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LA PROMESA
DE LA
PAZ MUNDIAL
Por
La Casa Universal de Justicia
Título en inglés:
Promise of World Peace
INTRODUCCIÓN
Con motivo del Año Internacional de la Paz, la Casa Universal de Justicia -cuerpo representativo de la Fe Bahá'í- hizo llegar este mensaje a los gobernantes, autoridades, personalidades destacadas y gentes de todos los estratos de la sociedad a través de las comunidades bahá'ís del mundo.
En estos momentos en los que el logro de la paz se hace cada día más apremiante, cuando la desesperanza se va apoderando de la conciencia de cada uno de los habitantes del planeta, cuando todos los intentos por alcanzarla parecen revelarse como inoperantes, surge, con este mensaje, un nuevo horizonte de confianza en la posibilidad de pacificación de los pueblos.
La Promesa de la Paz Mundial que tiene usted en sus manos señala las causas de la "contradicción paralizante" que sufre el hombre contemporáneo al enfrentarse a la posibilidad del establecimiento de una paz mundial, duradera y efectiva; diseña el proceso que se ha de seguir para convertir a este castigado planeta en un solo país sostenido por las bases de la paz y la unidad; identifica los principios rectores que necesariamente deberán conformar todo proyecto efectivo de construcción de un nuevo orden mundial bajo el reinado de la justicia.
La Fe Bahá'í -religión independiente revelada por Bahá'u'lláh en Persia hace más de un siglo- integra en sus enseñanzas los requisitos de conducta individual y colectiva, moral y social, que deben preceder ineludiblemente al establecimiento de un orden mundial que garantice la vida y la dignidad de todos los seres vivos y que produzca una verdadera civilización de progreso y bienestar bajo el principio de la unidad en diversidad.
El espejismo de que la maldad, la violencia y la guerra son consustanciales a la naturaleza humana no puede ya sostenerse por más tiempo. Es necesaria, por una parte, su visión como expresión sólo de una etapa de inmadurez en el transcurrir de la evolución del hombre, y, por otra, la identificación de los principios espirituales o valores humanos que nos capaciten y alimenten nuestra voluntad de actuar con confianza en la meta final: el establecimiento del "reino de Dios" sobre la tierra.
El Plan Divino que hará surgir una primavera de paz mundial, como proceso natural consecuente al invierno de violencia en el que estamos inmersos, no puede ser frenado.
Octubre 1985
A LOS PUEBLOS DEL MUNDO
La Gran Paz hacia la que las gentes de buena voluntad han inclinado sus corazones a lo largo de los siglos, esa paz que los videntes y los poetas han vaticinado generación tras generación y que han prometido constantemente las sagradas escrituras de la humanidad, está, por fin, al alcance de todas las naciones. Por primera vez en la historia puede contemplarse el planeta entero, con toda su gran variedad de pueblos, en una sola perspectiva. La paz del mundo no sólo es posible, sino también inevitable. La próxima etapa en la evolución de este planeta es, en palabras de un gran pensador, "la planetización de la humanidad".
Que la paz haya de alcanzarse sólo después de inimaginables horrores provocados por el empecinado apego de la humanidad a viejas normas de conducta, o que haya de abrazarse ahora, por medio de un acto voluntario resultado de una gran consulta, es lo que tienen que decidir todos los habitantes de la tierra. En esta encrucijada decisiva, cuando los arduos problemas que enfrentan a las naciones han sido fundidos en una sola preocupación para todo el mundo, el no frenar la corriente de conflicto y desorden sería un acto inconscientemente irresponsable.
Entre las señales favorables están el creciente fortalecimiento de las medidas destinadas a establecer un nuevo orden mundial que se tomaron inicialmente, casi al comienzo de este siglo, con la creación de la Liga de las Naciones, seguida por la Organización de las Naciones Unidas, de más amplio alcance; el hecho de que, después de la Segunda Guerra Mundial, la mayor parte de las naciones de la tierra lograra su independencia -prueba de madurez del proceso de formación nacional de los pueblos-, así como la cooperación de estas naciones incipientes con las naciones más antiguas en la búsqueda de soluciones a problemas comunes; el aumento consiguiente de la cooperación entre pueblos y grupos, hasta entonces aislados y antagonistas, en los campos de la ciencia, la educación, el derecho, la economía y la cultura; el surgimiento, durante los últimos decenios, de un número sin precedentes de organizaciones humanitarias internacionales; la proliferación de movimientos femeninos y juveniles que trabajan para que se ponga fin a las guerras, y la generación espontánea de crecientes asociaciones de gente común en busca de la comprensión mediante la comunicación personal.
Los adelantos científicos y tecnológicos logrados en este siglo extraordinario presagian un gran salto hacia adelante en la evolución social del planeta e indican los medios para resolver los problemas materiales de la humanidad. En realidad, estos adelantos constituyen los medios mismos para la administración de la compleja vida de un mundo unido. Pero los obstáculos todavía existen. Las dudas, los conceptos erróneos, los prejuicios, las sospechas y las mezquindades acosan a los pueblos y naciones en sus relaciones mutuas.
Como resultado de un profundo sentimiento del deber espiritual y moral, nos vemos obligados, en este momento oportuno, a llamar la atención de ustedes sobre las penetrantes ideas -de las cuales nosotros somos depositarios- que Bahá'u'lláh, el fundador de la Fe Bahá'í, comunicó en primicia a los gobernantes de la humanidad hace más de un siglo.
Escribió Bahá'u'lláh: "Los vientos de la desesperación, lamentablemente, soplan desde todas direcciones, y la disensión que divide y aflige a la raza humana aumenta día a día. Ya se perciben los signos de convulsiones y caos inminentes, por cuanto el orden prevaleciente demuestra ser deplorablemente defectuoso". Este juicio profético ha sido ampliamente confirmado por la experiencia general de la humanidad. Las deficiencias del orden establecido se reflejan en la incapacidad de los estados soberanos que forman las Naciones Unidas para exorcizar el espectro de la guerra, el amenazante fracaso del orden económico internacional, la expansión de la anarquía y el terrorismo, y el atroz sufrimiento que éstos y otros males causan cada vez a más millones de seres humanos. En verdad, tanta agresión y conflicto han llegado a caracterizar de tal forma nuestros sistemas sociales, económicos y religiosos que muchas personas han sucumbido a la creencia de que dicha conducta es intrínseca a la naturaleza humana y que, por lo tanto, no se puede erradicar.
Con el afianzamiento de este punto de vista, se ha desarrollado una contradicción paralizante en los acontecimientos humanos. Por una parte, gentes de todas las naciones proclaman no sólo su buena disposición, sino también su anhelo de paz y concordia para que desaparezcan los acuciantes temores que atormentan su vida diaria. Por otra parte, se acepta con conformidad la tesis de que los seres humanos son incorregiblemente egoístas y agresivos y, por lo tanto, incapaces de construir un sistema social que sea a la vez progresista y pacífico, dinámico y armónico, un sistema que permita el libre juego de la creatividad e iniciativa individuales, pero basado en la cooperación y la reciprocidad.
A medida que la necesidad de la paz se vuelve más apremiante, esta contradicción fundamental, que impide su realización, exige una nueva evaluación de las suposiciones sobre las que se basa el punto de vista común del destino histórico de la humanidad. Examinándola desapasionadamente, la evidencia revela que dicha conducta, lejos de reflejar la genuina naturaleza del hombre, representa una tergiversación de su espíritu. La rectificación de este punto de vista permitirá a todos poner en marcha las fuerzas sociales constructivas que, por ser acordes con la naturaleza humana, producirán concordia y cooperación en vez de guerras y conflictos.
El seguir tal camino no es negar el pasado de la humanidad, sino comprenderlo. La Fe Bahá'í contempla la confusión actual del mundo y el lastimoso estado de los acontecimientos humanos como una etapa natural de un proceso orgánico que llevará, final e inevitablemente, a la unificación de la humanidad dentro de un orden social único, cuyos límites serán los del planeta. La humanidad, como unidad orgánica característica, ha pasado por etapas evolutivas análogas a las etapas de la infancia y la adolescencia de los individuos y se encuentra ahora en el período de culminación de su turbulenta adolescencia, llegando a su tan esperada mayoría de edad.
Un reconocimiento sincero de que el prejuicio, la guerra y la explotación han sido la expresión de etapas de inmadurez de un vasto proceso histórico, y que la humanidad experimenta hoy el inevitable tumulto que indica la llegada colectiva a su mayoría de edad, no es razón para desesperarse, sino un requisito previo para emprender la formidable tarea de construir un mundo pacífico. Que semejante empresa es posible, que existen las fuerzas constructivas que se necesitan para tal fin, que es posible levantar estructuras sociales unificadoras, es el tema que les exhortamos a examinar.
Sea cual fuere el sufrimiento y la confusión que nos deparen los próximos años, así como la oscuridad de las circunstancias inmediatas, la comunidad bahá'í cree que la humanidad puede enfrentarse a esta prueba suprema con confianza en el resultado final. Lejos de ser indicios del fin de la civilización, los cambios convulsivos hacia los cuales la humanidad se precipita cada vez más rápidamente servirán para desencadenar las "potencialidades inherentes a la posición del hombre" y para revelar "la medida plena de su destino en el mundo y la excelencia innata de su realidad".
I
Los dones que distinguen al ser humano de todas las demás formas de vida se resumen en lo que se conoce como el espíritu humano; la mente es su característica fundamental. Estos dones han hecho posible que la humanidad construyera civilizaciones y disfrutara de prosperidad material. Pero tales triunfos por sí solos no han satisfecho nunca al espíritu humano, cuya naturaleza misteriosa le inclina hacia lo trascendente, hacia un anhelo de alcanzar un reino invisible, hacia una realidad última, hacia esa desconocida esencia de las esencias que se llama Dios. Las religiones, reveladas a la humanidad por una sucesión de luminarias espirituales, han sido el vínculo fundamental entre el ser humano y esa realidad última y han galvanizado y refinado la capacidad de la humanidad para alcanzar el éxito espiritual junto con el progreso social.
Ningún intento serio para corregir los asuntos humanos, para alcanzar la paz mundial, puede prescindir de la religión. El concepto y práctica de la misma por el hombre son, de manera determinante, el material de la historia. Un eminente historiador describió la religión como una "facultad de la naturaleza humana". Ahora bien, no se puede negar que la perversión de esta facultad ha contribuido a crear confusión en la sociedad y conflictos entre los individuos. Pero tampoco puede ningún observador sensato descartar la influencia preponderante que ha ejercido la religión sobre las expresiones vitales de la civilización. Más aún, su carácter indispensable para el orden social ha sido demostrado repetidamente por su efecto directo sobre la ley y la moral.
Al referirse a la religión como una fuerza social, Bahá'u'lláh escribió: "La religión es el mayor de todos los medios para el establecimiento del orden en el mundo y para la pacífica satisfacción de todos los que lo habitan". Respecto al eclipse o corrupción de la religión, escribió: "Si la lámpara de la religión se apagara, el caos y la confusión sobrevendrían, y las luces de la equidad, de la justicia, de la tranquilidad y de la paz dejarían de brillar". En una enumeración de dichas consecuencias, las escrituras bahá'ís señalan que la "perversión de la naturaleza humana, la degradación de la conducta humana, la corrupción y la disolución de las instituciones humanas, se revelan ellas mismas, bajo tales circunstancias, en sus peores y más repugnantes aspectos. Se envilece el carácter humano, la confianza vacila, los nervios de la disciplina se relajan, la decencia y la vergüenza se oscurecen, las concepciones del deber, de la solidaridad, de la reciprocidad y de la lealtad se distorsionan, y hasta el sentimiento de paz, de alegría y de esperanza se extingue gradualmente".
En consecuencia, si la humanidad ha llegado a un punto de conflicto paralizante, debe buscar dentro de sí misma, dentro de su propia negligencia en los cantos de sirena que ha escuchado, hasta encontrar la fuente de la incomprensión y la confusión perpetradas en nombre de la religión. Aquellos que se han aferrado ciega y egoístamente a sus propias ortodoxias, quienes han impuesto sobre sus fervientes devotos interpretaciones erróneas y conflictivas de las declaraciones de los Profetas de Dios, tienen una gran responsabilidad por esta confusión que se complica por las barreras artificiales que se levantan entre la fe y la razón, la religión y la ciencia. Pues si se hace un sereno examen de las verdaderas aseveraciones de los Fundadores de las grandes religiones, y de los medios sociales en que se vieron obligados a realizar sus misiones, no hay nada que apoye las contiendas y prejuicios que trastornan a las comunidades religiosas de la humanidad y, por lo tanto, a todos los asuntos humanos.
La máxima de que deberíamos tratar a los demás como quisiéramos que se nos tratara a nosotros mismos, un principio de ética que se repite constantemente en las enseñanzas de todas las grandes religiones, fortalece esta última observación en dos aspectos particulares: resume la actividad moral, el aspecto pacificador que caracteriza a estas religiones, independientemente de su lugar o época de origen; también revela un aspecto de unidad que es su virtud fundamental, una virtud que la humanidad en su visión disociada de la historia no ha sabido apreciar.
Si la humanidad hubiera visto a los Educadores de su infancia colectiva en su verdadera dimensión, como agentes de un proceso civilizador, no hay duda que hubiera cosechado beneficios mucho mayores por el efecto acumulado de las misiones sucesivas de tales Educadores. Esto, lamentablemente, no ha sucedido así.
El resurgimiento del fervor fanático religioso que se observa en muchos países no puede calificarse más que de convulsión agonizante. La naturaleza propia de los fenómenos violentos y disociadores, que se relacionan con dicho resurgimiento, da testimonio de la bancarrota espiritual que representa. Realmente, una de las características más extrañas y tristes del fanatismo religioso es el extremo hasta el que está socavando, en cada caso particular, no sólo los valores espirituales que conducen a la unidad de la humanidad, sino también aquellas singulares victorias morales ganadas por la religión determinada a la que pretende servir.
Pese a que la religión haya sido una gran fuerza vital en la historia de la humanidad, y por dramático que sea el actual resurgimiento del fanatismo religioso militante, desde hace décadas, un número cada vez mayor de personas considera que la religión y las instituciones religiosas están desconectadas de las principales inquietudes del mundo moderno. En lugar suyo, la gente se ha entregado a la búsqueda hedonista de la satisfacción material, o a ideologías del origen humano, diseñadas para rescatar a la sociedad de los males evidentes bajo los cuales sufre. Lamentablemente, muchas de estas ideologías, en vez de abrazar el concepto de la unidad de la humanidad y de promover una creciente concordia entre los diferentes pueblos, han tendido a deificar el Estado, a subordinar al resto de la humanidad a los dictados de una nación, raza o clase, a intentar suprimir toda discusión e intercambio de ideas, o a abandonar despiadadamente a merced de la economía de mercado a millones de seres hambrientos; todo lo cual agrava claramente la situación de la mayoría de la humanidad, mientras permite que pequeños sectores vivan en una prosperidad que difícilmente hubieran imaginado nuestros antepasados.
Cuán trágico es el historial de las falsas religiones creadas por los sabios mundanos de nuestra época. En la desilusión masiva de poblaciones enteras a quienes se les ha enseñado a adorar en los altares de dichas religiones, puede leerse el veredicto irrevocable de la historia sobre los valores de las mismas. Los frutos que han producido estas doctrinas, después de decenios de un creciente y desenfrenado ejercicio de poder por parte de aquellos que les deben su ascendencia en los asuntos humanos, son los males sociales y económicos que afligen a cada región de nuestro mundo en los años finales del siglo XX. Fundamentando todas estas aflicciones exteriores está el daño espiritual, reflejado en la apatía que ha atrapado a las masas de los pueblos de todas las naciones, y la desaparición de la esperanza en los corazones de millones de seres despojados y angustiados.
Ha llegado la hora de que aquellos que predican los dogmas del materialismo, ya sean de Oriente o de Occidente, ya sean los del capitalismo o los del socialismo, rindan cuenta del liderazgo moral que presumen haber ejercido. ¿Dónde está el "nuevo mundo" prometido por estas ideologías? ¿Dónde está la paz internacional a cuyos ideales proclaman su devoción? ¿Dónde están los adelantos en nuevos campos de realizaciones culturales producidos por el engrandecimiento de tal raza, de tal nación o de tal clase en particular? ¿Por qué la inmensa mayoría de los pueblos del mundo se está hundiendo cada vez más en el hambre y la miseria, mientras la riqueza, en una escala que nunca soñaron los faraones, los césares o aun las potencias imperialistas del siglo XIX, está a disposición de los actuales árbitros de los asuntos humanos?
Muy especialmente, en la glorificación de los fines materiales, a la vez origen y característica común de todas esas ideologías, es donde se encuentran las raíces con las que se nutre el sofisma de que los seres humanos son incorregiblemente egoístas y agresivos. Es aquí, precisamente, donde debe limpiarse el terreno para construir un nuevo mundo digno de nuestros descendientes.
El hecho de que los ideales materialistas, a la luz de la experiencia, hayan fracasado en satisfacer las necesidades de la humanidad, reclama a un reconocimiento sincero de que hay que hacer un nuevo esfuerzo para encontrar las soluciones a los angustiosos problemas del planeta. Las condiciones intolerables que prevalecen en la sociedad reflejan un fracaso común de todos ellos, circunstancia que incrementa, en vez de aliviarlas, las tensiones que predominan en todos los bandos. Está claro que se requiere un esfuerzo común para remediarlo. Es primordialmente una cuestión de actitud. ¿Continuará la humanidad a la deriva, aferrándose a conceptos obsoletos y a creencias impracticables? ¿O darán sus líderes un paso adelante con voluntad decidida, prescindiendo de ideologías, para unirse en la búsqueda conjunta de soluciones adecuadas?
Quienes se preocupan por el porvenir de la humanidad bien debieran reflexionar sobre este consejo: "Si los ideales por tanto tiempo apreciados y las instituciones por tanto tiempo veneradas; si ciertas suposiciones sociales y fórmulas religiosas han dejado de fomentar el bienestar de la mayoría de la humanidad; si ya no satisfacen las necesidades de una humanidad en continua evolución, que se descarten y releguen al limbo de las doctrinas obsoletas y olvidadas. ¿Por qué éstas, en un mundo sujeto a la inmutable ley del cambio y la decadencia, han de quedar exentas del deterioro que necesariamente se apodera de toda institución humana? Porque las normas legales, las teorías políticas y económicas han sido diseñadas únicamente para defender los intereses de toda la humanidad y no para que ésta sea crucificada por la conservación de la integridad de alguna ley o doctrina determinada".
II
Prohibir las armas nucleares, el uso de gases venenosos o declarar ilegal la guerra bacteriológica no eliminará de raíz las causas de las guerras. Por muy importantes que sean dichas medidas prácticas como parte del proceso de paz, son en sí demasiado superficiales como para ejercer alguna influencia duradera. Los hombres son lo suficientemente ingeniosos como para inventar otras formas de guerra y usar los alimentos, las materias primas, las finanzas, el poder industrial, la ideología y el terrorismo como instrumentos de subversión de unos contra otros en una interminable pugna por la supremacía y el dominio. Tampoco es posible resolver el trastorno masivo de los asuntos de la humanidad arreglando problemas o conflictos específicos entre las naciones. Debe adoptarse un auténtico sistema universal.
Ciertamente, los líderes de las naciones son conscientes de la naturaleza mundial del problema, les es evidente dados los conflictos con que se enfrentan cada día. Y se han propuesto y acumulado estudios y soluciones por muchos grupos cultos y concienciados, así como por los organismos de las Naciones Unidas, para eliminar cualquier posible ignorancia en cuanto a los desafiantes requerimientos que se deben satisfacer. Existe, sin embargo, una parálisis de voluntad, y es esto precisamente lo que hay que analizar y tratar resueltamente. Esta parálisis radica, como hemos dicho, en una convicción profunda sobre la naturaleza inevitablemente belicosa de la humanidad; esto ha llevado a no querer considerar la posible subordinación del interés nacional a las exigencias del orden mundial y a una falta de voluntad para encarar valientemente las inmensas implicaciones que se derivarían del establecimiento de una autoridad en un mundo unido. Se puede atribuir también a la incapacidad de las masas ignorantes y subyugadas para expresar su deseo de un nuevo orden en el que puedan vivir en paz, concordia y prosperidad con toda la humanidad.
Los pasos y tentativas hacia un orden mundial, especialmente desde la Segunda Guerra Mundial, dan señales de esperanza. La creciente tendencia de grupos de naciones a formalizar relaciones que les permitan cooperar en asuntos de interés mutuo indica que, a la postre, todas las naciones podrían superar esta parálisis. La Asociación de Naciones del Sudeste de Asia, la Comunidad y el Mercado Común del Caribe, el Mercado Común Centroamericano, el Consejo para Asistencia Económica Mutua, las Comunidades Europeas, la Liga de Estados Árabes, la Organización para la Unidad Africana, la Organización de Estados Americanos, el Foro del Pacífico Sur..., todos los esfuerzos conjuntos representados por dichas organizaciones preparan el camino hacia un orden mundial.
La creciente atención que se presta a algunos de los problemas más serios del planeta es otra señal de esperanza. A pesar de las claras deficiencias de las Naciones Unidas, la multitud de declaraciones y convenciones adoptadas por dicha organización, aun aquellas en las que los Gobiernos no se han comprometido con entusiasmo, le han dado a la gente común una nueva esperanza en la vida. La Declaración Universal de los Derechos Humanos, la Convención para la Prevención y Castigo del Delito de Genocidio, así como las medidas similares relativas a la eliminación de toda forma de discriminación basada en la raza, el sexo o las creencias religiosas; la defensa de los derechos de los niños; las medidas de protección contra la tortura de los seres humanos; la erradicación del hambre y la desnutrición; el uso del progreso científico y tecnológico para fines pacíficos y en beneficio de la humanidad, todas estas medidas, si se aplican y se extienden con valentía, adelantarán la llegada del día en que el espectro de la guerra pierda su fuerza para dominar las relaciones internacionales. No es preciso subrayar la importancia de los asuntos que tratan dichas declaraciones y convenciones, pero algunos en concreto, debido a su repercusión inmediata en el establecimiento de la paz mundial, merecen mayores comentarios.
El racismo, uno de los males más funestos y persistentes, es un gran obstáculo para la paz. Su práctica perpetra una violación tan ultrajante de la dignidad de los seres humanos que no debe fomentarse bajo ningún pretexto. El racismo retrasa el desarrollo de las potencialidades ilimitadas de sus víctimas, corrompe a los que lo cometen y malogra el progreso humano. El reconocimiento de la unidad de la humanidad, llevado a cabo por medidas legales adecuadas, debe ser universalmente defendido para poder superar este problema.
La excesiva desigualdad entre ricos y pobres, fuente de grandes sufrimientos, mantiene al mundo en estado de constante inestabilidad, virtualmente al borde de la guerra. Pocas sociedades han encarado de forma efectiva esta situación. La solución exige la aplicación conjunta de enfoques espirituales, morales y prácticos. Hay que observar el problema con una mirada nueva, libre de polémicas económicas e ideológicas, lo cual implica consultar con expertos en una amplia gama de disciplinas y lograr la participación de las gentes que resultarían directamente afectadas por las decisiones que deben tomarse con urgencia. Es un asunto que está ligado no sólo con la necesidad de eliminar los extremos de riqueza y pobreza, sino también con aquellas realidades espirituales cuya comprensión puede producir una nueva actitud universal. El promover tal actitud es ya, en sí mismo, una parte importante de la solución.
El nacionalismo desenfrenado, que es diferente de un patriotismo sano y legítimo, debe ceder ante una lealtad más amplia: el amor a toda la humanidad. La declaración de Bahá'u'lláh es la siguiente: "La tierra es un solo país, y la humanidad, sus ciudadanos". El concepto de la ciudadanía mundial es el resultado directo de la contracción del mundo en una sola vecindad por medio de los adelantos científicos y de la indiscutible dependencia entre las naciones. El amor a todos los pueblos del mundo no excluye el amor al propio país. Se beneficia más una parte determinada de la sociedad mundial cuando se fomenta el beneficio de la totalidad. Las actividades internacionales actuales en diversos campos, que estimulan el afecto mutuo y el sentido de la solidaridad entre los pueblos, deben ser ampliamente multiplicadas.
El conflicto religioso a lo largo de la historia ha sido causa de innumerables guerras y contiendas, un gran obstáculo para el progreso y algo cada vez más aborrecible para creyentes e incrédulos. Los creyentes de todas las religiones deben estar dispuestos a afrontar las preguntas fundamentales que plantean estos conflicto y llegar a respuestas claras. ¿Cómo deben resolverse las diferencias entre ellos tanto en la teoría como en la práctica? El desafío con el que se enfrentan los líderes religiosos de la humanidad consiste en contemplar la situación de la misma, con sus corazones llenos de espíritu de compasión y de anhelo por la verdad, y preguntarse a sí mismos si no pueden, humildemente ante su Creador Todopoderoso, disolver sus diferencias teológicas en un gran espíritu de tolerancia mutua que les permita trabajar juntos por el progreso de la comprensión y la paz humanas.
La emancipación de las mujeres, el logro de la igualdad total entre ambos sexos, es uno de los más importantes requisitos previos para la paz, aunque sea uno de los menos reconocidos. La negación de dicha igualdad perpetra una injusticia contra la mitad de la población del mundo y provoca en los hombres actitudes y costumbres nocivas que se llevan de la familia al trabajo, a la vida política y, por último, a las relaciones internacionales. No existen bases morales, prácticas ni biológicas para justificar tal negación. Sólo en la medida en que las mujeres sean aceptadas con plena igualdad en todos los campos del quehacer humano, se creará el clima moral y psicológico del que puede surgir la paz internacional.
La causa de la educación universal, en la que ya presta sus servicios todo un ejército de personas abnegadas de todos los credos y países, merece el mayor apoyo que le puedan dar los Gobiernos del mundo, pues, indiscutiblemente, la ignorancia es la razón principal de la decadencia y caída de los pueblos y de la perpetuación de los prejuicios. Ninguna nación podrá alcanzar el éxito si no pone la educación al alcance de todos los ciudadanos. La falta de recursos limita la capacidad de muchas naciones para cumplir con esta necesidad, lo que impone un cierto orden de prioridades. Los estamentos responsables deberían considerar la necesidad de dar prioridad a la educación de las mujeres y niñas, puesto que es a través de madres formadas como se pueden transmitir, más efectiva y rápidamente a la sociedad, los beneficios del conocimiento. Para cumplir con los requisitos de nuestro tiempo, debe prestarse atención también a la enseñanza del concepto de ciudadanía mundial como parte del programa educativo de cada niño.
Una carencia fundamental de comunicación entre los pueblos perjudica seriamente los esfuerzos que se hacen para alcanzar la paz mundial. La adopción de un idioma auxiliar internacional contribuiría mucho a resolver este problema, por lo que urge prestarle la máxima atención.
De todos estos asuntos hay dos que merecen destacarse. El primero es que la abolición de la guerra no es simplemente cuestión de firmar tratados y protocolos; es una tarea compleja que exige un nuevo nivel de compromiso para resolver los problemas que habitualmente no se relacionan con la búsqueda de la paz. Al basarse solamente en convenios políticos, la idea de la seguridad colectiva resulta ser una quimera. El otro es que el desafío primordial al tratar de los asuntos de la paz consiste en elevar el contexto al nivel de los principios para diferenciarlo de un mero pragmatismo. Porque, en esencia, la paz proviene de un estado interior apoyado por una actitud espiritual o moral, y es precisamente en la evocación de esta actitud donde puede encontrarse la posibilidad de soluciones duraderas.
Hay principios espirituales, o lo que algunos llaman valores humanos, con los que es posible encontrar soluciones para todo problema social. Cualquier grupo bienintencionado puede elaborar soluciones prácticas para sus problemas en un sentido general, pero las buenas intenciones y los conocimientos prácticos no suelen ser suficientes. El mérito esencial del principio espiritual consiste no sólo en que presenta una perspectiva acorde con lo que es inherente a la naturaleza humana, sino que también induce a una actitud, una dinámica, una voluntad, una aspiración que facilitan el descubrimiento y la aplicación de medidas prácticas. Los gobernantes y todos los que ostentan alguna autoridad tendrían más éxito en sus esfuerzos por resolver los problemas si primero intentaran identificar los principios en cuestión y luego se guiaran por ellos.
III
El dilema primordial que hay que resolver es cómo el mundo actual, con su intrínseca pauta de conflicto, puede cambiarse por un mundo en el que prevalezcan la armonía y la cooperación.
El orden mundial sólo puede fundarse sobre una imperturbable conciencia de la unidad de la humanidad, verdad espiritual que confirman todas las ciencias humanas. La antropología, la fisiología y la psicología reconocen sólo una especie humana, aunque con infinitas variantes en los aspectos biológicos secundarios. Para admitir esta verdad hay que abandonar los prejuicios, toda clase de prejuicios: de raza, clase, color, credo, nación, sexo, grado de civilización material; todo lo que hace que la gente se considere superior a los demás.
La aceptación de la unidad de la humanidad es el requisito previo fundamental para la reorganización y administración del mundo como un solo país: el hogar de la raza humana. La aceptación universal de este principio espiritual es indispensable para tener éxito en cualquier intento de establecer la paz mundial. Por lo tanto, debe proclamarse universalmente, debe enseñarse en las escuelas y afirmarse constantemente en todas las naciones como preparación para el cambio orgánico en la estructura social que esta aceptación implica.
Desde el punto de vista bahá'í, el reconocimiento de la unidad de la humanidad "requiere nada menos que la reconstrucción y la desmilitarización de todo el mundo civilizado como un mundo orgánicamente unificado en todos los aspectos esenciales de su vida, de su maquinaria política, de su anhelo espiritual, de su comercio y de sus finanzas, de su escritura e idioma, y, aun así, infinito en la diversidad de las características nacionales de sus unidades federadas".
Al considerar las implicaciones de este principio cardinal, Shoghi Effendi, el Guardián de la Fe Bahá'í, comentaba en 1931: "Lejos de pretender la subversión de los fundamentos actuales de la sociedad, trata de ampliar su base, de amoldar sus instituciones en consonancia con las necesidades de un mundo en constante cambio. No está en conflicto con alianzas legítimas ni socava lealtades esenciales. Su propósito no es sofocar la llama de un sano e inteligente patriotismo en el corazón del hombre, ni abolir el sistema de autonomía nacional, tan esencial para evitar los males de un exagerado centralismo. No ignora ni intenta suprimir la diversidad de orígenes étnicos, de climas, de historia, de idioma y tradición, de pensamiento y costumbres que distinguen a los pueblos y naciones del mundo. Reclama una lealtad más amplia, una aspiración mayor que cualquiera de las que ha sentido la humanidad. Insiste en la subordinación de impulsos e intereses nacionales a las exigencias imperativas de un mundo unificado. Repudia, por una parte, el centralismo excesivo, y, por otra, rechaza todo intento de uniformidad. Su consigna es la unidad en la diversidad".
El logro de tales fines exige varias etapas en el ajuste de las actitudes políticas nacionales, que ahora lindan con la anarquía, a falta de leyes claramente definidas o de principios universalmente aceptados y obligatorios que regulen las relaciones entre las naciones. La Liga de las Naciones, las Naciones Unidas y las muchas organizaciones y acuerdos producidos por ellas, han sido indudablemente provechosos, al atenuar ciertos efectos negativos de los conflictos internacionales, pero se han mostrado incapaces de prevenir la guerra. De hecho, ha habido una gran cantidad de guerras desde que terminó la Segunda Guerra Mundial. Muchas están ardiendo todavía.
Los aspectos predominantes de este problema ya habían aparecido en el siglo XIX cuando Bahá'u'lláh hizo públicas por primera vez sus propuestas para el establecimiento de la paz mundial. El principio de seguridad colectiva fue propuesto por él en las declaraciones que dirigió a los gobernantes del mundo. Comentando su significado, escribió Shoghi Effendi: "¿Qué otra cosa podrían significar estas importantes palabras sino una referencia a la inevitable reducción de las ilimitadas soberanías nacionales como requisito indispensable para la formación de la futura mancomunidad de todas las naciones del mundo? Es necesario desarrollar cierta forma de superestado mundial, a favor del cual todas las naciones del mundo habrán de abandonar voluntariamente toda pretensión de hacer la guerra, ciertos derechos de gravar con impuestos, y todos los derechos de poseer armamentos, salvo con el propósito de mantener el orden interno dentro de sus respectivos dominios. Dicho Estado habrá de incluir en su órbita un poder ejecutivo internacional con capacidad para hacer valer su autoridad suprema e indiscutible sobre todo miembro recalcitrante de la mancomunidad; un Parlamento mundial cuyos miembros serán elegidos por los habitantes de sus respectivos países y cuya elección será confirmada por sus respectivos Gobiernos; y un tribunal supremo cuyos dictámenes tendrán carácter obligatorio aun en los casos en que las partes interesadas no hayan acordado voluntariamente someter el litigio a su consideración".
"Una comunidad mundial en la que todas las barreras económicas habrán quedado totalmente derribadas y en la que se reconocerá definitivamente la interdependencia del capital y el trabajo; en la que el clamor del fanatismo y del conflicto religioso habrá sido acallado para siempre; en la que estará definitivamente extinguida la llama de la animosidad racial; en la que un código único de derecho internacional -producto de un juicioso análisis de los representantes federados del mundo- será sancionado por la intervención instantánea y coercitiva de las fuerzas combinadas de las unidades federadas; y, finalmente, una comunidad mundial en la que el furor de un nacionalismo caprichoso y militante será trocado por una perdurable conciencia de ciudadanía mundial; así es como se presenta, a grandes rasgos, el Orden anunciado por Bahá'u'lláh, un Orden que habrá de ser considerado el más hermoso fruto de una época que madura lentamente".
La puesta en práctica de estas medidas de largo alcance fue indicada por Bahá'u'lláh: "Llegará el momento en que los hombres se darán cuenta de la necesidad imperativa de llevar a cabo una vasta reunión en la que participen todos. Es absolutamente necesario que los gobernantes y reyes de la tierra concurran a ella y que, participando en sus debates, consideren los caminos y los medios que sienten los cimientos de la Gran Paz mundial entre los hombres".
El valor, la resolución, la motivación pura, el amor desinteresado de un pueblo a otro -todas las cualidades espirituales y morales necesarias para efectuar este trascendente paso hacia la paz- se concentran en la voluntad de actuar. Y es para provocar la voluntad necesaria por lo que se debe meditar seriamente sobre la realidad del hombre, esto es, su pensamiento. Comprender la importancia de esta poderosa realidad es también apreciar la necesidad social de poner en práctica su valor único por medio de un proceso de consultas sinceras, desapasionadas y cordiales, y actuar en consecuencia con los resultados de este proceso. Bahá'u'lláh recalcó insistentemente las virtudes de la consulta y lo indispensable que es para poner en orden los asuntos humanos. Dijo: "La consulta confiere un mejor conocimiento y convierte la conjetura en certeza. Es una luz brillante que, en un mundo oscuro, muestra el camino y sirve de guía. Para cada cosa hay y seguirá habiendo un estado de perfección y madurez. La madurez del don del entendimiento se manifiesta a través de la consulta". El intento mismo de alcanzar la paz por medio de la consulta, como él propuso, puede desencadenar ese espíritu saludable entre los pueblos de la tierra, de tal forma que ningún poder podría resistir su resultado triunfal definitivo.
En cuanto a los procedimientos para esta asamblea mundial, 'Abdu'l-Bahá, el hijo de Bahá'u'lláh e intérprete autorizado de sus enseñanzas, ofreció esta profunda explicación: "Deben hacer de la causa de la paz el objeto de la consulta general e intentar, por todos los medios a su alcance, establecer una unión de las naciones del mundo. Deben concertar un tratado de obligado cumplimiento y establecer un convenio cuyas disposiciones sean sólidas, inviolables y definitivas. Deben proclamarlo a todo el mundo y obtener para él la sanción de toda la raza humana. Esta suprema y noble empresa -la verdadera fuente de paz y bienestar de todo el mundo- ha de considerarse como sagrada por todos los moradores de la tierra. Todas las fuerzas de la humanidad deben ser movilizadas para asegurar la estabilidad y permanencia de este Supremo Convenio. En este pacto universal se deben fijar claramente los límites y fronteras de cada una de las naciones, establecer definitivamente los principios fundamentales de las relaciones entre los Gobiernos y determinar todos los acuerdos y obligaciones internacionales. De la misma manera, se debe limitar estrictamente la cantidad de armamentos de cada Gobierno, pues si se permitiera incrementar los preparativos para la guerra y las fuerzas militares de cualquier nación, se provocaría la desconfianza de las otras. El principio fundamental de este pacto solemne se debe fijar de tal manera que si algún Gobierno, más adelante, violara alguna de sus disposiciones, todos los Gobiernos de la tierra deberán levantarse para reducirlo a completa sumisión; incluso la raza humana entera debería tomar la resolución de destruir este Gobierno con todos los poderes a su alcance. Si se aplica este, el mayor de los remedios al cuerpo enfermo del mundo, con seguridad se recobrará de sus enfermedades y permanecerá a salvo y seguro".
La realización de esta magna convocatoria se retrasa ya demasiado.
Con todo el fervor de nuestros corazones, pedimos a los líderes de todas las naciones que aprovechen esta oportunidad y den pasos irreversibles para convocar esta asamblea mundial. Todas las fuerzas de la historia impulsan a la humanidad hacia este acto que señalará definitivamente la aurora de su tan esperada madurez.
¿No se levantarán las Naciones Unidas, con el pleno apoyo de sus miembros, para alcanzar los elevados propósitos de tan magno acontecimiento?
Que los hombres y las mujeres, los jóvenes y los niños de todo el mundo reconozcan el eterno mérito de esta acción imperativa para todos los pueblos y eleven sus voces de aprobación decidida. ¡Que esta generación sea la que inaugure esta gloriosa etapa en la evolución de la vida social del planeta!
IV
La fuente del optimismo que sentimos es una visión que trasciende el cese de la guerra y la creación de organismos de cooperación internacional. La paz permanente entre las naciones es una etapa esencial, pero no es -según proclama Bahá'u'lláh- la meta final del desarrollo social de la humanidad. Más allá del armisticio inicial impuesto al mundo por el temor a un holocausto nuclear, más allá de la paz política introducida a la fuerza por naciones rivales y desconfiadas, más allá de acuerdos pragmáticos para la seguridad y la coexistencia, incluso más allá de los muchos experimentos de cooperación que tales pasos harán posibles, se halla la meta final: la unificación de todos los pueblos del mundo en una familia universal.
La falta de unidad es un peligro que las naciones y los pueblos de la tierra ya no pueden soportar; sus consecuencias son demasiado terribles para contemplarlas, demasiado obvias para que exijan alguna demostración. Hace más de un siglo escribió Bahá'u'lláh: "El bienestar de la humanidad, su paz y seguridad son inalcanzables, a menos y hasta que su unidad sea firmemente establecida". Al observar que "toda la humanidad está gimiendo, ansiando ser conducida a la unidad y terminar con su largo martirio", Shoghi Effendi comentó, además: "La unificación de toda la humanidad es el distintivo de la etapa a la cual la sociedad está llegando ahora. La unidad de la familia, de la tribu, de la ciudad-estado y de la nación han sido intentadas sucesivamente y alcanzadas por completo. La unidad del mundo es la meta por la que lucha una humanidad hostigada. La formación de naciones ha llegado a su fin. La anarquía inherente a la soberanía del Estado va hacia su punto culminante. Un mundo cercano a la madurez debe abandonar este fetichismo, reconocer la unidad y la integridad de las relaciones humanas y establecer, de una vez por todas, el mecanismo que mejor pueda encarnar este principio fundamental para su existencia".
Todas las fuerzas contemporáneas que propician los cambios corroboran este punto de vista. Las pruebas pueden discernirse en los muchos ejemplos que se han citado de presagios favorables para la paz mundial en los actuales movimientos y sucesos internacionales. El ejército de hombres y mujeres, reclutados prácticamente de entre toda cultura, raza y nación de la tierra, que presta servicio en los diversos organismos de las Naciones Unidas, representa un "servicio civil" planetario cuyos impresionantes éxitos son indicios del grado de cooperación que se puede lograr hasta en las condiciones más desalentadoras. Un impulso hacia la unidad, como una primavera espiritual, lucha por expresarse mediante los incontables congresos internacionales que reúnen a personas de una amplia gama de disciplinas. Motiva proyectos internacionales que implican a niños y jóvenes. En verdad, es la auténtica fuente del notable movimiento hacia el ecumenismo por el que los miembros de las religiones y sectas históricamente antagonistas se sienten recíproca e irresistiblemente atraídos. Junto a la tendencia contraria a favor de la guerra y el engrandecimiento propio, contra la cual lucha incesantemente, el impulso hacia la unidad mundial es una de las características más dominantes y extendidas en la vida del planeta durante los últimos años del siglo veinte.
La experiencia de la comunidad bahá'í puede verse como un ejemplo de esta creciente unidad. Es una comunidad de unos tres o cuatro millones de personas* provenientes de muchas naciones, culturas, clases y credos, que se dedican a múltiples actividades al servicio de las necesidades espirituales, sociales y económicas de los pueblos de muchas tierras. Es un solo organismo social que representa la diversidad de la familia humana, que dirige sus asuntos por medio de un sistema de principios consultivos comúnmente aceptados y que aprecia igualmente a todas las grandes corrientes de guía divina a lo largo de la historia. Su existencia es otra prueba convincente de que la visión de su Fundador de un mundo unido es practicable, otra prueba de que la humanidad puede convivir como una sociedad global dispuesta a afrontar los desafíos que pueda implicar la llegada a su mayoría de edad. Si la experiencia bahá'í puede contribuir en cualquier medida a fortalecer la esperanza en la unidad de la humanidad, nos sentimos felices de ofrecerla como modelo para su estudio.
Al contemplar la suprema importancia de la tarea que ahora se presenta como un desafío ante todo el mundo, nos inclinamos humildemente ante la sublime majestad del divino Creador, Quien por su infinito amor ha creado a toda la humanidad de la misma materia, ha exaltado la valiosa realidad del hombre, le ha honrado con intelecto y sabiduría, nobleza e inmortalidad, y le ha dotado de "la distinción y capacidad únicas de conocerle y amarle", capacidad "que debe considerarse como el impulso generador y el objetivo primordial que sostiene a la creación entera".
Mantenemos la firme convicción de que "todos los hombres han sido creados para llevar adelante una civilización en continuo progreso", que "actuar como las bestias salvajes no es digno del hombre", que las virtudes que benefician a la dignidad humana son la honradez, la indulgencia, la misericordia, la compasión y la generosidad amorosa hacia todas las gentes. Reafirmamos la creencia de que "las potencialidades inherentes a la posición del hombre, la medida plena de su destino en el mundo y la excelencia innata de su realidad, deben todas manifestarse en este prometido Día de Dios". Éstas son las motivaciones de nuestra fe inalterable en que la unidad y la paz son la meta asequible por la que la humanidad está esforzándose.
Al escribirse esto, pueden oírse las voces esperanzadas de los bahá'ís, a pesar de la persecución de la que son víctimas en el país donde nació su Fe. Con su ejemplo de esperanza irreductible, dan testimonio de la creencia de que la realización inminente de este antiguo sueño de paz está ahora, en virtud de los transformadores efectos de la revelación de Bahá'u'lláh, investida con la fuerza de la autoridad divina. Por lo que les transmitimos a ustedes no sólo una visión en palabras; convocamos el poder de las hazañas de fe y sacrificio; transmitimos la ansiosa defensa de la paz y la unidad en nombre de nuestros correligionarios de todas partes. Nos unimos a todos los que son víctimas de la agresión, a todos los que anhelan el fin de los conflictos y la violencia, a todos aquellos que por su devoción a los principios de la paz y del orden mundial promueven los nobles propósitos para los que fue llamada a la existencia la humanidad por un Creador Todoamoroso.
Con nuestro sincero deseo de impartirles a ustedes el fervor de nuestra esperanza y nuestra confianza más profunda, citamos la promesa categórica de Bahá'u'lláh: "Estas luchas estériles, estas guerras desastrosas pasarán y la 'Paz Mayor' reinará".
La Casa Universal de Justicia
La Promesa de la Paz Mundial, que fue publicada en octubre de 1985, ha sido traducida a más de 76 idiomas, habiéndose distribuido cerca de tres millones de ejemplares, entre ellos a reyes, gobernantes y personalidades del mundo cultural y social.
* Dato de 1985. En la actualidad son más de seis millones. (N. del T.)
Die Verheißung des Weltfriedens
Eine Botschaft des Universalen Hauses der Gerechtigkeit
an die Völker der Welt
Oktober 1985
An die Völker der Welt!
Der Große Friede, auf den durch die Jahrhunderte Menschen guten Willens ihre Herzen gerichtet, den unzählige Generationen lang Seher und Dichter in ihren Visionen beschrieben und den die Heiligen Schriften der Menschheit von Zeitalter zu Zeitalter immer wieder verheißen haben, ist jetzt endlich in Reichweite der Nationen. Zum ersten Mal in der Geschichte ist jedermann imstande, in einer Gesamtschau den ganzen Planeten mit seiner Vielzahl verschiedener Völker zu überblicken. Weltfriede ist nicht nur möglich, sondern unausweichlich. Er ist die nächste Stufe in der Evolution dieses Planeten - mit den Worten eines großen Denkers: "die Planetisierung der Menschheit".
Ob der Friede erst nach unvorstellbaren Schrecken erreichbar ist, heraufbeschworen durch stures Beharren der Menschheit auf veralteten Verhaltensmustern, oder ob er heute durch einen konsultativen Willensakt herbeigeführt wird, das ist die Wahl, vor die alle Erdenbewohner gestellt sind. Zu diesem kritischen Zeitpunkt, da die hartnäckigen Probleme der Völker zur gemeinsamen Sorge aller werden, wäre das Versäumnis, der Flut von Konflikt und Unordnung zu wehren, gewissenlos und unverantwortlich.
Zu den günstigen Zeichen gehören die mit ständig wachsender Kraft auf eine Weltordnung hin unternommenen Schritte: zuerst, zu Beginn des Jahrhunderts, die Schaffung des Völkerbundes, gefolgt von der breiter angelegten Organisation der Vereinten Nationen; die seit dem Zweiten Weltkrieg von der Mehrzahl aller Völker der Erde erlangte Unabhängigkeit, die anzeigt, daß der Prozeß der Bildung von Nationalstaaten abgeschlossen ist; die Einbeziehung dieser jungen Staaten mit den älteren in Angelegenheiten von gemeinsamem Interesse; in der Folge die stark ansteigende Zusammenarbeit zwischen bislang isolierten, zerstrittenen Völkern und Gruppen bei internationalen Unternehmen auf den Gebieten von Wissenschaft, Bildung, Recht, Wirtschaft und Kultur; die Gründung einer beispiellosen Zahl internationaler humanitärer Organisationen während der letzten Jahrzehnte; die Ausbreitung von Frauen- und Jugendbewegungen, welche die Abschaffung des Krieges fordern; und schließlich ein spontanes, immer mehr sich ausdehnendes Netzwerk einfacher Menschen, die durch persönliche Kommunikation Verständigung suchen.
Die wissenschaftlich-technischen Fortschritte unseres ungewöhnlich gesegneten Jahrhunderts deuten auf einen gewaltigen Vorstoß in der gesellschaftlichen Entwicklung des Planeten und zeigen die Mittel auf, mit denen die praktischen Probleme der Menschheit gelöst werden können. Sie bieten in der Tat das Werkzeug zur Ordnung des vielschichtigen Lebens einer vereinten Welt. Doch es bestehen noch Barrieren. Zweifel, Mißverständnisse, Vorurteile, Argwohn und engstirniger Eigennutz blockieren die Beziehungen der Staaten und Völker zueinander.
Aus tiefempfundener geistiger und moralischer Verantwortung sehen wir uns zu dieser günstigen Stunde veranlaßt, Ihre Aufmerksamkeit auf die umfassenden Einsichten zu lenken, die Bahá'u'lláh, der Stifter der Bahá'í-Religion, deren Treuhänder wir sind, erstmals vor über einem Jahrhundert den Herrschern der Menschheit übermittelt hat.
"Die Winde der Verzweiflung", schrieb Bahá'u'lláh, "wehen aus jeder Richtung, und der Hader, der das Menschengeschlecht spaltet und peinigt, nimmt täglich zu. Die Zeichen drohender Erschütterungen und des Chaos sind heute deutlich zu sehen, zumal die bestehende Ordnung erbärmlich mangelhaft erscheint." Die gemeinsame Erfahrung der Menschheit hat dieses prophetische Urteil gründlich bestätigt. Mängel in der bestehenden Ordnung zeigen sich deutlich im Unvermögen der als Vereinte Nationen organisierten souveränen Staaten, das Schreckgespenst des Krieges, den drohenden Zusammenbruch der internationalen Wirtschaftsordnung, die Ausbreitung von Anarchie und Terrorismus sowie das unermeßliche Leid zu bannen, das diese und andere Heimsuchungen Abermillionen Menschen zufügen. Aggression und Konflikt sind tatsächlich in solchem Ausmaß zu Kennzeichen unserer gesellschaftlichen, wirtschaftlichen und religiösen Systeme geworden, daß viele der Ansicht verfielen, derartiges Verhalten sei ein Wesensmerkmal des Menschen und deshalb unausrottbar.
Mit der Verfestigung dieser Ansicht ergab sich ein lähmender Widerspruch: Einerseits verkünden Menschen aller Völker nicht nur ihre Bereitschaft, sondern ihre Sehnsucht nach Frieden und Eintracht, nach einem Ende der quälenden Furcht, die ihr tägliches Leben peinigt. Andererseits findet die These unkritische Zustimmung, der Mensch sei unverbesserlich selbstsüchtig, aggressiv und deshalb unfähig, eine Gesellschaftsordnung zu errichten, die zugleich fortschrittlich und friedlich, dynamisch und harmonisch ist, eine Ordnung, die der individuellen Kreativität und Initiative freien Lauf läßt, aber auf Zusammenarbeit und Gegenseitigkeit beruht. Da die Notwendigkeit des Friedens immer dringender wird, verlangt dieser seiner Verwirklichung im Wege stehende, grundlegende Widerspruch eine Überprüfung der Prämissen, auf denen nach allgemeiner Ansicht das historische Dilemma der Menschheit beruht. Bei sachlicher Prüfung erweist es sich, daß jene Haltung keineswegs des Menschen wahres Wesen ausdrückt, sondern ein Zerrbild des menschlichen Geistes darstellt. Hiervon überzeugt, werden alle Menschen in der Lage sein, konstruktive gesellschaftliche Kräfte in Bewegung zu setzen, stehen diese doch im Einklang mit der menschlichen Natur und fördern Eintracht und Zusammenarbeit statt Krieg und Konflikt.
Einen solchen Kurs einschlagen, heißt nicht, die Vergangenheit der Menschheit leugnen, sondern sie verstehen. Die Bahá'í-Religion betrachtet die gegenwärtige Verwirrung in der Welt und den verhängnisvollen Zustand der menschlichen Belange als natürliche Phase in einem unaufhaltsamen organischen Prozeß, hin zur Einigung der Menschheit in einer einzigen Gesellschaftsordnung, deren Grenzen die des Planeten sind. Wie der Mensch als Einzelwesen, hat die Menschheit als Gattung die Entwicklungsstufen des Säuglings und des Kindes durchlaufen, ist nun auf dem Höhepunkt ihrer ungestümen Jugend und nähert sich ihrer lang erwarteten Mündigkeit.
Das offene Eingeständnis, daß Vorurteil, Krieg und Ausbeutung Zeichen der Unreife in einem langen historischen Prozeß waren, und daß die Menschheit gegenwärtig den unvermeidlichen Sturm und Drang ihrer kollektiven Reifung erlebt, ist kein Grund zur Verzweiflung, sondern eine Voraussetzung für das gewaltige Unternehmen, eine friedliche Welt zu bauen. Daß dieses Unternehmen möglich ist, daß die erforderlichen konstruktiven Kräfte wirklich vorhanden sind, daß vereinende Gesellschaftsstrukturen errichtet werden können, ist die Aussage, um deren Prüfung wir Sie eindringlich bitten.
Welches Leid und welchen Aufruhr die nächsten Jahre bringen, wie dunkel die bevorstehenden Ereignisse auch sein mögen, die Bahá'í-Gemeinde glaubt, daß die Menschheit sich dieser höchsten Prüfung mit Zuversicht auf das Endergebnis stellen kann. Statt das Ende der Zivilisation zu signalisieren, werden die Umwälzungen, denen die Menschheit immer schneller zutreibt, vielmehr dazu dienen, "die Möglichkeiten, die der Stufe des Menschen innewohnen", freizulegen und "das volle Maß seiner Bestimmung auf Erden, den angeborenen Vorzug seiner Wirklichkeit" zu offenbaren.
I.
Die Gaben, die den Menschen von allen anderen Lebensformen unterscheiden, lassen sich im Begriff des menschlichen Geistes zusammenfassen; der Verstand ist seine wesentliche Eigenschaft. Diese Gaben haben es der Menschheit ermöglicht, Kultur zu schaffen und materiell zu gedeihen. Aber solche Errungenschaften allein haben den menschlichen Geist niemals befriedigt, ist er doch von seiner geheimnisvollen Natur her auf Transzendenz gerichtet, nach einem unsichtbaren Reich ausgreifend, nach der letzten Wahrheit, dem unerkennbaren Wesen allen Wesens, Gott genannt. Die der Menschheit durch eine Aufeinanderfolge geistiger Leuchten gebrachten Religionen bildeten die Hauptverbindung zwischen der Menschheit und jener letzten Wirklichkeit. Sie haben die Fähigkeit der Menschheit, geistigen Erfolg wie auch gesellschaftlichen Fortschritt zu erzielen, geweckt und verfeinert.
Kein ernst zu nehmender Versuch zur Regelung menschlicher Belange, zur Schaffung des Weltfriedens, kann die Religion außer acht lassen. Des Menschen Erkenntnis und Ausübung der Religion bilden größtenteils den Stoff der Geschichte. Ein bedeutender Historiker hat die Religion als eine "Fähigkeit der menschlichen Natur" beschrieben. Daß die Perversion dieser Fähigkeit beträchtlich zu der Verwirrung in der Gesellschaft und den Konflikten in und zwischen den Menschen beigetragen hat, kann kaum geleugnet werden. Aber ein objektiver Betrachter kann auch den entscheidenden Einfluß der Religion auf die lebendigen Ausdrucksformen der Kultur nicht unberücksichtigt lassen. Zudem hat ihr unmittelbarer Einfluß auf Recht und Sitte immer wieder ihre Unentbehrlichkeit für die gesellschaftliche Ordnung erwiesen.
Über die Religion als gesellschaftsbildende Kraft sagt Bahá'u'lláh: "Religion ist das wichtigste Mittel zur Begründung von Ordnung in der Welt und zur Befriedung aller, die darin wohnen."
In Bezug auf den Niedergang, die Entartung der Religion schrieb er: "Würde die Lampe der Religion verdunkelt, so wären Chaos und Verwirrung die Folge, und die Lichter der Redlichkeit und Gerechtigkeit, der Ruhe und des Friedens würden nicht länger scheinen."
In einer Aufzählung solcher Konsequenzen weisen die Bahá'í-Schriften darauf hin, daß "die Verderbnis der menschlichen Natur, die Erniedrigung des menschlichen Verhaltens, die Entartung und Auflösung menschlicher Institutionen sich unter solchen Umständen in ihren schlimmsten und abstoßendsten Bildern offenbaren.
Der menschliche Charakter wird entwürdigt, jedes Vertrauen wird erschüttert, die Nervenstränge der Disziplin und Ordnung erschlaffen, die Stimme des menschlichen Gewissens wird zum Schweigen gebracht, der Sinn für Scham und Anstand wird verdunkelt, die Vorstellungen von Pflicht, Zusammenhalt, Gegenseitigkeit und Treue werden verdreht, selbst das Empfinden für Friedfertigkeit, Freude und Hoffnung wird nach und nach ausgelöscht."
Wenn darum die Menschheit ein Stadium lähmenden Konflikts erreicht hat, muß sie die Quelle für die Uneinigkeit und die Verwirrung, die im Namen der Religion verursacht wurde, bei sich selbst suchen, bei ihrer eigenen Gleichgültigkeit, bei den Sirenenstimmen, denen sie lauschte.
Wer blind und selbstsüchtig an der eigenen Orthodoxie festhält, wer seinen Anhängern falsche, widersprüchliche Auslegungen der Worte der Propheten Gottes auferlegt, trägt schwere Verantwortung für diese Verwirrung - eine Verwirrung durch die künstlichen Schranken zwischen Glauben und Vernunft, Wissenschaft und Religion; denn prüft man unvoreingenommen die tatsächlichen Worte der großen Religionsstifter und das gesellschaftliche Umfeld, in dem diese ihre Mission zu erfüllen hatten, so findet man nichts, was den Streit und die Vorurteile, welche die Religionsgemeinschaften der Menschheit und damit alle Belange der Menschen zerrütten, begründen könnte.
Die Lehre, daß wir andere so behandeln sollen, wie wir selbst behandelt werden wollen, eine in allen großen Religionen auf mannigfache Weise wiederholte Ethik, verleiht dieser Beobachtung in zweierlei Hinsicht Nachdruck: Sie faßt die ethische Grundhaltung zusammen, den friedenswirkenden Aspekt, der sich durch diese Religionen hindurchzieht, ungeachtet des Ortes und der Zeit ihrer Entstehung; sie kennzeichnet außerdem den Aspekt der Einheit als wesenhafte Eigenschaft der Religion, eine Eigenschaft, welche die Menschheit in ihrem zusammenhanglosen Geschichtsbild zu würdigen versäumt hat.
Hätte die Menschheit die Erzieher ihrer kollektiven Kindheit in ihrem wahren Wesen gesehen, nämlich als die Triebkraft im Gesamtprozeß ihrer Kultivierung, dann hätte sie ohne Zweifel unermeßlich größeren Nutzen aus der kumulativen Wirkung ihrer aufeinanderfolgenden Missionen gezogen. Leider hat die Menschheit dies versäumt. Das Wiederaufleben fanatischer religiöser Leidenschaft in vielen Ländern kann nur als Todeszucken betrachtet werden. Allein die damit verbundenen Ausbrüche von Gewalt und Zerstörung zeugen von deren geistigem Bankrott. Tatsächlich ist eines der seltsamsten, betrüblichsten Merkmale des gegenwärtigen Ausbruchs von religiösem Fanatismus das Ausmaß, in welchem er jedes Mal nicht nur die geistigen Werte untergräbt, welche die Einheit der Menschheit fördern, sondern auch die einzigartigen moralischen Siege derjenigen Religion, der zu dienen er vorgibt.
Welch vitale Kraft die Religion in der Geschichte der Menschheit auch war, wie dramatisch das gegenwärtige Wiederaufleben des militanten religiösen Fanatismus auch sein mag, Religion und religiöse Institutionen werden seit vielen Jahrzehnten von immer weiteren Kreisen der Bevölkerung als irrelevant für die wesentlichen Fragen der modernen Welt angesehen. Statt dessen geben sich die Menschen entweder dem hedonistischen Ziel materieller Befriedigung hin oder folgen von Menschen geschaffenen Ideologien, welche die Gesellschaft von den offensichtlichen Übeln, unter denen sie stöhnt, befreien sollen. Anstatt die Einheit der Menschheit als Grundkonzept zu erfassen und die Eintracht unter den Völkern zu mehren, neigen leider allzu viele dieser Ideologien dazu, den Staat zu vergöttern, die übrige Menschheit jeweils einer Nation, Rasse oder Klasse unterzuordnen, Diskussion und Gedankenaustausch zu unterdrücken oder Millionen Hungernder gleichgültig Marktmechanismen preiszugeben, die die wirtschaftliche Misere des größeren Teils der Menschheit ganz offensichtlich verschlimmern, während sie kleinen Teilen der Bevölkerung ein Leben in einem von unseren Vorfahren kaum erträumten Überfluß ermöglichen.
Wie erschütternd ist doch der Leistungsnachweis der von den Weltklugen unseres Zeitalters geschaffenen Ersatzreligionen! In der gründlichen Desillusionierung ganzer Bevölkerungen, die zum Kult an ihren Altären unterwiesen waren, läßt sich das unwiderrufliche Werturteil der Geschichte über sie ablesen. Nach Jahrzehnten einer immer schrankenloseren Machtausübung derer, die ihren gesellschaftlichen Aufstieg diesen Doktrinen verdanken, sind deren Früchte die sozialen und wirtschaftlichen Leiden, mit denen in den letzten Jahren des 20. Jahrhunderts alle Regionen unserer Welt geschlagen sind. Die Wurzel all dieser äußerlichen Bedrängnisse ist der geistige Schaden aus der Apathie, die in allen Staaten die Masse der Bevölkerung ergriffen hat, das Erlöschen der Hoffnung in den Herzen beraubter, angsterfüllter Millionen.
Die Zeit ist gekommen, daß die Dogmenprediger des Materialismus - im Osten wie im Westen, im Kapitalismus wie im Sozialismus - Rechenschaft ablegen müssen über die moralische Führung, die auszuüben sie sich anmaßen. Wo ist die von diesen Ideologien verheißene "neue Welt"? Wo ist der internationale Friede, für dessen Ideale sie ihre Ergebenheit bekunden? Wo sind die durch die Verherrlichung dieser Rasse, jener Nation oder einer bestimmten Klasse erzielten Durchbrüche in neue Bereiche der Kulturleistung? Warum versinkt in unserer Welt der Großteil der Völker immer tiefer in Hunger und Elend, wenn den heutigen Sachwaltern der Gesellschaft Reichtum in einem Maße zur Verfügung steht, von dem die Pharaonen, die Caesaren oder selbst die imperialistischen Mächte des 19. Jahrhunderts nicht hätten träumen können?
Ganz besonders in der Glorifizierung des Trachtens nach materiellen Dingen, zugleich Ursprung und gemeinsames Merkmal aller dieser Ideologien, finden sich die Wurzeln der falschen These, der Mensch sei unverbesserlich selbstsüchtig und aggressiv. Hier muß man ansetzen, um einer für unsere Nachkommen tauglichen neuen Welt den Boden zu bereiten.
Die Erfahrung, daß die Ideale des Materialismus die Bedürfnisse der Menschheit nicht zu befriedigen vermochten, fordert das ehrliche Eingeständnis, daß eine neue Anstrengung unternommen werden muß, Lösungen für die Probleme des Überlebens auf diesem Planeten zu finden.
Die sich in der Gesellschaft ausbreitenden unerträglichen Verhältnisse zeugen von allgemeinem Versagen, ein Umstand, der die Gräben auf jeder Seite eher vertieft als überbrückt.
Offensichtlich ist ein gemeinsames Bemühen um Heilung dringend erforderlich.
Es ist vor allem eine Sache der Einstellung.
Wird die Menschheit in ihrem Eigensinn verharren, sich weiterhin an verbrauchte Konzepte und untaugliche Prämissen klammern?
Oder werden ihre Führer, ungeachtet ihrer Ideologie, vortreten und entschlossenen Willens miteinander in gemeinsamer Suche nach sachdienlichen Lösungen beraten?
Wem die Zukunft des Menschengeschlechts am Herzen liegt, der sollte über diesen Rat gründlich nachdenken: "Wenn lang gehegte Ideale, wenn altehrwürdige Institutionen, wenn gesellschaftliche Postulate und religiöse Glaubensbekenntnisse das Wohl der Gesamtheit aller Menschen nicht mehr fördern, wenn sie den Bedürfnissen einer sich ständig entwickelnden Menschheit nicht länger gerecht werden, dann fegt sie hinweg und verbannt sie in die Rumpelkammer überholter, vergessener Doktrinen!
Warum sollten sie in einer Welt, die dem unabänderlichen Gesetz des Wandels und des Verfalls unterliegt, von der Entartung verschont bleiben, die alle menschlichen Einrichtungen zwangsläufig ereilt?
Rechtsnormen, politische und wirtschaftliche Theorien sind nur dazu da, die Interessen der Menschheit als Ganzes zu schützen; nicht aber ist die Menschheit dazu da, für die unversehrte Aufrechterhaltung eines bestimmten Gesetzes oder Lehrsatzes gekreuzigt zu werden."
II.
Die Abschaffung der Atomwaffen, das Verbot der Verwendung von Giftgas oder die Ächtung der bakteriellen Kriegsführung werden die eigentlichen Kriegsursachen nicht beseitigen. Wie wichtig solche praktischen Maßnahmen als Elemente des Friedensprozesses offensichtlich auch sind, sie sind zu oberflächlich, um einen dauerhaften Einfluß auszuüben. Die Völker sind erfinderisch genug, um noch ganz andere Formen der Kriegsführung zu ersinnen und in ihrem endlosen Streben nach Vormacht und Herrschaft Nahrungsmittel, Rohstoffe, Finanzen, industrielle Macht, Ideologie und Terrorismus als Instrumente zu ihrer gegenseitigen Vernichtung einzusetzen. Auch läßt sich die gegenwärtige völlige Zerrüttung in den Angelegenheiten der Menschheit nicht durch die Beilegung bestimmter Konflikte oder Meinungsverschiedenheiten zwischen einzelnen Staaten kurieren. Ein wirklich allumfassender Rahmen muß akzeptiert werden.
Den Staatslenkern mangelt es gewiß nicht an der Erkenntnis, daß es sich hier um eine Angelegenheit von weltweiter Bedeutung handelt, was angesichts der sich häufenden Probleme, denen sie sich täglich gegenübersehen, keines weiteren Beweises bedarf. Auch gibt es in zunehmendem Maße Studien und Lösungsvorschläge von interessierten, aufgeklärten Gruppen wie auch von Organen der Vereinten Nationen, so daß niemand über die dringenden Erfordernisse in Unkenntnis sein kann. Es besteht jedoch eine Willenslähmung, und gerade diese bedarf sorgfältiger Untersuchungen und entschlossener Behandlung. Wie festgestellt, hat diese Lähmung ihren Grund in der tief verwurzelten Überzeugung von der unausrottbaren Streitsucht des Menschen; diese Überzeugung macht abgeneigt, die Möglichkeit, nationales Eigeninteresse den Erfordernissen einer Weltordnung unterzuordnen, auch nur in Erwägung zu ziehen, geschweige denn, sich den weitreichenden Implikationen einer vereinten Weltautorität mutig zu stellen. Die Willenslähmung läßt sich auch zurückführen auf die Unfähigkeit größtenteils unwissender, unterdrückter Massen, ihre Sehnsucht nach einer neuen Ordnung, in der sie mit der ganzen Menschheit in Frieden, Eintracht und Wohlstand leben können, deutlich zum Ausdruck zu bringen.
Die zaghaften Schritte auf eine Weltordnung hin - vor allem seit dem Zweiten Weltkrieg - setzen hoffnungsvolle Zeichen. Die steigende Tendenz einzelner Staatengruppen, ihren Beziehungen feste Formen zu geben, was ihnen dann die Zusammenarbeit in Angelegenheiten von gemeinsamem Interesse ermöglicht, deutet darauf hin, daß schließlich alle Nationen diese Lähmung überwinden können. Der Verband Südostasiatischer Staaten, die Karibische Gemeinschaft und ihr Gemeinsamer Markt, der Zentralamerikanische Gemeinsame Markt, der Rat für Gegenseitige Wirtschaftshilfe, die Europäischen Gemeinschaften, die Arabische Liga, die Organisation für Afrikanische Einheit, die Organisation der Amerikanischen Staaten, das Südpazifische Forum - alle durch solche Organisationen erbrachten vereinten Bemühungen bereiten den Weg zur Weltordnung.
Die wachsende Aufmerksamkeit für gewisse grundlegende Probleme des Planeten ist ein weiteres hoffnungsvolles Zeichen. Trotz der offensichtlichen Unzulänglichkeit der Vereinten Nationen geben die über vierzig durch diese Organisation verabschiedeten Erklärungen und Abkommen, selbst wo Regierungen in ihrem Engagement nicht sehr enthusiastisch waren, einfachen Menschen das Gefühl eines neuen Aufschwungs. Die Allgemeine Erklärung der Menschenrechte, das Abkommen zur Verhinderung und Bestrafung von Völkermord und ähnliche Maßnahmen zur Beseitigung aller durch Rasse, Geschlecht oder Religion begründeten Formen von Diskriminierung, die Wahrung der Rechte des Kindes, der allgemeine Schutz vor Folter, die Ausrottung von Hunger und Unterernährung, der Einsatz des wissenschaftlich-technischen Fortschritts im Interesse des Friedens und zum Nutzen der Menschheit - alle derartigen Maßnahmen bringen, wenn sie mutig unterstützt und ausgedehnt werden, den Tag näher, da das Schreckgespenst des Krieges seine beherrschende Kraft in den internationalen Beziehungen verloren haben wird. Es erübrigt sich, die Bedeutung der durch diese Erklärungen und Abkommen behandelten Themen zu betonen. Indes verdienen einige dieser Themen wegen ihrer unmittelbaren Wichtigkeit für die Errichtung des Weltfriedens eine zusätzliche Erläuterung.
Der Rassismus ist eines der verhängnisvollsten, hartnäckigsten Übel, ein Haupthindernis für den Frieden. Wo er herrscht, wird die Menschenwürde zu schändlich verletzt, als daß er unter irgendeinem Vorwand gebilligt werden könnte. Der Rassismus hemmt die Entfaltung der unbegrenzten Möglichkeiten seiner Opfer, korrumpiert die Täter und vereitelt den menschlichen Fortschritt. Die Einheit der Menschheit, vollzogen durch geeignete rechtliche Maßnahmen, muß allgemein gültig anerkannt werden, wenn dieses Problem überwunden werden soll. Der krasse Unterschied zwischen arm und reich, eine Quelle heftigsten Leides, hält die Welt in einem Zustand der Instabilität am Rande des Krieges. Nur wenige Gesellschaften haben diese Situation erfolgreich gemeistert. Die Lösung erfordert die kombinierte Anwendung geistiger, moralischer und praktischer Mittel. Das Problem muß in neuem Licht betrachtet werden; es bedarf der Beratung durch Experten aus einem breiten Spektrum von Fachbereichen, frei von wirtschaftlicher und ideologischer Polemik, unter Einbezug der von den dringend zu fällenden Entscheidungen direkt Betroffenen. Es handelt sich nicht nur um die notwendige Beseitigung der Extreme von Reichtum und Armut; diese Frage steht vielmehr in untrennbarem Zusammenhang mit jenen geistigen Wahrheiten, deren Verständnis eine neue, aufs Ganze bezogene Haltung hervorbringen kann. Eine solche Haltung zu fördern, ist in sich schon ein wesentlicher Teil der Lösung.
Ein ungezügelter Nationalismus - im Unterschied zu einem gesunden, legitimen Patriotismus - muß einer umfassenderen Loyalität Platz machen: der Liebe zur Menschheit als Ganzem. Bahá'u'lláhs Erklärung lautet: "Die Erde ist nur ein Land, und alle Menschen sind seine Bürger." Der Gedanke der Weltbürgerschaft ist das unmittelbare Ergebnis davon, daß die Welt durch den wissenschaftlichen Fortschritt und die unbestreitbare wechselseitige Abhängigkeit der Staaten auf eine einzige Nachbarschaft geschrumpft ist. Die Liebe zu allen Völkern der Welt schließt die Liebe zum eigenen Land nicht aus. In der Weltgesellschaft wird der Nutzen eines Teils am besten dadurch gewahrt, daß der Nutzen des Ganzen gefördert wird. Die heutigen internationalen Aktivitäten auf verschiedenen Gebieten, welche die gegenseitige Zuneigung und den Sinn für Solidarität unter den Völkern pflegen, müssen erheblich verstärkt werden.
Religiöser Streit war im Laufe der Geschichte der Grund für unzählige Konflikte und Kriege, ein Pesthauch für den Fortschritt; er wird den Menschen immer mehr zuwider, ob sie einer Religion angehören oder nicht. Die Anhänger aller Religionen müssen bereit sein, sich den Grundfragen zu stellen, die dieser Streit aufgeworfen hat, und zu klaren Antworten zu gelangen. Wie lassen sich die Meinungsverschiedenheiten zwischen ihnen in Theorie und Praxis beilegen? Die religiösen Führer der Menschheit sind herausgefordert, mit Herzen voll Mitgefühl und Sehnsucht nach Wahrheit über das Elend der Menschheit nachzudenken und sich zu fragen, ob sie nicht in Demut vor ihrem allmächtigen Schöpfer ihre theologischen Differenzen im großmütigen Geist gegenseitiger Nachsicht, der ihnen die Zusammenarbeit für Verständigung und Frieden zwischen den Menschen ermöglicht, hintanstellen können.
Die Emanzipation der Frau, die volle Gleichberechtigung der Geschlechter, ist eine der wichtigsten, wenngleich kaum anerkannten, Voraussetzungen des Friedens.
Die Verweigerung der Gleichberechtigung bedeutet ein Unrecht gegenüber der Hälfte der Weltbevölkerung und leistet bei den Männern Vorschub für schädliche Einstellungen und Gewohnheiten, die aus der Familie an den Arbeitsplatz, ins politische Leben und letztlich in die internationalen Beziehungen hineingetragen werden.
Es gibt keine moralischen, praktischen oder biologischen Gründe, die eine solche Verweigerung rechtfertigten.
Erst wenn die Frau in allen Bereichen menschlichen Strebens zu voller Partnerschaft willkommen geheißen wird, entsteht das moralisch- psychologische Klima, in dem sich der internationale Frieden entwickeln kann.
Die universale Erziehung, die bereits eine Armee engagierter Mitarbeiter aus allen Religionen und Nationen für sich gewonnen hat, verdient nachdrückliche Unterstützung durch die Regierungen der Welt.
Unwissenheit ist unbestreitbar der Hauptgrund für den Abstieg und Untergang der Völker und für das Fortbestehen von Vorurteilen.
Kein Staat kann Erfolg haben, wenn nicht allen seinen Bürgern Bildung vermittelt wird.
Der Mangel an Mitteln beschneidet die Fähigkeit vieler Staaten, dieser Notwendigkeit zu entsprechen, und zwingt sie, Prioritäten zu setzen.
Die zuständigen Entscheidungsgremien täten gut daran, der Bildung von Frauen und Mädchen höchste Priorität einzuräumen, denn durch gebildete Mütter kann der Nutzen des Wissens am wirksamsten und schnellsten die Gesellschaft durchdringen.
Im Einklang mit den Erfordernissen der Zeit sollte in Betracht gezogen werden, den Gedanken der Weltbürgerschaft jedem Kind als Teil seiner Grundausbildung zu vermitteln.
Ein grundlegender Kommunikationsmangel zwischen den Völkern schwächt empfindlich die Bemühungen um den Weltfrieden. Die Annahme einer internationalen Hilfssprache würde zur Lösung dieses Problems einen großen Beitrag leisten und erfordert dringlichste Beachtung.
Zwei Kernpunkte sollten bei allen diesen Problemkreisen betont werden. Zum einen ist die Abschaffung des Krieges nicht einfach eine Sache der Unterzeichnung von Verträgen und Protokollen. Es ist vielmehr eine vielschichtige Aufgabe, die auf neuer Ebene den Einsatz erfordert, Probleme zu lösen, die üblicherweise nicht mit dem Streben nach Frieden in Verbindung gebracht werden. Die Vorstellung kollektiver Sicherheit bleibt eine Chimäre, wenn sie allein auf politischen Abmachungen beruht. Zum anderen besteht die Herausforderung bei der Behandlung der Friedensfrage hauptsächlich darin, daß die Zusammenhänge vom reinen Pragmatismus auf die Ebene der Prinzipien gehoben werden; denn der Frieden erwächst dem Wesen nach aus einem inneren Zustand, getragen von einer geistigen oder ethischen Einstellung, und es geht vor allem darum, diese Einstellung wachzurufen, damit sich die Möglichkeit zu dauerhaften Lösungen findet.
Es gibt geistige Prinzipien - oder, wie manche sie nennen, menschliche Werte -, mit denen sich für jedes gesellschaftliche Problem Lösungen finden lassen. Jede Gruppe mit guten Absichten kann sich im allgemeinen praktische Lösungen für ihre Probleme ausdenken, aber gute Absichten und praktisches Können allein reichen normalerweise nicht aus. Geistige Prinzipien haben den wesentlichen Vorzug, daß sie nicht nur eine Sichtweise eröffnen, die mit dem Wesen des Menschen in Einklang steht, sondern auch eine Haltung vermitteln, eine treibende Kraft, ein Wollen, ein Sehnen, die es erleichtern, praktische Maßnahmen zu finden und in die Wege zu leiten. Staatslenker und alle mit Amtsgewalt Ausgestatteten wären gut beraten, wenn sie in ihren Bemühungen um die Lösung der Probleme die einschlägigen Prinzipien festzustellen suchten und sich dann von diesen leiten ließen.
III.
Die Hauptfrage, die es zu lösen gilt, lautet, wie die heutige Welt mit ihren tiefsitzenden Konfliktstrukturen in eine Welt verwandelt werden kann, in der Eintracht und Zusammenarbeit vorherrschen. Die Weltordnung läßt sich nur auf das unerschütterliche Bewußtsein von der Einheit der Menschheit gründen, eine geistige Wahrheit, die alle Humanwissenschaften bestätigen. Anthropologie, Physiologie und Psychologie kennen nur eine Gattung Mensch, wenngleich unendlich mannigfaltig in den sekundären Aspekten des Lebens. Wer diese Wahrheit anerkennt, muß vorurteilsfrei werden. Vorurteile jeglicher Art müssen abgelegt werden: Vorurteile der Rasse, Klasse, Hautfarbe, Religion, Nation, des Geschlechts, des Lebensstandards, alles, was Menschen ermöglicht, sich anderen überlegen zu dünken.
Die Anerkennung der Einheit der Menschheit ist die erste, grundlegende Voraussetzung für die Neuordnung und rechtliche Gestaltung der Welt als ein Land, als die Heimat der Menschheit. Die weltweite Annahme dieses geistigen Grundsatzes ist wesentlich für jeden tauglichen Versuch, den Weltfrieden zu errichten. Der Grundsatz muß daher weltweit verkündet, in den Schulen gelehrt und in jedem Land beharrlich zur Geltung gebracht werden, als Vorbereitung auf den durch ihn bedingten organischen Wandel der Gesellschaftsstruktur. Nach Auffassung der Bahá'í erfordert die Anerkennung der Einheit der Menschheit "nichts Geringeres als die Neuordnung und Entmilitarisierung der gesamten zivilisierten Welt - einer Welt, die in allen Grundfragen des Lebens, in ihrem politischen Mechanismus, ihren geistigen Bestrebungen, in Handel und Finanzwesen, Schrift und Sprache organisch zusammengewachsen und doch in den nationalen Eigenarten ihrer verbündeten Staatenglieder von einer unendlichen Mannigfaltigkeit ist."
In seinen Erläuterungen über den Sinn dieses zentralen Prinzips hat Shoghi Effendi, der Hüter der Bahá'í-Religion, 1931 ausgeführt: "Weit davon entfernt, auf den Umsturz der bestehenden Gesellschaftsordnung abzuzielen, sucht es ihre Grundlage zu erweitern, ihre Institutionen auf eine Weise umzugestalten, die mit den Bedürfnissen einer stets sich wandelnden Welt in Einklang steht.
Es kann mit keiner rechtmäßigen Untertanenpflicht in Widerspruch sein, noch kann es wirkliche Treue untergraben.
Seine Absicht ist weder, die Flamme einer vernünftigen Vaterlandsliebe in den Herzen der Menschen zu ersticken, noch den Grundsatz nationaler Selbständigkeit abzuschaffen, der so wesentlich ist, wenn die Übel übertriebener Zentralisation vermieden werden sollen.
Es übersieht weder die Vielfalt der völkischen Herkunft, des Klimas, der Geschichte, Sprache und Überlieferung, des Denkens und der Gewohnheit, die die Völker und Nationen der Welt unterschiedlich gestalten, noch versucht es, sie auszumerzen.
Es ruft nach größerer Treue, stärkerem Bemühen als irgendein anderes, das je die Menschenwelt beseelt hat.
Es besteht auf der Unterordnung nationaler Regungen und Belange unter die zwingenden Ansprüche einer geeinten Welt.
Es verwirft einerseits die übersteigerte Zentralisation und entsagt zum anderen allen Versuchen der Gleichmacherei.
Seine Losung ist Einheit in der Mannigfaltigkeit..."
Diese Ziele erfordern eine stufenweise Anpassung in den Bestrebungen nationaler Politik, die jetzt in Ermangelung klar definierter Gesetze oder allgemein anerkannter, durchsetzbarer Prinzipien zur Regelung der Beziehungen zwischen den Völkern die Züge der Anarchie tragen.
Der Völkerbund, die Vereinten Nationen und die vielen durch sie geschaffenen Organisationen und Abkommen haben zweifellos geholfen, einige negative Auswirkungen internationaler Konflikte abzumildern; sie haben sich jedoch als untauglich erwiesen, den Krieg zu verhüten.
Bekanntlich gab es seit dem Ende des Zweiten Weltkrieges eine große Zahl von Kriegen; viele toben noch heute.
Die wesentlichen Aspekte dieses Problems waren bereits im 19.
Jahrhundert erkennbar, als Bahá'u'lláh erstmals seine Vorschläge für die Errichtung des Weltfriedens vortrug.
In seinen Botschaften an die Herrscher der Welt hat er das Prinzip der kollektiven Sicherheit dargelegt.
Shoghi Effendi stellt dazu fest: "Was können diese schwerwiegenden Worte anderes bedeuten als den Hinweis, daß die Einschränkung der vollen nationalen Souveränität als unerläßlicher erster Schritt zur Bildung des künftigen Gemeinwesens aller Nationen der Erde unumgänglich geworden ist?
Ein Welt-Überstaat, an den alle Nationen der Erde willig den Anspruch, Krieg zu führen, gewisse Rechte der Steuererhebung und alle Rechte auf Kriegsrüstung außer zur Aufrechterhaltung der inneren Ordnung in ihren Gebieten abtreten - ein solcher Staat muß notwendigerweise in irgendeiner Form entwickelt werden.
Sein Organisationsrahmen wird eine internationale Exekutive einschließen müssen, die jedem widerspenstigen Mitglied der Gemeinschaft ihre höchste, unantastbare Autorität aufzwingen kann; ein Weltparlament, dessen Mitglieder durch das Volk aller Länder gewählt und in ihrer Amtsübernahme von den jeweiligen Regierungen bestätigt werden, sowie einen Obersten Gerichtshof, dessen Urteil bindende Gültigkeit haben wird, selbst in Fällen, in denen die Parteien ihren Streit nicht freiwillig seiner Rechtsfindung unterwerfen.
Eine Weltgemeinschaft, in der alle wirtschaftlichen Schranken für immer niedergerissen werden, in der die gegenseitige Abhängigkeit von Kapital und Arbeit ausdrücklich anerkannt wird, in der das Geschrei religiösen Eifers und Streites endgültig verstummt ist, in der die Flamme des Rassenhasses ein für allemal gelöscht ist, deren einheitliches System internationalen Rechts als Ergebnis der wohlüberlegten Entscheidung der weltweit vereinigten Volksvertreter durch das sofortige, zwingende Eingreifen der vereinten Streitkräfte der Verbündeten sanktioniert wird; und schließlich: eine Weltgemeinschaft, in der der Sturm eines tollkühn-militanten Nationalismus in ein dauerhaftes Bewußtsein des Weltbürgertums verwandelt ist - so wahrlich sieht, in groben Zügen gezeichnet, die von Bahá'u'lláh vorausgeschaute Ordnung aus, eine Ordnung, die einmal als die edelste Frucht eines langsam heranreifenden Zeitalters betrachtet werden wird." Die Durchführung dieser weitreichenden Maßnahmen hat Bahá'u'lláh angekündigt: "Die Zeit muß kommen, da die gebieterische Notwendigkeit für die Abhaltung einer ausgedehnten, allumfassenden Versammlung der Menschen weltweit erkannt wird. Die Herrscher und Könige der Erde müssen ihr unbedingt beiwohnen, an ihren Beratungen teilnehmen und solche Mittel und Wege erörtern, die den Grund zum Größten Weltfrieden unter den Menschen legen."
Der Mut, die Entschlossenheit, das lautere Motiv, die selbstlose Liebe eines Volkes für das andere - all die geistigen und ethischen Werte, die für diesen gewaltigen Schritt zum Frieden erforderlich sind, treffen zusammen im Willen zur Tat. Um diesen notwendigen Willensakt hervorzurufen, muß der Wirklichkeit des Menschen, nämlich seinem Denken, ernsthafte Beachtung geschenkt werden. Will man die Bedeutung dieser machtvollen Wirklichkeit verstehen, so muß man begreifen, daß es gesellschaftlich notwendig ist, den einzigartigen Wert des Denkens in offene, leidenschaftslose und aufrichtige Beratung umzusetzen und den Ergebnissen dieses Prozesses gemäß zu handeln. Bahá'u'lláh wies nachdrücklich auf den hohen Wert und die Unerläßlichkeit der Beratung bei der Gestaltung der menschlichen Beziehungen hin. Er erklärte: "Beratung verleiht tiefere Kenntnis und verwandelt Vermutung in Gewißheit. Sie ist ein strahlendes Licht, welches in einer dunklen Welt den Weg weist und Führung gibt. Für alles gibt es und wird es immer eine Stufe der Vollendung und Reife geben. Die Gabe der Einsicht zeigt ihre Reife in der Beratung."
Gerade der Versuch, den Frieden durch die von Bahá'u'lláh vorgeschlagenen Beratungsprozesse zu erreichen, vermag einen derart heilsamen Geist unter den Völkern der Erde freizusetzen, daß keine Macht dem letztendlichen Triumph widerstehen könnte.
Zum Verfahren jener Weltversammlung hat 'Abdu'l-Bahá, Bahá'u'lláhs Sohn und bevollmächtigter Interpret seiner Lehren, folgende Einsichten dargelegt: "Sie müssen die Friedensfrage zum Gegenstand gemeinsamer Beratung machen und mit allen ihnen zu Gebote stehenden Mitteln versuchen, einen Weltbundesstaat zu schaffen.
Sie müssen einen verbindlichen Vertrag schließen, einen Bund gründen, dessen Verfügungen eindeutig, unverletzlich und bestimmt sind.
Sie müssen ihn der ganzen Welt bekannt geben und die Bestätigung der gesamten Menschheit dafür erlangen.
Dieses erhabene, edle Unterfangen - der wahre Quell des Friedens und Wohlergehens für alle Welt - sollte allen, die auf Erden wohnen, heilig sein.
Alle Kräfte der Menschheit müssen freigemacht werden, um die Dauer und den Bestand dieses größten aller Bündnisse zu sichern.
In diesem allumfassenden Vertrag sollten die Grenzen jedes einzelnen Landes deutlich festgelegt, die Grundsätze für die Beziehungen der Regierungen untereinander klar verzeichnet und alle internationalen Vereinbarungen und Verpflichtungen bekräftigt werden.
In gleicher Weise sollte der Umfang der Rüstungen für jede Regierung genauestens umgrenzt werden, denn wenn die Zunahme der Kriegsvorbereitungen und Truppenstärken in einem Land gestattet würde, so würde dadurch das Mißtrauen anderer geweckt werden.
Die Hauptgrundlage dieses feierlichen Vertrages sollte so festgelegt werden, daß bei späterer Verletzung einer Bestimmung durch eine Regierung sich alle Regierungen der Erde erheben, um jene wieder zu voller Unterwerfung unter den Vertrag zu bringen, nein, die gesamte Menschheit sollte sich entschließen, mit allen ihr zu Gebote stehenden Mitteln jene Regierung zu stürzen.
Wird dieses größte aller Heilmittel auf den kranken Weltkörper angewandt, so wird er sich gewiß wieder von seinen Leiden erholen und dauernd bewahrt und heil bleiben."
Diese machtvolle Versammlung ist längst überfällig.
Von ganzem Herzen appellieren wir an die Staatsmänner, diese günstige Stunde zu nutzen und unwiderrufliche Schritte zur Einberufung dieser Weltversammlung zu unternehmen. Alle Kräfte der Geschichte drängen die Menschheit zu dieser Tat, die für alle Zeiten den Anbruch ihrer langerwarteten Reife kennzeichnen wird.Wollen sich nicht die Vereinten Nationen mit voller Unterstützung ihrer Mitgliedstaaten zu den hohen Zielen eines derart glorreichen Ereignisses erheben? Mögen Männer und Frauen, Jugend und Kinder allenthalben den ewigen Wert dieser zwingend notwendigen Tat für alle Völker erkennen und ihre Stimme in williger Zustimmung erheben. Möge es die heutige Generation sein, die diesen ruhmreichen Abschnitt in der Entwicklung des gesellschaftlichen Lebens auf dem Planeten eröffnet.
IV.
Die Quelle unseres Optimismus ist eine Vision, die über die Abschaffung des Krieges und das Schaffen von Behörden internationaler Zusammenarbeit weit hinausgeht. Dauerhafter Frieden unter den Völkern ist ein wesentliches Stadium, aber, wie Bahá'u'lláh erklärt, nicht das letztliche Ziel der gesellschaftlichen Entwicklung der Menschheit. Jenseits des anfänglichen, der Menschheit durch die Angst vor dem atomaren Inferno aufgezwungenen Waffenstillstands, jenseits des politischen Friedens, den mißtrauisch rivalisierende Staaten widerwillig eingehen, jenseits der pragmatischen Vereinbarungen über Sicherheit und Koexistenz, selbst jenseits der zahlreichen Versuche der Zusammenarbeit, die diese Schritte ermöglichen werden, steht als krönender Abschluß: die Vereinigung aller Völker dieser Welt in einer universalen Familie.
Uneinigkeit ist eine Gefahr, welche die Staaten und Völker auf Erden nicht länger ertragen können; die Folgen sind zu entsetzlich, als daß sich darüber nachdenken ließe, zu offensichtlich, als daß sie einer Darlegung bedürften. "Das Wohlergehen der Menschheit, ihr Friede und ihre Sicherheit sind unerreichbar, wenn und ehe nicht ihre Einheit fest begründet ist", schrieb Bahá'u'lláh vor über einem Jahrhundert. "Das ganze Menschengeschlecht stöhnt und schmachtet danach, zur Einheit geführt zu werden und sein lange Zeitalter währendes Martyrium zu beenden", stellt Shoghi Effendi fest und führt dazu aus: "Die Vereinigung der ganzen Menschheit ist das Kennzeichen der Stufe, der sich die menschliche Gesellschaft heute nähert. Die Einheit der Familie, des Stammes, des Stadtstaates und der Nation ist nacheinander in Angriff genommen und völlig erreicht worden. Welteinheit ist das Ziel, dem eine gequälte Menschheit zustrebt. Der Aufbau von Nationalstaaten ist zu einem Ende gekommen. Die Anarchie, die der nationalstaatlichen Souveränität anhaftet, nähert sich heute einem Höhepunkt. Eine Welt, die zur Reife heranwächst, muß diesen Fetisch aufgeben, die Einheit und Ganzheit der menschlichen Beziehungen erkennen und ein für allemal den Apparat aufrichten, der diesen Leitgrundsatz ihres Daseins am besten zu verkörpern vermag."
Alle gegenwärtigen Kräfte des Wandels bestätigen diese Ansicht. Die Beweise lassen sich an den vielen bereits genannten Beispielen günstiger Zeichen für den Weltfrieden aus den heutigen internationalen Bewegungen und Entwicklungen ablesen. Das Heer der Männer und Frauen aus praktisch allen Kulturen, Rassen und Nationen auf Erden, das in den vielfältigen Behörden der Vereinten Nationen Dienst tut, verkörpert einen weltumspannenden "Öffentlichen Dienst", dessen eindrucksvolle Leistungen für ein hohes Maß an Zusammenarbeit, selbst unter entmutigenden Bedingungen, kennzeichnend sind. Ein Drang zur Einheit kommt, einem geistigen Frühling gleich, in zahllosen internationalen Kongressen zum Ausdruck, die Menschen aus einem breiten Spektrum von Wissensgebieten zusammenführen. Er ist Triebkraft für kinder- und jugendbezogene internationale Vorhaben. Er ist in der Tat die eigentliche Quelle der bemerkenswerten Bewegung der Ökumene, die Anhänger historisch verfeindeter Religionen und Sekten unwiderstehlich zueinander hinzuziehen scheint. Der Drang zur Welteinheit ist im unablässigen Ringen mit der entgegengesetzten Tendenz zu Kriegsführung und Selbstverherrlichung einer der beherrschenden, allgegenwärtigen Wesenszüge des Lebens auf dem Planeten im ausgehenden 20. Jahrhundert.
In den Erfahrungen der Bahá'í-Gemeinschaft kann man ein Beispiel für diese wachsende Einheit sehen. Sie ist eine Gemeinschaft von etwa drei bis vier Millionen Menschen aus vielen Völkern, Kulturkreisen, Klassen und Glaubensrichtungen, die sich in vielen Ländern auf einem weiten Tätigkeitsfeld dem Dienst an den geistigen, sozialen und wirtschaftlichen Bedürfnissen der Völker widmen, ein einziger gesellschaftlicher Organismus, repräsentativ für die Mannigfaltigkeit der Menschheitsfamilie. Sie regelt ihre Angelegenheiten durch ein System allgemein anerkannter Beratungsprinzipien und achtet alle großen Offenbarungen der Führung Gottes in der Menschheitsgeschichte gleichermaßen hoch. Ihre Existenz ist ein weiterer überzeugender Beweis für die praktische Anwendbarkeit der Vision ihres Stifters von einer geeinten Welt, ein weiteres Zeugnis dafür, daß die Menschheit als globale Gesellschaft leben kann und jeder Herausforderung, die ihr Eintritt in das Mündigkeitsalter mit sich bringt, gewachsen ist. Wenn die Erfahrungen der Bahá'í, in welchem Ausmaß auch immer, etwas dazu beitragen können, die Hoffnung auf Einheit des Menschengeschlechts zu stärken, schätzen wir uns glücklich, sie als Studienmodell anzubieten.
Die überragende Tragweite der Aufgabe vor Augen, die jetzt die ganze Welt herausfordert, beugen wir das Haupt in Demut vor der ehrfurchtgebietenden Majestät Gottes, des Schöpfers, der aus Seiner unendlichen Liebe die ganze Menschheit aus demselben Stamm erschaffen, die juwelengleiche Wirklichkeit des Menschen geadelt, sie mit Verstand und Weisheit, edler Gesinnung und Unsterblichkeit ausgezeichnet und dem Menschen die "einzigartige Auszeichnung, Würde und Fähigkeit" verliehen hat, "Ihn zu erkennen und zu lieben" - eine Fähigkeit, die "notwendigerweise als der der gesamten Schöpfung zugrundeliegende schöpferische Antrieb und Hauptzweck anzusehen ist".
Es ist unsere tiefe Überzeugung, daß alle Menschen dazu erschaffen sind, "eine ständig fortschreitende Kultur voranzutragen", daß "wie die Tiere auf dem Felde zu leben, des Menschen unwürdig" ist, daß die der Menschenwürde entsprechenden Tugenden Vertrauenswürdigkeit, Nachsicht, Barmherzigkeit, Mitleid und Güte gegenüber allen Menschen sind. Wir bekräftigen erneut unseren Glauben, daß "die Möglichkeiten, die der Stufe des Menschen innewohnen, das volle Maß seiner Bestimmung auf Erden, der angeborene Vorzug seiner Wirklichkeit, an diesem verheißenen Tag Gottes offenbar werden müssen". Dies sind die Beweggründe für unseren unerschütterlichen Glauben, daß Einheit und Frieden das erreichbare Ziel sind, dem die Menschheit zustrebt.
Während dies niedergeschrieben wird, sind die erwartungsvollen Stimmen von Bahá'í zu vernehmen, ungeachtet der Verfolgung, die sie im Geburtsland ihres Glaubens noch immer erdulden. Durch ihr Beispiel standhafter Hoffnung legen sie Zeugnis ab für den Glauben, daß die Stunde der Verwirklichung dieses jahrtausendealten Friedenstraumes heute durch die verwandelnde, mit göttlicher Vollmacht versehene Wirkkraft der Offenbarung Bahá'u'lláhs gekommen ist. So vermitteln wir Ihnen nicht nur eine Vision mit Worten: Wir bieten die Macht der Taten des Glaubens und des Opfers auf, wir übermitteln das erwartungsvolle Plädoyer unserer Glaubensbrüder und -schwestern allenthalben für Frieden und Freiheit. Wir fühlen uns verbunden mit allen Opfern der Aggression, mit allen, die sich nach einem Ende von Kampf und Streit sehnen, mit allen, deren Hingabe an die Grundsätze des Friedens und der Weltordnung die edlen Ziele fördern, zu denen die Menschheit durch einen alliebenden Schöpfer ins Dasein gerufen wurde.
In dem aufrichtigen Wunsch, Ihnen unsere inbrünstige Hoffnung und unser tiefes Vertrauen kundzutun, zitieren wir die nachdrückliche Verheißung Bahá'u'lláhs: "Diese fruchtlosen Kämpfe, diese zerstörenden Kriege werden aufhören und der ‚Größte Friede' wird kommen."
Das Universale Haus der Gerechtigkeit, Oktober 1985
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