroz que cualquier otro crimen en todos los dominios de tu concepción y te creación. ¿Existe alguien, oh mi Señor, que cuando Tú revelas los primeros vislumbres de los signos de tu trascendente soberanía y poder, sea capaz de reclamar para sí mismo tan siquiera alguna existencia? La existencia misma no es nada cuando es enfrentada cara a cara con las poderosas y múltiples maravillas de tu incomparable Ser.
Exaltado, inmensamente exaltado eres Tú por sobre todas las cosas, ¡oh Tú Quien eres el Reyes! Te suplico por tu Ser y por Aquellos Quienes son las Manifestaciones de tu Causa y las Auroras de tu autoridad, que decretes para nosotros lo que has decretado para tus escogidos. No nos niegues lo que has ordenado para tus amados, quienes, tan pronto como tu llamado llegó hasta ellos, se dirigieron presurosos hacia Ti, y cuando los esplendores de la luz de tu semblante fueron derramados sobre ellos, inmediatamente se postraron en adoración ante tu rostro.
Somos tus siervos, oh mi Señor, y estamos en el puño de tu poder. Si nos penas con el castigo infligido a la anterior y a la última generación, tu veredicto será ciertamente justo, y loable tu acción. Potente eres Tú para hacer lo que Te place. No existe otro Dios más que Tú, el Todopoderoso, el Todoglorioso, el que Ayuda en el Peligro, Quien Subsiste por Sí Mismo.


LXXXI

¡La alabanza sea para Ti, oh Tú que inclinas tu oído hacia los suspiros de aquellos que se han librado de todo afecto a nada que no seas tú, y Quien escuchas los lamentos de aquellos que están totalmente consagrados a tu Ser! Tú ves todo lo que les ha acontecido por obra de aquellas de tus criaturas que han transgredido y se han revelado contra Ti. Tu poder me lo atestigua, ¡oh Tú Quien eres el Rey de los dominios de la justicia y el Soberano de las ciudades de la misericordia! Las tribulaciones que han sido obligados a soportar son tales que ninguna pluma, en toda la creación, puede contarlas. Si alguien intentara hacer mención de ellas, se hallaría impotente para describirlas.
Sin embargo, como esas tribulaciones fueron padecidas en tu sendero y por amor a Ti, quienes fueron afligidos por ellas Te rinden gracias en todas las condiciones, diciendo: "¡Oh Tú Quien eres el Deleite de nuestros corazones y el Objeto de nuestra adoración! Si las nubes de tu decreto hicieran llover sobre nosotros los dardos de la aflicción, en nuestro amor por Ti, rehusaríamos ser impacientes. Te ofreceríamos alabanzas y agradecimiento, por cuanto hemos reconocido y estamos convencidos de que Tú has ordenado solo aquello que habrá de ser lo mejor para nosotros. Si nuestros cuerpos son, a veces, abrumados por nuestras penas, no obstante, nuestras almas se regocijan con inmensa alegría. Juramos por tu poder, ¡oh Tú Quien eres el Deseo de nuestros corazones y la Exultación de nuestras almas! Toda pena que nos aflige en nuestro amor por Ti es una evidencia de tu tierna misericordia; toda fiera ordalía, un signo de la brillantez de tu luz; toda penosa tribulación, un sorbo refrescante; todo afán, un dichoso descanso; toda angustia, una fuente de alegría".
Oh mi Señor, quienquiera sea impaciente en las tribulaciones que le sobrevienen en tu sendero, no ha bebido del cáliz de tu amor no ha gustado de la dulzura de tu recuerdo. Te imploro, por Aquel Quien es el Rey de todos los nombres y su Soberano, Quien es el Revelador de todos los Atributos y su Creador, y por aquellos que se han remontado y acercado a Ti, y han alzado el vuelo hacia la atmósfera de tu presencia, y han soportado la irritación de las cadenas por amor a Ti, que permitas que todo tu pueblo sea bondadosamente ayudado a reconocer a Aquel Quien es la Manifestación de tu propio Ser, Quien por haber convocado a la humanidad ante Ti, ha sido exiliado y arrojado en la prisión.
La ternura de tu misericordia, oh mi Señor, sobrepasa la furia de tu ira, y tu cariñosa bondad excede tu violenta indignación, y tu gracia supera a tu justicia. Sostén las manos de tus criaturas, a través de tus maravillosos favores y mercedes, y no permitas que estén separados de la gracia que Tú has ordenado ser el medio por el cual pueden reconocerte. ¡La gloria de tu poder me lo atestigua! Si tal cosa sucediera, toda alma sería dolorosamente sacudida, todo hombre dotado de entendimiento quedaría perplejo, y todo poseedor de conocimiento se sentiría asombrado, salvo aquellos quienes han sido socorridos por las manos de tu Causa, y han sido convertidos en recipientes de las revelaciones de tu gracia y en testimonios de tus favores.
¡Juro por tu poder, oh mi Dios! Si Tú en tus días, considerases a tus siervos de acuerdo con sus méritos, ellos ciertamente no merecerían sino tu castigo y tormento. Sin embargo, Tú eres Aquel Quien posee gran munificencia, y cuya gracia es inmensa. No los mires con la mirada de tu justicia, oh mi Dios, sino más bien con los ojos de tu tierna compasión y misericordia. Procede con ellos, entonces, conforme a lo que es propio de tu generosidad y munífico favor. Potente eres Tú para hacer lo que Te place. Incomparable eres Tú. No hay otro Dios fuera de Ti, el Señor del trono en lo alto y de aquí en la tierra, el Soberano de este mundo y del mundo por venir. Tú eres el Dios de Munificencia, el Siempre Perdonador, el Gran Dador, el Más Generoso.
Bendice, oh Señor mi Dios, a Aquel por Quien han sido revelados los misterios de tu omnipotencia, por Quien han sido glorificadas las revelaciones de tu divinidad, por Quien ha sido descubiertas las preciosas perlas de tu conocimiento y sabiduría, por Quien han sido pregonados tus signos y señales, por Quien ha sido expuesta con claridad tu palabra, por Quien ha resplandecido la luz de tu semblante, y ha sido establecida tu soberanía. Bendice también a todos aquellos que, enteramente por tu Causa, se ha vuelto hacia Ti. Haz descender, además, sobre Él y sobre ellos, los maravillosos dones que corresponden a tu excelsitud. Tú eres, verdaderamente, el Todopoderoso, el que Ayuda en el Peligro, el Todoglorioso, Quien Subsiste por Sí Mismo.


LXXXII

¡Alabado sea, oh Señor mi Dios! Tú eres Aquel Quien has creado todas las cosas mediante una palabra pronunciada por tu mandato, y modelado la creación entera mediante la fuerza de tu soberanía y poder. Los más poderosos de los hombres están humillados ante las revelaciones de tu gloria, y aquellos que están dotados de fuerza tiemblan cuando son confrontados con las evidencias de tu poder. Todo hombre de discernimiento está privado de visión al enfrentarse con la efulgencia de la gloria de tu rostro, y aquel que es poseedor de riquezas es pobre y desolado cuando contempla la magnitud de tu riqueza.
Yo Te imploro, por tu Nombre Todoglorioso, con el cual adornaste a todos los habitantes del reino de tu revelación y a los moradores del cielo de tu voluntad, que concedas que mi alma sea atraída por la dulzura de la melodía del Ave del Cielo que canta entre las ramas del árbol de tu decreto, que Tú eres Dios, y que no existe otro Dios fuera de Ti.
Purifícame con las aguas de tu misericordia, oh mi Señor, y hazme enteramente tuya, y aproxímame al Tabernáculo de tu Causa y al adorado Santuario de tu Presencia. Ordena para mí, entonces, todas las cosas que has ordenado para las escogidas de entre tus siervas, y derrama sobre mí lo que habrá de iluminar mi rostro y esclarecer mi corazón.
Tú tienes poder para hacer lo que deseas, y ordenar lo que Te place.


LXXXIII

¡Alabado seas, oh Señor mi Dios! Tú ves mi pobreza y mi miseria, mis penas y mis necesidades, mi total desamparo y mi extrema humildad, mis lamentaciones y mi amargo gemido, la angustia de mi alma y las aflicciones que me acosa. ¡La fuerza de tu poder me lo atestigua! Tan profunda es mi humillación que tus siervos, quienes se han extraviado lejos de tu sendero, me menosprecian. Tú sabes que soy reconocido como el portador de tu nombre entre tus criaturas. Tú sabes que mi posición n o es más que una imagen de tu posición, que mis virtudes relatan tus virtudes, que dentro de mi más íntimo ser nada puede encontrarse sino las revelaciones de tus signos, y que mi esencia no es más que un reflejo de las evidencias de tu unidad.
Todas estas cosas las has divulgado entre tus criaturas, de modo que nadie puede reconocerme, si no es como a uno que lleva tu nombre. ¡Juro por tu gloria! Mis lamentaciones no son por lo que me ha acontecido en tu sendero, sino por mi reconocimiento de que a causa de mi humillación, se han estremecido penosamente los corazones de aquellos que Te aman, y las almas de tus adversarios se han llenado tanto de alegría, que se regocijan por aquellos que se han desprendido de todo menos de Ti, y se han dirigido presurosos al río de tu recuerdo y alabanza. Tan grande es su descarrío que cuando se encuentran con tus amados, vuelven la cabeza, burlándose de tu Causa, y dicen: "¿Dónde está vuestro Señor a Quien mencionáis de día y de noche? ¿Dónde Se encuentra Aquel a Quien denomináis vuestro Soberano, hacia Quien convocáis a todos los hombres a volverse?" Su orgullo y arrogancia crecieron más y más, hasta que llegaron a negar la fuerza de tu poder y a rechazar tu soberanía y dominio.
¡Tu gloria me lo atestigua! Me delito en mis propias aflicciones y en las aflicciones que quienes me aman, sufren en tu sendero. Sin embargo, ni yo ni ellos podemos soportar las afrentas y reproches que tus enemigos profieren contra tu Ser, el Irrestringido. ¿Hasta cuándo, oh mi Dios, permanecerás en el trono de tu indulgencia y paciencia? ¡Di tu palabra de ira, oh Tú a Quien ningún ojo puede ver! Amada es tu misericordia por los sinceros de entre tus siervos, y apropiado tu castigo para los infieles de entre tus enemigos. Has descender sobre ellos, por tanto, oh mi Señor, aquello que inequívocamente les revele la furia de tu ira y el ascendiente de tu poder, y les permita reconocer el peso de tu fuerza y la grandeza de tu poderío. Si Tú, oh mi Dios, rehusas ayudar a aquellos que Te aman, asiste entonces a tu propio Ser y a Aquel Quien es tu Recuerdo.
Te suplico por tu nombre, el cual ha hecho agitarse el océano de tu ira, que castigues a quienes han repudiado tu verdad y desconocido tus palabras. Humíllalos, entonces, por tu poder y fortaleza, y exalta a aquellos quienes, enteramente por tu Causa, han vuelto su rostro hacia Ti, para que por su intermedio sean desplegados los emblemas de tu glorificación entre las naciones, y sean irradiadas tus señales entre todos los pueblos, y que todos puedan testimoniar de que Tú eres Dios, y que no existe otra Dios más que Tú, el Dios de poder, de majestad y de gloria.


LXXXIV

¡Magnificado sea, oh Señor mi Dios! Te pido por tu Nombre, el cual Tú has erigido por sobre todos los demás nombres, por el cual el velo del cielo ha sido desgarrado y el Sol de tu belleza ha surgido sobre el horizonte, brillando con el esplendor de tu Nombre, el Exaltado, el Altísimo, que me socorras con tu maravillosa ayuda y me preserves en el refugio de tu cuidado y protección.
Yo soy una de tus siervas, ¡oh mi Señor! Hacia Ti me he vuelto, y en Ti he puesto mi confianza. Concede que sea tan confirmada en mi amor por Ti, y en el cumplimiento de lo que a Ti Te place, que no la deslealtad de los infieles entre tu pueblo, ni el clamor de los hipócritas entre tus criaturas, puedan lograr apartarme de Ti.
Purifica mi oído, oh mi Señor, para que pueda oír los versos que han descendido sobre Ti, e ilumina mi corazón con la luz de tu conocimiento, y desata mi lengua para que haga mención de Ti y cante tu alabanza. ¡Por tu poder, oh mi Dios! Mi alma no está unida a nadie fuera de Ti, y mi corazón a nadie busca sino a tu propio Ser.
No hay Dios sino Tú, el Todoglorioso, el Gran Dador, el Perdonador, el Compasivo.


LXXXV

Estos son, oh mi Dios, los días en que Tú ordenaste a tus siervos observar el ayuno. Con él adornaste el preámbulo del Libro de tus Leyes revelado a tus criaturas y engalanaste a los depositarios de tus mandamientos a la vista de todos los que están en tu cielo y todos los que están en tu tierra. Tú has dotado cada hora de estos días con una virtud especial, inescrutable para cualquier otro que no seas Tú, cuya sabiduría abarca todo lo creado. Tú también has asignado a cada alma una porción de esta virtud de acuerdo con la tabla de tu decreto y las escrituras de tu juicio irrevocable. Tú, además, has asignado todas las páginas de estos libros y de estas escrituras a cada uno de los pueblos y razas de la tierra.
Según tu decreto, has reservado en cada amanecer el cáliz de tu recuerdo para tus ardorosos amantes, oh Tú que eres el Soberano de los soberanos. Ellos son quienes se han embriagado de tal modo con el vino de tu polifacética sabiduría que abandonan su lecho en su anhelo por celebrar tu alabanza y ensalzar tus virtudes y escapan al sueño en su ansia por acercarse a tu presencia y participar de tu generosidad. Sus ojos han estado dirigidos en todo momento hacia la aurora de tu amorosa bondad y sus rostros se han vuelto hacia el manantial de tu inspiración. Haz descender, pues, sobre nosotros y sobre ellos, de las nubes de tu misericordia, lo que sea digno de tu generosidad y de tu gracia.
¡Alabado sea tu nombre, oh mi Dios! Esta es la hora en que Tú has abierto las puertas de tu generosidad ante los rostros de tus criaturas y los portales de tu tierna merced a todos los habitantes de tu tierra. Te imploro -por todos aquellos cuya sangre fue derramada en tu sendero, que en su anhelo por Ti se libraron de todo apego a cualquiera de tus criaturas y quedaron tan extasiados por los dulces perfumes de tu inspiración que cada uno de los miembros de su cuerpo entonaba tu alabanza y vibraba con tu recuerdo- que no nos niegues las cosas que Tú has ordenado irrevocablemente en esta Revelación, una Revelación cuya potencia ha hecho exclamar a cada árbol lo que la Zarza Ardiente proclamó en otro tiempo a Moisés, el que conversó contigo; una Revelación que ha permitido al más pequeño guijarro resonar nuevamente con tu alabanza, tal como te glorificaron las piedras en los días de Mahoma, tu Amigo.
¡Oh mi Dios!, estos son aquellos a quienes Tú has permitido bondadosamente ser tus compañeros y tener comunión con Aquel que es el Revelador de Ti mismo. Los vientos de tu voluntad les dispersaron por doquier hasta que Tú los reuniste bajo tu sombra y les hiciste entrar en los recintos de tu corte. Ahora que Tú has hecho que moren a la sombra del dosel de tu misericordia, ayúdales a alcanzar lo que sea digno de tan augusta posición. No permitas, oh mi Señor, que sean contados entre aquellos a quienes, aun gozando de proximidad a Ti, se les ha impedido reconocer tu rostro y, aunque te encontraron, se les ha privado de tu presencia.
Estos son tus siervos, oh mi Señor, que han entrado contigo en esta la Mayor Prisión, que han observado el ayuno dentro de sus muros, de acuerdo con lo que Tú les has ordenado en las tablas de tu decreto y los libros de tu mandato. Haz descender, pues, sobre ellos aquello que les purifique completamente de todo lo que Tú detestas, para que puedan dedicarse completamente a Ti y desprenderse enteramente de todo excepto de Ti.
Haz descender, pues, sobre nosotros, oh mi Dios, aquello que sea propio de tu gracia y digno de tu generosidad. Permítenos, pues, oh mi Dios, vivir en tu recuerdo y morir en tu amor, y provéenos con la dádiva de tu presencia en tus mundos venideros; mundos que son inescrutables para todos menos para Ti. Tú eres nuestro Señor, el Señor de todos los mundos y el Dios de todos los que están en el cielo y de todos los que están en la tierra.
Tú ves, oh mi Dios, lo que les ha sucedido a tus amados en tus días. ¡Tu gloria es mi testigo! El clamor de los lamentos de tus elegidos se ha elevado por todo tu reino. Algunos fueron atrapados por los infieles de tu tierra, quienes les impidieron acercarse a Ti y alcanzar la corte de tu gloria. Otros pudieron acercarse a Ti pero no les fue permitido contemplar tu rostro. Aun a otros les fue permitido, en su anhelo por verte, entrar en los recintos de tu corte, pero dejaron que los velos de la imaginación de tus criaturas y los males infligidos por los opresores entre tu pueblo se interpusieran entre ellos y Tú.
Esta es la hora, oh mi Señor, que Tú has hecho que destaque sobre todas las demás horas y la has vinculado a las más escogidas de entre tus criaturas. Te imploro, oh mi Dios, por Tu Ser y por ellas, que durante este año ordenes lo que enaltezca a tus amados. Decreta además, en este año, lo que permita al sol de tu poder resplandecer sobre el horizonte de tu gloria e iluminar por tu soberano poder al mundo entero.
Haz victoriosa a tu Causa, oh mi Señor, y humilla a tus enemigos. Decreta, pues, para nosotros el bien de esta vida y de la venidera. Tú eres la Verdad, quien conoce las cosas secretas. No hay Dios sino Tú, el que siempre perdona, el Todo Generoso.


LXXXVI

¡Glorificado sea, oh Señor mi Dios! Te rindo mis gracias por cuanto me has hecho el objetivo de diversas tribulaciones y el blanco de múltiples pruebas, a fin de que tus siervos sean dotados de nueva vida y sean vivificadas todas tus criaturas.
¡Juro por tu gloria, oh Tú el Más Amado de los mundos y el Deseo de todos cuantos Te han reconocido! La única razón por la cual deseo vivir es poder revelar tu Causa, y solo aspiro a la prosecución de mi vida para ser alcanzado por la adversidad en tu sendero.
Yo Te imploro, oh Tú por cuyo llamado se han remontado hasta la atmósfera de tu presencia los corazones de todos los que estaban cerca de Ti, que hagas descender sobre tus amados lo que les permita prescindir de todo excepto de Ti. Dótalos, entonces, de tal constancia, como para que se levanten a proclamar tu Causa, e invoquen tu nombre, ante todos los que están en tu cielo y en tu tierra, de modo tal que las faraónicas crueldades causadas por los opresores entre tus siervos, no logren apartarlos de Ti.
Tú eres, verdaderamente, el Dios de poder, el Dios de gloria, el Dios de fuerza y sabiduría.


LXXXVII

¡Magnificado sea tu nombre, oh Señor mi Dios! He aquí mi ojo expectante por contemplar las maravillas de tu misericordia, mi oído anhelante por escuchar tus dulces melodías, y mi corazón ansioso de las aguas vivientes de tu conocimiento. Tú ves a tu sierva, oh mi Dios, de pie ante la habitación de tu merced, invocándote por tu nombre, el cual has escogido por encima de todos los demás nombres y exaltado sobre todos los que están en el cielo y en la tierra. Haz descender sobre ella los hálitos de tu misericordia, para que sea completamente separada de sí misma, y enteramente atraída hacia la sede que, resplandeciente con la gloria de tu rostro, difunde a lo lejos el fulgor de tu soberanía, y se ha constituido en tu trono. Potente eres Tú para hacer tu voluntad. No hay Dios fuera de Ti, el Todo glorioso, el Más Generoso.
Te suplico, oh mi Señor, que no arrojes fuera de Ti a quienes Te han buscado, ni rechaces a aquellos que han dirigido a Ti sus pasos, ni prives de tu gracia a quienes Te aman. Tú eres Aquel, oh mi Señor, Quien Se ha llamado a Sí mismo el Dios de Misericordia, el Más Compasivo. Ten piedad, entonces, de tu sierva quien ha buscado tu abrigo, y ha vuelto su rostro hacia Ti.
Tú eres, verdaderamente, el Siempre Perdonador, el Más Misericordioso.


LXXXVIII

¡Loado sea tu nombre, oh mi Dios! Atestiguo que ningún pensamiento sobre Ti, por maravilloso que él sea, podrá jamás ascender al cielo de tu conocimiento, ni podrá alabanza alguna a Ti, por trascendente que fuere, remontarse hasta la atmósfera de tu sabiduría. Desde la eternidad has estado retirado más allá del alcance de la comprensión de tus siervos, e inmensurablemente exaltado por encima de los esfuerzos de tus esclavos por expresar tu misterio. ¿Qué poder es capaz de afirmar poseer la oscura criatura, frente a Aquel Quien es el Increado?
Atestiguo que los más elevados pensamientos de todos cuantos adoran tu unidad, y las mas profundas meditaciones de todos aquellos que Te han reconocido, son solo el producto de lo que ha sido generado a través del movimiento de la Pluma de tu mandato, y engendrado por tu voluntad. ¡Juro por tu gloria, oh Tú Quien eres el Amado de mi alma y la Fuente de mi vida! Estoy convencido de mi impotencia para describirte y ensalzarte de una manera que corresponda a la grandeza de tu gloria y la excelencia de tu majestad. Aunque soy consciente de ello, Te suplico, por tu misericordia que ha sobrepasado todo lo creado, y por tu gracia que ha abarcado a la creación entera, que aceptes de tus siervos lo que ellos sean capaces de demostrar en tu sendero. Ayúdales, entonces, por tu gracia fortalecedora, a exaltar tu palabra y proclamar tu alabanza.
Potente eres Tú para hacer lo que Te place. Tú eres, en verdad, el Todoglorioso, el Omnisapiente.


LXXXIX

No sé, oh mi Dios, qué es el Fuego con que Tú encendiste la Lámpara de tu Causa, ni el Cristal con el cual la preservaste de tus enemigos. ¡Por tu poder! Estoy sorprendido por las maravillas de tu Revelación, y por las muestras de tu gloria. Reconozco, oh Tú Quien eres el Deseo de mi corazón, que si el fuego es tocado por el agua, instantáneamente es extinguido, en tanto que el Fuego que Tú encendiste, no puede jamás apagarse, aunque todos los mares de la tierra fueran arrojados sobre él. Si en algún momento lo tocara el agua, las manos de tu poder, como ha sido decretado en tus Tablas, transmutarían esa agua en un combustible que alimentaría su llama.
Reconozco, asimismo, oh mi Dios, que toda lámpara, cuando es expuesta a la furia de los vientos, debe cesar de arder. Sin embargo, en cuanto a tu Lámpara, oh Amado de los mundos, no puedo imaginar qué poder, fuera de tu poder, fue capaz de haberla mantenido durante tantos años, a salvo de las tempestades que continuamente han sido dirigidas contra ella por los rebeldes entre tus criaturas.
¡Juro por tu gloria, oh mi Dios! Tu Lámpara que Tú encendiste dentro del Tabernáculo del hombre Te clama diciendo: "¡Oh Tú el solo y único Amado! ¿Hasta cuándo me abandonarás? Elévame hacia Ti, Te lo ruego. Aunque este deseo mío sea el deseo de una criatura humana, con todo Tú sabes que mi verdadero deseo es sacrificarme en tu sendero. Tú eres Aquel Quien ha hecho que mi deseo sea lo mismo que tu deseo, y mi voluntad, igual que tu voluntad. Guarda a tus amados, Te lo suplico, al amparo de tu misericordia protectora, la cual trasciende todas las cosas, para que quizá los sufrimientos que ellos padecen no les impidan volverse en la dirección de tu nombre, el Todoglorioso, el Munificente".


XC

¡Glorificado eres Tú, oh mi Dios! Tú conoces que en mi amor por Ti no he aspirado a descanso, que al proclamar tu Causa no me he permitido ninguna tranquilidad, y que en la observancia de cuanto has prescrito en tus Tablas no me retrasado en cumplir tu mandato. Por esta razón, he sufrido lo que ningún hombre, entre todos los habitantes de tu reino, ha sufrido.
¡Tu gloria me lo atestigua! Nada en absoluto puede impedirme recordarte, aunque todas las tribulaciones de la tierra me asaltaran desde todas las direcciones. Las extremidades y miembros de mi cuerpo proclaman su disposición para ser despedazados en tu sendero y en aras de tu complacencia, y ansían ser esparcidos en el polvo ante Ti. ¡Oh, si aquellos que Te sirven pudieran gustar lo que yo he gustado de la dulzura de tu amor!
Te imploro que proveas a quienquiera Te haya buscado con las vivientes aguas de tu munificencia, para que lo libren de todo afecto a nadie que no seas Tú. Tú eres, verdaderamente, el Omnisciente, el Todoglorioso, el Todopoderoso.


XCI

¡Loado sea tu nombre, oh Señor mi Dios! ¡Cuán grandes son tu poder y tu soberanía; cuán vastos tu fuerza y tu dominio! Tú has llamado a existir a Aquel Quien habla en tu nombre antes todos los que están en tu cielo y en tu tierra, y Le has ordenado clamar en medio de tus criaturas.
Sin embargo, no bien hubo surgido una palabra de sus labios, cuando los sacerdotes entre tu pueblo se apartaron de Él, y los doctos entre tus siervos pusieron reparos a sus signos. Con ello se encendió el fuego de la opresión en tu tierra, hasta que los mismos reyes se levantaron para extinguir tu luz, ¡oh Tú Quien eres el Rey de reyes!
La hostilidad se hizo tan intensa que mi familia y mis amados fueron hechos cautivos en tu tierra, y se impidió a quienes Te son queridos a volverse en la dirección de tu misericordia. Esta hostilidad no puedo lograr que disminuyera el fuego que ardía dentro de ellos. Finalmente, el enemigo llevó cautivo a Quien es la Manifestación de tu belleza y el Revelador de tus signos, y Le confinó en la plaza fuerte de 'Akká, y trató de impedirle que Te recordara y magnificara tu nombre. Tu siervo, sin embargo, no pudo ser privado de llevar a cabo lo que Tú Le habías ordenado cumplir. Sobre el horizonte de la tribulación ha elevado su voz y clama, convocando a todos los moradores del cuelo y a todos los habitantes de la tierra hacia la inmensidad de tu misericordia y la corte de tu gracia. De día y de noche Él me hace descender los signos de tu omnipotente poder y revela las claras señales de tu Majestad, para que se acerquen a Ti las almas de tus criaturas, y se abandonen a sí mismos volviéndose hacia Ti, y huyan de su miseria buscando el tabernáculo de tus riquezas, y se alejen presurosos de su bajeza para entrar en la corte de tu majestad y gloria.
Esta es la Lámpara que la luz de tu propia Esencia ha encendido, y cuyo esplendor no podrán jamás extinguir los vientos de la discordia. Este es el Océano que se agita por la fuerza de tu soberano poder, y cuyas olas jamás podrán aquietar la influencia de los infieles que no han creído en el Día del Juicio. Éste es el Sol que resplandece en el cielo de tu voluntad y cuyo esplendor, ni los velos de los forjadores de iniquidad ni las dudas de los perversos jamás podrán empañar.
Te doy gracia, oh mi Dios, por cuanto me has ofrecido como un sacrificio en tu sendero, y me has hecho el blanco de los dardos de las aflicciones, como señal de tu amor hacia tus siervos, y me has escogido para sufrir toda suerte de tribulaciones por la regeneración de tu pueblo.
¡Cuán dulce es a mi gusto el sabor de las calamidades destinadas por Ti, y cuán caras son a mi corazón las disposiciones de tu providencia! ¡Perezca el alma que huye ante las amenazas de los reyes, intentando salvarse en tus días! ¡Juro por tu gloria! Quien haya bebido de las aguas vivientes de tus favores no puede sentir aflicción en tu sendero, ni puede tribulación alguna impedirle recordarte o celebrar tu alabanza.
Yo Te imploro, oh Tú Quien eres mi Gobernante y el Poseedor de todos los nombres, que protejas a aquellos que han emanado de mí9, a quienes Tú has emparentado contigo, y a quienes, en tu Revelación, has mostrado mi favor especial, y a quienes has llamado a acercarse a Ti y a volverse hacia el horizonte de tu Revelación. No les niegues, oh mi Señor, las efusiones de tu misericordia ni la efulgencia del Sol de tu gracia. Permíteles distinguirse entre tu pueblo, para que exalten tu palabra y promuevan tu Causa. Ayúdales, oh mi Dios, a hacer tu voluntad y deseo.
No hay Dios sino Tú, el Omnipotente, el Más Exaltado, el Altísimo.


XCII

¡Gloria sea a Ti, oh mi Dios! Si no fuera por las tribulaciones sufridas en tu sendero, ¿cómo podrían ser reconocidos quienes verdaderamente Te aman?, y si no fuera por las pruebas sufridas por amor a Ti, ¿cómo podría revelarse la posición de aquellos que Te anhelan? ¡Tu poder me lo atestigua! Las lágrimas vertidas son la compañía de todos aquellos que Te adoran; los lamentos proferidos, el consuelo de aquellos que Te buscan, y los pedazos de sus rotos corazones, el alimento de aquellos que se apresuran para encontrarte.
¡Cuán dulce es para mí la muerte sufrida en tu sendero y cuán preciados los dardos de mis enemigos, cuando son encontrados por amor a la exaltación de tu palabra! Déjame beber en tu Causa todo lo que Tú has deseado, oh mi Dios, y envíame, por tu amor, todo lo que Tú ordenaste. ¡Por tu gloria! Solo deseo lo que Tú deseas, y anhelo lo que Tú anhelas. En Ti he puesto siempre toda mi fe y confianza.
Te imploro, oh mi Dios, que hagas surgir a quienes sean dignos de tu nombre y soberanía, para que ayuden a esta Revelación, me recuerden entre tus criaturas e icen los emblemas de tu victoria en tu tierra.
Potente eres Tú para hacer lo que Te place. No hay Dios sino Tú, el que Ayuda en el Peligro, Quien Subsiste por Sí Mismo.


XCIII

¡Gloria a Ti, oh mi Dios! Una de tus siervas, quien ha creído en Ti y en tus signos, ha entrado bajo la sombra del árbol de tu unicidad. Dadle de beber, oh mi Dios, por tu Nombre, el Manifiesto y el Oculto, de tu escogido y sellado Vino, para que pueda liberarse de sí misma, y estar enteramente consagrada a tu recuerdo, y completamente desprendida de cualquiera que no seas Tú.
Ya que Tú, por tu munificencia, le has revelado el conocimiento de Ti, oh mi Señor, no le niegues tu gracia; y puesto que la has llamado hacia Ti, por tu favor, no la apartes de Ti. Provéela, entonces, con aquello que sobrepasa todo lo que pueda hallarse en tu tierra. Tú eres, verdaderamente, el Munificente, cuya gracia es inmensa.
Si confirieses a una de tus criaturas aquello que igualara a los reinos de la tierra y el cielo, ello no disminuiría ni siquiera en un átomo la inmensidad de tu dominio. Mucho más grande eres Tú que el Grande, tal como suelen llamarte los hombre, pues dicho título no es sino uno de tus nombres, todos los cuales fueron creados por mera indicación de tu voluntad.
No existe otro Dios sino Tú, el Dios de poder, el Dios de gloria, el Dios de conocimiento y sabiduría.


XCIV

Los corazones de los que te anhelan, oh mi Dios, se consumen en el fuego de su añoranza hacia Ti y los ojos de los que te aman lloran apenados a causa de su abrumadora separación de tu corte. La voz de las lamentaciones de los que han puesto sus esperanzas en Ti se ha elevado por doquier en tus dominios.
¡Oh mi Dios! Tú mismo, por tu soberano poder, les has protegido de los dos extremos: es decir, si no fuese por el fuego que quema sus almas y los gemidos de sus corazones, estarían ahogados en el torrente de sus lágrimas; y si no fuera por estas lágrimas, el ardor del fuego de sus corazones y el abrasar de sus almas les consumiría.
Creo que son como ángeles hechos de fuego y de nieve a la vez. ¿Serías capaz, oh mi Dios, de privar a tales almas de tu presencia, no obstante su gran fervor, o rechazarlas de la puerta de tu merced? En los corazones de tus elegidos toda esperanza está pronta a extinguirse. ¿De dónde entonces soplarán las brisas de tu gracia? Sus enemigos les cercan por todos lados ¿dónde se hallan las enseñas de tu triunfo que nos has prometido en tus Tablas?
¡Tu gloria es mi testigo! Por haber creído en Ti y haber reconocido tus señales, los que te aman se despiertan encontrando el cáliz de las aflicciones colocado delante de sus rostros. Aunque creo firmemente que tu compasión hacia ellos es mayor que la que ellos tienen de sí mismos y aunque les has afligido, no es con otro fin que el de proclamar tu Causa, hacerles ascender al cielo de tu eternidad y hacerles penetrar en los recintos de tu corte.
Por tanto, Tú conoces plenamente las flaquezas de algunos de ellos y percibes su impaciencia en los sufrimientos. Te ruego, oh mi Dios, que les ayudes mediante tu gracia fortalecedora, para que puedan sufrir con resignación en su amor por Ti. Descubre ante sus ojos lo que les has decretado desde el tabernáculo de tu infalible protección, de modo que se apresuren al encuentro de lo preordenado para ellos en tu sendero y que compitan entre sí, en afanosa búsqueda de la tribulación por amor hacia Ti. Y si no, despliega ante ellos los estandartes de tu ascendencia y hazles victoriosos sobre tus enemigos, para poder manifestar tu soberanía a todos los moradores de tu reino y que el poder de tu dominio luzca entre tus criaturas.
Poderoso eres Tú para hacer lo que te place. No existe otro Dios más que Tú, el Omnisciente, el Todosapiente. Oh mi Dios, haz que tu siervo, que cree en Ti, se mantenga firme y ayúdale a servir a tu Causa. Guárdalo, en la fortaleza de tu custodia y protección, de todo peligro en esta vida y en la venidera. En verdad Tú reinas como deseas. No hay otro Dios salvo Tú, el que siempre perdona, el Más Generoso.


XCV

Glorificado seas Tú, oh Señor mi Dios. Haz caer, te lo suplico, desde las nubes de tu superabundante gracia, la lluvia que purifique los corazones de tus servidores de todo aquello que pueda impedirles contemplar tu faz o volverse hacia Ti, para que puedan reconocer a Aquel que es Hacedor y Creador. Ayúdales, oh Dios, en sus esfuerzos para alcanzar, por la fuerza de tu soberana potencia, una condición que les permita distinguir fácilmente entre los malos olores y los deliciosos perfumes del vestido de Aquel que es el depositario de tu más celebrado y exaltado Nombre; para que puedan dirigir hacia Ti todos sus afectos y puedan celebrar contigo una comunión tan íntima que, si les fuera ofrecido todo lo que hay en el cielo y en la tierra, lo tendrían por indigno de su atención y rehusarían cesar de acordarse de Ti y de exaltar tus virtudes.
¡Oh mi Bienamado, deseo de mi corazón! Protege, te lo ruego, al siervo que ha buscado tu rostro, de los dardos de aquellos que han renegado de Ti y de las flechas de aquellos que han repudiado tu verdad. Haz por consiguiente que te desee, que te sea totalmente devoto, que proclame tu Nombre y que dirija sus miradas hacia el santuario de tu Revelación. Tú eres en verdad Aquel que jamás ha rechazado del umbral de su misericordia a los que habían puesto en Ti su esperanza, ni impedido a los que te han buscado llegar a la corte de tu gracia. No hay otro Dios más que Tú, el Todopoderoso, el Altísimo, el que ayuda en el peligro, el Todoglorioso.


XCVI

Magnificado sea tu Nombre, oh Señor mi Dios, por el cual se han cubierto de verdor los árboles del jardín de tu Revelación, y han brindado los frutos de santidad durante esta Primavera, en la que se han esparcido sobre todas las cosas los suaves aromas de tus favores, y han producido todo lo que les fuera preordinado en el Reino de tu irrevocable decreto y en el Cielo de tu inmutable propósito. Te suplico, por este mismo Nombre, que no me permitas estar alejado de la corte de tu santidad, ni excluido del exaltado santuario de tu unidad y unicidad.
Enciende entonces, oh mi Dios, dentro de mi pecho, el fuego de tu amor, para que su llama pueda consumir todo lo que no sea mi recuerdo de Ti, para que toda huella de deseo corrupto sea humillada dentro de mí y nada permanezca, salvo la glorificación de tu trascendente y todo Glorioso Ser. Ésta es mi más alta aspiración, mi ardiente deseo, oh Tú Quien riges todas las cosas, y en cuya mano está el reino de la creación entera. Tú, verdaderamente, haces lo que deseas. No hay Dios fuera de Ti, el Todopoderoso, el Todoglorioso, el Siempre Perdonador.


XCVII

¡Toda alabanza sea para Ti, oh Señor mi Dios! Yo Te imploro por tu Nombre, el cual ha hecho agitarse dentro de cada gota los océanos de tu amorosa bondad y misericordia, y brillar dentro de cada átomo las luminarias de tus muníficas bendiciones y favores, Te imploro que adornes a toda alma con el ornamento de tu amor, para que nadie permanezca en tu tierra que no se haya vuelto hacia Ti, o haya dejado de apartarse de todo a excepción de tu Ser.
Tú, verdaderamente, oh mi Dios, has permitido que Aquel Quien es la Manifestación de tu propio Ser sea afligido con toda clase de adversidades, para que tus siervos puedan ascender a la cumbre de tu bondadoso favor, y alcanzar aquello que Tú, por tu providencia y tiernas mercedes, has ordenado para ellos en las Tablas de tu irrevocable decreto. ¡La gloria de tu poder me lo atestigua! Aunque ellos, en todo momento de sus vidas, se ofrendaran como sacrificio en tu sendero, aún así no habrían hecho sino una pequeñez en comparación con los múltiples dones conferidos a ellos por Ti.
Permite, por tanto, Te lo suplico, que sus corazones puedan inclinarse hacia Ti, y que sus rostros puedan volverse en la dirección de tu complacencia. Potente eres Tú para hacer tu voluntad. No hay Dios sino Tú, el Inaccesible, el Todoglorioso, el Siempre Perdonador.
Dígnate, entonces, a aceptar de tus siervos, oh mi Dios, lo que él ha mostrado en su amor por Ti. Fortalécelo, pues, para que se aferre a tu exaltadísima Palabra, y desata su lengua para celebrar tu alabanza, y haz que se reúna con aquellos de tu pueblo que están cerca de Ti. Tú eres Aquel en cuyo puño está el imperio de todas las cosas. No hay Dios sino Tú, el Todopoderoso, el que Ayuda en el Peligro, el Todoglorioso, el Irrestringido.


XCVIII

¡Magnificado sea tu nombre, oh Tú en cuyo puño están las riendas de las almas de todos aquellos que Te han reconocido, y en cuya diestra se halla el destino de todos los que están en el cielo y todos los que están en la tierra. Tú hace, por medio de la fuerza de tu poder, lo que deseas, y ordenas, por tu volición, lo que Te place. La voluntad del mas decidido entre los hombres no es nada en comparación con las compelentes pruebas de tu voluntad, y la determinación de la más inflexible entre tus criaturas se disipa ante las múltiples revelaciones de tu propósito.
Tú eres Aquel Quien, por medio de una palabra de tu boca, ha extasiado a tal punto los corazones de tus escogidos, que ellos en su amor por Ti se han desprendido de todo excepto de Ti, y han dado sus vidas y sacrificado sus almas en tu sendero, y han soportado, por tu amor, lo que ninguna de tus criaturas ha soportado.
¡Soy una de tus siervas, oh mi Señor! He vuelto mi rostro hacia la morada de tu misericordia, y he buscado las maravillas de tus múltiples favores, por cuanto todos los miembros de mi cuerpo proclaman que Tú eres el Todomunífico, Aquel cuya gracia es inmensa.
¡Oh Tú, cuyo rostro es el objeto de mi adoración, cuya belleza es mi santuario, cuya morada es mi objetivo, cuya alabanza es mi esperanza, cuya providencia es mi compañera, cuyo amor es la causa de mi existencia, cuya mención es mi consuelo, cuya proximidad es mi deseo, cuya presencia es mi más caro anhelo y elevadísima aspiración!, te suplico que no me niegues aquello que Tú ordenaste para los elegidos entre tus siervos. Provéeme, entonces, con el bien de este mundo y el venidero.
Tú verdaderamente eres el Rey de todos los hombres. No hay Dios sino Tú, el que siempre perdona, el Más Generoso.


XCIX

¡Glorificado eres, oh Señor mi Dios! Te suplico, por Aquel Quien es la Aurora de tus signos y la Manifestación de tus nombres, y el Tesoro de tu inspiración, y el Depositario de tu sabiduría, que envíes a tus amados aquello que les permita asirse firmemente a tu Causa, y reconocer tu unidad y confesar tu unicidad, y dar testimonio de tu divinidad. Elévalos, oh mi Dios, a tales alturas, que reconozcan en todas las cosas las señales del poder de Aquel Quien es la Manifestación de tu muy augusto y todo Glorioso Ser.
Tú eres Aquel, oh mi Señor, Quien hace lo que desea, y ordena lo que Le place. Todo poseedor de poder se halla desamparado ante las revelaciones de tu poder, y toda fuente de honor se vuelve abyecta cuando es confrontada con las múltiples evidencias de tu gran gloria.
Te ruego, por Ti y todo cuanto es tuyo, que hagas que pueda yo ayudar a tu Causa y proclamar tu alabanza, y depositar mi corazón en el santuario de tu gloria, y desprenderme de todo lo que pertenezca a Ti. No hay otro Dios fuera de Ti, el Dios de poder, el Dios de gloria y sabiduría.


C

¡Alabado sea, oh Señor mi Dios! Tú ves mi perplejidad, y la profundidad de mi angustia, y la agonía de mi alma y las aflicciones que me acosan. ¡Por tu gloria! Mi corazón clama a Ti a causa de lo que les ha sucedido a mis amados en tu sendero, y mis ojos derraman lágrimas por aquellos quienes, en estos días han ascendido hacia Ti, quienes han arrojado al mundo tras de sí, y dirigido sus rostros hacia las orillas de tu trascendente misericordia.
Atavíalos, oh mi Dios, con el manto de tu favor y la vestidura de tu amorosa providencia, los cuales Tu has reservado para tu propio Ser y has tejido con las manos de tus múltiples dádivas y dones. Dadles de beber, entonces, con las manos de tu amorosa bondad, de las copas de tu inmensurable misericordia. Además, oh mi Bienamado, haz que moren dentro de los recintos de tu corte y alrededor de tu muy refulgente Tabernáculo. Potente eres Tú para hacer lo que Te place.
Y ahora, Te imploro, por la eternidad de tu Ser, que me permitas ser paciente en estas tribulaciones, las cuales han hecho gemir al Concurso de lo alto y llorar a los moradores del Paraíso sempiterno, y a través de las cuales todos los rostros se han cubierto con el atezado polvo, provocado por la angustia que se ha apoderado de aquellos siervos tuyos que se han vuelto hacia tu Nombre, el Más Exaltado, el Altísimo. No hay Dios sino Tú el Todopoderoso, el Inaccesible, el Siempre Perdonador, el Más Compasivo.
Todos tus siervos, oh mi Dios, están ocupados consigo mismos, tan grandes han sido las aflicciones las que, por tu decreto, los han rodeado de todos lados. No obstante, mi lengua está decidida a ensalzar a tus escogidos, y mi corazón a recordar a aquellos que Te son queridos y están completamente sujetos a tu voluntad.
No repares en mi condición, oh mi Dios, ni en mi omisión por servirte, sino considera más bien los océanos de tu misericordia y favores, y lo que corresponde a tu gloria y perdón y conviene a tu amorosa bondad y generosidad. Tú eres, en verdad, el Siempre Perdonador, el Más Generoso.


CI

¡Alabanzas sean para Ti, oh Señor mi Dios! Tú ves lo que la lengua de nadie sino Tú puede proferir, y atestiguas hasta cosas que ninguna boca puede relatar. Torrentes de aflicciones se han soltado, y los vientos de tu juicio han soplado, y desde las nubes llueven los dardos de las pruebas, y los cielos de tu decreto arrojan las flechas de la tribulación.
Tú ves, oh mi Señor, cómo tus siervos, quienes han creído en Ti y reconocido tus signos, han caído en las garras de tus enemigos, cómo las puertas del descanso y la tranquilidad se han cerrado para ellos, cómo languidecen en la Fortaleza donde ni agrado ni esperanza pueden ser hallados. Han sufrido en tu sendero lo que ningún hombre antes de ellos ha sufrido. Ello lo atestiguan quienes moran alrededor de tu trono, y los habitantes de la tierra, y el Concurso de lo alto.
Éstos, oh mi Dios, son tus siervos, quienes por amor a tu belleza, han dejado sus hogares, y han sido de tal manera impelidos por las suaves brisas de su anhelo por Ti, que han roto toda ligadura en tu sendero. Aquellos de tus siervos que habitan en tu tierra y han transgredido contra Ti, los han asediado, desterrándolos de tus ciudades, haciéndolos cautivos, entregándolos de tus ciudades, haciéndolos cautivos, entregándolos en las manos de los obradores de iniquidad entre tu pueblo y de los perversos entre los forjadores de maldad en tu reino. Y, finalmente, ellos fueron obligados a permanecer en este lugar, el cual ningún otro lugar de todo tu dominio, por aborrecible que fuere, puede ser comparado. Sufrieron tales pruebas que las nubes lloran por ellos, y el trueno ruge debido a las múltiples tribulaciones que los han afligido en su amor por Ti y en aras de tu complacencia.
Tú muy bien conoces, oh mi Dios, que nadie en tu tierra puede afirmar estar emparentado contigo salvo éstos, algunos de los cuales han sufrido el martirio por amor a Ti, mientras que al resto le ha sido permitido sobrevivir. Aunque no es propio de quienes son como nosotros, oh mi Dios, afirmar estar emparentado contigo, por cuanto nuestras malas acciones y nuestro descarrío nos han impedido alcanzar las profundidades del océano de tu unicidad, y sumergirnos en las aguas de tu trascendente misericordia, sin embargo, nuestras lenguas, oh mi Dios, atestiguan, y nuestros corazones testifican, y nuestros miembros confiesan, que tu misericordia ha envuelto todas las cosas creadas, y tu compasión ha sobrepasado a todos los que están en el cielo y todos los que están en la tierra.
Te suplico, por tu Más Grande Nombre, por medio del cual todas las cosas creadas fueron desgarradas y la entera creación fue agitada, que envíes desde las nubes de tu misericordia, aquello que les librará de todo ordalía y de todo cuanto Te es detestable. Elévales, entonces, a tales alturas, que las tribulaciones, por muchas que fueren, no les aparten de tu maravillosa recordación, ni aflicción alguna les impida volverse hacia la corte de tu trascendente unicidad.
¡Por tu poder, oh Bienamado de Bahá y Deseo de su corazón! Yo mismo, bajo todas las condiciones, clamo a Ti diciendo: "¡Si antes de este Día me hubiese acercado a Ti!" Sin embargo, cuando oigo los suspiros de aquellos de entre tu pueblo que están enteramente dedicados a Ti, y de aquellos de tus siervos que gozan de cercano acceso a tu corte, quienes no han tenido otro amigo más que Tú, ni han buscado otro refugio fuera de Ti, quienes han escogido para sí mismos, en tu sendero, lo que ningún hombre ha escogido en los días de las Manifestaciones de tu trascendente unidad y las Auroras de tu santa soberanía, entonces mi corazón se entristece y mi alma se acongoja, y yo Te invoco, implorándote que los protejas, por tu poder que ha envuelto la creación entera, tanto visible como invisible, de todo cuanto Te sea detestable. Y esto, no por ellos, sino para que, a través de ellos, permanezca tu nombre entre tus siervos, y tu recuerdo continúe perdurando en tus dominios.
Tú conoces, oh mi Dios, que todos tus siervos se han apartado de Ti y se han revelado contra Ti. Tú sabes que no tienes a quien Te obedezca, salvo ellos y aquellos que han creído en tu Revelación, mediante la cual han sido sacudidos los cimientos del universo entero, y se han estremecido las almas de todos los hombre, y han sido vivificados todos los que estaban dormidos. Tú eres, oh mi Dios, el Dios de munificencia, cuya gracia es inmensa.
Has descender, entonces, sobre ellos, lo que afiance sus corazones, y aquiete sus almas, y renueve sus espíritus, y refresque sus cuerpos. Tú eres, verdaderamente, su Señor y el Señor de los mundos.
¡Alabado sea Dios, el Señor de toda creación!


CII

¡Gloria a Ti que eres el Señor de todos los mundos y el Amado de los que te han reconocido! Tú me ves sentado bajo una espada suspendida por un hilo y Tú sabes que en tal estado yo no he faltado a mi deber hacia tu Causa: ni al esparcir tu alabanza, ni al proclamar tus perfecciones y declarar todo lo que Tú me has prescrito en tus tablillas. Aunque la espada esté dispuesta a caer sobre mi cabeza, yo llamo a los que Tú amas con tales acentos que sus corazones son llevados hacia el horizonte de tu majestad y de tu grandeza.
Purifica sus oídos, oh mi Señor, para que oigan las dulces melodías que se han elevado desde la mano derecha del Trono de tu Gloria. ¡Juro por tu poder! Aquel que quisiera sintonizar sus oídos con esta armonía, volaría hasta el reino de tu Revelación, ese reino en el que todas las criaturas proclaman que Tú eres Dios y que no hay otro Dios más que Tú, el Omnipotente, el que ayuda en el peligro, el que subsiste por Sí mismo. Limpia, oh mi Dios, los párpados de tus siervos y arróbales hasta tal punto, con la dulzura de tus palabras, que las calamidades sean impotentes para impedirles volverse hacia Ti y dirigir sus miradas hacia el horizonte de tu Revelación.
La oscuridad ha envuelto a todos los pueblos, oh mi Dios, y ha hecho temblar a la mayoría de tus siervos. Te suplico, por tu Nombre Más Grande, que hagas surgir en cada ciudad una nueva creación que se vuelva hacia Ti, te recuerde entre tus siervos, despliegue por virtud de sus palabras y sabiduría las enseñas de tu victoria y se desprenda de todas las cosas creadas.
Potente eres Tú para hacer lo que te place. No hay Dios sino Tú, el Omnipotente, cuya ayuda todos los hombres imploran.


CIII

Gloria sea a Ti, Tú en cuya mano se hallan el cielo de la omnipotencia y el reino de la creación. Por tu soberanía, Tú haces lo que deseas, y por la fuerza de tu poder, ordenas lo que Te place. Desde la eternidad, has sido exaltado por encima de la alabanza de todas las cosas creadas y hasta la eternidad, permanecerás muy por encima de la glorificación de cualquiera de tus criaturas. La existencia misma atestigua su no-existencia, al ser enfrentada a las múltiples revelaciones de tu trascendente unicidad, y toda cosa creada confiesa, por su propia naturaleza, que nada es al compararse con los sagrados esplendores de la luz de tu unidad. Tú has sido, en Ti mismo, independiente de nadie fuera de Ti, y suficientemente rico, en tu propia esencia, como para prescindir de cualquiera que no seas Tú. Toda descripción mediante la cual Te describen aquellos que adoran tu unidad, y toda alabanza con la cual Te alaban quienes están consagrados a Ti, no son sino los trazos de la pluma que han hecho correr los dedos de tu fortaleza y poder, dedos cuyo movimiento está gobernado por el brazo de tu decreto, brazo que es animado a su vez por la potencia de tu fuerza.
¡Tu gloria me lo atestigua! ¿Cómo puedo yo, siendo consciente de esta verdad, esperar mencionarte dignamente y celebrar tu alabanza? Como quiera que Te describa, cualesquiera de tus virtudes que relate, no puedo sino ruborizarme y sentirme avergonzado por lo que mi lengua ha pronunciado o mi pluma ha escrito.
La quintaesencia del conocimiento, oh mi Señor, proclama su impotencia para conocerte, y la perplejidad, en su misma alma, confiesa su desconcierto frente a las revelaciones de tu soberano poder, y la recordación en su íntimo espíritu, reconoce su olvido y su eliminación ante las manifestaciones de tus signos y las evidencias de tu alabanza. ¿Qué puede, entonces, esperar lograr esta pobre criatura, y a qué cuerda habrá de aferrarse esta alma desdichada?
Te imploro, ¡oh Tú que eres el Señor de los mundos, Bienamado de los que te han reconocido, Deseo de todos los que están en el cielo y en la tierra!, por tu Nombre -mediante el cual la súplica de cada creyente ha ascendido al cielo de tu trascendental santidad, el buscador se ha elevado hacia las sublimidades de tu unidad y de tu grandeza, los defectuosos han sido perfeccionados, los humillados exaltados, la lengua de cada tartamudo librada, los enfermos sanados y cualquier cosa incompatible con las normas de tu alteza e indigna de tu soberanía, hecha aceptable por Ti- que nos ayudes con tus invisibles huestes y con una compañía de los ángeles de tu Causa. Acepta, pues, las obras que hemos hecho por amor hacia Ti y por complacerte. No nos rechaces, oh mi Dios, de la puerta de tu misericordia y no nos quites nuestras esperanzas en las maravillas de tu gracia y en tus favores.
Nuestros cuerpos y nuestros miembros, oh mi Dios, atestiguan tu unidad y singularidad. Haz descender sobre nosotros tu fuerza y tu poder, con el fin de lograr tesón en tu Fe y ayudarte entre tus siervos. Ilumina nuestros ojos, oh mi Dios, con el resplandor de tu hermosura y alivia nuestros corazones con el brillo de tu ciencia y sabiduría. Inclúyenos entre aquellos que han cumplido su promesa hacia tu Convenio en tus días y entre quienes por amor a Ti se han desprendido del mundo y de todo lo que en él existe.
Poderoso eres Tú para hacer lo que te place. No hay otro Dios más que Tú el Todopoderoso, el Omnisciente, el Supremo Regidor, el que ayuda en el peligro, el Autosuficiente.


CIV

Oh Tú, cuya proximidad es mi deseo, cuya presencia es mi esperanza, cuyo recuerdo es mi anhelo, cuya corte de gloria es mi objetivo, cuya morada es mi propósito, cuyo nombre es mi curación, cuyo amor es el esplendor de mi corazón, cuyo servicio es mi más elevada aspiración. Te imploro por tu Nombre, mediante el cual has permitido que aquellos que te han reconocido se remonten a las más sublimes alturas de tu conocimiento y has facultado a quienes te adoran con devoción para que asciendan a los recintos de la corte de tus sagrados favores, que me ayudes a volver mi rostro hacia tu semblante, a fijar mis ojos en Ti y a hacer mención de tu gloria.
Yo soy aquel, oh mi Señor, que se ha olvidado de todo excepto de Ti, se ha vuelto hacia la aurora de tu gracia y ha abandonado todo menos a Ti con la esperanza de acercarse a tu corte. Heme aquí, pues, elevando mis ojos hacia la sede que brilla con los resplandores de la luz de tu semblante. Por tanto, haz descender sobre mí, oh mi Bienamado, aquello que me permita ser firme en tu Causa, de modo que las dudas de los infieles no me impidan volverme hacia Ti.
Tú eres verdaderamente el Dios de Poder, el que ayuda en el peligro, el Todoglorioso, el Todopoderoso.


CV

¡Alabado seas, oh Señor mi Dios! Tú eres Aquel, la excelencia de cuya gloria ha exaltado a aquellos quienes son las fuentes de autoridad y honor; la potencia de cuya fuerza ha habilitado a aquellos quienes son los manantiales de energía y fortaleza; el dominio de cuya voluntad ha elevado a los Exponentes de tu Causa por encima de todos los que están en el cielo y en la tierra; las vivificantes efusiones de cuya Pluma han hecho revivir las almas de los moradores del reino de la creación.
Yo soy aquel, oh mi Señor, quien enteramente por tu amor, ha vuelto su rostro hacia Ti, y reconociendo tu poder y soberanía, ha dirigido sus pasos hacia tu querido Santuario y tu adorada y santificada Corte. En este estado he llegado a la Ciudad10 donde Te revelaste, en la gloria plena de tus nombres, a todas las cosas creadas. En ella he comulgado con tus amados, y de la Casa que se encuentra dentro de sus murallas, he aspirado los hálitos de tu santidad y percibido las fragancias de tu compañía.
No me arrojes de tu presencia, oh mi Señor, ni hagas que me aleje de las playas de tu amor y complacencia. Pues el pobre no puede hallar amparo a menos que llame al portal de tu riqueza, y el extraviado no puede hallar paz hasta que no sea admitido en la corte de tu favor.
Magnificado sea tu nombre, oh mi Señor, por haberme permitido reconocer a la Manifestación de tu propio Ser, y hacerme sentir seguro de la verdad de los versículos que han descendido de Ti. Capacítame, Te lo imploro, para asirme firmemente a todo lo que me has ordenado observar. Ayúdame a guardar las perlas de tu amor que, por tu decreto, has atesorado dentro de mi corazón. Envíame además, en todo momento de mi vida, oh mi Dios, lo que me resguarde contra cualquiera que no seas Tú, y haga firmes mis pies en tu Causa.
Tú eres, verdaderamente, el Dios de gloria, el Dios de poder, el Dios de conocimiento y sabiduría. No existe otro Dios fuera de Ti, el Gran Dador, el Todomunífico, el Omnipotente, el Siempre Perdonador.
Alabado sea Dios, el Todoglorioso, el que Todo lo Compele.


CVI

¡Glorificado seas Tú, oh Señor, mi Dios!
Te doy gracias porque me has dado la existencia en tus días y me has infundido tu amor y tu conocimiento. Te imploro por tu Nombre (mediante el cual las bellas perlas de tu sabiduría y tus palabras fueron sacadas del tesoro de los corazones de aquellos siervos tuyos que se encuentran próximos a Ti, y por medio del cual el Sol de tu Nombre, el Compasivo, ha derramado su refulgencia sobre todos los que están en tu cielo y en tu tierra), que me proveas, por tu gracia y tu generosidad, con tus maravillosas y ocultas dádivas.
Estos son los primeros días de mi vida, oh mi Dios, que Tú has vinculado a tus propios días. Ya que me has conferido tan gran honor, no me prives de las cosas que has ordenado para tus elegidos.
¡Oh mi Dios! No soy más que una pequeña semilla que Tú has sembrado en el suelo de tu amor y has hecho brotar por la mano de tu bondad. Por tanto, esta semilla anhela, en su más íntimo ser, las aguas de tu merced y de la fuente viva de tu gracia. Haz descender sobre ella, desde el cielo de tu amorosa bondad, aquello que le permita florecer bajo tu sombra y en los confines de tu corte. Tú eres quien riega los corazones de todos los que te han reconocido, con tu caudalosa corriente y con la fuente de tus aguas vivas.
¡Alabado sea Dios, Señor de los mundos!


CVII

Te suplico, oh mi Señor, por tu memoria, mediante la cual todas las cosas han tomado vida y todos los rostros se tornaron radiantes, que no frustres las ilusiones que abrigo hacia las cosas que Tú posees. Haz posible, por tu Misericordia, que me cobije bajo la sombra que protege todas las cosas.
¡Oh mi Señor! Sé Tú mi único deseo, mi finalidad, mi única esperanza, mi objetivo constante, mi morada y mi santuario. Haz que el objetivo de mi ardiente búsqueda sea tu más resplandeciente, adorable y siempre bendita hermosura. Te imploro, oh mi Dios, por cualquier cosa que sea tuya, que mandes con la diestra de tu poder aquello que exalte a tus amados y confunda a tus enemigos.
No existe otro Dios más que Tú. Tú eres mi único amado en este mundo y en el mundo venidero. Tú eres el único deseado por todos los que te han reconocido.
¡Alabado sea Dios, Señor de los mundos!


CVIII

Alabado seas, oh mi Dios, puesto que has sido fiel a lo que la Pluma de tu Revelación ha inscrito en las Tablas enviadas por Ti a Aquellos a Quienes Tú has escogido por sobre todas tus criaturas, y mediante Quienes has abierto los portales de tu misericordia, y derramado el esplendor de la luz de tu guía. Gloria sea a Ti, pues has descubierto lo que desde la eternidad ha estado oculto dentro del Tabernáculo de tu majestad, tu omnipotencia y gloria, y con lo cual engalanaste el cielo de tu Revelación y adornaste las páginas del libro de tu testimonio.
Y cuando se hubo cumplido la Promesa y apareció el Prometido, fue rechazado por aquellos de tus siervos quienes profesan haber creído en Aquel en Quien tu Deidad estaba manifiesta, a Quien Tú ordenaste que fuera el Anunciador de esta Revelación, y por cuyo advenimiento, los ojos de los moradores del santuario de tu unidad fueron animados.
No conozco, oh mi Señor, ni su razonamiento en virtud del cual Te han reconocido y han creído en tus signos, ni su argumento por el cual han repudiado tu soberanía. Cada vez que los llamo hacia Ti diciendo: "¡Oh pueblo! Considerad las expresiones del Señor vuestro Dios que se encuentran en vuestras manos y aquellas que han descendido del cielo de su voluntad y poder", ellos ponen reparos y Te vuelven la espalda, aunque -como Tú sabes- cada una de las palabras que han procedido de la boca de tu voluntad, derrama la fragancia de los hálitos de tu merced.
Algunos han escogido adherirse a aquel quien es considerado indigno de platicar con alguien de entre tus siervos que guardan tu puerta11, cuanto menos de entrar en la corte en la cual habla la lengua de tu majestad. Purifica sus corazones y sus ojos, oh mi Señor, para que vean con sus ojos y comprendan con sus corazones, para que tal vez sean atraídos por tus palabras hacia la Aurora de tu inspiración, y se acerquen a la apacible corriente de tu conocimiento.
Tú eres Aquel, oh mi Señor, Quien, en cada línea de tu Libro, has celebrado por mí, convenio con ellos, y lo has hecho tan firme que ninguna de tus criaturas puede evadirlo por más tiempo. Tú dijiste y tu palabra es la verdad: "Una sola letra proveniente de Él excede todo cuanto ha sido revelado en el Bayán".
Tú consideras, por tanto, oh mi Dios, cómo han transgredido contra tu Causa, y contemplas lo que sus manos han obrado en tus días. Tan atrozmente me han agraviado, que el Árbol del Loto de tu Revelación gime, y los moradores del Tabernáculo de tu majestad y los habitantes de las ciudades de tus nombres se lamenta. No sé, oh mi Dios, por qué razón se han alzado para oprimirme, ni por qué prueba se han apartado de Aquel Quien es la Autora de tus signos. Te suplico, oh Tú Quien eres el Señor de todos los nombre y el Creador de los cielos, que los ayudes a actuar equitativamente en tu Causa, que quizá descubran las suaves fragancias del manto de tu misericordia, y vuelvan sus rostros hacia el horizonte que brilla con el fulgor de la luz de tu rostro. Débiles ellos son, oh mi Señor, y Tú eres el Señor de fortaleza y poder. No son sino pobres, y Tú eres el Todo Poseedor, el Más Generoso.
Tú bien sabes, oh mi Dios, que a lo largo de toda mi vida no he buscado provecho alguno para mí mismo. He ofrendado mi espíritu y todo mi ser por la exaltación de tu palabra entre tus criaturas y la glorificación de tu nombre entre tus siervos. Tú me enviaste con un Testimonio tal, que Aquellos Quienes son los Exponentes de tu Revelación y las Auroras de tu inspiración, Se inflamaron con vehemente anhelo. Por él fue establecida tu prueba, y se cumplió tu munificencia, y se perfeccionó tu Causa, y se dieron a conocer tus palabras, y fueron descubiertas tus claras señales.
Tú sabes, oh mi Dios, que solo he deseado lo que Tú has deseado, y anhelo lo que Tú anhelas. Si proclamara ante tus siervos las cosas que Tú, por tu munificencia, me has inspirado y me has ordenado pronunciar entre tus criaturas, los opresores entre tu pueblo me pondrían reparos. Y si guardase silencio y dejase de celebrar las maravillas de tu alabanza, todos los miembros de mi cuerpo serían impulsados a exaltarte. No sé qué es el agua con la cual me creaste, o qué es el fuego que encendiste dentro de mí. ¡Juro por tu gloria! No cesaré de hacer mención de Ti, aunque todos los que están en tu cielo y en tu tierra se alcen contra mí. Yo Te magnificaré en toda circunstancia, con mi corazón enteramente libre de todo apego al mundo y a todo cuanto en él existe.
Alabado seas Tú, el Bienamado de los corazones de todos aquellos que Te han reconocido.


CIX

¡Loado sea tu nombre, oh Señor mi Dios! Tú ves cómo mi mirada está fija en tus tiernos favores, y cómo mis ojos están dirigidos hacia el horizonte de tu gracia y amorosa bondad, y cómo mis manos están extendidas hacia el cielo de tus dádivas. ¡Tu poder me lo atestigua! Cada miembro de mi cuerpo clama a Tu, diciendo: "¡Oh Tú Quien eres el Bienamado de los mundos , y el Señor de todos los que están en el cielo y en la tierra, y el único Deseo de los corazones que están consagrados a Ti! Yo Te imploro, por tu Océano hacia el cual Tú llamaste a todos los moradores del cielo y a todos los habitantes de la tierra, que ayudes a tus siervos quienes han sido impedidos de volverse hacia él y aproximarse a sus orillas. Haz entonces, oh mi Dios, que se desprendan de todo salvo de Ti y permíteles proclamar tu alabanza y exaltar tus virtudes. Provéeles además, oh mi Dios, que se desprendan de todo salvo de Ti y permíteles proclamar tu alabanza y exaltar tus virtudes. Provéeles además, oh mi Dios, con el escogido Vino de tu misericordia, para que les haga olvidar a quienquiera no seas Tú y levantarse a servir a tu Causa, y ser firmes en su amor a Ti. Tú eres, verdaderamente, el Señor de sus vidas y el Objeto de su adoración. Si fueran rechazados por Ti, ¿quién los miraría entonces?; y si fueran apartados lejos de Ti, ¿quién existe que pueda ayudarles a aproximarse a tu presencia? ¡Juro por tu poder! No hay refugio adonde huir, fuera de Ti, ni amparo salvo tu amparo; ni protección fuera de tu protección. ¡Ay de aquél quién haya tomado por Señor a quienquiera no seas Tú, y bienaventurados sean aquellos que se han librado de todo apego a todos los habitantes de tu tierra, y se han aferrado al borde de tu munificencia. Ellos, el pueblo de Bahá, ante todos los que están en el cielo y todos los que están en la tierra. No hay Dios sino Tú, el Omnisciente, el Sapientísimo".
Alabado sea Dios, Señor de todos los mundos.


CX

No sé, oh mi Dios, si he de proclamar las maravillas de tu alabanza entre tus siervos, y poner al descubierto ante ellos los secretos de tu misericordia y los misterios de tu Causa, o he de mantenerlos ocultos en el receptáculo de mi corazón. Aunque el amante es renuente a compartir con otro su íntima conversación con su amado, mas en cualquier momento en que me llegue tu ineludible mandato de declarar tu Causa, lo obedeceré sin vacilar. Te proclamaré, sin dejarme intimidar por los dardos de la aflicción que puedan caer sobre mí desde las nubes de tu decreto.
¡Juro por tu poder! Ni las huestes de la tierra ni las del cielo pueden impedirme revelar lo que Tú me has ordenado manifestar. No tengo voluntad ante tu voluntad, y no puedo abrigar deseo alguno en presencia de tu deseo. Por tu gracia, en todo momento estoy preparado para servirte y me encuentro libre de todo afecto a cualquiera que no seas Tú.
Sin embargo, lo que yo deseo, oh mi Dios, es que Tú me ordenes revelar las cosas que yacen ocultas en tu conocimiento, a fin de que aquellos quienes están completamente consagrados a Ti puedan, en su anhelo por Ti, remontarse a la atmósfera de tu unicidad, y los infieles sean presa del estremecimiento y regresen al fuego abismal, la morada que les ha sido ordenada por Ti a través de la fuerza de tu soberano poder.
Tú observas, oh mi Señor, cómo tus amados son penosamente hostigados por tus enemigos, escuchas sus suspiros desde todas partes a raíz de lo que les ha acontecido en tu sendero. Tú sabes, oh mi Señor, que su único deseo ha sido buscar tu rostro, y que el único Objeto de su adoración has sido Tú. Aquellos que los agraviaron no tenían otro propósito que apartarlos de Ti, y extinguir el fuego que habían encendido con las manos de tu omnipotente fuerza.
Rompe el sello de los labios de tu voluntad, oh mi Señor, y has que de ellos proceda una palabra que someta a sí mismo al mundo y todo cuanto en él existe. ¿Hasta cuándo observarás estas cosas y Te demorarás, oh mi Dios? La oscuridad ha envuelto a toda la tierra, y tus señales están a punto de ser destruidas en toda la extensión de tu reino.
Perdóname, oh mi Dios, por lo que he dicho, ya que Tú eres Aquel Quien conoce todas las cosas, y en Ti se hallan guardados los secretos que están ocultos a todos salvo a Ti mismo. Cuando tu promesa se cumpla, manifestarás lo que Tú deseas, y dominarás como Te plazca. Hemos de desear solo lo que Tú has deseado para nosotros. En Ti está el conocimiento de todas las cosas, y tuyo es el resultado de todas las cosas. Tú eres, ciertamente, la Verdad, y el Conocedor de las cosas invisibles.
Perdona, entonces, mis pecados y los pecados de quienes me aman, y provéeles con el bien de este mundo y del próximo.
Tú eres, verdaderamente, el Siempre Perdonador, el Más Compasivo.


CXI

¡Alabado seas, oh mi Dios! Tú observas tanto el desamparo de tus amados como el ascendiente de tus enemigos; la miseria de tus escogidos como lo gloria de aquellos que se han opuesto a tu Causa y han repudiado tus signos. Estos último niegan tus señales, y no Te retribuyen por los beneficios temporales que Tú les has conferido, en tanto que aquellos Te agradecen por lo que les ha acontecido en su ansia por participar de los dones eternos que Tú posees.
¡Cuán dulce es pensar en Ti en momentos de adversidad y prueba, y cuán agradable es glorificarte estando cercado por los impetuosos vientos de tu decreto! Tú muy bien sabes, oh mi Dios, cuan pacientemente he soportado cualesquier aflicción en tu sendero. Es más, percibo que todos los miembros y extremidades de mi cuerpo anhelan la tribulación, para que yo pueda manifestar tu Causa, ¡oh Tú Quien eres el Señor de todos los nombres! Las aguas de tu amor me han preservado en el reino de tu creación, y el fuego de mi recordación de Ti me ha inflamado, ante todos los que están en el cielo y en la tierra. Grande es mi bienaventuranza, y grande la bienaventuranza de este fuego cuya llama pregona: "¡No hay Dios sino Tú, Quien eres el Objeto de la adoración de mi corazón, y la Fuente y Centro de mi alma!"
¡Tu gloria me lo atestigua! Si todos los que están en los cielos y todos los que están en la tierra se unieran y trataran de impedirme recordarte y alabarte, ciertamente no tendrían poder sobre mí, y no lograrían su propósito. Y si los infieles me diesen muerte, mi sangre, por tu mandato, alzaría su voz y proclamaría: "¡No hay Dios sino Tú, oh Tú Quien eres el Deseo de mi corazón!" Y si mi carne fuese hervida en la caldera del odio, su emanación se elevaría hacia Ti y exclamaría: "¿Dónde estás, oh Señor de los mundos, Tú, el Único Deseo de aquellos quienes Te han conocido?" Y si fuera arrojado al fuego, mis cenizas -lo juro por tu gloria- declararían: "El joven, verdaderamente, ha alcanzado aquello que había suplicado a su Señor, el Todoglorioso, el Omnisciente".
¿Cómo, entonces, puede tal hombre sentirse temeroso de la asociación de los reyes con el objeto de agraviarlo en tu Causa? No, no; lo juro por Tí mismo, ¡oh Tú Quien eres el Rey de reyes! Tal es mi amor por Ti, que a nadie puedo temer, aunque dispuestas en orden de batalla estén contra mí las fuerzas de todos los mundos. Solo y sin ayuda, por la fuerza de tu poder, me levanto a proclamar tu Causa, sin temor por las huestes de mis opresores.
Clamo a todos cuantos habitan la tierra, diciendo: "Temed a Dios, oh vosotros siervos de Dios, y no os permitáis ser privados de este límpido Vino que ha manado de la diestra del trono de la misericordia de vuestro Señor, el Más Misericordioso. ¡Juro por Dios! Mejor es para vosotros lo que Él posee que las cosas que vosotros poseéis, y las que habéis buscado y estáis ahora buscando en esta vida vana y vacía. Abandonad el mundo y dirigid vuestros rostros hacia el Horizonte todo glorioso . Quien haya participado del vino de su recordación olvidará toda otra recordación, y quien Le haya reconocido, se librará de todo afecto a esta vida y todo lo que a ella pertenece".
Te imploro, oh mi Dios y mi Dueño, por tu palabra, mediante la cual aquellos quienes han creído en tu unidad se han elevado a la atmósfera de tu conocimiento, y aquellos quienes están consagrados a Ti han ascendido hasta los cielos de tu unicidad, que inspires a tus amados con lo que afiance sus corazones en tu Causa. Dótalos de tal constancia, que nada en absoluto les impida volverse hacia Ti.
Tú eres, verdaderamente, el Generoso, el Munífico, el Perdonador, el Compasivo.


CXII

Tú contemplas, oh mi Dios, cuán aturdidos en su embriaguez están tus siervos, quienes se han apartado de tu belleza y han puesto reparos a lo que ha descendido de la diestra del trono de tu majestad. Tú llegaste, oh mi Dios, en las nubes de tu espíritu y tu prolación y, ¡he aquí!, la creación entera se sacudió y estremeció, y se hicieron palpitar los miembros de aquellos que repudiaron tus testimonios, ¡oh Tú en cuyo puño está el señorío de todas las cosas!
Tú eres Aquel, oh mi Dios, Quien ha emplazado a todos los hombres a volverse en la dirección de tu misericordia, y los ha convocado al horizonte de tu gracia y tus dones. Sin embargo, nadie prestó atención a tu llamado, salvo aquellos quienes han abandonado todo menos a Ti, y se han dirigido presurosos hacia la Alborada de tu belleza y el Amanecer de tu inspiración y tu revelación.
Tú sabes, oh mi Dios, que no se encuentra sobre la faz de la tierra nadie que Te recuerde, salvo ellos. Tú ves cómo los opresores entre tus criaturas se han apoderado de ellos. Algunos, oh mi Dios, han derramado su sangre en tu sendero; otros han abandonado sus hogares y vuelto sus rostros hacia la sede de tu trono, y les ha sido impedido entrar en la corte de tu gran gloria, en tanto que otros han sido puestos en prisión y están a merced de los obradores de iniquidad.
Yo Te imploro, oh Tú Quien sostienes en tus manos las riendas de ilimitado poder, que los socorras mediante la maravillosa potencia de tu fuerza. La miseria, oh mi Señor, se ha apoderado de ellos en tu sendero; exáltalos por el poder de tu soberanía. El cansancio los ha afligido en su amor por Ti; hazlos victoriosos, mediante tu fortaleza y tu omnipotencia, sobre tus enemigos.
Aunque soy consciente, oh mi Dios, de que Tú has decretado para ellos aquello que excede todo cuanto existe en tu cielo y en tu tierra, con todo, abrigo el deseo de que Tú los contemples en tus días exaltados y honrados por tus criaturas. Supremo eres Tú por sobre tu creación. Todos están sostenidos en tu puño, y yacen prisioneros en el hueco de tu mano. No existe otro Dios sino Tú, el Omnipotentes, el Omnisciente, el Sapientísimo.


CXIII

¡Magnificado sea tu nombre, oh mi Dios! Atestiguo que si tus siervos se volvieran hacia Ti con los ojos que Tú creaste en ellos y con los oídos con que Tú les dotaste, serían todos arrobados por una sola palabra enviada desde la diestra del trono de tu majestad. Bastaría solo esa palabra para iluminar sus rostros, y afianzar sus corazones, y hacer que sus almas se elevaran hacia la atmósfera de tu gran gloria, y ascendieran al cielo de tu soberanía.
Te ruego, oh Tú Quien eres el Señor de todos los nombres y el Soberano tanto de la tierra como del cielo, que concedas que todos quienes Te son queridos se conviertan, cada uno de ellos, en una copa de tu misericordia en tus días, para que puedan vivificar los corazones de tus siervos. Permíteles también, oh mi Dios, que sean como la lluvia que cae copiosamente de las nubes de tu gracia, y como los vientos que difunden las primaverales fragancias de tu amorosa bondad, para que a través de ellos se cubra de verdor la tierra de los corazones de tus criaturas, y produzca aquello que ha de esparcir su fragancia por sobre todo tu dominio, de modo que todos puedan percibir el dulce aroma del Manto de tu Revelación. Potente eres Tú para hacer tu voluntad.
¡El poder de tu majestad me lo atestigua! Quienquiera haya bebido del cáliz que la mano de tu misericordia ha ofrecido, se despojará de todas las cosas salvo de Ti, y podrá, por medio de una palabra de su boca, extasiar las almas de aquellos de tus siervos que han dormido en el lecho del olvido y la negligencia, y hacerles volver el rostro hacia tu muy Grande Signo, y no requerir nada de Ti, sino a Ti mismo, y pedirte solo lo que Tú has determinado para ellos por la pluma de tu juicio y prescrito en la Tabla de tu decreto.
Has descender, entonces, sobre tus amados, oh mi Dios, por tu Más Grande Nombre, lo que en todas las condiciones les acerque a Ti. Tú eres, verdaderamente, el Todopoderoso, el Todoglorioso, cuya ayuda es implorada por todos los hombres.


CXIV

Mis ojos son consolados, oh mi Dios, cuando contemplo las tribulaciones que descienden sobre mí desde el cielo de tu decreto, las cuales me han rodeado por todos lados según tu pluma lo ha establecido irrevocablemente. ¡Juro por tu Ser! Me es grato todo lo que sea tuyo, aunque implique la amargura de mi propia muerte.
Aquel Quien fuera tu Espíritu12, oh mi Dios, retirose enteramente solo en la oscuridad de la noche anterior a su último día en la tierra, y postrando su rostro en el suelo Te suplicó: "Si es tu voluntad, oh mi Señor, mi Bienamado, que esta copa, por tu gracia y generosidad, pase desde mí."
¡Por tu belleza, oh Tú Quien eres el Señor de todos los nombres y el Creador de los cielos! Puedo aspirar la fragancia de las palabras las cuales, en su amor por Ti, sus labios han pronunciado, y puedo sentir el ardor del fuego que ha inflamado su alma en su ansia por contemplar tu rostro y en su anhelo por la Aurora de la luz de tu unicidad, y el Amanecer de tu trascendente unidad.
En cuanto a mi -y de ello Tú mismo eres testigo- Te llamo diciendo: "No tengo voluntad propia, oh mi Señor, y mi Dueño, y mi Soberano, ante las señales de tu voluntad, ni puedo tener propósito frente a la revelación de tu propósito. ¡Juro por tu gloria! Solo deseo lo que Tú deseas, y aprecio solo lo que Tú aprecias. ¡He escogido para mí mismo lo que Tú mismo has escogido para mí, oh Tú, el Poseedor de mi alma!" Más aún, encuentro que no soy nada en absoluto al enfrentarme a las múltiples revelaciones de tus nombres; cuanto menos al ser confrontado con los refulgentes esplendores de la luz de tu propio Ser. ¡Oh miserable de mí! Si intentara meramente describirte, tal intento sería, él mismo, una prueba de mi impiedad, y atestiguaría mi negligencia ante las claras y resplandecientes señales de tu unicidad. ¿Quién, fuera de Ti, puede pretender ser digno de mención alguna en presencia de tu propia revelación, y quién puede considerarse suficientemente capacitado para alabarte adecuadamente, o enorgullecerse de haber descrito convenientemente tu gloria? Es más -y de ello Tú mismo das testimonio-, se ha hecho incontrovertiblemente evidente que Tú eres el único Dios, el Incomparable, cuya ayuda es implorada por todos los hombres. Desde siempre Tú has estado solo, sin nadie que Te describiera; y permanecerás por siempre el mismo, sin nadie que Te iguale o rivalice contigo. ¿Si se reconociera la existencia de alguien igual a Ti, cómo podría sostenerse que Tú eres el Incomparable, o que tu Deidad es inmensurablemente exaltada por sobre todo par o semejante? La contemplación de las mentes más elevadas que han reconocido tu unidad no han logrado alcanzar la comprensión de Aquel a Quien Tú has creado por medio de la palabra de tu mandamiento, con cuánta mayor razón habrá de ser impotente para remontarse hacia la atmósfera del conocimiento de tu propio Ser. Toda alabanza que lengua o pluma alguna pueda relatar, toda imaginación que corazón alguno pueda discurrir, está excluida de la posición que tu muy exaltada Pluma ha ordenado, cuánto menos podrá alcanzar las alturas que Tu mismo has exaltado sobre la concepción y la descripción de criatura alguna. Pues el intento que realice lo evanescente por concebir los signos del Increado, es como el movimiento de una gota ante el tumulto de tus agitados océanos. No, prohibe, oh mi Dios, que me atreva así a describirte, pues toda similitud y comparación deben pertenecer a lo que es esencialmente creado por Ti. ¿Cómo entonces puede tal similitud y comparación jamás ser digna de Ti, o llegar hasta tu Ser?
¡Por tu gloria, oh mi Dios! Aunque reconozco y creo firmemente que ninguna descripción que nadie excepto Tú mismo haga de Ti, puede corresponder a tu grandeza, y que ninguna gloria atribuida a Ti por alguno que no seas Tú mismo puede jamás ascender hasta la atmósfera de tu presencia, con todo, si guardara silencio, y cesara de glorificarte y de referir tu maravillosa gloria, mi corazón se consumiría y mi alma se desvanecería.
Mi evocación de Ti, oh mi Dios, apaga mi sed y aquieta mi corazón. Mi alma se deleita en su comunión contigo, como el lactante se deleita en los pechos de tu misericordia; y mi corazón Te ansía como el sediento ansía las vivientes aguas de tu generosidad, ¡oh Tú quien eres el Dios de misericordia, en cuya mano está el dominio de todas las cosas!
Te doy gracias, oh mi Dios, porque me has permitido recordarte. ¿Qué más fuera del peligro de Ti puede conceder deleite a mi alma o alegría a mi corazón? La comunión contigo me capacita para prescindir del recuerdo de todas tus criaturas, y mi amor a Ti me permite resistir el daño que me causan mis opresores.
Envía, por tanto, a mis amados, oh mi Dios, lo que anime sus corazones, e ilumine sus rostros, y deleite sus almas. Tú sabes, oh mi Señor, que su felicidad está en contemplar la exaltación de tu Causa y la glorificación de tu palabra. Descubre, por tanto, oh mi Dios, lo que alegre sus ojos, y ordena para ellos el bien de este mundo y del mundo por venir.
Tú eres, verdaderamente, el Dios de poder, de fuerza y de munificencia.


CXV

Tú ves, oh mi Dios, cómo los males cometidos por aquellas de tus criaturas que Te han vuelto la espalda se han interpuesto entre Aquel en Quien tu Deidad está manifiesta, y tus siervos. Haz descender sobre ellos, oh mi Señor, lo que les haga ocuparse mutuamente con lo que les concierne. Has entonces, que su violencia se limite a ellos mismos, para que la tierra y los que en ella habitan encuentren la paz.
Una de tus siervas, oh mi Señor, ha buscado tu rostro, y se ha remontado en la atmósfera de tu complacencia. No le niegues, oh mi Señor, las cosas que Tú ordenaste para las elegidas entre tus siervas. Permítele, entonces, que sea tan atraída por tus palabras que celebre tu alabanza en medio de ellas.
Potente eres Tú para hacer lo que Te place. No existe otro Dios sino Tú, el Todopoderoso, cuya ayuda es implorada por todos los hombres.


CXVI

¡Mi Dios, mi Bienamado! No existe lugar donde alguien pueda huir una vez que tus leyes han sido enviadas, ni refugio que alma alguna pueda hallar luego de la revelación de tus mandamientos. Tú has inspirado a la Pluma con los misterios de tu eternidad, y le has ordenado enseñar al hombre lo que él no conoce, y le has hecho participar de las vivientes aguas de la verdad, contenidas en el cáliz de tu Revelación y tu inspiración.
Sin embargo, tan pronto como la Pluma hubo trazado sobre la tabla una simple letra de tu oculta sabiduría, se elevó de todas direcciones la voz de la lamentación de tus fervorosos amantes. En seguida sobrevino a los justos lo que ha hecho llorar a los residentes del tabernáculo de tu gloria, y gemir a los habitantes de las ciudades de tu revelación.
Considera, oh mi Dios, cómo Aquel Quien es la Manifestación de tus nombres Se encuentra amenazado en estos días por las espadas de tus adversarios. En tal estado, Él clama y emplaza ante Ti a todos los habitantes de tu tierra y los moradores de tu cielo.
Purifica, oh mi Dios, los corazones de tus criaturas con la fuerza de tu soberanía y poder, para que tus palabras penetren profundamente en ellos. No sé lo que hay en sus corazones, oh mi Dios, ni puedo referir sus pensamientos acerca de Ti. Me parece que imaginan que tu propósito al llamarlos a tu altísimo horizonte, es relatar la gloria de tu majestad y poder. Ya que si se hubiesen convencido de que Tú los convocas hacia aquello que ha de recrear sus corazones e inmortalizar sus almas, jamás habrían huido de tu autoridad, ni habrían abandonado la sombra del árbol de tu unicidad. Despeja, entonces, la vista de tus criaturas, oh mi Dios, para que puedan reconocer a Aquel Quien manifiesta a la Deidad como Uno que está santificado de todo lo que pertenece a ellos, y Quien, enteramente por Ti, está llamándolos hacia el horizonte de tu unicidad, en una época en la que en cada momento de su vida está acosado por los peligros. Si su objetivo hubiese sido la preservación de su propio Ser, Él jamás habría sido abandonado a merced de tus enemigos.
¡Juro por tu gloria! He aceptado ser probado por múltiples adversidades sin otro propósito que el de regenerar a todos los que están en tu cielo y en tu tierra. Quienquiera Te haya amado nunca podrá sentir apego a su propio ser, a menos que sea con la finalidad de promover tu Causa; y quien Te ha reconocido, no puede reconocer nada fuera de Ti, ni puede volverse hacia nadie que no seas Tú.
Permite a tus siervos, oh mi Dios, descubrir las cosas que Tú has deseado para ellos en tu Reino. Hazles saber, además, lo que Aquel Quien es el Origen de tus muy excelentes títulos ha estado pronto a soportar, en su amor por Ti, por la regeneración de sus almas, para que se apresuren a alcanzar el Río que es en verdad la Vida, y vuelvan sus rostros en la dirección de tu Nombre, el Más Misericordioso. ¡No los abandones a sí mismos, oh mi Dios! Atráelos, por tu generoso favor, hacia el cielo de tu inspiración. No son más que pobres, y Tú eres el Todo Poseedor, el Siempre Perdonador, el Más Compasivo.


CXVII

¡Gloria a Ti, oh mi Dios! Los primeros asomos de la primavera de tu gracia han aparecido, cubriendo tu tierra de verdor. Las nubes del cielo de tu munificencia han dejado caer su lluvia sobre esta Ciudad, dentro de cuyos muros está encarcelado Aquel cuyo es el deseo es la salvación de tus criaturas. Por ella, el suelo de esta Ciudad ha sido engalanado, y sus árboles se han cubierto de follaje, y sus habitantes se han alegrado.
Los corazones de tus amados, no obstante, sólo se regocijan por la Divina Primavera de tus tiernas mercedes, por cuya intercesión los corazones son vivificados y las almas son renovadas, y producen sus frutos los árboles de la existencia humana.
Las plantas que germinaron, oh mi Señor, en los corazones de tus amados, se han marchitado. Haz descender sobre ellos, de las nubes de tu espíritu, aquello que haga crecer dentro de sus pechos las tiernas hierbas de tu conocimiento y sabiduría. Regocija entonces, sus corazones, con la proclamación de tu Causa y la exaltación de tu soberanía.
Sus ojos expectantes, oh mi Señor, están vueltos en dirección a tu munificencia, y sus rostros están orientados hacia el horizonte de tu gracia. No sufran ellos, por tu generosidad, la privación de tu gracia. Potente eres Tú, el Todopoderoso, el que Ayuda en el Peligro, Quien Subsiste por Sí Mismo.


CXVIII

Tú ves, oh mi Dios, cómo tus siervos han estado aferrándose firmemente a tus nombres, e invocándolos durante el día y la noche. Y, sin embargo, tan pronto se hubo manifestado Aquel mediante cuya palabra el reino de los nombres y el cielo de la eternidad fueron creados, se separaron de Él y no creyeron en el mayor de tus signos. Le desterraron finalmente del país donde había nacido, para que morara en la más desolada de tus ciudades, aunque todo el mundo había sido edificado por Ti para Él. Dentro de ésta, la Más Grande Prisión, Él ha establecido su sede. Aunque dolorosamente afligido por tales pruebas, como las que el ojo de la creación no ha visto, Él convoca a la gente ante Ti, ¡oh Tú Quien eres el Hacedor del universo!
Te suplico, oh Tú el Modelador de todas las naciones y el Vivificador de todo hueso destinado a convertirse en polvo, que bondadosamente ermitas a tus siervos reconocer a Aquel Quien es la Manifestación de tu Ser y el Revelador de tu trascendente poder, para que, mediante tu fuerza, les sea posible derribar todos los ídolos de sus corruptas inclinaciones y cobijarse a la sombra de tu misericordia que todo lo que abarca, la cual, en virtud de tu nombre, el Más Exaltado, el Todoglorioso, ha sobrepasado a la creación entera.
Yo no sé, oh mi Dios, hasta cuándo continuarán tus criaturas durmiendo en el lecho del olvido y los perversos deseos, alejados de Ti y privados de tu presencia. Acércalos más, oh mi Dios, a la escena de tu resplandeciente gloria, y arroba sus corazones con los dulces sabores de tu inspiración, por la cual aquellos quienes adoran tu unidad, en las alas del anhelo, se han remontado hacia Ti, y quienes están consagrados a Ti, han llegado hasta Aquel Quien es el Punto de Amanecer del Sol de tu creación.
Desgarra, oh mi Señor, los velos que los separan de Ti, para que puedan contemplarte reluciendo sobre el horizonte de tu unicidad y derramando tu esplendor desde el amanecer de tu soberanía. ¡Por tu gloria! Si descubriesen la dulzura de tu recuerdo y percibiesen la excelencia de las coas que les son enviadas de la diestra del trono de tu majestad, desecharían todo cuanto poseen, y se precipitarían hacia el desierto de su anhelo por Ti, para que la mirada de tu amorosa bondad fuese dirigida hacia ellos, y el esplendor del Sol de tu belleza, fuese derramado sobre ellos.
Haz que sus corazones, oh mi Señor, se extasíen con tu recuerdo, y que sus almas se enriquezcan con tu riqueza, y su voluntad se fortalezca, para proclamar tu Causa entre tus criaturas. Tú eres, verdaderamente, el Gran Dador, el Siempre Perdonador, el Más Compasivo.


CXIX

¡Loado sea tu nombre, oh mi Dios! Tú ves cómo he sido penosamente afligido entre tus siervos, y observas las cosas que me han acontecido en tu sendero. Tú bien sabes que no he dicho una sola palabra sin tu consentimiento, que mis labios jamás se han abierto salvo por tu mandato y en conformidad con tu deseo, que cada hálito que he exhalado ha estado animado con tu alabanza y tu recordación, que he llamado a todos los hombres solo a lo que tus escogidos durante toda la eternidad, han sido llamados, y que les he ordenado observar solo las cosas que les acerquen a la Aurora de tu amorosa bondad, y al Punto de Amanecer de tus favores, y al Horizonte de tu riqueza, y a la Manifestación de tu inspiración y tu revelación.
Tú eres consciente, oh mi Dios, de que no he faltado en mi deber para con tu Causa. En todo momento y condición he esparcido, en cada dirección, las brisas de tu inspiración, y he difundido el suave aroma de la vestidura de tu misericordia, para que quizá tus siervos descubran su fragancia, y por medio de ella, puedan volverse hacia Ti.
Te imploro, oh mi Dios, por las luces de tu unidad y los Repositorios de tu revelación, que envíes desde las nubes de tu misericordia aquello que ha de limpiar los corazones de todos cuantos se han vuelto hacia Ti. Borra entonces, de sus corazones, todo lo que pueda inducir a tus siervos a poner reparos a tu Causa.
Tu voluntad ha prevalecido sobre mi voluntad, oh mi Dios, y ha manifestado aquello que me ha afligido penosamente. Ten, entonces, misericordia de mí, ¡oh Tú Quien eres de todos aquellos que muestran misericordia, el Más Misericordioso!
Asiste a tus siervos, oh mi Dios, en ayudar a tu Causa, y dales de beber lo que vivifique sus corazones en tu reino, para que nada les impida recordarte y exaltar tus virtudes, a fin de que puedan dejar sus hogares en tu nombre, y convoquen a todas las multitudes ante Ti. Guarda sus rostros, oh mi Dios, de volverse hacia alguien que no seas Tú, y sus oídos, de escuchar los dichos de todos aquellos que se han alejado de tu belleza y repudiado tus signos.
Supremo eres Tú por sobre todas las cosas. No existe otro Dios salvo Tú, el Omnisciente, el Sapientísimo.


CXX

¡Glorificado eres Tú, oh Señor mi Dios! Tú contemplas mi lamentable estado y la habitación en que vivo, y atestiguas mi perplejidad, mis apremiantes necesidades, mis tormentos y las aflicciones que sufro en medio de tus siervos, quienes recitan tus versos y repudian a su Revelador, quienes invocan tus nombres y ponen reparos a su Creador, quienes procuran acercarse a Aquel Quien es tu Amigo y dan muerte a Quien es el Bienamado de los mundos.
Abre sus ojos, oh mi Dios, y mi Señor, para que puedan contemplar tu belleza, o hazles volver al más profundo abismo de fuego. Potente eres Tú para hacer tu voluntad. Tú eres, verdaderamente, el Todoglorioso, el Sapientísimo.
¡La gloria de tu poder, oh mi Dios, me lo atestigua! Cada vez que intento recordarte, me siento embargado por la sublimidad de tu posición y la inmensidad de tu poder; y cada vez que guardo silencio, he aquí, me siento impulsado por mi amor a Ti y por la potencia de tu voluntad, a desatar mi lengua para hacer mención de Ti. Aquel quien es pobre y necesitado, oh mi Dios, clama a su Señor, el Todoposeedor; y aquel quien está desprovisto de toda fuerza, recuerda a su Amo, el Omnipotente. Si Se digna a aceptar la súplica de su siervo, Él es, verdaderamente, de insuperada generosidad; y si lo echa fuera de Sí, Él es, de entre aquellos que juzgan equitativamente, el mejor. Es de hecho aceptable, oh mi Dios, quien haya vuelto su rostro hacia Ti, y es verdaderamente desposeído, aquel que haya descuidado el recuerdo de Ti en tus días. Bienaventurado sea quien haya gustado de la dulzura de tu recordación y alabanza. Nada, ni siquiera el alzamiento de todos los pueblos del mundo para atacarle, puede impedir a tal hombre dirigir sus pasos hacia los senderos de tu complacencia y los caminos de tu Causa.
Observa, entonces, oh Tú Quien eres el Bienamado de Bahá, las lágrimas que ante Ti él derrama, y contempla los suspiros que profiere, ¡oh Tú Quien eres del Deseo de su corazón! ¡Juro por tu poder, tu majestad y tu gloria! Si heredara de Ti todas las delicias del Paraíso, y las guardara en mi poder tanto tiempo como perdurase tu propio Ser, y si, durante menos que un instante, me volviera descuidado de tu recordación, ciertamente, las desecharía de mí y dejaría de considerarlas. Soy aquel, oh mi Dios, quien por amor a Ti ha dejado el mundo y todos sus beneficios, y voluntariamente ha aceptado toda tribulación en aras de tu recuerdo.
Te imploro, oh Tú Quien eres mi Compañero y mi Bienamado, que levantes el velo que se ha interpuesto entre Tú y tus siervos, para que puedan reconocerte con tu propio ojo y se libren de todo afecto a nadie que no seas Tú. Tú eres, ciertamente, el Todopoderoso, el Siempre Perdonador, el Más Compasivo. No existe otro Dios fuera de Ti, el Más Exaltado, Quien Se Basta a Sí Mismo, Quien Se Enaltece a Sí Mismo, el Todoglorioso, el Sapientísimo.
La alabanza sea para Ti, por cuanto Tú eres, en verdad, el Señor de la tierra y el cielo.


CXXI

¡Alabanzas sean para Ti, oh Señor mi Dios! Yo soy aquel quien ha buscado la complacencia de tu voluntad, y ha dirigido sus pasos hacia la sede de tus bondadosos favores. Soy aquel que ha dejado todo lo que tenía, quien ha huido hacia Ti en busca de amparo, quien ha vuelto su rostro hacia el tabernáculo de tu revelación y el adorado santuario de tu gloria. Te suplico, oh mi Señor, por tu llamado, por el cual aquellos quienes reconocieron tu unidad han buscado la sombra de tu bondadosísima providencia, y los sinceros han huido lejos de sí mismos en pos de tu nombre, el Más Exaltado, el Todoglorioso, mediante el cual fueron enviados tus versos, y tu palabra fue cumplida y tu prueba manifestada, y surgió el sol de tu belleza, y se estableció tu testimonio, y se descubrieron tus signos: Te suplico que concedas, que pueda yo ser contado entre aquellos que han bebido, de las manos de tu bondadosa providencia, el vino que es en verdad la vida, y de tal modo se han embriagado con tu múltiple sabiduría, que presurosos han acudido al campo del sacrifico con tu alabanza en sus labios y el recuerdo de Ti en sus corazones. Haz descender también sobre mi, oh mi Dios, aquello que me purifique de todo lo que no sea tuyo, y me libre de tus enemigos que no han creído en tus signos.
Potentes eres Tú para hacer tu voluntad. No existe otro Dios fuera de Ti, el que Ayuda en el Peligro, Quien Subsiste por Sí Mismo.


CXXII

¡Alabado seas, oh Señor mi Dios! Tú ves y sabes que he llamado a tus siervos a volverse solo hacia tus dádivas, y les he pedido que observen solo aquello que Tú prescribiste en tu perspicuo Libro, el que ha sido enviado de acuerdo con tu inescrutable decreto y tu irrevocablemente propósito.
No puedo pronunciar palabra, oh mi Dios, a menos que Tú me lo permitas; ni puedo moverme en dirección alguna si no es con tu aprobación. Eres Tú, oh mi Dios, Quien me has llamado a existir mediante la fuerza de tu poder y me has dotado con tu gracia para manifestar tu Causa, por lo que he sido sometido a tales adversidades que mi lengua no ha podido ensalzarte ni magnificar tu gloria.
Toda alabanza sea para Ti, oh mi Dios, por las cosas que para mí ordenaste mediante tu decreto y el poder de tu soberanía. Te imploro que nos fortifiques, a mi y a quienes me aman, en nuestro amor a Ti, y nos mantengas firmes en tu Causa. ¡Juro por tu poder! ¡Oh mi Dios! Que la deshonra de tu siervo es estar apartado como por un velo de Ti, y su gloria es conocerte. Armado con el poder de tu nombre, nada podrá dañarme, y con tu amor en mi corazón, no podrán en modo alguno alarmarme todas las aflicciones del mundo.
Envíanos, por tanto, oh mi Señor, a mi y a mis amados, aquello que nos proteja del daño de quienes han repudiado tu verdad y no han creído en tus signos.
Tú eres, verdaderamente, el Todoglorioso, el Más Generoso.


CXXIII

¡Glorificado eres Tú, oh Señor mi Dios! En tu altísimo Paraíso has asignado a tus siervos tales posiciones, que si alguna de ellas fuera descubierta a los ojos de los hombres, todos los que están en la tierra y todos los que están en el cielo quedarían atónitos. ¡Por tu poder! Si los reyes presenciaran gloria tan grande, con seguridad se librarían de sus dominios y se adherirían a aquellos súbditos suyos que se han puesto a la sombra de tu merced inmensurable y han buscado el amparo de tu gloriosísimo nombre.
Te imploro, oh Tú Quien eres el Amado de los mundos y el Deseo de todos los que Te han reconocido, por tu nombre, mediante el cual conmueves a quien deseas y atraes hacia Ti a quien Te place, que abras los ojos de todos los que Te son queridos, para que quizá no sean separados como por un velo de Ti, como lo están los pueblos de la tierra, sino que puedan percibir externamente los signos y las evidencias de tu poder y comprender internamente las cosas que Tú ordenaste para ellos en los dominios de tu gloria.
Potente eres Tú para hacer tu voluntad. Tú solo eres el único Amado de este mundo y del venidero. No hay Dios sino Tú, el Más Exaltado, el Todoglorioso.


CXXIV

¡Glorificado eres Tú, oh Señor mi Dios! Cada vez que me atrevo a hacer mención de Ti, me lo impiden mis enormes pecados y mis graves transgresiones contra Ti, y me encuentro completamente desprovisto de tu gracia, y absolutamente incapaz de celebrar tu alabanza. Sin embargo, mi gran confianza en tu generosidad revive mi esperanza en Ti, y mi certeza de que me tratarás muníficamente me da ánimo para ensalzarte, y pedirte las cosas que Tú posees.
Te imploro, oh mi Dios, por tu misericordia que ha sobrepasado a todo lo creado, y de la cual dan testimonio todos los que están sumergidos en los océanos de tus nombres, que no me abandones a mí mismo, pues mi corazón es propenso al mal. Guárdame, entonces, dentro de la fortaleza de tu protección y el refugio de tu cuidado. Yo soy de aquel, oh mi Dios, cuyo único deseo es lo que Tú has determinado por la fuerza de tu poder. Lo único que he escogido para mí mismo es ser amparado por tus bondadosas disposiciones y la resolución de tu voluntad, y ser ayudado por las muestras de tu decreto y juicio.
Te suplico, oh Tú Quien eres el Amado de los corazones que Te anhelan, por las Manifestaciones de tu Causa y las Auroras de tu inspiración, y los Exponentes de tu majestad, y los Tesoros de tu conocimiento, que no permitas que sea privado de tu santa Morada, tu Templo y tu Tabernáculo. Ayúdame, oh mi Señor, a alcanzar su santificada corte, y circular en torno a su persona, y permanecer humilde ante su puerta.
Tú eres Aquel cuyo poder existe desde siempre y para siempre. Nada escapa a tu conocimiento. Tú eres, verdaderamente, el Dios de poder, el Dios de gloria y sabiduría.
¡Alabado sea Dios, el Señor de los mundos!


CXXV

¡Oh Tú, cuyo espanto ha envuelto a todas las cosas, antes los esplendores de cuyo rostro se encuentran abatidos los semblantes de todos los hombres, ante las revelaciones de cuya soberanía se ha inclinado humildemente toda cerviz, a la decisión de cuya voluntad han sido sometidos todos los corazones, la solemnidad de cuya majestad ha hecho temblar los fundamentos de todas las cosas, y a la fuerza de cuya autoridad se han sometido los vientos! Te suplico, por la potencia compelente de tu Revelación, y por la fuerza de tu poder, y por la exaltación de tu palabra, y por la sublimidad de tu soberanía, que nos cuentes entre aquellos a quienes el mundo ha sido impotente de impedirles volverse hacia Ti.
Haz entonces, oh mi Señor, que sea yo uno de aquellos quienes, con sus bienes y su propio ser, han luchado valientemente en tu sendero. Señala entonces, para mí, la recompensa que ordenaste para ellos en la Tabla de tu decreto. Establéceme, además, en la sede de verdad ante tu presencia, y asóciame con los sinceros entre tus siervos.
Te imploro, oh mi Señor, por tus Mensajeros y tus Elegidos, y por Aquel mediante Quien has estampado tu sello sobre las Manifestaciones de tu Causa entre tus criaturas, y a Quien has engalanado con el ornamento de tu aceptación entre todos los que habitan en tu cielo y en tu tierra, que bondadosamente me ayudes a alcanzar lo que Tú has ordenado para tus siervos y les has mandado observar en tus Tablas. Lava, entonces, mis pecados, oh mi Dios, por tu gracia y generosidad, y cuéntame entre quienes no han sido alcanzados por el miedo ni sometidos al dolor.
Tú eres, verdaderamente, el Todopoderoso, el que Ayuda en el Peligro, Quien Subsiste por Sí Mismo.

CXXVI

¡Glorificado eres Tú, oh Señor mi Dios! Tú eres Aquel, el fuego de cuyo amor ha inflamado los corazones de quienes han reconocido tu unidad, y los esplendores de cuyo semblante han iluminado los rostros de los que se han acercado a tu coarte. ¡Cuán dulce, oh mi Amado, es el agravio que, en mi amor por Ti, y por tu complacencia, sufro a causa de los dardos de los obradores de iniquidad! ¡Cuán gratas son las heridas que, en tu sendero y a fin de proclamar tu Fe, recibo de las espadas de los infieles!
Te suplico, por tu nombre por medio del cual Tú cambias la inquietud en tranquilidad, el temor en confianza, la debilidad en fortaleza, la humillación en gloria, que nos ayudes, con tu gracia, a mí y a tus siervos, a exaltar tu nombre, entregar tu Mensaje y proclamar tu Causa, de modo tal que podamos permanecer impasibles ante el asedio de los transgresores y la ira de los infieles, ¡oh Tú Quien eres el Bienamado!
Yo soy, oh mi Señor, tu sierva, quien ha escuchado tu llamado, y se ha dirigido presurosa hacia Ti, huyendo de sí misma y poniendo su corazón en Ti. Te imploro, oh mi Señor, por tu nombre, por el cual han sido originados todos los tesoros de la tierra, que me protejas de las insinuaciones de quienes no han creído en Tu y han repudiado tu verdad.
Potente eres Tú para hacer lo que deseas. Tú eres, verdaderamente, el Omnisciente, el Sapientísimo.

CXXVII

¡Toda alabanza sea para Ti, oh Señor mi Dios! ¡Cuán misterioso es el Fuego que Tú has encendido dentro de mi corazón! Mis propios miembros atestiguan la intensidad de su calor, y demuestran el poder consumidor de su llama. Si alguna vez la lengua de mi cuerpo intentase describirte como Aquel cuya fuerza siempre ha excedido a la fuerza de los más poderosos de entre los hombres, la lengua de mi corazón se dirigiría a mí, diciendo: "Ésas no son sino palabras que solo pueden resultar adecuadas a aquellas cosas que son de la misma apariencia y naturaleza que ellas. Pero Él, en verdad, es infinitamente exaltado por sobre la mención de todas sus criaturas".
¡La fuerza de tu poder me lo atestigua, oh mi Bienamado! Me parece que cada miembro de mi cuerpo está dotado de una lengua que Te glorifica y que magnifica tu nombre. Armado con el poder de tu amor, el odio que mueve a quienes están contra Ti, nunca podré alarmarme; y con la alabanza en mis labios, las resoluciones de tu decreto no podrán en modo alguno llenarme de pesar. Fortalece, por tanto, tu amor dentro de mi pecho, y permíteme enfrentar los asaltos que emprenden contra mí todos los pueblos de la tierra. ¡Juro por Ti! Cada cabello de mi cabeza proclama: "Si no fuese por las adversidades que me suceden en tu sendero, ¿cómo podría jamás gustar la divina dulzura de tu ternura y amor?
Haz descender, por tanto, oh mi Señor, sobre mí y sobre quienes me aman, lo que nos haga volvernos constantes en tu Fe. Permite, entonces, que lleguen a ser Manos de tu Causa entre tus siervos, para que dispersen por doquier tus signos, y manifiesten tu soberanía. No hay Dios sino Tú, Quien eres potente para hacer todo cuanto deseas. Tú eres, en verdad, el Todoglorioso, el Más Alabado.


CXXVIII

¡La alabanza sea para Ti, oh mi Dios! Soy uno de tus siervos que ha creído en Ti y en tus signos. Tú ves cómo me he dirigido hacia la puerta de tu misericordia y he vuelto mi rostro hacia tu cariñosa bondad. Te imploro, por tus muy excelentes títulos y por tus muy exaltados atributos, que abras ante mi rostro las puertas de tus dádivas. Ayúdame, pues, a hacer lo que es bueno, ¡oh Tú que eres el Poseedor de todos los nombres y atributos!
Soy pobre, oh mi Señor, y Tú eres el Rico. He vuelto mi rostro hacia Ti y me he desprendido de todo menos de Ti. Te imploro que no me prives de las brisas de tu tierna misericordia ni me niegues lo que Tú ordenaste para los elegidos entre tus siervos.
Aparta el velo de mis ojos, oh mi Señor, para que reconozca lo que Tú has deseado para tus criaturas y descubra, en todas las manifestaciones de tu obra, las revelaciones de tu fuerza todopoderosa. Arroba mi alma, oh mi Señor, con tus poderosísimos signos y sácame de la profundidad de mis deseos corruptos y perversos. Decreta, pues, para mí el bien de este mundo y el del venidero. Potente eres Tú para hacer lo que te place. No hay Dios sino Tú, el Todoglorioso, cuya ayuda es buscada por todos los hombres.
Te doy gracias, oh mi Señor, por haberme despertado de mi sueño, por haberme conmovido y por haber creado en mí el deseo de percibir lo que la mayoría de tus siervos no han podido comprender. Capacítame por lo tanto, oh mi Señor, para contemplar, por amor a Ti y por tu agrado, todo lo que Tú has deseado. Tú eres Aquel de quien todas las cosas atestiguan la fuerza de su poder y soberanía.
No hay otro Dios sino Tú, el Todopoderoso, el Benéfico.


CXXIX

¡Alabado seas, oh mi Dios! Tú ves cómo tus siervos justos han caído en las manos de los forjadores de iniquidad, quienes no han creído en tu nombre, el Libre, y han negado tu majestad, y tu ilimitada autoridad, y tu fortaleza, y tu soberano poder. Sus bocas profieren lo que las bocas de los judíos profirieron en otro tiempo.
Extiende, por lo tanto, oh mi Señor, desde el seno de tu gloria, la mano de tu omnipotencia, y ayuda con ella a tus amados quienes, aunque penosamente afligidos en tu sendero por pruebas tales como las que han hecho gemir a los habitantes del reino de tu Causa, no han sido impedidos de volverse hacia el horizonte de tu Revelación.
Estampa, entonces, en sus corazones, el sello de tu infalible protección, para que quizá no ingrese en ellos el recuerdo de nadie que no seas Tu. Permíteles, además, proclamar tu nombre entre tus criaturas, y provéeles con lo mejor que Tú has destinado para aquellos de tus elegidos que gozan de cercano acceso a Ti.
Potente eres Tú para hacer tu voluntad. Tú, verdaderamente, eres el Todoglorioso, a Quien todos claman por ayuda.


CXXX

¡Loado sea tu nombre, oh Señor mi Dios! Tú observas cómo tus siervos en todas partes han sido rodeados por las tribulaciones, cómo sus adversarios se han alzado todos contra ellos y los han agraviado dolorosamente. ¡Tu gloria me lo atestigua! Si todos los forjadores de iniquidad de la tierra se unieran contra nosotros y nos arrojaran a un fuego tal como el que ningún hombre ha encendido, ellos serían impotentes para desviar nuestra mirada del horizonte de tu nombre, el Más Exaltado, el Altísimo, y no lograrían apartar nuestros corazones de la sede de tu resplandeciente gloria.
¡Juro por tu poder! Las saetas que nos atraviesan en tu sendero son el ornamento de nuestros templos, y las lanzas que nos traspasan en nuestro amor a Ti, son como seda para nuestros cuerpos. ¡Por la gloria de tu poder! Nada en absoluto puede convenir a tus siervos, salvo lo que la pluma de tu irrevocable decreto ha trazado en esta inapreciable y exaltada Tabla.
Toda alabanza sea para tu Ser en todo tiempo y en todas las condiciones. Tú eres, verdaderamente, el Dios de conocimiento y sabiduría.


CXXXI

¡Alabanzas sean para Ti, oh mi Dios! Tú ves cómo Aquel Quien es tu Luz ha sido encarcelado en la ciudad fortificada de 'Akká, y penosamente oprimido por lo que han forjado las manos de los obradores de iniquidad, cuyos corruptos deseos les han impedido volverse hacia Ti, ¡oh Tú Quien eres el Rey de todos los nombres!
¡Juro por tu gloria! Las tribulaciones, por dolorosas que fueren, no podrán jamás impedirme recordarte o celebrar tu alabanza. Toda aflicción sufrida por amor a Ti, es una muestra de tu misericordia hacia tus criaturas, y toda ordalía soportada en tu sendero, no es sino una dádiva tuya conferida a tus elegidos. Atestiguo que mi semblante, el cual brilla sobre la Aurora de la eternidad, ha sido iluminado por la adversidad, y por ella ha sido adornado mi cuerpo ante todos los que están en el cielo y todos los que están en la tierra.
Te suplico, por tu Más Grande Nombre, que asistas a todos aquellos quienes han creído en Ti y en tus signos, a ser constantes en tu amor y a volverse hacia el Punto de Amanecer del Sol de tu amorosa bondad. Inspírales entonces, oh mi Dios, para que desaten sus lenguas en alabanzas a Ti, y les acerque a Ti en esta vida y en la vida por venir.
Tú, verdaderamente, eres el Todopoderoso, el Todoglorioso, el Benéfico.


CXXXII

¡Glorificado sea tu Nombre, oh Señor mi Dios! Yo te suplico por tu Poder que ha circundado a todas las cosas creadas, por tu Soberanía que ha trascendido a la creación entera y por tu Palabra que estaba oculta en tu sabiduría y con la cual Tú creaste tu cielo y tu tierra, nos permitas ser firmes tanto en nuestro amor por Ti como en nuestra obediencia a tu voluntad, fijar nuestra mirada en tu semblante y celebrar tu gloria. Permítenos, pues, oh mi Dios, esparcir abundantemente tus signos entre tus criaturas y proteger tu Fe en tu reino. Tú has existido siempre independientemente de la mención de cualquiera de tus criaturas, y por siempre permanecerás como has existido.
En Ti he puesto toda mi confianza, hacia Ti he vuelto mi rostro, al cordón de tu amorosa providencia me he aferrado, y hacia la sombra de tu misericordia me he apresurado. No me abandones a tu puerta como un ser decepcionado, oh mi Dios, y no me niegues tu gracia, pues sólo Te busco a Ti. No existe más Dios que Tú, el que Siempre Perdona, el Más Generoso.
¡Alabado seas Tú, que eres el Bienamado de los que te han conocido!


CXXXIII

¡Oh Tú, cuyas pruebas son la medicina curativa para quienes están cerca de Ti, cuya espada es el deseo ardiente de todos los que te aman, cuyo dardo es el más caro deseo de los corazones que te anhelan, cuyo decreto es la única esperanza de quienes han reconocido tu verdad! Yo te imploro, por tu divina dulzura y por los resplandores de la gloria de tu rostro, que nos envíes desde tus aposentos de lo alto aquello que nos haga acercarnos a Ti. Haz, pues, que nuestros pies sean firmes en tu Causa, oh mi Dios, ilumina nuestros corazones con el resplandor de tu conocimiento y alumbra nuestros pechos con el brillo de tus nombres.


CXXXIV

Yo soy aquel, oh mi Señor, que ha vuelto su rostro hacia Ti y ha fijado su esperanza en las maravillas de tu gracia y en las revelaciones de tu munificencia. Te ruego que no permitas que me aleje desilusionado de la puerta de tu misericordia, ni me dejes a merced de aquellas criaturas tuyas que han repudiado tu Causa.
Yo soy, oh mi Dios, tu siervo y el hijo de tu siervo. He reconocido tu verdad en tus días y he dirigido mis pasos hacia las orillas de tu individualidad, confesando tu unidad, reconociendo tu unicidad y esperando tu clemencia y tu perdón. Poderoso eres Tú para hacer lo que deseas. No hay Dios aparte de Ti, el Todoglorioso, el que siempre perdona.


CXXXV

¡Alabanzas sean para Ti, oh Señor mi Dios! Atestiguo de que Tú eres Dios, y que no existe otro Dios fuera de Ti. Desde la eternidad han sido inmensurablemente exaltado por encima de la alabanza de nadie que no fueras Tú, y muy por encima de la descripción de cualquiera de tus criaturas. Todas las cosas creadas han dado testimonio de tu unidad, y todo habitante de tu reino ha confesado tu unicidad. La esencia de la comprensión de los seguros de entre tus criaturas jamás podrá alcanzarte, y las preciosas expresiones con las cuales tu pueblo Te ha alabado y glorificado, nunca tendrán esperanza de ascender a la atmósfera de tu santidad. Pues la comprensión que los hombres tienen de Ti, no es sino la comprensión de tu propia creación. ¿Cómo pueden ellas ser consideradas dignas de la corte de tu unicidad?
¡Juro por tu gloria! La quintaesencia del conocimiento es incapaz de comprender tu naturaleza, y la más recóndita realidad de toda alabanza a Ti, no puede alcanzar la sede de tu gran gloria y de tu poder todo compelente. Toda palabra que procura describirte, y todo conocimiento que trata de comprenderte, no es sino una expresión de tu propia creación, y está engendrado por tu voluntad y es moldeado en conformidad con tu propósito.
Te imploro, oh Tú Quien eres inescrutable para todos excepto para Ti, y no puedes ser comprendido a través de nada salvo Ti mismo, por los agravios que ha sufrido Aquel Quien es la Aurora de tu Causa en las manos de los indignos de entre tus criaturas, y por lo que Le ha sobrevenido en tu sendero, concedas que pueda yo estar en todo momento completamente disuelto en Ti, y fije mi mirada en el horizonte de tu voluntad, y sea constante en tu amor.
Me he vuelto, oh mi Señor, hacia Ti conforme a lo que Tú me has ordenado en tu Libro, y he dirigido mi rostro hacia el horizonte de tu amorosa bondad, tal como me lo has permitido en tus Tablas. No me arrojes del portal de tu gracia, Te lo suplico, y decreta para mí la recompensa destinada para aquel que ha llegado a tu presencia, y se ha ofrecido para servirte, y ha sido transportado por las gotas que sobre él ha esparcido el Océano de tus favores en tus días, y por los resplandores del Sol de tus dones, los cuales se han derramado sobre él, al revelarse la luz de tu semblante.
Potente eres Tú para hacer lo que Te place. No hay Dios salvo Tú, el que Ayuda en el Peligro, Quien Subsiste por Sí Mismo.


CXXXVI

¡Alabado sea tu Nombre, oh Señor mi Dios! Soy tu siervo que se ha asido al cordón de tu tierna misericordia y se ha aferrado al borde de tu benevolencia. Te suplico por tu Nombre, mediante el cual Tú has sometido a todas las cosas creadas, visibles e invisibles, y por el cual se ha difundido por toda la creación el hálito que ciertamente es vida, que me fortalezcas con tu poder, que envuelve los cielos y la tierra, y me protejas de toda enfermedad y tribulación. Atestiguo que Tú eres el Señor de todos los nombres y el que ordena todo lo que Te place. No hay otro Dios sino Tú, el Todopoderoso, el Omnisciente, el Todo Sabio.
Ordena para mí, oh mi Señor, lo que me beneficie en cada mundo de tus mundos. Provéeme, pues, con lo que Tú has destinado para los elegidos entre tus criaturas, a quienes ni la denuncia del acusador, ni el clamor del infiel, ni el distanciamiento de aquellos que se han apartado de Ti les ha impedido volverse hacia Ti.
Tú verdaderamente eres el que ayuda en el peligro mediante el poder de tu soberanía. No hay Dios sino Tú, el Todopoderoso, el Más Potente.


CXXXVII

¡Glorificado seas Tú, oh mi Dios! Te doy gracias por haberme hecho conocer a Aquel que es la Aurora de tu misericordia, el Alba de tu gracia y el Receptáculo de tu Causa. Te imploro por tu Nombre (por el cual los rostros de quienes están cerca de Ti han palidecido y los corazones de aquellos que están consagrados a Ti han emprendido su vuelo hacia Ti) que me permitas asirme a tu cuerda en todo tiempo y en toda condición, estar libre de todo apego a cualquiera fuera de Ti y pueda mantener mis ojos dirigidos hacia el horizonte de tu Revelación y cumplir lo que Tú me has prescrito en tus Tablas.
Atavía, oh mi Señor, mi ser interior y exterior con la vestidura de tus favores y tu cariñosa bondad. Protégeme, pues, de todo lo que Te sea detestable y ayúdanos bondadosamente a mí y a mis parientes a obedecerte y a eludir todo lo que pueda hacer surgir en mí un deseo malo y corrupto.
Tú verdaderamente eres el Señor de toda la humanidad y el Poseedor de este mundo y del venidero. No hay Dios sino Tú, el Omnisciente, el Sapientísimo.

CXXXVIII

¡Oh Dios, y el Dios de todos los Nombres, y Hacedor de los cielos! Te imploro por tu Nombre, mediante el cual se ha manifestado Aquel Quien es la Aurora de tu poder y el Punto de Amanecer de tu fuerza, mediante el cual se ha hecho fluir toda cosa sólida, y todo cuerpo muerto ha sido vivificado, y todo espíritu en movimiento ha sido confirmado, Te imploro que me permitas librarme de todo afecto a quienquiera no seas Tú, y servir a tu Causa, y desear lo que Tú deseaste a través del poder de tu soberanía, y realizar lo que es del beneplácito de tu voluntad.
Te suplico además, oh mi Dios, que ordenes para mí lo que me haga suficientemente rico como para prescindir de cualquiera fuera de Ti. Tú me ves, oh mi Dios, con mi rostro vuelto hacia Ti, y mis manos aferrándose a la cuerda de tu gracia. Haz descender sobre mí tu misericordia, y decreta para mí lo que Tú has decretado para tus elegidos. Poderoso eres Tú para hacer lo que Te place. No existe otro Dios sino Tú, el Siempre Perdonador, el Todomunífico.


CXXXIX

Gloria sea a Ti, oh Tú Quien, por el movimiento de tu muy augusta pluma, has sometido el concurso de tu creación, y manifestado las perlas del océano de tu sabiduría, mediante las palabras que tu lengua ha pronunciado ante todos los que están en el cielo y en la tierra. Atestiguo que tu poder ha envuelto al universo entero, y tu misericordia ha sobrepasado a todas las cosas creadas. Las fuerzas de la tierra nunca han prevalecido sobre Ti, ni el tumulto de las naciones ha frustrado tu propósito. Mediante la fuerza de tu soberanía, Tú has revelado en tu reino todo cuanto han deseado, y ordenado todas las cosas conforme al beneplácito de tu voluntad. Desde la eternidad, Tú has habitado las más sublimes alturas de tu dominio y de tu ilimitada soberanía, y continuarás por siempre morando en los inaccesibles retiros de tu majestad y gloria.
Te imploro, por tu Nombre por medio del cual fue esparcida la fragancia de la vestidura de tu presencia, y los suaves vientos de tu munífica gracia han pasado sobre todas las cosas creadas, que me asistas bondadosamente, en todo momento y en todas las condiciones, para servir a tu Causa, y que me permitas recordarte y exaltar tus virtudes. Haz entonces, que me rodeen tus todopoderosos brazos, oh mi Dios, y ordena para mí lo que corresponda a tu munificencia en cada mundo de tus mundos.
Tú ves, oh mi Señor, cómo me he dirigido hacia el océano de tu gracia y el adorado santuario de tus favores. No me niegues, Te lo ruego, las gotas que son rociadas por el océano de tus dones; ni me rehuses las efusiones de las nubes de tu tierna misericordia. Yo soy aquel, oh mi Dios, que se ha asido al resplandeciente borde de tu manto, y se ha aferrado a tu resistente cordel que nadie puede romper. Atestiguo que Tú me has creado, y me has nutrido, y me has educado, y me has alimentado, y me has mantenido, para que pueda reconocer a Aquel Quien es la Aurora de tus signos, y el Revelador de tus claras señales. Te ofrezco, por tanto, oh Señor mi Dios, la suprema alabanza, ya que Tú me has permitido alcanzar esta sublime posición y esta muy augusta sede. Tú en verdad, eres el Gran Dador, el Todopoderoso, el Todomunífico, el Siempre Perdonador, el Más Generoso.
Ilumina mis ojos, oh mi Señor, con los fulgores del horizonte de tu Revelación, y alumbra mi corazón con la brillantez del Sol de tu conocimiento y sabiduría, para que me vuelva completamente hacia tu rostro, y me libre de todo afecto a nadie que no seas Tú, de modo tal que los cambios y azares del mundo sean impotentes para impedirme reconocer a Aquel Quien es la Manifestación de tu propio Ser, y el Revelador de tus signos, y la Aurora de tu Revelación, y el Repositorio de tu Causa.
Tú eres, verdaderamente, el Todopoderoso, el Protector, el Todoglorioso, el Sapientísimo.


CXL

¡Alabado seas, oh mi Dios! Este siervo tuyo atestigua que nada sino Tú podrá jamás expresarte, ni puedes Tú ser descrito por alguien fuera de Ti mismo. Los pensamientos de quienes han reconocido tu realidad, por mucho que asciendan al cielo de la alabanza a Ti, nunca podrán esperar traspasar los límites, los cuales, por tu mandato y decreto, han sido fijados dentro de sus propios corazones. ¿Cómo puede la criatura, quien es como la nada, comprender a Aquel Quien es el Antiguo de los Días, o lograr describir en su cabal dimensión, su soberanía, su gloria y su grandeza? No, y ello, Tú mismo lo atestiguas, ¡oh Tú Quien eres el Gobernante de las naciones! Toda cosa creada ha reconocido su propia impotencia y la fuerza de tu poder, y ha confesado su propia humillación y tu gran gloria.
Te suplico, por tu Ultimidad, que es lo mismo que tu Primeridad, y por tu Revelación la cual es idéntica a tu Encubrimiento, que concedas que quienes Te son queridos, y sus hijos, y sus parientes, se conviertan en los reveladores de tu pureza entre tus criaturas, las manifestaciones de tu santidad en medio de tus siervos.
Tú eres, en verdad, el que Ayuda en el Peligro, Quien Subsiste por Sí Mismo.


CXLI

Te doy gracias, oh mi Dios, porque me has hecho un blanco de los dardos de tus adversarios en tu sendero. Te ofrezco supremas alabanzas, oh Tú Quien eres el Conocedor de lo visible e invisible y el Señor de toda existencia, por cuanto me has permitido ser enviado a prisión por amor a Ti, y me has hecho beber de la copa del dolor, para que pueda revelar tu Causa y glorificar tu palabra.
¿Cuán de mis tribulaciones he de relatar ante tu rostro, oh mi Señor? ¿He de recitar ante Ti lo que en las manos de los obradores de iniquidad entre tus criaturas me aconteció en los días del pasado, o describir las aflicciones queme han envuelto en estos días en aras de tu complacencia?
Gracias a Ti, oh Tú el Señor de todos los nombres; y gloria sea para Ti, oh Hacedor de los cielos, por todo cuanto he soportado en estos días en las manos de aquellos de tus siervos que han transgredido contra Ti, y de aquellos de tu pueblo que han procedido díscolamente para contigo.
Cuéntanos, Te lo imploramos, entre quienes han permanecido firmes en tu Causa, hasta que sus almas finalmente emprendieron vuelo hacia el cielo de tu gracia y la atmósfera de tu amorosa bondad. Tú eres, verdaderamente el Siempre Perdonador, el Más Misericordioso.


CXLII

¡Gloria sea a Ti, oh mi Dios! Mi rostro se ha dirigido hacia tu rostro, y mi rostro es, verdaderamente, tu rostro; y mi llamado es tu llamado; y mi Revelación, tu Revelación; y mi ser, tu Ser; y mi Causa, tu Causa; y mi mandato, tu mandato; y mi Existencia, tu Existencia; y mi soberanía, tu soberanía; y mi gloria, tu gloria; y mi poder, tu poder.
Yo te imploro, oh Tú Modelador de naciones y Rey de la eternidad, que guardes a tus siervas en el tabernáculo de tu castidad, y que suprimas aquellos de sus actos que son indignos de tus días. Purifícalas entonces, oh mi Dios, de todas las dudas y ociosas fantasías, y santifícalas de todo cuanto no convenga a su parentesco contigo, oh Tú Quien eres el Señor de los nombres, y Fuente de la prolación. Tú eres Aquel en cuyo puño están las riendas de toda la creación.
No hay Dios sino tú, el Todopoderoso, el Más Exaltado, el Todoglorioso, Quien Subsiste por Sí Mismo.


CXLIII

¡Gloria sea a Ti, oh mi Dios! Te imploro por tu nombre, el Más Misericordioso, que protejas a tus siervos y a tus siervas cuando pasen por sobre ellos las tempestades de las aflicciones, y los asalten tus múltiples pruebas. Capacítalos, entonces, oh mi Dios, para que de tal modo busquen refugio en la fortaleza de tu amor y de tu Revelación, que ni tus adversarios ni los perversos de entre tus siervos, los cuales han quebrantado tu Convenio y tu Testamento, y se han apartado con el mayor desdén de la Aurora de tu Esencia y el Revelador de tu gloria, puedan triunfar sobre ellos.
Ellos mismo, oh mi Señor, han esperado a la puerta de tu gracia. Ábrela ante sus rostros con las llaves de tus muníficos favores. Potente eres Tú para hacer tu voluntad, y ordenar lo que Te place. Éstos son, oh mi Dios, quienes han dirigido sus rostros hacia Ti, y se han vuelto hacia tu morada. Trátalos, por tanto, como corresponde a tu misericordia, la cual ha sobrepasado los mundos.


CXLIV

¡Oh mi Dios y mi Maestro! Soy tu siervo y el hijo de tu siervo. Me he levantado de mi lecho en este amanecer en que el sol de tu unicidad ha brillado desde la aurora de tu voluntad y ha derramado su resplandor sobre todo el mundo de acuerdo con lo que ha sido ordenado en los libros de tu decreto.
Alabado seas Tú, oh mi Señor, por habernos despertado a los resplandores de la luz de tu conocimiento. Envíanos pues, oh mi Señor, lo que nos capacite para prescindir de todos excepto de Ti y nos libre de todo apego a alguien que no seas Tú. Además, decreta para mí, para quienes me son queridos y para mis parientes, hombres y mujeres, el bien de este mundo y el venidero. Resguárdanos entonces, mediante tu infalible protección, oh Tú el Bienamado de la creación entera y el Deseo de todo el universo, de aquellos a quienes has hecho manifestaciones del Maligno, que susurran al pecho de los hombres. Potente eres Tú para hacer lo que te place. Tú eres verdaderamente el Todopoderoso, el que ayuda en el peligro, el que subsiste por Sí mismo.
Bendice, oh Señor mi Dios, a Aquel a quien Tú has colocado por encima de tus más excelentes títulos y mediante el cual Tú has separado a los piadosos de los perversos, y ayúdanos bondadosamente a hacer aquello que Tú amas y deseas. Bendice además, oh mi Dios, a quienes son tus Palabras y tus Letras y a quienes han dirigido sus rostros hacia Ti, se han vuelto hacia tu semblante y han escuchado tu llamada.
Tú eres en verdad el Señor y el Rey de todos los hombres y eres poderoso sobre todas las cosas.


CXLV

¡Oh Dios, mi Dios! No estés lejos de mí, pues tribulación sobre tribulación se ha reunido en torno mío. ¡Oh Dios, mi Dios! No me abandones a mí mismo, pues extrema adversidad me ha acontecido. De la leche pura, de los pechos de tu amorosa bondad, dame de beber, pues la sed me ha consumido totalmente. Al amparo de las alas de tu misericordia cobíjame, pues todos mis adversarios, de común acuerdo, han caído sobre mí. Manténme cerca del trono de tu majestad, en presencia de la revelación de los signos de tu gloria, pues la miseria me ha sobrevenido dolorosamente. Con los frutos del Árbol de tu Eternidad nútreme, pues suma debilidad me ha sobrecogido. De las copas de la alegría, brindadas por las manos de tus tiernas mercedes, susténtame, pues múltiples aflicciones se han apoderado de mí. Con el bordado manto de tu Omnipotente soberanía atavíame, pues la pobreza me ha despojado enteramente. Arrullado por el canto de la Paloma de tu Eternidad hazme dormir, pues sombrías calamidades me han acontecido. Ante el trono de tu unicidad, en medio del fulgor de la belleza de tu semblante, hazme permanecer, pues el temor y el estremecimiento me han aniquilado violentamente. Bajo el océano de tu perdón, ante la inquietud del leviatán de la gloria, sumérgeme, pues mis pecados me han condenado absolutamente.


CXLVI

¡Gloria sea a Ti, oh Señor mi Dios! Te ruego por tu Nombre, mediante el cual Aquel que es tu Belleza ha sido establecido en el trono de tu Causa, y por tu Nombre (por medio del cual Tú cambias todas las cosas, reúnes todas las cosas, pides cuentas a todas las cosas, premias a todas las cosas, preservas todas las cosas y sustentas todas las cosas), te ruego que guardes a esta sierva que ha huido a refugiarse en Ti, ha buscado la protección de Aquel en quien Tú Mismo estás manifiesto y ha puesto toda su fe y confianza en Ti.
Ella está enferma, oh mi Dios, y se ha puesto a la sombra del árbol de tu curación; está afligida y ha huido hacia la ciudad de tu protección; está doliente y ha buscado el manantial de tus favores; está abatida y se ha apresurado hacia la fuente de tu tranquilidad; está cargada de pecados y ha dirigido su rostro hacia la corte de tu misericordia.
Atavíala, por tu soberanía y tu amorosa bondad, oh mi Dios y mi amado, con la vestidura de tu bálsamo y tu curación, y dale a beber del cáliz de tu misericordia y tus favores. Protégela, además, de toda aflicción y dolencia, de todo dolor y enfermedad y de todo lo que te sea detestable.
Tú, en verdad, estás inmensamente exaltado por encima de todo lo que no seas Tú Mismo. Tú eres verdaderamente el Sanador, el que es suficiente para todo, el Preservador, el que siempre perdona, el Más Misericordioso.


CXLVII

Tú eres Aquel, ¡oh mi Dios!, por cuyo Nombre se curan los enfermos, se restablecen los desvalidos y los sedientos reciben bebida; los angustiados, tranquilidad; los extraviados, guía; los humillados, exaltación; los pobres, riqueza; los ignorantes, luz; los melancólicos, iluminación; los tristes, alegría; los fríos reciben calor y los oprimidos son liberados. Por tu Nombre, oh Dios, se movieron todas las cosas creadas y se extendieron los cielos, la tierra fue restablecida y las nubes fueron hechas para traer lluvia a la tierra. Esto es en verdad una prueba de tu gracia para con todas tus criaturas.
Yo te imploro, por tanto, por tu nombre mediante el cual manifestaste tu Deidad, y exaltaste tu Causa sobre toda la creación, y por cada uno de tus muy excelentes títulos y muy augustos atributos, y por todas las virtudes por las cuales es enaltecido tu trascendente y exaltadísimo Ser, que hagas descender esta noche, de las nubes de tu misericordia, las lluvias de tu curación sobre este lactante, a quien han hecho entroncar con tu gloriosísimo Ser en el reino de tu creación. Atavíale, entonces, oh mi Dios, por tu gracia, con el manto del bienestar y la salud, y protégele, oh mi Amado, de toda aflicción e indisposición, y de todo cuanto Te sea detestable. Tu poder, verdaderamente, es suficiente para todo. Tú, en verdad, eres el Más Poderoso, Quien Subsiste por Sí Mismo. Además, haz descender sobre él, oh mi Dios, el bien de este mundo y del venidero, y el bien de la anterior y la reciente generación. Tu poder y tu sabiduría son, ciertamente, suficientes para ello.


CXLVIII

¡Gloria sea a Ti, oh Señor mi Dios! Te imploro por tu Nombre, (por medio del cual izaste las enseñas de tu guía, derramaste el resplandor de tu amorosa bondad y revelaste la soberanía de tu señorío; por el cual la lámpara de tus nombres ha aparecido en la hornacina de tus atributos y Aquel que es el Tabernáculo de tu unidad y la Manifestación del desprendimiento ha resplandecido; por el cual se han dado a conocer los caminos de tu guía y se han señalado los senderos de tu complacencia; por medio del cual se han estremecido los cimientos del error y los signos de la perversidad han sido abolidos; por el cual brotaron las fuentes de la sabiduría y la mesa celestial fue enviada; por el cual preservaste a tus siervos y conferiste tu curación; por medio del cual Tú manifestaste tus tiernas mercedes a tus siervos y revelaste tu misericordia entre tus criaturas); te imploro que mantengas a salvo a quien ha permanecido firme y ha vuelto a Ti, se ha aferrado a tu misericordia y se ha asido al borde de tu amorosa providencia. Envíale, pues, tu curación, sánalo y dótale de una constancia otorgada por Ti y una tranquilidad conferida por tu majestad.
Tú eres verdaderamente el Sanador, el Preservador, el que ayuda, el Todopoderoso, el Potente, el Todoglorioso, el Omnisciente.


CXLIX

¡Glorificado eres, oh mi Dios! Te ofrezco mis alabanzas, porque me has permitido revelar tus palabras y manifestar tus pruebas y tus testimonios, de modo que toda prueba se ha hecho circular alrededor de mi voluntad, y a cada testimonio, circundar mi deseo. Tú me ves, oh mi Dios, yacente a merced de tus adversarios, quienes han repudiado tus signos, han refutado tu testimonio, se han apartado de tu belleza, y se han dispuesto a derramar tu sangre. Te suplico, oh Tú Quien eres el Señor de todos los nombres, por tu nombre, mediante el cual has sometido a todas las cosas creadas, que benignamente ayudes a tus siervos y a tus amados a aferrarse firmemente a tu Causa. Dales, entonces, de beber lo que vivificará sus corazones en tus días. Permíteles, además, oh mi Señor, fijar en todo momento su mirada en tu complacencia, y a darte gracias por las evidencias de tu irrevocable decreto. Pues Tú eres, verdaderamente, loable en todo lo que has hecho en el pasado, o harás en el futuro, y habrás de ser obedecido en todo cuanto has deseado o deseares, y serás amado en cualquier cosa que hayas anhelado, o anhelares. Tú miras a quienes Te son queridos con los ojos de tu bondad, y les envías solamente lo que les será de provecho mediante tu gracia y tus dones.
Te imploramos, oh Tú Quien eres la Nube de Munificencia y el Socorredor de los afligidos, que nos ayudes a recordarte, y a hacer conocer tu Causa, y a levantarnos para servirte. Aunque absolutamente débiles, no obstante, nos hemos aferrado a tu Nombre, el Omnipotente, el Todopoderoso.
Bendice, oh mi Dios, a aquellos que se han mantenido firmes en tu Causa, y a quienes las perversas insinuaciones de los obradores de iniquidad no han impedido que se volvieran hacia tu rostro, y a quienes con todo su corazón se han apresurado hacia tu gracia, hasta que, finalmente, bebieron de manos de tu munificencia, el aguas que es en verdad la vida.
Potente eres Tú para realizar tu deseo. No existe otro Dios sino Tú, el Poderoso, el Más Generoso.


CL

Te rindo alabanzas, oh mi Dios, por cuanto la fragancia de tu bondad me ha arrobado, y las suaves brisas de tu misericordia me han inclinado hacia tus muníficos favores. Hazme beber, oh mi Señor, de los dedos de tu munificencia, las aguas vivientes que han permitido a cada uno que haya participado de ellas, librarse de todo apego a cualquiera que no seas Tú, y elevarse hacia la atmósfera del desprendimiento de todas tus criaturas, y fijar su mirada en tu amorosa providencia y tus múltiples dones.
Prepárame, en todas las circunstancias, oh mi Señor, para servirte y para dirigirme hacia el adorado santuario de tu Revelación y de tu Belleza. Si es tu deseo, hazme crecer como una tierna hierba en los prados de tu gracia, para que las suaves brisas de tu voluntad me conmuevan y me inclinen en conformidad con tu agrado, de modo tal que mi movimiento y mi quietud sean completamente dirigidos por Ti.
Tú eres Aquel por cuyo nombre el Secreto Oculto fue divulgado, y el Bien Guardado Nombre fue revelado, y los sellos del sellado Cáliz fueron rotos, esparciendo con ello su fragancia sobre toda la creación, ya sea del pasado o del futuro. Aquel quien estaba sediento, oh mi Señor, se ha apresurado a alcanzar las aguas vivientes de tu gracia, y la criatura miserable ha ansiado sumergirse en el océano de tus riquezas.
¡Juro por tu gloria, oh Señor, Amado del mundo y Deseo de todos aquellos que Te han reconocido! Estoy penosamente afligido por el dolor de mi separación de Ti, en los días en que el Sol de tu presencia ha difundido su resplandor a todo tu pueblo. Ordena entonces, para mí, la recompensa decretada para aquellos que han contemplado tu rostro y, con tu consentimiento, han sido admitidos en la corte de tu trono y, por tu mandato, se han encontrado cara a cara contigo.
Yo Te imploro, oh mi Señor, por tu nombre, cuyos resplandores han envuelto la tierra y los cielos, que me permitas someter mi voluntad a lo que Tú has decretado en tus Tablas, para que cese de descubrir dentro de mí algún deseo, salvo lo que Tú has deseado por la fuerza de tu soberanía, ni voluntad alguna, excepto lo que has destinado para mí por tu voluntad.
¿Adónde he de volverme, oh mi Dios, incapaz como soy de descubrir ningún otro camino fuera del camino que Tú indicaste a tus Elegidos? Todos los átomos de la tierra proclaman que Tú eres Dios, y atestiguan que no hay otros Dios fuera de Ti. Desde la eternidad, tú has sido poderoso para hacer lo que has querido, y ordenar lo que has deseado.
Destina para mí, oh mi Dios, aquello que en todo momento me vuelva hacia Ti, y permíteme aferrarme continuamente al cordón de tu gracia, y proclamar tu nombre, y buscar todo lo que fluya de tu pluma. Estoy pobre y desolado, oh mi Señor, y Tú eres el Todo Poseedor, el Altísimo. Ten piedad de mí entonces, por las maravillas de tu misericordia, y haz descender sobre mí, en cada momento de mi vida, las cosas con que has decretado los corazones de todas tus criaturas que han reconocido tu unidad, y de todo tu pueblo que está completamente consagrado a Ti.
Tú, verdaderamente, eres el Todopoderoso, el Más Exaltado, el Omnisciente, el Omnisapiente.


CLI

¡Glorificado eres, oh mi Señor! Tú observas mis tribulaciones y todo lo que me ha acontecido en las manos de aquellos de tus siervos que están en compañía conmigo, quienes no han creído en tus muy resplandecientes signos, y se han apartado de tu muy deslumbrante Belleza. ¡Juro por tu gloria! Tales son las penas que me afligen, que no existe pluma en toda la creación que pueda contarlas ni describirlas.
Yo Te imploro, oh Tú Quien eres el Rey de los nombres y el Creador de la tierra y el cielo, que me asistas con tu gracia fortalecedora como para que nada en absoluto tenga poder para impedirme recordarte o celebrar tu alabanza, ni apartarme de la observancia de lo que Tú me has prescrito en tus Tablas, para que pueda de tal modo levantarme a servirte, que emerja de mi habitación con la cabeza descubierta, clame en tu nombre en medio de tus criaturas, y proclame tus virtudes entre tus siervos. Habiendo cumplido lo que Tú habías decretado, y entregado lo que Tú habías prescrito, los obradores de iniquidad entre tu pueblo me rodearían y procederían conmigo en tu sendero, según fuera su deseo.
En el amor que siento por Ti, oh mi Señor, mi corazón Te anhela con tales ansias como ningún corazón las ha conocido. Aquí estoy con mi cuerpo entre tus manos, y mi espíritu ante tu rostro. Procede con ellos como Te plazca, por la exaltación de tu palabra y la revelación de aquello que ha estado guardado en los tesoros de tu conocimiento.
Potente eres tú para hacer tu voluntad, y capaz de ordenar lo que desees.


CLII

¡Loado sea tu nombre, oh mi Dios! No descubro a nadie en tu reino que pueda dignamente volverse hacia Ti, o esté adecuadamente capacitado para escuchar lo que ha surgido de la boca de tu voluntad. Te suplico, por tanto, oh Tú Quien eres el Poseedor de la creación entero y el Rey del dominio de tu invención, que bondadosamente ayudes a tus criaturas a cumplir lo que Te es grato y aceptable, para que se levanten a servir a tu Causa entre tus criaturas, y a expresar las alabanzas a Ti ante todos los que están en el cielo y en la tierra.
Tú, oh mi Señor, eres Aquel cuya munificencia todo lo ha sobrepasado, cuya fuerza todo lo ha trascendido, y cuya misericordia todo lo ha abarcado. Mira entonces, a tu pueblo, con la mirada de tus tiernos favores, y no los abandones a sí mismos y a sus corruptos deseos en tus días. Por muy lejos que se hayan desviado de Ti y por muy gravemente que se hayan apartado de tu rostro, con todo, en tu esencia, Tú eres el Todomunífico y, en tu íntimo espíritu, eres el Más Misericordioso. Procede con ellos según las no reveladas muestras de tu munificencia y tus dones. Tú, verdaderamente, eres Aquel cuyo poder todas las cosas han atestiguado, y de cuya majestad y omnipotencia, la creación entera ha dado testimonio.
No existe otro Dios sino tú, el que Ayuda en el Peligro, Quien Subsiste por Sí Mismo.


CLIII

¡Mi Dios, Tú a Quien venero y adoro, y Tú Quien eres el Más Poderoso! Atestiguo que ninguna descripción de cosa creada alguna nunca podrá revelarte, y ninguna alabanza que algún ser pronuncie jamás podrá expresarte. La comprensión de nadie, en toda la tierra, ni la inteligencia de ninguno de sus pueblos pueden, en modo que sea digno de Ti, ser admitidos en la corte de tu santidad, o desentrañar tu misterio. ¿Qué pecado ha retenido a los habitantes de la ciudad de tus nombres tan lejos de tu gloriosísimo Horizonte, privándolos del acceso a tu más grande Océano? Una simple letra de tu Libro es la madre de todas las expresiones; y una palabra de él, engendradora de toda la creación. ¿Qué ingratitud han demostrado tus siervos que, a todos y a cada uno, les ha impedido reconocerte? Una gota del océano de tu misericordia es suficiente para apagar las llamas del infierno, y una chispa del fuego de tu amor es capaz de inflamar al mundo entero.
¡Oh Tú, quien eres el Omnisapiente! Aunque estemos extraviados, nos mantenemos aferrados a tu bondad; y aunque ignorantes, aún dirigimos nuestros rostros hacia el océano de tu sabiduría. Tú eres Aquel Todomunífico a Quien una multitud de pecados no Le impide otorgar su munificencia, y la abundancia de cuyos dones no es detenida por el alejamiento de los pueblos del mundo. Desde la eternidad, la puerta de tu gracia ha permanecido abierta de para en par. Una minúscula gota del océano de tu misericordia sería capaz de adornar todas las cosas con el ornamento de la santidad, y una partícula de las aguas de tu generosidad puede ser la causa de que la creación entera alcance la verdadera riqueza.
¡No descorras el velo, oh Tú Quien eres el Ocultador! Desde la eternidad, las señales de tu munificencia han abarcado el universo, y los esplendores de tu Más Grande Nombre han sido derramados sobre todas las cosas creadas. No niegues a tus siervos las maravillas de tu gracia. Haz que sean conscientes de Ti, que puedan sostener el testimonio de tu unidad, y permíteles reconocerte, para que presurosos puedan dirigirse hacia Ti. Tu misericordia ha abrazado a la creación entera, y tu gracia ha penetrado todas las cosas. Desde las olas del océano de tu generosidad los mares del anhelo y entusiasmo han sido revelados. Tú eres lo que eres. Nada que no seas Tú, es digno de alguna mención, a menos que se cobije bajo tu sombra y sea admitido en tu corte.
Sea lo que fuere nos suceda, suplicamos tu antiguo perdón y buscamos tu toda penetrante gracia. Nuestra esperanza es que a nadie niegues tu gracia, ni prives a ningún alma del ornamento de la equidad y la justicia. Tú eres el Rey de toda generosidad, y el Señor de todo favor, y eres supremo por sobre todos los que están en el cielo y en la tierra.


CLIV

Disipa mi pena por tu munificencia y generosidad, oh Dios, mi Dios, y destierra mi angustia por medio de tu soberanía y tu poder. Tú me ves, oh mi Dios, con el rostro dirigido hacia Ti en un momento en que las aflicciones me han envuelto por todos lados. Te imploro, oh Tú que eres el Señor de todos los seres y proteges todas las cosas visibles e invisibles, por tu Nombre, mediante el cual Tú has sometido los corazones y las almas de los hombres, y por las olas del océano de tu misericordia y los esplendores del sol de tu generosidad, que me cuentes entre aquellos a quienes absolutamente nada ha impedido dirigir su rostro hacia Ti, oh Tú Señor de todos los nombres y Hacedor de los cielos.
Tú ves, oh mi Señor, lo que me ha sucedido en tus días. Te suplico por Aquel que es la Aurora de tus nombres y el Punto de Amanecer de tus atributos, que ordenes para mí aquello que me permita levantarme para servirte y exaltar tus virtudes. ¡Tú eres verdaderamente el Todopoderoso, el Omnipotente, quien acostumbra a responder a las oraciones de todos los hombres!
Finalmente te pido, por la luz de tu semblante, que bendigas mis asuntos, redimas mis deudas y satisfagas mis necesidades. Tú eres Aquel cuyo poder y dominio toda lengua ha atestiguado y cuya majestad y soberanía todo corazón dotado de entendimiento ha reconocido. No hay Dios sino Tú, el que escucha y está dispuesto a contestar.


CLV

Crea en mí un corazón puro, oh mi Dios, y renueva una conciencia tranquila dentro de mí, oh mi esperanza. Por medio del espíritu del poder, confírmame en tu Causa, oh mi Bienamado, y por la luz de tu gloria revélame tu sendero, oh Tú, el objeto de mi deseo. Mediante la fuerza de tu transcendente poder elévame hasta el cielo de tu santidad, oh fuente de mi ser, y por las brisas de tu eternidad alégrame, oh tú que eres mi Dios. Haz que tus eternas melodías me inspiren tranquilidad, oh mi compañero, y que las riquezas de tu antiguo semblante me libren de todo excepto de Ti, oh mi Maestro, y que las nuevas de la revelación de tu incorruptible Esencia me traigan alegría, oh Tú que eres el más manifiesto de lo manifiesto y el más oculto de lo oculto.


CLVI

Te alabo, oh mi Dios, por haberme despertado de mi sueño, por haberme expuesto a la luz después de mi desaparición y por haberme sacado de mi letargo. He despertado esta mañana con el rostro vuelto hacia los resplandores del sol de tu Revelación, por medio del cual se han iluminado los cielos de tu poder y tu majestad, reconociendo tus signos, creyendo en tu Libro y aferrándome a tu cordón.
Te imploro, por la potencia de tu voluntad y el poder irresistible de tu propósito, que hagas de lo que Tú me revelaste en mi sueño la base más segura para la mansión de tu amor, que está en el corazón de tus amados, y el mejor instrumento para la revelación de los signos de tu gracia y tu amorosa bondad.
Ordena para mí, oh mi Señor, por medio de tu muy exaltada pluma, el bien de este mundo y del venidero. Atestiguo que en tu poder están las riendas de todas las cosas. Tú las cambias como te place. No hay Dios sino Tú, el Fuerte, el Fiel.
Tú eres Aquel que transforma, por medio de su mandato, la humillación en gloria, la debilidad en fortaleza, la impotencia en poder, el temor en calma, la duda en certeza. No hay Dios sino Tú, el Poderoso, el Benéfico.
Tú no decepcionas a nadie que te haya buscado, ni apartas a quien te haya deseado. Ordena para mí lo que sea propio del cielo de tu generosidad y del océano de tu munificencia. Tú eres verdaderamente el Omnipotente, el Más Poderoso.


CLVII

¡Mi Dios, a quien venero y adoro! Soy testigo de tu unidad y tu unicidad y reconozco tus dádivas tanto del pasado como del presente. Tú eres el Todo Generoso, y las torrenciales lluvias de tu Misericordia se han vertido lo mismo sobre los pobres que sobre los ricos, y los esplendores de tu Gracia se han derramado tanto sobre los obedientes como los rebeldes.
Oh Dios de misericordia, ante cuya Puerta se ha inclinado la quintaesencia de la misericordia y alrededor del santuario de cuya Causa ha circulado la amorosa bondad en su más íntimo espíritu, te suplicamos, implorando tu antigua gracia y rogando tu presente favor, que tengas piedad de todos los que son las manifestaciones del mundo del ser y que no les niegues la efusión de tu gracia en tus días.
Todos son pobres y necesitados, y Tú verdaderamente eres el que todo lo posee, el que todo lo domina, el Todopoderoso.


CLVIII

He despertado bajo tu amparo, oh mi Dios, y corresponde a quien busca tal amparo permanecer dentro del santuario de tu protección y la fortaleza de tu defensa. Ilumina mi ser interior, oh mi Señor, con los resplandores de la aurora de tu Revelación, así como iluminaste mi ser exterior con la luz matinal de tu favor.


CLIX

¡Oh mi Dios, Dios de munificencia y misericordia! Tú eres aquel Rey cuya palabra imperativa ha dado la existencia a toda la creación; Tú eres aquel Ser Todo Generoso a quien las acciones de sus siervos nunca Le han impedido mostrar su gracia ni han frustrado las revelaciones de su munificencia.
Te suplico que permitas a este siervo alcanzar lo que es la causa de su salvación en cada mundo de tus mundos. Tú eres verdaderamente el Todopoderoso, el Omnipotente, el Todo Sabio.


CLX

¡Mi Dios, el Objeto de mi adoración, la Meta de mi deseo, el Todomunífico, el Más Compasivo! Toda vida es tuya y todo poder se halla en el puño de tu omnipotencia. Quienquiera Tú exaltes, es exaltado por encima de los ángeles, y alcanza la posición de: "¡Verdaderamente, Nosotros le elevamos a un lugar en lo alto!" Y quienquiera humilles, es degradado por debajo del polvo, no , es menos aún que la nada.
¡Oh Divina Providencia! Aunque perversos, pecaminosos e intemperantes, con todo Te pedimos una "sede de verdad", y ansiamos contemplar el rostro del Rey Omnipotente. Es de Ti ordenar, y toda soberanía Te pertenece, y el reino de la fuerza se inclina ante tu mandato. Todo cuanto Tú hace es pura justicia; no, la misma esencia de la gracia. Un destello del esplendor de tu Nombre, el Todo Misericordioso, basta para desterrar y borrar del mundo todo vestigio de pecado, y un simple hálito de las brisas del Día de tu Revelación es suficiente para adornar con un nuevo atavío a toda la humanidad.
Concede tu fortaleza, oh Tú el Todopoderoso, a tus débiles criaturas, y vivifica a aquellos que están como muertos, para que tal vez Te encuentren, y puedan ser conducidos al océano de tu guía, y permanecer firmes en tu Causa. Si la fragancia de las loas a Ti fueron difundidas en alguna de las diversas lenguas del mundo, ya fueran del Esto o del Oeste, ello sería, en verdad, apreciado y sobremanera estimado. Sin embargo, si tales lenguas estuviesen privadas de tal fragancia, ellas serían, ciertamente, indignas de mención alguna, ya fuera en palabras o en pensamientos.
Te rogamos, oh Providencia, que enseñes a todos los hombres tu camino, y les guíes rectamente. Tú eres, verdaderamente, el Todopoderoso, el Omnipotente, el Omnisciente, el Todo Vidente.


CLXI

Alabanzas sean para Ti, oh mi Dios, por cuanto has vuelto los rostros de tus siervos hacia la diestra del trono de tus dones, y los has hecho desprenderse de todo lo demás, menos de Ti, para que reconozcan tu soberanía y admitan tu gloria. Atestiguo la potencia de tu Causa, la penetrante influencia de tu decreto, la inmutabilidad de tu voluntad, la perpetuidad de tu propósito. Todas las cosas yacen aprisionadas en el puño de tu poder, y la creación entera es indigente cuando es enfrentada a las evidencias de tu riqueza.
Procede, por tanto, oh mi Dios, mi Amado, mi Anhelo supremo, con tus siervos, y con todos los que fueron creados por Ti, como corresponda a tu belleza y a tu magnificencia, y sea digno de tu generosidad y tus dones. Tú eres, en verdad, Aquel cuya misericordia ha abarcado a todos los mundos, y cuya gracia ha abrazado a todos los que moran en la tierra y en el cielo. ¿Hay alguien que Te haya invocado, cuya súplica no haya sido respondida? ¿Dónde está quien se haya esforzado por alcanzarte, y a quien Tú no le hayas aproximado? ¿Quién puede afirmar que ha fijado su mirada en Ti, y hacia quien no haya sido dirigida la mirada de tu amorosa bondad? Atestiguo de que Tú Te habías vuelto hacia tus siervos antes de que ellos se hubiesen vuelto hacia Ti, y que les habías recordado antes de que ellos Te hubiesen recordado. Toda gracia es tuya, oh Tú en cuya mano está el reino de los divinos dones y la fuente de todo irrevocable decreto.
Haz descender, por tanto, oh mi Dios, sobre todos los que Te buscan, aquello que les despoje enteramente de todo cuanto no Te pertenezca, y les acerque a tu Ser. Asísteles, por tu gracia, a amarte y a conformarse con lo que a Ti Te place. Permíteles, entonces, que caminen rectamente por el sendero de tu Causa, sendero en que han resbalado los pasos de quienes dudan entre tu pueblo, y los díscolos de entre tus siervos. Tú eres, verdaderamente, el Omnipotente, el Todopoderoso, el Más Grande.


CLXII

¡Alabado y glorificado seas, oh mi Dios! Te suplico por los suspiros de tus amantes y por las lágrimas derramadas por aquellos que anhelan contemplarte, que no me prives de tus tiernas mercedes en tu Día, ni de las melodías de la paloma que exalta tu unicidad ante la luz que irradia de tu rostro. Yo soy aquel que es desdichado, oh Dios; mírame aferrado a tu Nombre, el que todo lo posee. Yo soy aquel que con seguridad perecerá; mírame asido a tu Nombre, el Imperecedero. Te imploro entonces por tu Ser, el Exaltado, el Altísimo, que no me abandones a mí mismo ni a los deseos de una inclinación corrupta. Retén mi mano en la mano de tu poder, líbrame de las profundidades de mis fantasías y vanas imaginaciones y purifícame de todo lo que Tú detestas.
Haz, pues, que me vuelva completamente hacia Ti, que ponga en Ti toda mi confianza, que te busque como mi refugio y que huya hacia tu rostro. Tú eres verdaderamente Aquel que, por la fuerza de su poder, hace lo que desea y ordena lo que quiere por la potencia de su voluntad. Nadie puede resistir la acción de tu decreto; nadie puede desviar el curso de tu designio. Tú eres en verdad el Todopoderoso, el Todo Glorioso, el Más Generoso.


CLXIII

¡Loado sea tu nombre, oh Señor mi Dios! Tú ves cómo me he vuelto hacia Ti, y he dirigido mi rostro en la dirección de tu gracia y tus dones. Yo Te imploro por tu nombre, mediante el cual permitiste a todos quienes han reconocido tu unidad participar del vino de tu misericordia, y a todos aquellos que se han acercado a Ti, beber de las aguas vivientes de tu amorosa bondad, que me libres enteramente de toda vana imaginación, y me inclines en la dirección de tu gracia, ¡oh Tú Quien eres el Señor de todos los hombres!
Ayúdame bondadosamente, oh mi Dios, en los Días de la Manifestación de Tu Causa y la Aurora de tu Revelación, a desgarrar los velos que me han impedido reconocerte, y sumergirme en el océano de tu conocimiento. Sosténme con las manos de tu poder, y concede que sea tan arrobado por las suaves melodías de la Paloma de tu unicidad, que cese de contemplar en toda la creación rostro alguno que no sea tu rostro, oh Tú el Objetivo de mi deseo, y no reconozca en el mundo visible nada que no sean las evidencias de tu poder, ¡oh Tú Quien eres el Dios de misericordia!
No soy más que una miserable criatura, oh mi Señor, y Tú eres el Todoposeedor, el Altísimo; y soy absolutamente débil, y Tú eres el Todopoderoso, y el Supremo Ordenador, tanto en el principio como en el fin. No apartes de mí las fragancias de tu Revelación, ni destruyas mis esperanzas en las efusiones que han descendido del cielo de tus favores. Ordena para mi, oh mi Dios, el bien de este mundo y del mundo por venir, y concédeme aquello que me beneficie en cada mundo de tus mundos, pues no sé lo que ha de ayudarme o dañarme. Tú eres, en verdad, el Omnisciente, el Sapientísimo.
Ten misericordia, entonces, de tus siervos, oh mi Dios, quienes están sumidos en medio del océano de las insinuaciones perversas, y libéralos por el poder de tu soberanía, ¡oh Tú Quien eres el Señor de todos los nombres y atributos! Tú eres Aquel Quien desde siempre has ordenado lo que Te place, y por siempre continuarás siendo el mismo. No existe otro Dios sino Tú, el Siempre Perdonador, el Más Misericordioso.


CLXIV

¡Oh Dios, mi Dios! He dejado mi hogar asiéndome fuertemente al cordón de tu amor y me he encomendado enteramente a tu cuidado y protección. Te imploro por tu poder (por medio del cual Tú protegiste a tus amados del descarriado y del perverso, de todo opresor contumaz y de todos los malvados que se han apartado lejos de Ti) que me protejas con tu munificencia y tu gracia. Permíteme, pues, regresar a mi hogar por tu fuerza y tu poder. Tú eres en verdad el Todopoderoso, el que ayuda en el peligro, el que subsiste por Sí mismo.


CLXV

De las perfumadas corrientes de tu eternidad dame de beber, oh mi Dios, y de los frutos del árbol de tu Ser permíteme gustar, oh mi Esperanza. De los manantiales cristalinos de tu amor déjame beber, oh mi Gloria, y bajo la sombra de tu eterna providencia permíteme habitar, oh mi Luz. En las praderas de tu proximidad, ante tu presencia, haz que pueda vagar, oh mi Bienamado, y a la diestra del trono de tu merced hazme sentar, oh mi deseo. De las fragantes brisas de tu alegría deja que un soplo llegue hasta mí, oh mi Objetivo, y en las alturas del paraíso de tu realidad permíteme entrar, oh mi Adorado. Las melodías de la paloma de tu unidad permíteme escuchar, oh Tú el Resplandeciente, y mediante el espíritu de tu fuerza y tu poder vivifícame, oh mi Proveedor. En el espíritu de tu amor manténme firme, oh mi Auxiliador, y en el sendero de tu complacencia afirma mis pasos, oh mi Hacedor. En el jardín de tu inmortalidad, ante tu semblante, permíteme habitar eternamente, oh Tú que eres misericordioso conmigo, y sobre la sede de tu gloria establéceme, oh Tú que eres mi Poseedor. Hacia el cielo de tu cariñosa bondad elévame, oh mi Vivificador, y hacia el sol de tu guía condúceme, oh Tú mi Atraedor. Ante las revelaciones de tu invisible espíritu llámame a estar presente, Tú que eres mi Origen y mi elevadísimo Deseo, y hacia la esencia de la fragancia de tu belleza, que Tú has de manifestar, hazme volver, oh Tú que eres mi Dios.
Potente eres Tú para hacer lo que te place. Tú eres en verdad el Más Exaltado, el Todo Glorioso, el Altísimo.


CLXVI

¡Oh Tú, cuyo rostro es el objeto de mi adoración, cuya belleza es mi santuario, cuya morada es mi objetivo, cuya alabanza es mi esperanza, cuya providencia es mi compañera, cuyo amor es la causa de mi existencia, cuya mención es mi consuelo, cuya proximidad es mi deseo, cuya presencia es mi más caro anhelo y elevadísima aspiración!, te suplico que no me niegues aquello que Tú ordenaste para los elegidos entre tus siervos. Provéeme, entonces, con el bien de este mundo y el venidero.
Tú verdaderamente eres el Rey de todos los hombres. No hay Dios sino Tú, el que siempre perdona, el Más Generoso.


CLXVII

¡Oh mi Dios! Este es tu siervo y el hijo de tu siervo13 que ha creído en Ti y en tus signos y ha vuelto su rostro hacia Ti, completamente desprendido de todo excepto de Ti. Tú eres verdaderamente, el más misericordioso de los misericordiosos.
Trátalo, oh Tú que perdonas los pecados de los hombres y encubres sus faltas, como corresponde al cielo de tu munificencia y al océano de tu gracia. Concédele que sea admitido en los recintos de tu trascendente misericordia, que existía antes de la creación del cielo y de la tierra. No hay Dios sino Tú, el que siempre perdona, el Más Generoso.

Luego se repite seis veces el saludo "Alláh'u'Abhá" y después se repite diecinueve veces cada uno de los siguientes versos:

Todos en verdad adoramos a Dios.
Todos en verdad nos inclinamos ante Dios.
Todos en verdad estamos consagrados a Dios.
Todos en verdad alabamos a Dios.
Todos en verdad damos gracias a Dios.
Todos en verdad somos pacientes ante Dios. 14


CLXVIII

¡Oh mi Señor! Haz de tu belleza mi alimento y de tu presencia mi bebida; de tu agrado mi esperanza y de tu alabanza mi acción; de tu recuerdo mi compañero y del poder de tu soberanía mi socorro; de tu morada mi hogar y de mi vivienda la sede que Tú has santificado de las limitaciones impuestas a quienes están separados de Ti como por un velo.
Tú eres verdaderamente el Todopoderoso, el Todo Glorioso, el Omnipotente.


CLXIX

¡Gloria sea a Ti, oh Señor mi Dios! No humilles a quien Tú has exaltado mediante el poder de tu soberanía eterna y no alejes de Ti a quien Tú has hecho entrar en el tabernáculo de tu eternidad. ¿Rechazarás, oh mi Dios, a quien Tú has protegido con tu soberanía y apartarás de Ti, oh mi deseo, a aquel para quien Tú has sido un refugio? ¿Podrás degradar a quien Tú has elevado u olvidar a quien Tú permitiste que te recordara?
¡Glorificado, inmensamente glorificado eres Tú! Tú eres Aquel que desde siempre ha sido el Rey de toda la creación y su Primer Motor; y eternamente permanecerás como el Señor y el Ordenador de todas las cosas creadas. ¡Glorificado eres Tú, oh mi Dios! Si Tú dejas de ser misericordioso con tus siervos, ¿quién entonces será misericordioso con ellos? Y si rehusaras socorrer a tus amados, ¿quién hay que pueda socorrerles?
¡Tú eres glorificado, inmensamente glorificado! Glorificado, inmensamente glorificado eres Tú. Tú eres adorado en tu verdad y a Ti ciertamente te veneramos todos. Tú estás manifiesto en tu justicia y de Ti, verdaderamente, todos somos testigos. Tú eres en verdad amado en tu gracia. No hay Dios sino Tú, el que ayuda en el peligro, el que subsiste por Sí mismo.


CLXX

Tu nombre es mi curación, oh mi Dios, y el recuerdo de Ti es mi remedio. La proximidad a Ti es mi esperanza y el amor por Ti es mi compañero. Tu misericordia hacia mí es mi curación y mi socorro, tanto en este mundo como en el venidero.
Tú verdaderamente eres el Todo Generoso, el que Todo lo Sabe, el Todo Sabio.


CLXXI

¡Oh mi Dios, mi Maestro, el objeto de mi deseo! Este tu siervo busca dormir al amparo de tu misericordia y reposar bajo el dosel de tu gracia, implorando tu cuidado y tu protección.
Yo te ruego, oh mi Señor, por tu ojo que no duerme, que guardes los míos para que no miren a ninguna otra cosa aparte de Ti. Fortalece, pues, su visión, para que puedan distinguir tus signos y contemplar el horizonte de tu Revelación.
Tú eres Aquel ante las manifestaciones de cuya omnipotencia se ha estremecido la quintaesencia del poder.
No hay Dios sino Tú, el Todopoderoso, el que todo lo subyuga, el Incondicionado.


CLXXII

¿Cómo puedo yo desear dormir, oh Dios, mi Dios, cuando los ojos de aquellos que te anhelan están despiertos a causa de su separación de Ti? ¿Y cómo puedo yo reposar, mientras las almas de quienes te aman están muy afligidas debido a su lejanía de tu presencia?
Oh mi Señor, he encomendado mi espíritu y todo mi ser a la diestra de tu poder y tu protección, y pongo mi cabeza sobre la almohada por medio de tu poder y la levanto de acuerdo con tu voluntad y tu complacencia. Tú eres en verdad el Preservador, el Guardián, el Omnipotente, el Más Poderoso.
¡Por tu poder! Yo no pido, ya sea dormido o despierto, sino lo que Tú deseas. Soy tu siervo y estoy en tus manos. Ayúdame bondadosamente a realizar aquello que pueda derramar la fragancia de tu agrado. Esta es en verdad mi esperanza y la esperanza de aquellos que disfrutan de la proximidad a Ti. ¡Alabado seas Tú, oh Señor de los mundos!


CLXXIII

¡Mi Dios, mi adorado, mi rey, mi deseo! ¿Qué lengua puede expresar mis gracias a Ti? Yo era negligente, Tú me despertaste. Yo te había dado la espalda, Tú me ayudaste bondadosamente a volverme hacia Ti. Yo era como un muerto, Tú me vivificaste con el agua de vida. Yo estaba marchito, Tú me reanimaste con la corriente celestial de tu Palabra que ha fluido de la pluma del Todo Misericordioso.
¡Oh Divina Providencia! Toda la existencia es engendrada por tu munificencia; no la prives de las aguas de tu generosidad ni del océano de tu misericordia. Te imploro que me ayudes y me asistas en todo momento y en todas condiciones, y anhelo tu antiguo favor del cielo de tu gracia.
Tú eres, en verdad, el Señor de munificencia y el Soberano del reino de la eternidad.


CLXXIV

¡Oh Dios, mi Dios! Yo te pido por el océano de tu curación, por los esplendores del sol de tu gracia y por tu Nombre, por medio del cual sometiste a tus siervos, por el poder penetrante de tu muy exaltada Palabra y la potencia de tu muy augusta Pluma, y por tu misericordia, que ha precedido a la creación de todos los que están en el cielo y en la tierra, que me purifiques con las aguas de tu generosidad de toda aflicción y dolencia y de toda debilidad y flaqueza.
Tú ves, oh mi Señor, a tu suplicante esperando a la puerta de tu munificencia y a aquel que ha puesto sus esperanzas en Ti aferrándose al cordón de tu generosidad. Te suplico no le niegues aquello que solicita del océano de tu gracia y del sol de tu amorosa bondad.
Poderoso eres Tú para hacer lo que te place. No hay otro Dios sino Tú, el que siempre perdona, el Más Generoso.


CLXXV

Me he levantado esta mañana por tu gracia, oh mi Dios, y he dejado mi hogar confiando plenamente en Ti y entregándome a tu cuidado. Haz descender, pues, sobre mí, desde el cielo de tu merced, una bendición de tu parte y permíteme regresar salvo a mi hogar, así como me permitiste salir bajo tu protección con mis pensamientos fijos firmemente en Ti.
No hay otro Dios más que Tú, el Único, el Incomparable, el Omnisciente, el Todo Sabio.


CLXXVI

¡Alabanzas sean para Ti, oh Tú Quien eres mi Dios y el Dios de todos los hombres, mi Anhelo y el Anhelo de todos aquellos que Te han reconocido, mi Amado y el Amado de quienes han admitido tu unidad, el Objeto de mi adoración y de la adoración de quienes tienen cercano acceso a Ti, mi Deseo y el Deseo de aquellos que están enteramente consagrados a Ti, mi Esperanza y la Esperanza de quienes han depositado su corazón en Ti, mi Refugio y el Refugio de todos aquellos que presurosos se han dirigido hacia Ti, mi Amparo y el Amparo de quienquiera se haya encaminado hacia Ti, mi Meta y la Meta de todos aquellos que se han vuelto en dirección a Ti, mi Objetivo y el Objetivo de quienes han fijado su mirada en Ti, mi Paraíso y el Paraíso de aquellos que han ascendido hasta Ti, mi Norte y el Norte de todos aquellos que Te anhelan, mi Dicha y la Dicha de todos los que Te aman, mi Luz y la Luz de todos aquellos que han errado y han pedido ser perdonados por Ti, mi Exultación y la Exultación de todos los que Te recuerdan, mi Fortaleza y la Fortaleza de todos aquellos que han huido hacia Ti, mi Santuario y el Santuario de todos los que temen de Ti, mi Señor y el Señor de todos aquellos que habitan en los cielos y en la tierra!
Alabado seas Tú, por cuanto me has arrobado con la dulzura de tus palabras, y me has dirigido hacia el horizonte sobre el cual han brillado los esplendores del Sol de tu rostro, y me has hecho volver hacia Ti, cuando la mayoría de tus criaturas se habían separado de Ti.
Tú eres Aquel, oh mi Dios, Quien ha abierto las puertas del cielo con la llave de tu Nombre, el Siempre Bendito, el Omnipotente, el Todoglorioso, el Más Grande, y has emplazado a toda la humanidad al océano de tu presencia. Tan pronto como fue elevada tu muy dulce voz, fueron conmovidos todos los habitantes del Reino de los Nombres y el Concurso en lo alto. Por tu llamado, la fragancia de la vestidura de tu Revelación fue esparcida sobre aquellas de tus criaturas que Te han amado, y aquellos de entre tu pueblo que Te han anhelado. Ellos se levantaron y precipitaron por alcanzar el Océano de tu encuentro, y el Horizonte de tu belleza, y el Tabernáculo de tu Revelación y tu majestad, y el Santuario de tu Presencia y tu gloria. Tanto se embriagaron con el vino de su reunión contigo, que se libraron de todo apego a cuento ellos y otros poseían.
Estos son tus siervos a quienes el ascendiente del opresor no ha impedido fijar sus ojos en el Tabernáculo de tu majestad, y a quienes las huestes de la tiranía no han logrado atemorizar ni desviar su mirada de la Aurora de tus signos y del Punto de Amanecer de tus testimonios.
¡Juro por tu gloria, oh Tu Señor de toda existencia e Iluminador de todas las cosas visibles e invisibles! Quienquiera haya bebido de las manos de tu munificencia las aguas vivientes de tu amor, no permitirá jamás que las cosas que pertenecen a tus criaturas le aparten de Ti, ni desmayará porque todos los habitantes de tu reino se nieguen a reconocerte. Tal hombre clamará en voz alta ante todos los que están en el cielo y en la tierra, y anunciará a las gentes el tumulto del Océano de tu munificencia y los esplendores de los Luminares del cielo de tus dádivas.
Feliz de verdad es el hombre que se ha vuelto hacia el santuario de tu presencia y se ha librado de todo apego a ningún otro que no seas Tú. Es ciertamente exaltado quien ha confesado tu gloria y fijado sus ojos en el Sol de tu amorosa bondad. Está dotado de entendimiento aquel quien se ha percatado de tu Revelación y ha reconocido tus múltiples señales, tus signos y tus testimonios. Es un hombre de discernimiento aquel cuyos ojos han sido iluminados por el fulgor de tu rostro y quien, tan pronto como se hubo proclamado tu llamado, Te ha reconocido. Es un hombre dotado de oído quien ha sido movido a escuchar tu voz y acercado al ondulante océano de tus palabras.
Contempla a este extraño, oh mi Señor, quien se ha apresurado a alcanzar su muy exaltado Hogar al amparo de tu protectora misericordia, y a esta alma doliente que ha dirigido su rostro hacia el océano de tu curación.
Observa entonces, oh Tú mi Dios, Quien inflamas mi alma, las lágrimas que derramo, y los suspiros que profiero, y la angustia que aflige mi corazón, y el fuego que consume mi ser. ¡Tu gloria me lo atestigua, oh Tú, la Luz del mundo! El fuego de tu amor, que arde continuamente dentro de mí, tanto me ha inflamado, que quienquiera de entre tus criaturas que se me acerque, e incline hacia mí su oído interior, no podrá dejar de oír su fragor en cada una de mis venas.
Tan extasiado estoy por la dulzura de tus palabras, y tan embriagado con el vino de tu tierna misericordia, que mi voz no puede nunca acallarse, ni pueden ya mis manos suplicantes dejar de extenderse hacia Ti. Tú ves, oh mi Señor, cómo mis ojos están dirigidos hacia tu gracia, y mis oídos inclinados hacia el reino de tu prolación, y mi lengua se ha desatado para celebrar tu alabanza, y mi rostro se ha vuelto hacia tu rostro, el cual sobrevive a todo cuanto ha sido creado por tu palabra, y mis manos se han elevado hacia el cielo de tu munificencia y favor.
¿Apartarás de Ti al extraño que Tú llamaste hacia su muy exaltado Hogar, a la sombra de las alas de tu misericordia, o desecharás a la miserable criatura que se ha apresurado a alcanzar las orillas del océano de tu riqueza? ¿Cerrarás la puerta de tu gracia delante de tus criaturas después de haberla abierto mediante la fuerza de tu poder y soberanía, o cegarás los ojos de tu pueblo cuando ya les habías ordenado volverse hacia la Aurora de tu Belleza y el Amanecer de los esplendores de tu semblante?
¡No, y ello tu gloria me lo atestigua! Tal no es mi pensamiento acerca de Ti, ni el pensamiento de aquellos de tus siervos que tienen cercano acceso a Ti, ni el de los sinceros entre tu pueblo.
Tú sabes, y ves, y oyes, oh mi Señor, que ante cada árbol me siento impulsado a elevar mi voz hacia Ti, y ante cada piedra, impelido a suspirar y lamentarme. ¿Ha sido tu propósito al crearme, oh mi Dios, afligirme con tribulaciones, o permitirme manifestar tu Causa en el reino de tu creación?
Tú oyes, oh mi Dios, mis suspiros y mi gemido, y observas mi impotencia, y mi pobreza, y mi miseria, y mi infortunio, y mi desdicha. ¡Juro por tu poder! He llorado con tal llanto, que he sido incapaz de hacer mención de Ti, o ensalzarte, y he sollozado con tan amargo lamento, que toda madre en su aflicción se sentía aturdida ante mí, y olvidaba su propia angustia y los suspiros que había proferido.
Te imploro, oh mi Señor, por tu Arca, mediante la cual la potencia de tu voluntad fue manifestada y los energizantes efectos de tu propósito fueron revelados, y la cual navega sobre la tierra y el mar por la fuerza de tu poder, que no me sorprendas en mis enormes pecado y grandes transgresiones. ¡Juro por tu gloria! Las aguas de tu perdón y de tu misericordia me han dado valor, así como la hecho tu proceder, en épocas pasadas, con los sinceros entre tus elegidos y con aquellos de tus Mensajeros que han proclamado tu unicidad.
Sé muy bien, oh mi Señor, que he sido tan arrobado por las claras muestras de tu amorosa bondad, y tan completamente embriagado por el vino de tu prolación, que cualquier cosa que contemplo, de inmediato descubro que Te da a conocer ante mí, y me recuerda tus signos y tus señales, y tus testimonios. ¡Por tu gloria! Cada vez que elevo mis ojos hacia tu cielo, me trae a la memoria tu excelsitud y tu sublimidad, y tu incomparable gloria y grandeza; y cada vez que vuelvo mi mirada hacia tu tierra, me siento compelido a reconocer las evidencias de tu poder y las señales de tu generosidad. Y cuando observo el mar, encuentro que me habla de tu majestad, de la potencia de tu fuerza, y de tu soberanía y de tu grandeza. Y cuando quiera que contemplo las montañas, me llevan a descubrir los emblemas de tu victoria y los estandartes de tu omnipotencia.
¡Juro por tu poder, oh Tú en cuyo puño están las riendas de toda la humanidad, y los destinos de las naciones! Estoy tan inflamado de amor por Ti, y tan embriagado con el vino de tu unicidad, que puedo oír en el susurro de los vientos el son de tu glorificación y alabanza, y puedo reconocer en el murmullo de las aguas la voz que proclama tus virtudes y tus atributos, y puedo percibir en el rumor de las hojas los misterios que han sido irrevocablemente ordenados por Ti en tu reino.
¡Glorificado eres Tú, oh Dios de todos los nombres y Creador de todos los cielos! Rindo mis gracias a Ti, puesto que has hecho conocer a tus siervos este Día en que el río, que es en verdad la vida, ha emanado de los dedos de tu munificencia, y la primavera de tu revelación y tu presencia, ha aparecido a través de tu manifestación para todos los que están en tu cielo y todos los que están en tu tierra.
Éste es el Día, oh mi Señor, cuyo resplandor has exaltado por encima del resplandor del sol y su efulgencia. Atestiguo que la luz que difunde procede de la gloria de la luz de tu rostro, y es generada por el fulgor del amanecer de tu Revelación. Éste es el Día en que los desesperanzados han sido ataviados con la vestidura de la confianza, y los enfermos han sido cubiertos con el manto de la curación, y los pobres han sido acercados al océano de tu riqueza.
¡Juro por tu Belleza, oh Rey de la eternidad, Quien Te encuentras en tu gloriosísimo Trono! Aquel Quien es la Aurora de tus signos y el Revelador de tus claras pruebas, no obstante la inmensidad de su sabiduría y la sublimidad de su conocimiento, ha confesado su incapacidad para comprender la menor de tus palabras, en relación con tu exaltadísima Pluma, ¡cuánto menos será Él capaz de entender la naturaleza de tu Todoglorioso Ser y tu muy augusta Esencia!
No encuentro, oh mi Dios, palabras con las cuales pueda hacer mención de Ti, y no sé cómo expresarte o ensalzarte. Si tratara de describirte por tus nombres, en seguida reconocería que el mismo reino de estos nombres es creado por el movimiento de tus dedos, y se estremece por temor a Ti. Y si osara exaltar tus atributos, estaría obligado a admitir que estos atributos son una creación tuya y se hallan en tu puño. No es propio de Aquellos Quienes son las Manifestaciones de estos nombres y atributos, permanecer ante la puerta de la ciudad de tu Revelación, cuanto menos escalar las alturas en que has establecido el trono de tu majestad.
¡Juro por tu poder, oh Tú Quien eres el Rey de los nombres y el Hacedor de los cielos! Todo cuanto ha sido engalanado con el manto de las palabras, no es sino tu creación, la cual ha sido generada en tu reino y engendrada por acción de tu voluntad, y es completamente digna de tu excelsitud y absolutamente insuficiente para tu excelencia.
Y ya que ha sido demostrado que tu muy augusto Ser es inmensurablemente exaltado por sobre todo lo que ha sido creado en el mundo de la existencia, y se encuentra muy por encima del alcance y la comprensión de tus Escogidos y de tus Amados, los esplendores de la luz de tu unidad, son por tanto manifestados, y se vuelve evidente para todos, tanto sean libres o cautivos, de que Tú eres uno en tu propio Ser, uno en tu Causa, y uno en tu Revelación. Grande es la bendición del hombre quien, en su amor por Ti, se ha librado de todo apego a cualquiera que no seas Tú, y se ha dirigido presuroso hacia el horizonte de tu Revelación, y ha alcanzado este Cáliz el cual Tú has hecho que superara a todos los mares de la tierra.
Yo te pido, oh mi Dios, por tu poder, tu dominio y tu soberanía, que comprende a todos los que están en tu cielo y en tu tierra, que hagas conocer a tus siervos este luminoso camino y este recto sendero, para que reconozcan tu unidad y tu individualidad con certeza tal que no pueda ser alterada por las vanas imaginaciones de los que dudan, ni oscurecida por las frívolas fantasías de los porfiados. Ilumina, oh mi Señor, los ojos de tus siervos y haz que sus corazones se iluminen con los resplandores de la luz de tu sabiduría, para que puedan concebir la grandeza de esta exaltadísima posición y reconocer este luminosísimo horizonte, para que el clamor de los hombres no les disuada de volver su mirada hacia la resplandeciente luz de tu unidad, ni les impida fijar sus rostros hacia el horizonte que se destaca.
Este es el Día, oh mi Señor, que Tú anunciaste a toda la humanidad como el Día en que revelarías tu Ser, y esparcirías tu fulgor, y resplandecerías sobre todas tus criaturas. Tú, además, has establecido un convenio con ellos, en tus Libros, y tus Escrituras, y tus Rollos, y tus Tablas, concerniente a Aquel Quien es la Aurora de tu Revelación, y has designado al Bayán como el Anunciador de esta Muy Grande y gloriosísima Manifestación, y esta muy resplandeciente y sublime Aparición.
Y cuando el horizonte del mundo fue iluminado, y Aquel Quien es el Más Grande Nombre fue manifestado, todos descreyeron de Él y de los signos, excepto aquellos que habían sido arrobados por la dulzura de tu glorificación y alabanza. A Él Le aconteció lo que debe permanecer inescrutable para cualquiera fuera de Ti, cuyo conocimiento trasciende a todos los que están en tu cielo y todos los que están en tu tierra.
Tú bien sabes, oh mi Dios, que el Revelador del Bayán (el Báb) ha regido a toda la humanidad en lo concerniente a tu Causa, y tu Revelación, y tu Soberanía. Él ha dicho, y dulce es su voz: "Cuidado, no sea que el Bayán y sus Letras os aparten de Aquel Quien es el Más Misericordioso y de su soberanía2. Además, ha escrito: "Aunque Él no produjere más que un solo verso, aún así no debéis negarle. Acudid presurosos a Él, para que quizá, haga descender sobre vosotros lo que Él desea, como muestra de su gracia para con vosotros. Él, verdaderamente, es el Poseedor de sus siervos, y el Rey de la creación".
Tú ves, entonces, oh Tú Quien eres el Amado del mundo y el Revelador del Más Grande Nombre, cómo Él ha descendido con el reino de sus signos, y de un modo que ha hecho que los átomos de la tierra atestigüen que el mundo entero ha sido calmado con esos signos. Y, empero, no obstante esta tan manifiesta y toda gloriosa Revelación, y estos signos que nadie puede valorar salvo Tú, oh Rey de los nombres, Tú observas cómo se han separado de Quien es la Aurora de tu Esencia, y han puesto reparos a Aquel Quien es el Manantial de tu sabiduría y de tu prolación. Estaban ellos tan embargados por la sed de fama, que rechazaron tus pruebas, y tus testimonios, y tus signos, los cuales cada hombre de discernimiento percibe en todo cuanto declara tu grandeza y tu soberanía, y reconoce tu Revelación y tu poder. De tal manera Le han difamado, que han hecho lamentarse a los moradores del Tabernáculo todo glorioso y al Concurso de lo alto, y tales calumnias han proferido contra Él, que se han fundido las almas de tus Escogidos y los corazones de aquellos que Te son queridos. Ellos han errado tan gravemente, que desecharon tus muy refulgentes signos aferrándose a sus ociosas fantasías, ¡oh Tú Quien eres el Poseedor de los Nombres y el Señor del Trono en lo alto y de aquí en la tierra!
Tú eres, oh mi Dios y la Exultación de mi corazón, Aquel Quien ha engalanado tu Tabla, de la cual nadie más que Tú tiene conocimiento, con la mención de este Día, el cual Tú llamaste por tu Nombre, para que quizá nada pueda ser visto en ese día sino tu muy augusto Ser, ni sea traída a la memoria cosa alguna que no sea tu dulcísima evocación.
Tan pronto como Él Se hubo revelado, se estremecieron y temblaron los cimientos de los linajes de la tierra, y los doctos se desvanecieron, y los sabios quedaron perplejos, excepto aquellos quienes, mediante la fuerza de tu poder, se han acercado a Ti, y han percibido el escogido vino de tu Revelación de la mano de tu gracia, y gustándolo en tu nombre, han exclamado: "Alabanzas sean para Ti, ¡oh Tú el Deseo de los mundos!, y gloria sea a Ti, ¡oh Tú Quien eres la Exultación de los corazones que Te anhelan!"
¡Mi Dios, mi Maestro, mi Suprema Esperanza, y el Objeto de mi deseo! Tú ves y oyes los suspiros de este Agraviado, en este oscuro foso que las vanas imaginaciones de tus adversarios han construido, y en este pozo ciego que las ociosas fantasías de los inicuos entre tus criaturas han cavado. ¡Por tu Belleza, oh Tú cuya gloria es descubierta a la faz de los hombres! No soy impaciente en las penas que me afligen en mi amor por Ti, ni en las adversidades que sufro en tu sendero. Es más, por tu poder, las he escogido para mí mismo, y en ellas me glorío entre aquellas de tus criaturas que gozan de cercano acceso a Ti, y aquellos de tus siervos que están completamente dedicados a tu Ser.
No obstante, Te suplico, oh Tú Quien eres la Luz del mundo y el Señor de las naciones, en este mismo momento cuando, con las manos de la esperanza, me he aferrado al borde de la vestidura de tu misericordia y tu munificencia, que perdones a tus siervos que se han remontado en la atmósfera de tu cercanía, y han dirigido sus rostros hacia los esplendores de la luz de tu semblante, y se han vuelto al horizonte de tu complacencia, y se han acercado al océano de tu merced, y durante todas sus vidas han proclamado sus alabanzas a Ti, y se han inflamado con el fuego de su amor a Ti. Ordena para ellos, oh Señor mi Dios, tanto antes como después de su muerte, lo que sea propio de la sublimidad de tu munificencia y la excelencia de tu amorosa bondad.
Permite, oh mi Señor, que aquellos que han ascendido hacia Ti puedan dirigirse a Aquel quien es el más Exaltado Compañero y puedan habitar a la sombra del tabernáculo de tu majestad y el santuario de tu gloria. Rocía sobre ellos, oh mi Señor, del océano de tu perdón, aquello que los haga dignos de habitar, tanto tiempo como dure tu soberanía, dentro de tu muy exaltado reino y tu altísimo dominio. Potente eres Tú para hacer lo que te place.
No niegues a tus amados, oh mi Señor, los perfumados aromas de este Día en que fueron descubiertos los misterios de tu nombre, el que Subsiste por Sí Mismo, y fue revelado todo lo que estaba guardado en los tesoros de tu sabiduría. Este es el Día, oh mi Señor, en el que a cada átomo de la tierra se le ha hecho vibrar y exclamar: "¡Oh Tú quien eres el Revelador de los signos y el Rey de la creación! Ciertamente, percibo la fragancia de tu presencia. Me parece que Te has revelado a Ti mismo, y has abierto las puertas de la reunión contigo ante todos los que están en tu cielo y todos los que están en tu tierra. Estoy convencido, por la fragancia de tu manto, oh mi Señor, de que el mundo ha sido honrado por tu presencia, y ha inhalado el suave aroma de tu encuentro. No conozco, sin embargo, oh Tú el Amado del mundo y el Deseo de las naciones, el lugar en que ha sido establecido el trono de tu majestad, ni la sede que sido hecha tu escabel, e iluminada con los esplendores de la luz de tu rostro".
¡Juro por tu gloria, oh Tú Quien eres el Señor de toda existencia y el Poseedor de todas las cosas visibles e invisibles! Cada hombre de entendimiento ha sido tan desconcertado por tu conocimiento, y cada hombre de discernimiento ha quedado tan perplejo al intentar desentrañar los signos de tu gran gloria, que todos han reconocido su incapacidad para presentarse el cuelo desde el cual ha resplandecido uno de los Luminares de las Manifestaciones de tu conocimiento y de las Auroras de tu sabiduría, y su impotencia para ascender hasta él. Quién podrá convenientemente describir esta muy sublime posición y esta muy augusta sede; sede que, por tu decreto, trasciende la comprensión de tus criaturas y los testimonios de tus siervos, y que ha estado eternamente oculta a la comprensión y el conocimiento de los hombres, y cerrada con el sello de tu nombre, el que Subsiste por Sí Mismo.
¡Juro por tu gloria y tu soberanía, las cuales eclipsan los reinos de la tierra y del cielo! Si alguno de tus Escogidos y tus Mensajeros meditara sobre las múltiples evidencias de tu muy exaltada Pluma -Pluma que es guiada por los dedos de tu voluntad- y si reflexionara sobre sus misterios, sus señales, y todo lo que ella revela, quedaría tan atónito, que su lengua no podría ensalzarte ni describirte, y su corazón sería completamente incapaz de comprenderte. Pues una vez descubriría que de esta Pluma, el agua que es en verdad la vida, emana hacia todas las cosas creadas, y que la Pluma misma ha sido llamada por Ti la trompeta por la cual los muertos salen de sus sepulcros. En otra oportunidad hallaría que de esta Pluma procede un fuego tal como el que tu propia Revelación puede encender, y que Aquel Quien conversó contigo (Moisés) percibió en el Sinaí.
¡Cuán maravillosas son, entonces, las múltiples señales de tu poder, y cuán grandes las diversas evidencias de tu fuerza! Los doctos, sin excepción, han admitido su ignorancia cuando se han confrontado con el esplendor del Luminar de tu conocimiento; y los poderosos han confesado todos su impotencia ante el ondulante Océano de tu fuerza; y los ricos han reconocido todos su pobreza frente a las efusiones de los Tesoros de tu riqueza; y los ilustrados en las cosas del mundo han admitido que no son nada al lado de los fulgores de la Luz de tu belleza; y los exaltados han atestiguado todos su humillación en presencia del resplandor del Sol de tu gloria; y aquellos que tienen autoridad han atestiguado su propia evanescencia y la evanescencia de los demás, y han descubierto la eternidad de tu majestad, y de tu soberanía, y de tu sublimidad, y de tu poder.
¡Mi Dios, y el Dios de todas las cosas, mi Rey y el Rey de todas las cosas, y el Amado de mi alma, y el Objeto de mi deseo! Tú bien sabes que hago mención de Ti, en este día, en nombre de aquellas de tus criaturas que se han desprendido de todo salvo de Ti, y ensalzó tus virtudes mediante la lengua de aquellos de entre tu pueblo que han reconocido tu unicidad, para que quizá de los suspiros que profieren en su amor y anhelo por Ti, surja aquello que haga disiparse todo cuanto impida a tus siervos dirigir sus rostros hacia el cielo de tu conocimiento y el reino de tus signos.
Éste es, entonces, oh mi Dios, y el Dios de todos los hombres, y Creador de la tierra y del cielo, el Día en el cual Aquel cuyo corazón arde con el llameante fuego de tu presencia, Te está llamando. ¿Dónde puede encontrarse la separación de Ti, oh mi Dios, para que la reunión contigo sea claramente reconocida por la revelación de la Luz de tu unidad, y la revelación de los esplendores del Sol en tu unidad, y la revelación de los esplendores del Sol de tu unicidad? Te pido perdón, oh mi Dios, por todo cuanto ha sido dicho, y por lo que ha fluido y fluye ahora de mi Pluma en tus días. Atestiguo de que Tú has decretado que la ofrenda de la oración debería ser propia no de mí, sino de Aquel Quien, por tu mandato y en conformidad con tu deseo, me ha procedido a mí. Más bien, has ordenado que la revelación de los versos debería atribuirse especialmente a esta potente Manifestación, y a este Anuncio que ha engalanado los Escritos de tu majestad y tu Tabla en que se lleva cuenta.
Te doy gracias, oh Tú quien has encendido tu fuego dentro de mi alma, y has arrojado los rayos de luz dentro de mi corazón, por haber enseñado a tus siervos cómo hacer mención de Ti, y revelado las maneras en que pueden suplicarte, a través de tu más santa y exaltada lengua y por tu más augusta y preciosa palabra. ¿Si no fuera por tu anuencia, quién se atrevería a expresar tu poder y tu grandeza, y a no ser por tu guía, quién sería el hombre capaz de descubrir los caminos de tu complacencia en tu creación?
Te suplico, oh Dios de munificencia y Rey de todo lo creado, que protejas a tus siervos de las imaginaciones que sus corazones puedan forjar. Elévalos, entonces, a tales alturas que sus pasos no resbalen ante las evidencias de tu obra, que las múltiples exigencias de tu sabiduría han ordenado, y cuyos secretos Tú has ocultado a la faz de tu pueblo y tus criaturas. No los apartes, oh mi Señor, del océano de tu conocimiento, ni los prives de lo que Tú has destinado para aquellos de tus elegidos que tienen cercano acceso a Ti, y aquellos de tus fiduciarios que están completamente dedicados a Ti. Provéelos, entonces, con aquello de tu mar de certeza con lo cual se ha de calmar la agitación de sus corazones. Convierte, oh Señor mi Dios, la oscuridad de sus fantasías en la brillantez de la certidumbre, y haz que se levanten y caminen resueltamente en tu recto Sendero, para que quizá tu Libro no les impida reconocer a Quien es su Revelador, ni tus nombres, aceptar a Aquel Quien es su Creador, y su Proveedor, y su Origen, y su Rey, y su Engendrador, y su Destructor, y su Glorificador, y su Abatidor, y su Gobernante, y el Soberano Protector de sus Portadores.
Tú eres, oh mi Dios, y mi Soberano, Aquel Quien has hecho descender tu Libro para Tú poder manifestar mi Causa, y glorificar mi Palabra. Por medio de él estableciste un Convenio, concerniente a mí, con todo cuanto ha sido creado en tu reino. Tú ves, oh Amado del mundo, cómo los rebeldes entre tus criaturas han hecho de ese Convenio un baluarte para ellos mismos, y a través de él se han alejado de tu Belleza, y han repudiado tus signos.
Tú eres Aquel, oh mi Dios, Quien les ha ordenado en tu gran Libro, diciendo: "Temed al Más Misericordioso, oh pueblo del Bayán, y no neguéis a Aquel para Quien yo he ordenado que el Bayán sea una de las hojas de su Paraíso. Yo, en verdad, lo estimo como un regalo mío para Él. Si fuere su voluntad aceptarlo, Él, ciertamente, es el Más Munífico; y si lo desechare, y rehusara considerarlo, su veredicto sería justo, y Él, en verdad, es Loable en sus actos, y debe ser obedecido en sus órdenes. A nadie le es dado el derecho de ponerle a Él reparos".
Tú contemplas, por tanto, oh mi Dios, cómo este agraviado ha caído en las manos de aquellos que han negado tu derecho, y se han apartado de tu soberanía. Aquel en torno cuya persona circunda tu prueba, y en cuyo nombre y por cuya soberanía tu testimonio clama a todas las cosas creadas, ha padecido en sus días más dolorosamente de lo que pluma alguna puede relatar, y ha sido tan atormentado, que Aquel Quien es tu Espíritu (Jesús) Se lamenta, y todos los habitantes de tu Reino y todos los moradores de tu Tabernáculo en los dominios de lo alto han llorado con grande y amarga lamentación.
Si alguien inclinase su oído interior, percibiría el llanto y el gemido de todas las cosas creadas, por lo que Le ha acontecido a Aquel Quien el mundo ha agraviado, por obra de aquellos con quienes Tú has establecido convenio en el Día de la Separación. ¿Dónde está el alma imparcial, oh mi Dios, que ha de juzgar equitativamente tu Causa, y dónde puede hallarse el hombre de discernimiento que Te vea con tus propios ojos? ¿Existe algún hombre atento que Te escuche con tus oídos, o uno dotado de elocuencia que diga la verdad en tus días?
¡Juro por tu gloria, oh Tú que observas desde tu todo glorioso horizonte, y oyes la voz del Árbol del Loto más allá del cual no hay paso! Si alguien considerase tus Libros, a los cuales Tú denominaste el Bayán, y ponderase en su corazón lo que ha sido revelado en ellos, descubriría que cada uno de estos Libros anuncia mi Revelación, y declara mi Nombre, y ofrece testimonio de mi Ser, y proclama mi Causa, y mi Alabanza, y mi Surgimiento, y el esplendor de mi Gloria. Y, sin embargo, a pesar de tu proclamación, oh mi Dios, y no obstante las palabras que Tú proferiste, oh mi Amado, has visto y oído sus calumnias contra mí, y sus perversas acciones en mis días.
Atestiguo en mi presente estado, oh mi Señor, y contra la voluntad de aquel quien Te ha vuelto la espalda (Mírzá Yahyá), que Tú eres Dios y que no existe otro Dios fuera de Ti. Éste, ciertamente, es el Día con el cual tus Escrituras, y tus Libros, y tus Tablas, han sido adornadas. Y Aquel Quien ahora habla es, en verdad, el Bien Guardado Tesoro, y el Secreto Oculto, y la Tabla Preservada, y el Misterio Impenetrable, y el Libro Sellado. Él, verdaderamente, ha de ser obedecido en cualquier cosa que Él establezca, y decrete, y revele, y ser amado en todo lo que Él, a través de su soberanía, prescriba, y por medio de su poder, Él ordene. Quienquiera vacile, por menos de un abrir y cerrar de ojos, verdaderamente ha negado tu derecho, y repudiado todo lo que Tú has revelado en tus Libros, y tus Escrituras, y has hecho descender con tus Escogidos, y tus Profetas, y tus Mensajeros, y los Fiduciarios de tu Revelación.
Te pido, oh Tú en cuyas manos están los reinos de la tierra y el cielo, y en cuyo puño yacen todos los que habitan en los dominios de tu Revelación y tu creación, que no apartes la mirada de tus favores de aquellos que han sufrido tribulaciones en tu sendero, y han probado la copa de dolor en su amor hacia Ti, y han sido arrojados en prisión en tu nombre, y han soportado lo que nadie entre tus criaturas y pueblo, ha soportado. Ellos son tus siervos, oh mi Señor, quienes Te respondieron tan pronto como proferiste tu llamado, y dirigieron sus rostros hacia Ti cuando la luz de tu semblante se elevó sobre ellos, y se volvieron hacia Ti en el momento en que tu muy exaltado horizonte resplandeció con el brillo de tu nombre, por el cual desfallecieron todos los que están en tu cielo y en tu tierra. Ordena para ellos, oh mi Señor, aquello que Tú ordenaste para tus escogidos, quienes han dado la bienvenida a los dardos de los infieles en tu Causa y por amor a Ti, y se han apresurado a alcanzar el oriente de la tribulación con tu nombre en sus labios y tu recordación en sus corazones. Tú eres, oh mi Señor, Quien has prometido en tus perspicuas aserciones, recordarlos en tu Libro como recompensa por sus acciones en tus días.
Bendícelos, oh mi Dios, y asígnales una gloria tal como la que ha resplandecido por encima del horizonte de tu voluntad, y ha derramado sus esplendores desde el reino de tu prolación. Sumérgelos, oh mi Señor, en el océano de tu misericordia, e ilumínales con la naciente luz de tu Revelación. Perdona, entonces, oh mi Dios, a sus padres y a sus madres, por tu favor y tu munificencia y tus tiernas mercedes. Envíales, entonces, desde la diestra de tu muy exaltado Paraíso, la fragancia del manto de tu gloriosísima Belleza. Potente eres Tú para hacer lo que Te place. Tú eres, verdaderamente, el Gobernante, el Ordenador, el Todomunífico, el Siempre Perdonador, el Más Generoso.
Loor a Ti, oh Tú el Amado del mundo, y el Adorado de los corazones de aquellos que Te han reconocido.


CLXXVII

Te imploro, oh mi Dios, por tu poderoso signo y por la revelación de tu gracia entre los hombres, que no me alejes de la puerta de la ciudad de tu presencia, ni frustres las esperanzas que he puesto en las manifestaciones de tu gracia entre tus criaturas. Tú me ves, oh mi Dios, asiéndome a tu Nombre, el Más Santo, el Más Luminoso, el Más Poderoso, el Más Grande, el Más Exaltado, el Más Glorioso, y adhiriéndome al borde del manto al cual se han adherido todos, en este mundo y en el venidero.
Te imploro, oh mi Dios, por tu más dulce voz y por tu más exaltada Palabra, que me acerques cada vez más al umbral de tu puerta y no permitas que esté alejado de la sombra de tu misericordia y del dosel de tu generosidad. Tú me ves, oh mi Dios, asiéndome a tu Nombre, el Más Santo, el Más Luminoso, el Más Poderoso, el Más Grande, el Más Exaltado, el Más Glorioso, y adhiriéndome al borde del manto al cual se han adherido todos, en este mundo y en el venidero.
Te imploro, oh mi Dios, por el resplandor de tu frente luminosa y por el fulgor de la luz de tu semblante que brilla en el más Alto horizonte, que me atraigas con la fragancia de tu vestidura y me des a beber del vino escogido de tu Expresión. Tú me ves, oh mi Dios, asiéndome a tu Nombre, el Más Santo, el Más Luminoso, el Más Poderoso, el Más Grande, el Más Exaltado, el Más Glorioso, y adhiriéndome al borde del manto al cual se han adherido todos, en este mundo y en el venidero.
Te imploro, oh mi Dios, por tu cabello que se mueve sobre tu rostro, de igual modo que tu muy exaltada Pluma corre a través de las páginas de tus Tablas derramando el almizcle de significados ocultos sobre el reino de tu creación, que me eleves para servir a tu Causa de modo tal que no retroceda ni sea estorbado por las insinuaciones de quienes han puesto reparos a tus signos y han dado la espalda a tu rostro. Tú me ves, oh mi Dios, asiéndome a tu Nombre, el Más Santo, el Más Luminoso, el Más Poderoso, el Más Grande, el Más Exaltado, el Más Glorioso, y adhiriéndome al borde del manto al cual se han adherido todos, en este mundo y en el venidero.
Te imploro, oh mi Dios, por tu Nombre que Tú has convertido en el rey de los nombres y mediante el cual se extasiaron todos los que están en el cielo y en la tierra, que me permitas contemplar el sol de tu belleza y que me proveas con el vino de tu Expresión. Tú me ves, oh mi Dios, asiéndome a tu Nombre, el Más Santo, el Más Luminoso, el Más Poderoso, el Más Grande, el Más Exaltado, el Más Glorioso, y adhiriéndome al borde del manto al cual se han adherido todos, en este mundo y en el venidero.
Te imploro, oh mi Dios, por el Tabernáculo de tu majestad sobre las más altas cumbres y por el dosel de tu Revelación en las más elevadas montañas, que me ayudes bondadosamente a hacer lo que tu voluntad ha deseado y tu propósito ha manifestado. Tú me ves, oh mi Dios, asiéndome a tu Nombre, el Más Santo, el Más Luminoso, el Más Poderoso, el Más Grande, el Más Exaltado, el Más Glorioso, y adhiriéndome al borde del manto al cual se han adherido todos, en este mundo y en el venidero.
Te imploro, oh mi Dios, por tu Belleza que brilla sobre el horizonte de la eternidad, una Belleza ante la cual se inclina en adoración el reino de la hermosura en cuanto aquélla se revela, magnificándola con tonos vibrantes, que me permitas morir a todo lo que poseo y vivir para todo lo que a Ti te pertenece. Tú me ves, oh mi Dios, asiéndome a tu Nombre, el Más Santo, el Más Luminoso, el Más Poderoso, el Más Grande, el Más Exaltado, el Más Glorioso, y adhiriéndome al borde del manto al cual se han adherido todos, en este mundo y en el venidero.
Te imploro, oh mi Dios, por la Manifestación de tu Nombre, el Bienamado, por medio del cual fueron consumidos los corazones de tus amantes y se remontaron a lo alto las almas de todos los que habitan en la tierra, que me ayudes a recordarte entre tus criaturas y a ensalzarte entre tu pueblo. Tú me ves, oh mi Dios, asiéndome a tu Nombre, el Más Santo, el Más Luminoso, el Más Poderoso, el Más Grande, el Más Exaltado, el Más Glorioso, y adhiriéndome al borde del manto al cual se han adherido todos, en este mundo y en el venidero.
Te imploro, oh mi Dios, por el susurro del divino Árbol del Loto y por el murmullo de las brisas de tu Expresión en el reino de tus nombres, que me alejes de todo cuanto tu voluntad detesta y me acerques al lugar donde resplandece Aquel que es la Aurora de tus signos. Tú me ves, oh mi Dios, asiéndome a tu Nombre, el Más Santo, el Más Luminoso, el Más Poderoso, el Más Grande, el Más Exaltado, el Más Glorioso, y adhiriéndome al borde del manto al cual se han adherido todos, en este mundo y en el venidero.
Te imploro, oh mi Dios, por aquella Letra que, tan pronto como salió de la boca de tu voluntad, hizo que los océanos se agitaran, los vientos soplaran, los frutos se manifestaran, los árboles brotaran, todos los vestigios del pasado se desvanecieran, se rasgaran todos los velos, e hizo que todos aquellos que están consagrados a Ti se apresuraran a dirigirse hacia la luz del semblante de su Señor, el Irrestringido, que me des a conocer lo que estaba oculto en los tesoros de tu conocimiento y lo que estaba escondido en los depósitos de tu sabiduría. Tú me ves, oh mi Dios, asiéndome a tu Nombre, el Más Santo, el Más Luminoso, el Más Poderoso, el Más Grande, el Más Exaltado, el Más Glorioso, y adhiriéndome al borde del manto al cual se han adherido todos, en este mundo y en el venidero.
Te imploro, oh mi Dios, por el fuego de tu amor que quitó el sueño de los ojos de tus elegidos y tus amados, y por el recuerdo y alabanza que te ofrecen al amanecer, que me cuentes entre aquellos que han alcanzado lo que Tú has enviado en tu Libro y manifestado por tu voluntad. Tú me ves, oh mi Dios, asiéndome a tu Nombre, el Más Santo, el Más Luminoso, el Más Poderoso, el Más Grande, el Más Exaltado, el Más Glorioso, y adhiriéndome al borde del manto al cual se han adherido todos, en este mundo y en el venidero.
Te imploro, oh mi Dios, por la luz de tu semblante que ha impulsado a quienes están cerca de Ti a recibir los dardos de tu decreto y a quienes están consagrados a Ti a enfrentarse a las espadas de tus enemigos en tu sendero, que decretes para mí, mediante tu muy exaltada pluma, aquello que Tú has decretado para tus fieles y tus elegidos. Tú me ves, oh mi Dios, asiéndome a tu Nombre, el Más Santo, el Más Luminoso, el Más Poderoso, el Más Grande, el Más Exaltado, el Más Glorioso, y adhiriéndome al borde del manto al cual se han adherido todos, en este mundo y en el venidero.
Te imploro, oh mi Dios, por tu Nombre, (mediante el cual has escuchado la invocación de tus amantes, los suspiros de quienes te anhelan, el llanto de quienes gozan de tu cercanía, el gemido de quienes están consagrados a Ti y mediante el cual has cumplido los deseos de quienes han puesto sus esperanzas en Ti y has realizado sus anhelos por medio de tu gracia y tus favores), y por tu Nombre, mediante el cual el océano de la misericordia se agitó ante tu rostro, y las nubes de tu generosidad derramaron su lluvia sobre tus siervos, que decretes para todo el que se haya vuelto hacia Ti y haya observado el ayuno que Tú has prescrito, la recompensa decretada para aquellos que no hablan sino con tu permiso y para quienes han renunciado a todo lo que poseían en Tu sendero y por amor a Ti.
Te imploro, oh mi Señor, por Ti mismo, por tus signos, por tus claras señales, por la refulgente luz del sol de tu Belleza y por tus Ramas, que absuelvas las faltas de quienes se han mantenido firmes en tus leyes y han observado aquello que Tú les has prescrito en tu Libro. Tú me ves, oh mi Dios, asiéndome a tu Nombre, el Más Santo, el Más Luminoso, el Más Poderoso, el Más Grande, el Más Exaltado, el Más Glorioso, y adhiriéndome al borde del manto al cual se han adherido todos, en este mundo y en el venidero.


CLXXVIII

¡Alabado seas, oh Señor mi Dios! Te suplico por Aquel a Quien Tú has llamado a la existencia, cuya Revelación has ordenado que sea tu propia Revelación; y su Ocultación, tu propia Ocultación. Mediante su Primeridad Tú has confirmado tu propia Primeridad, y mediante su Ultimidad Tú has afirmado tu propia Ultimidad. Mediante la fuerza de su poder y la influencia de su soberanía, los poderosos han comprendido tu omnipotencia, y mediante su gloria, aquellos que están dotados de autoridad han admitido tu majestad y grandeza. Mediante su supremo ascendiente han sido reconocidos tu trascendente soberanía y tu dominio que todo lo abarca, y mediante su voluntad ha sido revelada tu propia voluntad. Mediante la luz de sus semblante han irradiado los esplendores de tu propio rostro, y mediante su Causa se ha puesto de manifiesto tu propia Causa. Mediante el poder generativo de su prolación toda la tierra se ha convertido en recipiente de tus maravillosos signos y señales de tu soberanía, y los cielos han sido colmados con las revelaciones de tu incomparable majestad, y los mares enriquecidos con las sagradas perlas de tu omnisciencia y sabiduría, y los árboles engalanados con los frutos de tu conocimiento. Mediante Él, todas las cosas han cantado alabanzas a Ti y todos los ojos se han vuelto en la dirección de tu misericordia. Mediante Él, los rostros de todos se han dirigido hacia los resplandores de la luz de tu semblante, y las almas de todos se han inclinado hacia las revelaciones de tu divina grandeza.
¡Cuán grande es tu poder! ¡Cuán exaltada tu soberanía! ¡Cuán sublime tu fuerza! ¡Cuán excelente tu majestad! Cuán suprema es tu magnificencia; magnificencia que Aquel Quien es tu Manifestación ha hecho conocer, y con la cual Le has investido como signo de tu generosidad y munífico favor. Atestiguo, oh mi Dios, que mediante Él, han sido descubiertos tus muy resplandecientes signos, y tu misericordia ha envuelto a toda la creación. ¿Si no fuera por Él, como habría podido emitir su canto la Paloma Celestial o, conforme al decreto de Dios, haber gorjeado su melodía el Divino Ruiseñor?
Atestiguo que tan pronto la Primera Palabra hubo emanado de su boca, por la potencia de tu voluntad y propósito, y el Primer Llamado hubo brotado de sus labios, la creación entera fue revolucionada, y todos los que están en los cielos y en la tierra fueron conmovidos hasta lo más profundo. Por medio de esa Palabra las realidades de todas las cosas creadas fueron sacudidas, fueron divididas, separadas, esparcidas, combinadas y reunidas, descubriendo, tanto en el mundo contingente como en el reino celestial, entidades de una nueva creación, y revelando en los dominios invisibles los signos y señales de tu unidad y unicidad. Por medio de este Llamado Tú anunciaste a todos tus siervos el advenimiento de tu muy grande Revelación y la aparición de tu perfectísima Causa.
Tan pronto como esta Revelación fue descubierta a los ojos de los hombres, aparecieron entre los pueblos del mundo los signos de la discordia universal, y los cimientos de todas las cosas fueron sacudidos. Las fuerzas de la disensión fueron liberadas, el significado de la Palabra fue expuesto, y cada átomo individual en todas las cosas creadas adquirió su propio carácter distintivo. Se hizo arder el Infierno, y las delicias del Paraíso fueron reveladas a los ojos de los hombres. Bendito es el hombre que se vuelve hacia Ti, y ¡ay! De aquel que se mantiene apartado de Ti, Te niega y repudia tus signos en esta Revelación en que han vuelto negros los rostros de los exponentes de la negación y se han vuelto blancos los rostros de los exponentes de la veracidad, ¡oh Tú Quien eres el Poseedor de todos los nombres y atributos, Quien sostienes en tu puño el imperio de todo cuanto ha sido creado en el cielo y en la tierra!
Alabanzas sean para Ti, por tanto, oh mi Dios, alabanzas tales como las que asignaste a tu propio Ser, y que nadie excepto Tú puede comprender o estimar. Tú eres Aquel, oh mi Señor, Quien me ha dado a conocer su propio Ser, en un momento en que tus siervos no Te han reconocido; siervos que, en virtud de los vínculos que los ligan a Ti, han reinado sobre todos los que habitan en la tierra, y se han vanagloriado sobre sus pueblos. Si yo, oh mi Dios, ejerciera de polo a polo supremo dominio sobre la tierra, y me ofreciesen todos los tesoros que ella contiene, y si yo los gastase en tu sendero, con todo sería impotente para alcanzar esta posición, a menos que fuese ayudado o fortalecido por Ti. Y si yo Te glorificara, oh mi Dios, mientras perdurase tu majestad, y subsistiese la influencia de tu soberanía y poder, tal glorificación no podría jamás ser comparada con ninguna de las alabanzas que Tú, como muestra de tu gracia, me has enseñado, y con las cuales Tú me has ordenado ensalzar tus virtudes. ¡Si tal es la excelencia de cada una de las alabanzas que Tú me has enseñado, cuán inmensurablemente mayor habrá de ser la excelencia de la posición de Aquel Quien Te ha conocido, Quien ha entrado en tu Presencia, y ha seguido constantemente el sendero de tu Causa!
He percibido claramente y estoy plenamente convencido de que Tú has sido desde siempre inmensurablemente exaltado por encima de la mención de todos los seres, y continuarás por siempre permaneciendo muy por encima de la concepción de tus criaturas. Nadie puede alabarte dignamente excepto tu propio Ser y aquellos que son como Tu. Tú, verdaderamente, has sido en todo tiempo, y continuarás siéndolo eternamente, inmensurablemente exaltado más allá y por encima de toda comparación y semejanza, por encima de toda imaginación de igualdad o similitud. Por tanto, habiéndote reconocido como Aquel Quien es incomparable, y cuya naturaleza nadie puede poseer, se hace incontrovertiblemente evidente que quienquiera Te alabe, su alabanza solo puede convenir a aquellos que son de su propia naturaleza y están sujetos a sus mismas limitaciones, y de ningún modo puede describir adecuadamente la sublimidad de tu soberanía, ni escalar las alturas de tu majestad y santidad. ¡Cuán dulce es entonces, la alabanza que rindes a tu propia Identidad, y la descripción que haces de tu propio Ser!
Atestiguo, oh mi Dios, que desde la eternidad, Tú has hecho descender sobre tus siervos solo aquello que pueda hacerlos remontarse y acercarse a Ti, y ascender al cielo de tu trascendente unicidad. Tú has establecido tus límites entre ellos, y les has ordenado presentarse entre tus criaturas como evidencias de tu justicia y como signos de tu misericordia, y ser la fortaleza de tu protección en medio de tu pueblo, para que ningún hombre en tu dominio peque contra su prójimo. ¡Cuán grande es la bendición de aquel quien, por amor a tu belleza y en aras de tu complacencia, ha refrenado los deseos de una inclinación corrupta y ha observado los preceptos dictados por tu muy exaltada Pluma! Él, en verdad, debe ser contado con aquellos que han alcanzado todo lo bueno, y han seguido el camino de la guía.
Te suplico, oh mi Señor, por tu Nombre mediante el cual Tú has permitido que Te conozcan tus siervos y tu pueblo, mediante el cual Tú has acercado los corazones de aquellos que Te han reconocido, hacia la resplandeciente corte de tu unicidad, y las almas de tus favorecidos hacia la Aurora de tu unidad, Te suplico me concedas ser asistido en la observancia del ayuno, enteramente por Ti, ¡oh Tú, Quien Te encuentras pleno de majestad y gloria! Facúltame, entonces, oh mi Dios, para ser contado entre aquellos que se han adherido a tus leyes y preceptos solo por Ti, con sus ojos fijos en tu rostro. Estos, de hecho, son aquellos cuyo vino es todo lo que ha procedido de la boca de tu prístina voluntad, cuya bebida pura es tu cautivador llamado, cuyo Río Celestial es tu amor, cuyo Paraíso es el acceso en tu presencia y la reunión contigo. Pues Tú has sido su Principio y su Fin, y su Más Alta Esperanza, y su Supremo Deseo. Cegado sea el ojo que mire algo que pueda disgustarte, y confundida sea el alma que busque las cosas que son contrarias a tu voluntad.
Oh mi Dios, yo Te imploro, por tu Ser y por ellos, que Te dignes aceptar, mediante tu gracia y tu bondad, las obras que hemos realizado, por muy insuficientes que ellas sean a la excelsitud de tu estado y la sublimidad de tu posición, ¡oh Tú Quien eres el muy querido de los corazones que Te anhelan, y el Sanador de las almas que Te han reconocido! Derrama, entonces, sobre nosotros, desde el cielo de tu misericordia y las nubes de tu bondadosa providencia, aquello que nos limpie de la más leve huella de perversos y corruptos deseos, y nos haga acercar más a Aquel Quien es la Manifestación de tu exaltadísimo y todo glorioso Ser. Tú eres, verdaderamente, el Señor de este mundo y del próximo, y eres poderoso para hacer todas las cosas.
Bendice, oh Señor mi Dios, el Punto Primordial, por Quien el punto de la creación se ha hecho girar tanto en el mundo visible como en el invisible, y al que Tú has designado como Aquel a Quien ha de volver todo lo que debe volver a Ti, y el Revelador de todo cuanto ha sido puesto de manifiesto por Ti. Bendice también a aquellas de sus Letras que no se han apartado de Ti, quienes se han establecido firmemente en tu amor, y se han aferrado constantemente a tu complacencia. Bendice asimismo, mientras perdure tu propio Ser y subsista tu propia Esencia, a aquellos que han sufrido el martirio en tu sendero. Tú eres, verdaderamente, el Siempre Perdonador, el Más Misericordioso.
Además, Te suplico, oh mi Dios, por Aquel a Quien Tú nos han anunciado en todas tus Tablas, y tus Libros, y tus Rollos, y tus Escrituras, por medio de Quien ha sido convulsionado el reino de los nombres, y se ha revelado todo lo que yacía oculto en los pechos de aquellos que han seguido sus perversos y corruptos deseos, Te suplico que nos fortalezcas en nuestro amor a Él, que nos hagas constantes en su Causa, que nos ayudes a amparar a sus amados, y a desafiar a sus enemigos. Escúdalos, entonces, oh mi Dios, contra el daño causado por aquellos que han negado tu presencia, y se han apartado de tu rostro, y han resuelto poner fin a la vida de Aquel Quien es la Manifestación de tu propio Ser.
¡Oh mi Dios y mi Maestro! Tú sabes como han desacreditado tu Causa y Te han deshonrado entre tus criaturas, cómo se han unido a tus enemigos, para que socaven tu Revelación y Te injurien. Domínalos con el poder de tu ira y tu fuerza, oh mi Dios, y expón sus vergonzosos actos y su maldad, para que todo cuanto está oculto en sus pechos pueda ser revelado al pueblo que vive en tu tierra. ¡Oh Tú Quien eres el que impone las pruebas, el Modelador de las naciones y el Conferidor de los favores! No hay Dios fuera de Ti, el Todoglorioso, el Más Generoso.


CLXXIX

¡Alabado seas, oh Señor mi Dios! Las lenguas de todas las cosas creadas atestiguan tu soberanía y tu omnipotencia, y proclaman mi propia pobreza y mi miseria al ser confrontadas con las revelaciones de tu riqueza. Observa, entonces, oh mi Dios, a este pecador, cuya mirada ha estado fija en todo momento en la fuente de tu perdón, y cuyos ojos han estado dirigidos hacia el horizonte de tu gracia y tus dones.
Desde el día en que Tú me creaste por tu mandato, oh mi Dios, y me despertaste con las suaves brisas de tu tierna misericordia, he rehusado volverme hacia nadie que no fueras Tú y, mediante la fuerza de tu soberanía y tu poder, me he levantado para enfrentar a tus enemigos, y he emplazado a toda la humanidad hacia las orillas del océano de tu unicidad y el cielo de tu gloriosísima unidad. He tratado, todos mis días, no de protegerme contra el daño de los rebeldes entre tus criaturas, sino más bien de exaltar tu nombre en medio de tu pueblo. Por ello, he sufrido lo que ninguna de tus criaturas ha sufrido.
¡Cuántos son los días. Oh mi Dios, que he pasado en completa soledad con los transgresores de entre tus siervos, y cuántas las noches, oh mi Bienamado, durante las cuales yací cautivo en las manos de los descarriados entre tus criaturas! En medio de mis penas y tribulaciones he continuado ofreciendo mis alabanzas ante todos los que están en tu cielo y en tu tierra, y no he cesado de ensalzar tu maravillosa gloria en los reinos de tu Revelación y de tu creación, aunque todo lo que he sido capaz de exponer no es suficiente para la grandeza y la majestad de tu unicidad, y es indigno de tu exaltación y de tu omnipotencia.
¡Juro por tu gloria, oh Tú Quien eres el único Amado! Hallo que no soy nada ante la habitación de tu gran gloria. Cada vez que intento exaltar alguna de tus virtudes, mi corazón me retiene, pues nada que no seas Tú es capaz de remontarse hacia la atmósfera del reino de tu proximidad o de llegar al cielo de tu presencia.
¡Tu poder me lo atestigua! Soy muy consciente de que si me inclinara ante un puñado de polvo, desde ahora hasta el fin que no tiene fin, en reconocimiento de su relación con tu nombre, el Modelador, con todo, me encontraría muy distante de aquel polvo, e incapaz de acercarme a él, y descubriría que tal adoración de ningún modo puede serle propia, ni trascender las limitaciones a las cuales yo mismo he sido sometido. Y si me levantara a servir a uno de tus siervos, y esperara a su puerta mientras perdurase tu propio reino y subsistiese tu omnipotencia, en señal de mi reconocimiento del vínculo que le une a tu nombre, el Creador, debería asimismo -y ello tu gloria me lo atestigua- confesar mi completo fracaso en rendirle adecuado servicio, y mi carencia de lo que puede verdaderamente ser propio de su posición. Y esto en virtud de lo que no reconozco en ellos nada más fuera del vínculo que los une a tus nombres y atributos. Cómo puede, entonces, hombre tal, lograr ensalzar a Aquel, por un movimiento de cuyo dedo fueron traídos a la existencia todos los nombres y su reino, y fueron creados todos los atributos y su dominio, y Quien, por otro movimiento de ese mismo dedo, ha unido las letras S y E (Sé) y las ha enlazado, manifestando así lo que son incapaces de comprender los más elevados pensamientos de tus escogidos, quienes gozan de cercano acceso a Ti, y que no puede desentrañar la más profunda sabiduría de aquellos de tus amados que están absolutamente consagrados a Ti.
¡Juro por tu gloria, oh Amado de mi alma! Me siento perplejo al contemplar las señales de tu obra y las evidencias de tu poder, y me hallo completamente incapaz de descifrar el misterio del más pequeño de tus signos, cuánto más de comprender tu propio Ser. Te suplico, por tanto, oh mi Dios, por tu Nombre, por medio del cual has hecho que aquellos que Te aman se eleven en la atmósfera de tu voluntad, y has guiado a todos aquellos que Te anhelan al Paraíso de tu cercanía y tu presencia, que envíes, del cielo de tu amorosa bondad, la fragancia de la certidumbre sobre los menesterosos entre tus amados, en estos días cuando las tempestades de las pruebas les han rodeado desde todos lados, y les han asediado tan dolorosamente, que las almas de los hombres han sido afligidas y se han estremecido los cimientos de todos los seres, ante lo que se ha hecho descender sobre ellos desde el cielo de tu irrevocable Propósito. Fueron tan sacudidos que la lámpara de su amor por Ti y de su recordación de Ti estuvo a punto de ser extinguida en lo más recóndito de sus corazones. Potente eres Tú para hacer lo que Te place. Tú, en verdad, eres el Siempre Perdonador, el Más Generoso.
Tú prestas oído, oh mi Dios y mi Maestro, a los suspiros de aquellos que te son queridos, y escuchas de todos los sitios su clamor, en razón de lo que les ha acontecido a manos de aquellos cuyos corazones han sido privados de los fragantes aromas de tu amor. No hay nadie que los ampare o los socorra, ni puede nada impedir a sus enemigos hacerles daño. Son restricción, hacen lo que desean, y proceden con ellos como les place.
Otorga, por tanto, oh mi Señor, las maravillas de tu ayuda a tus amados, quienes no han buscado otra ayuda que no seas Tú, y no se han vuelto hacia nadie fuera de Ti, y cuyos ojos han aguardado expectantes contemplar las maravillas de tus favores y tus dones. Ten piedad de ellos, entonces, oh mi Dios, mediante las incomparables muestras de tu misericordia, y ampáralos dentro de la fortaleza de tu protección y tu amorosa bondad. Tú eres Aquel, oh mi Señor, Quien desde siempre has sido el Refugio de los temerosos, y el Asilo de los necesitados. No retengas, Te lo suplico, a estas débiles criaturas, las sin iguales muestras de tu munificencia y generosidad, y no las dejes a merced de aquellos cuya esencia ha sido creada únicamente del fuego de tu cólera y de tu ira, y quienes nunca han descubierto las fragancias de la compasión y equidad, y quienes han sido tan engañados por la falacia del mundo, que han negado tu prueba y han unido socios a Ti, y han repudiado tus signos y derramado la sangre de aquellos que Te son queridos y en quienes Tú has confiado. ¡Juro por tu poder, oh mi Amado! Ellos han cometido lo que ningún hombre ha cometido antes de ellos y han merecido por eso tu cólera y el azote de tu ira. Apodérate de ellos por la fuerza de tu soberanía, y colócales por encima a quienes no tendrán misericordia de ellos, a menos que se vuelvan hacia Ti, y entren a la sombra de tu amorosa bondad, y sean perdonados por Ti. Tú has sido, desde siempre, supremo por sobre todas las cosas, y por siempre permanecerás siendo el mismo. Tú, verdaderamente, eres el Todopoderoso, el Más Exaltado, el Equitativo, el Omnisapiente.
¡Glorificado eres Tú, oh Señor mi Dios! Observa a este agraviado, quien ha sido penosamente afligido por los opresores entre tus criaturas y los infieles entre tus enemigos, aunque él mismo ha rehusado exhalar un solo suspiro si no es con tu permiso y por tu mandato. Yo dormía en mi lecho, oh mi Dios, cuando, he aquí, las suaves brisas de tu gracia y amorosa bondad pasaron sobre mí, y me despertaron mediante la fuerza de tu soberanía y tus dones, y me ordenaron levantarme ante tus siervos, y proclamar tu alabanza, y glorificar tu palabra. En seguida, la mayoría de entre tu pueblo me vilipendiaron. ¡Juro por tu gloria, oh mi Dios! Nunca pensé que ellos exhibirían tales hechos, ya que soy consciente de que Tú mismo has anunciado a ellos esta Revelación, en los Rollos de tus mandamientos y las Tablas de tu decreto, y has sellado convenio con ellos respecto de este joven, en cada palabra enviada desde Ti a tus criaturas y tu pueblo.
Estoy perplejo, por tanto, oh mi Dios, y no sé cómo actuar con ellos. Cada vez que guardo silencio, y dejo de exaltar tus maravillosas virtudes, tu Espíritu me impulsa a clamar ante todos los que están en tu cielo y en tu tierra; y cuando estoy calmado, pasan sobre mí los hálitos provenientes de la diestra de tu voluntad y propósito, y me conmueven, y encuentro que soy como una hoja que yace a merced de los vientos de tu decreto y es transportada a dondequiera que Tú le permites o le ordenas. Todo hombre de discernimiento que considere lo que ha sido revelado por mí, se convencerá de que tu Causa no está en mis manos, sino en tus manos, y reconocerá que las riendas del poder no son sostenidas por mi puño, sino por tu puño, y sujetas a tu soberano poder. Y, sin embargo, Tú ves, oh mi Dios, cómo los habitantes de tu dominio se han formado para atacarme, e infligirme en cada momento de mi vida lo que hace estremecer las realidades de tus escogidos y fiduciarios.
Te ruego, por tanto, oh mi Dios, por tu Nombre, mediante el cual has guiado a tus amantes hacia las aguas vivientes de tu gracia y tus favores, y atraído a aquellos que Te anhelan al Paraíso de tu cercanía y tu presencia, que abras los ojos de tu pueblo para que puedan reconocer en esta Revelación, la manifestación de tu trascendente unidad, y el amanecer de las luces de tu semblante y tu belleza. Límpialos, entonces, oh mi Dios, de toda ociosa fantasía y vanas imaginaciones, para que puedan inhalar las fragancias de santidad del manto de tu Revelación y tu mandamiento, a fin de que también cesen de infligirme aquello que ha de privar a sus almas de las fragancias de las múltiples señales de tu misericordia, que son esparcidas en los días de Aquel Quien es la Manifestación de tu Ser, y la Aurora de tu Causa, y para que ellos dejen de perpetrar lo que habrá de provocar tu cólera y tu ira.
Tú bien sabes, oh mi Dios, que yo era considerado como uno del pueblo del Bayán, y me asociaba con ellos con amor y concordia, y los convocaba hacia Ti durante el día y la noche, mediante las maravillas de tu Revelación y tu inspiración, y que soporté a manos de ellos lo que los habitantes de las ciudades de tu invención son impotentes de relatar. ¡Juro por tu poder, oh mi Amado! Cada mañana despierto para encontrar que he sido hecho un blanco de los dardos de su envidia, y cada noche, cuando me acuesto a descansar, descubro que he caído víctima de las lanzas de su odio. Aunque me has dado a conocer los secretos de sus corazones, y me has puesto por encima de ellos, he rehusado dejar al descubierto sus acciones, y he procedido pacientemente con ellos, atento al tiempo que Tú has señalado. Y cuando sucedió tu promesa, y el tiempo fijado se hubo cumplido, Tú levantaste, en un grado imperceptible, el velo del encubrimiento, y he aquí, que todos los habitantes de los reinos de tu Revelación y de tu creación se estremecieron y temblaron, salvo aquellos que fueron creados por Ti a través del fuego de tu amor, y el hálito de tu anhelo, y el agua de tu amorosa bondad, y la arcilla de tu gracia. Ellos son los glorificados por el Concurso en lo alto y los moradores de las Ciudades de la eternidad.
Por tanto, Te rindo alabanzas, oh mi Dios, ya que Tú has preservado a aquellos quienes han reconocido tu unidad, y has destruido a quienes han unido socios a Ti, y has dividido a unos de otros mediante la palabra de tu mandamiento, y fueron engendrados por tu voluntad, me pusieron reparos y se opusieron ferozmente a mí, que Te repudiaron, y rechazaron tus signos, y se alzaron contra Ti.
¡Tu gloria me lo atestigua, oh mi Amado! Mi pluma es incapaz de describir lo que sus manos han forjado contra Aquel Quien es la Manifestación de tu Causa, y la Aurora de tu Revelación, y el Punto de Amanecer de tu inspiración. Por todo esto rindo mis alabanzas a Ti. ¡Juro por tu gloria, oh mi Dios! Mi corazón anhela las cosas ordenadas por Ti en el cielo de tu decreto y el reino de tu disposición. Pues todo cuanto me suceda en tu sendero es lo amado por mi alma y el objeto de mi deseo. Ello, verdaderamente, no debe ser atribuido a nada que no sea tu poder y tu fuerza.
Yo soy aquel, oh mi Dios, quien, por el amor que siento hacia Ti, he sido capaz de prescindir de todos los que están en el cielo y en la tierra. Armado con este amor, no temo a nadie, aunque los pueblos del mundo se unan para dañarme. ¡Oh, si mi sangre en este mismo momento pudiese ser derramada sobre la faz de la tierra ante Ti, y Tú me contemplaras en la condición en que contemplaste a aquellos de tus siervos que se han acercado a Ti y aquellas criaturas justas que han sido escogidas por Ti!
Te doy gracias, oh mi Dios, porque Tú has decidido por medio de la fuerza de tu decreto y continuarás decidiendo mediante tu irrevocable disposición y propósito. Te ruego, oh mi Amado, por tu Nombre, mediante el cual enarbolaste los emblemas de tu Causa, y derramaste los esplendores de la luz de tu semblante, que hagas descender sobre mí y sobre aquellos de tus siervos que están completamente dedicados a Ti, todo el bien que Tú has ordenado en tus Tablas. Establécenos, entonces, en las sedes de verdad en tu presencia, ¡oh Tú en cuyas manos está el reino de todas las cosas!
Tú eres, verdaderamente, el Todopoderoso, el Todoglorioso, el Más Misericordioso.


CLXXX

La alabanza que ha surgido de tu muy augusto Ser y la gloria que ha brillado desde tu muy resplandeciente belleza descansen sobre Ti, ¡oh Tú, que eres la Manifestación de la Grandeza, el Rey de la Eternidad, el Señor de todos los que están en el cielo y en la tierra! Atestiguo que a través de Ti fueron reveladas la soberanía de Dios y su dominio, la majestad de Dios y su grandeza, los Soles de antiguo esplendor han derramado su fulgor en el cielo de tu decreto irrevocable, y la belleza del Invisible ha resplandecido sobre el horizonte de la creación. Atestiguo, además, que con un solo trazo de tu pluma se ha hecho cumplir tu mandato: "sé Tú"; se ha divulgado el secreto oculto de Dios; se les ha dado la existencia a todas las cosas creadas y se han enviado todas las Revelaciones.
Asimismo atestiguo que por tu belleza se ha desvelado la belleza del Adorado, por tu rostro ha resplandecido el rostro del Deseado y por una palabra procedente de Ti has juzgado entre todas las cosas creadas, haciendo que quienes están consagrados a Ti asciendan a la cumbre de gloria y los infieles caigan en el más profundo abismo.
Atestiguo que quien te ha conocido ha conocido a Dios y quien ha alcanzado tu presencia ha alcanzado la presencia de Dios. Grande es, por tanto, la bendición de aquel que ha creído en Ti y en tus signos, se ha humillado ante tu soberanía, se le ha honrado con encontrarte, ha alcanzado el agrado de tu voluntad, ha circulado a tu alrededor y ha permanecido ante tu trono. Ay de aquel que ha pecado contra Ti, te ha negado, ha repudiado tus signos, ha contradicho tu soberanía, se ha levantado contra Ti, se ha mostrado altivo ante tu rostro, ha refutado tus testimonios, ha huido de tu autoridad y tu dominio y se le ha contado entre los infieles, cuyos nombres han sido grabados por los dedos de tu mandato en tus Tablas sagradas.
Exhala entonces sobre mí, oh mi Dios y mi Bienamado, de la diestra de tu misericordia y de tu amorosa bondad, los santos hálitos de tus favores, para que me aparten de mí mismo y del mundo y me lleven hacia las cortes de tu proximidad y de tu presencia. Potente eres Tú para hacer lo que te place. Tú verdaderamente eres supremo sobre todas las cosas.
¡El recuerdo de Dios y su alabanza, la gloria de Dios y su esplendor descansen sobre Ti, oh Tú, que eres su belleza! Atestiguo que el ojo de la creación nunca ha contemplado a nadie tan agraviado como Tú. Tú estuviste todos los días de tu vida sumido en un océano de tribulaciones. En cierta época estuviste con cadenas y grillos; en otra fuiste amenazado por la espada de tus enemigos. Sin embargo, a pesar de todo esto, Tú ordenaste que todos los hombres observaran lo que te había sido prescrito por Aquel que es el Omnisciente, el Todo Sabio.
¡Que mi espíritu sea sacrificado por los agravios que Tú sufriste y mi alma sirva de redención por las adversidades que soportaste! Suplico a Dios, por Ti y por aquellos cuyos rostros han sido iluminados por los resplandores de la luz de tu semblante y que por amor a Ti han observado todo lo que les ha sido ordenado, que aparte los velos que se han interpuesto entre Tú y tus criaturas, y que me provea con el bien de este mundo y del venidero. Tú eres en verdad el Todopoderoso, el Más Exaltado, el Todo Glorioso, el que siempre perdona, el Más Compasivo.
Bendice Tú, oh Señor mi Dios, al divino Árbol del Loto, a sus hojas, a sus vástagos, a sus ramas, a sus tallos y a sus renuevos, mientras duren tus muy excelentes títulos y perduren tus muy augustos atributos. Protégelo, pues, del daño del agresor y de las huestes de la tiranía. Tú, en verdad, eres el Todopoderoso, el Más Potente. Bendice también, oh Señor, mi Dios, a tus siervos y a tus siervas que han llegado a Ti. Tú eres verdaderamente el Todo Munífico, cuya gracia es infinita. No hay Dios sino Tú, el que siempre perdona, el Más Generoso.


CLXXXI

Soy testigo, oh mi Dios, de que Tú me has creado para conocerte y adorarte. Soy testigo en este momento de mi impotencia y tu poder, de mi pobreza y tu riqueza.
No hay otro Dios más que Tú, el que ayuda en el peligro, el que subsiste por Sí mismo. 15


CLXXXII

Quien desee orar, debe lavarse las manos y decir mientras se las lava:

Fortalece mi mano, oh mi Dios, para que se aferre a tu Libro con tal firmeza que las huestes del mundo no tengan poder sobre ella. Cuídala entonces para que no se ocupe en aquello que no le sea propio.
Tú eres verdaderamente el Todopoderoso, el Omnipotente.

Y mientras se lava la cara debe decir:

He vuelto mi rostro hacia Ti, oh mi Señor. Ilumínalo con la luz de tu semblante. Protégelo, pues, para que no se vuelva hacia otro que no seas Tú.
Luego poniéndose de pie en dirección al Qiblih (Punto de Adoración, o sea Bahjí, 'Akká) debe decir:

Dios atestigua que no hay otro Dios sino Él. Suyos son los reinos de la Revelación y de la Creación. Él en verdad ha manifestado a Aquel que es la Aurora de la Revelación, que habló en el Sinaí, por medio de quien ha brillado el Supremo Horizonte y ha hablado el Árbol del Loto, más allá del cual no se puede pasar, por medio del cual se ha proclamado a todos los que están en el cielo y en la tierra el llamamiento: "¡He aquí: el que todo lo posee ha llegado! La tierra y el cielo, la gloria y el dominio son de Dios, el Señor de todos los hombres y Poseedor del Trono de lo alto y de la tierra".

Luego, inclinándose y con las manos sobre las rodillas, debe decir:

¡Exaltado eres Tú por encima de mi alabanza y la alabanza de cualquier otro aparte de mí, por encima de mi descripción y la descripción de todos los que están en el cielo y todos los que están en la tierra!

Luego, de pie y con las manos abiertas y las palmas frente al rostro, debe decir:

No decepciones, oh mi Dios, a quien con dedos suplicantes se ha aferrado al borde de tu misericordia y de tu gracia. ¡Oh Tú que, entre aquellos que muestran misericordia, eres el más Misericordioso!

Luego sentándose debe decir:

Soy testigo de tu unidad y tu unicidad y de que Tú eres Dios y no hay otro Dios aparte de Ti. Verdaderamente, Tú has revelado tu Causa, cumplido tu Convenio y has abierto de par en par la puerta de tu gracia a todos los que habitan en el cielo y en la tierra. Bendición y paz, parabienes y gloria sean para tus amados, a quienes ni los cambios ni los azares del mundo les han impedido volverse hacia Ti, quienes han dado todo con la esperanza de obtener lo que es propio de Ti. Tú eres en verdad el que siempre perdona, el Todo Generoso.

Si alguien desea recitar en vez del verso largo las siguientes palabras: "Dios atestigua que no hay otro Dios más que Él, el que ayuda en el peligro, el que subsiste por Sí mismo", sería suficiente. Bastaría también, si estando sentado opta por recitar estas palabras: "Soy testigo de tu unidad y tu unicidad, de que Tú eres Dios y de que no hay otro Dios aparte de Ti". 16


CLXXXIII

Quien desee recitar esta oración debe ponerse de pie y dirigirse a Dios y mientras permanece en su sitio debe mirar a derecha e izquierda, como si esperase la misericordia de su Señor, el Más Misericordioso, el Compasivo. Luego debe decir:

¡Oh Tú que eres el Señor de todos los nombres y el Hacedor de los cielos! Te suplico por Aquellos que son las auroras de tu invisible Esencia, la más Exaltada, la Todo Gloriosa, que hagas de mi oración un fuego que consuma los velos que me han apartado de tu belleza y una luz que me conduzca hacia el océano de tu presencia.

Luego debe levantar las manos en súplica hacia Dios, bendito y exaltado sea, y decir:

¡Oh Tú, Deseo del mundo y Amado de las naciones! Tú me ves volviéndome hacia Ti, libre de todo apego a otro que no seas Tú y aferrándome a tu cordón, por cuyo movimiento se ha conmovido la creación entera. Soy tu siervo, oh mi Señor, y el hijo de tu siervo. Heme aquí decidido a hacer tu voluntad y tu deseo, no anhelando nada más que tu complacencia. Te imploro, por el océano de tu misericordia y el sol de tu gracia, que procedas con tu siervo de acuerdo con tu voluntad y deseo. ¡Por tu poder, que está muy por encima de toda mención y alabanza! Todo lo que sea revelado por Ti es el deseo de mi corazón y lo amado por mi alma. ¡Oh Dios, mi Dios! No consideres mis esperanzas ni mis actos; antes bien, considera tu voluntad, que ha abarcado los cielos y la tierra. ¡Por tu Nombre Más Grande, oh Tú Señor de todas las naciones! He deseado sólo lo que Tú deseaste y amo sólo lo que Tú amas.

Entonces debe arrodillarse e inclinar la frente hasta el suelo, y decir:

Exaltado eres Tú por encima de la descripción de cualquiera que no seas Tú y la comprensión de nadie excepto Tú mismo.

Luego poniéndose de pie debe decir:

Haz de mi oración, oh mi Señor, una fuente de aguas vivas, por medio de las cuales pueda vivir tanto como dure tu soberanía y hacer mención de Ti en cada mundo de tus mundos.

Levantando nuevamente las manos en señal de súplica debe decir:

¡Oh Tú, por cuya separación los corazones y las almas se han consumido y por el fuego de cuyo amor todo el mundo se ha inflamado! Te imploro por tu Nombre, por medio del cual Tú has subyugado a la creación entera, que no me prives de lo que es propio de Ti, oh Tú que reinas sobre todos los hombres. Tú ves, oh mi Señor, a este extraño apresurándose hacia su más exaltado hogar, bajo el dosel de tu majestad y dentro de los recintos de tu misericordia; a este transgresor anhelando el océano de tu perdón; a este ser humilde ansiando la corte de tu gloria; y a esta pobre criatura buscando el oriente de tu riqueza. Tuya es la autoridad para ordenar todo lo que sea tu voluntad. Atestiguo que Tú debes ser alabado por tus hechos, obedecido en tus mandatos y permanecer libre en tus órdenes.

Entonces debe levantar las manos y repetir tres veces el Nombre Más Grande 17. Y luego debe decir ante Dios, bendito y exaltado sea, inclinándose con las manos sobre las rodillas:

Tú ves, oh mi Dios, cómo mi espíritu se ha conmovido en mis extremidades y miembros, en su ansia de adorarte y en su anhelo por recordarte y ensalzarte; cómo da testimonio de lo que la Lengua de tu Mandamiento ha atestiguado en el reino de tu Expresión y en el cielo de tu conocimiento. En esta situación, anhelo pedirte, oh mi Señor, todo lo que es propio de Ti, para demostrar mi pobreza y magnificar tu generosidad y tus riquezas, para declarar mi impotencia y manifestar tu fuerza y tu poder.

Luego debe ponerse de pie, levantar las manos dos veces en actitud de súplica y decir:

No hay Dios sino Tú, el Todopoderoso, el Todo Generoso. No hay Dios sino Tú, el que ordena tanto en el principio como en el fin. ¡Oh Dios, mi Dios! Tu perdón me ha alentado y tu misericordia me ha fortalecido; tu llamamiento me ha despertado y tu gracia me ha levantado y me ha conducido hacia Ti. Si no fuera así, ¿quién soy yo para atreverme a permanecer ante la puerta de la ciudad de tu cercanía o fijar mi rostro en las luces que brillan en el cielo de tu voluntad? Tú ves, oh mi Señor, a esta desgraciada criatura llamando a la puerta de tu gracia y a esta alma efímera buscando el río de vida eterna de manos de tu generosidad. Tuyo es el mando en todo tiempo, oh Tú que eres el Señor de todos los nombres, y mía es la resignación y voluntaria sumisión a tu voluntad, oh Creador de los cielos.

Entonces debe levantar las manos tres veces y decir:

¡Dios es el Más Grande de todos los grandes!

Luego debe arrodillarse e inclinar su frente hasta el suelo, y decir:

Demasiado elevado eres Tú para que la alabanza de aquellos que están cerca de Ti ascienda al cielo de tu cercanía o para que los pájaros de los corazones de quienes están consagrados a Ti alcancen la entrada de tu puerta. Atestiguo que Tú has sido santificado por encima de todo atributo y consagrado por encima de todo nombre. No hay Dios sino Tú, el Más Exaltado, el Todo Glorioso.

Luego debe sentarse y decir:

Atestiguo lo que han atestiguado todas las cosas creadas, el Concurso de lo Alto, los moradores del más alto Paraíso y más allá de ellos la misma Lengua de Grandeza, desde el Horizonte todo glorioso: que Tú eres Dios, que no hay Dios sino Tú y que Aquel quien ha sido manifestado es el Misterio Oculto, el Símbolo Atesorado, por medio del cual se han unido y enlazado las letras S y E 18. Atestiguo que Aquel cuyo nombre ha sido escrito por la Pluma del Altísimo, Aquel que ha sido mencionado en los Libros de Dios, es el Señor del Trono de lo alto y de la tierra.

Luego debe ponerse de pie y decir:

¡Oh Señor de toda la existencia y Poseedor de todo lo visible e invisible! Tú percibes mis lágrimas y los suspiros que profiero; oyes mi gemido, mi sollozo y el lamento de mi corazón. ¡Por tu poder! Mis transgresiones me han impedido acercarme a Ti y mis pecados me han mantenido lejos de la corte de tu santidad. Tu amor, oh mi Señor, me ha enriquecido; la separación de Ti me ha destruido y el alejamiento de Ti me ha consumido. Te suplico, por tus pasos en este yermo y por las palabras "Aquí estoy, aquí estoy" que tus Elegidos han pronunciado en esta inmensidad, por los hálitos de tu Revelación y las suaves brisas del amanecer de tu Manifestación, que ordenes que yo pueda contemplar tu belleza y observar todo lo que está en tu Libro.

Entonces debe repetir el Nombre Más Grande tres veces e inclinarse con las manos sobre las rodillas, y decir:

Alabado seas Tú, oh mi Dios, que me has ayudado a recordarte y alabarte, me has hecho conocer a Aquel que es la Aurora de tus signos e inclinarme ante tu Señorío, humillarme ante tu Deidad y reconocer lo que ha sido pronunciado por la Lengua de tu grandeza.

Luego debe levantarse y decir:

¡Oh Dios, mi Dios! Mi espalda se ha doblado por la carga de mis pecados y mi negligencia me ha destruido. Cada vez que pienso en mis malos actos y tu benevolencia, mi corazón se consume dentro de mí y mi sangre hierve en mis venas. ¡Por tu belleza, oh Tú, Deseo del mundo! Me ruborizo al levantar mi rostro hacia Ti y mis manos anhelantes se avergüenzan de extenderse hacia el cielo de tu generosidad. Tú ves, oh mi Dios, cómo mis lágrimas me impiden recordarte y ensalzar tus virtudes, ¡oh Tú Señor del trono de lo alto y de la tierra! Te imploro por los signos de tu reino y los misterios de tu dominio que procedas con tus amados como sea propio de tu generosidad, ¡oh Señor de todo lo existente!, y sea digno de tu gracia, ¡oh Rey de lo visible y lo invisible!

Entonces debe repetir el Nombre Más Grande tres veces y arrodillándose con la frente hasta el suelo decir:

Alabado seas, oh nuestro Dios, ya que Tú nos has enviado aquello que nos acerca a Ti y nos provees con todo lo bueno enviado por Ti en tus Libros y tus Escrituras. Te suplicamos, oh mi Señor, que nos protejas de las huestes de ociosas fantasías y vanas imaginaciones. Tú en verdad eres el Poderoso, el Omnisciente.

Luego, debe levantar la cabeza, sentarse y decir:

Atestiguo, oh mi Dios, aquello que tus Elegidos han atestiguado, y reconozco lo que los moradores del más alto Paraíso y aquellos que han circulado alrededor de tu poderoso trono han reconocido: ¡Los reinos de la tierra y del cielo son tuyos, oh Señor de los mundos! 19


CLXXXIV

Puesto que Tú, oh mi Dios, Te has establecido en el trono de tu trascendente unidad, y has ascendido a la sede de misericordia de tu unicidad, Te corresponde borrar de los corazones de todos los seres, todo cuanto les impida tener acceso al santuario de tus Divinos Misterios, y pueda excluirlos del tabernáculo de tu Divinidad, para que todos los corazones puedan reflejar tu belleza, y puedan revelarte, y hablar de Ti, y que todas las cosas creadas exhiban las muestras de tu muy augusta soberanía, y viertan el esplendor de la luz de tu muy santa autoridad, y para que todos los que están en los cielos y en la tierra loen y magnifiquen tu unidad, y Te rindan gloria, por haberles manifestado tu Ser por medio de Aquel Quien es el Revelador de tu unicidad.
Despoja, entonces, a tus siervos, oh mi Dios, de la vestidura del yo y del deseo, o concede que los ojos de tu pueblo puedan ser elevados a tales alturas, que nada disciernan en sus deseos salvo el ligero movimiento de las suaves brisas de tu eterna gloria, y nada puedan reconocer en su propio ser, que no sea la revelación de tu propio misericordioso Ser, para que la tierra y todo lo que en ella existe, sea limpiada de cuanto es ajeno a Ti, o de cualquier cosa que manifieste algo que no sea tu propio Ser. Todo esto puede ser cumplido en toda la extensión de tu dominio por tu palabra imperativa: ¡"Sé", y es! Y aún más pronto que ello; mas, con todo, la gente no entiende.
¡Glorificado, inmensamente glorificado eres Tú, oh mi Amado! ¡Juro por tu gloria! Reconozco en este mismo momento que Tú has concedido todo lo que Te he suplicado, en esta bendita noche, la cual, como Tú lo has decretado, trae a la memoria a Aquel Quien era el Compañero de tu belleza y el Contemplador de tu rostro, antes de que hubiese sido mencionado por Ti, o llamado a la existencia dentro de la corte de tu santidad. Percibo que Tú has hecho que todas las cosas sean las manifestaciones de tu mandato, y las revelaciones de tu obra, y los repositorios de tu conocimiento, y los tesoros de tu sabiduría. Reconozco, además, que si alguna de las revelaciones de tus nombres y tus atributos, aunque fiera del peso de un grano de mostaza, fuese rehusada a cualquier cosa que ha sido creada por tu poder y engendrada por tu fuerza, los cimientos de tu sempiterna obra se volverían con ello incompletos, y las gemas de tu Divina Sabiduría se tornarían imperfectas. Pues las letras de la negación, por muy lejos que estén apartadas de las santas fragancias de tu conocimiento, y por mucho que lleguen a olvidarse de los maravillosos esplendores de la naciente luz de tu belleza, los cuales son derramados desde el cielo de tu majestad, deben necesariamente existir en tu reino, para que con ello las palabras que Te afirman sean exaltadas.
¡Tu poder me lo atestigua, oh mi Bienamado! La creación entera ha sido llamada a la existencia para exaltar tu triunfo y establecer tu ascendiente, y todos los límites que han sido fijados por Ti no son sino los signos de tu soberanía, y proclaman la fuerza de tu poder. ¡Cuán grandes, cuán verdaderamente grandes son las revelaciones de tu maravilloso poder en todas las cosas! Ellas son tales, que las más humildes de entre tus criaturas han sido convertidas por Ti en la manifestación de tu muy augusto atributo, y la más despreciable muestra de tu obra ha sido escogida como un recipiente de tu poderosísimo nombre. La pobreza, conforme a lo decretado por Ti, ha sido hecha el medio para la revelación de tu riqueza; y la humillación, un sendero conducente a tu gloria; y el pecado, un motivo para el ejercicio de tu perdón. Por ellos, Tú has demostrado qué propios de Ti son tus muy excelentes títulos, y a Ti pertenecen las maravillas de tus exaltadísimos atributos.
Ya que Tú has propuesto, oh mi Dios, hacer que todas las cosas creadas entren en el tabernáculo de tu trascendente gracia y favor, y esparcir sobre la creación entera las fragancias del atavío de tu gloriosa unidad, y considerar a todas las cosas con los ojos de tu munificencia y tu unicidad, Te suplico, por tanto, por tu amor, el cual has hecho que sea el móvil de las revelaciones de tu eterna santidad, y la llama que arde dentro de los corazones de aquellas de tus criaturas que Te anhelan, que crees, en este mismo momento, para aquellos de entre tu pueblo que están plenamente dedicados a Ti, y para aquellos de tus amados que Te aman, de la esencia de tu munificencia y tu generosidad, y del íntimo espíritu de tu gracia y tu gloria, tu Paraíso de trascendente santidad, y que lo exaltes por encima de todo fuera de Ti, y que lo santifiques de cualquier cosa que no seas Tú mismo. Crea, además, dentro de él, oh mi Dios, de las luces derramadas por tu trono, doncellas que entonen las melodías de tu maravillosa y dulcísima invención, para que puedan magnificar tu nombre con palabras tales como no han sido oídas por ninguna de tus criaturas, ya sean los moradores de tu cielo o los habitantes de tu tierra, ni comprendidas por nadie de tu pueblo. Abre, entonces, las puertas de este Paraíso a la faz de tus amados, para que quizá entren en ellas en tu nombre, y por el poder de tu soberanía, para que con ello sean perfeccionadas las soberanas dádivas concedidas por Ti a tus elegidos, y los trascendentes dones otorgados a tus fiduciarios, para que puedan exaltar tus virtudes con tales melodías como nadie puede entonar o describir, y para que nadie de entre tu pueblo pueda concebir la intención de aparecer bajo el disfraz de alguno de tus escogidos. P de emular el ejemplo de tus amados, y para que nadie deje de discernir entre tus amigos y tus enemigos, o distinguir a aquellos que están consagrados a Ti, de quienes obstinadamente se oponen a Ti. Potente eres Tú para hacer tu voluntad, y poderoso y supremo eres por sobre todas las cosas.
Exaltado, inmensurablemente exaltado eres Tú, oh mi Amado, por encima de los esfuerzos de cualquiera de tus criaturas, por muy docta que fuere, para conocerte; exaltado, inmensurablemente exaltado eres Tú por sobre toda humana tentativa, no importa cuán cabal, de describirte. Pues el más elevado pensamiento de los hombres, por muy profunda que sea su contemplación, ni puede jamás remontarse por encima de las limitaciones impuestas a tu creación, ni ascender más allá del estado del mundo contingente, ni quebrantar los límites que irrevocablemente le han sido fijados por Ti. ¿Cómo puede, entonces, una cosa que ha sido creada por tu voluntad que rige a la creación entera, una cosa que es ella misma una parte del mundo contingente, tener el poder para encumbrarse hasta la santa atmósfera de tu conocimiento, o alcanzar la sede de tu trascendente poder?
Elevado, inmensurablemente elevado eres Tú por encima de los esfuerzos de la criatura evanescente, por remontarse al trono de tu eternidad, o los de los pobres y miserables, por alcanzar la cima de tu gloria que todo lo satisface. Desde la eternidad Tú mismo describiste a tu Ser, tu propio Ser, y ensalzaste en tu propia Esencia, tu Esencia a tu Esencia. ¡Juro por tu gloria, oh mi Bienamado! ¿Quién existe, además de Ti, que pueda sostener que Te conoce, y quién, aparte de Ti mismo, puede hacer apropiada mención de Ti? Tú eres Aquel Quien desde la eternidad habitó en tu dominio, en la gloria de tu trascendente unidad y en los esplendores de tu santa magnificencia. Si alguien, a excepción de Ti, fuese considerado digno de mención, en todos los reinos de tu creación, desde los elevadísimos dominios de inmortalidad hasta el plano de este mundo inferior, ¿cómo podría entonces demostrarse que Tú estás establecido en el trono de tu unidad, y cómo podrían glorificarse las maravillosas virtudes de tu unicidad y tu singularidad?
Atestiguo, en este momento, lo que Tú atestiguaste para tu propio Ser, antes de que hubieses creado los cielos y la tierra; de que Tú eres Dios y que no existe otro Dios fuera de Ti. Desde siempre, a través de las manifestaciones de tu poder, Tú has sido poderoso para revelar los signos de tu poder, y siempre, mediante las Auroras de tu conocimiento, has dado a conocer las palabras de tu sabiduría. Nadie, fuera de Ti, ha sido jamás encontrado digno de ser mencionado ante el Tabernáculo de tu unidad, y nadie, fuera de Ti mismo, ha probado que es capaz de ser alabado dentro de la santificada corte de tu unicidad.
Loor a Ti, oh mi Dios, Quien has revelado tus favores y tus dádivas; y gloria a Ti, oh mi Amado, Quien has manifestado el Sol de tu amorosa bondad y tu tierna misericordia. Mis gracias a Ti son tales, que pueden dirigir los pasos del extraviado hacia los esplendores de la luz matinal de tu guía, y permitir que aquellos que Te anhelan alcancen la sede de la revelación de la efulgencia de tu belleza. Mis gracias a Ti son tales, que pueden hacer acercarse al enfermo a las aguas de tu curación, y pueden ayudar a aquellos que están lejos de Ti a aproximarse a la fuente viviente de tu presencia. Mis gracias a Ti son tales, que pueden despojar a los cuerpos de tus siervos de las vestiduras de mortalidad y humillación, y ataviarlos con los mantos de tu eternidad y tu gloria, y conducir a los pobres hacia las orillas de tu santidad y tu todo suficiente riqueza. Mis gracias a Ti son tales, que pueden permitir a la Paloma Celestial proclamar, desde las ramas del Árbol del Loto de la Inmortalidad, su canto: "Verdaderamente, Tú eres Dios. No existe otro Dios fuera de Ti. Desde la eternidad has sido exaltado por encima de la alabanza de cosa alguna salvo Tú, y has permanecido muy por encima de la descripción de nadie excepto Tú mismo". Mis gracias a Ti son tales, que pueden hacer que el Ruiseñor de gloria haga fluir su melodía en el altísimo cielo: "'Alí (el Báb), en verdad, es tu siervo, a Quien Tú has señalado entre tus Mensajeros y tus Escogidos, y has hecho que sea la Manifestación de Ti mismo en todo lo que pertenece a Ti, y concierne a la revelación de tus atributos y las evidencias de tus nombres". Mis gracias a Ti son tales, que pueden incitar a todas las cosas a ensalzarte, y a glorificar tu Esencia, y pueden desatar la lengua de todos los seres para magnificar la soberanía de tu belleza. Mis gracias a Ti son tales, que pueden llenar los cielos y la tierra con los signos de tu trascendente Esencia, y ayudar a todas las cosas creadas a entrar en el Tabernáculo de tu cercanía y tu presencia. Mis gracias a Ti son tales, que pueden hacer que todas las cosas creadas sean un libro que Te hable a Ti, y un rollo que exprese su alabanza a Ti. Mis gracias a Ti son tales, que pueden establecer a las Manifestaciones de tu soberanía en el trono de tu autoridad, y sentar a los Exponentes de tu gloria en la sede de tu Divinidad. Mis gracias a Ti son tales, que pueden hacer que el árbol pútrido dé frutos sanos mediante los santos hálitos de tus favores, y revivir los cuerpos de todos los seres con las suaves brisas de tu trascendente gracia. Mis gracias a Ti son tales, que pueden hacer que desciendan desde el cielo de tu santa unidad, los signos de tu exaltada singularidad. Mis gracias a Ti son tales, que pueden enseñar a todas las cosas las realidades de tu conocimiento y la esencia de tu sabiduría, y no habrán de apartar a las miserables criaturas de las puertas de tu misericordia y tu munífico favor. Mis gracias a Ti son tales, que pueden permitir a todos los que están en los cielos y en la tierra prescindir de todas las cosas creadas, mediante los tesoros de tu todo suficiente riqueza, y pueden ayudar a todas las cosas creadas a alcanzar la cumbre de tus omnipotentes favores. Mis gracias a Ti son tales, que pueden asistir a los corazones de tus ardientes amantes a remontarse en la atmósfera de la cercanía a Ti, u del anhelo por Ti, y encender la Luz de las Luces dentro de la tierra de 'Iráq. Mis gracias a Ti son tales, que pueden desprender a aquellos que están cerca de Ti de todas las cosas creadas, y atraerles al trono de tus nombres y tus atributos. Mis gracias a Ti son tales, que pueden hacer que perdones todos los pecados y transgresiones, y llenes las necesidades de los pueblos de todas las religiones, y viertas las fragancias del perdón de la creación entera. Mis gracias a Ti son tales, que pueden permitir a aquellos que han reconocido tu unidad, escalar las alturas de tu amor, y hacer que quienes están dedicados a Ti asciendan al Paraíso de tu presencia. Mis gracias a Ti son tales, que pueden satisfacer los anhelos de todos aquellos que Te buscan y realizar los objetivos de quienes Te han reconocido. Mis gracias a Ti son tales, que pueden borrar de los corazones de los hombres toda sugerencia de limitación, e inscribir los signos de tu unidad. Mis gracias a Ti son tales, como aquellas con las cuales Tú, desde la eternidad, glorificaste tu propio Ser, y los exaltaste por encima de todo par, rival o comparación, ¡oh Tú en cuyas manos están los cielos de la gracia y munificencia, y los reinos de la gloria y majestad!
¡Loado sea tu nombre, oh Señor mi Dios, y mi Maestro! Tú atestiguas, y ves, y conoces, las cosas que les han sucedido a tus amados en tus días, y las continuas pruebas, y las sucesivas tribulaciones, y las incesantes aflicciones que han sido enviadas a tus elegidos. Tal ha sido su situación que la tierra se volvió estrecha para ellos, y fueron rodeados por las evidencias de tu ira y los signos de tu temor en cada país, y les fueron cerradas las puertas de tu misericordia y bondad, y el jardín de sus corazones fue privado de las anegantes lluvias de tu gracia y tus muníficos favores. ¿Rehusarás, oh mi Dios, a aquellos que Te aman, las maravillas de tu ascendiente y triunfo? ¿Frustrarás, oh mi Amado, las esperanzas que aquellos quienes están dedicados a Ti, han puesto en tus múltiples dádivas y dones? ¿Apartarás, oh mi Maestro, a aquellos que Te han reconocido, de las orillas de tu santificado conocimiento, o cesarás de derramar sobre los corazones de quienes Te desean, las lluvias de tu trascendente gracia? ¡No, no y esto tu gloria me lo atestigua! Testifico en este mismo momento que tu misericordia ha sobrepasado a todas las cosas creadas, y tu amorosa bondad ha rodeado a todos los que están en el cielo y a todos los que están en la tierra. Desde la eternidad, las puertas de tu generosidad han estado abiertas a la faz de tus siervos, y las suaves brisas de tu gracia han sido infundidas sobre los corazones de tus criaturas, y las anegantes lluvias de tu munificencia han sido derramadas sobre tu pueblo y los moradores de tu dominio.
Sé muy bien que Tú has demorado en manifestar tu triunfo en el reino de la creación, en virtud de tu conocimiento que abarca tanto los misterios de tu decreto, como las cosas ocultas ordenadas detrás de los velos de tu irrevocable propósito, para que de este modo aquellos quienes han entrado en la sombra de tu trascendente misericordia, sean separados de quienes han procedido desdeñosamente contigo, habiéndose apartado de tu presencia en el momento en que Tú manifestaste tu muy exaltada Belleza.
¡Exaltado, inmensurablemente exaltado eres Tú, por tanto, oh mi Amado! Puesto que Tú has dividido, en tu reino, a tus amados de tus enemigos, y has perfeccionado tu muy importante testimonio y tu más infalible Prueba para todos los que están en el cielo y en la tierra, ten misericordia, entonces, de aquellos quienes han sido humillados en tu tierra, en razón de lo que les ha acontecido en tu sendero. Exáltalos, entonces, oh mi Dios, por medio de la fuerza de tu poder y la potencia de tu voluntad, y levántalos a proclamar tu Causa mediante tu Omnipotente soberanía y propósito.
¡Juro por tu gloria! Mi único objetivo al exponer tu ascendiente ha sido glorificar tu Causa y magnificar tu palabra. Estoy convencido de que si Tú demorases en hacer descender tu victoria y demostrar tu fuerza, los signos de tu soberanía, ciertamente, perecerían en tu tierra, y las señales de tu autoridad serían borradas en toda la extensión de tu dominio.
Mi pecho está agobiado, oh mi Dios, y los dolores y las vejaciones me han rodeado, pues oigo entre tus siervos toda alabanza excepto tu maravillosa alabanza, y contemplo entre tu pueblo las evidencias de todas las cosas, excepto las evidencias de lo que Tú les has prescrito por tu mandato, y destinado para ellos mediante tu soberana voluntad, y ordenado para ellos por tu imperativo decreto. Se han desviado tan lejos de Ti, que si alguno de tus amados les entregara las maravillosas señales de tu unidad, y las preciosas expresiones que atestiguan tu trascendente unicidad, ellos introducirían sus dedos en sus oídos y le pondrían reparos y se burlarían de él. Todo esto Tú lo has ordenado mediante tu soberanía que todo lo abarca, y previsto mediante tu omnipotente supremacía.
¡Glorificado, inmensamente glorificado eres Tú, oh mi Maestro! Observa, pues, los corazones que en su amor por Ti, han sido traspasados por los dardos de tus enemigos, y las cabezas que han sido portadas en lanzas por la exaltación de tu Causa y la glorificación de tu nombre. Ten piedad, entonces, de aquellos corazones que han sido consumidos por el fuego de tu amor, y alcanzados por tales tribulaciones como las que Tú solamente conoces.
¡Toda alabanza y honor a Ti, oh mi Dios! Tú bien conoces las cosas que, durante una veintena de años, han sucedido en tus días, y han continuado sucediendo hasta esta hora. Ningún hombre puede estimar, ni lengua alguna narrar, lo que ha sucedido a tus escogidos en todo esto tiempo. Ellos no pudieron obtener amparo, ni encontrar refugio alguno donde permanecer a salvo. Convierte, entonces, oh mi Dios, su temor, en las evidencias de tu paz y de tu seguridad; y su humillación, en la soberanía de tu gloria; y su pobreza, en tu todo suficiente riqueza; y su angustia, en las maravillas de tu perfecta tranquilidad. Otórgales las fragancias de tu poder y tu misericordia, y has descender sobre ellos, desde tu maravillosa bondad, lo que les permita prescindir de todo salvo de Ti, y desprenderse de cualquier cosa fuera de Ti, para que la soberanía de tu unicidad sea revelada, y la supremacía de tu gracia y tu munificencia sean demostradas.
¿No considerarás, oh mi Dios, las lágrimas que han vertido tus amados? ¿No Te apiadarás, oh mi Bienamado, de los ojos que han sido ofuscados debido a su separación de Ti, y por la cesación de los signos de tu victoria? ¿No mirarás, oh mi Maestro, los corazones donde ha batido las alas la paloma del anhelo y el amor por Ti? ¡Por tu gloria! Las cosas han llegado a tal extremo, que la esperanza ha sido casi relegada de los corazones de tus escogidos, y están a punto de apoderarse de ellos los hálitos de la desesperación, en razón de lo que les ha acontecido en tus días.
Mírame, entonces, oh mi Dios, cómo he huido de mí mismo hacia Ti, y he abandonado mi propio ser para alcanzar los esplendores de la luz de tu Ser, y he dejado todo lo que me aparta de Ti y me hace descuidado de Ti, a fin de inhalar las fragancias de tu presencia y tu recordación. Observa cómo he hollado el polvo de la ciudad de tu perdón y tu munificencia, y he habitado dentro de los recintos de tu trascendente misericordia, y Te he suplicado, mediante la soberanía de Aquel Quien es tu Recuerdo, y Quien ha aparecido en el manto de tu muy pura y muy augusta Belleza, que hagas descender sobre tus amados, en el curso de este año, lo que les permita prescindir de cualquier excepto de Ti, y los libere para que reconozcan las evidencias de tu soberana voluntad e irresistible propósito, de modo tal que busquen solo lo que Tú quisiste para ellos por tu mandato, y no deseen nada sino lo que Tú deseaste para ellos por tu voluntad. Santifica, entonces, sus ojos, oh mi Dios, para que vean la luz de tu Belleza, y purifica sus oídos para que escuchen las melodías de la Paloma de tu trascendente unicidad. Colma, entonces, sus corazones con las maravillas de tu amor, y protege sus lenguas para que no mencionen a nadie fuera de Ti, y guarda sus rostros de volverse a nada que no seas Tú. Potente eres Tú para hacer lo que Te place. Tú, verdaderamente, eres el Todopoderoso, el que Ayuda en el Peligro, Quien Subsiste por Sí Mismo.
Protege, además, oh mi Amado, por medio de tu amor por ellos y a través del amor que ellos Te profesan, a este siervo, quien lo ha sacrificado todo por Ti, y ha empleado cuanto Tú le has otorgado en el sendero de tu amor y tu complacencia, y presérvalos de todo lo que Tú aborreces, y de cuanto le impida entrar en el Tabernáculo de tu santa soberanía, y alcanzar la sede de tu trascendente unicidad. Cuéntale, entonces, oh mi Dios, entre aquellos que no han permitido que nada los disuada de contemplar tu belleza, o de meditar sobre las maravillosas evidencias de tu eterna obra, para que no se asocie con nadie salvo contigo, y no se vuelva a nada que no seas Tú mismo, y no descubra en lo que ha sido creado por Ti en los reinos de la tierra y del cielo, nada sino tu maravillosa Belleza y la revelación de los esplendores de tu rostro, y sea tan inmerso en los ondulantes océanos de tu imperiosa providencia y en los agitados mares de tu santa unidad, que olvide toda mención salvo la mención de tu trascendente unicidad, y destierre de su alma los vestigios de todas las malas sugerencias, ¡oh Tú en cuyas manos están los reinos de todos los nombres y atributos!
¡Loado sea tu nombre, oh Tú Quien eres el Objeto de mi deseo! ¡Juro por tu gloria! Cuán grande es mi anhelo por llegar a un desprendimiento tan completo que si se presentasen delante de mí aquellos semblantes que están ocultos en los aposentos de la castidad, cuya belleza Tú velaste a los ojos de la creación entera y cuyos rostros santificaste de la mirada de todos los seres, y si se revelasen en toda la gloria de los esplendores de tu incomparable belleza, rehusaría considerarlos, y los miraría con el solo propósito de discernir los misterios de tu obra, los cuales han dejado perplejas las mentes de aquellos que se han acercado a Ti, y han infundido temor reverente a todas las almas que Te han reconocido. Me remontaría, por tu fuerza y tu poder, a tales alturas que nada en absoluto tendría la capacidad de apartarme de las múltiples evidencias de tu trascendente dominio, ni designio terrenal alguno podría excluirme de las manifestaciones de tu Divina Santidad.
¡Glorificado, inmensamente glorificado eres Tú, oh mi Dios, y mi Amado, y mi Maestro, y mi Deseo! No destruyas las esperanzas de este humilde ser, de alcanzar las orillas de tu gloria, ni prives a esta miserable criatura de las inmensidades de tu riqueza, ni arrojes a este suplicante de las puertas de tu gracia, y de tu munificencia, y de tus dones. Ten misericordia, entonces, de esta pobre y desolada alma que no ha buscado amigo sino Tú, ni compañero excepto Tú, ni consolador salvo Tí, ni amado fuera de Ti, ni ha acariciado deseo alguno sino a Ti mismo.
Vuelve, entonces, hacia mí, oh mi Dios, la mirada de tu misericordia, y perdona mis transgresiones de aquellos que Te son queridos, y que se interponen entre nosotros y las revelaciones de tu triunfo y tu gracia. Cancela, además, nuestros pecados, los cuales han excluido a nuestros rostros de los esplendores del Sol de tus favores. Poderoso eres Tú para hacer tu voluntad. Tú ordenas lo que deseas, y no se Te inquiere lo que Tú deseas a través del poder de tu soberanía, ni pueden ser frustrado en aquello que Tú prescribes mediante tu irrevocable decreto. No existe otro Dios sino Tú, el Omnipotente, el Más Poderoso, el Siempre Viviente, el Más Compasivo.


1 La Rama Más Pura.
2 El Báb.
3 Moisés.
4 Jesús.
5 Mu¥ammad.
6 Los Días de Há, Días Intercalares.
7 Muhammad.
8 Mírzá Ya¥yá.
9 Los Afnán.
10 Baghdád.
11 Mírzá Ya¥yá.
12 Jesús.
13 Si se refiere a una mujer se dirá: "Esta es tu sierva y la hija de tu sierva..."
14 N.del E. Esta oración es para el funeral bahá'í. En la Sinopsis y Codificación del Kitáb-i-Aqdas dice: "Es la única oración obligatoria bahá'í que se debe recitar colectivamente; la debe recitar un creyente mientras todos los presentes permanecen de pie. Cuando se recita esta oración, no se exige que se mire hacia el Qiblih".
15 Debe recitarse una vez cada veinticuatro horas, entre el mediodía y la puesta del sol
16 Para recitar diariamente: por la mañana, al mediodía y al atardecer.
17 Alláh'u'Abhá.
18 Sé: "sea", "hágase" (la palabra creadora de Dios).
19 Ha de recitarse una vez cada veinticuatro horas.
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Gebete und Meditationen á Bahá’u’lláh á Bahá'í Verlag GmbH, Auflage 4.03 (O-2021-06-12)

Gebete und Meditationen
Bahá’u’lláh

1

Verherrlicht bist Du, o Herr mein Gott! Jeder Einsichtige bekennt Deine unumschränkte Gewalt und Deine Herrschaft, und jedes scharfsichtige Auge erkennt die Größe Deiner Majestät und die bezwingende Kraft Deiner Macht. Die Winde der Prüfungen können niemanden, der sich Deiner Nähe erfreut, daran hindern, sein Angesicht dem Horizont Deiner Herrlichkeit zuzuwenden, und die Stürme der Heimsuchung vermögen die Deinem Willen völlig Ergebenen nicht davon abzuhalten, sich Deinem Hofe zu nähern.
Mich dünkt, die Fackel Deiner Liebe brennt in ihren Herzen, und das Licht Deiner Güte ist in ihrer Brust entzündet. Kein Unglück kann sie Deiner Sache entfremden, und kein Wechselfall des Schicksals läßt sie von Deinem Wohlgefallen abirren.
Ich flehe Dich an, o mein Gott, bei ihnen und den Seufzern, die sich ihren Herzen in ihrer Trennung von Dir entringen, bewahre sie vor dem Unheil Deiner Feinde, und nähre ihre Seelen mit dem, was Du für Deine Geliebten bestimmt hast, über die keine Angst und kein Kummer kommen soll.

2

Preis sei Dir, o Herr mein Gott! Ich flehe Dich an bei Deinen Zeichen, welche die ganze Schöpfung umfangen, bei dem Lichte Deines Antlitzes, das alles erleuchtet, was im Himmel und auf Erden ist, bei Deinem Erbarmen, das alles Erschaffene übertrifft, und bei Deiner Gnade, die das ganze Weltall erfüllt, zerreiße die Schleier, die mich von Dir trennen, auf daß ich zum Urquell Deiner machtvollen Eingebungen eile, zum Morgen Deiner Offenbarung und großmütigen Gunst, und eintauche in das Meer Deiner Nähe und Deines Wohlgefallens.
Laß es nicht zu, o mein Herr, daß ich in Deinen Tagen Deiner Erkenntnis beraubt bin, und nimm den Mantel Deiner Führung nicht von mir. Gib mir zu trinken aus dem Strome, der wahrhaftiges Leben ist, dessen Wasser dem ParadieseA1 entströmen, darinnen der Thron Deines Namens, der Allbarmherzige, errichtet ward – auf daß meine Augen geöffnet, mein Angesicht strahlend, mein Herz fest, meine Seele erleuchtet und meine Schritte standhaft werden.
Du bist es, der seit Urbeginn durch die Kraft Seiner Macht über alle Dinge erhöht war und durch das Wirken Seines Willens alles befehlen konnte. Nichts in Deinem Himmel und auf Deiner Erde kann Deinen Ratschluß vereiteln. So erbarme Dich meiner, o mein Herr, durch Deine gnädige Vorsehung und Großmut, und lasse meine Ohren den süßen Weisen lauschen, welche die Vögel auf den Zweigen des Baumes Deiner Einheit Dir zum Lobe singen.
Du bist der große Geber, der Immervergebende, der Mitleidvollste.

3

Verherrlicht bist Du, o Herr mein Gott! Ich flehe Dich an bei Ihm, der Dein Größter Name ist, der tief betrübt wird von solchen Deiner Geschöpfe, die Deine Wahrheit verwerfen, der von Leiden umzingelt ist, die keine Zunge beschreiben kann, laß mich Deiner gedenken und Dein Lob feiern in diesen Tagen, da alle sich von Deiner Schönheit abwenden, mit Dir hadern und sich vom Offenbarer Deiner Sache verächtlich abkehren. Niemand, o mein Herr, steht Dir bei außer Deinem eigenen Selbst, und keine Macht kommt Dir zu Hilfe denn Deine eigene.
Ich bitte Dich, gib mir die Kraft, standhaft an Deiner Liebe und Deinem Gedenken festzuhalten. Dies steht wahrlich in meiner Macht, und Du allein weißt alles, was in mir ist. Du bist wahrhaftig wissend, von allem wohlunterrichtet. Beraube mich nicht, o mein Herr, des Strahlenglanzes Deines Angesichtes, dessen Helle die ganze Welt erleuchtet. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Gewaltigsten, dem Allherrlichen, dem Immervergebenden.

4

Gerühmt sei Dein Name, o Herr mein Gott! Du bist es, den alle Dinge anbeten und der selbst niemanden anbetet, der Herr über alle Dinge und niemandem untertan ist, der alle Dinge kennt und von niemandem erkannt wird. Du wünschtest, Dich den Menschen bekannt zu machen, darum hast Du durch ein Wort Deines Mundes die Schöpfung werden lassen und das Weltall geformt. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Bildner, dem Schöpfer, dem Allmächtigen, dem Allgewaltigen.
Ich flehe Dich an bei eben diesem Wort, das vom Horizonte Deines Willens hervorleuchtet, mache mich fähig, in tiefen Zügen von den Lebenswassern zu trinken, mit denen Du die Herzen Deiner Auserwählten belebst und die Seelen derer erquickest, die Dich lieben, damit ich mein Angesicht allezeit, in jeder Lage, völlig Dir zuwende.
Du bist der Gott der Macht, der Herrlichkeit und Gnadenfülle. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem höchsten Herrscher, dem Allherrlichen, dem Allwissenden.

5

Gelobt sei Dein Name, o mein Gott! Du siehst mich in den Krallen meiner Unterdrücker. Wende ich mich zur Rechten, so höre ich die Klagen Deiner Geliebten, eingekerkert von den Ungläubigen, weil sie an Dich und Deine Zeichen glauben und ihre Blicke dem Horizonte Deiner Gunst und Gnade zuwenden. Und wende ich mich zur Linken, so höre ich die Boshaften lärmen, die nicht an Dich und Deine Zeichen glauben, sondern sich beharrlich mühen, Deiner Lampe Licht zu löschen, das den Glanz Deines Selbstes verbreitet über alle, die in Deinem Himmel und auf Deiner Erde sind.
Die Herzen Deiner Auserwählten sind dahingeschmolzen ob ihrer Trennung von Dir, o mein Herr, und die Seelen Deiner Geliebten sind verzehrt vom Feuer ihrer Sehnsucht nach Dir in Deinen Tagen. Ich flehe Dich an, o Du Schöpfer der Himmel, Du Herr aller Namen, bei Deinem strahlendsten Selbste und bei Deinem erhabensten, allherrlichen Gedenken, sende auf Deine Geliebten hernieder, was sie Dir näherbringt, und befähige sie, Deiner Rede zu lauschen.
Zerreiße mit der Hand Deiner überragenden Macht den Schleier eitlen Wahns, o mein Herr, damit die Dir ganz Ergebenen Dich erblicken, sitzend auf dem Throne Deiner Majestät, und damit die Augen derer, die Deine Einheit anbeten, sich am herrlichen Glanz Deines Antlitzes freuen. Verschlossen sind die Tore der Hoffnung vor den Herzen derer, die nach Dir sich sehnen, o mein Herr! Die Schlüssel sind in Deiner Hand; so öffne diese Tore durch die Kraft Deiner Macht und Souveränität. Mächtig bist Du zu tun, was Du willst. Du bist wahrlich der Allmächtige, der Mildtätige.

6

Preis sei Dir, o Herr mein Gott! Ich schwöre bei Deiner Macht! Eine Trübsal nach der anderen hat die Feder des Höchsten abgehalten, das offenzulegen, was vor den Augen Deiner Geschöpfe verborgen ist, und unaufhörliche Prüfungen haben die Zunge des Göttlichen Gesetzgebers gehindert, die Wunder Deiner Verherrlichung und Deines Lobpreises zu künden. Mit stammelnder Zunge rufe ich deshalb zu Dir, o mein Gott, und mit dieser meiner gepeinigten Feder mühe ich mich, Deines Namens zu gedenken.
Gibt es einen Einsichtigen, o mein Gott, der Dich mit Deinen eigenen Augen schauen kann, und wo ist der Dürstende, der sein Angesicht den Lebenswassern Deiner Liebe zuzuwenden vermag? In meinem Herzen, o mein Gott, habe ich die Erinnerung an alles außer Dir getilgt und ihm die Geheimnisse Deiner Liebe eingeprägt. Deine Macht ist mein Zeuge! Gäbe es keine Leiden, wie wären dann die Gefestigten von den Zweiflern unter Deinen Dienern zu unterscheiden? Wer trunken ist vom Weine Deiner Erkenntnis, eilt wahrlich jeder Widrigkeit entgegen in seiner Sehnsucht, Deine Gegenwart zu erreichen. Ich flehe Dich an, o Du Geliebter meines Herzens, Du Angebeteter meiner Seele, schütze alle, die mich lieben, vor der blassesten Spur übler, verderbter Wünsche. Sodann versorge sie mit dem Guten dieser Welt und der künftigen.
Du bist es wahrlich, dessen Gunst sie rechtleitet und der sich als den Allbarmherzigen verkündet. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Allherrlichen, dem Höchsten Helfer.

7

Preis sei Dir, o Herr mein Gott! Ich flehe Dich an bei dieser Offenbarung, durch die Finsternis in Licht verwandelt, der Vielbesuchte Tempel errichtet, die Beschriebene Tafel offenbart und die Entfaltete Schriftrolle enthüllt wurde, sende hernieder auf mich und alle, die mit mir sind, was uns befähigt, in die Himmel Deiner höchsten Herrlichkeit aufzusteigen, und was uns rein macht vom Makel solcher Zweifel, wie sie die Mißtrauischen abhalten, das Zelt Deiner Einheit zu betreten.
O mein Herr! Ich habe das Seil Deiner Güte ergriffen und halte mich fest am Saume Deiner Gnade und Gunst. Bestimme Du für mich und meine Lieben das Gute dieser und der zukünftigen Welt. Beschenke sie dann mit der Verborgenen Gabe, die Du für die Auserwählten unter Deinen Geschöpfen bestimmt hast.
Dies sind die Tage, o mein Herr, da Du Deinen Dienern das Fasten gebotest. Selig ist, wer das Fasten einhält ganz um Deinetwillen und in völliger Loslösung von allem außer Dir. Hilf mir und hilf ihnen, o mein Herr, Dir zu gehorchen und Deine Gebote zu halten. Du hast wahrlich die Macht zu tun, was Du willst.
Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Allwissenden, dem Allweisen. Aller Preis sei Gott, dem Herrn aller Welten.

8

Verherrlicht sei Dein Name, o Herr mein Gott! Du siehst meine Wohnstatt und den Kerker, darin ich schmachte, und die Leiden, die ich erdulde. Bei Deiner Macht! Keine Feder kann sie beschreiben, und keine Zunge kann sie aufzählen. Ich weiß nicht, o mein Gott, weshalb Du mich Deinen Widersachern überlassen hast. Deine Herrlichkeit ist mein Zeuge! Ich gräme mich nicht um die Plagen, die ich aus Liebe zu Dir ertrage, und die Trübsale, die mich auf Deinem Pfade überkommen, verwirren mich nicht. Eher grämt es mich, daß Du zögerst zu erfüllen, was Du auf den Tafeln Deiner Offenbarung bestimmt und in den Büchern Deines Geheißes und Deines Urteils geboten.
Mein Blut spricht allezeit zu mir mit den Worten: »O Du, der Du das Abbild des Barmherzigsten bist! Wie lange noch wird es dauern, bis Du mich aus der Kerkerhaft dieser Welt befreist und mich lösest von den Fesseln dieses Lebens? Hast Du mir nicht versprochen, daß Du die Erde mit mir färben und in Deinem Paradies die Angesichter seiner Bewohner mit mir netzen werdest?« Darauf erwidere ich: »Sei du geduldig und beruhige dich! Was du dir wünschest, kann nur eine Stunde währen. Was aber mich betrifft, so trinke ich auf Gottes Pfad ohn Unterlaß vom Kelche Seines Geheißes, und ich wünsche nicht, daß Seines Willens Herrschaft zu wirken aufhöre oder die Leiden enden, die ich für meinen Herrn erdulde, den Erhabensten, den Allherrlichen. Folge du nur meinem Wunsche und entsage dem deinen! Dein Dienst ist nicht, mich zu schützen, sondern mich zu befähigen, fortgesetzte Drangsale zu ertragen und mich auf die Prüfungen vorzubereiten, wie sie mich unabweislich immer wieder heimsuchen müssen. Wehe dem Liebenden, der in der Liebe zu seinem Geliebten einen Unterschied macht zwischen dem Süßen und dem Giftigen! Sei du zufrieden mit dem, was Gott dir bestimmt hat! Wahrlich, Er herrscht über dich, wie Er will und wie es Ihm gefällt. Es gibt keinen Gott außer Ihm, dem Unerreichbaren, dem Höchsten.«

9

Verherrlicht sei Dein Name, o Herr mein Gott! Ich weiß nicht, welcher Art das Wasser ist, daraus Du mich erschaffen, noch das Feuer, das Du in mir entfacht, noch der Lehm, aus dem Du mich geformt. Eines jeden Meeres Unruhe legt sich, nicht aber die Ruhelosigkeit des Weltmeers in mir, das da wogt, wie es die Winde Deines Willens gebieten. Eines jeden Feuers Flamme verlischt, nicht aber die Flamme, welche die Hände Deiner Allmacht entfacht haben und deren Licht Du durch Deines Namens Macht über alle ergießest, die in Deinem Himmel und auf Deiner Erde wohnen. Je schwerer die Heimsuchungen werden, desto heißer wird sie.
Sieh doch, o mein Gott, wie Dein Licht von den anstürmenden Winden Deines Ratschlusses erfaßt wird, wie die Stürme, die von allen Seiten blasen und toben, seinen Glanz nur noch heller erstrahlen lassen. Für all dies seiest Du gelobt.
Bei Deinem Größten Namen und Deiner urewigen Herrschaft flehe ich Dich an, schaue auf Deine Geliebten, deren Herzen heftig erbeben ob der Leiden, die über die Manifestation Deiner selbst gekommen sind. Mächtig bist Du zu tun, was Dir gefällt. Du bist wahrlich der Allwissende, der Allweise.

10

O Du, dessen Antlitz alle anbeten, die nach Dir sich sehnen, dessen Gegenwart alle erhoffen, die Deinem Willen ganz ergeben sind, dessen Nähe alle wünschen, die zu Deinem Hofe streben, dessen Angesicht all jene geleitet, die Deine Wahrheit erkennen, dessen Name die Seelen derer bewegt, die sich nach dem Anblick Deines Antlitzes sehnen, dessen Stimme das wahre Leben ist für die, so Dich lieben, und dessen Worte das Lebenswasser sind für alle im Himmel und auf Erden!
Ich flehe Dich an, bei dem Unrecht, das Du erlitten, und bei dem Bösen, das die Scharen der Übeltäter Dir zufügten, sende aus den Wolken Deiner Gnade auf mich hernieder, was mich rein macht von allem, was Dir nicht zugehört, auf daß ich würdig werde, Dich zu preisen, und fähig, Dich zu lieben.
Versage mir nicht, o mein Herr, was Du für solche Deiner Dienerinnen verordnet hast, die Dich umkreisen, auf die allzeit die Sonne Deiner Schönheit ihre Herrlichkeit und der Glanz Deines Antlitzes seine Lichtesfülle verströmen. Du hilfst seit Urbeginn jedem, der Dich sucht, und bestätigst freigebig jeden, der Dich bittet.
Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Mächtigen, dem Ewigwährenden, dem Allgütigen, dem Großmütigsten.

11

Gelobt sei Dein Name, o Herr mein Gott! Finsternis hat sich auf alle Länder gesenkt, die Kräfte des Unheils umfangen alle Völker. Und doch erkenne ich darin Deiner Weisheit Glanz und Deiner Vorsehung strahlendes Licht.
Die wie durch einen Schleier von Dir getrennt sind, wähnen, sie hätten die Macht, Dein Licht zu löschen, Dein Feuer zu ersticken und die Winde Deiner Gnade zum Schweigen zu bringen. Nein, Deine Macht bezeugt es mir! Wäre nicht jede Drangsal zum Träger Deiner Weisheit, jede Feuerprobe zum Werkzeug Deiner Vorsehung gemacht, niemand wagte es, sich uns zu widersetzen, selbst wenn die Mächte der Erde und des Himmels sich wider uns verbündeten. Wollte ich die wundersamen Geheimnisse Deiner Weisheit enthüllen, die offen vor mir liegen, die Zügel Deiner Feinde würden zerreißen.
Verherrlicht seiest Du darum, o mein Gott! Ich flehe Dich an bei Deinem Größten Namen, versammle alle, die Dich lieben, um das Gesetz, das aus dem Wohlgefallen Deines Willens strömt, und sende auf sie hernieder, was ihre Herzen bestärkt.
Mächtig bist Du zu tun, was Dir gefällt. Du bist wahrlich der Helfer in Gefahr, der Selbstbestehende.

12

Gelobt seiest Du, o Herr mein Gott! Dies ist Dein Diener, der in Deinen Tagen den Wein Deines zarten Erbarmens aus den Händen Deiner Gnade in großen Zügen trinkt und den Duft Deiner Liebe kostet. Ich flehe Dich an bei den Verkörperungen Deiner Namen, die kein Kummer daran hindern kann, sich Deiner Liebe zu erfreuen und Dein Antlitz zu schauen, und die alle Heerscharen der Achtlosen nicht vom Pfade Deines Wohlgefallens abzubringen vermögen – versorge ihn mit dem Guten, das Du besitzest, und erhebe ihn zu solchen Höhen, daß er die Welt nur als einen Schatten betrachtet, der schneller dahinschwindet als ein Augenblick.
Bewahre ihn auch, o mein Gott, durch die Macht Deiner unermeßlichen Majestät vor allem, was Du verabscheust. Du bist wahrlich sein Herr und der Herr aller Welten.

13

Gelobt sei Dein Name, o mein Gott! Du siehst, wie der Sturm der Prüfungen die im Glauben Standhaften erzittern läßt, wie der Versuchung Hauch jene aufrührt, deren Herzen festen Grund gefunden hatten, außer denen, die aus den Händen der Manifestation Deines Namens, der Allerbarmer, des Weines teilhaftig werden, der in Wahrheit Leben ist. Sie kann kein anderes Wort bewegen als Dein höchst erhabenes Wort, sie kann nichts entzücken als der süße Duft vom Gewande Deines Gedenkens, o Du Besitzer aller Namen, Du Schöpfer von Himmel und Erde!
Ich flehe Dich an, o Du geliebter Gefährte Bahás, bei Deinem Namen, der Allherrliche, lasse Deine Diener sicher sein im Flügelschatten Deines allumfassenden Erbarmens, damit die Frevler unter Deinen Geschöpfen, die nicht an Deine Zeichen glauben, ihnen nichts anhaben können mit den Pfeilen böser Einflüsterungen. Niemand auf Erden kann Deiner Macht widerstehen, und keiner im Reich Deiner Namen kann Deinen Ratschluß vereiteln. So tue denn die Macht Deiner höchsten Gewalt und Herrschaft kund und lehre Deine Geliebten, was sich in Deinen Tagen für sie ziemt.
Du bist fürwahr der Allmächtige, der Höchsterhabene, der Allherrliche, der Größte.

14

Aller Preis sei Dir, o mein Gott! Du siehst mich arm und hilflos, Du bist Zeuge meiner Leiden und Prüfungen. Wie lange willst Du mich allein lassen unter Deinen Dienern? Laß mich in Deine Gegenwart aufsteigen! Die Kraft Deiner Macht bezeugt es mir: So schwer sind die Drangsale, die mich umgeben, daß ich unfähig bin, sie vor Deinem Antlitz aufzuzählen. Du allein hast sie durch Deine Erkenntnis gezählt.
Ich flehe Dich an, der Du mein Gefährte bist in meiner Erniedrigung, laß aus den Wolken Deiner Gnade auf Deine Geliebten herabregnen, was sie an Deinem Wohlgefallen ihr Genügen finden läßt und was sie befähigt, sich Dir zuzuwenden und sich loszulösen von allem außer Dir. Verordne ihnen sodann alles Gute, das Du ersonnen und in Deinem Buche vorherbestimmt hast. Du bist wahrlich der Allmächtige, den nichts behindern kann. Von Urbeginn an warst Du mit überragender Größe und Macht, mit unaussprechlicher Majestät und Herrlichkeit bekleidet. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Allmächtigen, dem Allherrlichen, dem Immervergebenden.
Verherrlicht sei Dein Name, o Du, in dessen Hand die Reiche von Erde und Himmel ruhen.

15

O Du, der Du der Herrscher von Erde und Himmel, der Schöpfer aller Namen bist! Du hörst meine klagende Stimme, wie sie aus der Festungsstadt ‘Akká zu Dir aufsteigt, und Du siehst, wie meine gefangenen Freunde in die Hände der Frevler gefallen sind.
Wir sagen Dir Dank, o unser Herr, für alle Leiden, die uns auf Deinem Pfad befallen. O würde doch die Spanne meines Erdenlebens so ausgedehnt, daß es das Leben früherer und künftiger Geschlechter umfaßte, oder gar so verlängert, daß kein Mensch auf dem Antlitz der Erde es ermessen könnte, und würde es dann an jedem Tag, ja zu jedem Augenblick mit neuen Leiden um Deiner Liebe und Deines Wohlgefallens willen erfüllt!
Du weißt aber wohl, o mein Gott, daß mein Wunsch völlig in Deinem Wunsch aufgegangen ist und daß Du unwiderruflich beschlossen hast, meine Seele zu den erhabensten Gemächern Deines Reiches aufsteigen und in die Gegenwart meines ruhmreichen Gefährten gelangen zu lassen.
In Deiner Güte und Gnade rufe mich recht bald heim, o mein Herr, und gieße aus über alle, die Dir teuer sind, was sie nach mir vor Furcht und Zittern bewahrt. Mächtig bist Du zu tun, was Du willst. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Allherrlichen, dem Allweisen.
Du siehst, o mein Herr, wie Deine Diener Heim und Herd verlassen haben in ihrer Sehnsucht, Dir zu begegnen, und wie die Frevler sie hindern, zu Deinem Antlitz aufzublicken und Deiner Hoheit Heiligtum zu umkreisen. Laß sie in Dir standhaft werden und schenke ihnen Deinen Frieden, o mein Herr! Du bist wahrlich der Immervergebende, der Mitleidvollste.

16

Preis sei Dir, o Herr mein Gott! Du siehst meine Tränen und meinen Jammer und hörst mein Seufzen, Weinen und schmerzliches Klagen. Ich bin es, o mein Herr, der sich festhält am Seil Deines Erbarmens, welches die ganze Schöpfung überragt. Ich klammere mich an den Saum Deiner Güte, o Du, in dessen Hand das Reich der Namen liegt.
Erbarme Dich meiner und aller, die mir nahestehen, durch die Wunder Deiner Gnade und Macht. Beschirme uns alsdann vor dem Unheil Deiner Feinde und stehe uns bei, Deinem Glauben zu helfen, Deine Sache zu schützen und Deine Herrlichkeit zu preisen. Du bist wahrlich Er, der seit Urbeginn auf den unzugänglichen Höhen Seiner Einheit wohnt und immerdar der gleiche sein wird. Nichts entgeht Deinem Wissen, nichts kann Deinen Plan vereiteln. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Allmächtigen, dem Immergetreuen, dem Erhabensten, dem Allherrlichen, dem Meistgeliebten.
Gelobt und verherrlicht seiest Du, in dessen Hand das Reich aller Dinge liegt.

17

Verherrlicht sei Dein Name, o Gott, Du Herr des Himmels! Schmücke mein Haupt mit der Krone des Martyriums, so wie Du meinen Leib mit dem Schmuck der Prüfungen ausgezeichnet hast vor allen, die in Deinem Lande wohnen. Gestatte auch denen, deren Herzen nach Dir sich sehnen, dem Horizonte Deiner Gnade nahezukommen, wo die Sonne Deiner Schönheit ihren Glanz verströmt. Bestimme ihnen alsdann, was sie so reich macht, daß sie auf alles außer Dir verzichten, und löse sie von jeder Bindung an die Leugner Deiner Zeichen.
Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Hüter, dem Selbstbestehenden.

18

Gepriesen seiest Du, o mein Gott! Wie kann ich Dir dafür danken, daß Du mich ausgezeichnet und aus all Deinen Dienern auserwählt hast, Dich zu offenbaren zu einer Zeit, da sich alle von Deiner Schönheit abkehren! Ich bezeuge, o mein Gott: Wenn Du mir tausend Leben gäbest und ich sie alle auf Deinem Pfad opferte, könnte ich doch nicht den geringsten Teil der Gaben vergelten, die Du mir in Deiner Gnade verliehen.
Ich lag schlafend auf dem Lager meines Selbstes, und siehe, Du erwecktest mich mit dem göttlichen Klang Deiner Stimme, Du entschleiertest mir Deine Schönheit, Du befähigtest mich, Deiner Rede zu lauschen, Dein Selbst zu erkennen, Dein Lob zu künden, Deine Tugenden zu preisen und standhaft in Deiner Liebe zu sein. Zuletzt fiel ich als Gefangener in die Hände der Eigensinnigen unter Deinen Dienern.
So siehst Du die Verbannung, die ich in Deinen Tagen erdulde, und weißt, wie sehr ich danach verlange, Dein Antlitz zu schauen, wie unstillbar ich mich sehne, zum Hofe Deiner Herrlichkeit zu gelangen, und wie sehr der Hauch Deiner Gnade mein Herz aufwühlt.
Ich flehe Dich an, Du Herrscher über alle Reiche der Schöpfung, Du Schöpfer aller Namen, schreibe meinen Namen zu den Namen derer, die seit Ewigkeit das Heiligtum Deiner Majestät umkreisen, den Saum Deiner Güte festhalten und sich an das Seil Deines zarten Erbarmens klammern.
Du bist wahrlich der Helfer in Gefahr, der Selbstbestehende.

19

Gepriesen seiest Du, o Herr mein Gott! Ich flehe Dich an bei Deinem Größten Namen, mit dem Du Deine Diener aufrütteltest und Deine Städte erbautest, bei Deinen erhabensten Benennungen und Deinen erlauchtesten Eigenschaften, stehe Deinem Volke bei, daß es sich Deinen mannigfaltigen Gnadengaben zuwende und dem Heiligtum Deiner Weisheit sein Angesicht zukehre. Heile Du die Krankheiten, welche die Seelen von allen Seiten befallen und sie davon abhalten, auf das Paradies zu schauen, das im Schutze Deines schattenspendenden Namens liegt, den Du zum König aller Namen bestimmt hast für alle, die im Himmel und auf Erden sind. Mächtig bist Du zu tun, was Du willst. In Deiner Hand liegt die Herrschaft über alle Namen. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Mächtigen, dem Weisen.
Ich bin nur ein armes Geschöpf, o mein Herr, und habe den Saum Deines Reichtums ergriffen. Ich bin schwer krank und halte mich an das Seil Deiner Heilung. Erlöse mich von allem Übel, das mich umzingelt, reinige mich gründlich mit den Wassern Deiner Huld und Gnade, und kraft Deiner Vergebung und Großmut bekleide mich mit dem Gewande der Gesundheit. Hefte sodann meinen Blick auf Dich und mache mich aller Bindungen ledig außer der Deinen. Hilf mir zu tun, was Du begehrst, und zu erfüllen, was Dir wohlgefällt.
Du bist wahrlich der Herr über dieses und das zukünftige Leben. Du bist in Wahrheit der Immervergebende, der Allbarmherzige.

20

Gepriesen sei Dein Name, o Du, der Du alles siehst und selbst allem verborgen bist! Aus allen Landen hörest Du das Wehklagen derer, die Dich lieben, und aus jeder Richtung vernimmst Du den Jammer derer, die Deine Souveränität anerkennen. Würden ihre Unterdrücker gefragt: »Warum unterdrückt ihr sie und haltet sie in Baghdád und andernorts gefangen? Welches Unrecht haben sie begangen? Wen haben sie verraten, wessen Blut vergossen, wessen Eigentum geplündert?«, so wüßten sie keine Antwort.
Du bist dessen wohl gewahr, o mein Gott, daß ihr einziges Verbrechen ist, Dich zu lieben. Darum haben ihre Unterdrücker Hand an sie gelegt und sie in alle Winde zerstreut. Wenn ich auch weiß, o mein Gott, daß Du nur auf Deine Diener herabsendest, was ihnen zum Vorteil gereicht, so flehe ich Dich gleichwohl an, bei Deinem Namen, der allen Dingen Schutz gewährt, laß zum Zeichen Deiner Gnade und zum Beweis Deiner Macht diejenigen erstehen, die sie vor ihren Feinden bewahren.
Mächtig bist Du zu tun, was Dir gefällt. Du bist fürwahr der Höchste Herrscher, der Allmächtige, der Helfer in Gefahr, der Selbstbestehende.

21

Gepriesen seiest Du, o Herr mein Gott! Ich bin Dein Diener und Deines Dieners Sohn. Ich habe mein Angesicht Deiner heiligen Sache zugewandt, glaube an Deine Einheit, bestätige Deine Einzigkeit, anerkenne Deine Souveränität und die Kraft Deiner Macht und bekenne die Größe Deiner Majestät und Herrlichkeit. Bei Deinem Namen, durch den der Himmel gespalten, die Erde zerrissen und die Berge zermalmt wurden, bitte ich Dich: Versage mir nicht den Odem Deiner Barmherzigkeit, ausgesandt in Deinen Tagen, noch laß mich weit entfernt bleiben von den Gestaden Deiner Nähe und Gabenfülle.
Ich leide brennenden Durst, o mein Herr! Gib mir zu trinken von den Lebenswassern Deiner Gunst. Ich bin ein armes Geschöpf; enthülle mir die Zeichen Deines Reichtums. Paßt es zu Dir, solche vom Tore Deiner Gnade zu vertreiben, die ihre Hoffnungen auf Dich setzen, und steht es Deiner Souveränität an, die nach Dir sich Sehnenden zu hindern, das angebetete Heiligtum Deiner Gegenwart zu erreichen und Dein Antlitz zu schauen? Bei Deiner Herrlichkeit! Mein Glaube an Dich ist nicht von dieser Art; denn ich bin gewiß, daß Du der Gott der Freigebigkeit bist, dessen Gunst alles umfaßt.
Ich flehe Dich an, o mein Herr, bei Deiner Gnade, welche die ganze Schöpfung überragt, und bei Deiner Großmut, die alles Erschaffene umfängt, bewirke, daß ich mein Angesicht ganz Dir zuwende, Deinen Schutz suche und standhaft sei in meiner Liebe zu Dir. Schreibe alsdann nieder für mich, was Du denen bestimmt hast, so Dich lieben. Mächtig bist Du zu tun, was Dir gefällt. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Immervergebenden, dem Freigebigsten.
Preis sei Gott, dem Herrn der Welten!

22

Erhaben bist Du, o Herr mein Gott! Ich bin es, der alles verlassen hat und sein Angesicht der strahlenden Herrlichkeit Deines Antlitzes zuwendet, der jede Bindung zertrennt und sich an das Seil Deiner Liebe und Deines Wohlgefallens hält. Ich bin es, o mein Gott, der Deine Liebe aufnimmt, der alle Not, so die Welt verhängen kann, auf sich nimmt, der sich selbst als Lösegeld darbietet für Deine Geliebten, damit sie in die Himmel Deiner Erkenntnis aufsteigen, Dir näherkommen, in die Sphären Deiner Liebe und Deines Wohlgefallens sich aufschwingen.
Verordne, o mein Gott, für mich und für sie, was Du für solche unter Deinen Auserwählten bestimmt hast, die Dir völlig ergeben sind. Laß sie zu denen gezählt sein, deren Augen Du reinigst und davor bewahrst, einem anderen als Dir zugekehrt zu sein, und deren Augen Du davor beschützest, ein anderes Antlitz zu schauen als das Deine.
Du bist wahrlich der Allmächtige, der Erhabenste, der Allherrliche, der Höchste König, der Helfer in Gefahr, der Allverzeihende, der Immervergebende.

23

Verherrlicht bist Du, o Herr mein Gott! Ich flehe Dich an bei den heranbrausenden Winden Deiner Gnade und bei ihnen, den Sonnen Deines Ratschlusses, den Aufgangsorten Deiner Eingebung, sende hernieder auf mich und auf alle, die Dein Angesicht suchen, was Deiner Großmut und Deiner freigebigen Gnade entspricht und was Deiner Gaben und Deiner Gunst würdig ist. Arm und verlassen bin ich, o mein Herr! Laß mich versinken im Meer Deines Reichtums; durstig bin ich, laß mich trinken vom Lebenswasser Deiner Gnade.
Ich flehe Dich an bei Dir selbst und bei Ihm, den Du zum Offenbarer Deines eigenen Seins und Deines unterscheidenden Wortes bestimmt hast für alle, die im Himmel und auf Erden sind, sammle Deine Diener im Schatten des Baumes Deiner gnädigen Vorsehung. Hilf ihnen sodann, von seinen Früchten zu kosten, laß ihre Ohren dem Rauschen seiner Blätter und der süßen Stimme des Vogels lauschen, der in seinen Zweigen singt. Du bist wahrlich der Helfer in der Not, der Unerreichbare, der Allmächtige, der Allgütige.

24

Gepriesen seiest Du, o Herr mein Gott! Ich flehe Dich an bei ihnen, den Geweihten Orten Deiner göttlichen Heiligkeit, den Manifestationen Deiner überragenden Einheit, den Tagesanbrüchen Deiner Eingebung und Offenbarung, gib, daß Deine Diener nicht ferngehalten werden von diesem Göttlichen Gesetz, das nach Deinem Willen und Wohlgefallen aus Deinem Größten Meere hervorgegangen ist. Bestimme ihnen sodann, was Du Deinen Auserwählten und den Rechtschaffenen unter Deinen Geschöpfen bestimmt hast, deren Standhaftigkeit in Deiner heiligen Sache die Stürme der Heimsuchung nicht erschüttern konnten, die aller Aufruhr der Prüfungen nicht zu hindern vermochte, Dein erhabenes Wort zu verherrlichen – das Wort, das den Menschen die Himmel ihres eitlen Wahns und leeren Trugs gespalten hat. Du bist wahrlich der Allmächtige, der Allherrliche, der Allwissende.
Befähige alsdann Deine Diener, o mein Gott, die Sonne zu erkennen, die am Horizonte Deines unumstößlichen Ratschlusses und Planes aufscheint, und laß sie nicht ausgeschlossen sein von dem Paradiese, das du durch Deinen Namen, der Allherrliche, in den Himmeln Deiner erhabenen Allmacht ins Leben gerufen hast. Laß sie ferner Deiner süßesten Stimme lauschen, o mein Gott, damit sie sich alle eilends aufmachen, Deine Einheit zu erkennen und Deine Einzigkeit anzuerkennen, o Du Herzensgeliebter all derer, die nach Dir sich sehnen, Du Ziel der Anbetung aller, die Dich erkennen!
Ich flehe Dich an bei denen, die alle Götzenbilder zerschlagen in dieser Offenbarung, welche die Schmerzhafteste Erschütterung und das Große Grauen erscheinen läßt: Stehe Deinen Dienern allzeit bei mit den Zeichen Deiner allmächtigen Kraft und den Beweisen Deiner überragenden, allbezwingenden Gewalt. Gib, daß ihre Herzen fest wie Erz werden, daß sie sich nicht einschüchtern lassen von der übergroßen Macht derer, die sich gegen die Manifestation Deines Wesens, den Morgen Deines unsichtbaren Selbstes versündigt haben. Laß alle aufstehen, Dich zu verherrlichen und Dir zu helfen, damit sie in Deinem Reich die Zeichen Deines Triumphes aufpflanzen und in allen Deinen Landen die Banner Deiner Sache entfalten. Du bist durch die Kraft Deines Willens seit Urbeginn allmächtig gewesen und wirst der gleiche bleiben in alle Ewigkeit. Du bist wahrlich der Allherrliche, der Höchste. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Machtvollsten, dem Erhabensten, dem Helfer in Gefahr, dem Größten, dem Einen Seienden, dem Unvergleichlichen, dem Allherrlichen, dem Ungezwungenen.

25

Verherrlicht bist Du, o Herr mein Gott! Ich flehe Dich an bei Deinen Auserwählten, bei Deinen Vertrauten und bei Ihm, den Du zum Siegel Deiner Propheten und Boten bestimmt hast, lasse Dein Gedenken meinen Gefährten sein, Deine Liebe mein Streben, Dein Antlitz mein Ziel, Deinen Namen meine Leuchte, Deinen Wunsch mein Verlangen und Dein Wohlgefallen meine Freude.
Ich bin ein Sünder, o mein Herr, und Du bist der Immervergebende. Kaum hatte ich Dich erkannt, da eilte ich hin zum erhabenen Hofe Deiner Gnade. Vergib, o mein Herr, meine Sünden, die mich daran hindern, auf den Pfaden Deines Wohlgefallens zu wandeln und die Meeresufer Deiner Einheit zu erreichen.
Es gibt keinen, o mein Gott, der großmütig zu mir sein kann, so daß ich ihm mein Angesicht zuwenden könnte, keinen, der Mitleid mit mir haben kann, so daß ich zu ihm um Gnade flehen könnte. Ich bitte Dich, vertreibe mich nicht aus der Gegenwart Deiner Gnade und versage mir nicht die Ströme Deiner Freigebigkeit und Großmut. Verordne für mich, o mein Herr, was Du für die bestimmt hast, so Dich lieben, und schreibe nieder für mich, was Du für Deine Erwählten aufgeschrieben hast. Mein Blick war allzeit auf den Horizont Deiner barmherzigen Vorsehung gerichtet, meine Augen auf den Hof Deines liebevollen Erbarmens. Verfahre mit mir, wie es Dir gefällt. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Gott der Macht, dem Gott der Herrlichkeit, dessen Hilfe alle Menschen erflehen.

26

Gestatte, o mein Gott, daß ich mich Dir nähere und im Bereich Deines Hofes wohne, denn mein Fernsein von Dir hat mich fast verzehrt. Laß mich ruhen im Flügelschatten Deiner Gnade, denn das Feuer meiner Trennung von Dir schmilzt mir das Herz in der Brust. Laß mich dem Strom wahren Lebens näherkommen, denn meine Seele schmachtet in unentwegtem Suchen nach Dir. Meine Seufzer, o mein Gott, bekunden die Bitternis meiner Qual, meine Tränen bezeugen meine Liebe zu Dir.
Ich flehe Dich an bei Deinem Lobpreis, mit dem Du Dich selbst verherrlichst, und bei der Herrlichkeit, durch die Du Dein eigenes Wesen rühmst, gib, daß wir zu denen gehören, die Dich schauen und in Deinen Tagen Deine höchste Herrschaft anerkennen. So hilf uns denn, o mein Gott, das Lebenswasser Deiner Gnade aus der Hand des Erbarmens in Fülle zu trinken, so daß wir alles außer Dir völlig vergessen und uns nur mit Dir befassen. Mächtig bist Du zu tun, was Du willst. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Mächtigen, dem Helfer in Gefahr, dem Selbstbestehenden.
Verherrlicht sei Dein Name, o Du, der Du der König aller Könige bist!

27

Du siehst, o mein Gott, die Sonne Deines Wortes über dem Horizonte Deiner Gefängnisstadt scheinen; denn in ihren Mauern erhebt Er, die Manifestation Deines Selbstes, das Morgenlicht Deiner Einheit, Seine Stimme und verkündet Deinen Lobpreis. Die Düfte Deiner Liebe wehen dadurch über Deine Städte und umfangen alle Bewohner Deines Reiches.
Da Du nun Deine Gnade enthüllst, o mein Gott, halte Deine Diener nicht ab, ihren Blick darauf zu richten. Schau nicht auf ihren Zustand, o mein Gott, ihre Sorgen und ihre Werke. Schau auf die Größe Deiner Herrlichkeit, die Fülle Deiner Gaben, die Kraft Deiner Macht, die Vortrefflichkeit Deiner Gunstbezeigungen. Ich schwöre bei Deiner Herrlichkeit! Blicktest Du auf sie mit dem Auge der Gerechtigkeit, so verdienten sie alle Deinen Grimm und die Rute Deines Zornes. Halte Deine Geschöpfe, o mein Gott, mit den Händen Deiner Gnade, und tu ihnen kund, was das Beste für sie ist von allen Dingen, die im Königreich Deiner Erfindungskraft erschaffen sind.
Wir bezeugen, o mein Gott, daß Du Gott bist und daß es außer Dir keinen Gott gibt. Seit Ewigkeit bist Du, und keiner ist da, der Dir ebenbürtig wäre oder Dir gliche, und ewig wirst Du der gleiche bleiben. Ich flehe Dich an, bei den Augen, die Dich erkennen, sitzend auf dem Throne der Einheit und Einzigkeit: Hilf allen, die Dich bei Deinem Größten Namen lieben, und erhebe sie auf solche Höhen, wo sie mit ihrem Wesen und ihrer Zunge bezeugen, daß Du allein Gott bist, der Unvergleichliche, der Eine, der Ewigwährende. Du hattest niemals einen Ebenbürtigen oder einen Gefährten. Du bist in Wahrheit der Allherrliche, der Allmächtige, dessen Hilfe alle Menschen erflehen.

28

Gepriesen seiest Du, o Herr mein Gott! Ich bezeuge, daß Du seit Ewigkeit in Deiner überirdischen Majestät und Macht erhaben warst und bis in Ewigkeit in Deiner überragenden Kraft und Herrlichkeit verbleiben wirst. Keiner in den Reichen der Erde und des Himmels kann Deinen Vorsatz vereiteln; keiner in den Reichen der Offenbarung und der Schöpfung kann sich gegen Dich durchsetzen. Nach Deinem Gebot tust Du, was Du willst, und durch die Macht Deiner Souveränität herrschest Du, wie es Dir gefällt.
Ich flehe Dich an, der Du die Morgenröte heraufführst, bei Deiner Lampe, die Du mit den Fingern Deiner Liebe für alle im Himmel und auf Erden entzündet hast und deren Flamme Du mit dem Öle Deiner Weisheit im Reiche Deiner Schöpfung nährest, mache mich zu einem derer, die sich in Deine Sphären aufschwingen und ihren Willen Deinem Ratschluß unterwerfen.
Ich bin erbärmlich, o mein Herr, und Du bist der Stärkste, der Allmächtige. Habe Mitleid mit mir nach Deiner Gnade und großmütigen Gunst und hilf mir gnädig, Dir und denen zu dienen, die Dir teuer sind. Mächtig bist Du zu tun, was Du willst. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Gott der Stärke, der Herrlichkeit und der Weisheit.

29

Manch erstarrtes Herz, o mein Gott, ward vom Feuer Deiner Sache entflammt, und mancher Schläfer ward von Deiner süßen Stimme erweckt. Wieviele Fremde suchen Schutz im Schatten des Baumes Deiner Einheit, und wie zahlreich sind die Dürstenden, die in Deinen Tagen nach dem Quell Deines Lebenswassers lechzen.
Selig ist, wer sich aufmacht zu Dir und sich eilt, zum Morgenlicht Deines Antlitzes zu gelangen; selig, wer sich mit all seiner Liebe zum Dämmerort Deiner Offenbarung, zum Urquell Deiner Erleuchtung hinwendet; selig, wer auf Deinem Pfade hingibt, was Du ihm durch Deine Großmut und Gunst verliehen hast; selig, wer in seinem heftigen Verlangen nach Dir alles andere beiseite wirft; selig, wer vertraute Zwiesprache mit Dir hält und sich frei macht von jeglicher Bindung außer der Deinen.
Ich flehe Dich an, o mein Herr, bei Ihm, der Dein Name ist, der sich durch die Kraft Deiner Macht und Souveränität über den Horizont Seines Gefängnisses erhob, bestimme einem jeden, was Dir gefällt und was Deiner Erhabenheit entspricht.
Deine Macht ist wahrlich allem gewachsen.

30

Gelobt sei Dein Name, o Herr mein Gott! Du siehst mich an diesem Tage eingeschlossen in meinem Gefängnis und in den Händen Deiner Widersacher, und Du siehst meinen SohnA2 im Staube liegen vor Deinem Antlitz. Er ist Dein Diener, o mein Herr, den Du mit Ihm, der Manifestation Deiner selbst, dem Morgen Deiner heiligen Sache, verwandt werden ließest.
Bei seiner Geburt war er betrübt ob seiner Trennung von Dir durch das, was ihm nach Deinem unumstößlichen Ratschluß verordnet war. Und als er den Kelch der Wiedervereinigung mit Dir geleert hatte, da ward er ins Gefängnis geworfen, weil er an Dich und Deine Zeichen glaubte. Er fuhr fort, Deiner Schönheit zu dienen, bis er dieses Größte Gefängnis betrat. Da brachte ich ihn, o mein Gott, als ein Opfer dar auf Deinem Pfade. Du weißt wohl, was sie, die Dich lieben, erduldet haben durch diese Prüfung, welche die Verwandten auf Erden wehklagen ließ und die himmlischen Heerscharen in Trauer versetzte.
Ich flehe Dich an, o mein Gott, bei ihm und bei seiner Verbannung und Gefangenschaft, sende hernieder auf sie, die ihn lieben, was ihren Herzen Ruhe und ihrer Arbeit Segen bringt. Mächtig bist Du zu tun, was Du willst. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Allmächtigen, dem Allgewaltigen.

31

Gepriesen seiest Du, o mein Gott! Ich flehe Dich an bei denen, die den Thron Deines Willens umkreisen, die sich in die Sphären Deines Wohlgefallens aufschwingen und sich mit ganzer Liebe dem Horizonte Deiner Offenbarung, dem Morgen Deiner Erleuchtung, dem Aufgangsorte Deiner Namen zuwenden: Hilf Deinen Dienern zu befolgen, was Du ihnen in Deinen Tagen gebietest – Gebote, die die Heiligkeit Deiner Sache unter Deinen Dienern erweisen und die Geschäfte Deiner Geschöpfe und Deines Reiches in Ordnung bringen.
Ich bezeuge, o mein Gott, daß dies der Tag ist, da Dein Zeugnis erbracht, Deine klaren Zeichen kundgetan, Dein Wort entschleiert, Deine Eigenschaften aufgezeigt wurden, da der Glanz Deines Antlitzes erstrahlte, da Dein Beweis vollendet und Deine Überlegenheit erwiesen ward, der Tag, da Deine Barmherzigkeit überströmt und die Sonne Deiner Gnade so hell aufleuchtet, daß Du Ihn erscheinen ließest, den Offenbarer Deines Selbstes, die Schatzkammer Deiner Weisheit, den Sonnenaufgang Deiner Majestät und Macht. Du hast Seinen Bund gestiftet mit jedem, der in den Reichen der Erde und des Himmels, den Reichen der Offenbarung und der Schöpfung erschaffen ist. Du hast Ihn zu solchen Höhen erhoben, daß die Unterdrücker mit ihren Kränkungen Ihn nicht davon abbringen konnten, Deine Souveränität zu offenbaren, und die Widerspenstigen mit ihrer Übermacht Ihn nicht zu hindern vermochten, Deine Macht zu beweisen und Deine heilige Sache zu verherrlichen.
So hoch hast Du Ihn erhoben, daß Er den Königen offen Deine Botschaften und Befehle übermittelte und keinen Augenblick an Seinen eigenen Schutz dachte, sondern nur bestrebt war, Deine Diener vor alledem zu bewahren, was sie abhalten könnte, in das Reich Deiner Nähe aufzusteigen und ihr Angesicht dem Horizonte Deines Wohlgefallens zuzuwenden.
Du siehst, o mein Gott, wie Er die Völker zu Dir ruft, ungeachtet der Schwerter, die gegen Ihn gezückt sind, und wie Er sie auffordert, sich Deinen Gnadengaben zuzuwenden, obwohl Er selbst ein Gefangener ist. Bei jeder neuen Trübsal offenbarte Er ein größeres Maß Deiner heiligen Sache und hob Dein Wort noch höher empor.
Ich bezeuge, daß durch Ihn die Feder des Höchsten bewegt ward, daß mit Seinem Gedenken die Schriftrollen im Reiche der Namen geschmückt sind. Durch Ihn wurden Deine Düfte verbreitet, wurde der Wohlgeruch Deines Gewandes über alle Erdenmenschen und Himmelsbewohner verströmt. Du siehst und weißt wohl, o mein Gott, wie Er gezwungen ward, in der trostlosesten aller Städte zu hausen, auf daß die Herzen Deiner Diener gestärkt werden, und wie Er sich bereitwillig der schlimmsten Erniedrigung unterzieht, damit Deine Geschöpfe erhöht werden.
Ich bitte Dich, der Du die Dämmerung anbrechen lässest, bei Deinem Namen, durch den Du die Winde unterworfen und Deine Tafeln herniedergesandt hast: Laß uns dem nahekommen, was Du in Deiner Gunst und Gnade für uns bestimmtest, und uns weit von allem entfernen, was Dir zuwider sein könnte. Gib uns sodann aus den Händen Deiner Gnade an jedem Tag und zu jeder Stunde unseres Lebens von den Wassern zu trinken, die das wahre Leben sind, o Du, der Du der Barmherzigste bist! Laß uns zu denen gehören, die Dir einst beistanden, als Du solchen unter Deinen Feinden in die Hände fielest, die zu den Aufsässigen unter Deinen Geschöpfen und den Frevlern in Deinem Volke zählen. Und schreibe nieder für uns die Belohnung dessen, der in Deine Gegenwart gelangt und Deine Schönheit schaut; versieh uns mit allem Guten, das Dein Buch für solche Deiner Geschöpfe verordnet, die sich nahen Zugangs zu Dir erfreuen.
Erhelle unsere Herzen mit der Pracht Deiner Erkenntnis, o mein Herr, und erleuchte unseren Blick mit dem Lichte solcher Augen, die auf den Horizont Deiner Gnade und den Sonnenaufgang Deiner Herrlichkeit gerichtet sind. Behüte uns alsdann durch Deinen Größten Namen, der nach Deinem Geheiß jene Völker überschattet, die beanspruchen, was Du in Deinem Buche verboten. Das ist es wahrlich, was Du uns in Deinen Schriften und auf Deinen Tafeln angekündigt hast.
Mache uns so standhaft in unserer Liebe zu Dir, daß wir uns keinem außer Dir zuwenden, daß wir zu denen zählen, die Dir nahe sind und Dich als Den erkennen, der über jeden Vergleich erhöht und über jedes Ebenbild geheiligt ist, und daß wir unsere Stimmen erheben unter Deinen Geschöpfen und laut rufen: Er ist der Eine Gott, der Unvergleichliche, der Ewigwährende, der Mächtigste, der Allherrliche, der Allweise.
Stärke die Herzen der Dich Liebenden, o mein Gott, so daß sie nicht erschrecken vor der Masse der Ungläubigen, die sich von Dir abkehren, sondern Dir nachfolgen in allem, was Du offenbartest. Hilf ihnen überdies, Deiner zu gedenken, Dich zu preisen und Deine heilige Sache beredt und weise zu lehren. Du bist Er, der sich der Barmherzigste nennt. Bestimme sodann, o mein Gott, für mich und für jeden, der Dich sucht, was Deiner erhabenen Herrlichkeit und Deiner großen Majestät entspricht. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Immervergebenden, dem Mitleidvollsten.

32

Deinen Geliebten, o mein Gott, siehst Du der Willkür Deiner Feinde ausgeliefert; Du hörst Seine Stimme klagen inmitten solcher Deiner Geschöpfe, die in Deinen Augen Böses taten. Er ist es, o mein Herr, mit dessen Namen Du Deine Tafeln schmücktest, zu dessen größerer Herrlichkeit Du den Bayán herniedersandtest und über dessen Trennung von Dir Du ohne Unterlaß weintest. Schaue nun Seine Verlassenheit, o mein Gott, und sieh Ihn in den Händen derer, die Deine Zeichen bezweifeln, Dir den Rücken kehren und die Wunder Deiner Gnade vergessen.
Er ist es, o mein Gott, von dem Du gesprochen hast: »Wäre es nicht um Deinetwillen, die Schriften wären nicht offenbart und die Propheten nicht gesandt worden.« Und kaum war Er auf Dein Geheiß erschienen, kaum hatte Er zu Deinem Lobpreis gesprochen, da umstellten Ihn die Frevler unter Deinen Geschöpfen, die Schwerter des Hasses gegen Ihn gezückt, o Du Herr aller Namen! Du weißt wohl, was über Ihn gekommen ist unter den Händen derer, die Deiner Hoheit Schleier zerrissen, Deinen Bund und Dein Testament mißachteten, o Du Schöpfer der Himmel! Er ist es, dem zuliebe DuA3 Dein Leben hingabst, für den Du Dich willig von dem mannigfachen Unglück der Welt heimsuchen ließest, damit Er sich offenbare, und in dessen Namen Du die ganze Menschheit versammeltest. Sobald Er aber vom Himmel der Majestät und Macht herniederstieg, erhoben Deine Diener die Hände der Grausamkeit und der Empörung gegen Ihn und überhäuften Ihn mit so vielen Leiden, daß alle Schriftrollen der Welt deren vollständige Aufzählung nicht fassen könnten.
So siehst Du, o Geliebter der Welt, Deinen Geliebten in den Krallen derer, die Dich leugnen. Du siehst das Verlangen Deines Herzens unter den Schwertern der Frevler. Mich dünkt, daß Er von Seiner erhabensten Stufe her zu mir spricht: »Wäre doch meine Seele, o Du Gefangener, ein Lösegeld für Deine Gefangenschaft, und mein Wesen, o Du Unterdrückter, ein Opfer für die Drangsale, die Du erlitten! Du bist Er, durch dessen Gefangenschaft die Banner Deiner Allmacht gehißt sind und die Sonne Deiner Offenbarung vom Horizonte der Leiden so herniederschien, daß alles Erschaffene sich vor der Größe Deiner Majestät verneigte.
Je mehr sie sich mühten, Dich am Gedenken Deines Gottes und am Lobpreis Seiner Tugenden zu hindern, desto leidenschaftlicher hast Du Ihn gerühmt und desto lauter hast Du Ihn angerufen. Und wann immer die Schleier der Verstockten zwischen Dich und Deine Diener traten, ließest Du vom Himmel Deiner Gnade Dein Antlitz seinen Strahlenglanz verbreiten. Du bist in aller Wahrheit der Selbstbestehende, wie es der Mund Gottes, des Allherrlichen, des Einziggeliebten, bezeugt. Du bist der Ersehnte der Welt, wie es aus der Feder Dessen strömt, der Deinen Dienern Deinen verborgenen Namen kündet und die ganze Schöpfung mit Deiner Liebe, dem kostbarsten, dem erhabensten Juwel, schmückt.
Die Augen der Welt wurden froh beim Anblick Deines strahlenden Antlitzes, und dennoch haben sich die Völker vereint, Dein Licht auszublasen, o Du, der die Zügel der Welt in Händen hält! Alle Atome der Erde singen Dein Lob, und alles Erschaffene funkelt im Tropfenregen aus dem Meere Deiner Liebe, und doch suchen die Menschen Dein Feuer zu ersticken. Nein – dies bezeugt mir Dein eigenes Selbst – sie sind völlig kraftlos, und Du bist wahrlich der Allmächtige; bedürftig sind sie, und Du bist in Wahrheit der Allbesitzende; sie sind unfähig, und Du bist fürwahr der Allgewaltige. Nichts kann Deinen Ratschluß vereiteln, und die Zwietracht der Welt kann Dir nicht schaden. Der Odem Deines Wortes schmückt den Himmel des Verstehens, die Ausgießungen Deiner Feder beleben jedes modernde Gebein. Gräme Dich nicht um das, was Dich befällt, und rechne ihnen nicht an, was sie in Deinen Tagen begehen. Sei langmütig mit ihnen. Du bist der Immervergebende, der Mitleidvollste.«

33

Preis sei Dir, o mein Gott! Du bist Er, der durch ein Wort Seines Mundes die ganze Schöpfung umwälzt und durch einen Strich Seiner Feder Deine Diener voneinander scheidet. Ich bezeuge, o mein Gott, daß ein von Dir in dieser Offenbarung gesprochenes Wort alles Erschaffene zum Erlöschen brachte und ein weiteres Wort alle, für die Du es wünschtest, durch Deine Gunst und Gnade mit neuem Leben beschenkte.
Ich danke Dir und lobpreise Dich im Namen aller, die Dir teuer sind, daß Du sie wiedergeboren werden ließest durch die Lebenswasser, die dem Munde Deines Willens entströmen. Da Du sie durch Deine Güte belebtest, o mein Gott, bewirke in Deiner Huld, daß sie sich standhaft Deinem Willen beugen, und da Du sie in das Heiligtum Deiner Sache einließest, gewähre durch Deine Gnade, daß nichts sie von Dir fernhalte.
Öffne sodann, o mein Gott, ihren Herzen die Tore Deines Wissens, damit sie erkennen, daß Du hoch über dem Verständnisvermögen Deiner Geschöpfe stehst, unermeßlich erhaben über das Bestreben Deines Volkes, Dein Wesen anzudeuten, und damit sie nicht jedem lärmenden Betrüger folgen, der in Deinem Namen zu sprechen vorgibt. Mache sie weiter fähig, o mein Herr, Deiner heiligen Sache so fest anzuhangen, daß sie unberührt bleiben von den verwirrenden Einflüsterungen derer, die aus Lust und Wahn äußern, was ihnen auf Deinen Tafeln und in Deinen Schriften verboten ist.
Du weißt wohl, o mein Herr, daß ich die Wölfe heulen höre, die in den Kleidern Deiner Diener einhergehen. So bewahre denn Deine Geliebten vor dem Unheil und befähige sie, sich fest an alles zu halten, was Du verkündest in dieser Offenbarung, die in Deinem Wissen von keiner anderen Offenbarung übertroffen wird.
Bestimme ihnen, was ihnen nützt, o mein Herr. Erleuchte ihre Augen mit dem Lichte Deiner Erkenntnis, auf daß sie Dich schauen, deutlich herrschend über alle Dinge, strahlend inmitten Deiner Geschöpfe, siegreich über alle in Deinem Himmel und auf Deiner Erde. Mächtig bist Du zu tun, was Du willst. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Allherrlichen, dessen Hilfe alle Menschen erflehen.
Gepriesen seiest Du, der Du der Herr der ganzen Schöpfung bist!

34

Gepriesen seiest Du, o Herr mein Gott! Ich flehe Dich an bei Deiner Altehrwürdigen Schönheit, bei Deinem Größten Namen, den Du opfertest, damit alle Bewohner Deiner Erde und Deines Himmels wiedergeboren werden, und den Du ins Gefängnis warfest, damit die Menschheit zum Zeichen Deiner Großmut und Deiner souveränen Macht von den Fesseln übler Leidenschaften und verderbter Lüste befreit werde: Zähle mich zu denen, die den Duft Deiner Gnade so tief einatmen und den Lebenswassern Deiner Gunst so ungestüm zueilen, daß weder Pfeile noch Speere sie hindern, sich Dir zuzuwenden und ihr Angesicht auf den Morgen Deiner Offenbarung zu richten.
Wir bezeugen, o mein Herr, daß Du Gott bist und daß es keinen Gott gibt außer Dir. Seit Ewigkeit thronest Du auf den unzugänglichen Höhen Deiner Macht, und bis in alle Ewigkeit wirst Du Deine überragende, unumschränkte Herrschaft ausüben. Die Scharen der Welt sind machtlos, Deinen Willen zu durchkreuzen, und alle Bewohner von Erde und Himmel können Deinen Ratschluß nicht vereiteln. Du bist wahrlich der Allmächtige, der Erhabenste, der Größte.
Segne, o mein Gott, unter den Jüngern des Bayán jene, die zum Volke Bahás zählen und in Deinem Namen, der Erhabenste, der Höchste, in die Rote Arche eintreten. Deine Macht ist wahrlich allem gewachsen.

35

Dich preise ich, o Herr mein Gott! Ich flehe Dich an bei Deinem Namen, durch den Du die Dämmerung erwachen, die Winde wehen, die Meere wogen, die Bäume Frucht tragen ließest und die Erde mit Flüssen verschöntest: Stehe allen bei, die Dir teuer sind, mit Deinen sichtbaren wie mit Deinen unsichtbaren Heerscharen. Alsdann mache sie siegreich über alle Aufrührer in Deinem Lande, die Deinen Namen entehren, Deine Zeichen leugnen, Deinen Bund brechen, Dein Gesetz verwerfen und sich so gegen Dich erheben, daß sie Deine Gefolgschaft gefangen abführten, die Manifestation Deiner selbst in den Kerker warfen und Ihn, den Tagesanbruch Deines Wesens, in der trostlosesten aller Städte einmauerten.
Du, o mein Herr, bist Der, dessen Gewalt unermeßlich und dessen Urteil furchtbar ist. Lege Hand an Deine Widersacher durch die Macht Deiner Souveränität und sammle Deine Geliebten im Schatten des Baumes Deiner Einheit, damit sie vor Deinem Throne stehen, dem Ton Deiner Stimme lauschen, Deine Schönheit schauen und die Kraft Deiner Macht entdecken.
Du bist wahrlich der Allgewaltige, der Allmächtige.

36

Gelobt sei Dein Name, o mein Gott! Ich bin so hingerissen von dem Odem aus Deiner Gegenwart, daß ich mein Ich und all meinen Besitz vergesse. Dies ist nur ein Zeichen für die Wunder Deiner Gunst und Gnade, die Du mir verliehen hast. Ich lobpreise Dich, o mein Gott, daß Du mich unter all Deinen Geschöpfen auserwähltest und zum Morgen Deiner Stärke, zur Manifestation Deiner Macht werden ließest und daß Du mich befähigtest, Zeichen und Beweise Deiner Macht und Majestät zu offenbaren, wie sie niemand sonst im Himmel und auf Erden dartun kann.
Ich flehe Dich an, o mein Herr, bei Deinem strahlendsten Namen: Mache mein Volk vertraut mit dem, was Du für sie bestimmt hast. Bewahre sie alsdann in der festen Burg Deiner Obhut und im Heiligtum Deines unfehlbaren Schutzes, damit durch sie nichts aufkomme, was Deine Diener uneins werden läßt. Versammle sie, o mein Herr, an den Ufern dieses Meeres, darinnen jeder Tropfen bezeugt, daß Du Gott bist, der Allherrliche, der Allweise, neben dem es keinen Gott gibt.
Enthülle ihnen die Erhabenheit Deiner heiligen Sache, o mein Herr, damit sie keinen Zweifel hegen an Deiner Souveränität und an der Kraft Deiner Macht. Ich schwöre bei Deiner Herrlichkeit, o Du Geliebter aller Welten! Hätten sie um Deine Macht gewußt, sie hätten sich gewiß geweigert, das auszusprechen, was Du im Himmel Deines Willens nicht für sie bestimmt hast.
Erwecke in ihnen, o mein Herr, ein Gefühl für ihre Ohnmacht vor Ihm, der Manifestation Deiner selbst, und lehre sie die Armut ihres Wesens erkennen angesichts der tausendfachen Zeichen Deines Reichtums und Deiner Selbstgenügsamkeit, auf daß sie sich um Deine Sache scharen, den Saum des Gewandes Deiner Gnade festhalten und das Seil Deines Willens und Wohlgefallens ergreifen.
Du bist der Herr der Welten, und von allen, die Gnade zeigen, bist Du der Gnadenreichste.

37

Ruhm sei Dir, o König der Ewigkeit, der Du die Völker schufest und jedem vergänglichen Gebein seine Form gabst. Ich bitte Dich bei Deinem Namen, durch den Du die ganze Menschheit zum Horizont Deiner Majestät und Herrlichkeit riefest und Deine Diener zum Hofe Deiner Gunst und Gnade führtest, zähle mich zu denen, die sich von allem außer Dir lösen, sich Dir nähern und sich auch durch solches Unglück, wie es von Dir bestimmt ist, nicht davon zurückhalten lassen, sich Deinen Gaben zuzuwenden.
Ich halte mich fest am Griff Deiner Großmut, o mein Herr, und klammere mich an den Saum des Gewandes Deiner Gunst. So sende denn aus den Wolken Deiner Freigebigkeit auf mich hernieder, was in mir die Erinnerung an alles außer Dir auslöscht und mich befähigt, mich Ihm zuzuwenden, den die ganze Menschheit anbetet, Ihm, gegen den sich die Aufrührer scharen, die Deinen Bund gebrochen haben und nicht an Deine Zeichen glauben.
Versage mir in Deinen Tagen nicht die süßen Düfte Deines Gewandes, o mein Herr, und beraube mich nicht des Hauches Deiner Offenbarung, wenn der Lichtglanz Deines Antlitzes sichtbar wird. Mächtig bist Du zu tun, was Du willst. Nichts kann Deinem Willen widerstehen oder vereiteln, was Du in Deiner Macht beschlossen hast.
Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Allmächtigen, dem Allweisen.

38

Gelobt sei Dein Name, o Herr mein Gott! Ich bezeuge, daß Du ein verborgener Schatz warst, eingehüllt in Deinem urewigen Sein, und ein unerforschliches Geheimnis, eingeschlossen in Deinem Wesen. Du wünschtest, Dich zu offenbaren; darum schufest Du die Größeren und die Geringeren Welten, Du erwähltest den Menschen vor allen Deinen Geschöpfen und machtest Ihn zum Zeichen für beiderlei Welten, o Du, der Du unser Herr bist, der Mitleidvollste!
Damit Er vor allem Volk Deiner Schöpfung Deinen Thron einnehme, erhobst Du Ihn; Du machtest Ihn fähig, Deine Geheimnisse zu entschleiern, mit dem Lichte Deiner Eingebung und Offenbarung zu strahlen sowie Deine Namen und Attribute kundzutun. Durch Ihn schmücktest Du das Vorwort im Buche Deiner Schöpfung, o Du Herrscher über das Weltall, das Du geschaffen hast!
Ich bezeuge, daß in Seiner Person Festigkeit und Beweglichkeit vereinigt sind. Seine unerschütterliche Beständigkeit in Deiner heiligen Sache und Sein beharrliches Festhalten an allem, was Du mit dem vollen Licht Deiner Herrlichkeit in allen Sphären Deiner Offenbarung und Deiner Schöpfung enthülltest, haben Deinen Dienern die Seelen aufgewühlt in ihrer Sehnsucht nach Deinem Reich, und die Bewohner Deiner Gefilde stürmten voran, um unter Deine himmlische Herrschaft zu treten. Seine Rastlosigkeit auf Deinem Pfade stählte die Füße aller, die Dir ergeben sind, und bestärkte sie, Deine heilige Sache unter Deinen Geschöpfen zu offenbaren und Deine Souveränität überall in Deinem Reiche darzutun.
Wie groß ist das wunderherrliche Werk Deiner Hände, o mein Gott, und wie vollendet ist Deine Schöpfung, die jedes einsichtige Herz und Gemüt staunen läßt! Und als die festgesetzte Zeit erfüllt war, als das Vorherbestimmte geschah, da löstest Du Seine Zunge, Dich zu preisen und Deine Geheimnisse vor Deiner ganzen Schöpfung zu enthüllen, o Du Besitzer aller Namen, Du Bildner von Erde und Himmel! Er bewirkte, daß alles Erschaffene Dich verherrlicht und Dein Lob feiert, Er lenkte jede Seele hin zum Reiche Deiner Offenbarung und Deiner Souveränität.
Einmal erhobst Du Ihn, o mein Gott, bekleidet und geschmückt mit dem Namen Dessen, der mit Dir sprachA4. Durch Ihn enthülltest Du alles, was Dein Wille bestimmte und Dein unumstößlicher Ratschluß befahl. Ein andermal schmücktest Du Ihn mit dem Namen Dessen, der Dein GeistA5 war. Du sandtest Ihn aus dem Himmel Deines Willens hernieder, damit Er Dein Volk erbaue und dadurch den Aufrichtigen unter Deinen Dienern, den Getreuen unter Deinen Geschöpfen, den Geist des Lebens in die Herzen flöße. Und wieder offenbartest Du Ihn, geziert mit dem Namen Dessen, der Dein Freund warA6. Du ließest Ihn strahlen vom Horizonte des Ḥijáz, zum Zeichen Deiner Macht und zum Beweis Deiner Stärke. Durch Ihn sandtest Du Deinen Dienern, was sie befähigte, die Höhen Deiner Einheit zu erklimmen und nach den Wundern Deiner mannigfachen Erkenntnis und Weisheit zu schmachten.
Ich bezeuge, o Du Herr der ganzen Schöpfung, Du Verlangen eines jeden, der Dich sucht, daß sie inmitten Deiner Geschöpfe der Sonne gleichen, die immer eine und dieselbe Sonne ist, wie oft sie auch auf- und untergeht. Wer zwischen ihnen einen Unterschied macht, der verfehlt fürwahr den letzten Sinn und das höchste Ziel; von den Geheimnissen göttlicher Einheit, den Leuchten der Heiligkeit und Einzigkeit ist er ausgeschlossen. Ich bezeuge ferner, daß ihnen nach Deinem Ratschluß keiner auf Erden gleichen soll und daß keines Deiner Geschöpfe mit einem von ihnen vergleichbar sei, damit Deine Einzigkeit und Unvergleichlichkeit erkannt und bestätigt werde.
Verherrlicht, unermeßlich verherrlicht sei Dein Name, o mein Gott! Wie kann ich Dein je geziemend gedenken oder Dich gebührend preisen, daß Du Ihn durch die Kraft Deiner Macht offenbartest, Ihn am Horizonte Deines Willens erstrahlen ließest, Ihn zum Morgen Deiner Zeichen, zum Dämmerort der Offenbarung Deiner Namen und Deiner Eigenschaften machtest? Wie verwirrend geheimnisvoll, o mein Gott, ist Sein Wesen und alles, was Du durch Deine Stärke und durch die Kraft Deiner Macht in Ihn legtest! Einmal erscheint Er als das Wasser, das wahrlich Leben ist, herniedergesandt aus dem Himmel Deiner Gunst, herabgeströmt aus den Wolken Deiner Gnade, auf daß Deine Geschöpfe, mit neuem Leben bekleidet, so lange bestehen, wie Dein Reich währt. Jeder Tropfen dieses Wassers genügt, die Toten zu erwecken, ihre Blicke auf Deine Gnadengaben zu lenken und sie von jeder Bindung zu lösen außer der Deinen. Ein andermal offenbart Er sich als das Feuer, das Du im Baume Deiner Einheit entzündetest, dessen Hitze die Herzen derer schmolz, die Dich glühend lieben, als Er, die Sonne der Welt, über dem Horizonte des ‘Iráq strahlte. Ich bezeuge, o mein Gott, daß durch Ihn die Schleier menschlichen Wahns verbrannten und die Menschenherzen auf den Schauplatz Deiner strahlenden Herrlichkeit ausgerichtet wurden.
Ich flehe Dich an, o Du höchster Gebieter: Laß mich nicht ausgeschlossen sein von dem Windhauch, der in Deinen Tagen weht, den Tagen, da der Duft aus dem Gewande Deiner Gnade allenthalben verbreitet ist, noch halte mich fern von Deinem größten Meere, in dem jeder Tropfen ausruft und spricht: »Groß ist die Seligkeit dessen, den Gottes Hauch aus dem Schlaf erweckte, der Hauch, der vom Quell Seiner Gnade über all jene unter Seinen Geschöpfen weht, die sich Ihm zuwenden!«
Du siehst, o mein Herr, wie Deine Diener von ihrem Selbst und ihren Begierden gefangengehalten werden. Löse sie aus ihren Banden durch die Kraft Deiner souveränen Macht, damit sie sich Dir zuwenden, wenn Er, der Enthüller Deiner Namen und Eigenschaften, den Menschen offenbart wird.
Wirf den Schimmer Deines Reichtums auf dieses arme, verlassene Geschöpf, o mein Herr, und durchflute sein Herz mit den Strahlen Deiner Erkenntnis, damit es die Wahrheiten der unsichtbaren Welt begreife, die Geheimnisse Deines himmlischen Reiches entdecke, die Zeichen Deines Königtums erfasse und die mannigfachen Enthüllungen dieses Erdenlebens schaue – all dies kundgetan vor dem Antlitz Dessen, der der Offenbarer Deiner selbst ist. Richte sodann seine Augen auf den Horizont Deiner Gnade, mache sein Herz fest in seiner Bindung an Dich, löse seine Zunge zu Deinem Lobpreis und befähige ihn, das Seil Deiner Liebe festzuhalten, sich an den Saum Deiner Großmut zu klammern, Deinen Namen unter Deinen Geschöpfen zu verkünden und in allen Deinen Landen Deine Tugenden so zu preisen, daß kein Hindernis ihn abhält, sich Deinem Namen, der Allgütige, zuzuwenden, und kein Schleier ihn trennt von Dir, der Du die Herrschaft über das Reich der Rede, das Reich aller Namen und Eigenschaften, in Händen hältst!
Halte die Hand dieses Suchers, der sein Angesicht Dir zuwendet, o mein Herr. Ziehe ihn empor aus den Tiefen seines eitlen Wahns, damit hell das Licht der Gewißheit über dem Horizonte seines Herzens leuchte in den Tagen, da die Sonne des Wissens Deiner Geschöpfe vom Tagesgestirn Deiner Herrlichkeit verdunkelt ist, in den Tagen, da der Mond der Weltweisheit verfinstert ist durch das Erscheinen Deines verborgenen Wissens, die Offenbarung Deines wohlgehüteten Geheimnisses und die Enthüllung Deines verwahrten Mysteriums, in den Tagen, da die Sterne menschlicher Taten gefallen sind durch den Sonnenaufgang Deiner Einheit im Strahlenglanz Deiner überragenden Einzigkeit.
Ich bitte Dich, o mein Gott, bei Deinem erhabensten Wort, das Du allen in Deinen Landen als göttlichen Lebenstrank verordnet hast, den Lebenstrank, der durch seine Kraft das Erz des Menschenlebens in reinstes Gold wandelt, o Du, in dessen Hand die Reiche des Sichtbaren wie des Unsichtbaren ruhen: Füge Du, daß meine Wahl mit Deiner Wahl, mein Wunsch mit dem Deinen übereinstimme, damit ich völlig zufrieden sei mit dem, was Du wünschest, und gänzlich einverstanden mit dem, was Du mir durch Deine Großmut und Gunst bestimmt hast. Mächtig bist Du zu tun, was Du willst. Du bist in aller Wahrheit der Allherrliche, der Allweise.
Glücklich der Mensch, der Dich erkennt und Deinen süßen Duft wahrnimmt, der sich Deinem Reiche zuwendet und darin von den Dingen kostet, die durch Deine Gunst und Gnade vollendet sind. Groß ist der Segen dessen, der Deine erhabenste Majestät anerkennt und den die Schleier, welche die Völker von Dir trennen, nicht hindern, Dir die Augen zuzukehren, o Du, der Du der König der Ewigkeit bist, der Beleber jedes sterblichen Gebeins! Selig auch, wer in Deinen Tagen Deine süßen Düfte atmet und hingerissen ist von Deiner Rede. Selig der Mensch, der sich Dir zuwendet, und wehe dem, der Dir den Rücken kehrt.
Gepriesen seiest Du, o Herr der Welten!

39

O Du, der Du gerecht verfährst mit allen im Himmel und auf Erden, der Du herrschest über das Reich Deiner Schöpfung und Deiner Offenbarung! Ich bezeuge, daß vor den enthüllten Sonnenstrahlen Deiner Gerechtigkeit jeder Gerechte seine Ungerechtigkeit erkennt, daß vor der Bewegung Deiner erhabensten Feder die fähigste aller Federn ihre Unfähigkeit eingesteht.
Bei Deinem Leben, o Du Besitzer aller Namen! Die Gemüter der tiefsten Denker sind verwirrt, wenn sie das Meer Deiner Erkenntnis, den Himmel Deiner Weisheit und den Glanz Deiner Gnade betrachten. Wie könnte jemand, der nur ein Geschöpf Deines Willens ist, behaupten, er wisse, was bei Dir ist, oder er fasse Dein Wesen?
Lobpreis, unermeßlicher Lobpreis sei Dir! Ich schwöre bei Deiner Herrlichkeit! Meine innere wie meine äußere Zunge bezeugen offen und insgeheim, daß Du erhaben bist über die Reichweite und den Gesichtskreis Deiner Geschöpfe, über die Rede Deiner Diener, über das Zeugnis Deiner Geliebten und Auserwählten, über die Fassungskraft Deiner Propheten und Boten.
Ich flehe Dich an, o mein Herr, bei Deinem Namen, den Du zum Morgen Deiner Offenbarung, zum Dämmerort Deiner Eingebung machtest: Bestimme diesem Unterdrückten und allen, die Dir teuer sind, was Deiner Erhabenheit entspricht. Du bist in Wahrheit der Allgütige, der Allmächtige, der Allwissende, der Allweise.

40

Preis sei Dir, o Herr mein Gott! Ich flehe Dich an bei Deinem Namen, den niemand gebührend erkannt und dessen Bedeutung noch keine Seele ergründet hat. Ich flehe Dich an bei Ihm, dem Urquell Deiner Offenbarung, dem Morgen Deiner Zeichen: Mache mein Herz zu einem Gefäß Deiner Liebe und Deines Gedenkens. Vereinige es alsdann mit Deinem größten Meere, so daß ihm die Lebenswasser Deiner Weisheit, die kristallklaren Fluten Deiner Verherrlichung und Deines Lobpreises entströmen.
Die Glieder meines Leibes bezeugen Deine Einheit; das Haar auf meinem Haupte verkündet die Kraft Deiner Herrschaft und Macht. Ich stehe am Tor Deiner Gnade in vollkommener Selbstverleugnung, ja Selbstauslöschung, und klammere mich an den Saum Deiner Großmut, die Augen auf den Horizont Deiner Gaben gerichtet.
Bestimme Du für mich, o mein Gott, was der Größe Deiner Erhabenheit entspricht, und hilf mir durch Deine stärkende Gnade, Deine Sache so zu lehren, daß die Toten aus ihren Gräbern auferstehen und Dir entgegeneilen, ganz im Vertrauen auf Dich, den Blick auf den Morgen Deiner Sache und den Sonnenaufgang Deiner Offenbarung gerichtet.
Du bist wahrlich der Gewaltigste, der Höchste, der Allwissende, der Allweise.

41

Deine Einheit, o mein Gott, ist unverständlich für alle, die Ihn nicht anerkennen, die Manifestation Deiner Einmaligkeit, den Morgen Deiner Einzigkeit. Wer Ihm einen Nebenbuhler beigesellt, gesellt Dir einen Nebenbuhler bei, und wer Ihm einen Ebenbürtigen zuschreibt, schreibt Dir einen Ebenbürtigen zu. Nein, nein, niemand in der ganzen Schöpfung kann Dir widerstehen. Seit Ewigkeit stehst Du hoch über allen Vergleichen und Ähnlichkeiten. Deine Einzigkeit ist erwiesen durch die Einzigkeit Dessen, der der Aufgangsort Deiner Offenbarung ist. Wer dies leugnet, der leugnet Deine Einheit, streitet mit Dir um Deine Souveränität, hadert mit Dir in Deinem Reich und verwirft Deine Gebote.
Hilf Deinen Dienern, o mein Herr, Deine Einheit zu erkennen und Deine Einzigkeit zu verkünden, damit sich alle um das versammeln, was Du an diesem Tage wünschest, da die Sonne Deines Wesens über dem Horizonte Deines Willens erstrahlt und der Mond Deines Seins am Morgenhimmel Deines Befehls aufgeht. Du bist Er, o mein Herr, dessen Kenntnis nichts entgeht und den niemand täuschen kann. Du tust, was Dir gefällt, durch Deine Souveränität, welche die Welten überschattet.
Du weißt wohl, o mein Gott, mein Meistgeliebter, daß den Durst, den ich in meiner Trennung von Dir leide, nur die Wasser Deiner Gegenwart löschen können, daß den Aufruhr meines Herzens nur der Lebensquell meiner Wiedervereinigung mit Dir zu stillen vermag. So sende denn aus dem Himmel Deiner Fülle auf mich nieder, was mich dem Kelche Deiner Gaben näher führt, und mache mich fähig, in großen Zügen von dem kostbaren, dem versiegelten Weine zu trinken, dessen Siegel in Deinem Namen erbrochen ward und dem die süßen Düfte Deiner Tage weithin entströmen. Du bist in Wahrheit der Gabenreichste, dessen Gnade unendlich ist.
Das ganze Weltall bezeugt Deine Großmut. So habe denn durch Deine Gnade Erbarmen mit mir, verfahre durch die Macht Deiner Souveränität gütig mit mir und gewähre mir durch Deine tausendfache Gunst nahen Zugang zu Dir. Du bist wahrlich der Große Geber, der Allmächtige, der Immervergebende, der Großmütigste.

42

Gelobt sei Dein Name, o mein Gott, Du Gott aller Dinge, Du meine Herrlichkeit und aller Dinge Herrlichkeit, meine Sehnsucht und aller Dinge Sehnsucht, meine Kraft und aller Dinge Kraft, mein König und aller Dinge König, mein Besitzer und aller Dinge Besitzer, mein Ziel und aller Dinge Ziel, mein Urheber und aller Dinge Urheber! Laß es nicht zu, ich flehe Dich an, daß ich vom Meere Deines zarten Erbarmens ferngehalten werde oder von den Gestaden Deiner Nähe.
Nichts außer Dir nützet mir, o mein Herr, und keines anderen Nähe bringt mir Gewinn. Ich flehe Dich an bei der Fülle Deines Reichtums, die Dich unabhängig macht von allem außer Dir selbst, zähle mich zu denen, die Dir ihr Angesicht zuwenden und sich erheben, Dir zu dienen.
Und vergib, o mein Herr, Deinen Dienern und Dienerinnen. Du bist wahrlich der Immervergebende, der Mitleidvollste.

43

O Gott, der Du der Schöpfer aller Manifestationen bist, der Born aller Borne, der Ursprung aller Offenbarung, der Quell allen Lichtes! Ich bezeuge, daß durch Deinen Namen der Himmel des Verstehens sich schmückt, das Meer der Rede wogt und das Walten Deiner Vorsehung den Anhängern aller Religionen verkündet wird.
Ich flehe Dich an, mache mich so reich, daß ich mich von allem außer Dir löse und unabhängig werde von allem außer Dir. So lasse denn aus den Wolken Deiner Freigebigkeit auf mich herniederregnen, was mir in jeder Deiner Welten Nutzen bringt. Und stehe mir mit Deiner stärkenden Gnade bei, inmitten Deiner Diener Deiner Sache so beispielhaft zu dienen, daß meiner gedacht werden wird, solange Dein Reich besteht und Deine Herrschaft währt.
Hier ist Dein Diener, o mein Herr, der sich mit seinem ganzen Wesen dem Horizonte Deiner Großmut, dem Meere Deiner Gnade und dem Himmel Deiner Gaben zuwendet. So verfahre denn mit mir, wie es Deiner Erhabenheit, Deiner Herrlichkeit, Deiner Freigebigkeit und Deiner Gnade entspricht.
Du bist wahrhaftig der Gott der Stärke und Macht, der Du bereit bist, denen zu antworten, die zu Dir beten. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Allwissenden, dem Allweisen.

44

Gelobt sei Dein Name, o Du, der Du mein Gott bist und in meinem Herzen pochst! Du weißt und bezeugst, daß alles, was denen zur Schande gereicht, die Dir teuer sind, auch Ihm, der Manifestation Deiner selbst, dem Morgen Deiner Offenbarung, Schande bereiten muß. Nein, für Ihn ist die Beschämung noch größer als für sie, wenn sie sich eingestehen müssen, was ihnen an Gutem in Deinen Tagen entging.
Dies sind Deine Diener, o mein Herr, die aus Liebe zu Dir ihre Heimat verließen und die Leiden aushalten, die Du ihnen auf Deinem Pfade bestimmst. Ich schwöre bei Deiner Herrlichkeit! Wann immer einer von ihnen vor Dir seine Missetaten bekennt, kommt Schamröte über mein Angesicht; denn es sind Deine Diener, die vom Becher des Leides in Deiner Sache kosteten, die den Kelch des Elends leerten, während das Licht Deines Antlitzes auf sie fiel, und die von den Prüfungen so bedrückt waren, daß sie im Bereiche Deines Hofes keinen Frieden mehr fanden.
Die Kraft Deiner Macht ist mein Zeuge! Mein Herz schmilzt vor Liebe für jene, die Dir teuer sind, und meine Seele ist schwer vom Gram um die Leiden, die ihnen bei der Offenbarung Deiner heiligen Sache und beim Anblick des wogenden Meeres Deiner gnädigen Gunst zugestoßen sind. Ihre Seufzer lassen meine Seufzer zu Dir aufsteigen, und der Brand ihrer Herzen verzehrt mir das Herz in der Brust.
Ich flehe Dich an, o Du Herr über alles Sein, Du Erleuchter des Sichtbaren wie des Unsichtbaren: Gib, daß jeder von ihnen zum Banner Deiner Führung unter Deinen Dienern werde, zur Offenbarung des Sonnenglanzes Deiner Gnade unter Deinen Geschöpfen. Du hast sie auserwählt, o mein Gott, Dich zu lieben und vor dem Throne Deiner Majestät zu stehen. Keine Stufe übertrifft die Stufe, zu der Du sie berufen hast. Wieviele Nächte floh sie der Schlaf, weil sie Dein gedachten, und wieviele Tage verbrachten sie mit Wehklagen über das, was Dir unter den Händen Deiner Feinde widerfuhr! Ich bitte Dich inständig, o Du Herrscher aller Herrscher, Du Ermutiger der Unterdrückten: Hilf ihnen, Deiner Sache so beizustehen und Dein Wort so zu erhöhen, daß Dein Lobpreis überall unter Deinen Geschöpfen verbreitet und Deine Tugenden in Deinem Reiche verkündet werden. Du bist wahrlich der Allmächtige, der Erhabenste, der Immervergebende, der Freigebigste.
Gepriesen seiest Du, o Herr mein Gott! Hier ist Dein Diener, den Du im Reiche Deiner Namen bei Deinem eigenen Namen rufst, den Du unter den Schwingen Deiner Gunst und Gnade großziehst. So siehst Du, wie er Deinen Gaben zueilt, wie er voranstürmt, Deine Großmut zu suchen. Hülle ihn, o mein Gott, in den Mantel Deiner Gunst, in die Tracht Deiner Freigebigkeit und Großzügigkeit, damit alles Erschaffene bei ihm den Duft aus dem Gewande Deiner Liebe verspüre. Schmücke ihm sodann das Haupt mit der Krone des Deingedenkens, so daß sein Ruhm sich unter Deinen Dienern verbreite als der Ruhm dessen, der Dich liebt und der an Deiner heiligen Sache unerschütterlich festhält. Stehe ihm ferner bei, Dir allezeit, in jeder Lage zu helfen, Deiner zu gedenken und Deine Tugenden unter Deinen Geschöpfen zu preisen.
Ich schwöre bei Deiner Herrlichkeit, o mein Gott! Wann immer ich über Deine Herrlichkeit und Deine Souveränität nachsinne, fühle ich mich als den Schuldigsten unter allen, die sich in Deinem Reiche gegen Dich vergangen haben, und wann immer ich die Höhen betrachte, wo keiner außer Dir weilen kann, sehe ich mich als das sündigste aller Geschöpfe, die in Deinen Landen wohnen. Wäre es nicht ob Deines Namens, der Verbergende, ob Deines Namens, der Immervergebende, und ob der süßen Düfte Deines Namens, der Gnadenreichste, so würden alle Deine Auserwählten zu den Frevlern und den Bösen gezählt.
Ich sage Dir Dank, daß Deine Gnade sie erreicht und Deine Huld, Deine freigebige Gunst sie von allen Seiten umfängt.
Und nun, nachdem ich bekannte, was Du aus meiner Feder strömen ließest, flehe ich Dich an, bei Deinem Namen, den Du über jeden anderen Namen erhöhtest, den Du alle im Himmel und auf Erden überschatten ließest: Weise den nicht ab, der sich Dir zuwendet; versage ihm nicht die Wunder Deiner Gnade und die verborgenen Beweise Deiner Barmherzigkeit. Entzünde mit den Händen Deiner Allmacht in seinem Herzen eine Lampe, die ihn in Deinen Tagen so hell leuchten und in Deinem Namen mit solcher Leidenschaft rufen läßt, daß kein Zaudern ihn abhält, sich in die Sphären Deiner Liebe aufzuschwingen, zum Horizonte der verzückten Sehnsucht nach Dir emporzusteigen, und daß Deine Geschöpfe ihn mit ihren Alltäglichkeiten nicht hindern, Dein Wort zu rühmen, damit Du ihn geheiligt sehest, wie Du es wünschest und wie es Deiner Majestät und Herrlichkeit entspricht.
Wie erhaben diese Stufe auch sei, o mein Gott, wie herausragend dieser Rang – denn wer außer Dir selbst hätte die Macht darzutun, was Deiner Erhabenheit würdig, Deiner Größe angemessen ist –, bist Du doch der Allgütige, der Mitleidvollste. Alle Atome der Erde bezeugen, daß Du der Immervergebende bist, der Wohlwollende, der Große Geber, der Allherrliche, der Allweise. So schaue denn auf ihn mit den Augen Deiner Gnade, o mein Gott, und laß den Blick Deiner Großmut auf ihm ruhen. Und mit den süßen Weisen von Ihm, dem Urquell Deiner Offenbarung, entzücke ihn so sehr, daß er seinen Willen völlig Deinem Wohlgefallen unterwirft und seine Hoffnung auf das setzt, was Du auf Deinen Tafeln bestimmt hast. So stärke denn sein Herz durch Deinen Namen, der Allmächtige, der Getreue, damit er die Hand der Macht aus dem Busen ziehtA7, um damit Deiner heiligen Sache zu helfen, wenn das Licht Deiner Schönheit offenbart wird und die Sonne Deiner Majestät aufgeht.
Da Du ihn bei Deinem Namen rufst, o mein Herr, so erwähle ihn aus Deinen Dienern zu Deinem Dienste. Du weißt, o mein Herr, daß ich bei meiner Offenbarung nur Deine heilige Sache zu offenbaren strebe und mich niemandem zuwende, es sei denn, um Dich zu offenbaren und Deine Gnade zu verkünden. Ich flehe Dich an, bei Deinem hocherhabenen Namen, der in diesem Augenblicke spricht: Sende hernieder auf ihn und alle, die Dich lieben, was im Himmel Deiner Gunst und Deiner Gaben beschlossen ist, damit sie, von heftiger Sehnsucht nach Dir erfüllt, in Deinem Bunde frohlocken, o Du Herr aller Herren! Verordne sodann für ihn und für sie, was Deinem Namen, der Gabenreichste, entspricht.
Du bist in Wahrheit der Allmächtige, der Erhabenste, der Machtvollste, der Allherrliche, der Größte.

45

O Gott, mein Feuer und mein Licht! Die Tage, die Du in Deinem Buche die Ayyám-i-HáA8 nanntest, haben begonnen, o Du König aller Namen, und die Fasten nahen heran, deren Einhaltung Deine erhabenste Feder allen zur Pflicht gemacht, die im Reiche Deiner Schöpfung sind. Ich flehe Dich an, o mein Herr, bei diesen Tagen und bei allen, die sich während dieser Zeit an das Seil Deiner Gebote klammern und an den Griff Deiner Vorschriften halten, gib, daß jeder Seele im Umkreis Deines Hofes ein Platz bestimmt sei, ein Sitz bei der Offenbarung des Strahlenglanzes Deines Antlitzes.
Hier sind Deine Diener, o mein Herr, die keine verderbte Neigung von dem abhält, was Du in Deinem Buche herabgesandt hast. Sie beugen sich vor Deiner Sache, sie ergreifen das Buch mit einer Entschiedenheit, die aus Dir geboren ist. Sie halten ein, was Du ihnen vorgeschrieben, und wollen befolgen, was ihnen von Dir herabgesandt ist.
Du siehst, o mein Herr, wie sie bekennen und anerkennen, was Du in Deinen Schriften offenbartest. Gib ihnen, o mein Herr, die Wasser Deiner Ewigkeit aus Deinen gnadenreichen Händen zu trinken. Verzeichne sodann für sie den Lohn dessen, der sich in das Meer Deiner Gegenwart versenkt und den auserwählten Wein Deiner Begegnung erlangt.
Ich flehe Dich an, o Du König der Könige, Du Erbarmer der Unterdrückten, bestimme ihnen das Gute dieser und der zukünftigen Welt. Schreibe schließlich für sie nieder, was keines Deiner Geschöpfe entdeckt, und zähle sie zu denen, die Dich umkreisen und Deinem Throne in jeder Deiner Welten nahe sind.
Du bist wahrlich der Allmächtige, der Allwissende, der Allweise.

46

Gepriesen seiest Du, o mein Gott, da Du Naw-Rúz denen zum Fest bestimmt hast, die das Fasten aus Liebe zu Dir hielten und alles mieden, was Du verabscheust. Gib, o mein Gott, daß das Feuer Deiner Liebe und die Glut, die das von Dir befohlene Fasten erzeugte, sie in Deiner Sache entflamme und sie bestimme, sich Deinem Lobpreis und Deinem Gedenken hinzugeben.
Da Du sie schmücktest mit der Zier des von Dir vorgeschriebenen Fastens, so schmücke sie durch Deine Gnade und großmütige Gunst auch mit Deiner Annahme. Denn der Menschen Taten hängen alle von Deinem Wohlgefallen ab und sind bedingt durch Dein Geheiß. Solltest Du den, der das Fasten brach, als einen ansehen, der es hielt, so wird ein solcher Mensch zu denen gezählt, die seit aller Ewigkeit das Fasten hielten. Und solltest Du bestimmen, daß einer, der das Fasten hielt, es gebrochen habe, so wird er zu denen gerechnet, die das Gewand Deiner Offenbarung mit Staub beschmutzt und sich weit entfernt haben von den kristallklaren Wassern dieser Lebensquelle.
Du hast das Banner »Preis sei Dir in Deinen Werken!« erhoben und die Standarte »Gehorcht werde Dir in Deinem Gebot!« entfaltet. Mache, o mein Gott, Deinen Rang Deinen Dienern bekannt, damit ihnen bewußt werde, daß aller Dinge Vortrefflichkeit von Deinem Befehl und Deinem Worte abhängt, daß der Wert jeder Tat durch die Erlaubnis und das Wohlgefallen Deines Willens bestimmt ist, und damit sie erkennen, daß im Griff Deiner Annahme und Deines Befehls die Zügel aller Taten des Menschen liegen. Mache ihnen dies wohlbekannt, auf daß sie durch nichts von Deiner Schönheit ferngehalten werden in diesen Tagen, von denen Christus verkündet: »Alle Herrschaft ist Dein, o Du Vater des GeistesA9!« und von denen Dein FreundA10 ausruft: »Preis sei Dir, o Vielgeliebter, denn Du hast Deine Schönheit enthüllt und für Deine Erwählten niedergeschrieben, was sie zum Thron der Offenbarung Deines Größten Namens gelangen läßt, eines Namens, der alle Völker wehklagen ließ außer jenen, die sich von allem außer Dir gelöst und zum Offenbarer Deiner selbst, zur Manifestation Deiner Eigenschaften begeben haben.«
O Gott, Dein Zweig und alle Deine Gefährten haben heute ihr Fasten beendet, das sie in ihrem Eifer, Dir zu gefallen, im Bereiche Deines Hofes hielten. Verordne Du Ihm, ihnen und allen, die in diesen Tagen in Deine Gegenwart gelangten, all das Gute, das Du in Deinem Buche bestimmt hast. Versorge sie alsdann mit dem, was ihnen in diesem und im jenseitigen Leben Nutzen bringt.
Du bist wahrhaftig der Allwissende, der Allweise.

47

O Du Herr des Sichtbaren und des Unsichtbaren, Du Erleuchter der ganzen Schöpfung! Ich flehe Dich an, bei Deiner Souveränität, die den Augen der Menschen verborgen ist: Offenbare nach allen Seiten die Zeichen Deines tausendfachen Segens und die Merkmale Deiner Gnade, damit ich verzückt und begeistert aufstehe, Deine wundersamen Tugenden zu preisen, o Du Allbarmherziger, durch Deinen Namen alles Erschaffene aufrüttele und das Feuer Deiner Verherrlichung inmitten Deiner Geschöpfe so hell entfache, daß die ganze Welt mit Deines Ruhmes Glanz erfüllt wird und alles Sein im Feuer Deiner heiligen Sache entflammt.
Falte nicht zusammen, o mein Herr, was in Deinem Namen ausgebreitet ist, und lösche die Flamme nicht, die Dein eigenes Feuer entzündet hat. Halte das niederströmende Wasser nicht auf – das Wasser, welches das wahre Leben ist, in dessen Murmeln die wundersamen Weisen Deines Lobpreises und Deiner Verherrlichung zu hören sind. Versage Deinen Dienern auch nicht den süßen Duft des Hauches, den Deine Liebe verströmt.
Du siehst die ruhelosen Wogen, o mein allherrlicher Geliebter, die meine Liebe und meine Sehnsucht nach Dir im Meere meines Herzens aufrühren. Ich flehe Dich an, bei den Zeichen Deiner Majestät, bei den Beweisen Deiner Souveränität: Unterwirf Deine Diener durch diesen Namen, den Du zum König aller Namen im Reiche Deiner Schöpfung gemacht hast. Mächtig bist Du zu herrschen, wie es Dir gefällt. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Allherrlichen, dem Allgütigen.
Bestimme des weiteren für jeden, der sich Dir zuwendet, was ihn so sehr in Deiner heiligen Sache festigt, daß ihn weder der eitle Wahn der Ungläubigen unter Deinen Geschöpfen noch das leere Geschwätz der Eigensinnigen unter Deinen Dienern von Dir auszuschließen vermögen. Du bist wahrlich der Helfer in der Not, der Allmächtige, der Machtvollste.

48

Dir sei Preis, o Herr mein Gott! Ich flehe Dich an bei Deinem Größten Namen, der in die Gefängnisstadt ‘Akká eingeschlossen ist, der – wie Du siehst, o mein Gott – Seinen Feinden in die Hände gefallen ist und von den Frevlern mit dem Schwert bedroht wird: Mache mich standhaft in Seiner heiligen Sache und lenke mit solcher Beständigkeit meinen Blick auf Seinen Hof, daß nichts in der Welt mich von Ihm abzuwenden vermag.
Ich bezeuge, o mein Herr, daß Er Sein Leben auf Deinem Pfade dahingibt und für sich selbst nichts wünscht als Leiden in Seiner Liebe zu Dir. Drangsale aller Art erduldet Er, um Deine Souveränität unter Deinen Dienern zu offenbaren und Dein Wort vor Deinen Geschöpfen zu preisen. Je schlimmer die Not wurde, je drückender die von Dir herabgesandten Trübsale Ihn von allen Seiten umdrängten, umso leidenschaftlicher erfüllte Ihn der Gedanke an Dich, so daß die Heerscharen all derer, die nicht an Dich geglaubt und Deine Zeichen verworfen hatten, Ihn nicht länger schrecken konnten.
Ich flehe Dich an, o mein Herr, bei Ihm und bei allem, was Ihm zugehört, hänge mein Herz so an Ihn, wie Er Sein Herz an Dich hängt. Ich bezeuge, daß Seine Liebe Deine Liebe ist, Sein Selbst Dein Selbst, Seine Schönheit Deine Schönheit und Seine heilige Sache Deine heilige Sache.
Versage mir nicht, o mein Herr, was bei Dir ist, und laß mich nicht vergessen, was Du in Deinen Tagen wünschest. Du bist wahrlich der Allmächtige, der Erhabenste, der Allherrliche, der Allweise.

49

Gelobt sei Dein Name, o Herr mein Gott! Ich flehe Dich an bei Deinem Namen, durch den die Stunde schlug, die Auferstehung geschah und Furcht und Zittern alle im Himmel und auf Erden ergriff, laß aus dem Himmel Deines Erbarmens, aus den Wolken Deines zarten Mitleids auf uns herabregnen, was die Herzen Deiner Diener, die sich Dir zuwenden und Deiner Sache beistehen, mit Freude erfüllt.
Bewahre Deine Diener und Deine Mägde, o mein Gott, vor den Pfeilen eitlen Wahns und leeren Trugs, und reiche ihnen aus den Händen Deiner Gnade einen Trunk vom sanft fließenden Wasser Deiner Erkenntnis.
Du bist wahrlich der Allmächtige, der Erhabenste, der Immervergebende, der Freigebigste.

50

Ruhm sei Dir, o mein Gott! Du hörst, die Dich inbrünstig lieben, wehklagen ob ihrer Trennung von Dir, und die Dich erkennen, jammern über ihre Ferne von Deiner Gegenwart. Stoße vor ihren Angesichtern die Tore Deiner Gnade auf, o mein Herr, damit sie mit Deiner Erlaubnis und nach Deinem Willen eintreten, vor dem Thron Deiner Majestät stehen, Deine Stimme in all ihren Nuancen vernehmen und erleuchtet werden vom Lichtglanz Deines Antlitzes.
Mächtig bist Du zu tun, was Dir gefällt. Niemand kann der Gewalt Deiner höchsten Macht widerstehen. Du warst seit aller Ewigkeit allein und ohnegleichen, und immerdar wirst Du erhaben sein über jeden Gedanken und jegliche Beschreibung. Erbarme Dich Deiner Diener in Deiner Gnade und Großmut. Laß es nicht zu, daß sie von den Meeresküsten Deiner Nähe ferngehalten werden. Wenn Du sie verließest, wen gäbe es dann, der ihnen hülfe? Und wenn Du sie fern von Dir hieltest, wer könnte ihnen sonst Gunst erweisen? Sie haben keinen Herrn und keinen, den sie anbeten, außer Dir. Verfahre freigebig mit ihnen nach Deiner großmütigen Gnade.
Du bist wahrhaftig der Immervergebende, der Mitleidvollste.

51

Du bist Zeuge, o mein Gott, wie Er, Dein Strahlenglanz, Deiner gedenkt, ungeachtet der mannigfachen Leiden, die über Ihn kamen, Leiden, die niemand außer Dir zählen kann. In Seinem Gefängnis siehst Du Ihn Deinen wunderherrlichen Lobpreis künden, den Du Ihm eingabst. So groß ist Seine Inbrunst, daß Seine Feinde machtlos sind, Ihn von Deinem Gedenken abzuhalten, o Du Besitzer aller Namen!
Preis sei Dir, da Du Ihn so gestärkt hast durch Deine Stärke, mit solcher Gewalt begabt durch Deine Allgewalt, daß nach Seinem Urteil alles außer Dir nichts ist als eine Handvoll Staub. Das Licht unvergänglichen Strahlenglanzes hat Ihn so umhüllt, daß in Seinen Augen alles außer Dir nur Schatten ist.
Und als mich Dein unwiderstehlicher Ruf erreichte, erhob ich mich, gefestigt durch Deine Stärke, und forderte alle in Deinem Himmel und auf Deiner Erde auf, sich dem Horizonte Deiner Gunst und Deiner Freigebigkeit zuzuwenden. Etliche schmähten mich und beschlossen, mich zu verwunden und zu töten. Andere tranken den Wein Deiner Gnade die Fülle und eilten zur Stätte Deines Thrones.
Ich flehe Dich an, o Du Schöpfer von Erde und Himmel, Du Quell aller Dinge: Zieh Deine Diener an durch den Duft aus dem Gewande Deiner Eingebung und Deiner Offenbarung; hilf ihnen, das Heiligtum Deines Befehls und Deiner Macht zu erreichen. Seit Ewigkeit warst Du durch Deine unübertroffene Macht allen Dingen überlegen, und bis in alle Ewigkeit wirst Du erhaben sein in Deiner Göttlichkeit und höchsten Souveränität.
Laß Deine Gnade über Deinen Dienern und Deinen Geschöpfen walten. Du bist in Wahrheit der Allmächtige, der Unzugängliche, der Allherrliche, der Unbedingte.

52

Gelobt sei Dein Name, o mein Gott! Ich flehe Dich an bei den Düften des Gewandes Deiner Gnade, die auf Dein Geheiß und nach Deinem Wunsch über die ganze Schöpfung dahinwehten, und bei der Sonne Deines Willens, die in der Kraft Deiner Macht und Deiner Souveränität hell über dem Horizonte Deines Erbarmens scheint, tilge aus meinem Herzen allen eitlen Wahn und leeren Trug, auf daß ich mit all meiner Liebe mich Dir zuwende, o Du Herr der ganzen Menschheit!
Ich bin Dein Diener und Deines Dieners Sohn, o mein Gott! Ich halte mich fest am Griff Deiner Gnade und klammere mich an das Seil Deines zarten Erbarmens. Bestimme für mich das Gute, das von Dir kommt, und laß mich essen von der Tafel, die Du aus den Wolken Deiner Freigebigkeit und dem Himmel Deiner Gunst herabgesandt hast.
Du bist wahrlich der Herr der Welten und der Gott aller im Himmel und auf Erden.

53

Ich weiß nicht, o mein Gott, was für ein Feuer Du in Deinem Lande entzündet hast. Erde kann niemals seinen Glanz verdunkeln noch Wasser seine Flamme löschen. Alle Völker der Welt sind machtlos, seiner Gewalt zu widerstehen. Groß ist die Seligkeit dessen, der ihm nahekommt und sein Tosen hört.
Einigen, o mein Gott, gabst Du durch Deine stärkende Gnade die Kraft, sich Deinem Feuer zu nähern, während Du andere zurückhieltest wegen der Taten, die ihre Hände in Deinen Tagen begangen. Wer immer ihm zueilt und es erreicht im brennenden Verlangen, Deine Schönheit zu schauen, gibt sein Leben auf Deinem Pfade hin und steigt zu Dir empor in völliger Loslösung von allem außer Dir.
Ich flehe Dich an, o mein Herr, bei diesem Feuer, das in der Welt der Schöpfung tost, zerreiße die Schleier, die mich hindern, vor dem Thron Deiner Erhabenheit zu erscheinen und am Zugang zu Deinem Tor zu stehen. Bestimme für mich, o mein Herr, alles Gute, das Du in Deinem Buch herniedersandtest, und laß nicht zu, daß ich vom Schutze Deines Erbarmens weit entfernt bleibe.
Du hast die Macht zu tun, was Dir gefällt. Du bist wahrlich der Allgewaltige, der Freigebigste.

54

Gelobt sei Dein Name, o mein Gott! Hilf Du mit Deiner stärkenden Gnade Deinen Dienern und Dienerinnen, Deine Tugenden zu künden und standhaft zu sein in ihrer Liebe zu Dir. Wieviele Blätter haben die Stürme der Anfechtung zu Boden geweht, und wieviele sind es doch, die fest am Baume Deiner Sache haften, unerschütterlich in all den Prüfungen, die über sie kamen, o Du unser Herr, der Allerbarmer!
Ich sage Dir Dank, daß Du mich solche Deiner Diener kennen ließest, die kraft Deiner Macht und Souveränität die Götzen ihrer verderbten Lüste zertrümmert haben, die aller Besitz Deiner Geschöpfe nie davon abhielt, sich Deiner Gnade zuzuwenden. So ungestüm haben sie die Schleier zerrissen, daß in den Städten der Selbstsucht die Bewohner weinen und das Volk des Neids und der Bosheit in Furcht erschauert, jenes Volk, das sich Haupt und Leib mit dem Schmuck der Gelehrsamkeit behängt und doch in seinem Dünkel Dich verwirft, von Deiner Schönheit sich wendend.
Ich flehe Dich an, o mein Herr, bei Deiner allüberragenden Majestät und bei Deinem urewigen Namen, mache Deine Geliebten fähig, Dir beizustehen. Richte alsdann ihre Angesichter unablässig auf Dein Antlitz und schreibe für sie nieder, was alle Herzen frohlocken läßt und alle Augen beglückt.
Du bist fürwahr der Helfer in Gefahr, der Selbstbestehende.

55

O Gott! Die Prüfungen, die Du sendest, sind Balsam für die Wunden aller, die Deinem Willen ergeben sind. Deiner zu gedenken, ist heilende Arznei für die Herzen derer, die Deinem Hofe nahe sind. Die Nähe zu Dir ist das wahre Leben aller, die Dich lieben. Deine Gegenwart ist der brennende Wunsch derer, die sich danach sehnen, Dein Antlitz zu schauen. Ferne von Dir wird denen zur Qual, die Deine Einheit erkennen, und Trennung von Dir ist denen Tod, die Deine Wahrheit anerkennen.
Ich flehe Dich an, bei den Seufzern derer, die sich fern von Deinem Hof nach Dir verzehren, und beim Wehklagen Deiner Geliebten, die ihre Trennung von Dir beweinen, stärke mich mit dem Weine Deiner Erkenntnis, mit dem Lebenswasser Deiner Liebe und Deines Wohlgefallens. Schau Deine Magd, o mein Herr, die alles außer Dir vergißt, beglückt durch Deine Liebe, wie sie wehklagt darüber, was die Hände der Frevler unter Deinen Geschöpfen Dir zufügten. Bestimme für sie, was Du denen Deiner Dienerinnen bestimmt hast, die den Thron Deiner Majestät umkreisen und zur Abendzeit wie am Morgen nach Deiner Schönheit schauen.
Du bist wahrlich der Herr am Tage des Gerichts.

56

Ruhm sei Dir, o Herr mein Gott! Jetzt sind die Tage, da Du allen Menschen gebotest, das Fasten zu halten, damit sie dadurch ihre Seelen läutern, damit sie sich lösen von allen Bindungen außer an Dich und damit aus ihren Herzen aufsteige, was des Hofes Deiner Majestät würdig ist, was dem Thronsitz der Offenbarung Deiner Einheit entspricht. Gib, o mein Herr, daß dieses Fasten zu einem Strom lebenspendenden Wassers werde, daß es die Tugend erzeuge, die Du ihm verliehen hast. Heilige dadurch die Herzen Deiner Diener, die alle Übel der Welt nicht hindern konnten, sich Deinem allherrlichen Namen zuzuwenden, ungerührt vom Lärm und Aufruhr derer, die Deine strahlenden Zeichen beim Kommen Deiner Manifestation, ausgestattet mit Deiner Souveränität, Deiner Macht, Deiner Majestät und Herrlichkeit, zurückwiesen. Sie sind die Diener, die Deiner Gnade entgegeneilten, sobald Dein Ruf sie erreichte, und die sich weder durch den Wandel und Wechsel der Welt noch durch menschliche Begrenzungen von Dir fernhalten ließen.
Ich bin es, o mein Gott, der Deine Einheit bezeugt und Deine Einzigkeit anerkennt, der sich demütig verneigt vor den Offenbarungen Deiner Majestät und, die Augen zu Boden gesenkt, den Strahlenglanz Deiner überirdischen Herrlichkeit wahrnimmt. An Dich glaube ich, nachdem Du mich befähigt hast, Dein Selbst zu erkennen, wie Du es den menschlichen Augen durch die Kraft Deiner machtvollen Souveränität enthüllt hast. Ihm wende ich mich zu, völlig losgelöst von allen Dingen, das Seil Deiner Gnadengaben fest in der Hand. Seine Wahrheit nehme ich in mir auf, die Wahrheit all der wundersamen Gesetze und Gebote, die auf Ihn herniedergesandt sind. Ich faste aus Liebe zu Dir und nach Deinem Befehl; ich beende mein Fasten mit Deinem Lobpreis auf den Lippen, im Einklang mit Deinem Wohlgefallen. Laß mich nicht zu denen gehören, o mein Herr, die tags fasten, nachts sich vor Dir niederwerfen und doch Deine Wahrheit ablehnen, Deine Zeichen leugnen, Dein Zeugnis bestreiten und Dein Wort verdrehen.
Öffne mir und allen, die Dich suchen, die Augen, o mein Herr, damit wir Dich mit Deinen eigenen Augen erkennen. Das ist Dein Gebot durch das Buch, das Du herniedersandtest auf Ihn, den Dein Befehl erwählte, den Du auserlasest für Deine Gunst vor allen Deinen Geschöpfen, den Du mit Deiner Souveränität auszustatten beliebtest, den Du besonders begnadet und mit Deiner Botschaft für Dein Volk betraut hast. Gepriesen seiest Du darum, o mein Gott, denn Du hast uns gnädiglich befähigt, Ihn zu erkennen und alles anzuerkennen, was zu Ihm herniedergesandt ist; Du hast uns die Ehre erwiesen, die Gegenwart Dessen zu erlangen, den Du in Deinem Buch und auf Deinen Tafeln verheißen.
So siehst Du mich, o mein Gott, das Angesicht Dir zugewandt, das Seil Deiner gnädigen, großzügigen Vorsehung fest in der Hand, den Saum Deines zarten Erbarmens und Deiner freigebigen Gunst umklammernd. Ich flehe Dich an: Zerstöre mir nicht die Hoffnung, das zu erreichen, was Du bestimmt hast für Deine Diener, die sich der Umfriedung Deines Hofes, dem Heiligtum Deiner Gegenwart zuwenden und aus Liebe zu Dir das Fasten halten. Ich bekenne, o mein Gott: Was immer von mir ausgeht, ist Deiner Souveränität unwürdig und bleibt hinter Deiner Majestät zurück. Und doch bitte ich Dich bei Deinem Namen, durch den Du Dein Selbst allem Erschaffenen im Glanz Deiner herrlichsten Titel offenbarst in dieser Offenbarung, die durch Deinen strahlendsten Namen Deine Schönheit kundtut: Gib mir zu trinken vom Weine Deiner Barmherzigkeit, vom reinen Trunk Deiner Gunst, die der rechten Hand Deines Willens entströmt, damit ich meinen Blick so fest auf Dich richte und mich so völlig loslöse von allem außer Dir, daß mir die Welt mit allem Erschaffenen darin nur einen flüchtigen Tag bedeutet, den Du der Erschaffung nicht für würdig befunden hast.
Und weiter flehe ich dich an, o mein Gott: Laß aus dem Himmel Deines Willens, aus den Wolken Deiner Barmherzigkeit herniederregnen, was uns vom Pesthauch unserer Vergehen reinigt, o Du, der Du Dich selbst den Gott der Barmherzigkeit nennst! Du bist wahrlich der Mächtigste, der Allherrliche, der Wohltätige.
Verwirf nicht den, o mein Herr, der sich Dir zuwendet, noch laß den, der sich Dir nähert, von Deinem Hofe verweisen. Zerschlage nicht die Hoffnungen des Bittenden, der sehnsüchtig suchend die Hände nach Deiner Gunst und Güte streckt, und beraube Deine aufrichtigen Diener nicht der Wunder Deines zarten Erbarmens und Deiner Gnade. Du, o mein Herr, bist der Vergebende, der Gabenreichste. Du hast die Macht zu tun, was Dir gefällt. Alle außer Dir sind hilflos vor den Offenbarungen Deiner Macht; sie sind wie verloren vor den Beweisen Deines Reichtums, sind wie nichts im Vergleich mit den Manifestationen Deiner überragenden Souveränität, bar aller Kraft angesichts der Zeichen und Merkmale Deiner Macht. Welche Zuflucht, o mein Herr, gibt es außer bei Dir, dahin ich fliehen könnte, und wo ist ein Hafen, darin ich mich bergen könnte? Nein, die Kraft Deiner Macht ist mein Zeuge! Es gibt keinen Beschützer außer Dir, keine Zuflucht außer Dir, kein Asyl außer Dir. Laß mich, o mein Herr, die göttliche Süße Deines Gedenkens und Deines Lobpreises kosten. Ich schwöre bei Deiner Macht! Wer ihre Süße kostet, befreit sich von jeglicher Bindung an die Welt und alles darinnen und richtet sein Angesicht auf Dich, geläutert vom Gedenken an andere als Dich.
So gib denn, o mein Gott, meiner Seele Dein wundersames Gedenken ein, damit ich Deinen Namen verherrliche. Zähle mich nicht zu denen, die Dein Wort lesen und doch Deine verborgene Gabe nicht finden, die nach Deinem Ratschluß darin enthalten ist, um die Seelen Deiner Geschöpfe und die Herzen Deiner Diener zu beleben. Laß mich, o mein Herr, zu denen gerechnet sein, die von den süßen Düften in Deinen Tagen so aufgerührt sind, daß sie Dir ihr Leben opfern und zur Stätte ihres Todes eilen in ihrem Verlangen, Deine Schönheit zu schauen, und in ihrer Sehnsucht, Deine Gegenwart zu erreichen. Und wenn unterwegs jemand sie fragt: »Wohin zieht ihr?«Q1, dann antworten sie: »Hin zu Gott, dem Allbesitzenden, dem Helfer in Gefahr, dem Selbstbestehenden!«
Die Vergehen derer, die Dir in Hochmut den Rücken kehren, können sie nicht hindern, Dich zu lieben, auf Dich ihr Angesicht zu richten und sich Deiner Barmherzigkeit zuzuwenden. Sie sind es, die von den himmlischen Heerscharen gesegnet und von den Bewohnern der unvergänglichen Städte verherrlicht werden, und darüber hinaus von denen, auf deren Stirn Deine erhabenste Feder geschrieben hat: »Hier! Das Volk Bahás! Durch sie verbreitet das Licht der Führung seinen Glanz.« So ist es auf der Tafel Deines unumstößlichen Ratschlusses bestimmt, auf Dein Geheiß und durch Deinen Willen.
Darum verkünde, o mein Gott, ihre Größe und die Größe derer, die sie während ihres Lebens oder nach ihrem Tod umkreisen. Versorge sie mit dem, was Du für die Rechtschaffenen unter Deinen Geschöpfen verordnest. Mächtig bist Du, alles zu tun. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Allmächtigen, dem Helfer in Gefahr, dem Allgewaltigen, dem Gabenreichsten.
Laß unser Fasten nicht mit diesem Fasten zu Ende gehen, o mein Herr, noch die Bündnisse, die Du mit diesem Bunde schließest. Nimm alles an, was wir aus Liebe zu Dir und um Deines Wohlgefallens willen tun, aber auch alles, was wir ungetan ließen, weil wir unseren bösen, verderbten Lüsten unterworfen sind. Befähige uns sodann, standhaft an Deiner Liebe und an Deinem Wohlgefallen festzuhalten, und bewahre uns vor dem Unheil derer, die Dich leugnen und Deine glanzvollsten Zeichen verwerfen. Du bist in Wahrheit der Herr dieser Welt und der künftigen. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Erhabenen, dem Höchsten.
Verherrliche Ihn, o mein Gott, den Ersten Punkt, das Göttliche Geheimnis, das Unsichtbare Wesen, den Morgen der Göttlichkeit, die Manifestation Deiner Herrschaft, Ihn, durch den alle Erkenntnis der Vergangenheit und alle Erkenntnis der Zukunft klar und einfach gemacht ist, durch den die Perlen Deiner verborgenen Weisheit entdeckt und das Geheimnis Deines verwahrten Namens enthüllt wurden, Ihn, den Du zum Herold ernanntest für Den, der durch Seinen Namen die Buchstaben des S–E–I zusammenfügt und vereinigt, durch den Deine Majestät, Deine Souveränität und Macht kundgetan sind, durch den Deine Worte herniedergesandt, Deine Gesetze in aller Klarheit dargelegt, Deine Zeichen verbreitet und Dein Gotteswort eingesetzt sind, durch den Deinen Auserwählten die Herzen bloßgelegt und alle im Himmel und auf Erden versammelt wurden, Ihn, den Du ‘Alí-Muḥammad nennst im Reiche Deiner Namen und den Geist der Geister auf der Tafel Deines unwiderruflichen Ratschlusses, den Du mit Deinem Titel schmückst, zu dessen Namen alle anderen Namen auf Dein Geheiß und durch die Macht Deines Willens zurückkehren müssen, in dem Du alle Deine Eigenschaften und Titel ihre letzte Vollendung finden lässest. Ihm gehören auch solche Namen an, die in Deinen makellosen Schreinen, Deiner unsichtbaren Welt und Deinen geheiligten Städten verborgen sind.
Verherrliche ferner alle, die an Ihn und an Seine Zeichen glauben und sich Ihm zuwenden aus den Reihen derer, die Deine Einheit in Seiner späteren Manifestation anerkennen – eine Manifestation, die Er nennt auf Seinen Tafeln, in Seinen Büchern, Seinen Schriften, in all den wundersamen Versen und perlengleichen Worten, die auf Ihn herniedergekommen sind. Es ist dieselbe Manifestation, deren Bund Du Ihm einzusetzen gebotest, ehe Er Seinen eigenen Bund einsetzte. Er ist es, dessen Lobpreis der Bayán feiert. Seine Vortrefflichkeit ist darin gerühmt, Seine Wahrheit begründet, Seine Souveränität verkündet, Seine heilige Sache vollendet. Selig der Mensch, der sich Ihm zuwendet und erfüllt, was Er befiehlt, o Du Herr der Welten, Du Verlangen aller, die Dich erkennen!
Gepriesen seiest Du, o mein Gott, da Du uns hilfst, Ihn zu erkennen und zu lieben. Darum flehe ich Dich an, bei Ihm und bei den Quellen Deiner Göttlichkeit, den Manifestationen Deiner Herrschaft, den Schatzkammern Deiner Offenbarung, den Fundgruben Deiner Eingebung: Mache uns fähig, Ihm zu dienen und zu gehorchen; gib uns die Kraft, Helfer Seiner Sache und Vertreiber Seiner Feinde zu werden. Mächtig bist Du, alles zu tun, was Dir gefällt. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Allmächtigen, dem Allherrlichen, dem Einen, dessen Hilfe alle Menschen suchen.

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Gott bezeugt die Einheit Seiner Gottheit und die Einzigartigkeit Seines Wesens. Auf dem Thron der Ewigkeit, von den unzugänglichen Höhen Seiner Stufe verkündet Seine Zunge, daß es keinen Gott gibt außer Ihm. Unabhängig ist Er von allen anderen und seit je Zeuge Seiner Einzigkeit, Offenbarer und Verherrlicher Seines Wesens. Wahrlich, Er ist der Allgewaltige, der Allmächtige, der vollendet Schöne.
Er ist höchster Herr über Seine Diener und steht über Seinen Geschöpfen. In Seiner Hand ist der Quell aller Herrschaft und Wahrheit. Durch Seine Zeichen ruft Er die Menschen ins Leben und läßt sie sterben durch Seinen Zorn. Er darf nicht befragt werden über Sein Tun, und Seine Macht ist allem gewachsen. Er ist der Mächtige, der Allunterwerfende. In Seinem Griff hält Er das Reich alles Erschaffenen, und fest ruht in Seiner Rechten das Reich Seiner Offenbarung. Seine Macht umfängt wahrlich die ganze Schöpfung. Sein ist Sieg und Allgewalt. Sein ist alle Macht und Herrschaft. Sein ist Ruhm und Größe. Er ist wahrhaftig der Allherrliche, der Gewaltigste, der Unbedingte.

58

Preis sei Dir, den die Zungen aller erschaffenen Dinge seit Ewigkeit anrufen, ohne je zum Himmel Deiner ewigen Heiligkeit und Größe gelangen zu können. Die Augen aller Wesen sind geöffnet, die Schönheit Deines strahlenden Antlitzes zu schauen, und doch gelingt es keinem, in den Lichtglanz Deines Angesichts zu blicken. Die Hände der Dir Nahen sind seit der Begründung Deiner ruhmreichen Souveränität zu Dir erhoben, und doch ist keiner fähig, auch nur den Saum des Gewandes zu berühren, das Deine göttliche, Deine höchste Wesenheit kleidet. Aber niemand kann leugnen, daß Du seit je durch die Wunder Deiner großmütigen Gabenfülle über alles herrschest, daß Du die Macht hast, alles zu tun, daß Du allen Dingen näher bist, als sie sich selber sind.
Fern sei es darum Deiner Herrlichkeit, daß jemand Deine wundersame Schönheit anders schaue als mit Deinem Auge oder die Weisen, die Deine allmächtige Souveränität künden, anders höre als mit Deinem Ohr. Zu hoch erhaben bist Du für das Auge eines Geschöpfes, als daß es Deine Schönheit erblicke, oder für das Verständnis eines Herzens, als daß es die Höhen Deiner unermeßlichen Erkenntnis ersteige; denn würden die Herzensvögel der Dir Nahen je befähigt, sich so lange aufzuschwingen, wie Deine überwältigende Souveränität dauert, oder emporzusteigen, solange das Reich Deiner göttlichen Heiligkeit währt, sie wären dennoch außerstande, die Schranken zu durchbrechen, welche die bedingte Welt ihnen auferlegt, oder deren Grenzen zu überschreiten. Wie kann da jemand, der schon bei seiner Erschaffung solchen Schranken unterworfen ward, zu Ihm, dem Herrn über das Reich alles Erschaffenen, gelangen oder in den Himmel Dessen aufsteigen, der die Reiche der Erhabenheit und Größe beherrscht?
Verherrlicht, unermeßlich verherrlicht bist Du, mein Meistgeliebter! Da Du als äußerste Grenze für alle, die ihr Herz zu Dir emporheben, das Bekenntnis ihrer Machtlosigkeit verordnet hast, das Reich Deiner heiligen, überragenden Einheit zu betreten, und als höchste Stufe für die, so Dich zu erkennen streben, das Eingeständnis ihrer Unfähigkeit, die einsamen Stätten Deiner erhabenen Erkenntnis zu erreichen, flehe ich Dich an, bei dieser von Dir geliebten Machtlosigkeit, von Dir zum Ziel bestimmt für alle, die an Deinen Hof gelangen, bei dem alle Dinge umflutenden Strahlenglanz Deines Antlitzes und bei den Energien Deines Willens, welche die gesamte Schöpfung bewirkt haben: Beraube die auf Dich Hoffenden nicht der Wunder Deiner Barmherzigkeit und versage den Dich Suchenden nicht die Schätze Deiner Gnade. Entzünde sodann in ihren Herzen die Fackel Deiner Liebe, damit deren Flamme alles verzehre außer ihrem wundersamen Gedenken an Dich und keine Spur in diesen Herzen bleibe außer den juwelengleichen, sichtbaren Beweisen Deiner heiligsten Souveränität, so daß aus dem Lande, darin sie wohnen, nur die eine Stimme zu hören sei, die Dein Erbarmen und Deine Macht preist, daß auf der Erde, darauf sie wandeln, nur das Licht Deiner Schönheit scheine und daß in keiner Seele etwas anderes zu entdecken sei als die Offenbarung Deines Antlitzes und die Zeichen Deiner Herrlichkeit, bis Deine Diener nur noch dartun, was Dir gefällt, und völlig mit Deinem machtvollsten Willen übereinstimmen.
Ruhm sei Dir, o mein Gott! Die Kraft Deiner Macht ist mein Zeuge! Ich kann keinen Zweifel hegen, daß die ganze Schöpfung zugrunde ginge und alle im Himmel und auf Erden in reines Nichtsein zurücksänken, wenn der heilige Hauch Deiner Gnade, der Odem Deiner großmütigen Gunst nur einen Augenblick lang aufhörte, über alles Erschaffene zu wehen. Verherrlicht seien darum die wundersamen Beweise Deiner überragenden Kraft! Verherrlicht sei die Gewalt Deiner erhabenen Macht! Verherrlicht sei die Majestät Deiner allumfassenden Größe, der belebende Einfluß Deines Willens! Deine Größe ist von solcher Art, daß, wolltest Du aller Menschen Augen in den Augen eines Deiner Diener sammeln, alle ihre Herzen in seinem Herzen zusammenpressen und ihn alles in sich schauen lassen, was Du durch Deine Kraft erschaffen und durch Deine Macht geformt hast, und wollte er dann bis in alle Ewigkeit über die Reiche Deiner Schöpfung und das Werk Deiner Hände in seiner ganzen Ausdehnung nachdenken – daß er dann unfehlbar entdeckte: es gibt kein erschaffenes Ding, das nicht von Deiner allbezwingenden Macht überschattet und durch Deine allumfassende Souveränität belebt ist.
So sieh mich denn, o mein Gott, hingestreckt im Staube vor Dir, meine Ohnmacht und Deine Allmacht bekennend, meine Armut und Deinen Reichtum, meine Vergänglichkeit und Deine Ewigkeit, meine tiefste Erniedrigung und Deine unendliche Herrlichkeit. Ich erkenne, daß es keinen Gott gibt außer Dir, daß Du keinen Ebenbürtigen oder Gefährten hast, niemanden, der Dir gliche oder Dir gewachsen wäre. In Deiner unnahbaren Höhe bist Du seit Ewigkeit erhaben über den Lobpreis eines anderen außer Dir, und in alle Ewigkeit wirst Du in Deiner überragenden Einzigkeit und Herrlichkeit geheiligt sein über die Verherrlichung durch einen anderen als Dein Selbst.
Ich schwöre bei Deiner Macht, o mein Geliebter! Etwas Erschaffenes zu erwähnen, paßt nicht zu Deinem erhabensten Selbst, und einem Deiner Geschöpfe ein Lob zu erteilen, wäre Deiner großen Herrlichkeit unwürdig. Nein, solche Erwähnung wäre reine Lästerung am Hofe Deiner Heiligkeit, und solches Lob wäre ein Vergehen angesichts der Beweise Deiner göttlichen Souveränität, bedeutete doch die bloße Erwähnung eines Deiner Geschöpfe, daß ihr Dasein vor dem Hofe Deiner Einheit und Einzigkeit behauptet würde. Diese Behauptung wäre offene Gotteslästerung, ein Akt der Gottlosigkeit, der Inbegriff der Ruchlosigkeit, ein mutwilliges Verbrechen.
So bezeuge ich mit meiner Seele, meinem Geist und meinem ganzen Wesen: Sollten sie, die Morgenröten Deiner Einheit, die Manifestationen Deiner überragenden Einzigkeit, sich so lange aufzuschwingen vermögen, wie Deine Souveränität dauert und Dein allbezwingendes Walten währt, könnten sie am Ende doch nicht einmal die Umfriedung des Hofes erreichen, darin Du den Strahlenglanz auch nur eines einzigen Deiner mächtigsten Namen offenbartest. Verherrlicht, verherrlicht sei darum Deine wundersame Majestät. Verherrlicht, verherrlicht sei Deine unerreichbare Erhabenheit. Verherrlicht, verherrlicht sei der Vorrang Deines Königtums, die Überlegenheit Deiner Gewalt und Machtvollkommenheit.
Die höchsten Fähigkeiten der Gelehrten und die Wahrheiten, die sie entdecken in ihrer Suche nach den Edelsteinen Deiner Erkenntnis, die klarsten Wirklichkeiten der Weltweisen und die Geheimnisse, die sie enträtseln bei ihren Versuchen, die Mysterien Deiner Weisheit auszuloten – all dies ist erschaffen durch die zeugende Kraft des Geistes, welcher der von Deinen Händen verfertigten Feder eingehaucht ist. Wie könnte so das von Deiner Feder Erschaffene fähig sein, jene Glaubensschätze zu erfassen, mit denen nach Deinem Befehl Deine Feder ausgestattet ist? Wie kann es um die Finger wissen, die Deine Feder umgreifen, um die barmherzigen Gnadengaben, die ihr verliehen sind? Wie kann es, bereits unfähig, diese Stufe zu erreichen, das Dasein Deiner Hand begreifen, welche die Finger Deiner Macht lenkt? Wie kann es Deinen Willen, der Deine Hand bewegt und antreibt, in seinem Wesen verstehen?
Verherrlicht, verherrlicht seiest Du, o mein Gott! Wie kann ich je hoffen, in den Himmel Deines heiligsten Willens aufzusteigen oder Einlaß zu finden in das Heiligtum Deiner göttlichen Erkenntnis, wenn ich doch weiß, daß die Weisen und Gelehrten mit ihrem Verstand Deiner Hände Werk und seine Geheimnisse nie ergründen können – ein Werk, das selbst nur eine Schöpfung Deines Willens ist?
Preis sei Dir, o Herr mein Gott, mein Meister, mein Besitzer, mein König. Nun, da ich vor Dir meine Ohnmacht und die Ohnmacht alles Erschaffenen bekannt, meine Armut und die Armut der ganzen Schöpfung bekundet habe, rufe ich zu Dir mit meiner Zunge und den Zungen aller im Himmel und auf Erden; ich flehe Dich an mit meinem Herzen und den Herzen aller, die unter den Schatten Deiner Namen und Eigenschaften getreten sind: Verschließe uns nicht die Tore Deiner Gnade und Güte, laß es nicht zu, daß der sanfte Hauch Deiner freigebigen Gunst und Fürsorge aufhört, über unsere Seelen dahinzustreichen, laß es nicht zu, daß unsere Herzen mit einem anderen befaßt sind als mit Dir oder daß unser Geist sich mit einem anderen Gedenken beschäftigt als mit Deinem Gedenken.
Bei der Herrlichkeit Deiner Macht, o mein Gott! Würdest Du mich zum König machen über Deine Reiche, mich auf den Thron Deiner Souveränität setzen, mir durch Deine Gewalt die Zügel der ganzen Schöpfung in die Hände legen, würdest Du dann bewirken, daß ich auch nur für weniger als einen Augenblick mit diesen Dingen befaßt wäre und die wunderherrlichen Erinnerungen vergäße, die mit Deinem mächtigsten, vollkommensten, erhabensten Namen verknüpft sind, so bliebe meine Seele unzufrieden und meines Herzens Pein ungeheilt. Nein, ich würde mich in diesem Zustand als den Ärmsten der Armen, den Elendsten der Elenden erkennen.
Verherrlicht sei Dein Name, o mein Gott! Da Du mich diese Wahrheit erkennen ließest, flehe ich Dich an, bei Deinem Namen, den kein Pergament ertragen, den kein Herz sich vorstellen und keine Zunge künden kann – einem Namen, der so lange verborgen bleibt, wie Du Dein Wesen verhüllst, und so lange verherrlicht, wie Dein Sein gepriesen wird – entfalte, ehe das gegenwärtige Jahr sich seinem Ende neigt, die Zeichen Deiner unbestrittenen Überlegenheit und Deines Triumphes, damit die ganze Schöpfung durch Deinen Überfluß bereichert und durch den veredelnden Einfluß Deiner erhabenen Allmacht erhoben werde, und damit alle aufstehen, Deine Sache zu fördern.
Du bist wahrlich der Allmächtige, der Allhöchste, der Allherrliche, der Allunterwerfende, der Allbesitzende.

59

Aller Lobpreis sei Dir, o mein Gott, der Du der Quell bist aller Herrlichkeit und Majestät, der Größe und Ehre, der Souveränität und Herrschaft, der Erhabenheit und Gnade, der Ehrfurcht und der Kraft. Du lässest, wen Du willst, dem Größten Meere näherkommen, und schenkest, wem Du magst, die Ehre, Deinen urewigen Namen zu erkennen. Niemand von allen, die im Himmel und auf Erden sind, kann dem Walten Deines unumschränkten Willens widerstehen. Seit aller Ewigkeit herrschtest Du über die ganze Schöpfung und Du wirst immerdar über alles Erschaffene herrschen. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Allmächtigen, dem Erhabensten, dem Allgewaltigen, dem Allweisen.
Erleuchte, o mein Herr, das Antlitz Deiner Diener, auf daß sie Dich schauen, und reinige ihr Herz, damit sie sich dem Hofe Deiner himmlischen Gunst zuwenden und Ihn, den Offenbarer Deiner selbst, den Morgen Deines Wesens, erkennen. Wahrlich, Du bist der Herr aller Welten. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Unbezwungenen, dem Allbezwingenden.

60

Verherrlicht seiest Du, o mein Gott! Sieh mein Haupt, wie es bereit ist, unter dem Schwerte Deines Willens zu fallen, wie mein Nacken sich beugt, die Ketten Deines Wunsches zu tragen, wie mein Herz sich sehnt, Zielscheibe zu werden für die Pfeile Deines Befehls, wie meine Augen darauf warten, die Zeichen und Beweise Deiner wunderbaren Gnade zu schauen; denn was Du mir auch widerfahren lässest, ist der Herzenswunsch aller, die nach der Begegnung mit Dir dürsten, und die höchste Sehnsucht derer, die sich Deinem Hofe nähern.
Bei der Herrlichkeit Deiner Macht, o Du mein Vielgeliebter! Mein Leben für die Manifestation Deiner selbst zu opfern, meine Seele auf dem Pfade des Offenbarers Deiner wunderherrlichen Schönheit darzubringen, heißt, meinen Geist für Deinen Geist, mein Sein für Dein Sein, meinen Ruhm für Deinen Ruhm zu opfern. Es ist, als opferte ich all dies um Deinetwillen und für Deine Geliebten.
Mag auch mein Leib gepeinigt werden durch die Prüfungen, die von Dir über mich kommen, mag er auch leiden unter der Offenbarung Deines Befehls, so jubelt doch meine Seele, da sie an den Wassern Deiner Schönheit teilhat und die Meeresufer Deiner Ewigkeit erreicht. Ziemt es sich für einen Liebenden, seinen Geliebten zu fliehen oder das Ziel seines Herzenswunsches im Stich zu lassen? Nein, wir alle glauben an Dich und hoffen inbrünstig, in Deine Gegenwart zu gelangen.

61

Gelobt sei Dein Name, o Herr mein Gott! Du bezeugst, daß Dein Wille über alles Erschaffene herrscht und Deine Barmherzigkeit alle überragt im Himmel und auf Erden. Und als nach Deinem Ratschluß Deine Souveränität entschleiert, Dein Wort verherrlicht und Deine Großmut und Barmherzigkeit offenbart werden sollten, da ließest Du einen Deiner Diener aufstehen, Du erwähltest Ihn vor allen Geschöpfen, Du sondertest Ihn aus für Deine Absicht, legtest Ihm das Gewand Deiner Führung an, tauchtest Ihn in die Meere Deiner Majestät und Größe, Du heiligtest Ihn von allem, was der Größe Deiner Herrlichkeit und der Gewalt Deiner Macht nicht entspricht, und gebotest Ihm, den Ruf zu erheben vor allen im Himmel und auf Erden und die Menschen zuhauf vor die Manifestation Deines Selbstes und den Offenbarer Deiner Zeichen zu laden.
Doch kaum hatte Er Deine Sache verkündet und sich erhoben, all das zu vollbringen, was Ihm auf den Tafeln Deines Ratschlusses geboten ward, da befiel Deine Geschöpfe der Große Schrecken. Einige wandten sich Dir zu und lösten sich von allem anderen; sie heiligten ihre Seelen von der Welt und allem darin, so hingerissen von Deiner süßen Stimme, daß sie allem entsagten, was Du im Reiche Deiner Schöpfung erschaffen hast. Etliche erkannten Dich und zauderten dann, andere ließen es zu, daß die Welt zwischen sie und Dich trat und sie davon abhielt, Dich anzuerkennen. Und es gab welche, die Dich verschmähten, sich von Dir abwandten und Dich daran hindern wollten, Dein Ziel zu erreichen. Doch siehe: Sie alle rufen Dich an in Erwartung dessen, was ihnen auf Deinen Tafeln verheißen. Und als der Verheißene unter ihnen erschien, erkannten sie Ihn nicht. Sie bezweifelten Deine Zeichen, verwarfen Deine klaren Beweise und irrten so schmerzlich ab von Deinem Pfade, daß sie Deine Diener erschlugen, deren strahlende Gesichter den höchsten Heerscharen die Angesichter erleuchtet hatten.
Ich flehe Dich an, o Du Herr aller Namen, beschirme Deine Geliebten vor Deinen Feinden und stärke sie in ihrer Liebe zu Dir und beim Vollzug dessen, was Dir wohlgefällt. Beschütze sie, daß ihre Schritte nicht ausgleiten, daß ihre Herzen nicht wie durch einen Schleier von Dir getrennt seien und daß ihre Augen bewahrt werden, etwas zu schauen, was nicht von Dir ist. Laß sie von der Süße Deiner himmlischen Weisen so entzückt sein, daß sie aller Bindungen ledig werden außer der Deinen, ganz sich Dir zuwenden und Dich in jeder Lage preisen mit dem Ruf: »Gepriesen seiest Du, o Herr unser Gott, da Du uns fähig gemacht, Dein höchsterhabenes, allherrliches Selbst zu erkennen. Durch Deine Gnade wollen wir Dir die Treue halten und uns von allem lösen außer Dir. Wir haben erkannt, daß Du der Geliebte aller Welten bist, der Schöpfer von Himmel und Erde!«
Verherrlicht sei Gott, der Herr der ganzen Schöpfung.

62

Gelobt und verherrlicht bist Du, o Herr mein Gott! Du bist Er, der seit Urbeginn mit Majestät, Gewalt und Macht bekleidet ist, und Du wirst in alle Ewigkeit mit Ehre, Kraft und Herrlichkeit geschmückt sein. Die Gebildeten stehen allesamt bestürzt vor den Zeichen und Zeugnissen Deines Werks, während sich die Weisen ohne Ausnahme außerstande sehen, das Geheimnis Derer zu enträtseln, welche die Manifestationen Deiner Kraft und Macht sind. Jeder Einsichtige bekennt seine Ohnmacht, die Höhen Deines Wissens zu erklimmen, und jeder Gebildete gibt seine Unfähigkeit zu, die Natur Deines Wesens auszuloten.
Nachdem Du den Zugang zu Dir versperrt hattest, riefest Du durch Deine Gewalt und die Macht Deines Willens sie, die Manifestationen Deiner selbst, ins Leben; Du betrautest sie mit Deiner Botschaft an Dein Volk und ließest sie die Morgenröten Deiner Eingebung, die Verkörperungen Deiner Offenbarung, die Schatzkammern Deiner Erkenntnis und die Speicher Deines Glaubens werden, damit durch sie alle Menschen ihr Angesicht Dir zuwenden und dem Reiche Deiner Offenbarung, dem Himmel Deiner Gnade nahe kommen.
So flehe ich Dich an, bei Dir selbst und bei ihnen: Sende von der rechten Seite des Thrones Deiner Gnade auf alle Erdenbewohner hernieder, was sie rein wäscht von ihren Vergehen gegen Dich, und bewirke, daß sie sich Dir ganz ergeben, o Du, in dessen Hand der Quell aller Gaben liegt, damit sie sich alle erheben, Deiner heiligen Sache zu dienen, und sich von allem außer Dir völlig lösen. Du bist der Allmächtige, der Allherrliche, der Uneingeschränkte.
O mein Gott, mein Meister, mein Meistgeliebter! Ich bin Dein Diener und Deines Dieners Sohn. Ich halte mich fest am Seil Deiner Gnade und klammere mich an den Saum des Gewandes Deiner liebevollen Vorsehung. Bei Deinem Größten Namen, den Du zur untrüglichen Waage unter den Völkern, zu Deinem unfehlbaren Beweis für alle Menschen bestimmt hast, flehe ich Dich an: Gib mich nicht auf und überlasse mich nicht meinen verderbten Gelüsten. Behüte mich im Schutze Deiner erhabenen Sündlosigkeit und mache mich fähig, inmitten der Schar Deiner Geschöpfe Dein Selbst zu rühmen. Halte den göttlichen Hauch Deiner Tage nicht von mir fern und beraube mich nicht der süßen Düfte, die vom Morgen Deiner Offenbarung wehen. Verleihe mir das Gute dieser Welt und der künftigen durch die Kraft Deiner Gnade, die alles Erschaffene umfängt, und Deiner Barmherzigkeit, die die ganze Schöpfung überragt. Du bist Er, der in Seinem Griff das Reich aller Dinge hält. Du tust durch Deinen Ratschluß, was Du willst, und Du erwählst durch die Kraft Deiner Macht, was Du wünschest. Niemand kann Deinem Willen widerstehen, niemand die zwingende Gewalt Deines Gebotes aufhalten. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Allmächtigen, dem Allherrlichen, dem Gabenreichsten.

63

Du blickest auf Deinen Diener, o mein Gott, der in diesem Gefängnis haust. Völlig losgelöst ist er von jedem außer Dir; seine Augen sind auf die Morgenröte Deiner Barmherzigkeit gerichtet, sein Herz sehnt sich nach den wunderherrlichen Offenbarungen Deiner Gnade. Du, o mein Herr, hast die Leiden gezählt, die ihn auf Deinem Pfade befallen. Du siehst ihn umringt von solchen Deiner Geschöpfe, die sich gegen Dich vergehen und auflehnen, die zwischen ihn und Deine Geliebten treten, die dieses Land zu seiner Wohnstatt bestimmten, Dir Unrecht zufügen und Deine Diener hindern, sich Dir zuzuwenden.
Für all dies lege ich Dir meinen Dank zu Füßen, o mein Herr! Ich flehe Dich an: Hilf mir und denen, die mich lieben, Dein Wort zu verherrlichen, und verleihe uns solche Kraft, daß alle Leiden und Drangsale dieser Welt uns nicht hindern können, Deiner zu gedenken und Deine Tugenden zu rühmen. Du hast die Macht, alles zu tun; Du stehst strahlend über allen Dingen.
Jeder Eroberer ist nur ein Knecht, den Deine Hand unterwirft, und der Reichste der Reichen wirkt armselig vor der Unermeßlichkeit Deiner Schätze. Der Edelste der Edlen wird demütig angesichts der Offenbarungen Deiner Herrlichkeit, und der Mächtigste der Machthaber ist ein Häuflein Elend, wenn er den zwingenden Zeugnissen Deiner Gewalt gegenübersteht.
Zerreiße den Schleier eitlen Trugs, o mein Gott, der die Sehkraft Deines Volkes verdunkelt, damit alle zu Dir hineilen, den Pfad Deines Wohlgefallens beschreiten und auf den Wegen Deines Glaubens wandeln. Wir sind Deine Diener und Deine Knechte, o mein Gott. Du schenkest uns Genüge, so daß wir die Welt mit allem darinnen entbehren können. Wir sind völlig zufrieden mit dem, was uns auf Deinem Pfade zustößt, und rufen aus: »Preis sei Dir, in dessen Hand die Reiche der Offenbarung und der Schöpfung ruhen und alle Königreiche auf Erden und im Himmel!«

64

Preis sei Dir, o Herr mein Gott, mein Meister! Du vernimmst die Seufzer derer, die trotz ihres Verlangens, Dein Antlitz zu schauen, von Dir getrennt und weit von Deinem Hof entfernt sind. Du bezeugst die Wehklagen derer, die Dich erkannt haben in ihrer Verbannung von Dir und ihrer Sehnsucht, Dir zu begegnen. Ich flehe Dich an bei jenen Herzen, die nur die Schätze Deines Gedenkens und Deines Lobpreises enthalten und nur die Beweise Deiner Größe und Deiner Macht verkünden: Verleihe Deinen Dienern, die sich nach Dir sehnen, die Kraft, dem Thronsitz zu nahen, wo Deine Herrlichkeit ihren Strahlenglanz offenbart, und hilf denen, die ihre Hoffnung auf Dich setzen, in das Heiligtum Deiner allüberragenden Gunst und Gnade einzugehen.
Ich bin nackt, o mein Gott; kleide mich in das Gewand Deines zarten Erbarmens. Ich leide heftigen Durst; gib mir zu trinken aus den Meeren Deiner Großmut und Gunst. Ich bin ein Fremdling; ziehe mich hin zum Quell Deiner Gaben. Ich bin krank; besprenge mich mit den heilenden Wassern Deiner Gnade. Gefangen bin ich; löse mich durch die Kraft Deiner Macht und die Stärke Deines Willens aus meinen Banden, auf daß ich mich auf den Schwingen der Loslösung in die höchsten Höhen Deiner Schöpfung erhebe. Wahrlich, Du tust, was Dir gefällt. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Helfer in Gefahr, dem Allherrlichen, dem Ungezwungenen.

65

Verherrlicht bist Du, o mein Gott! Du weißt es: Mein einziges Ziel bei der Offenbarung Deiner heiligen Sache ist, Dich und nicht mich zu offenbaren, Deine Herrlichkeit und nicht die meine kundzutun. Auf Deinem Pfade, um Dein Wohlgefallen zu erlangen, verschmähe ich Ruhe, Freude und Vergnügen. Allezeit und in jeder Lage ist mein Blick auf Deine Gebote geheftet. Meine Augen richten sich auf das, was Du mir auf Deinen Tafeln zu befolgen gebietest. Jeden Morgen wache ich dem Lichte Deines Lobpreises entgegen, und jeden Abend ist es mir beschieden, den Duft Deiner Barmherzigkeit zu atmen.
Und als die gesamte Schöpfung in Erregung geriet, als die ganze Erde in Zuckungen lag, als die Düfte Deines Namens, der Allgepriesene, kaum mehr über Deine Reiche hinwehten und die Winde Deiner Gnade sich in Deinen Landen schon fast gelegt hatten, da erhobst Du mich unter Deinen Dienern durch die Kraft Deiner Macht und befahlst mir, Deine Souveränität Deinem Volke darzutun. Da erhob ich mich vor allen Deinen Geschöpfen, gestärkt durch Deine Hilfe und Deine Macht, rief sie in Scharen vor Dich, verkündete all Deinen Dienern Deine Gnadengaben und lud sie ein, sich diesem Meere zuzuwenden, darin jeder Wassertropfen laut rufend vor allen im Himmel und auf Erden verkündet, daß Er in Wahrheit der Quell allen Lebens ist, der Lebenspender der ganzen Schöpfung, der Angebetete aller Welten, der Meistgeliebte jedes verstehenden Herzens, die Sehnsucht aller, die Dir nahe sind.
Obwohl der Frevler Haß mit heftigen Windstößen auf diese Lampe blies, war Er doch in Seiner Liebe zu Deiner Schönheit nie verhindert, den Duft Seines Lichtes zu verbreiten. Wie die Vergehen gegen Dich immer schlimmer wurden, wuchs im selben Maße mein Eifer, Deine heilige Sache zu offenbaren, und Deine Herrlichkeit ist mein Zeuge: Je quälender die Drangsale, desto rückhaltloser vermittelte ich Deinen Geschöpfen Deine Souveränität und Deine Macht.
Und zuletzt warfen mich die Missetäter ins Gefängnis der Stadt ‘Akká; meine Angehörigen machten sie in Baghdád zu Sträflingen. Die Kraft Deiner Macht ist mein Zeuge, o mein Gott! Jedes Leid, das mich auf Deinem Pfade anrührt, vergrößert meine Freude und verstärkt meinen Frohsinn. Ich schwöre bei Dir, Du König der Könige! Kein König auf Erden hat die Macht, mich zu hindern, Deiner zu gedenken und Deine Tugenden zu rühmen. Verbündeten sie sich gegen mich, wie sie sich bereits verbündet haben, schwängen sie die schärfsten Schwerter, die quälendsten Speere gegen mich, so zögerte ich dennoch nicht, Deinen Namen vor allen in Deinem Himmel und auf Deiner Erde zu verherrlichen. Nein, laut riefe ich und spräche: »Hier ist mein Angesicht, o mein Geliebter; ich gebe es hin für Dein Antlitz. Hier ist mein Geist; ich opfere ihn für Deinen Geist. Hier ist mein Blut; es siedet in meinen Adern und verlangt danach, aus Liebe zu Dir auf Deinem Pfade vergossen zu werden.«
Und obwohl ich an einem Orte wohne – Du siehst es, o mein Gott –, in dessen Mauern außer dem Echo keine Stimme zu hören ist, obwohl die Tore des Behagens und der Bequemlichkeit sich alle vor uns verschlossen haben, obwohl tiefe Dunkelheit uns von allen Seiten zu umgeben scheint, ist meine Seele so entbrannt in Liebe zu Dir, daß nichts, gar nichts, ihrer Liebe Feuer löschen oder ihrer Sehnsucht verzehrende Flamme ersticken kann. Die Stimme erhebend, ruft sie laut inmitten Deiner Diener und lädt sie allezeit, in jeder Lage vor Dich.
Ich flehe Dich an, bei Deinem Größten Namen: Öffne Deinen Dienern die Augen, damit sie Dein Licht strahlen sehen über dem Horizonte Deiner allherrlichen Majestät, so daß der Rabe mit seinem Krächzen sie nicht hindert, auf die Taube Deiner erhabenen Einzigkeit zu lauschen, und die faulen Wasser sie nicht abhalten vom reinen Weine Deiner Großmut und vom unendlichen Strome Deiner Gnadengaben.
Alsdann sammle sie um dieses göttliche Gesetz, dessen Bund Du mit all Deinen Propheten und Boten geschlossen, dessen Bestimmungen Du auf Deinen Tafeln und in Deinen Schriften niedergelegt. Und erhebe sie zu solchen Höhen, daß sie Deinen Ruf zu vernehmen fähig werden.
Mächtig bist Du zu tun, was Dir gefällt. Du bist wahrlich der Unerreichbare, der Allherrliche.

66

Verherrlicht bist Du, o Herr mein Gott! Du siehst mich in diesem Gefängnis wohnen, das hinter Meeren und Bergen liegt, und Du weißt gar wohl, was ich aus Liebe zu Dir, um Deiner heiligen Sache willen, erdulde. Du bist es, o mein Gott, der mich auf Deinen Befehl aufstehen läßt, der mir gebietet, Deinen Platz einzunehmen und alle Menschen zum Hofe Deiner Gnade zu laden. Du befahlst mir auszusprechen, was Du ihnen auf der Tafel Deines Ratschlusses bestimmt und mit der Feder Deiner Offenbarung aufgezeichnet hast. Du auferlegtest mir die Pflicht, in den Herzen Deiner Diener das Feuer Deiner Liebe zu entfachen und alle Völker auf Erden Deinem Thronsitz näherzubringen.
Und als ich aufstand, wie Du mir befohlen, und alle Deine Geschöpfe aufbot, da widersetzten sich mir die Frevler unter Deinen Dienern. Etliche wandten sich von mir ab, andere leugneten meinen Anspruch, manche zauderten, während wieder andere schlimm verwirrt waren, wiewohl doch Dein Zeugnis den Anhängern aller Religionen vorgelegt ward, Deine Beweise allen Völkern auf Erden dargetan und die Zeichen Deiner Macht so gewaltig offenbart sind, daß sie die ganze Schöpfung umfassen.
Überdies trat mir meine eigene Verwandtschaft entgegen, obwohl sie, wie Du weißt, meinem Herzen teuer war und obwohl ich für sie dasselbe wünschte wie für mich selbst. Auf die Nachricht meiner Gefangennahme hin taten sie mir an, was noch niemand auf Erden begangen.
Darum bitte ich Dich, o mein Gott, bei Deinem Namen, mit dem Du Wahrheit von Leugnung scheidest, reinige ihre Herzen von allen bösen Einflüsterungen und befähige sie, Ihm, dem Morgen Deiner Namen und Eigenschaften, zu nahen.
Du weißt, o mein Gott, daß ich jedes Band zertrenne, das mich an eines Deiner Geschöpfe bindet, ausgenommen das erhabenste Band, das mich mit jedem vereinigt, der an Dir sich festhält an diesem Tage der Offenbarung Deines hehrsten Wesens, erschienen in Deinem Namen, der Allherrliche. Du weißt, daß ich jeden Bund mit irgendwelchen Verwandten löse außer dem Bund mit denen, die sich nahen Zugangs zu Deinem strahlendsten Antlitz erfreuen.
Ich habe keinen Willen außer dem Deinigen, o mein Herr, und hege keinen Wunsch außer Deinem Wunsch. Meiner Feder entströmen nur die Vorladungen, die Deine erhabene Feder verlautbart, und meine Zunge äußert nur, was der Größte Geist im Reiche Deiner Ewigkeit selbst verkündet. Nichts rührt mich außer den Winden Deines Willens, und ich hauche kein Wort als die Worte, die Deine Erlaubnis und Deine Eingebung mich aussprechen heißen.
Preis sei Dir, Du Meistgeliebter aller, die Dich kennen, Du Herzenssehnsucht derer, die Dir ergeben sind, daß Du mich zur Zielscheibe all der Leiden machst, die ich in meiner Liebe zu Dir erdulde, zum Ziel der Angriffe, denen ich auf Deinem Pfade ausgesetzt bin. Deine Herrlichkeit bezeugt es mir! Nimmermehr kann mich das Elend, das ich in meiner Liebe zu Dir ertrage, ungeduldig machen. Von dem Tag an, da Du Dich mir offenbartest, habe ich jede Art von Trübsal auf mich genommen. In jedem Augenblick meines Lebens ruft mein Herz zu Dir und spricht: »Würde ich doch, o mein Herr, auf Deinem Pfad einer Speerspitze aufgepflanzt!«, während mein Blut Dich anfleht mit den Worten: »Färbe die Erde mit mir, o mein Gott, um Deiner Liebe und Deines Wohlgefallens willen!« Du weißt, ich suche nie meinen Leib vor einem Leid zu bewahren; vielmehr eile ich fortgesetzt allem entgegen, was Du mir auf der Tafel Deines Ratschlusses verordnet hast.
So sieh denn meine Einsamkeit unter Deinen Dienern, o mein Gott, meine Ferne von Deinen Freunden und Deinen Auserwählten. Bei den Schauern aus den Wolken Deiner Gnade, mit denen Du den Herzen all derer, die Deine Einzigkeit erkennen, die Blüten Deines Lobs und Deiner Rede, die Blumen Deiner Weisheit und Deines Zeugnisses entsprossen lässest, flehe ich Dich an: Versorge Deine Diener und meine Verwandten mit den Früchten vom Baume Deiner Einheit in diesen Tagen, da Du den Thron Deiner Barmherzigkeit eingenommen hast. Hindere sie nicht, o mein Herr, das zu erlangen, was Du besitzest, und schreibe für sie nieder, was ihnen hilft, zu den Höhen Deiner Gunst und Gnade aufzusteigen. Gib ihnen sodann von den Lebenswassern Deiner Erkenntnis zu trinken und bestimme ihnen, was in dieser und der zukünftigen Welt gut für sie ist.
Du bist wahrlich der Herr Bahás, der Geliebte seines Herzens, das Ziel seiner Sehnsucht, der Beleber seiner Zunge, der Quell seiner Seele. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Unzugänglichen, dem Höchsten. Du bist wahrlich der Allmächtige, der Erhabenste, der Immervergebende, der Gnadenvollste.

67

Verherrlicht bist Du, o Herr mein Gott! Ich danke Dir, daß Du mich fähig machst, die Offenbarung Deiner selbst zu erkennen, daß Du mich von Deinen Feinden scheidest, deren Untaten und bösen Werke in Deinen Tagen vor meinen Augen aufdeckst, mich von aller Bindung an sie befreist und mich ganz und gar Deiner großmütigen Gunst zuwendest. Auch dafür danke ich Dir, daß Du aus den Wolken Deines Willens auf mich herabsendest, was mich von den Andeutungen der Ungläubigen und den Anspielungen der Irrgläubigen so heiligt, daß ich mein Herz fest auf Dich richte und jene fliehe, die das Licht Deines Antlitzes leugnen. Und wiederum danke ich Dir, daß Du mir die Kraft gibst, standhaft in Deiner Liebe zu sein, Dein Lob zu preisen und Deine Tugenden zu rühmen, und daß Du mich trinken lässest aus dem Kelche Deines Erbarmens, das alles Sichtbare und Unsichtbare übertrifft.
Du bist der Allmächtige, der Erhabenste, der Allherrliche, der All-Liebende.

68

Gepriesen seiest Du, o mein Gott! Du siehst mich in dieses Gefängnis eingeschlossen und weißt wohl, daß ich es nur um Deinetwillen betreten habe, zur Verherrlichung Deines Wortes, zur Verkündigung Deiner heiligen Sache. Laut rufe ich zu Dir in diesem Augenblick, o Du Herr aller Welten, und bitte Dich flehentlich bei Deinem unbestrittenen Namen: Ziehe die Herzen Deiner Diener her zum Morgen Deiner herrlichsten Titel, zum Aufgangsort Deiner strahlendsten Zeichen.
Wäre es nicht um der Drangsale willen, die mich auf Deinem Pfade überkommen, o mein Gott, wie könnte sonst mein Herz jubeln in Deinen Tagen, und was sonst könnte vor den Augen Deiner Geschöpfe die Angesichter Deiner Auserwählten färben außer dem aus Liebe zu Dir vergossenen Blut? Ich schwöre bei Deiner Macht! Der Schmuck, der die Angesichter Deiner Geliebten ziert, ist das Blut, das ihnen aus Liebe zu Dir von der Stirn über das Antlitz fließt.
Du siehst, o mein Gott, wie jedes Bein meines Leibes einer Pfeife gleich von der Musik Deiner Eingebung erklingt, die Beweise Deiner Einzigkeit und die klaren Zeichen Deiner Einheit offenbarend. Ich flehe Dich an, o mein Gott, bei Deinem Namen, der sein Licht auf alle Dinge wirft: Laß Diener erstehen, welche ihr Ohr den Weisen neigen, die zur Rechten vom Throne Deiner Herrlichkeit aufsteigen. Laß sie sodann aus der Hand Deiner Gunst den Wein Deines Erbarmens in Fülle trinken, damit er ihre Herzen sicher mache und sie abbringe von dem eitlen Wahn und leeren Trug linker Hand, hin zur rechten Hand des Vertrauens und der Gewißheit.
Nachdem Du sie so zum Tore Deiner Gnade führst, o mein Herr, vertreibe sie in Deiner Großmut nicht wieder von dort; und da Du sie zum Horizonte Deiner heiligen Sache lädst, halte sie in Deiner Huld und Güte nicht von Dir fern. Mächtig bist Du zu tun, was Dir gefällt. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Allwissenden, dem Allunterrichteten.

69

Verherrlicht bist Du, o Herr mein Gott! Meine Zunge, die Zunge meines Mundes wie die Zunge meines Herzens, meine Glieder, jede pulsierende Ader in mir, jedes Haar auf meinem Haupte – alle verkünden, daß Du Gott bist und daß es außer Dir keinen Gott gibt. Seit Ewigkeit warst Du unermeßlich erhaben über alle Ähnlichkeiten und Vergleiche, geheiligt von allem, was der Schöpfung angehört, die Du schaffst und gestaltest. Seit Ewigkeit bist Du allein; Du teilst mit keinem die Majestät Deiner Einzigkeit und bleibst hoch erhaben über den Wandel und Wechsel, dem alle Deine Geschöpfe unterworfen sind.
Und als Du Dich entschlossest, die Kraft Deiner souveränen Macht darzutun, Dein Wort zu verherrlichen und die Schritte Deines Volkes zu lenken, da erhobst Du aus Deinen Geschöpfen Einen Deiner Diener, den Du aussandtest mit den Merkmalen Deiner Souveränität, ausgestattet mit den klaren Zeichen Deiner Einzigkeit, damit Er Dein Zeugnis vor allem Erschaffenen erfülle und Deinen Beweis vor allen Menschen vollende.
Sobald Er sich, wie von Dir befohlen, offenbarte und Deine Diener aufrief, sich Deinen Gaben zuzuwenden, erschienen die Zeichen der Zwietracht unter ihnen. Einige antworteten auf Deinen Ruf und gehorchten Deiner Vorladung ohne jedes Bedenken. Andere kehrten Dir den Rücken und folgten den Gelüsten verderbter Neigungen.
Ich flehe Dich an, o mein Gott, bei Deinem Größten Namen: Entzücke die Völker durch die Kraft des Wortes, das Du zum König aller Worte bestimmtest, des Wortes, das die kostbaren Perlen Deiner verborgenen Weisheit aufdeckte und die juwelengleichen, in Dir verhüllten Geheimnisse entwirrte. Nimm ihnen, bei Deiner Gnade und Großmut, nicht weg, was Du für sie wünschtest, und laß nicht zu, daß sie sich von den Meeresufern Deiner Gegenwart entfernen.
Jedes Wesen, sichtbar oder unsichtbar, bezeugt, o mein Herr, daß Deine Barmherzigkeit alles Erschaffene übersteigt und Deine Gnade die ganze Schöpfung umfängt. Ich bitte Dich: Schau mit den Augen Deiner Barmherzigkeit auf sie. Du bist der Immervergebende, der Mitleidvollste. Verfahre mit ihnen, wie es Deiner Herrlichkeit und Majestät, Deiner Größe, Deiner Freigebigkeit und Deiner Huld entspricht. Behandle sie nicht nach den Beschränkungen, die ihnen auferlegt sind, oder nach den mannigfachen Wechselfällen ihres Erdenlebens.
Du weißt, o mein Herr, daß ich nur einer Deiner Diener bin. Ich koste die Süße Deiner Rede, anerkenne Deine Einheit und Einzigkeit, richte mein Angesicht auf den Quell Deiner höchsten Namen, den Morgen Deiner überragenden Eigenschaften, und wünsche, daß Du mich befähigst, in das Meer Deiner Einzigkeit unterzutauchen, bis ich von den mächtigen Wogen Deiner Einheit verschlungen werde.
Hilf mir mit Deiner stärkenden Gnade zu tun, was Du willst, o mein Herr, und versage mir nicht, was Du besitzest. Entzücke mich mit den Wundern Deiner Worte so sehr, daß der Lärm und die Zerstreuungen dieser Welt machtlos sind, mich von der Hinwendung zu Dir abzuhalten, und daß sie weder meine Standhaftigkeit in Deiner heiligen Sache erschüttern noch meinen Blick vom Horizonte Deiner Gnade ablenken können. So hilf mir denn zu tun, was Dir gefällt, o mein Gott, und Deinem Willen zu gehorchen. Schreibe das Gute dieser Welt und der zukünftigen für mich nieder und bestimme mir einen Sitz der Wahrheit in Deiner Gegenwart. Mächtig bist Du zu tun, was Du willst, und zu herrschen, wie es Dir gefällt. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Unerreichbaren, dem Allherrlichen, dem Größten.
Aller Lobpreis sei Dir, o Herr der Welten, Du Ziel der Anbetung für die ganze Schöpfung!

70

Verwelkt ist alles, was einstmals blühte im Paradiese Deiner erhabenen Einzigkeit, o mein Gott. Wo sind die regenspendenden Wolken Deiner Barmherzigkeit? Beraubt des Gewandes Deiner Majestät und Weisheit sind die Äste des Baumes Deiner Einheit. Wo ist der Frühling Deiner Gnadengaben? Reglos liegt die Arche Deiner heiligen Sache auf dem Meere Deiner Schöpfung. Wo sind die Winde Deiner gnädigen Hilfe? Allseits bedroht ist Deine Lampe von den Stürmen der Zwietracht, die aus allen Landen brausen. Wo ist der Schirm Deines gütigen Schutzes?
Du siehst, o mein Gott, wie diese armen Geschöpfe sehnsüchtig zum Horizonte Deines Reichtums blicken, wie die Herzen dieser Hilflosen Deiner Macht zugewandt sind. Ich flehe Dich an, o Du einziges Verlangen derer, die Dich erkennen, Du Anbetungsziel der ganzen Schöpfung: Dulde nicht, da Du sie mit Deinem erhabensten Wort zu Dir hinziehst, daß sie weit entfernt bleiben von dem Heiligtum, das Du in Deinem Namen, der Allherrliche, errichtet hast.
Sie sind schwer bedrückt von Sorgen, o mein Herr, und sind von den Frevlern umringt. So sende denn aus dem Himmel Deines Befehls Deine unsichtbaren Heerscharen hernieder, damit sie ihnen in Deinen Landen helfen, Deine Siegesfahnen schwenkend, und sie vor Deinen Feinden schützen.
Ich bitte Dich flehentlich, o mein Gott, bei Deinem Namen, der die Wolken ihren Regen herabregnen und die Flüsse fließen läßt, der das Feuer der Liebe zu Dir allüberall in Deinem Herrschaftsgebiet entzündet: Hilf Deinem Diener, der sich Dir zuwendet, Dein Lob kündet und entschlossen ist, Dir beizustehen. So stärke denn sein Herz, o mein Gott, in Deiner Liebe und in Deinem Glauben. Besser ist dies für ihn als alles, was auf Deiner Erde erschaffen ist; denn die Welt und alles darinnen muß vergehen, was aber Dir zugehört, bleibt bestehen, solange Deine erhabensten Namen bestehen. Bei Deiner Herrlichkeit! Würde die Welt dauern, solange Dein Reich währt, so wäre es dennoch unziemlich, wenn jene, die aus der Hand Deiner Gnade den Wein Deiner Gegenwart empfangen, ihr Herz an sie hängten; wieviel mehr, wenn sie ihre Flüchtigkeit erkennen und von ihrer Vergänglichkeit überzeugt sind. Die Zufälle in dieser Welt und der Wechsel, dem alles, was ihr zugehört, unterliegt, sind Zeugnis für ihre Unbeständigkeit.
Wer Dich erkennt, wendet sich niemandem zu außer Dir und begehrt nichts von Dir außer Dir selbst. Du allein bist der Herzenswunsch dessen, der seine Gedanken auf Dich richtet, und das höchste Ziel aller, die Dir ganz ergeben sind.
Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Allmächtigen, dem Helfer in Gefahr, dem Allherrlichen, dem Mächtigsten.

71

Verherrlicht sei Dein Name, o mein Gott, denn Du hast den Tag offenbart, der der König aller Tage ist, den Tag, den Du Deinen Auserkorenen und Deinen Propheten auf Deinen erhabensten Tafeln angekündigt, den Tag, da Du den herrlichen Glanz all Deiner Namen auf alles Erschaffene ergossen hast. Groß ist die Glückseligkeit dessen, der sich Dir zuwendet, Deine Gegenwart erreicht und Deiner Stimme Klang vernimmt.
Ich bitte Dich, o mein Herr, bei dem Namen Dessen, den das Reich Deiner Namen in Anbetung umkreist, hilf Du gnädiglich denen, die Dir teuer sind, Dein Wort unter Deinen Dienern zu verherrlichen und Dein Lob unter Deinen Geschöpfen zu verbreiten, damit Deine Offenbarung die Seelen aller Bewohner Deiner Erde verzücke.
Da Du sie, o mein Herr, zum Lebenswasser Deiner Gunst geführt hast, so gewähre bei Deiner Großmut, daß sie nicht von Dir zurückgehalten werden; und da Du sie vor Deinen Thronsitz gerufen hast, verstoße sie in Deiner Güte nicht aus Deiner Gegenwart. Sende auf sie herab, was sie völlig loslöst von allem außer Dir, und befähige sie, zu den Höhen Deiner Nähe sich aufzuschwingen, bis weder die Übermacht des Unterdrückers noch die Einflüsterungen derer, die Dein erhabenstes, Dein allmächtiges Selbst bezweifeln, sie von Dir zurückhalten können.

72

Gelobt sei Dein Name, o Du, in dessen Händen das Reich aller Namen ruht, in dessen Gewalt sich alle im Himmel und auf Erden befinden! Bei Ihm, Deinem strahlendsten Namen, den Du zum Ziele für die Pfeile Deines Ratschlusses auf Deinem Pfade gemacht hast, flehe ich Dich an, o Du König der Ewigkeit: Zerreiße die Schleier, die Deine Diener vom Horizonte Deiner Herrlichkeit ausschließen, damit sie ihre Blicke auf Deine Barmherzigkeit richten und dem Morgen Deiner Gnade nahekommen.
Überlasse Deine Knechte nicht sich selbst, o mein Herr! Ziehe sie durch die Wirkkraft Deiner Worte hin zum Dämmerort Deiner Eingebung, zum Quell Deiner Offenbarung, zur Schatzkammer Deiner Weisheit. Du bist es, dessen Kraft und Macht alle Dinge bezeugen, dessen Absicht nichts Erschaffenes in Deinem Himmel und auf Deiner Erde vereiteln kann.
So mache denn Deine Diener siegreich, o mein Gott – sie, die ihre Blicke auf Dich richten und ihre Schritte zum Thronsitz Deiner Gnade lenken. Sende auf sie herab, was sie beschützt vor der Gefahr, sich einem anderen als Dir zuzukehren und ihre Blicke auf anderes zu richten als auf Dich.
Mächtig bist Du zu tun, was Du willst, und zu herrschen, wie es Dir beliebt. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Gott der Herrlichkeit und der Weisheit.

73

Verherrlicht bist Du, o Herr mein Gott!

Ich flehe Dich an bei Deinem Namen, der Bezähmer:

Halte uns die Bosheit Deiner Gegner ferne, die an Deinem Zeugnis zweifeln und an Deiner Schönheit nörgeln.

Durch Deinen Namen, der Allunterwerfer, überwältige die, welche Deiner früheren Manifestation Unrecht taten, die, angetan mit Deinem Titel, der Allherrliche, jetzt erschienen ist.

Durch Deinen Namen, der Züchtiger, ergreife jene, die Deine heilige Sache verächtlich machen, über Deine gewaltigen Worte spotten und sich hindern lassen, diese erhabenste Stufe zu erreichen.

Durch Deinen Namen, der Siegreiche, mache Deine Geliebten stark, so daß sie sich gegen Deine Feinde und die Ungläubigen unter Deinen Geschöpfen behaupten.

Durch Deinen Namen, der Trennende, zerreiße den Schleier, der die Taten jener verhüllt, die Deine Ehre besudeln und Deinen Glauben in Deinem Volk untergraben.

Durch Deinen Namen, der Heiler, verbinde die zerbrochenen Herzen der Dich Liebenden und segne sie huldreich in ihren Dingen.

Durch Deinen Namen, der Allwissende, lehre sie die Wunder Deiner Weisheit, damit sie sich standhaft an Deinen Glauben klammern und auf den Wegen Deines Wohlgefallens wandeln.

Durch Deinen Namen, der Verhüter, beschütze sie vor der Tyrannei der Unterdrücker, vor der Schlechtigkeit der Frevler und der Bosheit der Unheilstifter.

Durch Deinen Namen, der Bewahrer, verteidige sie in der Feste Deiner Macht und Kraft, damit sie geschützt seien vor den Speeren des Zweifels, geschleudert von denen, die sich gegen Dich auflehnen.

Durch Deinen Namen, den Du vor allen anderen Namen gesegnet, den Du für Deine Gnade auserlesen und durch den Du Deine Schönheit offenbart hast, heilige für Deine Diener diese Tage, von denen die Feder Deines Ratschlusses klar und deutlich geschrieben hat und die nach Deinem Willen und Deiner Weisheit auf Deiner unwiderruflichen Tafel vorherbestimmt sind.

Durch Deinen Namen, der Eroberer, unterwirf Deiner Herrschaft das Volk Deines Reiches, damit sich alle Deinem Antlitz zuwenden, Hab und Gut verlassend aus Liebe zu Dir und um Deines Wohlgefallens willen.
Demütige Deine Feinde, o mein Herr, ergreife sie mit Deiner Macht und Stärke, schlage sie mit Deinem grimmen Zorn. Gib ihnen von Deiner furchtgebietenden Majestät und Deiner Rache zu kosten; denn sie haben die Wahrheit Dessen verworfen, an den sie geglaubt, der zu ihnen kam mit Deinen Zeichen und Deinen deutlichen Zeugnissen, mit den Beweisen Deiner Macht und den mannigfachen Offenbarungen Deiner Gewalt. Alsdann versammle Deine Geliebten im Schatten des Baumes Deiner Einzigkeit, der Manifestation des strahlenden Lichtes Deiner Einheit.
Du bist wahrlich Der, dessen Macht unermeßlich, dessen Rache schrecklich ist. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Allmächtigen, dem Gewaltigsten.

74

Verherrlicht sei Dein Name, o Herr mein Gott, da Du mich Deiner Stimme lauschen lässest, mich zu Dir rufst und meine Augen öffnest, Deine Schönheit zu schauen, da Du mein Herz mit Deiner Erkenntnis erleuchtest und meine Brust heiligst von den Zweifeln der Ungläubigen in Deinen Tagen. Ich bin es, o mein Gott, der im tiefsten Schlaf auf seinem Lager lag, als, siehe, die Boten Deiner Gnadenfülle von Dir zu mir herabgesandt wurden, die sanften Winde Deiner Gnade über mich wehten und mich weckten, so daß ich mein Angesicht dem Heiligtum Deiner Erkenntnis zuwandte und meine Blicke auf den herrlichen Glanz Deines Antlitzes richtete.
Ich bin nur ein armes Geschöpf, o mein Herr! Sieh, wie ich mich an den Saum Deines Reichtums klammere. Ich bin der Finsternis und dem Eigensinn entflohen, dem hellen Lichte Deines Antlitzes entgegen. Deine Herrlichkeit ist mein Zeuge: Wollte ich Dir Dank sagen, solange Dein Reich währt und der Himmel Deiner Allmacht besteht, so wäre es dennoch nicht genug für Deine tausendfältigen Gaben.
Ich flehe Dich an, o mein Herr, bei Deinem Namen, der Ewigwährende, und bei Deinem Namen, den Du zum größten Mittel bestimmtest, Dich mit Deinen Dienern zu verbinden: Gestatte mir, Obdach an Deiner Tür zu suchen und Deinen Ruhm zu künden. So schreibe denn in allen Deinen Welten für mich nieder, was mich befähigt, unter Deinen Schatten im Bezirk Deines Hofes zu treten.
Du bist wahrlich der Allmächtige, der Großmütigste, der Erhabenste, der Immervergebende, der Freigebigste.

75

Aller Lobpreis sei Dir, o Herr mein Gott! Ich weiß nicht, wie ich Dein Lob singen, Deine Herrlichkeit schildern, Deinen Namen anrufen soll. Wenn ich Dich anrufe bei Deinem Namen, der Allbesitzende, muß ich erkennen, daß Er, der das Geschick alles Erschaffenen in Seiner Hand hält, nur ein von Dir abhängiger Vasall ist, erschaffen durch ein einziges Wort aus Deinem Munde. Und wenn ich Dich verkünde bei Deinem Namen, der Allbezwinger, entdecke ich sogleich, daß Er nur ein Bittsteller ist, der im Staube liegt vor Dir, erschüttert von Deiner ungeheueren Macht, Deiner Souveränität und Gewalt. Und wenn ich Dich zu beschreiben suche, indem ich die Einzigkeit Deines Wesens verherrliche, muß ich bald einsehen, daß diese Vorstellung nur das Ergebnis meiner eigenen Phantasie ist und daß Du seit je unermeßlich erhaben bist über das, was Menschenherzen eitel wähnen.
Die Herrlichkeit Deiner Macht ist mein Zeuge! Wer behauptet, Dich zu kennen, bestätigt dadurch seine Unwissenheit, und wer glaubt, zu Dir vorgedrungen zu sein, den erklären alle Atome der Erde, seinen Fehlschlag verkündend, für machtlos. Du jedoch hast in Deiner die Reiche von Erde und Himmel überragenden Barmherzigkeit geruht, von Deinen Dienern den Lobpreis und die Ehre entgegenzunehmen, die sie Deinem erhabenen Selbst erweisen, und hast ihnen geboten, Deine Herrlichkeit zu preisen, auf daß die Banner Deiner Führung in Deinen Städten aufgepflanzt, die Zeichen Deiner Barmherzigkeit unter Deinen Völkern verbreitet und alle befähigt werden zu erreichen, was Du ihnen durch Deinen Ratschluß bestimmt und durch Deinen unwiderruflichen Wunsch und Willen verordnet hast.
Nachdem ich nun meine eigene Machtlosigkeit und die Machtlosigkeit Deiner Diener bekannte, flehe ich Dich an beim strahlenden Glanz Deiner Schönheit: Versage Deinen Geschöpfen nicht den Zugang zu den Ufern Deines höchstheiligen Meeres. Ziehe sie sodann durch die göttliche Süße Deiner Melodien hin zum Throne Deiner Herrlichkeit, zum Sitze Deiner ewigen Heiligkeit. Du bist wahrlich der Allmächtige, der Höchste Herrscher, der Große Geber, der Erhabenste, der Immerersehnte.
Gestatte, o mein Gott, Deinem Diener, der sich Dir zuwendet, seinen Blick auf Dich heftet und sich an das Seil Deiner barmherzigen Gunst klammert, daß er vom Lebenswasser Deiner Gnade und Deines Wohlwollens koste. Laß ihn emporsteigen zu den Höhen, nach denen es ihn verlangt, und versage ihm nicht, was Du besitzest. Du bist wahrlich der Immervergebende, der Freigebigste.

76

Sei gelobt, o Herr mein Gott! Wann immer ich von Dir zu sprechen wage, werde ich daran gehindert durch die Erhabenheit Deiner Stufe und die überwältigende Größe Deiner Macht. Denn wollte ich Dich auch preisen, solange Deine Herrschaft und Souveränität währt, würde ich doch erkennen, daß mein Lob nur auf meinesgleichen paßt, auf solche, die selbst nur Deine Geschöpfe sind, gezeugt durch die Macht Deines Befehls und gestaltet durch die Wirkkraft Deines Willens. Und wann immer meine Feder einen Deiner Namen rühmt, dünkt mir, ich höre die Stimme seines Wehklagens über seine Ferne von Dir und vernehme seinen Schrei, weil er von Dir getrennt ist. Ich bezeuge, daß alles außer Dir nur Deine Schöpfung ist, gehalten in der Höhlung Deiner Hand. Wenn Du von Deinen Geschöpfen eine Tat oder ein Lob annimmst, ist dies nur ein Beweis für die Wunder Deiner Gnade und Deiner großmütigen Gunstbeweise, eine Offenbarung Deiner Freigebigkeit und Vorsehung.
Ich flehe Dich an, o mein Herr, bei Deinem Größten Namen, durch den Du Licht von Feuer, Wahrheit von Leugnung schiedest: Sende hernieder auf mich und meine Lieben, die um mich sind, das Gute dieser und der zukünftigen Welt. Versieh uns alsdann mit Deinen wundersamen Gaben, die den Augen der Menschen verborgen sind. Du bist wahrlich der Gestalter der ganzen Schöpfung. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Allmächtigen, dem Allherrlichen, dem Höchsten.

77

O Du, vor dessen furchtbarer Majestät alles Erschaffene erzittert, der die Geschicke aller Menschen im Griff hat, auf dessen Gnade und Barmherzigkeit alle Deine Geschöpfe die Blicke richten! Ich flehe Dich an, bei Deinem Namen, den Du zum Odem aller Namen im Reiche der Namen bestimmt hast: Schütze uns vor den Einflüsterungen derer, die sich von Dir abwenden und die Wahrheit Deines hehrsten, Deines erhabensten Selbstes zurückweisen in dieser Offenbarung, die das Reich Deiner Namen erzittern ließ.
Ich bin eine Deiner Mägde, o mein Herr. Ich habe mein Angesicht dem Heiligtum Deiner gnädigen Gunst, dem Königszelt Deiner Herrlichkeit zugewandt. Reinige mich von allem, was nicht von Dir ist, und gib mir Kraft, Dich zu lieben und Deinen Wunsch zu erfüllen, damit ich mich an der Schau Deiner Schönheit entzücke und, frei von aller Bindung an eines Deiner Geschöpfe, in jedem Augenblick ausrufe: »Verherrlicht sei Gott, der Herr der Welten!«
Laß meine Speise Deine Schönheit sein, o mein Herr, meinen Trank das Licht Deiner Gegenwart, meine Hoffnung Dein Wohlgefallen, mein Tagewerk Dein Lobpreis, meinen Gefährten Dein Gedenken, meine Hilfe Deine Souveränität, meine Wohnung Deine Stätte, mein Heim der Thronsitz, den Du über die Grenzen jener heiligst, die wie durch einen Schleier von Dir getrennt sind.
Du bist in Wahrheit der Gott der Macht, der Gewalt und der Herrlichkeit.

78

Sei gelobt, o Herr mein Gott! Wann immer ich an Dich denke und über Deine Tugenden nachsinne, werde ich so begeistert und verzückt von Dir, daß ich mich außerstande sehe, Deinen Namen zu nennen und Dich zu rühmen. Ich finde mich in solche Höhen zurückversetzt, daß ich mein Selbst als dasselbe erkenne wie das Gedenken Deiner in Deinem Reiche, das Wesen Deines Lobpreises unter Deinen Dienern. Solange jenes Selbst andauert, wird Dein Lobpreis unter Deinen Geschöpfen verbreitet und Dein Gedenken von Deinem Volke verherrlicht werden.
Jeder Einsichtige unter Deinen Dienern ist überzeugt, daß mein Selbst ewig lebt und niemals umkommen kann, da das Gedenken Deiner ewig ist und dauern wird, solange Dein eigenes Selbst dauert, und Dein Lobpreis ewig ist und währen wird, solange Deine Souveränität währt. Durch dieses Selbst wirst Du verherrlicht von solchen Deiner Auserwählten, die Dich anrufen, und von den Getreuen unter Deinen Dienern. Ja, der Lobpreis, mit dem irgend jemand in der ganzen Schöpfung Dich lobt, geht von diesem erhabenen Selbst aus und kehrt zu ihm zurück, wie die Sonne, während sie scheint, ihren Glanz auf alles ergießt, was ihren Strahlen ausgesetzt ist. Die Sonne erzeugt das Licht, das sich über alle Dinge verbreitet, und zu ihr muß es zurückkehren.
Erhaben, unermeßlich erhaben bist Du über jeden Versuch, die Größe Deiner heiligen Sache zu messen, über jedes Wagnis eines Vergleiches, über die Bemühungen der menschlichen Zunge, ihre Bedeutung auszudrücken! Seit Ewigkeit bist Du allein mit niemandem neben Dir, und bis in Ewigkeit wirst Du der gleiche bleiben in der Erhabenheit Deines Wesens, auf den unerreichbaren Höhen Deiner Herrlichkeit.
Und als Du Dich den Menschen zu erkennen geben wolltest, enthülltest Du nacheinander die Manifestationen Deiner heiligen Sache. Du machtest jede zu einem Zeichen Deiner Offenbarung unter Deinem Volke, zum Morgen Deines unsichtbaren Selbstes inmitten Deiner Geschöpfe, bis zu der Zeit, da alle Deine früheren Offenbarungen, wie von Dir bestimmt, in Ihm gipfelten, den Du zum Herrn ernanntest über alle im Himmel der Offenbarung und im Reiche der Schöpfung, in Ihm, den Du als den souveränen Gebieter einsetztest über alle in den Himmeln und auf Erden. Ihn bestimmtest Du zum Herold Deiner Größten Offenbarung, zum Vorboten Deines Altehrwürdigsten Strahlenglanzes. Damit bezwecktest Du nichts anderes, als die zu prüfen, welche Deine erhabensten Titel allen im Himmel und auf Erden offenbart haben. Ihm hast Du befohlen, Seinen Bund mit allem Erschaffenen zu schließen.
Und als Deine Verheißung eintrat und die festgesetzte Zeit erfüllt war, wurde Er, der Besitzer aller Namen und Eigenschaften, den Menschen offenbart. Darauf erschraken alle im Himmel und auf Erden, ausgenommen jene, die Du in Deinem Schutz hieltest und unter dem Obdach Deiner Macht und Deiner gnädigen Vorsehung bewahrtest. Dann widerfuhr Ihm von seiten solcher Deiner Geschöpfe, die sich an Dir versündigen, was die Zungen keines Deiner Diener zu beschreiben vermag.
So blicke denn hernieder auf Ihn, o mein Gott, mit dem Auge Deines zarten Erbarmens. Sende auf Ihn und jene, die Ihn lieben, das Beste hernieder, was Du im Himmel Deines Willens und auf der Tafel Deines Ratschlusses bestimmtest. Stehe ihnen bei mit Deiner Hilfe, denn Du bist wahrlich der Allmächtige, der Erhabenste, der Allherrliche, der Allbezwingende.

79

Alle Herrlichkeit sei Dir, o Herr mein Gott! Ich bezeuge für Dich, was Du für Dein eigenes Selbst bezeugtest, ehe Du die Schöpfung erschaffen oder sie erwähnt hattest: daß Du Gott bist und daß es keinen Gott neben Dir gibt. Seit Ewigkeit bist Du in Deiner überragenden Einzigkeit unermeßlich erhaben über Deiner Knechte Begriff von Deiner Einheit, und bis in alle Ewigkeit wirst Du in Deiner unnahbaren Einzigartigkeit hoch über dem Lob Deiner Geschöpfe bleiben. Kein Wort, das jemand außer Dir äußert, kann Dir je geziemen, und niemandes Beschreibung außer Deiner eigenen kann Deiner Natur entsprechen. Alle, die Deine Einheit anbeten, sind bestürzt vor dem unergründlichen Geheimnis Deiner Einzigkeit; alle bekennen ihre Machtlosigkeit, zum Verständnis Deines Wesens vorzudringen und den Gipfel Deiner Erkenntnis zu erklimmen. Alle Mächtigen bestätigen ihre Schwäche, alle Gebildeten ihre Unwissenheit. Die Einflußreichen sind wie nichts, verglichen mit den Offenbarungen Deiner unermeßlichen Souveränität, und die Hochgestellten versinken in Vergessenheit vor den Kundgebungen Deiner großen Herrlichkeit. Die hellsten Leuchten sind verfinstert vor dem Strahlenglanz Deines Antlitzes, die Zungen der gewandtesten Redner stammeln vor dem ungezähmten Fluß Deiner heiligen Worte, die mächtigsten Gebäude erzittern in ihren Grundfesten vor der ungestümen Gewalt Deiner zwingenden Macht.
Wer wäre des Gedenkens würdig, o mein Gott, wenn Deiner gedacht wird, und wo ist der zu finden, der Dein Wesen anzudeuten fähig oder würdig wäre, am Hofe Deiner überragenden Einzigkeit erwähnt zu werden? Seit Ewigkeit warst Du allein mit keinem neben Dir, und bis in Ewigkeit wirst Du derselbe bleiben. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Gott der Macht, der Herrlichkeit und der Weisheit.
Verherrlicht sei Dein Name, o Herr mein Gott! Ich flehe dich an bei Ihm, Deinem erhabenen, höchsten Gedenken, den Du zu all Deinen Geschöpfen herniedersandtest, bekleidet mit Deinem Namen, der Allherrliche, bei Ihm, für den Du bestimmtest, daß Sein Wille Dein Wille sei, Sein Selbst die Offenbarung Deines Selbstes, Sein Wesen der Morgen Deiner Weisheit, Sein Herz die Schatzkammer Deiner Eingebung, Seine Brust der Aufgangsort Deiner vortrefflichsten Eigenschaften und erhabensten Titel und Seine Zunge der Quell aller Ströme Deines Lobes, der Springbrunnen der sanft fließenden Wasser Deiner Weisheit: Sende auf uns hernieder, was uns befähigt, auf alles zu verzichten außer Dir, und was uns veranlaßt, dem Heiligtum Deines Wohlgefallens unsere Schritte entgegenzulenken und nach dem zu streben, was Du nach Deinem unwiderruflichen Ratschluß für uns bestimmt hast. Sodann gib uns die Kraft, unser Selbst aufzugeben und standhaft Ihm anzuhangen, der die Manifestation Deines Selbstes ist, des Erhabensten, des Höchsten. Versieh uns auch mit dem, was am besten für uns ist, und zeichne uns auf mit denen Deiner Diener, die den GötzenA11 verwarfen und fest an Dich glauben, so sicher auf dem Throne der Gewißheit sitzend, daß die Einflüsterungen des Bösen sie nicht hindern können, ihre Angesichter Deinem Namen, der Allbarmherzige, zuzuwenden.
Mächtig bist Du zu tun, was Dir gefällt, und zu verordnen, was Du willst. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Allbesitzenden, dem Allhöchsten, dem Allwissenden, dem Allweisen.

80

O Du, dessen Gedenken die Seelen aller mit Wonne erfüllt, die nach Dir schmachten, dessen Name die Herzen frohlocken läßt, die Deinem Willen völlig ergeben sind, dessen Lob alle preisen, die Deinem Hofe nahe sind, dessen Antlitz heiß ersehnt wird von allen, die Deine Wahrheit erkennen, dessen Prüfung die Krankheiten derer heilt, die in Deiner heiligen Sache stehen, dessen Leiden der höchste Wunsch jener ist, die frei sind von jeder Bindung an einen anderen als Dich!
Verherrlicht, unermeßlich verherrlicht bist Du, der Du die Herrschaft über alles in den Himmeln und auf Erden in Händen hältst, der Du durch ein Wort Deines Mundes alle Dinge bestimmtest, zu enden und sich aufzulösen, und durch ein zweites Wort all das Getrennte zusammenfügtest und wiedervereinigtest! Verherrlicht sei Dein Name, o Du, der Du Macht hast über alle in den Himmeln und auf Erden, dessen Herrschaft alles im Himmel Deiner Offenbarung und im Königreiche Deiner Schöpfung umfaßt. Niemand ist Dir ebenbürtig in den Reichen Deiner Schöpfung, niemand kann sich Dir vergleichen in dem von Dir gestalteten Weltall. Kein Verstand hat Dich je verstanden, keiner Seele Trachten hat Dich je erreicht. Ich schwöre bei Deiner Macht: Wollte sich jemand auf irgendwelchen Flügeln durch die Unermeßlichkeit Deiner Erkenntnis emporschwingen, solange Dein Wesen währt, wäre er doch unfähig, die Grenzen der bedingten Welt zu überschreiten. Wie könnte solch ein Mensch gar danach trachten, den Flug in die Sphären Deiner erhabensten Gegenwart zu nehmen?
Der ist wahrlich mit Verständnis begabt, der seine Machtlosigkeit bekennt und seine Sündhaftigkeit eingesteht; denn wollte ein erschaffenes Ding angesichts der unendlichen Wunder Deiner Offenbarung irgendein Dasein für sich beanspruchen, wäre solch ein lästerlicher Anspruch verruchter denn jedes Verbrechen auf allen Gebieten Deines Schöpfergeistes. Wer vermag ein Dasein für sich zu behaupten, o mein Herr, wenn Du die ersten Schimmer der Zeichen Deiner überragenden Macht und Souveränität enthüllst? Dasein selbst ist nacktes Nichts angesichts der machtvollen, mannigfachen Wunder Deines unvergleichlichen Selbstes.
Hoch, unermeßlich hoch erhaben bist Du über alle Dinge, o Du König der Könige! Ich flehe Dich an, bei Dir selbst und bei ihnen, den Manifestationen Deiner heiligen Sache, den Sonnenaufgängen Deiner Gesetzesmacht: Schreibe nieder für uns, was Du für Deine Auserwählten niedergeschrieben hast. Vorenthalte uns nicht, was Du für Deine Geliebten bestimmtest, die Dir entgegeneilten, sobald Dein Ruf sie erreichte, und sich augenblicks in Anbetung vor Dir niederwarfen, als der Strahlenglanz Deines Antlitzes sich über sie ergoß.
Wir sind Deine Knechte, o mein Herr, fest im Griff Deiner Macht. So Du uns züchtigst mit der Züchtigung, die den früheren und den späteren Geschlechtern zuteil wurde, ist Dein Urteil sicherlich gerecht und Deine Tat zu rühmen. Mächtig bist Du zu tun, was Dir gefällt. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Allmächtigen, dem Allherrlichen, dem Helfer in Gefahr, dem Selbstbestehenden.

81

Preis sei Dir, o Du, der Du Dein Ohr den Seufzern jener neigst, die frei sind von allen Bindungen außer an Dich, und der Du die klagenden Stimmen derer hörst, die Dir ganz ergeben sind! Du siehst alles, was über sie gekommen ist aus den Händen solcher Deiner Geschöpfe, die sich gegen Dich vergehen und auflehnen. Deine Macht ist mein Zeuge, o Du König im Reiche der Gerechtigkeit, Du Herrscher über die Städte des Erbarmens! So schlimm sind die Trübsale, die sie erdulden mußten, daß keine Feder in der ganzen Schöpfung sie beschreiben kann. Wer sie auch nur zu erwähnen versuchte, sähe sich ohnmächtig, sie zu schildern.
Da die Heimgesuchten diese Trübsale jedoch auf Deinem Pfade aus Liebe zu Dir erduldeten, danken sie Dir mit den Worten: »O Du Wonne unserer Herzen, Du Ziel unserer Anbetung! Regneten die Wolken Deines Ratschlusses auch Pfeile des Leidens auf uns nieder, wir wollten doch niemals ungeduldig werden in unserer Liebe zu Dir. Nur Lob und Dank brächten wir Dir dar, denn wir erkennen und sind gewiß, daß Du uns nur bestimmst, was für uns das Beste ist. Ist unser Leib auch zuweilen gebeugt unter der Last unseres Leides, so jubelt doch unsere Seele in überschäumender Freude. Wir schwören bei Deiner Macht, o Du Sehnsucht unserer Herzen, Du Frohlocken unserer Seele! Jedes Leid, das uns in unserer Liebe zu Dir anrührt, ist ein Beweis Deines zarten Erbarmens, jede Feuerprobe ist ein Zeichen für den Glanz Deines Lichtes, jede traurige Drangsal ein kühlender Trunk, jede Mühe selige Ruhe, jede Qual ein Quell der Freude.«
Wer ungeduldig ist, o mein Herr, in den Heimsuchungen, die ihn auf Deinem Pfade befallen, hat nicht aus dem Becher Deiner Liebe getrunken und nicht die Süße Deines Gedenkens gekostet. Ich flehe Dich an bei Ihm, dem Könige aller Namen und deren Souverän, dem Offenbarer aller Eigenschaften und deren Schöpfer, und bei denen, die hoch aufgeflogen und Dir nahe sind, die ihren Flug in die Sphären Deiner Gegenwart nehmen, die sich Dir zuliebe von Ketten wundreiben lassen: Gib, daß Deinem ganzen Volke geholfen werde, Ihn, die Manifestation Deiner selbst, zu erkennen, Ihn, der verbannt und eingekerkert ist, weil Er die Menschheit vor Dich lud.
Die Milde Deiner Gnade, o mein Herr, überragt die Wut Deines Zornes; Deine Güte übertrifft Dein jähes Mißfallen, und Deine Gnade ist größer als Deine Gerechtigkeit. Nimm Du in Deiner wundersamen Gunst und Barmherzigkeit Deine Geschöpfe bei der Hand und lasse sie nicht von der Gnade ausgeschlossen sein, durch die sie Dich nach Deinem Willen erkennen sollen. Der Glanz Deiner Macht ist mein Zeuge! Sollte solches geschehen, so würde jede Seele heftig erschüttert, jeder Einsichtige verwirrt und jeder Wissende sprachlos, ausgenommen jene, denen durch die Hände Deiner Sache Hilfe zuteil ward, jene, die Du die Offenbarungen Deiner Gnade und die Zeichen Deiner Gunst empfangen ließest.
Ich schwöre bei Deiner Macht, o mein Gott! Wolltest Du Deine Diener nach ihrem Verdienst in Deinen Tagen betrachten, so verdienten sie gewiß nur Deine Strafe und Züchtigung. Du bist indes der große Wohltäter, dessen Gnade unermeßlich ist. Schaue sie nicht an, o mein Gott, mit dem Blick Deiner Gerechtigkeit, sondern mit dem Auge Deines zärtlichen Mitleids und Deines Erbarmens. Verfahre alsdann mit ihnen, wie es Deiner Freigebigkeit und Deiner großmütigen Gunst entspricht. Mächtig bist Du zu tun, was immer Dir gefällt. Unvergleichlich bist Du. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Herrn des Thrones droben und auf Erden hienieden, dem Herrscher dieser und der zukünftigen Welt. Du bist der Gott der Großmut, der Immervergebende, der Große Geber, der Freigebigste.
Segne Ihn, o Herr mein Gott, durch den die Geheimnisse Deiner Allmacht enthüllt, die Offenbarungen Deiner Göttlichkeit verherrlicht, die wundersamen Perlen Deiner Erkenntnis und Weisheit aufgedeckt, Deine Zeichen und Beweise überall verbreitet, Dein Wort deutlich dargetan, das Licht Deines Antlitzes ausgestrahlt und die Macht Deiner Souveränität begründet sind. Segne auch alle, die sich Dir ganz um Deinetwillen zuwenden. Sende alsdann auf Ihn und auf sie Deine wundersamen Gnadengaben hernieder, wie sie Deiner Hoheit entsprechen. Du bist wahrlich der Allmächtige, der Helfer in Gefahr, der Allherrliche, der Selbstbestehende.

82

Sei gelobt, o Herr mein Gott! Du bist es, der alle Dinge durch ein auf Deinen Befehl geäußertes Wort erschaffen und die ganze Schöpfung durch die Gewalt Deiner Macht und Souveränität gestaltet hat. Die Mächtigsten der Menschen sind erniedrigt vor den Offenbarungen Deiner Herrlichkeit, die Starken erzittern vor den Kundgebungen Deiner Macht. Jeder Einsichtsvolle ist geblendet vom herrlichen Strahlenglanz Deines Antlitzes; der Reiche ist arm und verlassen, wenn er die Fülle Deines Reichtums schaut.
Ich flehe Dich an bei Deinem Allherrlichen Namen, mit dem Du alle Bewohner des Reiches Deiner Offenbarung und die Insassen des Himmels Deines Willens schmücktest: Laß meine Seele von der süßen Weise des Himmelsvogels angelockt sein, der in den Zweigen des Baumes Deines Ratschlusses singt, daß Du Gott bist und daß es keinen Gott neben Dir gibt.
Reinige mich mit den Wassern Deiner Gnade, o mein Herr, mache mich Dir völlig eigen, laß mich dem Königszelt Deiner Sache und dem Heiligtum Deiner Gegenwart nahen. Verordne mir sodann all das, was Du für die Auserwählten unter Deinen Mägden verordnet hast, und laß auf mich herniederregnen, was mein Angesicht erleuchtet und mein Herz erhellt.
Du hast die Macht zu tun, was Du willst, und Du verordnest, was Dir gefällt.

83

Sei gelobt, o Herr mein Gott! Du siehst meine Armut und mein Elend, meine Sorgen und Nöte, meine völlige Hilflosigkeit, meine tiefste Niedrigkeit, mein Jammern und bitteres Wehklagen, die Angst meiner Seele und die Leiden, die mich bestürmen. Die Kraft Deiner Macht ist mein Zeuge! So tief ist meine Erniedrigung, daß Deine Knechte, weit von Deinem Pfade abgeirrt, mich verhöhnen. Du weißt, daß ich als der Träger Deines Namens unter Deinen Geschöpfen anerkannt bin. Du weißt, daß meine Stufe nur ein Widerschein Deiner Stufe ist, daß meine Tugenden Deine Tugenden künden, daß in meinem innersten Sein nur die Offenbarungen Deiner Zeichen zu finden sind, daß mein Wesenskern nur die Beweise Deiner Einheit widerspiegelt.
All dies machst Du unter Deinen Geschöpfen derart bekannt, daß mich nur erkennen kann, wer Deinen Namen trägt. Ich schwöre bei Deiner Herrlichkeit! Mein Wehklagen gilt nicht dem, was mich auf Deinem Pfade befiel, sondern meiner Einsicht, daß meine Erniedrigung die Herzen der Dich Liebenden erschüttert und die Seelen Deiner Gegner so mit Schadenfreude erfüllt, daß sie über jene triumphieren, die sich von allem außer Dir lösen und dem Strome Deines Gedenkens und Lobpreises entgegeneilen. So weit sind sie abgeirrt, daß sie, Deinen Geliebten begegnend, den Kopf schütteln zum Spott über Deine heilige Sache und fragen: »Wo ist denn euer Herr, den ihr Tag und Nacht anrufet? Wo ist Er denn zu finden, den ihr euren Souverän nennt, zu dem ihr alle Menschen vorladet?« Ihr Stolz und Hochmut wuchs immer mehr, bis sie die Gewalt Deiner Macht leugneten und Deine Herrschaft und Souveränität zurückwiesen.
Deine Herrlichkeit ist mein Zeuge! Mit Freuden ertrage ich mein Leid und das Leid der mich Liebenden auf Deinem Pfade. Aber weder ich noch sie können den Schimpf und die Schmach ertragen, die Deine Feinde gegen Dich, den Unbeschränkten, äußern. Wie lange noch, o mein Gott, willst Du auf dem Throne Deiner Geduld und Langmut verharren? Sprich Du Dein Wort des Zornes, o Du, den kein Auge sehen kann! Vielgeliebt ist Deine Barmherzigkeit für die Aufrichtigen unter Deinen Dienern, wohlangemessen ist Deine Züchtigung für die Ungläubigen unter Deinen Feinden. Sende darum auf sie nieder, o mein Herr, was ihnen unmißverständlich das Ungestüm Deines Zornes und die Überlegenheit Deiner Macht enthüllt und sie befähigt, Deine Gewalt in ihrem ganzen Gewicht und Deine Kraft in all ihrem Umfang zu erkennen. Wenn Du es ablehnst, o mein Gott, denen beizustehen, die Dich lieben, so hilf denn Dir selbst und Ihm, der Dein Gedenken ist.
Ich flehe Dich an bei Deinem Namen, der das Meer Deines Zornes wogen läßt: Züchtige jene, die Deine Wahrheit zurückweisen und Dein Wort leugnen. Demütige sie durch Deine Macht und Kraft und erhöhe die, welche ganz um Deinetwillen Dir ihr Angesicht zukehren, damit durch sie die Banner Deiner Verherrlichung unter allen Nationen entfaltet und Deine Zeichen unter allen Völkern verbreitet werden, bis alle bezeugen, daß Du Gott bist und daß es keinen Gott gibt außer Dir, dem Gott der Macht, der Majestät und der Herrlichkeit.

84

Verherrlicht bist Du, o Herr mein Gott! Ich bitte Dich bei Deinem Namen, den Du über alle anderen Namen erhöht hast, durch den des Himmels Vorhang zerrissen ward und Deiner Schönheit Sonne sich am Horizont erhob im Strahlenglanz Deines Namens, der Erhabene, der Höchste, stehe mir bei mit Deiner wundersamen Hilfe und behüte mich unter dem Obdach Deiner Fürsorge und Deines Schutzes.
Ich bin eine Deiner Mägde, o mein Herr! Zu Dir wende ich mich, in Dich setze ich mein Vertrauen. Gib, daß ich in meiner Liebe zu Dir und beim Vollbringen all dessen, was Dir wohlgefällt, so bestätigt werde, daß weder der Treubruch der Ungläubigen unter Deinem Volke noch das Geschrei der Heuchler unter Deinen Geschöpfen mich von Dir zurückhalten können.
Reinige meine Ohren, o mein Herr, auf daß ich den Versen lausche, die zu Dir herabgesandt sind, erleuchte mein Herz mit dem Lichte Deiner Erkenntnis und löse meine Zunge, damit sie Dein gedenke und Dein Lob singe. Bei Deiner Macht, o mein Gott! Nur Dir ist meine Seele hingegeben, nur Dich sucht mein Herz.
Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Allherrlichen, dem Großen Geber, dem Verzeihenden, dem Mitleidvollen.

85

Dies sind die Tage, o mein Gott, da Du Deinen Dienern das Fasten gebotest. Mit ihm ziertest Du das Vorwort zum Buche Deiner Gesetze, das Du Deinen Geschöpfen offenbartest, mit ihm schmücktest Du die Schatztruhen Deiner Gebote vor den Augen aller, die in Deinem Himmel und auf Deiner Erde sind. Jede Stunde dieser Tage hast Du mit einer besonderen Wirkkraft ausgestattet, unerforschlich allen außer Dir, dessen Wissen alles Erschaffene umfaßt. Auch hast Du jede Seele an dieser Wirkkraft teilhaben lassen gemäß der Tafel Deines Ratschlusses und den Schriften Deines unwiderruflichen Urteils. Jedes Blatt dieser Bücher und Schriften hast Du zudem einem jeden Volk und Stamm der Erde zugewiesen.
Für Deine glühenden Verehrer hältst Du nach Deinem Gebot an jedem Morgen den Kelch Deines Gedenkens bereit, o Du, der Du der Herrscher aller Herrscher bist! So trunken sind sie vom Weine Deiner überreichen Weisheit, daß sie auf ihr Lager verzichten in ihrem Verlangen, Dein Lob zu preisen und Deine Tugenden zu rühmen, und den Schlaf fliehen in ihrem Eifer, sich Deiner Gegenwart zu nahen und Deiner Wohltaten teilhaftig zu werden. Allezeit sind ihre Augen auf den Sonnenaufgang Deiner Güte gerichtet, ihre Angesichter dem Urquell Deiner Eingebung zugewandt. So laß denn aus den Wolken Deines Erbarmens auf uns und auf sie herabregnen, was dem Himmel Deiner freigebigen Gnade entspricht.
Gelobt sei Dein Name, o mein Gott! Dies ist die Stunde, da Du die Pforten Deiner Großmut vor den Augen Deiner Geschöpfe öffnest und die Tore Deines zarten Erbarmens allen Bewohnern Deiner Erde weit auftust. Ich flehe Dich an bei allen, deren Blut auf Deinem Pfade vergossen ward, bei allen, die in ihrer Sehnsucht nach Dir sich lösten von jeder Bindung an Deine Geschöpfe, die von den süßen Düften Deiner Eingebung so hingerissen waren, daß ein jedes Glied ihres Leibes Dein Lob anstimmte und zu Deinem Gedächtnis in Schwingung geriet: Verwehre uns nicht, was Du in dieser Offenbarung unwiderruflich bestimmt hast – einer Offenbarung, deren Wirkkraft jeden Baum ausrufen läßt, was ehedem der Brennende Busch Mose verkündete, als Er mit Dir sprach, einer Offenbarung, die den kleinsten Kiesel Dein Lob widerhallen läßt, wie die Steine Dich in den Tagen Muḥammads, Deines Freundes, verherrlichten.
Hier sind die, o mein Gott, denen Du gnädiglich erlaubst, Gemeinschaft mit Dir zu haben und mit Ihm, dem Offenbarer Deiner selbst, zu verkehren. Die Stürme Deines Willens haben sie weithin zerstreut, bis Du sie unter Deinem Schutze versammeltest und sie eintreten ließest in den Bereich Deines Hofes. Nun, da Du sie unter dem schattigen Baldachin Deiner Gnade weilen lässest, stehe ihnen bei, daß sie erreichen, was einem so hohen Range entspricht. Lasse sie nicht zu denen gehören, o mein Herr, die Dein Antlitz nicht erkennen können, wiewohl sie sich Deiner Nähe erfreuen, und die Deiner Gegenwart beraubt bleiben, obgleich sie Dir begegnen.
Hier sind Deine Diener, o mein Herr, die mit Dir in dieses Größte Gefängnis eingetreten sind, die in seinen Mauern die Fasten halten, wie Du es ihnen auf der Tafel Deines Ratschlusses und in den Büchern Deines Befehls geboten. So sende denn hernieder auf sie, was sie völlig reinigen wird von allem, was Du verabscheust, damit sie Dir gänzlich ergeben werden und sich völlig loslösen von allem außer Dir.
Lasse sodann auf uns herabregnen, o mein Gott, was Deiner Gnade entspricht und Deiner Großmut ansteht. Mache uns fähig, o mein Gott, im Gedenken an Dich zu leben und in der Liebe zu Dir zu sterben, und versorge uns mit der Gabe Deiner Gegenwart in Deinen jenseitigen Welten, unerforschlich allen außer Dir. Du bist unser Herr und der Herr aller Welten. Du bist der Gott aller im Himmel und auf Erden.
Du siehst, o mein Gott, was Deinen Geliebten in Deinen Tagen widerfuhr. Deine Herrlichkeit ist mein Zeuge! Lautes Wehklagen Deiner Auserwählten erhebt sich und erfüllt Dein Reich. Etliche wurden von den Ungläubigen in Deinem Lande verführt und daran gehindert, Dir zu nahen und an Deiner Herrlichkeit Hof zu gelangen. Einige vermochten Dir zu nahen, wurden jedoch davon abgehalten, Dein Antlitz zu schauen. Anderen ward in ihrem Eifer, Dich zu sehen, erlaubt, in die Umfriedung Deines Hofes einzutreten, doch ließen sie die trügerischen Schleier Deiner Geschöpfe und die Missetaten der Unterdrücker in Deinem Volke zwischen sich und Dich treten.
Dies ist die Stunde, o mein Herr, die Du über jede andere Stunde erhoben und mit den edelsten Deiner Geschöpfe verbunden hast. Ich flehe Dich an, o mein Gott, bei Dir und bei ihnen: Verordne im Verlaufe dieses Jahres, was Deine Geliebten erhöhen wird. Bestimme überdies, daß innerhalb dieses Jahres die Sonne Deiner Macht glänzend über dem Horizont Deiner Herrlichkeit erstrahle und durch Deine höchste Macht die ganze Welt erleuchte.
Mache Deine Sache siegreich, o mein Herr, und demütige Deine Feinde. Alsdann schreibe nieder für uns das Gute in diesem und im zukünftigen Leben. Du bist die Wahrheit, Du kennst alle geheimen Dinge. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Immervergebenden, dem Allgütigen.

86

Verherrlicht bist Du, o Herr mein Gott! Dir sage ich Dank, daß Du mich zur Zielscheibe für vielerlei Leiden gemacht und mit mannigfachen Prüfungen gezeichnet hast, um damit Deinen Dienern neues Leben zu verleihen und alle Deine Geschöpfe zu erwecken.
Ich schwöre bei Deiner Herrlichkeit, o Du Meistgeliebter der Welten, Du Sehnsucht aller, die Dich erkennen: Der einzige Grund, warum ich zu leben wünsche, ist die Offenbarung Deiner heiligen Sache, und weiterleben will ich nur, um Not auf Deinem Pfade zu erfahren.
Ich flehe Dich an, o Du, bei dessen Ruf die Herzen aller, die Dir nahe waren, emporflogen in die Sphären Deiner Gegenwart: Sende auf Deine Geliebten hernieder, was sie befähigt, allem zu entsagen außer Dir. Alsdann verleihe ihnen solche Beständigkeit, daß sie sich aufmachen, Deine Sache zu verkünden, und vor allen in Deinem Himmel und auf Deiner Erde so Deinen Namen anrufen, daß die Tyrannen unter Deinen Knechten mit all ihrer pharaonischen Grausamkeit außerstande sind, sie von Dir zurückzuhalten.
Du bist wahrlich der Gott der Macht, der Gott der Herrlichkeit, der Gott der Kraft und der Weisheit.

87

Verherrlicht sei Dein Name, o Herr mein Gott! Siehe, mein Auge harrt, die Wunder Deines Erbarmens zu schauen, mein Ohr verlangt es, Deinen süßen Weisen zu lauschen, mein Herz sehnt sich nach den Lebenswassern Deiner Erkenntnis. Du siehst Deine Magd vor der Wohnstatt Deines Erbarmens stehen, o mein Gott, und Dich bei Deinem Namen rufen, den Du vor allen anderen Namen erwählt und über alle im Himmel und auf Erden erhöht hast. Sende auf sie den Odem Deines Erbarmens herab, so daß sie ihrem Selbst gänzlich entrückt werde, völlig hingezogen zu dem Sitz, der in der Herrlichkeit Deines Antlitzes strahlt, der den Glanz Deiner Souveränität nah und fern verbreitet und als Dein Thron errichtet ist. Mächtig bist Du zu tun, was Du willst. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Allherrlichen, dem Großmütigsten.
Ich bitte Dich flehentlich, o mein Herr, vertreibe die nicht, die Dich suchen, weise jene nicht ab, die ihre Schritte Dir zuwenden, und entziehe Deine Gnade nicht all denen, die Dich lieben. Du bist Er, der sich Gott des Erbarmens nennt, der Mitleidigste. So erbarme Dich denn Deiner Magd, die bei Dir Zuflucht sucht und Dir ihr Angesicht zuwendet.
Du bist wahrlich der Immervergebende, der Allbarmherzige.

88

Gelobt sei Dein Name, o mein Gott! Ich bezeuge, daß kein Gedanke an Dich, sei er noch so wundersam, jemals zum Himmel Deiner Erkenntnis aufzusteigen vermag und daß kein noch so erhabener Lobpreis sich in die Sphären Deiner Weisheit aufschwingen kann. Seit aller Ewigkeit bist Du jenseits der Fassungskraft und der Erkenntnis Deiner Diener, unermeßlich erhaben über die Versuche Deiner Knechte, Dein Mysterium in Worte zu fassen. Welcher Macht kann das schattengleiche Geschöpf sich rühmen im Angesicht Dessen, der der Unerschaffene ist?
Ich bezeuge, daß die höchsten Gedanken aller, die Deine Einheit anbeten, und die tiefsten Betrachtungen derer, die Dich erkennen, nur das Ergebnis dessen sind, was durch den Federzug Deines Geheißes und durch Deinen Willen erzeugt ist. Ich schwöre bei Deiner Herrlichkeit, o Du Geliebter meines Herzens, Du Quell meines Lebens! Ich bin völlig überzeugt von meiner Unfähigkeit, Dich so zu beschreiben und zu preisen, wie es Deiner großen Herrlichkeit und Deiner hehren Majestät zukommt. Des eingedenk, flehe ich Dich an bei Deinem Erbarmen, das alles Erschaffene übertrifft, und bei Deiner Gnade, welche die ganze Schöpfung umfängt: Nimm von Deinen Dienern an, was sie auf Deinem Pfade darzubringen vermögen. Hilf ihnen sodann durch Deine stärkende Gnade, Dein Wort zu erhöhen und Dein Lob zu künden.
Mächtig bist Du zu tun, was Dir gefällt. Du bist fürwahr der Allherrliche, der Allwissende.

89

Ich weiß nicht, o mein Gott, was für ein Feuer es ist, womit Du die Lampe Deiner heiligen Sache entzündet hast, oder was für ein Glas, womit Du sie vor Deinen Feinden schütztest. Bei Deiner Macht! Ich staune über die Wunder Deiner Offenbarung und die Zeichen Deiner Herrlichkeit. Ich erkenne, o Du Verlangen meines Herzens, daß Feuer augenblicks erlischt, wenn Wasser es berührt, während das Feuer, das Du entzündet, niemals verlöschen kann, würden auch alle Meere der Erde darauf gegossen. Sollte Wasser es je berühren, so verwandelten die Hände Deiner Macht, wie auf Deinen Tafeln bestimmt, dieses Wasser in Öl, seine Flamme zu nähren.
Desgleichen erkenne ich, o mein Gott, daß jede Lampe im Tosen des Sturmes verlöschen muß. Was aber Deine Lampe angeht, o Geliebter aller Welten, so kann ich mir nicht denken, welche Macht außer der Deinen sie so viele Jahre lang vor den unaufhörlichen Stürmen der Aufrührer unter Deinen Knechten geschützt hat.
Ich schwöre bei Deiner Herrlichkeit, o mein Gott! Deine Lampe, die Du im Heiligtum des Menschen entzündet hast, ruft zu Dir und spricht: »O Du einzig Geliebter! Wie lange noch willst Du mich allein lassen? Hebe mich auf zu Dir, ich bitte Dich. Mag dies auch der Wunsch eines menschlichen Geschöpfes sein, so weißt Du doch, daß es mein wahrer Wunsch ist, mich auf Deinem Pfade zu opfern. Du bist Er, der meinen Wunsch Deinem Wunsche und meinen Willen Deinem Willen gleich macht. Ich flehe Dich an: Behüte Deine Lieben unter dem Obdach Deiner schützenden Barmherzigkeit, die alle Dinge überragt, damit die Leiden, die sie erdulden, sie nicht hindern, sich Deinem Namen, der Allherrliche, der Freigebigste, zuzuwenden.«

90

Verherrlicht bist Du, o mein Gott! Du weißt, in meiner Liebe zu Dir suche ich keine Rast, bei der Verkündigung Deiner Sache versage ich mir jede Ruhe und bei der Befolgung dessen, was Du auf Deinen Tafeln verordnet hast, zögere ich nicht, Deinem Geheiß zu gehorchen. Aus diesem Grunde erleide ich, was kein Mensch unter allen Bewohnern Deines Reiches erlitt.
Deine Herrlichkeit ist mein Zeuge! Nichts kann mich hindern, Deiner zu gedenken, selbst wenn alle Heimsuchungen dieser Erde mich von allen Seiten bestürmten. Alle Glieder meines Leibes verkünden ihre Bereitschaft, um Deines Wohlgefallens willen zerrissen zu werden auf Deinem Pfade; sie sehnen sich, vor Dir im Staube verstreut zu werden. O wenn doch alle Deine Diener kosten könnten, was ich von der Süße Deiner Liebe koste!
Ich flehe Dich an: Versorge alle, die Dich suchen, mit den Lebenswassern Deiner Großmut, damit sie sich lösen von aller Bindung außer an Dich. Du bist wahrlich der Allwissende, der Allherrliche, der Allmächtige.

91

Gelobt sei Dein Name, o Herr mein Gott! Wie groß ist Deine Macht und Souveränität, wie unermeßlich Deine Kraft und Herrschaft! Du hast Ihn ins Leben gerufen, der in Deinem Namen spricht vor allen in Deinem Himmel und auf Deiner Erde, und hast Ihm geboten, Seinen Ruf inmitten Deiner Geschöpfe zu erheben.
Doch kaum war ein Wort über Seine Lippen gekommen, da wandten sich die Geistlichen unter Deinem Volke von Ihm ab, und die Gelehrten unter Deinen Dienern verspotteten Seine Zeichen. So wurde das Feuer der Tyrannei in Deinem Lande entzündet, bis die Könige selbst sich erhoben, Dein Licht zu löschen, o Du, der Du der König der Könige bist!
So heftig wurde die Feindseligkeit, daß man meine Verwandten und meine Geliebten in Deinem Lande gefangennahm und die Dir Teuren hinderte, Deine Schönheit zu schauen und sich Deiner Barmherzigkeit zuzuwenden. Und doch konnte diese Feindschaft das Feuer in ihnen nicht löschen. Schließlich führte der Feind Ihn, die Manifestation Deiner Schönheit, den Offenbarer Deiner Zeichen, gefangen hinweg, kerkerte Ihn ein in die Festungsstadt ‘Akká und suchte Ihn daran zu hindern, daß Er Deiner gedenkt und Deinen Namen preist. Doch Dein Diener ließ sich nicht abhalten zu tun, was Du Ihm gebietest. Hoch über dem Horizonte der Heimsuchung erhebt Er Seine Stimme, laut rufend lädt Er alle Bewohner von Himmel und Erde vor die Unermeßlichkeit Deiner Gnade am Hofe Deiner Gunst. Tag und Nacht sendet Er die Zeichen Deiner allmächtigen Gewalt hernieder und enthüllt die klaren Beweise Deiner Majestät, damit die Seelen Deiner Geschöpfe Dir näherkommen, sich selbst vergessen, sich Dir zuwenden, ihr eigenes Elend fliehen, das Königszelt Deines Reichtums suchen und fort aus ihrer Erbärmlichkeit an den Hof Deiner Majestät und Herrlichkeit eilen.
Hier ist die Lampe, die das Licht Deines Wesens entzündet hat, und die Winde der Zwietracht können sie niemals löschen. Hier ist das Weltmeer, das durch die Gewalt Deiner souveränen Macht wogt, und die Ungläubigen, die Deinen Tag des Gerichtes leugnen, können seine Wellen niemals stillen. Hier ist die Sonne, die am Himmel Deines Willens strahlt, und die Frevler mit ihren Schleiern, die Übeltäter mit ihren Zweifeln können diese Sonnenpracht niemals verdunkeln.
Ich sage Dir Dank, o mein Gott, daß Du mich auf Deinem Pfad als Opfer darbringst und zur Zielscheibe machst für die Pfeile des Leides, als ein Zeichen Deiner Liebe zu Deinen Dienern, und daß Du mich für alle Arten von Drangsal auserkoren um der Wiedergeburt Deines Volkes willen.
Wie süß schmecken mir die Leiden, die Du mir schickst, und wie teuer ist meinem Herzen, was Deine Vorsehung fügt! Wehe der Seele, die vor den Drohgebärden der Könige flieht in ihrem Bestreben, sich in Deinen Tagen zu retten! Ich schwöre bei Deiner Herrlichkeit! Wer vom Lebenswasser Deiner Gunst trinkt, fürchtet keinen Kummer auf Deinem Pfade, und keine Drangsal kann ihn hindern, Deiner zu gedenken und Deinen Lobpreis zu feiern.
Ich flehe Dich an, o Du mein Herrscher, Du Besitzer aller Namen: Behüte die, so von mir abstammenA12, die Du mit Dir selbst verbunden hast, denen Du in dieser Offenbarung Deine besondere Gunst erweisest und gebietest, Dir zu nahen und sich dem Horizonte Deiner Offenbarung zuzuwenden. Vorenthalte ihnen nicht die Ausgießungen Deiner Barmherzigkeit, o mein Gott, oder den Sonnenglanz Deiner Gnade. Befähige sie, sich unter Deinem Volke auszuzeichnen, damit sie Dein Wort erhöhen und Deine Sache fördern. Hilf ihnen, o mein Gott, Deinen Willen zu tun und Dir wohlzugefallen.
Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Allmächtigen, dem Erhabensten, dem Höchsten.

92

Ruhm sei Dir, o mein Gott! Wie wären Deine wahren Geliebten zu erkennen, gäbe es keine Heimsuchungen, die auf Deinem Pfade erduldet werden, und wie könnte die Stufe derer, die nach Dir verlangen, enthüllt werden, gäbe es keine Prüfungen, die aus Liebe zu Dir zu ertragen sind? Deine Macht ist mein Zeuge! Tränen sind die Gefährten der Dich Anbetenden, Seufzer sind der Trost der Dich Suchenden und die Splitter ihrer gebrochenen Herzen sind die Speise derer, die zur Begegnung mit Dir eilen.
Wie süß schmeckt mir des Todes Bitternis, wenn ich ihn auf Deinem Pfad erleide, und wie köstlich erscheinen mir die Pfeile Deiner Feinde, die mich um der Verherrlichung Deines Wortes willen treffen! Laß mich, o mein Gott, in Deiner Sache die Fülle trinken, was immer Du wünschest, und sende in Deiner Liebe auf mich hernieder, was Du bestimmt hast. Bei Deiner Herrlichkeit! Ich wünsche nur, was Du wünschest, und liebe nur, was Du liebst. In Dich setze ich allezeit mein ganzes Vertrauen und meine Zuversicht.
Ich flehe Dich an, o mein Gott, erwecke zu Helfern dieser Offenbarung solche Menschen, die Deines Namens und Deiner Souveränität würdig sind, damit sie inmitten Deiner Geschöpfe meiner gedenken und das Banner Deines Sieges in Deinem Lande aufrichten.
Mächtig bist Du zu tun, was Dir gefällt. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Helfer in Gefahr, dem Selbstbestehenden!

93

Ruhm sei Dir, o mein Gott! Eine Deiner Mägde, die an Dich und Deine Zeichen glaubt, ist in den Schatten des Baumes Deiner Einzigkeit getreten. Gib ihr in Deinem Namen, der Offenbare und der Verborgene, von Deinem auserlesenen versiegelten Wein zu trinken, o mein Gott, damit er sie von ihrem Selbst entrücke und sie sich ganz Deinem Gedenken ergebe, völlig gelöst von allen außer Dir.
Da Du ihr nun die Erkenntnis Deiner enthüllt hast, o mein Herr, versage ihr bei Deiner Gabenfülle nicht Deine Gnade; und da Du sie zu Dir gerufen hast, vertreibe sie in Deiner Güte nicht wieder von Dir. Versorge sie mit dem, was alles auf Deiner Erde übertrifft. Du bist wahrlich der Freigebigste, dessen Gnade unermeßlich ist.
Verliehest Du einem Deiner Geschöpfe, was den Reichen von Erde und Himmel gleichkommt, so verringerte sich doch die Unendlichkeit Deiner Herrschaft nicht einmal um ein Atom. Viel größer bist Du als der Große, wie die Menschen Dich zu nennen pflegen, ist doch ein solcher Titel nur einer Deiner Namen, die Dein Wille durch bloßes Andeuten erschaffen hat.
Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Gott der Macht, dem Gott der Herrlichkeit, dem Gott der Erkenntnis und der Weisheit.

94

Die Herzen, die nach Dir verlangen, o mein Gott, werden vom Feuer ihrer Sehnsucht verzehrt. Die Augen der Dich Liebenden weinen sich wund, überwältigt durch die Trennung von Deinem Hofe. Die klagenden Stimmen derer, die ihre Hoffnung auf Dich setzen, erfüllen alle Deine Lande.
Du selbst, o mein Gott, beschützest sie durch Deine souveräne Macht vor dem Äußersten: Ohne das Brennen ihrer Seelen und die Seufzer ihrer Herzen ertränken sie in ihren Tränen, und ohne die Flut ihrer Tränen verbrennten sie im Feuer ihrer Herzen und in der Glut ihrer Seelen. Mich dünkt, sie sind wie die Engel, die Du aus Schnee und Feuer erschaffen. Willst Du sie trotz dieser leidenschaftlichen Sehnsucht von Deiner Gegenwart ausschließen, o mein Gott? Willst Du sie trotz dieser Inbrunst vom Tore Deiner Barmherzigkeit vertreiben? Alle Hoffnung in den Herzen Deiner Auserwählten ist dem Erlöschen nahe, o mein Gott! Wo sind die sanften Brisen Deiner Gnade? Ihre Feinde umringen sie von allen Seiten; wo sind die Banner Deines Triumphes, den Du auf Deinen Tafeln verheißen?
Deine Herrlichkeit ist mein Zeuge! Jeden Morgen erwachen sie, die Dich lieben, mit dem Leidenskelch vor Augen, weil sie an Dich glauben und Deine Zeichen anerkennen. So fest ich glaube, daß Du größeres Erbarmen mit ihnen hast als sie selbst, so sehr ich erkenne, daß Du sie nur um der Verkündigung Deiner heiligen Sache willen heimsuchst, nur um sie zu befähigen, zum Himmel Deiner Ewigkeit und zur Umfriedung Deines Hofes aufzusteigen, weißt Du doch wohl, wie gebrechlich einige von ihnen sind, und bist Dir ihrer Ungeduld in ihren Leiden bewußt.
Ich flehe Dich an, o mein Gott: Hilf ihnen durch Deine stärkende Gnade, aus Liebe zu Dir im Leid geduldig zu bleiben, und entschleiere vor ihren Augen, was Du ihnen im Königszelt Deines unfehlbaren Schutzes bestimmt hast, damit sie auf Deinem Pfade ihrem vorbestimmten Geschick entgegenstürmen und aus Liebe zu Dir miteinander wetteifern, die Leiden auf sich zu nehmen. Wo nicht, enthülle Du die Banner Deiner Überlegenheit und mache sie siegreich über Deine Gegner, auf daß Deine Souveränität allen Bewohnern Deines Reiches kundgetan sei und die Gewalt Deiner Macht unter Deinen Geschöpfen deutlich werde. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Allwissenden, dem Allweisen.
Stärke Deinen Knecht, der an Dich glaubt, o mein Gott, damit er Deiner heiligen Sache helfe, und beschütze ihn vor aller Gefahr in der Burg Deiner Fürsorge und Deines Schutzes, in diesem Leben und im zukünftigen. Du, wahrlich, herrschest, wie es Dir gefällt. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Immervergebenden, dem Großmütigsten.

95

Verherrlicht bist Du, o Herr mein Gott! Ich flehe Dich an: Laß aus den Wolken Deiner überströmenden Gnade herabregnen, was die Herzen Deiner Diener reinigt von allem, was sie abhält, Dein Antlitz zu schauen und sich Dir zuzukehren, damit sie alle Ihn erkennen, der ihr Gestalter und ihr Schöpfer ist. Hilf ihnen alsdann, o Gott, mit der Stärke Deiner souveränen Macht, eine Stufe zu erreichen, auf der sie faulen Geruch leicht unterscheiden können vom Duft aus dem Gewand des Trägers Deines höchsterhabenen Namens, so daß sie mit all ihrer Liebe sich Dir zuwenden und so vertraute Gemeinschaft mit Dir genießen, daß sie alles im Himmel und auf Erden, wäre es ihnen zu eigen, für wertlos hielten und sich weigerten, von Deinem Gedenken und dem Lobpreis Deiner Tugenden abzulassen.
Ich bitte Dich, o mein Geliebter, Du meines Herzens Sehnsucht, schütze Deinen Diener, der Dein Antlitz sucht, vor den Pfeilen derer, die Dich leugnen, und vor den Speeren solcher, die Deine Wahrheit verwerfen. Lasse ihn Dir völlig ergeben sein, Deinen Namen kündend, den Blick fest auf das Heiligtum Deiner Offenbarung gerichtet. Nie hast Du wahrlich solche, die ihre Hoffnung auf Dich setzen, vom Tore Deines Erbarmens vertrieben, noch jene, die Dich suchen, vom Hofe Deiner Gnade gewiesen. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Gewaltigsten, dem Allhöchsten, dem Helfer in Gefahr, dem Allherrlichen, dem Allbezwingenden, dem Unbedingten.

96

Verherrlicht sei Dein Name, o mein Gott, durch den die Bäume im Garten Deiner Offenbarung sich mit Grün bekleiden und der Heiligkeit Früchte tragen in dieser Frühlingszeit, da die süßen Düfte Deiner Gnadengaben über alle Dinge wehen und sie hervorbringen lassen, was im Reich Deines unwiderruflichen Befehls und im Himmel Deines unabänderlichen Ratschlusses für sie vorherbestimmt ist. Bei diesem Namen flehe ich Dich an, lasse mich nicht fern bleiben von Deiner Herrlichkeit Hof, noch ausgeschlossen vom erhabenen Heiligtum Deiner Einheit und Einzigkeit.
Entfache alsdann in meiner Brust, o mein Gott, das Feuer Deiner Liebe, auf daß seine Flamme alles verzehre außer meinem Gedenken an Dich, auf daß jede Spur verderbter Wünsche in mir getilgt werde und nichts verbleibe als die Verherrlichung Deines alles überschreitenden, allherrlichen Wesens. Dies ist mein höchstes Verlangen, mein glühender Wunsch, o Du, der Du über alles herrschest und in dessen Hand das Reich der ganzen Schöpfung liegt. Du tust fürwahr, was Dir gefällt. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Allherrlichen, dem Immervergebenden.

97

Preis sei Dir, o Herr mein Gott! Ich flehe Dich an bei Deinem Namen, der in jedem Tropfen die Meere Deiner Gnade und Barmherzigkeit wogen und in jedem Atom die Sonnen Deiner großmütigen Wohltaten und Segnungen leuchten ließ – ich flehe Dich an: Schmücke jede Seele mit der Zier Deiner Liebe, damit niemand auf Erden übrigbleibe, der sich Dir nicht zuwendet oder versäumt, sich von allem außer Dir zu lösen.
Du hast es geduldet, o mein Gott, daß Ihn, die Manifestation Deiner selbst, alle Arten von Not heimsuchen, damit Deine Diener aufsteigen zum Gipfel Deiner gnädigen Gunst und erlangen, was Du durch Deine Vorsehung und Dein zartes Erbarmen auf den Tafeln Deines unabänderlichen Ratschlusses für sie bestimmst. Die Herrlichkeit Deiner Macht ist mein Zeuge! Brächten sie in jedem Augenblick ihres Lebens sich selbst auf Deinem Pfad zum Opfer, sie täten doch nur wenig im Vergleich mit den mannigfachen Gaben, die Du ihnen bescherst.
Daher bitte ich Dich: Laß ihre Herzen Dir zugeneigt und ihre Angesichter auf Dein Wohlgefallen gerichtet sein. Mächtig bist Du zu tun, was Du willst. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Unnahbaren, dem Allherrlichen, dem Immervergebenden.
Geruhe, o mein Gott, von Deinem Knechte anzunehmen, was er aus Liebe zu Dir vollbringt. Alsdann stärke ihn, damit er sich an Dein erhabenstes Wort klammert und seine Zunge löst, Dein Lob zu preisen. Geselle ihn zu solchen Deiner Geschöpfe, die Dir nahe sind. Du bist Er, der die Herrschaft aller Dinge in Händen hält. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Allherrlichen, dem Unumschränkten.

98

Verherrlicht sei Dein Name, o Du, in dessen Griff die Zügel aller Seelen sind, die Dich erkennen, und in dessen Rechter die Geschicke aller im Himmel und auf Erden ruhen. Kraft Deiner Macht tust Du, was Du willst, und vermittels Deines Willens bestimmst Du, was Dir gefällt. Der Wille des entschiedensten Menschen ist nichts im Vergleich mit den zwingenden Beweisen Deines Willens, und der Vorsatz des unbeugsamsten Geschöpfes schwindet dahin vor den mannigfachen Offenbarungen Deines Ratschlusses.
Durch ein Wort Deines Mundes bezauberst Du die Herzen Deiner Erwählten so sehr, daß sie in ihrer Liebe zu Dir allem außer Dir entsagen, auf Deinem Pfade ihr Leben hingeben, ihre Seelen opfern und Deinethalben ertragen, was keines Deiner Geschöpfe erträgt.
Ich bin eine Deiner Mägde, o mein Herr, wende mein Gesicht der Wohnstatt Deines Erbarmens zu und trachte nach den Wundern Deiner mannigfachen Wohltaten; denn alle Glieder meines Leibes verkünden Dich als den Freigebigsten, dessen Gnade unermeßlich ist.
O Du, dessen Antlitz das Ziel meiner Anbetung, dessen Schönheit mein Heiligtum, dessen Hof mein Ziel, dessen Gedenken mein Wunsch, dessen Zuneigung mein Trost, dessen Liebe mein Erzeuger, dessen Lobpreis mein Gefährte, dessen Nähe meine Hoffnung, dessen Gegenwart mein größtes Verlangen und meine höchste Sehnsucht ist! Enttäusche mich nicht, ich bitte Dich, und versage mir nicht, was Du für die Erwählten unter Deinen Mägden bestimmtest, sondern versorge mich mit dem Guten dieser und der zukünftigen Welt.
Du bist wahrlich der Herr der Schöpfung. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Immervergebenden, dem Großmütigsten.

99

Verherrlicht bist Du, o Herr mein Gott! Ich bete zu Dir bei Ihm, dem Morgen Deiner Zeichen, der Manifestation Deines Namens, der Schatzkammer Deiner Eingebung und dem Speicher Deiner Weisheit: Sende auf Deine Geliebten herab, was sie befähigt, Deiner Sache standhaft anzuhangen, Deine Einheit zu erkennen, Deine Einzigkeit zu bestätigen und Zeugnis abzulegen für Deine Göttlichkeit. Erhebe sie zu solchen Höhen, o mein Gott, daß sie in allen Dingen die Zeichen der Macht Dessen erkennen, der die Manifestation Deines erhabensten, allherrlichen Selbstes ist.
Du bist Er, o mein Gott, der tut, was Er will, und bestimmt, was Ihm gefällt. Jeder Mächtige ist hilflos vor den Offenbarungen Deiner Macht, jeder Quell der Ehre ist verloren vor den mannigfachen Beweisen Deiner großen Herrlichkeit.
Ich flehe Dich an, bei Dir selbst und bei allem, was von Dir ist: Laß mich Deiner Sache helfen und Dein Lob künden, laß mein Herz dem Heiligtum Deiner Herrlichkeit nahen, losgelöst von allem, was Dir nicht zugehört. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Gott der Macht, dem Gott der Herrlichkeit und der Weisheit.

100

Sei gelobt, o Herr mein Gott! Du siehst meine Bestürzung und die Tiefe meines Schmerzes, meiner Seele Qual und die Leiden, die mich bestürmen. Bei Deiner Herrlichkeit! Mein Herz schreit zu Dir ob alledem, was meine Geliebten auf Deinem Pfade befiel; meine Augen fließen über von Tränen um die, welche in diesen Tagen zu Dir aufgestiegen sind, der Welt den Rücken kehrend, ihre Blicke den Ufern Deiner allüberragenden Barmherzigkeit zugewandt.
Kleide sie mit dem Gewand Deiner Gunst und liebreichen Vorsehung, o mein Gott, das Du Dir selbst vorbehalten und mit den Händen Deiner mannigfachen Gnadengaben gewoben hast. Alsdann gib ihnen mit den Händen Deiner Güte aus den Kelchen Deiner unermeßlichen Barmherzigkeit zu trinken. Laß sie schließlich, o mein Meistgeliebter, in der Umfriedung Deines Hofes wohnen, nahe Deinem strahlendsten Königszelt. Mächtig bist Du zu tun, was Dir gefällt.
Und nun flehe ich Dich an bei der Ewigkeit Deiner selbst: Gib mir die Kraft der Geduld in dieser Trübsal, welche die himmlischen Heerscharen wehklagen und die Bewohner des ewigen Paradieses weinen läßt, eine Trübsal, die alle Gesichter mit lohfarbenem Staube bedeckt, aufgewirbelt durch den Schmerz solcher Deiner Diener, die sich Deinem Namen, der Erhabenste, der Höchste, zuwenden. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Allmächtigen, dem Unnahbaren, dem Immervergebenden, dem Mitleidigsten.
Alle Deine Knechte sind mit sich selbst beschäftigt, o mein Gott; so groß sind die Sorgen, die sie auf Dein Geheiß von allen Seiten umgeben. Meine Zunge ist indes damit befaßt, Deine Auserwählten zu preisen, und mein Herz gedenkt derer, die Dir teuer und Deinem Willen völlig ergeben sind.
Sieh nicht auf meinen Zustand, o mein Gott, noch auf meine Versäumnisse in Deinem Dienste. Schau vielmehr auf die Meere Deiner Gunst und Barmherzigkeit, auf alles, was Deiner Herrlichkeit und Deiner Vergebung ansteht, was Deiner Gnade und Deinen Gaben entspricht. Du bist wahrlich der Immervergebende, der Großmütigste.

101

Preis sei Dir, o Herr mein Gott! Du siehst Dinge, die keine Zunge außer der Deinen aussprechen und kein Mund berichten kann. Die Fluten der Leiden sind losgelassen, die Winde Deines Gerichtes blasen, aus den Wolken regnen Pfeile der Prüfung hernieder, aus den Himmeln Deines Ratschlusses stürzen Speere der Heimsuchung.
Du siehst, o mein Herr, wie Deine Diener, die an Dich glauben und Deine Zeichen anerkennen, in die Klauen Deiner Feinde gefallen sind, wie sich vor ihnen die Tore ruhigen Behagens verschlossen, wie sie schmachten in Festungsmauern, darin weder Heiterkeit noch Hoffnung zu finden ist. Auf Deinem Pfade leiden sie, was kein Mensch vor ihnen erlitten. Dies bezeugen die Deinem Throne Nahen, die Erdenbewohner und die himmlischen Heerscharen.
Hier sind Deine Diener, o mein Gott, die aus Liebe zu Deiner Schönheit ihre Heimat verlassen haben und von den sanften Winden ihrer Sehnsucht nach Dir so aufgerüttelt sind, daß sie auf Deinem Pfade jede Bindung zerrissen. Andere unter Deinen Knechten aber, die in Deinem Lande wohnen und gegen Dich sündigen, griffen jene Diener an, verbannten sie aus Deinen Städten, nahmen sie gefangen und lieferten sie den Übeltätern Deines Volkes und den Verstockten unter den Frevlern Deines Reiches in die Hände. Schließlich zwang man sie, an diesem widerlichen Orte zu hausen, dem in Deinem ganzen Herrschaftsgebiet kein anderer gleicht. Solche Prüfungen suchen sie heim, daß die Wolken über sie weinen und der Donner grollt ob der mannigfachen Trübsale, die sie in ihrer Liebe zu Dir und um Deines Wohlgefallens willen erdulden.
Du weißt gar wohl, o mein Gott, daß außer ihnen niemand auf Deiner Erde beanspruchen kann, Dir zuzugehören. Manche von ihnen erleiden das Martyrium, während die anderen überleben dürfen. Obgleich uns der Anspruch nicht ansteht, o mein Gott, Dir zuzugehören, da Missetaten und Eigensinn uns hindern, in die Tiefen des Meeres Deiner Einzigkeit zu gelangen und in die Wasser Deiner überragenden Barmherzigkeit unterzutauchen, so bezeugen doch unsere Zungen, unsere Herzen und unsere Gliedmaßen, daß Deine Barmherzigkeit alles Erschaffene umfängt und Dein Mitleid alle im Himmel und auf Erden übertrifft.
Ich flehe Dich an bei Deinem Größten Namen, der alles Erschaffene auseinanderreißt und die ganze Schöpfung erschüttert: Sende aus den Wolken Deiner Barmherzigkeit hernieder, was sie reinigen wird von aller Qual und von allem, was Dir zuwider ist. Alsdann erhebe sie zu solchen Höhen, daß auch Trübsale im Übermaß sie nicht von Deinem wundersamen Gedenken abhalten noch Sorgen sie hindern, sich dem Hofe Deiner überragenden Einzigkeit zuzuwenden.
Bei Deiner Macht, o Du Vielgeliebter Bahás, Du seines Herzens Sehnsucht! In jeder Lage rufe ich Dich an mit den Worten: »Ach, wäre ich Dir doch schon früher nahe gekommen!« Höre ich jedoch die Seufzer derer aus Deinem Volke, die Dir ganz ergeben sind, und solcher Deiner Diener, die sich nahen Zugangs zu Deinem Hof erfreuen, die sich niemanden zum Freund nehmen als Dich, keine Zuflucht suchen außer bei Dir und sich auf Deinem Pfad erwählen, was noch kein Mensch in den Tagen der Manifestation Deiner überragenden Einheit, der Sonnenaufgänge Deiner heiligsten Souveränität je erwählt hat – dann trauert mein Herz, meine Seele leidet Qual, ich rufe Dich an und bitte Dich: Schütze sie durch Deine Macht, welche die sichtbare wie die unsichtbare Schöpfung umfaßt, vor allem, was Dir zuwider sein mag. Dies bitte ich nicht um ihretwillen, sondern damit Dein Name durch sie unter Deinen Dienern wohne und Dein Gedenken in Deinen Landen lebendig bleibe.
Du weißt, o mein Gott, daß alle Deine Diener sich von Dir abwenden und sich gegen Dich erheben. Du weißt, daß Du niemanden hast, Dir zu gehorchen, außer ihnen und solchen, die glauben an Deine Offenbarung, welche die Grundlagen des ganzen Weltalls erschüttert, die Seelen aller Menschen zittern macht und alle Schläfer neu belebt. Du bist der Gott der Großmut, o mein Gott, dessen Gnade unermeßlich ist.
So sende denn auf sie herab, was ihre Herzen festigt, ihre Seelen beruhigt, ihren Geist erneuert und ihren Leib erfrischt. Du bist wahrlich ihr Herr und der Herr aller Welten.
Gelobt sei Gott, der Herr der ganzen Schöpfung!

102

Ruhm sei Dir, o Herr aller Welten, Du Geliebter aller, die Dich erkennen! Du siehst mich unter einem Schwerte sitzen, das an einem Faden hängt, und bist dessen gewahr, daß ich in solcher Lage meine Pflicht Deiner Sache gegenüber nicht vernachlässigte noch versäumte, Dein Lob zu preisen, Deine Tugenden zu künden und alles auszurichten, was Du mir auf Deinen Tafeln gebotest. Kann auch das Schwert jederzeit auf mein Haupt fallen, rufe ich dennoch Deine Geliebten so eindringlich, daß ihre Herzen hingerissen werden zum Horizont Deiner Majestät und Größe.
Reinige gründlich ihre Ohren, o mein Herr, damit sie den süßen Weisen lauschen, die rechter Hand vom Throne Deiner Herrlichkeit ertönen. Ich schwöre bei Deiner Macht! Stellte jemand sein Ohr auf ihren Wohlklang ein, er schwänge sich auf in das Reich Deiner Offenbarung, wo jedes erschaffene Ding verkündet, daß Du Gott bist und daß es keinen Gott gibt außer Dir, dem Allmächtigen, dem Helfer in Gefahr, dem Selbstbestehenden. Reinige die Augen Deiner Diener, o mein Gott, und entzücke sie so sehr mit der Lieblichkeit Deiner Rede, daß kein Unglück sie hindern kann, sich Dir zuzuwenden und nach dem Horizont Deiner Offenbarung zu schauen.
Finsternis hat jedes Land umfangen, o mein Gott, und läßt die meisten Deiner Diener erbeben. Ich flehe Dich an bei Deinem Größten Namen: Erwecke in jeder Stadt eine neue Schöpfung, die sich Dir zuwendet, Deiner unter Deinen Dienern gedenkt, durch weise Rede Dein Siegesbanner entfaltet und sich von allem Erschaffenen loslöst.
Mächtig bist Du zu tun, was Dir gefällt. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Gewaltigsten, dessen Hilfe alle Menschen erflehen.

103

Ruhm sei Dir, der Du den Himmel der Allmacht und das Reich der Schöpfung in Händen hältst! Du tust durch Deine Souveränität, was Du willst, und verfügst kraft Deiner Macht, was Dir gefällt. Seit Ewigkeit bist Du erhaben über das Lob alles Erschaffenen, und bis in Ewigkeit wirst Du hoch über der Verherrlichung durch eines Deiner Geschöpfe bleiben. Das Dasein selbst bezeugt sein Nichtsein angesichts der mannigfachen Offenbarungen Deiner überragenden Einzigkeit, und durch seine Natur bekennt alles Erschaffene seine Nichtigkeit im Vergleich mit den heiligen Strahlen des Lichtes Deiner Einheit. In Dir selbst bist Du unabhängig von jedem außer Dir; in Deinem Wesen bist Du reich genug, auf alle außer Dir selbst zu verzichten. Jede Beschreibung durch die, welche Deine Einheit anbeten, und jeder Lobpreis durch die Dir Ergebenen sind nur Züge der Feder, welche die Finger Deiner Kraft und Stärke bewegen – Finger, deren Bewegung der Arm Deines Ratschlusses steuert – der Arm, den die Gewalt Deiner Macht belebt.
Deine Herrlichkeit ist mein Zeuge! Wie kann ich, dieser Wahrheit bewußt, je hoffen, Deiner gebührend zu gedenken und Dein Lob zu preisen? Wie ich Dich auch schildere, welche Deiner Vollkommenheiten ich auch hervorhebe, ich kann nur vor Scham erröten ob dem, was meine Zunge äußert oder meine Feder schreibt.
Der Inbegriff aller Erkenntnis, o mein Herr, verkündet seine Machtlosigkeit, Dich zu erkennen; die Bestürzung bekennt aus tiefster Seele ihre Verwirrung angesichts der Offenbarungen Deiner souveränen Macht, und vor den Kundgebungen Deiner Zeichen und den Zeugnissen Deines Lobpreises gesteht das Gedenken tief zuinnerst seine Vergeßlichkeit und sein Ausgelöschtsein. Was kann ich armes Geschöpf da zu vollbringen hoffen? An welchen Trost soll meine jammervolle Seele sich klammern?
Ich flehe Dich an, o Du Herr der Welten, Du Geliebter derer, die Dich erkennen, Du Verlangen aller im Himmel und auf Erden, bei Deinem Namen, durch den der Schrei jedes Bittstellers zum Himmel Deiner überragenden Heiligkeit aufsteigt, durch den sich jeder Sucher zur Erhabenheit Deiner Einheit und Größe aufschwingt, durch den die Unvollkommenen vollkommen und die Erniedrigten aufgerichtet werden, durch den des Stammlers Zunge sich löst, der Kranke sich erholt und alles, was Deiner Hoheit unwürdig und Deiner Souveränität abträglich war, gnädig von Dir angenommen ward – ich flehe Dich an: Stehe uns bei mit Deinen unsichtbaren Heerscharen und mit dem Geleit der Engel Deiner Sache. Sodann nimm die Werke an, die wir aus Liebe zu Dir um Deines Wohlgefallens willen verrichten. Stoße uns nicht hinweg vom Tore Deiner Barmherzigkeit und laß unsere Hoffnungen auf die Wunder Deiner gnädigen Gunst nicht zuschanden werden.
All unsere Glieder bezeugen Deine Einheit und Einzigkeit, o mein Herr. Sende Deine Kraft und Stärke auf uns hernieder, damit wir standhaft in Deinem Glauben werden und Dir unter Deinen Dienern helfen. Laß unsere Augen leuchten im Glanze Deiner Schönheit, o mein Herr, und erhelle unsere Herzen mit den Strahlen Deiner Erkenntnis und Weisheit. Schreibe unsere Namen nieder mit denen, die ihr Gelübde erfüllen, Deinen Bund in Deinen Tagen zu halten, und die sich aus Liebe zu Dir von der Welt und allem in ihr lösen.
Mächtig bist Du zu tun, was Dir gefällt. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Allmächtigen, dem Allwissenden, dem höchsten Herrscher, dem Helfer in Gefahr, dem Selbstbestehenden.

104

O Du, dessen Nähe mein Verlangen, dessen Gegenwart meine Hoffnung, dessen Gedenken mein Wunsch, dessen Hof der Herrlichkeit und dessen Wohnung mein Ziel ist, dessen Name meine Heilung, dessen Liebe die Leuchte meines Herzens und dessen Dienst meine tiefste Sehnsucht ist. Ich flehe Dich an bei Deinem Namen, durch den Du alle, die Dich erkennen, befähigst, sich zu den höchsten Höhen Deiner Erkenntnis aufzuschwingen, und durch den Du alle, die Dich fromm verehren, ermächtigst, in die Bereiche des Hofes Deiner heiligen Gunst aufzusteigen: Hilf mir, mein Angesicht Deinem Antlitz zuzuwenden, meine Augen fest auf Dich zu richten und von Deiner Herrlichkeit zu künden.
Alles außer Dir habe ich vergessen, o mein Herr, und mich der Morgenröte Deiner Gnade zugewandt; allem außer Dir habe ich entsagt in der Hoffnung, Deinem Hofe näherzukommen. So sieh mich denn hinaufschauen zu dem Thronsitz, der da leuchtet im Strahlenglanz Deines Antlitzes. Sende alsdann auf mich herab, was mich standhaft macht in Deiner Sache, auf daß die Zweifel der Ungläubigen mich nicht hindern, mich Dir zuzuwenden.
Du bist wahrlich der Gott der Macht, der Helfer in Gefahr, der Allherrliche, der Allmächtige.

105

Preis sei Dir, o Herr mein Gott! Du bist der Herrliche und hast in Deiner Erhabenheit den Quellen der Amtsgewalt und Ehre ihren hohen Rang verliehen. Du bist der Kraftvolle und hast durch Deine Macht den Ursprüngen der Tatkraft und der Stärke ihre Vollmacht erteilt. Du bist der Herrscher, und durch Deinen Willen hast Du die Vertreter Deiner heiligen Sache über alle im Himmel und auf Erden erhöht. Du bist der Lebenspender, und die Ausgießungen Deiner Feder haben den Bewohnern des Reiches Deiner Schöpfung die Seelen belebt.
Ganz um Deinetwillen, o mein Herr, wandte ich Dir mein Angesicht zu, und Deine Macht und Souveränität anerkennend, lenkte ich meine Schritte zu Deinem innig geliebten Heiligtum, Deinem angebeteten und geweihten Hofe. In diesem Zustand habe ich die StadtA13 erreicht, darinnen Du Dich in der ganzen Herrlichkeit Deiner Namen allem Erschaffenen offenbartest. In ihr habe ich mit Deinen Geliebten verkehrt; von dem Haus in ihren Mauern habe ich den Odem Deiner Heiligkeit eingeatmet und die Düfte Deiner Freundschaft verspürt.
Verstoße mich nicht aus Deiner Gegenwart, o mein Herr, und vertreibe mich nicht von den Gestaden Deiner Liebe und Deines Wohlgefallens, kann doch der Arme nur Obdach finden, wenn er an das Tor Deines Reichtums klopft, und der Ausgestoßene keinen Frieden finden, es sei denn am Hofe Deiner Gunst.
Verherrlicht sei Dein Name, o mein Herr, denn Du befähigst mich, die Offenbarung Deiner selbst zu erkennen. Du gibst mir die Gewißheit, daß die zu Dir herabgesandten Verse wahr sind. Ich flehe Dich an: Gib mir die Kraft, standhaft festzuhalten, was Du mir zu beachten gebietest. Hilf mir, die Perlen Deiner Liebe zu bewahren, die Du mir nach Deinem Ratschluß ins Herz schließest. So sende denn in jedem Augenblick meines Lebens auf mich hernieder, was mich vor jedem außer Dir bewahrt und meine Schritte in Deiner heiligen Sache stärkt.
Du bist wahrlich der Gott der Herrlichkeit, der Gott der Macht, der Gott der Erkenntnis und der Weisheit. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Großen Geber, dem Allfreigebigen, dem Allmächtigen, dem Immervergebenden.
Gelobt sei Gott, der Allherrliche, der Allbezwingende.

106

Verherrlicht bist Du, o Herr mein Gott! Ich danke Dir, daß Du mich in Deinen Tagen ins Leben gerufen und mich mit Deiner Liebe und Deiner Erkenntnis erfüllt hast. Bei Deinem Namen, der die kostbaren Perlen Deiner Weisheit und Deines Wortes aus den Schatzkammern der Herzen Deiner Diener hervorbringt, die Dir nahe sind, und durch den die Sonne Deines Namens, der Mitleidvolle, ihren Glanz auf alle im Himmel und auf Erden ergießt, bitte ich Dich: Versorge mich durch Deine Gnade und Großmut mit Deinen wundersamen verborgenen Gaben.
Dies sind die ersten Tage meines Lebens, o mein Gott, die Du mit Deinen Tagen verbunden hast. Da Du mir so große Ehre erweisest, verweigere mir nicht, was Du Deinen Auserwählten bestimmt hast.
Ich bin nur ein winziges Samenkorn, o mein Gott, das Du in Deiner Liebe Grund sätest und aufsprießen ließest durch die Hand Deiner Großmut. Dieser Same sehnt sich im innersten Wesen nach den Wassern Deines Erbarmens, dem Lebensquell Deiner Gnade. Aus dem Himmel Deiner Güte sende herab, was ihn unter Deinem Schatten im Bereich Deines Hofes gedeihen läßt. Du bist es, der die Herzen aller, die Dich erkennen, aus Deinem überreichen Strom, dem Quell Deines Lebenswassers, tränkt.
Preis sei Gott, dem Herrn aller Welten.

107

Ich flehe Dich an, o mein Herr, bei dem Gedenken Deiner, das alle Dinge zum Leben erweckt und alle Gesichter aufleuchten läßt: Vereitle nicht meine Hoffnungen auf das, was Dir zugehört. Laß mich durch Dein Erbarmen unter Deinen Schutz treten, der alle Dinge beschützt.
Sei Du, o mein Herr, mein einziges Verlangen, mein Ziel, meine alleinige Hoffnung, mein ständiges Streben, mein Heim und mein Heiligtum. Mache Deine strahlende, Deine verehrungswürdige, ewiggesegnete Schönheit zum Ziel meines leidenschaftlichen Suchens. Bei allem, was von Dir ist, flehe ich Dich an, o mein Herr: Sende von der rechten Hand Deiner Macht hernieder, was deine Geliebten erhöht und Deine Feinde demütigt.
Es gibt keinen Gott außer Dir. Du allein bist mein Geliebter in dieser und der zukünftigen Welt. Du allein bist das Verlangen aller, die Dich erkennen.
Gelobt sei Gott, der Herr der Welten.

108

Preis sei Dir, o mein Gott, daß Du dem treu bist, was die Feder Deiner Offenbarung auf die Tafeln schrieb, die Du den Auserwählten unter Deinen Geschöpfen herniedersandtest – ihnen, durch die Du die Tore Deiner Gnade aufschließest und das strahlende Licht Deiner Führung verströmest. Ruhm sei Dir, daß Du enthüllst, was seit Ewigkeit im Thronzelt Deiner Majestät, Deiner Allmacht und Herrlichkeit verborgen war, was den Himmel Deiner Offenbarung und die Seiten im Buche Deines Zeugnisses schmückt.
Und als das Versprechen erfüllt war und der Verheißene erschien, verwarfen Ihn solche Deiner Diener, die ihren Glauben an Ihn bekennen, der Deine Göttlichkeit offenbarte, Ihn, den Du zum Herold dieser Offenbarung bestimmtest, dessen Kommen die Bewohner des Heiligtumes Deiner Einheit beglückte.
Ich kenne, o mein Herr, weder ihre Gründe, Dich anzuerkennen und an Deine Zeichen zu glauben, noch ihre Argumente, Deine Souveränität zu verwerfen. Wann immer ich sie zu Dir rufe und sage: »O Volk! Denket nach über die Worte des Herrn, eures Gottes, die ihr bereits besitzet, und über jene, die vom Himmel Seines Willens und Seiner Macht herniedergesandt sind«, nörgeln sie an Dir und kehren Dir den Rücken, obgleich, wie Du weißt, jedes Wort aus dem Munde Deines Willens den duftenden Odem Deiner Barmherzigkeit verströmt.
Einige wollten lieber dem anhangen, der als unwürdig gilt, mit dem geringsten Deiner TorhüterA14 zu reden, geschweige denn, in den Hof einzutreten, darin die Zunge Deiner Majestät spricht. Reinige Du ihre Herzen und ihre Augen, o mein Herr, damit sie mit eigenen Augen sehen und mit eigenem Herzen verstehen, um von Deinen Worten zum Morgenlicht Deiner Eingebung hingezogen zu werden und den sanft fließenden Wassern Deiner Erkenntnis zu nahen.
Du bist Er, o mein Herr, der in jeder Zeile Deines Buches mit ihnen in einen Bund für mich eingetreten ist und diesen Bund so fest gemacht hat, daß keines Deiner Geschöpfe ihm ausweichen kann. Du sagtest – und Dein Wort ist die Wahrheit –: »Ein einziger Buchstabe von Ihm übertrifft alles, was im Bayán herniedergesandt ist.«
Du siehst also, o mein Gott, wie sie gegen Deine heilige Sache sündigen; Du schaust, was ihre Hände in Deinen Tagen bewirken. So schweres Unrecht fügen sie mir zu, daß der Lotosbaum Deiner Offenbarung ächzt und alle wehklagen, die im Heiligtum Deiner Majestät und in den Städten Deiner Namen wohnen. Ich weiß nicht, o mein Gott, warum sie sich zu meiner Unterdrückung erheben, auf welchen Beweis hin sie sich von Ihm, dem Morgenlicht Deiner Zeichen, abwenden. Ich flehe Dich an, o Du Herr aller Namen, Du Schöpfer der Himmel: Hilf ihnen, in Deiner Sache gerecht zu handeln, damit sie den süßen Duft vom Gewande Deiner Gnade verspüren und ihre Gesichter dem Horizonte zukehren, der im hellen Lichte Deines Antlitzes erstrahlt. Sie sind schwach, o mein Herr, und Du bist der Herr der Kraft und der Macht. Armselig sind sie, und Du bist der Allbesitzende, der Freigebigste.
Du weißt wohl, o mein Gott, daß ich mein ganzes Leben lang keinen Vorteil für mich selbst gesucht habe. Meinen Geist, mein ganzes Sein opfere ich für die Erhöhung Deines Wortes und für die Verherrlichung Deines Namens unter Deinen Dienern. Du sandtest mich mit einem solchen Zeugnis, daß die Überbringer Deiner Offenbarung, die Sonnenaufgänge Deiner Eingebung, von heißem Verlangen erfüllt wurden. Durch diese Offenbarung wurde Dein Beweis erbracht, Deine Großmut verwirklicht, Deine Sache vollendet, Dein Wort geäußert, und Deine klaren Zeichen wurden aufgedeckt.
Du weißt, o mein Gott, daß ich nur wünsche, was Du wünschest, und nur erstrebe, was Du erstrebst. Verkündete ich Deinen Dienern, was Du mir in Deiner Großmut eingabst und vor Deinen Geschöpfen auszusprechen befahlest, dann nörgelten die Unterdrücker in Deinem Volke an mir. Schwiege ich aber und hörte ich auf, die Wunder Deines Ruhmes zu preisen, so würden alle Glieder meines Leibes erregt, Dich zu verherrlichen. Ich weiß nicht, welcher Art das Wasser ist, daraus Du mich erschaffen, oder was für ein Feuer Du in mir entzündet. Ich schwöre bei Deiner Herrlichkeit! Nie werde ich aufhören, Deiner zu gedenken, auch wenn sich alle in Deinem Himmel und auf Deiner Erde gegen mich erheben. Dich will ich in jeder Lage preisen, mit einem Herzen, das völlig frei ist von jeder Bindung an die Welt und an alles darinnen.
Gepriesen seiest Du, o Du Meistgeliebter der Herzen aller, die Dich erkennen.

109

Gelobt sei Dein Name, o Herr mein Gott!

Du siehst, wie mein Blick auf Dein zartes Erbarmen gerichtet ist, wie meine Augen dem Horizonte Deiner Gunst und Gnade entgegenschauen, wie ich meine Hände zum Himmel Deiner Gaben recke.

Deine Macht ist mein Zeuge!

Jedes Glied meines Leibes schreit zu Dir und ruft:

»O Du Vielgeliebter aller Welten, Du Herr aller Wesen im Himmel und auf Erden, Du einziges Verlangen der Dir ergebenen Herzen!

Ich flehe Dich an bei Deinem Meere, zu dem Du alle Insassen des Himmels und alle Bewohner der Erde vorlädst:

Hilf Deinen Dienern, die gehindert werden, sich ihm zuzuwenden und sich seinen Ufern zu nähern.

Laß sie sich loslösen von allem außer Dir, o mein Gott; befähige sie, Dein Lob zu künden und Deine Tugenden zu preisen.

Versorge sie überdies mit dem Weine Deiner Gnade, o mein Gott, damit er sie alles außer Dir vergessen und sich aufmachen läßt, Deiner Sache zu dienen, standhaft in ihrer Liebe zu Dir.

Wahrlich, Du bist der Herr über ihr Leben, das Ziel ihrer Anbetung.

Würden sie von Dir vertrieben, wer schaute dann auf sie?

Und würden sie weit von Dir entfernt, wer könnte ihnen dann helfen, Deiner Gegenwart zu nahen?

Ich schwöre bei Deiner Macht!

Keine Zuflucht gibt es außer bei Dir, kein Obdach außer Deinem Obdach, keinen Schutz außer Deinem Schutze.

Wehe dem, der einen anderen als Dich zum Herrn erwählt, und selig sind, die sich von aller Bindung an Deine Erdenbewohner befreien, den Saum Deiner Großmut fest in der Hand.

Siehe, das Volk Bahás, vor allen im Himmel und auf Erden!

Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Allwissenden, dem Allweisen.«
Gelobt sei Gott, der Herr aller Welten.

110

Ich weiß nicht, o mein Gott, ob ich die Wunder Deines Ruhmes vor Deinen Dienern verkünden und ihnen die Geheimnisse Deiner Gnade, die Mysterien Deiner heiligen Sache aufdecken oder ob ich sie im Gefäße meines Herzens verhüllt halten soll. So ungern der Liebende das vertraute Zwiegespräch seiner Liebe jemandem mitteilt, will ich doch jederzeit ohne Zaudern gehorchen, wenn mich Dein unentrinnbares Gebot zur Verkündigung Deiner Sache erreicht. Ich künde von Dir, ohne der leidbringenden Pfeile zu achten, die aus den Wolken Deines Ratschlusses auf mich herabregnen mögen.
Ich schwöre bei Deiner Macht! Weder die Heerscharen der Erde noch die des Himmels können mich hindern zu enthüllen, was mir zu offenbaren befohlen ist. Vor Deinem Willen habe ich keinen Willen, und angesichts Deines Wunsches kann ich keinen Wunsch hegen. Durch Deine Gnade bin ich jederzeit zu Deinem Dienste bereit, frei von jeder Bindung außer der Deinen.
Doch es verlangt mich, o mein Gott, nach Deinem Befehl zur Enthüllung der Dinge, die in Deiner Erkenntnis verborgen sind, damit die Dir völlig Ergebenen sich voll Sehnsucht nach Dir in den Wirkkreis Deiner Einheit aufschwingen, die Ungläubigen aber zitternd ins Feuer der Tiefe zurückkehren, an den Ort, den ihnen die Kraft Deiner souveränen Macht bestimmt hat.
Du siehst, o mein Herr, wie schmerzlich Deine Lieben von Deinen Feinden unterdrückt werden; von allen Seiten hörst Du ihre Seufzer ob dem, was sie auf Deinem Pfade befiel. Du weißt, o mein Herr, daß sie nur danach verlangten, Dein Antlitz zu finden, und daß Du das einzige Ziel ihrer Anbetung warst. Die ihnen Übles zufügten, hatten nur im Sinn, sie von Dir abzubringen und das Feuer zu löschen, das Du mit den Händen Deiner Allgewalt entzündet.
Entsiegle die Lippen Deines Willens, o mein Herr, und laß ein Wort daraus hervorgehen, das sich die Welt und alles darin unterwirft. Wie lange noch willst Du all dies mit ansehen und zögern, o mein Gott? Finsternis hat die ganze Erde umhüllt, und in Deinem ganzen Reich sind Deine Zeichen in Gefahr, ausgelöscht zu werden.
Vergib mir meine Worte, o mein Gott, bist Du doch Der, welcher alles weiß, und sind doch in Dir die Geheimnisse verhüllt, welche vor allen verborgen sind außer vor Dir. Sobald Deine Verheißung sich erfüllt, wirst Du offenbaren und unterwerfen, was Du willst und wie es Dir gefällt. Wir sollten nur wünschen, was Du für uns wünschest. In Dir ist die Erkenntnis aller Dinge, und bei Dir ist das Ergebnis aller Dinge. Wahrlich, Du bist die Wahrheit, und Du weißt um das Ungeschaute.
So vergib denn meine Sünden und die Sünden derer, die mich lieben. Versieh sie mit dem, was in dieser und der künftigen Welt gut für sie ist.
Du bist wahrlich der Immervergebende, der Mitleidvollste.

111

Sei gelobt, o mein Gott! Du siehst die Hilflosigkeit Deiner Lieben und die Überlegenheit Deiner Widersacher, das Elend Deiner Auserwählten und die Pracht derer, die Deine heilige Sache leugneten und Deine Zeichen verwarfen. Die einen lehnen Deine Beweise ab und weigern sich, die vergänglichen Wohltaten zu vergelten, die Du ihnen verliehest, während die anderen Dir für alles danken, was ihnen widerfährt in ihrem Eifer, Deiner unvergänglichen Gaben teilhaftig zu werden.
Wie süß ist der Gedanke an Dich in Zeiten der Not und der Prüfung! Wie köstlich ist es, Dich zu lobpreisen, wenn die wilden Stürme Deines Ratschlusses toben! Du weißt gar wohl, o mein Gott, daß ich alles geduldig ertrage, was mich auf Deinem Pfade trifft. Nein, ich fühle, wie alle Glieder meines Leibes sich nach Leiden sehnen, damit ich Deine Sache verkünden kann, o Du Herr aller Namen! Die Wasser Deiner Liebe bewahren mich im Reiche Deiner Schöpfung, und die Glut meines Gedenkens an Dich läßt mich vor allen im Himmel und auf Erden in Flammen stehen. Groß ist meine Seligkeit und die Seligkeit dieses Feuers, dessen Flamme ruft: »Es gibt keinen Gott außer Dir, o Du, den mein Herz anbetet, Du Quell und Mittelpunkt meiner Seele!«
Deine Herrlichkeit ist mein Zeuge! Vereinigten sich alle im Himmel und auf Erden, suchten sie alle mich zu hindern, Deiner zu gedenken und Dein Lob zu feiern, so hätten sie sicherlich keine Macht über mich und scheiterten in ihrem Vorsatz. Und töteten mich die Ungläubigen, so erhöbe mein Blut auf Deinen Befehl seine Stimme und verkündete: »Es gibt keinen Gott außer Dir, o Du meines Herzens Sehnsucht!« Und würde mein Fleisch im Kessel des Hasses gekocht, so stiege sein Geruch zu Dir empor und riefe: »Wo bist Du, o Herr aller Welten, Du einziges Verlangen aller, die Dich erkennen?« Und würde ich ins Feuer geworfen, so erklärte meine Asche – ich schwöre es bei Deiner Herrlichkeit –: »Der Jüngling hat wahrlich erreicht, was er von seinem Herrn, dem Allherrlichen, dem Allwissenden, erfleht hatte.«
Wie könnte solch ein Mensch fürchten, daß ihm in Deiner Sache die Könige Schaden zufügen? Nein, nein, ich schwöre bei Dir selbst, o Du König aller Könige! Meine Liebe zu Dir ist so groß, daß ich niemanden fürchte, selbst wenn sich alle Mächte der Welt in Reih und Glied gegen mich stellten. Allein, ohne jeden Beistand habe ich mich durch die Kraft Deiner Macht erhoben, Deine Sache zu verkünden, frei von jeder Furcht vor den Scharen meiner Unterdrücker.
Mit lauter Stimme rufe ich allen, die auf Erden wohnen, zu und spreche: »Fürchtet Gott, o ihr Diener Gottes, und laßt Euch nicht fernhalten von dem reinen Weine, der von der rechten Seite des Thrones eures Herrn, des Gnadenreichsten, strömt. Ich schwöre bei Gott! Besser ist für euch, was Er besitzt, als alles, was ihr besitzt, was ihr in diesem eitlen, leeren Leben gesucht habt und immer noch sucht. Entsaget der Welt und richtet euren Blick auf den allherrlichen Horizont. Wer vom Weine Seines Gedenkens kostet, wird jedes andere Gedenken vergessen, und wer Ihn erkennt, macht sich frei von jeder Bindung an dieses Leben und alles, was dazugehört.«
Ich flehe Dich an, o mein Gott und mein Meister, bei Deinem Wort, durch das sich die, welche Dir ergeben an Deine Einheit glauben, in die Höhen Deiner Erkenntnis und die Himmel Deiner Einzigkeit emporschwingen: Beseele Deine Lieben mit dem, was ihre Herzen in Deiner heiligen Sache festigt. Verleihe ihnen solche Standhaftigkeit, daß nichts sie hindern kann, sich Dir zuzuwenden.
Du bist wahrlich der Freigebige, der Großmütige, der Vergebende, der Mitleidvolle.

112

Du siehst, o mein Gott, wie bestürzt in ihrer Trunkenheit Deine Knechte sind, die sich von Deiner Schönheit abkehren und bekritteln, was rechter Hand vom Throne Deiner Majestät herniedergesandt ist. Du kamst, o mein Gott, in den Wolken Deines Geistes und Deines Wortes, und siehe da, die ganze Schöpfung wankte und bebte, und die Deine Beweise verwarfen, zitterten an allen Gliedern, o Du, der Du die Herrschaft über alle Dinge in Deinem Griffe hältst!
Du, o mein Gott, forderst alle Menschen auf, sich Deiner Barmherzigkeit zuzuwenden; Du rufest sie zum Horizonte Deiner Gnadenfülle. Doch keiner beachtete Deinen Ruf, ausgenommen die, welche allem außer Dir entsagen und dem Morgen Deiner Schönheit, dem Aufgangsorte Deiner Eingebung und Deiner Offenbarung entgegeneilen.
Du weißt, o mein Gott, daß auf dem ganzen Erdenrund niemand außer ihnen zu finden ist, der Deiner gedenkt. Du siehst, wie die Tyrannen unter Deinen Geschöpfen sie ergreifen. Einige, o mein Gott, vergießen ihr Blut auf Deinem Pfad; andere verlassen ihre Heimat, den Blick auf Deinen Thronsitz gerichtet, und werden gehindert, den Hof Deiner großen Herrlichkeit zu betreten, während wieder andere ins Gefängnis geworfen und der Willkür der Frevler ausgeliefert sind.
Ich flehe Dich an, o Du, der Du die Zügel unumschränkter Gewalt in Deinen Händen hältst: Stehe ihnen bei durch die wundersame Kraft Deiner Macht. Elend, o mein Herr, ergreift sie auf Deinem Pfade; erhöhe sie durch die Macht Deiner Souveränität. Ermüdung überkommt sie in ihrer Liebe zu Dir; mache sie durch Deine Kraft und Deine Allmacht siegreich über Deine Feinde.
Wiewohl ich weiß, o mein Gott, daß Dein Ratschluß für sie alles in Deinem Himmel und auf Deiner Erde übertrifft, hege ich doch den Wunsch, daß Du sie in Deinen Tagen erhöht und von Deinen Geschöpfen geehrt erblickest. Erhaben bist Du über Deine Schöpfung. Alle sind in Deiner Gewalt, gefangen in der Höhlung Deiner Hand. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Allmächtigen, dem Allwissenden, dem Allweisen.

113

Verherrlicht sei Dein Name, o mein Gott! Ich bezeuge, daß alle Deine Diener hingerissen wären von einem einzigen, rechter Hand vom Throne Deiner Majestät herniedergesandten Worte, wollten sie sich Dir nur zuwenden mit den Augen, die Du ihnen geschaffen, und den Ohren, die Du ihnen verliehen. Dieses eine Wort genügte, ihre Angesichter aufzuhellen, ihre Herzen sicher zu machen und ihre Seelen sich aufschwingen zu lassen in die Höhen Deiner großen Herrlichkeit und in den Himmel Deiner Souveränität.
Ich bitte Dich, o Du Herr aller Namen, Du Herrscher über Erde und Himmel: Gib, daß alle, die Dir teuer sind, Kelche Deiner Barmherzigkeit werden, um die Herzen Deiner Diener zu beleben. Laß sie sein wie der Regen, o mein Gott, der aus den Wolken Deiner Gnade herniederströmt, und wie die Winde, die den Frühlingsduft Deiner Güte tragen, so daß sich durch sie das Erdreich der Menschenherzen mit Grün bekleide und daraus erblühe, was alle Deine Lande mit Wohlgeruch erfülle, bis jeder den süßen Duft aus dem Gewande Deiner Offenbarung verspüren kann. Mächtig bist Du zu tun, was Du willst.
Die Kraft Deiner Macht ist mein Zeuge! Wer aus dem Kelche trinkt, den die Hand Deiner Huld kreisen läßt, wird sich von allem lossagen außer Dir und fähig sein, durch ein Wort seines Mundes die Seelen Deiner Diener, die auf dem Lager des Vergessens und der Achtlosigkeit schlafen, zu entzücken. Er wird sie dazu bringen können, ihre Angesichter Deinem Größten Zeichen zuzukehren und nichts bei Dir zu suchen außer Dir selbst, nur das von Dir erbittend, was Du durch die Feder Deines göttlichen Gerichtes für sie bestimmst und auf der Tafel Deines Ratschlusses verordnest.
So sende denn durch Deinen Größten Namen auf Deine Lieben hernieder, o mein Gott, was sie in allen Lebenslagen näher zu Dir hinzieht. Du bist wahrlich der Allmächtige, der Allherrliche, zu dem alle Menschen um Hilfe flehen.

114

Meine Augen werden hell, o mein Gott, wenn ich über die Leiden nachsinne, die aus dem Himmel Deines Ratschlusses auf mich niedersteigen und mich von allen Seiten umgeben, wie Deine Feder es unwiderruflich bestimmt hat. Ich schwöre bei Deinem Selbst! Was von Dir kommt, gefällt mir wohl, und sollte es die Bitternis meines Todes mit sich bringen.
Er, der Dein Geist warA15, o mein Gott, zog sich am Abend vor Seinem letzten Tag auf Erden ganz allein in das Dunkel der Nacht zurück. Er fiel auf Sein Antlitz, betete zu Dir und sagte: »Wenn es Dein Wille ist, o mein Herr, mein Vielgeliebter, so laß durch Deine Gunst und Güte diesen Kelch an mir vorübergehen.«
Bei Deiner Schönheit, o Du Herr aller Namen, Du Schöpfer der Himmel! Ich kann den Duft der Worte spüren, die Ihm in Seiner Liebe zu Dir über die Lippen kamen, und kann die Glut des Feuers fühlen, das Seine Seele entflammte in ihrer Sehnsucht nach dem Morgenlicht Deiner Einzigkeit, dem Dämmerort Deiner überragenden Einheit.
Was mich betrifft – und davon bist Du selbst mein Zeuge – so rufe ich zu Dir und sage:

»O mein Herr, mein Meister, mein Gebieter!

Vor den Zeichen Deines Willens habe ich keinen eigenen Willen, und angesichts der Offenbarung Deines Zieles kann ich kein Ziel haben.

Ich schwöre bei Deiner Herrlichkeit!

Ich wünsche nur, was Du wünschest, und schätze nur, was Du schätzest.

Für mich wähle ich nur, was Du für mich wählst, o Du Besitzer meiner Seele.« Nein, ich sehe mich als reines Nichts angesichts der mannigfaltigen Offenbarungen Deiner Namen, wieviel geringer noch gegenüber dem glänzenden, strahlenden Lichte Deines Selbstes.

O ich Elender!

Wollte ich Dich auch nur zu beschreiben suchen, so bezeugte solch ein Versuch nur meinen Mangel an Ehrfurcht, meine Achtlosigkeit gegen die klaren, leuchtenden Zeichen Deiner Einzigkeit.

Wer außer Dir kann vor Deiner Offenbarung beanspruchen, der Beachtung wert zu sein?

Wer kann als hinreichend befähigt gelten, Dich angemessen zu preisen?

Wer kann sich rühmen, Deine Herrlichkeit würdig zu schildern?

Nein – Du selbst bist dafür Zeuge:

Es ist unbestreitbar erwiesen, daß Du der eine Gott bist, der Unvergleichliche, dessen Hilfe alle Menschen erflehen.

Seit Ewigkeit bist Du allein, mit niemandem, der Dich beschreiben kann, und ewiglich wirst Du der gleiche bleiben, ohne daß jemand Dir gliche oder mit Dir wetteiferte.

Wollte man das Dasein eines Ebenbürtigen neben Dir anerkennen, wie könnte man dann behaupten, daß Du der Unvergleichliche bist oder daß Deine Gottheit unermeßlich erhaben ist über alles Gleiche oder Ähnliche?

Die höchsten Denker, die Deine Einheit anerkennen, können bei all ihrem Nachsinnen nie zum Verständnis Dessen gelangen, den Du durch das Wort Deines Befehls erschaffen hast; um wieviel ohnmächtiger sind sie, sich zu den Höhen der Erkenntnis Deines eigenen Seins aufzuschwingen.

Jedes Lob, das eine Zunge oder eine Feder zu berichten vermag, und jede Vorstellung, die sich ein Herz ausdenken kann, sind ausgeschlossen von der Stufe, die Deine erhabenste Feder bestimmt hat; um wieviel weniger können sie die Höhen erreichen, die Du über das Verständnis und die Beschreibung eines Geschöpfes unendlich weit hinausgehoben hast, ist doch der Versuch des Vergänglichen, die Zeichen des Unerschaffenen zu begreifen, wie die Regung eines Wassertropfens vor dem Aufruhr Deiner wogenden Meere.

Nein, o mein Gott, bewahre mich vor dem Wagnis, Dich zu beschreiben; denn jeder Vergleich, jede Ähnlichkeit kann sich nur auf das beziehen, was dem Wesen nach von Dir erschaffen ist.

Wie könnte da ein Vergleich oder eine Ähnlichkeit je zu Dir passen oder zu Deinem Selbst emporreichen?
Bei Deiner Herrlichkeit, o mein Gott! Obgleich ich erkenne und sicher glaube, daß keine Beschreibung außer durch Dich an Deine Hoheit heranreicht und keine Verherrlichung außer durch Dich je in die Sphären Deiner Gegenwart emporsteigt, kann ich doch nicht stillschweigen und aufhören, Dich zu verherrlichen und Deine wundersame Herrlichkeit zu schildern; denn anders würde mein Herz sich verzehren und meine Seele dahinschmelzen.
Deiner zu gedenken, o mein Gott, löscht meinen Durst und beruhigt mein Herz. Meine Seele ergötzt sich am Zwiegespräch mit Dir, wie sich der Säugling an der Brust Deiner Gnade ergötzt. Mein Herz lechzt nach Dir, wie ein Verdurstender nach den Lebenswassern Deiner Großmut lechzt, o Du Gott der Gnade, in dessen Hand die Herrschaft aller Dinge ruht.
Ich danke Dir, o mein Gott, daß Du mich Deiner gedenken lässest. Was außer dem Gedenken Deiner kann meine Seele entzücken oder mein Herz beglücken? Die vertraute Zwiesprache mit Dir macht mich fähig, auf das Gedenken an alle Deine Geschöpfe zu verzichten, und meine Liebe zu Dir gibt mir die Kraft, das Leid zu ertragen, das meine Unterdrücker mir zufügen.
Sende daher meinen Lieben, was ihre Herzen erfreut, o mein Gott! Erleuchte ihre Angesichter und entzücke ihre Seelen! Du weißt, o mein Herr, daß es ihre Freude ist, Deine Sache erhöht und Dein Wort verherrlicht zu sehen. Enthülle deshalb, o mein Gott, was ihre Augen erfreut, und verordne ihnen das Gute dieser und der zukünftigen Welt.
Du bist wahrlich der Gott der Macht, der Kraft und der Großmut.

115

Du siehst, o mein Gott, wie das Unrecht jener Deiner Diener, welche Dir den Rücken kehrten, zwischen Ihn, in dem Deine Gottheit offenbar ist, und Deine Diener trat. Sende auf sie herab, o mein Gott, was sie veranlaßt, untereinander mit ihren Angelegenheiten beschäftigt zu sein. Gib sodann, daß ihre Gewalttat auf sie selbst beschränkt bleibt, damit das Land und seine Bewohner Frieden finden.
Eine Deiner Mägde, o mein Herr, sucht Dein Antlitz und schwingt sich auf in die Sphäre Deines Wohlgefallens. Versage ihr nicht, o mein Herr, was Du den Auserwählten unter Deinen Mägden bestimmt hast. Mache sie fähig, so zu Deinen Worten hingezogen zu sein, daß sie bei ihnen Dein Lob feiert.
Mächtig bist Du zu tun, was Dir gefällt. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Allmächtigen, dessen Hilfe alle Menschen erflehen.

116

Mein Gott, mein Vielgeliebter! Wenn Deine Gesetze herniedergesandt sind, gibt es keinen Ort, dahin man fliehen kann, und wenn Deine Gebote verkündet sind, kann keine Seele eine Zuflucht finden. Du hast der Feder die Geheimnisse Deiner Ewigkeit eingegeben; Du hast ihr geboten, den Menschen zu lehren, was er nicht weiß, und Du hast ihn von den Lebenswassern der Wahrheit aus dem Kelche Deiner Offenbarung und Deiner Begeisterung trinken lassen.
Kaum hatte jedoch die Feder einen einzigen Buchstaben Deiner verborgenen Weisheit auf die Tafel geschrieben, da erscholl von allen Seiten das Wehklagen Deiner glühenden Verehrer, und die Gerechten befiel solches Leid, daß die Insassen des Thronzelts Deiner Herrlichkeit in Tränen ausbrachen und die Bewohner der Städte Deiner Offenbarung vor Schmerz stöhnten.
Du siehst, o mein Gott, wie Er, die Manifestation Deiner Namen, in diesen Tagen von den Schwertern Deiner Feinde bedroht ist. In diesem Zustand erhebt Er laut Seine Stimme, alle Bewohner Deiner Erde und alle Insassen Deines Himmels vor Dich ladend.
Reinige die Herzen Deiner Geschöpfe durch die Macht Deiner souveränen Gewalt, o mein Gott, damit Deine Worte tief in sie eindringen. Ich weiß nicht, was in ihren Herzen ist, o mein Gott, noch kann ich sagen, was sie von Dir denken. Mich dünkt, sie wähnen, Du riefest sie zu Deinem allhöchsten Horizonte, um die Herrlichkeit Deiner Macht und Majestät zu erhöhen. Denn wären sie gewiß, daß Du sie zu dem rufst, was ihre Herzen neu erschafft und ihre Seelen unsterblich macht, so flöhen sie niemals vor Deiner Führung, und niemals verließen sie den Schatten des Baumes Deiner Einzigkeit. So schärfe denn den Blick Deiner Geschöpfe, o mein Gott, damit sie Ihn, den Verkünder der Gottheit, erkennen als Einen, der geheiligt ist über alles, was ihnen zugehört, und der sie nur um Deinetwillen zum Horizonte Deiner Einheit beruft zu einer Zeit, da Sein Leben jeden Augenblick in Gefahr ist. Wäre Er auf die Erhaltung Seines Selbstes bedacht, Er hätte es niemals der Willkür Deiner Feinde ausgeliefert.
Ich schwöre bei Deiner Herrlichkeit! Mannigfache Leiden habe ich auf mich genommen zu dem einzigen Zweck, daß alle in Deinem Himmel und auf Deiner Erde wiedergeboren werden. Wer Dich liebt, kann niemals seinem Selbst anhangen, es sei denn, um Deine heilige Sache zu fördern; wer Dich erkennt, kann nichts außer Dir erkennen und sich keinem außer Dir zuwenden.
Befähige Deine Diener, o mein Gott, zu entdecken, was Du in Deinem Reiche für sie gewünscht hast. Mache sie vertraut mit dem, was Er, der Ursprung Deiner erhabensten Titel, in Seiner Liebe zu Dir um der Wiedergeburt ihrer Seelen willen auf sich genommen hat, damit sie dem Strom entgegeneilen, der das wahre Leben ist, und ihre Gesichter auf Deinen Namen, der Barmherzigste, richten. Überlasse sie nicht sich selbst, o mein Gott! Ziehe sie durch Deine reiche Gunst hinan zum Himmel Deiner Eingebung. Sie sind nur Almosenempfänger, Du aber bist der Allbesitzende, der Immervergebende, der Mitleidvollste.

117

Ruhm sei Dir, o mein Gott! Der Frühling Deiner Gunst regt sich und kleidet Deine Erde in Grün. Die Wolken vom Himmel Deiner Gabenfülle verströmen ihren Regen auf diese Stadt, in deren Mauern Er gefangen liegt, dessen Sehnsucht die Erlösung Deiner Geschöpfe ist. Dadurch ist der Boden dieser Stadt geschmückt, ihre Bäume sind mit Laub bekleidet, ihre Bewohner erfreut.
Die Herzen Deiner Lieben wird jedoch nur die göttliche Frühlingszeit Deines zarten Erbarmens erfreuen. Sie wird die Herzen erquicken, die Seelen wiederbeleben und die Bäume des menschlichen Seins ihre Früchte tragen lassen.
Die Pflanzen, die den Herzen Deiner Lieben entspringen, sind verwelkt, o mein Herr. Sende aus den Wolken Deines Geistes auf sie hernieder, was in ihrer Brust die zarten Kräuter Deiner Erkenntnis und Weisheit wachsen läßt. Alsdann beglücke ihre Herzen mit der Verkündigung Deiner heiligen Sache und der Verherrlichung Deiner Souveränität.
Erwartungsvoll schauen ihre Augen nach Deinen Wohltaten, o mein Herr, und ihre Angesichter sind dem Horizonte Deiner Gnade zugekehrt. Laß es durch Deine große Güte nicht zu, daß sie Deiner Gunst beraubt sind. Gewaltig bist Du durch Deine souveräne Macht. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Helfer in Gefahr, dem Selbstbestehenden.

118

Du siehst, o mein Gott, wie sich Deine Diener fest an Deine Namen halten und sie anrufen bei Tag und bei Nacht. Kaum aber war Er offenbart, durch dessen Wort das Reich der Namen und der Himmel der Ewigkeit erschaffen sind, da fielen sie von Ihm ab und leugneten das größte Deiner Zeichen. Schließlich verbannten sie Ihn aus Seinem Vaterland und zwangen Ihn, in der trostlosesten Deiner Städte zu hausen, obgleich Du doch die ganze Welt um Seinetwillen erbaut hast. In diesem Größten Gefängnis hat Er Seinen Thronsitz errichtet. Obwohl schwer geprüft von Leiden, dergleichen der Schöpfung Auge noch nie gesehen, lädt Er das Volk vor Dich, o Du Gestalter des ganzen Weltalls!
Ich flehe Dich an, o Du, der Du alle Völker formst und jedes modernde Gebein neu belebst: Befähige in Deiner Güte Deine Diener, Ihn, die Manifestation Deiner selbst, den Offenbarer Deiner überragenden Macht, zu erkennen, so daß sie durch Deine Kraft all die Götzen ihrer verderbten Neigungen stürzen und in den Schatten Deiner allumfassenden Gnade treten, die kraft Deines Namens, der Erhabenste, der Allherrliche, die gesamte Schöpfung überragt.
Ich weiß nicht, o mein Gott, wie lange Deine Geschöpfe noch schlummern wollen auf dem Lager der Vergeßlichkeit und der üblen Lüste, weit von Dir entfernt und ausgeschlossen von Deiner Gegenwart. Ziehe sie hinan zum Schauplatz Deiner strahlenden Herrlichkeit, o mein Gott, und entzücke ihre Herzen mit den süßen Düften Deiner Eingebung, durch welche die Deine Einheit anbeten, Dir auf den Flügeln der Sehnsucht entgegenfliegen, und die Dir Ergebenen Ihn erreichen, den Aufgangsort der Sonne Deiner Schöpfung.
Zerreiße die Schleier, o mein Herr, die sie von Dir trennen, damit sie Dich schauen, leuchtend über dem Horizonte Deiner Einzigkeit, Deinen Strahlenglanz vom Morgen Deiner Souveränität ergießend. Bei Deiner Herrlichkeit! Kosteten sie die Süße Deines Gedenkens und begriffen sie die Vortrefflichkeit all dessen, was von der rechten Hand des Thrones Deiner Erhabenheit für sie herniedergesandt ist, so würfen sie all ihr Hab und Gut beiseite, damit der Blick Deiner Gnade auf sie fiele und die Sonne Deiner Schönheit auf sie strahle.
Gib, daß Dein Gedenken ihre Herzen entzücke, o mein Herr, daß Dein Reichtum ihre Seelen bereichere, und stärke ihren Willen, damit sie Deine heilige Sache unter Deinen Geschöpfen verkünden. Du bist wahrlich der Große Geber, der Immervergebende, der Mitleidvollste.

119

Gelobt sei Dein Name, o mein Gott! Du siehst, wie schmerzlich ich inmitten Deiner Diener gequält werde; Du siehst alles, was mich auf Deinem Pfade befällt. Du weißt sehr wohl, daß ich kein Wort spreche ohne Deine Erlaubnis, daß meine Lippen sich nur auf Deinen Befehl und nach Deinem Wohlgefallen öffnen, daß jeder Atemzug, den ich tue, von Deinem Lobpreis und Deinem Gedenken beseelt ist, daß ich alle Menschen nur zu dem auffordere, wozu Deine Auserwählten seit je aufgefordert sind, und daß ich ihnen nur diejenigen Gebote auferlege, die sie dem Morgen Deiner Gnade, dem Dämmerorte Deiner Gunst, dem Horizonte Deines Reichtums, der Manifestation Deiner Eingebung und Deiner Offenbarung nahebringen.
Du weißt sehr wohl, o mein Gott, daß ich in meiner Pflicht gegen Deine heilige Sache nicht ermatte. Allezeit und in jeder Lage trage ich in alle Richtungen die sanften Winde Deiner Eingebung und verbreite den Wohlgeruch aus dem Gewande Deiner Gnade, damit Deine Diener seinen Duft gewahren und zu Dir sich hingezogen fühlen.
Ich flehe Dich an, o mein Gott, bei den Lichtern Deiner Einheit und den Schatzkammern Deiner Offenbarung: Sende aus den Wolken Deiner Gnade hernieder, was die Herzen der Dir Zugewandten reinigt. Lösche sodann in ihren Herzen alles aus, was bei Deinen Dienern Anstoß an Deiner heiligen Sache erregen könnte.
Dein Wille überwältigt meinen Willen, o mein Gott, und ich zeige auf, was mich unter Schmerzen beunruhigt. So sei denn barmherzig mit mir, o Du, der Du unter allen Barmherzigen der Barmherzigste bist!
Stehe Deinen Dienern bei in ihrem Dienst für Deine heilige Sache, o mein Gott, und gib ihnen zu trinken, was ihre Herzen in Deinem Reiche erquickt, damit nichts sie hindere, Deiner zu gedenken und Deine Tugenden zu rühmen, damit sie in Deinem Namen Haus und Herd verlassen und all die Menschenscharen vor Dich laden. Behüte ihre Angesichter davor, daß sie sich einem anderen zuwenden als Dir, o mein Gott, und bewahre ihre Ohren vor den Reden all derer, die sich von Deiner Schönheit abkehrten und Deine Zeichen verwarfen.
Erhaben bist Du über alle Dinge. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Allwissenden, dem Allweisen.

120

Verherrlicht bist Du, o Herr mein Gott! Du schauest meine elende Lage und den Raum, darin ich hause; Du bist Zeuge meiner Verwirrung, meiner himmelschreienden Not, meiner Sorgen und all der Leiden, die ich erdulde unter Deinen Dienern, die Deine Verse hersagen und deren Offenbarer verwerfen, die Deine Namen anrufen und deren Schöpfer bekritteln, die Ihm, Deinem Freunde, zu nahen und doch den Bestgeliebten aller Welten zu töten suchen.
Öffne Du ihre Augen, o mein Gott, mein Meister, damit sie Deine Schönheit schauen, oder aber laß sie in den tiefsten Abgrund des Feuers zurückkehren. Mächtig bist Du zu tun, was Du willst. Du bist wahrlich der Allherrliche, der Allweise.
Die Herrlichkeit Deiner Macht ist mein Zeuge, o mein Gott! Wann immer ich Deiner zu gedenken suche, finde ich mich überwältigt von der Erhabenheit Deines Ranges und der Unendlichkeit Deiner Macht; wann immer ich stillschweige, siehe! dann zwingt mich meine Liebe zu Dir und die Gewalt Deines Willens, meine Zunge zu lösen und Dich zu preisen. Der Arme und Elende, o mein Gott, ruft zu seinem Herrn, dem Allbesitzenden; der Kraftlose gedenkt seines Gebieters, des Allmächtigen. Wenn Er geruht, die demütige Bitte Seines Knechtes zu hören, ist Er wahrlich von unübertroffener Großmut, und wenn Er ihn verstößt, ist Er der beste derer, die gerecht urteilen. Der ist wahrlich annehmbar, o mein Gott, der sein Angesicht Dir zukehrt, und der ist wahrlich ausgeschlossen, der es in Deinen Tagen versäumt, Deiner zu gedenken. Selig ist, wer die Süße Deines Gedenkens und Deines Lobpreises kostet. Selbst wenn sich alle Völker der ganzen Welt gegen ihn erheben, kann einen solchen Menschen nichts daran hindern, seine Schritte auf den Pfad Deines Wohlgefallens und auf die Wege Deiner heiligen Sache zu lenken.
So schaue denn, o Du Meistgeliebter Bahás, auf die Tränen, die er vor Dir vergießt, und höre seine Seufzer, o Du, der Du seines Herzens Sehnsucht bist! Ich schwöre bei Deiner Macht, Deiner Majestät und Herrlichkeit! Erbte ich von Dir alle Wonnen des Paradieses, hätte ich sie so lange zu eigen, wie Dein Sein währt, und versäumte ich dann für weniger als einen Augenblick, Deiner zu gedenken, so würfe ich diese Wonnen ganz gewiß von mir und beachtete sie nicht länger. Ich bin der, o mein Gott, der aus Liebe zu Dir die Welt und all ihre Wohltat aufgibt und aus freien Stücken um Deines Gedenkens willen jede Trübsal auf sich nimmt.
Ich flehe Dich an, o Du mein Gefährte, mein Meistgeliebter: Hebe den Schleier hinweg, der sich zwischen Dich und Deine Diener gelegt hat, damit sie Dich mit Deinen Augen erkennen und sich von jeder Bindung frei machen außer der Deinen. Du bist wahrlich der Allmächtige, der Immervergebende, der Mitleidvollste. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Erhabensten, dem Selbstgenügenden, dem Selbsterhebenden, dem Allherrlichen, dem Allweisen.
Preis sei Dir, denn Du bist in Wahrheit der Herr über Erde und Himmel.

121

Preis sei Dir, o Herr mein Gott! Ich bin es, der das Wohlgefallen Deines Willens sucht und seine Schritte zum Thronsitz Deiner Huld und Gnade lenkt. Ich bin es, der all sein Hab und Gut verläßt und zu Dir um Obdach flüchtet, den Blick auf das Königszelt Deiner Offenbarung und das angebetete Heiligtum Deiner Herrlichkeit gerichtet. Ich flehe Dich an, o mein Herr, bei Deinem Ruf, auf den hin alle, die Deine Einheit erkennen, den Schatten Deiner gnädigsten Vorsehung suchen und die Aufrichtigen ihr Selbst fliehen, hin zu Deinem Namen, der Erhabenste, der Allherrliche; bei Deinem Ruf, durch den Deine Verse herabgesandt, Dein Wort erfüllt, Dein Beweis offenbart, Deiner Schönheit Sonne aufgegangen, Dein Zeugnis erbracht und Deine Zeichen enthüllt sind – ich flehe Dich an: Laß mich zu denen gezählt sein, die den Wein wahren Lebens aus den Händen Deiner huldvollen Vorsehung empfangen und trinken, die sich auf Deinem Pfade von aller Bindung an Deine Geschöpfe lösen, so berauscht von Deiner mannigfachen Weisheit, daß sie auf das Feld des Opfers eilten mit Deinem Lob auf den Lippen und Deinem Gedenken im Herzen. Sende auch auf mich hernieder, o mein Gott, was mich reinigt von allem, was nicht von Dir ist, und befreie mich von Deinen Feinden, die an Deinen Zeichen zweifeln.
Mächtig bist Du zu tun, was Du willst. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Helfer in Gefahr, dem Selbstbestehenden.

122

Preis sei Dir, o Herr mein Gott! Du siehst und weißt, ich habe Deinen Dienern geboten, daß sie sich nirgendwo hinwenden als zu Deinen Gaben, und habe ihnen befohlen, nichts zu beachten, als was Du in Deinem deutlichen Buche bestimmtest, dem Buche, das nach Deinem unergründlichen Ratschluß und Deiner unwiderruflichen Absicht herniedergesandt ist.
Ich kann kein Wort sprechen, o mein Gott, es sei denn mit Deiner Erlaubnis, und kann mich in keine Richtung bewegen, es sei denn mit Deiner Zustimmung. Durch die Kraft Deiner Macht hast Du, o mein Gott, mich ins Dasein gerufen und mir die Gnade verliehen, Deine Sache zu künden. Dafür wurde ich von solchem Leid heimgesucht, daß meine Zunge gehindert ward, Dich zu rühmen und Deine Herrlichkeit zu preisen.
Aller Lobpreis sei Dir, o mein Gott, für das, was Du durch Deinen Ratschluß und die Macht Deiner Souveränität für mich bestimmt hast. Ich bitte Dich, stärke mich und meine Geliebten in unserer Liebe zu Dir und bewahre uns sicher in Deiner heiligen Sache. Ich schwöre bei Deiner Macht, o mein Gott! Von Dir wie durch einen Schleier getrennt zu sein, ist Deines Dieners Schande, und Dich zu kennen, ist sein Ruhm. Bin ich bewaffnet mit der Macht Deines Namens, so kann nichts mich verwunden, und mit Deiner Liebe im Herzen können alle Trübsale dieser Welt mich nicht schrecken.
Darum, o mein Herr, sende herab auf mich und meine Geliebten, was uns vor dem Unheil derer beschützt, die Deine Wahrheit verwarfen und nicht an Deine Zeichen glauben.
Du bist wahrlich der Allherrliche, der Großmütigste.

123

Verherrlicht bist Du, o Herr mein Gott! Du hast Deinen Dienern in Deinem höchsten Paradiese so hohe Rangstufen zuerteilt, daß alle im Himmel und auf Erden wie vom Donner gerührt wären, würde auch nur eine davon menschlichen Blicken enthüllt. Bei Deiner Macht! Wären Könige Augenzeugen solch großer Herrlichkeit, sie legten sicherlich all ihre Reiche ab und hielten sich an jene Untertanen, die in den Schatten Deiner unermeßlichen Gnade getreten sind und Obdach bei Deinem allherrlichen Namen suchen.
Ich flehe Dich an, o Du Geliebter der Welten, Du Sehnsucht aller, die Dich erkennen, bei Deinem Namen, durch den Du aufrüttelst, wen Du willst, und zu Dir hinziehst, wen Du magst: Öffne all denen, die Dir teuer sind, die Augen, damit sie nicht durch Schleier von Dir getrennt seien wie die Völker der Erde, sondern äußerlich die Zeichen Deiner Macht erkennen und innerlich begreifen, was Du in den Reichen Deiner Herrlichkeit für sie bestimmt hast.
Mächtig bist Du zu tun, was Dir beliebt. Du bist der Einziggeliebte in dieser Welt und in der künftigen. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Erhabensten, dem Allherrlichen.

124

Verherrlicht bist Du, o Herr mein Gott! Wann immer ich wage, von Dir zu künden, hindern mich meine schweren Sünden und meine schlimmen Vergehen gegen Dich daran, und ich sehe mich Deiner Gnade gänzlich beraubt, außerstande, Dein Lob anzustimmen. Doch mein festes Vertrauen in Deine Großmut läßt meine Hoffnung auf Dich wieder aufblühen; meine Gewißheit, daß Du großmütig mit mir verfährst, gibt mir den Mut, Dich zu preisen und Dich um das zu bitten, was Du besitzest.
Ich flehe Dich an, o mein Gott, bei Deinem Erbarmen, das alles Erschaffene überragt und das alle bezeugen, die in das Meer Deiner Namen versunken sind, überlasse mich nicht mir selbst, denn mein Herz ist dem Bösen zugetan. Behüte mich sodann in der Feste Deines Schutzes, unter dem Obdach Deiner Fürsorge. Ich wünsche nur für mich, o mein Gott, was Du durch die Macht Deiner Stärke bestimmst. Für mich selbst wähle ich nur Deine gnädige Bestimmung als Beistand, das Walten Deines Willens, die Zeichen Deines Befehls und Deines Gerichts zu meiner Hilfe.
O Du Herzensgeliebter derer, die sich nach Dir sehnen! Ich flehe Dich an bei den Manifestationen Deiner Sache, den Dämmerorten Deiner Eingebung, den Vertretern Deiner Majestät, den Schatzkammern Deines Wissens, laß nicht zu, daß ich Deiner heiligen Wohnstatt, Deines Tempels, Deines Schreins beraubt sei. Hilf mir, o mein Gott, zu Seinem geheiligten Hof zu gelangen, Seine Gestalt zu umkreisen und demütig an Seinem Tor zu stehen.
Du bist Der, dessen Macht von Ewigkeit zu Ewigkeit währt. Nichts entgeht Deiner Kenntnis. Du bist fürwahr der Gott der Macht, der Gott der Herrlichkeit und der Weisheit.
Preis sei Gott, dem Herrn der Welten!

125

O Du, vor dem alle Dinge in Furcht erschauern, vor dessen strahlendem Antlitz alle Menschen die Augen niederschlagen, vor dessen Offenbarungen der Souveränität alle Nacken sich in Demut beugen, der durch Seinen gebieterischen Willen alle Herzen überwältigt, dessen ehrfurchtgebietende Majestät alle Dinge in ihren Grundfesten erbeben läßt und der durch die Gewalt Seiner Herrschaft die Winde unterwarf! Ich flehe Dich an bei der bezwingenden Kraft Deiner Offenbarung, bei der Gewalt Deiner Macht, bei der Hoheit Deines Wortes und der Erhabenheit Deiner Herrschaft, zähle uns zu denen, die die Welt nicht daran hindern konnte, sich Dir zuzukehren.
Laß mich zu denen gehören, o mein Herr, die mit Leib und Leben tapfer auf Deinem Pfade kämpfen. Schreibe sodann den Lohn für mich nieder, den Du auf der Tafel Deines Befehls für sie bestimmt hast. Weise mir den Sitz der Wahrheit an in Deiner Gegenwart und geselle mich zu den Aufrichtigen unter Deinen Dienern.
Ich flehe Dich an, o mein Herr, bei Deinen Boten, Deinen Auserwählten und bei Ihm, durch den Du den Manifestationen Deiner Sache unter Deinen Geschöpfen Dein Siegel aufdrücktest, bei Ihm, den Du mit der Zier Deiner Annahme schmücktest vor allen, die in Deinem Himmel und auf Deiner Erde wohnen: Hilf mir gnädig zu erlangen, was Du Deinen Dienern bestimmt und auf Deinen Tafeln einzuhalten geboten hast. So wasche denn durch Deine Gnade und Gunst meine Sünden ab, o mein Gott, und rechne mich zu denen, die die Angst nicht übermannen und der Kummer nicht überkommen soll.
Du bist fürwahr der Allmächtige, der Helfer in Gefahr, der Selbstbestehende.

126

Verherrlicht bist Du, o Herr mein Gott! Du bist Er, der mit dem Feuer Seiner Liebe denen die Herzen entflammt, die Deine Einheit erkennen, der mit der Herrlichkeit Seines Antlitzes denen die Angesichter erleuchtet, die Deinem Hofe nahen. Welche Fülle, o mein Gott, birgt der Strom Deiner Erkenntnis! Wie süß ist der Schmerz, den ich aus Liebe zu Dir und um Deines Wohlgefallens willen von den Pfeilen der Frevler erdulde! Wie beglückend sind die Wunden, die mir die Schwerter der Ungläubigen auf Deinem Pfade um der Verkündigung Deines Glaubens willen zufügen!
Ich flehe Dich an, bei Deinem Namen, durch den Du Unrast in Ruhe, Furcht in Vertrauen, Schwäche in Stärke und Erniedrigung in Herrlichkeit wendest: Hilf mir und deinen Dienern gnädiglich, Deinen Namen zu preisen, Deine Botschaft auszurichten und Deine heilige Sache so zu verkünden, daß wir unbewegt bleiben von den Angriffen der Missetäter und der Wut der Ungläubigen, o Du, der Du mein Meistgeliebter bist!
Ich bin Deine Magd, o mein Herr, die auf Deinen Ruf hört und hin zu Dir eilt. Ich fliehe vor mir selbst, und mein Herz findet Ruhe bei Dir. Bei Deinem Namen, der alle Schätze der Welt ans Licht bringt, bitte ich Dich, o mein Herr: Schütze mich vor den Anspielungen derer, die an Dir zweifeln und Deine Wahrheit leugnen.
Mächtig bist Du zu tun, was Dir gefällt. Du bist wahrlich der Allwissende, der Allweise.

127

Aller Lobpreis sei Dir, o Herr mein Gott! Wie geheimnisvoll ist das Feuer, das Du in meinem Herzen entzündet! Selbst meine Glieder bezeugen seine glühende Hitze und seiner Flamme verzehrende Macht. Suchte meine Zunge Dich je als den Einen zu beschreiben, dessen Kraft allzeit die des mächtigsten aller Menschen übertrifft, so redete die Zunge meines Herzens mich an und spräche: »Dies sind bloße Worte, die nur auf Dinge passen, die von derselben Art und Gestalt sind wie sie selbst. Er aber ist in Wahrheit unendlich erhaben über das Gedenken all Seiner Geschöpfe.«
Die Kraft Deiner Macht ist mein Zeuge, o mein Vielgeliebter! Mich dünkt, jedes Glied meines Leibes ist mit einer Zunge ausgestattet, die Dich preist und Deinen Namen verherrlicht. Bin ich bewaffnet mit der Macht Deiner Liebe, so kann der Haß, der Deine Gegner treibt, mich niemals beunruhigen, und führe ich Dein Lob auf den Lippen, so können die Entscheide Deines Ratschlusses mich nie betrüben. So stärke denn Deine Liebe in meiner Brust und laß mich den Angriffen aller Völker auf Erden trotzen. Ich schwöre bei Dir! Jedes Haar auf meinem Haupte kündet: »Begegneten mir keine Leiden auf Deinem Pfade, wie könnte ich dann je die göttliche Süße Deiner zarten Liebe kosten?«
So sende denn hernieder, o mein Herr, auf mich und die, so mich lieben, was uns standhaft in Deinem Glauben macht. Mache sie fähig, die Hände Deiner Sache unter Deinen Dienern zu werden, damit sie Deine Zeichen verbreiten und Deine Souveränität dartun. Es gibt keinen Gott außer Dir, der Du mächtig bist zu tun, was Du willst. Du bist in Wahrheit der Allherrliche, der Allgepriesene.

128

Preis sei Dir, o mein Gott! Ich bin Dein Diener, der an Dich und Deine Zeichen glaubt. Du siehst, wie ich mich dem Tor Deines Erbarmens zuwende und mein Antlitz auf Deine Gnade richte. Ich flehe Dich an bei Deinen höchsten Namen und Deinen erhabensten Eigenschaften: Öffne meinen Blicken die Pforten Deiner Gaben. Hilf mir sodann zu tun, was recht ist, o Du, dem alle Namen und Eigenschaften zugehören!
Ich bin arm, o mein Herr, und Du bist der Reiche. Dir wende ich mein Angesicht zu, losgelöst von allem außer Dir. Ich flehe Dich an, beraube mich nicht der linden Düfte Deines zarten Erbarmens und versage mir nicht, was Du für die Auserwählten unter Deinen Dienern bestimmt hast.
Nimm den Schleier von meinen Augen, o mein Gebieter, damit ich erkenne, was Du für Deine Geschöpfe wünschest, und in allen Werken Deiner Schöpfung die Offenbarungen Deiner gewaltigen Allmacht sehe. Entzücke meine Seele, o mein Herr, mit Deinen mächtigsten Zeichen und ziehe mich aus den Tiefen meiner bösen, verderbten Wünsche. Schreibe alsdann für mich nieder, was in dieser und der zukünftigen Welt gut für mich ist. Mächtig bist Du zu tun, was Dir gefällt. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Allherrlichen, dessen Hilfe alle Menschen erflehen.
Ich danke Dir, o mein Herr, daß Du mich aus meinem Schlaf erwecktest, daß Du mich aufrütteltest und in mir den Wunsch wachriefest zu verstehen, was die meisten Deiner Diener nicht zu fassen vermögen. Darum befähige mich, o mein Herr, aus Liebe zu Dir und um Deines Wohlgefallens willen zu schauen, was Du wünschest. Alle Dinge, o mein Herr, bezeugen die Gewalt Deiner Macht und Deiner Souveränität.
Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Allmächtigen, dem Wohltätigen.

129

Sei gepriesen, o mein Gott! Du siehst, wie Deine rechtschaffenen Diener den Frevlern in die Hände gefallen sind, ihnen, die nicht an Deinen Namen, der Unbezwungene, glauben, die Deine Majestät, Deine unumschränkte Gewalt, Deine Kraft und Deine souveräne Macht leugnen. Ihre Münder sagen, was ehedem die Münder der Juden sagten.
Ziehe deshalb die Hand Deiner Allmacht aus dem Busen Deiner Herrlichkeit, o mein Herr, und stehe damit Deinen Lieben bei, die nicht davon abzuschrecken waren, dem Horizonte Deiner Offenbarung sich zuzuwenden, obgleich sie auf Deinem Pfade solche Prüfungen heimsuchen, daß die Bewohner des Reiches Deiner heiligen Sache wehklagen.
So drücke ihnen denn das Siegel Deines unfehlbaren Schutzes aufs Herz, o mein Herr, damit nur Dein Gedenken und kein anderes darin eindringe. Befähige sie, Deinen Namen unter Deinen Geschöpfen zu verkünden, und versorge sie mit dem Besten von dem, was Du für Deine Auserwählten, die Dir nahen dürfen, bestimmt hast.
Mächtig bist Du zu tun, was Dir gefällt. Du bist wahrlich der Allherrliche, den alle um Hilfe anrufen.

130

Gelobt sei Dein Name, o Herr mein Gott! Du siehst, wie Deine Diener rings von Trübsal umgeben sind, wie ihre Gegner alle sich wider sie erheben und sie schwer unterdrücken. Deine Herrlichkeit ist mein Zeuge! Verbündeten sich alle Frevler der Erde gegen uns und würfen sie uns in ein Feuer, wie noch kein Mensch es je entzündet hat, sie hätten doch keine Macht, unseren Blick vom Horizonte Deines Namens, der Erhabenste, der Höchste, abzulenken oder unsere Herzen dem Thronsitz Deiner strahlenden Herrlichkeit zu entfremden.
Ich schwöre bei Deiner Macht! Die Pfeile, die uns auf Deinem Pfade durchbohren, sind unseren Tempeln eine Zier, und die Speere, die uns in unserer Liebe zu Dir durchdringen, sind unseren Leibern wie zarte Seide. Bei der Herrlichkeit Deiner Macht! Nichts, was es auch sei, schickt sich für Deine Diener außer dem, was die Feder Deines unwiderruflichen Ratschlusses auf dieser kostbaren, dieser erhabenen Tafel verzeichnet hat.
Aller Lobpreis sei Deinem Selbst, zu allen Zeiten und in allen Lebenslagen. Du bist wahrlich der Gott des Wissens und der Weisheit.

131

Preis sei Dir, o mein Gott! Du siehst Ihn, der Dein Licht ist, eingekerkert in die Festungsstadt ‘Akká, zutiefst bedrückt von den Untaten der Frevler, die sich durch ihre verderbten Leidenschaften davon abhalten lassen, Dir sich zuzukehren, o Du König aller Namen!
Ich schwöre bei Deiner Herrlichkeit! Trübsale, wie leidvoll sie auch seien, können mich niemals hindern, Deiner zu gedenken und Dein Lob zu preisen. Jeder Kummer, aus Liebe zu Dir ertragen, ist ein Zeichen Deiner Gnade für Deine Geschöpfe, und jede Pein, auf Deinem Pfad erlitten, ist nur ein Geschenk von Dir an Deine Auserwählten. Ich bezeuge, daß mein Antlitz, leuchtend über dem Aufgangsort der Ewigkeit, vom Leide widerstrahlt, und mein Leib trägt dieses Leid als Schmuck vor allen, die im Himmel und auf Erden sind.
Ich bitte Dich bei Deinem Größten Namen: Hilf allen, die an Dich und Deine Zeichen glauben, standhaft zu sein in Deiner Liebe und sich dem Sonnenaufgang Deiner Gnade zuzuwenden. Begeistere sie sodann mit dem, was ihre Zungen lösen wird, Dich zu preisen, und was sie Dir nahebringt in diesem Leben und im künftigen.
Du bist wahrlich der Allmächtige, der Allherrliche, der Wohltätige.

132

Verherrlicht sei Dein Name, o Herr mein Gott! Ich flehe Dich an bei Deiner Macht, die alles Erschaffene umfaßt, bei Deiner Souveränität, welche die ganze Schöpfung überragt, und bei Deinem Wort, das in Deiner Weisheit verborgen war und durch das Du Deinen Himmel und Deine Erde erschufest: Mache uns standhaft in unserer Liebe zu Dir und im Gehorsam gegen Dein Wohlgefallen. Lenke unseren Blick auf Dein Antlitz und laß uns Deine Herrlichkeit preisen. Alsdann gib uns die Kraft, Deine Zeichen weithin unter Deinen Geschöpfen zu verbreiten und Deinen Glauben in Deinem Reiche zu bewahren. Du warst immer unabhängig vom Gedenken Deiner Geschöpfe und wirst immerdar bleiben, wie Du bist.
In Dich setze ich mein ganzes Vertrauen, Dir wende ich mein Angesicht zu, an das Seil Deiner liebevollen Vorsehung halte ich mich und eile in den Schatten Deines Erbarmens. Verstoße mich nicht als einen Enttäuschten von Deiner Tür, o mein Gott, und versage mir nicht Deine Gnade, denn nach Dir allein verlangt es mich. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Immervergebenden, dem Großmütigsten.
Preis sei Dir, der Du der Geliebte aller bist, die Dich erkannt haben!

133

O Du, dessen Prüfungen denen zum Heilmittel werden, die Dir nahe sind; dessen Schwert alle heiß begehren, die Dich lieben, dessen Pfeil der teuerste Wunsch derer ist, die nach Dir sich sehnen, dessen Ratschluß die einzige Hoffnung derer ist, die Deine Wahrheit erkennen! Ich flehe Dich an, bei Deiner göttlichen Anmut, beim herrlichen Glanz Deines Angesichts, sende aus den Höhen Deiner Abgeschiedenheit auf uns hernieder, was uns Dir nahebringt. Festige sodann unsere Schritte in Deiner Sache, o mein Gott, erleuchte unsere Herzen mit dem Strahl Deiner Erkenntnis, und erfülle unsere Brust mit dem Glanz Deiner Namen.

134

Auf Dich, o mein Gott, richte ich mein Angesicht, auf die Wunder Deiner Gnade und die Offenbarungen Deiner Großmut setze ich meine Hoffnung. Ich bitte Dich: Laß mich nicht enttäuscht am Tore Deiner Barmherzigkeit umkehren und überlasse mich nicht solchen Deiner Geschöpfe, die Deine heilige Sache zurückweisen.
Ich bin, o mein Gott, Dein Diener und Deines Dieners Sohn. Ich habe in Deinen Tagen Deine Wahrheit erkannt, habe meine Schritte zu den Ufern Deiner Einzigkeit gelenkt, bekenne Deine Einmaligkeit, anerkenne Deine Einheit und hoffe auf Deine Vergebung und Verzeihung. Mächtig bist Du zu tun, was Du willst; es gibt keinen Gott außer Dir, dem Allherrlichen, dem Immervergebenden.

135

Preis sei Dir, o Herr mein Gott! Ich bezeuge, daß Du Gott bist und daß es keinen Gott gibt neben Dir. Du warst seit aller Ewigkeit unermeßlich erhaben über das Lob eines jeden außer Dir, hoch über der Beschreibung eines jeden Deiner Geschöpfe. Alles Erschaffene bezeugt Deine Einheit, alle Bewohner Deines Reiches bekennen Deine Einzigkeit. Die Selbstbewußten unter Deinen Geschöpfen können Dich mit dem Inbegriff ihres Begreifens niemals fassen, und Dein Volk kann niemals hoffen, mit den juwelengleichen Worten zu Deinem Lob und zu Deiner Verherrlichung in die Sphäre Deiner Heiligkeit emporzusteigen, ist doch der Menschen Auffassung von Dir nur die Auffassung Deiner Schöpfung; wie kann sie zu dir hinaufreichen? Und aller menschliche Lobpreis, alle Verherrlichung ist nur Deinen Dienern angemessen; wie könnten sie des Hofes Deiner Einzigkeit würdig erachtet werden?
Ich schwöre bei Deiner Herrlichkeit! Der Inbegriff der Erkenntnis ist machtlos, Dein Wesen zu verstehen, und die innerste Wirklichkeit jedes Lobpreises für Dich kann den Thronsitz Deiner großen Herrlichkeit und Deiner allbezwingenden Macht nicht erreichen. Jedes Wort, das Dich beschreiben will, und jede Erkenntnis, die Dich zu begreifen sucht, sind nur Ausdruck Deines eigenen Schaffens, von Deinem Willen erzeugt und Deiner Absicht gemäß gestaltet.
Ich flehe Dich an, o Du, der Du unerforschlich bist für alle außer Dir, unverständlich für alle außer Dir selbst, bei dem Unrecht, das Er, der Morgen Deiner heiligen Sache, von den Händen der Schändlichen unter Deinen Geschöpfen erduldet, und bei dem, was Ihn auf Deinem Pfade befällt: Gib, daß ich allezeit gänzlich in Dir aufgehe, meinen Blick auf den Horizont Deines Willens richte und beständig sei in Deiner Liebe.
Ich kehre mich Dir zu, o mein Herr, wie Du es mir in Deinem Buche befohlen, und wende mein Angesicht zum Horizonte Deiner Gnade, wie Du es mir auf Deinen Tafeln erlaubst. Verstoße mich nicht vom Tore Deiner Gunst, ich bitte Dich, und verzeichne für mich den Lohn dessen, der Deine Gegenwart erreicht und sich erhebt, Dir zu dienen, hingerissen von den Tropfen, die aus dem Meere Deiner Wohltaten in Deinen Tagen auf ihn sprühen, und von den Sonnenstrahlen Deiner Gaben, die bei der Offenbarung Deines leuchtenden Antlitzes auf ihn fallen.
Mächtig bist Du zu tun, was Dir gefällt. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Helfer in Gefahr, dem Selbstbestehenden.

136

Gepriesen sei Dein Name, o Herr mein Gott! Ich bin Dein Diener, der das Seil Deines zarten Erbarmens ergreift und sich an den Saum Deiner Gnadenfülle klammert. Ich flehe Dich an bei Deinem Namen, durch den Du alles Erschaffene, das Sichtbare und das Verborgene, unterworfen hast und durch den Du den Odem, der wahrhaft Leben ist, über die ganze Schöpfung wehen ließest: Stärke mich mit Deiner Macht, die Himmel und Erde umfaßt, und behüte mich vor aller Krankheit und Trübsal. Ich bezeuge, daß Du der Herr aller Namen bist, der Gebieter all dessen, was Dir gefällt. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Allmächtigen, dem Allwissenden, dem Allweisen.
Bestimme Du für mich, o mein Herr, was mir in allen Deinen Welten nützt. Versorge mich sodann mit dem, was Du für die Auserwählten Deiner Geschöpfe verzeichnet hast, die nichts abhalten kann, sich Dir zuzuwenden – weder der Vorwurf des Tadlers noch das Geschrei des Ungläubigen noch die Entfremdung derer, die sich von Dir zurückziehen.
In der Macht Deiner höchsten Herrschaft bist Du wahrlich der Helfer in Gefahr. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Allmächtigen, dem Gewaltigsten.

137

Verherrlicht bist Du, o mein Gott! Dank sei Dir, daß Du mich Ihn, den Morgen Deines Erbarmens, den Aufgangspunkt Deiner Gnade, den Verwahrungsort Deiner Sache, erkennen ließest. Ich flehe Dich an bei Deinem Namen, durch den die Angesichter der Dir Nahen weiß wurden A16 und die Herzen der Dir Ergebenen ihren Flug zu Dir erhoben, gib, daß ich mich in jeder Lage allezeit an Dein Seil klammere und mich von allen Bindungen außer der Deinen löse, daß ich meine Augen auf den Horizont Deiner Offenbarung richte und vollbringe, was Du mir auf Deinen Tafeln vorgeschrieben hast.
Schmücke mich, o mein Herr, innerlich wie äußerlich mit dem Gewande Deiner Gunst und Güte. Bewahre mich alsdann vor allem, was Du verabscheust, und hilf mir und meinen Verwandten gnädiglich, Dir zu gehorchen und alles zu meiden, was einen bösen oder verderbten Wunsch in mir erwecken könnte.
Du bist wahrlich der Herr der ganzen Menschheit, der Herr über diese und die zukünftige Welt. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Allwissenden, dem Allweisen.

138

O Gott, Du Gott aller Namen, Du Schöpfer der Himmel! Ich flehe Dich an bei Deinem Namen, durch den sich Er, der Morgen Deiner Macht und der Aufgangsort Deiner Kraft, offenbarte, durch den alles Feste gelöst, jeder Leichnam wieder belebt und jeder schweifende Geist gefestigt wird – ich flehe Dich an: Mache mich fähig, mich von aller Bindung außer an Dich zu befreien, Deiner Sache zu dienen, zu wünschen, was Du durch die Macht Deiner höchsten Herrschaft wünschest, und zu tun, was Dir wohlgefällt.
Sodann flehe ich Dich an, o mein Gott, mir zu bestimmen, was mich so reich macht, daß ich auf jeden außer Dir verzichten kann. Du siehst mich, o mein Gott, mein Angesicht Dir zugekehrt, meine Hände an das Seil Deiner Gnade geklammert. Erbarme Dich meiner und verfüge für mich, was Du für Deine Auserwählten verfügst. Mächtig bist Du zu tun, was Dir gefällt. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Immervergebenden, dem Gabenreichsten.

139

Preis sei Dir, o Du, der Du durch die Bewegung Deiner erhabensten Feder die Scharen Deiner Schöpfung unterwirfst, der Du mit den Worten, die Deine Zunge vor allen im Himmel und auf Erden spricht, die Perlen aus dem Meere Deiner Weisheit offenbarst. Ich bezeuge, daß Deine Macht das ganze Weltall umfaßt und Deine Barmherzigkeit alles Erschaffene übertrifft. Die Gewalten der Erde behaupten sich nicht gegen Dich, noch macht der Aufruhr der Völker Deinen Ratschluß zunichte. Du offenbarst in Deinem Reich, was Du durch die Macht Deiner Souveränität wünschest; Du regelst alles nach dem Wohlgefallen Deines Willens. Seit Ewigkeit wohnst Du in den erhabensten Höhen Deiner Herrschaft und Deiner unbegrenzten Souveränität, und bis in Ewigkeit wirst Du in der unzugänglichen Zurückgezogenheit Deiner Majestät und Herrlichkeit verbleiben.
Ich flehe Dich an bei Deinem Namen, durch den der Duft aus dem Gewande Deiner Gegenwart wehte und die Brisen Deiner großmütigen Gunst über alles Erschaffene strichen: Stehe mir in Deiner Gnade bei, Deiner heiligen Sache allezeit und in jeder Lage zu dienen, und befähige mich, Deiner zu gedenken und Deine Tugenden zu rühmen. So nimm mich denn in Deine allmächtigen Arme, o mein Gott, und bestimme mir, was Deiner Großmut in jeder Deiner Welten entspricht.
Du siehst, o mein Gott, wie ich mich dem Meere Deiner Gnade und dem angebeteten Heiligtum Deiner Gunst zuwende. Ich bitte Dich: Versage mir nicht die Tropfen, die aus dem Meere Deiner Gaben sprühen, und vorenthalte mir nicht, was die Wolken Deines zarten Erbarmens verströmen. Ich bin es, o mein Gott, der sich an den schimmernden Saum Deines Gewandes klammert und das starke Seil ergreift, das niemand zerreißen kann. Ich bezeuge, daß Du mich erschaffen und gepflegt, aufgezogen, ernährt und erhalten hast, damit ich Ihn, den Morgen Deiner Zeichen, den Offenbarer Deiner klaren Beweise, erkenne. Darum sei Dir mein höchster Dank, daß Du mich zu dieser hohen Stufe, zu diesem erhabensten Thronsitz aufsteigen lässest. Du bist wahrlich der Große Geber, der Allmächtige, der Allgütige, der Immervergebende, der Großmütigste.
Erleuchte meine Augen, o mein Herr, mit den Strahlen vom Horizonte Deiner Offenbarung, und erhelle mein Herz im Sonnenglanz Deiner Erkenntnis und Weisheit, so daß ich mich ganz Deinem Antlitz zuwende und mich von jeglicher Bindung außer der Deinen so löse, daß Wandel und Wechsel der Welt mich nicht abhalten können, Ihn zu erkennen, die Manifestation Deines Selbstes, den Enthüller Deiner Zeichen, den Morgen Deiner Offenbarung, die Schatzkammer Deiner heiligen Sache.
Du bist wahrlich der Allmächtige, der Beschützer, der Allherrliche, der Allweise.

140

Preis sei Dir, o mein Gott! Dein Diener bezeugt, daß niemand außer Dir Dich je in Worte kleiden, noch ein anderer als Du selbst Dich je beschreiben kann. Wer Deine Wirklichkeit erkennt, mag noch so hoch zum Himmel Deines Lobpreises aufsteigen, er kann doch niemals hoffen, mit seinen Gedanken die Grenzen zu überschreiten, die Dein Geheiß und Dein Ratschluß seinem Herzen gesetzt haben. Wie kann das Geschöpf, das wie nichts ist, Ihn verstehen, den Altehrwürdigen der Tage? Wie soll es ihm gelingen, das volle Maß Seiner Souveränität, Seiner Herrlichkeit, Seiner Größe zu beschreiben? Nein, Du selbst bezeugst es, Du Herrscher der Nationen! Alles Erschaffene erkennt seine Hilflosigkeit und die Kraft Deiner Macht, seine Niedrigkeit und Deine große Herrlichkeit.
Ich flehe Dich an bei Deinem Namen, der Letzte, der dasselbe ist wie Dein Name, der Erste, und bei Deiner Offenbarung, die wesensgleich ist mit Deiner Verborgenheit: Gib allen, die Dir teuer sind, samt ihren Kindern und Anverwandten die Kraft, Deine Reinheit unter Deinen Geschöpfen zu offenbaren und Deine Heiligkeit unter Deinen Dienern zu verkünden.
Du bist in Wahrheit mächtig zu tun, was Dir gefällt. Du bist wahrlich der Helfer in der Not, der Selbstbestehende.

141

Ich danke Dir, o mein Gott, daß Du mich auf Deinem Pfade zur Zielscheibe für die Pfeile Deiner Feinde machtest. Ich lobpreise Dich über alle Maßen, o Du Kenner des Sichtbaren und des Unsichtbaren, Du Herr allen Seins, daß Du mich wegen meiner Liebe zu Dir ins Gefängnis werfen und mich den Kelch des Leides in großen Zügen trinken ließest, damit ich Deine heilige Sache offenbare und Dein Wort verherrliche.
Welche meiner Trübsale soll ich vor Deinem Antlitz aufzählen, o mein Herr? Soll ich Dir berichten, was mir in längst vergangenen Tagen von den Händen der Frevler unter Deinen Geschöpfen widerfuhr, oder soll ich die Plagen beschreiben, die mich um Deines Wohlgefallens willen heute von allen Seiten umringen?
Dank sei Dir, o Du Herr aller Namen, und Ruhm sei Dir, o Du Schöpfer der Himmel, für alles, was ich in diesen Tagen erdulden muß unter den Händen solcher Deiner Diener, die sich gegen Dich versündigen, und solcher aus Deinem Volke, die widerspenstig gegen Dich sind.
Wir flehen Dich an: Zähle uns zu denen, die fest in Deiner heiligen Sache standen, bis ihre Seelen zuletzt ihren Flug in den Himmel Deiner Güte und die Sphären Deiner Gnade nahmen. Du bist wahrlich der Immervergebende, der Mitleidvollste.

142

Ruhm sei Dir, o mein Gott! Mein Angesicht ist Deinem Angesicht zugewandt, und wahrlich, mein Angesicht ist Dein Angesicht, mein Ruf ist Dein Ruf, meine Offenbarung ist Deine Offenbarung, mein Selbst ist Dein Selbst, meine Sache ist Deine heilige Sache, mein Gebot ist Dein Gebot, mein Wesen ist Dein Wesen, meine Souveränität ist Deine Souveränität, meine Herrlichkeit ist Deine Herrlichkeit und meine Macht ist Deine Macht.
Ich flehe Dich an, o Du Gestalter der Völker, Du König der Ewigkeit: Bewahre Deine Mägde im Heiligtum Deiner Reinheit und mache jene ihrer Taten ungeschehen, die Deiner Tage unwürdig sind. Läutere sie alsdann von jedem Zweifel und eitlen Wahn, o mein Gott, und heilige sie von allem, was ihrer Verwandtschaft mit Dir nicht entspricht, o Du Herr der Namen, Du Quell der Rede. Du bist Er, der die Zügel der ganzen Schöpfung in Händen hält.
Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Allmächtigen, dem Erhabensten, dem Allherrlichen, dem Selbstbestehenden.

143

Ruhm sei Dir, o mein Gott! Ich bitte Dich bei Deinem Namen, der Gnadenreichste: Beschütze Deine Knechte und Deine Mägde, wenn die Stürme der Heimsuchungen über sie hinbrausen und Deine mannigfachen Prüfungen sie anfallen. Befähige sie, o mein Gott, Schutz zu suchen in der Feste Deiner Liebe und Deiner Offenbarung, damit weder Deine Feinde über sie obsiegen noch die Frevler unter Deinen Dienern, die Deinen Bund brachen, Dein Testament verletzten und sich voll Verachtung abkehren vom Morgen Deines Wesens, vom Offenbarer Deiner Herrlichkeit.
Sie stehen wartend am Tore Deiner Gnade, o mein Herr. Öffne es vor ihren Augen mit den Schlüsseln Deiner großmütigen Gunstbeweise. Mächtig bist Du zu tun, was Du willst, und zu gebieten, was Dir gefällt. Sie sind es, o mein Herr, die den Blick auf Dich richten und sich Deinem Thronsitz zuwenden. So verfahre denn mit ihnen, wie es Deiner Barmherzigkeit entspricht, die alle Welten überragt.

144

O mein Gott und Meister! Ich bin Dein Diener und Deines Dieners Sohn. Zur Morgenstunde erhob ich mich von meinem Lager, da die Sonne Deiner Einheit aus der Dämmerröte Deines Willens emporstieg und ihren Strahlenglanz über die Welt ergoß, wie es in den Büchern Deines Gebotes bestimmt ist.
Preis sei Dir, o mein Gott, daß wir zur Herrlichkeit des Lichtes Deiner Erkenntnis erwacht sind. So sende nun nieder auf uns, o mein Herr, was uns fähig macht, jeden außer Dir zu entbehren, und was uns von jeglicher Bindung außer der Deinen befreit. Bestimme dazu mir und allen, die mir lieb sind, für meine Verwandten, Männer wie Frauen, das Gute dieser und der zukünftigen Welt. Bewahre uns sodann durch Deine unfehlbare Hut, o Du Geliebter aller Schöpfung, Du Sehnsucht des ganzen Weltalls, vor denen, die Du zu Sprechern des bösen Einflüsterers gemacht hast, die da flüstern in der Menschen Brust. Du hast die Macht zu tun nach Deinem Wohlgefallen. Du bist fürwahr der Allmächtige, der Helfer in Gefahr, der Selbstbestehende.
Segne Ihn, o Herr mein Gott, den Du über Deine vortrefflichsten Namen gesetzt hast, durch den Du die Frommen von den Gottlosen scheidest, und hilf uns gnädig zu tun, was Du liebst und wünschest. Segne, o mein Gott, auch sie, die Deine Worte und Deine Buchstaben sind, und jene, die ihr Angesicht auf Dich richten, sich Deinem Antlitz zuwenden und Deinem Rufe lauschen.
Du bist fürwahr der Herr und König aller Menschen und über alle Dinge mächtig.

145

O Gott, mein Gott! Sei Du nicht fern von mir, denn Trübsal auf Trübsal kommt über mich. O Gott, mein Gott! Laß mich nicht allein, denn schlimmstes Leid befällt mich. Tränke mich mit der lauteren Milch aus den Brüsten Deiner Gnade, denn der Durst verzehrt mich. Schirme mich im Flügelschatten Deiner Barmherzigkeit, denn alle meine Gegner fallen gemeinsam über mich her. Halte mich nahe dem Throne Deiner Majestät, Aug in Auge mit den offenbaren Zeichen Deiner Herrlichkeit, denn schreckliches Elend rührt mich an. Gib mir zu kosten von den Früchten des Baumes Deiner Ewigkeit, denn völlige Schwäche überwältigt mich. Reiche mir einen Trunk aus den Bechern der Freude, dargeboten von den Händen Deines zarten Erbarmens, denn tausendfach ergreifen Sorgen Besitz von mir. Kleide mich in das bestickte Gewand Deiner allmächtigen Souveränität, denn Armut hat mich ausgeplündert. Laß mich schlafen beim Wiegenlied der gurrenden Taube Deiner Ewigkeit, denn schwärzeste Not erdrückt mich. Vor dem Throne Deiner Einheit, im lohenden Licht Deines Antlitzes, laß mich verweilen, denn Furcht und Zittern haben mich niedergestreckt. Tief in das Meer Deiner Vergebung, angesichts des ruhelosen Leviathans des Ruhmes, versenke mich, denn meine Sünden haben mich verdammt.

146

Preis sei Dir, o Herr mein Gott! Ich bitte Dich bei Deinem Namen, durch den Er, Deine Schönheit, auf den Thron Deiner Sache gesetzt ist, bei Deinem Namen, durch den Du alles veränderst und alles versammelst, alles zur Rechenschaft ziehst und alles belohnst, alles bewahrst und alles erhältst – ich bitte Dich: Behüte Deine Dienerin, die sich in Deinen Schutz begibt und Zuflucht sucht bei Ihm, in dem Du selbst offenbar bist, und die all ihr Vertrauen und ihre Zuversicht in Dich setzt.
Sie ist krank, o mein Gott, und tritt in den Schatten des Baumes Deiner Heilung; sie leidet und flieht in die Stadt Deines Schutzes; sie ist krank und sucht den Urquell Deiner Gnade; sie ist tief betrübt und eilt zum unerschöpflichen Born Deiner Ruhe; sie ist mit Sünden beladen und richtet ihren Blick zum Hofe Deiner Vergebung.
Bei Deiner Allmacht und Deiner Gnade, o mein Gott, mein Geliebter, kleide sie in das Gewand Deines Trostes und Deiner Heilung. Laß sie tief aus dem Kelche Deines Erbarmens und Deiner Gunst trinken. Beschütze sie vor Schmerz und Pein, Kummer, Leid und allem, was Dir zuwider sein könnte.
Du bist fürwahr unermeßlich erhaben über alles außer Dir. Und Du bist wahrlich der Heiler, der Allgenügende, der Erhalter, der Immervergebende, der Allbarmherzige.

147

Du bist es, o mein Gott, der durch Seine Namen die Kranken heilt und die Leidenden wiederherstellt, der die Dürstenden tränkt und die Schmerzgequälten beruhigt, der die Verirrten führt und die Erniedrigten erhöht, der die Armen bereichert und die Unwissenden erleuchtet, der die Mühseligen erheitert und die Beladenen erfreut, der die Frierenden wärmt und die Unterdrückten aufrichtet. Durch Deinen Namen wurde alles Erschaffene aufgerüttelt, die Himmel wurden ausgebreitet, die Erde gegründet und die Wolken gebildet, auf die Erde herniederzuregnen. Dies ist wahrlich ein Zeichen Deiner Gnade für alle Deine Geschöpfe.
Darum flehe ich Dich an bei Deinem Namen, durch den Du Dein göttliches Wesen offenbartest und Deine Sache über alle Schöpfung erhobst, bei jedem Deiner erhabensten Titel und Deiner herrlichsten Eigenschaften, bei all Deinen Tugenden, derenthalben Dein alles überschreitendes, höchst erhabenes Wesen gepriesen wird: Sende heute nacht aus den Wolken Deines Erbarmens die Regenschauer Deiner Heilung herab auf diesen Säugling, den Du im Reiche Deiner Schöpfung Deinem allherrlichsten Selbste verbunden hast. Kleide ihn alsdann, o mein Gott, durch Deine Gnade mit dem Gewande des Wohls und der Gesundheit und bewahre ihn, o mein Geliebter, vor jeder Heimsuchung und Krankheit und vor allem, was Dir zuwider ist. Deine Macht ist wahrlich allem gewachsen. Du bist wahrhaftig der Mächtigste, der Selbstbestehende. Auch sende ihm, o mein Gott, das Gute dieser und der zukünftigen Welt und das Gute vergangener und künftiger Geschlechter. Fürwahr, Deine Macht und Deine Weisheit sind dazu imstande.

148

Ruhm sei Dir, o Herr mein Gott! Ich flehe Dich an bei Deinem Namen, durch den Du die Banner Deiner Führung hißtest, den Strahlenglanz Deiner Gnade ausgossest und die Allmacht Deiner Herrschaft kundtatest, durch den die Lampe Deiner Namen in der Nische Deiner Eigenschaften erschien und Er, das Heiligtum Deiner Einheit, der Offenbarer der Loslösung, hervorleuchtete, durch den die Wege Deiner Führung bekannt und die Pfade Deines Wohlgefallens vorgezeichnet sind; durch den die Grundmauern des Irrtums erschüttert und die Zeichen der Gottlosigkeit getilgt wurden; durch den die Quellen der Weisheit sprudelten und die himmlische Tafel herniederkam; durch den Du Deine Diener bewahrtest und ihnen Deine Heilung gewährtest; durch den Du Deinen Dienern Dein zärtliches Erbarmen erwiesest und Deinen Geschöpfen Deine Vergebung offenbartest – ich flehe Dich an: Nimm den in Deinen Schutz, der fest zu Dir hält und zu Dir zurückkehrt, der sich an Dein Erbarmen klammert und den Saum Deiner liebevollen Vorsehung ergreift. So sende denn Deine Heilung auf ihn nieder, lasse ihn genesen, schenke ihm Beständigkeit und Gelassenheit als Deiner Hoheit Gaben.
Du bist wahrlich der Heiler, der Erhalter, der Helfer, der Allmächtige, der Kraftvolle, der Allherrliche, der Allwissende.

149

Verherrlicht bist Du, o mein Gott! Ich preise Dich, daß Du mich befähigst, Dein Wort so zu enthüllen und Deine Beweise und Zeugnisse so zu offenbaren, daß jeder Beweis meinen Willen umkreist und jedes Zeugnis mein Wohlgefallen vollendet. Du siehst, o mein Herr, wie ich der Willkür Deiner Feinde ausgeliefert bin, die Deine Zeichen zurückweisen und Dein Zeugnis verwerfen, Deiner Schönheit den Rücken kehrend und entschlossen, Dein Blut zu vergießen. Ich flehe Dich an, o Du Herr aller Namen, bei Deinem Namen, durch den Du alles Erschaffene unterwirfst: Hilf Deinen Dienern und Deinen Geliebten, sich standhaft an Deine heilige Sache zu halten. Reiche ihnen den Trank, der ihre Herzen in Deinen Tagen belebt. Dazu verleihe ihnen die Fähigkeit, allezeit auf Dein Wohlgefallen zu schauen, o mein Herr, und Dir zu danken für die Zeichen Deines unwiderruflichen Ratschlusses. Dir gebührt wahrlich Lobpreis für alles, was Du in der Vergangenheit getan oder in der Zukunft tun wirst, und Dir gebührt Gehorsam in allem, was Du verlangt hast oder verlangen wirst, und Dir gebührt Liebe in allem, was Du gewünscht hast oder wünschen wirst. Du schaust auf Deine Lieben mit den Augen Deiner Gnade und schickst ihnen nur, was ihnen durch Deine Gunst und Deine Gaben Nutzen bringt.
Wir flehen Dich an, o Du, der Du die Wolke der Großmut und der Beistand der Betrübten bist: Hilf uns, Deiner zu gedenken, Deine heilige Sache zu verkünden und uns zu erheben, Dich zu unterstützen. Sind wir auch nichts als Schwäche, klammern wir uns doch an Deinen Namen, der Kraftvollste, der Allmächtige.
Segne die, o mein Gott, die fest zu Deiner Sache stehen und sich durch die Versuchungen der Frevler nicht abschrecken lassen, Deinem Antlitz sich zuzuwenden, die mit ganzem Herzen Deiner Gunst entgegeneilen, bis sie endlich aus Deinen freigebigen Händen in vollen Zügen das Wasser trinken, das in Wahrheit Leben ist.
Mächtig bist Du zu tun, was Dir gefällt. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Mächtigen, dem Großmütigsten.

150

Ich lobpreise Dich, o mein Gott, daß der Duft Deiner Gnade mich entzückt und die sanften Winde Deiner Barmherzigkeit mich zu Deinem Gabenstrome führen. Gib mir aus den Händen Deiner Freigebigkeit, o mein Herr, die Lebenswasser zu trinken, die jedem, der von ihnen kostet, die Fähigkeit verleihen, sich frei zu machen von der Bindung an andere als Dich, sich in die Sphären der Loslösung von allen Deinen Geschöpfen emporzuschwingen, den Blick fest auf Deine liebevolle Vorsehung und Deine mannigfachen Gaben gerichtet.
Mache mich in allen Lebenslagen bereit, o mein Herr, Dir zu dienen und mich dem angebeteten Heiligtum Deiner Offenbarung und Deiner Schönheit zuzuwenden. So es Dein Wunsch ist, laß mich wachsen als ein zartes Kraut auf den Auen Deiner Gunst und laß die zarten Winde Deines Willens mich strecken und beugen nach Deinem Wohlgefallen, so daß meine Bewegung wie meine Ruhe ganz und gar von Dir bestimmt ist.
Du bist Er, durch dessen Namen das Verborgene Geheimnis enthüllt, der Wohlverwahrte Namen offenbart und die Siegel des versiegelten Kelches erbrochen sind, so daß sein Duft sich über die ganze Schöpfung, die vergangene wie die künftige, verbreitet. Der Dürstende eilt, o mein Herr, an den Lebenswassern Deiner Gnade teilzuhaben, und das elende Geschöpf sehnt sich, im Meere Deines Reichtums unterzutauchen.
Ich schwöre bei Deiner Herrlichkeit, o Herr, Du Geliebter der Welt, Du Verlangen aller, die Dich erkennen! Ich leide schwer am Gram über meine Trennung von Dir in diesen Tagen, da die Sonne Deiner Gegenwart ihr Licht auf Dein Volk strahlt. So schreibe denn für mich den Lohn derer nieder, die auf Dein Antlitz blicken, mit Deiner Erlaubnis an den Hof Deines Thronsitzes zugelassen sind und Dir auf Dein Geheiß von Angesicht zu Angesicht gegenüberstehen.
Ich flehe Dich an, o mein Gott, bei Deinem Namen, dessen Glanz Erde und Himmel umfängt: Mache mich fähig, meinen Willen dem zu unterwerfen, was Du auf Deinen Tafeln geboten, so daß ich kein Verlangen mehr in mir finde, als was Du durch die Macht Deiner Souveränität begehrtest, und keinen Willen, als was Du durch Deinen Willen für mich bestimmtest.
Wohin soll ich mich wenden, o mein Gott, in meiner Ohnmacht, einen anderen Weg zu entdecken als den Weg, den Du Deinen Auserwählten vorgezeichnet hast? Alle Atome der Erde verkünden, daß Du Gott bist, und bezeugen, daß es keinen Gott gibt außer Dir. Seit Ewigkeit bist Du mächtig zu tun, was Du willst, und zu befehlen, was Dir gefällt.
Bestimme Du für mich, o mein Gott, was mich allezeit Dir näher bringt und mich befähigt, am Seile Deiner Gnade unerschütterlich festzuhalten, Deinen Namen zu verkünden und auf das zu schauen, was aus Deiner Feder strömt. Ich bin arm und verlassen, o mein Gott, Du aber bist der Allbesitzende, der Höchste. So habe denn Mitleid mit mir durch die Wunder Deiner Gnade und sende in jedem Augenblick meines Lebens auf mich jene Gaben hernieder, mit denen Du all Deinen Geschöpfen, die Deine Einheit erkennen, und Deinem ganzen Dir völlig ergebenen Volke die Herzen erfrischst.
Du bist wahrlich der Allmächtige, der Erhabenste, der Allwissende, der Allweise.

151

Verherrlicht bist Du, o mein Gebieter! Du siehst meine Trübsal und alles, was mir aus den Händen solcher Deiner Diener widerfuhr, die Umgang mit mir pflegen, aber nicht an Deine leuchtenden Zeichen glauben und Deiner strahlenden Schönheit den Rücken kehren. Ich schwöre bei Deiner Herrlichkeit! So schwer sind die Sorgen, die mich bedrücken, daß keine Feder in der ganzen Schöpfung sie zählen oder beschreiben kann.
Ich flehe Dich an, o Du König der Namen, Du Schöpfer von Erde und Himmel: Stehe mir bei mit Deiner stärkenden Gnade, damit nichts auf der Welt mich zu hindern vermag, Deiner zu gedenken, Dein Lob zu preisen oder zu befolgen, was Du mir auf Deinen Tafeln bestimmt hast, und damit ich mich aufmache, Dir so zu dienen, daß ich barhäuptig aus meiner Behausung eile, Deinen Namen laut inmitten Deiner Geschöpfe anrufe und Deine Tugenden unter Deinen Dienern verkünde. Denn wann immer ich Deinen Ratschluß erfülle und überbringe, was Du niedergeschrieben, umzingeln mich die Frevler unter Deinem Volke und behandeln mich auf Deinem Pfade, wie es ihnen gefällt.
In meiner Liebe zu Dir, o mein Herr, verlangt mein Herz nach Dir mit einer Sehnsucht, so groß, wie noch kein Herz sie je gekannt. Hier stehe ich, meinen Leib in Deinen Händen, meinen Geist vor Deinem Antlitz. Tu mit ihnen nach Deinem Gefallen, um Dein Wort zu erhöhen und zu offenbaren, was in den Schatzkammern Deines Wissens verwahrt ist.
Mächtig bist Du zu tun, was Du willst, und zu befehlen, was Dir gefällt.

152

Gelobt sei Dein Name, o mein Gott! Ich kann niemanden in Deinem Reich entdecken, der sich Dir geziemend zuzuwenden oder angemessen dem zu lauschen vermag, was aus dem Munde Deines Willens hervorgeht. Darum flehe ich Dich an, o Du Besitzer der ganzen Schöpfung, Du König im Reiche Deiner Erfindungskraft: Hilf gnädiglich Deinen Geschöpfen zu vollbringen, was Dir wohlgefällig und annehmbar ist, damit sie sich erheben, Deiner heiligen Sache unter Deinen Geschöpfen zu dienen und Deinen Lobpreis vor allen im Himmel und auf Erden zu verkünden.
Du bist Er, o mein Gott, dessen Großmut alle Dinge überragt, dessen Macht alle Dinge übersteigt und dessen Gnade alle Dinge umfängt. So schaue denn auf Dein Volk mit den Augen Deines zarten Erbarmens und überlasse es in Deinen Tagen nicht sich selbst und seinen verderbten Begierden. Wie weit sich die Menschen auch von Dir entfernen, wie kränkend sie sich auch von Deinem Antlitz abkehren, bist Du doch in Deinem Wesen der Großmütigste und in Deinem innersten Geiste der Allbarmherzige. Verfahre mit ihnen nach den noch nicht offenbarten Zeichen Deiner Großmut und Deiner Gaben. Du bist wahrlich Der, dessen kraftvolle Macht alle Dinge bezeugen und dessen allgewaltige Majestät die ganze Schöpfung bekundet.
Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Helfer in Gefahr, dem Selbstbestehenden.

153

O mein Gott, o Du, den ich anbete und verehre, der Du der Mächtigste bist! Ich bezeuge, daß kein Geschöpf Dich durch Beschreibung enthüllen, kein Wesen Dich durch Lobpreis darstellen kann. Kein Mensch auf der ganzen Welt hat die Fassungskraft und kein Volk den Verstand, um so, wie es Dir gebührt, Zutritt zum Hofe Deiner Heiligkeit zu erlangen oder Dein Geheimnis zu entwirren. Welche Sünde hält die Bewohner der Stadt Deiner Namen Deinem allherrlichen Horizonte fern und beraubt sie des Zugangs zu Deinem Größten Meere? Ein einziger Buchstabe Deines Buches ist die Urmutter aller Rede, ein Wort daraus ist der Vater der ganzen Schöpfung. Welchen Undank haben Dir Deine Diener erwiesen, daß Du sie ausnahmslos von Deiner Erkenntnis abhältst? Ein Tropfen aus dem Meere Deiner Barmherzigkeit genügt, der Hölle Flammen zu löschen, und ein Funken vom Feuer Deiner Liebe reicht aus, eine ganze Welt zu entfachen.
O Du, der Du der Allwissende bist! Gehen wir auch in die Irre, so klammern wir uns doch an Deine Großmut, und sind wir auch unwissend, so richten wir doch unseren Blick auf das Meer Deiner Weisheit. Du bist der Allgroßmütige, den auch ein Übermaß an Sünden nicht abhält, Seine Großmut zu gewähren, und der Seine Gaben auch dann nicht vorenthält, wenn alle Völker der Welt sich von Ihm zurückziehen. Weit offen steht seit Ewigkeit das Tor Deiner Gnade. Ein Tautropfen aus dem Meere Deiner Barmherzigkeit kann alle Dinge mit dem Schmuck der Heiligkeit krönen, ein Spritzer von den Wassern Deiner Großmut kann die ganze Schöpfung zu wahrem Reichtum führen.
Lüfte den Schleier nicht, o Du Verberger! Seit Ewigkeit ist das Weltall von den Beweisen Deiner Großmut umgeben, und der Strahlenglanz Deines Größten Namens ergießt sich über alles Erschaffene. Versage Deinen Dienern nicht die Wunder Deiner Gnade. Gib, daß sie Deiner gewahr sind, daß sie Deine Einheit bezeugen; mache sie fähig, Dich zu erkennen, so daß sie zu Dir eilen. Deine Barmherzigkeit umfängt die ganze Schöpfung, Deine Gnade durchdringt alles. Aus den Meereswogen Deiner Freigebigkeit erhoben sich die Brandungswellen des Eifers und der Begeisterung. Du bist, was Du bist. Alles außer Dir ist keiner Erwähnung wert, so es nicht unter Deinen Schatten tritt und Zugang zu Deinem Hofe gewinnt.
Was uns auch geschieht, wir flehen um Deine altehrwürdige Vergebung und suchen Deine alldurchdringende Gnade. Unsere Hoffnung ist, daß Du niemandem Deine Gnade verweigerst und keine Seele des Schmuckes der Gerechtigkeit beraubst. Du bist der König aller Großmut, der Herr aller Gnaden, erhaben über alle im Himmel und auf Erden.

154

Zerstreue meinen Kummer durch Deine Güte und Großmut, o Gott, mein Gott, und banne meinen Schmerz durch Deine Souveränität und Deine Macht. Du siehst, o mein Gott, wie ich Dir mein Angesicht zuwende zu einer Zeit, da Sorgen mich von allen Seiten umgeben. Ich flehe Dich an, o Du, der Du der Herr allen Seins bist und alles Sichtbare und Unsichtbare überschattest, bei Deinem Namen, durch den Du die Herzen und Seelen der Menschen beherrschest, bei den Meereswogen Deines Erbarmens und dem Sonnenglanz Deiner Großmut: Zähle mich zu denen, die nichts hindern kann, ihr Antlitz Dir zuzuwenden, Du Herr aller Namen und Schöpfer der Himmel!
Du siehst, o mein Herr, was mir in Deinen Tagen widerfuhr. Ich bitte Dich flehentlich bei Ihm, dem Morgen Deiner Namen, dem Aufgangsorte Deiner Eigenschaften: Bestimme mir, was mich aufstehen läßt, Dir zu dienen und Deine Tugenden zu preisen. Du bist wahrlich der Allmächtige, der Gewaltigste, der Du die Gebete aller Menschen erhörst!
Und bei dem Lichte Deines Angesichts bitte ich Dich endlich: Segne all mein Tun, tilge meine Schulden und befriedige meine Bedürfnisse. Du bist Der, dessen Macht und Herrschaft jede Zunge bezeugt, dessen Majestät und Souveränität jedes verstehende Herz erkennt. Es gibt keinen Gott außer Dir, der Du hörst und zur Antwort bereit bist.

155

Erschaffe in mir ein reines Herz, o mein Gott, und schenke mir wieder ein ruhiges Gewissen, o meine Hoffnung! Bestätige mich durch den Geist der Macht in Deiner Sache, o mein Vielgeliebter, und offenbare mir Deinen Pfad durch das Licht Deiner Herrlichkeit, o Du Ziel meiner Sehnsucht! Erhebe mich durch die Kraft Deiner höchsten Macht in den Himmel Deiner Heiligkeit, o Quell meines Seins, und erfreue mich mit den sanften Winden Deiner Ewigkeit, o Du, der Du mein Gott bist! Laß Deine ewigen Weisen Ruhe über mich strömen, o mein Gefährte, laß den Reichtum Deines urewigen Angesichts mich von allem außer Dir befreien, o mein Meister, und laß die Botschaft der Offenbarung Deines unzerstörbaren Wesens mir Freude bringen, o Du, der Du der Offenbarste des Offenbaren und der Verborgenste des Verborgenen bist!

156

Dich preise ich, o mein Gott, denn Du erwecktest mich aus dem Schlafe, Du ließest mich zurückkehren aus meinem Fernsein und wieder aufstehen aus meinem Schlummer. Beim Erwachen habe ich heute morgen mein Angesicht dem Sonnenglanz Deiner Offenbarung, der die Himmel Deiner Macht und Majestät erleuchtet, zugewandt. Ich bekenne mich zu Deinen Zeichen, ich glaube an Dein Buch und halte mich fest an Deinem Seile.
Ich bitte Dich bei der Macht Deines Willens und der bezwingenden Kraft Deines Ratschlusses: Mache, was Du mir im Schlafe offenbartest, zum sicheren Baugrund für die Wohnstätten Deiner Liebe in den Herzen Deiner Geliebten und zum vortrefflichsten Werkzeug für die Offenbarung der Zeichen Deiner Huld und Gnade.
Bestimme mir durch Deine erhabenste Feder, o mein Herr, was in dieser und in der zukünftigen Welt gut für mich ist. Ich bezeuge, daß Du aller Dinge Zügel fest im Griff hältst. Du änderst sie, wie es Dir gefällt. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Starken, dem Getreuen.
Du bist es, der durch Seinen Befehl Erniedrigung in Herrlichkeit, Schwäche in Kraft, Ohnmacht in Macht, Furcht in Ruhe und Zweifel in Gewißheit wandelt. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Mächtigen, dem Wohltätigen.
Du enttäuschest keinen, der Dich sucht, und hältst keinen zurück, der nach Dir sich sehnt. So bestimme denn für mich, was dem Himmel Deiner Freigebigkeit und dem Meere Deiner Großmut entspricht. Du bist wahrlich der Allmächtige, der Allgewaltige.

157

Mein Gott, dem ich diene und den ich anbete! Ich bezeuge Deine Einheit und Einzigkeit und anerkenne Deine Gnadengaben, die Du uns heute wie in vergangenen Tagen schenkest. Du bist der Allfreigebige, Du lässest Deines Erbarmens reichen Regen auf hoch und niedrig strömen und Deiner Gnade Glanz auf Gehorsame und Empörer strahlen.
O Du Gott der Barmherzigkeit, vor dessen Tor der Inbegriff des Erbarmens sich verneigt, dessen heilige Sache das innerste Wesen der Gnade umkreist! Wir rufen Deine altehrwürdige Gnade an, wir suchen Deine gegenwärtige Gunst und bitten Dich: Habe Mitleid mit allen Geschöpfen dieser Welt des Seins und versage ihnen in Deinen Tagen nicht die Ströme Deiner Gnade.
Alle sind arm und bedürftig, Du aber bist wahrlich der Allbesitzende, der Allbezwingende, der Allgewaltige.

158

In Deiner Obhut bin ich erwacht, o mein Gott, und wer Deine Obhut sucht, dem steht es an, in Deinem schützenden Heiligtum und in Deiner festen Burg zu bleiben. Erhelle, o mein Herr, mit dem strahlenden Morgenglanz Deiner Offenbarung mein inneres Sein, so wie Du mein äußeres Sein mit dem Frühlicht Deiner Gunst erleuchtet hast.

159

O mein Gott, Du Gott der Gnadenfülle und des Erbarmens! Du bist der König, durch dessen Befehl die ganze Schöpfung ins Dasein gerufen ist. Du bist der Allgroßmütige, den die Taten Seiner Diener niemals davon abhalten, Seine Gnade kundzutun und Seine Freigebigkeit zu offenbaren.
Ich flehe Dich an: Laß diesen Diener erreichen, was Ihn in jeder Deiner Welten Erlösung bringt. Du bist wahrlich der Allmächtige, der Gewaltigste, der Allwissende, der Allweise.

160

Mein Gott, Du meiner Anbetung und meiner Sehnsucht Ziel, Du Allgütiger, Mitleidvollster! Alles Leben kommt von Dir, und alle Gewalt ruht in Deiner Allmacht Griff. Wen immer Du erhebst, der ist über die Engel erhoben und erreicht die Stufe des »Wahrlich, Wir erhoben ihn zu hohem Rang«Q2, und wen Du erniedrigst, der wird niedriger denn Staub, nein, geringer als das Nichts.
O göttliche Vorsehung! Böse, sündig und haltlos wie wir sind, suchen wir dennoch bei Dir einen »Sitz der Wahrheit«Q3 und sehnen uns, das Antlitz des Allmächtigen Königs zu schauen. Dein ist der Befehl, Dein ist alle Herrschaft, und das Reich der Macht beugt sich vor Deinem Geheiß. Alles, was Du tust, ist reine Gerechtigkeit, nein, Inbegriff der Gnade. Ein Strahl vom Glanze Deines Namens, der Allbarmherzige, genügt, jede Spur von Sündhaftigkeit in der Welt zu tilgen, und ein Hauch der sanften Winde vom Tag Deiner Offenbarung reicht aus, die ganze Menschheit mit einem neuen Gewande zu schmücken.
O Allmächtiger, gewähre Deinen schwachen Geschöpfen Deine Stärke, und belebe die, so den Toten gleichen, daß sie zu Dir finden, zum Meere Deiner Führung gelangen und standhaft in Deiner Sache bleiben. Wird der Duft Deines Lobpreises in einer der Sprachen der Welt, des Ostens oder des Westens, verbreitet, dann wird diese Sprache wahrlich lieb und wert gehalten. Sind Sprachen aber dieses Wohlgeruchs beraubt, so sind sie in Worten oder Gedanken keiner Erwähnung wert.
Wir bitten Dich, o Vorsehung, zeige allen Menschen Deinen Weg und leite sie recht. Wahrlich, Du bist der Allmächtige, der Gewaltigste, der Allwissende, der Allsehende.

161

Preis sei Dir, o mein Gott, denn Du lenkst Deiner Diener Blick zur Rechten des Thrones Deiner Gaben; Du lässest sie sich lösen von allem außer Dir, Deine Souveränität erkennen und Deine Herrlichkeit bestätigen. Ich bezeuge die Macht Deiner heiligen Sache, den durchdringenden Einfluß Deines Ratschlusses, die Unabänderlichkeit Deines Willens, die Unendlichkeit Deines Zieles. Alles ist gefangen in Deinem machtvollen Griff; die ganze Schöpfung ist armselig und hilflos angesichts der Zeugnisse Deines Reichtums.
So verfahre denn, o mein Gott, mein Geliebter, mein höchstes Verlangen, mit Deinen Dienern und mit allen Deinen Geschöpfen, wie es Deiner Schönheit und Größe, Deiner Freigebigkeit und Großmut entspricht. Alle Welten ruhen in Deiner Gnade, und Deine Güte umschließt alle, die auf Erden und im Himmel wohnen. Wo ist der, welcher Dich anruft und dessen Gebet unerhört bleibt? Wo ist der, welcher nach Dir sich ausstreckt und dem Du Dich nicht näherst? Wo ist der, welcher von sich sagen kann, er richte seinen Blick auf Dich, doch das Auge Deiner Gnade schaue nicht auf ihn? Ich bezeuge, daß Du Dich Deinen Dienern zuwandtest, ehe sie sich Dir zukehrten, und daß Du ihrer gedachtest, ehe sie Deiner gedachten. Alle Gnade ist Dein, o Du, der das Reich göttlicher Gaben und den Quell jedes unwiderruflichen Befehls in Händen hält.
Darum, o mein Gott, sende auf alle, die Dich suchen, hernieder, was sie frei macht von allem, was Dir nicht zugehört, und was sie Dir näherbringt. Stehe ihnen bei mit Deiner Gnade, Dich zu lieben und sich Deinem Wohlgefallen zu fügen. Gib, daß sie geradeaus gehen auf dem Pfade Deiner heiligen Sache, dem Pfade, auf dem die Schritte der Zweifler in Deinem Volk und der Widerspenstigen unter Deinen Dienern straucheln. Du bist wahrlich der Allmächtige, der Allmachtvolle, der Größte.

162

Gepriesen und verherrlicht bist Du, o mein Gott! Ich flehe Dich an bei den Seufzern und Tränen derer, die Dich lieben und sich danach sehnen, Dich zu schauen: Versage mir in Deinen Tagen nicht Deine Gnadengaben und verwehre mir nicht, dem Liede der Taube zu lauschen, wenn sie im Lichte Deines Antlitzes Deine Einzigkeit preist. Ich bin im Elend, o Gott! Sieh, wie ich mich festhalte an Deinem Namen, der Allbesitzende. Ich habe den Untergang vor Augen; sieh, wie ich mich klammere an Deinen Namen, der Unvergängliche. Darum flehe ich Dich an, bei Deinem Selbst, dem erhabenen, dem höchsten: Überlasse mich nicht mir selbst und den Wünschen meiner verderbten Neigungen. Halte Du meine Hand mit der Hand Deiner Kraft, befreie mich aus den Abgründen meiner Launen und Wahngebilde und reinige mich von allem, was Dir zuwider ist.
Bewirke alsdann, daß ich mich ganz Dir zuwende, mein ganzes Vertrauen auf Dich setze, bei Dir Zuflucht suche und vor Dein Antlitz fliehe. Du bist wahrlich Der, welcher kraft Seiner Macht tut, was immer Er wünscht, und durch die Gewalt Seines Willens befiehlt, was Ihm gefällt. Niemand kann dem Walten Deines Ratschlusses widerstehen, niemand den Lauf Deiner Entscheidung ablenken. Du bist wahrhaftig der Allmächtige, der Allherrliche, der Großmütigste.

163

Gelobt sei Dein Name, o Herr mein Gott! Du siehst mich Dir zugewandt, mein Angesicht auf Deine Gnadengaben gerichtet. Ich flehe Dich an bei Deinem Namen, durch den Du alle, die Deine Einheit anerkennen, am Weine Deines Erbarmens teilhaben und alle Dir Nahen in großen Zügen von den Lebenswassern Deiner Güte trinken lässest: Mache mich völlig frei von leerem Wahn und führe mich zu Deiner Gnade, o Du Herr aller Welten.
Hilf mir gnädig, o mein Gott, in den Tagen der Manifestation Deiner Sache, in der Morgenröte Deiner Offenbarung die Schleier zu zerreißen, die mich hindern, Dich zu erkennen und in das Meer Deines Wissens unterzutauchen. Halte mich mit den Händen Deiner Macht und laß die Taube Deiner Einzigkeit mit ihren süßen Weisen mich so sehr entzücken, daß ich in der ganzen Schöpfung kein Angesicht mehr schaue denn das Deine, o Du Ziel meiner Sehnsucht, und in der sichtbaren Welt nichts mehr erkenne als die Beweise Deiner Macht, o Du Gott der Barmherzigkeit.
Ich bin nur ein elendes Geschöpf, o mein Herr, und Du bist der Allbesitzende, der Höchste; reine Schwäche bin ich, und Du bist der Allmächtige, der Höchste Gesetzgeber am Anfang wie am Ende. Vorenthalte mir nicht die Düfte Deiner Offenbarung, laß meine Hoffnung auf die Schauer aus dem Himmel Deiner Gaben nicht zuschanden werden. Verordne für mich, o mein Gott, das Gute dieser und der zukünftigen Welt, und verleihe mir, was mir in jeder Deiner Welten nützt; denn ich weiß nicht, was mir nützt oder schadet. Du bist wahrhaftig der Allwissende, der Allweise.
Und dann, o mein Gott, erbarme Dich Deiner Diener, die versunken sind im Meere böser Einflüsterungen, und befreie sie durch die Macht Deiner Souveränität, o Du Herr aller Namen und Eigenschaften! Du gebietest seit aller Ewigkeit, was Dir gefällt, und wirst immerdar der gleiche bleiben. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Ewigvergebenden, dem Gnadenreichsten.

164

O Gott, mein Gott! Ich habe mich aus meinem Hause begeben, das Seil Deiner Liebe fest in der Hand, und befehle mich ganz in Deine Obhut und in Deinen Schutz. Ich flehe Dich an bei Deiner Macht, mit der Du Deine Geliebten beschirmst vor den Widerspenstigen, vor den Verderbten, vor jedem anmaßenden Unterdrücker und jedem Frevler, der sich weit von Dir entfernt hat: Beschütze mich durch Deine Großmut und Deine Gnade. Laß mich durch Deine Macht und Deine Kraft wieder in mein Heim zurückkehren. Du bist wahrlich der Allmächtige, der Helfer in Gefahr, der Selbstbestehende.

165

Von den duftenden Strömen Deiner Ewigkeit gib mir zu trinken, o mein Gott, und laß mich die Früchte vom Baume Deines Wesens kosten, o meine Hoffnung! Aus den kristallenen Quellen Deiner Liebe laß mich trinken die Fülle, o meine Herrlichkeit, und wohnen im Schatten Deiner unvergänglichen Vorsehung, o mein Licht. Durch die Auen Deiner Nähe, in Deiner Gegenwart, laß mich schweifen, o mein Geliebter, und sitzen zur Rechten des Thrones Deines Erbarmens, o meine Sehnsucht! Laß von den duftenden Winden Deiner Freude einen Hauch über mich wehen, o mein Ziel, und gewähre mir Zutritt zu den Paradieseshöhen Deiner Wirklichkeit, o mein Angebeteter! Den Liedern der Taube Deiner Einzigkeit laß mich lauschen, o Du Strahlender, und durch den Geist Deiner Kraft und Macht belebe mich, o mein Versorger! Im Geiste Deiner Liebe laß standhaft mich bleiben, o mein Helfer, und laß fest mich schreiten auf dem Pfade Deines Wohlgefallens, o mein Schöpfer! Im Garten Deiner Unsterblichkeit, vor Deinem Antlitz, laß immerdar mich weilen, o Du, der Du barmherzig zu mir bist, und gründe mich fest auf dem Sitz Deiner Herrlichkeit, o Du mein Besitzer! Erhebe mich in den Himmel Deiner Güte, o mein Beleber, und geleite mich zur Sonne Deiner Führung, o Du, der Du mich anziehst! Bei den Offenbarungen Deines unsichtbaren Geistes laß mich zugegen sein, o Du mein Ursprung und mein höchster Wunsch, und zurückkehren zum duftenden Wesen Deiner Schönheit, das Du offenbaren willst, o Du, der Du mein Gott bist!
Du hast die Macht zu tun, was Dir gefällt. Du bist wahrlich der Erhabenste, der Allherrliche, der Allhöchste.

166

O Du, zu dessen Antlitz sich meine Anbetung erhebt! Deine Schönheit ist mein Heiligtum, Deine Wohnstatt mein Ziel, Dein Lobpreis meine Hoffnung, Deine Vorsehung mein Gefährte, Deine Liebe der Grund meines Seins, Dein Gedenken mein Trost, Deine Nähe mein Verlangen, Deine Gegenwart mein liebster Wunsch und meine höchste Sehnsucht. Darum bitte ich Dich flehentlich, versage mir nicht, was Du für die Erwählten unter Deinen Dienern bestimmt hast, und versorge mich mit allem Guten in dieser und der zukünftigen Welt.
Du bist fürwahr der König aller Menschen. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Immervergebenden, dem Großmütigsten.

167

O mein Gott! Dies ist Dein Diener und Deines Dieners Sohn, der an Dich und Deine Zeichen glaubt und Dir sein Angesicht zuwendet, völlig losgelöst von allem außer Dir. Du bist wahrlich der Barmherzigste aller Barmherzigen.
O Du, der Du den Menschen die Sünden vergibst und ihre Fehler verbirgst, verfahre mit ihm, wie es dem Himmel Deiner Freigebigkeit und dem Meere Deiner Gnade entspricht. Nimm ihn auf in das Reich Deines allüberragenden Erbarmens, das der Erschaffung von Erde und Himmel voranging. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Immervergebenden, dem Großmütigsten.
Der Betende wiederhole sodann sechsmal die Anrufung ›Alláh-u-Abhá‹ und alsdann jeden der folgenden Verse neunzehnmal:
Wahrlich, wir alle beten zu Gott.
Wahrlich, wir alle beugen uns vor Gott.
Wahrlich, wir alle sind demütig vor Gott.
Wahrlich, wir alle lobpreisen Gott.
Wahrlich, wir alle danken Gott.
Wahrlich, wir alle sind geduldig in Gott.
Beim Tod einer Frau sage der Betende:
»Dies ist Deine Magd und die Tochter Deiner Magd…«A17

168

O mein Herr! Laß Deine Schönheit meine Speise sein und Deine Gegenwart meinen Trank, Dein Wohlgefallen meine Hoffnung und Deinen Lobpreis meine Tat, das Gedenken Deiner meinen Gefährten und die Macht Deiner Herrschaft meinen Beistand, Deine Wohnstatt mein Heim und meine Wohnung einen Ort, den Du heiligst über die Grenzen, denen gesetzt, die wie durch einen Schleier von Dir getrennt sind.
Du bist wahrlich der Allmächtige, der Allherrliche, der Gewaltigste.

169

Preis sei Dir, o Herr mein Gott! Erniedrige ihn nicht, den Du kraft Deiner unvergänglichen Herrschaft erhobest, und weise ihn nicht zurück, den Du die Weihstatt Deiner Ewigkeit betreten ließest. Willst Du, o mein Gott, ihn verwerfen, den Du in den Schutz Deiner Herrschaft aufgenommen, und willst Du, o mein Verlangen, ihn von Dir weisen, der bei Dir Zuflucht suchte? Kannst Du erniedrigen, den Du aufgerichtet, oder vergessen, dem Du die Fähigkeit verliehest, Deiner zu gedenken?
Verherrlicht, unermeßlich verherrlicht bist Du! Seit aller Ewigkeit bist Du der König der ganzen Schöpfung und ihr Urheber, und immerdar wirst Du Herr und Gebieter alles Erschaffenen sein. Verherrlicht bist Du, o mein Gott! Wärest Du Deinen Dienern nicht länger gnädig, wer sollte ihnen dann Gnade erweisen? Und wenn Du Deinen Geliebten die Hilfe versagst, wer könnte ihnen dann beistehen?
Verherrlicht, unermeßlich verherrlicht bist Du! Du wirst angebetet in Deiner Wahrheit, und Dich, wahrlich, verehren wir alle. Du bist offenbar in Deiner Gerechtigkeit, und für Dich, fürwahr, legen wir alle Zeugnis ab. Du wirst wahrhaftig geliebt in Deiner Gnade. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Helfer in Gefahr, dem Selbstbestehenden.

170

Dein Name ist meine Heilung, o mein Gott, Dein Gedenken meine Arznei, Deine Nähe meine Hoffnung, und die Liebe zu Dir mein Gefährte. Dein Erbarmen ist meine Heilung und Hilfe in beiden Welten, in dieser und der künftigen. Du bist wahrlich der Allgütige, der Allwissende, der Allweise.

171

O mein Gott, mein Meister, Du Ziel meiner Sehnsucht. Dein Diener möchte schlafen im Schutze Deines Erbarmens und ruhen im Zelte Deiner Gnade. Er fleht um Deine sorgende Acht und Deinen Schutz.
Ich bitte Dich, o mein Herr, bei Deinem Auge, das nicht schläft: Behüte meine Augen, daß sie nichts schauen außer Dir. Schärfe alsdann ihren Blick, damit sie Deine Zeichen erkennen und den Horizont Deiner Offenbarung schauen. Du bist Der, vor dessen Offenbarungen der Allmacht alle Macht in ihrem Wesenskern erbebt.
Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Allmächtigen, dem Allbezwingenden, dem Unbedingten.

172

Wie kann ich den Schlaf suchen, o Gott, mein Gott, da die Augen derer, die sich nach Dir sehnen, keine Ruhe finden, weil sie von Dir getrennt sind, und wie kann ich mich zur Ruhe niederlegen, da Schmerz die Seelen Deiner Geliebten erfüllt, weil sie Deiner Gegenwart so fern sind?
Ich habe, o mein Herr, meinen Geist und all mein Sein in die rechte Hand Deiner Macht und Deines Schutzes gegeben. Durch Deine Kraft lege ich mein Haupt auf mein Kissen nieder und erhebe es wieder nach Deinem Willen und Wohlgefallen. Du bist in Wahrheit der Erhalter, der Bewahrer, der Allmächtige, der Allmachtvolle.
Bei Deiner Macht! Ob schlafend oder wachend, erbitte ich nur, was Du wünschest. Ich bin Dein Diener und in Deiner Hand. Hilf mir gnädig zu tun, was die Düfte Deines Wohlgefallens verbreitet. Das ist wahrlich meine Hoffnung und die Hoffnung derer, die sich Deiner Nähe erfreuen. Gelobt seiest Du, o Herr der Welten!

173

Mein Gott, mein Angebeteter, mein König, meine Sehnsucht! Welche Zunge könnte meinen Dank an Dich bekunden? Ich war achtlos, Du aber erwecktest mich. Ich hatte mich von Dir abgewandt, Du aber halfest mir gnädig, daß ich mich Dir wieder zukehrte. Ich glich einem Toten, Du aber belebtest mich mit dem Wasser des Lebens. Ich war wie verdorrt, Du aber erquicktest mich mit dem himmlischen Strom Deiner Worte, die sich aus der Feder des Allbarmherzigen ergossen.
O göttliche Vorsehung! Alles Dasein ist durch Deine Gnadenfülle erzeugt; beraube es nicht der Wasser Deiner Großmut und versage ihm nicht das Meer Deines Erbarmens. Ich bitte Dich flehentlich, stehe mir allezeit, in jeder Lage bei und hilf mir, da ich nach Deiner urewigen Gunst aus dem Himmel Deiner Gnade trachte. Du bist in Wahrheit der Herr der Großmut, der Herrscher im Reiche der Ewigkeit.

174

O Gott, mein Gott! Ich bitte Dich bei dem Weltmeer Deiner Heilung, bei Deiner Gnade Sonnenglanz, bei Deinem Namen, durch den Du Deine Diener beherrschest, bei der durchdringenden Kraft Deines heiligsten Wortes, bei der Macht Deiner erhabensten Feder und bei Deinem Erbarmen, das der Schöpfung aller im Himmel und auf Erden voranging, reinige mich mit den Wassern Deiner Großmut von allen Leiden und Gebrechen, von aller Schwäche und Kraftlosigkeit.
Du siehst, o mein Herr, Deinen Bittsteller am Tore Deiner Großmut harren, Du siehst ihn, der seine Hoffnungen auf Dich setzt, an das Seil Deiner Großmut geklammert. Versage ihm nicht, ich flehe Dich an, was er vom Meere Deiner Gnade und der Sonne Deiner Güte erbittet.
Mächtig bist Du zu tun, was Dir gefällt. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Immervergebenden, dem Großmütigsten.

175

Durch Deine Gnade, o mein Gott, habe ich mich heute morgen erhoben, ganz im Vertrauen auf Dich habe ich mein Haus verlassen und mich Deiner Obhut anbefohlen. Sende nun aus dem Himmel Deines Erbarmens Deinen Segen auf mich nieder und lasse mich wohlbehalten wieder heimkehren, wie Du mich ausziehen ließest unter Deinem Schutz, Deiner unentwegt gedenkend.
Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Einen, dem Unvergleichlichen, dem Allwissenden, dem Allweisen.

176

Preis sei Dir, der Du mein Gott bist und der Gott aller Menschen, Du meine Sehnsucht und die Sehnsucht aller, die Dich erkennen, Du mein Geliebter und der Geliebte derer, die Deine Einheit anerkennen, Du mein Angebeteter, angebetet von allen, die Dir nahe sind, Du mein Wunsch und der Wunsch der Dir ganz Ergebenen, Du meine Hoffnung und die Hoffnung aller, die ihr Herz an Dich hängen, Du meine Zuflucht und die Zuflucht aller, die zu Dir eilen, Du mein schützender Port und der schirmende Hafen aller, die zu Dir ziehen, Du mein Ziel und das Ziel aller, die sich Dir zubewegen, Du mein Anliegen und das Anliegen derer, die ihren Blick auf Dich richten, Du mein Paradies und das Paradies jener, die zu Dir emporsteigen, Du mein Leitstern und der Leitstern aller, die nach Dir sich sehnen, Du meine Freude und die Freude aller, die Dich lieben, Du mein Licht und das Licht aller, die irren und Dich um Vergebung bitten, Du mein Frohlocken und das Frohlocken aller, die Dein gedenken, Du meine feste Burg und die Feste aller, die zu Dir fliehen, Du mein Heiligtum und das Heiligtum aller, die Dich fürchten, Du mein Gebieter und der Gebieter über alle, die in den Himmeln und auf Erden wohnen!
Preis sei Dir, denn Du entrückst mich durch die Lieblichkeit Deiner Rede. Du richtest mich auf den Horizont, darüber die Sonne Deines Antlitzes strahlend erscheint. Du bewirkst, daß ich mich Dir zuwende zu einer Zeit, da die meisten Deiner Geschöpfe von Dir abgefallen sind.
Du bist Der, o mein Gott, der das Himmelstor mit dem Schlüssel Seines Namens, der Ewiggesegnete, der Allgewaltige, der Allherrliche, der Größte, aufschließt. Du rufst die ganze Menschheit zum Meere Deiner Gegenwart. Kaum erscholl Deine lieblichste Stimme, da regten sich all die Bewohner im Reiche der Namen und die himmlischen Heerscharen. Mit Deinem Ruf wehte der Duft aus dem Gewande Deiner Offenbarung über solche Deiner Geschöpfe, die Dich lieben, und über die aus Deinem Volke, die nach Dir sich sehnen. Sie erhoben sich und brachen eilends auf zum Meere der Begegnung mit Dir, zum Horizonte Deiner Schönheit, zum Heiligtum Deiner Offenbarung und Deiner Majestät, zur Weihstatt Deiner Gegenwart und Deiner Herrlichkeit. So trunken machte sie der Wein der Wiedervereinigung mit Dir, daß sie sich losrissen von jeder Bindung an das, was sie selbst und andere besaßen.
Das sind Deine Diener, welche die Unterdrücker mit all ihrer Überlegenheit nicht abschrecken können, die Augen auf das Heiligtum Deiner Majestät zu richten, und die Scharen der Tyrannei sind unfähig, sie das Fürchten zu lehren oder ihre Blicke vom Morgen Deiner Zeichen, vom Aufgangsort Deiner Beweise abzulenken.
Ich schwöre bei Deiner Herrlichkeit, o Du Herr allen Seins, Du Lichtspender für alles Sichtbare und alles Unsichtbare! Wer aus den Händen Deiner Freigebigkeit die Lebenswasser Deiner Liebe in Fülle trinkt, wird sich durch nichts, was Deinen Geschöpfen zugehört, von Dir abhalten lassen, noch ist er je verzagt, wenn sich auch alle Bewohner Deines Reiches weigern, Dich anzuerkennen. Mit lauter Stimme wird ein solcher Mensch vor allen im Himmel und auf Erden dem Volke künden, wie hoch das Meer Deiner Großmut wogt und wie hell die Gestirne am Firmament Deiner Gnadengaben strahlen.
Glücklich ist fürwahr der Mensch, der sich dem Heiligtum Deiner Gegenwart zuwendet und sich von allen Bindungen außer der Deinen freimacht. Wahrhaft erhaben ist, wer Deine Herrlichkeit bekennt und seine Augen auf die Sonne Deiner Gnade richtet. Mit Verstand begabt ist, wer um Deine Offenbarung weiß und Deine mannigfachen Beweise, Deine Zeichen und Zeugnisse anerkennt. Einsichtig ist, wer seine Augen vom Glanze Deines Antlitzes erleuchten läßt und Dich anerkennt, sobald Dein Ruf erhoben ist. Hörend ist, wer sich anleiten läßt, Deiner Rede zu lauschen und dem wogenden Meer Deines Wortes nahezukommen.
Sieh diesen Fremdling, o mein Herr, der eilends seine erhabenste Wohnstatt im Schutze Deiner schirmenden Barmherzigkeit aufsucht. Sieh diese leidende Seele auf das Meer Deiner Heilung schauen.
O Du mein Gott, der Du meine Seele entflammst! Blicke alsdann auf meine Tränen, meine Seufzer, meine Herzensnot und das Feuer, das mein ganzes Wesen verzehrt. Deine Herrlichkeit ist mein Zeuge, o Du Licht der Welt! So sehr entflammt mich das Feuer Deiner Liebe, das unaufhörlich in mir lodert, daß jedes Deiner Geschöpfe, das mir nahe kommt und mir sein inneres Ohr zuneigt, hören muß, wie es in meinen Adern braust.
So hingerissen bin ich von der Süße Deiner Rede, so trunken vom Weine Deines zarten Erbarmens, daß meine Stimme nie zum Schweigen kommen kann und meine flehenden Hände nicht davon ablassen, nach Dir sich zu recken. Du siehst, o mein Herr, meine Augen auf Deine Gnade gerichtet, meine Ohren zum Reiche Deiner Rede gewandt, meine Zunge gelöst, Dein Lob zu preisen, mein Gesicht Deinem Antlitz zugekehrt, das alles von Deinem Wort Erschaffene überdauert, und meine Hände ausgestreckt nach dem Himmel Deiner Gunst und Großmut.
Willst Du den Fremdling von Dir fernhalten, den Du zu seinem erhabensten Heim im Flügelschatten Deiner Gnade riefest? Willst Du das elende Geschöpf verwerfen, das zu den Meeresküsten Deines Reichtums eilt? Willst Du vor den Angesichtern Deiner Geschöpfe die Tür Deiner Gnade ins Schloß ziehen, nachdem Du sie kraft Deiner Macht und Souveränität geöffnet hast? Willst Du Deinem Volke die Augen verschließen, nachdem Du ihm doch befohlen hast, sich dem Morgen Deiner Schönheit, dem Aufgangsort Deines strahlenden Antlitzes zuzuwenden?
Nein, Deine Herrlichkeit ist mein Zeuge! Solches denke ich nicht von Dir, und auch nicht jene Deiner Diener, die Dir nahe sein dürfen, noch die Getreuen in Deinem Volke.
Du weißt, Du siehst, Du hörst, o mein Herr, wie ich vor jedem Baume bewegt bin, meine Stimme zu Dir zu erheben, und vor jedem Stein bin ich gezwungen, zu seufzen und zu klagen. War es bei meiner Erschaffung Deine Absicht, o mein Gott, mich mit Trübsal zu schlagen, oder mich zu befähigen, Deine Sache im Reiche Deiner Schöpfung zu offenbaren?
Du hörst mein Seufzen und Stöhnen, o mein Gott, Du siehst meine Machtlosigkeit, meine Armut, mein Elend, meine Leiden, meine Erbärmlichkeit. Ich schwöre bei Deiner Macht! So heftig weine ich, daß ich nicht mehr fähig bin, Deiner zu gedenken oder Dich zu preisen; so laut ist mein Schreien, daß jede trauernde Mutter um meinetwillen bestürzt ist und ihr eigenes Leid, ihre eigenen Seufzer vergißt.
Ich flehe Dich an, o mein Herr, bei Deiner Arche, welche die Gewalt Deines Willens und den kraftspendenden Einfluß Deiner Absicht offenbart, wie sie durch die Gewalt Deiner Macht über Land und Meer dahinsegelt: Ergreife mich nicht in meinen schweren Sünden und schlimmen Vergehen. Ich schwöre bei Deiner Herrlichkeit! Die Wasser Deiner barmherzigen Vergebung machen mich kühn, desgleichen Dein Umgang in längst vergangenen Zeiten mit den Aufrichtigen unter Deinen Erwählten und mit denen unter Deinen Boten, die Deine Einzigkeit verkünden.
Ich weiß es wohl, o mein Herr: So hingerissen bin ich bei den klaren Zeichen Deiner Gnade, so trunken vom Weine Deiner Worte, daß ich bei allem, was ich schaue, sogleich entdecke, wie es Dich mir zu erkennen gibt und mich an Deine Zeichen, Deine Beweise und Zeugnisse erinnert. Bei Deiner Herrlichkeit! Wann immer ich meine Augen zu Deinem Himmel erhebe, gedenke ich Deiner Hoheit und Erhabenheit, Deiner unvergleichlichen Herrlichkeit und Größe; und wann immer ich den Blick Deiner Erde zukehre, muß ich die Zeichen Deiner Macht und die Beweise Deiner Großmut erkennen. Sehe ich das Meer, so spricht es mir von Deiner Majestät, von der Gewalt Deiner Macht, von Deiner Souveränität, Deiner Größe. Und betrachte ich die Berge, so drängt es mich, die Fahnen Deines Sieges und die Banner Deiner Allmacht zu entdecken.
Ich schwöre bei Deiner Macht, o Du, der Du die Zügel der ganzen Menschheit und die Geschicke der Nationen in Händen hältst! Ich bin so entflammt in meiner Liebe zu Dir, so trunken vom Weine Deiner Einzigkeit, daß ich im Flüstern des Windes Deine Verherrlichung und Deinen Lobpreis klingen höre, im Gemurmel des Wassers die Stimme, die Deine Tugenden und Deine Eigenschaften kündet, und das Blätterrauschen lehrt mich die Geheimnisse, die Du in Deinem Reich unwiderruflich verordnet hast.
Verherrlicht seiest Du, o Du Gott aller Namen, Du Schöpfer der Himmel! Ich sage Dir Dank, daß Du Deinen Dienern diesen Tag verkündest, da der Strom des Lebens aus den Händen Deiner Gabenfülle fließt, da durch Deine Manifestation der Frühling Deiner Offenbarung und Deiner Gegenwart erscheint für alle, die in Deinem Himmel und auf Deiner Erde sind.
Heute ist der Tag, o mein Herr, dessen Glanz Du über die Sonne und ihren Glanz erhebst. Ich bezeuge, daß das Licht, das er vergießt, der leuchtenden Herrlichkeit Deines Antlitzes entspringt und vom Strahlenkranz des Morgens Deiner Offenbarung gezeugt ist. Heute ist der Tag, da die Verzweifelten mit dem Gewande des Vertrauens, die Kranken mit der Robe der Heilung bekleidet und die Armen zum Meere Deines Reichtums hingezogen sind.
Ich schwöre bei Deiner Schönheit, Du König der Ewigkeit, der Du thronest auf Deinem allherrlichen Throne! Er, der Morgen Deiner Zeichen, der Offenbarer Deiner deutlichen Beweise, bekennt trotz der Unermeßlichkeit Seiner Weisheit Seine Ohnmacht, das geringste Deiner Worte, bezogen auf Deine Erhabenste Feder, zu verstehen – um wieviel machtloser ist Er, die Natur Deines allherrlichen Selbstes und Deiner erhabensten Wesenheit zu begreifen!
Ich vermag mich auf keine Worte zu besinnen, o mein Gott, mit denen ich Deiner gedenken könnte, und weiß nicht, wie ich Dich in Worte kleiden, wie Dich preisen soll. Versuchte ich, Dich durch Namen zu beschreiben, so erkennte ich alsbald, daß das Reich dieser Namen selbst durch die Bewegung Deiner Finger erschaffen ist und in Furcht vor Dir zittert. Und wagte ich, Deine Eigenschaften zu preisen, müßte ich einräumen, daß diese Eigenschaften Deine Schöpfung sind und in Deinem Griff ruhen. Den Manifestationen dieser Namen und Eigenschaften kommt es nicht zu, vor dem Tore der Stadt Deiner Offenbarung zu stehen, geschweige denn, die Höhen zu ersteigen, auf denen Du den Thron Deiner Majestät errichtet hast.
Ich schwöre bei Deiner Macht, Du König der Namen, Du Gestalter der Himmel! Was mit dem Kleid der Worte geschmückt ward, ist nur Deine Schöpfung, in Deinem Reich geboren und durch Deinen Willen gezeugt. Deiner Hoheit ist es nicht wert, Deiner Würde nicht angemessen.
Und da nun dargetan ist, daß Dein allherrliches Selbst unermeßlich erhaben ist über alles, was in der Welt des Seins erschaffen ist, hoch über der Reichweite, dem Gesichtskreis, dem Verständnis Deiner Auserwählten und Deiner Geliebten, ist das Licht Deiner Einheit in seiner ganzen Pracht offenbar, und jedem Menschen, ob frei oder versklavt, wird klar, daß Du der Eine bist in Deinem eigenen Selbst, eins in Deiner heiligen Sache, eins in Deiner Offenbarung. Groß ist der Segen des Menschen, der sich in seiner Liebe zu Dir von jeder Bindung außer der Deinen befreit, zum Horizonte Deiner Offenbarung eilt und den Kelch erlangt, der nach Deinem Willen alle Meere der Erde übertrifft.
Ich bitte Dich, o mein Gott, bei Deiner Kraft und Deiner Macht und Deiner Herrschaft, die alle in Deinem Himmel und auf Deiner Erde umfaßt: Zeige Deinen Dienern diesen leuchtenden Weg und diesen Geraden Pfad, damit sie Deine Einheit und Einzigkeit mit einer Gewißheit bekennen, die weder der eitle Wahn der Zweifler schmälern noch der leere Trug der Widerspenstigen verdunkeln kann. Erleuchte, o mein Herr, die Augen Deiner Diener und erheitere ihr Herz mit dem Lichtglanz Deiner Erkenntnis, damit sie die Größe dieser erhabensten Stufe erfassen und diesen strahlenden Horizont erkennen, so daß die Menschen mit ihrem Geschrei sie nicht mehr davon abhalten, den Blick auf das strahlende Licht Deiner Einheit zu richten, noch sie hindern, ihr Angesicht dem Horizonte der Loslösung zuzuwenden.
Heute ist der Tag, o mein Herr, den Du der ganzen Menschheit angekündigt als den Tag, da Du Dich selbst offenbarest, Deinen Glanz verbreitest und hell über all Deinen Geschöpfen strahlest. Darüber hinaus hast Du mit allen Menschen in Deinen Büchern und Schriften, auf Deinen Rollen und Tafeln einen Bund geschlossen für Ihn, den Morgen Deiner Offenbarung, und hast den Bayán zum Herold bestimmt für diese Größte, Allherrliche Manifestation, diese strahlendste, erhabenste Erscheinung.
Und als der Horizont der Welt erleuchtet ward und Er, der Größte Namen, offenbart wurde, da zweifelten alle an Ihm und an Seinen Zeichen, ausgenommen die, welche die Süße Deiner Verherrlichung und Deines Lobpreises mit sich riß. Da befiel Ihn, was allen unbegreiflich bleiben muß außer Dir, dessen Wissen alle in Deinem Himmel und auf Deiner Erde übertrifft.
Du weißt es wohl, o mein Gott, daß der Offenbarer des BayánA18 der ganzen Menschheit Befehle gab, die Deine heilige Sache, Deine Offenbarung und Deine Souveränität betreffen. Er spricht, und süß ist Seine Rede: »Sorget, daß euch der Bayán und seine Buchstaben nicht von Ihm, dem Gnadenreichsten, und von Seiner Souveränität abhalten!« Und weiter schreibt Er: »Und wenn Er auch nur einen einzigen Vers hervorbringt, dürft ihr Ihn doch nicht leugnen. Eilet hin zu Ihm, damit Er auf euch herniederkommen läßt, was Ihm gefällt, zum Zeichen Seiner Gnade für euch. Er ist wahrlich der Besitzer Seiner Diener, der König der Schöpfung.«
So siehst Du, o Du Geliebter der Welt, Du Offenbarer des Größten Namens, wie Er gekommen ist mit dem Königreich Seiner Zeichen. Die Atome der Erde bezeugen, daß die ganze Welt von diesen Zeichen erfüllt ist. Und doch, trotz dieser klarsten, dieser allherrlichen Offenbarung, trotz dieser Zeichen, die niemand bewerten kann als Du, o Du König der Namen, siehst Du, wie sie von Ihm, dem Morgen Deines Wesens, abfallen und an Ihm, dem Urquell Deiner Weisheit und Deines Wortes, nörgeln. So ergriffen waren sie vom Durst nach Ruhm, daß sie Deine Beweise, Deine Zeugnisse und Deine Zeichen verwarfen, wo doch jeder Einsichtige sie in allem erkennt, was Deine Größe und Souveränität bezeugt und Deine Offenbarung und Deine Macht anerkennt. So schlimm verleumden sie Ihn, daß es die Bewohner des allherrlichen Heiligtums und die Scharen der Höhe zum Weinen bringt, so schlimm schneiden sie Ihm die Ehre ab, daß die Seelen Deiner Erwählten und die Herzen aller, die Dir teuer sind, dahinschmelzen. So schmerzlich irren sie, daß sie Deine strahlendsten Zeichen von sich werfen, fest an ihren eitlen Trug geklammert, o Du Besitzer der Namen, Du Herr des Thrones in der Höhe und hienieden auf Erden.
Du, o mein Gott, Du Frohlocken meines Herzens, schmücktest Deine Tafel, deren niemand außer Dir gewahr ist, mit der Verkündigung dieses Tages, benannt mit Deinem Namen, damit keiner an diesem Tage zu sehen ist außer Deinem erhabensten Selbst und an nichts gedacht wird außer an Dein beglückendes Gedenken.
Kaum hatte Er sich offenbart, da erzitterten und erbebten die Geschlechter der Erde in ihren Grundfesten, die Gelehrten wurden ohnmächtig und die Weisen bestürzt, ausgenommen die, welche durch die Kraft Deiner Macht Dir nahekommen, aus der Hand Deiner Gnade den erlesenen Wein Deiner Offenbarung empfangen, in Deinem Namen trinken und rufen: »Gelobt seiest Du, o Du Sehnsucht der Welten! Preis sei Dir, o Du Frohlocken der Herzen aller, die nach Dir lechzen!«
Mein Gott, mein Meister, meine höchste Hoffnung, Du Ziel meiner Sehnsucht! Du siehst und hörst diesen Unterdrückten seufzen in diesem dunklen Schacht, erbaut aus dem leeren Trug Deiner Feinde, in diesem schwarzen Loch, gegraben durch den eitlen Wahn der Frevler unter Deinen Geschöpfen. Bei Deiner Schönheit, o Du, dessen Herrlichkeit den Augen der Menschen enthüllt ist! Ich bin nicht ungeduldig unter den Schmerzen, die mich in meiner Liebe zu Dir anrühren, noch in dem Elend, das ich auf Deinem Pfad erdulde. Nein, ich habe dies alles durch Deine Kraft für mich erwählt und rühme mich dessen unter denen Deiner Geschöpfe, die Dir nahe sein dürfen, und unter solchen Deiner Diener, die Dir völlig ergeben sind.
Dennoch flehe ich Dich an, o Du Erleuchter der Welt, Du Herr der Völker, in diesem Augenblick, da ich mich mit hoffenden Händen an den Saum des Gewandes Deiner Gnade und Großmut klammere: Vergib Deinen Dienern, die sich in die Sphären Deiner Nähe aufschwingen, die ihre Angesichter dem strahlenden Lichte Deines Antlitzes zuwenden, sich ganz dem Horizonte Deines Wohlgefallens zukehren, dem Meere Deiner Barmherzigkeit nahen, ihr Leben lang Deinen Lobpreis verkünden und entflammt sind vom Feuer ihrer Liebe zu Dir. Verfüge für sie, o Herr mein Gott, vor und nach ihrem Tode, was Deiner erhabenen Großmut und Deiner überragenden Gnade entspricht.
Gib, o mein Herr, daß die zu Dir Emporgestiegenen Zuflucht finden bei Ihm, dem erhabensten Gefährten, und im Schatten des Königszeltes Deiner Erhabenheit und des Heiligtums Deiner Herrlichkeit wohnen. Benetze sie, o mein Herr, aus dem Meere Deiner Vergebung mit dem, was sie würdig macht, in Deinem erhabensten Reich und Deinem allhöchsten Hoheitsgebiet zu weilen, solange Deine unumschränkte Herrschaft währt. Mächtig bist Du zu tun, was Dir gefällt.
O mein Herr! Versage Deinen Geliebten nicht die süßen Düfte dieses Tages, an dem die Geheimnisse Deines Namens, der Selbstbestehende, enthüllt wurden und alles, was in der Schatzkammer Deiner Weisheit verborgen ruhte, ans Licht gebracht ward. Heute ist der Tag, o mein Herr, da jedes Atom der Erde erbebt und ausruft: »O Du Offenbarer der Zeichen, Du König der Schöpfung! Wahrlich, ich spüre den Duft Deiner Gegenwart. Mich deucht, Du hast Dich offenbart und das Tor der Wiedervereinigung aufgetan vor allen in Deinem Himmel und auf Deiner Erde. Der Duft Deines Gewandes, o mein Herr, macht mich gewiß, daß die Welt durch Deine Gegenwart geehrt wird und den süßen Hauch Deiner Begegnung atmet. Doch kenne ich nicht den Ort, o Du Geliebter der Welt, Du Verlangen der Völker, wo der Thron Deiner Majestät errichtet ist, noch den Platz, der zu Deinem Fußschemel erkoren ist und im Lichtglanz Deines Antlitzes leuchtet.«
Ich schwöre bei Deiner Herrlichkeit, o Du Herr allen Seins, Du Besitzer des Sichtbaren wie des Unsichtbaren! Jeder Verständige ist vor Deiner Erkenntnis so verwirrt, jeder Einsichtige ist bei dem Versuch, die Zeichen Deiner großen Herrlichkeit zu ergründen, so bestürzt, daß sie alle ihre Unfähigkeit eingestehen, den Himmel zu schauen und sich zu dem Himmel emporzuschwingen, von dem einer der offenbaren Sterne Deiner Erkenntnis, eine der Morgenröten Deiner Weisheit herniederstrahlt. Wer könnte diese erhabenste Stufe, diesen herrlichsten Thron angemessen schildern – den Thron, der nach Deinem Ratschluß das Verständnis Deiner Geschöpfe und die Zeugnisse Deiner Diener überragt, den Thron, der ewig dem Verständnis und dem Wissen der Menschen verborgen ist, verschlossen mit dem Siegel Deines Namens, der Selbstbestehende.
Ich schwöre bei Deiner Herrlichkeit und Deiner Souveränität, welche die Königreiche der Erde und des Himmels überschatten! Wollte einer Deiner Auserwählten oder Deiner Botschafter sich versenken in die mannigfachen Zeugnisse Deiner erhabensten Feder, bewegt von den Fingern Deines Willens, wollte er nachsinnen über die Geheimnisse dieser Feder, über ihre Merkmale und alles, was sie aufzeigt – er wäre so verwirrt, daß seine Zunge Dich nicht länger preisen und beschreiben, sein Herz Dich nicht mehr verstehen könnte; denn einmal entdeckte er, daß dieser Feder das wahre Lebenswasser für alles Erschaffene entströmt und daß Du selbst diese Feder die Posaune nennst, durch welche die Toten aus ihren Gräbern eilen. Ein andermal sähe er von dieser Feder ein Feuer ausgehen, wie es Deine Offenbarung entzünden kann und wie Er, der auf dem Sinai mit Dir sprachA19, es gewahrte.
Wie wundersam sind also die mannigfachen Zeichen Deiner Macht, wie groß die vielfältigen Zeugnisse Deiner Gewalt! Die Gelehrten alle gestehen ihre Unwissenheit, wenn sie dem strahlenden Lichtquell Deiner Erkenntnis gegenüberstehen. Alle Mächtigen bekennen ihre Ohnmacht angesichts des wogenden Meeres Deiner Macht. Die Reichen bestätigen allesamt ihre Armut vor dem Gabenstrom aus den Schatzkammern Deines Reichtums. Die Weltweisen erkennen ihre Nichtigkeit vor dem Strahlenglanz Deiner Schönheit. Alle Fürsten bezeugen ihre Erniedrigung angesichts der Sonnenstrahlen Deiner Herrlichkeit, und alle Amtsträger bekunden ihre eigene Vergänglichkeit und die Vergänglichkeit anderer; sie entdecken die Ewigkeit Deiner Majestät, Deiner Souveränität, Deiner Erhabenheit und Deiner Macht.
Mein Gott, Du Gott über alles, mein König, Du König über alles, Du Geliebter meiner Seele, Du Ziel meiner Sehnsucht! Du weißt es wohl, daß ich an diesem Tage Dein gedenke im Namen von Geschöpfen, die sich von allem außer Dir loslösen, und daß ich Deine Tugenden preise mit den Zungen derer aus Deinem Volke, die Deine Einzigkeit erkennen, damit ihren Seufzern aus Liebe zu Dir und Verlangen nach Dir eine Kraft entströme, die alles wegschmilzt, was Deine Diener hindert, ihre Angesichter auf den Himmel Deiner Erkenntnis und das Königreich Deiner Zeichen zu richten.
So ist, o mein Gott, Du Gott aller Namen, Du Schöpfer von Erde und Himmel, heute der Tag, da Er Dich anruft, dessen Herz im flammenden Feuer Deiner Gegenwart glüht. Wo ist Trennung von Dir zu finden, o mein Gott, so daß die Wiedervereinigung mit Dir klar erkennbar werde im aufgehenden Lichte Deiner Einheit und bei der Offenbarung der Sonnenstrahlen Deiner Einzigkeit? Ich bitte Dich um Vergebung, o mein Gott, für alles, was gesagt wurde, was in Deinen Tagen aus meiner Feder floß und noch fließt. Du hast bestimmt, ich bezeuge es, daß es mir nicht zukommt, Dir Gebete darzubringen, sondern Ihm, der auf Deinen Befehl und im Einklang mit Deinem Wohlgefallen mir vorangegangen ist. Vielmehr hast Du verfügt, daß die Offenbarung von Versen das besondere Kennzeichen sei für diese machtvolle Manifestation und für diese Verkündigung, den Schmuck der Schriftrollen Deiner Majestät und Deiner Tafel, auf der die Abrechnung verzeichnet ist.
O Du, der Du Dein Feuer in meiner Seele entfachtest und Deine Lichtstrahlen mir ins Herz warfest! Ich danke Dir, daß Du Deine Diener lehrst, wie sie Dich anrufen sollen, und daß Du ihnen offenbarst, wie sie zu Dir flehen sollen mit Deiner heiligsten, erhabensten Zunge, Deiner erlauchtesten, hehrsten Sprache. Wer könnte ohne Deine Erlaubnis wagen, Deine Macht und Deine Größe in Worte zu kleiden, und wer könnte ohne Deine Anleitung die Pfade Deines Wohlgefallens im Reiche Deiner Schöpfung entdecken?
Ich flehe Dich an, o Du Gott der Gabenfülle, Du König alles Erschaffenen: Bewahre Deine Diener vor dem Trug, den ihre Herzen ersinnen. Alsdann erhebe sie zu solchen Höhen, daß ihre Füße nicht straucheln vor den Zeugnissen Deines Wirkens, angeordnet von den vielfältigen Erfordernissen Deiner Weisheit, geheimnisvoll verborgen vor den Blicken Deines Volkes und Deiner Geschöpfe. Halte sie nicht fern vom Meere Deiner Erkenntnis, o mein Herr, noch beraube sie der Gaben, die Du denen unter Deinen Erwählten bestimmtest, die nahen Zugang zu Dir haben, und denen unter Deinen Vertrauten, die Dir völlig ergeben sind. Gib ihnen aus dem Meere Deiner Gewißheit, was die Unruhe ihrer Herzen stillt. Wende Du, o Herr mein Gott, das Dunkel ihres Wahns in strahlende Gewißheit. Laß sie aufbrechen und unbeirrt auf Deinem geraden Pfade wandeln, damit Dein Buch sie nicht hindere, seinen Offenbarer zu erkennen, und Deine Namen sie nicht abhalten, Den anzuerkennen, der ihr Schöpfer ist, ihr Versorger, ihr Ursprung, ihr König, ihr Erzeuger und ihr Vernichter, ihr Verherrlicher und ihr Erniedriger, ihr Gebieter, der souveräne Beschützer ihrer Amtsträger.
Du bist Der, o mein Gott und mein Herrscher, der Sein Buch herniedersandte, damit Du meine Sache offenbarest und mein Wort verherrlichest. Dadurch gingst Du um meinetwillen einen Bund mit allen ein, die in Deinem Reich erschaffen sind. Du siehst, o Du Geliebter der Welt, wie die Aufrührer unter Deinen Geschöpfen aus diesem Bund ein Schanzwerk für sich selbst machen, wie sie sich dadurch vor Deiner Schönheit zurückziehen und Deine Zeichen leugnen.
Du bist es, o mein Gott, der ihnen in Seinem großen Buche befiehlt und sagt: »Fürchtet den Gnadenreichsten, o Volk des Bayán, und leugnet nicht Ihn, für den ich den Bayán als eines der Blätter Seines Paradieses bestimmt habe. Wahrlich, ich betrachte den Bayán als eine meiner Gaben für Ihn. Gefällt es Ihm, ihn anzunehmen, so ist Er wahrlich der Großmütigste; wirft Er ihn beiseite und weigert Er sich, ihn anzusehen, so ist Sein Urteil gerecht, denn Er ist wahrlich zu rühmen in Seinen Taten, und Seinem Geheiß gebührt Gehorsam. Niemandem ist das Recht gegeben, an Ihm zu nörgeln.«
So siehst Du, o mein Gott, diesen Unterdrückten in den Händen von Menschen, die Dein Recht leugnen und sich Deiner Souveränität entziehen. Dein Beweis umkreist seine Person, Dein Zeugnis ruft in seinem Namen und kraft seiner Souveränität alles Erschaffene auf, und doch leidet er in seinen Tagen schmerzlicher, als eine Feder es schildern kann; er wird so gequält, daß Er, Dein GeistA20, klagt und daß alle Bürger Deines Reiches, alle Bewohner Deines Heiligtums in den Gefilden der Höhe weinen mit großer, bitterer Wehklage.
Neigte jemand sein inneres Ohr, er hörte das Weinen und Klagen alles Erschaffenen über das, was den Unterdrückten der Welt unter den Händen derer trifft, mit denen Du am Tage der Trennung Deinen Bund geschlossen hast. Wo ist die ehrliche Seele, o mein Gott, die Deine heilige Sache gerecht beurteilen wird? Wo ist der Einsichtige, der Dich mit Deinen Augen sehen wird? Gibt es einen Hörer, der Dich mit Deinen Ohren hören, oder einen Beredsamen, der in Deinen Tagen die Wahrheit verkünden wird?
Ich schwöre bei Deiner Herrlichkeit, o Du, der Du von Deinem allherrlichen Horizonte auf mich schaust und die Stimme des Lotosbaumes hörest, über den kein Weg hinausführt! Dächte jemand nach über Deine Bücher, die Du den Bayán nanntest, und erwöge er im Herzen, was darin enthüllt ist, so entdeckte er, daß jedes dieser Bücher meine Offenbarung anzeigt, meinen Namen kundgibt, mein Selbst bezeugt, meine Sache, mein Lob, meinen Aufstieg und den Strahlenglanz meiner Herrlichkeit verkündet. Und doch, trotz Deiner Verkündigung, o mein Gott, trotz der Worte, die Du sprachest, o mein Geliebter, siehst und hörst Du ihre Verleumdungen gegen mich und ihre Missetaten in meinen Tagen.
Ich bezeuge in meiner gegenwärtigen Lage, o mein Herr, gegen den Willen dessen, der Dir den Rücken kehrtA21, daß Du Gott bist und daß es keinen Gott gibt außer Dir. Heute ist wahrlich der Tag, mit dem Deine Schriften, Deine Bücher und Deine Tafeln geschmückt sind. Und Der hier spricht, ist in Wahrheit der Wohlbehütete Schatz, das Verborgene Geheimnis, die Verwahrte Tafel, das Undurchdringliche Mysterium, das Versiegelte Buch. Ihm muß wahrlich gehorcht werden in allem, was Er befiehlt, verfügt und offenbart. Er muß geliebt werden in allem, was Er kraft Seiner Souveränität bestimmt und durch Seine Macht gebietet. Wer zögert, und sei es nur einen Augenblick, der leugnet Dein Recht und verwirft alles, was Du in Deinen Büchern und Deinen Schriften offenbartest, alles, was Du mit Deinen Auserwählten, Deinen Propheten, Deinen Boten und den Treuhändern Deiner Offenbarung herniedersandtest.
Ich bitte Dich, o Du, der Du die Reiche der Erde und des Himmels in Händen hältst, der Du alle im Griff hast, die in den Gebieten Deiner Offenbarung und Deiner Schöpfung wohnen: Versage den Lichtblick Deiner Gunstbezeigungen nicht denen, die auf Deinem Pfade Trübsal ertragen, die in ihrer Liebe zu Dir den Kelch des Leides leeren, die in Deinem Namen ins Gefängnis geworfen sind und erdulden, was noch keines Deiner Geschöpfe und noch niemand aus Deinem Volk erduldete. Sie sind Deine Diener, o mein Herr, die Dir antworten, kaum daß Du Deinen Ruf ergehen ließest, die ihre Angesichter auf Dich richten, nachdem das Licht Deines Antlitzes auf sie fiel, die Dir sich zuwenden zu der Zeit, da Dein erhabenster Horizont erstrahlt im Glanz Deines Namens, der alle in Deinem Himmel und auf Deiner Erde ohnmächtig werden ließ. Bestimme für sie, o mein Herr, was Du für Deine Auserwählten bestimmtest, welche aus Liebe zu Dir die Pfeile der Ungläubigen in Deiner Sache freudig begrüßen, die eilends ins Morgenrot der Trübsal zu gelangen suchen, Deinen Namen auf den Lippen und Dein Gedenken im Herzen. Du, o mein Gott, hast mit Deinen deutlichen Worten versprochen, ihrer in Deinem Buche zu gedenken, als Lohn für ihre Werke in Deinen Tagen.
Segne sie, o mein Gott, und miß ihnen die Herrlichkeit bei, die über dem Horizonte Deines Willens emporleuchtet und ihre Strahlen aus dem Reich Deines Wortes ergießt. Tauche sie ein, o mein Herr, in das Meer Deiner Gnade und erleuchte sie mit dem Morgenlicht Deiner Offenbarung. Alsdann vergib durch Deine Gunst, Deine Großmut und Dein sanftes Erbarmen ihren Vätern und ihren Müttern. Sende hernieder auf sie von der rechten Hand Deines erhabensten Paradieses den Duft des Gewandes Deiner allherrlichen Schönheit. Mächtig bist Du zu tun, was Dir gefällt. Du bist wahrlich der Herrscher, der Gebieter, der Allgroßmütige, der Immervergebende, der Gnadenreichste.
Preis sei Dir, o Du Geliebter der Welt, angebetet von den Herzen aller, die Dich erkennen.

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Ich flehe Dich an, o mein Gott, bei Deinem mächtigen Zeichen und bei der Enthüllung Deiner Huld unter den Menschen: Weise mich nicht ab vom Tore zur Stadt Deiner Gegenwart und enttäusche nicht die Hoffnungen, die ich in die Offenbarungen Deiner Gnade unter Deinen Geschöpfen setze. Du siehst mich, o mein Gott, an Deinem Namen festhalten, dem Heiligsten, dem Strahlendsten, dem Mächtigsten, dem Größten, dem Höchsten, dem Herrlichsten, und mich klammern an den Saum Deines Gewandes, daran sich alle halten in dieser und der zukünftigen Welt.
Ich flehe Dich an, o mein Gott, bei Deiner lieblichen Stimme und bei Deinem erhabenen Wort: Ziehe mich immer näher zur Schwelle Deines Tores und halte mich nicht fern vom Schatten Deines Erbarmens und vom Baldachin Deiner Großmut. Du siehst mich, o mein Gott, an Deinem Namen festhalten, dem Heiligsten, dem Strahlendsten, dem Mächtigsten, dem Größten, dem Höchsten, dem Herrlichsten, und mich klammern an den Saum Deines Gewandes, daran sich alle halten in dieser und der zukünftigen Welt.
Ich flehe Dich an, o mein Gott, beim Strahlenglanze Deiner Stirn und der Lichtfülle Deines Antlitzes, das vom höchsten Horizonte strahlt: Ziehe mich an durch den Duft Deines Gewandes und lasse mich trinken vom erlesenen Wein Deiner Rede. Du siehst mich, o mein Gott, an Deinem Namen festhalten, dem Heiligsten, dem Strahlendsten, dem Mächtigsten, dem Größten, dem Höchsten, dem Herrlichsten, und mich klammern an den Saum Deines Gewandes, daran sich alle halten in dieser und der zukünftigen Welt.
Ich flehe Dich an, o mein Gott, bei Deinem Haar, das um Dein Antlitz spielt, indes Deine erhabenste Feder über die Seiten Deiner Tafeln gleitet, den Moschusduft verborgener Bedeutungen zum Reiche Deiner Schöpfung tragend: Befeure mich so sehr zum Dienst an Deiner Sache, daß ich nimmer zurückweiche noch gehemmt werde durch die Anspielungen derer, die an Deinen Zeichen kritteln und sich abwenden von Deinem Antlitz. Du siehst mich, o mein Gott, an Deinem Namen festhalten, dem Heiligsten, dem Strahlendsten, dem Mächtigsten, dem Größten, dem Höchsten, dem Herrlichsten, und mich klammern an den Saum Deines Gewandes, daran sich alle halten in dieser und der zukünftigen Welt.
Ich flehe Dich an, o mein Gott, bei Deinem Namen, den Du zum König aller Namen erhobst und durch den alle im Himmel und auf Erden hingerissen sind: Mache mich fähig, die Sonne Deiner Schönheit zu schauen, und versieh mich mit dem Weine Deiner Rede. Du siehst mich, o mein Gott, an Deinem Namen festhalten, dem Heiligsten, dem Strahlendsten, dem Mächtigsten, dem Größten, dem Höchsten, dem Herrlichsten, und mich klammern an den Saum Deines Gewandes, daran sich alle halten in dieser und der zukünftigen Welt.
Ich flehe Dich an, o mein Gott, beim Königszelt Deiner Majestät auf den erhabensten Gipfeln und beim Baldachin Deiner Offenbarung auf den höchsten Höhen: Hilf mir gnädig zu tun, was Dein Wille begehrt und Dein Entschluß offenbarte. Du siehst mich, o mein Gott, an Deinem Namen festhalten, dem Heiligsten, dem Strahlendsten, dem Mächtigsten, dem Größten, dem Höchsten, dem Herrlichsten, und mich klammern an den Saum Deines Gewandes, daran sich alle halten in dieser und der zukünftigen Welt.
Ich flehe Dich an, o mein Gott, bei Deiner Schönheit, die hoch über dem Horizont der Ewigkeit strahlt, eine Schönheit, vor der, kaum daß sie sich offenbarte, das Reich der Schönheit selbst sich in Anbetung verneigte und sie in klingenden Tönen pries: Gib, daß ich allem den Rücken kehre, was ich besitze, und nur dem lebe, was Dein ist. Du siehst mich, o mein Gott, an Deinem Namen festhalten, dem Heiligsten, dem Strahlendsten, dem Mächtigsten, dem Größten, dem Höchsten, dem Herrlichsten, und mich klammern an den Saum Deines Gewandes, daran sich alle halten in dieser und der zukünftigen Welt.
Ich flehe Dich an, o mein Gott, bei der Offenbarung Deines Namens, der Vielgeliebte, durch den die Herzen Deiner Liebenden sich verzehren und die Seelen aller, die auf Erden wohnen, sich hoch aufschwingen: Stehe mir bei, Deiner unter Deinen Geschöpfen zu gedenken und Dich zu rühmen in Deinem Volke. Du siehst mich, o mein Gott, an Deinem Namen festhalten, dem Heiligsten, dem Strahlendsten, dem Mächtigsten, dem Größten, dem Höchsten, dem Herrlichsten, und mich klammern an den Saum Deines Gewandes, daran sich alle halten in dieser und der zukünftigen Welt.
Ich flehe Dich an, o mein Gott, beim Rauschen des göttlichen Lotosbaumes und dem Raunen Deiner Stimme im Königreich Deiner Namen: Halte mich fern von allem, was Dein Wille verabscheut, und ziehe mich empor zu der Stufe, von der Er, der Morgen Deiner Zeichen, herniederstrahlt. Du siehst mich, o mein Gott, an Deinem Namen festhalten, dem Heiligsten, dem Strahlendsten, dem Mächtigsten, dem Größten, dem Höchsten, dem Herrlichsten, und mich klammern an den Saum Deines Gewandes, daran sich alle halten in dieser und der zukünftigen Welt.
Ich flehe Dich an, o mein Gott, bei jenem Laut, durch den, kaum war er aus Deines Willens Mund ertönt, die Meere wogten, die Winde bliesen, die Früchte sich enthüllten, die Bäume ausschlugen, alle früheren Spuren ausgelöscht und alle Schleier zerrissen wurden und die Dir Ergebenen dem Lichte vom Antlitz ihres Herrn, des Unbezwungenen, zueilten: Laß mich erkennen, was in den Schatzkammern Deiner Erkenntnis verborgen und in den Speichern Deiner Weisheit verwahrt ist. Du siehst mich, o mein Gott, an Deinem Namen festhalten, dem Heiligsten, dem Strahlendsten, dem Mächtigsten, dem Größten, dem Höchsten, dem Herrlichsten, und mich klammern an den Saum Deines Gewandes, daran sich alle halten in dieser und der zukünftigen Welt.
Ich flehe Dich an, o mein Gott, bei dem Feuer Deiner Liebe, das Deinen Erwählten und Geliebten den Schlaf aus den Augen trieb, und bei ihrem Gedenken und Lobpreis zur Stunde der Morgendämmerung: Zähle mich zu denen, die erreichten, was Du in Deinem Buche herabgesandt und durch Deinen Willen offenbart hast. Du siehst mich, o mein Gott, an Deinem Namen festhalten, dem Heiligsten, dem Strahlendsten, dem Mächtigsten, dem Größten, dem Höchsten, dem Herrlichsten, und mich klammern an den Saum Deines Gewandes, daran sich alle halten in dieser und der zukünftigen Welt.
Ich flehe Dich an, o mein Gott, bei dem Lichte Deines Antlitzes, das die Dir Nahestehenden vor die Pfeile Deines Ratschlusses trieb und die Dir Ergebenen auf Deinem Pfade den Schwertern Deiner Feinde trotzen ließ: Schreibe nieder für mich mit Deiner höchsterhabenen Feder, was Du für Deine Vertrauten und Erwählten niederschriebst. Du siehst mich, o mein Gott, an Deinem Namen festhalten, dem Heiligsten, dem Strahlendsten, dem Mächtigsten, dem Größten, dem Höchsten, dem Herrlichsten, und mich klammern an den Saum Deines Gewandes, daran sich alle halten in dieser und der zukünftigen Welt.
Ich flehe Dich an, o mein Gott, bei Deinem Namen, durch den Du hörest auf den Ruf Deiner Geliebten, auf die Seufzer derer, die sich nach Dir sehnen, auf den Schrei derer, die sich des Zutritts zu Deiner Nähe erfreuen, und auf das Stöhnen derer, die Dir ergeben sind, bei Deinem Namen, durch den Du die Bitten derer erfüllst, die ihre Hoffnung auf Dich setzen, deren Sehnsüchte Du stillst durch Deine Gnade und Gunst, und bei Deinem Namen, durch den das Meer der Vergebung vor Deinem Angesicht wogt und die Wolken der Freigebigkeit auf Deine Diener herabregnen: Schreibe für jeden, der sich Dir zuwendet und das vorgeschriebene Fasten einhält, den Lohn derer nieder, die nicht sprechen außer mit Deiner Erlaubnis und die auf Deinem Pfade aus Liebe zu Dir auf alles verzichteten, was sie besaßen.
Ich flehe Dich an, o mein Herr, bei Dir und Deinen Zeichen, bei Deinen deutlichen Beweisen, bei dem strahlenden Sonnenlicht Deiner Schönheit und bei Deinen Zweigen: Lösche die Sünden derer, die sich fest an Dein Gesetz halten und befolgen, was Du ihnen in Deinem Buche vorgeschrieben hast. Du siehst mich, o mein Gott, an Deinem Namen festhalten, dem Heiligsten, dem Strahlendsten, dem Mächtigsten, dem Größten, dem Höchsten, dem Herrlichsten, und mich klammern an den Saum Deines Gewandes, daran sich alle halten in dieser und der zukünftigen Welt.

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Gelobt seiest Du, o Herr mein Gott! Ich flehe Dich an, bei Ihm, den Du ins Dasein gerufen, dessen Offenbarung Du zu Deiner eigenen Offenbarung und dessen Verborgenheit Du zu Deiner eigenen Verborgenheit bestimmt hast. Durch Seine Eigenschaft als der Erste und der Letzte hast Du Dich selbst als den Ersten und den Letzten bestätigt. Durch die Kraft Seiner Macht, unter dem Einfluß Seiner Souveränität begreifen die Mächtigen Deine Allmacht; durch Seine Herrlichkeit erkennen die Machthaber Deine Majestät und Größe. Durch Seine höchste Überlegenheit ist Deine überragende Souveränität anerkannt, durch Seinen Willen ist Dein eigener Wille enthüllt. Durch das Licht Seines Antlitzes strahlt der Glanz Deines eigenen Antlitzes, und durch Seine Sache wurde Deine heilige Sache offenbar. Durch die zeugende Kraft Seiner Rede wurde die ganze Erde zur Empfängerin der wundersamen Zeichen Deiner Souveränität; so sind die Himmel erfüllt von den Offenbarungen Deiner unvergleichlichen Majestät, die Meere geschmückt mit den heiligen Perlen Deiner allwissenden Weisheit, die Bäume behangen mit den Früchten Deiner Erkenntnis. Durch Ihn singen alle Dinge Dein Lob, wenden sich alle Augen Deiner Gnade zu. Durch Ihn sind die Angesichter aller auf den Lichtglanz Deines Antlitzes gerichtet; durch Ihn neigen sich die Seelen aller den Offenbarungen Deiner göttlichen Größe entgegen.
Wie groß ist Deine Gewalt! Wie erhaben Deine Souveränität! Wie hoch ist Deine Macht! Wie überragend Deine Majestät! Wie überwältigend ist Deine Größe – eine Größe, die Er, Deine Manifestation, zu erkennen gibt, mit der Du Ihn zum Zeichen Deiner Großmut und Gabenfülle bekleidet hast. Ich bezeuge, o mein Gott, daß durch Ihn Deine glanzvollsten Zeichen enthüllt sind und Deine Gnade die ganze Schöpfung umfaßt. Könnte ohne Ihn die Göttliche Taube ihre Lieder singen oder die Himmlische Nachtigall ihre Melodien jubeln, wie Gott es bestimmt?
Ich bezeuge: Kaum war das Erste Wort kraft Deines Willens und Deines Ratschlusses von Seinem Munde ausgegangen, der Erste Ruf Seinen Lippen entströmt, da war die ganze Schöpfung umgewälzt; alle in den Himmeln und alle auf Erden wurden bis tief ins Herz aufgewühlt. Jenes Wort erschütterte die Wirklichkeiten alles Erschaffenen; es schied, trennte, verstreute, verknüpfte und vereinte sie wieder, um in der Welt des Zufalls wie im himmlischen Reich Wesen einer neuen Schöpfung ans Licht zu bringen und in den Reichen des Unsichtbaren die Zeichen Deiner Einheit und Einzigkeit zu offenbaren. Durch diesen Ruf kündetest Du allen Deinen Dienern das Kommen Deiner größten Offenbarung, das Erscheinen Deiner vollkommensten Sache an.
Doch kaum war diese Offenbarung den Augen der Menschen enthüllt, da erschienen unter den Völkern der Welt die Zeichen allgemeiner Zwietracht; Aufruhr ergriff die Bewohner der Erde und des Himmels, alle Dinge wurden in ihren Grundfesten erschüttert. Die Kräfte der Uneinigkeit waren losgelassen, das Wort entfaltete seine Bedeutung, jedes einzelne Atom in allen erschaffenen Dingen gewann seinen eigenen, unterschiedlichen Charakter. Die Hölle ward angefacht, die Freuden des Paradieses wurden den Augen der Menschen enthüllt. Selig ist der Mensch, der sich Dir zuwendet, und wehe dem, der Dir fernbleibt, Dich leugnet und Deine Zeichen verwirft in dieser Offenbarung, welche die Gesichter der Leugner schwärzt, die Angesichter der Gläubigen aber weiß werden läßtA22, o Du Besitzer aller Namen und Eigenschaften, der Du das Reich alles Erschaffenen von Himmel und Erde in Deinen Händen hältst!
Darum sei gepriesen, o mein Gott, mit solchem Lobpreis, wie Du ihn Deinem eigenen Selbste beilegst und wie nur Du ihn verstehen oder werten kannst. Du bist es, o mein Herr, der Sein eigenes Selbst mir zu erkennen gibt zu einer Zeit, da Deine Diener Dich nicht erkennen können – Diener, die kraft ihrer Bindungen an Dich über alle Bewohner der Erde regieren und sich vor ihren Völkern brüsten. Besäße ich, o mein Gott, die höchste Herrschaft über die Erde von Pol zu Pol, stünden mir alle ihre Schätze zu Gebote, sie auf Deinem Pfad auszugeben, so wäre ich doch außerstande, zu dieser Stufe aufzusteigen, so Du mich nicht unterstütztest und stärktest. Und rühmte ich Dich, o mein Gott, solange die Herrlichkeit Deiner Majestät dauert und die Macht Deiner Souveränität währt, so wäre diese Verherrlichung doch nie mit einer der Lobpreisungen zu vergleichen, die Du zum Zeichen Deiner Gnade mich lehrst und mit denen ich nach Deinem Befehl Deine Tugenden preise. Wenn jeder Lobpreis, den Du mich lehrst, so überragend ist, wieviel überragender muß da die Stufe dessen sein, der Dich erkennt, in Deine Gegenwart gelangt und standhaft dem Pfade Deiner Sache folgt!
Ich bin voll gewahr und gewiß, daß Du seit Ewigkeit unermeßlich erhaben bist über das Gedenken aller Wesen und in Ewigkeit hoch über der Vorstellung Deiner Geschöpfe bleiben wirst. Niemand kann Dich angemessen preisen als Du selbst und solche, die Dir gleichen. Du warst allezeit unermeßlich erhaben über jeden Vergleich und jede Ähnlichkeit, und Du wirst ewig so bleiben, hoch über jeder Einbildung von Gleichheit oder Ähnlichkeit. Da Du so als der Unvergleichliche erkannt bist, dessen Wesen niemand besitzen kann, tritt unumstößlich zutage, daß menschlicher Lobpreis nur solchen Wesen nützen kann, die von der eigenen Art sind, den eigenen Begrenzungen unterworfen; niemals kann dieses Lob die Erhabenheit Deiner Souveränität angemessen schildern noch die Höhen Deiner Majestät und Heiligkeit erklimmen. Wie köstlich ist darum das Lob, das Du Deinem eigenen Selbste sprichst, und die Beschreibung, die Du von Deinem eigenen Wesen gibst!
Ich bezeuge, o mein Gott, daß Du seit Ewigkeit auf Deine Diener nur herniedersendest, was sie sich aufschwingen, Deine Nähe suchen und in den Himmel Deiner überragenden Einzigkeit aufsteigen läßt. Du setzest Deine Schranken unter ihnen ein, Du bestimmst sie zu Beweisen Deiner Gerechtigkeit und zu Zeichen Deiner Gnade unter Deinen Geschöpfen, zur festen Burg Deines Schutzes in Deinem Volk, damit sich keiner in Deinem Reiche gegen seinen Nachbarn vergehe. Wie groß ist der Segen dessen, der aus Liebe zu Deiner Schönheit, um Deines Wohlgefallens willen, die Lust eines verderbten Triebes zügelt und die Gebote einhält, die Deine erhabenste Feder niedergelegt hat! Er ist in Wahrheit zu denen zu zählen, die alles Gute erreichen und dem Pfad der Führung folgen.
Ich flehe Dich an, o mein Herr, bei Deinem Namen, durch den Du Deine Diener und Dein Volk befähigst, Dich zu erkennen, durch den Du die Herzen aller, die Dich anerkennen, zum strahlenden Hofe Deiner Einzigkeit und die Seelen Deiner Begünstigten zum Morgen Deiner Einheit hinziehst – ich flehe Dich an: Gib, daß ich das Fasten ganz um Deinetwillen halte, o Du, der Du voll Majestät und Herrlichkeit bist! Sodann mache mich fähig, o mein Gott, zu denen zu gehören, die sich ganz um Deinetwillen an Deine Gesetze und Gebote halten, die Augen fest auf Dein Antlitz gerichtet. Sie sind es fürwahr, denen alles, was aus dem Munde Deines Urwillens hervorgeht, Wein ist, Dein hinreißender Ruf der reine Trunk, Deine Liebe der himmlische Strom, Eintritt in Deine Gegenwart und die Wiedervereinigung mit Dir das Paradies; denn Du bist ihr Anfang und ihr Ende, ihre größte Hoffnung, ihre höchste Sehnsucht. Blind sei das Auge, das schaut, was Dir mißfällt, und verflucht die Seele, die sucht, was Deinem Willen zuwider ist!
O mein Gott, ich flehe Dich an, bei Deinem Selbst und bei jenen: Nimm durch Deine Huld und Gnade die Werke an, die wir vollbringen, wie wenig sie auch der Erhabenheit Deiner Stufe und der Hoheit Deines Ranges genügen, o Du, der Du den Herzen der nach Dir sich Sehnenden der teuerste bist, der Du die Seelen heilst, die Dich erkennen! So sende denn aus dem Himmel Deiner Barmherzigkeit und aus den Wolken Deiner gütigen Vorsehung auf uns hernieder, was uns von der geringsten Spur böser, verderbter Lüste reinigt und uns Ihm, der Manifestation Deines erhabensten, allherrlichen Selbstes, näherbringt. Du bist wahrlich der Herr dieser Welt und der künftigen, Du hast die Macht zu allem Tun.
Segne, o Herr mein Gott, den Ersten Punkt, durch den in der sichtbaren wie der unsichtbaren Welt der Punkt der Schöpfung in Drehung versetzt ist, den Du bestimmt hast als den Einen, zu dem alles zurückkehren soll, was zu Dir zurückkehren muß, und als den Offenbarer all dessen, was von Dir offenbart werden mag. Segne auch diejenigen Seiner Buchstaben, die sich nicht von Dir abkehren, fest gegründet in Deiner Liebe, standhaft an Dein Wohlgefallen sich haltend. So segne Du auch, solange Dein Selbst besteht und Dein Wesen währt, jene, die auf Deinem Pfade den Märtyrertod erlitten. Du bist wahrlich der ewig Vergebende, der Barmherzigste.
Und weiter flehe ich Dich an, o mein Gott, bei Ihm, den Du uns auf all Deinen Tafeln und in Deinen Büchern, Deinen Rollen und Deinen Schriften angekündigt hast, durch den das Reich der Namen erschüttert und alles enthüllt ward, was verborgen war in der Brust jener, die ihren bösen, verderbten Leidenschaften folgen – ich flehe Dich an: Stärke uns in unserer Liebe zu Ihm, mache uns standhaft in Seiner heiligen Sache, hilf uns, Seine Geliebten als Freunde zu behandeln und Seine Feinde herauszufordern. Alsdann schütze uns, o mein Gott, vor dem Unheil, angerichtet von denen, die Deine Gegenwart leugnen, sich von Deinem Antlitz abkehren und entschlossen sind, Ihm, der Manifestation Deines Selbstes, das Leben zu nehmen.
O mein Gott und mein Herr! Du weißt, wie sie Deine Sache schänden, wie sie Dich vor Deinen Geschöpfen entehren, wie sie sich mit Deinen Feinden zusammentun, Deine Offenbarung zu untergraben und Dir zu schaden. Ergreife sie mit der Gewalt Deines Zornes und Deiner Macht, o mein Gott, decke ihre Schandtaten und ihre Bosheit auf, damit alles in ihrer Brust Verborgene vor dem Volke Deines Landes offenbar werde, o Du, der Du die Prüfungen verhängst, die Völker formst und Gnade erweisest. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Allherrlichen, dem Großmütigsten.

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Preis sei Dir, o Herr mein Gott! In tausend Zungen bezeugt alles Erschaffene Deine Souveränität und Deine Allmacht; angesichts der Offenbarungen Deines Reichtums verkündet alles meine Armut und Erbärmlichkeit. So sieh denn auf diesen Sünder, der seinen Blick allezeit auf den Quell Deiner Vergebung richtet und die Augen zum Horizont Deiner gütigen Gaben hebt.
Seit dem Tage, da Du mich nach Deinem Befehl erschufest, o mein Gott, und mich durch die sanften Winde Deines zarten Erbarmens erwecktest, weigere ich mich, einem anderen als Dir mich zuzuwenden. Durch die Kraft Deiner Souveränität und Deiner Macht erhebe ich mich, Deinen Feinden entgegenzutreten; die ganze Menschheit rufe ich zu den Meeresgestaden Deiner Einzigkeit, zum Himmel Deiner allherrlichen Einheit. Zeit meines Lebens suchte ich nie einen Schutz vor den Machenschaften der Aufrührer unter Deinen Geschöpfen, sondern trachtete, Deinen Namen in Deinem Volke zu erhöhen. Dadurch habe ich erduldet, was keines Deiner Geschöpfe je erduldete.
Wieviele Tage, o mein Gott, verbrachte ich in schlimmster Verlassenheit mit den Missetätern unter Deinen Dienern, und wieviele Nächte, o mein Meistgeliebter, lag ich gefangen in den Händen der Eigensinnigen unter Deinen Geschöpfen! Doch inmitten meiner Sorgen und Trübsale preise ich unentwegt Dein Lob vor allen in Deinem Himmel und auf Deiner Erde, und nie lasse ich davon ab, Deine wundersame Herrlichkeit in den Reichen Deiner Offenbarung und Deiner Schöpfung zu rühmen, obwohl alles, was ich vorbringen kann, hinter der großen Majestät Deiner Einzigkeit zurückbleibt und Deiner erhabenen Allmacht unwürdig ist.
Ich schwöre bei Deiner Herrlichkeit, o Du Einziggeliebter! Wie ein Nichts stehe ich vor dem Wohnsitz Deiner großen Herrlichkeit. Wann immer ich versuche, eine Deiner Tugenden zu preisen, gebietet mein Herz mir Einhalt; denn nichts außer Dir kann sich in die Sphären des Reiches Deiner Nähe emporschwingen oder in den Himmel Deiner Gegenwart aufsteigen.
Deine Macht bezeugt es mir! Ich bin mir wohl bewußt: Wenn ich mich von nun an bis zum Ende, das kein Ende hat, vor einer Handvoll Staub verneigte, weil ich deren Verwandtschaft mit Deinem Namen, der Gestalter, anerkenne, bliebe ich doch weit von diesem Staub entfernt, unfähig, mich ihm zu nähern, und ich entdeckte, daß diese Anbetung ihm keineswegs angemessen wäre und die mir gesetzten Grenzen nicht überschreiten könnte. Und wenn ich mich aufmachte, einem Deiner Knechte zu dienen, an seiner Türe wartend, solange Dein Reich währt und Deine Allmacht dauert, um zu bezeugen, daß ich das Band anerkenne, das ihn mit Deinem Namen, der Schöpfer, verbindet, so müßte ich gleichfalls – Deine Herrlichkeit bezeugt es mir – mein völliges Versagen bekennen, ihm angemessen zu dienen, meinen Mangel an allem, was seiner Stufe wahrhaft zukommt – all dies, weil ich in ihnen beiden nur das Band erkenne, das sie mit Deinen Namen und Eigenschaften verknüpft. Wie könnte es da einem solchen Menschen gelingen, Den gebührend zu preisen, der durch eine Bewegung Seines Fingers alle Namen und ihr Reich ins Dasein rief, alle Eigenschaften und ihr Reich erschuf und der durch eine weitere Bewegung dieses Fingers die Buchstaben des Wortes ›Sei‹ vereinte und miteinander verknüpfte, wodurch Er offenbarte, was die höchsten Gedanken Deiner Auserwählten, die sich nahen Zugangs zu Dir erfreuen, nicht fassen können und was die tiefste Weisheit Deiner Geliebten, die Dir ganz ergeben sind, nicht auszuloten vermag.
Ich schwöre bei Deiner Herrlichkeit, o Geliebter meiner Seele! Ich bin bestürzt, wenn ich über Deiner Hände Werk und seine Zeichen, über Deine Macht und ihre Zeugnisse nachsinne, und ich sehe mich unfähig, das Geheimnis des geringsten Deiner Zeichen zu enträtseln, geschweige denn Dein Selbst zu begreifen. Darum flehe ich Dich an, o mein Gott, bei Deinem Namen, durch den Du alle, so Dich lieben, in die Sphären Deines Willens sich aufschwingen lässest, und alle, die nach Dir sich sehnen, in das Paradies Deiner Nähe und Deiner Gegenwart führest: Laß aus dem Himmel Deiner Gnade den Duft der Gewißheit auf die Bedürftigen unter Deinen Geliebten wehen in diesen Tagen, da die Stürme der Prüfungen sie umzingeln und so schmerzlich bedrängen, daß die Seelen aller Menschen verwirrt sind und die Grundlagen aller Lebewesen erzittern ob alledem, was aus dem Himmel Deines unwiderruflichen Ratschlusses auf sie herniederkommt. So schlimm wurden sie erschüttert, daß in den Nischen ihrer Herzen die Lampe ihrer Liebe zu Dir und ihres Deingedenkens dem Erlöschen nahe war. Mächtig bist Du zu tun, was Dir gefällt. Du wahrlich bist der Immervergebende, der Großmütigste.
Du leihst Dein Ohr, o mein Gott und mein Meister, den Seufzern derer, die Dir teuer sind, und von allen Seiten hörst Du ihr Wehklagen über ihre Leiden unter den Händen jener, deren Herzen von den süßen Düften Deiner Liebe ausgeschlossen sind. Es gibt keinen, der ihnen Freundschaft erwiese oder ihnen zu Hilfe eilte, und nichts hält ihre Feinde davon ab, ihnen zu schaden. Ungehemmt tun sie, was sie wollen, und verfahren mit jenen, wie es ihnen gefällt.
Darum gewähre, o mein Herr, die Wunder Deiner Hilfe Deinen Geliebten, die keinen anderen Helfer suchen als Dich und sich niemandem zuwenden als Dir, erwartungsvoll nach den Wundern Deiner Gunst und Deiner Gaben ausschauend.

So habe denn Mitleid mit ihnen, o mein Gott, durch die unvergleichlichen Zeichen Deiner Barmherzigkeit, und bewahre sie in der festen Burg Deines Schutzes und Deiner Gnade.

Seit Ewigkeit bist Du, o mein Herr, die Zuflucht der Geängstigten, der schützende Port der Bedürftigen.

Ich flehe Dich an:

Versage diesen schwachen Geschöpfen nicht die unvergleichlichen Zeichen Deiner großmütigen Gabenfülle; überlasse sie nicht auf Gnade und Ungnade solchen Menschen, deren Wesen nur aus dem Feuer Deines Zorns und Deines Grimms erschaffen ist, die niemals den Duft des Mitleids und der Gerechtigkeit entdeckt haben, Menschen, die von der Welt und ihrer Arglist so verführt sind, daß sie Deine Beweise leugnen, Dir Gefährten beigesellen, Deine Zeichen verwerfen und das Blut derer vergießen, die Dir teuer sind und denen Du vertraust.

Ich schwöre bei Deiner Macht, o mein Geliebter!

Sie begehen, was noch kein Mensch vor ihnen je begangen; so haben sie Deinen Unwillen verdient und die Rute Deines Zornes.

Ergreife sie mit der Macht Deiner Souveränität, setze solche über sie, die kein Erbarmen mit ihnen haben, es sei denn, sie kehrten zu Dir zurück, träten in den Schatten Deiner Gnade und erlangten Deine Vergebung.

Du bist seit Ewigkeit erhaben über alle Dinge und wirst es in Ewigkeit bleiben.

Wahrlich, Du bist der Allmächtige, der Erhabenste, der Gerechte, der Allweise.
Verherrlicht bist Du, o Herr mein Gott! Sieh auf diesen Verfolgten: Er wird schlimm gequält von den Unterdrückern unter Deinen Geschöpfen, obwohl er sich weigert, ohne Deine Erlaubnis und Dein Geheiß auch nur einen einzigen Atemzug zu tun. Ich lag schlafend auf meinem Lager, siehe, da strichen die sanften Winde Deiner Gunst und Deiner Gnade über mich hin, weckten mich durch die Macht Deiner Souveränität und Deiner Gaben und geboten mir, vor Deinen Dienern mich zu erheben, um Dein Lob zu preisen und Dein Wort zu verherrlichen. Da schmähten mich die meisten aus Deinem Volke. Ich schwöre bei Deiner Herrlichkeit, o mein Gott! Niemals dachte ich, daß sie solche Taten begingen, bin ich mir doch bewußt, daß Du ihnen diese Offenbarung in den Rollen Deiner Gebote und auf den Tafeln Deines Ratschlusses selbst angekündigt und mit ihnen in jedem Wort, das Du Deinen Geschöpfen und Deinem Volke herniedersandtest, einen Bund zugunsten dieses Jünglings geschlossen hast.
So bin ich bestürzt, o mein Gott, und weiß nicht, wie ich sie behandeln soll. Sooft ich Frieden wahre und innehalte, Deine wundersamen Tugenden zu rühmen, treibt mich Dein Geist, laut vor allen in Deinem Himmel und auf Deiner Erde zu rufen. Wann immer ich ruhig bin, streicht der Odem von der rechten Hand Deines Willens über mich hin und rüttelt mich auf. Ich sehe mich als ein Blatt, das, den Winden Deines Ratschlusses preisgegeben, davongetragen wird, wohin Du erlaubst oder befiehlst. Jeder Einsichtige, der über das von mir Offenbarte nachdenkt, wird zur Gewißheit gelangen, daß Deine Sache nicht in meinen, sondern in Deinen Händen ruht, und erkennen, daß die Zügel der Gewalt nicht in meinem, sondern in Deinem Griffe liegen, von Deiner souveränen Macht gelenkt. Und doch siehst Du, o mein Gott, wie sich die Bewohner Deines Reiches in Reih und Glied gegen mich aufstellen und mir in jedem Augenblick meines Lebens antun, was Deine Erwählten und Deine Vertrauten in ihrer innersten Wirklichkeit erzittern läßt.
Darum flehe ich Dich an, o mein Gott, bei Deinem Namen, durch den Du alle, die Dich lieben, zu den Lebenswassern Deiner Gunst und Gnade führst und jene, die nach Dir sich sehnen, zum Paradiese Deiner Nähe und Deiner Gegenwart hinziehst: Öffne Deinem Volke die Augen, damit sie in dieser Offenbarung die Manifestation Deiner überragenden Einheit, das Morgenlicht Deines Antlitzes und Deiner Schönheit erkennen. Reinige sie sodann, o mein Gott, von allem eitlen Wahn und leeren Trug, damit sie aus dem Gewande Deiner Offenbarung und Deines Befehls den Duft der Heiligkeit atmen, damit sie mir nicht länger zufügen, was ihren Seelen in den Tagen Deiner Manifestation, des Morgens Deiner heiligen Sache, den Duft der mannigfachen Zeichen Deiner Barmherzigkeit vorenthält, und damit sie nicht begehen, was Deinen grimmen Zorn herniederruft.
Du weißt, o mein Gott, daß ich als einer aus dem Volk des Bayán galt, daß ich in Liebe und Freundschaft mit ihnen verkehrte, sie Tag und Nacht durch die Wunder Deiner Offenbarung und Deiner Eingebung zu Dir rief und doch unter ihren Händen erlitt, was die Bewohner der Städte Deiner Schöpferkraft aufzuzählen außerstande sind. Ich schwöre bei Deiner Macht, o mein Geliebter! Jeden Morgen finde ich beim Erwachen, daß ich zur Zielscheibe für die Pfeile ihres Neides gemacht bin, und jeden Abend entdecke ich, wenn ich mich zur Ruhe niederlege, daß ich den Speeren ihres Hasses zum Opfer falle. Wiewohl Du mir die Geheimnisse ihrer Herzen bekannt gemacht und mich über sie gesetzt hast, habe ich es doch verschmäht, ihre Taten aufzudecken; ich ging geduldig mit ihnen um, eingedenk der Frist, die Du gesetzt hast. Und als Deine Verheißung sich erfüllte und die gesetzte Frist vorüber war, da lüftetest Du unmerklich den Schleier des Verbergens, und siehe! alle Bewohner des Reiches Deiner Offenbarung und Deiner Schöpfung zitterten und bebten außer denen, die Du aus dem Feuer Deiner Liebe, dem Odem Deines Eifers, dem Wasser Deiner Gnade und dem Lehm Deiner Gunst erschaffen hast. Sie werden verherrlicht von den Scharen der Höhe und den Bürgern in den Städten der Ewigkeit.
Darum preise ich Dich, o mein Gott, daß Du die behütest, die Deine Einheit anerkennen, und jene zunichte machst, die Dir Gefährten beigesellen, und daß Du die einen von den anderen schiedest durch ein weiteres Wort, das aus dem Munde Deines Willens hervorging und der Feder Deines Ratschlusses entströmte. Deshalb kritteln an mir Deine Diener, die durch das Wort Deines Befehls erschaffen sind, gezeugt von Deinem Willen, und widersetzen sich mir so heftig, daß sie Dich leugnen, Deine Zeichen verwerfen und sich gegen Dich erheben.
Deine Herrlichkeit ist mein Zeuge, o mein Geliebter! Meine Feder ist außerstande zu beschreiben, was ihre Hände Ihm antun, der Manifestation Deiner heiligen Sache, dem Morgen Deiner Offenbarung, dem Aufgangsort Deiner Eingebung. Für all dies preise ich Dich. Ich schwöre bei Deiner Herrlichkeit, o mein Gott! Mein Herz sehnt sich nach alledem, was Du im Himmel Deines Ratschlusses, im Reiche Deiner Ernennung verfügst. Alles, was mir auf Deinem Pfade widerfährt, ist das Ziel meines Verlangens, geliebt von meiner Seele. Dies ist wahrlich nur Deiner Kraft und Deiner Macht zuzuschreiben.
Ich bin der, o mein Gott, der durch die Liebe zu Dir fähig ist, alle im Himmel und auf Erden zu entbehren. Gewappnet mit dieser Liebe, fürchte ich keinen, auch wenn alle Völker der Welt sich vereinten, mir zu schaden. O würde doch in diesem Augenblick mein Blut vor Dir auf dem Antlitz der Erde vergossen, damit Du mich im gleichen Zustand sähest wie die Dir Nahen unter Deinen Dienern und die von Dir Erwählten unter Deinen rechtschaffenen Geschöpfen!
Ich sage Dir Dank, o mein Gott, daß Du durch die Macht Deines Ratschlusses entschieden hast und weiterhin durch Deine unwiderrufliche Ernennung und Deinen Vorsatz entscheiden wirst. Ich flehe Dich an, o mein Geliebter, bei Deinem Namen, durch den Du die Banner Deiner heiligen Sache erhobst und den Strahlenglanz Deines Antlitzes verströmtest: Sende auf mich und auf diejenigen Deiner Diener, die Dir ganz ergeben sind, alles Gute hernieder, was Du auf Deinen Tafeln verordnet hast. Setze uns sodann auf den Sitz der Wahrheit in Deiner Gegenwart, o Du, in dessen Händen das Reich aller Dinge ruht!
Du bist wahrlich der Allmächtige, der Allherrliche, der Gnadenreichste.

180A23

Der Ruhm, der aus Deinem höchsterhabenen Selbst dämmert, und die Herrlichkeit, die aus Deiner strahlenden Schönheit hervorscheint, seien mit Dir, der Du die Offenbarung überragender Größe bist, der König der Ewigkeit, Herr über alle im Himmel und auf Erden! Ich bezeuge, daß durch Dich Gottes Herrschaft und Hoheit, Gottes Erhabenheit und Größe offenbart sind, die Sonnen urewiger Pracht ihren Glanz auf den Himmel Deines unwiderruflichen Ratschlusses ergießen und die Schönheit des Unsichtbaren über dem Horizont der Schöpfung erstrahlt. Ich bezeuge ferner, daß durch eine einzige Bewegung Deiner Feder Dein Gebot ›Sei!‹ vollzogen, Gottes Verborgenes Geheimnis enthüllt, alles Erschaffene ins Sein gerufen und alle Offenbarungen herabgesandt sind.
Weiter bezeuge ich, daß durch Deine Schönheit die Schönheit des Angebeteten entschleiert ward, daß aus Deinem Antlitz das Antlitz des Ersehnten hervorleuchtet, daß Du durch ein Wort von Dir zwischen allem Erschaffenen entscheidest, was die Dir Ergebenen zum Gipfel der Herrlichkeit aufsteigen, die Ungläubigen aber in den tiefsten Abgrund stürzen läßt.
Ich bezeuge: Wer Dich erkennt, erkennt Gott, wer in Deine Gegenwart gelangt, erreicht Gottes Gegenwart. Groß ist darum die Seligkeit dessen, der an Dich und Deine Zeichen glaubt, der sich demütig vor Deiner Herrschaft beugt, dem die Ehre zuteil wird, Dir zu begegnen, der das Wohlgefallen Deines Willens erreicht, der Dich umkreist und vor Deinem Throne steht. Wehe dem, der sich gegen Dich vergeht, Dich leugnet und Deine Zeichen verwirft, Deine Herrschaft bestreitet, sich gegen Dich erhebt und stolz wird vor Deinem Angesicht, der vor Deiner Ordnung und Herrschaft flieht und zu den Ungläubigen gehört, deren Namen von den Fingern Deines Befehls auf Deine heiligen Tafeln geschrieben sind.
So laß denn, o mein Gott und mein Geliebter, von der rechten Hand Deines Erbarmens und Deiner Gnade die heiligen Winde Deiner Gunst wehen, damit sie mich von meinem Selbst und der Welt fortziehen, hin zu den Höfen Deiner Nähe und Deiner Gegenwart. Mächtig bist Du zu tun, was Dir gefällt. Du bist wahrlich erhaben über alle Dinge.
Das Gedenken Gottes und Sein Lobpreis, die Herrlichkeit Gottes und Sein Glanz ruhen auf Dir, o Du, der Du Seine Schönheit bist! Ich bezeuge, daß der Schöpfung Auge niemals einen Unterdrückten Deinesgleichen sah. Alle Tage Deines Lebens warst Du in einem Meer von Leiden versunken. Einmal lagst Du in Ketten und Banden, ein andermal bedrohte Dich Deiner Feinde Schwert. Und dennoch machtest Du allen Menschen zur Pflicht einzuhalten, was Dir von Ihm, dem Allwissenden, dem Allweisen, geboten ward.
Möge mein Geist ein Opfer sein für das Unrecht, das Du erlitten, und meine Seele ein Lösegeld für die Trübsal, die Du ertragen. Ich flehe zu Gott bei Dir und bei denen, deren Angesicht durch den Lichterglanz Deines Antlitzes erleuchtet wird und die aus Liebe zu Dir alles tun, was ihnen befohlen ist, beseitige die Schleier, die sich zwischen Dich und Deine Geschöpfe legen, und versorge mich mit dem Guten dieser Welt und der künftigen. Du bist wahrlich der Allmächtige, der Höchsterhabene, der Allherrliche, der Immervergebende, der Mitleidvolle.
Segne, o Herr mein Gott, den göttlichen Lotosbaum, seine Blätter, seine Äste und Zweige, seine Stengel und Ableger, solange Deine höchsterhabenen Eigenschaften währen. Schütze ihn alsdann vor dem Unheil der Angreifer und den Scharen der Tyrannei. Du bist wahrlich der Allmächtige, der Allgewaltige. Segne, o Herr mein Gott, auch Deine Diener und Dienerinnen, die zu Dir gelangt sind. Du bist wahrlich der Allgütige, dessen Gnade unendlich ist. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Immervergebenden, dem Allgroßmütigen.

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Ich bezeuge, o mein Gott, daß Du mich erschaffen hast, Dich zu erkennen und anzubeten. Ich bezeuge in diesem Augenblick meine Ohnmacht und Deine Macht, meine Armut und Deinen Reichtum.
Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Helfer in Gefahr, dem Selbstbestehenden.
Das kurze Pflichtgebet, einmal in 24 Stunden, mittags, zu sprechen

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Wer zu beten wünscht, wasche seine Hände und spreche beim Waschen:
Stärke meine Hand, o mein Gott, und laß sie Dein Buch mit solcher Standhaftigkeit ergreifen, daß die Scharen der Welt keine Macht über sie haben. Schütze sie sodann, damit sie sich nicht mit Dingen befaßt, die ihr nicht zustehen. Du bist wahrlich der Allmächtige, der Allgewaltige.
Und beim Waschen des Gesichtes spreche er:
Dir wende ich mein Angesicht zu, o mein Herr! Erleuchte es mit dem Lichte Deines Antlitzes. Bewahre es sodann, damit es sich niemandem außer Dir zuwende.
Dann erhebe er sich und spreche der QiblihA24 zugewandt:
Gott bezeugt, daß es keinen Gott gibt außer Ihm. Sein sind die Reiche der Offenbarung und der Schöpfung. Er hat wahrlich Ihn enthüllt, der der Morgen der Offenbarung ist, der auf dem Sinai redete, durch den der höchste Horizont erstrahlte und der Lotosbaum sprach, über den hinaus keiner gehen kann, und durch den der Ruf verkündet ward an alle im Himmel und auf Erden: »Sehet, der Allbesitzende ist gekommen! Erde und Himmel, Ruhm und Herrschaft sind Gottes, des Herrn aller Menschen, des Besitzers des Thrones in der Höhe und auf der Erde hienieden!«
Dann beuge er sich nieder, lasse die Hände auf den Knien ruhen und spreche:
Erhaben bist Du über meinen Lobpreis und den Lobpreis jedes anderen neben mir und über die Beschreibung aller, die im Himmel und auf Erden sind!
Dann spreche er stehend mit geöffneten Händen, die Handflächen aufwärts gerichtet und dem Gesicht zugewendet:
Enttäusche nicht den, o mein Gott, der sich mit flehenden Fingern an den Saum Deiner Barmherzigkeit und Gnade klammert, o Du, der Du von den Barmherzigen der Allbarmherzige bist!
Dann setze er sich und spreche:
Ich bezeuge Deine Einheit und Deine Einzigkeit, daß Du Gott bist und es keinen Gott gibt außer Dir. Du hast wahrlich Deine Sache offenbart, Deinen Bund erfüllt und weit das Tor Deiner Gnade aufgetan vor allen, die im Himmel und auf Erden wohnen. Segen und Frieden, Gruß und Herrlichkeit ruhen auf Deinen Geliebten, die Wandel und Wechsel der Welt nicht davon abhalten, sich Dir zuzuwenden, und die alles hingegeben in der Hoffnung, das zu erlangen, was bei Dir ist. Du bist in Wahrheit der Immervergebende, der Allgütige.
Wenn jemand statt des langen Verses lieber die Worte sprechen möchte: »Gott bezeugt, daß es keinen Gott gibt als Ihn, den Helfer in Gefahr, den Selbstbestehenden«, so wird dies genügen. Und ebenso wird es genügen, wenn er vorzieht, sitzend die Worte zu sprechen:| »Ich bezeuge Deine Einheit und Deine Einzigkeit und daß Du Gott bist und daß es keinen Gott gibt außer Dir.«
Das mittlere Pflichtgebet, täglich morgens, mittags und abends zu sprechen

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Wer dieses Gebet zu sprechen wünscht, stehe auf und wende sich Gott zu. Auf seinem Platz stehend schaue er zur Rechten und zur Linken, als erwarte er das Erbarmen seines Herrn, des Allbarmherzigen, des Mitleidvollen. Dann spreche er:
O Du, der Du der Herr aller Namen und der Schöpfer der Himmel bist! Ich flehe Dich an bei den Sonnen Deines unsichtbaren Wesens, des Höchsterhabenen, des Allherrlichen: Mache mein Gebet zu einem Feuer, das die Schleier verbrenne, die mich hindern, Deine Schönheit zu schauen, und zu einem Licht, das mich zum Meere Deiner Gegenwart geleite.
Dann erhebe er die Hände flehend zu Gott – gepriesen und verherrlicht sei Er – und spreche:
O Du Sehnsucht der Welt, Du Geliebter der Völker! Du siehst, wie ich mich Dir zuwende, ledig aller Bindungen außer der Deinen, an Dein Seil geklammert, durch dessen Bewegung die ganze Schöpfung erschüttert ward. Ich bin Dein Diener, o mein Herr, und Deines Dieners Sohn. Sieh, ich bin bereit, nach Deinem Wunsch und Willen zu handeln, und ersehne nichts als Dein Wohlgefallen. Ich flehe Dich an bei dem Meer Deines Erbarmens und der Sonne Deiner Gnade: Verfahre mit Deinem Diener, wie Du willst und wie es Dir beliebt. Bei Deiner Macht, die weit über allem Gedenken und allem Lobpreis steht! Was Du offenbartest, ist meines Herzens Sehnsucht und die Liebe meiner Seele. O Gott, mein Gott! Schaue nicht auf meine Hoffnungen und meine Taten, sondern auf Deinen Willen, der Himmel und Erde umfaßt. Bei Deinem Größten Namen, o Du Herr aller Völker! Allezeit wünsche ich nur, was Du wünschest, und liebe nur, was Du liebst.
Dann knie er nieder, beuge die Stirn zur Erde und spreche:
Erhaben bist Du über die Beschreibung jedes anderen außer Dir und das Begreifen eines jeden außer Dir selbst.
Dann stehe er auf und spreche:
Mache mein Gebet zu einem Born lebenspendenden Wassers, o mein Herr, womit ich lebe, solange Deine Herrschaft währt, und in jeder Deiner Welten von Dir künde.
Wieder erhebe er flehend die Hände und spreche:
O Du, von dem getrennt die Herzen und Seelen hinschmolzen, durch dessen Feuer der Liebe die ganze Welt entflammt ward! Ich bitte Dich flehentlich bei Deinem Namen, durch den Du die ganze Schöpfung unterwarfest, vorenthalte mir nicht, was bei Dir ist, o Du, der Du über alle Menschen herrschest! Du siehst, o mein Herr, diesen Fremdling zu seiner erhabensten Wohnung unter dem Zelte Deiner Majestät, in der Umfriedung Deines Erbarmens eilen. Du siehst diesen Sünder das Meer Deiner Vergebung, diesen Niedrigen den Hof Deiner Herrlichkeit, dieses arme Geschöpf den Morgen Deines Reichtums suchen. Dein ist die Macht zu gebieten, was immer Du willst. Ich bezeuge, daß Du zu rühmen bist in Deinen Taten, daß Deinen Befehlen zu gehorchen ist und daß Du uneingeschränkt bleibst in Deinen Geboten.
Darauf erhebe er die Hände und spreche dreimal den Größten NamenA25. Dann beuge er sich mit auf den Knien ruhenden Händen nieder vor Gott – gepriesen und verherrlicht sei Er – und spreche:
Du siehst, o mein Gott, wie mein Geist in meinem Leib und allen meinen Gliedern erregt ward in seinem Sehnen, Dich anzubeten, und in seinem Verlangen, Deiner zu gedenken und Dich zu verherrlichen; wie er bezeugt, was die Zunge Deines Gebotes im Reiche Deines Wortes und im Himmel Deines Wissens bezeugt. In diesem Zustand, o mein Herr, drängt es mich, alles von Dir zu erbitten, was bei Dir ist, damit ich meine Armut dartue und Deine Güte und Deinen Reichtum verherrliche, meine Ohnmacht bekunde und Deine Kraft und Deine Macht offenbare.
Dann stehe er auf, erhebe zweimal flehend die Hände und spreche:
Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Allmächtigen, dem Allgütigen. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Gebieter am Anfang und am Ende. O Gott, mein Gott! Deine Vergebung hat mich ermutigt, Dein Erbarmen gab mir Kraft, Dein Ruf erweckte mich, Deine Gnade erhob mich und führte mich hin zu Dir. Wie könnte ich sonst wagen, am Tore der Stadt Deiner Nähe zu stehen oder mein Gesicht dem Lichte zuzuwenden, das aus dem Himmel Deines Willens hervorleuchtet? Du siehst, o mein Herr, dieses elende Geschöpf an die Pforte Deiner Gnade pochen, diese vergehende Seele den Strom ewigen Lebens aus den Händen Deiner Güte suchen. Dein ist der Befehl allezeit, o Du Herr aller Namen, und mein sind Ergebung und willige Unterwerfung unter Deinen Willen, o Schöpfer der Himmel!
Dann erhebe er dreimal die Hände und spreche:
Größer als jeder Große ist Gott!
Sodann knie er nieder, beuge die Stirn zur Erde und spreche:
Zu hoch bist Du für den Lobpreis derer, die Dir nahe sind, als daß er zum Himmel Deiner Nähe aufstiege, oder für die Vögel der Herzen jener, die Dir treu sind, als daß sie den Zugang zu Deinem Tor erreichten. Ich bezeuge, daß Du geheiligt bist über alle Eigenschaften, heilig über alle Namen. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Höchsterhabenen, dem Allherrlichen.
Dann setze er sich und spreche:
Ich bezeuge, was alles Erschaffene und die himmlischen Heerscharen und die Bewohner des allhöchsten Paradieses und über sie hinaus die Zunge der Größe selbst vom allherrlichen Horizont aus bezeugen: daß Du Gott bist, daß es keinen Gott gibt außer Dir, und daß Er, der offenbart wurde, das Verborgene Geheimnis ist, das Verwahrte Sinnbild, Er, durch den die Buchstaben des ›Sei!‹ miteinander verknüpft wurden. Ich bezeuge, daß Er es ist, dessen Namen die Feder des Allhöchsten niederschrieb und der genannt ist in den Büchern Gottes, des Herrn des Thrones in der Höhe und hienieden auf Erden.
Dann stehe er aufrecht und spreche:
O Herr allen Seins, Besitzer alles Sichtbaren und Unsichtbaren! Du gewahrst meine Tränen und Seufzer; Du hörst mein Stöhnen und Jammern und meines Herzens Klage. Bei Deiner Macht! Meine Sünden hinderten mich, Dir zu nahen, meine Frevel hielten mich dem Hofe Deiner Heiligkeit fern. Deine Liebe, o mein Herr, machte mich reich, aber die Trennung von Dir ließ mich zunichte werden, und das Fernsein von Dir verzehrte mich. Ich flehe Dich an bei Deiner Fußspur in dieser Wildnis und bei den Worten »Hier bin ich, hier bin ich!«, die Deine Erwählten in diesem unendlichen Raume gerufen haben, und beim Odem Deiner Offenbarung und den linden Lüften am Morgen Deiner Manifestation – gib, daß ich unentwegt zu Deiner Schönheit aufblicke und alles befolge, was in Deinem Buche steht.
Dann wiederhole er dreimal den Größten Namen, beuge sich nieder, lasse die Hände auf den Knien ruhen und spreche:
Preis sei Dir, o mein Gott, daß Du mir halfest, Deiner zu gedenken und Dich zu preisen, daß Du mich Ihn, den Sonnenaufgang Deiner Zeichen, erkennen ließest, und daß Du mich bewegtest, mich vor Deiner Herrschaft zu beugen, mich Deiner Gottheit zu unterwerfen und anzuerkennen, was die Zunge Deiner Größe verkündet hat.
Dann erhebe er sich und spreche:
O Gott, mein Gott! Mein Rücken ist gebeugt von der Bürde meiner Sünden, und meine Nachlässigkeit hat mich zunichte gemacht. Wann immer ich meiner schlechten Taten und Deiner Güte gedenke, schmilzt mir das Herz in der Brust und wallt mir das Blut in den Adern. Bei Deiner Schönheit, o Du Sehnsucht der Welt! Ich erröte, mein Angesicht zu Dir zu erheben, und Scham hemmt meine Hände, sich sehnend nach dem Himmel Deiner Gaben zu recken. Du siehst, o mein Gott, wie Tränen mich hindern, Deiner zu gedenken und Deine Tugenden zu preisen, o Herr des Thrones in der Höhe und auf der Erde hienieden! Ich flehe Dich an bei den Zeichen Deines Reiches und den Geheimnissen Deiner Herrschaft: Verfahre mit Deinen Geliebten, wie es Deiner Güte entspricht, o Du Herr allen Seins, und wie es Deiner Gnade würdig ist, o Du König des Sichtbaren und des Unsichtbaren!
Dann wiederhole er dreimal den Größten Namen, beuge kniend die Stirn zur Erde und spreche:
Preis sei Dir, o unser Gott, daß Du auf uns herabsandtest, was uns Dir nahebringt, und uns mit allem Guten versorgest, was Du in Deinen Büchern und Schriften auf uns niederkommen ließest. Beschütze uns – so flehen wir Dich an, o mein Herr – vor den Scharen eitlen Wahns und leeren Trugs. Du bist in Wahrheit der Mächtige, der Allwissende.
Dann erhebe er das Haupt, setze sich und spreche:
Ich bezeuge, o mein Gott, was Deine Erwählten bezeugen, und bekenne, was die Bewohner des höchsten Paradieses bekennen und die, so Deinen mächtigen Thron umkreisen: Dein sind die Reiche der Erde und des Himmels, o Herr der Welten!
Das lange Pflichtgebet, einmal in 24 Stunden zu sprechen

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Da Du, o mein Gott, Dich auf dem Throne Deiner erhabenen Einheit niedergelassen und den Gnadensitz Deiner Einzigkeit bestiegen hast, steht es Dir an, aus den Herzen aller Wesen zu tilgen, was sie davon abhält, Einlaß in das Heiligtum Deiner göttlichen Geheimnisse zu erlangen, und was sie vom Tempel Deiner Göttlichkeit ausschließt, damit alle Herzen Deine Schönheit widerspiegeln, Dich offenbaren und von Dir künden, damit alles Erschaffene die Zeichen Deiner erhabensten Souveränität aufweise und den Lichtglanz Deiner heiligen Führung ausstrahle, und damit alle im Himmel und auf Erden Deine Einheit lobpreisen und Dich dafür verherrlichen, daß Du ihnen Dein Selbst durch Ihn, die Manifestation Deiner Einzigkeit, offenbart hast.
So befreie denn Deine Diener, o mein Gott, aus den Hüllen der Selbstsucht und der Begierde oder laß Dein Volk die Augen zu solchen Höhen erheben, daß sie in den eigenen Wünschen nichts anderes erkennen als die sanft sich regenden Winde Deiner ewigen Herrlichkeit, und daß Deine Diener in ihrem eigenen Selbst nichts vorfinden als die Offenbarung Deines barmherzigen Selbstes. So werde die Erde mit allem darauf gereinigt von dem, was Dir fremd ist oder anderes darstellt als Dein Selbst. Dies alles kann in Deinem ganzen Herrschaftsgebiet erfüllt werden durch Deinen Befehl ›Sei!‹, und es ist – nein, schneller noch, und doch verstehen es die Menschen nicht.
Verherrlicht, unermeßlich verherrlicht, bist Du, o mein Geliebter! Ich schwöre bei Deiner Herrlichkeit! In eben diesem Augenblick erkenne ich, daß Du alles gewährt hast, worum ich Dich anflehte in dieser gesegneten Nacht, die nach Deinem Geheiß Ihn ins Gedächtnis ruft, den Gefährten Deiner Schönheit, der Dein Antlitz schauen durfte, ehe ich von Dir erwähnt oder innerhalb des Hofes Deiner Heiligkeit ins Dasein gerufen war. Ich entdecke, daß Du alle Dinge zu Manifestationen Deines Befehls, zu Offenbarungen Deiner Werke, zu Verwahrungsorten Deiner Erkenntnis und zu Schatzkammern Deiner Weisheit gemacht hast. Weiter erkenne ich: Würde von den Offenbarungen Deiner Namen und Attribute auch nur eine im Gewicht eines Senfkorns dem entzogen, was durch Deine Kraft erschaffen und von Deiner Macht gezeugt ist, so blieben die Grundlagen Deiner ewigen Werke unvollständig, die Edelsteine Deiner göttlichen Weisheit unvollkommen. Denn in Deinem Reiche muß es schlechterdings die Buchstaben der Verneinung geben, wie weit sie auch immer von den heiligen Düften Deiner Erkenntnis entfernt seien, wie schlimm sie auch den wundersamen Morgenglanz Deiner Schönheit, strahlend am Himmel Deiner Majestät, vergessen; denn so werden die Worte, die Dich bestätigen, hervorgehoben.
Deine Macht ist mein Zeuge, o mein Vielgeliebter! Die ganze Schöpfung ist ins Dasein gerufen, Deinen Triumph zu steigern und Deine Überlegenheit zu sichern; alle von Dir gesetzten Schranken sind nur die Zeichen Deiner Souveränität und verkünden die Gewalt Deiner Macht. Wie großartig, wahrhaft großartig, sind die Offenbarungen Deiner wundersamen Macht in allen Dingen! So großartig sind sie, daß das geringste Deiner Geschöpfe von Dir zur Manifestation Deiner erhabensten Eigenschaft erkoren, das verächtlichste Zeichen Deiner Werke zum Empfänger Deines machtvollsten Namens erwählt ist. Die Armut ist nach Deinem Geheiß zur Offenbarung Deines Reichtums gemacht, die Erniedrigung zum Pfade hin zu Deiner Herrlichkeit, die Sündhaftigkeit zur Ursache Deiner Vergebung. So zeigst Du, daß die trefflichsten Titel Dein sind und die Wunder Deiner erhabensten Eigenschaften Dir zugehören.
Da Du, o mein Gott, nach Deinem Vorsatz alles Erschaffene in das Thronzelt Deiner überragenden Gunst und Gnade treten lassen willst, da Du über die ganze Schöpfung den Duft des Gewandes Deiner herrlichen Einheit verströmst, da Du alle Dinge mit den Augen Deiner Gabenfülle und Deiner Einzigkeit schaust, flehe ich Dich an bei Deiner Liebe, die Du zur Triebfeder für die Offenbarungen Deiner ewigen Heiligkeit, zur Feuersäule in den Herzen solcher Deiner Geschöpfe, die nach Dir sich sehnen, gemacht hast:

Erschaffe in eben diesem Augenblick für die aus Deinem Volke, so Dir völlig ergeben sind, und für alle Deine Geliebten, die Dich lieben, aus dem innersten Wesen Deiner Großmut und Deiner Gabenfülle, aus dem tiefsten Geiste Deiner Gnade und Deiner Herrlichkeit, Dein Paradies überragender Heiligkeit, erhöhe es über alles außer Dir und heilige es von allem außer Dir.

Alsdann erschaffe darin, o mein Gott, aus den Lichtstrahlen Deines Thronsitzes Mägde, welche die Melodien Deiner wundersamen, Deiner süßesten Phantasien anstimmen, um Deinen Namen mit Worten zu preisen, wie sie noch keines Deiner Geschöpfe, weder die Insassen Deines Himmels noch die Bewohner Deiner Erde, je zu hören bekam und keines Deiner Völker je begriff.

Öffne alsdann die Tore dieses Paradieses vor den Angesichtern Deiner Geliebten, damit sie eintreten in Deinem Namen und durch die Macht Deiner Souveränität, damit so Deine fürstlichen Wohltaten für Deine Erwählten und Deine überragenden Gaben für Deine Vertrauten vollendet werden, damit sie Deine Tugenden preisen mit Liedern, wie keiner sonst sie anstimmen oder beschreiben kann, damit niemand aus Deinem Volke auf den Gedanken komme, in der Verkleidung eines Deiner Erwählten zu erscheinen oder das Beispiel Deiner Geliebten nachzuahmen, und damit jeder untrüglich zwischen Deinen Freunden und Deinen Feinden, zwischen den Dir Ergebenen und Deinen hartnäckigen Widersachern unterscheide.

Mächtig bist Du zu tun, was Du willst; machtvoll und überlegen bist Du über alle Dinge.
Erhaben, unermeßlich erhaben bist Du, o mein Geliebter, über das Bemühen Deiner Geschöpfe, wie gelehrt sie auch seien, Dich zu erkennen; erhaben, unermeßlich erhaben über jeden Versuch, wie sehnsüchtig auch immer, Dich zu beschreiben, können die Menschen doch mit ihren höchsten Gedanken, so tief sie auch nachsinnen, niemals hoffen, sich über die Grenzen Deiner Schöpfung hinaus aufzuschwingen, den Rahmen der bedingten Welt zu übersteigen oder die ihr von Dir unwiderruflich gesetzten Schranken zu durchbrechen. Wie kann da ein Ding, erschaffen durch Deinen die ganze Schöpfung lenkenden Willen, ein Ding als Teil der bedingten Welt die Kraft besitzen, sich in die heiligen Sphären Deiner Erkenntnis emporzuschwingen oder zum Thronsitz Deiner überragenden Macht vorzudringen?
Hoch, unermeßlich hoch stehst Du über dem Bestreben der vergänglichen Kreatur, sich zum Throne Deiner Ewigkeit aufzuschwingen, oder dem Verlangen der Armseligen und Elenden, den Gipfel Deiner allgenügenden Herrlichkeit zu erklimmen! Seit Ewigkeit beschreibst Du Dir Dein eigenes Selbst und rühmst in Deinem eigenen Wesen Dein Wesen vor Deinem Wesen. Ich schwöre bei Deiner Herrlichkeit, o mein Meistgeliebter! Wer außer Dir kann beanspruchen, Dich zu kennen, und wer außer Dir kann Deiner angemessen gedenken? Du bist Er, der seit Ewigkeit in Seinem Reiche wohnt, in der Herrlichkeit Seiner überragenden Einheit, im Glanze Seiner heiligen Größe. Gälte jemand außer Dir in allen Reichen Deiner Schöpfung der Erwähnung wert, von den höchsten Reichen der Unsterblichkeit bis herab zur Ebene dieser niederen Welt, wie wäre dann darzutun, daß Du auf dem Throne Deiner Einheit sitzest, wie könnten dann die wundersamen Tugenden Deiner Einzigkeit und Einmaligkeit verherrlicht werden?
Ich bezeuge in diesem Augenblick, was Du für Dich selbst bezeugt hast, noch ehe Du die Himmel und die Erde erschaffen hattest: daß Du Gott bist und daß es keinen Gott gibt außer Dir. Seit Ewigkeit bist Du mächtig, durch die Manifestationen Deiner Macht die Zeichen Deiner Gewalt zu offenbaren, und seit Ewigkeit verkündest Du durch die Morgenröten Deiner Erkenntnis die Worte Deiner Weisheit. Keiner neben Dir wird würdig befunden, vor dem Heiligtum Deiner Einheit erwähnt zu werden, und keiner außer Dir erweist sich fähig, im geheiligten Hofe Deiner Einzigkeit Lob und Preis entgegenzunehmen.
Preis sei Dir, o mein Gott, daß Du Deine Gunst und Deine Großmut offenbartest!

Ruhm und Ehre seien Dir, o mein Geliebter, daß Du die Sonne Deiner Gnade und Deines zarten Erbarmens aufgehen ließest.

Ich sage Dir einen Dank, der die Schritte der Eigensinnigen zum glänzenden Morgenlicht Deiner Führung lenken und die nach Dir sich Sehnenden befähigen kann, zum Thronsitz der Offenbarung Deiner strahlenden Schönheit zu gelangen.

Ich sage Dir einen Dank, der die Kranken die Wasser Deiner Heilung aufsuchen läßt und den Fernstehenden helfen kann, dem Lebensquell Deiner Gegenwart zu nahen.

Ich sage Dir einen Dank, der die Leiber Deiner Diener der Hüllen der Sterblichkeit und der Erniedrigung entkleiden, sie mit den Gewändern Deiner Ewigkeit und Deiner Herrlichkeit schmücken und die Armen zu den Ufern Deiner Heiligkeit und Deines allgenügenden Reichtums führen kann.

Ich sage Dir einen Dank, der die Himmlische Taube befähigen kann, in den Zweigen des Lotosbaumes der Unsterblichkeit ihr Lied zu singen:

»Wahrlich, Du bist Gott.

Es gibt keinen Gott neben Dir.

Seit Ewigkeit bist Du erhaben über den Lobpreis eines anderen als Deiner selbst, hoch über der Beschreibung durch einen anderen als Dich selbst.« Ich sage Dir einen Dank, der die Nachtigall der Herrlichkeit veranlassen kann, im höchsten Himmel ihre Melodie zu jubeln:

»‘AlíA26 ist in Wahrheit Dein Diener, den Du auserkorest unter Deinen Boten und Deinen Auserwählten, den Du zur Manifestation Deiner selbst machtest in allem, was Dir angehört, in allem, was die Offenbarung Deiner Eigenschaften und die Beweise Deiner Namen angeht.« Ich sage Dir einen Dank, der alle Dinge aufrütteln kann, Dich zu loben und Dein Wesen zu preisen, und der die Zungen aller Geschöpfe zu lösen vermag, die Souveränität Deiner Schönheit zu verherrlichen.

Ich sage Dir einen Dank, der die Himmel und die Erde mit den Zeichen Deines überragenden Wesens erfüllen und allem Erschaffenen beistehen kann, das Heiligtum Deiner Nähe und Deiner Gegenwart zu betreten.

Ich sage Dir einen Dank, der jedes erschaffene Ding zu einem Buche macht, das von Dir spricht, und zu einer Schriftrolle, die Deinen Lobpreis entfaltet.

Ich sage Dir einen Dank, der die Manifestationen Deiner Souveränität auf den Thron Deiner Herrschaft und die Träger Deiner Herrlichkeit auf den Sitz Deiner Göttlichkeit setzen kann.

Ich sage Dir einen Dank, der den morschen Baum durch den heiligen Odem Deiner Gunst gute Früchte tragen lassen und die Leiber aller Wesen mit den sanften Winden Deiner überirdischen Gnade wiederbeleben kann.

Ich sage Dir einen Dank, der bewirken kann, daß die Zeichen Deiner erhabenen Einzigkeit aus dem Himmel Deiner heiligen Einheit herniedergesandt werden.

Ich sage Dir einen Dank, der alle Dinge die Wirklichkeiten Deiner Erkenntnis und das Wesen Deiner Weisheit lehren kann und die armseligen Kreaturen von den Toren Deiner Barmherzigkeit und Deiner freigebigen Gunst nicht ausschließt.

Ich sage Dir einen Dank, der alle im Himmel und auf Erden durch die Schätze Deines allgenügenden Reichtums befähigen kann, auf alles Erschaffene zu verzichten, und der allem Erschaffenen helfen kann, den Gipfel Deiner allmächtigen Gunst zu erreichen.

Ich sage Dir einen Dank, der den Herzen der heiß Dich Liebenden beistehen kann, in die Sphären der Nähe zu Dir und der Sehnsucht nach Dir emporzufliegen, und der das Licht der Lichter im Lande ‘Iráq entfachen kann.

Ich sage Dir einen Dank, der die Dir Nahen von allem Erschaffenen loslösen und sie dem Throne Deiner Namen und Deiner Eigenschaften nahebringen kann.

Ich sage Dir einen Dank, der Dich veranlassen kann, alle Sünden und Vergehen zu verzeihen, die Bedürfnisse der Gläubigen aller Religionen zu erfüllen und den Duft der Vergebung über die ganze Schöpfung zu verströmen.

Ich sage Dir einen Dank, der den Deine Einheit Erkennenden die Kraft geben kann, zu den Höhen Deiner Liebe emporzusteigen, und den Dir Ergebenen die Fähigkeit, sich zum Paradiese Deiner Gegenwart zu erheben.

Ich sage Dir einen Dank, der die Wünsche aller, die Dich suchen, befriedigen und die Ziele aller, die Dich erkennen, verwirklichen kann.

Ich sage Dir einen Dank, der alle Gefühle der Begrenzung aus den Menschenherzen tilgen und ihnen die Zeichen Deiner Einheit aufprägen kann.

Ich sage Dir einen Dank wie den, womit Du seit Ewigkeit Dein eigenes Selbst verherrlichst und es über alle Gefährten, Nebenbuhler und Vergleiche erhebst, o Du, der Du die Himmel der Gnade und der Gabenfülle, die Reiche der Herrlichkeit und der Majestät in Händen hältst!
Gelobt sei Dein Name, o Herr, mein Gott und mein Meister! Du bezeugst und siehst und weißt, was in Deinen Tagen über Deine Geliebten gekommen ist: die fortgesetzten Prüfungen, die aufeinanderfolgenden Trübsale, die unaufhörlichen Leiden, die auf Deine Erwählten herniedergesandt sind. Ihre Lage ist derart, daß ihnen die Erde zu eng ist; allenthalben sind sie umzingelt von den Zeugnissen Deines Zornes und den Zeichen der Furcht vor Dir; die Tore Deiner Barmherzigkeit und Gnade sind ihnen verschlossen, der Garten ihrer Herzen ist der üppigen Schauer Deiner Gunst und Deiner Gabenfülle beraubt. Willst Du denen, die Dich lieben, o mein Gott, die Wunder Deiner Überlegenheit und Deines Triumphes vorenthalten? Willst Du, o mein Geliebter, die Hoffnungen zerschlagen, welche die Dir Ergebenen auf Deine mannigfachen Gnadengaben setzen? Willst Du sie, die Dich anerkennen, o mein Meister, den Ufern Deiner geheiligten Erkenntnis fernhalten, oder willst Du ihre Herzen nicht mehr netzen mit den Regenschauern Deiner allüberragenden Gunst? Nein, bewahre! Deine Herrlichkeit ist mein Zeuge! Ich bezeuge in diesem Augenblick, daß Deine Barmherzigkeit alles Erschaffene übersteigt, daß Deine Gnade alle im Himmel und auf Erden umfängt. Seit Ewigkeit stehen die Tore Deiner Großmut vor den Angesichtern Deiner Diener offen, wehen die zarten Winde Deiner Gnade über die Herzen aller Geschöpfe, regnen die strömenden Wasser Deiner Gabenfülle hernieder auf Dein Volk und auf die Bewohner Deines Reiches.
Ich weiß gar wohl: Du zögerst Deinen offenbaren Triumph im Reiche der Schöpfung hinaus durch Dein Wissen, das die Geheimnisse Deines Ratschlusses, aber auch das umfaßt, was hinter den Schleiern Deiner unwiderruflichen Absicht verborgen ist, damit auf diese Weise die, welche unter den Schatten Deiner überragenden Barmherzigkeit getreten sind, geschieden seien von denen, die hoffärtig mit Dir umgehen und Deiner Gegenwart den Rücken kehren zu einer Zeit, da Du Deine erhabenste Schönheit offenbarst.
So bist Du erhaben, unermeßlich erhaben, o mein Geliebter! Da Du in Deinem Reiche Deine Geliebten von Deinen Feinden scheidest, da Du Dein gewichtiges Zeugnis und Deinen unfehlbaren Beweis für alle im Himmel und auf Erden erbringst, so habe denn Mitleid mit denen, die in Deinem Lande zu Fall gebracht sind durch das, was ihnen auf Deinem Pfade widerfährt. Erhebe sie durch die Gewalt Deiner Macht und die Kraft Deines Willens, o mein Gott, und richte sie auf, damit sie Deine heilige Sache durch Deine allmächtige Souveränität, Deine allmächtige Absicht verkünden.
Ich schwöre bei Deiner Herrlichkeit! Wenn ich Deine Überlegenheit dartue, ist es meine einzige Absicht, Deine heilige Sache zu preisen und Dein Wort zu verherrlichen. Zögertest Du, Deinen Sieg herniederzusenden und Deine Macht zu zeigen, so bin ich gewiß, daß die Zeichen Deiner Souveränität in Deinem Land alsbald untergingen und die Zeugnisse Deiner Herrschaft in all Deinen Gebieten ausgelöscht würden.
Meine Brust ist eng, o mein Gott, und rings umgeben mich Kummer und Sorge; denn ich höre unter Deinen Dienern allerhand Lob außer Deinem wundersamen Lobpreis und erblicke in Deinem Volke die Zeichen aller Dinge, nur nicht die Beweise dessen, was Du ihnen durch Dein Geheiß geboten, durch Deinen souveränen Willen bestimmt und durch Deinen weltverwandelnden Ratschluß auferlegt hast. So weit sind sie von Dir abgeirrt, daß sie sich die Finger in die Ohren stecken, kritteln und höhnen, wenn einer Deiner Geliebten ihnen die wunderbaren Zeichen Deiner Einheit und die juwelengleichen Worte darbringt, die Deine überragende Einzigkeit bezeugen. All dies hast Du durch Deine allumgreifende Souveränität verfügt und in Deiner allmächtigen Überlegenheit vorausgesehen.
Verherrlicht, unermeßlich verherrlicht bist Du, o mein Meister! So schaue denn auf die Herzen, die aus Liebe zu Dir von den Pfeilen Deiner Feinde durchbohrt sind, und die Häupter, die auf Speeren einhergetragen wurden, Deine heilige Sache zu erhöhen und Deinen Namen zu verherrlichen. Habe Mitleid mit diesen Herzen, die vom Feuer Deiner Liebe verzehrt sind, geprägt von Leiden, wie nur Du sie kennst.
Aller Preis und alle Ehre seien Dir, o mein Gott! Du weißt sehr wohl, was sich in Deinen Tagen seit zwanzig Jahren ereignet hat und bis zu dieser Stunde weiter ereignet. Kein Mensch kann ermessen, keine Zunge erzählen, was in dieser langen Zeit über Deine Auserwählten gekommen ist. Kein Obdach konnten sie finden, keine Zuflucht, sicher darin zu wohnen. So wende denn, o mein Gott, ihre Furcht in die Beweise Deines Friedens und Deiner Sicherheit, ihre Erniedrigung in Deine souveräne Herrlichkeit, ihre Armut in Deinen allgenügenden Reichtum, ihre Not in die Wunder Deiner vollkommenen Ruhe. Gewähre ihnen den Duft Deiner Macht und Deiner Barmherzigkeit, sende in Deiner wundersamen Gnade auf sie die Fähigkeit hernieder, auf alles zu verzichten außer Dir und sich loszulösen von allem außer Dir, damit die Souveränität Deiner Einzigkeit sich erweise, die Überlegenheit Deiner Gunst und Deiner Gabenfülle dargetan werde.
Willst Du nicht die Tränen sehen, o mein Gott, die Deine Geliebten vergießen? Willst Du Dich nicht der Augen erbarmen, o mein Geliebter, die getrübt sind durch die Trennung von Dir, durch das Ausbleiben der Zeichen Deines Sieges? Willst Du nicht in die Herzen schauen, o mein Meister, welche die Taube der Sehnsucht nach Dir und der Liebe zu Dir mit ihren Flügelschlägen getroffen hat? Bei Deiner Herrlichkeit! So zugespitzt hat sich die Lage, daß den Herzen Deiner Auserwählten die Hoffnung fast entschwunden ist und der Odem der Verzweiflung sie ergreifen will ob alledem, was in Deinen Tagen über sie gekommen ist.
So sieh mich denn, o mein Gott, wie ich vor mir selbst zu Dir fliehe, wie ich mein eigenes Sein verlasse, um zum Lichtglanz Deines Seins zu gelangen, wie ich alles aufgebe, was mich von Dir fernhält und mich Dein vergessen läßt, um den Hauch Deiner Gegenwart und Deines Gedenkens zu atmen. Schau, wie ich den Staub der Stadt Deiner Vergebung und Deiner Großmut betrete, wie ich im Vorhof Deiner überragenden Barmherzigkeit wohne, wie ich Dich anflehe durch die Souveränität Dessen, der Dein Gedenken ist, erschienen im Gewande Deiner reinsten, erhabensten Schönheit: Sende im Laufe dieses Jahres auf Deine Geliebten hernieder, was ihnen die Kraft gibt, alle außer Dir zu entbehren, und die Freiheit, Deinen souveränen Willen, seine Beweise und seine allunterwerfende Absicht anzuerkennen, so daß sie nur noch suchen, was Du kraft Deines Befehls für sie wünschtest, und nur erstreben, was Du durch Deinen Willen für sie ersehntest. Heilige alsbald ihre Augen, o mein Gott, damit sie Deiner Schönheit Licht erschauen, und reinige ihre Ohren, daß sie den Liedern der Taube Deiner überragenden Einzigkeit lauschen. Dann überflute ihre Herzen mit den Wundern Deiner Liebe, behüte ihre Zungen, eines anderen als Dein zu gedenken, und beschütze ihre Angesichter vor jedem Anblick außer dem Deinen. Du hast die Macht zu tun, was Dir gefällt. Du bist wahrlich der Allmächtige, der Helfer in Gefahr, der Selbstbestehende.
Beschütze ferner, o mein Geliebter, durch Deine Liebe zu ihnen und durch die Liebe, die sie für Dich hegen, diesen Diener, der alles für Dich opfert, was Du ihm auf dem Pfade Deiner Liebe und Deines Wohlgefallens gegeben; bewahre ihn vor allem, was Du verabscheust und was ihn hindert, das Königszelt Deiner heiligen Souveränität zu betreten und zum Thronsitz Deiner überragenden Einzigkeit zu gelangen. Zähle ihn sodann, o mein Gott, zu denen, die sich durch nichts in der Welt davon abhalten lassen, Deine Schönheit zu schauen oder über die wundersamen Zeugnisse Deines ewigen Schöpfertums nachzusinnen, so daß er niemandem sich zugeselle als Dir, keinem sich zuwende außer Deinem Selbst, in allem, was Du in den Reichen von Erde und Himmel erschaffen hast, nur Deine wundersame Schönheit und die Offenbarung Deines strahlenden Antlitzes erblicke und so tief im wogenden Meer Deiner allbeherrschenden Vorsehung, in der brandenden See Deiner heiligen Einheit untertauche, daß er jedes Gedenken vergißt außer dem Gedenken Deiner überragenden Einzigkeit und aus seiner Seele die Spuren aller bösen Gedanken verbannt, o Du, der Du die Reiche aller Namen und Eigenschaften in Händen hältst!
Gelobt sei Dein Name, o Du Ziel meiner Sehnsucht! Ich schwöre bei Deiner Herrlichkeit! So groß ist mein Wunsch nach vollständiger Loslösung, daß ich mich weigerte, die in den Gemächern der Keuschheit verborgenen Angesichter, deren Schönheit Du vor dem Blick aller Geschöpfe heiligtest, anzuschauen, wenn sie vor mir erschienen, selbst wenn sie sich in der ganzen Herrlichkeit Deiner strahlenden, Deiner unvergleichlichen Schönheit offenbarten. Vielmehr würde ich sie nur anblicken, um die Geheimnisse Deiner Schöpferkraft zu erkennen, weil diese Geheimnisse denen, die Dir nahe sind, den Sinn verwirren und denen, die Dich anerkennen, Scheu einflößen. Durch Deine Kraft und Deine Gewalt schwänge ich mich auf zu solchen Höhen, daß nichts die Macht hätte, mich von den mannigfachen Beweisen Deiner überragenden Herrschaft abzuhalten, und keine irdische Vorstellung mich von den Offenbarungen Deiner göttlichen Heiligkeit ausschließen könnte.
Herrlich, unermeßlich herrlich bist Du, o mein Gott, mein Geliebter, mein Meister, meine Sehnsucht! Zerschlage nicht die Hoffnung dieses Elenden, zu den Ufern Deiner Herrlichkeit zu gelangen, beraube dieses armselige Geschöpf nicht Deines unermeßlichen Reichtums und vertreibe diesen Bittsteller nicht von den Toren Deiner Gnade, Deiner Großmut und Deiner Gaben. So habe denn Erbarmen mit dieser armen, verlassenen Seele, die keinen Freund sucht außer Dir, keinen Gefährten neben Dir, keinen Tröster als Dich, keinen Geliebten außer Dir, kein Verlangen als Dich.
Wirf auf mich, o mein Gott, die Lichtstrahlen Deiner Barmherzigkeit, vergib meine Vergehen und die Vergehen derer, die Dir teuer sind, Vergehen, die sich zwischen uns und die Offenbarung Deines Triumphes und Deiner Gnade stellen. Tilge unsere Sünden, die unsere Angesichter vom Sonnenglanz Deiner Gunst ausschließen. Mächtig bist Du zu tun nach Deinem Wohlgefallen. Du befiehlst, was Du willst; niemand darf in Frage stellen, was Du durch die Macht Deiner Souveränität wünschest, und niemand kann vereiteln, was Du kraft Deines unwiderruflichen Ratschlusses verordnest. Es gibt keinen Gott außer Dir, dem Allmächtigen, dem Machtvollsten, dem Ewiglebenden, dem Mitleidvollsten.

Quellenangaben

Q1 Qur’án 81:26 – Anm. d. Hrsg.
Q2 Qur’án 19:57 – Anm. d. Hrsg.
Q3 Qur’án 54:55 – Anm. d. Hrsg.

Anmerkungen

A1 Riḍván
A2 den Reinsten Zweig
A3 der Báb
A4 Moses
A5 Jesus
A6 Muḥammad
A7 vgl. Ex. 4:6; Qur’án 27:12, 7:105, 20:23, 26:32 und 28:32
A8 Die Tage (des Buchstabens H, eingeschobene Tage zwischen dem 18. und dem 19. Monat des Bahá’í-Kalenders
A9 Jesus
A10 Muḥammad
A11 Mírzá Yaḥyá
A12 Afnán
A13 Baghdád
A14 Mírzá Yaḥyá
A15 Jesus
A16 qur’ánische Metapher, vgl. Qur’án 39:61, 3:107; Bahá’u’lláh, Ährenlese 18:3
A17 Dieses Totengebet ist für Bahá’í zu sprechen, die das 15. Lebensjahr vollendet haben. »Es ist das einzige Bahá’í-Pflichtgebet, das in der Gemeinschaft gesprochen wird. Es ist von einem Gläubigen zu sprechen, während alle Anwesenden stehen. Bei diesem Gebet ist es nicht erforderlich, sich der Qiblih zuzuwenden.« (Inhaltsübersicht und systematische Darstellung des Kitáb-i-Aqdas, Hofheim 1987, Anmerkung 11)
A18 der Báb
A19 Mose
A20 Jesus
A21 Mírzá Yaḥyá
A22 qur’ánische Metapher, vgl. Qur’án 39:61, 3:107; ferner Bahá’u’lláh, Ährenlese 18:3
A23 Lawḥ-i-Zíyárih – Besuchstablet. Dieses Tablet wird an den Schreinen Bahá’u’lláhs und des Báb gelesen, außerhalb der Schreine oft bei Gedenkandachten zu deren Hinscheiden.
A24 Gebetsachtung nach Bahjí, ‘Akká
A25 Alláh-u-Abhá
A26 der Báb