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Identidad y Paz

Quentin Farrand
published in Derecho y Cambio Social19:6

Lima, Peru: 2009

Contents

Introducción

Parte Una: Elementos de una Crisis de Identidad

Un modelo de una identidad sana – Los
tres componentes de la identidad humana – El papel de la religión en la
identidad. - Las bases espirituales de la religión - La redefinición de
la religión - La reconfirmación de las bases espirituales de la religión
- Ciencia y religión, el desenvolvimiento de un diseño cósmico – El
conflicto entre la religión y la ciencia en nuestras identidades –
Pruebas de la posición especial del hombre y su doble naturaleza - El
adoctrinamiento de mañas y fanatismos

Parte Dos: Los Aspectos Externos de la Identidad

Las patologías de la violencia – Las
identidades religiosas y sectarias - las exigencias de la religión en
nuestros tiempos - La persistencia de la miopía nacionalista – La
necesidad de la visión panorámica – Las identidades ideológicas y
políticas - Las identidades sociales y económicas - Las identidades
étnicas - Las identidades vocacionales – Las identidades lingüísticas
Las identidades de masculino y femenino - Las identidades de edad y
generación.

Parte Tres: La Diversidad y la Búsqueda de Raíces

Las migraciones

Parte Cuatro: El Significado Más Profundo de Nuestros Tiempos

Lo que todos tenemos en común - Los
procesos y profecías al fondo de la historia - El caso del Islam - La
identidad y el reto de los nuevos paradigmas.

Gratitud

Referencias

Introducción

La identidad, o el sentido coherente de uno mismo, es
un tema complejo y este ensayo no pretende penetrar en todos sus
laberintos. Principalmente, trata de las relaciones entre el sentido de
la identidad interna y espiritual como seres humanos con las múltiples
identidades externas, como son la nacional, la étnica, la tribal, la
sectaria, la ideológica, política, de clase, vocacional, de género y de
edad, y éstas en relación con la tranquilidad social y la paz mundial.
Trata de encontrar un sentir de identidad que puede armonizar una enorme
diversidad de caracteres, opiniones y pasiones en medio de cambios
caóticos en los paradigmas mundiales.

Ofrece ejemplos de aspectos externos de identidad
para demostrar que estos no son siempre tan profundos, inflexibles y
permanentes como para basar en ellos todo concepto de lo que somos.
Argumenta que nuestra individualidad espiritual y nuestra humanidad
esencial proveen una base más firme para un más coherente sentido de
nuestro ser, y engendran relaciones armoniosas con otros individuos y
pueblos.

La intención del ensayo es también estimular la
apreciación de la diversidad de caracteres, talentos, temperamentos y
personalidades que encontramos en todos los grupos étnicos, de clase,
nacionales, culturales y de creencias, y desalentar el adoctrinamiento
de aversión y contienda entre estos segmentos, basados en estereotipos.
Señala el camino hacia nuevos paradigmas y mentalidades sobre los
cuales la humanidad debe adaptarse para vivir en paz en un mundo de tan
compacta diversidad. Establece que la unidad no tiene nada que ver con
uniformidad, ya que presume la armonización de diversos elementos u
órganos para funcionar en cuerpos mayores. En este sentido la unidad
es la ley mayor de nuestra vida y del universo.

Durante mucho tiempo he sentido que este tema, es una
clave para abordar una de las mayores causas de conflicto y de
animosidades no resueltas en el mundo, pero me sentí impulsado a
escribir sobre ella cuando fui invitado a la fundación de la Asociación
de Antropólogos de El Salvador. Mucho de lo que entonces oí me agradó;
detener la erosión de la identidad cultural y evitar su inmersión en una
cultura global insistentemente consumista, materialista, amorfa y sin
sentido de dirección. Pero también detecté voces insistentes que no
solamente querían reafirmar y volver a raíces autóctonas, sino que
parecían considerar todas las otras contribuciones desde la Conquista
Española en adelante, como solamente entrometidas y contaminantes.
Aparte de la imposibilidad de volver a un pasado de quinientos años,
estas son voces que podrían avivar aquellas antiguas rivalidades étnicas
y regionales que casi siempre engendran conflictos, como, por ejemplo,
en los Balcanes.

Quería también despertar la conciencia sobre que
todas las culturas han estado y siempre estarán en procesos de cambio, y
que en diversas épocas y que todos los pueblos han sido, tanto
conquistadores como conquistados, opresores como oprimidos, por sus
vecinos u otros. En otras palabras, el conocimiento de las raíces no
debe ser buscado con resentimientos o venganzas, ya que ninguna cultura
en la historia humana ha sido inocente de cometer abusos.

El problema es que debido a adoctrinados prejuicios y
a estrechas ideas etnocéntricas o nacionalistas la historia de la
humanidad está repleta de venganza y empapada de sangre. Pero las
acciones del pasado, deben ser comprendidas en términos del modo de
pensar de aquellos tiempos, por muy crueles que ahora nos parezcan, no
debemos juzgarlas con mucha severidad. Estos tiempos, sin embargo,
requieren una madura, perspicaz e indulgente apreciación de la
diversidad y de los cambios que sufren todas las culturas, sin caer en
ninguno de los dos extremos: una uniforme, amorfa y embotada cultura de
consumismo, ni en una cultura cristalizada e irrecuperable del pasado.
El proceso de cambio, a través de migraciones, conquistas, comercio, o
alteraciones del entorno, ha sido eterno, pero la actual rapidez del
cambio ya no permite que ningún grupo cultural o étnico sea puro u
homogéneo. Es innegable que en los últimos dos siglos los pueblos del
mundo han acumulado generaciones de cruces físicos y culturales y que
los países están ahora cultural y étnicamente heterogéneos.

Ya que casi todos los pueblos en diferentes momentos
han sido oprimidos u opresores, asimilados o asimiladores, los
antropólogos concuerdan en que los "orígenes" tienen que ser recreados
constantemente, ya que nunca son recuperables en toda su "pureza" (y
talvez no deseemos saber ciertos aspectos de nuestros "orígenes"). De
manera que este argumento requiere imparcialidad, apreciación y respeto
hacia las muchas acciones que han contribuido a lo que es una identidad
viable. La búsqueda estrechamente enfocada hacia nuestros propios
"orígenes" con frecuencia esconde intolerancia, vanidad, o una
hostilidad inconciente hacia los demás. En un sentido, puede que sea
una respuesta por haber sido víctima de prejuicios y abuso o, en otro
sentido, víctima de los estragos espirituales de la vanidad y orgullo.
Usualmente conduce a más prejuicios, aislamiento, autocompasión, falsa
ilusión y auto abuso. El resentimiento no sólo lastima mucho más al
propio resentido, sino que casi nunca provoca el arrepentimiento en el
que produjo la ofensa. Sólo justifica un interminable vendetta de "ellos
nos hicieron antes y ahora es el turno de nosotros." En algunos lugares
esto ha estado sucediendo durante siglos.

Su principal tesis es que la abundante diversidad de
contribuciones culturales y genéticas no es incoherente con la ideal de
la unidad, ni con el sentido de identidad enfocado hacia la persona
interna; es decir, sobre aquellos aspectos esencialmente espirituales y
abstractos de la realidad humana, que son expresados en formas únicas en
cada alma y en cada cultura, son al mismo tiempo comunes a todos los
seres humanos. En otras palabras, nuestra identidad esencial es
aquella que proyecta carácter, pensamiento y conducta desde el fondo de
nuestro ser, no de nuestras pertinencias externas.

Los prejuicios no resueltos, las animosidades y los
antiguos conflictos que aun se proyectan fuertemente de las diferencias
étnicas, clasistas, ideológicas, de credo y otras de los seres humanos,
puede que todavía se conviertan en masa crítica y que exploten
catastróficamente. La reacción angustiada de tal consecuencia podrá
conducir al eventual abandono de los prejuicios adoctrinados y su
propensión a la violencia, pero esto no ha sido la norma común. La
humanidad tiene que escoger entre aprender a golpes o por auto
persuasión. Pero en cualquier caso, en un mundo tan poblado y
concentrado, tan interdependiente y encarando tantos riesgos de escala
global, no podemos seguir operando en base de los prejuicios y estrechas
lealtades que han dominado la historia de los pueblos.

Aunque algunos conceptos y conclusiones de este
ensayo, no son ampliamente aceptados en estos tiempos, pido al lector
considerarlos con indulgencia y sopesarlos contra las gastadas
alternativas.

Primera
Parte

Elementos de
una Crisis de Identidad

"…el hombre debe conocerse a sí mismo y reconocer
lo que le conduce a la sublimidad o la bajeza, a la gloria o la
humillación, a la riqueza o la pobreza."[1]

Podemos clasificar a los seres humanos con relación a
su sentido de identidad. Unos pocos se identifican a sí mismos como
individuos autónomos, únicos y singulares, cuyo carácter esencial puede
ser vagamente identificado con la humanidad, pero no tanto con algún
segmento en particular. Algunos se identifican como seres esencialmente
espirituales, con alguna relación con aquello que trasciende ellos
mismos. Otros se identifican a sí mismos por sus aspectos externos: como
por ejemplo, Serbios o Croatas, Anglos o Hispanos, Católicos o
Protestantes, Judíos o Musulmanes, conservadores o radicales, abogados o
doctores, trabajadores o ejecutivos, intelectuales o no intelectuales,
etc. Para tales personas estas identidades parecen ser suficientes para
su autodefinición, ya que no dejaron que su vida interior cavilara mucho
sobre su ser como humano viviendo entre humanos. Otro grupo incluye lo
que posiblemente ahora es la gran mayoría de individuos: aquellos que
sufren lo que por siglos hemos asociado principalmente con la
adolescencia: una comúnmente severa crisis de identidad. La gran mayoría
de las generaciones recientes parecen no tener mayor idea de quienes
son, por qué existen, o hacia adonde van.

La identidad procede de "un sentido coherente de
uno mismo", como lo define el psiquiatra Allen Wheelis, quien
agrega:

"La identidad depende de la conciencia
de que los esfuerzos y la vida misma de uno…son significativos en el
contexto en que se vive la vida. Depende también de valores estables y
de la convicción que las acciones y valores deben ser relacionados
armónicamente. Es el sentir de ser completo, de integración, de saber
lo que es bueno o malo y de tener la capacidad para elegir…"[2]

Luego se refiere a los conflictos de una
sociedad en medio de los grandes cambios:

"La identidad puede sobrevivir grandes
conflictos en tanto el marco de referencia de la vida sea estable, pero
no cuando se pierde ese marco. Uno no puede aplicar una palanca salvo
desde un punto fijo. El aplicar presión sobre la rueda presume un
pedazo de tierra firme como base. Muchas personas en estos tiempo no
encuentran esa tierra firme; y si todo está abierto a discusión, no se
produce ninguna respuesta clara."[3]

Si la identidad es un sentido coherente de uno mismo,
lo que presume algo de profundidad, aquellas almas atrapadas en las
adicciones a cosas materiales, a una marca comercial, a conductas
hedonistas o antisociales, a sustancias químicas compradas en una
botella o en una bolsa en la calle, adicciones al sexo o a la violencia,
que nos hacen esclavos de nuestras más superficiales y bajas naturalezas
y entornos, vemos como es de crítico encontrar una auto-definición que
trascienda estas cadenas. Le preguntamos a toda persona con estas
aflicciones, atrapada por la satisfacción de sus más inmediatos deseos:
¿Tienes alguna idea real de quién eres?

Normalmente cuando el adolescente se siente más
inseguro, la sociedad empieza a hacerle preguntas acerca de sus planes y
sus metas profesionales o económicas, un futuro cónyuge, o una
proyectada visión mental. Las personas más cercanas a él o ella le
preguntan sobre su elección de estilos de vida o conductas o sobre el
curso que elegirá como adulto. El conflicto emocional provocado por las
presiones de la sociedad contra sus propias confusiones y dudas, se
llama una crisis de identidad. El adolescente no solamente se siente
presionado a cumplir con las volubles expectativas de sus compañeros o
mayores, sino que trata de marchar al ritmo de su propio tambor o de
encontrar su propio ser. Es el conflicto entre una identidad que la
sociedad espera de un individuo y lo que uno elegiría para uno mismo, y
él o ella se pueden sentir obligados a asumir cualquier papel que no sea
destructivo o censurado socialmente. La profundidad de la crisis está
determinada por el grado de su resistencia a tales presiones y decide
primero tratar de encontrarse a si mismo.

Al mismo tiempo, vivimos en un medio en el cual la
individualidad ha perdido espacio ante la creciente marea de presiones
para conformarse a sus entornos, lo que a veces exige muy poco de
nuestra particular combinación de capacidades. Estas presiones tienden
a disuadir al individuo de emprender actividades en cualquier campo que
no produzca una aceptación general, seguridad social o riqueza. No
pocos se sienten distanciados por esos objetivos y buscan aplicar sus
capacidades y aptitudes en áreas de servicio para bien del público que
usualmente pagan menos, u optan por una vida de protesta social.

Yo encuentro irónico que algunas de estas personas
"propias" con frecuencia buscan establecer su singularidad imitando
aquellas cosas que están de moda entre sus compañeros. Es como si
temieran alejarse mucho de sus particulares pares o compañeros de alma.
El ser diferente, para muchos, es ser una parte indiscriminada de un
grupo no convencional. Esto, por supuesto, se debe en parte al instinto
gregario de los humanos; sentirse parte de algún movimiento
significativo. Pero uno debe estar conciente de la contradicción que
existe entre tratar de ser autónomo e individual y al mismo tiempo
sumergirse en un grupo no convencional. En casos extremos, las
pandillas o cultos destructivos buscan esas mismas personas con
conflictos internos o carencias afectivas proveyendo una "familia" que
ellos puedan manipular, y que sus "hermanos" acceden a la supresión de
su identidad autónoma y su libertad de pensamiento o conducta.

Una contradicción igualmente irónica ocurre con el
impulso, típico en los adolescentes, de no sentirse atado y estar
"liberado". Con frecuencia ese impulso o rebelión, en el nombre de
libertad, puede conducir a una esclavizante apego a substancias y
comportamientos adictivos. La adolescencia es un campo minado y una
clara definición de la identidad interna, de carácter y de principios,
establecidos antes de esta fase, es el mejor salvoconducto.

La rapidez del cambio en nuestras sociedades es otro
fenómeno que hace difícil encontrar un auto-imagen definible. En estos
tiempos, todas las profesiones y vocaciones están en constante revisión
y aún en críticas transformaciones. Los cambios tecnológicos, con sus
efectos económicos, sociales, intelectuales y políticos, nos dejan
asombrados, y al mismo tiempo alarmados y confundidos. Las frecuentes y
agitadas relaciones con pueblos que antes no conocíamos, o con los que
ni siquiera imaginábamos tener que asociarnos, en un tiempo de radicales
cambios de marcos mentales y paradigmas y más amplios modos de pensar,
mucho más amplios que aquellos que hace medio milenio abatieron la
visión medieval del cosmos, a favor de los descubrimientos de Copérnico,
Kepler y Galileo.

Los efectos de este cambio han sido, y continúan
siendo, profundos en una escala sin precedentes para la visión
tradicional de las cosas. Los conceptos y las ocupaciones desaparecen y
son reemplazados por otros ya en evolución dinámica. Algunos dogmas
filosóficos y religiosos que habían sobrevivido a grandes contiendas,
ahora tienen que enfrentar desafíos científicos mentales y espirituales
para los cuales no están preparados.

Los factores y efectos que militan contra una
identidad coherente y la autonomía personal del ser humano son definidos
por el filósofo social Horace Holley, quien describe esta condición del
hombre moderno:

"El individuo moderno está en la misma
situación que el escalador de la montaña atado a otros escaladores con
una cuerda. Siempre se le impone escoger entre la libertad y la
protección, para equilibrar sus derechos y sus lealtades, y
comprometerse entre su deber de proteger a otros y su deber de
desarrollar en sí mismo algo único e importante. En la medida en que el
camino y el objetivo sean igualmente vitales para todos los escaladores,
se pueden hacer los ajustes necesarios sin tensiones indebidas. Pero la
vida moderna vincula en grupos económicos, políticos y de otras
características a conjuntos de personas que nunca hicieron un pacto de
mutuo acuerdo, que desean y necesitan para sí cosas distintas. La
cuerda que nos ata es una tradición, una convención o una obligación
heredada que no tiene el poder de satisfacerlos".

"Esta es, en esencia, la trágica
enfermedad del hombre moderno. No puede cosechar lo que siembra. No
puede guardar lo que recoge hasta la maduración de una nueva cosecha.
Se nutre del deseo de otro, quiere cumplir una tarea ajena, trabaja para
destruir la sustancia de su esperanza más acariciada. Los sistemas
morales se paran en la frontera del grupo organizado. Las presiones
partidistas oscurecen los cielos de la comprensión".[4]

Después Holley describe como la humanidad
es afectada por esta transformación de valores:

"Se está arrancando al individuo de su
modo de vida habitual, protegido y tradicional, para exponerle a las
vastas y desorganizadas confusiones de un mundo atormentado. Las
instituciones que le han proporcionado bienestar social y físico están
sujetas a confusión mundial. La etiqueta ya no identifica la cualidad o
propósito de la organización. No podemos retirarnos en el aislamiento
de la simplicidad primitiva; no podemos avanzar sin ser parte de un
destino que nadie puede controlar o definir".[5]

(Esto me afecta al escribir mis convicciones. Vivo
en buena parte de mis negocios y servicios profesionales, disfrutando de
cierta prominencia cultural y no tengo idea si estos escritos provocarán
una reacción adversa en mis clientes, amigos o en las instituciones
educativas a las cuales trato de servir. En mis años setentas he
determinado expresar mis pensamientos con claridad y confiar en que
estos clientes, amigos e instituciones lo recibirían con indulgencia y
algo para meditar. Pero cualquiera que sea su reacción, prefiero no
callar por temor a las consecuencias. La vida es muy corta, con un
sentir demasiado profundo y creo que estos conceptos son importantes).

Esta combinación se hace difícil para los
adolescentes, especialmente, el encontrar su propia alma o un coherente
sentido de sí mismos. Los valores colectivos presionados por estímulos
superficiales se les hacen difícil resolver su crisis de identidad antes
de convertirse en adultos. Estas condiciones pueden ser producto de una
vida familiar conflictiva, de la falta de afecto o de dirección prudente
que puede haberlos alejado de objetivos más profundos. Esto, y la
escasez de dignos ejemplos externos, tienden a hacerlos ignorar valores
mayores con los cuales identificarse. Muchos no ven un futuro claro y
solamente viven dejando transcurrir los días o solamente tratando de
"sentirse bien" de cualquier manera superficial. Cualquier cosa vale
para lograr estos fines: el dinero de cualquier fuente, el abuso de
sustancias adictivas, el abuso del sexo, la adicción a la violencia, la
autoindulgencia y el narcisismo. Hay muchos que han huido de un sentido
interno de identidad no encuentran una expresión externa satisfactoria,
aparte de asociarse en actividades con otros de sus pares, sus grupos
étnicos, sociales o gremiales o con aquellos que muchos alejados
consideran otras "almas perdidas". Muchos grupos antisociales con
facilidad reclutan gente entre estas personas alienadas.

En un artículo sobre el desarrollo del comportamiento
humano, la Enciclopedia Británica ofrece este análisis sobre la crisis
de identidad:

"Si el o la adolescente falla en
resolver la crisis de identidad antes del tiempo en que alcanza la
madurez, él o ella sentirá una confusión de roles o la difusión de
identidad. Algunos jóvenes titubean entre roles en una prolongada
"moratoria", o un período de evitar la entrega a algo responsable.
Otros parecen evitar totalmente la crisis y se acomodan a una identidad
disponible y socialmente aprobada. Todavía otros resuelven sus crisis
por adoptar un papel o ideología disponible pero socialmente
desaprobada. Esta última opción se llama la formación de identidad
negativa y es a menudo asociada con la conducta delincuente. La
resolución de la crisis de identidad adolescente tiene una profunda
influencia sobre el desarrollo durante las etapas del adulto mayor".[6]

En las últimas tres o cuatro generaciones, siento que
ha habido un inmenso incremento en la proporción de la población que se
ha sentido inútil en su madurez por no haber definido un claro
sentimiento de identidad antes de la adolescencia. Digo antes de la
adolescencia, porque es usualmente demasiado tarde para formar el
carácter y un sistema de valores edificantes una vez que uno ha dejado
la pubertad. El aspecto interno de la identidad debe ser moldeado mucho
antes de lo que pensábamos. El desarrollo de un carácter espiritual
definido ha sido y continúa siendo una función y propósito esencial de
la religión, o por lo menos de una más profunda y más coherente
filosofía de la vida. Afirmo que la crisis en la religión, en la escala
mundial y ha afectando a casi todas las religiones tradicionales, y
constituye la más fundamental causa de esta crisis de identidad.

Un Modelo de Identidad Sana

La capacidad de adaptarse al cambio, manteniéndose
íntegro, tener una actitud positiva, relaciones humanas sinceras, bien
intencionadas e indulgentes, define una identidad sana. Otros atributos
son la fiel adhesión a los propios principios éticos, el estar conciente
de los procesos de maduración espiritual, emocional, intelectual y
social. Luego lograr un balance y reciprocidad sanos en medio de las
presiones externas y las propias convicciones internas. Otro es el
equilibrar las emociones poderosas con el buen juicio, teniendo el poder
de abrigar y aumentar afectos y lealtades duraderas, buscar las
cualidades positivas en los demás, estando conciente de los defectos y
virtudes propias. Una identidad sana incluye la habilidad de ver los
aspectos irónicos y humorísticos, así como los serios y profundos, de la
vida, poder reír y llorar con igual ardor, ser curioso, investigador y
abierto hacia mayor comprensión de los misterios de la vida. Ser capaz
de mantener estos procesos y atributos en condiciones de privación como
en la prosperidad, en tiempos de tristeza como de alegría, en la
adversidad como en el triunfo, en la enfermedad como en la salud, en el
fracaso como en el éxito, son algunas de las características de una
identidad coherente, estable y vital.

Este estado requiere respuestas edificantes a las
eternas preguntas que son esencialmente religiosas: ¿Quién soy? ¿De
dónde vengo y hacia dónde voy? ¿Por qué existo? ¿Cuál comportamiento es
más beneficioso para mí? Estas preguntas presumen la necesidad de un
sentido de propósito y una búsqueda aún más a fondo para encontrar el
entendimiento de nosotros mismos en términos de propósito en nuestras
vidas.

Dentro de ésta más o menos ideal definición de
identidad, naturalmente, hay una infinidad de variables. Los distintos
talentos y capacidades artísticas, literarias, lógicas, matemáticas,
mecánicas, curativas y analíticas; los diferentes grados de
sociabilidad, los diferentes expresiones del desarrollo de las
características heredadas y adquiridas, de grado de voluntad, esfuerzo y
energía; las variables emocionales, tendencias subjetivas y objetivas;
los diferentes sentidos de destino, la seriedad y la frivolidad, lo
práctico y lo imaginativo, la introversión o la extroversión; las
diferencias en temperamento, carácter, afectividad, constitución física
y personalidad, grados de participación social y tendencias ideológicas
y un sin número de combinaciones de estos y otros factores, hacen que
cada individuo sea único y singular. Se nos dice que no hay dos granos
de arena en todos los desiertos y playas del mundo ni dos hojas en todos
los árboles que sean idénticas. ¿Cómo podemos esperar que una criatura
tan compleja como el ser humano sea duplicada?

Por supuesto, una identidad puede existir sin algunas
de las características y atributos mencionados aquí como modelos. Pero
la falta de demasiados atributos tiende a producir una persona con
incompleto desarrollo, esclava de hábitos y adicciones, sin mucho
espacio para crecimiento u optimismo, una identidad algo cínica de,
"¡eso es quien soy, y que!" Estas personas pueden convertirse en algo
como veletas a la deriva o con velas demasiado pequeñas para vientos
turbulentos. Ambas tendencias grandemente limitan la posibilidad de
sentir avanzar, madurar, de obtener satisfacción interna o un sentido de
propósito y felicidad.

Es innegable que nuestros primeros años de vida
tienen una inmensa influencia en determinar si al crecer seremos
afectivos o ensimismados, pacíficos o violentos, enfocados o
indisciplinados, sociables u hostiles, valientes o temerosos. Creo que
mucha de esta evidencia es importante en la formación de nuestros
propios hijos e hijas, para que ellos puedan aún llegar a ser más
efectivos con el desarrollo de sus propios hijos, que fuimos nosotros
como padres y madres de ellos. Este es un proceso que involucra
múltiples generaciones y es precisamente uno de los factores más
decisivos en la continua creación de una sociedad más edificante y
pacífica. El solo hecho de que tenemos la tendencia a no ver hacia el
final de las cosas, y a esperar remedios inmediatos a problemas actuales
que requieren más largas perspectivas, nos descorazona cuando los
remedios rápidos fallan. Ante la lentitud de los cambios y curaciones
una identidad más definida y paciente nos provee una fiel y persistente
compañía por toda la vida.

Por lo tanto es el área de formación educativa en la
cual debemos concentrarnos y hacia la cual está enfocado este ensayo.
Es evidente para los educadores que la base del carácter de una persona
está ya formado antes de llegar a la pubertad. Cualquier cambio en
tendencias o rectificación del carácter posteriormente es "reformación".
Las reformaciones son mucho más difíciles cuando se tratan de aplicarlas
después de la niñez. El árbol en vivero se puede enderezar, pero una
vez transplantado y crecido sólo con dolorosas podas se puede
reformarlo.

Pero existen otros factores decisivos en la formación
de nuestras identidades y carácter.

Los Tres Componentes de la Identidad Humana

La identidad humana está formada por tres factores:
1) el que es heredado, 2) el que es adquirido, y 3) la individualidad
intrínseca de cada ser humano. Siento que eternamente será un tema de
debate cual de ellos pesa más entre estos factores y con seguridad
diferirá de persona a persona y de acuerdo a las épocas. Lo que está
claro es que nosotros no escogemos lo que heredamos. Nuestros padres,
nuestro contexto físico, nuestras capacidades innatas, el momento y
lugar en el cual nacemos, la sabiduría, capacidades, el conocimiento y
grado de afecto de nuestros padres, están todos fuera de nuestro
control, y por lo tanto dichos factores no deben ser nunca causa de
prejuicio, desprecio, o baja autoestima. Ni estos deben ser causa de
vanidad u orgullo, ya que simplemente no los hemos elegido. Pero
gradualmente, durante la niñez, pubertad y adolescencia podemos elegir
más y más nuestros entornos, nuestra actitud y reacción hacia sucesos
inesperados, la elección de nuestros compañeros y el uso y desarrollo de
nuestras capacidades innatas. Repito que la educación en el más amplio
sentido es claramente el instrumento más importante en este desarrollo.
A medida que avanzamos en la adolescencia, los factores adquiridos, que
deben surgir del desarrollo conciente de nuestra voluntad y carácter,
crecen dramáticamente en importancia; al grado que al acercarnos a la
madurez deberíamos tener considerable control sobre dichos factores
elegibles.

Pero tenemos que aceptar que la diferencia entre las
capacidades innatas o heredadas es grande. Alguien que no ha nacido con
el genio musical de un Mozart, un Heifetz o una Cecilia Bartoli, por
ejemplo, por mucho que practique no llegará a tan elevados niveles de
expresión o creatividad. Lo que se hereda, aunque no imperioso, es muy
importante. En lo que se refiere a la individualidad intrínseca de cada
ser humano, eso es obvio. Aun los gemelos idénticos, con el mismo
código genético y las mismas condiciones de educación y entorno, tendrán
entre si, distintos gustos, aptitudes y capacidades.

La mejor metáfora que conozco para visualizar las
contribuciones de estos tres factores es la del telar. Lo heredado y
todos los insumos sobre los cuales no tenemos control están
representados por la urdimbre, o hilos verticales, que están fijados de
antemano en lo que respecta a colores y fibras, etc. Aquello que
podemos voluntariamente escoger de nuestro entorno es la trama, o sea
los hilos horizontales, entre los cuales tenemos libertad de escoger
colores y fibras para hacer un diseño interesante y bello dentro de lo
que ya está fijo. O sea, podemos determinar si hacemos un diseño
creativo y atractivo o uno caótico y feo, a través de nuestras
selecciones que tejemos entre lo que ya está predeterminado. Al final
de nuestras vidas se verá que tipo de diseño hemos logrado. En un alto
grado, nuestra identidad es la interacción del alma con las opciones
elegidas para hacer un diseño envolvente de acuerdo a nuestra visión del
ser y de la vida misma. Recomiendo que la visión panorámica del diseño
sea determinada en grandes rasgos, lo más temprano posible. Los niños y
los preadolescentes deberían escoger una filosofía de la vida básica
antes de tomar otras decisiones importantes. Ciertamente esta visión
temprana cambiará y a medida que crecemos haremos ajustes, pero una
auto-imagen positiva y el uso de modelos edificantes desde muy temprana
edad; un sentido de lo sagrado en la vida, hará que aspiremos a las
alturas y no al abismo. Los padres y los educadores tienen una enorme
responsabilidad por esta formación temprana.

El grado de esfuerzo y el rumbo elegido para lograr
todo lo que está latente, por supuesto, puede ser determinado por la
voluntad de cada uno. Dentro de las limitaciones impuestas por las
interrelaciones de la vida moderna, todos deberían poder encontrar su
identidad, su espacio y su área preferida de servicio a la sociedad, y
esto incluye su oportunidad de obtener mayores logros sin importar las
condiciones en las cuales vive. Pero el deseo, el conocimiento, el
enfoque, la voluntad y el grado de esfuerzo son cruciales. La debilidad
de uno de estos factores ejerce mayor presión sobre los otros. A mi
juicio, la mayor tragedia humana es que tantas capacidades heredadas y
latentes permanecen sin desarrollo debido a la debilidad de aquellos
factores como la voluntad y el empeño, que estamos libres para
determinar. El mayor triunfo es el desenvolver y potenciar al máximo
esas capacidades y virtudes latentes.

En relación con la justicia, hay otros tres factores
en operación. 1) Uno es la igualdad de cada ser humano, simplemente por
ser humanos; su derecho a recibir un tratamiento decente y equitativo
ante las oportunidades y leyes de la sociedad y los derechos innatos
dados por Dios a cada alma. 2) Otro factor es la distinción y grado
variable de los talentos, cualidades y capacidades innatas que cada uno
recibe genéticamente. En esto no hay igualdad, ya que las capacidades
dotadas y heredadas difieren grandemente. 3) El tercer factor es el
grado de esfuerzo y enfoque con que uno desarrolla las características
heredadas y trata de compensar y sobreponerse a sus debilidades.

Este tercer factor no solamente es de gran
importancia sino que es el único factor sobre el cual tenemos control, y
con el cual cada uno de nosotros seremos evaluados en cualquier juicio
moral.

Toda evaluación presume normas y valores. La
ignorancia no es igual al conocimiento, la vulgaridad y la conducta
antisocial son inferiores al refinamiento de carácter y a la conducta
decorosa. La falsedad, la traición y el engaño, contrastan muy por
debajo con la veracidad, la lealtad y la sinceridad. La crueldad y la
tiranía no son conductas aceptables en las relaciones humanas, mientras
que la bondad y la justicia tienen un alto valor. Siempre será así, no
importa cuales sean las condiciones o las modas de cada edad. Aunque
esto debería ser obvio, con frecuencia se pierde en nuestra admiración
por aquellos que vemos como listos y astutos.

"La honestidad, virtud, sabiduría y un
carácter santificado redundan en la exaltación del hombre, mientras que
la deshonestidad, falsedad, ignorancia e hipocresía le conducen a su
abatimiento…La distinción del hombre no se halla en sus ornamentos o
riqueza, sino en la conducta virtuosa y en su verdadera comprensión."[7]

Cada ser humano, no importa cual sea su herencia, es
capaz de mejorar, y su tarea en la vida es lograr la mayor expresión de
lo que está latente y potencial en él o ella. La justicia de por qué
heredamos diferentes grados de talentos y capacidades se encuentra en la
frase bíblica:

"…porque a todo aquel a quien se haya
dado mucho, mucho se le demandará, y al que mucho se le haya confiado,
más se le pedirá".[8]

Esta frase no sólo presume la libre voluntad moral,
sino también la interacción con los demás. No hay virtud moral que
podamos practicar sin de alguna manera relacionarnos con otros seres.
Ellos se verán afectados por lo que hacemos y por la forma en que
actuamos. La sociedad, como la familia, representa más que las sumas de
sus individuos; y grandemente afectan nuestro modo de pensar y actuar.
Los dos tienen su propio espíritu y coherencia que influyen en todas
nuestras conductas. Por extensión, la humanidad es un organismo, y cada
persona debería considerarse un participante especial como un habitante
de su familia, de sus comunidades locales, su nación y del planeta al
mismo tiempo que continúa siendo un individuo que puede ser
perfeccionado. Cuando existe un mayor equilibrio entre los derechos y
responsabilidades del individuo y los derechos y responsabilidades de la
sociedad, más fácil será para ambos definir y desarrollar sus
identidades y rectificar la sociedad. De igual manera, los aspectos
internos y externos de nuestras identidades se reflejan recíprocamente.

La mayoría de las luchas filosóficas y políticas de
los últimos ciento cincuenta años giran alrededor del conflicto entre el
individualismo "cristiano" y las presiones de una sociedad "marxista".
El punto de vista "cristiano" es que si existen mejores individuos, eso
es todo lo que es necesario para formar una sociedad mejor. El punto de
vista "marxista" es que la reforma radical de las estructuras sociales y
económicas, producirá mejores ciudadanos. La historia y las
generaciones recientes han aprendido que ninguno de estos enfoques, por
sí mismos, es adecuado y ninguno puede declararse triunfante. Aunque
el primero ofrece mayor libertad para desarrollar la creatividad y la
virtud, esta misma libertad dentro de las presentes estructuras crea
tensiones sociales y económicas que son injustas y moralmente corroen
tanto al conjunto como a los individuos. Aun muchos clérigos cristianos
admiten que sus "salvados" requieren repetidas "limpiezas" de la
contaminación social. Tenemos que comprender que es inútil
concentrarnos en solamente uno de estos enfoques. La necesidad clara es
un equilibrio entre los dos: un mejor individuo en una mejor sociedad.

Aunque una condición social adversa no es una excusa
adecuada para la conducta antisocial de un individuo, exige un carácter
más fuerte, una auto-definición, un sentido de identidad y voluntad
moral mayor para resistir sus efectos. Algunos llaman a esto ego, pero
entiendo que el ego es inseparable del "yo" egoísta y vanidoso, de
manera que prefiero definirlo como "auto-estima". La auto-estima es un
ingrediente inseparable en la identidad pero, ¿cuál parte de nuestro ser
podemos cambiar para que nos ennoblezca? Ciertamente la parte física
no, ya que crece hasta la tercer década y luego se disminuye. Sufrimos
enfermedad y gozamos de salud, y estas condiciones pueden estar más allá
de nuestro control. Un zancudo, una bacteria o virus invisible nos
puede enfermar y matar. Es esa naturaleza esencial la que nos
distingue como humanos, nuestras identidades espirituales que
voluntariamente podemos educar y transformar. La libre voluntad
humana no sólo existe sino que es el factor más importante en la
solución de problemas personales y sociales, ya que es allí donde
verdaderamente se inicia el cambio. Lo que con frecuencia ha estado
ausente es una energía, fuerza o dirección espiritual, o una
orientación que trascienda doctrinas o ideologías, que eleve a la
persona tanto como a la sociedad.

Así, aunque la pobreza o el vivir entre condiciones
adversas, puede que sea un factor contribuyente, no es la causa de
conductas antisociales. Si fuera una causa, todos los pobres serían
delincuentes y los más prósperos siempre serían ciudadanos modelos, y
sabemos que esto es claramente falso. La decisión particular o momento
decisivo para actuar moralmente debería ser reforzada con una respuesta
social positiva. Pero aunque pueda que esto sea más difícil de
encontrar en condiciones de pobreza, de ninguna manera está ausente.
Hay mucha bondad y caridad entre las comunidades más pobres. Pero casi
todas nuestras sociedades son, ya sea veloces en castigar el mal
comportamiento, como lentas en premiar lo bueno, o aún contra toda
lógica, premian los actos antisociales y castigan la bondad y
honestidad. Cuando una parte no refuerza a la otra, la tendencia es que
ambas se agoten rápidamente y una persona fácilmente se desanima.

La contribución del individuo, sin embargo, es
básica. Cada persona tiene que dar o recibir su parte específica del
conjunto. Aquellos que tienen mayores dotes y oportunidades tienen que
aportar más al progreso y al bienestar de la sociedad. Las exigencias
son obviamente menores para aquellos con menos dotes. Pero todos
tienen un papel y espacio para el ejercicio de su voluntad, y al final
no somos nosotros los humanos, sino Dios, quien juzgará el verdadero
valor y la posición moral de cada acto y de cada alma. Por ejemplo, el
valor moral de la caridad de una persona muy pobre cuyo sacrificio es
sentido profundamente, es superior a la caridad de una persona rica a
quien en realidad no le hará falta una suma mucho mayor. Es el grado
del sacrificio lo que es moralmente significativo. De la misma forma,
una decisión valerosa de una persona "mala" para cambiar a mejorar su
conducta, puede que sea más importante que la decisión de una persona
"buena" de realizar otro acto de bondad. Esta es una razón por la que
no debemos juzgar a los demás. En este sentido, uno puede afirmar que
una "buena" persona es aquel que esta mejorando, no importa cuan "malo"
era. Una "mala" persona es aquel que está empeorando, no importa cuan
santo era.

A pesar de lo que alega unos conductistas, la
abundancia de exhortaciones morales en las Sagradas Escrituras del mundo
indica que tenemos la libertad para actuar moralmente. Algunos
inclusive dicen que ésta es la única libertad real que tenemos, ya que
en realidad no somos libres para ser saludables, o para vivir una más
larga vida, o para estar felizmente casados, o para tener los hijos que
deseamos, o la comodidad material con que soñamos. Pero siempre podemos
decidir como reaccionar ante cualquier condición o adversidad que
sufrimos. Somos libres para conformar o resentirnos, ser pacientes o
desesperarnos. No estamos predestinados a ser buenos o malos, exitosos o
fracasados; podemos elegir esos destinos mediante nuestra respuesta
moral ante dichas condiciones. Aunque es más difícil desarrollar un
carácter y conducta loable en condiciones adversas, no es de ninguna
manera imposible. Para muchos la escuela de la adversidad ha
proporcionado motivos y lecciones positivas y mayor deseo para avanzar.

Hay demasiados ejemplos de triunfo sobre la
adversidad heredada y las condiciones adquiridas para creer que se nos
han dado tareas imposibles de cumplir. Sí sabemos que la abundancia y
el excesivo consentimiento raramente producen un carácter y desarrollo
fuertes. El conocido caso de Helen Keller es pertinente. En su
infancia, antes de aprender a hablar, sufrió una enfermedad que la dejó
sorda y ciega de por vida. Con la ayuda de un entrenamiento
extraordinario ella se convirtió, con infinita tenacidad y paciencia, en
una de las más elocuentes, perceptivas y perspicaces personas del siglo
veinte. Se buscó su consejo y recibió honores en muchos países. Ella
apreciaba la música con el tacto y desarrolló sensibilidades que muchos
consideraban imposibles. Existen incontables ejemplos en todas las
naciones y condiciones de vida, de personas que han superado enormes
desventajas y obstáculos para dar a la humanidad ejemplos edificantes.
Estos deberían anular aquellas excusas sobre el entorno que podemos
usar para justificar la pasividad y mediocridad.

La humanidad es análoga con el cuerpo humano, en el
cual cada célula, órgano y componente está conectado recíprocamente con
el conjunto, y en el cual las uñas o los cartílagos son mucho menos
importantes que el cerebro, el corazón o los ojos. La salud del cuerpo
afecta a cada componente, y aún cuando las uñas sufren un trauma, todo
el cuerpo se resiente. La sociedad humana debería de estar así de unida
de manera que cuando el más pequeño componente sufre, todo el conjunto
lo siente en proporción. El dolor o la incapacidad de un órgano menor
pueden indicar un tumor canceroso que, si no es tratado, puede arriesgar
la vida de la persona entera. Pero la curación del conjunto puede
empezar con la curación de la parte u órgano afectado. En breve, la
conciencia de la integración y unidad humanas tiene mucho que ver con un
sano sentido de identidad personal y es uno de los imperativos para el
equilibrio en la humanidad y el proceso de paz en el mundo. Este es
especialmente el caso cuando uno trasciende las desventajas y
adversidades, o presenta dramáticos decisiones y actos para mejorar su
perspectivo y conducta. Debemos lograr conciencia de que nuestras
conductas pueden influenciar dramáticamente a la sociedad y que no
tenemos que esperar pasivamente a que la sociedad imprima su influencia
en nosotros.

Pero ya que también somos criaturas de hábito, los
cambios y transformaciones, para que realmente surtan efecto, requieren
tenacidad y paciencia para que se conviertan en parte de nuestro
comportamiento habitual. La transformación, como el curarse de
adicciones a sustancias, es un proceso de toda la vida.

El comentario de Holley de que en La Edad Moderna la
gente siente que la moralidad termina en el grupo organizado, indica los
límites actuales a la posibilidad de que la sociedad pueda tener una
influencia positiva sobre nosotros. Es aquí donde quiero enfocarme
sobre una enorme y muy destructiva falacia de la cual casi todas las
organizaciones, sociedades y entidades políticas son culpables en mayor
o menor grado. "El fin justifica los medios", no es de ninguna manera
monopolio a una ideología que lo propone abiertamente. Su falacia yace
en que nosotros los humanos somos precisamente criaturas de hábito y los
repetidos medios inmorales o injustos que usamos para lograr lo que se
supone es un fin justo o noble, no producirá tales fines. Cómo cúmulos
de tales hábitos, estamos imposibilitados de cambiar a otros. Pero
cuando la civilización agoniza, la sociedad no influye positivamente en
los individuos, y vivimos en condiciones en las cuales los medios
injustos e inmorales son percibidos como necesarios sólo para
sobrevivir, mucho menos que para llegar a un noble fin. Hemos visto
esto con demasiada frecuencia en el siglo veinte. De esta forma nos
convertimos en poco más que los productos habituales de nuestros medios
violentos e inmorales, incapaces de producir ningún resultado positivo.
Esta es la razón del por qué los procesos de no violencia, obediencia y
lealtad, aún en sistemas que son muy defectuosos, han tenido más éxito
como agentes de cambio.

Cuando muchos individuos se vuelven suficientemente
fuertes y tienen mucho poder para promover virtudes en la sociedad, lo
opuesto empieza a ocurrir; la civilización está siendo renovada. De
esta manera los fines dependen de los medios.

El único instrumento capaz de producir tal
transformación es una renovación de la religión, una causa común
soberana lo suficientemente poderosa para afectar profundamente el
pensamiento, emotividad o conducta humanas. El fracaso de las
religiones tradicionales en estos siglos recientes en producir dicho
cambio, o aún de influenciar mucho cambio en la sociedad y en el
individuo, no nos debería persuadir de que tal transformación es
imposible. Más bien, nos debería convencer, asumiendo un propósito
noble en la existencia humana, que un advenimiento y transformación
podría ser inevitable. La necesidad es más urgente que nunca y por
cierto ha sido prometida en todas las Sagradas Escrituras del mundo.

Mientras persista esta condición, el individuo
todavía puede hacer una diferencia. Pero un poder superior debe
impulsar y mover al individuo. La más destacada literatura, ya sea
sagrada o secular, versa sobre los sufrimientos de aquellos que sufren
grandemente, los sacrificios de aquellos que se sacrifican mucho y
aquellos que, con estos sufrimientos y sacrificios, logran la madurez y
la sabiduría para luego poder ofrecer experiencias que conmueven al
observador. Dicha conducta puede mover a la sociedad. Creo que en
muchas maneras tanto la literatura como la vida misma han degenerado en
proporción a su desdén hacia este intenso drama.

La conciencia de la identidad interna tiene mucho que
ver con la decisión ante una tentación inmoral o ilegal de ganancia
personal. Los psicólogos hablan de momentos decisivos. Hay una voz
interna que dice: "Yo sencillamente no puedo hacer esto", o "Debo hacer
lo honorable". Esto es aún más heroico cuando tantos otros insisten:
"¿Por qué no? Todo el mundo roba o miente". Es aquí en donde la imagen
interna positiva y el carácter espiritual tienen que demostrar gran
coraje. Dice C.S. Lewis:

"El coraje no es simplemente otra
virtud, es la forma de toda virtud cuando llega el punto de prueba".[9]

Cuando estas condiciones de conciencia o voluntad son
débiles y no se encuentran muchos modelos edificantes que la sociedad
pueda emular, la gente cae en el cinismo y la civilización rápidamente
se corroe. Se corroe de arriba y de abajo, del individuo hacia la
organización y viceversa. La negligencia, con frecuencia la perversión
del papel de la religión en presentar modelos positivos, solamente
aumenta el cinismo, porque la religión debe ser el manantial del cual
nacen las corrientes de vida individual y social. Cuando el manantial
se contamina, todos los flujos que emanan de él se contaminan. Cuando
el manantial vuelve a estar fresco y puro los ríos se empiezan a
aclarar.

Todo esto puede parecer un tanto ingenuo ante las
presentes condiciones del mundo. Tales observaciones obviamente parecen
utópicas ante la embestida de tantas tentaciones, desviaciones e
indiferencia moral que nos acosan por todos lados. Pero pregunto: ¿Hay
alguna alternativa real al renacimiento espiritual? Ahora apreciamos
que la multiplicación de leyes y actos desesperados realizados por el
Estado, no pueden compensar por el deterioro en la moralidad y la
depreciación de los valores éticos, en una sociedad tan sumergida en el
materialismo y el cinismo. Gordon Taylor hace este comentario:

"La barbarización de nuestras vidas y
el decaimiento de nuestra cultura están considerablemente avanzados.
Una contracultura se ha establecido en la cual la deshonestidad, la
irracionalidad, el prejuicio, la intolerancia, la incivilidad, la
violencia y la destrucción aparecen como valores primarios, mientras que
la honestidad, la razón, la imparcialidad, la tolerancia, las buenas
costumbres, el cuidado, el esfuerzo y la creación son denigrados y hecho
anti-valores. Tal completa reversión no tiene precedente en la historia
de la cultura Occidental."[10]

El Papel de la Religión en la Identidad

No puedo evitar llegar a la conclusión de que el
renovar y reafirmar los propósitos esenciales de la religión es
imperativo para establecer la identidad real del ser humano. "La
religión", afirma Arnold Toynbee, "es una facultad de la
naturaleza humana"[11] Victor Frankl comenta que se busca una relación con un plano
superior "como una necesidad metafísica del hombre".[12] Cuando esta facultad se atrofia, la realidad del ser humano sufre
grandes descalabros y la sociedad se deteriora. En 1936, Shoghi Efendi,
el Guardián (1921-1957) de la Fe Bahá’i describió los efectos de este
deterioro de la religión y la consecuente decadencia moral que todos
hemos observado en el siglo veinte.

"La perversión de la naturaleza
humana, la degradación de la conducta humana, la corrupción y la
disolución de las instituciones humanas, revelan ellas mismas, en tales
circunstancias, sus peores y más repugnantes aspectos. Se envilece el
carácter humano, la confianza vacila, los nervios de la disciplina se
relajan, la voz de la conciencia humana es acallada, el sentido de la
decencia y la vergüenza se oscurece, las concepciones del deber, de la
solidaridad, de la reciprocidad y de la lealtad se distorsionan, y hasta
el sentido de paz, de alegría y de esperanza gradualmente se extinguen."[13]

La relación entre un entendimiento de los propósitos
que nos trascienden y el encuentro de una identidad coherente, es muy
convincente. Nace de la convicción de que la realidad humana se
encuentra en su naturaleza espiritual y el desarrollo de las
potencialidades de esa naturaleza, y no de su naturaleza material, que
compartimos con los animales. En los entornos dominados por el
materialismo muchos niegan esto, pero ninguna civilización ha sido nunca
edificada sobre bases de escepticismo o de un dominante materialismo.
Unos historiadores aún especulan que la función del escepticismo
materialista es la demolición de las civilizaciones. Creo que el
cinismo y el materialismo, conducen al enfoque de la crítica sólo por
criticar, y es una inevitable reacción a la caída de las religiones
tradicionales de sus altos pedestales. La consecuente tendencia de sus
enemigos de cristalizar la definición de la religión según sus más bajas
etapas, un error proyectado por Voltaire, Holbach, Feuerbach, Marx,
Nietzche y Freud, entre otros, para muchos ha tenido el efecto de
desacreditar toda religión en todo tiempo. La desviación del
cristianismo y su división en millares de sectas contenciosas no sólo
fueron condenadas por Cristo mismo, ni sólo fue producto del avance de
las ciencias. Ha resultado de la renuencia de admitir que sus errores y
debilidades fueron obras de falibles hombres, combinada con la reacción
y crítica de los escépticos. La crítica se ha enfocado excesivamente
en la cizaña de religión, no el trigo. Este escepticismo ha
obstaculizado el crecimiento espiritual en nuestros tiempos y ha
desanimado la consideración de la religión como un posible remedio para
sus males. Kenneth Clark no se equivocó cuando dijo, "Podemos
destruirnos con cinismo y desilusión tan efectivamente como con bombas".[14]

En su aspecto natural y material, el ser humano actúa
con motivos y propósitos que son egoístas, agresivos, avaros y
obsesionados con su sobrevivencia física o con la persecución de sus
placeres corporales. El cinismo es más reforzado porque estos motivos
y propósitos también pueden encontrarse en el fondo de muchas
pretensiones y conductas religiosas. Si no se estimulan sus
sensibilidades esencialmente religiosas y ya no hay un luminoso modelo
frente a él, el hombre fácilmente desciende a ser esclavo de estos
defectos, aún con atavíos religiosos. La hipocresía está entre los más
sutiles defectos y anda al acecho de muchas pretensiones piadosas.
Es una duplicidad que nos impide ser fieles a nosotros mismos o de
servir de buena fe las necesidades espirituales y sociales de otros.
Cristo afirmó que "nunca lo conocía" a tantos que mostraban
milagros, echaban demonios, y profetizaron en su nombre. [15] Aunque claramente hay excepciones a esto entre
las vocaciones religiosas, cada segmento dentro de las divididas
religiones cuenta con personas con motivos egoístas y lealtades
estrechos. La misma competencia entre sectas en sí, es destructiva: "Todo
reino dividido contra si mismo, es asolado, y toda ciudad o casa
dividida contra si misma no permanecerá."[16] El pesado lastre histórico de los credos tradicionales y su apego a
conceptos arcaicos e intolerantes, han sido grandes impedimentos a esta
renovación. Cualquier que sea su motivo, el fundamentalismo religioso
ha intentado reafirmar las divisiones y antiguas contiendas religiosas.
Esto ha desanimado el razonamiento espiritual y el reconocimiento de
los aspectos universales que se hallan al núcleo de las religiones, y
que las multitudes tanto necesitan conocer, y creo, que
inconscientemente añoran.

Esta realidad esencial de la religión está basada en
los fundamentos éticos, morales y espirituales comunes a todas las
religiones universales. O sea, una realidad liberada de aquellos dogmas
y credos que tienen orígenes falibles humanos y que siempre han
provocado discordias. Todos estos escritos han advertido sobre la
presencia de equivalencias de "cizaña" sembrada por los "enemigos" que
confunden con el "trigo" de lo verdadero. Dicha renovación de la
esencia espiritual y moral de religión es lo que caracteriza las
antiguas primaveras de las grandes civilizaciones sobre los escombros de
sistemas gastados y obsoletos. Creo que esta renovación primaveral es
sólo posible mediante una nueva y más completa revelación del propósito
divino. De los escritos bahá’ís sacamos esta pregunta pertinente:

"¿Quién, contemplando la impotencia,
los temores y miserias de la humanidad en este día, puede dudar más de
la necesidad de una fresca revelación del poder vivificante del amor
redentor y de la guía de Dios?"[17]

Nuestra realidad distintiva como seres humanos se
encuentra en la esencia misteriosa que los antiguos llamaban "el alma
racional" y los modernos llaman "la mente humana", cuya naturaleza y
propósito es desenvolver, hasta donde se pueda, todas sus capacidades
latentes. No existe manera más efectiva para lograr este
desenvolvimiento que servir al bien común. El bienestar común
eventualmente requerirá una relación del alma humana con una moralidad
que trascienda esta vida mortal. Esto es debido a que los impulsos
políticos y sentimentales no son nunca suficientes para aguantar el
largo y sostenido proceso que estos servicios demandan. Tal moralidad
debe tener motivos y consecuencias en todas las dimensiones. Lo
contrario, el estribar por una "salvación" individual, sin servir al
bien común, o una sociedad mejor, era el modo de pensar de las edades
oscurantistas que todavía ejerce influencia sobre unos teólogos y agita
a tantos críticos. La paz y la rectitud en este mundo requieren un
profundo sentido religioso, la conciencia de poseer un alma que es
inmortal y en la cual cada acción recibirá en todos los niveles su
inevitable recompensa o sanción. En otra dimensión, no hay función más
importante de una sociedad o nación que el promover las virtudes y
capacidades espirituales que están latentes en todos sus sujetos.

Por ejemplo, la virtud de la confiabilidad es
esencial para el orden y el honor de todos los individuos en su trato
con los demás, e imperativa para la prosperidad, estabilidad y legítimo
poder de todas las sociedades y gobiernos que la pregonan. Sin embargo,
esta virtud es íntimamente espiritual.

Es precisamente aquí en donde vemos la importancia de
la religión en el engendro de las civilizaciones. En sus ciclos de
vitalidad y dinamismo la religión afecta profundamente al ser interno de
un gran número de personas, y esta levadura eleva a las masas. El
perspicaz historiador Thomas Macaulay, al describir la conquista del
cristianismo en el siglo cuarto y consciente de sus excesos y errores,
comenta:

"La victoria del cristianismo sobre el
paganismo… proporcionó al orador nuevos tópicos de declamación y lógica
y nuevos puntos de controversia. Más que todo, produjo un nuevo
principio, de lo que se sentía su operación en todas partes de la
sociedad. Agitó a las masas estancadas desde lo más profundo. Animó
todas las pasiones de una tempestuosa democracia en la apática población
de un imperio demasiado crecido… hizo lo que el sentido de opresión no
pudo hacer: cambió a los hombres, acostumbrados a ser entregados de un
tirano a otro, entre partidarios y rebeldes obstinados." [18]

En su clásico, exhaustivo y perspicaz estudio sobre
la historia de la moral europea, el erudito historiador irlandés,
William Lecky, es severo en su descripción de los abusos y
equivocaciones de las épocas, incluyendo los de la Iglesia en sus
primeros siglos, sin embargo también defiende justamente al cristianismo
por sus efectos globales. Después de describir las falsas calumnias en
contra de los cristianos por los intereses llegados al Imperio, afirma:

"…por lo menos no había duda de que el
cristianismo había transformado los caracteres de multitudes, vivificado
el corazón frío con un nuevo entusiasmo, redimido, regenerado y
emancipado a lo más depravado de la humanidad. Vidas nobles, coronadas
con heroicas muertes, fueron el mejor argumento de la recién nacida
Iglesia. Sus enemigos mismos lo reconocieron con frecuencia. El amor
mostrado por los primeros cristianos hacia sus sufridos hermanos nunca
ha sido más enfáticamente atestiguado como por Lucian, o la bella
simplicidad de su culto como por Pliny, o su fervorosa caridad como por
Julian. Había, por cierto, otro lado en este panorama; pero aún cuando
la norma moral de los cristianos se redujo grandemente, se redujo
solamente al nivel de la comunidad a su alrededor."[19]

En el caso del Islam, ningún investigador bien
intencionado puede negar la sorprendente explosión de una sociedad
"embriagada de Dios" que surgió de la misión de Mahoma en el siglo siete
de nuestra era. Habiendo surgido entre pueblos considerados por todos
como los más politeístas, bárbaros y resistentes a reforma, una sola
alma sin instrucción formal, enfrentó la más fiera y perversa oposición
y engendró una fe y una emancipación del espíritu moral tan vital y
poderosa que, durante siglos, tuvo efectos creativos aún en la
civilización occidental. De este impulso surgió una tan espléndida
constelación de mentes, talentos y santidad de las anteriores estériles
y violentas culturas, que al pretender que su inspiración fue
fraudulenta es como tratar de tapar el sol con un dedo.

Este papel de la revolución espiritual como un
engendrador de civilización contrasta con lo que el materialismo, en sus
muchas formas, ha propagado en los siglos recientes. El materialismo
dialéctico ha tratado de probar que la preocupación por el alma y su
destino ha desviado y entumecido a los hombres de sus problemas y
sufrimientos "reales" aquí en este mundo. Esta fue una acusación con
cierta justificación que puede ser rastreada en parte a la desviación de
los credos de sus misiones esenciales, que era también sanar vidas y
fomentar un sano intercambio social en este mundo. A costa de
espiritualizar y unificar, estos credos se concentraron mucho más en
consolidar su propio poder temporal y en "salvar" a los hombres a través
de dogmas, ritual y sacramentos. Aunque ha habido innumerables
excepciones entre los creyentes de servicio desinteresado y
verdaderamente expiatorio hacia los menos afortunados, la población en
general consideró a los sacramentos de estos credos un atajo hacia el
cielo y un sustituto a una trasformación más interna y moral que también
hubiera afectado a la sociedad. La crisis religiosa en la civilización
occidental nos mostró cuan inadecuada era esta sustitución de la
creencia y ritual, en lugar de vivir la vida y servir a los demás, a que
se dirigían los mensajes esenciales de Cristo y los primeros apóstoles.

Con la decadencia del cristianismo debido a su
accidentada historia de conceptos y prácticas irracionales,
anticientíficas e intransigentes, llegando al colmo de la Guerra de
Treinta Años en el siglo diecisiete entre católicos y protestantes con
sus fanatismos y atrocidades de ambos partes, surgieron las ideologías
humanistas, no sólo entre escépticos, sino entre sinceros creyentes que
trataron de corregir los males de las iglesias. Pero aunque después el
humanismo trataba de sustituir a la religión, no ha tenido la mística o
la fuerza para llenar la función dinámica de espiritualizar, armonizar o
iluminar las almas. Hoy el humanismo habla con tantas voces que ya no
tiene la eficacia para sostener a la civilización o aún vivificar a la
cultura. Ha tenido usos diversos y aun contradictorios. Algunas de
estas voces han sido beneficiosas y profundas en la promoción de la
democracia y gobiernos representativos, en ampliar las opiniones
mezquinas y en elevar las sensibilidades humanitarias, como es el caso
de las ideas de Locke, Mill, Hume, Kant, Bayle, y las novelas de Tolstoy,
Dickens o Victor Hugo, o algunos de las obras de Goethe, Schiller, Keats
o Tennyson, para dar sólo unos pocos ejemplos. Pero el humanismo
también tuvo voces que no han producido frutos duraderos ni muy
constructivos para edificar las sensibilidades de sus admiradores.
Jacques Barzún, uno de los más ilustres humanistas de nuestro tiempo,
hace este comentario sobre las humanidades.

"Ni son las humanidades un sustituto
para la medicina o la psiquiatría, ni van a curar mentes enfermas o
corazones rotos, ni tampoco promoverán la democracia política o calmarán
disputas internacionales. Toda la evidencia señala lo contrario. Las
llamadas humanidades tienen sentido principalmente debido a lo inhumano
que es la vida; lo que definen y discuten son lucha y desastre. La
Ilíada no trata sobre la paz mundial. El Rey Lear no se trata de un
hombre cabal o equilibrado; Madame Bovary no nos enseña acerca del
empleo juicioso del tiempo libre."[20]

Ahora con casi siglo y medio desde los inicios de la
fase de materialismo escéptico de la civilización occidental, la cual ha
penetrado todos los confines del planeta, los hombres se han distanciado
de sus naturalezas espirituales, y menospreciado el rol y poder de
religión. Las mayorías, religiosas de nombre o escépticas, han
subestimado la influencia de la religión esencial, que en otros tiempos,
como el sol y lluvia en la primavera vitaliza las semillas dormidas en
la tierra, ha vitalizado las civilizaciones. La acusación de que la
religión es el opio del pueblo hizo impacto en parte, debido a la
renuencia de las iglesias en sus momentos de declive, de estimular el
amor, la espiritualidad y la justicia en este plano, enfocándose en su
propia supervivencia y en su exclusiva función de salvar almas para la
otra vida, así como sus conflictos con los hallazgos de las ciencias
debido a su insistencia de aferrarse a las interpretaciones literales y
fundamentalistas de las escrituras, en vez de vivir la vida y sanar los
inmoralidades y males de la sociedad. El humanismo temprano había
tratado de distinguir aquello que era esencial para la conducta y
corregir las cosas que contaminaron la religión. Pero por fin condujo
al materialismo escéptico que no quiso hacer esta distinción, y
eventualmente de propagar la idea que toda religión es fraudulenta, debe
ser suprimida, y así previno que a los pueblos de adquirir precisamente
aquellas cualidades del espíritu que pueden engendrar el amor y el
servicio a la sociedad. Sin tales cualidades, toda ideología trata de
imponer sus objetivos limitados al poder secular político. Como toda
civilización nueva ha tenido semillas religiosas, en estas luchas entre
el materialismo y las muy divididas y debilitadas convicciones
religiosas, podríamos considerar que sean aspectos de la agonía y la
caída de una civilización antes de un nuevo ciclo espiritual, o sea lo
que abre el espacio para un nuevo ciclo diurno después de una noche de
confusión y duda.

¿Por qué ha fallado la religión en su más importante
papel de espiritualizar al alma y moralizar la conducta humana en esta
vida? ¿Por qué tantos seguidores del Islam se han alejado de su
anterior transparencia y tolerancia, su disposición a aceptar los
conocimientos provenientes de otras fuentes, a mostrar su el dinamismo
de su fe y al mismo tiempo mantener la tolerancia y amplitud en sus
siglos de apogeo? ¿Qué ha sucedido que durante los últimos siglos, su
fe ha llegado a tener fama de ser tan ofuscado, reaccionario y
violento? ¿Por qué la civilización occidental, tan dominante en el
mundo, ha sido la más agresiva, sangrienta y belicosa de las
civilizaciones, cuando su religión mentora ha sido el cristianismo, cuyo
Fundador le enseñó a su elegido discípulo, Pedro, a no sacar su espada
de su funda, ni aún para defenderse? ¿Por qué las religiones cuyas
escrituras hacen imperativo el devolver el bien por el mal, a no
vengarse, a amar aún a sus enemigos, a ser sinceros, bondadosos,
veraces, humildes; ni siquiera han podido promover estas virtudes en
las venerables sedes de sus propias instituciones?

Aparte de la realidad que toda institución o
civilización sostenida por falibles hombres, tiene que pasar por épocas
de nacer, infancia, niñez, adolescencia, madurez, y luego envejecerse y
agonizar, una respuesta de estas preguntas puede encontrarse en las
perspicaces observaciones de Ernest Renan, Mircea Eliade y Alessandro
Bausani, entre otros. La primera verdadera revolución religiosa se
inició con Abraham, quien dramáticamente se separó de las creencias
arcaicas y politeístas del viejo mundo con su nueva visión monoteísta y
progresiva hacia un desenvolvimiento gradual y una unidad y propósito de
historia más universales.

En las religiones y creencias arcaicas (o llamadas
paganas) mucha de la historia no es un elemento positivo sino un
descenso en el tiempo que debe ser evitado o reparado con la
reintroducción de todo lo que era sagrado en lo primordial. Bausani
explica los conceptos arcaicos:

"Las religiones del tipo arcaico son,
para simplificar, monistas o panteístas (lo sagrado se extiende por
todo), impersonales (no hay Dios sino a theion - "lo divino") lo nóumeno,
luego muchas personalidades divinas, las deidades tradicional-nacional.
Hay dioses nacionales y lo sagrado innato en los reyes y las
instituciones aristocráticas, mitológicas e históricas. Las
instituciones son sagradas porque fueron fundadas "in illo tempore",
fuera del tiempo histórico en una época mítica, mirando hacia el pasado
más bien que al futuro, como el período sagrado (la leyenda de las
cuatro épocas) y ver en el pasar del tiempo peligrosa decadencia, sin
ninguna idea del progreso."[21]

En los más remotos orígenes del mundo pos-arcaico
encontramos un rompimiento dramático con este antiguo sistema cósmico
bajo el impacto del monoteísmo hebreo personal, con una visión muy
diferente. En esta nueva visión, confirmada y renovada en todas las
Escrituras de las religiones universales, todo lo sagrado está
concentrado en un punto fuera de la creación, en un Dios personal y a la
vez trascendental. El culto al trascendente Dios está reflejado en el
valor que se le pone a la persona individual, una evaluación que ha
triunfado sobre la mentalidad pagana. Bausani agrega:

"Los dioses nacionales son vencidos
por un Dios que, debido a que está muy lejos y es soberano, con
facilidad se convierte en el Dios de todos. (Una religión universalista
contra una religión nacional). La historia, en esta nueva visión
religiosa, ocupa el lugar de la mitología y, aunque todavía permanece
como historia sagrada, ya no es vista solamente como un proceso cíclico
sino como uno lineal, abierto al progreso futuro. La felicidad, como
dijo Ernest Renan, al comparar lo hebraico con el mundo clásico, está en
el futuro (el Mesías, el Reino de Dios) más que en el paraíso terrenal
de lo primordial, y así la idea de un progreso más o menos linear es
introducida."[22]

Habiendo sido la cuna de las religiones reveladas en
el Oriente, este nuevo concepto tomó forma del Cristianismo, que se ha
desarrollado en El Occidente, y en una fecha posterior (622 d. C.) en el
Medio Oriente, del Islam. Pero la gradual reinserción de insistentes
elementos arcaicos dentro de estas formas de religión, puede ser
identificada en el Islam como la resurgencia de las enemistades tribales
islámicas, la degradación de la mujer a la condición pre-islámica, los
abusos y privilegios de los sacerdotes que Mahoma trató de contener, y
el dogma de que no podría haber más revelación posterior, ya que él era
el "sello" de los profetas. En el Cristianismo está reversión fue
expresada por medio de la deificación de Jesús como Dios Mismo, la
sustitución de lo sacramental y los elementos sacerdotales herederas de
las tradiciones judaicas y paganas, la sustitución de la veneración de
los santos en lugar de los antiguos dioses, la reversión a la idolatría
y la afirmación de finalidad eterna de la revelación de Jesús. En
ambas religiones se heredó diferentes aspectos del legado de los
teólogos judíos que "Las manos de Dios están encadenadas" y que iba a
ser imposible que Dios revelara progresivamente su guía y voluntad.
Podemos también incluir la organización legal de las jerarquías y de
las instituciones religiosas heredadas de conceptos arcaicos y leyes
romanas.

Es particularmente en las pretensiones de finalidad,
que han afectado las religiones reveladas, en casi todos sus segmentos,
lo que diluye este concepto de tiempo linear y a la larga, el progreso
contínuo. De esta manera, el tiempo se vuelve bipartito, ascendente
del primordial, hasta Cristo (o en el Islam, hasta Mahoma) en el primer
período y luego en declinación de estos orígenes hasta "el fin del
mundo". "Por cierto", dice Bausani, "sin el dominante impacto
del monoteísmo todavía estaríamos en el mundo arcaico platónico,
definitivamente cerrado al deseo de progreso, más que a la posibilidad
de progresar".[23]

En la teología ortodoxa griega, e implícito en las
expresiones más ortodoxas de las demás religiones, la palabra "cambio"
es equivalente a "empeorar". Los teólogos, en lugar de mirar hacia el
futuro con esperanza se volvieron profundamente reaccionarios. Lo mismo
ocurrió en el Islam, el cual, para proteger los intereses en un sistema
aún medieval y de un clero muy celoso de sus privilegios, dio marcha
atrás de su antigua tolerancia y se volvió cerrado y fanático. En todas
estas formas de monoteísmo, la historia y la repetida promesa universal
de nuevas revelaciones, ha sido congelada por la insistencia en que "Moisés es suficiente para nosotros", "solamente Jesús salva" y que Mahoma fue, para siempre, el último vocero de Dios. No queda nada
más que la expectativa del "fin del mundo". Todo esto es el residuo de
conceptos arcaicos introducidos por hombres imperfectos para reaccionar
a sus propias y particulares crisis y dilemas, incapaces de ver que el
cambio es inexorable y que llegarán a lamentar las consecuencias futuras
de sus decisiones.

Estas regresiones han surgido a pesar de tantas
profecías, tanto en la Biblia como en el Corán, de un tiempo crítico y
calamitoso que pondrá a prueba a los hombres y tendrá su propia
resolución en las promesas de rectitud y hermandad "en la tierra como
en el cielo" en un mundo unido, pacífico y justo. La insistencia de
los teólogos en que su respectiva religión representa la verdad eterna
que no puede ser sustituida por ningún otro mensaje y revelación, es una
abierta violación a sus propias Escrituras.

Las religiones, cada vez más distantes en tiempo y
sentido de sus orígenes con cada siglo que pasa, más ineficaces ante las
opiniones y movimientos de gente secularizada, se han vuelto altamente
ambivalentes e inseguras en sus tendencias. Mirando y añorando el
pasado, muchas han descuidado la preparación para las promesas de sus
propias Escrituras. Al restringir la educación a la repetición de sus
propias doctrinas y la necesidad de tener fe en ellas, muchas también
han descuidado la educación del espíritu de amor y universalidad latente
en el alma humana y han gastado sus energías en combatir todo aquello
que perciben como hostil. De esta manera se han declinado, y las
"religiones sustitutas" del nacionalismo, racismo, comunismo y el
individualismo extremo, con sus agendas seculares, han ejercido mucha
mayor influencia en estos últimos siglos.

Ahora que estas ideologías sustitutas también han
fallado en el cumplimiento de sus promesas de crear sociedades
realizadas, se ha notado un aparente retorno a la religión. Pero las
más notables facetas de este retorno a los credos tradicionales están
enfocadas hacia los mismos elementos que produjeron tan amargos frutos
hace cinco siglos. En lugar de promover nuevos y más iluminadores y
tolerantes conceptos espirituales, cordial a los descubrimientos
científicos, los segmentos fundamentalistas de estas creencias han
arraigado en la imitación del literalismo irracional, la intolerancia y
la reacción, y a una marcada división entre los elementos conservadores
y liberales dentro de sus propios credos. En estos sistemas religiosos,
ha habido un fraccionamiento en literalmente miles de sectas y
denominaciones nada amistosas entre sí, y entre los cuales no pueden
esconder intereses egoístas y comerciales. Estas rivalidades han
aumentado el cinismo y el distanciamiento de tantas almas que sienten
una profunda necesidad de religión genuina que pueda penetrar y
transformar la realidad interna de las personas. Estas diferencias y
contiendas representan una parte mayor de la crisis religiosa del mundo
moderno.

En todo caso, es evidente por sus amargos frutos, que
las diversas versiones de religión fanática, fundamentalista y
supersticiosa, en lugar de elevar a la sociedad, la degradan, y en lugar
de civilizar a los hombres los está conduciendo a la deriva.
Diariamente vemos esto en las raíces religiosas de los conflictos en el
Medio Oriente, en los Balcanes, en Irlanda y Sur Asia, pero las semillas
latentes de estos conflictos pueden germinar en lugares insospechados.

Al mismo tiempo, las ideologías que pretendían ser
idealistas, colectivistas y cerradas, asociadas con ese materialismo que
es tan crítico de la religión y desdeñoso de la realidad espiritual del
alma humana, tratan de limitar los propósitos humanos a la satisfacción
de sus necesidades materiales. Han fracasado en cumplir con su propia
promesa de "un hombre nuevo en una nueva sociedad". Esto sucede
precisamente porque tales ideologías tienden a ser tan críticas,
coercitivas y espiritualmente áridas. Tiene sus raíces ideológicas en el
desprecio heredado del Esclarecimiento hacia la religión organizada, o
sean las opiniones de Voltaire, Diderot, Helvetius, Feuerbach, y más
tarde los Materialistas Positivistas y luego influenciados por los
modelos mecánicos del universo y de una versión de religión artificial.
combinados con la reacción a las infelices condiciones de la Revolución
Industrial, los descubrimientos de Darwin y el fermento de todas ellas
en las mentes fértiles y poderosas de Marx y Engels, Neitzsche y Freud.

Mientras tanto, la versión individualista del
materialismo que ofrece ilimitadas satisfacciones a nuestra naturaleza
egoísta y agresiva, es también un producto de la incertidumbre religiosa
y de la selección natural y la extrapolación de la selección natural y
la supervivencia del más apto, definidos por Darwin, en el ámbito social
de los humanos. Estas versiones justifican que el más fuerte, listo y
astuto debería sobrevivir para dominar a la sociedad. Aunque estos
materialistas, en nombre de la libertad, pregonan la religión y la
moralidad en nombre, son más impulsados por el ego, la ambición, la
avaricia y el ansia de "triunfar" a toda costa. La sobrevivencia del
más fuerte, que es claramente evidente en la evolución del mundo animal,
ha sido un desastre en el campo humano. Por supuesto que la ambición y
el ego y el enfoque del triunfo económico son más antiguos que la
civilización misma, y moldeadas en la misma arcilla del hombre natural.
Pero es por eso que las enseñanzas de las religiones civilizadoras de la
humanidad han ofrecido su contrapeso y antídoto de educar al hombre en
su naturaleza espiritual y humanitaria. Hoy ésta autopromoción libre y
permisiva ofrece mayor libertad global para prosperar que los sistemas
cerrados, pero no ha producido a un exitoso "hombre económico"
realizado y satisfecho en algún sentido profundo. Ni ha encontrado la
forma para que la prosperidad esté distribuida justamente para el
beneficio de la sociedad en general. Debemos analizar "por sus
frutos" el valor de ambos remedios materialistas propuestos para
resolver los problemas del mundo. "Por sus frutos" es el único
criterio razonable sobre el cual deben apoyarse o caer los sistemas
sociales y económicos.

En estos tiempos hemos visto fallas y relativamente
breves vidas de sistemas cerrados y totalitarios. Su interpretación de
la historia y su creencia en la indefectibilidad del dominio del
proletariado, han promovido grotescas calamidades humanas. Algunos
pensadores inclusive describen estos regímenes como siempre sospechosos,
paranoicos y con frecuencia destructivos por naturaleza, eficientes en
destruir y muy deficientes en crear y construir. Pero bastante de lo
mismo puede decirse del siglo veinte acerca del fervoroso nacionalismo,
racismo y fanatismo étnico que continúa asolando al planeta. También
puede decirse de cualquier dictadura o régimen autocrático basado en
individuos megalómanos, sea de derecha o izquierda. En estos retos y
críticos puede haber cierta utilidad. Hasta el momento podrían servir
para ser los elementos visibles que incitan, estimulan y presionan a la
sociedad abierta y democrática a esforzarse en cumplir con sus promesas,
y también para mostrar la marginación de los extremistas que están
comprometidos con una desesperada batalla contra sus percibidos
adversarios y la pérdida de su relevancia. Ellos nos retan a ser
fieles a nuestras propias pretensiones y principios humanitarios y
religiosos, para también demostrar buenos frutos.

Pero al analizar tales movimientos extremistas,
encontramos que todos tienen como meta el dominio forzado de una clase,
nación, raza o segmento étnico, o religioso sobre todos los demás
humanos. Esto claramente ya no es posible en un mundo tan diverso y
compactado.

Ahora bien, si las religiones fallaron, y luego sus
sustitutos ideológicos también han fallado, y luego la resurgencia de
la misma clase de religión falla de nuevo, ¿en que podemos encontrar
algo valioso para apoyar nuestras luchas para lograr una identidad
sensata y vital?

Exhorto al lector a que considere un propósito mayor
de la historia y de estas crisis. Un propósito coherente atrás de
nuestras luchas y tiempos como el brotar gradual, caótica pero dinámica,
de la conciencia de la unidad de la humanidad y la gradual mayoría de
edad y espiritualización de la raza humana. ¿No puede ser esto el
verdadero espíritu de nuestra edad?

Redefiniendo la Religión

Los defectos y abusos de la religión en nuestra
historia y en estos tiempos están bien documentados, pero también
debemos prestar atención a mucho que es potencialmente, y con frecuencia
activamente, positivo en la religión. El incremento de cualidades que
proceden de nuestros impulsos espirituales, como la compasión, la
bondad, el perdón, los esfuerzos por lograr justicia social, la
educación, el servicio para promover el bienestar y la salud, la
sensibilización de la moral y la conciencia social, la expansión de
estas inquietudes más allá de las fronteras nacionales, los antídotos a
la violencia y el conflicto, que han sido patrocinados por tantas
organizaciones religiosas en el mundo, son seguramente positivos y
encomiables. La creciente inquietud por la salud mental, la amplitud,
la tolerancia, los movimientos ecuménicos y las más libres y fraternales
asociaciones con otros credos y pueblos, también son señales
alentadoras. El movimiento de los derechos humanos, de la promoción de
soluciones pacíficas y la comprensión entre naciones y las virtudes y
orientaciones que buscan contrastar con la baja disciplina moral, son
otros aspectos que resaltan y contrastan con todo lo negativo cuando
consideramos el papel futuro de las religiones.

Pero en general, tanto las antiguas iglesias del
mundo y las versiones populares modernas no han mostrado suficiente
poder espiritual en estos empeños para detener el incremento de la
avaricia humana, la agresión y la violencia, la indiferencia moral y el
desenfrenado hedonismo en las sociedades humanas. Los pueblos más
conocidos por su religiosidad tradicional no han proporcionado al mundo
ejemplos edificantes, y algunas están sumergidas en violencia y
corrupción o enfocadas en que sus creyentes "se sienten bien". Estas no
son críticas mal intencionadas, ya que muchos de los líderes de estas
congregaciones han lamentado estas mismas debilidades.

El origen de estas tendencias contrarias de la
religión: la resistencia al cambio, la intolerancia, la división en
miles de sectas que pelean las almas entre ella, el prejuicio y el
fanatismo por un lado; y la compasión, la preocupación por los
necesitados, la tolerancia y la enseñanza de valores espirituales y
éticos, por el otro, pueden explicarse con ayuda de las Escrituras
mismas. De nuevo les refiere al Mateo 13:25, donde encontramos la
parábola del "Trigo y la Cizaña". El "trigo" era la siembra verdadera y
la "cizaña" la siembra de aquellos que han contaminado la religión.
Cristo indicó que se les debería dejar crecer juntas, porque al
arrancar la mala hierba, algo del trigo también sería arrancado. En el
"tiempo de la cosecha" el trigo y la cizaña serían separados, esta
última juntada y quemada en hogueras, mientras que el trigo sería
guardado en los granjeros para los fieles. Es evidente que la cizaña es
el producto de la interpretación contaminada humana. El trigo es
aquello que es fiel a los fundamentos originales enseñados por los
Enviados de Dios. En otras palabras, si comparamos las escrituras
originales, en sus sentidos reales, no encontramos bases para todas las
disputas, prejuicios, intolerancia, fanatismo o hipocresía. Pero sí,
encontramos estas justificaciones en las interpretaciones, dogmas y las
doctrinas que dividen y creen hostilidades entre los creyentes y que
representan insumos humanos falibles. La armonización religiosa
requiere un enfoque mucho más decisivo en los valores centrales comunes
a todos, y mucho menos refugio en los imitaciones e interpretaciones
que, aunque venerables, siempre han fomentado división y controversia.
No hay manera de que las religiones llegan a concordarse, sin la
depuración de la cizaña del trigo.

Estos valores centrales y comunes son aquellos que
pueden profundamente influenciar el carácter interno de la persona, y
hacer más coherente la suma de sus atributos intelectuales y
espirituales. Este sentido espiritual aprecia una relación holística
con aquello que siempre trasciende a la persona y que, en cada ciclo,
será más conciente de la universalidad, grandeza y sublimidad de su
Origen, y los insondables misterios que progresivamente vemos en la
Creación y que tienen que proceder de esa desconocida Esencia que
llamamos Dios. Aquí no solamente encontramos un marco de referencia
superior y un más firme y más estable equilibrio para lograr el
conocimiento de nuestros verdaderos seres, o identidades más profundos,
sino también podemos apoyarnos en una más elevada plataforma sobre la
cual podemos construir una más sana relación con los otros humanos de
tantas opiniones, caracteres, creencias, culturas y colores.

Necesitamos dejar de temer esta expansión, y
desarrollar la inteligencia y sinceridad espiritual para evaluar
culturas y pueblos tan diversos y esto debe surgir de la seguridad en
nuestra propia identidad más elevada. También necesitamos que se nos
recuerde de este proceso de religión purificadora, de paz, unidad y
realización "en la tierra" que todas las religiones han
prometido.

La Reconfirmación de las Bases Espirituales de la
Religión

Ahora tratemos, en pocas palabras, de
definir lo que es esencial y eterno en la religión.

"Lo esencial de la religión de Dios es
la adquisición de perfecciones divinas y el compartir de sus
innumerables dotes. El propósito de la fe y del creer es ennoblecer el
ser interior del hombre con las dádivas de gracia que vienen de lo
alto. Si esto no se obtiene es en verdad la privación misma".[24]

"…Posee un corazón puro, bondadoso y
radiante, para que sea tuya una soberanía antigua, imperecedera y
sempiterna".[25]

Las virtudes que elevan al mundo y unen a
sus pueblos son la bondad, el amor, la paz, la sinceridad, la
honestidad, la rectitud, el desprendimiento, la comprensión y la
práctica de la equidad y la justicia, la iluminación de la sabiduría y
la adquisición de conocimientos tanto para la propia perfección como
para servir a la felicidad de los demás. El estudio de las Escrituras
nos obliga a agregar virtudes no siempre asociadas con la práctica de
las religiones: la tolerancia y la indulgencia hacia los defectos de
nuestros prójimos.

Estas son las cosas del espíritu que los
Fundadores de las religiones universales promovieron y vivieron como
ejemplos principales, y estas son las cosas que tan desesperadamente se
necesitan para sanar los males del mundo. Si no se atiene éstas, si la
religión se convierte en "…la causa de aversión, de odio y de
división, sería mejor no tener ninguna y apartarse de semejante religión
sería un verdadero acto religioso…una religión que no sea cauce de amor
y unidad no es una religión. Cualquier remedio que causa enfermedad no
proviene del grande y supremo Médico".[26]

Es decir, la religión existe para curar
los males del mundo. Si conduce a la causa o empeoramiento de la
enfermedad, sería preferible dejar de valer de ella y buscar otro medico
y medicina. La humanidad tendrá que aceptar que su afán religioso
tiene que buscar y justificarse en lo que ilumine y expande la mente y
limpie y ensanche el corazón.

Ciencia y religión: el desenvolvimiento de un
diseño cósmico

Esta creencia positiva del rol de la religión no
tiene nada que ver con actitudes irracionales y anticientíficas. La
ciencia es un método sistemático y disciplinado de pensar. La religión
es una conexión con un modo de vida edificante y un sentido de
propósito. Ambos son necesarios y ambos tienen elogiosos procesos. Los
métodos racionales y sistemáticos son aplicables tanto a lo espiritual y
religioso como a las cosas fenomenales. Un ejemplo de esta aplicación de
métodos racionales y sistemáticos a los fenómenos religiosos tiene que
ver con el crecimiento y la declinación de los sistemas religiosos a lo
largo de la historia. Esta aplicación se refiere a la Teoría General de
Sistemas y es definida como sigue:

Una religión empieza con el reconocimiento de una
Fuente trascendental, un Alma considerada infalible y verdadera, que
representa la Deidad aquí en la Tierra. Unos pocos de sus primeros
seguidores ven que Sus juicios, consejos, mandamientos y conductas no
proceden de otros humanos y que su conocimiento es superior y no
adquirido de otras fuentes humanas. Emanan de una fuente que trasciende
las limitaciones humanas y toca profundamente el espíritu y el corazón.
Es opuesto y perseguido por las tradiciones establecidas. Su causa
crece lentamente a pesar de la adversidad y persecución, los seguidores
se unen alrededor de su Fuente y conceptos principales, y gradualmente
evoluciona en una multitud que tiene una gran influencia en el mundo.
Pero al extender la influencia de la nueva causa con cada generación, la
guía original y la pureza de sus enseñanzas poco a poco se ven
comprometidas por opiniones humanas y conflictivas. Las aportaciones
humanas y los ajustes para ser relevantes en condiciones cambiantes, de
fuentes que no son infalibles, sino que con frecuencia están muy
distantes del espíritu original. Con el pasar de los siglos, Su fe
sufre, en algunos casos, graves deformaciones, como en los muy conocidos
abusos de corrupción, las persecuciones de otros y conflictos
sangrientos entre segmentos de la misma religión que son aprobadas y
promovidas por sectas y segmentos adversarios.

Al final de un ciclo religioso el lastre de la
falibilidad humana gradualmente pesa más que el mensaje original e
impide que la institución navegue. La religión zozobra en las rocas de
condiciones mundiales defectuosas, continúa engendrando nuevas, y a
menudo fugaces, facciones, y es constantemente remendada pero demasiado
agotada y dividida para renovarse. Sus seguidores sienten un vacío de
poder y seguridad espiritual, una desesperada necesidad de fe para dar
consuelo, proteger, dar sentido y unir a los creyentes. Los templos
puede que se llenen, pero el espíritu está ausente, queda residuos de
dogma sin vida. Hay inclusive un desesperado intento de volver a los
fundamentos originales, de descubrir de nuevo el elixir espiritual que,
con toda esa confusión y zarandeo, se ha evaporado. La desesperación,
el fanatismo y aún la violencia pueden marcar su agonía. Sin embargo
este es un proceso natural del envejecimiento que cada organismo e
institución sufre y no nos debe sorprender. Todas las Religiones nacen,
crecen, maduran, crean una civilización, declinan y lentamente agonizan,
como el cambio de la primavera al invierno.

Luego viene otra primavera. Nace y crece la devoción
a otra Alma y religión, sin ser percibida excepto por sus primeros
discípulos. Eventualmente renueva y avanza la conciencia de unidad y
espiritualidad en el mundo. Sus palabras verdaderamente inspiran y
guían, su conducta y valor ante toda clase de oposición, y su sacrificio
indican que su poder no emana de otros hombres. Esta es una aplicación
aproximada de la Teoría General de Sistemas, propuesta por científicos
como Irvin Laslow, que dan valor a las verdades espirituales.

El renombrado historiador Arnold J. Toynbee sostiene
que, cuando una civilización se acerca a su caída, surge un Estado
Universal, como Roma por ejemplo, centro del cual aparece una religión
universal, usualmente desde afuera, que se desarrolla simultáneamente
con la decadencia del estado universal, (sin ser la causa de la
decadencia), para convertirse en la crisálida de una nueva
civilización. Bausani nos dice que Toynbee indica como la recién nacida
religión en esta era de crecimiento y caída de la Civilización
Occidental, a la Fe Bahá’í.[27] Al igual que con su anterior religión, también es considerada por sus
seguidores como de origen Divino, sus Fundadores como voceros infalibles
de la Voluntad de Dios para esta era. Es atacada y perseguida por
intereses de la religión establecida, especialmente en el lugar de su
nacimiento. El proceso empieza de nuevo sobre bases y almas que están
distantes y dispuestas a hacer grandes sacrificios para lograr esta
renovación espiritual. Entre mayor sea la distancia espiritual de la
religión largamente establecida de sus propios orígenes, más sea la
desesperación y el fanatismo de su oposición a la nueva. Esto se puede
notar con las persecuciones tan severas y constantes que, durante más de
ciento cincuenta años desde su nacimiento, han sufrido los Bahá’is a
manos del Islam en su lugar de nacimiento, Persia, (Irán).

Una religión pierde su vitalidad y otra nace. Pero
realmente es una nueva aparición del mismo Sol de la Verdad desde un
nuevo punto en el horizonte. Es una nueva fase de la Alianza eterna
entre Dios y los hombres. Esta es la dinámica de la "revelación
progresiva", cuya promesa comienza con Abraham. Este proceso esta
metafóricamente prometida en las Escrituras, como en la Parábola del
Viñedo en los Evangelios y en sinnúmero de profecías deliberadamente
alegóricas.

Las religiones que continúan insistiendo en conceptos
y creencias obsoletas de eras antiguas y pre-científicas, dejan de ser
relevantes para estos nuevos paradigmas. La creación es siempre
continua y desafiante. A medida que el mundo se hace más pequeño y
compacto en términos de interdependencia y comunicación, nuestros
centros de unidad y lealtad deben siempre ampliarse. Bausani cita estas
palabras del gran paleontólogo Jesuita, Tielhard de Chardín:

"Todas estas reservas espirituales
intuidas y tocadas ligeramente, ¿no son quizá indicativas del hecho que
la creación todavía continúa y que aún no podemos expresar la natural
grandeza de la vocación? Yo sé que esta esperanza no parece ser parte
de la perspectiva cristiana, y por eso la mayoría de aquellos que la
describen descubren en ella, por lo menos implícitamente, la emergencia
de una religión destinada a desarraigar todas las religiones del
pasado…"[28]

En sus primeras etapas, el nuevo ciclo de renovación
espiritual no parece demostrar una obvia relación con la antigua. En
realidad tiene una muy clara relación con las Escrituras originales de
las anteriores religiones, ya que cada una de ellas realmente ha estado
un peldaño más arriba de la misma escalera espiritual que siempre ha
existido desde la promesa de Abraham de que Dios no dejaría abandonada a
la humanidad, sino que enviaría orientación en la hora de necesidad.
Hay un desenvolvimiento evolutivo e intensificador de la conciencia
espiritual de la humanidad. La humanidad es el estudiante, los
Fundadores de las religiones universales o Manifestaciones de Dios son
los educadores divinos para sus respectivas épocas. Si las religiones
pudiesen ser purificadas de los agregados y contaminaciones del dogma,
la superstición y las vanas imitaciones del pasado, veríamos que las
únicas desavenencias están basadas en dos aspectos: 1) los residuos
teológicos, que son falibles y que eventualmente se vuelven obsoletos
debido a los descubrimientos de tiempos subsiguientes. 2) las leyes
religiosas secundarias, leyes que son beneficiosas para su
correspondiente ciclo pero no aptas para ciclos posteriores. Hay leyes
en el Pentateuco que fueron abandonadas hace milenios, aún entre los más
ortodoxos seguidores de Moisés. La verdad religiosa es relativa y no
absoluta. Cada religión responde a las necesidades de su tiempo de
acuerdo con las capacidades de una humanidad que, en grandes contextos,
aumenta continuamente en la conciencia y la visión.

Al mismo tiempo, no hay desacuerdos sobre la esencia
espiritual y eterna de las religiones universales. Cada una ha
enfatizado repetidamente estas virtudes espirituales eternas y
profundizado el sentido espiritual de esta Alianza Eterna. También las
lealtades sociales de sus respectivos seguidores han sido
progresivamente extendidas del clan o tribu a la ciudad estado, a la
nación y ahora a la conciencia mundial.

Las enseñanzas espirituales sobre la conducta, el
amar a Dios amándonos los unos a los otros, el servir al prójimo, buscar
la felicidad de los demás, perdonar y no acumular resentimientos o
rencor, progresar en la adquisición de virtudes, conocimiento y
comprensión de las cosas espirituales, no son de ninguna manera
anticientíficas o irracionales. Estos aspectos espirituales eternos dan
un sentido de propósito y dirección a la vida, que la ciencia no puede
ofrecer. Repito, la ciencia es un instrumento de percepción, más que
nada de asuntos materiales (lo que en dimensiones subatómicas se está
volviendo ahora cada vez más abstracto y misteriosamente inmaterial), y
la religión es un instrumento de guía para la conducta y para el
crecimiento espiritual y moral. Cada una de ellas es necesaria y
complementa a la otra. En este contexto, las Escrituras Bahá’í
contienen estos versos:

"Considera qué es lo que distingue al
hombre entre los seres creados y lo hace una criatura aparte. ¿No es su
poder de razonar, su inteligencia? ¿No deberá hacer uso de ellos al
estudiar la religión? En verdad os digo: pesa cuidadosamente en la
balanza de la razón y la ciencia todo lo que te es presentado como
religión. Si pasa esta prueba entonces, ¡acéptalo porque es la verdad!
Sin embargo, si no lo hace entonces recházalo porque es ignorancia".[29]

La ciencia se ha desarrollado en una forma secuencial
y progresiva y continuará haciéndolo así eternamente. Cada etapa
progresiva de su desarrollo está basada en los descubrimientos y
conceptos de mentes previas. Newton afirmó que él había podido
visualizar sus más nuevos horizontes porque se apoyó en los hombros de
gigantes. Las etapas de cambio a veces son grandes, como las
comprendidas entre las cosmografías de Aristóteles y Tolomeo, que fueron
superadas por las de Copérnico, Kepler, Galileo y Newton, y que ahora
han sido superadas por las de Plank, Bohr, Einstein y Wheeler. Cada
etapa de avance y mayor comprensión del universo es más dramática que su
predecesora. Pero la ciencia experimenta con ciertos límites un
paradigma nuevo. Aún cuando las nuevas fases han sido siempre
asombrosas y difíciles de creer al principio, Newton tenía razón: no se
pueden lograr adelantos sin las contribuciones anteriores.

En contraste, la religión dogmática tiende a
cristalizarse y a resistir el cambio. Esto es obviamente el trabajo de
unos teólogos y clérigos, quienes en cada generación injertan en la
religión su propia limitada comprensión o deseo de afianzarse más dentro
de su concepto del poder. En vista que la religión es tan íntima y
vital para la sociedad, la introducción de un nuevo ciclo o etapa, como
la del cristianismo del judaísmo y paganismo, o del Islam sobre los
pueblos politeístas de Arabia, por ejemplo, fue profundamente
traumática y tenazmente resistida. El hecho de que en el arcano
lenguaje de las profecías encontramos indicios de que la revelación es
progresiva y es aportada en dosis de acuerdo al crecimiento y
experiencia humanos, la conciencia y el saber, nos da más confianza en
la promesa de Abraham de que Dios renovará y extenderá su guía por medio
de subsiguientes revelaciones. En verdad la religión es, en grandes
ciclos, secuencial y progresiva, pero muchos líderes de sus respectivos
segmentos insisten en que su versión particular es la verdad permanente
y eterna. Esto crea una profunda división en nuestra identidad
ideológica: una parte que piensa científica y progresivamente y otra
parte que cree en conceptos cristalizados y reaccionarios.

En cuanto a las relaciones entre la religión y la
ciencia, existen muchas áreas en las cuales la ciencia no puede conocer
la esencia de las abstracciones y los asuntos metafísicos que son parte
de la religión. Una razón por la cual algunos científicos positivistas
se sienten incómodos con los aspectos puramente abstractos y
espirituales, es que éstos no se prestan a pruebas empíricas y, sin
estas pruebas, ellos sienten que una idea tiene el mismo valor que
cualquier otra. Esta opinión tiene cierto valor y los científicos
tienen derecho a pedir pruebas. Es innegable que las verdades
religiosas han sido mezcladas con supersticiones y con ideas arbitrarias
humanas que tienden a cristalizarse en dogma. Esta es la objeción
subyacente de los científicos. Pero el enigma del hombre esquiva el
análisis empírico, y siempre lo hará, ya que solamente un reino superior
puede comprender a un reino inferior. La más sabia y perspicaz mente
humana carece del criterio para la comprensión adecuada de su propia
esencia, mucho menos de aquello que le trasciende. Los científicos no
positivistas (la mayoría de los físicos teóricos modernos) aceptan que
hay muchas cosas que existen pero no son comprensibles por medio de
métodos empíricos o modelos mecánicos.

Con relación a la identidad, Carl G. Jung describe el
trauma ocasionado por la brecha entre la fe y el conocimiento
científico.

"La ruptura entre la fe y el
conocimiento es un síntoma de conciencia dividida que es tan
característica del desorden mental de nuestro tiempo. Es como si dos
diferentes personas estuvieran haciendo declaraciones sobre la misma
cosa, cada una desde su propio punto de vista, o si una persona con dos
diferentes modos de pensar estuviera dibujando un cuadro de su
experiencia. Si por"persona" sustituimos "sociedad moderna" es evidente
que esta última está sufriendo de dislocación mental, o sea un disturbio
neurótico. En vista de esto, no ayuda nada si una parte tira
obstinadamente hacia la derecha y la otra hacia la izquierda. Esto es
lo que sucede en cada psiquis neurótica, para su angustia, y es
precisamente esta angustia lo que lleva al paciente al doctor".[30]

Parte del problema con los científicos positivistas
es la frustración de no tener el poder para definir la conciencia en
términos fisiológicos. Existe el temor de que lo desconocido llevará a
las personas hacia especulaciones ocultas totalmente fuera de su
control. Jung escribe este fascinante párrafo acerca de una reacción de
Sigmund Freud:

"Todos estos obstáculos hacen más
difícil llegar a una apreciación correcta de la psiquis humana, pero
cuenta por muy poco al lado de otro hecho notable que merece mención.
Esto es la experiencia común psiquiátrica que la devaluación del psiquis
y las otras resistencias a la iluminación psicológica se basan en gran
medida en el temor - del temor extremo - de los descubrimientos que se
pueden hacer en el reino del inconsciente. Estos temores se encuentran
no sólo entre personas a quienes asusta el cuadro del inconsciente que
pintaba Freud; también asustó al creador mismo del psicoanálisis, quien
me confesó que era necesario hacer un dogma de su teoría sexual, porque
ese era el único baluarte de razón contra una posible ‘reventazón de las
aguas negras del ocultismo’. En estas palabras Freud expresó su
convicción de que el inconsciente todavía abrigaba muchas cosas que
pueden prestarse a interpretaciones "ocultas", como es el caso actual".[31]

El ocultismo es la exploración informal e
indisciplinada de la realidad humana basada en experiencias muy
subjetivas. Indudablemente hay muchas falsas, así como verdaderas
evidencias que pueden hallarse en esta exploración, y la mente
científica tiene razón de temer la parte indisciplinada y la falta de
evaluación sistemática. Me inclino hacia la opinión de Victor Frankl
cuando distingue entre la espiritualidad y el espiritismo, y define este
último que habla de "cuerpos astrales" y "vibraciones, rayos y
ondas" como el cuasi-materialismo de lo espiritual, o aquello que es
el "fenómeno de la materialización del espíritu".[32] Pero negar que los fenómenos espirituales e inmateriales existan
simplemente porque su investigación no está abierta al análisis
metodológico no es una actitud científica valedera u objetiva. Algunos
científicos positivistas que todavía se resisten esta imposibilidad se
han vuelto tan cristalizados en su fe en modelos mecánicos como están
los defensores de la religión dogmática en su fe en doctrinas obsoletas
e inaceptables por la ciencia. Sin embargo, es evidente que hay muchas
cosas abstractas que no están sujetas a los sentidos físicos y los
experimentos empíricos. El conocimiento por si solo, la comprensión, el
amor, la bondad, sabiduría, generosidad, honestidad, justicia e
imaginación no son visibles ni puede ser objeto de experimentos en
laboratorios, no pueden ser materializadas pero ciertamente existen. La
única manera de evaluarlas es "por sus frutos los conoceréis",[33] y este criterio no contradice ninguna lógica científica.

El conflicto entre la ciencia y la religión ha
surgido por la interpretación literal de versos que no tienen sentido
con tal interpretación. Que las mismas escrituras establecen que tales
versos no deben tratarse en sentido material. Vemos unos ejemplos:
Pablo (I Corintios
9:9) dice: "Porque en la ley de Moisés está
escrito: No pondrás bozal al buey que trilla. ¿Tiene Dios cuidado de
los bueyes?" Es obvio que Génesis tampoco se debe leer
literalmente. En los primeros versos dice que en el primer día Dios
hizo la luz y lo separó de las tinieblas, llamándolos "día" y "noche", (versos
3 -5) cuando hasta el cuarto día se hizo el
sol y la luna. (versos 15.16) Obviamente, "luz" y
"tinieblas" deben tener un sentido figurativo, como siempre han tenido,
como "luz" es símbolo de conocimiento y comprensión, y "tinieblas" es
símbolo de ignorancia y caos. De esta manera se indica que desde el
inicio, hubo diseño, propósito y sabiduría en la Creación. En el Nuevo
Testamento también se aclara lo insensato de la interpretación literal. "Pero el hombre natural no acepta las cosas del Espíritu de Dios,
porque para él son necedad y no las puede comprender, porque se
disciernan espiritualmente. En cambio, el que es espiritual juzga todas
las cosas: pero el no es juzgado por nadie."
(I Corintios 2:14-15) Y, esto: "El
cual nos hizo suficientes como ministros de un nuevo pacto, no de la
letra, sino del Espíritu. Porque la letra mata, mas el Espíritu da
vida." (II
Corintios 3:6) De la misma manera los
versos que hablan de resurrección de muertos de sus tumbas, estrellas
que caen sobre la tierra, Jerusalén que baja del cielo y Mesías que
bajan a la tierra desde las nubes, deberían también tener sentidos
metafóricos y alegóricos. Todo profeta y poeta bien sabe que la única
manera de expresar de forma concentrada lo abstracto, tiene que usar
símbolos concretos. Además, Cristo llamó necios y adúlteros aquellos
que requerían milagros físicos como requisitos de la autenticidad de una
visitación divina entre los hombres. El literalismo o interpretación
material de tales versos y palabras han puesto aquellas espesas barreras
entre la religión y la ciencia. En los últimos cien años, la física
nos ha enseñado los insondables misterios a fondo de la materia, el
universo, y dentro del hombre mismo, más los misterios atrás de la
evolución y los métodos graduales y naturales que un Creador podría
haber decidido perfeccionar su obra.

Más allá de esto, si dentro en la realidad del hombre
existen las potencialidades de pensamiento, comprensión, propósito y
diseño, más las virtudes de bondad, compasión, sentido de justicia,
sabiduría, piedad, perdón, desprendimiento y sinceridad, es
perfectamente razonable creer que al fondo de la Creación de nuestra
vida y poderes, debe existir el propósito y diseño, amor y conocimiento,
justicia y sabiduría, en grados insospechados, ya que no puede existir
en una parte lo que no exista en el Todo.

Puesto que las ciencias no son efectivas en inculcar
virtudes éticas o cualidades espirituales, la religión provee con esta
función complementaria. Y aún más, si dentro del hombre existen las
innegables propensiones religiosas, o de creer y buscar propósitos
elevados y un inefable espíritu que nos trasciende y nos hace anhelar
sentidos en nuestras vidas, por una parte, y la innegable configuración
mental de pensar en forma razonable y lógica, por otra parte, entonces
la fe y la ciencia deberían ser complementarias y no conflictivas. En
edades de confusión y escepticismo, se pierde este esencial complemento,
la civilización se degenera y los pueblos y las mentalidades de
individuos se dividen en un marasmo de conflictos entre superstición y
materialismo.

"La religión y la ciencia son las dos alas con las
que la inteligencia del ser humano puede remontarse a las alturas, con
las que el alma puede progresar. ¡No puede volar solo con un ala! Si
trata de volar sólo con el ala de la religión, caerá inmediatamente en
el lodazal de la superstición, mientras que por el otro lado, si sólo
trata de usar el ala de la ciencia, tampoco podrán hacer ningún
progreso. Ya que se hundirá en el angustioso pantano del materialismo.[34].

"Por sus frutos los conoceréis" ciertamente es una prueba más que adecuada para la evaluación de una
verdad o de una persona. Un ser humano con un psiquis o identidad sana,
inquisitiva, afectiva, informada, confiada e iluminada espiritualmente,
deja señales y frutos. Hacen bien para si mismo y para la sociedad en
que vive. Una identidad o psiquis que se expresa a si misma con rencor,
comportamiento egocéntrico, antisocial, violento, engañoso e insensato,
en detrimento de los demás, es una identidad enferma. Hace daño a la
persona y daño a la sociedad. En vista que no pueden existir efectos
sin causas, no podemos evitar el uso de tales evaluaciones y juicios
basados en los efectos o frutos. Estas conclusiones agradan a ambos
criterios, los religiosos y los científicos.

El conflicto de la ciencia y la religión en
nuestras identidades

Esto nos conduce a la evaluación de las identidades
divididas por el conflicto entre la ciencia y la religión. No podemos
tener una identidad coherente o sana si creemos en dos cosas que son
mutuamente excluyentes, y he escuchado a personas educadas decir frases
tan desatinadas como: "Yo creo en la ciencia durante la semana, pero
creo en la Biblia los Domingos". Ya hemos explicado que el remedio para
esta división mental es reconocer que tanto la religión como la ciencia,
en sus aspectos más altos y auténticos, no son mutuamente excluyentes.
Puede ser que ellas han tratado diferentes facetas del ser y la
naturaleza y puede ser que ellas usan diferentes términos e instrumentos
para comprender sus respectivas áreas de competencia. Pero ambas nos
conducen a realidades que eventualmente convergen en una sola Realidad.
Suponiendo que las Sagradas Escrituras son verídicas y auténticamente
inspiradas, las interpretaciones de sus versículos, metáforas y
simbolismos difieren grandemente y muchas de esas interpretaciones son
de falible origen humano.

Se explicó también que si las alegorías, versículos y
palabras arcanas de las Escrituras, en lugar de tener un sentido literal
que la ciencia no puede aceptar, fuesen interpretados metafóricamente,
la brecha se disminuiría considerablemente con ello. También es obvio
que cuando algunos científicos insisten en que todas las cosas deben ser
comprendidas como evolucionando ya sea por accidente o por alguna
inexorable ley que no necesita un Creador y Sostenedor del dinámico
universo, o una más alta realidad o propósito, pierden su objetividad y
se vuelven tendenciosos. Yo creo que la ciencia en general
eventualmente descubrirá que visto a fondo, todas las cosas creadas
hablan de misterios insondables y de la sabiduría inescrutable de un
incognoscible Creador de atributos superlativos. Pero por supuesto esto
no puede ser forzado, sino considerado con desprendimiento y auto
persuasión, fuera de contextos religiosos.

Una de las más significativas tendencias de la
ciencia en el siglo veinte ha sido el distanciarse de su dependencia de
modelos mecánicos empíricos para explicar la física nuclear o el
macrocosmos. Los sorprendentes descubrimientos en estos campos han
requerido otras premisas, otros procedimientos y llevan en otras
direcciones. La física sub atómica ahora acepta el juego de misteriosas
e inexplicables energías asociadas con la materia en el universo, lo que
asombrosamente se acerca a las explicaciones espirituales, que
inicialmente sólo pueden ser considerados con la fe. La mayoría de los
científicos no positivistas ya no son, en el anterior sentido del
término, materialistas.

Muchas mentes científicas ya no tienen reparo para
hablar de las maravillas de la Creación y suponen que tales maravillas
inexplicables deben proceder de una Causa Primaria de superlativa
inteligencia, sabiduría y sutileza. Por supuesto esto no significa que
ellos están dispuestos a aceptar todo lo pronunciado en nombre de la
religión, pero se han distanciado grandemente de los modelos mecánicos y
materialistas tan en boga a fines del siglo diecinueve. A tal tendencia
podríamos agregar esta premisa: Si la mente humana está dotada de
intelecto y poderes de razonamiento para investigar estas cosas, y la
capacidad para comprender los descubrimientos, De nuevo preguntamos:
¿podemos realmente asumir que estos poderes abstractos no están
presentes en la Creación misma? ¿Puede una parte poseer atributos que
no existen en el todo? Todo esto ha abierto una nueva disertación entre
religión y ciencia, y promete una armonización en la mente y corazón
humano de una identidad que es más coherente, armonizada y menos
contradictoria.

En fin, la ciencia y la razón no son enemigos de la
fe. Se complementan y son aliados. Solamente su lenguaje es diferente:
el de la ciencia es directo, claro y literal

- aunque a veces simbólico. Es una forma de pensar que puede, y debe,
también ser aplicada a aspectos de religión. Pero el lenguaje de la fe
ha sido espiritual, alegórico y simbólico, en versos y expresiones que
en forma material sería imposible de aceptar lógicamente. Si Dios
concede lógica, razonamiento, sabiduría y conocimiento científico a la
mente humana, ¿por qué quiere que esa mente sea tan ilógica e
irracional en cosas del espíritu?

Pruebas de la posición especial del hombre y su
doble naturaleza

Parece en todos los asuntos de búsqueda de identidad
tenemos que comenzar con nuestra idea de lo que es el ser humano. Aquí
decidimos si él es un animal más evolucionado y desarrollado o una
máquina bioquímica, o es un libre y más elevado actor en el escenario
del mundo. Estos son, de acuerdo con el psiquiatra Floyd W. Watwon, los
tres grupos principales en los cuales podemos clasificar una miríada de
teorías propuestas. La importancia de nuestro concepto no puede ser
exagerada. Watson escribe:

"Si es verdad, en general, ‘que las
ideas tienen consecuencias’, entonces las ideas del hombre sobre el
hombre tienen las consecuencias de mayor alcance que todas. Sobre ellas
pueden depender las estructuras del gobierno, los patrones de la
cultura, el propósito de la educación, el diseño del futuro y los usos
humanos o inhumanos de los seres humanos".[35]

La primera versión, del hombre como animal, niega que
pueda ser una especie separada de un mamífero evolucionado en el cual el
egocentrismo, la agresión, los instintos de supervivencia y la avaricia
son las características dominantes que determinan su conducta.

La segunda versión, la de una máquina bioquímica,
declara que el hombre está limitado a aquello que puede ser manipulado
por fuerzas externas ciegas, cuya conducta es determinada solamente por
sus genes y su entorno y que no es capaz, o por lo menos no está
dispuesto, a tomar decisiones o acciones que trascienden las necesidades
básicas y satisfacciones fijadas por esos dos factores.

Estas dos materialistas y/o deterministas versiones
no nos permiten tener un alto concepto del hombre y, si son válidas, no
podemos esperar cualquier identidad humana o auto definición como un ser
capaz de grandeza, nobleza o paz.

Aun cuando es evidente que el ser humano ha
evolucionado durante millones de años en este planeta, eso no significa
que es, esencialmente, otro mamífero. Es obvio que corporalmente el es
parte del reino animal. Pero su esencia no es su cuerpo; son sus
poderes mentales. El hombre posee dos naturalezas: la material y la
espiritual. La material la comparte con los animales. La espiritual lo
distingue como una especie aparte. Lo que sigue afirma algunas de las
razones que apoyan la convicción de que el ser humano, a través de toda
su evolución, ha sido siempre una especia distinta y un actor
independiente con potencialidades muy por encima de su naturaleza
material o animal en este mundo.

1. El hombre evoluciona y cambia radicalmente de forma en los nueve
meses de gestación en el vientre materno, pero en cada etapa está
destinado a ser de la misma especie
-homo
sapiens. ¿Por qué no podría evolucionar durante millones de años,
asumiendo formas diferentes y manteniéndose como una sola especie,
destinada para un propósito especial? ¿No podemos imaginar que un
Creador sabio, omnisciente y sutil podría haber usado graduales métodos
orgánicos y aparentemente ciegos para desarrollar una criatura
superior? Aun ahora, algunos antropólogos creen que la evolución física
del hombre moderno ha terminado y que ahora éste debe evolucionar
intelectual, social y espiritualmente.

2. En los cinco sentidos físicos que compartimos con todos los
mamíferos -vista,
oído, olfato, gusto y tacto, así como en las muchas habilidades de
fuerza, velocidad y otras características, existen muchos animales que
son muy superiores en estos poderes que los humanos. Si el hombre está
limitado a su cuerpo y a los poderes y sentidos físicos, esos animales
deberían dominar el planeta y no el hombre. El hombre domina no por sus
factores físicos y sensoriales sino que por su mente, alma racional o
intelecto, una condición que lo eleva como una especie superior y
distintiva.

3. Es aceptado que el ser humano, comparada con los animales, está
dotado de pocos instintos naturales. A cambio de esta falta de
habilidades innatas y hereditarias, al hombre se le han dado condiciones
que incluyen: a) Generaciones que se traslapan en las cuales la anterior
puede enseñar y socializar con la mas reciente
- en las cuales cada generación puede acumular mayor conciencia y
conocimiento aprendido. Esto está muy limitado en el mundo animal. b)
La habilidad de aprender cosas abstractas y tener fe en aquellas cosas
que trascienden su existencia física, que es exclusiva al reino humano.
c) La habilidad de hablar y comunicarse tanto concreta como
abstractamente. d) Una vida de intercambio complejo que hace posible
una socialización pacífica fuera de su grupo inmediato. Y lo más
importante, e) La habilidad de pensar, comprender, imaginar y
visualizar, de tomar decisiones libremente, basado en sus poderes de
raciocinio.

4. Todos los logros maravillosos de la mente humana en lo
intelectual, lo científico, lo lingüístico, lo artístico, en su
consciente visión social, conceptos éticos, morales y espirituales, en
las asombrosas creaciones de sus civilizaciones, nunca han, aún al más
mínimo grado, manifestado en ninguna otra especie animal. Los simios
continúan mostrando los mismos sentidos y conductas básicas desde su
aparición en este planeta hace decenas de millones de años.

5. En síntesis, no fue su cuerpo físico lo que hizo que volara más
rápido que cualquier ave, o que descubriera el interior del átomo, la
electricidad o el código genético, fue su mente, su alma racional. Es
precisamente este intelecto o espíritu humano, con sus poderes para
recordar conscientemente, para investigar y descubrir los misterios del
universo, para pensar, meditar y comprender, para imaginar y visualizar
en lo abstracto, soñar y lograr sus sueños, lo que motivó que lograra
estas metas. También tiene el poder para organizarse en sistemas
sociales voluntarios que son muy diferentes a los de otras especies.

Estos son poderes que constituyen la realidad humana
y que no tienen que ver con su cuerpo físico. Debido a estas facultades
evidentes de su esencia espiritual, el hombre no sólo pertenece a una
especie aparte y muy superior a los animales, sino muy elevada sobre una
máquina bioquímica que, de según sus proponentes, es incapaz o
indispuesta a tomar decisiones o acciones morales que transciendan sus
intereses inmediatas, egoístas o materiales.

Aún más, el ser humano es capaz, por el espíritu de
la fe, de alcanzar mayor trascendencia, como lo indican estas palabras
de ‘Abdu’l-Bahá:

"El espíritu humano, que distingue al
hombre del animal, es el alma racional. Las dos expresiones
- espíritu humano y alma racional- designan una misma realidad. Dicho espíritu…comprende a todos los
seres, sus propiedades, particularidades y efectos. Sin embargo, de no
contar con el auxilio del espíritu de fe, el espíritu humano se muestra
incapaz de familiarizarse con los secretos divinos y las realidades
celestiales. Es como un espejo que, aunque limpio, pulido y brillante,
necesita luz. Y así, mientras no haya un rayo de sol que se pose sobre
él, no alcanza a descubrir los secretos celestiales".[36]

Las primeras dos teorías deterministas del hombre,
como un animal avanzado y como una máquina bioquímica están claramente
enfocadas sobre su naturaleza material. Esta naturaleza material que se
comparta con los animales, y se manifiesta por ciertos instintos como el
afecto maternal y la sensualidad natural, que puede ser positivos o
negativos, según sus controles, pero también se manifiesta en la
agresión, la avaricia, la crueldad, la envidia, la rivalidad instintiva,
según lo que requiere la especie, la ocasión y el período. Estos son
atributos necesarios para la supervivencia de los animales, que no
deben ser juzgados con normas de moral aplicables a lo humano.

Pero repito, el aplicar la lucha para la subsistencia
del reino humano, en nombre de la supervivencia del más fuerte o astuto,
es un desastroso error, que conduce a la feroz competencia entre
segmentos humanos y tanta violencia y guerras a base de intereses o
grupos económicas, nacionales, étnicas o ideológicas, con sus carreras
armamentistas con cada vez mayores y más costosos para crear más
mortíferos instrumentos de destrucción masivas. Es una ley para los
animales salvajes, no para los humanos. No se puede negar que el ser
humano posee una naturaleza espiritual, y también un instintivo sentido
gregario y cooperativo. En este aspecto él manifiesta la capacidad
para amar, conocer, comprender en el abstracto, mostrar amabilidad,
compasión, misericordia, honestidad, justicia y rectitud, y estas son
capacidades potenciales que son depositadas en toda alma humana. Es
precisamente en este sentido que las Escrituras explican que el hombre
fue creado "a semejanza e imagen" de su Creador. Dios es un espíritu
incognoscible y este semejanza e imagen se refiere a los atributos
espirituales abstractos son una parte potencial de Su máxima criatura.
El hombre está situado en la curva de la creación material mas lejana
del control de Dios, ya que tiene libre albedrío y no necesita ser
gobernado por los instintos que controlan a los animales. Pero esta
libertad de elección lo coloca al principio de la curva espiritual
ascendente, en la posición de elegir libremente y crecer a base de
decidir cuál aspecto debe dominar su vida, su naturaleza material o su
naturaleza espiritual.

Es innegable que la humanidad, durante su larga y
dramática historia, ha experimentado un gradual incremento de sus
fronteras de lealtad e identidad social, y que esta lealtad e
identificación ha expandido desde el clan a la tribu, desde la ciudad
estado a los principados, desde colonias a la nación estado
independiente y unificadora de muchos segmentos otrora hostiles,
naciones que ahora son altamente heterogéneas, que se habían formado
como respuesta a los desafíos de la rivalidad entre pueblos y lo
deseable de evitar la endogamia y ampliar la reserva y mezcla, tanto de
genes humanos como de ideas para vivir mejor. Las naciones también se
han formado con la mezcla de identidades religiosas que progresivamente,
con la creciente conciencia de un Solo Dios sobre una sola humanidad,
ahora ha llegado a la etapa de contemplar los próximos pasos en
establecer una mancomunidad de naciones.

Los desafíos de la contaminación ecológica, del
cambio climatérico, del tráfico de armas, de drogas, y otros crímenes,
de zozobras y brechas económicas, las violaciones de derechos humanos,
las sopesar las ventajas y desventajas de las migraciones y del combate
de las enfermedades, no tienen soluciones a niveles internos nacionales.
Esto nos conduce a la imperativa de abandonar los fetiches tan
venerados como la tradicional defensa de la soberanía nacional, el
nacionalismo y el racismo o de las ideologías políticas que buscan
controlar a las naciones, todo entre la proliferación de armas de
indescriptibles poderes destructivos. El tiempo ha llegado para la
ampliación de lealtad que puede atender práctica y legalmente estos
problemas del bienestar y progreso de la raza humana en conjunto.

No hay duda que tal desafío de la unidad mundial
requiere un paradigma o marco mental humano más espiritual y moral, que
involucra el abandono de prejuicios nacionales y racistas, y tales
desafiantes cambios no son posibles a base de intereses políticos y
económicos. Históricamente sólo se han realizado como respuesta a un
dramático desafío común, o una guía e inspiración que trascienden las
limitadas lealtades humanas y políticas.

La propensión del hombre natural hacia sus tendencias
bajas y materiales es descrita en las escrituras sagradas como
"pecado". Si él persiste en esta tendencia, su condición es llamada
"infierno". Si hace esfuerzos para realizar su naturaleza espiritual,
que lo impulsa a la formación de su carácter moral y ético, el se vuelve
"bueno" y se acerca al "cielo". La felicidad real y permanente es
alcanzada solamente por este último camino espiritual, ya que la
abundancia material y la satisfacción personal van y vienen y,
finalmente, no llevamos ninguna de las cosas materiales cuando dejamos
la fase terrenal de nuestra existencia. La realización de las
potencialidades de nuestra naturaleza espiritual con que cada alma está
dotada, es el propósito engendrador de nuestra existencia. Los escritos
bahá’i describen la realidad humana así:

"Dios ha creado al hombre para ser
elevado y noble, un factor dominante en la creación. Ha especializado
al hombre con dotes supremos, conferido de mente, percepción, memoria,
abstracción y los poderes de los sentidos. Estos dones de Dios tenían
el propósito de hacerlo la manifestación de virtudes divinas, una luz
radiante en el mundo de la creación, una fuente de vida y la agencia
edificante en los campos infinitos de la existencia".[37]

Esto está en total armonía con las enseñanzas del
Nuevo Testamento, y de los demás textos sagrados de la humanidad, que
dicen que la realidad hombre se ubicaba solamente un poco debajo de los
ángeles, pero muy en contra de las teologías ortodoxas que insisten que
el hombre es un especie bajo y vil porque heredó el pecado de Adán, y
que solamente con la fe en la expiación del sacrificio de su Fundador
puede ser redimido. Es alentador que muchos pensadores cristianos están
ahora abandonando esa teología. Es interesante que tal dogma del
"pecado original" esta basada en la interpretación literal de algunos
versículos de Pablo, quien a la vez hizo hincapié en que muchos
versículos deberían ser interpretados espiritualmente. Reafirmó que
tal teología también tiene que ser falible, ya que hace de Dios un juez
más injusto que cualquier juez humano, quien nunca pensaría en castigar
un sujeto por lo que hizo un ancestro tan distante. Obviamente tiene
un sentido del hombre natural (simbolizado por Adán) necesita ser
espiritualizado (simbolizado por Cristo).

El ser humano es libre de escoger entre desarrollar
su naturaleza material y animal, o desarrollar una vida en su aspecto
humano espiritual. Si no desarrolla tal naturaleza espiritual, su
naturaleza baja material, "el hombre natural" de las Escrituras, toma la
ascendencia y lo impulsa a una conducta egocéntrica, avara y perversa.
Esta libertad de elección es necesaria como una condición de su
creación. Es decir, que para ser completo, el amor implícito en su
creación y evidente en tantos niveles, debe ser recíproco. Esta
reciprocidad presume una libre elección humana, ya que el amor o la
obediencia nunca pueden ser forzadas. La opción moral debe ser
voluntaria y espontánea. Nuestro equipo heredado, nuestros entornos y
nuestras emociones pueden limitar el grado de nuestra libre voluntad
moral, pero de ninguna manera la anula. Así, cada persona es
responsable de sus decisiones, intenciones y comportamiento, y éstos
afectan los frutos de su vida y destino. El hombre es capaz de ser una
bestia o un ángel, o un poco de ambos, y tiene el poder de elegir.

Algunos pensadores deterministas niegan la libre
voluntad, alegando que las acciones de uno son determinadas por nuestros
genes, entornos y naturaleza egoísta, cosas que alegan ser más allá de
nuestro control. Pero tanto las Sagradas Escrituras como los
descubrimientos de psiquíatras con tendencia más amplia, como Victor
Frankl y Housein Danesh, vigorosamente afirman la libre elección moral
del hombre. Frankl escribe: "El hombre posee pues, siempre la
libertad; sólo que a veces abdica a ella; abdica libremente. No siempre
está consciente de su propia libertad; pero la libertad puede y debe
hacerse consciente. Es el objetivo que persigue el análisis
existencial… en la dimensión de la libertad y la responsabilidad". El comenta que uno de sus pacientes una vez dijo: "Soy libre cuando
quiero y no lo soy cuando no quiero".[38]

Aquí debemos también dirigirnos a la creencia en la
predestinación. Es cierto que no controlamos lo que heredamos y otras
cosas imposibles de cambiar. No podemos escoger a nuestros padres,
nuestra hora y lugar de nacimiento, nuestras características heredadas o
adquiridas a temprana edad, o evitar comer, dormir y otros procesos
físicos e involuntarios. No podemos elegir sobre el haber nacido dentro
del reino humano y no del reino animal. Ni podemos elegir las
adversidades, crisis o condiciones fortuitas que nos toman por
sorpresa. Esto es parte de nuestro irrevocable destino. Sin embargo,
aunque algunos rasgos de temperamento heredado pueden indicar
propensiones en nuestras vidas, la manera de comprender estas
propensiones puede inclinarnos a creer que son fijas. La frase en el
Nuevo Testamento que el alfarero hace algunas vasijas para la nobleza y
algunas para usos más bajos, evidentemente se refiere a las condiciones
o grados de la creación: sea humano, animal o vegetal, y no a las
conductas predeterminadas en nuestras vidas. Recuerdo una línea del
poeta T. S. Eliot: "Yo podría haber sido un par de tenazas
escurriéndome a lo largo del fondo del mar." Parece que este
símbolo del alfarero no se refiere a las condiciones en las cuales el
hombre tiene el derecho y libertad de escoger. La prueba está en que
todas las exhortaciones morales y éticas en Las Escrituras claramente
presumen que el hombre es libre para escoger conductas y determinar
hasta cierto grado su destino, ya que él es llamado a rendir cuentas por
sus flaquezas y premiado por su obediencia. Frankl comenta:

"El hombre decide por sí mismo; como
un ser decisivo que es, el hombre no está limitado a decidir algo sino
que lo decide él mismo. Cada decisión es una autodecisión y la
autodecisión es auto-configuración. Mientras configuro la persona
(identidad) que soy, el carácter que tengo, y configuro la personalidad
que llego a ser".[39]

Si aceptamos esto, podemos comprender que al ejercer
nuestra voluntad somos capaces de conocer y aspirar a dimensiones
espirituales y morales sobre las cuales podemos libremente construir un
patrón noble para nuestras vidas. Es decir, podemos encontrar una
identidad interna basada en cualidades y atributos de carácter, que no
solamente afectan nuestra pertinencia a ciertos objetivos y segmentos de
la humanidad, sino que de maneras positivas pueden afectar a otros
segmentos.

Para resumir esta primera parte del ensayo, la
identidad esencial que los humanos están siendo llamados a asumir ahora,
como nunca en su historia, es lo que le guíe hacia la espiritualización
de su carácter y la potenciación de sus latentes capacidades mentales y
afectivas. La otra parte necesaria para asegurar una paz dinámica y
duradera, es el desarrollo de conciencia de la unidad humana. Todas las
ciencias y nuevos conocimientos señalan que hay una sola especie
humana. Hemos mencionado que todas las crisis e imperativas que
enfrentamos: ambientales, económicas, migratorias, el control de
armamentos, sustancias adictivas, el crimen e la ingobernabilidad, las
inequidades en los derechos humanos, y las normas del mínimo bienestar,
no son, ni podrían ser, solucionables con empeños limitados a políticas
provinciales o nacionalistas. Las naciones ahora son, en un grado
extremo, interdependientes, y todo empeño para solucionar las crisis a
escala nacional sólo resultarán a ser paliativos fugaces. Estas
urgentes crisis sólo son solucionables de forma sostenible en escala
mundial. El desarme, por ejemplo, no puede ser a nivel unilateral, ni
multilateral, sino universal. Lo que nos impiden atenderlas se deben a
los prejuicios e intereses nacionalistas, de credo, clase o partido,
étnicas, o de género. Estos son los fetiches e ídolos falsos que
mantienen al mundo en constante zozobra, siempre al borde de guerras y
amenizados del terrorismo.

La parte ineludible de encontrar cohesión
como ser humano, y realmente inseparable de la conciencia de la unidad
del género humano, es una convicción que él es un ser más complejo que
un ente económico o un animal político. Cada individuo pertenece a una
creación cumbre que consiste de miembros de infinita diversidad y
totalmente dependiente de otros para su subsistencia. Esto requiere el
reconocimiento de su configuración primaria como un ser de naturaleza
espiritual tanto como material, y su espiritualidad es lo que le infunda
el luchar, no contra otros, sino para realizar las potencialidades
inherentes en él mismo como un ser noble criado. Es decir, un ser
destinado para comprender, amar y sentir parte de una creación hecha en
imagen y semejanza de su Creador.

Siendo un ser destinado a ser comprensivo
y bondadoso, y que pertenece a una sola humanidad, cuya subsistencia
depende de otros, no hay alternativa salvo de enfocarnos en la mística
de una humanidad de la mayor diversidad, pero unida en todo lo que la
paz demanda. La paz que todas las Sagradas Escrituras han prometido,
no es una mera cesación de actividades bélicas, es una unidad dinámica y
la resolución de pertenecer a un organismo destinado por Dios para
construir una civilización cumbre en esta tierra. Y estas dos cosas:
la espiritualización del carácter humano y la unidad del género humano,
son los desafíos para aquellos que podrían mantener la esperanza
durante las apocalípticas condiciones de estos tiempos.

Esta conciencia, el verdadero espíritu de
nuestra edad, ha estado gestando durante largos años, y se intensifica
con el choque con los moribundos residuos, ilusiones y prejuicios de una
edad en bancarrota social y moral. Aunque la lucha puede ser
prodigiosa y de extrema destructividad, la promesa es que por fin
vencerá aquello que conduce a una edad de justicia, hermandad y paz
mencionada todas las Escrituras Sagradas de la humanidad.

El adoctrinamiento de manías y fanatismos

Ya que estamos tratando con el conocimiento
científico en relación con la religión y la identidad, sería oportuno
aquí examinar las causas de las manías y rencores religiosos, raciales,
nacionalistas, sectarios y de clase y del fanatismo, de acuerdo a la
opinión de psiquíatras y psicólogos. El adoctrinamiento en las primeras
etapas de la niñez, naturalmente, tiene mucho que ver con estos
prejuicios y con la desconfianza hacia diferentes personas y
pertinencias. Las presiones por ver a otros grupos étnicos o
nacionalistas como malos, hacen muy difícil la consideración de
lealtades que trasciendan a la propia inmediata identificación. En el
siglo veinte hemos visto como los movimientos más agresivos se han
levantado sobre el adoctrinamiento sistemático de los ciudadanos,
especialmente efectivo cuando están presentes resentimientos hacia un
adversario. Su inevitable fruto es el conflicto y la eventual
destrucción de aquella sociedad a la que se le predica ese enfoque
limitado. Pero también hay otra consecuencia de los conceptos arcaicos
cerrados que han sido insertados en las religiones monoteístas. Cuando
los creyentes de una nación corren a sus templos a rogarle a Dios que
bendiga sus armas para poder matar el mayor número posible de creyentes
de la misma fe en otra nación, y viceversa, esto no es solamente una
reversión a lo arcaico de los dioses y tribus y naciones, sino también
una violación extrema de todos sus propios mensajes éticos originales.
Esto ha ocurrido durante siglos dentro de los dominios del cristianismo,
el Islam y otras denominaciones, siendo esto una prueba del poder de lo
étnico y nacional sobre los centros de atracción espirituales.

Afortunadamente esta conducta ya no es aceptable
entre muchos cristianos, quienes han tenido que aceptar las realidades y
necesidades del intercambio requerido por el mundo moderno. También los
han obligado a regresar a sus propias raíces éticas y más universales en
las enseñanzas de Cristo. No podemos negar que nuestros procesos
educativos tienen que ser fuertes en la persecución de una sociedad más
armoniosa y tolerante en la cual la diversidad se ha vuelto mucho más
concentrada. Este proceso no es muy aceptado con las versiones
arcaicas de la religión pero muy consonantes a la esencia de sus
enseñanzas.

La otra causa de intolerancia y fanatismo es más
individual y anormal. Cuando la estrechez mental llega a extremos de
fanatismo, el enfoque se vuelve patológico. En síntesis, la teoría más
aceptable es que el rencor, los prejuicios y los apegos militantes a
identidades limitadas a "lo mío", tienen mucho que ver con la crisis y
traumas de las primeras épocas que truncaron la expansión normal de
nuestros círculos de inclusión y afecto. El infante nace totalmente
egocéntrico, y esto es comprensible ya que no puede hacer nada por sí
mismo y el sobrevivir es su principal obsesión. En un principio muestra
su afecto a su madre quien le da su sostenimiento y amor, luego a su
padre, sus hermanos, abuelos, amigos y animales en su entorno. Poco a
poco sus horizontes de afecto e identificación social se expanden a sus
vecinos, su pueblo, su país e idealmente incluyen, en la madurez, a toda
la humanidad. Pero si en una u otra de estas etapas sufre un trauma
severo, o si así se le adoctrina, sus lealtades sociales se retractan
hasta solidificarse en aquello que ofrece la mayor seguridad dentro de
su pertinencia. "Esto es mío" puede llegar a cristalizarse en sus
raíces, su clan, su tribu, su grupo étnico, su credo o nación. En casos
extremos, una persona tan así incapacitada ve todos los segmentos fuera
de esta pertinencia no solamente como sus adversarios sino como aquellos
obsesionados con hacerle daño. Esta patología es con frecuencia
asociada con la paranoia y con muchas teorías de conspiración que
caracterizan mucho del antisemitismo y otros maniqueos modos de pensar
que tienen que encontrar lo diabólico en "el otro".

Este temor de perder "lo mío", que delimita la
pertinencia de uno a ese grupo social asociado con la preservación del
más elemental ego, con frecuencia describe una identidad negativa y
destructiva. Yace en el fondo del criminal insensible, obsesionado con
su pandilla e incapaz de sentir el dolor o la pérdida de su víctima;
yace en el fondo de la lealtad hacia los miembros de tribus y a veces
inclusive en el fondo del fanatismo religioso, ya sea entre seguidores
de religiones universales, como entre las denominaciones que las
dividen. Estas, con frecuencia son proyecciones de modos de pensar
religioso estrechos, que se extienden hacia dimensiones étnicas,
raciales, nacional-patrióticas, clasistas y político-ideológicas. La
predadora crueldad de los dictadores con frecuencia es causada por una
mezcla de esta truncada expansión de afecto con profundos elementos
egocéntricos y sicópatas como la megalomanía.

Las acciones con las cuales las sociedades deberían
responder a estas manías y fanatismos tienen que incluir, por supuesto,
sanciones o castigos relativos a las ofensas, y deberían incluir
terapias de sensibilización psicológica y una gradual ampliación de los
círculos afectivos ya que todo castigo sin arrepentimiento y
auto-convencimiento de que se actuó mal, solamente endurece al malhechor
y lo hace más antisocial.

Por extensión, el hecho que las cortes
internacionales ahora puedan enjuiciar y sancionar "crímenes contra la
humanidad" representa un saludable paso que no debe ser obstruido por
nociones de impunidad basadas en la soberanía nacional. Hasta ahora
esta presunción se ha convertido en un escudo para encubrir una multitud
de desvergonzadas y grotescas campañas de represión y genocidio. Uno de
los más censurables aspectos del nacionalismo y de las convenciones
diplomáticas es la que obliga a la humanidad a no involucrarse y
observar con impotencia las flagrantes violaciones de los derechos
humanos, la pérdida forzosa de identidades y horribles masacres. La
legislación mundial se está convirtiendo en otro imperativo para la paz,
y la verdadera prevención necesita leyes que inspiren profundo temor de
cometer dichos abusos.

Cuando estas sanciones externas estén colocadas,
deberá agregarse la convicción interna y la educación moral de cada
niño, basada en promesas y amenazas. Estoy convencido de que hay leyes
morales que, con el tiempo, resultarán ser tan firmes como las leyes de
la física, y que éstas proceden de una justicia superior que tarde o
temprano se hará sentir, ya sea a través de agentes humanos o por medio
de las más altas leyes morales de la vida. Tanto la justicia Divina
como la humana operan por medio de sanciones o castigos por conducta
negativa, y reconociendo y premiando la conducta positiva. Las Sagradas
Escrituras de las religiones universales han establecido estas como los
pilares gemelos que sostienen el universo moral. Al mismo tiempo,
dichos principios afirman que la venganza y la retribución no deben
proceder del individuo, quien es alentado a perdonar a sus enemigos y a
devolver bien por mal. Es la función de los poderes como el Estado y
una eventual autoridad mundial, el imponer castigos y dar recompensas
para la protección y el orden de la sociedad. La tercera terapia es dar
a conocer que la más grande seguridad personal y los mejores antídotos
para esos temores y fobias no se encuentran en espacios menores de la
inclusión del infractor, sino en los círculos más amplios de afecto y
lealtad. En todo caso, la prevención es preferible a la curación, y la
conciencia de la importancia del afecto y de la formación del carácter
por parte de los padres y educadores, en contraste con los nefastos
efectos de la traición de este proceso, debería de gradualmente
restaurar la confianza y validez en los sistemas humanos. Esto, creo,
es otra área en la cual las ciencias sociales y humanas pueden encontrar
enlaces comunes con las enseñanzas religiosas.

Pero aún más, la religión hace necesario, de alguna
manera, que el individuo que sufre estos males, por cierto todas las
personas, debe estar conciente de que las virtudes morales y
espirituales que forman su carácter están latentes, como una semilla que
se encuentra en lo más recóndito de su ser y que debe ser cultivada.
Las mentalidades negativas y limitadas y las sofocaciones emocionales
han bloqueado el desarrollo de estas virtudes y nos han cegado al
conocimiento de nuestro propio potencial y realidad como humanos. Tanto
el materialismo cínico como los efectos de una teología que insiste en
que el ser humano es intrínsicamente malvado y pecaminoso, y que
solamente una cierta creencia y sacramento externo puede salvarlo de su
maldad, no le han ayudado en la formación del carácter, que es el
potenciar y desarrollar sus virtudes latentes.

Esta formación se logra hurgando en la mina del
propio ser para descubrir las joyas que se encuentran adentro,
sacándolas y gradualmente puliéndolas. Si el hombre está en realidad
hecho a semejanza de su Creador, estas cualidades espirituales existen
potencialmente en su alma, y el significado de la vida es luchar por
descubrirlas y capacitarlas. Aun cuando su naturaleza material egoísta
es muy fuerte e insistente, y puede, debido a negligencia, fácilmente
dominarlo a través de su ego más elemental, el propósito de su
existencia es desarrollar la potencial nobleza de carácter, conducta y
dignidad que son su inalienable derecho.

Una alta proporción de crímenes y conductas
antisociales, de los jóvenes, es auto justificada como adicciones y la
carencia afectiva o como la necesidad de escapar de un estilo de vida
banal y aburrida. Estoy sinceramente convencido que esta lucha por
descubrir y fortalecer nuestras virtudes y cualidades latentes
constituye un interminable drama sin paralelo. No existe ningún momento
tedioso en este proceso espiritual. Las adversidades y las pruebas, así
como los deleites y triunfos, tienen un papel crucial en este esfuerzo.
Estas pruebas deben verse como una dolorosa poda que ayudará al árbol a
producir más y mejores frutos. Creo que esto será el tema de la
literatura, el drama y otras artes en un eventual futuro cuando el ser
humano esté conciente de su realidad espiritual y de la grandeza
potencial en su posición. También creo que todos los estudios,
incluyendo los de ciencias humanas y médicas, eventualmente darán su
apoyo a esta posición.

Parte Dos

Aspectos Externos de la
Identidad

Como fuente de Contienda

Algunas personas ansían encontrar su lugar o
identidad como miembros de grupos étnicos o sectarios que, en el pasado,
han parecido ser más estables y definibles. Si uno se limita a sí mismo
a ser serbio, bosnio, croata, celta, anglosajón, azteca, maya, singalés,
tamil, tutti, hutu, chechenio, mongol, turco, armenio, judío, árabe,
kurdo, vasco, etc., uno puede encontrar en estas herencias y
pertinencias y muchos lazos que son ricos cohesivos y nostálgicos que
nos relaciona a significativas tradiciones y culturas. Pero uno
también tiene que asumir un lastre de barbaridad, violencia y luchas
sangrientas, ya que ningún pueblo posee historias sin estas
contradicciones. Cuando hablamos de lealtades sanas, obviamente no
estamos tratando de apegos a estos lastres viciosos. Todos los humanos
pertenecen a segmentos de identificación con todas las contradicciones
inherentes de una persona, aunque no necesariamente de su propia
persona.

Las Patologías de la Violencia

En algunos casos, como en todos los continentes, la
lealtad o identidad hacia un grupo étnico puede ser el resultado de
resentimientos o venganzas que provocan actos grotescos y aún
genocidios. Un grupo se justifica a si mismo, se obsesiona con los
recuerdos de pasadas ofensas, busca desagravios y el adversario es
sometido a "limpiezas étnicas". Sabemos que la religión colorea la vida
de todas estas culturas, y ayuda a mantenerlas unidas. Pero
preguntamos: ¿qué pasó con la formación de virtudes morales y
espirituales que sus respectivos credos deberían haberles enseñado, al
cometer tales atrocidades? ¿Es la naturaleza humana material y la sed
de agresión y venganza tan fuerte que borra todo rastro de atributos
morales que deberían haber sido cultivadas en sus sinagogas, iglesias,
mezquitas y otros templos? Aparentemente las respuestas afirman que sí,
la baja naturaleza en el hombre, en momentos en que se sienten deseos de
agredir o vengar, fácilmente vencen los impulsos de su naturaleza
espiritual. ¿Pero puede el hombre ser educado a tal punto que su baja
naturaleza no lo domine?

La respuesta a esta última pregunta también es sí, la
naturaleza humana puede cambiar y se puede educar a los humanos para que
lo espiritual domine en ellos. La historia también ha producido
verdaderos santos y épocas de dramática transformación en que el
espíritu de religión produce ejemplos de paciencia, abnegación y
heroísmo moral. El grado de cambio que nuestro tiempo requiere será
determinado por la fuerza de nuestra respuesta espiritual. En tiempos
de escepticismo y materialismo, esta fuerza es muy débil. El fanatismo,
los conflictos entre creencias, sectarismo y luchas políticas no sólo
impiden responder a este desafío, sino se hallan entre los principales
causantes del mal. La humanidad no pasará las pruebas o responderá
para aplacar las pasiones sin un remedio que lo une y lo espiritualiza,
y las religiones tradicionales que habían mostrado en sus orígenes la
capacidad de responder a grandes desafíos, desde siglos han perdido la
vitalidad y fuerza para hacerlo ahora. El elixir que antes podía
curar, se ha evaporado. Las religiones han llegado a ser como tablero
de damas, y aunque los cuadros claros todavía pueden mostrar su
capacidad para cumplir funciones positivas y civilizadoras, es evidente
que los cuadros oscuros nos enseñan su incapacidad de seguir las normas
originales de su fe. La religión es una fuerza poderosa, para bien o
para mal. "Por sus frutos los conoceréis"[40], indica el único criterio con el cual su eficacia puede ser
evaluada.

Una explicación parcial del reciente resurgimiento
del odio entre identidades y credos contendientes es que desde el final
de la Guerra Fría y sus enfoques maniqueos, hubo durante un tiempo un
vacío emocional e ideológico. Ha sido difícil para mucha gente
adaptarse a un mundo en el cual no había un "imperio malvado". Es
interesante que cada lado tildaba a su adversario de satánico, hacia
quien se podría considerar como la fuente de todo mal y sentirse a sí
mismo como de "los buenos" en un mundo de absolutos. Para ciertos
marcos mentales, este incómodo vacío fue llenado con el recrudecimiento
del odio racial, étnico y religioso, especialmente en aquellos lugares
en los cuales uno podía libremente asignar el título de "malvado" al
adversario para justificar respuestas violentas. Creo, con muchos
psicólogos, que en la mayoría de casos esta urgencia por encontrar
nuevos enemigos y chivos expiatorios es, en el fondo, el producto de
personas y grupos que desesperadamente necesitan sentirse bien y, para
evitar la contemplación de sus propios defectos, los proyectan hacia los
más convenientes y luego los llaman "diabólicos". Mucha de la ira al
adversario esconde esta frustración en resolver los defectos propios.
En unos casos, un antídoto de esta tendencia es de tratar de buscar
dialogo y amistad con tales adversarios para hallar la raíz de la
aversión y descubrir que se hallan en la desobediencia de sus
respectivos mandamientos morales, comunes a sus respectivas
religiones. Las religiones: el cristianismo, el Islam, el judaísmo, el
budismo, el hinduismo, la fe bahá’í, han enseñado que el odio nunca
debe ser la respuesta al odio ya que nunca lo calmará. El devolver
bien por mal y amor por odio es lo que han enseñado. Pero tales
virtudes suelen ser muy difíciles, antinaturales e inconvenientes para
aquellos dirigentes que mantienen su control sobre los feligreses a base
de estimular los agravios y promover el enfoque de "nosotros contra
ellos". Son difíciles y antinaturales porque esconden y proyectan
muchos de sus propios defectos que no quieren encarar.

Dichas personas y regímenes con frecuencia llegan a
grandes extremos para justificar y satisfacer esta demanda de chivos
expiatorios. Un ejemplo de esto fue el régimen del Zar Ruso a finales
del siglo diecinueve que ordenó a su Policía Secreta inventar una
elaborada falsificación, "Los Protocolos de los Sabios de Sión",
para luego difundirlo en todo el mundo, desviando de ellos la
responsabilidad por sus propios fracasos, acusando a los judíos y otros
de todas las intrigas y males del mundo, así justificando sus campañas
de limpieza y persecución. Fue solamente en la década de los cuarentas
del siglo veinte, que se descubrió, al identificar sus orígenes
literarios, que ese documento era una total invención. Pero los nazis y
otros antisemitas han continuado basando muchos de sus teorías de
conspiración en dicho documento fraudulento. Para ellos ha llenado una
perversa necesidad psíquica: nuestros defectos no son de nuestra culpa,
son la culpa de "ellos". Esto lo podemos encontrar en casi todas las
pasiones y conflictos ideológicos y políticos del mundo.

Esto tiene una fuerte relación con las raíces
doctrinarias de tales defectos. En su perspicaz estudio sobre la
violencia, el Dr. Housein Danesh [41] describe como esta dicotomía del bien versus el
mal, que precisamente requiere la existencia de los buenos y salvados
contra los malvados y condenados, lleva al síndrome de "nosotros contra
ellos", y a la consecuente justificación de toda clase de violencia.
La construcción de prejuicios (juicios anticipados) y de actitudes
negativas hacia los demás son intentos de arribar a una identidad de
creencia de "yo soy de los buenos y salvados". Esto ocurre porque uno
no ha logrado una identidad interna sincera, sana y satisfactoria. Es
obvio que los resentimientos por pasadas ofensas son parte de la mezcla,
pero es muy difícil encontrar cualquiera de las partes de un conflicto
humano que ha sido por algún tiempo inocente de tales ofensas.
Ciertamente no resuelve nada. Nos llega a la muy sabia observación de
C.S. Lewis: "el resentimiento es como tomar veneno y esperar que el
otro se muera". El prejuicio basado en este resentimiento es ciego
y deshonesto cuando ve en los adversarios solamente victimarios y en el
propio grupo solamente víctimas. Esto es común entre personas que no
quieren fijarse, o permitir que otros se fijen, en sus propios defectos
o pasadas ofensas, y que tratan de justificarse a si mismos desviando la
atención hacia todos los males del adversario. Sabemos bien lo que esto
puede producir en nuestros tiempos de poca reflexión. Los acusadores
pueden convertirse en agresores en base a medias verdades o decepción, y
aquellos que son tratados como enemigos sanguinarios o inferiores, con
el tiempo se conviertan en enemigos sanguinarios y resentidos.

Identidades Religiosas y Sectarias

Hemos expuesto mucho acerca del papel de la religión
en el establecimiento de identidades internas. Ahora debemos considerar
las identidades religiosas o sectarias que usualmente tienen mucho que
ver con el prejuicio y el conflicto. Esta es la razón por la cual las
incluyo aquí como identidades externas. En muchos lugares, las
religiones que en su infancia eran más dinámicas, civilizadas y
tolerantes han llegado a ser viveros de fanatismo y animosidad a tal
grado que se han convertido en el principal punto de discordia entre
pueblos. Es también significativo que entre los principales segmentos
que se oponen a un mayor entendimiento mundial y más amplios encuentros
entre credos, se encuentran aquellos que se identifican con alguna forma
de religión tradicional. Esto es la causa que muchos líderes del
pensamiento hayan considerado a la religión como la parte mayor del
problema y no de la solución. No sólo estas sectas agresivas han
dejado de ofrecer una guía positiva para una identidad espiritual
interna, sino que actúan como centros para la difusión de desconfianza,
odio y violencia.

La afirmación de que esas orientaciones que promueven
la violencia y la venganza religiosa, han minado y pervertido las mismas
enseñanzas religiosas que profesan, no es exageración. El Islam enseñó
hospitalidad sincera y atenta a todos los extraños que la solicitaran,
promovió en el nombre de su Fe una tolerancia y respeto, especialmente
para "la gente del libro", (los judíos y cristianos) que por unos
siglos iluminó al mundo. No discriminó entre las tribus étnicas o razas
siempre que aceptaran un solo Dios. Aún los derrotados debían ser
tratados de manera humanitaria. Desde el siglo siete hasta el quince
muchos cristianos y judíos prefirieron vivir bajo el dominio musulmán,
que era más tolerante y considerado para ellos que los regímenes de su
propia confesión. Mahoma mismo declaró: ¿No les informaré de un
acto mejor que el ayunar, caridad y oración? Hacer la paz entre unos y
otros: la enemistad y malicia arranca de las raíces las recompensas
celestiales."[42]

El cristianismo también enseñaba el amor hacia los
semejantes, aún hacia los enemigos, y ha producido maravillosas mentes y
servicios para beneficio de toda la humanidad. Todas las religiones
enseñaban la Regla de Oro: "Haz a los demás lo que quisieres que te
hagan a ti". Todas las religiones han enseñado que el amor, no el
odio, debe tomar posesión del centro del espíritu del hombre. Todos han
inculcado el perdón y la indulgencia con el ojo que cubre los pecados y
defectos de otros. Unos de sus más destacados y ejemplares fieles
honrosamente trataron de vivir sus vidas según tales instrucciones y así
dieron veracidad de su fe. Pero otros han contaminado sus religiones
tradicionales que la activa participación en los prejuicios étnicos,
nacionales y de clase, luchas despiadadas contra otras creencias,
enfoques sectarios, rencores y conflictos entre unos y otros.
Segmentos importantes del liderazgo judío, cristiano y musulmán, como en
los demás religiones mundiales, tanto en el pasado como hoy, han
fomentado resentimiento, temor y aversión hacia aquellos de otros
credos, mientras consolidaban su poder sobre las mentes de sus
feligreses. Tal conducta resta más de sus pretensiones de autenticidad,
que todas las críticas de materialistas escépticos. Es como si tales
dirigentes nunca habían leído o seriamente meditado sobre las
exhortaciones de sus propios libros sagrados.

Más aún, en los alegatos de los clérigos de todas las
religiones sobre la creencia que su respectivo credo es eternamente
válido y final; que las puertas de la guía divina están para siempre
cerradas, son repudios de las promesas en sus propias escrituras
sagradas, y que las doctrinas, dogmas y rituales inventados por teólogos
en nombre de su fe, son más esenciales para la salvación que las propias
palabras y guías de aquellos a quienes juran veneración.

Esta vanidad ha conducido al rechazo del orgullo
europeo desde los tiempos de colonización; un orgullo que pretendía
compartir "las bendiciones de la civilización" con pueblos "retrasados"
e inferiores. Esto fue un aspecto innegable de la vanguardia de las
misiones cristianas en los pueblos recién descubiertos en los siglos del
dieciséis al diecinueve. Es verdad que muchos de ellos, a los
estándares occidentales, estaban cultural y socialmente "retrasados", y
algunos todavía lo están, pero se creía que esto era genético, de manera
que la administración colonial en el mundo tendría que ser eterna. O
sea, las gentes del occidente pensaban que su versión del cristianismo
tenía la misión de dominar al resto del mundo. Este orgullo racial y
religioso era, desde el principio, insertado en la mística de lo que por
otra parte, eran misiones cristianas bien intencionadas y del servicio
humanitario en África, Asia, las Américas y las islas del Pacífico. No
solamente debían "cristianizar" a los "paganos" y enseñarles virtudes
cristianas, sino también debían dejar a su paso la estela de su cultura
occidental que tildaban como "cristiana". La segunda ola de
colonización occidental abandonó estas pretensiones religiosas, y se
concentró en la explotación económica. Una cultura tecnológicamente
avanzada, económicamente agresiva, competiendo ferozmente entre otros
imperios del Oeste ya no insistía en valores y proyecciones de las
diversas iglesias que ya habían dividido la cristiandad. Sin
embargo, y paradójicamente, habían beneficios innegablemente mixtos en
estas fases de la historia y no eran pocas las ventajas que se ganarían
de la colonización occidental, sea de título religioso o secular, en
la educación, regímenes de ley, y obras humanitarias patrocinadas por
las poderes coloniales tanto por misiones cristianas. Aunque una
evaluación general del colonialismo todavía no ha sido acordada entre
los historiadores, la crueldad, la explotación tanto de humanos como de
recursos naturales, matanzas contra los recalcitrantes, eternamente
empañará las páginas de los Imperios, y también los regímenes de la
independencia. Por otra parte las primeras generaciones de pueblos
colonizados sufrieron más que las siguientes, y algunas tierras que
nunca fueron colonizadas están todavía más retrasadas en ciertos
aspectos educativos, legales y económicos

Algunas regiones del Islam, del hinduismo, budismo y
otras creencias e identidades como la maya, la azteca, la inca, el
navajo, el zulu, el tai, culturas del pacífico y cientos de otros que
tenían sus propias ricas tradiciones, por fin no tenían fuerzas para
resistir la osadía y agresión europea, dominaron sus resentimientos y se
adaptaron a algunas de las ventajas. Al final del colonialismo, cuando
todo era una confusa mezcla de beneficios, males y mestizajes, muchos en
realidad no sabían quienes eran. Existe, con todo el materialismo y
comercialismo que ahora penetra la humanidad entera, un resurgimiento de
aquellas nostálgicas y conexiones con un pasado precolonial. En la
evaluación final, la hegemonía de la europea blanca no era tanto el
producto de la religión, sino el de una agresiva superioridad
tecnológica que en ese entonces era el producto de muchas fuentes, no
muy religiosas y en sus orígenes no tan europeos.

Antes de echar toda la culpa por la desviación
religiosa y el fanatismo a los cristianos occidentales, debemos
reconocer que había una enorme multitud de agresiones, intolerancias,
conquistas y esclavitudes en estas regiones mucho antes de que llegaran
los occidentales. Es ahora reconocido que sus civilizaciones eran
bastante violentas y en gran medida habían caído de sus apogeos antes
de las conquistas. Repito, todas las tribus, grupos étnicos y culturas
han sido, en diferentes eras, tanto víctimas como victimarios, esclavos
como esclavizantes, conquistados como conquistadores, asimilados como
asimiladores, a veces inocentes y a veces culpables. Es muy interesante
que culturas y tierras en distantes lugares, sin conocidos nexos entre
ellos, habían pasado simultáneamente por etapas y culturas de la tribu,
dominios monárquicos, oligarquías provinciales, feudalismo, y luchas
entre dinastías autócratas. Después de mayores contactos entre ellos,
pasaron por distintas versiones del Estado autocrático, oligárquico y
parlamentario con pretensiones demócratas. La niñez y adolescencia de
la raza humana ha visto auto-confianza, agresión y violencia en todos
los sectores del mundo, y aún en algunos casos, las misiones religiosas
y contactos con otros habían canalizado esta agresión en direcciones de
paz y civilización; por medio de emancipadores que defendían a los
pueblos conquistados contra los abusos de sus propios compatriotas, como
Fray Bartolomé De las Casas y presbítero José Simeón Cañas.

Así podemos decir que muchos fracasos de las
religiones en estas áreas talvez se deban más a la insistente naturaleza
egoísta, ambiciosa y materialista que sigue siendo tan poderosa en el
hombre. Pero cuando un alma como León Tolstoy articuló y heroicamente
indicó las dramáticas contradicciones entre las enseñanzas y las
conductas cristianas, un gran segmento del clero se levantó a acusarlo
de anticristiano, anárquico y ateo.

Cuando las tres religiones Semíticas que descienden
de Abraham: el Judaísmo, el Cristianismo y el Islam, habían traicionado
sus respectivas éticas y orígenes, y condujeron a tales atrocidades como
hemos visto en el Medio Oriente, los Balcanes, el Sahara, África Central
y otros lugares, podemos de nuevo apreciar como es de delgado el barniz
de civilización en el mundo, y cuan fácilmente se puede evaporar cuando
la bestia del miedo en la naturaleza humana sale a la superficie y toma
el control de los eventos. Otros, estupefactos ante tales atrocidades,
bien puede perder interés en las bendiciones y bellezas de sus credos y
culturas. La Guerra de los Treinta Años en el siglo diecisiete mató a
millones de católicos cristianos y protestantes cristianos, y dejó
grandes áreas de Europa Central devastadas durante generaciones. A
duras golpes los europeos aprendieron la necesidad de la tolerancia y
mejores relaciones entre credos.

Las principales mentes de aquellos siglos se cansaron
del fanatismo cristiano y volvieron altamente críticas de las
instituciones religiosas y de la intromisión del clero en la contienda
política. Esto llevó a los líderes del pensamiento a recurrir a
soluciones humanistas fuera de contextos religiosos y a construir el
Estado secular. Desde entonces, la religión en Europa ha estado a la
defensiva y ha tratado en vano de recuperar su preeminencia pasada. Los
primeros humanistas no eran escépticos del mensaje de Cristo, mucho
menos ateos. Erasmo y otros precisamente usaron las enseñanzas de
Cristo como correctivos para los abusos de las iglesias y sus
teologías. Pero los líderes del pensamiento se dedicaron a las nuevas
ciencias y a las artes y ciencias más seglares, desecharon la
comprensión medieval del Cosmos como superstición, y se cansaron de
esperar una reforma de pensamiento y conducta desde adentro de las
iglesias. Poco a poco la religión fue considerada impotente para
dirigir el futuro de Europa y las recién descubiertas Américas. La
animosidad entre católicos y protestantes, los últimos divididos en
muchas facciones con diferentes enfoques sobre la naturaleza de Cristo,
del hombre y su propósito, ya no les interesó a los líderes de
pensamiento. La civilización europea dejó de ser mayormente
influenciada, no sólo por el cristianismo, sino por la religión en
general.

Al mismo tiempo, la ilustración y tolerancia que
caracterizaban al temprano Islam fue abandonado en sus tierras, y
resurgió, después de siglos de luchas dinásticos entre califas y el
atraso entre pueblos musulmanes, un peculiar resentimiento y fanatismo
militante contra el Oeste, pero era tan distante del mensaje y predicas
de su Fundador, que ha dejado de prometer más que revanchas y un futuro
de pocas perspectivas y caída que Mahoma mismo había profetizado.

La inhabilidad de sus respectivas religiones para
resolver sus disputas internas, descarta su posibilidad de responder a
las necesidades de una humanidad ahora integrada e interdependiente.
Con estos defectos, los sustitutos sociopolíticos del nacionalismo,
comunismo y racismo desacreditados, han tratado de mantener sus dominios
sobre las masas volubles y desilusionadas. Ahora que éstos también han
fracasado en reiniciar la civilización, hay una resurgencia superficial
y por omisión, de la religión. Pero de nuevo preguntamos: ¿Qué clase de
religión es ésta? Muchas tienen la necesidad de ver las cosas en
términos absolutos (o estás con nosotros o estás contra nosotros), y
tienden a desalentar las expresiones culturales en sus regiones,
pidiendo a sus creyentes que establezcan su creencia sectaria como la
exclusiva propietaria de sus identidades. En sus formas extremas, uno
es el escogido y salvado, los otros son excluidos y condenados, viendo
así conspiraciones satánicas por todos lados. De nuevo, este fanatismo
sectario también viola sus propias raíces espirituales. En la esencia
del cristianismo las divisiones antagónicas no son avaladas. ¿No dijo
Jesús, "Porque donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy
yo."?[43]

Esta creencia de que el mío es Dios y el tuyo es del
Demonio que se nota dentro de las religiones ahora dividas en miles de
sectas o partidos, tendrá que reconocer, tarde o temprano, cuanto daño
puede causar a la posibilidad de paz y armonía entre los muy diversos
segmentos humanos. Nuevamente, tenemos que separar el trigo de la
cizaña. Estas raíces espirituales afirman que la consecuencia de juzgar
a otros, es someterse a ser juzgado. El ver a otros como enemigos no
es el camino, y que la maldad depende del color del cristal con que se
mira. Que no hay nada que pueda contaminar al hombre desde afuera, sino
de aquello que sale de adentro. Los mensajes esenciales insisten en
devolver bien por mal y no ver a los demás como condenados. El amor y
la humildad son las madres de todas las otras virtudes, mientras que la
animosidad, la hipocresía, el orgullo son los precursores de una caída.

El estereotipar es siempre injusto porque,
afortunadamente, hay algunos segmentos religiosos que tienden hacia la
espiritualidad, la tolerancia y el abnegado servicio y mayor comprensión
ecuménica. Por fortuna también se encuentran individuos en las
numerosas denominaciones y grupos que son independientes en su modo de
pensar, y yo he escuchado de dichas personas su convicción de que es a
través de su conducta y forma de vida, y no por la pertinencia a cierta
denominación, que uno debería será juzgado. Conozco a personas en estas
congregaciones cuya amistad aprecio mucho y con quienes me siento muy a
gusto. Pero esto todavía no esconde una corriente en su literatura que
alega la superioridad de su particular secta sobre todas las demás, y el
camino favorecido para la salvación.

Esta multiplicación de literalmente miles de sectas
es más crítico de lo que se puede imaginar, ya que la identidad siempre
ha estado profundamente relacionada con la pertinencia religiosa. Las
religiones requieren mucha introspección dolorosa y desprendida entre
sus adeptos. Aunque podemos ver y apreciar que algunos líderes
religiosos apoyan esta tendencia más ecuménica, en general todavía no
podemos ver la voluntad necesaria entre sus congregaciones para dejar
las fijas posiciones doctrinarias que han causado tantos conflictos.
Esto subraya la incapacidad de las religiones en general para atender
la crisis de nuestra identidad en estos tiempos.

En otros casos, hay señales de esperanza y
conciencia, aún en credos que hasta ahora no han sido muy conocidos por
su tolerancia, de que si al árbol se le conocería por sus frutos, el
odio y la violencia que rondan alrededor de los conflictos sectarios
tienen que ser frutos de un malsano árbol. Como se dijo, las enseñanzas
del Antiguo y Nuevo Testamento, del Corán y de otras Sagradas Escrituras
tienen tantas bellas e innegablemente nobles enseñanzas como el afecto
hacia otros, la indulgencia para los defectos ajenos y la conducta
bondadosa. Si la intolerancia y el fanatismo dominan las condiciones
entre gentes identificadas con estas religiones, es evidente que no
estamos tratando con el mensaje original, y posiblemente no con los
sentimientos internos de muchos de los seguidores, sino con la herencia
de aportes y dogmas de falibles mentes de antaño, que entre fieras
controversias, establecieron posiciones que ahora son inaceptables.
Estos aportes tienen mucho que ver con la insistente adicción e
imitación de las herencias arcaicas, o sea las versiones nacionales o
étnicas de las religiones paganas. Un gran número de eminentes
historiadores insisten que estas religiones asimilaron mucha "cizaña" de
los tiempos arcaicos y que ésta, con la acumulada veneración de tantos
siglos ahora se consideran aún más vitales para su identidad, que el
"trigo" de las enseñanzas de sus inspirados Fundadores.

Las adulteraciones se han originado de prejuicios
populares y decisiones oportunistas que sus líderes no han podido
resistir. Muchos de aquellos hombres y mujeres que han sido los más
auténticos santos, (y todas las religiones han tenido santos
auténticos), resaltan porque tuvieron una más clara discriminación entre
lo puro y lo adulterado, el trigo y la cizaña, aquello que une y aquello
que divide, más la importancia de vivir la vida que sus propias
escrituras les han señalado.

En la mayoría de los casos de violencia endémica,
podemos encontrar algún aspecto crucial religioso. En general estas
pasiones responden a antiguas fuerzas y resentimientos, o sea el fruto
de la cizaña. Al recordársele esto, la respuesta conciente o
inconsciente del fanático es usualmente algo como esto: "La guía de las
Escrituras divinas realmente no aplica a esta situación particular. Dios
no conoce la situación pero nosotros sí la conocemos. Por esta razón
debemos predicar intolerancia, venganza y el dominio nuestro". Dicha
osadía ha estado evidente en dogmas, bulas, fatuas y otros
pronunciamientos que justifican tales vicios y ahora son vistas como la
deshonra de la religión.

Mi señalamiento aquí es que la necesidad de paz en el
mundo debe obligar a las religiones a asumir su debido papel en la
espiritualización y unificación de los pueblos. Si no se emancipa del
dominio de aquellos hábitos y dogmas que durante siglos las han
adulterado, corren el riesgo de ser relegadas y desechadas como
irrelevantes ante el imperativo de la paz. La paz mundial es el más
importante problema en nuestro tiempo de armas catastróficas, emociones
explosivas y concentración de poblaciones y creencias tan diversas. Una
paz real y duradera, no es posible sin una unidad de visión y un
consenso espiritual.

Ahora comparemos y fortalezcamos nuestro caso
definiendo la Regla de Oro y versos similares, que se encuentra como la
ética suprema y común que todas las religiones comparten.

En los escritos Hindúes leemos: "Los
hombres dotados de inteligencia y las almas purificadas deberían tratar
a los demás como ellos mismos quisieran ser tratados".
(Maja-Bharata 13:115-122).
"Las flores de los altares son de muchas variedades, pero la adoración
es una sola. Los sistemas de fe son distintos, pero Dios es uno solo.
El objeto de toda religión es encontrar a Dios".

(Citado en Vedama Padymula)

En
el Budismo encontramos: "No lastimes a los demás con lo que te
aflige a ti mismo".
(Udana Varga 5:18)
"Jamás pienses o digas que tu religión es la
mejor. Jamás menosprecies la religión de los otros".

(citado en los Edictos de
Asoka)

En el Zoroastrismo: "No hagas a los demás lo que no es bueno para
ti.". (Shyat-na-shyast).
"Si se reconoce que la religión de todos los Seres Santos es la verdad,
y sus leyes, la virtud, y ésta es ansiosamente anhelada por las
criaturas, ¿por qué hay en la mayor parte de ellas tantas sectas, tantas
creencias y tantas invenciones humanas?
(Menog-I-Khrad).

En el Judaísmo: "No te vengarás, ni
guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino amarás a tu prójimo como
a ti mismo". (Levítico 19:18) "¿No tenemos todos un mismo
Padre? ¿No nos ha creado un mismo Dios? ¿Por qué, pues, nos portamos
desleales el uno contra el otro, profanando el pacto de nuestros
padres?" (Malaquías
2:10). "¡Oh hombres! El te ha declarado lo
que es bueno, y ¿qué pide Jehová de ti?: Solamente hacer justicia y amar
a la misericordia y humillarte ante tu Dios"

(Miqueas 6:8).

En el Cristianismo: "Así que, todas las
cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced
vosotros con ellos"
(Mateo 7:12). "Y de una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres, para que
habiten sobre la faz de la tierra. Dios no hace distinción de personas,
sino que en toda nación se agrada del que le teme y hace justicia." (Hechos 17). "Pero a vosotros los que oís, os digo, amad a vuestros enemigos, haz
bien a los que os aborrecen, bendecid a los que os maldicen; orad por
los que os vituperan, al que te hiere en la mejilla, preséntale la
otra…" (Lucas 6
27-29) También tengo ovejas que no son de este
redil, aquellas también debo traer, y oirán mi voz, y habrá un rebaño y
un pastor." (Juan
10:16).

En el Islam: "Ninguno de vosotros es un
creyente a menos que desee para su hermano lo que desee para sí mismo" (Hadit). "Al principio los pueblos constituían una sola nación. Entonces Dios
envió a los Profetas como los que traen buenas nuevas y amonestadores y,
en verdad, envió con ellos el Libro para dirimir las divergencias entre
la gente" (Corán,
Sura 2:213). "Asid, todos, el cordón fuerte
del Amor Divino
- Amor del uno a otro, y del único Dios
- y no pienses jamás en la separación".
(Corán - la unidad esencial
de todas las religiones, Trad. Picthall)."Todas
las criaturas de Dios son su familia. El es más amado de Dios que hace
verdadero bien a los miembros de la familia de Dios."
(hadit)

En la Fe Bahá’i: "Si anhelas la justicia,
elige para los demás lo que elegirías para ti mismo… bienaventurado es
el hombre que prefiere a su hermano antes que a sí mismo…"
(Palabras del Paraíso). "Iluminad y santificad vuestros corazones; no
dejéis que sean profanados por las espinas del odio y los cardos de la
malicia. Moráis en un único mundo y habéis sido creados por la acción
de una única voluntad. Bendito es aquel que se asocia con todos los
hombres con un espíritu de la mayor bondad y amor".

(Pasajes de los Escritos de
Bahá’u’lláh, p. 246).

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Hay cuatro principios fundamentales comunes a las
enseñanzas de todas estas religiones universales. Uno es que todas
suponen una Fuerza Suprema singular y universal. En sus orígenes todas
han sido, de uno u otro grado, monoteístas. Esto es válido aún si el
devoto se dirige a varios dioses, ídolos o santos, lo que representa
cierta degeneración del impulso original, o una reversión a creencias
arcaicas. Si existe un Solo Dios, entonces Su diseño eventual tiene que
contemplar la armonización y unidad de Su creación conciente, o sea toda
la humanidad.

El segundo consiste en que los principios morales
centrales, instruidos en todas las religiones han sido esencialmente los
mismos. La reflexión sincera de los anteriores versos debería llevarnos
a la apreciación de su unidad de propósito, su insistencia en una
conducta de amor y armonía y el alejamiento del odio y la discordia. La
regla de oro en realidad es una ética universal. La principal
diferencia parece ser que la comprensión de sus fieles de las fronteras
sociales de esta ética, o sea ¿quién es mi vecino? Es evidente ahora
que el vecino es todo humano que vive sobre el planeta. Pero el afecto
y lealtad de inclusión gradualmente ha crecido de la tribu, a la ciudad,
a la nación de cada uno y ahora está exigiendo la inclusión de toda la
humanidad. En la parábola del Buen Samaritano, Cristo dejó bien claro
que aquellas gentes excluidas y discriminadas, como eran los Samaritanos
en su tiempo, deben también ser objeto de inclusión en la ética de
servicio amoroso. Esta parábola se dirige a todos los prejuicios
humanos que producen aversión entre los pueblos.

El tercer principio fundamental es la creencia en una
vida más allá de la muerte. Es difícil encontrar una cultura, no
importa cuan antigua, que no manifieste la veneración para los difuntos
y la preparación cuidadosa para el progreso y bienestar de su espíritu
en otra dimensión. Por cierto que sería imposible convencer al ser
humano de la justicia y misericordia de Dios si estas no incluyen las
recompensas y sanciones espirituales que serán recibidas en una
existencia más allá de esta vida, que es con frecuencia, un valle de
lágrimas. Parecería que la mente humana está configurada en esta
dimensión.

El cuarto aspecto que estas religiones tienen en
común, es la creencia en un Día del Juicio, o una promesa, en tiempo
histórico, de que las almas serán pasadas por un tamiz y un valle de
decisión, juicio y castigo, antes de lograr la hermandad, justicia y
paz en esta tierra. Es decir la realización de las potencialidades
latentes en la humanidad vendrá después de pasar un tiempo de severas
pruebas. Todas dejan claro que el proceso de tamizado se realizaría
como el producto de grandes dudas y decisiones. La raíz de la palabra
"Apocalipsis" del griego, significa "aclaración". O sea, un tiempo en
que cambios dramáticos explicarán los propósitos benevolentes de un
Creador Todo Sabio y los respectivos destinos de los iluminados fieles y
los oscurecidos rebeldes.

A pesar de todos estos aspectos comunes, hasta ahora
la humanidad se ha concentrado en las diferencias y en elegir entre
sectas que dividen las religiones universales. Es curioso que sus
respectivas Sagradas Escrituras hayan pronosticado estos procesos cuando
cuentan de la mezcla de la cizaña de dogmas y prácticas defectuosas, con
el trigo de las enseñanzas esenciales y genuinas. Pero también predicen
un tiempo de separación de los falsos de los verdaderos, "por sus
frutos", antes de una resolución de sus diferencias y el aceptar
una sola Fe que a su tiempo unirá a la humanidad.

En general, las masas siempre han aceptado alguna
religión como es presentada en su región o por sus progenitores que se
puede acomodar a sus tradicionales formas de visión y prácticas.
Especialmente se adoptan a aquellas creencias que fortalecen sus
identidades étnicas o provinciales. Pero estos mismos acomodos a menudo
les impiden practicar versiones de religión que les ilumine nuevos
horizontes y ejerza una dinámica influencia sobre sus conductas. Esto,
reafirmo, requeriría la incómoda tarea de desarrollar virtudes
espirituales y morales, como el devolver bien por mal, amar a los
enemigos o perdonar ofensas, que parecen ser tan contrarios a las
tendencias de su naturaleza humana. Es innegable que dentro de estos
credos ha habido santos genuinos y seguidores sinceros quienes se han
dedicado al servicio de Dios y el amor hacia sus semejantes, sin
importar los sacrificios o consecuencias. Pero las masas no se han
levantado más allá de los efectos de una muy limitada levadura de
moralidad y decoro civilizado, que, en momentos de temor y confusión,
han sido barridos por paroxismos de odio, venganza y violencia, aún en
nombre de su amada fe religiosa. Las masas siempre han sido
religiosas, pero muy raramente han sido espirituales u obedientes a sus
mandamientos. La mayoría de ellas quieren que se les asegure el cielo
a través de los atajos sacramentales y rituales en el nombre de fe,
pero no tanto a través de la conducta y el vivir la vida que su
venerado Iniciador les indicaba. Así, no participan profundamente en
una identidad espiritual interna sino solamente una superficial, y con
frecuencia competitiva, identidad externa. La gran mayoría de creyentes
simplemente han heredado la religión de su área geográfica o de sus
anteriores generaciones, y con la mezcla de su fe y su etnocentrismo, se
consideran salvados.

Las nuevas exigencias de religión en nuestros
tiempos

En este tiempo la exigencia es diferente. Requiere
que las mentes y corazones humanos estén conscientes de propósitos y
diseños atrás de una historia que involucra a toda la humanidad. Los
observadores superficiales sólo ven lo accidental, en que la historia
parece nada más que "una miserable cosa tras otra". En realidad es el
desenvolvimiento accidentado y de muchos altibajos, surgimientos y
caídas, de civilizaciones y naciones, con triunfos y fracasos, viajes
exitosos y naufragios, dichas y tragedias, individuos santos y
perversos, iluminados e ignorantes, mansos y arrogantes, dirigentes
justos y crueles, abnegados y megalómanos administradores, o mezclas de
estos, todos sujetos a las inmutables leyes del constante cambio. Todo
yace debajo de un vasto diseño y bóveda de propósitos y soberanía divina
que permite riendas sueltas al libre albedrío, a la duda y las
perversidades humanas, para que la humanidad este provista de
oportunidades de aprender a golpes o por auto persuasión serenas. Todo
esto es confirmado por los versos proféticos, que en lenguaje alegórico
se hallan en todas las Sagradas Escrituras del mundo. Las brumas que
ocultan el sentido de estos versos se comienzan a disipar. Nos aclaran
algo de la vasta escala y altura en que opera este diseño.

Lo que ahora se requiere es un grado de conocimiento,
fe y transformación interna que para muchas personas parece un reto
demasiado grande. Pero no debemos descontar que todas las profecías
también hablan de las crisis y cambios dinámicos en tal tiempo como el
nuestro podrían estar preparando a la raza humana para la próxima era,
y la consecuente unidad humana, mediante la espiritualización y
madurez del carácter. El filósofo Karl Jaspers, basa su visión
histórica en "un solo origen y una meta única, ambas desconocidas en
hecho, pero expresadas simbólicamente en los mitos cristianos del
Génesis y del Apocalipsis. En su esquema de historia, las civilizaciones
y culturas se vuelven "meros instrumentos del desarrollo progresivo de
sus orígenes comunes en un pasado remoto a su destino común en un futuro
imprevisto".[44]

Necesitamos una nueva manera de ver y comprender el
propósito de la religión. No es solamente un refugio para nuestras
tribulaciones o un bálsamo para nuestras emociones, y no es una manera
de satisfacer nuestras deseos materiales, ni un atajo hacia la salvación
personal o una etiqueta que llenar cuando nos preguntan de nuestra
afiliación, o para sentirnos parte de la costumbre social y casarnos y
llegar a la tumba de acuerdo a ella. Debe ser proactiva y poderosamente
creativa en engendrar todas aquellas latentes capacidades espirituales
que necesitan ser cultivadas para una vida plena y de profundo sentido.
También ofrece lo que cura las heridas de nuestras divididas
identidades, todo lo cual requiere compromisos duraderos para toda la
vida. Yo propongo esta meditación de todo lo que es real en la religión
y es común a todas las religiones:

"Dios ha creado a todos los humanos, y
todos los países del mundo son parte del mismo globo. Todos nosotros
somos sus siervos. Él es bondadoso y justo con todos. ¿Por qué debemos
ser despiadados e injustos unos con otros? Él provee para todos. ¿Por
qué nos despojamos mutuamente? Él protege y resguarda a todos. ¿Por
qué debemos matar a nuestros congéneres? Si estas guerras y contiendas
fuesen por el bien de la religión, es evidente que violan el espíritu y
la base de toda religión. Todas las Manifestaciones divinas han
proclamado la unidad de Dios y la unidad de la humanidad. Enseñaron que
los hombres deben amarse y ayudarse mutuamente para poder progresar.
Ahora, si este concepto de la religión es la verdad, su principio
esencial es la unidad de la humanidad. La verdad fundamental de las
Manifestaciones es la paz. Este es el fundamento de toda religión, de
toda justicia. El propósito divino es que los hombres vivan en unidad,
concordia y acuerdo y se amen unos a otros. Considerad las virtudes del
mundo humano y comprended que la unidad de la humanidad es el fundamento
principal de todas ellas. Leed el Evangelio y los otros Libros
Sagrados. Encontraréis que sus principios son uno y el mismo. Por
tanto, la unidad es la verdad esencial de la religión y, cuando así es
entendida, abarca todas las virtudes del mundo humano… Este conocimiento
ha sido difundido, los ojos han sido abiertos y los oídos se han vuelto
atentos. Por tanto, debemos esforzarnos para promulgar y practicar la
religión de Dios, que ha sido fundada por todos los Profetas. Y la
religión de Dios es amor y unidad absolutos".[45]

Aquí es evidente que los conflictos sectarios entre
credos, las luchas entre obsesionados fanáticos han sido elaborados
sobre bases teológicas erróneas y malformados modos de pensar. Lo que
ahora se saben sobre la religión y que hubieran evitado la
cristalización de teologías defectuosas en épocas pasadas, es que la
religión debe unir, inspirar amor y espiritualizar a las almas y
corazones. En muchas de tales adaptaciones de falibles hombres, la
mera repetición e imitación de creencias tradicionales, han llegado a
ser más sagradas que el trigo puro. Hace siglos unos historiadores
advirtieron que en el futuro se llegarán a lamentar tales doctrinas. La
educación espiritual de la mente y el ánimo del corazón con amor sin
fronteras, debe eliminar de la religión estas imitaciones ciegas y
amargos frutos del pasado. La promesa de la siega del buen trigo y
quema de la cizaña indica que la humanidad tendrá que tomar decisiones
dramáticas, y veo que ya esta en marcha este proceso.

La Persistencia de la Miopía Nacionalista

Es todavía muy temprano en esta emergente conciencia
para esperar que el nacionalismo económico de las naciones más
desarrolladas permita sacrificios para que las naciones más pequeñas y
más pobres puedan prosperar, o aún sobrevivir. Me refiero, por
ejemplo, el caso del calentamiento global debido a los cambios del
clima, en gran parte causado por la emisión de los combustibles fósiles
de los poderes más industrializados. Es bien conocido que los aumentos
en los niveles del mar amenazan la existencia de las naciones isleñas
del Pacífico y otras regiones más vulnerables. El incremento en la
contaminación del aire y de la atmósfera pone en peligro la salud de la
humanidad en este cada vez más encogido planeta. ¿Cuánto tiempo debe
esto continuar antes de que los líderes de las naciones estén dispuestos
a tomar acción adecuada? Ya que casi 40% de la población mundial vive
en regiones costeras vulnerables, el miope y caprichoso nacionalismo,
evitando considerar todo, excepto el futuro inmediato de su propio
dominio, hace muy difícil la determinación de reducir los devastadores
efectos que afectarán también sus propias naciones desarrolladas. Lo
que es más, no podemos estimar la duración de sus daños. El mundo
necesita menos preferencias partidarias y más ejemplos edificantes de
que vivimos en un solo planeta. La pregunta dominante para las décadas
venideras fue un título de un libro de Norman Cousins en los años
cincuenta de siglo pasado: "¿Quién habla por la humanidad?"

Nuestros tiempos han producido agudos críticos de
esta amplitud, aparentes excusas para el provincialismo, pero pocos
buenos alternativos, y muchos sienten que los daños por las decisiones
postergados solamente intensificarán lo inevitable. El interés personal
nacional, los egoístas conflictos entre sectores económicos o políticos
y la inquietud por el futuro inmediato de sus propios países han
insistido que esta visión global parezca utópica e ingenua. Cuando
vamos a las guerras con otras naciones, nos unimos y con entusiasmo
hacemos los sacrificios necesarios para no perderlas. Estamos en medio
de otra clase de guerra ahora, y debemos ver los peligros inherentes en
mantenernos tan divididos y no hacer los sacrificios necesarios para
evitar un cataclismo mundial y una pérdida incalculable de vidas humanas
en todas las naciones.

Por otra parte, este particular nacionalismo
sustituto de las religiones establecidas ha tenido su necesario papel en
la historia y ha enseñado a la sociedad a vivir y funcionar en enfoques
extendidos de unidad e identidad bajo gobiernos representativos, y ha
consolidado las economías mucho más allá que las economías feudales,
provinciales y mercantiles que hace siglos sustituyó. Pero su día ha
sido realizado, sus frutos han sido notados y es tiempo de seguir
adelante. La mayoría de sus productos ahora son disputas estériles y
guerras económicas o militares. La humanidad está dejando atrás estas
destructivas rivalidades en una realidad de interdependencia que exige
la cooperación.

Tampoco quiero decir que todas las guerras y usos de
violencia han sido injustificados, o que ambos lados siempre son
igualmente culpables en un conflicto. La fuerza está justificada cuando
protege al inocente y a las víctimas vulnerables del terror, y el
pacifismo extremo puede ser muy desacertado ante un tirano agresivo y
genocida, que se debe remover a la fuerza cuando sea necesario. Tal
pacifismo extremo también puede conducirse a la anarquía y aún mayor
genocidio. Pero debido a las letales y masivamente destructoras armas
ahora disponibles, tanto a las fuerzas armadas como a los que abogan por
el terror, hay toda razón y justificación para una ley y orden a escala
mundial, y no sólo bilateral o de bloques de naciones, que han sido
incapaces de resolver las necesidades y pasiones que agitan al globo.
¿Pero qué, debemos preguntar, sustituirá esta cohesión de la
nación-estado o de bloques nacionales de intereses volubles y tantas
veces caprichosas, ahora que las interdependencias de naciones se han
extendido más allá de sus fronteras?

La clara necesidad es para una mancomunidad mundial y
un tribunal internacional con suficiente fuerza y dientes para
implementar sus decisiones, basada en una ley imparcial y desprendida de
intereses particulares, que busca sostener la paz y el bien común para
la humanidad. Dentro de las naciones siempre ha sido el ideal de unir
sus ya muy heterogenias poblaciones. Ahora esto mismo tiene que ser el
ideal para el conjunto de las naciones, y esto es una imperativa de
nuestros tiempos. Los egoístas cabildeos e intrigas que estorban la
función y propósito de las Naciones Unidas muestran claramente que es la
persistencia del los mismos intereses nacionalistas que impide tal
funcionamiento. Ninguna nación, por rica y poderosa que sea, puede
proyectar su dominio o hegemonía al mundo. Los progresivos intentos de
establecer organismos supranacionales, la Liga de Naciones y el ONU
mismo, hasta ahora han fallado precisamente porque las naciones que los
componen no quieren ceder sus prejuicios y mitos de soberanía a que
están tan apegados. Los fanatismos de credo, las de provincia o
nación, de segmentos étnicos, de clases y partidos atados a ideologías
estrechas o intereses económicos, son los elementos que no sólo impiden
el necesario funcionamiento de organismos multinacionales y la paz en el
mundo, sino que tienden a provocar mayores conflictos.

La necesidad de visión panorámica

En la medida en que la acomodación de uno a su
identidad externa o nacional o con algún segmento que sea aceptado, uno
se siente innecesario tener que establecer parámetros internos de la
identidad. Una identidad interna como ser humano bien puede volverse
muy secundaria ante la arremetida de pasiones étnicas, nacionales,
sectarias o ideológicas o de la oportunidad para vengar una humillación
histórica. La cohesión forzada de "o estás con nosotros o estás contra
nosotros" trata de borrar todas las reservas de análisis y juicios
calmados. Esta decisión es considerada esencial ante un adversario que
es visto como una amenaza a la integridad o supervivencia del grupo. La
Guerra Fría y su carrera armamentista fueron mayormente basadas en
esto. Lo verdaderamente insólito acerca de estas fobias y competencias
maniqueas es que cada adversario estaba dispuesto a arriesgar la
existencia de la humanidad, con tal de no perder la competencia de armas
con el otro. Es significativo que los presupuestos globales para armas
militares sigue siendo alrededor de lo mismo que era durante el apogeo
de la guerra fría. O sea un billón (mil mil millones). Esto también
tenía que ver con el temor de ser percibido como cobarde o atrasados en
la carrera de armas que es típico de las identidades de machismo
agresivo y las fiebres competitivas nacionales, que hasta el momento han
dominado la historia humana. Es claro que una nación no se puede
desarmar si sus rivales siguen armándose. Esto es precisamente otra
razón para que la humanidad llegará a apoyar el desarme universal bajo
una constitución mundial que tendrá la fuerza para sancionar severamente
las violaciones o agresión de una nación recalcitrante. En general, la
mentalidad nutriente femenina puede ver mejor la insensatez de estas
competencias insensatas de armas. No tiene nada que ver con tintes o
posiciones políticas de derecha o izquierda, será visto como cuestión de
supervivencia. De nuevo, deberíamos comprender que la única seguridad
duradera es la seguridad planetaria colectiva, y que el desarme tiene
que ser universal, no parcial o bilateral. Esto se puede realizar como
consecuencia de alguna amenaza planetaria que nos obligue a abandonar un
nacionalismo antojadizo que desde hace tiempo se ha vuelto inoperante en
un mundo tan económico y ecológicamente integrado. Esta es
precisamente aquella parte en el nuevo paradigma que, en nombre de la
seguridad tribal y soberanías nacionales, no queremos reconocer y que
mantiene a la humanidad viviendo al borde de calamidades
inconcebibles.

Luego existe la patología individual egoísta y
agresiva. Esto puede nacer de traumas en la infancia que troncan la
natural expansión del círculo afectivo, que ya se ha explicado. Pero
normalmente este es un fenómeno particular, no generalizado. Sin
embargo, cuando tales fobias y agresiones en unos individuos, engendran
eco en una población mayor, como pasó en Alemania durante los años
treinta y cuarenta, en que se combinó las humillaciones pasadas con
fuertes apegos tribales más las conveniencias de echar culpas a otros
para forzar el dominio de una ideología o nación sobre todos los demás,
conducen a las maniqueos conflictos y extrema destrucción que tales
pasiones engendran.

A nivel individual, no es común perdonar
las ofensas, devolver bien a aquellos que nos hacen daño y vivir
basándonos en virtudes como el desprendimiento y la indulgencia. Las
fobias nacionales son meras extensiones de hábitos y temores
individuales que debemos exponer a examen por sus frutos, dentro y entre
nosotros. Pero para aquellos adictos a un mundo de eternos, maniqueos y
acérrimos conflictos, tales virtudes son muy riesgosos, irrealistas y
utópicas. La convicción de la unidad de la humanidad y de la paz
duradera requiere una visión panorámica y una voluntad valerosa,
enfocadas en un severo realismo y un estricto análisis de nuestras
actuales alternativas. No hay nada realmente riesgoso, irreal o utópico
en ello. Lo ingenuo e insensato es no hacerle caso. Esto es
claramente el espíritu y la necesidad urgente de un nuevo paradigma
mundial, aun cuando, por períodos breves, las cosas parecen moverse en
dirección contraria.

Cualquier duda acerca de esta realidad nos puede
llevar a un torbellino de debate y conflicto nacionalista o ideológico
que trata de empequeñecer nuestra esencia como seres humanos que piensan
como miembros de la raza humana. Sin embargo, yo confío que aquellos
que son adictos a estos conflictos pueden sentir algo de vacío
espiritual en sus vidas y pueden ser persuadidos a que llenen este vacío
con algo más amplio e inclusivo. Si no están dispuestos a esto y
continúan obsesionados con pertenecer a segmentos eternamente hostiles a
los demás, inevitablemente se encontrarán entrampados en este torbellino
que se volverá violento y que fácilmente puede escalar a catastrófico,
tanto para ellos mismos como para el resto de la humanidad.

Cualesquiera sanción legal contra la violencia
internacional deben proceder de una Corte supranacional e imparcial con
fuerza para implementar sus decisiones. Dicha ley debe estar
identificada con la voluntad de una humanidad igualmente obsesionada con
la paz y la serenidad. Todavía no hemos llegado a ese nivel, pero la
necesidad es mucho mayor de lo que pensamos.

Es mi observación, y es ampliamente aceptado, que los
racistas violentos, los fanáticos religiosos o étnicos, aquellos con
agendas nacionalistas y apocalípticas, tienen, en su gran mayoría,
fuertes e inconscientes complejos mezclados con la ignorancia de sus
propias identidades espirituales, tanto internas como extendidas a las
religiones que profesan. Para justificar este aspecto externo de su
fervor, ellos construyen y asignan a aquellos que consideran sus
enemigos, elaboradas teorías de conspiración y éstas alimentan
reacciones emocionales y resentimientos que les ciegan a un análisis
racional y tranquilo de los problemas. En muchos casos esto se
convierte en paranoia que con facilidad induce y racionaliza la extrema
violencia. No solamente es el caso de "nosotros contra ellos", sino que
es la convicción de que la supervivencia de "nosotros" requiere la
eliminación de "ellos". Esta paranoia y miedo puede impulsar las
fatales y empobrecedoras carreras armamentistas. Tiene que ver con una
masiva obsesión de lo que para ellos es la supervivencia. Ya hemos
mencionado que cuando la supervivencia del más fuerte o más astuto, que
es una ley necesaria para el reino animal, tome posesión de naciones o
grupos humanos, tal ley se convierte en una grotesca aberración, e
inevitablemente crean violencia y terror, especialmente para aquellos
que son incapaces de aceptar, o aún visualizar, soluciones pacíficas.
Tales personas no tienen reservación para usar armas que no distinguen
entre militantes e inocentes civiles, y son capaces que con tal ceguera
pone en peligro la vida en el planeta. El recordar que hasta el momento
los seres humanos no han desarrollado armas que hayan quedado para
siempre sin usar, nos hace detenernos a pensar profundamente en nuestros
derroteros.

Los prejuicios son la principal causa de los
conflictos y guerras. La humanidad no puede permitir que éstos
sustituyan a un vigoroso y bien definido sentido de identidad que
fortalezca la naturaleza espiritual en el hombre y de una comprensión
imparcial y comunicación con los demás. Aquí de nuevo, vemos no
solamente la importancia del papel verdadero de la religión, sino que
también la tragedia de la incapacidad de tantos religiosos para cumplir
con este fin esencial: el de espiritualizar y armonizar a los pueblos
del mundo. El fanatismo religioso no es sólo una perversión de sus
propias enseñanzas originales, sino que es algo que es un fuego
devorador que sólo una voz autoritativa y universalmente reconocida
puede apagar.

Repito que los prejuicios y pasiones de nación,
etnia, credo o clase, surgen como sustitutos de la religión, que no las
pudo apaciguar en sus propias esferas. No existe luminosa y sincera
guía religiosa que defienda estas pasiones. Pero el corazón y la mente
humana no puede vivir en un vacío por mucho tiempo. Si y cuando el
elixir de las convicciones religiosas verdaderas y sanas se evapora en
el corazón, entonces algo de un grado parecido de pasiones viene a
llenar ese vacío. Toynbee precisamente llama a esas ideologías del
nacionalismo, el comunismo y el extremo individualismo y sus muchos
estrafalarios híbridos racistas, como "religiones sustitutas". Otra
autoridad las llama "ídolos falsos". Ellas surgen como sustitutos de la
religión y como inconscientes insultos a la degradación de la religión.

Ahora las decepciones y fracasos de tales sustitutos
y el aumento del temor y la inseguridad por la pérdida de conceptos
alentadores para el futuro de la humanidad, han provocado una renovada
consideración del papel y necesidad de religión. La religión
fundamentalista trata de contrarrestar este temor y vacío, remontándose
a un pasado que parecía más sereno. Pero reduce los parámetros de
religión a las necesidades emocionales primarias y abre un refugio
temporal para sus inseguridades rememorando un tiempo pasado que no
puede ayudarnos ahora. Estos conceptos ven a cualquier concepto
progresista, bueno o malo, como su principal adversario.

Identidades Ideológicas y Políticas

Debido a la marginación de la religión en la vida
pública, muchas identidades se implantan en las diversas y volubles
híbridos ideologías y políticas. Uno puede considerarse de derecha o
izquierda, conservador, moderado o liberal, reaccionario o radical.
Pero los defectos y decepciones de tales posiciones fijas han producido
no pocas personas que se han hecho giros sensibles en sus posiciones.
Nelson Mandela escribe sobre el caso de Gandhi en su juventud en la
Guerra Zulu en el Sur de África: "La visión de los heridos y
derrotados Zulus, abandonados sin misericordia por sus perseguidores
inglesas, fue tan repugnante para él que completamente cambió su
admiración por todas las cosas ingleses, hasta celebrar lo indígena y lo
étnico."[46] Más tarde Gandhi trató de emancipar La India según sus propios
conceptos espirituales y sociales, y usó el revivir la industria textil
casera como arma contra los molinos textiles ingleses y con ello, la
emancipación de sus pueblos. Gandhi mismo tenía un bien definida
identidad interna, basada en sus pensamientos éticos, su resistencia a
tecnologías grandes a favor del empleo popular y estrategias de la no
violencia. Él rehusó odiar a sus enemigos, y aún admitió que tales
estrategias, sólo podrían tener éxito con los británicos. Pero muchos
de sus seguidores no tenían su visión o su fibra moral. Su asesino era
un fanático hindú que se oponía a la tolerancia que Gandhi mostraba
hacia los mahometanos, a quienes él deseaba incluir en la India mayor.
Las pasiones y prejuicios de siglos vencieron su visión espiritual y sus
esperanzas políticas.

Aquí vemos un caso en que los ingleses habían
olvidado las bases de su cristianismo y los hindúes habían olvidado su
capacidad de asimilación, y al faltar estas visiones, ambos habían
llevado su estrecha visión hacia las áreas del pensamiento político,
económico y militar.

El caso es una mezcla confusa en la cual se mueven
todos los prejuicios imperialistas, colonialistas, raciales,
nacionalistas, de casta y clase, ideológicos, económicos y religiosos de
nuestros tiempos. Pero ahora veamos los eventos que están ocurriendo
después de cincuenta años. La India ha sido independiente por más de
medio siglo, aunque ha habido la amarga y sangrienta escisión del
estado islámico, Paquistán. El Imperio Británico, con todo su
formidable aparato, ha dejado de existir, y el mundo es totalmente
diferente de lo que se hubiera podido anticipar en la década de los
cincuenta del siglo pasado. Los poderes imperialistas también se
consideraron a si mismos en la luz difusa de darwinismo-social y
mercantilismo-capitalista, herederos de las intenciones misionarias
cristianas y con una orgullosa aristocracia que sentía un especial
destino en gobernar y civilizar a otros. Apenas existe compatibilidad
entre estas misiones, pero esto era típico de la mayoría de conflictos
en los dos últimos siglos, y de lo mutable de las posiciones
ideológicas.

En la actualidad la Gran Bretaña es una nación
multiétnica en la cual muchas personas de sus antiguas colonias buscan
oportunidades de educación y empleo, y la India, entre otras muy
diversas facetas, se esta convirtiendo en un exportador de unas de las
más avanzadas tecnologías del mundo. Ambos se han vuelto muy
pluralistas, tratando de encontrar un papel y una identidad que las
defina en un mundo dramáticamente cambiante. Aunque todavía hay
insistentes prejuicios étnicos, de clase y casa, de religión y
secularismo, que siguen siendo peligrosas, creo que estos también serán
vistos como los últimos estertores de agonía de modos tradicionales de
pensar.

Es innegable que existen personalidades configuradas
para ser reaccionarias, conservadoras, liberales y radicales. Así
algunos se permanecen en tales categorías por todas sus vidas. Entre
mis propios hermanos hemos notado estas diferencias de carácter e
ideología, y nos hemos llevado bien. A veces esto puede ser confuso, ya
que en rasgos de personalidad y carácter, me asemejo más a mi padre algo
conservador, pero en ideas y pensamiento me asemejo más a mi madre que
fue más visionaria. El asunto es que nunca fuimos rígidos y que
podríamos reconocer aspectos razonables del otro en nuestros discursos.
Es el fanatismo obstinado que claramente conduce a mayores conflictos.

Pero también se ha notado la volubilidad de muchas
personas y sus posiciones políticas. El curso de los eventos
generalmente determina sus reconsideraciones y cambios. Algunos
partidos llamados "radicales" en algunos países, ahora son
conservadores, y la palabra "liberal" tenía un sentido totalmente
diferente en los siglos dieciocho y diecinueve, que tiene en los últimos
cien años. Las posiciones cristalizadas ante nuevas exigencias y
condiciones tienden a marginar a los rígidos e inflexibles.

Las identidades ideológicas son tan variadas y
volubles que sería imposible de mencionar más que con unos ejemplos,
como estos de Gandhi, Gran Bretaña y la India. Otro viene de mi
experiencia como catedrático en El Salvador durante los años cincuenta y
sesenta del siglo pasado. Los gobiernos de muchas naciones de
Latinoamérica en ese tiempo solían ser dominados por militares no
siempre muy democráticos o indulgentes con la oposición. Los alumnos se
quejaban mucho de la "represión", y ésta fue la palabra más usada entre
ellos. Las ideologías que les apoyaba más era el marxismo, la social
demócrata y la demócrata cristiana, pero más notablemente el marxismo.
Era una ironía que la ideología que más apoyaba su protesta contra la
"represión", era la misma que con más distantes áreas del mundo era la
única ideología permitida en unos de los regímenes más represivos y
cerrados en todo el mundo. La carencia de visión global, que toda
política era local, y la ignorancia de lo que realmente sucedía en
aquellas regiones, sin duda tenía que ver con tales inconsistencias.
Pero esto es parte de la confusión de categorizar y definir
ideologías.

La heterogeneidad étnica e ideológica es una de las
características más obvias del siglo veinte. Las analogías entre los
dos son notables. Muchos sociólogos han observado la fluidez de las
identidades y las fronteras de grupos étnicos, y la migración de ideas,
en el cual intervienen circunstancias sociales y económicas a través de
procesos de amalgamación, incorporación, división y proliferación. Las
migraciones de pueblos e ideas siempre han existido y siempre serán
agentes de transformación, tanto de los nuevos casos como de los
establecidos. Como todos los pueblos han sido inmigrantes o emigrados
en algún tiempo, todos hemos recibido e impartido ideologías mutables y
mestizajes. Ningún pueblo o institución político-ideológico ha quedado
cristalizado o fiel a sus orígenes después de dos o tres décadas de su
contacto con realidades fluidas u nuevos segmentos de población. Sin
estas transformaciones los pueblos se estancan, tanto por la prohibición
de nuevas ideas como por la endogamia u otros estragos del aislacionismo
He conocido de demasiadas personas que han cambiado notablemente sus
ideologías con nuevos insumos de personas e conocimientos.

Identidades Sociales y Económicas

Ahora consideremos los aspectos sociales y económicos
de la identidad, tanto dentro como entre las naciones y creencias del
mundo, para ver como son también de lesivas estas identidades limitadas
a clase o estatus social. Para usar el mismo ejemplo de la India en los
tiempos de Gandhi, cito de nuevo a Mandela:

"Gandhi hoy día queda como el único
crítico completo de la sociedad industrial avanzada. Otros han
criticado su totalitarismo, pero no su aparato productivo. Él no se
opone a la ciencia y tecnología, pero da prioridad al derecho de
trabajar y se opone a la mecanización cuando llega al punto en que
usurpa este derecho. La maquinaria en gran escala pone la riqueza en
manos de un hombre quien impone la tiranía sobre los demás. Él, (Gandhi)
favorece la máquina pequeña; busca mantener al individuo en control de
sus herramientas, a mantener una relación interdependiente de amor entre
los dos, como el jugador de críquet con su bate o Khrisna con su
flauta. Por encima de todo, quiere liberar al individuo de su
alienación a la máquina y restaurar la moralidad con el proceso
productivo".[47]

Aunque esto puede estar más relacionado con destrezas
personales en la producción, tiene mucho que ver con observar la
identidad en nuestros tiempos con su relación a las economías de una
escala siempre más grande, impersonal y autónoma. El proceso de
globalización hasta ahora, (que tiene que perfeccionarse en otras
direcciones.) ha sido dominado por muy grandes poderes económicos
multinacionales, cada vez más conglomerados, y el pequeño productor y
artesano ha sufrido una disminución considerable en su sentido de
importancia. El cuadro es muy confuso ya que no es muy pertinente
hablar de países estrictamente industriales o agrícolas, poderes
coloniales o colonizados, explotadores externos o explotados locales.
Ha habido grandes avances en producción en las regiones más remotas y
un enorme incremento en la riqueza total del mundo. Esta prosperidad,
sin embargo, es muy vulnerable a las veleidosas corrientes económicas y
políticas, a las incertidumbres emocionales, por la corrupción endémica
o los prejuicios caprichosos que todavía nos pueden sorprender. Es
todavía un proceso muy tenue que constantemente necesita reajustes y
reformas. Durante la lectura de este libro, las cosas podrían haber
cambiado dramáticamente.

A pesar de toda la expansión en tecnología, la
facilidad de intercambio y comercio, con toda la explosión de
conocimiento y su flujo libre, y el notable incremento en la prosperidad
total del mundo, las grandes brechas entre las naciones ricas y las
pobres, y la distancia entre los ricos y los pobres dentro de cada
nación, está aumentando. La Quinta parte de la humanidad mas prospera
acapara aproximadamente un 83% de la riqueza del mundo, mientras la
quinta parte más pobre recibe menos de 2% de la riqueza total. Las tres
quintas partes en medio reparten la diferencia. Esto en parte es el
resultado de las disparidades en la educación y oportunidades en un
mundo tecnológicamente muy avanzado. No hay duda que el talento y genio
empresarial también tiene que ver con el fenómeno. Pero también tiene
que ver con políticas de compadrazgos, favoritismos y competencias
egoístas de ambición cuyo único criterio es el éxito material, no
importa cómo se logra. Hay opiniones que con una mayor prosperidad en
países como China e India, de que una proyección general positiva para
el futuro ahora parece posible y aún probable. Aunque los
extremadamente ricos parecen estar dejando atrás a los otros sectores,
la humanidad en general, y esto incluye dos quintas partes que son
chinos o indios orientales, son menos pobres que hace dos o tres
generaciones. Ciertamente, tienen mayor acceso a servicios, ayuda y
comunicaciones para dar a conocer su condición, de lo que nunca antes
tuvieron. El problema se radica en las brechas.

Esta aparente contradicción de una mayor brecha entre
los ricos y los pobres, y que sin embargo la vida de los más pobres
tiene mayor potencial de mejorar de su condición anterior, se debe a que
el tamaño del pastel es mucho más grande, pero las porciones por clase y
segmento están menos equitativamente distribuidas. Esto también se debe
a varios factores: las tecnologías de producción y mercadeo a gran
escala, que pocos realmente dominan y que tienden a marginar a los
pueblos rurales o urbanos no calificados. A la mayor apertura de
espacios para individuos y corporaciones con su concupiscencia, astucia,
rivalidades entre sí y dinamismo, podríamos también tomar en cuenta el
sector económico informal, no sólo del comercio legitimo, sino el
comercio ilegal de armas, drogas, juegos de azar, explotación sexual y
contrabando, en donde hay aún mayores grados de corrupción que en los
niveles empresariales y políticos. Parece que los más ricos conocen
bien los ardides y conexiones para lograr una parte más grande del
rápido creciente pastel. Contentándose ellos mismos con que la
condición general de los pobres parece ser mejor, los muy ricos no
sienten la urgencia de acortar la enorme brecha. Pero nunca ha sido el
problema de ricos y pobres en términos absolutos, sino que siempre ha
sido un asunto de proporciones justas. De allí que esta brecha
eventualmente tendrá que disminuir. A medida que pasa cada año, la
extrema pobreza tiene menos excusas. Otra cosa se debería considerar:
el recurso del proteccionismo y las altas tarifas, o sea el volver a
economías nacionalistas, no solucionará los problemas de los muy pobres,
y jamás lo han hecho. Es difícil imaginar que empleos que se han
exportado a zonas de menor costo, van a retornar a sus regiones de
origen, que estarían muy expuestos a presiones inflacionarias tanto como
recesivos para el mundo entero. El proteccionismo siempre ha
empobrecido a las naciones y al mundo, y el aislacionismo conduce a
guerras económicas y combate.

Con algunas notables excepciones, la gran brecha no
es tanto la explotación conciente como en las pasadas décadas y siglos
del colonialismo y rampante individualismo, sino del desinterés de
parte de los segmentos claves en la distribución apresurada de la
prosperidad. Casi todos los expertos en la materia alegan que la
educación (o reeducación) y altas normas de salud son las claves para
aminorar las brechas en el mundo. Los países de poco desarrollo
todavía tienen muy bajas tasas de su producto interno bruto dedicadas a
la educación y la salud que son vitales en la reducción de las brechas
entre ricos y pobres, tanto internos como entre las naciones del mundo.
África, por ejemplo, con toda su riqueza de recursos naturales, tiene
las más extremas brechas, en parte por su poca inversión en estas dos
áreas y en parte por la endémica corrupción y desconfianza política.
Según los Indicadores de gobernación del Banco Mundial, el PIB per
cápita promedio en las seis economías más pobres de África del sub
Sahara es menor que $1.300 por año. Este promedio en el mundo entero
es $ 10.200.

Por el otro extremo, en los Estados Unidos, por
ejemplo, con 4.5% de la población mundial, posee 25% de la riqueza del
mundo y produce 36% del desperdicio y contaminación mundial, todo con su
promedio del PIB per capita de $43.800. Esto da un obvio ejemplo de
que la riqueza y algunos de sus subproductos están distribuidos en forma
muy excéntrica por región. En general sus ciudadanos no están
abrumados por complejos de culpa debido a esta brecha, y creo que la
mayoría están dispuestos a promover sus fórmulas para prosperar en las
regiones más atrasadas. Pero es evidente (por los recientes casos de la
China y la India) que cada país sería enriquecido si pudiera obtener
mayor acceso e intercambio con otros mercados, pero esto no siempre ha
sido políticamente fácil. No hay duda de que el conocimiento, la
responsabilidad social, la educación, la disciplina y estabilidad
política y social siempre, que son productos de una mística espiritual,
son las claves de una reducción de las brechas, pero sus procesos son
más lentos y muchos están impacientes.

Las críticas del egoísmo nacional siguen vigentes,
pero es menos enfocado ya que hay muchos factores contradictorios. Los
Estados Unidos por muchos años han sufrido enorme déficit en su comercio
con el resto del mundo, como con China, por ejemplo. Por otra parte,
muchas de las utilidades de otras naciones son invertidas en la economía
de los Estados Unidos, o en otras regiones más estables, precisamente
porque ofrecen mayor estabilidad en un mundo que es, paradójicamente,
totalmente interdependiente y aún así muy inseguro, precisamente por ser
todavía tan nacionalista y conflictivo.

Por supuesto toda condición económica puede cambiar
rápidamente. Simplemente nos falta una apreciación del grado de
integración que el mundo está experimentando y de la urgencia de
encontrar maneras justas y sensatas para mejor compartir la creciente
prosperidad general que una economía mundial integrada puede ofrecer
mejor. Salvo en ciertas naciones en las cuales la tierra cultivable,
los bosques, el agua y los recursos minerales son cada día más escasos
frente a poblaciones y mercados que crecen constantemente, y adonde
intereses especiales económicos y políticos estatales tratan de
controlarlos para su propio beneficio, el anterior análisis de la guerra
de clases y las rivalidades nacionales no ofrecen mucha ayuda en
solucionar los más apremiantes problemas económicos de la actualidad.
Los problemas económicos tienen repercusiones y soluciones globales,
igual como son las repercusiones y soluciones de los problemas del medio
ambiente y del cambio climatérico.

También existen aún graves abusos del trabajo de
menores, el tráfico sexual de niños y jóvenes mujeres, el negocio
ilícito de drogas y armas, la casi obligada migración para escapar de la
violencia, pobreza y encontrar empleo, los efectos dramáticos de
adicciones a substancias, que son consecuencia de pensar en paliativos
nacionales y no mundiales. Tampoco estos no se van a resolver en una
guerra de clases o conflictos partidaristas, sino en la convicción de
que una reorientación espiritual a largo e intensivo plazo, puede vencer
la ignorancia, corrupción, indiferencia, caos social, y más de todo, la
pérdida de identidad personal. Así sin estos enfoques, no creo que
habrá mengua en la extrema pobreza y sus consecuencias. El hombre está
configurado de tal forma que sus conductas sociales y económicos
reflejan sus condiciones internas, y que su realidad esencialmente
espiritual responderá mucho mejor a estímulos y sanciones de tipo
espiritual y moral. Muchos sociólogos y economistas reconocen hoy en
día que los más apremiantes problemas de aliviar la pobreza y proveer
mayor prosperidad general, no responden positivamente a las soluciones
propuestas tanto por un énfasis en el individualismo, ni por una
drástica y forzada reestructuración de la sociedad bajo un Estado
cerrado. Nos haríamos bien de abandonar las luchas ideológicas y sus
nada edificantes críticas mutuas. La resolución de estos problemas de
manera no conflictiva, imparcial y franca, requiere encararlos a estas
alturas morales. Luego, una muy juiciosa aplicación de ayuda
económica. De nuevo esto no es probable sin un considerable cambio a
las prioridades educativas que debe incluir una orientación moral de la
ciudadanía y una conciencia que habitamos un solo planeta en que los
cambios ambientales, económicos y sociales no conocen fronteras.

Lo que también debe cambiar, es el actual sistema de
globalización, no el proceso mismo, que es inevitable en un mundo cada
vez más densamente poblado, reducido e integrado. La conciencia de
solidaridad humana y la necesidad de liderazgo moral tanto de
gobernantes como de gobernados, la creciente preocupación y búsqueda de
soluciones para disminuir los espacios entre los ricos y los pobres,
sigue siendo mal enfocados, ni todavía están de muy alta prioridad en
las agendas sociales y políticas.

Otro ingrediente espiritual y moral muy importante
que hemos evitado es que los existentes extremos entre la riqueza y la
pobreza nunca podrá permitir una duradera estabilidad, tranquilidad o
paz. Tampoco podrá ser una fórmula para la felicidad humana, y la
felicidad humana debería ser parte de la meta, no la prosperidad a
cualquier costo. Pregúntenle a una persona muy rica si él o ella se
sienten verdaderamente felices viviendo rodeado por estos extremos
contrastes. La prosperidad obviamente no es malvada en si misma, ni es
la pobreza virtuosa. Es el amor al dinero, no como un instrumento
benéfico, pero como un fin, el tenaz apego a él, él que nunca tenga
suficiente, el sentir que la seguridad se limita a lo material, son las
actitudes lo que atrae zozobras y llenan nuestras vidas con constantes
preocupaciones, peligros y distracciones de propósitos más permanentes
y elevados. Que La riqueza material no es nuestro principal fin en esta
vida, en demasiados casos no nos impacta hasta nuestros últimos años
cuando lamentamos no poder cambiar los hábitos y rectificar nuestras
vidas. En un sentido, el infierno es muy poco y muy tarde.

Gran parte del sentido de la identidad ha sido de
clase económica y social. Al grado que nuestras prioridades e
identidades espirituales sean bien ajustadas, creo que se resolverían
las inequidades económicas y prejuicios sociales. Todos los libros
sagrados de la humanidad enseñan que el orgullo y vanidad anteceda una
caída y humillación, mientras que la humildad conduce a la elevación y
honor.

Al mismo tiempo, el egoísmo es el resultado de una
pobre comprensión y visión del nuevo paradigma y de sus valores, junto
con la todavía deficiente conciencia social entre ambos, ricos y
pobres. Hasta que comprendamos que las raíces de la crisis son más
espirituales que políticas, económicas o de privilegios o resentimientos
de clase, seguiremos siempre tratando los síntomas y no las causas del
problema. Las identidades ideológicas basadas en clase, ponen una seria
barrera a la resolución de las condiciones que por si, perturban el
crecimiento de la prosperidad, y esta resolución requiere la estrecha
colaboración y continuo diálogo entre los administradores y los
productores, conscientes de la absoluta interdependencia entre ellos. El
reconocimiento mutuo de esta interdependencia, atraerá más justas
recompensas a ambos. Esto podría incluir reformas de los sistemas de
impuestos y la participación de los productores en las ganancias de las
empresas. Aunque es obvio que la educación es la pieza clave para la
reducción de estas brechas, hay mucha confusión sobre las prioridades en
la educación. El cuadro nunca está claro durante un cambio de
paradigmas, y estamos en medio del más grande y significativo cambio de
paradigmas de la historia.

El sentido de identidad como víctimas resentidas de
las estrategias e intereses de los grandes poderes, tampoco está muy
claro. Es aquí que hay una mayor contradicción. No puede haber
prosperidad global, mientras las comunidades locales carecen de
prosperidad. Ningún cuerpo entero puede ser saludable si sus
corpúsculos y células están enfermos. Hay muchos casos que comprueban
que una gran parte de los problemas encuentran soluciones mediante
consultas y apoderamiento dentro de sus mismas comunidades. Debe
existir una estrecha participación entre los organismos locales y
nacionales, así como en las conexas con el resto del mundo. La
prosperidad internacional sin la prosperidad local no puede durar. La
frase, "piense global, actúe local", tiene mucho sentido. Es obvio que
los gobernantes nacionales tienen un papel muy protagónico e
intermediario en esta dualidad.

Un ejemplo que se me ocurre de la relación de la
disciplina moral a estos problemas es que durante el siglo veinte, la
edad promedio en Kenya y Uganda había avanzado a 36 años. Este es un
avance sin precedentes. Pero todo esto ha sido anulado por la mortandad
ocasionada por la pandemia del SIDA en los últimos 27 años. El problema
tiene raíces y soluciones que son principalmente morales y culturales,
pero estos pueblos tienen recursos y educación todavía limitados y
necesitan la ayuda de la comunidad internacional más desarrollada. La
condonación de deudas a los países más pobres no es una solución muy
adecuada, ya que les afectan sus reputaciones crediticias, y en muchos
países la corrupción local endémica ha desviado enormes fondos
destinados para la educación, salud pública e infraestructura, a cuentas
personales. Por esto la disciplina moral personal y pública es
indispensable para solucionar la crisis. En un solo país petrolero,
más de $4 mil millones de dólares que se han esfumado. Aunque es obvio
que las regiones más ricas puedan y deban hacer más por las menos
avanzadas, la experiencia de inyectar grandes sumas de dinero no ha sido
muy alentadora. La responsabilidad moral de los individuos, los
educadores y las autoridades locales es ineludible y será notablemente
más efectiva en la resolución de estas crisis.

De manera que no debemos ser tan ingenuos, pensando
que podemos asignar toda la culpa de acuerdo a las condiciones
económicas de naciones o a las clases sociales, y menos al fomento de la
guerra de clases. Los problemas son mucho más complejos y se relacionan
mucho más con la corrupción moral y de egoístas intereses políticos
locales que nosotros permitimos. Todos los sistemas de gobierno que
operan en el mundo de hoy representan distintas variedades del
materialismo, enfocando los problemas en sólo mejorar la provisión de
las necesidades físicas básicas. La eliminación del egoísmo en las
economías, luchas partidaristas y la corrupción no son posibles con tal
énfasis.

De nuevo la crisis moral y de gobernabilidad, nos
obliga a cuestionar quienes somos como seres humanos, y cuál es la
naturaleza de la sociedad en la que más prospere la justicia. Los
problemas materiales y su distribución se resolverán a medida que
reconocemos que somos seres espirituales y que los problemas sociales y
económicos tienen íntima relación con las leyes espirituales. No se
resolverían sólo con un sin fin de ajustes técnicos que consideren a las
personas como seres incurablemente egoístas y avaros. También tenemos
que preguntar de donde viene el estímulo para desarrollar estos
atributos y cualidades que nos inspiran a lograr la dignidad que está
latente en la realidad humana, que en un medio materialista tan
dominante, sumerge nuestra realidad. El secreto de la prosperidad y la
justicia económica se halla en la educación integral, científica,
tecnológica y vocacional de la ciudadanía que no sólo incluye, sino que
da prioridad al estímulo de su naturaleza espiritual.

Lo que individuos, pueblos y naciones deberían
aceptar es la justicia afirmativa de "porque a todo aquel a quien se
haya dado mucho, mucho se le demandará; y al que mucho se le haya
confiado, más se le demandará" (Lucas:
2:48) Esto se
debe aceptar personal e internamente, pero todavía hay resistencia de
aceptarla entre naciones. Como los problemas sociales y económicos no
se remedian solamente con ajustes técnicos, ni con aportes de dinero,
el compartir conocimientos e intereses con el resto del mundo es una
mística moralmente necesaria. Sí, el mundo responde generosamente en
los casos de desastres, pero inadecuadamente a las causas de
enfermedades sociales y políticas. No es ningún secreto que partidos
políticos y naciones tiene espacio de hacer cosas egoístas e inmorales,
que en un individuo conducirán a una grave pérdida de su reputación, si
no a delitos penales. La mayoría de los gobiernos y organizaciones
internaciones son bien informadas de los estragos de brechas entre
naciones ricas y pobres contribuye mucho a la inestabilidad, los
problemas migratorios y muchos de los conflictos en el mundo. Siendo
que la política es "local" en cada país, y que los gobernantes son
escogidos sólo por electores dentro de sus regiones o Estados, el
problema se reduce a la conciencia de los electores, o sea el público en
general. En lugares donde siguen pasiones y prejuicios nacionalistas y
étnicos, o en que la xenofobia domine sus agendas, las crisis se
agudizan. Ahora las urgentes crisis del medio ambiente, cambios
climatéricos, repentinos cambios del comercio mundial, migraciones,
tráfico de drogas y armas, se tratan de resolver en un ambiente de
rivalidades entre percibidos intereses. Los pueblos siguen siendo
influenciados por defensores de ilimitada soberanía e independencia
nacional, que no es realista. Económicamente no existe ninguna nación
independiente o soberana, y por eso tales mitos ahora sólo empeoran, en
vez de que resuelvan las crisis. Desde generaciones los principales
lideres de pensamiento e historiadores han señalado que la mística de la
unidad e interdependencia humana, tiene que penetrar en la ciudadanía
con una escala trasnacional. En tal cambio de paradigmas tan
desafiante, los gobernantes tienen que actuar con un alto grado de
franqueza, responsabilidad, sinceridad, y más de todo, realismo.

Ante esta realidad, las cuestiones espirituales y
morales tienen que ser vistas como esenciales, como las llaves para
abandonar los prejuicios, y expandir los horizontes de lealtad humana.
Ni el enfoque materialista individualista de Adam Smith, (aunque ha
producido mayor riqueza que sus rivales). Ni del control estatal
materialista para promover la igualdad económica bajo el control del
proletario de Carlos Marx, ni el nacionalismo de los siglos diecinueve y
veinte, han podido remediar las carencias de justicia social y
económica, ni van a poder hacerlo. En el siglo veinte estas tres
ideologías han fomentado volubilidad, descontento y guerras, ya que les
falta la dimensión de liderazgo moral, responsabilidad social y
desarrollo espiritual. No han tomado en cuenta la realidad esencial de
la persona humana, ni han conocido como mejor funciona la sociedad
humana. Creo que es oportuno reflexionar sobre este párrafo:

"Hay principios espirituales, o lo que algunos
llaman valores morales, para los cuales es posible encontrar soluciones
para todo problema social. Cualquier grupo bien intencionado puede, en
un sentido general, elaborar soluciones prácticas para sus problemas;
pero las buenas intenciones y los conocimientos prácticos no son
generalmente suficientes. El mérito esencial del principio espiritual
consiste en que no sólo presenta una perspectiva que está en armonía con
lo que es inherente a la naturaleza humana, sino que también induce una
actitud, una dinámica, una voluntad, una aspiración, que facilitan el
descubrimiento y la aplicación de medidas prácticas. Los líderes de
gobierno y todas las personas con autoridad se beneficiarían en sus
esfuerzos para resolver los problemas si primero intentaran identificar
los principios en cuestión, y luego se guiaran por ellos".[48]

Los sistemas que todavía dominan las luchas
políticas, tanto como muchas agrupaciones voluntarias bien intencionadas
han enfocado, es dirigirse a combatir los males aparentes que llaman su
atención. No sólo han fallado en resolverlos, sino que tales males se
han intensificado. La razón de este fenómeno es que va en contra de
una orientación genuinamente religiosa: no se oponga a la maldad, sino
promueva la bondad. No concentrarse en los defectos o "pelear con el
Diablo", sino enfocarse en la formación de virtudes. Si uno quiere
asear y renovar una casa abandonada y llena de murciélagos y sabandijas,
tratando de combatirlas uno por uno, se frustrará y fracasará. La
primera cosa que debe hacer es abrir las puertas y ventanas, dejando que
la luz y aire fresco entren libremente. Así, los murciélagos y pestes,
que son amantes de la oscuridad se huyan. Del mismo sentido los males
humanos prosperan en la oscuridad y sofocante atmósfera del egoísmo y la
cínica y materialista motivación humana. La oscuridad es nada más que
la ausencia de luz. O sea, que la ignorancia es nada más que la
carencia de conocimiento. En vez de luchar en vano con los "molinos
de viento" malos, como Don Quijote, deberíamos aprender a identificar y
promover lo positivo del conocimiento y la aplicación de las virtudes.
Echando luz creativa de educación espiritual, basados en la unidad
humana, harán que tantos males se esfumen. La espiritualización del
carácter humano y la unidad del género humano son los dos elementos del
verdadero espíritu necesario para resolver las crisis que nuestro
tiempo, y los requisitos para la paz mundial.

Dentro de casi todos los países muchos sectores se
han adaptado a aceptar la existencia de la extrema pobreza, no tanto
porque son crueles o perversos, sino simplemente porque creen que no
tiene remedio. Este concepto tiene ciertas bases tradicionales
religiosas, que creo eran aptos para tiempos antiguos, pero no para
nuestros tiempos. De nuevo, en vez de "combatir" la pobreza, se deben
enfocar en la promoción de la prosperidad y la mejora de su
distribución.

Las Naciones Unidas publicó recientemente información
de que las 200 personas más ricas del mundo, quienes residen en casi
todos los continentes, poseen un total de activos mayor que los dos y
medio millardos que constituyen la tercera parte más pobre de la
población mundial. Este fenómeno inaceptable está basado parcialmente
en el individualismo extremo expresado mediante una concupiscencia
obsesionada con el que nunca se tiene lo suficiente, el dominio de las
más avanzadas tecnologías y conocimientos de administración y mercadeo,
más las excéntricas interrelaciones en el mundo. Pero no podemos decir
que tales personas quitan dinero de los pobres, ya que las cantidades de
dinero en el mundo no son fijas, sino dinámicas, y que sus empresas
proveen muchos empleos y sus fundaciones humanitarias dan provecho a
grandes multitudes. Pero la potenciación de grandes sectores de la
humanidad para solucionar los problemas lo más que posible con sus
propias experiencias, insumos y empeños, debería ser la meta, y no tanto
la aplicación de servicios bien intencionados, pero a veces
paternalistas, que tienden a demorar el desarrollo sostenido de estas
comunidades. El desarrollo sostenido no es tanto el fruto de la
inversión de dinero en los síntomas o problemas específicos, sino que es
una aguda evaluación de las necesidades más importantes y el despertar
en la gente sus propias potencialidades y posibilidades para proveerlas.
Estas potencialidades más importantes no son limitadas a motivaciones
políticas, económicas o sectarias; son los productos de la combinación
de conocimientos científicos y el nutrir de sus propias potencialidades
del espíritu para resolver sus problemas.

Pregunto: ¿Es el hombre capaz de diseñar economías y
sociedades que puedan combinar la libertad de iniciativa y la
responsabilidad social para evitar estos extremos? Yo creo que la
respuesta es si, pero no será posible mientras esté dominado por
ideologías materialistas y desenfrenadas ambiciones individualistas, de
cualquier índole que sea. En nuestra máxima crisis de identidad de la
adolescencia colectiva, casi no comprendemos que la madurez espiritual
de la humanidad será necesaria para eliminar los extremos y desajustes.
Lo más probable es que estos avances se logren tanto por motivaciones
positivas, como a través de golpes y sufrimientos, que bien puede ser
intensos, pero que puede espiritualizar y responsabilizar a suficientes
líderes de pensamiento y luego a las multitudes entre nosotros. Estos
golpes pueden estorbar seriamente nuestros futuros inmediatos, a menos
que nos persuadan que la justicia social y la unidad entre humanos son
imperativos metafísicos para nuestros seres internos; como los
alimentos, la vestimenta y el techo son imperativos para nuestros
cuerpos. Si solamente un aspecto de estos dos es atendido, el otro
permanecerá ilusorio.

Los grandes cambios en un nuevo paradigma, como el de
la adolescencia a la madurez, son muy traumáticos, y a medida que son
resistidos, serán intensamente dolorosos, pero ésta es la exigencia
mayor de nuestro tiempo, tanto para nosotros como individuos, como para
la humanidad como un todo.

Quizás la mayor parte de la resistencia a este cambio
de paradigmas viene del temor de volar en espacios de donde podríamos
caer, porque los pueblos por tanto tiempo se han sentido cómodas en
sus nidos nacionales, raciales, religiosos, étnicos o económicos. Ya
no hay cómodos en estos nidos. Las aves humanas ya no caben y sus alas
que les llevarán a formar parte de la humanidad aún no se han
desarrollado, de manera que todavía están obsesionados con el dominio de
su particular ubicación e identidad. Mientras estén todavía atrapados
en estos nidos restrictivos, las ciencias y los conocimientos más
avanzados afirman que el espacio de la humanidad es más seguro y que los
humanos deberían ya aprender a volar con confianza. Lo que debemos
saber es, que una o unas pocas naciones no lo pueden hacerlo solas,
aunque podrían servir de ejemplos para los demás.

En otras palabras, si nos moviéramos hacia un mundo
no violento y constructivo, tanto la brecha enorme entre clases como la
mentalidad de lucha contra otros para la supervivencia, tendrá que
desvanecerse. Todos los ajustes que son necesarios para sanar los males
sociales y económicos serán el resultado de relaciones armoniosas y de
cordial discurso entre las partes, más la vivificación de las
identidades espirituales de los individuos. Esto puede requerir una
orientación más dinámica e iluminada que la que nuestras mentes pueden
concebir en este tiempo. Pero la necesidad existe y el desafío es
urgente.

De nuevo oigo acusaciones de ingenuo e iluso.
Pregunto: ¿Cuál es la alternativa? La continuación de estas brechas
extremas entre los ricos y los pobres, así como estas animosidades sin
resolver entre ideologías e intereses egoístas y ávidos del poder,
ciertamente no nos llevan más cerca de una solución, y siempre será una
insostenible causa de fricción y agitación. Por otra parte, todos los
intentos obligados o forzados para resolver los problemas de justicia
social y las brechas entre los extremos, o para forzar una imposible
igualdad económica, han sido violentos y a la postre, desastrosos.
Desde los tiempos del Rey Licurgos de Esparta, hasta el autócrata
Mazdak en Persia medieval, las más recientes Revoluciones de Francia,
México, Rusia, China y otras, ninguna ha producido una sociedad justa o
feliz. En tantos de estos casos se ha producido la desesperación de los
ciudadanos más productivos para huir y no permanecer expuestos a sus
forzados experimentos o sus paredones. Además, tales revoluciones han
sustituido a las personas que eran poderosas y prósperas con otra clase
de líderes que eventualmente repiten los mismos errores y abusos de
poder.

En términos relativos, siempre habrá ricos y pobres,
ya que la justicia requiere que cada quien reciba lo que merece, y cada
sector tiene su responsabilidad complementaria al todo. La educación,
la capacidad, el esfuerzo, la diligencia, las oportunidades y la
confiabilidad tienen que prevalecer y ser debidamente recompensadas.
Cuando esto no ocurre, la economía y la sociedad sufren desajustes
fatales. Pero nuestros sistemas no son justos cuando las oportunidades
no están ampliamente disponibles, y los extremos son tan pronunciados
que algunos viven en exagerada y narcisista opulencia, mientras que
otros no tienen refugio, alimento o protección adecuados contra los más
elementales riesgos y necesidades.

El espíritu y las salvaguardas de la libre
iniciativa, la propiedad privada y el libre comercio siempre han
conducido a mayor prosperidad general, y deben prevalecer, mientras que
el Estado debe ser responsable de que ningún ciudadano sea privado de
salud, bienestar básico educación y seguridad. Estos siempre
requieren cierto desprendimiento y actitud positiva para sufragar los
costos. Pero lo que tiene que ser insertado en esta obvia combinación,
es la necesidad de que la gente cambie desde adentro, y no hay
substituto para este cambio. La responsabilidad social, la sinceridad,
generosidad y confiabilidad, por ejemplo, están íntimamente conectadas
con un sentido de identidad moral y de carácter, y estas son virtudes
eminentemente espirituales que tienen un tremendo efecto de prosperidad
social.

"La confiabilidad es la más grande puerta hacia la
tranquilidad y seguridad de la gente. En verdad la estabilidad de todo
asunto ha dependido y depende de ella. Todos los dominios de poder, de
grandeza y de riqueza son iluminados por su luz". [49]

Asimismo, el progreso social y económico requiere,
junto con la levadura de estas virtudes, la moderación, el imperio de
ley y la estabilidad, para elevar la vida de las naciones y de la
humanidad como un todo. Hasta ahora solamente hemos logrado comprender
estas cosas a golpes, con largos sufrimientos y duras experiencias de
aprendizaje. ¿No será posible aprenderlas por la fuerza de la
auto-persuasión y la razón?

El avance de dichas virtudes y combinaciones no
solamente requiere la confianza, honestidad y conciencia social de sus
líderes, sino también el abandono de la desconfianza y prejuicio entre
clases y partidos políticos adversarios. La sinceridad y el compromiso
con principios espirituales son los más auténticos antídotos a la
hipocresía, las agendas escondidas y el obstruccionismo que con tanta
frecuencia estorban los discursos entre ellos. Otro requisito es la
reestructuración de ciertos sistemas que dividen y son improductivos
para un beneficio duradero del conjunto, ya que el campo de acción,
gradualmente y por regiones, debe eventualmente estar enfocado hacia
todo ámbito, tanto local como mundial. De nuevo, como ningún problema
humano grande halla solución exclusivamente provincial o nacional, las
brechas económicas, las violaciones a los derechos humanos y civiles,
los problemas migratorios, ecológicos, atmosféricos, de tráfico de armas
y drogas, el abuso de mujeres y niños, la discriminación contra las
minorías, los acuerdos comerciales, el suministro y justa distribución
de recursos y energía, las necesidades de salud básica, la transferencia
de capital, el transporte y las comunicaciones, la transparencia
económica y política, son todos asuntos que no terminan en las fronteras
nacionales y no son solucionables con enfoques nacionales. Requieren
acuerdos, consulta y acciones en los panoramas locales, nacionales y
mundiales.

La segunda parte del paradigma de nuevo tiene una
base moral. Estos problemas son solamente síntomas de un mal moral
subyacente que muchos están renuentes a admitir. Las soluciones han
sido parciales y defectuosas porque los tratamientos son específicos
para aliviar síntomas. Así no pasan de ser paliativos fraccionados y
muy costosos, mientras nosotros permitimos que el más profundo malestar,
la crisis espiritual y moral, continúe corroyendo el cuerpo social y
político de las naciones.

He dedicado muchos párrafos a las identidades
económicas y a los prejuicios de clase, porque en nuestro propio medio
latinoamericano y en mucho del mundo este un aspecto predominante de la
identidad. El sentido de pertenecer a una clase rica, media o pobre y
sus sensibilidades de orgullo o ofendido no es una identidad que sea
productiva para crear unidad o soluciones reales. La identidad de
"nosotros somos pobres y por lo tanto explotados por los ricos, y
queremos recuperar lo que se nos ha quitado", o, "nosotros somos los
ricos y los administradores y motores necesarios de producción, de
manera que tenemos la función de administrar la sociedad", de ninguna
manera nos acerca más a las soluciones. En todos estos resentimientos y
osadías perdemos las virtudes humanas, perturbamos los sentimientos
humanos y obstruimos la unidad humana. Como la salud del cuerpo depende
de la integración, armonía, y el vigor del espíritu que une todos sus
órganos, así la prosperidad del mundo está más conectada con la
integración de sus segmentos y con el ejercicio de estas virtudes
espirituales de lo que imaginemos. El comentario de un distinguido
economista, de que la mayor causa del atraso de los países pobres es la
corrupción, indica los efectos de la carencia de tal relación.

La identidad de clase es tan profunda, tan enraizada,
a pesar de ser tan miope y voluble, que siento la necesidad de desafiar
sus más comunes premisas. También siento que es necesario proponer
alternativas a esta particular definición de adversarios. De nuevo pido
su indulgencia y honesta meditación.

Identidades Étnicas

Habiendo considerado las identidades religiosas,
ideológicas políticas y socioeconómicas consideraremos ahora las
étnicas. Prefiero la palabra étnica porque "raza" es un término de dos
sentidos, En un sentido, los etnólogos han dividido la humanidad en
tres "razas", caucásico, asiático y negro, y cada uno en un sin número
de subgrupos étnicos y milenios de mestizajes. El otro sentido es un
tanto obsoleto, ya que los descubrimientos genéticos han establecido que
todos pertenecemos a la raza homo sapiens-sapiens.

Los conflictos étnicos que han producido tanta
división, explotación y violencia en la historia, en años recientes se
había declinando en muchas regiones, o así pensaba, hasta su
resurgimiento desde el fin de la Guerra Fría. El resurgir de la
violencia y la "limpieza étnica" en los Balcanes, los genocidios y
matanzas tribales constantes en África Central, el Sureste de Asia, el
Medio Oriente, las anteriores repúblicas soviéticas, el Pacífico y en
las Américas, han tomado a muchos por sorpresa. Importantes naciones y
organizaciones no saben como responder. En cada región todavía
persisten estereotipos y prejuicios étnicos o tribales que obstruyen las
funciones de los gobiernos, y cada una de éstas tiene sus peculiares
motivos de queja y antecedentes históricos. Algunas están entremezcladas
con prejuicios religiosos, con resentimientos por pasadas abusos, y sus
ofendidos quieren que el mundo conozca sus quejas por tanto tiempo
ignoradas o vistas con indiferencia. Al grado que el público en general
haya reconocido las contribuciones culturales de diversos grupos,
algunos de estos resentimientos habrían disminuido. No hay duda que el
sentido de la solidaridad humana y la apreciación por la diversidad han
avanzado. Pero, como tristemente hemos observado, un incidente, un acto
insensato o apasionado, una obsesión de un demagogo para lograr puntos
explotando estos resentimientos, puede encender la chispa que borre
todos los avances y libere pasiones inhumanas.

En general, parece que en esos lugares en que ha
declinado la violencia etnia, los pueblos toman nota de sus estragos y
deciden que es mejor aprender a vivir con la tolerancia. Los aspectos
más repugnantes del prejuicio étnico - religioso se han dado a conocer
ampliamente, y han generado suficiente reflexión para evitar estos actos
en otras partes. Cuanto de esto es un paliativo y cuanto es permanente,
sólo el tiempo lo dirá. Una cosa es clara, dichos prejuicios y actos
son inaceptables en este tiempo de concentración de poblaciones y sólo
sirven para intensificar los resentimientos históricos.

Es obvio en aquellos lugares donde perduren tales
resentimientos que las posibilidades de paz son remotas. Las
soluciones para los males de siglos piden la participación de todas las
partes. Requieren que se olviden las mutuas ofensas y también que se
logre el arrepentimiento de ambas partes, y esto sencillamente no va a
ocurrir sin un dramático desafío, la promesa de sanciones severas y
recompensas grandes, y/o una mutua transformación de carácter. Dicha
transformación tendrá que convencer a las partes que la armonía y el
perdonar ofensas ofrecen beneficios muy superiores que la continuación
de hostilidades. Mientras tanto, los mediadores abrigan la esperanza
que aún las treguas forzadas puedan permitir cierta calma y
cicatrización, sabiendo bien que puedan ser sólo paliativas pero no la
paz permanente.

No hay duda que en escalas pequeñas hay señales
alentadoras de iluminación y progreso. Un comentado incidente en 1989
sirve de ejemplo. A una estudiante de educación secundaria, la hija de
un padre blanco y una madre áfrico americana en Carolina del Norte, se
le exigió que llenara un formulario en que se le preguntaba cual era su
raza. Ella dejó la pregunta en blanco y cuando las autoridades dijeron
que este dato era necesario por razones estadísticas, ella explicó: "Si
escribo una estoy negando la herencia de la otra. Estoy orgullosa de lo
bueno en ambas herencias". Así ganó la simpatía de muchos, incluyendo
de antropólogos que afirmaron que el término "raza" en realidad no tiene
sentido en un mundo tan mezclado por milenios de conquistas, migraciones
y otros encuentros y mestizajes de pueblos diversos. Aun el oprobio y
la prohibición de la mezcla de razas en algunas partes de los Estados
Unidos y en África del Sur de durante la primera mitad del siglo
veinte, se está desvaneciendo ante la aceptación del matrimonio entre
gente de diferente color, grupos étnicos y culturas, lo cual augura bien
para el eventual abandono de estos prejuicios. Algunos han hecho la
observación de que este proceso en sí será la mayor contribución de
todas hacia el cambio de tales actitudes. Solamente los más enardecidos
e ignorantes racistas dejan de reconocer que la obsesión de raza ha
producido disparates. Por ejemplo en algunos estados, la "raza" era
determinada por criterios de que, si una persona tiene un octavo de
negra y siete octavos de blanca, esa persona sería clasificada como
"negra".

Talvez la más biológicamente pura "raza" en el mundo
es la de los aborígenes de Australia, y aún allí hay una incrementada
mezcla con otras gentes. William Leaky, el conocido antropólogo de
Kenia, asegura que solamente hay una raza humana y que esto ha sido
sólidamente confirmado por el análisis del código genético. La
Humanidad, aún para aquellos que no quieren admitirlo, es el producto de
milenios de mezclas de "razas".

Con estos descubrimientos, podemos lamentar tanta
crueldad y sufrimiento que se han justificado con falacias "científicas"
como la eugenesia y frenología, más experimentos selectos con
enfermedades, en nombre de la superioridad de una raza sobre otra.
Aunque uno puede detectar en algunos casos de vista si alguien es de
origen caucásico, africano u oriental, esto no hace diferencias
genéticas cuando lo minúsculo de nuestro ADN define nuestro color de
piel o de ojos, nuestro tipo de cabello, mientras que otros factores
como nuestra inteligencia, carácter, habilidades sociales, creatividad y
talento artístico y susceptibilidades comunes a todos los grupos
humanos, son determinados por muchos miles de genes. No hay indicación
de superioridad o predominio en estos factores por raza. Son las
presiones y tradiciones culturales que determinan la selección,
dirección y el uso de las capacidades humanas, y la cultura es
transformable.

Aún más, Guy Murchie afirma que todos los humanos son
primos entre sí dentro de cincuenta grados de consanguinidad. Explica
que uno tiene dos padres, cuatro abuelos, ocho bisabuelos, dieciséis
tatarabuelos, y que si extrapolamos esto al cincuentavo poder, el número
de descendientes excedería la población del planeta. [50]

Los antropólogos y etnólogos afirman lo que muchos
intuyen: que la endogamia, o sea, el apareamiento de muchas generaciones
dentro del mismo grupo tribal o étnico, tiende a producir más defectos
genéticos que el apareamiento fuera del grupo propio. Michael Leiris,
antropólogo del Musee de l’homme de Paris, escribió durante los años
cincuenta del siglo veinte que entre los hijos de grupos étnicamente
mixtos hay una tasa mayor de inteligencia y de genio que entre hijos de
parejas del mismo grupo étnico. Es sabido que Alejando Dumas padre, y
que Alejandro Pushkin, dos de los más grandes genios de la literatura,
por ejemplo, tenían abuelas africanas negras. Los insumos raciales y
étnicos no tienen relevancia en cuanto a capacidad intelectual o
artística.

También es sabido que las más grandes civilizaciones
urbanas han sido engendradas por la interacción de pueblos de diversos
orígenes e ideas. Las culturas antiguas de Egipto, del Valle Indo,
Persia, Mesopotamia, Grecia, Alejandría y Roma prosperaron dentro de un
alto grado de mezcla e intercambio entre tribus y pueblos. Los
instrumentos del intercambio incluyeron las conquistas y la esclavitud,
el comercio o las migraciones, pero la pureza tribal de estas
civilizaciones no era la regla. Lo mismo ocurre en las cruces
culturales, los efectos de tales mezclas puedan crear una creatividad,
la emancipación del espíritu humano y nueva confianza en los poderes
humanos. Los prejuicios personales y culturales sólo producen
complejos, alienación y atrasos. Un ejemplo de la mezcla de muchos
pueblos y culturas se halla en México: la rica pintura, música, danza,
literatura y arquitectura de México no surgió sola de raíces puras, sea
de España, con sus propios insumos celtas-ibéricos, romanos, visigodos,
e islámicos; o de diversos pueblos indígenas de América con sus antiguos
y diversos orígenes asiáticos, sino de la fructífera y dinámica fusión
de muy distintas culturas, cada una de múltiples contribuciones.
Culturalmente, México es una de las más interesantes y creativas
sociedades del mundo. La "purificación" de culturas o pueblos, después
de estos contactos, mezclas y estímulos., no es ni posible ni deseable.

En realidad todas las naciones se están volviendo
altamente heterogéneas y ninguna puede ya insistir en la pureza de sus
raíces o en el monopolio de una etnia en particular y la transmutación
de etnias tiene mucho análogo con la migración de ideas. Como Fernando
Savater astutamente afirma: "Lo que los etnomaníacos llaman etnias
originalmente puras no son más que mestizajes cuyos claves han sido
olvidadas o disfrazadas. El ‘origen’ hay que inventarlo constantemente
a partir de aquello que en el presente se quiere excluir o rechazar." [51]

En su libro "Identidades Asesinas", el autor francés
libanés, Amin Maalouf, nos advierte de lo dañino de "los riesgos de
la exacerbación de la identidad, que se da cuando se obliga a un ser
humano a optar por una sola de sus identidades, con la consiguiente
supresión de su pertenencia a otras". [52]

Este aspecto negativo de la identificación étnica,
regional, sectaria o nacional es un proceso que concientemente excluye
la gran diversidad de influencias que nos han formado como seres humanos
a lo largo de la historia. Maalouf añade:

"La necesidad de construir nuevas identidades
personales desde la niñez, y en toda la vida adulta, implica un paciente
e intenso proceso educativo, que rebasa la idea de las pertenencias del
estilo tribal a razas, partidas, religiones, etcétera. Sólo estarán
completas nuestras identidades si reconocen todas las aportaciones que
debemos a los otros, así como las propias luces de aquellos con quienes
podemos identificarnos aunque no formemos parte del mismo grupo".[53]

Soy un admirador de la cultura maya y tengo muchos
amigos que se identifican con ella. Sin embargo, empiezo a sentirme
incómodo cuando oigo decir que uno tiene que tener "sangre maya" y que
uno debe excluir todas las demás influencias y contribuciones para
apreciar su grandeza. Cada persona que se identifica así con una sola
cultura puede alegar lo mismo. Leí de una mujer en Gales que rechazaba
todo lo que no era de origen Celta y no aceptaba las contribuciones de
los Romanos, Viquingos, Daneses, Anglo Sajones, Normandos y los otros
más recientes pueblos y culturas que ella consideraba entrometidas y
contaminantes en su ámbito. Maalouf de nuevo advierte:

"De lo contrario, seguiremos armando a aquellos
que rechazan la mediación y la sensatez a la hora de los conflictos. La
mayor parte de las contiendas internacionales recientes, se deben a
luchas de identidades tribales contrapuestas. Ejercer y asumir las
múltiples pertenencias de cada quien, ayudará a la tolerancia y a tender
puentes con quienes, lejos de sernos adversos, son indispensables para
construir la democracia".[54]

El Caso del Islam

En todas partes del mundo hay aspectos externos de
identidad que son muy particulares. Por ejemplo Bernard Lewis declara en "Las Múltiples Identidades del Medio Oriente", que los tres
enfoques de identidad en esta agitada parte del mundo, son la sangre, el
lugar y la fe. Esta combinación ha producido efectos confusos y
contradictorios que militan contra la resurgencia de la cultura
dinámica, tolerante y creativa del Islam en sus siglos tempranos. Los
centros de apogeo de la civilización islámica nunca fueron homogéneos.
Lewis afirma que el mundo árabe no es, ni nunca ha sido, sinónimo de
mundo islámico, que la conciencia nacional es muy inestable e
inconstante y que, por ejemplo, la nación Palestina nunca existió antes
del concepto actual como resultado del conflicto con Israel. Si hace
cien años se le hubiera preguntado a un ciudadano de Jerusalén o Jaffa
sobre su identidad, él hubiera respondido, "Yo soy un musulmán de
aquí".[55]

Pero es claro que el mayor y más exitoso imán en esta
región era el Islam, que no discriminaba entre pueblos, culturas, razas
o creencias previas, especialmente si aceptaran su confesión. Aunque se
extendió en parte mediante conquistas de extensas regiones, parte de su
temprano éxito se debía a su tolerancia y aceptación de los pueblos en
igualdad. En lo que se refiere a tolerancia religiosa, Mahoma y Ali
dejaron claras instrucciones acerca de los "pueblos del Libro": judíos y
cristianos, en que sus propios fieles deben tratarlos con deferencia y
buena voluntad en todos los territorios musulmanes, ayudarles a
construir sus iglesias si fuese necesario y eximirlos de obligaciones
militares a cambio de un impuesto moderado. Si un hombre se casaba con
una mujer judía o cristiana, no debía forzarla a que cambiara su fe.
El aspecto externo de la "jihad" (lucha) se aplicaba a los politeístas
cuya barbarie los hacía ferozmente resistir y traicionar el avance del
Islam, con su monoteísmo enfático y civilizador. Si estos politeístas
aceptaban la nueva causa tenían que ser tratados como iguales, si se
oponían, debían ser conquistados e inducidos a aceptar el Islam.

Pero la más importante "Jihad", tenía el sentido de
la lucha interna de cada creyente para llegar a ser sumiso a la voluntad
de Dios y resistir los defectos humanos. Islam significa "sumisión" a la
Voluntad de Dios y se caracterizaba por un estricto monoteísmo y
dedicación a las enseñanzas del Corán, que claramente aceptaban como
inspiradas por Dios las misiones de los profetas hebreos y de
Jesucristo. Esto, con la instrucción coránica de buscar conocimientos
"hasta de la china" y que esta búsqueda era una obediencia a Dios,
produjo un aumento dramático en el aprendizaje, el conocimiento y la
aceptación de las ciencias, sin importar su origen, y al principio, el
Islam practicó un alto grado de tolerancia y justicia en su gobierno de
las poblaciones muy heterogéneas. De nuevo, no es ningún secreto que
multitudes de judíos y cristianos del siglo siete al catorce que no se
convirtieron al Islam, prefirieron vivir bajo los regímenes islámicos
más tolerantes y benignos, que bajo muchos gobernantes cristianos. Las
fallidas Cruzadas ("la invasión", para los árabes) del siglo once al
trece, fueron choques y encuentros entre incultos cristianos europeos y
una cultura islámica súbitamente superior. Estos ultrajes,
especialmente la despiadada masacre de todos los musulmanes y judíos de
Jerusalén, por los "cristianos" en la Primera Cruzada, todavía, después
de diez siglos y sus vastos cambios, despiertan profundos resentimientos
en los pueblos árabes y musulmanes.

Pero desde el caótico siglo catorce a la fecha, los
papeles fueron gradualmente cambiados y la cultura del occidente se
volvió más emancipada, absorbente y dinámica en cuanto a
descubrimientos, organización, educación y disciplina, lo que lo llevó
gradualmente a asumir el papel dominante en el mundo. Mientras tanto, el
Islam se estancó ensimismo con sus resentimientos y en fieras luchas
entre sus propios cismas, etnias y sus rivalidades dinásticas. Pero es
universalmente reconocido que muchas de las semillas de la emancipación
del Occidente fueron plantadas por el Islam. Las civilizaciones nacen,
prosperan, cosechan y lentamente agonizan y ceden el dinamismo a otros.

Con los apasionados cismas y las luchas políticas
dentro del Islam, se ha perdido mucho poder de este imán, su fuerza
civilizadora y su dirección, sosteniéndose a si mismo sobre algunas de
sus creencias, sus leyes de la oración diaria, el ayuno, las
peregrinaciones y su estricto monoteísmo y. los recuerdos de su
luminoso pasado. Pero este mismo apego a su pasado alimenta un fuerte y
duradero resentimiento contra los siglos de insultos, tanto de las
Cruzadas como de las tragedias de la persecución y retirada musulmana
bajo regímenes cristianos de Iberia e las islas del Mediterráneo. El
posterior dominio colonial europeo de los siglos diecinueve y veinte,
agravó su amargura. Lewis hace ver que este tenaz resentimiento
islámico colorea su resistencia hacia el nacionalismo, la democracia, el
socialismo, y especialmente el sionismo, que considera imposiciones del
Occidente. Después de las decepciones y fracasos del nacionalismo
secular árabe al caer el Imperio Otomano, los frustrados
fundamentalistas se volvieron sus añoranzas hacia las glorias del
pasado, y sus resentimientos al Occidente "Crucero" para tratar a
reestablecer la antigua ley Sharía musulmana y el regreso de su viejo
imperio islámico. Estos anhelos se han visto frustrados por los
nacionalismos seculares, musulmán sólo en nombre. Muchas de sus
naciones son vistas por los islamistas como acomodaticio con el
Occidente, no sólo aceptando sus mercados y sus inventos, sino
adaptándose a sus estilos de vida.

Todas estas cosas, los antiguos y tenaces
resentimientos contra el Occidente agresivo, los resentimientos contra
el colonialismo occidental (principalmente de Inglaterra y Francia) que
lleno el vacío político al caer el Imperio Turco al final de la Primera
Guerra Mundial. Esto resulto en la formación de 19 naciones pobremente
administradas y a la deriva. Aparecieron los resentimientos contra las
administraciones nacionalistas seglares que suplantó al dominio
colonial. Estos líderes nacionalistas árabes fueron acusados por los
islamistas de "venderse" al Occidente, y sus propias animosidades
sectarias y diferencias étnicas internas, han creado un fanatismo
agresivo que ahora amenaza al mundo. La tragedia del Islam es que en
sus resentimientos contra el Oeste, ha perdido su propia amplitud,
unidad y cohesión, y uno se pregunta sobre cuál es la mayor batalla,
contra el Occidente o entre sus propias sectas y segmentos.

Ya que no es fácil separar la fe de la identidad
étnica en estos conflictos, los colocó bajo identidades
étnicas-sectarias. Irak, por ejemplo, tiene significativas poblaciones
regionales de kurdos sunitas, musulmanes chiitas, cristianos asirios,
caldeos, y armenios, (muchos de estos últimos han emigrado)
azerbaijanos, palestinos, lures, descendientes de los turcos, así como
los dominantes árabes sunitas. Pero habiendo perdido por tanto tiempo
su antigua unidad e importancia bajo los califatos y dinastías
islámicas, así como su independencia y orgullo bajo siglos del dominio
otomano de Estambul, (antigua Constantinopla), luego bajo administración
europea durante varias generaciones, seguido por la independencia,
habiendo caído bajo el dominio de una autocracia nativa sunita
cuasi-socialista, rica y poderosa en ingresos por el petróleo, que a su
vez se había perseguido a sus propias minorías, aún a los extremistas
islámicos. y vecinos. Las sospechas de los poderes del Occidente,
especialmente los Estados Unidos, que tal régimen era una amenaza para
el mundo, abrió un nuevo capítulo en la antigua y trágicamente confusa
rivalidad entre el Islam y el Oeste. Una justa comparación del daño al
Islam de parte del Occidente, contra el daño impuesto por sus propia
divisiones, resentimientos, pasiones y debilidades, depende mucho de la
objetividad del observador, pero los dos aspectos merecen examen crítico
y culpas. Uno puede ver cuan corrosivas pueden ser estas
frustraciones para las masas de jóvenes inquietos urbanos, con poca
educación y empleo en la mayoría de naciones musulmanas, que fácilmente
son inducidas a culpar a todos los demás por sus condiciones y sus
pérdidas de orgullo, y que así son blancos al proselitismo del Islam
militante.

Una peculiaridad de las identidades del Medio Oriente
tiene relación con los extraños conceptos del tiempo. El reloj y el
calendario solar europeo tenían mucho menos aceptación en las culturas
del medio oriente que en el occidente. Para muchos de sus pueblos es
como si las Cruzadas de hace nueve siglos hubiesen ocurrido ayer.
Bernard Lewis menciona que el asesino de Anwar Sadat en Egipto, después
de su acción, gritó: "¡He matado al faraón!" Aunque los tenaces
y resentidos recuerdos también han producido gran daño en los Balcanes,
adonde la derrota de los serbios en la batalla de Kosovo en 1389 d.C.
todavía es invocada para fines de venganza, y en Irlanda, el Cáucaso, y
en muchos otros lugares, es aún más pronunciado en el mundo musulmán.

Al mismo tiempo, la mayoría de los pueblos de
Occidente han hecho la paz y relaciones cordiales con sus adversarios de
la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) y aún de guerras locales más
recientes. Todos estos recuerdos tenaces representan el lado oscuro de
fijar las identidades en sangre, lugar y credo, combinado con
animosidades irresolutas que han estado agravándose por generaciones.

Las identidades lingüísticas

En cuanto a las identidades lingüísticas, Lewis
menciona que esto es menos crucial. En todas partes de lo que era el
Imperio Otomano Turco uno encuentra muy curiosas mezclas de lenguaje y
de escritura. Hay abandonadas iglesias griegas con inscripciones turcas
en caligrafía griega, sinagogas con inscripciones arábigas en letras
hebreas, así como otras iglesias cristianas con inscripciones arábigas
en letras siríacas. En esta región el lenguaje raras veces es un tema
de identidad fuerte, (en el Oeste el caso de Québec es una excepción
relacionada con otros prejuicios nacionalistas y religiosas). Después
del fin del dominio e influencia islámica en España a finales del siglo
quince, algunos musulmanes y judíos dispersos continuaron escribiendo el
español con caligrafía arábiga. El yiddish y el ladino son versiones
del alemán y del español respectivamente, escritos en letras hebreas.
Todavía, cinco siglos después de su expulsión de España, podemos
encontrar enclaves de judíos sefarditas en Turquía, Marruecos e Israel
en donde una versión de español del siglo quince todavía se habla en el
seno familiar. El lugar de origen, la sangre y la fe son todavía mucho
más fuertes que la lengua como enfoques de identificación. Mario Pei
escribe en este contexto: "Es anticientífico en extremo establecer
alguna asociación entre el origen racial y el lenguaje, aún por
insinuación, como cuando las gentes del siglo diecinueve hablaban de una
raza "mongólica" y de idiomas "mongólicos".[56] En lenguaje, la humanidad tiende a ser muy pragmática.

El rol de prejuicios heredadas

No solamente en el Medio Oriente sino también en casi
todas las regiones, la cuestión de identidad externa tiene sus propios
muy contradictorios e idiosincrásicos aspectos. En todas las áreas
encontramos pasiones irresolutas debido a la persistencia de prejuicios
heredados. La insistencia en la identificación limitada a tribu, etnia
y lugar de origen ha traído a su paso consecuencias trágicas. Parece
obvio que estas identidades deberían buscar motivos más positivos para
su lealtad. En lugar de adoctrinar a sus hijos y a otros sobre cuan
malo, o aun totalmente despersonalizado, es el adversario, como lo hacen
los fanáticos, podrían mejor descubrir aquellas facetas positivas de sus
propias culturas que pueden ofrecer al resto del mundo. Cada uno de
estos grupos étnicos tienen atributos y características loables que vale
la pena conservar, y la humanidad sería más rica por su contacto con
ellas. Pero tantas gentes continúan persuadidas por los recuerdos y
fetiches que, si los analizamos cuidadosamente, son imitaciones ciegas
de tradiciones y animosidades veneradas por su antigüedad. Su consigna
parece ser: "Aquellos siempre han sido nuestros enemigos y nuestra
animosidad hacia ellos es parte de nuestro inolvidable pasado".

Es ahora el momento para un autoanálisis: ¿Cuál es el
bien que han producido estos recuerdos llenos de resentimiento y
venganza? ¿Cuáles frutos de tranquilidad, paz y refinamiento de cultura
y carácter personal han engendrado estos odios y vendettas? Acepto que
uno pueda querer pertenecer a algo definido y rico y que el
adoctrinamiento desde edad temprana pueda hacerse para dejar trazas
duraderas de una identidad específica que tiene valor cultural, que no
necesita conducir al odio o la violencia. Pero cuando el prejuicio y el
odio entran en la ecuación nos llevan casi inevitablemente hacia esas
atrocidades que pueden borrar cualquier apreciación de lo bueno y lo
bello en estas culturas. La venganza es una pobre excusa para la
lealtad étnica, y puede dañar la reputación de todo lo que es de valor
en una cultura.

¿No es posible pertenecer a algo por lo que es bueno
y bello? Las culturas occidentales, ahora tan comercializadas y casi tan
corruptas como las otras, y cuyo más venerado dios es el dinero, no son
de mucha ayuda en este proceso positivo, ya que muchos de sus propios
aspectos buenos y bellos están siendo depreciados por el materialismo y
la manipulación comercial de casi todo. La humanidad parece estarse
hundiendo en una cultura amorfa y embotadora de adquisición y
consumismo, sin ningún propósito más profundo o más altruista, sin
definición o dirección positiva. Lo mejor que podemos decir es que por
lo menos el comercio debe promover un contacto más pacífico que las
pasiones y prejuicios.

Identidades Vocacionales

El nuevo paradigma profundamente afecta todas
nuestras identidades adquiridas. No solamente de nuestros grupos
étnicos, nuestros credos y clases sociales, sino también todas las
vocaciones y profesiones que ahora están pasando por cambios
tumultuosos. Hay jefes de estado, militares y líderes de pensamiento
que abogan por un cambio radical en la función de las fuerzas armadas y
una estricta vigilancia internacional sobre el comercio de armas, más la
necesidad de terminar con las guerras mediante un régimen de leyes y del
desarme universal que son imperativos para evitar una masiva y mutua
destrucción en que nadie saldrá triunfante. Hay médicos que han
abandonado sus prejuicios por los sistemas alternativos de curación y
tratamiento, y quieren ahora enfocarse más en el mantenimiento de la
salud antes de otras consideraciones, aún sus propios ingresos. Hay
economistas que admiten el significado de los factores emocionales y
morales en asuntos y decisiones económicas. Hay agricultores, (y no
debemos olvidar que ésta es la más vital actividad económica de todas),
que buscan diversificar las cosechas, probar nuevos productos y métodos
orgánicos para eliminar el uso de tantos tóxicos para el bien de
generaciones futuras, y que están investigando mejores maneras de atraer
y premiar a aquellos que trabajan en el campo. Hay educadores cuyos
conceptos de enseñanza-aprendizaje y de su papel como facilitadotes es
de la participación, han cambiado mucho desde mis años como estudiante y
como maestro, y que también estima la importancia de la formación
espiritual del carácter del educando. Hay abogados que asesoran a sus
clientes para que dependan menos de litigios entre adversarios, y que
dan prioridad a la consulta para resolver conflictos. Hay arquitectos y
constructores que buscan una armonía consciente entre el desarrollo
material y el ambiente, aún con sacrificios de sus propias ganancias
personales, comprendiendo que la depredación ambiental puede conducir a
la pobreza colectiva.

Hay posibilidades de que los lugares de empleo se
extiendan hacia oficinas en el hogar y aún hacia pueblos más remotos.
Los efectos del nuevo paradigma para servir mejor al cliente con nuevas
técnicas de procesamiento de datos, han afectado enormemente el trabajo
de ejecutivos, contadores, vendedores, aseguradores, arquitectos,
dibujantes, especialistas en transporte y logística, banqueros,
planificadores financieros, químicos, cocineros, mecánicos,
profesionales en las otras ciencias y tecnologías, hasta que todos han
tenido que aceptar que su campo de acción ha sido transformado
dramáticamente. Aún los trabajadores especializados requieren constantes
actualizaciones en sus funciones y tecnologías. Aquellos que no están
dispuestos o equipados para adaptarse, se quedan atrás.

Ninguna cultura, negocio o profesión humana ha
permanecido nunca estática, pero ahora la velocidad del cambio no tiene
precedentes. El artesano que regresaría a su taller como antes, el
ebanista que sintió gran orgullo en su oficio, el tejedor de textiles
finos que siente nostalgia por los procesos de antaño, sufren en algún
grado debido a las limitadas oportunidades de mostrar sus habilidades y
prosperar de ello. Aunque debería haber amplia oportunidad y admiración
por estos expertos en oficios artesanales, es evidente que en nuestros
tiempos el espacio y el mercado para tales habilidades ya no son como
antes. Este no es el primer gran salto de cambio de esta clase, aunque
puede ser el de mayor dimensión, ya que no solamente afecta a las
naciones industrializadas sino también a las naciones en vías de
desarrollo. Hay muy pocos talabarteros y herreros ahora. Se dice que
el 60% de las vocaciones actuales no existían antes de la década de los
mil novecientos sesenta. La gente cambia su identidad vocacional, busca
maneras y lugares en los cuales sus habilidades pueden ser más
productivas en algún nuevo oficio, con frecuencia en industrias y
talleres mayores y menos personalizados. Las oportunidades de empleo
están siempre cambiando, y esto debería servir para evitar concentrarse
en una vocación demasiado especializada. Parecería que si la educación
es constante e incluye la formación de un pensamiento y análisis
flexible y desarrolla más los aspectos de nuestra identidad interna,
mejor podemos adaptarnos a dichos cambios.

Confío que siempre existirán oportunidades para las
habilidades artísticas y artesanales, y que éstas siempre tendrán acceso
a mercados y demanda local y mundial. Inclusive me atrevo a pensar que
habrá una eventual correctiva a las economías masivas de producción y
distribución, y un renovado énfasis en la calidad y personalización que
puede prosperar tanto en menores como mayores escalas. A pesar de la
expansión obvia, inevitable y totalmente realista hacia una
interdependencia planetaria de las economías y finanzas, que, si son
sabia y justamente reguladas, podrían llevar mayor prosperidad a
mayores regiones y niveles. Por eso, creo que el crecimiento ilimitado
y el poder de las multinacionales llegarán a un tope. Como lo veo, y
contra las tendencias actuales, pondremos mayor énfasis en la calidad y
en negocios y economías locales tanto como internacionales y en la
salud, prosperidad y espacio económico de las comunidades locales, sin
estorbar sus accesos mayores e internacionales. Esto parecerá necesario
y complementario en un futuro en que la humanidad habrá por fin
abandonado su obsesión con la lucha competitiva para la supervivencia
del más grande o fuerte, que es una ley para los animales pero no para
el hombre.

La Identidad Masculina y Femenina

Uno de los más injustos prejuicios entre todos es el
que por milenios ha clavado a las mujeres en una posición de
inferioridad en todo lo que es intelectual, administrativo y social en
la civilización. Durante este largo período la mujer era considerada
incapaz de ocupar vocaciones o profesiones de las cuales, en las
generaciones recientes, ella ha probado su gran competencia. Durante
siglos, siempre que las mujeres demostraron tener dichas habilidades, se
les tildó de estar poseídas por demonios, aún hasta condenarla a la
hoguera. Ahora es obvio que estos prejuicios estaban basados en la
superstición y en la ignorancia. La devaluación de su importancia y la
denegación de igualdad en educación, oportunidades y condición ante las
leyes y costumbres, las limitaron a la competencia sólo en los oficios
domésticos, conyugales, maternales, o como objetos para el placer de los
hombres.

No podemos negar que, en gran parte, este dominio
masculino estaba justificado en unos versos de las religiones del
pasado, y ha colocado a las mujeres un rol subordinado. Se puede
argüir que esto era necesario en las más primitivas y agresivas etapas
de la evolución social. Pero estas mismas escrituras han indicado la
posición sublime de ciertas mujeres, talvez como una señal de su gran
potencial y eventual emancipación. La veneración de mujeres como Sara,
Aseyeh, Kuan Yin, la Virgen María, María Magdalena, Fátima (la hija de
Mahoma), Tahireh, la poetisa mártir de la Fe de El Báb y Bahiyyih Khanum,
la heroica y ejemplar hija de Bahá’u’llah, nos han dado modelos en cada
una de las religiones universales, de la extraordinaria fuerza
espiritual y dotes mentales de su sexo. Los Fundadores de estas
religiones mostraron, con su deferencia y compasión, el mismo respeto
hacia estas mujeres como hacia sus discípulos masculinos. Los
arraigados hábitos a través de las épocas, basados en tradiciones
judías, ciertos comentarios de Pablo e interpretaciones de teólogos
misóginas del Islam entre otros, fueron las bases para la discriminación
clerical durante siglos, y aún hasta nuestro tiempo.

Durante siglos muchos judíos ortodoxos diariamente
oraban, "Bendito eres Señor, nuestro Dios, porque no nací mujer".
Frases similares han dominado las historias de otras religiones. En el
Código de Manú, (un legislador semi-mitológico del hinduismo)
encontramos: "En la niñez una mujer debe someterse a su padre; en la
juventud a su esposo; en su viudez a sus hijos. Una mujer jamás debe ser
liberada de la sumisión".[57] William Lecky escribe sobre los grados de censura, aún la
auto-castración de unos los Padres de la Iglesia, a la mezquina
aceptación del acto sexual, aún dentro del matrimonio sólo con el
propósito de procrear, con el otro extremo de licencia sexual dentro de
los monasterios y órdenes, especialmente desde el siglo ocho al catorce.
Al mismo tiempo que otros religiosos escribieron sobre estos escándalos,
invocando anatemas contra el matrimonio de los sacerdotes, y aún
mordaces diatribas contra las mujeres como tentadoras del diablo.[58] Aunque estos prejuicios son insostenibles ahora, todavía hay
persistentes vestigios de costumbres, como el sistema de dotes y la
inmolación de la viuda con el difunto esposo en la India, el tan
limitante chador en las culturas musulmanas, la remoción quirúrgica del
clítoris en algunas culturas africanas, y el desprecio general hacia las
recién nacidas hembras en tantos lugares.

Estas herencias son incompatibles con las espléndidas
mentes de la matemática neoplatonista Hipatia, (quien fue brutalmente
muerta por monjes bajo las órdenes de un Obispo de Alejandría), de
Hrosvith, de Eloisa, de Anna Comnena, de Teresa de Ávila, de Sor Juana
Inés de la Cruz, de George Sand, y George Eliot (quienes habían asumido
nombres masculinos para que sus escritos fueran tomados en serio), de
Madame de Staël, de Madame Curie y de las matriarcas como la Reina de
Saba, Cleopatra, Zenobia, Isabel de Inglaterra, Isabel de España,
Catarina de Rusia, Victoria de Inglaterra, entre muchas otras, deberían
haber indicado la capacidad potencial de las mujeres, ya que aún las
masas estimaban sus reinados entre las épocas más felices y vitales de
su historia.

Las injusticias que aún ahora soportan las mujeres a
través del mundo son más obvias cuando consideramos el abrumador peso
que llevan en tantas tareas de baja categoría que sus culturas les
asignan. Hemos sufrido milenios de atrasos por el desprecio la negación
de la educación hacia la mitad de la capacidad humana. Tantas
instituciones religiosas, líderes del pensamiento y sistemas
patriarcales han obstruido el camino y fijado actitudes que todavía
persisten a pesar de tanta evidencia de lo contrario. En la publicación
de las Naciones Unidas "El Estado de las Mujeres del Mundo", podemos
leer:

"Por primera vez en la historia los
ojos del mundo se han enfocado al hecho de que la mitad de la población
del mundo, por un accidente de nacimiento, hace dos tercios del trabajo
del mundo, recibe un décimo del ingreso y posee una centésima de su
propiedad."[59]

Este mismo hecho invalida la pretensión de la
superioridad moral de los hombres. El antropólogo Ashley Montague dedicó
mucho de sus investigaciones en los años cincuenta del siglo pasado, a
probar que en las sociedades donde las mujeres están reprimidas, los
hombres también permanecen subdesarrollados. El siglo veinte ha
demostrado que las culturas más progresistas y educadas son aquellas en
las cuales existe un mayor equilibrio de derechos, oportunidades,
responsabilidades y desarrollo de capacidades entre los dos sexos. La
más reciente de las religiones mundiales, la Fe Bahá’i, afirma aquello
que ninguna otra religión ha podido, por condiciones históricas, afirmar
en el pasado: establecer como un principio religioso fundamental, la
igualdad de las mujeres con los hombres en todo lo que se refiere a
potencialidades intelectuales, científicas, artísticas, sociales y
administrativas. Afirma que en las capacidades afectivas, intuitivas y
de crianza, las mujeres suelen ser superiores a los hombres. Aún
declaran que sin la contribución de las cualidades, talentos y
habilidades femeninas a la par de los hombres, las plenas
potencialidades de la civilización y la paz jamás serán realizadas.

"El mundo de la humanidad posee dos
alas - la masculina y la femenina. Mientras estas dos alas no estén
equilibradas en fuerza, el ave no volará. Hasta que las mujeres logren
el mismo grado que los hombres, hasta que ellas tengan acceso a la misma
arena de actividad, no se lograrán grandes y extraordinarias metas y la
humanidad no llegará a las alturas del éxito posible."[60]

Esto no tiene nada que ver con la
advertencia de que si la mujer se vuelve igual al hombre habrá mayor
anarquía moral. Esta ciertamente ha sido la coartada macho para la
continuación de los mismos dominios masculinos. Pero contradice esta
exacta pretensión de la superioridad de los hombres, ya que coquetea con
la idea que las mujeres más emancipadas tienden a rebajarse al nivel de
irresponsabilidad moral masculina. Esta ha sido usada para evitar su
avance debido a que era visto como el inevitable aumento de
oportunidades de tentación y disponibilidad para los hombres
indisciplinados. En muchos lugares esto en realidad ha ocurrido, pero
no es el propósito del principio de igualdad. La tendencia a limitar
las actividades de las mujeres surge de un antiguo reflejo cultural: ver
a las mujeres principalmente por sus posibilidades de goce sexual o como
engendradoras de hijos, (más que todo hijos varones en sociedades
agresivas y belicosas) y despreciando la mayoría de sus otras
habilidades. Este principio tiene la intención de ver a la persona por
sus cualidades intrínsecas de mente, espíritu y, particularmente,
capacidades que pueden beneficiar a la sociedad y a la humanidad en
general.

Tampoco defiendo las posiciones
militantes del feminismo agresivo. No estamos hablando de las mismas
naturalezas o de funciones específicas que son naturalmente asignadas a
cada sexo. Estamos hablando de las complementariedades de las dos
naturalezas y de las habilidades particulares que las mujeres pueden
ofrecer a la humanidad, y que el mundo tan urgentemente necesita ahora.
El intercambio de sensibilidad social, apreciación cultural,
intelectual y científica, amistades sinceras entre humanos, sin
intimidación sexual, dará a la humanidad las extraordinarias capacidades
que las mujeres pueden ofrecer al mundo, incluyendo la mayor pasión y
juicio para promover la paz.

Aconsejado por un amigo muy ilustrado e
experimentado, no me dirijo a las identidades transexuales o
homosexuales. La razón es que estos temas han llegado a ser tan
polémicas y polarizadas, que algunos juzgarán todo el ensayo sólo sobre
este enfoque.

La Identidad de Edad y Generación

Ahora consideraremos una de las más
absurdas identidades, la de edad y generación. Aunque es tan vieja como
la historia misma, talvez su más notable expresión fue escuchada en las
décadas de los años sesentas del siglo pasado, cuando los rebeldes de
esa revoltosa generación adoptaron la consigna: "Nunca confíes en
nadie mayor de treinta años". El hecho inexorable de que en unos
cuantos años la misma generación rebelde alcanzará a esa odiada edad, no
se les ocurrió en las pasiones del momento, y cuando llegaron a ese
punto, su prejuicio se había menguado considerablemente. Pero los
resentimientos persisten por los defectos y fallos de las anteriores o
recientes generaciones; fallos de no haber leído correctamente las
señales de su tiempo, o de no haber detenido el deterioro ambiental, o
logrado la paz mundial, etc. Si meditamos un poco nos daremos cuenta que
cada generación en el siglo veinte ha contribuido con su aporte a la
gradual agonía de la civilización y al deterioro ambiental. Ciertamente
individuos en cada generación se han mostrado coraje y visión; pero las
generaciones mismas, hasta ahora, no han presentado mucha voluntad
política, decisión o heroísmo para promover los cambios de dirección de
las cosas. El discriminar o rebelarse en contra de aquello a que nos
llegará a ser, es la más miope de todas las actitudes. Nadie escoge su
generación o el momento de su nacimiento, así como nadie escoge a sus
padres o a su grupo étnico.

Hasta ahora hemos analizado algunas de
las identidades principales, secundarias o externas. Algunas son
inmutables, otras sujetas al cambio. Los aspectos predeterminados
tienen que ser aceptados sin complejos o vanidades. Aquellos que
podemos determinar, podemos alterar gradualmente o aún decidir
cambiarlos por otros. Pero debemos también reconocer que hay algunas
bases para la identificación étnica, cultural o nacional que no están
sustentadas por desmedido orgullo, prejuicio o resentimientos. Son
valuadas por la sincera apreciación de lo que es positivo y bueno en
estas identidades y segmentos de la humanidad. Ahora consideraremos los
beneficios de la diversidad.

Parte Tres

La Diversidad y la
Búsqueda de las Raíces

Cuando hablamos de la unidad humana, se debe
comprender que no tiene nada que ver con la uniformidad. En realidad la
unidad, y no la uniformidad, es el principio que rige la creación en
todo organismo viviente que demanda la armónica interrelación entre muy
diversos componentes. Un perspicaz pensador inglés escribe:

"La unidad requiere una diferencia en todas las
cosas. La uniformidad requiere congruencia. La unidad es fuerte,
bella, flexible; la uniformidad es rígida y sin color. La unidad se
logra mediante fuertes lazos de atracción, cooperación, interés común, y
una conciencia de la interrelación de todos los pueblos. Preserva la
cultura nacional, lenguaje, y logros; sostiene las tradiciones locales y
costumbres y repudia la centralización excesiva; no requiere que nadie
se rinde sus lealtades sanas de local y nación. Fija las normas de una
visión más amplia, un alcance mayor, de membresía en la familia humana.
Demanda la contribución de cada nación, de cada parte del mundo a la
gran estructura del templo de la humanidad….La unidad del mundo es el
enlace de todos sus partes componentes en un solo cuerpo, cada uno
ofreciendo una parte de su belleza y valor, para que la armonía
resultante sea la expresión de cada parte mezclado hábilmente en la
fuerza y majestad de una completa sinfonía." [61]

Una faceta de la identificación étnica y cultural
deseable, es reconocer que hay mucho que debemos a nuestros
antepasados. El sentido de la historia y de la apreciación por las
contribuciones del pasado es un ingrediente muy importante en cualquier
sentido de pertinencia. La depreciación o el olvido de nuestro propio
pasado o el ignorar las múltiples raíces de la riqueza cultural de
nuestras regiones, es como la amnesia que puede permitir una uniformidad
cultural sofocante que ciertamente debemos evitar. Del mismo modo que
tarde o temprano un individuo que había sido adoptado en la infancia
querrá saber quienes son sus padres biológicos, todos deseamos tener
algún enlace con nuestros diversos orígenes. Esto no tiene que ver con
ingratitud hacia nuestros padres adoptivos o las muchas contribuciones
culturales que nos componen, ni el rechazo de los diversos insumos que
tienen parte en lo que somos. Es un anhelo por saber más acerca de
donde venimos y una apreciación por sus valiosas contribuciones.

El amor por nuestra cultura o país y la sana
preocupación por su honor, respeto y reputación en el mundo, son dignos
de encomio y deberían ser alentados. Al mismo tiempo, debemos aprender
a reciprocar con debido respeto hacia aquellos que tienen un patriotismo
sano y lazos afectivos por sus respectivos países y culturas. Esta es
una prueba para medir las intenciones de nuestro patriotismo y lealtad.
Si fallamos esa prueba, estamos encaminados hacia un posible chovinismo
o xenofobia, lo que inevitablemente lleva a la animosidad hacia otras
naciones y culturas. Deberíamos distinguir entre los importantes
legados, el valor justo de nuestras culturas y tradiciones y el lastre
de mezquindad y prejuicios que debe ser descartado en estos tormentosos
tiempos. Todo sentido de patriotismo en nuestro tiempo existir dentro
de un contexto de promover y proteger lo que es valioso en cada cultura
para contribuir a un mundo de gran riqueza y diversidad, dentro de
sistema mundial descrito por Alberto Einstein. "de aquí en adelante,
la política extranjera de toda nación debería ser juzgado en todo punto
por una consideración: ¿conduce a un mundo de ley y orden, o nos conduce
atrás a la anarquía y la muerte. [62]

La gran diversidad de costumbres, creencias, artes,
artesanías, música, danza, drama, vestuario, cocina y tradiciones
positivas es un antídoto efectivo contra la aburrida e entumecida
uniformidad de un mundo en camino hacia una cultura planetaria. Esta
cultura será rica o pobre en proporción a la contribución de diversidad
al conglomerado. El olvidar o dejar que perezca lo bueno en estas
contribuciones culturales no es aconsejable, y siento preocupación por
la pérdida de lo singular de las culturas menores, antes de que puedan
ofrecer su contribución a la humanidad.

Esta diversidad puede ser apreciada en las
principales ciudades del mundo, en donde uno puede escoger comer, por
ejemplo: sushi, lasaña, sauerkraut, curry, guacamol, enchiladas, foo
yong, humus, falafels, kebab, borsch, salmón ahumado, hamburguesas o
pupusas, etc. La diversidad en la gastronomía es disfrutada y muy
aceptada. Las expresiones de la música, danza, teatro, literatura,
artes plásticas y vestimenta, así como el genio particular en cada
cultura, buscan su merecido espacio en el mundo. Quizá el mejor gozo
que he disfrutado en un teatro fue cuando, durante los años setentas del
siglo pasado, pude ver al Ballet Folklórico de México, con tantas
diferentes danzas, ritmos, vestuario y temas de regiones y culturas de
ese país. Fue una experiencia embelesadora y recuerdo que sentí un
intenso deseo de que todas las naciones pudieran presentar un
espectáculo semejante. Esto debe ser alentado en todas las regiones
para el enriquecimiento de todo el mundo. La cultura mundial debe ser
de una infinita riqueza y variedad, y no debemos permitir que la
expansión de estas dotes sean anulada ante la agresiva y materialista
cultura comercial, que no enriquece el espíritu o las sensibilidades
estéticas de nadie.

Cada nación y cultura no solamente puede, sino que
debe ofrecer al mundo aquello que es bueno de sus propios legados.
Claro que no todo en cada cultura es positivo, pero yo como persona
particular familiar de varias culturas no soy quien debe hacer una
depuración. Creo que el tiempo y un sentir de lo que nos une y eleva
nuestras sensibilidades podría cumplir esa tarea. Considero que es
altamente positivo que las tendencias hacia aquello que es "nuestro" en
cada entorno nacional tengan esta visión y propósito. Podemos sentir
gran satisfacción cuando nuestras artes, artesanías, tesoros literarios,
los simbolismos de la vida y del cosmos, nuestros hijos e hijas con
habilidades especiales, sean apreciados en otras regiones del mundo.

Pero el insistir en que la cultura con la que nos
identificamos es la mejor, y que todas las otras son intrusas y
negativas, o que sólo las culturas nativas deben ser reinstaladas a
cualquier costo y con exclusión de las otras, no produce beneficio
real. Al grado que el resentimiento sea el motivo detrás de tal
campaña, el resultado será más lucha y contienda. La cultura y la
creatividad no prosperan en una atmósfera de prejuicio y venganza, por
ser forzada y carente de espontaneidad. El cambio es inexorable y casi
todas las culturas han sido intrusas y agresivas en diferentes períodos
de su historia.

Cuando Will y Ariel Durant terminaron de producir sus
siete volúmenes de historia humana, escribieron un pequeño libro llamado
"Las Lecciones de la Historia". En él justificaron la elocuente
confirmación de los antiguos griegos: "Los molinos de los dioses
muelen lentamente, pero muelen extremadamente fino". El tiempo y la
acumulación de conocimiento y experiencia forman en su tiempo un
equilibrio y justicia sostenida sobre los dos pilares de la recompensa y
el castigo, sobre la moderación y el eventual triunfo de la unidad
humana que debe ser vista como su eventual destino. Es interesante que
algunas profecías de los pueblos indígenas americanos antes de la
Conquista, contemplaran las etapas de su conquista y humillación ante
otros pueblos; pero que también tuvieran la visión que después de mucho
tiempo y muchas crisis, la hermandad humana se logrará y entonces ellos
mismos llegarían a ser apreciados y estimados. Esta visión y aceptación
de una nueva fase de iluminación traería honor para ellos ante las
naciones.

El recordar y celebrar lo bueno y positivo de
nuestras raíces no siempre es fácil. Las injusticias y humillaciones
que los indígenas y después los pueblos importados como esclavos desde
la Conquista, y las expropiaciones y privación de derechos que han
sufrido los pueblos indígenas, producen complejos y resentimientos que
dejan cicatrices durante generaciones. Muchos habían sido separados de
sus raíces y la mayoría de recuerdos no fueron positivos. Pero las
actitudes de hace siglos están en retirada y existen no solamente una
creciente conciencia de sus amargos frutos, sino también una creciente
vergüenza entre los descendientes de aquellos que fueron protagonistas
de tanta maltrato e injusticia. Es muy evidente que las actitudes han
cambiado. También estamos concientes que el resentimiento y la baja
auto-estima de tantas generaciones no puede desaparecer en una
generación. No debemos olvidar que cuando un pueblo ha sido tratado
como servil o inferior durante muchas generaciones, bien puede que sufra
el complejo de ser servil e inferior. Con mucha sorpresa hace años
escuché a un iletrado indígena afirmar que Dios dio al hombre blanco el
cerebro, pero que dio a los "indios" el mecapal. Seguramente este
complejo fue producto de una adoctrinamiento mal intencionado. La
discriminación racial o cultural es un fuerte corruptor del espíritu
humano, tanto para los discriminados como para los discriminadores.
Pero de nuevo debemos recordar que aquellos que provocaron las
injusticias, obedecieron los modos de pensar de sus tiempos y
posiciones, y que entre ellos había muy diversas conductas, no pocas de
ellos de bondad y compasión.

Las crueldades de la explotación de pueblos
indígenas, y luego de los esclavos africanos no la podemos borrar de la
historia. Pero tampoco podemos olvidar que entre estas tribus y
culturas mal tratadas, había aquellos que a su vez habían estado
capturando y esclavizando a otras durante siglos. En esas tierras, la
continua explotación del trabajo forzado de niños y menos afortunados
ciertamente debilita la protesta contra las injusticias de hace varios
siglos. La esclavitud y la explotación son males repulsivos,
dondequiera que se encuentren, y difícilmente encontramos tribus,
naciones y culturas que no tienen historias de tales abusos. Los
pueblos dominantes en los últimos siglos ahora no están orgullosos de su
comercio de esclavos y de la explotación de otros pueblos, y los
recuerdos de estos son dolorosos y lamentables en extremo. Pero en
aquellos marcos de pensamiento de siglos atrás, la esclavitud parecía
perversamente aceptable para una mayor expansión de la hegemonía de
reinos, naciones y pueblos. Hace milenios parecía tan natural que ni
Moisés, ni Cristo, ni Mahoma, ni los líderes del pensamiento como Platón
y Aristóteles siquiera sugirieran su abolición, ni mencionaran su fin,
aunque todas alababan la emancipación opcional de los esclavos. En el
presente, gracias a los pensamientos de los últimos dos siglos, la
esclavitud se ha vuelto inaceptable y merecedora de aversión, una triste
reliquia del pasado más primitivo. Las leyes, costumbres y venerables
instituciones cambian y se vuelven inoperantes y obsoletas. También uno
debe recordar que entre los más grandes emancipadores de estas
condiciones fueron aquellos de las culturas colonizadoras que tenían
profunda aversión humanitaria y religiosa hacia dichos crueldades y
abusos. Bartolomé de las Casas, José Simeón Cañas, Horace Greeley,
Harriet Beecher Stowe, Jane Adams, John Browne o Abraham Lincoln son
solamente unos pocos de estos ejemplos. A veces los cambios definidores
de esta evolución pueden parecer muy lentos, hasta aparentemente
estancados. Otras veces, pueden ser abruptos y muy dramáticos, como son
en el presente.

Cuando recordamos que en casi todos las culturas, las
víctimas y pueblos maltratados eran descendientes de tribus que en
tiempos previos conquistaron y maltrataron a otros, nos damos cuenta que
esto ha sido parte de la condición humana en todos los continentes y
durante casi todas las épocas. Debemos agudizar la visión y esperanza
de un eventual triunfo de la justicia y vindicación entre humanos, de
manera que si somos descendientes de explotadores podemos sentir
vergüenza, y si somos descendientes de los explotados, podemos
perdonar. En todo caso, en esta etapa somos todos pueblos en procesos
de mestizaje cultural y étnico y podemos celebrar las interesantes y
ricas historias a las cuales tantos han contribuido. Ya que no somos de
esas generaciones, debería ser más fácil olvidar las ofensas, las
animosidades y los resentimientos. En todo caso estos resentimientos y
complejos solamente nos lastiman y detienen nuestro propio crecimiento,
sin poder cambiar el pasado.

De nuevo recordamos en todas las Sagradas Escrituras
la afirmación que el orgullo es el precursor del abatimiento y la
degradación, mientras que la humildad es lo que nos lleva al honor y a
la elevación del alma. No debemos jamás confundir el orgullo arrogante
con el auto-respeto, ni la humillación con la humildad. Ni, como ya
mencionamos, la unidad con la uniformidad. Esta confusión de atributos
tan diferentes, profundamente perturba un sentido coherente de
identidad. Muchas personas que están espiritualmente concientes y
maduras ya no desean ser ni opresores ni oprimidos, ni ofensores ni
ofendidos. Pero si tuvieran que tomar esa decisión, muchos preferirían
no ser los opresores u ofensores. Esto se debe a que el sufrir
persecución o desdén es más conducente a la espiritualidad y a la
cercanía a Dios, que ser causa de persecución y crueldad. Las
atrocidades y explotación de otros representan las más bajas de todas
las conductas humanas. No es solamente un aforismo que algunos
individuos desarrollan, debido a sus sufrimientos, un mayor sentido de
espiritualidad sincera que sus amos. Es notable, y hablando en general,
que el segmento de la sociedad norteamericana con un carácter más fuerte
y profundidad espiritual, se halla entre las mujeres de las minorías que
han sufrido por tanto tiempo, como las afro-americanas y de los pueblos
indígenas. La adversidad puede hacer más profundo el sentido de un más
alto propósito, si lo aceptamos como tal. Este sentido de propósito
sostenido a través de la adversidad, puede ser una parte integral de una
digna identidad. Hay un inefable decoro de sufrir y soportar
adversidades que no quebrantaron el espíritu interno. Podemos todavía
ver esto entre las víctimas de persecución, aunque esto de ninguna
manera absuelve a los perseguidores.

También es mi sentir que podemos mejor sanar los
males y evitar los resentimientos destructivos por medio de una nueva
apreciación de todo lo que es bueno en las culturas y tradiciones
indígenas, y motivar el desarrollo de sus habilidades innatas, siempre
que estemos concientes que todas las culturas cambian y constantemente
asimilan. Es notable, por ejemplo, como las contribuciones de la música
de las diversas regiones y culturas populares no solamente han elevado
nuestros conceptos de sus orígenes, sino también los talentos de
combinar y amalgamar dichos diferentes estilos, ritmos y líricas. De
nuevo los antropólogos insisten que ninguna cultura es fija y
cristalizada. La variante es la velocidad de los cambios, y hoy en día
el planeta entero está cambiando con rapidez incomparable. Esto puede
provocar tensiones y dificultades en el descubrimiento de las
contribuciones culturales dentro de uno, pero no lo hace imposible ni
debería ser desalentado.

La presunción y orgullo que nosotros los occidentales
tenemos por nuestra cultura como un modelo para todos los demás, ha
perdido mucha credibilidad en estos tiempos. Recuerdo haber leído en
los años cincuenta del siglo pasado sobre un colegio cristiano en la
Costa de Oro (ahora Ghana), en donde los profesores de la congregación
trataron de inducir el concepto de que los africanos debían seguir el
modelo europeo, ya que esta sería la mejor manera de alcanzar los
niveles del resto del mundo. Un estudiante se cansó de oír esto y en
una asamblea les dijo: "Hermanos, ustedes siempre insisten en que
tenemos que seguir el ejemplo y la conducta de los europeos. Bueno,
ustedes han tenido dos guerras mundiales en treinta años que produjeron
setenta millones de muertes. ¿Debemos seguir este modelo también?"

¿Quién puede enseñar a quién? ¿Quién está tan libre
de defectos como para poder presentar a todo el mundo un ejemplo
luminoso? Todas las naciones tienen demasiados trapos sucios como para
criticar la lavada del vecino. Es obvio que algunas naciones y culturas
están más avanzadas en algunos procesos democráticos, educación y
tecnología, y han tenido más éxito en atender las deficiencias sociales,
en lograr mejor orden y justicia, y cuya experiencia puede ser útil a
otros. También es obvio que otras naciones y culturas necesitan más
estas habilidades y logros. Pero vivimos en un mundo en el cual es
preferible que las opciones morales surjan dentro del seno de una nación
o cultura, con más insumos de su propia siembra y cultivo; sin tener que
imitar ciegamente todo lo que les ofrecen, y, con ello, los defectos y
caprichos juntos con lo las virtudes. Hay excelentes y privilegiados
mentes y almas en cada una de estas culturas que deberían ser escuchadas
y atendidas para el estímulo y espacio de influenciar a sus semejantes,
y esto en sí podría ser una fuente de identidad positiva. Los
individuos pueden hacer una enorme diferencia. Además, la auto
persuasión es muy preferible a la persuasión impuesta.

Un buen comienzo en este proceso sería el renunciar a
la venganza como una herencia cultural. "La venganza aplaca la ira
en el corazón contraponiendo un mal contra otro."[63] No solamente carece de legitimidad en el imperio de la ley, sino que no
resuelve nada. En los Balcanes, Irlanda, el Cáucaso, el Medio Oriente,
África y en tantas otras partes, estas vendettas nunca terminan y nunca
realmente distinguen los culpables de los inocentes. Un lado hace mal
primero y el otro hace otro mal después.

Prefiero no mencionar naciones particulares, pero los
ejemplos son abundantes y están extensamente conocidas en el mundo. En
tiempos de calma hay cierta curación y aún enlaces de matrimonio entre
gentes que han sido enemigos hereditarios por siglos. Pero de repente,
algún demagogo se levanta para explotar viejas animosidades, y una gran
parte de la población abandona toda sensatez, retornan a sus primitivas
pasiones y sueltan los perros de la guerra. Estas guerras de venganza
solamente han producido más matanzas, mas refugiados, minorías
perseguidas y renovadas excusas para otra venganza. Es como si en éstos
casos las consultas, arbitraciones, alguna clase de convenios y acuerdos
pacíficos simplemente no fueran opciones, cuando en realidad deben ser
las únicas valederas opciones. Si al fin se decide terminar con las
venganzas el último agresor tendría que cargar con la culpa de ser
autor del ultraje final. Es obvio que una Corte externa, imparcial,
con autoridad y fuerza para sancionar al agresor, sería un requisito
para terminar con estos conflictos, y esto es una opción que el mundo
debe promover. La fuerza no debe limitarse como reacción a otra
fuerza, sino como el instrumento del derecho, la justicia y la
pacificación.

El recrudecimiento de los conflictos étnicos y
religiosos tiene que ser controlado por el temor de severas sanciones,
el aprendizaje de la tolerancia como una virtud moral, y la aceptación
de nuestra diversidad como algo deseable para una sociedad vital y
pacífica. El abandonar las soluciones pacíficas de los conflictos,
sólo los hará más intensos, hasta el agotamiento, el conteo de las
victimas, daños y pérdidas perdurables y las angustiosas dudas sobre la
sensatez de toda la operación. Es tiempo de dejar de considerar a los
seres humanos solamente como eternos adversarios, de políticamente
correctos o incorrectos, buenos o malos, salvados o condenados,
dominantes o dominados, y convencernos que somos una sola especie,
habitando un planeta cada vez más reducido, poblado y frágil.
Normalmente tenemos coraje sólo para aplacar síntomas, considerando que
las causas, o sea las pasiones de siglos no tienen remedio. Tales
causas sólo pueden ser confrontadas apelando a la naturaleza espiritual
interna de los pueblos. Los fallos de las religiones de ser
protagonista en este empeño, y peor, sus aportes a los conflictos, dan
testimonio de la deserción de su propósito.

Es innegable que algunos pueblos están mal informados
y se les debe ayudar a lograr conocimiento, otros han caído en
privaciones o adicciones y tiene que ayudárseles a salir de esos fosos,
perdidos en sus pasiones, y deben aprender a canalizarlas en energías
constructivas. Pero, de nuevo, ¿dónde podemos hallar o establecer la
adecuada institución y orientación apolítica y desinteresada para
cumplir tal tarea?

He tratado de mostrar que todos estos aspectos
externos: étnicos, nacionales, de clase, religiosos, sectarios,
políticos, sociales, ideológicos, y vocacionales de nuestras identidades
están sujetos a los fluidos y aún veleidosos cambios y actitudes bajo
presiones que poco comprendemos. La mayor parte de los prejuicios y
rencores no tienen excusas en el presente, y muchas personas hacen
esfuerzos por removerlas de sus conciencias, ya que es evidente que
nadie debe ser considerado como adversario permanente. La diversidad
humana debe ser comprendida como un maravilloso beneficio y parangón.
De la misma forma como preferimos ver un jardín con una saludable
diversidad de plantas y flores de muchos colores, tamaños y formas, así
también deberíamos tratar de ver a la humanidad y a sus diversos pueblos
y culturas. El desafío es ver la diversidad así como complementaria y
atractiva, algo precioso para descubrir u ofrecer al mundo.

La humanidad ha experimentado traumáticos eventos
durante la expansión de sus lealtades a través de su larga y turbulenta
historia. Mencioné que es innegable que su sentido de identificación y
lealtad social ha extendido esporádica pero inexorablemente de la
familia, al clan, a la tribu, al grupo étnico, a la ciudad estado, hasta
la formación de la nación-estado heterogénea. Pero aún cuando estas
dramáticas expansiones ocurren, los pueblos no tienen que repudiar todas
sus anteriores afinidades o centros colectivos. Cada uno de nosotros
pertenece a una familia, a varios clanes, varias deudas culturales y
pueblos que no tenemos que olvidar ni repudiar. Pero tales afinidades
tampoco no tienen que minar el concepto de que formamos parte de una
humanidad que se ha beneficiado con las contribuciones y descubrimientos
de fuentes a menudo desconocidas o poco apreciadas de casi todas partes
del planeta.

En tales tiempos caóticos como los nuestros, una
crisis de identidad se vuelve crítica y traumática. Es comprensible que
uno trate de encontrar un refugio en un nido cultural o étnico, Tales
refugios nos pueden ofrecer un colchón y confort de estar entre "los
nuestros" durante un tiempo. Pero de nuevo, sí estos refugios se
sostienen sobre resentimientos, o conducen a rencores, es evidente que
en ellos no hallarán ni refugio, ni colchón, ni confort, porque dichas
identidades producen frutos muy tóxicos de alienación, tanto para las
personas que así se identifican, como para las personas a quienes se
opongan.

También hay algunos que proponen que abandonamos
todos nuestros sentidos fijos de identidad, todas nuestras apegos
tribales, étnicas y culturales, para así poder lograr armonía y paz en
el mundo. Como mencioné, no creo que esto sea ni conveniente ni
beneficioso. En tal entorno es probable que emerja una cultura uniforme
y monótona, especialmente si es dirigida por intereses políticos,
comerciales y económicos, que puedan sofocar la creatividad. La
globalización, aunque ha incrementado grandemente la riqueza general de
la humanidad, tal como está proyectada actualmente, tiene graves
defectos y vacíos que han marginado a muchos pueblos. El remedio no es
abandonar todos sus procesos, sino ampliar sus beneficios para que
incluyan las necesidades de muy diversos segmentos de la humanidad.
Esto no puede hacerse si la prosperidad económica es su único motivo.
La dimensión espiritual, la diversidad de culturas, costumbres y
maneras de entender las cosas, inyecta vitalidad, drama y variedad al
mundo, y esto si es altamente deseable.

Las migraciones

Todos los economistas y expertos que han
estudiado el fenómeno de las migraciones, legales o ilegales, opinan que
las ventajas sobrepasan en mucho las desventajas, y salvo a las masivas
fugas por guerras o desastres, en que el lugar de refugio no los pueden
absorber, tienden a beneficiar tanto al país a donde van como el país
de origen. Las migraciones de regiones pobres y de limitadas
oportunidades a lugares más prosperas, y las remesas familiares de
enormes cantidades para sus países de origen, constituyen un proceso
dramático y apolítico de distribución de riquezas globales, que es una
necesidad para una era de seguridad colectiva y paz. Tenemos que estar
conciente que históricamente todos los países se han poblado de
inmigrantes. También una proporción significativa de inmigrantes,
después de un tiempo, retornan a sus países de origen y ejercen una
poderosa influencia cultural y económica en sus tierras natales (para
bien o para mal). Los países desarrollados deben saber que la
permanencia y estabilidad interna de su propia prosperidad en un mundo
tan interdependiente, no se puede lograr con decisiones nacionalistas o
proteccionistas o muros físicos. Desde generaciones los productores
exportadores de países prosperas han sabido que necesitan mercados con
mayor capacidad de compra de sus productos y que en este mundo tan
integrado, una economía acaudalada entre economías paupérrimas es una
fórmula para inestabilidad, altos peligros e intimidaciones. De la
misma manera que una persona extravagantemente rica, rodeada de miseria,
vive entre grandes peligros e inseguridad, así una región de enorme
prosperidad podría sufrir mayores peligros, inseguridad e inestabilidad,
a menos que sea un imán para pueblos desesperados para mejorar sus
condiciones, y quienes estén dispuestos a trabajar en los empleos que
son desdeñadas por sus propios ciudadanos. El cerrar las puertas a
pueblos dispuestos a hacer estos trabajos condenaría a muchos sectores,
especialmente la agricultura, a emigrar o cerrar su producción, y los
países prósperos tendrán que comprar mucho más alimentos de otros
países. Aparte de esto, las mismas naciones desarrolladas atraen de
todo el mundo mentes dotadas y emprendedoras que estimulan las economías
del mundo. No defiendo la ilegalidad de inmigrantes, ya que creo en el
respeto y dominio de las leyes. Pero las leyes deben reflejar una
realidad, y no la xenofobia, temores populistas o prejuicio étnico. El
tema es complejo, e involucra cuestiones criminales y desajustes
sociales, pero el balance a la larga contribuye a la prosperidad del
mundo entero.

Parte Cuatro

El Sentido más Profundo
De Nuestros Tiempos

El siglo veinte ha sido el más concentrado de todos
los siglos en cuanto a cambios profundos. Los avances en el
conocimiento de las ciencias humanas, de la naturaleza de materia y del
universo sincroniza con sensibles cambios políticos, sociales, y
educativos. El movimiento que dieron fin de los imperialismos, ya sea
europeos, turcos, japoneses, norteamericanos, o soviéticos, ha conducido
al incremento de 50 naciones nuevas antes del fin del siglo veinte, a
totalizar más de 180 naciones ahora. Hemos visto la explosión de la
población, de un mil millones en 1800 a seis mil millones a finales del
siglo veinte, un incremento exponencial sin paralelo en doscientos
años. Aún desde 1960 hasta ahora, la población mundial ha duplicado. En
la India, que hace medio siglo se consideraba sobre poblada con 350
millones, ahora tiene más de mil millones. En este lapso de tiempo
hemos visto una población prominentemente rural ahora concentrada en
complejos urbanos de incontrolado crecimiento. Esto también ha
sincronizado con la aplicación ubicua de sorprendentes tecnologías de
comunicación, análisis e informática, tanto para fines buenos como
malos, productivos y destructivos. No hay oficio ni vocación que no ha
sido dramáticamente alterada por estos acontecimientos.

Hemos presenciado dos devastadoras guerras mundiales
y más de cien guerras menores, con un saldo de más de cien millones de
muertos; la multiplicación y perfección de armas para exterminación
masiva, lo que puede poner en peligro la supervivencia humana, afectando
no sólo a los objetivos estratégicos deseados, sino también a la
atmósfera de toda la tierra que respiren todos sus habitantes. Hemos
atestiguado no menos de cinco muy sangrientos revoluciones
socioeconómicas de gran envergadura, con otros decenas de millones de
muertos. Hemos visto la emergencia y rápido crecimiento de los
nacionalismos y de ideologías fanáticas y agresivas con las consecuentes
violaciones de los derechos humanos, genocidios, holocaustos y gulags.
Hemos visto la transformación de todas las naciones, en poblaciones más
o menos homogéneas, a poblaciones ricamente heterogéneas, y las masivas
migraciones de continente a continente y de país a país. Hemos visto la
multiplicación sin precedentes del capital y la riqueza del comercio y
las finanzas internacionales, al mismo tiempo que otros decenas de
millones que han muerto de hambrunas y pandémicas contagiosas. Hemos
visto las tímidas, confusas y contradictorias reacciones de las naciones
y pueblos a estos cambios, como si la escalada de los eventos nos abruma
y nos paraliza para concebir respuestas adecuadas.

Hemos visto la caída de más de 20 dinastías reales,
aún monarquías, durante el Siglo Veinte. Hemos visto la declinación de
la autoridad y reputación de venerables instituciones religiosas y
seculares así como el descrédito de muchas doctrinas, tanto religiosas
como política –ideológicas y científicas, que simplemente no han podido
resistir tantos nuevos desafíos, experiencias y descubrimientos. Hemos
visto cambios dramáticos en los papeles tradicionales asignados a los
hombres y a las mujeres, y grandes alteraciones en nuestros conceptos de
autoridad, gobernabilidad y participación. Hemos visto la invalidación
de teorías de superioridad racial y nacional que han sido utilizadas
para justificar el dominio de un pueblo sobre otro. Hemos visto una
alarmante pérdida de valores, el aumento de indisciplina, conductas
antisociales y de crímenes de todo nivel y clase.

Hemos visto el gran incremento de la edad promedia de
los seres humanos en todos los continentes, salvo en áreas donde la
mortandad de pandémicas y las guerras las han reducido. Al mismo
tiempo, en la mayoría de naciones, por lo menos la educación primaria
está llegando a ser obligatoria, y la presión cada vez mayor que sea
obligatoria también la educación secundaria. También estamos
reconociendo el inmenso aumento en el número de estudiantes y graduados
universitarios. Este ha aumentado más de veinte veces en el siglo.
Aún en países del sub-desarrollo la educación a gran escala continúa
más allá de los primeros niveles. Hemos aceptado que todas las naciones
tienen el derecho a pertenecer a un sistema y foro mundial, y hemos
visto casi todas las naciones firmar una Declaración Universal de
Derechos Humanos. Se ha hecho conocer las condiciones y la conciencia
de las grandes mayorías con un aumento exponencial de lectores y medios
masivos de comunicación ni soñado en edades previas. Hemos avanzado en
el análisis, prevención y tratamientos de enfermedades que nunca
pensamos posible. Pero todavía no hemos podido lograr un mundo de
armonía y paz.

Todas estas cosas a las que hemos sido testigos en el
siglo veinte eran inimaginables en el siglo diecinueve, y aún hasta mil
novecientos catorce, cuando realmente comenzó las drásticas alteraciones
de la historia.

Ha habido muchas atroces maldades y muchos triunfos,
muchos retrocesos y muchos avances. Pero la velocidad e intensidad de
los cambios nunca ha sido experimentada en ningún otro tiempo en la
historia. Ante tanta explosión de conocimientos y confusión, algunos
tratan de encontrar una teoría clave, o descubrir alguna conspiración
para asignar a algún segmento de la humanidad toda la culpa por lo que
ellos perciben como malo. En general, no se encuentra ninguna de esas
teorías que pasen la prueba, ya que hay tantas tendencias
contradictorias. Pero es obvio que algo muy dramático está sucediendo.
Un orden viejo que había sido incapaz de resolver sus propios problemas
apremiantes, ha estado cediendo a otros experimentos que también han
fallado aparatosamente en cumplir con sus promesas, y no han podido
detener el incremento de las matanzas, guerras y genocidios, los
desastres y amenazas ecológicas, las violaciones de derechos, la
descomposición de lazos familiares y lograr que las calles sean
seguras. Dichas fallas han contribuido a la sensación de que la
civilización misma está agonizando.

Al mismo tiempo que tenemos estos dramáticos cambios
y decepciones por los fracasos de movimientos que habían clamado
ofrecer definitivos soluciones y desorden general, también hemos
desarrollado una nueva manera de comprender a la gente, de relacionarnos
con los demás, de ver lo inútil que es la violencia y el extremismo, de
aprender a usar medios pacíficos para evitar la violencia y resolver
discordias. También hemos comprendido la importancia y las
posibilidades del desarrollo sostenido, más allá de lo que se puede
avanzar sólo con dinero.

Hemos inclusive llegado más cerca de comprender que
las guerras endémicas, la extrema pobreza, la explotación de las
minorías y menos afortunados no solamente son inaceptables, sino que
ahora se pueden visualizar el ocaso de estos abusos tan antiguos como la
historia escrita, ya que la prevención de estas condiciones se
consideren dentro de la capacidad colectiva humana. Pero por la inercia
y los apegos a hábitos, prejuicios e instituciones obsoletas del pasado,
estamos paralizados en aplicar los conocimientos, la habilidad y la
voluntad política de usar dicha capacidad.

Es evidente que se está realizando un proceso doble:
uno es dividir, separar, alienar destruir, corromper, deshacer. El otro
es unir, integrar, iluminar, espiritualizar. Entre el choque caótico de
ideas y sistemas de ordenes viejos y nuevos, vemos las posibilidades de
agonía y de renacer. Pero la violencia entre humanos no ha probado ser
la partera de un orden justo, ni el fin ha probado justificar los
medios. Pero los mismos fracasos de sistemas que habían prometido
soluciones "finales", ahora nos presenta, en este choque de edades, las
experiencias que hacen posibles cambios antes considerados como
imposibles. En muchos tiempos el caos eventualmente se resuelve a sí
mismo en un sistema es muy diferente a lo que reemplaza. La tan
repetida descripción de nuestro tiempo como "apocalíptico", significa
"aclaratorio", o sea lo que puede aclarar lo que yace al fondo de tan
dramático cambio. ¿No podría significar que una profunda aclaración
está emergiendo? ¿No podría ser una dramática transformación de la
conciencia de los propósitos y destinos de la humanidad?

Una persona madura puede entender la adolescencia, ya
que ha pasado por esa tumultuosa fase de la vida. Pero un adolescente
lleno de impaciencia, impetuosidad, auto-confianza y desprecio por la
disciplina, no puede comprender la madurez y la sabiduría que deben
aparecer en él al llegar a la edad adulta. ¿Puede ser que la humanidad
ahora está en los últimos estertores de la adolescencia y está llegando
a la madurez?

¿Es posible que esta conciencia crezca y florezca por
haber sufrido profundo e intenso arado y sufrimiento para preparar el
campo para una siembra nueva? Esperamos que la humanidad logre mayor
madurez antes de tener que llegar por golpes a tal conciencia. Pero
usualmente insistimos perversamente, a que los golpes son los que más
nos convencen.

Ciertamente tiene que haber otro ingrediente aún más
fuerte para atender las necesidades de nuestro siglo, ya que la
experiencia sola puede ser demasiado costosa, y por sí inadecuada para
guiarnos hacia una paz duradera. Este ingrediente, casi olvidado o
abandonado por una humanidad incrédula y con fuertes contagios de
fatalismo y necromancia, se halla en una antigua promesa que Dios no
abandonará a la deriva sus criaturas, y en la hora más oscura y
desesperada hará aparecer su guía que hará arrepentirse a una humanidad
perversa, y luego iluminarla. ¿Podrá ser que lo que inicialmente nos
une, sea una angustia común, y luego una aclaración? ¿No es posible
que tras una crisis que sacude las naciones, tradicionalmente referido
con tanta énfasis en las todas las escrituras sagradas, como un "día
de juicio", un "día del Señor"o "día de rendir cuentas",
en que la humanidad se hallará en "el valle de la decisión", sea un tiempo de la "siega" y la quema de la cizaña acumulada
dentro de las religiones, y cuyo fruto sería la unidad religiosa y
humana? No olvidamos que las promesas también hablan de un desenlace
de tal tribulación en que la las espadas serán forjadas en puntos de
arado, la guerra será abandonada, que se derramará el espíritu sobre
toda carne, y con una venida "de la verdad completa". ¿No es
posible que esto es lo que significa "un nuevo cielo y una nueva
tierra," cuando "se hará en la tierra como en los cielos", o
sea una nueva era, barrida del pensamientos de lucha e instituciones
obsoletas, que abre la conciencia humana a su unidad y la imperativa de
paz.

Estas promesas siempre han sido expresadas con
términos alegóricos y escondidos, más allá de la capacidad humana de
interpretarlas, mucho menos con criterio literal, ya que:"estas
cosas (proféticas) están cerradas y selladas hasta el tiempo del fin." y "que debéis saber que ninguna profecía de la escritura es de
interpretación propia." y, "que no juzguéis nada antes del
tiempo, hasta que venga el Señor, el cual aclarará lo oculto de las
tinieblas y manifestará las intenciones de los corazones." [64] Es decir, toda interpretación humana de tales
profecías, que causa tanta confusión, angustia y desesperación entre los
creyentes, según las propias escrituras, no puede ser más que ociosa
imaginación. Aún la interpretación popular sobre "el fin del mundo",
no puede ser el fin del mundo terráqueo, sino el fin de un milenio, ya
que la palabra "mundo" en esta profecía era la traducción de "eon", que quiere decir "época".

Los versos metafóricos señalan que tal visitación
aparecería con un "nombre nuevo", como, "ladrón en la noche", cuando estamos dormidos, y que eventualmente se podría juzgar su
verdad "por sus frutos". [65] ¿No sería posible que la humanidad tuviera que
aprender a golpes y pasar por pruebas que "manifiestan las
intenciones de los corazones", o sea pruebas que tamizan a los
hombres, no por sus palabras y presunciones, sino por sus hechos y
frutos? ¿No podría aparecer una causa nueva que confirme y aclare las
promesas de antaño?

El Islam también habla de tal renovación y renacer. "Al fin llegó el tiempo cuando la Voz de la unidad debería hablar y
declarar al pueblo. Sin necesidad de sacerdotes o artimañas
sacerdotales, sin milagros salvo aquellos misterios que se desenvuelven
en la experiencia interior del hombre y su visión de Dios. A declarar
con voz sin titubeos la Unidad de Dios, la hermandad del hombre." [66] Y, "En aquel día enrollaremos el
cielo (la religión) como uno enrolla un pergamino. Como hicimos la
primera creación, así lo daremos a nacer de nuevo. Esta promesa nos
obliga, en verdad, lo haremos."[67]

Hay cientos de
versos en el Antiguo Testamento, especialmente en Isaías, que prometen
semejante prueba y desenlace. Otros libros sagrados también dan
testimonio de tal drama y propósito. Creo que ahora deberíamos de ver, "con ojos que ven, oídos que oyen y corazones que entienden", y
más allá de nuestras distracciones diarias y vanas imaginaciones, si las
señales y condiciones en escala planetaria, son aquellas descritas en
tantas profecías, que sincronizan con un decisivo cumplimiento de
propósitos eternos en esta tierra. Creo también que cada alma humana
tiene el compromiso y la capacidad latente para buscar, por si misma,
libre de temores e impedimentos, si este cernir y pruebas son partes del
cumplimiento de tales promesas.

Así cuando unos religiosos y clérigos, basándose en
sus interpretaciones personales de versos bíblicos, advierten que
aquellos que promueven la unidad humana y un nuevo orden para la paz
mundial son instrumentos de un "anticristo", que tiene que anticipar un
Armagedón de sus imaginaciones, se olvidan de dos cosas: uno, que las
profecías son vedadas a la interpretación humana y que no deben juzgar
nada antes del tiempo; y dos, que hacen caso omiso de las más claras
profecías la unidad y desarme humano, cuando una promesa que vendrá uno
quién "juzgará entre las naciones y reprenderá a muchos pueblos,
y volverán sus espadas en rejas de arado, y sus lanzas en hoces: no
alzará espada nación contra nación ni se adiestrarán más para la
guerra." y quien vendrá para manifestar sus intenciones: "Porque
yo conozco sus obras y sus pensamientos: tiempo vendrá para juntar a
todas las naciones y lenguas y vendrán y verán mi gloria." [68]

La unidad humana: lo que todos tenemos en común

Con toda la riqueza de la diversidad étnica,
cultural, ideológica y religiosa, primero y ante todo, somos todos seres
humanos. Somos seres dotados de un alma racional, con capacidad para
pensar, comprender, recordar, imaginar, creer, amar, sentir
profundamente y tener nuestros propios gustos y preferencias. Somos
capaces de crecer en conocimientos, valores y virtudes, intensificar
el amor, extender las lealtades y escoger nuestros destinos. En mi
experiencia personal, habiendo vivido y trabajado por más de cincuenta
años en un país adoptivo, estoy convencido de que en cada nación hay
hombres y mujeres con asombrosas potencialidades de servir de ejemplos
para sus congéneres, elevar el destino de sus regiones y ser efectivos
instrumentos de paz en el mundo.

Los humanos somos capaces de servir y hacer
sacrificios para el bienestar y felicidad de otros. Estos logros son
algunos de los frutos de nuestra naturaleza espiritual, y de nuestra
sensibilidad y solidaridad. Estamos conscientes de ello, porque
existen ocasiones trágicas durante las cuales nos entreguemos a
servicios humanitarios y sacrificados que nos dan una profunda
satisfacción interior. Talvez ésta sea una de las razones por la que
tenemos que confrontar adversidades.

También he observado que uno no puede odiar a una
persona hacia la cual se ha mostrado amabilidad y bondad. La mayoría de
los odios y prejuicios son inconscientes racionalizaciones egoístas de
conductas injuriosas, inhumanas y vengativas. De esta manera creo que
se puede apreciar la sabiduría de la instrucción esencial de todas las
religiones: De no oponer la maldad, sino promover la bondad, de no
buscar venganzas, sino responder al mal con el bien, y de amar hasta a
los enemigos.

Por contraste, cuando nos obsesionamos con
identidades estrechas y cerradas, en realidad dejamos de actuar como
parte de la humanidad y podemos aún convertirnos en fieras, como
solíamos hacer en tiempos de guerra cuando vemos al enemigo como algo
deshumanizado y satánico, convirtiéndonos también en deshumanizados y
demonios.

Las personas conocidas más creativas en servicio
humano de estos últimos siglos, por ejemplo Pasteur, Tolstoy, Hugo,
Dickens, Emerson, Henri Dunant, Jane Adams, Martí, Don Bosco, Gandhi,
Schweitzer, Einstein, Pasternak, Madame Curie, Victor Frankl, Mandela,
Madre Teresa, Martin Luther King entre muchos más, manifestaron una
sincera apreciación y afecto por sus propias culturas y naciones, pero
su visión, amplitud mental y legados de servicio beneficiaron e
iluminaron a muchas almas y sensibilidades a través del mundo. En
contraste, aquellos cuyos enfoques terminaron en si mismos y sus propias
ideologías y naciones: Hitler, Stalin, Mao, Pol Pot, Idi Amin, Caucésco,
Milosevic y otros, han legado a la humanidad cosechas no sólo
vergonzosas sino mortíferas. Algunos propagan iluminación y dan vida,
otros propagan la oscuridad y traen la muerte.

La estrechez mental, intolerancia, egocentrismo,
envidias, sospechas y rencores están latentes en la más baja naturaleza
del hombre y surgen en los momentos en que sus pueblos no aceptan la
responsabilidad por sus propios actos y condiciones. Luego proyectan
toda la culpa sobre algún conveniente chivo expiatorio. Esta pobre
víctima es con frecuencia algún grupo tradicionalmente discriminado,
cómo los judíos, los gitanos, homosexuales o incapacitados durante el
régimen nazi, Europa, por ejemplo. Se conocen bien estas infamias y nos
sorprenden que la humanidad no haya aprendido de sus grotescas lecciones
y sus malsanos efectos. Debería sorprendernos también que en nombre de
conceptos caducos como el militante nacionalismo, rígidas
interpretaciones de soberanía nacional el racismo, ideologías a base de
luchas de clase, fanatismos religiosos, intereses económicos y
diplomáticos, así que el mundo siga imposibilitado de poner fin a tales
ultrajes.

En estas páginas he tratado de demostrar como son de
secundarias, transitorias, efímeras y fluidas muchas de las identidades
externas, y como son de destructivas e irracionales cuando se ligan a
resentimientos, odios, fanatismos y venganzas. Pero también he aclarado
cuan beneficiosas y productivas pueden volverse estas mismas identidades
y culturas, cuando buscan su lugar en nombre de una sana e inteligente
diversidad humana y nos hacen conocer las cualidades creativas, sus
capacidades y coraje que tantas de ellas han demostrado en sus luchas
por sobreponerse a obstáculos y presentar sus contribuciones que
enriquecen y energizan al planeta. El proceso de la ‘planetización’ de
la humanidad, lejos de sofocar la diversidad, debe estimular mayor
expresión de la rica variedad de culturas en el mundo, y creo que se
está notando este proceso.

Los Procesos en el Fondo de la Historia

También repetimos que cada expansión de estas
lealtades ha llegado como resultado de grandes crisis y períodos de
caos, confusión y severos desafíos, debido a la incapacidad de los
centros colectivos anteriores de enfrentar nuevas condiciones. Sostengo
que el caos de nuestros tiempos se resolverá al grado del crecimiento de
nuestra conciencia de la unidad humana. Este, creo, es el propósito, el
espíritu y el destino de nuestro tiempo. Algo menos, como el viejo
reflejo de volver a las luchas por la competencia y el predominio de
clases, naciones, razas, o de ideologías políticas impuestas sobre
todos los demás, esto está condenado a sólo producir descalabros.

La historia tiene antecedentes de la expansión de
lealtades. Los principios con los cuales la República Americana fue
fundada de trece muy separadas y contenciosas colonias a finales del
siglo dieciocho, con la simultánea llegada al escenario de una galaxia
de diversos y talentosos visionarios, formaban una nación dinámica de
muy diferentes componentes e intereses. Entonces existía un reto
apremiante que las estimularon y las obligaron a unirse. Ahora hay
una amenaza y reto mundial que también debe de unirnos: las rivalidades
agresivas y los intereses egoístas, los fanatismos y prejuicios que hoy
por primera vez son capaces de convertir una chispa de discordia en
destrucción y caos en conflagración de escala global. Ahora las
convencionales alianzas entre naciones no pueden evitar ni resolver los
desastres causados por adversarios fanáticos. ¿Hasta que punto tiene
que sufrir y sacrificar la humanidad para la conservación de conceptos y
fetiches obsoletos?

Menciono otro paralelo histórico que nos puede ayudar
a comprender nuestros tiempos. Cuando aquellos historiadores
helenistas y romanos que vivían en lo que ahora llamamos los primeros
siglos cristianos, escribieron sobre sus tiempos y condiciones, nunca
mencionaron, salvo muy escasamente y en tono de desprecio, acerca de un
nuevo credo que surgió en una provincia marginada al este del
Mediterráneo. Sus enfoques eran sobre los emperadores, las conquistas,
sucesiones de dinastías, invasiones, culturas, condiciones morales y las
modas e ideas de aquellos siglos, mucho que tenían que ver con la
confusión de cultos y creencias paganas que estaban en boga en los
territorios del Imperio. Habían menospreciado un Nazareno que enseñaba
lo que parecía un credo irrelevante, algo confundido como otra secta del
judaísmo. El nacionalismo, restricciones y la exclusividad de los
judíos no los hacía muy populares en el mundo romano, y una secta
iniciada por un Jesús, que tuvo que ser ejecutado, no era un culto
popular en Roma y sus colonias. Por episodios su Fe fue tolerada, y por
otros perseguida. La emergencia del Cristianismo de la oscuridad,
ignorancia y persecución llegó en el siglo cuarto, facilitado por el
apoyo y conversión del Emperador Constantino I, que llegó como una total
sorpresa para aquellos líderes del pensamiento y de las mayorías que
consideraban un movimiento de poca importancia. Después de todo, los
cristianos no tuvieron en sus tres siglos hasta este triunfo, ni Estado,
ni fuerza civil, ni militar, ni más de 10% de la población, ni riquezas
que ameritaran mención. Tres siglos antes, Jesús y sus apóstoles (más
que todo Pablo) habían fundado una religión que un día reemplazaría las
venerables instituciones del Imperio Romano y crearía su propia base
para la civilización, recibiría veneración y crearía instituciones que
reorganizaría la sociedad y trataría de espiritualizar y enfocar a gran
parte de la población del mundo conocido. Aunque había graves disputas
entre sus líderes y decisiones que después llegarían a lamentar, el
cristianismo logró establecer un nuevo paradigma espiritual entre
pueblos que antes no tenían idea de que vivían entre un cambio de tanta
trascendencia.

Mientras tanto, durante estos tres siglos, los
imperios y las creencias estaban experimentando condiciones tumultuosas
que iban a conducirlos hacia su ocaso y caída.

¿No podría ser que las confusiones de ahora, choques
entre movimientos adversarios dentro de una civilización agonizante, y
el surgimiento de movimientos constructivos y pacíficos estos eventos
catastróficos, terremotos sociales y políticos, sean como ‘las nubes del
cielo’ que oscurecen la salida de un nuevo Sol espiritual que no ha
sido reconocido sino por una todavía minúscula porción de la humanidad?

El más coherente sentido de identidad humana, y por
cierto el propósito de este ensayo es afirmar que el aspecto interno de
lo que somos como seres humanos, es lo que tenemos potencialmente: las
capacidades intelectuales y afectivas, las sensibilidades humanitarias y
artísticas, y más que todo, la percepción de la dimensión espiritual,
que compartimos con todos los segmentos humanos, y que conciente o
inconscientemente anhela la unidad. Este anhelo de unidad y coherencia
es inseparable de aquella lucha por una realización y felicidad que
describe una sana relación con aquello que nos trasciende. Un
elocuente clérigo, George Townshend, escribió:

"La divina imagen del hombre es parte
de él mismo. Es en verdad su ser verdadero, la esencia de su existencia,
el alma de su alma. Al purificar su corazón para que esta semejanza
pueda salir a brillar en toda su belleza y verdad, el no solamente se
está acercando a Dios, sino también se está convirtiendo en el mismo, se
está encontrando: el sale de la debilidad espiritual y la infancia hacia
la madurez. Sus facultades y dotes, ayudadas por la ley del
crecimiento, establecen entre ellas un equilibrio, simetría y orden; él
es feliz si logra ese descanso en su alma que Cristo prometió a aquellos
que llegaran a El. Si por la negligencia él no logra que sus cualidades
celestiales internas crezcan, la pérdida es de él. Se atrofia en si
mismo, se limita; escoge la debilidad en lugar del poder."[69]

Lo que descubrió Townshend, y la humanidad en general
está comenzando a descubrir, es que la esencia de todas las grandes
escrituras religiosas del mundo afirma y promueve esta misma identidad
vital. Cada época de renovación requiere una siempre nueva y más
extensa orientación de espiritualidad hacia niveles más universales y
amplios, que se reflejan en procesos de expansión social y de las
lealtades humanas. Ahora somos capaces de ver que esta expansión pueda
proceder de los designios eternos de un Dios trascendente más allá de
los nombres y restricciones humanas. La universalidad es de Dios, y las
limitaciones proceden de los hombres.

Aún los conocimientos científicos, que por tanto
tiempo fueron consideradas irreconciliables con la fe, ahora muestran
tendencias de poder aceptar un Creador que no puede nunca ser imaginado
o encerrado en creencias parroquiales, pero que intuimos también que
proceda de un Dios que se involucra en el destino humano, o sea un Dios
trascendente, inconcebible y personal a la vez. ¿No es posible que la
mente humana acepte que la universalidad y la grandeza inimaginable de
un Creador y Sustentador de un vasto universo y siempre mayores
misterios, el desarrollo sin fin de sus propias capacidades, sean
reveladas progresivamente? De este nivel de conciencia espiritual y
cada vez más universal en el curso de los siglos, es evidente que los
individuos humanos podrían ser impulsados hacia una dinámica lealtad
humana bajo una Divinidad Única. Convencidos que la unidad entre
múltiples, diversos, y siempre singulares seres, no solamente es
posible, sino que, como vemos simbólicamente en la abundante diversidad
e integración de un sin fin de componentes de la naturaleza física en
este planeta, es altamente deseable.

Estoy muy consciente de que esta amplitud, visión y
tolerancia es difícil aceptar para algunas personas. Los escépticos
definen los conceptos de unidad e integración como algo prematuro,
ingenuo y carente de pragmatismo. Por un lado hay aquellos que
consideran la tolerancia y los acuerdos como sinónimo de indiferencia
moral o extrema indulgencia para cualquier pueblo o estilo de vida, no
importa su calidad. Por otro lado, hay algunos que piensan que
debemos prescindir de toda clase de valores o cuestiones éticas, para
poder concentrarnos en las necesidades físicas de las personas. Otros
opinan que el mundo necesita concentrarse en la aplicación de las
fuerzas más contundentes para acabar con la agresión, la rebeldía y la
violencia. ¿Pero las fuerzas de quienes? Todo a la postre presume la
existencia de una ley e instituciones supranacionales en que cada
componente cede parte de su soberanía nacional o de su particular
enfoque. La alternativa es anarquía internacional y una garantía de
mayor violencia.

Tenemos que llegar a una realización serena y madura
para admitir que sin la seguridad colectiva no habrá seguridad para
nadie, salvo por momentos en que unas naciones tratan de mantenerse con
superioridad en armas y aparatos de defensa, conduciendo a la bancarrota
económica de ellas sin ninguna garantía de éxito. La solución es una
Ley y una Constitución internacional más sagrada y más fuertemente
mantenida, que podría sancionar con severidad todo movimiento de
armamentismo que exceda lo que cada nación requiere para sostener su
orden interno. Sólo de esta manera el desarme puede ser mundial. El
desarme unilateral, bilateral o aún entre varias naciones no sólo es
imprudente sino imposible en un mundo tan agresivo. Tampoco es
recomendable extender las actuales instituciones internacionales en
forzados instrumentos de coerción política. Pero, en un mundo mucho
más integrado e interdependiente que ahora podemos imaginar, ni la
insistencia en conservar intactas las soberanías nacionales, ni los
dominios de empresas multinacionales por encima de las nacionales, no
son posibles. Sin la conciencia en la unidad humana y la imperativa de
la seguridad colectiva y la paz, nos acerca a la anarquía y probable
destrucción de un mundo sin refugios.

Acepto que tal anarquía está siendo parcialmente
controlada por la asociación y evolución de unidades y acuerdos
regionales, y esto produce algunos frutos positivos. Pero eventualmente
el regionalismo tiene que ceder a la conciencia de la unidad mundial.
Todo esto depende de la conciencia de las multitudes en aceptar esta
lógica expansión de sus lealtades más allá de sus prejuicios y caprichos
nacionales. Pero de nuevo, la fuerza tiene que ser instrumento de la
justicia, y la justicia descansa sobre el dar a cada uno lo que merece,
y que tal justicia debe trascender los intereses particulares.

Las tragedias y los triunfos, los terrores y las
esperanzas del siglo veinte han dejado claro que el vivir tan estrecho y
compacto e interdependiente con tantos segmentos diversos de la raza
humana, hacen obligatorias tres elementos complementarios: 1) la mística
de apreciación de la diversidad de culturas, 2) la formación, tanto
individual como masiva de aquellos atributos que todos compartimos en
nuestra dimensión espiritual, con la consecuente expansión de la
conciencia de la unidad humana; y 3) una estabilidad colectiva basada en
la aplicación de juicios y fuerzas supranacionales para aplicar justicia
imparcial en casos de agresión o la violación de derechos humanos, aún
cuando los violadores alegan excusas de "soberanía nacional" para
esquivar las sanciones. El globo es demasiado compacto y frágil,
interdependiente y explosivo, para una retirada hacia las decrépitas
fortalezas de intereses y caprichos nacionalistas o de egoístas
intereses económicos. El no aceptar éstas desafíos prácticamente nos
condena a peores crisis y violencia que ponen en riesgo la supervivencia
de la humanidad.

Todo esto obliga el aprendizaje que la paz debe ser
ganada en todo nivel, individual, local, nacional y mundial, y en todos
los aspectos vitales, sociales, económicos, educativos y políticos.
Pero si falta el elemento espiritual trascendental, que tome posesión
del corazón humano, no tendrá vida. Sería similar a construir un
cuerpo en un laboratorio y esperar que tenga un alma viviente.

La Identidad y el Reto de los Nuevos Paradigmas

La justificación de las guerras como experiencias que
ayudan a una nación a definirse, no sólo es engañosa, sino grotesca.
Es cierto que las crisis y luchas intensas nos ayudan a definirnos como
humanos, inclusive puede que nos ofrecen héroes, quienes, bajo extremas
adversidades, descubren poderes y enfoques que no esperaban hallar en
ellos mismos. Pero el mundo nos da suficientes crisis y retos severos
para responder y crecer heroicamente a través de ellos, si sabemos como
escoger y enfrentarlos. Ahora las guerras denigran a los hombres y a
las mujeres en sumo grado, y son capaces de exterminarlos. Reducen a
los humanos a su más baja naturaleza y por cierto tienden a convertirnos
en robots insensibles, a veces mentalmente alterados y fieras. Y las
guerras continuarán mientras limitemos nuestras alianzas a un grupo
étnico, un credo o una nación que concentren todas nuestras energías en
luchar contra un adversario. Hasta que aprendamos a ver y definirnos a
nosotros mismos como parte de una sola humanidad y dejemos de engendrar
tiranos o conspiradores en nombre de aquellas pasiones, la bestia que
reside en la naturaleza material del hombre gobernará, y las guerras
continuarán hasta acabar con nosotros.

Es cierto que el afán de luchar para vencer a un
adversario es parte del psiquis humano. Pero está implícita en las
Escrituras Sagradas del mundo que esta lucha o "Jihad" mayor, debería
ser finalmente comprendida y dirigida hacia el fin de combatir y vencer
nuestros propios defectos internos, y trascender a nuestros propios
egos, y no para combatir y conquistar a otros. ¿Tendrá que ser mediante
intensas angustias universales, hundimiento económico, desordenes
sociales o políticas, desastre ecológico, imprevistos desastres
naturales, guerra nuclear, pandemias o combinaciones de estos, con
prolongado sufrimiento, que haga despertar la humanidad? Ya que
estamos tan perversamente inclinados a aprender a golpes, quizá lo mejor
que podemos esperar de esto es que una calamidad humille la arrogancia
humana hasta la mansedumbre y de rodillas, esperar que de tal manera
nos prepare para ser un instrumento de una sanadora Providencia. Es
curioso que tanto los Salmos como el Sermón de la Montaña hablen de que "los mansos heredarán la tierra".

En el libro, "La Búsqueda del Hombre por el
Sentido", por el psiquiatra Victor Frankl, se incluía la desgarrante
narración de los cuatro años en que el autor era prisionero médico en
dos campos de exterminación durante la Segunda Guerra Mundial. En uno
de los peores infiernos que el hombre jamás ha podido forjar en esta
tierra, Frankl decidió tratar de sobrevivir, mantenerse íntegro e
intacto, observando las conductas de los condenados y sirviendo sus
necesidades. Su experiencia le condujo a la convicción que si una
persona tiene un suficiente "por qué" para vivir, o un propósito
trascendente en su vida, tal persona puede soportar cualquier trauma de
"cómo" vivir.[70] Así puede soportar intenso y prolongado sufrimiento con su identidad y
propósitos intactos, aún enriquecidos. O sea que el llamado "impacto
cultural", afecta mas destructivamente a aquellos que carecen de una
identidad o propósito interno sólido. Estos severos impactos pueden
impulsar a la persona hacia aquella identidad espiritual interno que
tiene tanto que ver con una trascendente, positiva y coherente filosofía
de la vida. Los que no tuvieron esta visión o creencia, fueron anulados
por los sufrimientos.

Estos traumas y tragedias también nos pueden enseñar
a que profundidades de depravación puede caer el ser humano cuando no
tiene otro recurso más que una entumecida y pasiva o agresiva
conformación materialista combinada con un una mente cerrada que no
tiene posibilidad de producir mas que sus propios deseos inmediatos.

Ahora estamos o paralizados por el miedo, o impávidos
ante los traumas y peligros. Estamos como niños jugando con dinamita,
sabiendo bien lo que la dinamita puede hacer, pero hechizados con el
juego. Parece que no hay ninguna institución o guía aclaradora que nos
salve. La razón detrás de este miedo y entumecimiento es que todavía no
sabemos quienes somos, o que es lo que deberíamos buscar para
desarrollarnos internamente y con las relaciones con los semejantes.
Debido a esta ignorancia de nosotros mismos, nuestras vanidades y
arrogancia están siendo avergonzadas por cada nueva experiencia y cada
nuevo instrumento de poder. Poco sabemos como usarlos para beneficiar
a nosotros mismos o al género humano. Este nuevo siglo ahora nos pide
un grado de madurez, sabiduría, humildad y responsabilidad como nunca
había confrontado generación alguna. El aceptar el reto moral y
espiritual ahora es lógico y necesario, y francamente no veo alternativa
que no nos conduzca a calamidad.

Nosotros los humanos siempre afrontamos condiciones
de dualidad en nuestras identidades. Para comenzar somos hijos de
nuestros padres y padres de nuestros hijos. Me refiero también a las
dualidades de lo material y espiritual, de positivo y negativo, lo
práctico y lo ideal, la importancia del individuo y de la sociedad, de
activo y pasivo, de masculino y femenino, de derechos y deberes, de
justicia y clemencia, de objetivo y subjetivo, de yin y yang, de la
centralización y la dispersión de autoridad, y muchos otros. Es
evidente que esas dualidades no son contradictorias sino
complementarias. En los imanes el polo positivo se pega al polo
negativo, los polos idénticos se repelan. Pregunto, ¿Por qué no podemos
acomodarnos a pensar y vivir como activos y dinámicos partícipes en las
esferas personales, locales y nacionales, y al mismo tiempo sentirnos
parte integral de una sola humanidad, sin considerar a éstas dos esferas
como adversarias? ¿No es posible participar en un patriotismo cívico y
sano y al mismo tiempo estar acorde con una lealtad mayor hacia toda la
humanidad? ¿Qué no son estas dualidades en realidad condiciones propias
de la sabiduría y la madurez humana?

"Los largos períodos de infancia y
niñez por los cuales la raza humana ha pasado, han quedado atrás. La
humanidad está ahora experimentando las conmociones invariablemente
asociadas con la más turbulenta etapa de su evolución, la etapa de la
adolescencia, cuando la impetuosidad de la juventud y su vehemencia
alcanzan su punto culminante, y deben ser gradualmente seguidas por la
calma, la sabiduría y la madurez que caracterizan a la edad adulta.
Entonces la raza humana alcanzará ese nivel de madurez que le permitirá
adquirir todos los poderes y capacidades de los cuales ha de depender su
desarrollo final".[71]

Debemos aprender a ver a la humanidad como vemos al
ser individual, con innumerables diversos componentes, células y órganos
que están integrados y armonizados para sostener la vida del un ser
completo. El espíritu humano consiste de los poderes del alma que es la
fuerza vital que coordina estos componentes. Cuando un ser humano llega
a la madurez, también recibe mayor coherencia, unidad orgánica y nuevos
e inesperados poderes de comprensión, sabiduría, juicio y perspectiva.
Cuando llegue la humanidad a este paradigma, ganaría capacidades que
no eran evidentes en su niñez y adolescencia, aunque tales capacidades
deberían haber sido sembradas en tempranas edades. Solamente en la
madurez llegará a estar consciente de su insospechada capacidad para
realizar aquellas perfecciones y auto estima que son implícitas en su
derecho de nacer.

Nuestras ideas de la realidad del hombre
profundamente afectan a lo que nos lleguemos a ser y adónde nos llevarán
nuestras identidades. Es decir, si consideramos que esencialmente somos
animales, adversarios eternos luchando contra otros segmentos; egoístas,
agresivos, avaros, dedicados al dominio y la supervivencia del más
fuerte o adónde nuestras naturales proclividades nos impulsan; eso es lo
que vamos a ser. Con la altamente desarrollada capacidad para crear y
usar armas de destrucción masiva, seremos, además de bárbaros y
salvajes, extintos. Por otra parte, si pensamos que la realidad humana
tuviera la capacidad y el propósito de desarrollar aquellos atributos de
espíritu, mente y corazón noble, eso es lo que seremos: espirituales,
conocedores y humanitarios; capaces de resolver una miríada de lo que
parecen inextricables problemas, y llegaremos a ser una especie
pacífica, comprensiva y bondadosa. Creo que estas crisis tienen la
intención de despertarnos al drama de nuestras opciones, al imperativo
de la madurez espiritual y la conciencia de la unidad humana que son las
precondiciones para la paz verdadera.

Esto nos trae a la concientización de la
trascendencia por encima de cualquier sentido de identidad personal. Me
refiero a las alturas místicas de "la muerte del ser y la vida en
Dios, ser pobres en nuestro propio ser y ricos en el Deseado", [72] al cual tantas escrituras religiosas se
refieren. Este sacrificio consciente del ego por el amor a Dios, y por
el amor y el servicio a la humanidad, como su manifestación suprema, es
la meta a la cual aspiran aquellos a quienes el amor y el
desprendimiento de las cosas mundanas les disminuyen los sentidos de
nombre, fama o rango. Aunque esta etapa mística no está precisamente
dentro de los confines de este ensayo, creo que es importante que el
buscador de su identidad esté consciente de su más trascendental
condición. En nuestra egoísta, materialista y narcisista tiempo,
estamos muy lejos de comprender este grado de desprendimiento
espiritual. Pero todas las crisis que ahora parecen humillar tanto el
orgullo como el ego de los hombres deberán eventualmente doblegarlo y
abrir a su comprensión la posibilidad que la búsqueda de identidad
coherente y sana es una muy importante etapa en el viaje del alma, pero
que todavía le quedan etapas mas elevadas.

Un poeta místico escribió una vez:"He conocido a
Dios por Su desechar de los decretos de los hombres". Se podría
agregar: "He conocido a Dios por Su anulación de las arrogancias de
los hombres". Con la libre voluntad, él podría escoger
someter sus deseos y su libertad a un propósito de servir como
instrumento de una voluntad más elevada, pero tiende a abusar su
libertad, así limitando su fe a peticionar a Dios que le concede favores
y deseos egoístas. Aún cuando ora para la paz, muchos piden que sea
otorgado del cielo, sin esforzarse al cambio. Una gran mística
cristiana inglesa, Evelyn Underhill, dice:

"No es fácil justificar ante la corte de la
realidad aquellos oraciones para la paz y para la reunión que se ofrecen
en una multitud de iglesias, y por tantos individuos que en realidad no
están preparados para hacer una sola cosa difícil, o hacer un solo
sacrificio de sus posesiones o prejuicios en los intereses de paz o de
reunión. La Paz es muy costosa, y la reunión será muy costosa. Ambos
necesitarán gran renunciación."[73]

La libertad de
elección ha sido concedida al hombre porque no somos autómatas y el amor
y la fe no pueden ser forzadas, sino voluntarias. Ha sido concedida
para que voluntaria y espontáneamente reciproquemos el amor y servicios
a Dios. Fuimos creados para un sublime destino: "Noble te he
creado, sin embargo tu mismo te has rebajado. Levántate entonces a
aquello para lo que tu has sido creado".[74] Tal nobleza espiritual es severamente probada en los conflictos.
En la paz y hermandad, existe el entorno propio para su desarrollo.

Es más que obvio que las identidades coherentes como
seres nobles no pueden estar basadas en indiferencia, escepticismo,
materialismo, fatalismo o duda. Creo que el caos y desorden de la
escala mundial y de intensidad que hemos presenciado, sólo podrían ser
resueltos en una orden nueva que tendrá la capacidad, no sólo de
mejorar, sino de transformar a la humanidad. La visión es necesaria, ya
que "sin visión la gente se desenfrena"[75]. Tal transformación debería incluir una depuración de la "cizaña" que
ha producido las contiendas religiosas, e impedido que la religión asuma
su verdadero rol y destino en esta transformación. Pero la fe y el
libre albedrío presumen la posibilidad de duda, y muchos dudan. Si
vamos a eliminar las confusiones para usar la libertad y fe como es la
intención, y hacer los sacrificios necesarios para hacer posible la
transformación, no podemos abandonar la esperanza. He escrito este
libro porque, no importe lo que el futuro cercano pueda traer, y no
importa su duda y confusión, que no abandonen las esperanzas en las
eternas promesas de la paz y las alturas que una humanidad tamizada y
purificada por adversidades podrían alcanzar.

Ciertamente no puedo precisar todos los momentos,
obstáculos, pruebas, adversidades, valles y montañas, noches y albas que
tendríamos que experimentar para realizar nuestras insospechadas
potencialidades. Pero el verso "Todas las tribus de la tierra
lamentarán",[76] precede el tiempo en que ""he aquí, yo hago nuevo todas las cosas". [77]

San Salvador, 29 febrero 2008

Gratitud

La gran mayoría de obras
que han contribuido a este ensayo fueron digeridas durante un largo
período y están integradas en mi pensamiento. Ahora, en mis años
setentas, no es fácil recordar todas las fuentes absorbidas desde mis
años de estudiante ya que nunca han dejado de enriquecerme.

Reconozco el impacto de
respetados historiadores: Arnold J. Toynbee, William Lecky, Alessandro
Bausani, Bernard Lewis, Nosratollah Rassekh, entre otros; de educadores
y pensadores como Daniel Jordan y Gary Wills; de los psiquiatras Dr.
Carl B. Jung, Dr. Victor E. Frankl, Dr. Allen Wheelis, Dr. Floyd W.
Watson y Dr. Hussein Danesh; de filósofos como Drs. William Harcher y
John S. Hatcher, Drs. Karl Jaspers y Udo Schaeffer; de antropólogos Dr.
Michael Leakey, Dr. Michael Leiris y Dr. Ashley Montagu; de otros
expertos y escritores sobre este tema o temas relacionados como Horace
Holley, Amín Maalouf, B. Hoff Conow, Anjam Khursheed, Fernando Savater,
Gil Delannoi y Pierre Taguieff y escritores pensadores religiosos como
George Townshend y David Hoffman. También tengo una gran deuda con
muchas publicaciones de la UNESCO, Revista "Current History" y "World
Order".

Estoy también agradecido a
ciertos amigos aquí en El Salvador, que han sido generosos en darme
ánimo y útiles comentarios. En las primeras versiones en español, las
atinadas observaciones del Lic. Oscar Ramírez Pérez, me alentaron a
extenderme hacia la versión actual. Muy especialmente, el elogio y
ánimo del Dr. Alfredo Martínez Moreno, ilustre jurista internacional,
pensador, escritor y presidente de la Academia Salvadoreña de la Lengua,
fueron especialmente apreciados, como lo fueron los comentarios del
crítico de gramática española y estilo de la versión original, el
periodista Alberto Saz. Otra revisión por mi viejo amigo fenecido
Arquitecto David Sandoval, me dio otros útiles comentarios. También
agradezco al Dr. Carlos Rodríguez Payet y Dra. Blanca Estela de
Rodríguez por sus orientaciones sobre la sicopatología del fanatismo
racial, religioso y étnico. También quiero agradecer a la fenecida y
muy respetada educadora, Lic. Antonia Portillo de Galindo, tanto como la
Lic. Erlinda Hernández de Moras, Lic. Rosa Serrano de López y Lic.
Claudia Alwood de Mata, por su aliento. Tengo especial agradecimiento
hacia Mabel Acosta Hinds, quien revisó y expresó más claramente con
correcciones en una previa versión en español. La revisión y
corrección final de Gloria Mena de Palomo, es muy apreciado, tales como
el cumplir con mis funciones de oficina de Gina García de Mobasher para
permitirme estas largas digresiones. Finalmente agradezco a mi querida
esposa Jeanne, que ha sido tan indulgente con las largas noches
dedicadas a investigación y tantas revisiones.

Finalmente, no puedo
ocultar mi deuda a los escritos de la Fe Bahá’í, especialmente los de
Guardián Shoghi Efendi (1921-1957), y a las más recientes publicaciones
de su Sede Mundial bajo guía de la Casa Universal de Justicia. Esta Fe
es reconocida por autoridades como las Naciones Unidas, la Enciclopedia
Británica y la Enciclopedia Católica, como la más reciente de las
religiones universales.

Referencias:

[1] Bahá’u’lláh, Tablas de Bahá’u’lláh, EBILA Buenos Aires, p.35

[2] Allan
Wheelis, "The Quest for Identity", Norton NY, 1958. p.19

[3]

Idem. p. 19-20.

[4] Horace Holley.
Capitulo, "Educación para una Sociedad Pacífica", en "Religión
para la Humanidad". Editorial Bahá’í de España. Tarrasa p.
147.

[5] Idem. p.148

[6] Enciclopedia
Británica, Ed. 15 Vol. 14, "Human Behavior", p. 720.

[7] Tablas de
Bahá’u’lláh, p. 59

[8] Lucas 12:48.

[9] C.S.
Lewis, citado en Reader’s Digest; Citas, Marzo 2000.

[10] Gordon Taylor "How to Avoid the Future" citado en Udo Schaefer,
"El Dominio Imperecedero". Editorial Bahá’I de España, Tarrasa,
p.79

[11] Arnold Toynbee, "A Historian’s Approach to Religión", Oxford
University Press, Londres, 1956, p. 253.

[12] Dr. Victor E. Frankl,
"El Hombre Doliente", Editorial Herder, Barcelona, 1994, p.96.

[13] Shoghi Efendi, "El
Desenvolvimiento de la Civilización Mundial", EBILA, Buenos
Aires, p.43

[14] Kenneth Clark, citado en Laurence J Peter, "Peter’s Quotations",
Bantam Books, New York, p. 92.

[15] Mateo 7: 21,22.

[16] Mateo 12:25 y Lucas
11:17

[17] Shoghi Efendi, Op
Cit, p

[18] Macualay, citado en A.J. toynbee, A Study of History, Edición
Summerville, Vol II p 99.

[19] William E.H. Lecky, "History of European Morals", George
Brazillier, N.Y. 155, p. 414.

[20] Jacques Barzún, del Estudio "The Misbehavioral Sciences",
publicado en la antología "Adventures of the Mind", Knopf, New York 1969, p. 20 (traducción mía).

[21] Alessandro Bausani, artículo "The Religious Crisis of the Modern
World", Revista World Order, 1068 p. 10

[22] Idem

[23] Idem, p. 12

[24] Abdu´l-Bahá, traducción del Divino Arte de Vivir.
EBILA, Buenos Aires, p. 24

[25] Hidden Words of Bahá’u’lláh, Parte I, no.i.

[26] Abdu’l-Bahá. Paris Talks. Baha’I Pub. Trust., Wilmette, p.130

[27] Bausani, Op. Citado de Toynbee, "Un Estudio de la Historia"
edición completa, Vol. VII, p. 171

[28] Bausani, Op. Citado de Tielhard de Chardin

[29] ‘Abdu’l-Bahá, "Some Answered Questions", p. 32

[30] Carl
J. Jung, "The Undiscovered Self", Little Brown & Co., Boston,
1958, p.74

[31] Ibid.
p. 48-49

[32] Victor Frankl, trad. de "El Hombre Doliente", p. 97

[33] Mateo
7:16

[34] La Sabiduría de ‘Abdul’Bahá, Editorial
Bahá’í de España, p. 172

[35] Floyd
W. Watson, "The Idea of Man", citado en "a los Pueblos del
Mundo", Asoc. de Estudios Bahá’i, Ottawa, p. 39.

[36] ‘Abdu’l-Bahá, "Some Answered Questions", Cap. 55

[37] Ibid

[38] Victor E. Frankl, Op Cit. p. 174

[39] Ibid.
p. 251

[40] Mateo 7;16 y otros.

[41] Houssein Danesh, "Una Sociedad Libre de
Violencia, Editorial Bahá’í de España, Tarrasa,

[42] Citado y traducido de Abdulla al Manun, "the Sayings of Mahommad",
John Murray, Londres p.103

[43] Mateo 18:20

[44] Karl
Jaspers, "_The Future of Mankind, citado en William Hatcher,
"The Art of Revelation"

[45] Abdu’l-Bahà, citado en "Divino Arte de
Vivir", Editorial Bahá’í de España, p 24

[46] Nelson Mandela, Revista TIME 31 DIC.
1999, Articulo sobre Gahdhi.

[47] Mandela, Op Cit.

[48] Casa Universal de Justicia "La Promesa de
la Paz Mundial" mensaje de 1985.

[50] Guy
Murchie, "The Seven Mysteries of Life", Houghton Mifflin, boston.

[51] Fernando Savater, "El Mito del
Nacionalismo" Alianza Cien, p. 12

[52] Amin Maalouf, "Indentidades Asesinas",
citado en conferencia de María Gualaloupe Morfin Otero.

[53] Ibid.

[54] Ibid.

[55] Bernard Lewis, "The Multiple Identities of the Middle East"
citado en N.Y. Times Book Review, Feb. 2000

[56] Mario
Pei, "Language for Everybody", Signet Books American Library,
N.Y. p. 231

[57] Citas
de Hoda Mahmoodi, "From Opression to Equality, the Emergence of
the Feminist Perspective", Journal of Baha’í , Vol. I No. 3,
1989, Ottawa, Canadá

[58] William E. H. Lecky, Op. Cit. del largo capítulo V sobre "The Position of
Women", p. 275-372

[59] Recopilación de las Naciones Unidas, "State of the World’s Women
1985", Oxford, New Internationalist Pub. 1985.

[60] Abdu’l-Bahá "Promulgation of Universal Peace", p. 375

[61] David hoffman, "La Renovación de la
Civilización", George Ronald, Oxford, p.

[62] Alberto Einstein, citado en Banjamin B.
Ferenez, "Planethood", Vision Books. P. 118.

[63] Abdu’l-Bahá "Some
Answered Questions", Capítulo 77

[64] Daniel 8:9; I Pedro
1:12-20; I Corintios 4:5

[65] Apocalipsis 5:12; Mateo 22:43 y Mateo
7:16.

[66] J. Jusuf Áli, "El
Mensaje del Islam", citas del Coran, John Murray Oxford. 1948

[67] Corán
xxxix:v. 67-71

[68] Isaías 62:2 y Isaías 66:18

[69] George Townshend, "The Heart of the Gospel", Bahá’í Publishing
Trust, p. 30 1972

[70] Victor E. Fankl, "Man’s Search for Meaning", parte II

[71] Shoghi Effendi, "The Unfolding of World Civilization", World
Order of Bahá’u’lláh. p. 202

[72] Bahá’u’lláh, "The Seven Valleys" - de la versión en Español p.
54

[73] Citada
en William y Madeline Hállaby, "Prayer: a Bahá’í Approach",
George Ronald, Oxford. P 84

[74] Palabras Ocultas de Bahá’u’lláh, parte I, No. 22

[75]
Proverbios 29:18

[76]
Mateo 24:39

[77]
Revelaciones 21:5

*
Presidente de la junta directiva del Centro Cultural Salvadoreño
Americano (CCSA).

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